Ángela Vallvey - "El chulazo durmiente"

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Novelista, poeta, ensayista y autora de literatura infantil española.
El cuento pertence al volumen "Cuentos clásicos feministas" de 2018.




Érase una vez un rey y una reina que todos los días se decían a sí mismos: «Qué felices seríamos si tuviésemos un hijito, así podríamos cobrar el cheque bebé y hacerle fotos y vídeos para subirlos a Instagram y presumir con nuestros amigos».
Pasaba un año y otro año, y otro…, pero el ansiado hijo no llegaba, a pesar de que los reyes habían recurrido a todo tipo de técnicas de fertilidad. El ansiado retoño se hacía esperar. Era como aguardar un milagro.
Un día, la reina se estaba bañando en un spa que habían abierto en un hotel de muchísimas estrellas y varias lunas, en el centro del pueblo, cuando se le acercó un camarero con un zumo de melón africano espinudo y mangostino, con mucho hielo picado, y le dijo:
—Señora reina, tu deseo se hará realidad y dentro de poco serás madre de un precioso niño.
La reina lo miró encantada, y aunque al principio no se creyó sus palabras, sin saber muy bien por qué se fue alborozada del lugar, llena de esperanza, y contó maravillas de él a todas sus amigas.
—Ir allí es mejor que hacerse una liposucción, chicas. Por lo menos, una sale contenta del resultado.
La reina, a veces, soñaba con el camarero. En sus ensueños, el joven poseía una enorme cabeza de sapo y repetía una y otra vez: «¡Tendrás un niño, tendrás un hijo!».
Lo decía tantas veces que resultaba pesado, incluso.
Luego, la reina despertaba y, a su alrededor, todo seguía igual que el día anterior.

Sin embargo, una buena mañana la reina descubrió que estaba embarazada. Nueve meses y seis días después dio a luz un precioso hijo mediante cesárea, pues ni los médicos ni ella tuvieron paciencia para esperar a que el chavalote viniera al mundo por su cuenta. Después de dos días de parto infructuoso, tuvieron que sacarlo a la fuerza. Fue prácticamente una desokupación. El niño no quería salir ni con fórceps. Quizás no quería trabajar para pagar las pensiones de sus mayores.
El rey estaba tan contento que decidió organizar una gran fiesta, que es lo que suelen hacer los reyes cuando tienen algo que celebrar, y cuando no.
«Este nacimiento me viene fenomenal, ahora que entre mis súbditos cada vez hay más republicanos… —se dijo a sí mismo—. Porque el pequeño aumentará los índices de popularidad de la monarquía».
Así que invitó a todos los reyes del mundo a celebrar el feliz acontecimiento. También a todas las hadas, e incluso a las brujas, porque no quería que se enfadasen con él. Ya sabemos lo que pasa cuando un rey cabrea a una bruja…
—Preparadme una lista con todas las personas relevantes a las que tengo que invitar; y hacedlo por orden alfabético, que es el orden más justo que conozco. En el abecedario no caben las clases sociales —ordenó a sus secretarios, que desde que lo consultaban todo en Google habían olvidado qué era el orden alfabético. Y los demás órdenes.
—Depende, querido, de cómo lo mires —alegó la feliz reina—; incluso entre las letras hay mayúsculas y minúsculas.
—Sí, pero valen lo mismo.
—No según las reglas de ortografía.
—Me da igual, quiero una lista por orden alfabético, ¡y no os olvidéis de las brujas!
Lamentablemente, sí que olvidaron a una de ellas, solo porque su nombre empezaba por Z, que es la última letra del abecedario.
Se llamaba Zenutria, y todo el mundo la borraba de la memoria porque, además de ser irascible y rencorosa, era muy tímida, estaba acomplejada y, con su manía de no hacerse notar, conseguía finalmente que nadie se acordara de ella.
«Nadie sabe la cantidad de presión emocional que soportamos las brujas. —Solía quejarse, en la soledad de su cueva—. Este trabajo no está pagado ni agradecido. Las mujeres normales se preocupan por la celulitis. Le proporcionan dolor a su propio cuerpo mientras intentan inútilmente parecerse a una imagen retocada en una revista… Sí, soportan grandes dosis de miseria tratando de aparentar lo que no son, con objeto de complacer a los hombres. Blablablá. Pero… ¡peor es lo mío!».

De modo que a la fiesta llegaron de todas partes del mundo reyes y prebostes, príncipes, principitos y principotes, guías espirituales y gurús televisivos, capitanes de crucero y héroes del cómic, directores generales en general y conductores de autobuses en particular, además de todo aquel que tuviera una cuenta corriente no demasiado corriente.
El recién nacido recibió grandes cantidades de regalos completamente absurdos, que los soberanos tuvieron luego que donar a escondidas.
Le regalaron incluso un juego de horquillas y peinetas de oro, lo que no parecía muy apropiado teniendo en cuenta que el recién nacido estaba completamente calvo.
Las hadas, locas de contento, entregaron al niño dones maravillosos: integridad, belleza, riqueza, suerte para jugar al bingo… Alguien le llevó incluso una tablet con una cuenta abierta en Facebook donde ya habían subido varias fotos del pelón recién nacido.
Cuando todos estaban a punto de volver a casa, porque la fiesta tocaba a su fin, apareció por la puerta la bruja que no había sido invitada. Zenutria tenía un cabreo morrocotudo e hizo su aparición como un pequeño tornado negro.
Se había tomado alguna pócima misteriosa, pensaron los allí presentes, porque había sido capaz de vencer su habitual timidez hasta lograr materializarse dando voces en el centro de la pista de baile.
—¡Oh, Zenutria! Pero ¿qué le ocurre? —comentaron asombradas todas las hadas y sus colegas brujas, ignorantes de que no había sido invitada.
—Es la primera vez que la veo entrar así en una fiesta.
—Yo es la primera vez que la veo en una fiesta.
—Pues yo es la primera vez que la veo.
—Pues yo no la veo —dijo otra, y se ajustó las gafas.
—Con lo vergonzosa e indecisa que es… ¡No entiendo cómo ha podido irrumpir aquí de esta manera!, ¡pero si apenas sale de casa!, si vive de pizzas que pide por teléfono. ¡Y mírala ahora…, como si fuera a recoger un Óscar!
—Sí, y el Óscar al ridículo espantoso es para… ¡tachán, tachán! —aplaudió un hada joven, que sostenía una copa con algo de un color sospechoso dentro.
Se hizo un silencio expectante cuando la bruja Zenutria, muy enfadada, profirió una maldición.
La verdad es que todos esperaban que montase un numerito, pero no por eso causó menos impresión lo que dijo:
—Cuando este niño cumpla quince años, ¡se pinchará con una aguja y caerá muerto al suelo! —juró Zenutria.
—Sí, claro, y yo voy y me lo creo… ¡Eso significaría que tendría que aprender a coser! Esta bruja no se ha dado cuenta de que el príncipe es un chico, no una chica.
—No seas antigua: hoy los muchachos también se dedican a coser.
—Y luego montan marcas de alta costura. No como las mujeres, que no pasan de modistillas.
—No estás en el mundo.
Los invitados se quedaron de una pieza, prácticamente de piedra. Si alguien hubiese hecho fotos en aquel momento, ninguna habría salido movida.
Cuando consiguieron superar su estupor, una de las hadas, que era la jefa del sindicato, dio un paso adelante y se enfrentó a la bruja mala:
—Yo anularé tu magia con la mía. ¡Vamos a ver quién tiene la escoba más larga!
—Dirás la varita mágica.
—Digo lo que quiero, porque para eso soy la jefa de las hadas.
—Sí, pero solo hasta el mes que viene, cuando termina tu mandato. ¡Ya se te acaba la legislatura, so tirana! —Zenutria le hizo frente, con cara de pocos amigos.
—Lo que sea, el caso es que no será la muerte quien visite a este niño que acaba de nacer y que no tiene culpa de todos tus problemas y complejos. Cuando sea víctima de tu maldición, no morirá, sino que un profundo sueño lo envolverá durante cien años. Lo justo para que acabe la recesión económica que vivimos.
—¡Ay! —dijo la reina, agarrándose a la mano del rey y con cara de estar a punto de sufrir un colapso nervioso—, si nuestro hijo se echa una siesta de cien años, me temo que no vamos a poder ver cómo celebra su boda, ni cómo hereda la corona, ni cómo la pierde, en caso de que los republicanos se pongan bordes… ¡Ay, ay!
—Tampoco verán cómo se independiza en su propio palacete del jardín —dijo un hada.
—Ni cómo acaba un máster —dijo otra.
—Ni cómo se va de Erasmus —añadió la de más allá.
—Ni cómo se queda en el paro… —puntualizó una bruja.
—¡¡Shhh!! Ya se ve que eres republicana, tú…
O sea, que la fiesta fue un completo fracaso.
A los reyes se les quitaron las ganas de celebrar ninguna otra, y cayeron en una profunda melancolía.
—No solo no hemos conseguido nuestro propósito —se quejaba el soberano—, sino que además tenemos el palacio lleno de regalos inútiles que tendremos que vender en Wallapop.
—No, querido. Vamos a donarlos. Que luego los puede encontrar por ahí algún periodista y nos pondría verdes en los tabloides.
Después de aquello la reina pasó varios años llorando, hasta que se deshidrató y el médico le prohibió volver a soltar ni una sola lágrima.
—¡Buaaa! —se quejó ella—. Menuda solución.
El rey, por su parte, quiso evitar que la maldición alcanzase a su hijo, de modo que ordenó que destruyeran todas las ruecas del reino, y no solo eso, sino también las máquinas de coser, las agujas para zurcir, etc.
Esto es: que arruinó la industria textil de la nación.
A partir de entonces, todos los vestidos y costuras tendrían que ser importados, con lo cual la balanza de pagos sufrió una verdadera conmoción, aumentó el déficit fiscal y las hipotecas se pusieron por las nubes, los salarios bajaron y la inflación subió.
Total, que todo el mundo vivió cabreado durante varios años.
A pesar de aquel desastre, el príncipe creció sano fuerte y más bonito que un bitcoin.
Era el único que estaba contento en un reino sobre el que había caído la nostalgia y el desánimo. O sea, que parecía idiota.
Los reyes lo vigilaban obsesivamente, se turnaban para hacerlo de forma personal, porque ni siquiera se fiaban de los criados.
Hasta que un día tuvieron que ausentarse del castillo para ir a una convención de la ONU. Era necesario que viajasen porque de ello dependía que les ampliaran unos créditos que habían tenido que solicitar debido a la situación ruinosa de la industria nacional. No les quedaba más remedio que ir allí y hacerse los simpáticos.
—Detesto hacerme la campechana —le confesó la reina a su marido.
—Pues haber elegido otro oficio, porque este que tenemos nosotros consiste precisamente en eso: en sonreír hasta que las comisuras de los labios se junten por detrás de la cabeza, en la nuca.
Tuvieron que partir, pues, hacia un reino lejano, donde tendría lugar la reunión, de manera que dejaron a una legión de empleados encargados de vigilar a su hijo, el principito.
—No permitáis que se acerque a una aguja.
—¡Pero si no hay, majestad, no hay agujas por ningún lado!
—Pues cuidado con los objetos punzantes.
—Vale, tampoco dejaremos que lea la prensa del corazón.
—Al chico no se le pueden ni poner inyecciones, ¡que sea todo por vía oral en caso de que caiga enfermo en nuestra ausencia!
—Yo, una vez, cuando era niña, leí un cuento en el que a la protagonista, que era una princesa, le ocurría exactamente igual que a nuestro hijo…
—¿Y qué pasaba? ¿Cómo terminaba?
—No lo recuerdo bien. Creo que abusaba de ella uno que pasaba por allí, mientras la chica estaba dormida. Pero yo lo interpreté como que, preferiblemente, las mujeres debemos abstenernos de aprender a coser —dijo la reina, mientras se ponía crema antiojeras.

