Herman Melville - "El violinista"
Posted by La mujer Quijote in cuento, fontanella, melville, música
¡De modo que mi poema es un fracaso y la fama inmortal no se ha hecho para mí! Estoy condenado a ser un don nadie por toda la eternidad. ¡Suerte intolerable!
Tomando mi sombrero, arrojé contra el suelo la crítica leída y me precipité en Broadway, donde una masa de gente entusiasmada se apiñaba camino de un circo, situado en una calle lateral cercana, circo que muy poco antes había iniciado sus funciones y el cual gozaba de fama gracias a un payaso excepcional.
Poco después mi viejo amigo Standard me abordó de una manera bastante ruidosa.
—¡Lindo encuentro, Helmstone, mi viejo! ¡Eh! Pero, ¿qué pasa? ¿Cometiste un asesinato? ¿Estás huyendo de la justicia? ¡Se te ve descompuesto!
—Entonces, ¿no lo has visto? —pregunté, refiriéndome, claro está, al comentario crítico.
—Oh, claro que sí. Estuve en la función de la mañana. Un gran payaso, te lo aseguro. Pero mira, ahí viene Hautboy. Hautboy... Helmstone.
Sin que se me diera oportunidad —o sin que sintiera la inclinación— de protestar ante un error tan mortificante, de inmediato me sentí calmado al contemplar el rostro de aquel recién llegado, a quien tan poco ceremoniosamente me habían presentado. Era corto y macizo de cuerpo, aunque de aire juvenil y animoso. Su tez, quemada de estar a la intemperie; sus ojos, sinceros, alegres y grises. Sólo su cabello indicaba que no se estaba ante un muchacho desproporcionadamente crecido, y con base en el cabello le atribuí unos cuarenta años o algo más.
—Oye, Standard —exclamó con gozo dirigiéndose a mi amigo—, ¿no vas al circo? Me dicen que el payaso no tiene igual. Venga usted también, señor Helmstone; vengan los dos. Y cuando termine la función, cenaremos un delicioso cocido y un ponche donde Taylor.
Aquel contento genuino, aquel buen humor y aquella extraordinaria expresión saludable y sincera de mi singularísima nueva amistad actuaron sobre mí como magia. Me pareció cuestión de simple lealtad humana aceptar aquella invitación venida de un corazón inconfundiblemente cordial y honrado.
Durante la función más puse atención en Hautboy que en el celebrado payaso, pues el primero constituía el verdadero espectáculo para mí. Su disfrute auténtico me llegaba al alma por ser expresión real de eso que llamamos felicidad. Parecía saborear con la lengua los chistes del payaso, como si fueran el vino más delicioso. Y expresaba su agradecimiento aplaudiendo ahora con las manos y golpeando el piso luego con los pies. Si una de las humoradas le parecía más que buena, se volvía hacia Standard y hacia mí, por ver si compartíamos su extraordinario placer. En aquel hombre de cuarenta años tenía a un muchacho de doce, sin que ello hiciera disminuir en lo más mínimo mi respeto por él, pues todos sus actos eran tan honestos y naturales, sus expresiones y actitudes tan gráciles de bonhomía natural, que la juventud maravillosa de Hautboy adquiría una especie de aire divino e inmortal, como el de algún dios de Grecia eternamente joven.
Pero por mucho que observara a Hautboy y por mucho que admirara su talante, el humor desesperado con que había partido de casa no me había abandonado al grado de no molestarme con reapariciones momentáneas. Pero salía de aquellas recaídas y miraba apresurado a mi alrededor, a todo aquel amplio anfiteatro lleno de rostros humanos ávidamente interesados y aplaudidores. ¡Escuchen! Palmadas, golpes, hurras ensordecedoras. Todos los allí reunidos parecían enloquecidos en sus aclamaciones. ¿Y qué, me pregunté, ha causado todo esto? Pues hombre, que el payaso acababa de gesticular cómicamente con una de sus mejores muecas.
