-No quiero morir en pijama –dijo Fani.
Cuentista, ensayista, autora de literatura infantil y guionista de cómic vasca que escribe en euskera.
Este cuento pertence al volumen "Era todo el mismo hueco" de 2026.
La versión es la de Ander Izagirre.
Nekane sacaba la pulpa de una hoja de aloe con un cuchillo, sentada en el borde de la cama. Hacía ya unos días que a Fani le costaba pronunciar las consonantes y había que prestar mucha atención para entenderla. Nekane le frotó la sustancia viscosa en los labios, por fuera y por dentro, para que las heridas que le habían aparecido en las últimas semanas cicatrizaran mejor. Fani apartó la cara. Cuando Nekane vio aquel residuo de testarudez, aquella terquedad que ella había intentado reprimir toda la vida y que había detonado los enfados más violentos entre las dos, sintió algo parecido a «Esta es mi chica», y se dio cuenta de lo absurdo que había sido luchar contra ese rasgo durante cuarenta años. Las amigas llamaban a Fani «la alemana», por su seriedad, por su rigidez, hasta que un día ella les pidió, muy seria y muy rígida, que dejaran de hacerlo. Y no lo hicieron nunca más, al menos en su presencia.
–No quiero morir en pijama.
–¿Y qué nos vamos a poner? –Desde que empezó a pensar en singular, le había dado por hablar en plural.
–No lo sé.
Le limpió el mentón con un pañuelo. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano, aunque nunca hasta entonces había acariciado a nadie de esa manera. En los últimos días le salía así, no sabía por qué. De todas maneras, nunca habían sido especialmente cariñosas. Fani estiró el cuello, buscando la mano de Nekane. Le había gustado. En las últimas semanas se le había torcido un poco el ojo izquierdo por culpa del tumor, y desde que no se levantaba de la cama el lunar bien definido y firme sobre el labio había empezado a ceder, como si el cáncer también lo hubiera conquistado. Había ocurrido todo tan rápido que a Nekane, cuando se esforzaba por situarlo dentro de coordenadas comprensibles, se le ocurría que aquel lunar era el paso al inframundo de Fani y que por ahí se le había colado la enfermedad, que los médicos estaban equivocados y no había empezado en el páncreas.
En cualquier caso, el cáncer había devorado todo lo que había encontrado por el camino. Lo que yacía en la cama era el caparazón de Fani.
Nekane abrió el armario de par en par. Era el único mueble de Ikea. Se tomaban estos asuntos muy en serio, sobre todo Fani, y lo compraban todo en Rentería o en la comarca; sin embargo, cuando quisieron cambiar el armario de la habitación, visitaron las tiendas de muebles, se echaron a temblar con los presupuestos de las carpinterías y al final cedieron, no sin sentir las contradicciones.
Fani miraba al techo con aquella mueca de desprecio que antes le salía cuando estaba de mal humor y le daba un aire a su madre, y que ahora, con la enfermedad, se había convertido en un gesto permanente. Le costaba respirar.
Nekane sacó la camisa de cuello mao, la que Fani había comprado para el concierto de piano de fin de carrera de su sobrina y nunca se había puesto. También habría que pensar en el bungalow, en qué hacer con él, porque no se imaginaba yendo los fines de semana sin Fani, barriendo la arena de la entrada sin Fani, en el mercado de Vieux-Boucau sin Fani, curioseando en los mercadillos de antigüedades sin Fani, en bicicleta sin Fani, celebrando el olor de los pinos sin Fani, bebiendo vino dulce en el porche sin Fani, con otra gente sin Fani.
La pesadilla había empezado justo allí, en la playa de Vieux-Boucau, hacía apenas siete meses.
Les gustaba ir después de comer, a dormir la siesta. Aquel día el viento soplaba fuerte y dudaron, pero eran los primeros soles después de un invierno duro y no los podían desaprovechar, así que cargaron los bártulos y se fueron a la playa.