Los reyes se fueron de viaje oficial.
Los criados se turnaron para vigilar al joven príncipe, que estaba más aburrido que una ostra veraneando en los Alpes (no le gustaba leer).
Pero una noche, cuando todos dormían, el muchacho decidió dar una vuelta por el castillo, ya que no se le permitía salir al exterior; era joven y brioso y estaba hasta la coronilla de no poder trotar y jugar al aire libre. Su vida era bastante soporífera. Ni siquiera sabía lo que era salir con los amigos a hacer botellón. Decidió explorar una vieja torre abandonada en la que nadie entraba nunca.
Subió por una escalera de caracol y llegó hasta una puerta de madera muy adornada, pero en estado lamentable, como las de los bares de mala nota.
«Ni siquiera las puertas del centro de salud del pueblo tienen tan mal aspecto», se dijo el muchacho, que había visto fotos por Internet.
La curiosidad fue más fuerte que él y, a pesar de que le habían advertido una y otra vez de que no se moviese de sus habitaciones, vio que había una llave mohosa colgando de la cerradura; al girarla se encontró en un cuartito donde hilaba una anciana.
—Oh, cielos —dijo el príncipe—, ¿qué hace usted aquí, buena mujer?, ¿no la tendrán esclavizada trabajando por un salario de miseria para la industria textil extranjera? Su explotador tiene que ser de otro país, ya que nosotros no producimos nada en ese sector.
—Estoy hilando —contestó la anciana—. ¿Quieres que te explique cómo se hace?
El príncipe, que en su vida no encontraba muchos entretenimientos debido a todas las precauciones que se tomaban con él, miró la máquina de hilar con curiosidad y franco interés.
—Es un chisme muy bonito.
—Sí, ¿sabes?, hace cientos de años que coser no es solo cosa de mujeres, sino también de hombres. A ellos se les da mejor, claro, porque enseguida se convierten en estrellas internacionales y se pasan la vida rodeados de bellas modelos que lucen sus creaciones en las pasarelas y que son tan delgadas y guapas que parecen fotografías andantes retocadas.
—Puedo imaginarlo, conozco YouTube.
El muchacho se acercó a la rueca, que era preciosa.
En seguida se retiró, recordando las instrucciones severas de sus padres.
Pero vio algo en el suelo y se agachó a recogerlo.
Era un objeto raro.
Tan pronto como aproximó a él su mano, ¡se pinchó!
—Maldición —dijo el príncipe.
—Sí, justamente eso mismo decía yo… —contestó la anciana, transformándose de repente en la bruja que lo había condenado el día de la fiesta de su bautismo.
—Pero ¿qué es esto? ¿Con qué me he pinchado?
—Es una aguja hipodérmica. Algún yonqui la habrá dejado aquí olvidada. ¡Tu padre tiene cada súbdito…!
Justo en el segundo en que la aguja traspasó la tierna piel del efebo, este se quedó profundamente dormido.
El instante coincidió con la llegada del rey y la reina, ya de regreso de sus reuniones internacionales. Estaban traspasando la puerta del palacio.
—¡Ay, querido! —dijo la soberana—, me está entrando muchísimo sueño…
—Oh, mi señora reina, justamente a mí me ocurre igual, estaba a punto de comentártelo —respondió él.
… Y todos los habitantes del palacio y del reino, incluidos los caballos que había en las cuadras, las gallinas del corral, los perros del patio, las palomas del tejado, los animales domésticos y los salvajes, y los ciudadanos domésticos y los salvajes… Todos sin faltar uno se quedaron dormidos a la vez, junto con el príncipe.
Eran verdaderamente una unidad de destino en lo universal.
Pareció que el tiempo se detenía en ese segundo maldito, el fuego de la chimenea se paró, no es que se apagara, es que se congeló, como en una fotografía, y los asados que se estaban preparando en la cocina detuvieron su cocción y se quedaron a unos minutos de estar en su punto; el viento dejó de soplar y las hojas fosilizaron su posición a medio caer hacia el suelo…
El castillo se sumió en un sueño extraño, parecía que una enorme burbuja había rodeado el pequeño reino.
Todo se detuvo en el tiempo y en el espacio, y empezó a transcurrir un tiempo ajeno a los habitantes y a las cosas de aquel lugar.
Transcurrieron los meses y los años, y el mundo comenzó a olvidarse de todos ellos. Eso sí: por lo menos quedó solucionado el problema de la deuda externa y del déficit comercial.
Un gigantesco rosal de zarzas, que cada año se haría más fuerte y espeso, empezó a rodear la burbuja que encerraba aquel reino encantado; crecía con tanta prisa y con tanta fuerza que cubrió los edificios, las carreteras, los pequeños montes y los lagos. El paisaje se hizo invisible para cualquiera que pasara cerca de la frontera.
Era como si el reino hubiera quedado cubierto por un manto de flores. Las flores del olvido.
Poco a poco, el lugar, con sus personajes importantes, habitantes corrientes y sufridos contribuyentes, con su flora y fauna, con sus incontables historias…, fue cayendo en el más completo extravío. Demostrando que nadie es imprescindible y que tarde o temprano todo acaba.
En los reinos vecinos y en las repúblicas lejanas, se contaban leyendas sobre aquel mágico suceso, que nadie tenía muy claro; se decía que en algún sitio, enterrado bajo un manto de flores y espinas, un bello príncipe aguardaba a que pasara el tiempo.
—Pues si con eso esperan distraernos a los republicanos y que nos olvidemos del tema, ¡lo llevan claro…! —comentaban algunos.
Muchas doncellas arrojadas y temerarias intentaron encontrar el emplazamiento donde reposaba el adolescente, pero las espinas que rodeaban el lugar cortaban como espadas y les impedían avanzar apenas unos metros. Nadie tenía tanto interés como para sufrir aquello, así que acababan abandonando.
—Prefiero pescar tiburones a mano. Es más seguro —decían, y se marchaban de allí corriendo.

Pasaron más años, casi un siglo. Ya no vivía nadie que hubiese tratado y conocido a los reyes y a su hijo, pero la historia, que se había transmitido de generación en generación, seguía fascinando a todos. Incluso se hicieron varias películas de televisión basadas en aquellos hechos reales («reales»: de realeza).
—Serán hechos irreales —alegaba una muchachita llamada Eria, cuando su padre o su madre le contaban la historia, o veía el tráiler de una nueva película que pretendía explotar el fenómeno un poco más.
Eria acababa de cumplir quince años y vivía con su familia en uno de los pequeños reinos vecinos.
—Un día cruzaré toda esa espesura y llegaré hasta el lugar donde duerme plácidamente, en el interior del castillo, ese joven protagonista de tantas historias… —decía soñadoramente la muchacha.
Pero su padre y su madre la amenazaban con el dedo.
—A ti que no se te ocurra ir sola a ninguna parte.
—Blablablá, blablablá —respondía ella, con la insolencia de la juventud.
Un día salió al campo de excursión, con los chicos de su colegio. Eria no lo sabía, pero justo entonces se cumplían los cien años del encantamiento, y a medida que caminaban hacia las zarzas mágicas, Eria se dio cuenta de que se iban transformando en hermosas flores que le abrían el paso, escoltándola hasta la puerta de un castillo.
«¡No me lo puedo creer! ¿Será este el castillo encantado?».
Se percató de que estaba sola, todos sus compañeros habían desaparecido porque ninguno había sido capaz de ver lo que ella veía.
Las zarzas le señalaban un camino hacia lo desconocido.
«Como señales de tráfico, las he visto más claras…».
Anduvo rodeada de un paisaje abrumador, el color de las flores era tan vivo e intenso que pensó que iba a marearse, como si sus sentidos no pudieran soportar tanta fuerza.
A duras penas logró reponerse, siguió andando y entró en lo que, dedujo, había sido el patio de una gran fortaleza. Vio a los caballos y perros durmiendo, y a las palomas que tenían la cabeza bajo el ala.
«Madre mía, esto es asombroso —murmuró para sí Eria—, quiero decir que me parece increíble estar contemplando los restos de una monarquía…».
Avanzó en silencio, la quietud era extraña y absorbente; incluso el viento estaba dormido.
Subió por las escaleras y llegó hasta la puerta de la torre, aquella vieja y destartalada estancia donde el muchacho había quedado traspuesto.
«Oh, cielos, parece que haya salido por primera vez de juerga — musitó la joven— y que haya pillado una buena».
El chico era guapísimo, un chulazo. Podría haber despertado los celos del hermano guapo de Míster Universo.
Y Eria, que nunca se había considerado demasiado agraciada, sintió una punzada de ternura incontrolable. Se acercó al chaval, puso los labios en su mejilla y le dio un beso.
Suave, tierno. Ingenuo. Nada complicado.
Ella no era una abusadora.
No como otros.
Había un conocido de su familia que le daba pellizcos en el trasero cuando la veía. A Eria le hubiese gustado responder dándole una patada en la boca. Se sorprendía de la naturalidad con que sus propios parientes tomaban aquello, restando importancia a la vil actitud. E incluso creían que era culpa suya, y no del rijoso que trataba de toquetearla.
Bueno, pues no. Ella no era una aprovechada.
El muchacho estaba fuera de combate.
No quería utilizarlo.
A pesar de todo, el calor del aliento de Eria debió producir un efecto (¡mágico!) en el joven príncipe, que en ese instante abrió los ojos, dándole a la muchacha el mayor susto de su vida.
—¡¡Aaaagggg!!
Poco a poco, el príncipe se incorporó y miró alrededor, y cada cosa que miraba iba volviendo a la vida de forma milagrosa. (¡Mágica!).
—Si me lo cuentan, no me lo creo —suspiró Eria.
—Hola —dijo el chico, que nunca se había caracterizado por su originalidad. Y que en cien años no había espabilado mucho.
—Tu reino no era nada sin tu mirada —observó Eria—. El mundo no es nada si uno no es capaz de mirarlo.
No sabía de dónde le venía aquella inspiración.
Probablemente de unos libros con consejos filosóficos que leía a diario.
Eria tomó la mano del príncipe y ambos fueron corriendo por las estancias del castillo, que cobraban vida al paso de los dos muchachos.
Los reyes y la corte despertaron, y los animales del patio se desperezaron como si tal cosa, el fuego volvió a arder en la chimenea y los asados de la cocina terminaron de hacerse hasta llegar a su punto.
—El amor es redención y da vida —dijo la reina, que, a pesar de los cien años que habían transcurrido, no tenía ni una sola arruga de más.
—Y la verdadera felicidad no está en los bienes materiales — apuntó el rey—, excepto cuando hay que pagar la deuda externa.
—Por supuesto, querido. Hemos pasado cien años sin nada, pero no se puede decir que hayamos sido desgraciados —confirmó su esposa.
—Pronto será nuestro aniversario de bodas —añadió el monarca —, y dado que llevamos ciento treinta años casados, no sé, se me está ocurriendo que… ¡Podríamos celebrarlo con una gran fiesta!
—¡¡¡Oh, no, no, no, no, no!!! —gritó la reina.
—Celebrar una fiesta sería una manera de hacer justicia poética —aseguró el rey.
—Pero la justicia poética nunca es tan… poética —sentenció la reina. Luego se desmayó.

Viola Fischerová - "El camino del pecado menor"

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Cuentista, ensayista y poeta checa cuyo verdadero nombre era Viola Jedličková.
Este cuento fue escrito en Suiza durante el exilio de la autora en 1975. Desconozco dónde fue publicado por primera vez. Es español está recogido en la antología "Povidky. Cuentos de mujeres checass" de 2009.
La versión es la de Néstor Cabrera López.


