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Edwidge Danticat - "Nueva York. Mujeres del día"

Posted by La mujer Quijote in ,




Este cuento se encuentra en el volumen "¿Krik? ¡Krak!".
La versión es la de Ramón González Férriz.




Hoy, caminando calle abajo, veo a mi madre. Pasea con andar alegre, abriéndose camino hacia la señal de NO CRUZAR, por entre los taxis amarillos que giran cuarenta y cinco grados en la esquina de Madison con la calle Cincuenta y Siete.
Nunca la he visto en un barrio de este tipo, curioseando en Chanel y Tiffany's, y mirando absorta las joyas que brillan en el escaparate de Bulgari. Mi madre nunca compra fuera de Brooklyn. Nunca ha visto la agencia de publicidad en la que yo trabajo. Le da miedo coger el metro y encontrarse con esos jóvenes militantes negros que discursean por la calle e insultan a las mujeres negras que se alisan el pelo.
Aun así, aquí está mi madre, que se quedó en casa en albornoz, con páginas de periódico enrolladas como rulos en el pelo cuando yo me marché esta mañana. Mi madre, que me acusa de múltiples ofensas mientras salgo de casa con prisas.

¿No piensas levantarte y ceder a una señora anciana como yo tu asiento en el metro? Tal como están las cosas, seguro que no le cedes el asiento ni a una mujer embarazada.

Mi madre, que casi siempre tiene razón en eso. A veces me levanto y cedo mi asiento. Otras veces, no. Depende de cuán embarazada esté la mujer, y de si está o no con su novio o marido, y de si él está sentado o no.
Mientras mi madre está parada enfrente de Carnegie Hall, un taxista le grita a otro:
—¿Dónde crees que estás? ¿En una pista de baile?
Mi madre espera pacientemente a que acabe esa discusión para cruzar la calle.

En Haití, cuando te atropella un coche, el conductor baja y te patea por haberle manchado de sangre el parachoques.

Mi madre, que ríe al decir esto y muestra un gran hueco en la boca donde había las tres muelas que le quitó el dentista la semana pasada. Mi madre, que a los cincuenta y nueve dice que las dentaduras postizas están bien.

Puedes quitártelas cuando te molestan. Me gustan. Me gustan de verdad.

Pero ¿debes notar una especie de vacío cuando papá te besa, no?

Oh, no. Ya no me besa de esa forma.

Mi madre, que mira el sorteo de la lotería cada noche en el canal 11, aunque nunca en su vida ha comprado un número.

Con una tercera parte de ese dinero me bastaría. Acabaríamos de pagar la hipoteca y tu padre podría dejar de conducir ese taxi por todo Brooklyn.

Sigo a mi madre como hipnotizada por las muchas posibilidades que su paseo ofrece. A pesar de llevar un vestido de flores, se pierde con facilidad en un mar de vestidos grises o a rayas, de tacones altos y elegantes minifaldas, de zapatillas Reebok corriendo de edificio a edificio.
Mi madre, que no saldrá a comer con nadie.

Si quieren comer conmigo, que vengan a mi casa, aunque no les dé más que agua hervida.

Mi madre, que habla sola mientras despluma los pollos.

Grasa, ya sabes, y colesterol. La grasa y el colesterol mataron a tu tía Hermine.

Mi madre, que hace una mermelada con piel de uvas secas en la que pone trozos de corteza de canela que a mí siempre me parecen cucarachas. Mi madre, a la que siempre compro en su aniversario cosas para la casa. Una buena olla para cocer el arroz, una licuadora.
Sigo las orquídeas rojas de su vestido y el gran bolso de piel falsa que lleva colgado del hombro. Cuando me doy cuenta del vertiginoso ritmo de mi persecución, me apoyo en un muro para descansar. Mi madre sigue andando, como si fuera la propietaria de la acera sobre la que pisa.
Mientras se encamina hacia el Hotel Plaza, la bicicleta de un mensajero le pasa tan cerca que quiero saltar y salvarla, pero ella se para en seco, y la bicicleta la esquiva y continúa su marcha.
Mi madre se para en un puesto de hot-dogs y pide algo. El vendedor le da una lata de refresco y ella la mete en el bolso. Se para ante otro puesto, de vestidos de playa a siete dólares. Puedo ver que está mirando uno de estampados africanos, mientras intenta recordar mi talla. Por favor, mamá, pienso, no lo compres. Sería otra de tantas cosas que enterraría en el garaje o daría a beneficencia.

¿Por qué tenemos que darlo a beneficencia, cuando hay tanta gente en Haití que necesita ropa? Lo guardaremos para nuestros parientes de allí.

Durante veinte años hemos estado guardando todo tipo de cosas para los parientes de Haití. Y yo necesito un espacio en el garaje para una bicicleta estática.

Eres tan guapa que podrías ser azafata. Sólo a los perros les gustan los huesos.

Se para en otro puesto de hot-dogs y se compra un frankfurt, que va comiendo mientras camina. No sabía que mi madre comiera frankfurts. Tal como tiene la presión, no debería comer nada que contenga sodio. Debe tener cuidado con su corazón, esta mujer del día.

No puedo tragarme la sal. Pesa más que cien bolsas de vergüenza.

Cada vez camina más lentamente, y ahora estoy demasiado cerca. Si se girara me vería. Dejo que se adentre en el parque antes de empezar a seguirla de nuevo.
Mi madre se dirige hacia el parterre de arena del centro del parque. Allí, una mujer está esperando con un niño. Lleva unas mallas y unos pantalones cortos de ciclista, y sostiene unas pequeñas pesas en las manos. Se despide del niño besándole y se lo deja a mi madre. Después se marcha precipitadamente, corriendo por el camino de cemento del parque.
El niño que se ha quedado con mi madre tiene el pelo rubio y crespo. Su mano se desliza familiarmente en la de ella, como si la conociera de hace tiempo. Cuando levanta la cabeza para mirarla, es como si mirara al cielo.
Mi madre le da al niño el refresco que ha comprado en el puesto de la esquina. La cara del chico se ilumina cuando ve que mamá pone en él una pajita. Parece ser una conspiración entre los dos.
Mi madre y el niño se sientan y miran a los otros niños jugar en el parterre de arena. Él saca un cómic de su mochila, en la que está dibujado el Big Bird. Mi madre mira de reojo el tebeo. Ella, que aprendió a leer sola con los libros que sus hermanos llevaban a casa de la escuela, cuando era una niña pequeña en Haití.
Mi madre, que ha perdido a seis de sus siete hermanas en Ville Rose y que nunca ha tenido suficiente valor para volver allí a sus funerales.

Tendré muchas tumbas que besar cuando vuelva. Muchas tumbas que besar.

Cuando el niño se termina el refresco, mi madre tira la lata. Yo espero y miro desde un rincón, hasta que vuelve la mujer de las mallas y los pantalones cortos de ciclista, sudada y resollando, una hora más tarde. Mi madre le devuelve al niño y se adentra paseando en el parque.
Doy media vuelta y empiezo a andar para salir de allí antes de que mi madre me vea. Hace tiempo que mi hora libre para comer ha terminado y tengo que volver rápidamente al trabajo. Camino a través de una multitud de corredores y me dirijo a un autobús de Sweden Tours. Me quedo detrás del autobús y miro a mi madre en el parque. Está en un corro, hablando con otras mujeres que sacan a pasear, por la tarde, a los hijos de otra gente. Parece como si estuvieran en una reunión de la Asociación de Padres del Tercer Mundo.
Rápidamente me meto en un taxi para ir a la oficina. ¿Me hubiera saludado mamá si me hubiera visto ella a mí antes que yo a ella?
Mientras el taxi acelera para salir del parque, se me ocurre que tal vez un día siga a una mujer calle abajo por error, confundiéndola con mamá, cuando en realidad es la madre de alguna otra persona.

Las mujeres del día aparecen cuando nadie lo espera.

Esta noche, en el metro, me levantaré y le cederé mi asiento a una mujer embarazada o de la edad de mamá. Mi madre, que se llena la boca de alfileres e hincha las mejillas como si fuera Dizzy Gillespie mientras cose otra muñeca de trapo a la que pondrá mi nombre, Suzette.

Siempre me quedarán estas pequeñas Suzzetes en caso de que tú no tengas hijos, lo que cada vez parece más probable.

Mi madre, que me tuvo cuando tenía treinta y tres años —l'áge du Christ—, a la edad en que Cristo murió en la cruz.

Es un bendición, créeme, aunque los médicos americanos digan que corres el riesgo de tener un niño retrasado.

Mi madre, que me cose cuellos de encaje en las camisetas del equipo de softball de la empresa cuando me hace la colada.

¿Qué pasa? ¿Es que no puedes parecer una señora cuando juegas a softball.

Mi madre, que nunca asistió a ninguna reunión de la Asociación de Padres cuando yo iba a la escuela.

De todos modos, te ha ido bien. ¿Qué iban a decirme? No quiero que tengas que avergonzarte de las mujeres del día. La vergüenza pesa más que cien bolsas de sal.

Edwidge Danticat - "Mujeres de la noche"

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Este cuento se encuentra en el volumen "¿Krik? ¡Krak!". La versión es la de Ramón González Férriz.

