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Julio Camba - "Un admirador", "Literatura patológica"

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Escritor y periodista gallego. Junto a Wenceslao Fernández Flórez y a Ramón Gómez de la Serna, se le considera uno de los pioneros en la modernización del humor español, uno de esos autores de los que aprendieron los que luego harían esa revolución modernizadora, "la otra generación del 27". Irónico, satírico, cínico muchas veces, siempre mordaz y polémico.
Los dos artículos pertenecen a "La rana viajera" publicado en 1920 (casi un siglo después parece que nada hubiera cambiado).


UN ADMIRADOR
Parece que hay escritores a quienes el público anima dirigiéndoles, con más o menos frecuencia, cartas de aprobación. Conmigo, sin embargo, este caso se da muy raramente, y si yo me hago la ilusión de ser leído por alguien, es, tan sólo, gracias a ciertas almas piadosas que de vez en cuando me envían misivas insultantes a propósito de mis artículos. Yo enseño estas misivas y consolido con ellas, ante las Empresas, mi posición y mi prestigio.
— No dirán ustedes —exclamo— que mis trabajos pasan inadvertidos o que no hacen mella. Aquí hay un señor que me llama animal, y otro que me anuncia un garrotazo en la cabeza. Creo que el éxito no admite dudas…
Pero, recientemente, me ha salido un admirador, un verdadero admirador, en la provincia de Guadalajara. «Soy —me viene a decir este hombre magnífico — uno de sus lectores más asiduos y más inteligentes, y me he suscrito a El Sol con el único objeto de ver los artículos de usted…»
Y desde entonces, yo no puedo escribir, porque la imagen de mi admirador me obsesiona por completo. Se me ocurre un asunto bonito, cojo la pluma e inmediatamente me digo:
— ¿Le gustará este tema al señor de Guadalajara?
Yo tengo la sensación de que escribo únicamente para este señor, y no quisiera defraudarle. Este señor vive en un pequeño pueblo de la provincia, donde, por desgracia, yo no he estado nunca. Ignoro en absoluto la ideología local, y esto pone en mi trabajo dificultades enormes. De buena gana me pasaría varias noches en claro leyendo, con unas gafas muy gordas, unos volúmenes muy grandes, si a esta costa pudiera llegar a conocer las opiniones políticas, estéticas y religiosas que predominan en el distrito. Por desdicha, la cosa es imposible, y yo temo siempre desilusionar a mi admirador. Tal párrafo que acabo de escribir creo que le parecerá vulgar, y lo borro. Pongo en tensión todos mis nervios hasta que se me ocurre una cosa más fina, y entonces me asalta un pensamiento terrible.
— ¿Entenderá esto mi admirador? —me pregunto—. ¿No resultarán estas consideraciones demasiado sutiles para un pueblo de pocos vecinos?
Verdaderamente, el señor de la provincia de Guadalajara ha tenido una idea bien peregrina cuando se ha decidido a admirarme. Ahora comprendo por qué tantos escritores malos tienen tantos y tan buenos admiradores. Con dos admiradores más, yo me volveré completamente idiota.


LITERATURA PATOLÓGICA
Desgraciadamente, en la literatura española no hay más que genios. Ese tipo de escritor culto, ponderado, sano, inteligente y bien nutrido, que Lemaitre considera superior al genio y del que pone como ejemplo a Anatole France, no existe entre nosotros. Todos nuestros escritores pertenecen a la categoría genial. Yo mismo, en mi pequeñísima escala, ¿qué duda cabe de que también soy un genio? Y esta literatura de genios en chico viene a ser algo así como un grupo de tullidos que, a la puerta de una iglesia, le pidiesen dinero al público mostrándole sus diversas monstruosidades.
Cuando, en algún escaparate, yo veo un libro mío entre los libros de otros autores españoles, tengo la sensación de encontrarme en una sala de hospital esperando, con mis compañeros de dolor, la visita de alguna señora vieja que no sepa en qué matar el tiempo. La literatura española, en efecto, no es más que una serie de enfermedades, debidas, generalmente, a trastornos sexuales o a defectos de nutrición. El uno está enfermo del hígado. Al otro se le forman ácidos en el estómago. Este se encuentra amagado de parálisis general progresiva y tiene delirio de grandezas. Aquél padece del bazo… Hay escritor que perdería todo su interés en cuanto se le aplicasen unas cuantas inyecciones de algún producto más o menos alemán, o en cuanto se le sometiese a un buen régimen alimenticio. Y, en realidad, este último caso ya se ha dado varias veces. ¿Cuántos muchachos que comenzaron haciendo cosas interesantes no se volvieron idiotas tan pronto como se los llamó a un buen periódico y se les dio un buen sueldo? Los directores no se explicaban la causa, y, sin embargo, era una causa muy fácil de comprender: esos muchachos nunca habían tenido talento. Lo que habían tenido era hambre. Con el estómago normalizado, quedaban al nivel del más vulgar empleado de Hacienda…
¡Cosa terrible esta de ser un pequeño monstruo y de darse cuenta de ello! ¡Horrenda cosa la de saber que nuestra genialidad puede tratarse médicamente como un flemón o como una enfermedad de los riñones!… Pero hay algo peor aún en nuestra literatura: los aprensivos, esto es, los enfermos de enfermedades imaginarias, que, siendo perfectamente tontos, se creen atacados de genialidad…

Enrique Jardiel Poncela - "Un anuncio y cinco cartas"

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Para una admiradora de "la otra generación del 27" (Enrique Jardiel Poncela, José López Rubio, Tono, Edgar Neville y Miguel Mihura), una película como ésta, rodada por Jardiel Poncela en 1938 y en la que él mismo pone la voz, es siempre una curiosidad y una rareza de obligada publicación.
Es posible localizar alguno más de estos cortos rodados durante la guerra civil, pero no logro encontrar ninguno de los seis "Celuloides rancios", montaje de un texto cómico sobre una película muda, que la FOX encargó a Jardiel y que se realizaron entre 1906 y 1908.

