Wame M. Molefhe - "Lluvia de Botsuana"

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Cuentista y autora de literatura infantil botsuanesa. Sus cuentos se pueden etiquetar como literatura social. En ellos está presente la situación de la mujer, de gays, lesbianas o trans o los conflictos entre tradición y modernidad en la sociedad de Botsuana.
El cuento pertenece al volumen “Ve, cuéntaselo al sol” de 2011.
La versión es la de Federico Vivanco.


Fue mi madre quien llamó para contármelo. Lo hizo, a esa hora intempestiva de la noche, cuando se transmiten normalmente los mensajes de que alguien ha nacido o muerto. Sentí la vibración del móvil que estaba en la mesita de noche.
—Sethu —dijo cuando atendí—, tengo que darte una triste noticia.
Supe entonces que sería grave. Era raro que mi madre me llamara por el nombre que solía usar cuando yo era niña, y más raro que no supiera elegir las palabras adecuadas.
—Kgomotso se ha marchado.
—¿A qué te refieres con que se ha marchado, mamá?
—Ha fallecido.
—No, mamá... ¿Cómo?... ¿Cuándo? —susurré.
Presioné el móvil sobre mi oído y esperé a que hablara. La escuchaba respirar, oía los latidos mi corazón en la cabeza. Me arrepentí de haber preguntado la causa de la muerte de Kgomotso, pero necesitaba saberlo, aunque yo misma despreciaba la forma en que la gente de Botsuana indagaba sobre la causa del fallecimiento de una persona; de la misma forma en que una enfermera buscaba en tu brazo la vena correcta de donde extraer la sangre.
—Se suicidó. Su cuerpo fue encontrado ayer. El funeral será este sábado. Y… Sethu, te dejó una nota.
¿Una nota? ¿Por qué Kgomotso se quitó la vida y por qué me dejó una nota? El miedo se esparció por mi estómago como quien deja caer una piedra en una gaseosa de cola.
Thato estaba dormido a mi lado. Dormía profundamente, como lo hace nuestro bebé, con la boca ligeramente abierta y un brazo envolviendo su cabeza.
¿Qué pasa si la nota de Kgomotso revela mi secreto? Me escabullí de la cama cuidando de no despertarlo, preguntándome si alguna vez volveré a dormir de forma tan plácida.
*
Cuando era niña la vida llevaba un orden. Los inviernos eran fríos y secos, los veranos calurosos y húmedos, tal como decía el libro de texto de geografía sobre el clima de Botsuana. Los días de lluvia corría afuera y chapoteaba dejando que el lodo se me escurriera entre los dedos de los pies. Agitaba mis manos al aire gritando «Lluvia, lluvia, hazme crecer», mientras me dedicaba a perseguir grillos blindados que aparecían con el arco iris como soldados en marcha.
Después de la lluvia, jugaba al fútbol descalza en la arena, y no me importaba que la gente me confundiera con un niño. Cuando el sol ardía, descansaba en la sombra con las piernas flexionadas y los codos sobre las rodillas. Mamá se acercaba de forma sigilosa detrás de mí, para aplaudir como un relámpago crepitante y decía «¡Sethunya! Siéntate como es debido, no como un campesino». Estiraba las piernas presionando los muslos, para parecerme más a una señorita.
En aquel entonces, Kgomotso era mi mejor amiga. Tenía diez años cuando su familia se mudó a la casa en nuestro callejón sin salida. Nos gustaba tumbarnos juntas de espaldas bajo el árbol de marula, cogidas de la mano, y succionar su fruta amarilla. Ella era una soñadora, incluso en aquel entonces. Le contaba una historia tonta y se partía de la risa. Decía: «Shhhh, Sethunya. Escucha. El viento me está susurrando mi futuro... escucha. Dice que un día volaré a una tierra lejana donde podré ser lo que yo desee».
Cuando mis caderas de niña ganaron volumen, las nalgas se redondearon y suavizaron y mis senos del tamaño de la marula se hincharon en el pecho, mamá me dijo: «Los niños son un problema. Huye de los problemas».
Pero ella no debería haberse preocupado. ¿Muchachos? No me interesaban. Era la persona más feliz del mundo cuando estaba con Kgomotso y no quería compartirla. Cuando todas las chicas de mi clase cuchicheaban y reían como tontas por los chicos, para indagar a quién le iban a preguntar si acudirían al baile de la escuela, a mí realmente me tenía sin cuidado. Aun así, les seguí el juego. No quería ser la rarita. 
A medida que crecía, la vida me puso a prueba. Casa. Colegio. Iglesia. En todas partes, parecía como si me estuvieran echando en un molde.
En la escuela tenía que memorizar qué hacía diferente el polvo a la tierra. Luchaba para recordar si había que barrer primero y luego abrillantar, abrillantar primero y luego barrer. En casa mamá preguntaba: «¿En qué clase de mujer te vas a convertir?». A medida que crecía, su pregunta mutaba a: «Oh, Madre del Amor Hermoso, ¿qué clase de esposa serás?». Me esforzaba por ser una hija obediente, una buena mujer.
Todos los domingos me vestía con mi conjunto floral de dos piezas para asistir a la misa matutina. Cada vez que el padre Simon advertía «el infierno arde más que el fuego» y ordenaba «expulsar al diablo», sentía llamas que chamuscaban mi cuerpo y me retorcía en mi asiento. Enseñaba en la escuela dominical, era parte del coro de la iglesia y temía al Señor. Quería con todas mis fuerzas ser hija de Dios y poder ir al cielo donde todos éramos familia y donde todos éramos felices.
Me esforzaba para apagar esa cosa que habitaba en mí y que impedía que me durmiera por la noche deseando estar con Kgomotso. No podía decirle que no a ella. Cuando me abrazó y me apretó contra su cuerpo, prometí que nunca volvería a suceder.
*
Mi amor por Kgomotso era como la lluvia de Botsuana. Impredecible. Se lo entregaba con moderación. Cuando ella respondía, yo contenía mi amor. Entonces se aferraba a mí, como un puñado de hierbas que crecían profundamente en la grieta de una roca, tratando de absorber la máxima humedad posible.
Pero Kgomotso estaba muerta... ¡No! Había partido a esa tierra lejana que soñaba con delicados rosas y verdes pasteles, donde el sol no brillaba demasiado y ya hacía un tiempo los corazones de las personas se secaban y endurecían como el biltong, la cecina. Al menos, este pensamiento me consolaba.
*
Reviví la última vez que la visité. Me había llamado, diciendo que necesitaba hablar. Nos encontramos en su casa. Cuando me abrazó, dejé que mis brazos se quedasen suspendidos. La noté distante; sus palabras moraron en mí, incluso después de haberme marchado, como charcos después de la lluvia, turbios y marrones, ocultos tras las rocas, debajo de la superficie.
*
—¿Piensas a veces en mí? —quería saber.
—A veces —respondo.
—¿Lo amas?
—Por supuesto. Es mi esposo.
—Tal vez podrías visitarme… de vez en cuando.
No respondí.
—¿Has pensado alguna vez en suicidarte?
Su pregunta me dejó perpleja. «Jamás. El suicidio es un pecado mortal», le respondí utilizando la voz de mi catequista dominical. Mis palabras paralizaron sus preguntas. Me preparó un café, con dos azucarillos, sin leche, de la misma manera que lo hacía yo.
Me observaba mientras yo comía la tarta que me había ofrecido; de chocolate, mi favorita. Pero pronto el silencio entre nosotras se hizo insoportable.
Me marché.
*
Aunque no quería, Thato me acompañó al funeral de Kgomotso. Era mi esposo y siempre hacía lo correcto; así era él. Condujo en silencio desde nuestra casa a la de ella. Me quedé mirando por la ventana preocupada por lo que la nota de Kgomotso pudiera revelar.
Su casa parecía más lejos de lo que recordaba, pero tal vez era porque Thato conducía despacio. La lluvia había removido el pavimento de la carretera, para crear un mosaico de gravilla, alquitrán y baches. Cuando íbamos acercándonos a su casa, vi a una mujer sentada sola a la sombra de la marula, el árbol donde solíamos estar con Kgomotso, fingiendo ante el mundo que solo éramos amigas.
*
Mientras Thato conducía, recordé cuando lo conocí. Yo tenía veintitrés años y él acababa de regresar del extranjero. Tocaba el órgano y cantaba en la iglesia. Me enamoré de su voz. Al cantar, las notas resurgían desde el fondo de su garganta y se expandían por el templo. Se reía fácilmente. Sus hombros eran anchos y me ganaba en altura; tenía que inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos. Me había acompañado a casa, después de los ensayos del coro, durante algunas semanas.
Una noche me preguntó: «¿Tienes novio?».
—No.
—¿Y eso? ¿Cómo puede ser que una chica tan bonita y que su nombre signifique “flor” no tenga novio?
—Tal vez estaba esperando a que llegaras tú —le dije con una sonrisa.
Se rio, tomó mi mano y le dio vuelta para depositarla en la suya. Luego acarició la palma. Mi mano parecía diminuta sobre la suya, pero sus caricias eran suaves, como las de una mujer. «Me gustas», dijo, «mucho».
Sonreí. Le gusto a Thato. De todas las mujeres que tenía para elegir, me escogió a mí. Pensé en Kgomotso y retiré la mano. Me miró y dijo: «A veces te miro, Sethunya, y me pregunto si estás aquí conmigo».
Ao? Re mmogo, Thato. ¿Qué? Estoy aquí contigo. No me has visto nunca con nadie más, ¿no?
Negó con la cabeza y dijo: «Un día, Sethunya, me llevarás contigo, a ese lugar donde sueles ir».
Sonreí. Resultaba ser más simple que encontrar las palabras para algo que no podía explicar. En ese momento, aprendí que era más fácil mentir en mi lengua materna.
Después de un año de estar saliendo juntos, Thato envió a sus tíos a mi casa. Llegué a ella y olía a tabaco de ron y arce. Su tío, un fumador de pipa, había venido para decirles a mis tíos que su sobrino buscaba una segametsi, una portadora de agua. El aroma de la pipa no se había diluido en la habitación, cuando mamá ya estaba llamando al padre Simon para anunciarle «Sethunya se va a casar». Un mes más tarde llegaron diez cabezas de ganado, vivas, con Thato corriendo detrás. Nuestras familias habían hablado. Me convertiría en la esposa de Thato.
Vi orgullo en el balanceo de caderas de mamá al dirigirse hacia el banco de adelante en la iglesia. Mantenía la cabeza erguida como si estuviera portando sobre ella un cubo lleno de agua. Escuché cuando, en el verso final, las notas musicales que reproducía vibraban más alto que todas las demás. Sentí su placer mientras acariciaba las suaves sedas con las que dijo que me haría un hermoso vestido de novia.
Su emoción era contagiosa. El día de la boda, llevaba un vestido blanco con una larga cremallera y unas pinzas que me levantaban los pechos, y me rozaba desde los muslos hasta los tobillos. Tenía una cola que barría todas mis dudas debajo de la alfombra roja que conducía a la iglesia. Repetí las palabras del Padre Simon, que amaría y obedecería a mi esposo, tanto en la enfermedad como en la salud, y recité el resto de palabras destinadas a definir el matrimonio.
Cuando el padre Simon dijo: «Ahora los declaro marido y mujer», Thato levantó impaciente mi velo para besarme. Sonreí, recatadamente como una buena mujer. Con nuestras manos unidas, bailamos al ritmo de «Fiela, fiela, fiela ngwanyana»(1) mientras un grupo de extraños se concentraban conforme nosotros saludábamos a la congregación. Marido y mujer. Comenzó a lloviznar cuando salimos de la iglesia. Pequeñas gotas de agua se entremezclaban con el confeti mientras todos coincidían en que habíamos sido bendecidos.
«Recuerda agradecerle al Señor por darte un esposo tan maravilloso», dijo mi madre.
En la primera mañana de nuestra vida de casados, mientras descansaba junto a Thato, seguía lloviendo. Las suaves gotas golpeaban las ventanas con un tímido tamborileo, en contraposición a las tormentas de Botsuana que generalmente tronaban como si Dios estuviese enfurecido.
Giré la mano de un lado a otro y vi brillar mi anillo. Quería quedarme quieta en la cama y oír la lluvia; escuchar mis pensamientos. Cerré los ojos y olí a coco y fresa. Mientras me acordaba de Kgomotso, sonreí con tristeza.
—Dime, Sethunya. Sabes que puedes contarme lo que estás pensando —susurró Thato mientras trazaba mis labios con su dedo.
—Oh, solo estoy feliz por la lluvia —repuse, pero sus palabras lograron robarme una sonrisa haciendo que me escabullera de sus brazos. Si no hubiese hablado, estropeando mis recuerdos, me habría quedado.
Cuando Thato me dijo que me amaba, contuve mi cuerpo a la espera de otra sensación, la misma que me arrastraba en una ola cuando Kgomotso me rozaba el cuello con los labios. Cuando olía el dulce coco de sus cabellos, cuando sus labios sabían a fresa. Mis pezones se endurecían como si fueran ligeramente besados por una fría brisa y sentía calor en zonas cuyos nombres no podía pronunciar en voz alta. Luego ella tomaba mi mano entre las suyas y reposábamos juntas en su cama, volando a aquellas tierras que yo solo había soñado.
Pensaba en Kgomotso mientras yacía junto a mi esposo; en cómo el silencio no era una amenaza para ella, no la inquietaba como a Thato.
Recordé cómo le había hablado de él. Fue un domingo después de la iglesia, el día en que solía ir a verla. Esperé a que se acomodara en el sofá y luego tomé la silla más alejada de ella.
—¿Cómo te lo cuento? Sabes que me he estado viendo con Thato, ¿no?
—¿Viéndolo? Dijiste que era un buen amigo.
—Es un buen amigo... un muy buen amigo. Me ha pedido que me case con él. Le he dicho que sí. Nos vamos a mudar. Tiene un trabajo, en Johannesburgo.
Ella miró hacia otro lado, desconcertada como un pájaro que se da contra el cristal de la ventana. Luego me miró y dijo: «Pobre Thato. Estás cometiendo el mayor error de tu vida, Sethunya».
—Pero, Kgomotso, sabías que esto sucedería algún día. ¿Cómo quieres que termine esto? Vivo con el miedo a ser descubierta. Imagina la vergüenza. La policía... la cárcel...
—Ah, es tu vida. Sigue mintiéndote a ti misma.
No pude responder. No me acompañó hasta la entrada como solía hacerlo. Solo cerró la puerta principal cuando salí. No sé si me vio caminar hacia la verja. No miré hacia atrás. ¿Qué sabía ella sobre el amor legítimo?
Dejé de ir a su casa después de ese día, evité los lugares que ella frecuentaba. Cuando la veía por la calle, la saludaba con educación, como lo hacía con la gente mayor, «Dumela mma. O teng, mma?»(2). Cada vez que se mencionaba su nombre, fingía no escucharlo; o hacía eco de las palabras que otras personas decían cuando hablaban de ella. Le ponían motes horribles, decían que pretendía parecerse a un hombre, que todo lo que necesitaba era uno que la curara, que estaba enferma, que qué le pasaba a la chalada esa.
Pero cuando me encontraba sola, recordar a Kgomotso me llenaba de anhelo. Pensaba en sus ojos de liebre, que la hacían parecer adormilada, imaginaba acariciar su suave piel oliva y besar su nariz, que era pequeña y puntiaguda dentro de un rostro ovalado.
*
El sol brillaba cuando apenas llegamos a la casa de Kgomotso. Pero a medida que el servicio fúnebre avanzaba, unos nubarrones comenzaron a juntarse, igual a como se amontona el ganado. Pronto, la lluvia golpeó la tierra y lanzó al aire el olor del suelo recién mojado.
Había escogido un traje con cuidado y cubrí mi temor dentro de un uniforme de respetabilidad. Llevaba un vestido del tamaño de una tienda de campaña, un chal sobre los hombros, un doek en la cabeza y unas gafas oscuras de sol. Caminaba al lado de mi marido, con altos tacones que hacían ruido, como si estuvieran chapoteando o besando la tierra empapada. Me estaba comportando como una buena mujer motsuana.
Mientras bajaban el cuerpo de Kgomotso a la tumba inundada, el ataúd entraba chocando y dando golpes a los lados del hoyo. Los hombres lo rellenaron con sus palas provocando que el sonido seco del barro contra la madera devorase mi alma. Thato se quitó la chaqueta, cubrió mis hombros con ella y luego cogió también una pala. Observé los músculos de sus brazos mientras cubría a mi amante con tierra. Sentí el escozor de las lágrimas, parpadeé y parpadeé para evitar que cayeran.
Cuando entré en la casa para ofrecer mis respetos, la madre de Kgomotso me dio un sobre. Sentí que me observaba mientras le daba la vuelta al meterlo en mi bolso. Más tarde, lo saqué y lo abrí lentamente:

