El cuento pertenece al volumen del mismo nombre "Árboles petrificados", publicado en 1977.
Es de noche, estoy acostada y sola. Todo pesa sobre mí como un aire muerto; las cuatro paredes me caen encima como el silencio y la soledad que me aprisionan. Llueve. Escucho la lluvia cayendo lenta y los automóviles que pasan veloces. El silbato de un vigilante suena como un grito agónico. Pasa el último camión de media noche. Media noche, también entonces era la media noche... Reposamos, la respiración se ha ido calmando y es cada vez más leve. Somos dos náufragos tirados en la misma playa, con tanta prisa o ninguna como el que sabe que tiene la eternidad para mirarse. Nada que no sea nosotros mismos importa ahora, sorprendidos por una verdad que sin saberlo conocíamos. Nos hemos buscado a tientas desde el otro lado del mundo, presintiéndonos en la soledad y el sueño. Aquí estamos. Reconociéndonos a través del cuerpo. Nos hemos quedado inmóviles, largo rato en silencio, uno al lado del otro. Tu mano vuelve a acariciarme y nuestros labios se encuentran. Una ola ardiente nos inunda, caemos nuevamente, nos hundimos en un agua profunda y nos perdemos juntos. Suspiras. Yo también. Estamos de vuelta. Ha pasado el tiempo, minutos o años, ya nada está igual. Todo se ha transformado. Se abren jardines y huertos; se abre una ciudad bajo el sol, y un templo olvidado resplandece. Afuera transcurre plácida la noche y en el viento llega un lejano rumor de campanas. No quisiera escucharlas. Suenan a ausencia y a muerte, y me ciño de nuevo a tu cuerpo como si me afianzara la vida. La desesperanza florece en una pasión que está más allá de las palabras y las lágrimas. "Es muy tarde" dices. "Tendrás que irte..." Me siento al borde de la cama como si estuviera a la orilla del mundo, del espacio en que hemos navegado como planetas reencontrados. Te contemplo vistiéndote con prisa y sin cuidado, yo me pongo una bata con desgano y tengo que hacer un gran esfuerzo para levantarme y caminar hasta la puerta a despedirte. No hablamos. Pueden oírnos y descubrir que nos hemos amado apresurada y clandestinamente en esta noche que empieza a caérseme en pedazos. Las campanas siguen tocando y llegan cada vez más claras en el viento de la madrugada, su sonido nos envuelve como un agua azul llena de peces. Llegamos cogidos de la mano hasta la puerta y nos besamos allí como los que se besan en los muelles. La puerta se cierra tras de ti y es como una página que termina y uno quisiera alargar toda la vida. No logro entender que ya te has ido y que estoy de nuevo sola. Abro la ventana y el aire frío del amanecer me azota la cara. Tiemblo de pies a cabeza y comienzo de pronto a sentir miedo, miedo de que mañana, hoy, todo se desvanezca o termine como niebla que la luz deshace. Vivimos una noche que no nos pertenece, hemos robado manzanas y nos persiguen. Quiero verme el rostro en un espejo, saber cómo soy ahora, después de esta noche... Ha llegado. La llave da vuelta en la cerradura. La puerta se abre. Voy a fingir que duermo para que no me moleste, no quiero que me interrumpa ahora que estoy en esa noche, esa que él no puede recordar, noches y días sólo nuestros, que no le pertenecen. Ha entrado a ver si estoy dormida, me está mirando, suspira fastidiado, enciende un cigarrillo, busca junto al teléfono si hay recados, sale, camina por la estancia, conecta el radio, ya no hay nada, es tarde, sólo music for dancing, recorre todas las estaciones, va hacia la cocina, abre el refrigerador, no ha de haber cenado, dijo que no le guardara nada, hay un poco de pollo, si quiere puede hacer un sandwich, ya tiró algo, siempre tan torpe, está cantando ahora, debe estar muy contento. Sigue lloviendo. Suenan las llantas de los automóviles en el asfalto mojado. También aquel día había llovido en la madrugada y la mañana estaba un poco fresca, ¿te acuerdas...? Llegaste muy temprano con un ramo de claveles rojos; yo me quedé con ellos entre las manos... No sé bien lo que te estoy diciendo, he caído dentro de un remolino de sorpresas y turbación. Nunca me han regalado flores, es la primera vez, quisiera decírtelo pero empezamos a hablar de cosas que no nos pertenecen mientras yo arreglo los claveles en un florero. Tú miras los libros del estante y los hojeas mostrando un desmedido interés. Sé que los dos estamos huyendo de este momento o de las palabras directas, de una emoción que nos aturde y nos ciega