Chinua Achebe - "Paz civil"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista, cuentista, poeta, ensayista y autor de literatura infantil. Es considerado el padre de la novela africana moderna. En el prólogo del volumen Girls at war, and other stories, Achebe no se muestra orgulloso de la calidad literaria de sus cuentos, los considera "a pretty lean harvest", sin embargo "la pobre cosecha" de uno de los grandes siempre tiene más interés que las "grandes obras" de los mediocres.
Este cuento, Civil peace, ambientado en los primeros días del inestable acuerdo de paz de 1970 que puso fin a la guerra de Biafra, fue ecrito en 1971 y publicado en el volumen Girls at war, and other stories de 1973.
La versión es la de Federico Patán.


Jonathan Iwegbu se consideraba extraordinariamente afortunado. "Una supervivencia feliz" significaba para él mucho más que la moda actual de saludar a viejos amigos en esos primeros días brumosos de la paz. Se le hundía profundamente en el corazón. Había salido de la guerra con cinco bendiciones inestimables: su cabeza, la de su esposa María y tres de las cuatro de sus hijos. Y a modo de extra, también le quedaba su vieja bicicleta, lo cual era asimismo un milagro aunque, naturalmente, al que no se podía comparar con la seguridad de cinco cabezas humanas.
La bicicleta tenía su pedacito de historia. Un día, en lo más peleado de la guerra, fue confiscada "por razones urgentes de necesidad militar". Por dura que la pérdida le hubiera sido, la habría entregado sin pensarlo dos veces de no venirle algunas dudas sobre lo genuino del oficial. Lo que preocupó aJonathan no fueron los andrajos poco respetables, ni los dedos de los pies que asomaban por los zapatos de lona, uno azul y el otro café, y ni siquiera las dos estrellas que informaban del rango, hechas obviamente de prisa con un bolígrafo, ya que muchos soldados decentes y heroicos tenían la misma apariencia u otra peor. Fue más bien cierta falta de seguridad y firmeza en sus modales. Así que Jonathan, sospechando que, el otro pudiera ser flexible a influencias, rebuscó en su bolsa de rafia y extrajo de ella dos libras, con las cuales iba a comprar leña que su esposa, María, vendía al menudeo a los oficiales del campamento por caldo de pescado y harina de maíz extras, y recuperó su bicicleta. Aquella noche la enterró en el pequeño claro del bosque, donde se enterraban los muertos del campamento, incluyendo su propio hijo, el más joven. Cuando la desenterró al cabo de un año, tras la rendición, todo lo que necesitó fue un poco de aceite de palma. "Nada desconcierta a Dios", se dijo asombrado.
De inmediato dio uso a la bicicleta como taxi y acumuló un montoncillo de dinero biafrano llevando a oficiales del campamento y sus familias por el trecho de cuatro millas que desembocaba en el camino de asfalto más cercano. Su cuota ftja por viaje era de seis libras y a quienes tenían dinero les satisfacía deshacerse así de parte de él. Al cabo de quince días había acumulado una pequeña fortuna de ciento quince libras.
Entonces hizo el viaje a Enugu y se encontró con que lo esperaba otro milagro. Era increíble. Se talló los ojos y volvió a mirar y allí estaba todavía, de pie ante él. Pero, innecesario es decirlo, incluso aquella bendición monumental era de calificar como totalmente inferior a las cinco cabezas familiares. Ése el más reciente de los milagros era su casita en Ogui Overside. iEn verdad que nada desconcierta a Dios! A sólo dos casas de distancia era una montaña de escombros un enorme edificio de concreto que algún contratista había levantado justo antes de la guerra. iY aquí estaba, intacta, sin ningún arrepentimiento, la casita de techo de zinc de Jonathan construida con bloques de adobe! Desde luego, faltaban puertas y ventanas, así como cinco láminas del techo. Pero ¿y qué con eso? Y, de cualquier manera, había regresado a Enugu con tiempo suficiente para recoger trozos de zinc y madera usados, así como humedecidas láminas de cartón desperdigadas por el vecindario, antes de que miles más salieran de sus escondrijos en el bosque a la busca de lo mismo. Consiguió un carpintero indigente que en su morral traía un viejo martillo, un cepillo sin filo y unos cuantos clavos torcidos y oxidados, para que transformara esa mezcla de madera, cartón y metal en puertas y ventanas por cinco chelines nigerianos o cincuenta libras biafranas. Pagó las libras y se mudó con su exultante familia que llevaba cinco cabezas sobre sus hombros.
Sus hijos recogían mangos en el cercano cementerio militar y los vendían, por unos cuantos peniques -y en esta ocasión peniques reales- a las esposas de los soldados, mientras que su esposa comenzó a cocinar albóndigas de akara para los vecinos con prisa por reiniciar la vida. Con las ganancias de la familia fue en bicicleta a las aldeas cercanas y compró vino de palma fresco, el cual mezcló generosamente en sus habitaciones con agua que recién había empezado a correr en la llave pública situada camino abajo, y · abrió un bar para soldados y otras personas afortunadas dueñas de buen dinero.
Al principio iba diario a las oficinas de la Coal Corporation, donde había sido minero, luego un día sí y otro no y, al cabo, una vez a la semana, para enterarse de cómo iban las cosas. Lo único que descubrió, al final, es que su casita era una bendición mayor de lo que había supuesto. Algunos de sus ex compañeros de mina no tenían adónde regresar al concluir el día de espera, así que simplemente dormían a la entrada de las oficinas y cocinaban en latas de Bournvita cualquier comida que podían agenciarse. Según se alargaban las semanas y nadie podía decir cómo estaban los asuntos, Jonathan suspendió del todo sus visitas semanales y se dedicó a su bar de vino de palma.
Pero nada desconcierta a Dios. Llegó el momento de las recompensas en que, tras cinco días de infinitos forcejeos en colas para aquí y colas para allá, bajo el sol y afuera de Hacienda, tuvo en sus manos veinte libras como premio ex gratia por el dinero rebelde que había entregado. Cuando se inició el pago, fue como una Navidad para él y para muchos otros como él. Lo llamaron torta (ya que pocos lograban arreglárselas con el nombre oficial).
En cuanto le pusieron los billetes en la palma de la mano, Jonathan simplemente la cerró con firmeza y enterró puño y dinero en el bolsillo del pantalón. Debía ser especialmente cuidadoso porque, dos días antes, había visto a un hombre hundirse casi en la locura en un instante, ante esa multitud oceánica, porque no había sino recibido sus veinte libras cuando algún rufián inmisericorde se las había robado. Aunque no fue justo que, aquel día, un hombre en tal extremo de agonía fuera culpado, muchos en la cola comentaron en voz baja el descuido de la víctima, sobre todo tras de que volteó su bolsillo para revelar un agujero lo bastante grande para que por él pasara la cabeza de un ladrón. Pero, claro, había insistido en que el dinero estaba en el otro bolsillo, volteándolo para que se viera su comparativa integridad. Así que era necesario ser cuidadoso.
Jonathan transfirió pronto el dinero a la mano y el bolsillo izquierdos, para dejar libre la derecha y poder saludar, de surgir la necesidad, aunque se aseguró de que la necesidad no surgiera ftjando la mirada a tal altura que evitara todo rostro humano que se acercara, hasta que llegó a casa.
Por lo normal dormía profundamente, pero aquella noche escuchó cómo todos los ruidos del barrio morían uno tras otro. Incluso el sereno que hacía sonar la hora en algún metal, allá a la distancia, había callado tras anunciar la una de la mañana. Éste debió ser el último pensamiento de Jonathan antes de que, finalmente, él mismo se rindiera. Sin embargo, no hacía mucho que se había dormido cuando lo despertaron violentamente otra vez.
-¿Quién toca? -susurró la esposa, que yacía junto a él en el suelo.
-No lo sé -respondió con un susurro entrecortado.
La segunda vez que se oyó el llamado, fue tan fuerte e imperioso que podría haber derribado la vieja puerta desvencijada.
-¿Quién llama? -les preguntó, la voz reseca y temblorosa.
-El caco y sus gentes -fue la tranquila respuesta-. Ponte a abrir la puerta -tras lo cual vino el llamado más fuerte de todos.
María fue la primera en lanzar la alarma; él la imitó con todos los niños.
-iPolicía! iLadrones! iVecinos! iPolicía! iEstamos perdidos! iNos matan! Vecinos &están dormidos? iDespierten! iPolicía!
Esto se alargó un buen tiempo y de pronto se detuvo. Acaso habían hecho huir a los ladrones. Había un silencio absoluto. Pero sólo por un rato.
_¿ya' cabaron? -preguntó la voz allá afuera-. ¿y si les echamos una manita? iOigan todos!
-lPolicía! iEl ladrón! iVecinos! iEstamos perdidos! iPolicía!
Había por los menos otras cinco voces quitando la del jefe.
Jonathan y su familia estaban totalmente paralizados por el terror. María y los niños sollozaban inaudiblemente, como almas perdidas. Jonathan se lamentaba sin cesar.
El silencio que vino tras la alarma dada por los ladrones vibró horriblemente. Jonathan casi rogó al jefe que hablara de nuevo y terminara con el asunto.
-Viejo -dijo éste finalmente-, le echamos todas las ganas pero se me hace que andan en la pura dormida ... Entons ¿qué le hacemos? ¿se te antoja llamar a los sardos? ¿o quieres que los llamemos por ti? Son mejorcitos que la policía foo crees?
-iNi duda! -replicaron sus hombres.
Jonathan creyó haber escuchado incluso más voces que antes, y se quejó pesadamente. Las piernas le temblaban y tenía la garganta áspera como papel de lija.
-Viejo, por qué no sigues en la platicada. Te pregunté que me dijeras si quieres que llame a los sardos.
-No.
-Al pelo. Entonces entrémosle a los negocios. No andamos de ladrones malos. No buscamos líos. Los líos ya'cabaron. La guerra ya'cabó y todo el katakata de aquí dentro. No más Guerra Civil. Ahora, la Paz Civil foo les parece?
-iAsí mismito! -respondió el horrible coro.
-¿Qué quieren de mí? Soy un hombre pobre. Todo lo que tenía se fue con la guerra. ¿Por qué vienen a mí? Ustedes saben quiénes tienen dinero. Nosotros ...
-iEspérate tantito! Para nada decimos que tengas mucho dinero. Pero no nos convence recibir nadita. Así pues, ponte a abrir la ventana y pásanos cien libras y nos largamos. O si no nos metemos para dentro ahorita mismo para enseñarte un guitarreo como éste ...
Una descarga de fuego automático sonó por todo el cielo. María y los niños comenzaron a llorar en voz alta otra vez.
-Ah, la seño anda llorando de nuevo. Ni falta que hace. Ya dijimos que como ladrones somos buena gente. Nos agenciamos nuestro dinerito y nos vamos pero ya. Sin broncas. ¿Acaso estamos echando bronca?
-iPara nada! -cantó el coro.
-Amigos -comenzó Jonathan con voz ronca-, ya oí lo que dijeron y se los agradezco. Si tuviera cien libras ...
-Mira viejo, no es casual que hayamos elegido tu casa Si nos equivocamos y entramos, no te va a gustar. Así que mejor ...
-Por el Dios que me hizo, si entran y hallan cien libras, tómenlas y mátenme y maten a mi esposa y mis hijos. Lo juro por Dios. El único dinero que tengo en esta vida son estas veinte libras que como torta me dieron hoy ...
-Okay. Hora de irse. Ábrele a la ventana y pasa las veinte libras. Con eso nos arreglamos, para que veas cómo soy. Entonces se escucharon murmullos de disentimiento en el coro: "No le creas sus cuentos; tiene harta lana... Éntrale y busquemos bien... ¿Meras veinte libras?"
-iA callarse! -sonó la voz del líder como un disparo hecho contra el cielo, y de inmediato se silenciaron los murmullos-. ¿sigues ahí? iRápido con el dinero!
-Voy -dijo Jonathan mientras torpemente manipulaba en la oscuridad la llave de la cajita de madera que tenía a su lado, en la estera.

