Fue la primera vez de ese corrientazo, el que viene desde el centro hacia arriba, ese que Amalia no iba a entender hasta mucho tiempo después. Tenía nueve años. Durante el descanso, jugaba a la lleva en el patio con Checho, Felipe y Mariana. Corría a todo galope como un caballo desbocado, tan rápida, tan ágil, que ni Felipe, que era el mejor de Educación Física, podía atraparla, hasta que a Amalia le entraron esas ganas de ir al baño, esas ganas que había aguantado en la clase de Inglés, las mismas que suprimió para no ganarse un regaño de esa profesora malgeniada a la que le tenía miedo. De reojo, mientras corría y corría con Checho respirándole en la nuca, Amalia miró a Mariana y en pequeños segundos repasó su mirada hasta la puerta del baño. Mariana lo supo con muy poco, levantó su mano derecha, la agitó en el aire y gritó: Taaaaaaaaaaacho. Hizo ese gesto, el que todos entendían. Bajó su mano derecha del aire y aterrizó la palma sobre su mano izquierda, que ya la esperaba con el dedo índice levantado. Tachooooo, remachoooo, volvió a gritar, y hurgó el dedo índice en su palma. Todo se detuvo con un freno seco. Nadie más corrió para atrapar a Amalia. Tenemos que ir al baño, volvió a gritar Mariana en la mitad del patio. Amalia estaba congelada por el grito, a punto de orinarse en los calzones, pero Mariana tomó su mano, la apretó y corrieron juntas.
Novelista, poeta y cuentista colombiana.
El cuento pertence al volumen "Qué te hizo apagar la luz y quedarte dentro" de 2025.
Al baño de las niñas no se entraba sola porque en ese baño era donde las de bachillerato hacían invocaciones de fantasmas y jugaban con la tabla ouija. Se entraba de a dos o tres porque, si algún día llegaba a aparecerse algo, ninguna de las niñas quería correr el riesgo de que dijeran que lo había inventado. A pesar de los rumores, Amalia entró al último baño, al que casi nadie iba porque era el más viejo, el de la puerta más rayada y en el que probablemente hacían aquello de llamar a los fantasmas. No era que a Amalia le gustara ese baño, de hecho, le sudaban las manos al entrar, pero estaba con Mariana y ese era el baño al que ella siempre entraba porque, según Mariana, mientras orinaba podía leer frases anónimas, groserías y confesiones escritas con marcadores gruesos y Liquid Paper. A Amalia se le bajaba el miedo imaginando que un día sería ella quien iba a pasar al bachillerato, a escribir con esfero, a equivocarse y enmendarlo con corrector, y que quizá, algún día, también iba a tener la valentía de escribir algo en esa puerta o, por qué no, a participar de invocaciones de muertos.
Al terminar, Amalia notó que no había hecho lo que su madre le decía: Nunca, nunca te sientes en el inodoro. Olvidó ponerse en puntitas de pie, olvidó que en los baños hay infecciones que se prenden, que había que desenrollar el papel higiénico y ponerlo en el borde porque si no los orines de alguien se le van a pegar a las nalgas, Amalia, y aún faltaba toda la jornada para llegar hasta su casa. Mientras Amalia tomaba un poco de papel y se limpiaba dos veces hacia adelante, recordó otra de las advertencias, ¡siempre, siempre hacia atrás!, pero ya era demasiado tarde. Luego se subió los calzones blancos, después la licra negra, que era obligatoria con el uniforme de diario, y mantuvo el equilibrio cuando estiró el pie derecho para bajar la cisterna. Amalia se fijó muy bien en que su falda no se le metiera entre los calzones o en el caucho de la licra y, cuando estuvo segura, cruzó la puerta del baño.
Fue poco tiempo, pero a Amalia le pareció que se había demorado mucho, que capaz Mariana se había aburrido escuchando el chorro más largo del mundo, pero no. Mariana estaba ahí sentada sobre el lavamanos, bien entretenida revisándose las puntas del cabello. Yo mejor entro de una vez, dijo Mariana mientras se bajaba del lavamanos y caminaba hacia ese horrible baño que Amalia acababa de desocupar. Amalia tuvo dos pensamientos, aunque parecían uno: pensó que tal vez Mariana entraba al mismo baño que ella por un asunto de confianza, pero luego se le vino a la mente lo que hace unas semanas estaba sospechando: que en realidad Mariana ya estaba rayando la puerta con frases que, a decir verdad, le gustaría leer.
