Narrador y periodista español. Decir bohemia (como forma real de vida, no como pose) es decir Sawa. Su vida la entregó completamente a la literatura hasta el punto de llegar, él mismo, a convertirse en personaje literario (Valle Inclán se inspiró en él para crear a Max Estrella, el protagonista de "Luces de bohemia", o eso se dice). Su obra recorre desde el romanticismo hasta el modernismo pasando por el naturalismo más radical y el simbolismo. Manuel Machado escribió un epitafio para Sawa:
Jamás hombre más nacidoUn autor a rescatar.
para el placer, fue al dolor
más derecho.
Jamás ninguno ha caído
con facha de vencedor
tan deshecho.
Y es que él se daba a perder
como muchos a ganar.
Y su vida,
por la falta de querer
y sobra de regalar,
fue perdida.
Es el morir y olvidar
mejor que amar y vivir.
Y más mérito el dejar
que el conseguir.
I
Palacios buenos los habría en Z, Z, la capital de un territorio de cerca de veinte millones de habitantes, tostado por el sol y por la cólera de los dioses; pero como el de la condesa del Zarzal muy pocos o ninguno. ¡Aquello sí que era lujo! No parecía sino que no cabiendo materialmente en las amplias habitaciones del hotel, se desparramaba, se vaciaba por todos los boquetes de aquella casa desde las bocas de las chimeneas hasta los barrotes recamados de las ventanas de la planta baja. A veinte pasos de distancia del edificio ya se percibían los tibios y aduladores perfumes del jardín, que por lo penetrantes y lo activos en su misión de hacer simpático el sentido localizado en la nariz, simulaban así como heraldos mensajeros de una corte de amor o como la promesa vaga de un mundo más perfecto; y cuando el transeúnte, haciendo caso de aquellas inspiraciones de olor que enardecían su olfato seguía adelante hasta pararse en la verja dorada de aquel parque del paraíso, ¡oh! entonces, burgués o demagogo, linfático o nervioso, con el cerebro chato o esférico, como quiera que fuera, sentía subir desde el estómago al cerebro la oleada biliosa del socialismo, y pensaba indistintamente, como piensan los que están durmiendo, en que Dios no es justo, no, en que Dios no es justo, fundando toda la mecánica social del Universo, en la ley absurda de la desnivelación y el desequilibrio.¿Quién puede, después de eso, mirar con gusto los costurones hechos a sangre fría por la miseria en las paredes del tabuco donde se funde y se confunde la mayoría humana? ¿Ni saludar con aspiraciones voluptuosas las flores puestas a cobrar su parte de oxígeno en el balcón que da a la calle, o en la ventana que da al patio, o en el agujero negro que da al tejado, según la gradación de miseria de cada uno? ¡Ay nadie! Y por eso, y si los opulentos tuvieran plena conciencia de sus intereses, deberían ocultar los soberbios resplandores de su lujo como una gran vergüenza o como una infamia irredimible.
Y sin embargo, desgracia propia de todos los edificios modernos; aquel palacio distaba mucho de ser un prodigio de arquitectura. Prodigio de gracia, sí; de esbeltez, también; de inspiración, de grandeza, seguramente no; porque ni el color rosado de su fachada, ni las mezquinas aspiraciones de su techumbre, ni la magnitud y forma de la puerta principal, mucho menos de las accesorias, llevaban a la mente, haciéndola circular con la sangre, ninguna de esas ideas de grandeza que los edificios antiguos hacían hervir hasta en las inteligencias más indiferentes. Bonito como un parque inglés, como una cascada artificial, como un bibelot de París, como un capricho de tocador en barro cocido de esos que los artistas florentinos reparten por el mundo para satisfacer caprichos de enamoradas y neurálgicas, como un traje de fantasía hecho de encargo por un modisto parisién; pero liada más que eso. Un argumento en piedra contra la seriedad de aspiraciones de nuestra época.
El jardín es tan artificial y tan falso, también tan bonito, como las posturas estudiadas de las horizontales nacidas para serlo. Nada que indique allí la presencia de la Naturaleza: el hombre y sólo el hombre, aplicando a todo, árboles y matas, su ideal de línea recta, y castigando bárbaramente con la supresión las pronunciadas aficiones de las plantas hacia las redondeces curvilíneas, hacia las dilataciones graciosas e imprevistas de todo lo que es espontáneo. Mucho césped, recortado cuidadosamente cada dos o tres días para que no sobresalga ninguna mata sobre sus compañeras la altura de una hoja de violeta: muchos cuadros de pensamientos, formando coronas e iniciales, probablemente los de los dueños de la casa; muchos árboles, más que presentables, honorables; circunspectos, tiesos, de hojas relucientes como acabadas de labar, y alineados en filas, odiosas a la estética, aunque simpáticas a las ciencias exactas: dos pabellones a ambos lados del edificio, para la servidumbre -así se la llama- y he ahí todo. ¡Ah! se me olvidaba. Y un invernadero lleno de flores pálidas a las que trataban de hacer creer que estaban en América o en África para que continuaran viviendo... -Porque la temperatura postiza del invernadero era el primer engaño con que se tropezaba al entrar en aquella casa.
Si como Balzac, asegura, las casas llegan a tener a la postre la fisonomía de sus moradores, los dueños de aquella, deberían haber nacido por equivocación en la tierra, a fuerza de encantadores. La escalinata de mármol blanco con barandillas de ébano tallado que daba acceso al hotel, podéis creerlo, de mármol y todo, parecía de seda, una escala de seda para refugiarse en lo ideal. Y cuando franqueada la graciosa puerta de cristales multicolores, los timbres automáticos se encargaban de anunciar vuestra presencia, aquellas inauditas acumulaciones de armonía, la luz, graduada con tal arte, que repartiendo y combinando artísticamente colores por todos lados parecía proceder de un arco iris concedido graciosamente por Dios para satisfacer el capricho de una hada; los perfumes de lujo de la casa mezclándose con los del jardín; el mismo aire, la misma atmósfera que allí se respiraba, la seguridad de un lujo positivo, todo esto hacía que fascinados, obcecados, estúpidos, careciendo ya, a fuerza de impresiones, hasta de inteligencia en los sentidos, os creyérais más allá de la vida, más allá de las nubes, más allá de la atmósfera respirable, más allá del éter; en la región con que sueñan los solitarios y los justos.
Luis y Emilia, el ayuda de cámara y la doncella, respectivamente, del conde y de la condesa del Zarzal, deben tratar un asunto tan lleno de nerviosidades que han concluido por contagiarse de ellas, y hablan en ese sotto voce cortado y rápido que sólo se oye en las cárceles y en los conventos las vísperas de evaciones...
Y algo así como de evación o fuga deben estar tratando, pero él la dice -«si puede hacerse la cosa sin que nadie se aperciba de las razones...
Esto se va, y para ser lógicos, también nosotros debemos irnos. ¿No hemos llegado a esta casa con la ventura? Pues vayámonos también con ella... -y luego, bajando la voz, confidencias de todo punto inesperadas...; descréditos... protestos... embargos; las posesiones de la provincia A hipotecadas, y consumido ya casi por completo el dinero de la hipoteca; la dehesa de B negociada a retro-venta y amenazada de la proximidad inexorable de un plazo sin entrañas... Ninguna esperanza: apurado, exprimido todo, hasta la cesantía de jefe del Gobierno nacional del conde. No hay más que la explosión».
¡Y a este tenor tantas cosas dichas callandito, con lo cual no parecía sino que aumentaban en gravedad! ¡Si no quedaba un cuarto para mandar cantar a un ciego! ¡Y si tuviera su excelencia el valor de la prudencia como tiene el de la falta de aprensión!... retirarse de la haute vie... pretestar enfermedades, hastío... pero nada...; ese viejo no hace más que lo que su mujer quiere. Y su mujer quiere por lo visto una catástrofe que lance hasta el Indostán los hedores de una opulencia que revienta de miseria... -Pues no hemos de seguirles... Han transcurrido muchos Agostos desde que estamos en esta casa, para poder tratar a la vida como a una buena amiga...
Pero Emilia no se deja convencer. Tiene esa dureza intelectual que lo rechaza todo, hasta las verdades armadas de puntas. Y luego, ella es agradecida -y gime para asegurarlo. -La señora condesa... ¡y ella tan torpe que no se apercibía de nada! La señora condesa estaba preocupadísima hacía días. Pero Emilia tradujo esas preocupaciones foscas de la excelencia hembra por disgustillos amorosos...; no quería desengañarse la señora de que todos los hombres son lo mismo...; caterva de viciosos que no van buscando en la mujer más que una cosa y una vez obtenida las dejan y las abandonan...
-¿Y la señora, qué va buscando en los hombres? ¿Ángeles, arcángeles y serafines? Pues eso más arriba de la torre de X es donde se encuentran...; todo se os vuelve a las mujeres hablar mal de nosotros y no podéis pasaros sin nosotros...; sí, sí, ya sé que vas a decirme- añadió acompañando sus palabras con grandes sacudimientos de manos -que a nosotros nos pasa lo mismo con respecto a ustedes. Y si no, yo...; yo que no vivo más que para ti y que hace tiempo me estoy sosteniendo en la casa solo porque tú lo quieres; y no vale que yo te repita que esto se va, que esto se va- y parecía, abriendo su boca para dar salida a estas lúgubres palabras, uno de esos profetas trágicos que recorrían las calles de Jerusalén prediciendo su ruina. -Tú quieres demostrarle el cariño a la señora por medio del sacrificio, del sufrimiento. De ese modo yo, para probarte el mío tendría necesidad de pegarme preventivamente un tiro en la sien derecha. No, Emilia, créeme; así no se quiere, así se sufre, lo cual es distinto, y hasta se muere.
Este alarde oratorio aniquiló las fuerzas de Luis, y prestó energías a las de Emilia. La energía de fuerzas de las mujeres caseras y sujetas; el llanto.
Lloró convulsionariamente, dando hipidos, mucho rato, largo rato, como si hubiera resucitado su madre para volver a morirse de nuevo, hasta provocar la reacción en el casi espíritu de Luis que comprendió con el buen sentido que le era propio, que una mujer que llora es casi siempre invencible; y abandonando las posesiones y los fuertes de que se había ido apoderando en sus ataques... -¡No hablemos más del asunto! Ea, se acabo. Se hará lo que tú quieras, pero ya verás cómo... ¿pero qué demonio de hora será que ya vuelve la señora del teatro? Adiós, gatita, vida mía -dijo tratando de contener el ímpetu de la gatita que se había lanzado fuera de la habitación al percibir el olor a carne de la señora... Y no bien quedó solo, dando paseos con la cabeza baja, por la habitación que parecía vacía desde que la dejó Emilia que la llenaba toda con su picante gracia de mujer bonita, grave e irreprochable, pulcramente afeitado, con la raya del pelo junto a la sien izquierda y las huellas de las tenacillas de rizar profusamente repartidas por toda la cabeza, vestido correctamente de negro, decía, como un cura sombrío entonando el Te Deum de todas sus esperanzas: -¡qué profeta aquel más a la moderna! -«¡esto se va, esto se va!»
Isidore Ducasse, con alias apócrifo de conde de Lautreamont, se convirtió con sólo dos obras (murió con veinticuatro años) en la cumbre del romanticismo francés y en el icono y bandera de los surrealistas. Así como "Los cantos ..." es una obra fácil de encontrar, su otra obra, "Poesías", no se suele editar como tal, aunque aparece en ocasiones como apéndice en algunas ediciones de "Los cantos...". "Los cantos..." es un largo poema (sin hilo argumental) en prosa (el canto sexto y último tiene una estructura narrativa más convencional) sobre el mal, lo monstruoso, el vicio (a veces también la virtud), lo humano y lo divino. Texto metafórico, profundamente simbolista, oscuro (muy oscuro en ocasiones), grotesco, pero de una belleza difícil de describir, arrebatador, poderoso.
Literatura no apta para mojigatos, puritanos, remilgados, asustadizos, aprensivos, lectores de historietas o para quienes el lenguaje es un obstáculo.
Canto cuarto
(...)
Soy sucio. Los piojos me corroen. Los cerdos cuando me miran vomitan. Las costras y las escaras de la lepra han descamado mi piel, cubierta de pus amarillento. No conozco el agua de los ríos ni el rocío de las nubes. En mi nuca, como en un estercolero, crece un enorme hongo, de pedúnculos umbelíferos. Sentado en un mueble deforme, no he movido mis miembros desde hace cuatro siglos. Mis pies han echado raíces en el suelo, y componen, hasta la altura de mi vientre, una especie de vegetación vivaz, llena de innobles parásitos, que no deriva aún de la planta, y tampoco es ya carne. Sin embargo mi corazón late. Pero ¿cómo latiría si la podredumbre y las exhalaciones de mi cadáver (no me atrevo a decir cuerpo) no lo nutrieran abundantemente? Bajo mi axila izquierda una familia de sapos ha fijado su residencia, y, cuando uno de ellos se mueve, me hace cosquillas. Tened cuidado de que no se escape uno y vaya a arañar con su boca el interior de vuestro oído: sería capaz de penetrar a continuación en vuestro cerebro. Bajo mi axila derecha hay un camaleón que les da caza perpetuamente para no morirse de hambre: es preciso que cada uno viva. Pero cuando una parte hace que fracase la astucia de la otra, al no encontrar nada mejor con que molestarse, chupan la grasa delicada que recubre mis costillas: ya estoy acostumbrado.
