Novelista, cuantista y autora de literatura infantil peruana.
El cuento pertenece al volumen "Un nombre para tu isla" de 2025.
El día que regresé a Lima después de separarme perdí el reloj.
Me lo robaron. Fue un robo sutil. Casi amable. ¿No es extraño decir un robo amable? En mi ciudad te balean después de entregar el celular sin resistirte. Un hombre rozó mi brazo. Cuando me subí al micro y quise ver la hora, el vacío en la muñeca. La esfera del color favorito: azul noche; la correa plateada. Parecido a mí, casual o elegante. Algunas veces consigo adivinar la hora sin consultar el reloj. En el cielo gris -mi amigo Paul dice que el cielo de Lima está velando siempre un muerto, pero ¿cuál?- todas las horas se parecen a sí mismas. No vayas al centro con reloj o póntelo boca abajo para que les cueste arrancarlo. Lo olvidé. Viví cinco años fuera y olvidé cómo habitar el miedo.
La cuenta regresiva ha comenzado.
Tengo dos semanas para dejar mi departamento solo con lo necesario.
Mi mejor amigo desde el colegio lo ofrecerá en alquiler a largo plazo. Lo despidieron del trabajo y está entusiasmado con su nuevo papel de corredor inmobiliario.
Mauro me dice:
Es demasiado tú. Deja lo imprescindible. Saca todo, sin asco y sin cariño.
¿Cuántos platos, cuántas sábanas, cuántas tazas? ¿Regarán las plantas? ¿Qué es lo imprescindible? ¿Le pasarán cera a la madera y la frotarán hasta que reluzca? ¿Querrán el monigote a tamaño real que recogí del basurero y llamé Arturo y que instalé en el pasillo y espanta a las visitas que lo confunden con un ladrón?
Comprar cajas. Pero Mauro tenía cincuenta, de plástico, todavía por estrenar, con tapas rojas y verdes. Me prestó veinte, las amontonó en mi sala. Dos amigas que me visitaron celebraron su solidez y volumen. Especularon cuánto costaba cada una, las compararon con las que almacenaban en sus propios depósitos. Admirar cajas de mudanza… ¿La medida de la prescindencia es una caja por cada año de vida? Yo hubiera necesitado cuarenta y seis.
No creo en los depósitos: archivar es jubilar. Cuando por fin recoges las cosas, ya no las deseas, el encantamiento de su influencia prescribió. Polvo han sido y en dictadura se convertirán.
Los juegos de llaves. ¿Por qué son tantas y a qué cerraduras pertenecen? El mismo día que las inhabilitas desconocen sus puertas. Como medias que perdieron a su pareja, caducan, no abren, no calzan más.
Los cables, alambres de púas de nuestro tiempo, útiles para separar y aumentar la productividad, una vez recuperados del cajón, ¿a qué iban unidos y qué hacían funcionar? Maraña espantosa, nunca se la bota por separado, al tacho en rejunte.
Hacer lugar. Vender algunos objetos.
Comencé por la bicicleta eléctrica plegable. La ofrecí con una foto mía en la avenida, el pelo en el casco, los pies en el aire. Que se viera bien gozada. El aviso lo respondió una chica: Necesito recorrer grandes distancias sin llegar sudando al trabajo; la esperaba un amplio bicicletero, no una ducha. Dijo, es mía.
Yo la acababa de reparar, la batería y las cámaras nuevas, mantenimiento completo en todo el sistema, frenos de precisión. Al volverla a montar, la sensación de fundido, de ser una con esta bici que compré pionera hacía nueve años. Tuve ocho bicicletas a lo largo de mi vida. Pero a ninguna otra la quise como a esta. Seguridad para maniobrar, en la curva, en el bache, para escurrirme. En los semáforos me preguntaban:
¿Cómo haces para avanzar?
