Mostrando entradas con la etiqueta mansfield. Mostrar todas las entradas

Katherine Mansfield - "Veneno"

Posted by La mujer Quijote in ,

Siempre se había considerado a Mansfield como la grande de la literatura neozelandesa y ahora resulta, según un artículo de la wiki, que era extranjera. Claro que en ese artículo se considera también extranjeros a autores como Frank Sargeson o Janet Frame. ¡Cuánto tonto suelto!

El correo tardaba mucho. Cuando volvimos de nuestro paseo después del desayuno, aún no había llegado.
Pas encoré, madame —cantó Annette, escabulléndose de nuevo hacia la cocina.
Llevamos nuestros paquetes al comedor. La mesa estaba puesta. Como siempre, la vista de la mesa arreglada para dos, dos personas solas, tan acabada, tan perfecta, que no dejaba lugar para un tercero, me producía un extraño y rápido estremecimiento, como si hubiese sido golpeado por aquel resplandor plateado que vibraba sobre el mantel blanco, las copas brillantes y el tazón poco profundo lleno de flores amarillas.
—¡Dichoso cartero! ¿Qué puede haberle ocurrido? —exclamó Beatrice—.
Deja estas cosas por ahí, querido.
—¿Dónde las quieres?
Levantó la cabeza y sonriéndome con su modo suave y burlón, dijo:
—Bobo... en cualquier sitio.
Pero sabía perfectamente que tal lugar no existía para ella, y habría preferido quedarme durante meses sosteniendo la botella de licor y los pasteles, antes que arriesgarme a producir el más ligero sobresalto a su exquisito sentido del orden.
—Dámelos, yo los guardaré. —Los dejó caer sobre la mesa, junto con sus guantes largos y una cesta de higos—. «La Mesa del Desayuno», historia corta por... por... —me asió por el brazo—. Salgamos a la terraza... —la sentí estremecerse—, ça sent —dijo tenuemente—, de la cuisine...
Me había dado cuenta últimamente, hacía dos meses que vivíamos en el sur, que cuando quería hablar de comida, del clima o sencillamente de su amor por mí, siempre empleaba el francés.
Nos sentamos en la balaustrada, bajo la marquesina. Beatrice estaba inclinada, mirando a lo lejos..., hacia la carretera blanca con su defensa de cactus espinosos. La belleza de su oreja, tan sólo su oreja, tan maravillosa que habría podido dejar de mirarla y gritar hacia toda aquella extensión de mar centelleante que teníamos debajo: «Saben..., su oreja... Tiene unas orejas que son simplemente lo más, ...»
Iba vestida de blanco, perlas blancas alrededor de su garganta y lirios del valle prendidos en el cinturón. En el tercer dedo de la mano izquierda lucía un anillo con una perla... No llevaba anillo nupcial.
—¿Por qué llevarlo, mon ami? ¿Para qué fingir? ¿A quién crees que le importe?
Y claro está, estuve de acuerdo, aunque en mí interior, en lo mas profundo de mi corazón, habría dado mi alma para poder estar a su lado en una gran, si, gran iglesia de moda, atestada de gente, con un cura viejo y La Voz que alentó en el Paraíso, con ramos de laurel y olor a incienso, sabiendo que había una alfombra roja y papelillos de colores en el exterior, y en algún sitio, un pastel de boda, champaña y un zapato de raso atado a la parte trasera del coche... si hubiese podido deslizar nuestro anillo de bodas en su dedo..,.
«Oh, Dios,.. qué torturadora felicidad..., qué angustia...»
Miré hacia la casa, hacia la ventana de nuestra habitación tan misteriosamente oculta tras las persianas verdes. ¿Era posible que llegase moviéndose a través de la luz verde, sonriendo con aquella sonrisa secreta, la lánguida y brillante sonrisa que era sólo para mí?
Puso su brazo alrededor de mi cuello; con la otra mano, suave, terriblemente, me echó el cabello hacia atrás, «¿Quién eres? ¿Quién era ella? Era… la Mujer.»
La primera tarde tibia de primavera, cuando las luces brillaron como perlas a través del perfume de las liras y de voces que murmuraban en los jardines florecientes, fue cuando cantó en la casa alta con las cortinas de tul. Como quien marchaba bajo la luz de la luna a través de la ciudad desconocida, suya era la sombra que surgió a través del oro tembloroso de los postigos. Cuando se encendió la lámpara en la quietud recién nacida, sus pasos cruzaron tu puerta. Y miró hacia fuera, hacia el crepúsculo de otoño, pálida en sus pieles, mientras el coche se deslizaba...
