Eider Rodríguez - "El cráter"

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Cuentista, ensayista, autora de literatura infantil y guionista de cómic vasca que escribe en euskera.
Este cuento pertence al volumen "Era todo el mismo hueco" de 2026.
La versión es la de Ander Izagirre.


-No quiero morir en pijama –dijo Fani.
Nekane sacaba la pulpa de una hoja de aloe con un cuchillo, sentada en el borde de la cama. Hacía ya unos días que a Fani le costaba pronunciar las consonantes y había que prestar mucha atención para entenderla. Nekane le frotó la sustancia viscosa en los labios, por fuera y por dentro, para que las heridas que le habían aparecido en las últimas semanas cicatrizaran mejor. Fani apartó la cara. Cuando Nekane vio aquel residuo de testarudez, aquella terquedad que ella había intentado reprimir toda la vida y que había detonado los enfados más violentos entre las dos, sintió algo parecido a «Esta es mi chica», y se dio cuenta de lo absurdo que había sido luchar contra ese rasgo durante cuarenta años. Las amigas llamaban a Fani «la alemana», por su seriedad, por su rigidez, hasta que un día ella les pidió, muy seria y muy rígida, que dejaran de hacerlo. Y no lo hicieron nunca más, al menos en su presencia.
–No quiero morir en pijama.
–¿Y qué nos vamos a poner? –Desde que empezó a pensar en singular, le había dado por hablar en plural.
–No lo sé.
Le limpió el mentón con un pañuelo. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano, aunque nunca hasta entonces había acariciado a nadie de esa manera. En los últimos días le salía así, no sabía por qué. De todas maneras, nunca habían sido especialmente cariñosas. Fani estiró el cuello, buscando la mano de Nekane. Le había gustado. En las últimas semanas se le había torcido un poco el ojo izquierdo por culpa del tumor, y desde que no se levantaba de la cama el lunar bien definido y firme sobre el labio había empezado a ceder, como si el cáncer también lo hubiera conquistado. Había ocurrido todo tan rápido que a Nekane, cuando se esforzaba por situarlo dentro de coordenadas comprensibles, se le ocurría que aquel lunar era el paso al inframundo de Fani y que por ahí se le había colado la enfermedad, que los médicos estaban equivocados y no había empezado en el páncreas.
En cualquier caso, el cáncer había devorado todo lo que había encontrado por el camino. Lo que yacía en la cama era el caparazón de Fani.
Nekane abrió el armario de par en par. Era el único mueble de Ikea. Se tomaban estos asuntos muy en serio, sobre todo Fani, y lo compraban todo en Rentería o en la comarca; sin embargo, cuando quisieron cambiar el armario de la habitación, visitaron las tiendas de muebles, se echaron a temblar con los presupuestos de las carpinterías y al final cedieron, no sin sentir las contradicciones.
Fani miraba al techo con aquella mueca de desprecio que antes le salía cuando estaba de mal humor y le daba un aire a su madre, y que ahora, con la enfermedad, se había convertido en un gesto permanente. Le costaba respirar.
Nekane sacó la camisa de cuello mao, la que Fani había comprado para el concierto de piano de fin de carrera de su sobrina y nunca se había puesto. También habría que pensar en el bungalow, en qué hacer con él, porque no se imaginaba yendo los fines de semana sin Fani, barriendo la arena de la entrada sin Fani, en el mercado de Vieux-Boucau sin Fani, curioseando en los mercadillos de antigüedades sin Fani, en bicicleta sin Fani, celebrando el olor de los pinos sin Fani, bebiendo vino dulce en el porche sin Fani, con otra gente sin Fani.

La pesadilla había empezado justo allí, en la playa de Vieux-Boucau, hacía apenas siete meses.
Les gustaba ir después de comer, a dormir la siesta. Aquel día el viento soplaba fuerte y dudaron, pero eran los primeros soles después de un invierno duro y no los podían desaprovechar, así que cargaron los bártulos y se fueron a la playa.
No había nadie aparte de los surfistas. En cuanto llegaron, les pareció que se estaba levantando una galerna y decidieron caminar. Nekane vio algo. Al principio le pareció un pez grande, pero pensó que estaba demasiado lejos de la orilla. Al acercarse vieron que era un obús cubierto de costras de óxido y salitre, medio oculto por la arena.
–No podemos dejarlo aquí. Podría recogerlo o pisarlo cualquiera.
–¿Y si lo tapamos con arena?
A un chaval del pueblo le había explotado una granada de cuando la guerra y se había quedado ciego. No podían pasar de largo.
Dado que no sabían suficiente francés como para llamar a la Policía, decidieron que Fani se quedaría vigilando el lugar. Se había sentido medio indispuesta todo el día y no tenía ganas de andar de un lado a otro. Nekane esperaba encontrar algún agente en el camino de la playa al pueblo para enseñarle la foto que le había hecho al obús. Le costó media hora dar con uno: un chico que andaba colocando multas en los parabrisas. Le enseñó la foto en el móvil y le señaló el camino de la playa. Él hizo una llamada y enseguida apareció una pareja de policías. Nekane los guio. Y cuando llegaron, aquella imagen: Fani de rodillas junto al obús, pálida, encogida, con el pelo revuelto por el aire. Nekane pensó que se estaba protegiendo de la galerna, porque los granos de arena le azotaban la piel, pero al acercarse se dio cuenta de que tenía la cara descompuesta.
–¿Qué te pasa?
El viento y el mar le impedían hablar con ella.
–¡Fani!
Estaba como ida, con los brazos cruzados sobre el vientre.
Los policías las apremiaron para que se marcharan, porque debían precintar la zona, y empezaron a extender la cinta rojiblanca. Nekane trató de cogerla en brazos, pero Fani era bastante más grande que ella y ni siquiera consiguió ponerla en pie. Los policías, con amabilidad administrativa, se ofrecieron a llamar a una ambulancia, pero ellas prefirieron que las acercaran al camping. Nada más salir del coche policial, hecha un ovillo, Fani reunió las fuerzas suficientes para decir que debían recoger el bungalow antes de volver a casa.
–No podemos dejarlo así.
Fani se sentó en la hamaca, agarrándose las rodillas con las manos, torcida hacia un lado. Nekane sacó las sobras del frigorífico, recogió la ropa tendida y lo metió todo en el coche. Fani se tumbó en el asiento trasero. Nekane arrancó, y deseó que aquellos pinares y cielos infinitos no terminaran nunca.