Al ras de los vehículos atorados en cada intersección, yo volaba, puntual, a todas partes, paralela al mar, salitrosa, bienvenida. Al entrar a la oficina desmontaba el manubrio, doblaba su cuerpo por la mitad y la acurrucaba, como a una mascota, bajo mis pies. Como yo, sabía hacer bulla y llamarse al silencio, ser frontal o esquiva.
Un primer intento de venta. A una de mis mejores amigas. Veinte años atrás, Lourdes se compró una bici para acompañarme. Cayó en un hueco, se rompió un colmillo y abandonó el pedaleo. Sigue siendo peatona, no maneja. Al ver que ofrecía mi bici eléctrica la compró. Por insistencia. Por insistir en contagiarse el deseo. ¿Segura? Segura. Esta vez ni siquiera cargó la batería o la sacó a un viajecito, terminó en su garaje, la llanta posterior desinflada sin haberla girado. La recuperé, me la devolví impecable. A la chica que dijo la quiero le escribí un día antes de que viniera a verla:
Te pido perdón. Me arrepentí. Sé que te gustaba, pero no puedo venderla.
Tampoco quedármela. Se la presté por tiempo indefinido a mi amiga Lidia, me había presentado las bicis eléctricas una semana antes de que le robaran la suya.
Te la guardo, me dijo, la monto alguna vez y te recargo la batería. Cuando vuelvas a venir, te la regreso.
Se la entregué con funda nueva, la cadena de seguridad, el casco. Le pedí que usara siempre las cintas reflectivas en los tobillos y el chaleco de neón. Dijo: ¿Todo eso te ponías para que te vieran?
Adoro a mi amiga Lidia, entre otras virtudes, porque trabaja en el aeropuerto y, al partir, el suyo es el último abrazo que recibo.
Puse a la venta mi escritorio. Sin asco y sin cariño.
Lo encontré en una calle de anticuarios que frecuentaba mucho antes de que explotara en fama y saliera en revistas y en televisión. El corazón anacrónico, fui retro cuando no se destinaba ese nombre a la nostalgia, cuando el pasado reciente no tenía potencia de aura. A los quince, a los veinte, fantaseaba con la vivienda propia, soñaba muebles desgastados para anidar. Algún día. Siglos después, calibré la evasión: había partido de la casa de mis padres sin haberme ido.
En cinco cuadras se exhibían las reliquias ajenas, lo que no resiste polilla ni óxido. Camionadas de deudos llegaban los fines de semana a rematar su herencia. Desconocían el valor. Regateaban minucias. Desmontaje de casas invadiendo veredas, como puestas a secar luego de la inundación. Tal mezcla de estilos, épocas, texturas, edad, calidad y gustos que todo barroco: lo sobrio y lo recargado, lo huachafo y lo mínimo. Intemperie de alfombras, sofás, pianos de cola, arañas, álbumes de fotos, veladores, cabeceras de cama, camas de hierro, baúles, triciclos, vitrinas, cofres, candelabros, cirios, ceniceros. Curioseaba entre las cosas y, sin dinero, las escogía de pensamiento, imaginaba para la vida después.
¿Vas a comprar algo?
No, solo estoy deseando.
Corras de capitán, espadas, sables, faros en miniatura, carros a pedal, coches de bebé, caballos de carrusel, menaje, bar. Por entonces, a esta zona solo venían productores de cine, de comerciales o de telenovelas que los alquilaban como escenografía. Se pasaban la voz conservando el secreto. Decorados con fecha de caducidad, no te los quedabas. Rellenos de ¡da y vuelta. Muchos años más tarde, varios de estos objetos los vi revendidos a precios impagables por casas de diseño. Una de ellas se llamaba Reencarnación. Cuando pude adquirirlos -una alacena, un velador, una mesa de noche; ninguno había sido eso antes- no intervine en modernizar, no lijaba ni pintaba, no reemplazaba remaches ni aceitaba bisagras, no abrillanté, mantuve cada una de sus marcas, como creo que deben envejecer los cuerpos.