S
No pude soportarlo. Me voy a un lugar mejor.
Kgomotso


Eso fue todo. Después de leerlo lo doblé de nuevo.
Sus palabras fueron tan insípidas como la comida del funeral, pero lo entendí. Había firmado su nombre con su característico lazo gigante en la “g” y líneas dobles debajo. Recordé cómo solíamos practicar nuestras firmas.
—No presiones tanto el papel —le decía.
—No puedo hacer florituras como tú, Sethunya.
Quería llorar hasta quedarme sin aire. Quería vestirme de negro y quedarme tumbada como la tradición les exigía a las viudas, envuelta en el dolor, para que todos supieran que había perdido una parte de mí. En cambio, evité llorar, como los hombres. Nadie me dijo «Ao, qué desgracia. Pobre criatura. Ya pasará. Intenta ser fuerte».
Vi que Thato me miraba. No le enseñé la nota, tampoco me pidió verla.
La mañana después del funeral, acostada en la cama junto a Thato, empecé a echarla de menos. Me di cuenta de que debería haberme escapado con ella; deseaba que un día la encontrase en ese oasis donde todos eran felices.
Esto es lo que estaba pensando cuando mi marido tocó mi hombro. Pero me alejé de él y cerré los ojos.
Entonces nuestro hijo gritó: «Papá».
Vi a Thato salir de la cama y levantar a Lerang de la cuna. Lo trajo a la cama, se acostó y se lo puso sobre el pecho.
Nos acostamos juntos en silencio, mi marido, mi hijo y yo.


(1) Fiela ngwanyana es una canción popular que se canta y baila en los casamientos de la etnia tsuana. La canción se titula «Barre chica» y cuenta solo con dos estrofas que se van repitiendo constantemente: Barre, barre, barre, chica / barre chica / no comas en una casa sucia. Tu suegra es una arpía / una arpía de mujer / barre chica / no comas en una casa sucia. [N. del T.]

(2) Forma de saludo. [N. del T.]

Cynthia Ozick - "El chal"

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El cuento más conocido de la autora (y también controvertido).
El cuento fue publicado por primera vez en la revista The New Yorker del 26 de mayo de 1980 (aunque en la web el cuento tiene fecha del 19 de mayo).
La versión es la de Eugenia Vázquez Nacarino.


Stella, fría, fría, la frialdad del infierno. Cómo anduvieron juntas por los caminos, Rosa, con Magda acurrucada entre sus pechos doloridos, Magda envuelta en el chal... A veces Stella llevaba a Magda en brazos, pero estaba celosa de ella. Una niña flaca de catorce años, demasiado pequeña, con unos pechos menudos, Stella quería ir arropada en un chal, oculta, dormida, mecida por la marcha, ser un bebé, una criatura rolliza en brazos. Magda se agarraba al pezón de Rosa, y Rosa nunca dejaba de caminar, una cuna andante. No había bastante leche, a veces Magda tragaba solo aire y entonces lloraba. Stella estaba hambrienta. Sus rodillas eran tumores sobre dos palos; sus codos, huesos de pollo.

Rosa no sufría el hambre; se sentía ligera, no con la ligereza del caminar sino como si estuviera a punto de desvanecerse, en trance, presa de un paroxismo, como si ya fuera un ángel, alerta y viéndolo todo, pero en el aire, sin tocar el camino, o tambaleándose de puntillas sobre el filo de las uñas. Veía la cara de Magda a través de un hueco entre los pliegues del chal: una ardilla en su nido, a salvo, nadie podía alcanzarla en el cobijo de las vueltas del manto. La cara muy redonda, una cara en un espejo de bolsillo; pero no era la tez hosca de Rosa, oscura como el cólera, sino una cara completamente distinta: ojos azules como el aire, suave plumón de pelo casi tan amarillo como la estrella bordada en el abrigo de Rosa. Cualquiera habría creído que era una de sus criaturas.

Rosa, flotando, soñaba con dejar a Magda en uno de los pueblos. Podía abandonar la fila un instante y entregar a Magda a cualquier mujer a la vera del camino; pero si se apartaba de la fila seguramente dispararían. Y aunque saliera una fracción de segundo de la fila y soltara el fardo del chal en las manos de una desconocida, ¿lo cogería la mujer? Tal vez se sorprendería, o se asustaría; tal vez dejaría caer el chal, y Magda se golpearía la cabeza en el suelo y moriría. Su cabecita redonda. Era tan buena niña que dejó de llorar, y luego ya solo mamaba por el sabor del pezón seco. La diestra presión de sus pequeñas encías. Un diente asomaba en la encía de abajo, qué brillante, resplandecía como una lápida diminuta de mármol blanco. Sin quejarse, Magda renunció a los pezones de Rosa, primero al izquierdo, luego al derecho; los dos estaban agrietados, sin rastro de leche. La brecha del conducto extinto, un volcán apagado, ojo ciego, agujero frío, así que Magda empezó a amamantarse con la punta del chal. Chupaba, chupaba, empapando las hebras. El buen sabor del chal, leche de lino.

Era un chal mágico, podía alimentar a una criatura durante tres días y tres noches. Magda no murió, siguió viva, aunque muy callada. Su boca exhalaba un olor peculiar, a canela y almendras. Mantenía los ojos abiertos en todo momento, se olvidó de pestañear o de dormir, y Rosa y a veces Stella observaban su intenso color azul. En el camino levantaban el peso de una pierna después de la otra y observaban la cara de Magda. «Aria», dijo Stella con un hilo de voz, y a Rosa le pareció que Stella miraba a Magda como una joven caníbal. Y cuando Stella dijo «aria», a Rosa le sonó como si en realidad hubiera dicho «Vamos a devorarla».

Pero Magda vivió hasta que pudo caminar. Llegó a caminar, aunque no muy bien, en parte porque solo tenía quince meses y en parte porque las varillas de sus piernas no podían sostenerle la barriga, llena de aire, hinchada y redonda. Rosa le daba casi toda su comida a Magda, Stella no le daba nada; Stella estaba hambrienta, al fin y al cabo también era una niña en edad de crecer, aunque no crecía mucho. Stella no menstruaba. Rosa no menstruaba. Rosa estaba hambrienta, pero a la vez no lo estaba; aprendió de Magda a beber el sabor de un dedo en la boca. Estaban en un lugar sin piedad, toda la piedad de Rosa quedó aniquilada, miraba los huesos de Stella sin piedad. Estaba segura de que Stella esperaba a que Magda muriera para hincarle el diente a sus pequeños muslos.

Rosa sabía que Magda moriría muy pronto; a esas alturas ya tendría que estar muerta, pero se había quedado enterrada en las profundidades del chal mágico, confundida con el bulto tembloroso de los pechos de Rosa; Rosa se ceñía el chal como si solo la cubriera a ella. Nadie se lo quitó. Magda era muda. Nunca lloraba. Rosa la escondió en los barracones, tapada con el chal, pero sabía que un día alguien la delataría; o que un día alguien, puede que ni siquiera Stella, robaría a Magda para comérsela. Cuando Magda empezó a caminar Rosa supo que moriría muy pronto, que algo pasaría. Temía quedarse dormida; dormía apresando el cuerpo de Magda con el muslo; le daba miedo asfixiar a Magda bajo su peso. El peso de Rosa era cada vez menor; Rosa y Stella se iban transformando poco a poco en aire.

Magda estaba callada, pero sus ojos seguían terriblemente vivos, como tigres azules. Vigilaba. A veces se reía; parecía una risa, pero ¿cómo iba a serlo? Magda nunca había visto reír a nadie. Aun así, Magda se reía cuando el viento levantaba las puntas del chal, el viento malo con residuos negruzcos que hacía que a Stella y a Rosa les lloraran los ojos. Los ojos de Magda estaban siempre claros, sin lágrimas. Vigilaba como un tigre. Custodiaba su chal. Nadie más que Rosa podía tocarlo. A Stella no se lo permitía. Magda se aferraba al chal como si fuera su propia criatura, la niña de sus ojos, su hermana pequeña. Se enredaba en él y chupaba una de las puntas cuando quería quedarse muy quieta.