El caso es que para no alargarme demasiado, en aquel momento yo tenía veinticuatro años. Y cuando se recostó en su asiento, con las perlas resbalando bajo la barbilla, y suspiró: «Tengo sed, querido. Donne-moi un orange», alegremente, con gusto, habría sacado una naranja de las fauces de un cocodrilo, «si los cocodrilos comieran naranjas»
Beatrice canto:
«Tuve yo dos pequeñas alas
y donde un pajarilla alado...»
La cogí de la mano.
—¿No te irás volando?
—No muy lejos; a lo sumo al final de la carretera.
—¿Y por qué allí?
—«Él no llega, dijo ella...» —citó.
—¿Quién? ¿El viejo cartero? Pero si no estás esperando ninguna carta,
—No, pero es igualmente molesto... ¡Ah! —De pronto se echó a reír y se me acercó—. Mírale, allí viene… Parece un escarabajo azul»
Juntamos nuestras mejillas y observamos como el escarabajo azul empezaba a subir la cuesta. —Querido —susurró Beatrice.
Y la palabra pareció quedarse en el aire, vibrando como la nota de un violín.
—¿Qué hay?
—No lo sé —rió suavemente—. Una oleada... una oleada de afecto, supongo. La rodeé con el brazo. —¿Entonces no te irás volando?
Contestó rápida y suavemente:
—¡No, no! Por nada del mundo. De verdad… me gusta este lugar. Me encanta estar aquí. Me parece que podría quedarme durante años. Nunca había sido tan feliz como en estos dos últimos meses, y tú, querido, has sido tan perfecto para mí, en todos los sentidos.
Era tan hermoso, tan extraordinario y sin precedente oírla hablar de aquel modo, que procuré no darle importancia.
—¡Por favor! Parece que te estés despidiendo.
—Tonterías, tonterías. ¡Estas cosas no las digas ni en broma! —deslizó su pequeña mano bajo mi chaqueta blanca y asió mi hombro—. Has sido feliz aquí, ¿verdad?
—¿Feliz? ¿Feliz? Oh, Dios, si supieras lo que siento en este momento. ¿Feliz? ¡Mi tesoro! ¡Mi alegría!
Solté la balaustrada y la abracé, levantándola en mis brazos. Y mientras la mantenía en alto, hundí mi cara en su seno, diciéndole:
—¿Eres mía?
Y por primera vez en todos aquellos desesperados meses en que la conocí, aun contando el último mes de... seguramente… Cielos, creí en ella cuando me contestó:
—Sí, soy tuya.
El ruido de la verja y los pasos del cartero sobre la grava nos separaron.
Me sentía como mareado. Permanecí allí sonriendo, y por lo que me pareció, bastante estúpidamente. Beatrice se acercó a las sillas de junco.
—¿Vas a ver… a ver si hay cartas? —preguntó.
Me incorporé, casi tambaleándome. Pero era demasiado tarde, Annette llegaba corriendo.
Pas de lettres —dijo.
Mi sonrisa atolondrada cuando me tendía los diarios, debió haberla sorprendido. Estaba loco de felicidad. Lancé los periódicos al aire y canté.
—¡No hay cartas, querida!
Al reunirme con ella, la mujer amada estaba tendida en una tumbona.
Por un momento, no contestó. Después dijo lentamente, mientras rasgaba la envoltura del periódico:
—Los que olvidan el mundo son olvidados por él.
Hay ocasiones en que la única cosa posible es encender un cigarrillo. Es más que un aliado, un pequeño amigo, leal y secreto que lo sabe todo y lo comprende todo perfectamente. Mientras fumas, lo miras, sonriente o serio, según lo pide la ocasión. Inhalas profundamente y expeles el humo en un lento abanico. Aquel era uno de esos momentos. Fui hacia la magnolia y aspiré su perfume. Después volví a su lado y me recosté contra su hombro. Entonces tiró con rapidez el periódico al suelo.
—No dice nada —afirmó ella—. Nada. Hay únicamente un juicio por envenenamiento. Si un hombre mató o no a su esposa. Y por ello veinte mil personas se han sentado diariamente en el tribunal y dos millones de palabras han sido radiadas a todo el mundo después de cada sesión.
—Estúpido mundo —repuse yo, dejándome caer en otra silla.