Trabajo de embellecer y es un destino de toda la vida aprenderlo: hay cosas que no deben ser hermoseadas.
Un escritorio que hubiera sido otra cosa.
Quería más lugar para mis lapiceros, papeles, marcadores y libros, los materiales del aliento y la buena disposición. Rodearme de voces que subieran a mí en eco, ampararme en ellas por apremio de narrar o por alerta de ignorancia, para saber cuándo callar y no hablar de más. Apenas la vi lo supe. Una mesa que parecía liviana, pero de madera maciza. Me enamoré. Auxiliar de cocina, dijo el vendedor, dándole golpecitos. Así como hay un cocinero principal y otro adjunto, esta mesa no fue la esencial: continuidad de la otra, la buena sustituía. Surcada por quiñes, cortes, cuchillazos, algunas partes astilladas, otras parchadas a la mala con macilla y tintura marrón, no eran mis cicatrices y nunca lo serían, no mi mesa de sacrificio, sino altar.
Con los tres hijos del vendedor la cargamos, uno por pata, -¿dónde había estado antes, a quiénes perteneció?, ¿alguien se atragantó en Nochebuena y cayó sobre su plato recién servido?, asumimos, exageramos- durante diez cuadras, una por cada año que la tuve, esta mesa, la casa más querida. Auxiliar de escritura, recibió mis huellas, esbozos de personajes descritos a lápiz, café, tinta, agua de mar, la frase: Este es mi lugar de combate y de aquí no me voy, y la vieja madera, porosa y resistente, como papel de calcar.
Mi amigo Daniel pinta y dijo tiene la altura perfecta, yo quiero tu mesa. Llegó tarde a recogerla, vino con su hermano. Yo dictaba un taller cuando atravesaron el pasillo sin encender la luz, la mesa en alto, en puntas de pie para no hacer ruido, ladrones, sin soltarla sonrieron y dijeron chau. Los veía forzarla en el maletero. Debieron quitar una fila de asientos. Yo esperaba que no cupiera, regrésenla. Se me estrujaba el estómago. No pude más. Apagué el audio de la cámara y la computadora, y lo llamé:
Discúlpame, no puedo venderte el escritorio, no puedo. En él escribí casi todos los días.
Le voy a dar un buen uso, dijo, seguirá siendo para algo creativo. No te preocupes.
Me puse a llorar:
Soy una idiota. No sabía cuánto lo quería.
¡Es lo primero que ofreciste!
No sé por qué me quise deshacer de las únicas dos cosas que no puedo vender, la bici y la mesa.
La voy a cuidar.
Lo sé. Por favor no me odies.
Bueno, tendrás que contratar un camioncito para recogerla.
Apenas dijo eso, le respondí:
Dame hasta mañana para ver si cambio de opinión.
Tengo una idea, replicó. No me la vendas. Préstamela. Un año o cinco. Cuando vuelvas es tuya.
Suscribimos un contrato:
Mediante la presente,A los pocos días recibí una foto: despatarrado, sobre la mesa, su perro, aún cachorro, mordisqueaba un pincel.
el aquí firmante se compromete
a usar la mesa (añade medidas) con fines de placer y
devolverla a su dueña apenas lo solicite.
¿De qué me deshice, qué pude sacar sin remordimiento?
Sentada, arrodillada, me detuve en cada objeto, encorvada, ensayé una distancia. Surgieron cartas de amistades fugaces, estampillas de países que ahora llevan otros nombres. Mayólicas, pepelmas, losetas, macilla, fragua, por si había que reparar parte del baño o la cocina. Réplicas en miniatura de estatuas, murallas, torres que no me interesa escalar, caracolas de mares de otros. Libros sin lenguaje que no leeré. Doné lo servible, al pie de la escalera, en la salida de emergencia: SE REGALA: todo desapareció en un instante.
De las veinte cajas solo usé diez. Son 4,6 años de vida por caja.
A ellas fueron a parar lo que me acompañaría a todas partes, por ahora.
