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Silvina Ocampo - "Memorias secretas de una muñeca"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista, poeta, dramaturaga y sobre todo cuentista argentina. Muchos de sus cuentos fueron publicados en la revista Sur, dirigida por su hermana Victoria, revista en la que publicaron Ramón Gómez de la Serna, Ortega y Gasset, Borges, Sábato, Lorca, Neruda, María Luisa Bombal, ...
En su obra hay desde lietartura fantástica (imprescindible la "Antología de la literatura fantástica" que editó junto a Bioy Casares y Borges) a literatura policial y muchas veces con un marcado humor negro. En palabras del profesor Teodosio Fernández: "Aunque la obra narrativa de Silvina Ocampo se muestra reacia a las definiciones, suele identificarse sobre todo con dos de sus aspectos fundamentales: constituye una destacada manifestación de la literatura fantástica rioplatense, y está signada por cierta «crueldad» que le confiere un carácter peculiar".
Este cuento se haya recogido en sus "Cuentos completos" de 1999.

Hace mucho que la vida me trata como a una muñeca la trata una niña, sin atenciones que no sean pasatiempos. Soy como soy, sin pretensiones, ni siquiera para conseguir algo que sería importante dentro de mi celda, pues vivo como en una celda donde nadie puede entrar, salvo yo misma con mis innumerables exigencias, a veces imposibles, otras tan posibles que parecen a veces de niña. Mi vida transcurre como la vida de una monja, sin que las privaciones me duelan o me den tristeza; esto no significa que soy indiferente a las bellezas del amor o de la dulce amistad. Quisiera ser clara para contar mi vida y la sensibilidad de mi corazón. Muchos creen que soy un ser aparte de todos los que viven en este mundo tan desprestigiado. Espero que sepan interpretarme de modo racional y despojado de coquetería. La soledad me vuelve totalmente sincera y lo que escribo se vuelve totalmente increíble para gente que vive en una sociedad hermética. Soy independiente y libre de pensar y sentir como siento, sin la menor vergüenza. Un día, tal vez, salga de mi secreto, feliz de imaginar otros mundos más decorativos y audaces, que asombran a cualquiera, con la profundidad de mi confianza. Soy lo que quiero ser para la eternidad imperturbable. Nada me pertenece de esta casa. Quiero describir su geometría: un hall enorme de forma hexagonal une los cuartos. Un pasillo penetra en cada habitación. Tengo un altar con santos, una cocinita con ollas, cucharas, cuchillos y tenedores. Vivo en un mundo en que el agua se apoderó de la tierra. Hace una semana que llueve sin cesar y estos lugares de la ciudad se anegaron totalmente. La electricidad no funciona, no hay agua potable en las casas, sólo se ve en la inundación agua podrida. Algo me alegra porque de este modo nadie me baña. No funcionan los teléfonos, no funciona el gas en las cocinas. "Hay que resignarse", dice una viejita que se alegra, pues para ella la resignación es su única esperanza. ¿Resignarse?. ¿Qué significará esa palabra?. La he oído en algún sueño en que nadie encuentra lo que busca ni se entristece porque no lo encuentra. Yo pienso que se parece a la esperanza, aunque dicha en distinto tono de voz podría parecerse mucho a esa capitalización tan extraña de los hombres de mi infancia. ¿Habré sido chica alguna vez?. No tengo vestiditos chicos, ni zapatitos, ni sombreritos que prueben que he sido chica, ni juegos de muebles diminutos, ni carritos. No, no he sido chica, o no puedo recordar cuando lo fui. Mi juego es la computadora. Sin embargo cuando yo era chica, tan chica que nadie me veía, ni siquiera me miraban ni alababan mi pelo rubio lacio, ni mi peinado, ni mi vestido ni mi modo de hablar, yo asistí a una inundación. Dormí sobre el agua como sobre un colchón muy suave y líquido, que podía beber; veía las casas sumergidas en el agua, levantaba los pies, para que respiraran, y la cabeza, y alguien gritó en la calle: "Es un ángel. Miren el ángel". Una persona a la que no puedo nombrar, porque he sabido que la gente es perversa y podría interpretar mal mis palabras, me salvó del