No había nadie aparte de los surfistas. En cuanto llegaron, les pareció que se estaba levantando una galerna y decidieron caminar. Nekane vio algo. Al principio le pareció un pez grande, pero pensó que estaba demasiado lejos de la orilla. Al acercarse vieron que era un obús cubierto de costras de óxido y salitre, medio oculto por la arena.
–No podemos dejarlo aquí. Podría recogerlo o pisarlo cualquiera.
–¿Y si lo tapamos con arena?
A un chaval del pueblo le había explotado una granada de cuando la guerra y se había quedado ciego. No podían pasar de largo.
Dado que no sabían suficiente francés como para llamar a la Policía, decidieron que Fani se quedaría vigilando el lugar. Se había sentido medio indispuesta todo el día y no tenía ganas de andar de un lado a otro. Nekane esperaba encontrar algún agente en el camino de la playa al pueblo para enseñarle la foto que le había hecho al obús. Le costó media hora dar con uno: un chico que andaba colocando multas en los parabrisas. Le enseñó la foto en el móvil y le señaló el camino de la playa. Él hizo una llamada y enseguida apareció una pareja de policías. Nekane los guio. Y cuando llegaron, aquella imagen: Fani de rodillas junto al obús, pálida, encogida, con el pelo revuelto por el aire. Nekane pensó que se estaba protegiendo de la galerna, porque los granos de arena le azotaban la piel, pero al acercarse se dio cuenta de que tenía la cara descompuesta.
–¿Qué te pasa?
El viento y el mar le impedían hablar con ella.
–¡Fani!
Estaba como ida, con los brazos cruzados sobre el vientre.
Los policías las apremiaron para que se marcharan, porque debían precintar la zona, y empezaron a extender la cinta rojiblanca. Nekane trató de cogerla en brazos, pero Fani era bastante más grande que ella y ni siquiera consiguió ponerla en pie. Los policías, con amabilidad administrativa, se ofrecieron a llamar a una ambulancia, pero ellas prefirieron que las acercaran al camping. Nada más salir del coche policial, hecha un ovillo, Fani reunió las fuerzas suficientes para decir que debían recoger el bungalow antes de volver a casa.
–No podemos dejarlo así.
Fani se sentó en la hamaca, agarrándose las rodillas con las manos, torcida hacia un lado. Nekane sacó las sobras del frigorífico, recogió la ropa tendida y lo metió todo en el coche. Fani se tumbó en el asiento trasero. Nekane arrancó, y deseó que aquellos pinares y cielos infinitos no terminaran nunca.
Se quedó mirando, absorta, el montón de camisetas. Las de abajo estaban plegadas con una precisión milimétrica. Como en un flysch, se veía con claridad dónde acababa la era en la que Fani se ocupaba de doblarlas y dónde empezaba la de Nekane. Sacó una camisa verde de manga corta, de la marca Coronel Tapioca, pero Fani no aflojó su mueca de rechazo. Nekane tomó el montón entero de camisetas y se las llevó a la cama. Muchas tenían más de veinte años.
–Esa –dijo Fani.
En la camiseta ponía «Nadie es ilegal».
Le quitó el infusor y le desabrochó la parte de arriba del pijama. Además de la cara, también se le había afilado el cuerpo, y los pechos se habían convertido en dos alforjas que se le desparramaban a los lados. No quedaba nada de aquel cuerpo que se había encargado de cubrir el suelo del salón con sábanas viejas y de montar una carpintería con dos caballetes, para quitar las ventanas, lijarlas, pintarlas de blanco y colocarlas de nuevo, mientras escuchaba a Tracy Chapman. Y no había pasado tanto tiempo. Lo había hecho con la bata del trabajo, al poco de jubilarse y de traspasar el quiosco.
Nekane estiró el cuello de la camiseta para que no le raspase la cara al ponérsela.
Llevaba el pantalón azul claro del pijama.
–¿Cambiamos también el pantalón? ¿Quieres quedarte en bragas?
Fani dijo que sí con la cabeza. Se le quedó mirando fijamente y Nekane se asustó pensando que quizás iba a preguntarle algo que ella no sabría contestar.
–Estás guapa. –Fue lo primero que se le pasó por la cabeza a Nekane.
