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Djuna Barnes (V)

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En algún lado leí que Djuna Barnes fue periodista para sobrevivir, narradora para ser inmortal y poeta para ser feliz, y curiosamente su obra poética es la más desconocida pese a dedicarse a ella en exclusiva durante casi treinta años.
La versión de los poemas es la de Osías Stutman y Rosa Lentini.


Canción de cuna
Cuando era niña dormía
con un perro,
vivía sin problemas y
no pensaba en maldades;
corría con los niños y jugaba a la pídola;
ahora es la cabeza de una joven la que reposa en mi brazo.

Luego crecí un poco, recogía llantén en el patio;
ahora vivo en Greenwich, y la gente no
me visita;
luego planté semillas de pimienta y
las aplasté con fuerza.
Ahora estoy muy callada y rara vez hago planes.

Entonces me pinchaba el dedo con una espina o un cardo,
me llevaba el dedo a la boca y corría hacia mi
madre.
Ahora yazgo aquí, con mis ojos en una pistola.
Y habrá un mañana y otro, y
otro.



El árbol del esclarecimiento
Todos los niños, alguna vez, y cogidos de la mano
van a los bosques a quedar huérfanos
y a ser atendidos entre las hojas. El tronco helado
que el espíritu azota en primavera, ¿enmendará
el invierno en el coche fúnebre? ¿
Sacará de su hoyo la mancha que fue César? ¿Encontrarán los malditos
que rastrillan los huesos de gorrión que los fuegos carbonizaron
a los peregrinos caídos, con un árbol clavado en sus espaldas?



La muerta caminando
Llamadla la muerta-caminando; decid que adonde va
enturbia su bosque con sangre. Yo cierro de golpe una verja.
Notifico que su hueso axial engancha la rosa.
¿Y qué puedo decir del mío? Que gira como el rechinar de una mueca.
La impugno a ella que pesca el tiempo con un punzón como cebo.
¿Qué hacen, mientras tanto, mis sesiones?Señalan a una tumba.
Pues bien, aguantemos, o pisemos y esperemos
que nos cubra el pesado manto del buitre en su caída
(esa virginal resurrección y su carga)
¿O debemos congelarnos y discutir junto al muro?



Trofeo de caza
Mientras devano la persistencia del árbol de silenciada lengua,
y echo carbono catorce para encontrar el domicilio del tiempo.
Los vengativos viejos desmemoriados
esperan:
llego, yo llego a ese sendero y miro allí
y veo el volteado ojo del sueño y de la ira
y oigo a los batidores decir "!Se esconde en tierra¡"
Entonces sacudo el alma y la golpeo en la cara
para que tome aliento.

Djuna Barnes - "Una noche entre los caballos"

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Este cuento pertenece al volumen "El vertedero" (Spillway) de 1962. Originalmente, los cuentos de ese volumen fueron publicados en en 1929 en una colección a la que este cuento daba título. Pero esos trabajos fueron revisados por la autora y publicados como "El vertedero" (la versión que pongo es la traducción de esa versión revisada del 62).
La traducción es la de Juan Antonio Masoliver Ródenas y Celia Szusterman.