Una víbora perversa ha devorado mi verga y ha ocupado su lugar: la infame me ha convertido en un eunuco. Oh, si hubiera podido defenderme con mis brazos paralíticos; aunque creo más bien que se han transformado en dos leños. Sea lo que sea, lo que importa es constatar que la sangre ya no llega hasta ellos para pasear su rubor. Dos pequeños erizos, que no crecen más, arrojaron a un perro, que no lo rechazó, el interior de mis testículos: lavada cuidadosamente la epidermis, ellos se alojaron dentro. El ano ha sido obstruido por un cangrejo; animado por mi inercia, custodia la entrada con sus pinzas y me hace mucho daño. Dos medusas atravesaron los mares, súbitamente atraídas por una esperanza que no les ha defraudado. Examinaron con cuidado las dos partes carnosas que forman el trasero humano, y, asiéndose con fuerza a su contorno convexo, las han aplastado de tal forma por medio de una presión constante, que los dos trozos de carne han desaparecido, quedando dos monstruos surgidos del reino de la viscosidad, iguales en color, forma y ferocidad. ¡De mi columna vértebral no habléis, pues es una espada! Sí, si... no le prestaba atención... vuestra demanda es justa. ¿Deseáis saber, no es cierto, cómo se encuentra implantada verticalmente entre mis riñones? Yo mismo no lo recuerdo muy bien; sin embargo, si me decido a tomar por un recuerdo lo que acaso no es más que un sueño, sabed que el hombre, cuando supo que yo había hecho votos de vivir enfermo e inmóvil hasta haber vencido al Creador, caminó detrás de mi, de puntillas, pero no tan suavemente como para que yo no lo oyese. Después no percibía nada durante un breve instante. El agudo estoque se hundió hasta la empeñadura entre las paletillas del toro de la fiesta, y su osamenta se estremeció lo mismo que un temblor de tierra. La hoja quedó adherida tan fuertemente al cuerpo que nadie, hasta ahora, ha podido extraería. Los atletas, los mecánicos, los filósofos, los médicos han intentado sucesivamente los procedimientos más diversos. ¡ No sabían que el daño que hace el hombre no puede deshacerse! Les perdoné la profundidad de su innata ignorancia y les saludé con mis párpados. Viajero, cuando pases cerca de mí, no me dirijas, te lo ruego, ni una palabra de consuelo: debilitarías mi audacia. Déjame avivar mi tenacidad en la llama del martirio voluntario. Vete... que no te inspire ninguna piedad. El odio es más altivo de lo que crees; su conducta es inexplicable, como la aparente quebradura de un bastón sumergido en el agua. Tal como me ves, yo puedo hacer todavía excursiones hasta las murallas del cielo, a la cabeza de una legión de asesinos, y regresar para adquirir esta postura y meditar de nuevo sobre los nobles proyectos de la venganza. Adiós, no te retendré por más tiempo, y, para instruirte y preservarte, reflexiona en la suerte fatal que me ha conducido a la rebeldía, cuando acaso yo había nacido siendo bueno. Contarás a tu hijo lo que has visto, y, tomándolo de la mano, hazle admirar la belleza de las estrellas y las maravillas del universo, el nido del petirrojo y los templos del Señor. Te extrañarás de verlo tan dócil a los consejos de la paternidad, y lo recompensarás con una sonrisa. Pero, cuando él crea que no es observado, échale una mirada, y lo verás escupir su baba sobre la virtud; te ha engañado el que es descendiente de la raza humana, pero no te engañará más: tú sabrás en adelante lo que llegará a ser. Oh padre infortunado, prepara, para acompañar los pasos de tu vejez, el cadalso indeleble que cortará la cabeza de un criminal precoz, y el dolor que te mostrará el camino que conduce a la tumba.
(...)
Una víbora perversa ha devorado mi verga y ha ocupado su lugar: la infame me ha convertido en un eunuco. Oh, si hubiera podido defenderme con mis brazos paralíticos; aunque creo más bien que se han transformado en dos leños. Sea lo que sea, lo que importa es constatar que la sangre ya no llega hasta ellos para pasear su rubor. Dos pequeños erizos, que no crecen más, arrojaron a un perro, que no lo rechazó, el interior de mis testículos: lavada cuidadosamente la epidermis, ellos se alojaron dentro. El ano ha sido obstruido por un cangrejo; animado por mi inercia, custodia la entrada con sus pinzas y me hace mucho daño. Dos medusas atravesaron los mares, súbitamente atraídas por una esperanza que no les ha defraudado. Examinaron con cuidado las dos partes carnosas que forman el trasero humano, y, asiéndose con fuerza a su contorno convexo, las han aplastado de tal forma por medio de una presión constante, que los dos trozos de carne han desaparecido, quedando dos monstruos surgidos del reino de la viscosidad, iguales en color, forma y ferocidad. ¡De mi columna vértebral no habléis, pues es una espada! Sí, si... no le prestaba atención... vuestra demanda es justa. ¿Deseáis saber, no es cierto, cómo se encuentra implantada verticalmente entre mis riñones? Yo mismo no lo recuerdo muy bien; sin embargo, si me decido a tomar por un recuerdo lo que acaso no es más que un sueño, sabed que el hombre, cuando supo que yo había hecho votos de vivir enfermo e inmóvil hasta haber vencido al Creador, caminó detrás de mi, de puntillas, pero no tan suavemente como para que yo no lo oyese. Después no percibía nada durante un breve instante. El agudo estoque se hundió hasta la empeñadura entre las paletillas del toro de la fiesta, y su osamenta se estremeció lo mismo que un temblor de tierra. La hoja quedó adherida tan fuertemente al cuerpo que nadie, hasta ahora, ha podido extraería. Los atletas, los mecánicos, los filósofos, los médicos han intentado sucesivamente los procedimientos más diversos. ¡ No sabían que el daño que hace el hombre no puede deshacerse! Les perdoné la profundidad de su innata ignorancia y les saludé con mis párpados. Viajero, cuando pases cerca de mí, no me dirijas, te lo ruego, ni una palabra de consuelo: debilitarías mi audacia. Déjame avivar mi tenacidad en la llama del martirio voluntario. Vete... que no te inspire ninguna piedad. El odio es más altivo de lo que crees; su conducta es inexplicable, como la aparente quebradura de un bastón sumergido en el agua. Tal como me ves, yo puedo hacer todavía excursiones hasta las murallas del cielo, a la cabeza de una legión de asesinos, y regresar para adquirir esta postura y meditar de nuevo sobre los nobles proyectos de la venganza. Adiós, no te retendré por más tiempo, y, para instruirte y preservarte, reflexiona en la suerte fatal que me ha conducido a la rebeldía, cuando acaso yo había nacido siendo bueno. Contarás a tu hijo lo que has visto, y, tomándolo de la mano, hazle admirar la belleza de las estrellas y las maravillas del universo, el nido del petirrojo y los templos del Señor. Te extrañarás de verlo tan dócil a los consejos de la paternidad, y lo recompensarás con una sonrisa. Pero, cuando él crea que no es observado, échale una mirada, y lo verás escupir su baba sobre la virtud; te ha engañado el que es descendiente de la raza humana, pero no te engañará más: tú sabrás en adelante lo que llegará a ser. Oh padre infortunado, prepara, para acompañar los pasos de tu vejez, el cadalso indeleble que cortará la cabeza de un criminal precoz, y el dolor que te mostrará el camino que conduce a la tumba.Autora teatral, novelista, cuentista, ensayista. Fue una de las grandes (tal vez, junto a Elsa Morante, la más importante) escritoras italianas del siglo XX. Su vida estuvo marcada por su lucha antifascista. Sin embargo, en su obra no se encuentran las típicas, tópicas y aburridas referencias del intelectual europeo de izquierdas. Melancólica, triste, obsesiva, celosa de su intimidad, la literatura fue su vía de escape, su forma de relacionarse con un mundo que no entendía. Carmen Martín Gaite reconoció en ella una de sus referencias literarias (además fue traductora al castellano de varias de sus obras)
Este artículo fue publicado en la revista "Cultura e Realtà" en 1951. En España se ha editado con una selección de artículos que abarcan desde 1944 hasta 1962 en un volumen titulado "Las pequeñas virtudes".
He oído Pelléas et Mélisande. De música no entiendo nada. Sólo se me ha ocurrido confrontar la letra de los viejos libretos de ópera (Pago con mi sangre — el amor que puse en ti), letras fuertes, sangrientas, pesadas, con la letra de Pelléas et Mélisande (J'ai froid — ta chevelure), letras fugaces, como de agua. Del cansancio, del disgusto por las letras fuertes y sangrientas, ha nacido esta letra de agua, fría, huidiza.
Me he preguntado si no ha sido ése (Pelléas et Mélisande) el principio del silencio.
Porque, entre los vicios más extraños y graves de nuestra época, hay que mencionar el silencio. Los que hoy hemos probado a escribir novelas, conocemos el disgusto, la infelicidad que se apodera de uno cuando llega el momento de hacer hablar a personajes entre sí. Durante páginas y páginas, nuestros personajes se intercambian observaciones insignificantes, pero cargadas de una desolada tristeza: «¿Tienes frío?», «No, no tengo frío». «¿Quieres un poco de té?», «No, gracias». «¿Estás cansado?», «No lo sé. Sí, quizá estoy un poco cansado». Nuestros personajes hablan así. Hablan así para engañar al silencio. Hablan así porque no saben ya cómo hablar. Poco a poco van saliendo también las cosas más importantes, las confesiones terribles: «¿Le has matado?», «Sí, le he matado». Arrancadas dolorosamente al silencio, surgen las pocas y estériles palabras de nuestra época, como señales de náufragos, fuegos encendidos entre colinas lejanísimas, débiles y desesperadas llamadas que el espacio se traga.
Entonces, cuando queremos hacer hablar entre sí a nuestros personajes, medimos el profundo silencio que se ha ido adensando poco a poco en nuestro interior. Comenzamos a callar de niños, en la mesa, ante nuestros padres, que nos hablaban todavía con esas palabras sangrientas y pesadas. Nosotros permanecíamos callados. Estábamos callados por protesta o por desdén. Estábamos callados para hacer comprender a nuestros padres que aquellas grandes palabras suyas no nos servían ya. Nosotros teníamos en reserva otras. Emplearíamos nuestras nuevas palabras más tarde, con personas que las comprendieran. Éramos ricos de nuestro silencio. Ahora estamos avergonzados y desesperados de él, y conocemos toda su miseria. No nos hemos liberado jamás de él. Aquellas grandes palabras viejas que servían a nuestros padres son monedas fuera de curso y no las acepta ya nadie. Y las palabras nuevas, nos hemos dado cuenta que no tienen valor, de que con ellas no se compra nada. No sirven para establecer relaciones, son como agua, frías, infecundas. No nos sirven para escribir libros, ni para mantener ligada a nosotros a una persona querida, ni para salvar a un amigo.
Entre los vicios de nuestra época, sabido es que está el de la sensación de culpa: se habla y se escribe mucho de ella. Todos la padecemos. Nos sentimos implicados en una historia cada día más sucia. También se ha hablado de la sensación de pánico: todos la padecemos también. La sensación de pánico nace de la sensación de culpa. Y aquel que se siente espantado y culpable, calla.
De la sensación de culpa, de la sensación de pánico, del silencio, cada cual se busca un modo de curarse. Unos se van a hacer viajes. En el ansia de ver países nuevos, gente distinta, está la esperanza de dejar tras de uno los propios turbios fantasmas; está la secreta esperanza de descubrir en algún punto de la tierra la persona que pueda hablar con nosotros. Otros se emborrachan para olvidarse de sus turbios fantasmas y para hablar. Y están, también, todas las cosas que se hacen para no tener que hablar: unos se pasan las veladas dormidos en una sala de proyecciones, con una mujer al lado a la que, de esta forma, no están obligados a hablarle; otros aprenden a jugar al bridge; otros hacen el amor, que se puede hacer también sin palabras. Suele decirse que estas cosas se hacen para engañar el tiempo: en realidad se hacen para engañar al silencio.
Existen dos especies de silencio: el silencio consigo mismo y el silencio con los demás. Una y otra forma nos hacen sufrir igualmente. El silencio con nosotros mismos está dominado por una violenta antipatía que nos invade hacia nuestro propio ser, por el desprecio hacia nuestra misma alma, tan vil que no merece que le digan nada. Está claro que hay que romper el silencio con nosotros mismos si queremos intentar romper el silencio con los demás. Está claro que no tenemos ningún derecho a odiar a nuestra propia persona, ningún derecho a callar nuestros pensamientos a nuestra alma.
El medio más difundido para liberarse del silencio es ir a que le psicoanalicen a uno. Hablar incesantemente de sí mismo a una persona que escucha, que es pagada para que escuche: poner al descubierto las raíces del propio silencio; sí, esto quizá puede dar un momentáneo alivio. Pero el silencio es universal y profundo. El silencio volvemos a encontrarlo en cuanto salimos por la puerta de la habitación donde aquella persona, pagada para que escuchara, escuchaba. Volvemos a caer inmediatamente en él. Entonces, aquel alivio de una hora nos parece superficial y trivial. El silencio está sobre la tierra: que se cure de él uno de nosotros por una hora, no sirve para la causa común.
Cuando vamos a que nos psicoanalicen, nos dicen que tenemos que dejar de odiar con tanta fuerza a nuestra propia persona. Pero para liberarnos de este odio, para liberarnos de la sensación de culpa, de la sensación de pánico, del silencio, se nos sugiere vivir de acuerdo con la naturaleza, abandonarnos a nuestro instinto, seguir nuestro puro placer, hacer de nuestra vida una pura elección. Pero hacer de la vida una pura elección no es vivir de acuerdo con la naturaleza, sino vivir contra natura, porque al hombre no le es dado elegir siempre: el hombre no ha elegido la hora de su nacimiento, ni su propio rostro, ni a sus padres, ni su infancia; el hombre, en general, no elige la hora de su muerte. El hombre no puede sino aceptar su propio rostro, del mismo modo que no puede sino aceptar su propio destino; y la única elección que le está permitida es la elección entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre la verdad y la mentira. Las cosas que nos dicen aquellos a los que acudimos para que nos psicoanalicen no sirven porque no tienen en cuenta nuestra responsabilidad moral, la única elección que no está permitida en nuestra vida; los que hemos ido a que nos psicoanalicen sabemos muy bien que aquella atmósfera de efímera libertad en la que gozábamos viviendo según nuestro puro placer, era una atmósfera enrarecida, innatural, en definitiva, una atmósfera irrespirable.