Entonces Stella le quitó el chal e hizo que Magda muriera.

«Me había quedado fría», diría luego Stella.

Y después fue siempre fría, siempre. El frío caló en su corazón; Rosa vio que Stella tenía un corazón frío. Magda avanzó a trompicones con sus piernas de palillo y fue zigzagueando de un lado a otro en busca del chal; los palillos flaquearon en la entrada del barracón, donde empezaba la claridad. Rosa la vio y fue tras ella, pero Magda ya estaba en el patio de los barracones, a la alegre luz del día. Era el recinto donde pasaban lista. Cada mañana Rosa tenía que esconder a Magda debajo del chal arrimada contra una pared del barracón y salir a formar en el patio con Stella y centenares más, a veces durante horas; Magda, abandonada, se quedaba bajo el chal sin hacer ruido, chupando una de las puntas. Cada día Magda guardaba silencio, y por eso no murió. Rosa vio que ese día Magda moriría, y al mismo tiempo sintió que una alegría parecida al horror le recorría las palmas de las manos. Los dedos le ardían, estaba atónita, febril: Magda, a la luz del sol, tambaleándose sobre sus piernas de palillo, empezó a aullar. Desde que a Rosa se le habían secado los pezones, desde el último grito de Magda en el camino, no había salido una sola sílaba de su garganta; Magda era muda. Rosa creía que le pasaba algo en las cuerdas vocales, en la tráquea, en la cavidad de la laringe; Magda era deficiente, sin voz; quizá fuera sorda; puede que sufriera algún retraso mental; Magda era lela. Incluso la risa que le salía cuando el viento salpicado de ceniza convertía el chal de Magda en un payaso, era solo el aire que se le escapaba entre los dientes. Incluso cuando los piojos, los piojos del pelo y del cuerpo, la enloquecían tanto que se ponía rabiosa como una de las grandes ratas que saqueaban los barracones al romper el alba en busca de carroña, ella se frotaba y se rascaba y pataleaba y mordía y se revolcaba sin una queja. Sin embargo, ahora la boca de Magda derramaba la cuerda larga y viscosa de un grito.

«Maaaa...»

Era el primer sonido que salía de la garganta de Magda desde que a Rosa se le habían secado los pezones.

«¡Maaaa... maaa!»

¡Otra vez! Magda titubeaba bajo el peligroso sol del patio, zigzagueando sobre sus patéticas canillas arqueadas. Rosa lo vio. Vio que Magda lloraba por la pérdida de su chal, vio que Magda iba a morir. Una oleada de órdenes martilleó los pezones de Rosa, ¡ve, recoge, trae!, pero no sabía qué hacer, si ir antes a por Magda o a por el chal. Si saltaba al patio y alzaba a Magda en brazos, los aullidos no cesarían, porque Magda seguiría sin el chal; en cambio, si volvía corriendo al barracón a buscarlo, y si lo encontraba, y si perseguía a Magda sacudiéndolo para que lo viera, podría llevarla de vuelta, y Magda se metería el chal en la boca y sería muda otra vez.

Rosa se adentró en la oscuridad. Fue fácil descubrir el chal. Stella dormía arropada con él, encogida, en los huesos. Rosa le arrancó el chal y volvió volando —podía volar, era solo aire— hasta el patio. El calor del sol murmuraba sobre otra vida, sobre las mariposas en verano. La luz era plácida, suave. Al otro lado de la alambrada, a lo lejos, había prados verdes salpicados de dientes de león y violetas de un color muy vivo; detrás, un poco más lejos, inocentes lirios atigrados, altos, erguían sus tocas naranjas. En los barracones se hablaba de «flores», de «lluvia»: excrementos, cagarros prietos, y la cascada fétida y parduzca que se derramaba lentamente de los catres superiores, el hedor mezclado con un humo acre y grasiento que flotaba en el aire y a Rosa se le pegaba en la piel. Se detuvo un instante en el margen del patio. A veces parecía que la electricidad de la alambrada susurrara; incluso Stella decía que solo eran imaginaciones suyas, pero Rosa oía sonidos reales en el alambre: voces ásperas y tristes. Cuanto más alejada estaba de la valla, con más claridad la acosaban las voces. Clamaban con lamentos tan convincentes, tan fervorosos, que resultaba imposible sospechar que fueran fantasmas. Las voces le dijeron que levantara el chal en alto; las voces le dijeron que lo agitara, que lo hiciera ondear en el aire, que lo desplegara como una bandera. Rosa lo levantó, lo sacudió, lo hizo ondear en el aire, lo desplegó. Lejos, muy lejos, Magda se dobló por la cintura con su barriga llena de aire y levantó las varillas de sus brazos. Iba en alto, elevada, cargada sobre el hombro de alguien. Pero el hombro que cargaba a Magda no se acercaba hacia Rosa y el chal, sino que se alejaba, y Magda se hacía cada vez más pequeña en la distancia brumosa. Por encima del hombro relucía un casco. La luz golpeteaba en el casco y lo transformaba en un cáliz centelleante. Bajo el casco, un cuerpo negro como una ficha de dominó y un par de botas negras se precipitaban en dirección a la alambrada. Las voces eléctricas empezaron a parlotear desquiciadas. «Maaamaaa, maaamaaa», susurraban todas a la vez. ¡Qué lejos estaba ahora Magda de Rosa, al otro lado del patio, separadas las dos por una docena de barracones, en el extremo opuesto del recinto! Era apenas más grande que una polilla.

De pronto Magda estaba surcando el aire. Magda, toda ella, viajaba por las alturas. Parecía una mariposa a punto de posarse en una vid plateada. Y en el momento en que la cabecita redonda de Magda, sus piernas de palillo, su barriga hinchada como un globo y sus brazos en zigzag chocaron contra la alambrada, las aceradas voces enloquecieron en sus gruñidos y apremiaron a Rosa a correr hasta donde Magda había caído en su vuelo contra la valla electrificada, pero por supuesto Rosa no las obedeció. Se quedó donde estaba, porque si corría, dispararían, y si intentaba recoger las astillas del cuerpo de Magda, dispararían, y si dejaba salir el aullido de lobo que le subía ahora por la escalera del esqueleto, dispararían; así que agarró el chal de Magda y se lo metió en la boca, poco a poco, hasta que se pudo tragar el aullido de lobo y sintió el regusto a canela y almendras de la saliva de Magda; y Rosa bebió el chal de Magda hasta que se secó.

Laura Marcos - (Nesos díes...)

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Cuentista y poeta asturiana que escribe en asturiano. El cuento está recogido en la antología de cuentistas asturianos "QUE NUN SE PIERDA NEL AIRE" editado por el Gobiernu del Principáu d’Asturies con motivo de la Selmana de les lletres asturianes en 2016.


Nesos díes nos qu’acabes frayada y alloriada ye fácil facer coses ensin date cuenta que nun se t’ocurriría facer en público. L’otru día mesmamente, saliendo del trabayu, escapóseme un sonoru suspiru en metá de la calle. Al decatame, miré pa tolos llaos a ver si se sintiera; y cuando yá me taba tranquilizando descubrí asorada qu’un desconocíu s’alloñaba con él enredáu nel pelo. Espavorida, eché a andar detrás d’él, a ver cómo lu recuperaba.
Costábame siguir les galmiaes d’aquel rapazón. Menos mal qu’al poco entró nun bar y quedó na barra, medio sentáu nun taburete, mirando’l periódicu ensin munchu aquel. Tenía que ser rápida, nun fuera que me pillaren o fuere marchar col mio sospiru entá prendíu nes guedeyes. ¿Cómo dexar que les mios preocupaciones, suaños y frustraciones fueren dar en casa ayena, p’acabar marchando per un desagüe? Peor tovía: que-y cayera pel camín y quedaren estrapayaos al pasu de la xente y el tráficu. Garré una paya de plásticu, averéme con tol disimulu, y sorbí fuerte hasta que’l malditu volvió a mi. Na boca quedóme un saboracu a gomina, pero nun m’importó. Volvía a tener la satisfacción de sabeme enllena de resquemores y deseos.

Nuruddin Farah - "El romance"

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Novelista, cuentista y ensayista somalí. Sus obras abordan temas que van desde el feminismo a la política social y desde la familia hasta el terrorismo. En las casas de apuestas ha aparecido muchas veces como candidato al Nobel, aunque entre casas de apuestas y realidad suele mediar un abismo (recordemos que hace unos años años aparecía en esas apuestas E.L. James, la de las sombras de Grey).
Este cuento aparece en la antología de cuentistas africanos The Picador Book of African Stories de 2001 y desconozco si aparece en alguna publicación anterior.
La versión es la de Flora Botton-Burlá.



Nos conocíamos desde hacía años, ella y yo. ¿o sí?
Solía llamarla todas las veces que estaba en Londres, para darle mis noticias más recientes. Hablaba invariablemente de un marido al que yo nunca había conocido, contaba de una hija que acababa de iniciar sus interrupciones mensuales, o aludía a un hijo adolescente que se había roto un brazo, o hecho alguna travesura. Yo le contaba qué había hecho desde nuestra última conversación telefónica. Antes de colgar, porque siempre era yo quien hacía las llamadas, nos poníamos de acuerdo para encontrarnos. Sabíamos que nada resultaría de eso, aunque durante unos siete años habíamos hecho el gesto de concertar citas a las que ninguno de los dos acudía. Quizás el ponernos de acuerdo para encontrarnos daba un significado a nuestras conversaciones telefónicas, no tengo idea. Aun así, ninguno de los dos le recordaba al otro que sólo nos habíamos visto una vez y eso, hacía tantísimo tiempo. Habríamos olvidado tanto la fecha como la ocasión de nuestro encuentro si no fuera porque existía un folleto preparado para la conferencia que di aquella tarde. Me había ofrecido llevarme a mi hotel, y hablamos en el coche hasta que fue demasiado tarde para que ella subiera a mi cuarto a tomar una copa. En algún momento se refirió a un marido que esperaba con impaciencia su regreso. Prometí que me volvería a poner en contacto con ella cuando estuviera en Londres. A la mañana siguiente me fui a otra ciudad, ahora no recuerdo cuál, y antes de fines de mes le escribí una tarjeta, sin poner dirección. Estaba en tránsito por el aeropuerto Fiumicino de Roma, pero no le di ningún detalle. Sin embargo, le prometí que la llamaría para platicar cuando estuviera en Inglaterra.
De una cosa estaba seguro: ella era mayor que yo. Yo tenía poco más de treinta años, ella unos cuarenta y cinco. Tenía una hija que había empezado a pensar en sí misma como una joven y se comportaba como tal, y un muchacho que estaba terminando el bachillerato. Quizás había un tercer hijo, pero no estoy seguro. Recuerdo que su marido era el director de un colegio universitario en el que ella había enseñado. También recuerdo que me invitó a su casa para que pudiera conocer a toda su familia. Pero no me atraía la idea y decliné la invitación, prefiriendo mantener abierta una línea de comunicación secreta entre ella y yo. Temía no querer seguir alimentando nuestro contacto furtivo si conocía a su marido y a sus hijos. Lo cierto es que no siempre supe en mi interior si quería acostarme con ella, no. Como regla general, evito a las mujeres casadas. Además, me acuesto con mujeres al segundo o tercer encuentro, o nunca me acuesto con ellas. Así que cada vez que me invitaba a su casa, seguía declinando. Del mismo modo, ella prometía verme a solas en Londres, pero de alguna manera eso no parecía ocurrir.
De vez en cuando soñaba amorosamente con ella, y muchos de mis sueños terminaban en humedad. Pero nunca le conté de mis sueños cuando hablábamos por teléfono. Tampoco le conté cuánto deseaba que ella y yo comiéramos juntos a la luz de las velas, mientras miraba sus ojos color avellana en el cuarto de hotel suavemente iluminado, con mi pie rozando su pierna enfundada en una media. Imaginaba una precipitada escena de amor, la imaginaba consultando frecuentemente el reloj, y hablando de que su marido o sus hijos necesitaban de sus cuidados. Esperaba que, después de dejarme, le doliera mi ausencia al dar vuelta a las esquinas, al llegar a las curvas ciegas, que abrazaba en su recorrido, y que pensara con añoranza en mí y en el breve amor que habíamos compartido. Esperaba que mi nombre permaneciera para siempre en su agenda como una inicial, una letra misteriosa que nunca encarnaría en lo que se asocia con un nombre hecho de vocales y consonantes y con la materialidad de un nombre pronunciable.
Déjenme añadir esto: tengo una debilidad. Tengo una respuesta positiva a las mujeres mayores y, a su propia manera, más sabias que yo. Creo que es maravilloso tener una compañera capaz de llenar mis días con discusiones estimulantes. Encontrarme con esas mujeres me produce tales sentimientos de lujuria que, una vez encendido, trato de establecer un contacto material de tipo corpóreo.