como una luz incandescente. Nos quedamos suspendidos sobre el instante mientras un claxon suena en la esquina como si sonara en el más remoto pasado. Ese pasado antes de ti que ahora se desvanece y pierde todo sentido. Sólo tienen validez estos momentos tan honda y confusamente vividos dentro de nosotros mismos. Nos sentamos junto a la ventana y miramos hacia afuera como si estuviéramos dentro de una jaula o de una armadura. Quisiera vivir este mismo instante mañana, en un día abierto para nosotros. Pienso en una ciudad donde pudiéramos caminar por las calles sin que nadie nos conociera ni nos saludara, estar tirados en una playa sola o vagar por el campo cogidos de la mano. Quisiera conocer contigo el mundo, quisiera entrar contigo en el sueño y despertar siempre a tu lado. Te miro fijamente, quiero aprenderte bien para cuando sólo quede tu recuerdo y tenga que descifrar lo que no me dices ahora. Una parte de mi vida, estos minutos, se van contigo. No sé decir las cosas que siento. Tal vez algún día te las escriba sentada frente a otra ventana. No sé tampoco hasta dónde soy feliz. Cada despedida es un estarse desangrando, un dolor que nos asesina lentamente. Estamos llenos de palabras y sentimientos, de un silencio que nos confina en nosotros mismos. Tal vez esta habitación nos queda demasiado grande o demasiado estrecha y por eso no sabemos qué hacer con nuestros cuerpos y las palabras. Miras el reloj. El tiempo es una daga suspendida sobre nuestra cabeza. Después vendrá la tarde vacía como esas cuando no estás conmigo, cuando nos separamos y nos falta la mitad del cuerpo... Siento que me está mirando fijamente y suspira, debe estar cansado, bosteza, ha de ser ya muy tarde, bosteza otra vez y comienza a desnudarse. La ropa va cayendo sobre la silla, la cama se hunde cuando se sienta a quitarse los zapatos. Se mete bajo las cobijas pegándose a mi cuerpo y su mano empieza a acariciarme. Quisiera poder decirle que no me toque, que es inútil, que no estoy aquí, que sus labios no busquen los míos, yo ya he salido, estoy lejos conduciendo el automóvil por la avenida de los sauces, oyendo el zumbido de las llantas sobre el pavimento, viendo de reojo como avanza la aguja en el cuadrante, 70, 80, las casas y los árboles pasan cada vez más rápido, 90, 100, una niña llora sentada en la banqueta, necesito llegar pronto, la calle se alarga hasta la eternidad, un hombre me saluda y sonríe, no quiero hacerte esperar, paso las luces rojas, sólo importa llegar, me has estado esperando a través de los días y los años, a pesar de la dicha y la desdicha, por eso es tan cierto nuestro encuentro, no hay otra manera de decirlo. Corro hacia ti y nos abrazamos largamente. Caminamos cogidos de la mano. Caminamos hacia el fin del mundo. La noche ha caído sobre nosotros como una profecía largo tiempo esperada. Las calles están desiertas, somos los únicos sobrevivientes del verano. Este viejo jardín nos estaba esperando. El tiempo ha dejado de ser una angustia. Estamos tan completos que no deseamos hacer nada, sólo sentarnos en esta banca y quedarnos como dos sonámbulos dentro del mismo sueño. Los pájaros revolotean entre las ramas, caen hojas. Estamos unidos por las manos y por los ojos, por todo lo que somos hoy y hemos logrado rescatar de la rutina de los días iguales. Aquí sentados hemos estado siempre, aquí seguiremos sin despedidas ni distancias en un continuo revivir. Suenan las doce en esta noche perdurable. Han pasado mil años, han pasado un segundo o dos. Los pájaros revolotean entre las ramas, caen hojas. Miramos la fachada de una vieja iglesia entre la bruma cálida del amanecer. Miramos las columnas y los nichos como a través de un recuerdo. No hables ahora, guárdame en tus manos. Conserva la moneda, tu rostro y el mío, para tardes lluviosas en que el tedio pesa enormemente. Todo sentimiento aparte de nosotros se ha borrado. Velada por nubes altas pasa la luna como una herida luminosa en el cielo negro. Los pájaros revolotean entre las ramas, caen hojas. Se anudan las palabras en la garganta, son demasiado usadas para decirlas. Vivimos una noche siempre nuestra. Me afianzo a tus manos y a tus ojos. Es tan claro el silencio que nuestra sangre se escucha. El alumbrado de las calles ha palidecido. Ni un alma transita por ninguna parte. Los árboles que nos rodean están petrificados. Tal vez ya estamos muertos... tal vez estamos más allá de nuestro cuerpo...