Humor literario

Posted by Arabella in , ,

Tras la mala leche generada por la entrada anterior, un poco de humor. SunsetBoulevard me mandó un mensaje en el que me hablaba de "El garrofer", un periódico humorístico.
En él se publica un interesantísimo artículo en el que se cuenta la aventura de un escritor que pretendía ser autor maldito. A continuación reproduzco el articulo y os aconsejo que visitéis la web del periodico, os reiréis.
Se pasa doce años escribiendo una novela de 900 páginas para luego borrarla
Paulino Singleton – Estocolmo
EMPEZÓ A ESCRIBIR SU NOVELA en 1997 y desde el principio tenía pensado borrarla del ordenador nada más acabar. Tal era el plan ahora llevado a cabo por Stephan Okjsgord, un vecino de Estocolmo que tenía previsto entrar de esta manera por la puerta grande de la literatura maldita.
Sin embargo su gesto no ha tenido la repercusión que esperaba y a día de hoy está buscando trabajo en un bar.
“No me han llamado del New Yorker ni del Babelia”, se lamentó Okjsgord. En realidad, no le han llamado de ningún sitio porque tan solo un puñado de amigos suyos, a quienes no les interesa la literatura, sabían de su proyecto.
La novela de Stephan Okjsgord tenía 900 páginas y se titulaba “El babuino”. Al parecer trataba sobre un primate de esa especie. Pero nunca nadie sabrá el argumento ni los detalles porque su autor ha borrado el archivo donde escribía el texto y luego ha roto su ordenador con una maza.
“Mi idea era generar algo llamativo en relación con mi libro, crear una gran expectativa y luego que sucediera algo trágico”, confesó a El Garrofer. Lo que no había calculado es que para ello, lo mínimo es poder leer algo del autor en cuestión.
Al parecer Okjsgord era admirador de escritores raros como J.D. Salinger o Thomas Pynchon y él también quería hacer algo insólito que le convirtiera en “maldito” de la noche a la mañana.
Okjsgord también explicó que hace unos años, cuando vió el fenómeno en que se convertía la trilogía Millenium tras la muerte de Stieg Larsson, vio reforzada su ilusión. Entonces llevaba 700 páginas de “El Babuino” y “se puso las pilas” para rematarla con 200 más.
“Nos dijo que iba a ser como ese escritor”, explicó un amigo suyo. “Pero no se daba cuenta que en ese caso el escritor se había muerto dejando atrás tres libros superventas. Stephan quería lo contrario: hacerse maldito sin morirse y sin enseñar nada de lo que había escrito”.
Qué pena que muchos autores reales, todos esos juntaletras sin tanlento pero con potente departamento comercial detrás, no emulen a Okjsgord y destruyan sus obras antes de publicarlas.
Gracias SunsetBoulevard.

Enrique Jardiel Poncela - ¡Mátese usted y vivirá feliz!

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La última entrada estaba dedicada a un movimiento literario con un único representente, el "ramonismo" y Ramón Gómez de la Serna. Hoy sigo por el mismo camino y la dedico a otro movimiento literario de invención española y con un único componente en su lista de autores: el "jardielismo" y Enrique Jardiel Poncela (ya puse más cosas de él aquí y aquí).
Enrique fue un novelista, cuentista, dramaturgo y guionista de cine madrileño, cuya obra se centró en el humor, un humor que rompió con el naturalismo-costumbrismo del humor español que imperaba en la época. La originalidad de Jardiel reside en la creación de situaciones grotescas, ridículas, increíbles, lo cual consigue por medio de ironías y diálogos ingeniosos, agudos y muy mordaces, llenos de sentencias que podrían considerarse aforismos.
Como el de todos los grandes cínicos, su humor, en algunas ocasiones, exige cierta formación intelectual-cultural del lector-espectador para ser entendido. Siempre bajo el truco, el disparate o la situación más absurda, esconde una dura y amarga crítica a la sociedad, reflejo de su desencantada visión de la realidad. Algunos lo colocan por ello dentro del movimiento del "absurdo". Tal vez su profundo pesimismo pueda encajar ahí, pero yo creo que su humor era demasiado cínico para ser absurdo.
Eugenio D'Ors dijo de él: "Dediqué una glosa a Jardiel cuando estrenó una de sus primeras piezas escénicas señalando su originalidad... ¿Un renovador? Tal vez, pero mejor un excéntrico de la literatura teatral. Porque Jardiel piensa y escribe excéntricamente, no por pose, sino por poseer su temperamento una genuina excentricidad..."
Su forma de anunciar los derechos de copia harían hoy la delicia de algunos dirigentes de ciertas sociedades de autores.
La falsificación, la traducción, la adaptación, el robo y el plagio, se perseguirán a tiros sobre motocicletas blindadas y, si es necesario, a cuchillada limpia, únicos procedimientos eficaces ya en el mundo.
That is the question (Que te crees tú esto).

