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Thomas Pynchon - "Tierras bajas"

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A las cinco y media de la tarde Dennis Flange seguía en compañía del basurero. Éste se llamaba Rocco Squarcione, y hacia las nueve de la mañana, una vez finalizada su ruta, se presentó en el domicilio de Flange con una piel de naranja todavía adherida a sus pantalones de tela tosca y una garrafa de moscatel casero que colgaba de su manaza moteada de posos de café.
—¡Eh, sfacim! —gritó en argot napolitano desde la sala de estar—. He traído vino. Vamos, baja.
—¡Estupendo! —gritó Flange a su vez, y decidió que no iría a trabajar.
Telefoneó al bufete de abogados de Wasp y Winsome y habló con la secretaria de alguien.
—Aquí Flange, hoy no voy —le dijo. La mujer empezó a objetar y él la interrumpió—: Más tarde.
Colgó el aparato y pasó con Rocco el resto del día, bebiendo moscatel y escuchando la música de un equipo estereofónico de mil dólares que Cindy le obligó a comprar y que nunca había usado, que él recordara, más que para depositar encima platos de entremeses o bandejas de cócteles. Cindy era la señora Flange y, ni que decir tiene, no le hacía ninguna gracia la garrafa de moscatel, como tampoco Rocco Squarcione ni ningún otro amigo de su marido.
—Tú sigue con esa pandilla en el cuarto de los juegos —le gritaba, blandiendo una coctelera—. ¿Qué eres? ¿Uno de esos idiotas de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Animales? Dudo de que ellos mismos recogieran algunos de los animales que traes a casa.
Lo que Flange debería responderle, pero no lo hacía, venía a ser: «Rocco Squarcione no es un animal, sino un basurero con una gran afición, entre otras, por Vivaldi». Precisamente ahora escuchaban a Vivaldi, el concierto n.° 6 para violín, subtitulado Il Piacere, mientras Cindy deambulaba ruidosamente en el piso de arriba, y Flange tenía la impre­sión de que estaba tirando cosas. De vez en cuando se pre­guntaba cómo sería la vida sin una segunda planta y cómo se las arreglaba la gente para convivir en casas de estilo ran­chero o de pisos a desnivel sin que les atacara una locura homicida por lo menos una vez al año. La residencia de los Flange estaba encaramada en un acantilado que daba al Sound. Había sido construida en los años veinte en un es­tilo que recordaba vagamente las casas de campo inglesas por un ministro episcopaliano que redondeaba sus ingresos con el contrabando de licor procedente de Canadá. Parecía como si todos los habitantes de la orilla norte de Long Island se hubieran dedicado en aquella época a una u otra clase de contrabando, porque había numerosos bancos de arena y calas, istmos y ensenadas de cuya existencia no tenía ni idea la policía federal. La actitud del ministro hacia el asunto debió de ser romántica, pues la casa se alzaba en un gran túmulo musgoso que tenía el color de una de las bes­tias prehistóricas más peludas. Dentro había madrigueras sa­cerdotales, pasadizos ocultos y habitaciones con ángulos cu­riosos, y en el sótano, al que se accedía desde el cuarto de los juegos, había innumerables túneles, que se contorsiona­ban radicalmente como los tentáculos de un pulpo espasmódico y acababan en extremos cerrados, alcantarillas aban­donadas y, en ocasiones, en una bodega secreta. Dennis y Cindy Flange habían vivido en aquel curioso montículo con techumbre de musgo, casi orgánico, durante los siete años de su matrimonio, y a lo largo de ese tiempo Flange, por lo menos, había llegado a sentirse unido al lugar por un cordón umbilical tejido con liquen y juncia, retama negra y aulaga. Lo llamaba su matriz con vistas, y en los momen­tos de ternura de la pareja, ahora infrecuentes, él cantaba a Cindy la canción de Noel Coward, en parte para tratar de recordar sus primeros meses juntos y en parte como una canción de amor dedicada a la casa:

Estaremos tan felices y contentos
como pájaros en un árbol,
muy por encima de las montañas y el mar...
Sin embargo, a menudo las canciones de Noel Coward tienen poco que ver con la realidad (si Flange no lo había sabido hasta entonces, pronto lo descubriría) y si al cabo de siete años resultaba que no era tanto un pájaro en un árbol como un topo en una madriguera, la responsable era Cindy más que la casa. Su psicoanalista, un «espalda mojada» deli­rante y alcoholizado que se llamaba Jerónimo Díaz, tenía, desde luego, mucho que decir al respecto. Todas las sema­nas, durante cincuenta minutos y con una copa de Martini en la mano, Flange escuchaba los gritos del psicoanalista acer­ca de su mamá. El hecho de que el dinero invertido en esas sesiones podría haber servido para adquirir cualquier auto­móvil, perro de raza o mujer en el tramo de Park Avenue visible desde la ventana del consultorio del doctor no in­quietaba a Flange tanto como la ligera sospecha de que, en cierto modo, estaba siendo engañado: es posible que se con­siderase un hijo legítimo de su generación y, como Freud había sido la leche materna de esa generación, tenía la sen­sación de estar aprendiendo algo nuevo. Pero en ocasiones sería sorprendido, noches en que la nieve llegaba desde Connecticut, a través del Sound, para azotar la ventana del dor­mitorio y recordarle que, después de todo, estaba tendido en posición fetal; sería sorprendido flagrantemente en el pa­pel de topo, que no es tanto una pauta de conducta como un estado de la mente en el que uno no oye en absoluto la nieve y los ronquidos de su esposa son como la baba y el goteo del fluido amniótico en algún lugar fuera de las man­tas, e incluso las cadencias secretas del pulso se convierten en meros ecos de los latidos cardiacos de la casa.
Era evidente que Jerónimo Díaz estaba loco, pero era la suya una clase de locura maravillosa, aleatoria, que no res­pondía a ningún modelo o pauta conocidos, un plasma irresponsable de engaño en el que flotaba, totalmente con­vencido, por ejemplo, de que era Paganini y había vendido su alma al diablo. Tenía un Stradivarius de valor incalcula­ble sobre su mesa y, para demostrar a Flange que su aluci­nación era un hecho, atacaba las cuerdas como si las serra­se, produciendo unos horribles sonidos estridentes, hasta que finalmente dejaba el arco y decía:
—¿Ve usted? Desde que hice ese trato no soy capaz de tocar una sola nota.
El psicoanalista se pasaba sesiones enteras leyendo en voz alta tablas de números aleatorios o listas de sílabas sin sentido de Ebbinghaus, haciendo caso omiso de todo lo que Flange intentaba decirle. Aquellas sesiones eran imposi­bles: como contrapunto de sus confesiones de torpes juegos sexuales adolescentes, Flange oía la incesante retahila, ZAP-MOG-FUD-NAF-VOB, y de vez en cuando el tintineo y el gorgoteo de la coctelera. Pero Flange volvía, siempre vol­vía, tal vez porque se daba cuenta de que si durante el resto de su vida había de estar sometido a la implacable raciona­lidad de aquella matriz y aquella esposa, nunca levantaría cabeza, y que la demencia de Jerónimo era prácticamente lo único que tenía para seguir adelante. Y los Martinis eran gratis.
Aparte de su psicoanalista, a Flange sólo le quedaba otro consuelo: el mar. O el Sound de Long Island, que a veces se acerca lo suficiente a la imagen gris y alborotada que él re­cordaba. Antes de la adolescencia había leído en alguna parte que el mar era una mujer, y esa metáfora lo esclavizó y de­terminó en gran parte lo que fue de él a partir de aquel mo­mento. Significó, en primer lugar, su trabajo como oficial de comunicaciones en un destructor, el cual, durante los tres años que duró el servicio, no hizo más que efectuar patrullas de barrera haciendo ochos frente a la costa coreana, tanto de día como de noche y, para todo el mundo excepto Flange demasiado largas. Significó también, cuando por fin dejó el servicio y arrastró a Cindy desde el piso de su madre en Jackson Heights, encontrar un hogar cerca del mar, aquella gran masa semiterrena en lo alto de un acantilado. Haciendo gala de considerable pedantería, Jerónimo había señalado que, puesto que la vida tiene su origen en los protozoos que vi­vían en el mar y como las formas de vida se han ido com­plicando más y más, el agua del mar empezó a realizar la función de la sangre hasta que finalmente se añadieron los corpúsculos y demás cosillas para producir el líquido rojo tal como es ahora. Así pues, dado que esto es irrebatible, el mar se encuentra literalmente en nuestra sangre, y lo que es aún más importante, el mar, más que, como se cree popularmen­te, la tierra, es la verdadera imagen materna de todos noso­tros. Al llegar a este punto, Flange intentó descalabrar al psi­coanalista con el Stradivarius.
—Pero usted mismo dijo que el mar es una mujer —pro­testó Jerónimo, saltando sobre la mesa.
Chinga tu madre —rugió Flange, encolerizado.
—Ajá —respondió el sonriente Jerónimo—. ¿Lo ve usted?
Así pues, tanto si rompía como si gemía o se limitaba a mojar el entorno a cuarenta metros bajo la ventana de su dormitorio, el mar estaba con Flange en sus momentos de necesidad, que cada vez eran más frecuentes; una repetición en miniatura de aquel Pacífico cuyo oleaje inimaginable mantenía su recuerdo en una inclinación constante de 30 grados. Si la diosa Fortuna lo controla todo en esta cara de la luna, entonces, le parecía a Flange, tiene que existir un curioso y tierno ladeo del Pacífico, el cual, en opinión de algunos, es la sima que dejó la luna cuando se desprendió de la Tierra. Un peculiar doble suyo era el único habitante en esa inclinación de la memoria: hijo duende de la Fortu­na y encanto desheredado, joven, lujurioso y más vulgar de lo que es concebible que lo sea cualquier humano; múscu­los y mentón tensos contra un temporal de sesenta nudos con una buena pipa entre los dientes brillantes y desafian­tes, de pie en el puente, como oficial de cubierta, durante la guardia de media, con sólo un cabo de mar adormecido, un timonel fiel, un equipo de radar con bocas de cloacas y un juego de cartas en la cabina del sonar, junto con la luna desgajada y exiliada y su rielar en el océano por compañía, si bien lo que haría la luna ahí afuera durante un temporal de sesenta nudos sería objeto de discusión. Pero de esa ma­nera lo recordaba: allí estaba él, Dennis Flange, en la flor de la vida, sin los signos actuales de la incipiente mediana edad y, lo que era más importante, tan lejos de Jackson Heights como podría encontrarse, aunque escribía a Cindy cada dos noches. Eso ocurría cuando también el matrimo­nio estaba en la flor de su vida, pero ahora le salía una tripita de bebedor de cerveza y se le empezaba a caer el pelo, y Flange aún se preguntaba vagamente por qué tenía que haber ocurrido aquello, se lo preguntaba incluso mien­tras Vivaldi discurría sobre el placer y Rocco Squarcione hacía gárgaras con el moscatel.