Quería olvidar el periódico, volver, claro está que paulatinamente, al instante que precedió a la llegada del cartero. Pero cuando habló, supe por su voz que el momento había pasado. No importaba. Me gustaba esperar, quinientos años si era necesario, ahora que lo sabía.
—No tan estúpido —dijo Beatrice—. Después de todo, por parte de esas veinte mil personas, no es sólo mórbida curiosidad.
—¿Qué es, entonces, querida? —el cielo sabía que no me importaba.
—¡Culpabilidad! —gritó—. ¡Culpabilidad! ¿No te das cuenta? Están fascinados como la gente enferma se deja fascinar por pequeñas noticias sobre su propio caso. El hombre del banquillo puede ser inocente, pero la mayoría de las personas que asiste al juicio son envenenadores. ¿No se te ha ocurrido pensar —estaba pálida por la excitación— en la cantidad de envenenadores que andan sueltos? En los matrimonios, la excepción la forman los que no tratan de envenenarse el uno al otro. Los matrimonios y los amantes. ¡Oh! —gritó—. El número de tazas de té, vasos de vino, tazas de café que están contaminadas. Las que me han dado a mí y he bebido, sabiéndolo o sin saberlo..., arriesgándome a ello. La única razón por la que muchas parejas —se rió — sobreviven, es porque uno teme darle al otro la dosis fatal. Para esa dosis se necesita empuje. Pero está destinada a llegar más pronto o más tarde. Una vez se ha dado la primera pequeña dosis, ya no hay modo de volverse atrás. Es el principio del fin, desde luego... ¿No estás de acuerdo? ¿Comprendes lo que quiero decir?
No esperó a que le contestase, se quitó los lirios del valle y se recostó pasándoselos ante los ojos.
—Mis dos maridos me envenenaron —dijo Beatrice. —El primero me dio una fuerte dosis casi inmediatamente, pero el segundo fue un verdadero artista. Sólo unas gotas, una y otra vez, bien disimuladas.., ¡Oh, tan bien disimuladas!... Hasta que una mañana desperté y en todo mi cuerpo, hasta la punta de los dedos, había un matiz especial. Llegué a tiempo…
Oírle mencionar a sus maridos con tanta calma, especialmente en aquel momento, era doloroso. No pude soportarlo. Me disponía a hablar cuando de pronto ella gritó lúgubremente:
—¿Por qué? ¿Por qué tenía que pasarme a mí? ¿Qué he hecho? ¿Por qué toda mi vida ha sido marcada? Es una conspiración.
Traté de explicarle que ella era demasiado perfecta para aquel mundo horrible…, demasiado exquisita, demasiado fina. Asustaba a la gente.
Bromeé,
—Pero... yo no he tratado de envenenarte,
Beatrice rió tenuemente de un modo extraño y mordisqueó el tallo de un lirio.
—¡Tú! —exclamó—. ¡Si no eres capaz de hacerle daño a una mosca!
Curioso. Aquello me hizo daño. Mucho daño.
En aquel momento llegó Annette con nuestros apéritifs. Beatrice se sentó, tomó una copa de la bandeja y me la tendió. Vi el brillo de la perla en lo que yo llamaba su dedo perlado. ¿Por qué me había sentido herido por sus palabras?
—¿Y tú no has envenenado a nadie? —pregunté, tomando la copa.
Aquello me dio una idea y traté de explicársela.
—Tú... tú haces lo contrario. Cómo llamarías a alguien como tú, que en vez de envenenar a las personas, las llenas a todas, al cartero, a nuestro chófer, al barquero, a la florista, a mí... de una nueva vida, con algo que irradia, tu belleza, tu...
Sonrió soñadoramente y soñadoramente me miró,
—¿En qué estás pensando, mi delicioso amor?
—Me preguntaba —dijo— si después de comer te importaría ir al pueblo y pedir el correo de la tarde. ¿Podrás hacerlo, querido? No es que espere ninguna carta, pero... pensé que quizá... sería tonto no tenerlas si están allí. ¿No te parece? Sería absurdo esperar hasta mañana.
Dio la vuelta entre sus dedos al pie de su copa… Inclinaba la hermosa cabeza. Levanté mi copa y bebí bastante… Sorbía lenta, deliberadamente, mirando la cabeza oscura y pensando en… carteros, escarabajos azules y adioses que no son adioses y…
¡Dios mío! ¿No era aquello sorprendente? No, no era sorprendente. La bebida tenía un sabor estremecedor, amargo, curioso.

