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Suzan Samanci - "Ante la muerte"

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Este cuento pertenece al volumen "Hêlîn olía a resina", hasta donde yo sé, el único traducido al español.
La versión es la de Mikel Arizaleta.







Tú eres señor de tu lengua, la llave de tus
cadenas esta en tu propia mano.
F. Mistral

La niebla se iba volviendo más espesa, olor a polvo, a chamusquina... tiros sin interrupción...
Noté cómo la bala se introdujo en mi cuerpo. Con la humedad tibia mi pie se volvió más pesado, mi brazo comenzó a escocer y este suave dolor se extendió a oleadas e impulsos por todo mi cuerpo. Momento feliz de sudor caliente al sentir entre temblores la fría bala. Mi corazón sigue latiendo regularmente. ¡Qué agradable es el olor a tierra húmeda y a yemas de flores! Me asedian innumerables pensamientos...
Panales de miel en el huerto de albaricoques de mi abuelo... En los días caniculares susurran las abejas, se lanzan sobre los racimos de uva y albaricoques reventados. En mis oídos zumban las abejas, mi cabeza hormiguea, siento susurros en los oídos.
«¡Ni boda ni pamplinas!», había dicho mi madre. «Empieza a trabajar en serio, estudia y trabaja para aprobar tus estudios. Tú misma ves que el sudor de tu padre no llega para llenar las siete bocas».
Sin levantar la cabeza del periódico dijo mi padre con una ligera mueca de enfado: «Mujer, déjale ir».
La madre se había quejado amargamente: «¡Muchacho, no se puede ir a una boda en jeans y con un jersey tan gastado! ¡Me gustaría un buen traje con corbata! Una vez más no te has limpiado las babuchas. ¡Sí, yo tengo la culpa por haberos mimado en exceso! ¿Has conseguido tu crédito? No nos queda ya gas y tus hermanas corretean descalzas. ¡Ahora te devolvemos todo el dinero!».
El padre se fue al mercado lanzando improperios. Limpió las verduras y el pescado que trajo consigo. En la parrilla asó las anchoas. Desde el cuarto de baño llegaban los sollozos de mi hermana, que con los ojos rojos, irritados por las lágrimas, confesó: «He suspendido en matemáticas». La madre expresó su desagrado con un sonido, el padre dijo: «El gran hermano es aquí el matemático». La madre me sirvió pescado asado y sopa de fideos: «Procura regresar pronto. Conoces mi sueño. Tampoco esto es un buen ejemplo para tu hermana: ella no debe perder el tiempo cuchicheando por ahí sentada con sus amigas hasta entrada la noche, así no se puede...».
Se alza el telón, miro a la calle por última vez. El seco follaje multicolor se agita impulsado por el viento. En la peluquería, iluminada por una luz azul, alguien se deja afeitar. Está lloviznando y la tierra huele fresca. Las muchachas contentas reprimen sus risas. Suenan canciones de moda. La escuela ha terminado. Las chicas del instituto, con peinados de tocador, cuchichean sobre sus novios. En la parada del bus está la profesora de geografía y mira furtivamente en su entorno con sus ojos mate parduzco. Sonríe con la regla en la mano y con las uñas de los dedos largas y lacadas en rojo. Mueve la regla por el mapa. «Repite otra vez, pero no Elazig», le requiere ella entre risas. «¡No, tampoco es Elaziz!». El profesor de inglés se muerde la punta de su bigote y sonríe burlonamente: «¡Y qué bobada ha dicho mi padre con el estatus de funcionario! ¡Tranquilos, chavales, guardad silencio! Y como siempre, el kurdo juega y el gitano baila...».
El último día de clase doy un traspiés al recibir el certificado de matrícula. Todos ríen, los profesores cuchichean: «jamás he visto un rubio en el Este. Allí todos son siempre morenos. Y a pesar de todo, él habla perfectamente, la gente del Este es realmente vaga. ¡Deben vivir todavía en cuevas!».