A las primeras señales de luz, mientras sus vecinos y otras personas se reunían para lamentarse con él, ya sujetaba su damajuana de cinco galones al portabultos de la bicicleta y su esposa, sudando ante el fuego, cocinaba albóndigas de akara en un ancho recipiente de barro lleno de aceite hirviendo. En un rincón, el hijo mayor vaciaba de viejas botellas de cerveza las heces del vino de palma de ayer.
-No le doy importancia -dijo a quienes se condolían, los ojos puestos en la cuerda con que ataba-. ¿Qué es una torta? ¿Dependía de ella la semana pasada? ¿o es de mayor importancia que otras cosas desaparecidas con la guerra? iQue la torta perezca en las llamas! Que se vaya adonde todo se ha ido. Nada desconcierta a Dios.

José Lezama Lima - "Para un final presto"

Posted by La mujer Quijote in ,

Poeta, novelista, cuentista y ensayista cubano. Pese a ser uno de los grandes autores en lengua española del siglo XX, fue descubierta fuera de Cuba tardíamente, y lo fue por la irrupción de una novela que forzaba los límites del género, "Paradiso" de 1966. Está considerado, junto a Alejo Carpentier, el principal referente del llamado por Severo Sarduy "neobarroco americano". Lezama dijo que para entender su narrativa primero había que leer su obra ensayística, después su obra poética y ya al final se podían leer sus novelas. Sin embargo, con su narrativa breve, el cuento, se mostró siempre bastante despreocupado y él la consideraba una obra menor.
Este cuento está recogido en la antología "Cuentos" editada en Cuba en 1987.


Ena muchedumbre gnoseológica se precipitaba desembocando con un silencio lleno de agudezas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran transparentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido contingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a precipitar en el suicidio colectivo al final de sus lecciones. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refinada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hijos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.
La primera idea de fundar El secuestro del tamboril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el trance de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amistosas conversaciones, donde los jóvenes fuesen conspiradores o amigos, pero donde pudiesen irse preparando para entrar en la muerte, cuando se cumpliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven desmelenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la selva no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.
Habían acudido los trescientos treinta y tres jóvenes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóvenes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuerpo se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas diseminadas de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apresurado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.
Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sótanos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diamantes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diamantes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurridos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeridad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.
La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para iniciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos lentos, casi pitagorizados de los estoicos. A las primeras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, prorrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos espectadores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.
El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intuición desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamente arruinado, con quien había vivido desde los cinco años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero franciscano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.
El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recordaba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustrado su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del comandante en éxtasis.
La plaza pública ofrecía diagonalmente la presencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servicios de ambos. Así, mientras lentamente iban cesando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en cejijuntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las salidas. Días antes del vuelco definitivo de los estoicos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festividad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festival, pero regresaban los frascos portando los venenos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el transcurso, se quedaban absortos al observar cómo abrevando los estoicos entraban en la Moira. Los estoicos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.
El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capitán, que la salida era la de los conspiradores falsarios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoicos pero al observar posteriormente cómo conducían hasta los labios de los que él presuponía conspiradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.
Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipulación de los nítricos, trabajaba un pacifista desesperado. Fundador de la sociedad La blancura comunicada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo suizo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoicos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valerosamente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.
Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contemplar a los gendarmes y a los supuestos conspiradores, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de inmediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegadora furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuando creían que la muerte lanzada con exquisita geometría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfrazada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle imperfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatiente, hecho maliciosamente para que el conjunto adquiera una deslizada exquisitez.
El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada activísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.
El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigilaba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equívocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.
Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspirantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les sería fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el último muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.
La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, finos, capciosos, con sus dedos como un instrumental probándose en la yugular regicida. Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.

Vicente Leñero - "Fumar o no fumar"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista, cuentista, dramaturgo, periodista, guionista y ensayista mexicano. Sin duda, uno de los grandes autores mexicanos del siglo XX pero que ha quedado en un segundo plano por su independencia (se cuenta que no comulgaba con ciertos corrillos literarios, tanto de autores como de famosas agentes literarias en el boom latinoamericano, a los que por cierto da un buen repaso en su volumen de cuentos "Más gente así"). En su obra hay una enorme variedad, desde la novela policiaca a la crónica periodística, desde el teatro irreverente al humor (imprescindible "La gota de agua").
Este cuento pertenece al volumen "Mucha más gente así" de 2017, volumen publicado tras su muerte y que recoge cuentos que habían quedado inéditos.