agua donde floté durante unas horas. Era cerca de Olivos, en el bajo, donde había sauces y hortensias azules. La persona que me salvó me llevó en sus brazos hasta su casa sin averiguar quién era mi dueña o mi dueño, porque una muñeca es como un perro que pertenece a alguien muy seriamente. Me llevó a su casa que quedaba en las barrancas, desde donde se veía el río. Corrió al baño de la casa en busca de toalla y servilletas; me secó los pies con una toalla celeste y el pelo con una servilleta blanca llena de bordados. Me quitó el vestido, creo que lo planchó y me lo volvió a poner, con íntimo cuidado. En sus brazos oí su voz diciéndome: "Bárbara, te llamas Bárbara, no lo olvides, y serás mía."
Pasaron dos o tres días sin que nada nos perturbara. Ella me conocía, yo la conocía. "Me llamo Bárbara", le dije un día, "pero vos ¿cómo te llamás?”. "Me llamo Andrómaca", me dijo reteniendo su respiración; "un nombre tal vez raro, pero es mío desde que me bautizaron y espero que siga siendo raro hasta que me muera". “Tú nunca morirás", le contesté. "Antes moriré yo". Y así fue como esperamos un día de primavera para cortar flores y distribuirlas en los floreros de la casa. Jazmines, hortensias, crisantemos, corona de novia; los nombres no nos faltaban y así me enseñó a conocer las flores y los perfumes y los colores. Se sentó en una silla y me dijo: "Voy a colmarte de caramelos y de vestidos y de juguetes, pero no lo digas a nadie, a nadie". Entonces me besó y puso su lengua en mi boca. Parecía una frutilla recién cortada. "Dormirás conmigo en mi cama, ¿me comprendes?. No te hagas la bebita ni cierres los ojos cuando te hablo."
El primer día dormimos la siesta juntas. Era extraño despertar en esa casa tan diferente, en un mundo lleno de personas desconocidas y de extraños pájaros en las jaulas doradas. "Espero que me quieras como yo te quiero o te mataré". Cerró los ojos al decir estas palabras y yo abrí los míos. "No te asustes, nunca te mataré porque soy razonable. Mírame bien en el fondo de mis ojos". La miré y ella me miró. Pero la felicidad no puede durar. Los relámpagos y los truenos llenaron el cielo. Algo sucedió ese día de tormenta. Había vuelto el mal tiempo. Era la hora de la siesta. En su cuarto como en un sueño descubrí una muñeca distinta a todas; estaba vestida de sultana, se movía, cerraba los ojos, gritaba. Estaba en la casa de Andrómaca. Era tan linda que no me atreví a mirarla y le di un beso como el que me dio a mí. Pero Andrómaca la tomó en sus brazos y la acunó hasta que se durmió totalmente. "¿Sabes lo que Andrómaca significa?. Felicidad en el matrimonio", exclamó. Yo protesté: "Pero no sos casada". "Me voy a casar ahora mismo". "Pero no es posible" dije. "Es tan posible que aquí esta el anillo". Se oscureció el día y caí desmayada. Nunca volví a revivir porque el cuarto desapareció.
El que me lea pensará que miento y que Andrómaca nunca existió. Estas palabras están dentro de mi cuerpo. "Ábranme si se atreven. Tal vez hoy, tal vez mañana, tal vez nunca me tiraré de esta ventana". Se acercó a la ventana, la abrió y miro a su alrededor. "Mírenme", dijo. Dio un salto y cayó por el aire. Se disolvió como un terrón de azúcar. Sólo quedó el azul de sus ojos perdidos en la extraordinaria soledad de los celos.
Pero aquí no terminó mi vida. La vida sigue ya sin cuerpo y se interna entre las plantas aspirando los perfumes de cada flor. La vida sigue con sus curiosidades. Se vuelve detective. Entro de nuevo en la casa de Andrómaca de noche. Entré en su cuarto. Abrazada a la muñeca que no era una odalisca, era una sultana. Las dos dormían. Un dúo de ronquidos llamó mi atención antes de que cantaran los zorzales; tenía que oírlo, tenía que desencantarme totalmente para poder olvidar mi tristeza. En medio de los relámpagos que las iluminaban, me tiré al suelo para mirarlas mejor y con el último relámpago que cayó sobre la casa, grité con un grito sordo. Me pareció salir del fondo de la tierra cuando quedamos fulminadas las tres, yo sin cuerpo, ellas con sus cuerpos llenos de esperanzas, sin futuro, sin cielo ni infierno, para la eternidad de mi conciencia.