Fani siguió mirándola y de repente sacó la lengua, frunciendo la nariz y los ojos. Lo hacía a menudo: cuando estaban con las chicas alrededor de una mesa, por ejemplo, si ellas dos se quedaban fuera de la conversación y cruzaban las miradas, le sacaba la lengua sin que nadie más se diera cuenta y recuperaba inmediatamente el gesto serio, creando una pequeña grieta misteriosa en el universo.
–Eres guapa –le dijo Nekane.
Si se lo hubiera dicho cuando estaba bien, Fani la habría tomado por loca, habría puesto los ojos en blanco pestañeando muy rápido y habría negado con la cabeza. Ahora, sin embargo, parecía agradecida. Nekane sabía que Fani estaba entendiendo el sentido profundo que escondía aquella frase, y se arrepintió de no haberla dicho más a menudo…
Sonó el timbre.
–Son las chicas –dijo Nekane.
Nekane habría agradecido que hubiera alguien entre ella y Fani, pero Fani le había dicho que no, que no quería tener allí a las chicas ni a su hermana ni a su sobrina, a nadie; que quería estar a solas con ella, sin ruido.
Morir en casa fue idea de Fani. A Nekane al principio le pilló por sorpresa, porque, al contrario que ella, Fani no era nada caprichosa, y enseguida entendió que se trataba de un gesto de amor, un reconocimiento: quería morir delante de ella. Cuando dio la noticia a la gente cercana, empezó el desfile: las compañeras de militancia, los clientes diarios del quiosco que ya casi se habían convertido en amigos, las amigas de la asociación… Nunca habían pasado tantas personas por la casa, porque solían frecuentar a mucha gente pero siempre habían mantenido el hogar como un territorio privado, sobre todo de Fani. En los últimos días, sin embargo, no había querido ver a nadie.
–¿Quieres que suba alguien? ¿Alicia y Oihana, o alguna otra?
No respondió. Estaba de costado en la cama, las manos aferradas al vientre, sobrepasada de dolor. Nekane miró al reloj: la médica debería haber llegado hacía rato.
Habló a las chicas por el interfono:
–Está muy cansada. Voy a abrir la ventana de la habitación. Muchas gracias. Estamos bien. Muchas gracias.
El timbre sonó de nuevo. Eran la médica y la enfermera, y entonces notó cuánto deseaba que llegaran. Se sintió de su equipo de una manera irracional, del equipo de las que sabían qué era lo mejor, del equipo de las que se quedarían.
Oyó cada vez más cercano el crujido de las escaleras de madera y abrió antes de que llamaran. Eran dos mujeres de unos cuarenta años, igualadas por el uniforme –polo azul celeste, pantalones azul oscuro–, a las que había ido distinguiendo de visita en visita, de conversación en conversación.
–Se nos ha hecho tarde, perdón. Ya hemos visto que tenéis concierto – dijo la médica con una sonrisa amplia que en aquella situación podría parecer de mal gusto, pero que a Nekane la reconfortó.
–Querían cantar aquí en casa… pero no está de humor.
–Es normal. Manda ella. ¿Qué tal está?
–No ha orinado desde ayer. Ha comido poco. No ha querido desayunar y al mediodía ha tomado media taza de caldo con mucho esfuerzo, luego le han entrado ganas de vomitar. Ha estado durmiendo hasta ahora, pero se ha despertado por el dolor. Ayer también pasó casi todo el día durmiendo…
–Está cansada. Ya ha hecho suficiente.
Desde hacía unos días hablaba con la médica y la enfermera en el umbral de la casa, en voz baja, y eso la inquietaba, porque aquella alianza que tenía algo de traición solo duraría unos minutos, y sabía que luego se quedaría sola.
Rompió el hechizo hablando a Fani más alto de lo necesario mientras se dirigían al dormitorio:
–¡Ya han venido la médica y la enfermera!
–¡Hola! –dijeron las dos.