Poeta y cuentista ecuatoriano. Su poesía fue calificada de neoromática por su sensibilidad y de neosurrealista por su estructura. Su obra narrativa se encaja en el grupo de transición, el grupo que superó en naturalismo crudo de los años 30 y anteriores. Sus cuentos, aunque aún hay alguno de corte indigenista, evolucionan ya hacia escenarios urbanos, reflejan el despoblamiento del campo y muestran el cambio de una miseria por otra que muchos ecuatorianos sufrieron.
No temía el hambre. Sabía darme trazas y siempre pescaba algo, sobre todo en los mercados. Lo que temía era la noche. La noche azul y fría de los portales. El sueño insostenible en los quicios de las tiendas cerradas. Ese mudo temblor del que pretende acurrucarse contra sí mismo, sin una manta, sobre el empedernido piso de cemento. Sin embargo, fue la desnutrición —y quizás la hueca y bostezante desesperanza— la que me tornó un guiñapo abúlico desorientado y soñoliento. Tenía ya dieciocho años por entonces.
Al salir de una calleja oscura, volví la cabeza para atender. Alguien había prorrumpido a mis espaldas: «¡Muchacho!». Pero en el mismo instante sentí que no podía enderezar la cabeza sobre el cuello. Mis tendones crujieron, retorciéndose, y quedé inmovilizado. Un sudor frío me humedeció el rostro y para no caer me apoyé de espaldas en el muro. La señora que me había llamado se aproximó agitada. Era una mujer alta y gorda, de edad madura, morena y maternal.
—Quería que me llevaras este cesto —dijo, con un ligero tono de disculpa. Yo quise sonreír con el rostro empapado en angustioso sudor y no conseguí esbozar sino un gesto grotesco que me causó un vivo dolor en los pómulos. Ella debió comprender, según la vi agitar sus párpados oscuros y carnosos.
—Ven, dame el brazo —dijo, y me tomó el derecho. Llevaba ella misma el cesto dicho, y se recriminaba al conducirme. «No debí gritarte así: yo no sabía que estabas para caerte de debilidad. ¿De dónde eres? ¡Ah, entonces, mi paisano! ¡Qué gusto! Debes ser un buen chico. ¿Y sin trabajo? ¡Qué casualidad! Necesitamos un muchacho como tú. Pero, camina, camina. Ya llegamos. Pero mira ese letrero: es el de la tienda de mi marido.»
Yo parpadeé y un largo suspiro de ternura y sueño se me escapó. Vi un letrero de tablas verdes. Grandes letras negras corrían sobre él diciendo: «VINATERÍA DEL PACÍFICO».
No sé lo que me dieron de beber y de comer aquella tarde. Al día siguiente desperté con el sol. Me encontraba dentro de una hamaca, en un pequeño cuarto con aspecto de camarote. Y sentí gran vergüenza. Noté que la vida había vuelto a mi cuerpo; el ansia de la vida mejor. Si bien, no me sentía aún fuerte. ¡Qué extraña era mi situación! Recordé los sucesos de la víspera y pensé en lo inusitada que iba a ser mi presencia en aquella casa, después de haber dormido ya en ella, traído por la adversidad. Desde entonces conservé siempre una íntima sensación de angustia.
Abrí tímidamente la puerta. La señora desayunaba en el corredor. Sorbía su café negro y, a cada trago, miraba la lejanía azul, centelleante, de sol estival. Saludé y me aproximé vacilando.
—Ven —dijo—. Toma —y me llenó una taza. Luego llamó con una voz vieja, dulce y algo dengosa:
—¡Lauro!
Apareció un gigante, escurriéndose por una pequeña puerta de fibra.
—¡Ah! Ya. ¿Es el muchacho? ¿Cómo te llamas?
Sentí que su voz era amiga de las bromas y de las palabras que producían consuelo.
