Roland Topor - "La clase en el abismo"

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Novelista, cuentista, dramaturgo, pintor y ensayista francés. Fue cofundador con el dramaturgo Fernando Arrabal y con A. Jodorowsky del Movimiento Pánico, ese movimiento, surgido en los años sesenta del siglo pasado, heredero del surrealismo, el dadaísmo, la patafísica y del teatro de la crueldad propuesto por Antonin Artaud.
Entre otras muchas cosas, trabajó en la revista satírica Hara-Kiri, compendio del humor más negro y cruel.
Uno de los procedimientos mediante los cuales Topor consigue desestabilizar al lector es la desautomatización del lenguaje desmontando expresiones figuradas o tomando en sentido literal frases hechas o que constituyen referentes culturales. De esa deconstrucción nace el relato que nos sumerge en una realidad perturbadora.
Este cuento pertenece al volumen "Acostarse con la Reina y otras delicias" de 1996.
La versión es la de Juan Gabriel López Guix.


(Un autobús con niños de una escuela se ha caído por un barranco. Hay varios niños muertos; otros están heridos de gravedad. El conductor yace sobre el volante, con el pecho destrozado. El maestro, el señor Laurent, decide dar la clase mientras esperan los servicios de socorro).
—¡Vamos, vamos, niños, calma, por favor! ¡Silencio, silencio, chis!… Vamos, calma. Gracias. Vamos a conversar un poco. No nos hará ningún daño. La conversación es excelente para el vocabulario y para los nervios. Bien, ¿de acuerdo? No quiero ninguna queja ni ningún gemido. Si no, me veré obligado a castigarlos. No me obliguen a hacerlo. No es agradable ni para ustedes ni para mí.
»Perfecto, voy a comenzar. No respondan todos a la vez. Levanten la mano antes de hablar. Bien. ¿Dónde estamos? ¿Estamos en el interior o en el exterior?
(Un niño que está con la cabeza al otro lado del parabrisas chilla: «¡No lo sé!»).
—Estamos en el interior. ¿De qué? De un autobús. ¿Qué es un autobús? Un vehículo. Joven, ¿está usted sentado o de pie?
—Señor, un trozo de este cristal de seguridad del que hace un rato nos ha explicado las propiedades me ha cortado las piernas a la altura de las rodillas.
—Bien. No está usted ni sentado ni de pie. Entonces, ¿cómo está? Hable, hable sin reparo.
—¿Se puede decir que estoy de rodillas, señor?
—Sí, en realidad, se puede. ¿En qué circunstancia precisa solemos ponemos de rodillas?
—Cuando rezamos, señor.
—Eso es. ¿Y a quién rezamos, joven?
—Rezamos a Dios.
—Bien. ¿Por qué nos ponemos de rodillas para rezar a Dios?
—Porque es bajito, señor. Y así le hablamos al oído.
—¡No, no y no! Deje de hacer el payaso y póngase en pie.
(Un niño, aplastado bajo un asiento al fondo del autobús, se queja en voz baja: «Mamá… pupa… pupa…». El señor Laurent le lanza una mirada de reproche).
—¡Aquí tenemos a un llorón que llama a su mamá! ¿Considera que sufre más que sus compañeros? Piense más bien en su padre. Intente mostrarse digno del amor que siente por usted. Dé ejemplo.
(Un proyectil golpea la cara del señor Laurent y deja en ella una marca sanguinolenta. Se agacha para recogerlo. Se trata de un dedo).
—¿Quién ha lanzado este dedo? Vamos, estoy esperando. Tengo todo el tiempo del mundo.
(Un lamento se oye desde el fondo del autobús: «Ag… agua…»).
—Bien, lo he reconocido, Georges. Si no confiesa nadie, lo castigaré a usted. Ya avisé que no quería oír ninguna queja. Vamos a ver, ¿nadie confiesa? Muy bien. Pues entonces Georges recibirá el castigo. Y, para empezar, se va a quedar sin agua. Y luego me ocuparé personalmente de que lo curen el último. Incidente cerrado. Pero que no vuelva a ocurrir.
(Muestra el dedo).
—Esto es un dedo. Miren mis dedos. Tengo cinco dedos: este es el índice; este, el corazón; este, el anular; este, el meñique; y este, el pulgar. ¿Quién tiene solo cuatro dedos?
(Un niño cuyo rostro está en carne viva levanta la mano derecha con ayuda de la izquierda, porque tiene la primera cortada. «Yo», dice).
—Bien. Chupémonos los dedos. Es agradable e impide que salga la sangre. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Nos chupamos los diez dedos. Tengo diez dedos, ustedes tienen diez dedos, ¿cuántos dedos tiene Georges?
—Georges no tiene ningún dedo, señor. Y tampoco brazos.
—Lo que pido es una cifra, respóndame una cifra.
—Cero, señor.
—Muy bien, joven. Pero eso de contar las cosas de los demás no está bien. Que nos lo diga Georges. Vamos, Georges, no sea tímido. Bueno, Georges ya no quiere hablar. ¡Tanta prisa que tenía hace un momento por pedir agua! ¡Pues peor para él! Nos las arreglaremos sin su ayuda. ¿Cuáles son los órganos de la vista? ¿Los animales ven? ¿El búho ve? ¿Ve mejor al anochecer o al amanecer? ¿Y la lechuza? ¿Y el mochuelo común? ¿Y el gato común, joven? ¿Ve el topo? ¿Tiene un perro? ¿Un bastón? ¿Le gustan los hombres búho? ¿Y los hombres topo? ¿Tiene el lince buena vista?
»¿Y el águila? ¿Tenía Napoleón un ojo de águila? ¿Y el cardenal Richelieu? ¿Y el conde de Cavour? ¿Qué diferencia hay entre el hombre que tiene ojo de águila y el que tiene un ojo de lince? ¿A cuál envidia más?
(Los quejidos de los niños no dejan de crecer. El señor Laurent se ha visto obligado a gritar las últimas preguntas para hacerse oír. Furioso, recorre el pasillo central para castigar a los alborotadores. La posición inclinada del autobús dificulta su avance. Una pierna estirada lo hace tropezar. El señor Laurent propina una bofetada al alumno. La cabeza se desprende y rueda hasta el fondo del autobús. El señor Laurent, preocupado, vuelve con mucho esfuerzo a su lugar. De pasada, se hace con algo que un alumno se está llevando a la boca. «Confiscado», dice. Mira el objeto y lo tira. Es una lengua. Fuera, la vida de la naturaleza retoma su curso. Se oye cantar a un pájaro, mugir a una vaca. Las moscas, que han entrado por las ventanas de vidrios rotos, vuelan alegremente de un escolar a otro).
—Prosigamos. ¿Le es lícito al anciano hablar de su edad y de la muerte que se acerca? ¿Es adecuado que le hablemos nosotros? ¿No es entristecer sus últimos días? ¿No es para nosotros un dulce espectáculo ver a un octogenario plantando? ¿Qué sentimiento y qué pensamiento hace nacer en ustedes? ¿Pertenecen al anciano la loca esperanza y las vastas ideas? ¿Pertenecen al joven? ¿A quién pertenecen? ¿Hay algún momento que pueda garantizamos siquiera un segundo? ¿Estamos seguros del mañana? ¿Sobreviven los jóvenes al anciano? ¿Cómo mueren? ¿Qué sentimiento le inspira su muerte al octogenario? ¿El mañana es suyo, jovencito? ¿Le da derecho a un largo porvenir su corto pasado de doce años?
(El niño al cual se dirigía esa última pregunta levanta un muñón sanguinolento. A una seña del maestro, pregunta: «¿Puedo salir, señor?». El señor Laurent se lo permite. El niño se arrastra hasta la puerta medio arrancada y salta al vacío. Los gritos resuenan ya más espaciados. Ello permite distinguir a lo lejos las sirenas de las ambulancias que se acercan. Más tarde, los médicos y enfermeros proceden a extraer a los niños. Uno de los enfermeros se acerca al señor Laurent, que reconoce en él a uno de sus antiguos alumnos).
—¡Qué espectáculo, señor!
—Sí, el más dulce que conozco. Nunca he visto sus campos silenciosos, sus cielos sin voz cantarina; nunca los he visto sin el canto de la alondra.
—¿De verdad, señor?
—Vayan a buscar la alondra a Europa. ¿No han hecho venir al gorrión para defender sus árboles contra los enemigos que los devoraban? Lo bello, la poesía, ¿no es tan útil como lo útil?
—Sí, señor.
—Pues bien, tienen los campos más bellos del mundo, y un cielo resplandeciente con un sol magnífico. Su país debería ser el país de la alondra.
—Espero que la tengamos algún día.
—No es posible dudarlo. Han llamado Madame Lucca a sus ciudades, acabarán llamando a la alondra a sus campos.
(Colocan al señor Laurent en una camilla. Se le cierran los ojos a su pesar. Sin embargo, antes de quedarse inconsciente, tiene fuerzas suficientes para decir: «Son unos niños valientes. Menos Georges. Hay que hacer que las pase moradas»).

John Chilton - "La pierna tatuada"

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Autor desconocido. Se cree que era estadounidense y por la temática del cuento y la fecha de publicación se especula con que fuera un excombatiente de la Primera Guerra Mundial. Este cuento, The Tattoed Leg, es, al parecer, el único relato que publicó. Apareció en la revista Overland Monthly en 1919. Esta revista estuvo dirigida en una etapa por Bret Harte y fue durante un tiempo una de las publicaciones más relevantes de su género en Estados Unidos (en ella publicaron autores de la talla de Mark Twain, Willa Cather, Ambrose Bierce o Jack London).
Puede leerse el original en Overland Monthly 1919-11: Vol 74 Iss 5, page 378.
La versión es la de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.