El timbre de la puerta sonó en medio del segundo mo­vimiento y Cindy bajó de pronto a abrir, rugiendo como un pequeño terrier rubio, y dedicando un mal gesto a Flange y Rocco antes de hacerlo. Al abrir se encontró con una especie de mono enfundado en un uniforme naval, rechon­cho y de expresión socarrona. Le miró con repugnancia.
—No —gimió ella—. Eres tú, cabrón de mierda.
—¿Quién es? —preguntó Flange.
—Es «Cerdo» Bodine, el mismo que viste y calza —res­pondió Cindy, consternada—. Al cabo de siete años aquí está tu compinche, el subnormal de Cerdo Bodine.
—Hola, pequeña —la saludó el recién llegado.
—¡Mi viejo y buen camarada! —exclamó Flange, levan­tándose de un salto—. Entra y tómate un vaso de vino. Este es Cerdo Bodine, Rocco, ya te he hablado de él.
—Oh, no —dijo Cindy, cerrándole el paso. Flange, afli­gido por el matrimonio, tenía unas señales personales de advertencia, como las que tienen los epilépticos, y ahora percibió una de ellas—. No —gruñó su mujer—. Fuera, largo de aquí, humo.
—¿Yo? —dijo Flange.
—Sí, tú. Tú, Rocco y Cerdo. Los tres mosqueteros. Fuera.
—Ya estamos —murmuró Flange.
No era la primera vez que se encontraba en aquella si­tuación, que siempre terminaba del mismo modo: afuera, en el patio, había una garita policial abandonada, que la policía del condado de Nassau utilizó en otro tiempo para controlar la velocidad de los conductores que viajaban por la ruta 25A, y cautivó tanto a Cindy que ésta acabó por lle­vársela a casa, plantó hiedra a su alrededor y colgó den­tro unas reproducciones de Mondrian. Allí dormía Flange cada vez que tenían una pelea. Lo curioso era que el cuchi­tril no le resultaba nada incómodo, se parecía a la matriz dentro de lo posible y él sospechaba que, en el fondo, Mon­drian y Cindy eran hermanos, ambos austeros y lógicos.
—Muy bien, cogeré una manta y me iré a dormir a la garita —dijo a su esposa.
—No —replicó ella—. He dicho que fuera y ahí es donde vas a ir. Quiero decir fuera de mi vida. Emborracharte du­rante todo el día con el basurero ya está bastante mal, pero Cerdo Bodine es demasiado, mucho más de lo tolerable.
—Por Dios, pequeña —intervino Cerdo—. Creía que ha­bías olvidado todo eso. Mira qué contento de verme está tu marido.
Cerdo había llegado a la estación de Manhasset en algún momento entre las cinco y las seis, en plena hora punta, y había sido barrido fuera del tren, propulsado por portafo­lios y ejemplares doblados del Times y conducido al aparca­miento, donde robó un MG modelo 51 y partió en busca de Flange, que había sido el oficial de su división durante el conflicto coreano. Llevaba nueve días ausente sin permi­so del dragaminas Immaculate, atracado en Norfolk, y que­ría ver qué tal le iba a su viejo compinche. Cindy no le había visto desde la noche de su boda, en Norfolk. Poco antes de que su barco fuese destinado de nuevo a la Sépti­ma Flota, Flange se las había ingeniado para conseguir un mes de permiso, con la intención de dedicarlo a su luna de miel con Cindy. Sólo Cerdo, molesto porque la marinería no había tenido ocasión de dar a Flange una fiesta de des­pedida de soltero, se presentó con cinco o seis amigos dis­frazados de suboficiales y arrastraron a Flange hasta la calle East Main para tomar unas cervezas. Eso de «unas cerve­zas» resultó ser un cálculo muy inexacto. Al cabo de dos semanas, Cindy recibió un telegrama desde Cedar Rapids, Iowa. Era de Flange, que estaba sin blanca y con una resa­ca horrible. Cindy pensó en el asunto durante un par de días y, finalmente, le envió por giro telegráfico la tarifa del autobús, con la condición de que no quería ver a Cerdo nunca más. Y así había sido... hasta ahora, pero la sensa­ción de que Cerdo era la criatura más odiosa del mundo había permanecido incólume durante siete años, y ahora ella estaba dispuesta a demostrarlo.
—A desfilar por esa puerta —ordenó, señalándola—. Vete cuesta abajo y bien lejos de aquí... o tírate por el acantila­do, lo mismo me da. Tú y tu amigo borracho y ese mono asqueroso vestido de marinero. ¡Fuera!
Flange se rascó la cabeza y miró parpadeando a su mujer durante cosa de un minuto. No, no lo comprendía. Tal vez si hubieran tenido hijos... Pensó en la encantadora ironía de que la armada le hubiera hecho un competente oficial de comunicaciones.
—Bueno —dijo lentamente—. Supongo que estoy de acuerdo.
—Puedes quedarte con el Volskwagen —le dijo Cindy—, y llévate las cosas de afeitar y una camisa limpia.
—No —replicó Flange, abriendo la puerta a Rocco, que había permanecido en segundo término, con la botella de vino en la mano—. No, iré en el camión de Rocco. —Cindy se encogió de hombros—. Y me dejaré crecer la barba —aña­dió vagamente.
Salieron de la casa, Cerdo perplejo, Rocco canturrean­do y Flange empezando a notar los primeros zarcillos te­nues de la náusea que subían reptando para rodearle el estómago. Se apretujaron en la cabina del camión y par­tieron.
—¿Adonde vamos? —preguntó Rocco.
—No lo sé —respondió Flange—. A lo mejor me voy a Nueva York y busco un hotel o algo por el estilo. Podrías dejarme en la estación. ¿Tienes algún sitio donde alojarte, Cerdo?
—Podría dormir en el MG, pero probablemente la poli ya está enterada del robo.
—Te diré lo que podemos hacer —dijo Rocco—. Iré al vertedero para librarme de esta carga. Tengo un amigo que es una especie de vigilante y vive ahí. Dispone de todo el espacio que necesites. Podéis quedaros en ese sitio.
—Claro, ¿por qué no? —replicó Flange. Era un plan ade­cuado a su estado de ánimo.
Se dirigieron al sur, a esa parte de la isla donde no hay más que urbanizaciones, centros comerciales y pequeñas in­dustrias ligeras, y al cabo de media hora llegaron al verte­dero municipal.
—Está cerrado —dijo Rocco—, pero mi amigo nos abrirá.
Enfiló un sendero de tierra que pasaba por detrás de un incinerador con paredes de adobe y tejado, diseñado y cons­truido en los años treinta por algún arquitecto loco de la WPA y que parecía una hacienda mexicana con chimeneas industriales. Avanzaron traqueteando unos cien metros y lle­garon a una puerta.
—¡Bolingbroke! —gritó Rocco—. Déjame entrar. Tengo vino.
—Bueno, hombre —respondió una voz desde la oscu­ridad.
Al cabo de un minuto, un negro gordo con sombrero de ala ancha apareció a la luz de los faros, abrió la puerta y subió al estribo del camión. Avanzaron por un largo y ser­penteante camino que conducía al terraplén de los ver­tidos.
—Este es Bolingbroke —dijo Rocco—. El os alojará.
Bajaban por una curva larga y ancha, y Flange tenía la impresión de que se dirigían al centro de la espiral, el punto más bajo.
—¿Estos tíos necesitan un sitio para dormir? —preguntó Bolingbroke.
Rocco le explicó el problema y Bolingbroke asintió, comprensivo.
—A veces la esposa es un estorbo —comentó—. Yo tengo tres o cuatro esparcidas por el país y estoy contento de ha­berme librado de todas ellas. No sé, pero parece como si uno nunca aprendiera.
El vertedero era aproximadamente cuadrado, de un ki­lómetro de lado y hundido quince metros por debajo de las calles de la extensa urbanización que lo rodeaba. Rocco dijo que durante toda la jornada dos excavadoras D-8 en­terraban la basura que llegaba desde la orilla norte, y el nivel del suelo se elevaba una minúscula fracción cada día. Este rasgo peculiar de fatalidad fue lo que impresionó a Flange mientras contemplaba el paraje en la penumbra y Rocco des­cargaba la basura, la idea de que un día, quizá dentro de quince años, tal vez más, ya no habría ningún hoyo, que el fondo estaría al nivel de las calles y también construirían casas encima. Era como si un ascensor exasperantemente lento te llevara hacia un nivel conocido para tratar con algún rostro inevitable de asuntos que ya se habían decidi­do. Pero también había otra cosa: allí, en el extremo de la espiral, se sintió obsesionado por una correspondencia más, que no pudo localizar hasta que, rememorando, acudió a su mente la música y la letra de una canción. No era fácil que, en una armada moderna, con aviones a reacción, misi­les y submarinos nucleares, alguien cantara todavía salomas o baladas, pero Flange recordó a un camarero filipino lla­mado Delgado que solía entrar en la cabina de la radio a altas horas de la noche con una guitarra, se sentaba y les cantaba durante horas. Hay muchas maneras de contar un relato marinero, pero tal vez porque ni la música ni la letra tenían nada que ver con una leyenda personal, la manera de Delgado parecía matizada por una verdad de un orden especial. Incluso a pesar de que las baladas tradicionales son mentiras o, en el mejor de los casos, cuentos tan exagera­dos como los que se cuentan sin cantar mientras se toma café en el pañol de cabos o durante las partidas de póquer los días de paga en el comedor del barco, o sentados en una carga de profundidad, en el coronamiento de popa, es­perando la película de la noche para sustituir un cuento por otro más palpable. Pero el camarero prefería cantar y Flange respetaba su elección. Y su canción favorita decía así:
Una nave tengo en el país del norte
y responde al nombre de Vanidad dorada,
oh, temo que la aborde un galeón español
mientras navega cerca de las tierras bajas.