Katherine Mansfield - "Vida de Ma Parker"

Posted by Arabella in ,

Cuando el caballero literato, cuyo apartamiento limpiaba la anciana señora Ma Parker todos los martes, le abrió la puerta aquella mañana, aprovechó para preguntarle por su nieto. Ma Parker se detuvo sobre el felpudo del pequeño y oscuro recibidor, alargó el brazo para ayudar al señor a cerrar la puerta, y sólo después replicó apaciblemente:

-Ayer lo enterramos, señor.

-¡Dios santo! No sabe cuánto lo siento -dijo el caballero literato en tono desolado. Estaba a medio desayunar. Llevaba una bata deshilachada y en una mano sostenía un periódico arrugado. Pero se sintió incómodo. No podía volver al confort de la sala sin decir algo, sin decirle algo más. Y como aquella gente daba tanta importancia a los entierros, añadió amablemente:

-Espero que el entierro fuese bien.

-¿Cómo dice, señor? -dijo con voz ronca la anciana Ma Parker.

¡Pobre mujer! Estaba acabada.

-Que espero que el entierro fuese bien... -repitió.

Ma Parker no respondió. Agachó la cabeza y se encaminó hacia la cocina, llevando aquella usada bolsa de pescado en la que guardaba las cosas de la limpieza, un mandil y unas zapatillas de fieltro. El literato enarcó las cejas y volvió a sumirse en su desayuno.

-Supongo que está abatida -dijo en voz alta, tomando un poco de mermelada.

Ma Parker se quitó los dos alfileres que le sujetaban la toca y la colgó detrás de la puerta. Se desabrochó la raída chaqueta y también la colgó. Luego se ató el mandil y se sentó para quitarse las botas. Ponerse o quitarse las botas era un verdadero martirio, pero lo había sido durante años. De hecho estaba ya tan acostumbrada a aquel dolor que su rostro se contraía en una mueca dispuesto a sentir el pinchazo mucho antes de que hubiese empezado a desatarse los lazos. Terminada esta operación, se recostó momentáneamente en la silla con un suspiro y empezó a frotarse suavemente las rodillas...



-¡Abuela, abuela! -gritaba su nietecillo subido con sus botines sobre su falda. Acababa de volver de jugar en la calle.

-¡Mira cómo le has dejado la falda a la abuela...! ¡Malo, más que malo!

Pero él le echaba los brazos al cuello y frotaba su mejillita contra la de ella.

-Abuelita, ¡danos una moneda! -le decía, zalamero.

-Fuera de aquí; ya sabes que la abuela no tiene dinero.

-Sí, sí tienes.

-No, no tengo.

-Sí, sí tienes. ¡Danos una moneda!

Y ella ya estaba buscando su bolso viejo y desvencijado de cuero negro.

-Muy bien, ¿y tú a cambio qué le darás a tu abuela?

El niño soltó una tímida risita y se apretujó más contra ella. Notó sus pestañas haciéndole cosquillas en la mejilla.

-Pero si yo no tengo nada... -murmuró el niño.



La anciana se levantó como impulsada por un resorte, tomó el hervidor de metal que estaba sobre la cocina de gas y la llevó hasta el fregadero. El ruido del agua llenando el hervidor amortiguó su dolor, o eso parecía. Aprovechó para llenar también el balde y el barreño.

Se necesitaría un libro entero para describir el estado de aquella cocina. Durante la semana el caballero literato «se las apañaba solo». Lo cual significaba que vaciaba una y otra vez los restos del té en un tarro de mermelada colocado ex profeso para tal fin, y cuando se quedaba sin tenedores limpios limpiaba uno o dos en un trapo de cocina. Por lo demás, como solía explicar a sus amigos, su «sistema» era bastante sencillo, y no acababa de entender cómo la gente tenía tantos problemas con la vida doméstica.

-No hay más que ensuciar todo lo que tienes, contratar a una vieja una vez por semana para que lo limpie todo, y ya está.

El resultado era una especie de descomunal basurero. Incluso el suelo estaba plagado de trozos de tostadas, sobres y colillas. Pero Ma Parker no le tenía inquina. Le daba lástima que aquel pobre caballero, todavía joven, no tuviese quién le cuidara. Por la ventanita tiznada se divisaba una inmensa extensión de cielo tristón, y siempre que había nubes parecía que fuesen nubes raídas, usadas, desgastadas por los bordes, agujereadas, como oscuras manchas de té.