—Rodrigo —repuse, y lo quedé mirando con suave y confiada tranquilidad.
—Alma sencilla, eres mi ayudante —exclamó, riendo con tono sonoro y contagioso, y me palmeó un hombro.
Era un serrano aindiado, que había padecido no sé qué indecibles tribulaciones y había conseguido al fin hacer una pequeña fortuna. Estaba ya calvo y su cogote producía hilaridad por los gruesos y brillantes pliegues de gordura que se escalonaban hasta bien avanzada la nuca. Iba siempre en camiseta de mangas cortas; siempre en zapatillas de suelas de soga de cabuya; y, siempre, con la boca del pantalón más abajo que el ombligo.
Me percaté que no tenían servidumbre. La señora (¿cómo se llamaba? ¡Ah! ¡Ya! ¡Lolita!) hacía el mercado o encargaba las compras y preparaba las comidas en una cocinilla de gas. El marido expendía personalmente el aguardiente y el vino. «Vino de Uva Estrella del Pacífico», que así rezaban las etiquetas verdes con leyenda en negro, como el letrero. Se mantenían plebeyos y sencillos, y esto me agradó íntimamente. Un muchacho que les servía habíase escapado tres días antes, con un reloj. Yo lo había sustituido.
«Lavas las botellas en aquel cubo con aquellos cepillos; las pones a escurrir en aquellas horquetas; las envasas, las corchas; les pegas las etiquetas; eso es todo. Total: dos o tres horas diarias, porque el negocio es corto», me dijo él. Ella, a su vez, me pidió: «En cuanto te levantes, tomas la manguera y riegas el jardín. Lo riegas luego a las nueve; luego a las once, luego a la una, a las tres... en fin, todo el día. No quiero que el verano me lo mate. Es mi cariño». Además, debía barrer la casa por las mañanas y llevarle la comida al perro, a sus horas. El viejo me hizo conocer aquella misma tarde al animal. «¡Laurel! ¡Laurel!», gritó, aproximándose. Luego, comenzó a amonestarlo como a un chico respecto del comportamiento que debía mantener con relación a mi persona. Pero el animal no lo quería escuchar. Sacudía la cadena y forcejeaba dirigiéndose a mí con gruñidos afectuosos. Don Lauro, sorprendido, se quedó admirándome. Me acerqué con una seguridad mayor que mi propia razón, y le acaricié las orejas y el enorme lomo dorado de león. Él, con la cabeza cobriza y cálida, me golpeó los muslos, como un viejo conocido. Nunca he podido explicarme esta repentina amistad.
Desde el siguiente día, pude entregarme a las ocupaciones que me habían señalado. Me placía sobre todo regar el jardín. Todo en él eran adelfas y rosales, distribuidos en dibujos circulares. A mí se me hacía extraño y desusado la existencia de un jardín como aquél en un barrio en el que las viviendas eran escasas y asfixiantes y en el que solamente a grandes trechos se encontraba un solar árido, que ardía en miasmas y vaharadas tenebrosas. Esta impresión se me vuelve angustia todavía hoy, después de tantos años, sobre todo cuando me enfermo del pecho y tengo fiebre. Vuelvo a mirar el jardín, con los párpados hinchados y rojos, y lo veo rodeado de muros verdinegros y polvorientos, imbuidos de un temblequeante fuego, morboso y destructor.
¡El lavaje de las botellas era otra cosa! Se trata de una operación que reblandece de una manera cómica las yemas; poco después, la piel que rodea las uñas se pone tumefacta y se abre en pequeños pétalos que arden todo el día y continúan ardiendo hasta cuando uno se encuentra dormido, de modo que se sueña con escarbar los bordes del infierno o con estar remordido en la puerta de una cárcel.
Sin embargo, a los dos meses de realizar dichas ocupaciones, ninguno de sus detalles me molestaba ni me exigía atención. Fue al cabo de este tiempo, en el que doña Lolita, seguramente de acuerdo con el marido, empezó a quejarse de una singular jaqueca, proveniente de «tanta mala noche». Al escucharla, alcé la mirada. La suya me había estado esperando.
—Sí —me dijo—, yo y mi marido velamos mientras tú duermes como un lirón en tu hamaca.
El viejo intervino:
—Trabajo también de noche y quiero que me ayudes.
Al escuchar su última palabra, repentinamente recordé aquello del primer día: «Alma sencilla, ¡eres mi ayudante!».
