Corallys Cordero - "La quinta Aimar"

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Cuentista y novelista venezolana.
Este cuento pertenece al volumen al que da título, "La quinta Aimar", de 2023.



He venido a deshacer los recuerdos. El comprador quiere la casa vacía.
«Aquí todo habla», me digo cuando entro al segundo salón de la estancia. Parece que cada objeto tiene una historia que quiere contar. En Venezuela, a las casas grandes se les llama quintas. Los recuerdos de mi infancia están vinculados a la quinta Aimar, donde vivía con mis padres. Su nombre es una composición de los suyos: Aída y Martín.
Los parientes ya están aquí, pero no se han percatado de que he llegado. Los oigo en la planta de arriba. Cada quien tomando lo que les apetece, como si estuvieran en un mercado persa. Hablan de los cuadros del comedor, de los cubiertos de plata, de las figuras de Lladró y se hacen recíprocas concesiones en la adjudicación de cada pieza. Todo lo que puede venderse a mayor precio es objeto de disputa. Suben el tono de voz: de la repartición amistosa han pasado a rememorar viejos enconos, las cuentas que se deben mutuamente. Como si el reparto de bienes pudiera saldarlas.
En estas paredes retumban los ecos de mi niñez. El papel tapiz de flores acampanadas, tan sutiles que sólo se perciben al tacto; el teléfono de los años veinte que permanece de adorno en una mesilla junto a la ventana. Nunca funcionó, jamás tuvo corriente, era apenas una fantasía que atesoraba los años que pasaron mis padres en Londres. A mí me encantaba sentarme a fingir que hablaba, grandes tertulias con nadie del otro lado del auricular. Las cortinas de terciopelo verde, polvorientas, detrás de las que me agazapaba cuando jugaba con las primas al escondite. Los muebles Luis XV que nunca me gustaron y menos ahora que lucen descoloridos. El piano y el acordeón que solía tocar papá cuando tenía invitados. Los barrotes negros que forman figuras geométricas en las ventanas. Esto último representaba un exceso de modernidad para la época en que se edificó este, el que fuera mi palacio cuando nací. Había olvidado que los pisos de granito tienen diferentes colores: blanco, negro, guayaba y verde que dibujan figuras no simétricas. Parecen hojas, labios, óvalos. Quizá al retirar las alfombras de centro se les pueda encontrar algún significado.
Voy hacia el comedor, pero antes de entrar me detengo en el pasillo que conduce al baño verde, al lado de la biblioteca. En este corredor oscuro permanece, resplandeciente, una vitrina horizontal sostenida por patas doradas y repujadas. Siempre le tuve miedo a esa caja de cristal, quizá porque parece un ataúd para niños. Dentro de ella están alineadas todas las condecoraciones que recibió papá por sus años de servicio a la nación; hasta una réplica de la espada del Libertador se exhibe en el medio. Sobre ese mueble y su contenido parece no haber disputa. No lo quiere nadie ¿quién va a cargar con esas piezas que no tienen valor en el mercado sino en los sentimientos? Ni siquiera las mencionan. Oigo sus voces, siguen entretenidos con los cuadros y otros objetos. Permanezco de pie junto a la caja, leo los años y motivos de las condecoraciones, las cintas azules, blancas, tricolor. Cada una, en su momento, debió de ser un trofeo. Ahora apenas y servirían de utilería para una película de época.
Entro a la biblioteca. Ni un solo libro escapó del rigor de las polillas. El comprador ha dicho que tirará abajo todas las estanterías y que este espacio lo adicionará a la cochera. Él colecciona vehículos, no lee libros. Recuerdo la espalda de papá: erguida, mientras tecleaba en su Olivetti la queja que puso en la Prefectura por los ruidos de la casa de al lado. Llenó páginas enteras de «guau, guau, guau» tras cada ladrido del perro del vecino, para dejar constancia de la perturbación. Nunca se dio cuenta de que yo lo miraba cuando, molesto, escribía de prisa. La pluma fuente ya no está, alguien se anticipó a tomarla antes de que yo llegara.
En el comedor, las lágrimas de la lámpara de cristal dan cuenta del tiempo que ha estado cerrada la casa: no resplandecen como antes. No hay quien friegue lágrima por lágrima hasta hacerlas brillar. La estancia, que se separa del pasillo oscuro por puertas de madera con vitrales biselados, me trae a la memoria la tristeza de papá. Cerró esas puertas después del funeral para quedarse a solas conmigo.
Los gabinetes de la cocina están a punto de desplomarse y las cortinas blancas de encajes, raídas. Huele a madera húmeda, a óxido y a sal. En las ventanas, los materos acongojados arrullan a hojas languidecidas. El jardín está igual; abatido por el tiempo, inerte ante la mirada indiferente del querubín de una fuente de la que no emana nada. La toma de agua corroída me trae el recuerdo de cuando las primas grandes jugaban con la manguera. Apuntaban a lo más alto del muro para oír las putadas de los transeúntes mojados. El truco estaba en lo que yo hacía: mover la llave para obtener la máxima presión de agua.
Subo a las habitaciones. Aquí también se han repartido el botín, sólo quedan cajones llenos de las muñecas de trapo que hacía mamá. Las primas se burlaban de ellas, decían que las piernas y brazos parecían las hélices de un helicóptero; y que el cabello, hecho de estambre amarillo, les colgaba como espaguetis. Mamá les dibujaba la boca con pintura de uñas. En eso sí tenían razón las primas: daba la impresión que vomitaban sangre. Jugábamos con ellas a la casa del terror. A mí me encantaba que la diversión se extendiera hasta bien entrada la noche para no dejarlas dormir.
Escucho a las primas en el cuarto de costura, curucuteando y riendo. Me asomo sigilosamente para no dejarme ver. No quiero interrumpirlas. Se pasan los rollos de tela de mano en mano. «Hasta una mercería podría montarse con todo lo que hay aquí», le dice una a la otra. Se burlan de las creaciones de mami: «¡Qué tósigo!», «mira estos colores», «absolutely not: son un espanto, ni para fregar pisos sirven». «¿Y qué hacemos con todo esto?»; «Será prenderle fuego en el jardín». Entro a la habitación para saludarlas. Me pongo detrás de ellas y le soplo en la nuca a la menor, quien apenas mueve la melena sin mayor aspaviento. Me acerco para que me sienta. Ahora sí, por fin se percatan de que las acompaño. Corren escalera abajo gritando «María Antonieta está en el cuarto de costura. La vimos en el espejo». ¡Zonzas! Nunca aprendieron a jugar.

Carlota Gurt - "Balas de paja"

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Novelista, cuentista y traductora barcelonesa.
El cuento pertenece al volumen "Biografía del fuego" de 2023.
La versión (el original está escrito en catalán) es la de la propia autora.






We are the hollow men
We are the stuffed men
Leaning together
Headpiece filled with straw.
Alas! Our dried voices, when
We whisper together
Are quiet and meaningless
As wind in dry grass
Or rats’ feet over broken glass
In our dry cellar.
T. S. Eliot, The Hollow Men

