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Ambrose Bierce - "Una noche de verano"

Posted by La mujer Quijote in ,

El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición –tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la situación–, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones. Pero, muerto... no. Sólo estaba muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotada en aquel momento de una patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo se movía en la superficie. Era aquella una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, que avanzaban por el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.
Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una facultad de medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza favorita era la de que «conocía todas las ánimas del lugar.» Por la naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer. Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando.
El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedarse amontonada a uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y camisa blanca.
En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado. Los hombres huyeron profiriendo gritos horribles, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada del mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.
Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.
–¿Lo has visto? –exclamó uno de ellos.
–¡Dios! Sí... ¿Qué vamos a hacer?
Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro Jess. El negro se puso de pie, sonriendo, todo ojos y dientes.
–Estoy esperando mi paga –dijo.
Desnudo sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.

Ambrose Bierce - "Mi crimen favorito"

Posted by Arabella in ,

Después de haber asesinado a mi madre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y tuve que hacer frente a un juicio que duraría siete años. El juez del tribunal de Absolución, el encomendar al jurado su tarea, señaló que mi crimen era uno de los más espantosos que le había tocado resolver en su vida.
En ese momento, mi abogado se levantó y dijo:
–Con la venia de su señoría, los crímenes son horribles o agradables sólo cuando se los compara. Si usted conociera los detalles del anterior asesinato que mi cliente cometió, el de su tío, apreciaría en su último delito (si es que así puede denominarse) una cierta compasión paciente y consideración filial hacia los sentimientos de la víctima. De la espantosa crueldad que acompaña al primer crimen no podía deducirse, si se quería ser consecuente, más que un veredicto de culpabilidad. De no haber sido porque el magistrado presidente del tribunal dirigía una compañía de seguros que aceptaba pólizas contra el ahorcamiento (una de las cuales había sido suscrita por mi cliente) no sé de qué otra manera decente podría haber sido absuelto. Si su señoría fuera tan amable de escuchar, a título de ilustración y asesoramiento, el relato de los hechos, mi desdichado cliente accedería a exponerlos bajo juramento a pesar del gran dolor que le causa.
El fiscal intervino:
–Protesto, su señoría. Tal declaración sería considerada como prueba testimonial y éstas ya han sido cerradas. El relato del acusado debía haber sido expuesto hace tres años, en la primavera de 1881.
–De acuerdo con el procedimiento –dijo el juez–, tiene usted toda la razón, y en un tribunal de Impugnaciones y Detalles Técnicos el fallo sería a su favor. Pero no en uno de Absolución. Por tanto no se acepta la protesta.
–Entonces, disiento –replicó el fiscal.
–No puede –continuó el juez–. Debe tener en cuenta que para disentir primero ha de conseguir que este caso sea transferido al tribunal de Disensiones presentando una moción formal debidamente acompañada de declaraciones juradas. Le recuerdo que a su predecesor en el cargo le denegué una moción similar durante el primer año de este juicio. Oficial, tome juramento al acusado.
Una vez cumplida esta formalidad habitual, hice mi declaración, tras lo cual el juez se sintió tan impresionado al ver la trivialidad del delito que se me imputaba que no tuvo necesidad de buscar más circunstancias atenuantes y solicitó al jurado mi absolución. Después, abandoné la sala con mi reputación limpia de toda mancha:
Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan. Mis padres (a uno de los cuales aún conservo, gracias a Dios, para consuelo de mis últimos años) eran personas honradas y cumplidoras. En 1867 nos trasladamos a California y nos establecimos cerca de Nigger Head, donde mi padre abrió un albergue para caminantes con el que prosperó más de lo que codiciosamente esperaba. Aunque era un hombre reservado y taciturno, su austeridad se ha relajado un poco con el paso de los años; creo que es únicamente el recuerdo del triste acontecimiento por el que se me juzga el que le impide manifestar auténtica alegría.
Cuatro años después de abrir aquel negocio, apareció un predicador ambulante que, al no tener mejor forma de pagar su alojamiento nocturno, nos obsequió con un sermón de gran categoría. Inmediatamente mi padre envió a buscar a su hermano, el honorable William Ridley de Stockon, a quien cedió el albergue sin cobrarle nada por el traspaso ni por los útiles que en él había, esto es, un Winchester, una escopeta de cañones recortados y un conjunto de máscaras hechas con sacos de harina. Entonces nos mudamos a Ghost Rock y abrimos un salón de baile. Se llamaba El Reposo de los Santos. El espectáculo comenzaba cada noche con una oración y fue allí donde mi santa madre se ganó, por su gracia en el baile, el sobrenombre de “La morsa saltarina”.
En el otoño de 1875 tomé la diligencia en Ghost Rock para ir a Coyote, que está en el camino de Mahala. Iba con otros cuatro pasajeros. Tres millas más allá de Nigger Head, unos individuos, a los que identifiqué como el tío William y sus dos hijos, nos asaltaron y, al no encontrar nada en la saca del correo, decidieron registrarnos. Mi actuación fue de lo más honrosa: me puse en fila con los demás, levanté las manos y me dejé robar cuarenta dólares y un reloj de oro. Nadie pudo sospechar por mi comportamiento que conocía a los caballeros que organizaban el espectáculo. Al cabo de unos días fui a Nigger Head a reclamar la devolución de lo robado. Mi tío y sus hijos me juraron que no sabían nada del asunto y aparentaron creer que habíamos sido mi padre y yo los que, con el ánimo de violar la buena fe por la que el comercio ha de regirse, habíamos cometido el asalto. El tío William llegó a amenazarme con la apertura de otro salón de baile en Ghost Rock como venganza. Me di cuenta enseguida de que esta operación, que parecía ventajosa, iba a ser nuestra ruina, pues El Reposo de los Santos había perdido mucho prestigio. Entonces le dije a mi tío que si me aceptaba en su proyecto y no le hacía ningún comentario sobre ello a mi padre, estaba dispuesto a olvidar lo ocurrido. Pero rechazó mi razonable oferta y fue entonces cuando empecé a pensar que las cosas irían mejor y serían más agradables cuando mi tio estuviera muerto.
Al cabo de cierto tiempo dedicado a perfeccionar los planes para acabar con él, se los comuniqué a mis padres y tuve la gran alegría de contar con su aprobación. Papá dijo que estaba orgulloso de mí y mamá me prometió que, aunque su religión prohibía colaborar en la destrucción de una vida humana, rezaría para que todo saliera bien. Lo primero que hice, para evitar ser descubierto y como medida cautelar, fue solicitar mi ingreso en la poderosa orden de los Caballeros del Crimen. A su debido tiempo fui nombrado miembro de la comandancia de Ghost Rock. El día que mi periodo de prueba terminó, tuve acceso, por primera vez, a los archivos de la orden y pude conocer quiénes eran sus miembros (hasta entonces los ritos de iniciación habían sido dirigidos por individuos enmascarados). Cuál no sería mi sorpresa cuando, al examinar la lista, descubrí que el vicecanciller segundo de la orden era mi propio tío, cuyo nombre aparecía en tercer lugar. Era algo que superaba todas mis ansias de grandilocuencia: al asesinato podría añadir la insubordinación y la traición. Mi madre lo habría llamado "un capricho especial de la providencia".
Por esos días se produjo un acontecimiento que hizo que mi alegría desembocara en una vorágine de felicidad: arrestaron a tres forasteros por el asalto a la diligencia. Se les juzgó y, a pesar de mis esfuerzos por salvarles e inculpar a tres de los ciudadanos más dignos y respetables de Ghost Rock, fueron condenados con las mínimas pruebas. Desde aquel momento, mi crimen podría ser todo lo infundado y disparatado que yo quisiera.
Una mañana me eché el Winchester al hombro y me dirigí a casa de mi tío. Pregunté a mi tía Mary, su esposa, si él estaba en casa y añadí que tenía la intención de matarle. Mi tía replicó, con su habitual sonrisa, que eran tantos los caballeros que llegaban con la misma idea y se marchaban sin obtener ningún resultado, que dudaba de mis intenciones. Agregó que no tenía aspecto de querer matar a nadie, así que, para demostrarle mi buena fe, cogí el rifle y le pegué un tiro a un chino que pasaba por allí. Entonces comentó que conocía a familias enteras que podían hacer cosas así, pero que Bill Ridley era harina de otro costal. Sin embargo, tras indicarme que podía encontrarle en el redil, al otro lado del río, se despidió de mí diciendo que esperaba que ganara el mejor.
Desde luego, la tía Mary era una de las personas más ecuánimes que he conocido.