El calor de la noche en la cara me hace estremecer. Me siento tan desnuda como si estuviera en carne viva; es como si tuviera muchos más años que los veinticinco que en realidad he vivido. La noche es el momento que más temo entre todos, pero mi vida depende de ella por completo.
Las sombras se contraen y se dilatan sobre la cortina de encaje mientras mi hijo se mete en la cama. Veo cómo aquel niño se está convirtiendo en un hombre espigado, cuya altura sobrepasa ya la inocente tela que divide la única habitación de la casa en dos espacios, en dos esteras, en dos mundos.
Por un breve instante, casi le confundo con el fantasma de su padre, un viejo amante que desapareció con las sombras de la noche hace ya mucho tiempo. La cama de mi hijo está en una esquina, lejos de las miradas celosas. Observo cómo hunde la cabeza en el hueco de su almohada y mueve su cuerpecito, con cuidado para no arrugar su traje de los domingos. Se lía mi largo pañuelo de color rojo sangre alrededor del cuello. Es el pañuelo que llevo durante el día para atraer a mis pretendientes, y se lo dejo por la noche para que tenga algo mío cuando no pueda distinguir mi cara.
Veo su sombra reposar inmóvil a través de la cortina; mis ojos están fijos en él como las estrellas que miran a hurtadillas a través de los pequeños agujeros del techo que ninguno de mis amantes arreglará: les gusta ver un pedacito de cielo mientras yacen sobre su espalda desnuda en mi jergón.
Una luciérnaga zumba de acá para allá en la habitación, y topa de vez en cuando con su cuerpo, pero nunca con el mío. Tal vez sea un mosquito que ha adquirido el don de iluminarse. Él, mi hijo, es capaz de matar a los mosquitos aplastándolos en su cara sin ni siquiera despertarse. Por la mañana tiene la frente llena de pequeñas marcas de sangre, como si se hubiera pasado toda la noche besando a una mujer que tuviera heridas ensangrentadas en la cara.
Mientras duerme, se revuelve y gime como si hubiera descubierto el placer de tocarse. Nunca hemos hablado sobre el amor. ¿Qué debería saber? El amor es una de esas cosas que uno aprende al crecer, como aprende que un zapato está hecho para adaptarse a un pie determinado y no a otros, para los que resultaría incómodo.
Hay dos tipos de mujer: las mujeres del día y las mujeres de la noche. Yo estoy atrapada entre el día y la noche, en esa zona dorada y ambarina. Mis ojos son de un color sucio, casi cobrizo cuando están al sol. He decidido que voy a recoger mi enmarañado pelo en trenzas, cuando aprenda a arreglármelo sin que se me entumezcan los brazos.
Casi todas las noches oigo un débil susurro. Me quedo fría al pensar lo poco que tardaría en cruzar la cortina y llegar hasta mí.
Dice “mamá”.
Yo digo “cariño”.
Cada noche, de un modo u otro, me llama susurrando. Oigo el zumbido de la radio, que tiene forma de lata de cola; uno de mis clientes se la dio para que se pusiera los auriculares y pudiera dormir mientras mamá trabaja.
Hay un lugar en Ville Rose donde mujeres fantasma cabalgan sobre la cresta de las olas, mientras se quitan con un cepillo las estrellas del pelo y las dejan en el camino para seducir a los paseantes. Hay noches en que creo que esas mujeres fantasma están conmigo. Tengo entendido que hay mujeres que pasan la noche sentadas deshaciendo trozos de ropa que han estado tejiendo durante todo el día. Esas mujeres destruyen el fruto de su esfuerzo para tener siempre más trabajo que hacer. Y mientras tengan trabajo no se verán obligadas a yacer junto al alma sin vida de un hombre cuyo olor persiste todavía en la cama de otra.
Sé si mi hijo duerme por la reacción que tiene cuando rozo su mejilla con mis labios. Es como una mariposa revoloteando sobre una roca que sobresale desnuda en mitad de un río. A veces veo en los pliegues de sus ojos un deseo por algo que es más grande que yo. Somos como amantes en la distancia, mintiéndonos el uno al otro, siempre bajo distintas lunas.
Cuando le acaricio con el meñique el estrecho hiato que media entre su nariz y sus labios, saca la lengua y me chupa la punta del dedo. Protesta con un gemido y se gira, tal vez pensando que aquello forma parte del sueño.
Y le susurro mis cuentos sobre las montañas en el oído, mis cuentos sobre las mujeres fantasma con estrellas en el pelo. Le hablo de las serpientes venenosas que hay en uno de los extremos del arco iris y del sombrero lleno de oro que hay en el otro. Le cuento que, si consigo cruzar un río de hibiscos, puedo convertirme en una diosa. Soplo en sus largas pestañas para ver si está realmente dormido. Mis dedos se entrecruzan hasta convertirse en imágenes de pájaros sobre su nariz. Quiero que olvide que vive en un lugar en el que nunca perdura nada.
Sé que a veces se pregunta por qué me preocupo de forma tan exagerada. Por qué me dibujo medias lunas sobre la frente sudorosa y me pongo polvos carmesíes en el nacimiento de las mejillas. Se viste con su arrugado traje de los domingos y le digo que estamos esperando a un dulce ángel y que en el lugar por donde los ángeles caminan los hombres deben ser tan bellos como hibiscos flotando.
Mientras duerme, tira con los dedos de las arrugas de su holgada camisa. Y chupa los restos de la última golosina que me ha robado del monedero y que han quedado en sus labios.
Basta, basta o tus clientes se pondrán negros. He olvidado hacerle frotar hojas de menta en los dientes. No sabe que tal vez algún día una mujer como su madre le juzgará por la blancura de sus dientes.
No tarda mucho antes de ponerse a roncar suavemente. Escucho la tímida risa de sus sueños más dulces, sueños de ángeles que saltan sobre su cabeza y descansan de vez en cuando sus rosados talones sobre su nariz.
Le oigo tararear una canción. Uno de los madrigales que todavía enseñan a los niños en las escuelas públicas durante las tardes calurosas. Kompè Jako, domé vou? ¿Duermes, hermano Jacques?
Los hibiscos susurran fuera, en la noche. Yo canto para ayudarle a que se sumerja aún más en su sueño. Me pongo otra capa de Rojo Egipcio en las mejillas. En los polvos hay unas motas brillan tes que ayudan a mi visitante a encontrarme en la oscuridad.
Emmanuel vendrá esta noche. Es un médico al que le gustan las mujeres con grandes nalgas, pero las mías, a pesar de ser pequeñas, le bastan. Viene los martes y los sábados. Trae flores como si viniera a cortejarme. Esta noche me ha traído buganvillas; siempre es una sorpresa.
-¿Cómo está tu mujer?- pregunto.
-No tan guapa como tú.
Los lunes y los jueves viene un acordeonista llamado Alexandre. Le gusta imitar el sonido del acordeón en mi oído. El resto de la noche lo pasa meciendo su cabeza de fruto del árbol del pan sobre mi ombligo.
Me he inventado una historia por si mi hijo se despierta. Un día, sin embargo, será ya demasiado mayor para creer que esos hombres que vienen y se van son un espejismo y que la carne desnuda es un sueño. Le diré entonces que su padre ha vuelto, que un ángel lo trajo del cielo para que se quedara con nosotros durante un tiempo.
Las estrellas van desapareciendo poco a poco del agujero del techo, mientras el doctor se sumerge más y más en mi cuerpo. Vibra y jadea. Le tapo la boca para que no grite. Veo la cara de su esposa en las gotas de sudor que le bajan por la barbilla. Se marcha con el cuerpo empapado del rocío de nuestra carne: cuando está satisfecho me dice que soy un torrente, una cascada.
Una vez se ha ido, al amanecer, me siento fuera y me fumo una hoja de tabaco seca. Miro a las esposas de los obreros pasar una tras otra hacia el mercado al aire libre, a medio día de camino a pie de donde viven. Agradezco a las estrellas que por lo menos tenga el día para mí.
Cuando vuelvo a entrar en la casa, escucho el ritmo de la respiración de mi hijo. Rápidamente inclino la cara hacia sus labios para sentir el tranquilizante calor de su boca.
-¿Mamá, se han ido otra vez los ángeles sin que yo los viera? -susurra suavemente, mientras me rodea el cuello con un brazo.
Me meto en la cama con él, a su lado, y le arrullo para que vuelva a dormirse.
-Cariño, los ángeles tienen toda una vida para visitarnos.

Edwidge Danticat - "Lélé"

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Haití es algo más que miseria, terremotos y dictadores asesinos paseándose impunemente por ahí.