Se quedó mirando, absorta, el montón de camisetas. Las de abajo estaban plegadas con una precisión milimétrica. Como en un flysch, se veía con claridad dónde acababa la era en la que Fani se ocupaba de doblarlas y dónde empezaba la de Nekane. Sacó una camisa verde de manga corta, de la marca Coronel Tapioca, pero Fani no aflojó su mueca de rechazo. Nekane tomó el montón entero de camisetas y se las llevó a la cama. Muchas tenían más de veinte años.
–Esa –dijo Fani.
En la camiseta ponía «Nadie es ilegal».
Le quitó el infusor y le desabrochó la parte de arriba del pijama. Además de la cara, también se le había afilado el cuerpo, y los pechos se habían convertido en dos alforjas que se le desparramaban a los lados. No quedaba nada de aquel cuerpo que se había encargado de cubrir el suelo del salón con sábanas viejas y de montar una carpintería con dos caballetes, para quitar las ventanas, lijarlas, pintarlas de blanco y colocarlas de nuevo, mientras escuchaba a Tracy Chapman. Y no había pasado tanto tiempo. Lo había hecho con la bata del trabajo, al poco de jubilarse y de traspasar el quiosco.
Nekane estiró el cuello de la camiseta para que no le raspase la cara al ponérsela.
Llevaba el pantalón azul claro del pijama.
–¿Cambiamos también el pantalón? ¿Quieres quedarte en bragas?
Fani dijo que sí con la cabeza. Se le quedó mirando fijamente y Nekane se asustó pensando que quizás iba a preguntarle algo que ella no sabría contestar.
–Estás guapa. –Fue lo primero que se le pasó por la cabeza a Nekane.
Fani siguió mirándola y de repente sacó la lengua, frunciendo la nariz y los ojos. Lo hacía a menudo: cuando estaban con las chicas alrededor de una mesa, por ejemplo, si ellas dos se quedaban fuera de la conversación y cruzaban las miradas, le sacaba la lengua sin que nadie más se diera cuenta y recuperaba inmediatamente el gesto serio, creando una pequeña grieta misteriosa en el universo.
–Eres guapa –le dijo Nekane.
Si se lo hubiera dicho cuando estaba bien, Fani la habría tomado por loca, habría puesto los ojos en blanco pestañeando muy rápido y habría negado con la cabeza. Ahora, sin embargo, parecía agradecida. Nekane sabía que Fani estaba entendiendo el sentido profundo que escondía aquella frase, y se arrepintió de no haberla dicho más a menudo…
Sonó el timbre.
–Son las chicas –dijo Nekane.
Nekane habría agradecido que hubiera alguien entre ella y Fani, pero Fani le había dicho que no, que no quería tener allí a las chicas ni a su hermana ni a su sobrina, a nadie; que quería estar a solas con ella, sin ruido.
Morir en casa fue idea de Fani. A Nekane al principio le pilló por sorpresa, porque, al contrario que ella, Fani no era nada caprichosa, y enseguida entendió que se trataba de un gesto de amor, un reconocimiento: quería morir delante de ella. Cuando dio la noticia a la gente cercana, empezó el desfile: las compañeras de militancia, los clientes diarios del quiosco que ya casi se habían convertido en amigos, las amigas de la asociación… Nunca habían pasado tantas personas por la casa, porque solían frecuentar a mucha gente pero siempre habían mantenido el hogar como un territorio privado, sobre todo de Fani. En los últimos días, sin embargo, no había querido ver a nadie.
–¿Quieres que suba alguien? ¿Alicia y Oihana, o alguna otra?
No respondió. Estaba de costado en la cama, las manos aferradas al vientre, sobrepasada de dolor. Nekane miró al reloj: la médica debería haber llegado hacía rato.
Habló a las chicas por el interfono:
–Está muy cansada. Voy a abrir la ventana de la habitación. Muchas gracias. Estamos bien. Muchas gracias.
El timbre sonó de nuevo. Eran la médica y la enfermera, y entonces notó cuánto deseaba que llegaran. Se sintió de su equipo de una manera irracional, del equipo de las que sabían qué era lo mejor, del equipo de las que se quedarían.
Oyó cada vez más cercano el crujido de las escaleras de madera y abrió antes de que llamaran. Eran dos mujeres de unos cuarenta años, igualadas por el uniforme –polo azul celeste, pantalones azul oscuro–, a las que había ido distinguiendo de visita en visita, de conversación en conversación.
–Se nos ha hecho tarde, perdón. Ya hemos visto que tenéis concierto – dijo la médica con una sonrisa amplia que en aquella situación podría parecer de mal gusto, pero que a Nekane la reconfortó.
–Querían cantar aquí en casa… pero no está de humor.
–Es normal. Manda ella. ¿Qué tal está?
–No ha orinado desde ayer. Ha comido poco. No ha querido desayunar y al mediodía ha tomado media taza de caldo con mucho esfuerzo, luego le han entrado ganas de vomitar. Ha estado durmiendo hasta ahora, pero se ha despertado por el dolor. Ayer también pasó casi todo el día durmiendo…
–Está cansada. Ya ha hecho suficiente.
Desde hacía unos días hablaba con la médica y la enfermera en el umbral de la casa, en voz baja, y eso la inquietaba, porque aquella alianza que tenía algo de traición solo duraría unos minutos, y sabía que luego se quedaría sola.
Rompió el hechizo hablando a Fani más alto de lo necesario mientras se dirigían al dormitorio:
–¡Ya han venido la médica y la enfermera!
–¡Hola! –dijeron las dos.
En el ambiente se palpaba un esfuerzo por fingir normalidad. Tenían la habitación pintada de color vainilla, las puertas y los zócalos de blanco. En un rincón, un espejo de pie con un ramito seco de lavanda; junto a la cama, la butaca reclinable que les habían regalado las chicas cuando Fani enfermó; un aloe mutilado cerca del balcón, una silla de mimbre y el suelo de roble. En la estantería, muchos libros de Sue Grafton, Patricia Highsmith y Henning Mankell, la colección Grandes Éxitos de la editorial Salvat, un libro de poemas de Safo y otro de Gioconda Belli, algunos libros de periodismo de investigación y una buena colección de National Geographic. Plantas por todas partes. Nekane había tomado el relevo para cuidarlas y seguía con atención las indicaciones que le daba Fani desde la cama: «Esa necesita poca agua, ¿te acordarás?». Su favorita era una monstera gigantesca, con los nervios de las hojas visibles a contraluz y las raíces reptando fuera de la maceta como víboras. «Esa, en verano, aléjala de la ventana». Porque en verano Fani ya no estaría, al día siguiente tampoco.
–Buenas tardes –dijo la médica–. ¿Qué tal está la reina de la casa?
Fani sonrió con un gesto que podía confundirse con repugnancia.
Eran los últimos momentos antes de que se pusiera el sol. A partir de entonces, en ese cuarto solo encenderían la lamparita cubierta con un pañuelo, porque a Fani, desde que enfermó, le molestaban las luces artificiales, los ruidos, los olores. La médica le puso la mano en el brazo mientras la enfermera preparaba la dosis de morfina:
–Ahora mismo te vamos a aliviar ese dolor. Estate tranquila, Fani. Déjate llevar, suave –le dijo la médica mientras le acariciaba el pelo–. Se acabó el dolor. Se acabó.
–Muchas gracias –respondió Fani.
Buscó la mano de la enfermera y le agarró fuerte el dedo índice. Quería demostrar que aún le quedaban fuerzas. Le costaba enfocar, hacía días que veía doble, y aun así se esforzaba de una manera llamativa en ser amable con la médica y la enfermera.
Mientras le cambiaban el infusor, la médica les preguntó cómo se habían conocido, primero mirando a Fani, pero Fani le rebotó la mirada a Nekane. Allá iba la última dosis que le aliviaría el camino a la muerte.
–En la fábrica, hace… –Nekane expresó con los ojos el gesto de calcular–, hace cuarenta y dos años, imagínate.
Tenía un gran carisma, eso fue lo que más la atrajo de Fani. Eso y que era una morena muy guapa, de pelo largo y rizado, con ese lunar sensual sobre la boca que la enloquecía. Más tarde aprendería que la capacidad de atraer a la gente y la soledad interior cuadraban a la perfección. Fani le enseñó a nadar en la playa de Hondarribia, antes de empezar a salir como pareja. Le gustaba enseñar –a Nekane no, Nekane era de mecha corta–, y por eso Nekane le decía a menudo que debía hacerse profesora, porque tenía paciencia, disciplina y generosidad. Fani había aprendido a nadar en la piscina, pero la familia de Nekane no podía pagárselo. En aquella época las dos trabajaban en la fábrica de esmaltes. En verano, al acabar el turno, se iban en autobús a la playa. Fani agarraba a Nekane de las manos y le decía que moviera las piernas. Nekane levantaba demasiado la cabeza y las piernas se le hundían.
–No tenses las piernas, relájate…
Las dos sabían que no hablaban solo de nadar.
Cuando Nekane se hundía, Fani la empujaba hacia arriba, hasta que se abría como una estrella de mar y aprendía a mantenerse en la superficie.
Fani tenía veintitrés años; Nekane, veintidós. Hicieron el amor por primera vez en las rocas. No se lo podían creer, no podían parar.
–Hemos vivido tranquilas las dos juntas, ¿sabes? –dijo Nekane mirando a la médica y a la enfermera–. Nos hemos cuidado, también hemos cuidado a nuestra gente…
–Y la lucha –añadió Fani, cosiendo las vocales con un aliento fino como un hilo.
–¡Y la lucha! ¡Hemos peleado mucho, uf ! –tradujo Nekane a la médica y a la enfermera. De pronto se sintió alegre, con una alegría triste. Agarró a Fani de la mano–. Luchamos por las mujeres, y cuando no estaba bien visto, además… Pero no solo eso: ¡nos hemos metido en mil líos!
Fani miraba a Nekane a los ojos, como si de golpe todo tuviera sentido.
–Hemos sido felices –dijo Nekane mirando a Fani–. ¿No?
–Mucho –respondió Fani firme y seria, como si la pregunta hubiera sido otra.
Luego se le cerraron los ojos.
–Pues de eso iba todo esto –dijo la médica.
–Hemos sido felices, sí –repitió Nekane, un poco apurada, y se dio cuenta de lo cansada que estaba.
Mientras la enfermera cambiaba la sábana absorbente de la cama, Nekane salió al balcón del dormitorio. Necesitaba un poco de aire.
Allí abajo estaban las chicas, sus amigas de toda la vida, las chavalas que habían conocido hacía cuatro décadas en el grupo de mujeres y ahora pasaban ya de los sesenta años; allí estaban, mirando hacia arriba, aquellas que habían acompañado a Fani hasta el epílogo de su biografía, charlando junto a su cama, completando el relato de su vida, iluminando esa narración que también era la suya, corrigiéndola, actualizándola, subrayándole episodios. Al piano, Oihana, la sobrina de Fani. Con el pelo rapado justo por encima de las orejas y recogido en un moño. Al lado su madre, Alicia, la hermana de Fani, con un ramo de claveles y unas gafas de estilo ciclista. Y más gente del pueblo, unas treinta personas en total. Oihana marcó el compás y todas le siguieron con las castañuelas. Era «Amores se van marchando», de Mari Trini, la canción que Fani cantaba siempre que se achispaba y perdía su rigidez. Nekane nunca se la había aprendido completa, a pesar de haberla oído cientos de veces, y las amigas tampoco, porque todas tenían en las manos una copia de la letra. El homenaje le creaba un poco de inquietud, porque ni a ella ni a Fani les gustaba hacerse notar, pero les tocaba aceptarlo.
–¿Lo oyes? –preguntó Nekane, girando medio cuerpo hacia el aire denso del dormitorio–. La que toca el teclado es tu sobrina, ¿oyes tu canción? También está tu hermana, están todas… Lourdes, Dori, Mertxe, Maripi, Karmela… Los de la sociedad… Paki, Mikela, Altxu, Iñaki y Bittor… Los del euskaltegi… Fátima, Edurne, Brais… Han venido todos. ¿Te das cuenta…?
… «de cuánto te quiere la gente» era la pregunta completa.

Quién a los quince años
no dejó su cuerpo abrazar,
y quién cuando la vida se apaga
y las manos tiemblan ya,
quién no buscó ese recuerdo
de una barca naufragar.


La médica y la enfermera salieron al balcón.
–Está dormida –dijo la médica.
Nekane se fijó en el rayo de sol que dividía el dormitorio en dos y en las motas de polvo que flotaban en la luz. En una ocasión habían salido a ese mismo balcón para ver pasar una bandada de grullas y Fani le había contado que algunas aves pasan el 99 por ciento de su vida volando. No hacía mucho de aquello.

Amores los tienen todos,
pero ¿quién los sabe cuidar?

¿Cuántas veces la dejó en ridículo delante de las chicas, en medio de alguna bronca, haciéndose la alegre y la frívola, obligando a Fani a parecer pesada y amargada? ¿Sabrían la verdad? ¿Cuántas veces la asedió con argumentos y la redujo hasta dejarla sin palabras, por el placer de demostrar quién dominaba las palabras y la razón? ¿Cuántas veces la llevó al límite, hasta obligarla a soltar alguna grosería, para luego aferrarse a esa grosería y no soltarla, ni siquiera cuando Fani se disculpaba? ¿Sabrían la verdad?
–¡Fani! ¡Estefanía! ¿Lo oyes?
Sabía que nunca más la llamaría así, sabía que estaba siendo la última vez de todo y, por tanto, la primera.

Martha Cerda - "Una familia feliz"

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Novelista, cuentista, poeta, ensayista y dramaturga mexicana. Ella dice que su estilo está profundamente influenciado por Borges y Cortázar. En su obra retrata la realidad de la vida contemporánea a través de personajes dibujados con un humor y ternura y nos muestra el mundo fantástico que se desarrolla detrás de las apariencias.
El cuento pertenece al volumen "La Señora Rodríguez y otros mundos" de 1990.


Papá había hecho con nosotras lo que nadie había hecho con él: Querernos, mimarnos, jugar en la cama, bañarse en la fuente del jardín, darnos dinero y hacernos sentir a cada una que no podíamos vivir sin él. Así que a los cuarenta años seguimos todavía a su lado, dejando que nos quiera, nos mime, juegue con nosotras, nos dé dinero y nos haga sentir que no podemos vivir solas.

Mamá, por el contrario, hizo exactamente lo que habían hecho con ella: Sobreprotegernos, corregirnos e imponernos su voluntad, haciéndonos sentir que no podía vivir sin nosotras, lo cual era lo mismo que hacía papá, pero con otras palabras. En resumen el “no poder vivir sin...”, nos fue envolviendo: girábamos unos en torno de otros atrayéndonos, amándonos, repeliéndonos, cada vez más intensamente, hasta el día en que mamá murió. Salió de nuestras vidas con asombro de todos y la vimos alejarse despedida por la fuerza centrífuga que habíamos generado en aquel vertiginoso girar. Cuando la perdimos de vista nos dimos cuenta de que, tal cual ella lo había previsto, no podíamos vivir sin ella y entonces empezamos a morir. De esto hace ya cinco años. De pronto nos sentimos más niñas y antes de hacer algo pensábamos qué diría mamá. Nunca se nos ocurrió pensar qué diríamos nosotras mismas, pues sería ofenderla. Sus ropas seguían intactas en el clóset y nosotras seguíamos intactas vigilándonos como ella lo hacía. Con la muerte de mamá heredé a papá de inmediato, el resto hasta que papá muera, es decir, hasta que mamá lo permita, pues estoy segura de que ella va a venir por él en el momento preciso. Sí, porque mamá lo cuidaba igual que a nosotras, ¿cómo iba a abandonarlo así, para siempre? Por eso yo, en cuanto ella murió, me hice cargo de cuidarlo hasta que lo ponga de nuevo en sus manos. Es terrible pensar que algo llegara a sucederle a papá y que no pudiera entregárselo como me lo dejó. Afortunadamente, hasta ahora todo va bien, papá sigue queriéndonos, mimándonos, dándonos dinero y haciéndonos sentir que no podemos vivir sin él. Y yo cada vez me parezco más a mamá, es posible que en unos cuantos años ni yo note la diferencia.

Sin embargo, éramos felices. Papá amaba a mamá, mamá me amaba a mí, yo amaba a mi hermana, mi hermana amaba a mi papá y, en consecuencia, todos nos amábamos. Papá nunca hacía enojar a mamá. Recuerdo muy bien que a ella no le gustaban las lanchas de motor y papá nunca le compró ninguna. Por otro lado, no la necesitaba, no vivíamos en la costa, ni junto a un río, ni siquiera junto a un lago, así que mamá, que odiaba hacer el ridículo, se sentía feliz de no tener una lancha de motor en medio de la sala. Ella, por su parte, procuraba hacer enojar a papá para que demostrara su carácter ante nosotras y pudiéramos admirarlo más. Nosotras no sabíamos qué hacer con tantas muestras de cariño y no hicimos nada.

La famosa incompatibilidad de caracteres jamás se manifestó en nuestra familia. Mamá se entretenía en ser y papá en hacer, ¿qué mejor manera de adaptarse uno al otro?

Cuando yo me casé, no sé si no pude vivir sin ellos, o ellos no pudieron vivir sin mí, el caso es que antes del año me divorcié, en cuanto nació Toñito. El ahora tiene quince años y también es querido, mimado, educado y consentido por nosotros: Papá, mi hermana, que no piensa casarse nunca, y yo. Tal vez algún día lleguemos a reproducirnos sin necesidad del sexo opuesto, únicamente por el amor que nos tenemos. Aunque hace poco vi a Toñito devorar el retrato de papá, casi con furia. Debió haber tenido hambre el pobrecito. Los adolescentes son así, no entienden lo felices que son. Lo mismo sucedía con nosotras, mamá quería que fuéramos como ella y papá como él. Finalmente ganó el tío Quico, a quien conocíamos por una fotografía, pues se había largado hacía veinte años y nadie sabía de él.

