Este cuento fue inicialmente publicado con el título "The Patriotic Honeymoon" en el número de enero de 1932 de la revista Harper's Bazaar.
Aquí puede leerse la versión original en inglés.
Posteriormente el cuento fue recogido en el volumen "Mr Loveday's Little Outing and Other Sad Stories" de 1936.
La versión es la de Jaime Zulaika.
1
El matrimonio de Tom Watch y Ángela Trench-Troubridge fue, quizá, uno de los acontecimientos menos importantes que se recuerden. En la historia previa de los dos jóvenes, en su compromiso o en su boda, no faltó ningún rasgo que pudiera convertirles en ejemplo completamente típico de todo lo que es sumamente anodino en la moderna situación social. El periódico de la tarde consignaba:«La semana ha sido ajetreada en St. Margaret. La tercera boda elegante de la semana se ha celebrado allí esta tarde, siendo los contrayentes el señor Tom Watch y la señorita Ángela Trench-Troubridge. El señor Watch, que, como tantos otros jóvenes hoy día, trabaja en la ciudad, es el segundo hijo del difunto honorable Wilfrid Watch, de Holyborne House, Shaftesbury; el padre de la novia, coronel Trench-Troubridge, es un conocido deportista, y ha representado los intereses del Partido Conservador durante tres legislaturas del Parlamento. Actuó de padrino el hermano del señor Watch, el capitán Watch, de los Coldstream Guards. La novia lucía un velo de antiguo encaje bruselés prestado por su abuela. En consonancia con la nueva moda de pasar las vacaciones dentro del país, el novio y la novia están disfrutando una luna de miel patriótica en el oeste de Inglaterra.»Y una vez dicho esto, queda, en verdad, muy poco que añadir.
Ángela era una bonita muchacha de veinticinco años, de buen carácter, animosa, inteligente y popular: exactamente la clase de chica que, de hecho, por alguna causa misteriosa profundamente arraigada en la psicología anglosajona, encuentra sumamente difícil contraer un matrimonio satisfactorio. Durante los últimos siete años había hecho todo lo que acostumbraban a hacer las muchachas de su estilo. En Londres había bailado un promedio de cuatro noches por semana, los tres primeros años en domicilios privados, y los cuatro últimos en restaurantes y night-clubs; en el campo se había mostrado ligeramente condescendiente con los vecinos y había llevado al baile de la cacería a acompañantes con los que pretendía escandalizarles; había trabajado en un barrio bajo y en una sombrerería, publicado una novela, sido dama de honor once veces y madrina en una ocasión; había estado enamorada, infructuosamente, dos veces; había vendido su fotografía por cincuenta guineas al departamento de publicidad de una firma de especialistas en belleza; se había visto en apuros cuando su nombre fue mencionado en los ecos de sociedad; había actuado en cinco o seis funciones de caridad y en dos representaciones históricas; había solicitado votos para el candidato conservador en dos elecciones generales y, como toda muchacha en las islas Británicas, era infeliz en casa.
En los años de la crisis, las cosas llegaron a un punto intolerable. Durante algún tiempo, el padre de Ángela había manifestado una creciente resistencia a abrir la casa de Londres; ahora empezaba a hablar de un modo siniestro sobre «economías», con lo que quería decir el retiro permanente en el campo, la reducción del número de sirvientes en la casa, la supresión de fuegos en los dormitorios, la rebaja de la asignación de Ángela y la adquisición de una milla y media de territorio de pesca en el que hacía varios años que había puesto el ojo.
Ante la lúgubre perspectiva de una residencia indefinidamente prolongada en el hogar de sus antepasados, Ángela, al igual que otras muchas jóvenes inglesas antes que ella, decidió que después de sus dos fallidos amoríos era improbable que se enamorase de nuevo. Para ella no existía una romántica separación de vías entre el amor y la fortuna. Los primogénitos escaseaban más que nunca aquel año y había una reñida competencia por parte de Norteamérica y los dominios británicos. La elección estribaba entre las estrecheces con sus padres en una mansión majestuosa o las apreturas con un marido en una callejuela londinense.
El pobre Tom Watch había sido moderadamente atento con Ángela desde su primera temporada de joven casadera. Era su acompañante masculino en casi todas las ocasiones. Normalmente educado, tras graduarse en historia en la universidad, Tom había ingresado en una sólida oficina de peritos mercantiles con quienes había trabajado desde entonces. Y a lo largo de aquellas tardes ciudadanas sin sol evocaba melancólicamente sus tiempos de estudiante, cuando había cumplido felizmente la rutina normal del éxito universitario entrando segundo, en un caballo prestado, en la «carrera de obstáculos» del colegio Christ Church, rompiendo muebles con el Bullingdon, regresando al alba a través de la ventana después de haber asistido a bailes en Londres y compartiendo un alojamiento lóbrego aunque caro en High Street con jóvenes más ricos que él.
Ángela, siendo como era una de las chicas populares de su curso, había visitado con frecuencia Oxford y las casas en donde Tom pasaba las vacaciones, y a medida que la desolada sucesión de años en la oficina contable le serenaban y le deprimían, Tom empezó a considerarla como uno de los pocos fragmentos brillantes que quedaban de su pasado encantador. Seguía saliendo un poco, porque un joven sin compromiso nunca carece totalmente de valor en Londres, pero las cenas tardías a las que asistía adusto, fatigado por la jornada de trabajo y desconectado de los temas de conversación con los que las muchachas recién presentadas en sociedad pretendían interesarle, únicamente le servían para mostrarle el abismo que se estaba ensanchando entre él y sus antiguas amistades.
Ángela, como era (imposible expresar hasta qué punto) una chica sumamente agradable, siempre le dispensaba un trato encantador al que él correspondía con gratitud. Ella era, no obstante, una porción de su pasado, no de su futuro. Su estima era sentimental, pero totalmente desinteresada. Ángela era un pedazo de su juventud irrecuperable; nada podía distar más de su actitud que el pensamiento de que ella era una compañera posible de la vejez. Por consiguiente, la proposición de matrimonio que le hizo Ángela le pareció una sorpresa en modo alguno bienvenida.
Habían abandonado juntos un baile particularmente concurrido e insulso, y estaban comiendo salmón ahumado en un night-club. Atravesaban por el estado de ánimo íntimo y ligeramente tierno que siempre surgía entre ambos, cuando Ángela había dicho en voz baja:
-Eres siempre mucho más simpático conmigo que cualquier otra persona, Tom; me pregunto por qué.
Y antes de que él pudiera desviarla -había tenido un día de trabajo inusualmente agotador y el baile le había aturdido-, ella había planteado la cuestión.
-Bueno, verás -había tartamudeado Tom-, quiero decir que nada me gustaría más, muchachita. O sea, ya sabes que siempre he estado loco por ti, desde luego... Pero el problema es simplemente que no puedo permitirme el lujo de casarme. Absolutamente fuera de lugar durante años, ya ves.
-Bueno, yo creo que no me importaría ser pobre contigo. Tom, nos conocemos tan bien el uno al otro. Todo resultaría fácil.
Y antes de que Tom supiera si le agradaba o no, el compromiso había sido anunciado.