Mientras el agua se calentaba Ma Parker empezó a barrer el suelo. «Sí -pensó, mientras la escoba iba dando bandazos-, entre una cosa y otra ya he soportado lo mío. Ha sido una vida dura.»

Incluso sus vecinos se lo decían. Muchas veces, cuando volvía exhausta a casa llevando aquella bolsa de pescado, les oía decir, entre ellos, mientras esperaban en una esquina, o se inclinaban sobre la verja de alguna casa: «Vaya una vida dura que le ha tocado vivir a la pobre Ma Parker». Y era tan cierto, que no sentía el menor orgullo por ello. Era como si alguien hubiese comentado que vivía en el sótano interior del número 27 ¡Qué vida más dura...!



A los dieciséis años había abandonado Stratford para ir a Londres como ayudante de cocina. Sí, había nacido en Stratford-on-Avon. ¿Shakespeare, decía? No, señor, todo el mundo le preguntaba siempre por él. Pero nunca había oído ese nombre hasta verlo en las carteleras de los teatros.

Ya no recordaba nada de Stratford excepto aquel «sentados junto al hogar podían verse las estrellas por la chimenea», y «mamá siempre había tenido sus lonjas de tocino colgando del techo». Y aún había algo más -una mata-, junto a la puerta de la casa, una mata que siempre olía maravillosamente. Pero la mata era algo muy difuso. Sólo la recordó una o dos veces en el hospital, la vez que había estado tan enferma.

Aquella casa había sido horrible: la primera casa. No la dejaban salir nunca. Nunca subía a la planta como no fuese para rezar por la mañana y por la noche. El sótano no estaba mal, pero la cocinera era una mujer cruel. Le quitaba las cartas que le escribía su familia antes de que hubiese tenido tiempo de leerlas y las echaba al fuego porque la hacían soñar... ¡Y las cucarachas! ¿Quién lo hubiera dicho, eh? Pues lo cierto era que hasta que había ido a Londres jamás había visto una cucaracha negra. Al llegar a este punto Ma siempre soltaba una risita, como si... ¡mira que no haber visto nunca una cucaracha! ¡vaya! Era como si alguien dijera que nunca se había visto los pies.

Cuando aquella familia fue desahuciada se fue como «ayudanta» a la casa de un doctor, y después de dos años allí, corriendo arriba y abajo todo el día, se casó con su marido. Un panadero.

-¡Un panadero, señora Parker! -exclamaba el caballero literato. Porque algunas veces dejaba de lado sus volúmenes y la escuchaba o, al menos, escuchaba ese producto llamado Vida-. ¡Debe de ser bastante bonito estar casada con un panadero!

La señora Parker no parecía tan segura.

-Es un oficio tan limpio -argüía el literato.

La señora Parker no estaba muy convencida.

-¿No le gustaba entregar el pan calentito a los clientes?

-Mire, señor -decía Ma Parker-, yo no subía a la tahona muy a menudo. Tuvimos trece niños y enterramos a siete. ¡Cuando aquello no era un hospital, era una enfermería, como quien dice!

-Ni que lo diga, señora Parker ni que lo diga -exclamaba el literato, estremeciéndose, y volviendo a empuñar la pluma.

Sí, siete habían muerto, y cuando los otros seis todavía eran pequeños su marido se volvió tísico. Harina en los pulmones, le había dicho a ella el médico... Su marido estaba sentado en la cama con la camisa subida hasta la cabeza, y el dedo del doctor trazó un círculo sobre su espalda.

-Fíjese, si ahora se abriese un agujero aquí, señora Parker, vería que tiene los pulmones embozados de pasta blanca. Respire, buen hombre, ¡respire hondo! -Y la señora Parker jamás supo si había visto o si había imaginado que veía una gran nube de polvo blanco salir de los labios de su pobre marido...

Y lo que había tenido que luchar para sacar adelante a aquellos seis renacuajos y para mantenerse en pie. ¡Había sido terrible! Y entonces, cuando ya empezaban a ser suficientemente mayores para ir al colegio, la hermana de su marido había ido a vivir con ellos para ayudarles un poco, y cuando todavía no llevaba allí dos meses se había caído por una escalera lastimándose el espinazo. Y durante cinco años Ma Parker cargó con otro niño -¡y vaya una cuando le daba por llorar!- a quien cuidar. Luego la pequeña Maudie optó por el mal camino y arrastró con ella a su hermana Alice; los dos chicos emigraron, y el pequeño Jim se fue a la India con el ejército, y Ethel, la más pequeña, se casó con un camarerillo pelafustán que murió de úlceras el año que nació el pequeño Lennie. Y ahora le había tocado al pequeño Lennie, mi nietecito...

