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#NoSinEvidencia

Posted by La mujer Quijote in



La evidencia científica es uno de los pilares sobre los que se asienta la medicina moderna. Esto no siempre ha sido así: durante años, se aplicaron tratamientos médicos sin comprobar previamente su eficacia y seguridad. Algunos fueron efectivos, aunque muchos tuvieron resultados desastrosos.

Sin embargo, en la época en la que más conocimientos científicos se acumulan de la historia de la humanidad, existen todavía pseudo-ciencias que pretenden, sin demostrar ninguna efectividad ni seguridad, pasar por disciplinas cercanas a la medicina y llegar a los pacientes.

Los firmantes de este manifiesto, profesionales sanitarios y de otras ramas de la ciencia, periodistas y otros, somos conscientes de que nuestra responsabilidad, tanto legal como ética, consiste en aportar el mejor tratamiento posible a los pacientes y velar por su salud. Por ello, la aparición en los medios de comunicación de noticias sobre la apertura de un proceso de regulación y aprobación de medicamentos homeopáticos nos preocupa como sanitarios, científicos y ciudadanos, y creemos que debemos actuar al respecto. Las declaraciones de la directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) asegurando que “no todos los medicamentos homeopáticos tienen que demostrar su eficacia” y que “la seguridad no se tiene que demostrar con ensayos clínicos específicos” no hacen sino aumentar nuestra preocupación.

Por lo tanto, solicitamos:

  1. Que no se apruebe ningún tratamiento que no haya demostrado, mediante ensayos clínicos reproducibles, unas condiciones de eficacia y seguridad al menos superiores a placebo. La regulación de unos supuestos medicamentos homeopáticos sin indicación terapéutica es una grave contradicción en sí misma y debe ser rechazada. Si no está indicado para nada ¿para qué hay que darlo?.
  2. Que la AEMPS retire de la comercialización aquellos fármacos, de cualquier tipo, que pese a haber sido aprobados, no hayan demostrado una eficacia mayor que el placebo o que presenten unos efectos adversos desproporcionados.
  3. Que el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y el resto de autoridades sanitarias persigan a aquellas empresas que atribuyen cualidades curativas o beneficiosas para la salud a sus productos sin haberlo demostrado científicamente.
  4. Que el Consejo General de Colegios de Médicos de España / Organización Médica Colegial, en cumplimiento del artículo 26 del Código de Deontología Médica, desapruebe a los facultativos que prescriban tratamientos sin evidencia científica demostrada.

Rubén Lijó - "Del mito a la razón"

Posted by La mujer Quijote in ,

Rubén Lijó, estudiante de ingeniería y autor de la web Hablando de ciencia, presenta, dirige, es autor del guión, edita y produce este fantástico documental que para sí quisieran algunas productoras.
Una fantástica demostración de lo que se puede hacer con talento.

Mario Bunge - "Falsabilidad"

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Este capítulo forma parte de la obra "100 ideas". En él, Bunge muestra su disconformidad con Karl Popper sobre la necesidad de la falsibilidad como requisito imprescindible en la teoría científica.
Todos, con excepción de los posmodernos, apreciamos la verdad, al punto de despreciar o aun castigar a los mentirosos. Pero al mismo tiempo todos sabemos que, fuera de la matemática, la exactitud es tan escurridiza como la justicia, la honestidad y el desinterés. Todos éstos son ideales a los que podemos y a los que debemos aproximarnos, aunque sin hacernos la ilusión de alcanzarlos siempre.
En efecto, acaso podamos acumular elementos de prueba en favor de una teoría física, biológica o sociológica, pero jamás podremos probarla concluyente y definitivamente, al modo en que se demuestran los teoremas matemáticos. Lo más a que podemos aspirar en las ciencias fácticas son verdades parciales o aproximadas, tales como «la Tierra es esférica» y «el precio de una mercancía es inversamente proporcional a su demanda».
El motivo de la diferencia es éste: las verdades matemáticas dependen solamente de las hipótesis y definiciones que se nos antoje establecer, mientras que la verdad de los enunciados de hechos depende del mundo, que no es factura nuestra.
Por este motivo, el hallazgo de un gran número de ejemplos favorables a una hipótesis no excluye la posibilidad de que investigaciones ulteriores arrojen contraejemplos (excepciones). En otras palabras, un elevado grado de confirmación no garantiza la verdad de una proposición: sólo muestra que ella es plausible.
Esta dificultad para alcanzar verdades exactas y definitivas acerca del mundo real sugirió al célebre filósofo Karl Popper (1902-1994) que lo más que podemos pedir de una proposición referente a hechos es que resista las tentativas de falsarla.
Más precisamente, Popper propuso la falsabilidad como criterio de cientificidad: una proposición sería científica si y solamente si se pueden imaginar circunstancias en las que sería falsa. Por ejemplo, la hipótesis de que nuestro universo es uno de los tantos universos paralelos no es científica, porque no hay manera de entrar en contacto con los presuntos universos alternativos.
Según Popper, no habría un paraíso de enunciados fácticos: sólo existirían el infierno de falsedades y el purgatorio de las conjeturas por falsar. Esta doctrina suele llamarse «falsacionismo». También podría llamársela «masoquismo gnoseológico», porque lo cierto es que los científicos procuran verdades, aunque sean aproximadas, y triunfan en la medida en que las encuentran.
Por ejemplo, siguiendo a Popper, la hipótesis de que la Tierra es plana habría sido científica antes del viaje de Magallanes, porque era falsable, ya que se podía imaginar un viaje alrededor del mundo. En mi opinión, no lo era, y esto por un motivo diferente: porque era incompatible con el grueso del saber científico de la época. En efecto, contradecía la suposición de la antigua astronomía griega, de que la Tierra es un cuerpo tan redondo como el resto de los cuerpos llamados celestes. La hipótesis de la Tierra plana era popular y estaba inscripta en la Biblia, pero los astrónomos sabían que era falsa mucho antes de Magallanes.
Diecisiete siglos antes de que la expedición de Magallanes diera la vuelta al mundo, el astrónomo griego Eratóstenes había calculado el diámetro de la Tierra. O sea, la tesis de la Tierra plana no era científica porque era incompatible con el cuerpo del conocimiento científico de la época.
Creo que la falsabilidad no es necesaria ni suficiente para la cientificidad. En cambio, lo es lo que llamo coherencia externa, o compatibilidad con el grueso del conocimiento científico del día. La falsabilidad no es necesaria para la cientificidad, porque hay hipótesis científicas, tales como las de la existencia de ciertas cosas o procesos (p. ej., planetas extrasolares, ondas gravitatorias, células que emergen por autoensamble de compuestos químicos, etc.), que sólo son confirmables, pero en cambio son compatibles con el grueso de la ciencia.
Además, las hipótesis de alto nivel, tales como las de la mecánica cuántica y la biología molecular, no son comprobables por sí mismas. Para someterlas a prueba hay que enriquecerlas con premisas que representan rasgos particulares del objeto estudiado. Además, es preciso hacerlas operativas, o sea, traducir términos teóricos a términos empíricos (p. ej. transformar temperaturas en alturas de columnas termométricas).
La falsabilidad no es suficiente: hay hipótesis no científicas, tales como la determinación de la personalidad por los astros o por el entrenamiento de los esfínteres, que han sido refutadas hace tiempo. Pero ninguna de ellas es compatible con el grueso del conocimiento científico.
Además, la falsación no es más concluyente que la confirmación. En efecto, todos sabemos que hay errores de observación o de cálculo. Desgraciadamente, ni Popper ni los positivistas a quienes criticó tuvieron en cuenta los errores de distintos tipos que afectan a los datos empíricos. Por esto, Popper creyó que los hallazgos negativos son definitivos, y los positivistas afirmaron que los positivos sí lo son.
En rigor, el criterio popperiano de falsabilidad se aplica exclusivamente a las llamadas hipótesis nulas, de la forma «las variables A y B no están asociadas entre sí». En efecto, lo primero que hace el científico que se enfrenta a una de ellas es intentar falsarla. Si lo logra, o sea, si encuentra que A y B están relacionadas entre sí, procede a formular una hipótesis afirmativa y precisa, tal como «B es una función exponencial de A». Pero ni Popper ni sus discípulos se han ocupado de las hipótesis nulas, ni en general de la estadística.
Con todo, que una hipótesis sea infalsable en principio es una llamado de atención siempre y cuando no se presente junto con otras hipótesis o cuando sus laderos sirvan solamente para protegerla. Esto último pasa con la hipótesis freudiana de la represión, cuya única función es proteger a la fantasía edípica. («El que digas amar a tu padre refuerza mi sospecha de que lo odias: tu superyó ha reprimido tan fuertemente tu odio, que no te das cuenta»).
Un caso similar es la hipótesis de que todos procuramos maximizar nuestras utilidades esperadas. Si se aduce un contraejemplo, tal como el del fumador que al inhalar con placer se expone al cáncer o el de quien hace favores sin esperar recompensa, se le contesta: «¡Ah, pero es que el fumador y el altruista sienten placer, aunque el primero arriesgue su salud, y el segundo, su patrimonio!».
No hay, pues, manera de poner a prueba el postulado central de las teorías de la acción racional. Además, dicho postulado es incompatible con la economía experimental, que muestra que solemos evitar riesgos y contentarnos con ganancias razonables.
En conclusión, la falsabilidad es importante, porque controla la imaginación. Pero no lo es más que la congruencia con el grueso del conocimiento. En todo caso, los investigadores aspiran a confirmar sus teorías favoritas, no a falsarlas. El Premio Nobel nunca se concedió por falsar hipótesis. Análogamente, el labrador no se limita a desmalezar, sino que pone su mayor esfuerzo en cosechar algo comestible y vendible.
En resumen, la falsabilidad es deseable pero no es necesaria ni suficiente. Mucho más importantes son la confirmabilidad y la congruencia con el grueso del saber.