Él ganaba ochocientas libras al año; Ángela disponía de doscientas. Había más «cosas venideras» para ambos, en definitiva. Las cosas no irían tan mal si eran lo bastante sensatos para no tener hijos. Él tendría que renunciar a sus ocasionales días de caza; ella tendría que renunciar a su sirvienta. Sobre esta base de sacrificio mutuo planearon su porvenir.
Llovió pertinazmente el día de la boda y sólo los más recalcitrantes entre la gente de St. Margaret salieron a presenciar la melancólica procesión de invitados que descendían de sus automóviles chorreantes y se lanzaban por el camino cubierto hasta la iglesia. Después hubo una fiesta en la casa de Ángela, en Egerton Gardens. A las cuatro y media, la pareja cogió un tren en Paddington hacia el oeste de Inglaterra. La alfombra azul y el toldo de rayas fueron plegados y guardados con llave entre cabos de vela y cojines en el cuarto de trastos de la iglesia. Las luces de las naves se apagaron y las puertas se cerraron con pestillo. Las flores y los arbustos fueron amontonados a la espera de su distribución en los pabellones de un hospital para incurables por el que la señora Watch se interesaba. La secretaria de la señora Trench-Troubridge comenzó la tarea de despachar paquetes de cartón, de plata y blanco, con una tarta de boda a la servidumbre y los arrendatarios del campo. Uno de los porteros fue corriendo a Covent Garden a devolver su chaqué a la sastrería de caballeros donde lo había alquilado. Llamaron a un médico para atender al pequeño sobrino del novio que, después de haber atraído una atención considerable como paje en la ceremonia debido a sus francos comentarios, contrajo fiebre alta y numerosos síntomas preocupantes de envenenamiento alimentario. La criada de Sarah Trumpery restituyó discretamente el reloj ambulante de que la anciana se había apropiado inadvertidamente de entre los regalos de boda. (Aquella excentricidad suya era sobradamente conocida, y los detectives tenían la orden terminante de evitar una escena en la recepción. Por entonces ya no la invitaban frecuentemente a bodas. Cuando sí lo hacían, los obsequios robados eran devueltos invariablemente esa noche o al día siguiente.) Las damas de honor se congregaron durante la cena y aventuraron ansiosas conjeturas sobre las intimidades de la luna de miel, siendo en este caso las probabilidades de tres contra dos acerca de que la ceremonia no había sido adelantada. El gran expreso del oeste traqueteó a través de los empapados condados ingleses. Tom y Ángela estaban sentados sombríamente en un vagón de primera clase para fumadores, comentando el día.
-Ha sido tan maravilloso que ninguno de los dos llegara tarde.
-Mamá ha organizado tanto lío...
-Yo no he visto a John, ¿y tú?
-Estaba. Nos ha despedido en el vestíbulo.
-Oh, sí... Espero que hayan embalado todo.
-¿Qué libros has traído?
Una boda completamente normal, sin ningún detalle digno de mención.
Poco después Tom dijo:
-Supongo que en cierto sentido es poco emprendedor por nuestra parte ir a la casa de la tía Martha en Devon. ¿Te acuerdas de que los Lockwood fueron a Marruecos y los secuestraron unos bandidos?
-Y los Randall estuvieron diez días cercados por la nieve en Noruega.
-No vamos a tener muchas aventuras en Devon.
-Bueno, Tom, en realidad no nos hemos casado por afán de aventuras, ¿verdad?
Y, tal como fueron las cosas, a partir de ese momento la luna de miel cobró un sesgo extraño.
2
-¿Sabes si hay algún transbordo?-Me parece que sí. He olvidado preguntar. Peter sacó los billetes. Me bajaré en Exeter para averiguarlo.
El tren entró en la estación.
-Vuelvo dentro de un minuto -dijo Tom, cerrando la puerta tras él para impedir que entrara el frío.
Recorrió el andén, compró un periódico vespertino del oeste, averiguó que no tenían que cambiar de tren y volvía hacia su vagón cuando le asieron del brazo y una voz dijo:
-¡Hola, Watch, muchachote! ¿Te acuerdas de mí?
Con un poco de esfuerzo reconoció la cara sonriente de un antiguo amigo de la universidad.
-Veo que acabas de casarte. Enhorabuena. Iba a escribirte. Qué suerte encontrarte de este modo. Vamos a beber algo.
-Me gustaría, pero tengo que volver al tren.
-Hay tiempo de sobra, muchacho.
Para diez minutos aquí. Tenemos que beber algo.
Todavía buceando en su memoria para recordar el nombre de su antiguo amigo, Tom le acompañó a la cantina de la estación.
-Vivo a quince millas de aquí, ¿sabes? He venido expresamente a esperar al tren. Esperando pienso vacuno de Londres. Ni rastro de él... Bueno, tanto mejor.
Bebieron dos vasos de whisky, muy reconfortantes después del frío trayecto en tren. Luego Tom dijo:
-Bueno, me alegro mucho de haberte visto. Ahora tengo que volver al tren. Acompáñame para que te presente a mi mujer.
Pero cuando salieron al andén el tren ya se había ido,
-Oye, viejo, esto sí que tiene gracia, ¿eh? ¿Qué vas a hacer? No hay más trenes esta noche. Te propongo una cosa: más vale que vengas a pasar la noche conmigo y te marchas mañana. Podemos telegrafiar a tu mujer diciéndole dónde estás.
-Me figuro que Ángela estará bien.
-¡Pues claro que sí! Nada puede ocurrir en Inglaterra. Además no puedes hacer nada. Dame su dirección y le pondré un telegrama ahora mismo, diciéndole dónde estás. Sube al coche y espera.
A la mañana siguiente, Tom despertó con un sentimiento de ligera aprensión. Dio una vuelta en la cama, examinando con ojos soñolientos el mobiliario desconocido de la habitación. Entonces recordó. Estaba casado, desde luego. Y Ángela había partido en el tren, y él había viajado durante millas en la oscuridad, rumbo a la casa de un antiguo amigo cuyo nombre no lograba recordar. Era la hora de cenar cuando llegaron. Habían bebido vino de Borgoña, oporto y brandy. Francamente bebieron más de lo debido. Habían recordado numerosos escándalos caseros, toda suerte de insultos joviales a los profesores de química, de fugas después de atardecer par ir a Londres, al «43». ¿Cómo se llamaba el tipo? Obviamente era demasiado tarde para preguntárselo. Y de todas formas tenía que localizar a Ángela. Supuso que ella habría llegado sin novedad a casa de tía Martha y habría recibido el telegrama. Incómoda manera de iniciar la luna de miel; pero él y Ángela se conocían tan bien uno a otro... No era como si se tratase de un idilio súbito.
Poco después le llamaron.
-Los perros se están reuniendo cerca de aquí esta mañana, señor. El capitán quisiera saber si le gustaría participar en la cacería.
-¡No, no! Tengo que marcharme inmediatamente después de desayunar.
-El capitán ha dicho que le dejaría un caballo y le prestaría ropa.
-¡No, no! Totalmente imposible.
Pero cuando bajó a desayunar y encontró a su anfitrión llenando de brandy de cerezas una petaca de silla, hilos secretos empezaron a tirar del corazón de Tom.
