Luisa Valenzuela - "Generosos inconvenientes bajan por el río"
Posted by La mujer Quijote in cuento, valenzuela
A partir del minuto 19 del vídeo la autora cuenta la anécdota que dio origen a este cuento. De todas formas, recomiendo a los amantes del cuento el visionado completo del vídeo, o al menos la escucha.
Oscuros, tersos inconvenientes como una piel de víbora un poco deshecha por inútil. La víbora completa –piel de víbora rellena de sí misma– podría llegar a ser lo opuesto de un inconveniente, más bien estimulante voz de alarma.
Lo que ahora baja por el río perturbando los ánimos son cosas más sutiles enancadas sobre camalotes, casi como palabras. Es decir son mensajes, es decir son desastres. ¿Desastres, los mensajes? Quién lo duda... hay que tener la conciencia alerta para poder registrarlos en todo su esplendor y el sol bien orientado para que un reflejo cualquiera no les cambie el sentido.
De todos modos por el río van bajando mensajes y la ciudad entera se ha volcado al río y pasa las tardes observándolo, reclamándole dádivas.
(Los que creen sacar verdadero provecho son los que tienen sus puestos de venta de bebidas frente a la costanera. Los que sacan el provecho secreto son aquellos contados que siempre dialogaron con el río y entienden su lenguaje.) Los otros están allí, no más, sorbiendo sus gaseosas (son traidores al agua) y luego de pasarse días enteros tratando de descifrar los camalotes van a la oficina de reclamos a quejarse porque hay interferencias (aquella piel de víbora, la cola de una iguana cortada a dentelladas). El río es así, no busca complacer a nadie, es anchuroso y calmo y cenagoso y cuando se encabrita no es generoso siempre. Es sutil, sibilino, y viene de más lejos donde ya ha andado haciendo de las suyas (serpenteó en meandros que se fueron cerrando hasta formar anillos de agua con su corazón de isla, se desbocó en saltos, anduvo en cataratas, lentamente desintegró la piedra y más lentamente aún la fue recomponiendo en otros sitios). El río viene haciendo su obra desde hace añares sin que nadie intente comprenderlo y ahora de golpe sí, todos en la ciudad de arriba auscultando el río y esperando el oráculo (¿Qué será de nosotros, de mí, de él. de mi familia? ¿Hará alguna vez algo concreto el intendente, dejará de pronunciar discursos?)
Si el río trae una advertencia (y algo debe de traer, sus inconvenientes nunca son egoístas) basta con saber de río para saberlo todo y esperar como una revelación que llegue la creciente. Esperar y esperar sin ilusionarse demasiado, más bien como costumbre, hasta que cierta tarde alguien exclamó el Mesías. Cualquier tarde de éstas, dijo alguien, llegará el Mesías arrastrado por las aguas y nosotros tendremos que atraparlo, rescatarlo, no dejar que se lo lleve la corriente y lo pesquen los imbéciles de la ciudad de abajo que se creen superiores porque están frente al delta.
El Mesías llegará para nosotros y llegará cantando, profetizaron otros. ¿Y si no lo oímos? ¿Y si pasa muy lejos? Este río tan vasto, desbocado... ¿Vendrá en bote, en jangada, vendrá en un camalote, en la cesta de mimbre como el otro; o cabalgando un tronco o un pez, digamos un dorado? El fulgurante destello del dorado parece convenirle más que nada ¿y si pasa sumergido y lo perdemos?
Veintisiete días con sus noches tardó la ciudad en fabricar la red descomunal que atravesaría el río de una orilla a la otra y le llegaría al fondo. Nadie dejó de tejer o de hilar en ese tiempo y hasta los desahuciados recuperaron fuerzas para poder aportar su cuota de trabajo. Nadie, absolutamente nadie dejó de colaborar, cada uno tejiendo como mejor sabía: las viejas en crochet o dos agujas, los hombres atando nudos o uniendo las distintas tramas: un pedazo en telar, carpetitas de randa, colchas de macramé, los tules de las novias trenzados y anudados. Las fábricas de sogas se quedaron sin sogas, los servicios de empaque sin piolines, las niñitas sin cuerdas de saltar, las ovejas sin lana; y todos se sintieron felices del despojo. Durante esos 27 días casi sagrados nadie se acordó de formular la menor queja y una extraña sonrisa les empezó a brotar desde muy hondo. Hubo quienes se pusieron a cantar con un volumen de voz que fue creciendo como crecía la red y hasta se organizaron coros.