¿Han encontrado el campamento? Llegan volando helicópteros con escaleras de cuerda. Yo aún puedo reconocer las cumbres nevadas de los montes. No veo nada. Me parece ir subiendo y caer de pronto en el fondo de un pozo. ¡Si pudiera quitar la espoleta a la granada de mano!
«¡Venga, venga!» berrea Osman, el dandy, Zeynep consigue fantásticas primas. Sus cabellos volátiles brillan con el sol, sus mejillas son de un rojo subido. «¡Oh, tío! ¡Las mujeres os han vencido!». Yo la esperaba nervioso en la estación de autobuses. «Qué ardiente es vuestra Diyarbakir», dijo ella con una sonrisa cordial. Zeynep muestra de modo magistral que la miseria no es nuestro sino. Vendedores de sorbetes que sonríen al objetivo, niños que fuman colillas en el muro y chapotean en pelota en las sucias crecidas del Tigris, el viejo que vigila los melones, las madres que, rendidas al destino, se sientan delante de las puertas y zurcen ropas, jóvenes prometidas que se apoyan en los marcos de las ventanas, recién pintados de azul, con sonrisa tímida...
Tenemos que saber cómo realmente es nuestra vida, tenemos que ser de acero. O, como dice Nuri: «Todos los días muerte, todos los días sufrimiento». Dos golpes cortos y uno largo, y su puerta se abre noche tras noche. El té burbujea continuamente en la garrafa de aluminio, freímos huevos en la sartén. Leemos contentos los libros robados. Nos complementamos mutuamente y tenemos entre nosotros una total confianza. Escribimos poesías y cultivamos flores con nuestro
amor.
La madre no abre, está llorando tras la puerta cerrada con llave: «Nuestra herida sangrante eres tú». «¿Por qué estás siempre tan distante de nosotros, qué te pasa?». Mi hermana adulta grita: «¡Fuera!». Mi madre se desvanece.
Enmudecen las pistolas. ¿Podrán los amigos romper el cerco? Luganos y búhos vuelan por el entorno. ¿Fui yo quien, siendo niño, les disparó con la honda y los tostó al fuego? Ah, no puedo girarme. ¡Si al menos pudiera quitar la espoleta a la granada! Pero mis dedos ya no son capaces de agarrar. ¡Parece como si mis pies y brazos ya no me pertenecieran!
Risa estruendosa. «Mozo, ¿ahora sonríes tú? Tú mantienes la conexión con el sudeste. ¡No intentes involucrarnos! Aquí no existe ninguna ley fundamental ni nada de lo que tú te imaginas. ¡Observad al revolucionario! ¡Golpéale, golpéale! ¡Zas, zas!». Mis plantas de los pies sangran, ésos ya no son mis pies.
La madre se seca los ojos con el delantal al servirme los içliköfte. El padre me observa por encima de su periódico. Mi hermana llora mientras plancha mi camisa, y mi hermana mayor me mete en el bolsillo un par de monedas.
Las mujeres en Anatolia central sonríen, se montan con su pesados cuerpos sobre los burros y cabalgan a sus huertos. «¿De dónde vienes?», preguntan ellas. «¡Si son kurdos...! joven, ¿tenéis rabo? ¡Eres realmente guapa, tú, hija de perra!».
El tamborilero Arif, a pesar de ser tan niño, toca el tambor. En cuanto está preparada la comida, salto de la cama contento. Luego aguardo al disparo del cañón del castillo. Voy con mi abuelo a la mezquita para la oración teravih. Tras contemplar las manos de mi abuelo, que se pone de rodillas, todos cuchichean. Un hombre con bigote en forma de almendra sonríe sardónicamente y pregunta: «¿Sois chafiítas?». Nosotros nunca jamás hemos vuelto a la mezquita. «Cuando muera, no me traigáis aquí», dice mi abuelo llorando en silencio.
Resplandecen los carámbanos afilados como cuchillos; nosotros nos deslizamos sobre superficies de hielo, lisas como espejos. Un ataúd en el pequeño bus azul, las mujeres se golpean y lamentan: «¡Oh, Fitnat mío, Fitnat mío!». Ascendemos a la azotea, desde la caldera negra del patio suben vapores, están lavando al muerto que yace en el banco de madera. Su cabello está suelto, su nariz es larga, le visten la mortaja. Las mujeres braman: «¡Pecado, esto es pecado, vosotros que hacéis pira en la escuela!».