Es muy fácil ser pedante y decir que las tierras bajas son las regiones meridional y oriental de Escocia. Desde luego, la balada era de origen escocés, pero siempre evoca­ba en Flange una extraña e irracional asociación. Todo el que ha contemplado el mar abierto bajo una clase especial de iluminación o en un estado de ánimo proclive a la me­táfora os hablará de la curiosa ilusión de que el océano, a pesar de su movimiento, tiene cierta solidez; se convierte en un desierto gris o glauco, un yermo que se extiende hasta el horizonte, y sólo habría que pasar por encima de los cabos salvavidas para alejarse caminando sobre su superfi­cie. Si llevaras una tienda y suficientes provisiones, podrías viajar así de una ciudad a otra. Jerónimo consideraba esto como una extravagante variación del complejo de Mesías, y aconsejaba paternalmente a Flange que no lo intentara nunca, mas para Flange aquella inmensa llanura de cristal opaco era una especie de tierra baja que casi exigía una única figura humana desplazándose a través de ella para comple­tarla. Toda llegada a un lugar situado al nivel del mar era como encontrar un punto mínimo y sin dimensión, un cruce único de paralelo y meridiano, una certidumbre de uniformidad perfecta y desapasionada, de la misma manera que, durante el descenso en espiral del camión de Rocco, Flange había tenido la sensación de que el lugar donde por fin se detuvieron era el centro exacto, el punto único que encerraba en sí todo un país bajo. Siempre que estaba lejos de Cindy y podía pensar imaginaba su vida como una su­perficie en proceso de cambio, de manera parecida a la tran­sición en que se encontraba el suelo del vertedero: desde la concavidad o el cercado hasta una planicie tal vez como aquella en la que estaba ahora. Lo que le preocupaba era cualquier concavidad eventual, tal vez un encogimiento del mismo planeta, su reducción a una curvatura palpable de la superficie sobre la que él estuviera, de modo que él so­bresaldría como un radio proyectado, desamparado y remo­lineando a través de las lúnulas vacías de su minúscula es­fera.
Rocco les dejó con otra garrafa de moscatel que había encontrado bajo el asiento y poco después, dando brincos y rezongando, su camión se alejó en la oscuridad creciente. Bolingbroke desenroscó el tapón y bebió. Se pasaron el re­cipiente y el negro dijo:
—Vamos, buscaremos algunos colchones.
Les precedió cuesta arriba, alrededor de una alta torre de chatarra, a lo largo de un solar repleto de frigoríficos abandonados, bicicletas, cochecitos de bebé, lavadoras, pi­las de lavabo, tazas de inodoro, somieres, televisores, ca­charros de cocina, estufas, acondicionadores de aire, y final­mente, tras rebasar una duna, llegaron al lugar donde estaban los colchones.
—La cama más grande del mundo —dijo Bolingbroke—. Coged los que queráis.
Debía de haber centenares de colchones. Flange eligió uno de anchura media y con muelles interiores. Cerdo, que probablemente nunca se acostumbraría a la vida civil, se­leccionó una colchoneta de unos cinco centímetros de gro­sor y un metro de ancho.
—Con otra cosa no me sentiría cómodo —comentó.
—Daos prisa —les dijo Bolingbroke en voz baja, nervio­samente. Había subido a lo alto de la duna y miraba en la dirección por donde habían llegado—. Deprisa. Es casi de noche.
—¿Qué pasa? —le preguntó Flange, arrastrando el colchón cuesta arriba hasta llegar al lado del vigilante para mirar por encima del montón de chatarra—. ¿Hay merodeado­res por la noche?
—Algo por el estilo —respondió Bolingbroke, incómo­do—. Vamos.
Desandaron sus pasos caminando pesadamente y sin hablar. Al llegar al sitio donde el camión se había dete­nido, doblaron a la izquierda. El incinerador se alzaba por encima de ellos, sus chimeneas altas y negras contra el úl­timo resplandor del cielo. Los tres entraron en un estrecho barranco, con basura esparcida a ambos lados hasta unos seis metros de altura. Flange tuvo la sensación de que aquel ver­tedero era como una isla o enclave en el deprimente país que lo rodeaba, un discreto reino del que Bolingbroke era su gobernante incontestable. El barranco, de lados empina­dos y tortuosos, se prolongaba unos centenares de metros hasta desembocar en un pequeño valle totalmente lleno de neumáticos desgastados de turismos, camiones, tractores y aeroplanos, y en el centro de una pequeña prominencia se alzaba la choza de Bolingbroke, provisionalmente apareja­da con papel alquitranado, planchas de frigorífico, vigas de madera, tuberías y tejas de ripia azarosamente conseguidas.
—Mi hogar —dijo Bolingbroke—. Ahora jugaremos a se­guir al guía.
Era como recorrer un laberinto. A veces las columnas de neumáticos duplicaban la altura de Flange y amenaza­ban con venirse abajo a la más ligera sacudida. Flotaba en el aire un intenso olor a caucho.
—Tened cuidado con los colchones —susurró Bolingbro­ke—. Y no os salgáis de la línea. He puesto trampas por ahí.
—¿Para qué? —preguntó Cerdo, pero Bolingbroke no le oyó o hizo caso omiso de la pregunta.
Llegaron a la choza y Bolingbroke abrió el grueso can­dado de la puerta, hecha con la madera de una pesada caja de embalaje. La negrura del interior era absoluta, pues no tenía ninguna ventana. El vigilante encendió una lámpara de queroseno y, a la oscilante luz amarilla, Flange vio que las paredes estaban cubiertas de fotografías recortadas, al pa­recer, de todas las publicaciones editadas desde la Depre­sión. Una lámina en brillantes colores de Brigitte Bardot estaba flanqueada por fotos de prensa en las que se veía al duque de Windsor pronunciando el discurso de su abdi­cación y al dirigible Hindenburg envuelto en llamas. Allí estaban Ruby Keeler, Hoover, MacArthur, Jack Sharkey, Whirlaway, Lauren Bacall y Dios sabe cuántos más en una especie de archivo policial de malhechores que producía una sensación desvaída, frágil como el papel de las revistas sensacionalistas, borrosa como la humanidad ordinaria de un milagro del noveno día.
Bolingbroke echó el cerrojo. Extendieron los colchones en el suelo, se sentaron y bebieron vino. Afuera se había levantado un vientecillo que sacudía con ruido de matra­ca las hojas de papel alquitranado, penetraba perplejo y tur­bulento en la chabola y se arremolinaba en sus rincones e irregulares ángulos. Sin saber cómo, empezaron a contar relatos marineros. Cerdo contó que él y un técnico de sonar llamado Feeney robaron un coche tirado por caballos en Barcelona. Resultó que ninguno de ellos sabía nada de ca­ballos y acabaron corriendo a toda velocidad hasta rebasar el extremo del muelle, perseguidos, como mínimo, por un pelotón de la policía militar de marina. Mientras forcejea­ban en el agua, se les ocurrió que aquélla sería una buena ocasión para nadar hasta el portaaviones Intrepid y armar la gorda entre los tripulantes. Lo habrían logrado de no haber sido por la lancha motora del Intrepid, que les dio alcance a unos cientos de metros del barco. Feeney se las arregló para arrojar al timonel y otro tripulante por la borda antes de que un marinero idiota armado con una pistola del cali­bre 45 pusiera fin a la diversión disparando contra Feeney y alcanzándole en un hombro. Flange habló de un fin de semana primaveral, cuando estaba en la universidad y, junto con dos compañeros, robó el cadáver de una mujer que es­taba en el depósito local. Hacia las tres de la madrugada lo llevaron al club universitario de Flange y lo pusieron al lado del presidente del club, que yacía completamente incons­ciente por una borrachera. A la mañana siguiente, tempra­no, todos los miembros del club capaces de andar se diri­gieron en masa a la habitación del presidente y empezaron a aporrear la puerta.
—Sí, un momento —gruñó una voz desde el interior—. Enseguida voy... ¡Oh... Oh, Dios mío!
—¿Qué ocurre, Vincent? —le preguntó alguien—. ¿Es que hay una tía contigo?
Y todos se rieron de buen grado.
Al cabo de unos quince minutos, Vincent, pálido y tem­bloroso, abrió la puerta y todos entraron ruidosamente en el cuarto. Miraron debajo de la cama, apartaron los mue­bles y abrieron el armario, pero no encontraron ningún ca­dáver. Asombrados, empezaban a abrir los cajones cuando, de pronto, les llegó un grito desgarrador desde la calle. Se precipitaron a la ventana y miraron abajo. Una estudiante se había desmayado. Resultó que Vincent había anudado sus tres mejores corbatas y colgado el cadáver fuera de la ventana.
Cerdo meneó la cabeza.
—Espera un momento —le dijo—. Creí que ibas a contar un relato marinero.
Por entonces habían liquidado la garrafa de vino. Bo­lingbroke sacó de debajo de su cama una jarra de Chianti casero.
—Lo habría hecho —replicó Flange—, pero no se me ha ocurrido ninguno así de repente.
Sin embargo, la verdadera razón, que él conocía y no podía decir, era que si uno es Dennis Flange y si el oleaje marino es el mismo que no sólo fluye con tu sangre sino que también ondea a través de tus fantasías, entonces está muy bien escuchar historias acerca de ese mar, pero no con­tarlas, porque tú y la verdad de una vida verdadera tenéis desde hace mucho tiempo una curiosa contigüidad, y mien­tras permanezcas pasivo puedes seguir consciente del alcan­ce de la verdad, pero en cuanto te vuelves activo estás, en cierto modo, si no violando abiertamente una convención, por lo menos violentando la perspectiva de las cosas, del mismo modo que cualquiera que observe partículas subató­micas cambia los movimientos, los datos y las probabilida­des por el mero hecho de observar. Por eso había contado la otra historia, al azar..., o así era aparentemente. Se pre­guntó qué diría Jerónimo al respecto.