Clive Thompson - "El principio de certidumbre"

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Este artículo fue publicado originalmente en la revista Cosmos. La traducción fue publicada por kanijo en su fantástica web "Ciencia kanija". Una excelente reflexión sobre el lenguaje científico y su significado fuera de la ciencia. Se reproduce aquí bajo licencia "Creative Commons".
Desde la evolución al cambio climático, las verdaderas guerras culturales tratan sobre el lenguaje, no sobre la ciencia. Para ganar estas guerras, la ciencia necesita cambiar la forma en que habla sobre el conocimiento.
Los creacionistas y aficionados al “diseño inteligente” tienen una táctica de guerrilla para minar los libros de texto que no se ajustan a sus creencias. Colocan una pegatina en la portada que dice: “La evolución es una teoría, no un hecho, respecto al origen de los seres vivos”.
Éste es el argumento central de los que niegan la evolución: la evolución es una “teoría” no demostrada. Para la gente que trabaja con la ciencia, ésta es una treta increíblemente molesta. Aunque es cierto que los científicos se refieren a la evolución como una teoría, en ciencia la palabra “teoría” significa: una explicación de cómo funciona el mundo y que ha soportado repetidas y rigurosas pruebas. Difícilmente es un término despectivo.
Pero para la mayor parte de la gente, una teoría significa una opinión caprichosa que te sacas, digamos, de la manga. Es un insulto, en realidad, una forma simplista de descartar un punto de vista: “ah, bueno, eso es sólo tu teoría”. Los científicos usan “teoría” en una forma específica, el público en otra, y los oponentes de la evolución han explotado de forma experta esta desconexión.
Resulta que, la verdadera guerra cultural en la ciencia no es en absoluto sobre ciencia, es sobre el lenguaje. Y para luchar en esta guerra, tenemos que cambiar la forma en la que hablamos sobre el conocimiento científico.
Los científicos ya están sopesando esto. El pasado verano, la físico australiana Helen Quinn inició un animado debate con un ensayo argumentando que los científicos son demasiado cautelosos cuando debaten sobre el conocimiento científico. Son inherentemente demasiado cautelosos, señala. Incluso cuando están seguros al 99 por ciento de una teoría, saben que siempre existe la posibilidad de un nuevo descubrimiento que podría darle la vuelta o modificarla.
Por eso, cuando los científicos hablan sobre cuerpos de conocimiento bien establecidos –particularmente en áreas como evolución o relatividad– cubren sus apuestas. Dicen que “creen” que algo se cierto como en, “creemos que el periodo Jurásico estuvo caracterizado por un clima húmedo tropical”.
Este lenguaje deliberadamente matizado queda horriblemente malinterpretado y a menudo retorcido en discursos públicos. Cuando una persona media escucha frases como los “científicos creen”, lo leen como si fuese: “los científicos en realidad no pueden demostrar esto, sino que lo toman como un acto de fe”. Después de todo, “eso es sólo lo que tú crees” es una forma común de dejar a alguien fuera de juego.
Por supuesto, los cruzados antievolución se han dado cuenta de que el lenguaje es la munición de la guerra cultural. Por esto es por lo que les encanta incluir palabras tales como “teoría” en la ciencia. Se aprovechan de la fuerza intelectual del lenguaje científico –su precisión y cuidado- y las usan como armas en contra de la propia ciencia.
Existe una defensa contra esto: modernizar el léxico de la ciencia. Si los antievolucionistas insisten en explotar la falta de comprensión pública de palabras como “teoría” y “creencia”, entonces no deberíamos luchar contra eso. “Tenemos que ser menos cautelosos en público cuando hablamos sobre conclusiones científicas sobre las que existe un consenso general”, argumenta Quinn.
¿Qué sugiere? Para la ciencia bien establecida y auténticamente sólida, dejar de usar por completo la palabra “teoría”. En lugar de eso, vamos a revivir un lenguaje mucho más venerable y referirnos a tal conocimiento como “ley”.
Como con la Ley de la Gravedad de Newton, la gente intuitivamente entiende que una ley es una regla que se mantiene como cierta y que debe obedecerse. La palabra ley expresa precisamente el mismo sentido de autoridad con el público que “teoría” tiene en los científicos, pero sin el bagaje lingüístico.
La evolución es sólida. Incluso basamos la industria de las vacunas en ella: cuando vamos en tropa a la consulta del doctor cada invierno para conseguir una vacuna contra la gripe –una inoculación contra la última evolución de la enfermedad– estamos tratando a la evolución como una ley. ¿Por qué no simplemente decir la “ley de la evolución”?
Lo mejor de todo, resulta ser una especie de jiujitsu lingüístico. Si alguien dice, “no creo en la teoría de la evolución”, puede sonar como algo razonable. No obstante, si alguien proclama, “no creo en la ley de la evolución”, suena a locura. Es equivalente a decir, “no creo en la ley de la gravedad”.
Es hora de darnos cuenta de que simplemente el público nunca dará a las palabras concretas el mismo significado científico concreto. Nunca vamos a comunicar por completo lo maravilloso y noble que hay en el rigor y precaución científico. El discurso público es inevitablemente político, por lo que tenemos que hablar sobre la ciencia de una forma que podamos ganar la batalla política, no en términos inciertos.
Al menos, esa es mi teoría.

Stephen Hawking - "Historia del tiempo"

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Así comienza el libro de divulgación científica más famoso de la historia reciente. Este libro se convirtió en un bestseller, millones de hogares tienen un ejemplar en sus estanterías. Pero no nos engañemos, la inmensa mayoría de esos volúmenes nunca fue abierta y leída. El fenómeno tiene más que ver con "hay-que-comprar-el-libro-porque-todo-el-mundo-lo-compra-y-queda-muy-intelectual-decir-que-lo-estás-leyendo-pero-lo-que-cuenta-me-importa-un-pimiento-y-además-requiere-que-mi-neurona-tenga-que-trabajar".
Un conocido científico (algunos dicen que fue Bertrand Russell) daba una vez una conferencia sobre astronomía. En ella describía cómo la Tierra giraba alrededor del Sol y cómo éste, a su vez, giraba alrededor del centro de una vasta colección de estrellas conocida como nuestra galaxia. Al final de la charla, una simpática señora ya de edad se levantó y le dijo desde el fondo de la sala: «Lo que nos ha contado usted no son más que tonterías. El mundo es en realidad una plataforma plana sustentada por el caparazón de una tortuga gigante». El científico sonrió ampliamente antes de replicarle, «¿y en qué se apoya la tortuga?». «Usted es muy inteligente, joven, muy inteligente -dijo la señora-. ¡Pero hay infinitas tortugas una debajo de otra!».
La mayor parte de la gente encontraría bastante ridícula la Imagen de nuestro universo como una torre infinita de tortugas, pero ¿en qué nos basamos para creer que lo conocemos mejor? ¿Qué sabemos acerca del universo, y cómo hemos llegado a saberlo? ¿De dónde surgió el universo y a dónde va? ¿Tuvo el universo un principio, y, si así fue, que sucedió con anterioridad a él? ¿Cuál es la naturaleza del tiempo? ¿Llegará éste alguna vez a un final? Avances recientes de la física, posibles en parte gracias a fantásticas nuevas tecnologías, sugieren respuestas a algunas de estas preguntas que desde hace mucho tiempo nos preocupan. Algún día estas respuestas podrán parecernos tan obvias como el que la Tierra gire alrededor del Sol, o, quizás, tan ridículas como una torre de tortugas. Sólo el tiempo (cualquiera que sea su significado) lo dirá.

David Attenborough

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Los Premios Príncipe de Asturias son unos premios que suelen dar muchísimas de arena entre la cal, que también hay. Entre sus galardonados están figuras tan impresentables como el dictador Hussein de Jordania (recuérdese el trístemente famoso "septiembre negro"), el jefe de un grupo terrorista como Yasser Arafat, otro acusado de terrorismo, en este caso de Estado, como Isaac Rabin, políticos de la estupidez como Al Gore, cosas incomprensibles como Bill Gates o los creadores de Google, por no hablar del desprestigidísimo premio de los deportes. En esta ocasión toca una de cal.


Ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2009 el naturalista David Attenborough. Posiblemente, con Carl Sagan, el más importante divulgador científico.
Sin duda, una buena noticia.

Mario Bunge - "La ciencia, su método, su filosofía"

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La pauta de la investigación científica

La variedad de habilidades y de información que exige el tratamiento científico de los problemas ayuda a explicar la extremada división del trabajo prevaleciente en la ciencia contemporánea, en la que encuentra lugar toda capacidad natural y toda habilidad adquirida. Es posible apreciar esta variedad exponiendo la pauta general de la investigación científica. Creo que esa pauta —o sea, el método científico— es, a grandes líneas, la siguiente:
1. Planteamiento del problema
1.1. Reconocimiento de los hechos: examen del grupo de hechos clasificación preliminar y selección de los que probablemente sean relevantes en algún respecto.
1.2. Descubrimiento del problema: hallazgo de la laguna o de la incoherencia en el cuerpo del saber.
1.3. Formulación del problema: planteo de una pregunta que tiene probabilidad de ser la correcta; esto es, reducción del problema a su núcleo significativo, probablemente soluble y probablemente fructífero, con ayuda de conocimiento disponible.
2. Construcción de un modelo teórico
2.1. Selección de los factores pertinentes: invención de suposiciones plausibles relativas a las variables que probablemente son pertinentes.
2.2. Invención de las hipótesis centrales y de las suposiciones auxiliares: propuesta de un conjunto de suposiciones concernientes a los nexos entre las variables pertinentes; por ej. formulación de enunciados de ley que se espera puedan amoldarse a los hechos observados.
2.3. Traducción matemática: cuando sea posible, traducción de las hipótesis, o de parte de ellas, a alguno de los lenguajes matemáticos.
3. Deducciones de consecuencias particulares
3.1. Búsqueda de soportes racionales: deducción de consecuencias particulares que pueden haber sido verificadas en el mismo campo o en campos contiguos.
3.2. Búsqueda de soportes empíricos: elaboración de predicciones (o retrodicciones) sobre la base de modelo teórico y de datos empíricos, teniendo en vista técnicas de verificación disponibles o concebibles.
4. Prueba de la hipótesis
4.1. Diseño de la prueba: planeamiento de los medios para poner a prueba las predicciones; diseño de observaciones, mediciones, experimentos y demás operaciones instrumentales.
4.2. Ejecución de la prueba: realización de las operaciones y recolección de datos.
4.3. Elaboración de los datos: clasificación, análisis, evaluación, reducción, etc., de los datos empíricos.
4.4. Inferencia de la conclusión: interpretación de los datos elaborados a la luz del modelo teórico.
5. Introducción de las conclusiones en la teoría
5.1. Comparación de las conclusiones con las predicciones: contraste de los resultados de la prueba con las consecuencias del modelo teórico, precisando en qué medida éste puede considerarse confirmado o no confirmado (inferencia probable).
5.2. Reajuste del modelo: eventual corrección o cambio completo del model del modelo si es necesario.
5.3. Sugerencias acerca de trabajo ulterior: búsqueda de lagunas o errores en la teoría y/o los procedimientos empíricos, si el modelo ha sido disconfirmado; si ha sido confirmado, examen de posibles extensiones y de posibles consecuencias en otros departamentos del saber.