Aquel verano hacía tanto calor en Léogáne que la mayoría de las ranas explotaron, lo que atemorizó no sólo a los niños que antes las perseguían hasta el río al anochecer o a los padres que se apresuraban a arrebatarles los cadáveres raídos de entre los dedos, sino también a mi hermana de treinta y nueve años, Lélé, que estaba embarazada de cuatro meses de su primer hijo y temía que, de seguir subiendo la temperatura, ella también explotaría. Las ranas llevaban una temporada muriendo, pero no nos habíamos dado cuenta, sobre todo porque lo hacían con discreción. Tal vez por cada una fallecida otra había ocupado su lugar a la orilla del río, exactamente con el mismo aspecto que las demás, haciéndonos creer que tenía lugar un ciclo normal, que los jóvenes sustituían a los viejos y la vida sustituía a la muerte, a veces con lentitud y a veces aprisa, tal como sucede con nosotros.
«Sin duda esto es señal de que va a ocurrir algo terrible», me dijo Lélé, ambos sentados en la galería del piso superior de la casa de mis padres una noche particularmente sofocante. Aunque mi padre, antiguo juez de paz de la ciudad de Léogáne, había muerto más de diez años atrás y mi madre cinco años antes que él, nunca he podido dejar de pensar en el lugar que yo, y ahora mi hermana, llamaba hogar como si fiera de ellos. La fachada de casa de muñecas de nuestra vivienda de madera había sido meticulosamente bosquejada por papá, que pasaba sus veladas después de trabajar poniendo al día y revisando cada detalle conforme su casa se construía desde los cimientos. Él y maman habían ido a la capital para adquirir el metal ondulado y las celosías ribeteadas, un trayecto que por entonces, antes de que naciéramos mi hermana y yo, suponía varias horas atroces en una vieja furgoneta heredada de mi abuelo medio francés, el anterior juez de paz. La carcasa de la furgoneta seguía por ahí en alguna parte entre las docenas de almendros que salpicaban nuestras tres hectáreas, su motor antaño atronador oxidándose medio enterrado, como el desatendido monumento conmemorativo que era.
En mi galería el aire era levemente más fresco que en los dos dormitorios donde dormíamos mi hermana y yo, tal como habíamos dormido de niños, rodeados de estanterías cubiertas de libretas encuadernadas en cuero colmadas de las preocupaciones y quejas que consumieron los días, y a veces las noches, de nuestro padre y nuestro abuelo. El año pasado decidí leer todos sus cuadernos antes de trasladarlos al archivo de los juzgados de la ciudad. Y ahora, a pesar de su estado, mi hermana, que estaba en pleno proceso de separación de su marido, me ayudaba a revisarlos.
—En todas sus notas no he visto una sola mención de ranas que murieran así —decía Lélé.
Antes de quedarse embarazada, Lélé fumaba mucho, y a veces, cuando hacía alguna declaración —pues tenía una de esas voces que dan aire de estar haciendo siempre alguna declaración—, sonaba un tanto falta de resuello. Eso se veía agravado por el hecho de que ahora tenía una criatura oprimiéndole los pulmones, desde luego, pero, pensándolo bien, ya hablaba así incluso cuando era niña, a veces enfatizando a propósito un ceceo que curiosamente le otorgaba mayor seguridad.
—He hablado con varias personas al respecto —le dije—. Incluso llamé a unos amigos médicos de Puerto Príncipe.
—¿Qué sabrán los médicos sobre ranas muertas? —me atajó—. Lo que hace falta son especialistas en el mundo, gente que estudie la tierra. —Al tiempo que echaba la cabeza atrás, haciendo oscilar tres largas trenzas en el aire vespertino, Lélé se golpeó la palma de la mano para recalcar sus palabras y añadió—: Fíjate bien en lo que te digo: antes de que pase el verano ocurrirá aquí alguna catástrofe.
Puesto que vivíamos a un kilómetro escaso del río, pensé que el olor a ranas podridas podía ser como mínimo una catástrofe en potencia, pero en los días siguientes no llegó ningún olor. En cuanto las pieles bruñidas y los diminutos órganos quedaban expuestos al sol, las ranas despedazadas se secaban y se desvanecían en el lecho del río.
Eso fue un golpe de suerte para Lélé, que a esas alturas de su embarazo seguía luciendo un tipo esbelto y elegante, debido en parte a que no tenía mucho apetito. El olor de la mayor parte de las cosas la hacía vomitar, salvo la fragancia mohosa de la tinta antigua y el papel a medio deshacer, con los que disfrutaba tanto que francamente llegué a sospechar que estaba royendo pequeños fragmentos del legado judicial de la ciudad.
Una semana después de que Lélé hiciera su predicción, las ranas ya no suponían ningún problema. Habían caído unos cuantos centímetros de lluvia en algún punto de las montañas y el río se desbordó, ahogó el resto de la población de ranas y depositó una gruesa capa de marga arenosa mucho más allá de las orillas del río, arrasando, entre otras cosas, el campo de vetiver que, al igual que mi padre y mi abuelo antes que yo, había plantado fielmente al comienzo de cada año. Algunos años incluso había sacado beneficios con mi vetiver, que no sólo era bueno para la tierra sino también muy codiciado por los abastecedores de las empresas de perfumes. Esos años había utilizado el dinero para plantar unos almendros más cerca de la sección de nuestra propiedad que casi se confundía con la carretera. A Lélé le encantaban los almendros, y antes de quedarse embarazada, cada vez que venían de visita ella y su marido Gaspard, los dos pasaban horas partiendo los fibrosos frutos con piedras de río para extraer las almendras.
• • •
La mañana que Gaspard vino a ver a Lélé, tuve que irme a toda prisa a los juzgados. Debía declarar como testigo en el caso de un ex sacerdote que había presentado una querella para que se le abonaran los costes de su tratamiento psiquiátrico. El sacerdote aseguraba haber sido obligado por el jefe de policía a dar la extremaunción a unos presos que éste había ordenado ejecutar antes de que comparecieran ante un magistrado. A mí me había llamado la sobrina del sacerdote, con la que éste vivía después de haber sido expulsado de su parroquia, para que le tomara declaración sobre su impresión de la salud mental del cura, y lo único que tenía pensado hacer ante el tribunal era reiterar lo evidente: que por alguna razón el sacerdote había perdido el juicio. El juez, carecía de paciencia para casos en los que no había posibilidad de sobornos, probablemente lo desestimaría de inmediato. Sea como fuere, puesto que se esperaba la asistencia de dos periodistas de radios locales, el magistrado debía seguir con la farsa y fingir que nos escuchaba a todos antes de dictar su veredicto.
No tengo formación académica en asuntos de derecho. Todo lo que sé lo aprendí a la sombra de mi padre. Su enfoque siempre había sido el mismo. Estamos presentes sólo como testigos, no para participar, decía, sino para ofrecer un documento, una declaración jurada, un acta notarial, que tal vez resulte de utilidad en un procedimiento o acción legal posterior. Si se nos llama a prestar declaración ante un juez, basta con que digamos lo que hemos visto. No hacemos conjeturas ni suposiciones. Únicamente hablamos cuando se nos pregunta.
Esa era mi actitud con respecto a Lélé y Gaspard. El todoterreno de Gaspard aparcó delante de la casa justo cuando yo me marchaba en dirección contraria. Probablemente tendría que comparecer en su proceso de divorcio. Habría tiempo más que de sobra para ponerse de parte de alguien.
No se presentaron ni el sacerdote ni su sobrina, así que el magistrado desestimó el caso. En los diez años que llevaba haciendo aquello, había visto que son más los que no comparecen que los que comparecen. Muchos simplemente buscaban la ventaja de la vista inicial, sobre el terreno o en mi despacho, donde tomaba la mayor parte de mis notas. El resto ya sabía el desenlace más probable de su caso o estaba demasiado asustado para presentarse.
El coche de Gaspard seguía delante de la casa cuando regresé a comer. Gaspard era un hombre pequeño, más bajo incluso que mi hermana descalza. Sin embargo era atractivo, con cara de elfo marrón oscuro y una amplia sonrisa que parecía incapaz de contener aun cuando estaba furioso. Provenía de una familia de sastres y vestía muy bien, últimamente con camisas blancas holgadas y con bordados y pantalones de algodón amplios.
Lélé y Gaspard estaban sentados en extremos opuestos de la sala de estar cuando entré, él en nuestra tumbona de sesenta años de antigüedad con estampado de flores de lis y ella en una mecedora junto a las puertas acristaladas que daban al campo de vetiver, ahora arrasado.
Marthe, que llevaba con nosotros el tiempo suficiente como para habernos dado a luz a mi hermana ya mí, se acercó sin prisas con una bandejita reluciente para recoger el vaso vacío de Gaspard. Me vino a la cabeza una imagen de Gaspard sentado allí toda la mañana, tomando sorbitos de un único vaso de la jugosa limonada de Marthe aderezada con esencia de vainilla mientras contemplaba el perfil inexpresivo de Lélé.
Aunque yo había contratado a una chica más joven para que la ayudara, Marthe seguía prefiriendo encargarse de la mayor parte de las tareas livianas de la casa, incluida la de atender a nuestros invitados. Marthe tenía cerca de setenta años, la misma edad que hubiera tenido nuestra madre de haber seguido con vida. También poseía la misma cara con forma de luna y la constitución fornida. Cuando era pequeño, yo creía que ella y mi madre eran hermanas. Sigo sin estar convencido de que no lo fueran.
Esperé a que Marthe saliera de la sala y luego, frotándome las manos, dije:
—Y bien, les amoureux, ¿nos hemos reconciliado?
Gaspard levantó la vista hacia mí, su sonrisa incontrolable de pronto amenazadora. Por una vez, mientras sonreía, dio la impresión de que hacía rechinar los dientes.
—¿No te lo ha dicho? —me preguntó.
Encogí los hombros y desvié la vista hacia mi hermana, cuyos ojos no se apartaban del campo asolado de vetiver.
—Tenemos que limpiar ese campo —dijo por fin—. Y deberíamos darnos prisa. Es posible que todavía haya algo que salvar.
—A veces no hay nada que salvar —señaló Gaspard.
Se levantó y pasó rápidamente por mi lado, pero, cuando llegaba al umbral, donde más cerca estaba de mi hermana, retrocedió y me puso una mano en el hombro.
—Lo siento, hermano —me dijo—. No deberías haberlo visto.
Negué con la cabeza sin saber muy bien qué decir. Tenía la impresión de que todas las cartas estaban en manos de Lélé. Era su turno.
Esperé hasta oír que arrancaba el coche de Gaspard. Cuando los neumáticos escarbaron en la gravilla del sendero de entrada, le pregunté a mi hermana:
—¿Seguro que es el momento adecuado para diferencias irreconciliables?
Se levantó de la mecedora y echó las persianas de las puertas acristaladas, oscureciendo considerablemente la sala.
—No quiero hablar de eso—dijo, y se dejó caer en uno de los viejos divanes junto a la chimenea cerrada.
—¿Te engaña? —pregunté—. Si te engaña, puedo encontrar el modo de hacer que lo metan en la cárcel.
—No me engaña.
—¿Le engañas tú?
Me lanzó una mirada con los ojos saltones y abiertos de par en par y luego se señaló el vientre.
—¿Es suya la criatura? —pregunté, a la vez que me sentaba en el suelo a sus pies.
—Bobo —me regañó.
Al apoyar la cabeza en su rodilla, me sentí igual que cuando era niño y volvía corriendo a casa, desolado, tras acompañar a mi padre a hacer el levantamiento de un cadáver.
«No puedes hacer esta clase de trabajo si lloras en el escenario», me decía mi padre al tiempo que me palmeaba la nuca delante de sus testigos. En una ocasión, incluso después de haber visto el cadáver despedazado de un hombre decapitado. El propio hermano del hombre le había asestado un machetazo en el cuello durante una disputa a causa de una parcela. Aquella noche, Lélé me dejó dormir en su cama, pero sobre todo me dejó llorar.
—¿Seguro que no quieres contármelo? —le pregunté.
—Quizá a su debido tiempo.
—¿Alguna vez hemos utilizado esa chimenea? —pregunté, y señalé la única parte de cemento de nuestra casa, un nicho cuadrado que Lélé había llenado recientemente de grandes velones decorativos.
—Es posible que Marthe se acuerde mejor —dijo-, pero sólo recuerdo que la utilizáramos una vez, la noche que naciste. Llenó toda la casa de humo y estuvo a punto de hacerla arder.
Al día siguiente llevaba una declaración jurada para un divorcio propiamente dicho cuando empezó a llover. Me inquietaba que el río se desbordara de nuevo, llegando esta vez allende los campos de vetiver y los almendros. La nuestra era la única casa tan cerca del río. Las demás, más nuevas y desvencijadas, habían sido arrastradas por inundaciones relámpago, muchas con familias enteras dentro. Tenía intención de decirle a Lélé que debíamos hacer algo respecto a la casa. Si me había abstenido de discutirlo con ella era porque aún no había decidido qué hacer. ¿Debíamos vendérsela a alguien a quien legaríamos el mismo problema al que ahora nos enfrentábamos? ¿Derribarla y reconstruirla en terreno más elevado? ¿Mudarnos a otra parte y utilizarla únicamente durante la estación seca? Estaba convencido de que Lélé ya tendría una solución, de la que estaría segura al cien por cien, de modo que quería decidirme por mi cuenta antes de hablar con ella. Aun así, conforme seguía lloviendo y más viandantes buscaban cobijo en la galería a la salida de mi oficina, tenía la acuciante sensación de que un muro me separaba de Lélé.
Desde hacía años celebraba reuniones trimestrales con los campesinos de los pueblos, sobre todo en los pueblos de río arriba, y les informaba que el río estaba causando estragos como respuesta a la falta de árboles, la erosión del terreno y la degeneración de la capa superficial del suelo.
—¿Qué quiere que hagamos? —me replicaban—. Denos algo con lo que sustituir el carbón vegetal y pararemos.
A veces, en mis intentos de convencerlos de que no cortaran arbolillos, recurría a las metáforas más viles, los ruegos más melodramáticos.
—Es igual que matar a un niño —les decía.
—Si tengo que matar un niño árbol para salvar a mi propio hijo, mataré al niño árbol —respondían.
Ahora, gracias a su estupidez, o más bien a la estupidez de sus necesidades, la casa de nuestros padres podía quedar muy pronto bajo las aguas. Tal vez despertáramos flotando sobre nuestras camas y tuviéramos que encaramarnos al tejado a esperar que menguara la corriente. Mi hermana bien podía dar a luz en un árbol.
—Merde —le dije al demandante que tenía ante mí—. ¿Por qué quieres divorciarte de tu mujer?
—Porque es fea —respondió, su semblante dotado de una seriedad mortal, aunque tal vez no tan ansioso como el mío.
—¿Cuándo se volvió tan fea? —Le estaba gritando, pero por lo visto ni se daba cuenta.
—Después de tener hijos —respondió—. Perdió unos cuantos dientes y ya no es cariñosa.
—¿Qué clase de cariño esperas de ella? —indagué.
—Toda clase de cariños —dijo, y me lanzó un guiño—. Ya sabe.
—¿Cuántos hijos tenéis?
—Diez.
Bajé el bolígrafo y dejé de tomar notas. Tuve ganas de golpearlo tal como mi padre me golpeaba a mí. «Pórtate como un hombre —sentí deseos de decirle—. Ésta es tu vida.»
Deseé mantener con él la charla que tal vez me vería obligado a mantener pronto con mi hermana, convencerlo de que, al abandonar a su familia, estaba portándose como un cobarde. Sea como fuere, cuando levanté la vista, volvía a lucir un sol perfecto de puertas afuera. Los que habían buscado refugio de la lluvia en la galería a la entrada de mi oficina volvían a salir ahora a la calle. Los coches también circulaban de nuevo, salpicando agua fangosa por todas partes.
—Vuelve mañana —le dije al desdichado marido. Planeaba hacerlo venir a verme al menos diez veces antes de tomar por escrito su declaración, tal como me estaba exigido por ley, y tramitársela.
Resultó que no había llovido cerca de la casa y el río no se había desbordado. De todas maneras, era insólito que se desbordase durante el día, lo que no hacía sino agravar mi ansiedad. Todas las inundaciones relámpago con resultados mortales habían tenido lugar por la noche. Tal vez mi miedo fuera levemente irracional. No obstante, el verano anterior, la cuarta ciudad más grande del país había quedado sumergida bajo las aguas durante semanas. Ya no podía seguir arriesgándome.
Cuando llegué a casa, me dispuse a abordar el asunto con Lélé de inmediato. La encontré en su antigua habitación, sentada en medio de la amplia cama de caoba con dosel que nuestros padres habían encargado para ella cuando era adolescente. De la casa que ella y Gaspard habían compartido los últimos veinte años, había traído una mosquitera de gran tamaño que colgó sobre el dosel, lo que le confería todo el aspecto de estar atrapada en un sueño translúcido. Las libretas de nuestro padre estaban esparcidas, abiertas, todo en torno a ella. En su regazo tenía su propio cuaderno. Garabateaba furiosamente, pasando una hoja tras otra mientras tomaba notas.
Salí a la terraza, donde Lélé tenía, entre sus muchas plantas en macetas, una silla de mimbre en la que se sentaba todas las mañanas, envuelta en una de sus sábanas, para ver salir el sol sobre las montañas. Llevé la silla adentro y la coloqué delante del armario ropero enfrente de ella. Cuando estaba sentándome, ella levantó la mirada, dándose por enterada de mi presencia por un momento, y luego volvió a centrar la atención en las libretas.
—¿Trabajas de la misma manera que ellos? —me preguntó.
—¿A qué te refieres?
Hablábamos a través de un velo, pero ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por apartarlo. En todo caso, me hacía sentir un poco más cómodo, más valiente.
—¿Guardas tus anotaciones como hacían grand-pere y papá? —me preguntó.
—Claro. Están todas en los archivos en la ciudad, que es donde deberían estar ésas. Las hemos guardado demasiado tiempo. No nos pertenecen solamente a nosotros. Pertenecen a Léogáne.
—Sí que nos pertenecen —replicó—. Escucha.
Incinándose, alargó el brazo y cogió una de las libretas que estaban a la altura de sus rodillas. Debió de ejercer demasiada presión sobre el vientre, pues de súbito echó la cabeza atrás, dejó caer la libreta y empezó a frotarse la barriga.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Dame un minuto. —Siguió frotándose, al tiempo que cerraba los ojos y susurraba para sí.
—¿Te has hecho daño?
—Estoy bien —dijo, y abrió los ojos de nuevo—. Déjame que te lea esto.
Cuando cogió una de las libretas de mi padre parecía serena, casi en perfecto estado otra vez.
—Aquí hay unos apuntes sobre el robo de una vaca. Ganado robado, etcétera, decía, pero en el margen escribió: «Hoy ha nacido Lélé. Le hemos puesto el nombre de Léogáne. Espero que no se crea que la ciudad entera le pertenece.» —Alargó el brazo de nuevo y cogió otra libreta—: «Lélé es la primera en el colegio —leyó—. Después de cenar me ha dicho al oído que quiere sucederme en mi puesto como juez de paz.»
Sentí deseos de preguntarle si nuestro padre había escrito algo parecido, o cualquier otra cosa, sobre mí. Cabía la posibilidad de que yo no lo hubiese visto. Pero sabía que no era así. Y ella también.
—Podrías haberlo sido —le dije—. Podríamos haber hecho el trabajo los dos.
—Supongo que hace treinta años no podías llevar por ahí a una niña mientras documentabas las desgracias de la ciudad. Eso me dijeron tanto él como mamá.
—Mira, te dieron su mundo entero, que era esta ciudad —le aseguré para animarla—. Te pusieron su nombre. Estaban muy orgullosos el día de tu boda. Adoraban a Gaspard. Les entristeció que no pudierais tener hijos. Ahora estarían felices.
Pasó las páginas de las libretas y las cerró todas. Creí que iba a levantar la mosquitera y salir, pero no lo hizo.
—Hablando de Gaspard... —dije.
—Quieres saber cuándo voy a volver, ¿verdad?
Tuve la sensación de estar hablando con una de las personas que venían a presentar sus querellas. Necesitaba lugares, fechas y horas específicos.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque estoy pensando en vender la casa.
—No —dijo—, la casa no.
—Empieza a resultar absurdo vivir aquí, tan cerca del río, presiento que es una trampa mortal.
Me entraron ganas de subirme a la cama y decirle que todo iba a ir bien, que ahora teníamos derecho a forjar nuestros propios caminos, a alejarnos del pasado. En cambio, ella recogió las libretas en una pila y se apartó de ellas hacia el borde de la cama. Levantó la mosquitera con tanta rapidez que en un instante nuestras caras casi se tocaban. Desprevenido, me vi obligado a apartar un poco la silla.
—¿Quieres saber por qué dejé a Gaspard? —dijo—. Es debido al bebé.
—¿Qué le pasa al bebé?
—Está enfermo.
—¿Enfermo?
—¿Es así como recuerdas todo lo que te dice la gente? ¿Sencillamente repites sus palabras?
—¿A qué te refieres con que el bebé está enfermo?
Justo en ese momento entró Marthe para anunciar la comida.
—Lélé, no has comido en todo el día —dijo, y agitó el índice a modo de regañina—. Tienes que comer para que ese niño venga fuerte.
—Enseguida bajamos, chérie —dijo mi hermana.
—De acuerdo, pero no vamos a dejar que se enfríe la comida. Ya sabes cuánto detesto la comida fría.
—¿Te das cuenta del tiempo que lleva diciéndonos eso? —comentó Lélé cuando Marthe se marchó.
—Probablemente toda nuestra vida.
—¿Te das cuenta de lo asombroso que es?
—Cuéntame lo del bebé —insistí.
—No quería hacerlo —dijo—, pero Gaspard se obstinó debido a mi edad, así que fui al hospital, L’Hópital Sainte Croix, y me lo hice.
No estoy seguro de haber entendido todo lo que dijo. Hubo una prueba con imágenes, una ecografía. Al bebé, que resultó ser niña, estaba creciéndole en la nuca un quiste de grandes dimensiones que descendía columna abajo. En caso de que viviera lo suficiente para nacer, probablemente moriría poco después.
—¿Qué ocurrió? —le pregunté—. ¿Qué lo ha causado?
—Un golpe de mala suerte. Nadie lo sabe.
Tanto el médico como Gaspard eran de la opinión de que abortara mientras pudiera. Pero ella quería seguir adelante con el asunto, llevarlo a término.
—Será tu ruina —le dije.
—¿Cómo?
—Haré lo que pueda para ayudarte.
—No hay nada que hacer —señaló—. A eso voy.
—¿Has pensado en el parto?
—Se encargará Marthe —dijo——. Me asistirá durante el parto tal como hizo con nosotros.
Esa noche, después de cenar hacía demasiado calor para estar dentro, así que volvimos a salir a la galería y escuchamos sonidos a los que otras noches no prestábamos atención: el lamento de las cigarras, el cacareo de algún gallo desorientado, la risa asordinada de vecinos lejanos que atajaban por nuestra propiedad. A diferencia de los veranos de nuestra infancia, cuando a pesar del calor habríamos estado correteando por ahí medio desnudos, no oímos el menor revuelo en los árboles cercanos ni pájaros que se aposentaran con vistas a la noche. Y tampoco oímos el croar de ranas chapoteando al entrar y salir del río. No oímos ranas en absoluto.
La criatura de mi hermana ya se sentía como una ausencia también, algo que debíamos llorar e ignorar al mismo tiempo. De vez en cuando la veía retorcer el cuerpo de lado a lado. Luego se levantaba un momento de la silla mientras el bebé despertaba en su interior, gesto que repitió varias veces. Bajaba la vista hacia la mansa curva creciente de su cuerpo, pero no se tocaba el vientre, y tampoco me invitó a que lo tocara o llevara la oreja hasta allí. Y yo no me atreví a pedírselo.
Gaspard se pasó por la casa de nuevo a primera hora del día siguiente. Hacía una mañana terriblemente hermosa. Todavía no estaba sofocante ni nublada, sino intensamente brillante, casi resplandeciente. Era una de esas mañanas que hacían evaporarse mis miedos acerca de vivir en la ribera del río, una de esas mañanas que probablemente lograrían que me quedara siempre en Léogáne, plantando mi vetiver y mis almendros.
Me marchaba a trabajar cuando vi a Gaspard sentado en su coche, las ruedas delanteras enfiladas hacia la terraza de Lélé. Di unos golpecitos en la ventanilla y él alargó el brazo y me abrió la puerta. Al tiempo que me acomodaba en el asiento del acompañante, apreté su hombro levemente tal como él solía apretar el mío, a guisa de saludo, de disculpa. Sentados en silencio, nos turnamos mirando el sendero de gravilla que llevaba entre los almendros hasta la carretera. Cuando éramos niños, Lélé y yo echábamos carreras desde la casa hasta la carretera. Nuestro sprint siempre parecía interminable, agotador, pero nos enorgullecíamos en extremo cuando alcanzábamos el final, ya fuera delante o detrás del otro. Con la vista levantada hacia la terraza donde Lélé se sentaba todas las mañanas a ver salir el sol arropada con una sábana, Gaspard y yo sólo veíamos sus pies asomando por la barandilla, encerrados tras el reborde con forma de puntilla de la galería.
—No voy a dejarla —dijo—. Después de que nazca el bebé, veremos adónde podemos ir.
Levantó las manos como para saludar en dirección a Lélé, pero ella miraba más allá de nosotros, hacia las montañas, enmarcada por un aura de cielo índigo.
—Quiere enterrar a la criatura aquí —me contó—. Quiere que haya pasado toda su vida aquí, en la casa de tus padres. Supongo que tiene la sensación de que, si no se hubiera marchado, nada de esto habría ocurrido. Estaría aquí igual que tú, sola, pero a salvo de las cosas que tan bien documentas tú.
—Sigue estando en tela de juicio lo bien que llevo a cabo mi documentación —señalé.
—Lélé te admira, y piensa que lo haces bien. —Y como yo no respondí, añadió—: Entre los árboles. Quiere enterrar a la criatura entre los almendros.
Justo entonces caí en la cuenta de que no estaba hablando conmigo. Hablaba con Lélé. Ella había apartado la vista de las montañas y lo miraba directamente a él, a nosotros, su mirada fija, casi como un reto, un desafío.
—Ha sido por un hongo —dijo Gaspard.
—Creía que no sabíais la causa —comenté.
—El bebé no —señaló——, las ranas.
La víspera, cuando había venido a ver a Lélé, ella le había encargado que averiguara qué podía haber acabado con las ranas del río. Había regresado a casa y llamado a varias personas, incluido uno de sus amigos de infancia, un botánico haitiano-canadiense, quien le explicó que, teniendo en cuenta las circunstancias, suponía que probablemente las ranas habían muerto debido a una enfermedad miótica provocada por las temperaturas más elevadas de las habituales.
—¿Podríamos haber hecho algo por ellas? —le preguntó Gaspard a su amigo.
—No —le contestó su amigo—. Todos tenemos nuestro camino a seguir, y ése era el suyo.