Y como esas arañas que están en los juncales y tejen su gigantesca tela comunitaria, también ellos aprendieron a dormir arracimados a la sombra, en la hora de la siesta, y a despertar a un tiempo y seguir trabajando. La red se fue haciendo así tan vasta que acabó por cubrir toda la zona costanera. Esa tela de araña.
Muchos lograron evitar el sueño por las noches para continuar la obra que parecía inacabable: la luz de los faroles y el silencio los acercaba al éxtasis. Una telegrafía con hilos, una comunicación táctil se fue estableciendo entre ellos a través de esa malla que atraparía al Mesías. ¿Atrapar al Mesías? Nada de eso: tan sólo señalarle la meta, marcar en el largo curso de este río el lugar donde con toda humildad era esperado. Un acto sutil de contrición, porque el Mesías aportaría su buena dosis de castigos y ellos de alguna forma lo que andaban buscando era expiar las culpas.
Les resultaba grato sentirse así, hermanados aunque fuera en la culpa y tomando medidas para acabar con ella. Grato hasta el punto de recibir la madrugada alborozados, con cánticos potentes, para saludar la aparición del sol y también ¿a qué negarlo? para lograr que los dormilones despertaran.
No llovió ni uno solo de esos 27 días. Fue un tiempo parejo, memorable. Nadie murió, ni nació nadie: no hubo distracciones. Sólo tejer de la mejor manera posible y acoplar lo tejido hasta que alcanzaron las medidas exactas. Entonces de un lado se ató a la red todo tipo de material flotante y del otro lado se colocaron pesas. Luego se amarró uno de los extremos de la red a los árboles más añosos de la costanera y se esperó el día siguiente.
¡Ese día sí que fue de fiesta! La banda municipal partió en la lancha de pasajeros y el intendente y sus hombres en un bote para hacer más solemne el arrastre de la red. Nunca remaron tanto, nunca cincharon tanto los hombres del intendente, pero fue un hecho histórico. Nunca fueron tan aplaudidos ni tan ovacionados como cuando llegaron a la orilla de enfrente y lograron con esfuerzo amarrar la otra punta de la red a otros añosos árboles. Hubo un vino de honor en ésta orilla, fuegos artificiales y hasta baile, y cuando por fin regresó el intendente bogando a lo largo de patitos, pelotas, muñecas y camiones de plástico que obraban de flotadores fue recibido como nunca y por primera vez se escuchó con entusiasmo su discurso. El intendente señaló deberes,como siempre, pero habló de esperanzas y los honorables ciudadanos pudieron poco a poco ir recuperando sus costumbres vitales: muchos lloraron sin lograr contenerse y un anciano hasta se permitió el lujo de morir de un síncope emotivo.
Con la red debidamente colocada, después de varias horas de festejos, los ciudadanos volvieron a sus hogares a retemplarse el ánimo. Para recibir al Mesías era imprescindible estar con el ánimo sereno, descansado, y con las manos libres de impurezas; para acariciar al Mesías, para venerarlo. Él vendría flotando aguas abajo y al pie de la ciudad se detendría, al alcance de todos. El Mesías vendría de uno de esos países remotos en donde nace el río y nada obstaculizaría su camino hasta la ciudad de ellos. Nada, ni las mismas cataratas. El Mesías estaba destinado para ellos y no seguiría de largo hacia la ciudad de abajo, la execrable. ¿De qué país vendría, y qué importaba?