Se lo escuché en persona a Octavio Paz y él mismo lo repitió en una entrevista. Su médico lo había conminado a dejar de fumar, ahora sí. Octavio pensó entonces que sin el cigarro, lamentablemente, no podría seguir escribiendo, pero endureció la voluntad y dejó el vicio. Descubrió poco después, dijo, que su pasión por escribir había sido más intensa que su pasión por fumar.
Hubo un tiempo ya lejano en que todos fumábamos: con espontaneidad, sin temor alguno, envueltos en sublime delectación. Sentarnos ante la máquina de escribir y encender un cigarrillo era un gesto automático que parecía invocar a la imaginación, facilitar nuestra tarea, acelerarla. Fumábamos como chacuacos mientras tecleábamos, mientras compartíamos la noche con amigos y enemigos en reuniones sociales bajo techo; o en las cafeterías, o en las antesalas de los médicos, o en la calle para rumiar nuestras penas o celebrar nuestras alegrías. Los escritores cultivábamos la costumbre porque éramos precisamente escritores, no faltaba más. Ése era el adjetivo de nuestro oficio; estigma del presunto genio artístico.
Recuerdo a Carlos Fuentes encendiendo un cigarrillo con la colilla del que terminaba de consumir. A Ramón Xirau, a la manera de Sartre, con los dedos pulgar, índice y mayor manchados por la amarilla nicotina. A Jesús Reyes Heroles derramando accidentalmente la ceniza de su Pall Mall sobre la crema de espárragos y cuchareándola luego para sorberla como si así disfrutara mejor su sopa. Recuerdo a Rodolfo Usigli con la boquilla de carey ensartada en los labios para alejarse de la tosedera o para presumir esa elegante pose como la de María Félix, que coleccionaba tales chunches hasta que prefirió el habano taurino —como Juan Silveti, como Fidel Castro, como Churchill, como Mark Twain— porque la convertía en mujer devoradora del flaco Agustín Lara prendido a su agónico pitillo frente al piano. Recuerdo a Juan Rulfo en El Ágora sacudiendo con la uña del índice la cardeña y masticando el óvalo de su Delicados hasta triturarlo con los dientes. Recuerdo al Gabo García Márquez expeliendo rosquillas de humo todavía vicioso en los años sesenta. Recuerdo al presidente De la Madrid fumando a escondidas, con temblorosa ansiedad, después de las ceremonias públicas inaguantables para un adicto, y a José María Fernández Unsaín acompañando su copita de anís invadida por granos de café con unos Dunhill ingleses dizque inofensivos que le traían de Nueva York, decía, pero que a nadie convidaba.
Y ya que se habla del habano taurino de María Félix, habría que recordar al vicioso de Sigmund Freud que según su biógrafo Peter Gay se atrevía a fumar veintidós puros diarios que le provocaron un cáncer brutal: perdió media mandíbula, y aun así continuó fumando.
No se puede olvidar a los fumadores de pipa. Desde los imaginarios Mamá Cachimba, Popeye, Sherlock Holmes y el inspector Maigret de Simenon, hasta nuestros próximos Joaquín Díez-Canedo, diestro en la hazaña de mantener encendida la cazoleta, o el gordo Ludwik Margules que nunca aprendió a hacerlo bien para desesperación de quienes lo observábamos.
Todos fumábamos, pues. En mi familia solamente yo, en la clandestinidad, hasta que mi padre me sorprendió una tarde en el comedor familiar con una risita socarrona: ya puedes, no te hagas, a mí no me importa.
En mis años ingenieriles empecé con los Casinos para deportistas —así los publicitaban, para deportistas; qué escándalo, clamarían ahora los policías antidoping—, mientras los peones fumaban Faros o Carmencitas, los maestros de obras Alas y los ingenieros en jefe aquellos Pall Mall de Reyes Heroles de cuatro pulgadas, importados. Como becario en Madrid compraba a las viejecitas cigarreras de la calle, pieza por pieza, unos Bisontes que sabían a rata. De regreso a México probé los Belmont, pero Arreola me previno, mentiroso: producen impotencia, cuidado. Y cambié a los Raleigh sin boquilla —así llamábamos al filtro— y después con boquilla y más tarde a los Marlboro rojos o a los Benson & Hedges cuando quería darme el gusto porque empezaba a salir con la novia que sería mi mujer. Desde luego no me alcanzaba el sueldo para los Benson, de manera que regresé a los Marlboro pero blancos, con filtro, ahora anunciados como lights y gold, para convencer a Estela de que según los médicos éstos resultaban inofensivos. En épocas de gripe me consolaba con los mentolados de cualquier marca aunque siempre me han parecido propios —perdón por el dislate— de féminas o mariquitas.
En la cinematografía mundial, desde sus inicios, el cigarrillo ha sido, o había sido hasta estos tiempos en que sólo fuman en pantalla los malos de la película, un recurso actoral de vital importancia: tanto para testimoniar el realismo del “todos fumamos” —o fumábamos— como para facilitar a los actores qué hacer con las manos. El mejor ejemplo repetido como tópico facilón es el de Humphrey Bogart, inexpresivo de suyo, hierático, torpe, a quien el cigarrillo proporcionó la palanca de Arquímedes para mover el mundo de la expresión.
Y qué sería de aquella nueva ola francesa de Godard y Resnais y Truffaut sin sus personajes fumadores y sus enseñanzas eróticas cuando nos mostraron en pantalla que nada tan sublime como fumar un Gitanes luego de hacer el amor. Lo sugería Sarita Montiel al terminar los años cincuenta cantando “fumando espero al hombre que yo quiero” porque “fumar es un placer genial, sensual”.
Cierto, quiéranlo o no, los cigarrillos son sublimes, tal como reza el título del libro de un exvicioso, Richard Klein, en el que se analiza todo lo bueno y malo que es necesario saber sobre la más inocente de las drogas exportadas por nuestro continente americano como regalo al mundo luego de que Gérard Depardieu disfrazado de Cristóbal Colón —según aquella película, 1492— se enganchó con el tabaco de los guanahaníes aún no contaminado, por supuesto, con los alquitranes y las porquerías añadidas hoy por las empresas tabacaleras para envenenarnos. Debo acotar, entre paréntesis, que el libro de Klein, Los cigarrillos son sublimes, me fue obsequiado por Ignacio Padilla, en quien sus colegas hemos cifrado todas nuestras esperanzas… como fumador puntual, digo, como insólito espécimen de los escritores que hoy siguen fumando.
Richard Klein no intenta formular una apología de los cigarrillos a la manera de Cabrera Infante en Puro humo, de Paul Auster en Smoke, o del empecinado Julio Ramón Ribeyro en su cuentario Sólo para fumadores, para quien el tabaco fue hasta la muerte su mejor amigo, su pataleta contestataria contra el conformismo. “Mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos”, escribió. Y hubiera podido utilizar las palabras del prologuista de Klein, Carlos Boyero, para entonar su letanía pasional: “el cigarrillo me ha sido fiel en la alegría y en la tristeza, en la plenitud y en la soledad, en el relajamiento y en la angustia, en la salud y en la enfermedad, en la distracción y en el aburrimiento, en el amor y en el desamor, en la seguridad y en la incertidumbre”.
Así ora el protagonista antes de que el lector se encuentre con un álbum fotográfico estimulante salpicando las páginas: Mary McCarthy fumando (murió a los 77), James Dean fumando (murió a los 24 en un accidente), Leonard Bernstein fumando durante un ensayo con la Filarmónica de Nueva York (murió a los 72), Melina Mercouri fumando (murió a los 64), Audrey Hepburn fumando (murió de cáncer a los 64), Coco Chanel fumando (murió a los 88), Yul Brynner fumando (murió a los 65), Picasso fumando con una larga boquilla de corcho (murió a los 92). No hay foto, pero debería haber, del comunista español Santiago Carillo que acaba de morir también a los 92 sin dejar de fumar hasta su último suspiro apestando a los Fortuna.
Cierto pues lo que cantaba Sarita Montiel, fumar es un placer sensual, pero cierto también el urgente regaño de Jaime Labastida: “fumar mata y es horrible, horrible, la muerte del fumador”.
Por razón de ese miedo a la pena de muerte sin indulto, el común de los consumidores de más de una cajetilla diaria decide, en algún momento de su vida, divorciarse de los amados pitillos.
No es fácil. Abundan los testimonios de tan asaz empeño, frecuentemente fallido. El más interesante a mi juicio, por conmovedor, por literario, es el que emprende Zeno Cosini, protagonista de la novela de Italo Svevo (seudónimo de Ettore Schmitz, contemporáneo de Joyce) publicado en 1923: La conciencia de Zeno. Tanto el autor como el personaje del libro viven obsesionados por dos tareas: tocar el violín y dejar de fumar. No consiguen ni lo uno ni lo otro. “Mis días acabaron llenos de cigarrillos y propósitos de no fumar”, monologa Zeno mientras Svevo escribe en su diario: “En este momento acabo de fumar mi último cigarrillo”. Y esa misma tarde: “Cinco minutos para las cuatro de la tarde, todavía fumando, todavía y siempre por última vez”. Y a los ocho días: “El cigarrillo que estoy fumando es el último cigarrillo”. Etcétera.
