El cuento pertenece al volumen "Judas en flor y otros relatos" publicado en 1930. Un cuento oscuro que ha dado para muchos estudios y que nos recuerda la etapa "obregonista" de Porter durante la revolución mexicana.
La versión es la de Horacio Vázquez Rial.
Braggioni está sentado en el borde de una silla de respaldo recto, pequeñísima para él, y le canta a Laura con una sedosa pero lúgubre voz. Laura ha empezado a encontrar excusas para eludir su propia casa hasta el último momento posible, porque Braggioni está allí casi cada noche. No importa lo tarde que sea: él estará allí sentado, con una hosca y expectante expresión, tironeando de su propio cabello amarillo y rizado, rasgando las cuerdas de su guitarra, gruñendo una melodía entre dientes. Lupe, la criada india, recibe a Laura en la puerta y con un esbozo de mirada que se dirige a la habitación de arriba dice: «Él está esperando».
Laura desea acostarse, está cansada de las horquillas y del contacto de las largas mangas ajustadas, pero le dice: «¿Tienes una nueva canción para mí esta noche?». Si él dice que sí, ella le pide que la cante. Si dice que no, recuerda la que él prefiere y le pide que la cante otra vez. Lupe le acerca una taza de chocolate y un plato de arroz. Laura come en la mesa pequeña bajo la lámpara, después de haber invitado a Braggioni, cuya respuesta es siempre la misma: «Ya he comido y, además, el chocolate espesa la voz».
Laura contesta: «Canta, entonces», y Braggioni se pone a cantar. Rasguea la guitarra con familiaridad, como si acariciara una mascota, y canta desafinando apasionadamente, llevando las notas altas a un prolongado chillido quejumbroso. Laura, que frecuenta los mercados para escuchar cantar baladas y se detiene todos los días para oír al muchacho ciego tocar su flauta de caña en la esquina de la Dieciséis de Septiembre, escucha a Braggioni con implacable cortesía, porque no se atreve a reírse de su penosa actuación. Nadie se atreve a esbozar siquiera una sonrisa ante él. Braggioni es cruel con todos, gasta un tipo de insolencia especializada, pero también presume tanto de sus talentos y es tan sensible a los desaires que haría falta alguien más cruel y presumido que él para poner el dedo en la vasta e incurable llaga de su autoestima. Y osado, porque resulta peligroso ofenderle y nadie es tan valiente.
Braggioni se ama a sí mismo con tal ternura, amplitud y caridad eterna que sus seguidores —porque él es un magnífico cabecilla, un hábil revolucionario, cuya piel ha sido perforada en una guerra honorable— se avivan en el ardor que refleja y se dicen entre ellos: «Tiene verdadera nobleza, un amor por la humanidad que está muy por encima de los meros afectos personales». El exceso de ese amor propio ha fluido relativamente sobre Laura, quien, con muchos otros, le debe su cómoda situación y su salario. Cuando él está de muy buen humor, le dice: «Estoy tentado de perdonarte que seas una gringa. Gringuita!», y Laura, encendida, se imagina a sí misma adelantándose de pronto hacia él y, borrándole la sebosa sonrisa del rostro con un fuerte revés. Si él repara en sus ojos en esos momentos, no lo demuestra en absoluto.
Sabe cómo reaccionaría Braggioni y debe resistir tenazmente sin dar la impresión de resistir y, si pudiera evitarlo, no admitiría, ni siquiera ante sí misma, cómo el propósito de aquel hombre había ido cambiando poco a poco de rumbo. Durante esas largas noches que le han echado a perder un mes entero, ella se sienta en su mullida silla con un libro abierto sobre las rodillas, descansando la vista en la consoladora rigidez de la página impresa, cuando ver y escuchar el canto de Braggioni amenazan con identificarse con todas las aflicciones que recuerda y agregar su peso a sus inquietantes premoniciones. La glotona mole de Braggioni ha llegado a ser un símbolo de sus numerosas desilusiones, porque un revolucionario debería ser delgado y estar animado por una fe heroica y multitud de virtudes abstractas. Eso es una tontería, ya lo sabe, y se avergüenza de ello. La revolución debe contar con líderes y el liderazgo sólo corresponde a los hombres más enérgicos. Como le dicen todos sus camaradas, ella peca de errores románticos, porque lo que ella define como cinismo en ellos, apenas constituye «un desarrollado sentido de la realidad». Se siente muy tentada a decir: «Estoy equivocada, supongo que en el fondo no entiendo los principios». Después pacta una tregua secreta consigo misma, decidida a no rendir su voluntad a tal recurso lógico, pero no puede evitar sentir que ha sido traicionada irreparablemente por el divorcio entre su modo de vivir y su intuición de lo que la vida debe ser, y a veces casi se contenta con descansar en esa sensación de injusticia como quien se refugia donde encuentra consuelo. Otras veces desea escapar, pero se queda. En ese momento quiere salir volando de esa habitación, bajar las estrechas escaleras y echarse a la calle, donde las casas se inclinan una sobre otra como si conspiraran bajo una única lámpara veteada, y dejar a Braggioni cantando para sí mismo.