No recuerdo su nombre. Pero es que pocas veces necesité llamarla por su nombre. Después de todo, conocía mi voz que, como ella decía, tenía un toque de arena, quizás porque vengo de las tierras semiáridas del norte de la península somalí. Además, la llamaba cuando su marido estaba en el trabajo y era probable que su hijo y su hija no estuvieran en casa. Sólo una vez contestó el marido. Corté la comunicación, explicando: "iLo siento, me equivoqué de número!" y colgué. En cuanto a ella, cuando contestaba percibía rápidamente la ronquera sensual de mi voz, y tomaba el mando, y hablaba y hablaba. Luego se callaba abruptamente, me hacía algunas preguntas y me daba unos minutos para contestarlas mientras esperaba con impaciencia para hablar. Le contaba mis noticias más recientes, dónde había estado, qué había hecho de mi tiempo. Me encantaba oír su voz, me encantaba escuchar sus teorías, que tenía en abundancia. Pensaba que su cabeza estaba explotando con la rica propensión de tantas teorías oídas por primera vez, y que yo le era de alguna utilidad, a ella que era tan capaz de discutir acerca de una cuestión filosófica como de limpiar la baba en el mentón de un bebé al que le están saliendo los dientes, pero que no tenía un marido lo suficientemente amoroso para escucharla. En el África de la que vienes, decía, parafraseando a Saint-Exupéry (con acento en la e), " .. .los intelectuales se guardan en reserva en los estantes del Ministerio de Propaganda, como tarros de mermelada para comerse cuando haya terminado la hambruna". Un día perdí mi reserva e hice una observación poco seria: que las mujeres como ella no deberían estar cuidando las ollas y los bebés, sino que deberían prestar atención al viento que gira en sus mentes, o deberían seguir el espejismo de su propio ser inasible. "Deberías estar libre -concluí- para criar pensamientos, no sólo bebés". Molesta, sin que yo supiera por qué, me colgó el teléfono.
La llamé la mañana siguiente. Y ninguno de los dos se refirió a lo que había pasado entre nosotros el día anterior. Como animado por eso, sugerí que ella y yo pasáramos unos cuantos días juntos en un aislamiento total, "días cuyos soles podrían avivar la sonrisa de sus ojos, y noches cuya luna podría humedecer la negrura escurrida de su rimel." Le desconcertaron los cambios en mi actitud frente a nuestra relación, y dejó claro que no le gustaba la dirección en la que iba. Noté un cambio en los dos. Colgué, un poco molesto, sin prometer llamarla en mi siguiente visita a Londres. No me deseó que me fuera bien en mis viajes, lo cual difería de sus cálidas despedidas habituales. Había ocurrido algo, pero ¿qué?
La próxima vez que estuve en Londres la llamé desde Heathrow para informarle que iba a estar en la ciudad por una semana. ¿Tenía tiempo para verme? Nunca antes había hablado breve y directamente, pero eso fue lo que hizo. Debía haberme preparado para más sorpresas que me esperaban, pero no lo hice. Diciendo que su marido y sus hijos se habían ido a Gales por unos días, preguntó si podríamos tener una cena a la luz de las velas como yo había sugerido a menudo. Le dí la dirección de donde me estaba quedando.

Se hubiera dicho que había estado muerta de hambre, por la forma torpe en que comía, rápido, respirando, resollando al tomar bocados de comida, a veces tirando las velas. Se hubiera dicho que estaba desquiciada, por los desmesurados ruidos que producía, cuando estábamos haciendo el amor. ¿Por qué tenía tanta prisa? ¿Estaba tratando de acabar con esto lo antes posible? ¿Por qué no podía esperar a que yo, que como despacio, acabara mi comida? ¿Por qué no mostraba el menor interés en hablar de la manera emocionantemente interesante en que a menudo me había hablado en el teléfono? Yo había estado esperando su llegada, y había pedido servicio en la habitación, sin escatimar gastos. Había un ramo de rosas, también estaba mi regalo para ella. Tengo tendencia a ser romántico y me gusta ser seducido primero por la fuerza de la inteligencia de la mujer antes de ser gradualmente persuadido por la elocuencia de una emoción compartida. Pero no iba a ser así.
iSu torpeza no tenía límites, su ruido no conocía trabas! Me pregunté si no podría oírnos alguien en el pasillo. Era mecánica, era metódica a la manera de una azafata, demasiado atrevida y demasiado brusca para mi gusto. En cosa de unos diez minutos, hicimos el amor dos veces. La primera vez hice como si estuviera gozando cada momento, pero no pude dejar de mostrar mi incomodidad cuando inició un segundo encuentro tan pronto después del primer desastre. La sorprendí mirándome, como si sus ojos color avellana se preguntaran por mi laxitud. Elegí ignorar las preguntas que ahora invadían mi mente y decidí cerrar la puerta a esas dudas de la misma manera en que se cierra la puerta a un terrible colpo d 'aria.
Sin desanimarse en su deseo de agradar, sugirió que nos preparáramos un baño, nos enjabonáramos mutuamente la espalda, nos pusiéramos a juguetear y viéramos qué pasaba. Consentí. Una vez que estuvimos juntos en la tina, seguí cambiando de tema, llevando nuestra conversación a una verdadera charla entre dos personas inteligentes. Me recosté en la tina, en frente de ella, y me puse tan formal como un chino. Por un rato pensé que había recuperado la gracia que asociaba con ella en mi mente cuando habló de la guerra. Era adolescente entonces, y le había tomado aversión a una marca de chocolates disponibles en Inglaterra en aquellos días. De pronto se levantó y, sin molestarse en dar explicaciones, salió de la tina. Hice lo mismo.
Cuando volví a estar parado junto a ella, olía a algún perfume francés rociado como después de un momento desastroso. Se sentó en una de las sillas junto a la cama, con cara de incomodidad. Sonreía torpemente, y en su mirada se traslucía un cierto antagonismo. Ninguno de los dos habló por un cuarto de hora.
-Crees que he sido vulgar, ¿verdad? -dijo.
No hablé, sino que esperé incómodo, considerando las implicaciones de su observación.
-Crees que he sido vulgar como una puta, ¿verdad? -acusó.
No sabía qué decir. No, lo diré de otra manera: no sabía cómo expresar los tristes pensamientos que se me habían ocurrido. Temeroso de que pudiera acusarme de imponerle mi voluntad, retrocedí, recordando con cuánta frecuencia se oía a las mujeres aconsejar que antes de hacer el amor, valía más que la pareja se conociera mejor. Se suponía que los hombres eran impacientes, cuando se trataba de hacer el amor, porque se ponían lujuriosos mientras las mujeres seguían calmadas y plácidas. No hay duda de que las cosas no tienen sentido cuando se dicen al calor del acoplamiento, cuando uno tiene la ingle mojada, cuando puede contar cualquier mentira para llegar a una verdad sexual. Antes de hoy, yo había creído que las mujeres tenían más control de sí mismas que los hombres, que en última instancia eran más capaces de tocar el origen de su propia otredad: ilos hombres, que se ponían calientes cuando las mujeres se quedaban frescas! En suma, me quedé pasmado por su total abandono del protocolo sexual.
-¿Y qué eres tú, si crees que soy tan vulgar como una puta? -dijo.
Me acerqué a ella, dominándola con mi altura, en una posición que sugería a un hombre que no está dispuesto a ser juzgado por una mujer condenada por sí misma. Una de sus rodillas tocaba el piso, la otra estaba detenida en el nudo que se había hecho al enrollarse el borde de la toalla. No tenía idea de qué estaba haciendo, pero extendí la mano, quizás en un gesto de pacificación. Cuando se me hizo obvio que ella no quería que nos tocáramos, dije:
-Se necesitan dos para hacer el amor.
Había esperado que me señalara que yo era un hombre, es decir, la pesadilla imaginada dé una mujer, las consecuencias de su fiebre de sarampión. Así fue como lo dijo cuando, en la primera semana de nuestro encuentro, habló de su marido, a quien comparó con una cebra. iQuitas las rayas, y la cebra no es más que un burro! Dudo que yo haya entendido lo que quería decir, sólo que había algo muy imaginativo en la forma en que decía esas cosas. Muy a menudo había repetido en la mente partes de nuestra conversación telefónica. ¿Ya no ocurriría esto?
Ahora estábamos callados sin sentido. Para cambiar nuestro estado de ánimo, la ayudé a levantarse. Y entonces las toallas de los dos cayeron al piso. Desnudos, nos tomamos de las manos unos instantes, nos besamos y nos tocamos aquí y allá. En un instante, para mi alivio, yo era una fibra erguida de músculos, y me sobrecogió un lujurioso deseo; ella estaba tibia, húmeda. Nos besamos un poco más apasionadamente; de sus ojos rodaban las lágrimas, que me manchaban las mejillas. La arrastré a la cama, quizás porque creía que podríamos mejorar las cosas pasando por encima de las desastrosas consecuencias de los minutos anteriores.
-Apenas te conozco -dijo ella.
-¡Tonterías! -dije.
-iY tú apenas me conoces a mí!
Insistí:
-Pero sí te conozco.
Hicimos el amor, como si el futuro de nuestra relación dependiera de ello. Borré sus lágrimas con besos, ella borró con besos los puntos mudos de mis dudas. No había necesidad de que me preocupara por sus ruidos inconvenientes, porque no hizo ninguno hasta el final cuando se vino. Le tapé la mano con la boca y la mordió con fuerza.
¡No podía dormir!
Ella estaba acostada de espaldas, como un vagón volteado, y sus piernas se movían de vez en cuando como si fueran las ruedas de un vehículo que alguien pusiera bruscamente en movimiento. Su ronquido me recordaba el trabajoso ruido que hace un coche cuando tiene la batería baja. Me levanté de la cama y encendí las luces, esperando quizás que esto la despertara. Necesitaba un minuto o dos para dormirme antes de que volvieran a empezar sus pesados ronquidos. Pero no hubo tal. Estaba acostada de espaldas, inconsciente de mis preocupaciones renovadas. Le piqué fuertemente las costillas y la llamé hasta que despertó. Se sentó, azorada. El brillo de las luces le molestaba y entrecerró los ojos.
-¿Qué pasa? -dijo.
Contesté:
-¡Estás roncando!
-¿Roncando? -preguntó, como si no conociera el significado de la palabra-. ¿yo, roncando?
Dije que sí con la cabeza.
-Pero nunca ronco -dijo-. Mi marido ronca. ¡Yo no!
Sin saber qué contestar, me quedé callado. Entonces se disculpó: tal vez sus preocupaciones internas hacían exigencias inauditas a su inconsciente. Le sugerí que me diera tiempo de dormirme. Accedió a mi petición. Pero apenas me había dado la espalda volvió a caer en su sueño profundamente intranquilo, roncando de nuevo.
Con las luces apagadas, me moví por el cuarto y me ocupé con otros pensamientos, otras tareas. Recogí los platos de la comida y los dejé afuera de la puerta para que los encontrara el personal del hotel por la mañana. Colgué el letrero de No Molestar en la puerta, hurgué en los armarios hasta encontrar una cobija y una almohada y me acosté en el piso alfombrado, en el rincón más alejado de ella. Podía oír la orquesta de su nariz, el la y el si mayor de sus senos nasales.
Ahora era ella la que se erguía encima de mí y me decía que por favor despertara.
Lo hice, preguntándome si yo también había roncado.
-Me voy -anunció.
Ya estaba vestida y lista para irse.
-¿Qué hora es? -pregunté.
-Me va a llamar mi marido -me dijo-, y quiero estar en casa cuando lo haga.
A partir de aquí comienzan las incertidumbres. ¿Me dormí después de que se fue? Porque no desperté hasta después de mediodía, en la cama, aunque no tenía idea de cómo había llegado ahí. Pero entonces, ¡por qué me sentía como si hubiera dormido todo el tiempo solo conmigo en mi cama de hotel! Muchas veces me he preguntado si lo habría soñado todo. ¿podría ser que ella y yo nunca nos encontramos una segunda vez, que yo había soñado el amor que hicimos, el altercado que tuvimos, la cena en el cuarto que habíamos comido juntos? Quizás había soñado con ella en la misma forma en que soñé con ella por muchísimo tiempo, sueños en los que hacíamos el amor. Más adelante se me ocurrieron expresiones en jerga psiquiátrica, algo relacionado con epifanías, con la venganza que cobra el inconsciente en el consciente. Al irme quedando dormido una vez más, oí su voz insistiendo en que yo apenas la conocía.