Parafraseando a un personaje de Graham Greene, Ignacio Solares escribió un cuento ubicado en un tiempo futuro en el que han desaparecido los fumadores merced a las prohibiciones y persecuciones radicales de la Organización Mundial de la Salud. Un vejete centroamericano, el último fumador, es tomado preso y condenado a morir frente a un pelotón de fusilamiento por su rebeldía humosa. Pide como última gracia terminar de fumar su habano. Después de dos caladas lo arroja al suelo antes de caer acribillado. Cuando el militar que comanda el pelotón se acerca al viejo para propinarle el tiro de gracia ve en el suelo el resto del puro. Lo levanta con curiosidad, observa la redondez de su forma, el capullo de su ceniza y se lo guarda en el bolsillo… Ha nacido un nuevo fumador.
Seguramente ni el vejete centroamericano ni Svevo ni Zeno conocieron las modernas estrategias desarrolladas por los expertos y por quienes viven del pingüe negocio de combatir la adicción. Una de ellas es el método matemático que consiste en ir disminuyendo día a día las piezas consumidas y anotando en una tarjetita la contabilidad conseguida. Así, quien fume una cajetilla diaria y se prive de un pitillo en cada jornada, a los veinte días habrá dejado el vicio con extrema facilidad, aseguran los terapeutas matemáticos. Otros recomiendan los chicles de nicotina o los parches en la espalda de marcas como Nicotín, dosificados con pizcas de veneno en descendentes gradaciones: Nicotín primera etapa, Nicotín segunda etapa… Funcionan de momento pero el vicioso recae irremediablemente con el tiempo. También existen los llamados cigarrillos de lechuga para hacerse guaje o esos adminículos de plástico que arrojan humo inofensivo —también para hacerse guaje— y que se cargan en la corriente eléctrica como los celulares o con sofisticadas baterías.
Métodos más recientes, definitivamente violatorios de la libertad personal, son el de infundir terror y la severa prohibición gubernamental. Para el primero se obliga a las tabacaleras a invadir las carátulas de sus cajetillas, antes diseñadas con ingenio y hasta con arte —las bellas portadillas de los Dunhill, de los Pall Mall, de los Camel— con terroríficas fotos de un bebé asfixiándose, de un seno cercenado, de un cuello herido por un tumor putrefacto, de un pulmón hecho asco. Y en la contraportadilla, admoniciones científicas: Los tóxicos del humo del tabaco causan irritación en los bronquios y aumentan drásticamente el riesgo de ataques de asma. Contiene óxidos de nitrógeno. Gases que provocan inflamación y obstrucción de los bronquios. Atrévete a deja de fumar. Etcétera.
El método de la actual prohibición dictatorial impide fumar en el interior de oficinas, restoranes, bares, sucursales bancarias, centros comerciales, automóviles… hasta en la casa de los amigos contagiados por el temor unánime. Todo bajo amenazas de multas y cierre de establecimientos y en un futuro hasta de pena de muerte como le ocurre al personaje de Ignacio Solares. Hay que salir entonces a fumar a las terrazas o a los jardines o a las banquetas… siempre que éstas no se encuentren en la proximidad de un sanatorio, advierte la ley. Se fuma pues en la clandestinidad del estudio en que escribo estas páginas. A veces en el rincón de una casa ajena donde ya no existen ceniceros y uno tiene que arrojarse la ceniza en la palma de la mano y tragársela luego como si fuera cacahuates. Se fuma, en fin, con un atroz sentimiento de culpa digno de ser ventilado en el diván de un psicoanalista.
Hace más de quince años visité a un cardiólogo de Médica Sur preocupado por la contaminación de mis pulmones y empeñado por supuesto en salvarme de la adicción. Lo primero: me envió a que me practicaran un electrocardiograma. Por la tarde regresé a su consultorio con mi sobre de resultados. Extrañamente, nadie se encontraba en la antesala, ni la recepcionista. En la puerta malcerrada de su cueva brillaba una rajita de luz. Me atreví y entré despacio, con cautela. El cardiólogo se hallaba de espaldas. Giró al sentir mi presencia: ¡el desgraciado estaba fumando feliz de la vida! Con una sonrisa, sin deshacerse del cigarrillo, espetó lo obvio:
—Haga lo que yo le digo, no lo que yo hago.
Me dirigí entonces al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, al que antes llamaban simplemente Huipulco, como tronido de muerte. Ahí me encontré con su director, el doctor Rodríguez Filigrana, de quien pronto me hice amigo porque le gustaba más conversar de literatura que de enfermedades. Le mostré las radiografías de mi pulmón manchadísimo recogidas minutos antes luego de acusar a una empleada de rayos equis de haber cometido una equivocación: esas placas horribles le pertenecían a una viejecita encarrujada y tosedora que se hallaba delante de mí en la fila. Pero no, son suyas, y por favor ya no me haga perder el tiempo, me dijo la empleada de rayos equis.
Rodríguez Filigrana las examinó a contraluz mientras me preguntaba si yo creía de veras que Enrique Flores Alavés había asesinado a sus abuelos. Yo le pregunté a mi vez por mis pulmones. Entonces llamó a un subalterno y me sometió a pruebas de esfuerzo en una caminadora mecánica, a soplarle sin descanso a una pelotita como de pinpón, a inflar globos, a rezar. Me citó para la semana siguiente con la recomendación de que me inscribiera en una terapia grupal del INER con fumadores empedernidos semejante a las reuniones de alcohólicos anónimos.
—¿Entonces no está seguro de que ese muchacho haya asesinado a sus abuelos? —me despidió Rodríguez Filigrana.
Preferí regresar a Médica Sur, donde acababan de instalar una clínica contra el tabaquismo. Por seis mil pesos de aquéllos y durante seis semanas —una sesión cada martes—, el fumador terminaba redimiéndose. Ésa era la garantía.
Cada cita duraba una hora. En los primeros treinta minutos la directora de la clínica realizaba mediciones —que del oxígeno en la sangre, que de la capacidad pulmonar— y en los otros treinta el paciente conversaba con una joven psicóloga de gesto hórrido. Su terapia se reducía a atemorizar al miserable fumador —exfumador ya, desde la primera sesión— mostrándole noticias médicas alarmantes y espantosas estadísticas sobre los males que causa el tabaco a la humanidad. De cuando en cuando hacía recomendaciones apoyándose en una gráfica que ella misma trazaba en el papel como estrategia para vencer la ansiedad producida por la abstinencia. Con una pluma bic dibujaba rayitas. Las rayitas verticales, semejantes a los ejercicios de la caligrafía Palmer, aparecían en un principio muy juntas entre sí, oprimidas: ésa es la ansiedad que ruge cuando el organismo reclama un cigarro, decía la terapeuta.
Poco a poco, a medida que transcurren los minutos y uno resiste y resiste, las rayitas se van abriendo como un acordeón, gracias al aguante. Poco a poco. Cada vez más abiertas. Cuando las rayitas se convierten en una línea horizontal como alambre estirado, la ansiedad ha remitido al fin. Y si el vicioso lo entiende y ejercita así su voluntad logrará convencerse de que la ansiedad por falta de tabaco dura sólo un momento. Veinte minutos, quince minutos, diez minutos. Ya. La ansiedad fue vencida.
Recordé entonces que tal estrategia era semejante a la que nos recomendaban los hermanos lasallistas del Cristóbal Colón para vencer nuestras tentaciones sexuales de la adolescencia. Parecerá una frivolidad, pero el método de las rayitas me sirvió más que los parches de Nicotín en la espalda.
—Un consejo más —me dijo la terapeuta en la última sesión—. Debe cuidarse mucho, pero mucho, del número siete… Siete días, siete semanas, siete meses, siete años. No sé por qué —confesó—, pero en algunos de esos siete, estadísticamente hablando, se puede presentar un rebote peligroso del vicio.
Tenía razón.
Me mantuve siete años, siete, siete heroicos años sin fumar… siete años de respirar a todo pulmón, de disfrutar el sabor de los alimentos —cuando la carne sabe a carne y las naranjas a naranjas—, de escribir sin la cajetilla de Marlboro lights junto a la máquina. Pero ocurrió que una noche, en una reunión de amigos cineastas, el más insospechado de los compañeros de oficio se ensañó conmigo sin razón alguna y me puso en ridículo ante todos con una payasada. Tal fue mi irritación, tal mi rabia contenida, que en lugar de responder con una mentada de madre al importuno agraviante, pedí un cigarrillo a Pedro Armendáriz; le solicité lumbre y volví a fumar.
Volví a fumar, quizás, ahora —no lo digo con orgullo— hasta los últimos lustros de mi fumadora vida.