Encontré al tío William arrodillado, enfrascado en la tarea de esquilar a una oveja. Estaba desarmado y no tuve el valor de dispararle. Me acerqué, le saludé amablemente y le sacudí un fuerte culatazo en la cabeza. Como suelo golpear bastante bien, le dejé tirado sobre un costado. Después, se dio la vuelta, desentumeció los dedos y se encrespó. Antes de que recuperara la posesión de sus miembros, agarré el cuchillo que había estado utilizando y le corté los tendones. Como usted sabrá, cuando se rompe el tendón de Aquiles, el paciente ya no puede usar la pierna, es como si no la tuviera. Bien, pues le corté los dos, y cuando quiso recobrarse, estaba totalmente bajo mi voluntad. En cuanto se percató de la situación dijo:
–Samuel, me tienes en tus manos y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero pedirte una cosa: llévame a casa y acaba conmigo en el seno familiar.
Le contesté que su petición me parecía razonable y que estaba dispuesto a hacer lo que me pedía si me dejaba meterle en un costal de trigo: sería más fácil transportarle y llamaríamos menos la atención si nos cruzábamos con algún vecino. Una vez que hubo aceptado, me fui al granero a por el saco. Pero no era fácil meterle dentro, pues mi tío era grueso y bastante alto. Decidí doblarle las piernas con las rodillas contra el pecho y embutirle dentro, tras lo cual hice un nudo sobre su cabeza. Aunque empleé todas mis fuerzas para llevarlo sobre la espalda, me resultaba bastante pesado. Fui dando trompicones hasta llegar a un columpio que unos niños habían colgado de la rama de un roble. Le puse encima y me senté sobre él a descansar. Al ver la cuerda se me ocurrió una feliz idea. Veinte minutos después, mi tío, aún en el saco, se balanceaba a merced del viento.
Había bajado la cuerda, y tras atar uno de sus extremos a la boca del saco y pasar el otro por encima de la rama, levanté el fardo a una altura de unos cinco pies. Amarré el último cabo de nuevo en el saco y tuve el placer de ver a mi pariente convertido en un pesado y hermoso péndulo. No parecía muy consciente del cambio que había sufrido, aunque, para ser justo con su recuerdo, debo decir que no creo que me hubiera hecho perder mucho tiempo con sus vanas protestas.
Mi tío tenía un carnero que era famoso en la región por sus dotes para la lucha. El animal estaba en un constante estado de indignación crónica: algún profundo desengaño durante sus primeros años de vida había amargado su carácter y le había llevado a declarar la guerra a todo ser viviente. Decir que siempre estaba dándose topetazos contra cualquier objeto no sería más que dar una ligera idea de la naturaleza y alcance de su actividad bélica. Todo el universo era su enemigo y sus métodos eran los de un proyectil. Peleaba como lo hacen los ángeles contra los demonios, a media altura; surcaba el aire como un pájaro, describiendo una parábola tras la que descendía sobre su víctima justo sobre el ángulo exacto de incidencia en el que mejor aprovechaba su fuerza y velocidad. Su impulso, calculado en kilográmetros, era algo increíble. Se le había visto destrozar a un toro de cuatro años con un simple impacto sobre su frente rugosa. No se conocía una sola pared de piedra que aguantara su embestida, ni había árboles suficientemente duros para soportarla: los hacía astillas y arrastraba sus frondosos galardones por el suelo. Esa bestia irascible y despiadada, esa personificación del rayo, estaba echada a la sombra de un árbol cercano, ansiosa de conquista y gloria. Y precisamente se me ocurrió colgar a su dueño tal y como he descrito con la idea de citarla más adelante en el campo del honor.
Una vez terminados los preparativos, transmití al péndulo avuncular un suave balanceo, y tras buscar protección en una roca cercana, solté un largo y agudo grito cuya débil nota final fue ahogada por un chillido que, procedente del saco, recordaba al de un gato furioso. Inmediatamente, aquel formidable morueco se puso en pie y comprendió la situación bélica de un solo vistazo. Tras un breve instante, se acercó piafando hasta unas cincuenta yardas del bamboleante adversario quien, con su avance y retroceso, parecía invitar al combate. Vi que el animal de repente doblaba la testuz como si le pesara la enorme cornamenta: desde aquel lugar, como una ondulante franja blanca apenas perceptible, se arrancó en dirección horizontal hasta llegar a poco menos de cuatro yardas del punto sobre el que se encontraba el enemigo. Entonces asestó una fuerte cornada hacia arriba y, antes de que pudiera percibir con claridad el lugar en el que había comenzado el movimiento, oí un golpe terrible seguido de un profundo alarido. Mi pobre tío salió disparado hacia adelante y la cuerda se elevó por encima de la rama a la que estaba sujeta. Al caer, se tensó de golpe y el vuelo se detuvo. Entonces comenzó a balancearse de nuevo lentamente hacia el otro extremo del arco descrito. El carnero había caído de bruces y apenas se distinguía más que una amalgama de lana, cuernos y patas; pero se recobró y, una vez esquivada la caída de su antagonista, se retiró sacudiendo la cabeza y dando patadas contra el suelo. Retrocedió más o menos hasta el mismo punto desde el que había lanzado el primer ataque y se detuvo; como si estuviera rezando para conseguir la victoria, agachó la cabeza y salió de nuevo disparado. Esta vez tampoco le pude ver con claridad: sólo capté la misma franja blanca que tras extenderse en monstruosas ondulaciones, terminaba en una brusca elevación. Su trayectoria formaba ángulo recto con la anterior y su impaciencia era tan grande que golpeó al enemigo antes de que éste hubiera alcanzado el punto más bajo del arco. Esto hizo que el fardo empezara a dar vueltas y más vueltas en sentido horizontal con un radio de unos diez pies, la mitad de la longitud total de la cuerda. Los alaridos de mi tío, crescendo cuando se acercaba y diminuendo al alejarse, hacían que la rapidez del giro fuera más perceptible con el oído que con la vista. Debido a la postura que tenía y a la distancia del suelo a la que estaba, recibía los golpes en las extremidades inferiores y en los riñones: se moría lentamente de abajo a arriba, como una planta que da con sus raíces en terreno ponzoñoso.
Tras este segundo golpe el animal no se retiró. La fiebre de la batalla hervía en su corazón y su cerebro estaba ebrio de sangre. Como un púgil que llevado por la rabia olvida lo mejor de su destreza y lucha cuerpo a cuerpo, intentaba alcanzar, con torpes saltos verticales, al fugaz enemigo que le pasaba por encima. Aunque a veces conseguía golpearle débilmente, casi siempre acababa en el suelo, pues su ardor iba mal encauzado. Cuando empezaba a agotarse, los círculos que el fardo describía se estrecharon y la velocidad de giro se redujo. Todo ello, unido al escaso trecho que había entre el saco y el suelo, hizo que su táctica produjera mejores resultados y se consiguiera una calidad de alarido superior. Yo disfrutaba con placer.
De repente, como si hubieran tocado retirada, el carnero suspendió las hostilidades y se alejó resoplando. Arrancó unas cuantas briznas de hierba y las masticó lentamente. Parecía cansado del fragor de la batalla y decidido a cambiar la espada por el arado y a cultivar las artes de la paz. Desde el campo de la fama avanzó con paso firme hasta una distancia de un cuarto de milla. Entonces, de espaldas al enemigo, se detuvo y continuó rumiando, medio dormido. Sin embargo, aprecié que de vez en cuando volvía ligeramente la cabeza, como si su apatía fuera más fingida que real.
Mientras tanto los gritos del tío William, y su movimiento, habían disminuido: no se oían más que unos largos y débiles lamentos junto a los que aparecía mi nombre pronunciado en un tono suplicante que resultaba de lo más agradable. Evidentemente mi tío no tenía la menor idea de lo que ocurría y estaba aterrorizado; ciertamente, cuando la muerte se acerca rodeada de misterio resulta terrible. Poco a poco el balanceo fue reduciéndose hasta que se detuvo. Cuando me iba acercando al fardo para darle el golpe de gracia, sentí una sucesión de rápidos temblores que sacudían la tierra, algo así como un pequeño terremoto. Me volví hacia donde estaba el carnero y vi una nube de polvo que se aproximaba a una velocidad tan inusitada que resultaba alarmante. Como a unas treinta yardas, se plantó bruscamente y me pareció ver que un enorme pájaro blanco se elevaba por los aires. Su ascenso fue tan suave, sencillo y regular que, admirado de su donaire, apenas pude captar su extraordinaria celeridad. Recuerdo que su movimiento era lento, intencionado. El morueco, pues no era otro que él, se elevaba con una fuerza distinta a la de su propio ímpetu y parecía ser sostenido en el aire con una ternura y cuidado infinitos. Su ascensión producía un gran placer, igual que antes había resultado aterrador verle aproximarse por tierra. El noble animal surcaba los cielos con la cabeza entre las rodillas y las pezuñas inclinadas hacia atrás como si fuera una garza en vertiginoso ascenso.
A los cuarenta o cincuenta pies, según recuerdo con ternura, alcanzó su cenit y se quedó inmóvil por un instante; entonces, sesgó el cuerpo hacia adelante y, sin variar la posición de sus miembros, salió disparado hacia abajo con una trayectoria cada vez más oblicua y una velocidad frenética. Pasó por encima de mí con el estruendo de una bala de cañón y golpeó a mi pobre tío exactamente en el centro de la cabeza. Tan espantoso fue el impacto que no sólo le partió el cuello sino que incluso la cuerda se rompió. El cuerpo del difunto se estrelló contra el suelo y fue deshecho por las cornadas del meteórico musmón. La sacudida detuvo todos los relojes entre Lone Hand y Dutch Dan y el profesor Davidson, que andaba por el lugar y era una autoridad en temas sísmicos explicó que las vibraciones iban de norte a sudoeste.
En resumen, creo que, en lo que a atrocidad artística se refiere, el asesinato del tío William ha sido superado en muy contadas ocasiones.

