Mirta Yáñez - "Cortado en dos"

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Novelista, poeta, cuentista y ensayista cuabana, además de guionista de cine y televisión. Es investigadora (es doctora en filología y miembro de la Academia cuabana de la lengua) del discurso femenino en la literatura cubana, con especial hicapié en la narrativa. y sus trabajos. Además, en colaboración con otras investigadoras ha contribuido a difundir la obra de autoras prácticamente olvidadas o poco conocidas en el panorama de la literatura cubana. Es una de las responsables de la antología Estatuas de sal que recoge cuentos de diversas autoras cubanas desde los tiempos coloniales hasta la década del noventa del siglo veinte.
Este cuento se encuentra recogido en dos antologías, El búfalo ciego y otros cuentos de 2008 (antología de cuentos de la propia autora) y Habaneras de 2000 (antología de cuentos de varias autoras cubanas) pero no sé dónde fue publicado por primera vez.


    Están tocando a la puerta, qué pasillo más largo, tanto calor en diciembre, cuánta escandalera la de estos perros ladrando a quién sabe qué. No tuvo que cerrar los ojos para sobreimponerse la imagen de la helada ladera en el terruño gallego, apenas un rato silenciosa cuando los lobos dejaban de quejarse por el hambre durante aquel invierno tan duro. La niñita que entonces ella era, envuelta en la pelliza, las manos cuarteadas por el frío, los lamparones ásperos y despellejados, empuñando a pesar de todo la cubeta de leche recién ordeñada de la vaca Canela. Por cuánto pudiera tener una vaca aquí, en el patio. ¡Barcos a la vela y armas al hombro! Los cuatro perros arremolinados junto a sus piernas achacosas, casi no la dejaban avanzar por el comedor, lleno de muebles modernos. Mira que son incómodos. Y encima de todo esa mesa de pleívu, una desgracia divina. Ya vuelven a llamar a la puerta. ¿Seguiría en pie el establo después de sesenta, válgame Dios, setenta años? Oyó los pájaros revoloteando por el cielo raso, nidos de gorriones y cagaditas en las paredes, su hogar desde que vino a esta tierra. Calorosa y bullanguera como demonio, lo mejor que tiene. ¿No era ésta toda su casa? Y aquella otra. Del portalón y la habitación única para los dieciocho hermanos. Sonaba ahora el timbre eléctrico. Ese ruido le caía como una patada en ya se sabe dónde. Aún se detuvo un rato más en el salón. Cuenta, uno, dos, tres, todavía completos los tres vitrales enmarcados en el cristal mostaza de las ventanas: allí los peces de color amarillo, o morado, o azul, sobre un fondo azul más oscuro, tan diferente al mar espeso y negro de la travesía con las cabezotas metálicas de los submarinos alemanes rondando muy cerca, los dieciocho hermanos apiñados en torno a una cesta con queso y pan negro, nadie se mareaba aunque el peligro acechaba de tantas formas, ¿qué les esperaría a los viajeros en aquel nuevo mundo dio Colón?, luego otro paisaje marino, esta vez un barquito de velas avituallado por cordelajes y el cuerpo de navegación coloreado con ese tono encarnado tan singular e irrepetible, no hay otro sitio como La Habana para encontrarse ese rojo cuando lo atraviesa una ráfaga de sol por las mañanitas; el tercer diseño presentaba una escena rural, éste era el favorito, sí señor, con las montañas, el río que serpenteaba a lo lejos, las cinco palmas muy derechas, un bohío y el restallante pájaro rojo en pleno vuelo, la pincelada de amaranto que no podía faltar, ay, si parece que se mueve. ¡Riiiiiiiiing!
    Cuando al fin se abre la puerta, la muchacha parada en el portal no sabe qué hacer. Detrás de la anciana (y sus cuatro perros) cree adivinar una lámpara de bronce, gigantesca, con aquellos arabescos que, desde lejos, seguían recordando cabezas de serpientes. De sus ocho bombillos apenas quedaban encendidos ahora tres, pero iluminaban lo suficiente el salón húmedo, fresco, con olor a cuero, a madera dulzona por la encerrazón. Contrastaba su penumbra hospitalaria con el quemante mediodía de la calle. La muchacha reconoció, con un ramalazo de angustia, los anquilosados sillones de damasco, allí seguro aún las quemaduras del tabaco de abuelo, las mesitas japonesas, el televisor Philco del año cincuenta y tres con su cajón sombrío y pasado de moda, el cuadro de la ninfa y sus angelotes en el trance de colocarle la corona de azahar, el mantón sevillano claveteado en la pared del fondo y, faltaba más, los tres vitrales, todavía enteros, con aquel pájaro rojo en pleno vuelo, todo ahora en tamaño encogido, dentro de aquella atmósfera ecléctica y corriente del salón de la abuela.
    Hasta ese momento había estado convencida de que el único recuerdo sobre su tierra era una interminable caminata bajo el sol (ese sol redondo y amarillo como de tarjeta postal); el anuncio desmesurado de la cerveza en la valla del aeropuerto con la espuma dorada desbordándose de la copa, la mirada casi lasciva del hombre que afirmaba en un globito salido de la boca empañada por el último sorbo: Esto es Cuba, Chaguito; el asfalto que parecía derretirse bajo sus zapaticos blancos (los de salir) hasta llegar a la escalinata del artefacto volador, más grande que el anuncio, mami, qué miedo me da. Oh, mira que durante tanto tiempo se tragó el cuento del solitario perrito chino que se despedía una y otra vez con tristeza, cada vez que su madre le cantaba la canción para que se durmiera pronto en las noches congeladas del primer apartamento de New Jersey, ese maldito frío.
    La anciana dijo varias frases y la muchacha pensó que le estaba hablando también en chino:
    ―Bernal no regresa hasta las dos. Ya se lo expliqué a la ideológica. Pero no te preocupes que él llega a tiempo para preparar el círculo.
    La muchacha titubeó. Bernal era el hijo de tío Antonio. Tenía borrosa la cara del tío Antonio que pasaba solo su vida de viudo en las afueras de Miami. ¡Pero Bernal! Bernal pelado a la malanguita, con unos espejuelos sudados que se le rodaban hasta la punta de la nariz, trepado siempre en la mata de mangos del patio, para regalarle después uno de aquellos frutos amarillos y jugosos que ella recordaba con un corrien-tazo de electricidad en la nuca.
    ―Bueno ―dijo la muchacha―. Vuelvo más tarde.
    Quién se iba a atrever. De qué manera iba a decirle: Mire para eso, abuela, yo soy Rosie, la nieta de afuera. La del Norte. Aquella que se fue chiquitica, cuando sus padres y sus tíos, es decir, todos sus hijos, abuela, también se fueron. Ésta que habla un español demasiado correcto, sin comerse las eses ni los finales de palabra. Usted, abuela, está igualita. ¿Y yo? ¿Le recuerdo en algo a su nieta? La niña que robaba mangos con el primo Bernal. Ni manera. Así que Rosie dio media vuelta y cruzó hacia el parque de enfrente. Dios mío, qué cambiado y qué parecido estaba todo. Allí no seguía ya el puesto de fritas que tanto le arrebataba, los cartuchos de a peseta con las frituritas de calabaza, mariquitas de plátano, chicharrones de viento. Ni el anuncio lumínico de TOME MEJORAL. Ni el vendedor de billetes en la esquina, ni la carretilla con frutas y viandas. De todo eso se podía encontrar a montones en La Sagüesera; pero, qué va. No era lo mismo. Rosie, de pie, en medio del parque, con su pesado maletín colgándole al hombro, dedica una mirada a la avenida que baja a la izquierda, el cuchillo con la casona de la abuela, la panadería y el edificio del policlínico. Le parecen las cosas tan descoloridas, los baches de la calle, sólo en La Habana, que ella supiera, se podían encontrar esos baches cavernícolas, los automóviles del cuarenta todavía rodando, Ave María. Entonces, a qué viene esta euforia. Esas ganas de ponerse a brincar con el tropel de chiquillos que correteaban por el parque. ¡Por su parque! Se sentó de través en uno de los bancos de mármol. Esa posición le permitía observar la casona de la abuela, con las ventanas de vitrales (los peces, el barquito y el pájaro rojo) y la mata de mangos del patio, que empinaba su copa por encima del techo. Dime tú: en plena ciudad semejante árbol, una banda de perros y gatos de todos los pelajes habidos y por haber, los gorrioncitos que anidaban en el encofrado del salón. Y seguramente palomas, sí, palomas. Con esas mismas que abuela cocinaba sus sopas en caso de que a ella o a Bernal les doliera el estómago. ¿No serían acaso aquellas que estaban posadas en el parque las descendientes de las antaño sacrificadas al caldo calientico preparado por la abuela? Los cachetes le arden como si tuviera muy alta la temperatura. Rosie se pone la palma de la mano sobre la frente. Seguro que está volada en fiebre. ¿Gripe? ¿Los nervios? Inesperadamente acude a la planta de sus pies una sensación granulosa. Mueve los dedos tratando de recordar: el caldo de paloma hirviendo, la sábana bordada que la cubre hasta la barbilla en la cuna de nogal barnizado y en los pies unos escarpines enormes, llenos de borra de café. Pero no es verdad ahora, tan sólo la sensación que sobrevive veinte años. Aquellos hervores infantiles (treintinueve grados, oh, está pasada, cuarenta grados) que la abuela confiaba contener con la borra quemante de café, almacenada en unas medias blancas que se iban tiñendo lentamente de color marrón sobre los piececitos, la niña en la cuna delirando, la mirada lejana y asustada de Bernal, la frente ardiendo como ahora. Lo de los pies, mentira, una ilusión provocada por las palomas y la visión de las manos de la abuela, suaves, algo rojizas y llenas de arrugas, las mismas que palpaban su frente afiebrada veinte años atrás. Miró el maletín a su lado y pensó inopinadamente en las tres maletas desbordadas que dejara en la habitación del hotel. La madre se había empeñado en rellenarlas hasta los topes. ¿Qué diría Bernal? ¿Qué pensaría Bernal de su prima Rosie? ¿Se acordaría también de las tardecitas trepados en la mata de mangos leyendo muñequitos de Lulú y Tobi? Ahora ella conocía a muchas niñas como Lu-lú. ¿Pero cómo sería hoy el primo Bernal? Cuando el tío Antonio decidió «que se había muerto para siempre», con la frase melodramática que lo condenaba al ostracismo familiar, todo por haberse quedado con la abuela, nadie, allá, llegó a saber nada de Bernal. Aunque en las fotos que subrepticiamente mandaba por correo la abuela, se veía la misma mirada compasiva y tímida, los lentes caídos, la semejante sonrisa cálida que ostentaba en la puerta de la habitación las veces que Rosie volaba en fiebre. Como ahora mismo.
    Volvió a sonar la puerta.
    Cuando la anciana abrió de nuevo, la muchacha aguardaba otra vez en el umbral. Tenía un aire enfermizo y la frente llena de sudor. Las mejillas aparecían encendidas como si hubiera corrido ladera abajo por la montaña. A la vaca Canela le gustaba esconderse y costaba tanto trabajo dar con ella.    También los colores se le subían a la niña pastora en el amanecer nevado. Ahora este calor.
    ―Ah, ah, pasa y siéntate. Qué cara traes. ¿Quieres tomar café? Está acabado de colar. Qué solera hace, ¿no es verdad? Lo mejor que puede pasarle a cualquiera. La frialdad es lo último. Yo no soporto el frío. Cuando era chiquilla se me pelaban las manos. ¿Quién traía la leche si yo no iba? Cada cual hacía lo suyo. No te conté que el frío más grande lo pasé esa vez que se incendió el granero del señor marqués. Yo acababa de tener el tifus. Mamá me cuidaba tanto las trenzas larguísimas, y luego casi me quedo sin pelo. Se quemaba el granero, te decía eso. Y la candelada llegaba hasta mi casa. ¡A correr se ha dicho! Yo tenía todavía las piernas muy débiles y no podía ni caminar. Primero salvaron a la vaca Canela y después mi hermano mayor me llevó cargada hasta el lindero del bosque. Y allí me dejó. Un frío de puñeta, mi niñina. El señor marqués se paró a mi lado, de casualidad, y puede ser que le diera lástima el temblor que yo estaba pasando y me echó arriba el capote de su caballo. Gracias a los cielos. Mi ropón se había llenado todo de hielitos, la cabeza rapada. ¡Metía miedo! No molesten a la muchacha ―la abuela regañó a los perros con un movimiento de la mano, de arriba abajo, como sacudiéndose un líquido invisible, gesto campesino, secular, le pareció a Rosie. Luego empezó a servir el café desde una jarra de porcelana con flores azules y rosadas, muy descascarada en los bordes. Hubo un silencio espinoso. La abuela lo rompió:
    ―Seguro que tú eres periodista.
    Rosie contestó enseguida que sí. ¿Por comodidad? ¿O por qué diablos?
    ―Todos los amigos de Bernal estudian periodismo. Se pasan la santa vida pregunta que te pregunta. Y tú tan callada. ¿No quieres preguntar algo?
    Qué clase de lío. Rosie tenía un sinfín de preguntas por hacerle a la abuela. Pero así, francamente, no se le ocurría nada de nada. Mira los vitrales y cuenta, uno, dos, tres, maravilla que todavía estén completos, el pájaro rojo en pleno vuelo, se diría que se mueve. La abuela espera que diga algo. ¡Me cacho en la mar salada! Rosie abrió la boca y tragó una bocanada de aire: sin anuncio de ningún tipo le había llegado, desde qué socavón del subconsciente, aquella vieja expresión de fastidio del abuelo. El abuelo ibérico, de legítima cepa, el abuelo del tabaco habano y el sombrero de yarey, que se quitaba solamente para bañarse (aunque a Rosie no le constaba]; el abuelo aplatanado, aunque seguía bailando la jota el día de nochebuena, guardaba lejos del alcance de los nietos la reproducción en madera preciosa del hórreo, pronunciaba tercamente unas eses sonoras, espesas. Otra imagen de sopetón: su entierro en un cementerio arbolado, la abuela sollozando muy bajo, tapada la mitad de la cara por un pañuelito de encajes hecho a mano, de pie junto a una descomunal losa abierta, Bernal le toma la mano a la niña. Rosie estaba azoradísima, pero la abuela no parecía notarlo. Preguntar algo por salir del paso.
    ―¿Así que no le gusta el frío?
    ―En mi pueblo, donde nací, había mucha nieve. Todavía debe de haber. Mi casa estaba a orillas de un río que ya ni me acuerdo cómo se llama. En el invierno todo se congelaba y era muy bonito. Uno de mis primos se durmió en la nieve y no lo vimos más.
    La abuela quedó pensativa y habló de algo que no venía a cuento:
    ―En la montaña yo tenía una amiguita, una vecina que me acompañaba a cuidar las ovejas. Si los lobos se acercaban, ella cogía una lata y metía mucho ruido con una rama seca, mientras yo corría reuniendo al rebaño. A veces, cuando me quedo dormida, sueño con ella. No le veo la cara, no recuerdo cómo era su voz, ni siquiera pudiera decirte su nombre, pero sé que es ella. Al verano siguiente vine para acá y nunca más regresé ―la abuela se inclinó hacia Rosie y le dijo en un murmullo:
    ―¿Me trajiste sórbetos?
    Rosie dijo que no, y sin saber por qué sintió mucha vergüenza. Le volvieron a la memoria las tres maletas abarrotadas de cosas (¿inútiles?), donde no traía ni siquiera uno de esos misteriosos sorbetes que reclamaba la abuela. Rosie desvió la vista hacia el pasillo, mira que es largo, y distinguió, a través de la puerta trasera, el tronco de la mata de mangos donde Bernal y Rosario (cuando ella todavía se llamaba Rosario, Charito para la abuela) se trepaban a robar frutos dorados, eternos. ¿No era ésta toda su casa? Y aquella otra.
    ―Pero, abuela ―la palabra se le escapó, aunque a nadie pareció extrañarle, la voz de Rosie era chillona, familiar, desgarrada―. Dígame, ¿usted no extraña?
    ―¡Has visto qué calor está haciendo en diciembre! Bernal también prefiere el calor ―la abuela hizo una pausa― ¿Te gustan los dibujos de los vitrales? Las montañas son iguales en todas partes, pero mira ese pájaro rojo, no hay otro como él. Siempre está volando. Mi tierra aquella y esta otra también es la mía ―la abuela se hundió en el sillón de damasco como si dormitara, y luego dijo:
    ―Un pedacito allá y otro aquí. El corazón queda cortado en dos.
Rosie sintió que la mentira y toda aquella historia de la entrevista periodística pesaban demasiado. La frente le ardía como si también hubiera cerca un granero ardiendo en medio del invierno. Volvió a tragar un buche de aire y dijo por segunda vez en la tarde: Abuela. Entonces la puerta de la calle se abrió y entró Bernal. Caballeros, ése tenía que ser Bernal.