Me repetí entonces aquel sublime pasaje de mi poema en que Cletemes el argivo vindica la justicia de la guerra. Ay, me dije, si en este momento saltara al escenario y repitiera dicho pasaje; o mejor aún, recitara ante el público todo mi poema trágico ¿aplaudirían al poeta como están aplaudiendo al payaso? ¡No! Me abuchearían, acusándome de ido o de loco. Entonces, ¿qué prueba todo esto? ¿Mi engaño o su insensibilidad? Acaso ambos, pero sin duda alguna lo primero. Mas, ¿por qué lamentarse? ¿Estás buscando la admiración de quienes admiran a un bufón? Mejor trae a mientes la anécdota del ateniense que, cuando la gente lo aplaudía rabiosamente en el foro, preguntaba a su amigo en un susurro: ¿Qué tontería he dicho?
Una vez más mis ojos recorrieron aquel circo, cayendo finalmente sobre el radiante rostro de Hautboy. Su alegría clara y honesta respondía con el desdén a mi desdén y mi orgullo intolerante sufrió un golpe, aunque Hautboy ignorara qué reproche mágico significaba su rostro reidor para un alma como la mía. En el momento mismo de estar sintiendo yo el dardo de la censura, sus ojos brillaron, su mano hizo un gesto y su voz se elevó en jubiloso deleite cuando el inagotable payaso concluía otra más de sus gracias.
Terminado el circo, fuimos a Taylor. En medio de una multitud nos sentamos a una de las mesas de mármol, para saborear nuestro cocido y nuestros ponches. Hautboy se había acomodado frente a mí. Aunque su anterior hilaridad se encontraba muy atenuada ya, su rostro seguía brillando de gozo, si bien ahora se presentaba en él un rasgo hasta hace poco no muy sobresaliente: una cierta expresión serena de bienestar profundo y calmado. En este hombre se daban la mano el sentido común y el buen humor. Según proseguía la conversación entre el enérgico Standard y Hautboy —pues yo apenas dije nada—, me sentí cada vez más sorprendido por el buen juicio que el segundo mostraba. En casi todos sus comentarios a los distintos temas abordados parecía encontrar instintivamente la línea exacta entre entusiasmo y apatía. Se veía obviamente que si bien Hautboy captaba el mundo tal y como era, en teoría no le daba apoyo ni al lado brillante ni al lado oscuro. Rechazaba todas las soluciones y sólo aceptaba los hechos. No negaba superficialmente lo que en el mundo había de triste, no menospreciaba cínicamente lo que de alegre había en él y con agradecimiento aceptaba de corazón todo lo que personalmente le parecía placentero. Por ello me parecía obvio —al menos en aquel momento— que su alegría extraordinaria no tenía como causa una deficiencia de sentimientos o de capacidad mental.
Recordando de súbito un compromiso, Hautboy tomó su sombrero, se despidió agradablemente y se fue.
—Bien, Helmstone —preguntó Standard, que tamborileaba levemente con los dedos sobre la mesa—, ¿y qué piensas de tu nuevo conocido?
Las dos últimas palabras adquirieron un significado peculiar y distinto.
—Nuevo en verdad —repetí—. Standard, mil gracias te doy por haberme presentado a uno de los seres más singulares que haya conocido. Me era necesario ver a un hombre tal para poder creer en la posibilidad de su existencia.
—Pareces gustar de él —contestó Standard con sequedad irónica.
—Lo amo y admiro enormemente, Standard. Me gustaría ser él.
—¿Ah, sí? Lástima, pues en el mundo sólo hay un Haut-boy.
Este comentario me ensombreció de nuevo y en cierta medida reavivó mi anterior disposición de ánimo.
—Supongo —dije, mofándome con rencor— que su admirable alegría se origina por igual en una fortuna y un temperamento felices. Es obvio su gran sentido común, pero puede darse éste sin ningún otro don sublime. Antes bien, creo que en ciertos casos tener sentido común significa simplemente carecer de las otras virtudes. Con mayor razón tener alegría. Por estar desposeído de genio, Hautboy es una persona eternamente bienaventurada.
—Ah, con que no lo crees un genio extraordinario.
—¿Genio? ¿Ese hombre corto de estatura y gordo un genio? Los genios son delgados, como Casio.
—¿Ah, sí? ¿No podrías imaginar que Hautboy tuvo genio, pero que, afortunadamente, pudo deshacerse de él y engordar?
—A un genio le es tan imposible deshacerse de su genio como curarse a un hombre enfermo de tisis galopante.
—¿Ah, sí? Hablas con mucha seguridad.