Todo viene de un camión cargado de balas de paja que remontaba la carretera. Era rojo; me gusta fijarme en los colores de las cosas y convertir la memoria en una galería de cuadros llenos de manchas. La vida, los recuerdos, la gran pinacoteca: clasicismo junto a arte degenerado. Pero el camión, decía.
Detrás iba un coche, el mío, con las ventanillas bajadas. Las briznas de paja revoloteaban y se me metían primero en el habitáculo, después en los ojos. Ojos llenos de paja. Pero cuando se nos mete una viga no la vemos. Y a mí la paja se me coló dentro de la cabeza. Por eso estamos aquí.
Sea como sea: el camión, el coche, las cosas que se te meten dentro, subir las ventanillas.
Mi madre, a la que ese día iba a visitar en mi coche por una carretera tortuosa persiguiendo un camión cargado de pacas, también se está volviendo de paja, pensé. Con las piernecitas que se le están quedando todo huesos, ligera y hueca por dentro. Como una cáscara. Reseca, muerta, inútil. Mamá.
Podría empezar diciendo: Paja.
Primero hay que plantar el cereal, el que sea, lo que nos importa no es el grano, aquí hemos venido a hablar de la paja. Y como en mi cabeza lo puedo ver todo —el ojo interior, lo llaman los alemanes—, contemplo las semillas germinar a miles en la tierra esponjada por el arado, todas apiñadas bajo ese campo de tierra marrón y rojiza, del color de las heces ensangrentadas. Dentro del útero terrestre, el ejército de siembra se desarrolla en la clandestinidad. En las tinieblas, la membrana se les rasga y por la rendija —la vida siempre sale de las rendijas— asoma un hilillo blanco, un gusano finísimo, que cada día se alarga un poco.
Así arranca la coreografía de una legión de semillas haciendo contorsiones y desgarrándose. Pequeñas criaturas mutantes. Parece una conspiración multitudinaria. O un espectáculo de Pina Bausch. Todas estirando sus bracitos de futura paja para alcanzar la luz, el sol, el oxígeno. ¿Acaso no es eso también lo que hacemos los humanos a todas horas: estirar los brazos hacia la luz y procurar no morir asfixiados? Personitas de paja, sin más voluntad que la de obedecer a la naturaleza que nos empuja. Alentar es nuestra fotosíntesis. O amar. De hecho, vienen a ser lo mismo.
Amar, digo, y pienso en mi madre, a la que ese día estaba yendo a ver, mi madre que se desbrizna. Yo también soy madre y algún día me desbriznaré.
En Italia una vez nos alojamos en una finca llamada Il Fienile del Colle, «el pajar de la colina». Yo entonces no sabía que escribiría un relato sobre la paja, esas cosas no se pueden saber. El nonno de la familia tiraba con arco apuntando a una diana sujeta en una bala de paja. Yo me sentaba en la hierba, bajo un castaño, y me embelesaba mirando cómo ese hombre de cuerpo enjuto y piel tostada tensaba el arco. Era bello. La flecha potencialmente mortal —yo no perdía a los niños de vista— se clavaba con un ruido seco y grave. Definitivo. No me dejó probar.
Los niños, la paja.
Otro verano fui a Francia con mis hijos, sola por primera vez; de día rondábamos por ahí y cada noche cumplíamos un ritual. Caminábamos cinco minutos. A medio camino nos cruzábamos con dos caballos que comían ya sabéis qué en un comedero, y los mirábamos fijamente, como esperando que nos revelaran algo. Qué ojazos tenían. Un trecho más allá, en una pequeña explanada, había una hilera de veinte o treinta balas de paja plastificadas en negro y verde descolorido, y mientras el sol se ponía, nos encaramábamos, saltábamos rápido de una a otra, a veces bailando desaforadamente, hasta que anochecía y volvíamos a casa corriendo, brincando, riendo, yo a veces llorando —de alivio, de tristeza, de felicidad: qué difícil distinguirlo—, con los miedos exorcizados, porque era esa la finalidad del ritual vespertino: ahuyentar las incertidumbres terroríficas que poblaban nuestra nueva vida y reivindicar que sabíamos reír y ser felices pese a las desgracias.
Cuando ahora evocamos ese viaje, lo único que recordamos son las balas de paja.
Pero os estaba hablando de los sembrados. Siempre son campos: ¿por qué? ¿Por qué nadie planta una semilla de cereal en una maceta y la cuida con la delicadeza con la que se cuida una orquídea? Ponerla en el centro de la mesa, sobre un tapete de ganchillo tricotado por la bisabuela y admirar la espiga solitaria cada mañana.
Yo a mamá tampoco la cuido como a una orquídea. La tengo encerrada en una residencia con otras personas de paja y ya solo espero que se muera.
Pero volvamos a la biografía del cereal. La paja embrionaria de repente ya tiene los brazos bastante largos, pronto serán verdes; el color extraterrestre, el color de la bilis, de la envidia y de los viejos repugnantes; sin embargo, a mí me encanta el verde. Una mañana, con el primer brote de sol, las hojas despuntan, y a los campos les crece vello, como si estuvieran mal afeitados. Después, ya no hay quien detenga la rebelión vegetal contra la gravedad, y se alzan, desafiándola. Por eso me gusta el verde: es el color de la insubordinación.
Hasta que un día la planta se espiga y se llena de flechas; de pequeños, cuando huíamos de la ciudad al mismo pueblo donde ahora tengo a mi madre encerrada, al mismo pueblo hacia donde ese día me dirigía en mi coche, tras el camión que tiene la culpa de todo esto, en ese tiempo, de pequeños, nos tirábamos las espigas y luego corríamos por ahí con ellas prendidas en los jerséis sin saberlo. Cuántas cosas llevamos prendidas sin saberlo.
A vista de pájaro, en días de viento los campos ondean como las crines de un caballo verde al galope, un caballo alienígena. Cuando llueve, las espigas resisten los embates y se vengan haciéndose más grandes y turgentes. Alimentarse de tormentas: ¿Cómo se lo puedo enseñar a mis hijos? ¿Cómo me lo transmitió mi madre?
Más paja personal: ya que estamos, quemémoslo todo.
Fue el camión con las pacas el que me fecundó las neuronas, pero hasta el otro día, cuando crucé el país en coche (siempre los coches: vivo en una road movie), no empecé a obsesionarme con la paja.
¿Por qué?
Porque pasé muy cerca de mi Chernóbil particular, ese lugar tan bien indicado, repetidamente señalizado, mortificantemente rotulado, en la autopista. Los demás solo leéis el nombre de una población cualquiera, para mí en cambio pone: Prohibido el paso, Peligro de muerte, Zona radiactiva. No creo que pueda pisar nunca más sus paisajes: las vastas extensiones de cultivo, los tractores por las carreteras sin arcén de rectas sin fin, el horizonte liso y lejano, el aire de desolación, de abandono, el río que de vez en cuando lo inunda todo, la niebla, la niebla, la niebla, los extremos: siempre demasiado frío o demasiado calor, los toldos naranjas de las terrazas, las casas a orillas del río, apoyadas unas en otras, dormidas, torcidas como dientes sin ortodoncia. Y como conducía con el cerebro preñado de paja e instigada por la visión de los campos rubios de mi Chernóbil, di el salto mortal a la idea de la paja radiactiva.
Cereales mutantes, harina que puede matarte, caballos muriendo de cáncer. El asesinato silencioso de los átomos de cesio. Cesio matrimonial. Demasiadas negligencias y el núcleo se fundió. Nadie tuvo la culpa. La culpa la tuvimos todos. Luego, años para curar las quemaduras.
Pero estábamos con los campos y las espigas. Unas semanas después, el verde muere tostado bajo la tiranía del sol y todo se tiñe de un amarillo adusto (dorado, lo llaman los optimistas y los románticos) que se agrieta con solo mirarlo.
Llega el campesino montado en una cosechadora monstruosa, una New Holland que parece un vehículo de Star Wars haciendo prospecciones del terreno con metralletas láser escondidas bajo la carrocería; si a una cosechadora le pones una música épica parece una máquina que haya venido a salvarnos la vida. Y comienza a afeitar el campo. En las entrañas del artefacto se separa el grano, y nuestra paja queda esparcida sobre la tierra, tirada de cualquier modo, sin sentido estético: a la manera propia de los cadáveres. Abandonada. Porque la paja es lo que no sirve para nada, los desperdicios, las sobras. Como este texto, que es todo paja y carece de sustancia. Como mi madre, que ya no va a ninguna parte ni sirve para nada.
¿Y cómo decir que no sirve para nada si con la paja podemos criar bestias de media tonelada, como los caballos? Carne nacida de los restos de una planta muerta. Paja hecha carne, hecha sangre. ¿Qué pesa más: una tonelada de carne o una tonelada de paja? Galope propulsado por heno. Una máquina de correr alimentada con desechos. La vida se ríe de nosotros en nuestras narices. Podría escribir un cuento sobre matar caballos.
¿De dónde salen los cuentos?, me preguntan a menudo. De una obsesión, de una grieta, de un camión que no pude adelantar porque había demasiadas curvas: para deshacerme de las briznas de paja podría haberme matado, y no valía la pena.
Al cabo de unos días, una empacadora profana el campo de batalla para recoger los despojos vegetales, ahora ya secos. A veces la observo desde mi casa. Oigo un motor, me asomo para ver qué pasa y me la encuentro allí, peinando el campo, esnifando los restos. De vez en cuando se detiene y el vientre gestante que lleva enganchado detrás se abre muy despacio y aparece una bala, que de lejos, envuelta en plástico blanco, dirías que es un huevo colosal, o un saco vitelino, hasta que un mecanismo en la parte superior corta el plástico como se corta un cordón umbilical, y la bala cae a plomo al suelo. La gallina mecánica continúa su labor hasta que toda la paja está confinada, controlada, asfixiada.
Me gustan más las balas sin plastificar, libres, las balas de paja que, como yo, van perdiendo briznas y dejan un rastro allí por donde pasan, un rastro que conlleva la propia extinción gradual.
Las balas de paja dormitarán días o semanas sobre el campo pelado. De vez en cuando, un coche se detendrá en el arcén y los pasajeros se harán ridículas fotos bucólicas, o se encaramarán a una bala con pose de conquistadores. No saben que dentro habitan arañas, pulgas, garrapatas. También se retratarán parejas de recién casados y después partirán hacia su nueva vida matrimonial con la cabeza llena de bichos y picaduras, y la comezón los martirizará esa primera noche mientras follen hasta que la muerte, o más probablemente un juez, los separe.
Y mi Chernóbil, que no calla. Un gorrión construye su nido con paja contaminada y cuando la vida eclosiona: cabezas sin pico, ojos ciegos, alas demasiado pequeñas para aprender jamás a volar.
Ya lo veis, vehículos y pájaros, pájaros y vehículos. Animales mecánicos y aviones orgánicos. Pero ¿adónde van? Volar… ya me dirás. Mi madre no puede ni andar.
La maquinaria agrícola regresa al cabo de unos meses para plantar futura paja, o colza, o girasoles que acabarán cabizbajos por el excesivo peso de las pipas o del tiempo vivido. Volverán los tractores, pues, y con ellos, los caminos destrozados por los neumáticos de metro y medio o más, tan altos como tú, roderas que crearán baches y socavones, surcos donde caerás una y otra vez. El surco donde ha caído mi madre es oscuro y profundo como una fosa abisal.
Camiones y tractores, coches y empacadoras. Y, como llegué a la ciudad donde ella me crio con la paja metida dentro, empecé a delirar en el metro, solo veía balas humanas abarrotando los vagones, exprimidas, sin grano, paja humana metida en camiones de metro para alimentar a las bestias del capitalismo, empresas que van al galope y relinchan con cada centavo. En Amazon, una bala cuadrada de paja vale dieciocho euros. Vaya estafa.
Regresé a casa, pensativa. Las calles estaban atestadas de gente. Me agobiaba ver tantos ojos que escondían a personas detrás, manos cargadas de gestos inacabados, todos esos pasos que no iban a ninguna parte. Una mujer de zafiro, tan azul que te entraban ganas de llorar. Muñecos de silicona y títeres de granito. Mientras un viento furioso desmenuzaba los hombres de paja y las mujeres de barro se resquebrajaban, los transeúntes miraban hacia otro lado. La intemperie nos destruye a todos.
Pero no te desvíes. ¿Adónde iba? A veces no recuerdo adónde voy.
Ah, sí, quería hablar de todo lo que me evoca la paja rubia, muerta, inflamable —podría estar hablando de Marilyn: rubia, muerta, inflamable—, porque este verano perseguí un camión cargado de balas y las briznas se metieron dentro del coche y de mí, y me pareció que también yo voy perdiendo briznas, que me han segado y me han arrancado el grano, y ahora ya solo me deslizo de acá para allá, fragmentos de mí volando, esperando que una bestia de media tonelada me coma o, al menos, ser alimento suficiente para mis hijos, que son de una nueva cosecha, todavía verde y exuberante. Ningún tractor les ha pasado por encima ni saben que todo empezó con una contorsión subterránea y un gusano que se estiraba hacia la luz.
Todo esto viene de ese camión cargado de balas que remontaba la carretera el día que yo iba a visitar a mi madre de paja. La encontré encogida. Sonrió sin motivo. Lloró sin motivo. Las palabras le salían muertas, sin grano, frases trituradas, las letras desordenadas formaban vocablos inexistentes. No se puede pretender hablar con una brizna de paja. Tiene el cerebro yermo: no se puede plantar nada en él. Es tierra baldía. Asiento. Le cojo la mano huesuda. La abrazo. Abrazo a una muerta que sonríe.
Mira la parte buena de las cosas.
Una paja es también una cánula para sorber hasta la última gota de jugo.
Una paja te vivifica el coño.
Paja.
Cuatro letras, tres fonemas, dos vocales y consonantes, una palabra. Paja. Una palabra capaz de matar, como cualquier otra. Balas de paja disparadas al corazón, y las briznas que se te quedan dentro como fragmentos de metralla.
Las palabras matan, deberían ponerlo en las fajas de los diccionarios, junto a la foto de un literato muerto, del detalle de un cerebro negruzco y podrido de palabras, de un suicida con la casa llena de libros. Sílabas con la punta envenenada. Si fuese tan fácil como decir algo para que se cumpliera: Mamá, muérete, por favor. Actos de habla performativos. Os declaro marido y mujer. Pero también: Ya no te quiero.
Paja. Paja. Paja. Una palabra. O un mundo. Mi mundo de paja. Madres, hijos, familias, futuros, orgasmos, muerte. Y a veces viene el lobo y ya puedes correr a buscar otro techo que te cobije; no sufras: siempre encontrarás algún cerdo que te quiera. Pero en mi caso el lobo fui yo.
Monigotes de paja, espantajos con ropa holgada que solo ahuyentan a los pájaros más ingenuos, el viento los va desbriznando, y si se les acerca una cerilla encendida… Pero las llamas, qué bonitas.
Todos llevamos un pirómano dentro.

Hilary Mantel - "Vacaciones de invierno"

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Novelista, cuentista y ensayista inglesa. Aunque es conocida como la reina o la dama de la novela histórica, su obra es mucho más que eso.
Entre otros mucho, fue una vez "semifinalista" (longlist) y dos veces ganadora del premio Booker (tal vez el premio literario más confiable, nada que ver con los premios patrios).
El cuento pertenece al volumen "El asesinato de Margaret Thatcher" de 2014.
La versión es la de José Manuel Álvarez Flórez.