Si Jakub giraba a la derecha a la salida de la escuela y luego caminaba hacia la calle, el padre Nosek le daría un empujón en su bicicleta en la avenida de las arboledas. Si él cruzaba por los terrenos del castillo, el sacerdote sólo podría alcanzarlo en la avenida empinada que conduce a la iglesia. La tercera opción era ocultarse detrás de la estación de gasolina. Para ello, tenía que esperar hasta que la silueta negra apareciera en la entrada y girara a la derecha por la acera hacia la plaza principal. La tercera táctica era la más discreta pero también la más arriesgada: con el tráfico de los coches y bicicletas el padre Nosek podía perderlo de vista muy fácilmente y Jakub tendría que esperar hasta la reunión del domingo. No obstante, él estaba convencido de que alternando los tres métodos su encuentro parecería una coincidencia, asunto al que Jakub, por alguna razón, daba gran importancia.
Pero hoy —Jakub estaba informado —el padre Nosek había anticipado el encuentro. Esto también gravitó en su mente durante las dos horas de clase que faltaban para irse a casa, y aunque este no era el asunto principal —la expectativa de Jakub tenía una causa completamente diferente— tenía que pensar en ello necesariamente. En ese momento, parado en la acera, dilucidando qué camino tomar, sintió vergüenza. Él se aseguró que la bicicleta del padre Nosek estuviera en el aparcamiento y corrió por la avenida hacia el parque, donde un elevado arce se erguía frente la entrada de la escuela.
Aunque estaba finalizando octubre, los árboles estaban casi desnudos. Cuatro huecos, completamente llenos de agua por la lluvia, fue todo lo quedó del banco que estuvo allí en el verano. El tío Johan llevaba ya veinte días bajo tierra, Sarraceno nueve. El agua probablemente no se filtró por las paredes de la tumba hasta el ataúd de roble, pero la caja de Sarraceno estaría verdaderamente llena. Él imaginó a Sarraceno, su cabeza entre las patas, con sus ojos tiesos en las tinieblas acuosas.
De ser verano, él hubiera enterrado a Sarraceno tal como era, directamente en la tierra. Cuando estuvieron arrancando el manzano muerto en la pasada primavera, el padre Nosek dijo que en el universo existía solamente la materia que Dios había creado. Ésta no aumentaba ni desaparecía, solamente se transformaba. El tronco negro del árbol ciertamente ya no era madera. Las astillas que Jakub reunió en una pila estaban suaves y mullidas y se convertían en polvo cuando las tocaban.
En el verano, con el calor de la tierra, Sarraceno se transformaría rápido. Jakub imaginaba la arcilla desmoronadiza mezclándose con la piel velluda del perro, cercano a su cuerpo, el cabello blanco y color café en forma de raicillas y, cercano a la superficie, de color verde, germinando en primavera al tomar el sol renovado, más bien como una sombra en la hierba: la sombra verde de un perro.
Pero la caja era robusta, y en una repentina necesidad de proteger a Sarraceno del fango y el frío, Jakub la cubrió con una vieja manta y la clavó fuerte. En aquella desierta alameda, él quedó abrumado con la idea de que había tapiado a Sarraceno.
¿Pero, esto fue todo lo quedó de Sarraceno? Cuando salió para la escuela aquella mañana, Sarraceno había estado tendido frente a la puerta de la habitación del tío, sus ojos cerrados, como si estuviera muerto. Pero reconoció a Jakub, y lo que es más, mostró su reconocimiento tomando leche de las manos de Jakub con su lengua rasgada, sólo un par de gotas, el único alimento que había aceptado después de la muerte del tío. Al mediodía dejó de moverse. Sus ojos se abrieron y su mirada quedó fija en la distancia, en algún lugar más allá de la pared.
La madre lo había estado preparando para esto toda la semana. El animal morirá de añoranza por Johan, debes aceptar la situación. Él aceptó la situación. Incluso se convenció a sí mismo de que Sarraceno no podía ser enterrado en la tumba del tío, a pesar de que ninguno de los dos serviría para nada más. Con el tiempo quedó completamente reconciliado con la idea. En su mente, ambos habían encontrado un lugar en el cielo, cerca de ese hombre en traje de baño a la orilla del mar que sonreía en la mesita de luz de mamá, el hombre que se suponía fuera su difunto padre aunque pareciera muy joven.
Cuando Jakub era pequeño, él sacaba la fotografía del marco cuando la madre no lo estaba observando. Luego ponía un caramelo de menta en los labios del hombre creyendo que éste podía probar el sabor ácido a través de alguna conexión misteriosa. Al menos pensaba que tal cosa no era totalmente imposible. Él observaba con emoción la expresión en los ojos risueños, que se transformaban cada vez que se posaban sobre él. Sentía tal regocijo y orgullo en esos momentos que solía romper en llanto.
Pero eso fue antes. Desde que empezó a asistir a la escuela, los últimos tres años, él no pensaba en su padre de esa forma. Papaíto estaba en el cielo, donde Jakub y mamá lo volverían a ver algún día. Sus plegarias al Todopoderoso por ese día, que realizaba cada noche, comenzaban con una invocación:
  Señor, permíteme ascender hasta mi padre en el cielo,De modo que no pueda apartarme de él(A veces añadía: Ni quedarme sin su amor),Que me observay no me abandona.Amén.  
A esos versos él añadía otros que componía en el acto, en momentos de particular devoción. Últimamente sus plegarias estaban dirigidas al tío Johan y a su leal servidor Sarraceno, que lo amó tanto que murió de tristeza por su pérdida.
Y a pesar de eso, Sarraceno no estaba en el cielo, esto estaba tan claro como la certeza de que el tío Johan sí estaba allí. El padre Nosek se lo había dicho una tarde de estudios religiosos. Los animales no van al cielo porque no tienen un alma inmortal. Él intentaba rememorar aquella bondadosa voz pronunciando esa oración.
—¡No es cierto! —había gritado desde el fondo del aula. Entonces, como si no hubiera escuchado lo que el padre Nosek había explicado sobre el libre albedrío de escoger a Dios, gimoteó—¿Nadie en absoluto? ¿Ni siquiera los caballos viejos o los perros... ni siquiera Sarraceno?
—¡Ni caballos, ni perros, ni Sarraceno! —se respondía ahora a sí mismo a viva voz, abrumado por la temeridad de tal declaración.
No obstante debe ser cierto. El padre Nosek no dice mentiras. No puede hacerlo. Ni tiene razones para hacerlo. Uno puede mirar a sus ojos durante horas y no ve pasar por ellos la más mínima sombra de maldad o peligro.
Jakub miró atentamente hacia las puertas. De vez en cuando éstas se abrían, pero sólo unos pocos alumnos rezagados escapaban por ellas. Aún no eran las cuatro, sin embargo, las luces de la sala de profesores ya estaban alumbradas. Ningún profesor había salido. Él deslizó las mangas de su abrigo hasta sus dedos. Se le ocurrió que podía esperar en el guardarropa cerca de la escalera, pero desechó esa opción e inmediatamente la olvidó.
Muy bien —reflexionó—las personas tienen un alma inmortal y cuando el alma abandona su cuerpo la persona muere.
Pero los animales también deberían tener un alma, de lo contrario cómo vivirían. Qué tal si tienen sólo un alma diminuta y mortal. ¿Morirían ellos, si su alma muere? En ese caso, cuando Sarraceno se negó a comer después de morir el tío, esto destruyó su alma por inanición. Era ridículo pensar que un embutido pudiera mantener viva el alma de Sarraceno. ¡Incluso una tira de éstos! Jakub sonrió ligeramente. Por un instante tuvo una vaga esperanza de que todo fuera de otra manera; pero en breve ésta se desvaneció sin poder recuperarla.
Los gansos y los pollos mueren cuando su pescuezo es retorcido, él lo ha visto con sus propios ojos. La sangre brota del corte y la vida escapa con ella. ¿Qué otra cosa puede contener la vida además del alma? La única diferencia es que el alma humana sabe hacia dónde va: hacia Dios. Pero, ¿qué pueden saber el conejo y el cordero? E imaginó sus pequeñas, velludas y blancas almas vagando indefensas alrededor del corral, viajando de una esquina a la otra, traqueteadas por el viento y pereciendo.
Sarraceno murió porque quería morir. Porque quería ir detrás del tío Johan. Si se negó a comer y a beber fue porque su alma se lo ordenó. Su diminuta alma exterminó finalmente su gran cuerpo de perro, logrando así escapar e irse detrás de su amo. Además, el cuerpo de Sarraceno estaba hambriento y sediento; por cierto, uno pudiera decir que, al menos en los primeros días, él anduvo buscando su cacerola. Sarraceno también lloraba. Calladamente, él siempre tenía dos lágrimas húmedas y pegajosas debajo de sus ojos.
¿Es posible que un alma como esa quede dispersa como una pelusa, como si fuera nada? ¿No es más fácil imaginársela navegando, buscando su aire y saliendo disparada como un cohete, sobre montes y valles, para reunirse con su amo?
¿Y el tío Johan? ¿Acaso no se dio una vuelta para ver qué estaba haciendo Sarraceno sin él? ¿Acaso no vio cómo moría frente a su puerta, cómo fue languideciendo en su ausencia, y de la forma en que murió? ¿No pudo esperar un poco para poderse ir juntos, como cuando pasaban esos largos meses en que el tío se pasaba todo el tiempo de aquí para allá entre las habitaciones, nunca abandonado por su inseparable Sarraceno? ¡No pudo ser así!
El tío Johan nunca les habló a ellos de Sarraceno, ni a mamá ni a él, ni al padre Nosek. Al final hablaba muy poco y cuando lo hacía era sólo para dirigirse a Sarraceno. Jakub los podía oír en la noche a través de la pared cuando se iba a dormir. ¿De qué otra cosa le pudo hablar que no fuera de esto? ¡No, el tío Johan nunca abandonaría a Sarraceno!
¿Pero, y si lo tuvo que hacer? Jakub respiró profundo. ¿Y si no pudo esperar más? El alma del tío necesitaba salir y Sarraceno estaba muriendo muy lentamente, necesitaba salir para ir al cielo, al infierno o al purgatorio. ¿Qué pasó entonces, cuando el alma del tío no pudo respirar más en la tierra? Al principio trató de contener la respiración, aguantándola entre la almohada y la manta, hasta que se le puso roja la cara y tuvo que partir y ascender. El día después del funeral, el padre Nosek dijo que el tío Johan estaba en el cielo rodeado de ángeles, pues había visto a Dios y a Jesucristo y había sido bendecido.
¿Entonces, qué le pasó a Sarraceno, si a los perros les está negado el Paraíso? ¿Acaso lo dejaron fuera, corriendo de aquí para allá y olfateando frente a las puertas? ¿Lo dejaron allí para languidecer y morir nuevamente?
¿Qué tiene Dios en contra de los perros, si ellos aman a las personas, incluso a los más ingratos y malos, si Él sacrificó a Su hijo Jesucristo por las personas, al que posteriormente clavaron en la cruz? ¿Qué rencor puede guardar Él contra los perros y los caballos, que tiran de su carga todos los días y no pueden galopar en los campos porque en la ciudad no hay campos? ¿Acaso significa que el Señor no ama a los animales?
Él paró de repente. Estaba derrotado por una repentina ola de vergüenza y temor, como cuando Víctor le habla de ángeles mientras orina. ¿Acaso no era una mayor herejía lo que acababa de pensar? Se sonrojó.
Sin embargo, allí estaban esas inocentes criaturas, criaturas de Dios, sacrificadas sin razón, quemadas en el altar como ofrendas. Y los corderos que Dios ordenaba descuartizar en el ocaso del decimocuarto día. Él se lo imaginaba: hombres arrodillados al borde de un acantilado, disponiendo a los corderos sobre la piedra con sus patas amarradas, y acuchillando sus cuellos. En toda la ciudad, en cada casa, ellos escogían el cordero más joven, apartándolo de su madre. Una vez que lo mataban, lavaban sus dedos ensangrentados en el portal de la casa.
Incluso Cristo sacrificó un cordero. Y cuando sus discípulos no tuvieron nada para comer, él ordenó a Pedro que echara la red al mar, y Pedro atrapó 153 peces, que luego se los comieron asados al carbón.
Él lo ha visto en días festivos, cerca del mar. Un hombre con un delantal blanco, escogiendo peces apaleados dentro de un cubo y lanzándolos directamente hacia el aceite hirviendo. El lloraba de horror y mamá se lo llevaba susurrándole al oído que, de cualquier manera, el pez estaba medio muerto y no podía sentir nada. Pero él había visto muy bien cómo el pez forcejeaba debajo de la mesa, tropezando contra las piedras cubiertas de sangre.
Él nunca le contó al padre Nosek nada de esto. Sólo una vez, en la represa, él le preguntó si matar a un pez era una forma diferente de matar. Era diferente, pues matar por un propósito útil no era un pecado. Allí, encima del canal, él trató de explicárselo a sí mismo en términos de un sacrificio, cuando Dios ofrece los animales a los hombres para que éstos coman y no mueran de hambre, en recompensa por su sacrificio, todos los animales, incluidos los predadores y las serpientes, van hacia el paraíso.
—El Paraíso —había dicho el padre Nosek al final de la lección —es Dios. —Y luego, después de sonar la campana, en medio de la algarabía, y sólo para Jakub—: Sólo los humanos agonizan en su anhelo por Dios.
Era posible que los animales no supieran nada acerca de Dios. ¿Pero eso significa que no ansíen un campo verde, donde puedan brincar y pastar, en recompensa por todo el sufrimiento, por el hambre y el frío, por las zurras, la caza y la muerte? A buen seguro, los animales tienen una idea del Paraíso. ¿Y Sarraceno? A Sarraceno no le preocupaba tanto Dios como el tío Johan. ¿Acaso Sarraceno no amaba al tío Johan con todo su corazón, con toda su alma y su mente, no lo seguía a todas partes?
Si Dios no oyera a Sarraceno, alguien tendría que oír sus aullidos frente a las puertas. Quizá Jesús, o los ángeles.
—¡Alguien tiene que ocuparse de él! —gritó—. ¡No pueden dejarlo allí fuera como si nada!
Un tractor con un tráiler vacío sonó estrepitosamente en la calle. En la planta baja, dos ventanas brillaban en el crepúsculo. Detrás de una de ellas la esposa del portero colgaba unas cortinas. Por un momento, cuando ella bajó sus manos, pareció como si mirara a Jakub.
Pero ella sólo miraba su propio reflejo, y cuando reacomodó su bufanda y su blusa, terminó su trabajo relajada y naturalmente, como si no hubiera nadie fuera, como si nadie la pudiera ver.
Jakub se despegó del tronco y comenzó a pasearse entre los árboles, tejiendo una indiscernible red sobre el césped.
Ya era tarde cuando el padre Nosek apareció en la entrada. Los profesores salían ahora en pares y tríos. Debajo de los peldaños, él se detuvo y encendió un cigarrillo. Jakub no se movió. Sólo cuando el último grupo de profesores desapareció por la esquina, él recogió su mochila, giró las correas sobre su codo y caminó hacia la luz de la calle. Sus rodillas chocaban a cada paso que daba y sus ojos estaban fijos en sus pies. Su mente estaba en blanco. La felicidad que se había negado a sí mismo toda la tarde, el gozo antojadizo que, no obstante, él sospechaba presente en cada cosa, incluso en el agua que anegaba a Sarraceno, esa felicidad ahora lo circundaba, clara y espontánea, y no había razones para evitarla. Jakub arrastró sus zapatos por un gran charco y luego saltó al pavimento.
El padre Nosek no lo estaba observando. Él miraba hacia la calle, y cuando finalmente vio a Jakub, su rostro cambió de expresión.
—No puedo hacértelo más fácil Jakub. No puedo decirte lo que tú quieres oír. Aun cuando te parezca incomprensible. —El padre Nosek suspiró—. No existe... No tengo evidencia de la existencia de alma en los animales. Quizá tendría que...
El padre Nosek hablaba agitadamente, como si estuviera enfadado. En su primer año en la escuela, cuando Reiner lanzó la mochila de Jakub por la ventana, el padre Nosek lo abrazó frente a toda el aula. El domingo habría una excursión a las montañas. Comenzó a llover; era tarde. El padre Nosek se puso una capa, montó en su bicicleta y se fue. Con su cabeza contra la esquina de la pared, Jakub comenzó a llorar.
Existe un lugar que Dios no conoce, en el que no piensa, del que ni siquiera le contó a los profetas. Detrás de la pared trasera del Paraíso existe un prado cubierto por la neblina. Los animales que no tienen a dónde ir van a este prado después de su muerte. Todos ellos están allí, caballos y perros, ratones y corderos. Pero nadie sabe de ellos y nadie los busca allí. De modo que están allí esperando por nada.
Hasta ahora Jakub había hecho todo lo posible por entrar al paraíso. Él no usaba el nombre de Dios en vano, no se dejaba tentar por pensamientos pecaminosos ni cometía hurto. De repente esto pareció fácil, al menos mucho más fácil de lo que le esperaba. Desde ese día viviría en el pecado. No completamente, no lo suficiente como para descender al infierno y padecer condenación eterna, pero lo suficiente para no merecer el Paraíso. El alma crece a través de su unión con Dios, recitó rápidamente para calmar su creciente ansiedad. La pérdida de la fe conduce a la condenación. En alguna parte intermedia sería un pecado menor. Él debe rezar, pero Dios no lo debe oír. Él debe creer, pero sólo en el paraíso. Él debe ganar una diminuta alma. Y nunca debe decirle a nadie nada al respecto.
Sintió frío y angustia. El rostro del joven, sonriéndole desde la playa, se le apareció delante por un instante, y sintió una pena tan intensa que tuvo que cerrar los ojos.
Alguien tiene que estar allí con ellos, para hablar con ellos y acariciarlos.
Echó a correr. Cuando abrió la puerta, se le ocurrió que él sería sólo un pobre consuelo para Sarraceno, pero era mejor que nada, se dijo a sí mismo. Antes de entrar al baño, tomó del armario algo de goma, un pincel y un lápiz afilado de la maleta. En la esquina del piso de linóleo que estaba despegada escribió un delicado rótulo: Dios no es el padre. Después de una pausa para pensar añadió su firma: Jakub. Acto seguido, volvió a pegar el piso y cerró la puerta. Rezó por un largo tiempo, escogiendo cuidadosamente las palabras. En su nueva plegaria la palabra padre no aparecía ni una sola vez.
Cuando la madre volvió, encontró a Jakub en la cocina. Aunque la sopa estaba caliente en el fogón, él estaba comiendo tortitas y escupía las semillas de las cerezas, en grandes parábolas, hacia el cubo de carbón.
        Viola Fischerová nació en 1935 en Brno. En 1968 emigró a Suiza. Trabajó para la radio checoslovaca, luego la radio suiza y en los años 1980 para Radio Europa Libre. Su primera colección de poemas, Zádušní básně za Pavla Buksu (Réquiem para Pavel Burka, 1993), fue dedicado a su esposo. Ha publicado varios libros desde entonces y también cuentos para niños. Es traductora (del polaco al alemán) y vive en Praga desde 1994.