¡MÁTESE USTED Y VIVIRÁ FELIZ!
La oratoria es una de las fuerzas ciegas de la Naturaleza. Agradezco vivamente las felicitaciones que el lector me está dirigiendo por haber construido la frase anterior, y paso enseguida a decir por qué opino que la oratoria es una de las fuerzas ciegas de la Naturaleza.
Y para decirlo del modo más claro trasladaré a estas cuartillas una curiosa historia. Oídme.
* * *
Mateo Ramos nació con el don de la oratoria, como podía haber nacido con una afección renal. No heredó aquella cualidad, pues sus padres no pudieron dejarle en herencia ni siquiera un cerebro selecto; así es que me sería dificilísimo explicar por qué misteriosas causas Mateo poseía el don de la oratoria.
Pero que lo poseía es indudable. Desde la cuna, la fuerza de su elocuencia se hizo sentir eficazmente a su alrededor. Su llanto al exigir —por ejemplo— el biberón, no era un llanto como el de los demás niños, ese llanto agudo, persistente e irresistible, merced al cual cuantos lo oyen piensan en el rey Herodes con melancólica nostalgia. Su llanto era apremiante, electrizante, enérgico e impe­rativo, igual que un clarín. Al percibirlo, todos los de la casa se precipitaban como centellas en busca del biberón, y a los pocos segundos Mateo se encontraba con seis biberones distintos para elegir. Su elocuencia empezaba a triunfar.
Y siguió triunfando.
En los juegos infantiles le bastaban dos palabras para que todos los juguetes de sus amiguitos pasaran a sus manos.
En el Instituto no se movía la hoja de un árbol ni la hoja de un libro contra la voluntad de Mateo.
Y en la Universidad él llevaba a sus compañeros a la huelga o los encerraba en las aulas con sólo un discursillo de dos o tres minutos.
De suerte que Mateo Ramos, como los churreros avezados, po­día ufanarse de mover la masa a su capricho.
Triunfó en la vida. Y fracasó en el amor; porque se esforzaba en enamorar a las mujeres intensificando su elocuencia, nunca su­po que a las mujeres sólo se las enamora intensificando los besos.
Como todo aquel que fracasa en amor, Mateo se hizo pesimista.
(Es absurdo, pero cuando un hombre ve su amor rechazado por una mujer morena, en lugar de dedicarse a buscar una mujer rubia, que sería lo lógico, se dedica a decir que la vida es una comedia odiosa, la Humanidad una jaula de chacales y la Galvanoplastia una cosa importante).
Con su pesimismo a cuestas, Mateo se hizo reconcentrado y hosco; paseaba solo, llamaba idiotas a los vendedores de cacahuetes, pegaba puntapiés a los árboles y sacaba la lengua a las estatuas.
—¡Es un caso perdido!— pensaba yo al verle.
Por aquellos días ocurrió que una Sociedad cultural invitó a Mateo a dar una conferencia en sus salones. Mateo accedió. Y de­claró que el título de su charla sería este extraño consejo: "¡Mátese usted y vivirá feliz!"
Me prometí no faltar al acto.
El local rebosaba de público. Había expectación enorme por oír al "rey de la oratoria", como anunciaban los programas. Cuatro gramófonos esperaban que Mateo empezase a hablar para recoger en sus discos vírgenes cuanto dijese el conferenciante.
Diez minutos más tarde el acto comenzaba.
Mateo Ramos prolongó su charla asegurando que la vida no merecía la pena de ser vivida.
Hizo observar cómo nuestra mayor razón de vivir estriba en crecer y multiplicarse, y construyó unos admirables períodos, de­mostrando que el crecer era una cosa aburridísima y que el multi­plicarse sólo traía consigo dolores y sobresaltos.
Cuando todos estuvimos bien convencidos de que crecer y multiplicarse era una verdadera equivocación, Mateo pasó a estu­diar los estímulos que podemos tener los humanos para seguir viviendo. Eran éstos, según él, la riqueza, el poder, la paternidad, el amor, etc., etc.
—La riqueza no se alcanza casi nunca —dijo— y cuando se alcanza nos llena del terror de perderla y nos hace duros de corazón.
—El poder sólo lleva consigo angustias y tribulaciones —declaró— y la Muerte acaba con todo poder humano.
—La paternidad —dijo— nunca puede compensarnos del dolor de ver sufrir a los hijos.
Y adujo razones y más razones que fortificaban su tesis con una elocuencia arrebatadora.
Los oyentes estábamos ya hechos polvo. Casi todos llorábamos, y muchos gemían a gritos.
—En cuanto al amor —siguió Mateo implacable— es una mentira gigantesca. Al año de habernos muerto, la persona que nos adoraba sólo nos recuerda el día de nuestro santo. Y a los cinco años, ni el día de nuestro santo siquiera. ¿Qué nos queda, pues, para ser felices? ¡Nada, señores, nada! Por eso yo me encararía con el Hombre y le diría: "¡Mátese usted y vivirá feliz!" Por eso yo...
Todavía la oratoria de Mateo siguió derribando el edificio de la felicidad humana. Y su palabra tenía tal poder de sugestión que las personas del público fueron abandonando poco a poco el salón de actos v comenzaron a suicidarse en el vestíbulo.
Cada dos o tres segundos se oía un nuevo tiro.
—¡Ya ha caído otro! —pensaba yo con angustia.
Mateo seguía hablando arrebatadamente, y en el vestíbulo continuaba la racha de suicidios.
Al poco rato sólo yo quedaba en el salón. Intenté resistir a Mateo, pero no pude, y salí del vestíbulo y me tiré por el hueco de la escalera.
* * *
De las quinientas personas que habían compuesto el público de la conferencia sólo un oficial de Ingenieros y yo sobrevivimos, des­pués de tres meses de cama.
Como empezaba a fulgir la primavera, y como no nos influía ahora la oratoria de Mateo, ambos estábamos encantados de vivir. Una tarde, mientras merendábamos, alguien nos dio la noticia terrible:
—Mateo Ramos se ha suicidado ayer.
¿También Mateo? Yo no me explicaba aquello. Todo el mundo sabe que el que predica una cosa es siempre el único que no la hace. Los cirujanos no se dejan operar; los farmacéuticos no consienten en tomar ninguna medicina; los cocineros apenas si comen dos o tres fruslerías; los vendedores de aparatos no oyen nunca la radio, y las gallinas no toman huevos fritos.
¿Por qué, pues, Mateo que predicaba el suicidio, se había suicidado?
Me lo explicó al día siguiente el oficial.
—A Mateo —dijo— le ha convencido su propia oratoria. Parece ser que había comprado los discos de gramófono impresionados con su conferencia. Pues bien; cuando los puso en su gramola y se oyó hablar a sí mismo, la fuerza de su oratoria era tal que Mateo quedó más impresionado aún que los discos y se comió dos kilos de estricnina.
* * *
He aquí explicado por qué he dicho al principio que a juicio mío la oratoria es una de las fuerzas ciegas de la Naturaleza.