Hacia el anochecer, en el verano del año, un hombre en traje de etiqueta, con sombrero de copa y bastón, avanzaba a gatas por la maleza que lindaba con los pastizales de la finca de los Buckier. Le dolían las muñecas de sostener su peso y se sentó. Pegajosas enredaderas por todas partes; trepaban por los árboles, por las estacas de la cerca, estaban por todos lados. Espió por entre las ramas densamente enmarañadas y vio, recortado en la oscuridad, un bosquecillo de abedules blancos que brillaban como los dientes de una calavera.
Podía oír la verja que rechinaba sobre sus goznes al golpearla el viento. Su corazón se movía con el movimiento de la tierra. Una rana resoplaba su croar desmemoriado; el hombre respiraba con dificultad, el aire era pesado y caliente, como si estuviese anidado en un foso de asombro.
Quería dormitar; en cambio puso a su lado el sombrero y el bastón, se alisó el faldón, y se tumbó boca arriba, esperando. Algo rápido movía el suelo. Empezó a agitarse en una repentina alarma y se preguntó si sería su corazón.
Una lámpara parpadeaba en la ventana lejana mientras las ramas se balanceaban en el viento; el olor de la hierba aplastada, mezclado con el olor tenue y tranquilizador de la cuadra, se desparramaba y se arrastraba hacia el norte; al abrir la boca, se le metieron dentro las guías del bigote.
El temblor se extendió, corrió por debajo de su cuerpo y se perdió dando tumbos dentro de la tierra.
Se sentó. Se puso el sombrero y aseguró el bastón contra el suelo entre las piernas abiertas. Ahora no sólo sentía el temblor de la tierra sino que oyó el ruido sordo y córneo de cascos golpeando el césped, como un amigo golpea la espalda de un amigo, fuerte, pero sin malicia. Se estaban acercando, ahora que tomaban la curva del Camino del Sauce. Apretó la frente contra las tablas de la cerca.
El ruido suave y amenazador se intensificó como se intensifica el calor; los caballos, de frente, pasaron resoplando junto a él, subiendo y bajando las patas como agujas furiosas que dan puntadas sin objeto alguno.
Vio los vientres que oscilaban de un lado a otro, y que chocaban contra las tablas de la cerca al pasar balanceándose. De su lado de la barrera, él se levantó y echó a correr, jadeante. Se le enganchó un pie en un pino reptante y cayó de cabeza, golpeándosela contra un tocón. Un hilillo de sangre brotó del cuero cabelludo. Le descendía a los ojos como una crin y él la apartó con los nudillos y se puso el sombrero. En esta posición el martilleo de los cascos lo sacudió como a un niño sentado en una rodilla.
Empezó a buscar el bastón y lo encontró atrapado entre los helechos. Al inclinarse una aristoloquia cerosa le rozó la mejilla. Pasó la lengua por encima, partiéndola en dos. De cualquier forma que se moviese, la hierba siempre estaba debajo de él, crepitante de ramitas y piñas. Del suave goteo de los polvos del bosque cayó una bellota. La recogió, y mientras la tenía entre el índice y el pulgar su mente regresó velozmente a la escena allí atrás con la señora de la casa, porque de qué otra forma se podía llamar a Freda Buckier sino «la señora de la casa», aquella pequeña mujer fogosa con una pila en lugar de corazón y el cuerpo de un juguete, que lo dirigía todo, que ronroneaba, empapada de descaro, con un zumbido mecánico que le sustraía su humanidad.
Resopló sobre el bigote, ¡Freda, con aquel exasperante y ondulante velo amarillo! Le dijo que era «exasperante», le dijo que era «impúdico», que sólo servía para tentar. Hinchó los carrillos, y al pasar ella resopló. Ella rió, golpeándole el brazo, echando la cabeza hacia atrás, dejando ver las fosas escarlatas hasta el fondo de su nariz. Habían acabado por pasear juntos a caballo, a una bota de distancia uno del otro, ella no más grande que una abeja en una cofia. Totalmente desolado, él hundió las espuelas, y ella: «¡Con cuidado, John, con cuidado!», mostrando su boca abierta y goteante.
—No puedes ser un mozo de cuadra toda la vida. ¡Los caballos! —dijo bufando—. Me gustan los caballos pero...
Él había bajado el látigo.
—Hay otras cosas. Sencillamente, no puedes seguir siendo un mozo de caballos para siempre, no con esa elegancia, lo sabes muy bien. Voy a hacer de ti un caballero. Te elevaré de tu condición de «cosa». Ya lo verás, te gustará.
Él se había inclinado y le había fustigado la bota con el látigo. Le dio en la rodilla y el pie de ella saltó disparado en el estribo, como si estuviese bailando.
¡Y la pequeña salvaje estaba encantada! Recorrieron un trecho al trote y regresaron también al trote. Él la ayudó a desmontarse, y ella se alejó majestuosamente, arrastrando el velo amarillo y gritando:
—¡Te encantará!
Antes de que hubiesen continuado así durante más de un mes (derribándose mutuamente en el espíritu, exprimiéndose mutuamente de un lado a otro, cazador y cazado) se había convertido en un juego carente de todo placer; dama degradada, mozo de cuadra degradado, en alas del vértigo.
«¿En qué quería meterlo? Él gritaba, se desgañifaba, hacía chasquear el látigo: ¿qué es lo que se creía que quería? Un tipo de mujer que no puede decir la verdad; la verdad salía corriendo y se alejaba de ella como si sus venas fuesen pipetas clavadas allí por el diablo; y bebiendo, él se hinchaba, y el orgullo se apoderaba de él, lo alejaba flotando. La veía de pie a su espalda en todos los espejos, ella le seguía de objeto de valor en objeto de valor, se ponía a su lado, lo conducía, la mano de ella bajo su codo.
—Llegarás a gobernador general: bueno, a inspector...
—¡Inspector!
—Como quieras, digamos capitán de regimiento... digamos oficial de caballería. Caballos, también, cuero, látigos...
—|Oh, Dios mío!
Girando sobre los talones, ella dijo casi en un relincho:
—Con un pecho ancho, liso, noble —dijo—, te convertirás en una calzada de condecoraciones... Concéntrate. Dejarás la aflicción...
—¡Basta ya! —gritó él—. Me gusta ser una persona corriente.
—Con una cintura ágil, los cuernos no te golpearán.
—¿Qué cuernos?
—El dilema.
—Podría hacerte callar, del todo, si quisiese.
Ella se divertía.
—¿Hombre acorralado? —dijo.