En lugar de eso, contempla a Braggioni, con una mirada franca y directa, como una buena chica que entiende las normas de comportamiento. Junta las rodillas bajo el espeso vestido de sarga azul, cuyo cuello blanco y redondo no es monjil intencionadamente. Viste el uniforme de una idea y ha renunciado a las vanidades. Nació católica y, a pesar de su temor a ser vista por alguien que pudiera escandalizarse, de vez en cuando entra de manera furtiva en alguna iglesita derruida, se arrodilla en la piedra helada y reza un avemaría con el rosario de oro que compró en Tehuantepec. Como no sirve de nada, termina examinando el altar con sus flores de oropel y sus brocados raídos, y se enternece por la maltrecha imagen de algún santo varón cuyos blancos calzones con recortes de encaje cuelgan flojos sobre sus tobillos o bajo la hierática dignidad de su hábito de terciopelo. Ella se ha revestido de un conjunto de principios impenetrables derivados de su primera educación: pese a todo lo vivido, cualquier detalle en los gestos o los gustos personales permanece intacto, de manera que no está dispuesta a usar encajes hechos a máquina. Esa es su herejía privada, porque en su agrupación la máquina es sagrada y será la salvación de los trabajadores. Adora el fino encaje, y en su cuello luce un delgado reborde de tela de araña acanalada, exactamente igual a los veinte que tiene envueltos en papel de seda azul sobre el cajón superior de su cómoda.
Braggioni atrapa su mirada con firmeza, como si la hubiese estado esperando. Se inclina hacia delante, dejando colgar su panza entre las rodillas abiertas, y canta con tremendo énfasis, midiendo sus palabras. No tiene, cuenta la canción, padre ni madre, ni siquiera un amigo que le consuele; solitario como una ola del mar, viene y va, solitario como una ola del mar. Su boca se abre en un círculo y suspira hacia un lado mientras sus mejillas hinchadas como globos se tornan más grasas con el esfuerzo del canto. Sobresale de una manera prodigiosa de sus costosas ropas. Sobre su arrugado cuello color lavanda una corbata púrpura sujeta por un broche de diamante; sobre su canana de cuero labrado repujado en plata y cruelmente ceñida alrededor de su jadeante cintura; sobre la superficie de sus brillantes zapatos amarillos, Braggioni se hincha con inquietante madurez, por más que asomen sus tensos calcetines de seda malva y sus tobillos rodeados por las recias tiras de cuero de los zapatos.
Cuando deja caer sus ojos sobre Laura, ella nota una vez más que son auténticos ojos amarillos leonados de gato. Él es rico, no en dinero, le dice, sino en poder, y el poder lleva aparejada la posesión sin culpa de las cosas y el derecho a satisfacer su pasión por los pequeños lujos. «Tengo bastante gusto para las elegantes sutilezas —comentó en alguna ocasión, agitando un pañuelo de seda amarilla ante la nariz de Laura—. ¿Hueles esto? Es Jockey Club, importado de Nueva York.» Sin embargo, está herido por la vida. Lo dirá dentro de un instante: «Es verdad que todo se convierte en polvo entre las manos, en hiel en la lengua». Suspira y su cinturón de cuero cruje como una cincha de montar. «Me decepciona ver cómo van las cosas. Todas.» Niega con la cabeza. «Tú, pobrecilla, también te decepcionarás. Estás destinada. Nos parecemos más de lo que tú crees en algunas cosas. Espera y verás. Algún día recordarás lo que te he dicho, sabrás que Braggioni era tu amigo.»
Laura siente un lento escalofrío, una sensación puramente física de peligro, una advertencia en su sangre de que la violencia, la mutilación, una muerte espantosa, están perdiendo la paciencia poco a poco mientras la esperan. Ha traducido ese miedo en algo prosaico y tan inmediato que a veces vacila antes de cruzar la calle. «Mi destino personal no es nada más que un testimonio de mi actitud mental —se recuerda a sí misma, citando algún olvidado manual de filosofía, pero es lo bastante inteligente para agregar—: De todos modos, si puedo evitarlo, no seré atropellada por un automóvil.»
«De cualquier manera, quizá sea verdad que yo soy tan corrupta como Braggioni —piensa muy a su pesar—, tan cruel, tan incompleta», y si eso es así, prefiere morir, sea como sea. Sigue tranquilamente sentada, no echa a correr. ¿Adónde podría ir? Sin haber sido invitada, ella se ha comprometido con ese lugar; ya no puede imaginarse viviendo en otro país y no le agrada en absoluto recordar la vida anterior a su llegada aquí.
¿Cuál es exactamente la naturaleza de esa devoción, sus verdaderos motivos, y cuáles son sus obligaciones? Laura no puede determinarlo. Pasa parte de sus días en Xochimilco, muy cerca, enseñando a los niños indios a decir en inglés: «El gato está sobre el felpudo». Cuando aparece en el aula, se agolpan a su alrededor con sonrisas en sus sabios rostros inocentes de color arcilla, gritando: «¡Buenos días, maestra!» con voces inmaculadas, haciendo de su pupitre un fresco jardín de flores todos los días.
En su tiempo libre, acude a reuniones sindicales y escucha a personas muy destacadas y activas discutir sobre tácticas, métodos y política interior. Visita a los prisioneros de su misma fe política en sus celdas, donde se entretienen contando cucarachas, arrepintiéndose de sus indiscreciones, escribiendo sus memorias, redactando manifiestos y planes para sus camaradas que todavía caminan en libertad, con las manos en los bolsillos y oliendo el aire puro. Laura les lleva comida, cigarrillos y un poco de dinero, y transmite mensajes disimulados en frases equívocas, de los hombres que están y que no se se atreven a poner un pie en la prisión por miedo a desaparecer en las celdas que dejan vacías para ellos. Si los prisioneros confunden el día con la noche y se quejan —«Querida Laurita, el tiempo no pasa en este agujero infernal y si no tengo algo que me lo recuerde no sé cuándo es hora de dormir»—, ella les lleva sus narcóticos favoritos y les dice en un tono cuya piedad no los hiera: «Esta noche será verdaderamente de noche para ti» y, aunque su español les hace gracia, la encuentran consoladora y útil. Si pierden la paciencia y la fe, y maldicen la lentitud de sus amigos en ir a rescatarles sirviéndose de dinero e influencia, confían en que ella no se chive, y si pregunta: «¿Dónde crees que puedo encontrar dinero o influencia?», responden sin duda: «Bueno, ahí está Braggioni, ¿por qué no hace algo?».