En general, este vicio del silencio que envenena nuestra época suele ser expresado con un lugar común: «Se ha perdido el gusto de la conversación». Es la expresión fútil, mundana, de algo verdadero y trágico. Diciendo «el gusto de la conversación», no nombramos nada que nos ayude a vivir; pero lo que nos falta es la posibilidad de una libre y normal relación entre los hombres, y nos falta hasta el punto de que algunos de nosotros se han matado por la conciencia de esta privación. El silencio cosecha sus víctimas día a día. El silencio es una enfermedad mortal.
Nunca como hoy las suertes de los hombres han estado tan estrechamente ligadas entre sí, de tal modo que el desastre de uno es el desastre de todos. Se verifica, pues, este extraño hecho: que los hombres se encuentren estrechamente ligados cada uno al destino del otro, de modo que la caída de uno solo arrastra a otros miles de seres, y al mismo tiempo están todos sofocados por el silencio, incapaces de intercambiarse unas cuantas palabras libres. Por eso —porque el desastre de uno es el desastre de todos— los medios que se nos ofrecen para curarnos del silencio se revelan sin base. Se nos sugiere que nos defendamos con el egoísmo de la desesperación. Pero el egoísmo no ha resuelto jamás ninguna desesperación. Estamos demasiado habituados incluso a llamar enfermedades a los vicios de nuestra alma, y a sufrirlos, a dejarnos dirigir por ellos, o a ablandarlos con jarabes dulces, a curarlos como si fueran enfermedades. El silencio debe ser considerado y juzgado desde un punto de vista moral. No nos es dado elegir ser felices o infelices.
Pero es preciso elegir no ser diabólicamente infelices. El silencio puede llegar a una forma de infelicidad cerrada, monstruosa, diabólica: puede enviciar los días de la juventud, hacer amargo el pan. Puede llevar, como se ha dicho, a la muerte.
El silencio debe ser considerado, y juzgado, desde un punto de vista moral. Porque el silencio, como la pereza y como la lujuria, es un pecado. El hecho de que sea un pecado común de todos nuestros semejantes en nuestra época, de que sea el fruto amargo de nuestra época malsana, no nos exime del deber de reconocer su naturaleza, de llamarlo por su verdadero nombre.
Ursula K. Le Guin ha escrito poesía, novela, libros infantiles, ensayo y crítica literaria. En su obra es fácil encontrarse con referencias a su feminismo militante o a ideas anarquistas. Es también traductora de español y chino al inglés. Para quien lea en inglés, un interesante artículo de Ursula, publicado en The Guardian, sobre Margaret Atwood y la ciencia ficción.
POESÍA
Cuando tenía catorce años, Hsing escribió un poema para una tarea de español. Lo escribió en los dos idiomas que conocía. En español decía así:
En la Generación Cinco
El abuelo de mi abuelo caminó bajo el cielo
en otro mundo.
Cuando yo sea abuela, según dicen, tal vez camine bajo el cielo
en otro mundo.
Pero ahora vivo feliz aquí, en mi mundo,
en medio del cielo.
La maestra le pidió que leyera su poema en voz alta en ambos idiomas el Día de Clase del primer trimestre ante los alumnos de segundo año de secundaria. Al día siguiente, el editor de Cuad-4, la revista literaria más famosa del mundo, la llamó y le preguntó si podía publicarlo. La maestra se lo había hecho llegar y él quería que saliera en el audio.
–Tiene que ser con tu voz –le dijo. Era un hombre alto, barbudo, 4-Bass Abby, imperioso y dogmático, un dios. Se portaba muy grosero con todos los demás, pero amable con ella. Cuando ella se equivocó durante la grabación, simplemente dijo:
–Empieza otra vez, poeta, y tómalo con calma –y ella así lo hizo.
Durante un tiempo pareció que, estuviera donde estuviera, escuchaba su propia voz saliendo de las bocinas: “Cuando yo sea abuela, según dicen...”, y algunas personas de la escuela que apenas conocía le decían:
–Oye, escuché tu poema. Qué maravilla.
A todos los ángeles les gustó mucho, y se lo dijeron.
Ella iba a ser poeta, por supuesto. Iba a ser buenísima, como 2-Eli Ali. Sólo que en lugar de poesías cortas, oscuras e incomprensibles, como las de Eli, escribiría un enorme poema narrativo sobre... en realidad el problema era de qué tendría que tratar. Podría ser una grandiosa epopeya histórica sobre la Generación Cero. Se llamaría Génesis. Durante una semana estuvo emocionada, pensando todo el tiempo en eso. Pero para hacerlo tendría que aprenderse toda la historia que apenas estaban viendo superficialmente en Historia. Tendría que leer cientos de libros. Y tendría que meterse en el Vi-Dichu para sentir cómo había sido vivir ahí. Pasarían varios años antes de que pudiera siquiera empezar a escribirlo.
Tal vez podía escribir poemas de amor. Había muchísimos poemas de amor en la antología de Poesía Mundial. Le parecía que no era necesario estar realmente enamorado de alguien para escribir un poema de amor. Tal vez, en realidad, si uno estuviera realmente, seriamente, enamorado, eso interferiría con la poesía. Una especie de anhelo, de adoración sin exigencias, como lo que sentía hacia Bass Abby, o hacia Rosa en el colegio, tal vez serían un buen punto de partida. Así es que escribió unos cuantos poemas de amor, pero por alguna razón le dio vergüenza enseñárselos a su maestra, y solamente se los enseñó a Luis. Luis siempre había actuado como si no creyera que ella fuera poeta. Tenía que demostrarle que sí.
–Éste me gusta –dijo Luis. Hsing se asomó para ver cuál era.
¿Qué es esa tristeza tuyaA ella no le había parecido gran cosa, era tan corto; pero ahora le pareció mejor de lo que había pensado antes.
que sólo veo en tu sonrisa?
Me gustaría poder sostener tu tristeza
entre los brazos, como un niño dormido.
–Es sobre Yao, ¿no? –dijo Luis.
–¿Sobre mi papá? –dijo Hsing, tan escandalizada que sintió que las mejillas le ardían–. ¡No! ¡Es un poema de amor!
–¿Pues qué otra cosa amas muchísimo además de a tu papá? –le preguntó Luis en su insoportable tono llano.
–¡A muchísimas personas! Y el amor es... ¡Hay distintos tipos...!
–¿Distintos tipos? –Luis levantó la cara para mirarla. Pareció reflexionar–. No dije que fuera un poema sobre sexo. No creo que sea un poema sobre sexo.
–Eres bien raro, tú –dijo Hsing. Le arrebató la libreta de un tirón brusco y hábil y cerró la carpeta Poemas originales de 5-Liu Hsing–. ¿Qué te hace pensar que sabes algo de poesía, además?
–Sé más o menos tanto como tú –dijo Luis con su franqueza petulante–. Pero no puedo escribirla. Tú sí puedes. A veces.
–¡Nadie puede escribir poemas extraordinarios todo el tiempo!
–Bueno –el corazón de Hsing se hundía cada vez que él decía “bueno”–, tal vez no literalmente todo el tiempo, pero los buenos alcanzan un promedio sorprendentemente alto. Shakespeare y Li Po y Yeats y 2-Eli...
–¿Y yo para qué quiero ser como ellos? –chilló Hsing.
–No quise decir que tenías que ser como ellos –dijo él tras una corta pausa y en otro tono. Se había dado cuenta de que tal vez la había lastimado y eso lo entristecía. Cuando se entristecía se volvía dulce. Ella sabía exactamente lo él que estaba sintiendo, y por qué, y lo que haría, y conocía también la feroz y angustiosa ternura hacia él que le estaba brotando de adentro, una ternura que dolía, como un moretón.
–Qué importa. Todo esto me tiene sin cuidado de todas maneras. Las palabras son demasiado ambiguas. Me gustan las matemáticas. Vamos al gimnasio a ver a Lena.
Mientras corrían por los pasillos se le ocurrió a Hsing que de hecho el poema que le había gustado a Luis no se refería a Rosa, como ella había pensado, ni a su padre, como él había pensado, sino a él, a Luis. Pero era bien estúpido, de todas maneras, y no importaba. Qué más daba que no fuera como Shakespeare; le encantaban las ecuaciones cuadráticas.
Pocos comienzos he leído que tengan la fuerza de éste.Era el mejor de los tiempos, y era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, y también de la locura; el tiempo de la fe y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en línea recta hacia el cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.
Este capítulo forma parte de la obra "100 ideas". En él, Bunge muestra su disconformidad con Karl Popper sobre la necesidad de la falsibilidad como requisito imprescindible en la teoría científica.Todos, con excepción de los posmodernos, apreciamos la verdad, al punto de despreciar o aun castigar a los mentirosos. Pero al mismo tiempo todos sabemos que, fuera de la matemática, la exactitud es tan escurridiza como la justicia, la honestidad y el desinterés. Todos éstos son ideales a los que podemos y a los que debemos aproximarnos, aunque sin hacernos la ilusión de alcanzarlos siempre.
En efecto, acaso podamos acumular elementos de prueba en favor de una teoría física, biológica o sociológica, pero jamás podremos probarla concluyente y definitivamente, al modo en que se demuestran los teoremas matemáticos. Lo más a que podemos aspirar en las ciencias fácticas son verdades parciales o aproximadas, tales como «la Tierra es esférica» y «el precio de una mercancía es inversamente proporcional a su demanda».
El motivo de la diferencia es éste: las verdades matemáticas dependen solamente de las hipótesis y definiciones que se nos antoje establecer, mientras que la verdad de los enunciados de hechos depende del mundo, que no es factura nuestra.
Por este motivo, el hallazgo de un gran número de ejemplos favorables a una hipótesis no excluye la posibilidad de que investigaciones ulteriores arrojen contraejemplos (excepciones). En otras palabras, un elevado grado de confirmación no garantiza la verdad de una proposición: sólo muestra que ella es plausible.
Esta dificultad para alcanzar verdades exactas y definitivas acerca del mundo real sugirió al célebre filósofo Karl Popper (1902-1994) que lo más que podemos pedir de una proposición referente a hechos es que resista las tentativas de falsarla.
Más precisamente, Popper propuso la falsabilidad como criterio de cientificidad: una proposición sería científica si y solamente si se pueden imaginar circunstancias en las que sería falsa. Por ejemplo, la hipótesis de que nuestro universo es uno de los tantos universos paralelos no es científica, porque no hay manera de entrar en contacto con los presuntos universos alternativos.
Según Popper, no habría un paraíso de enunciados fácticos: sólo existirían el infierno de falsedades y el purgatorio de las conjeturas por falsar. Esta doctrina suele llamarse «falsacionismo». También podría llamársela «masoquismo gnoseológico», porque lo cierto es que los científicos procuran verdades, aunque sean aproximadas, y triunfan en la medida en que las encuentran.
Por ejemplo, siguiendo a Popper, la hipótesis de que la Tierra es plana habría sido científica antes del viaje de Magallanes, porque era falsable, ya que se podía imaginar un viaje alrededor del mundo. En mi opinión, no lo era, y esto por un motivo diferente: porque era incompatible con el grueso del saber científico de la época. En efecto, contradecía la suposición de la antigua astronomía griega, de que la Tierra es un cuerpo tan redondo como el resto de los cuerpos llamados celestes. La hipótesis de la Tierra plana era popular y estaba inscripta en la Biblia, pero los astrónomos sabían que era falsa mucho antes de Magallanes.
Diecisiete siglos antes de que la expedición de Magallanes diera la vuelta al mundo, el astrónomo griego Eratóstenes había calculado el diámetro de la Tierra. O sea, la tesis de la Tierra plana no era científica porque era incompatible con el cuerpo del conocimiento científico de la época.
Creo que la falsabilidad no es necesaria ni suficiente para la cientificidad. En cambio, lo es lo que llamo coherencia externa, o compatibilidad con el grueso del conocimiento científico del día. La falsabilidad no es necesaria para la cientificidad, porque hay hipótesis científicas, tales como las de la existencia de ciertas cosas o procesos (p. ej., planetas extrasolares, ondas gravitatorias, células que emergen por autoensamble de compuestos químicos, etc.), que sólo son confirmables, pero en cambio son compatibles con el grueso de la ciencia.
Además, las hipótesis de alto nivel, tales como las de la mecánica cuántica y la biología molecular, no son comprobables por sí mismas. Para someterlas a prueba hay que enriquecerlas con premisas que representan rasgos particulares del objeto estudiado. Además, es preciso hacerlas operativas, o sea, traducir términos teóricos a términos empíricos (p. ej. transformar temperaturas en alturas de columnas termométricas).
La falsabilidad no es suficiente: hay hipótesis no científicas, tales como la determinación de la personalidad por los astros o por el entrenamiento de los esfínteres, que han sido refutadas hace tiempo. Pero ninguna de ellas es compatible con el grueso del conocimiento científico.
Además, la falsación no es más concluyente que la confirmación. En efecto, todos sabemos que hay errores de observación o de cálculo. Desgraciadamente, ni Popper ni los positivistas a quienes criticó tuvieron en cuenta los errores de distintos tipos que afectan a los datos empíricos. Por esto, Popper creyó que los hallazgos negativos son definitivos, y los positivistas afirmaron que los positivos sí lo son.
En rigor, el criterio popperiano de falsabilidad se aplica exclusivamente a las llamadas hipótesis nulas, de la forma «las variables A y B no están asociadas entre sí». En efecto, lo primero que hace el científico que se enfrenta a una de ellas es intentar falsarla. Si lo logra, o sea, si encuentra que A y B están relacionadas entre sí, procede a formular una hipótesis afirmativa y precisa, tal como «B es una función exponencial de A». Pero ni Popper ni sus discípulos se han ocupado de las hipótesis nulas, ni en general de la estadística.
Con todo, que una hipótesis sea infalsable en principio es una llamado de atención siempre y cuando no se presente junto con otras hipótesis o cuando sus laderos sirvan solamente para protegerla. Esto último pasa con la hipótesis freudiana de la represión, cuya única función es proteger a la fantasía edípica. («El que digas amar a tu padre refuerza mi sospecha de que lo odias: tu superyó ha reprimido tan fuertemente tu odio, que no te das cuenta»).