Yacía en la estrecha cama de un hospital y, entretanto, revivía constantemente dos escenas: una, cuando se despidió de Bess, y parecía que la besaba como nunca se había atrevido a hacerlo… Bess siempre era muy esquiva. Le veía el rostro y la figura con claridad sobre un fondo negro. Estaba inquietantemente bella, pero siempre desaparecía y él a continuación se veía tumbado en una mesa improvisada de cualquier manera en un almacén de mercancías, forcejeando con un hombre de mirada penetrante y labios finos que le apretaba una toalla contra la cara… y todo se esfumaba; sin embargo, mientras la vida se evaporaba oía una voz que decía:
—Por esta oportunidad he suplicado y voy a aprovecharla… total ¡se va a morir!
Una mañana se despertó. Se encontraba en una habitación pequeña, toda blanca y limpia, que olía mucho a antiséptico; una desconocida, una enfermera de cofia y delantal blancos, enrollaba vendas sentada al lado de la ventana. Intentó darse la vuelta pero descubrió que no podía moverse. La mujer lo miró.
—¡Ah! Ya se ha curado —exclamó; dejó lo que estaba haciendo y se puso de pie.
—Quiero levantarme —dijo él como si hablara desde lejos, con una voz trémula que no reconoció.
—Tenga paciencia; antes tiene que recuperar fuerzas. —La enfermera le tocó levemente la frente con una mano fresca y firme y sonrió—. Dentro de muy poco se encontrará mucho mejor. Me alegro de verlo consciente.
—Dígame…
—Beba esto.
Y se durmió, pero sin soñar esta vez, como un niño; se despertó fresco y lúcido y la vida empezó de nuevo.
Después vinieron los largos y felices días de la convalecencia y el gran día, el mejor de todos, cuando pudo sentarse por fin. Se encontraba fuerte, con vida y vigor renovados, al estirar los brazos por encima de la cama, y se rio de la enfermera, que le ofrecía el brazo.
—Le aseguro que no lamento librarme de esta escayola y ponerme de pie otra vez.
—Ha tenido usted una suerte maravillosa, jovencito, y la muchacha que ha rondado por el hospital está esperándolo abajo para decírselo —respondió la enfermera.
En ese momento se miró las piernas, que asomaban por debajo de las mantas de la cama.
—¡Aaah! ¿Qué me pasa en las piernas? ¿Qué es esa marca azul? ¿Quién me ha tatuado? ¡Dios mío! ¡Esta pierna no es mía! ¿Qué es?
Miró con una expresión de locura el rostro sereno que lo observaba.
—Perdió la pierna en el desastre y el doctor Amsden, el gran cirujano, le ha procurado otra. Es el trabajo más maravilloso que se ha hecho y…
—¿De quién es esta pierna que me han puesto? —preguntó con debilidad, palideciendo.
—Vamos, vamos, cálmese… Sea valiente. Ya no tiene de qué preocuparse; ya ha pasado todo y ha quedado usted como nuevo.
La debilidad pudo con él y se desplomó en la almohada, mareado de horror y sin atreverse a preguntar nada más; todavía no tenía la cabeza en condiciones para asimilar lo que había sucedido y, en tono quejumbroso, como un niño, insistió: «¡Quiero mi pierna! ¡Que me devuelvan mi pierna!», hasta que la enfermera se vio obligada a administrarle un sedante en polvo y a arroparlo de nuevo en la cama.
Necesitó unos cuantos días de cuidados para reconciliarse con el horror nervioso que lo invadía cada vez que pensaba en lo que le había pasado y, cuando Bess fue a verlo, lo habló con ella. Era una chica extraordinaria, tenía un gran sentido común y, pensara lo que pensara, lo quería tanto que sabía disimular y siempre le daba ánimos; y así se le pasaron el miedo y el horror y poco a poco se fortaleció hasta que pudo salir del hospital y volver a su antigua vida con el único lastre de una leve cojera, para que sus amigos no se olvidaran de su accidente.
Después se casó con Bess y esta nueva alegría casi le hizo olvidar las extrañas marcas azules que tanto lo confundieron al principio, aunque a veces, cuando se secaba después del baño, se paraba a descifrar el significado de las cruces y los círculos y la larga y recta línea que había en medio.
Un día le sucedió una cosa extraña que no quiso contarle a Bess porque le daba vergüenza. Iba por una callejuela de una parte poco respetable de la ciudad, atajando en dirección al ferry, cuando pasó por una tabernucha, un sitio siniestro con media puerta de celosía verde descolorida y sucia y, sin proponérselo, se sorprendió de pronto empujando la puerta con intención de entrar. Horrorizado, hizo un gran esfuerzo para dar media vuelta y casi echó a correr por la calle. Si alguien lo hubiera visto… ¡a él, un eminente miembro del Y. M. C. A.! Pocos días después se encontró siguiendo por un callejón a un ser desaliñado y pintarrajeado y tuvo que poner todo su empeño para volver atrás.
Le pasó lo mismo varias veces, hasta que decidió acudir a un especialista para que le diera un tratamiento. Estaba tan avergonzado que le cambió el carácter, incluso en casa. Bess lo advirtió y le preguntó. Como él reaccionó con reticencia, ella se lo reprochó y las cosas se enfriaron entre ellos. El medicamento que le recetó el médico no le hizo efecto. Tal vez podría decirse que logró controlar un poco mejor sus inclinaciones una breve temporada, pero enseguida dejó de funcionar y se puso peor que antes. Empezó a obsesionarse con una necesidad de bebidas fuertes y a inventarse excusas para salir de casa a altas horas de la noche. Tuvo una pelea con Bess. Ella lloró y le dijo que no podía creer que hubiera cambiado tanto, y entonces él se derrumbó y se lo contó y ella, con su sentido común, fue directa al grano y se preguntó cómo no se les había ocurrido pensarlo antes. Todo era por culpa de la pierna tatuada, sin la menor duda. Su antiguo dueño había sido un hombre malo, la influencia había cobrado fuerza y la sangre, esa sangre viciada, había envenenado a su querido, sincero y honrado marido; si no se trataba adecuadamente, sería su perdición mental y física. Lo primero que había que hacer era acudir al mejor especialista de la sangre, para que se la limpiara por completo y, si eso no funcionaba, en última instancia debía amputarse la pierna otra vez. Pero en realidad ¿se curaría? ¿Acaso no se le había envenenado todo el cuerpo y lo único que podría ayudarlos sería un tratamiento continuado de siete años? ¡Pobrecitos! Le dieron vueltas y más vueltas hasta que Bess consiguió convencerlo, y se dispusieron a consultar a un tal doctor Everett, que era una gran eminencia.
Al docto médico le interesó el caso inmediatamente, pero estaba ocupado con un gran y reputado inspector de policía con motivo de un caso muy importante y no pudo darles cita hasta la mañana siguiente, y por eso, mientras paseaban por un parquecito de camino al ferry, les sucedió una aventura que lo cambiaría todo.
Bess llevaba un bolso de fantasía, de red dorada, de los que hacían furor entre las mujeres; era un regalo de boda y le tenía aprecio; de pronto, un hombre menudo y de aspecto inquietante chocó con ella y se lo quitó de la mano de un tirón. Ella se volvió gritando y lo vio escabullirse por una esquina: fue tras él, seguida por su marido, que corría a ciegas, porque solo sabía que algo había pasado. Bess era una mujer atlética y al principio casi da alcance al ladrón, pero el hombre se perdió entre la multitud de la calle y logró escapar. Ella dejó de correr, muchas personas se juntaron alrededor y enseguida llegó un policía, que pidió explicaciones; Bess, entre lágrimas por lo que había perdido, le describió al ladrón y también todo lo que llevaba en el bolso.
Después se fueron por una calle secundaria, andando lentamente, de la mano, buscando consuelo el uno en el otro, hasta que vieron a un grupo de gente al lado de un hombre que estaba en el suelo. Al pasar, Bess lo miró.
—¡Es él! —exclamó, y se metió entre la gente hasta llegar al hombre—. ¡Ah! ¡Vergüenza tendría que darle! ¡Robarme el bolso a mí! Si se ha hecho daño, bien merecido lo tiene.
Todo el mundo la miró y su marido intentó que se apartara.
—No, yo no me voy de aquí hasta que le diga todo lo que tengo que decirle. ¿Por qué no viene ningún policía?
—Señora, este hombre está herido —dijo uno de los que miraban—. Iba corriendo por la calle y lo ha atropellado un automóvil, y creo que está bastante mal porque no ha dicho ni una palabra. Estamos esperando a la ambulancia… ¡Ahí viene!
La pareja fue al hospital en un coche de alquiler y, al llegar, les dijeron que el hombre estaba muy malherido y que habían encontrado el bolso de Bess en sus bolsillos. Al principio no querían devolvérselo, pero ella demostró que era la propietaria y al final dijeron que se arriesgarían, pero antes le pidieron la dirección y muchas cosas más.
Cuando se iban, se les acercó una enfermera a toda prisa.
—Buenos días —dijo—, tal vez no se acuerden de mí, pero yo lo cuidé a usted muchas veces cuando estaba aquí. ¿Qué tal la pierna?
Bess se acordaba de ella, pero su marido no.
—El pobre hombre al que han atropellado —les dijo— está consciente. No va a vivir y le he prometido llevarlos a ustedes con él. Quiere verlos.
—¿Quiere verme a mí? —exclamó Bess—. Pues yo no quiero verlo a él. Me robó el bolso y no tengo ninguna necesidad de volver a ver a ese hombre en la vida. Bueno, lamento que no se vaya a recuperar… —Pero enseguida se hizo cargo de lo que realmente significaba la petición y, avergonzada, añadió—: ¡Ay! En realidad no quería decir eso, ¡qué insensible! Está bien, vamos a verlo ahora mismo, tal vez podamos hacer algo.
Su marido sonrió con cierta tristeza. Estaba tan pendiente de su propia circunstancia que en ese momento no tenía tiempo para ninguna otra cosa, pero la enfermera lo devolvió al presente con un bombazo.
—Es el hombre que… el hombre, bueno, en fin, al que le quitaron la pierna… Resulta que no murió…
—¿Qué? ¡Dios Santo! Vamos… Lléveme a verlo ahora mismo… ¡rápido!
El hombre estaba postrado, pálido y demacrado entre las almohadas. Los ojos le brillaban de una forma extraña en medio del rostro contraído de dolor.
—Me alegro de que lo encontrara —dijo con un hilo de voz—. Creo que se me acaba el tiempo, no me queda mucho. Todo ha sido por culpa de esta maldita pierna de corcho… me ha hecho una jugarreta cuando más la necesitaba. Bueno, usted no me conoce, ¿verdad? Yo a usted sí… Lo he seguido bastante tiempo y sé muy bien de qué pie cojea; además, me he divertido a su costa: es usted un buen sujeto para la hipnosis, y me habría apoderado de usted de no haber sido por ella. —Soltó una carcajada ronca y sonora, sin alegría, que dejó helados a sus interlocutores—. A ver, enfermera, ¿cuánto tiempo me queda? Tengo mucho que contar…
—No debe usted excitarse, procure estar tranquilo —dijo la enfermera, humedeciéndole los labios con un algodón empapado—. Ya está. ¿Mejor ahora?
El hombre no contestó, pero no dejó de mirar a sus visitantes por turno con unos ojos cada vez más desvaídos.
—No sé para qué se lo cuento… por ella, supongo, siempre me pareció guapa y, desde luego, siempre está pendiente de usted, lo cuida mucho… De lo contrario, habría recuperado mi pierna hace tiempo —murmuró como para sí, y siguió hablando con una voz más clara—: Es una larga historia y no tengo tiempo para contársela entera, así que se la voy resumir y les digo que, hace un par de años, mi compañero se marchó de Colorado y, cosas del destino, cuando recorría las montañas encontró el yacimiento de oro más grande que había visto en su vida. Se veían enseguida pepitas de buen tamaño. Lo tapó todo y señaló el sitio para encontrarlo cuando quisiera volver pero, cuando pensamos en volver los dos juntos, le pareció que sería más seguro mandarme a mí, así que me dibujó el plano del sitio en un papel y, para mayor seguridad, me lo tatuó también en la pierna. Si perdía el papel o me lo robaban, podía consultarlo en la pierna, ¿entiende?
La voz dejó de oírse poco a poco y los ansiosos oyentes temieron que hubiera llegado el final.
—¡Vamos, dele algo! ¡Rápido! —exclamó Bess—. No entiende usted lo que significa esto; es más que la vida para mi marido. ¡Vamos, vamos! ¡Haga algo…!
Como respondiendo a los ruegos de la mujer, el moribundo abrió los ojos y empezó a hablar de nuevo:
—Cuando partí hacia Colorado, quedé atrapado en aquel desastre y el maldito médico me dio por muerto, aunque sabía muy bien que no, eso seguro, lo único que quería era hacer su maldito experimento y me gustaría vivir lo suficiente para pillarlo… Bueno, el caso es que le dio mi pierna a usted, de acuerdo, aunque supongo que usted no tiene la culpa. Pero a mí me partió por el eje. Desde entonces he tenido la peor suerte del mundo, me ha pasado de todo y no he podido ir a la mina de oro… y ahora ya nunca podré, así que voy a darle una oportunidad a usted. Por ella, por ella.
Se quedó mirando a Bess con una suerte de adoración perruna que, de alguna manera, dignificaba la maldad del pobre hombre.
—Es en pago por haberle robado el bolso. Lo que quería no era robárselo, lo hice por probar suerte… y pensaba darle su parte cuando recuperase el oro, es cierto, así que ayúdeme…
Escucharon las rotas palabras con teniendo la respiración, sin atreverse a preguntar, pero el marido de Bess notó que se le quitaba de encima el peso del horror y supo que se había librado del aborrecible vínculo.
—Los círculos son las peñas grandes del límite norte de la ciudad… Escuche con atención… Ya me voy… La línea recta va en dirección norte por la carretera del condado, un kilómetro y medio… Las cruces… ¡ay, Dios!… diez metros… al oeste.
—¿La ciudad? —dijo Bess sin aliento.
El hombre intentó contestar, pero solo se oyó un ruido gutural y a continuación, al exhalar el último suspiro, se le desencajó la mandíbula y se quedó con la boca abierta.

Wladimir Chávez Vaca - "Quemar periódicos, publicar libros"

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Cuentista, periodista y ensayista ecuatoriano.
En una entrevista en la revista cultural Mito resumió los temas de su obra en "relaciones amorosas, vínculos de amistad, los alcances de la soledad, de la incomunicación".
Su tesis doctoral (Un ladrón de literatura. El plagio a partir de la transtextualidad) de 2010 trata el interesante tema del plagio en la literatura.
Este cuento pertenece al volumen "Díos mío, ¡qué guapo es el asesino de papá!" de 2018.


Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la humanidad.
Rudyard Kipling


