Enrique Gómez Carrillo - "La pantomima"

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Periodista, cuentista, novelista y ensayista guatemalteco. Autor enmarcado de lleno en el modernismo.
Desconozco cuándo y en dónde fue publicado por primera vez el cuento, pero  fue publicado en vida del autor por lo que la fecha es anterior a 1927. Esta versión es la que aparece en la antología editada en Colombia "Abya Yala: cuentos latinoamericanos" en 2020.
Se ha modificado la acentuación del texto original para adaptarla a las normas ortográficas actuales.


Cuando Luciano y Violeta llegaron a la Bodinniere, ya la representación había comenzado.
- ¿Hace mucho tiempo? - preguntó el poeta en la puerta.
- No; hará diez minutos; están en la conferencia.
La conferencia no tenía gran importancia, al menos para Luciano que en más de una ocasión se la había oído recitar a su amigo.
- ¿Entramos enseguida o esperamos el principio de la pantomima?
Violeta prefirió esperar en la sala de exposición, admirando una serie de retratos de Sara Bernhardt dibujados por el húngaro Mucha.
- ¿Le gusta a usted este artista? - preguntó Luciano a su compañera, después de haber visto todos los cuadros expuestos.
- S¡me gusta; pero prefiero, en el mismo género, a Marcel Lenoir.
- Lo que dice usted es muy justo desde un punto de vista personal. Yo también preferiría verla a usted retratada por Lenoir que por Mucha. Este último es muy atormentado, muy onduloso, muy felino, mientras que el otro es enteramente hierático... como usted.
- Usted persiste en considerarme como una mujer muy seca y muy fría ...
Luciano no contestó. Los aplausos, resonando en el fondo de la sala le hicieron olvidar a los pintores a la moda, para pensar de nuevo en Pierrot.
- Entremos - dijo. - Ya la conferencia ha terminado.
Violeta dio el brazo a su amigo y ambos penetraron, entre la multitud que llenaba los pasillos.
- “iCuánta gente!” - Era la exclamación general. Todo el mundo estaba admirado de ver una concurrencia tan numerosa para asistir a una fiesta tan poco anunciada. “¡Cuánta gente!”- En las butacas, en efecto, los sombreros floridos de las mujeres abundaban tanto como las cabezas descubiertas de los hombres. La galería estaba llena y sólo quedaba aun libre el único palco del teatro, el palco obscuro, alto, profundo cual una alcoba, que Luis había preservado para el más íntimo de sus amigos.
Luciano y Violeta acomodáronse en sus sitios, muy satisfechos de ver el éxito de la velada.
- ¿Cuántos son los personajes de la pantomima? Preguntó la actriz.
- Dos - repuso el poeta, Pierrot y Colombina. Colombina es una chiquilla de nuestro barrio que según creo está volviendo loco a nuestro amigo.
- ¿Es bonita?
- Sí; y además tiene talento. Se llama Sonia.
- ¡Ah! ya sé, una morenita que hace versos y que venía siempre a los cafés del Boulevard San Miguel con Amelia y con Matilde.
- ¿Conoce usted a Matilde, la de Montmartre?
- Sí; la conoc¡en otro tiempo, cuando yo era modelo..
Luciano ignoraba la historia de Violeta.
-¿Modelo?
- Sí; modelo.
Inconscientemente algo del respeto que siempre había tenido por la querida de Durán desapareció, como por encanto, del alma impresionable del poeta. “Había sido modelo... había conocido a Sonia y a Matilde... Luego no era hija de una princesa...” “Mejor!”...-pensó. As¡podría hablarle con más confianza y tal vez ... tal vez ... El recuerdo del beso deseado y no obtenido, acentuose en su memoria.
Al fin sonaron los tres golpes clásicos que anuncian en París el principio del acto, y el telón se levantó lentamente, entre el murmullo de los espectadores que terminaban sus comentarios con cuchicheos definitivos.

***

.... Y apareció Pierrot, vestido de blanco, pintado de blanco, bañado por la blanca luz de la luna.
Colombina no está aún allí, a pesar de ser el instante de la cita... “¿En dónde estará Colombina?” Todas las suposiciones, buenas y malas, pasan por la mente del enamorado. Su rostro indica la confianza “debe de estar en su casa, vistiéndose, componiéndose, empolvándose, para llegar más bella que nunca...” Pero ¿y se no estuviese en su casa? ... La duda frunce el albo entrecejo del que espera... ¡S¡estuviese en casa del marqués!... Dos chispas negras brillan en sus pupilas, entre los párpados blancos...
Transcurren cinco minutos durante los cuales Pierrot ve moverse las agujas de todos los relojes con una rapidez vertiginosa... ¿Cinco minutos?... Para su alma son cinco horas, cinco días, cinco siglos... ¡Es necesario llamarla!... La llama, la implora, la suplica, la amenaza... ¡Nada!... Con las manos devotamente unidas sobre sus labios hambrientos, ofrécela mil besos... ¡Nada!... Al fin saca de la faltriquera un collar de piedras preciosas que acaba de robar en un escaparate: lo hace brillar a la luz de la luna, se lo pone en la garganta, lo sacude, lo ofrece... ¡es para ella!
Atraída por el reflejo de las gemas, Colombina aparece, rosada de rostro, rosada de manos, toda rosada, en fin, en la rosa ligera de su traje ... “¿Son para ella, las joyas?” -Pierrot dice que no, con la cabeza ... “no, no, no” ... Ella se acerca, le acaricia, y sin hacer caso de sus negativas, le tiende el cuello desnudo, para que la ponga el collar ... “¿Besos?”… No... primero el collar ... después los besos ... “ ¡Tus labios, Colombina!” ... “¡El collar, Pierrot!...” ... Luego los besos que él da con fervor místico y ardiente... que ella recibe como las gotas de una llovizna estival sonriendo con su sonrisa color de rosa.
La primera parte había terminado.
- ¡Admirable! - exclamó Violeta, volviendo la cara hacia Luciano que se recostaba en el respaldo de su asiento, en el fondo del palco.
- ¿Quién de los dos le gusta a usted más? - Le preguntó el poeta al oído.
- Los dos. Él es un artista verdadero y explica perfectamente las complicaciones de su alma atormentada. Pero ella, en la sencillez instintiva de su papel, se expresa con más claridad que él... ¿No le parece a usted extraordinaria la facilidad que tienen las parisienses para ser coquetas en las tablas?...
- No sólo en las tablas...
- Sí; pero fuera de las tablas, en la intimidad, todas las mujeres del mundo son iguales. Lo raro en las muchachas de París, es la confianza en s¡propias que les permite moverse lo mismo en el escenario de un teatro, ante mil personas, que en sus dormitorios, junto a un amante... Yo soy parisiense y me acuerdo de m¡debut... ¿Por qué le he de negar que tenía miedo?... S¡lo tenía, muy grande... Pero al verme ante el público, el sentimiento de la coquetería pudo más en m¡que el miedo de los espectadores... y fu¡natural... Me acuerdo de un ejercito muy elegante, que estaba en el primer palco de la derecha y que parecía mirarme con interés. A m¡se me figuró que no había más que él en el teatro: que él era la crítica, la prensa, la aristocracia... y durante toda la representación, no pronuncié una sola palabra sin fijarme en su rostro apergaminado. Cuando él aplaudía, yo estaba contenta, contenta, como s¡todo París me hubiese aplaudido...
- Es curioso...

***

Luciano seguía pensando que Violeta había sido modelo de pintor, en Montantearse; que muchos hombres habían visto su cuerpo desnudo; que Matilde y Sonia habían sido sus amigas… tal vez sus compañeras... Eso era, para él, una revelación que le obligaba a reírse de s¡mismo; de su antiguo respeto y de sus reverencias de la víspera... ¡Había sido modelo!... ¡Todos la habían visto desnuda!... La visión del cuerpo fino de la actriz apareció, neta, ante su retina: la vio de pie sobre una mesa de estudio, muy alta, muy delgada, muy bella, levantando los brazos como Afrodita, o inclinándose como Diana, para atar los cordones de su sandalia...
De pronto, una vocecilla temblequeante le sacó de su sensual ensimismamiento. Era Blemont que le decía buenas noches al pie del palco.
- Buenas noches, Lucianito.
- ¿Tú aquí? Hace dos horas te dejé en una esquina, sin embargo...
Sí; pero al llegar a su casa el pobre bohemio había encontrado cuatro billetes para asistir a la pantomima. Su deseo era aplaudir a Luis... all¡estaban todos los amigos... Y todos muy contentos... muy entusiastas... Pierrot tenía genio… Le harían una ovación al final.
El telón se levantó de nuevo... y Pierrot, más blanco todavía, blanco con la blancura cadavérica de los celos, blanco como la hostia de la comunión de los agonizantes, blanco cual un muerto, en su túnica color de sudario, apareció tras una puerta. Sus ojos brillaban, en la máscara de yeso, con resplandores lamentables de cirio. La contracción de sus labios tenía algo de macabro... Oía...
.... ¡Pobre Pierrot!... Pegando el rostro contra la puerta cerrada, oía lo que pasaba en la alcoba... Oía los suspiros de Colombina; y oía las palabras del marqués... Su frente, su boca, sus manos, todo su ser, en fin, iba indicando las impresiones que producían en su alma doliente las escenas de la traición...
Cuando un beso sonaba dentro, Pierrot sentía el beso… cuando una risa llegaba hasta él, Pierrot reía.... cuando las manos de Colombina estrechaban las manos del marqués, Pierrot unía sus manos... Y ese simulacro de amor, indicando el amor de la mujer amada y del hombre aborrecido, tenía, en su elocuencia silenciosa, un aspecto trágico y alucinante.
Los ojos de Violeta estaban húmedos de lágrimas. Luciano se acercó a ella y sin decirle una palabra, impulsado por la pasión que flotaba en la atmósfera, le cogió una mano y la acarició largo rato entre las suyas. Sus ojos se encontraron y contempláronse tiernamente....
En el fondo de la sala, Pierrot seguía sufriendo. De pronto todo su cuerpo se irguió. ¡Ya era bastante!
Con los puños crispados, precipitose sobre la puerta y llamó, llamó con insistencia, hiriéndose las manos, apoyando las rodillas, la frente y el pecho contra la madera impasible… Llamó, llamó, llamó...
Cuando el telón comenzó a caer, Pierrot llamaba todavía...

***

Al oír los aplausos que saludaban al altísimo poeta mudo, Violeta retiró, en un ademán rápido, la mano que había abandonado durante el acto entre las manos del poeta. - Luego, con voz alterada por la emoción, dijo su entusiasmo artístico y su infinito goce sensitivo.
Luciano la dejaba hablar, sin interrumpirla, sin oírla casi, fijándose únicamente en la palpitación de sus labios sensuales... Cuando quiso responderla y ser elocuente como ella, no lo pudo. Su garganta tenía algo de anormal y su boca estaba seca. Cambió de sitio.
- ¿Se aleja usted de mí? - preguntole su compañera mirándole dulcemente.
Él volvió a ocupar su silla detrás de Violeta, sin decir nada, sonriendo con una sonrisa de agradecimiento y de súplica.
Al fin el telón se levantó para dejar ver el último acto de la pantomima.
All¡estaba Pierrot, con una espada en la mano, nervioso, esperando a su rival. El rival llegó ... ¿en dónde estaba?... Allí, frente al amante de Colombina; y sin embargo nadie le veía… All¡estaba; Pierrot saludábale con seca cortesía... poníase luego en guardia... atacábale...
En la escena no había sino un mimo armado, resistiendo a ataques ideales, lanzándose furioso contra el aire, y saludando, de vez en cuando, a la izquierda... Era un duelo solitario, pero hecho con tal brillo, con tal pasión, con tal arte, que los espectadores llegaban a ver (visionarios tiranizados por el genio) las sombras del enemigo y de los testigos.
El duelo duró mucho tiempo. Al fin Pierrot soltó la espada, levantó los brazos para que las sombras de sus amigos le sostuviesen, comenzó a agonizar... Sus ojos se dilataron horriblemente haciendo dos manchas violáceas en la blancura del rostro; su nariz se adelgazó; su labio inferior agrandose, ablandándose y contrayéndose en un gesto de precoz descomposición...
... Iba a caer, Pierrot; ya no tenía fuerzas; su sangre, escapándose por una herida invisible, vaciaba su cuerpo como una vejiga agujereada... Iba a caer, cuando Colombina apareció, despeinada y sin sombrero, vestida apenas con una enagua y un corsé... El marqués trató de agarrarla, pero ella resistió, colérica, precisada, y llegó hasta Pierrot que se precipitó sobre ella, ofreciéndole aún sus labios ya muertos pero llenos aún de besos funerales...