Un caso similar es la hipótesis de que todos procuramos maximizar nuestras utilidades esperadas. Si se aduce un contraejemplo, tal como el del fumador que al inhalar con placer se expone al cáncer o el de quien hace favores sin esperar recompensa, se le contesta: «¡Ah, pero es que el fumador y el altruista sienten placer, aunque el primero arriesgue su salud, y el segundo, su patrimonio!».
No hay, pues, manera de poner a prueba el postulado central de las teorías de la acción racional. Además, dicho postulado es incompatible con la economía experimental, que muestra que solemos evitar riesgos y contentarnos con ganancias razonables.
En conclusión, la falsabilidad es importante, porque controla la imaginación. Pero no lo es más que la congruencia con el grueso del conocimiento. En todo caso, los investigadores aspiran a confirmar sus teorías favoritas, no a falsarlas. El Premio Nobel nunca se concedió por falsar hipótesis. Análogamente, el labrador no se limita a desmalezar, sino que pone su mayor esfuerzo en cosechar algo comestible y vendible.
En resumen, la falsabilidad es deseable pero no es necesaria ni suficiente. Mucho más importantes son la confirmabilidad y la congruencia con el grueso del saber.
No sé si calificar a esta novela como una de las más controvertidas. La crítica es prácticamente unánime en calificarla como obra maestra. Sin embargo también hay voces que disienten y la califican una de las más aburridas de la historia. "Moby-Dick" es profundamente simbolista. En ella se aborda desde la biología a la religión pasando por el idealismo, el pragmatismo, la venganza, el racismo,... Es un ejemplo bastante claro de lo que fue el "romanticismo oscuro", esa variante estadounidense del romanticismo, absolutamente pesimista, que cultivaron entre otros Poe o Hawthorne. La ambigüedad respecto a lo que Moby-Dick es y representa obliga al lector a interpretarla según su predisposición personal. No hay dos lecturas iguales.
Llamadme Ismael. Hace unos años
-no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano.
-no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano.Este libro podría ser una especie de autobiografía, pero en realidad es una crónica, casi costumbrista (o sin casi), de la vida en los Estados Unidos en el primer tercio del siglo XX.
La molestia que supone escribir un libro
sobre ti mismo es que no puedes andar haciéndote el estúpido. Si escribes sobre cualquier otra persona, puedes estirar la verdad desde aquí hasta Finlandia. Si escribes sobre ti mismo, la más pequeña desviación te hace advertir en seguida que puede haber honor entre los ladrones, pero que tú no eres más que un cochino mentiroso.
A pesar de que en general ya es cosa sabida, creo que más o menos es el momento de anunciar que nací en una edad muy temprana. Antes de que pudiera lamentarlo, ya tenía cuatro años y medio. Ahora que estamos tratando de la edad, dejémoslo a un lado. No tiene importancia saber cuántos años tengo. Lo que es importante, sin embargo, es saber si habrá suficientes personas que compren este libro para justificar el consumo de los remanentes de mi vitalidad, en rápido declive, que me ha costado escribirlo.
La edad no es un tema particularmente interesante. Cualquiera puede hacerse viejo. Todo lo que se requiere es vivir durante bastante tiempo. Siempre me divierto cuando los periódicos divulgan el retrato de un hombre que ha logrado vivir hasta los cien años. Por lo común se trata de un individuo un tanto escacharrado que invariablemente parece más cercano a los doscientos años que al siglo. No basta que el periódico divulgue una fotografía de esa destartalada cáscara vacía. El anciano oráculo tiene que proclamar entonces el secreto de su longevidad.
(...)
sobre ti mismo es que no puedes andar haciéndote el estúpido. Si escribes sobre cualquier otra persona, puedes estirar la verdad desde aquí hasta Finlandia. Si escribes sobre ti mismo, la más pequeña desviación te hace advertir en seguida que puede haber honor entre los ladrones, pero que tú no eres más que un cochino mentiroso.A pesar de que en general ya es cosa sabida, creo que más o menos es el momento de anunciar que nací en una edad muy temprana. Antes de que pudiera lamentarlo, ya tenía cuatro años y medio. Ahora que estamos tratando de la edad, dejémoslo a un lado. No tiene importancia saber cuántos años tengo. Lo que es importante, sin embargo, es saber si habrá suficientes personas que compren este libro para justificar el consumo de los remanentes de mi vitalidad, en rápido declive, que me ha costado escribirlo.
La edad no es un tema particularmente interesante. Cualquiera puede hacerse viejo. Todo lo que se requiere es vivir durante bastante tiempo. Siempre me divierto cuando los periódicos divulgan el retrato de un hombre que ha logrado vivir hasta los cien años. Por lo común se trata de un individuo un tanto escacharrado que invariablemente parece más cercano a los doscientos años que al siglo. No basta que el periódico divulgue una fotografía de esa destartalada cáscara vacía. El anciano oráculo tiene que proclamar entonces el secreto de su longevidad.
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Este extracto pertenece al libro "Viajes imaginarios y reales" de Álvaro Cunqueiro. Dicho libro es en realidad una recopilación de artículos y extractos de otras obras del autor.Lady Augusta Gregory se ha referido una vez a ciertas prácticas mágicas de los gaélicos antiguos contra la lluvia, algunas de las cuales exigen que, previamente, se identifique un culpable, que lo había, del temporal pluvioso. En tiempos de las persecuciones de los paganos contra los primeros cristianos, estos eran acusados de los chaparrones y las inundaciones. Se refiere a ello Tertuliano citando aquello de pluvia cadet, causa christiani sunt (llueve, la culpa es de los cristianos). Y en seguida venía la degollina. Esto de los mártires y la meteorología está sin estudiar. Yo tengo tomadas algunas notas.
Ahora recuerdo aquel Teótimo de Adana —la ciudad episcopal del famoso clérigo Teófilos, cuya historia cuenta, entre otros, Gonzalo de Berceo—, que fue acusado de haber puesto en el cielo, desde el alba a la anochecida, un espléndido arco iris el día en que fueron quemadas allí unas vírgenes. Salieron guardas contra Teótimo, lo hubieron, y en su zurrón encontraron el arco iris doblado. Teótimo hubiera podido atar con él a los persecutores, y quemarlos, que el arco iris tenía partes de ardiente y terrible fuego, pero era un alma compasiva. El arco iris se perdió en lo alto, donde parpadean las estrellas, y Teótimo se dejó cortar a trocitos en la plaza de Adana, junto a la fuente, que eran cuatro leones que echaban agua por la boca, como en la antigua de la Plaza Mayor de Lugo.
Volviendo a la magia gaélica, identificado el culpable de las grandes lluvias en la isla de San Patricio, se averiguaba por qué era pluvioso. Fagha Fiona, por ejemplo, producía nieblas y grandes lluvias cuando se ponía melancólico y añoraba los años pasados en Ceash como paje de la hermosa Guendola. Comenzaba la cenicienta neblina por envolverlo a él, espumilla de la memoria de los alegres días, y después envolvía su reino y finalmente toda la isla y el gran mar. Fagha pasa por ser el inventor, en Irlanda, de las tenacillas para rizar el pelo. El deán Swift se rió una vez de estas fábulas de las invenciones a las que los gaélicos fueron tan aficionados como los griegos del tiempo pasado. Por ejemplo, de Lenke O'Donnell, inventor del colador. Y volviendo a Fagha Fiona, hubo que convencerlo de que hiciese un viaje a Ceash, donde todavía vivía Guendola, sentada en la solana, enrollando hojas de menta seca y diciendo adiós con un pañuelo rojo a los viajeros. Guendola era ya una anciana, el pelo blanco, pero conservaba toda la dentadura y aún tenía los labios frescos y colorados. Fagha no se atrevió a acercarse a ella porque vestía un traje viejo y mendado, pero le habló desde detrás de la cerca que hacían al jardín de la dama los varales en los que se enredaba el lúpulo. Recordaron ambos veranos pasados y Guendola sonrió. Desde entonces Fagha dejó de ser pluvioso y cada vez que recordaba los días de Ceash recordaba la sonrisa de Guendola, y entonces, aunque fuese en el medio del cruel invierno, se abría sobre el mundo una hermosa hora de dulce sol.
Actualizando el pensamiento de aquellos magos célticos, siempre además poetas en voz alta y arpistas estrepitosos, se podría afirmar que una concentración en un punto determinado de media docena de tristes y angustiados puede producir un día de intensa lluvia. Probablemente, si encima son literatos, las lluvias serán más fuertes. Habría que buscarles a los tristes memorias alegres para que cesasen las lluvias.
Carmen de Burgos y Seguí, Colombine (también firmó como Raquel, Honorine y Marianela) (1867-1932) fue periodista, escritora, traductora y activista de los derechos de la mujer. Se la considera la primera periodista profesional.
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Se había vuelto a acercar y estrechaba de nuevo su mano, decidido a ser superior a todas aquellas sensaciones de neurótico que estaba padeciendo. Acaso aquel olor que percibía no era más que el olor de su carne de mujer transcendiendo de los perfumes, en contraste con ellos. Tal vez un olor de raza.
Recordaba vagamente en aquel momento que los individuos de ciertos pueblos tienen un olor especial en su carne, en su piel, que los diferencia de los demás. Así los negros de las diferentes tribus se distinguían por el olor de sus cuerpos. Los gitanos tenían un fato especial; diferente de los indios, sus antecesores. Ese olor a carne humana, que se hace insoportable
en un local cerrado, que tiene algo del olor caliente de un gallinero, era común a todos. Se podían distinguir las personas, como las flores, por el olor especial a cada una-- El olor de Blanca no era fetidez de aliento, era un olor a descomposición, extraño, que lo mismo que su frialdad, recordaba al cadáver, pero en el fondo, tal vez no era más que un olor «de raza», acentuado, extraño, que se exageraba entre las esencias. Había que vencer esa fatalidad.
De nuevo unió los labios a sus labios cerrados, profundizó en ellos para besar los dientecillos blancos.
No sabía si es que ella no respiraba o si él contenía el aliento, pero dominaba la sensación, no notaba aquel olor.
Los brazos blancos se habían ceñido en torno de su cuello como un círculo de hielo, al que ya estaba acostumbrado y no le producía la sensación penosa de otras veces. Lo deslumbraban los ojos abiertos cerca de sus ojos, y se estremecía bajo los besos que los labios frescos y sin color le devolvían...
Quiso beber todo aquel amor, respirarlo, guardarlo dentro de su pecho... y aquel vaho contenido se escapó de nuevo, envolviéndole, ahogándole, produciéndole una angustia, un mareo insoportables. Quiso vencer la sensación. y no pudo. Hizo un esfuerzo para desasirse de Blanca, que lo sujetaba enlazado contra su corazón, y, hallando una resistencia inconsciente, obedeció al instinto, más fuerte que toda reflexión, y la empujó, rechazándola brutalmente, para verse libre de ella. La contempló un instante ovillada sobre el diván, gimiendo. No le dijo nada. ¿Para qué? Parecía que su amor se disipaba con aquel olor como con el amoníaco se disipa la embriaguez. Era imposible tratar de vencer aquella repugnancia física. En el amor era necesario el halago del olfato y del tacto, quizás como los auxiliares más poderosos.Se marchó sin decir nada, sin volver la cabeza y sin que ella pronunciase una sola palabra.
Se había vuelto a acercar y estrechaba de nuevo su mano, decidido a ser superior a todas aquellas sensaciones de neurótico que estaba padeciendo. Acaso aquel olor que percibía no era más que el olor de su carne de mujer transcendiendo de los perfumes, en contraste con ellos. Tal vez un olor de raza.
Recordaba vagamente en aquel momento que los individuos de ciertos pueblos tienen un olor especial en su carne, en su piel, que los diferencia de los demás. Así los negros de las diferentes tribus se distinguían por el olor de sus cuerpos. Los gitanos tenían un fato especial; diferente de los indios, sus antecesores. Ese olor a carne humana, que se hace insoportable
en un local cerrado, que tiene algo del olor caliente de un gallinero, era común a todos. Se podían distinguir las personas, como las flores, por el olor especial a cada una-- El olor de Blanca no era fetidez de aliento, era un olor a descomposición, extraño, que lo mismo que su frialdad, recordaba al cadáver, pero en el fondo, tal vez no era más que un olor «de raza», acentuado, extraño, que se exageraba entre las esencias. Había que vencer esa fatalidad.
De nuevo unió los labios a sus labios cerrados, profundizó en ellos para besar los dientecillos blancos.
No sabía si es que ella no respiraba o si él contenía el aliento, pero dominaba la sensación, no notaba aquel olor.
Los brazos blancos se habían ceñido en torno de su cuello como un círculo de hielo, al que ya estaba acostumbrado y no le producía la sensación penosa de otras veces. Lo deslumbraban los ojos abiertos cerca de sus ojos, y se estremecía bajo los besos que los labios frescos y sin color le devolvían...
Quiso beber todo aquel amor, respirarlo, guardarlo dentro de su pecho... y aquel vaho contenido se escapó de nuevo, envolviéndole, ahogándole, produciéndole una angustia, un mareo insoportables. Quiso vencer la sensación. y no pudo. Hizo un esfuerzo para desasirse de Blanca, que lo sujetaba enlazado contra su corazón, y, hallando una resistencia inconsciente, obedeció al instinto, más fuerte que toda reflexión, y la empujó, rechazándola brutalmente, para verse libre de ella. La contempló un instante ovillada sobre el diván, gimiendo. No le dijo nada. ¿Para qué? Parecía que su amor se disipaba con aquel olor como con el amoníaco se disipa la embriaguez. Era imposible tratar de vencer aquella repugnancia física. En el amor era necesario el halago del olfato y del tacto, quizás como los auxiliares más poderosos.Se marchó sin decir nada, sin volver la cabeza y sin que ella pronunciase una sola palabra.