A mi vuelta a Buenos Aires deberé mudarme. Que mi expareja se quede con casi todo: el palpito, el cuadro del bote con remos anclado en la arena y su dedicatoria, para ustedes dos, porque sí, la niebla, los letreros de la panadería del mercado, comíamos pasteles recién salidos del horno algunas tardes, con el listado de los nombres y sus precios, el nuevo dueño, cuarenta años más joven, emprendimiento, la convirtió en un restaurante carísimo.
Con qué claridad sabremos distinguir y seleccionar qué cosas serán de nuevo solo mías o solo tuyas, después de que fueran tan nuestras durante un tiempo importante. Perdóname, dije, dijiste, fui un monstruo. Una maceta me llevo. El brote de la planta que conseguimos en la primera semana de nuestra convivencia y creció y se multiplicó hasta rozar el suelo. Verdeará el camino entre su casa y la mía, el miembro fantasma de su presencia, la conversación en suspenso.
El día antes de partir de Lima perdí las llaves.
Me quedé afuera y debí colarme por la ventana entreabierta de mi habitación. El vecino me prestó su escalera, la sostuvo mientras yo subía. Un policía rondaba en su patrullero y me pidió deténgase.
Permítame alcanzar el muro, le dije, y le pruebo que es mía. Con un pie en el alféizar, le describí cada cosa.
Dijo:
Solo quería su DNI.
Apilé las cajas, sin orden de prioridad, y las llevé al sótano. Una vez por semana lo baldean y podrían mojarse, pese al plástico, ¿las habré cerrado bien? Los libros entrañables, los revisitados, los subrayados. Las fotos de mis antepasados, de las que soy la última tesorera: mis padres niños, niños en blanco y negro; los ojos en travesura, llenos de promesa, los viví a todo color. Esas miradas las suspendo. Se las llegué a ver, me fueron ofrecidas y quitadas, fueron acantilado, me fueron Dios.
Esta es la memoria acumulativa, esencial, estos son mis rastros y mis restos, si llegaran a perderse no me dolería tanto.
Perder las llaves, perder lenguaje, perder las horas, perder imágenes, ganar dos ciudades, dos mares, ganar un río.
Una última mirada cautelosa y cerré la puerta: esta vez no tendría cómo volver a entrar.
¿Quién se mudará? ¿Quién atravesará el pasillo y gritará ¡carajo! en cada reencuentro con Arturo?
Preguntarle a Lidia: ¿Estarás en el aeropuerto? Dime que sí. En el aire los aviones son golondrinas, en tierra; aluminio. Amiga, te doy la hora de mi vuelo.
Mauro se encargará de hacer las llaves nuevas, yo partiré sin ellas. Y sin reloj.
Me pidió indicaciones para el futuro inquilino. Aquí van:
Te dejo mis tazas, mis platos, mis vasos, las cosas de buena madera, haz reuniones, sobremesas, una fiesta, si se rompen, no será un desastre.
León dijo: Nos vamos a Ticlio.
Novelista, cuentista y guinista peruana. Ella se reconoce muy influenciada por autoras como Natalia Ginzburg, Vivian Gornick, Anne Carson, Jamaica Kincaid o la poesía de Cesare Pavese.
Este cuento pertenece al volumen “Aquí hay iceberds” de 2017.
Dije: Nunca nos hemos ido tan lejos. Y me arrepentí enseguida. No sería otra vez el cobarde del grupo. Si alguien desea conocer la nieve, viaja a Ticlio, es lo más cerca que estamos de Suecia, decía mi padre.
En diez minutos los espero aquí. Traigan lo que quieran.
Juane regresó puntual, como yo. Sostenía una cosa negra entre las manos, ¿algo muerto? La exhibió. Es de fogueo, dijo.
Parecía un juguete, con las piezas mal encajadas, de plástico chino. Lo único decente era la empuñadura.
Dije: Es una porquería.