Extensibilidad del método científico
Para elaborar conocimiento fáctico no se conoce mejor camino que el de la ciencia. El método de la ciencia no es, por cierto, seguro; pero es intrínsecamente progresivo, porque es auto-correctivo: exige la continua comprobación de los puntos de partida, y requiere que todo resultado sea considerado como fuente de nuevas preguntas. Llamemos filosofía científica a la clase de concepciones filosóficas que aceptan el método de la ciencia como la manera que nos permite: a) plantear cuestiones fácticas “razonables” (esto es, preguntas que son significativas, no triviales, y que probablemente pueden se respondidas dentro de una teoría existente o concebible); y b) probar respuestas probables en todos los campos especiales del conocimiento.
No debe confundirse la filosofía científica con el cientificismo en cualquiera de sus dos versiones: el enciclopedismo científico y el reduccionismo naturalista. El enciclopedismo científico pretende que la única tarea de los filósofos es recoger los resultados más generales de la ciencia, elaborando una imagen unificada de los mismos, y preferiblemente formulándolos todos en un único lenguaje (por ej., el de la física). En cambio, la filosofía, científica o no, analiza lo que se le presente y, a partir de este material,construye teorías de segundo nivel, es decir teorías de teorías; la filosofía será científica en la medida en que elabore de manera racional los materiales previamente elaborados por la ciencia. Así es como puede entenderse la extensión del método científico al trabajo filosófico.
En cuanto al cientificismo concebido como reduccionismo naturalista —y que a veces se superpone con el enciclopedismo científico como ocurre con el fisicalismo—, puede describírselo como una tentativa de resolver toda suerte de problemas con ayuda de las técnicas creadas por las ciencias naturales, desdeñando las cualidades específicas, irreductibles, de cada nivel de la realidad. El cientificismo radical de esta especie sostendría, por ejemplo, que la sociedad no es más que un sistema físico-químico (o, a lo sumo, biológico), de donde los fenómenos sociales debieran estudiarse exclusivamente mediante la ayuda de metros, relojes, balanzas y otros instrumentos de la misma clase. En cambio, la filosofía científica favorece la elaboración de técnicas específicas en cada campo, con la única condición de que estas técnicas cumplan las exigencias esenciales del método científico en lo que respecta a las preguntas y a las pruebas. De esta manera es como puede entenderse la extensión del método científico a todos los campos especiales del conocimiento.
Pero también debería emplearse el método de la ciencia en las ciencias aplicadas y, en general, en toda empresa humana en que la razón haya de casarse con la experiencia; vale decir, en todos los campos excepto en arte, religión y amor. Una adquisición reciente del método científico es la investigación operativa (operations research ), esto es, el conjunto de procedimientos mediante los cuales los dirigentes de empresas pueden obtener un fundamento cuantitativo para tomar decisiones, y los administradores pueden adquirir ideas para mejorar la eficiencia de la organización.(10) Pero, desde luego la extensión del método científico a las cosas humanas está aún en su infancia. Pídasele a un político que pruebe sus afirmaciones, no recurriendo a citas y discursos, sino confrontándolos con hechos certificables (tal como se recogen y elaboran, por ejemplo, con ayuda de las técnicas estadísticas). Si es honesto, cosa que puede suceder, o bien: a) admitirá que no entiende la pregunta, o b) concederá que todas sus creencias son, en el mejor de los casos, enunciados probables, ya que sólo pueden ser probados imperfectamente, o c) llegará a la conclusión de que muchas de sus hipótesis favoritas (principios, máximas, consignas) tienen necesidad urgente de reparación. En este último caso puede terminar por admitir que una de las virtudes del método de la ciencia es que facilita la regulación o readaptación de las ideas generales que guían (o justifican) nuestra conducta consciente, de manera tal que ésa pueda corregirse con el fin de mejorar los resultados.
Desgraciadamente, la cientifización de la política la haría más eficaz, pero no necesariamente mejor, porque el método puede dar la forma y no el contenido; y el contenido de la política está determinado por intereses que no son primordialmente culturales o éticos, sino materiales. Por esto, una política científica puede dirigirse a favor o en contra de cualquier grupo social: los objetivos de la estrategia política, así como los de la investigación científica aplicada, no son fijados por patrones científicos, sino por intereses sociales. Esto muestra a la vez el alcance y los límites del método científico: por una parte, puede producir saber eficiencia y poder; por la otra, este saber esta eficiencia y este poder pueden usarse para bien o para mal, para libertar o para esclavizar.

El método científico: ¿un dogma más?
¿Es dogmático favorecer la extensión del método científico a todos los campos del pensamiento y de la acción consciente? Planteamos la cuestión en términos de conducta. El dogmático vuelve sempiternamente a sus escrituras, sagradas o profanas, en búsqueda de la verdad; la realidad le quemaría los papeles en los que imagina que está enterrada la verdad: por esto elude el contacto con los hechos. En cambio, para el partidario de la filosofía científica todo es problemático: todo conocimiento fáctico es falible (pero perfectible), y aun las estructuras formales pueden reagruparse de maneas más económicas y racionales; más aún, el propio método de la ciencia será considerado por él como perfectible, como lo muestra la reciente incorporación de conceptos y técnicas estadísticas. Por consiguiente, el partidario del método científico no se apegará obstinadamente al saber, ni siquiera a los medios consagrados para adquirir conocimiento, sino que adoptará una actitud investigadora; se esforzará por aumentar y renovar sus contactos con los hechos y el almacén de las ideas mediante las cuales los hechos pueden entenderse, controlarse y a veces reproducirse.
No se conoce otro remedio eficaz contra la fosilización del dogma —religioso, político, filosófico o científico— que el método científico, porque es el único procedimiento que no pretende dar resultados definitivos. El creyente busca la paz en la aquiescencia; el investigador, en cambio, no encuentra paz fuera de la investigación y la disensión: está en continuo conflicto consigo mismo, puesto que la exigencia de buscar conocimiento verificable implica un continuo inventar, probar y criticar hipótesis. Afirmar y asentir es más fácil que probar y disentir; por esto hay más creyentes que sabios, y por esto, aunque el método científico es opuesto al dogma, ningún científico y ningún filósofo científico debieran tener la plena seguridad de que han evitado todo dogma.
De acuerdo con la filosofía científica, el peso de los enunciados —y por consiguiente su credibilidad y su eventual eficacia práctica— depende de su grado de sustentación y de confirmación. Si, como estimaba Demócrito, una sola demostración vale más que el reino de los persas, puede calcularse el valor del método científico en los tiempos modernos. Quienes lo ignoran íntegramente no pueden llamarse modernos; y quienes lo desdeñan se exponen a no ser veraces ni eficaces.

Dios, el Universo y todo lo demás

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Un debate televisivo, sí como suena. El vídeo es un debate televisivo de hace 21 años. Que nadie espere ver en él a un experiodista de TVE, condenado por manipular información, opinando de lo que no sabe, que nadie espere ver a la vecina del cuñado del taxista que llevó al aeropuerto al ex de una que dice que tuvo relaciones con Jezulín, que nadie espere ver a un/una ¿periodista? cuyo mayor logro profesional fue descubrir que Paquirrín tiene novia (o que ya no la tiene, no sé). Nada de eso. Los participantes en este debate son:
Stephen Hawking: físico, cosmólogo y divulgador científico. Titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas de la Universidad de Cambridge, miembro de la Real Sociedad de Londres, de la Academia Pontificia de las Ciencias y de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, poseedor de doce doctorados honoris causa, galardonado con la Orden del Imperio Británico, con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y con la Medalla Copley.
Arthur C. Clarke: escritor y científico. Estudió física y matemáticas en el King's College de Londres. Es autor de los trabajos que sentaron las bases para las orbitas geoestacionales de los satélites. Fue también uno de los más importantes escritores de ciencia ficción. Es autor de tres famosas leyes conocidas como "Leyes de Clarke" (sentido del humor no le faltaba):
1. Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado.
2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.
3. Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.
Carl Edward Sagan: astrónomo y divulgador científico. Fue pionero en campos como la exobiología. Conocido por el gran público por la serie para la televisión de "Cosmos: Un viaje personal". Fue titular de la cátedra de astronomía y ciencias del espacio de la Universidad Cornell en Estados Unidos.
Este y otros documentales están disponibles en la interesante web de DocuCiencia.

Umberto Eco - "El mago y el científico"

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Creemos que vivimos en la que Isaiah Berlin, identificándola en sus albores, llamó la Edad de la Razón. Una vez acabadas las tinieblas medievales y comenzado el pensamiento crítico del Renacimiento y el propio pensamiento científico, consideramos que vivimos en una edad dominada por la ciencia. A decir verdad, esta visión de un predominio ya absoluto de la mentalidad científica, que se anunciaba tan ingenuamente en el Himno a Satanás, de Carducci, y más críticamente en el Manifiesto comunista de 1848, la apoyan más los reaccionarios, los espiritualistas, los laudatores temporis acti, que los científicos. Son aquéllos y no éstos los que pintan frescos de gusto casi fantástico sobre un mundo que, olvidando otros valores, se basa sólo en la confianza en las verdades de la ciencia y en el poder de la tecnología.

Los hombres de hoy no sólo esperan, sino que pretenden obtenerlo todo de la tecnología y no distinguen entre tecnología destructiva y tecnología productiva. El niño que juega a la guerra de las galaxias en el ordenador usa el móvil como un apéndice natural de las trompas de Eustaquio, lanza sus chats a través de Internet, vive en la tecnología y no concibe que pueda haber existido un mundo diferente, un mundo sin ordenadores e incluso sin teléfonos.

Pero no ocurre lo mismo con la ciencia. Los medios de comunicación confunden la imagen de la ciencia con la de la tecnología y transmiten esta confusión a sus usuarios, que consideran científico todo lo que es tecnológico, ignorando en efecto cuál es la dimensión propia de la ciencia, de ésa de la que la tecnología es por supuesto una aplicación y una consecuencia, pero desde luego no la sustancia primaria.

La tecnología es la que te da todo enseguida, mientras que la ciencia avanza despacio. Virilio habla de nuestra época como de la época dominada, yo diría hipnotizada, por la velocidad: desde luego, estamos en la época de la velocidad. Ya lo habían entendido anticipadamente los futuristas y hoy estamos acostumbrados a ir en tres horas y media de Europa a Nueva York con el Concorde: aunque no lo usemos, sabemos que existe.

Pero no sólo eso: estamos tan acostumbrados a la velocidad que nos enfadamos si el mensaje de correo electrónico no se descarga enseguida o si el avión se retrasa. Pero este estar acostumbrados a la tecnología no tiene nada que ver con el estar acostumbrados a la ciencia; más bien tiene que ver con el eterno recurso a la magia.