Ambrose Bierce - “Coup de grâce”

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La lucha había sido dura e incesante. Todos los sentidos lo atestiguaban: hasta el gusto de la batalla flotaba en el aire. Pero ya había terminado; sólo quedaba auxiliar a los heridos y enterrar a los muertos...; "limpiar un poco", como decía el humorista del pelotón de sepultureros. Era bastante lo que había que limpiar. Hasta donde abarcaba la vista dentro del bosque, entre los árboles descuajados, veíanse restos de hombres y caballos, entre los que se movían los camilleros recogiendo y transportando a los pocos que daban señales de vida. La mayor parte de los heridos habían muerto desangrados, cuando hasta el derecho de atenderlos se hallaba en disputa. Los heridos tenían que esperar, reglamentaban las ordenanzas del ejército. La mejor manera de cuidarlos es ganar la batalla. Debe admitirse que la victoria es una indudable ventaja para un hombre que necesita atención médica, pero muchos no viven para sacarle partido.
Los muertos eran puestos en hilera, en grupos de quince o veinte, mientras se cavaban las fosas que habían de recibirlos. A algunos, que estaban demasiado lejos, se les enterraba donde habían caído. Nadie se esforzaba demasiado por identificarlos, aunque en la mayoría de los casos los pelotones de enterradores, que espigaban en el mismo terreno que contribuyeran a segar, anotaban los nombres de los muertos victoriosos. A las bajas enemigas, ya era bastante que las contaran. Aunque esto tenía su compensación, porque a muchos los contaban varias veces; de ahí que el total que aparecía en el comunicado del comandante vencedor denotaba más bien una esperanza que un resultado.
A corta distancia del sitio donde uno de los pelotones de enterradores había establecido su "vivac de la muerte", un oficial de los federales se apoyaba contra un árbol. Desde los pies hasta el cuello, su actitud era de fatiga en reposo. Pero la cabeza movíase inquieta de un lado a otro. Su mente, al parecer, no descansaba. Quizá no sabía en qué dirección marcharse. Lo más probable era que no permaneciese allí mucho tiempo, porque ya los rayos oblicuos del sol poniente manchaban de rojo los claros del bosque, y los soldados exhaustos abandonaban su tarea. Era difícil que pernoctara entre los muertos. Después de la batalla, nueve hombres de cada diez le preguntaban a uno el paradero de alguna sección del ejército... como si alguien lo supiera. Indudablemente este oficial estaba extraviado. Tras descansar un instante, marcharía en pos de los pelotones de sepultureros.
Cuando todos se fueron, empezó a caminar a través del bosque, en dirección al rojo poniente, cuya luz le manchaba la cara con reflejos sanguíneos. El aire de confianza con que ahora avanzaba sugería que estaba en terreno familiar; había logrado orientarse. Marchaba sin mirar los muertos que yacían a derecha e izquierda. Tampoco le detenía la sorda queja de algún infeliz, olvidado por los grupos de rescate, que pasaría mala noche bajo las estrellas, sin más compañía que la sed. El oficial nada podía hacer: no era médico, no tenía agua.
Al extremo de una angosta quebrada —una simple depresión del terreno— yacía un pequeño grupo de cadáveres. Los vio. Apartose de pronto del camino que seguía y caminó rápido hacia ellos. Escrutándolos al pasar, se detuvo al fin ante uno que estaba a corta distancia de los demás, cerca de un matorral de arbustos. Lo miró atentamente: parecía moverse. Se agachó y le puso la mano en la cara. El cuerpo gritó.
El oficial era el capitán Downing Madwell, de un regimiento de infantería de Massachusetts, soldado inteligente y audaz, amén de hombre honorable.
En el regimiento había dos hermanos de apellido Halcrow. Caffal y Creede Halcrow. Caffal Halcrow era sargento en la compañía del capitán Madwell. Y esos dos hombres, el sargento y el capitán, eran íntimos amigos. Dentro de lo que permitía la diferencia de graduación, la disparidad de obligaciones y los requisitos de la disciplina militar, estaban siempre juntos. En realidad, se habían criado juntos. Y una costumbre del corazón no se desarraiga fácilmente. Caffal Halcrow nada tenía de marcial en su carácter ni en sus gustos, pero la idea de separarse de su amigo le resultaba desagradable; y por eso se alistó en la compañía de la que Madwell era entonces teniente. Ambos habían ascendido dos grados, pero entre el suboficial más alto y el oficial más subalterno, el abismo social es ancho y profundo; y aquella vieja relación, mantenida con dificultad, ya no podía ser idéntica.
Creede Halcrow, hermano de Caffal, era mayor del regimiento. Un hombre cínico, saturnino. Entre él y el capitán Madwell reinaba una antipatía natural, que las circunstancias habían alimentado y fortalecido hasta convertirla en activa animosidad. De no mediar la influencia moderadora de Caffal, es indudable que cada uno de estos patriotas habría tratado de privar a su país de los servicios del otro...

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Al iniciarse la batalla esa mañana, el regimiento cumplía una misión de avanzada, a una milla del cuerpo principal del ejército. Fue atacado y casi rodeado en el bosque, pero mantuvo a pie firme el terreno. Al disminuir momentáneamente la lucha, el mayor Halcrow se dirigió hacia el capitán Madwell. Cambiaron un saludo formal, y dijo el mayor:
—Capitán, el coronel le ordena avanzar con su compañía hasta el nacimiento de esa quebrada, y mantener la posición hasta nueva orden. No necesito subrayarle el carácter peligroso de la maniobra, pero si usted lo desea, imagino que puede entregar el mando a su primer teniente. No se me ordenó, sin embargo, autorizar esta substitución. Es simplemente una sugerencia personal y extraoficial.
A ese atroz insulto, replicó fríamente el capitán Madwell:
—Señor, le invito a participar en la maniobra. Un oficial montado sería un blanco perfecto, y siempre he sostenido la opinión de que usted valdría más si estuviera muerto.
Ya en 1862 se cultivaba en los círculos militares el arte de la réplica.