Carmen Laforet - "El regreso"

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Novelista, cuentista y articulista española. Su obra es complicada de etiquetar, entre el feminismo y el misticismo, sin duda neorealista, al menos las primeras obras. Incluida en la Generación del 50 podría decirse que fue una autora precoz, su primera novela, Nada, fue galardonada con el Nadal de 1944 (ella tenía 22 años) aunque también fue una autora de obra no muy amplia (cinco novelas y algunas novelas cortas y cuentos, además de algunos artículos). Autora indispensable.


     Era una mala idea, pensó Julián, mientras aplastaba la frente contra los cristales y sentía su frío húmedo refrescarle hasta los huesos, tan bien dibujados debajo de su piel transparente. Era una mala idea esta de mandarle a casa la Nochebuena. Y, además, mandarle a casa para siempre, ya completamente curado. Julián era un hombre largo, enfundado en un decente abrigo negro. Era un hombre rubio, con los ojos y los pómulos salientes, como destacando en su flacura. Sin embargo, ahora Julián tenía muy buen aspecto. Su mujer se hacía cruces sobre su buen aspecto cada vez que lo veía. Hubo tiempos en que Julián fue sólo un puñado de venas azules, piernas como larguísimos palillos y unas manos grandes y sarmentosas. Fue eso, dos años atrás, cuando lo ingresaron en aquella casa de la que, aunque parezca extraño, no tenía ganas de salir.
    -Muy impaciente, ¿eh?... Ya pronto vendrán a buscarle. El tren de las cuatro está a punto de llegar. Luego podrán ustedes tomar el de las cinco y media... Y esta noche, en casa, a celebrar la Nochebuena... Me gustaría, Julián, que no se olvidase de llevar a su familia a la misa del Gallo, como acción de gracias... Si esta Casa no estuviese tan alejada... Sería muy hermoso tenerlos a todos esta noche aquí... Sus niños son muy lindos, Julián... Hay uno, sobre todo el más pequeñito, que parece un Niño jesús, o un San Juanito, con esos bucles rizados y esos ojos azules. Creo que haría un buen monaguillo, porque tiene cara de listo...
    Julián escuchaba la charla de la monja muy embebido. A esta sor María de la Asunción, que era gorda y chiquita, con una cara risueña y unos carrillos como manzanas, Julián la quería mucho. No la había sentido llegar, metido en sus reflexiones, ya preparado para la marcha, instalado ya en aquella enorme y fría sala de visitas... No la había sentido llegar, porque bien sabe Dios que estas mujeres con todo su volumen de faldas y tocas caminan ligeras y silenciosas, como barcos de vela. Luego se había llevado una alegría al verla. La última alegría que podía tener en aquella temporada de su vida. Se le llenaron los ojos de lágrimas, porque siempre había tenido una gran propensión al sentimentalismo, pero que en aquella temporada era ya casi una enfermedad.
    -Sor María de la Asunción... Yo, esta misa del Gallo, quisiera oírla aquí, con ustedes. Yo creo que podía quedarme aquí hasta mañana... Ya es bastante estar con mi familia el día de Navidad... Y en cierto modo ustedes también son mi familia. Yo... Yo soy un hombre agradecido.
    -Pero, ¡criatura!... Vamos, vamos, no diga disparates. Su mujer vendrá a recogerle ahora mismo. En cuanto esté otra vez entre los suyos, y trabajando, olvidará todo esto, le parecerá un sueño...
    Luego se marchó ella también, sor María de la Asunción, y Julián quedó solo otra vez con aquel rato amargo que estaba pasando, porque le daba pena dejar el manicomio. Aquel sitio de muerte y desesperación, que para él, Julián, había sido un buen refugio, una buena salvación... Y hasta en los últimos meses, cuando ya a su alrededor todos lo sentían curado, una casa de dicha. ¡Con decir que hasta le habían dejado conducir ... ! Y no fue cosa de broma. Había llevado a la propia Superiora y a sor María de la Asunción a la ciudad a hacer compras. Ya sabía él, Julián, que necesitaban mucho valor aquellas mujeres para ponerse confiadamente en manos de un loco..., o un ex loco furioso, pero él no iba a defraudarlas. El coche funcionó a la perfección bajo el mando de sus manos expertas. Ni los baches de la carretera sintieron las señoras. Al volver, le felicitaron, y él se sintió enrojecer de orgullo.
    -Julián...
    Ahora estaba delante de él sor Rosa, la que tenía los ojos redondos y la boca redonda también. Él a sor Rosa no la quería tanto; se puede decir que no la quería nada. Le recordaba siempre algo desagradable en su vida. No sabía qué. Le contaron que los primeros días de estar allí se ganó más de una camisa de fuerza por intentar agredirla. Sor Rosa parecía eternamente asustada de Julián. Ahora, de repente, al verla, comprendió, a quién se parecía. Se parecía a la pobre Herminia, su mujer, a la que él, Julián, quería mucho. En la vida hay cosas incomprensibles. Sor Rosa se parecía a Herminia. Y, sin embargo, o quizá a causa de esto, él, Julián, no tragaba a sor Rosa.
    -Julián... Hay una conferencia para usted. ¿Quiere venir al teléfono? La Madre me ha dicho que se ponga usted mismo.
    La "Madre" era la mismísima Superiora. Todos la llamaban así. Era un honor para Julián ir al teléfono.
    Llamaba Herminia, con una voz temblorosa allí al final de los hilos, pidiéndole que él mismo cogiera el tren si no le importaba.
    -Es que tu madre se puso algo mala... No, nada de cuidado; su ataque de hígado de siempre... Pero no me atreví a dejarla sola con los niños. No he podido telefonear antes por eso... por no dejarla sola con el dolor...
    Julián no pensó más en su familia, a pesar de que tenía el teléfono en la mano. Pensó solamente que tenía ocasión de quedarse aquella noche, que ayudaría a encender las luces del gran Belén, que cenaría la cena maravillosa de Nochebuena, que cantaría a coro los villancicos. Para Julián todo aquello significaba mucho.
    -A lo mejor no voy hasta mañana... No te asustes. No, no es por nada; pero, ya que no vienes, me gustaría ayudar a las madres en algo; tienen mucho trajín en estas fiestas... Sí, para la comida sí estaré... Sí, estaré en casa el día de Navidad.
    La hermana Rosa estaba a su lado contemplándolo, con sus ojos redondos, con su boca redonda. Era lo único poco grato, lo único que se alegraba de dejar para siempre... Julián bajó los ojos y solicitó humildemente hablar con la "Madre", a la que tenía que pedir un favor especial.
    Al día siguiente, un tren iba acercando a Julián, entre un gris aguanieve navideño, a la ciudad. Iba él encajonado en un vagón de tercera entre pavos y pollos y los dueños de estos animales, que parecían rebosar optimismo. Como única fortuna, Julián tenía aquella mañana su pobre maleta y aquel buen abrigo teñido de negro, que le daba un agradable calor. Según se iban acercando a la ciudad, según le daba en las narices su olor, y le chocaba en los ojos la tristeza de los enormes barrios de fábricas y casas obreras, Julián empezó a tener remordimientos de haber disfrutado tanto la noche anterior, de haber comido tanto y cosas tan buenas, de haber cantado con aquella voz que, durante la guerra, habían aliviado tantas horas de aburrimiento y de tristeza a su compañeros de trinchera.
    Julián no tenía derecho a tan caliente y cómoda Nochebuena, porque hacía bastantes años que en su casa esas fiestas carecían de significado. La pobre Herminia habría llevado, eso sí, unos turrones indefinibles, hechos de pasta de batata pintada de colores, y los niños habrían pasado media hora masticándolos ansiosamente después de la comida de todos los días. Por lo menos eso pasó en su casa la última Nochebuena que él había estado allí. Ya entonces él llevaba muchos meses sin trabajo. Era cuando la escasez de gasolina. Siempre había sido el suyo un oficio bueno; pero aquel año se puso fatal. Herminia fregaba escaleras. Fregaba montones de escaleras todos los días, de manera que la pobre sólo sabía hablar de las escaleras que la tenían obsesionada y de la comida que no encontraba. Herminia estaba embarazada otra vez en aquella época, y su apetito era algo terrible. Era una mujer flaca, alta y rubia como el mismo Julián, con un carácter bondadoso y unas gafas gruesas, a pesar de su juventud... Julián no podía con su propia comida cuando la veía devorar la sopa acuosa y los boniatos.
    Sopa acuosa y boniatos era la comida diaria, obsesionante, de la mañana y de la noche en casa de Julián durante todo el invierno aquel. Desayuno no había sino para los niños. Herminia miraba ávida la leche azulada que, muy caliente, se bebían ellos antes de ir a la escuela... Julián, que antes había sido un hombre tragón, al decir de su familia, dejó de comer por completo... Pero fue mucho peor para todos, porque la cabeza empezó a flaquearle y se volvió agresivo. Un día, después que ya llevaba varios en el convencimiento de que su casa humilde era un garaje y aquellos catres que se apretaban en las habitaciones eran autos magníficos, estuvo a punto de matar a Herminia y a su madre, y lo sacaron de casa con camisa de fuerza y... Todo eso había pasado hacía tiempo... Poco tiempo relativamente. Ahora volvía curado. Estaba curado desde hacía varios meses. Pero las monjas habían tenido compasión de él y habían permitido que se quedara un poco más... hasta aquellas Navidades. De pronto se daba cuenta de lo cobarde que había sido al procurar esto. El camino hasta su casa era brillante de escaparates, reluciente de pastelerías. En una de aquellas pastelerías se detuvo a comprar una tarta. Tenía algún dinero y lo gastó en eso. Casi le repugnaba el dulce de tanto que había tomado aquellos días; pero a su familia no le ocurriría lo mismo.
    Subió las escaleras de su casa con trabajo, la maleta en una mano, el dulce en la otra. Estaba muy alta su casa. Ahora, de repente, tenía ganas de llegar, de abrazar a su madre, aquella vieja siempre risueña, siempre ocultando sus achaques, mientras podía aguantar los dolores.
    Había cuatro puertas descascaril1adas, antiguamente pintadas de verde. Una de ellas era la suya. Llamó.
    Se vio envuelto en gritos de chiquillos, en los flacos brazos de Herminia. También en un vaho de cocina caliente. De buen guiso.
    -¡Papá ... ! ¡Tenemos pavo!
    Era lo primero que le decían. Miró a su mujer. Miró a su madre, muy envejecida, muy pálida aún a consecuencia del último arrechucho, pero abrigada con una toquilla de lana nueva. El comedorcito lucía la pompa de una cesta repleta de dulces, chucherías y lazos.
    -¿Ha... ha tocado la lotería?
    -No, Julián... Cuanto tú te marchaste, vinieron unas señoras... De Beneficencia, ya sabes tú... Nos han protegido mucho; me han dado trabajo; te van a buscar trabajo a ti también, en un garaje...
    ¿En un garaje ... ? Claro, era difícil tomar a un ex loco como chófer. De mecánico tal vez. Julián volvió a mirar a su madre y la encontró con los ojos llorosos. Pero risueña. Risueña como siempre.
De golpe le caían otra vez sobre los hombros las responsabilidades, angustias. A toda aquella familia que se agrupaba a su alrededor venía él, Julián, a salvarla de las garras de la Beneficencia. A hacerla pasar hambre otra vez, seguramente, a...
    -Pero, Julián, ¿no te alegras?... Estamos todos juntos otra vez, todos reunidos en el día de Navidad... ¡Y qué Navidad! ¡Mira!
    Otra vez, con la mano, le señalaban la cesta de los regalos, las caras golosas y entusiasmadas de los niños. A él. Aquel hombre flaco, con su abrigo negro y sus ojos saltones, que estaba tan triste. Que era como si aquel día de Navidad hubiera salido otra vez de la infancia para poder ver, con toda crueldad. otra vez, debajo de aquellos regalos, la vida de siempre.