—Trabajo, o mejor, curo. Soy una especie de médico, hijo. Aquí hay muchos enfermos del pecho y la paleta, tú sabes. Y tienen vergüenza de los doctores y la gente. Algunos de ellos vienen acá por la noche. Yo los curo con vino.
Escuchándole, no sé por qué, pensé con penosa claridad en la pequeña bodega situada tras el establecimiento de licores, junto a la salita de los bebedores. En ella iba yo a envasar las botellas que se alineaban en la estantería y las pocas que se expedían. Era una pieza oscura y fresca, con piso de cemento. Próximo a uno de sus muros, veíase el único tonel del negocio. Parecía más bien un gigantesco cubo, pues era más ancho que alto. Debía tener un metro sesenta desde el suelo hasta la boca, y ésta, dos cincuenta de diámetro. En verdad, no se parecía a los usuales. Frente a él, alzábanse —un puño sobre otro— los barriles repletos, procedentes de Chile; y, al lado derecho, en un ángulo, se encontraba una ducha de agua natural. Este detalle producía siempre un vago malestar por lo desusado. No estaba en su sitio: era claro.
Don Lauro continuó:
—Cuando tuve tu edad, se me pegó la tisis. Estuve un año entero sufriéndola. Me tecleaba todas las costillas, noche y día. Un amigo leal me llevó por entonces a un negocio como el que ahora tengo. Durante el día daban vino a los sanos y por la noche a los enfermos. Al cabo de un mes de seguir ese tratamiento, me vi curado por completo. Luego, comencé a engordar y ya me ves: un oso —aquí rió jovialmente—. Hice dinero con las fuerzas adquiridas y puse este negocio. Negocio de dos caras, hijo. Cierta noche golpeó a mi puerta una muchacha flaca, vestida de negro. Estaba picada. Se llamaba Lolita: ahí la tienes ahora —guiñó los ojos con alegre malicia y los clavó en su mujer—. Y cuando estuvo buena, nos casamos.
Se puso de pie apoyando la mano derecha en una rodilla y mientras se alejaba, repitió:
—¡Alma sencilla, eres mi ayudante!
Permanecí en silencio mirando el borde de la mesa y exigiendo a mi imaginación una respuesta: ¿cómo se curan con vino estos enfermos? La voz de doña Lolita me alzó la frente hacia ella:
—Desde esta noche, hijo, te levantas a las doce, justo, hasta la una de la mañana. Y acompañas a Lauro detrás de la puerta de calle hasta que llame algún pobre enfermo —suspiró con ternura y se llevó una mano a la parte superior del seno izquierdo, como si buscara el lugar de algún antiguo hoyo, hoy relleno al fin.
Debían ser las doce. No dormía. Esperaba, cuando escuché los pasos de plantígrado del viejo. Salté de la hamaca y salí.
—¡Ah, no dormías!
Me precedió con la linterna. Laurel, el perro, se aproximó a nosotros. Lo echamos enérgicamente hacia el jardín, nos dirigimos al zaguán sobre el que se abría la bodega y tomamos asiento en un banquillo tras la puerta. Don Lauro sacó un reloj y proyectó sobre él el chorro dorado de la linterna: las doce y diez. Un minuto después, oímos unos toques de nudillos en la puerta.
—¿Quién va? —dijo, aproximándose.
—Deseo tomar un vino —contestaron.
Abrió la puerta y entró una sombra. Mi patrón echó las aldabas y encendió la linterna. Una señora envuelta en una manta de muselina negra se alzaba ante nosotros.
—No se aprensione, es un chico de confianza —dijo el viejo, volviéndose hacia mí, con una sonrisa dura. Luego, hacia ella—: Y, ¿cómo vamos?
—Muchos dolores aún. Se dijera que tengo fuego en las espaldas, sobre todo por las noches, cuando me hallo acostada.
—Cuestión de dos semanas más... Ya pasará...
—Aquí tiene —cortó la mujer y le extendió un billete de cincuenta.