Ésta es una aventura de matemáticas puras, una fantasía de espacios extraños poblados por figuras geométricas; figuras geométricas que piensan y hablan y tienen todas las emociones humanas. No es ningún relato intrascendente de ciencia-ficción. "Planilandia", publicada por primera vez en 1884, ha ocupado un lugar único en la literatura científica fantástica a lo largo de un siglo. Esta encantadora narración de un mundo bidimensional, obra de Edwin A. Abbott (1838-1926), eclesiástico inglés y estudioso de Shakespeare, cuya vocación eran las matemáticas, se ha hecho famosa como exposición sin igual de los conceptos geométricos y como una sátira mordaz del mundo jerárquico de la Inglaterra victoriana.
Han transcurrido siete años y aún sigo preso, y (exceptuando las esporádicas visitas a mi hermano) privado de toda compañía salvo la de mis carceleros. Mi hermano es uno de los mejores cuadrados, justo, sensible, alegres y no carente de afecto fraterno; pero confieso que mis entrevistas semanales, en un aspecto al menos, me causan el dolor más amargo. Él estuvo presente cuando se manifestó la esfera en la cámara del consejo; vio sus secciones cambiantes; oyó la explicación de los fenómenos que dieron luego los círculos. No ha pasado desde entonces una semana apenas, durante siete años completos, sin que oyese de mí una repetición del papel que desempeñé en esa manifestación, junto a amplias descripciones de todos los fenómenos de Espaciolandia, y los argumentos en favor de la existencia de cosas sólidas derivables por analogía. Pero (me avergüenza verme obligado a confesarlo) aún no ha captado la naturaleza de la tercera dimensión y proclama con toda franqueza su incredulidad por lo que se refiere a la existencia de una esfera.
Así que estoy absolutamente privado de conversos y, por lo que yo puedo ver, la revelación milenaria que se me hizo no ha servido de nada. Prometeo allá arriba en Espaciolandia acabó encadenado por entregar el fuego a los mortales. Yo (pobre Prometeo de Planilandia) yago aquí en prisión por no entregar nada a mis compatriotas. Pero vivo con la esperanza de que estas memorias puedan de alguna manera, no sé cómo, llegar hasta el pensamiento de los seres humanos de alguna dimensión y puedan impulsar la aparición de una raza de rebeldes que se nieguen a estar confinados en una dimensionalidad limitada.
Ésta es la esperanza de mis momentos más alegres. Desgraciadamente no siempre es así. Pesa sobre mí, agobiante a veces, la abrumadora reflexión de que no puedo decir honradamente que esté seguro de la forma exacta de aquel cubo que, como lamento a menudo, llegué a ver una vez; y en mis visiones nocturnas el misterioso precepto «hacia arriba, no hacia el norte», me acosa como una esfinge devoradora de almas. Es parte del martirio que soporto por la causa de la verdad el que haya períodos de debilidad mental, en que cubos y esferas se alejan hacia el telón de fondo de existencias escasamente posibles; en que el país de tres dimensiones parece casi tan visionario como el de una o ninguna; más aún, en que incluso esta dura pared que me separa de mi libertad, estos mismos cuadernos en que estoy escribiendo, y todas las realidades substanciales de la propia Planilandia, no parecen más que el producto de una imaginación enferma, o la trama sin base de un sueño.
Así que estoy absolutamente privado de conversos y, por lo que yo puedo ver, la revelación milenaria que se me hizo no ha servido de nada. Prometeo allá arriba en Espaciolandia acabó encadenado por entregar el fuego a los mortales. Yo (pobre Prometeo de Planilandia) yago aquí en prisión por no entregar nada a mis compatriotas. Pero vivo con la esperanza de que estas memorias puedan de alguna manera, no sé cómo, llegar hasta el pensamiento de los seres humanos de alguna dimensión y puedan impulsar la aparición de una raza de rebeldes que se nieguen a estar confinados en una dimensionalidad limitada.
Ésta es la esperanza de mis momentos más alegres. Desgraciadamente no siempre es así. Pesa sobre mí, agobiante a veces, la abrumadora reflexión de que no puedo decir honradamente que esté seguro de la forma exacta de aquel cubo que, como lamento a menudo, llegué a ver una vez; y en mis visiones nocturnas el misterioso precepto «hacia arriba, no hacia el norte», me acosa como una esfinge devoradora de almas. Es parte del martirio que soporto por la causa de la verdad el que haya períodos de debilidad mental, en que cubos y esferas se alejan hacia el telón de fondo de existencias escasamente posibles; en que el país de tres dimensiones parece casi tan visionario como el de una o ninguna; más aún, en que incluso esta dura pared que me separa de mi libertad, estos mismos cuadernos en que estoy escribiendo, y todas las realidades substanciales de la propia Planilandia, no parecen más que el producto de una imaginación enferma, o la trama sin base de un sueño.
Este relato es una crítica amable de la literatura dedicada a los viajes fantásticos que tanto abundaba en la época de Maistre (1763-1852). El libro, cuyo título explica perfectamente de qué trata, narra todo lo que se le viene a la cabeza (esto podría ser también un viaje fantástico) a su protagonista, obligado a estar cuarenta y dos días encerrado en su cuarto, en arresto domiciliario por duelista. Un pequeño clásico de la literatura francesa.Para que pueda tomarse algún interés por el nuevo cuarto por el cual he llevado a cabo una expedición nocturna, tengo que enterar a los curiosos cómo fue que me tocara en suerte. Continuamente distraído en mis ocupaciones en la casa llena de ruido en que habitaba, me proponía hacía ya tiempo buscar por allí cerca un retiro más solitario, cuando un día, hojeando una noticia biográfica del señor de Buffon, leí que este hombre célebre había escogido en sus jardines un pabellón aislado que no contenía ningún otro mueble más que una butaca y la mesa de despacho, sobre la cual escribía, ni ninguna otra obra más que el manuscrito en el cual trabajaba.
Las fantasías en que me ocupo tienen tanta disparidad con los trabajos inmortales del señor de Buffon, que la idea de imitarle, siquiera fuera en ese punto, no se me habría jamás ocurrido sin un percance que me determinó a ello. Un criado, al sacudir el polvo de los muebles, creyó que estaba muy sucio un cuadro al pastel que acababa yo de terminar, y lo frotó tanto con un paño, que consiguió, en efecto, dejarle limpio de todo el polvo que yo me había tomado tanto cuidado en arreglar sobre él. Después de haberme furiosamente
encolerizado contra aquel hombre que estaba ausente, y no haberle dicho una sola palabra cuando volvió, según mi costumbre, me puse en seguida en busca de otra casa y volví a la mía con la llave de un cuarto pequeño que había alquilado en un quinto piso en la calle de la Providencia. Hice transportar allí el mismo día los materiales de mis ocupaciones preferidas, y allí pasé desde entonces la mayor parte del tiempo, al abrigo del trastorno doméstico y de los encargados de la limpieza de los cuadros. Las horas se deslizaban para mí como si fueran minutos en aquel retiro aislado, y más de una vez mis ensueños me han hecho olvidarme allí
de la hora de comer.
¡Oh, dulce soledad! He conocido las seducciones con que deleitas a tus amantes. Desgraciado del que no puede pasar solo un día de su vida sin sentir el tormento del fastidio, y prefiere, si es necesario, conversar con necios antes que consigo mismo.
Lo confesaré, no obstante: me gusta la soledad en las grandes ciudades; pero, a menos de verme obligado por una circunstancia grave cualquiera, como un viaje alrededor de mi cuarto, no quiero ser ermitaño más que por la mañana; por la tarde me gusta volver a ver caras humanas. Los inconvenientes de la vida social y los de la soledad se destruyen así mutuamente, y estos dos modos de existencia se embellecen el uno por el otro.
Sin embargo, la inconstancia y la fatalidad de las cosas de este mundo son tales, que la vivacidad misma de los placeres de que yo disfrutaba en mi nueva vivienda habría debido hacerme prever lo poco que durarían. La Revolución francesa, que desbordaba por todos los países, acababa de pasar por encima de los Alpes y se precipitaba sobre Italia. Fui arrastrado por la primera oleada hasta Bolonia; conservé mi ermita, a la cual hice transportar todos mis muebles en espera de tiempos más felices. Vivía desde hacía algunos años sin patria; un día supe que me había quedado sin empleo. Después de un año entero pasado en ver hombres y cosas por los cuales no sentía ningún afecto y en desear cosas y hombres que no veía más, volví a Turín. Era preciso tomar una resolución. Me marché de la posada de la Buena Mujer, adonde había ido a parar, con la intención de devolver mi cuarto al casero y deshacerme de mis muebles.
Al volver a entrar en mi ermita sentí sensaciones difíciles de describir: todo allí había conservado el orden, es decir, el desorden, en el cual lo había dejado; los muebles, amontonados contra las paredes, habían sido puestos al abrigo del polvo por la altura de la habitación; mis plumas estaban todavía en el tintero seco, y encontré sobre la mesa una carta comenzada.
-Todavía estoy en mi casa- me dije con verdadera satisfacción. Cada objeto me recordaba algún suceso de mi vida, y mi cuarto estaba alfombrado de recuerdos. En vez de volver a la posada tomé la resolución de pasar la noche en medio de mis propiedades; envié a buscar mi maleta, y al mismo tiempo formé el proyecto de partir al día siguiente, sin despedirme ni aconsejarme de nadie, entregándome sin reservas a la Providencia.
(...)
Como parece que estos días la literatura sueca está de moda, pues me apunto a la moda con uno de los cuatro pilares de las letras suecas. Los otros tres son el dramaturgo August Strindberg (para quienes crecimos con "Estudio 1" resultará muy conocido), Selma Lagerlöf (Premio Nobel de Literatura en 1909, su libro “El maravilloso viaje de Nils Holgersson" es casi una lectura obligada de la niñez) y Vihelm Moberg (aunque su obra "Los emigrantes" está considerada la obra maestra de la literatura sueca, la verdad es que si una va a una librería y pregunta por algún libro de este señor, lo normal es que salga como entró, da la sensación que nunca se editó en España, no lo sé). Como decía, Pär es la cuarta pata del banco. Fue premio Nobel en 1951 (así que de raro y desconocido nada). Su obra más famosa es "Barrabás" que fue adaptada al cine, con Anthony Quinn como Barrabás, y que cada semana santa la televisión sigue emitiendo, sí o sí, como en los mejores tiempos del nacionalcatolicismo. "El enano" es una novela corta escrita en primera persona como si de un diario se tratara. Su protagonista es la maldad.Mi estatura es de sesenta y cinco centímetros.Estoy bien conformado, con las proporciones correspondientes, aunque tengo la cabeza un poco grande.Mi pelo no es negro como el de los demás, sino colorado y echado hacia atrás en las sienes y mi frente impresiona más por lo ancha que por lo alta. Soy lampiño, pero fuera de eso mi rostro es como el de cualquiera.Mis cejas son espesas. Mi fuerza física es considerable, especialmente si me enfurezco. Cuando se dispuso la lucha entre Josafat y yo, a los veinte minutos lo puse con la espalda contra el suelo y lo estrangulé. Desde entonces aquí no hay más enano que yo.
¡Anda! He hablado de literatura sueca y no aparecen por ningún lado esos autores tan de moda.
Casi todos los enanos son bufones. Tienen que decir chistes y hacer payasadas que hagan reír a sus amos y huéspedes. Yo no me he rebajado jamás hasta ese extremo.Tampoco me lo ha exigido nadie. Basta mi aspecto para impedir que se haga de mi semejante empleo. Mi cara no es de las que se prestan para divertir a nadie. Además, no me río nunca.
No soy un bufón. Soy un enano y nada más que un enano.Por otra parte, tengo una lengua mordaz que probablemente agrada a algunas personas que me rodean. Eso no es lo mismo que ser un bufón.
Ya he dicho que mi cara se parece a la de cualquier otro hombre.Esto no es absolutamente exacto porque mi cara está llena de arrugas.Para mí eso no es un defecto. A mí me han hecho así y no puedo evitar que a los demás no les suceda lo mismo. Me presento tal como soy, sin embellecerme ni afearme. Tal vez no sea lo común, pero estoy satisfecho de ser como soy.
Las arrugas hacen que parezca más viejo, y no lo soy. Pero he oído decir que nosotros, los enanos, descendemos de una raza mucho más antigua que la que ahora puebla la tierra y que, por consiguiente, somos viejos desde que nacemos. No sé si será verdad, más, si así fuera, seríamos los hombres primitivos. No tengo nada que decir contra el hecho de pertenecer a otra raza que la actual y que eso sea visible en mi persona. Encuentro que las caras de los demás son completamente inexpresivas.
Mis amos sienten por mí una gran simpatía, particularmente el príncipe, que es un poderoso y gran hombre. Un hombre con vastos planes y que sabe realizarlos. Es un hombre de acción y a la vez, un hombre muy culto, que sabe darse tiempo para todo lo posible, y a quien le place conversar sobre cuanto existe entre el cielo y la tierra, aunque oculta sus verdaderos propósitos hablando de otra cosa.
Puede parecer innecesario eso de interesarse por todo -si es que realmente es así- pero tal vez sea preciso, tal vez tenga que abarcarlo todo puesto que es príncipe. Da la impresión de comprenderlo y dominarlo todo, o por lo menos de aspirar a ello. Nadie puede negar que tiene una personalidad imponente. De todos los seres que he encontrado, es el único que no desprecio.
Pero es muy hipócrita.
Conozco bastante bien a mi señor, más no por eso diré que lo conozco a fondo. Tiene una de esas naturalezas nada fáciles de comprender. Sería un error decir que es escurridizo, no, pero en cierto sentido es inaccesible. Lo es para mi mismo y, a decir verdad, no sé por qué lo sigo con la fidelidad de un perro. Por otra parte, él tampoco me comprende.
A mi no me impresiona como a los demás, pero me agrada estar al servicio de un señor tan imponente. No he de negar que es un gran hombre. Aunque nadie es grande para un enano.
(...)