Walter Benjamin - "Teléfono"

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Filósofo, crítico literario, cuentista, traductor y ensayista alemán de origen judío. Su obra es tan extensa y variada que es difídil etiquetarla. En el mundo de la filosofía fue un teórico del materialismo. Su obra La labor del traductor de 1923 es uno de los textos teóricos más célebres y respetados sobre la traducción literaria.
Este cuento fue publicado en el volumen Infancia en Berlín hacia 1900 publicado en 1950, diez años después de su muerte (parece ser que el libro había sido escrito a principios de la década de los 30). Este volumen incluye algunos cuentos que ya habían sido publicados anteriormente en Calle de dirección única de 1928 y otros fueron publicadas ocasionalmente con seudónimo en prensa (Vossische Zeitung y Frankfurter Zeitung).
La versión creo que es la de Klaus Wagner, aunque no estoy segura.
Puede que sea por culpa de la construcción de los aparatos o de la memoria, lo cierto es que, en el recuerdo, los sonidos de las primeras conversaciones por teléfono me suenan muy distintos de los actuales. Eran sonidos nocturnos. Ninguna musa los anunciaba. La noche de la que venían era la misma que precede a todo alumbramiento verdadero. Y la recién nacida fue la voz que estaba dormitando en los aparatos. El teléfono era para mí como un hermano gemelo. Y así tuve la suerte de vivir cómo superaba, en su brillante carrera, las humillaciones de los primeros tiempos. Pues cuando ya habían desaparecido de las habitaciones exteriores las arañas, pantallas de estufa, palmeras, consolas y balaustradas, el aparato, cual mítico héroe que estuviera perdido en un abismo, dejó atrás el pasillo oscuro para hacer su entrada real en las estancias menos cargadas y más claras, habitadas ahora por una nueva generación. Para ella fue el consuelo de la soledad. A los desesperados que querían dejar este mundo miserable les enviaba el destello de la última esperanza. Compartía el lecho de los abandonados. Incluso llegaba a amortiguar la voz estridente que conservase desde su exilio, convirtiéndola en un cálido zumbido. Pues, ¿qué más había menester en lugares donde todos soñaban con su llamada o la esperaban temblando como el pecador? No muchos de los que hoy lo utilizan recuerdan aún qué destrozos causaba en aquel entonces su aparición en el seno de las familias. El ruido con el que atacaba entre las dos y las cuatro, cuando otro compañero de colegio deseaba hablar conmigo, era una señal de alarma que no sólo perturbaba la siesta de mis padres, sino la época de la Historia en medio de la cual se durmieron. Eran corrientes las discusiones con las oficinas, sin mencionar las amenazas e invectivas que mi padre profería contra los departamentos de reclamaciones. Sin embargo, su verdadero placer orgiástico consistía en entregarse durante minutos, y hasta olvidarse de sí mismo, a la manivela. Su mano era como el derviche que sucumbe a la voluptuosidad de su éxtasis. A mí me palpitaba el corazón; estaba seguro que, en estos casos, era inminente que la funcionaria recibiera una paliza por castigo. En aquellos tiempos, el teléfono estaba colgado, despreciado y proscrito, en un rincón del fondo del corredor, entre la cesta de la ropa sucia y el gasómetro, donde las llamadas no hacían sino aumentar los sobresaltos de las viviendas berlinesas. Cuando llegaba, después de recorrer a tientas el oscuro tubo, apenas dueño de sí mismo, para acabar con el alboroto, y arrancando los dos auriculares que pesaban como halteras, encajando mi cabeza entre ellos, quedaba entregado a la merced de la voz que hablaba. No había nada que suavizara la autoridad inquietante con la que me asaltaba. Impotente, sentía cómo me arrebataba el conocimiento del tiempo, deber y propósito, cómo aniquilaba mis propios pensamientos, y al igual que el médium obedece a la voz que se apodera de él desde el más allá, me rendía a lo primero que se me proponía por teléfono.

Jaume Cabré - "El testamento"

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Cuentista, novelista, ensayista, dramaturgo, escritor de libros infantiles, guionista de cine, televisión y radio español que escribe en catalán. Es el gran referente de la literatura catalana contemporánea (imprescindible su Yo confieso).
El cuento pertenece al volumen Viaje de invierno de 2000.
La versión es la de Concha Cardeñoso.