Edwidge Danticat - "Hijos del mar"

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Dicen que más allá de las montañas hay más montañas. Ahora sé que es verdad. Sé también que hay aguas eternas, mares infinitos, y mucha gente cuyo nombre a nadie importa. Miro hacia el cielo y te veo allí. Te veo llorar como un caracol aplastado, como lloraste cuando te ayudé a arrancar tu primer diente. Sí, te quería entonces. No sé por qué, cuando te miraba pensaba en hormigas rojas, ardientes. Quería que me clavaras las uñas y me dejaras sin sangre.
No sé cuánto tiempo estaremos en el mar. En este pequeño barco hay conmigo otras treinta y seis almas desertoras. Llevamos como velas unas sábanas que ondean llenas de manchas de un rojo brillante.
Cuando subí a bordo, me pareció poder oler todavía el semen y la inocencia perdida de aquellas sábanas. Levanto los ojos y pienso en ti y en cuantas veces te resististe. A veces parecía que lo desearas, pero siempre supe que querías que te respetase. Pensabas que te estaba poniendo a prueba, cuando lo único que yo deseaba era estar cerca de ti. Pero tal vez tengas tú razón. Fantaseo demasiado. Me temo que voy a tener pesadillas cuando nos adentremos en el mar. Odio de veras tener todo el día el sol en la cara. Si volvemos a encontrarnos, verás lo moreno que estoy.
Ahora que me he ido, seguro que tu padre te casa con alguien. Hagas lo que hagas, no te cases con un soldado, por favor. Casi no son humanos.

haiti est comme tu l’as laissé. sí, exactamente igual a como lo dejaste. balas día y noche. el mismo agujero. todo igual. estoy cansada de todo esto, me irrita y me pone de mal humor. paso las horas persiguiendo cucarachas por la casa. las aplasto con el talón. me vuelven loca, todo me vuelve loca, estoy encerrada el día entero. cerraron las escuelas cuando el ejército tomó el control. nadie menciona el nombre del antiguo presidente. papá quemó los carteles y las viejas insignias de la campaña. mamá enterró sus insignias en un agujero, detrás de la casa. ella cree que quizás vuelva, dice que entonces las desenterrará. nadie sale de su casa. nadie. papá quiere que tire las cintas de tu programa de radio. rompí algunas cintas de música, pero todavía tengo tu voz, doy gracias a dios de que te marcharas a tiempo. los otros jóvenes de la federación han desaparecido. nadie ha oído nada de ellos, creo que deben de estar en la cárcel. tal vez estén todos muertos. papá se preocupa un poco por ti. no te odia tanto como tú crees. el otro día le oí preguntarle a mamá, ¿crees que el chico está muerto? mamá dijo que no lo sabía. creo que él siente haberse portado tan mal contigo. ya no dibujo mis mariposas porque ni siquiera me apetece ver el sol. en cambio, mamá dice que las mariposas pueden traer noticias, las de colores claros traen buenas noticias y las negras nos avisan de la muerte. nosotros tenemos toda la vida por delante. solías decirlo, ¿recuerdas?, pero entonces las cosas eran muy distintas.

Hay una chica embarazada a bordo. Debe de tener nuestra misma edad. Diecinueve o veinte años. Tiene el rostro cubierto por unas cicatrices que parecen heridas de navaja. Es bajita y habla con un sonsonete que me recuerda a los aldeanos del norte. La mayor parte de la gente del barco es mucho mayor que yo. He oído decir que muchos de estos barcos llevan a bordo niños pequeños. Me alegro de que éste no. Creo que me rompería el corazón ver todos los días a un niño o a una niña en mitad de este mar, recordándome con su cara inexpresiva el desesperado futuro de nuestro país. Bastante duro es ya para los adultos. Bastante duro es para mí.
Antes de tener que estudiar tanto para los exámenes de la universidad, solía leer mucho sobre América. Estoy intentando recordar si leí algo sobre Miami. Hace sol. Allí no nieva como en otras partes de América. No puedo decir con exactitud a qué distancia estamos. No creo que estemos muy lejos de nuestra costa. En el mar no hay fronteras. Todo parece una misma cosa. Ni siquiera puedo decir si vamos a caer por el borde de la tierra. Tal vez el mundo sea plano y nosotros vayamos a descubrirlo. Como los navegantes de antaño. No soy muy religioso, ya lo sabes. A pesar de ello rezo todas las noches para que no nos encontremos con una tormenta. Cuando consigo dormir, sueño que un huracán nos atrapa, y luego otro, y otro. Sueño que viene un viento del cielo y nos reclama el mar. Y nos hundimos en él y nadie vuelve a saber nunca de nosotros.
Ahora acepto mejor la idea de morir. No es que la haya aceptado por completo, pero soy consciente de que puede suceder. No me interpretes mal. No quiero ser un mártir. Un muerto no sirve para nada. Pero si la muerte viene, sé que no puedo gritarle y decirle que se vaya.
Espero que otro grupo de jóvenes pueda hacer el programa de radio. Durante mucho tiempo ese programa fue toda mi vida. Estuvo muy bien tener una radio como aquélla, donde podíamos hablar de lo que queríamos del gobierno, de lo que queríamos para el futuro de nuestro país.
Hay muchos protestantes en este barco. Muchos de ellos creen ser Job o los Hijos de Israel. Parece como si esperaran que alguien bajara del cielo y abriera el mar para nosotros. Dicen que el Señor es quien da y que el Señor es quien quita. Nunca me ha sido dado mucho. ¿Qué podrían quitarme?

si pudiera matar. si supiera magia wanga, los borraría de la faz de la tierra, hoy han disparado a un grupo de estudiantes delante de la cárcel de fort dimanche. se estaban manifestando por los cuerpos de los seis de la radio. así es como os llaman, los seis de la radio, tenéis un nombre. tenéis una reputación. mucha gente cree que estáis muertos como los otros. quieren que les devuelvan los cuerpos a las familias, esta tarde, el ejército dio por fin algunos cuerpos. les dijeron a las familias que fueran a buscarlos a las salas de indigentes del depósito. nuestra vecina la señora roger volvió a casa con poco más que la cabeza de su hijo. en realidad, sólo con su cabeza. en el depósito le dijeron que un coche le había atropellado y había arrancado la cabeza del cuerpo. cuando la señora roger fue al depósito, le dieron la cabeza. antes de que la viéramos nosotros, había estado paseando la cabeza por todo port-au-prince. sólo para mostrar lo que le habían hecho a su hijo. los macoutes se reían de ella desde las casas. le preguntaron si aquello era su cena. hicieron falta diez personas para evitar que saltara sobre ellos, la hubieran matado, los muy perros. nunca más saldré de casa. ni siquiera al patio para respirar. siempre te están vigilando, como buitres. por las noches no puedo dormir. cuento las balas en la oscuridad, me pregunto si es verdad. ¿pudiste realmente marcharte? me gustaría que hubiera algún modo de estar segura de ello. sí, lo haré. seguiré escribiéndote tal como te prometí. lo odio, pero seguiré escribiendo. sigue haciéndolo tú también, ¿vale?, y cuando nos volvamos a ver, parecerá que no hayamos perdido el tiempo.