La tía Emi, con dientes de oro, nos invita desde la planta baja a su piso. Asa castañas y patatas en el horno para su primo. Nos regala pasas y dice: «¡Venid siempre que queráis, pequeños!». Hombres con sus gorritas de oración en las cabezas y mujeres con velo lanzan piedras contra su ventana y gritan: «¡Viuda ramera! ¡Viuda ramera!». Así, con el rostro pintado de azul y con los pelos sueltos, corre Emeti por la nieve y descalza ríe y muestra sus partes pudendas a todo aquél que se acerca. Cada noche se ve a hombres con barba tipo almendra delante de su puerta. En el riachuelo Sarhoslar se encuentra su cadáver. «Su cabeza ha sido destrozada con una piedra», diagnostica el médico. El fustán mojado se pega a su cuerpo, en la muñeca viste aros de cobre. Quisiera ver su rostro escondido tras un periódico tembloroso. Su hija viene desde Alemania y vacía el piso, todo huele a moho...
Las olas acosan con terquedad a las rocas. Los barcos navegan en la niebla. En las redes mueren los peces. Lanzamos piedras al mar y encendemos el fuego. Nuri, frotándose las manos junto a la llama, sentencia: «El paraíso es la educación
del espíritu humano, la luz en su espíritu. El infierno en cambio es la ignorancia de una persona, su transformación en bestia».
¿Está amaneciendo o anocheciendo? ¿Por dónde sale el sol? ¿Estará muy sujeta esta espoleta? ¡Si me esforzara un poco! ¿Qué es lo que cruje aquí, junto a mí? ¿Dios mío, de dónde llega esta tortuga? En otros tiempos hubiera sido aplastada en verano por el tractor en el campo....
Llegan al pueblo tropas del orden. Rompen las puertas con las culatas de los fusiles, juntan a los vecinos en la plaza del pueblo, exigen que los hombres se desnuden, obligan a las mujeres a subirse a las espaldas de los hombres y en esta postura den vueltas por la plaza. Nosotros nadamos en el lago, yo estoy a punto de ahogarme y mi tío me salva. A los cangrejos les sacamos las tripas, docenas de ellos escapan y yo los aplasto. En los huertos comemos melones y sandías, trepamos a los árboles y correteamos por las rastrojeras. Una vaca está pariendo y tengo miedo. El padre hace fuego en la estufa y la madre pare a mi pequeña hermana. La comadrona dice avergonzada: «¡Es una niña, una pena, sólo niña!».
Ah, qué sed tengo. ¿Llueve? ¿O me queman los ojos? ¿Los amigos habrán roto el cerco? ¿Qué era lo que había junto a mí, un cangrejo o una tortuga? Un helicóptero está bajando. Vaya, por fin se ha soltado la espoleta: cinco, cuatro, tres, dos, uno...

Suzan Samanci - "Berçem"

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La versión del cuento es la de Mikel Arizaleta.

Berçem tiene exactamente mi edad, pero es más alta. A mi madre le da rabia: «¿Pues qué ha comido esta chavala de pueblo para crecer tanto?». Debe ser pariente de mi padre. He oído a mis padres hablar de ella, por lo visto se quemó su pueblo y ellos se vieron obligados a venir a Diyarbakir. Cuando mi madre fue operada de hernia discal, mi padre la trajo a casa.