Ella lleva de contrabando cartas del cuartel general a los hombres que se esconden de los pelotones de ejecución en callejas apartadas, en casas enmohecidas, donde se sientan en camas destartaladas y hablan con amargura como si todo México estuviera pisándoles los talones, cuando Laura sabe perfectamente que el domingo por la mañana podrían aparecer en el concierto de la banda en la Alameda y nadie repararía en ellos. Pero Braggioni dice: «Déjalos sudar un poco. La próxima vez tendrán cuidado. Supone un gran descanso tenerles apartados un tiempo». Ella no teme llamar a ninguna puerta en cualquier calle después de la medianoche, entrar en la oscuridad y decir a uno uno de esos hombres que está realmente en peligro: «Te buscarán, créeme, mañana por la mañana, después de las seis. Aquí tienes algún dinero de Vicente. Vete a Veracruz y espera».
Pide prestado dinero al agitador rumano para dárselo a su encarnizado enemigo, el agitador polaco. El territorio en disputa es el favor de Braggioni, quien mantiene el equilibrio a la perfección para poder sentirse así de los dos. El agitador polaco habla a Laura de amor sobre las mesas de los cafés, donde se citan, esperando hacer explotar lo que cree la secreta querencia de la joven por él, y le da información falsa, que le pide que repita como la solemne verdad a ciertas personas. El rumano es más hábil. Se muestra generoso con su dinero en todas las buenas causas y le miente con tal ingenuidad y candidez que parece ser su amigo y confidente. Ella nunca repite nada de lo que le dicen. Braggioni nunca hace preguntas. Tiene otros medios para descubrir lo que desea saber sobre ellos.
Nadie la toca, pero todos alaban sus ojos grises y su suave y redondeado labio inferior que, aunque siempre mantiene serio y casi siempre esté firmemente cerrado, promete placeres y no comprenden por qué vive en México. Ella va de aquí para allá haciendo recados; sus cejas delatan su perplejidad, cargada con su carpeta de dibujos y partituras y trabajos escolares. Ningún bailarín baila mejor que camina Laura, e inspira algunos ardores divertidos e inesperados que apenas despiertan breves habladurías porque no terminan en nada. Durante un paseo a caballo cerca de Cuernavaca, un joven capitán que había sido soldado en el ejército de Zapata intentó expresarle su deseo con la noble simplicidad que corresponde a un rudo héroe popular, pero quería hacerlo con delicadeza, pues él era delicado. Precisamente le venció esa delicadeza suya, ya que cuando desmontó y sacó el pie de Laura del estribo para tratar de ayudarla a bajar tomándola entre sus brazos, el caballo, normal-mente dócil, se espantó, se encabritó y echó a correr. El caballo del joven héroe corrió a ciegas tras su compañero de cuadra y el héroe no volvió al hotel hasta bien entrada la noche. Durante el desayuno, llegó a su mesa ataviado con el traje charro completo, chaqueta de ante gris y pantalones con largas hileras de botones de plata que recorrían toda la pierna, mostrándose alegre y despreocupado. «¿Puedo sentarme con usted?» y «Es usted una amazona maravillosa. Me aterrorizaba la posibilidad de que la tirara y la arrastrase. Nunca me lo habría perdonado. ¡Jamás dejaré de admirar su estupenda manera de montar!»
—Aprendí en Arizona —dijo Laura.
—Si vuelve a montar conmigo esta mañana, le prometo un caballo que no se espantará —dijo él.
Pero Laura recordó que debía regresar a Ciudad de México a mediodía.
A la mañana siguiente, los niños celebraron una fiesta y pasaron su tiempo libre escribiendo en la pizarra: «Queremos mucho a nuestra maestra», y con tizas de colores dibujaron guirnaldas de flores alrededor de las palabras. El joven héroe le escribió una carta: «Soy un hombre muy necio, atolondrado e impulsivo. Antes que nada debería haberle dicho que la amo, así usted no hubiese huido. Pero nos volveremos a ver». Laura pensó: «Debo enviarle una caja de lápices de colores», si bien trataba de perdonarse el haberle clavado las espuelas a su caballo en el peor momento.
Una noche un jovencito moreno de pelo revuelto llegó a su patío y cantó como alma en pena durante dos horas, pero Laura no sabía cómo quitárselo de encima. La luna tendía un manto de gasa plateada sobre los claros del jardín y las sombras eran de color azul cobalto. Los capullos escarlata del árbol de Judas eran púrpura profundo... Los nombres de los colores se repetían mecánicamente en su mente mientras contemplaba no al muchacho, sino su sombra, caída como un ropaje oscuro sobre el borde de la fuente, arrastrándose en el agua. Lupe se le acercó en silencio y le susurró un sabio consejo en su oído: «Si le arroja una pequeña flor, cantará una o dos canciones más y se irá». Laura arrojó una flor y él cantó una última canción y se marchó con la flor metida en la cinta del sombrero. Lupe dijo: «Es uno de los organizadores del Sindicato de Tipógrafos, y antes de eso vendía corridos en el mercado de la Merced, y antes de eso llegó de Guanajuato, donde nací yo. No confío en ningún hombre, pero menos aún en los que vienen de Guanajuato».
No le dijo a Laura que él volvería a la noche siguiente y a la otra, ni que la seguiría a cierta distancia por el mercado de la Merced, por el Zócalo, por la avenida Francisco I Madero y a lo largo del paseo de la Reforma hasta el parque de Chapultepec y por el sendero de los Filósofos, luciendo todavía aquella flor marchita en su sombrero y una única fijación en sus ojos.