Pilar nunca llegó a imaginarse que se encontraría con su exnovio en Nueva York y menos aún que lo vería llegar acompañado de Mercedes. Fue entonces víctima del comportamiento de esa pareja, de ese entusiasmo exagerado al abrazarla, de esa forma en que se atropellaron para darle las felicitaciones por el lanzamiento del libro. Pilar, sin reponerse aún, escuchó pasivamente los elogios de Mercedes por la ventaja cualitativa de publicar “en las entrañas mismas de Gringolandia, no como una chola cualquiera”. Rieron ella y Leonel, mientras la autora apenas esbozaba una tibia sonrisa. Tomando uno de los ejemplares, Leonel quiso recalcar que Neoyorquinos era un buen título y se puso a rememorar una historia que demostraba el talento de Pilar desde aquellos tiempos suyos de reportera. En medio de esa falsa camaradería, Mercedes se dio tiempo de mirar en torno suyo, calculando que no habría ni veinte personas en el local.
Pilar los había conocido cuatro años antes, en Quito, durante su primera experiencia de trabajo. En aquel entonces Mercedes cubría eventos culturales, y Leonel y Pilar escribían notas en la sección de Negocios bajo las órdenes de Albertina, la mejor editora del país. A pesar de la diferencia de edad —Leonel era diez años mayor—, Pilar y él habían sido novios por un lapso de siete meses. Tras la ruptura, ella renunció al trabajo y se escurrió de la vida social de sus antiguos compañeros. Ahora Mercedes y Leonel no sabían hasta qué punto Pilar estaba al tanto de los últimos cotilleos del periódico. En cualquier caso, confiaban que no hubiese llegado a sus oídos lo del asunto Buitrago.
La pareja llevaba apenas cinco semanas en Nueva York y el dinero ya había comenzado a escasear. Entre las raíces del problema estaba el desmedido optimismo de Mercedes: sus contactos en el portal de noticias nunca le habían garantizado un trabajo en Estados Unidos, pero ella había convencido a Leonel de que era el momento ideal de abandonarlo todo. Durante las dos primeras semanas vivieron en Queens, en casa de unos conocidos, y luego alquilaron un pequeño departamento en Brooklyn. Pero los ahorros se escurrían como un grifo abierto y Mercedes había recibido la confirmación, dos días antes, de que no conseguiría el empleo del portal. Leonel se descubría maniatado: era vasta su experiencia como periodista, pero aún se encontraban frescos los detalles del caso Buitrago. Mercedes pensaba que Leonel jamás volvería a laborar en un medio de comunicación, aunque nunca verbalizaba su smiedos. Para rematar, ambos tenían visitor’s visa, inaplicable para conseguir empleo.
Aquella mañana Mercedes recibió un correo electrónico de la librería McNally Jackson: Pilar publicaría su primer libro. Entonces rememoró una charla en Quito, en la cual le contaron de Pilar y de la beca que había obtenido para estudiar Humanidades en Manhattan. Se sintió osada. Si bien había sido la expareja de Leonel, recordaba a Pilar como una chica agradable. Cuando le propuso asistir al lanzamiento, su novio se mostró animado: “¿Por qué no?”, dijo “A lo mejor podemos reírnos un rato”. A Mercedes le había chocado un poco lo de “reírnos”, aunque sabía que el humor algo pesado de Leonel siempre terminaba por conquistarla.
Leonel le contó a Pilar que pasaba los días como freelancer y que Mercedes estaba por recibir un trabajo en un portal de noticias. Pilar sonreía ante todo, sin interrumpirlos, y él no pudo sino revivir la época de noviazgo, cuando sus palabras enamoraban... Convencían. Causaban estragos. De a poco monopolizó la conversación y, en su locuacidad hubo de mencionar a los colegas conocidos, para luego mentir sobre sus propios trabajos, cosas sin importancia al inicio, luego sobredimensionando los logros desde el 2010 —Mercedes lo miraba silenciosa, neutral, pero Leonel sentía ese desconcierto escondido suyo; instantes más tarde, ella se disculpó para ir a los lavabos—. Pilar se limitaba a asentir con la cabeza. Por dos ocasiones fueron interrumpidos por personas que querían saludar a la autora antes de empezar el acto, pero como Leonel se aferraba a ella, estos terminaron por alejarse, persiguiendo la bandeja de jamones y quesos o intentando identificar otros rostros. Y en el entretiempo, Mercedes no volvía del baño.
-Creo que podemos empezar —soltó Pilar de pronto, hablando más consigo misma, mientras miraba tomar asiento a quienes serían sus dos entrevistadores.
-Podemos también meternos a un motel en Chinatown —insinuó Leonel, sonriendo. La expresión recordaba un código compartido hacía años: “Meternos a un motel en San Blas”. Su romance había comenzado luego de una cobertura en el Palacio de Carondelet. Cuando novios, recordaron muchas veces esas palabras y el desparpajo con que él las había dicho y la naturalidad con que Pilar hubo de aceptarlas, en un impulso tan impropio de ella.
-¿Perdona? —se puso alerta.
-Era solo un chiste.
Lo observó sin sonreír. Mercedes volvió abruptamente:
-¿Y de qué hablan por acá?
-De nada importante —intervino él—. De parejas.
-Entonces le habrás contado que pensamos casarnos —mintió Mercedes, sonriendo, mientras tomaba del brazo a Leonel, calculando que esta provocación divertiría a su novio.
-Felicidades a lo tortolitos —su sonrisa pareció franca. Advirtió, antes de dar media vuelta—: Vamos a empezar.
***
Pilar guardaba recuerdos contradictorios sobre su paso por el diario, y no solo porque había tenido que colaborar unos días con el insoportable de Fonseca, editor de noticias amazónicas. En algún momento hubo de confesarle a Leonel que aquellas primeras semanas en el diario habían sido el período más bizarro de su vida, produciendo textos a un ritmo desquiciante, recibiendo por las prácticas un sueldo mísero que apenas cubría el transporte desde su casa al periódico o hacia las oficinas de los entrevistados. Con frecuencia visitaba el Palacio de Carondelet o las sedes ministeriales. Su contrato como pasante era de medio tiempo, pero normalmente se refundía doce horas diarias o más en los cubículos de los redactores, incapaz de abandonar el periódico sin terminar su snotas. En ocasiones las fuentes rechazaban sus llamadas, dándose inicio al juego del gato y el ratón, donde entraban en funcionamiento los engranajes de sus propios contactos o la lista de apoyo brindada por Albertina. Además de ejecutar una pesada tarea de archivo y contextualización, Pilar entrevistaba personalidades de la política y la economía local, y llegó a conocer a colegas agudos y desprendidos como la misma Albertina. También creyó en Leonel. Primero buscó refugio en sus palabras, y luego, tras jornadas agotadoras, encontró placer en acomodar su cabeza y sus brazos en la hospitalidad de aquel otro cuerpo.
También hubo espacio para la frustración. No solo que gastaba su tiempo en los cubículos o en las ruedas de prensa hasta entrada la noche, sino que su labor también fue requerida los fines de semana. En los primeros meses de trabajo, sus amigos se comunicaban con ella por teléfono y, como Pilar carecía de tiempo para encontrarlos, solían reprochar con bromas lo ocupada e importante que se había vuelto. Luego dejaron de llamarla. Entonces Pilar entendió la razón por la que tantos reporteros mantenían parejas estables o incluso amantes en el mismo periódico. El lugar de trabajo era su espacio social: allí pasaban más de la mitad de sus horas de vigilia. Y le iba a resultar difícil sacarse de la cabeza los llantos de Adelaida o Rocío, las editoras de Cultura y Sociedad. Con más de cuarenta años, nunca habían conseguido formar familias propias —aunque se rumoraban amoríos con algunos colegas— y, tras emborracharse en una fiesta, ambas le admitieron que el periódico se había llevado lo mejor de sus vidas. Rocío recomendó a Pilar no quedarse más de dos años. Y para cerrar el consejo, Adelaida completó entre sollozos: “El periódico te chupa la sangre. Te seca”.
A ella la había deslumbrado, aunque sonara frívolo, la mirada de Leonel. Porque esa barba de náufrago la descubrió luego, opacada por la inocencia y claridad de aquellos ojos que se habían vuelto legendarios entre sus colegas. Leonel también supo impresionarla con sus anécdotas personales y, desde luego, con el Premio Nacional de Periodismo, concedido años atrás por su reportaje Periódicos Quemados. El texto narraba un suceso relativo a la poderosa familia Chiriboga Pardez, dueña de dos matutinos quiteños: El Regenerador y La Verdad. Con una considerable tradición y una línea editorial de derechas, El Regenerador se había posicionado como uno de los dos periódicos más influyentes del país, bajo la administración de doña Marcela Chiriboga de Castro. El ahora desaparecido La Verdad, en cambio, estaba impulsado por el renegado de la familia —y primo de doña Marcela—, Pedro “El Loco” Pardez. La Verdad se había convertido en un ambicioso proyecto que hubo de enganchar al público de izquierda moderada. Mas el parentesco en esta coyuntura de negocios dio paso al menosprecio: la relación entre “El Loco” y su prima era pésima.
Cuando en octubre de 1999 el volcán Guagua Pichincha despertó de su largo sueño y Quito se vio cubierta por una gruesa manta de ceniza, el techo que resguardaba la imprenta de La Verdad colapsó, dejando inutilizable la maquinaria por varios días. “El Loco” Pardez se puso en contacto con su prima y acordaron que él pagaría un alquiler temporal para hacer uso de los equipos y del taller de El Regenerador.
Entonces esta historia comenzó a adquirir tintes esquizofrénicos. “El Loco” Pardez llevaba años inflando el dato del tiraje para obtener mejores ganancias en las negociaciones con sus sponsors. Supuestamente, La Verdad circulaba a diario con quince mil ejemplares, pero en la práctica solo se imprimía un tercio. Doña Marcela ignoraba la triquiñuela, y sobre la marcha “El Loco” tomó medidas para evitar ser descubierto. Durante las jomadas posteriores a la erupción del Guagua Pichincha se imprimieron quince mil periódicos, despachados en camiones que a su vez se dividieron en dos grupos: la caravana más pequeña se dirigía hacia los distribuidores, mientras que los otros vehículos —con una carga de diez mil ejemplares— llegaban a las instalaciones de La Verdad. ¿Qué hacer con tantos diarios? Imposible venderlos a los recicladores: la cantidad resultaba tan voluminosa que fácilmente se correría la voz sobre la naturaleza del material. Así que, por las tardes, en los dos patios interiores, amplios e inaccesibles para los reporteros, “El Loco” Pardez y su círculo más próximo quemaron los periódicos sobrantes. El olor llegaba hasta los cubículos de trabajo y la cercana columna de humo se divisaba perfectamente desde las oficinas. A merced del capricho del viento, esas emanaciones oscuras amenazaban incluso con inundar la redacción. “El Loco” murmuró que se trataba de basura de las bodegas y que se habían visto obligados a quemarla para ganar espacio. Luego de tres días las circunstancias los forzaron a ser más discretos, y se pusieron a incinerar los diarios por las noches.
Una versión parcial de lo ocurrido había llegado hasta Leonel, quien consiguió testimonios, dio con las piezas que completaban el rompecabezas y publicó su reportaje. A partir de entonces se desató su racha de gloria. Recibió el Premio Nacional, supo aprovechar esa soltería suya —pocas veces formalizaba noviazgos—, y consolidó su carrera de reportero —especializándose en periodismo económico— junto a su reputación como bromista y colega leal en momentos peliagudos. La sombra de lo ocurrido con la gringa Renata planeó sobre él como ave de presa, pero supo resolver el conflicto con tacto. Cuando ya estaba en el declive de su ola, quiso reinventarse publicando una novela —de la cual consiguió vender contados ejemplares— sobre la Cueva de los Tayos, con un detective practicante del reiki como protagonista.
En abril del 2014 conoció el infierno. Había escalado hasta la posición de editor de Negocios y su nombre sonaba incluso para reemplazar al editor general cuando le fue requerida una nota con Fermín Buitrago, el reputado economista. Buitrago era argentino y, a pesar de las múltiples llamadas, nadie contestaba al otro lado de la línea, ni en Buenos Aires ni en Villa Molí donde vivía su madre. Debido a la coyuntura política y económica —la restricción a las importaciones en la Comunidad Andina—, resultaba vital publicar una entrevista con él, antiguo asesor en Lima y Caracas. Dos días más tarde, durante la reunión de editores, Buitrago permanecía en paradero desconocido y hubo una solicitud formal para que Leonel consiguiera otra fuente. Él se negó, casi furioso, jurando que todo estaba bajo control, que esperaba noticias positivas en cualquier momento. Intentó comunicarse con Buitrago por Facebook, Twitter y por medio de unos colegas de La Nación, pero sin resultados. Entonces le llegó un mensaje sugiriendo que Buitrago estaría en los bosques noruegos durante semanas, con su hija y su cuñado, sin acceso a internet. Y resolvió el problema con lo que sería su hundimiento. Había leído los trabajos de Buitrago. Guardaba entrevistas suyas en francés de periódicos que, estaba seguro, nadie leía en Ecuador. Basándose en todos esos datos y en su propia imaginación, publicó una nota al día siguiente.
El mismo Buitrago retuiteó el texto días más tarde, aclarando que jamás había concedido entrevista alguna. El despido de Leonel fue fulminante. Y llevaba un poco más de cuatro meses sin trabajo cuando a Mercedes se le ocurrió la idea de probar fortuna en Nueva York.
***
Los entrevistadores eran docentes del Departamento de Cultura Ibérica y Latinoamericana de la Universidad de Columbia. Uno de ellos se acercó al micrófono para ejecutar una compleja pregunta que fraccionó en dos partes: primero, sobre el origen de Neoyorquinos; segundo, sobre la memoria y la realidad en la ficción. Pilar dijo:
-Recuerdo que mi padre se compró el libro Soy un delincuente, que contenía memorias de un criminal venezolano. ¿Por qué?, me pregunté entonces. Bueno, tal vez ahora yo ya sea capaz de responder. Creo que en la cabeza de mi padre, Venezuela y el resto de países de Sudamérica son lo mismo, al fin y al cabo. Para empezar, no encuentra una distinción nacionalista. Pero hay algo más profundo, me parece, y lo digo porque esta historia tiene que ver con viajes y descubrimientos. Mi padre era y es un tipo recto, honesto de obrar y de pensar, que paga sus impuestos, va de voluntario a los trabajos comunales, da limosna los fines de semana. Vive en una casa sin jardín, pero sin goteras en el techo. Cancela la hipoteca al Biess, religiosamente, todos los meses. Conoce la pobreza porque la ha visto en televisión y en las calles. Esa pobreza que tiene el olor de los autobuses populares o las reuniones campesinas... —aquí hizo un gesto brusco con la cabeza, como si saliese de un trance—. Pero nunca la ha experimentado, porque siempre hubo un plato de frijoles en su mesa. Entonces su conocimiento de la pobreza es relativo. El de la delincuencia, nulo. Por eso se compró el libro, para empaparse de los detalles. Es como la gente que devora guías de turismo y nunca salen de casa. Para ellos, las fotografías de la Gran Muralla China o de los corales en el Caribe son la quintaesencia de la aventura. Tantear el exotismo es un proceso que sublima. Así es mi padre, quien quiso saber cómo vivía un delincuente. Pero yo no me aferró a la suposición, yo tengo la posibilidad de la vivencia: llegué a Nueva York porque quería respirar esta urbe, averiguar qué pasaba con todas estas personas que viven apiñadas en boroughs, aunque en el fondo no sean tan distintas al resto...
-Espero que no se ponga a llorar —Mercedes se había acercado al oído de su novio. La súbita sonrisa de Leonel, que mostraba complicidad, antecedió a una respuesta también entre susurros:
-Mientras no hable de Roald Dahl o de su abuelita.
Leonel había sido testigo del llanto de Pilar en tres ocasiones. La última había ocurrido el día mismo de la ruptura. Pero semanas antes, cierta tarde de domingo, la había visto llorar durante un programa de conferencias sobre literatura infantil. El ponente era Santiago Páez, profesor de la Universidad Católica y uno de los escritores favoritos de Pilar. En determinado momento, Páez llevó su charla hacia Las Brujas, de Roald Dahl: “En esta novela un niño y su abuela luchan contra una hermandad de brujas y las vencen, las matan a todas. Las brujas esas son malvadas: asesinan niños de las maneras más horrendas, y son horribles; pies cuadrados, saliva azul, y cráneos calvos como huevos. La novela termina con un diálogo conmovedor entre la abuela y el nieto. El niño ha sido convertido en ratón por las brujas y no puede volver a ser humano, así que le pregunta a su abuela, el único ser que le queda sobre el mundo: ‘Abuela, ¿cuánto vive un ratón?’ La abuela le contesta: ‘Como siete u ocho años’. El niño convertido en ratón vuelve a preguntar: ‘Y abuela, ¿cuánto vas a vivir tú?’ La mujer, que ya es muy vieja, responde: ‘Como siete, ocho años como mucho’. Y el niño-ratón, dándose cuenta de que morirán más o menos al mismo tiempo, concluye: ‘Bien, no me gustaría que me cuidara otra persona que no fueras tú, abuela’ (...)”. Cuando Leonel hubo de regresar la vista, descubrió a Pilar pasándose un pañuelo por unos ojos arrasados en lágrimas. No atinó a reaccionar. Ni siquiera se animó a atraerla hacia sí, por miedo a que se sintiera respaldada para soltar un lloriqueo más audible. Y aunque le hubiera gustado, descartó también susurrarle al oído palabras de aliento, porque las desconocía. Se quedó mudo, incapaz de dar con las frases apropiadas. Pilar le había contado en múltiples ocasiones sobre su difunta abuela, pero solo ahora comenzaba a entender la dimensión de la pérdida, de aquel vínculo roto.