En cambio, Bolingbroke tenía una historia marinera que contar. Había pasado algún tiempo brincando de un puer­to a otro en una variedad de mercantes, todos ellos vaga­mente escandalosos. Al finalizar la primera guerra, pasó un par de meses en Caracas, con un amigo llamado Sabbarese. Habían saltado a bordo de un carguero, el Deirdre O'Toole, que navegaba con matrícula panameña (Bolingbroke pidió disculpas por este detalle, pero insistió en que era cierto: por aquel entonces, en Panamá se podía matricular cualquier cosa, un bote de remos, una casa de putas flotante, un buque de guerra, lo que fuese, con tal que se mantuvie­ra en el agua) para escapar de Porcaccio, el primer oficial, que tenía delirios de grandeza. Tres días después de zarpar de Port-au-Prince, Porcaccio irrumpió en el camarote del ca­pitán con una pistola de señales de emergencia y amenazó con convertir al capitán en una antorcha humana a menos que diera la vuelta al barco y pusiera rumbo a Cuba. Pare­ce ser que en la bodega había varias cajas de rifles y otro armamento ligero, todo ello destinado a un grupo de re­colectores de plátanos guatemaltecos que recientemente se habían sindicado y deseaban abolir la esfera de influencia norteamericana local. Porcaccio tenía la intención de apo­derarse del barco, invadir Cuba y conquistarla para Italia, puesto que su descubridor, Colón, era italiano. Para este motín había conseguido reunir a dos limpiadores de máqui­nas chinos y un marinero de cubierta que sufría ataques epi­lépticos. El capitán se echó a reír e invitó a Porcaccio a tomar un trago. Dos días después salieron tambaleándose a cubierta, borrachos y cada uno rodeando con un brazo el cuello del otro. Ninguno de los dos había pegado ojo duran­te aquel periodo y, entretanto, el barco se había encontrado con una gran borrasca. Todos los marineros corrían de un lado a otro, asegurando las botavaras y redistribuyendo la carga, y en aquella confusión, sin que se sepa cómo, el ca­pitán cayó por la borda y desapareció. Así Porcaccio se con­virtió en el amo del Deirdre O'Toole, pero las existencias de licor se habían agotado, por lo que Porcaccio decidió diri­girse a Caracas y reponerlas. Prometió a la tripulación un botellón de champán por persona el día que tomaran La Habana. Bolingbroke y Sabbarese no estaban dispuestos a invadir Cuba. En cuanto el barco atracó en Caracas, deser­taron y vivieron de las ganancias de una camarera, una re­fugiada armenia llamada Zenobia, con la que durmieron en noches alternas durante dos meses. Finalmente, algo, ya fuese la nostalgia del mar, ya un ataque de conciencia o el genio impredecible de su benefactora —Bolingbroke nunca había podido decantarse por una de estas alternativas—, les instó a que se presentaran al cónsul italiano y se entrega­ran. El consul se mostró muy comprensivo. Les hizo em­barcar en un mercante italiano con rumbo a Génova y se dedicaron a echar paladas de carbón como si avivaran el fuego del infierno durante toda la travesía del Atlántico.
A estas alturas del relato se había hecho tarde y los tres habían empinado el codo de lo lindo. Bolingbroke bos­tezó.
—Buenas noches, muchachos —les dijo—. He de levan­tarme temprano y estar fresco. Si oís ruidos extraños, no os preocupéis. El cerrojo es fuerte.
—Anda —replicó Cerdo—. ¿Quién va a entrar?
—Nadie —dijo Bolingbroke—. Sólo ellos. Intentan entrar de vez en cuando, pero aún no lo han conseguido. Y si lo hacen ahí hay un trozo de tubería que podéis usar.
Apagó la lámpara y se dirigió tambaleándose a su cama.
—Sí —dijo Cerdo—, ¿pero quién?
—Los gitanos. —Bolingbroke bostezó. El sueño le difuminaba la voz—. Viven aquí. Sí, aquí, en el vertedero. Sólo salen de noche.
Guardó silencio y al cabo de un rato empezó a roncar.
Flange se encogió de hombros. Qué diablos, de acuer­do, había gitanos en los alrededores. Recordó que en su in­fancia acampaban en zonas desiertas de la playa, a lo largo de la orilla norte. Creía que ya se habrían ido todos y se alegró al saber que no era así. Experimentaba la vaga sensa­ción de que era apropiado que estuvieran allí, que los gita­nos vivieran en el vertedero, de la misma manera que él había podido creer en la corrección del mar de Bolingbro­ke, la capacidad abarcadura que tenía, la de ser el plasma o médium para los coches tirados por caballos y los Porcaccios, por no mencionar a aquel joven y bribón Flange, res­pecto al cual, le parecía en ocasiones, el Flange actual había sufrido un cambio marino, convirtiéndose en algo no tan raro o extraño. Se sumió en un sueño ligero e inquieto, flanqueado por el contrapunto de los ronquidos de Boling­broke y Cerdo Bodine.
No sabía cuánto tiempo durmió. Despertó en aquella oscuridad absoluta, sólo con el sentido visceral del tiempo que le indicaba las dos o las tres de la madrugada, o por lo menos una hora desolada que de algún modo no estaba des­tinada a la percepción humana, sino que más bien pertene­cía a los gatos, búhos, ranas de zarzal y cualquier otra cria­tura que hace ruido por la noche. Afuera el viento seguía soplando. Aguzó el oído, tratando de oír de nuevo el soni­do que sin duda le había despertado. Durante todo un mi­nuto no oyó nada, y luego lo distinguió. Era una voz de muchacha que cabalgaba en el viento.
—Anglo —decía—. Anglo del pelo dorado. Sal. Sal por el camino secreto y búscame.
—Vaya —dijo Flange, y sacudió a Cerdo—. Eh, amigo, hay una tía ahí afuera.
Cerdo abrió un ojo desenfocado.
—Estupendo —musitó—. Hazla pasar y resérvame el se­gundo turno.
—No, lo que quiero decir es que debe de ser uno de los gitanos de los que habló Bolingbroke.
Obtuvo un ronquido por toda respuesta. Entonces se acercó a tientas a Bolingbroke.
—Eh, tío, ella está ahí afuera. —Bolingbroke no respon­dió. Flange le sacudió más fuerte—. Está ahí afuera —repi­tió, empezando a sentirse presa del pánico. El otro se dio la vuelta y murmuró algo ininteligible. Flange alzó las manos y dijo—: Vaya.
—Anglo —insistió la chica—. Ven a verme. Ven a bus­carme o me iré para siempre. Sal, alto Anglo de pelo de oro y dientes brillantes.
—Eh —dijo Flange a nadie en particular—. Ese soy yo, ¿no? —Se le ocurrió de inmediato que no lo era del todo, que la descripción correspondía más bien a su doppelgänger, a aquel lobo de mar de los lujuriosos y oscuros días del Pacífico. Dio una patada a Cerdo—. Quiere que salga —le dijo—. ¿Qué hago, eh?
Cerdo abrió los dos ojos.
—Señor, le recomiendo que salga ahí afuera y se infor­me. Y si ella vale la pena, haga como le digo, tráigala y deje que la pruebe la marinería.
—Bueno, bueno —dijo Flange vagamente. Se dirigió a la puerta, descorrió el cerrojo y salió.
—Oh, Anglo —oyó que decía la voz—, has venido. Si­gúeme.
—De acuerdo.
Echó a andar entre las columnas de neumáticos, rogan­do para no tropezar con una de las trampas de Bolingbro­ke. Milagrosamente, casi llegó al terreno despejado antes de que algo saliera mal. No estaba seguro de qué era lo que había pisado, pero de pronto se dio cuenta de que había metido la pata, y alzó la vista a tiempo de ver que una enorme columna de neumáticos para la nieve se bamboleaba y quedaba un momento colgando de las estrellas antes de caerle encima, y eso fue lo último que recordó durante algún rato.
Al despertar notó unos dedos fríos en la frente y oyó una voz que le decía:
—Despierta, Anglo. Abre los ojos. Estás bien.
Abrió los ojos y vio el rostro de la muchacha, sus ojos muy abiertos e inquietos, el pelo levemente iluminado por las estrellas. Estaba tendido en la entrada del barranco.
—Vamos —dijo ella sonriendo—. Levántate.
—Claro —replicó Flange.
Le dolía la cabeza, todo su cuerpo parecía latirle. Por fin logró incorporarse y fue entonces cuando pudo verla bien. A la luz de las estrellas era exquisita. Llevaba un ves­tido oscuro, sus piernas y brazos desnudos eran delgados, el cuello arqueado y delicado, su figura tan esbelta que casi parecía una sombra. El cabello oscuro flotaba alrededor de su rostro y espalda como una nebulosa negra. Ojos enor­mes, nariz respingona, labio superior corto, buena den­tadura, bonito mentón. Aquella muchacha era un sueño, un ángel. Y, además, muy pequeña: no mediría más de un metro. Flange se rascó la cabeza.
—¿Cómo estás? —le preguntó— Me llamo Dennis Flange. Gracias por rescatarme.
—Yo soy Nerissa —dijo ella, mirándole.
A Flange no se le ocurría nada más que decirle. De re­pente, las posibilidades de conversación parecían muy limi­tadas. Pasó por su cabeza la absurda idea de que podrían comentar el problema de los enanos, o algo por el estilo. Ella le cogió de la mano.
—Ven —le dijo, y tiró de él, adentrándose en el ba­rranco.
—¿Adonde vamos? —preguntó Flange.
—A mi casa —respondió ella—. Pronto amanecerá.
Flange pensó en esta última observación.
—Ey, espera un momento. ¿Y mis amigos que están ahí dentro? Estoy abusando de la hospitalidad de Bolingbroke.
Ella no respondió y Flange se encogió de hombros. ¿Qué importaba? La muchacha le precedió por el barranco y luego cuesta arriba. En lo alto del pináculo de chatarra se alzaba una figura humana que les estaba observando. Otras formas rondaban y se movían rápidamente en la oscuridad. De algún lugar llegaba un rasgueo de guitarra, un canto y el ruido de una pelea. Llegaron al montón de cachivaches ante el que habían pasado antes, cuando iban en busca de los colchones, y avanzaron entre el caos de metal y loza iluminado por las estrellas. Finalmente la muchacha se de­tuvo junto a un frigorífico General Electric que yacía sobre su parte trasera y abrió la puerta.
—Espero que quepas —dijo ella, antes de meterse dentro y desaparecer.
Flange pensó con cierta consternación que había engor­dado más de la cuenta. Entró en el frigorífico, al que le faltaba el lado de detrás.
—Cierra la puerta cuando hayas entrado —le pidió ella desde algún lugar, abajo, y él obedeció como si estuviera en un estado de trance.
Un haz luminoso llegó hasta él, probablemente emiti­do por una linterna que ella llevaba para mostrarle el cami­no. Flange no se había dado cuenta de que el montón de trastos alcanzaba semejante profundidad. Tuvo que superar algunas apreturas considerables, pero logró abrirse paso y bajar unos nueve metros, entre diversos electrodomés­ticos amontonados en desorden, hasta que llegó a la abertu­ra de una tubería de cemento que medía metro veinte de diámetro.
—A partir de aquí es más fácil —dijo la chica.