Lo que sí tenía mamá es que era muy divertida. En las fiestas cantaba y bailaba durante horas y no se cansaba de que le aplaudieran. Ahora nos hemos hecho tan aburridos que, a pesar de lo felices que somos, no podemos disimularlo; y es que como ya dije, hace cinco años empezamos a morirnos. Por más empeño que pongo en parecerme a mamá, papá extraña las tardes del domingo, frente al televisor, con sus manos entre las suyas; las comidas un tanto insípidas de mamá, a las que ya estaba acostumbrado: su voz, su mirada, su apoyo... y cada día está más triste. Y por eso yo trato de bromear, contando la historia de su vida para hacerlo reír, pero acabamos llorando.


Novelista, cuentista biógrafa, ensayista y poeta barcelonesa. Además hay que añadir su importantísima faceta de editora.
El cuento está recogido en el volumen "La niña lunática y otros cuentos" de 1996 aunque originalmente había sido publicado en la revista "El Semanal" del 14 de agosto de 1994.


El episodio había pasado a formar parte de la saga familiar y mucho tiempo después, cuando los hermanos rememoraban juntos su infancia (que parecía a trechos, tan dispares eran los puntos de mira, dos infancias distintas), Sara se refería a él, jocosamente y sin poder contener la risa, como «la increíble, sanguinaria y abominable historia de los pollos asesinados», y Oscar rectificaba, también jocosamente, aunque para él, y Sara tenía que saberlo, no se trataría nunca, ni aunque viviera mil años, de un chiste ni de una broma, «alevosamente asesinados».

El episodio había tenido lugar pocos años después de haber terminado la guerra civil, cuando la familia —él padre, la madre, los dos niños y una tía soltera, acompañados de una cocinera y una camarera— había abandonado el pueblecito, al que huyeran acosados por el hambre y sobre todo por los bombardeos que asolaban la ciudad, y habían regresado al piso que ocupaban antes de la contienda. Era un clásico piso del Eixample barcelonés, que se abría en la fachada por tres balcones de piedra al paseo arbolado y se asomaba en la parte trasera, a través de una galería acristalada —allí solían merendar los niños y hacer los deberes, y allí criaba la madre sus canarios—, a los patios interiores, donde crecían, entre buganvillas y geranios, cuatro magníficas palmeras y donde jugaban a la hora del recreo los niños del colegio vecino.

Sara acababa de cumplir ocho años, derrochaba energía por los poros, no le tenía miedo a nada, o a casi nada (Oscar, caso de haber sido preguntado, no hubiera sido capaz de establecer a qué le temía su hermana), y parecía decidida a comerse el mundo de un bocado (no había llegado todavía a ese momento inevitable en que las niñas, unas antes y otras después, descubren que el mero hecho de ser mujeres les pone muy difícil comerse el mundo de uno o varios bocados: en aquel entonces, el mundo, para Sara, consistía en la casa y el colegio y allí campaba a sus anchas, hacía y deshacía a su antojo, sin que le preocupara lo más mínimo que la tildaran de déspota y mandona, o en las clases —porque era además una excelente alumna— de sabihonda y empollona).

Óscar tenía seis años. Había nacido, comentaban los adultos, «en plena guerra civil», y al niño le parecía que estas palabras, sobre todo en boca de la madre, escondían un latente reproche, como si ya desde el comienzo hubiera hecho las cosas torcidas y al revés, y hubiera incurrido, si no en un delito, si en una gaffe espantosa, porque ya eran ganas de fastidiar nacer tan a destiempo y en tan inadecuadas circunstancias, cuando bastantes problemas de supervivencia tenían todos para cargar además con un bebé. Para colmo había elegido para nacer una noche de intenso bombardeo y había costado Dios y ayuda conseguir que una comadrona se desplazara hasta la casa, y, pocos días después, había abierto al mamar una grieta en uno de los pechos de la madre, que ésta no podía recordar sin que se le crispara el rostro del dolor. Y, sin embargo —le contaban—, se habían desvivido literalmente por él, se habían quitado todos la poca comida que tenían de la boca para que el pequeño y su hermana Sara no carecieran de nada.

Entonces, recién cumplidos los seis años, Oscar caminaba con los pies obstinadamente torcidos hacia adentro (cualquier día iban a tropezar el uno con el otro y se iba a romper él la crisma), tenía un ojo loco, el izquierdo, que, en lugar de acoplar su mirada a la del ojo derecho, miraba hacia donde le daba la real gana, estaba gordito y era el único niño del parvulario que no había conseguido ni una sola vez dar una voltereta a derechas: se le torcía el cuerpo a la mitad y se desplomaba de lado sobre la colchoneta. Huelga decir que ni se le pasaba por la cabeza comerse el mundo, ni siquiera un cachito, y que centraba todas sus energías y temores (si Sara no conocía casi ninguno, el niño era un genio inventándolos múltiples y variopintos, a cual peor) en que el mundo no lo devorara a él.

El padre era médico —un tipo racionalista, descreído y humanitario como pudiera serlo un científico del Siglo de las Luces— y trabajaba todas las mañanas, desde las ocho hasta las tres, en el hospital. Pero, en aquellos primeros tiempos difíciles que siguieron a la guerra civil, atendía, para desesperación de la madre, por las tardes en casa. Tenía el despacho en una de las tres habitaciones delanteras que daban al paseo y la sala de espera en la pieza contigua, y, como era un buen médico, pero no un médico caro ni a la moda, se llenaba la sala de espera de gentes en su mayor parte humildes, que la desbordaban a veces a lo largo del pasillo e invadían incluso el recibidor, peligrosamente próximos a la zona trasera del piso, donde la madre, cual una reina hipersensible y ultrajada (un punto ridícula en su pose de princesa del guisante), se había refugiado con un libro o una labor en su dormitorio, que no abandonaría bajo ningún pretexto hasta que hubiese desaparecido el último paciente, y hubiera aireado la criada las habitaciones y eliminado el rastro de tanta posible mugre.

Muchos de estos pacientes humildes que acudían a la consulta privada procedían de pueblos próximos a la ciudad. Seguramente se recomendaban el médico unos a otros, en un boca a boca extremadamente eficaz (se hacían cruces hombres y mujeres de su prodigioso ojo clínico, y las muchachas de la increíble brevedad de las cicatrices rastro de sus intervenciones quirúrgicas). Y algunos de estos pacientes satisfechos y agradecidos enviaban luego un obsequio, coincidiendo casi siempre con la Navidad. Solía tratarse de productos del campo: unas docenas de huevos grandes y oscuros, unas morcillas o un jamón de la última matanza, unas tortas caseras con aroma y sabor a anís que rezumaban aceite por los cuatro costados, un pote de miel, un saco de naranjas, y también, en ocasiones —provocando, justo es reconocerlo, una consternación general, no únicamente de Oscar—, un par de pollos vivos, que cacareaban y aleteaban torpemente con las patas atadas, a los que la madre no quería ni ver y que procuraba sufrieran el mínimo tiempo de cautiverio posible, pero a los que la cocinera de turno (él se había forzado a contemplarlo años después, ya en la adolescencia: ¿por qué no iba a poder soportar él algo que los demás, sobre todo los varones, sí soportaban) les cercenaba sin miramientos (y aquí reconoció Oscar adolescente que cuantos menos miramientos mejor, más rápido todo; no quería ni imaginar lo que hubiera sido una operación de este tipo llevada a cabo por alguien tan pusilánime con él) el pescuezo (como si no se tratara de un ser vivo, había pensado entonces, no más vivo que unos tomates o unas patatas que había que trocear antes de mezclarlos en la ensalada o meterlos en la cazuela, eliminado así el riesgo de cualquier posible identificación).

Pero esto tuvo lugar mucho más adelante, porque de niño, cuando tenía poco más de cinco años, creía, ingenuamente creía, porque así se lo habían dicho los padres —más puritanos en el respeto a la verdad que en ninguna otra cuestión y que nada castigaban acaso con tanto rigor como la mentira—, que aquellos pollos que habían llegado vivos a la casa, por más que la gente del pueblo los hubiera enviado como regalo con la intención de que se los comieran, no eran sacrificados entonces ni iban a serlo jamás, sino que eran llevados a una granja —¿qué iban a hacer las aves en un piso del Eixample?—, donde vivirían felices para siempre, sin otra ocupación ni compromiso que poner buenos huevos las hembras, cuando les viniera en gana, y cacarear los gallos anunciando el amanecer, para fallecer de buena muerte en el límite extremo de la vejez.

Y lo peor era que alguien —no recordaba Óscar quién, pero no los padres— había agregado a la mentira inicial otra mentira gratuita y en consecuencia peor, casi un escarnio aunque no fuera deliberado, al asegurarle a Óscar que los pollos se los habían cedido y eran de él. De modo que iba el niño como un idiota —razón tenía Sara cuando lo tildaba de auténtico idiota—llevando cuidadosa cuenta —con los dedos de una mano, de las dos, luego de los pies, acumulando palotes de colores en un cuaderno cuando los dedos no bastaron— de los pollos que iba reuniendo en el gallinero de una paradisíaca granja, y que podría ir cualquier día a visitar. Y hasta se lo iba contando a todo el mundo, sin que se le ocurriera relacionar una cosa con otra, ligar cabos, sin advertir la cara que ponían al escucharle cuantos estaban en el secreto, y de duda y perplejidad los que no estaban en él. Hasta que un día, cuando los pollos acumulados por Óscar eran ya más de cuarenta, Sara —en parte porque le irritaba que su hermano fuera todavía tan tontorrón y tan ingenuo, tan ajeno a las realidades de la vida, pero arrastrada sobre todo por la furia de una de esas escaramuzas fratricidas que jalonarían su infancia y buena parte de su adolescencia—, tras gritarle «¡idiota!», había adivinado qué era lo que más le podía herir y, a pesar de que no venía para nada a cuento, porque el motivo de la discusión (que Óscar ha olvidado hace mil años) nada tenía que ver con los pollos, había añadido: «¡A la fuerza has de ser idiota para tragarte el cuento de que no nos comemos los pollos que le regalan a papá, sino que los guardan para ti en una granja!».

Y ahí tuvo Óscar uno de los primeros atisbos —sin necesidad de escapar por tres veces, como Siddharta, y lanzarse a recorrer los caminos para encontrarse sucesivamente con un viejo, un enfermo y un cadáver: sólo con descubrir lo que ocurría en la cocina de su casa, que no era siquiera un palacio, aunque la madre se diera en ocasiones aires de reina—, los primeros atisbos, pues, de la existencia del mal, entrevió la faz brutal y oscura de la realidad, tuvo el presentimiento de que tal vez no vivía, no vivía nadie, en el mejor de los mundos imaginables, sino en un extraño y sombrío planeta poblado de seres vivos que subsistían, el hombre incluido, a base de devorarse los unos a los otros. Y lo más sorprendente era que todos cuantos vivían a su alrededor parecían encontrarlo normal.

«Claro que es normal», había dictaminado el padre, tras propinarle a Sara una buena regañina, tal vez por sentirse, en esta ocasión, también él culpable y pillado en falta. Y Óscar: «Entonces, ¿por qué no me dijisteis la verdad?». (Que los padres fueran capaces de mentir y de mantener esa mentira durante casi un año era tan escandaloso e inesperado como el asesinato de los pollos). Y el padre: «Cuando nos trajeron el primer pollo no parabas de llorar, por eso te engañamos, y después estabas tan ilusionado con la dichosa historia de la granja, que no sé a quién demonios se le ocurrió inventar, que no hemos encontrado tu madre ni yo el momento adecuado para confesarte la verdad. De todos modos, este asunto no es tan catastrófico como a ti ahora te parece. El mundo está hecho así, y, a medida que vayas creciendo, te irás acostumbrando».

Pero Oscar pensó aterrado que él no se acostumbraría jamás, que era otro de sus fallos incurables, como haber nacido en plena guerra civil, andar con los pies hacia adentro, mirar torcido o ser el único chico de toda la clase incapaz de dar una voltereta. Estaba desesperado ante la sospecha de que la tierra toda, la entera creación, era un puro dislate, un lugar plagado de terribles padecimientos y crueldades, en el que él no iba a poder sobrevivir, y de los que no era, para colmo, nadie responsable.

«Claro que conocemos al responsable, claro que hay un culpable», había dictaminado con energía el cura que estaba preparando a Sara para la primera comunión y que había tenido sin duda noticia de la parábola de los pollos (tal vez la madre se lo había explicado para que hablara con Óscar e intentara tranquilizarlo). «Los culpables son dos, Adán y Eva, nuestros primeros padres. Si ellos no hubieran cometido, incitados por el príncipe de los ángeles caídos metamorfoseado en serpiente, el pecado original, no hubiera penetrado el mal en el Paraíso, no se hubiera transformado éste en el valle de lágrimas que conocemos, no existirían todos estos padecimientos y crueldades que tanto te escandalizan, y, entre otras muchas cosas, los animales, incluido el hombre, no tendrían que devorarse los unos a los otros».