***

Al final de la escena, Violeta buscó la mano de su amigo y la acarició febrilmente durante un minuto. Luego se puso de pie, pálida, temblorosa, con las pupilas ahogadas en la humedad de sus lágrimas.
- ¿Nos vamos? - dijo.
Luciano repuso dominando su emoción:
- Luis nos espera... es imposible marcharnos sin felicitarle… ¡Nos quiere tanto, el pobre!
- Es verdad - murmuró Violeta.
Entre bastidores fueron recibidos con entusiasmo por Pierrot y Colombina, que principiaban ya a limpiarse la pintura que cubría sus rostros.
Sonia estaba radiante de alegría con su primer triunfo, obtenido en un teatro verdadero, ante un gran público. Sus éxitos anteriores, en el concierto de los Decadentes, parecíanle puras niñerías. Lo que deseaba ahora, era seguir siendo aplaudida al lado de Pierrot por todo el París artístico de los estrenos del Boulevard.
Violeta le hizo muchos elogios.
- ¿De veras, te gusto?
Sus ojos negros indicaban la satisfacción orgullosa de su alma. Creíase una gran actriz, y la misma Violeta, en quien antes había visto una mujer superior que n¡siquiera tenía derecho de envidiar, pareciole como una compañera suya, n¡más n¡menos grande que ella.
- ¿De veras, de veras, te gusto? - preguntó de nuevo.
- Eres admirable - repuso con convicción la querida de Durán.
- ¿Y Luis? ... ¿Qué dices de Luis? ... ¿No te parece genial?...
- Sí; soberbio ...
En Ia expansión de su dicha, Pierrot repartía abrazos a diestra y siniestra, ensuciando, con el blanco de su rostro la levita de Luciano, estrujando el talle de Violeta y magullando a Colombina.
Sonia, por su parte, ocupábase más de Pierrot que de ella misma, mojándole las toallas, arreglándole la camisa, sacudiendo sus vestidos, ayudándole, en fin, en su toilette, con una solicitud enternecedora. “¡Mi Luisito” - decía - “mi Luisito adorado!”... y con un impudor ingenuamente parisiense, acariciábale las manos y se frotaba contra él como una gata enamorada.
Mientras Pierrot y Colombina cambiaban de traje, Violeta y Luciano pasaron a un saloncillo mal alumbrado. Sentados en el mismo sofá, charlaron ... Dijéronse, sin notarlo y hablando a medias palabras, muchos secretos; descubriéronse algunos rincones de sus almas orgullosas; hiciéronse traición a s¡mismos, abriendo más de lo que hubieran querido las puertas, generalmente selladas, de sus jardines secretos...
Desde que su amiga le había confiado su antigua profesión de modelo, Luciano sentía por ella un cariño cas¡compasivo. Sin saber por qué, la estimaba menos y la quería más. Ya no veía en ella frialdad ninguna, sino una gran melancolía y una resignación silenciosa que la obligaba a tolerar a René para no perder su posición y su tranquilidad...
Violeta, a su vez, comprendía que, al revelar su antiguo oficio y sus antiguas relaciones, había entregado algo de ella misma a su compañero de esa noche; y, resignada, decíase mentalmente que nadie hubiera podido merecer más que Gramont, su cariño y su confianza.
Después de un largo silencio pensativo, el poeta preguntó:
- ¿En qué piensa usted?
- En nada - repuso ella. - ¿Y usted?
- Yo ... en usted.
Sus manos se buscaron instintivamente, como antes lo habían hecho en la penumbra del palco, y sus miradas se confundieron de nuevo.
- ¡Lucianol...
- ¡Violeta!...
Era la primera vez que ambos se llamaban por sus nombres, a pesar del deseo expresado por ella, desde un principio, de ser tratada con confianza.
De pronto, cuando menos lo esperaban, oyeron llamar a la puerta y simultáneamente dijeron: “adelante”.
Un empleado del teatro, llevaba un sobre para Luis. Abriolo Luciano y leyó: “Producto de la velada... Butacas obsequiadas por el autor... 200.- Butacas vendidas... 102... Producto líquido ...306 francos”.
En el mismo sobre iban tres billetes azules del Banco de Francia.
- Está bien - dijo el poeta dirigiéndose al empleado, después de enterarse de la cuenta.
- Necesito un recibo, caballero.
Fue indispensable llamar a Luis que llegó, ya “vestido de paisano”, siempre nervioso y siempre contento, a firmar lo que le pusieron delante, sin fijarse en las cifras. “¡Un recibo! - pensaba - es la primera vez que doy un recibo!... M¡vida nueva, rica y gloriosa, se inaugura brillantemente” – Luego preguntó al oído, a su amigo, cuánto le habían dado.
- Trescientos francos - repuso Luciano.
-.¿Nada más?
- Nada más.
- No importa; ya ganaremos muchos millares... Esta vez ha sido necesario regalar algunas butacas... Por lo pronto guárdate eso para ti.
- ¿Para mí? ... No seas tonto ... Tú tienes más necesidad que yo, con tu Colombina.
- Guárdate la mitad entonces.
Luciano se guardó cien francos y entregó los otros dos billetes a su amigo.

***

Violeta, viendo que ya era muy tarde, quería marcharse.
- Vámonos - dijo el poeta.
En el coche que los conducía, de nuevo hacia el Luxemburgo, la actriz y su compañero hablaron con íntima ternura de Luis y Sonia.
- ¡Qué dichosos son!
- Sí, muy dichosos.
Sus manos no se juntaban ya, para acariciarse; pero en cambio cada una de sus palabras era una caricia.
Al despedirse, en la puerta de la casa de Durán, sintieron una gran congoja, como s¡el adiós que se decían fuese el último.
- Adiós Violeta ...
- Adiós Luciano.
Por fin el poeta se llevó a los labios la mano· ardiente: de su amiga, rompiendo así, con la brusquedad de un beso sonoro, el dulce ensueño que mecía silenciosamente sus almas ...

Sait Faik Abasiyanik - "El hombre que había olvidado la ciudad"

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Cuentista, novelista y poeta turco. Influido por el modernismo y las vanguardias de principios del siglo XX, su estilo fue muy rompedor con lo que se hacía en aquellos momentos en su país por lo que se le considera un pionero de la literatura moderna turca. En sus obras se habla de los trabajadores, de los niños, de los pobres, temas que tampoco eran habituales en aquellos momentos entre los escritores turcos.
El cuento pertenece al volumen "Semaver" de 1936. En español aparece en la antología de cuentos del autor "Un hombre inútil" de 2023.
La versión es la de Mario Grande Esteban.


Hacía mucho que no bajaba a la ciudad. Aquel día, al abrir la puerta del hotel dispuesto a amar a la humanidad, la primera persona que apareció fue el hijo de un panadero. Le miré las mejillas sucias y pálidas y los pies descalzos, no compasivamente sino con amor. De todos modos, ¿no había salido a la puerta del hotel con esa disposición? Me quedé con ganas de abrazarlo y comprarle un par de zapatos de goma en la tienda de la esquina y un pantalón blanco donde el judío de un poco más allá.
—¿Qué miras, señor —dijo—, necesitas un porteador?
—No, mi niño —dije.
Estuve a punto de decirle: «Ven que te compre un pantalón y unos zapatos». Pero al ver su mirada deseché la idea. Era entre doliente y maliciosa, tan escrutadora como si quisiera detectar alguna enfermedad extraña en la mía, llena de amor. Saqué veinticinco kuruş, se los di y eché a andar. Salió corriendo detrás de mí. No le miré a la cara, pero sus manos lo decían todo:
—No te creas tan generoso, ¿vale?
Tomé los veinticinco kuruş. Quise seguir mi camino sin responderle. De pronto se disipó toda mi alegría, hecha añicos con el estrépito de un vaso al romperse.
Recogí con la mirada la alegría caída y hecha añicos a mis pies. Di media vuelta a casa y me metí en mi cuarto.
Cuatro paredes, una ventana, unos cuantos libros en una maleta y una cama de hierro… Sin pensar en ni siquiera leer nada me puse a dar vueltas por el cuarto que era igual que una celda. Cuando me puse a pensar, se fue recomponiendo lo que se había roto dentro de mí, igual que en algunas películas se ensamblan y se recomponen en el acto las piezas rotas de los automóviles. Recobré la alegría. Salí a la calle dispuesto a amar a la humanidad.
Caía la tarde. Me detuve en el estanco de la esquina. El sol daba en las revistas literarias sin vender. Estuve considerando si podía haber algún nexo, alguna relación entre las revistas literarias y la luz del atardecer que daba en el estanco al mismo tiempo.
Di una lira al estanquero. Me pareció que tardaba mucho tiempo en darme el cambio y el paquete de tabaco. Me vi forzado a mirar al estanquero. Estaba meneando la lira delante de mis narices.
—Está cortada de derecha a izquierda, señor mío, no es válida. Si estuviera cortada de arriba abajo podría valer, pero así no.
—¿Cómo que no es válida? Claro que lo es, si no ¿cómo la tengo yo?
—Es la ley, señor.
La ley de protección del dinero. Ya sé que la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento. No podía quebrantar la ley. Busqué los veinticinco kuruş de antes, no pude dar con ellos y seguí mi camino.
No me convenía sacar otra lira del bolsillo para comprar cigarrillos. Burlar la ley soltando billetes no es solo cosa de abogados, es un derecho de todo ciudadano. Por eso me pareció un gesto inteligente ir con la misma lira a otro estanquero. Después de coger la lira me dio el paquete y, según iba a darme las vueltas, debió de sospechar de mis prisas porque volvió a mirar detenidamente el billete.
—¿Podría darme otra lira, por favor? —dijo con una sonrisa.
—¿Por qué?
—Esta no es válida...
Recuperé la lira sin pedir explicaciones. Recorrí irritado estancos uno tras otro, sin mirar a la cara de los estanqueros con ojos entre estúpidos e intrigados que traslucían todo pensamiento e imaginación. Llegué al convencimiento de que no iba a poder colar el billete. Tenía otra lira nuevecita y sin arrugas en la cartera. Le di vueltas a mi lira verde y muaré, demasiado verde para cambiarla por once céntimos y medio de cigarrillos, pero al final se apoderó de mí el deseo irresistible de fumar. No puedo recordar cómo cambié el dinero y abrí el paquete, cómo me llevé el cigarrillo a los labios y lo encendí, con una avidez semejante a la que sentí la primera vez que me acerqué a una mujer.
El humo azul salía de mis labios como una vena cálida y abultada de la muñeca. Chupando el cigarrillo con el ánimo confuso, como cuando lamo el dedo de mi amado, me sentía de vuelta a mis dieciocho años. El último fragmento de mi alegría hecha añicos volvía a encajar en su sitio impulsado por la propia vida. Estaba contento. De amar a la humanidad, de cazar pájaros amarillos y dorados mezclados en las farolas que iluminan la ciudad, de saludar a uno, de dar una colleja a otro, de tomar entre las manos los finos dedos de otro que va un poco más adelante... Se ríen de mí.
—Ese tipo está loco ¿o qué?
Eran unas chicas alegres. Olían a suburbio por los cuatro costados. El habla y el acento eran correctos. Dos amigas. Tostadas por el sol, chorreaban de sudor, amor y sol dentro de sus vulgares vestidos de verano de mangas cortas. Será que sin darme cuenta yo había sonreído amorosamente a la que primero había dicho «Ese tipo está loco ¿o qué?», y ella no pudo evitarlo. Me dirigió una mirada muy dulce. Me armé de valor y fui tras ellas. Llevaban buen paso. Tuve que apretar para darles alcance. Se volvían a mirarme de vez en cuando y se reían. Yo me sentía lleno de versos de Servet-i-Fünun, capaz de hazañas caballerescas.
¿Qué podría decir? Varias veces me acerqué decidido a las chicas con una frase preparada. Al final la frase no me salía y no decía nada. Entonces me quedaba un poco más atrás maldiciendo mi falta de ingenio. Pero esta vez fueron ellas quienes se detuvieron. Yo iba hecho un puro nervio. Cuando llegara a su altura les diría algo bonito verdaderamente inspirado. ¿Acaso no era yo poeta? Ciertamente, la inspiración vendría en mi ayuda en este momento de angustia. Ya estaba prácticamente a su altura. La inspiración batió las alas. Mi frase estaba en gestación. Era como si mis dientes molieran y prepararan las palabras. De pronto, esta vez la amiga que no había dicho nada me soltó:
—Señor, si sigue viniendo detrás de nosotras tendremos que denunciarle a la policía.
Al momento me rodearon unos niños griegos desnudos, europeos de agua dulce de habla francesa intentaban explicarse unos a otros mi situación y las hermosas señoritas remilgadas me miraban de arriba abajo con ojos como platos.
Di media vuelta, dispuesto a huir.
—Espere, señor. ¿No le da vergüenza importunar a las señoras? Aunque a primera vista parece un caballero, es usted un tipo maleducado —dijo un hombre rico, gordo, trajeado, bien afeitado y encorbatado, un diputado o empresario.
—Oh, déjelo, caballero —dijo una de la chicas—. No hay nada que hacer con hombres así.
Mi alegría llegó al máximo. Como si todos los tornillos estuvieran apretados y las juntas engrasadas.
Me fui imitando el traqueteo de una máquina.
—Tranquilo, muchacho. ¿Qué pasa? —dijo un conductor que pasó a mi lado.
—Estoy muy tranquilo. ¿Qué pasa? Pues que andan diciendo a mis espaldas que estoy borracho.
Claro que estaba borracho. El tiempo, las farolas, la ciudad me emborrachaban. La gente me atraía con la fuerza de un imán. Habría querido abrazar al mundo y a la ciudad sin hipocresía.

Claudia Arroyabe - "Se vende vestido de novia"

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Cuentista, editora y cronista colombiana (también firma con el seudónimo Koleia Bungard).
El cuento pertenece al volumen "Mientras Dios descansa" de 2005.