CCuando llegaron a su destino no podían reconocer su nombre. El taxista acuchillaba el aire con el cartel mientras ellos miraban como bobos a uno y otro lado de la fila, hasta que Phil señaló y dijo: «Aquel es el nuestro». Habían crecido pequeños picos sobre las «tes» de su apellido, y el punto de la «i» se había desplazado como una isla. Ella se frotó la mejilla, entumecida por la corriente del conducto de ventilación que había sobre su asiento; el resto de ella se sentía exhausto y valeroso, y mientras Phil corría hacia el hombre haciéndole señas, ella se retiró de la parte de abajo de la espalda la tela de la camiseta y se arrastró tras él. Nos vestimos para el tiempo que queremos, como para presionarle, aunque hayamos visto la previsión meteorológica.
El taxista posó una peluda mano propietaria en el carrito del equipaje. Era un hombre achaparrado de bigote reglamentario, y vestía una cazadora de sarga con cremallera por debajo de la cual asomaba un forro de cuadros escoceses; como si dijese «olvidad vuestras ilusiones de sol». El avión había llegado con retraso y ya había oscurecido. El taxista le abrió la puerta a ella y amontonó las maletas en la parte de atrás de la ranchera.
—Trayecto largo. —Fue todo lo que dijo.
—Sí, pero de prepago —añadió Phil.
El taxista se acomodó en su asiento con un crujir de cuero. Cerró de un portazo que hizo temblar todo el vehículo. Los cabezales de delante habían sido retirados, así que cuando se volvió para dar marcha atrás lanzó un brazo sobre el respaldo de los asientos delanteros y miró por encima de ella sin verla, a un par de centímetros de su cara, mientras ella le examinaba los pelos de la nariz al resplandor mareante de las luces del aparcamiento.
—Siéntate bien, cariño —le dijo Phil—. Ponte el cinturón. Allá vamos.
Qué adecuado habría sido él para la paternidad. Sana, sana, culito de rana. Vamos, no llores que no es nada.
Pero Phil pensaba de otro modo. Desde el principio. Él prefería poder hacer unas pequeñas vacaciones de invierno durante el año escolar, cuando los precios de los hoteles eran más bajos. Hacía años que le pasaba los periódicos, doblados por los artículos que explicaban que los niños costaban un millón de libras hasta que cumplían los dieciocho años.
—Cuando lo ves explicado de ese modo —dijo— resulta aterrador. La gente cree que se las arreglará con ropa usada. Medias raciones. La cosa no funciona así.
—Pero nuestro hijo no caería en la drogadicción —dijo ella—. No a esa escala. No sería lo suficientemente listo para Eton. Podría bajar por la carretera hasta Hillside Comp. Aunque he oído que allí tienen piojos.
—Y tú no querrías tener que tratar con eso, ¿verdad? —dijo él: un hombre que juega su as.
Avanzaban muy despacio por la ciudad, las aceras estaban atestadas, centelleaban los letreros de los bares baratos y Phil dijo, como ella sabía que haría:
—Creo que tomamos la decisión correcta.
Tenían por delante un viaje de una hora, y aceleraron a través de las desparramadas afueras; la carretera empezaba a subir. Ella se retrepó en el asiento cuando estuvo segura de que el taxista no quería conversación. Había dos tipos de taxista: los charlatanes que tenían una sobrina en Dagenham, que necesitaban hablar todo el camino hasta la lejana costa y el parque nacional; y los que necesitaban cada gruñido que les arrancaban, que no te dirían dónde vivía su sobrina aunque los sometiesen a tortura. Ella hizo uno o dos comentarios de turista: ¿qué tiempo había hecho? «Lloviendo. Ahora yo fumo», dijo el hombre. Se introdujo un cigarrillo en la boca directamente de la cajetilla, maniobrando luego con el mechero y retirando por un momento las manos del volante. Conducía muy rápido, tratando cada curva de la carretera como una ofensa personal, bufando ante cualquier obstáculo. Ella sabía que a Phil se le estaban acumulando los comentarios detrás de los dientes: «Eso no le irá nada bien a la caja de cambios, ¿verdad?». Al principio se cruzaron con ellos unos cuantos coches que se arrastraban hacia las luces de la ciudad. Luego disminuyó el tráfico y desapareció del todo. Al estrecharse la carretera dejaron atrás negras y silenciosas colinas. Phil empezó a hablarle de la flora y la fauna del monte bajo.
Ella tuvo que imaginar la fragancia de hierbas aplastadas bajo los pies. Las ventanillas del coche estaban cerradas frente a la noche quieta y fría, y apartó la cabeza deliberadamente de su marido y empañó el cristal con el aliento. La fauna la componían principalmente cabras. Bajaban por las laderas, con las piedras cayendo en torrente tras ellas, y saltaban delante del coche, con las crías pisándoles los talones. Eran moteadas y multicolores, veloces y despreocupadas. A veces brillaba furtivo un ojo a la luz de un faro. Dio tirón al cinturón de seguridad, que le estaba serrando el cuello. Cerró los ojos.
Phil había sido un incordio en Heathrow, en la cola del control de seguridad. Cuando el joven que los precedía se inclinó para desatarse laboriosamente los cordones de las botas de excursión, Phil dijo en voz alta:
—Sabe de sobra que tiene que quitarse el calzado. Pero no podía ponerse zapatillas como los demás.
—Phil —susurró ella—. Es porque pesan mucho. Quiere llevar las botas puestas para que no cuenten como equipaje.
—Yo lo llamo egoísmo. Aquí está la cola paralizada. Él sabe lo que va a pasar.
El excursionista los miró con el rabillo del ojo.
—Lo siento, amigo.
—Un día te van a dar un puñetazo —dijo ella.
—Puede que sí, puede que no —dio Phil, canturreando como un chiquillo en un juego de patio de recreo.
Una vez, cuando llevaban ya uno o dos años casados, él le había confesado que la presencia de niños pequeños le resultaba insoportable: el alboroto, los ruidos discordantes, los juguetes de plástico esparcidos, las exigencias mudas de que les dieses algo, que arreglases algo, aunque no supieras qué era.
—Todo lo contrario —dijo ella—. Señalan. Gritan: «Zumo».
Él cabeceó con tristeza.
—Una vida entera de eso —dijo— te afectaría. Porque te parecería toda una vida.
De todos modos, se estaba convirtiendo ya en algo teórico. Ella había llegado a esa etapa de su vida fértil en que las cuerdas genéticas se anudaban y los cromosomas giraban zumbando y se reenlazaban entre ellos.
—Trisomías —decía él—. Síndromes. Deficiencias metabólicas. Yo no te haría pasar por eso.
Suspiró. Se frotó los brazos desnudos. Phil se inclinó hacia delante. Carraspeó, habló con el conductor.
—Mi mujer tiene frío.
—Que se ponga la chaqueta —dijo el conductor. Se encajó otro cigarrillo en la boca. La carretera ascendía ahora en una serie de curvas cerradas, y en cada una de ellas daba un volantazo, lanzando la parte de atrás del coche hacia la cuneta.
—¿Cuánto falta? —preguntó ella—. Más o menos…
—Media hora.
«Si hubiese podido terminar la frase escupiendo lo habría hecho», pensó ella.
—Aún a tiempo para cenar —dijo Phil en tono alentador. Le frotó los brazos, como para animarla. Ella se rio temblorosa.
—No, que me cuelgan las carnes —dijo.
—Tonterías. No te cuelgan.
Había una media luna nebulosa, una larga acumulación de tierra caída a su derecha, una erizada línea de árboles encima, y cuando él le cogió el codo, acariciándolo, hubo una vez más un derrape y un deslizamiento delante de ellos, una lluvia de piedras traqueteando inconsecuente hacia la carretera.
—Sólo me llevará dos minutos deshacer las maletas —estaba diciendo Phil en aquel momento, explicándole su sistema para viajar ligero de equipaje. Pero el chófer gruñó, dio un volantazo, clavó los frenos y paró el coche con una sacudida. Ella salió disparada hacia delante, hundiendo la muñeca en el asiento delantero. El cinturón de seguridad la devolvió atrás. Habían notado un impacto pero no habían visto nada. El chófer abrió su puerta y salió a la noche.
—Un cabritillo —susurró Phil.
¿Atropellado? El chófer sacaba algo a rastras de entre las ruedas delanteras. Estaba doblado y veían su trasero elevarse en el aire, con el volante de cuadros escoceses en la cintura. Ellos estaban muy quietos dentro del coche, como para no atraer la atención hacia el incidente. No se miraron, pero observaron cómo se incorporaba el chófer, se frotaba la parte baja de la espalda, luego rodeaba el coche y alzaba la puerta trasera, sacando algo oscuro: un envoltorio, una lona. El fresco de la noche les golpeó entre los omoplatos y se encogieron un poco uno contra otro. Phil le cogió la mano; ella la soltó de un tirón; no malhumorada, sino porque sintió que necesitaba concentrarse. La silueta del conductor apareció ante ellos, iluminado por los faros. Volvió la cabeza y miró a un lado y al otro de la carretera vacía. Tenía algo en la mano, una piedra. Se agachó. Zud, zud, zud. Ella se puso tensa. Quiso gritar. Zud, zud, zud. El hombre se incorporó. Llevaba un bulto en brazos. «La comida de mañana —pensó ella—. Cocida con cebolla y salsa de tomate». No sabía por qué le había venido a la cabeza la palabra «cocida». Recordaba un cartel abajo en la ciudad: Autoescuela Sófocles. «No llames feliz a ningún hombre…» El conductor depositó el bulto en la parte de atrás del coche, junto a su equipaje. Cerró de golpe la puerta trasera.
«Reciclando», pensó ella. Phil, si hablase, diría: «Muy loable». Pero parecía haber decidido no hacerlo. Comprendía que ninguno de los dos mencionara aquel horrible inicio de sus breves vacaciones de invierno. Se acunó la muñeca. Suavemente, suavemente. Un movimiento de angustia. Un lavado. Un masaje para eliminar el pequeño dolor. «Continuaré oyéndolo —pensó— al menos durante el resto de esta semana: zud, zud, zud. Tal vez podría hacer un chiste de esto: cómo nos quedamos inmóviles; cómo lo dejamos seguir con aquello, qué otra cosa podíamos hacer…, no hay veterinarios patrullando por las montañas de noche». Algo se elevó en su garganta, que quiso articular; le cosquilleó el cielo de la boca y cayó de nuevo.
—Bienvenidos al Royal Athena Sun —dijo el portero.
Se derramaba luz de un interior de mármol, y cerca había unas frías columnas rotas iluminadas, con una luz que pasaba del azul al verde y vuelta atrás. Ese debía de ser el «aspecto arqueológico» prometido, pensó ella. En otra ocasión habría sonreído ante la exuberante vulgaridad. Pero el aire frío y húmedo, el incidente…, salió del coche y se irguió, sin sonreír, con la mano apoyada en el techo del taxi. El chófer pasó a su lado sin decir palabra. Abrió la puerta trasera. Pero estaba tras él el portero, que acechaba solícito. Extendió las manos para sacar las maletas. El chófer se movió rápido, bloqueándolo, y para su propio asombro ella se lanzó hacia delante:
—¡No!
Lo mismo hizo Phil:
—¡No! Es que son sólo dos maletas.
Como para demostrar la ligereza de la carga, cogió una de las maletas y le dio un alegre giro.
—Yo creo que hay que… —dijo. Pero eludió el resto de la frase: «viajar ligero de equipaje». En cambio, añadió—:… no llevar muchas cosas.
—Está bien, señor.
El portero se encogió de hombros y retrocedió. Ella lo reconstruyó mentalmente, como si se lo contase a un amigo, mucho después: «Te das cuenta, estábamos siendo cómplices. Pero el taxista no hizo nada malo, por supuesto. Sólo algo eficiente».
Y su amigo imaginario estaba de acuerdo: «Aun así, instintivamente sentías que había algo que ocultar».
—Estoy listo para echar un trago —dijo Phil.
Estaba anhelando la escena al otro lado del vidrio cilindrado; sours de brandy, cubitos de hielo tintineantes en forma de peces, tacones altos repiqueteando en baldosas de terracota, volutas ornamentales de hierro forjado, ropa de cama de hotel, blanda almohada. No llames feliz a ningún hombre hasta que haya descendido en paz a la tumba. O al menos hasta su amplia suite con baño y salón y sofá; y pueda borrar hoy y despertar con hambre mañana. El taxista se inclinó hacia el interior del coche para sacar la segunda maleta. Al hacerlo, echó a un lado la lona, y lo que ella vislumbró (y al mismo tiempo se negó a ver) no fue una pezuña hendida, sino la mano sucia de un niño humano.

Liliana Blum - "Una Lady Macbeth cualquiera"

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Este cuento pertenece al volumen "Un descuido cósmico" de 2023.