Reinaldo Arenas - "Traidor"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista, dramaturgo, cuentista y poeta cubano (aunque su obra más popular es su autobiografía, publicada tras su muerte). Inicialmente colaboró con la revolución cubana pero la deriva de la misma lo convirtió en anticastrista, lo que sumado a su abierta homosexualidad, significó persecución y discriminación (tanto en Cuba como en su exilio en EE.UU.).
Solo publicó una obra en Cuba, la novela "Celestino antes del alba", el resto de su obra fue publicada en el extranjero y algunas lo fueron tras su muerte.
Este cuento, escrito en 1974, está recogido en "Adiós a Mamá", un volumen de cuentos que fue publicado póstumamente en 1995.


Hablaré rápido y mal. Así que no se haga ilusiones con su aparatico. No piense que le va a sacar mucho partido a lo que yo diga, y después coserlo aquí y allá, ponerle esto o lo otro, hacer un mamotreto, o que se yo, y hacerse famoso a mis costillas… Aunque no se, a lo mejor si hablo mal la cosa sea aun mejor para usted. Puede gustar más. Puede usted explotarlo mejor. Pues usted, ya lo veo, es el diablo. Pero ya que esta aquí, y con esos andariveles, hablare. Poco. Nada casi. Solo para demostrarle que sin nosotros ustedes no son nada. El cenicero está ahí, encima del lavabo, cójalo si quiere… Mucho aparato, mucha camisa limpia — ¿es seda?, ¿ahora ya hay seda?—, pero tiene usted que quedarse ahí, de pie, o sentarse en esa silla sin fondo —si, ya se que están vendiendo fondos— y preguntarme.
¿Qué sabe usted de él? Qué sabe nadie… Ahora que Fidel Castro se cayó, lo tumbaron o se canso, todo el mundo habla, todo el mundo puede hablar. El sistema ha cambiado otra vez. Ah, ahora todo el mundo es héroe. Ahora todo el mundo resulta que estaba en contra. Pero entonces, cuando en cada esquina había un Comité de Vigilancia: algo que observaba noche y día las puertas de cada casa, las ventanas, las tapias, las luces, y todos nuestros movimientos, y todas nuestras palabras, y todos nuestros silencios, y lo que oíamos por la radio, y lo que no oíamos, y quienes eran nuestras amistades, y quienes eran nuestros enemigos, y cual era nuestra vida sexual, y nuestra correspondencia, y nuestras enfermedades, y nuestras ilusiones… También todo eso era chequeado. Ah, ya veo que no me cree. Soy vieja. Piense de ese modo, si quiere. Soy vieja, deliro. Piense así. Es mejor. Ahora se puede pensar —no me entiende—. ¿Es que no comprende que entonces no se podía pensar? Pero ahora sí, ¿verdad? Si. Y eso sería ya un motivo de preocupación, si es que algo aun me pudiese preocupar. Si se puede pensar en voz alta, es que no hay nada que decir. Pero, óigame, ellos están ahí. Ellos lo han envenenado todo y están por ahí. Y ya cualquier cosa que se haga será a causa de ellos, en su contra o en su favor —ahora no— pero por ellos… ¿Qué digo, que estoy diciendo? ¿Es cierto que puedo decir lo que me da la gana? ¿Es verdad? Dígamelo. Al principio me parecía mentira. Ahora tampoco lo creo. Cambian los tiempos. Oigo hablar otra vez de libertad. A gritos. Eso es malo. Cuando se grita de ese modo: «!Libertad!», generalmente lo que se desea es lo contrario. Yo sé. Yo vi... Por algo ha venido usted, me ha localizado, y está aquí, con ese aparato.
Funciona, .verdad? Mire que no voy a repetir. Ya sobrara por ahí quien invente… Ahora vienen los testimonios, claro, todo el mundo cuenta, todo el mundo alborota, todo el mundo chilla, todo el mundo era, que bonito, contrario a la tiranía. Y no lo dudo. Ah, pero entonces, ¿quién no lucia un distintivo político, acunado lógicamente por el régimen? Averígüelo bien, su padre ¿acaso no fue miliciano?, ¿acaso no fue al trabajo voluntario? Voluntario, esa era la palabra. Yo misma, cuando el derrocamiento de Castro, estuve a punto de ser fusilada por castrista. Qué horror. Me salvaron las cartas que le había enviado a mi hermana en el exilio. ¿Y si no hubiesen existido esas cartas?… Rápido me las tuvo que enviar, si no me pelan… Yo, que no he vuelto a salir a la calle, porque algo (mucho) de aquello se ha quedado en el tiempo. Y no quiero olerlo. Yo... Así que me pide usted que hable, que aporte, que coopere —perdón se que ese lenguaje no es de esta época— con lo que sepa, pues pretende hacer un libro o algo por el estilo, con una de las víctimas. Una víctima doble, tendrá que decir. O triple. O mejor, una víctima víctima. O mejor, una víctima víctima de las víctimas. En fin, arregle eso. Póngalo que se le ocurra. No es necesario que yo lo revise. No quiero revisar nada. Aprovecho, sin embargo, esta libertad de «expresión» —¿aun se dice así?— para decirle que es usted una tiñosa. Auras les decían. ¿Las han eliminado a todas? ¿Ya no son necesarias? Que pájaros: se alimentaban de la carroña, de los cadáveres, y después se elevaban hasta el mismo cielo. ¿Y cuál fue la causa de que los exterminaran? ¿Higienizaban la Isla bajo todos los regímenes? Como engullían… Tal vez murieron envenenados al comerse los cadáveres de los criminales ajusticiados (ajusticiados, ¿esa es aun la palabra?) por ustedes… Pero, oiga, acerque más el aparato. Pronto, que estoy apurada, vieja y cansada, y para serle franca, también estoy envenenada… Antes ese aparato (¿funciona?) tenía mucho uso, aunque la gente, generalmente, no sabía cuando ellos lo estaban utilizando… Usted me explica lo que va a hacer y para que ha venido. Hablamos. Y nadie en la esquina vigila, ¿verdad? Y no me registraran la casa luego que usted se haya marchado, ¿verdad? De todos modos, que puedo yo esconder ya. Y puedo decir si estoy en contra o a favor, ¿es cierto? Puedo ahora mismo hablar si quiero contra el gobierno, ¿y nada pasaría?… Es posible. ¿Es posible?… Sí, todo es así. Ahí, en la esquina, hoy vendieron cerveza. Hubo ruido. Música, le dicen. La gente ya no se ve tan desgreñada, ni tan furiosa. Los arboles ya no sostienen consignas. Se pasea, lo veo, se puede ser auténticamente triste, con tristeza propia, quiero decir. Se come, se aspira, se sueña (¿se sueña?), se ven telas brillantes. Pero yo no creo, ya se lo dije. Yo estoy envenenada. Yo vi... Pero, en fin, debemos ir al grano, que es lo que a usted le interesa. Ya no se puede perder tiempo. Ahora se trabaja, ¿verdad? Antes, lo importante era aparentarlo. Se aspira… La historia es simple. Ya lo digo. Pero de todos modos, esas cosas usted no las va a entender. Ni nadie ya casi. Esas son cosas que no se pueden comprender si no se han padecido, como casi todo… Escribió varios libros que deben andar por ahí. O no. Quizás al principio del aniquilamiento del sistema los quemaron. Entonces, muy al principio, claro, se hacían esas cosas. Vicios heredados. Trabajo ha costado, bien lo se, superar esas «tendencias» —¿así se las llama todavía?—. Todos esos libros, usted lo sabe, hablaban bien del sistema derrocado. Y sin embargo, todo eso es mentira… Había que ir al campo, y él iba. Nadie sabía que, cuando más furiosamente trabajaba, no lo hacía por adhesión al sistema, sino por odio. Había que ver con que pasión escarbaba la tierra, como sembraba, desyerbaba, guataqueaba. Esos, entonces, eran meritos grandes. !Jesús!, y con qué odio lo hacía todo, con qué odio cooperaba con todo. Como aborrecía todo aquello… Lo hicieron —se hizo— «joven ejemplar», «obrero de avanzada», se le entrego el «gallardete». Había que hacer una guardia extra, él la hacía; había que irse a la zafra, el se iba. En el servicio militar, ¿a que podía negarse?, si todo era oficial, patriótico, revolucionario, es decir, inexcusable. Y fuera del servicio militar todo era también un servicio obligatorio. Con el agravante de que entonces ya no era un muchacho. Era un hombre y tenía que vivir; es decir, necesitaba un cuarto, una olla de presión, por ejemplo, un pantalón, por ejemplo. ¿No merecería si le digo que la entrega, la autorización para comprar una camisa, revestía un privilegio político? Ya veo que no me cree. Qué le vamos a hacer. Ojala siempre pueda ser usted ser así... Como odiaba tanto al sistema, se limito a hablar poco; y como no hablaba, no se contradecía, como los otros, que lo que decían hoy, mañana tenían que rectificarlo o negarlo —problemas de la dialéctica, se decía—. Y en fin, como no se contradecía, se convirtió en un hombre de confianza, de respeto. En las asambleas semanales jamás interrumpía. Había que ver que expresión de asentimiento lucia mientras navegaba, viajaba, sonaba que estaba en otro sitio, en «tierras enemigas» (como ellos decían), y que regresaba en un avión, con una bomba; y allí mismo, en la asamblea, en la plaza repleta de esclavos, donde tantas veces él, ominosamente, había también asistido y aplaudido, la dejaba caer… Así que, «por su disciplina y observancia en los Círculos de Estudios» (así se llamaba a las clases obligatorias de adoctrinamiento político), se le entrego otro diploma. A la hora de leer el Granma (aun recuerdo ese título), él era el primero, no porque le atrajera, sino porque su aborrecimiento a ese diario era tal que para salir rápido de él (como de todo lo que se detesta) lo hacía inmediatamente. Al levantarla mano para donar esto, aquello, lo otro —todo lo donábamos públicamente—, como se reía por dentro de sí mismo; como, por dentro, reventaba… Cuatro o cinco horas extras siempre hacia, voluntarias —pero si no las hubieses hecho, !habrías visto!—. En la guardia obligatoria, con el fusil al hombro, paseándose por el edificio que el régimen anterior había construido —custodiando su infierno—, cuantas veces no pensó en volarse los sesos gritando: «Abajo Castro», o algo por el estilo…
Pero la vida es otra cosa. La gente es otra. ¿Sabe usted lo que es el miedo? ¿Sabe usted lo que es el odio? ¿Sabe usted lo que es la esperanza? ¿Sabe usted lo que es la impotencia?… Cuídese, no confíe, no confíe. Ni siquiera ahora, ahora menos. Ahora que todo ofrece confianza es el momento oportuno para desconfiar. Después será demasiado tarde. Después tendrá que obedecer. Es usted joven, no sabe nada. Pero su padre, sin duda, fue miliciano; su padre, sin duda… No participe en nada, váyase —¿se puede ir uno ahora?—. Es increíble. Irse… «Si pudiera irme», me decía él, me lo susurraba, luego de haber llegado de una jornada infinita; luego de haber estado tres horas aplaudiendo, «si pudiera irme, si pudiera, a nado, otra cosa es ya imposible, remontar este infierno y perderme…». Y yo: Cálmate, cálmate, bien sabes que es imposible, pedazos de uñas traen los pescadores. Hay orden de disparar en alta mar a bocajarro, aunque te entregues. Mira esos focos… Y él mismo tenia a veces que cuidar de los focos, de las armas, limpiarlas, darles brillo, celar los objetos de su sometimiento. Y con cuanta disciplina lo hacía, con cuanta pasión, diríase que trataba de que su autenticidad no sobresaliese por sobre sus actos. Y regresaba fatigado, sucio, lleno de palmaditas y condecoraciones… «Ah, si tuviera una bomba», me decía entonces —me susurraba, mejor dicho—: «ya hubiese volado con todo esto. Una bomba potente que no dejase nada. Nada. Ni a mí mismo». Y yo: Cálmate, por Dios, espera, no hables más, te pueden oír, no lo eches a perder todo con tu furia… Disciplinado, atento, trabajador, discreto, sencillo, normal, natural, absolutamente natural, adaptado precisamente por ser todo lo contrario, como no lo iban a hacer miembro del Partido.
¿Que tarea no realizaba? Y rápido. ¿Que critica no aceptaba humildemente?… Y aquel odio tan grande por dentro, aquel sentirse vejado, aniquilado, sepultado, y nada poder decir, sino aceptar calladamente !que calladamente!, !entusiastamente!, para no ser aun mas vejado, mas aniquilado, absolutamente fulminado. Para poder, quizás un día, ser uno, vengarse: hablar, actuar, vivir… Ah, como lloraba, muy bajito, por las noches, en su cuarto, ahí, en ese que está al lado, a esta mano. Lloraba de furia y de odio. Jamás podre enumerar, aunque viva solo para eso, las injurias que pronunciaba contra el régimen. «No puedo más, no puedo mas» me decía. Y era la verdad. Abrazado a mí, abrazado a mí, que era también joven, éramos jóvenes, así como usted; aunque no se, a lo mejor usted ya no es tan joven: ahora todo el mundo esta también alimentado… Abrazado a mí me decía: «No voy a poder mas, no voy a poder mas. Voy a gritar todo mi odio. Voy a gritar la verdad», me susurraba ahogado. Y yo, ¿qué hacía yo? Yo lo calmaba. Le decía: ¿Estás loco? —y le ajustaba las insignias—. Si lo haces te van a fusilar. Aparenta, como lo hace todo el mundo. Aparenta más que el otro, así te burlas de él Cálmate, no digas barbaridades… Siguió cumpliendo con sus tareas, siendo solamente él a veces, por las noches, solo un rato, cuando venía a mí, a desahogarse. Nunca, ni siquiera ahora que se tiene la benevolencia y el estimulo oficiales, escuche a una persona hablar tan mal de aquel sistema. Él, como estaba dentro del mismo, conocía todo el aparato, sus atrocidades más sutiles… Por el día volvía enfurecido y silencioso a la guardia, a la asamblea, al campo, a la mano levantada. Se llenó de «meritos»… Fue entonces cuando el Partido le oriento —no sabe usted lo que significaba ese verbo en aquella época— que escribiese una serie de biografías de sus más altos dirigentes. Hazlo, le decía yo, o todo lo que hasta ahora has conseguido se pierde. Sería el fin... Se hizo famoso —lo hicieron famoso—. Se mudo de aquí, le dieron una casa amplia. Se casó con la mujer que se le oriento. Yo tenia una hermana en el exilio… Venia, sin embargo, a visitarme —con mucha cautela—, sus libros bajo el brazo. Me los entregaba y me decía la verdad: todos eran monstruos… ¿Eran? o ¿éramos?… ¿Qué cree usted? ¿Ha averiguado algo sobre su padre? ¿Sabe algo más? ¿Por qué escogió para su trabajo precisamente a este personaje tan turbio? .Quien es usted? ¿Por qué me mira de esa manera? ¿Quién era su padre?… Su padre. «En la primera oportunidad que tenga me asilare», me decía, «se que la vigilancia es mucha, que prácticamente es imposible quedarse, que son muchos los espías, los criminales dispersos; que aun después, en el exilio, seré asesinado. Pero antes hablare. Antes diré al fin lo que siento, la verdad»… Cálmate, cállate, le decía yo —y ya no éramos tan jóvenes—, no vayas a hacer una locura. Y él; «¿Es que crees que puedo pasarme toda una vida representando? ¿Es que no te das cuenta de que a fuerza de tanto traicionarme voy a dejar de ser yo mismo? ¿Es que no ves que ya soy una sombra, un fantoche, un actor que no desciende nunca del escenario donde representa además un papel sucio?». Y yo: Espera, espera. Yo, comprendiendo, llorando también con él, odiando tanto o más que el —soy, o era, mujer—, aparentando como todo el mundo, secretamente conspirando con el pensamiento, con el alma, y suplicando que esperara, que esperara. Y supo esperar. Hasta que llego el momento.
El momento en que fue derrocado el régimen. Y él, procesado y condenado como agente directo de la tiranía castrista (todas las pruebas estaban en su contra) a la pena máxima por fusilamiento. Entonces, de pie ante el pelotón libertario que lo fusilaría grito: «!Abajo Castro! !Abajo la tiranía! !Viva la Libertad!»… Hasta que la descarga cerrada lo enmudeció, estuvo repitiendo aquellos gritos. Gritos que la prensa y el mundo calificaron de «cobarde cinismo». Pero que yo, escríbalo ahí por si no funciona el aparatico, puedo asegurarle que fue lo único autentico que dijo su padre en voz alta durante toda su vida.