    El golpeteo de la macilla en la lápida le pareció extremadamente cruel. No la habían encargado por adelantado porque nadie se prepara para ninguna muerte, y menos para la de una persona tan sana como ella. Pero... ¡si era él quien estaba enfermo y llevaba los últimos meses yendo de médico en médico! ¡Si era él y no Eulàlia quien pensaba en la cercanía de la muerte, en el final del camino! ¡Él quien llevaba una semana de viacrucis yendo de un lado a otro con montones de análisis que le llenaban la cabeza de fantasmas del cáncer! ¿Por qué Eulàlia? A menos que hubiera sido un error lamentable del destino.
    Los sepultureros terminaron su trabajo y Agustí se encontró desesperadamente solo junto a sus hijos y amigos, sin Eulàlia, que me ha llenado la vida, las horas, los anhelos, siempre con su sonrisa acogedora, queriendo entenderme siempre, siempre a mi lado, amor mío, dando mucho y recibiendo poco, amor mío. Se distrajo porque Amadeu se había apartado del grupo y, atento como de costumbre y de una forma muy discreta, entregó un billete de cinco mil bien dobladito al jefe de la cuadrilla, quien, a su vez, murmuró alguna fórmula de agradecimiento.
    A Agustí le habría gustado decir unas palabras de despedida. Le habría gustado decir a los presentes que Eulàlia había sido la luz de su vida y que sus palabras no eran más que una manifestación pobre de su amor desesperado. Pero lo único que pudo hacer fue abrir la boca, porque el alma se le anegó en llanto. Amadeu le puso la mano en el hombro con delicadeza, tal vez para comunicarle que no estaba solo en su dolor. Entonces se dio cuenta de que a su lado estaban sus tres hijos, que miraban con perplejidad la rugosa lápida que ocultaba para siempre el recuerdo de la madre, muerta a los cincuenta años inesperadamente. Todos juntos. Inevitablemente, Agustí pensó en los veintiocho años de plácido matrimonio, en el hijo que no llegaba hasta que, casi sin avisar, llegó y resultó ser Amadeu... Y después, un intervalo larguísimo, hasta que nació Carla. Poco más tarde tuvieron la primera discusión fuerte, cuando él se encaprichó más de la cuenta con una joven muy distinta de Eulàlia; pero todo se arregló y, casi a consecuencia de la reconciliación, cuando Carla ya tenía cinco años, llegó Sergi, la niña de sus ojos. Miró al menor de sus hijos: a sus quince años, era el que menos defensas tenía para afrontar la muerte de su madre. Y se dejaba proteger por el brazo de su hermana. Carla siempre había sido un misterio para su padre; al cumplir dieciocho años se marchó de casa; estuvo dos años viviendo en Florencia y en Munich: seis postales en total, como referencia al vínculo familiar, y ahora hacía unos meses que había vuelto, como si lo hubiera hecho a propósito para no llegar tarde al entierro de su madre. Decía que había vuelto para estudiar Arte en la Autónoma, pero él estaba convencido de que el verdadero motivo era que había tenido dificultades con un hombre. No había regresado, había huido. Se había vuelto guapísima en esos dos años. Siempre había sido guapa, parecía mentira que fuera hija suya. Agustín no sabía cuántos hombres habían pasado ya por su vida, porque Carla era un enigma. Y Amadeo estaba ahora más pendiente del abdomen de su mujer que de las minucias de la ceremonia del entierro; con esa eficacia suya que le envidiaba en secreto, se las compuso para ahorrar a su padre la odiosa despedida del duelo y, casi sin darse cuenta, estaba de pronto yendo hacia el coche, haciendo crujir las piedrecillas al andar, con una extraña sensación de culpa por dejar allí a Eulàlia sola y desamparada, olvidada. Pero ahora empezaba lo más difícil: vivir sin ella, convencer a Sergi de que se las arreglarían los dos solos, sin la madre.
    —Venid a comer a casa —los invitó su nuera.
    —No —y, a modo de excusa—: Tenemos que ir acostumbrándonos, ¿verdad, Sergi?
    —Adiós, padre. —Carla y su beso fugaz.
    Estuvo a punto de hacer trampa para retenerla diciéndole que se encontraba enfermo, que esa misma tarde le habían dado los resultados de la mitad de los análisis, que tenía un miedo inmenso, que quería tenerla a su lado, ahora que no podía refugiarse en Eulalia, que...
    —Si necesitas algo, hija...
    ¿Yo? No... —y en su mejor estilo—: te llamaré, ¿de acuerdo? —Y en un tono más animado, despeinando al niño enérgicamente con la mano—: Un beso, Sergi.
    Al menos no había hecho trampa. Pero tenía que ir al médico por la tarde, con Carla o sin ella, eso no tenía remedio.
*** 
    Salió de casa con mucha antelación, estaba impaciente por saber el veredicto, y llegó al hospital una hora antes de la cita con la doctora. Era idiota: le obsesionaba saber exactamente su fecha de caducidad. Con una hora al hombro, hasta que le dieran la sentencia de muerte, se dirigió al café Viena pensando en Eulàlia, en lo mucho que le gustaría que lo acompañara en ese momento, que lo distrajera hablando de cualquier cosa que no tuviera nada que ver con la salud... Qué injusticia. Qué injusticia tan grande decir que la necesitaba y no pensar que era ella la que ahora moraba en el reino del frío. Pasó por delante de la Fundación, leyó los carteles informativos de la exposición y, por unos momentos, dejó de pensar en el café y en la tristeza.
*** 
    Los ocres oscuros dominaban la estancia y, sin querer, se le iban los ojos hacia la ventana de la derecha, que, más que un punto de fuga, era el sitio por donde entraba la luz potente y descarada del sol que iluminaba la salita y al personaje. Según decía el título del cuadro, se trataba de un filósofo; llevaba cuatro siglos, desde el día en que Rembrandt lo pintó, sentado a una mesa camilla con faldones, leyendo un libro inmenso y lleno de sabiduría a la luz maravillosa que entraba por la ventana. La barba le llegaba hasta la mitad del pecho y transmitía una sensación de serenidad, de placidez, de yo no estoy enfermo, no tengo que ir a ver a la doctora para que me dé noticias fatales ni se me ha muerto nadie. Enfrente de la ventana, en la misma habitación, se adivinaba una escalera que bajaba desde esa torre de marfil hasta el mundo de la prisa, la enfermedad y la muerte inesperada de mi pobre Eulàlia querida. En primer plano, se presentía, más que verse, un armario enorme lleno de libros tan gordos con el de la mesa. ¿Por qué no podría ser yo este filósofo?
    Miró los veintiséis cuadros que la Nasjonalgalleriet de Oslo llevaba de gira por varias ciudades europeas para dar a conocer su país y estimular las visitas. Por unos momentos de felicidad olvidó el miedo a la sentencia, el alejamiento fatal de Eulàlia, la frialdad de Carla, las lágrimas rebeldes de Sergi, los silencios de Amadeu... y pensó que vivir rodeado de tanta belleza era un chollo. Y, sin proponérselo si quiera, volvió cinco o seis veces al cuadro del filósofo como si, observándolo intensamente, quisiera indagar en las fuentes verdaderas de la sabiduría. Tanto se entretuvo que perdió la noción del tiempo y, cuando por fin miró el reloj, se le había pasado la hora de la cita en el hospital. Salió de la Fundación haciendo aspavientos, a punto estuvo de llevarse por delante a una agente que estaba tan tranquila poniendo multas a una retahíla de coches presumiblemente mal aparcados, y llegó al hospital resollando, atemorizado, con miedo a que lo castigaran con veinticuatro horas más de incertidumbre por llegar con un retraso de diecisiete minutos y, resollando todavía, preguntó por la doctora en recepción. Qué doctora. La que me va a comunicar el día y la hora de mi muerte. Tercera planta.
***
    No tuvo que esperar ni tres minutos en compañía de una veintena de condenados desconocidos, que probablemente estarían tan asustados como él. Los momentos de contemplación que había pasado en la en la Fundación le fortalecieron el ánimo y se prometió que, fuera cual fuere el resultado de los análisis, por la noche vería la tele un rato con Sergi y dentro de dos o tres días lo llevaría al cine. Por amor al niño, por amor a Eulàlia. Ya tendría tiempo de llorar él solo después, ahora que empezaba a darse cuenta de lo crueles que eran las garras de la soledad.
    —Siéntese, por favor.
    Se sentó enfrente de la doctora, que no le recriminó el retraso. Como un idiota, se quedó mirando el lapicero que llevaba la doctora en el bolsillo de la blanquísima bata como si fuera a encontrar ahí todas las respuestas. El enfermero, un muchachote muy peludo y de ojos siempre brillantes, dejó unos sobres en la mesa y Agustí supuso que allí estaba su destino. El golpe que dieron los sobres encima de la mesa le recordó a los de la macilla en la lápida de la tumba de Eulàlia. Por si fuera poco, el chico dijo algo a la doctora al oído y ella asintió dos veces, esperó a que el enfermero se fuera por una puerta en la que todavía no había reparado y dejó pasar unos segundos antes de quitarse las gafas y dedicarle una mirada azulada y llena de pena. Agustí calculó que todo eso significaba seis meses, como mucho. Y con dolor.
    —Todo esto es muy raro, señor...
    —Ardèvol. —Lo dijo rápidamente, con la esperanza de que ella mirara el sobre, constatara el error y lo despidiese con un beso—. Agustí Ardèvol —repitió. Pero no, la doctora cogió el sobre en el que se leía claramente Agustí Ardèvol, sacó unas hojas, las releyó y él se dio cuenta de que las había leído treinta veces. Y pensó en Sergi, desamparado, sin padre ni madre... Y en Carla, aunque le daba mucha pena saber que su muerte no le afectaría mucho... Y en Amadeu, que seguro que se ocuparía de todo con esa eficiencia silenciosa tan suya... ¡Cuánto quería a sus hijos! A lo mejor no se lo había dicho a menudo. A lo mejor había pecado de tímido, pero los quería de todo corazón. Vio las dudas de la doctora y, por no explotar, dijo en voz alta, con impaciencia:
    —¡Dígamelo de una vez, doctora! ¿Cuántos años...? —Y, como ella guardaba silencio, rebajó el plazo cruelmente, pero con valentía—: ¿Cuántos meses de vida me quedan?
    —¿Cómo dice?
    —Digo que... —Agustí se quedó un poco desorientado—. ¿Qué tengo?
    —Pues... nada malo, ¿eh, señor Ardèvol? —dijo, quitándose las gafas—. Está usted básicamente sano.
    Estremecido, Agustí se echó hacia atrás, contra el respaldo de la silla. O le estaba tomando el pelo o no le quedaban años, ni meses ni días de vida, sino horas, y por eso quería llevarlo engañado a la tumba... Eulàlia, querida mía... Si hay algo en el más allá, que no lo hay, nos veremos enseguida. Seguro que el recuerdo de tu amor es lo que me da fuerzas para no caer fulminado por el pánico. Hijos míos, vuestro padre procurará morir con honor, procurará merecer que lo recordéis como marido digno de vuestra madre. Os quiero, hijos míos.
    Entonces oyó la voz de la doctora, que le explicaba el resultado de los diferentes análisis con palabras llanas; nada malo por aquí, nada malo por allá; y le soltó un discurso moral bastante severo sobre las transaminasas, sobre el peligro del colesterol malo, sobre la necesidad de llevar una vida frugal, de reducir el consumo de alcohol y tabaco, de comer mucha verdura... y él la interrumpió con una protesta que le salió del corazón:
    —Entonces, ¿no me estoy muriendo?
    En vez de contestar, la doctora respondió con otra pregunta, como si estuvieran jugando al tenis:
    —Usted está casado y tiene hijos, ¿verdad?
    —Pues... —Era la primera vez que hablaba de ello y, para hacerlo, cogió aire—: Mi mujer falleció antes de ayer. Derrame cerebral. —Y, a modo de excusa—: La hemos enterrado hoy.
    —Vaya... —Se quitó las gafas—. Le acompaño en el sentimiento.
    —Gracias.
    —Tres hijos, ¿verdad?
    ¿Cuántas veces se había quitado las gafas? Mientras decía que sí, que tres hijos, no recordaba que se las hubiera puesto en ningún momento, como si llevara treinta o cuarenta pares de gafas para quitárselas en el momento de decir algo importante. Como ahora, que se las quitaba otra vez y enfocaba la mirada de sus ojos azules en Agustí:
    —El caso es que... Es muy sorprendente, pero los resultados... —Movía uno de los papeles en el aire— ... No dejan lugar a dudas.
    —A ver, doctora... —Hizo un esfuerzo por recuperar la autoestima y se atrevió a hacer una broma—: La verdad, sabiendo que no me voy a morir... puede usted decirme lo que sea, que no me voy a asustar ni me va a doler.
    Ella lo miró como si pusiera en duda el aplomo de su paciente. Suspiró, miró el reloj que había detrás de Agustí y por fin fue al grano:
    —Bien, como le decía —paseó el papel por encima de la mesa hasta que lo dejó enfrente de él, se quitó las gafas, sí, una vez más, y lo miró mientras le decía—: le aseguro con total certeza que, desde que tuvo aquellas fiebres... desde la paroditis... que tuvo a... —por fin cogió el papel y Agustí la vio ponerse las gafas; y leyó—: ...a ...a la edad de... cuando tenía quince años, usted se quedó estéril.
    La doctora, incómoda, se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa. El ruidito que hicieron le recordaron a los golpes de la macilla en la lápida de la tumba de Eulàlia. Con la boca abierta, Agustí pensó que... No podía pensar nada porque empezó a aceptar que el futuro de los supervivientes también puede ser extremadamente cruel.

Franciso Umbral - "El concierto"

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Novelista, cuentista, poeta, ensayista y periodista español. Fue un autor que se mantuvo siempre al margen de las tendencias literarias más modernas y su prolífica producción destaca por el uso de un léxico popular, una prosa contundente y un original estilo lírico. Es uno de esos casos que resultan más abundantes de lo que parece: autor imprescindible, superventas y de referencia de la modernidad española en los años que siguienron a la dictadura, autor con algunos de los premios más importantes de la literatura en español (Premio Príncipe de Asturias de las letras en 1996 y Premio Cervantes en 2000), es hoy un autor olvidado al que nadie lee. Su recuerdo ha quedad prácticamente reducido a la anécdota (que ya es un clásico en la historia de la televisión en España) de "yo he venido a hablar de mi libro" durante una entrevista en la que no se le entrevistaba.
El cuento pertenece al volumen Teoría de Lola y otros cuentos de 1977.


    Fuimos entrando en la sala por la puerta grande, por las grandes puertas de oro viejo y madera agusanada, pero otros invitados se descolgaban por la claraboya, saltaban por las grandes ventanas verticales, e incluso alguno descendió por el tubo que bajaba del techo, tubo o cañería de calefacciones, desagües o no sé. Al llegar al salón, todos se quitaban la chistera para desempolvarla después de su escalada, o la pelaban de las primorosas lelas de araña que se le habían adherido.
    Con esta limpieza se organizó en el salón una pequeña polvareda, y algunas damas empezaron a toser delicadamente, e incluso hubo alguna que escupió sangre, y otra que se desmayó armoniosamente, y la sacaron entre cuatro caballeros, horizontal, con los senos descubiertos para que se le pasase el ahogo.
La gente se saludaba de lejos o de cerca. Algunos ancianos venían a lomos de sus amas de cría y los impertinentes de las damas brillaban ante los monóculos de los caballeros. Había un caballero de aspecto germánico que nunca se quitaba el monóculo, que lo llevaba incrustado en la cara, en torno del ojo, y podían verse huellas de sangre seca en aquella incrustación. Era el crítico musical.
    Los niños, vestidos generalmente de almirantes, correteaban por entre los músicos, que afinaban ya sus instrumentos, y soplaban un momento en una flauta, o pateaban el piano, graciosamente, pero un acomodador vestido de personaje de Shakespeare iba recogiendo a los infantes y cloroformizándolos, de modo que acabaron quedando apilados en un rincón, debajo de un gran piano, dormiditos y medio desnudos. El concierto iba a empezar.
    Por las grandes claraboyas entraba una luz cruda y polvorienta que le quitaba intimidad a la sala, pero luego el tejado se fue poblando de curiosos y rezagados, así como las ventanas, de modo que sus figuras taparon la luz y los que estábamos en el patio de butacas y las plateas nos vimos sumergidos en una penumbra muy favorable al clavecín. Entre la gente de las claraboyas había libertinos, mendigos, caballeros elegantes y afamados, pero un poco libres, guardias, golfos de la calle y aurigas que habían traído a sus señores al concierto y tampoco ellos querían perdérselo, pues los aurigas melómanos se daban mucho en aquella ciudad de geranios, hortensias, cisnes y asesinatos.
    Las altas damas no se dignaban mirar a las alturas, a la gente de las claraboyas, porque siempre había algún duque que aprovechaba para hacerles gestos obscenos a las señoras, o para orinar desde las alturas. Los más viejos filarmónicos iban muriendo, algunos de ellos, por el esfuerzo de haber llegado hasta la sala de conciertos atravesando montes y tenerías, y a los muertos se los instalaba dignamente en el vestíbulo, improvisando una capilla ardiente. Había un piano, a modo de ataúd, para cada muerto, pero ya iban faltando pianos, y al cadáver que no tenía títulos de nobleza se le metía con otro. Apareció el director de la orquesta, que era un negro de melena blanca, vestido de diosa egipcia, fue dando la bendición a todos los músicos, uno por uno, y la arpista, que era joven y delgada, se le acercó dentro de su vestido de lamé de plata. El director le pasó una mano por la cadera, en tanto que con la otra mano pulsaba el arpa, para comprobar que estaba templada, y hubo en el teatro un murmullo discreto, pues era manifiesto para la buena sociedad que el gran director negro y la arpista estaban amancebados, e incluso habían tenido algunos niños, o más bien angelotes de retablo barroco.
    En cuanto la orquesta se hubo conjuntado y empezó la sinfonía, que era un anónimo veneciano del XVII, los oyentes abrieron grandes periódicos del día anterior y empezaron a leer las cotizaciones de la bolsa y las últimas noticias del Vietnam y del caso Dreyfus.
    De vez en cuando, algún caballero hacía una pelota con el periódico, estrujándolo ruidosamente, lo lanzaba a la cabeza de algún músico y abandonaba la sala sonriendo a izquierda y derecha, despidiéndose de todo el mundo. Al quedar su butaca vacía, uno de los calaveras de la claraboya se descolgaba hasta la sala por las grandes arañas y ocupaba la butaca. Hubo un momento en que la música se hizo especialmente melódica, y todo el público acompañó sus vaivenes con la cabeza y con los hombros, pero la mayoría de los caballeros no dejaban de leer el periódico, aun cuando se balanceasen dulcemente.
    Llegó el solo de la arpista, y mientras ella tocaba de una manera áspera y profunda, su vestido se le iba licuando sobre el cuerpo, y cayó en lentos lagrimones hasta el suelo, quedando ella desnuda entre los negros trajes de los músicos. Era una mujer delgada, pálida, con los senos demasiado grandes para su delgadez. El cabello rubio le caía sobre los hombros y uno de los hijos que había tenido con el director —un niño negro con el pelo verdoso— apareció por entre bastidores y se abrazó a las piernas de su madre mientras ella tocaba. Pero, a todo esto, los mendigos de las claraboyas y las ventanas ya habían empezado a incendiar el teatro, que ardía suavemente mientras la orquesta seguía tocando. Al grito de «Los niños primero», muchas damas corrieron a recoger sus nenes, que dormían bajo el piano, cloroformizados, y con ellos en brazos huyeron del siniestro. El público masculino fue abandonando lentamente la sala y el concierto terminó entre ruinas humeantes. Todo el mundo se proponía volver al domingo siguiente.