Hoy ha sido, en verdad, nuestro primer día en el mar. Todo el mundo vomitaba con cada balanceo del barco. Las caras que me rodean tienen ya ese color tostado por el sol. «Ahora no nos confundirán con los cubanos», dijo un hombre. Pero algunos cubanos también son negros. El hombre dijo que él estuvo una vez en un barco con un grupo de cubanos. Su barco se había detenido para recoger a los cubanos en una isla cerca de las Bahamas. Cuando los guardacostas se toparon con ellos, llevaron a los cubanos a Miami y a él lo mandaron de vuelta a Haití. Esta vez se había embarcado con papeles y documentos que mostraban que era perseguido por la policía de Haití. Además, por si quedaba alguna duda, tenía una pierna rota.
Una señora mayor tuvo una insolación y se desmayó. La reanimé mojándole los labios con agua salada. Durante el día llega a hacer mucho calor. Por la noche, hace mucho frío. Como no hay espejos, nos miramos las caras los unos a los otros para ver lo débiles y enfermos que empezamos a estar.
Algunas de las mujeres cantan y cuentan historias a los demás para evitar los vómitos. Entre tanto, yo miro el mar. Por la noche, el cielo y el mar se unen. Las estrellas parecen inmensas y cercanas. Se reflejan y brillan en el mar. A veces creo que puedo alargar la mano y coger una del cielo, como si fuera un fruto del árbol del pan o una calabaza o cualquier cosa que nos pudiera servir en este viaje.
Cuando cantamos Querido Haití, no hay otro lugar como tú. Tuve que dejarte antes de poder entenderte, algunas de las mujeres lloran. A veces, quisiera detener la canción y ponerme a llorar yo también. Para esconder las lágrimas simulo tener náuseas, por el olor del mar. Ahora ya no canto nunca con ellos.
Probablemente tú no sepas mucho de esto, porque tu padre siempre te ha vigilado de cerca, en tu casa tan protegida con tu gentilísima madre. No, no me río de ti por ello. Si algo siento, es envidia. De haber sido chica, tal vez me hubiera quedado en casa en lugar de salir a politiquear y a meterme en problemas. Cuando llevas un par de días en el mar, huele como todo el pescado que te has comido, todos los cangrejos que has cazado, todas las medusas que te han picado las piernas. Estoy harto de este olor. También estoy harto de cómo empieza a oler la gente del barco. No sé cómo lo soporta Célianne, la chica embarazada. Está todo el tiempo con la mirada perdida en la distancia, frotándose la barriga.
Nunca la he visto comer. A veces las otras mujeres le ofrecen un pedazo de pan y lo coge, porque ella no tiene comida. No puedo evitar pensar que el niño nacerá en cuanto ella no pueda resistir el hambre.
La otra noche nos despertó con sus gritos. Creí que le dolía el estómago. Empezó a entrar agua en el barco por un agujero que estaba donde ella dormía. Hay una grieta a popa que parece que vaya a romper el barco en dos si crece. El capitán nos apartó y tapó el agujero con brea. Todos empezaron a preguntarle si todo iba bien, si todo acabaría bien. Él dijo que esperaba que los guardacostas nos encontraran pronto.
Uno no puede irse a dormir después de esto. Así que todos nos pusimos a mirar la brea a la luz de la luna. Estuvimos así hasta que amaneció. No puedo evitar preguntarme cuánto tiempo va a resistir la brea.

papá encontró tus cintas, empezó a gritarme y a preguntarme si estaba loca, sólo espera que levanten la prohibición de la gasolina para marcharnos de la ciudad, estos días no deja de molestarme porque no puede salir y conducir su furgoneta. todas las fábricas norteamericanas están cerradas. siguió gritándome por lo de las cintas. me llamó egoísta y me preguntó si había visto u oído lo que les había pasado a las putas busconas como yo. le respondí que yo no era una puta. no tenía ningún derecho a decirme eso. me empujó contra la pared por haberle faltado al respeto, me escupió en la cara. me gustaría que los macoutes le mataran. me gustaría que le alcanzara una bala, para que viéramos lo asustado que en realidad está. yo no eché a tu estúpido alborotador. me eché a gritar, sí, fuiste tú. fuiste tú, cerdo inmundo, no sé por qué dije esto. me dio una bofetada y siguió golpeándome hasta que llegó mamá y me apartó de él. me gustaría que una de esas balas me diera a mí.

La brea aguanta bien por el momento. Han pasado dos días y no hay escapes. Sí, definitivamente soy africano. Ya soy más oscuro que tu padre. Quise comprarle un sombrero de paja a una de las señoras, pero no me lo quiso vender por las dos últimas gourdes que tenía sueltas. ¿Crees que tu dinero sirve para algo aquí?, me preguntó. A veces olvido dónde estoy. Si sigo tan abstraído, acabaré saliendo del barco como quien va a dar un paseo.
La otra noche soñé que moría e iba al cielo. Aquel cielo no era como yo lo imaginaba. Estaba en el fondo del mar. Había estrellas marinas y sirenas a mi alrededor. Las sirenas bailaban y cantaban en latín, como los curas en la catedral durante la misa. Tú estabas allí conmigo, en el fondo del mar. Estabas con tu familia, a un lado. Tu padre se comportaba como si estuviera mejor que nadie y se ponía en la entrada de una cueva, delante de ti, para que yo no pudiera verte. Yo intentaba hablarte, pero cada vez que abría la boca no salían de ella más que burbujas. Ningún sonido.

ahora se dedican a esto. si entran en una casa y encuentran a una madre y a su hijo, les apuntan con una pistola a la cabeza y hacen que el hijo se acueste con su madre. si se trata de una hija y su padre, hacen lo mismo. algunas noches papá duerme en casa de su hermano, el tío pressoir. el tío pressoir duerme en nuestra casa, por si acaso llegan, así papá no tendría que acostarse conmigo. sino que sería el tío pressoir quien lo hiciera, y eso no sería tan malo, conocemos a una chica que tuvo un hijo de su propio padre, y esto es lo que papá no quiere que ocurra, aunque le cueste la vida. todavía no se puede comprar gasolina. si no, ya estaríamos en ville rose. papá tiene un amigo que va a conseguirle gasolina de un soldado, tan pronto como tengamos gasolina, cogeremos la furgoneta y nos dirigiremos rápidamente hacia la civilización, así es como papá lo dice, civilización. dice que las cosas no van tan mal en las provincias. yo todavía no le dirijo la palabra. no creo que vuelva a hacerlo nunca. mamá dice que no es culpa suya. que está tratando de protegernos. él no puede protegernos, sólo dios puede protegernos. los soldados pueden venir y hacer con nosotros lo que quieran. esto hace que papá se sienta débil, dice mamá. se enfada cuando se siente débil. ¿por qué iba a estar enfadado conmigo? yo no soy uno de esos cerdos de las pistolas. mamá me preguntó qué te había pasado. dijo que vio a tus padres antes de que se fueran a las provincias, no le quisieron decir nada. yo le dije que te habías ido en barco después de que asaltaran la emisora de radio. habías escapado y te habías embarcado hacia dios sabe dónde. ese chico será un buen hombre, dijo, listo como el hambre. pasó los exámenes de la universidad un año antes que cualquiera de los de aquí. mamá respeta a la gente ambiciosa. dijo que papá no te quería para mí porque no parecía que pudieras ofrecerme algo que ellos no me pudieran dar. quiere que encuentre un hombre que me sea de provecho, alguien que vaya a darme más de lo que ahora tengo. a una chica ya no le basta ser bonita. no tenemos buenos contactos con la alta sociedad. el tipo de hombre que papá quiere para mí no tiene nada que ver conmigo. todo lo que uno puede esperar es un poco de amor, dice mamá, tan poco como una gota en un vaso si te conformas con ello, o una catarata, un río, si es eso lo que necesitas. no tenemos contactos con la alta sociedad, dice, pero tú eres una chica con estudios. lo que ella llama tener estudios no es mucho, de todos modos. van a anunciar los resultados de los exámenes de la universidad por la radio la semana que viene. entonces sabré si has aprobado. escucharé tu nombre.

Pasamos el día de ayer contando cuentos. Uno dice ¿Krik?, y tú respondes ¡Krak! Podría contarte muchas historias, te dicen, y luego te las cuentan, pero más que nada las cuentan para sí mismos. A veces parece que hayamos pasado más años en el mar que en tierra. El sol sale y se pone. Así es como sabemos que ha pasado un día. Siento como si estuviéramos navegando hacia África. Quizás iremos a Guinin, a vivir con los espíritus, con aquellos que vivieron y murieron antes que nosotros. Seguramente nos expulsarían de allí también. Alguien tiene un transistor y a veces escuchamos la radio de las Bahamas. En las Bahamas tratan a los haitianos como a los perros, dice una mujer. Para ellos, no somos humanos. A pesar de que su música suena como la nuestra. De que se parecen a nosotros. A pesar de que nuestros padres son los mismos africanos que cruzaron juntos este mismo mar.
¿Quieres saber cómo va la gente al baño en este barco? Seguramente, del mismo modo en que lo hacían en aquellos barcos de esclavos hace muchos años. Hay un rincón reservado para ello. Cuando tengo que orinar, me la saco, me apoyo en la baranda y lo hago rápidamente. Cuando tengo que hacer lo otro, cojo un trozo cualquiera de papel, me agacho y tiro los restos al mar. Siempre me siento incómodo por el olor. Es muy humillante tener que agacharse delante de tanta gente. La gente se gira, pero no siempre. De vez en cuando me pregunto si realmente hay tierra al otro lado del mar. Quizás este mar es infinito. Como mi amor por ti.

la noche pasada fueron a casa de la señora roger. papá se metió dentro en cuanto la señora roger empezó a gritar, los soldados estaban buscando a su hijo. la señora roger gritaba: le habéis matado. hemos enterrado su cabeza. no podéis matarle dos veces, los soldados daban voces, ¿perteneces a la federación juvenil de esos maleantes que estaban en la radio? ella gritaba: acaso os parezco joven? ¿puedes identificar a los amigos de tu hijo? le preguntaron. papá nos había sacado de la casa de puntillas y fuimos a la letrina de atrás. desde allí podíamos oírlo todo. creí que me iba a ahogar con el olor de heces podridas. ellos seguían gritándole a la señora roger, ¿pertenecía tu hijo a la federación juvenil? ¿no estaba en la radio hablando de la policía? ¿no dijo abajo con los tonton macoutes? ¿no dijo abajo con el ejército? dijo que los militares tenían que irse; ¿no escribió eslóganes? fue a reuniones ¿verdad? se manifestó en la calle. deberías haberle aconsejado mejor. ella maldijo las tumbas de sus madres. simplemente dijo gritando, ¡espero que vuestras madres nunca descansen en sus malditas tumbas! ella seguía chillando, ¡ya le habéis matado una vez! ¿queréis matarme a mí también? adelante. ya no me importa, ya estoy muerta. ya me habéis hecho lo peor que podíais hacerme. habéis matado mi alma. ellos insistían y seguían levantando la voz y preguntándole: ¿era tu hijo un traidor? dime los nombres de todos sus amigos que eran traidores como él. la señora roger al final grita, sí, ¡era un traidor! pertenecía a ese grupo. estaba en la radio. estaba en las calles manifestándose. os odiaba como os odio yo, criminales, le matasteis. empiezan a golpearla. se oye. se pueden oír los culatazos de las pistolas en su cabeza. suena como si le estuvieran rompiendo todos los huesos del cuerpo. no puedes dejar que la maten, le susurra mamá a papá. ve y dales dinero como hiciste con tu hija. el único dinero que me queda es para irnos de aquí mañana, dice papá. no podemos quedarnos aquí mientras la matan, susurra mamá. mamá empieza a moverse como si fuera a salir por la puerta. papá la coge por el cuello y la aprieta contra la pared de la letrina, mañana nos vamos a ville rose, dice. no lo echarás a perder, no pondrás a tu familia en esa situación, no harás que nos maten. salir allí sería como pedir la muerte. todavía no está muerta, dice mamá, quizás podamos ayudarla. te quedarás aquí, le dice papá. mi madre esconde la cara en la pared de la letrina. empieza a llorar, se puede oír gritar a la señora roger. la están golpeando, machacándola hasta que no se oye nada. no puedes dejar que maten a alguien sólo porque tienes miedo, le dice mamá a papá. sí, sí puedes dejar que maten a alguien porque tienes miedo. ellos son la ley. están en su derecho. simplemente nos estamos comportando como buenos ciudadanos, respetando la ley de este país. esto ha estado ocurriendo por todas partes, y esta noche ocurrirá de nuevo y no hay nada que nosotros podamos hacer.