Laura ya se ha acostumbrado a él, lo cual no significa nada, salvo que el chico tiene diecinueve años y observa con toda propiedad una convención, como si estuviera fundada en una ley natural, que tarde o temprano podría resultar efectiva. Acaba de empezar a escribir poemas que imprime en una imprenta de madera y que deja clavados como pasquines en su puerta. Ella está agradablemente inquieta por la abstracta y parsimoniosa vigilancia de sus ojos negros que, en su momento, se volverán con facilidad hacia otro objetivo. Se dice a sí misma que arrojarle la flor fue un error, porque ella tiene veintidós años y sabe más de la vida, pero se niega a lamentarlo y se convence de que negarse a dejarse llevar por los factores externos tal como ocurren es una prueba de que está dominando la actitud estoica que se esfuerza por cultivar para evitar caer en ese desastre que tanto teme que no puede ni nombrarlo.
Apenas sabe defenderse en el mundo. Todos lo días enseña a niños que le siguen resultando extraños, por más que adore sus tiernas manitas redondas y su encantador y salvaje sentido de la oportunidad. Llama a puertas desconocidas sin saber si contestará una voz amiga o desconocida e incluso cuando de la áspera tiniebla de ese interior doméstico oculto emerge una cara familiar, no deja de ser para ella más que la cara de un extraño. No importa lo que ese extraño le diga, ni cuál sea el mensaje que ella le lleve: sus células rechazan el conocimiento y la afinidad con una única monótona palabra. No. No. No. Saca sus fuerzas de esa única palabra mágica sagrada que le impide caer en el mal. Negando todo, puede ir a todas partes con tranquilidad y mirar todo sin sorpresas.
No, repite esa firme voz inmutable de su sangre, y ella mira a Braggioni sin sorpresa. Él es un gran hombre, desea impresionar a esta muchacha sencilla que cubre sus grandes pechos redondos con gruesa tela oscura y que esconde sus largas e inalcanzablemente hermosas piernas bajo una pesada falda. Salvo por la incomprensible plenitud de sus pechos, propios de una madre durante la lactancia, podría decirse que es una mujer delgada, y Braggioni, que se considera gran entendido en mujeres, vuelve a especular sobre el enigma de su desgraciadamente famosa virginidad y se toma la libertad de hablar sobre el tema sin que ella muestre ninguna señal de recato, en realidad no muestra nada, lo cual resulta desconcertante.
«¡Tú te crees muy fría, gringuita! Espera y verás. ¡Te sorprenderás algún día! ¡Ojalá esté yo allí para aconsejarte!»
La contempla con los ojos entornados y sus malhumorados iris de gato se agitan en dos miradas separadas hacia los dos puntos de luz que marcan los extremos opuestos de un sendero trazado con toda dulzura por entre las generosas curvas de sus pechos. No le desanima ese vestido de sarga azul ni su mirada fija y resuelta. Dispone de todo el tiempo del mundo. El viento del canto hincha sus mejillas. «Oh, muchacha de los ojos oscuros», canta, pero vuelve a considerarlo: «Tus ojos no son oscuros. Puedo cambiar todo eso. "Oh, muchacha de los ojos verdes, tú me has robado el corazón!"», y deja que su mente se pierda en la canción y Laura siente que toda su atención se desplaza hacia algún otro lugar. Cuando canta así, parece inofensivo, es completamente inofensivo: sentada con paciencia y sólo tiene que decir «No» cuando llega el momento. Ella suspira muy hondo y su mente se pierde también, pero no se aleja. No se atreve a ir muy lejos.
Braggioni no ha hecho el esfuerzo de ser un buen revolucionario y un amante profesional de la humanidad a cambio de nada. Nunca morirá por eso. Tiene la malicia, la inteligencia, la perversidad, la agudeza de juicio y la dureza de corazón; las condiciones necesarias para amar el mundo de manera provechosa. Nunca morirá por eso. Vivirá tanto como para verse echado a puntapiés del festín por otros hambrientos salvadores del mundo. A pesar de la vida que lleva que le conduce al derramamiento de sangre, le dice a Laura que debe cantar por tradición, porque su padre era un campesino toscano que emigró a Yucatán y se casó con una mujer maya, una mujer de raza, una aristócrata. Ellos fueron quienes le transmitieron el amor y los conocimientos de música, y bajo el rasgueo de la uña de su pulgar, las cuerdas del instrumento se quejan como nervios al descubierto.
En otra época todas las muchachas y las mujeres casadas que iban tras él le llamaban Delgadito; era tan escuálido que se le marcaban los huesos bajo su fina ropa de algodón y se podía abrazar su delgadez hasta rodear la columna vertebral con sus dos manos. Entonces era un poeta y la revolución era solamente un sueño; demasiadas mujeres le amaban y mimaban su juventud, nunca calmaba en ninguna parte, ¡en ninguna parte! Ahora es un líder para muchos hombres, hombres taimados que murmuran en su oído, hombres hambrientos que esperan durante horas ante su despacho para cruzar sólo una palabra con él, hombres demacrados con rostros salvajes que le salen al paso en la puerta de la calle con un tímido: «Camarada, déjame decirte...», y le echan el fétido aliento de sus estómagos vacíos en la cara.
Siempre es comprensivo. Les da puñados de calderilla de su bolsillo y les promete trabajo; habrá manifestaciones; deben unirse a los sindicatos y asistir a las reuniones, sobre todo deben estar alerta por los espías. Están más cerca de él que sus propios hermanos, sin ellos no puede hacer nada... ¡Hasta mañana, camarada!