Al principio ella tenía un gran moño negro. Mi madre se lo cortó enseguida. Luego la llevó al peluquero para que le hicieran la permanente. Berçem no dijo ni palabra, a veces me sonreía mostrando una pequeña cavidad en su carrillo izquierdo. Hacía todo el trabajo de casa. Con un frío de mil demonios fregaba el balcón, tiznado de hollín, y limpiaba las ventanas; se le hinchaban y enrojecían las manos, se notaba el blanco vapor de su boca y ella no se quejaba. Un día mi padre nos trajo champú para el pelo a las dos. Mi madre se enfadó: «¿Para qué necesita este bicho piojoso champú? ¡Ya es suficiente con la comida y bebida que aquí recibe!». Mi madre no quería que fuéramos amigas, nunca nos dejó comer juntas. Cuando mi madre salía a la calle me llevaba consigo para que yo no intimara con Berçem. Berçem limpiaba nuestros zapatos y planchaba nuestra ropa. Yo enrojecía de vergüenza cuando ella planchaba el mandil de mi uniforme de colegio y mis pañuelos. Mi madre no tenía compasión, sólo pensaba en sí misma.
Se dejaba masajear la espalda durante largas horas por Berçem. Bebía el café y té que Berçem le preparaba, y veía películas. Cuando, al anochecer, regresaba mi padre, mi madre se hacía la enferma.
Hace poco Berçem enfermó de anginas. Mi padre le explicó que debería tomar medicinas. Aquel día mi madre había ido a su goldtag. Me alegré de que esta vez no me llevara consigo. Me senté en la cama de Berçem y percibí su fiebre: estaba ardiendo. Sus ojos amielados estaban enrojecidos, sus pestañas pegadas. Al igual que madre hacía conmigo, yo le coloqué en su frente y en los sobacos guata impregnada en alcohol. Incluso cuando gemía me miraba a los ojos y sonreía. Cuando bajó la fiebre se incorporó en la cama, agarró mis manos y las acarició. «Qué buena persona eres», me dijo, y yo me espanté: «¡Sabía turco!». Hasta ahora sólo había hablado con mi padre en kurdo. Berçem había cuidado a los niños de los policías en el cuartel del pueblo y allí había aprendido turco. Me contaba cosas de su pueblo. Me dijo que allí las yerbas altas huelen en primavera, las tórtolas arrullan y los búhos claman durante todo el día. En las colinas, que huelen a narciso y azafrán, ellas recolectaban acanto y acedera para aderezar con ellas el guiso. Cuando iban a los huertos cantando al amanecer, comían higos y uvas con una fina capa de escarcha... Berçem se humedecía los labios resecos y contaba historias sin parar. Cuando dijo: «Aquí, en la ciudad, las casas parecen cárceles y todo huele a carbón y basura», su voz se quebró y corrieron lágrimas por sus mejillas.
Cuando su pueblo en llamas convirtió la noche en claro día, a una le revolvían las tripas el gemido de los animales y el hedor a carne quemada... Con gran pánico y miedo los habitantes del pueblo hicieron a pie el largo camino hasta la ciudad más importante de la comarca.
Cuando la llave giró en la cerradura, Berçem se escondió bajo la manta y yo corrí a mi cuarto. Mi madre entró en el cuarto y arrugó la nariz: «¡Aquí huele horriblemente!». Abrió la ventana de par en par. Berçem temblaba en la cama con sus labios azules. Madre frunció las cejas pintadas y gritó: «¡Levántate de una vez! ¡Con anginas, la fiebre tan sólo dura un día! ¡Lo que a ti te pasa es que te gusta demasiado la cama!». Berçem se mordió los labios, le temblaban sus aletas nasales, cabizbaja se esforzaba en no llorar. Una vez se entrecruzaron temerosas nuestras miradas. Llena de ternura miré en sus ojos semiimpotentes y le sonreí. Mi madre me agarró por la solapa, me escupió en el rostro su desagradable aliento de olor a tabaco y estirándome de la oreja me espetó: «¡Alma de esclava! ¿Qué tienes que ver tú con esta idiota?». Me apuntó con su cigarrillo en la mano, se estiraron sus hombros y esponjó su pecho, su barbilla yacía erguida y la cabeza levemente inclinada a la izquierda, al tiempo que con una sonrisa de asco y desprecio en sus labios me instruyó: «A la gente taimada debes mirarla así, si no quieres ser tú misma trivial!». Me hubiera gustado gritar, golpear a mi alrededor y hacer añicos muchas cosas. Pero lo que hice fue ir a mi habitación y llorar. No podía ser mi madre quien hizo cortar la trenza negra a Berçem, quien le quitó el champú, quien siempre le sirvió alimentos limpios de carne aunque ella almacenara en su cuerpo más grasa que un faisán, quien alimentaba a Berçem con pan enmohecido. Cuando ella consintió que Berçem se pusiera sus medias viejas y vio lo bien que le sentaban a sus bellas piernas, envidiosa cosió una trencilla de goma a su áspero y raído pantalón del pijama, obligando a Berçem a ponérselo bajo su vestido; y aun así, como el frunce de goma le quedaba un poco alto, asomaron por abajo unos huesos delgados y bien formados.