Célianne se ha pasado la noche gimiendo. Durante un rato ha parecido que estaba a punto, pero quizás el niño sea muy testarudo. Ella gritó que estaba sangrando. Hay una mujer vieja que parece haber tenido muchos hijos. Dice que Célianne no pierde sangre. Ha roto aguas.
Los únicos recién nacidos que he visto en mi vida eran pequeños ratones. Su piel parece apenas un delgado velo. Pueden verse todas sus venas y todos sus órganos. Siempre he deseado hurgar en ellos para ver si mi dedo atravesaba su piel.
Me he ido a la otra punta del barco para no tener que mirar dentro de Célianne. La gente está observando. El capitán le ha pedido a la comadrona que mantenga tranquila a Célianne, para que el barco no se balancee y se abran más brechas. Ahora hay ya tres agujeros cubiertos con brea. Siento miedo al pensar qué ocurriría si tuviéramos que elegir entre nosotros quién se quedaría en el barco y quién moriría. Si llegara ese punto, todos nos comportaríamos como buitres, yo incluido.
El sol se pondrá pronto. Alguien dice que este niño no será más que otra boca hambrienta. Por lo menos tendrá los pechos de su madre, dice un viejo. Hoy vamos a comer los últimos restos de comida que nos quedan.

corre el rumor de que el antiguo presidente va a volver. hay mucha gente que va a ir al aeropuerto a recibirle. papá dice que no nos vamos a quedar en port-au-prince para ver si es verdad o si es mentira. ya vuelven a vender gasolina en el mercado. las comparsas de carnaval han tomado la calle. nosotros vamos en dirección contraria, a ville rose. quizás allí sea capaz de dormir por las noches. las cosas no se resolverán con el regreso del antiguo presidente, dice mamá ahora. la gente está demasiado esperanzada, y a veces la esperanza es el arma más peligrosa que se puede usar contra nosotros. la gente cree cualquier cosa. la gente diría haber visto de nuevo a cristo marchando con la cruz si tuviera suficiente fe para ello. mamá le dijo a papá que tú embarcaste. papá me dijo esta mañana, antes de que nos fuéramos, que era un mal padre por todo lo que había pasado. dice que un padre tendría que ser capaz de hablar a sus hijos como un hombre civilizado. toda esta locura le ha hecho sentir que no puede hacer nada. lo único que quiere es vivir. papá y mamá no se han dirigido la palabra desde que salimos de la letrina. sé que papá no nos odia, o que no lo hace de la manera en que yo odio a esos soldados, esos macoutes, y toda esa gente que dispara sus pistolas. en el camino hacia ville rose, vimos a unos perros lamiendo las caras de dos muertos. uno de ellos era un niño pequeño que estaba tirado al lado de la carretera con el sol dándole en los ojos abiertos y sin vida. vimos a un soldado sacando por la fuerza de una cabaña a una mujer, llamándola puta. el soldado le estaba afeitando la cabeza, pero evidentemente no nos paramos. papá no quiso ir a casa de la señora roger para ver cómo había acabado aquello, pensaba que los soldados podían estar allí todavía. papá conducía muy aprisa. creí que iba a matarnos. paramos en un mercado del camino. mamá compró un poco de ropa negra para ella y para mí. la cortó en dos pedazos y nos tapamos con ellos la cabeza para guardar luto por la señora roger. cuando me acostumbre a ville rose, tal vez dibuje para ti algunas mariposas, depende de las noticias que me traigan.

Célianne ha tenido una niña. La mujer que ha ejercido de comadrona coge al bebé como si lo mostrara a la luna y susurra oraciones... Dios, a esta niña que Tú has creado, guíala, por favor, según tu voluntad durante todos sus días en esta tierra. La niña no ha llorado.
Tuvimos que arrojar algunas cosas al mar, porque el agua está empezando a entrar lentamente.
El barco debe perder peso. He tenido que echar por la borda mis dos gourdes como ofrenda a Agwé, el espíritu de las aguas. Ayer oí murmurar al capitán que habría que hacer algo con algunas de las personas que no se recuperan de los mareos y las náuseas. Temo que pronto me van a pedir que tire este cuaderno. Quizás tendremos que desnudarnos todos hasta quedar como cuando nacimos, para no ahogarnos.
La niña de Célianne es una niña preciosa. La llaman Swiss, porque esta palabra estaba escrita en la navaja con la que cortaron el cordón umbilical. Si fuera mi hija, la llamaría soleil, sol, luna o estrella, los nombres de los elementos. Todavía no ha llorado. Circulan rumores sobre cómo quedó Célianne embarazada. Algunos dicen que tuvo una aventura con un hombre casado y que sus padres la echaron de casa. Los rumores proliferan aquí, como en cualquier otra parte.
¿Te acuerdas de nuestros absurdos sueños? Pasar los exámenes de la universidad y trabajar duro para llegar hasta el final, tan lejos como pudiéramos en los estudios. Sé que tu padre nunca me hubiera aceptado. Yo hubiera intentado ganármelo. Tendría que haberme arrancado el corazón si quería que dejara de quererte. Espero que estés escribiendo tal y como prometiste. ¡Jesús, María y José! Todo el mundo huele fatal. Discuten entre sí. «Es culpa de la mala suerte que yo esté metido aquí con un indigente como tú», se dicen. Piensa en ello. Pelean porque se creen superiores unos a otros, cuando podemos hundirnos todos como el plomo.
Hay un viejo desdentado, que intenta ver lo que estoy escribiendo. Chupa la punta de una vieja pipa de madera que no ha visto el fuego en mucho tiempo. Parece un cuadro. Bien mirado, se podría llenar un museo con las imágenes que hay aquí. Sigo sintiéndome un cobarde por haber huido. ¿Has oído algo de mis padres? La última vez que los vi, en la playa, mi madre tuvo un kriz. Se desmayó en la arena. La vi volver en sí cuando zarpamos. Pero evidentemente no sé cómo debe de estar ahora.
El agua se está empezando a acumular en el barco. Nos turnamos para intentar sacarla con una palangana. No sé qué es lo que impide que el barco se parta en dos. Swiss no llora. Siguen dándole palmadas, pero no llora.

evidentemente el antiguo presidente no vino. arrestaron a mucha gente en el aeropuerto, y mataron a muchos de ellos. lo oí por la radio. esta noche, mientras cenábamos, le dije a papá que te quiero. no sé si esto cambia las cosas. sólo quiero que sepa que he amado a alguien en la vida, en caso de que nos ocurriera algo a uno de los dos, creo que él debe saber esto de mí, debe saber que en mi vida he amado a alguien aparte de él y de mi madre. sé que lo entiendes. tú eres el de los gestos nobles. sólo quería que supiera que soy capaz de querer a alguien. me miró directamente a los ojos y no dijo nada. te quiero tanto que se me ponen los pelos de punta con sólo pensar que podría pasarte algo. papá giró la cara como si me despreciara desde el día en que nací. te estoy escribiendo bajo el baniano del patio de nuestra nueva casa. sólo hay dos habitaciones y el techo es de lata y hace música cuando llueve, sobre todo cuando graniza. entonces parece que caigan encolerizadas lágrimas del cielo, hay un arroyo al pie de la colina en la que está la casa, un arroyo tan poco profundo que ni siquiera podría ahogarme en él. mamá y yo pasamos mucho tiempo hablando bajo el baniano. hoy me ha dicho que a veces hay que elegir entre el hombre al que amas y tu padre. toda su familia se oponía a que se casara con papá porque él era un jardinero de ville rose y ellos eran de la ciudad, algunos incluso universitarios. me lo ha dicho todo en el patio, bajo el baniano, en voz muy baja para no herir los sentimientos de papá. yo le veía mirarnos fijamente desde la casa. le oí carraspear como si nos hubiera oído, como si por el mero hecho de estar juntas le hubiéramos herido profundamente.

Célianne está tumbada con la cabeza apoyada en la barandilla del barco. La niña todavía no llora. Ambas parecen muy tranquilas en medio de este caos. Célianne abraza a su hija contra su pecho. No parece que vaya a poder lanzarla al mar. Le he preguntado por el padre del bebé. Ella sigue repitiendo la historia, ahora con los ojos cerrados y sin apenas mover los labios.
Una noche ella estaba en casa con su madre y su hermano Lionel, cuando irrumpieron violentamente diez o doce soldados. Los soldados le pusieron una pistola en la cabeza a Lionel y le obligaron a acostarse con su madre. Lionel se negó. Su madre le dijo que les obedeciera, porque tenía miedo de que le mataran allí mismo si seguía resistiéndose. Lionel hizo lo que su madre le dijo. Lloraba mientras los soldados se reían de él y le apretaban cada vez más fuerte el cañón de la pistola en el cuello.
Después, los soldados ataron a Lionel y a su madre, y violaron, uno tras otro, a Célianne. Cuando terminaron, arrestaron a Lionel por crímenes morales. Célianne nunca supo nada más de él.
Aquella misma noche, Célianne se cortó la cara con una cuchilla para que nadie pudiera reconocerla. Mientras las cicatrices sanaban, empezó a tener vómitos y le salieron erupciones en la piel. Después se dio cuenta de que estaba engordando. Se enteró de la existencia de este barco y se embarcó. Tiene quince años.

hoy, mamá me ha contado toda la historia bajo el baniano. los muy bastardos iban a por mí. iban a arrestarme. me vinculaban con la federación juvenil y querían llevárseme. papá se enteró de ello, fue al cuartel y les dio dinero, todo el dinero que tenía. nuestra casa en port-au-prince y todas las tierras que su padre le había dejado. se lo dio todo para salvar mi vida, por eso estaba tan furioso, mamá me lo ha contado esta noche bajo el baniano. no tengo palabras para agradecérselo a papá. no sé cómo hacerlo. debes amarle por esto, dice mamá, debes hacerlo. nunca podrás olvidar el sacrificio que ha hecho. no sé cómo hacer para darle las gracias. ahora es más que mi padre. es un hombre que dio todo lo que tenía para salvar mi vida. esta noche han leído en la radio los nombres de los que han aprobado los exámenes de la universidad. has aprobado.

Estamos más tranquilos respecto a las vías de agua. El capitán ha puesto en las brechas toda la brea que le quedaba y parece que el agua no va a entrar durante un tiempo. Mucha gente se ha ofrecido voluntaria para tirar a la hija de Célianne por la borda. Ella no les deja. Están esperando a que se duerma para hacerlo, pero ella no duerme. No sabía que los niños muertos fueran de color morado. Los labios sobre todo, porque la niña es muy negra. Morada como el mar cuando se ha puesto el sol.
Célianne se va durmiendo poco a poco. Debe de estar cansada después del parto. No quiero tocar a la niña. Si alguien va a tirarla al mar, creo que debería ser ella. Han tirado todo lo que salió del cuerpo de la madre después de la niña. Ahora van a lanzar al bebé muerto. Pienso si todo esto no atraerá a los tiburones.
Célianne tiene las uñas hundidas en la espalda desnuda de su hija. El viejo de la pipa me ha preguntado: «Kompé, ¿qué escribes?». «Mi testamento», le he contestado.

me estoy acostumbrando a ville rose. aquí hay muchas mariposas, muchísimas. hasta ahora ninguna se ha posado en mi mano, lo que significa que no tienen noticias para mí. a veces no puedo bañarme en el arroyo contiguo a la casa, porque el agua está helada. sólo al mediodía está bien, pero entonces podría verme mucha gente. lo que hago es coger un cubo de agua por la mañana y dejarlo al sol para bañarme por la noche bajo el baniano. ahora el baniano es mi amigo más fiel. dicen que los banianos pueden vivir cientos de años. y que las ramas que caen al suelo pueden convertirse a su vez en árboles. si le dieran la oportunidad, dice mamá, un baniano podría convertirse en un bosque. desde este lugar, bajo el árbol, veo montañas, y, detrás de ellas, más montañas. infinidad de montañas peladas. es como si todas estas montañas me estuvieran alejando cada vez más de ti.