José Agustín - "En la madre, está temblando"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista, cuentista, dramaturgo y ensayista mexicano. Se le etiqueta dentro de la llamada “literatura de la Onda”, un movimiento literario durante la segunda mitad de los años 60 del siglo pasado y el nombre del movimiento, con cierto tinte despectivo, se debe a Margo Glantz. Como autor perteneciente a ese movimiento su obra y sus temas van de la contracultura al pacifismo, de las drogas al rock y el sexo.
Oí hablar de él por primera vez a Nora de la Cruz en su canal y al investigar me encontré con que no está publicado en España (o yo fui incapaz de encontrarlo), así que sus libros requirieron muchas visitas a librerías de segunda mano (librerías con fondo, no de las que venden libros como si fueran gominolas).
Este cuento pertenece al voluman “No hay censura” de 1988.


El viejo se detuvo en la esquina, junto a un puesto de periódicos. Su visión se había ablandado y le costaba trabajo respirar, es la bola de años, se dijo. De vez en cuando le ocurrían pérdidas casi totales de energía, claro que en esta ocasión también están los tragos, pensó.
Frente a él se hallaba la avenida Álvaro Obregón, con sus réplicas de viejas estatuas. Había bancas en el camellón y franjas de prado con jardineras y altos árboles, el sitio perfecto para aterrizar un momento y recargar la pila, pensó al ver una banca desocupada bajo la sombra. Dejó pasar un grupo de autos pero después se lanzó al arroyo conteniendo a los coches con una mano, quietos ahí cabroncitos, dejen pasar a La Bola. Lo insultaron con la bocina pero él no se inmutó. Jadeando, se acomodó en la banca.
Ese mediodía era pesado, el aire se había enrarecido por la contaminación y se respiraba una atmósfera reseca, como de aserrín asoleado, calificó el viejo que tomaba aire en la banca. Respiró profundamente varias veces, qué pedo me traigo, pensó, y cuando se serenaba un poco lo conmocionó un estruendo de chillidos de llantas, láminas que chocan, cristales estallados. Justo frente a él un auto se detuvo tan abruptamente que el de atrás se le incrustó. El viejo apenas contenía la temblorina que le dejó el sobresalto, necesito un trago, exactamente. Del bolsillo sacó una botellita de brandy barato y bebió de ella un largo trago; después extrajo lo que parecía una polvera de plástico y que era un vaso plegable; el viejo lo abrió como periscopio. Se sirvió un poco de brandy, lo bebió, plegó el vaso de golpe y observó el lío que el choque había causado.
La circulación se había detenido, muchos vehículos bocineaban neuróticamente y los dueños de los coches discutían rodeados por una multitud de curiosos, arréglense antes de que llegue la policía, dijo alguien, pero lo ignoraron. Los dos conductores se echaban la culpa mutuamente y no cedían. Más gente llegaba a presenciar el pleito que tenía como fondo musical una verdadera muralla de bocinazos.
Ya cállense, masculló el viejo, lárguense de aquí con su ruidero, ¿qué no hay un sitio en esta ciudad donde uno pueda cultivar sus achaques en paz?, mascullaba, mira nada más qué descontón… Uno de los conductores había propinado un golpe repentino y terrible a su contrincante, y lo derribó; en el acto procedió a patearlo con vigor. Joder, murmuró el viejo cuando la gente le bloqueó la visibilidad, y se puso en pie para seguir el pleito. Pero, ya de pie, tampoco pudo ver nada, salvo el movimiento excitado de la gente. Sólo advirtió el tumulto que se había formado, el embotellamiento interminable de autos, y se fue llenando de ira desolada, porque a su edad, pensaba, le era difícil reconciliarse con todo eso. Qué cambio tan devastador había tenido la ciudad. Hasta su propia memoria le rehusaba imágenes de esa avenida en la normalidad de muchos años antes, por qué te hicieron eso, mhija, dijo, tan hermosa como eras, cómo pudiste permitir que toda la manada de estúpidos te violara y mancillara, que todos esos zánganos te devastaran, te acabaron los que se sienten los dueños del mundo, que quieren todo rápido y sin problemas, que se creen dueños del futuro y sólo son pobres topos que tragan tierra negra y creen estar en las alturas, igual que los jodidos, infeliz pueblo que te has envilecido, que has pisoteado a los pocos hombres buenos que pariste, siempre sojuzgado por alguien: españoles, franceses, gringos, mexicanos con alma de buitre, somos una verdadera mierda, decía, con más fuerza ya, y algunos se volvían para verlo; hubo un momento en que creí que íbamos a cambiar, que nos dirigíamos al verdadero encuentro con nosotros mismos, y no sé por qué lo pensé entonces pues ahora es lo mismo, sólo que antes la miseria no estaba tan a flote y la gente no era tan cínica, no se había descarado tanto; entonces creíamos que las cosas ahí iban, más o menos, y no pedíamos más; creíamos vivir ciclos, uno acaba, otro empieza, la energía se renueva, y en realidad siempre era el mismo presente ruin, repugnante, el mismo embrollo, la misma confusión, la gritería, ahora todos gritan, se desgarran la ropa y no ven que sigue la misma pasividad de siempre que a todos nos tiene hundidos en la mierda desde hace años. Y que no me digan que nada ocurre, que todo está perfecto, si yo he vivido tantos años viendo cómo el aire asesinaba y todo se descomponía, a mí no me puedes andar con historias, yo vi lo que ocurrió, todos los días me he desayunado con la horrible verdad de que otro poco de vida buena se extinguía. Nos dejamos deslizar por una pendiente que íbamos edificando losa a losa, y ya que somos piojos aplastados, llantas ponchadas y reparchadas, ya que somos mierda, ni siquiera hemos podido ser verdaderos cabrones, no le damos grandeza a la maldad, ni siquiera sabemos lo que es eso, puro pobrediablismo, pinches diablitos ojetes con sus vasos de brandy barato en la mano, envueltos en polvos y humo, vestidos de cochambre, cagados y guacareados, o en autos lujosos, con ropa cara, guardaespaldas atrás, es igual, ahora el viejo vociferaba con los músculos del cuello tensos y las venas hinchadas, y a mí de qué me sirvió leer megatoneladas de libros, saber tantos idiomas, almacenar tantos conocimientos, para acabar como esta puta ciudad: agonía perenne sin la bendición de la muerte, ¡húndete de una vez, hija de tu chingada madre! ¡Tu gran hazaña es ser la máxima ruina del mundo, ciudad jodida, ciudad jodida!
En la madre, se dijo. Qué pasa aquí, se preguntó el viejo al sentir un levísimo meneo que de pronto agarró fuerza y una sacudida espeluznante le bajó toda la sangre a los pies, la banca se removió entre chirridos de metal, los postes y los cables se agitaban, la gente abría los ojos con el máximo espanto, se daba cuenta perfecta de que estaba temblando y con un poder devastador. El viejo saltó de la banca pero en el suelo era lo mismo: trepidaba con fuerza, le provocaba un mareo invencible, la visión se le barría, las manos no hallaban dónde sujetarse, la agitación era pareja y, sobre todo, fuerte, alcanzaba a pensar el viejo, aún en el estupor y el terror, veía que los edificios se removían pesadamente, crujían, despedían nubes de polvo, los cables de electricidad finalmente se rompieron, chisporrotearon al caer, una explosión, un auto ardió y la gente, quemándose, salió corriendo, entre el estrépito ensordecedor de choques, golpes, gritos aterrados de gente atrapada, aplastada, o que corría o trataba de permanecer en pie, más gente salía de casas y edificios, ¡ahora sí, hijos de la chingada!, ¡ahí tienen lo que buscaban!, bramaba el viejo, ebrio de terror, ¡no le saquen a las sacudidas de esta vieja madre! ¡Se está viniendo!, ¡gócenla, culeros!, caían grandes ramas, los árboles se bamboleaban, algunos se desplomaban pesadamente, y el viejo casi perdió el sentido cuando frente a él los rieles del tranvía no resistieron la tensión, estallaron con un chasquido sobrecogedor y el grueso lingote reblandecido se retorció como paréntesis invertidos que se alzaron en el aire, ay cabrón, ay canijo, esto sí está durísimo, está fuerte, gritaba el viejo, tambaleándose, entre la gente que huía de los autos que habían hecho explosión, de los potentísimos chorros de agua que brotaron por entre el concreto resquebrajado, la calle se agrietaba con crujidos secos, guturales, y chorros ahora turbios del drenaje volaban las tapas de las coladeras y se disparaban hacia arriba, ¡esto era lo único que nos faltaba!, ¡nos vamos a morir montados en esta montaña rusa! ¡Agárrense si pueden hijos de la chingada!, volvió a gritar el viejo con menos fuerza, las trepidaciones y las sacudidas no cesaban, eran eternas, al terror se sumaba la atroz premonición de que nunca iba a acabar, todo caería como se desplomaban los techos, un edificio de veinte pisos de pronto se ladeó y se resquebrajó, se vino abajo con una oleada de piedras, metales retorcidos, cristales, muebles, el primer piso de una casa cayó pesadamente, con nubes de polvo, explosiones, llamaradas, gritos desgarrados, no para, no para, un dolor de cabeza fulminaba al viejo, todo se está cayendo, alcanzó a musitar, esto es imposible, tiene que parar, ¡tiene que parar! la gente mostraba el máximo horror, estupor, mientras caían balcones, otros edificios se desmoronaban sobre la calle, los vehículos y la gente; los ruidos, golpes, gritos, ensordecían y el viejo no pudo sostenerse más en pie y se desplomó sentado, con las piernas extendidas, con las manos plantadas en la tierra del camellón, como niño. Entonces descubrió que el terremoto había cesado.

Felisberto Hernández - "Libro sin tapas"

Posted by La mujer Quijote in ,

Libro sin tapas fue un folleto sin tapas, de treinta y ocho páginas, sin fecha [aunque se publicó en 1929] ni pie de imprenta. Las primeras cuatro páginas sin numerar. En la primera solo figuraba el nombre del autor y Libro sin tapas. Más abajo, a manera de epígrafe:

Este libro es sin tapas
porque es abierto y libre:
se puede escribir antes
y después de él.
Felisberto Hernández
al doctor
Carlos Vaz Ferreira

El último párrafo titulado Epílogo corresponde a la versión que apareció en el Tomo I de las Obras de acuerdo con lo indicado por N. Giraldi en un ejemplar corregido por el autor.


PRÓLOGO
A la última religión se le termina la temporada. A los hombres de ciencia se les aclara el epílogo que sospechaban. Los jóvenes, vigorosos y deseosos de emociones nuevas, tienen el espíritu maduro para recibir el tarascón de una nueva religión. Todo esto ha sido previsto como las demás veces. Se ha empezado a ensayar la parte más esencial, más atrayente, más fomentadora y más imponente de la nueva religión: el castigo. El castigo de acuerdo con las leyes de la religión última; con el caminito de la moral, que ha de ser el más derecho, el único, el más genial de cuantos han creado los estetas que han impuesto su sistema nervioso como modelo de los demás sistemas nerviosos.
Tenemos muchos datos. A los locos nos tienen mucha confianza en estas cosas. Escribiremos sólo algunos de Jos datos del primer ensayo y dejaremos muy especialmente a la orilla del plato los de la formación del jurado de los Dioses.

I
El jurado de los Dioses logró reunirse. En esto fueron inferiores a los católicos porque conviene que en religión mande «Un Solo Dios Verdadero».
El primer ejemplar estaba pronto a someterse. El pobre muerto había sido egoísta. Jamás se preocupó del dolor ajeno. Jamás dejó de pensar en sí mismo. Fue un hombre tranquilo. Todo esto pareció mal al jurado y decidieron por unanimidad castigar al muerto: lo colgaron de las manos al anillo de Saturno; le dieron un gran poder de visión y de inteligencia para que viera lo que ocurría en la Tierra; le dieron libertad para que se interesara cuanto quisiera por lo que pasaba en la Tierra, pero si pensaba en sí mismo, se le aflojarían las manos y se desprendería del anillo.

II
Los primeros tiempos fueron horribles. De repente se quedaba agarrado de una mano, de dos dedos, pero en seguida atinaba a prenderse con la otra mano. Hacía esfuerzos sobrehumanos para no pensar en sí mismo. De pronto se quedaba mirando fijo a la tierra y eso le distraía un poco. Lo primero que le distrajo absolutamente sin tener que preocuparse de las manos ni de sí mismo, fue muy curioso: estaba mirando fijo a la Tierra y se le ocurrió pensar por qué daría vueltas y más vueltas. Así pasó mientras la Tierra dio treinta vueltas.

III
Ya no podía más de aburrido, de pensar siempre lo mismo sin hallar solución. A veces le venía una esperancita de solución y aprovechaba a ponerse contento antes que se diera cuenta que no había encontrado solución. Entonces, durante la alegría de la esperancita movía alternativamente las piernas.

IV
Al mucho, tiempo de aburrirse de no encontrar solución se dio cuenta que la Tierra además de las vueltas sobre sí misma, daba otras vueltas alrededor del sol: vuelta a las esperancitas y vuelta a volver a aburrirse. Pero a medida que pasaba el tiempo y se preocupaba de los demás, se le aguzaba la visión y la inteligencia. Por eso descubrió nuevamente, que los animales y los hombres, al mismo tiempo que seguían a la Tierra en sus dos clases de vueltas, daban otras dos clases de vueltas más: unas para conseguir qué comer y otras alrededor de las hembras.

V
La visión y la inteligencia seguían aguzándosele. Esto le libraba en muchos momentos del aburrimiento y de pensar en sí mismo. Cada vez se internaba más en los problemas de la Tierra Se diría que progresaba: el progreso lo hacía distinto, lo hacía más visual y más inteligente, pero no se sabía si le suprimía dolor La complejidad progresiva le quitaba dolor de aburrimiento y de esfuerzo en no pensar en sí mismo Pero nacían nuevos dolores: los dolores de no hallar solución, ahora que le crecía el interés por la Tierra y que no tenía más remedio que dejárselo crecer, porque si dejaba de mirar fijo y de pensar en la Tierra, le amagaba el pensamiento de sí mismo y se descolgaría. ¡Y ni siquiera podía pensar qué sería de él si se descolgaba y si se le importaría o no descolgarse!