Mark Twain - "Autobiografía"

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Dos o tres personas me escribieron en diferentes ocasiones diciéndome que si yo publicaba mi autobiografía tal vez la leerían cuando sus ocupaciones se lo permitieran. En vista de este interés frenético, creo que debo acceder a las demandas del público.
Aquí está, entonces, mi autobiografía:
Soy de ascendencia ilustre, y mi familia tiene una trayectoria de una antigüedad incalculable. El primero de los Twain que recuerda la historia no fue un Twain, sino un amigo de la familia, apellidado Higgins. Esto ocurría en el siglo XI, y nuestros antepasados vivían entonces en Aberdeen, con­dado de Cork, Inglaterra. Hasta hoy no hemos podido averiguar la causa misteriosa de que nuestra familia llevara el nombre materno de Twain, en vez del paterno de Higgins.
Tenemos ciertas razones domésticas muy poderosas para no haber continuado con la investigación de ese enigma históri­co. En algunos casos, los Twain adoptaron algunos alias, y siempre lo hicieron para evitar trastornos enojosos con funcionarios y policías. Pero, volviendo al asunto Hi­ggins, si mis lectores tienen una curiosidad muy intensa, dense por satisfechos con sa­ber que el misterio se redujo a un incidente vago y romántico. ¿Qué familia antigua y de linaje no conserva el perfume de esas sombras poéticas sobre su paternidad y filiación?
Al primero, siguió Arturo Twain, cuyo nombre fue famoso en las crónicas de las encrucijadas inglesas.
Arturo tendría treinta años cuando se di­rigió a una de las playas más aristocráticas de Inglaterra, llamada vulgarmente presidio de Newgate, y muchas personas presencia­ron su repentina muerte en ese lugar de recreo.
Su descendiente, Augusto Twain, estaba de moda allá por el año 1160.
Este Twain era un humorista extraor­dinario. Tenía en su poder un viejo sable del mejor acero conocido en esos tiempos. Au­gusto Twain afilaba muy bien la brillante hoja de su sable y se ubicaba en un lugar conveniente del bosque a saludar a los caminantes. A medida que pasaban, Augus­to los ensartaba con su sable sólo por el placer de ver cómo saltaban, porque como ya dije, era muy original en sus diversiones.
Parece que por la perfección artística de su obra, llamó la atención pública más allá de lo conveniente. Algunas autoridades que estaban en el tema y habían tenido conocimiento de los rasgos humorísticos de Augusto, lo espiaron por la noche y se apro­piaron de su persona en el preciso momento en que llevaba adelante una de sus bromas. Los representantes de esas autoridades recibieron la orden de separar la extremi­dad superior de Augusto, y llevarla a un lugar elevado en Temple Bar. Todo el vecin­dario se congregaba diariamente para ver aquella parte de la persona de Augusto Twain, que nunca antes había ocupado un lugar tan destacado.
Durante los doscientos años que siguie­ron, es decir, hasta el siglo XIV, la familia fue enaltecida por las proezas de muchos héroes, a los que les tocó en suerte -de otro modo habrían muerto en la oscuri­dad-, seguir el camino victorioso de los ejércitos, cubriendo siempre la retirada y ser los primeros en abrir la marcha cuando se daba orden de regresar a los cuarteles después de la batalla. Se engañaba Froissart al asegurar que el árbol genealógico de nuestra familia sólo tenía dos ramas en ángulo recto con el tronco, y que se distin­guía de otros árboles en que daba frutos durante todo el año. Esa es una calumnia y una tontería del viejo cronista.
Llegamos al siglo XV. En esa época flo­reció Twain el Hermoso, también llamado el Letrado o El de la Pluma de Oro. Tenía una habilidad insuperable para imitar la letra y la firma de todos los mercaderes de aquel país. La gente caía muerta de risa al ver cómo sacaba ganancia de ese don en el que alcanzó una completa perfección. No se podía pedir más.
Desgraciadamente, parece que, a causa de una de esas firmas, mi antepasado se comprometió a servir de picapedrero en una carretera durante un largo período de años, y que la rudeza del trabajo le echó a perder la mano para una obra delicada como era la de su práctica caligráfica.
De vez en cuando, dejaba el penoso tra­bajo de la carretera, pero poco tiempo des­pués volvía a engancharse por algunos años, y así estuvo, con breves interrupciones, cer­ca de medio siglo, mejorando las vías de co­municación y empeorando sus ya debili­tadas facultades para el manejo de la pluma.
Todo tiene compensaciones. Tal era la satisfacción de los capataces de la carrete­ra, que en los últimos años mi glorioso ante­pasado no se alejaba más de una semana del lugar de sus tareas, y los representantes de la autoridad lo convencían muy fácilmente para que volviese al servicio público.
Así murió, honrado y llorado por todos. Perteneció a la Orden de la Cadena. Lle­vaba siempre el cabello muy corto, y de­mostraba un gusto especial por la ropa de tela con rayas. Casi nunca usaba otra, y el Gobierno se la proporcionaba gratuitamen­te. He dicho que la patria lloró la muerte de mi antepasado, sin duda a causa de sus servicios; pero más que nada por la periodici­dad que adquirió en el trabajo de las carreteras.
Pasados ciertos años, nuestra familia se engrandeció con el glorioso nombre de Juan Morgan Twain. Vino a los Estados Unidos en compañía de Colón, aunque como simple pasajero de su carabela.
Parece que mi antecesor era un hombre de temperamento amargo. Durante la travesía no dejó de quejarse al patrón del buque, por la mala comida, y amenazaba con que­darse en la playa si no mejoraba el servicio. Insistía sobre todo en que se le diera sábalo fresco, aunque no hay en los mares de América. Andaba siempre en cubierta, con las manos en los bolsillos del pantalón, y cuando pasaba junto a don Cristóbal se reía groseramente en su cara. Decía mil horrores contra él en los grupos de pasajeros y tripu­lantes. Entre otras cosas, aseguraba que Colón no tenía la menor idea sobre América, y que había emprendido el cami­no a ciegas, puesto que aquel era su primer viaje al Nuevo Mundo. Cuando uno de los marineros gritó: "Tierra" todos se conmovieron. Sólo él permaneció indiferente. Contempló la mancha gris con un vidrio ahumado, -que, según ciertos cronistas, era un pedazo de botella-, y exclamó con desdén: "No hay tierra. ¡Que me cuelguen si lo que vemos no es una balsa de indios americanos!".
Al embarcarse, no traía más que un en­voltorio de periódico, en el que había un pañuelo, una media de lana, una de algo­dón, un camisón y no sé qué otro objeto. Cada pieza tenía iniciales diferentes. Sin embargo, durante el viaje inventó la novela de su baúl y no cesaba de hablar de su baúl.
Todos los pasajeros juntos desaparecían y quedaban anulados cuando se presentaba mi antepasado en la cubierta. Si el buque hundía la proa, mi bisabuelo llamaba a los marineros para que llevaran su baúl a popa y se colocaba en el lugar conveniente con el fin de ver lo que estaba sucediendo. Si se sumergía la popa, al instante mi célebre antepasado buscaba a Colón para sugerirle la maniobra indicada, y ofrecía su baúl.
¿Quieren saber qué contenía ese baúl? Les responderé en pocas palabras que mi antepasado era un hombre extraordinario. Consulten el Diario de Colón, y verán lo que dice el Almirante de las Indias. No acusa a mi antepasado. No hace una indicación que, aunque disimuladamente, su­giera la idea de una conducta incorrecta. Colón se limita a afirmar que aquel periódi­co y aquellos pares de medias se convirtieron durante el viaje en un gran cargamento. Ya no se hablaba de un baúl, sino de los baúles del Sr. Twain. Eran tantos, que no entraban en la bodega, y estaban sobre cubierta. Los marineros no podían hacer la maniobra ni oír las órdenes, por la acumulación de los objetos que formaban la pro­piedad exclusiva e indiscutible de mi bisabuelo.