-A lo mejor se niega a autografiarte el texto —Mercedes volvió a acercarse al oído de Leonel; el otro se encogió de hombros, divertido. Ella continuó: Tal vez nunca te perdonó lo de la planta—. Ambos contuvieron la risa. Pilar, quien contestaba una pregunta sobre la importancia de la literatura en la sociedad, los miró susurrar y divertirse.
Tras cuatro meses de noviazgo, Leonel vio llorar a Pilar por primera vez. En aquel tiempo ella fue designada para una cobertura en Loja y estaría ausente doce días. Le encargó su única y querida planta, con maceta y todo. Podía haberla dejado con sus padres, pero lo eligió a él. Y Leonel nunca sabría explicar lo ocurrido. Depositó a la plantita junto a la ventana para que recibiera el sol. Le ponía agua todo el tiempo, le hablaba por las noches, y por las mañanas le cantaba Metallica o Guns & Roses, que durante aquellas semanas era lo que normalmente solía escuchar antes del desayuno. A los dos días la hoja más grande comenzó a doblarse, a los cinco el color carbón se apoderaba del verde como si fuera gangrena. Cuando Pilar volvió, no había mucha plantita qué salvar. Le dio la espalda a su novio y se enjugó un par de lágrimas. No fue un llanto en sentido estricto, pero Leonel imaginaba que los días venideros serían complicados. Mientras ella permanecía silenciosa, Leonel quiso romper el hielo y señaló el cadáver vegetal: “Para mí que se suicidó. No toleraba que los dos te amáramos”. Y como Pilar no reaccionaba, el pensamiento de Leonel se dejó llevar por la frustración: “Planta puta”.
A Mercedes le divertían estas historias a pesar de que las había escuchado varias veces. A inicios del 2014, para celebrar los diez años de la olvidada novela de Leonel, le regaló a su novio un tipo especial de planta capaz de sobrevivir a las pruebas más duras de la intemperie. Leonel sugirió llamarla “Pilar”.
***
Terminada la presentación, Mercedes y Leonel hicieron fila para recibir un autógrafo.
-No te lo va a firmar —le insistía Mercedes, burlona, en el oído.
Leonel, con Neoyorquinos en la mano, no paraba de sonreírle, aunque en su interior crecía un sentimiento indomable, esa envidia que daba cabriolas y mordía el vacío como un dóberman encadenado. Aunque el libro había sido impreso en una pequeña editorial, era bilingüe, de pasta dura y papel beige. Además, resultaba obvio que Pilar no había tenido que pagar un solo centavo por la impresión. Su vieja novela sobre la Cueva de los Tayos, en cambio, había sido financiada por él mismo. Todas las editoriales a las que se había acercado le pidieron dinero. Al final, Joaquín y él armaron juntos la edición.
Por aquellos días, Leonel había pasado vacaciones en la playa de El Murciélago con sus padres. Cierta mañana desayunaron en un comedor abierto, atrayendo el interés de los vendedores de artículos piratas: películas, cedés y ropa. Uno de ellos se acercó a su mesa con libros. Les ofreció uno de Vargas Llosa autografiado. "¿Autografiado?", inquirió Leonel. "Yo me encargo de imitarle la firma. Diez dólares”, respondió el otro. Se llamaba Joaquín. Entre los diversos textos Leonel se topó con uno original, publicado por un sello de Manta. Joaquín le explicó entonces que los libros locales no eran sujetos de piratería: los falsificadores con conciencia social respetaban el producto ecuatoriano, en una excepción que años después se extendería a las películas. Leonel también dio con un ejemplar único, perturbador y apócrifo. Se trataba de una antología de cuentos de Alice Munro, supuestamente publicada por una editorial ibérica que Leonel —bien lo sabía— solo se dedicaba a la difusión de novelas detectivescas. La portada tenía la foto de un beduino sobre un camello, una imagen que alguien había valorado como suficientemente artística para merecer el puesto de gráfico central. Detrás del beduino flotaban naves espaciales. La primera página carecía de datos —ni autor, ni isbn, ni sello, ni ciudad—, y el texto eran meras fotocopias privadas de diagramación. Resultaba evidente, además, que habían secuestrado y reproducido el código de barras de otra obra para incrustarlo en la cubierta. Mirar el libro movía a la risa, pero Leonel se contuvo para preguntar: “¿Puedes hacer uno de estos por mí?” Joaquín asintió. “Pero no lo quiero exactamente igual. Te daré unas ideas”. Y ese fue el germen de su obra, impresa en papel periódico, sobre la Cueva de los Tayos.
Cuando les llegó el turno, Mercedes y Leonel reiteraron sus felicitaciones y Pilar hubo de repetir el agradecimiento por esa sorpresiva presencia. Conforme ella tomaba el libro y garabateaba algo en la segunda página, Leonel le recordó que ahora eran colegas, y Pilar le preguntó, devolviéndole Neoyorquinos y con voz desinteresada, si el relato sobre el detective del reiki y los tayos había sido reimpreso. Leonel encadenó entonces una mentira tras otra. Pilar preguntó por el sello editorial, y si ellos planeaban volver a Quito para la fecha del relanzamiento. Leonel justificó su historia con más mentiras antes de que Mercedes sugiriese un futuro encuentro. Intercambiaron teléfonos como un acto de cortesía, conscientes de que esa reunión nunca tendría lugar.
Ambos caminaron el trecho que los separaba hacia la puerta de McNally Jackson, riendo disimuladamente y luego, ya en la calle, olvidando pudor alguno. “Patético”, dijo ella al fin, enganchada al brazo del otro, y continuó: “¡Tan poca gente! Si hasta sobraron bocaditos”. Leonel asentía antes de completar: “No tuvimos ni tiempo para hablar sobre Albertina o Fonseca”. “¿Fonseca? Si solo trabajaron unos días, ella pasó el resto del tiempo arrejuntada a ustedes”. “Fue corto, pero duro para Pilar. Fonseca le tenía pisado el poncho” “Pobre Pilar, ese Fonseca era el peor editor del mundo”. “¿Sabes que Fonseca le preguntó una vez a Adelaida si le olían los pies” “¿No? Qué imbécil” “Ya. ¿Pero qué le pasó luego? ¿Está jubilado?” “¿No te enteraste? Lo sacaron del periódico. Oye, ¿y qué nos escribió en la dedicatoria?” “A ver, acerquémonos a la luz... Dice ‘A Meche y Leonel, con aprecio’. Eso es todo. Ni siquiera me puso ‘Leo’”.
Se refugiaron del frío en un café-bar de Broadway, pidieron un par de capuchinos y charlaron sobre la época del periódico. Era un tema casi inagotable, y Leonel hizo el intento por recordar los detalles accesorios de tantos amoríos, peleas y despidos. De las fiestas y los escándalos. Luego volvieron a Pilar y la despellejaron por su “timidez insensata”. Casi sin pensarlo, Leonel añadió: “Me alegra que ella me terminara, y no al revés. Creo que así le resultó menos traumatizante”. Mercedes lo miró con fijeza. “Me habías dicho que fuiste tú. Que tú la terminaste”. Una fugaz sombra de pánico cubrió el rostro de Leonel, quien recompuso el semblante. “Sí, eso. Me confundí”.
Mercedes lo miró con severidad. “Bueno”, retomó él, dubitativo, “Si fue ella o fui yo. ¿Qué importa eso ahora, amorcito?”. La seriedad del rostro de Mercedes no sufrió variación alguna. “¿Está bravita, mi Meche?”, inquirió él, forzando la sonrisa, solo para obtener de Mercedes un gesto difícil de interpretar. Luego ella se dejó vencer por la apatía, sus ojos se pusieron mudos, inexpresivos, y su novio también hubo de recogerse en un silencio que solo fue roto por el tintinear apagado de las cucharitas girando en los capuchinos. Pasaron casi dos minutos sin dirigirse la palabra y entonces Leonel supo que ya no habría escape, que había llegado el momento de contar aquella historia.
-Te puedo decir lo que pasó. Pero no te va a gustar.-
Empieza
-¿Alguna vez te conté que me operaron de la rodilla?
-¿Por qué cambias la conversación?
-Me operaron después de la ruptura con Pilar. El asunto fue así...—tomó aire—. Yo tuve un affaire con la gringa Renata.
-¡Dios! —apenas alcanzó a decir ella, tapándose la boca.
-Te dije que no te iba a gustar.
Desde el primer día en el periódico, Mercedes sintió un profundo desprecio por la gringa Renata. Se tratab a de una periodista de la sección Espectáculos, madre soltera, protegida del editor general —algunos decían, de hecho, que el hijo era suyo—, que solía comportarse como una señorona a la cual había que lustrarle los zapatos de tacón; de su boca salían órdenes incontestables para fotógrafos e infógrafos. Durante su primer encuentro aprovechó para burlarse del vestuario de Mercedes (“Cariño, tu vestido parece una pijama”), y ella nunca llegó a perdonárselo. Aunque el editor general defendía a la gringa bajo el argumento de que su sección venía a ser la más leída luego de Deportes, esas exculpaciones entusiastas solo despertaban las sospechas de los demás.
El camarero —un muchacho portugués que había bromeado con ellos antes de llevarlos a la mesa— se acercó a preguntar si necesitaban algo adicional. Ambos negaron con la cabeza. Apenas estuvieron solos, Leonel continuó:
-Ella y yo salimos poco tiempo. Menos de dos meses. Nunca supe de quién era el niño, no hablaba de eso. Pero sí me dijo que estaba enamorada de mí. Que siempre lo había estado. Me presionaba para dejar a Pilar —se pasó la mano por la cabeza—. ¡Dios, esa mujer estaba loca! Quedó embarazada de mí —se hizo el silencio y vio que Mercedes estaba a punto de ponerse a llorar—. Le dije que yo no quería ser padre. Al día siguiente se encerró en su oficina con Pilar y le contó lo de su embarazo. Pilar salió de la oficina a los diez minutos, rompió conmigo y al día siguiente renunció. Fue una temporada horrible —se miraron en silencio y Leonel supo que debía aprovechar la viada y largar toda la historia para no repetirla jamás—. Aún no entiendo cómo todo esto nunca salió a la luz. La gringa Renata estuvo dos semanas de baja médica. ¿Te acuerdas? Una infección severa en las vías urinarias, y después una gripe, dijo. La verdad es que se había ido a un dentista para que le practicaran un aborto, y en medio del proceso había sufrido complicaciones. Por esos días yo fui al Café Tolstói, me habían pedido leer algunas páginas de mi novela —en este punto, Leonel vio innecesario aclarar que había presionado al dueño del Café Tolstói para ser invitado—. En una pausa de la lectura, descubrí entre los asistentes a un grupo de muchachos que permanecía de pie. Me resultó llamativo, porque había mesas libres. Los meseros se les acercaban, pero por gestos ellos se negaban a tomar asiento. Entonces reconocí a uno. Era el hermano de Renata. Ella me había dicho, por otras razones, que se trataba de un tipo violento. Intuí que me encontraba en peligro, que me estaba haciendo una visita con su pandilla de matoncitos de mierda. Bajé con calma del estrado y dejé la novela sobre la mesa, como si fuese a volver al rato, y tomé dirección a la cocina. Nadie me detuvo. Los otros intentaron seguirme, pero fueron frenados, o eso supongo, porque escuché un bullicio a mis espaldas. Salí por la puerta de atrás y paré al primer taxi que vi. Estaba subiendo al auto cuando esos salvajes me dieron alcance. Los pateé, pero no soltaban la puerta. Fueron pocos segundos de intenso pánico. No sé cómo describir sus ojos, Meche, te juro, parecía que no iban a encontrar paz hasta despedazarme. El chofer solo voceaba, el muy imbécil, sin acelerar ni salir del auto. Tomaron mi pierna y cerraron la puerta a la altura de la rodilla, y mientras estaba así me propinaron un par de patadas más. Creí que me iba a morir. Al taxista se le ocurrió arrancar mientras yo me quejaba en los asientos traseros, echado como piltrafa, llorando y retorciéndome. Hasta orinado en los pantalones estaba, Meche. Es la experiencia más aterradora que he tenido en mi vida. Me operaron unos días después, y corrí la voz en el periódico de que había sido por jugar al fútbol. Hablé con la gringa. Le pedí disculpas. Le pregunté por su salud, le lloré para que tranquilizara a su hermano. Quise disculparme también con Pilar, pero ella nunca contestó mis llamadas.
Mercedes no pudo contener los sollozos. Leonel nunca la había visto así. La había hecho llorar. Por algún extraño mecanismo de la memoria, rememoró el rostro de aquella otra mujer, Pilar, y de sus momentos de desconsuelo. Buscó la mano de Mercedes, pero ella lo rechazó.
Y entonces Leonel también sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas y no pudo sino revivir aquella otra ocasión, hacía ya algunos años, en que se vio alterado por un sentimiento diáfano y profundo. No se había tratado de la tristeza pura, como ahora, sino más bien de una mezcla de asombro y desesperanza. Ocurrió unos días después de la charla de Santiago Páez. Estaban en una sala de teatro pequeña clavada junto a la Iglesia de El Belén, disfrutando de una obra que destacaba por su fuerza interpretativa y una cuidadosa puesta en escena. Leonel, sin embargo, la recordaría más bien por un suceso menor ocurrido poco después del intermedio. Una actriz de unos 70 años daba voz a una mujer que vivía sola y reflexionaba sobre el paso del tiempo. En cierto pasaje se puso a declamar un texto lírico, y Leonel cerró los ojos para concentrarse. El último verso era "Pero en verdad te amaba". Cuando Leonel abrió los ojos, la mirada de la actriz estaba clavada en él. Sus ojos no estaban perdidos entre el público, como es costumbre entre actores, ni tampoco se dirigían a Pilar o a sus vecinos. Esos ojos húmedos se engarzaron con los suyos. Pilar se aferró a su brazo, advirtiendo el instante místico, sin que por unos segundos nadie se atreviese a respirar o toser. Después algunos asistentes se movieron expectantes, giraron curiosos la cabeza. Lo miraron. "Pero en verdad te amaba", dijo de nuevo, y a pesar de que Leonel no pudo encajar el rostro de ninguna mujer con esa afirmación, los ojos se le humedecieron. “Me afectó”, diría más tarde. Pilar se atrevió a deslizar cierto paralelismo, señalando que aquella obra rescataba los mismos rasgos que la habían estremecido en la ponencia de Santiago Páez: el amor, el tiempo y la lucha contra el infortunio. Para Leonel, sin embargo, tenía relación ante todo con el efecto desconocido de las palabras, con esos milagros que de vez en cuando podían cristalizar escritores o charlatanes.
-No lo puedo creer —consiguió musitar Mercedes, mientras se secaba los ojos con la servilleta—. ¿Y nadie nunca supo de esto?
-¿En el periódico? No que yo sepa. Fui afortunado.
Mercedes continuaba sollozando, y él continuó:
-Tú has estado conmigo en este tiempo tan difícil. El peor de mi vida. Yo no sabría qué hacerme sin tu apoyo. Ahora pude haberte dicho cualquier mentira. Justificarme de otra forma. Pero mereces la verdad. Lo siento, en serio —quiso buscarle la mano de nuevo, pero ella lo volvió a rechazar con un gesto brusco—. Amor, yo entonces era otra persona.
-No lo puedo creer —y tras el murmullo de esa repetición suya, le volvió el llanto como una ola que le naciera desde muy dentro, incontenible, obligándola a estirar los dedos con prontitud y hacerse de la servilleta de Leonel—. Y además, con esa p... —se contuvo, tal vez afectada por la noticia aquella del aborto. De pronto se puso de pie—. Nos vemos en casa —y se marchó con premura, dejando a modo de estela un gesto tímido de Leonel que apenas estiraba la mano, sin despegarse de la silla, y en cuya voz moría a mitad de la garganta un “espera” poco convincente.
Abrumado, Leonel pidió dos whiskies de marca distinta. Los saboreó con la cabeza gacha, hundido en sus recuerdos. Parecía la imagen del hombre que trata de acostumbrarse a la derrota.
* * *
Estuvo de vuelta en casa poco antes de medianoche. Encontró la luz encendida e ingresó con sigilo, semejante a un ladrón. Mercedes le había dejado sobre el sofá la pijama, dos cobijas y una almohada. Se aproximó al dormitorio sólo para comprobar que estaba con llave.
-¡Lárgate! —se escuchó del otro lado de la puerta.
Cuando Leonel se acercó al sofá, notó que Neoyorquinos aún estaba en su mano, algo caliente, como un panecito mañanero que aguardara ser consumido. Se sentó. Ni siquiera se había molestado en hojearlo durante la travesía del metro. Releyó el autógrafo sólo para descubrir que la fecha era errónea. Decía 2004, una década íntegra de diferencia con el año en curso. Miró el índice: cada relato se identificaba con el nombre de un lugar o de una estación de Nueva York. Eligió “Bronx”. Apenas necesitó unos pocos renglones para descubrir que la historia era sobre un tal Leonel, plomero quiteño con aires de Casanova que vivía a pocas cuadras del Departamento de Comunicación del Manhattan College. Sintió como si la punta de un cuchillo le recorriera la espalda. Continuó la lectura. El susto de verse parcialmente retratado fue sustituido por el asombro: Pilar navegaba con absoluto control entre las palabras. Pasaba del intimismo a la crítica social. Invitaba al llanto sin hundirse en el melodrama.
Agobiado por una mezcla de tristeza y disgusto, cerró el libro como quien da un portazo. Era consciente que él nunca llegaría a escribir a ese nivel. Jamás.