Y mientras se iban tejiendo las especulaciones como antes se tejiera la red, la red a su vez empezó sordamente a cumplir su trabajo. Es decir que fue enganchando camalotes en su trama, fue frenando unos troncos, algún ternero muerto, otras de esas miserias que van a la deriva, cosas que el agua arrastra y que el agua sólo reconoce luego de su descomposición total (desintegración que tiene por consecuencia lógica una absoluta integración, inseparable).
La red fue reteniendo la escoria de este río y el río se largó a correr despojado de lastre. Y corrió libremente por un tiempo no demasiado largo: ya se sabe del poder retentivo de aquello que se quiere descartar por indeseable. Así que poco a poco sin que nadie notara los camalotes contra la red fueron formando una barrera densa, un muro de contención de una orilla a la otra de este río, mientras los habitantes de la ciudad de arriba soñaban con salvarse.
Calladitos son los hechos fluviales y cuando en medio de la noche las aguas desbordaron lo hicieron en silencio.
Los primeros en levantarse al alba descubrieron el desastre y dieron la voz de alarma. Alaridos de alarma porque las aguas estaban subiendo a gran velocidad y amenazaban con anegarlo todo.
Tantas ganas de retener a Aquél que las aguas traerían y retuvieron agua. En junta de vecinos que duró media hora –la situación era tan apremiante que el intendente no pudo ni echarse un discursito– se decidió por unanimidad soltar amarras, liberar la red y con ese simple acto privar a la ciudad de su ilusión mesiánica. Qué se le iba a hacer, más valía seguir siendo humildes pescadores en seco que alcanzar la salvación por la vía anfibia.
Surgieron, como siempre sucede en estos casos, algunos disidentes extremistas que anunciaron el fin del mundo por obra de las aguas y fueron a buscar refugio en la copa de los árboles. Cuanta más agua venga más crecerán los árboles, más a salvo estaremos, proclamaron.
El intendente no los escuchó siquiera, pronunció unas muy breves palabras alusivas y seguido de sus hombres partió con paso decidido –chapoteante- hasta donde pudo conservar algo de su prestancia. El botero llegó en ese momento a rescatar a los pobres del bochorno y entre todos remaron para vencer la corriente y llegar hasta ese punto de la costanera donde una semana antes (cierto día cargado de presagios) habían amarrado la red a los más fornidos árboles. Sólo que ahora (oh consternación, y desconcierto) las amarraduras de la red se encontraban naturalmente bajo el agua.
El botero después de larga reflexión mostró el machete pero no hizo el menor amago de saltar del bote. El intendente comprendió que ese acto de arrojo le estaba reservado y sin proferir palabra –sus contribuyentes estaban a distancia, contemplándolo desde los balcones– se quitó la ropa y se zambulló con el machete en alto. Logró cumplir con su cometido: cortó las cuerdas liberando la red con todos los camalotes y el río pudo en ese mismo segundo retomar su cauce con un avasallante borborigmo. Al intendente lo rescataron desnudito los de la ciudad de abajo.
Medio ahogado como estaba lucía una tonalidad azul por demás iridiscente, deslumbrante. Unas plantas acuáticas se le habían enredado en el pescuezo formándole guirnaldas y según parece traía una mojarrita como estrella plateada entre los ojos. Había perdido el habla.
La posterior iconografía lo mostró aposentado sobre una flor de irupé a la manera búdica. Los de la ciudad de arriba empezaron a venerar la imagen milagrosa sin sospechar su origen pero sintiéndola vagamente familiar. Largas peregrinaciones a la ciudad de abajo y lentos acercamientos con los viejos rivales acabaron juntándolos en un santuario común a mitad de camino. El Venerado había muerto tiempo atrás, de pulmonía. El río seguía corriendo sin mayores tropiezos.
Me dijeron: en este salón te tenés que sentar cerca del mostrador, a la izquierda, no lejos de la caja registradora; tomate un vinito, no pidás algo más fuerte porque no se estila en las mujeres, no tomés cerveza porque la cerveza da ganas de hacer pis y el pis no es cosa de damas, se sabe del muchacho de este barrio que abandonó a su novia al verla salir del baño: yo creí que ella era puro espíritu, un hada, parece que alegó el muchacho. La novia quedó para vestir santos, frase que en este barrio todavía tiene connotaciones de soledad y soltería, algo muy mal visto. En la mujer, se entiende. Me dijeron.