Don Lauro franqueó la bodega y encendió el pequeño foco del local. La mujer se encerró y nosotros volvimos al banco. Yo me puse a escuchar atentamente, a pesar de que el rostro me ardía en la sombra y que la sangre me murmuraba en las sienes y los tímpanos como un arroyo loco. En primer lugar, pude percibir un confuso ruido de ropas de diversas consistencias; luego oí claramente el chasquido de un rosario contra unas maderas: sonaron unas medallitas. Después, el doble y sucesivo golpeteo de los zapatos al caer al piso y, a continuación, el rumor de la escalerilla de gradas al ser arrastrada. «Seguramente la está apegando al tonel», pensé. Y la oí subir; los peldaños crujieron uno a uno. La escuché quejarse como ante un esfuerzo desacostumbrado, y enseguida distinguí el inconfundible ruido de un cuerpo al zambullirse. Durante los diez minutos siguientes, pude oír el chapoteo peculiar que hace una persona al bañarse en una tina; con la particularidad de que aquella señora suspiraba, al mismo tiempo, de un modo entrecortado y rezaba fervorosamente. Al término de los diez minutos, la oí quejarse nuevamente, y descender a continuación la escalerilla. Sus pisadas húmedas y melosas sonaron como grandes lenguas, al dirigirse a la ducha. El agua fresca cayó copiosamente sobre ella: se enjugaba la vinaza. Poco después apareció. Estaba conmovida: temblaba suspirando. Agradeció con palabras entrecortadas y ganó la puerta, hacia la noche de donde había venido.
Cuando nos vimos solos, el viejo me ordenó entrar en la bodega. Tras la puerta había un pedazo de cáñamo en un cubo de agua. Con él frotó la escalerilla y luego las huellas vinosas del piso. Y salimos aprisa, porque alguien había llamado nuevamente.
—¿Quién va?
—Soy yo, quiero un vino.
Distinguí que una sombra gigantesca se escurría por la puerta entreabierta. Tras ésta, mi patrón encendió la linterna y saludó al extraño cliente:
—Buenas noches, mister. ¿Qué tal?
—¡Oh, mucho dolor, mucha tos, mucho sudor!...
Era un inglés altísimo. Quizás dos metros. Llevaba un sombrero pequeño y flexible, de forma distinguida, aunque algo despreocupado. La cara caballuna, pero simpática; enorme tórax, dentro de una americana clara.
Extrajo unos billetes y se los dio a mi patrón. Tomó otro y me lo extendió:
—¡Chico, toma!
A continuación se encerró. Nosotros volvimos al banco. Tres minutos llevábamos sentados, cuando el viejo empezó a roncar junto a mi hombro. Me puse en pie y con gran cautela me aproximé a una raya dorada abierta en las maderas de la puerta de la bodega. La luz eléctrica de aquellas horas —iracunda y blanca— hacía resplandecer el pequeño local y le confería el sortilegio de una visión alucinante. El gringo estaba va de pie dentro del tonel de vino. El agua (¡quiero decir el vino!) le llegaba hasta la base del esternón. Se recogía él, hundiéndose hasta el cuello, para emerger dorado y rojizo, como un ídolo palpitante y doloroso. Con el tórax fuera, alzaba los brazos y los llevaba gradualmente hacia los costados en tanto que dejaba caer su brillante cabeza hacia atrás en gesto de evidente imploración. Volvía a hundirse y podía yo adivinar la desesperada intensidad con que se frotaba el pecho, los costados, las axilas, las paletas. Claramente veíase que deseaba embeber todos sus poros con el licor rojizo que habría de salvarle. De pronto se irguió súbitamente como calculando el tiempo. El vino oscuro y brillante descendió por su tronco como un manto escurridizo. Se asió al borde que miraba hacia la escalerilla y, por el modo gradual con que emergía su enorme cuerpo descarnado, comprendí que también en el interior del tonel y adosados a su pared debía haber unos peldaños.
Rápidamente ocupé mi puesto junto al viejo que aún dormía. Lo desperté palmeándole el hombro.
—¿Qué? ¿Me he dormido mucho? —inquirió. Extrajo el reloj y consultó la hora: cuarto para la una.
A poco salía el inglés, y se despedía. A mi vez despedíame el viejo y fui a buscar mi hamaca.