—Así es, Standard —exclamé, sintiendo crecer mi reconcomio—. Después de todo, ninguna lección puede darnos, ni a ti ni a mí, tu alegre Hautboy. Con sus capacidades normales; sus opiniones claras, por limitadas; sus pasiones dóciles a fuerza de débiles; su temperamento alegre porque con él nació, ¿cómo puede ser ejemplo adecuado para un tipo temerario como tú o para un soñador ambicioso como yo? Fuera de los límites comunes, nada lo tienta; no tiene en sí nada que necesite refrenar. Por naturaleza está libre de todo daño moral. Tu Hautboy sería un hombre por completo diferente si lo infectara la ambición, si escuchara por una vez el aplauso de la gente o tuviera que sufrir desprecios. Conformista y calmo desde la cuna hasta la sepultura, es obvio que se va deslizando sin tropiezos por entre la multitud.
—¿Ah, sí?
—¿Por qué me respondes Ah, sí de un modo tan extraño cada vez que te contesto?
—¿Has oído hablar del maestro Betty?
—¿Aquel joven prodigio inglés que hace mucho tiempo desalojó a los Siddon y a los Kemble de Drury Lane e hizo que toda la ciudad lo aclamara rabiosamente?
—El mismo —dijo Standard, una vez más tamborileando suavemente sobre la mesa.
Lo miré perplejo. Parecía guardar con reserva misteriosa la clave de nuestra conversación; parecía estar lanzándome su maestro Betty para intrigarme aún más.
—¿Y qué carambas tiene que ver el maestro Betty, el insuperable genio y prodigio inglés de doce años, con Hautboy, este pobre norteamericano de cuarenta años, tan común y corriente, tan empeñoso?
—Oh, nada, nada en absoluto. No creo que jamás se hayan visto. Además, el maestro Betty debe estar muerto y enterrado desde hace mucho tiempo.
—Y entonces, ¿para qué cruzar el océano, para qué perturbar su tumba y para qué introducir sus restos en esta conversación de vivos?
—Distracción, supongo. Te pido perdón humildemente. Sigue con tus comentarios sobre Hautboy. Así pues, piensas que nunca poseyó genio por ser un hombre demasiado satisfecho, feliz y gordo para ello, ¿no es eso? No lo consideras un ejemplo para los hombres en general. No concedes valor al mérito pasado por alto, al genio ignorado o a la presunción impotente, eh. Los tres significan lo mismo. Y admiras su buen humor mientras que a la vez desprecias su alma vulgar. ¡Pobre Hautboy, cuan triste que tu alegría sea causa accidental del desprecio que se te muestra!
—No he dicho que lo desprecie. Eres injusto. Simplemente afirmé que Hautboy no me sirve de norma.
Un ruido súbito ocurrido a mi lado atrajo mi atención. Volviéndome, me encontré con Hautboy, quien alegremente volvía a sentarse en la silla que había abandonado tiempo atrás.
—Llegué tarde a mi cita —dijo—, así que volví corriendo a reunirme con ustedes. Pero creo que ya han estado tiempo suficiente en este sitio. Vayamos a mis habitaciones. Sólo hay que caminar cinco minutos.
—Si prometes tocar el violín para nosotros, te acompañaremos —contestó Standard.
¡Un violinista!, pensé. ¿Se trata entonces de un violinista de feria? ¿Cómo extrañarse, pues, de que el genio haya declinado para adaptarse al ritmo de un arco de violín? Mi depresión era en verdad profunda en aquel momento.
—Gustosamente tocaré hasta que se harten —respondió Hautboy a Standard—. ¡Vamos!
A los pocos minutos nos encontramos en el quinto piso de una especie de almacén, en una calle lateral a Broadway. Estaba curiosamente amueblada con todo tipo de enseres estrafalarios, se diría que comprados, de uno en uno, en subastas de moblaje de casas antiguas. Pero todo estaba limpio y era placenteramente acogedor.
Apremiado por Standard, Hautboy sacó del estuche su maltratado violín y, sentándose en un banco alto y destartalado, comenzó a tocar alegremente “Yankee Doodle” (1) y otros aires ligeros, brillantes y desdeñosamente despreocupados. Pero pese a lo común de las tonadas, quedé anonadado por algo que de milagroso había en el estilo. Allí sentado, en aquel viejo banco, el rojo sombrero ladeado sobre la cabeza y balanceando un pie, Hautboy tocaba con el arco de un encantador. Huyó de mí todo descontento, todo vestigio de mal humor. Mi espíritu esplénico en pleno capituló ante aquel violín mágico.