-Somos, desde luego, una pandilla bastante cómica. Todo el mundo viene, el cura, los granjeros, toda clase de animales. Pero por lo general damos buenas carreras por el límite del páramo. Lástima que no puedas venir. Me gustaría que probaras mi nueva yegua, es una delicia montarla... Un poquito delicada para este tipo de terreno, quizá...
Bueno, ¿por qué no...? Después de todo, él y Ángela se conocían tan bien el uno al otro... No era como si...
Y dos horas más tarde Tom se encontró galopando locamente contra el fuerte viento a través del peor coto de caza de las islas Británicas -trechos de brezo y de ciénagas, interrumpidos por hondonadas, cantos rodados, arroyos de montaña y canteras de grava abandonadas-, con los perros que corrían valle arriba, la yegua que iba como la seda, los chicos de los granjeros en ponis peludos, las mujeres de los abogados sobre jacas, los capitanes de barco retirados dando botes a dieciocho palmos de altura, veterinarios y párrocos lanzados a la carrera alrededor de él, y sin una sola preocupación en el ánimo.
Otras dos horas más tarde se encontraba en circunstancias menos venturosas, sentado solo en el brezo, rodeado por todas partes por un horizonte ininterrumpido de páramo desierto. Había desmontado para apretar una cincha, y al ascender al galope una ladera para dar alcance a la partida, la montura había metido el casco en una madriguera de conejo, y al caer a tierra había rodado peligrosamente cerca de él, y al ponerse nuevamente en pie había emprendido un medio galope enérgico rumbo a su establo, dejando a Tom de espaldas en el suelo, jadeando en busca de aliento. Ahora estaba totalmente solo en un terreno completamente desconocido. No sabía el nombre de su anfitrión ni el de la casa. Se vio a sí mismo vagabundeando de pueblo en pueblo y preguntando: «¿Podría decirme la dirección de un joven que ha estado en una cacería esta mañana? ¡Estaba en casa de Butcher en Eton!» Y, por otra parte, Tom recordó de pronto que estaba casado. Claro que él y Ángela se conocían tan bien... pero había límites.
A las ocho en punto de esa noche, una figura cansada entró penosamente en el salón iluminado con luz de gas del hotel Royal George, en Chagford. Llevaba botas de montar empapadas y rotas, y la ropa embarrada. Había errado durante cinco horas por el páramo, y tenía hambre. Le dieron queso canadiense, margarina, salmón de lata y cerveza de malta embotellada, y le enviaron a dormir a un amplio lecho con armazón de cobre que crujía cada vez que él se movía. Pero durmió hasta las diez y media de la mañana siguiente.
El tercer día de la luna de miel tuvo un comienzo más favorable. Un sol desolado brillaba un poquito. Con todos los músculos doloridos y embotados, Tom se puso la indumentaria de montar, todavía húmeda, de su anfitrión desconocido e hizo averiguaciones sobre la forma de llegar al pueblo remoto donde su tía Martha tenía la residencia, y donde Ángela debía de estar aguardando ansiosamente. Le telegrafió: «Llego esta noche. Te explicaré. Con todo amor», y después se informó sobre los trenes. Aquel día había uno que salió a primera hora de la tarde y, después de tres cambios, le dejó al atardecer en una estación cercana. Aquí sufrió otro contratiempo. No había ningún vehículo alquilable en el pueblo. La casa de su tía estaba a ocho millas. El teléfono no funcionaba a partir de las siete de la tarde. La larga jornada con la ropa húmeda le había hecho tiritar y estornudar. Estaba incubando sin duda un fuerte resfriado. La perspectiva de una caminata de ocho millas en la oscuridad era impensable. Pasó la noche en la posada.
El alborear del cuarto día deparó a Tom la pérdida del habla y casi la sordera. En este estado le transportó el coche a la casa tan amablemente cedida para la luna de miel de una semana. En la casa le esperaba la noticia de que Ángela se había marchado temprano esa misma mañana.
-La señora Watch ha recibido un telegrama, señor, diciendo que usted había sufrido un accidente de caza. Estaba muy contrariada, porque había invitado a almorzar a unos amigos.
-¿Pero adonde ha ido?
-La dirección venía en el telegrama, señor. La misma que en el primer telegrama... No, señor, no lo hemos conservado.
De modo que Ángela había ido a casa de su anfitrión, cerca de Exeter; bueno, podía cuidar perfectamente de sí misma. Se sentía demasiado enfermo para preocuparse. Fue directamente a la cama.
El quinto día transcurrió en un estupor de aflicción. Tom yacía en cama pasando apáticamente las páginas de los libros que su tía había reunido en sus cincuenta años de vida vigorosa al aire libre. El sexto día la conciencia comenzó a inquietarle. Quizá debía tomar una decisión con respecto a Ángela. Fue entonces cuando el mayordomo sugirió que el nombre que ostentaba el bolsillo interior de la chaqueta de caza sería probablemente el del antiguo anfitrión de Tom y el actual de Ángela. Unas cuantas pesquisas con ayuda de la guía telefónica local resolvieron el asunto. Envió un telegrama.
«¿Estás bien? Esperándote aquí. Tom» y recibió esta respuesta: «Estupendamente. Tu amigo es divino. Por qué no vienes. Ángela.»
«En cama con fuerte resfriado. Tom.»
«Tristísima, querido. Te veré en Londres o quieres que vaya. Apenas vale la pena. Ángela.»
«Nos vemos en Londres. Tom.»Claro que Ángela y él se conocían tan bien...
Dos días más tarde se reunieron en el pisito que la señora Watch había estado decorando para ellos.
-Espero que hayas traído todo el equipaje.
-Sí, querido. ¡Qué alegría estar en casa!
-Mañana es día de oficina.
-Sí, y yo tengo que telefonear a cientos de personas. Todavía no les he dado las gracias por la última remesa de regalos.
-¿Lo has pasado bien?
-No muy mal. ¿Cómo va tu resfriado?
-Mejor. ¿Qué hacemos esta noche?
-He prometido ir a ver a mamá. Luego he dicho que iría a cenar con tu amigo de Devon. Ha venido conmigo por un asunto de pienso vacuno. Me pareció que lo mínimo que podía hacer era llevarle a algún sitio después de hospedarme en su casa.
-Muy bien. Pero yo no creo que vaya.
-No, yo en tu caso no vendría. Tengo montones de cosas que contarle a mi madre y que te aburrirían.
Esa noche, la señora Trench-Troubridge dijo:
-Creo que Ángela ha estado encantadora. La luna de miel le ha sentado bien. Qué sensato por parte de Tom no haberla llevado a uno de esos viajes agotadores por el continente. Ya ves lo descansada que ha vuelto. Y la luna de miel muchas veces es un momento muy difícil, sobre todo después de todo el alboroto de la boda.
-¿Qué es eso de que van a alquilar una casa de campo en Devon? -preguntó su marido.
-No van a alquilarla, querido, van a regalársela. Cerca de la de un amigo soltero de Tom, por lo visto. Ángela ha dicho que es un sitio magnífico adonde ir cuando quiera cambiar de aires. Nunca consiguen tomarse unas verdaderas vacaciones por culpa del trabajo de Tom.
-Muy sensato, efectivamente, muy sensato -dijo el señor Trench-Troubridge, dando alguna que otra cabezada, como tenía por costumbre a las nueve de la noche.