Un cadáver. Las perras de Marcela encontraron un cadáver. Se entiende que humano, de lo contrario no sería novedad. Fue por el olor; no había duda. No era extraño que con frecuencia dieran con los restos escondidos de una ardilla o zarigüeya, incluso de un coyote, y se deleitaran en masticar los huesos secos o los pellejos todavía con pelo. Los impulsos católicos, oxidados pero vivos, hicieron que Marcela se persignara sin pensarlo. Miró alrededor, asustada. Luego se calmó: «qué tonta eres, como si el asesino pudiera estar cerca todavía». Como si el estado de descomposición no estuviera tan avanzado. ¿Qué iba a hacer quien lo mató? ¿Meterse en una tienda de campaña al calor de una fogata y esperar durante días para ver quién se topaba con el muerto primero? «Boba», pensó, «no eres más que una boba irredenta».
Caminó de regreso, preguntándose si alguna vez olvidaría aquel hallazgo. Parecía descabellado, ¿quién olvida un cadáver?, pero tampoco se sorprendería si así sucediera. De hecho, lo más alarmante y deprimente de estos últimos años de su vida había sido descubrir su capacidad para olvidar. No recordar cada instante de su matrimonio era algo que agradecía. Quizás el día de la boda era lo único que valía la pena guardar en la memoria: el vestido español y magnífico; las flores perfectas; el cuarteto de cuerdas en la iglesia; la ilusión de toda una vida; las miradas de envidia de las amigas, las reales y las encubiertas. Si supieran. Si pudieran verla ahora.
A Marcela lo que le angustiaba era perder esos pequeños eventos que le daban sentido a su vida: los buenos libros, los momentos de la niñez en los que la felicidad era tangible en algo tan simple como un perro de peluche o mirar el rostro de mamá diciéndole con los labios «te quiero» mientras guisaba en la estufa su comida favorita. Si perdía todo eso, ¿qué le quedaría? Ni siquiera un hogar donde pudiera almacenar recuerdos en forma de tiliches. La casa que construyeron juntos tras casarse por el civil le pertenecía al exmarido y terminó siéndolo en la práctica gracias al abogado de colmillos de jabalí que él había contratado. A ella no le quedó más que moverse de casa en casa, como un cangrejo ermitaño que habita las conchas vacías de otras criaturas del mar. Se sentía perpetuamente descolocada al no tener un lugar propio. A sus cuarenta y pico, con la menopausia y la soledad acechando en cada esquina, había encontrado refugio en esos largos paseos por la sierra con sus perros.
No es que haya sido una decisión hecha en completa libertad, pero al final las cosas se habían reacomodado para bien. Marcela tenía un vecino, perpetuamente iracundo, que odiaba a los perros, no sólo a los de ella, sino a cualquier can, fuese de casa o callejero, estuviera cerca o lejos, fuera ladrador o callado: el hombre detestaba la existencia misma de los Canis familiaris. El tipo, un cabeza de huevo, panzón y con piernas de palito, no tenía empacho en anunciar a los cuatro vientos que iba a liquidar a cualquier perro que se encontrara en su camino. Lo normal hubiera sido tirar de loco a alguien así, pero el día en que decenas de perros aparecieron envenenados en las calles aledañas a las suyas, tanto perros callejeros como los que vivían dentro de las cocheras, Marcela mantuvo a María de las Habichuelas y Fauda Bureka, sus dos sabuesos, bien guardados dentro de la casa, por temor a que el asesino les lanzara algún alimento envenenado. Aterrada ante la posibilidad de perderlos, había desistido de pasear a sus perras con correa por las calles de su colonia, y había comenzado a llevarlas en el carro más lejos, primero a una parte, luego a otra, hasta que descubrió la cercanía y las bondades de la sierra.
Ahora bastaba con subir a los animales al vehículo para, en diez minutos, encontrarse sobre la carretera. Luego de un rato, con la estación de radio sintonizada en Oldies but Goodies y vericueteando detrás de tráileres cargados de troncos gigantes, llegaba a este paraje entre pueblos, lejos de los puestos de gorditas, mezcal, sombreros y artesanías de alacrán. En un golpe de suerte, Marcela había encontrado una brecha que la conducía a un lugar sacado de los cuentos de hadas. El olor de los pinos, agujas, piñas secas en el suelo, la frescura del aire, la ilusión de estar lejos de todo, a pesar de que a unos doscientos metros corriera la carretera con su tráfico mortal, le parecía la perfección.
Pero, ahora, alguien le había arruinado su paraíso personal. Tuvo ganas de olvidar el cadáver: sin ser ninguna experta forense, le quedaba claro que aquel desdichado ser no había tenido una muerte natural ni pacífica. Una visión así tiende a quedarse en uno incluso más que los detalles de una buena novela, por excelente que sea. Marcela no logró impedir que María de las Habichuelas se embarrara el lomo con el cuerpo putrefacto, pero al menos Fauda Bureka sí se salvaría de un baño porque pudo jalarla a tiempo. Nerviosa, como si ella hubiera tenido algo que ver con aquel asesinato, se apresuró para subir a las perras al carro y manejó hasta la casa, intentando no pensar ni vomitar con aquel hedor que, estaba segura, quedaría adherido a los asientos.
¿Qué se hacía en esos casos?, se preguntó más tarde, ya bañada y con una taza de té de jengibre en la mano. ¿No era ella la que decía que el mundo está como está por la pasividad y la indiferencia de la sociedad? Marcela había visto a un hombre muerto a quien alguna familia echaría de menos y habría de vivir por siempre con la incertidumbre en cuanto a lo que le pasó. Peor aún, la muerte no parecía natural. Entonces se trataba de un caso de homicidio que podría quedar impune si Marcela decidía seguir con su vida como si no hubiera visto nada. En este país rara vez se impartía la justicia y eso no estaba en sus manos. En cambio, avisar sobre el cadáver… A medianoche, con el insomnio y la gastritis desatados, marcó el número de emergencias y contó lo que había visto aquella mañana.
Al día siguiente, Marcela intentó tomar una ruta distinta para el paseo perruno, pero al final no pudo resistirse y caminó hasta el lugar. No es que fuera tan buena para orientarse, pero las perras la guiaron sin problema. Para su sorpresa, sólo quedaba el hedor, una mancha oscura sobre la hojarasca y un líquido pútrido que se quedó a dar fe de algo que ya no existía. ¿Dónde estaba el cuerpo? Tomó un palito y removió la viscosidad en el suelo. Reflexionó con tristeza: un día hay algo, los residuos de un acto de violencia, que pudiera ser en defensa propia o por pura maldad y, en veinticuatro horas, desaparecer. Así como así, la historia más cruenta borrada en un instante. Marcela subió a los animales al carro y manejó con una desazón distinta a la del día anterior. De vuelta en la ciudad y antes de volver a casa, se detuvo en un quiosco cerca de la catedral para comprar los periódicos locales en busca de alguna mención. Luego, en la barra de la cocina y frente a una taza de café, la encontró en un diario de formato pequeño y amplio amarillismo: «Señora con sabuesos encuentra muerto mutilado en la sierra; probable ajuste de cuentas entre narcomenudistas». En muchas palabras, la nota explicaba que la policía no tenía idea de lo sucedido y mucho menos alguna pista para dar con el responsable. Trató de no ofenderse por el apelativo de señora, que, aunque debería considerarse de respeto, sonaba más bien a evidencia de su inminente vejez.

*

No es que Marcela hubiera olvidado lo que vio; jamás lo haría. Sólo no esperaba encontrar otro. ¿Cuáles eran las probabilidades de algo así? Con seguridad algún experto de un instituto especializado en Estados Unidos tenía las estadísticas indicadas para responder a su pregunta, pero no cabía duda de que serían muy bajas. Contra todo pronóstico, exactamente un mes después del primer hallazgo, Marcela se topó con un segundo cadáver. Estaba en el mismo sitio, con heridas similares al otro, incluso en una posición parecida, como si alguien los hubiera puesto a dormir bocarriba con delicadeza. La gran diferencia era que el primero había sido un tipo con amplio sobrepeso, y éste, el cuerpo de una mujer joven que lucía un poco más fresco que el otro.
Esta vez ya no se persignó, pero sí inspeccionó los alrededores. «Tonta», pensó más tarde en casa: «¿qué hubieras hecho si te lo encontrabas?». Porque no le quedaba duda de que se trataba de un hombre, y que era el mismo en ambos asesinatos. Son los hombres los que matan, los que violan, los que torturan. Casi siempre. La gran mayoría de las veces. Son los hombres a quienes hay que tenerles miedo. En ese instante, sin embargo, Marcela no tuvo miedo de encontrarse con el asesino, sino de que alguien la confundiera con éste. En ese punto de su vida, lo último que necesitaba era una acusación falsa sobre algo tan serio como dos homicidios.
Decidió entonces regresar, aunque faltaban aún veinte minutos para completar la hora del paseo habitual. Iban rumbo al carro cuando María de las Habichuelas y Fauda Bureka se detuvieron a oler con compulsión un árbol. Ella reparó en aquel tronco pelado; no era un árbol viejo que se estaba descascarando por efecto del clima y del tiempo, sino un árbol pelado por la voluntad y precisión de una navaja. «Voluntad de estilo», solía decir su maestra de literatura sobre los autores. Y allí, grabado en la carne tierna del pobre pino, había dos rayas verticales y paralelas. Sólo dos rayas. Claro, cualquiera las podría haber hecho, aunque había dos personas muertas… Sí, aquello debía ser una mera coincidencia. ¿Por qué si sólo era eso, Marcela sintió un escalofrío que le recorrió la espalda? Por un segundo se sintió observada y, aunque estaba lejos de considerarse en forma, podría jurar que regresó corriendo hasta su carro en un tiempo digno de las olimpiadas.
Por supuesto que no llamó a la policía para avisar del segundo cadáver. Tonta no era. O no tanto. Una cosa era reportar un cuerpo que apareció mientras caminaba inocentemente con sus perras y algo muy distinto era encontrarse uno más, así como así. Ni el más estúpido de los asesinos seriales cometería ese error. No era normal que justo aquello le hubiera sucedido a Marcela, claro que no. Pero los demás no lo verían de otra manera. Por eso en los días que siguieron tomó rutas distintas al inicio de la caminata, pero al regreso no podía resistirse a la idea de pasar por lo que terminó llamando «el lugar», así en comillas en su propia mente… Lo hizo tantas veces que estaba segura de que podría llegar allí con los ojos cerrados o durante la noche. Los senderos en la tierra estaban bien trazados por otros pies que durante años habían pasado por ese tramo. De ahí que no le extrañó que alguien más terminara reportando a la mujer muerta y que la noticia del hallazgo saliera en el periódico local al día siguiente.
Quizá porque era una mujer fue la gran noticia en la ciudad: «Encuentran el cuerpo torturado de una damisela en el mismo lugar de otro asesinato. Se desconoce si hay relación». Un par de días después, una pequeña nota informaba que los estudios forenses apuntaban a que ambos cadáveres tenían una diferencia exacta de un mes, a juzgar por el grado de descomposición. Marcela tenía el periódico abierto sobre la mesa de la cocina y tras leer lo último, levantó la mirada hacia el calendario de la pared, que mostraba la foto de unas ovejas tupidas de lana en una campiña de Nueva Zelanda. Se mordió los labios: si ella había encontrado el cadáver fresco de la mujer el 30 de mayo y junio estaba a punto de terminar. ¿Sería posible…?

*

El número tres estaba a cuatro kilómetros de los otros dos, por una de las rutas que Marcela usaba justo para evitar pasar por allí. En esta ocasión se trataba de un hombre joven sin camisa; su piel era un catálogo viviente, bueno, más bien un catálogo muerto, de todos los errores que se pueden cometer con tinta, dinero y poco juicio. No parecía podrido por completo, pero ya empezaba a oler. Miró a su alrededor, como ya se le había hecho costumbre. Por suerte, esta vez también estaba sola. Se acuclilló ante el hombre muerto, sus dos rodillas tronando penosamente. Las perras ya lo estaban olisqueando: ella extendió la mano para tocarlo. Se sentía apenas frío, como lo estaría una lata de aluminio bajo la sombra. La disonancia cognitiva que resultó al posar sus dedos sobre algo que lucía como un brazo humano, con piel, pero sin el río tibio de vida que fluye por debajo, le resultó perturbadora.
Marcela se puso de pie: ahora tendría que revisar el tronco del árbol. Tardó poco más de una hora, pero lo encontró al fin. Le llamó la atención un círculo de piedras en el suelo con los residuos de una fogata, un par de botellas de vidrio ambarino y unos huesos que María de las Habichuelas y Fauda Bureka se apresuraron a roer. Pensó en el asesino. Sí, tenía que ser un hombre. Lo imaginó con el cuerpo cansado, los músculos satisfechos de trabajar, porque matar a alguien sin duda era algo que suponía un duro esfuerzo. Lo pudo visualizar asando carne sobre el fuego, bebiéndose dos cervezas y, finalmente, levantándose para marcar el tronco con una línea más. Porque sí, ahora había tres líneas. Y Marcela no necesitaba ser detective forense de una teleserie norteamericana para adivinar que en un mes habría otro cadáver y su respectiva muesca en el árbol.
Se sentó arriba de una de las piedras y se mordió las uñas, como cuando pensaba con intensidad o estaba ansiosa. Las tres personas asesinadas no se apegaban a un perfil definido de víctima: distintos sexos, edades diferentes. Sólo coincidían en el sitio donde sus cuerpos fueron desechados. Marcela regresó al carro con sus sabuesos. Sacó una libreta y un bolígrafo de la guantera, y escribió:
No sé cómo los elijas; quizá se lo buscaron. Yo creo que hay gente que no merece vivir. Sé que esto debe sonar a que soy un monstruo, pero así es. Tengo un vecino, por ejemplo, que ha envenenado a muchos perros callejeros y también a los perros de otros vecinos sólo porque sí, porque odia los ladridos y las cacas en la calle. Como si la calle no estuviera llena de basura que tiran los humanos también; o como si no fuera la culpa de los dueños; o como si los pobres callejeros pudieran recoger su propia mierda. Estoy segura de que fue él.
Varias veces nos había amenazado con matar a nuestras mascotas, y un día lo cumplió. No te lo podrías imaginar: decenas de perros agonizando en el suelo, el hocico espumeante de dolor y gemidos. Lo denuncié, pero en el Ministerio Público se rieron de mí y no hicieron nada, como pasa siempre en este país, ya lo sé. El mataperros se llama Marco del Huerto y ésta es su dirección…