Tres días antes de la boda de Raquel, en el momento mismo en que su hermana Libia le hacía los últimos ajustes al vestido de novia, llegaron con la noticia. Encerradas en el cuarto de costura, lo primero que oyeron fue el grito de doña Noelia, cotidiano aullido que, por tan habitual en ella, no sacó de su concentración a prometida y modista. “Quién sabe qué se le cayó a mi mamá”, dijo Libia, “De seguro se machacó con algo”, especuló Raquel, y a volver a lo propio que para mimar a la doña estaban Arturo y Gladis, los otros hijos.
Pero no tardó el reloj en marcar cinco minutos cuando don Ramón Hincapié, padre del novio, se apareció en la habitación con cara de martirio, ojos de toro, boca de perro de pelea, y entre ahogos, lágrimas y mocos detuvo la pasada de la aguja por las enaguas esponjosas: “Quítate ese vestido, Raquel bendita. Ya no te vas a poder casar”. Y en el acto cayó hincado a los pies de la ahora viuda, en un dolor intenso del tamaño de una gastritis.
Espectadora número uno de la escena, doña Noelia lloraba a cántaros y gritando cual si la torturaran esperaba la reacción de la envuelta en el vestido blanco: “Qué pasó, don Ramón, a ver, explíqueme, cómo que no me puedo casar, por qué lloran, qué pasó, por el amor de Dios”. Y no pudo evitar que su cuerpo se desplomara cuando el primer hincado habló por segunda vez: “Mataron a Ignacio, mijita, me mataron al hijo, me lo mataron”.
Y en los segundos gastados mientras Raquel reacciona, sépase que Ignacio era un jovencito muy querido, adorado en el pueblo porque sonreía siempre aunque no hubiera por qué. En la casa de la novia lo querían tanto que los dejaban conversar en la sala hasta las once de la noche, y había tardes en que, tan comedido él, acompañaba a las cuatro costureras en las largas sesiones de pulida y planchada. A través de los tres espejos dispuestos estratégicamente en el cuarto, Ignacio miraba a Raquel y le quitaba la ropa con un suspiro, y ella agachaba la cabeza desapareciendo en la mente a su mamá y a sus hermanas y desnudándose en medio de la lana regada y los retazos de uniformes del Liceo y de la Normal.
La menor de todas, la más bonita, la más callada y la más boba de las hijas de la modista había conquistado al hijo de don Ramón, y con siete meses de noviazgo se había echado al bolsillo al hombre más comedido, trabajador, ordenado, respetuoso, sencillo y noble que el pueblo haya conocido. El matrimonio había tenido que aplazarse dos semanas porque al padre Mario le había dado una diarrea espantosa, si no los novios ya estarían de mucha argolla en el dedo.
Don Ramón se fue y tuvo que pasar un día con todas sus horas para que Raquel comprendiera que ya no iba a usar el vestido de novia que le había hecho Libia y que ella misma tuvo que quitarle porque de dolor su hermana no se podía mover. Tuvieron que pasar dos días con todos sus minutos para aceptar que Ignacio había muerto a cuchilladas en la puerta de la carnicería de su papá. Tuvieron que pasar completos los tres días con todos sus segundos, con el velorio, el entierro y el llanto de todo el pueblo, para que la soltera enviudada se levantara del golpe y decidiera ir personalmente al comando de policía, dizque a perdonar al asesino.
“¿Al comando, Raquel? ¿Qué vas a ir a hacer allá, Dios mío?”. Pero no hubo madre que lo prohibiera, suegro que la detuviera o hermanos que la convencieran. “Voy a perdonar al hombre, ¿no entienden eso tan sencillo?”, dijo. Pero nadie supo cómo llegó al comando.
“Déjeme entrar, comandante, yo necesito ver a ese hombre”. Y él que no. “Se lo suplico, comandante, hágame el bien”. Y él que no. “Compadézcase de mí, comandante”. Y él que no. “Necesito saber quién me mató a Ignacio, comandante”. Y él que no. “Póngase en mi caso, comandante”. Y él que no. Y ella llore y suplique. Y él que va sintiendo el corazón achatarse. “Mire que…” Y él que “mmm”. Y ella que suplique y llore. Y él que “está bien, pero que la acompañe el agente”.
El calabozo era un hueco negro y húmedo que olía a desgracia. Para llegar hasta allá, Raquel caminó dieciocho metros y diecinueve miedos —el mismo número de sus años—, transitando una especie de laberinto fantasmal apenas comparable con su propia cabeza. En una mano llevaba el corazón que le latía enloquecido, y en la otra ese calmate, mujer que tanto se repetía y que se quedó pegado a la reja cuando por fin llegó.
Ni una palabra y el asesino al fondo. “Párese, desgraciado, y venga que la señorita le tiene que decir una cosa”, palabras pronunciadas afuera por el agente aquel, mientras adentro, que no se veía más que una luz ahogada, un carraspeo de garganta fue la primera señal. Y Raquel inmóvil en la reja, quien la viera diría imperturbable, pero no, eso no, después de tres días no era más que calvario, truenos, ganas de vomitar… Pero sacó fuerzas de su desgastada reserva y entonces habló. “Venga, señor. ¿Puede acercarse?”.
En menos de tres segundos, la figura del asesino: cubierta su cabeza con un poncho mugroso, camisa apenas cerrada en un botón, barriga, barba, arrugas, manos en los bolsillos, ojos brillantes y huidizos que sin oponerse chocaban con la línea de luz que entraba por una ventana condenada. Ni una pizca de arrepentimiento en su rostro.
—Que Dios lo perdone —dijo Raquel al tenerlo frente a frente.
—Yo no quiero que nadie me perdone. A mí que me devuelvan mis vacas —respondió el hombre con los ojos ahora menos brillantes pero de golpe fijos.
—¿Vacas? Pe… pe… pero… ¿cómo? ¿Usted me acaba de matar a Ignacio y sigue pensando en vacas?
—A mí me robaron mis vacas y me las mataron.
—Pero eso no era culpa de Ignacio, bendito sea Dios. ¿Es que usted no tiene corazón? Véame a mí, véame a mí. Usted me mató el marido. Yo me estaría casando hoy. Y véame a mí, por el amor de Dios. ¿Son más importantes unas vacas que una persona? ¿Ah? ¿Son más importantes? A ver, dígame, dígame…
Y ese calmate, mujer que traía Raquel en una mano se deslizó por la reja, fue a parar al piso del calabozo y se escurrió por cuanta grieta encontró en el laberinto y se fue yendo y se fue yendo hasta caer a un pozo invisible y desaparecer. El agente no vio la metáfora, pero sí el desaliento de Raquel, el no puedo creer lo que oigo, el si no me tienen me desmayo. Entonces la tomó por el brazo y “deje esto así, señorita”, le dijo. Pero ella, que sólo había ido a pedirle al hombre que le hiciera el favor de matarla, se aferró de nuevo a la reja y le dijo al agente que el asunto no había terminado, y volvió sobre el asesino esa voz llanto, laguna, interrogante, odio.
—A ver, responda, ¿son más importantes esas vacas que este dolor? Usted qué va a entender eso, por Dios, esas son cosas que usted no entiende. ¿O sí? A ver, dígame por qué lo mató.
—Porque me robaron mis vacas y me las mataron.
—¿Y ya? ¿Tan sencillo? Porque le robaron unas vacas. Válgame Dios.
—Eso pa’ usted no es nada, porque no eran sus vacas. Yo las levanté, yo las cuidé más que a mi mujer. Yo ni comí cuando se enfermó mi Victoria, la más alentada. Yo levanté esas vacas, yo solo. Estas manos las ordeñaron, abonaron la tierra pa’ que se pusieran más robustas. Y me las robaron, de un día pa’ otro yo ya no tenía mis vacas, ni con que comprar otras. ¿Sí ve? Me las robaron.
—Y eso le da derecho a matar a alguien, ¿ah?
—Yo no iba a matar a nadie. Yo dije: que aparezcan mis vacas, pero no aparecieron. Y después me dijeron que don Ramón las compró. Se las compró al que me las robó. ¿Sí ve? Ese señor compra reses robadas porque valen más poquito, y después se las vende a la gente como si nada. Allá llevaron a mi Victoria, a la Tota, a la Bizcocha, mis tres vaquitas.
—Usted está loco, loco. ¡Por Dios! ¿Entonces si yo le robo esa camisa usted me mata? ¿Si le robo esa camisa me mata?
—A mí que me roben lo que quieran, ya está. Ya no tengo mis vacas ni con que comprar otras.
Y dicho esto Raquel dejó venir un llanto de esos inevitables que provocan las cebollas o los dedos recién machucados. Luego, con la mano que ya no tenía la calma agarró de la camisa al hombre que, ¡desgraciado!, la seguía mirando a los ojos. El agente, a su derecha, le pidió compostura, la cogió del brazo y trató de separarla de la reja, pero ya la pobre no podía retroceder.
Ignoraba Raquel a dónde se estaba yendo su cordura, quizá a las mismas grietas recorridas por su calma. En su cabeza la sangre empezó a revolverse y a hacerse más líquido, más antojo, y en un despiste del agente, la niña viuda sacó el cuchillo de entre sus faldas y con una fuerza demencial atravesó el estómago del enrejado. Los ojos del policía se hicieron dos globos de navidad encendidos y membrudos y, como en cámara lenta, vio caer los dos cuerpos al mismo tiempo, uno a cada lado de los barrotes: de éste, la asesina sin soltar la mano del mango que como perchero salía del estómago; y de aquel, el asesino desmayándose así: mórbido, lóbrego, dramático, esquelético, anómalo, camino del sarcófago.
Así mató Raquel a quien mató a Ignacio. Y después, con el cuchillo en la mano sin calma, dejó el cuerpo tendido al otro lado de la reja, en tanto el agente llamaba a gritos al comandante, que no apareció en escena porque ni estando en el lugar del crimen los policías llegan a tiempo. Entonces deshizo los dieciocho metros y treinta y seis miedos de aquel laberinto ahora encandilado que la conducía a quién sabe dónde, ya no con ese calmate, mujer en una mano, sino con el filoso cuchillo que su por poco esposo le había prestado a doña Noelia para arreglar las carnes de la cena de bodas, y que ella llevaba escondido para pedirle antes al ahora muerto que la matase.
No hubo quien la atajara porque al pasar frente a los agentes de guardia, la que caminaba era una figura de ultratumba, un Satanás cargando su tenedor, una estampa de esas del desfile de mitos y leyendas, así, tenebrista como una mujer de Caravaggio. La como sonámbula era todo menos la niña Raquel, la hija de la modista, la nuera de don Ramón, la vecina del comando, tan seria ella, tan hacendosa, tan sin pecado.
Afuera de la casa Libia tomaba el sol y terminaba de cambiarle una cremallera al pantalón de su hermanito Arturo, cuando vio venir a Raquel caminando. Se rascó los ojos y parpadeó con prisa cinco veces. ¡Unos segundos antes la había dejado dormida en el sillón de la sala! Pero lo cierto era que su hermana había salido con sigilo, y ahora no estaba caminando, no, venía levitando, flotando, espantando; con el vientre manchado de sangre, un cuchillo empuñado en la mano derecha y el cabello cubriendo parte de un rostro amarillo, color de ciruela podrida.
Y del asombro, la otra ni pudo levantarse de la acera. Se tapó la boca con las manos, siguió con la mirada el pique de las gotas rojas contra el adoquinado y acompañó el cuchillo en su caída vertiginosa contra el pavimento. Vio en la esquina a tres policías atolondrados mirando a su hermana desaparecer a cada paso. Imaginó en la velocidad de un sueño los hechos que acaban de narrarse, y al cerrar la boca se mordió la lengua.
Raquel imitó la acción del arma y buscó el piso como hacen las hojas de los guayacanes. Libia se clavó sin culpa la aguja en un dedo, tiró el pantalón y corrió a confundir la sangre de su mano con la del asesino asesinado que cubría íntegra la mano de Raquel. Viendo que de las puertas vecinas iban saliendo ojos inquisidores, la arrastró hasta la casa. Su mamá y sus hermanos, Arturo y Gladis, habían ido a visitar a don Ramón, así que Libia llegó sola al fondo del corredor, arrastrando como carretilla a su hermana moribunda. Iba a descargarla sobre el sillón de la sala cuando una presencia blanca le cambió la expresión del rostro.
Extendido perfectamente sobre el sillón, con una cabeza de muñeca saliéndole por el cuello, Raquel había puesto sobre su traje de ángel una hoja que con caligrafía perfecta y en tinta negra decía: “Se vende vestido de novia”.

Mónica Ojeda - "Cabeza voladora"

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Novelista, poeta y cuentista ecuatoriana.
Este cuento pertenece al volumen "Las voladoras" de 2020.