—Algo de Orfeo tenemos aquí, ¿verdad? —comentó Standard, dándome pícaramente un ligero codazo en el lado izquierdo.
—Y yo soy el oso encantado —murmuré.
Cesó la música. Una vez más, con redoblada curiosidad, contemplé al indiferente y calmado Hautboy. Pero el hombre frustraba por completo cualquier intento de penetración.
Cuando, tras dejarlo, Standard y yo nos encontramos una vez más en la calle, encarecidamente le rogué que me dijera, sin cortapisas, quién era aquel maravilloso Hautboy.
—¡Pero, cómo! ¿No lo has visto tú mismo? ¿No dejaste al descubierto su anatomía en la plancha de mármol de Taylor? ¿Qué más podrías descubrir? No me cabe duda de que tu pasmosa perspicacia te ha puesto ya al tanto de todo.
—Te burlas de mí, Standard. Existe en todo esto algún misterio. ¡Por favor, te lo ruego, dime quién es Hautboy!
—Un genio extraordinario, Helmstone —dijo Standard con súbito ardor—, que en su adolescencia bebió hasta agotarlo el licor de la gloria, cuya gira de ciudad en ciudad era ir de un triunfo a otro. Una persona que hizo maravillarse a los sabios, que obtuvo las caricias de las mujeres más hermosas, que recibió el homenaje abierto de miles y miles de personas del pueblo. Y, míralo, hoy camina por Broadway sin que nadie lo reconozca. Tú, yo, el empleado que lleva prisa y la gente del ómnibus lo apartamos a codazos. Él, que en cientos de ocasiones fue coronado de laureles, viste hoy, como habrás podido ver, una chistera deslustrada. Él, en cuyos bolsillos la fortuna hizo llover oro y hojas de laurel sobre sus sienes, va hoy de casa en casa, enseñando a tocar el violín para ganarse la vida. Atosigado alguna vez por la fama, hoy vive jubilosamente sin ella. Con su genio y sin la fama, vive más feliz que un rey. Y es hoy un prodigio más grande que nunca.
—¿Y su nombre verdadero?
—Te lo murmuraré al oído.
—¿Cómo? Pero, Standard, yo mismo de niño grité su nombre en el teatro hasta quedarme ronco.
—Supe que no recibieron muy bien tu poema —me dijo Standard, cambiando de súbito el tema.
—¡Ni una palabra acerca de eso, por amor de Dios! —grité. Si Cicerón, al viajar por el Este, encontró alivio compasivo para su dolor al contemplar las áridas ruinas de una ciudad alguna vez suntuosa, ¿no quedarán mis nimios problemas en nada cuando en Hautboy contemplo cómo las vides y las rosas trepan por las derruidas columnas de su destrozado templo de la Fama?
Al día siguiente rompí todos mis manuscritos, compré un violín y comencé a tomar regularmente lecciones con Hautboy.
(1) Quién sabe si la versión Yankee Doodley de Hautboy se parecería a la de Ann Fontanella.
No sé si calificar a esta novela como una de las más controvertidas. La crítica es prácticamente unánime en calificarla como obra maestra. Sin embargo también hay voces que disienten y la califican una de las más aburridas de la historia. "Moby-Dick" es profundamente simbolista. En ella se aborda desde la biología a la religión pasando por el idealismo, el pragmatismo, la venganza, el racismo,... Es un ejemplo bastante claro de lo que fue el "romanticismo oscuro", esa variante estadounidense del romanticismo, absolutamente pesimista, que cultivaron entre otros Poe o Hawthorne. La ambigüedad respecto a lo que Moby-Dick es y representa obliga al lector a interpretarla según su predisposición personal. No hay dos lecturas iguales.
-no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano.Que trueno extraordinario, pensé, parado junto a mi hogar, en medio de los montes Acroceraunianos, mientras los rayos dispersos retumbaban sobre mi cabeza, y se estrellaban entre los valles, cada uno de ellos seguido por irradiaciones zigzagueantes y ráfagas de cortante lluvia sesgada, que sonaban como descargas de puntas de venablos sobre mi bajo tejado. Supongo, me dije, que amortiguan y repelen el trueno, de modo que es mucho más espléndido estar aquí que en la llanura.