Marcela pensó en firmar con sus iniciales, pero decidió que era una mala idea. Sólo puso una M cursiva en la parte inferior. Volvió al tronco y atoró la nota en la corteza. Se aseguró de que no fuera a caerse, y luego se alejó con la misma emoción con la que de niña tocaba los timbres de las casas y se echaba a correr con su mejor amiga, muriéndose de la risa.
Fue difícil pasar el resto del mes: todos los días en el paseo perruno peinaba la zona de los tres cadáveres, sin encontrar nada fuera de lugar. «Era normal», pensó, «el asesino llevaba un calendario riguroso y, por alguna razón, una corazonada, tal vez». Marcela estaba segura de que no mataría antes de tiempo. Y así, los días se arrastraban con lentitud. Durante esas semanas, vio muchas películas, leyó varios libros, practicó yoga y se vio con varias amigas para tomar café. Hiciera lo que hiciera los días transcurrían con la parsimonia de una oruga, pero como decía su abuelo José, a cada toro le llega su san Fermín y el día llegó por fin vestido de un sábado lleno de sol.
Contra todas sus expectativas, esa mañana no encontró ningún cadáver durante el paseo. El alma se le fue a los pies. Marcela se preguntó en qué se había convertido. ¿Qué persona normal espera con ansias un asesinato? Era un juego, se consoló. No había prueba real de que las marcas en el árbol hubieran sido hechas por el mismo asesino. Bien podría tratarse de un puberto idiota que estuviera contando el número de chicas que se había llevado a la cama. Es más, ni siquiera podía saberse si los tres homicidios eran obra del mismo hombre, o de varios. Sucedía además que la sierra era un lugar conveniente para disponer de un cuerpo, en particular para los miembros del crimen organizado. Y en el hipotético caso de que efectivamente existiera un asesino serial que llevara sus cuentas en un tronco, no había garantía de que leyera la nota, o de que fuera a hacerle caso a la sugerencia de Marcela. Volvió a casa, se bañó y, aunque era temprano, se bebió una botella entera de vino tinto frente a la televisión hasta que se quedó dormida.

*

El cuarto cadáver apareció en la zona desértica del estado, muy lejos de la sierra y de los territorios muy familiares ahora para Marcela. Vio la noticia en la portada del periódico amarillista: «Encuentran al excéntrico poeta Marco Antonio del Huerto a la entrada del albergue para perros Huellitas de Amor. Su cuerpo mostraba signos de tortura». La distancia geográfica del nuevo hallazgo con respecto a los demás hizo que la policía estuviera segura de que no había relación alguna entre los cuatro asesinatos. Pero cuando Marcela acudió al día siguiente al árbol de las marcas, no sólo se encontró con cuatro líneas verticales, sino con una nota escrita en perfecta caligrafía:
Hecho está. ¿Alguna otra complacencia?
Escondió la nota en el espacio entre sus pechos, como las señoras que se guardan el monedero en el sostén, y se alejó del árbol lo más que pudo. Terminó el paseo sin saber de dónde sacó las fuerzas, y cuando tomó el volante y encendió el carro, notó que sus manos le temblaban. No sabía si era por el miedo o por la emoción. Ya de vuelta en su casa, volvió a leer la notita y la puso entre las páginas de The Tommyknockers, un libro de bolsillo en pésimas condiciones que compró de segunda o quinta mano en un bazar. Pasó el resto de la tarde considerando poner otro papelito en el árbol. Se acordó del Camarón, el maestro de deportes en la secundaria. Le decían así por el color de su piel: un hombre blanco que pasaba gran parte de su vida bajo el sol y tan macho que pensaba que el protector solar o las gorras eran para los débiles.
Marcela se recostó sobre el sofá frente a la televisión y cerró los ojos. Hacía tanto de aquellos años de la secundaria: con la falda del uniforme arremangada en la cintura y las calcetas enrolladas en los tobillos, como si los muslos y las pantorrillas le fueran a cambiar la vida. Y muchas veces así era, un cambio, sí, muy radical, pero no el que una se imagina a los catorce o a los quince. «Qué cruel que la gente se refiera a esta etapa como la edad de las ilusiones», pensó reacomodándose porque le dolía la espalda. Qué ciego y qué poderoso era el impulso de las hormonas. Cada año había al menos un embarazo entre sus compañeras, y la chica en cuestión dejaba de asistir a clases una vez que se hacía evidente su estado.
Aunque ellas en sus fantasías quisieran atraer a un chico guapo como los de las boy bands, las piernas de las niñas entrando a la pubertad funcionan como la sangre en el agua con los tiburones alrededor y, en aquel colegio de monjas para niñas de clase media baja, el Camarón era el escualo alfa sólo por ser el único hombre en el colegio, a menos que uno contara al intendente, un viejo taciturno que era casi como un fantasma. Durante los recreos, el Camarón cuidaba a las niñas y a las adolescentes mientras jugaban; su cara adoptaba un gesto que Marcela no entendía entonces, pero que más tarde asociaría con la lascivia de los pedófilos, el raboverdismo de los machos de la especie humana. En clase de deportes parecía obligatorio que él les rozara las nalgas o los pechos incipientes por error o, bien, que las tocara de manera abierta tratando de demostrar una posición de vóleibol o atletismo. ¿Y cómo sabía una niña que aquello no era normal, que no lo hacían todos los maestros de deporte tratando de mostrarles a sus alumnos cómo se hacían las cosas? «Los finales de los ochenta, qué tiempos», pensó y recordó cómo las alumnas más grandes sabían que por temporadas el Camarón tenía la costumbre de adoptar a una estudiante favorita a la que invitaba a su cubículo para que le ayudara a ordenar sus cosas. El cubículo: el nombre dignificado de un almacén diminuto en donde se guardaba la red para el vóleibol, conos anaranjados para la clase de atletismo, los balones para todas las disciplinas y donde el maestro de deportes tenía un escritorio, una silla vieja y los desechos de las oficinas administrativas.
Marcela había sido una de esas favoritas. Evocó al Camarón acercándose a ella, el miembro turgente y más que visible debajo de los pants, como un parásito de película de terror. Se estremeció al recordar y se levantó para caminar por la casa, como si cada paso pudiese exorcizar el asco y el terror de esas imágenes. Jamás se le ocurrió contarles lo que pasaba a su madre o a las monjas. Sentía culpa, vergüenza y le aterraba la posibilidad de que nadie le creyera. A pesar de que se trataba de un secreto a voces entre las estudiantes, todas lo tomaban con la resignación de las vacas que cruzan un río infestado de pirañas a sabiendas de que alguna será sacrificada para que el resto del rebaño pueda pasar.
Después de un rato, se decidió a escribir la nota con el nombre completo de aquel maestro de deportes, aclarando que no sabía si aún seguía vivo. Decía que la historia era muy larga para resumirla en una pequeña hoja de papel, que más bien era tema para una larga conversación de café, pero bastaba con saber que al tipo le gustaba tocar a las niñas. Al día siguiente llevó una engrapadora al paseo perruno y pegó la nota en el árbol. Besó las yemas de sus dos dedos y luego los posó sobre el papel, como un judío con la mezuzá. Terminó la caminata con ligereza en los pies y anticipación en el alma.
El resto del mes se le antojó eterno. ¿Cómo harían para no desesperar aquellas mujeres en tiempos de guerra, que mandaban cartas de un continente a otro y debían esperar pacientes por una respuesta que podía tomar semanas? Marcela se dedicó a hacer ejercicio, a pasear a las perras y a revisar todos los diarios de punta a punta, aunque estaba segura de que los muertos del Hombre del Árbol eran tan especiales que ella podría distinguirlos del resto de los decesos reportados en las noticias. Tenía la certeza de que no aparecería un nuevo cadáver hasta que transcurriera el mes; mientras tanto, tuvo que ver apuñalados en crímenes de pasión, muertos en accidentes automovilísticos, ataques cardíacos fulminantes a mitad de la calle, suicidios diversos y niños ahogados por meterse a nadar a la presa.
El mismo día en que se cumpliría el mes, un par de monjas jóvenes que salieron a barrer las banquetas del colegio a las seis de la mañana se encontraron con el cuerpo bastante maltratado de un hombre que había trabajado como maestro de deportes allí mismo unos treinta años atrás. Desde luego no podían saber aquello cuando lo vieron y se alejaron gritando con las escobas en alto. Lo que vieron fue el cuerpo sin vida de un viejo de piel rojiza y arrugada, con la cartera intacta, con dinero y credencial para votar, de modo que la policía no tuvo problemas para identificarlo. La nota en el periódico provocó que Marcela soltara la taza del café e hiciera un desastre en la cocina. Las perras se escondieron debajo de la cama. Una parte de ella esperaba que esto fuera a pasar, pero otra lo dudaba, e incluso tenía miedo de que en verdad sucediera. Aquello se sentía como hacerte amiga de un genio que cumplía deseos. Bueno, no todos, sólo los de venganza y muerte.
Ese hombre que la hacía de genio era un asesino y de manera indirecta ella se había convertido en una asesina también. No, en algo peor; ahora era como esos políticos que mandan a los soldados —no olvidemos que los soldados siempre son los hijos de alguien— a morir en el frente o, bien, a llevar la muerte de otros sobre sus conciencias. Sísifos para la eternidad, quedar mutilados o traumatizados hasta el último de sus días, si es que llegaban a salir vivos del combate, mientras ellos, los políticos y sus familias, permanecían seguros y ajenos a la masacre que sus ideologías y ambiciones provocaban. Así Marcela, deseándole la muerte a alguien, pero sin ensuciarse las manos. Una Lady Macbeth cualquiera.
Tuvo entonces el impulso infantil —y severamente católico— de correr a confesarlo todo a un sacerdote y no volver a pasear a sus perras nunca más por la sierra. Pero, al final, le ganó la curiosidad gatuna de consultar el tronco y la madera no la desilusionó: ahora mostraba una quinta raya atravesando las otras cuatro de forma diagonal. Había una nota pegada con una tachuela: «Servida, señorita. El Camarón tenía muchas fotos en su casa. Fue en verdad satisfactorio arrancar esa maleza. Nunca es demasiado tarde. ¿Algún otro pedido?».
Una idea fulgurosa atravesó el cerebro de Marcela: no había nadie que se mereciera más la muerte que el sátrapa que gobernaba el país desde un palacio virreinal. Tantas muertes, tantos asesinatos, tanto sufrimiento humano evitable, tanta pobreza por su causa. El cinismo de su sonrisa burlona, esa voz que le causaba náuseas y un malestar físico general. Todas las mentiras, acusaciones infundadas contra sus enemigos políticos; la forma en la que usaba el poder completo del Estado en contra de sus críticos; la militarización; su franca colusión con el crimen organizado y la devastación de la economía e instituciones democráticas. ¿Sería mucho pedir para ese buen samaritano que arrancaba las malezas humanas? Esta petición ya era palabras mayores. El objetivo no era una simple plaga de jardín: era un trífido rabioso de poder y maldad.
Marcela sacó su bloc de notas, mordió la punta del bolígrafo, y ensayó en su mente la mejor redacción para su propuesta. Sería la última. Si la cumplía, el mundo sería un mejor lugar para varios millones de personas. Con letra perfecta escribió el nombre del dictador y agregó al final: «Después de esto, te invito a un café, te invito al cine, te invito a mi casa, te invito a donde tú quieras».
Al colocar el papel sobre la corteza y sujetarlo con una tachuela, notó que estaba naciendo una ramita tierna y verde, en el mismo sitio en donde acostumbraban a dejarse los mensajes. Marcela respiró el aire de los pinos y se sintió rejuvenecida, audaz. Quizá no estaría tan mal si olvidaba una parte de su pasado: aún había tiempo de forjar nuevos recuerdos.