Federico Falco - "Elefantes"

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Novelista, cuentista, dramaturgo y poeta argentino.
Este cuento pertenece al volumen "La hora de los monos" de 2010.




Llegó el circo y armó su carpa en los terrenos del ferrocarril, a un costado de la estación. Tardaron tres días enteros en armarla. Enseguida trazaron un gran círculo sobre la tierra y alisaron el piso, esa sería la pista. Después acomodaron las casillas y los carromatos y las jaulas con los leones y los tigres alrededor de ese círculo. Bastante alejadas. El segundo día clavaron estacas durante toda la mañana; el pueblo se llenó de ruido a martillazos. Durante la tarde levantaron los mástiles. Muchos hombres asieron una soga gruesa y tiraron, gritando acompasados. Los dirigía un viejo en camiseta. El poste central se alzó hasta quedar perpendicular al suelo.
El último día cubrieron los mástiles con las lonas y la carpa tomó forma.
Mientras tanto, las mujeres escuálidas que en la función volarían por los aires leían revistas junto a sus casas rodantes y tendían ropa sobre las ramas de los árboles. Desde lejos podía verse al hombre de goma acostado sobre el techo de su casilla, tomando sol vestido solo con un slip diminuto, y al mago puliendo una inmensa caja de cristal.
La gente del pueblo encerró a sus perros y a sus gatos, porque se decía que los del circo eran capaces de robarlos para alimentar a sus animales. Las madres tampoco dejaban a sus hijos acercarse al baldío por miedo a que los raptaran o se los llevaran al partir, convertidos en saltimbanquis o en malabaristas. Igual, muchos se escapaban de la escuela para ver cómo les daban de comer a los leones y se quedaban mirando desde la calle las cosas del circo. Había monos que se rascaban las pulgas. Había perros saltarines que corrían desesperados tras un señor que les tiraba galletas. Había dos caballos blancos, uno con una cola larga hasta el piso. Y había un elefante. Gris. Perfecto. Alto. Un poco triste.
La primera función fue un lleno total. La gente del pueblo hablaba de las maravillas que habían visto: el hombre bala, la pirámide humana, la mujer que galopaba sobre los caballos y lanzaba fuego por la boca, el domador y los leones, un tigrecito al que le habían puesto un sombrero y actuaba con los payasos. Los que no habían asistido esperaban ansiosos el siguiente fin de semana. Los que sí fueron, caminaban inflados de orgullo.
El dueño del circo tenía un hijo y lo mandó a la escuela para que tomara clases mientras el circo estuviera en el pueblo. Iba a sexto grado. Sus compañeros lo rodearon esperando que contara miles de aventuras porque pensaban que la vida en el circo debía ser extraordinaria, pero el chico se negó a hablar de eso. Era un chico huraño y de ojos duros, impiadosos. Odiaba que lo vieran como a un fenómeno. No salía a los recreos y se quedaba en su banco, mirando por la ventana hacia fuera, a la calle. A la salida lo venían a buscar en un Rastrojero cargado con dos parlantes que anunciaban las próximas funciones. A medida que la voz grabada del payaso se acercaba gritando la publicidad, el chico del circo se ponía más y más colorado. Después, solo quedaba formar y arriar la bandera.
Una tarde, una de las compañeras del chico del circo entró corriendo al aula antes de que sonara la campana y le dio un rápido beso en los labios. Después la chica intentó escaparse, pero el chico del circo la sostuvo por el pelo y la obligó a darle otro beso. Abrió grande la boca, como si se la fuera a tragar, y empujó con la lengua hasta que los labios de la chica cedieron. El chico del circo metió entonces la lengua dentro y dejó allí depositado, en la concavidad rosa, un chicle de menta ya desabrido y sin color. Cuando el resto del curso entró al aula, la chica lloraba sentada en su banco, con las dos piernas muy juntas y el delantal estirado sobre las rodillas. El chico del circo seguía mirando por la ventana.
Al poco tiempo corrió un rumor entre los cursos más bajos. Decían que el chico del circo había arrastrado a una de sus compañeritas hacia el hueco que se formaba debajo de las enredaderas del patio y la había obligado a desnudarse. Aseguraban que habían hecho caca juntos.
La directora desestimó los cuchicheos, pero igual llamó al chico del circo a su oficina y mantuvieron una extensa entrevista en la que lo interrogó acerca de cómo se sentía en su nueva escuela y si creía que se estaba integrando bien al resto del grupo.
El chico del circo habló poco y nada.
Un día, sin previo aviso, y después de dos exitosos fines de semana, el circo se fue y el chico no volvió a la escuela. El baldío en que se había asentado la carpa amaneció liso y vacío. Solo quedaba, en una esquina, el elefante parado, alto y triste, con su grillete en la pierna y una cadena que lo ataba a su estaca.
La policía hizo averiguaciones. Dijeron que los del circo no tenían los papeles del animal en regla y que por eso lo habían dejado. Vino el veterinario y revisó al elefante.
Este animal está muy enfermo, dijo. Está a un pie de la muerte, dijo.
Todos se pusieron muy tristes.
¿No se puede hacer nada?, ¿no hay modo de salvarlo?, preguntaron.
El veterinario respondió que no, que solo era cuestión de horas.
¿Y qué vamos a hacer con un elefante muerto?, preguntaron.
No tengo ni idea, dijo el veterinario.
Los chicos, mientras tanto, rodeaban al elefante y corrían entre sus piernas. El desafío era pasar bajo la panza del animal sin que este lo advirtiera. Más tarde se colgaron de su cola y también uno, el más sabandija de todos, se le subió al lomo. Después de un rato de saludar desde allí, bajó sin pena ni gloria. El elefante, parado en medio de los terrenos del ferrocarril, apenas si movía las orejas para espantar las moscas. No comía. La trompa le caía derecha y arrastraba por el suelo. Tenía los ojos lagañosos y entrecerrados.
Dos días más tarde, se murió.
Nadie sabía qué hacer con el elefante muerto. Cortaron el candado que ataba el grillete a la pata y, con una pala excavadora y la ayuda de muchos hombres, lo subieron al camión de la municipalidad y lo llevaron al basural. Allí lo dejaron.
Algunos chicos todavía fueron un tiempo más a jugar sobre el elefante. Un día dejaron de ir. Había olor.
Cuando ya era una montaña reseca e informe, el intendente recordó al elefante muerto y comenzó a hacer gestiones. Logró venderle el esqueleto a un Museo de Ciencias Naturales de Formosa. Fue un buen ingreso para las arcas municipales. Vinieron tres técnicos y se pasaron dos días blanqueando huesos y embalándolos en cajas de cartón. Al terminar la tarea cargaron todo en una furgoneta destartalada y partieron. El museo tenía un gran hall de ingreso, un poco oscuro pero majestuoso, y el elefante sería toda una atracción puesto allí, en el centro.
Tardaron un año y medio en armarlo. Día tras días engarzaban huesos en un firme y secreto soporte de hierro. Consultaban, para hacerlo, una vieja enciclopedia de zoología y observaban en detalle cada parte, cada articulación, cada pequeñez. Lentamente, el elefante tomaba forma. Ya estaba casi completo cuando advirtieron que faltaba una diminuta vértebra de la cola. Según el libro debía haber diecinueve y en la caja de las vértebras había solo dieciocho.
Durante un tiempo la buscaron en las otras cajas, hasta que se dieron por vencidos. Se dijeron a sí mismos que seguramente el huesito habría quedado olvidado en el pueblo, perdido entre cáscaras de papas, bolsas de nylon y botellas rotas.
Pero no era así. Lo tenía, en realidad, la chica aquella que había besado al hijo del dueño del circo. Caminó entre sombras una noche de verano para robar la vértebra, en medio del basural crujiente y tembloroso, sin que nadie lo advirtiera.
La escondió en un cajón secreto, en el fondo de su cómoda, junto al diario íntimo y al lado del chicle reseco y desvaído, envuelta con una cinta rosa.
Era su souvenir.