Este cuento fue escrito entre 1932 y 1933 y publicado en el número de septiembre de la revista Cosmopolitan (ignoro si es la misma revista que hoy se publica). Es un cuento que se nutre de las experiencias como viajero y explorador de Waugh. Parece ser que el personaje de McMaster del cuento está basado en un personaje real, el señor Christie, al que Waugh conoció en Brasil.
Este cuento, con los cambios de rigor, se convirtió en el final de Un puñado de polvo, la novela que publicó en 1934.
¿Será lo de la foto lo que Kingsley Amis llamaba "poner cara de Waugh"?
Salvo unas pocas familias de indios shiriana, nadie sabía de la existencia del señor McMaster, pese a que hacía casi sesenta años que vivía en el Amazonas. Tenía su casa en una pequeña sabana —esas extensiones de arena y hierba que ocasionalmente afloran en esos parajes— de unos cuatro kilómetros de punta a punta y rodeada de selva por los cuatro costados.
El arroyo que la regaba no aparecía en ningún mapa; discurría entre rápidos, siempre peligroso y la mayor parte del año intransitable, hasta desembocar en la parte alta del río Uraricoera, cuyo curso, por más que claramente dibujado en cualquier atlas escolar, sigue siendo objeto de especulación. Ninguno de los habitantes del distrito, a excepción del señor McMaster, había oído hablar jamás de Colombia, Venezuela, Brasil o Bolivia, países todos ellos que en un momento u otro reivindicaron su posesión.
La casa del señor McMaster era más grande que la de sus vecinos, pero similar en todo lo demás: un techo de paja de palmera, paredes de barro y cañas hasta la altura del pecho y un suelo de barro. Era propietario de una docena de reses raquíticas que pastaban en la sabana, una plantación de mandioca, unos cuantos mangos y plataneros, un perro y, cosa insólita en el vecindario, una escopeta de retrocarga de un solo cañón. Los pocos productos que utilizaba del mundo exterior le llegaban a través de una larga serie de comerciantes, tras pasar de mano en mano en trueques realizados en una docena de lenguas diferentes desde el extremo de uno de los hilos más largos de la telaraña mercantil que se extiende desde Manaos hasta la inalterable y remota selva.
Un día, mientras el señor McMaster llenaba unos cartuchos, un shiriana fue a verle con la noticia de que un hombre blanco se aproximaba por la selva, solo y muy enfermo. McMaster cerró el cartucho, lo introdujo en la escopeta, se guardó en el bolsillo los que estaban listos y partió en la dirección indicada.
El hombre había salido ya de la espesura cuando McMaster dio con él: estaba sentado en el suelo y su aspecto, efectivamente, no inspiraba nada bueno. No llevaba sombrero ni botas y su ropa estaba tan desgarrada que sólo la humedad del cuerpo la mantenía adherida al mismo; tenía los pies llenos de cortes y desmesuradamente hinchados, y la piel que llevaba al descubierto estaba mancillada por picaduras de insecto y mordeduras de murciélago, y en sus ojos se adivinaba la fiebre. Parecía estar delirando, pero dejó de hablar para sí cuando el señor McMaster llegó a su altura y le habló en inglés.
—Estoy cansado —dijo el hombre; y luego—: No puedo continuar. Me llamo Henry y estoy muy cansado. Anderson murió. Eso fue hace mucho. Supongo que le pareceré muy raro.
—Lo que me parece, amigo mío, es que está muy enfermo.
—Sólo cansado. Debe de hacer meses que no como nada.
El señor McMaster le ayudó a ponerse en pie y, sosteniéndolo por un brazo, lo condujo hacia la casa entre montículos de hierba.
—Es un trecho muy corto. Cuando lleguemos, le daré algo para que se sienta mejor.
—Es usted muy amable, gracias. —Y añadió—: Oiga, veo que habla inglés. Yo también soy inglés. Me apellido Henry.
—Bien, señor Henry, pues ya no tiene que preocuparse más. Está enfermo y ha tenido un arduo viaje. Yo cuidaré de usted.
Siguieron adelante, muy despacio, hasta llegar a la casa.
—Túmbese en esa hamaca; mientras yo iré a buscar algo para usted.
El señor McMaster entró en la parte de atrás de la casa y sacó un bote de debajo de una pila de pieles animales. Dentro había una mezcla de corteza y hojas secas. Cogió un puñado y salió adonde estaba la lumbre. De regreso ayudó a Henry a beber la pócima de hierbas dentro de una calabaza hueca colocándole una mano en la nuca para levantarle la cabeza. El hombre sorbió, y el amargor le hizo estremecerse un poco.
Cuando se la hubo terminado, el señor McMaster tiró al suelo los posos. Henry volvió a recostarse, sollozando por lo bajo, y, unos minutos después, cayó sumido en un sueño profundo.
«Infortunada.» Ése fue el epíteto que aplicó la prensa a la expedición Anderson a la región brasileña del Parima y curso superior del Uraricoera. Cada etapa de la aventura, desde los preliminares en Londres hasta su trágico final en el Amazonas, se había visto marcada por la desgracia. Fue como consecuencia de uno de los primeros contratiempos que Paul Henry se vio involucrado en la expedición.
Él no tenía madera de explorador: era un joven sereno y bien parecido, de gustos exigentes y envidiables posesiones, y, sin ser un intelectual, sabía apreciar la buena arquitectura y el ballet, había viajado por las zonas más accesibles del planeta, era coleccionista, pero no un connoisseur, caía bien a las anfitrionas y sus tías lo adoraban. Estaba casado con una mujer de extraordinaria belleza y encanto personal, y fue precisamente ella quien trastornó la apacible existencia de Henry al confesar su amor hacia otro hombre por segunda vez en los ocho años que llevaban casados. La primera había sido un fugaz encaprichamiento con un tenista profesional; la segunda, ya más seria, con un capitán de la guardia Coldstream.
Lo primero que se le ocurrió a Henry bajo el efecto de la sorpresa de esta revelación fue salir a cenar solo. Pertenecía a cuatro clubes, pero en tres de ellos corría el riesgo de toparse con el amante de su esposa. Así, eligió uno al que raramente iba y que solía estar concurrido por un grupito de editores, abogados y hombres del mundo académico a la espera de ser elegidos para el Ateneo.
Terminada la cena, entabló conversación con el profesor Anderson y supo así de la expedición que éste planeaba hacer a Brasil. La adversidad que a la sazón estaba retardando las cosas era que el secretario les había escamoteado dos tercios del capital destinado a la expedición. Los protagonistas estaban a punto —el profesor Anderson, el antropólogo Simmons, el biólogo Necher, el agrimensor Brough, un mecánico y un radiotelegrafista— y ya tenían el material científico metido en cajas y listo para ser embarcado, y los papeles necesarios sellados y firmados por las autoridades competentes, pero, continuó explicando Anderson, a menos que consiguieran mil doscientas libras, tendrían que abandonar la empresa.
Como se ha dado a entender, Henry vivía holgadamente; la expedición duraría entre nueve meses y un año; si renunciaba a su casa de campo (dedujo que su mujer preferiría quedarse en Londres para estar cerca de su amigo), tendría para cubrir la cantidad requerida y más.