Hasta mañana. «Son estúpidos, son haraganes, son traicioneros, me cortarían el cuello por nada», le dice a Laura. Se alimenta muy bien y bebe en abundancia, alquila un automóvil y va al paseo los domingos por la mañana, disfruta de un plácido sueño en una cama mullida junto a una esposa que no se atreve a molestarle y se sienta mimando sus huesos con mullidas olas de grasa, cantándole a Laura, que conoce y piensa esas cosas sobre él. Cuando tenía quince años, intentó ahogarse porque amaba a una muchacha, su primer amor, y ella se rió de él. «Mil mujeres lo han pagado», y su boquita rígida se tuerce en sus comisuras. Ahora se perfuma el pelo con Jockey Club y le confiesa a Laura: «Cualquier mujer me vale en la oscuridad. Me gustan todas».
A su esposa, aunque organiza sindicatos entre las muchachas empleadas en las fábricas de cigarrillos, se suma a los piquetes y hasta habla en reuniones por la noche, no se le puede hacer comprender las ventajas de la verdadera libertad. «Le digo que debo tener mi libertad, así de claro. No entiende mi punto de vista.» Laura ha oído eso muchas veces. Braggioni rasguea la guitarra y medita. «Ella es una mujer virtuosa por instinto, oro puro, de eso no hay duda. Si no fuera virtuosa, la encerraría, y ella lo sabe.»
Su mujer, que trabaja duro para mejorar las condiciones de las muchachas empleadas en la fábrica, pasa parte de su tiempo libre tirada en el suelo lamentando que haya tantas mujeres en el mundo y un solo marido para ella, que nunca sabe dónde ni cuándo buscarle. Él le dijo: «Si no te limitas a llorar en mi ausencia, tendré que marcharme para siempre». Aquel día se marchó y alquiló una habitación en el hotel Madrid.
Y precisamente ese mes de separación por bien de los más altos principios es lo que ha afligido no sólo a la señora Braggioni, cuyo sentido de la realidad no admite crítica alguna, sino también a Laura, que se siente hundida en una pesadilla. Esta noche, Laura envidia a la señora Braggioni, que está sola y puede llorar cuanto quiera por un mal concreto. Laura acaba de volver de una visita a la prisión y está esperando el día siguiente con una ansiedad amarga, como si el mañana pudiera no llegar y el tiempo pudiera pararse justo en ese momento, ella inmovilizada, Braggioni cantando por siempre jamás y el cadáver de Eugenio por descubrir por la guardia.
Braggioni dice: «¿Te vas a dormir?». Casi antes de que ella pueda negar con la cabeza, empieza a hablarle de los disturbios que habrá el Primero de Mayo en Morelia, porque los católicos harán un festival en honor de la Virgen Bendita y los socialistas honran a sus mártires ese mismo día. «Habrá dos procesiones distintas, que partirán una de cada extremo de la ciudad y que marcharán hasta encontrarse, el resto depende...» Le pide que le engrase y le cargue las pistolas. Se levanta, se desabrocha la canana y la coloca sobre las rodillas de ella. Los cartuchos resbalan del paño empapado en aceite y él vuelve a decir que no entiende por qué trabaja tanto por el ideal revolucionario, a menos que esté enamorada de algún hombre que luche por alcanzarlo.
—¿No estás enamorada de alguien?
—No —dice Laura.
—¿Y nadie está enamorado de ti?
—No.
—Pues eso es por tu culpa. Ninguna mujer necesita pedir caridad. Además, ¿qué te pasa? Hasta la mendiga sin piernas de la alameda tiene un amante que le es fiel, ¿lo sabías?
Laura observa el cañón de la pistola y no dice nada, pero un largo y lento desfallecimiento crece y remite dentro de ella; Braggioni curva sus gruesos dedos sobre la garganta de la guitarra, modera delicadamente su música y, cuando vuelve a oírle, parece haberla olvidado y está hablando con la voz hipnótica que emplea cuando se dirige, en habitaciones pequeñas, a una multitud atenta y apretada. Algún día este mundo, que parece tan sosegado y eterno, entre las orillas de todos los mares, no será más que una maraña de trincheras abiertas, de muros derrumbados y cuerpos despedazados. Todo debe ser arrancado de su lugar acostumbrado, donde ha estado pudriéndose durante siglos, arrojado hacia el cielo y distribuido, proyectado de nuevo tan limpio como la lluvia, sin distinción. Nada de lo que las endurecidas manos de la pobreza hayan creado para los ricos sobrevivirá, y no se dejará con vida a nadie, salvo los espíritus elegidos destinados a procrear un mundo nuevo, libre de crueldad e injusticia, regido por la benevolente anarquía.
—Las pistolas son buenas, me encantan, Los cañones son aún mejores, pero al final sólo confío en la buena dinamita —concluye, y acaricia la pistola que ella sostiene—. Una vez soñé que, en caso de que esta ciudad ofreciera resistencia al general Ortiz, la destruiría, pero cayó en sus manos como una pera madura.
Le desasosiegan sus propias palabras, se levanta y se queda esperando. Laura le tiende el cinturón.
—Póntelo y ve a matar a quien sea en Morelia, y serás más feliz —dice con suavidad. La presencia de la muerte en la habitación la hace audaz—. Hoy he encontrado a Eugenio totalmente ido. No quiso que llamara al médico de la prisión. Había tomado todas las pastillas que le llevé ayer. Dijo que las tomó porque estaba aburrido.
—Es tonto y su muerte es cosa suya —dice Braggioni, abrochándose el cinturón cuidadosamente.
—Le dije que si hubiese esperado sólo un poco más, tú habrías conseguido liberarle —dice Laura—. Dijo que no quería esperar.
—Es tonto y es estupendo quitárselo de encima —dice Braggioni, cogiendo su sombrero.