¡Atención! Hay alguien a la puerta.
¿Quién es este que elige tiempo de tormenta para ir de visita? ¿Y por qué no usa el llamador, en vez de producir ese lóbrego llamado de agente de pompas fúnebres, golpeando la puerta con el puño? Pero hagamos que entre. Ah, aquí viene.
-Buen día, señor -era un completo desconocido-. Le ruego que se siente.
¿Qué sería esa especie de bastón de extraña apariencia que traía consigo?
-Hermosa tormenta, señor.
-¿Hermosa? ¡Terrible!
-Está empapado. Siéntese aquí junto al hogar, frente al fuego.
-¡Por nada del mundo!
El extraño se erguía ahora en el centro exacto de la cabaña, donde se había plantado desde un comienzo. Su rareza invitaba a un escrutinio escrupuloso. Una figura enjuta, lúgubre. Cabello oscuro y lacio, enmarañado sobre la frente. Sus ojos hundidos estaban rodeados por halos de color índigo, y jugaban con una especie inofensiva de relámpago: un resplandor al que le faltaba el rayo. Todo él chorreaba agua. Estaba de pie sobre un charco en el desnudo piso de roble: su extraño bastón descansaba verticalmente a su lado.
Era una vara de cobre pulido, de cuatro pies de largo, unida longitudinalmente a un palo de madera bien trabajada, mediante inserciones en dos bolas de cristal verdoso, rodeadas por bandas de cobre. La vara de metal terminaba en un extremo como un trípode, con tres brillantes púas doradas. Él sostenía el conjunto sólo por la parte de madera.
-Señor -le dije, muy ceremoniosamente-, ¿tengo el honor de recibir una visita de ese dios ilustre, Júpiter Tonante? Así se erguía él en la estatua griega de antaño, empuñando el rayo. Si usted es él, o su virrey, tengo que agradecerle esta noble tormenta que ha lanzado sobre nuestras montañas. Escuche: ese fue un glorioso estruendo. ¡Ah, para un amante de lo majestuoso, es bueno tener al Tronador mismo de visita en la propia cabaña! Hace que los truenos suenen más hermosos. Pero le ruego que tome asiento. Es cierto que ese viejo sillón de mimbre es un pobre sustituto de su trono en el Olimpo, pero condescienda a sentarse.
Mientras yo así le hablaba, el extraño me miraba, medio maravillado, medio horrorizado, pero inmóvil.
-Vamos, señor, siéntese; necesita secarse antes de volver a salir.
Invitándolo con un gesto, puse una silla junto al hogar donde esa tarde había encendido un pequeño fuego para disipar la humedad, no el frío, porque estábamos a principios de septiembre.
Pero sin hacer caso de mi solicitud, y siempre de pie en medio de la sala, el extraño me miró ominosamente, y dijo:
-Señor, discúlpeme; pero en vez de aceptar su invitación a sentarme allá junto al fuego, yo le advierto solemnemente, que lo mejor que puede hacer usted es aceptar la mía y pararse a mi lado en medio de la habitación.
-¡Cielos! -añadió, con un respingo-. ¡Otro de esos atroces estruendos! ¡Se lo aviso, señor, aléjese del fuego!
-Señor Júpiter Tonante -dije yo, frotando tranquilamente mi cuerpo contra la piedra-, estoy muy bien aquí.
-¿Entonces usted es tan terriblemente ignorante -exclamó- como para no saber que la parte más peligrosa de una casa, durante una tempestad terrorífica como esta, es la chimenea?
-No, no lo sabía -respondí, alejándome involuntariamente un paso de la chimenea.
El forastero mostró tan desagradable aire de satisfacción por el éxito de su advertencia, que -otra vez involuntariamente- volví a acercarme al fuego, y me erguí en la posición más orgullosa que pude asumir. Pero no dije nada.
-¡En nombre del Cielo! -exclamó, con extraña mezcla de alarma e intimidación-. ¡En nombre del Cielo, aléjese del fuego! ¿No sabe que el aire caliente y el hollín son conductores? ¡Para no hablar de esos enormes morillos de hierro! ¡Deje ese lugar! ¡Se lo suplico! ¡Se lo ordeno!
-Señor Júpiter Tonante, no estoy acostumbrado a recibir órdenes en mi propia casa.
-No me llame con ese nombre pagano. Usted es profano en esta época de terror.