Le dijeron que no mirara las noticias, que evitara abrir los periódicos. Le recomendaron no entrar en redes sociales y, de ser posible, quedarse en casa durante una semana como mínimo, pero ella igual salió. Y en la esquina la abordaron tres hombres con laca en el pelo que le preguntaron cosas absurdas, cosas que le parecieron de mal gusto y al borde del grito. Se pegaron a su cuerpo. Soltaron saliva. Angustiada, caminó rápido para escapar de la humedad de esas voces, de las grabadoras, de los zapatos desgastados, y tropezó con su propio pie. Ninguno la ayudó, sino que continuaron lanzándole preguntas sin sentido, algunas incluso crueles, acercándole agresivamente los dientes a la cara.
En medio de la confusión sintió unas inmensas ganas de vomitar.
Vomitó y salió corriendo.
Esa mañana no fue al campus universitario, sino al parque. Pensó que, contrario a lo que decían sus colegas, respirar aire fresco le haría bien: mirar otro paisaje, ver perros de distintos tamaños restregándose contra la tierra y meando árboles como si el mundo fuera un lugar simple. Así que se internó en el parque del vecindario, el mismo al que Guadalupe solía ir a patinar todos los miércoles, y casi disfrutó de los ladridos y de los pájaros, de los insectos y de las estatuas. Casi olvidó el sarpullido en el cuello, las uñas mordidas. El día le pareció luminoso aunque de un modo inquietante: la luz tenía una tonalidad blanquecina, del color de un hueso limpio, y la gente no hablaba entre sí, aunque se sonreían largamente en los jardines. Más adelante, en los límites de la arboleda, un grupo de niños jugaba a la pelota. Entonces sus manos empezaron a temblar y los temblores le recordaron que el mundo era un sitio horrible donde abandonar el cuerpo.
Habían pasado solo cuatro días desde lo de la cabeza.
En la universidad le dieron una baja forzada. Según el decano era imprescindible que tuviera tiempo para descansar. Como si tal cosa fuera posible, pensó ella. Como si fuera posible dormir, comer, respirar, ducharse o lavarse los dientes. Había momentos en los que ni siquiera se sentía capaz de mover las extremidades fuera de la cama y pensaba en las de Guadalupe: en el lugar perdido de la tierra en donde estarían, solas, como frutos desaguándose en medio de la noche. Quizás ni siquiera habían sido enterradas en la ciudad, concluía a veces mordiéndose la lengua. Tal vez sus brazos estaban en el campo y sus piernas en las faldas del Tungurahua o el Cotopaxi. La madrugada anterior había soñado con su torso moreno y menudo bailando en medio de la selva, agitándose, sacando las costillas y los pequeños senos. Era un torso flotante que brillaba como una luciérnaga, que ascendía hacia las altas ramas de un árbol de sangre.
La policía se lo contó cuando la llevaron a declarar: no encontraron el cuerpo de Guadalupe, solo su cabeza. Pero la cabeza la encontré yo, pensó rabiosa. La policía no había hecho nada.
Para regresar tuvo que evadir a los periodistas –«¿Qué sintió usted al ver la cabeza de la niña?», «¿Qué tan cercana era a sus vecinos?», «¿Conocía usted al doctor Gutiérrez?», «¿Era él un hombre agresivo?», «¿Cómo describiría la relación entre el doctor y su hija?», «¿Va a cambiarse de barrio?»–, y cuando cerró la puerta notó, por primera vez en días, la ropa tirada sobre el sofá, los platos sucios, los papeles en el suelo. Las pesadillas iban y venían si lograba dormir, pero la mayor parte del tiempo se sentía ansiosa, incapaz de mantener los ojos cerrados. Más de una noche terminó sentada en el patio de su casa, observando la pared que daba al jardín del doctor Gutiérrez. No era que quisiera hacerlo, sino que no lo podía evitar. Su mente regresaba a aquella pared, a la mañana del lunes: al sonido plástico y seco contra los ladrillos que llevaba escuchando durante horas y que creyó era el rebote de un balón.
Le sorprendía que la gente del barrio siguiera viviendo con normalidad. Había reporteros en las calles y en la televisión no se hablaba de otra cosa que del doctor Gutiérrez y de su hija, pero aun así los niños jugaban alegremente en las veredas, el heladero sonreía, las abuelas charlaban bajo el sol, los adolescentes pedaleaban sus bicicletas, los padres y madres de familia regresaban a la misma hora de siempre, cenaban y apagaban las luces. Ella, en cambio, no podía retomar su rutina. Lo cotidiano le parecía un animal muerto e imposible de resucitar. Por eso desobedeció los consejos de sus amigos muy pronto: encendió la televisión, abrió el periódico, entró en las redes sociales. Allí, la gente hablaba de la brutal decapitación de una chica de diecisiete años, de cómo la había matado su padre, un hombre de sesenta y reputado oncólogo. Hablaban de femicidios en las clases medias y altas pero, sobre todo, de la forma en la que se descubrió el crimen: de cómo el doctor Gutiérrez envolvió la cabeza de su hija con plástico y cinta de embalaje; de que estuvo, según determinaron los forenses, jugando a la pelota con ella durante cuatro días en el patio de su casa; de la pobre vecina que se levantó un lunes escuchando los golpes contra la pared de su jardín; de una patada fortuita que hizo volar la cabeza de Guadalupe Gutiérrez hacia la casa de al lado; de que la vecina tomó el bulto e inmediatamente entendió; del olor; del desmayo; de la llegada de la policía; del modo en el que el doctor se entregó, sin oponer resistencia, tomando una taza de té.
Se pasó la mano por el cuello, casi pellizcándoselo, al recordar la cara grisácea de su vecino caminando hacia la patrulla.
Esa tarde consiguió dormir y soñó con el cráneo perfecto de Guadalupe volando por el barrio, masticando el aire, descansando entre las flores. Nunca había cruzado más de dos o tres palabras con ella. Nunca le interesó saber algo de su vida. La veía muy poco y siempre en las mismas circunstancias: con su uniforme de colegio privado bajándose del bus o patinando hacia el parque. Era una chica como cualquier otra. Tenía la cabellera larga y negra, un pelo abundante que salía a pedazos de la envoltura en la que la puso su padre. Jamás los escuchó discutir ni tratarse mal. Una vez, incluso, vio al doctor besarle la frente antes de que ella se subiera al bus del colegio.
Si lo recordaba le daban náuseas.
Poco después se filtraron fotografías de los Gutiérrez en redes sociales. Nadie supo quién o quiénes lo hicieron, pero la gente las compartió de forma masiva y a ella le pareció horrible la exposición de la vida de alguien que ya no podía defenderse; el modo en el que bajo el hashtag #justiciaparalupe los demás retuiteaban imágenes privadas, mensajes personales que la hija del doctor le había enviado a sus amigos, información sobre sus gustos y hobbies. Había algo tétrico y sucio en esa preocupación popular que se regocijaba en el daño, en el hambre por los detalles más sórdidos. Las personas querían conocer lo que un padre era capaz de hacerle a su hija, no por indignación sino por curiosidad. Sentían placer irrumpiendo en el mundo íntimo de una chica muerta.
Si cerraba los ojos, ella veía la cabeza volar hacia su patio y dar dos botes sobre la tierra. Era una visión más que un recuerdo porque la cabeza tenía el tamaño de una semilla de aguacate, y luego la enterraba y la regaba y la veía crecer en un árbol con cabellos negros que parecían columpios.
Seis días después del encarcelamiento del doctor empezó a escuchar ruidos que provenían de la casa vacía de los Gutiérrez. Eran pasos y murmullos, sonidos de objetos moviéndose, puertas abriéndose y cerrándose. La vivienda había sido precintada y los únicos autorizados a entrar eran los policías encargados del caso, pero los rumores llegaban en la madrugada y duraban hasta poco antes del amanecer. Al principio, el miedo la hizo refugiarse en su habitación, cerrar las cortinas y taparse los oídos. Imaginó el cuerpo decapitado de Guadalupe buscando su propia cabeza en los recovecos de la sala, palpándolo todo como el cadáver ciego que era, y sintió pánico. Alguna vez la hija del doctor llamó a su puerta. Le dijo: «Buenas, ¿cómo está? ¿Me podría regalar un poco de azúcar?». Había olvidado ese encuentro, pero lo recordó al oír la vida de al lado. Recordó que Guadalupe entró al salón mientras ella le colocaba un puñado en una servilleta. No estaba segura de haber iniciado una charla, pero sí de que la chica se veía contenta. Recordó que al entregarle el azúcar vio un hematoma en su brazo y que no le preguntó por el origen del golpe. Recordó también a Guadalupe pidiéndole prestado el baño, y a ella diciéndole que no podía, que tenía que irse. «Lo siento, voy tarde a la universidad», le dijo. Recordó sentirse molesta por la petición de la chica, por seguir quitándole su tiempo.
Hundió el rostro en la almohada. Tal vez estaba intentando alejarse un rato de su padre, pensó. Y yo ni siquiera le permití eso.
Últimamente la culpa la hacía decirse cosas así, sobre todo durante las noches. Pero lo peor era cuando sudaba y casi podía sentir el tacto de la cabeza podrida envuelta en plástico entre sus manos. Se preguntaba por qué la había recogido de la tierra aquella mañana, por qué la había levantado si ya sabía, desde el momento en el que puso un pie en el patio, lo que en realidad era.
¿Cuánta fuerza se necesita para arrancarle la cabeza a una persona?, se preguntaba en ocasiones, con vergüenza, mirándose al espejo. ¿Cuánto deseo? ¿Cuánto odio?
Los ruidos continuaron encerrándola en su habitación hasta que una noche, desde la ventana del segundo piso, logró ver el jardín de la casa de los Gutiérrez. Toda la tierra estaba removida, las plantas arrancadas y, en el centro, siete mujeres permanecían sentadas en un círculo. Su primer pensamiento fue el de llamar a la policía, pero tenía pocas ganas de que la interrogaran, de oír a las patrullas, de describir decenas de veces lo que había visto o no, lo que había escuchado o no. Quería volver a dormir tranquila: regresar a la universidad, dejar a un lado las palpitaciones y las erupciones cutáneas, sosegar al árbol de las cabezas que crecía desbocado en su tórax. Pero desde que vio a aquellas mujeres no pudo dejar de pensar en ellas. Las madrugadas siguientes las espió y las escuchó cantar, murmurar rezos ininteligibles, deambular entre la hierba y la casa. Notó que tenían edades distintas: algunas veinte, otras cuarenta, otras sesenta o setenta u ochenta. Las vio hacer rituales extraños, tomarse de las manos y llevárselas al cuello durante horas. Vestían de blanco y cargaban el cabello suelto por debajo de la línea de la cintura. Desconocía cómo consiguieron entrar, pero se le hizo un hábito quedarse despierta y espiarlas. A veces lo hacía desde la ventana del segundo piso; otras, desde la fría pared del patio donde pegaba el oído cuando los rezos y cánticos de las mujeres apenas sobrepasaban el murmullo. Empezó a encontrar características propias del grupo de intrusas. Notó, por ejemplo, que enterraban rudas en la tierra removida. Que en sus cantos y rezos repetían palabras como «fuego», «espíritu», «bosque», «montaña». Que se trenzaban el cabello las unas a las otras. Que cuando ponían las manos en sus cuellos durante largo rato, se lo apretaban y dejaban marcas azules en la piel. Que corrían dentro de la casa y azotaban las puertas. Que se escupían en el pecho. Que bailaban haciendo círculos en el aire con sus cabezas.
Sentía, en la misma medida, repulsión y atracción por estas actividades nocturnas. También remordimiento por lo que había en su interior que la obligaba a ocultárselo a la policía, a sus vecinos o cualquiera que pudiera detenerlo. Remordimiento porque, de vez en cuando, miraba con extraño y desconocido placer la fotografía que le tomó a la cabeza de Guadalupe poco antes de que llegara la patrulla.
Repulsión y atracción: reconocimiento de lo ajeno en ella misma creciendo igual que un vientre lleno de víboras.
Los ruidos de la casa de los Gutiérrez eran distintos entre sí. Algunas noches las mujeres sonaban a niñas jugando, otras a coro de iglesia, pero siempre cantaban o rezaban en susurros. El sonido de sus voces era apenas un hormigueo en el viento que se elevaba igual que una ola. Desde el jardín ella las oía deslizarse hacia la casa, arrastrarse por el salón, escalar al segundo piso igual que una jauría, bailar cerca de las paredes, golpearse contra las esquinas, saltar hasta la extenuación en las habitaciones. Y, cuando la experiencia de espiarlas se hacía más intensa, no solo las escuchaba, sino que las sentía. Entonces una fuerza la impulsaba a imitar sus movimientos espasmódicos, sus retorcimientos, su forma de desdibujar los límites del espacio con una danza festiva y delirante.
Su propia casa empezó a parecerle una cáscara de mandarina, un caparazón de tortuga, una nuez. Una arquitectura orgánica que se comunicaba con la de los Gutiérrez. Casi podía sentir el flujo de la sangre compartida, el silbido de los pulmones. Ya no dormía ni comía, pero pensaba mucho y deseaba la oscuridad, los murmullos, los bailes. Las mujeres la hacían olvidarse de la cabeza de Guadalupe, del malestar de su propio cuerpo, de la sensación de asfixia. Sabía que estaba mal, que todo indicaba que debía sentir desprecio por ellas, sin embargo, esa locura enarbolada le permitía recordar a Guadalupe viva; recordar la tarde en que la vio patinando con las piernas manchadas de tierra, o la vez que la encontró abrazándose a una de sus amigas, o cuando la vio bajarse de una moto con un vestido brillante y sus ojos se encontraron con los de ella –negros, empapados de emoción– y, durante un brevísimo instante, creyó verse a sí misma veinte años atrás, sudada, alegre, ignorante de lo mucho que un cuerpo recién abierto al placer podía llegar a sufrir.
En el jardín vecino las mujeres se apretaban el cuello como si quisieran hacerlo desaparecer. Ella comenzó a llamarlas Umas porque así les decían a las cabezas que abandonaban sus cuerpos cuando se ocultaba el sol.
¿Cuánta fuerza se necesita para levantar una cabeza del suelo?, se preguntaba con la carga aún en las manos. ¿Cuánto amor? ¿Cuánto egoísmo?
Una noche el timbre sonó como un rayo partiéndole las rodillas. Caminó, descalza y temblando, hacia la puerta que de lejos parecía el tronco de una secuoya. Su mente, en una especie de premonición, intuyó lo único que podía ser cierto. Tomó aire y, en la oscuridad, el cuerpo le dictó el futuro: una mujer de cabello largo y encanecido, vestida de blanco, con una ruda en la mano llena de tierra.
Unos ojos marrones y jóvenes.
Unos pies desnudos igual que los suyos.
No se atrevió a confirmarlo: se agazapó sobre la mesa del comedor como un animal al que habían venido a cazar y esperó a que la sombra desapareciera. El timbre sonó dos veces más y luego el silencio, pero mientras tanto imaginó las cabezas de las Umas volando como un enjambre de abejas, rompiendo los cristales y mordiéndola con furia hasta dejarla deshecha sobre el suelo. Y tuvo miedo.
Despertó con el cuello lleno de marcas y las uñas rojas.
Alguna vez conversó con sus estudiantes sobre los cefalóforos: personajes que tanto en mitos como en pinturas aparecían sosteniendo sus propias cabezas. Esa tarde pensó en ellos y en si las Umas sostendrían las suyas con la misma paz, con la misma entereza. Se preguntó si no era ese un estado superior al que aspirar: aprender a ser una cabeza cuando el cuerpo pesaba demasiado, liberarse de la extensión sensible en donde respiraba el frío y el ardor, la pena y el abandono. También recordó aquella vez en que se masturbó imaginando a Guadalupe poniéndose los patines, mucho antes de su asesinato, cuando la hija del doctor tenía quince y ella veintiséis. Al terminar se sintió sucia por haber fantaseado con una menor, pero intentó disculparse a sí misma diciéndose que existía una brecha entre los deseos y la realidad, una brecha líquida y cambiante que la salvaba todos los días de ser quien era.
¿Cuánta fuerza se necesita para levantar una cabeza viva del suelo?, se preguntó esa noche. ¿La misma que para levantar una flor, un elefante, un océano?
A las tres de la mañana el timbre volvió a sonar, pero esta vez no se escondió. Se mantuvo quieta en su sitio con los ojos clavados en la sombra y, después, avanzó ligera, igual que las Umas en el jardín de los Gutiérrez: casi levitando, con los pies al borde de la ingravidez. Abrió la puerta y, al otro lado del umbral, la mujer la saludó en un susurro. Ella, en cambio, no pudo responderle, pero se preguntó por qué siempre le gustaba comprobar lo que en el fondo ya sabía: por qué no era inteligente, cerraba la puerta y huía de lo que estaba por venir.
–No necesitas zapatos –le murmuró la Uma antes de regresar a la calle.
Por unos segundos que significaron nada barajó la posibilidad de resguardarse de la verdad. Al contrario, salió detrás de la mujer, directo a la noche. Juntas le dieron la vuelta a la casa de los Gutiérrez, atravesaron una zanja y saltaron un muro hasta caer en el mismo lugar donde una cabeza había rodado durante días. Allí, las Umas permanecían concentradas y ni se inmutaron de su presencia. Ahora ella era la intrusa, pero no la trataron como tal.
Una mujer con los pechos bañados en saliva la tomó de la mano. Adolescentes, adultas y viejas, ecos distintos las unas de las otras, rezaban, cantaban, escupían y corrían agitando sus cabellos en el aire, apretándose el cuello hasta caer sonriendo sobre el césped.
–Come –le dijeron al oído mientras le daban a masticar una hierba que le hincó las encías.
La amargura de lo que masticaba se instaló en su paladar pero, poco a poco, el sabor se volvió dulce y espeso, y le entregó una última imagen de Guadalupe bajándose del bus, tarareando una canción de moda, con un cartel pintado a mano para el día del padre. Llevaba los cordones sueltos, el pelo enredado, la blusa manchada de rojo. Incluso a metros de distancia pudo oler el sudor seco en su uniforme, una mezcla entre cebolla y menta. Cuando se miraron, Guadalupe le sonrió igual que una niña a la que estuvieran por caérsele los dientes de leche: con amplitud y desenfado. Ella no recordaba haberle sonreído de vuelta. La conciencia de esa falta le produjo unas inmensas ganas de llorar.
–Sabemos –leyó en los labios de una Uma que apenas soltó un rumor.
Le trenzaron el cabello, la vistieron de blanco, le acariciaron el cuerpo con ruda fresca, y ella se dejó hacer como en un sueño donde no ponía en riesgo la carne. Había un frenetismo impúdico en los cuerpos que sudaban y mostraban sus uñas, sus senos, sus lenguas. Una excitación que ella también sentía al permanecer dentro del lugar en donde todo sucedió: una casa que olía a golpe y a podredumbre, que bailaba igual que un lagarto sin esqueleto. De repente quiso correr, lanzarse contra las paredes, arrancar la pintura, pero se quedó recibiendo la saliva espesa que las Umas le escupían en el pecho; oyéndolas musitar con la dentadura cerrada, viéndolas ahorcarse con sus propias manos.
El peso de una cabeza muerta es incuantificable sobre la mente, pensó a punto de vomitar.
Si cerraba los ojos veía una cabeza gigante de piel gruesa y ceño fruncido, con dos inmensas alas de cóndor emergiendo a los lados de sus orejas: una cabeza que se parecía a la de Guadalupe pero también a la de cualquier otra chica y que, pese a su evidente enfado, sonreía sin dientes en el jardín.
¿Por qué le tomé una foto? ¿Por qué la levanté del suelo?
Se llevó las manos a la garganta y la trató como plastilina, como cera hirviendo moldeándose al tacto, hundiéndose hasta la tráquea. La sensación la hizo gritar, pero lo que salió de su boca fue un bisbiseo. Entonces, en medio de la agitación de los cuerpos semidesnudos, lo sintió: el desprendimiento, la separación definitiva. Bajó la mirada y vio su cuerpo caído sobre la tierra, flojo y pálido como el capullo roto de una crisálida. Sus ojos estaban lejos, a la altura de diez, quince, veinte cráneos flotantes.
Su voz era viento.
Aterrorizada, escuchó el ruido de una cabeza siendo pateada contra la pared como el futuro. Y luego, abriéndose paso entre la ingravidez de los cabellos, el sonido de la suya propia volando hacia el patio de al lado y cayendo entre las hortensias.