Cuando Mariana entró al baño, Amalia se sintió aliviada de haberlo dejado impecable, como su madre le había dicho que lo hacían las señoritas: con el bizcocho y la cisterna abajo, sin salpicaduras, el papel bien doblado y el agua clara. Nada de qué preocuparse. Cuando Mariana entró y ajustó el pasador, Amalia se dio vuelta al lavamanos, medio abrió la llave para no gastar agua que un niño en África podría necesitar y recordó todas esas instrucciones y advertencias de su madre cuando se cepillaba los dientes. Amalia cerró la llave y caminó hasta el extremo del baño por una gota de jabón. Regresó al lavamanos, abrió con cuidado la llave y se restregó las manos y, luego, sus pequeños dedos de niña, unos contra los otros, unos entre los otros, hasta que se hizo tanta espuma que se le subió a las muñecas y se dio cuenta de que había olvidado por completo desabotonar los puños de su camisa. Ahora sus puños estaban húmedos y en unos segundos estarían mojados. Pensó en su camisa empapada, en el cuaderno que olía a fresitas, en que cuando regresara al salón con los puños húmedos, la tinta de esfero y esa humedad mezclada mancharían sus hojas rosadas.
Amalia se sacó la espuma restregándose con fuerza las palmas, luego los dedos, unos contra los otros, unos entre los otros. Se sacudió las manos diez veces para sacarse el agua, toda el agua, y al final se las pasó por la falda, como hacía Mariana para que estuvieran secas.
Las dos sabían que el secador de manos en el baño de niñas llevaba toda-la-vida dañado y, si querían aire caliente, tendrían que ir al baño de los niños, donde decían que el secador parecía nuevo, quizá porque los niños no se lavaban las manos y según las profesoras eran los que más debían hacerlo. Pero no. Ir al baño de los niños estaba prohibido. Los niños no entraban al baño de las niñas y viceversa. Esas eran las reglas y Amalia las sabía, las seguía, porque seguir las reglas entonces era fácil: ni comer ni hablar ni vender dulces en clase, recogerse el cabello siempre, nada de esmalte en las uñas, prohibidos los papelitos con mensajes, los cuadernos con letras de canciones y los MP3 con música.
Ya con sus manos secas, Amalia desabotonó los puños de su camisa. Los dejó así para que, al correr, al retomar el juego, el viento en el patio —el invisible, el que ella rompía con su velocidad feroz para no dejarse atrapar de Felipe ni de Checho— hiciera las veces, las veces frías, del secador del baño de niños. Amalia divagaba en ese pensamiento, en el aire que le secaría los puños de su camisa, hasta que sonó la cisterna y Mariana salió del baño.
Mariana siguió los mismos pasos de Amalia, desde abrir la llave hasta echarse una gota de jabón. Amalia la miraba, la dejaba cometer, hasta cierto punto, los mismos errores de los que ella antes no se había percatado. Solo hasta que Mariana se lanzó a abrir la llave, Amalia tuvo palabras. Le dijo que se iba a mojar los puños de la camisa si no se la remangaba, se ofreció a desapuntarlos. Mariana le cantó ese pedacito de la canción de Calle 13: Se-ño-ri-ta in-te-lec-tual, la que siempre le cantaba cuando Amalia decía o hacía algo inteligente, como ese día que le pusieron diez por resolver las divisiones en resta o cuando le contó el resumen de ese libro de animales que habían dejado para leer en Semana Santa y del que Mariana no había leído ni el título y, sin embargo, había pasado el examen con una buena nota.
Mariana estiró los brazos llenos de espuma, espuma sobre sus uñas, sobre sus dedos, en las palmas, espuma sobre las líneas de su vida, las que el padre de Amalia le había dicho que todos tenían en las manos, como mapas. Las mismas que, Amalia se había dado cuenta la semana anterior, eran distintas a las de Mariana, cuando los niños de Quinto C las habían interceptado, a ambas, durante el descanso para decirles que se dejaran leer la mano, que querían adivinarles el futuro. Al principio dijeron que la línea de la vida de Mariana, la del centro, era más larga que la de Amalia, y luego pasaron a las otras líneas: a las del dinero, y dijeron que las dos tenían esa línea muy parecida. A pesar de las diferencias, los pendejos de Quinto C habían coincidido en que las dos tendrían una mansión con piscina y, cuando mencionaron la palabra piscina, les escupieron en sus palmas para decirles que de ese tamaño serían: del tamaño de un charco de saliva en la mano.