El se puso a reptar y ella bajó andando por una suave inclinación que se extendía a lo largo de unos cuatrocien­tos metros. A la luz fluctuante de la linterna, entre som­bras oscilantes, Flange vio que otros túneles partían de aquel por el que bajaba. La muchacha reparó en su curiosidad.
—Les llevó mucho tiempo —dijo, y le contó que, en los años treinta, un grupo terrorista llamado Hijos del Apoca­lipsis Rojo había guarnecido todo el vertedero con una red de túneles y habitaciones, a fin de prepararse para la revo­lución, pero la policía federal los capturó a todos y, más o menos un año después, los gitanos se instalaron allí.
Por fin llegaron a un extremo cerrado, con una puertecilla en el suelo gijarroso. La muchacha la abrió y entraron. Ella encendió algunas velas, cuyas llamas revelaron una ha­bitación con tapices y cuadros colgados de las paredes que contenía una inmensa cama de matrimonio con sábanas de seda, un armario, una mesa y un frigorífico. Todo ello sus­citó en Flange numerosos interrogantes. Ella le habló del suministro de aire, de los desagües, las cañerías y la línea eléctrica tendida sin que la Compañía Eléctrica de Long Island lo sospechara jamás, del camión que Bolingbroke usaba de día y ellos conducían por la noche para robar comida y otros artículos básicos. Le contó que Bolingbroke sentía un temor supersticioso hacia ellos y era reacio a informar a cual­quier autoridad de su existencia, pues podrían acusarle de alcoholismo o algo peor y perdería su trabajo.
Flange se dio cuenta de que, desde hacía unos instan­tes, había una rata muy peluda y gris sobre la cama, que les miraba de un modo inquisitivo.
—Eh, hay una rata sobre la cama —dijo a la muchacha.
—Se llama Jacinta —le informó Nerissa—. Antes de que tú llegaras era mi única amiga.
Jacinta parpadeó evasivamente.
—Un nombre muy bonito —dijo Flange, y alargó la mano para acariciar a la rata, la cual soltó un chillido y retrocedió.
—Es tímida —comentó Nerissa—, pero os haréis amigos. Dale su tiempo.
—Por cierto, eso me recuerda... ¿Cuánto tiempo vas a tenerme aquí? ¿Por qué me has traído?
—La vieja del parche en el ojo a la que llaman Violeta me leyó la buenaventura hace muchos años —dijo Neris­sa—. Me dijo que un anglo sería mi marido, que tendría el pelo brillante, brazos fuertes y...
—Sí, claro —la interrumpió Flange—, pero todos los anglos tenemos ese aspecto. Hay por ahí toda clase de anglos que son altos y rubios.
Ella hizo un puchero y las lágrimas asomaron a sus ojos.
—No me quieres por esposa.
—Bueno... —dijo Flange, azorado—. Lo cierto es que ya tengo esposa, ¿sabes? Estoy casado.
Por un momento, pareció como si la muchacha hubiera sido apuñalada, y entonces se echó a llorar a lágrima viva.
—Lo único que he dicho es que estoy casado —protestó Flange—, no que disfrute especialmente del matrimonio.
—Por favor, no te enfades conmigo, Dennis —gimió ella—. No me abandones. Dime que te quedarás.
Flange reflexionó unos momentos sobre esta petición. Su silencio fue interrumpido de repente por la rata Jacinta, que dio una voltereta hacia atrás en la cama y empezó a revolcarse violentamente. Con un grito agudo de conmise­ración, Nerissa cogió a la rata, la apoyó contra su pecho y se puso a acariciarla y arrullarla. Flange pensó que parecía una niña y que la rata era como su propia hija.
Entonces volvió a preguntarse por qué Cindy no había tenido hijos. Y luego pensó en que una niña era algo muy apropiado. Que el mundo se encogiera hasta tener el tama­ño de una pelota.
Así pues, lo supo, naturalmente.
—Claro —le dijo—, de acuerdo. Me quedaré.
Pensó que, al menos, lo haría por algún tiempo. Ella le miró seriamente. En sus ojos danzaban las cabrillas de las olas, y él supo que las criaturas marinas se deslizarían por el verde submarino de su corazón.

Thomas Pynchon - "Entropía"

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Novelista posmoderno estadounidense que, en cierta manera, encajaría con la definición que Djuna Barnes dio de sí misma, aquella de "la escritora desconocida más famosa del mundo". Pues algo de eso le pasa a Pynchon. Considerado por algunos como el más grande escritor vivo (estas cosas siempre hay que tomarlas con cierta distancia), con legiones de seguidores que rozan el fanatismo, reverenciado por muchos autores (de Don de Lillo a David Foster Wallace), idolatrado por algunos críticos como Harold Bloom (y a veces despreciado por otros, claro, como George Steiner, el gurú de The New Yorker), cada nuevo lanzamiento suyo copa las páginas de las revistas literarias y los suplementos culturales y, pese a todo eso, es un enorme desconocido. Claro que ser considerado el sucesor de James Joyce en lo que se refiere a innovación de la literatura contemporanea no es una buena tarjeta de presentación en un mundo en el que los niños en pijama, los códigos templarios o los secretos copan las listas de ventas.
Este cuento se encuentra recogido en la colección de relatos "Lento aprendizaje".


Boris me acaba de hacer un resumen de sus
ideas. Es un profeta del tiempo y dice que
éste seguirá empeorando. Habrá más
calamidades, más muerte, más desesperación.
No se observa la más ligera indicación de un
cambio... Debemos llevar el paso, cerrados
en fila hacia la prisión de la muerte. Imposible
escapar. El tiempo no cambiará.

Trópico de Cáncer

En el piso de abajo, la fiesta de romper-contrato-de-alquiler que daba Meatball Mulligan, entraba en su cuadragésima hora. En el suelo de la cocina, entre benjamines de champán vacíos, Sandor Rojas y tres amigos más jugaban al escupir-al-océano y se mantenían despiertos a base de Heidsieck y píldoras de benzedrina. En el cuarto de estar, Duke, Vincent, Krinkles y Paco, agazapados alrededor de un altavoz de 40 centímetros sujeto con tornillos a la parte superior de una papelera, escuchando lo que daban de sí 27 vatios de La Puerta de los Héroes de Kiev. Todos lucían gafas de concha y expresión de embeleso, y fumaban unos cigarrillos de aspecto curioso que no contenían, como cabía esperar, tabaco, sino una forma adulterada de cannabis sativa. Este grupo era el cuarteto Duke di Angelis. Grababan para un sello local llamado Tambú, y tenían en su haber un LP de diez pulgadas titulado Cantos del Espacio Sideral. De vez en cuando, uno de ellos sacudía la ceniza del cigarrillo en el cono del altavoz, para verla brincar por él. Meatball dormitaba junto a la ventana, apretando contra su pecho una botella de litro y medio vacía como si fuera un oso de peluche. Varias jóvenes funcionarias, que trabajaban en sitios como el Departamento de Estado y la N.S.A, estaban tiradas por sofás, sillones y, una de ellas, sobre el lavabo del cuarto de baño.
Esto era a principios de febrero de 1957, y en aquella época había muchos norteamericanos rondando expatriados por Washington, D.C. y que, cada vez que te los encontrabas, te contaban que un día se irían a Europa de verdad, pero de momento parecían trabajar para el gobierno. Todos veían en ello una sutil ironía. Organizaban, por ejemplo, fiestas políglotas en las que poco menos que ignoraban al recién llegado que no fuera capaz de sostener conversaciones simultáneas en tres o cuatro idiomas. Se pasaban semanas y semanas asediando las charcuterías de especialidades armenias y te invitaban a comer bulgur y cordero en minúsculas cocinas cuyas paredes estaban cubiertas con carteles de corridas de toros. Tenían relaciones amorosas con chicas sexys de Andalucía o del Midi que estudiaban económicas en Georgetown. Su Dôme era una cervecería de estudiantes de Wisconsin Avenue que se llamaba Old Heidelberg, y cuando llegaba la primavera tenían que contentarse con cerezos en flor en vez de tilos, pero, a su manera letárgica, aquella vida, como ellos decían, les molaba.
En aquel momento la fiesta de Meatball parecía encontrar un segundo aliento. Afuera llovía. Las gotas se estrellaban con ruido sordo contra la tela asfáltica del tejado y se despedazaban en fino rocío sobre las narices, cejas y labios de las gárgolas de madera que había bajo los aleros, y caían como baba por los cristales de la ventana. El día antes había nevado, y el día anterior a éste soplaron vientos muy fuertes y antes de todo esto lució un sol que hizo que la ciudad brillase como si fuera abril, aunque por el calendario estábamos a primeros de febrero. Es una curiosa estación en Washington, esta falsa primavera. Caen por entonces el Aniversario de Lincoln y el Año Nuevo Chino, y flota en las calles una sensación de desamparo porque aún faltan semanas para que florezcan los cerezos y, como ha dicho Sarah Vaughan, la primavera llegará un poco tarde este año. En general, las gentes como las que se congregaban en el Old Heidelberg en las tardes de los días laborables para beber Würtzburger y cantar Lilí Marlén (no digamos La Novia de Sigma Khi) son inevitable e incorregiblemente románticas. O como todo buen romántico sabe, la sustancia del alma (spiritus, ruach, pneuma) no es más que aire; de modo que es natural que las distorsiones de la atmósfera repercutan en quienes la respiran. Por ello se superponen a los componentes públicos —días festivos, atracciones para turistas—, itinerarios privados, vinculados al clima como si este periodo fuera un stretto pasaje en la fuga anual: tiempo aleatorio, amores erráticos, compromisos no previstos: meses que fácilmente se pueden pasar en fuga, porque curiosamente, más adelante, vientos, lluvias, pasiones de febrero y marzo huyen del recuerdo en esa ciudad, como si jamás hubieran existido.