Cuento tradicional malayo - "La creación de la Tierra"

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Este cuento pertenece a la tradición oral malaya y su transcripción corresponde a la versión que cuentan los Karo-Batak, pueblo del norte de Sumatra (Indonesia)
El cuento está recogido en la antología de cuentos, leyendas y mitos malayos publicada por "Revista de occidente" en 1926.
Desconozco quien fue el autor de la traducción.


Hace mucho tiempo, antes de que fuera creada la tierra, había solo dos dioses: Ompong Batara Guru di-atas, el dios del cielo, y Ompong Debata di-toru, el señor del infierno. El Dios del infierno tenia una hija hermosísima, que estaba desposada con Batara Guru y había sido conducida por el a su reino de nubes.
Los recién casados llevaban allí una vida espléndida. Solo por una cosa era incompleta su dicha: cuatro años hacia que estaban casados y aun no les había nacido ningún hijo. Esto afligía hondamente a la celestial pareja, tanto, que determinaron renunciar a su resplandeciente vida y buscar consuelo a su dolor como ermitaños.
Vestidos de harapos, abandonaron su palacio celeste. Solo llevaron consigo algunos aperos de labranza y un poco de arroz para calmar su hambre. Querían alzar una choza a orillas del mar.
En esta mezquina cabañita pasaban sus ocios, bien escasos por cierto, pues consagraban la mayor parte del tiempo al trazado de un hermoso jardín, donde plantaban las flores mas lindas y preciosas.
Pero pronto se les acabo este placer y esta alegría.
Cierta vez, a mediodía, justamente cuando estaban descansando bajo la protección de su cabañita, alzose del mar un poderoso monstruo, la serpiente de mar Tumuldang di-bosi. Dirigióse derechamente hacia el jardín, hozó en él por todas partes, devoro todas las flores y brotes, y después, ya ahíta, se adormeció sobre las eras.
Batara Guru despertó poco después, y cuando descubrió los destrozos producidos por el monstruo, su furor no tuvo limites y al momento le ordenó a su Diuwa (jefe de sus guerreros), que diera muerte a aquel ser descomunal.
Al Diuwa no le produjo gran placer aquel encargo, sobre todo al descubrir los espantosos dientes y la gigantesca estatura del monstruo. Por eso, antes de combatir, juzgo que seria mejor arreglarse con él por las buenas.
Despertó, pues, a la serpiente, y le reprendió por su proceder incorrecto.
El monstruo marino, al ser interrumpido en su sueño, miro con enojados ojos al Diuwa y dijo que la culpa la tenia el propio Batara Guru, pues no estaba bien que un señor tan alto y noble se rebajara hasta convertirse en un simple labrador. — Y si no quieres que te devore — añadió —, llama en seguida a Batara Guru y a su mujer y diles que quiero hablarles. Mándales también que me traigan plátanos y otras ofrendas, que tengo un hambre espantosa.
El Diuwa corrió en busca de Batara Guru y le informó de lo que le había dicho la serpiente. Batara Guru reunió todas las cosas pedidas y se dirigió con su esposa adonde estaba Tumuldang di-bosi.
Llegado junto a ella, tomó la palabra al momento y le echo en cara el modo grosero, feo e indecoroso como había invadido su imperio.
Tumuldang di-bosi respondió:
— Noble príncipe, no hice mas que cumplir con mi deber, y aun, en realidad, hubiera debido disponer para ti un destino distinto y mucho peor que éste, pues ni siquiera has sabido procurarte descendencia.
— ¿Por qué me lo reprochas — respondió Batara Gura —- ya que el dolor más profundo de nuestra vida es el no tener hijos? Si conoces algún medio para que podamos tenerlos, te estaré eternamente agradecido.
— Ya lo creo que lo conozco — dijo la serpiente —, y lo tendrás si cumples mis órdenes fielmente. Pero lléname el gaznate primero con todas las cosas que has traído, los plátanos y las otras ofrendas.
Batara Guru quedo poco satisfecho y habló de este modo:
— Abuelito, tu garganta tiene siete pies de largo, y tienes unos dientes tan grandes y afilados que me dan miedo solo de mirarlos. Perdona que no cumpla tu ruego.
Tumuldang di-bosi no se enfadó por ello sino que procuró quitarle aquel recelo.
— Ponme tu espada de pie en la boca —- díjole —; así ya no me será posible cerrarla, y sin cuidado alguno podrás meter la mano dentro.
Obedeció Batara Guru y atascó de manjares el garguero de la serpiente.
Cuando volvió a sacar la mano vio, lleno de asombro, un hermosísimo anillo que centelleaba en uno de sus dedos. No sabia lo que quería decir aquello y, a fin de que pudiera hablar la serpiente, cogió otra vez la espada de su boca.
— Mira, abuelito — dijo Batara Guru —, ¿qué anillo es éste que encuentro en mi dedo al sacar la mano de tu boca? ¿Qué quiere decir esto?
— Ese anillo — respondió la serpiente — es un ≪sinsing pintapinta≫, un anillo de los deseos. Ahora, sea lo que quiera lo que tu desees, un hijo, una hija, carne de cerdo o vino de palmera, es indiferente lo que quieras tener, tu deseo sera satisfecho.
Entonces Batara Guru y su esposa se regocijaron vivamente y danzaron y brincaron de pura alegría.
Después les refirió Tumuldang di-bosi cómo tenían que usar el anillo; al despedirse les deseo una vida feliz, y desapareció entre las olas. La pareja de dioses dirigióse entonces con renovadas esperanzas a su antigua morada celestial y cuando fue luna llena, Batara Guru froto con zumo de limón el anillo, como se lo había aconsejado la serpiente y, al hacerlo, deseó tener un hijo,
Nueve meses después su mujer le obsequio con un niño.
El anillo había demostrado así su poder y, volviendo a frotarlo otras cuatro veces, la pareja de dioses llego a tener tres hijos y dos hijas.
Los varones se llamaron Paduca di Adyi, Tuwan Benuwa Coling y Tuwan Raya Samsai Sahimahina; las hembras, Tuwan Benuwa Catyi y Tuwan Benuwa Mangili Bulan.
El hijo mayor trasladóse a los infiernos, junto a su abuelo Ompong Debata di-toru; el mas joven se quedó con su padre en el cielo; pero el del medio creó la tierra.
Tomó siete puñados de barro e hizo con ellos el disco de la tierra, que Batara Guru colgó en seguida del cielo con hebras de seda. De este modo, el infierno quedó envuelto en tinieblas pues la tierra interceptaba la luz del sol.
Enojóse Paduca di Adyi y produjo una tormenta que convirtió en polvo la tierra.
Siete veces, una tras otra, volvió a hacer Tuwan Benuwa Coling el disco de la tierra; pero otras siete veces volvió a ser aniquilado por su hermano.
Entonces Batara Guru decidió ponerse él mismo al trabajo. Mientras Paduca di Adyi estaba durmiendo, descendió al infierno y coloco sobre el contumaz rebelde una reja de hierro. Consistía ésta en cuatro barras de hierro puestas de través unas de otras, cuyas ocho extremidades se dirigían hacia los ocho confines del cielo. Sobre ellas volvió a asentar el disco de la tierra, lo pulió y lo hizo llano.
Cuando despertó Paduca di Adyi y quiso levantarse, tropezó por todos lados contra la reja de hierro; la sacudió, furioso, y golpeo los barrotes con tal fuerza que agitó la tierra, cuya superficie lisa se lleno de pliegues y hendiduras. Produjeronse así las montanas y los valles.
Mas la reja era fuerte y firme y, a pesar de todos sus esfuerzos, Paduca di Adyi siguió prisionero.
Y aún en el dia de hoy yace bajo la reja; cuando la sacude, cuando trata de romperla, la tierra tiembla.