Valeria Luiselli - "Fictio legis"

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Novelista, cuentista y ensayista mexicana.
El cuento fue publicado en la antología realizada por Daniel Saldaña "Un nuevo modo. Antología de narrativa mexicana actual" de 2012.


El jurista romano Modestino describe el matrimonio como la unión eterna entre varón y hembra, fincado en la ley divina y humana. Fastuosas dádivas de la familia de la hembra acompañan obligatoriamente el festejo de la alianza. Sin embargo, según la ley promulgada por César Augusto, si la hembra se enlazara con un eunuco, la familia de ésta queda exenta de la gravosa dote. En la opinión del padre de la mujer de Tachi, el varón que usurpó la divina joya de su corona era precisamente un eunuco. En sus propias palabras: Un pinche mayate. Pero en realidad Tachi es nomás pálido, bajo de estatura, y un poco melancólico.
Lo veo entrar al avión y noto con cierta ansiedad la i griega de una vena azul -que brota-generosa de sangre aristocrática a lo largo de su cuello traslúcido, cuando con mucho y vano esfuerzo trata de elevar su mochila para depositarla en el compartimiento superior de “la nave”, en lenguaje aeronáutico, o “arribita”, a decir de su mujer, que a su vez tiene que entrar al quite y ayudar con los bártulos: Tachi, ¿por qué siempre te traes tantos chunches?
La pareja se sienta directamente detrás de nosotros. Chascan -casi simultáneas-las cuatro hebillas metálicas. Chasca una quinta hebilla de un pasajero sentado en el asiento opuesto al de ella, del otro lado del pasillo.
Apenas pasa por última vez la aeromoza -una sevillana autoritaria, un poco pasada de peso y definitivamente demasiado madura de edad para usar frenos con ligas rosas-me desabrocho el cinturón y me echo encima la cobijita.
¿En México se le dice frazada a la cobijita esta? -le pregunto a mi marido.
Se le dice cobijita de avión -responde.
La azafata sevillana anuncia la inminente salida del vuelo. Serán 11 horas con 55 minutos de viaje -está estrictamente prohibido fumar incluso, o sobre todo, en los baños-debemos apagar de inmediato nuestros aparatos electrónicos.
Antes de apagar mi teléfono, entro al Instagram. Los hipsters en el Distrito Federal leen a Allen Ginsberg en ediciones que compraron de segunda mano en Brooklyn, dicen roommates en vez de “compañeros de piso”, tienen luz del verano de 1968 un mundo perpetuado, congelado, convertido en App. Y ya nadie sabe dónde queda afuera y dónde adentro.
El avión avanza pesadamente sobre la pista.
Tachi había tenido un momento de gloria, aprendemos a la hora cero del vuelo, cuando empieza el video pedagógico sobre posibles desastres. A los veintitrés años trabajó durante seis meses en una cabina de radio. Las salidas de emergencia están a ambos lados: derecha, izquierda. No tanto en la cabina de radio como cerca de ella -más afuera que adentro-en “respaldo y producción”, para ser precisos. Es importante colocarle a los niños la máscara de oxígeno después y nunca antes de colocársela uno mismo. Pero en cierta ocasión había entrevistado a un político. No había sido realmente una entrevista - pero casi-asegura Tachi. Sigue el dibujo animado de las resbaladillas amarillas inflables, que siempre han despertado en mí las ganas de que ocurra un desastre imprevisto durante el viaje -un acuatizaje con final feliz. Tachi le había expresado su admiración y el político le había tocado -a cambio-el filo del hombro izquierdo. Este mismo político había sido delegado, diputado, secretario de estado, gobernador de un estado importante y casi-casi candidato presidencial. No se acordaba ahora en cuál estado había sido regente, pero creía -estaba casi seguro-de que era un estado muy próspero, hasta bonito, e importante. Su esposa estuvo de acuerdo, pero tampoco se acordaba del nombre del político y mucho menos del nombre del estado. Se nos desea un feliz viaje.
¿De qué político hablará? -me pregunta al oído mi marido, que entrelee un periódico español en el asiento junto al mío.
No sé -le digo-tal vez de Hank González.
Pobre España -suspira-pasando la página -está casi peor que México.
¿Estás seguro de que no se le dice “frazada”? -vuelvo a insistirle.
En México se le dice “cobijita de avión”.
Me vuelvo a abrochar el cinturón debajo de la cobijita -no vaya a ser que la sevillana vuelva a pasar y me amoneste.
No es que importara el nombre del estado ni el del político, pues quien escucha el relato de Tachi es Hans, un pasajero de unos sesenta y tantos años -juzgando por la aspereza y el aplomo de su voz-que va sentado del otro lado del pasillo, en el primer asiento de la terrible fila de en medio. En esa fila uno no se debería nunca de sentar: si el avión choca y viajas en esa fila es muerte segura; mueres aplastado por los compartimentos superiores abarrotados de chunches -todos lo saben.
Tachi en ventanilla, su mujer a un lado, luego el pasillo, y después un pasajero llamado Hans. Nosotros dos -yo pasillo, él ventana-en los asientos directamente enfrente de la pareja.
Hans confiesa que a él no le interesa el nombre del político en cuestión, pues la política le parece vulgar y procura desde hace unos años no leer los periódicos. Ella está de acuerdo. Pero Hans admite que el actor que nos indica cómo abrocharnos el cinturón podría ser un político priista. Del viejo PRI -precisa Hans-el buen PRI: hombres firmes con cejas pobladas a la española, cejas a la Presidente López Portillo, cejas a la Presidente López Mateos; pero no a la Presidente Enrique Peña Nieto, que no tiene cejas ni Proyecto de Nación. Eso dice Hans, que por poco tiene sentido del humor.
El avión gira pesadamente sobre la coda de la pista -acelera-y como si no pesara -le doy la mano a mi marido-se eleva.
Se presentan formalmente a la hora 0.07: Tachi y Pau. Hans se presenta como suecomexicano, de modo que la impresión tanto de mi marido como mía es que es definitivamente mexicano. La pregunta obligatoria debía haber sido por qué -cómo-era que Tachi se llamaba Tachi. Pero era una pregunta difícil de formular para el suecomexicano, que cada vez mostraba menos interés en Tachi y más en Pau. Mi marido se voltea para decirme:
Así le dicen a los taxis en Barcelona: Tachi.
Me río, le digo que está mal burlarse en estas épocas de los pobres españoles, pero me para en seco:
Es estrictamente cierto, no es broma, así les dicen.
La aeromoza se disculpa en nombre de la aerolínea con los pasajeros del vuelo 401: No sirve nuestro sistema de entretenimiento -repito otra vez, repito-no sirve nuestro sistema de entretenimiento. Sin embargo, nos dice, los pasajeros podrán hacer uso del mapa sincronizado que detallará las actividades del vuelo. Después repite lo mismo -pero en inglés.
A la hora 3.04: Pollo o pasta. Pollo o pasta a las 11.14 AM, hora de España. Altura: 10,400 metros.
Ulpiano precisa que hay una diferencia notable entre los eunucos que han sido castrados y los que nacen sin órganos reproductivos. En el primer caso, la ley se sostiene: la familia de la hembra está exenta de la dote. En el segundo, sin embargo, no. El eunuco de nacimiento tiene un derecho irrevocable a la dote.
El caso -como nos enteramos más tarde por un comentario de la mujer de Tachi, que a las 12.47 PM hora de España, hora 4.37 de vuelo, está bebiendo su tercera copa plástica de vino-era que él y ella se acababan de casar, y que el papá de ella no les había regalado nada, ni siquiera una ayuda para montar la casa conyugal. Tenían un departamento en la calle Platón, casi esquina con Ejército Nacional. Y ahora, en parte por culpa del padre, estaban pasando aceite y escatimando en detalles importantes de las reformas de la casa. No hace falta repetir las palabras exactas que usó la mujer de Tachi para decir apenas eso: escatimar. Por esa razón no sabían qué hacer con la cocina. Ahí, el motivo del viaje a España. Hora 4.55. Ella quería una cocina prediseñada, para ahorrar un poco, pero él, Tachi, prefería una cocina hecha a la medida de las necesidades de la futura familia. Por eso habían viajado a España: había IKEA y ella quería “conocer a las cocinas en persona”. También, porque tenían millas y tenían amigos en Madrid.
El suecomexicano, que confiesa no haber terminado ninguna licenciatura, es, decididamente, un experto en historia del diseño. La primera cocina prediseñada, le dice en complicidad a la esposa de Tachi, fue inventada por una mujer brillante: Margarete Schütte-Lihotzky. Juzgando por cómo pronuncia aquél nombre, es claro que Hans habla bien el alemán. Mi marido me mira con un puchero y los ojos entornados hacia arriba –yo le pellizco el hombro, acusando recibo de ese gesto que conozco tan bien y que significa: No me podría valer más madres. A ella, a la mujer de Tachi, sin embargo, le interesa mucho Margarete Schütte-Lihotzky. Pide más información. Su compañero de fila se la entrega -en torrentes-de un lado del pasillo al otro.
Hans y ella -hora 5.14, hora 5.42 del vuelo.
Bajo la persiana de plástico, estirando el brazo a través del espacio que ocupa el cuerpo de mi marido. La luz resplandeciente del Atlántico subraya el contorno arqueado de la ventana. Una punzada en el ojo derecho me advierte que esa luz es la que me dispara las migrañas. Trato de cerrar los ojos. Mi marido lee –dormita frente al periódico– y Tachi lee también.
Hans le pregunta a Tachi qué lee. Es una novela de acción -dice Tachi-sobre la situación de México. Eso dice: Una novela de acción sobre la actualidad de México. Supongo que en el fondo Tachi tiene algo razón. Las únicas novelas de la actualidad en México son de acción.
Hans, que también es experto en literatura, compara eso que dice Tachi con la obra de Kertész y la obligación de no quedarse callado frente al horror, luego habla del Horror Horror de Conrad. Después, de Dostoievski, Beckett y luego, incluso, de Platón -que por cierto es la calle en donde ella vive-dice Hans, condescendiente.
Ella sabe muy bien quién es Platón: A mí me gustan todos los escritores y filósofos, pero sobre todo Platón. Eso declara. Me gusta sobre todo Platón -alarga la o con esa afectación única de las niñas-bien mexicanas.
Hans nombra y se sabe muchos nombres. Le parece muy bien que los escritores mexicanos, todos, hablen del horror. Es nuestro horror, declara Hans. Es nuestro deber hablar de él con los instrumentos que tenemos. Eso cree Hans. La mujer de Tachi, presumiblemente, asiente y alza las cejas. Pero ninguno de los dos opina. En cuanto ella encuentra un hueco en la conversación -salta, aprovecha-y le pregunta a Hans sobre la relación entre las cocinas de Frankfurt y eso del taylorismo. Eso le había interesado mucho y quisiera saber más al respecto. Tal vez puedan contratar a un maestro albañil que les copie el diseño de las cocinas de Margarete Schütte-Lihotzky, con un ligero upgrade.
Trato de memorizar ese nombre imposible: Margarete Schütte-Lihotzky.
Tal vez haya sido así -como las cocinas de Frankfurt-la cocineta original de nuestro departamento rentado, en el último piso de un edificio en la Avenida Revolución. Es un espacio diminuto esa cocina, y un poco oscuro. Tiene una única ventana que abre hacia una T formada por dos calles perpendiculares, muy estrechas, atiborradas de negocios formales e informales. Más -en cantidad-informales que formales. Eso significa que la calle funciona no como un exterior sino como un interior: un mercado eterno, vertiginoso, techado con lonas rosas y azules, los pisos tapizados de chicles, gargajos, semillas, colillas, uñas, pelo, insectos, monedas de diez centavos, vastos archipiélagos de mierda de perro y rata. Originalmente, cuando las calles que bordean el edificio eran de veras calles, el edificio Ermita tenía la particularidad “porosa” -dice así una guía histórica de la ciudad-de abrir el espacio privado hacia el exterior y viceversa. En la planta baja había farmacias, cafés, negocios. El primer edificio entre funcionalista y decó de la ciudad, el primer proyecto de una clase media plenamente moderna y urbana. Teníamos, tuvieron - todos hemos tenido-un proyecto de felicidad. Nos mudamos ahí recién casados -muy jóvenes-porque un amigo nos había dicho que en ese mismo edificio había vivido Tina Modotti, aunque luego supimos que no era cierto, que Modotti había vivido en una casa colonial a unas cuadras de ahí.