Silvina Ocampo - "El mal"

Posted by La mujer Quijote in ,

Una noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén que su vecino estaba agonizando. Ese vecino perverso no sólo le había robado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a gozar de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había seguramente pintadas flores y figuras de querubes. Esta circunstancia oscureció la alegría de Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para cubrirse, estaba en el paraíso. Veía de soslayo la luz rosada de los ventanales. De vez en cuando le daban de beber; tenía conciencia del alba, de la mañana, del día, de la tarde y de la noche, aunque las persianas estuvieran cerradas y que ningún reloj le anunciara la hora. Cuando estaba sano solía comer con tanta rapidez que todos los alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la diferencia que hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. Apreciaba cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los gritos, el ruido de las cañerías, de los ascensores, de los automóviles, de los coches de caballos que pasaban. Cuando sentía necesidad de orinar tocaba el timbre; mágicamente aparecía una mujer, con blancura de estatua, trayendo un florero de vidrio que era una suerte de reliquia y esa misma mujer, con ojos etruscos y uñas de rubí, le ponía enemas o lo pinchaba con una aguja como si cosiera un género precioso. Una caja de música no era tan musical, el pecho de una santa o de un ángel tan buenos como la almohada donde recostaba la cabeza. Cosquilleos agradables le corrían por la nuca, bajaban por la columna vertebral a las rodillas. Pensaba: era la primera vez que podía pensar: "Qué precio tiene un cuerpo. Vivimos como si no valiera nada, imponiéndole sacrificios hasta que revienta. La enfermedad es una lección de anatomía". Soñaba: era la primera vez que podía soñar. Juegos de billar, una pipa, el diario leído minuciosamente, viajes breves, mujeres que le sonreían en un cinematógrafo, una corbata roja, lo deleitaban.
En sus delirios tenía presciencias del futuro; las visitas de los domingos, que se enteraron de su don, acudían al hospital para acercarse a su cama y oír las predicciones.
Advirtió que los biombos no rodeaban la cama del vecino, sino la suya, y quedó complacido.
Los pies ya no le dolían de tanto caminar, ni la cintura de tanto estar agachado, ni el estómago de pasar tanta hambre. Divisaba el patio con palmeras y palomas, en cada ventanal. El tiempo no pasaba porque la felicidad es eterna.
Los médicos dijeron que iban a salvarlo. Retiraron los biombos con flores y querubes. A su juicio, los médicos eran bribones. Saben dónde se aloja la enfermedad y la manejan a su gusto. El organismo tal vez oye los diálogos que rodean la cama de un enfermo. Efrén tuvo pesadillas por culpa de esos diálogos.
Soñó que para ir al trabajo tomaba un colectivo y después de sentarse advertía que el colectivo no tenía ruedas, que bajaba del colectivo y tomaba otro que no tenía motor y así sucesivamente hasta que se hacía de noche.
Soñó que estaba en la peletería, cosiendo pieles; las pieles se movían, gruñían. Al cabo de un rato, en el cuarto donde trabajaba, varias fieras, con aliento inmundo, le mordían los tobillos y las manos. Al cabo de un rato, las fieras hablaban entre ellas. Él no entendía lo que decían porque hablaban en un extraño idioma. Comprendía finalmente que iban a devorarlo.
Soñó que tenía hambre. No había nada que comer; entonces sacaba del bolsillo un trozo de pan tan viejo que no podía morderlo con los dientes; lo remojaba en agua, pero continuaba igual; finalmente, cuando lo mordía, sus dientes quedaban dentro del único pan que había conseguido para alimentarse. El camino hacia la salud, hacia la vida, era ése.
El organismo de Efrén, que era fuerte y astuto, buscó un lugar en sus entrañas para esconder el mal. Ese mal era una fortuna: con subterfugios, encontró manera de conservarlo el mayor tiempo posible. De ese modo Efrén durante unos días, con el sentimiento de culpa que inspira siempre el engaño, volvió a ser feliz. La hermana de caridad le hablaba de sus hijos y de su mujer, inútilmente. Para él, ellos estaban dentro de la libreta del pan o de la carne. Tenían precio. Costaban cada día más.
Sudó, se agachó, sufrió, lloró, caminó leguas y leguas para conseguir la tranquilidad que ahora querían arrebatarle.