Media hora más tarde la compañía del capitán Madwell fue desalojada de su posición, con pérdidas equivalentes a un tercio de sus efectivos. Entre los muertos estaba el sargento Halcrow. Poco después el regimiento debió replegarse a las líneas principales, y al terminar la lucha se encontraba a varias millas de distancia.
El capitán estaba ahora de pie junto al amigo y subordinado.
El sargento Halcrow se hallaba mortalmente herido. El desgarrado uniforme dejaba ver el abdomen. Algunos de los botones de la casaca habían sido arrancados y estaban dispersos por el suelo, con otros fragmentos de su ropa. El cinturón de cuero estaba partido, y parecía que se lo hubieran arrancado debajo del cuerpo. No había mucha sangre derramada. La única herida visible era un ancho e irregular desgarrón en el abdomen, sucio de tierra y hojas muertas, por donde asomaba un extremo lacerado de intestino. En toda su experiencia, el capitán Madwell no había visto una herida semejante. No podía imaginar cómo fue producida, ni explicar las circunstancias que la acompañaban: el uniforme extrañamente rasgado, el cinturón partido, las manchas de la piel. Se arrodilló para efectuar un examen más atento. Cuando se puso de pie, volvió los ojos en varias direcciones, como buscando un enemigo. A cincuenta yardas de distancia, en la cresta de una loma baja, cubierta de arbustos, vio varios objetos oscuros que se movían entre los hombres caídos...: una manada de cerdos. Uno le daba la espalda, con los cuartos delanteros levantados. Apoyaba las patas en un cuerpo humano; la cabeza baja era invisible. La erizada eminencia del lomo se recortaba en negro contra el rojo poniente. El capitán Madwell apartó los ojos y volvió a clavarlos en eso que había sido su amigo.
El hombre que había padecido esas monstruosas mutilaciones estaba vivo. A ratos movía las piernas. Con cada inspiración lanzaba un gemido. Miraba azorado la cara del amigo; y si éste lo tocaba, soltaba un grito. En su feroz agonía, había arañado el suelo en que se encontraba tendido; sus manos crispadas estaban llenas de tierra, hojas y palitos. No conseguía articular una palabra. Era imposible saber si sentía algo que no fuera dolor. La expresión de su rostro era un ruego; en sus ojos parecía reflejarse una plegaria. ¿Qué pedía?
Imposible equivocar el significado de esa mirada. El capitán la había visto con demasiada frecuencia en los ojos de aquellos cuyos labios aún podían suplicar la muerte. Conscientemente o no, este retorcido fragmento de humanidad, esta imagen del sufrimiento, esta mezcla de hombre y bestia, este humilde Prometeo sin heroísmo, suplicaba a todos, a todas las cosas, a todo lo que no era él, la bendición de no existir. A la tierra y al cielo, a los árboles, al hombre, a todo cuanto adquiría forma en los sentidos o en la conciencia, este padecer hecho carne dirigía su callada plegaria.
¿Qué significaba? Lo que concedemos a la más ruin criatura desprovista de razón para pedirlo, lo que sólo negamos a los infortunados de nuestra propia especie: la anhelada liberación, el rito de compasión máxima, el coup de grâce.
El capitán Madwell pronunció el nombre de su amigo. Lo repitió una y otra vez, sin resultado, hasta que lo ahogó la emoción. Sus lágrimas, encegueciéndolo, cayeron sobre aquel pálido rostro. Ahora no veía más que un objeto borroso y móvil, pero los gemidos eran más claros que nunca, cortados a breves intervalos por agudos gritos. Dio media vuelta, llevándose la mano a la frente, y se alejó. Los cerdos, al verlo, alzaron los hocicos encarnados, lo miraron suspicaces un momento, y después, gruñendo ásperamente al unísono, se alejaron a la carrera. Un caballo, con la pata horriblemente astillada por un cañonazo, alzó la cabeza del suelo y lanzó un doloroso relincho. Madwell avanzó un paso, desenfundó el revólver, y le pegó un tiro entre los ojos, observando atento la agonía de la pobre bestia, que contrariamente a lo qué él esperaba, fue larga y violenta. Pero al fin quedó inmóvil. Los tensos músculos de los belfos, que habían desnudado los dientes en una mueca atroz, parecieron aflojarse. El perfil nítido y fino de la cabeza adquirió un aspecto de profunda paz y reposo.
En el oeste, a lo largo de la distante loma arbolada, se extinguían los últimos esplendores del atardecer. La luz que acariciaba los troncos de los árboles se había degradado a un gris tierno; en lo alto de las copas anidaban las sombras como grandes pájaros oscuros. Llegaba la noche, y entre el capitán Madwell y el campamento, se extendía a lo largo de muchos kilómetros el bosque espectral. Sin embargo, ahí estaba, junto al animal muerto, desvinculado al parecer de cuanto le rodeaba. Los ojos clavados en el suelo, la mano izquierda floja al costado, la derecha esgrimiendo la pistola. De pronto alzó la cara, miró a su amigo moribundo y volvió rápidamente a su lado. Se arrodilló a medias, montó el arma, apoyó el cañón en la frente del sargento, desvió los ojos y apretó el gatillo.
No hubo detonación. Su última bala la había gastado en el caballo. El moribundo gimió y sus labios se movieron convulsivamente. La espuma que brotaba de ellos tenía un tinte sanguinolento. El capitán Madwell se puso de pie y desenvainó la espada. Pasó los dedos de la mano izquierda a lo largo del filo desde la empuñadura a la punta. La tendió recta ante sí como para probar sus nervios. La hoja no temblaba. El mortecino fulgor que reflejaba la luz del cielo, permanecía inmóvil y firme. Se inclinó, desgarró con la mano izquierda la camisa del moribundo. Irguiéndose, le puso la punta de la espada sobre el corazón. Esta vez no apartó los ojos. Aferrando la empuñadura con ambas manos, empujó con todas sus fuerzas. La hoja se hundió en el cuerpo del hombre. Atravesó el cuerpo y se clavó en la tierra. El capitán Madwell estuvo a punto de caer sobre su obra. El moribundo encogió las piernas, y al mismo tiempo se llevó el brazo al pecho, sujetando el acero con tanta fuerza que los nudillos de la mano se le pusieron blancos. Con este violento pero inútil esfuerzo por quitarse la espada, agrandó la herida, por la que escapó un hilo de sangre, que se filtró sinuosamente por el roto uniforme.
En ese momento tres hombres salían silenciosamente del montecito de arbustos que había ocultado su avance. Dos eran enfermeros y traían angarillas.
El tercero era el mayor Creede Halcrow.