-Señor, ¿sería tan bondadoso como para decirme de qué se ocupa? Si busca refugio de la tormenta, es bienvenido, en la medida en que se muestre educado; pero si usted viene por algún negocio, dígalo abiertamente. ¿Quién es usted?
-Soy vendedor de pararrayos -dijo el extraño, suavizando su tono-, mi especialidad es... ¡El Cielo tenga piedad de nosotros! ¡Qué estrépito! ¿Lo alcanzó un rayo alguna vez... a su casa, quiero decir? ¿No? Lo mejor es estar prevenido -y haciendo sonar su vara metálica contra el piso, añadió-: las tormentas eléctricas no se detienen ante palacios, no se detienen ante nada en el mundo; y, sin embargo, sí, diga sólo una palabra, y podré hacer un Gibraltar de esta cabaña, con unos pocos pases de esta vara. ¡Escuche! ¡Qué conmociones como Himalayas!
-Usted se interrumpió; estaba por hablar de su especialidad.
-Mi especialidad consiste en viajar por el país en busca de órdenes de compra de pararrayos. Este es mi ejemplar de muestra -palmeando su vara-. El mes pasado coloqué en Criggan veintitrés pararrayos en sólo cinco edificios.
-Déjeme recordar. ¿No fue en Criggan donde la semana pasada, hacia la medianoche del sábado, fueron fulminados el campanario, el gran olmo y la cúpula del salón de actos? ¿Contaban con alguno de sus pararrayos?
-El árbol y la cúpula no, el campanario sí.
-¿Para qué sirve entonces su pararrayos?
-Usarlo es una cuestión de vida o muerte. Pero mi operario se descuidó. Al sujetar el pararrayos a la cumbrera del campanario, dejó que una parte metálica rozara la plancha de chapa. De ahí el accidente. No fue mi culpa, sino de él. ¡Escuche!
-No se moleste. Ese trueno sonó lo bastante fuerte como para ser escuchado sin que nadie lo señale con el dedo. ¿Supo algo de la catástrofe del año pasado en Montreal? Una criada fulminada junto a su lecho, con un rosario en la mano; las cuentas eran de metal. ¿Su recorrido se extiende hasta el Canadá?
-No. Y escuché que allí sólo usan pararrayos de hierro. Deberían usar el mío, que es de cobre. El hierro se funde fácilmente. Y la vara es tan delgada, que su grosor es insuficiente para conducir toda la corriente eléctrica. El metal se derrite; el edificio es destruido. Mis pararrayos de cobre nunca funcionan así. Esos canadienses son tontos. Algunos conectan el pararrayos por su extremo superior, corriendo el riesgo de provocar una mortífera explosión, en vez de llevar imperceptiblemente la descarga a tierra, como este pararrayos hace. El mío es el único pararrayos verdadero. ¡Mírelo! Sólo un dólar por pie.
-Su manera improcedente de presentarse bien podría suscitar desconfianza.
-¡Escuche! El trueno se vuelve menos rezongón. Se está acercando a nosotros, y acercándose a la tierra, también. ¡Escuche! ¡Un estruendo unísono! ¡Todas las vibraciones se hicieron una por la cercanía! ¡Otro relámpago! ¡Un momento!
-¿Qué hace? -dije, al ver que renunciando en un instante a su vara, se dirigía resueltamente hacia la ventana, con sus dedos índice y medio de la mano derecha apoyados sobre la muñeca de la izquierda.
Pero antes de que la frase se me hubiera terminado de escapar, otra exclamación se le escapó:
-¡Ahí se estrelló! Sólo tres pulsos, a menos de un tercio de milla, en algún sitio en ese bosque. Por allí pasé junto a tres robles fulminados, arrancados de un tirón y chispeantes. El roble atrae el rayo más que cualquier otra madera, porque tiene hierro en solución en su savia. Su piso parece de roble.
-Corazón de roble. Dado el singular momento de su visita, supongo que usted elige a propósito el tiempo tormentoso para sus viajes. Cuando el trueno ruge, usted juzga que es la hora más favorable para producir impresiones favorables para su comercio.
-¡Escuche! ¡Atroz!
-Para tratarse de alguien que debería quitar el miedo a otros, usted parece desmedidamente miedoso. La gente común elige el buen tiempo para sus viajes: usted prefiere el tormentoso, y sin embargo...