Ella lo atormentaba, lo sabía. Lo atormentaba con sus objetos de «cultura». Con una rodilla en una otomana, le mostraba y le ofrecía la más delicada miniatura, un marfil en el hueco de la mano, inclinándolo al sol, y decía:
—¡Pero mira, mira!
Él se ponía las manos en la espalda. Ella se lo hizo abortar. Le pedía que le sostuviese misales antiguos, volúmenes de cuentos de hadas, todo elegantemente fileteado, todo encuadernado en rústica encordelada. Desplegaba mapas, y deslizando por montañas y cauces un largo alfiler de sombrero, señalaba «exactamente donde ella había estado». Como un caracol seco, la punta vagaba por la costa, cuando bruscamente, clavando el acero, gritó: ((¡Borgia!», y se quedó allí, haciendo sonar un aro de llaves antiguas.
La angustia de él aumentaba con la curiosidad. Si se casaba con ella... después de haberse casado con ella, ¿entonces qué? ¿Qué sería de él después de satisfecho su loco capricho? ¿Qué haría de él finalmente?: en pocas palabras, ¿qué dejaría de él? Nada, absolutamente nada, ni siquiera sus caballos. Y aquí tendríais un perfecto cretino. No encajaría en ningún sitio después de Freda, no sería ni lo que era ni lo que había sido; sería una cosa, medio erguido, medio encogido, como esas figuras bajo los tejados de los edificios históricos, la postura lisiada de los condenados.
A menudo la había mirado sin verla; poco después empezó a mirarla con gran atención. ¡Vaya, vaya! En realidad, una mujer menuda como un ratoncito, con un bonito cabello rubio que le caía por la nuca como las antenas de un insecto, y que se movía cuando se movía el viento. Se zarandeaba y agitaba demasiado, y siempre con la irreflexiva intensidad de un juguete mecánico que rastrilla y da patadas por el suelo.
Y siempre estaba uno o dos pasos delante de él, o le tocaba el brazo manteniendo la distancia, o se precipitaba sobre él en una ráfaga, apoyando en su hombro la barbilla pequeña y afilada, se alejaba lentamente flotando... sólo para que al volverse él tropezase con ella. En este día concreto él la había agarrado por la muñeca, haciéndola girar. Esta vez, se dijo, esta vez le voy a pedir directamente la verdad; es posible que un golpe directo la descoloque.
— Miss Freda, un momento. Usted sabe que no tengo ni un amigo en el mundo. Usted sabe muy bien que no tengo a nadie a quien dirigirme y obtener una respuesta a ningún tipo de pregunta. Entonces, ¿para qué me quiere?
Ella se sonrojó hasta las raíces del pelo.
—¡Infantil! ¿Vas a ser infantil?
Parecía como si estuviese a punto de chillar. Toda su figura vibraba, pero se controló y pronunció con espléndida calma:
—No te pongas nervioso. Ten paciencia. Te acostumbrarás a todo. Incluso te gustará. No hay nada tan agradable como trepar.
—¿Y luego?
—Luego todo se deslizará, la cuadra y todo lo demás. —Se pellizcó las alas de la nariz en los apretados pliegues de un pañuelo de encaje—. ¿No es éste un destino?
Lo peor de todo había sido el último día, la noche del baile de máscaras. Ella había insistido que fuese.
—Ven —le dijo—, tal como estás, y sé nuestro montero.
Ése era el golpe final, el insulto imperdonable. Él había obedecido, salvo que no fue «tal como estaba». Se había acicalado cuidadosamente; se puso un traje de etiqueta, como cualquier caballero; así que era el único de los asistentes que no iba «disfrazado», es decir, en el sentido normal.
Al llegar encontró a la mayoría de los invitados bebidos. Al poco tiempo también él estaba bastante borracho, y horrorizado de encontrarse bailando un minué, majestuoso, lento, con una enorme y fofa mujer de hojaldre, cubierta de lentejuelas, gruñendo en cascadas de tul plisado. De este abrazo logró librarse, resbalando en los claros del suelo cubierto con polvo de resina, para tropezar con Freda que venía hacia él con un vaso diminuto de cordial que le vertió en su boca abierta; en aquel momento se dio cuenta de que había estado luchando por respirar.
De pronto se paró. Abarcó toda la habitación con su mirada frenética. Allí en el rincón estaba sentada la madre de Freda con sus gatos. Siempre se sentaba en los rincones y siempre se sentaba con gatos. Y estaba el resto del elenco: primos, sobrinos, tíos, tías. A continuación, la gallarda. Freda, los brazos en alto, las manos, las palmas hacia afuera, los codos doblados a la altura del pecho, una mantis religiosa, estaba casi diente contra diente con él. ¡Espera! Él se liberó de ella, y con el puño del bastón trazó en la resina un círculo completo en torno a ella, luego, retrocediendo, salió por la puerta ventana.
Después de esto no supo nada hasta que se encontró en los arbustos, suspirando, con la cara pegada a la cerca, espiando. Estaba de nuevo con sus caballos; estaba de nuevo donde le correspondía. Los podía oír arrancando el césped, galopando por todas partes como si estuviesen en su propio salón de baile y, todavía más extraño, a esta hora oscura de la noche.
Empezó a arrastrarse por debajo de la tabla más baja, tras arrojar el sombrero y el bastón, jadeando al avanzar. El semental negro iba ahora a la cabeza. Los caballos estaban tomando la curva del Camino del Sauce que llevaba al pastizal más lejano, y a través del polvo parecían borrosos y enormes.
En la cima de la colina, cuatro de ellos se habían separado del resto y estaban allí comprobando el tiempo. Agarraría uno, lo montaría, ¡huiría! Ya no tenía miedo. Se levantó, agitando el sombrero y el bastón y gritando.
No parecieron reconocerlo, se desviaron bruscamente y se alejaron. Los siguió con la mirada, casi llorando. No pensó en su traje, la pechera blanca, el sombrero de copa, el bastón que agitaba, la forma brusca en que surgió de la oscuridad, en la excitación de ellos. Por fuerza tenían que reconocerlo: no podían tardar.
Girando, las crines al viento, las narices resplandecientes arrojando vapor al avanzar, pasaron delante de él en un torrente de relinchos, y él los maldijo horrorizado, pero lo que gritó fue «¡Puta!», y se encontró tragando fuego de su propio corazón, de cara al suelo, sollozando: «Puedo hacerlo, al diablo con todo, puedo seguir adelante; puedo dejar mi huella!»
Los cascos levantados del primer caballo no lo alcanzaron; los del segundo sí.
Luego los caballos se separaron, mordisqueando el pasto y agitando la cola, evitando un espacio de hierba alta.