Las "Cartas marruecas", publicadas en 1789, son la versión española de las "Cartas persas" que Montesquieu había publicado medio siglo antes. En ambas obras, a través de las cartas que un viajero envía a su familia durante su viaje, se realiza una crítica de la sociedad de la época (la francesa en el caso de Montesquieu y la española en el caso de Cadalso) aunque desde mi punto de vista, la sátira que Cadalso hace es muchísimo más ácida que la de Montesquieu. En esta carta se critica el esnobismo del lenguaje de moda. Resulta curioso que algunas de las expresiones que a Nuño le llaman la atención, hoy son expresiones muy utilizadas.
Carta XXXV
Del Gazel a Ben-Beley
En España, como en todas partes, el lenguaje se muda al mismo paso que las costumbres; y es que, como las voces son invenciones para representar las ideas, es preciso que se inventen palabras para explicar la impresión que hacen las costumbres nuevamente introducidas. Un español de este siglo gasta cada minuto de las veinticuatro horas en cosas totalmente distintas de aquellas en que su bisabuelo consumía el tiempo; éste, por consiguiente, no dice una palabra de las que al otro se le ofrecían.
-Si me dejan hoy a leer -decía Nuño- un papel escrito por un galán del tiempo de Enrique el Enfermo refiriendo a su dama la pena en que se halla ausente de ella, no entendería una sola cláusula, por más que estuviese escrito de letra excelente moderna, aunque fuese de la mejor de las Escuelas Pías. Pero en recompensa ¡qué chasco llevaría uno de mis tatarabuelos si hallase, como me sucedió pocos días ha, un papel de mi hermana a una amiga suya, que vive en Burgos! Moro mío, te lo leeré, lo has de oír, y, como lo entiendas, tenme por hombre extravagante. Yo mismo, que soy español por todos cuatro costados y que, si no me debo preciar de saber el idioma de mi patria, a lo menos puedo asegurar que lo estudio con cuidado, yo mismo no entendí la mitad de lo que contenía. En vano me quedé con copia del dicho papel; llevado de curiosidad, me di prisa a extractarlo, y, apuntando las voces y frases más notables, llevé mi nuevo vocabulario de puerta en puerta, suplicando a todos mis amigos arrimasen el hombro al gran negocio de explicármelo. No bastó mi ansia ni su deseo de favorecerme. Todos ellos se hallaron tan suspensos como yo, por más tiempo que gastaron en revolver calepinos y diccionarios. Sólo un sobrino que tengo, muchacho de veinte años, que trincha una liebre, baila un minuet y destapa una botella de Champaña con más aire que cuantos hombres han nacido de mujeres, me supo explicar algunas voces. Con todo, la fecha era de este mismo año.
Tanto me movieron estas razones a deseo de leer la copia, que se la pedí a Nuño. Sacola de su cartera, y, poniéndose los anteojos, me dijo:
-Amigo, ¿qué sé yo si leyéndotela te revelaré flaquezas de mi hermana y secretos de mi familia? Quédame el consuelo que no lo entenderás. Dice así:
-¿Qué has sacado en limpio de todo esto? Por mi parte, te aseguro que antes de humillarme a preguntar a mis amigos el sentido de estas frases, me hubiera sujetado a estudiarlas, aunque hubiesen sido precisas cuatro horas por la mañana y cuatro por la tarde durante cuatro meses. Aquello de medio día y medio, y que no había sido día hasta mediodía, me volvía loco, y todo se me iba en mirar al sol, a ver qué nuevo fenómeno ofrecía aquel astro. Lo del deshabillé también me apuró, y me di por vencido. Lo del bonete de noche, o de día, no pude comprender jamás qué uso tuviese en la cabeza de una mujer. Hacer un tour puede ser cosa muy santa y muy buena, pero suspendo el juicio hasta enterarme. Dice que leyó de la Zaira unos ocho versos; sea enhorabuena, pero no sé qué es Zaira. Mr. de Lavanda, dice que vino; bien venido sea Mr. de Lavanda, pero no le conozco.
Empezó su toaleta; esto ya lo entendí, gracias a mi sobrino que me lo explicó, no sin bastante trabajo, según mis cortas entendederas, burlándose de que su tío es hombre que no sabe lo que es toaleta. También me dijo lo que era modista, piquete, maître d'hotel y otras palabras semejantes. Lo que nunca me pudo explicar de modo que acá yo me hiciese bien cargo de ello, fue aquello de que el jefe de cocina era divino. También lo de matar el tiempo, siendo así que el tiempo es quien nos mata a todos, fue cosa que tampoco se me hizo fácil de entender, aunque mi intérprete habló mucho, y sin duda muy bueno, sobre este particular. Otro amigo, que sabe griego, o a lo menos dice que lo sabe, me dijo lo que era misántropo, cuyo sentido yo indagué con sumo cuidado por ser cosa que me tocaba personalmente; y a la verdad que una de dos: o mi amigo no me lo explicó cual es, o mi hermana no lo entendió, y siendo ambos casos posibles, y no como quiera, sino sumamente posibles, me creo obligado a suspender por ahora el juicio hasta tener mejores informes. Lo restante me lo entendí tal cual, ingeniándome acá a mi modo, y estudiando con paciencia, constancia y trabajo. Ya se ve -prosiguió Nuño- cómo había de entender esta carta el conde Fernán Gonzalo, si en su tiempo no había té, ni deshabillé, ni bonete de noche, ni había Zaira, ni Mr. Vanda, ni toaletas, ni los cocineros eran divinos, ni se conocían crapaudinas ni café, ni más licores que el agua y el vino.
Aquí lo dejó Nuño. Pero yo te aseguro, amigo Ben-Beley, que esta mudanza de modas es muy incómoda, hasta para el uso de la palabra, uno de los mayores beneficios en que naturaleza nos dotó. Siendo tan frecuentes estas mutaciones, y tan arbitrarias, ningún español, por bien que hable su idioma este mes, puede decir: el mes que viene entenderé la lengua que me hablen mis vecinos, mis amigos, mis parientes y mis criados. Por todo lo cual, dice Nuño, mi parecer y dictamen, salvo meliori, es que en cada un año se fijen las costumbres para el siguiente, y por consecuencia se establezca el idioma que se ha de hablar durante sus 365 días.
Pero como quiera que esta mudanza dimana en gran parte o en todo de los caprichos, invenciones y codicias de sastres, zapateros, ayudas de cámara, modistas, reposteros, cocineros, peluqueros y otros individuos igualmente útiles al vigor y gloria de los estados, convendría que cierto número igual de cada gremio celebre varias juntas, en las cuales quede este punto evacuado; y de resultas de estas respetables sesiones, vendan los ciegos por las calles públicas, en los últimos meses de cada un año, al mismo tiempo que el Calendario, Almanak y Piscator, un papel que se intitule, poco más o menos: Vocabulario nuevo al uso de los que quieran entenderse y explicarse con las gentes de moda, para el año de mil setecientos y tantos y siguientes, aumentado, revisto y corregido por una Sociedad de varones insignes, con los retratos de los más principales.
-Si me dejan hoy a leer -decía Nuño- un papel escrito por un galán del tiempo de Enrique el Enfermo refiriendo a su dama la pena en que se halla ausente de ella, no entendería una sola cláusula, por más que estuviese escrito de letra excelente moderna, aunque fuese de la mejor de las Escuelas Pías. Pero en recompensa ¡qué chasco llevaría uno de mis tatarabuelos si hallase, como me sucedió pocos días ha, un papel de mi hermana a una amiga suya, que vive en Burgos! Moro mío, te lo leeré, lo has de oír, y, como lo entiendas, tenme por hombre extravagante. Yo mismo, que soy español por todos cuatro costados y que, si no me debo preciar de saber el idioma de mi patria, a lo menos puedo asegurar que lo estudio con cuidado, yo mismo no entendí la mitad de lo que contenía. En vano me quedé con copia del dicho papel; llevado de curiosidad, me di prisa a extractarlo, y, apuntando las voces y frases más notables, llevé mi nuevo vocabulario de puerta en puerta, suplicando a todos mis amigos arrimasen el hombro al gran negocio de explicármelo. No bastó mi ansia ni su deseo de favorecerme. Todos ellos se hallaron tan suspensos como yo, por más tiempo que gastaron en revolver calepinos y diccionarios. Sólo un sobrino que tengo, muchacho de veinte años, que trincha una liebre, baila un minuet y destapa una botella de Champaña con más aire que cuantos hombres han nacido de mujeres, me supo explicar algunas voces. Con todo, la fecha era de este mismo año.
Tanto me movieron estas razones a deseo de leer la copia, que se la pedí a Nuño. Sacola de su cartera, y, poniéndose los anteojos, me dijo:
-Amigo, ¿qué sé yo si leyéndotela te revelaré flaquezas de mi hermana y secretos de mi familia? Quédame el consuelo que no lo entenderás. Dice así:
«Hoy no ha sido día en mi apartamiento hasta medio día y medio. Tomé dos tazas de té. Púseme un desabillé y bonete de noche. Hice un tour en mi jardín, y leí cerca de ocho versos del segundo acto de la Zaira. Vino Mr. Lavanda; empecé mi toaleta. No estuvo el abate. Mandé pagar mi modista. Pasé a la sala de compañía. Me sequé toda sola. Entró un poco de mundo; jugué una partida de mediator; tiré las cartas; jugué al piquete. El maitre d'hotel avisó. Mi nuevo jefe de cocina es divino; él viene de arribar de París. La crapaudina, mi plato favorito, estaba delicioso. Tomé café y licor. Otra partida de quince; perdí mi todo.Acabó Nuño de leer, diciéndome:
Fui al espectáculo; la pieza que han dado es execrable; la pequeña pieza que han anunciado para el lunes que viene es muy galante, pero los actores son pitoyables; los vestidos, horribles; las decoraciones, tristes. La Mayorita cantó una cavatina pasablemente bien. El actor que hace los criados es un poquito extremoso; sin eso sería pasable. El que hace los amorosos no jugaría mal, pero su figura no es previniente. Es menester tomar paciencia, porque es preciso matar el tiempo. Salí al tercer acto, y me volví de allí a casa. Tomé de la limonada. Entré en mi gabinete para escribirte ésta, porque soy tu veritable amiga. Mi hermano no abandona su humor de misántropo; él siente todavía furiosamente el siglo pasado; yo no le pondré jamás en estado de brillar; ahora quiere irse a su provincia. Mi primo ha dejado a la joven persona que él entretenía. Mi tío ha dado en la devoción; ha sido en vano que yo he pretendido hacerle entender la razón. Adiós, mi querida amiga, baste otra posta; y ceso, porque me traen un dominó nuevo a ensayar».
-¿Qué has sacado en limpio de todo esto? Por mi parte, te aseguro que antes de humillarme a preguntar a mis amigos el sentido de estas frases, me hubiera sujetado a estudiarlas, aunque hubiesen sido precisas cuatro horas por la mañana y cuatro por la tarde durante cuatro meses. Aquello de medio día y medio, y que no había sido día hasta mediodía, me volvía loco, y todo se me iba en mirar al sol, a ver qué nuevo fenómeno ofrecía aquel astro. Lo del deshabillé también me apuró, y me di por vencido. Lo del bonete de noche, o de día, no pude comprender jamás qué uso tuviese en la cabeza de una mujer. Hacer un tour puede ser cosa muy santa y muy buena, pero suspendo el juicio hasta enterarme. Dice que leyó de la Zaira unos ocho versos; sea enhorabuena, pero no sé qué es Zaira. Mr. de Lavanda, dice que vino; bien venido sea Mr. de Lavanda, pero no le conozco.
Empezó su toaleta; esto ya lo entendí, gracias a mi sobrino que me lo explicó, no sin bastante trabajo, según mis cortas entendederas, burlándose de que su tío es hombre que no sabe lo que es toaleta. También me dijo lo que era modista, piquete, maître d'hotel y otras palabras semejantes. Lo que nunca me pudo explicar de modo que acá yo me hiciese bien cargo de ello, fue aquello de que el jefe de cocina era divino. También lo de matar el tiempo, siendo así que el tiempo es quien nos mata a todos, fue cosa que tampoco se me hizo fácil de entender, aunque mi intérprete habló mucho, y sin duda muy bueno, sobre este particular. Otro amigo, que sabe griego, o a lo menos dice que lo sabe, me dijo lo que era misántropo, cuyo sentido yo indagué con sumo cuidado por ser cosa que me tocaba personalmente; y a la verdad que una de dos: o mi amigo no me lo explicó cual es, o mi hermana no lo entendió, y siendo ambos casos posibles, y no como quiera, sino sumamente posibles, me creo obligado a suspender por ahora el juicio hasta tener mejores informes. Lo restante me lo entendí tal cual, ingeniándome acá a mi modo, y estudiando con paciencia, constancia y trabajo. Ya se ve -prosiguió Nuño- cómo había de entender esta carta el conde Fernán Gonzalo, si en su tiempo no había té, ni deshabillé, ni bonete de noche, ni había Zaira, ni Mr. Vanda, ni toaletas, ni los cocineros eran divinos, ni se conocían crapaudinas ni café, ni más licores que el agua y el vino.
Aquí lo dejó Nuño. Pero yo te aseguro, amigo Ben-Beley, que esta mudanza de modas es muy incómoda, hasta para el uso de la palabra, uno de los mayores beneficios en que naturaleza nos dotó. Siendo tan frecuentes estas mutaciones, y tan arbitrarias, ningún español, por bien que hable su idioma este mes, puede decir: el mes que viene entenderé la lengua que me hablen mis vecinos, mis amigos, mis parientes y mis criados. Por todo lo cual, dice Nuño, mi parecer y dictamen, salvo meliori, es que en cada un año se fijen las costumbres para el siguiente, y por consecuencia se establezca el idioma que se ha de hablar durante sus 365 días.
Pero como quiera que esta mudanza dimana en gran parte o en todo de los caprichos, invenciones y codicias de sastres, zapateros, ayudas de cámara, modistas, reposteros, cocineros, peluqueros y otros individuos igualmente útiles al vigor y gloria de los estados, convendría que cierto número igual de cada gremio celebre varias juntas, en las cuales quede este punto evacuado; y de resultas de estas respetables sesiones, vendan los ciegos por las calles públicas, en los últimos meses de cada un año, al mismo tiempo que el Calendario, Almanak y Piscator, un papel que se intitule, poco más o menos: Vocabulario nuevo al uso de los que quieran entenderse y explicarse con las gentes de moda, para el año de mil setecientos y tantos y siguientes, aumentado, revisto y corregido por una Sociedad de varones insignes, con los retratos de los más principales.