-Acepto que viajo en medio de las tormentas; pero no sin adoptar muy especiales precauciones, que sólo un especialista en pararrayos puede conocer. ¡Escuche ese! Rápido... mire mi ejemplar de muestra. Sólo un dólar el pie.
-Un hermoso pararrayos, me atrevo a asegurarlo. Pero ¿cuáles son esas tan especiales precauciones suyas? Antes permítame cerrar esos postigos; la lluvia penetra a través del bastidor. La atrancaré.
-¿Está loco? ¿No sabe que esa tranca de hierro es un inmejorable conductor de la electricidad? Desista.
-Entonces me limitaré a cerrar los postigos, y llamaré a mi muchacho para que me traiga una tranca de madera. Por favor, haga sonar esa campanilla, allí.
-¿Perdió la cabeza? El tirador de alambre de esa campana podría electrocutarlo. Nunca toque la campana durante una tormenta eléctrica, ni esta ni ninguna otra.
-¿Ni siquiera la de los campanarios? ¿Me va a decir dónde y cómo puede uno estar a salvo en un tiempo como este? ¿Hay alguna parte de mi casa que yo pueda tocar con esperanzas de vida?
-La hay. Pero no donde usted está parado ahora. Aléjese de la pared. La corriente se descarga a veces por la pared, y como un hombre es mejor conductor que una pared, abandonará esta para abalanzarse sobre él. ¡Zas! Ese debe haber caído muy cerca. Tiene que haber sido un rayo globular.
-Muy probablemente. Dígamelo de una vez; ¿cuál es, en su opinión, la parte más segura de esta casa?
-Esta sala, y este sitio en el que estoy parado. ¡Arrímese!
-Las razones, primero.
-¡Oiga! Tras el relámpago, las rachas de viento... los bastidores tiemblan... ¡la casa, la casa!... ¡Acérquese a mí!
-Las razones, por favor.
-¡Venga y acérquese a mí!
-Gracias otra vez, pero creo que voy a probar mi sitio de siempre... junto al fuego. Y ahora, Señor del Pararrayos, entre las pausas de los truenos, sea bueno y dígame cuáles son sus razones para considerar esta única sala de la casa como la más segura, y ese preciso sitio en que usted está parado como el más seguro en ella.
Entonces se produjo una momentánea interrupción de la tormenta. El hombre del Pararrayos pareció aliviado, y replicó:
-La suya es una casa de un piso, con un ático y una bodega; esta sala está entre ellos. De aquí su seguridad relativa. Porque el rayo salta a veces de las nubes a la tierra, y a veces de la tierra a las nubes. ¿Comprende? Y yo elegí el medio de la sala porque si el rayo golpeara la casa entera, lo haría a través de la chimenea o las paredes, así que, obviamente, cuanto más lejos nos hallemos de ellas, mejor. Venga, acérquese ahora.
-Enseguida. Extrañamente, algo de lo que usted acaba de decir me ha inspirado confianza, en vez de alarmarme.
-¿Qué he dicho?
-Dijo que a veces los rayos saltan de la tierra a las nubes.
-Sí, el rayo inverso, se le llama; cuando la tierra, sobrecargada de electricidad, descarga sus sobras a las alturas.
-El rayo inverso; es decir, de la tierra al cielo. Mejor y mejor. Pero venga aquí, a secarse junto al fuego.
-Estoy mejor aquí, y mucho mejor mojado.
-¿Cómo?
-Es lo más seguro que puede hacer... ¡Escuche, otra vez! ...empaparse de lo lindo durante una tormenta eléctrica. Las ropas mojadas son mejores conductores que el cuerpo; de modo que si un rayo lo alcanzara, podría pasar por las ropas mojadas sin tocar el cuerpo. La tormenta se intensifica nuevamente. ¿Tiene una alfombra? Las alfombras son aislantes. Traiga una, en la que ambos podamos pararnos. El cielo oscurece... parece de noche a mediodía... ¡Escuche! ¡La alfombra, la alfombra!
Le di una, mientras las montañas encapotadas parecían abalanzarse y precipitarse sobre la cabaña.
-Y ahora, ya que de nada nos servirá quedarnos mudos -le dije, volviendo a ocupar mi lugar-, cuénteme cuáles son las precauciones para adoptar cuando se viaja en tiempo tormentoso.