Camila Sosa Villada - "La merienda"

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Cuentista, novelista, poeta, ensayista y dramaturga (también actriz) argentina.
El cuento pertenece al volumen "Soy una tonta por quererte" de 2022.


Abuela… ¿Por qué somos marrones?
La abuela interrumpe la limpieza de los rifles. Está sentada a la mesa de la cocina con dos rifles y la caja de las balas.
—¿Qué dijiste?
—¿Por qué somos marrones?
—No somos marrones, somos morochas. ¿De dónde sacaste eso?
—Estábamos en clase de gimnasia y la Tati me gritó: «¡Qué asco, tiene los pezones marrones!».
La tapa de la pava comienza a temblar y la abuela se para. Apaga el fuego y con un repasador toma el mango de la pava que es de hierro. Pone dos saquitos de café en una taza y un saquito de té en otra y sirve el agua. Trae las dos tazas a la mesa. El azúcar y las cucharitas ya están sobre el mantel. Desenvuelve el pan que está escondido bajo muchos repasadores para mantenerlo caliente. No hace ni una hora que lo sacó del horno de barro.
—¿Y por qué te vio los pezones? —La abuela se sienta.
—Porque terminamos de hacer gimnasia y nos teníamos que poner ropa seca de nuevo. Así que me saqué la remera toda transpirada y me vio las tetas. ¿Por qué somos marrones?
—No somos marrones. —La abuela sopla la taza que tiene agarrada con las dos manos. Lleva una alianza de oro que le corta el dedo casi a la raíz—. No digas marrón, que es un color inmundo. Somos morochas, que es distinto.
Se manda un trago de café que está que pela. La abuela hace unas morisquetas involuntarias y se le llenan los ojos de lágrimas porque le quemó el garguero. La nieta se ríe.
—No somos marrones, somos morochas. ¿Estamos?
—Pero no me decís nada. —La nieta pone dos cucharadas colmadas de azúcar a la taza de té, agrega leche, corta pedacitos de pan y los tira dentro. El pan se hincha de té con leche y ella come con la cuchara como si fuera sopa.
—Somos morochas porque cuando nos hicieron no les alcanzó la pintura.
—¿Qué pintura?
—En el lugar donde hacen a las personas no les alcanzó la pintura para darnos ese color bien renegrido. Íbamos a ser negras, pero en la sección donde les dan el color a las personas se les acabó la pintura. Hay muchas como nosotras en el mundo. Nos dieron menos manos. A la gente blanca ni siquiera la pintan, o tienen muy poquitas capas de pintura, por eso se lastiman tanto. A veces nomás con asentarles un dedo ya se ponen rojas como un tomate.
—Me estás mintiendo.
—No. No lo digo yo, lo dicen las viejas.
—Vos sos vieja.
—Sí, pero hay más viejas que yo, creeme.
—¿Y por qué la Tati me dijo que es un asco tener los pezones marrones?
—Porque es una idiota. Por eso te lo dijo. Pero es mejor ser morocha. Ella podrá ser muy gringa, pero en el lugar donde hacen a las personas ni siquiera la pintaron. Por algo ha de ser que no la pintaron. —Toma otro sorbo de café, esta vez con más cuidado, y arremete de nuevo—: Además tiene muchas ventajas ser morocha. Te quedan mejor los colores, el rojo, el naranja, el amarillo. Andá a ponerle un amarillo a esa que te dijo que eran un asco los pezones marrones, a ver cómo le queda. Yo prefiero ponerme un vestido amarillo y que me quede bien. Y por si fuera poco podés ponerte al sol y no quedar colorada como una iguana, ni te quemás el lomo tan fácil como la Tati esa. Y me olvidaba: las morochas también envejecemos mejor. Mirá la piel de tu abuela.
La abuela le ofrece a su nieta el rostro como si mostrara una joya, o algo de gran valor. Primero una mejilla, luego la otra, luego un pómulo, luego otro. Con las manos se enmarca la cara.
—Mirá, mirá la piel de tu abuela.
Levanta el mentón. Cierra los ojos. Muestra el cuello. Se abre los botones del vestido amarillo y enseña las clavículas, mirá la piel de tu abuela, morena, los huesos del pecho, mirá, mirá. La vieja muestra el relieve del antebrazo, que puesto al sol brilla como una espada.
—Mirá. Nada mal para tener setenta y tres años. Acá solo hay crema de ordeñe y sol. Y si no fuera por los guadales que se levantan en agosto y la cal de la cantera, ni crema necesitaría. Pero ese polvaderal quema cualquier cosa.
La nieta hace un momento pensó que la abuela se iba a desabrochar toda la camisa y le iba a mostrar los pezones. Por eso la mira aterrada. ¿Por qué se puso a enseñarle así las arrugas? No le va a preguntar, mejor no tentar a la abuela. Sorbe las cucharadas de pan remojado en té con leche. Cuando se termina el pan dentro de la taza, corta más y lo zampa otra vez hecho pedacitos en el té. La abuela, que ya tiene los rifles limpios, se pone lenguaraz, el café le calentó el pico:
—Además somos más caras…
—¿Cómo más caras?
—Las cosas oscuras son más caras, por su rareza.
La nieta frunce el ceño. ¿Por qué dice esas cosas su abuela?
La casa se tragó la luz por las ventanas y es necesario prender el sol de noche y unas velas aquí y allá para iluminar un poco.
—Pensá en un mueble hecho todo con madera de ébano, que es la madera más negra del mundo. ¿Conocés a alguien que tenga una silla de ébano?
—No.
—Claro, porque es carísimo. ¿Conocés a alguien que use un collar de perlas negras?
—No —dice su nieta mientras resopla, molesta por esas preguntas que hace su abuela. Esa costumbre que tiene su abuela de hacer preguntas cuando ella le pregunta algo. ¿No sería más fácil si le respondiera por qué son marrones y ya?
—No conocés a nadie que use un collar de perlas negras porque cuestan un ojo de la cara y además es muy difícil encontrarse con una. Y no es solo el tema de la plata. Es que las cosas negras son mucho más lindas que las cosas de cualquier otro color. ¿Te acordás de la cantante negra que pasaron en la tele, que vos dijiste qué lindo que canta y se te puso la piel de gallina?
—¡Sí! —dice la nieta sonriente porque al fin tiene un sí para responder.
Hubo un tiempo en que tuvieron electricidad en la casa y miraban televisión. Otra vida.
—Mirá las panteras negras. ¡Las aceitunas negras! Las reinas moras… ¿No son más lindas que un canario? Es mejor ser así.
—Mi mamá, ¿de qué color era?
—Era como nosotras. Los compañeros de la escuela le decían chupetín de alquitrán. ¡Chupetín de alquitrán, chupetín de alquitrán! Y ella volvía llorando a casa y me decía que era mi culpa. Lo que me costó hacerle entender que era mejor ser morocha. ¡Que podíamos tirarnos a dormir bajo el sol sin ampollarnos íntegras! — Hace un gesto desesperado, como si las palabras no le alcanzaran para hacerse entender.
—A mí me gustaría ser como mis compañeras. Como la Tati. De ese color.
La abuela apura el último sorbo de café y apoya la taza con violencia sobre la mesa. La nieta pega un salto en la silla.
—Se está haciendo de noche. Vamos.
La nieta deja la taza con el fondo pegoteado de migas y va detrás de su abuela que carga con los dos rifles. Cruzan todo el patio que ya se va apagando, devorado por la hora. Las huellas de las dos quedan marcadas como rueditas de un vehículo pequeño.
Bordeando el alambrado hay bolsas y bolsas de tierra. Una trinchera hecha con bolsas de papa rellenadas con tierra. El polvoriento suelo de aquellos parajes. La abuela tira una lona al piso. Se arrodilla. La nieta la imita. Le da un rifle a la niña, que lo recibe con los ojitos asustados y mucho esfuerzo porque es muy pesado y grande para una criatura de su edad. La abuela la vigila mientras ella se acomoda como un soldado con el rifle. Eso es. Se apoyan sobre las bolsas de tierra y apuntan.
La casa se quedó sola y todos los animales en el patio duermen. Menos los perros. Los perros no duermen si alguna de las dos está despierta.
La niña y la anciana tienen vista de lince. En medio de la noche se manejan mejor que un espíritu.
—Cuando lleguen, si alguno de esos hijos de puta se baja de la camioneta, le apuntás a la cabeza. Que no te tiemble la mano —le dice la abuela, y la nieta acomo da el hombro, el dedo sobre el gatillo, traba los pies en el polvo y respira hondo. Como le han enseñado.

Enrique Gómez Carrillo - "La pantomima"

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Periodista, cuentista, novelista y ensayista guatemalteco. Autor enmarcado de lleno en el modernismo.
Desconozco cuándo y en dónde fue publicado por primera vez el cuento, pero  fue publicado en vida del autor por lo que la fecha es anterior a 1927. Esta versión es la que aparece en la antología editada en Colombia "Abya Yala: cuentos latinoamericanos" en 2020.
Se ha modificado la acentuación del texto original para adaptarla a las normas ortográficas actuales.


Cuando Luciano y Violeta llegaron a la Bodinniere, ya la representación había comenzado.
- ¿Hace mucho tiempo? - preguntó el poeta en la puerta.
- No; hará diez minutos; están en la conferencia.
La conferencia no tenía gran importancia, al menos para Luciano que en más de una ocasión se la había oído recitar a su amigo.
- ¿Entramos enseguida o esperamos el principio de la pantomima?
Violeta prefirió esperar en la sala de exposición, admirando una serie de retratos de Sara Bernhardt dibujados por el húngaro Mucha.
- ¿Le gusta a usted este artista? - preguntó Luciano a su compañera, después de haber visto todos los cuadros expuestos.
- S¡me gusta; pero prefiero, en el mismo género, a Marcel Lenoir.
- Lo que dice usted es muy justo desde un punto de vista personal. Yo también preferiría verla a usted retratada por Lenoir que por Mucha. Este último es muy atormentado, muy onduloso, muy felino, mientras que el otro es enteramente hierático... como usted.
- Usted persiste en considerarme como una mujer muy seca y muy fría ...
Luciano no contestó. Los aplausos, resonando en el fondo de la sala le hicieron olvidar a los pintores a la moda, para pensar de nuevo en Pierrot.
- Entremos - dijo. - Ya la conferencia ha terminado.
Violeta dio el brazo a su amigo y ambos penetraron, entre la multitud que llenaba los pasillos.
- “iCuánta gente!” - Era la exclamación general. Todo el mundo estaba admirado de ver una concurrencia tan numerosa para asistir a una fiesta tan poco anunciada. “¡Cuánta gente!”- En las butacas, en efecto, los sombreros floridos de las mujeres abundaban tanto como las cabezas descubiertas de los hombres. La galería estaba llena y sólo quedaba aun libre el único palco del teatro, el palco obscuro, alto, profundo cual una alcoba, que Luis había preservado para el más íntimo de sus amigos.
Luciano y Violeta acomodáronse en sus sitios, muy satisfechos de ver el éxito de la velada.
- ¿Cuántos son los personajes de la pantomima? Preguntó la actriz.
- Dos - repuso el poeta, Pierrot y Colombina. Colombina es una chiquilla de nuestro barrio que según creo está volviendo loco a nuestro amigo.
- ¿Es bonita?
- Sí; y además tiene talento. Se llama Sonia.
- ¡Ah! ya sé, una morenita que hace versos y que venía siempre a los cafés del Boulevard San Miguel con Amelia y con Matilde.
- ¿Conoce usted a Matilde, la de Montmartre?
- Sí; la conoc¡en otro tiempo, cuando yo era modelo..
Luciano ignoraba la historia de Violeta.
-¿Modelo?
- Sí; modelo.
Inconscientemente algo del respeto que siempre había tenido por la querida de Durán desapareció, como por encanto, del alma impresionable del poeta. “Había sido modelo... había conocido a Sonia y a Matilde... Luego no era hija de una princesa...” “Mejor!”...-pensó. As¡podría hablarle con más confianza y tal vez ... tal vez ... El recuerdo del beso deseado y no obtenido, acentuose en su memoria.
Al fin sonaron los tres golpes clásicos que anuncian en París el principio del acto, y el telón se levantó lentamente, entre el murmullo de los espectadores que terminaban sus comentarios con cuchicheos definitivos.