Lavó y secó la pila de tazas y de platos sucios. Limpió los cuchillos negros con un trozo de patata y con el corcho de un tapón. Fregó la mesa, el aparador y el fregadero en el que flotaban colas de sardina...

Nunca había sido un niño demasiado fuerte, nunca, desde que nació. Era uno de esos bebés rubios a quien todo el mundo toma por una niña. Tenía rizos blancos, plateados, ojos azules, y un lunar, como un diamante, a un lado de la nariz. ¡Lo que les había costado a Ethel y a ella criarlo! ¡Habían probado tantas cosas que habían leído en los periódicos! Cada domingo por la mañana Ethel leía en voz alta mientras Ma Parker hacía la colada.



Señor director:

Sólo un par de líneas para comunicarle que mi pequeño Myrtil que se hallaba grave de muerte... Y tras cuatro frascos de... aumentó 8 libras en 9 semanas, y todavía continúa engordando.



Y entonces sacaban del aparador la huevera que servía de tintero y se escribía la carta, y al día siguiente por la mañana, camino del trabajo, Ma compraba el impreso para el giro postal. Pero no servía de nada. No había modo de que el pequeño Lennie engordase.

Ni siquiera llevándolo al cementerio cogía un poco de color; y un buen ajetreo en el autobús tampoco lograba que mejorase su apetito.

Aunque desde el principio había sido el niño mimado de su abuela...

-¿Quién te quiere a ti? -dijo la anciana Ma Parker abandonando los fogones y dirigiéndose hacia la mugrienta ventana. Y una vocecita tan cálida y próxima que casi la sobresaltó -pues parecía brotar de debajo de su corazón- se echó a reír, respondiendo: «¡La abuelita!».

En aquel momento se oyeron pasos y el literato apareció, vestido de calle.

-Señora Parker, voy a salir.

-Perfectamente, señor.

-Encontrará la media corona en la bandejita del tintero.

-Gracias, señor.

-Por cierto, señora Parker -dijo el caballero rápidamente-, ¿no tiraría usted por casualidad un poco de cacao la última vez que vino a limpiar, verdad?

-No, señor.

-¡Qué extraño! Hubiera jurado que quedaba una cucharadita de cacao en la lata -explicó-. Y -añadió amablemente pero con firmeza-: siempre que tire alguna cosa dígamelo, ¿eh, señora Parker? -Y salió muy contento de sí mismo, convencido, en realidad, de haberle demostrado a la señora Parker que, bajo su aparente despiste, era tan observador como una mujer.

Se oyó el portazo. Ma Parker tomó la escoba y el trapo del polvo y se encaminó al dormitorio. Pero cuando empezó a hacer la cama, tirando de las sábanas, metiéndolas bien y alisándolas, el recuerdo del pequeño Lennie se hizo insoportable. ¿Por qué había tenido que sufrir tanto? Eso era lo que ella no podía comprender. ¿Por qué aquel angelito había tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos por respirar, luchando por cada gota de aire? No tenía ningún sentido que un niño sufriese de aquel modo.

Del pecho del niño, de aquella cajita, salía un sonido como si algo hirviese. Tenía un gran bulto, algo bulléndole en el pecho y no podía expulsarlo. Cuando tosía toda la cabecita se le cubría de sudor; los ojos se le saltaban, le temblaban las manos, y el gran bulto oscilaba como una patata dentro de un cazo. Pero lo peor de todo era que cuando no tosía permanecía sentado, recostado en la almohada, y nunca hablaba ni contestaba, incluso hacía como si no oyese. Se limitaba a quedarse con la mirada fija, como si estuviese ofendido.

-La abuelita no puede hacer nada, cariñín -decía Ma Parker, apartándole suavemente el pelo húmedo de las coloradas orejas. Pero Lennie movía la cabeza y se apartaba. Parecía tremendamente enfadado con ella... y solemne. Agachaba la cabeza y la miraba de reojo, como si nunca hubiera podido pensar que su abuela fuese capaz de aquello.