Mafe Moscoso - "La santita"

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Cuentista y ensayista ecuatoriana. Sus ensayos se centran en el ámbito de la antropología. Sus líneas de investigación principales son la memoria y las migraciones, las pedagogías críticas, la etnografía experimental y los estudios y prácticas anticoloniales.
Este cuento pertenece al volumen "La Santita" de 2024 (Edición consonni) y publicado en este blog bajo licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0.


Francisco suspiró:
—Había una vez —dijo— un ermitaño que murió, subió al cielo y se acurrucó en los brazos de Dios. Había encontrado la beatitud perfecta. Pero un día, inclinándose sobre la tierra, divisó una hoja verde. «Señor, Señor, déjame bajar, permíteme sentir otra vez el placer de tocarla». ¿Has comprendido, hermano León?
No respondí. Tenía miedo. ¡Ah, qué grande es, en verdad, la atracción de la hoja verde!
—El pobre de Asís, Nikos Kazantzakis.



Le mató a la Santita, exclamó la mujer. Utilizando como herramienta la pequeña y redonda cumbre formada por sus uñas, dio un pellizco a su falda impregnada de la suave manteca de las hallullas tibias que cada madrugada se cocían abrazadas por las llamas del horno. Luego del pellizco, sus manos estiraron la tela opaca y, sin embargo, chispeante que, como a wawa de pan, la envolvía cálidamente. El paño renegrido que cubría sus muslos mestizos de mujer de ochenta años se dilató, expulsando un universo de ácaros, líquenes, artrópodos, sedimentos antiguos, astillas, piel, polen y restos de máchica. Horas antes, un metalero de pelo largo había entrado a la iglesia, se bebió el vino, probó las ostias consagradas, tiró al piso las figuras que se veneraban en el templo. Desapareció dejando atrás vino derramado y destrozos. Como el resto de esculturas y figuras, al caer, la Santita se rompió en dos partes.

Le mató a la Santita, volvió a repetir. Le mató a la Santita. LE MATÓ A LA SANTITA, confirmó, abriendo la comisura de su boca escarchada. Separó aún más la carne de sus labios sin carmín: si abro más la boca todo sale, pensó con el pensamiento fantástico que asigna la posibilidad de mundo basado en la similitud o en la contigüidad temporal. Se santiguó tres veces, salió de la iglesia con su movimiento de pajarito, con su andar de pies descendientes de otros pies, de otras uñas, de otros dedos y plantas, tendones, tobillos y cartílagos. Avanzó entre los chaquiñanes. Agarró su bolso, lo apretó contra sus costillas de paja toquilla, caminó sin preguntarse hacia dónde tenía que dirigirse, sin prisa ni pausa, sin prisa ni pausa, sin prisa ni pausa hago mi caminito de vicuña. Hace ochenta años la repetición, la vida, la repetición, la vida: cinco calles arriba, dos a la derecha, en la esquina de la chuquiragua media vuelta hacia las escaleras de la esquina, luego arriba en dirección al árbol de capulíes, luego a la derecha, luego otros 50 metros, atravesar el patio de la casa de la vecina a través de cuya ventana miraba la niña loba, llegar a casa. Ahí está, como cada día. Con sus manos olor a vela chamuscada, la tía Charo estiró aún más la tela de su falda. Su falda de tela sastre made in USA.

Al otro lado del portal oxidado naranja, una criatura mitad burro mitad perro ladró. Mitad burro mitad perro, Yuca, movía su cola. Llucshi, gritó la tía Charo. Llucshi. Casi perro casi burro miró con tristeza a la tía Charo, detuvo el meneo de la cola, introdujo la lengua en su hocico, agachó las orejas, se arrastró hacia el trozo de cemento que hace catorce años era su rincón preferido, su colchón, su territorio tibio y húmedo de ensoñaciones, lametones, autoplacer.

La tía Charo miró de reojo a casi perro casi burro. Ese día decidió no hacer su ritual matinal arrimada al fogón de la cocina en donde, cada mañana, se reunían todos los seres que habitaban la casa. Caminó directamente hacia el salón. Hoy apenas soy capaz de ver. Con la naturalidad de los mismos gestos, el mismo caminito de todos los días, la burbujeante agua bendita consagrada, la manteca de cerdo sobre la paila, alejó los vidrios de sus lentes de su rostro, como si fuesen un bebé al que se observa por primera vez. Los limpió, utilizando la falda opaca y, sin embargo, chispeante, que cubría sus muslos de ochenta años. Ahora hay más claridad. Encendió la luz, bajó un pequeño escalón, se dirigió al niño Jesús que estaba recostado sobre una pequeña canasta de mimbre. Lo tomó entre sus manos, lo llevó hasta sus pechos, se sentó sobre la silla de mimbre, lo observó. Lo admiró con todo su amor devoto: Divino niño Jesús de mi corazón, Divino niño Jesús de mi corazón.

La criatura, embriagada por la tibieza del cuerpo de la mujer pegado al suyo, se dejó acurrucar entre sus senos. ¡Oh dulce y pequeño niño! Le mató a la Santita. Se lo comunicó quedito.

Al escuchar las palabras de la tía Charo, el Divino niño se sonrojó. Le mató a la Santita. El pequeño dios, heredado por la tía Charo de la bisabuela Manuela, era un oráculo al que consultaba todos los días. El grado de rubor de las mejillas del Divino niño presagiaba calamidades, milagros o acontecimientos inesperados. La tía Charo, caminar de pajarito, colmó de besos los pies del niño, empanadas de viento, cofres de caña de azúcar, dulcecitos de guayaba con maní. Embelesado, el niño le comunicó lo que tenía que ocurrir.

La tía Charo entendió. Abrió el bolso que tenía entre sus piernas, extrajo la cabeza de la Santita y la colocó sobre el suelo de madera, el cual, al ser tocado por el objeto precioso, irradió luminosidades y luminancias que, como una corriente de río dulce, se extendieron hacia paredes, ventanas, las hojas de los helechos y las bombillas que se apagaron y se encendieron, brillando tan fuertemente que los ojos de la mujer, encandilados por el resplandor, se cerraron.

El rostro de la Santita, su radiante piel de madera, sus hermosos ojos abiertos que miraban con mirada de carey hacia una esquina mohosa de la pared, eran de una belleza inabordable. Era tan guapa que no se la podía mirar apenas. Era tan hermosa que resultaba difícil imaginar que no existiese, pero al mismo tiempo, también era difícil imaginar que existiese. La Santita era tan pero tan espléndida que no era de este mundo. Era un alien, una diosa astral, un demonio, un extraterrestre andino, una yachaq de oro, un hada de las nieves del Chimborazo, un jaguar sagrado.

Era tan hermosa que fue canonizada y convertida en ícono popular. La iglesia que la acogía se había convertido en un centro de peregrinación. Cientos de fieles llegaban solo para contemplarla. Las colas de la pequeña ciudad en la que había nacido la Santa eran interminables porque nadie deseaba morir sin haberla visto por lo menos una vez en vida.

Wilfrida la hermosa, la rockera hermosa, la Santa, murió a los diecisiete años. Era la nieta número uno de la tía Charo, pies de pajarito. La tía Charo, hija de Carolina y Arsenio, había dado a luz a cinco hijos y una hija. Antonia, su hija mayor, se casó con Antonio. Antonio y Antonia formaron una familia nuclear católica cuyo fruto fueron Antonio, Antonia y Wilfrida. Al nacer, la criatura señaló hacia su abuela. Wilfrida fue bautizada como Wilfrido en la iglesia un sábado por la mañana, amadrinada por la tía Charo quien, además, era asidua de la misa de las 6:00 que tenía lugar allí mismo, en la parroquia que luego sería la morada de su nieta, su niña bonita, su niña rockera, su niña huraña.

Al nacer Wilfrida, la curandera del barrio pasó sus dedos de bruja por la diminuta y blanda espina dorsal de la criatura, sostuvo el cuerpo pegajoso y tierno del bebé entre sus manos, buscó las pupilas oscuras de la tía Charo y dijo: Es una niña especial. No va a tener una larga vida porque no es de este mundo.

Antonia, la madre, corrigió: Es un niño.

Hasta los trece años Wilfrida, a quien desde chica le dijeron que era especial, estuvo convencida de que era el mesías. Su presencia en el mundo era como un valle de cacao dulce, un venado que jugaba discretamente, un montoncito de guijarros que alegraban a quienes lo podían observar. Sin amigos, la niña huraña vagaba por las calles de la ciudad vestida siempre de negro, con su walkman a todo volumen, sudamerican rocker siempre. Paseaba por las habitaciones de su casa, por los pasillos de la escuela, sin apenas ser vista, sin apenas ser escuchada, sin apenas ser notada. Sin embargo, al cumplir los trece años, ocurrió algo que alertó a todos, menos a la propia Wilfrida, Wilfrida la hermosa.

En lugar de devenir en un joven mozo, como se esperaba, a Wilfrida le crecieron los pechos, su manzana de Adán no se hinchó dentro de su garganta, sangre menstrual roja cayó por sus rodillas y su voz no se transformó. El venadito era un alien, el octavo pasajero, un bicho, una criatura parasitoide que hacía su aparición. A los ojos del vecindario el mesías, el soldadito de dios, desaparecía un poco cada día, devorado por fuerzas desconocidas, maliciosas, endemoniadas.

La tía Charo, sin embargo, apenas le daba importancia al fenómeno. Cuando las avispas le preguntaban por Wilfrida, respondía: Es una criatura particular. La respuesta de la tía Charo se abrazaba con la fuerza de un felino a la profecía de la curandera y la ayudaba a nombrar con amor una diferencia que ella no sabía ni quería explicar. El resto de la ciudad, en cambio, contemplaba atónita la lenta y, sin embargo, incontenible transformación de la Santita. El monstruo era un capullito, una crisálida, una oruga que poquito a poquito, suave, suavecito, había iniciado un proceso de conversión. Sus rasgos se volvieron tersos como las hojas de plátano, su estómago se abultó formando masitas, su piel emanaba un olor dulce como de chocolate de Zamora, sus labios se redondearon, su cintura se estrechó, sus pechos se hincharon como mangos dulces, su pelo creció convirtiéndose en una cascada amazónica que caía sobre su espalda. Bendecida por los espíritus y los apus, la criatura había iniciado un proceso de transfiguración cosmológica de dimensiones espíritu-tekno-fluviales impredecibles.

Pero, sobre todo, Wilfrida la rockera se convirtió en el ser más hermoso del planeta.

Cubierta por las alas de la tía Charo, caminar de pajarito, la Santa experimentó su transformación con la misma naturalidad que la crisálida que expulsa en forma líquida sus glándulas productoras de seda, las cuales, al tomar contacto con el exterior, se secan, permitiendo cumplir al menos tres funciones: unir hojas para guarecerse, formar vías de huida y formar capullos para la crisalidación.

El capullo era mariposa y la mariposa era capullo. La Santita, la rockera hermosa, flotaba en un jardín salvaje de orquídeas ecuatoriales que florecían sumergidas en estanques inoculados de restos de derrames petroleros y ácido fosfórico. Era flor nacida en un embalse donde crecía una violencia aceitosa que se expandía cada día entre las paredes de ladrillo y las callejuelas de un pueblo prístino, de un juguete rabioso.

El cura, el alcalde, el médico, el profesor, el policía, el farmacéutico, el intelectual, el mesero, el banquero, el carnicero, el juez, el guapo del pueblo, el dentista, el panadero, el arquitecto, el electricista, el administrador, el hacendado, el contable, el futbolista, el borracho, el supertímido, el incrédulo, el matón, el bromista, el pesado, el propietario de casi todo, el comprador compulsivo, el cirujano plástico, el padre de familia, el hijo de buena familia, el director, el actor, el pillo, el tenista, el poeta. Todos la mataron.

Juntos, la miraban.
Escondidos, la miraban.
De cabeza, la miraban.
Por separado, la miraban.
En grupo, la miraban.
Borrachos, la miraban.
Boca arriba, la miraban.
Mientras meaban, la miraban.
En sueños, la miraban.
De par en par, la miraban.
En cuclillas, la miraban.

La miraban con sus miradas carroñeras, con sus miradas de deseo incontenible, el cual, sin embargo, acompañaban de insultos.

Mariposón, marica, meco, sodomita, señorita, wafle, viruela, tramboyo, trucha, trolo, sugar daddy, rosca, mamita, locaza, loca, locota, colipato, puto, putete, pirobo, pillín, pargo, pájaro, mostacero, marisquito, mariquita, chimbombo, apio, mariposón, mariposón, mariposón de mierda, mariposón de mierda, mariposón de mierda, mariposón de mierda.