Los graves del final de La Puerta de los Héroes retumbaron a través del suelo y despertaron a Callisto de su sueño intranquilo. De lo primero que tuvo conciencia fue de un pajarillo que tenía tiernamente entre las manos, contra su cuerpo. Volvió la cabeza sobre la almohada hacia abajo y le sonrió. El pájaro hundía en el cuerpo la cabecita azul y la enfermedad se reflejaba en sus ojos velados. Callisto se preguntó durante cuántas noches más tendría que trasmitirle su calor antes de que se restableciera. Sostenía así al pájaro desde hacía tres días, pues no conocía otra manera de devolverle la salud. A su lado, la chica se rebulló y dio un gemido, con un brazo cruzado sobre la cara. Confundidas con los sonidos de la lluvia llegaban las primeras voces mañaneras, vacilantes y quejumbrosas de los otros pájaros, ocultos en filodendros y pequeños palmitos: pinceladas de rojo, amarillo y azul entrelazados en esta fantasía a la manera de un cuadro de Rousseau, esta jungla de invernadero que le había costado siete años entretejer. Sellada herméticamente, era un diminuto enclave de regularidad en el caos de la ciudad, ajeno a las divagaciones del tiempo, de la política nacional, de cualquier desorden social. Gracias al método de ensayo y error Callisto había perfeccionado su equilibrio ecológico, con ayuda de la chica, su armonía estética, de modo que las oscilaciones de su flora, los movimientos de sus pájaros y de los ocupantes humanos constituían un todo tan integrado como los ritmos de un móvil perfectamente construido. Naturalmente ni la chica ni él podían ser excluidos de este santuario, pues habían llegado a ser necesarios para su unidad. Recibían del exterior lo que necesitaban. Nunca salían de allí.
—¿Está bien? —murmuró ella, tendida como un signo de interrogación atezado, con unos ojos que de pronto eran enormes y oscuros y parpadeando lentamente.
Callisto deslizó un dedo por debajo de las plumas de la base del cuello del pájaro; lo acarició suavemente.
—Me parece que se pondrá bien. ¿Lo ves? Está oyendo que sus amigos empiezan a despertarse.
La chica había oído la lluvia y los pájaros incluso antes de que se despertara del todo.
Se llamaba Aubade: medio francesa medio anamita, vivía en un planeta extraño y solitario, muy particular, donde las nubes y el olor de las poincianas, la acritud del vino y el contacto fortuito de unos dedos por su región lumbar o, como plumas, por sus senos, todo ello se convertía inevitablemente para ella en elementos sonoros de una música que emergía por entre los intervalos de una aulladora oscuridad de discordancia.
—Aubade, ve a ver —le pidió él.
Obediente, se levantó; se acercó con pasos lentos y pesados a la ventana, descorrió las cortinas, y pasado un instante dijo:
—Treinta y siete. Sigue en treinta y siete.
Callisto frunció el ceño.
—Entonces estamos así desde el martes —dijo—. Ningún cambio.
Henry Adams, tres generaciones antes de la suya, había contemplado espantado la Energía; ahora Callisto se encontraba en una situación muy parecida con respecto a la Termodinámica, la vida interior de esa energía, dándose cuenta, como su predecesor, de que la Virgen y la Dinamo representan tanto el amor como la energía; que ambas cosas son, de hecho, lo mismo; y que el amor, por lo tanto, no sólo hace girar el mundo, sino que también hace girar las bochas y rotar las nebulosas. Era este último aspecto sideral el que le inquietaba. Los cosmólogos habían pronosticado al Universo una eventual muerte térmica (algo así como el Limbo, ausencia de forma y movimiento, energía calorífica uniforme en todos sus puntos); los meteorólogos la conjuraban a diario, contraponiéndola a toda una gama tranquilizadora de temperaturas diversas.
Pero ahora hacía tres días, a pesar del tiempo cambiante, el mercurio no se movía de 37 grados Fahrenheit. Desconfiando de los presagios de apocalipsis, Callisto cambió de postura bajo las mantas. Sus dedos apretaron con mayor firmeza al pájaro, como si necesitara una garantía palpitante o sufriente de un próximo cambio de temperatura.
Fue la última percusión de platillos la que surtió el efecto. Meatball recobró la conciencia dolorosamente, con un sobresalto en el mismo momento en que cesaba el meneo sincronizado de cabezas por encima de la papelera. El siseo final se demoró por un instante en la habitación, y luego se fundió con el murmullo de la lluvia.
—Aaargghh —exclamó Meatball en medio del silencio, mirando la botella vacía.
Krinkles, a cámara lenta, se volvió, sonrió y le tendió un cigarrillo.
—La hora del té, muchacho —le anunció.
—No, no —respondió Meatball—. Cuántas veces tengo que decíroslo, tíos. En mi casa, no. Ya deberíais saber que Washington está plagado de polis.
Krinkles hizo un gesto de decepción.
—Jo, Meatball, ya no quieres hacer nada.
—Matar el gusanillo. Es mi única esperanza. ¿Queda algo de beber?
Meatball empezó a trastabillar hacia la cocina.
—Champán creo que no —contestó Duke—. Hay una caja de tequila detrás de la nevera.
Pusieron un disco de Earl Bostic. Meatball se detuvo en la puerta de la cocina, mirando furibundo a Sandor Rojas.
—Limones —dijo después de pensar un momento. Se tambaleó hasta el frigorífico y sacó tres limones y una bandeja de hielo, encontró el tequila y se dispuso a restaurar el orden de su sistema nervioso. De momento se hizo sangre al partir los limones; tuvo que emplear las dos manos para exprimirlos y un pie para desprender los cubitos de la bandeja; pero al cabo de unos diez minutos y como por milagro, observaba radiante un monstruoso cóctel de tequila.
—Tiene una pinta fabulosa —dijo Sandor Rojas—. ¿Qué tal si me haces uno?
Meatball le guiñó un ojo.
Kitchi lofass a shegitbe —¡contestó maquinalmente, y se encaminó al baño.
—¡Oye! —exclamó al cabo de un momento sin dirigirse a nadie en concreto—. ¡Hay una chica o algo así dormido en el lavabo!
La agarró por los hombros y la zarandeó.
—¿Qué...? —balbuceó ella.
—No tienes aspecto de estar muy cómoda —le dijo Meatball.
—Vaya —convino ella.
Titubeó hasta la ducha, abrió el agua fría y se sentó bajo el chorro con las piernas cruzadas.
Así está mejor —dijo sonriente.
—¡Meatball! —chilló Sandor Rojas desde la cocina— Hay un tipo que pretende entrar por la ventana. Sin duda un novato de esos que no se contentan con los entresuelos.
—No te preocupes —dijo Meatball—. Le ganamos en altura.
Regresó rápidamente a la cocina. En la salida de incendios se veía a un ser de aspecto desaliñado y lastimoso deslizando las uñas por el cristal. Meatball le abrió la ventana.
—Saúl —dijo.
—Hace cierta humedad fuera —comentaba Saúl al entrar por la ventana, chorreando—.
Supongo que te has enterado.
—Que Miriam te dejó o algo así. Es todo lo que he oído.
De repente, sonó en la puerta principal un aporreo.
—Adelante, adelante —gritó Sandor Rojas.
La puerta se abrió. Eran tres chicas de la Universidad de George Washington, todas estudiantes de filosofía. Cada una traía una garrafa de Chianti. Sandor se levantó de un salto y corrió a la sala.
—Nos han dicho que había una fiesta —dijo una rubia.
—¡Carne fresca! —gritó Sandor.
Era un ex-partisano húngaro, que evidenciaba fácilmente el peor caso crónico de lo que ciertos críticos de la clase media han denominado donjuanismo del distrito de Columbia.
Purché porti la gonnella, voi sapete quel che fa. Como el perro de Pavlov: una voz de contralto o un tufillo de Arpège, y Sandor se ponía a salivar. Meatball contempló nebulosamente al trío en su desfile hacia la cocina, y se encogió de hombros.
—Meted el vino en la nevera —dijo—, y buenos días.
El cuello de Aubade describía un arco dorado mientras, inclinada sobre las cuartillas de papel de barba, garabateaba sin pausa en la verde penumbra de la habitación.
—Cuando de joven estudiaba en Princeton —dictaba Callisto, acunando al pájaro contra el vello gris de su pecho—, Callisto había aprendido una fórmula mnemotécnica para acordarse de las leyes de la termodinámica: no se puede ganar, las cosas van a peor antes de que mejoren, y quién dice que van a mejorar. A la edad de cincuenta y cuatro años, teniendo delante la concepción del universo de Gibbs, cayó en la cuenta de que, en el fondo, aquella jerigonza de sus tiempos de estudiante era, después de todo, profética. Aquel largo laberinto de ecuaciones se transformó a sus ojos en la visión de una muerte calórica inevitable del cosmos. Siempre había sabido, por supuesto, que sólo máquinas o sistemas teóricos funcionan con una eficacia del cien por cien; y que, según el teorema de Clausius, la entropía de un sistema aislado aumenta constantemente. Pero hasta que Gibbs y Boltzmann aplicaron a ese principio los métodos de la mecánica estadística no se le hizo patente todo su horrible significado: sólo entonces se dio cuenta de que el sistema aislado —galaxia, máquina, ser humano, cultura, lo que sea— ha de evolucionar espontáneamente hacia la Condición de Probabilidad Máxima. Así pues, se vio obligado, en el triste declive otoñal de la edad madura, a reexaminar de forma radical todo lo que hasta entonces había aprendido. Ahora tenía que examinar de nuevo todas las ciudades y estaciones y pasiones fortuitas de su vida bajo una luz nueva y elusiva y no sabía si iba a ser capaz de enfrentarse a la tarea. Conocía los peligros de la falacia reduccionista, y esperaba ser lo bastante fuerte para no dejarse arrastrar a la elegante decadencia de un fatalismo enervado. El suyo había sido siempre un tipo de pesimismo vigoroso, italiano. Como Maquiavelo aceptaba que las fuerzas de la virtud y de la fortuna son, aproximadamente, del 50 por ciento; pero ahora las ecuaciones introducían un factor aleatorio que desplazaba la probabilidad hacia una proporción inefable e indeterminada que, él mismo descubrió, temía calcular. A su alrededor amenazaban vagas formas de invernadero, y el corazón lastimosamente pequeño trepidaba contra el suyo. Como contrapunto a las palabras de Callisto, la chica oía el gorjeo de los pájaros y los espasmódicos bocinazos de los coches diseminados por la mañana lluviosa, y el contralto de Earl Bostic elevándose, a través del suelo, en agrestes crescendos ocasionales. La pureza arquitectónica del mundo de Aubade se veía constantemente amenazada por esos toques de anarquía, brechas y excrecencias, líneas oblicuas, y un desplazamiento o inclinación de los planos a los que continuamente tenía que readaptarse, a fin de evitar que toda la estructura se desintegrara en una confusión de señales discretas e ininteligibles. Cierta vez Callisto describió el proceso en términos de “retroalimentación”: cada noche ella se internaba en sueños con una sensación de agotamiento, y una determinación desesperada de no relajar nunca aquella vigilancia. Incluso en los cortos periodos en que Callisto le hacía el amor, remontándose por encima del arqueo de los nervios tensos vibraba en pizzicatos improvisados la cantinela solitaria de su determinación.