Se marcha. Laura sabe que su humor ha cambiado, no volverá a verle durante un tiempo. Le mandará decir algo cuando la necesite para hacer recados en calles desconocidas, hablar con los extraños rostros que aparecerán, como máscaras de arcilla con la capacidad humana del habla, murmurando su agradecimiento a Braggioni por su ayuda. Ahora que ella es libre, piensa: «Debo huir antes de que pase esta oportunidad», pero no se va.
Braggioni entra en su propia casa donde durante un mes su mujer ha pasado muchas horas llorando todas las noches y enredándose el cabello sobre la almohada. Ahora está llorando y llora todavía más al verle a él, la causa de todas sus penas. Él echa una mirada a la habitación. Nada ha cambiado: los olores son agradables y familiares, conoce bien a la mujer que se le aproxima sin más reproche que la pena en el rostro.
—Eres tan buena, por favor, no llores más, querida criatura —le dice Braggioni con ternura.
—¿Estás cansado, ángel mío? Siéntate aquí y te lavaré los pies —contesta ella.
Lleva un bol de agua y, arrodillada, desata los cordones de sus zapatos y, cuando desde el suelo alza sus ojos tristes bajo sus pestañas ennegrecidas, él lo lamenta todo y estalla en lágrimas.
—¡Ah, sí, tengo hambre, estoy cansado, comamos algo juntos! —dice entre sollozos.
Su mujer reclina la cabeza en su brazo y dice:
—¡Perdóname! —Y esta vez él se refresca en la solemne e interminable lluvia de las lágrimas de ella.
Laura se quita el vestido de sarga, se pone un camisón de lino blanco y se va a la cama. Vuelve la cabeza ligeramente hacia un lado y, yaciendo inmóvil, se acuerda de que es hora de dormir. Los números golpean en su cerebro como pequeños relojes, puertas silenciosas se cierran solas a su alrededor. Si duermes, no debes recordar nada; los niños dirán mañana buenos días, maestra; los pobres prisioneros todos los días llevan flores a su carcelera. 1-2-3-4-5... es monstruoso confundir amor con revolución, noche con día, vida con muerte. ¡ Ah, Eugenio!
La campanada de la medianoche es una serial, pero ¿qué significa? Levántate, Laura, y sígueme; sal de tu sueño, de tu cama, de esta casa extraña. ¿Qué estás haciendo en esta casa? Sin una palabra, sin miedo, se levantó y buscó la mano de Eugenio, pero él la eludió con una cínica y taimada sonrisa y se alejó. Hay mucho más, ya verás. Asesina, dijo, sígueme, te mostraré un país nuevo, pero está lejos y debemos apresurarnos. No, dijo Laura, no, a menos que tomes mi mano, y se cogió primero de la baranda de la escalera, luego de la más alta rama del árbol de Judas, que se inclinó lentamente y la depositó en tierra, después a la saliente rocosa de un acantilado y luego a la mellada ola de un mar que no era agua sino un desierto de piedras desmenuzadas. Adónde me llevas, preguntó maravillada pero sin miedo. A la muerte, hay un largo camino y debemos apresurarnos, dijo Eugenio. No, contestó Laura, no, a menos que tomes mi mano. Entonces come estas flores, pobre prisionera, dijo Eugenio con voz piadosa, toma y come, y del árbol de Judas arrancó las cálidas flores sangrantes y se las acercó a los labios. Ella vio que su mano estaba descarnada, que era un haz de pequeñas ramas blancas petrificadas, y que en las cuencas de sus ojos no había luz, pero comió las flores con avidez porque colmaban tanto el hambre como la sed. ¡Asesina!, dijo Eugenio, ¡caníbal! Este es mi cuerpo y mi sangre. Laura gritó ¡No! y, con el sonido de su propia voz, despertó temblando y tuvo miedo de volver a dormirse.
Tenía el bolso en la mano cuando entró. Parada en medio de la habitación, sujetándose el albornoz y arrastrando una toalla húmeda con una mano, examinó el momento inmediatamente anterior y recordó todo con claridad: sí, lo había abierto y lo había vaciado esparciendo su contenido sobre el banco, después de secarlo con el pañuelo.
Había tenido la intención de coger el tren elevado, así que buscó en su bolso para asegurarse de que llevaba el dinero y se alegró al encontrar cuarenta centavos en el monedero. Se disponía a pagar su propio billete, por más que Camilo acostumbrara, al verla subir las escaleras, echar una moneda en la máquina, antes de dar un pequeño empujón al molinete y hacerla pasar con una reverencia. Camilo, sirviéndose de alguna que otra solución intermedia, se las había arreglado para hacer efectiva una colección bastante completa de pequeñas atenciones, dejando pasar por alto las gentilezas mayores y más molestas. Había caminado con él hasta la estación bajo una lluvia torrencial, porque sabía que era casi tan pobre como ella y, cuando él insistió en coger un taxi, fue firme y dijo: «Sabes que, sencillamente, no es posible». Él llevaba un sombrero de un hermoso tono bizcocho —nunca se le ocurría comprar nada de un color práctico— y justo aquel día lo había estrenado, así que la lluvia lo estaba estropeando. Ella pensaba: «¡Qué desastre! ¿Dónde conseguirá otro?». Lo comparó con los sombreros de Eddy: aunque parecían tener exactamente siete años y haberse quedado fuera bajo la lluvia, los lucía con la corrección despreocupada y espontánea propia de Eddy. Camilo era muy diferente; si se ponía un sombrero raído, continuaba siendo un sombrero raído, y eso le desanimaba. Si no hubiese temido que Camilo se ofendiera, puesto que insistía en llevar a cabo sus pequeñas ceremonias hasta el punto que se había fijado, le hubiera dicho al salir de casa de Thora: «Vete a casa. Puedo llegar perfectamente a la estación yo sola».