Pero estas palabras del cura, sin duda bien intencionadas, no disiparon la angustia del niño, sino que le sumergieron en una perplejidad mayor, pues ¿qué relación podía establecerse entre que la cocinera de su casa, las sucesivas cocineras de su casa y seguramente de todas las casas, que no le parecían aquejadas siquiera de una especial maldad, asesinaran a los pollos y el hecho de que Adán y Eva, sometidos por un Dios incomprensible a una prueba absurda por lo innecesaria (a los padres, que no eran Dios, no se les hubiera ocurrido jamás respecto a sus hijos una idea tan siniestra e incluso tan mezquina), se hubieran zampado, y ni siquiera entera, una manzana entre los dos?

Era casi imposible para un niño como Óscar (tan imaginativo y tan sensible, decían los padres y otros muchos adultos; tan miedica y tan bobo y tan blandengue, dictaminaba Sara), aceptar que sus pollos, innumerables veces contados (en aquel momento sumarían cuarenta y tres) y representados en el cuaderno de dibujo, no existieran ya en ninguna parte y hubiesen muerto para colmo de malísima y alevosísima muerte. De modo que andaban todos por la casa cabizbajos y con aire culpable, tratando al niño con especial mimo y cuidado, como si estuviera aquejado de una extraña dolencia. Hasta que Sara, que era la que había desencadenado la catástrofe, pero no parecía sentirse en absoluto culpable, se hartó de la situación y se enfrentó a su hermano: ¿qué era esa tontería de que no había ni sospechado la verdad?, ¿nunca le había llamado la atención que, al día siguiente de ver a los pollos aletear en la cocina, se sirviera pollo en el comedor?, y, por otra parte, cuando comía él un bistec o unas albóndigas o un bocadillo de jamón, ¿no sabía acaso que, para que ellos lo comieran, habían tenido que ser los animales previamente sacrificados?, ¿no sabía que los pollos, los terneros, los conejos, los cerdos, los pavos, eran criados con el único fin de ser alimentos para el hombre?, y había todavía algo más: ¿tanta diferencia suponía, tanto importaba, que se tratara de aquellos concretos pollos a los que había visto en la cocina, a los que se había empeñado en dar dé comer y de beber, en aflojarles o quitarles las ataduras, en acariciarles y hablarles como si se tratara de unos gatitos, y no de otros pollos anónimos, a los que personalmente no conocía?

De modo que los humanos, había descubierto el niño, ayudado por Sara y a raíz del incidente de los pollos —aunque poco importaba, porque lo hubiera descubierto de todos modos, antes o después—, incluso cuando eran tan delicados y exquisitos como la madre, muy amante de los animales e incapaz de matar por su propia mano ni a una mosca, o tan pacíficos y humanitarios como el padre, del que todos aseguraban que era un santo (un santo ateo, pero un santo), no podían dejar de comportarse como bestias carnívoras y depredadoras. Y no se limitaban a cazar y a pescar, sino que habían convertido buena parte del mundo, especies enteras, en un matadero.

E incluso él, cuando transcurridas unas semanas (no muchas, pero las semanas de la infancia duran casi una eternidad) se le pasó el berrinche y la congoja, volvió a comer sobrasada y mortadela y jamón en el bocadillo del desayuno o la merienda, y después unas croquetas, unas albóndigas, un bistec, una chuleta, y luego, sin pensar, una pechuga de pollo.

Y a pesar de que más tarde, a lo largo de su vida, no había permitido que lo arrastraran jamás a la matanza del cerdo en los pueblos, y había pasado en la adolescencia dos días de vómitos y fiebre tras presenciar la muerte (cataratas de sangre oscura brotándole de la boca) del primer y para él último toro de la primera y última corrida de su vida, a la que sí habían logrado con malas artes arrastrarle, y aunque no iba a permitir jamás que se introdujeran en su casa pollos o conejos vivos, y aunque, esporádicamente, la langosta elegida dentro del acuario o pataleando ya en las manos del maître, las piezas de caza colgadas por las patas traseras a la entrada del restaurante, las aves o el lechón que llegan a la mesa sin que se hubiera tomado la precaución de amputarles la cabeza para enmascarar así su carácter de cadáveres, le quitaran el apetito y lo indujeran a pedir una ensalada, y aunque siempre alguna de estas imágenes evocara, por un cortocircuito establecido en la infancia, la evidencia de que no era nuestro mundo —⁠se debiera o no al pecado original— un lugar mínimamente aceptable, lo cierto es que no dejaría nunca de comer carne e incluso regalaría abrigos y chaquetones de piel a algunas de las mujeres que había amado o creído amar. De modo que sí resultaría ser cierto el vaticinio del padre: la realidad era ésta y Óscar acabaría también por acostumbrarse.

Elena Correa - "Las niñas sucias"

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Cuentista canaria. Hasta donde yo sé, solo ha publicado un libro de cuentos.
Este cuento pertenece a "Niñas sucias" de 2025.





Todos los días quedamos al salir del colegio. Comemos rápido, hacemos la tarea, nos ponemos un chándal viejo y nos encontramos en la plaza del pueblo. Recorremos los alrededores; entramos en el camino de las pencas y raspamos la cochinilla. Machacamos esos insectos contra las piedras hasta que forman un amasijo rojo del color de la sangre. Nos pintamos las uñas y los labios. Si alguna trae un Nenuco viejo y desgreñado, le dibujamos lágrimas rojas con ese amasijo colorado. Llevamos tomates maduros y se los echamos a los lagartos que chillan mientras los devoran.
A veces hacemos un tejo grande en la plaza de la iglesia y brincamos a la soga. Las viejas nos miran: siempre estamos llenas de mierda, con los pelos rebujados y los pies descalzos. Cuando llegamos a casa por la noche, nuestras madres nos pegan con una vara de palmera seca. Con el culo encarnado nos vamos a la cama y deseamos que llegue el día siguiente para vernos en el colegio.
Las estaciones pasan, pero el tiempo siempre es el mismo: el sol nos tuesta todo el año y estamos tan morenas que nos confunden a unas con otras. Los fines de semana nuestros padres nos dejan ir a la playa, que se vacía en otoño, invierno y primavera. Las olas rompen en nuestras canillas y jugamos a ahogarnos hasta que estamos a punto de perder el conocimiento. Nos secamos en la orilla y luego nos lamemos unas a otras la sal de los brazos y de las piernas hasta que se quedan unos caminitos húmedos en la piel reseca.
Cuando llega el verano, el pueblo cambia. El sol quema con más fuerza, se acaba el colegio y las calles se llenan de niñas rubias. No las entendemos, ni a ellas ni a sus padres. Hablan en otro idioma, tienden sus toallas en la primera fila de la playa y pasean por la plaza de la iglesia. Borran las marcas del tejo con sus sandalias de purpurina.
—¡Hola! ¡Jelou, jelou! —dice una de nuestro grupo que siempre sonríe a todo el mundo. Tiene las paletas torcidas y amarillentas. Su madre, Carmita la peluquera, las tiene iguales. Les enseña un Nenuco con las greñas trasquiladas; intenta dárselo a una niña rubia que lo tira al suelo y se limpia las manos en su falda rosa.
—¡Buah! Sucks! —grita la niña, y todas se ríen de manera escandalosa, como si fueran lagartos comiéndose tomates maduros. Salen corriendo y repiquetean sus sandalias nuevas en los adoquines calientes.
Las madres se ponen nerviosas, los padres salen más a pescar. Los bares se llenan y las calles también. El calor es asfixiante y no podemos ir descalzas. ¿Qué va a decir toda esa gente de ustedes? ¿Que son unas salvajes?, dicen nuestras madres mientras nos ponen unas cholas viejas que nos hacen daño entre los dedos. Ahora ya no podemos quedar después de comer porque tenemos que coger huevos, ir a ayudar al bar de la esquina, barrer la entrada de nuestras casas y ayudar a las viejas a hacer dulces para venderlos por el pueblo.
Las niñas rubias parecen las barbies que vemos en los escaparates de las jugueterías. Cada vez que pasamos por delante de ellas, les hacemos un corte de mangas. La de las paletas torcidas sonríe y las saluda agitando la mano. La empujamos y a veces la agarramos por las greñas oscuras. Antes, le iba con el cuento a Carmita la peluquera. Entraba a la peluquería chillando a grito pelado, con las lágrimas cayéndole por la cara sucia. Ya no llora ni se queja: está acostumbrada. Si nos ven los vecinos por la calle, se lo dicen a nuestras madres para que nos peguen con la vara de palmera.
—No nos gustan las barbies —decimos un día mientras le cortamos el pelo a un Nenuco viejo con unas tijeras de cocina.
La de las paletas torcidas intenta siempre guardar uno, esconderlo para que no le cortemos la melena. Quiere conservar su pelito rubio a buen recaudo, como si fuera el bebé de una de las niñas rubias. A veces nos pasamos horas escondidas en los corrales de las cabras, aunque haya moscas, hormigas y lombrices. Calladas, hablamos entre susurros, para que nadie nos descubra, para no tener que ayudar en el bar o limpiar el pescado que traen nuestros padres.
Los viernes por la tarde, los hombres colocan banderines de colores en la plaza: los sábados hay baile y viene una orquesta. Los padres y las madres de las niñas rubias beben sin parar. Los domingos nuestras madres no nos dejan salir a la calle hasta por la tarde porque los hombres rubios siguen en la plaza de la iglesia, gritándose unos a otros, vomitando en las papeleras y meando en los árboles. Las niñas rubias hacen castillos en la arena negra.
Sus cuerpos flacos y blancos destacan en nuestra playa. Juegan con Nenucos limpios que llevan bañadores de colores pastel. Se meten todas juntas en el agua agarradas de las manos. Nosotras miramos desde el paseo, porque cuando las rubias están en la playa, nuestras madres nos prohíben bañamos. Por la tarde, las niñas rubias comen helados de fresa, de chocolate o de vainilla de la heladería del paseo. No se les derriten ni les chorrean por las manos. Las miramos con la frente sudorosa y ellas nos sacan la lengua, que tiene el color de los helados.
El verano pasado, una niña rubia se separó del grupo, vino con nosotras y jugamos a las ahogadillas con ella. El mar estaba revuelto. Cada vez que sacaba la cabeza, apretábamos fuerte hasta el fondo. Queríamos que se pinchara los pies con las rocas picudas. Queríamos que la sal le entrara por la boca, la nariz y los pulmones. No le daba tiempo a gritar ni a hablar, ni siquiera podía abrir los ojos.
—¡Paren! ¡Paren! —chilló la de las paletas torcidas. Lo dijo tan alto que la marea no tapó sus gritos.
Los padres rubios se acercaron a la orilla y soltamos a la niña. Tenía los ojos rojos, no supimos si por la sal o de tanto llorar.
Durante todo el verano, nuestros padres salen a pescar por la mañana y por la tarde, a veces hasta la madrugada. Las madres hacen mermeladas, tartas y dulces secos. Los padres de las niñas rubias desayunan huevos todos los días. A las gallinas no les da tiempo a poner. A las viejas les entran nervios y les dan de comer hierbajos frescos, que recogen cuando baja el sol. Pero, aun así, no son suficientes.
—A buscar huevos al pueblo de al lado —dicen nuestras madres.
—No queremos —gritamos. Las varas de palmera seca vuelven a zumbar como abejas.
Nos vestimos con el chándal viejo y caminamos una hora de ida y otra de vuelta por la vereda de piedra. Volvemos de noche con los pies llenos de ampollas. Tiramos huevos contra las paredes de la iglesia. Al día siguiente, las varas de palmera zumban como abejas. Los padres rubios desayunan huevos fritos con salchichas.
—Las niñas se tienen que ir del pueblo —decimos mientras aplastamos la cochinilla contra una piedra caliente.
Nos miramos con las manos manchadas de rojo y la frente sudorosa. No nos hace falta decir nada, asentimos y nos sonreímos unas a otras.
El sol de finales de agosto baña las calles. Las viejas se abanican con trozos de cartón en las puertas de las casas. Bajamos a la playa a la hora de la siesta. No tocamos en la puerta de la de las paletas torcidas ni tampoco en la peluquería de Carmita. Pasamos por delante de puntillas, agachadas. No hacemos ruido, pero vemos cómo alguien corre la cortina de croché de su ventana.
Las niñas rubias se tuestan al sol, rojas como los helados de fresa. Los padres duermen debajo de la sombrilla. Nos acercamos a ellas.
Jelou. Jelou. —Las saludamos con la mano.
Ellas nos miran como si fuéramos las cabras de los corrales. Les enseñamos un Nenuco limpio, con el pelo rubio y ropa azul pastel recién estrenada. Nos sonríen, con los dientes blancos y pequeños. Se levantan de la toalla y, silenciosas, nos siguen en fila.
No pasamos por delante del bar, ni de la plaza, ni por la puerta de la casa de las vecinas. Vamos por el camino de tierra a la zona de las pencas. Ellas se dan codazos, se ríen y murmuran cosas que no entendemos. Las pencas proyectan sus sombras oscuras en el camino. Las niñas miran nuestro escondite de Nenucos viejos, con la cabeza rapada, llenos de mierda. Levantan la nariz y el labio. Se los damos y los acunan como si fueran madres rubias que necesitan proteger a sus criaturas.
Mientras mecen a los muñecos, nosotras raspamos la cochinilla de las pencas. La machacamos contra las piedras. Formamos un círculo alrededor de las niñas rubias. Agarramos a la primera, que chilla como los lagartos cuando tienen hambre. Las tijeras de cocina cortan. Los Nenucos caen al suelo. Las niñas rubias intentan correr. Las sandalias nuevas se les resbalan en los riscos calientes. La purpurina se desprende y se esparce por la tierra. Las agarramos. El pelo cae sobre el suelo de tierra. Escuchamos carreras por la vereda y vemos el polvo levantarse.
—¡Paren! ¡Paren! —grita la de las paletas torcidas.
Le cerramos la boca para no ver sus dientes amarillos. Ella muerde, clava, llora. La sangre chorrea. Las tijeras zumban como varas de palmera. Su pelo negro y desgreñado cae sobre el de las niñas rubias. Lamemos sus pieles blancas y saladas, como si fuera un helado de fresa o vainilla, y pintamos lágrimas rojas en sus caras coloradas.