—Aun así —continuó Callisto—, encontró en la entropía, o medida de la desorganización en un sistema cerrado, una metáfora adecuada aplicable a ciertos fenómenos de su propio mundo. Veía, por ejemplo, a la generación más joven respondiendo a Madison Avenue con la misma furia que la suya reservó en otro tiempo a Wall Street, y en el consumismo norteamericano descubrió una tendencia similar desde lo menos a lo más probable, desde la diferenciación a la uniformidad, desde la individualidad estructurada a una especie de caos. En resumen, se sorprendió formulando de nuevo la predicción de Gibbs en términos sociales, preveía una muerte calórica de esta cultura en la que las ideas, como la energía calórica, ya no se transferiría, dado que, en última instancia, cada uno de sus elementos tendría la misma cantidad de energía y, en consecuencia, cesaría el movimiento intelectual.
Súbitamente alzó la vista.
— Compruébalo ahora —pidió a la chica.
De nuevo ella se levantó y miró el termómetro.
—Treinta y siete —dijo—. Ha dejado de llover.
El dobló la cabeza rápidamente y mantuvo sus labios sobre un ala estremecida.
—Entonces cambiará pronto —comentó, intentando en el tono dar firmeza a su voz.
Sentado sobre la estufa, Saúl era como una gran muñeca de trapo contra la que una niña hubiera descargado una rabia incomprensible.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó Meatball—. Bueno, si es que tienes ganas de hablar, claro.
—Por supuesto que me apetece hablar —replicó Saúl—. De lo que sí estoy seguro es de que le arreé unos buenos mamporros.
—Hay que mantener la disciplina.
—Ja, ja. Ojalá hubieras estado allí, Meatball. Fue una pelea increíble.
Acabó tirándome un Manual de Física y Química a la cabeza, pero en vez de darme a mí dio en la ventana, y al romperse el cristal debió de rompérsele a ella también algo por dentro. Se marchó de casa de repente, llorando, bajo la lluvia y sin impermeable ni nada.
—Volverá.
—No.
—Bueno... —Y en seguida Meatball añadió—: seguro que ha sido por algo muy importante; como, por ejemplo, quién es mejor, Sal Mineo o Ricky Nelson.
—Lo más gracioso de todo es que fue a causa de la teoría de la comunicación —explicó Saúl.
—Particularmente no sé nada de teoría de la comunicación.
—Ni mi mujer. Pero, bien mirado, ¿quién hay que sepa algo? Ahí está la gracia.
Cuando Meatball vio la clase de sonrisa que Saúl tenía en la cara, le preguntó si le apetecía un tequila o cualquier otra cosa.
—No. Disculpa, lo siento. Es en ese terreno en el que en seguida puedes perder los estribos. Llega un momento en que te imaginas agentes de seguridad por todas partes: detrás de los arbustos, a la vuelta de la esquina. La MOFFET es ultrasecreto.
—¿El qué?
—Modulación factorial de frecuencias flotantes en el espectro transducido.
—Os habéis peleado sobre eso.
—Miriam anda otra vez leyendo ciencia ficción. Ciencia ficción y el Scientific American. Al parecer, está enganchada, como decimos nosotros, a la idea de los ordenadores que actúan como personas. Cometí el error de decirle que también podía verse al revés, y comparar el comportamiento humano a una programación introducida en una máquina IBM.
—¿Por qué no? —le preguntó Meatball.
—Exactamente, ¿por qué no? De hecho es una idea fundamental en la comunicación, y no digamos ya en la teoría de la información. Pero fue decírselo y se puso histérica. Y se armó. Y ni yo mismo sé por qué. Sin embargo, si alguien debería estar enterado, soy yo. Me niego a creer que el gobierno esté malgastando en mí el dinero de los contribuyentes, teniendo como tiene tantas cosas importantes y mejores en qué malgastarlo.
Meatball hizo una mueca.
—Quizá pensó que tu actitud era la del científico amoral, frío y deshumanizado.
—¡Santo cielo! —dijo Saúl, levantando un brazo—. Deshumanizado. ¿Cuánto más humano puedo ser? Me preocupa, Meatball, te lo aseguro. Ahora mismo hay europeos por el norte de África con la lengua arrancada de la boca por haber dicho lo que no debían. Sin embargo los europeos creían que era lo que había que decir.
—Barrera lingüística —sugirió Meatball.
Saúl bajó de la estufa.
—Eso —dijo enfadado— podría llevar el premio al peor chiste del año. No, no es una barrera. En todo caso sería una especie de fuga. Dile a una chica: “Te quiero”. Los dos elementos implicados, tú y ella, no presentan ningún problema, forman un circuito cerrado. Pero con el repugnante verbo “querer” en el medio con el que has de tener cuidado. Ambigüedad. Redundancia. Irrelevancia, incluso. Fuga. Todo eso es ruido. El ruido que distorsiona la onda e introduce la desorganización en el circuito.
Meatball caminó en derredor de sí arrastrando los pies.
—Hombre, no sé, Saúl —balbuceó—, tengo la impresión como si esperases demasiado de la gente. Ya me entiendes. La mayor parte de las cosas que decimos son, sobre todo, ruido, supongo.
—¡Aja! La mitad de lo que tú acabas de decir, por ejemplo.
—A ti también te pasa, ¿no?
—Ya lo sé. —Saúl sonrió amargamente—. Esto es un asco, ¿o qué?
—Será por eso por lo que a los abogados no les faltan divorcios. Vaya, perdona hombre.
—No, no me molesta. Y además —frunció el ceño—, tienes razón. Te das cuenta de que casi todos los matrimonios supuestamente “felices”, como éramos Miriam y yo hasta esta noche, se basan más o menos en un compromiso. Nunca uno funciona a pleno rendimiento, lo que uno tiene normalmente es una base mínima para que la cosa marche.
Creo que eso se llama estar unidos.
—Puaf.
—Exactamente. Ahí dentro sí que hay ruido. Pero la cantidad de ruido no es la misma para ti que para mí, porque tú estás soltero y yo no. Hasta ahora por lo menos. Bueno, al diablo con todo.
—Por supuesto —dijo Meatball, en plan conciliador—. Empleabais palabras distintas.
Por “ser humano” entendías algo que puedes considerar como un ordenador. Eso te ayuda a pensar mejor en algo, yo qué sé. Pero Miriam entendía otra cosa totalmente...
—Al diablo con todo —repitió Saúl.
Meatball permaneció en silencio.
—Sí, me apetece ese trago —dijo Saúl al cabo de un instante.
La partida de cartas se había suspendido, y los amigos de Sandor se consumían lentamente con tequila. En el sofá del cuarto de estar, una de las estudiantes y Krinkles estaban en plena conversación amorosa.
—No —decía Krinkles—, no, no puedo hundir a Dave. De hecho, reconozco los muchos méritos de Dave. Sobre todo, teniendo en cuenta su accidente y todo eso. La sonrisa desapareció del rostro de la chica.
—Qué terrible —dijo—. ¿Qué accidente?
—¿No lo sabes? —dijo Krinkles—. Cuando estaba en el ejército de soldado raso lo mandaron en misión especial a Oak Ridge. Algo que tenía que ver con el Proyecto Manhattan. Un día, manejando no sé qué material peligroso recibió una sobredosis de radiación. Así que ahora tiene que llevar siempre guantes de plomo.
Ella meneó la cabeza con gesto compasivo.
—¡Qué comienzo más desafortunado para un pianista! —comentó.
Meatball había dejado a Saúl con una botella de tequila y se disponía a irse a dormir a un armario, cuando de pronto se abrió la puerta de entrada, e invadieron el piso cinco tipos de la Marina estadounidense, todos ellos en distintos grados de abominación.
—¡Aquí es! —vociferó un aprendiz de marinero, gordo y granujiento, que había perdido su gorra blanca—. Ésta es la casa de putas que decía el jefe.
Un enjuto segundo contramaestre de tercera clase le apartó de un empellón e inspeccionó la sala de estar.
—Tienes razón, Slab, —dijo—. Pero no está nada mal para una buena ciudad americana como ésta. En cuanto a traseros, los he visto mejores en Nápoles.
—¿Cuánto es, oiga? —tronó un marino corpulento con vegetaciones, que sostenía un tarro de vidrio con cierre hermético lleno de whisky casero.
—Por Dios —murmuró Meatball.
Afuera la temperatura seguía clavada en 37 grados Fahrenheit. En el invernadero Aubade acariciaba con gesto ausente las ramas de una joven mimosa, oyendo el motivo de savia ascendente, torpe esbozo del tema anunciador de esos frágiles capullos rosados que, según se dice, aseguran la fertilidad. Aquella música elevaba en entralazados cimacios: arabescos de orden rivalizaban, como en una fuga, con las disonancias improvisadas de la fiesta del piso de abajo, que a veces culminaban en cúspides y molduras de ruido. Aquella valiosa relación señal/ruido, cuyo delicado equilibrio reclamaba hasta la última caloría de la energía de Aubade, oscilaba dentro de su cráneo pequeño y tenue, mientras observaba a Callisto proteger al pájaro. Ahora Callisto estaba intentando hacer frente a toda la idea de muerte térmica, mientras acariciaba el plumoso cuerpecillo entre sus manos. Buscaba correspondencias. Sade, por supuesto. Y Temple Drake, flaca y desesperanzada en su parquecillo parisino, al final de Santuario. Equilibrio definitivo. El bosque nocturno. Y el tango. No importa cuál, pero quizá más que cualquier otro la triste y mórbida danza de La historia del soldado de Stravinsky. Hizo memoria: ¿qué fue para ellos la música del tango después de la guerra, qué significados se le pasaron por alto en este acoplamiento de autómatas ceremoniosos que llenaban los cafés-dansants, o en esos metrónomos que oscilaban detrás de los ojos de sus parejas? Ni siquiera la regularidad de los vientos limpios de Suiza pudieron curar la grippe espagnole: Stravinsky la padeció, todos la padecieron. ¿Y, por el momento, cuántos músicos quedaron después de Passendale, después del Marne? En este caso se reducían a siete: violín, contrabajo. Clarinete, fagot. Trompa, trombón. Platillos. Casi como si un grupo cualquiera de saltimbanquis se hubiera empeñado en transmitir la misma información que una orquesta en pleno. Apenas quedaba un conjunto completo en Europa. Pero con violín y platillos Stravinsky había conseguido comunicar en aquel tango el mismo agotamiento, la misma falta de aire que se veía en los jovencitos engominados que pretendían imitar a Vernon Castle, y en sus queridas, a las que les daba igual. Ma Maîtresse. Celeste. Al volver a Niza después de la segunda guerra mundial, había encontrado, en el lugar de aquel café, una perfumería que abastecía a los turistas americanos. Y ni un vestigio secreto de ella en el empedrado de la calle, ni en la vetusta pensión contigua; ni un perfume que armonizara con su aliento, aromatizado por el dulce vino español que siempre tomaba. Así que se había comprado una novela de Henry Miller y se había tomado el tren a París. Se leyó la novela durante el viaje, de modo que al llegar iba ya, por lo menos, un poco avisado. Y vio que Celeste y las demás, incluida Temple Drake, no eran lo único que había cambiado.