Djuna Barnes (IV)

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No sé si traducir la poesía de Djuna Barnes es tan difícil como traducir la poesía de Pushkin, pero la dificultad es grande, sobre todo si se trata de la opaca, y a veces surrealista, poesía de su última época. Esta versión es la de Osías Stutman y Rosa Lentini.


Líneas para una dama
Ponerla bajo la mohosa hierba
Con sus dos ojos pesados y ciegos y acabados
Sus dos manos cruzadas bajo su pecho
Una sobre una.

Ponerla en la tenue víspera,
Con sus súbitas lágrimas y blancos abedules;
Y dejar que su desaparición parezca haber sido
Algo fácil.

Aislarla de esta hora de pena
Y echando la tierra sobre ella, como un respiro,
Coserla tiernamente, para que pueda
Cosechar su muerte.

Y cerrar sus ojos, cerrar sus labios,
Pues quieta, muy quieta está su castigada lengua;
Su hora ha terminado, su aliento ha pasado,
Y su canto se cantó.

Ponerla bajo la roja hierba salvaje
En los campos que la muerte removió y doblegó con lluvia;
Y dejar que su silencio parezca moverse
Dentro de la semilla.



El cadaver floreciente
Tan quieta yace en este cerrado lugar apartado,
Sus pies se han vuelto frágiles para la cita fantasmal;
Su pulso ya no golpea en su muñeca;
Ni su eco vaga por su corazón.

Sobre el cuerpo y la quieta cabeza
Como majestuosos helechos sobre una autera tumba,
Se mecen suaves cabellos; bajos sus axilas florecen
las adormecidas pasionarias de los muertos.



Cuando la carne que besamos se ha ido
Cuando la carne que besamos se ha ido
Y diente con diente los amantes verdaderos yacen
En ocioso enredo, hueso con hueso,
¿Llamaríais éxtasis a eso?

No, pero amor en litigio.
En la postrera extremidad,
En duelo con la eternidad,
Postyrando amor que pide clemencia,
¡Y complica la engañosa fidelidad!

Djuna Barnes (III)

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A UNA DE OTRO HUMOR
¿Oh amada querida, debería dejar
de mirarte, siempre con ojos húmedos,
y quejumbrosos besos de estos labios donde yace
más miel que en tus áloes? ¿Debería romper
aún más oscuras hierbas, y suspirando no perder de vista
con fingida lamentación y gritos temerosos,
rodeándote lentamente con blasfemias
porque estaría bailando? No, me falta
la necesaria torpe salmodia de la desesperación.
No resuena en mí tu sombrío humor,
ni está en mi corazón. Ni en ningún lugar
dentro de mi carne, la misma carne que enamoraste.
¿Entonces para qué aflojar mi trenzado pelo
ocultando mis ojos, y pretender que cavilo?


ELLA PASÓ POR AQUÍ
Aquí donde los árboles aún tiemblan por tu huida
estoy yo y trenzo finos látigos para castigarte.
¿Cómo podremos encontrarte, a ti que te has ido
toda vestiditos, ceceando por la ciudad?

Grandes hombres a caballo te cazan, y fuertes jóvenes
usan sus flechas en el leve aire.
Pero a mí me escucharán silbando a donde voy
trenzando largos mechones de hierba y de pelo semental.

Y en la noche cuando treinta halcones se eleven
en ritmo creciente, y el borde del camino en ruidos;
Cuando ellos quemen campo y mata y seto,
yo te robaré como un penique entre la multitud.


ANTIGÜEDAD
Una dama con una capucha de tela ligera
con rectas lengüetas fijas y ojos mudos,
y bellos labios finos y hábilmente dibujados
y extrañamente sabios.

Un camafeo, una gola de encaje,
un cuello cuadrado con los ángulos bien puestos;
una fina nariz griega y junto al rostro
una lustrada trenza.

Bajas curvas hacia los lados, teñidas de ámbar
las pálidas orejas atrapadas en su trampa.
Y un perfil como una daga yaciendo
entre el pelo.


QUISIERA QUE PENSASES EN MÍ
Como una que, recostada contra el muro,
una vez arrancó
gruesas flores, y escuchó
el zumbido
de pesadas abejas lentas rondando la húmeda ciruela,
y escuchó a través de los campos el paciente arrullo
de pájaros inquietos desconcertados con el rocío.

Como una cuyos pensamientos eran locos en el
doloroso mayo,
con ojos melancólicos vueltos hacia su amada
Y hacia la inquieta tierra por la que
se extendió
el frío centeno y los nuevos espinos que echaban ramas–
con un flaco sabueso andante, por sola compañía.


OCASO DE LO ILÍCITO
Tú, con tus largas y vacías ubres
y tu calma,
tu ropa blanca manchada y tus
fláccidos brazos.
Con dedos saciados arrastrándose
en tus palmas.