Amalia le desabotonó los puños de la camisa a Mariana sin dificultad y, lentamente, los remangó hasta sus codos que, se fijó, eran más oscuros que los suyos. Mariana sonrió, se quitó la espuma, toda la espuma, se la sacó de las líneas de su vida, se estregó los mapas de las manos, uno contra el otro, y Amalia se dio cuenta de que a Mariana no le importaba el agua ni los niños de África y sintió pena y tristeza, se le hizo un nudo horrible en la garganta y, mientras el nudo se apretaba, Mariana cerró la llave del agua, por fin, y sacudió sus manos tres veces sobre el rostro de Amalia y, con las gotitas de agua salpicando en sus caras, las dos soltaron risas y el nudo, ese nudo de Amalia, se deshizo sin darse cuenta.
Como era de esperarse, Mariana terminó de secar sus manos húmedas contra su falda y ese fue el gesto para avisar que estaba lista. ¿Vamos o qué?, hizo señas con las manos. Amalia caminó con ella hacia la puerta, pero la dejó salir primero y, antes de que Mariana empezara a correr por el patio para retomar el juego, antes de que descongelara a todos con su regreso, con el regreso de ambas, Amalia se dio cuenta de algo: los calzones de Mariana.
Mariana no usaba licra, o ese día no la llevaba, y una parte de su falda se había quedado metida justo entre sus calzones. Entonces, Amalia le gritó: Marianaaaa, lo hizo con todas las fuerzas del mundo, como nunca antes había gritado en su pequeño mundo donde África era un país que importaba. Lo hizo para impedir que Mariana corriera, para que los otros niños no se burlaran de ella, evitando que su velocidad rompiera todo el viento del patio y lo abriera en dos.
Y este era el instante, el recuerdo que Amalia iba a guardar para siempre, al que volvería durante noches, una y otra vez; el recuerdo milimétrico, los detalles exactos: Mariana girando su rostro hacia Amalia, mirándola extrañada por el alarido que había lanzado. Mariana concentrada en Amalia a pesar del ruido del patio y el sonido del timbre. Mariana preguntándole a Amalia con su nariz arrugada y las palmas extendidas: ¿Qué pasó? Amalia acercándose y halándole el chaleco a Mariana en un movimiento rápido y torpe hasta sentir su cuerpo contra su pecho, hasta poner sus labios junto a su oreja para susurrarle: Se te ven los cucos. Y Mariana con sus labios apretados, pero el gesto en sus ojos de cualquier cosa menos de un crimen, lanzando sus manos hacía atrás, arreglando su falda. Y en fracción de segundos, Amalia reparando en que los calzones que llevaba Mariana, los de patitas de colores, eran tan parecidos a los que ella misma tenía doblados en el cajón de la ropa para el fin de semana, los mismos que se volverían sus favoritos desde ese día. Y Mariana, de lo más tranquila, diciéndole gracias por avisarme y dándole un beso, uno que ella no vio venir, un beso, el primer beso, el remedo de un beso que se estrelló en la comisura de su boca. Ese olor a Bon bon bum de fresa que tenía Mariana, el chasquido del beso cercano a su oído, lo más cerca que unos labios habían estado de los suyos. Un corrientazo subiendo lentamente desde el centro hacia arriba. Esa sensación, sumada a un recuerdo de segundos, duraría para toda su vida, sería la medida inicial de cualquier acercamiento.
Amalia, de nueve años, ese día arrinconó los pocos nudos de garganta que había tenido hasta ese momento, hasta esa corta vida sin sobresaltos. Sin sospechar lo que vendría. Sin presentir que, desde aquella ida al baño, la más larga del mundo, el juego no iba a volver a detenerse nunca más y habría que seguir corriendo así, con todas sus fuerzas, escapando hacia adelante para no dejarse atrapar nunca.