Mo Yan - "Jardín Shen!

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Novelista, dramaturgo y cuentista chino cuyo nombre real es Guan Moye. Su pseudónimo significa «no hables», en recuerdo a su infancia y a la Revolución Cultural maoísta durante la que sus padres le dijeron constantemente que no hablara para no decir nada inconveniente. La crítica social está siempre en su obra, escrita ésta en una especie de realismo mágico (lo han llamado realismo épico) atravesado de humor negro. Le concedieron el Premio Nobel en 2012.
El cuento pertenece al volumen "Shifu, harías cualquier cosa por divertirte" de 1999.
La versión es la de Cora Tiedra.


Un rayo cayó sobre el algarrobo que estaba fuera de la panadería, lo que hizo que el cable del tranvía que pasaba por debajo del árbol soltara chispas muy brillantes. El primer trueno del verano cogió a la gente que paseaba por la calle desprevenida; corrían a toda prisa para resguardarse debajo de los toldos de las tiendas a ambos lados de la calle. Los que iban en bici se encogían sobre el manillar, pegados a la acera y pedaleando con todas sus fuerzas. Se levantó una ráfaga de viento frío entre la lluvia que caía con fiereza. El caos de la calle se incrementó a medida que la gente salía corriendo para huir del diluvio.
Él y ella se sentaron uno enfrente de otro en una mesa dentro de la tenue panadería; cada uno tenía un refresco en la mano, cuyos cubitos de hielo brillaban y se movían perezosos en los vasos oscuros. Dos cruasanes rancios aguardaban sobre la mesa, alrededor de los que revoloteaba una mosca.
Él giró la cabeza a un lado para mirar la escena caótica de la calle. El viento sacudía las ramas y las hojas del algarrobo violentamente, lo que levantaba polvo fino por todas partes. El hedor del barro se coló en la tienda, neutralizando el olor mantecoso que caracteriza a las panaderías. Los tranvías avanzaban despacio por los raíles en la distancia, pisándole los talones a los que estaban delante. La lluvia pesada taladraba los coches y originó una nube de bruma gris. Los tranvías estaban abarrotados de pasajeros, muchos de los cuales asomaban la cabeza por las ventanas abiertas, para ser atacados por gotas punzantes de lluvia. El borde de un vestido rojo se había quedado enganchado en una de las puertas del tranvía y pendía completamente empapado hacia abajo, como la bandera de un bando derrotado.
—Que llueva, cuanto más mejor —dijo él de golpe entre dientes—. Era cuestión de tiempo. La ciudad está casi seca, después de seis meses o más sin llover. Si este maleficio de la sequía hubiese durado mucho más los árboles se hubiesen marchitado y se hubieran muerto. —Por su tono de voz él parecía uno de los villanos de una película revolucionaria—. Donde vives tú, ¿cómo es? Imagino que no ha llovido en mucho tiempo. Veo el tiempo en la televisión todos los días para ponerme al día. Estoy muy impresionado con tu pueblo. Odio las ciudades grandes, y si no fuera por mi hija me hubiese mudado hace mucho tiempo. Las ciudades pequeñas o los pueblos son muy silenciosas y alegres. No me sorprendería que la gente de tu pueblo viviese diez años más que la gente de ciudad.
—Me gustaría visitar el jardín Shen —dijo ella.
—¿El jardín Shen? —Él se giró y la miró—. ¿El jardín Shen no está en la provincia de Zhejiang? ¿En Hangzhou? O quizá en Jinhua. Ya sabes, el cerebro es lo primero que se pierde cuando llegas a una cierta edad. Hace cuatro o cinco años tenía una memoria increíble, pero ya no.
—Cada vez que vengo a Beijing quiero visitar el jardín Shen. Pero nunca lo consigo. —Sus ojos brillaban entre la oscuridad y su cara demacrada y pálida cobró vida.
Se quedó asombrado por la imagen de la chica y se giró para esquivar su mirada penetrante. Se oyó a sí mismo decir con voz quebrada:
—Aquí en Beijing tenemos los jardines Yuanming y el Palacio de Verano, pero nunca he oído hablar de un jardín Shen.
Ella rápidamente cogió sus cosas de debajo de su asiento, metió dos bolsas de plástico en una bolsa de papel y lo guardó todo en su bolso enorme.
—¿Te vas ya?, ¿tan pronto? ¿Te vas en el tren de las ocho? —Él apuntó a los cruasanes y dijo con indiferencia—. Te los deberías comer. Puede que no haya nada de cenar en el tren. —Ella se pegó la bolsa a su pecho y le miró tercamente mientras le dijo con insistencia:
—Quiero visitar el jardín Shen. Voy hoy.
Entró una ráfaga de aire frío y lluvioso por la puerta. A él le entraron escalofríos y se frotó los brazos.
—Hasta donde sé no hay un jardín Shen en Beijing. ¡Ah, ya sé! —dijo con entusiasmo—. El jardín Shen está en el sur, en Shaoxing, en la provincia de Zhejiang. Fui allí una vez, hace más de diez años. No está muy lejos de donde nació Lu Xun. Hay tallado un famoso diálogo entre los poetas Lu You y Tang Wan de la dinastía Song del Sur. Dice algo así: «Manos rosas y cremosas/vino de etiqueta amarilla/colores primaverales inundan la ciudad/sauces en las paredes de palacio». Si quieres saber la verdad, te llevarías una decepción, es un jardín deprimente, todo cubierto de hierbajos. Es como lo que dijo el amigo que vino conmigo: «Lamentarás perdértelo, pero lamentarás más verlo…».
En este momento ella se puso de pie y se estiró la ropa. Se alisó el pelo y dijo como si hablara consigo misma.
—Esta vez voy a ver el jardín Shen, pase lo que pase.
Él levantó la mano para detenerla y dijo con cautela:
—Vale, imaginemos que el jardín Shen está aquí en Beijing. Aun así tenemos que esperar a que cese la lluvia antes de ir, ¿no? Y si quieres ir a Shaoxing a ver el verdadero jardín Shen, tenemos que esperar hasta mañana. Solo hay un tren al día, y el de hoy salió hace mucho. Los aviones no vuelan con este tiempo, y además, no creo que haya vuelos directos a Shaoxing.
Ella se alejó de él y, todavía agarrando su bolso, salió por la puerta directa al diluvio. El rápidamente pagó la cuenta bajo la mirada escrutadora de las dos camareras y salió tras ella. Se acercó a la entrada de la panadería y asomó la cabeza; el sonido de la lluvia golpeando los aleros de metal hizo que su mente se quedara completamente confundida. Trató de aguzar la vista entre la cortina de lluvia que caía del toldo de la panadería como una cascada y la vislumbró, con su bolsa de plástico sobre la cabeza mientras corría por la calle. Los taxis que pasaban a toda velocidad por los charcos de lluvia le calaron la falda, lo que acentuó el contorno de su delgado cuerpo. Desde donde él estaba podía ver el apartamento gris en el que vivía y la corriente de lluvia caleidoscópica corriendo por las ventanas recién instaladas de la terraza. Hasta pensó que podía percibir la rica fragancia del té y la dulce voz de su hija gritando: «¡Papá, ven aquí!».
Ella se quedó en mitad de la lluvia, tratando de coger un taxi o cualquier coche que pasase. El contorno difuminado de su cara le trajo a la mente un día frío y lluvioso de hacía veinte años, cuando copos de nieve se arremolinaron en el aire: ese día él la observó desde la ventana de su dormitorio; vio que estaba sentada en su silla, con un jersey de cuello alto blanco y una vaga sonrisa en su bella cara; tocaba felizmente el acordeón. Hubo veces después de ese día que quiso contarle lo de esa noche, contarle que casi se murió de frío por verla, pero siempre contenía su impulso de mostrar sus emociones. La joven que tocaba el acordeón pareció volver a resurgir de nuevo bajo el diluvio, enterrando los restos de pasión en lo más profundo de su corazón.
Él corrió hacia la lluvia y cruzó la calle en busca de ella. En cuestión de segundos él estaba tan calado como ella, e igual de helado. La lluvia gélida, ahora mezclada con diminuto granizo, parecía como si le estuviera taladrando la piel. La cogió del brazo y trató de moverla hacia uno de los edificios comerciales, quería resguardarla de la lluvia, pero ella se resistió y él paró de intentarlo. Sentía la espalda como si le pincharan púas diminutas, y cuando miró por encima del hombro, vio a gente debajo de los toldos lanzándole miradas furtivas. Algunas de esas caras le resultaban familiares. Pero en ese momento se dio cuenta de que estaba atrapado. Si la dejaba irse, su conciencia no se lo perdonaría nunca.
Finalmente consiguió arrastrarla a una cabina telefónica que estaba a un lado de la carretera, donde por lo menos las partes superiores de sus cuerpos quedaban protegidas de la lluvia por un par de sombras semicirculares. Dijo:
—Conozco una tetería taiwanesa muy especial en ese callejón de ahí arriba. Vamos a tomar una taza de té caliente y esperamos a que cese la lluvia. Luego te acompañaré a la estación de tren.
La parte superior de su cuerpo estaba escondida tras la sombra semicircular del edificio, por lo que no podía ver la expresión de su cara. Todo lo que pudo ver fue la falda oscura que estaba pegada a sus piernas y que revelaban unas protuberantes y poco atractivas rótulas. Ella no dijo nada, como si su sugerencia cayese en saco roto. Cada vez pasaban menos coches por la carretera, pera ella seguía tratando de parar uno, taxis o no, cualquier cosa con tal de conseguir que la llevaran.
Cuando la lluvia aminoró un poco por fin consiguieron coger un taxi rojo Xiali. Él abrió la puerta y la dejó pasar primero.
Entonces él se subió y cerró la puerta.
—¿Dónde vamos? —preguntó el taxista de tono impasible.
—¡Al jardín Shen! —dijo ella antes de que él dijera nada.
—¿Al jardín Shen? —contestó el taxista—. ¿Dónde está?
—Olvida lo del jardín Shen —dijo él—. Llévanos a los jardines Yuanming.
—¡No, al jardín Shen! —dijo ella con voz suave pero insistente.
—He dicho que olvides lo del jardín Shen —repitió—. Llévanos a los jardines Yuanming.
—¿Podríais aclararos? —dijo el taxista impaciente.
—Te he dicho que queremos ir a los jardines Yuanming, así que llévanos ahí —él empezaba a sonar amenazante.
El taxista se dio la vuelta y le miró fijamente. Él le hizo señas al taxista cascarrabias para que arrancara. Ella repitió tres veces que quería ir al jardín Shen, pero el conductor aceleró por la carretera, que era bien ancha, sin decir nada, salpicando agua por los dos lados. Una sensación extraña de solemnidad trágica le invadió en cuanto se sentó en el taxi. Él la miró de reojo y vio que estaba haciendo pucheros. También se dio cuenta de que le temblaba la mano y que se había agarrado al manillar de la puerta con mucha fuerza, como si fuera a hacer algo inesperado. Él le agarró la mano derecha con fiereza para evitar que abriese la puerta y saltara del taxi. Ella tenía la mano fría y húmeda, como un pescado muerto. Pero no parecía que fuera a soltarse, y no se movió siquiera. Él, en cualquier caso, siguió agarrándola fuerte.
El taxi se metió en una calle estrecha abarrotada de basura de colores tenues y tonos aislados de color verde sandía. Láminas de papel adhesivo cubrían las cafeterías de la carretera y se agitaban con el viento y la lluvia. Mujeres gruesas y sucias, con blusas escotadas, se apoyaban en el marco de la entrada, con los cigarros cayendo de sus bocas y con caras de aburrimiento. La imagen le trajo recuerdos de la ciudad en la que vivió hacía años.
—Conductor —dijo él preocupado—, ¿dónde estamos?
El taxista no contestó. El interior del taxi estaba empañado; el sonido de los limpiaparabrisas hacia un lado y otro le ponía de los nervios.
—¿Dónde nos lleva? —casi se puso a gritar.
—¡Tranquilízate! —contestó el conductor enfadado—. Dijiste que querías ir a los jardines Yuanming, ¿no?
—¿Por qué nos traes por aquí?
—¿Por dónde quiere que os lleve? —le preguntó el taxista con frialdad a la vez que aminoraba la velocidad—. Vamos, dime, ¿por dónde quieres ir?
—¿Y cómo lo voy a saber? Pero este camino no me parece el correcto. —Entonces, con un tono de voz más suave dijo—. Tú eres el taxista, tú conoces el camino mejor que yo.
—Me alegra oírte decir eso —respondió el conductor con desdén—. Esto es un atajo. Voy a acortar el viaje como mínimo tres kilómetros.