Andrea Jeftanovic - "Primogénito"

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Novelista, cuentista y ensayista chilena.
El cuento pertenece al volumen "No aceptes caramelos de extraños" de 2011. La autora indica que versiones de esos cuentos ya habían sido publicados anteriormente en diversas antologías y revistas. Desconozco dónde fue publicado por primera vez este cuento.


Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba.
Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia.
Clarice Lispector


Tres tristes tigres. Me entristecí tanto cuando llegaste por la entrepierna de mamá. Fue en un entreabrir y cerrar de ojos. Ese día nadie me vio. Yo estaba arrinconado contra la pared. Vino mucha gente y todos pasaban rápido con paquetes envueltos en cintas rosadas. «Qué bonita la niñita, es igual a la mamá, sacó sus ojos celestes». Pequeña querubín, quebraste el triángulo perfecto que teníamos con papá y mamá, mis siete años de reinado. Ahora formamos una ronda imperfecta donde debo renunciar a uno de ellos. Cría, criatura, no cabes en mis dibujos: una casa con chimenea y dos ventanas: una, de la habitación de los papás; y otra, de la mía.

Envolver a mi hermanita en una bolsa negra de plástico. Con esa idea me despierto en las mañanas. Depositarla con cuidado entre los tarros de basura, como en las noticias, abrigar todo su cuerpecito con una funda negra. Si el tercero que pasa frente a la ventana es mujer, no repito de curso. Si piso más allá de la línea de la vereda, le gusto a mi vecina. Me quiere mucho, poquito, nada. Camino por la ciudad cruzando pasos de cebra, contando siete rayas perfectas, cinco grandes y dos pequeñas cebras galopando con más patas de las que era de esperar, la cebra grande seis, cruzo con los ojos cerrados, escucho el rumor de los motores prendidos. No, nadie va a pasar. Es una apuesta, yo voy a ganar.

Te observo dormir en tu pequeña cuna. Siseas, chasqueas la lengua, de pronto suspiras algo semejante a una sílaba. Cuando duermes nos das unas horas de tregua, una posibilidad de calma. Hay tanto silencio en casa cuando por fin duermes. Pese a que eres una extraña acá, tengo que reconocer que hay algo de nosotros en ti: el modo cómo arriscas la nariz al mismo tiempo que tensas el entrecejo. Esta es la mejor forma de decirlo: tengo una hermana de mi misma sangre, pero ha venido a arruinar nuestra vida. Acaricio las pelusas, el pelillo erizado de tu cabeza ovalada como huevo. Sal, sal, este huevito es para mí. ¿No te gustan mis mimos, mis arrumacos, tanta monería que te hago? La hebilla metálica de papá destella contra la luz cada vez que me sorprenden con las manos encima de ti. Por qué no le dices que es sólo un divertimento de niños. Traidora, minúscula traidora. Papá se está enamorando de ti, te mira obnubilado. «Preciosa, hermosa, mi reina», dice una y otra vez. Abandonará a mamá por tu culpa. Mamá no es la misma, ahora se sienta con las piernas abiertas, los calzones a la vista. Tiene ojeras violáceas. Ya no usa aros ni se pone perfume. Cuando papá la abraza por atrás, ella lo esquiva. La mejilla desviándose de un beso insulso. Papá encogiéndose de hombros. Tú no conociste a esa otra mamá alegre y juguetona. Hoy en día ella es una jaqueca permanente, hundida en el agotamiento, con las encías inflamadas como esponjas, todo el santo día tendida en la cama. «Mamá, ven», la llamo para que vea mi nueva torre de legos, «Me duele la cabeza», responde. «Perdona, pero no dormí nada anoche», agrega. Desde que tú llegaste mamá no me toma más en brazos. Deja la bandeja de la comida intacta en el velador. Apenas la veo en la oscuridad de su habitación, cuando quiero abrir las cortinas, me dice «no, la luz me molesta». Todo le fastidia, incluso yo. Creo que ha dejado de quererme, se deja de querer despacio, se deja de querer de desilusión en desilusión, entre el fastidio y la tristeza. Papá habla por teléfono con el doctor y sólo escucho un «sigue igual». No sé cómo ayudar, basta de mamadas, basta de llantos, de trasnoches.

Ayer mamá se puso un vestido lindo y se maquilló, me propuso salir a pasear a la plaza, yo pensé que todo era como antes, pero cuando estábamos en la puerta, tú despertaste con inconsolables gemidos, «pero si le acabo de dar leche», «estaba profundamente dormida, quizás tiene un gas». Mamá temblando en la puerta, yo arriba de la bicicleta con un pie en el pedal, «vamos, vamos, ya se va a callar, que llore hasta que se canse». Mis latidos se aceleran, «me lo prometiste, mamá», mamá divagando, musita «es la escala de Edimburgo», «qué cosa», «nada, nada». No estaba verdaderamente molesta conmigo, aunque actuara como si lo estuviera, como si verdaderamente estuviera molesta. No volví a ver más la palma de sus manos, ni a abrazarla acariciando la parte posterior de su cuello.

En las noches permanezco con los ojos abiertos contemplando el techo. Una oveja, dos, tres ovejitas, brincan encima de una reja, te muerden el cuello, te arrancan los ojos. En mis sueños tu silueta se disuelve una y otra vez en la penumbra. Juguemos a algo, seamos cómplices, guardemos un secreto entre los dos. Uno, dos, tres. Roza el cuchillito, la punta roma de la tijera cerca de los dedos rosados. Soy un lobo feroz que introduce su cabeza en tu cuna. No te asustes, es un disfraz, mi máscara preferida. Paseas impávida tus ojos redondos por el cuarto. Deseas el beso que me obligan a estamparte. Me miras con tu cara de luna llena o me devuelves un gesto cerrado como puño. Bebé cochina, olor a vómito fermentado. Qué agresión más grande el orín de los pañales. Bebé inmundo que trepas por las tetas de mamá, las succionas. Yo te enseñaré los nombres que llevan nuestras partes íntimas. ¿Por qué no me la mamas a mí? Suavecito, con ritmo, con tus labios transparentes.

Vamos a la cocina, ahí están los vasos, las cucharas, tus fotos sobre el refrigerador: con un gorro de lana, con una mantilla, con un chupete de goma. Ahí están los manteles, las cacerolas y los cuchillos. Te voy a cortar la lengua para que nunca digas nada. No muerde la lengua, lame, traga. La lengua dentro de la boca, podría atrapar el sabor que está a punto de extinguirse. Si prendo la cocina se quemará tu mano, tu cara, tu pie de ala de pollo. No, no juguemos con fuego. Mírame sin parpadear. Seré médico, abogado, padre, arquitecto, me casaré con mamá. Escondo la lengua, porque no digo lo que no tengo que decir. Desde que tú estás por acá, todo está a medias, desordenado, sucio.

A veces papá llega tarde, escucho el sonido de los pantalones de cotelé cuando sube la escalera apurado y entra a la pieza donde está mamá. Lo escucho desde que pisa el linóleo del vestíbulo, luego cuando sigue por los peldaños alfombrados. Cuando entra en nuestro cuarto, yo estoy listo para darle un beso y decirle «hola», pero él sumerge la cabeza en tu cuna y me ignora. Yo cuento uno, dos, tres, cuatro: sé retener el aire.

Benjamina que no hablas, balbuceas tonteras que nadie entiende. Papú, tata, papa, upa. Corre que te pillo, corre que te... ¿Cómo te llamas?, ¿cuál es tu seudónimo? Nómbrame, sólo eso te pido, llámame con tu primitivo lenguaje. No tolero que me mires sin saber quién soy, sin siquiera pronunciar mis sílabas. Tienes el tórax chato y las caderas estrechas. Te mueves sin gracia, balanceando piernas y brazos sin tener pleno control de nada. ¿Y si te llevo a pasear en el coche y te dejó en la mitad de la calle? «Le juro, mamá, me di vuelta un segundo y ¡zas! que no estaba la niña. Alguien la raptó, el hombre del saco o quizás fue una gitana que andaba echando la suerte en la plaza. Me quedé columpiándome toda la tarde por si volvía al lugar de los hechos».

Púber entrometida, qué es lo que quieres que entrevea en tus ojos escurridizos, demasiado plomizos aún para determinar su azul mestizo. Sí, me salió rima ¿y qué? Acaso no puedo hablar como un poeta. Me ofreces tu sonrisa lactante, yo entrecruzo las piernas y te sonrío de vuelta. Acaricio tu pelo entrecano y te doy un entremés crudo, pero alimenticio. Un bocado para tu hocico de pescado. ¿Quieres ser mi esposa, casarte conmigo para toda la vida o durante estos sesenta segundos? Le vendo los ojos a la gallinita ciega, que pierde una prenda por cada desacierto. Estamos en la pieza oscura, nos enfrentamos en las tinieblas. ¡Prenda, prenda! El ave de corral erró en una de sus carreras. Pero después quedé inmóvil, con la mirada en negro por el golpe que me acertaste al final del juego. Guíñame un ojo, chicoca, si eres tan lista, si sabes quién es el asesino.

Siamesa entrañable, fraterna consanguínea, juguemos mientras espero que te conviertas en mi novia, en mi señora, mi mujercita, mujerzuela. «Tráeme el diario, sírveme desayuno, el café me gusta más cargado y con menos azúcar». Antes de ayer supe que era el elegido. Soñé contigo, ya te habían salido los dientes. Pero sólo duraban unas horas y se te caían. Yo me los llevaba a mi boca y los iba triturando con mis muelas para escupirlos debajo de tus sábanas. Tu camita, un cementerio de incisivos, encías y molares. Nena, no te asustes, soy el doctor, expongo mi impresionante instrumental, late el corazón, tiene el trasero cocido, aceite todas las noches. «Abra la boca, la lengua afuera, diga aaa, respire profundo, abra las piernas; sí, sin miedo, es sólo para ver que todo marcha bien». Como todos los bebés, aúllas de hambre en los cojines de raso de los nidos, aún sigo aquí escuchándote, yo me pregunto cuándo te callarás o harás una pausa entre los lamentos. ¿Quieres que me deshaga de ella?, digo yo despacito cuando mamá se pasea nerviosa. «Hijo, ¿has dicho algo?». Pero ella llora, no deja escuchar lo que decimos en el antejardín, prestas más atención a su apetito voraz.