Tus rodillas muy separadas como
pesadas esferas;
con discos sobre tus ojos como
cáscaras de lágrimas,
y grandes lívidos aros de oro
atrapados en tus orejas.

Tu pelo teñido cardado a mano
alrededor de tu cabeza.
Labios, mucho tiempo alargados por sabias palabras
nunca dichas.
Y en tu vivir todas las muecas
de los muertos.

Te vemos sentada al sol
dormida;
con los más dulces dones que tenías
y no has conservado,
nos afligimos de que los altares de
tu vicio reposen profundos.

Tú, el polvo del ocaso de
un amanecer húmedo de fuego;
tú la gran madre de
la cría ilícita;
mientras las otras se encogen en virtud
tú has dado a luz.

Te veremos mirando al sol
unos cuantos años más;
con discos sobre tus ojos como
cáscaras de lágrimas;
y grandes lívidos aros de oro
atrapados en tus orejas.


TRANSFIGURACIÓN
El profeta cava con manos de hierro
en las inestables arenas del desierto.

El insecto vuelve a su larva;
retorna a semilla la rosa trepadora.

Como humo hasta la vacía garganta de Moisés,
irrumpen todas las palabras que dijo.

El cuchillo de Caín retira la estocada;
Abel se levanta del polvo.

Pilatos no puede encontrar su lengua;
desnudo está el árbol del que Judas colgó.

Lucifer clama desde la tierra;
Cristo cae a su muerte.

A Adán vuelve la fastidiosa costilla;
una criatura solloza en su flanco.

La extensión del Edén es espesa y verde;
el bosque se agita, no se ve una bestia.

Desencadenado, el sol, con rabiosa sed,
alimenta al último día con el primero.

Djuna Barnes - "Los médicos"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista, poeta, cuentista, autora teatral y articulista estadounidense. Ella misma se definió como "la escritora desconocida más famosa del mundo". Su novela "El bosque de la noche" es considerada como una de las más importantes novelas modernistas. Su estilo es complejo. Alguien la describió como una prosista inclinada por las retórica arcaica en la que se conjugan el simbolismo, el expresionismo, el surrealismo y todas las vanguardias del momento.
Algo de su poesía podéis leerla aquí y aquí.
Este cuento se encuentra recogido en "El vertedero", recopilación de cuentos publicada en 1962, que es en realidad una edición corregida y aumentada de "Una noche entre los caballos" de 1929.