Ambrose Bierce - "Parker Adderson, filósofo"

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Prisionero, ¿cuál es su nombre?
—Como debo perderlo mañana al amanecer, no creo que valga la pena ocultarlo: Parker Adderson.
—¿Su grado?
—Más bien humilde. La vida de los oficiales de carrera es demasiado preciosa para que se la exponga en el peligroso oficio de espía. Soy sargento.
—¿De qué regimiento?
—Le ruego que me disculpe. Si le contesto, entiendo que podría darle una idea de los efectivos que tienen al frente. Me he introducido en las filas de ustedes para obtener y no para comunicar esa clase de informes.
—Veo que no le falta chispa.
—Si tiene la paciencia de aguardar, le pareceré bastante apagado mañana.
—¿Cómo sabe que debe morir mañana por la mañana?
—Así se acostumbra con los espías capturados en la noche. Es una de las bonitas reglas del oficio.
El general, olvidando la dignidad que convenía a un oficial confederado de alto rango y de vasto renombre, se permitió sonreír. Pero ninguno de aquellos que habían caído en su desfavor, estando bajo sus órdenes, habría augurado nada bueno de ese signo exterior y visible de aquiescencia. No era benévolo ni contagioso; no se comunicaba con los hombres allí presentes: el espía capturado que lo provocó y el centinela armado que condujo a éste a la tienda y que ahora se mantenía a cierta distancia, vigilando al prisionero a la luz amarilla de una vela. Sonreír no formaba parte del deber de aquel guerrero: muy otras eran sus tareas. Continuó la conversación; era, en realidad, el proceso de un delito que merecía la pena capital.
—¿Usted admite, entonces, que es un espía que se ha introducido en mi campamento, disfrazado con el uniforme de un soldado confederado, para obtener secretamente informes sobre el número y la disposición de mis tropas?
—Sobre el número, especialmente. La disposición ya la conocía. Es más bien tétrica.
El general sonrió de nuevo. El centinela, con un sentido más severo de su responsabilidad, acentuó la austeridad de su expresión y se mantuvo un poco más erguido que antes. Haciendo girar sobre el índice su sombrero de fieltro gris, el espía miraba cómodamente a su alrededor. Era un lugar modesto. La tienda era la típica tienda de campaña, de ocho por diez, iluminada por una vela de sebo hundida en el cubo de una bayoneta encajada en una mesa de pino a la cual estaba sentado el general, quien ahora escribía laboriosamente sin prestar atención a su forzado huésped. Una vieja alfombra en el piso de tierra, un baúl de fibra todavía más viejo, una segunda silla y un rollo de mantas: la tienda no contenía otra cosa. Bajo las órdenes del general Clavering, la simplicidad y la falta absoluta de "pompa y circunstancia" del ejército confederado había alcanzado su máximo. De un grueso clavo hundido en el mástil de la tienda, a la entrada, colgaba un cinturón de un largo sable, una pistola en su cartuchera y, cosa bastante absurda, un cuchillo de monte. Cuando hablaba de esta arma de ningún modo militar, el general solía decir que era un recuerdo de sus pacíficos días de civil.
La noche era tormentosa. Una lluvia torrencial caía como una cascada sobre la lona con ese ruido monótono, semejante al redoble de un tambor, tan familiar a los oídos de quienes viven bajo una tienda. Sometidos a los embates de las ráfagas atronadoras, el frágil edificio temblaba y vacilaba y tiraba de las cuerdas y estacas que lo fijaban al suelo.
Cuando hubo terminado de escribir, el general dobló la hoja de papel y le dijo al centinela:
—Oiga, Tassman, llévele esto al ayudante mayor y vuelva.
—¿Y el prisionero, mi general? —preguntó el soldado después de saludar y echar una mirada en dirección al espía.
—Haga lo que le digo —dijo el general.
El soldado tomó la nota y salió de la tienda bajando bruscamente la cabeza. El general Clavering volvió hacia el espía federal su hermoso rostro, de rasgos nítidos, lo miró en los ojos, no sin dulzura, y le dijo:
—Es una mala noche, muchacho.
—Para mí, no cabe duda.
—¿Adivina lo que acabo de escribir?
—Algo digno de leerse, espero. Y me atrevo a decir, quizá sea vanidad de mi parte, que yo figuro en ese papel.
—Sí, es el memorándum de una orden acerca de su ejecución para ser leída a las tropas no bien suene la diana. Y también hay unas líneas que conciernen al capitán preboste para que arregle los detalles de la ceremonia.
—Espero, mi general, que el espectáculo será inteligentemente preparado, porque yo asistiré en persona.
—¿No desea tomar algunas disposiciones? ¿Ver a un capellán, por ejemplo?
—No querría procurarme un descanso tan largo privándolo del suyo, aunque fuera por poco rato.
—¡Dios mío, muchacho! ¿Tiene usted intenciones de ir a la muerte sin otra cosa que bromas en los labios? ¿No sabe usted que es un asunto serio?
—¿Cómo podría saberlo? Nunca he estado muerto en mi vida. He oído decir que la muerte es un asunto serio, pero nunca por aquellos que hicieron la experiencia.
El general quedó un momento silencioso. Aquel individuo le interesaba, le divertía, quizá. Era un tipo de hombre que no había encontrado antes.
—Por lo menos —dijo—, la muerte es una pérdida. La pérdida de la relativa felicidad que gozamos, y de otras ocasiones de ser felices.
—Una pérdida de la que nunca tendremos conciencia puede soportarse con calma y aguardarse sin aprensión. Habrá observado, mi general, que de todos los hombres muertos que usted ha tenido el heroico placer de sembrar en su camino, ninguno le ha dado señales de pesar.
—Si estar muerto no causa pesar, el. paso de la vida a la muerte, morir, en suma, da la impresión de ser muy desagradable a quien no ha perdido la facultad de sentir.
—El sufrimiento es desagradable, sin duda. Siempre me causa un malestar más o menos grande. Pero mientras vivimos, más expuestos estamos al sufrimiento. Lo que usted llama morir es, sencillamente, el último sufrimiento. Morir, en realidad, es algo que no existe. Suponga, por ejemplo, que yo trato de escaparme. Usted levanta el revólver que disimula con tanta cortesía sobre sus rodillas y...
El general se ruborizó como una muchacha, luego rió suavemente mostrando sus dientes brillantes, inclinó su hermosa cabeza y nada dijo.
El espía continuó:
—Usted dispara, y yo tengo en mi estómago algo que no he tragado. Caigo, pero no estoy muerto. Después de media hora de agonía, estoy muerto. Pero en cualquier instante dado de esa media hora, yo estaba vivo o muerto. No hay período de transición.
"Mañana por la mañana, cuando me ahorquen, ocurrirá exactamente lo mismo. Mientras esté consciente, viviré. Una vez muerto, estaré inconsciente. La naturaleza parece haber arreglado las cosas de acuerdo con mis intereses... Como yo mismo las habría arreglado... —Es tan simple —agregó con una sonrisa— que se diría que apenas importa que a uno lo cuelguen.”
Hubo un largo silencio después de estas palabras. El general, impasible, miraba al hombre bien de frente. Al parecer, no le prestaba atención. Como si sus ojos montaran guardia junto al prisionero mientras otros pensamientos ocupaban su espíritu. En seguida respiró largamente, profundamente, se estremeció como recién despierto de una atroz pesadilla, y exclamó con voz apenas audible: "¡La muerte es horrible!”