***

.... Y apareció Pierrot, vestido de blanco, pintado de blanco, bañado por la blanca luz de la luna.
Colombina no está aún allí, a pesar de ser el instante de la cita... “¿En dónde estará Colombina?” Todas las suposiciones, buenas y malas, pasan por la mente del enamorado. Su rostro indica la confianza “debe de estar en su casa, vistiéndose, componiéndose, empolvándose, para llegar más bella que nunca...” Pero ¿y se no estuviese en su casa? ... La duda frunce el albo entrecejo del que espera... ¡S¡estuviese en casa del marqués!... Dos chispas negras brillan en sus pupilas, entre los párpados blancos...
Transcurren cinco minutos durante los cuales Pierrot ve moverse las agujas de todos los relojes con una rapidez vertiginosa... ¿Cinco minutos?... Para su alma son cinco horas, cinco días, cinco siglos... ¡Es necesario llamarla!... La llama, la implora, la suplica, la amenaza... ¡Nada!... Con las manos devotamente unidas sobre sus labios hambrientos, ofrécela mil besos... ¡Nada!... Al fin saca de la faltriquera un collar de piedras preciosas que acaba de robar en un escaparate: lo hace brillar a la luz de la luna, se lo pone en la garganta, lo sacude, lo ofrece... ¡es para ella!
Atraída por el reflejo de las gemas, Colombina aparece, rosada de rostro, rosada de manos, toda rosada, en fin, en la rosa ligera de su traje ... “¿Son para ella, las joyas?” -Pierrot dice que no, con la cabeza ... “no, no, no” ... Ella se acerca, le acaricia, y sin hacer caso de sus negativas, le tiende el cuello desnudo, para que la ponga el collar ... “¿Besos?”… No... primero el collar ... después los besos ... “ ¡Tus labios, Colombina!” ... “¡El collar, Pierrot!...” ... Luego los besos que él da con fervor místico y ardiente... que ella recibe como las gotas de una llovizna estival sonriendo con su sonrisa color de rosa.
La primera parte había terminado.
- ¡Admirable! - exclamó Violeta, volviendo la cara hacia Luciano que se recostaba en el respaldo de su asiento, en el fondo del palco.
- ¿Quién de los dos le gusta a usted más? - Le preguntó el poeta al oído.
- Los dos. Él es un artista verdadero y explica perfectamente las complicaciones de su alma atormentada. Pero ella, en la sencillez instintiva de su papel, se expresa con más claridad que él... ¿No le parece a usted extraordinaria la facilidad que tienen las parisienses para ser coquetas en las tablas?...
- No sólo en las tablas...
- Sí; pero fuera de las tablas, en la intimidad, todas las mujeres del mundo son iguales. Lo raro en las muchachas de París, es la confianza en s¡propias que les permite moverse lo mismo en el escenario de un teatro, ante mil personas, que en sus dormitorios, junto a un amante... Yo soy parisiense y me acuerdo de m¡debut... ¿Por qué le he de negar que tenía miedo?... S¡lo tenía, muy grande... Pero al verme ante el público, el sentimiento de la coquetería pudo más en m¡que el miedo de los espectadores... y fu¡natural... Me acuerdo de un ejercito muy elegante, que estaba en el primer palco de la derecha y que parecía mirarme con interés. A m¡se me figuró que no había más que él en el teatro: que él era la crítica, la prensa, la aristocracia... y durante toda la representación, no pronuncié una sola palabra sin fijarme en su rostro apergaminado. Cuando él aplaudía, yo estaba contenta, contenta, como s¡todo París me hubiese aplaudido...
- Es curioso...

***

Luciano seguía pensando que Violeta había sido modelo de pintor, en Montantearse; que muchos hombres habían visto su cuerpo desnudo; que Matilde y Sonia habían sido sus amigas… tal vez sus compañeras... Eso era, para él, una revelación que le obligaba a reírse de s¡mismo; de su antiguo respeto y de sus reverencias de la víspera... ¡Había sido modelo!... ¡Todos la habían visto desnuda!... La visión del cuerpo fino de la actriz apareció, neta, ante su retina: la vio de pie sobre una mesa de estudio, muy alta, muy delgada, muy bella, levantando los brazos como Afrodita, o inclinándose como Diana, para atar los cordones de su sandalia...
De pronto, una vocecilla temblequeante le sacó de su sensual ensimismamiento. Era Blemont que le decía buenas noches al pie del palco.
- Buenas noches, Lucianito.
- ¿Tú aquí? Hace dos horas te dejé en una esquina, sin embargo...
Sí; pero al llegar a su casa el pobre bohemio había encontrado cuatro billetes para asistir a la pantomima. Su deseo era aplaudir a Luis... all¡estaban todos los amigos... Y todos muy contentos... muy entusiastas... Pierrot tenía genio… Le harían una ovación al final.
El telón se levantó de nuevo... y Pierrot, más blanco todavía, blanco con la blancura cadavérica de los celos, blanco como la hostia de la comunión de los agonizantes, blanco cual un muerto, en su túnica color de sudario, apareció tras una puerta. Sus ojos brillaban, en la máscara de yeso, con resplandores lamentables de cirio. La contracción de sus labios tenía algo de macabro... Oía...
.... ¡Pobre Pierrot!... Pegando el rostro contra la puerta cerrada, oía lo que pasaba en la alcoba... Oía los suspiros de Colombina; y oía las palabras del marqués... Su frente, su boca, sus manos, todo su ser, en fin, iba indicando las impresiones que producían en su alma doliente las escenas de la traición...
Cuando un beso sonaba dentro, Pierrot sentía el beso… cuando una risa llegaba hasta él, Pierrot reía.... cuando las manos de Colombina estrechaban las manos del marqués, Pierrot unía sus manos... Y ese simulacro de amor, indicando el amor de la mujer amada y del hombre aborrecido, tenía, en su elocuencia silenciosa, un aspecto trágico y alucinante.
Los ojos de Violeta estaban húmedos de lágrimas. Luciano se acercó a ella y sin decirle una palabra, impulsado por la pasión que flotaba en la atmósfera, le cogió una mano y la acarició largo rato entre las suyas. Sus ojos se encontraron y contempláronse tiernamente....
En el fondo de la sala, Pierrot seguía sufriendo. De pronto todo su cuerpo se irguió. ¡Ya era bastante!
Con los puños crispados, precipitose sobre la puerta y llamó, llamó con insistencia, hiriéndose las manos, apoyando las rodillas, la frente y el pecho contra la madera impasible… Llamó, llamó, llamó...
Cuando el telón comenzó a caer, Pierrot llamaba todavía...

***

Al oír los aplausos que saludaban al altísimo poeta mudo, Violeta retiró, en un ademán rápido, la mano que había abandonado durante el acto entre las manos del poeta. - Luego, con voz alterada por la emoción, dijo su entusiasmo artístico y su infinito goce sensitivo.
Luciano la dejaba hablar, sin interrumpirla, sin oírla casi, fijándose únicamente en la palpitación de sus labios sensuales... Cuando quiso responderla y ser elocuente como ella, no lo pudo. Su garganta tenía algo de anormal y su boca estaba seca. Cambió de sitio.
- ¿Se aleja usted de mí? - preguntole su compañera mirándole dulcemente.
Él volvió a ocupar su silla detrás de Violeta, sin decir nada, sonriendo con una sonrisa de agradecimiento y de súplica.
Al fin el telón se levantó para dejar ver el último acto de la pantomima.
All¡estaba Pierrot, con una espada en la mano, nervioso, esperando a su rival. El rival llegó ... ¿en dónde estaba?... Allí, frente al amante de Colombina; y sin embargo nadie le veía… All¡estaba; Pierrot saludábale con seca cortesía... poníase luego en guardia... atacábale...
En la escena no había sino un mimo armado, resistiendo a ataques ideales, lanzándose furioso contra el aire, y saludando, de vez en cuando, a la izquierda... Era un duelo solitario, pero hecho con tal brillo, con tal pasión, con tal arte, que los espectadores llegaban a ver (visionarios tiranizados por el genio) las sombras del enemigo y de los testigos.
El duelo duró mucho tiempo. Al fin Pierrot soltó la espada, levantó los brazos para que las sombras de sus amigos le sostuviesen, comenzó a agonizar... Sus ojos se dilataron horriblemente haciendo dos manchas violáceas en la blancura del rostro; su nariz se adelgazó; su labio inferior agrandose, ablandándose y contrayéndose en un gesto de precoz descomposición...
... Iba a caer, Pierrot; ya no tenía fuerzas; su sangre, escapándose por una herida invisible, vaciaba su cuerpo como una vejiga agujereada... Iba a caer, cuando Colombina apareció, despeinada y sin sombrero, vestida apenas con una enagua y un corsé... El marqués trató de agarrarla, pero ella resistió, colérica, precisada, y llegó hasta Pierrot que se precipitó sobre ella, ofreciéndole aún sus labios ya muertos pero llenos aún de besos funerales...

***

Al final de la escena, Violeta buscó la mano de su amigo y la acarició febrilmente durante un minuto. Luego se puso de pie, pálida, temblorosa, con las pupilas ahogadas en la humedad de sus lágrimas.
- ¿Nos vamos? - dijo.
Luciano repuso dominando su emoción:
- Luis nos espera... es imposible marcharnos sin felicitarle… ¡Nos quiere tanto, el pobre!
- Es verdad - murmuró Violeta.
Entre bastidores fueron recibidos con entusiasmo por Pierrot y Colombina, que principiaban ya a limpiarse la pintura que cubría sus rostros.
Sonia estaba radiante de alegría con su primer triunfo, obtenido en un teatro verdadero, ante un gran público. Sus éxitos anteriores, en el concierto de los Decadentes, parecíanle puras niñerías. Lo que deseaba ahora, era seguir siendo aplaudida al lado de Pierrot por todo el París artístico de los estrenos del Boulevard.
Violeta le hizo muchos elogios.
- ¿De veras, te gusto?
Sus ojos negros indicaban la satisfacción orgullosa de su alma. Creíase una gran actriz, y la misma Violeta, en quien antes había visto una mujer superior que n¡siquiera tenía derecho de envidiar, pareciole como una compañera suya, n¡más n¡menos grande que ella.
- ¿De veras, de veras, te gusto? - preguntó de nuevo.
- Eres admirable - repuso con convicción la querida de Durán.
- ¿Y Luis? ... ¿Qué dices de Luis? ... ¿No te parece genial?...
- Sí; soberbio ...
En Ia expansión de su dicha, Pierrot repartía abrazos a diestra y siniestra, ensuciando, con el blanco de su rostro la levita de Luciano, estrujando el talle de Violeta y magullando a Colombina.
Sonia, por su parte, ocupábase más de Pierrot que de ella misma, mojándole las toallas, arreglándole la camisa, sacudiendo sus vestidos, ayudándole, en fin, en su toilette, con una solicitud enternecedora. “¡Mi Luisito” - decía - “mi Luisito adorado!”... y con un impudor ingenuamente parisiense, acariciábale las manos y se frotaba contra él como una gata enamorada.
Mientras Pierrot y Colombina cambiaban de traje, Violeta y Luciano pasaron a un saloncillo mal alumbrado. Sentados en el mismo sofá, charlaron ... Dijéronse, sin notarlo y hablando a medias palabras, muchos secretos; descubriéronse algunos rincones de sus almas orgullosas; hiciéronse traición a s¡mismos, abriendo más de lo que hubieran querido las puertas, generalmente selladas, de sus jardines secretos...
Desde que su amiga le había confiado su antigua profesión de modelo, Luciano sentía por ella un cariño cas¡compasivo. Sin saber por qué, la estimaba menos y la quería más. Ya no veía en ella frialdad ninguna, sino una gran melancolía y una resignación silenciosa que la obligaba a tolerar a René para no perder su posición y su tranquilidad...
Violeta, a su vez, comprendía que, al revelar su antiguo oficio y sus antiguas relaciones, había entregado algo de ella misma a su compañero de esa noche; y, resignada, decíase mentalmente que nadie hubiera podido merecer más que Gramont, su cariño y su confianza.
Después de un largo silencio pensativo, el poeta preguntó:
- ¿En qué piensa usted?
- En nada - repuso ella. - ¿Y usted?
- Yo ... en usted.
Sus manos se buscaron instintivamente, como antes lo habían hecho en la penumbra del palco, y sus miradas se confundieron de nuevo.
- ¡Lucianol...
- ¡Violeta!...
Era la primera vez que ambos se llamaban por sus nombres, a pesar del deseo expresado por ella, desde un principio, de ser tratada con confianza.
De pronto, cuando menos lo esperaban, oyeron llamar a la puerta y simultáneamente dijeron: “adelante”.
Un empleado del teatro, llevaba un sobre para Luis. Abriolo Luciano y leyó: “Producto de la velada... Butacas obsequiadas por el autor... 200.- Butacas vendidas... 102... Producto líquido ...306 francos”.
En el mismo sobre iban tres billetes azules del Banco de Francia.
- Está bien - dijo el poeta dirigiéndose al empleado, después de enterarse de la cuenta.
- Necesito un recibo, caballero.
Fue indispensable llamar a Luis que llegó, ya “vestido de paisano”, siempre nervioso y siempre contento, a firmar lo que le pusieron delante, sin fijarse en las cifras. “¡Un recibo! - pensaba - es la primera vez que doy un recibo!... M¡vida nueva, rica y gloriosa, se inaugura brillantemente” – Luego preguntó al oído, a su amigo, cuánto le habían dado.
- Trescientos francos - repuso Luciano.
-.¿Nada más?
- Nada más.
- No importa; ya ganaremos muchos millares... Esta vez ha sido necesario regalar algunas butacas... Por lo pronto guárdate eso para ti.
- ¿Para mí? ... No seas tonto ... Tú tienes más necesidad que yo, con tu Colombina.
- Guárdate la mitad entonces.
Luciano se guardó cien francos y entregó los otros dos billetes a su amigo.

***

Violeta, viendo que ya era muy tarde, quería marcharse.
- Vámonos - dijo el poeta.
En el coche que los conducía, de nuevo hacia el Luxemburgo, la actriz y su compañero hablaron con íntima ternura de Luis y Sonia.
- ¡Qué dichosos son!
- Sí, muy dichosos.
Sus manos no se juntaban ya, para acariciarse; pero en cambio cada una de sus palabras era una caricia.
Al despedirse, en la puerta de la casa de Durán, sintieron una gran congoja, como s¡el adiós que se decían fuese el último.
- Adiós Violeta ...
- Adiós Luciano.
Por fin el poeta se llevó a los labios la mano· ardiente: de su amiga, rompiendo así, con la brusquedad de un beso sonoro, el dulce ensueño que mecía silenciosamente sus almas ...