—Nos hemos forjado contra el Día del Juicio.
La doctora Katrina Silverstaff hacía esta observación en los momentos más extraños, aparentemente sin ninguna relación con nada, como uno podría suspirar «Estate quieto». A menudo se lo decía a sí misma. Lo pensaba, de regreso a su casa, caminando a lo largo del muro de la orilla este del río, balanceando en el dedo el lazo de la cinta de la caja de pastelitos de carvi que siempre llevaba a la casa para el té; pero siempre se paraba para apoyarse en el muro y mirar las barcazas del río cargadas de ladrillos relucientes que se alejaban hacia las Islas.
La doctora Katrina y su marido el doctor Otto habían sido estudiantes en el mismo gymnasium en Freiburg-im-Breisgau. Ambos habían empezado un doctorado en ginecología. Otto Silverstaff lo sacó, como se dice, pero Katrina se perdió en alguna parte en la vivisección, comportándose como si fuera consciente de una insolencia. Otto esperó para ver qué decisión iba a tomar ella. Dejó la clase y se la vio en el parque, inclinada hacia delante, sosteniendo el bastón de Otto, el puño de oro en ambas manos, los codos apoyados en las piernas, removiendo las hojas caídas.
Nunca recuperó su alegría. Se casó con Otto pero no parecía saber cuándo; sabía por qué —lo amaba— pero él la eludía, al estar en la corriente del tiempo, con su ser absolutamente cotidiano.
Llegaron a América a principios de los años veinte, y fueron inmediatamente acogidos con agrado por los ciudadanos de la Segunda Avenida. La gente los apreciaba, eran personas de confianza, eran duraderos; la doctora Katrina era útil para los animales y los pájaros, y el doctor Otto, en todo su dedicado, redondo cuerpecillo, era un hombre fervoroso, que en cualquier emergencia se desplazaba sin que nada le colgara, aparte de las riendas de goma de su estetoscopio. Cuando golpeaba los nudillos en la espalda que se le brindaba, surgía de detrás del hombro con los ojos saltones y la boca rígida, pronunciando la sentencia en pesadas ráfagas de esperanza, regaliz y ácido carbólico.
Los letreros con los nombres de los médicos estaban uno al lado del otro en la pequeña entrada de azulejos, y uno al lado del otro (como las figuras de un cuadro holandés) los médicos estaban sentados en la mesa frente a la ventana. El primer día fue el día en que ella observó por primera vez «Nos hemos forjado contra el Día del Juicio». Entre los dos había un mapamundi y junto al doctor una balanza. Él estaba empujando perezosamente el brazo de la balanza de dientes oxidados cuando ella empezó a hablar, y cuando dejó de hacerlo bruscamente él se paró, mirándola con expresión apacible. Estaba desmesuradamente contento con ella; era «agua de mar» y «fortaleza impersonal», que ni pedía ni necesitaba atención. Estaba hecha de meritoria dedicación, entregada a un ordenado territorio de abstracción, un encuentro con la enajenación excelentemente organizado; en pocas palabras, para Otto era incomprensible, como una decisión en ajedrez, ella podía moverse a cualquier posición pero todo movimiento, así le parecía al doctor, sería de acuerdo a las reglas de aquel juego antiguo.
Los médicos habían estado ejerciendo poco más de un año cuando nació el primer hijo, una niña, y al año siguiente un niño; luego basta de niños.
Como el doctor Otto se había considerado siempre un liberal en el sentido primitivo y sensato de la palabra (como explicaría más tarde, sentado con sus vecinos en la parrilla húngara, con la esposa a su lado), no encontraba nada de extraño en la abstracción de su mujer, su retraimiento, su silencio, especialmente si había un xilófono, y una muchacha bailando sobre el pivote de la bota en el aire acre del asador que giraba. Katrina siempre había tenido cuidado con la música, se podía decir de ella que la «seguía» nota a nota.
Coleccionaba libros sobre religión comparada, también; y empezó a aprender hebreo. Él decía a todo el mundo:
—¿Y qué? ¿Acaso no somos ciudadanos de algo?
Así su vida entró en su décimo año. La niña había empezado a tomar clases de baile, y el niño (que llevaba gafas) estaba absorto en los insectos. Entonces ocurrió algo realmente extraordinario.
Un día en que llamó un vendedor ambulante de libros, la doctora Katrina había abierto la puerta. Por regla general no tenía paciencia con este tipo de gente, y los despedía con un seco: «¡No, gracias!» Pero esta vez se detuvo, con el picaporte en la mano, y miró al hombre que dijo llamarse Rodkin. Dijo que estaba recorriendo esa parte de la ciudad. Dijo que el año anterior, cuando estaba vendiendo la Revolución Francesa de Cariyie, no había llegado a pasar; esta vez, sin embargo, estaba vendiendo la Biblia. Haciéndose a un lado, la doctora Katrina lo dejó entrar. Claramente sorprendido, entró y se quedó de pie en el vestíbulo.
—Vamos a la sala de espera —dijo ella—. Mi marido está de consulta y no hay que molestarlo.
Él dijo:
—Sí, naturalmente, comprendo.
Aunque no comprendía nada.
La sala de espera estaba vacía, oscura y húmeda, como un campo surgido del mar. La doctora Katrina alargó la mano y encendió una luz solitaria que derramó su arco oscilante sobre la alfombra descolorida.
El vendedor ambulante, un hombre delgado, pálido, con una barba lacia y muy rubia, más la barba de un animal que la de un hombre y con una melena del mismo color, casi blanca, que le colgaba, lisa, de la coronilla, resultaba —con sus ojos claros y todo lo demás— muy poco amenazador; era tan incoloro que parecía espectral.
La doctora Katrina dijo:
—Tenemos que hablar de religión.
Él se alarmó y preguntó por qué.
—Porque —dijo— nadie se acuerda de ella.
Él no contestó hasta que ella le dijo que se sentara, y se sentó, con las rodillas cruzadas; luego dijo:
—¿Y entonces?