Pensó incluso que la expedición y el viaje en sí, con su promesa de exotismo, podían despertar las simpatías de su mujer. Y así, por las buenas, junto a la lumbre del club, decidió apuntarse a la expedición Anderson.
Aquella noche, al llegar a casa, le dijo a su esposa:
—He decidido lo que voy a hacer.
—¿Sí, cariño?
—¿Estás segura de que ya no me amas?
—Pero, cariño, ¡tú sabes que te adoro!
—Ya, pero ¿estás segura de que quieres más a ese guardia, Tony no sé qué más?
—Oh, sí, muchísimo más. Ni punto de comparación.
—De acuerdo, entonces. Durante un año no voy a dar ningún paso en lo referente a un divorcio. Tendrás tiempo de sobra para reflexionar. Yo me marcho la semana que viene al Uraricoera.
—¡Cielos! ¿Y eso dónde está?
—No lo sé exactamente. Creo que en Brasil. Una zona sin explorar. Estaré ausente todo un año.
—Pero cariño, ¡qué vulgaridad! Como en los libros, ¿no? Quiero decir, caza mayor y todo eso...
—Es obvio que ya has descubierto que soy una persona muy vulgar.
—Un momento, Paul, no te pongas desagradable... Oh, el teléfono. Será Tony, supongo. Si es él, ¿te importaría dejar que hable un ratito a solas?
Pero los diez días siguientes, con los preparativos, ella se mostró mucho más tierna, y dejó plantado por dos veces a su guardia para acompañar a Henry a las tiendas donde había de elegir sus pertrechos —e insistiendo en que se comprara una faja de esmoquin de estambre—.
La última noche antes de partir, ella organizó una fiesta-cena en el Embassy y le dijo que podía invitar a todos los amigos que le apeteciera; a Henry no se le ocurrió nadie más que el profesor Anderson, que compareció vestido de extraña forma, bailó incansablemente y cayó más o menos mal a todo el mundo. Al día siguiente, la señora Henry acompañó a su marido al tren que enlazaba con el barco y le hizo entrega de una sábana azul cielo, extravagantemente suave, dentro de una funda de ante del mismo color provista de cremallera y monograma. Luego le dio un beso de despedida, diciendo: «Cuídate, en ese sitio al que vais».
Si hubiera seguido caminando hasta Southampton podría haber presenciado dos hechos dramáticos. El señor Brough no había acabado de subir la pasarela cuando fue arrestado por deudas (cuestión de 32 libras esterlinas); la publicidad generada por los peligros de la expedición había puesto en marcha la rueda de la justicia. Henry se ocupó de pagar.
Empero, el segundo contratiempo no tenía tan fácil solución. La madre del señor Necher había llegado al barco antes que ellos; llevaba consigo una revista de misioneros donde acababa de leer una descripción de la selva amazónica. Por nada del mundo iba a permitir que su hijo partiera de viaje; se quedaría a bordo hasta que bajase a tierra. Y, si era necesario, partiría con él, pero de ninguna manera iba a permitir que se fuera solo a esos bosques. No hubo forma de hacer desistir de su empeño a aquella anciana tan decidida; al final, cinco minutos antes de la hora de embarque, consiguió llevarse a su hijo y la expedición se quedó sin biólogo.
Tampoco la adhesión del señor Brough iba a durar mucho tiempo. Viajaban en un buque transatlántico que llevaba pasajeros en una travesía de ida y vuelta. Una semana después de zarpar de Inglaterra y sin haberse acostumbrado apenas al vaivén del barco, el señor Brough ya se había prometido en matrimonio; y estaba prometido todavía, pero a otra dama, cuando arribaron a Manaos y no quiso saber nada de continuar en la expedición, de modo que, tras conseguir que Henry le costeara el billete de regreso, recaló de nuevo en Southampton prometido a la primera de las dos, con la que se casó a renglón seguido.
Una vez en Brasil, ninguno de los funcionarios a quienes iban dirigidas sus credenciales estaba en activo. Mientras Henry y el profesor Anderson negociaban con los nuevos administradores, el doctor Simmons viajó río arriba hasta Boa Vista, donde estableció un campamento base con gran parte de las provisiones. Provisiones de las que se apropió instantáneamente la guarnición revolucionaria, siendo el propio Simmons encarcelado durante unos días y sometido a humillaciones diversas que lo enfurecieron hasta el punto de que, no bien fue puesto en libertad, puso rumbo hacia la costa deteniéndose apenas en Manaos el tiempo suficiente como para comunicar a sus colegas que quería presentar personalmente una denuncia ante las autoridades nacionales en Río de Janeiro.
Así pues, y pese a que estaban a un mes de viaje del inicio de sus trabajos, Henry y el profesor Anderson se encontraron de pronto solos y privados de la mayor parte de sus pertrechos. No había ni que pensar en la ignominia de una vuelta inmediata. Barajaron la idea de que tal vez fuese conveniente pasar unos meses de incógnito en Madeira o Tenerife, pero incluso allí era probable que los detectaran; habían salido demasiadas fotografías en la prensa ilustrada londinense antes de su partida. Finalmente, con el ánimo por los suelos, los exploradores partieron solos hacia el Uraricoera con escasas esperanzas de lograr algo que valiera la pena.
Durante siete semanas recorrieron verdes y húmedos túneles que se abrían paso entre la selva. Sacaron algunas instantáneas de indios misántropos desnudos; metieron varias serpientes en botellas, que perdieron cuando su canoa volcó en los rápidos; pusieron a prueba sus sistemas digestivos ingiriendo nauseabundos brebajes en fiestas indígenas; un buscador de minas guayanés les robó todo el azúcar que les quedaba. Por último, el profesor Anderson contrajo la mortífera malaria, parloteó sin fuerzas durante unos días tumbado en una hamaca, entró en coma y falleció, dejando a Henry solo con una docena de remeros de la tribu maku, ninguno de los cuales hablaba una sola palabra de ningún idioma que él conociera. Dieron media vuelta y se dejaron llevar aguas abajo con un mínimo de provisiones y nula confianza mutua.
Aproximadamente una semana después de que muriera el profesor Anderson, Henry descubrió una mañana al despertar que los chicos y la canoa habían desaparecido, y lo habían dejado allí con sólo la hamaca y un pijama, a unos trescientos o cuatrocientos kilómetros del asentamiento más cercano. La naturaleza le impedía permanecer donde estaba pese a que no tenía mucho sentido moverse de allí. Se puso en marcha siguiendo el curso del río; al principio albergaba la esperanza de encontrar una canoa, pero al poco rato la selva entera le pareció poblada de apariciones que era incapaz de explicarse. Siguió adelante, a ratos por el agua, a ratos entre la espesura.
En el fondo siempre había tenido la vaga certeza de que la jungla era pródiga en alimentos, que existía en ella peligro de serpientes y de fieras salvajes, pero no de morir de hambre. Sin embargo, empezaba a darse cuenta de que no era así en absoluto. La selva consistía únicamente en árboles de troncos inmensos incrustados en una maraña de espinos y lianas, que nada tenían de nutritivo. El primer día sufrió lo indecible. Más adelante quedó como anestesiado, y la conducta de los pobladores que salían a su encuentro con librea de lacayo para llevarle la cena y que luego, irresponsablemente, se esfumaban o destapaban las fuentes mostrándole las tortugas vivas que contenían le causó más engorro que otra cosa. Muchas personas que conocía de Londres se pusieron a correr a su alrededor lanzando exclamaciones de burla, haciéndole preguntas cuya respuesta no podía conocer. También apareció su mujer, en un momento dado, y Henry se alegró de verla pensando que se habría cansado del guardia y que había venido a buscarle; pero, al igual que todos los demás, desapareció al poco rato.
Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que era imprescindible llegar hasta Manaos; eso le sirvió para redoblar sus energías, a expensas de golpearse con los cantos rodados en el río y de engancharse con las lianas. «No debo malgastar fuerzas», se dijo. Pero luego lo olvidó también y ya no fue consciente de nada más hasta que se vio tendido en una hamaca en casa del señor McMaster.
La recuperación fue lenta. Al principio se alternaban los días de lucidez con los de delirio; luego, poco a poco, la fiebre fue bajando y permaneció consciente aun en plena enfermedad. Los días de fiebre disminuyeron hasta lo que se considera normal en el trópico, alternados con largos períodos de relativa salud. El señor McMaster le administró remedios de hierbas con regularidad.
—Es repugnante —dijo Paul Henry—, pero la verdad es que cura.
—En la selva hay medicinas para todo —repuso el señor McMaster—, unas curan y otras hacen enfermar. Mi madre, que era india, me enseñó mucho sobre hierbas. Otras cosas las he ido aprendiendo gracias a mis diferentes esposas. Hay plantas para curar y plantas para dar fiebre, para matar y para volverlo a uno loco, para ahuyentar serpientes, para embriagar a los peces de manera que uno pueda sacarlos del agua con las manos como quien arranca fruta del árbol. Hay medicinas que ni siquiera yo conozco. Dicen que es posible resucitar a un muerto después de que empieza a heder, aunque yo eso no lo he visto.
—Pero usted es inglés, ¿no?
—Mi padre lo era... Bueno, de las Barbados. Llegó como misionero a la Guayana británica. Estaba casado con una blanca, pero la dejó en la Guayana para ir a buscar oro. Luego conoció a la que sería mi madre. Las shirianas son feas, pero están mucho por uno. Yo he tenido un montón.
La mayor parte de los que viven en esta sabana son hijos míos. Por eso obedecen, y también porque tengo la escopeta. Mi padre murió muy viejo, de hecho, no hace ni veinte años. Era un hombre con cultura. ¿Usted sabe leer?
—Naturalmente.
—No todo el mundo es tan afortunado. Yo no sé leer.
Henry se rió como disculpándose.
—Pero supongo —dijo— que aquí no tiene oportunidad de hacerlo.
—Al contrario, por eso lo digo. Tengo muchísimos libros. Se los mostraré cuando se encuentre mejor. Hasta hace cinco años había aquí un inglés; bueno, era de raza negra, pero había estudiado en Georgetown. Hasta que se murió, cada día me leía un rato. Cuando se encuentre usted mejor, tendría que leerme algo.
—Será un placer.
—Sí, sí, tiene que leerme —repitió el señor McMaster, mientras sostenía la calabaza con el brebaje.
Durante los primeros días de convalecencia Henry no conversó apenas con su anfitrión; permanecía tumbado en la hamaca con la mirada fija en el techo de paja pensando en su mujer, reproduciendo una vez y otra diversos incidentes de su vida en común, incluidos los líos de ella con el tenista y el militar. Los días, de exactamente doce horas de duración, transcurrían todos iguales. El señor McMaster se iba a acostar al ponerse el sol y dejaba una pequeña lámpara encendida —una mecha tejida a mano dentro de un cazo con grasa de buey— para ahuyentar a los murciélagos vampiro.
La primera vez que Henry abandonó la casa, el señor McMaster lo llevó a dar un corto paseo por la finca.
—Le enseñaré la tumba del negro —dijo, conduciéndolo hasta un túmulo entre mangos—. Fue muy bueno conmigo. Cada tarde, hasta que se murió, me leía un poco. Creo que pondré una cruz para conmemorar su muerte y la llegada de usted; me parece una buena idea. ¿Usted cree en Dios?
—La verdad es que no he pensado mucho en ello.
—No pasa nada. Yo, en cambio, sí le he dado muchas vueltas y todavía no sé... Dickens sí creía.
—Supongo.
—Desde luego, está clarísimo en todos sus libros. Ya lo verá.
Aquella tarde el señor McMaster empezó a construir una cabecera para la tumba del negro. Trabajaba con un cepillo grande de carpintero y tan recia era la madera, que rechinaba como el metal.
Por fin, después de que Henry pasara seis o siete días seguidos sin fiebre, el señor McMaster le dijo:
—Creo que ya está bueno para ver los libros.
En un extremo de la cabaña había una especie de desván formado por una plataforma basta sujetada en los aleros del tejado. El señor McMaster apoyó en ella una escalera de mano y subió. Henry lo hizo después, todavía débil. El señor McMaster se sentó en la plataforma y Henry miró desde el peldaño superior de la escalera. Había unos cuantos paquetes apilados y atados con trapos, hoja de palma y cuero crudo.
—No ha sido fácil cortar el paso a gusanos y hormigas. Dos están casi completamente comidos. Pero hay un aceite que los indios saben cómo elaborar y que es muy útil.
Desenvolvió el paquete que estaba más a mano y le pasó a Henry un libro encuadernado en piel de becerro. Era una vieja edición norteamericana de Casa desolada.
—No importa por cuál empecemos.
—¿Es muy aficionado a Dickens?
—Hombre, desde luego. Mucho más que aficionado, diría yo. Verá, estos libros son los únicos que he oído leer. Mi padre solía leerlos, después ese hombre negro que le digo... y ahora usted. Los he oído ya varias veces, pero no me canso nunca; siempre hay alguna cosa que aprender, con tantos personajes, tantas situaciones, tantas palabras... Tengo la obra entera de Dickens menos esos dos que devoraron las hormigas. Se tarda mucho en leerlos todos; más de dos años.
—Seguro que habrá de sobra para lo que dure mi estancia —dijo Henry.
—Yo espero que no. Es estupendo empezar de nuevo. Creo que cada vez encuentro más cosas que disfrutar y que admirar.
Bajaron el primer tomo de Casa desolada y esa misma tarde Henry hizo su primera lectura.
Siempre le había gustado bastante leer en voz alta y de recién casado había compartido así varios libros con su esposa, hasta que un día ella le confió (no solía hacer confidencias) que le resultaba una tortura tener que escuchar. Alguna vez, después de aquello, había pensado que quizá sería bonito tener hijos a quienes leer. Pero el señor McMaster era un público sin parangón.
El viejo estaba a horcajadas de la hamaca, enfrente de Henry, mirándolo a los ojos y siguiendo las palabras con los labios, sin emitir sonido.