Me desperté muy temprano, lleno de intensa preocupación que en los primeros instantes no logré concretar. Luego, los sucesos de la noche pasada se recortaron ante mi vista interna y me horroricé al considerar el tiempo durante el que había envasado de aquel vino que me humedecía las manos. Furtivamente había también tomado alguna vez un sorbo. Pensé también en los clientes que bebían día a día y noche a noche en la pequeña sala del establecimiento. Y angustiado, resolví huir. Pero no tenía un lugar en donde arrojar mi estrecha sombra. Pensé en amenazar al viejo con delatarle a la policía a fin de que comprara mi silencio y me allanara el camino de retirada. Pero me sentí confuso con sólo imaginar los rostros y los interrogatorios de los hombres de la justicia. Entonces, sinceramente, decidí tomar el dinero de la caja de doña Lolita y alejarme en silencio. Sería al día siguiente. Así, vino esa noche. Y era la última que me prestaba a su servir de ayudante en aquel extraño y repugnante tratamiento.
Esperamos hasta las doce y veinte, sin que nadie llamara. Sólo el viento de la inmensa noche azul tamborileaba a veces sobre una perdida hoja de zinc. De pronto tres golpecitos a la puerta.
—¿Quién va?
Al otro lado sonó una tos breve y seca. Un silencio, y luego:
—Soy yo. Deseo un vino.
Cuando la ligera sombra estuvo ya dentro a penumbra del zaguán, el viejo, como siempre, encendió la linterna. Era una muchacha metida en su saco de pieles. Su falda era breve y oscura: llevaba la cabeza hundida en una caperuza de terciopelo negro.
—Señorita, es mi deber servirla —dijo don Lauro.
Ella abrió la boca de labios finos y tristes y quiso decir algo pero no pudo y suspiró. Enseguida creyó deber suyo sonreír y lo hizo pálidamente. Sus anchos ojos oscuros se volvieron lineales y en su fondo pude ver, por un instante, un luminoso abismo de la más pura melancolía. Entró y aseguró la puerta tras sí. Al volver al banco cerré los ojos y concentré todas mis energías en los oídos. La escuché desvestirse con tanta claridad que por momentos creía tenerla ante mis ojos. La oí subir, zambullirse y agitar el líquido bermejo. Cuando el viejo dormía ya, la joven tuvo un acceso de tos. Se repitió por tercera vez, y era como el derramamiento de un canastillo de frutas secas. Después, un quejido. Luego silencio. «Ahora se estará frotando suavemente», pensé. «Suavemente, porque tiene senos y no pecho plano y duro como el inglés.»
Un golpe de mi patrón me despertó.
—¿También tú te has dormido? —exclamó—. ¿Y qué, no sale la muchacha?
Y consultó el reloj. Era la una y diez de la mañana. Me entregó la linterna y se acercó a la puerta. Miró por la ranura y se volvió de pronto, con los ojos desorbitados. Pegó uno de sus enormes hombros en la juntura de las puertas, y a la primera embestida saltó dentro la aldaba. Entramos. La mano derecha de la joven —férrea en su crispadura— tenía los dedos hincados al borde del tonel. Sus cabellos negros y luminosos flotaban en la tranquila superficie del vino, circuyendo el óvalo de su cara que miraba hacia el tumbado. Y, entre los cabellos y rodeando el rostro, flotaba también una gran mancha de sangre.
—¡Maldita sea! —gimió el viejo. Me tomó por los hombros e imploró—: Tienes que ayudarme y hacerla desaparecer.
Y yo nuevamente recordé su rara frase de ese primer día:
—¡Alma sencilla, tienes que ser mi ayudante!
En este momento, alguien, desacostumbradamente, golpeó con extraordinaria energía. A gran prisa, di vueltas al interruptor y el foco se apagó; pero como si brotase de la luz que acababa de morir, emergió la luz de la linterna. Oprimí el botón y el mecanismo falló. Entonces el viejo me la arrebató y desesperado como si se tratara de una bujía, la hundió en el tonel. Una gran gema rosácea, y luego la oscuridad.
En tinieblas y en silencio, de pie junto a la joven muerta, permanecimos tal vez media hora. Y, silencio: quizás todo había sido una alucinación, una broma pesada de la horrible noche. Volvimos a encender la luz.
—Llevémosla al jardín. A buena hora, todo este tiempo lo has regado y la tierra debe estar blanda —decía el viejo, mientras la sacábamos desnuda y dorada por el vino que le besaba como una huidiza seda mortuoria.
Él la tomó por las axilas; yo, por las pantorrillas, y avanzamos. Laurel, el perro, se nos aproximó cuando entrábamos en el patio. Rápida pero cuidadosamente, asenté los pies del cadáver y tomando al animal por su collar lo enganché a la cadena.