Ben Okri - "Don Quijote y la ambigüedad de la lectura"

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Novelista, cuentista y poeta nigeriano. En ocasiones, por novelas como El mago de las estrellas o El camino hambriento (premio Booker en 1991) se le ha enmarcado dentro del realismo mágico, pero como Mia Couto dice "en África el realismo mágico es realismo real".
Este cuento es una curiosidad. En 2016, la organización del Hay Festival propuso a algunos de los autores invitados la escritura de un texto para conmemorar el cuadrigentésimo aniversario de la muerte de Cervantes y Shakespeare. Entre los participantes hubo autores como Ben Okri, Valeria Luiselli, Hisham Matar o Salman Rushdie. El resultado fue Lunáticos, amantes y poetas. En este cuento aparecen Don Quijote, Sancho, pero también referencias al propio Okri así como a Chinua Achebe o a Cristopher Okigbo. El cuento es toda una reflexión sobre el significado de leer.
La versión es la de Juan Sebastián Cárdenas.


    Pensamos que se trataba de un borracho cuando lo vimos entrar a la imprenta. Había venido a ver con sus propios ojos la máquina que multiplica las realidades. Llegó blandiendo su machete. Pasaba por allí de camino al Norte, en una de sus aventuras. Había oído hablar de una guerra entre los hombres y los gigantes, a quienes quería combatir. Aseguró que ya había luchado contra ellos.
    Cuando llegó a la tienda creía que la máquina era en cierto modo su antagonista. Habíamos estado trabajando en los ejes y las planchas de hierro, lubricando todo con aceites, eliminando impedimentos. Se acercó a la máquina como si se tratara de un enemigo peligroso.
     Nos tomó un rato darnos cuenta de que no estaba borracho ni mucho menos. Tenía un modo de hablar más bien recio. Estaba sobrio pero tenía un espíritu inquieto y una imaginación desbordada. No era fácil conversar con él. Era propenso a malinterpretar hasta la frase más simple que uno dijera. Su compañero, Sancho, parecía ser la única persona capaz de tranquilizarlo. Le pedimos a Sancho que lo convenciera para dejar el machete. Pero Sancho tenía sus propias ocurrencias diabólicas sobre la imprenta. Teníamos a dos locos en ese espacio tan estrecho.
    Han circulado muchos relatos sobre lo ocurrido cuando don Quijote se encontró por primera vez con la imprenta. Casi todo lo que se ha dicho es mentira. En el momento en que un acontecimiento se convierte en leyenda más y más gente afirma haber sido testigo del mismo. Pero yo estuve allí cuando ocurrió. Yo estuve allí.
     –¡Déjenme ver cómo funciona! –ordenó don Quijote, agitando el machete cerca de mi barbilla.
     Se paró junto a la máquina. Le brillaban los ojos. Por primera vez reparé en su barba, que era larga y puntiaguda. La mirada intensa, vigorosa. El espacio a su alrededor se cargaba con su presencia, aunque no sabría decir exactamente de qué se cargaba.
     –¿Qué le gustaría ver? –pregunté.
     –Imprima algo.
     –¿Cualquier cosa?
     Me lanzó una mirada cortante.
     –Sí.
     Seguí imprimiendo lo que tenía en las cajas. Trabajé denodadamente, sudando bajo la ferocidad de sus ojos. Era difícil hacer mi trabajo con su respiración en mi nuca. Finalmente saqué unas cuantas hojas recién impresas.
     –Ahora hay que esperar a que se sequen –dije.
     –Esperaré.
    Seguía blandiendo el machete. Sus ojos te hacían pensar que estaba loco. Pero era ese tipo de locura que te hacía desear abandonar lo que estuvieras haciendo para seguirlo hasta los confines de la tierra.
    Esperar implicaba para él una pasión especial. Nunca había visto a nadie esperar con tanta intensidad. Era como si, por la sola fuerza de su espíritu, estuviera regulando el movimiento de la luna o las sutiles energías que fluyen a través de todas las cosas. Quizás el hecho de que una persona esté tocada por la grandeza se deba a que en ella resuena esa sutil energía que atraviesa las telarañas y los intrincados movimientos de las estrellas.
    Mientras esperaba me di cuenta de que don Quijote se había quedado mirando un escudo de telarañas en el cielorraso del taller. Me sentí avergonzado por el estado del lugar y me puse a la defensiva.
    –Limpiamos el taller una vez a la…
    Interrumpió mi explicación con la espada de su ingenio.
     –Si supiéramos –dijo, con un destello en sus ojos–, si supiéramos qué redes nos conectan sería más fácil enviar un mensaje a las más elevadas instancias con un solo pensamiento, en lugar de protestar ante sus puertas.
     Debió de percibir el vacío en mi expresión.
     –Creo que el verdadero guerrero actúa en el fundamento secreto de las cosas, ¿no le parece?
    Lo miré con un gesto que denotaba mi incomprensión. El nivel de sus palabras era demasiado elevado para mí. Entonces noté algo más en don Quijote. Era una enciclopedia viviente del absurdo y las fantasías. A continuación empezó una disertación sobre las analogías entre las telarañas y la incapacidad de las personas para cambiar el mundo. Filosofaba mientras esperaba. No pude comprender mucho de lo que decía. De sus labios resbalaban palabras como Amadís de Gaula, Platón, los Caballeros del Arduo Camino. Mencionó las tragedias de Sófocles, el último párrafo irónico de Todo se desmorona y un fragmento de Okigbo que citó una y otra vez. Luego dejó caer una hilera de proverbios luo, entonó una canción suajili y desgranó una fábula urhobo de la que extrajo hilos de luminosa sabiduría que nos dejaron arrobados.
    Cuando algo extraordinario sucede en tu vida, el tiempo parece adquirir la consistencia de un fenómeno subacuático. Quizás sea la distancia de estos cuarenta años, pero creo que durante esas horas se produjo un curioso encantamiento. Un encantamiento teñido de la antigua magia africana, con la que casi nunca nos topamos. A veces uno se encuentra con un vidente que abandona su soledad en el bosque durante unos momentos. Don Quijote era como uno de esos videntes. Llegó a nuestras vidas, como una historia que se vuelve real por un instante, y luego se marchó.
    A partir de entonces todo lo que se escuchaban eran leyendas. Había librado batallas contra funcionarios corruptos del gobierno y había emprendido expediciones por los bosques del Norte, donde Boko Haram aterrorizaba a la nación. Incluso se rumoreó que había sido elegido como miembro de un plan de colonización en Marte. Éstas eran las historias que generaba su locura. Es difícil saber si sus hazañas excedieron nuestra imaginación o si fuimos apenas unos pobres cronistas de lo maravilloso.
    Digamos, mientras me tomo un respiro, que le bastó ser él mismo para hacernos personas más imaginativas. Nunca había sentido tanto la estrechez de mis posibilidades como en presencia de aquel hombre. Él era una exhortación a la grandeza. Nosotros no estuvimos a la altura de ese desafío, cobardes como somos casi todos. Ese fracaso ha sido un remordimiento constante en mi vida. Pues la vida pasa, la vida se vive bajo el miedo y la cautela. Uno piensa en su familia. Uno piensa en uno mismo. Pero la vida pasa. Y lo único que cuenta en esta vida es el fuego que uno encendió en el alma de los demás. Me doy cuenta de estas cosas ahora, en el largo y anodino otoño de mi vida. Hay gente a la que uno no debería haber conocido nunca, gente que inocula en nuestro corazón el eterno arrepentimiento por una vida de grandeza que uno jamás vivió.
    El papel se secó y después de comprobar que don Quijote no quedaría con manchas de tinta en la cara, le permití examinar lo que habíamos estado imprimiendo. No podía adivinar el extraño efecto que aquello produciría en él.
    Leyó el texto lentamente. Jamás he conocido a nadie que leyera más despacio. Esto me intrigó. Él había perdido la razón por leer demasiados libros. No podía haber leído tantos libros a esa velocidad.
    –Está tardando mucho en leer eso –le dije.
    La tensión en la sala aumentó. Sancho Panza, su oronda figura recostada contra la puerta, suspiró. No entendí el suspiro y me volví hacia él. Entonces sentí que el machete pasaba zumbando delante de mi cara, una brisa fresca en la punta de mi nariz. Con cuánta serenidad observamos las situaciones extremas una vez que han sucedido. Miré a don Quijote. Su rostro aparecía moldeado en una peculiar mueca.
    –No creerá –dijo– que he leído sesenta y siete mil trescientos veinte libros aceptando consejos de lectura de alguien como usted.
    Su manera de hablar me confundió. Lograba que sus palabras sonaran más importantes de lo que eran. Hay gente que dice las cosas de modo que significan menos. Él hacía que las palabras dijeran más.     Hacía que se te pusieran los pelos de punta cuando hablaba. Yo sentía una pelusilla erizada en las mejillas cuando don Quijote se dirigía a mí. Lo miré, hechizado.
     –¿Así que usted supone que puede enseñarle a don Quijote cómo leer?
    Sentía la boca seca.
    –¡Presta atención! ¡Sácate la cera de las orejas! ¡Al diablo con esa expresión de asombro! ¡Levanta la cabeza, jovencito, y escúchame!
    Tomé aire. Sentí que me desvanecía. Con unas pocas sílabas podía inducir a la locura. Su discurso repercutió en la parte posterior de mi cráneo. No sé lo que me sucedió. Mis orejas se levantaron, una detrás de otra. Se me pusieron de punta, como las de un conejo. Entretanto él no dejaba de mirarme con aterradora concentración. Unos instantes más y mi cuerpo habría ardido en llamas. Hice un esfuerzo por erguirme hasta que mi cabeza rozó el techo de su desprecio.
    –¿Qué dije? –rugió–. ¡Escucha!
    Tragué entero. Estar en su presencia era una aventura de las que dejan heridas.
   –A lo largo de una carrera de cincuenta años como lector –dijo, mirándome sin parpadear–, he experimentado trescientos veintidós modos de la lectura. He leído a toda velocidad como un joven necio y brillante, refunfuñando como un maestro, quejumbrosamente como un sabio, con la melancolía de un viajero, escrupulosamente como un abogado. He leído selectivamente, como un político; comparativamente, como un crítico; desdeñosamente, como un tirano; fisgoneando, como un periodista; competitivamente, como un autor; laboriosamente, como un aristócrata. He leído críticamente, como un arqueólogo; microscópicamente, como un científico; reverencialmente, como un ciego; indirectamente, como un poeta. Como un campesino, he leído esmeradamente; atentamente, como un compositor; a toda prisa, como un escolar; mágicamente, como un chamán. He leído de todas y cada una de las maneras posibles de leer que existen. Nadie podría haber leído la cantidad y la variedad de los libros que he leído sin un compendio de las formas de leer.
Se quedó mirándome y me hizo sentir como si pudiera ver el interior de mi cabeza.
    –He leído libros empezando por el final y de adentro hacia afuera. Empecé a leer a Ovidio desde la mitad hasta el final, para luego seguir desde el principio. Una vez leí un libro que conocía bien saltándome una frase sí y otra no; luego volví al inicio para leer las que me había saltado. Todos somos como niños en el arte de la lectura. Damos por hecho que sólo existe una manera de leer un libro. Pero un libro leído de un modo novedoso se convierte en un libro diferente.
Sentí que me leía mientras hablaba.
    –Y tienes el descaro de decirme que estoy leyendo muy despacio. Parte del problema de nuestro mundo, mi altanero y joven amigo, es que el arte de la lectura está casi muerto. La lectura es el secreto de la vida. Leemos el mundo de una manera pobre porque nuestro modo de leer los libros es pobre.            Todo es lectura. Tú estás intentando leerme ahora mismo.
    Esa inesperada referencia a mi persona estuvo a punto de sacarme de mi propio pellejo. Yo era incapaz de leerlo a él. Ni siquiera me habría atrevido a empezar la lectura. Para mí era como algo escrito en caracteres chinos o como un jeroglífico.
       –No lo niegues. Puedo ver cómo tus ojos recorren mi rostro como si fuera un texto incomprensible.
     Hizo una pausa.
    –Es más, estás intentando leer este instante. Pero tu lectura es difusa. Las palabras no se ven con claridad en las páginas de tu vida. La juventud nubla tu vista. Las emociones pasan por el texto antes de que puedas captarlas. ¿Puedes leerte a ti mismo en el capítulo del tiempo?
     Él seguía mirándome y yo lo único que ofrecía a cambio era mi mutismo.
     –Eres un párrafo viviente de la historia. A tu alrededor se encuentran todos los horrores del tiempo y todas las maravillas de la vida, pero lo único que ves es a un viejo que lee con toda su alma. ¿Sabes qué estoy leyendo?
    Negué con la cabeza, como en medio de un trance.
    –Estoy leyendo un texto escrito por un español acerca de mis aventuras en La Mancha.
    Él interpretó el vacío de mi entendimiento.
    –No tienes ni idea de lo que estoy hablando y aun así te atreves a criticar mi modo de leer.
    Dejó escapar otra breve carcajada.
   –Yo no leo despacio. Y hace mucho tiempo que dejé la lectura rápida para aquellos que continuamente malinterpretan todo lo que tienen a su alrededor. Ahora leo como leen los muertos. Leo con las plantas de mis pies. Leo con mi barba. Leo con las cavidades secretas de mi corazón. Leo con todos mis sufrimientos, alegrías, intuiciones, con todo mi amor, con todos los golpes que he recibido, con todas las injusticias que he soportado. Leo con toda la magia que se filtra por las grietas del aire. ¿Y tú, no obstante, te atreves a juzgar mi manera de leer?
    –Disculpe, señor –murmuré–. No quería…
    –¿Acaso preferirías que me tragara las palabras como un borracho que engulle vino de palma en una bukka?
    –No, señor.
    –Supongo que crees que entre más rápido leas más inteligente eres, ¿no es así?
    –Para nada, señor.
    A decir verdad, es exactamente lo que pensaba.
    –Supongo que para ti vivir rápido es la clave del genio. Apuesto a que follas a toda velocidad también. Follas tan rápido que la pobre mujer a duras penas tiene tiempo de darse cuenta de que estabas allí.
    –¡En absoluto, señor!
    –¿En absoluto qué?
    –No lo sé, señor. Estoy confundido.
    Me dedicó otra prolongada mirada. Sentí que me encogía hasta convertirme en una figura diminuta de un centímetro de altura. Al mismo tiempo tenía la impresión de que me expandía más allá del cielo. Ése era el paradójico efecto de su presencia. Mientras me miraba tenía la impresión de que mi vida desfilaba ante mis ojos. Sentí que me precipitaba a través del tiempo. Me hice más adulto, más arrogante, más exitoso. Un evento fortuito me derrumbó. Luego vinieron años de dudas. Se engrosó mi barriga. Encontré una esposa, me hice padre y perdí todos mis sueños. Trabajé duro con la misión de sacar adelante a una familia. Y luego me hice viejo y me vi sentado en un porche, preguntándome adónde habían ido a parar la magia y las promesas de la vida, cuando sólo un día antes era un joven aprendiz, con todo el mundo por delante. Y entonces don Quijote llega a la imprenta y sacude mi vida con su mirada de urhobo loco.
    –Lo que no entiendes –dijo, implacable– es que nada se hace más rápido que cuando se hace bien.
    Por primera vez me percaté del silencio sobrenatural en el taller.
    –Lees para obtener información. Yo leo para obtener el alma del pensamiento. La lectura es como la mente de los dioses, sirve para ver más allá de la página. ¿Se puede leer una historia completa a partir de una sola mirada? ¿Se puede deducir el estado de salud de un poeta o cuál era su tiempo aquí en la tierra a partir de un solo verso? Crees que leer es cuestión de leer rápido. Pero la lectura es cuestión de comprender lo que no se puede comprender, algo a lo que las palabras sólo pueden aludir.
    Habría seguido así por horas si algo en el texto que don Quijote tenía en sus manos no hubiera llamado la atención de Sancho Panza.
    –Querido señor –dijo Sancho–, veo nada menos que su nombre en las páginas que está leyendo. ¿Cómo es posible?
    Don Quijote hizo una pausa en medio de un crescendo de ideas particularmente brillante. Luego fustigó a Sancho con una de esas miradas aprendidas en los arroyos de las tierras de Urhobo.
    –¿Acaso no has oído una sola palabra de lo que le estaba diciendo a nuestro amigo aquí presente sobre la lectura?
    –Señor, las cosas que usted dice son demasiado inteligentes para mí. Me entran por una oreja y me salen por la otra. Sólo puedo verlas como quien ve pasar un barco. No me sirve de mucho prestar atención a lo que usted dice. Pero su nombre en esas páginas… ¿qué hace su nombre ahí?