Ayer noche me metí en secreto en el cuarto de Berçem. La luz violeta del farol de la calle iluminaba débilmente el armazón de su cama. Al verme, musitó con voz temblorosa: «¡Si te ve tu madre, se enfadará!». Me coloqué a su lado. Con sus manos inmensas con olor a lejía envolvió sus rodillas. Me habló de lagos, en los que moraban hadas, y de cuevas de espíritus. Yo no creía ni en hadas ni en espíritus, pero ellos son los más bellos héroes de los cuentos. Yo le hablé de la escuela y de mis amigas. Ella conocía ya algunas letras. Colocando su inmensa mano sobre la boca, a modo de coraza, preguntó: «¿La que parece un peine, es la E, no?». Si no hubiera tenido miedo de mi madre, le habría ayudado a leer y escribir. Mi padre siempre venía tarde y cansado, la mayoría de las veces se acostaba enseguida, a menudo yo ni le veía.
Ahora yo traía de la escuela todos los días para Berçem chocolate de pistacho. Lo que más le gustaban eran chicles con sabor a melón. «Chicles con olor a melonar», decía ella. Cuando ella comía el chocolate, siempre me daba un trozo, incluso cuando yo lo rechazara. El papel del chocolate lo escondía ella en el escote, para que mi madre no lo encontrara. Nosotros nos reíamos y nos abrazábamos, y temíamos...
¿Por qué estaba mi madre siempre de tan mal humor? Sólo hablaba como dando órdenes, jamás me dio un beso.
Mejoró el tiempo e hizo más calor y el sol se coló en la habitación, por las ventanas abiertas penetró el olor a hierba fresca, el olor a primavera. Berçem está a menudo enferma. Su trabajo es duro y a veces respira con dificultad, entonces sus labios y uñas de las manos se tiñen de color lila. Cuando esto sucede, ella se sienta en el suelo y aprieta la mano contra su corazón. Lo he sentido en mi misma mano: su corazón se asemeja al aleteo de un pájaro. Mi padre y mi madre han discutido sobre esto. «¿Qué más puedo hacer con la muchacha enferma?, la despido», había dicho mi madre. Mi padre se había opuesto: «¡Cómo puedes hablar así! ¿Acaso no sabes qué es la necesidad y la pobreza? Si pudiéramos operarla, sanaría completamente».
Hoy ha llegado la madre de Berçem. Portaba zapatos azules de plástico, un vestido antiguo a modo de abrigo, y una cinta negra sujetaba el pañuelo blanco de su cabeza. Tenía unos ojos grandes y sin brillo y unos labios muy delgados. Se arremolinó en el sillón de junto a la puerta e intentó quitar del vestido hilachas donde no las había. Ella habló largamente con mi madre, de modo que madre se puso nerviosa y comenzó a discutir conmigo. Berçem abría los ojos. Luego mi padre y mi madre salieron del cuarto. Berçem se arrimó a su madre. Al hablar las dos en su propia lengua, se humedecieron los ojos de Berçem. Su madre me miraba y sonreía al tiempo que acariciaba a Berçem la cabeza y así la tranquilizaba.
¡Berçem tenía que irse! Se puso el vestido de seda rojovioleta, que mi padre le había comprado para la fiesta, hecho por el que la madre había armado una trifulca. Al atarse las sandalias, que yo le había regalado, me sonrió. Su madre colocó sus manos en el ancho cinturón de tela, que ceñía su cuerpo, y miraba al suelo. Se negaba a coger el dinero que le entregaba mi padre. Luego, ella le besó en los hombros. Se dice que es una demostración de respeto frente a los hombres. Al abrazarme a ella, se me puso un nudo en la garganta. Miré a Berçem: respirando con dificultad, se restregó las lágrimas de los ojos y se inclinó ante la mano de mi madre. Cuando mi madre le dijo secamente: «No es necesario», la hubiera matado.