Al desembarcar, mi antepasado entregó a los cargadores de América cuatro grandes baúles y cuatro cestas de mimbre, dos de ellas eran las que contenían el champán con que fue celebrado el descubrimiento. Mi antepasado volvió a bordo y le reclamó a Colón, exigiéndole que detuviera a los otros pasajeros, ya que sospechaba que le habían robado. Hubo un alboroto en la carabela, y Morgan Twain fue echado de cabeza al agua.
Todos se asomaron a la borda para ver su agonía; pero, a pesar de que permanecieron largo rato con los ojos clavados en la super­ficie del mar, no aparecieron ni las burbujas indicadoras de la muerte del célebre viajero. El interés crecía de momento a momento, en presencia de aquel acontecimiento tan extraordinario.
En esto se observó que la carabela iba a merced de las olas porque el cable del an­cla de proa flotaba sobre el agua. La de­sesperación sesperación fue general y profunda. Si se consultan los papeles de Colón, se encontrará esta curiosa nota: "Descubriese que el pasajero inglés se había apoderado del ancla, e vendióla por cierto oro e otras co­sas de la tierra a los dichos salvajes, e decíales que era un amuleto".
Sin embargo, sería imposible negar los buenos instintos de mi antepasado. Él fue el primero que trabajó por la disciplina y su­peración de los habitantes de América, pues construyó una gran cárcel y puso enfrente una horca. Aunque la crónica de donde sacamos estas noticias deja en blanco mu­chos hechos de mi ilustre antepasado, cuenta que un día, al ir a ver el funcionamiento de la horca, por un accidente voluntario de parte de los indígenas, Twain quedó colgado de ella. A él le corresponde, por lo tanto, el honor de haber sido el primer blanco que mecieron las brisas americanas, con el cue­llo amarrado al extremo inferior de una cuerda europea. La cuerda, al parecer, le causó lesiones en el cuello, y el primer Twain de América falleció a los pocos ins­tantes de colgado.
Dije que Juan Morgan Twain fue mi bis­abuelo; pero debe entenderse esto en senti­do figurado. Uno de los descendientes de aquel malogrado precursor, floreció en mil seiscientos y tantos. Se le conocía en mu­chos países con el nombre del Almirante. La historia lo menciona y le atribuye otros títu­los de los que hablaremos en su oportunidad. Comandaba embarcaciones muy rápidas. La velocidad era parte esencial para el negocio de las flotas de aquel an­tepasado. También se preocupaba mucho por llevarlas bien provistas y armadas con muchos cañones, carabinas y armas de abordaje.
Prestó grandes servicios para hacer más activo el comercio marítimo. En efecto, cuando mi antepasado llevaba cierto rumbo, los navíos que iban delante desple­gaban todas sus velas para cruzar el Océano. Si alguna embarcación se atrasaba y por alguna de las tantas causas que mi antepasado no tenía bien en claro, quedaba cerca de las flotas del Almirante, este sufría un acceso de violencia y castigaba al buque que se había retrasado llevándolo con él. Al tranquilizarse, conservaba el navío, con su tripulación y cargamento, en espera de los armadores y de los destinatarios de la mer­cancía; pero estos hombres eran tan indo­lentes, que no iban a reclamar los bienes de su legítima propiedad, y mi antepasado te­nía que apropiárselos para que no se perdieran. A veces los tripulantes de los navíos eran tan perezosos, que el Almirante les recetaba baños de mar, y los marineros que tomaban esos baños gustaban mucho de ellos. Pocas veces volvían a pisar la cubierta después de comenzar el higiénico chapuzón.
Un acontecimiento desgraciado cortó la carrera del Almirante. Su viuda creía que si en vez de la carrera de su esposo se hubiera cortado la cuerda de que se le suspendió, no habría muerto aquel hombre en plena madurez y en pleno triunfo. Estos le valieron que la historia le designase con el nombre de pirata.
Carlos Enrique Twain vivió a fines del si­glo XVII. Era un misionero tan celoso en el cumplimiento de sus deberes, como grande por el poder que alcanzaron sus habilida­des. Convirtió a 16.000 naturales de las is­las del Pacífico. Tenía tal conocimiento de los textos sagrados, que convenció a aque­llos infelices paganos de la insuficiencia de un collar de dientes de perro y unos anteo­jos para cubrir la desnudez del cuerpo du­rante las ceremonias del culto divino. Sus feligreses le querían tanto y tanto le apre­ciaron que, cuando murió, se chupaban los dedos y decían que aquel era el más deli­cioso de los misioneros. Hubieran querido otros como él para repetir el banquete fúne­bre. Pero no todos los días nacen misio­neros que dejen un sabor tan agradable en los paladares del trópico.
La segunda mitad del siglo XVIII tuvo por gloria y esplendor la vida del más in­trépido de los Twain. Era nombrado entre sus compatriotas -los pieles rojas- con un nombre revelador: se lo llamaba el Gran Cazador de Ojo de Cerdo (Pagago-Pagagua-Puquequivi) y fue quien prestó sus ser­vicios a Inglaterra contra el tirano Washington. Este guerrero indio, antepasado mío, fue el que disparó diecisiete veces contra el mencionado Washington, ocultándose en el tronco de un árbol. Es exacto, por lo tanto, el relato poético que hacen los libros esco­lares; pero estos engañan al público cuando afirman que después del disparo número diecisiete de su mosquetón, el guerrero dijo: "El Gran Espíritu reserva a este hombre para una importante misión", y que ya no se atrevió a seguir disparando. Lo que dijo fue: "Yo no pierdo mi pólvora y mis balas. Ese hombre está borracho, y no puedo hacer blanco". Tal es la verdad histórica. ¿No les parece que debemos preferir los relatos que nos recomienda el sentido común y que tienen el tono y el aroma de la posibilidad?
A mí me gustaban mucho las anécdotas de indios, en los libros escolares; pero no vamos a creer que por el simple hecho de errarle dos tiros a un blanco, todo indio va a creer que el soldado había escapado sano y salvo porque está predestinado por el Gran Espíritu para una misión futura. Y si al­guien me dice que fueron diecisiete los dis­paros contra Washington, yo contestaré que en un siglo la historia convierte dos tiros en diecisiete y aun en diecisiete mil. Sería cu­rioso que de todos los indios videntes, sólo acertase el de Washington, si no en los tiros, en la predicción. No habría suficientes li­bros para consignar predicciones que han hecho los indios y otras personas graduadas en la misma facultad; es decir, las predic­ciones que no se cumplieron.
Ahora, si tomamos las que se cumplie­ron, yo podría llevarlas a todas en los bolsi­llos de mi abrigo, y me sobrarían bolsillos. Debo advertir de paso, que muchos de mis antepasados fueron muy conocidos por sus apodos. Como la historia los ha hecho fa­mosos, creo que no vale la pena extenderse en este punto de la vida terrenal de nuestra familia. ¿Quién no sabe que fueron miem­bros de ella el famoso pirata Kidd; Jack, el Destripador, y aquel incomparable Barón de Münchhausen, gloria de las letras? Tampoco mencionaré a los parientes lejanos, y ha­blando de ellos globalmente, diré solamente que se distinguieron de la rama principal en un rasgo curioso. Efectivamente, los Twain murieron colgados; los otros murieron en sus camas, de muerte natural, lamentados por los compañeros de presidio.
Yo aconsejo a todos los que escriban au­tobiografías que se detengan al borde de los tiempos modernos. Así, alcanza con una mención vaga y general del bisabuelo. De allí se salta al autobiografiado.
Siguiendo este consejo diré que yo nací completamente privado de dientes. En esto me superó Ricardo III; pero no nací con joroba, y en esto, le gané yo. Mis padres no fueron excesivamente pobres ni llamativa­mente honrados.
Al llegar a este punto, me invade un pensamiento. ¿Escribiré una autobiografía que parecería descolorida, comparada con la de mis antiguos antepasados? Es de per­sonas sabias cambiar de opinión, y después de haberlo pensado bien, creo que mi vida no merecerá escribirse sino cuando me hayan llevado a la horca. ¡Qué feliz sería el público si las biografías de otros hombres se hubieran limitado a hablar de sus antepasa­dos, aguardando el acontecimiento al que estoy haciendo mención!