¡Hank González!, grita Tachi. Agónica hora 6.57 del vuelo.
La conversación entre su mujer y Hans acaba de abrir una ventana para el intercambio de correos electrónicos y Tachi ha sentido una punzada de rabia o de terror. Apenas registran el aullido de Tachi -¡Hank González! ¡Así se llamaba el político! -y prefieren seguir deletreando sus direcciones electrónicas. La de ella es eternaduermevela@hotmail.com. La de él -tremendas coincidencias de esta vida a decir de ella-es despiertodormido@hotmail.com.
Sí era Hank González, le digo -suave codazo-a mi esposo. Pero está dormido.
También nos mudamos al Ermita porque ahí se abrió el primer cine sonoro de la ciudad y nos gustaba esa idea: vivir encima de una sala de cine. Había un proyecto ahí. No importaba que en realidad ese cine fuera desde hace veinte años sólo para adultos. Es decir, para cincuentones solos. No importaba, era un cine y eso era lo importante. Era un cine integrado al edificio pero separado estructuralmente de él por una caja de acero: una especie de caja de Schrödinger. Es decir, una caja hipotética -porque mientras cocinamos encima de ese cine, cogen escandalosamente como gatos varios actores y actrices todos a la vez. En realidad ni cogen ni cocinamos: ellos se calientan y nosotros recalentamos -pues en la pornografía no hay lugar para el sexo y en nuestra cocina no hay espacio para una estufa. Tenemos eso sí, un buen microondas.
El año pasado, mientras oíamos las aventuras seriadas del Savage Cowboy -un gringo que latiguea mexicanos a cambio de sus Juanitos (así les llama a sus miembros)- inventamos los huevos benedictinos de tópergüer -o tupperware-según se prefiera. Declaradamente, nos gustan, aunque sean con mayonesa y mi marido opine -ahora-que les pongo demasiada mayonesa.
La mujer de Tachi le sugiere a su nuevo compañero de viaje mostrarle los planos de su casa: tal vez a él se le ocurran mejores soluciones que a ellos, que a su marido en particular, debiera decir, pero por supuesto no lo dice. Mi asiento tiembla ligeramente - asidero momentáneo de la mujer, que ahora se levanta para sacar las maletas de arribita para compartir los planos de la casa con el suecomexicano. Le dice que parece sobre todo sueco y sólo un poco mexicano. Dice: pareces más sueco que mexicano. Luego le pide a su marido intercambiar asiento con Hans, pues va a ser engorroso estudiar los planos de la casa de un lado del pasillo al otro -no vayan a molestar a los pasajeros y los vaya a regañar la señorita aeromoza.
Tachi se muestra reticente -nunca viaja en la fila de en medio, alega, y a estas alturas ella lo debe ya saber.
Es por el bien de nuestra casita -argumenta ella, el diminutivo como una daga.
Hans se pasa a la ventana. Ella necesita quedarse en el pasillo porque no soporta imaginar el abismo que se abre detrás de la persiana plástica. A Hans le parece perfecto, porque nada le gusta más que la ventana. De hecho, si lo dejan sentarse ahí el resto del vuelo estaría muy agradecido porque nada lo conmueve más que ver la mancha urbana de la ciudad de México desde el aire, minutos antes del aterrizaje. Es tan -pero tanparecido a aterrizar en el agua. El suecomexicano les comparte un dato que sólo él considera fascinante: el primer mapa de la ciudad de México -todo agua, todo lagunasestá en una biblioteca en Suecia.
Aterrizar en la ciudad de México de noche es como posarse en un manto de estrellas - remata ella, muy muy dueña de sus palabras.
Ulpiano también habló del “derecho del marido”. A éste, si descubre que su mujer ha incurrido en adulterio, se le insta a divorciarse y se le recomienda indiciarla. El único caso problemático es el de la mujer adúltera menor de 12 años, dice el sabio y precavido romano, que por ser menor de edad, bajo la ley, representa una instancia ambigua. Pero ella, la mujer de Tachi, a pesar de su voz como de pajarito ansioso, no personifica en realidad el caso problemático que sugiere Ulpiano.
La primera recomendación de Hans, a la hora 7.00 del vuelo, es un comedor de Charlotte Perriand. Una sala tan amplia requiere un Perriand.
Trato de leer la primera página de la novela de Martin Amis que he elegido para el viaje -como si alguna vez hubiera conseguido leer poco más que dos o tres páginas en los aviones.
Tampoco es que Tachi se esfuerce mucho en salvaguardar el carácter eterno de su unión conyugal a la hora 7.04 del vuelo, hora en la que Hans ya se metió al cuarto matrimonial y está sugiriendo que la ventana sur del dormitorio se amplíe unos cuantos centímetros y que se utilicen ventanas corredizas.
Las primeras líneas de la novela de Amis son hermosas y muy tristes. Hablan de las ciudades -las ciudades de noche-cuando las parejas duermen y algunos hombres - dormidos-lloran y dicen: Nada. Pienso en los dientes de Martin Amis. Miro la boca ligeramente entreabierta de mi marido. Pienso que no sé bien cómo son sus dientes. Hace muchos años tuve una pareja que rechinaba las muelas mientras dormía. El comedor de Perriand es una obra de arte, asegura Hans, mientras lo reproduce en un dibujo. Rechina la punta del lapicero contra el papel -presumiblemente usa para sus dibujos la bolsita para vomitar en caso de turbulencia. Me producía cierta angustia el rechinido insistente de esos dientes en pleno sueño. A veces -incluso, injustificablemente-me enojaba mucho ese sonido: indicaba, me parecía, que ese hombre dormía en el fondo muy lejos de mí. Lo despertaba para preguntarle si se sentía bien. Nada, decía. Tiene razón Amis -dicen: Nada. Cierro la novela. La decisión está tomada: el comedor será un Perriand.
Hora 7.12 del vuelo. Tachi anuncia que va al baño.
Ella no dice nada.
Hans le ofrece a ella una menta -hora 7.13.
Gracias -dice ella.
Tachi camina al baño tal vez para lavarse la cara, tal vez los dientes, tal vez para orinar. Tal vez para llorar. Se va a desabrochar el botón y se va a bajar los pantalones. Así le enseñaron de niño. Tal vez creció rodeado de mujeres que preferían las tazas del baño limpias, sin salpicaduras. Aprendió a mear sentado desde muy niño. Cubre el asiento del baño con dos tiras de papel higiénico y se sienta sobre ellas -los dos muslos cayendo simultáneamente sobre la taza-para prensar el papel contra la superficie, que no se mueva ni un centímetro, no vaya a ser que su piel dé directamente con una gota ajena. Orina empujándose el miembro con los dedos índice, medio y anular hacia atrás. Unas pocas lágrimas nomás -más de coraje que otra cosa.
Mientras Tachi se está lavando las manos, Hans le pregunta a la mujer de Tachi por qué es que la familia desaprueba del joven matrimonio. Ella, por primera vez, se muestra un poco defensiva. Su padre no desaprueba, asegura. Es sólo que Tachi y su padre no están en buenos términos –tanto así que el padre le colgó el teléfono a ella la última vez que hablaron, después de decirle que su marido era un Pinche mayate. Ella confiesa que tuvo que buscar la palabra en la página de la RAE. Las dos definiciones eran: 1. Escarabajo de distintos colores y de vuelo regular; 2. Hombre homosexual. Supo que su padre se refería a la segunda. Pero prefiere ni pensar en eso. Mejor hablar del baño: ¿Tina o regadera?
Ulpiano escribe: “No es la cópula sino el afecto matrimonial el que constituye el matrimonio”.
Hans habla, a la hora 7.25, de sus sobrinos. Él tampoco es padre pero es muy buen tío, le asegura a ella. Los adora. Y también es padrino de una sobrina, hija de su hermana, que vive en Connecticut.
Ella repite: Connecticut.
No sé dónde queda exactamente Connecticut -pienso.
¿Dónde está Connecticut exactamente? -pregunta ella.
Hans dice que no importa, que Connecticut está lo suficientemente cerca de Nueva York. Porque cada vez que va a Connecticut se da su escapada a Nueva York. Tiene amigos ahí, en Brooklyn. Ella y Tachi conocen bien Nueva York, les gusta Times Square. Pero a Tachi no le gusta caminar mucho: se cansa. A ella en cambio le encanta caminar. A Hans también le encanta. De hecho, hizo el camino de Santiago el año pasado. Ella desea hacer eso algún día, pero con Tachi va a estar difícil. Hans asegura que no hay nada mejor que meterse a la cama desnudo después de un buen baño y una copa de vino tras un día entero de caminar por esos paisajes.
Tachi vuelve del baño. Hora 7.29. No se sienta -prefiere caminar un poco a lo largo del pasillo para estirar “mis patitas”.
7.30
7.31
7.32
El emperador Valeriano escribió, a la hora 7.33 del vuelo, en el año 258 después del nacimiento de Jesucristo, que la infamia cubre al hombre que se casa con dos mujeres a la vez. No es el caso de Tachi. Pero conoce la infamia, la palpa en la lengua, entre los dientes, la tiene entre las piernas.
7.34 horas de vuelo -10, 600 metros por encima del nivel del mar -hora en el lugar de destino: 3.23 am.
Levanto el posabrazos y coloco la cabeza en el regazo de mi marido -trato de dormir un poco. Siento, en el lóbulo de la oreja derecha, la costura de su cremallera -y en mi cachete, la leve erección de los dormidos. No lo veo, pero Tachi está parado junto a su asiento, reposando una mano en el respaldo del mío. Habla con su mujer. Ella pregunta cómo está. Bien, dice él, aunque le duelen las piernas. Ella pregunta si el chofer de su papá los recogerá en el aeropuerto. Por supuesto que sí, afirma Tachi, en eso habían quedado desde cuándo. Me tapo con la frazada hasta la frente. Repaso: aquí mi lengua - mi primero segundo y tercer molar - mi cachete - la mezclilla - la carretera metálica del zíper - el estampado a rayas del calzón - la punta tibia de su miembro - el asiento – el alfombrado - las diversas capas de metal - las entrañas de la nave - y luego, 10, 600 metros de vacío entre nosotros y la superficie del mar.
Y la luz blanca -constante-que el avión rasga como una tijera rasga una frazada. Tal vez me duermo un rato.
Para el desayuno -hora 10.41 -hay huevos benedictinos con mucha mayonesa. La azafata sevillana me despierta y yo despierto a mi marido. Me entusiasma la coincidencia. Él no la nota. Me sonríe -bosteza-y se talla los ojos enérgicamente con los talones de las manos. Comemos.
¿Por qué te llamas Tachi?, pregunta Hans -la boca llena de mayonesa -a la hora 10.43: la hora de las preguntas crueles.
¿Quién va a ir por ti al aeropuerto? -me pregunta mi marido.
Voy a tomar un taxi -respondo. ¿Y tú?
Viene por mí un amigo. Si quieres te llamo el domingo y nos ponemos de acuerdo para que no tengas que estar cuando yo vaya por mis cosas el lunes.
Como sea -digo.
Es un apodo, dice Tachi.
¿Pero por qué te lo pusieron? -insiste Hans.
Demasiada mayonesa -interrumpe ella. Ambos están de acuerdo.
Nomás, dice Tachi. Porque me llamo Ignacio y mi hermanita me decía así cuando éramos niños.
Ulpiano indica que tres condiciones se tienen que cumplir para que un matrimonio sea considerado legítimo: previo connubio; el hombre ha llegado a la pubertad y la mujer está en edad de tener relaciones sexuales; hay consentimiento de ambas partes.
Consentimiento de ambas partes.
Hora 11.03. La sevillana y otro azafato recogen las charolas.
Hora 11.17. La sevillana recoge los audífonos, que casi nadie abrió. Yo finjo que perdí los míos -que he guardado en mi bolsillo -por si acaso se ocupan luego.
Hora 11. 22. Inicia el descenso.
Hora 11.30. Tachi no quiere aterrizar sentado en la fila de en medio. Le da miedo, insiste. Hans ofrece cambiar otra vez de lugar. La ciudad amaneció lluviosa y nublada así que la vista aérea no va a ofrecer gran cosa de todos modos.
Hora. 11.45. Tachi y mi marido miran por la ventana en silencio. La ciudad cubierta por una nube espesa, lechosa.
La nave desciende -toca el piso-rebota ligeramente -vuelve a hacer tierra-avanza contra su peso-poco a poco frena -frena-hasta detenerse por completo.