Juane: Más respeto porque mi tía me apuntó con esta vaina cuando tenía diez. Sonreía mientras me apuntaba. Me temblaba todo, no saben. Íbamos en su auto, la cerraban, les apuntaba a los choferes: Ahora sí te jodiste, ahora sí te mueres, basura. Después se reía, en este país así funcionan las cosas, sobrino.
León: Y tenía razón tu tía. Yo traje las cervezas de mi viejo. Hay que reponerlas, la última vez casi...
Yo: A ver, Juane, dámela.
Me senté atrás, con la pistola y las cervezas. Siempre he sabido cuál es mi lugar. Soy quien observa todo desde el asiento de atrás.
Le robamos el auto al padre de León. El padre viaja en micro a provincias los fines de semana. ¿Qué negocios hará? Todos ponemos dinero para la gasolina —lo robo de un frasco de jabones. Huele a limpio el dinero de mi madre—. La carretera. Lo único cambiante es la frecuencia de personas pretendiendo atravesarla sin puentes. A toda hora los conductores deben mantener encendidos los faros delanteros. Nosotros amamos y odiamos la carretera. Crecimos aprendiendo de ella. La vemos al despertar asomándose entre las cortinas, sin paisaje. La vemos al regresar a nuestras casas, con su horizonte de largas puestas de sol. O interrumpida a cualquier hora por la neblina.
Fuimos a distintos colegios. Nos habíamos conocido un febrero durante las vacaciones. León cumpliría nueve y su familia le organizó una parrillada en el nuevo barrio. Nuestros padres se palmean las espaldas, se hacen pequeños favores. Nos tienen los domingos. Los sábados son nuestros, como antes las tardes en casa de León, después de almorzar. Jugábamos fulbito con piedras y los arcos eran nuestros cuadernos cada vez más desplumados. ¡Goool! Perder la pelota, una desgracia. Por eso nuestra actitud hacia las piedras. Podíamos reemplazarlas por otras más espectaculares. Pérdidas indoloras. Y si el agua estaba involucrada, la calle era el carnaval. Dales a los niños un poco de agua y se inventarán un océano. Nuestro juego favorito, “matagente”. Reventábamos las pelotas contra las espaldas de las feas; nosotros éramos también bastante feos, feos en desarrollo, con granos a punto de reventar y todo eso. Dijimos una norma en voz alta: Solo puedes mirar a tu chica.
Hasta ahora la hemos respetado.
Yo hacía el tacle más alto. Un tacle preciso supera al que escupe o al que orina más lejos, es la regla. León y Juane todavía me convencen: Oye, está muy blanca esa pared.
Mis suelas estampan grafitis disparejos, hasta que alguien no lo soporta más y les pinta varias capas encima. Una vez me descubrieron. Fue espantoso. Me regaron con manguera. Necio por la humillación, seguí pateando la pared de la casa como si esa familia fuera el enemigo. Era una época en que llorábamos poco y sentíamos mucho. Aventurarnos, volver, nuestra dinámica. ¿Cómo haríamos para vivir en otra parte?, acostumbrados como estábamos a las repeticiones. Es malo acostumbrarse. No importa qué edad tengas, el aburrimiento te dopa.
La exigencia de hacer algo para ser alguien. Estamos hartos de los gritos. No hay silencio. Hartos de dispararles a los mismos tipos en la computadora, hartos de las ráfagas infinitas, de quedarnos sin vidas ni municiones, del todos contra todos. A veces leer me tranquiliza. Pero siempre un libro se termina.
Digo:
¿Y si hacemos como tu tía, Juane? Si un carro nos cierra, le apuntamos.
León:
Le decimos: Cierra el hocico, carajo, pero nos falta música para eso. ¿Saben? A mi viejo le da igual que la radio no funcione, ¿cómo puede vivir sin música? Dice que le bastan las voces en su cabeza. ¡Loco!
Juane golpeteó el tablero malogrado: Y el indicador de kilómetros es otro loco, qué suerte.