Rómulo Gallegos - "Cuento de Carnaval"

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Novelista, dramaturgo y cuentista venezolano. Es considerado el gran narrador venezolano y algunas de sus novelas ya son clásicos de la literatura hispanoamericana. Sin embargo, sus inicios fueron teatrales. También escribió guiones para cine aunque parece que no se conserva ninguno.
Sus obra son de carácter realista y giran casi siempre en torno a tres temas principales: la crítica de costumbres, la descripción del ambiente criollo donde plantea la antinomia civilización y barbarie, y las obras que describen pasiones y desequilibrios.
Este cuento fue publicado por primera vez en la revista quincenal El Cojo Ilustrado el 15 de febrero de 1914. Posteriormente fue incluido en el volumen La doncella y el último patriota publicado en 1957.


La algarada de las primeras comparsas empezaba a turbar la nocturna quietud de la parroquia, ya se oía el tintineo de los cascabeles en los arneses de los coches, y los chicos del vecindario ululaban sin cesar a los primeros diablos.
Desde la sala de su casa de anticuario, Don Juan Manuel Vidosa escuchaba aquellos ruidos precursores de la baraúnda carnavalesca y una emoción dulcísima se levantaba en su pecho. Todo aquel año se lo pasó esperando el Carnaval. Suprema ridiculez, locura sin justificación le había parecido siempre aquella fiesta de cuya vana alegría no disfrutó ni cuando joven, por idiosincrasia y por austeridad, que a fuerza de ser tanta la suya, llegaba a los mayores extremos de dureza. Conservaba todos los resabios de los viejos tiempos, en los cuales la conducta estaba regida por principios rígidos, que no permitían la disipación, ni reconocían la necesidad, tan proclamada ahora, de la alegría, y sin embargo el rumor callejero le parecía ahora grato. Sonreía benévolo cuando oía la voz atiplada de los disfraces y empezaba a convenir en que, realmente, la alegría, así fuera loca y vana, era buena siempre y necesaria.
¡Pobre vida la suya de viejo desamparado de cariño, en aquella casa donde se apolillaban juntamente, su espíritu y los objetos de su colección de anticuario! Ni siquiera el claro trino de los canarios que antes alegraban el silencio de los días largos en aquel caserón donde vivía solo. Ya empezaba a cansarlo, como una actitud molesta, su propia severidad, echaba de menos al lado suyo algo tierno y en los momentos de abandono espiritual imaginaba las delicias de unas manos pequeñitas de nieto que se escondieran, jugando, entre sus barbas, como liebrecillas mellizas en un jaral bravío…
Acaso tenía nietos… Pero este pensamiento renovaba un dolor no olvidado: Rosa María, la hija única… La deshonra.
Era bella, tenía una alma alegre y un corazón de oro. Su risa perenne resonaba en la casa como una campana llamando a fiesta, su imaginación era una llama que ardía en joviales hogueras de locura y su corazón conocía todos los registros de la ternura; pero llegaba también a las mayores vehemencias de la pasión. Se enamoró perdidamente de un hombre vulgar, sin nombre ni dignidad, casi un tahúr. Don Juan Manuel fue implacable: amonestó primero, regañó luego, terminó amenazando. Con esto creció la pasión de Rosa María. Una mañana, al levantarse, como de costumbre, muy de madrugada. Don Juan Manuel encontró el portón abierto… Llamó a la hija, pero nadie respondió… Sus gritos de rabia y dolor, llenaron la casa y aquella mañana fue la última vez que nombró a Rosa María.
De allí para adelante una vida áspera de solitario, llena de vergüenza, de rabia y de dolor. Aumentó hasta convertirse en manía su afición por las cosas viejas e históricas: pero una pasión yerma, sin compensaciones… Sólo el trino de sus canarios para el silencio de los días largos de soledad…
Corrió el tiempo. Vino una carta de Rosa María pidiendo perdón… Más tarde otra, suplicando, como una limosna, que le permitiera ir un momento siquiera, a verlo… Ambas quedaron sin respuesta y con esta insolencia de la hija deshonrada aumentó el rencor del viejo. Así pasó un año y llegó el Carnaval. Una noche tres disfraces invadieron con risas y cantos el retiro del solitario. Eran tres muchachas. Don Juan Manuel las recibió ásperamente. Una de las disfrazadas guardó silencio todo el rato y no quitó los ojos de mirar al viejo… Cuando salieron, al cerrar tras de ellas la puerta, el anticuario oyó que la disfrazada silenciosa rompía a llorar, mientras las otras callaban sus risas, de improviso…
—¡Es Rosa María! ¡Insolente! —rugió el inflexible Don Juan Manuel, y por varios días, renovada la herida de su duro corazón, lo dominó un sordo rencor contra la hija.
Pensó que seguramente las dos compañeras de Rosa María, eran como ella, otras perdidas, y para lavar las manchas que aquellas plantas habían dejado en la austera casa de los Vidosa, fregó con ira los suelos repetidas veces…
Aquel acceso de áspera dignidad se fue disipando al fin y un sentimiento paternal y compasivo le fue cobrando el corazón.
¿Qué vida llevaría su hija? ¿Acaso totalmente corrompida? ¿Acaso pura, a pesar de todo? En toda caso la dura vida de la deshonra, con el estigma indeleble y su inevitable cortejo de miseria… La historia de siempre, el caso vulgar de seducción, luego la promesa no cumplida, el abandono final… ¡Pobrecita! ¡No, pobrecita, no! ¿Para qué están la dignidad, la virtud, la religión y el nombre, el respeto al nombre en que él la educó? Culpa suya fue, solamente suya. ¡La mujer que cae engañada es porque quiere dejarse engañar!
Don Juan Manuel volvió a cerrar, con toda la fuerza de su seguridad y de su orgullo, aquella rendija de compasión paternal que se venía abriendo en su corazón subrepticiamente.
Pero los furtivos pensamientos volvieron:
Acaso un hijo inocente de todo, condenado a la infamia y a la corrupción. Sangre suya era al fin y al cabo…, llevaría su mismo apellido, el apellido materno: un Vidosa tahúr, rufián…, una Vidosa… ¡Pobrecita Rosa María!… Las mujeres no tienen la culpa siempre, a veces caen por excesiva bondad… Rosa María tuvo siempre el corazón en la mano…
Pasó otro año y volvió otro carnaval y otra vez los mismos disfraces, la misma disfrazada silenciosa que no hacía sino verlo, mientras las otras reían y charlaban, acaso por distraerlo, para que se dejara ver…
Don Juan Manuel las recibió más amable, pero todavía altivo, guardando las conveniencias. Comprendió que Rosa María aprovechaba aquella ocasión para ir a verlo y esta muestra del amor de la hija lo ablandó hasta hacerlo convenir en aquella farsa, donde él también estaba disfrazado. Pero su orgullo no le permitía más de aquella concesión… Que Rosa María siguiera creyendo siempre que él no la había reconocido y que por eso la recibía en su casa. Y cuando al cerrar la puerta volvió a oír el llanto de la hija entre la risa de las compañeras, él también, por primera vez lloró…
Nunca, como desde entonces, le pareció tan triste su soledad y sintió tanto la falta de Rosa María en la casa… Aquella risa perenne que resonaba como una campana llamando a fiesta…, aquella imaginación traviesa que era una llama ardiendo en hogueras de divinas locuras…, aquella alma buena que sabía tanto hacer grata una vida…, y…, ¿quién sabe?…, acaso unas manos pequeñitas de nieto que se esconderían retozando, entre sus barbas…
Tales pensamientos cobraron por completo su corazón. Resolvió buscar a Rosa María. Indagó y no logrando obtener noticias de ella tuvo una determinación heroica: preguntarle por su hija al villano que se la había quitado y deshonrado. Fue un esfuerzo supremo en el cual se quebró para siempre el resto de entereza de ánimo que le quedaba y fue un esfuerzo inútil: el seductor de Rosa María le respondió, insolente, que hacía años que no tenía nada que ver con aquella mujer, que ni sabía si vivía.
En otro tiempo el altivo señor hubiera arrancado la vil lengua a aquel miserable que lo había escarnecido dos veces; pero ya él no era el Juan Manuel Vidosa de antes y cuando el tahúr le volvió la espalda, con desprecio, él se retiró llorando, por la hija acaso muerta.
Los meses siguientes fueron para él de angustias mortales. Lo dominó una profunda tristeza vacía de pensamiento. Abandonados, los canarios que alegraban la casa, murieron de hambre en su jaula…
Otra vez venía el carnaval y con él la esperanza. ¡Qué grato el rumor de las risas locas y de los cascabeles! Bendita alegría la que de año en año entraba con los disfraces en aquel caserón tan callado, tan solo…
Poco a poco se fue disipando la tristeza del viejo y con emocionada impaciencia esperaba la noche en que, un rumor de frescas risas sonara en el zaguán, anunciándole que allí estaba, por fin, Rosa María, la hija buena que venía de año en año a verlo solamente y que luego, al irse, rompía a llorar, con el pobre corazón destrozado…
¡Qué duro había sido con ella! ¡Cómo le dolía su severidad! ¿Por qué el año pasado no la llamó a sus brazos, rompiendo con todo, olvidándolo todo? Este año lo haría. Rosa María se quedaría en su casa. Ya le había preparado su habitación, todas las mañanas salía a comprar flores y las colocaba en el tocador de Rosa María, por si llegaba aquella noche.
Por fin, una noche, resonaron en el zaguán las benditas risas. Don Juan Manuel corrió a abrir. Esta vez las disfrazadas eran dos y al ver que faltaba una, el viejo experimentó una angustia mortal; pero se recobró pronto, como viera que una de las disfrazadas se retiraba de él y alejada, en silencio, se quedaba viéndolo, largamente.
¡Era Rosa María! ¡Por fin la tenía allí y ahora para siempre!
Quiso acercarse, sin atreverse a hablar, dominado por la emoción, pero la disfrazada huyó por los corredores.
—¡Quiero verla! ¡Quiero verte!
La otra lo atajaba riendo como loca, con una risa extraña que Don Juan Manuel no había oído nunca.
—No, no señor.
—¡Sí, sí… quiero verla! Es mi hija. Es Rosa María. Desde un principio te conocí…, te he perdonado… Mejor dicho: te pido perdón y eres tú la que tiene que perdonar.
Y la perseguía, fuera de sí, con una agilidad que no era suya, enardeciéndose por momentos.
—Quiero verte. No me huyas…
—No, no, por Dios…
Pero él no oía y llorando casi, corría detrás de la disfrazada.
Por fin la alcanzó. La mujer luchaba por no dejarse quitar el antifaz; pero al fin, rendida, se entregó.
El viejo, jadeante de emoción y de cansancio, apoyó sus manos ásperas y gruesas sobre los hombros de la mujer y se quedó viéndola, todavía cubierta con el antifaz, como para apurar hasta el fin aquella ansiedad del año largo y triste.
La mujer temblaba con todo su cuerpo bajo aquellas manos y bajaba los ojos, no pudiendo soportar aquella mirada que la envolvía, que quería llegarle hasta el alma. La compañera, inmóvil y ansiosa también, presenciaba el cuadro, sin atreverse a hablar.
Por fin el viejo pudo decir:
—Rosa María…
La disfrazada se apartó de él, evitando el abrazo.
—Perdón. No soy Rosa María.
Y se quitó el antifaz, mostrando su cara fea y mustia.
Los brazos del viejo se desplomaron, como los últimos restos de una ruina y la mirada que estaba llena de amor, se hizo dolorosa y poco a poco fue perdiendo la expresión.
Compadecidas de aquel desengaño, las mujeres empezaron a decir:
—Perdónenos, señor. No hemos querido burlarnos de usted.
—Rosa María murió…
—Y antes de morir, me suplicó que mientras usted viviera, viniera todos los años en el Carnaval e hiciera su papel. Ella comprendió el año pasado que usted la había conocido…
El viejo oía impasible, completamente inconsciente. La mujer se volvió a cubrir con el antifaz y salió con la compañera…
Don Juan Manuel las siguió hasta la puerta y así que ellas salieron, cerró, como el año pasado…
En la calle, la algarada de las comparsas turbaba la nocturna quietud.

Inés Bortagaray - "A la mesa"

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Novelista, cuentista y guionista de cine uruguaya.
Este cuento fue publicado en la Revista Ñ, suplemento cultural de Clarín, en agosto de 2010 (anteriormente había sido incluida en la revista fundada por Francis Pord Coppola, "Zoetrope all-Story", en el volumen dedicado a los autores latinoamericanos en enero de 2009).