La ha tirado por la borda. Me fijé en su cara contraída antes de que soltara al bebé. Éste cayó ruidosamente al agua, flotó un rato y después se hundió. Y poco después ella saltó también. En el mismo momento en que se hundía la cabeza de la niña, se hundió la de ella. Desaparecieron juntas como dos botellas en una catarata. Todo sucedió muy aprisa. No hubo ocasión de intentar salvarla. Era imposible. El mar en este lugar es como los tiburones que lo habitan. No tiene piedad.
Dicen que tengo que tirar mi cuaderno. El viejo tiene que tirar la pipa y el sombrero. El agua entra otra vez y están intentando achicarla. He pedido un momento para escribir esta última página y he prometido lanzarlo después. Sé que nunca lo leerás, pero ha estado bien imaginar que te tenía aquí hablando conmigo.
Espero que mis padres estén vivos. Le he pedido al viejo que, si algún día llega a tierra, les cuente lo que ha sido de mí. Me ha pedido que escriba su nombre en «mi libro». Le he preguntado cuál es su nombre completo. Se llama Justin Moise André Nozius Joseph Frank Osnac Maximilien. Lo dice de una manera que uno podría pensar que es un rey. «Sé que se acerca un barco de los guardacostas. Lo he soñado», dice el viejo. Señala una mancha lejana en el horizonte. Miro hacia donde señala y no veo nada. Aquí, ver un barco debe de ser como ver un espejismo en el desierto.
Ahora debo tirar mi libro. Se va a hundir con ellas, con Célianne y su hija y con todos esos hijos del mar que tal vez pronto me reclamen.
Voy hacia ellos ahora como si ese fuera mi destino, como si el mismo día de mi nacimiento mi madre hubiera elegido para mí una vida eterna entre los hijos del azul y profundo mar, aquellos que han escapado de las cadenas de la esclavitud para crear un mundo debajo de los cielos y de esa tierra sanguinolenta en la que vives.
Tal vez fui elegido desde el principio de los tiempos para vivir en el fondo del mar con Agwé. Quizás por eso soñé en la estrella marina y en las sirenas y en la misa católica submarina. Tal vez era una invitación para que yo acudiera. En cualquier caso, sé que te seguiré recordando aunque me convierta en un hijo del mar.

hoy he dicho gracias. he dicho gracias, papá, por salvarme la vida. él sólo rezongó un poco y me puso una mano en el hombro. la quitó enseguida, como una mariposa. y después allí estaba, la mariposa negra volando a nuestro alrededor. empecé a correr y a correr para que no se posara en mí, pero de hecho ya había traído las noticias. sé lo que debe de haber ocurrido. esta noche he escuchado bajo el baniano el transistor de mamá. en la radio sólo hablan de más asesinatos en port-au-prince. esos cerdos se niegan a parar. no sé qué va a ocurrir, pero no me imagino viviendo aquí para siempre. te escribo debajo del baniano. mamá dice que los banianos son sagrados y que a veces, si llamamos a los dioses bajo sus ramas, oyen nuestras voces con más claridad. ahora siempre hay mariposas a mi alrededor, mariposas negras a las que hurto mi mano para que no se posen en ella. les tiro piedras, pero vuelan demasiado aprisa. anoche en la radio oí que otro barco se había hundido en la costa de las bahamas. no puedo imaginarte allí, entre las olas. se me ponen los pelos de punta. desde aquí no puedo ni siquiera ver el mar. más allá de estas montañas hay más montañas y más mariposas negras y un mar infinito como mi amor por ti.

Edwidge Danticat - "Entre la piscina y las gardenias"

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Era muy bonita. Tenía el cabello claro y brillante, y la piel oscura como la caoba. Sus labios eran anchos y morados, como los de aquellas muñecas africanas que se ven en las tiendas para turistas pero que una nunca se puede permitir comprar.
Creí que era un regalo del cielo cuando la vi sobre el polvoriento bordillo, envuelta en una mantita rosa, a unas pocas pulgadas de una boca de alcantarilla tan abierta como el bostezo de un niño hambriento. Era como el Niño Moisés de las historias de la Biblia que nos leían en la clase de Literatura Bautista. O como el Niño Jesús, que nació en un establo y murió en una cruz, sin unos labios que pudieran besarle antes de morir. Era como ellos. Con su inmóvil cara redonda, los ojos cerrados como si estuviera soñando en un lugar lejano.
Tenía las manos huesudas y las venas tan cercanas a la superficie de la piel que parecía que esta se quebraría si se la tocaba con demasiada fuerza. Probablemente pertenecía a alguien, pero no había nadie en la calle. No había nadie que pudiera reclamarla.
En un primer momento tuve miedo de tocarla. No quería alterar los rayos del primer sol que le corrían por la frente. Quizás se tratara de algún tipo de wanga, un hechizo enviado para atraparme: mis enemigos eran muchos y muy astutos. Tal vez ellas, las chicas que se acostaban con mi marido cuando yo todavía me estaba doliendo de mis abortos, me habían mandado esa visión de belleza, para que me quedara ciega y no supiera encontrar el camino de vuelta al lugar que expulsé de mi cabeza cuando subí a aquel desvencijado minibús y dejé mi aldea hace unos meses.
La niña llevaba un vestidito de encaje azul, con las letras R O S E bordadas en el cuello. Era tal y como yo había imaginado que serían mis hijas: aquellas que nunca pudieron crecer en mi cuerpo, aquellas que se ahogaban de algún modo dentro de mí y hacían preguntarse a mi marido si no sería yo quien las mataba a propósito.
Grité todos los nombres que hubiera querido ponerles: Eveline, Josephine, Jacqueline, Hermine, Marie Magdalène, Célianne. Podría darle a ella toda la ropa que les había cosido, todos aquellos vestidos todavía por estrenar.
Por la noche podría arrullarla, sola en el silencio de mi habitación. Apoyarla sobre mi vientre y desear que estuviera dentro de él.
Al poco de llegar a la ciudad, vi en la televisión de Madame cómo muchas mujeres pobres de la ciudad tiraban a sus hijos porque no podían alimentarlos. En Ville Rose no puedes tirar ni siquiera los restos sangrientos que salen del cuerpo después de tener al niño. Es un crimen, dicen, y toda la familia te considera una mujer terrible si lo haces. Tienes que guardarlos, darles un nombre y enterrarlos cerca de las raíces de un árbol, para que el mundo no se desmorone a tu alrededor.
He oído decir que en la ciudad tiran a los niños tal cual, en cualquier sitio: en portales, en cubos de basura, en surtidores de gasolina, por las aceras. En el tiempo que llevo en Puerto Príncipe nunca había visto a uno de esos niños hasta ahora.
Pero Rose, mi Rose, estaba tan limpia y cálida. Como un angelito, como un querubín que duerme después de que el viento le haya musitado una nana al oído.
La levanté del suelo y apreté su mejilla contra la mía.
Le susurré “pequeña Rose, mi niña”, como si su nombre fuera un secreto.
Era como aquellas muñecas comestibles con las que jugábamos de niñas. Les hacíamos la cara con semillas de mango y después les poníamos un nombre. Las bautizábamos con oraciones e invitábamos a nuestros amigos y nuestras amigas a colas y mandioca y –cuando teníamos– unas galletas de mantequilla que nos gustaban mucho.
Rose no se movía ni lloraba. Era como si una persona cruel la hubiera tirado cuando ya no le era útil para nada. Apreté su cara contra mi corazón y sentí que olía como los polvos perfumados del tocador de Madame, a esa mezcla de gardenias y pescado que siempre desprendía Madame cuando salía de la piscina.


Siempre he dicho las oraciones de mi madre al amanecer. Y he recibido de buen grado los años que poco a poco me iban acercando a ella. Porque no importaba cuánta distancia intentara poner la muerte entre nosotras; mi madre venía a visitarme con frecuencia, a veces en las breves miradas o en los susurros de alguna voz. A veces en una cara. Otras durante breves instantes en mis sueños.
Muchas noches veía mujeres viejas inclinarse sobre mi cama.
–Esa de ahí es Marie –decía mi madre–. Es la última de nosotras que aún vive.
Mamá tenía que presentarme, porque todas habían muerto antes de que yo naciera. Entre ellas estaban mi tatarabuela Eveline, a la que mataron soldados dominicanos en el río Masacre; mi abuela Défilé, que murió con la cabeza rapada en una cárcel, porque Dios le había dado alas; y mi madrina Lili, que se suicidó ya mayor porque su marido se había tirado de un globo aerostático y su hijo, cuando creció, la abandonó para irse a Miami.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Siempre supe que volverían para pedirme que hiciera algo bueno para los demás. Tal vez iba a hacer algo de provecho por esa niña.
Llevé a Rose conmigo al mercado al aire libre de Croix-Bossale. La mecía en mis brazos como si siempre hubiera sido mía.
En la ciudad, incluso la gente que procede de tu propia aldea no te conoce y no se interesa por ti. No se dieron cuenta de que el día anterior había ido sin ningún bebé. De pronto tenía uno, y nadie me preguntó nada.