En el descansillo de la escalera se volvió Berçem por última vez e intentó sonreír. Cuando, cabizbaja, bajó deprisa las escaleras, de nuevo le cayeron los pelos sobre los hombros, pelos que otrora mi madre le había cortado.
Mi madre se colocó bigudíes en el pelo como si nada ocurriese. Iba y venía moviendo las caderas. Frente al balcón sentados, tres hermanos comían un bocado con su madre. ¿Y yo, por qué yo no tengo ningún hermano?

Suzan Samanci - "Hêlîn olía a resina"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista, poeta y cuentista turca de origen kurdo. También ha trabajado como columnista en diferentes periódicos. Su obra se nutre de la tradición oral kurda, sus cuentos, sus canciones y sus leyendas. También aparece reflejado en ella lo que significa ser mujer y kurdo en Turquía.
La versión del cuento es la de Mikel Arizaleta.

El criado, que servía el té con el mismo placer de siempre, entró en la habitación. Admiré la alegría que reflejaba su rostro y su voz. Yo en realidad no quería té, pero lo tomé. Su acidez casi me entulleció la lengua. Me recordó el té recién hervido oliendo a alheña, que yo había bebido con Hêlîn en el café del huerto. Sonó el teléfono. Levanté el auricular un tanto mecánicamente. La voz del otro extremo desató en mí una tensión interna, despertando una excitación efervescente. Era Hêlîn al teléfono: «Haz lo que quieras, pero ven», me dijo.
Como si la preocupación me hubiera traído suerte, recibí la paga especial que se nos estaba reteniendo sin derecho alguno y obtuve el permiso para tres días de vacaciones en una época en la que todos las peticiones eran rechazadas. Sin pérdida de tiempo corrí a casa. Metí en mi pequeña mochila un chándal y dos libros nuevos y recuperé de nuevo mi aliento en la estación de autobuses. Los autobuses entraban y salían cargados de adiós y melancolía. El aire del bus,
refrescado con spray, me recordaba a las flores que, siendo niños, cortábamos sigilosamente en los salvajes jardines de Pascha.
Siempre en los viajes me invade una mezcla de alegría y tristeza. Árboles que pasan volando, montañas, estaciones de descanso con cortinas estampadas, muros de piedra azul celeste recién fregados, cenas hechas con leña, olor avinagrado
de haces transparentes, avisos por megafonía y más avisos..., váteres, bocas que se abren y se cierran, ronquidos, luces...
Al amanecer del día descendí del autobús y me introduje por un camino de tierra. La tierra estaba agrietada por la sequía, pero conservaba aún la humedad de la noche. El sonido claro de las pequeñas campanas se mezclaba con la frescura de la mañana. Desde el valle ascendía un rebaño. El pastor se había dado perfecta cuenta de que yo quería preguntarle algo y se acercó silbando. Apenas pronunciar «Hêlîn» él sonrió astutamente: «Sigue el camino pelado que cruza los campos, y en cuanto llegues al bosque la ves». Al caminar por el sendero los topillos, con sus grandes cabezas, cruzaban rápidamente como sombras de tierra. En dirección contraria venía uno del pueblo atizando a dos burros. Dando sombra a sus ojos con la mano, se acercó como si fuéramos viejos amigos. «¡Buen viaje!», me deseó sonriendo, y me dio un par de pepinos frescos. Se despidió con un movimiento de mano y siguió su camino. Los pepinos estaban recién cogidos, cubiertos de escarcha. Los probé de inmediato y sonó la voz de Hêlîn entre el susurro de las espigas. Al principio no supe de dónde venía la voz. Pero al momento la vi enfrente, al final del campo, haciéndome señales. «¿Por qué caminas con tan-