El mantel es blanco. Cubre todas las esquinas de esta larga mesa de madera puesta a lo largo del jardín, y llega a rozar el suelo. Sobre el mantel hay platos, fuentes, cucharas, cucharones, cuchillos, servilletas, tenedores, botellas, jarras, flores, migas de pan. Alrededor estamos nosotros, la familia unida. Todos sentados a lo largo de esta gran mesa que ocupa dos parcelas de quinta, la nuestra y la de los otros, los parientes. No somos tan ruidosos como una familia italiana ni se hace el gran escándalo ni el borracho da la nota, pero igual somos borrachos. Todos tomamos vino, por ejemplo. La mesa está rota, cortada en dos, pero nadie parece notarlo. En el medio la mesa se corta y unas astillas sobresalen del mantel, lo rasgan antes del ruedo, emergen como púas.
La mesa se corta en dos entre las dos parcelas. De un lado quedamos nosotros; del otro, los parientes.
La pequeña esposa de mi primo alto, el de boca mojada como un pez y orejas de cera rebosante, viene hacia mí desde la otra mesa con gesto de arrojo (tras los cristales gruesos de sus lentes aparecen los ojos de indignación de muchacha provinciana que aún a pesar del encierro se hace temer, la de la lengua ácida). Se para frente a mí y me increpa: ¿por qué dijiste que mi tía es puta? Yo le digo: yo no dije nada, momentito.
Momentito: estoy recordando.
Hace veintisiete años dije algo. Dije, mirando la foto de la boda de la tía de la actual esposa de mi primo, dije: esta es una puta. Yo había aprendido la palabra puta y la usaba por vanidad. Mi vanidad se debía a haber aprendido a usar con ligereza algo que no parecía tan liviano.
La palabra. Esta es puta esta no es puta esta es puta. Yo no soy puta. Yo no soy una cualquiera.
Aunque sí, puede ser que lo haya dicho, mil perdones. Ella me mira y los ojos que veo son tan grandes, oh, qué grandes esos ojos que me miran detrás de los cristales engordados, cóncavos, amarillentos, y yo pienso que ya no son de ira esos ojos que ella tiene sino de tormento. Por qué esperar tanto tiempo para vengar a la tía puta, yo pienso. ¿Por qué me lo decís ahora, cuando ya pasó tanto tiempo? No demora, y dice, como si mordiera: Porque vos y tu madre y tu abuela tienen que tener un merecido. Yo sí demoro. ¿Un merecido por qué? Vuelve a morderme. No estar tan campantes, en esta mesa, cuando bien se sabe que son víboras. Me molesta más lo de campantes que lo de víboras. Yo no siempre salí ilesa de las críticas ajenas. Me cuido mucho de hacerlas, de decir: este es un vanidoso, aquella está llena de amargura. Es por eso que lo hablo más conmigo que con el resto y entonces me digo: qué vanidosos que estamos hoy, cuánta amargura me viene encima.
Dejo de prestarle atención a la esposa de mi primo el de la saliva y miro a una niña de rizos rojos que se ha venido a sentar a mi lado. La miro y no sé quién es, de qué pariente es hija. Se sienta como señorita entre mi hermana y yo; las dos la miramos con sorpresa. No nos pelea ni tampoco está jugando. Parece haber encontrado el lugar exacto para ella. Las piernitas le oscilan sin llegar al piso. Las mueve como si bailara, y noto unos minúsculos pelos rosados en las rodillas, en el borde de piel que queda libre entre las medias caladas y el organdí del traje. Rozo con mi dedo sus rodillas y ella se estremece y se ríe. Entonces me arrodillo y ella salta de la silla y nos ponemos a jugar bajo la mesa. Dice que se llama Olinka y que su nombre es ruso como el de algunas princesas. Jugamos a hacer caras de las feas y yo le gano. Afuera sigue el barullo, pero se oye apagado por el peso del mantel. Afuera alguien dice: nuestra ensalada es por lejos la mejor. Olinka se saca los zapatos y las medias caladas y me muestra su pie. Se lo huele y me lo da para que yo también lo huela. Lo huelo y le digo: ay, qué pie más asqueroso. Después vamos a los pies de la familia y se los olemos a todos. Algunos nos gustan y otros no. A ella le gustan más que a mí los pies de la familia. Los pies de mamá huelen rico. Tiene sandalias color café con tiras de cuero que se cruzan adelante. Mi hermana se rasca el empeine con la punta del zapato. Cuando acercamos las narices hace un movimiento brusco y le golpea el mentón a Olinka, que justo está oliendo. Olinka comienza a lloriquear y yo le tapo la boca con mi mano. En la mesa se hace silencio. Alguien ahoga una exclamación y se oye un zumbido.
Me acurruco entre las piernas estiradas de mi padre (sé que ahora yace satisfecho con la boca casi sonriente, plácida, y esos ojos de ausencia dichosa, de momento previo al desencanto) y atraigo a Olinka contra mi pecho como quien aprieta a un niño durante el estallido de una bomba.
La discusión entre las mesas da comienzo entonces.

Lajos Zilahy - "El yate blanco"

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Novelista, poeta, cuentista y dramaturgo húngaro. Autor con una gran capacidad de observación que plasmó en toda su obra. Sus novelas fueron auténticos superventas durante la primera mitad del siglo XX. También creo su propia compañía cinematográfica (Pegazus) con la que se llevaron a la pantalla, durante la década de los 30 del siglo pasado, varias de sus novelas (de algunas, él fue el guionista).
En sus primeras obras su mirada se centra en los problemas morales y sociales que envolvían a las clases burguesas europeas del período de entreguerras. Posteriormente su análisis fue centrándose en otros grandes grupos sociales de poder, como la aristocracia y las altas esferas financieras.
Este cuento fue publicado en Athenaeum en 1932. Yo lo encontré en una vieja antología de cuentistas húngaros en la que no figura ningún dato de edición.
Desconozco quién es el autor de la traducción.