La crucifixión de la Santita tuvo lugar el día en el que cumplió diecisiete años, un viernes de Dolores, día de la procesión del señor de la Agonía. Esa madrugada, la tía Charo abrió sus párpados, rezó bajo el calor de las sábanas y las mantas de lana tibias, saludó a las nubes, tomó una ducha, peinó sus cuatro pelos de pajarito mojado, encendió el fuego en la cocina, saludó al Divino niño, Divino niño Jesús de mi corazón, amaneces pálido, preparó café, calentó la leche, retiró la espuma y la nata para comerla más tarde untada en bizcochos junto a Wilfrida, saludó a la luna, cortó un trozo de queso tierno, introdujo el queso tierno entre pan y pan, saludó a las gallinas a las que alimentó con maíz, se sentó junto al fogón, saludó a las llamas ardientes, mojó sus labios escarchados en el café, masticó el pan con queso, saludó a la araña de la pared, permaneció allí unos minutos cuidando el fuego, salió en dirección a la iglesia, caminito de vicuña, saludó a casi perro casi burro, saludó al sol.

Al llegar a la plaza principal la vio entre las sombras, iluminada y muerta, la vio iluminada y muerta al llegar a la plaza principal. Su nieta número uno, su amor, su niña bonita, su mijita adorada, su mariposa. Su niña rockera de brazos abiertos, clavada a fuego, hermosa y sangrante. Amanecía su niña bonita, la Santita, crucificada, la rockera, muerta, hermosa, muerta y mojada por la aurora, su mija, su niña bonita, la Santa, Wilfrida, Wilfridita, la rockera huraña, amanecía hermosa, muerta, crucificada, sangrante, mojada, muerta, hermosa, crucificada.

La tía Charo, sin prisa ni pausa, sin prisa ni pausa, sin prisa ni pausa, hizo su caminito de regreso: cinco calles arriba, dos a la derecha, en la esquina de los chaquiñanes media vuelta hacia las escaleras de la esquina, luego arriba en dirección al árbol de capulíes, luego a la derecha, luego otros 50 metros, luego atravesar el patio de la casa de la vecina con la niña loba mirando a través de la ventana. Entró a su casa sin pasar por la cocina. ¡Oh dulce y pequeño niño! Fue directa hacia ÉL, lo tomó entre sus brazos, lo apretó contra su vientre, le habló, le contó, le preguntó. Después escuchó con atención.

Regresó a la calle, recorrió el caminito de regreso hacia la plaza principal. Allí, alumbradas por los rayos de la madrugada, las avispas rodeaban el cuerpo en cruz de su nieta número uno, su niña bonita. En enjambre, extrajeron los clavos de su cuerpo hermoso, sangrante, húmedo, su cuerpo adolescente, su cuerpo herido. La tía Charo miraba, sus pies de pajarito tomaban distancia. Las avispas agarraron el cadáver de su mijita, lo condujeron a la iglesia, lo colocaron sobre el púlpito de amor bendito. Todos estaban allí. Todos la mataron.

El cura, con la sotana repleta de murciélagos, anunció el castigo: ordenó dos días de encierro, mea culpa y expiación colectiva, sobre todo las niñas, especialmente las niñas, repitió el cura, repitieron los murciélagos escondidos bajo su sotana negra, repitió el ingeniero, el dueño de casi todo, el monaguillo, el policía, el alcalde, el guapo del pueblo, los padres de familia, el burócrata, repitió el general, el bibliotecario, el tímido, el economista, el que vendía caballos, el extranjero, el tío, el suicida, el militar, el político, el administrativo. Sobre todo, las niñas, repitieron todos. Todos la mataron.

Durante dos días, las puertas y ventanas de las casas permanecieron cerradas. Nadie dijo nada, nadie preguntó. Todos callaron, todos la mataron. El mapa bidimensional urbano que representaba gráficamente el territorio con las propiedades métricas que ordenaban la población se quedó vacío. Los vecinos habían desaparecido, avispas y niñas incluidas. Los humanos se habían esfumado, como si una gran peste postcolonial hubiese llegado a la ciudad, obligándolos a confinarse en sus viviendas. Todos la habían matado y durante dos días, todos desaparecieron, a excepción de los perros callejeros, la niña loba, los fantasmas y las llamas que volvieron a ocupar, al menos durante dos días, el territorio del que habían sido desplazadas en nombre de la civilización y la bolsa de valores de Madrid.

Luego del encierro, a partir del tercer día, el pueblo regresó a la iglesia, todos ansiosos por volver a ver a la criatura, el cadáver de la criatura, el cuerpo inerte de la criatura. Pero al abrir la enorme puerta de madera, el cuerpo húmedo de la mariposa, la adolescente hermosa, la rockera huraña, el cuerpo de la nieta preferida, de la sangre de su sangre, había desaparecido. Se había esfumado, dejando únicamente los restos de su ropa color negro sobre el púlpito celestial.

Entonces el cura, con la sotana repleta de murciélagos, con los brazos extendidos hacia el cielo, anunció la buena nueva: Wilfrida, la rockera huraña, Wilfrida la hermosa, era una Santa, la Santita, su Santita, la Santita de todos. La niña hermosa había resucitado de entre los muertos. Como Jesús, como Lázaro, la rockera huraña, la resurgida, la bendecida, la devota, la más hermosa, era la Santita, la Santita de todos.

Tres años más tarde, gracias al metalero de pelo largo, la tía Charo logró traer parte de la escultura decapitada a su hogar. La cabeza estaba en sus manos, pero todavía no había logrado transportar la otra parte de la figura. Aprovechó que eran los festejos de la Mama Negra, todo el mundo estaba borracho. Esperó a que anocheciera, fue a la iglesia, se escabulló entre los asientos y el altar y encontró la fracción faltante. Nos fuímonos, le avisó. Como seres invisibles, ella y la parte faltante del cuerpo de la Santita lograron cruzar la ciudad, sin ser vistas, hasta llegar a casa.

Minutos más tarde, el timbre sonó. Con lentitud de caracol fue hacia la puerta, la abrió, permitió que la niña loba ingresase. Caminó tras ella, se dirigieron al salón. Se prepararon.

Las manos peludas de la niña sostenían una parte de la escultura de la Santita; la tía Charo, la otra. Juntaron las piezas, aunaron cabeza y cuerpo mientras la niña loba ponía en juego un lenguaje cosmopoético, el cual parecía deshacer un encantamiento, liberar poderes que permitieron la transformación de la escultura, como Pinocho convertido en niño de carne y huesos, en Wilfrida la hermosa, la niña rockera, la Santita.

La tía Charo, pies de pajarito fue a la cocina, encendió el fuego, calentó leche, preparó café, lo trajo, acompañado de panes de yema. Las tres, en silencio, lo saborearon a sorbitos. Se miraron entre ellas, se sonrieron. La niña Santa se puso de pie, colocó un CD. Sal y Mileto a todo volumen.

Yo no sé cómo voy a saber de todo nos dicen, de todo nos cuentan. Nos dicen aguanta mi pueblo, aguanta. Aguanta qué, aguanta qué. Aguanta qué pues hijue puta.

Cantaron y bailaron rock durante varias horas.

En algún punto de la noche la tía Charito preguntó si tenían hambre, la niña loba y la Santita respondieron en coro que sí. La tía Charo se dirigió al fuego de la cocina a calentar un gran caldo de patas y mote, pero antes le echó una mirada al Divino niño. El Divino niño, con las mejillas rosadas, guiñó su ojo izquierdo. La tía Charo, sonriendo, le devolvió el guiño. Luego siguió su caminito de andar de pájaro. Resplandor.

Elvira Liceaga - "Raquel"

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Novelista, guionista y cuentista mexicana.
El cuento pertenece al volumen "Carolina y otras despedidas" de 2018.



Quedan tres mujeres en la casa del patrón. Las tres están en la sala. La menor y la de en medio están acostadas en posición fetal en el sillón largo. Los dedos de los pies de una tocan ligeramente la cabeza de la otra. La mayor está tumbada en otro sillón, individual, también floreado. En el terreno a dos casas de distancia, un hombre robusto monta un instrumento que perfora el piso. La de en medio llegó la noche anterior. La menor tuvo celos de la de en medio, porque, traicionera, se escapó hace muchos años y en sus cartas describía una ciudad pacífica rodeada por el agua. La mayor se ha dedicado a cuidar de la menor, quien algunas veces sueña que viaja en un avión descompuesto que se cae en pleno vuelo; su cuerpo, entonces, convulsiona durante un par de minutos hasta que el mal la abandona, su cuerpo se equilibra y continúa durmiendo como si nada, y al rato tararea, como bendecida, música clásica que a las pocas horas vuelve a perderse en la oscuridad de su memoria. La de en medio lleva un fajo de dinero escondido en los bolsillos de su falda. La mayor fue la primera en llegar. Tuve la pesadilla, dice la menor, una vez despierta. Cuando la mayor no alquila su vientre, se alimenta de vodka y cigarros, sin filtro, de los más baratos. La de en medio aprendió a comunicarse en inglés a pesar de llorar en español. Trac-trac-trac-trac-trac-trac, un hombre perfora el piso afuera. La menor bosteza. La mayor estuvo enamorada de un hombre andaluz con el que tuvo dos hijas, quien se las llevó. La de en medio también fuma. La comida es para la menor, a quien, de muy chica, el doctor extrajo las neuronas que contraen el cuerpo cuando tiene la pesadilla, pero aún tiene la pesadilla. El último trabajo que tuvo la de en medio en el otro lado fue alimentar a las serpientes de un zoológico situado en lo alto de un bosque, a donde iba la burguesía a hacer camping. La menor se acurruca. Depositaba conejos vivos en un cajón de metal mientras las serpientes lamían intermitentemente la ventana que las separaba de ella. La mayor cruzó el mar para encontrar sin éxito al andaluz. Cuando el doctor le tocaba con un aparato un punto de la cabeza, la menor recordaba con escalofríos, como si lo hubiese vivido unos minutos antes, la primera vez que entró al túnel. El reloj de la sala anuncia las once horas. Un conejo por la mañana. El día que entró al túnel, la madre llevó a la menor a una heladería con taburetes acolchonados y paredes pintadas color menta, le concedió dos bolas de helado en un cono, una de uva, otra de limón; el dependiente dejó caer chocolate caliente, que al contacto con el helado se endureció, y después una lluvia de chispas de colores esparcidas por arriba. La mayor tiene los brazos cruzados sobre el pecho, cada una de sus manos cubre un seno para no perderse lo que le queda de mujer. ¿Qué crees que vamos a hacer hoy, Raquel?, preguntó la madre a la menor. Irían a un lugar donde unos hombres y mujeres vestidos de blanco la invitarían a entrar en un juego mecánico que se llama el túnel. En Andalucía las personas hablaban diferente: gritaban y arrimaban una palabra tras otra a una velocidad asfixiante. Un conejo por la noche. Trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac, retumba en el cerebro de la menor. El túnel era un lugar como del futuro, dentro del cual la menor jugaba acostada a las estatuas de marfil; la madre cuidaba de su ropa, sus zapatos y la bolsa con todos sus cosméticos de plástico, mientras la menor, vestida con una bata de gasa, cantaba en silencio: Uno, dos y tres así. Un conejo por la mañana. La mayor preguntaba por sus hijas en una y otra oficina atendida por hombres con bigote y uniformados. La de en medio soñaba de vez en cuando con incontables serpientes amarillas que alfombraban su habitación y trepaban a su cama hasta cobijarla. Cuando el doctor le tocaba, con el mismo aparato, otro punto de la cabeza, la menor recordaba la música sin palabras que su abuelo escuchaba en el radio, un programa conducido por dos voces ancianas; el abuelo, alto, delgado y sin pelo, se desplomaba todas las tardes a la misma hora en un sillón reclinable de cuero café, sólo abría los ojos para beber de un vaso de cristal un líquido que parecía miel. Si acaso no había conejos en el criadero, la de en medio robaba ratones de la sección de roedores. Trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac, vibran las grietas de la casa. Una vez, la de en medio robó gatitos recién nacidos de la casa de los cuidadores; los cuidadores trataban a la de en medio como a una intrusa, con su piel oscura e incorregible, sus dioses improbables e idioma incomprensible; los ojos claros la rechazaban sin mirarla. El cuerpo de la menor tiembla. La de en medio siente el movimiento del cuerpo de la menor. El avión atraviesa el cielo volando bajo, muy cerca de la ciudad. La de en medio se levanta, la mayor también. La mayor y la de en medio vigilan la convulsión de la menor y esperan. Se escucha el silencio de Dios. Las manos de la mayor aprietan sus senos malgastados. Las manos de la de en medio aprietan sus billetes enrollados. La de en medio, trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac, quisiera saber cuánto tiempo pasará antes de que se le acabe la salud a la menor. ¿Por qué regresaste?, susurra la mayor a la de en medio. La de en medio recuerda sus días en la escuela gringa; algunas veces las niñas del salón de clases fingían que no existía; esas veces pasaba el recreo en el baño. Los senos de la mayor gotean leche. Su compañera de pupitre le escribía mensajes a la de en medio en papeles que arrancaba de su cuaderno. Un día la mayor vio pasar a sus dos hijas caminando por la calle, tomadas de la mano de otra mujer, una mujer hermosa y joven. Un gatito por la mañana. La mujer hermosa llevaba lentes oscuros, las hijas también. La compañera de pupitre citaba a la de en medio en el baño, en el último de los excusados. Las hijas llevaban vestidos bordados iguales, parecían hijas de revista. Trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac, una fuerza oculta sacude a la menor. La mayor vagó por las calles desconocidas, en los barrios estrechos, en las ciudades árabes, en países al otro lado del océano. La de en medio levantaba la mano para ir al baño. Una pareja de gitanos adoptó a la mayor, le dio de comer patatas y agua, a cambio de que pasara los días cosiendo cortinas y manteles para vender. Trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac-trac, se cae el avión. Después de unos minutos, la compañera de pupitre hacía lo mismo; la primera en llegar al baño se subía al excusado para que pareciera desocupado, la segunda en llegar cerraba con seguro; la compañera bajaba los pantalones de la de en medio y metía su mano dentro del calzón. En las bancas de una antigua plaza de piedra, la mayor aprendió a zurcir para despedirse, para remendar con hilos de algodón el paisaje rasgado. El cuerpo de la menor se aquieta. No le puedes decir a nadie, le decía la compañera a la de en medio. La menor ha meado la pijama; tendrá que bañarse porque un hombre la ha reservado para esta noche. La de en medio no sabe qué responder cuando la mayor le pregunta por qué regresó. La menor parpadea hasta abrir los ojos. La mayor se consuela a ratos pensando que las confundió, que aquellas eran hijas ajenas. Tuve la pesadilla, pero esta vez en blanco y negro, dice la menor.

