Novelista, cuentista, dramaturga, ensayista y autora de literatura juvenil guadalupeña. Sin duda, una de las grandes autoras postcoloniales en lengua francesa. Temas como el racismo y la situación de la mujer en la sociedad antillana están presente en toda su obra.Me encanta la negrura. Desde niño. Me gusta especialmente la negrura de las tormentas y los huracanes, cuando todo el mundo piensa que el vendaval arrastrará el país al otro lado del horizonte en un torbellino de ramas rotas, tejadillos de chapa partidos y pié-bwas[1] arrancados de cuajo. Esto es así por culpa de mi Bonne-Maman,[2] hoy muerta y enterrada, cuyas historias poblaron las noches de mi infancia de criaturas fantásticas, caballos de tres patas, cabras sin cuernos, la bèt à Man Hibé,[3] Ti-Sapoti[4] y jan gajé[5] sin piel, sedientos de sangre, que me hacían temblar de miedo y de deseo al mismo tiempo. Pues me consumían las ganas de conocer a todos esos seres. Las salidas nocturnas de mi juventud tenían ese único objetivo, ese único empeño sin sentido. Aún no he perdido la esperanza. A estas alturas, a pesar de mi madurez —por no decir vejez—, en cuanto cae la negrura vuelvo a ser un niño pequeño y salgo a la aventura, en busca de esas criaturas de lo invisible que siempre se han negado a cruzarse en mi camino.
Es interesantísima su versión de "Cumbres borrascosas" titulada "Barlovento" ("La migration des cœurs") de 1995, obra que no se menciona en la wiki en español, ni en su traducción ni en su versión original (no preguntéis sobre esto a las TA porque varias de ellas devuelven datos incorrectos).
El cuento está recogido en el volumen "Tierra mezclada" de 2026 (Pays mêlé de 1985)
La versión es la de Martha Asunción Alonso.
Las notas son de la traductora.
La semana pasada, por fin, mi suerte cambió.
Estaba yo tumbado junto a Cornelia, la última de mis amantes. Me disponía a hacerle el amor pero, de repente, me invadió un profundo hastío y su cuerpo se me antojó demasiado familiar, sin sorpresas, siempre abierto de par en par, tanto en los días buenos como en los malos. Me levanté y, haciendo oídos sordos al torrente de palabras con las que intentó retenerme entre sus brazos, salí a la calle. Era un sábado, al filo de la medianoche. Una noche sin luna y sin estrellas klin-din-din.[6] Una noche bien negra como a mí me gustan. Y como les gustaban, estoy seguro, a los esclavos de antaño para planear sus revueltas y la quema de las mansiones de sus amos. El aire se estremecía con ese temblor dulzón que anuncia la llovizna y el compás del gwo-ka venerado por los fieles de algún santuario, en algún lugar del recién inaugurado cinturón de viviendas sociales que rodeaba La Pointe. Mi BMW me estaba esperando frente a la puerta de Cornelia, obediente como un perro a mis pies. Enfilé la carretera hacia Capesterre, donde vivimos Irma —mi mujer— y yo, junto con los dos niños que nos quedan por criar. En su fuero interno, seguramente Irma se sorprendería de mi regreso, pues no solía verme aparecer antes de la blancura del alba. Pero no diría ni una palabra. Mi mujer es así, tan dócil como mi BMW. La lluvia caía cada vez más fuerte y comenzó a azotar los matorrales de hierbas de Guinea del arcén. En la autopista, los coches se perseguían unos a otros y sus grandes ojos desorbitados eran los únicos puntos de luz en la oscuridad. Me detuve para repostar en la estación de servicio y, mientras esperaba, me llamó la atención un tipo que parecía estar refugiándose del aguacero.
Un tipo inusual. Realmente curioso. Vestido todo de blanco. Alto. Muy alto. Mulato claro. Con aspecto de indio de las tierras altas. El cabello recogido en una larga trenza que le azotaba la espalda. Un sombrero de fieltro negro de ala ancha. Algo en su inmovilidad y en la forma en que se apoyaba contra el muro de la gasolinera, tieso como una vara junto al tronco de un árbol de mango,[7] me intrigó sobremanera. Me fui acercando despacio, cada vez más, sin que el individuo hiciera un solo movimiento, como si fuera un zombi sin sal durmiendo de pie.[8] Cada vez más sobrecogido, le pregunté en criollo:
—¿Adónde vas?
Levantó la cabeza y me miró fijamente. Sus ojos no tenían fondo. Me parecieron los ojos de alguien capaz de ver hacia delante y hacia atrás, alguien que ve más de lo que debería. O, simplemente, los ojos de alguien que ha bebido más ron agrícola de la cuenta. El vago olor que flotaba en torno a su cuerpo no tardó en confirmar esta suposición. Por toda respuesta, tartamudeó:
—¡Kakador!