Mamá dice algo al teléfono: «no soy yo, no puedo cuidarla, temo hacerle daño». Observo a mamá, la piel transparente, el vientre redondo, las piernas flacas, la mandíbula temblando. Una vez simulé una caída estruendosa en el piso. Me dio la impresión de que mis huesos eran tablas como si yo entero fuera de madera. Mi madre corrió por las escaleras, buscó un paño y lo puso con sumo cuidado en mi regazo. Yo me quejaba, pero cuando vi que estaba a punto de romper en llanto, dije que estaba bien, que había sido sólo un tropiezo. Me llevó en brazos hasta mi dormitorio para asegurarse de que no me cayera, provocando otro desastre.

«Miguel, tu mamá necesita ayuda, la dejaremos tranquila, vendrá alguien a cuidarlos». Escuché inmóvil diciendo para mí mismo: «Mamá, has dejado de quererme, reconócelo, se deja de querer despacito, de desilusión en desilusión, de tristeza en tristeza». Me restregaba la piel de los nudillos, hasta arrancar un pedazo de piel que rodaba hecho una viruta; la verdad es que no sangraba por el sitio donde me había herido. Yo actuaba como si no supiera nada. Antes de que viniera el médico yo sabía que todo estaba terminado, que nunca más íbamos a ser la familia de antes. Lo sabía incluso antes de ponerme los calcetines y los zapatos para ir a conocer a mi hermana al hospital el día que nació. Cuando llegaron a casa, sólo por consideración a ella, actué como si estuviera contento con su presencia. Sentí toda la agitación de la llegada –regalos, bolsos, puertas– mientras estaba encerrado en el baño. Finalmente, bajé las escaleras mientras me repetía: «Nada ha cambiado, sigo siendo el chico que reina en su hogar, el chico que siempre le gana a los demás».

La niñera tiene una misión: asegurarse de que me porte bien, y que tú llores lo mínimo. Nunca dice nuestro nombre, nos trata con un genérico «niños». No se ha dado cuenta de que somos diferentes. Todas las tardes la señora arrodillada, con los brazos en el agua, me da un baño y luego me espera sujetando una toalla grande. La niñera nos lleva a la plaza y conversa con sus amigas. Me pongo a jugar en el cajón de arena, he llevado rastrillos, baldes y una pala. Cavé una zanja a lo largo, en movimientos mecánicos demasiado enérgicos. Me sentí un sepulturero. Escarbé otra pequeña zanja. Mis uñas se llenaron de granos de arena. Cuando me entristecí, comencé a hacer montoncitos. La niñera hablaba con la vecina, la escuché como si estuviera oyendo algo de lo cual no supiera nada: «la madre está mal de acá». «Acá» era un gesto que apuntaba con un movimiento de espiral a la sien derecha. Cuando ella hace el aseo y pasa bruscamente la aspiradora en nuestro cuarto pienso a juzgar por las masticaciones turbulentas de la máquina que parece tragar sillas, cortinas, juguetes; que un día podrías desaparecer por el tubo.

Hubo ocasiones en que me llamaron para que entrara a casa y estuviera impecable porque venían visitas a ver a mi hermanita, pero nadie reparó en mis pantalones limpios ni en mis zapatos lustrados. Escondo el chupete y te da un ataque, te pones roja, abres tu boca que es como una caverna de estalactitas. No me vengas con quejas, tranquilízate. No te alteres. Una voz llamándonos: «hijos, ¿qué están haciendo?». Creo que dije tu nombre muy despacio y cerré la puerta. Agito el cascabel para no escuchar tu llanto entrecortado, que ahora se convierte en hipo. Me tapo los oídos y tus chillidos traspasan mis tímpanos. Tomo el elefante de peluche y te hago mimos. No soporto que solloces. La trompa afelpada te toca los labios, arriscas la nariz. Te abrigo fuerte con la mantilla a croché que te tejió mamá mientras crecías impaciente en su barriga, desbordando su cuerpo monstruoso.

Bebé entrometido que sólo cruzas miradas conmigo, ¿qué te traes entre cejas? Yo te entronizo como la segundona, y yo como el primogénito. Acaricio mi corona de soberano, tú eres mi súbdita, pequeña holgazana, que sólo sabes dormir. «Arrurrú mi guagua, duerme mi angelito». Nuestros padres quieren enlazarnos, que nos sintamos uno, que te cuide cuando lloras, que te acompañe cuando estás sola; si pasa algo, yo tengo la culpa; yo soy el malo, el horripilante criminal. ¿Sabes?, estoy cansado de tanto entuerto. Meona, mamona, mocosa. Chiquilla sin dentición, ya te saldrán los colmillos que afilarás en la vida. Es hora de que te destetes. Enumero: uno-dos-tres; siempre hay un sólo ganador, el otro sobra. ¿Tú o yo? ¿A quién quieres más, mamá?; no mientas, no se puede querer a dos hijos por igual, no exactamente igual. No te conmuevas, no sientas pena de ti. Cabra chica, un gesto tuyo me irrita, un gesto de desprecio, una lengua pequeña que chasquea se burla de mis dilemas. ¿Por qué no te doy un baño? Se elimina tu olor ácido y te relajas. Tomo los patitos de hule que alguna vez fueron míos, abro la llave, escucho el siseo del agua, hago rodar las gomitas que flotan. Te quito el vestido, lo dejo en el suelo, me demoro, intento cubrirlo con un paño y te libero de los pañales mientras estaba atento a las burbujas del jabón cuando te puse desnuda en el agua tibia. Me observas con agradecimiento, se te achinan los ojos grises. Respira conmigo, vamos. Me envalentono, antes de saber a quién prefiere mamá te hundo en la tina. Es sólo un juego, no te pongas morada, te ves fea, es una broma. Uno... el único heredero del amor de mamá; dos... el preferido soy yo. Vamos trata de respirar. Tres. Uno. Dos. Tres…momia es.

Wame M. Molefhe - "Lluvia de Botsuana"

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Cuentista y autora de literatura infantil botsuanesa. Sus cuentos se pueden etiquetar como literatura social. En ellos está presente la situación de la mujer, de gays, lesbianas o trans o los conflictos entre tradición y modernidad en la sociedad de Botsuana.
El cuento pertenece al volumen “Ve, cuéntaselo al sol” de 2011.
La versión es la de Federico Vivanco.