El texto corresponde al primer capítulo de la obra "El cristianismo desvelado". Aunque la obra se centra en el cristianismo, lo dicho en este primer capítulo es válido para cualquier religión. Paul Henri fue un filósofo materialista francés de origen alemán. Fue un ilustrado que colaboró en diversos campos en la redacción de la "Enciclopedia" de Diderot y D'Alambert. Para él la religión era una consecuencia de la ignorancia explotada por el despotismo. "El cristianismo desvelado" fue publicado en 1767.
De la necesidad de examinar la religión y de los obstáculos que se encuentra en este examen
Un ser razonable debería proponerse en todas sus acciones la propia felicidad y la de sus semejantes. La religión, que todo concurre a mostrarnos como el objeto más importante para nuestra felicidad temporal y eterna, solo presenta ventajas para nosotros en la medida en que hace nuestra existencia feliz en este mundo y que nos asegura que cumplirá las promesas engañosas que nos hace para la otra vida. Nuestros deberes hacia el Dios que consideramos señor de nuestros destinos solo pueden fundamentarse sobre los bienes que esperamos o sobre los males que tememos de su parte; es necesario pues que el hombre examine los motivos de sus esperanzas y se sus temores; ha de consultar a dicho efecto la experiencia y la razón, las únicas que pueden guiarlo aquí abajo.
Los hombres, la gran mayoría, solo mantienen la religión por la costumbre, nunca han examinado seriamente las razones que le ligan, los motivos de su conducta, los fundamentos de sus opiniones: así, lo que todos consideran como lo más importante, ha sido siempre lo que mas han temido profundizar; siguen así los pasos que sus padres les han trazado, creen porque ellos les han dicho en su niñez que debían creer; esperan, porque les han dicho que debían esperar; tiemblan, porque sus antepasados han temblado; casi nunca se han molestado en pensar en los motivos de su creencia.
Poquísimos hombres tienen la oportunidad de examinar, o la capacidad de considerar, los objetos de su veneración habitual, de su afección poco razonada, de sus miedos tradicionales; las naciones siempre se ven por el torrente de la costumbre, del ejemplo, del prejuicio: la educación habitúa al espíritu a las opiniones mas monstruosas, como el cuerpo a las actitudes mas incómodas; todo lo que ha durado mucho tiempo parece sagrado a los hombres, se creerían culpables si levantasen sus miradas temerarias a cosas revestidas por el sello de la antigüedad; prevenidos a favor de la sabiduría de sus padres no tienen la presunción de examinar después de ellos; no ven que el hombre ha estado siempre engañado por sus prejuicios, por sus esperanzas y por sus temores, y que las mismas razones le han hecho siempre imposible su examen.
El hombre corriente, ocupado en trabajos necesarios para su subsistencia, otorga una confianza ciega a aquellos que pretenden guiarlo, deja descansar sobre estos la preocupación de pensar por él, suscribe sin dificultades todo aquello que le mandan; creería ofender a Dios si dudase un solo instante de la buena fe de los que le hablan en su nombre. Los grandes, los ricos, la gente de mundo, aunque mas ilustrados que la gente del pueblo, están interesados en conformarse a los prejuicios recibidos, y hasta en mantenerlos; o bien, librados a
la molicie, a la disipación y a los placeres, son totalmente incapaces de ocuparse de una religión a la que hacen ceder delante de sus pasiones, de sus inclinaciones y al deseo de divertirse. Durante la niñez recibimos todas las impresiones que quieren darnos, no tenemos ni capacidad, ni experiencia, ni el valor necesario para dudar de lo que nos enseñan aquellos bajo la dependencia de los cuales nos pone nuestra debilidad. Durante la adolescencia, las pasiones fogosas, la embriaguez continua de nuestros sentidos, nos impiden pensar en una religión demasiado espinosa o demasiado triste para ocuparnos agradablemente: si por casualidad un hombre joven la examina, es sin continuidad o con parcialidad; una ojeada superficial le quita el gusto por un objeto tan poco placentero. En la edad madura, preocupaciones diferentes, nuevas pasiones, ideas de ambición, de grandeza, de poder, deseo de riquezas, de ocupaciones continuadas, acaparan toda la atención del hombre hecho o no le dejan sino breves momentos para pensar en esa religión en la cual no tiene nunca el deseo de profundizar. En la vejez, las facultades entumecidas, las costumbres identificadas con el pensamiento, los órganos debilitados por la edad o por la enfermedad ya no nos permiten remontarnos a las fuentes de nuestras viejas opiniones; el miedo a la muerte que tenemos delante de los ojos tornaría por otra parte sospechoso el examen normalmente presidido por el terror.
Así es como las opiniones religiosas, una vez admitidas, se mantienen durante una larga serie de siglos; es así cómo, de una época a otra, las naciones se transmiten ideas que no han examinado; creen que su felicidad está ligada a instituciones en las cuales un examen mas maduro mostraría la fuente de la mayor parte de sus males. La autoridad todavía da soporte a los prejuicios de los hombres, les prohíbe el análisis, les fuerza a la ignorancia, está siempre dispuesta a castigar a todo aquel que intente sacarles de su error.
Que no nos sorprenda, pues, si veíamos siempre el error identificado con la raza humana; todo parece concurrir para eternizar su ceguera, todas las fuerzas se reunían para esconderle la verdad, los tiranos la detestan y le oprimen porque osa discutir sus derechos injustos y quiméricos, el sacerdote la prohíbe porque reduce a nada sus pretensiones fastuosas; la ignorancia, la inercia y las pasiones de los pueblos los tornan cómplices de quienes están interesados en tenerlos bajo el yugo y en sacar partido de sus desgracias: por eso las naciones gimen bajo males hereditarios a los cuales no piensan poner remedio, sea por que no conocen su origen, sea porque la costumbre les habitúa a la desgracia y les quita todo deseo de alejarla.
Si la religión es el objeto mas importante para nosotros, si influye necesariamente en toda la conducta de una vida, si sus influencias se extienden no solamente a nuestra existencia en este mundo, sino también a aquella que se promete el hombre a continuación, no hay sin duda nada que demande un examen mas serio de nuestra parte, asimismo, de todas las cosas, ésta es en la que los hombres muestran mas credulidad; el mismo hombre que podría aportar el examen mas serio en la cosa que menos toca a su bienestar, no se toma ninguna molestia para asegurarse de los motivos que le determinan a creer o a hacer una de las cosas de las cuales – según su propia confesión- depende su felicidad temporal y eterna; se remite ciegamente a aquellos que la casualidad le ha dado como guías, descarga sobre ellos la preocupación de pensar por si mismo, y llega a considerar un mérito su propia pereza y su propia credulidad: en materia de religión, los hombres presumen de mantenerse siempre en la infancia y en la barbarie.
Asimismo ha habido en todos los siglos hombres que, habiéndose librado de los prejuicios de sus conciudadanos, osaron mostrarles la verdad. Pero ¿qué podía hacer su débil voz contra los errores mamados con la leche, confirmados por la costumbre, autorizados por el ejemplo, reforzados por una política siempre cómplice de su ruina? Los gritos imponentes de la impostura redujeron pronto al silencio a aquellos que querían reclamar a favor de la razón. Hubo veces que mientras el filósofo intentaba inspirar valor, sus sacerdotes y sus reyes le obligaban a temblar.
El medio mas seguro de engañar a los hombres y de perpetuar sus prejuicios es engañarlos desde la infancia, entre casi todos los pueblos modernos la educación parece tener como único objetivo formar fanáticos, devotos, monjes, es decir hombres perjudiciales o inútiles para la sociedad; los príncipes mismos, comúnmente víctimas de la educación supersticiosa que se les da, se mantienen toda la vida en la ignorancia mas grande de sus deberes y de los verdaderos intereses de sus estados., imaginan que lo han hecho todo por sus súbditos si les han llenado su espíritu de ideas religiosas, que hacen el papel de buenas leyes y dispensan a sus señores de la molesta preocupación de gobernarlos bien. La religión parece imaginada solamente para hacer a los soberanos y al pueblo igualmente esclavos del sacerdocio; éste nada mas se ocupa en poner obstáculos continuados a la felicidad de las naciones allá donde reina, el soberano solo tiene un poder precario y los súbditos están desprovistos de actividad, de ciencia, de grandeza de alma, de laboriosidad, en una palabra de las cualidades indispensables para el sostenimiento de una sociedad.
Si en un estado cristiano se ve una poca actividad, si se encuentra alguna ciencia, si se pueden encontrar costumbres sociales, es porque, a despecho de sus opiniones religiosas, la naturaleza, siempre que puede, reconduce a los hombres a la razón y les obliga a trabajar para su propia felicidad.
Todas las naciones cristianas, si fueran consecuentes con sus principios, deberían estar sumergidas en la más profunda inercia, nuestros alrededores estarían habitados por un puñado de piadosos salvajes que solo se encontrarían para perjudicarse. En efecto, ¿Por qué hay que preocuparse de un mundo que la religión nos muestra como un simple lugar de paso? ¿Cuál puede ser la laboriosidad de un pueblo al que se repite cada día que su Dios quiere que ruegue, que se aflija, que viva en el temor, que gima sin parar? ¿Cómo podría subsistir una sociedad compuesta de hombres a los que se ha persuadido que hay que tener fervor por la religión y que hay que odiar y destruir a sus semejantes por sus opiniones? En definitiva ¿Cómo se puede esperar humanidad, justicia o virtud de una cuadrilla de fanáticos a los que el hombre propone como modelo a un Dios cruel, disimulado, malvado, que se complace en ver como brotan las lágrimas de sus desafortunadas criaturas, que les pone trampas y que les castiga por caer en ellas, que ordena el robo, el crimen y la carnicería? Estos son simplemente los trazos con los que el cristianismo nos pinta al Dios heredado de los judíos. Este Dios ha sido un Soldán, un déspota, un tirano al que todo le había estado permitido; con todo, el hombre ha hecho de este Dios un modelo de perfección, se han perpetrado en su nombre los crímenes mas horribles y los mas grandes desafueros han estado siempre justificados, desde el momento que se han cometido para sostener su causa o para merecer su favor.
Así, la religión cristiana, que presume de prestar un soporte infrangible a la moral y de presentar a los hombres los mas poderosos motivos para excitarlos a la virtud, ha sido para ellos una fuente de divisiones, de peleas y de crímenes; bajo el pretexto de buscar la paz solo les ha traído furor, odio, discordia y guerra; les ha proporcionado mil medios engañosos para atormentarse, he derramado sobre ellos plagas desconocidas para sus padres, y el cristiano –si hubiese tenido un poco de entendimiento- habría añorado mil veces la pacífica ignorancia de sus antecesores idólatras. Si las costumbres de los pueblos no han tenido ninguna ganancia con la religión cristiana, el poder de los reyes, de los cuales ésta se pretende el soporte, no ha tenido mayores ventajas; se establecieron en cada Estado dos poderes distintos, el de la religión, fundamentado sobre el mismo Dios, superó casi siempre al del soberano; este se veía forzado a convertirse en servidor de los sacerdotes, y cada vez que rehusaba doblegar la rodilla delante de ellos era proscrito, despojado de sus derechos, exterminado por unos súbditos excitados a la revuelta por la religión o por fanáticos en las manos de los cuales ésta ponía la daga.
Antes del cristianismo, el estado era generalmente soberano del sacerdote, desde que el mundo es cristiano, el soberano no es mas que el primer esclavo del sacerdocio, el ejecutor de sus venganzas y de sus decretos.
Concluimos, pues, que la religión cristiana no tiene ningún título para presumir de las ventajas que procura a la moral o a la política. Arranquémosle el velo que la cubre, remontémonos a sus fuentes, analicemos sus principios, sigámosla en su camino y encontraremos que, fundamentada en la impostura, la ignorancia y la credulidad, no ha sido ni será jamás útil sino a los hombres que se creen interesados en engañar al género humano, que no parará jamás de causar los mayores males a las naciones, y que, en cuenta de facilitar la felicidad que les había prometido, solo sirve para embriagarles de furor, para sumirlos en el delirio y el crimen, para hacerles ignorar sus verdaderos intereses y sus deseos mas santos.
Los hombres, la gran mayoría, solo mantienen la religión por la costumbre, nunca han examinado seriamente las razones que le ligan, los motivos de su conducta, los fundamentos de sus opiniones: así, lo que todos consideran como lo más importante, ha sido siempre lo que mas han temido profundizar; siguen así los pasos que sus padres les han trazado, creen porque ellos les han dicho en su niñez que debían creer; esperan, porque les han dicho que debían esperar; tiemblan, porque sus antepasados han temblado; casi nunca se han molestado en pensar en los motivos de su creencia.
Poquísimos hombres tienen la oportunidad de examinar, o la capacidad de considerar, los objetos de su veneración habitual, de su afección poco razonada, de sus miedos tradicionales; las naciones siempre se ven por el torrente de la costumbre, del ejemplo, del prejuicio: la educación habitúa al espíritu a las opiniones mas monstruosas, como el cuerpo a las actitudes mas incómodas; todo lo que ha durado mucho tiempo parece sagrado a los hombres, se creerían culpables si levantasen sus miradas temerarias a cosas revestidas por el sello de la antigüedad; prevenidos a favor de la sabiduría de sus padres no tienen la presunción de examinar después de ellos; no ven que el hombre ha estado siempre engañado por sus prejuicios, por sus esperanzas y por sus temores, y que las mismas razones le han hecho siempre imposible su examen.