¿Qué era la magia, qué ha sido durante los siglos y qué es, como veremos, todavía hoy, aunque bajo una falsa apariencia? La presunción de que se podía pasar de golpe de una causa a un efecto por cortocircuito, sin completar los pasos intermedios. Clavo un alfiler en la estatuilla que representa al enemigo y éste muere, pronuncio una fórmula y transformo el hierro en oro, convoco a los ángeles y envío a través de ellos un mensaje.

La magia ignora la larga cadena de las causas y los efectos y, sobre todo, no se preocupa de establecer, probando y volviendo a probar, si hay una relación entre causa y efecto. De ahí su fascinación, desde las sociedades primitivas hasta nuestro renacimiento solar y más allá, hasta la pléyade de sectas ocultistas omnipresentes en Internet.

La confianza, la esperanza en la magia, no se ha desvanecido en absoluto con la llegada de la ciencia experimental. El deseo de la simultaneidad entre causa y efecto se ha transferido a la tecnología, que parece la hija natural de la ciencia. ¿Cuánto ha habido que padecer para pasar de los primeros ordenadores del Pentágono, del Elea de Olivetti tan grande como una habitación (los programadores necesitaron ocho meses para preparar al enorme ordenador y que éste emitiera las notas de la cancioncilla El puente sobre el río Kwai, y estaban orgullosísimos), a nuestro ordenador personal, en el que todo sucede en un momento?

La tecnología hace de todo para que se pierda de vista la cadena de las causas y los efectos. Los primeros usuarios del ordenador programaban en Basic, que no era el lenguaje máquina, pero que dejaba entrever el misterio (nosotros, los primeros usuarios del ordenador personal, no lo conocíamos, pero sabíamos que para obligar a los chips a hacer un determinado recorrido había que darles unas dificilísimas instrucciones en un lenguaje binario). Windows ha ocultado también la programación Basic, el usuario aprieta un botón y cambia la perspectiva, se pone en contacto con un corresponsal lejano, obtiene los resultados de un cálculo astronómico, pero ya no sabe lo que hay detrás (y, sin embargo, ahí está). El usuario vive la tecnología del ordenador como magia.

Podría parecer extraño que esta mentalidad mágica sobreviva en nuestra era, pero si miramos a nuestro alrededor, ésta reaparece triunfante en todas partes. Hoy asistimos al renacimiento de sectas satánicas, de ritos sincretistas que antes los antropólogos culturales íbamos a estudiar a las favelas brasileñas; incluso las religiones tradicionales tiemblan frente al triunfo de esos ritos y deben transigir no hablando al pueblo del misterio de la trinidad y encuentran más cómodo exhibir la acción fulminante del milagro. El pensamiento teológico nos hablaba y nos habla del misterio de la trinidad, pero argumentaba y argumenta para demostrar que es concebible, o que es insondable. El pensamiento del milagro nos muestra, en cambio, lo numinoso, lo sagrado, lo divino, que aparece o que es revelado por una voz carismática y se invita a las masas a someterse a esta revelación (no al laborioso argumentar de la teología).

Querría recordar una frase de Chesterton: “Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que ya no crean en nada: creen en todo”. Lo que se trasluce de la ciencia a través de los medios de comunicación es, por lo tanto -siento decirlo-, sólo su aspecto mágico. Cuando se filtra, y cuando filtra es porque promete una tecnología milagrosa, “la píldora que…”. Hay a veces un pactum sceleris entre el científico y los medios de comunicación por el que el científico no puede resistir la tentación, o considera su deber, comunicar una investigación en curso, a veces también por razones de recaudación de fondos; pero he aquí que la investigación se comunica enseguida como descubrimiento, con la consiguiente desilusión cuando se descubre que el resultado aún no está listo. Los episodios los conocemos todos, desde el anuncio indudablemente prematuro de la fusión fría a los continuos avisos del descubrimiento de la panacea contra el cáncer.

Es difícil comunicar al público que la investigación está hecha de hipótesis, de experimentos de control, de pruebas de falsificación. El debate que opone la medicina oficial a la medicina alternativa es de este tipo: ¿por qué el pueblo debe creer en la promesa remota de la ciencia cuando tiene la impresión de tener el resultado inmediato de la medicina alternativa? Recientemente, Garattini advertía que cuando se toma una medicina y se obtiene la curación en un breve periodo, esto no es aún la prueba de que el medicamento sea eficaz. Hay aún otras dos explicaciones: que la enfermedad ha remitido por causas naturales y el remedio ha funcionado sólo como placebo, o que incluso la remisión se ha producido por causas naturales y el remedio la ha retrasado. Pero intenten plantear al gran público estas dos posibilidades. La reacción será de incredulidad, porque la mentalidad mágica ve sólo un proceso, el cortocircuito siempre triunfante, entre la causa presunta y el efecto esperado. Llegados a este punto, nos damos cuenta también de cómo está ocurriendo y puede ocurrir, que se anuncien recortes consistentes en la investigación y la opinión pública se quede indiferente. Se quedaría turbada si se hubiese cerrado un hospital o si aumentara el precio de los medicamentos, pero no es sensible a las estaciones largas y costosas de la investigación. Como mucho, cree que los recortes a la investigación pueden inducir a algún científico nuclear a emigrar a Estados Unidos (total, la bomba atómica la tienen ellos) y no se da cuenta de que los recortes en la investigación pueden retrasar también el descubrimiento de un fármaco más eficaz para la gripe, o de un coche eléctrico, y no se relaciona el recorte en la investigación con la cianosis o con la poliomielitis, porque la cadena de las causas y los efectos es larga y mediata, no inmediata, como en la acción mágica.

Habrán visto el capítulo de Urgencias en que el doctor Green anuncia a una larga cola de pacientes que no darán antibióticos a los que están enfermos de gripe, porque no sirven. Surgió una insurrección con acusaciones incluso de discriminación racial. El paciente ve la relación mágica entre antibiótico y curación, y los medios de comunicación le han dicho que el antibiótico cura. Todo se limita a ese cortocircuito. El comprimido de antibiótico es un producto tecnológico y, como tal, reconocible. Las investigaciones sobre las causas y los remedios para la gripe son cosas de universidad. Yo he perfilado una hipótesis preocupante y decepcionante, también porque es fácil que el propio hombre de gobierno piense como el hombre de la calle y no como el hombre de laboratorio. He sido capaz de delinear este cuadro porque es un hecho, pero no estoy en condiciones de esbozar el remedio.

Es inútil pedir a los medios de comunicación que abandonen la mentalidad mágica: están condenados a ello no sólo por razones que hoy llamaríamos de audiencia, sino porque de tipo mágico es también la naturaleza de la relación que están obligados a poner diariamente entre causa y efecto. Existen y han existido, es cierto, seres divulgadores, pero también en esos casos el título (fatalmente sensacionalista) da mayor valor al contenido del artículo y la explicación incluso prudente de cómo está empezando una investigación para la vacuna final contra todas las gripes aparecerá fatalmente como el anuncio triunfal de que la gripe por fin ha sido erradicada (¿por la ciencia? No, por la tecnología triunfante, que habrá sacado al mercado una nueva píldora). ¿Cómo debe comportarse el científico frente a las preguntas imperiosas que los medios de comunicación le dirigen a diario sobre promesas milagrosas? Con prudencia, obviamente; pero no sirve, ya lo hemos visto. Y tampoco puede declarar el apagón informativo sobre cualquier noticia científica porque la investigación es pública por su misma naturaleza.

Creo que deberíamos volver a los pupitres de la escuela. Le corresponde a la escuela, y a todas las iniciativas que pueden sustituir a la escuela, incluidos los sitios de Internet de credibilidad segura, educar lentamente a los jóvenes para una recta comprensión de los procedimientos científicos. El deber es más duro, porque también el saber transmitido por las escuelas se deposita a menudo en la memoria como una secuencia de episodios milagrosos: madame Curie, que vuelve una tarde a casa y, a partir de una mancha en un papel, descubre la radiactividad; el doctor Fleming, que echa un vistazo distraído a un poco de musgo y descubre la penicilina; Galileo, que ve oscilar una lámpara y parece que de pronto descubre todo, incluso que la Tierra da vueltas, de tal forma que nos olvidemos, frente a su legendario calvario, de que ni siquiera él había descubierto según qué curva giraba, y tuvimos que esperar a Kepler.

¿Cómo podemos esperar de la escuela una correcta información científica cuando aún hoy, en muchos manuales y libros incluso respetables, se lee que antes de Cristóbal Colón la gente creía que la Tierra era plana, mientras que se trata de una falsedad histórica, puesto que ya los griegos antiguos lo sabían, e incluso los doctos de Salamanca que se oponían al viaje de Colón, sencillamente porque habían hecho cálculos más exactos que los suyos sobre la dimensión real del planeta? Y, sin embargo, una de las misiones del sabio, además de la investigación seria, es también la divulgación iluminada.

Y, sin embargo, si se tiene que imponer una imagen no mágica de la ciencia, no debieran esperarla de los medios de comunicación, deben ser ustedes quienes la construyan poco a poco en la conciencia colectiva, partiendo de los más jóvenes.

La conclusión polémica de mi intervención es que el presunto prestigio de que goza hoy el científico se basa en razones falsas, y está en todo caso contaminado por la influencia conjunta de las dos formas de magia, la tradicional y la tecnológica, que aún fascina la mente de la mayoría. Si no salimos de esta espiral de falsas promesas y esperanzas defraudadas, la propia ciencia tendrá un camino más arduo que realizar.

Y he aquí que mañana los periódicos hablarán de este congreso vuestro, pero, fatalmente, la imagen que salga será aún mágica. ¿Deberíamos asombrarnos? Nos seguimos masacrando como en los siglos oscuros arrastrados por fundamentalismos y fanatismos incontrolables, proclamamos cruzadas, continentes enteros mueren de hambre y de sida, mientras nuestras televisiones nos representan (mágicamente) como una tierra de jauja, atrayendo sobre nuestras playas a desesperados que corren hacia nuestras periferias dañadas como los navegantes de otras épocas hacia las promesas de Eldorado; ¿y deberíamos rechazar la idea de que los simples no saben aún qué es la ciencia y la confunden bien con la magia, bien con el hecho de que, por razones desconocidas, se puede enviar una declaración de amor a Australia al precio de una llamada urbana y a la velocidad del rayo?

Es útil, para seguir trabajando cada uno en su propio campo, saber en qué mundo vivimos, sacar las conclusiones, volvernos tan astutos como la serpiente y no tan ingenuos como la paloma, pero por lo menos tan generosos como el pelícano e inventar nuevas formas de dar algo de vosotros a quienes os ignoran.