En el ambiente se palpaba un esfuerzo por fingir normalidad. Tenían la habitación pintada de color vainilla, las puertas y los zócalos de blanco. En un rincón, un espejo de pie con un ramito seco de lavanda; junto a la cama, la butaca reclinable que les habían regalado las chicas cuando Fani enfermó; un aloe mutilado cerca del balcón, una silla de mimbre y el suelo de roble. En la estantería, muchos libros de Sue Grafton, Patricia Highsmith y Henning Mankell, la colección Grandes Éxitos de la editorial Salvat, un libro de poemas de Safo y otro de Gioconda Belli, algunos libros de periodismo de investigación y una buena colección de National Geographic. Plantas por todas partes. Nekane había tomado el relevo para cuidarlas y seguía con atención las indicaciones que le daba Fani desde la cama: «Esa necesita poca agua, ¿te acordarás?». Su favorita era una monstera gigantesca, con los nervios de las hojas visibles a contraluz y las raíces reptando fuera de la maceta como víboras. «Esa, en verano, aléjala de la ventana». Porque en verano Fani ya no estaría, al día siguiente tampoco.
–Buenas tardes –dijo la médica–. ¿Qué tal está la reina de la casa?
Fani sonrió con un gesto que podía confundirse con repugnancia.
Eran los últimos momentos antes de que se pusiera el sol. A partir de entonces, en ese cuarto solo encenderían la lamparita cubierta con un pañuelo, porque a Fani, desde que enfermó, le molestaban las luces artificiales, los ruidos, los olores. La médica le puso la mano en el brazo mientras la enfermera preparaba la dosis de morfina:
–Ahora mismo te vamos a aliviar ese dolor. Estate tranquila, Fani. Déjate llevar, suave –le dijo la médica mientras le acariciaba el pelo–. Se acabó el dolor. Se acabó.
–Muchas gracias –respondió Fani.
Buscó la mano de la enfermera y le agarró fuerte el dedo índice. Quería demostrar que aún le quedaban fuerzas. Le costaba enfocar, hacía días que veía doble, y aun así se esforzaba de una manera llamativa en ser amable con la médica y la enfermera.
Mientras le cambiaban el infusor, la médica les preguntó cómo se habían conocido, primero mirando a Fani, pero Fani le rebotó la mirada a Nekane. Allá iba la última dosis que le aliviaría el camino a la muerte.
–En la fábrica, hace… –Nekane expresó con los ojos el gesto de calcular–, hace cuarenta y dos años, imagínate.
Tenía un gran carisma, eso fue lo que más la atrajo de Fani. Eso y que era una morena muy guapa, de pelo largo y rizado, con ese lunar sensual sobre la boca que la enloquecía. Más tarde aprendería que la capacidad de atraer a la gente y la soledad interior cuadraban a la perfección. Fani le enseñó a nadar en la playa de Hondarribia, antes de empezar a salir como pareja. Le gustaba enseñar –a Nekane no, Nekane era de mecha corta–, y por eso Nekane le decía a menudo que debía hacerse profesora, porque tenía paciencia, disciplina y generosidad. Fani había aprendido a nadar en la piscina, pero la familia de Nekane no podía pagárselo. En aquella época las dos trabajaban en la fábrica de esmaltes. En verano, al acabar el turno, se iban en autobús a la playa. Fani agarraba a Nekane de las manos y le decía que moviera las piernas. Nekane levantaba demasiado la cabeza y las piernas se le hundían.
–No tenses las piernas, relájate…
Las dos sabían que no hablaban solo de nadar.
Cuando Nekane se hundía, Fani la empujaba hacia arriba, hasta que se abría como una estrella de mar y aprendía a mantenerse en la superficie.
Fani tenía veintitrés años; Nekane, veintidós. Hicieron el amor por primera vez en las rocas. No se lo podían creer, no podían parar.
–Hemos vivido tranquilas las dos juntas, ¿sabes? –dijo Nekane mirando a la médica y a la enfermera–. Nos hemos cuidado, también hemos cuidado a nuestra gente…
–Y la lucha –añadió Fani, cosiendo las vocales con un aliento fino como un hilo.