León jamás nos permitirá manejar el auto de su padre. Sabe lo que hace. Somos distraídos. Aquí vienen los altares de camino, distanciados entre sí, multiplicados. Señalo uno, sin decir nada. Es León quien dice: Ese es enooorme, parece una casa. ¿Y los puentes? Se los pedían a cada alcalde y ahora que los tienen, nada.
¿Morir como un perro? ¡Imbéciles!
La voz de Juane. Los altares de camino me intrigan, son una ciudad a escala que une a los muertos con los vivos. Tomé las latas de cerveza, fui abriéndolas. ¿Quieres? Toma. Observé la pistola descansando a mi lado. De chico habría matado por este juguete. Las cervezas en la carretera me anestesian congelándome, como el aire que parece zumbar solitario en el asiento de atrás. Agarré la pistola y apunté a un poste, pum, de la boca para afuera, a otro poste, pum, parecían hombres derrotados, pum, a muchos postes más. Los autos, los micros, las motos, los triciclos, respetaban las distancias con obstinación. Era exasperante. Necesitábamos algo extraordinario: el despiste de un container, un desfile de ovejas, una caja resbalándose desde una tolva, granizo. Como si recién ante la interrupción de la cartografía alguno de nosotros dijera: Acabo de sentir que el viaje ha comenzado.
Juane dijo que nos habíamos olvidado de llevar algo para comer. Cierto, mi estómago gruñía. León manejaba con una sola mano. La carretera, sin semáforos, dispuesta como un premio: las zonas residenciales y comerciales se espaciarían cada vez más. Vía libre —en verano estaríamos horas sin poder movernos—. Arriba, como circuitos de humo, densas nubes. Un día que es de noche, pensé. Irregulares techos sostenían toros de fuegos artificiales. Si estallan por error vuelan eufóricos, rebotan en los techos, apuntan con sus cuernos, con todo su cuerpo vigoroso, esqueleto y masa, hasta embestir con la cabeza puntiaguda y humeante. Los muros de la carretera, un principio y un final, con pintas de candidatos a alcaldes. Muchos apellidos no me sonaban familiares; sus promesas, sí. Otros muros tenían amenazantes citas bíblicas, firmadas con versículos. En algún lugar, entre la carretera y un puente, un descubrimiento animó mi ruta. Solo yo observé la frase en la pared: Los únicos privilegiados son los niños.
Incluso giré la cabeza siguiéndola. La infancia. Mi madre decía: Superar la infancia es sobrevivir al peor de los tsunamis. Yo no la entendía. ¿Qué le habría pasado? Si rompía un vaso, lanzaba los vidrios al tacho sin envolverlos. Mamá, el basurero se cortará las manos. El riesgo es parte de su trabajo, respondía. Su cuadro favorito: “Destrucción de Pompeya”. La copia sigue en la sala de casa. Por el reflejo de la luz en el agua, las horas quietas del mar, yo lo creía un reino perdido, la Atlántida o algo así. Vi la destrucción cuando supe el título. Mi madre es la última taquígrafa de su trabajo, es secretaria de gerencia en un banco. En su agenda, los nombres, las direcciones, los pendientes y —qué sé yo— son signos que nadie más comprende. Los secretos nos hacen interesantes. Yo robé una foto de una exposición. La imagen de una mujer leyendo. Colgaba de un clavo, parecía tan fácil. Caminé hacia la entrada, los policías miraban videos sin audio en la computadora. Me alejé como un ladrón profesional, llevándola en la mano. La foto me acompaña todavía, una vez le conté a una chica del robo de la foto y me besó.
Juane me pidió otra cerveza. Le abrí una lata. León dijo:
¿Escucharon que es el invierno más frío en treinta años?, y nosotros yéndonos a Ticlio.
Dije que muchos se atrincheraban con este frío, qué aburrido todo, mejor invernar.
León: Cómo exageran, el problema es el cielo gris, este cielo de tormenta sin tormenta.