¿Kakador? Conozco un lugar llamado así. Está por la zona de Grands Fonds Cacao, no muy lejos de donde vivo. Insistí:
—¿Es ahí adonde vas?
Repitió:
—¡Kakador!
Le hice señas para que me siguiera y subimos al coche. En el habitáculo reducido del BMW, su olor, que al principio me había parecido llevadero, se hizo más desagradable. No era el perfume saludable del ron. Era más bien como si, bajo el precioso traje blanco de corte antiguo, se escondiera una herida supurante de pus y sangre. Bajé las ventanillas y arranqué. Inmediatamente se recostó en el respaldo y cerró los ojos. El ala del sombrero le tapaba media cara. Yo no podía ver más que la línea sinuosa de su boca y la curva de su barbilla.
Cuando llegamos a la entrada de Petit-Bourg, la lluvia había cesado por completo. De hecho, parecía como si allí no hubiera llovido. A la luz de los faros, la carretera se extendía mate, seca, sin un solo charco. Petit-Bourg dormía profundamente. Tanto las cabañas como las casas. Las únicas luces que había en medio del silencio eran las cruces verdes de las farmacias, que se encendían y se apagaban, se encendían y se apagaban. Al llegar a la plaza Albert-Sarraut, el perfume a pan caliente de la mar nos invadió las fosas nasales y la garganta. De repente, mi pasajero se enderezó. Abrió mucho los ojos. Empezó a gritar de emoción como un niño que vuelve a ver la playa tras los interminables meses de invierno. ¿Sería el efecto del salitre en su boca? No oculto que esta idea se me pasó por la cabeza.
—¡Lanmè! ¡Lanmè![9] Vamos a darnos un baño.
Me eché a reír.
—¡Un poco de seriedad, amigo! Me has dicho que vives en Kakador. Te llevaré a Kakador. Por cierto, ¿no tienes nombre o qué?
Sentí que estaba hablando solo. No me escuchaba. Seguía gritando «¡Lanmè! ¡Lanmè!» y golpeaba la ventanilla con los dedos secos y huesudos. No le hice caso y aceleré para subir la colina de Bovis. Entonces, volvió a desplomarse sobre el respaldo y se quedó dormido. Ya no podía soportar su hedor. Apestaba a podredumbre. Pisé el acelerador y continuamos la marcha a toda velocidad. Los flamboyanes y las casuarinas que crecían al borde de la carretera no se movían lo más mínimo, rígidos como estacas. En Capesterre todo estaba cerrado y a oscuras. Ni siquiera había un solo bar abierto, ni los típicos desoficiados de fiesta por las calles. La lluvia volvió a caer, salpicando la silueta ruinosa de la antigua fábrica Marquisat. Salí de la ciudad para tomar el camino de Kakador. De pronto, mi pasajero me dijo sin moverse, sin abrir los ojos ni girar la cabeza hacia mí, pero con voz clara y articulando cada sílaba:
—Mi nombre es Henri Mapolin.
De repente, la inquietud que me atenazaba desapareció, como las malas fiebres se esfuman por la mañana. Mapolin era un apellido que me resultaba familiar. Los Mapolin son gente de Capesterre, como nosotros. Si hubiera sido un buen genealogista, como mi padre o mi difunta madre, habría podido nombrar inmediatamente a todos sus ancestros, desde el preciso momento en que el primer hombre del linaje se instaló en la región, compró un pedazo de tierra, lo plantó con cañas y tomó una mujer por esposa. Me encontraba, en cierto modo, en tierra conocida, incluso familiar. Respondí:
—¿Dónde te dejo?
No hubo respuesta. Se había dormido de nuevo. Roncaba. No encuentro palabras para describir lo que sucedió después. El hedor de Henri Mapolin se iba volviendo cada vez más insoportable. Llovía cada vez más fuerte. A cántaros. Estaba cada vez más oscuro. Ni la mismísima boca del infierno abierta para tragarnos habría sido peor. Por primera vez, percibí en la negrura algo que me aterrorizaba. Ya no era amigable, atractiva, una invitación a entrar en el otro mundo. Era cruel y malvada. Se escondían en ella un sinfín de peligros sin nombre. En cada cruce, manos invisibles urdían monstruosos bains-démaré[10] y, a pesar del estruendo de la lluvia sobre el techo del coche, oía los gemidos de los animales sacrificados. ¿Cuánto tiempo estuvimos dando vueltas en círculos, pasando cien veces por delante de las mismas puertas y cien veces recorriendo los mismos caminos? Yo no dejaba de sacudir a Henri Mapolin por el brazo y de gritar:
—¿Es aquí?