VI
Ya tenía una inmensa suma de «por qués», ¿por qué la Tierra daba vueltas sobre sí misma?, ¿por qué además daba grandes vueltas alrededor del sol?, ¿por qué los hombres tenían que dar vueltas alrededor de los alimentos y comer para no morirse?, ¿por qué daban vueltas alrededor de las hembras? Le cruzó la idea semisolución de que la Tierra y los hombres hacían todo eso para no aburrirse. ¡Qué bien le hubiera venido ahora un pequeño descansito! A pesar de la alegría y el placer último seguía colgado; además no tenía más remedio que darse cuenta que la solución era falsa, seguir mirando la Tierra y aumentar Ja complejidad.

VII
Los nuevos y últimos «por qués» eran: ¿por qué los hombres tienen que no aburrirse? ¿Por qué no se anulan y anulan la Tierra? ¿Por qué tienen ese fin optimista para cargar con las tarea del no aburrirse? Y siguió ahondando y ahondando y preocupándose más de la acción de los hombres y aumentando la complejidad trágica e imprescindible Al seguir preocupándose más de la acción de los hombres descubrió el mismo problema de él y que él no sabía que lo tenía por no poder pensar en sí mismo: descubrió que los hombres progresaban, que eran distintos a los de las épocas anteriores.

VIII
Más adentro descubrió que el por qué provisorio del progreso era evitar dolor. Pero en seguida cayó en la duda más dudosa, más compleja y más emocionante. El condimento de complejidad que tenía esta duda, le había despertado la curiosidad y el interés más violento. Procuraba anestesiarse y dejar pasar épocas para ver si en la última época el progreso les había quitado dolor, o si al tener menos dolor del anterior, les naciera otro dolor distinto que sumándolo alcanzara a la misma presión del dolor de las épocas anteriores También podía ser que si el dolor fuera menos, también fuera menos el placer; que la reacción natural de cada organismo diera un porcentaje mayor o menor de sistema nervioso, pero que eso no tuviera nada que ver con la compensación: que no cambiara el promedio de placer y dolor, que fuera indiferente nacer en cualquier época.

IX
Cuando lograba detener los «por qués», la Tierra le parecía maravillosa; le parecía un juguete ingeniosísimo; la encontraba parecida a esos sonajeros de los niños que es necesario que los muevan para que suenen: la Tierra se movía y por eso los hombres tenían acción. Tal vez si la Tierra se detuviera ellos también. Pero no se podía asegurar nada, era un juguete muy complejo. Hubiera deseado, igual que los niños, romperlo, ver cómo era interiormente y romperle el por qué. Pero lo único que podía hacer era observarlo: observando le parecía que los hombres tenían cuerda individual, pero que se subordinaban a la Tierra por un imán; que al moverse la Tierra les excitaba la cuerda y que había hombres de más o menos cuerda.

X
La fórmula más general que hubiera podido deducir de los hombres de más o menos cuerda era: cuando más vueltas da la rueda de la cabeza, menos cuerda. También le parecía que el gran predominio de una de las piezas del juguete-hombre, afectaba la cuerda: el juguete-hombre-atleta, al que le predominaban los músculos; el juguete-hombre-inteligente al que le predominaban los razonamientos, etc. Todos los predominios o anormalidades hacían que el hombre que los poseía fuera considerado célebre por los demás hombres. Todo esto le parecía raro, porque todos los hombres amaban el progreso, y tanto los juguetes-hombres-atletas como los juguetes-hombres-inteligentes eran inútiles al progreso.

XI
Se le ablandaba un poco la duda de por qué serían célebres los juguetes-hombres-atletas y los juguetes-hombres-inteligentes a pesar de ser inútiles al progreso: les parecía muy general, en los juguetes hombres-vulgares, el mal de pocos músculos y poca inteligencia para el progreso Estas dos clases de hombres servían de ejemplo a los demás. Les excitaban por medio de la exageración el desarrollo de los músculos y la inteligencia. Y todo esto a pesar de que ellos no servían al progreso: tenían más musculatura y más inteligencia de la necesaria para la acción. Pero eran célebres porque asombraban a los demás con la anormalidad tan notada y con la exageración que producía el buen ejemplo. Y en tanto a ellos, a los celebrados, el éxito les excitaba más la voluntad para desarrollar más la exageración, la anormalidad que cada vez se notaba más.

XII
Es necesario aclarar que el juguete-hombre-inteligente que imaginaba el pobre muerto no era el genio científico en favor del progreso, era el que había llegado a negar lo indispensable del progreso para evitar dolor. Además pensaba que a esta clase de hombres se les rompía la llavecita-esperanza con que se daban cuerda y entonces no habiendo acción eran inútiles al progreso. Otro de los ejemplos —pero más vulgares— de las anormalidades o predominios de piezas que afectaban la cuerda, era el predominio de la pieza coraje o el predominio de la pieza miedo: Este equilibrio necesario e imprescindible de estas dos piecitas le parecían cosas maravillosas en el juguete-hombre-normal.

XIII
A condición de ablandársele la última duda, se le endurecía otra: ¿por qué a pesar del triunfo de la exageración, del predominio de piezas, era célebre el que le predominaba la pieza coraje y no el que le predominaba la pieza miedo?

XIV
Los Dioses estaban en La Luna. Allí habían instalado su cámara. Discutían el problema de la reencarnación. Había varias tendencias. Ya en La Tierra creían poco en la reencarnación. Sin embargo había que aprovechar la lección, el castigo. Además el control era más fácil cuando menos penados hubiera: el problema de los vivos les era más cómodo.
Se resolvió practicar la reencarnación.

EPÍLOGO
Otra vez en la Tierra, el pobre muerto hizo cosas muy curiosas: Después de la tortura y de saber que el progreso era inútil, que no evitaba dolor, se enroló en la acción para el progreso.
Nunca supo que los hombres no se anulaban ni anulaban La Tierra porque ella les provocaba extraños e infinitos deseos. Esto, además de la piecita-miedo. Él realizó, como hombre, un extraño y amplio deseo. Esta amplitud consistía en no querer ser amplio, en no salirse de la Tierra, como otros hombres amplios, sino en volver al problema de los hombres. Escribía en los diarios en favor de algún partido político. Tenía una especie de sensualidad por escribir libretas en blanco y precisamente, mezclándose en el progreso, es que podía escribir mucho.

Osamu Dazai - "Femenino"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista y cuentista japonés. En su obra abundan las referencias autobiográficas y superó la rigidez de los valores de la sociedad japonesa de su época. Se le califica, junto a Mishima y algún otro, como el renovador y modernizador de la literatura japonesa.
El cuento pertence al volumen "Ocho escenas de Tokio" editado en España en 2022 que no sé si se corresponde exactamente con el "Escenas de Tokio" ("Hakkei Tokyo") de 1945.
La versión es la de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés



Cuentan que cuando un nativo de las islas Fiji se cansa de su mujer, aun habiendo estado muy enamorado de ella en el pasado, no duda en matarla y comérsela después. También se dice que cuando muere la mujer de un nativo de Tasmania, se la entierra junto a sus hijos, y que ciertos aborígenes de Australia despedazan los restos de sus mujeres fallecidas, separan la carne de los huesos y utilizan la grasa como cebo para la pesca.