Ella se sentó enfrente, con la cabeza ligeramente a un lado, al parecer meditando. Luego dijo:
—Tengo que hacer que la religión se transforme fuera del alcance de los pocos; quiero decir fuera del alcance para unos pocos; algo de nuevo imposible; a encontrar de nuevo.
—¿Transforme? —repitió él—. Qué palabra tan rara.
—Es la única palabra posible —dijo irritada—, porque, de momento, son demasiados los que reclaman la religión.
Se pasó una pequeña mano por la barba:
—Pues sí —contestó—, comprendo.
—¡No, no comprende! —espetó ella bruscamente—. Vayamos al grano. Para mí todo está demasiado organizado. No digo esto porque necesite su ayuda. Nunca necesitaré su ayuda. —Lo miró fijamente—. Que quede claro desde el principio.
—Principio —repitió él en voz alta.
—Desde el principio, justo desde el comienzo. No ayuda, obstáculos.
—¿Para lograr qué, Madame?
Se quitó la mano de la barba y bajó el brazo izquierdo, dejando caer los libros.
—Eso es asunto mío —dijo—. No tiene nada que ver con usted; usted sólo es el medio.
—Claro, claro —dijo él— El medio. Un temblor se le extendió a la mejilla, como una mueca de dolor.
—Usted no puede hacer nada, no como persona. —Se levantó—. Tengo que hacerlo todo yo. i No! —dijo, alzando las dos manos, agarrando las puntas del chal en un gesto de cólera y de orgullo, si bien él no se había movido—. Seré tu amante.
Abandonó las manos en los pliegues del chal.
—Pero —añadió— no te entrometas. Mañana vendrás a verme, y basta; eso es todo.
Y con este «todo» el pequeño vendedor ambulante sintió un miedo que le resultaba completamente extraño.
Sin embargo al día siguiente volvió, farfullando, inclinándose, tropezando. Ella no lo quiso ver. Mandó decir por medio de la doncella que no le necesitaba; y él se fue avergonzado. Volvió al siguiente día, sólo para que le dijeran que la doctora Katrina Silverstaff no estaba en casa. El domingo siguiente estaba.
Estaba tranquila, casi amable, como si estuviese preparándolo para una decepción, y él escuchaba.
—Deliberadamente he eliminado el remordimiento de lo prohibido; espero que comprendas.
Él dijo «Sí» y no comprendió nada.
Ella prosiguió inexorable:
—No habrá espinas para ti. Echarás en falta las espinas, pero no te atrevas a mostrarlo en mi presencia. —Al ver su terror añadió—: Y no te permito que sufras mientras yo esté en la habitación. —Empezó a desabrocharse el prendedor lenta y meticulosamente—. Me molesta todo tipo de decadencia espiritual.
—¡Oh, oh! —dijo él en voz baja.
—Es la voluntad —dijo ella—, que debe alcanzar un distanciamiento total.
Sin esperárselo, él prorrumpió colérico:
—Supongo que sí.
Ella permaneció silenciosa, pensando, y él no pudo evitarlo, oyó su propia voz que decía:
—iYo quiero sufrir!
Ella se dio vuelta rápidamente:
—No en mi casa.
—Te seguiré hasta el fin del mundo.
—No te echaré de menos.
Él dijo:
—¿Qué vas a hacer?
—¿Acaso se destruye uno mismo cuando se está completamente desinteresado?
—No lo sé.
Luego dijo:
—Amo a mi marido. Quiero que lo sepas. No tiene nada que ver con esto, sin embargo quiero que lo sepas. Estoy contenta con él, y muy orgullosa.
—Sí, sí —dijo Rodkin, y empezó a temblar de nuevo; su mano en la columna de la cama hacía resonar el latón.
—Hay algo en mí que es lúgubre porque es existencia.
Él no contestó; estaba llorando.
—Hay otra cosa —dijo ella con aspereza— en la que insisto: que no me insultes con tu atención mientras estés en la habitación.
Él intentó contener las lágrimas, y trató de comprender lo que estaba ocurriendo.
—Mira —prosiguió ella—, hay gente que bebe veneno, otros utilizan el cuchillo, otros se ahogan. Yo te amo a ti.
Al amanecer, incorporándose en la cama, ella le preguntó si quería fumar, y le encendió un cigarrillo. Luego se quedó ensimismada, sentada en el borde de caoba, con las manos en el regazo. Desgraciadamente, Rodkin ahora se encontraba a gusto. Se dio vuelta en la cama, encogió los pies bajo las ancas, cruzados, fumando lentamente, cuidadosamente.
—¿Se sienten remordimientos?
La doctora Katrina no contestó, no se movió, parecía no haberle oído.
—Anoche me asustaste —dijo él, estirando los talones y tumbándose boca arriba—. Anoche casi llegué a ser alguien.
Siguió el silencio.
Empezó a citar la Biblia:
—¿Acaso te abandonarán las bestias del campo y los pájaros del aire? —Añadió—: ¿Acaso algún hombre te abandonará?
Katrina Silverstaff permaneció como estaba, pero algo tembló bajo su mejilla.
Rompió el día, se apagaron los faroles, el carro de la leche traqueteaba sobre los adoquines y hacia la oscuridad de una calle lateral.
—Uno. Uno de entre tantos... el único.
Ella seguía sin decir nada y él apagó el cigarrillo, respirando con dificultad. Empezaba a temblar; se volvió y se levantó, poniéndose la ropa.
—¿Cuándo volveré a verte?
Le inundó un sudor frío, le temblaban las manos.
—¿Mañana?
Intentó acercarse a ella, pero se encontró en la puerta.
—No soy nada, nadie...
Se volvió hacia ella, se inclinó ligeramente, como si quisiese besarla, pero ningún movimiento lo ayudó.
—Te lo estás llevando todo. No puedo sentir... No sufro, nada, ¿comprendes?... No puedo...
Él trató de mirarla. Al cabo de mucho rato lo consiguió.
Vio que ella no sabía que él estaba en la habitación.
Entonces, algo parecido al terror se apoderó de él, y, asiéndolo con suavidad y astucia, hizo girar el picaporte y desapareció.
Unos días más tarde, al atardecer, con el corazón como el corazón de un perro, llegó a la calle de los médicos y miró la casa.
Un simple lazo de crespón colgaba de la puerta.
Desde ese día empezó a beber mucho. Empezó a ser un pesado en los cafés del barrio, y en cierta ocasión, cuando vio al doctor Otto Silverstaff sentado solo en un rincón con sus dos hijos, soltó una estrepitosa carcajada y rompió a llorar.