Fue mi madre quien llamó para contármelo. Lo hizo, a esa hora intempestiva de la noche, cuando se transmiten normalmente los mensajes de que alguien ha nacido o muerto. Sentí la vibración del móvil que estaba en la mesita de noche.
—Sethu —dijo cuando atendí—, tengo que darte una triste noticia.
Supe entonces que sería grave. Era raro que mi madre me llamara por el nombre que solía usar cuando yo era niña, y más raro que no supiera elegir las palabras adecuadas.
—Kgomotso se ha marchado.
—¿A qué te refieres con que se ha marchado, mamá?
—Ha fallecido.
—No, mamá... ¿Cómo?... ¿Cuándo? —susurré.
Presioné el móvil sobre mi oído y esperé a que hablara. La escuchaba respirar, oía los latidos mi corazón en la cabeza. Me arrepentí de haber preguntado la causa de la muerte de Kgomotso, pero necesitaba saberlo, aunque yo misma despreciaba la forma en que la gente de Botsuana indagaba sobre la causa del fallecimiento de una persona; de la misma forma en que una enfermera buscaba en tu brazo la vena correcta de donde extraer la sangre.
—Se suicidó. Su cuerpo fue encontrado ayer. El funeral será este sábado. Y… Sethu, te dejó una nota.
¿Una nota? ¿Por qué Kgomotso se quitó la vida y por qué me dejó una nota? El miedo se esparció por mi estómago como quien deja caer una piedra en una gaseosa de cola.
Thato estaba dormido a mi lado. Dormía profundamente, como lo hace nuestro bebé, con la boca ligeramente abierta y un brazo envolviendo su cabeza.
¿Qué pasa si la nota de Kgomotso revela mi secreto? Me escabullí de la cama cuidando de no despertarlo, preguntándome si alguna vez volveré a dormir de forma tan plácida.
*
Cuando era niña la vida llevaba un orden. Los inviernos eran fríos y secos, los veranos calurosos y húmedos, tal como decía el libro de texto de geografía sobre el clima de Botsuana. Los días de lluvia corría afuera y chapoteaba dejando que el lodo se me escurriera entre los dedos de los pies. Agitaba mis manos al aire gritando «Lluvia, lluvia, hazme crecer», mientras me dedicaba a perseguir grillos blindados que aparecían con el arco iris como soldados en marcha.
Después de la lluvia, jugaba al fútbol descalza en la arena, y no me importaba que la gente me confundiera con un niño. Cuando el sol ardía, descansaba en la sombra con las piernas flexionadas y los codos sobre las rodillas. Mamá se acercaba de forma sigilosa detrás de mí, para aplaudir como un relámpago crepitante y decía «¡Sethunya! Siéntate como es debido, no como un campesino». Estiraba las piernas presionando los muslos, para parecerme más a una señorita.
En aquel entonces, Kgomotso era mi mejor amiga. Tenía diez años cuando su familia se mudó a la casa en nuestro callejón sin salida. Nos gustaba tumbarnos juntas de espaldas bajo el árbol de marula, cogidas de la mano, y succionar su fruta amarilla. Ella era una soñadora, incluso en aquel entonces. Le contaba una historia tonta y se partía de la risa. Decía: «Shhhh, Sethunya. Escucha. El viento me está susurrando mi futuro... escucha. Dice que un día volaré a una tierra lejana donde podré ser lo que yo desee».
Cuando mis caderas de niña ganaron volumen, las nalgas se redondearon y suavizaron y mis senos del tamaño de la marula se hincharon en el pecho, mamá me dijo: «Los niños son un problema. Huye de los problemas».
Pero ella no debería haberse preocupado. ¿Muchachos? No me interesaban. Era la persona más feliz del mundo cuando estaba con Kgomotso y no quería compartirla. Cuando todas las chicas de mi clase cuchicheaban y reían como tontas por los chicos, para indagar a quién le iban a preguntar si acudirían al baile de la escuela, a mí realmente me tenía sin cuidado. Aun así, les seguí el juego. No quería ser la rarita. 
A medida que crecía, la vida me puso a prueba. Casa. Colegio. Iglesia. En todas partes, parecía como si me estuvieran echando en un molde.
En la escuela tenía que memorizar qué hacía diferente el polvo a la tierra. Luchaba para recordar si había que barrer primero y luego abrillantar, abrillantar primero y luego barrer. En casa mamá preguntaba: «¿En qué clase de mujer te vas a convertir?». A medida que crecía, su pregunta mutaba a: «Oh, Madre del Amor Hermoso, ¿qué clase de esposa serás?». Me esforzaba por ser una hija obediente, una buena mujer.
Todos los domingos me vestía con mi conjunto floral de dos piezas para asistir a la misa matutina. Cada vez que el padre Simon advertía «el infierno arde más que el fuego» y ordenaba «expulsar al diablo», sentía llamas que chamuscaban mi cuerpo y me retorcía en mi asiento. Enseñaba en la escuela dominical, era parte del coro de la iglesia y temía al Señor. Quería con todas mis fuerzas ser hija de Dios y poder ir al cielo donde todos éramos familia y donde todos éramos felices.
Me esforzaba para apagar esa cosa que habitaba en mí y que impedía que me durmiera por la noche deseando estar con Kgomotso. No podía decirle que no a ella. Cuando me abrazó y me apretó contra su cuerpo, prometí que nunca volvería a suceder.
*
Mi amor por Kgomotso era como la lluvia de Botsuana. Impredecible. Se lo entregaba con moderación. Cuando ella respondía, yo contenía mi amor. Entonces se aferraba a mí, como un puñado de hierbas que crecían profundamente en la grieta de una roca, tratando de absorber la máxima humedad posible.
Pero Kgomotso estaba muerta... ¡No! Había partido a esa tierra lejana que soñaba con delicados rosas y verdes pasteles, donde el sol no brillaba demasiado y ya hacía un tiempo los corazones de las personas se secaban y endurecían como el biltong, la cecina. Al menos, este pensamiento me consolaba.
*
Reviví la última vez que la visité. Me había llamado, diciendo que necesitaba hablar. Nos encontramos en su casa. Cuando me abrazó, dejé que mis brazos se quedasen suspendidos. La noté distante; sus palabras moraron en mí, incluso después de haberme marchado, como charcos después de la lluvia, turbios y marrones, ocultos tras las rocas, debajo de la superficie.
*
—¿Piensas a veces en mí? —quería saber.
—A veces —respondo.
—¿Lo amas?
—Por supuesto. Es mi esposo.
—Tal vez podrías visitarme… de vez en cuando.
No respondí.
—¿Has pensado alguna vez en suicidarte?
Su pregunta me dejó perpleja. «Jamás. El suicidio es un pecado mortal», le respondí utilizando la voz de mi catequista dominical. Mis palabras paralizaron sus preguntas. Me preparó un café, con dos azucarillos, sin leche, de la misma manera que lo hacía yo.
Me observaba mientras yo comía la tarta que me había ofrecido; de chocolate, mi favorita. Pero pronto el silencio entre nosotras se hizo insoportable.
Me marché.
*
Aunque no quería, Thato me acompañó al funeral de Kgomotso. Era mi esposo y siempre hacía lo correcto; así era él. Condujo en silencio desde nuestra casa a la de ella. Me quedé mirando por la ventana preocupada por lo que la nota de Kgomotso pudiera revelar.
Su casa parecía más lejos de lo que recordaba, pero tal vez era porque Thato conducía despacio. La lluvia había removido el pavimento de la carretera, para crear un mosaico de gravilla, alquitrán y baches. Cuando íbamos acercándonos a su casa, vi a una mujer sentada sola a la sombra de la marula, el árbol donde solíamos estar con Kgomotso, fingiendo ante el mundo que solo éramos amigas.
*
Mientras Thato conducía, recordé cuando lo conocí. Yo tenía veintitrés años y él acababa de regresar del extranjero. Tocaba el órgano y cantaba en la iglesia. Me enamoré de su voz. Al cantar, las notas resurgían desde el fondo de su garganta y se expandían por el templo. Se reía fácilmente. Sus hombros eran anchos y me ganaba en altura; tenía que inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos. Me había acompañado a casa, después de los ensayos del coro, durante algunas semanas.
Una noche me preguntó: «¿Tienes novio?».
—No.
—¿Y eso? ¿Cómo puede ser que una chica tan bonita y que su nombre signifique “flor” no tenga novio?
—Tal vez estaba esperando a que llegaras tú —le dije con una sonrisa.
Se rio, tomó mi mano y le dio vuelta para depositarla en la suya. Luego acarició la palma. Mi mano parecía diminuta sobre la suya, pero sus caricias eran suaves, como las de una mujer. «Me gustas», dijo, «mucho».
Sonreí. Le gusto a Thato. De todas las mujeres que tenía para elegir, me escogió a mí. Pensé en Kgomotso y retiré la mano. Me miró y dijo: «A veces te miro, Sethunya, y me pregunto si estás aquí conmigo».
Ao? Re mmogo, Thato. ¿Qué? Estoy aquí contigo. No me has visto nunca con nadie más, ¿no?
Negó con la cabeza y dijo: «Un día, Sethunya, me llevarás contigo, a ese lugar donde sueles ir».
Sonreí. Resultaba ser más simple que encontrar las palabras para algo que no podía explicar. En ese momento, aprendí que era más fácil mentir en mi lengua materna.
Después de un año de estar saliendo juntos, Thato envió a sus tíos a mi casa. Llegué a ella y olía a tabaco de ron y arce. Su tío, un fumador de pipa, había venido para decirles a mis tíos que su sobrino buscaba una segametsi, una portadora de agua. El aroma de la pipa no se había diluido en la habitación, cuando mamá ya estaba llamando al padre Simon para anunciarle «Sethunya se va a casar». Un mes más tarde llegaron diez cabezas de ganado, vivas, con Thato corriendo detrás. Nuestras familias habían hablado. Me convertiría en la esposa de Thato.
Vi orgullo en el balanceo de caderas de mamá al dirigirse hacia el banco de adelante en la iglesia. Mantenía la cabeza erguida como si estuviera portando sobre ella un cubo lleno de agua. Escuché cuando, en el verso final, las notas musicales que reproducía vibraban más alto que todas las demás. Sentí su placer mientras acariciaba las suaves sedas con las que dijo que me haría un hermoso vestido de novia.
Su emoción era contagiosa. El día de la boda, llevaba un vestido blanco con una larga cremallera y unas pinzas que me levantaban los pechos, y me rozaba desde los muslos hasta los tobillos. Tenía una cola que barría todas mis dudas debajo de la alfombra roja que conducía a la iglesia. Repetí las palabras del Padre Simon, que amaría y obedecería a mi esposo, tanto en la enfermedad como en la salud, y recité el resto de palabras destinadas a definir el matrimonio.
Cuando el padre Simon dijo: «Ahora los declaro marido y mujer», Thato levantó impaciente mi velo para besarme. Sonreí, recatadamente como una buena mujer. Con nuestras manos unidas, bailamos al ritmo de «Fiela, fiela, fiela ngwanyana»(1) mientras un grupo de extraños se concentraban conforme nosotros saludábamos a la congregación. Marido y mujer. Comenzó a lloviznar cuando salimos de la iglesia. Pequeñas gotas de agua se entremezclaban con el confeti mientras todos coincidían en que habíamos sido bendecidos.
«Recuerda agradecerle al Señor por darte un esposo tan maravilloso», dijo mi madre.
En la primera mañana de nuestra vida de casados, mientras descansaba junto a Thato, seguía lloviendo. Las suaves gotas golpeaban las ventanas con un tímido tamborileo, en contraposición a las tormentas de Botsuana que generalmente tronaban como si Dios estuviese enfurecido.
Giré la mano de un lado a otro y vi brillar mi anillo. Quería quedarme quieta en la cama y oír la lluvia; escuchar mis pensamientos. Cerré los ojos y olí a coco y fresa. Mientras me acordaba de Kgomotso, sonreí con tristeza.
—Dime, Sethunya. Sabes que puedes contarme lo que estás pensando —susurró Thato mientras trazaba mis labios con su dedo.
—Oh, solo estoy feliz por la lluvia —repuse, pero sus palabras lograron robarme una sonrisa haciendo que me escabullera de sus brazos. Si no hubiese hablado, estropeando mis recuerdos, me habría quedado.
Cuando Thato me dijo que me amaba, contuve mi cuerpo a la espera de otra sensación, la misma que me arrastraba en una ola cuando Kgomotso me rozaba el cuello con los labios. Cuando olía el dulce coco de sus cabellos, cuando sus labios sabían a fresa. Mis pezones se endurecían como si fueran ligeramente besados por una fría brisa y sentía calor en zonas cuyos nombres no podía pronunciar en voz alta. Luego ella tomaba mi mano entre las suyas y reposábamos juntas en su cama, volando a aquellas tierras que yo solo había soñado.
Pensaba en Kgomotso mientras yacía junto a mi esposo; en cómo el silencio no era una amenaza para ella, no la inquietaba como a Thato.
Recordé cómo le había hablado de él. Fue un domingo después de la iglesia, el día en que solía ir a verla. Esperé a que se acomodara en el sofá y luego tomé la silla más alejada de ella.
—¿Cómo te lo cuento? Sabes que me he estado viendo con Thato, ¿no?
—¿Viéndolo? Dijiste que era un buen amigo.
—Es un buen amigo... un muy buen amigo. Me ha pedido que me case con él. Le he dicho que sí. Nos vamos a mudar. Tiene un trabajo, en Johannesburgo.
Ella miró hacia otro lado, desconcertada como un pájaro que se da contra el cristal de la ventana. Luego me miró y dijo: «Pobre Thato. Estás cometiendo el mayor error de tu vida, Sethunya».
—Pero, Kgomotso, sabías que esto sucedería algún día. ¿Cómo quieres que termine esto? Vivo con el miedo a ser descubierta. Imagina la vergüenza. La policía... la cárcel...
—Ah, es tu vida. Sigue mintiéndote a ti misma.
No pude responder. No me acompañó hasta la entrada como solía hacerlo. Solo cerró la puerta principal cuando salí. No sé si me vio caminar hacia la verja. No miré hacia atrás. ¿Qué sabía ella sobre el amor legítimo?
Dejé de ir a su casa después de ese día, evité los lugares que ella frecuentaba. Cuando la veía por la calle, la saludaba con educación, como lo hacía con la gente mayor, «Dumela mma. O teng, mma?»(2). Cada vez que se mencionaba su nombre, fingía no escucharlo; o hacía eco de las palabras que otras personas decían cuando hablaban de ella. Le ponían motes horribles, decían que pretendía parecerse a un hombre, que todo lo que necesitaba era uno que la curara, que estaba enferma, que qué le pasaba a la chalada esa.
Pero cuando me encontraba sola, recordar a Kgomotso me llenaba de anhelo. Pensaba en sus ojos de liebre, que la hacían parecer adormilada, imaginaba acariciar su suave piel oliva y besar su nariz, que era pequeña y puntiaguda dentro de un rostro ovalado.
*
El sol brillaba cuando apenas llegamos a la casa de Kgomotso. Pero a medida que el servicio fúnebre avanzaba, unos nubarrones comenzaron a juntarse, igual a como se amontona el ganado. Pronto, la lluvia golpeó la tierra y lanzó al aire el olor del suelo recién mojado.
Había escogido un traje con cuidado y cubrí mi temor dentro de un uniforme de respetabilidad. Llevaba un vestido del tamaño de una tienda de campaña, un chal sobre los hombros, un doek en la cabeza y unas gafas oscuras de sol. Caminaba al lado de mi marido, con altos tacones que hacían ruido, como si estuvieran chapoteando o besando la tierra empapada. Me estaba comportando como una buena mujer motsuana.
Mientras bajaban el cuerpo de Kgomotso a la tumba inundada, el ataúd entraba chocando y dando golpes a los lados del hoyo. Los hombres lo rellenaron con sus palas provocando que el sonido seco del barro contra la madera devorase mi alma. Thato se quitó la chaqueta, cubrió mis hombros con ella y luego cogió también una pala. Observé los músculos de sus brazos mientras cubría a mi amante con tierra. Sentí el escozor de las lágrimas, parpadeé y parpadeé para evitar que cayeran.
Cuando entré en la casa para ofrecer mis respetos, la madre de Kgomotso me dio un sobre. Sentí que me observaba mientras le daba la vuelta al meterlo en mi bolso. Más tarde, lo saqué y lo abrí lentamente:

S
No pude soportarlo. Me voy a un lugar mejor.
Kgomotso


Eso fue todo. Después de leerlo lo doblé de nuevo.
Sus palabras fueron tan insípidas como la comida del funeral, pero lo entendí. Había firmado su nombre con su característico lazo gigante en la “g” y líneas dobles debajo. Recordé cómo solíamos practicar nuestras firmas.
—No presiones tanto el papel —le decía.
—No puedo hacer florituras como tú, Sethunya.
Quería llorar hasta quedarme sin aire. Quería vestirme de negro y quedarme tumbada como la tradición les exigía a las viudas, envuelta en el dolor, para que todos supieran que había perdido una parte de mí. En cambio, evité llorar, como los hombres. Nadie me dijo «Ao, qué desgracia. Pobre criatura. Ya pasará. Intenta ser fuerte».
Vi que Thato me miraba. No le enseñé la nota, tampoco me pidió verla.
La mañana después del funeral, acostada en la cama junto a Thato, empecé a echarla de menos. Me di cuenta de que debería haberme escapado con ella; deseaba que un día la encontrase en ese oasis donde todos eran felices.
Esto es lo que estaba pensando cuando mi marido tocó mi hombro. Pero me alejé de él y cerré los ojos.
Entonces nuestro hijo gritó: «Papá».
Vi a Thato salir de la cama y levantar a Lerang de la cuna. Lo trajo a la cama, se acostó y se lo puso sobre el pecho.
Nos acostamos juntos en silencio, mi marido, mi hijo y yo.


(1) Fiela ngwanyana es una canción popular que se canta y baila en los casamientos de la etnia tsuana. La canción se titula «Barre chica» y cuenta solo con dos estrofas que se van repitiendo constantemente: Barre, barre, barre, chica / barre chica / no comas en una casa sucia. Tu suegra es una arpía / una arpía de mujer / barre chica / no comas en una casa sucia. [N. del T.]

(2) Forma de saludo. [N. del T.]