En tanto, don Lauro la había depositado sobre las adelfas del jardín y un metro más allá estaba con una pala angosta y fina. La tierra estaba suave, en verdad; además, el hombre poseía una fuerza extraordinaria. Pronto estuvo hecho un sepulcro longitudinal, una suerte de cuna mejor. La acostamos dentro y la cubrimos enseguida, echando directamente sobre el cuerpo desnudo las adelfas arrancadas de raíz.
Cuando nos alejábamos, dije:
—Hay que matar al perro.
—¿Por qué, hijo?
—En cuanto se vea libre, escarbará en ese lugar.
—¡Verdad! —exclamó—. ¡Ahora mismo! ¡Espera! Se dirigió al interior y dos minutos después volvía con un pedazo de pan envenenado. Yo le tiré el mendrugo.
—¡Laurel!, come.
Y nos alejamos. Desde mi hamaca oí sus ladridos de dolor. Después de una hora se calló, pero seguí escuchando durante mucho tiempo el ruido de su gran cadena de cautivo.
Antes de que clareara bien, me sustraje el dinero de la señora (eran quinientos sucres) y salí. ¿Qué dirían? ¿Qué dirían de mí? Debieron padecer horriblemente suponiendo que había salido a delatarles. Pero, después —quizás después— adivinaron que había huido por terror.
Alquilé una pequeña habitación en el otro extremo de la ciudad y leí ávidamente los periódicos de los días siguientes. Por fin, al cuarto, encontré el anuncio que esperaba: «Muchacha desaparecida». El anunciante no ofrecía gratificación alguna. Decía ser «un padre desolado», e imploraba alguna noticia sobre su única hija, desaparecida el diecisiete de agosto, por la noche. Ella se llamaba Lía Maruri Chaide, y el padre vivía en la calle... (¡No, no digo!) Me aprendí de memoria la dirección y al otro día hacia las cuatro de la tarde me situé en las inmediaciones de la casa. Al cabo de media hora, salió un hombre del departamento señalado en el anuncio. Pasó a mi lado, lento y desvaído. Tenía el aspecto de viejo burócrata, celoso de sus obligaciones desesperantes. Era menudo de cuerpo, aguileño y pálido. Sus párpados rojos; perdidos sus ojos. Sobre su pequeña cabeza de ave llevaba un sombrero de mocora negro. Atravesó la calzada y se acodó en el barandal férreo, frente a la ría. Seguramente pensaba verla llegar algún día, cansada de su pequeña y loca aventura. Sí, ella regresaría para él, abandonado y viudo. Pero yo sabía otra cosa. Ella ya no regresaría nunca. Hubo un instante en el que quise acercarme y decirle la verdad. Pero no pude. Alguien me gritaba adentro:
—¡No por Dios! ¡No! Déjale con su esperanza. ¡Deja que su dolor sagrado se vaya adelgazando en el curso mortal de la esperanza!
Y, para siempre con el secreto, me alejé.
Cuentista y poeta mexicana. Aunque su obra es corta, ha sido muy antologada, por lo que sus trabajos han tenido una difusión relativamente amplia. Los temas que aparecen en su poesía van de la angustia a la muerte, pasando por la ausencia, la desilusión, la vuelta imposible a la infancia. Sin embargo, en su obra narrativa, los temas que aparecen son la enajenación mental, el peligro, la muerte, el miedo a los animales o seres animalizados, y lo siniestro; la mayoría de estos temas giran en torno a personajes femeninos.
Este cuento, que reune varios de los temas citados, pertenece al volumen de relatos "Tiempo destrozado".
Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.
Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.
No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” -dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues...” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.
No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa (mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito) sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.
Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.
Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.
La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las bugambillas.
En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera.
Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacía el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí... yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.
Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre.
Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”, gritaba desesperada.
Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: -allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él...
Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.
Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado... Y llegaba bien tarde. Que tenía mucha trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían.
Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera... Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante... Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento... Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.
Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.
Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo... Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.
Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.
Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así... te he explicado mil veces que es un ser inofensivo”.
Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él... Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.
Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.
- Esta situación no puede continuar -le dije un día a Guadalupe.
-Tendremos que hacer algo y pronto -me contestó.
-¿Pero qué podemos hacer las dos solas?
-Solas, es verdad, pero con un odio...
Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.
La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.
No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta. Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia... Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto.
Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer. Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos.
Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta le cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.
Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento... Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba... Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles gritos...! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así...! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas...
Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento... Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.
Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
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No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
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