    Don Quijote golpeó el borde de la imprenta con la parte plana del machete. Saltaron chispas. El propio don Quijote se vio sorprendido, los ojos desorbitados. Presentí que se avecinaba un nuevo y largo discurso. Para distraerlo dije:
    –¿No va a seguir leyendo?
    Por un instante pareció debatirse entre una opción científica y otra literaria. Con un resuello y tirando de su barba como si ese gesto le ayudara a concentrarse, volvió al texto. Su forma de leer en silencio hacía pensar en un hombre que se ahoga. Una lagartija corrió pared arriba. El reptil vio a don Quijote mientras leía y se quedó atónito. Yo miré a la lagartija que miraba a don Quijote. Aquello debió de ser una imagen histórica.
    Ahora, después de tantos años, veo hasta qué punto se trató de un momento histórico. Fue un momento en que se rebasó la línea dorada que divide los tiempos antiguos de los nuevos. ¿Una persona leyendo puede constituir por sí sola un momento crucial de la vida cultural de toda la gente? ¿Algo tan íntimo puede tener repercusiones históricas? No quiero hacer declaraciones extravagantes sobre una actividad tan subjetiva. Pero ¿qué pasaría si la comprensión de nuestra propia mente propiciara el entendimiento de muchas? Hay instantes en los que uno de repente es capaz de ver las cosas como son. Bien sea una injusticia o un gran perjuicio social. Pero ¿y si esa visión ha sido captada primero por una sola persona y después por todos los demás? Es posible que los grandes momentos de la historia, la agitación de las barricadas, la demolición de los palacios, sean la forma exterior de una actividad íntima. Es posible que alguien lo haya visto primero y luego se desatara el aluvión de acontecimientos.
    Sea como fuere, mientras don Quijote leía ese texto uno podía sentir cómo se cargaba el aire del salón. Su manera de leer era como la persecución de todas las conjeturas. Era como ver un millar de signos de interrogación esparcidos sobre nuestro paisaje infestado de corrupción. Incluso su rostro no dejaba de alterarse mientras leía. Su barba se retorcía adoptando las formas enigmáticas de ancestrales esculturas.
    En medio del silencio, mil preguntas salieron, me asediaron. Quizás fuera ese prolongado lapso que habitualmente se destina a la conversación banal; quizás fuera ese tiempo que uno suele emplear para cubrir eso que no queremos ver, pero que no deja de interpelarnos como un cadáver tirado a un lado de la calle; quizás fuera el silencio, tan escaso en estos tiempos, lo que hizo que las preguntas se elevaran hasta las claraboyas del techo y de ahí se regaran por toda la nación.
    Tratándose de un hombre eminentemente práctico, de acuerdo a su curiosa lógica, don Quijote no habría estado de acuerdo con semejantes fantasías. Pero sin duda algo estaba ocurriendo en ese espacio, en ese silencio, mientras él succionaba el aire con la concentración de su lectura. Quizás fuera el inicio de nuestra lectura del mundo lo que se alzaba a nuestro alrededor, el mundo que debíamos padecer día tras día. Sí, debía de ser eso, sobre todo.
    Nos infectó con su nuevo modo de leer. Empezamos a leer las cucarachas. Leímos las telarañas. Leímos los caminos sin asfaltar y los cadáveres en los arbustos. Leímos las arrugas de nuestros rostros, por las que se filtraba la angustia. Leímos nuestro extraordinario talento para la evasión. Leímos nuestra respiración y nos percatamos del texto cáustico que el aire formaba. Cuando empezamos a leer las barracas, los barrios de invasión y las casas palaciegas con guardias armados y rejas electrificadas, cuando empezamos a leer a los que iban engordando mientras nosotros nos poníamos cada vez más flacos, cuando empezamos a leer el texto ambiguo de nuestra historia reciente, entendimos que el mundo no era como pensábamos. Antes veíamos el mundo como algo inevitable. Creíamos que no podía ser de otra forma. Ahora, con la nueva lectura, vimos que el mundo podía ser de mil maneras distintas. Pero habíamos elegido esta manera, con sus malos olores, con sus injusticias.
    Todo esto sucedió en el lapso de tiempo que toma leer una página impresa. Don Quijote leyó la página. Luego agarró otra. La leyó. A continuación levantó la cabeza, ladeándola un poco, y nos miró perplejo.
    –¿Qué ocurre? –dijo Sancho, dando un paso al frente.
    Sancho percibió la turbación en los ojos de su amado maestro y amigo.
    –¿Qué ocurre?
    –¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre? ¿Has visto lo que estoy leyendo?
    –No. ¿Qué es?
    No sé cómo, pero la cara se le había manchado de tinta. Tenía un aspecto a la vez cómico y macabro.     Don Quijote malinterpretó nuestras miradas. Dio por hecho que conocíamos lo que estaba leyendo y que de alguna manera éramos partícipes de la confabulación. Levantó el machete por encima de su cabeza. Buscamos refugio en las sombras, todos juntos contra la pared. Seguramente el relieve de nuestras espaldas habrá dejado marcas en los ladrillos.
    –Son páginas sobre nuestras aventuras –exclamó.
    –¿Qué aventuras?
    –Todas nuestras aventuras.
    –¿Todas?
    –Todas. Desde que salimos de Ughelli a recorrer el mundo hasta La Mancha, luchando contra demonios, derrotando a los gigantes, rescatando a las damas, protestando contra las plataformas petrolíferas, combatiendo la corrupción. ¡Aquí está todo!
    –Pero ¿cómo es posible? Nadie más sabe de nuestras aventuras. Yo no le he contado nada a nadie. ¿Y usted?
    –No seas tonto, Sancho.
    –Pero ¿quién está escribiendo esas aventuras? ¿Lo conocemos?
    –Alguien llamado Ben Okri. Afirma que escribe nuestras aventuras a partir de historias orales.
    –¿Historias orales?
    –Sí, orales. No pongas esa cara, Sancho. Es la historia que pasa de boca en boca.
    –¿Se refiere a los chismes?
    –No sólo a los chismes.
    –¿Se refiere a los rumores?
    –No. Son las historias que cuenta la gente.
    –¿Y son de fiar?
    –La historia oral puede ser más confiable que la historia escrita.
    –¿De veras cree eso?
    –¿Por qué no?
    –La gente exagera. Cuentan mentiras. A veces se ponen a hacer propaganda.
   –Lo sé. Pero la historia oral nos entrega el espíritu, mientras que la historia escrita sólo nos proporciona los hechos. Los hechos, en sí mismos, nos dicen muy poco.
    –¿Entonces hemos de creer en este Ben Okri?
   –También afirma haber escrito las aventuras basándose en los textos originalmente escritos por Cervantes, quien a su vez escribió los suyos a partir de los papeles de Cide Hamete Benengeli, quien a su vez los obtuvo de un manuscrito árabe.
    –Parece todo muy complicado.
    –No es para nada complicado. Es como la genealogía bíblica.
   –¿Qué quiere decir genealogía? Siempre está usando grandes palabras, más grandes que yo. Y eso que soy bastante grande. ¿No puede decirlo con palabras simples para un hombre sencillo como yo?
    –Y eso no es todo –vociferó don Quijote, ignorando la petición de Sancho.
    –¿En serio?
    –Claro que hay más. Por eso estoy tan furioso.
    –Usted siempre está furioso por algo. O anda enfureciendo a los demás por algo.
    –Cállate, Sancho.
    Sancho miró a don Quijote con expresión abatida.
    –Este señor ha escrito aventuras que yo todavía no he vivido.
    –¿Quiere decir que ha escrito su futuro?
    Don Quijote reflexionó un momento. Su rostro parecía sumido en una profunda meditación.
    –Ha escrito un futuro.
    –¿Cuántos futuros hay?
    –En mi pueblo tenemos un dicho muy sabio. El futuro de un hombre cambia cuando éste cambia su manera de vivir.
    –Perdone mi estupidez pero ¿no sería ese otro futuro como cualquiera?
    –¡No! –gritó don Quijote–. Creemos que una persona puede eludir el futuro. A mí me profetizaron que moriría en la cama y que renegaría de la vida que he vivido. Pero no pienso hacer algo así.
    –¿Y cómo lo sabe?
    –Podrán escribir mi futuro. Pero yo soy el único que puede escribir mi presente.
    –¿Así que ahora piensa convertirse en escritor?
    –Claro que no, Sancho. He elegido vivir. He elegido la noble senda de la aventura, no el arte sedentario de la escritura.
    –Por un segundo llegué a preocuparme.
    –Cuando digo que escribiré mi presente sólo quiero decir que lo escribiré en cómo lo vivo. Para muchos escribir es sólo lo que se hace en una página. Para unos pocos, escribir es lo que uno hace con su vida. Algunos escriben sus textos en papel. Yo escribo mi texto en el tejido vivo del tiempo. Escribo mis leyendas en la carne viva del presente.
    –Yo prefiero el puré de ñame y la sopa egusi con carne de chivo.
    –Claro que sí, Sancho.
    –Cada uno a lo suyo.
   –Para mí, sin embargo, todo el destino está aquí. En este momento. Este presente no puede ser controlado por los dioses.
    –¿Por qué no?
    –Porque los dioses nos han concedido la maravilla de la conciencia.
    –Nunca había pensado en eso.
    –Me imagino que no, Sancho. La mayoría de gente lee libros. Yo leo la vida. Alguna gente escribe historias. Yo las vivo.
    Echó un vistazo por todo el taller.
    –Vámonos –dijo de repente–. Hemos perdido demasiado tiempo en este nido de embalsamadores.
    Obligado a defender mi trabajo de aprendiz de impresor, grité:
    –¿Embalsamadores?
    –Sí, embalsamadores –contestó don Quijote tranquilamente–. ¿Qué otra cosa hacen aquí sino enterrar el tiempo vivo en la tumba de la impresión? ¿Qué otra cosa hacen sino fijar en el ámbar de los tipos aquello que es fluido y multidimensional?
    Una vez más lo miré estupefacto. En mi mente saltaban mil objeciones pero mi boca estaba atascada.     Don Quijote continuó en el mismo tono:
    –Este taller es un cementerio. La vida tiene mil colores, significados, capas, aspectos conocidos y desconocidos. La impresión sólo tiene una cara. Esa cara, dentro de mil años, será considerada como la única verdad. Ésta es una casa de falsificaciones del tiempo. No tengo nada más que hacer aquí.
    –Pero nosotros dejamos un registro –protesté–. ¡Esto es historia!
    –¡Madre de las mentiras! –redarguyó don Quijote con una calma sobrenatural.
    Los años pasan y una gran ambigüedad se cierne sobre esas palabras. Los años pasan y me doy cuenta de que nunca vemos realmente lo que tenemos ante los ojos. Es como si los acontecimientos ocultaran su propia verdad.
    Al recordar todo esto, confieso que no estoy seguro de lo que ocurrió en la imprenta cuando don Quijote nos visitó. ¿Realmente leyó las páginas de un libro que alguien había escrito sobre sus aventuras? ¿Realmente llegó a leer uno de sus posibles futuros? ¿O sólo leyó una página escrita por uno de nuestros más venales columnistas? No tengo idea de lo que leyó don Quijote aquella vez. Desde entonces me he dado cuenta de que no se trata tanto de lo que leyera, sino de cómo lo leyera.
    Daba la impresión de que podía leer el futuro en un grano de texto. Lo cierto es que después de que se marchó revisamos todo lo que habíamos impreso en el taller. Descubrimos que nada de lo impreso aquel día o ningún otro día guardaba semejanza alguna con lo que él afirmaba haber leído.
    Empezamos a concebir la vaga idea de que quizás no sabíamos cómo leer los caracteres secretos escondidos en las cosas ordinarias que imprimíamos todos los días. Llegamos a pensar que no sabíamos en absoluto cómo leer. Ésa fue tal vez la mayor conmoción. Don Quijote había leído nuestras paredes, el polvo bajo nuestros pies, y había captado lo que nosotros no habríamos visto en cien años. Lo hizo de un modo que nos enseñó que hay una realidad secreta ante nosotros todo el tiempo. Esta realidad secreta revela todas las cosas.
    Todavía nos queda la duda de si su lectura de esta realidad secreta es una consecuencia de su locura, o si nuestra incapacidad para leerla es una consecuencia de nuestra ofuscación. Tal vez sólo seamos ciegos a las profecías escritas en los escuetos caracteres de nuestro tiempo.
    Ese día, después de devolverme las páginas impresas, echó un último vistazo por todo el taller. ¿Cómo era posible que una mirada revelara a la vez la pobreza y la riqueza de un lugar? Por un momento, viéndolo todo a través de sus ojos, quise arrancar hasta el último ladrillo de aquel escuálido taller. Pero a continuación, sin dejar de ver las cosas a través de sus ojos, logré entrever en todo aquello una insospechada magnificencia. Con su peculiar mirada era capaz de transformar una choza en un palacio.
    Después de esa inspección ambigua, don Quijote me miró. Pensé que pronunciaría un largo parlamento, a los que son proclives los antiguos caballeros. Me preparé para escuchar un discurso enrevesado. En lugar de ello, don Quijote me concedió la gracia de su sonrisa, una sonrisa donde se mezclaban la compasión y el divertimento. Hasta este día no he sido capaz de dilucidar por completo el significado de esa sonrisa. A menudo me perturba en los márgenes del sueño.
    Con un gesto dirigido a Sancho, salió del taller. Debería escribir esa frase dos veces. Jamás alguien ha salido de un lugar como lo hizo don Quijote aquel día. Dejó el espacio alterado para siempre. Salió del taller, pero el lugar retuvo la estampa y la magia y el caos de su espíritu. A partir de entonces cada vez que iba a la imprenta me invadía un poco de ese quijotismo.
    ¿Por qué habría de escribir con una cadencia elegíaca para hablar de algo que ocurrió hace más de cuarenta años? Yo también habría querido cabalgar en un corcel y salir a asumir los desafíos de nuestro tiempo. Tiempo después oiríamos contar que había atacado a unos jóvenes en un garaje pensando que eran hombres de Boko Haram; o que había defendido a una prostituta en Ajegunle creyendo que se trataba de una célebre princesa yoruba; o cómo la emprendió contra un convoy de soldados, acusándolos de fraude electoral. En ese último episodio estuvieron a punto de matarlo a golpes por su absurda bravuconería.
    El relato de estas acciones las ha convertido en hazañas heroicas que avergüenzan a nuestros famosos activistas. Sus aventuras, reinventadas por los contadores de historias, aportaron a mis días algo de gloria. Los años han sido benévolos con él.
    Cuando murió, en una choza, en los márgenes del gueto, rodeado de sus amados libros, sólo Sancho estaba allí con él, junto a una sobrina intrigante. Sus últimas palabras no fueron recordadas por nadie. Sancho estaba demasiado abatido por el duelo para memorizarlas. Pero con el paso de los meses, los rumores sobre su muerte empezaron a circular. Todas las mujeres del mercado a las que había molestado, todos los políticos a los que había insultado, todas las prostitutas a las que intentó reformar, todos los carretilleros de los que se había burlado, todos los choferes de bus que salían huyendo cuando lo veían, todos formaron una procesión en su calle y guardaron una larga vigilia a las puertas de su casa.
Hablo de todo esto con demasiada concisión. Este relato debería extenderse por mil páginas. Pero la prisa y el ajetreo dominan nuestro tiempo. Es casi milagroso que alguien pueda contar una historia de principio a fin.
    Lo que ocurrió con el resto de su vida ha sido contado por miles de personas. Son como pulgas en el lomo de un toro salvaje. Yo sólo quería dar cuenta de un momento y de su profunda repercusión. Son las repercusiones las que nos deben dar la medida cabal de la grandeza.
    Salió de la imprenta aquel día y quedó bañado por la húmeda luz de ese sol de Ajegunle. En la puerta aguardaba el burro más esquelético que he visto en mi vida. Un burro terco y lleno de pulgas. Don Quijote se trepó de un salto en el animal y fue derribado de inmediato. Se incorporó, se sacudió el polvo. Luego se volvió hacia nosotros y dijo:
    –Parece que Sidama no quiere que lo monten hoy.
    Pasó la cuerda alrededor del pescuezo del burro. Era un animal famélico y testarudo. Al parecer no sentía gran aprecio por su amo. Don Quijote insistía. Le hablaba a la bestia como si se tratara de un ser humano inteligente. Una muchedumbre se había reunido para observar ese extraño episodio en el que un hombre intentaba razonar con un burro.
    Entonces algo inesperado sucedió. Mientras don Quijote le susurraba al burro en una de las retorcidas orejas, Sancho le propinó al animal una rápida y contundente patada en la grupa. Eso bastó para amansar a la bestia. Don Quijote nos miró como corroborando la eficacia de su técnica.
    –Sólo hay que razonar con él –dijo.
    Una nube roja empezaba a formarse en el norte. Agarró las bridas y se alejó cabalgando hacia la leyenda.