Jorge Pinto (VI)

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Dando en el clavo, como siempre.




Nota. Publicado con el permiso del autor.

Ramón Gómez de la Serna

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En los comentarios de la entrada anterior se apuntaba que, tal vez, el humor de Poncela (lo que han llamado algunos, el jardielismo) fuera muy avanzado y que el humor de la época pudiera parecerse a lo que hoy hace un exventrílocuo famoso. Ya comenté que no compartía esa comparación. En la época de Jardiel y en la anterior hubo autores de humor de la talla de Miguel Mihura, Arniches, Muñoz Seca o Wenceslao Fernández Florez (ya quisiera el exventrílocuo parecerse en el color del pelo a cualquiera de estos). Tal vez, de esa época que va de finales del XIX a la primera mitad del XX, el escritor de humor más rompedor de todos fue Ramón Gómez de la Serna (Ramón, como le gustaba que lo llamasen), a caballo entre el absurdo, el surrealismo y creo que, en realidad, fuera de toda etiqueta. Sus "Greguerías" son imprescindibles.
A él debemos citas que son clásicos:
"Amor es despertar a una mujer y que no se indigne"
"Si te conoces demasiado a ti mismo, dejarás de saludarte"
En la entrada correspondiente de la wikipedia encontré un enlace a youtube en el que aparece un monólogo del propio Ramón. Así que hoy no pongo un texto, que sea el propio Ramón quien nos lo cuente.

"El orador"

Nunca he tenido muy claro por qué a Poncela, uno de los autores más cínicos, absurdos, hilarantes y divertidos que ha dado este país, la mayoría de la gente lo considera carca y cutre. Tal vez porque no lo han leído.


LAS MUJERES

¡ESPERA UN SEGUNDO!

¡Las mujeres...! ¡Oh las mujeres!