Karina Pacheco Medrano - "Todo es un juego"

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Novelista, ensayista y cuentista peruana. En su obra siempre aparece un componente histórico, antropológico (ella es antropóloga) y político que cuestiona nuestra época, el mundo en que vivimos y el mundo en qué deseamos. Está considerada una de las voces más importantes de la narrativa peruana actual.
Este cuento pertenece al volumen "Lluvia" de 2014 (aunque en todos los sitios que he visto se menciona el libro como de 2018, hay una edición argentina fechada en 2014 y que no hace referencia a ninguna edición anterior).


SSolo teníamos que bajar los cinco peldaños de piedra y el juego comenzaba. Afuera, ellos nos esperaban. Hasta la noche roja, nunca tuvimos que aguardarlos. El pasto seco en invierno crujía como un canto ronco al recibir sus pasos, ese sonido nos guiaba hasta el lugar que hubieran elegido para mostrarse, siempre con trajes coloridos. A veces llegaban vestidos con nuestras ropas y se reían de nuestras caras. Podíamos saltar la soga durante horas, cada vez más rápido, levantando pasto y polvo como si un huracán hubiera despertado. ¿Por qué tanto polvo?, ¿por qué tanto polvo en esta casa?, luego preguntaba madre, pasando el dedo por encima de la mesa, olisqueando nuestras cabezas sudorosas de barro. Cuando sacábamos la pelota, aparecían por montones y nosotros apenas podíamos tocarla. Nos quedábamos boquiabiertos viéndola volar de unas manos a otras con la velocidad de una bala, hasta que el sol se desvanecía, avisándonos que, por ese día, el juego había terminado.
Pero a veces se extendía hasta la noche. Tú, Eleonora, los convocabas con silbidos para que nos contaran las historias de su mundo, que solamente nos ofrecían tras la celosía de nuestra ventana los días en que el frío era fuerte y madre no nos dejaba salir. Ese mundo nos aterrorizaba. Temblábamos al imaginar sus casas subterráneas, donde la única luz es la que se filtra a través de la raíz de los árboles; nos comíamos las uñas cuando hablaban de las profecías de los animales salvajes; nos parecía una pesadilla vivir como huérfanos eternos, sin haber conocido jamás a madres ni padres. Para ellos eso era lo natural y el terror era vivir encerrados en una casa, después en una escuela, y pasarse el día recibiendo órdenes. ¡Ni en mis peores pesadillas!, chillaba el más arrugado.
Estabas por cumplir doce años. ¿Cuál será el juego de mañana?, me preguntaste la noche previa. No podíamos adivinarlo. Madre te levantó temprano, se fue a hablar a solas contigo y de regreso me mostraste su regalo. Un sostén blanco con florecitas rosadas en los tirantes. Lo escondiste bajo el colchón y salimos a jugar. Saltaste la soga con todas tus fuerzas y nos ganaste a todos. Ellos te regalaron un reloj de oro muy antiguo. Le dabas cuerda y marchaba para atrás. Te lo colgaste como un collar, bajo tu blusa, y seguiste saltando. En tu pecho el tiempo también estaría saltando con su cadena de oro. Madre nos llamó a gritos. Sin darnos cuenta, nos habíamos alejado hasta parecer tres puntitos ante sus ojos. En casa, la familia y los vecinos ocupaban la sala, impacientes por cantar el cumpleaños y comerse la torta. Ya eres una mujer, pronunció el abuelo y se comió la cereza del pastel. Pero esa todavía no fue la noche roja.

Yo estaba pintando frutillas en la cabecera de mi cama. Me estaban saliendo muy bonitas. David me ayudaba sosteniendo la pintura. Tú querías verlos y saliste de puntillas, solo cubierta por tu pijama blanco. La puerta empujó un aire frío cuando la cerraste. No va a volver, sentenció nuestro hermanito, dejando a un lado el pote de pintura. No le hice caso, seguí pintando frutillas, muy atenta a que su color saliera intenso.
Por la madrugada regresaste, con el pijama rasgado, con la boca rota, balbuceando. Corrí a buscar a madre. Lo estás inventando, te dijo ella y salió de nuestra habitación enfurecida. Tú esperabas que volviera con la cabeza del monstruo en una pica. Pero volvió con las manos vacías. Él solo te ha dado una paliza, bien merecida por haberte robado el reloj del bisabuelo, afirmó. Insististe. Como si madre no viera los hilos de sangre que bajaban por tus piernas, te dio una bofetada y ordenó que no dijeras embustes. Te llevó a la ducha, con agua fría te bañó, repitiendo que de tanto salir por las noches te habías desbarrancado.
Esa tarde, el abuelo se marchó a vivir nuevamente en la ciudad.
¿Vamos a jugar?, te pedimos David y yo cuando vimos la sombra de sus pasos alejándose. Tú permaneciste estirada sobre la cama, temblando, sin fiebre, mirando el techo. Te dejamos. Con pesar bajamos los cinco peldaños de piedra. Era tiempo de lluvias y fue difícil rastrear sus pasos. Los encontramos sentados al borde del barranco. Eleonora no se ha hecho esas heridas aquí, nos dijeron. Nadie quiso jugar esa tarde. Nos dedicamos a arrojar piedras al abismo, tratando de contar cuántos rebotes daban hasta quedarse quietas. ¿Es cierto lo que contó Eleonora?, les pregunté. Se miraron unos a otros, el más alto no era más grande que David, que recién iba a cumplir seis años. Hicieron revolotear sus manos de seis dedos como si quisieran hechizarnos. Vuestro mundo es de te-te-terror, nos dijo el tartamudo. ¡Ni en mis peores pesadillas viviría allí!, chilló el más viejo.

Padre volvió de la guerra, cansado, callado, pero preguntó muchas veces qué te había pasado. Por la noche salió de casa sonámbula y cayó por el barranco, repitió madre. Una lágrima se deslizó por tu mejilla. Trajeron más médicos. Se habrá golpeado la cabeza, dijo uno. Se habrá asustado con la caída, hay que dar tiempo al tiempo, señaló otro. Ella tenía un reloj de oro que marchaba para atrás, recordó David. Madre lo miró como si estuviera loco. Tú quitaste la vista del techo y también lo miraste. Entonces te pusiste de pie, Eleonora. Voy a estar bien, dijiste.
¿Vamos a jugar?, te preguntamos en cuanto el médico se marchó. Negaste con la cabeza. Te quedaste mirando las frutillas, tan rojas, rojísimas, que yo había pintado en mi cabecera la noche en que te marchaste vestida de blanco y volviste rota.
Tampoco al día siguiente quisiste salir, ni al subsiguiente. A través de la celosía, ellos te deslizaban rosas. Madre dijo que por ese año sería mejor que no fueras a la escuela. En tus viejos cuadernos colocabas los pétalos de aquellas rosas y los guardabas en una caja de zapatos, bajo tu cama. Una tarde sacaste todos los pétalos secos de un cuaderno y los estrujaste con tus dedos. Cubriste tu cabeza con ese polvo carmesí, blanco, anaranjado, perla. ¿Qué haces?, te pregunté. Arrancaste una hoja del cuaderno y escribiste algo con lápiz. Para ti —me dijiste—, pero no lo debes leer hasta que cumplas nueve años. Aún faltaban tres meses. Cerraste la caja. Voy a tomar aire fresco, te escuchamos decir mientras salías. ¡No va a volver!, clamó David y se echó a llorar. Quise seguirte, pero me quedé atrapada en la madera del suelo.
Ellos tampoco volvieron. A veces, cuando de repente el viento levanta un remolino de polvo, el tiempo en el reloj da marcha atrás.

Edmundo Paz Soldán - "La puerta cerrada"

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Novelista, cuentista y ensayista boliviano. Es uno de los autores de la generación McOndo, la generación de escritores hispanoamericanos de la década de 1990 que reaccionaron contra el realismo mágico. Tes Nehuén identifica su literaturacomo como claramente realista, interesada por plasmar las diferencias de clase y las consecuencias de la pobreza en el progreso cultural de los pueblos.
Este cuento pertenece al volumen "Amores imprefectos" de 1998.


Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano agobiador, el cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridores discursos, destacando lo bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó La media vuelta y el bolero favorito de papá. Te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo y yo sé que mi cariño te hace falta y porque quieras o no yo soy tu dueño. Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño, era la sobriedad encarnada.
Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente. Yo la vi, por la puerta entreabierta de su cuarto, empuñar el cuchillo para destazar cerdos con la mano que ahora oprime un jazmín, e incrustarlo con saña en el estómago de papá, una y otra vez, hasta que sus entrañas comenzaron a salírsele y él se desplomó al suelo. Luego, María dio unos pasos como sonámbula, se dirigió a tientas a la cama, se echó en ella y, todavía con el cuchillo en la mano, lloró como lo hacen los niños, con tanta angustia y desesperación que uno cree que acaban de ver un fantasma. Esa fue la única vez que la he visto llorar. Me acerqué a ella, la consolé diciéndole que no se preocupara, que yo estaría allí para protegerla. Le quité el cuchillo y fui a tirarlo al río.
María mató a papá porque él jamás respetó la puerta cerrada. El ingresaba al cuarto de ella cuando mamá iba al mercado por la mañana, o a veces, en las tardes, cuando mamá iba a visitar unas amigas, o, en las noches, después de asegurarse de que mamá estaba profundamente dormida. Desde mi cuarto, yo los oía. Oía que ella le decía que la puerta de su cuarto estaba cerrada para él, que le pesaría si él continuaba sin respetar esa decisión. Así sucedió lo que sucedió. María, poco a poco, se fue armando de valor, hasta que, un día, el cuchillo para destazar cerdos se convirtió en la única opción.
Este es un pueblo chico, y aquí todo, tarde o temprano, se sabe. Acaso todos, en el cementerio, ya sabían lo que yo sé, pero acaso, por esas formas extrañas pero obligadas que tenemos de comportarnos en sociedad, debían actuar como si no lo supieran. Acaso mamá, mientras lloraba, se sentía al fin liberada de un peso enorme, y los personajes importantes, mientras elogiaban al hombre que fue mi padre, se sentían aliviados de tenerlo al fin a un metro bajo tierra, y el cura, mientras prometía el cielo, pensaba en el infierno para esa frágil carne en el ataúd de caoba.
Acaso todos los habitantes del pueblo sepan lo que yo sé, o más, o menos. Acaso. Pero no podré saberlo con seguridad mientras no hablen. Y lo más probable es que lo hagan sólo después de que a algún borracho se le ocurra abrir la boca. Alguien será el primero en hablar, pero ése no seré yo, porque no quiero revelar lo que sé. No quiero que María, de regreso a casa con mamá y conmigo, mordiendo el jazmín y con la frente húmeda por el calor de este verano que no nos da sosiego, decida, como lo hizo antes con papá, cerrarme la puerta de su cuarto.