—Gracias —dijo.
—Me iba a ir a casa a dormir un poco —dijo el conductor—. ¿Quién en su sano juicio saldría a la calle con este tiempo? Me dais pena, hombre…
—Gracias —repitió—. Gracias…
—No estoy aquí para estafarte —dijo el conductor—. Solo te pido diez yuanes de más. Habéis tenido suerte en dar con un hombre honesto como yo. Pero si… si crees que pido demasiado bajaos de aquí ahora mismo y entonces no me deberéis ni un centavo.
A la vez que él miraba por la ventana el cielo gris dijo:
—Son solo diez yuanes más ¿no, conductor?
El taxista aceleró por una callecita y se metió por una carretera de arena desierta muy embarrada. El coche pasó a toda velocidad por encima de los charcos, salpicando los árboles de la carretera. El conductor soltaba tacos sin parar, a la gente o a la carretera, era difícil de saber. Mientras tanto, él estaba ahí sentado mordiéndose la lengua, con la mente llena de malos presentimientos.
El taxi salió de la carretera de tierra y entró en una calle asfaltada muy brillante. Con el último taco, el conductor dio un volantazo en una esquina y paró de golpe enfrente de un portalón que estaba abierto.
—¿Es aquí? —preguntó él.
—Es una entrada lateral. El jardín del Oeste está un poco más lejos —dijo el conductor—. Me he dado cuenta de que era esto lo que querías ver. —Él miró el contador, le sumó diez yuanes más a la cifra y lo metió por un agujero de la mampara del taxi.
—No te puedo dar un recibo —dijo el conductor.
Él no le escuchó, abrió la puerta y salió del taxi. Entonces le aguantó la puerta a ella para que saliera, pero se había bajado por el otro lado.
El taxista enderezó el coche y se alejó. Él dijo un taco para sus adentros, pero una vez que lo pronunció, en lugar de guardar rencor al taxista, en realidad se sintió agradecido.
Seguía lloviendo. Las hojas de los árboles de la carretera brillaban exultantes e increíblemente atractivas. Ella se quedó de pie bajo la lluvia, con la cara pálida mientras él miraba a la nada. Él la cogió por el brazo y dijo:
—Vamos, querida. Este es tu jardín Shen.
De manera sumisa, ella dejó que él la guiara por la puerta hasta el jardín, donde los vendedores ambulantes de los puestos gritaban de manera atrayente:
—Paraguas, paraguas, aquí. Preciosos, paraguas resistentes.
Él se acercó a uno de los puestos y compró dos paraguas, uno rojo y otro negro. Entonces se acercó a la taquilla y compró dos pases. La vendedora de las entradas tenía la cara blanca, grande y rolliza. Sus cejas perfiladas parecían dos gusanos verdes y gordos.
—¿A qué hora cierra? —preguntó ella.
—Nunca cerramos —respondió la mujer de cara rolliza.
Abrieron los paraguas y entraron en los jardines Yuanming. El primero con el paraguas negro y ella detrás con el paraguas rojo. La lluvia parecía hacer un tatuaje sobre las piel de plástico de los paraguas. Muchas personas pasaban por delante de ellos. Algunos daban un tranquilo paseo con los paraguas chillones en la mano, mientras que las personas sin paraguas salían disparadas bajo el diluvio.
—Pensé que seríamos las dos únicas almas desoladas… —Él se arrepintió de sus palabras tan pronto como salieron de su boca. Así que enseguida trató de arreglarlo—. Pero así es mucho más especial. Si no estuviera lloviendo este sitio estaría abarrotado. Siempre pasa lo mismo.
Le apetecía decir: «Hoy, los jardines Yuanming son solamente para nosotros dos». Pero se contuvo a tiempo. Caminaron juntos por el camino sinuoso, que brillaba como el cristal. Las hojas de loto y las totoras flotaban en un lado del estanque, y las ranas saltaban a lo largo de la orilla.
—Guau, ¿no es increíble? —gritó él entusiasmado—. Ahora bien, si hubiese un búfalo de agua junto al estanque y una bandada de ocas planeando en la superficie, sería perfecto. —Con ternura, él analizó la cara pálida de ella y dijo con voz sentida—: Siempre tienes razón. Si no fuera por ti nunca hubiese tenido la oportunidad de ver los jardines Yuanming así de bonitos.
Con un fuerte suspiro, dijo:
—Esto no es mi jardín Shen.
—Estás equivocada, este es tu jardín Shen —se sintió como un actor sobre un escenario. Con una voz llena de significado añadió—. Por supuesto que también es mi jardín Shen. Es nuestro jardín Shen.
—¿Cómo puedes tener un jardín Shen? —La mirada inquisidora de ella le hizo sentir vulnerable. Ella negó con la cabeza—. El jardín Shen es mío, es mío. ¡No te atrevas a quitármelo!
El entusiasmo de hacía un momento se había desvanecido; el paisaje de alrededor perdió su encanto.
—¡Las estás aplastando! —gritó ella alarmada.
De manera instintiva él saltó a un lado del camino, mientras ella gritaba todavía con más fuerza.
—¡Las estás aplastando!
Cuando miró hacia el suelo vio un grupo de diminutas ranas dando saltos. No eran más grandes que semillas de soja pero en realidad eran anfibios pequeños, microscópicos pero completamente desarrollados. Un sinfín de cosas pequeñas yacían aplastadas en el suelo, dentro de la silueta perfecta de sus huellas. Ella se agachó y apartó los cuerpecitos muertos a un lado con un dedo, que casi no tenía sangre, sino barro. Una sensación de asco, como de inmundicia, manó del interior de su corazón.
—Señorita —dijo en tono burlón—, no he aplastado menos ranas que usted. Es decir, tú no has aplastado ni una rana menos que yo. Por supuesto, puede que mis pies sean más grandes que los tuyos, pero tú das más pasos, por lo que has aplastado como mínimo las mismas ranas que yo.
Ella se enderezó y murmuró.
—Tienes razón, he aplastado las mismas que tú. —Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y dijo.
—Ranitas, ranitas ¿cómo sois tan pequeñitas? —Entonces rompió a llorar.
—Ya basta, señorita —dijo él medio en broma para enmascarar su repugnancia—. ¡Sabes que dos tercios de la gente de este mundo lucha contra las inundaciones y los incendios!
Ella le miró fijamente entre las lágrimas.
—Son tan pequeñas —dijo—, ¡pero sus cuerpos están perfectamente formados!
—¡Perfectamente o no son solo ranas! —Él la cogió del brazo y tiró de ella hacia delante. Pero ella tiró el paraguas al suelo y con la mano libre trató de separarse de él.
—¡No podemos quedarnos aquí toda la noche por unas ranas diminutas! —dijo enfadado mientras tiraba de ella. Pero pudo ver en sus ojos que era inútil intentar que volviera a andar de nuevo, si iba a tener que aplastar a más ranas en el proceso no daría ni un paso. Por lo que él cogió el paraguas, se quitó la camisa y la usó como escoba para apartar a las cositas asquerosas del camino. Se dispersaron alocadamente y las ranas diminutas finalmente se abrieron el paso ante ellos.
—Date prisa —dijo él a la vez que tiraba de ella—. Vámonos.
Al final llegaron a una zona en ruinas. Para ese momento la lluvia había parado y el cielo estaba despejado. Después de plegar los paraguas subieron a una roca enorme, que había, en algún momento del pasado, sido tallada por expertos canteros. Retorció la camisa empapada por la lluvia, la sacudió y se la volvió a poner. Estornudó, tratando con todas sus fuerzas de despertar lástima; no funcionó. Sacudió la cabeza, se puso de pie en la roca, como un escalador que ha llegado a la cima, sacó pecho y respiró aire puro. Su humor se volvió cálido, como el cielo, ahora que la lluvia había parado. El aire estaba tan limpio y fresco que estaba a punto de hacer un comentario. Pero no lo hizo. Parecían los únicos seres en este vasto jardín, y para él era algo milagroso. Ahora que estaba de buen humor volvió a mirar al suelo lleno de ruinas. En su día habían sido rocas gigantes muy famosas y evocativas, talladas con muchas formas y habían aparecido en muchos poemas, aunque ahora eran tan corrientes como cualquier otra roca. Se eregían en silencio, aunque de alguna manera parecían desahogarse con miles y miles de palabras. Eran al fin y al cabo gigantes silenciosos de piedra. Enfrente de las ruinas había un estanque sobre el que había una fuente que hacía dos siglos manaba agua. Estaba cubierto de algas, cálamo y juncos. Plantas salvajes cuyo nombre él desconocía crecían en las grietas que se abrían entre las rocas.
Después de ayudarse el uno al otro a bajarse de la roca, subieron a otra que estaba todavía más alta y era más grande. Había corrientes de aire frío, que poco a poco secaban la ropa que se pegaba a sus cuerpos. El dobladillo de la falda negra de ella empezó a revolotear con la brisa. Cuando él pasó la mano por la roca, que estaba muy limpia debido a la lluvia, un aroma fresco y limpio le invadió de repente. Como si le hubieran revelado un secreto ancestral dijo:
—Huele esto. Huele a roca.
Ella se quedó mirando fijamente una columna de piedra que en algún momento fue el soporte de algún gran edificio; era como si ella no le hubiese oído. Su mirada parecía capaz de penetrar en la columna y descubrir lo que había dentro. En ese momento él se dio cuenta de los mechones de pelo gris de su sien. Un suspiro largo y sentido surgió de las profundidades de su corazón. Alargó la mano, cogió un mechón de pelo que caía sobre su hombro y dijo con una emoción sincera:
—El tiempo vuela y aquí estamos nosotros, envejeciendo.
Ella le respondió lo primero que le vino a la mente.
—Las palabras talladas de estas rocas nunca cambiarán, ¿no?
—Las rocas cambian —afirmó—. El dicho de que los mares se secan y las rocas se descomponen pero el corazón nunca cambia, solo es una bonita fantasía.
—Pero en el jardín Shen nada cambia nunca. —Ella seguía mirando las rocas, como si conversara con ellas, mientras que él quedaba reducido a un segundo plano. Aun así estaba decidido a responder a su comentario. Con voz alta dijo.
—No hay nada en este mundo que sea eterno. Piensa en este jardín, por ejemplo. Hace doscientos años, cuando el emperador Qing lo construyó, nadie se imaginaba que en cuestión de dos siglos se quedaría reducido a ruinas. En ese entonces el emperador y sus concubinas se divertían en las rocas de mármol de los vastos salones y ahora sobre esas rocas reducidas a ruinas la gente pobre construye sus pocilgas.
Hasta él mismo se dio cuenta de lo poco oportuno e idiota que había sido su comentario, casi una completa estupidez. Él sabía que ella no había oído ni una palabra, por lo que no siguió hablando. Sacó un paquete de cigarrillos húmedo del bolsillo, cogió uno que estaba relativamente seco y se lo encendió.
Dos urracas pasaron volando por encima de ellos y aterrizaron sobre la copa de un árbol lejano, sobre el que piaron haciendo mucho ruido. Le apetecía decir: «¡Mira lo libres que son los pájaros!». Pero tenía la costumbre de tragarse sus comentarios antes de pronunciarlos. Justo entonces, un chillido de júbilo salió de su boca y las chispas de sus ojos encendieron la oscuridad de su cuerpo. La miró sorprendido y entonces giró la vista a donde ella estaba apuntando. En el cielo gris había un precioso arcoíris. Ella estaba dando saltos como una niña pequeña y gritaba con todas sus fuerzas.
—¡Mira, mira!
Su alegría era contagiosa. El puente multicolor que se levantaba sobre el cielo se llevó todos sus pensamientos negativos existenciales y de repente se quedó absorto, disfrutando del momento como un niño. Sin darse cuenta, se habían acercado el uno al otro, estaban muy juntos, y se miraban a los ojos de manera íntima. No hubo evasivas, ni dudas, ni titubeos; primero se cogieron de la mano y luego cayeron en los brazos del otro de manera natural. Se besaron.
El precioso arcoíris había desaparecido cuando él saboreó el ligero regusto a barro que emanaban los labios de ella. Las vastas ruinas se extendían a su alrededor, una luz morada centelleaba entre las rocas y daba un aire majestuoso a la escena. Los insectos se escondían entre las algas, piaban y revoloteaban, y los graznidos de las ocas venían de algún lugar lejano. Él miró la hora de casualidad. Eran las siete en punto.
—¡Maldita sea! —gritó con preocupación—. ¿Tu tren no sale a las ocho?