EL último verano pasé en una isla del Adriático mis cortas semanas de vacaciones. Acostumbraba a levantarme muy temprano, cuando apenas apuntaba el día y brillaban aún con dorado centelleo algunas estrellas en el cielo. Antes que nada, me dirigía a las higueras y me desayunaba con higos en compañía de un mirlo negro. Al principio, el pájaro me recibió con miradas desconfiadas, pero más tarde se habituó a mí de tal modo que ya debía faltarle muy poco para posárseme en un hombro.
Comíamos los higos lentamente, con una tranquilidad tan grande que pensé a veces que la vida en el Paraíso debió parecerse bastante a la nuestra. Y lo que más me admiraba era que el mirlo, pese a su reducido tamaño, consumiera muchos más higos que yo, cuando nadie ignora que soy persona de buen apetito.
También el primer día noté algo raro mientras estábamos desayunando, como si la tierra se moviera bajo mis pies. Bajé la vista y advertí que se trataba de una tortuga del tamaño de mi sombrero. Alargó su arrugado cuello, me miró y soltó un «¡fa!» muy raro. No sabía qué quería de mí, pero, por si acaso, le eché un higo. Se lo tragó precipitadamente, manejándolo con sus patas delanteras como si usara tenedor y cuchillo, y cuando acabó volvió a mirarme: «¡fa!». Pronto comprobé que, en aquel concurso de despachar higos cuanto antes, la tortuga superaba por largo a mi amigo el mirlo.
A la siguiente mañana, la tortuga trajo consigo a su cónyuge y al tercero se presentó con toda su abundante prole, en total unas diecisiete tortugas, sin olvidar a los tataranietos que, aunque no mayores que media nuez, no se quedaban atrás de sus tatarabuelos en cuanto a comer higos.
El cielo, en tanto, se iba iluminando de delicados fulgores rojizos. El sol todavía no se había alzado. Era la hora en que solía encaminarme a orillas del mar para pescar con caña, convencido de que se trataba del momento en que entran mejor los peces al cebo. Sin embargo, nunca logré levantarme lo suficientemente pronto como para anticiparme a los pobres pescadores del lugar. Algunos de ellos se alejaban de la costa en sus barcas, remando silenciosamente, y otros tendían sus artes de alambre o, sentándose en las rocas lamidas por el mar, acechaban inmóviles el menor movimiento del sedal de su caña.
Yo casi no sabía más italiano que el de los nombres de los avíos de pescar, los vientos, los peces y las denominaciones marítimas de los alrededores. Pero eso bastaba y sobraba para permitirme pasar horas y horas en plática con aquellos hombres. Algunos de ellos eran unos viejos venerables con más de ochenta años, unos ancianos erguidos, vigorosos y esbeltos, que durante su dilatada vida habían recorrido todos los mares de la tierra en busca de aventura y a los que luego había recluido la miseria tras de un pan diario y seguro. Podían contar emocionantes historias de pesca sucedidas en las heladas costas de Alaska, en el Océano Indico, en el Mar Rojo o en torno a las grandes islas de África. Su gran pobreza y la sencillez de sus vidas parecía igualarlos a todos; supe sin embargo, ahondando algo más, que, tras aquella monótona y aparente uniformidad, vibraban fortísimas e independientes personalidades, cuyo valor no conocían ni estimaban más que sus mismos camaradas. Uno de ellos, por ejemplo, había sido un auténtico genio en el arte del arponeo; otro, un maestro incomparable en el de capturar determinados peces; aquel conocía e interpretaba como nadie los menores síntomas de las aguas de altura... Por supuesto, todas estas destrezas tienen un valor escaso para nuestra mentalidad de hombres de la ciudad. Pero, para ellos, aquellos talentos especiales representaban las mismas diferencias jerárquicas que, en nuestra existencia de «civilizados», tan distante de la de los trabajadores del mar, representan la de ser director de un banco o virtuoso del violín, platero o cerrajero o maestro de obras.
Quien se haya asomado al Adriático habrá visto sin duda esos hermosos barcos de pesca negros, que rozan el azul del mar con velas de un delicioso color naranja. Los del país les llaman bragozze, o arados de mar, y son unas embarcaciones de arcaico perfil que de noche o de día, en invierno o verano, surcan las olas incansablemente y sólo descansan cuando no hay viento. Las bragozze, entonces, sin ese aliento momentáneamente agotado y asmático, ven desmayarse sus grandes alas anaranjadas, como gigantescas mariposas inanimadas, inertes. Y cuando azota el mar algún temporal, se retiran temerosas a los puertos, se balancean apretujadas, íntimas, y entrechocan las puntas de los mástiles al cabecear, como si hablaran entre sí nerviosamente.
A alta mar salen siempre por parejas, y estas asociaciones duran a veces toda la vida. Entre una y otra bragozze, separadas por varios centenares de metros, se tiende la red que, semejante a una bolsa enorme, recorre las honduras y se avecina al fondo del mar, cosechando así el difícil sustento de esos pescadores. Porque era difícil ese sustento. Desesperadamente escaso y difícil.
Con todo, tiempos hubo en que esta gente vivía bien y aun no faltaba entre ella quien llegó a hacer fortuna. El mar lanzaba entonces de sus simas cantidades extraordinarias de pescado y la mercancía alcanzaba unos precios excelentes. Pero después, vino... ¡vino, Señor!... vino la máquina. Un buen día trepidó el motor en las barcas pesqueras, llegaron las barcazas motorizadas de los grandes armadores y, por decirlo así, los arados del mar fueron sustituidos por «tractores». El motor era capaz de oponerse al viento y, lo que era más importante, a la falta de viento, y mientras las antiguas bragozze yacían con las velas abatidas esperando durante largas jornadas un soplo de brisa, las barcas con motor salían al mar trepidando, araban, amasaban, dragaban el limo y las arenas del fondo. Y eso fue lo que disminuyó enormemente la pesca, pues, por grande que sea el mar, tales artefactos recorrían cada metro cuadrado con las inmensas redes modernas, que exterminan y diezman generaciones y generaciones de peces.
Tumbadas sobre un costado y abandonadas por sus dueños, descubrí no pocas bragozze medio hundidas en caletas y bajíos. Tienen bastante que ver con los viejos molinos de viento de las llanuras húngaras, por cuyas puertas irrumpe la hierba, ya que también ellos han sido arrumbados a un estado ruinoso por los grandes molinos eléctricos.
Es evidente la hermosura de esas viejas naves de alta proa y amplio castillo, con brillantes adornos de cobre en su proa batida por los vendavales, y abunda en ellas cierto aire primitivo transmitido a sus perfiles, que eran los mismos en tiempos del Imperio Romano. No hay en ellas el menor elemento de fabricación mecánica; hasta su detalle más diminuto es obra de la artesanía del hombre y ni el seductor amarillo-naranja de las velas se debe a la química industrial, ya que los pescadores las tiñen con aquellos raros limos entre amarillentos y rojizos que revisten con espesas capas la superficie de las rocas grandes. El casco de las bragozze, y su cubierta, a la que se embadurna con alquitrán, son libremente azotados por las olas. El interior cuenta con dos espacios. Uno de ellos, que queda a oscuras, es el que llaman cámara, tan bajo de techo que hay que andar por él encorvado. Todo su mobiliario consiste en una imagen religiosa, una lámpara de petróleo y una gran vasija tapada con juncos, que contiene una mezcla de agua dulce y vino. Por fin, varias mantas oscuras por el suelo: las camas de los pescadores.
El segundo compartimiento es una suerte de bodega en la que se ven amontonados los cabos y las redes junto a la cocina, si es que puede darse tal nombre a una gran cazuela de hierro bajo la que el fuego se mantiene tras una capa de ceniza. Allí cuecen y asan el pescado; desde luego, sólo el más inferior y de menor precio, los saldos del mar. El pan es la famosa polenta italiana, de harina de maíz. Y eso es cuanto compone el menú de esas gentes: pescado y polenta, polenta y pescado. En las grandes fiestas, tal vez cae también una tajada de carne de oveja. Pero ni aún el pescado y la polenta se obtienen así como así. Son muchas las bocas necesitadas y hay muchos niños en casa, ya que esos pescadores aman tanto a los niños que puede observarse, y no pocas veces, cómo se pasan unos a otros alguna churretosa criatura. Este pequeñuelo es lanzado al aire, rodeado, festejado, y todos se sienten contentos con él y con sus alegres carcajadas.
En general, y si alguien me preguntase ahora qué hacía la gente en aquellas diminutas bahías y aldeas, no podría menos que contestar: jugar con los niños de la mañana a la noche. Chicas mayores, mujeres y ancianos, todos se dedicaban a jugar con la gente menuda; ese era el espectáculo que se me ofrecía dondequiera que fuese o por dondequiera que pasara: al parecer, el tesoro de algunos pobres es la alegría de jugar con los niños. Cierto que por la costa nadie padecía los inconvenientes del «hijo único». Por grande que fuera su pobreza, las criaturas nacen y pululan en aquellas zonas costeras como el pescado menudo...
Seis años antes, todavía en la época de la prosperidad económica aunque ya en su última etapa, un precioso yate había llegado con su velamen de deslumbrante blancura al puerto del balneario inmediato. No tenía más de doce metros de eslora pero albergaba dos camarotes, un comedor en miniatura, una cocina como de juguete, baño, y aún espacio para dos marineros. Todo relucía y fulguraba en aquel yate tan elegante, y no había que ser Salomón para saber que debía pertenecer a una persona muy adinerada.
Pronto la conocimos. Era un hombre muy aficionado a la pesca con caña, que pasaba a bordo todo su tiempo libre y quien, para no aburrirse en ningún momento, viajaba en compañía de una muchacha muy hermosa y muy joven. Es posible que fuera la esposa del capitán-propietario, pero claro que a nadie se le ocurrió preguntárselo.
El caballero, de quien decían ser holandés, era grueso, frisaba en los cincuenta años y, a primera vista, pertenecía al tipo de hombres que se encuentran en Londres o Barcelona, París o Nueva York, Madrid o Roma, y que siempre van tras algún negocio de envergadura.
Contrató para su balandro a dos pescadores del lugar, y supimos entonces que sabía lo que se hacía, ya que se disponía a zarpar para una nueva excursión de pesca y no es recomendable surcar el Adriático sin gente de la región a bordo, pues, bajo sus mansas aguas, acechan peligrosísimos arrecifes.
Plácidamente dedicado a la pesca, el yate ancló un día muy cerca de la costa, casi a la sombra de los olivos, y después de almorzar y de encender un buen cigarro de La Habana, el caballero holandés notó que el mecánico del yate discutía animadamente con los dos pescadores contratados, que reposaban tendidos en cubierta. Como no entendía el italiano, le preguntó al mecánico en su idioma:
—¿Qué dicen éstos?
—Me están contando que los barcos a motor van a arruinarlos de aquí a poco, y que si tuvieran una tratta todavía podrían defenderse. Pero que, de seguir así, les espera un invierno bastante malo, ya que ni hay que decir que no disponen de la tratta.
—¿Y qué es eso de tratta?
El mecánico se lo explicó: una gran red con la que se circundan las bahías en grandes, kilométricos semicírculos. Por supuesto, es algo bastante caro, ya que se requiere mucho hilo y mucha cuerda; sólo el material para fabricarla costaba la friolera de cinco mil liras...
Uno de los pescadores, Antonio El Viejo, se acercó entonces medio gateando al gordinflón holandés e, incorporándose sobre las rodillas y gesticulando acaloradamente con ambas manos, se lanzó a un discurso excitado e interminable, del que el forastero no logró entender una palabra.
—¿Qué dice este hombre?
—Dice que en estos últimos tiempos —tradujo el mecánico— ha subido aún más el precio del pescado y que con una tratta es posible pescar hasta dos toneladas, a veces en una sola marea, de modo que si alguien les prestase esas cinco mil liras no haría ningún mal negocio. Parte del beneficio le tocaría a él. Para hacer y manejar la tratta se necesitan unos diez hombres, pero este personal se reclutaría muy fácilmente en la familia de Antonio El Viejo entre padres, hijos, hermanos, cuñados... Lo único que necesitan es la tratta o, mejor dicho, las cinco mil liras para el material. Y dice que sería una brillante inversión del dinero.
El holandés contempló fijamente las volutas de humo de su habano y no dijo nada. «Otra vez con el cuento de siempre —pensó—. ¡Qué ocasión tan brillante para invertir dinero!» ¿Cuántas veces había oído esa misma frase en boca de personas inteligentes y cultas, tras unas puertas tapizadas? Pero, con todo, apenas si hacía unos meses que había perdido casi ochenta mil dólares en una «brillante inversión» de dinero.
De golpe, se sintió invadido por la cólera. Que el infierno se llevara a ese hombre... ¿No se había refugiado allí, en las coloridas aguas del Adriático, para olvidar sus cuitas y preocupaciones de negocios? Y he aquí que, apenas instalado bajo los tranquilos cielos y olivos, ya llegaba a arrodillársele un pidón, con los harapientos pantalones sostenidos por una cuerda de cáñamo. Una tratta o sabe Dios qué. Un «bonito negocio», y las eternas recomendaciones de cómo emplear bien su dinero. Era realmente inaudita la inoportunidad de ese viejo pescador al atreverse a recordarle otra vez aquellos ochenta mil dólares tan penosa como inevitablemente perdidos... una pérdida que ya él estaba a punto de olvidar.
Pero Antonio El Viejo no entendió por qué el caballero holandés no decía nada ni por qué aquel hombre extranjero y distinguido le miraba con ojos brillantes de cólera. Así que se alejó muy turbado, y se puso a quebrar con las manos, no sabiendo qué hacer, unos trozos de madera seca.
En el holandés creció aún la ira y ni siquiera la hermosa muchacha lograba cambiarle el humor. Verdaderamente estaba tan enojado que, al regresar a tierra, hizo una irritada señal al viejo Antonio para que lo siguiera hasta el hotel. Una vez en él, le tiró sobre la mesa aquellas miserables cinco mil liras: allí las tenía, que se largara con el dinero y se comprara la tratta, si es que no quería más que eso.
Su gesto no había tenido nada de benéfico, ni mucho menos, de comercial: sencillamente, estaba furioso. Y era la suya una furia como la del jugador que lleva muchos días perdiendo en el casino, y al volver a casa masculla rechinando los dientes: «¿De modo que se trata de perder?, ¡pues bueno!», y arroja contra el asfalto de la calle toda la calderilla que le queda. Lo del holandés era algo muy parecido: «¿Una tratta?, ¡pues bueno! Después de la quiebra de la Creditanstal de Viena y las acciones de Kreuger, puedo también perder algo en este asuntito de la tratta»...
Muy breves días después, el caballero holandés, en compañía de la hermosa muchacha, desapareció en el horizonte a bordo de su pequeño yate blanco.
Languideció el verano. Poco a poco, los días comenzaron a acortarse, el sol a dejar de calentar con la misma fuerza y la clientela del balneario a dispersarse gradualmente. Sopló la ora, el viento de aquellas costas, e hizo por fin su entrada el invierno y después una primavera que vio una vez más los brotes nuevos de los olivos. En una palabra, las estaciones repitieron su ciclo, volvió la temporada veraniega y, cuando ya estaba finalizando, reapareció el pequeño yate blanco del holandés.
Cuando el hombre bajó a tierra, a todos nos pareció que había envejecido unos años. Ahora llegaba solo; nadie le preguntó por su compañera y notamos además que andaba sin tripulación, únicamente con el mecánico, y que él mismo se encargaba de las maniobras de las velas.
Se fue en derechura a dormir al hotel, esta vez un hotelillo modesto y barato, y no le dirigía la palabra a nadie. A la mañana siguiente, la criada, que chapurreaba el alemán un poco, le notificó al llevarle el desayuno que estaban allí abajo los hombres de la tratta y que solicitaban verlo urgentemente.
Tratta, tratta... —le preguntó bostezando el holandés—. ¿Y qué es eso?
Las explicaciones de la mujer le hicieron recordar confusamente algo. Así que pescadores y... ¡claro, lo de la tratta! Pero el asunto volvía a irritarle tan vivamente como el verano anterior. ¡De manera que esos tipos no estaban dispuestos a dejarle en paz nunca! ¿También a ellos se les había metido en la cabeza que él era su vaca de ordeñar dinero? Por medio de la camarera, pues, les mandó a decir que se fueran al diablo y que lo dejasen tranquilo.
El hombre se quedó en la cama todo el día, hasta bien avanzada la tarde, y por fin se decidió a abandonar la habitación y salir a dar un paseo. Apenas puso un pie en la calle, advirtió junto a las mesas de fuera un abundante grupo de harapientos, varios de los cuales yacían tumbados en el suelo. Y al verle aparecer, toda aquella gente se incorporaba presurosa, se descubría, lo saludaba con agitadas voces... El caballero holandés reconoció entre ellos a Antonio El Viejo y adivinó en seguida que todos aquellos eran los de la tratta y que desde la mañana no se habían movido de allí, esperándolo ante la puerta de su hospedaje. Les dirigió una mirada de aversión y se alejó a toda prisa, en una franca huida.
Pero los tipos de la tratta le siguieron en tropel, hablando todos al mismo tiempo y en voz alta y gesticulando teatralmente; de toda aquella palabrería, el hombre en fuga sólo entendía una sola palabra: tratta, tratta...
Cuando por fin le rodearon, el holandés tuvo que abrirse paso a codazos, propinando varios involuntarios golpes a dos de aquellos hombres y renegando con toda su alma en francés y en inglés. ¡Qué impertinentes! ¡Cuánta insolencia! ¿Es que no iban a dejarlo en paz?
Caminando, el grupo había llegado al pequeño puerto del balneario, donde pronto llamó la atención de todos; al fin se adelantó uno de los taberneros, que conocía el alemán.
Como fuera de sí, Antonio El Viejo empezó a explicarle que aquel señor extranjero no quería ni oírlos, siendo ellos gente tan decente como cualquiera.
—De acuerdo, pero ¿qué demonios quieren? —preguntó el holandés.
—Lo de la tratta... ¡Tienen que resolver lo de la tratta!
El caballero holandés cedió. Está bien: que resuelvan lo de la tratta. Lo que es a él no le iban a sacar un céntimo más; durante aquel año, el mundo había dado una gran vuelta, y también la había dado su fortuna. Pero vaya: que terminasen ya de una vez. ¿De qué se trataba?
Tranquilizado, Antonio El Viejo dijo que sí con la cabeza, se sentó en la escalinata de piedra caldeada por el sol y, rodeado por su gente, hundió la mano entre su camisa mugrienta y su camiseta, y sacó un fajo de billetes de banco, que empezó a contar con el índice y el pulgar, convenientemente humedecidos por su lengua. Entre billetes, plata y cobre, contó en la piedra ocho mil y pico de liras; luego recomenzó a contarlas y aún repitió la operación una vez más. Por fin, hizo a un lado con la mano el montón de dinero e indicó al forastero holandés que se embolsara su participación de aquel primer año en la tratta; si no creía justa la cantidad o no estaba conforme, podía preguntarle al podestá, la autoridad, quien le diría que todos ellos eran personas honradas.
Confuso, el holandés se mordisqueaba los labios.
Intentó en vano esbozar una sonrisa. Había empalidecido un poco. Sus hábitos financieros le hicieron deducir con la celeridad del rayo que sus cinco mil liras le habían producido unos intereses superiores al sesenta por ciento, lo que le pareció tan cómico que hubiera reído de buena gana. Pero no podía hacerlo. Era un hombre débil, con el sistema nervioso deshecho, e incluso, al recorrer con la mirada a todos aquellos pescadores harapientos, temió echarse a llorar.
Carraspeó y luego, al serenarse, dijo con voz comedida al tabernero que hacía de intérprete:
—Dígales que se guarden ese dinero. Que se lo repartan entre ellos. Y que deseo de corazón que la suerte los siga acompañando.
El tabernero se rascó la nuca pero, en vez de dirigir la palabra a los pescadores, aconsejó al holandés del yate blanco:
—Por favor, señor, no haga eso. Esas cosas nunca caen bien. Mire: por estas playas es una costumbre muy antigua que el dueño de la tratta, el que la pagó con su dinero, tome su parte de los beneficios, según lo que la pesca haya dejado. Hay años que apenas si queda beneficio. Pero éste no ha sido así, de modo que haga usted el favor de no cambiar la costumbre ni el buen orden de las cosas. Estos hombres serían hasta incapaces de entenderlo. Guárdese tranquilamente el dinero, que para eso es suyo; con la tratta, esta gente se ha ganado muy bien la vida estos meses, así que esas liras le corresponden a su señora y a usted.
El caballero holandés reflexionó unos instantes. Por fin, aceptó el dinero, se lo guardó en un bolsillo, estrechó la mano silenciosamente a los pescadores y se fue. De allí a muy poco, volvían a desaparecer él y su yate blanco.
Y discurrió otro año.
A fines del verano siguiente lo vimos de nuevo. Ya no venía en yate, sino en el barco de pasajeros y viajando en tercera. Por nada del mundo quiso entregar su única maleta al mozo de estación. Y parecía haber envejecido diez años; Dios sabe qué le había podido suceder allá en el gran mundo.
Los hombres de la tratta le descubrieron en la orilla al día siguiente. Melancólicamente sentado sobre una roca, contemplaba con la mirada perdida el jugueteo de las olas. La cetrina banda se acomodó a su alrededor en las rocas y le liquidó puntualmente el beneficio anual de la tratta.
De entonces acá han pasado otros cuatro años.
Y desde entonces, el caballero holandés acude todos los días a sentarse a la orilla del mar. Viste prendas cada vez más usadas. De cuando en cuando, entra en una de las tabernitas para echarse al coleto un trago. Vive por ahí, en una casita de campesinos, y cuando le viene en gana se va de pesca con su caña. El resto de su tiempo lo pasa merodeando por el puerto y jugueteando con los niños. Ha llegado a convertirse en un tipo jovial, bonachón, extraordinariamente tranquilo, y la leve comida costera, a base de pescado, incluso le ha curado una úlcera de estómago que padecía. No siente la menor preocupación por esos mundos de Dios. Año tras año, la tratta, aquella «brillante inversión», le deja lo suficiente, es decir, cuanto necesita para vivir. Porque, realmente, en aquella aldea de pescadores se vive con muy poco.