Yo: El otro día leí que los países más felices del mundo son los que tienen la más alta tasa de suicidios.
Juane siguió sorbiendo de su lata: No tiene sentido.
Dije: Pero no hay relación entre una ciudad donde siempre llueve y el suicidio.
¿Quién querría matarse si es feliz?, dijo Juane. La cerveza, ahora mismo, es lo único que me hace feliz. Reímos. Comenzó a eructar: A, B, C, D, E, F, G, H. Lo seguimos. Ya nos cuesta completar el abecedario. Cuando debes esforzarte, algo se ha perdido o no.
Pasamos por debajo de otro puente.
¿Alguien se habrá lanzado desde acá?, dijo León.
No lo creo, León filosofando, dije.
Ábreme otra cerveza y no jodas.
De un tacle te la abro, vas a ver.
Muy vivo te crees, ¿no? Los ojos de León sonreían en el espejo retrovisor. Su voz continuó arrogante: Todo el día leyendo, ¿para qué?
Para saber que en Tokio hay salas de aburrimiento.
Juane dijo: El aburrimiento es igual en cualquier parte. Si pudiera viajar confirmaría que todo el planeta duerme en camas. Mira, aunque la cama sea hielo forrado con piel de foca, es una cama. ¿Cómo se viralizaron las camas antes de Internet?, siempre me lo pregunto.
Juane, se nota que estás aburrido, viajando justamente migraban las ideas, le dije. Por el bien de las focas, cállate.
Y en ese momento pasamos junto a un mercado.
León disminuyó la velocidad. Lechugas, tomates, zanahorias, choclos, coles, equilibrados en altos montículos sobre amplias mesas. Varios sacos permanecían en el piso —no era necesario abrirlos—, el mercado estaba muerto. Gallinas corrían locas, libres, ninguna hacia la carretera. Nadie les había enseñado a evitarla. Su curiosidad se conformaba con picotear el mismo suelo raso.
A ver, la pistola, pidió León.
León apuntaba con la izquierda. Siguió manejando con la derecha, manteniéndonos en el carril.
¿Crees que esa vieja está contenta? Los ojos de León me hablaban por el espejo retrovisor. Juane miró a León. Un silencio.
¿Cuál?
La frutera. Esa, pues, la carepasa.
Yo qué sé, no la conozco.
Ni hablar es feliz, mírala bien. Si no quiere estar aquí que no esté.
El cuerpo de León se pegó al asiento. Un pitido inclemente. Su brazo se recuperaba. Mis labios se movían sin articular. Como si hubiera olvidado el lenguaje y sus efectos. León me clavó los ojos. En el espejo estábamos juntos.
Quise gritar: ¡Frena, hijo de puta, me bajo! Solo que este zumbido y el temblor. Si hubiera podido abrir la puerta y saltar.
No sé tú, pero yo estoy aburrido. Aburrido de todo.
Y yo, dijo Juane. Estoy cansado de estar cansado.
Yo también, dije, pero ¿matar? ¿Qué mierda es esto?
No exageres.
Pero León.
Las voces de mis amigos me parecían de fantasmas.
¿Te quieres bajar acá?, dímelo en serio. ¿Eso es lo que quieres? Te lo digo, salta si quieres, yo no voy a frenar. Ni por ti. Ni por nadie.
El carro apestaba a pólvora. El olor de los cohetes en Navidad. Toda la cuadra, una nube livianamente tóxica sobre árboles, veredas, muros, casas. Te pueden destrozar los dedos, perseguir hasta la puerta, convertir tu pantalón en una mecha vertical; era divertido el riesgo.
Ni borrachos harían eso, dije. ¿Quiénes son ustedes? Quiero a mis amigos de vuelta.
No, para nada estamos borrachos. Ese es el punto.
León le dio la pistola a Juane. Juane volteó a verme, en sus ojos brillaba una resolución sin sentido.
¿Qué?, quise gritarle.