Concha Alós - "El leproso"

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Novelista y cuentista española. Aunque ignorada y olvidada por el mundo literario, perteneció por derecho propio a la Generación de los 50. Su obra se enmarca en el realismo social de posguerra y trató temas poco habituales en la literatura española de entonces, como el sexo, la homosexualidad, la prostitución o la miseria de la guerra (lo que obviamente le creó problemas con la censura). La crítica la denostó a menudo por su uso demasiado atrevido del lenguaje ya que sus expresiones podían llegar a sonar obscenas o incluso brutales para la pacata España de la época. Pese a ganar en dos ocasiones (en una le fue retirado por problemas contractuales) el más famoso, mejor dotado y, a la vez, menos prestigioso premio literario en español, su obra, salvo su volumen de cuentos que ha sido reeditado recientemente, es en la actualidad prácticamente inencontrable salvo en segunda mano, rastros y mercadillos.
Este cuento pertence a REY DE GATOS (Narraciones antropófagas) de 1972.


    Siempre estaba encontrando a los leprosos. Eran tres, a veces más, y de noche se instalaban junto a mi cama envueltos en un sudario, me miraban inmóviles. Mis hermanas, que dormían en el mismo cuarto que yo, nunca se dieron cuenta. Clara tenía relaciones con un recaudador de contribuciones que sabía tocar la guitarra. Por mayo, desatado todo el perfume de los naranjos, venía con un grupo de amigos para cantarle serenatas bajo el balcón. Yo atisbaba por la rendija de la persiana y los miraba bramar Malva buganvilla y Te adoro, chatita y, después, pasarse una bota de vino, beber al galillo. El recaudador vestido de gris llevaba corbata celeste y tenía una nuez abultada que le subía y le bajaba al pasarse el vino… Mi hermana, cuando marchaban, se quedaba desvelada y caminaba por el pasillo de la planta baja, hasta que mi padre, apoyado en el pasamanos de la escalera, alborotados los finos cabellos en lo alto de la cabeza, le gritaba: «Muchacha. Ya está bien de paseos». Entonces, Clara, refunfuñando, volvía a la cama. Pero ni Clara, tan aficionada a moverse en la oscuridad, ni Isabel, hablaron nunca de fantasmas ni de leprosos.

    Yo, que a solas oía nudillos que llamaban y al volverme encontraba la puerta entreabierta y asomando por ella piltrafas de mano, hubiera querido contárselo a alguien. Pero mi madre se contemplaba en un espejo oval, se depilaba las cejas y el bigote con unas pinzas; se quedaba absorta ante la televisión o meditaba errante la mirada en las cartas de una baraja extendidas sobre la mesa, componiendo abarrotados solitarios… Ni me hubiera escuchado. Prefería cantar, explicar de nuevo las anécdotas de su padre, el general, enseñarnos ñoñas fotografías mientras hablaba de su madre –perfumada, más señora que nadie– al tiempo que mascaba chicle, lo estiraba, en la tarde interminable y calurosa, formaba pompas inverosímiles con él. No…, a papá tampoco. Estaba demasiado ocupado. No podía andarle con aquello. Me hubiera llamado loca o…, vete a saber. Y a mis hermanas no les interesaba yo. Clara se quería casar con el recaudador y bordaba enfebrecida sábanas y servilletas. Isabel soñaba con ser pintora y cuando acababa su jornada en la boutique, escapaba a pintar al natural a paso ligero, cargada con una gran carpeta. Casi tan grande como ella, que era redondita y baja.

    Estaba bien segura de que existían lugares llenos de lepra. Los soñaba por la noche. Veía una colina presidida por una fábrica de chimeneas cilíndricas y desiguales, algunas muy largas. Otras, simples agujeros en el tejado. Lo curioso era el polvillo gris que flotaba por el aire que hacía toser, se posaba sobre las cosas y la hierba en capas finísimas que se elevaban al menor soplo para volver a caer en seguida. Los leprosos desfilaban en una procesión que nacía al otro lado de la montaña, que no acababa nunca. Llevaban cirios encendidos y cantaban misereres, clamando perdones, no sé qué perdones… El otro era un pueblo cercado por un río. En realidad no se trataba de un pueblo, propiamente dicho, más bien era una carretera cruzada continuamente por automóviles a toda velocidad, coches que no paraban nunca y creo que jamás se pudo pasar de una acera a la acera de enfrente. En cada una de las casas había un leproso tapiado. Allí la enfermedad era endémica y se consideraba peor que un crimen llevar al leproso a un sanatorio, lejos del calor familiar. Elegían la mejor habitación y tapiaban la puerta con ladrillos. Dejaban solo una abertura para pasar la comida, el orinal… Los domingos la familia se reunía en el cuarto vecino. Chismorreaban en voz alta, leían el diario, contaban chistes… Del hueco abierto en el tabique llegaba la voz del leproso que, a medida que el tiempo pasaba, se iba volviendo ronca, inaudible. Y un hedor profundo, de perro, mortal.