(Máxima de monsieur Dupont)

Advertencia previa. — Señores: hay que declarar que a las mujeres no se las ha estudiado debidamente. Lo mismo ocurre con la ley Hipotecaria.
En todas las literaturas existen cientos de libros dedicados al estudio de la mujer, pero esos libros no tienen ningún valor real y exacto. Hora es ya, señores, de que se haga un estudio, siquiera sea ligero, de esos seres que Dios concedió a los hombres para su felicidad y para su desesperación. Soy audaz y voy a lanzarme a semejante trabajo. Que las musas me estén propicias.
Vamos a sorprender a las mujeres en uno de sus aspectos: cuando se preparan para salir de casa.
Mariano Luján es el protagonista de esta breví­sima historia. Me extraña mucho que el protagonis­ta se llame Mariano, pero, efectivamente, se llama así. Mariano es un hombre inadmisible, propio sólo para un invitado de boda de café. Es muy difícil decir Mariano e imaginarse un hombre de buen gusto. Pero yo ruego al lector que haga un intenso esfuerzo mental y que al leer Mariano Luján vea, con las pupilas de la fantasía, un individuo de charla fácil e ingeniosa, sentimental y alegre, caballeresco como Amadís de Gaula y agradable como un cheque contra el Banco de Londres. Es decir, lo que se llama un hombre de buen gusto.
Evelia Ansó es la protagonista. Tampoco es sen­cillo sorprender tras el nombre de Evelia una mujer chic. Declaramos que Evelia es un nombre de anciana de Clases pasivas. Y adviértanse las terribles di­ficultades con que lucho para presentar a los prota­gonistas, Evelia y Mariano, tal y como son; es decir, elegantes, delicados, distinguidísimos. ¿Se puede lle­gar a la emoción artística diciendo: «¡Evelia de mi alma!»? ¿Y exclamando: «¡Mariano adorado!»? No. Es evidente que con tales nombres no se puede lle­gar a la emoción artística. Pero no importa. Amo las dificultades y voy a elaborar mi historia con Maria­no y con Evelia.

Protección ¿quién dijo miedo?

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Ya lo dijo Mel hace unos días:


Que se lo digan al Papa, ¿acaso no sabe que las escoltas no solucionan el problema sino que lo agravan?

Bernardo Vergara - "La crisis"

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Bernardo Vergara (Vergara) es un humorista gráfico que publica sus tiras en "el jueves" y "Público". Su visión de la crisis es bastante acertada.




Carrera corta

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Excelente análisis, en sólo una viñeta, de lo que significa "medicina alternativa". El análisis fue realizado por Andrés Diplotti en su blog "La pulga snob".

"La única medicina alternativa y es una medicina mejor"

Jorge Pinto (V)

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Nota. Publicado con el permiso del autor.

Fernando Lázaro Carreter - "Elogio del entusiasmo"

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Mi primer recuerdo de Lázaro Carreter es que era el autor de mis libros de lengua de BUP. Aquello era aburridísimo. Esa era la imagen que tenía del académico. Cuando me hice mayor me volví a encontrar con él en las páginas del diario "El País" de los domingos. Mi concepción cambió completamente. Este artículo fue publicado el 18 de enero de 2004.

Incomparable poder el del entusiasmo. Tenemos bien cerca la prueba: estos días pasados, la gente miró el calendario, recordó qué era preciso hacer en tales fechas, y se lanzó enardecida a comprar langostinos. El arrebato mutó días después, y se convirtió en pasión por las prendas de punto rebajadas. No hay aún estadística oficial del INE, pero es probable que el valor de lo gastado en tales cosas, euro arriba, euro abajo, supere lo imaginable. No hubiera ocurrido así de no haber movido al pueblo aquel impetus sacer que decían los romanos. Pues bien, si esa proeza del entusiasmo es notable, ¿qué cabrá pensar del hecho acontecido en Oviedo hace poco? Actuaba la celebrada pianista de Azerbaiyán, Bella Davidovich, y tan enorme fue su éxito que los ovetenses la premiaron, según un cronista, con "caudalosas ovaciones". ¿No es claro que entusiasmo tan descomunal, mayor aún que el que pone en su empuje el Orinoco, se adueñó de los oyentes, los cuales, al batir frenéticas y unánimes palmas, levantaron vendaval tan caudaloso, que el viento empujó tal vez a la señora Davidovich y a su piano hacia el fondo del escenario? Al menos, es lo que imagino desde que leí al enfático.

En el extremo contrario, es decir, en el de los comunicadores que aspiran a la minuciosidad suprema, de modo que no quede ni un átomo de misterio a los lectores, cabe situar al artista de la exactitud que, dando cuenta de un parto feliz, precisó que su resultado fue "una niña de género femenino". No creo que ello sea albarda sobre albarda, dado el caos sexual vigente: niñas que serán niños masculinos, niños hoy reparables que serán de género mujeril, mixtos variados que dan lugar a una humanidad de incalculable porvenir combinatorio, hacen que no sobre la precisión del esmerado informador. Bien por su entusiasmo puntilloso.

Parece que todo esto guarda estrecha relación con la inclinación proveniente de Adán y Eva al ayuntamiento entre mujeres y hombres, y otras variantes, acción que, por lo fino y a la francesa, puede llamarse en la riquísima lengua castellana hacer el amor. Ya nos habíamos hecho a esta expresión, perfectamente espiritual si se compara con lo silvestre de nuestros sinónimos. Evoca la emoción placentera y entusiasta que impulsa a las criaturas a erigir, a edificar aquello que la gentilidad elevó a la categoría de dios. Así de a gusto andábamos con hacer el amor, cuando he aquí que, atravesando el Atlántico Norte, nos llega una fórmula más eficiente y noblemente prosaica para aludir a lo mismo. Es practicar el sexo, con lo cual se equipara este vital ejercicio con otros tan fundamentales como practicar el francés o la bandurria o el "windsurfing". Sugiere además la posibilidad de dedicarse a eso solo, con grados de aplicación diversos que van desde el más inocente "amateurisme" a la capacidad encestadora de los Lakers. Dicho de esa manera, todo parece fabril, como en cadena de montaje, sin espacio para la casual y gozosa y hasta demorada intervención del azar. Hurga por nuestra lengua esa expresión inglesa desde hace unos treinta años, y se la reparten casi por igual periodistas y sexólogos. A pesar de ello, la natalidad no ha aumentado, lo cual es extraño dada la facilidad que da el estimulante anglicismo.