La devolvió donde había estado, a mi lado. La observé apenas dos segundos. León, ambas manos al frente, timón y carretera. Una mano de Juane colgaba, jugaba con el aire, el viento la empujaba hacia atrás. Hacia mí. Ligera, incapaz de sostener. ¿Cuándo había nacido esta complicidad? En el mar, en el hueco de una vara de fierro, en una red olvidada, los peces construyen, tienen una casa en cada proa hundida. Nuestra amistad había sobrevivido a cualquier espacio. Mis amigos son un pedazo de hielo flotando en aguas oscuras. Yo no lo vi venir.
Avanzamos paralelos a enormes pancartas, prometían sol todo el año. Precedían a restaurantes clausurados en invierno, a estrechas casas (un solo bloque de cemento sucio, paredes de tierra y cal). Pensé en la mujer, si vivía era un misterio. León sabía que la pistola era un arma.
Todos lo sabían menos yo.
Y si yo no disparé, ¿por qué la culpa? Esto es lo irreparable, me dije, y nace en un lugar muy remoto. Pensé y pensé. ¿Qué podía ocurrirme? ¿Qué se me escapaba? Dije por fin: Y si nos detiene la policía, ¿qué diremos? ¿De quién es la pistola?
Para empezar, aquí no hay patrulleros, ¿o tú los ves? Nadie nos sigue. No pasa nada.
Bajamos del auto.
En vez de nieve, hielo.
Dejen las lunas abiertas, que no se empañen.
¿Y las llaves?
Déjalas ahí. No pasa nada.
Habíamos esperado años por este letrero. Y lo teníamos enfrente.
Era obsoleto. En China otro cruce ferroviario había superado a Ticlio en altura y callé un “ya lo sabía”.
Todo este hielo. De niño había apoyado la lengua en la base del freezer y se me había quedado pegada. Mi madre me jaló la cabeza hacia atrás. Tuve dolor de lengua, un dolor raro, supongo que muy pocos lo han sentido alguna vez.
Algo de blanco sí centelleaba en los picos. Inalcanzable. El escandaloso azul de un cielo explosionando en la montaña. Tiritábamos. Soplamos dentro de nuestras manos, —lo supe— calentarlas así era ya un gesto en tránsito, lo único que compartíamos. Agradecí que ni Juan Enrique ni León hablaran. Los turistas en su fila de ciempiés. ¿La tomas de nuevo?, salen tus dedos en la foto.
El letrero seguía mintiendo y le creían, las palabras se sostenían de palabras.
¿Qué quieres?, me dije. Ellos nunca me harían esta pregunta — continuaban soplando en sus manos de viejos entumecidos—, ni mis padres. Ni nadie.
Sentí el impulso de volver al auto y tomar la pistola. Dispararle al hielo, una bala por cada uno de nosotros. Quebrarlo, patearlo. Zapatos como las cuchillas de los patinadores. Ver las piernas caer al agua helada, ver pasar pantalones sin cuerpos. Quienes caen a un agujero en el hielo intentan salir por un lugar distinto al del accidente. Es un error. El hielo más fuerte es el que soportó todo el peso antes de romperse. Ni siquiera coincidíamos en cómo nos habíamos conocido. En una parrillada, sí. La hora, los detalles, el clima, el diálogo, ¿cuáles? Nos habíamos peleado por esto alguna vez. Puede ser también que yo no olvidase nunca.
Ellos tampoco se quedarían intactos.
Bajé la luna. Calenté el motor. Corrieron hacía mí.
Me miraron.
Dejé de verlos.
Estiré las piernas sin esfuerzo. Me imaginé llegando por primera vez a la selva. El sol rompiendo las nubes y las nubes como brazos de niños alcanzándose en ronda. La vegetación. ¿Dónde estoy ahora?, y los extraños respondiendo cualquier cosa con tal de responder.
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“El patriotismo es el último refugio de los canallas.”
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
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"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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