–¡Y la lucha! ¡Hemos peleado mucho, uf ! –tradujo Nekane a la médica y a la enfermera. De pronto se sintió alegre, con una alegría triste. Agarró a Fani de la mano–. Luchamos por las mujeres, y cuando no estaba bien visto, además… Pero no solo eso: ¡nos hemos metido en mil líos!
Fani miraba a Nekane a los ojos, como si de golpe todo tuviera sentido.
–Hemos sido felices –dijo Nekane mirando a Fani–. ¿No?
–Mucho –respondió Fani firme y seria, como si la pregunta hubiera sido otra.
Luego se le cerraron los ojos.
–Pues de eso iba todo esto –dijo la médica.
–Hemos sido felices, sí –repitió Nekane, un poco apurada, y se dio cuenta de lo cansada que estaba.
Mientras la enfermera cambiaba la sábana absorbente de la cama, Nekane salió al balcón del dormitorio. Necesitaba un poco de aire.
Allí abajo estaban las chicas, sus amigas de toda la vida, las chavalas que habían conocido hacía cuatro décadas en el grupo de mujeres y ahora pasaban ya de los sesenta años; allí estaban, mirando hacia arriba, aquellas que habían acompañado a Fani hasta el epílogo de su biografía, charlando junto a su cama, completando el relato de su vida, iluminando esa narración que también era la suya, corrigiéndola, actualizándola, subrayándole episodios. Al piano, Oihana, la sobrina de Fani. Con el pelo rapado justo por encima de las orejas y recogido en un moño. Al lado su madre, Alicia, la hermana de Fani, con un ramo de claveles y unas gafas de estilo ciclista. Y más gente del pueblo, unas treinta personas en total. Oihana marcó el compás y todas le siguieron con las castañuelas. Era «Amores se van marchando», de Mari Trini, la canción que Fani cantaba siempre que se achispaba y perdía su rigidez. Nekane nunca se la había aprendido completa, a pesar de haberla oído cientos de veces, y las amigas tampoco, porque todas tenían en las manos una copia de la letra. El homenaje le creaba un poco de inquietud, porque ni a ella ni a Fani les gustaba hacerse notar, pero les tocaba aceptarlo.
–¿Lo oyes? –preguntó Nekane, girando medio cuerpo hacia el aire denso del dormitorio–. La que toca el teclado es tu sobrina, ¿oyes tu canción? También está tu hermana, están todas… Lourdes, Dori, Mertxe, Maripi, Karmela… Los de la sociedad… Paki, Mikela, Altxu, Iñaki y Bittor… Los del euskaltegi… Fátima, Edurne, Brais… Han venido todos. ¿Te das cuenta…?
… «de cuánto te quiere la gente» era la pregunta completa.
Quién a los quince años
no dejó su cuerpo abrazar,
y quién cuando la vida se apaga
y las manos tiemblan ya,
quién no buscó ese recuerdo
de una barca naufragar.
La médica y la enfermera salieron al balcón.
–Está dormida –dijo la médica.
Nekane se fijó en el rayo de sol que dividía el dormitorio en dos y en las motas de polvo que flotaban en la luz. En una ocasión habían salido a ese mismo balcón para ver pasar una bandada de grullas y Fani le había contado que algunas aves pasan el 99 por ciento de su vida volando. No hacía mucho de aquello.
Amores los tienen todos,
pero ¿quién los sabe cuidar?
¿Cuántas veces la dejó en ridículo delante de las chicas, en medio de alguna bronca, haciéndose la alegre y la frívola, obligando a Fani a parecer pesada y amargada? ¿Sabrían la verdad? ¿Cuántas veces la asedió con argumentos y la redujo hasta dejarla sin palabras, por el placer de demostrar quién dominaba las palabras y la razón? ¿Cuántas veces la llevó al límite, hasta obligarla a soltar alguna grosería, para luego aferrarse a esa grosería y no soltarla, ni siquiera cuando Fani se disculpaba? ¿Sabrían la verdad?
–¡Fani! ¡Estefanía! ¿Lo oyes?
Sabía que nunca más la llamaría así, sabía que estaba siendo la última vez de todo y, por tanto, la primera.