Yo ando sola y el resto de la semana no me importa pero los sábados me gusta estar acompañada y que me aprieten fuerte. Por eso bailo el tango.
Aprendí con gran dedicación y esfuerzo, con zapatos de taco alto y pollera ajustada, de tajo. Ahora hasta ando con los clásicos elásticos en la cartera, el equivalente a llevar siempre conmigo la raqueta si fuera tenista, pero menos molesto. Llevo los elásticos en la cartera y a veces en la cola de un banco o frente a la ventanilla cuando me hacen esperar por algún trámite los acaricio, al descuido, sin pensarlo, y quizá, no sé, me consuelo con la idea de que en ese mismo momento podría estar bailando el tango en vez de esperar que un empleaducho desconsiderado se digne atenderme.
Sé que en algún lugar de la ciudad, cualquiera sea la hora, habrá un salón donde se esté bailando en la penumbra. Allí no puede saberse si es de noche o de día, a nadie le importa si es de noche o de día, y los elásticos sirven para sostener alrededor del empeine los zapatos de calle, estirados como están de tanto trajinar en busca de trabajo.
El sábado por la noche una busca cualquier cosa menos trabajo. Y sentada a una mesa cerca del mostrador, como me recomendaron, espero. En este salón el sitio clave es el mostrador, me insistieron, así pueden ficharte los hombres que pasan hacia el baño. Ellos sí pueden permitirse el lujo. Empujan la puerta vaivén con toda la carga a cuestas, una ráfaga amoniacal nos golpea, y vuelven a salir aligerados dispuestos a retomar la danza.
Ahora sé cuándo me toca a mí bailar con uno de ellos. Y con cuál. Detecto ese muy leve movimiento de cabeza que me indica que soy la elegida, reconozco la invitación y cuando quiero aceptarla sonrío muy quietamente. Es decir que acepto y no me muevo; él vendrá hacia mí, me tenderá la mano, nos pararemos enfrentados al borde de la pista y dejaremos que se tense el hilo, que el bandoneón crezca hasta que ya estemos a punto de estallar y entonces, en algún insospechado acorde, él me pondrá el brazo alrededor de la cintura y zarparemos.
Con las velas infladas bogamos a pleno viento si es milonga, al tango lo escoramos. Y los pies no se nos enredan porque él es sabio en señalarme las maniobras tecleteando mi espalda. Hay algún corte nuevo, figuras que desconozco e improviso y a veces hasta salgo airosa. Dejo volar un pie, me escoro a estribor, no separo las piernas más de lo estrictamente necesario, él pone los pies con elegancia y yo lo sigo. A veces me detengo, cuando con el dedo medio él me hace una leve presión en la columna. Pongo la mujer en punto muerto, me decía el maestro y una debía quedar congelada en medio del paso para que él pudiera hacer sus firuletes.
Lo aprendí de veras, lo mamé a fondo como quien dice. Todo un ponerse, por parte de los hombres, que alude a otra cosa. Eso es el tango. Y es tan bello que se acaba aceptando.
Me llamo Sandra pero en estos lugares me gusta que me digan Sonia, como para perdurar más allá de la vigilia. Pocos son sin embargo los que acá preguntan o dan nombres, pocos hablan. Algunos eso sí se sonríen para sus adentros, escuchando esa música interior a la que están bailando y que no siempre está hecha de nostalgia. Nosotras también reímos, sonreímos. Yo río cuando me sacan a bailar seguido (y permanecemos callados y a veces sonrientes en medio de la pista esperando la próxima entrega), río porque esta música de tango rezuma del piso y se nos cuela por la planta de los pies y nos vibra y nos arrastra. Lo amo. Al tango. Y por ende a quien, transmitiéndome con los dedos las claves del movimiento, me baila.