—Está escrito que debemos mojarnos esta noche —dijo Camilo—, así que hagámoslo juntos.
Al pie de la escalera del andén, ella trastabilló; ambos habían bebido bastantes cócteles en casa de Thora.
—Al menos —dijo ella—, Camilo, hazme el favor de no subir estas escaleras en tu estado, porque en cuanto vuelvas a bajarlas, te romperás inevitablemente el cuello.
Él le dedicó tres rápidas reverencias —era español— y desapareció de un salto en la lluviosa oscuridad. Ella se quedó observando a aquel joven tan agradable, pensando que a la mañana siguiente, sobrio, miraría su sombrero estropeado y sus zapatos empapados y posiblemente la relacionara con su desgracia. Mientras le observaba se detuvo en la esquina, se quitó el sombrero y lo escondió bajo el abrigo. Ella sintió que le había traicionado al mirarle, porque a él le hubiese humillado la sola idea de que ella sospechara siquiera que había tratado de salvar su sombrero.
La voz de Roger sonó detrás de ella, por encima del estruendo metálico de la lluvia que caía sobre el techado de la escalera, intentando averiguar qué hacía ella bajo la lluvia a aquellas horas de la noche y preguntándose si se creía un pato. Su largo e imperturbable rostro chorreaba agua y señalaba con la mano un bulto saliente en la pechera de su abrigo abotonado.
—Un sombrero —explicó—. Vamos, cojamos un taxi.
Se acomodó al brazo con que Roger le rodeó los hombros, con el gesto intercambiaron una mirada llena de antiguas y entrañables asociaciones; entonces ella miró por la ventanilla la lluvia que cambiaba las formas y los colores de todo. El taxi iba haciendo eses para eludir los pilares del tren elevado, patinando ligeramente en cada curva.
—Cuanto más patina —dijo ella—, más serena me siento, así que realmente debo de estar borracha.
—Debes de estarlo —contestó Roger—. Este pájaro es un maníaco homicida. A mí no me iría nada mal tomarme ahora un cóctel.
El tráfico les detuvo en el cruce de la calle Cuarenta y la Sexta Avenida, y tres muchachos pasaron ante el morro del taxi. Bajo los globos de luz, parecían alegres espantajos, todos muy delgados y con trajes muy raídos de corte descuidado y corbatas chillonas. Tampoco andaban muy sobrios, y mientras discutían estuvieron un momento tambaleándose ante el automóvil. Se acercaron unos a otros inclinándose, como si se dispusieran a cantar, y el primero dijo: «Cuando me case, no me casaré por casarme, me casaré por amor, ¿vale?», y el segundo respondió: «¡Eh! Ve y dile esas tonterías a ella, ¿por qué no?», y el tercero soltó una especie de risotada y dijo: «¡Al infierno con este tío! ¿Qué demonios le pasa?», y el primero contestó: «¡Ah! Callaos, idiotas, ya tengo bastante». Entonces chillaron, cruzaron la calle como pudieron, golpeando al primero en la espalda y dándole empujones.
—Locos —comentó Roger—, absolutamente locos.
Dos muchachas se deslizaron por allí, con impermeables transparentes, uno verde, el otro rojo, y las cabezas inclinadas en sentido contrario a la lluvia. Una de ellas le decía a la otra: «Sí, lo sé todo, pero ¿qué hay de mí? Tú siempre lo lamentas por él...», y corrían agitando sus patitas de pelícanos.
El taxi retrocedió de pronto y volvió a avanzar.
—Hoy he recibido una carta de Stella —dijo Roger al cabo de un rato—. Estará en casa el veintiséis, así que supongo que ya ha tomado una decisión y todo está arreglado.
—Yo también he recibido hoy una especie de carta —dijo ella— que ha tomado las decisiones por mí. Creo que es hora de que tú y Stella hagáis algo definitivo.
Cuando el taxi se detuvo en la esquina de la calle Cincuenta y tres Oeste, Roger le dijo:
—Si me das diez centavos, tendré el importe exacto.
Ella abrió el bolso y le dio una moneda, y él dijo:
—Qué bonito es ese bolso.
—Es un regalo de cumpleaños —le dijo ella—, me gusta. ¿Cómo va tu espectáculo?
—Oh, supongo que todavía en cartel. No me acerco por allí. Todavía no se ha concretado nada. Me he propuesto seguir como hasta ahora y que ellos lo tomen o lo dejen. Ya está bien de discusiones.
—Sin duda se trata de resistir, ¿verdad?
—Resistir es la parte más dura.
—Buenas noches, Roger.
—Buenas noches. Deberías tomar una aspirina y meterte en la bañera con agua caliente, parece que estés incubando una gripe.
—Lo haré.
Subió las escaleras con el bolso bajo el brazo; y en el primer rellano Bill oyó sus pasos y asomó la cabeza con el pelo revuelto y los ojos rojos.
—Por el amor de Dios, entra y tómate algo conmigo. Tengo malas noticias. Estás completamente empapada —dijo Bill, mirando sus pies mojados.
Bebieron dos copas, mientras Bill contaba cómo el director había desechado su obra tras haber escogido elenco teatral dos veces y haber hecho tres ensayos.
—Yo no digo que sea una obra maestra, sólo dije que sería un buen espectáculo. Y él dijo: «Sólo que no funciona, ¿se da cuenta? Necesita un médico». Así que estoy atascado, absolutamente varado —dijo Bill, otra vez al borde del llanto—. He estado llorando entre copa y copa —y continuó preguntándole si se daba cuenta de que su mujer lo estaba arruinando con sus extravagancias—. Le envío diez dólares todas las semanas de mi desgraciada vida, por más que no estoy obligado a hacerlo. Me amenaza con la cárcel si no la obedezco, pero no puede encerrarme. ¡Dios, que lo intente, después de haberme tratado como lo hizo! No tiene derecho a pensión y lo sabe. Sigue diciendo que lo necesita para el bebé y yo sigo enviándoselo porque no soporto ver sufrir a nadie. Así que me he atrasado en los pagos del piano y del tocadiscos...