Silvina Ocampo - "Viaje olvidado"

Posted by Arabella in ,

Quería acordarse del día en que había nacido y fruncía tanto las cejas que a cada instante las personas grandes la interrumpían para que desarrugara la frente. Por eso no podía nunca llegar hasta el recuerdo de su nacimiento. Los chicos antes de nacer estaban almacenados en una gran
tienda en París, las madres los encargaban, y a veces iban ellas mismas a comprarlos. Hubiera deseado ver desenvolver el paquete y abrir la caja donde venían envueltos los bebés, pero nunca la habían llamado a tiempo en las casas de los recién nacidos. Llegaban todos achicharrados del viaje, no podían respirar bien dentro de la caja, y por eso estaban tan colorados y lloraban incesantemente, enrulan­do los dedos de los pies.
Pero ella había nacido una mañana en Palermo haciendo nidos para los pájaros. No recordaba haber salido de su casa aquel día, tenía la sensación de haber hecho un viaje sin automóvil ni coche, un viaje lleno de sombras misteriosas, y de haberse despertado en un camino de árboles con olor a casuarinas donde se encontró de repente haciendo nidos para los pájaros. Los ojos de Micaela, su niñera, la seguían como dos guardianes. La construcción de los nidos no era fácil; eran de varios cuartos: tenía que haber dormitorio y cocina.
Al día siguiente, cuando volvió a Palermo, buscaba los nidos en el camino de casuarinas. No quedaba ninguno. Estaba a punto de llorar cuando la niñera le dijo: "Los pajaritos se han llevado los ni­dos sobre los árboles, por eso están tan contentos esta mañana". Pe­ro su hermana, que tenía cruelmente tres años más que ella, se rió, le señaló con su guante de hilo el jardinero de Palermo que tenía un ojo tuerto y que barría la calle con una escoba de ramas grises. Jun­to con las hojas muertas barría el último nido. Y ella, en ese momen­to sintió, ganas de lanzar, como si oyera el ruido de las hamacas del jardín de su casa.
Y después, el tiempo había pasado desde aquel día alejándola desesperadamente de su nacimiento. Cada recuerdo era otra chiqui­ta distinta, pero que llevaba su mismo rostro. Cada año que cumplía estiraba la ronda de chicas que no se alcanzaban las manos al­rededor de ella.
Hasta que un día jugando en el cuarto de estudio, la hija del chauffeur francés le dijo con palabras atroces, llenas de sangre: "Los chicos que nacen no vienen de París" y mirando a todos lados para ver si las puertas escuchaban dijo despacito, más fuerte que si hubiera sido fuerte: "Los chicos están dentro de las barrigas de las ma­dres y cuando nacen salen del ombligo", y no sé qué otras palabras oscuras como pecados habían brotado de la boca de Germaine, que ni siquiera palideció al decirlas.
Entonces empezaron a nacer chicos por todas partes. Nunca habían nacido tantos chicos en la familia. Las mujeres llevaban enormes globos en las barrigas y cada vez que las personas grandes hablaban de algún bebito recién nacido, un fuego intenso se le derra­maba por toda la cara, y le hacía agachar la cabeza buscando algo en el suelo, un anillo, un pañuelo que no se había caído. Y todos los ojos se tornaban hacia ella como faroles iluminando su vergüenza.
Una mañana, recién salida del baño, mirando la flor del desa­güe mientras la niñera la secaba envolviéndola en la toalla, le con­fió a Micaela su horrible secreto, riéndose. La niñera se enojó mu­cho y volvió a asegurarle que los bebes venían de París. Sintió un pequeño alivio.
Pero cuando la noche llegaba, una angustia mezclada con los ruidos de la calle subía por todo su cuerpo. No podía dormirse de no­che aunque su madre la besara muchas veces antes de irse al teatro. Los besos se habían desvirtuado.
Y fue después de muchos días y de muchas horas largas y ne­gras en el reloj enorme de la cocina, en los corredores desiertos de la casa, detrás de las puertas llenas de personas grandes secreteán­dose, cuando su madre la sentó sobre sus faldas en su cuarto de vestir y le dijo que los chicos no venían de París. Le habló de flores, le habló de pájaros; y todo eso se mezclaba a los secretos horribles de Germaine. Pero ella sostuvo desesperadamente que los chicos venían de París.
Un momento después, cuando su madre dijo que iba a abrir la ventana y la abrió, el rostro de su madre había cambiado totalmente debajo del sombrero con plumas: era una señora que estaba de vi­sita en su casa. La ventana quedaba más cerrada que antes, y cuan­do dijo su madre que el sol estaba lindísimo, vio el cielo negro de la noche donde no cantaba un solo pájaro.