Con frecuencia, cuando aparecía un personaje nuevo, decía: «Repita el nombre; ya no me acordaba de él», o bien: «Sí, sí, ya la recuerdo. Al final muere, pobre mujer». Interrumpía a menudo para hacer preguntas; no, como Henry habría podido pensar, sobre las circunstancias de la trama — cosas como la jurisprudencia del tribunal de la Cancillería o las convenciones sociales de la época—, sino siempre sobre personajes. «¿Y por qué dice eso? ¿De veras lo piensa así? ¿Siente un desfallecimiento debido al calor del fuego, o por algo que ha leído en ese periódico?» Reía a carcajadas todos los chistes y algunos fragmentos que a Henry no le parecían graciosos, y le pedía que volviera a leerlos dos o tres veces. Y, más adelante, al oír relatar las penurias de los parias de Tom-all-Alone, gruesas lágrimas le rodaron mejilla abajo hasta la barba. Sus comentarios eran poco profundos. «A mí me parece que Dedlock es muy orgulloso», o: «Mrs. Jellyby debería cuidar mejor a sus hijos». Henry se lo pasaba tan bien leyendo como el otro escuchando.
Al término del primer día el viejo dijo:
—Lee usted muy bien, y con mucho mejor acento que el negro. Y lo explica mejor. Es casi como si mi padre volviera a estar aquí.
Y siempre, al final de una sesión de lectura, daba las gracias educadamente a su invitado:
—He disfrutado mucho. Era un capítulo extraordinariamente angustioso. Claro que, si la memoria no me falla, al final todo acaba bien.
Sin embargo, que el viejo gozara escuchando leer dejó de ser una novedad hacia la mitad del segundo tomo, y Henry empezaba a inquietarse ahora que se sentía bastante recuperado. En más de una ocasión sacó a relucir su partida, haciendo preguntas sobre canoas, la temporada de lluvias, la posibilidad de encontrar un guía. Pero McMaster no parecía captar estas claras insinuaciones.
Un día, mientras pasaba el pulgar por las páginas pendientes de lectura de Casa desolada, Henry dijo:
—Todavía nos falta mucho para el final. Espero que pueda terminarlo antes de marcharme.
—Desde luego —dijo el señor McMaster—. No se preocupe por eso, amigo mío. Tendrá tiempo de terminarlo.
Fue la primera vez que Henry detectó algo levemente amenazador en la conducta de su anfitrión. Aquella tarde, al ponerse el sol, durante la frugal cena de farinetas y cecina de buey, Henry volvió a sacar el tema.
—Sabe, señor McMaster, creo que ha llegado el momento de que vaya pensando en regresar a la civilización. Ya he abusado demasiado tiempo de su hospitalidad.
El señor McMaster se inclinó sobre su plato y continuó masticando, sin hacer caso.
—¿Cuándo cree usted que podré conseguir una barca...? Digo que cuándo le parece que podré conseguir una barca. Le estoy muy agradecido por toda la amabilidad que ha mostrado conmigo, pero...
—Amigo mío, lo que pueda haber hecho por usted queda ampliamente compensado por su lectura de Dickens. No volvamos a hablar más del asunto.
—Me alegro de que le guste a usted tanto. Yo también lo he pasado bien. Pero, verá, es preciso que vaya pensando en volver...
—Sí —contestó el señor McMaster—. El negro también decía lo mismo. Se pasaba el tiempo pensando en eso. Al final murió aquí...
Henry lo intentó de nuevo por dos veces al día siguiente, pero el viejo le salió con evasivas.
—Disculpe, señor McMaster —dijo Henry—, pero debo insistir en ello. ¿Cuándo puedo conseguir una barca?
—No hay ninguna barca.
—Bueno, pero los indios pueden construir una.
—Espere a las lluvias. Ahora el río no lleva agua suficiente.
—¿Y cuánto falta para eso?
—Oh, un mes, quizá dos...
Cuando habían terminado ya Casa desolada y les faltaba poco para completar Dombey e hijo, empezó a llover.
—Ha llegado el momento de hacer los preparativos.
—No puede irse ahora. Los indios no construyen barcas durante la temporada de lluvias; es una de sus supersticiones.
—Podría habérmelo dicho.
—¿No se lo expliqué? Qué memoria la mía.
A la mañana siguiente, Henry salió solo mientras el viejo estaba ocupado y, fingiendo andar sin rumbo fijo, cruzó la sabana en dirección a las casas de los indios, delante de una de las cuales había varios shirianas sentados. No levantaron la vista al verlo acercarse. Él les habló en las pocas palabras de maku que había aprendido durante el viaje, pero los indios no dieron muestras de entenderle, ni tampoco de lo contrario.
Entonces dibujó una canoa en la arena, recurrió a la mímica para expresar actividad de carpintero, los señaló a ellos y después a sí mismo y finalmente indicó por gestos que les entregaba algo a modo de trueque, esbozando en la arena el perfil de una escopeta, un sombrero y otros artículos reconocibles. Aparte de una de las mujeres, que soltó una risita, nadie dio la más mínima muestra de comprender, y Henry se marchó insatisfecho.
Durante el almuerzo el señor McMaster dijo:
—Señor Henry, me han contado los indios que intentaba usted hablar con ellos. Es mejor que me utilice a mí de intermediario. Ya habrá comprendido, estoy seguro, que ellos no harían nada sin mi autorización. Se consideran hijos míos, y en muchos casos con razón.
—Bueno, verá, les preguntaba por una canoa.
—Eso me han dado a entender... Bien, si ha terminado de comer, quizá podríamos leer otro capítulo. Estoy muy metido en ese libro.
Terminaron Dombey e hijo; había transcurrido casi un año desde que Henry zarpara de Inglaterra y sus lúgubres presentimientos de que el exilio iba a ser permanente cobraron un nuevo y repentino sentido cuando descubrió, entre las páginas de Martin Chuzzlewit, un documento escrito a lápiz con una letra bastante irregular.
Año 1919A continuación, una X escrita con trazo fuerte y después: el señor McMaster puso este signo, firmado Barnabas Washington.
Yo James McMaster de Brasil juro ante Barnabas Washington de Georgetown que si termina este libro o sea Martin Chuzzlewit le dejaré marcharse tan pronto hayamos llegado al final.
—Señor McMaster —dijo Henry—. Debo hablarle con franqueza. Usted me salvó la vida; cuando regrese a la civilización, le recompensaré lo mejor posible. Le daré lo que sea, dentro de lo razonable. Pero ahora mismo me está usted reteniendo en contra de mi voluntad. Exijo mi liberación.
—¿Y quién le retiene aquí, amigo mío? Es usted libre de irse cuando le plazca.
—Sabe perfectamente que no puedo hacerlo sin su ayuda.
—En ese caso, sea usted bueno con un anciano y léame otro capítulo.
—Señor McMaster, le juro por lo que más quiera que en cuanto llegue a Manaos buscaré a alguien para que me sustituya. Pagaré a un hombre que le lea a todas horas.
—Pero si yo no necesito a otro. Usted lee muy bien.
—Es la última vez que lo hago.
—Confío en que no sea así —dijo educadamente el señor McMaster.
Aquella noche hubo solamente un plato de cecina y farinetas: el señor McMaster cenó solo. Henry se quedó en la hamaca sin hablar, mirando al techo.
Al mediodía siguiente, sólo hubo plato para el señor McMaster, pero esta vez, sobre sus rodillas, estaba la escopeta, lista para disparar.
Henry reanudó la lectura de Martin Chuzzlewit donde la habían dejado.