Cynthia Ozick - "El chal"

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El cuento más conocido de la autora (y también controvertido).
El cuento fue publicado por primera vez en la revista The New Yorker del 26 de mayo de 1980 (aunque en la web el cuento tiene fecha del 19 de mayo).
La versión es la de Eugenia Vázquez Nacarino.


Stella, fría, fría, la frialdad del infierno. Cómo anduvieron juntas por los caminos, Rosa, con Magda acurrucada entre sus pechos doloridos, Magda envuelta en el chal... A veces Stella llevaba a Magda en brazos, pero estaba celosa de ella. Una niña flaca de catorce años, demasiado pequeña, con unos pechos menudos, Stella quería ir arropada en un chal, oculta, dormida, mecida por la marcha, ser un bebé, una criatura rolliza en brazos. Magda se agarraba al pezón de Rosa, y Rosa nunca dejaba de caminar, una cuna andante. No había bastante leche, a veces Magda tragaba solo aire y entonces lloraba. Stella estaba hambrienta. Sus rodillas eran tumores sobre dos palos; sus codos, huesos de pollo.

Rosa no sufría el hambre; se sentía ligera, no con la ligereza del caminar sino como si estuviera a punto de desvanecerse, en trance, presa de un paroxismo, como si ya fuera un ángel, alerta y viéndolo todo, pero en el aire, sin tocar el camino, o tambaleándose de puntillas sobre el filo de las uñas. Veía la cara de Magda a través de un hueco entre los pliegues del chal: una ardilla en su nido, a salvo, nadie podía alcanzarla en el cobijo de las vueltas del manto. La cara muy redonda, una cara en un espejo de bolsillo; pero no era la tez hosca de Rosa, oscura como el cólera, sino una cara completamente distinta: ojos azules como el aire, suave plumón de pelo casi tan amarillo como la estrella bordada en el abrigo de Rosa. Cualquiera habría creído que era una de sus criaturas.

Rosa, flotando, soñaba con dejar a Magda en uno de los pueblos. Podía abandonar la fila un instante y entregar a Magda a cualquier mujer a la vera del camino; pero si se apartaba de la fila seguramente dispararían. Y aunque saliera una fracción de segundo de la fila y soltara el fardo del chal en las manos de una desconocida, ¿lo cogería la mujer? Tal vez se sorprendería, o se asustaría; tal vez dejaría caer el chal, y Magda se golpearía la cabeza en el suelo y moriría. Su cabecita redonda. Era tan buena niña que dejó de llorar, y luego ya solo mamaba por el sabor del pezón seco. La diestra presión de sus pequeñas encías. Un diente asomaba en la encía de abajo, qué brillante, resplandecía como una lápida diminuta de mármol blanco. Sin quejarse, Magda renunció a los pezones de Rosa, primero al izquierdo, luego al derecho; los dos estaban agrietados, sin rastro de leche. La brecha del conducto extinto, un volcán apagado, ojo ciego, agujero frío, así que Magda empezó a amamantarse con la punta del chal. Chupaba, chupaba, empapando las hebras. El buen sabor del chal, leche de lino.

Era un chal mágico, podía alimentar a una criatura durante tres días y tres noches. Magda no murió, siguió viva, aunque muy callada. Su boca exhalaba un olor peculiar, a canela y almendras. Mantenía los ojos abiertos en todo momento, se olvidó de pestañear o de dormir, y Rosa y a veces Stella observaban su intenso color azul. En el camino levantaban el peso de una pierna después de la otra y observaban la cara de Magda. «Aria», dijo Stella con un hilo de voz, y a Rosa le pareció que Stella miraba a Magda como una joven caníbal. Y cuando Stella dijo «aria», a Rosa le sonó como si en realidad hubiera dicho «Vamos a devorarla».

Pero Magda vivió hasta que pudo caminar. Llegó a caminar, aunque no muy bien, en parte porque solo tenía quince meses y en parte porque las varillas de sus piernas no podían sostenerle la barriga, llena de aire, hinchada y redonda. Rosa le daba casi toda su comida a Magda, Stella no le daba nada; Stella estaba hambrienta, al fin y al cabo también era una niña en edad de crecer, aunque no crecía mucho. Stella no menstruaba. Rosa no menstruaba. Rosa estaba hambrienta, pero a la vez no lo estaba; aprendió de Magda a beber el sabor de un dedo en la boca. Estaban en un lugar sin piedad, toda la piedad de Rosa quedó aniquilada, miraba los huesos de Stella sin piedad. Estaba segura de que Stella esperaba a que Magda muriera para hincarle el diente a sus pequeños muslos.

Rosa sabía que Magda moriría muy pronto; a esas alturas ya tendría que estar muerta, pero se había quedado enterrada en las profundidades del chal mágico, confundida con el bulto tembloroso de los pechos de Rosa; Rosa se ceñía el chal como si solo la cubriera a ella. Nadie se lo quitó. Magda era muda. Nunca lloraba. Rosa la escondió en los barracones, tapada con el chal, pero sabía que un día alguien la delataría; o que un día alguien, puede que ni siquiera Stella, robaría a Magda para comérsela. Cuando Magda empezó a caminar Rosa supo que moriría muy pronto, que algo pasaría. Temía quedarse dormida; dormía apresando el cuerpo de Magda con el muslo; le daba miedo asfixiar a Magda bajo su peso. El peso de Rosa era cada vez menor; Rosa y Stella se iban transformando poco a poco en aire.

Magda estaba callada, pero sus ojos seguían terriblemente vivos, como tigres azules. Vigilaba. A veces se reía; parecía una risa, pero ¿cómo iba a serlo? Magda nunca había visto reír a nadie. Aun así, Magda se reía cuando el viento levantaba las puntas del chal, el viento malo con residuos negruzcos que hacía que a Stella y a Rosa les lloraran los ojos. Los ojos de Magda estaban siempre claros, sin lágrimas. Vigilaba como un tigre. Custodiaba su chal. Nadie más que Rosa podía tocarlo. A Stella no se lo permitía. Magda se aferraba al chal como si fuera su propia criatura, la niña de sus ojos, su hermana pequeña. Se enredaba en él y chupaba una de las puntas cuando quería quedarse muy quieta.

Entonces Stella le quitó el chal e hizo que Magda muriera.

«Me había quedado fría», diría luego Stella.

Y después fue siempre fría, siempre. El frío caló en su corazón; Rosa vio que Stella tenía un corazón frío. Magda avanzó a trompicones con sus piernas de palillo y fue zigzagueando de un lado a otro en busca del chal; los palillos flaquearon en la entrada del barracón, donde empezaba la claridad. Rosa la vio y fue tras ella, pero Magda ya estaba en el patio de los barracones, a la alegre luz del día. Era el recinto donde pasaban lista. Cada mañana Rosa tenía que esconder a Magda debajo del chal arrimada contra una pared del barracón y salir a formar en el patio con Stella y centenares más, a veces durante horas; Magda, abandonada, se quedaba bajo el chal sin hacer ruido, chupando una de las puntas. Cada día Magda guardaba silencio, y por eso no murió. Rosa vio que ese día Magda moriría, y al mismo tiempo sintió que una alegría parecida al horror le recorría las palmas de las manos. Los dedos le ardían, estaba atónita, febril: Magda, a la luz del sol, tambaleándose sobre sus piernas de palillo, empezó a aullar. Desde que a Rosa se le habían secado los pezones, desde el último grito de Magda en el camino, no había salido una sola sílaba de su garganta; Magda era muda. Rosa creía que le pasaba algo en las cuerdas vocales, en la tráquea, en la cavidad de la laringe; Magda era deficiente, sin voz; quizá fuera sorda; puede que sufriera algún retraso mental; Magda era lela. Incluso la risa que le salía cuando el viento salpicado de ceniza convertía el chal de Magda en un payaso, era solo el aire que se le escapaba entre los dientes. Incluso cuando los piojos, los piojos del pelo y del cuerpo, la enloquecían tanto que se ponía rabiosa como una de las grandes ratas que saqueaban los barracones al romper el alba en busca de carroña, ella se frotaba y se rascaba y pataleaba y mordía y se revolcaba sin una queja. Sin embargo, ahora la boca de Magda derramaba la cuerda larga y viscosa de un grito.

«Maaaa...»

Era el primer sonido que salía de la garganta de Magda desde que a Rosa se le habían secado los pezones.

«¡Maaaa... maaa!»

¡Otra vez! Magda titubeaba bajo el peligroso sol del patio, zigzagueando sobre sus patéticas canillas arqueadas. Rosa lo vio. Vio que Magda lloraba por la pérdida de su chal, vio que Magda iba a morir. Una oleada de órdenes martilleó los pezones de Rosa, ¡ve, recoge, trae!, pero no sabía qué hacer, si ir antes a por Magda o a por el chal. Si saltaba al patio y alzaba a Magda en brazos, los aullidos no cesarían, porque Magda seguiría sin el chal; en cambio, si volvía corriendo al barracón a buscarlo, y si lo encontraba, y si perseguía a Magda sacudiéndolo para que lo viera, podría llevarla de vuelta, y Magda se metería el chal en la boca y sería muda otra vez.

Rosa se adentró en la oscuridad. Fue fácil descubrir el chal. Stella dormía arropada con él, encogida, en los huesos. Rosa le arrancó el chal y volvió volando —podía volar, era solo aire— hasta el patio. El calor del sol murmuraba sobre otra vida, sobre las mariposas en verano. La luz era plácida, suave. Al otro lado de la alambrada, a lo lejos, había prados verdes salpicados de dientes de león y violetas de un color muy vivo; detrás, un poco más lejos, inocentes lirios atigrados, altos, erguían sus tocas naranjas. En los barracones se hablaba de «flores», de «lluvia»: excrementos, cagarros prietos, y la cascada fétida y parduzca que se derramaba lentamente de los catres superiores, el hedor mezclado con un humo acre y grasiento que flotaba en el aire y a Rosa se le pegaba en la piel. Se detuvo un instante en el margen del patio. A veces parecía que la electricidad de la alambrada susurrara; incluso Stella decía que solo eran imaginaciones suyas, pero Rosa oía sonidos reales en el alambre: voces ásperas y tristes. Cuanto más alejada estaba de la valla, con más claridad la acosaban las voces. Clamaban con lamentos tan convincentes, tan fervorosos, que resultaba imposible sospechar que fueran fantasmas. Las voces le dijeron que levantara el chal en alto; las voces le dijeron que lo agitara, que lo hiciera ondear en el aire, que lo desplegara como una bandera. Rosa lo levantó, lo sacudió, lo hizo ondear en el aire, lo desplegó. Lejos, muy lejos, Magda se dobló por la cintura con su barriga llena de aire y levantó las varillas de sus brazos. Iba en alto, elevada, cargada sobre el hombro de alguien. Pero el hombro que cargaba a Magda no se acercaba hacia Rosa y el chal, sino que se alejaba, y Magda se hacía cada vez más pequeña en la distancia brumosa. Por encima del hombro relucía un casco. La luz golpeteaba en el casco y lo transformaba en un cáliz centelleante. Bajo el casco, un cuerpo negro como una ficha de dominó y un par de botas negras se precipitaban en dirección a la alambrada. Las voces eléctricas empezaron a parlotear desquiciadas. «Maaamaaa, maaamaaa», susurraban todas a la vez. ¡Qué lejos estaba ahora Magda de Rosa, al otro lado del patio, separadas las dos por una docena de barracones, en el extremo opuesto del recinto! Era apenas más grande que una polilla.

De pronto Magda estaba surcando el aire. Magda, toda ella, viajaba por las alturas. Parecía una mariposa a punto de posarse en una vid plateada. Y en el momento en que la cabecita redonda de Magda, sus piernas de palillo, su barriga hinchada como un globo y sus brazos en zigzag chocaron contra la alambrada, las aceradas voces enloquecieron en sus gruñidos y apremiaron a Rosa a correr hasta donde Magda había caído en su vuelo contra la valla electrificada, pero por supuesto Rosa no las obedeció. Se quedó donde estaba, porque si corría, dispararían, y si intentaba recoger las astillas del cuerpo de Magda, dispararían, y si dejaba salir el aullido de lobo que le subía ahora por la escalera del esqueleto, dispararían; así que agarró el chal de Magda y se lo metió en la boca, poco a poco, hasta que se pudo tragar el aullido de lobo y sintió el regusto a canela y almendras de la saliva de Magda; y Rosa bebió el chal de Magda hasta que se secó.