En la habitación de las criadas, en la casa de Pétion-Ville, dejé a Rose sobre mi camastro y me apresuré a preparar la comida. Monsieur y Madame estaban sentados en la terraza y daban la bienvenida a la tarde incipiente, sorbiendo solamente el azúcar de un zumo agrio que yo siempre les preparaba.
Les gustaba que yo recorriera todos los días al amanecer el camino hasta el mercado para traerles los sabores del campo, tan lejanos a su protegida vida burguesa.
–Seguramente es uno de esos manbos –decían cuando les daba la espalda–. Seguramente es una de esas estúpidas que creen que tienen el don de volverse invisibles y herir a los demás. ¿Por qué no se otorgan el don de hacerse ricos? Por culpa de ese absurdo vudú los haitianos son un misterio para nosotros.
Dejé a Rose sobre la mesa de la cocina mientras secaba los platos. Tuve el repentino deseo de explicarle mi vida.
–¿Sabes, pequeña? Hubo un momento en que amé a aquel hombre. Era muy bueno conmigo. Me hacía sentir especial. Y después, lo único que recuerdo es que pasé diez años con él. Yo soy vieja como un trozo de papel sucio en el que la gente se hubiera limpiado el trasero y él tiene diez hijos con diez mujeres distintas. Tuve que huir.
Simulaba que todo aquello era mío. La terraza con las vistas sobre la piscina privada y los veleros navegando en la distancia. El gran aparato de televisión y todas aquellas canciones de amor francesas y los discos rara con sus tambores parlantes y el sonido de conchas. Los cuadros brillantes con caballos blancos alados y serpientes tan largas y anchas como lagos. La piscina que el sudoroso dominicano limpiaba tres veces por semana. Simulaba que todo aquello nos pertenecía: a él, a Rose y a mí.
El dominicano y yo hicimos una vez el amor sobre la hierba, pero él nunca me había vuelto a dirigir la palabra. Rose escuchaba, con los ojos cerrados, a pesar de que le estaba contando cosas demasiado duras para los oídos de un bebé.
La envolví con el delantal y la dejé a mi lado, mientras freía unos plátanos para la cena. Es tan fácil amar a alguien cuando no hay otra cosa a tu alrededor.
Su cabeza caía para atrás como la de cualquier bebé. Alargué el brazo y dejé que sus enmarañadas trenzas acariciaran las líneas de la vida de mi mano.
–Me alegro de que no seas uno de esos bebés que se pasan el día llorando –le dije–. Todos los niños pequeños deberían ser como tú. Me alegro de que no llores ni hagas ruido. Eres una niña perfecta, ¿verdad?
La puse de nuevo en mi habitación, cuando Monsieur y Madame volvieron a casa para cenar. A la hora que se acostaron, la cogí y me la llevé al lado de la piscina para que pudiéramos hablar un rato más.
Uno no entra en una familia si no sabe dónde se está metiendo. Hay que saber algo de su historia. Hay que saber si le rezan a Erzulie, que quiere tanto a los hombres como los hombres la quieren a ella, porque es mulata y a muchos de los haitianos les gustan ese tipo de mujeres. Tienes que mirarte en el espejo el día de la muerte, porque podrías ver allí caras que te conocieron incluso antes de que vinieras a este mundo.
Caí dormida meciéndola en una silla que no era mía. Supe que era real cuando me desperté al día siguiente y estaba todavía en mis brazos. Tenía el mismo aspecto que cuando la encontré, y siguió así durante tres días. Después, tenía que bañarla constantemente para que no oliera.
Tuve un tío que compraba intestinos de cerdo en Ville Rose para venderlos en el mercado de la ciudad. Rose empezó a oler como los intestinos cuando tenían unos cuantos días.
La bañaba cada vez más, incluso tres o cuatro veces al día, en la piscina. Utilizaba perfume de Madame, pero eso no solucionaba nada. Quería llevarla de nuevo a la calle donde la había encontrado, pero ya había perturbado su descanso y tenía que encargarme de su alma como si fuera mi responsabilidad personal.
La dejé en una choza que había detrás de la casa, donde el dominicano guardaba sus herramientas. Tres veces al día, la visitaba con la mano en la nariz. Veía su piel cada vez más húmeda, agrietada, hundida en algunos lugares y cenicienta y seca en otros. Parecía que hubiera envejecido en cuatro días los años que había entre yo y mis tías y abuelas muertas.
Sabía que tenía que hacer algo con ella, porque estaba atrayendo a las moscas y, además, yo estaba impidiendo que su espíritu partiera. Le di un último baño y le puse un vestidito amarillo que había hecho mientras rezaba para que una de mis pequeñas llegara a nacer, hacía ya más de tres meses.
Puse a Rose en el suelo, en un rincón donde daba el sol detrás de la gran casa. Cavé un agujero en el jardín, entre las gardenias. La envolví con la pequeña manta rosa con que la había encontrado y le dejé la cara al descubierto. Olía tan mal que tuve que aguantar la respiración para poder darle un beso.
Noté que me cogían del hombro mientras ponía a la niña en el pequeño agujero del suelo. Creí que se trataba de Monsieur o de Madame, y tuve miedo de que ella se hubiera enfadado conmigo por haber usado una botella entera de su perfume sin pedirle permiso.
Rose se me escurrió de las manos y cayó, mientras me forzaban a girarme.
–¿Qué estás haciendo? –me preguntó el dominicano.
Tenía una cara india, de un marrón oscuro, pero sus manos estaban descoloridas y arrugadas por los productos químicos de la piscina. Miró hacía abajo, al bebé que yacía en el polvo. Tenía ya encima un poco de la tierra con que habría de cubrirla.
–¿Sabes? Veo en mis sueños esas caras encima de mí...
Podría haber empezado a explicarme de un millón de maneras distintas.
–¿De dónde has sacado ese niño? –me preguntó en su español criollo.
No me dio oportunidad de responderle.
–Ya he ido –creí oír un ligero méringue en el temblor de su voz–. He llamado a los gendarmes y vienen en camino. Huelo esa carne podrida. Sé que has matado al niño y que te lo has quedado por maldad.
–Actuaste demasiado pronto –dije.
–Has matado al niño y lo has dejado en tu habitación.
–Me conoces –dije–, hemos estado juntos.
–No te distinguiría de una mosca en un montón de estiércol de vaca. Comes niños pequeños que ni siquiera han tenido tiempo para conseguir una alma.
Mantenía sus manos sobre mí, porque tenía miedo de que saliera corriendo y me escapara.
Miré a Rose. Me pasó por la cabeza lo mismo que había deseado para todas mis niñas. La imaginé echando los dientes, gateando, llorando, armando ruido, portándose mal.
Nos quedamos sobre su pequeño cadáver; una criada campesina y un jardinero hispano. Debería haberle preguntado su nombre antes de haberle entregado mi cuerpo.
Hacíamos un bonito cuadro. Rose, yo y él. Entre la piscina y las gardenias, esperando a la ley.

Edwidge Danticat - "Epílogo: mujeres como nosotras"

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Danticat es uno de los valores emergentes de la literatura estadounidense. Aunque haitiana de origen, con doce años emigró a Estados Unidos y escribe en inglés. De todas formas Haití, su cultura, sus tradiciones, su gente, su historia está presente en muchos de sus trabajos. En sus obras no hay juicios morales y no hay victimismo aunque sus personajes tengan que luchar contra la pobreza extrema o la crueldad también extrema del régimen de Duvalier. El texto que sigue no es exactamente un cuento, es el epílogo de esa fantástica colección de cuentos que es ¿Krik? ¡Krak! (1). En él nos habla de lo que significa ser mujer y escritora en algunas culturas (leyéndolo, una encuentra muchos paralelismos con la biografía de la también caribeña Jamaica Kincaid).

Recuerdas haber pensado, mientras te trenzas el pelo, cuánto te pareces a tu madre. A tu madre, que tanto se parecía a tu abuela y a todas las que la precedieron.
Tu madre tenía dos reglas para la vida: utiliza siempre los diez dedos, que en su forma de hablar significaba que debías ser la mejor cocinera y ama de casa que jamás hubiera existido. Su segunda regla iba de la mano de la anterior: nada de sexo antes del matrimonio, y, una vez casada, no digas que te gusta o tu marido dejará de respetarte.
¿Y escribir? Escribir estaba tan prohibido como el colorete en las mejillas o una cita antes de los dieciocho años. Era un acto de indolencia, algo que había que hacer a escondidas en lugar de estar aprendiendo a cocinar.
¿Hay mujeres que escriban y cocinen? Poetas de la cocina, las llaman. Meten las frases en los cocidos y envuelven con su significado al cerdo antes de freírlo. Hacen albóndigas con su narrativa y llenan con ellas la boca de sus hijas para que no puedan decir nada.
-¿A qué se dedicará? ¿Cuál será su pasión? –preguntaban las tías cuando venían a cocinar durante las vacaciones, algo que exigía grandes reverencias en su lugar de origen pero que no significaba nada en absoluto aquí.
-Su gran pasión es estar en silencio –decía tu madre-. Pero después resulta que no lo está y se le oye hacer ese ruidillo. ¿Krik? ¡Krak! Lápiz, papel. Suena como si estuviera llorando.
Alguien lloraba. Tú y los demonios de la escritura en tu cabeza. No quieres a nadie, nada excepto ese trozo de papel, te decían. Sólo ese cuaderno hecho con papel de envolver pescado, con el cartón en el que se doblan las medias. Eran los mejores confidentes de una niñita solitaria.
Escribir es para ti como trenzarse el pelo. Coger una mata de cabello burdo y desgreñado e intentar hacer de él una trenza. Tus dedos todavía no lo hacen con soltura: algunas trenzas quedan demasiado largas, otras demasiado cortas. Algunas gruesas y otras delgadas, recias, ligeras. Tan dispares como las mujeres de tu familia, aquellas cuyas fábulas y metáforas, cuyas comparaciones y soliloquios y dicción y je ne sais pas quoi, se escurren cada día en la sopa con la que sobrevives a través de tus dedos.
Tú siempre has tenido los diez dedos; te maldicen cada vez que los fuerzas a coger un bolígrafo. No, las mujeres como tú no escriben; esculpen figuras de cebolla y estatuas de patata, se sientan en rincones oscuros y se trenzan el cabello, para darle nuevas formas y entrelazarlo hasta que pierda su rigidez, su desorden, su rebeldía.

Recuerdas haber pensado, mientras te trenzas el pelo, cuánto te pareces a tu madre. Recuerdas su silencio cuando le pusiste delante tu primer cuaderno, su decepción cuando le dijiste que las palabras serían tu forma de ganarte la vida como lo había sido la cocina para ella. Se enfadó contigo porque no comprendía. ¿Así me pagas todo lo que he hecho por ti? ¿Con esos garabatos sobre un papel que no valen lo que el gruñido de un cerdo? Los sacrificios habían sido demasiado grandes.
Los escritores no dejan ninguna huella en nuestro mundo, el mundo al que pertenecemos. En él los escritores, si son hombres, son torturados y asesinados; y llamadas putas, violadas y asesinadas, si son mujeres. En nuestro mundo, si escribes, eres un político, y ya sabemos lo que les ocurre a los políticos: acaban encerrados en el calabozo de alguna cárcel donde les cubren el cuerpo con alquitrán hirviendo antes de obligarles a comerse sus propias heces.
La familia necesita una enfermera, no una presa. Necesitamos avanzar con la cabeza bien alta, no ser enterradas en papeles sucios y usados. No queremos inclinarnos ante una tumba polvorienta tocadas con sombreros negros, de luto por ti. Hay novecientas noventa y nueve mujeres que vinieron antes que tú y que acostumbraron sus dedos a la cáscara de coco para que pudieras estar aquí, ante mí, con ese cuaderno que abrazas contra el pecho, como las trenzas que te haces los domingos. Hubiera preferido que me escupieras en la cara.
Recuerdas haber pensado, mientras te trenzas el pelo, cuánto te pareces a tu madre, y a tu abuela. Fueron sus susurros los que te alentaron, los murmullos entre pucheros crepitando en tu cabeza. Mil mujeres instándote a hablar a través de la contundente tinta de tu bolígrafo. Poetas de la cocina, las llamas. Fantasmales como las ramas bruñidas de un árbol ardiendo. Esas mujeres te pidieron la voz para poder decirle a tu madre en tu lugar que sí, que las mujeres como tú hablan aunque sea en una lengua difícilmente comprensible. Aunque sea en patois, dialecto o criollo.

Las mujeres de tu familia nunca han dejado de mantenerse en contacto: la muerte es un camino que tomamos para encontrarnos en el otro lado. Lo que las diosas han unido que nadie lo separe. A cada paso que das, tienes una legión de mujeres observándote. Nunca estamos más allá del sudor de nuestra frente o del polvo de nuestros pies. Aunque camines por el valle sombrío de la muerte, no temas ningún mal: siempre estaremos contigo.

Cuando eras una niña pequeña, solías soñar que estabas tumbada entre los muertos y que sus espíritus te rogaban que gritaras, y todavía ahora tienes miedo de soñar, porque sabes que nunca serás capaz de hacer lo que te piden tal y como ellos quieren, los viejos espíritus que viven en tu sangre.
La mayoría de las mujeres de tu vida iban con la cabeza baja. Despertaban una mañana para ver que habían desaparecido sus bragas, pero no era la vergüenza lo que las hacía esconder la cara. Cantaban y buscaban un significado en el polvo; y a veces hablaban a caras lejanas en el tiempo, caras como la tuya y la mía.
Pensabas que, si no contabas sus historias, el cielo caería sobre tu cabeza. Creíste que, si no fuera por los árboles, el cielo habría caído sobre tu cabeza. Aprendiste en la escuela que tenías lápices y papel porque los árboles se entregaban en un sacrificio incondicional. Ha habido días en que el cielo ha estado tan cercano a tu cabeza como tus cabellos.
Este frágil cielo te ha aterrorizado durante toda tu vida; el silencio te asusta más que la violencia de un millón de pedazos de acero cortándote la carne. A veces sueñas que oyes sólo el latido de tu corazón, pero eso nunca se ha dado en la realidad: nunca has sido capaz de ignorar el azote de otros mil corazones que han sobrevivido miles de años al tuyo. Y durante todo ese tiempo, cuando nos has necesitado, has gritado ¿Krik?, y te hemos respondido ¡Krak!, y eso nos ha mostrado que no te has olvidado de nosotras.

Recuerdas haber pensado, mientras te trenzas el pelo, cuánto te pareces a tu madre. Tu madre, que tanto se parecía a tu abuela y a todas las que la precedieron.
Tu madre te mostró los primeros ecos de la lengua que ahora hablas cuando, al final del día, te trenzaba el pelo sentándote entre sus piernas mientras fregabas los cazos de la cocina. Mientras tus dedos borraban las últimas sombras de su día de trabajo, ella te hacía las trenzas propias de los domingos –más bonitas que las del resto de los días- incluso entre semana.
Cuando terminaba, te pedía que le pusieras a cada una de las trenzas uno de los nombres de aquellas novecientas noventa y nueve mujeres que hervían en tu sangre, nombres que habías escrito y memorizado y que salían de tu boca de corrido. Y ése era el testamento del modo en que esas mujeres vivieron y murieron y volvieron a vivir.


(1)Cuando un haitiano quiere contar una historia pregunta "¿Krik?", y si alguien quiere escucharla responde "¡Krak!".