No me importa caminar las treintipico de cuadras de vuelta hasta mi casa. Algunos sábados hasta me gasto en la milonga la plata del colectivo y no me importa. Algunos sábados un sonido de trompetas, digamos celestiales, traspasa los bandoneones y yo me elevo. Vuelo. Algunos sábados estoy en mis zapatos sin necesidad de elásticos, por puro derecho propio. Vale la pena. El resto de la semana transcurre banalmente y escucho los idiotas piropos callejeros, esas frases directas tan mezquinas si se las compara con la lateralidad del tango.
Entonces yo, en el aquí y ahora, casi pegada al mostrador para dominar la escena, me fijo un poco detenidamente en algún galán maduro y le sonrío. Son los que mejor bailan. A ver cuál se decide. El cabeceo me llega de aquel que está a la izquierda, un poco escondido detrás de la columna. Un tan delicado cabeceo que es como si estuviera apenas, levemente, poniéndole la oreja al propio hombro, escuchándolo. Me gusta. El hombre me gusta. Le sonrío con franqueza y sólo entonces él se pone de pie y se acerca. No se puede pedir un exceso de arrojo. Ninguno aquí presente arriesgaría el rechazo cara a cara, ninguno está dispuesto a volver a su asiento despechado, bajo la mirada burlona de los otros. Éste sabe que me tiene y se me va arrimando, al tranco, y ya no me gusta tanto de cerca, con sus años y con esa displicencia.
La ética imperante no me permite hacerme la desentendida. Me pongo de pie, él me conduce a un ángulo de la pista un poco retirado y ahí ¡me habla! Y no como aquél, tiempo atrás, que sólo habló para disculparse de no volver a dirigirme la palabra, porque yo acá vengo a bailar y no a dar charla, me dijo, y fue la última vez que abrió la boca. No. Éste me hace un comentario general, es conmovedor. Me dice vio doña, cómo está la crisis, y yo digo que sí, que vi, la pucha que vi aunque no lo digo con estas palabras, me hago la fina, la Sonia: Sí señor, qué espanto, digo, pero él no me deja elaborar la idea porque ya me está agarrando fuerte para salir a bailar al siguiente compás. Éste no me va a dejar ahogar, me consuelo, entregada, enmudecida.
Resulta un tango de la pura concentración, del entendimiento cósmico. Puedo hacer los ganchos como le vi hacer a la del vestido de crochet, la gordita que disfruta tanto, la que revolea tan bien sus bien torneadas pantorrillas que una olvida todo el resto de su opulenta anatomía. Bailo pensando en la gorda, en su vestido de crochet verde, color esperanza, dicen, en su satisfacción al bailar, réplica o quizá reflejo de la satisfacción que habrá sentido al tejer; un vestido vasto para su vasto cuerpo y la felicidad de soñar con el momento en que ha de lucirlo, bailando. Yo no tejo, ni bailo tan bien como la gorda, aunque en este momento sí porque se dio el milagro.
Y cuando la pieza acaba y mi compañero me vuelve a comentar cómo está la crisis, yo lo escucho con unción, no contesto, le dejo espacio para añadir ¿Y vio el precio al que se fue el telo? Yo soy viudo y vivo con mis dos hijos. Antes podía pagarle a una dama el restaurante, y llevarla después al hotel. Ahora sólo puedo preguntarle a la dama si posee departamento, y en zona céntrica. Porque a mí para un pollito y una botella de vino me alcanza.
Me acuerdo de esos pies que volaron los míos, de esas filigranas. Pienso en la gorda tan feliz con su hombre feliz, hasta se me despierta una sincera vocación por el tejido.
Departamento no tengo explico pero tengo pieza en una pensión muy bien ubicada, limpia. Y tengo platos, cubiertos, y dos copas verdes de cristal, de esas bien altas.
¿Verdes? Son para vino blanco. Blanco, sí. Lo siento, pero yo al vino blanco no se lo toco. Y sin hacer ni una vuelta más, nos separamos.