En cualquier caso, desconfiad más que nada de quienes os honran como si fueseis la fuente de la verdad. En efecto, os consideran un mago que, sin embargo, si no produce enseguida efectos verificables, será considerado un charlatán; mientras que las magias que producen efectos imposibles de verificar, pero eficaces, serán honradas en los programas de entrevistas. Y, por lo tanto, no vayáis, o se os identificará con ellas. Permitidme retomar un lema a propósito de un debate judicial y político: resistid, resistid, resistid. Y buen trabajo.

Carrera corta

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Excelente análisis, en sólo una viñeta, de lo que significa "medicina alternativa". El análisis fue realizado por Andrés Diplotti en su blog "La pulga snob".

"La única medicina alternativa y es una medicina mejor"

Jorge Pinto (V)

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Nota. Publicado con el permiso del autor.

James Lett - "Guía de campo para el pensamiento crítico"

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En 1990, en el número de diciembre de "Skeptical Inquirer magazine", James Lett publicó su "Guía de campo para el pensamiento crítico", un artículo que 19 años después sigue teniendo plena vigencia.
Por suerte para mi y todos aquelllos a los que nos cuesta leer en inglés, o que simplemente no sabemos nada de inglés, Kanijo, en su excelente blog "Ciencia Kanija", ha traducido el artículo.

Existen muchas razones para la popularidad actual de las creencias paranormales en los Estados Unidos, incluyendo:

* La irresponsabilidad de los medios de comunicación, que explotan el gusto del público por las insensateces
* La irracional visión estadounidense del mundo, la cual apoya afirmaciones tales como la vida después de la muerte y la eficacia del polígrafo
* La falta de efectividad de la educación pública, que normalmente falla al enseñar a los estudiantes las habilidades básicas del pensamiento crítico.

Como profesor universitario, estoy especialmente preocupado por este tercer problema. La mayor parte de los estudiantes de primer y segundo año de mis clases simplemente no saben cómo llegar a una conclusión razonable a partir de las pruebas. En su mayoría, se les ha enseñado en el instituto qué pensar; pocos de ellos saben cómo pensar.

En un intento por remediar este problema en mi facultad, desarrollé un curso optativo llamado “La antropología y lo paranormal”. El curso examina un rango completo de las creencias paranormales contemporáneas de la cultura estadounidense, desde la precognición y la psicokinesis a la canalización y la criptozoología pasando por todo lo que hay en medio y más allá, como la astrología, OVNIs y creacionismo. Enseño a los estudiantes muy poco sobre teorías antropológicas y menos aún de terminología antropológica. En lugar de esto, intento comunicar la esencia de la perspectiva antropológica, enseñándoles, indirectamente, de qué trata el método científico. He hecho esto enseñándoles cómo evaluar las evidencias. Les he dado seis simples reglas a seguir cuando consideren cualquiera afirmación, y entonces les he mostrado cómo aplicar esas seis reglas al examen de cualquier afirmación paranormal.

Las seis reglas del razonamiento evidencial son mi propia destilación y simplificación del método científico. Para facilitar a los estudiantes el recuerdo de esta media docena de guías, he acuñado un acrónimo para ellas: Ignorando las vocales, las letras de la palabra “FiLCHeRS” (mangantes) son las reglas de Falsabilidad, Lógica, Completitud, Honestidad, Replicabilidad, y Suficiencia. Aplica estas seis reglas a las evidencias ofrecidas para cualquier afirmación, digo a mis estudiantes, y nadie será capaz de acercarse sigilosamente y robarte tu opinión. Estarás a prueba de mangantes.

Falsabilidad
Debe ser posible idear una prueba que demuestre que la afirmación es falsa.

Puede sonar paradójico, pero para que una afirmación sea cierta, debe ser falsable. La regla de la falsabilidad es una garantía de que si la afirmación es falsa, la evidencia la demostrará como falsa; y si la afirmación es verdadera, la evidencia no la descartará (en cuyo caso puede aceptarse provisionalmente como cierta hasta que, con el tiempo, se lleve a cabo una que la descarte). La regla de la falsabilidad, para abreviar, dice que la evidencia debe contar, y ésta es la primera y más importante regla del razonamiento evidencial.

La regla de la falsabilidad es esencial por esta razón: Si no se puede idear algo que descarte la afirmación, entonces la prueba de que existe no importa, sería imposible de señalar incluso analizando las pruebas, debido a que la conclusión ya se conoce – la afirmación es invulnerable a cualquier prueba posible. Esto no significa, sin embargo, que la afirmación sea cierta; sino que significaría que la afirmación no tiene sentido. Esto es así debido a que es imposible – lógicamente imposible – para cualquier afirmación ser cierta, no importa lo que sea. Para cada afirmación verdadera, siempre debes poder pensar una prueba que haría que la afirmación fuese falsa — en otras palabras, de nuevo, cada afirmación cierta es falsable.

Por ejemplo, la afirmación cierta de que el tiempo de vida de los seres humanos es menor de 200 años es falsable; sería falsa si un humano viviese más de 200 años. De forma similar, la afirmación de que el agua se congela a 0º C es falsable; sería falsa si el agua se congelase a, digamos, 1 grado. Cada una de estas afirmaciones está establecida como un “hecho” científico, y no esperamos que alguna de estas afirmaciones sea falsada; no obstante, el punto está en que podrían serlo. Cualquier afirmación que no pueda falsarse estaría carente de cualquier contenido proposicional; es decir, no haría ninguna afirmación factual – en lugar de eso sería como hacer una declaración de emociones, una declaración de la forma en la que el afirmante siente el mundo. Las afirmaciones no falsables comunican información, pero lo que describen es la orientación de los valores del afirmante. No comunican otra cosa que una naturaleza factual, y por tanto, no son ni verdaderas ni falsas. Las afirmaciones no falsables son proposicionalmente vacías.

Existen dos forman principales en las que se puede violar la regla de la falsabilidad – dos formas, en otras palabras, de hacer afirmaciones no falsables. La primera variedad de afirmaciones no falsables es la afirmación no declarada: una afirmación que es tan amplia o vaga que carece de contenido proposicional. La afirmación no declarada es, básicamente, ininteligible y por consiguiente, sin sentido. Considera, por ejemplo, la afirmación de que los cristaloterapeutas pueden usar trozos de cuarzo para restaurar el equilibrio y la armonía de la energía espiritual de una persona. ¿Qué significa tener una energía espiritual desequilibrada? ¿Por qué condición se reconoce y diagnostica? ¿Qué evidencias demostrarían que la energía espiritual desequilibrada de alguien ha sido – o no – equilibrada por la aplicación de cristaloterapia? La mayoría de las maravillas New Age, de hecho, consisten en afirmaciones no declaradas que se disuelven por completo cuando se exponen al disolvente de la racionalidad.

La afirmación no declarada tiene la ventaja de que virtualmente cualquier prueba aducida podría ser interpretada como congruente con la afirmación, y por esta razón es especialmente popular entre los seguidores de lo paranormal que afirman tener poderes de precognición. Jeane Dixon, por ejemplo, predijo que 1987 sería un año “lleno de cambios” para Caroline Kennedy. Dixon también predijo que Jack Kemp “se enfrentaría a grandes desacuerdos con el resto de su grupo” en 1987 y que el terror mundial a las drogas “sería desatado por los zares de los narcóticos” en el mismo año. Posteriormente reveló a Dan Rather que “podría [o no] ser hospitalizado” en 1988, y que el “mayor problema” de Whitney Houston en 1986 sería “equilibrar su vida personal y su carrera”. Las afirmaciones no declaradas se reducen a una afirmación que puede traducirse como “Qué será, será”.

La segunda variedad de afirmaciones no falsables, que es incluso más popular entre los seguidores de lo paranormal, implica el uso de múltiples salidas, que es, una interminable lista de excusas que intenta explicar la evidencia que se vería falsada por la afirmación. Los creacionistas, por ejemplo, afirman que el universo no tiene más de 10 000 años de antigüedad. Lo hacen a pesar del hecho de que podemos observar la luz de estrellas que están a miles de millones de años luz de la Tierra, lo que significa que la luz debe haber abandonado esas estrellas hace miles de millones de años, y lo cual demuestra que el universo debe tener miles de millones de años de antigüedad. ¿Cómo contestan entonces los creacionistas a esta falsación de su afirmación? Sugiriendo que Dios debe haber creado la luz ya en camino desde esas estrellas lejanas en el momento de la creación hace 10 000 años. Ninguna prueba concebible podría descartar esa afirmación.

Ejemplos adicionales de múltiples salidas abundan en el dominio de lo paranormal. Los seguidores de los OVNI, cuando se enfrentan a la carencia de pruebas físicas o fotográficas fiables donde descansar sus afirmaciones, apuntan a una “conspiración gubernamental” secreta que se supone que evita la publicación de las pruebas que podrían apoyar sus casos. Los curanderos psíquicos dicen que pueden curar si tienes suficiente fe en sus poderes psíquicos. Los psicokinéticos dicen que pueden doblar cucharas con la mente si no están expuestos a vibraciones negativas de un observador escéptico. Los lectores de tarot pueden predecir tu destino si tú eres sincero en el deseo de conocimiento. Las múltiples salidas significan, en efecto, “Cara, yo gano, cruz, tú pierdes”.

Lógica
Cualquier argumento ofrecido como prueba en apoyo de alguna afirmación debe tener sentido.

Un argumento se dice que es “válido” si su conclusión se desprende de forma inevitable de sus premisas; si “tiene sentido”, si es válido y si todas las premisas son ciertas. Las reglas de la lógica, por tanto, gobiernan la validez de la inferencia. Aunque los filósofos han codificado y nombrado distintas formas de argumentos válidos, no es necesario asistir a un curso de lógica formal para aplicar las reglas de la inferencia de forma consistente y correcta. Un argumento inválido puede reconocerse por el simple método del contraejemplo: Si puedes imaginar un único ejemplo en el que la conclusión no se siga necesariamente de las premisas, incluso cuando las respuestas son ciertas, entonces el argumento no es válido. Considera el siguiente silogismo, por ejemplo: Todos los perros tienen pulgas; Xavier tiene pulgas; por tanto Xavier es un perro. Este argumento es inválido debido a que un único gato con pulgas llamado Xavier proporcionaría un contraejemplo efectivo. Si un argumento es inválido, entonces, por definición, es poco sólido. No todos los argumentos válidos son sólidos, no obstante. Veamos este ejemplo: Todos los perros tienen pulgas; Xavier es un perro; por tanto Xavier tiene pulgas. Tal argumento no se sostiene, incluso aunque es válido, debido a que la primera premisa es falsa: No todos los perros tienen pulgas.