Publicar una historia decrépita y sin esperanza como esta en una revista llamada Wakakusa, Hierba joven, no es ni un intento de ser considerado un excéntrico, ni una muestra de desprecio hacia los lectores. Lo hago, más bien, porque considero que sabrán apreciarla. Me he dado cuenta de que la mayor parte de la juventud de hoy en día es más madura de lo que suele creer la gente. No tendrán mayor problema en aceptarla. Es una historia para quienes han perdido la esperanza.
El veintiséis de febrero de este año, un grupo de jóvenes oficiales causaron bastante revuelo en Tokio. Aquel día, yo estaba sentado en un hibachi frente a un amigo. No habíamos escuchado nada del incidente y divagábamos sobre el quimono que cierta mujer utilizaba para dormir.
—Yo no lo he visto. ¿No podrías ser un poco más concreto? Pon algo más de realismo al hablar de mujeres. Es la técnica más apropiada para estos casos. ¿Qué clase de quimono era? ¿Un nagajyuban?
Era la clase de mujer que, en caso de existir, lo salvaría a uno de la muerte. Sondeábamos los rincones más profundos de nuestro corazón, allí donde albergábamos las respectivas figuraciones sobre esa mujer ideal. Mi invitado evocó una frágil y delicada amante de unos veintisiete o veintiocho años. Tendría alquilada la segunda planta de una casa en Mukôjima y viviría allí con su hija de cinco años y de padre desconocido. Él iría a visitarla una noche en la que se celebraría el festival de los fuegos artificiales junto al río y dibujaría algo para la niña; un círculo cuidadosamente trazado con lápiz amarillo. Se lo habría dado y esta le habría dicho: «Es la luna». La mujer vestiría un quimono de felpa azul pálido y un obi estampado con flores de glicinia. En cuanto mi amigo llegó a ese punto de su ensoñación, dijo que era mi turno y comencé a responder a sus comentarios y preguntas.
—El quimono no es de crepé. Eso seguro. Hay algo antihigiénico y deslucido en ese tejido. Supongo que tú y yo no somos demasiado elegantes.
—Entonces qué. ¿Pijamas?
—De ninguna manera. Vaya vestida o no, da lo mismo. Si fuera solo la parte de arriba, parecería una imagen sacada de una tira cómica.
—De acuerdo. ¿Entonces qué? ¿Felpa?
—No. Una yukata a rayas de hombre recién lavada. Y el obi del mismo material, atado por delante, como un cinturón de judo. Como esas yukatas que te dan en los hostales, ese es el tipo al que me refiero. La mujer debe transpirar un cierto aire de muchacho, creo.
—Ya entiendo. Para alguien que siempre se queja de lo derrotado y hundido que está, resultas de lo más imaginativo, ¿no te parece? Pareces uno de esos que aseguran que los funerales son los espectáculos más espléndidos de entre todos los rituales. Además, te estás decantando por el lado erótico. ¿Qué me dices de su pelo?
—No lleva un peinado japonés. Lo odio. Demasiado grasiento y rígido, con una forma que resulta grotesca.
—Lo sabía. Entonces un sencillo corte estilo occidental. Es una actriz. Una de las actrices titulares del antiguo teatro imperial.
—No. Las actrices están demasiado preocupadas por su preciada y pequeña reputación.
—No te lo tomes a la ligera. Es un asunto serio.
—Ya lo sé. Tampoco es un juego para mí. Amar a alguien es poner tu vida en la cuerda floja. No me lo tomo a la ligera.
—Está bien, pero no consigo formarme la imagen. Pongamos algo más de ese realismo. ¿Por qué no la llevas a alguna parte, de viaje por ejemplo? Si cambiamos de escenario y colocamos a la mujer en una situación distinta, quizás lo entendamos con mayor claridad.
—El asunto es que no se trata de una mujer demasiado activa. Ella es… es como si estuviera medio dormida.
—Eres demasiado tímido, ese es el problema. De acuerdo, no nos queda más remedio que seguir con esto. Antes de nada, pongámosle esa yukata de la que tan orgulloso te sientes.
—¿Por qué no empezamos desde el principio, en la estación de Tokio?
—De acuerdo. Entonces, le prometes que te encontrarás con ella en la estación.
—La noche anterior le digo: «Hagamos un viaje». Ella asiente. «Te esperaré a las dos en la estación de Tokio». Se limita a asentir de nuevo. Eso es todo lo que hubo de promesa.
—Espera, espera. ¿A qué se dedica ella? ¿Es escritora?
—No. Por alguna razón las escritoras no tienen muy buena opinión de mí. Es artista, una pintora que empieza a acusar cierto cansancio de la vida. Al parecer hay algunas artistas adineradas ahí fuera, ¿lo sabías?
—Artista, escritora, todo es lo mismo.
—¿Tú crees? Bueno, ¿entonces qué? ¿Una geisha? En cualquier caso, en tanto que mujer con cierta experiencia, no se siente abrumada por la presencia de un hombre.
—¿Has tenido relaciones con ella antes de esto?
—Quizás sí, quizás no. En caso afirmativo, tan solo conservo un recuerdo brumoso, como un sueño. No nos vemos más de tres veces al año.
—¿A dónde vais de viaje?
—A un lugar a dos o tres horas de Tokio. Un ornen en las montañas estaría bien.
—No te precipites. La mujer ni siquiera ha llegado aún a la estación.
—La promesa de la noche anterior parece tan irreal que ahora estoy seguro de que no vendrá. En fin, uno nunca sabe. Así es. Voy a la estación con una vaga esperanza. Ella no está, así que pienso: de acuerdo, viajaré solo. Pero decido esperar hasta cinco minutos antes de la hora acordada.
—Tienes equipaje, por supuesto.
—Una maleta pequeña. Justo en el último momento, cuando apenas faltan cinco minutos para las dos, vuelvo la cabeza por casualidad.
—Ahí está la mujer, sonriendo.
—No, no sonríe. Tiene una expresión sería. Dice en voz baja: «Lo siento, llego tarde».
—Trata de coger tu maleta.
—Le digo que yo la llevaré.
—¿Billetes de segunda clase?
—O primera o tercera. Bueno, supongo que tercera.
—Subís al tren.
—La llevo al vagón restaurante. Mantel blanco, flores sobre la mesa, el paisaje fluye en el exterior… Todo resulta muy agradable. Sorbo mi cerveza con aire ensoñador.
—Le ofreces también un vaso de cerveza.
—No, sugiero soda azucarada para ella.
—¿Es verano?
—No, otoño.
—¿Así que estás ahí sentado y sueñas despierto?
—La miro y digo: «Gracias». Incluso a mí me resulta honesto, natural. De todos modos, me conmueve.
—Llegáis al hostal. Se ha hecho tarde.
—Cuando llega el momento de entrar en los baños, ya es demasiado tarde.
—No os bañáis juntos. ¿O sí lo hacéis?
—De ninguna manera. Voy en primer lugar, me doy prisa y vuelvo a la habitación. La mujer se ha puesto un quimono.
—De acuerdo, déjame que continúe desde ahí. Si me equivoco, me corriges. Creo que ya me he hecho una idea clara de la escena. Tú te sientas en una silla de ratán en el engawa y fumas un cigarrillo. Te sientes bien. Te permites el lujo de fumar Camel. La luz del ocaso juega con las hojas del otoño en las montañas que tienes frente a ti. Al cabo de un rato, la mujer vuelve del baño. Desenrolla la toalla y la extiende sobre la barandilla del engawa. Luego se pone detrás de ti y mira con calma hacia el mismo lugar que tú contemplas. Empatiza contigo. Admira el paisaje con el que te deleitas. Continuáis así al menos durante cinco minutos.
—No. Un minuto basta. Cinco minutos así y nos hundimos.
—Llega la cena. Hay una botella de sake en la bandeja. ¿Te la vas a beber?
—Espera un momento. La mujer no ha dicho una palabra desde que salimos de la estación, cuando se disculpó por llegar tarde. No vendría mal que le hiciéramos decir algo en este momento.
—No, ahora no. Decir algo banal destruiría toda la escena.
—¿Tú crees? Bien, de acuerdo, lo dejamos así. Simplemente nos sentamos frente a las bandejas con la comida y… No sé, es extraño.
—No hay nada extraño en ello. Puedes intercambiar unas cuantas palabras con la camarera. Eso estará bien.
—No, espera. Esto es lo que pasará: la mujer le dice a la camarera que se retire. De manera abrupta, con la voz tranquila pero pronunciando las palabras con total claridad: «Ya me ocupo yo, gracias».
—Ya veo. Es de esa clase de mujeres.
—Después me sirve sake. Torpemente, como haría un chico joven. Se comporta con recato y compostura. El periódico de la tarde está en el suelo junto al cojín. Con la pequeña jarra de sake aún en su mano izquierda, abre el periódico y comienza a leer. Se apoya con la mano derecha sobre el tatami.
—Hay un artículo que habla de las inundaciones del río Kamo.
—No. Ahí es donde imprimimos la atmósfera del momento. Mejor un incendio en el zoo. Cerca de cien monos carbonizados en sus jaulas.
—Demasiado truculento. De todas formas, ¿no resultaría más natural que ella consultase el horóscopo?
—Aparto a un lado el sake y digo: «Comamos». Empezamos a comer. En uno de los platos hay tortilla. Resulta deprimente. De pronto, arrojo los palillos como si hubiera recordado algo y me acerco al escritorio. Saco papel de mi maleta y me pongo a escribir como un loco.
—¿Qué sentido tiene eso?
—Mostrar mi debilidad. No puedo retirarme sin darme aires. Debe de ser mi mal karma, algo así. En cualquier caso, estoy de un humor horrible.
—¡Anda ya! Estás empezando a flaquear.
—En realidad no tengo nada sobre lo que escribir. Por eso copio los cuarenta y siete caracteres del alfabeto iroha. Una y otra vez. Mientras lo hago, le digo a la mujer que acabo de acordarme de cierto trabajo que tenía pendiente y que no quiero posponerlo, no sea que lo olvide. Estamos en una ciudad pequeña, tranquila y encantadora. Le sugiero que vaya a visitarla.
—Esto se va a convertir en un verdadero desastre. Está bien. ¿Entonces qué? La mujer se muestra de acuerdo, se cambia de ropa y sale de la habitación.
—Me derrumbo en el suelo y me quedo ahí mirando el techo y las paredes.
—Lees el horóscopo en el periódico. Dice: «Evita los viajes».
—Me fumo uno de mis Camel de a tres céntimos de yen la unidad. Me siento extravagante y ligeramente agradecido. Siento cariño por mí mismo.
—Al cabo de un rato, entra la camarera y te pregunta si quieres que extienda el futón.
—Me incorporo y le digo con toda tranquilidad: «dos futones». De pronto, quiero beber más sake pero reprimo las ganas.
—La mujer está a punto de volver.
—Todavía no. En cuanto la camarera sale de la habitación, comienzo a hacer algo verdaderamente extraño.
—¿No me digas que vas a marcharte y a dejar a la mujer ahí plantada?
—Cuento mi dinero. Tres billetes de diez yenes. Dos o tres yenes en monedas.
—No hay problema. Cuando la mujer regresa, has empezado de nuevo con tu falsa escritura. Ella te pregunta tímidamente si debería haber vuelto más tarde.
—No, respondo. O le digo que no me importa, que se meta en la cama mientras yo acabo mi trabajo. Suena más bien como una orden. Sigo escribiendo: i-ro-ha-ni-ho-he-to
—Detrás de ti escuchas a la mujer que dice: «Me adelanto».
—Escribo: chi-ri-nu-ru-wo-wa-ka. Después: we-hi-mo-se-su. Más tarde rompo el papel.
—Esto se está poniendo cada vez peor.
—No puedo hacer nada por evitarlo.
—¿No te vas a la cama?
—Voy a darme un baño.
—Fuera empieza a hacer frío.
—Esa no es la razón. Me siento desorientado. Me quedo en el baño alrededor de una hora, sentado como un idiota. Cuando me decido a salir, soy como un borrón, un fantasma. Vuelvo a la habitación y la mujer ya está dormida. La lámpara junto a la almohada está encendida.
—¿Ya está dormida?
—No. Tiene los ojos abiertos. Su cara está pálida. Mira al techo y tiene los labios firmemente apretados. Me tomo unos somníferos y me tumbo sobre el futón.
—¿En el de la mujer?
—No. Cinco minutos después me levanto en silencio. Mejor, pego un salto.
—Estás llorando.
—No, estoy furioso. Miro a la mujer. Está rígida bajo la colcha. Al verla, me siento satisfecho. Saco un libro de la maleta. Sonrisa fría, de Kafû. Vuelvo al futón. Le doy la espalda a la mujer y me pongo a leer, completamente absorto.
—¿No resulta Kafû un tanto cursi?
—Muy bien. Entonces la Biblia.
—Sé lo que quieres decir, pero…
—Quizás sea más conveniente uno de esos viejos libros ilustrados.
—Escucha. Ese libro es un punto importante. Vamos a tomarnos nuestro tiempo y a seguir adelante. Un libro sobre fantasmas no estaría mal. No lo sé. Debe haber algo. Pensées es demasiado pesado… ¿Una colección de poemas de Haruo? No, demasiado cercano a casa. Debe haber algo adecuado.
—¡Lo tengo! Mi propio libro. Mi primera y única colección de relatos.
—Esto se está convirtiendo en algo espantosamente lúgubre.
—Empiezo por la primera página y sigo adelante. Cada vez me sumerjo más en la lectura. Espero fervientemente una salvación.
—¿La mujer está casada?
—Escucho algo, un sonido de agua que fluye detrás de mi. Solo ha sido un ruido tenue, pero un escalofrío me recorre la espalda. La mujer se ha dado la vuelta en silencio.
—¿Qué ha pasado?
—«Vamos a morir», digo. Ella también…
—Detente ahí. No te lo estás inventando.
Tenía razón. Al mediodía siguiente, la mujer y yo intentamos suicidarnos. No era geisha ni pintora. Era una chica de origen humilde que había servido en mi casa.
Murió porque se dio la vuelta en la cama. Yo sobreviví. Han pasado siete años desde entonces y aún sigo con vida.