—Era horrible para nuestros salvajes antepasados —dijo el espía con gravedad— porque no tenían la inteligencia suficiente para disociar la noción de conciencia de la noción de formas físicas en las cuales se manifiesta la muerte. De igual manera, una inteligencia todavía más primitiva, la del mono, por ejemplo, es incapaz de imaginar una casa sin moradores, y a la vista de una cabaña en ruinas se representa a su ocupante herido. Para nosotros la muerte es horrible porque hemos heredado la tendencia a considerarla horrible, y nos explicamos esta idea por especulaciones quiméricas sobre el otro mundo; de igual modo, los nombres de los lugares dan nacimiento a las leyendas que los explican, y una conducta irrazonable hace surgir las teorías filosóficas que la justifican. Usted puede ahorcarme, mi general, pero allí se detiene su poder de hacerme daño. Usted no puede condenarme al cielo.
El general parecía no haber oído. Las palabras del espía llevaron sus pensamientos por un sendero poco familiar, y una vez allí marcharon a su antojo hacia conclusiones propias. La tormenta había cesado, y algo del carácter solemne de la noche se comunicó a sus reflexiones dándoles el tinte sombrío de un temor sobrenatural. En él entraba, quizá, un elemento de presciencia. "No quisiera morir —dijo—. Esta noche, no."
Fue interrumpido —si es que tenía la intención de seguir hablando— por la entrada de un oficial de su estado mayor. Era el capitán Hasterlick, el preboste. El general volvió en sí. Desapareció su aire ausente.
—Capitán dijo, devolviendo el saludo del oficial—, este hombre es un espía yanqui que ha sido capturado en nuestras filas. Llevaba encima los papeles que demuestran su culpabilidad. Lo ha confesado todo. ¿Qué tiempo hace?
—Ha pasado la tormenta, mi general, y brilla la luna.
—Bueno. Busque un pelotón de hombres, condúzcalo ahora mismo al lugar de las maniobras y hágalo fusilar.
El espía lanzó un grito. Se echó hacia adelante, el cuello tenso, los ojos fuera de las órbitas los puños cerrados.
—¡Dios mío! —exclamó con voz ronca, articulando apenas las palabras—. ¡Usted no habla en serio! ¡Usted olvida que no debo morir hasta mañana!
—No he dicho nada de mañana —replicó fríamente el general—. Eso fue por su cuenta. Va a morir ahora.
—Pero general, le pido... le suplico que recuerde... ¡Yo debo ser ahorcado! Se necesita cierto tiempo para levantar el patíbulo. Dos horas... una hora... A los espías se los cuelga. La ley militar me concede ese derecho. Por el amor de Dios, mi general, considere qué poco...
—Capitán, haga lo que le ordeno.
El oficial sacó su espada y después, sin decir una palabra, le señaló al espía la abertura de la tienda. El espía vaciló, pálido como un cadáver. El oficial lo tomó por el cuello y lo empujó suavemente hacia delante. Como se acercara al mástil que sostenía la tienda, el espía dio un salto, se apoderó del cuchillo de monte con la agilidad de un gato, arrancó el arma de su vaina, empujó al capitán y, lanzándose sobre el general con la furia de un demente, lo hizo caer de espaldas y se le echó encima. La mesa se vino al suelo, se apagó la vela y los dos hombres lucharon ciegamente en las tinieblas. El capitán se precipitó en auxilio de su oficial superior; muy pronto rodaba también sobre las dos formas que se debatían. Maldiciones y gritos inarticulados de rabia y de dolor ascendían de ese tumulto de brazos y piernas. La tienda se abatió de pronto, y la lucha continuó debajo de los pliegues confusos y envolventes de la lona. El soldado Tassman, que regresaba de dar su mensaje, conjeturó vagamente la situación: arrojó su fusil y asiendo al azar la ondulante lona intentó separarla, inútilmente, de los hombres que cubría. El centinela que iba y venía frente a la tienda, no atreviéndose a abandonar su puesto aunque el cielo se desplomara, hizo un disparo al aire. La detonación alertó al campamento. El redoble de los tambores y las notas agudas de los clarines llamaron a la tropa. Entonces surgió una multitud presurosa de soldados semidesnudos que se vestían a la disparada, bajo el claro de luna, no dejando de correr para ponerse en las filas mientras obedecían a las breves órdenes de sus oficiales. Todo era como es debido: una vez en las filas, los hombres estaban bajo vigilancia. Así permanecieron mientras el estado mayor del general y los soldados de su escolta ponían orden en el caos alzando la tienda caída y separando a los actores de aquella extraña pelea, heridos y sin aliento.
En realidad, uno había sin aliento: había muerto el capitán. Por su garganta asomaba el cabo del cuchillo de monte, tan profundamente hundido debajo del mentón que su extremo estaba acuñado en el ángulo de la mandíbula. La mano que le asestó la cuchillada no había podido retirar el arma. El cadáver aferraba la espada con una energía que desafiaba las fuerza de los vivos. La hoja estaba manchada de rojo hasta la empuñadura.
El general se puso de pie, pero en seguida lanzó un gemido y se desvaneció. Aparte de las magulladuras, tenía dos profundas heridas de espada: una le había atravesado la cadera; la otra, el hombro.
El espía no había salido demasiado maltrecho. Con excepción el brazo derecho roto, hubiera podido sufrir todas sus heridas en un combate común con armas comunes. Pero estaba ofuscado y no parecía comprender lo que acababa de ocurrir. Se apartó de aquellos que le atendían, se acurrucó en el suelo y empezó a murmurar palabras ininteligibles. Su cara, hinchada por los golpes y chorreando sangre, estaba sin embargo muy blanca bajo el pelo en desorden, tan blanca como la de un cadáver.
—Este hombre no es un loco —dijo el cirujano respondiendo a una pregunta—. Está enfermo de miedo. ¿Quién es y qué hace aquí?
El soldado Tassman empezó a explicar. Era la oportunidad e su vida. No dejó nada por decir que de una u otra manera pudiese acentuar su importancia en los acontecimientos de aquella noche. Cuando terminó su historia y estaba listo para repetirla de nuevo, nadie le prestó atención.
El general acababa de volver en sí. Se apoyó en el codo, miró su alrededor, vio al espía custodiado junto a una fogata del campamento.
—Que lleven a este hombre al lugar de las maniobras y lo fusilen —dijo sencillamente.
—El general delira —dijo un oficial que estaba cerca de el.
—No delira —dijo el ayudante mayor—. Repite lo que ha escrito en un memorándum que tengo en mi poder. Le había dado esa misma orden a Hasterlick —señaló con un ademán el cadáver del preboste— y ¡Dios de Dios! es una orden que será cumplida.
Diez minutos después, el sargento Paker Adderson, del ejército federal, filósofo y hombre de ingenio, arrodillado bajo el claro de luna y suplicando en términos incoherentes que le perdonaran la vida, era fusilado por veinte hombres. En el momento en que resonó la salva en el aire vivo de aquella media noche, el general Clavering, que yacía pálido e inmóvil a la luz rojiza del fuego del campamento, abrió sus grandes ojos azules, miró afablemente a los que le rodeaban y murmuró:
—¡Qué silencio hay en todo!
El cirujano miró al ayudante mayor con aire grave y significativo. El enfermo cerró lentamente los ojos y permaneció en esa actitud durante algunos minutos. Después, con el rostro iluminado por una sonrisa inefablemente dulce, dijo con voz débil:
—Supongo que ha llegado la muerte.
Y expiró.