Determinar si un argumento es sólido frecuentemente es problemático; saber si una premisa dada es cierta o falsa a menudo requiere un conocimiento adicional sobre la afirmación que puede requerir una investigación empírica. Si el argumento pasa estas dos pruebas, sin embargo – si es tanto válido como sólido – entonces la conclusión puede ser abrazada con certeza.

La regla de la lógica a menudo es quebrantada por los pseudocientíficos. Erich von Däniken, que él sólo popularizó la mitología de los astronautas antiguos en la década de 1970, escribió muchos libros en los que ofrecía muchos argumentos inválidos y poco sólidos con asombrosa regularidad (ver Omohundro 1976). En Chariots of the Gods? no estaba exento de hacer argumentos que fuesen tanto lógica como factualmente imprecisos — en otras palabras, argumentos que eran doblemente poco sólidos. Por ejemplo, von Däniken argumenta que el mapa del mundo hecho en el siglo XVI por el almirante turco Piri Re’is es tan “increíblemente preciso” que sólo podría haberse realizado a partir de imágenes por satélite. No sólo el argumento no es válido (un número de distintas técnicas distintas a la fotografía por satélite podrían dar como resultado un mapa “increíblemente preciso”), sino que la premisa es simplemente incorrecta – el mapa de Piri Re’is, de hecho, contiene muchas imprecisiones de bulto (ver Story 1981).

Completitud
La prueba ofrecida en apoyo de una afirmación debe ser exhaustiva –es decir, todas las pruebas disponibles deben ser consideradas.

Por razones obvias, no es razonable considerar sólo las pruebas que apoyen la teoría y descartar las que la contradicen. Esta regla es clara y evidente, y requiere menos explicación o justificación. Sin embargo, es una regla que rompen habitualmente los defensores de afirmaciones paranormales y por aquellos que se adhieren a dichas creencias.

Por ejemplo, los que proponen la teoría de los biorritmos son propensos a apuntar que los accidentes de aviones tienen lugar en días en los que piloto, copiloto y navegador están experimentando puntos críticamente bajos en sus ciclos intelectuales, emocionales, y/o físicos. Las pruebas tenidas en cuenta para los defensores de los biorritmos, no obstante, no incluyen el aún mayor número de accidentes de avión que tuvieron lugar cuando las tripulaciones estaban experimentando puntos altos o neutrales en sus ciclos de biorritmos (Hines 1988:160). De forma similar, cuando la gente cree que Jeane Dixon tiene capacidades precognitivas debido a que predijo la elección de George Bush en 1988 (la cual hizo dos meses antes de la elección, cuando cada científico social, experto de los medios y ciudadano privado del país habían hecho el mismo pronóstico), normalmente ignoran las miles de predicciones que ha hecho Dixon y que han resultado ser falsas (tal como sus predicciones de que John F. Kennedy no lograría ganar la presidencia en 1960, que la Tercera Guerra Mundial comenzaría en 1958, y que Fidel Castro moriría en 1969). Si eres propenso a ser selectivo en las pruebas que consideras, podría ser razonable concluir que la Tierra es plana.

Honestidad
Las pruebas ofrecidas en apoyo de cualquier afirmación deben ser evaluadas sin autoengaño.

La regla de la honestidad es un corolario a la regla de la completitud. Cuando has examinado todas las pruebas, es esencial ser honesto contigo mismo sobre el resultado del examen. Si el peso de las pruebas contradice la afirmación, entonces tienes que abandonar tu creencia en la afirmación. Lo inverso, por supuesto, se aplicaría también.

La regla de la honestidad, al igual que la de la completitud, es a menudo violada tanto por proponentes como por seguidores de creencias paranormales. Los parapsicólogos violan esta regla cuando concluyen, tras numerosos experimentos psi posteriores que han errado al replicar los resultados inicialmente positivos, que los psi deben ser un fenómeno esquivo. (Aplicando la Navaja de Occan, la conclusión más honesta sería que el resultado original tuvo que haber sido una coincidencia). Los creyentes en lo paranormal violan esta regla cuando concluyen, tras observar como un “psíquico” dobla clandestinamente una cuchara con sus manos, que él sólo engaña a veces.

En la práctica, la regla de la honestidad normalmente se reduce al requisito de no romper la regla de falsabilidad tomando una salida múltiple. Hay más que eso, no obstante: La regla de la honestidad significa que estás en la obligación de aceptar una conclusión racional una vez que hayas examinado todas las pruebas. Si el peso abrumador de todas las pruebas falsa tu creencia, entonces debes concluir que la creencia es falsa, y debes enfrentarte a las implicaciones que la conclusión trae consigo. A la luz de la evidencia abrumadoramente negativa, la neutralidad o el agnosticismo no son mejores que la credulidad y la fe. Negación, evasión, racionalización y todos los otros mecanismos comunes de autoengaño constituirían violaciones de la regla de honestidad.

En mi opinión, sólo esta regla invalidaría toda la disciplina de la parapsicología. Tras más de un siglo de investigación erudita sistemática, la hipótesis psi sigue siendo completamente insustancial e inapoyable; los parapsicólogos han fallado, como observa Ray Hyman (1985:7), en producir “cualquier prueba consistente de que la paranormalidad puede superar un escrutinio científico aceptable”. Todas las indicaciones son que el número de parapsicólogos que observan la regla de la honestidad palidece en comparación de aquellos que se engañan a sí mismos. El veterano investigador psíquico Eric Dingwall (1985:162) resumió sus extensas experiencias de investigación parapsicológica con esta observación: “Tras sesenta años de experiencia y relación personal con la mayor parte de líderes parapsicológicos del periodo, no creo que pueda nombrar media docena que pudiese llamar estudiantes objetivos que desearan honestamente descubrir la verdad”.

Replicabilidad
Si las pruebas de cualquier afirmación están basadas en un resultado experimental, o si la evidencia ofrecida e apoyo de alguna afirmación podría ser explicada por un resultado casual, entonces es necesario que se repita la prueba en siguientes experimentos o ensayos.

La regla de replicabilidad proporciona una salvaguarda contra posibles errores, fraudes o coincidencias. Un único resultado experimental nunca es adecuado por sí mismo, si el experimento concierne a la producción de fusión nuclear o la capacidad telepática. Cualquier experimento, no importa cómo de cuidadosamente haya sido diseñado y ejecutado, siempre está sujeto a la posibilidad implícita de sesgos o errores no detectados. La regla de la replicabilidad, que requiere que observadores independientes sigan el mismo procedimiento y logren los mismos resultados, es una forma efectiva de corregir sesgos o errores, incluso si el sesgo o error sigue permanentemente sin reconocerse. Si los resultados experimentales son producto de un fraude deliberado, la regla de replicabilidad asegurará que el experimento sea realizado finalmente por investigadores honestos.

Si el fenómeno en cuestión puede ser producto de la casualidad, entonces el fenómeno debe replicarse antes de que pueda descartarse la hipótesis de coincidencia. Si la casualidad es de hecho la explicación para el fenómeno, entonces dicho fenómeno no se replicará en siguientes ensayos, y la hipótesis de coincidencia será confirmada; pero si la coincidencia no es la explicación, entonces el fenómeno será duplicado, y tendrá que buscarse una explicación aparte de la casualidad. Si predigo correctamente el lanzamiento de un dado, podrían solicitar que repita la hazaña antes de conceder que mi predicción ha sido algo más que casualidad.

La regla de replicabilidad es regularmente quebrantada por los parapsicólogos, que son especialmente dados a malinterpretar las coincidencias. El famoso “detective psíquico” Gerard Croiset, por ejemplo, afirmaba haber resuelto un número increíblemente grande de crímenes y localizado a cientos de personas perdidas en una carrera que se extendía más de cinco décadas, desde la década de 1940 hasta su muerte en 1980. La verdad es que la abrumadora mayoría de las predicciones de Croiset eran en realidad vagas, no falsables, o simplemente incorrectas. Dado el hecho de que Croiset hizo miles de predicciones durante toda su vida, no es difícil que haya disfrutado de uno o dos “éxitos” por azar. El fallecido parapsicólogo holandés Wilhelm Tenhaeff, no obstante, se aprovechó de estos “escasísimos casos de éxito” para argumentar que Croiset poseía poderes psíquicos demostrados (Hoebens 1986a:130). Esta es una clara violación a la regla de replicabilidad, y no podría haberse tenido en cuenta como prueba para las capacidades psi de Croiset incluso si los “pocos casos de éxito” hubiesen sido ciertos. (De hecho, sin embargo, muchos de los datos de Tenhaeff eran fraudulentos — ver Hoebens 1986b. )

Suficiencia
Las pruebas ofrecidas para apoyar cualquier afirmación deben ser adecuadas para establecer la certeza de la afirmación, con estas estipulaciones: el peso de la prueba para cualquier afirmación cae sobre el afirmante, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias, y las pruebas basadas en los testimonios y/o autoridad no son adecuados para las afirmaciones paranormales.

El peso de la prueba siempre recae sobre el afirmante por la simple razón de que la ausencia pruebas que desacredite, no es lo mismo que la presencia de pruebas que confirmen. Esta regla frecuentemente es violada por los que proponen afirmaciones paranormales, que argumentan que, dado que sus afirmaciones no han sido refutadas, entonces han sido demostradas. (Los creyentes en los OVNIs, por ejemplo, argumentan que debido a que los escépticos no han explicado todos y cada uno de los avistamientos OVNI, algunos avistamientos OVNI deben ser naves extraterrestres). Considera las implicaciones de tal tipo de razonamiento: Si yo afirmo que Adolf Hitler está vivo y que vive en Argentina, ¿cómo podrías desacreditar mi afirmación? Dado que la afirmación es posible lógicamente, lo más que puedes hacer (en ausencia de una prueba forense indiscutible) es demostrar que la afirmación es altamente improbable – pero eso no sería descartarla. El hecho es que no se puede demostrar que Hitler no está viviendo en Argentina, no obstante, eso no significa que se haya demostrado que esto es cierto. Sólo significa que he demostrado que podría estarlo – pero eso significaría muy poco; la posibilidad lógica no es lo mismo que la realidad establecida. Si la ausencia de desacreditación de pruebas fuese una prueba suficiente para una afirmación, entonces podríamos “demostrar” cualquier cosa que imaginásemos. La creencia debe estar basada no simplemente en la ausencia de pruebas que descarten, sino en la presencia de pruebas de confirmen. Es obligación del que afirma proporcionar tales pruebas que confirmen.

Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias por razones obvias de equilibrio. Si yo afirmo que llovió durante 10 minutos en mi camino al trabajo el pasado martes, entonces estaría justificado que aceptases como prueba de que esto es cierto simplemente mi informe de la situación. Pero si la afirmación es que fui abducido por unos alienígenas extraterrestres que me llevaron a toda velocidad al lado oculto de la Luna y me realizaron toda clase de extravagantes experimentos médicos, estaría justificado solicitar pruebas más sustanciales. La prueba corriente de mi testimonio, aunque suficiente para afirmaciones comunes, no es suficiente para las extraordinarias.

De hecho, el testimonio siempre es inadecuado para cualquier afirmación paranormal, ya esté ofrecida por una autoridad o por una persona normal, por la simple razón de que un ser humano puede mentir o cometer un error. Ninguna cantidad de experiencia en ningún campo es garantía contra la falibilidad humana, y la experiencia no excluye la motivación de mentir; por tanto, las credenciales, conocimiento y experiencia de una persona por sí mismas no pueden tomarse como prueba suficiente para establecer la verdad de una afirmación. Además, la sinceridad de una persona no aporta nada a la credibilidad de su testimonio. Incluso su la gente te cuenta lo que sinceramente creen que es cierto, siempre es posible que estén en un error. La percepción es un acto selectivo, dependiente del contexto de creencias, expectación, y estados bioquímicos y emocionales, y todo un conjunto de distintas variables. La memoria es notoriamente problemática, tendiendo a un rango de distorsiones, borrados, sustituciones y amplificaciones. Por tanto, el testimonio que ofrece la gente de lo que recuerda ver u oír debería siempre ser tomado de forma provisional y de una precisión aproximada; cuando la gente habla sobre lo paranormal, su testimonio nunca debería ser tenido en cuenta como una prueba fiable por sí mismo. La posibilidad e incluso la posibilidad de error son demasiado amplios (ver Connor 1986) .

Conclusión
Las primeras tres reglas de FiLCHeRS — falsabilidad, lógica y completitud – son reglas lógicamente necesarias de razonamiento evidencial. Si tenemos que confiar en la veracidad de alguna afirmación, sea normal o paranormal, la afirmación debe tener sentido proposicional, y las evidencias aportadas en apoyo de la afirmación deben ser racionales y exhaustivas.

Las últimas tres reglas de FiLCHeRS — honestidad, replicabilidad y suficiencia – son reglas pragmáticamente necesarias del razonamiento evidencial. Dado que los seres humanos a menudo están motivados a racionalizar y mentirse a sí mismos, dado que a veces está motivados a mentir a otros, dado que pueden cometer errores, y dado que la percepción y memoria son problemáticas, debemos demandar que las pruebas de alguna afirmación factual sea evaluada sin autoengaño, que sea cuidadosamente protegida del error, fraude y conductas inapropiadas, y que sea sustancial e inequívoca.

Lo que digo a mi estudiantes es que usen estas reglas para evaluar las pruebas ofrecidas para cualquier afirmación. Si la afirmación falla en una de estas seis pruebas, entonces debería ser rechazada; pero si pasa las seis, entonces está justificado que pongas una confianza considerable en la misma.

Pasar las seis pruebas, por supuesto, no es garantía de que la afirmación sea cierta (simplemente porque hayas examinado las pruebas disponibles actualmente no es garantía de que no habrá mañana una nueva prueba disponible que la desacredite), pero es garantía de que tienes buenas razones para creer en la afirmación. Garantiza que has vendido tu creencias a un buen precio, y que nadie te la ha mangado.

Ser un adulto responsable indica aceptar el hecho de que caso todo nuestro conocimiento es provisional, y aceptarlo de buena gana. Puede que se te requiera cambiar tu creencia mañana, si la evidencia lo garantiza y deberías ser capaz de hacerlo. Esto, en esencia, es lo que significa el escepticismo: creer si, y sólo si hay pruebas que lo garanticen.

Referencias

Connor, John W. 1984. Misperception, folk belief, and the occult: A cognitive guide to understanding. SKEPTICAL INQUIRER, 8:344-354, Summer.

Dingwall, E. J. 1985. The need for responsibility in parapsychology: My sixty years in psychical research. In A Skeptic’s Handbook of Parapsychology, 161-174, ed. by Paul Kurtz. Buffalo, N Y. Prometheus Books.

Hines, Terence. 1988. Pseudoscience and the Paranormal Buffalo, N.Y Prometheus Books.

Hoebens, Piet Hein. 1981. Gerard Croiset: Investigation of the Mozart of “psychic sleuths.” SKEPTICAL INQUIRER, 6(1):1728, Fall.

– — – . 1981-82. Croiset and Professor Tenhaeff Discrepancies in claims of clairvoyance. SKEPTICAL INQUIRER, (2):21-40, Winter.

Hyman, Ray. 1985. A critical historical overview of parapsychology. In A Skeptic’s Handbook of Parapsychology, 3-96, ed. by Paul Kurtz Buffalo, N.Y. Prometheus Books.

Omohundro, John T. 1976. Von Däniken’s chariots primer in the art of cooked science. SKEPTICAL INQUIRER, 1(1):58-68, Fall.

Story, Ronald D. 1977 Von Däniken’s golden gods, SKEPTICAL INQUIRER, 2(1):22-35, Fall/Winter.

Charles Darwin - "El origen de las especies"

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2009 ha sido declarado como el "Año Darwin". En este año se cumplen 200 del nacimiento del naturalista y 150 de la publicación de "El origen de las especies".


Introducción
Cuando estaba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me impresionaron mucho ciertos hechos que se presentan en la distribución geográfica de los seres orgánicos que viven en América del Sur y en las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este libro, parecían dar alguna luz sobre el origen de las especies, este misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros mayores filósofos. A mi regreso al hogar ocurrióseme en 1837 que acaso se podría llegar a descifrar algo de esta cuestión acumulando pacientemente y reflexionando sobre toda clase de hechos que pudiesen tener quizá alguna relación con ella. Después de cinco años de trabajo me permití discurrir especulativamente sobre esta materia y redacté unas breves notas; éstas las amplié en 1844, formando un bosquejo de las conclusiones que entonces me parecían probables. Desde este período hasta el día de hoy me he dedicado invariablemente al mismo asunto; espero que se me puede excusar el que entre en estos detalles personales, que los doy para mostrar que no me he precipitado al decidirme.

Mi obra está ahora (1859) casi terminada; pero como el completarla me llevará aún muchos años y mi salud dista de ser robusta, he sido instado, para que publicase este resumen. Me ha movido, especialmente a hacerlo el que míster Wallace, que está actualmente estudiando la historia natural del Archipiélago Malayo, ha llegado casi exactamente a las mismas conclusiones generales a que he llegado yo sobre el origen de las especies. En 1858: me envió una Memoria sobre este asunto, con ruego de que la transmitiese a sir Charles Lyell, quien la envió a la Linnean Society y está publicada en el tercer tomo del Journal de esta Sociedad. Sir C. Lyell y el doctor Hooker, que tenían conocimiento de mi trabajo, pues este último había leído mi bosquejo de 1844, me honraron, juzgando, prudente publicar, junto con la excelente Memoria de míster Wallace, algunos breves extractos de mis manuscritos.

Este resumen que publico ahora tiene necesariamente que ser imperfecto. No puedo dar aquí referencias y textos en favor de mis diversas afirmaciones, y tengo que contar con que el lector pondrá alguna confianza en mi exactitud. Sin duda se habrán deslizado errores, aunque espero que siempre he sido prudente en dar crédito tan sólo a buenas autoridades. No puedo dar aquí más que las conclusiones generales a que he llegado con algunos; hechos como ejemplos, que espero, sin embargo, serán suficientes en la mayor parte de los casos. Nadie puede sentir más que yo la necesidad de publicar después detalladamente, y con referencias, todos los hechos sobre que se han fundado mis conclusiones, y que espero hacer esto en una obra futura; pues sé perfectamente que apenas se discute en este libro un solo punto acerca del cual no puedan aducirse hechos que con frecuencia llevan, al parecer, a conclusiones directamente opuestas a aquellas a que yo he llegado. Un resultado justo puede obtenerse sólo exponiendo y pesando perfectamente los hechos y argumentos de ambas partes de la cuestión, y esto aquí no es posible.

Siento mucho que la falta de espacio me impida tener la satisfacción de dar las gracias por el generoso auxilio que he recibido de muchísimos naturalistas, a algunos de los cuales no conozco personalmente. No puedo, sin embargo, dejar pasar esta oportunidad sin expresar mi profundo agradecimiento al doctor Hooker, quien durante los últimos quince años me ha ayudado de todos los modos posibles, con su gran cúmulo de conocimientos y su excelente criterio.

Al considerar el origen de las especies se concibe perfectamente que un naturalista, reflexionando sobre las afinidades mutuas de los seres orgánicos, sobre sus relaciones embriológicas, su distribución geográfica, sucesión geológica y otros hechos semejantes, puede llegar a la conclusión de que las especies no han sido independientemente creadas, sino que han descendido, como las variedades, de otras especies. Sin embargo, esta conclusión, aunque estuviese bien fundada, no sería satisfactoria hasta tanto que pudiese demostrarse cómo las innumerables especies que habitan el mundo se han modificado hasta adquirir esta perfección de estructuras y esta adaptación mutua que causa, con justicia, nuestra admiración. Los naturalistas continuamente aluden a condiciones externas, tales como clima, alimento, etc., como la sola causa posible de variación. En un sentido limitado, como veremos después, puede esto ser verdad; pero es absurdo atribuir a causas puramente externas la estructura, por ejemplo, del pájaro carpintero, con sus patas, cola, pico y lengua tan admirablemente adaptados para capturar insectos bajo la corteza de los árboles. En el caso del muérdago, que saca su alimento de ciertos árboles, que tiene semillas que necesitan ser transportadas por ciertas aves y que tiene flores con sexos separados que requieren absolutamente la mediación de ciertos insectos para llevar polen de una flor a otra, es igualmente absurdo explicar la estructura de este parásito y sus relaciones con varios seres orgánicos distintos, por efecto de las condiciones externas, de la costumbre o de la voluntad de la planta misma.

Es, por consiguiente, de la mayor importancia llegar a un juicio claro acerca de los medios de modificación y de adaptación mutua. Al principio de mis observaciones me pareció probable que un estudio cuidadoso de los animales domésticos y de las plantas cultivadas ofrecería las mayores probabilidades de resolver este obscuro problema. No he sido defraudado: en éste y en todos los otros casos dudosos he hallado invariablemente que nuestro conocimiento, aun imperfecto como es, de la variación en estado doméstico proporciona la guía mejor y más segura. Puedo aventurarme a manifestar mi convicción sobre el gran valor de estos estudios, aunque han sido muy comúnmente descuidados por los naturalistas.