Sait Faik Abasiyanik - "El hombre que había olvidado la ciudad"

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Cuentista, novelista y poeta turco. Influido por el modernismo y las vanguardias de principios del siglo XX, su estilo fue muy rompedor con lo que se hacía en aquellos momentos en su país por lo que se le considera un pionero de la literatura moderna turca. En sus obras se habla de los trabajadores, de los niños, de los pobres, temas que tampoco eran habituales en aquellos momentos entre los escritores turcos.
El cuento pertenece al volumen "Semaver" de 1936. En español aparece en la antología de cuentos del autor "Un hombre inútil" de 2023.
La versión es la de Mario Grande Esteban.


Hacía mucho que no bajaba a la ciudad. Aquel día, al abrir la puerta del hotel dispuesto a amar a la humanidad, la primera persona que apareció fue el hijo de un panadero. Le miré las mejillas sucias y pálidas y los pies descalzos, no compasivamente sino con amor. De todos modos, ¿no había salido a la puerta del hotel con esa disposición? Me quedé con ganas de abrazarlo y comprarle un par de zapatos de goma en la tienda de la esquina y un pantalón blanco donde el judío de un poco más allá.
—¿Qué miras, señor —dijo—, necesitas un porteador?
—No, mi niño —dije.
Estuve a punto de decirle: «Ven que te compre un pantalón y unos zapatos». Pero al ver su mirada deseché la idea. Era entre doliente y maliciosa, tan escrutadora como si quisiera detectar alguna enfermedad extraña en la mía, llena de amor. Saqué veinticinco kuruş, se los di y eché a andar. Salió corriendo detrás de mí. No le miré a la cara, pero sus manos lo decían todo:
—No te creas tan generoso, ¿vale?
Tomé los veinticinco kuruş. Quise seguir mi camino sin responderle. De pronto se disipó toda mi alegría, hecha añicos con el estrépito de un vaso al romperse.
Recogí con la mirada la alegría caída y hecha añicos a mis pies. Di media vuelta a casa y me metí en mi cuarto.
Cuatro paredes, una ventana, unos cuantos libros en una maleta y una cama de hierro… Sin pensar en ni siquiera leer nada me puse a dar vueltas por el cuarto que era igual que una celda. Cuando me puse a pensar, se fue recomponiendo lo que se había roto dentro de mí, igual que en algunas películas se ensamblan y se recomponen en el acto las piezas rotas de los automóviles. Recobré la alegría. Salí a la calle dispuesto a amar a la humanidad.
Caía la tarde. Me detuve en el estanco de la esquina. El sol daba en las revistas literarias sin vender. Estuve considerando si podía haber algún nexo, alguna relación entre las revistas literarias y la luz del atardecer que daba en el estanco al mismo tiempo.
Di una lira al estanquero. Me pareció que tardaba mucho tiempo en darme el cambio y el paquete de tabaco. Me vi forzado a mirar al estanquero. Estaba meneando la lira delante de mis narices.
—Está cortada de derecha a izquierda, señor mío, no es válida. Si estuviera cortada de arriba abajo podría valer, pero así no.
—¿Cómo que no es válida? Claro que lo es, si no ¿cómo la tengo yo?
—Es la ley, señor.
La ley de protección del dinero. Ya sé que la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento. No podía quebrantar la ley. Busqué los veinticinco kuruş de antes, no pude dar con ellos y seguí mi camino.
No me convenía sacar otra lira del bolsillo para comprar cigarrillos. Burlar la ley soltando billetes no es solo cosa de abogados, es un derecho de todo ciudadano. Por eso me pareció un gesto inteligente ir con la misma lira a otro estanquero. Después de coger la lira me dio el paquete y, según iba a darme las vueltas, debió de sospechar de mis prisas porque volvió a mirar detenidamente el billete.
—¿Podría darme otra lira, por favor? —dijo con una sonrisa.
—¿Por qué?
—Esta no es válida...
Recuperé la lira sin pedir explicaciones. Recorrí irritado estancos uno tras otro, sin mirar a la cara de los estanqueros con ojos entre estúpidos e intrigados que traslucían todo pensamiento e imaginación. Llegué al convencimiento de que no iba a poder colar el billete. Tenía otra lira nuevecita y sin arrugas en la cartera. Le di vueltas a mi lira verde y muaré, demasiado verde para cambiarla por once céntimos y medio de cigarrillos, pero al final se apoderó de mí el deseo irresistible de fumar. No puedo recordar cómo cambié el dinero y abrí el paquete, cómo me llevé el cigarrillo a los labios y lo encendí, con una avidez semejante a la que sentí la primera vez que me acerqué a una mujer.
El humo azul salía de mis labios como una vena cálida y abultada de la muñeca. Chupando el cigarrillo con el ánimo confuso, como cuando lamo el dedo de mi amado, me sentía de vuelta a mis dieciocho años. El último fragmento de mi alegría hecha añicos volvía a encajar en su sitio impulsado por la propia vida. Estaba contento. De amar a la humanidad, de cazar pájaros amarillos y dorados mezclados en las farolas que iluminan la ciudad, de saludar a uno, de dar una colleja a otro, de tomar entre las manos los finos dedos de otro que va un poco más adelante... Se ríen de mí.
—Ese tipo está loco ¿o qué?
Eran unas chicas alegres. Olían a suburbio por los cuatro costados. El habla y el acento eran correctos. Dos amigas. Tostadas por el sol, chorreaban de sudor, amor y sol dentro de sus vulgares vestidos de verano de mangas cortas. Será que sin darme cuenta yo había sonreído amorosamente a la que primero había dicho «Ese tipo está loco ¿o qué?», y ella no pudo evitarlo. Me dirigió una mirada muy dulce. Me armé de valor y fui tras ellas. Llevaban buen paso. Tuve que apretar para darles alcance. Se volvían a mirarme de vez en cuando y se reían. Yo me sentía lleno de versos de Servet-i-Fünun, capaz de hazañas caballerescas.
¿Qué podría decir? Varias veces me acerqué decidido a las chicas con una frase preparada. Al final la frase no me salía y no decía nada. Entonces me quedaba un poco más atrás maldiciendo mi falta de ingenio. Pero esta vez fueron ellas quienes se detuvieron. Yo iba hecho un puro nervio. Cuando llegara a su altura les diría algo bonito verdaderamente inspirado. ¿Acaso no era yo poeta? Ciertamente, la inspiración vendría en mi ayuda en este momento de angustia. Ya estaba prácticamente a su altura. La inspiración batió las alas. Mi frase estaba en gestación. Era como si mis dientes molieran y prepararan las palabras. De pronto, esta vez la amiga que no había dicho nada me soltó:
—Señor, si sigue viniendo detrás de nosotras tendremos que denunciarle a la policía.
Al momento me rodearon unos niños griegos desnudos, europeos de agua dulce de habla francesa intentaban explicarse unos a otros mi situación y las hermosas señoritas remilgadas me miraban de arriba abajo con ojos como platos.
Di media vuelta, dispuesto a huir.
—Espere, señor. ¿No le da vergüenza importunar a las señoras? Aunque a primera vista parece un caballero, es usted un tipo maleducado —dijo un hombre rico, gordo, trajeado, bien afeitado y encorbatado, un diputado o empresario.
—Oh, déjelo, caballero —dijo una de la chicas—. No hay nada que hacer con hombres así.
Mi alegría llegó al máximo. Como si todos los tornillos estuvieran apretados y las juntas engrasadas.
Me fui imitando el traqueteo de una máquina.
—Tranquilo, muchacho. ¿Qué pasa? —dijo un conductor que pasó a mi lado.
—Estoy muy tranquilo. ¿Qué pasa? Pues que andan diciendo a mis espaldas que estoy borracho.
Claro que estaba borracho. El tiempo, las farolas, la ciudad me emborrachaban. La gente me atraía con la fuerza de un imán. Habría querido abrazar al mundo y a la ciudad sin hipocresía.

Claudia Arroyabe - "Se vende vestido de novia"

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Cuentista, editora y cronista colombiana (también firma con el seudónimo Koleia Bungard).
El cuento pertenece al volumen "Mientras Dios descansa" de 2005.