Clara Morales - "Y supondréis que no sabemos responder"

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Cuentista pacense. Trabajó como periodista y solo ha publicado un volumen de cuentos. De acuerdo con Marta Domínguez "[los cuentos de Clara Morales] tienen un tema común: la memoria, la colectiva y la personal, la que queda impresa en los libros de historia y en los cuerpos. Es decir, los efectos que el pasado tiene sobre el presente".
El cuento pertenece al volumen "Ya casi no me acuerdo" de 2024.


Yo no sé lo que él ve cuando me está mirando. Ahí, del otro lado de la mesa, con el jersey gastado que insiste en conservar, los ojos claros y todavía encendidos. Recorre el nacimiento del cabello buscando huellas de no sé qué, me inspecciona las orejas, se inclina ligeramente para observar mi mandíbula, me mide las muñecas cuando me acerco a servirle la sopa o a colocarle la manta sobre las rodillas. A veces, cuando comemos, parece contarme los dientes. Estás bien, constata, estás sana.

Empieza por la mañana, tras el café. Después de unos meses, conozco ya la maniobra para que la silla de ruedas encaje exactamente entre el bidé y el váter, junto a la bañera. Él se deja hacer, permite que manipule su cuerpo aunque yo, en el fondo, sea una extraña, espera siempre con una paciencia infinita cuando se me traban los botones de la camisa o no consigo desanudar el lazo del pijama. Abro el grifo para que el agua vaya calentándose y él contempla el chorro que cae de la alcachofa vieja. A mí me gustaría evitarlo de alguna forma, si es que puede evitarse, pero todos los días hay que limpiarse y todos los días se encuentran sus ojos con los azulejos y con el cromado de las tuberías y con el ritual de la desnudez, y qué puedo hacer yo, qué tendría derecho yo a decir. No vi las duchas hasta un par de años después de llegar, comienza, por ejemplo, pero todos sabíamos lo que pasaba, y nosotros, de hecho, nunca las llamábamos «duchas», sino por su nombre. Si alguna vez hubo algún misterio, o alguien pensó que allí te metían para que salieras más limpio por la otra puerta, como dicen, yo no lo viví: cuando entré, las cosas estaban claras y todo el mundo sabía a qué atenerse. Juro que trato de cambiar de tema, le pregunto si el agua está lo suficientemente caliente, si recuerda si ayer le lavé o no el pelo, le pido que me pase el champú o el gel. Pero es inútil. Él sigue: Aunque yo no conocí a nadie que acabara en las duchas. No los conocí verdaderamente, porque todos sabíamos quiénes eran, los veías caminar por ahí, los llamábamos «los musulmanes», se iban encogiendo, achicando, cada vez más cerca de la tierra, como si rezaran. A mí me los fueron matando en otros sitios, sitios cuyo nombre ni siquiera conocíamos, sitios que no habíamos pisado, y allí nos los mataban. Le enjabono el cabello ralo, froto bien detrás de las orejas para ver si se distrae, le hago levantar un brazo, otro. ¿Sabes cómo eligieron al Mariano?, me pregunta. Sí que lo sé, lo sé, pero no digo nada. Después del trabajo, cuenta, nos hicieron formar delante de la enfermería, y aquello ya nos olía mal, porque veíamos cómo el resto de los presos se alejaban, cómo volvían a sus barracones sin siquiera mirarnos, y cómo a nosotros nos mantenían ahí, de pie, con un aire tan frío que cortaba. Aparecieron dos oficiales con una cuerda, una cuerda muy larga y muy fina, y yo ahí dije Ya está, nos matan, nos cuelgan, de hoy no pasamos. Pero se pusieron en el centro del patio sosteniendo la cuerda bien tensa en el aire, a la altura de nuestras rodillas. Había que saltar: si lo hacías bien, te quedabas; si tocabas la cuerda, adiós. Yo salté, Mariano ni siquiera lo intentó, se lo llevaron. Bueno, pues vamos a enjuagarnos, que ya estamos, le digo, pero él no me escucha o hace como que no me escucha. Luego lo estuve buscando en las listas, al Mariano, y lo estuve buscando cuando llegaron los americanos y llevé a aquel sargento a conocer el campo, estuve buscando su cara entre los montones de cuerpos y sus zapatos entre la cal, y el americano se iba agarrando a las paredes y se llevaba las mangas de la chaqueta a la nariz y me gritaba cosas, pero yo al Mariano no lo veía por ninguna parte ni supe jamás dónde acabó. Cierro el grifo y escuchamos el sonido gutural del agua que se desliza por las cañerías, el vapor condensándose sobre la porcelana blanca, una gota que se desploma en algún sitio. ¿Y sabes qué hacían con los judíos?, pregunta. Sé lo que hacían con los judíos porque me lo ha contado: que les tiraban al suelo los restos de la sopa para que la lamieran de la tierra sucia, que les azuzaban a los perros en la cantera y ellos preferían arrojarse por las escaleras a que los devoraran, que les hacían sumergirse en el río y caminar luego durante horas hasta que se les congelaban las ropas y morían. Que un día, al amanecer, vieron el cadáver de uno atrapado bajo el hielo del lago, con los ojos muy abiertos, mirando al cielo. Pero no digo nada, qué podría yo decirle, y seco bien sus pliegues y le corto las uñas y lo peino y lo perfumo mientras él sigue hablando.

Yo le devuelvo la mirada. Lo imagino con más pelo, con el negro azabache de las fotos. La piel tersa, la sonrisa grande de labriego, el mentón alto, los ojos llenos de algo que podría ser el futuro, la posibilidad. Le busco en la masticación farragosa las muelas que no tiene, los huesos fuertes, los órganos brillantes, la mente limpia del que no ha visto y no ha olido y no ha escuchado. A veces veo otras cosas: su cráneo, las costillas, el dedo que perdió, sus pasos descalzos en la nieve. Mira, lo animo, qué buen día hace.

He cocinado arroz con pollo para los dos, le he limpiado las migas del mentón y del pecho, he recogido la mesa y fregado los platos con la radio de fondo, muy bajita, la música con la que saldría a bailar los fines de semana si pudiera pero que él no soporta, me he fumado un cigarro junto a la hornilla, he escondido las cenizas al fondo del cubo de basura, he vuelto a la salita y me he tumbado al fin en el sofá mecida por el rumor de la novela. He soñado con la casa que era mi casa antes de esto, he soñado con mis hijos, he soñado que tenía el día libre y que no me quedaba nada más por hacer.

Pero su voz me arranca de la siesta. Había una mujer, una mujer en el campo, dice. Anochece y entra por la ventana la luz azulada del invierno y también el resplandor naranja de las farolas. Había una mujer en el campo, repite, a la que yo no había visto nunca. La mujer estaba muy enferma, todos sabíamos que pronto moriría y ella lo sabía también, porque habíamos aprendido a reconocer las señales. La mujer estaba postrada en la enfermería, a donde me habían enviado con una carretilla para recoger los cuerpos. Tenía los ojos fijos en una ventana a la que no le quedaba ya ningún cristal y, al sentirme en el barracón, alzó el brazo y señaló hacia el exterior. El árbol, me dijo, el árbol es lo único que tengo. Afuera, el viento mecía un árbol sin hojas. A veces hablo con el árbol, me dijo. ¿Y te contesta el árbol? Sí, dijo ella, el árbol me contesta. ¿Y qué te dice? El árbol me dice Estoy aquí, yo soy la vida, yo soy la vida eterna.

Me incorporo y enciendo la lámpara de pie. Miramos los dos por la ventana, desde la que no se ve ningún árbol, y luego vuelvo a la cocina para empezar a hacer la cena.

Un día nos sacaron a todos de los barracones y nos llevaron al patio central. Mientras gaseaban las casetas para desparasitarlas, nos hicieron desnudarnos, se llevaron nuestros uniformes infestados de piojos y los barberos chicainas nos afeitaron por todas partes con unas máquinas oxidadas que parecían tijeras de podar. Era verano y nos dejaron allí todo el día, de manera que el sol acabó quemándonos la piel blanquísima, a la que no le daba la luz desde hacía meses, y en la nuca y sobre los hombros se nos alternaban las ampollas, las heridas del pelado y las llagas del trabajo y la desnutrición. Otro día, en otra fumigación, un republicano cometió el error de no reconocer a un cabo, un prisionero alemán, porque desnudos todos éramos un saco de huesos, y no sé bien por qué el compañero se puso nervioso y acabó dándole un puñetazo al cabo, con tan mala suerte que le saltó un ojo, de forma que al pobre diablo lo molieron a palos allí mismo y luego se lo llevaron. Había un tipo en el barracón que estaba en uno de los Kommandos que trabajaban en el pueblo e iba recolectando caracoles que encontraba entre la hierba al borde de la carretera. Por la noche se los sacaba del bolsillo, los metía en un bote y los ponía al fuego para luego comérselos. A nosotros nos daba muchísima envidia y mirábamos el bote, del que iba saliendo poco a poco una espuma densa, ahogando apenas los rugidos de nuestros estómagos, hasta que alguien le robó el bote y el compañero se volvió loco y acabó haciendo que le metieran un tiro. Lo peor era salir a trabajar al amanecer, porque entonces te encontrabas, pegados a la alambrada como moscas en una telaraña, a todos los que no habían aguantado y se habían lanzado contra ella aprovechando que en las guardias nocturnas aumentaban la potencia al máximo. Un día, no sé bien en qué año, se me metió el frío en el cuerpo y, a medida que transcurría la mañana, yo notaba cómo me iba subiendo la fiebre, cómo se me aflojaban las rodillas y apenas era capaz de caminar. Enseguida se formó un consejo: Se tiene que tumbar, No, que no se tumbe, que si se tumba no se levanta, Hay que llevarlo fuera para que se le baje la temperatura, Hay que encender un fuego para que se caliente, Pero cómo vamos a encender nosotros el fuego de día, que estás tonto. Entonces alguien señaló un montón de cadáveres en las traseras de una barraca: Mira, ahí hay doce judíos muertos, que los acaban de traer y aún estarán calientes, te metes entre ellos y nadie se da ni cuenta. Y eso hice, y se me fue el frío, y ese día no me morí. Descubrimos a un oficial encogido sobre una piedra, llorando como un miserable, y después de mucha discusión uno que conocía el idioma se acercó a preguntarle qué le pasaba, y el oficial contestó que su mujer y su hija habían muerto en un bombardeo y que maldecía mil veces la guerra, pero cuando otro cometió la osadía de tocarle el hombro para consolarlo, el alemán nos espantó a patadas y nos arrojó piedras, y durante días temimos que nos denunciara, aunque nunca sucedió nada. El médico auscultaba a los enfermos del barracón número 20 y les iba escribiendo en el pecho, con tinta azul, TBS, tuberculosis, y a esos los llevaban a la enfermería, donde les administraban una inyección que les contraía los músculos de la cara y los mataba en el acto. A los rusos, según iban llegando, los molían a palos en el patio y los dejaban allí para que los recogiéramos. Si trabajabas en las cámaras retirando cadáveres, debías humedecer un pañuelo y llevártelo a la boca para no acabar asfixiado. La gente se arrojaba desde la cantera. La gente se lanzaba contra las alambradas. La gente pedía consulta para la inyección letal. La gente se suicidaba con un trozo de cuerda. La gente desaparecía. La gente se hacía disparar. La gente clavaba las uñas en los azulejos.

Yo pongo la radio o coloco los cacharros de la cocina o salgo al pueblo a dar un paseo, pero cuando vuelvo él sigue ahí, contando y contando, y yo sé que lo hace por sacárselo de dentro, para que no se le quede el horror en el estómago, y sé que si está vivo es porque habla, porque otros no hablaron y están muertos, pero cuenta y cuenta y cuenta, y a mí se me llenan los pucheros de huesos y la chimenea de ceniza y los sueños de perros y de abismos, y le digo, un día lo interrumpo y le digo: Se acabó, se acabó, o te callas o ahora mismo cojo la puerta y me voy. Él me atraviesa con sus ojillos claros, como midiéndome, como pesando mi alma. ¿Y sabes qué hacían con los judíos?, me pregunta.