ta precaución?», murmuró ella. Su susurro, su pelo oliendo a resina fresca y su corazón latiendo salvajemente me entusiasmaron. Las casas se esparcían entre los huertos, una aquí, otra allí, apenas si se distinguían entre los prados espesos. El pequeño ambulatorio, estructura de madera de una planta, estaba cubierto de moreras. En cuanto llegamos al cuarto, Hélin me abrazó. Sus pupilas se ensancharon, sus mejillas se tiñeron de rojo. Nos miramos profundamente a los ojos y nos dejamos caer al suelo. Cuando me recuperé oí el susurro del bosque, el sol intentó pillarnos entrando por la ventana, una cigüeña crotoró. El olor a pan de maíz se extendió por el cuarto y fuimos a la cocina. Mientras observaba sus ágiles movimientos, ella se reía como leyendo mis pensamientos, y se mordisqueaba confiadamente sus labios. Había decorado el hogar muy cómodamente con sus pequeñas manos de artista. Y se había esforzado muy mucho en intimar con la soledad en este pueblo monótono, lo que aumentó más mi admiración y mi inclinación por ella. Preparamos entre las dos el desayuno. Se había levantado temprano y había asado pimientos y berenjenas. Mantequilla, huevos y mermelada de zarzamora. «Mira, ésta es más rica que la de tu madre», añadió. Desayunamos abajo, en la sala de estar. La luz del sol entrando por la ventana y el olor a mil matas despertaron en mí la alegría por la vida.
Charlamos, debatimos y chismorreamos hasta primeras horas de la tarde. Hasta que, por fin, cansada de tanto hablar me estiré buscando su pelo con olor a resina.
Hubo un momento en el que ella comentó: «Es un lugar maravilloso, pero la soledad a una le espanta». Aunque sabía que tenía razón, le contesté: «Piensa en la estepa en la que vivimos nosotros, esto es realmente un paraíso. ¡Lo que yo
daría por vivir en un lugar como éste!, aquí podría leer siempre».
Al atardecer cayó una inesperada borrasca de verano como yo jamás había conocido. Con la alegría de un niño corrimos al balcón. Caían gruesas gotas, la lluvia no duró mucho, y poco después se apilaron en el cielo unas nubes de verano. Por las hojas corrieron gotas de agua. Los truenos en la lejanía nos sobresaltaron. Hêlîn se puso roja, y aturdida gritó: «¡Hacer!, trae a tu hija para darle la inyección», y voló a casa. Yo también fui tras ella. La señora del pueblo, de rostro sonrosado y con delantal, trajo a su hijo en brazos con paso firme, y entró en el ambulatorio. Los pájaros dibujaban giros en el azul sobre los campos y piaban de júbilo, como si se alegrasen por la lluvia.
Me estremecí al abrazarme Hêlîn por la espalda. Me mordió cariñosamente en el hombro. «¿Quieres que demos un pequeño paseo?».
«¿Qué dirán los del pueblo?», pregunté.
De modo totalmente inesperado respondió: «Ah, Dios mío, ya le he dicho a Hacer que ha venido mi prometido».
La cogí en brazos y la llevé escaleras abajo. «¡Alto!», dijo ella, emitiendo un pequeño grito agudo, «los peldaños de madera están apolillados, ¡no oyes cómo crujen!».
Paseamos por la humedad del atardecer, nuestros pies se hundían en la yerba y en cada paso hacíamos ruido. Desde los árboles nos caían gotas. Nos sentamos en un pozo ubicado entre árboles. Nos revoloteaban abejas de maravillosos colores que libaban el néctar de las flores, mariposas con alas de oro resplandeciente aleteaban por el entorno, sobre el agua de la fuente colgaban algunas libélulas. Hêlîn apoyando su cabeza en mi pecho pensó: «Estas libélulas se parecen realmente a los helicópteros. Cuando éramos pequeñas íbamos y veníamos durante el día al agua, para apresarlas». Nosotras observamos a dos libélulas que, durante largo tiempo, se mantuvieron juntas, parecían besarse y sonreír.