-Espere hasta que esta tormenta haya pasado.
-No, adelante con las precauciones. Está en el lugar más seguro, de acuerdo con su propia explicación. Continúe.
-Brevemente, entonces. Evito los pinos, las casas altas, los graneros apartados, las praderas elevadas, las corrientes de agua, los rebaños de ganado, los grupos humanos. Si viajo a pie, como hoy, no marcho a paso ligero. Si viajo en mi coche, no toco sus costados ni su parte trasera. Si viajo a caballo, desmonto y conduzco al caballo. Pero, por sobre todo, evito a los hombres altos.
-¿Sueño? ¿El hombre evita al hombre? ¿Y en momentos de peligro, para colmo?
-Durante las tormentas eléctricas yo evito a los hombres altos. ¿Es usted tan groseramente ignorante como para no saber que la altura de un caminante de seis pies es suficiente para atraer la descarga de una nube eléctrica? ¡Cuántos de esos imponentes labradores de Kentucky fueron derribados sobre el surco inconcluso! Si un hombre de esos se aproximara a un arroyo, veces habría en que la nube lo escoge a él como conductor, desechando el agua. ¡Escuche! Seguro que dio en el pináculo negro. Sí, un hombre es un buen conductor. El rayo quema al hombre de punta a punta, pero apenas descorteza al árbol. Señor, me ha tenido tanto tiempo contestando sus preguntas, que no he hablado todavía de negocios. ¿Va a ordenar uno de mis pararrayos? ¿Ve este ejemplar de muestra? Es del mejor cobre. El cobre es el mejor conductor. Su casa es baja; mas como está sobre las montañas, su poca altura no la pone a salvo. Ustedes, los montañeses, son los más expuestos. El vendedor de pararrayos debería hacer más negocios en las regiones montañosas. Mire esta muestra, señor. Un pararrayos será suficiente para una casa pequeña como esta. Examine esas recomendaciones. Sólo un pararrayos, señor; costo, sólo veinte dólares. ¡Escuche! Allá van esas moles de granito, arrojadas como guijarros. Por el ruido, deben haber destrozado algo. Puesto a una altura de cinco pies sobre la casa, protegerá un círculo de veinte pies de radio. Sólo veinte dólares, señor... un dólar el pie. ¡Escuche! ¡Espantoso! ¡Lo ordenará! ¿Va a comprarlo? ¿Anoto su nombre? ¡Imagine lo que es convertirse en un montón de vísceras carbonizadas, como un caballo atado que se incendia con su establo! ¡Todo en el tiempo que dura un rayo!
-Pretendido enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Júpiter Tonante -reí yo-, mero hombre que viene aquí a interponer su cuerpo y su artificio entre la tierra y el cielo, ¿cree que porque es capaz de arrancar un reverbero de luz verde de la botella de Leyden, puede eludir los rayos celestiales? Si esa varilla se oxida o se rompe ¿qué es de usted? ¿Quién le ha dado el poder, a usted, Tetzel, para vender de puerta en puerta sus indulgencias a fin de sustraerse a las disposiciones divinas? Los cabellos de nuestras cabezas están contados, y contados están los días de nuestras vidas. Mientras retumbe el trueno o a la luz del sol, me pongo con confianza en manos de mi Creador. ¡Fuera, comerciante falso! Mire, la tormenta se repliega; la casa está intacta, y en el arco iris sobre el cielo azul leo que la Deidad no hará la guerra a la tierra del hombre.
-¡Canalla impío! -balbuceó el extraño, mientras su rostro se oscurecía en la misma medida en que resplandecía el arco iris-. ¡Revelaré sus ideas paganas!
Su rostro amenazante ennegreció aún más; los círculos de color índigo se agrandaron alrededor de sus ojos, como anillos de tormenta alrededor de la Luna de medianoche. Se arrojo sobre mí; las tres puntas de su artefacto apuntando a mi corazón.
Lo así; lo partí en dos; lo tiré al piso; lo pisoteé; y arrastrando al oscuro rey del rayo fuera de mi casa, arrojé tras él su informe cetro de cobre.
Pero a pesar de mi tratamiento, y a pesar de mis conversaciones disuasivas con mis vecinos, el vendedor de Pararrayos todavía habita esta tierra; sigue viajando en tiempos de tormenta, y hace pingües negocios con los miedos del hombre.
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La cita
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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