El hombre corriente, ocupado en trabajos necesarios para su subsistencia, otorga una confianza ciega a aquellos que pretenden guiarlo, deja descansar sobre estos la preocupación de pensar por él, suscribe sin dificultades todo aquello que le mandan; creería ofender a Dios si dudase un solo instante de la buena fe de los que le hablan en su nombre. Los grandes, los ricos, la gente de mundo, aunque mas ilustrados que la gente del pueblo, están interesados en conformarse a los prejuicios recibidos, y hasta en mantenerlos; o bien, librados a
la molicie, a la disipación y a los placeres, son totalmente incapaces de ocuparse de una religión a la que hacen ceder delante de sus pasiones, de sus inclinaciones y al deseo de divertirse. Durante la niñez recibimos todas las impresiones que quieren darnos, no tenemos ni capacidad, ni experiencia, ni el valor necesario para dudar de lo que nos enseñan aquellos bajo la dependencia de los cuales nos pone nuestra debilidad. Durante la adolescencia, las pasiones fogosas, la embriaguez continua de nuestros sentidos, nos impiden pensar en una religión demasiado espinosa o demasiado triste para ocuparnos agradablemente: si por casualidad un hombre joven la examina, es sin continuidad o con parcialidad; una ojeada superficial le quita el gusto por un objeto tan poco placentero. En la edad madura, preocupaciones diferentes, nuevas pasiones, ideas de ambición, de grandeza, de poder, deseo de riquezas, de ocupaciones continuadas, acaparan toda la atención del hombre hecho o no le dejan sino breves momentos para pensar en esa religión en la cual no tiene nunca el deseo de profundizar. En la vejez, las facultades entumecidas, las costumbres identificadas con el pensamiento, los órganos debilitados por la edad o por la enfermedad ya no nos permiten remontarnos a las fuentes de nuestras viejas opiniones; el miedo a la muerte que tenemos delante de los ojos tornaría por otra parte sospechoso el examen normalmente presidido por el terror.
Así es como las opiniones religiosas, una vez admitidas, se mantienen durante una larga serie de siglos; es así cómo, de una época a otra, las naciones se transmiten ideas que no han examinado; creen que su felicidad está ligada a instituciones en las cuales un examen mas maduro mostraría la fuente de la mayor parte de sus males. La autoridad todavía da soporte a los prejuicios de los hombres, les prohíbe el análisis, les fuerza a la ignorancia, está siempre dispuesta a castigar a todo aquel que intente sacarles de su error.
Que no nos sorprenda, pues, si veíamos siempre el error identificado con la raza humana; todo parece concurrir para eternizar su ceguera, todas las fuerzas se reunían para esconderle la verdad, los tiranos la detestan y le oprimen porque osa discutir sus derechos injustos y quiméricos, el sacerdote la prohíbe porque reduce a nada sus pretensiones fastuosas; la ignorancia, la inercia y las pasiones de los pueblos los tornan cómplices de quienes están interesados en tenerlos bajo el yugo y en sacar partido de sus desgracias: por eso las naciones gimen bajo males hereditarios a los cuales no piensan poner remedio, sea por que no conocen su origen, sea porque la costumbre les habitúa a la desgracia y les quita todo deseo de alejarla.
Si la religión es el objeto mas importante para nosotros, si influye necesariamente en toda la conducta de una vida, si sus influencias se extienden no solamente a nuestra existencia en este mundo, sino también a aquella que se promete el hombre a continuación, no hay sin duda nada que demande un examen mas serio de nuestra parte, asimismo, de todas las cosas, ésta es en la que los hombres muestran mas credulidad; el mismo hombre que podría aportar el examen mas serio en la cosa que menos toca a su bienestar, no se toma ninguna molestia para asegurarse de los motivos que le determinan a creer o a hacer una de las cosas de las cuales – según su propia confesión- depende su felicidad temporal y eterna; se remite ciegamente a aquellos que la casualidad le ha dado como guías, descarga sobre ellos la preocupación de pensar por si mismo, y llega a considerar un mérito su propia pereza y su propia credulidad: en materia de religión, los hombres presumen de mantenerse siempre en la infancia y en la barbarie.
Asimismo ha habido en todos los siglos hombres que, habiéndose librado de los prejuicios de sus conciudadanos, osaron mostrarles la verdad. Pero ¿qué podía hacer su débil voz contra los errores mamados con la leche, confirmados por la costumbre, autorizados por el ejemplo, reforzados por una política siempre cómplice de su ruina? Los gritos imponentes de la impostura redujeron pronto al silencio a aquellos que querían reclamar a favor de la razón. Hubo veces que mientras el filósofo intentaba inspirar valor, sus sacerdotes y sus reyes le obligaban a temblar.
El medio mas seguro de engañar a los hombres y de perpetuar sus prejuicios es engañarlos desde la infancia, entre casi todos los pueblos modernos la educación parece tener como único objetivo formar fanáticos, devotos, monjes, es decir hombres perjudiciales o inútiles para la sociedad; los príncipes mismos, comúnmente víctimas de la educación supersticiosa que se les da, se mantienen toda la vida en la ignorancia mas grande de sus deberes y de los verdaderos intereses de sus estados., imaginan que lo han hecho todo por sus súbditos si les han llenado su espíritu de ideas religiosas, que hacen el papel de buenas leyes y dispensan a sus señores de la molesta preocupación de gobernarlos bien. La religión parece imaginada solamente para hacer a los soberanos y al pueblo igualmente esclavos del sacerdocio; éste nada mas se ocupa en poner obstáculos continuados a la felicidad de las naciones allá donde reina, el soberano solo tiene un poder precario y los súbditos están desprovistos de actividad, de ciencia, de grandeza de alma, de laboriosidad, en una palabra de las cualidades indispensables para el sostenimiento de una sociedad.
Si en un estado cristiano se ve una poca actividad, si se encuentra alguna ciencia, si se pueden encontrar costumbres sociales, es porque, a despecho de sus opiniones religiosas, la naturaleza, siempre que puede, reconduce a los hombres a la razón y les obliga a trabajar para su propia felicidad.
Todas las naciones cristianas, si fueran consecuentes con sus principios, deberían estar sumergidas en la más profunda inercia, nuestros alrededores estarían habitados por un puñado de piadosos salvajes que solo se encontrarían para perjudicarse. En efecto, ¿Por qué hay que preocuparse de un mundo que la religión nos muestra como un simple lugar de paso? ¿Cuál puede ser la laboriosidad de un pueblo al que se repite cada día que su Dios quiere que ruegue, que se aflija, que viva en el temor, que gima sin parar? ¿Cómo podría subsistir una sociedad compuesta de hombres a los que se ha persuadido que hay que tener fervor por la religión y que hay que odiar y destruir a sus semejantes por sus opiniones? En definitiva ¿Cómo se puede esperar humanidad, justicia o virtud de una cuadrilla de fanáticos a los que el hombre propone como modelo a un Dios cruel, disimulado, malvado, que se complace en ver como brotan las lágrimas de sus desafortunadas criaturas, que les pone trampas y que les castiga por caer en ellas, que ordena el robo, el crimen y la carnicería? Estos son simplemente los trazos con los que el cristianismo nos pinta al Dios heredado de los judíos. Este Dios ha sido un Soldán, un déspota, un tirano al que todo le había estado permitido; con todo, el hombre ha hecho de este Dios un modelo de perfección, se han perpetrado en su nombre los crímenes mas horribles y los mas grandes desafueros han estado siempre justificados, desde el momento que se han cometido para sostener su causa o para merecer su favor.
Así, la religión cristiana, que presume de prestar un soporte infrangible a la moral y de presentar a los hombres los mas poderosos motivos para excitarlos a la virtud, ha sido para ellos una fuente de divisiones, de peleas y de crímenes; bajo el pretexto de buscar la paz solo les ha traído furor, odio, discordia y guerra; les ha proporcionado mil medios engañosos para atormentarse, he derramado sobre ellos plagas desconocidas para sus padres, y el cristiano –si hubiese tenido un poco de entendimiento- habría añorado mil veces la pacífica ignorancia de sus antecesores idólatras. Si las costumbres de los pueblos no han tenido ninguna ganancia con la religión cristiana, el poder de los reyes, de los cuales ésta se pretende el soporte, no ha tenido mayores ventajas; se establecieron en cada Estado dos poderes distintos, el de la religión, fundamentado sobre el mismo Dios, superó casi siempre al del soberano; este se veía forzado a convertirse en servidor de los sacerdotes, y cada vez que rehusaba doblegar la rodilla delante de ellos era proscrito, despojado de sus derechos, exterminado por unos súbditos excitados a la revuelta por la religión o por fanáticos en las manos de los cuales ésta ponía la daga.
Antes del cristianismo, el estado era generalmente soberano del sacerdote, desde que el mundo es cristiano, el soberano no es mas que el primer esclavo del sacerdocio, el ejecutor de sus venganzas y de sus decretos.
Concluimos, pues, que la religión cristiana no tiene ningún título para presumir de las ventajas que procura a la moral o a la política. Arranquémosle el velo que la cubre, remontémonos a sus fuentes, analicemos sus principios, sigámosla en su camino y encontraremos que, fundamentada en la impostura, la ignorancia y la credulidad, no ha sido ni será jamás útil sino a los hombres que se creen interesados en engañar al género humano, que no parará jamás de causar los mayores males a las naciones, y que, en cuenta de facilitar la felicidad que les había prometido, solo sirve para embriagarles de furor, para sumirlos en el delirio y el crimen, para hacerles ignorar sus verdaderos intereses y sus deseos mas santos.
Así comienza el libro de divulgación científica más famoso de la historia reciente. Este libro se convirtió en un bestseller, millones de hogares tienen un ejemplar en sus estanterías. Pero no nos engañemos, la inmensa mayoría de esos volúmenes nunca fue abierta y leída. El fenómeno tiene más que ver con "hay-que-comprar-el-libro-porque-todo-el-mundo-lo-compra-y-queda-muy-intelectual-decir-que-lo-estás-leyendo-pero-lo-que-cuenta-me-importa-un-pimiento-y-además-requiere-que-mi-neurona-tenga-que-trabajar".
Un conocido científico (algunos dicen que fue Bertrand Russell) daba una vez una conferencia sobre astronomía. En ella describía cómo la Tierra giraba alrededor del Sol y cómo éste, a su vez, giraba alrededor del centro de una vasta colección de estrellas conocida como nuestra galaxia. Al final de la charla, una simpática señora ya de edad se levantó y le dijo desde el fondo de la sala: «Lo que nos ha contado usted no son más que tonterías. El mundo es en realidad una plataforma plana sustentada por el caparazón de una tortuga gigante». El científico sonrió ampliamente antes de replicarle, «¿y en qué se apoya la tortuga?». «Usted es muy inteligente, joven, muy inteligente -dijo la señora-. ¡Pero hay infinitas tortugas una debajo de otra!».
La mayor parte de la gente encontraría bastante ridícula la Imagen de nuestro universo como una torre infinita de tortugas, pero ¿en qué nos basamos para creer que lo conocemos mejor? ¿Qué sabemos acerca del universo, y cómo hemos llegado a saberlo? ¿De dónde surgió el universo y a dónde va? ¿Tuvo el universo un principio, y, si así fue, que sucedió con anterioridad a él? ¿Cuál es la naturaleza del tiempo? ¿Llegará éste alguna vez a un final? Avances recientes de la física, posibles en parte gracias a fantásticas nuevas tecnologías, sugieren respuestas a algunas de estas preguntas que desde hace mucho tiempo nos preocupan. Algún día estas respuestas podrán parecernos tan obvias como el que la Tierra gire alrededor del Sol, o, quizás, tan ridículas como una torre de tortugas. Sólo el tiempo (cualquiera que sea su significado) lo dirá.
Este es el inicio de una obra desternillante, compleja, burlona, asombrosa, extravagante, caótica, o no tanto, revolucionaria y vanguardista en su época (mediados del siglo XVIII), revolucionaria y vanguardista en la actualidad, imposible de clasificar y que valió a su autor, en su época, tanto fama como denuestos, y en todas las demás épocas hasta hoy, admiración. Una obra que requiere la complicidad del lector.Yo hubiera deseado que mi padre o mi madre, o mejor, ambos -ya que los dos fueron igualmente responsables- hubiesen tomado conciencia de lo que se proponían cuando me concibieron, teniendo en cuenta mi estrecha vinculación con lo que hacían;que hubiesen sido conscientes de que al fin y al cabo no sólo estaba en juego la producción de un ser racional, sino también la feliz formación y temple de su cuerpo, de su genio tal vez, y el molde de su mente. Y de que, de haber procedido de otro modo, incluso la suerte de mi casa hubiera tomado derroteros distintos a los impuestos por los humores y aptitudes que después predominaron en ella. Si hubiesen sopesado y reflexionado sobre esto y procedido consecuentemente, estoy por demás convencido de que yo habría aparecido ante el mundo con una imagen bastante distinta de la que el lector probablemente se forjará de mi. Creedme, buenas gentes, no se trata de algo tan desdeñable como muchos se imaginan. Me atrevería a afirmar que todos ustedes han oído hablar de este propósito de espíritus animales hereditarios; de como van transmitiéndose de padres a hijos y así sucesivamente y de otras cosas por el estilo. Pues bien: puedo asegurarles que las nueve décimas partes del absurdo o de la lucidez de un hombre, de su éxito o de su fracaso en este mundo, dependen de la actividad o movilidad de esos principios, de las diversas regiones corporales y órganos a los que alcanzan, de suerte que una vez puestos en movimiento, de forma correcta o equivocada, ya se trata de algo irremediable. En lugar de andar como locos, dando pasos atropellados y sin sentido, si logran marchar una y otra vez con tino sobre sus propios pasos hasta abrir un camino tan suave como la senda de un jardín y se acostumbran a hacerlo siempre así, ni el mismísimo demonio sería capaz de apartarles de esa senda.
- Por favor, querido - diría mi madre- ¿Has olvidado dar cuerda al reloj? -¡Por Dios!- dijo mi padre profiriendo una exclamación, aunque cuidando al mismo tiempo de bajar la voz -¿Es que desde que existe el mundo puede haber mujer alguna que interrumpa a un hombre con tan estúpida pregunta? Pero, por favor, me preguntarán, ¿qué es lo que estaba diciendo su padre? -Nada, no decía nada.
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
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No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
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