Ambrose Bierce - "Una rebelión de los dioses"

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Mi padre era desodorizador de perros muertos; mi madre mantenía el único negocio de carne para gatos en mi ciudad natal. No vivían felices: la diferencia de rango social era un abismo que no podía ser salvado por los votos del matrimonio. Era en verdad una alianza incompatible y desafortunada; y como podría haberse previsto, terminó en desastre. Una mañana, después de las habituales riñas del desayuno, mi padre se levantó de la mesa, tembloroso y pálido de ira, y dirigiéndose a la iglesia, azotó al sacerdote que había llevado a cabo la ceremonia matrimonial. El acto fue generalmente condenado y el sentimiento público se alzó tan fuertemente contra el ofensor, que la gente permitiría antes yacer perros muertos en su propiedad hasta que la fragancia fuera ensordecedora, antes que emplearlo; y las autoridades municipales soportaron que un viejo mastín hinchado exhalase desde una plaza pública una emanación tan clamorosa, que los forasteros de paso suponían para sí que se encontraban en las vecindades de un aserradero. Mi padre era verdaderamente impopular. Durante esos oscuros días, el único sostén de la familia provenía del emporio de comida para gatos de mi madre.

El negocio era lucrativo. En aquella ciudad, que era la más antigua del mundo, el gato era objeto de veneración. Su culto era la religión de la zona. La suma y multiplicación de gatos era una instrucción aritmética permanente. Naturalmente, el desatender los deseos de un gato era castigado con gran severidad en este mundo y en el otro; por lo tanto mi madre contaba con cientos de clientes. Sin embargo, con un esposo improductivo y diecisiete niños, ella tenía algunas dificultades en unir los dos extremos; y al fin la necesidad de incrementar la diferencia entre el precio de costo y el precio de venta de sus mercancías carnales la llevó a un expediente que se revelaría como eminentemente desastroso: concibió la desgraciada idea de vengarse rehusándose a vender carne para gatos hasta que el boicot a su marido hubiese terminado.