Era como hablarle a una roca. Luchaba contra el impulso de tirarlo en marcha y huir a toda velocidad, como un conductor imprudente después de atropellar a alguien. En esas estaba cuando, de repente, volvió a abrir los ojos y me dijo:
—Nou rivé![11]
¿Allí? No se distinguía gran cosa. Una pared. Una barrera blanca. Un seto de dragos. Henri Mapolin bajó torpemente del coche y se dirigió hacia la puerta sin ni siquiera molestarse en decirme «adiós, gracias». Luego desapareció. Yo tardé horas en encontrar mi propia casa y, cuando por fin llegué, Irma ya estaba preparando el café…
Los domingos al mediodía almuerzo con mi padre en su finca de Bonfils, donde vive solo. Es más que una costumbre. Es todo un ritual desde la muerte de mi madre. Al igual que yo, mi padre aún no se ha recuperado de su pérdida. Nunca hablamos de ella. ¿Para qué mancillar el recuerdo con palabras inútiles? Sentimos su presencia en todas partes. Con nosotros. A nuestro alrededor. Los domingos al mediodía no queremos a nadie más en Bonfils. Es una comida de hombres. Mis cuatro hermanas se mueren de envidia. Pero ellas disponen, si lo desean, de todos los demás días de la semana. Es preciso saber que soy el único hijo varón que mi padre ha tenido y que a ambos siempre nos ha unido un vínculo especial. Mi madre también lo respetaba y nunca intentó interponerse entre nosotros. Mi padre es el que cocina y se jacta de no tener rival a la hora de preparar el court-bouillon[52] de pescado. Según él, le habría enseñado ciertas recetas a mi madre, cuya reputación como cocinera era inigualable en la región. Sentado en la cocina frente a un chupito de ron, le conté mi loca aventura de la noche anterior. Después de tan pocas horas de sueño, me sentía entumecido y rígido como un hombre enfermo. Mi padre me escuchó sin decir nada. Cuando terminé de hablar, con gesto preocupado, empezó a hacerme todo tipo de preguntas:
—¿Era alto?
—Muy alto.
—¿Era mulato claro?
—¡No! Más bien oscuro.
—¿Me dices que olía mal? ¿Qué tipo de olor?
—No lo sé. Muy mal.
—¿Olor a carne muerta?
—Ahora que lo dices… Sí.
Frunció el ceño y declaró lentamente, como si sopesara cada una de sus palabras:
—Henri era el único hijo de Sylvio y Tertullie Mapolin, que vivían no muy lejos de aquí. Se marchó a Burdeos a estudiar Medicina. Fue poco después de los acontecimientos de La Soufrière, en septiembre de 1976. Unos meses después tuvo un accidente de coche, regresó al país con los pies por delante y lo enterraron en el cementerio de Capesterre. Fui al velatorio, que estaba atestado de gente, pues a todos nos daban muchísima lástima los padres. Sylvio y Tertullie fallecieron los dos en 1977. ¡Una verdadera lástima! En fin, desde hace mucho tiempo, desde hace casi veinte años, no queda ningún Mapolin en Capesterre
[1] Árboles.
[2] Abuelita.
[3] En el imaginario guadalupeño y martiniqués, fantasma de mujer despechada (a veces, mitad mujer y mitad caballo de tres patas) que acecha a las familias felices.
[4] Duende juguetón con apariencia de niño desvalido, que se aparece en la noche y pone a prueba la hospitalidad humana gastando bromas pesadas o provocando desórdenes nocturnos. Su nombre evoca el árbol del sapotillero o chicozapote, cuyos dulces frutos son marrones por fuera y anaranjados por dentro.
[5] Personas embrujadas que se desprenden de sus pieles en la noche para adquirir la apariencia de perros errantes o aves nocturnas.
[6] Onomatopeya criolla para evocar el tintineo o titilar de las estrellas.
[7] La expresión original coquetea con la ambigüedad y sugiere un humorístico matiz sexual: se lee la palabra gaule, que puede referirse tanto a una pértiga o vara como a una erección en el habla popular.
[8] Según el vudú, si un zombi come sal recupera su voluntad y recuerda que está muerto. Así es capaz de escapar al control del hechicero que lo ha despertado y de regresar a su tumba para descansar.
[9] «¡La mar! ¡La mar!»
[10] Del francés, bain («baño») y démarrer («arrancar o comenzar»). Se trata de un ritual vudú para liberar espiritualmente, limpiar o purificar tanto el cuerpo como la mente de una persona con mal de ojo y malas energías. Incluye elementos líquidos y sacrificios, además de plegarias a los loa (divinidades del panteón vudú).
[11] «¡Hemos llegado!»