Invasión de mendigos pero queda un consuelo: a ninguno le faltan zapatos, zapatos sobran. Eso sí, en ciertas oportunidades hay que quitárselo a alguna pierna descuartizada que se encuentra entre los matorrales y sólo sirve para calzar a un rengo. Pero esto no ocurre a menudo, en general se encuentra el cadáver completito con los dos zapatos intactos. En cambio las ropas sí están inutilizadas. Suelen presentar orificios de bala y manchas de sangre, o han sido desgarradas a latigazos, o la picana eléctrica les ha dejado unas quemaduras muy feas y difíciles de ocultar. Por eso no contamos con la ropa, pero los zapatos vienen chiche. Y en general se trata de buenos zapatos que han sufrido poco uso porque a sus propietarios no se les deja llegar demasiado lejos en la vida. Apenas asoman la cabeza, apenas piensan (y el pensar no deteriora los zapatos) ya está todo cantado y les basta con dar unos pocos pasos para que ellos les tronchen la carrera.
Es decir que zapatos encontramos, y como no siempre son del número que se necesita, hemos instalado en un baldío del Bajo un puestito de canje. Cobramos muy contados pesos por el servicio: a un mendigo no se le puede pedir mucho pero sí que contribuya a pagar la yerba mate y algún bizcochito de grasa. Sólo ganamos dinero de verdad cuando por fin se logra alguna venta. A veces los familiares de los muertos, enterados vaya uno a saber cómo de nuestra existencia, se llegan hasta nosotros para rogarnos que les vendamos los zapatos del finado si es que los tenemos. Los zapatos son lo único que pueden enterrar, los pobres, porque claro, jamás les permitirán llevarse el cuerpo. Es realmente lamentable que un buen par de zapatos salga de circulación, pero de algo tenemos que vivir también nosotros y además no podemos negarnos a una obra de bien. El nuestro es un verdadero apostolado y así lo entiende la policía que nunca nos molesta mientras merodeamos por baldíos, zanjones, descampados, bosquecitos y demás rincones donde se puede ocultar algún cadáver. Bien sabe la policía que es gracias a nosotros que esta ciudad puede jactarse de ser la de los mendigos mejores calzados del mundo.
Mexicana de nacimiento, texana de adopción, Liliana es más conocida (por mí) como traductora (especializada en autores de frontera, chicanos o como quieran llamarlos). Sin embargo también tiene obra propia, tanto narrativa como poética (el tipo de obra que no se encuentra en las librerías de mi ciudad, claro).
--Tres cuadras más a la derecha. Aquí es. ¿Cuánto le debo?
--Dos mil pesos, güerita. Gracias.
Y en eso el pinche güey me levanta el vestido. Vengo cargada de libros y con la mano libre le doy de manotazos. Jijo desgraciado, puto, cabrón, qué te crees, me bajo y aprieta el acelerador y desaparece. Aviento los libros y pateo el suelo. Maldigo a mi país y a mis paisanos. Pinche hijo de tu malnacer, ¡te hubiera matado!
Ay, güerita, te vi los chones, mamacita, lero, lero, no que no, cabrona, te crees mucho ¿no?, te vi todo y tú como pendeja, ¡viva México!
Me vio los chones.Estoy en la Avenida Insurgentes. Vengo cargada de libros y discos y espero a que un taxi se detenga. Se acerca un minitaxi. Me choca como quitan el asiento del copiloto, uno queda tan cerca de las garras del chofer. Pero estoy cansada y no quiero agarrar el metro, así que me subo, al fin voy cerca. Juan Gabriel canta "No vale la pena" en el radio. Ay, mi México lindo, hace tanto tiempo que no vengo a mi tierra.
Qué joda esta chamba de taxista. Ojalá hubiera estudiado para algo. A ver si alcanzo a mi hermano en Houston, trabaja como burro pero un día de estos regresa y se compra casa. En cambio yo aquí en la ruleteada, qué joda, y en esta pinche ciudad, ya la alucino. Mira, ahí está una gringa. A ver si es chicle y pega.
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"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
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Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
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Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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