Tres días antes de la boda de Raquel, en el momento mismo en que su hermana Libia le hacía los últimos ajustes al vestido de novia, llegaron con la noticia. Encerradas en el cuarto de costura, lo primero que oyeron fue el grito de doña Noelia, cotidiano aullido que, por tan habitual en ella, no sacó de su concentración a prometida y modista. “Quién sabe qué se le cayó a mi mamá”, dijo Libia, “De seguro se machacó con algo”, especuló Raquel, y a volver a lo propio que para mimar a la doña estaban Arturo y Gladis, los otros hijos.
Pero no tardó el reloj en marcar cinco minutos cuando don Ramón Hincapié, padre del novio, se apareció en la habitación con cara de martirio, ojos de toro, boca de perro de pelea, y entre ahogos, lágrimas y mocos detuvo la pasada de la aguja por las enaguas esponjosas: “Quítate ese vestido, Raquel bendita. Ya no te vas a poder casar”. Y en el acto cayó hincado a los pies de la ahora viuda, en un dolor intenso del tamaño de una gastritis.
Espectadora número uno de la escena, doña Noelia lloraba a cántaros y gritando cual si la torturaran esperaba la reacción de la envuelta en el vestido blanco: “Qué pasó, don Ramón, a ver, explíqueme, cómo que no me puedo casar, por qué lloran, qué pasó, por el amor de Dios”. Y no pudo evitar que su cuerpo se desplomara cuando el primer hincado habló por segunda vez: “Mataron a Ignacio, mijita, me mataron al hijo, me lo mataron”.
Y en los segundos gastados mientras Raquel reacciona, sépase que Ignacio era un jovencito muy querido, adorado en el pueblo porque sonreía siempre aunque no hubiera por qué. En la casa de la novia lo querían tanto que los dejaban conversar en la sala hasta las once de la noche, y había tardes en que, tan comedido él, acompañaba a las cuatro costureras en las largas sesiones de pulida y planchada. A través de los tres espejos dispuestos estratégicamente en el cuarto, Ignacio miraba a Raquel y le quitaba la ropa con un suspiro, y ella agachaba la cabeza desapareciendo en la mente a su mamá y a sus hermanas y desnudándose en medio de la lana regada y los retazos de uniformes del Liceo y de la Normal.
La menor de todas, la más bonita, la más callada y la más boba de las hijas de la modista había conquistado al hijo de don Ramón, y con siete meses de noviazgo se había echado al bolsillo al hombre más comedido, trabajador, ordenado, respetuoso, sencillo y noble que el pueblo haya conocido. El matrimonio había tenido que aplazarse dos semanas porque al padre Mario le había dado una diarrea espantosa, si no los novios ya estarían de mucha argolla en el dedo.
Don Ramón se fue y tuvo que pasar un día con todas sus horas para que Raquel comprendiera que ya no iba a usar el vestido de novia que le había hecho Libia y que ella misma tuvo que quitarle porque de dolor su hermana no se podía mover. Tuvieron que pasar dos días con todos sus minutos para aceptar que Ignacio había muerto a cuchilladas en la puerta de la carnicería de su papá. Tuvieron que pasar completos los tres días con todos sus segundos, con el velorio, el entierro y el llanto de todo el pueblo, para que la soltera enviudada se levantara del golpe y decidiera ir personalmente al comando de policía, dizque a perdonar al asesino.
“¿Al comando, Raquel? ¿Qué vas a ir a hacer allá, Dios mío?”. Pero no hubo madre que lo prohibiera, suegro que la detuviera o hermanos que la convencieran. “Voy a perdonar al hombre, ¿no entienden eso tan sencillo?”, dijo. Pero nadie supo cómo llegó al comando.
“Déjeme entrar, comandante, yo necesito ver a ese hombre”. Y él que no. “Se lo suplico, comandante, hágame el bien”. Y él que no. “Compadézcase de mí, comandante”. Y él que no. “Necesito saber quién me mató a Ignacio, comandante”. Y él que no. “Póngase en mi caso, comandante”. Y él que no. Y ella llore y suplique. Y él que va sintiendo el corazón achatarse. “Mire que…” Y él que “mmm”. Y ella que suplique y llore. Y él que “está bien, pero que la acompañe el agente”.
El calabozo era un hueco negro y húmedo que olía a desgracia. Para llegar hasta allá, Raquel caminó dieciocho metros y diecinueve miedos —el mismo número de sus años—, transitando una especie de laberinto fantasmal apenas comparable con su propia cabeza. En una mano llevaba el corazón que le latía enloquecido, y en la otra ese calmate, mujer que tanto se repetía y que se quedó pegado a la reja cuando por fin llegó.
Ni una palabra y el asesino al fondo. “Párese, desgraciado, y venga que la señorita le tiene que decir una cosa”, palabras pronunciadas afuera por el agente aquel, mientras adentro, que no se veía más que una luz ahogada, un carraspeo de garganta fue la primera señal. Y Raquel inmóvil en la reja, quien la viera diría imperturbable, pero no, eso no, después de tres días no era más que calvario, truenos, ganas de vomitar… Pero sacó fuerzas de su desgastada reserva y entonces habló. “Venga, señor. ¿Puede acercarse?”.
En menos de tres segundos, la figura del asesino: cubierta su cabeza con un poncho mugroso, camisa apenas cerrada en un botón, barriga, barba, arrugas, manos en los bolsillos, ojos brillantes y huidizos que sin oponerse chocaban con la línea de luz que entraba por una ventana condenada. Ni una pizca de arrepentimiento en su rostro.
—Que Dios lo perdone —dijo Raquel al tenerlo frente a frente.
—Yo no quiero que nadie me perdone. A mí que me devuelvan mis vacas —respondió el hombre con los ojos ahora menos brillantes pero de golpe fijos.
—¿Vacas? Pe… pe… pero… ¿cómo? ¿Usted me acaba de matar a Ignacio y sigue pensando en vacas?
—A mí me robaron mis vacas y me las mataron.
—Pero eso no era culpa de Ignacio, bendito sea Dios. ¿Es que usted no tiene corazón? Véame a mí, véame a mí. Usted me mató el marido. Yo me estaría casando hoy. Y véame a mí, por el amor de Dios. ¿Son más importantes unas vacas que una persona? ¿Ah? ¿Son más importantes? A ver, dígame, dígame…
Y ese calmate, mujer que traía Raquel en una mano se deslizó por la reja, fue a parar al piso del calabozo y se escurrió por cuanta grieta encontró en el laberinto y se fue yendo y se fue yendo hasta caer a un pozo invisible y desaparecer. El agente no vio la metáfora, pero sí el desaliento de Raquel, el no puedo creer lo que oigo, el si no me tienen me desmayo. Entonces la tomó por el brazo y “deje esto así, señorita”, le dijo. Pero ella, que sólo había ido a pedirle al hombre que le hiciera el favor de matarla, se aferró de nuevo a la reja y le dijo al agente que el asunto no había terminado, y volvió sobre el asesino esa voz llanto, laguna, interrogante, odio.
—A ver, responda, ¿son más importantes esas vacas que este dolor? Usted qué va a entender eso, por Dios, esas son cosas que usted no entiende. ¿O sí? A ver, dígame por qué lo mató.
—Porque me robaron mis vacas y me las mataron.
—¿Y ya? ¿Tan sencillo? Porque le robaron unas vacas. Válgame Dios.
—Eso pa’ usted no es nada, porque no eran sus vacas. Yo las levanté, yo las cuidé más que a mi mujer. Yo ni comí cuando se enfermó mi Victoria, la más alentada. Yo levanté esas vacas, yo solo. Estas manos las ordeñaron, abonaron la tierra pa’ que se pusieran más robustas. Y me las robaron, de un día pa’ otro yo ya no tenía mis vacas, ni con que comprar otras. ¿Sí ve? Me las robaron.
—Y eso le da derecho a matar a alguien, ¿ah?
—Yo no iba a matar a nadie. Yo dije: que aparezcan mis vacas, pero no aparecieron. Y después me dijeron que don Ramón las compró. Se las compró al que me las robó. ¿Sí ve? Ese señor compra reses robadas porque valen más poquito, y después se las vende a la gente como si nada. Allá llevaron a mi Victoria, a la Tota, a la Bizcocha, mis tres vaquitas.
—Usted está loco, loco. ¡Por Dios! ¿Entonces si yo le robo esa camisa usted me mata? ¿Si le robo esa camisa me mata?
—A mí que me roben lo que quieran, ya está. Ya no tengo mis vacas ni con que comprar otras.
Y dicho esto Raquel dejó venir un llanto de esos inevitables que provocan las cebollas o los dedos recién machucados. Luego, con la mano que ya no tenía la calma agarró de la camisa al hombre que, ¡desgraciado!, la seguía mirando a los ojos. El agente, a su derecha, le pidió compostura, la cogió del brazo y trató de separarla de la reja, pero ya la pobre no podía retroceder.
Ignoraba Raquel a dónde se estaba yendo su cordura, quizá a las mismas grietas recorridas por su calma. En su cabeza la sangre empezó a revolverse y a hacerse más líquido, más antojo, y en un despiste del agente, la niña viuda sacó el cuchillo de entre sus faldas y con una fuerza demencial atravesó el estómago del enrejado. Los ojos del policía se hicieron dos globos de navidad encendidos y membrudos y, como en cámara lenta, vio caer los dos cuerpos al mismo tiempo, uno a cada lado de los barrotes: de éste, la asesina sin soltar la mano del mango que como perchero salía del estómago; y de aquel, el asesino desmayándose así: mórbido, lóbrego, dramático, esquelético, anómalo, camino del sarcófago.
Así mató Raquel a quien mató a Ignacio. Y después, con el cuchillo en la mano sin calma, dejó el cuerpo tendido al otro lado de la reja, en tanto el agente llamaba a gritos al comandante, que no apareció en escena porque ni estando en el lugar del crimen los policías llegan a tiempo. Entonces deshizo los dieciocho metros y treinta y seis miedos de aquel laberinto ahora encandilado que la conducía a quién sabe dónde, ya no con ese calmate, mujer en una mano, sino con el filoso cuchillo que su por poco esposo le había prestado a doña Noelia para arreglar las carnes de la cena de bodas, y que ella llevaba escondido para pedirle antes al ahora muerto que la matase.
No hubo quien la atajara porque al pasar frente a los agentes de guardia, la que caminaba era una figura de ultratumba, un Satanás cargando su tenedor, una estampa de esas del desfile de mitos y leyendas, así, tenebrista como una mujer de Caravaggio. La como sonámbula era todo menos la niña Raquel, la hija de la modista, la nuera de don Ramón, la vecina del comando, tan seria ella, tan hacendosa, tan sin pecado.
Afuera de la casa Libia tomaba el sol y terminaba de cambiarle una cremallera al pantalón de su hermanito Arturo, cuando vio venir a Raquel caminando. Se rascó los ojos y parpadeó con prisa cinco veces. ¡Unos segundos antes la había dejado dormida en el sillón de la sala! Pero lo cierto era que su hermana había salido con sigilo, y ahora no estaba caminando, no, venía levitando, flotando, espantando; con el vientre manchado de sangre, un cuchillo empuñado en la mano derecha y el cabello cubriendo parte de un rostro amarillo, color de ciruela podrida.
Y del asombro, la otra ni pudo levantarse de la acera. Se tapó la boca con las manos, siguió con la mirada el pique de las gotas rojas contra el adoquinado y acompañó el cuchillo en su caída vertiginosa contra el pavimento. Vio en la esquina a tres policías atolondrados mirando a su hermana desaparecer a cada paso. Imaginó en la velocidad de un sueño los hechos que acaban de narrarse, y al cerrar la boca se mordió la lengua.
Raquel imitó la acción del arma y buscó el piso como hacen las hojas de los guayacanes. Libia se clavó sin culpa la aguja en un dedo, tiró el pantalón y corrió a confundir la sangre de su mano con la del asesino asesinado que cubría íntegra la mano de Raquel. Viendo que de las puertas vecinas iban saliendo ojos inquisidores, la arrastró hasta la casa. Su mamá y sus hermanos, Arturo y Gladis, habían ido a visitar a don Ramón, así que Libia llegó sola al fondo del corredor, arrastrando como carretilla a su hermana moribunda. Iba a descargarla sobre el sillón de la sala cuando una presencia blanca le cambió la expresión del rostro.
Extendido perfectamente sobre el sillón, con una cabeza de muñeca saliéndole por el cuello, Raquel había puesto sobre su traje de ángel una hoja que con caligrafía perfecta y en tinta negra decía: “Se vende vestido de novia”.

Mónica Ojeda - "Cabeza voladora"

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Novelista, poeta y cuentista ecuatoriana.
Este cuento pertenece al volumen "Las voladoras" de 2020.