Por estas consideraciones, dedicaré el primer capítulo de este resumen a la variación en estado doméstico. Veremos que es, por lo menos, posible una gran modificación hereditaria, y, lo que es tanto o más importante, veremos cuán grande es el poder del hombre al acumular por su selección ligeras variaciones sucesivas. Pasaré luego a la variación de las especies en estado natural pero, desgraciadamente, me veré obligado a tratar este asunto con demasiada brevedad, pues sólo puede ser tratado adecuadamente dando largos catálogos de hechos. Nos será dado, sin embargo, discutir qué circunstancias son más favorables para la variación. En el capítulo siguiente se examinará la lucha por la existencia entre todos los seres orgánicos en todo el mundo, lo cual se sigue inevitablemente de la elevada razón geométrica de su aumento. Es ésta la doctrina de Malthus aplicada al conjunto de los reinos animal y vegetal. Como de cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, y como, en consecuencia, hay una lucha por la vida, que se repite frecuentemente, se sigue que todo ser, si varía, por débilmente que sea, de algún modo provechoso para él bajo las complejas y a veces variables condiciones de la vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir y de ser así naturalmente seleccionado. Según el poderoso principio de la herencia, toda variedad seleccionada tenderá a propagar su nueva y modificada forma.

Esta cuestión fundamental de la selección natural será tratada con alguna extensión en el capítulo IV, y entonces veremos cómo la selección natural produce casi inevitablemente gran extinción de formas de vida menos perfeccionadas y conduce a lo que he llamado divergencia de caracteres. En el capítulo siguiente discutiré las complejas y poco conocidas leyes de la variación. En los cinco capítulos siguientes se presentarán las dificultades más aparentes y graves para aceptar la teoría; a saber: primero, las dificultades de las transiciones, o cómo un ser sencillo o un órgano sencillo puede transformarse y perfeccionarse, hasta convertirse en un ser sumamente desarrollado o en un órgano complicadamente construido; segundo, el tema del instinto o de las facultades mentales de los animales; tercero, la hibridación o la esterilidad de las especies y fecundidad de las variedades cuando se cruzan; y cuarto, la imperfección de la crónica geológica. En el capítulo siguiente consideraré la sucesión geológica de los series en el tiempo; en los capítulos XII y XIII, su clasificación y afinidades mutuas, tanto de adultos como en estado embrionario. En el último capítulo daré un breve resumen de toda la obra, con algunas observaciones finales.

Nadie debe sentirse sorprendido por lo mucho que queda todavía inexplicado respecto al origen de las especies y variedades, si se hace el cargo debido de nuestra profunda ignorancia respecto a las relaciones mutuas de los muchos seres que viven a nuestro alrededor. )Quién puede explicar por qué una especie se extiende mucho y es numerosísima y por qué otra especie afín tiene una dispersión reducida y es rara? Sin embargo, estas relaciones son de suma importancia, pues determinan la prosperidad presente y, a mi parecer, la futura fortuna y variación de cada uno de los habitantes del mundo. Todavía sabemos menos de las relaciones mutuas de los innumerables habitantes de la tierra durante las diversas épocas geológicas pasadas de su historia. Aunque mucho permanece y permanecerá largo tiempo obscuro, no puedo, después del más reflexionado estudio y desapasionado juicio de que soy capaz, abrigar duda alguna de que la opinión que la mayor parte de los naturalistas mantuvieron hasta hace poco, y que yo mantuve anteriormente ‑o sea que cada especie ha sido creada independientemente‑, es errónea. Estoy completamente convencido de que las especies no son inmutables y de que las que pertenecen a lo que se llama el mismo género son descendientes directos de alguna otra especie, generalmente extinguida, de la misma manera que las variedades reconocidas de una especie son los descendientes de ésta. Además, estoy convencido de que la selección natural ha sido el medio más importante, pero no el único, de modificación.

Carl Sagan - "Ese pequeño punto azul palido"

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Mi primera noticia de Carl Sagan fue cuando TVE emitió en los años 80 la serie documental "Cosmos". No recuerdo el motivo, si es que lo hubo, por el que no vi la serie. Sin embargo sí recuerdo claramente la polémica que creó. Todos los días aparecían en los periódicos cartas airadas de católicos ultrareaccionarios (y muy ignorantes) atacando la serie (en todo el mundo hubo reacciones similares de protestantes, judíos, musulmanes, etc.). La serie no contenía otra cosa que una explicación sencilla y amena de lo que era el cosmos, un poco de historia de la ciencia, una explicación sobre la evolución y un desemascaramiento de algunas pseudociencias. En realidad, nada que ahora no esté en cualquier libro escolar o documental de la 2.
Posteriormente leí "El mundo y sus demonios" y "El cerebro de Broca". Para mi, y creo que en esto no soy muy original, este astrónomo ha sido el mejor divulgador de ciencia con el que me he cruzado.
"Un punto azul pálido" es una fotografía de la Tierra tomada por la nave espacial Voyager 1 a una distancia de 6.000 millones de kilómetros y el título de un libro de Carl Sagan inspirado en esta fotografía. Muestra la Tierra como una mota de luz casi imperceptible por el fulgor del Sol. La foto fue tomada el 14 de febrero de 1990. En 2001 fue seleccionada por Space.com como una de las mejores diez fotos científicas del espacio de la Historia. En el vídeo se recogen algunos comentarios que Carl Sagan hizo sobre la foto. Esa foto, no cabe duda, es una cura de humildad para todos aquellos que creen que somos el centro del Universo.

Karl Popper - "Tolerancia y responsabilidad intelectual"

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Sugiero la necesidad de una nueva ética profesional, principal, pero no exclusivamente, para los científicos. Sugiero que se base en los doce principios siguientes:
1
Nuestro conocimiento objetivo por conjetura va cada vez más allá de lo que puede dominar cualquier persona individual. Sencillamente por eso no puede haber «autoridades». Esto vale también en materias especializadas.
2
Es imposible evitar todos los errores, o incluso todos aquellos errores que son, en sí, evitables. Todos los científicos cometen continuamente errores. Hay que revisar la vieja idea de que se pueden evitar los errores y de que por lo tanto es un deber evitarlos: es una idea errónea.
3
Por supuesto, sigue siendo nuestro deber evitar en lo posible todos los errores. Pero dado precisamente que podemos evitarlos, debemos siempre tener presente lo difícil que es evitarlos y que nadie lo consigue por completo. No lo consiguen siquiera los científicos más creativos guiados por la intuición: la intuición puede equivocarnos.
4
Los errores pueden estar ocultos incluso en aquellas teorías que están bien confirmadas; y es tarea específica del científico buscar estos errores. La observación de que una teoría o técnica bien confirmada que se ha utilizado con éxito es errónea puede constituir un descubrimiento importante.
5
Por ello hemos de revisar nuestra actitud hacia los errores. Es aquí donde debe comenzar nuestra reforma ética práctica. Pues la actitud de la antigua ética profesional lleva a encubrir nuestros errores, a mantenerlos en secreto y a olvidarlos tan pronto como sea posible.
6
El nuevo principio básico es que para aprender a evitar los errores debemos aprender de nuestros errores. Por ello encubrir los errores constituye el mayor pecado intelectual.
7
Hemos de estar constantemente a la búsqueda de errores. Cuando los encontramos debemos estar seguros de recordarlos; debemos analizarlos minuciosamente para llegar al fondo de las cosas.
8
Mantener una actitud autocrítica y de integridad personal se convierte así en una obligación.
9
Como debemos aprender de nuestros errores, también debemos aprender a aceptar, y a aceptar con gratitud, cuando otras personas llaman nuestra atención sobre nuestros errores. En cambio, cuando somos nosotros los que llamamos la atención sobre los errores de los demás, hemos de recordar que nosotros mismos hemos cometido errores similares. Y hemos de recordar que los mayores científicos han cometido errores. Sin duda no quiero decir que normalmente sean perdonables nuestros errores: nunca hemos de relajar nuestra atención. Pero es humanamente imposible evitar una y otra vez los errores.
10
Debemos tener muy claro que necesitamos a los demás para descubrir y corregir nuestros errores (igual que éstos nos necesitan a nosotros); especialmente a aquellas personas que se han formado en un entorno diferente. También esto favorece la tolerancia.
11
Hemos de aprender que la mejor crítica es la autocrítica; pero que es necesaria la crítica de los demás. Es casi tan buena como la autocrítica.
12
La crítica racional debe ser siempre específica. Debe aportar razones concretas por las cuales enunciados o hipótesis específicas parecen ser falsos, o determinados argumentos poco válidos. Debe estar guiada por la idea de aproximación gradual a la verdad objetiva. En este sentido, debe ser impersonal.

Este problema fue planteado por Boolos, profesor de lógica del MIT, en 1996 en The Harvard Review of Philosophy. Recomiendo a quien esté interesado en la lógica, los interesantísimos artículos publicados en la revista Investigación y Ciencia, en la sección "Juegos matemáticos", por Juan M.R. Parrondo (número de junio de 2008) y por Gabriel Uzquiano (número de enero de 2009). El enunciado del problema es el siguiente:

Hay tres dioses A, B, y C. Uno siempre dice la verdad, otro siempre miente y el otro responde siempre de forma aleatoria.
La tarea consiste en determinar las identidades de A, B, y C por medio de no más de tres preguntas cuya respuesta deba de ser "Sí" o "No" y cada pregunta debe ser formulada a un único dios. Aunque los dioses entienden español, contestarán a todas las preguntas en su propio idioma, en el cual las palabras para "Sí" y "No" son "da" y "ja" aunque no sabemos cual de ellas significa "sí" y cual significa "no".

Las reglas para formular las preguntas son:

* Es posible formularle a un mismo dios más de una pregunta (y por lo tanto puede ocurrir que algún dios no se le haga ninguna pregunta).
* Cuál es la segunda pregunta, y a que dios se le realiza, puede depender de la respuesta que se reciba a la primer pregunta. (Y en forma similar para la tercer pregunta.)
* La decisión sobre si el dios Aleatorio responderá con la verdad o la falsedad puede ser pensado como que depende de arrojar una moneda dentro de su cabeza: si la moneda cae cara él hablará con la verdad; si cae cruz hablará falsamente.

El problema tiene solución (el trabajo está en inglés) y aunque parezca complicado de creer, puede resolverse con sólo dos preguntas.