    «El leproso manchado de lepra, llevará rasgadas las vestiduras, desnuda la cabeza, cubrirá su barba, e irá clamando: ¡Inmundo, inmundo…!». Corría el mes de junio y empezaron las vacaciones. Yo leía la Biblia. Isabel había llegado de la calle y salió también al patio, con su carpeta. La parra tamizaba el sol de las seis, metamorfoseaba su luz hasta volverla verde. Isabel comenzó a sacar sus dibujos de uno en uno. Los ponía a distancia, achicaba los ojos y con el lápiz carbón corregía ángulos volviéndolos redondos, transformaba las líneas curvas en rectas. Sombreaba porciones blancas. Alargaba, acortaba, perfectamente absorta. De pronto cogió una de las láminas y en un arranque la rasgó en pedazos. Lloraba de rabia. Después los fue recogiendo del suelo, y los partió en trozos más pequeños hasta que el sendero entre los parterres quedó blanquecino, cubierto del improvisado confetti. Mi madre, que se mecía en el balancín le gritó: «Ahora mismo coges la escoba y los barres…». Isabel obedeció sin mirarla, como si la orden no hubiera partido de ella sino de una nube y actuara a impulso de alguna voz sobrenatural. Se sonaba los mocos, lloraba aún. Cuando desapareció en la casa mamá masculló: «Loca. Más loca que mi suegro», y desabrochándose la blusa de dibujos lagarteranos se miró repentinamente interesada el nacimiento de los senos. Volvió a anudar la blusa. Fue en este momento cuando llegó Clara y explicó lo de la beata. La Virgen se había aparecido a la hija de un alguacil de Bechí, llena de resplandores, y le había anunciado que se disponía a curar a todos los enfermos del término municipal. Bastaba que acudieran a un lugar determinado del monte, que metieran la mano dentro de un río que fluía y se santiguaran, marcaran la santa cruz… Isabel, que colocaba sus paisajes en la carpeta, empezó a reírse con unas carcajadas amargas, como si se vengara de algo y mamá le chilló indignada que desde que trataba con artistas había perdido la gracia de Dios. Y se puso a explicar otra vez aquello que nos sabíamos de memoria: lo de su abuela conversando con el ánima condenada de su segundo marido: «Si eres criatura del Señor, dime si puedo ayudarte…». El aire se iba impregnando del perfume intensísimo y pasado de la glicina, ya en la segunda floración, perdiendo todos sus pétalos. La radio soltaba «la española cuando besa» a todo trapo y el relato de mi madre se volvía por momentos más prolijo y vago como siempre que, llena de vino, inventaba historias. Yo temblaba pues me invadió la seguridad de que Bechí no debía andar lejos del pueblo de mis leprosos: «Si a uno se le caen los pelos de la cabeza y se queda calvo, es calvicie de atrás; es puro. Si los pelos se le caen a los lados de la cara, es calvicie anterior; es puro. Pero si en la calva, posterior o anterior, apareciese llaga de color blanco rojizo, es lepra que ha salido en el occipucio o en el sincipucio. El sacerdote lo examinará, y si la llaga escamosa es de un blanco rojizo, como el de la lepra en la piel de la carne, es leproso; es impuro, e impuro lo declarará el sacerdote, pues es leproso de la cabeza…». Alguien derrumbaría los tabiques y ellos acudirían al río para limpiarse, mudos, sin gritos bíblicos, con la única finalidad de que se cumpliera el conjuro sagrado de la hija del alguacil. Supe con certeza, también, que uno de ellos vendría a encontrarme, que nada ni nadie podría librarme de aquel horror.

    Y ocurrió. Fue una noche de aquel mismo verano, con una música de grillos desatada, palpitante como un zumbar de oídos. Dos ojos, los del leproso, me miraron ardientemente desde lo negro y yo intuí en seguida que aquello ya no era la probable mentira de las manchas de la pared ni las presencias inciertas del fondo del espejo. Por primera vez iba a tropezarme con la realidad. Estaba tan segura de ello como de que iba andando hacia el Sándwich y tenía que atravesar aún toda la calle Soldado Ruiz, tan oscura, con las bombillas reventadas por culpa de aquellos cafres del preu. Eso decía la gente que eran los estudiantes, pero yo adivinaba que las destrozaban ellos en corros salvajes y desesperados. Envueltos en vendas purulentas, hambrientos, porque nadie quería darles pan, ni agua, porque todos huían con un «Dios te remedie» o les tiraban piedras, esas mismas piedras que lanzaban luego ellos contra las luces para que todo quedara oscuro, solo con el desigual frenesí de la candelilla de las ánimas. Sí, eran ellos, multitud de leprosos con pedruscos, bailando, sollozando, riendo, cantando a gritos: «¡Impuro! ¡Impuro!…». Borrachos, tambaleándose, cayendo por los suelos.

    Se apoyaba en la agrietada pared de la posada del Gordo, apuntalada con vigas desde que la desalojó el ayuntamiento porque dijeron que amenazaba ruina. Eché a correr sintiendo que las tinieblas se me enganchaban en los pies y me querían frenar. De la cesta se escapó volando la servilleta y quedó toda extendida, cuadrada, al lado del bordillo. No me paré a recogerla porque a mis espaldas se sentía ya el resuello ronco y enorme, como de toro, y un latir cordial apresurado por la carrera. Llegué al Sándwich sin aliento, trémulas las manos. Mi padre sumaba en el libro del debe y del haber, dentro de aquella garita de vidrio casi zoológica. Una obcecada mariposa de abdomen peludo y gordísimo chocaba una vez y otra vez contra la lámpara, caía al suelo, levantaba de nuevo el torpe vuelo… En un rincón del bar el único cliente daba lengüetazos reflexivos a una cuchara colmada de Chateaubriand de merengue. Le entregué la cesta a mi padre que, distraídamente, preguntó por la servilleta. Después dijo: «Tu madre solo sabe guisar patatas. Todos los días de Dios, patatas». Detrás de sus gafas su mirada opaca resbaló con el dobladillo de mi falda. Yo me senté de cara a la puerta, junto al velador donde colocaban los periódicos. Manolo el camarero secaba vasos: «¿Qué hay?», saludó. Yo sonreí, pero él ya se había vuelto para conectar la televisión. Unas rayas veloces, inútiles, cruzaban la pantalla de derecha a izquierda. Nacían y morían. Manolo dijo: «Es una birria. Falla. La semana pasada, igual». «¿No vino todavía el técnico?», preguntó la señora Irene. «Sí, pero aún la dejó peor». Desenchufó y en el Sándwich aterrizó plano y excesivo el silencio. Al momento comenzó a oírse el sereno reptar de la escoba que manejaba la señora Irene. A lo mejor se asoma, pensé entonces. Pero enseguida me tranquilicé: con la cara destrozada, sin nariz, ¿cómo iba a atreverse?

    La escoba arrastraba serrín mojado que de amarillo se había vuelto pardo y se mezclaba con colillas y palillos, hacía crujir un envoltorio de chocolate lleno de estrellas. «¿Qué, cómo van esos estudios? ¿Te dieron ya las notas?», preguntó la señora Irene. Mi padre contestó con la boca llena que yo había tenido dos notables. Ella paró de barrer y apoyó la barbilla en el mango de la escoba. Explicó que a su hijo pequeño le habían suspendido las matemáticas pero que Santiaguín había sacado todo con matrícula de honor. Siguió hablando de sus hijos, elogiándolos. Llevaba un peinado alto, duro y negro. Los labios de papá se estiraban hacia las orejas en un gesto fofo que igual podía revelar orgullo, condescendencia, que un profundo sentimiento de estafa. Trabajaba todo el día en los Astilleros del Puerto y por la noche llevaba las cuentas del Sándwich. Cuando la guerra civil lo ascendieron a capitán «por méritos en campaña» y alguna sobremesa aún se animaba narrando historias de moros y falangistas, la batalla del Ebro. Pero mamá lo cortaba, se le reía a la cara diciendo que aquello era agua pasada pues ahora él no era nadie.

    Delante del bar, extendida como una alfombra, estaba la luz. Un rectángulo cálido, acogedor; en la esquina, la inquietante lucecilla de las ánimas y un poco más allá la calle de Soldado Ruiz con la posada del Gordo. Una mañana de invierno la brigadilla echó al Gordo y a su mujer de la casa. Llovía y los muebles, los colchones y el pañuelo de la vieja, la suegra del Gordo, se iban empapando mientras los cargadores peleaban con un cajón muy grande que llevaba varios letreros de «frágil». Al fin pudieron izarlo y el Gordo y su familia partieron en el camión, fláccidas las ropas, pegadas al cuerpo. Luego, cuando los obreros apuntalaron el casón, fuimos con Pepe Museros, Emerín, Miguel Taus, Amparito y toda la pandilla, a mirar. La posada había quedado vacía, hueca, como una enorme cáscara y luego se fue llenando de ratas, gatos abandonados y… leprosos. Yo adiviné en seguida que él se escondería allí. Lo supe desde que lo soñé rubio, con los pies envueltos en trapos, huyendo carretera adelante, increíblemente ágil, con la mirada terca.

    El Sándwich se iba animando. Hombres que se instalaban en la barra, alrededor de las mesas, con ese aire desenvuelto que adquieren cuando no van con sus mujeres. Era ese tiempo apacible que media entre la cena y el sueño y ellas debían estar con sus críos, fregando los cacharros en la cocina. El chino Musné apartó la cortina de canutillo, tenía un negocio de bicicletas en la calle Mayor y su hijo venía a clase conmigo. El chino daba chupadas a un puro. Se le apagó y entonces fue a instalarse bajo la lámpara; miró con interés la punta del cigarro, se disponía a encenderlo… Yo le explicaba a mi padre que Isabel y mamá habían vuelto a reñir. Siempre peleaban por lo mismo: las dichosas clases de pintura. Mamá opinaba que una mujer es para su casa y el marido, no para correr como una perdida, pintando paisajes. Pero Isabel, esta tarde, pegó un portazo y desapareció con el caballete. A papá las cosas de Isabel le iluminaban los ojos, con unos reflejos enérgicos que lo identificaban con ella, en un parecido que normalmente ni se notaba. «Esa chica tiene nervio», pronunció despacio, soñadoramente. Y la piel de la manzana que iba pelando caía toda de una pieza, formando una cinta movible y larga, como un gusano. Como aquellos gusanos que yo había soñado la noche anterior. Se me metían por la planta del pie y perforaban mi cuerpo en cavernas interminables. Algunos me salían por los oídos y por la boca. Yo cogía la extremidad de uno de ellos y la iba arrollando a un carrete de hilo vacío. Alguien me decía: «Cuidado. Ve despacio. Si lo rompes, nunca podrás sacarlo».

    Mi padre terminaba de cenar. Recogía el plato, el cubierto, cerraba la fiambrera y le pidió a Manolo una servilleta de papel. Ahora no tendría más remedio que salir del Sándwich, enfrentarme con lo que tenía que pasar. Tuve miedo. Los brazos me ardieron y, casi en seguida, me recorrió un escalofrío, igual que cuando lo había descubierto a él apoyado en el muro. Decidí quedarme en el bar. Mi padre solía acabar a eso de la una: me iría con él. «He pensado –pronuncié vacilante– que me quedaré aquí contigo, te esperaré hasta que acabes». La intensa mirada de papá era desconfiada. «Ni hablar. Largo. Ya basta con que uno pierda la noche». Se había sentado de nuevo dentro de la garita. Contaba dinero.

    No me quedó más remedio que agarrar la cesta y lenta, muy lentamente, caminar hacia la puerta. En el tocadiscos gritaba apasionada la Mahalia y a mí se me saltaron las lágrimas. Estaba tan segura de lo que iba a pasar que podía explicarlo igual que si lo hubiera vivido ya: yo caminaría hasta la calle Soldado Ruiz, allí, antes de llegar a la lamparilla que arde bajo el Ecce Horno, me saldría al paso el leproso y pronunciaría algo que quizá yo no entendiera. Una frase como: «Buenas noches, guapa». Yo, entonces, intentaría escapar pero él lo impediría. Forcejearíamos. Después me agarraría los brazos y yo sentiría sus pulgares poderosos en las muñecas, el corazón como un ahogo insoportable. Más tarde, mientras me apretara contra la pared, iría descubriendo su cara blanquísima e increíblemente hinchada, sin cejas ni labios. En vez de orejas el horror de aquellos racimos sanguinolentos, bulbosos, como asquerosos tubérculos…