—Me duele la cabeza, Aubade.
El sonido de su voz generó en ella un fragmento de melodía como respuesta. Su movimiento hacia la cocina, la toalla, el agua fría, y la mirada de Callisto siguiéndola formaron un canon extraño e intrincado; y mientras ella le aplicaba la compresa sobre la frente, el suspiro de gratitud que él exhaló parecía señalar un nuevo tema, otra serie de modulaciones.
—No —seguía diciendo Meatball—, no, lo siento. Esto no es una casa de dudosa reputación. Lo siento, créanme.
Slab se mantenía impertérrito.
—Pero si nos lo dijo el jefe —repetía una y otra vez.
El marino ofrecía el whisky a cambio de una buena tía. Meatball, desesperado, miraba a su alrededor en busca de socorro. En el centro de la habitación, el cuarteto Duke di Angelis vivía un momento histórico. Vincent estaba sentado, y los demás de pie: estaban haciendo los mismos movimientos que haría un conjunto en plena actuación, sólo que sin instrumentos.
—Oye —dijo Meatball.
Duke movió la cabeza varias veces, sonreía débilmente, encendió un cigarrillo y por fin se percató de Meatball.
—Tranquilo, muchacho —susurró.
Vincent se puso a agitar los brazos, con los puños cerrados; luego, bruscamente, se quedó inmóvil, y luego repitió la operación. Así continuaron un rato, mientras Meatball sorbía su tequila con aire sombrío. La flota se había retirado a la cocina.
Finalmente, obedeciendo a alguna señal invisible, los del conjunto dejaron de marcar el ritmo con los pies, y Duke, sonriente, dijo:
—Por lo menos hemos acabado todos a la vez.
Meatball lo atravesó con la mirada.
—Oye —dijo.
—Acabo de concebir algo nuevo, chico —dijo Duke—. Te acuerdas de tu tocayo, ¿no? ¿Te acuerdas de Gerry?
—No —respondió Meatball—. Me Acordaré de Abril, si eso te sirve de algo.
—En realidad —dijo Duke—, era Amor en Venta. Lo que demuestra el nivel de tus conocimientos. El hecho es que eran Mulligan, Chet Baker y aquella panda de entonces. ¿Me sigues?
—Saxo barítono —respondió Meatball—. Algo de un saxo barítono.
—Pero sin piano, chico. Ni guitarra. Ni acordeón. Tú ya sabes lo que significa eso.
—No exactamente —dijo Meatball.
—Bueno, pues en primer lugar te diré que yo no soy un Mingus ni un John Lewis y que la teoría nunca ha sido mi fuerte. Quiero decir que cosas como leer y eso siempre han sido difíciles para mí y...
—Lo sé —dijo Meatball secamente—. Te quitaron el carnet porque en una fiesta de un club de Kiwanis cambiaste de clave Cumpleaños feliz.
—El de los Rotarios. Pero se me ocurrió, en uno de esos destellos de inspiración, que si aquel primer cuarteto de Mulligan no tenía piano, sólo podía significar una cosa.
—Nada de acordes —dijo Paco, el contrabajista con cara de niño.
—Quiere decir —explicó Duke— nada de acordes fundamentales. Nada que escuchar mientras tocas una línea horizontal. Con lo que uno se contenta en estos casos es pensar las fundamentales.
Una conciencia horrorizada estaba despuntando en Meatball.
—¿Y el siguiente paso lógico?
—Pensarlo todo —declaró Duke con sencilla dignidad—. Las fundamentales, la línea melódica, todo.
Meatball lo miró sobrecogido.
—Pero...
—Hombre —apuntó Duke con modestia—, todavía quedan algunas pegas por resolver.
—Pero... —inquirió Meatball.
—Escucha —explicó Duke—. Vas a ver cómo lo entiendes.
Y otra vez se pusieron en órbita, presumiblemente alrededor del cinturón de los asteroides. Al poco rato Krinkles colocó los labios en embocadura y empezó a mover los dedos, y Duke se dio una palmada en la frente.
—¡Diantre! —rugió—. El tema nuevo que estamos usando, ¿recuerdas?, el que escribí anoche.
—Claro —afirmó Krinkles—, el tema nuevo. Yo entro en el puente. En todos sus temas es ahí donde entro yo.
—Exacto —dijo Duke—. ¿Entonces por qué...?
—Dieciséis compases, espero, entro... —dijo Krinkles.
—¿Dieciséis? —dijo Duke—. No. No, Krinkles. Has parado en el octavo. ¿Quieres que te lo cante? Huellas de carmín en el cigarrillo, pasaje de avión a lugares románticos.
Krinkles se rascó la cabeza.
—Querrás decir Esas Cosas Locas.
—Exacto, Krinkles —afirmó Duke—; exacto. Bravo.
—No se trata de Recordaré Abril —explicó Krinkles.
—Minghe morte —contestó Duke.
—Me dio la impresión de que lo estábamos tocando un poco lento —sugirió Krinkles.
Meatball rió por lo bajo.
—Empecemos de nuevo.
—Que va, muchacho —aseguró Duke—, vuelvan las ondas al vacío.
Y de nuevo despegaron, sólo que pareció que Paco tocaba en Sol sostenido y los demás en Mi bemol, de modo que tuvieron que volver a empezar.
En la cocina, dos de las chicas de la George Washington y los marineros cantaban “Hundámomos todos” y “Méate en el Forrestal”. Al lado de la nevera tenía lugar un juego de morra bilingüe y a dos manos. Saúl había llenado de agua varias bolsas de papel, se había sentado en la escalera de incendios y desde allí las dejaba caer sobre la gente que pasaba por la calle. Una funcionaria gorda con una camisa de Bennington, que hacía poco se había hecho novia de un alférez de fragata destinado en el Forrestal, entró como una tromba en la cocina, con la cabeza baja, y embistió a Slab en el estómago. Considerando que aquello era un motivo de pelea tan válido como cualquier otro, los amigos de Slab acudieron atropelladamente. Los jugadores de morra, nariz con nariz, chillaban trois, sette, con toda la fuerza de sus pulmones. Desde la ducha, la chica que Meatball había sacado del lavabo anunció que se estaba ahogando. Al parecer se había sentado sobre el desagüe, y ya le llegaba el agua al cuello. En el piso de Meatball el ruido había alcanzado un crescendo sostenido, impío.
Meatball se limitaba a observar rascándose perezosamente la barriga. Según su parecer había dos maneras de encarar aquella situación: (a) encerrarse en el armario y confiar en que quizá todos acaben marchándose, o (b) tratar de apaciguarlos a todos, uno por uno. La opción a) era sin duda la alternativa más apetecible. Pero entonces se puso a pensar en el armario. Estaba oscuro y poco ventilado, y estaría solo. No le hacía gracia estar solo. Y además a aquella tripulación bajada del Lollipop o de donde fuera le podía dar el capricho de tirar la puerta abajo a patadas, por pura diversión. Y en ese caso él se vería, como poco, en una posición embarazosa. Lo otro era más incordio, pero seguramente mejor a la larga.
Así que decidió hacer un esfuerzo para que su fiesta de romper-todo-contrato-dealquiler no degenerase en caos total: dio vino a los marinos y separó a los jugadores de morra; presentó a la funcionaria gorda a Sandor Rojas, el cual impediría que se metiera en líos; ayudó a la chica de la ducha a secarse y meterse en la cama; tuvo otra charla con Saúl; llamó para que vinieran a arreglar el frigorífico, pues alguien había descubierto que estaba averiado. Todo eso fue lo que hizo hasta al anochecer, momento en que la mayoría de los juerguistas habían perdido el sentido y la fiesta temblaba en el umbral de su tercer día.
Arriba Callisto, inerme en el pasado, no sintió que el ritmo débil que latía dentro del pájaro empezaba a disminuir y apagarse. Aubade, junto a la ventana, paseaba por entre las cenizas de su adorable universo; la temperatura se mantenía fija, el cielo se había vuelto de un gris uniforme oscuro. Entonces algo que pasó en el piso de abajo —un grito de mujer, una silla volcada, un vaso que se estrelló contra el suelo, nunca sabría qué exactamente— penetró aquella privada deformación del tiempo, y tuvo conciencia del desfallecimiento, la tirantez de los músculos, las sacudidas metálicas de la cabeza del pájaro y su propio pulso que, como para compensar, empezó a latir con más intensidad.
—Aubade —la llamó débilmente—, se está muriendo.
Ella, grácil y absorta, cruzó el invernadero para mirar las manos de Callisto. Los dos permanecieron así, expectantes, durante uno o dos minutos, mientras el corazoncito latía con elegante diminuendo hasta detenerse por completo. Callisto levantó la cabeza despacio.
—Le he cogido —protestó, impotente frente al asombro— para darle calor de mi cuerpo. Casi como si le transmitiera vida, o una sensación de vida. ¿Qué ha pasado? ¿Se ha interrumpido la transmisión de calor? ¿No hay más...? —No terminó la frase.
—Yo estaba justo en la ventana —dijo ella.
Callisto se recostó, aterrado. Ella permaneció un momento más, indecisa; había advertido la obsesión de él hacía tiempo, y de alguna manera se dio cuenta de que aquel 37 constante era ahora decisivo. Y de pronto, como si viera la conclusión única e inevitable de todo aquello, se acercó con rapidez a la ventana antes de que Callisto pudiera decir nada; arrancó las cortinas y rompió el cristal con dos manos exquisitas que retiró ensangrentadas y brillantes de esquirlas; y se volvió para mirar al hombre tendido sobre la cama y esperar con él el momento en que se alcanzara el equilibrio, en que hubiera 37 grados Fahrenheit dentro y fuera, y para siempre, y el inmóvil y curioso factor dominante de sus vidas separadas se resolviera en una tónica de oscuridad y la ausencia definitiva de todo movimiento.