Ángela Vallvey - "El chulazo durmiente"

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Novelista, poeta, ensayista y autora de literatura infantil española.
El cuento pertence al volumen "Cuentos clásicos feministas" de 2018.




Érase una vez un rey y una reina que todos los días se decían a sí mismos: «Qué felices seríamos si tuviésemos un hijito, así podríamos cobrar el cheque bebé y hacerle fotos y vídeos para subirlos a Instagram y presumir con nuestros amigos».
Pasaba un año y otro año, y otro…, pero el ansiado hijo no llegaba, a pesar de que los reyes habían recurrido a todo tipo de técnicas de fertilidad. El ansiado retoño se hacía esperar. Era como aguardar un milagro.
Un día, la reina se estaba bañando en un spa que habían abierto en un hotel de muchísimas estrellas y varias lunas, en el centro del pueblo, cuando se le acercó un camarero con un zumo de melón africano espinudo y mangostino, con mucho hielo picado, y le dijo:
—Señora reina, tu deseo se hará realidad y dentro de poco serás madre de un precioso niño.
La reina lo miró encantada, y aunque al principio no se creyó sus palabras, sin saber muy bien por qué se fue alborozada del lugar, llena de esperanza, y contó maravillas de él a todas sus amigas.
—Ir allí es mejor que hacerse una liposucción, chicas. Por lo menos, una sale contenta del resultado.
La reina, a veces, soñaba con el camarero. En sus ensueños, el joven poseía una enorme cabeza de sapo y repetía una y otra vez: «¡Tendrás un niño, tendrás un hijo!».
Lo decía tantas veces que resultaba pesado, incluso.
Luego, la reina despertaba y, a su alrededor, todo seguía igual que el día anterior.

Sin embargo, una buena mañana la reina descubrió que estaba embarazada. Nueve meses y seis días después dio a luz un precioso hijo mediante cesárea, pues ni los médicos ni ella tuvieron paciencia para esperar a que el chavalote viniera al mundo por su cuenta. Después de dos días de parto infructuoso, tuvieron que sacarlo a la fuerza. Fue prácticamente una desokupación. El niño no quería salir ni con fórceps. Quizás no quería trabajar para pagar las pensiones de sus mayores.
El rey estaba tan contento que decidió organizar una gran fiesta, que es lo que suelen hacer los reyes cuando tienen algo que celebrar, y cuando no.
«Este nacimiento me viene fenomenal, ahora que entre mis súbditos cada vez hay más republicanos… —se dijo a sí mismo—. Porque el pequeño aumentará los índices de popularidad de la monarquía».
Así que invitó a todos los reyes del mundo a celebrar el feliz acontecimiento. También a todas las hadas, e incluso a las brujas, porque no quería que se enfadasen con él. Ya sabemos lo que pasa cuando un rey cabrea a una bruja…
—Preparadme una lista con todas las personas relevantes a las que tengo que invitar; y hacedlo por orden alfabético, que es el orden más justo que conozco. En el abecedario no caben las clases sociales —ordenó a sus secretarios, que desde que lo consultaban todo en Google habían olvidado qué era el orden alfabético. Y los demás órdenes.
—Depende, querido, de cómo lo mires —alegó la feliz reina—; incluso entre las letras hay mayúsculas y minúsculas.
—Sí, pero valen lo mismo.
—No según las reglas de ortografía.
—Me da igual, quiero una lista por orden alfabético, ¡y no os olvidéis de las brujas!
Lamentablemente, sí que olvidaron a una de ellas, solo porque su nombre empezaba por Z, que es la última letra del abecedario.
Se llamaba Zenutria, y todo el mundo la borraba de la memoria porque, además de ser irascible y rencorosa, era muy tímida, estaba acomplejada y, con su manía de no hacerse notar, conseguía finalmente que nadie se acordara de ella.
«Nadie sabe la cantidad de presión emocional que soportamos las brujas. —Solía quejarse, en la soledad de su cueva—. Este trabajo no está pagado ni agradecido. Las mujeres normales se preocupan por la celulitis. Le proporcionan dolor a su propio cuerpo mientras intentan inútilmente parecerse a una imagen retocada en una revista… Sí, soportan grandes dosis de miseria tratando de aparentar lo que no son, con objeto de complacer a los hombres. Blablablá. Pero… ¡peor es lo mío!».

De modo que a la fiesta llegaron de todas partes del mundo reyes y prebostes, príncipes, principitos y principotes, guías espirituales y gurús televisivos, capitanes de crucero y héroes del cómic, directores generales en general y conductores de autobuses en particular, además de todo aquel que tuviera una cuenta corriente no demasiado corriente.
El recién nacido recibió grandes cantidades de regalos completamente absurdos, que los soberanos tuvieron luego que donar a escondidas.
Le regalaron incluso un juego de horquillas y peinetas de oro, lo que no parecía muy apropiado teniendo en cuenta que el recién nacido estaba completamente calvo.
Las hadas, locas de contento, entregaron al niño dones maravillosos: integridad, belleza, riqueza, suerte para jugar al bingo… Alguien le llevó incluso una tablet con una cuenta abierta en Facebook donde ya habían subido varias fotos del pelón recién nacido.
Cuando todos estaban a punto de volver a casa, porque la fiesta tocaba a su fin, apareció por la puerta la bruja que no había sido invitada. Zenutria tenía un cabreo morrocotudo e hizo su aparición como un pequeño tornado negro.
Se había tomado alguna pócima misteriosa, pensaron los allí presentes, porque había sido capaz de vencer su habitual timidez hasta lograr materializarse dando voces en el centro de la pista de baile.
—¡Oh, Zenutria! Pero ¿qué le ocurre? —comentaron asombradas todas las hadas y sus colegas brujas, ignorantes de que no había sido invitada.
—Es la primera vez que la veo entrar así en una fiesta.
—Yo es la primera vez que la veo en una fiesta.
—Pues yo es la primera vez que la veo.
—Pues yo no la veo —dijo otra, y se ajustó las gafas.
—Con lo vergonzosa e indecisa que es… ¡No entiendo cómo ha podido irrumpir aquí de esta manera!, ¡pero si apenas sale de casa!, si vive de pizzas que pide por teléfono. ¡Y mírala ahora…, como si fuera a recoger un Óscar!
—Sí, y el Óscar al ridículo espantoso es para… ¡tachán, tachán! —aplaudió un hada joven, que sostenía una copa con algo de un color sospechoso dentro.
Se hizo un silencio expectante cuando la bruja Zenutria, muy enfadada, profirió una maldición.
La verdad es que todos esperaban que montase un numerito, pero no por eso causó menos impresión lo que dijo:
—Cuando este niño cumpla quince años, ¡se pinchará con una aguja y caerá muerto al suelo! —juró Zenutria.
—Sí, claro, y yo voy y me lo creo… ¡Eso significaría que tendría que aprender a coser! Esta bruja no se ha dado cuenta de que el príncipe es un chico, no una chica.
—No seas antigua: hoy los muchachos también se dedican a coser.
—Y luego montan marcas de alta costura. No como las mujeres, que no pasan de modistillas.
—No estás en el mundo.
Los invitados se quedaron de una pieza, prácticamente de piedra. Si alguien hubiese hecho fotos en aquel momento, ninguna habría salido movida.
Cuando consiguieron superar su estupor, una de las hadas, que era la jefa del sindicato, dio un paso adelante y se enfrentó a la bruja mala:
—Yo anularé tu magia con la mía. ¡Vamos a ver quién tiene la escoba más larga!
—Dirás la varita mágica.
—Digo lo que quiero, porque para eso soy la jefa de las hadas.
—Sí, pero solo hasta el mes que viene, cuando termina tu mandato. ¡Ya se te acaba la legislatura, so tirana! —Zenutria le hizo frente, con cara de pocos amigos.
—Lo que sea, el caso es que no será la muerte quien visite a este niño que acaba de nacer y que no tiene culpa de todos tus problemas y complejos. Cuando sea víctima de tu maldición, no morirá, sino que un profundo sueño lo envolverá durante cien años. Lo justo para que acabe la recesión económica que vivimos.
—¡Ay! —dijo la reina, agarrándose a la mano del rey y con cara de estar a punto de sufrir un colapso nervioso—, si nuestro hijo se echa una siesta de cien años, me temo que no vamos a poder ver cómo celebra su boda, ni cómo hereda la corona, ni cómo la pierde, en caso de que los republicanos se pongan bordes… ¡Ay, ay!
—Tampoco verán cómo se independiza en su propio palacete del jardín —dijo un hada.
—Ni cómo acaba un máster —dijo otra.
—Ni cómo se va de Erasmus —añadió la de más allá.
—Ni cómo se queda en el paro… —puntualizó una bruja.
—¡¡Shhh!! Ya se ve que eres republicana, tú…
O sea, que la fiesta fue un completo fracaso.
A los reyes se les quitaron las ganas de celebrar ninguna otra, y cayeron en una profunda melancolía.
—No solo no hemos conseguido nuestro propósito —se quejaba el soberano—, sino que además tenemos el palacio lleno de regalos inútiles que tendremos que vender en Wallapop.
—No, querido. Vamos a donarlos. Que luego los puede encontrar por ahí algún periodista y nos pondría verdes en los tabloides.
Después de aquello la reina pasó varios años llorando, hasta que se deshidrató y el médico le prohibió volver a soltar ni una sola lágrima.
—¡Buaaa! —se quejó ella—. Menuda solución.
El rey, por su parte, quiso evitar que la maldición alcanzase a su hijo, de modo que ordenó que destruyeran todas las ruecas del reino, y no solo eso, sino también las máquinas de coser, las agujas para zurcir, etc.
Esto es: que arruinó la industria textil de la nación.
A partir de entonces, todos los vestidos y costuras tendrían que ser importados, con lo cual la balanza de pagos sufrió una verdadera conmoción, aumentó el déficit fiscal y las hipotecas se pusieron por las nubes, los salarios bajaron y la inflación subió.
Total, que todo el mundo vivió cabreado durante varios años.
A pesar de aquel desastre, el príncipe creció sano fuerte y más bonito que un bitcoin.
Era el único que estaba contento en un reino sobre el que había caído la nostalgia y el desánimo. O sea, que parecía idiota.
Los reyes lo vigilaban obsesivamente, se turnaban para hacerlo de forma personal, porque ni siquiera se fiaban de los criados.
Hasta que un día tuvieron que ausentarse del castillo para ir a una convención de la ONU. Era necesario que viajasen porque de ello dependía que les ampliaran unos créditos que habían tenido que solicitar debido a la situación ruinosa de la industria nacional. No les quedaba más remedio que ir allí y hacerse los simpáticos.
—Detesto hacerme la campechana —le confesó la reina a su marido.
—Pues haber elegido otro oficio, porque este que tenemos nosotros consiste precisamente en eso: en sonreír hasta que las comisuras de los labios se junten por detrás de la cabeza, en la nuca.
Tuvieron que partir, pues, hacia un reino lejano, donde tendría lugar la reunión, de manera que dejaron a una legión de empleados encargados de vigilar a su hijo, el principito.
—No permitáis que se acerque a una aguja.
—¡Pero si no hay, majestad, no hay agujas por ningún lado!
—Pues cuidado con los objetos punzantes.
—Vale, tampoco dejaremos que lea la prensa del corazón.
—Al chico no se le pueden ni poner inyecciones, ¡que sea todo por vía oral en caso de que caiga enfermo en nuestra ausencia!
—Yo, una vez, cuando era niña, leí un cuento en el que a la protagonista, que era una princesa, le ocurría exactamente igual que a nuestro hijo…
—¿Y qué pasaba? ¿Cómo terminaba?
—No lo recuerdo bien. Creo que abusaba de ella uno que pasaba por allí, mientras la chica estaba dormida. Pero yo lo interpreté como que, preferiblemente, las mujeres debemos abstenernos de aprender a coser —dijo la reina, mientras se ponía crema antiojeras.