Djuna Barnes (II)

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La soñadora
Cae la noche, en oscurecidas formas que parecen
tantear, con misteriosos dedos hacia la ventana -luego-
descansan en el dormir, envolviéndome, como en un sueño.
Fe mía -¡que yo pueda despertar!

Y gotea la lluvia con el mismo triste, insistente ritmo.
Temblando a través del vidrio, inclinándose lacrimosa,
y suave golpetea, como pequeños pies temerosos.
Fe mía -¡qué tiempo este!

El plumoso fresno aletea; allí sobre el vidrio,
el fuego moribundo lanza un parpadeante rayo fantasmal,
y luego se cierra en la noche y la lluvia cae suave.
Fe mía -¡qué oscuridad!


Descontento
En verdad, cuando me paro a pensar
que con cuerda de cáñamo yaceré ovillada a la cama,
consciente de que las nacientes lágrimas de las plañideras
son meras salpicaduras marinas de la agitada cabeza,
entonces, como la ardilla que pelea con su nuez,
con mi acopio para el invierno disputo mi territorio,
para que ninguno pueda hurgar dentro y compartir mi pan.



Una víctima es un estado de declinación
Hay esa verdad que sólo la víctima saborea,
cuando es joven, y aún toda impregnada de lluvia,
el triturar la pulpa del níspero en la lengua
que, sin embargo, deshace la boca-
En una vigilia de la tierra
imbuida de algún tema más importante
y algún acuerdo más tardío-
pero en una palada de la tierra
y de algún tema sutil imbuida,
el vencedor ofrece a la víctima, su Madre.
Ataviado de sigilo,
doblegado y sacudido por la carnicería (la risa)
camina alejando de sí, en sí mismo sus huesos.

Djuna Barnes - "El bosque de la noche"

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A principios de 1880, pese a tener fundadas dudas acerca de la conveniencia de perpetuar esa raza que posee la aprobación del Señor y la reprobación de los hombres, Hedvig Volkbein —vienesa de gran vigor y belleza militar, en un lecho con dosel de intenso y espectacular carmesí, con las alas bifurcadas de la casa de Habsburgo estampadas en la cenefa y edredón de plumas con el escudo de los Volkbein fastuosamente bordado en oro viejo— dio a luz, a los cuarenta y cinco años, a su único hijo, siete días después del anunciado por su médico para el parto.
Volviéndose y contemplando su campo visual, que vibraba con la trepidación de un batir de cascos de caballos en la calle, la mujer, con la prosopopeya del general que saluda a la bandera, le puso el nombre de Félix, parió y murió. El padre había sucumbido a unas fiebres seis meses antes. Guido Volkbein, judío de ascendencia italiana, gourmet y dandy, que nunca se presentaba en público sin la pelusilla de la cinta de una desconocida condecoración en el ojal de la solapa, era un hombre bajo, fornido, de altiva timidez, con un abdomen levemente protuberante en curva ascendente que hacía destacar los botones del chaleco y el pantalón, marcando el centro exacto de su persona con la línea obstétrica que ofrecen las frutas, inevitable secuela de las copiosas dosis de borgoña, nata y cerveza.
Guido había hecho del otoño su estación por ser ésta para él época de nostalgia y horror, en la que le asaltaban recuerdos raciales. Y se le veía pasear por el Prater llevando en el puño, bien visible, el delicado pañuelo de lino amarillo y negro que clamaba contra el decreto de 1468 dictado por un tal Pietro Barba, por el que se exigía que los de la raza de Guido corrieran en el Corso, con una cuerda al cuello, para diversión del populacho cristiano, mientras las damas nobles, sentadas en posaderas excesivamente delicadas para el reposo, se ponían en pie y, con los cardenales y los monsignori de roja sotana, aplaudían con ese abandono frío e histérico a la vez de un pueblo que es a un tiempo injusto y feliz; el mismo Papa soltaba su asidero del cielo, estremecido con la risa del hombre que renuncia a sus ángeles para recobrar a la bestia. Este recuerdo y el pañuelo que lo simbolizaba habían exacerbado en Guido la conciencia de lo que supone ser judío (al igual que ciertas flores que, estimuladas a la apoteosis de un éxtasis de floración, no bien alcanzan su variedad específica, empiezan a degenerar). Y él, sofocado, imprudente y condenado, con los párpados temblorosos sobre sus ojos saltones, compartía, lívido, un sufrimiento que, al cabo de cuatro siglos, hacía de él una víctima, y sentía en la garganta el grito que antaño recorriera la Piazza Montanara, «Roba vecchia!» —la degradación por la que su pueblo había sobrevivido.
(...)

Djuna Barnes

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Verso
Si alguien pregunta «¿cómo es enamorarse
de alguien que no puedes rechazar, siendo ella más joven?»
Como debería ser, contestamos, prueba.
La caída del diente de leche en la lengua,
es ya suficiente otoño en la boca.
(¿Los jóvenes?)

Para quien prefiera el original:

Should any ask «what it is to be in love
with one you cannot slough, she being young?»
What should it be, we answer, who can prove
The falling of the milk-tooth on the tongue,
is autumn in the mouth enough.
(The young?)


¡Ay, Dios mío!
¡Ay, Dios mío, qué es lo que amamos!
¿Esta carne puesta en nosotros como un guante arrugado?
Huesos tomados deprisa de alguna lujuriosa cama,
y por momentos, un empujón del diablo.

Qué es lo que besamos con prisa,
esta boca que busca la nuestra, o aún más ese
pequeño ojo lastimoso en la engañada cabeza,
como si lamentara aquello que a nosotros nos falta.

Este pálido, este más que anhelante oído atento
que escucha de la lastimosa boca el suave lamento,
para marcar la silenciosa y angustiada caída
de otra caliente y deformada lágrima.

Brazos cortos y magullados, pies muy separados
para caminar eternamente con nosotros desde la salida.
¿Ay Dios, es ésta la razón que amamos,
no son tales cosas golpes mortales al corazón?