El día en que puso su resolución en práctica el negocio estaba atestado de clientes excitados y otros se extendían en turbulentas e incansables masas a lo largo de cuatro cuadras, hasta perderse de vista. En el interior no había más que maldiciones, apretones, gritos y amenazas. Se recurrió libremente a la intimidación -varios de mis hermanos y hermanas menores fueron amenazados con ser cortados en pedazos para los gatos-, pero mi madre se mantuvo firme como una roca y aquel fue un oscuro día para Sardasa, la antigua y sagrada ciudad que era el escenario de estos acontecimientos. ¡La huelga fue vigorosamente mantenida, y setecientos cincuenta gatos se acostaron hambrientos!

A la mañana siguiente la ciudad se encontró con que durante la noche había sido empapelada con una proclama de la Unión Federada de Viejas Criadas. Esta anciana y poderosa orden afirmaba a través de su Suprema Cabeza Ejecutiva que el boicot a mi padre y la vengativa huelga de mi madre ponían en serio peligro los intereses de la religión. La proclama continuaba puntualizando que si no se tomaban medidas antes del mediodía de la fecha, todas las viejas criadas pararían... y así lo hicieron.

El próximo acto de este infeliz drama fue una insurrección de gatos. Estos sagrados animales, viendo que habían sido condenados a la inanición, organizaron un mitin masivo y marcharon en procesión a través de las calles, blasfemando y escupiendo como demonios. Esta revuelta de los dioses produjo tal consternación que muchas personas piadosas murieron de espanto y todos los negocios debieron cerrar para enterrarlas y promulgar terroríficas resoluciones.

Las cosas iban tan mal como les era posible. Se llevaron a cabo mítines entre los representantes de los intereses hostiles, pero en ellos no se llegó a ningún entendimiento. Cada acuerdo era roto tan pronto como se hacía y cada elemento de la disputa era presentado frenéticamente al pueblo. Se avecinaba un nuevo horror.

Se recordará que mi padre era un desodorizador de perros muertos, pero estaba imposibilitado de practicar su útil y modesta profesión porque nadie lo quería emplear. En consecuencia los perros muertos apestaban como vagabundos. ¡Entonces se declararon en huelga! De cada baldío y terreno público, de cada seto y zanja y cloaca y cisterna, de los cristalinos riachuelos y de las cuajadas aguas de los canales y estuarios -en resumen, de todos los lugares que desde tiempo inmemorial habían sido propiedad de perros muertos y consagrados a sus usos y a los de sus herederos y sucesores, para siempre-, ¡se alzaron en tropel innumerable, en lúgubre cuadrilla! Su procesión abarcaba una milla. A mitad de camino hacia la ciudad se dieron de lleno con la procesión de gatos. Instantáneamente éstos enarcaron sus espaldas e irguieron sus colas; los perros muertos descubrieron los dientes, y erizaron su pelambre, como si aún estuviese adherida a la piel.

¡La carnicería que siguió fue demasiado espantosa para ser contada! La luz del sol fue oscurecida por los pedazos de piel volando, y la batalla fue librada en la oscuridad, a ciegas y descuidadamente. Los insultos de los gatos se oyeron a varias millas de distancia, mientras la fragancia de los perros muertos desolaba siete provincias.

Es imposible determinar cómo podría haber culminado la contienda, pero cuando ésta estaba en su apogeo, la Unión Federada de Viejas Criadas llegó corriendo a lo largo de la calle y se insertó de lleno en el grueso de la lucha. Un momento después mi madre se mostró entre las huestes, blandiendo a su alrededor una cuchilla de carnicero, con gran libertad e imparcialidad. Mi padre se unió a la lucha, se comprometieron las autoridades municipales, y el público en general, convergiendo desde todos los puntos del compás, se consumió a sí mismo en el centro, como si fuera presionado desde la circunferencia. Finalmente, los muertos realizaron un mitin en el cementerio y resolviéndose por la huelga general, comenzaron a destruir bóvedas, tumbas, monumentos, lápidas, sauces, ángeles y corderitos de mármol, todo lo que tuvieran a mano. Al anochecer, lo vivo y lo muerto estaba exterminado por igual, y donde antes se levantara la antigua y sagrada ciudad de Sardasa no quedó más que una excavación llena de cadáveres y escombros, tiras de gatos y parches de perros venidos a menos. El lugar es ahora una vasta pileta de agua estancada en el centro de un desierto.

Los escalofriantes acontecimientos de aquellos pocos días constituyeron mi educación industrial, y aproveché tan bien mis ventajas que ahora soy Jefe de Tumulto en los Duques del Desorden, una organización que reúne a trece millones de obreros norteamericanos.

Ambrose Bierce - "Aceite de perro"

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Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.

Amborse Bierce - "El diccionario del diablo"

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Escrituras: Los sagrados libros de nuestra santa religión, por oposición a los escritos falsos y profanos en que se fundan todas las otras religiones.

Cristiano: El que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina que responde admirablemente a las necesidades espirituales de su vecino. El que sigue las enseñanzas de Cristo en la medida que no resulten incompatibles con una vida de pecado.

Bautismo: Rito sagrado de tal eficacia que aquel que entra en el cielo sin haberlo recibido, será desdichado por toda la eternidad. Se realiza con agua, de dos modos: por inmersión o zambullida, y por aspersión o salpicadura. Si la inmersión es mejor que la aspersión, es algo que los inmergidos y los asperjados deben resolver consultando la Biblia y comparando sus respectivos resfriados.

Mitología: Conjunto de creencias de un pueblo primitivo relativas a su origen, héroes y dioses, por oposición a la historia verdadera, que se inventa más tarde.

Fe: creencia, sin evidencia, en lo que es dicho por alguien que habla, sin conocimiento, de cosas sin ningún paralelo. También creencia en lo que sabemos que es mentira.

Infiel: En New York, alguien que no es cristiano; en Constantinopla, alguien que lo es.

Pagano: Ser descarriado que incurre en la locura de adorar lo que puede ver y sentir.

Panteísmo: La doctrina de que todo es Dios, por oposición a la doctrina de que Dios es todo.

Religión: Hija del Temor y la Esperanza, que vive explicando a la Ignorancia la naturaleza de lo Incognoscible.

Rezar: Pedir que las leyes del universo sean anuladas en beneficio de un solo peticionante, confesadamente indigno.

Sacramento: Solemne ceremonia religiosa a la que se atribuyen diversos grados de eficacia y significación. Roma tiene siete sacramentos, pero las iglesias protestantes, menos prósperas, sólo pueden permitirse dos, y de inferior santidad. Algunas sectas menores no tienen sacramentos en absoluto: ahorro vil que indudablemente las llevará a la perdición.

Santo: Pecador fallecido, revisado y editado.