Los reyes se fueron de viaje oficial.
Los criados se turnaron para vigilar al joven príncipe, que estaba más aburrido que una ostra veraneando en los Alpes (no le gustaba leer).
Pero una noche, cuando todos dormían, el muchacho decidió dar una vuelta por el castillo, ya que no se le permitía salir al exterior; era joven y brioso y estaba hasta la coronilla de no poder trotar y jugar al aire libre. Su vida era bastante soporífera. Ni siquiera sabía lo que era salir con los amigos a hacer botellón. Decidió explorar una vieja torre abandonada en la que nadie entraba nunca.
Subió por una escalera de caracol y llegó hasta una puerta de madera muy adornada, pero en estado lamentable, como las de los bares de mala nota.
«Ni siquiera las puertas del centro de salud del pueblo tienen tan mal aspecto», se dijo el muchacho, que había visto fotos por Internet.
La curiosidad fue más fuerte que él y, a pesar de que le habían advertido una y otra vez de que no se moviese de sus habitaciones, vio que había una llave mohosa colgando de la cerradura; al girarla se encontró en un cuartito donde hilaba una anciana.
—Oh, cielos —dijo el príncipe—, ¿qué hace usted aquí, buena mujer?, ¿no la tendrán esclavizada trabajando por un salario de miseria para la industria textil extranjera? Su explotador tiene que ser de otro país, ya que nosotros no producimos nada en ese sector.
—Estoy hilando —contestó la anciana—. ¿Quieres que te explique cómo se hace?
El príncipe, que en su vida no encontraba muchos entretenimientos debido a todas las precauciones que se tomaban con él, miró la máquina de hilar con curiosidad y franco interés.
—Es un chisme muy bonito.
—Sí, ¿sabes?, hace cientos de años que coser no es solo cosa de mujeres, sino también de hombres. A ellos se les da mejor, claro, porque enseguida se convierten en estrellas internacionales y se pasan la vida rodeados de bellas modelos que lucen sus creaciones en las pasarelas y que son tan delgadas y guapas que parecen fotografías andantes retocadas.
—Puedo imaginarlo, conozco YouTube.
El muchacho se acercó a la rueca, que era preciosa.
En seguida se retiró, recordando las instrucciones severas de sus padres.
Pero vio algo en el suelo y se agachó a recogerlo.
Era un objeto raro.
Tan pronto como aproximó a él su mano, ¡se pinchó!
—Maldición —dijo el príncipe.
—Sí, justamente eso mismo decía yo… —contestó la anciana, transformándose de repente en la bruja que lo había condenado el día de la fiesta de su bautismo.
—Pero ¿qué es esto? ¿Con qué me he pinchado?
—Es una aguja hipodérmica. Algún yonqui la habrá dejado aquí olvidada. ¡Tu padre tiene cada súbdito…!
Justo en el segundo en que la aguja traspasó la tierna piel del efebo, este se quedó profundamente dormido.
El instante coincidió con la llegada del rey y la reina, ya de regreso de sus reuniones internacionales. Estaban traspasando la puerta del palacio.
—¡Ay, querido! —dijo la soberana—, me está entrando muchísimo sueño…
—Oh, mi señora reina, justamente a mí me ocurre igual, estaba a punto de comentártelo —respondió él.
… Y todos los habitantes del palacio y del reino, incluidos los caballos que había en las cuadras, las gallinas del corral, los perros del patio, las palomas del tejado, los animales domésticos y los salvajes, y los ciudadanos domésticos y los salvajes… Todos sin faltar uno se quedaron dormidos a la vez, junto con el príncipe.
Eran verdaderamente una unidad de destino en lo universal.
Pareció que el tiempo se detenía en ese segundo maldito, el fuego de la chimenea se paró, no es que se apagara, es que se congeló, como en una fotografía, y los asados que se estaban preparando en la cocina detuvieron su cocción y se quedaron a unos minutos de estar en su punto; el viento dejó de soplar y las hojas fosilizaron su posición a medio caer hacia el suelo…
El castillo se sumió en un sueño extraño, parecía que una enorme burbuja había rodeado el pequeño reino.
Todo se detuvo en el tiempo y en el espacio, y empezó a transcurrir un tiempo ajeno a los habitantes y a las cosas de aquel lugar.
Transcurrieron los meses y los años, y el mundo comenzó a olvidarse de todos ellos. Eso sí: por lo menos quedó solucionado el problema de la deuda externa y del déficit comercial.
Un gigantesco rosal de zarzas, que cada año se haría más fuerte y espeso, empezó a rodear la burbuja que encerraba aquel reino encantado; crecía con tanta prisa y con tanta fuerza que cubrió los edificios, las carreteras, los pequeños montes y los lagos. El paisaje se hizo invisible para cualquiera que pasara cerca de la frontera.
Era como si el reino hubiera quedado cubierto por un manto de flores. Las flores del olvido.
Poco a poco, el lugar, con sus personajes importantes, habitantes corrientes y sufridos contribuyentes, con su flora y fauna, con sus incontables historias…, fue cayendo en el más completo extravío. Demostrando que nadie es imprescindible y que tarde o temprano todo acaba.
En los reinos vecinos y en las repúblicas lejanas, se contaban leyendas sobre aquel mágico suceso, que nadie tenía muy claro; se decía que en algún sitio, enterrado bajo un manto de flores y espinas, un bello príncipe aguardaba a que pasara el tiempo.
—Pues si con eso esperan distraernos a los republicanos y que nos olvidemos del tema, ¡lo llevan claro…! —comentaban algunos.
Muchas doncellas arrojadas y temerarias intentaron encontrar el emplazamiento donde reposaba el adolescente, pero las espinas que rodeaban el lugar cortaban como espadas y les impedían avanzar apenas unos metros. Nadie tenía tanto interés como para sufrir aquello, así que acababan abandonando.
—Prefiero pescar tiburones a mano. Es más seguro —decían, y se marchaban de allí corriendo.

Pasaron más años, casi un siglo. Ya no vivía nadie que hubiese tratado y conocido a los reyes y a su hijo, pero la historia, que se había transmitido de generación en generación, seguía fascinando a todos. Incluso se hicieron varias películas de televisión basadas en aquellos hechos reales («reales»: de realeza).
—Serán hechos irreales —alegaba una muchachita llamada Eria, cuando su padre o su madre le contaban la historia, o veía el tráiler de una nueva película que pretendía explotar el fenómeno un poco más.
Eria acababa de cumplir quince años y vivía con su familia en uno de los pequeños reinos vecinos.
—Un día cruzaré toda esa espesura y llegaré hasta el lugar donde duerme plácidamente, en el interior del castillo, ese joven protagonista de tantas historias… —decía soñadoramente la muchacha.
Pero su padre y su madre la amenazaban con el dedo.
—A ti que no se te ocurra ir sola a ninguna parte.
—Blablablá, blablablá —respondía ella, con la insolencia de la juventud.
Un día salió al campo de excursión, con los chicos de su colegio. Eria no lo sabía, pero justo entonces se cumplían los cien años del encantamiento, y a medida que caminaban hacia las zarzas mágicas, Eria se dio cuenta de que se iban transformando en hermosas flores que le abrían el paso, escoltándola hasta la puerta de un castillo.
«¡No me lo puedo creer! ¿Será este el castillo encantado?».
Se percató de que estaba sola, todos sus compañeros habían desaparecido porque ninguno había sido capaz de ver lo que ella veía.
Las zarzas le señalaban un camino hacia lo desconocido.
«Como señales de tráfico, las he visto más claras…».
Anduvo rodeada de un paisaje abrumador, el color de las flores era tan vivo e intenso que pensó que iba a marearse, como si sus sentidos no pudieran soportar tanta fuerza.
A duras penas logró reponerse, siguió andando y entró en lo que, dedujo, había sido el patio de una gran fortaleza. Vio a los caballos y perros durmiendo, y a las palomas que tenían la cabeza bajo el ala.
«Madre mía, esto es asombroso —murmuró para sí Eria—, quiero decir que me parece increíble estar contemplando los restos de una monarquía…».
Avanzó en silencio, la quietud era extraña y absorbente; incluso el viento estaba dormido.
Subió por las escaleras y llegó hasta la puerta de la torre, aquella vieja y destartalada estancia donde el muchacho había quedado traspuesto.
«Oh, cielos, parece que haya salido por primera vez de juerga — musitó la joven— y que haya pillado una buena».
El chico era guapísimo, un chulazo. Podría haber despertado los celos del hermano guapo de Míster Universo.
Y Eria, que nunca se había considerado demasiado agraciada, sintió una punzada de ternura incontrolable. Se acercó al chaval, puso los labios en su mejilla y le dio un beso.
Suave, tierno. Ingenuo. Nada complicado.
Ella no era una abusadora.
No como otros.
Había un conocido de su familia que le daba pellizcos en el trasero cuando la veía. A Eria le hubiese gustado responder dándole una patada en la boca. Se sorprendía de la naturalidad con que sus propios parientes tomaban aquello, restando importancia a la vil actitud. E incluso creían que era culpa suya, y no del rijoso que trataba de toquetearla.
Bueno, pues no. Ella no era una aprovechada.
El muchacho estaba fuera de combate.
No quería utilizarlo.
A pesar de todo, el calor del aliento de Eria debió producir un efecto (¡mágico!) en el joven príncipe, que en ese instante abrió los ojos, dándole a la muchacha el mayor susto de su vida.
—¡¡Aaaagggg!!
Poco a poco, el príncipe se incorporó y miró alrededor, y cada cosa que miraba iba volviendo a la vida de forma milagrosa. (¡Mágica!).
—Si me lo cuentan, no me lo creo —suspiró Eria.
—Hola —dijo el chico, que nunca se había caracterizado por su originalidad. Y que en cien años no había espabilado mucho.
—Tu reino no era nada sin tu mirada —observó Eria—. El mundo no es nada si uno no es capaz de mirarlo.
No sabía de dónde le venía aquella inspiración.
Probablemente de unos libros con consejos filosóficos que leía a diario.
Eria tomó la mano del príncipe y ambos fueron corriendo por las estancias del castillo, que cobraban vida al paso de los dos muchachos.
Los reyes y la corte despertaron, y los animales del patio se desperezaron como si tal cosa, el fuego volvió a arder en la chimenea y los asados de la cocina terminaron de hacerse hasta llegar a su punto.
—El amor es redención y da vida —dijo la reina, que, a pesar de los cien años que habían transcurrido, no tenía ni una sola arruga de más.
—Y la verdadera felicidad no está en los bienes materiales — apuntó el rey—, excepto cuando hay que pagar la deuda externa.
—Por supuesto, querido. Hemos pasado cien años sin nada, pero no se puede decir que hayamos sido desgraciados —confirmó su esposa.
—Pronto será nuestro aniversario de bodas —añadió el monarca —, y dado que llevamos ciento treinta años casados, no sé, se me está ocurriendo que… ¡Podríamos celebrarlo con una gran fiesta!
—¡¡¡Oh, no, no, no, no, no!!! —gritó la reina.
—Celebrar una fiesta sería una manera de hacer justicia poética —aseguró el rey.
—Pero la justicia poética nunca es tan… poética —sentenció la reina. Luego se desmayó.