Pero la fiereza selvática del entusiasmo es tal que está desahuciando a significados de sangre limpia en nuestra lengua. Eso ocurre con el adjetivo discriminatorio, tal como se emplea en este informe de prensa según el cual un político catalán "recordó que el Estatuto de Autonomía y la Ley de Normalización Lingüística exigen que haya medidas discriminatorias positivas a favor de la lengua catalana, en sectores tan concretos como los medios de comunicación, y el uso social de la lengua". No es sorprendente que el adjetivo galicista discriminatorio sea de introducción muy tardía en castellano -vía Argentina y Colombia-: se documenta en Francia hacia 1950, y en nuestro Diccionario no aparece hasta 1970; en cuanto a discriminación, entró antes, en 1925, pero con localización en aquellos países, y con la acepción de "separar, distinguir, diferenciar una cosa de otra", que era aproximadamente la francesa desde que esta lengua la adoptó del latín hacia 1870. Y hasta 1956, la Academia no le quitó la marca geográfica, dando por hecho que el término se había extendido ya por todo el idioma. Pero de aquella significación gala, que se empleaba allí en el lenguaje docto, se adueñó pronto el vulgo vecino para aludir al "trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.", tal como explicó la Academia en 1970 cuando acogió esta nueva acepción francesa. Había triunfado en todos los confines del idioma (sin que llegara a desaparecer la primera entre los más cultos; así, cuando el gran Lafuente Ferrari considera imposible discriminar qué manos intervinieron en un cuadro). Sin embargo, cuando hoy se habla de discriminación, se entiende que a alguien o a algo se les está haciendo la puñeta por el mero hecho de existir. Pero, al fin, advino el inglés con su pragmatismo salvador; por supuesto, había importado, como el español, las dos acepciones francesas, pero dio con otra: la de `trato diferente´. Y como este puede ser no sólo desfavorable sino propicio, hubo necesidad de distinguir entre la positive discrimination y la que, a secas, es desfavorable. Mucho más lógica, aunque bastante tonta, es la expresión que, también en inglés alterna con ella: reverse discrimination, algo así como `discriminación al revés´. Pero se extendió por el español la discriminación positiva, y el Diccionario académico ni alzó una ceja al hacerle un hueco en sus columnas. Fue otra prueba del entusiasmo que el infolio pone en engordar la lengua.

Y ¿cómo olvidar al especialista en deportes que, durante el verano, dijo de los ciclistas del Tour que iban en fila indiana? ¿Y a este perito de ahora, que, al dar cuenta de su análisis acerca del tiempo que han durado en sus puestos quienes han dirigido al Real Madrid hacia su gloria, concluye que "Vicente del Bosque es el segundo entrenador más longevo del Madrid"? Nadie dudará de que esos adjetivos resultan de un arrebatado esfuerzo por hacer que el idioma sea, por lo menos, digno de Ynduráin y del Real.

Fervor no menos encomiable por él es el del político que, en la feroz rebatiña que los absorbe, ha decidido, según la prensa, "propugnarse para el cargo", de seguro pingüe. Y, a causa de ello, arrebatado por su afán de servir al común, vence lo imposible -¿él o el periodista?- haciendo reflexivo el verbo propugnar, que significa `defender, amparar´, y enriqueciendo su pobre significado con el de postular: lo que el aspirante a patricio quiere es postularse, pero dice o le hacen decir propugnarse, y quien sea se queda tan pancho como un Creso del idioma.

Jonathan Swift - "Una modesta proposición"

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Una modesta proposición:
Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una
carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público


Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.

Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.

Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.

Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.

Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.

El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.

Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.

Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.

Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.

Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.

He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.

Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.

Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos mas niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.

Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.

Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.

En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.

Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.

Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán, el reino no estaría peor.

Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.

He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como de la mayor importancia.

En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura episcopal.

Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo desconocido para ellos.

Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente producidos y manufacturados por nosotros.

Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año.

Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.

Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un aborto.

Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.

Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones, especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.

No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.

Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.

Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas, añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre.

Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.

El ateobús se diversifica

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Seguro que todos estáis al tanto del autobús ateo que recorre algunas ciudades. Esta imagen es ya un clásico en la prensa:

En el blog de Ismael Valladolid, "La media hostia", decidieron ampliar la campaña:

La cosa se disparó, la gente empezó a gastar bromas:

Pero lo peor estaba por llegar. Esta mañana me he levantado y al mirar por la ventana me he encontrado con esto:


Probablemente esto es una tontería, deja de preocuparte y diseña tu propio ateobús:
http://ruletheweb.co.uk/b3ta/bus/

Babayada del día (XI)

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Hay quien ha visto el vídeo y dice que el señor que habla ha bebido. Yo dudo entre la bebida, pegamento esnifado de mala calidad, lametones a la piel de algunos sapos o algún tipo de seta tóxica.
La verdad, prefiero ser una atea necia que una creyente tan razonable como este buen señor.

Casi mejor que soy atea

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Soy atea. Sí, eso es cierto, pero no soy atea el cien por cien del tiempo. En ocasiones me convierto en creyente y, cuando se me pregunta, reconozco que practico una religión, el pastafarismo.
Los creyentes en las religiones clásicas me comentan de lo absurdo de mi creencia ¿cómo alguien inteligente -gracias, gracias- y con estudios puede creer en semejante memez? Es cierto, tienen razón. Eso me hace pensar. Gracias a cadenapeco he encontrado algo que me ha hecho reflexionar y convencerme de lo estúpido de creer en un dios con forma de espagueti.



Como digo en el título de la entrada, tras ver el vídeo, casi mejor que soy atea.

Don Addis

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En "A desgana" encontré esta viñeta de Don Addis. Parece que le ha leído el pensamiento a Rouco.

Sidney Harris (III)

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¿El creacionismo llevado a las matemáticas?



Muchas veces la culpa de que la gente no se interese por la ciencia es de los propios científicos



Yo conozco algún comercio así

Sidney Harris (II)

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Algo, por desgracia, demasiado frecuente en las librerías.