Fueron pasando las semanas. Leyeron Nicholas Nickleby, La pequeña Dorrit y Oliver Twist. Y entonces llegó a la sabana un desconocido, un buscador de minas mestizo, ese tipo de solitario que vaga durante años por la selva siguiendo el curso de los riachuelos, cribando la grava y llenando de polvo de oro su saquito de cuero, onza a onza, y las más de las veces muriendo de frío e inanición con quinientos dólares en oro colgados del cuello. El señor McMaster se sintió irritado por su llegada; le ofreció farinetas y passo, pero, al cabo de una hora, ya le estaba despidiendo. Henry, sin embargo, aprovechó la oportunidad para escribir su nombre en un trozo de papel y ponérselo disimuladamente en la mano al buscador.
A partir de entonces hubo esperanza. Los días se sucedían con su rutina de siempre; café al salir el sol, mañana de inactividad mientras el señor McMaster andaba atareado con las faenas de la granja; farinetas y passo a mediodía, Dickens por la tarde, farinetas y passo y a veces fruta para cenar, silencio desde la puesta de sol hasta el amanecer, la mecha ardiendo en la grasa de buey y el techo de hojas apenas visible en lo alto; pero Henry vivía calladamente confiado y a la expectativa.
Tarde o temprano, si no el año en curso, quizás el siguiente, el buscador de minas llegaría a una aldea con noticias de su hallazgo. Las desgracias acaecidas a la expedición Anderson no podían haber pasado desapercibidas. Henry se imaginaba los titulares que habría publicado la prensa popular; cabía la posibilidad de que hubiera aún equipos de rescate explorando la región que él había atravesado; cualquier día oirían voces hablando en inglés y aparecería de entre la espesura una docena de simpáticos aventureros. Mientras leía Dickens, siguiendo sin más la letra impresa y mentalmente muy lejos del viejo perturbado que le escuchaba con ansia, empezó a imaginar diversas etapas de lo que sería su vuelta a casa: readaptarse poco a poco a la civilización; afeitarse y comprar ropa nueva en Manaos, telegrafiar para que le enviaran dinero, recibir mensajes de enhorabuena, disfrutar de la tranquila travesía fluvial hasta Belem y, después, del crucero hasta Europa; paladear un buen burdeos, carne fresca y verduras tiernas; su timidez al reencontrarse con su esposa y la incertidumbre acerca de cómo dirigirse a ella... «Pero, cariño, has estado fuera mucho más tiempo del que dijiste. Ya casi pensaba que te habías perdido...»
Y entonces el señor McMaster interrumpía sus pensamientos.
—¿Le importaría leer otra vez ese pasaje? Es uno de los que más me gusta.
Transcurrían las semanas y no había el menor indicio de que vinieran a rescatarlo, pero Henry soportaba cada jornada pensando en lo que podía depararle la siguiente; llegó incluso a sentir un asomo de cordialidad por su carcelero y de ahí que estuviera dispuesto a acompañarlo cuando una noche, después de conferenciar largamente con un vecino indio, el señor McMaster propuso una celebración.
—Es un día festivo en la región —explicó— y han preparado piwari. Puede que no le guste, pero debería probarlo. Esta noche iremos a casa de ese hombre.
Así pues, terminada la cena se sumaron a la partida de indios congregados alrededor del fuego, en una de las chozas que había al otro lado de la sabana. Cantaban de un modo monótono y desganado mientras se pasaban de boca en boca una calabaza grande que contenía un líquido.
Ofrecieron cuencos individuales a Henry y al señor McMaster, que fueron invitados a ocupar sendas hamacas.
—Tiene que beberlo de un solo trago; es la etiqueta.
Henry bebió el oscuro brebaje procurando no saborearlo. Pero no era desagradable, no era áspero y fangoso al paladar como la mayoría de los que le habían dado a beber en Brasil, sino que tenía un deje a miel y pan moreno. Luego, se retrepó en la hamaca sintiéndose extrañamente satisfecho. Quizá en aquel mismo momento el grupo de rescate estaba acampado a sólo unas horas de camino. Le fue entrando sueño y un suave calorcillo. Los cánticos se sucedían con un aire de liturgia, interminablemente. Le ofrecieron otro cuenco de piwari y Henry lo devolvió vacío.
Tumbándose cuan largo era, se dedicó a contemplar las sombras en el techo mientras los shiriana empezaban a bailar. Luego cerró los ojos y pensó en Inglaterra y en su mujer, y se quedó dormido.
Cuando despertó se hallaba todavía en la choza india y tuvo la sensación de haber dormido mucho más de lo habitual. Supo, por la posición del sol, que era media tarde. No había nadie alrededor. Al mirarse el reloj, descubrió con sorpresa que no lo llevaba puesto. Supuso que se lo habría dejado en la casa antes de salir para la fiesta.
«Seguro que anoche me emborraché —pensó—. Es traicionera, esa bebida.» Le dolía la cabeza y temió que volviera a tener fiebre. Al levantarse de la hamaca comprobó que le costaba sostenerse en pie; andaba haciendo eses y sentía la misma confusión mental que durante las primeras semanas de su convalecencia. Mientras cruzaba la sabana se vio obligado a detenerse más de una vez, cerrar los ojos, y respirar profundamente. Cuando llegó a la casa se encontró al señor McMaster allí sentado.
—Ah, amigo mío, llega tarde para la lectura. Queda apenas media hora de luz. ¿Cómo se encuentra?
—Hecho un asco. Parece que esa bebida no me sienta bien.
—Le daré algo y enseguida se encontrará mejor. La selva tiene remedio para todo; para mantener despierto y para hacer dormir...
—¿No ha visto mi reloj por alguna parte?
—¿Lo ha extraviado?
—Sí, creí que lo llevaba puesto. Cielos, jamás había dormido tantas horas.
—Desde que era usted un bebé, en efecto. ¿Sabe cuánto tiempo ha dormido? Dos días.
—Imposible.
—Lo digo en serio. Mucho tiempo. Una lástima, porque se perdió usted a nuestros invitados.
—¿Qué invitados?
—Hombre, no sabe lo entretenido que he estado mientras usted dormía. Vinieron tres hombres, tres ingleses. Qué pena que no estuviera usted aquí. Y qué pena para ellos, claro, porque tenían muchas ganas de verle. Pero ¿qué podía hacer yo? Dormía usted como un tronco. Esos hombres venían desde muy lejos en su busca, de modo que como no estaba usted en condiciones de venir a saludarlos (pensé que no le iba a importar) les di un pequeño recuerdo: el reloj. Necesitaban algún objeto suyo que mostrar a su mujer, quien según parece ha ofrecido una gran recompensa a quien le lleve noticias de su paradero. Quedaron muy contentos con el reloj. Ah, y sacaron algunas fotos de la cruz que puse para conmemorar su llegada. Eso también les gustó. Yo diría que eran fáciles de contentar. Pero, bueno, no creo que vuelvan a visitarnos, esto está tan apartado... Sin otro placer que la lectura... Dudo mucho que volvamos a tener otra visita... Bien, le traeré una medicina para que se sienta mejor. Tiene dolor de cabeza, me juego lo que sea... Hoy no habrá Dickens..., pero mañana sí, y pasado mañana, y el otro... Yo leería otra vez La pequeña Dorrit. Cada vez que oigo ciertos pasajes de ese libro, casi me entran ganas de llorar.
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
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"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
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Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
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"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
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"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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