Cuando menos... Ma Parker echó la colcha sobre la cama. No, simplemente no podía pensar en ello. Era demasiado... le había tocado sufrir demasiado en esta vida. Y hasta ahora había aguantado, no había dejado que el sufrimiento hiciese mella en ella, y nadie la había visto llorar ni una sola vez. Nunca, nadie. Ni sus hijos la habían visto dejarse dominar por la desesperación. Siempre había mantenido la cabeza alta. ¡Pero ahora...! Lennie había muerto... ¿qué le quedaba? Nada. Era lo único que le quedaba en esta vida, y ahora también se lo habían llevado. «¿Por qué habrá tenido que ocurrirme precisamente a mí?», se preguntó.

-¿Qué he hecho? -dijo la anciana Ma Parker-. ¿Qué he hecho?

Y mientras pronunciaba estas palabras dejó caer inesperadamente el plumero. Y se encontró en la cocina. Se sentía tan desgraciada que volvió a ponerse el sombrero y las agujas que sujetaban la toca y la chaqueta y salió del apartamiento como una sonámbula. No sabía lo que hacía. Era como una persona que traumatizada por el horror de lo que le acaba de ocurrir, echa a andar... sin dirección alguna, simplemente como si andando pudiese alejarse...

En la calle hacía frío. Soplaba un viento helado. La gente pasaba con andar rápido, muy aprisa; los hombres caminaban como tijeras; las mujeres deslizándose como gatos. Pero nadie sabía nada, a nadie le preocupaba. Aunque se hubiese dejado llevar por la desesperación, aunque después de todos aquellos años se hubiese echado a llorar, tanto si le gustaba como si no, habría terminado por encontrarse metida en algún aprieto.

Y al pensar en la posibilidad de llorar fue como si el pequeño Lennie hubiera vuelto a saltar a sus brazos. Ah, sí, eso es lo que quiero hacer, pichoncito. La abuela quiere llorar. Si ahora pudiese romper a llorar, si pudiese llorar cuanto quisiera, por todo cuanto le había ocurrido, empezando por la primera casa en la que había servido y aquella cruel cocinera, siguiendo por la familia del doctor, por los siete hijos muertos, por la muerte de su marido, por la partida de los hijos, si pudiese llorar por todos aquellos años de miseria que llevaban hasta el pequeño Lennie. Pero llorar cabalmente por todas esas cosas requería muchísimo tiempo. De todos modos, había llegado el momento de hacerlo. Tenía que hacerlo. No podía continuar aplazándolo ni un minuto más; ya no podía esperar... ¿Adónde podía ir?

«Una vida muy dura la de Ma Parker, muy dura.» ¡Sí, más de lo que creían, durísima! La barbilla le empezó a temblequear; no tenía tiempo que perder. Pero ¿adónde?, ¿adónde?

No podía ir a su casa; Ethel estaba allí. La pobre se hubiera llevado un susto de muerte. No podía sentarse en un banco en cualquier parte; la gente se pararía a hacerle preguntas. Y no podía regresar al hogar del caballero literato; no tenía ningún derecho a llorar en casa de otros. Y si se sentaba en la escalera de cualquier edificio algún policía le diría que estaba prohibido hacerlo.

¡Ay! ¿No existía ningún sitio donde pudiese esconderse, estar sola tanto como quisiera, sin que nadie la molestase y sin molestar a otros? ¿No existía ningún lugar en el mundo donde pudiese, por fin, solazarse llorando?

Ma Parker permaneció inmóvil, mirando a uno y otro lado. El gélido viento le hinchó el delantal como si fuese un globo. Y empezó a llover. No, aquel sitio no existía.

Katherine Mansfield - "El encuentro"

Posted by Arabella in ,

Empezamos a hablar.
­Nos miramos; dejamos de mirarnos.
Las lágrimas subían a mis ojos
pero no podía llorar,
deseaba tomar tu mano
pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban
para nuestro próximo encuentro
pero las dos sentíamos en el corazón
que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma­
-Escucha, dije, es tan fuerte
como el galope de un caballo en un camino solitario,
así de fuerte, un caballo galopando en la noche-.
Me hiciste callar en tus brazos
­pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.
Dijiste "No puedo irme: todo lo que vive de mí
está aquí para siempre".
Después te fuiste.
El mundo cambió. El ruido del reloj se hizo más débil,
se fue perdiendo –se tornó minúsculo-
Susurré en la oscuridad: “Moriré si se detiene”.