A la noche no encendimos ninguna lámpara. Bebimos té en el balcón, el viento sureste nos acercó el olor a renuevos y resina, los montes de enfrente y los árboles se alzaban mayestáticos. Hêlîn se acurrucó como una gatita en mis brazos. Una vez me abrazó susurrándome: «¡Ojalá no hubieras venido!». Sus lágrimas humedecieron mi cuello.
Tomé su rostro en mis manos. «Esto no es propio de una persona fuerte como tú, le dije, es una gran suerte leer a García Márquez en una atmósfera como ésta».
Con lágrimas en los ojos se esforzaba en sonreír. De la hiedra empezaron a salir luciérnagas. Ágil como era, enseguida atrapó una. La dejó corretear por la mano y gritó: «¡He pedido un deseo, ánimo luciérnaga, ahora vuela!».
La blanca sábana sobre la cama de hierro del dormitorio brillaba en la oscuridad. Al estirarme en ella, susurró bajo mi cabeza la hiedra que había reptado por la ventana.
No podía dormir. A la luz de la luna volaban mariposas por el cuarto, la noche siguió su curso. Observaba a Hêlîn: su boca se asemejaba a una franja estrecha, respiraba profunda y regularmente. Con precaución tanteé sobre las tablas apolilladas del balcón. Todo yacía en el resplandor vahoso de la niebla. La niebla azul centelleante se unía con la luz de la luna para convertirse en las puntas de los montes, que reposaban en majestuosa tranquilidad, en verde pálido. Este silencio era roto sólo por el aullido lejano de perros. A veces basta un olor, una voz, un rostro, para traernos a la memoria cosas que nosotros creíamos olvidadas y ya fenecidas.
El aullido me recordó a los perros instruidos, de pescuezo fuerte, de los comandos especiales durante los procesos en mis años de escuela. Como si tuviera que librarme de escenas, que me invadían una tras otra, alcé la mirada a las cumbres de los montes. Las franjas púrpuras acunaban ya en sí el amanecer. Suavemente me metí de nuevo en la cama. Al taparle los hombros desnudos a Hêlîn con la suave manta de algodón, se arrimó a mí y murmuró: «Te amo». De pronto me extrañó, y es que ella de ordinario nunca pronunciaba estas palabras. Y esto nos ocurría a las dos: vivíamos nuestro amor en silencio y sin palabras.
Cuando me despertó el gorjeo de los pájaros, oí cantar a Hêlîn. Me levanté y sentí una agradable fatiga. Con voz un tanto ronca le acompañé en su canto. «Dormilona», gritó ella mostrándome lo que tenía en las manos: «Mientras tú dor-
mías yo he recolectado zarzamoras». Sin darme oportunidad de lavarme la cara siquiera, me metió algunas en la boca. «Hum, hum», saboreó y se relamió de gusto ella misma. Le agarré fuerte de la muñeca. Se reía, su lengua y sus labios estaban teñidos de lila: «No, ahora no, ven, vamos abajo, si no, la leche se va a subir».
Qué rápido había pasado el tiempo. Antes de hacer la mochila saqué agua del pozo y llené el bidón de Hêlîn, reparé la clavija del fuego y su estante. Cuando salí de la casa, absorbí el aire con olor a resina.
Hêlîn reprimió sus lágrimas. «Me gustaría un montón llorar en voz alta como un niño», dijo.
Le agarré de la barbilla y le prometí: «En cuanto pueda, vengo».
Me miró con lágrimas en los ojos y tragó saliva. Los rayos de sol se filtraban por árboles entrelazados entre sí. Sobre las copas verdeoscuras se podía observar el azul claro.
«No necesitas acompañarme. Sería bueno que regresaras», le dije a Hêlîn.
Se mordió los labios y sonrió. Ella quería que sonora su voz fuerte al decirme: «Llámame en cuanto llegues».
No resultaba fácil superar la tristeza, indefensa traté de encontrar una palabra y tan sólo se me ocurrió decir: «Te llamo, seguro».
Nos separamos allí donde ella, a mi venida, salió a mi encuentro. Al principio no giré, pero al no poder resistir y darme la vuelta, Hêlîn seguía estando allí.