Le dijeron que no mirara las noticias, que evitara abrir los periódicos. Le recomendaron no entrar en redes sociales y, de ser posible, quedarse en casa durante una semana como mínimo, pero ella igual salió. Y en la esquina la abordaron tres hombres con laca en el pelo que le preguntaron cosas absurdas, cosas que le parecieron de mal gusto y al borde del grito. Se pegaron a su cuerpo. Soltaron saliva. Angustiada, caminó rápido para escapar de la humedad de esas voces, de las grabadoras, de los zapatos desgastados, y tropezó con su propio pie. Ninguno la ayudó, sino que continuaron lanzándole preguntas sin sentido, algunas incluso crueles, acercándole agresivamente los dientes a la cara.
En medio de la confusión sintió unas inmensas ganas de vomitar.
Vomitó y salió corriendo.
Esa mañana no fue al campus universitario, sino al parque. Pensó que, contrario a lo que decían sus colegas, respirar aire fresco le haría bien: mirar otro paisaje, ver perros de distintos tamaños restregándose contra la tierra y meando árboles como si el mundo fuera un lugar simple. Así que se internó en el parque del vecindario, el mismo al que Guadalupe solía ir a patinar todos los miércoles, y casi disfrutó de los ladridos y de los pájaros, de los insectos y de las estatuas. Casi olvidó el sarpullido en el cuello, las uñas mordidas. El día le pareció luminoso aunque de un modo inquietante: la luz tenía una tonalidad blanquecina, del color de un hueso limpio, y la gente no hablaba entre sí, aunque se sonreían largamente en los jardines. Más adelante, en los límites de la arboleda, un grupo de niños jugaba a la pelota. Entonces sus manos empezaron a temblar y los temblores le recordaron que el mundo era un sitio horrible donde abandonar el cuerpo.
Habían pasado solo cuatro días desde lo de la cabeza.
En la universidad le dieron una baja forzada. Según el decano era imprescindible que tuviera tiempo para descansar. Como si tal cosa fuera posible, pensó ella. Como si fuera posible dormir, comer, respirar, ducharse o lavarse los dientes. Había momentos en los que ni siquiera se sentía capaz de mover las extremidades fuera de la cama y pensaba en las de Guadalupe: en el lugar perdido de la tierra en donde estarían, solas, como frutos desaguándose en medio de la noche. Quizás ni siquiera habían sido enterradas en la ciudad, concluía a veces mordiéndose la lengua. Tal vez sus brazos estaban en el campo y sus piernas en las faldas del Tungurahua o el Cotopaxi. La madrugada anterior había soñado con su torso moreno y menudo bailando en medio de la selva, agitándose, sacando las costillas y los pequeños senos. Era un torso flotante que brillaba como una luciérnaga, que ascendía hacia las altas ramas de un árbol de sangre.
La policía se lo contó cuando la llevaron a declarar: no encontraron el cuerpo de Guadalupe, solo su cabeza. Pero la cabeza la encontré yo, pensó rabiosa. La policía no había hecho nada.
Para regresar tuvo que evadir a los periodistas –«¿Qué sintió usted al ver la cabeza de la niña?», «¿Qué tan cercana era a sus vecinos?», «¿Conocía usted al doctor Gutiérrez?», «¿Era él un hombre agresivo?», «¿Cómo describiría la relación entre el doctor y su hija?», «¿Va a cambiarse de barrio?»–, y cuando cerró la puerta notó, por primera vez en días, la ropa tirada sobre el sofá, los platos sucios, los papeles en el suelo. Las pesadillas iban y venían si lograba dormir, pero la mayor parte del tiempo se sentía ansiosa, incapaz de mantener los ojos cerrados. Más de una noche terminó sentada en el patio de su casa, observando la pared que daba al jardín del doctor Gutiérrez. No era que quisiera hacerlo, sino que no lo podía evitar. Su mente regresaba a aquella pared, a la mañana del lunes: al sonido plástico y seco contra los ladrillos que llevaba escuchando durante horas y que creyó era el rebote de un balón.
Le sorprendía que la gente del barrio siguiera viviendo con normalidad. Había reporteros en las calles y en la televisión no se hablaba de otra cosa que del doctor Gutiérrez y de su hija, pero aun así los niños jugaban alegremente en las veredas, el heladero sonreía, las abuelas charlaban bajo el sol, los adolescentes pedaleaban sus bicicletas, los padres y madres de familia regresaban a la misma hora de siempre, cenaban y apagaban las luces. Ella, en cambio, no podía retomar su rutina. Lo cotidiano le parecía un animal muerto e imposible de resucitar. Por eso desobedeció los consejos de sus amigos muy pronto: encendió la televisión, abrió el periódico, entró en las redes sociales. Allí, la gente hablaba de la brutal decapitación de una chica de diecisiete años, de cómo la había matado su padre, un hombre de sesenta y reputado oncólogo. Hablaban de femicidios en las clases medias y altas pero, sobre todo, de la forma en la que se descubrió el crimen: de cómo el doctor Gutiérrez envolvió la cabeza de su hija con plástico y cinta de embalaje; de que estuvo, según determinaron los forenses, jugando a la pelota con ella durante cuatro días en el patio de su casa; de la pobre vecina que se levantó un lunes escuchando los golpes contra la pared de su jardín; de una patada fortuita que hizo volar la cabeza de Guadalupe Gutiérrez hacia la casa de al lado; de que la vecina tomó el bulto e inmediatamente entendió; del olor; del desmayo; de la llegada de la policía; del modo en el que el doctor se entregó, sin oponer resistencia, tomando una taza de té.
Se pasó la mano por el cuello, casi pellizcándoselo, al recordar la cara grisácea de su vecino caminando hacia la patrulla.
Esa tarde consiguió dormir y soñó con el cráneo perfecto de Guadalupe volando por el barrio, masticando el aire, descansando entre las flores. Nunca había cruzado más de dos o tres palabras con ella. Nunca le interesó saber algo de su vida. La veía muy poco y siempre en las mismas circunstancias: con su uniforme de colegio privado bajándose del bus o patinando hacia el parque. Era una chica como cualquier otra. Tenía la cabellera larga y negra, un pelo abundante que salía a pedazos de la envoltura en la que la puso su padre. Jamás los escuchó discutir ni tratarse mal. Una vez, incluso, vio al doctor besarle la frente antes de que ella se subiera al bus del colegio.
Si lo recordaba le daban náuseas.
Poco después se filtraron fotografías de los Gutiérrez en redes sociales. Nadie supo quién o quiénes lo hicieron, pero la gente las compartió de forma masiva y a ella le pareció horrible la exposición de la vida de alguien que ya no podía defenderse; el modo en el que bajo el hashtag #justiciaparalupe los demás retuiteaban imágenes privadas, mensajes personales que la hija del doctor le había enviado a sus amigos, información sobre sus gustos y hobbies. Había algo tétrico y sucio en esa preocupación popular que se regocijaba en el daño, en el hambre por los detalles más sórdidos. Las personas querían conocer lo que un padre era capaz de hacerle a su hija, no por indignación sino por curiosidad. Sentían placer irrumpiendo en el mundo íntimo de una chica muerta.
Si cerraba los ojos, ella veía la cabeza volar hacia su patio y dar dos botes sobre la tierra. Era una visión más que un recuerdo porque la cabeza tenía el tamaño de una semilla de aguacate, y luego la enterraba y la regaba y la veía crecer en un árbol con cabellos negros que parecían columpios.
Seis días después del encarcelamiento del doctor empezó a escuchar ruidos que provenían de la casa vacía de los Gutiérrez. Eran pasos y murmullos, sonidos de objetos moviéndose, puertas abriéndose y cerrándose. La vivienda había sido precintada y los únicos autorizados a entrar eran los policías encargados del caso, pero los rumores llegaban en la madrugada y duraban hasta poco antes del amanecer. Al principio, el miedo la hizo refugiarse en su habitación, cerrar las cortinas y taparse los oídos. Imaginó el cuerpo decapitado de Guadalupe buscando su propia cabeza en los recovecos de la sala, palpándolo todo como el cadáver ciego que era, y sintió pánico. Alguna vez la hija del doctor llamó a su puerta. Le dijo: «Buenas, ¿cómo está? ¿Me podría regalar un poco de azúcar?». Había olvidado ese encuentro, pero lo recordó al oír la vida de al lado. Recordó que Guadalupe entró al salón mientras ella le colocaba un puñado en una servilleta. No estaba segura de haber iniciado una charla, pero sí de que la chica se veía contenta. Recordó que al entregarle el azúcar vio un hematoma en su brazo y que no le preguntó por el origen del golpe. Recordó también a Guadalupe pidiéndole prestado el baño, y a ella diciéndole que no podía, que tenía que irse. «Lo siento, voy tarde a la universidad», le dijo. Recordó sentirse molesta por la petición de la chica, por seguir quitándole su tiempo.
Hundió el rostro en la almohada. Tal vez estaba intentando alejarse un rato de su padre, pensó. Y yo ni siquiera le permití eso.
Últimamente la culpa la hacía decirse cosas así, sobre todo durante las noches. Pero lo peor era cuando sudaba y casi podía sentir el tacto de la cabeza podrida envuelta en plástico entre sus manos. Se preguntaba por qué la había recogido de la tierra aquella mañana, por qué la había levantado si ya sabía, desde el momento en el que puso un pie en el patio, lo que en realidad era.
¿Cuánta fuerza se necesita para arrancarle la cabeza a una persona?, se preguntaba en ocasiones, con vergüenza, mirándose al espejo. ¿Cuánto deseo? ¿Cuánto odio?
Los ruidos continuaron encerrándola en su habitación hasta que una noche, desde la ventana del segundo piso, logró ver el jardín de la casa de los Gutiérrez. Toda la tierra estaba removida, las plantas arrancadas y, en el centro, siete mujeres permanecían sentadas en un círculo. Su primer pensamiento fue el de llamar a la policía, pero tenía pocas ganas de que la interrogaran, de oír a las patrullas, de describir decenas de veces lo que había visto o no, lo que había escuchado o no. Quería volver a dormir tranquila: regresar a la universidad, dejar a un lado las palpitaciones y las erupciones cutáneas, sosegar al árbol de las cabezas que crecía desbocado en su tórax. Pero desde que vio a aquellas mujeres no pudo dejar de pensar en ellas. Las madrugadas siguientes las espió y las escuchó cantar, murmurar rezos ininteligibles, deambular entre la hierba y la casa. Notó que tenían edades distintas: algunas veinte, otras cuarenta, otras sesenta o setenta u ochenta. Las vio hacer rituales extraños, tomarse de las manos y llevárselas al cuello durante horas. Vestían de blanco y cargaban el cabello suelto por debajo de la línea de la cintura. Desconocía cómo consiguieron entrar, pero se le hizo un hábito quedarse despierta y espiarlas. A veces lo hacía desde la ventana del segundo piso; otras, desde la fría pared del patio donde pegaba el oído cuando los rezos y cánticos de las mujeres apenas sobrepasaban el murmullo. Empezó a encontrar características propias del grupo de intrusas. Notó, por ejemplo, que enterraban rudas en la tierra removida. Que en sus cantos y rezos repetían palabras como «fuego», «espíritu», «bosque», «montaña». Que se trenzaban el cabello las unas a las otras. Que cuando ponían las manos en sus cuellos durante largo rato, se lo apretaban y dejaban marcas azules en la piel. Que corrían dentro de la casa y azotaban las puertas. Que se escupían en el pecho. Que bailaban haciendo círculos en el aire con sus cabezas.
Sentía, en la misma medida, repulsión y atracción por estas actividades nocturnas. También remordimiento por lo que había en su interior que la obligaba a ocultárselo a la policía, a sus vecinos o cualquiera que pudiera detenerlo. Remordimiento porque, de vez en cuando, miraba con extraño y desconocido placer la fotografía que le tomó a la cabeza de Guadalupe poco antes de que llegara la patrulla.
Repulsión y atracción: reconocimiento de lo ajeno en ella misma creciendo igual que un vientre lleno de víboras.
Los ruidos de la casa de los Gutiérrez eran distintos entre sí. Algunas noches las mujeres sonaban a niñas jugando, otras a coro de iglesia, pero siempre cantaban o rezaban en susurros. El sonido de sus voces era apenas un hormigueo en el viento que se elevaba igual que una ola. Desde el jardín ella las oía deslizarse hacia la casa, arrastrarse por el salón, escalar al segundo piso igual que una jauría, bailar cerca de las paredes, golpearse contra las esquinas, saltar hasta la extenuación en las habitaciones. Y, cuando la experiencia de espiarlas se hacía más intensa, no solo las escuchaba, sino que las sentía. Entonces una fuerza la impulsaba a imitar sus movimientos espasmódicos, sus retorcimientos, su forma de desdibujar los límites del espacio con una danza festiva y delirante.
Su propia casa empezó a parecerle una cáscara de mandarina, un caparazón de tortuga, una nuez. Una arquitectura orgánica que se comunicaba con la de los Gutiérrez. Casi podía sentir el flujo de la sangre compartida, el silbido de los pulmones. Ya no dormía ni comía, pero pensaba mucho y deseaba la oscuridad, los murmullos, los bailes. Las mujeres la hacían olvidarse de la cabeza de Guadalupe, del malestar de su propio cuerpo, de la sensación de asfixia. Sabía que estaba mal, que todo indicaba que debía sentir desprecio por ellas, sin embargo, esa locura enarbolada le permitía recordar a Guadalupe viva; recordar la tarde en que la vio patinando con las piernas manchadas de tierra, o la vez que la encontró abrazándose a una de sus amigas, o cuando la vio bajarse de una moto con un vestido brillante y sus ojos se encontraron con los de ella –negros, empapados de emoción– y, durante un brevísimo instante, creyó verse a sí misma veinte años atrás, sudada, alegre, ignorante de lo mucho que un cuerpo recién abierto al placer podía llegar a sufrir.
En el jardín vecino las mujeres se apretaban el cuello como si quisieran hacerlo desaparecer. Ella comenzó a llamarlas Umas porque así les decían a las cabezas que abandonaban sus cuerpos cuando se ocultaba el sol.
¿Cuánta fuerza se necesita para levantar una cabeza del suelo?, se preguntaba con la carga aún en las manos. ¿Cuánto amor? ¿Cuánto egoísmo?
Una noche el timbre sonó como un rayo partiéndole las rodillas. Caminó, descalza y temblando, hacia la puerta que de lejos parecía el tronco de una secuoya. Su mente, en una especie de premonición, intuyó lo único que podía ser cierto. Tomó aire y, en la oscuridad, el cuerpo le dictó el futuro: una mujer de cabello largo y encanecido, vestida de blanco, con una ruda en la mano llena de tierra.
Unos ojos marrones y jóvenes.
Unos pies desnudos igual que los suyos.
No se atrevió a confirmarlo: se agazapó sobre la mesa del comedor como un animal al que habían venido a cazar y esperó a que la sombra desapareciera. El timbre sonó dos veces más y luego el silencio, pero mientras tanto imaginó las cabezas de las Umas volando como un enjambre de abejas, rompiendo los cristales y mordiéndola con furia hasta dejarla deshecha sobre el suelo. Y tuvo miedo.
Despertó con el cuello lleno de marcas y las uñas rojas.
Alguna vez conversó con sus estudiantes sobre los cefalóforos: personajes que tanto en mitos como en pinturas aparecían sosteniendo sus propias cabezas. Esa tarde pensó en ellos y en si las Umas sostendrían las suyas con la misma paz, con la misma entereza. Se preguntó si no era ese un estado superior al que aspirar: aprender a ser una cabeza cuando el cuerpo pesaba demasiado, liberarse de la extensión sensible en donde respiraba el frío y el ardor, la pena y el abandono. También recordó aquella vez en que se masturbó imaginando a Guadalupe poniéndose los patines, mucho antes de su asesinato, cuando la hija del doctor tenía quince y ella veintiséis. Al terminar se sintió sucia por haber fantaseado con una menor, pero intentó disculparse a sí misma diciéndose que existía una brecha entre los deseos y la realidad, una brecha líquida y cambiante que la salvaba todos los días de ser quien era.
¿Cuánta fuerza se necesita para levantar una cabeza viva del suelo?, se preguntó esa noche. ¿La misma que para levantar una flor, un elefante, un océano?
A las tres de la mañana el timbre volvió a sonar, pero esta vez no se escondió. Se mantuvo quieta en su sitio con los ojos clavados en la sombra y, después, avanzó ligera, igual que las Umas en el jardín de los Gutiérrez: casi levitando, con los pies al borde de la ingravidez. Abrió la puerta y, al otro lado del umbral, la mujer la saludó en un susurro. Ella, en cambio, no pudo responderle, pero se preguntó por qué siempre le gustaba comprobar lo que en el fondo ya sabía: por qué no era inteligente, cerraba la puerta y huía de lo que estaba por venir.
–No necesitas zapatos –le murmuró la Uma antes de regresar a la calle.
Por unos segundos que significaron nada barajó la posibilidad de resguardarse de la verdad. Al contrario, salió detrás de la mujer, directo a la noche. Juntas le dieron la vuelta a la casa de los Gutiérrez, atravesaron una zanja y saltaron un muro hasta caer en el mismo lugar donde una cabeza había rodado durante días. Allí, las Umas permanecían concentradas y ni se inmutaron de su presencia. Ahora ella era la intrusa, pero no la trataron como tal.
Una mujer con los pechos bañados en saliva la tomó de la mano. Adolescentes, adultas y viejas, ecos distintos las unas de las otras, rezaban, cantaban, escupían y corrían agitando sus cabellos en el aire, apretándose el cuello hasta caer sonriendo sobre el césped.
–Come –le dijeron al oído mientras le daban a masticar una hierba que le hincó las encías.
La amargura de lo que masticaba se instaló en su paladar pero, poco a poco, el sabor se volvió dulce y espeso, y le entregó una última imagen de Guadalupe bajándose del bus, tarareando una canción de moda, con un cartel pintado a mano para el día del padre. Llevaba los cordones sueltos, el pelo enredado, la blusa manchada de rojo. Incluso a metros de distancia pudo oler el sudor seco en su uniforme, una mezcla entre cebolla y menta. Cuando se miraron, Guadalupe le sonrió igual que una niña a la que estuvieran por caérsele los dientes de leche: con amplitud y desenfado. Ella no recordaba haberle sonreído de vuelta. La conciencia de esa falta le produjo unas inmensas ganas de llorar.
–Sabemos –leyó en los labios de una Uma que apenas soltó un rumor.
Le trenzaron el cabello, la vistieron de blanco, le acariciaron el cuerpo con ruda fresca, y ella se dejó hacer como en un sueño donde no ponía en riesgo la carne. Había un frenetismo impúdico en los cuerpos que sudaban y mostraban sus uñas, sus senos, sus lenguas. Una excitación que ella también sentía al permanecer dentro del lugar en donde todo sucedió: una casa que olía a golpe y a podredumbre, que bailaba igual que un lagarto sin esqueleto. De repente quiso correr, lanzarse contra las paredes, arrancar la pintura, pero se quedó recibiendo la saliva espesa que las Umas le escupían en el pecho; oyéndolas musitar con la dentadura cerrada, viéndolas ahorcarse con sus propias manos.
El peso de una cabeza muerta es incuantificable sobre la mente, pensó a punto de vomitar.
Si cerraba los ojos veía una cabeza gigante de piel gruesa y ceño fruncido, con dos inmensas alas de cóndor emergiendo a los lados de sus orejas: una cabeza que se parecía a la de Guadalupe pero también a la de cualquier otra chica y que, pese a su evidente enfado, sonreía sin dientes en el jardín.
¿Por qué le tomé una foto? ¿Por qué la levanté del suelo?
Se llevó las manos a la garganta y la trató como plastilina, como cera hirviendo moldeándose al tacto, hundiéndose hasta la tráquea. La sensación la hizo gritar, pero lo que salió de su boca fue un bisbiseo. Entonces, en medio de la agitación de los cuerpos semidesnudos, lo sintió: el desprendimiento, la separación definitiva. Bajó la mirada y vio su cuerpo caído sobre la tierra, flojo y pálido como el capullo roto de una crisálida. Sus ojos estaban lejos, a la altura de diez, quince, veinte cráneos flotantes.
Su voz era viento.
Aterrorizada, escuchó el ruido de una cabeza siendo pateada contra la pared como el futuro. Y luego, abriéndose paso entre la ingravidez de los cabellos, el sonido de la suya propia volando hacia el patio de al lado y cayendo entre las hortensias.