—Bueno, de todas maneras, tienes una bonita alfombra —dije ella.
Bill la miró y se sonó la nariz.
—La conseguí en Ricci por noventa y cinco dólares —dijo— Ricci me contó que había pertenecido a Marie Dressier y costaba mil quinientos dólares, pero tiene una quemadura, que he ocultado bajo el diván. Un precio imbatible.
—Sí —dijo ella.
Estaba pensando en su bolso vacío y en que no recibiría el cheque por su última reseña antes de tres días y en que su acuerdo con el restaurante de los bajos no podía durar mucho si no pagaba algo a cuenta.
—No es momento para hablar de esto —continuó—, pero esperaba que ya tuvieses esos cincuenta dólares que me prometiste por mi escena en el tercer acto, aunque no salga adelante. De todas maneras, ibas a pagarme el trabajo con dinero de tu anticipo.
—¡Jesús misericordioso! —exclamó Bill—, ¿tú también? —Soltó un fuerte sollozo, o quizá fuera hipo, en su pañuelo húmedo—. Después de todo tu parte no era mejor que la mía. Piénsalo.
—Pero cobraste algo —dijo ella—. Setecientos dólares.
—Hazme un favor, ¿quieres? Tómate otra copa y olvídalo. No puedo pagarte, sabes perfectamente que no puedo, si pudiera lo haría, pero sabes que estoy en un aprieto.
—Entonces déjalo —se encontró diciendo, casi a su pesar.
Hubiese querido mostrarse totalmente firme al respecto. Volvieron a beber sin hablar y ella se marchó a su apartamento en el piso de arriba.
Allí, ahora lo recordaba con toda claridad, había sacado la carta del bolso, antes de abrirlo completamente para que se secara.
Se había sentado y había leído la carta otra vez, pero había frases que exigían varias lecturas, pues tenían vida propia y separada de las demás y, cuando trataba de leer pasándolas por alto, se movían siguiendo el movimiento de sus ojos. No podía escapar de ellas. «Pensando en ti más de lo que quisiera... sí, hasta he hablado de tí... por qué estabas tan ansiosa por destruir... aun cuando pudiera verte ahora, no lo haría... no vale la pena todo este abominable... el fin...»
Cuidadosamente, rompió la carta en tiras pequeñas y las prendió con una cerilla encendida en la chimenea.
A la mañana siguiente, temprano, estaba en la bañera cuando la portera llamó y luego entró diciendo que deseaba examinar los radiadores antes de encender la caldera para el invierno. Después de dar vueltas por la habitación durante unos minutos, se marchó cerrando la puerta con violencia.
Salió del baño para coger un cigarrillo del paquete que tenía en el bolso. El bolso no estaba. Se vistió, preparó café y se sentó junto a la ventana mientras lo bebía. Seguramente la portera había cogido el bolso y sería imposible recobrarlo sin hacer el ridículo y montar un escándalo. Así que lo dejaría correr. A la vez que tomaba esa decisión, en su sangre crecía una ira profunda, casi asesina. Con toda delicadeza puso la taza en el centro de la mesa y bajó con determinación las escaleras, tres largos tramos, un pequeño vestíbulo y un empinado pero breve tramo hasta el sótano, donde la portera con el rostro manchado de polvo de carbón, limpiaba la caldera.
—¿Me hará el favor de devolverme el bolso? No hay dinero dentro. Era un regalo y no quiero perderlo.
La portera se volvió sin incorporarse y clavó en ella unos ojos llameantes, donde se reflejaba la roja luz de la caldera.
—¿Qué quiere decir, su bolso?
—El bolso de tela dorada que usted cogió del banco de madera de mi habitación —dijo—. Tengo que recuperarlo.
—Juro ante Dios que nunca he puesto los ojos sobre su bolso y juro que es la santa verdad —dijo la portera.
—Oh, pues bien, quédeselo —dijo, pero con voz muy amarga—, quédeselo si tanto lo quiere.
Y se marchó.
Recordó que por una cuestión de principios rechazaba la idea de poseer cosas, de modo que nunca en su vida había echado la llave a ninguna puerta, así como su paradójico alarde, por más que sus amigos le advirtieran, de que jamás le habían robado un centavo. Y le había agradado la desnuda humildad de ese ejemplo concreto, destinado a ilustrar y justificar su fe obsesiva, por lo demás vaga y sin fundamento, que le hacía actuar de esa manera desoyendo su deseo en ese caso concreto.
En ese momento sintió que le había sido robado un enorme número de cosas valiosas, materiales o intangibles: objetos perdidos o rotos por su culpa; objetos que había olvidado o dejado en las casas después de una mudanza; libros prestados y no devueltos; viajes que había planeado y no había hecho; palabras que había esperado oír y no había oído, y las palabras con que se proponía responder; alternativas amargas y sustitutos intolerables peores que nada pero ineludibles; el largo y paciente sufrimiento de la amistad moribunda y la oscura e inexplicable muerte del amor... Todo lo que ella había tenido y todo lo que había echado de menos se había perdido junto y se perdía doblemente en ese derrumbe de evocación de pérdidas.
La portera la seguía escaleras arriba con el bolso en la mano y el mismo fuego rojo y profundo temblando en los ojos. La portera le tendió el bolso cuando aún las separaba media docena de escalones.
—No me delate —dijo—. Debí de enloquecer. A veces hago cosas de loca, lo juro. Mi hijo puede decírselo.
Ella cogió el bolso al cabo de un momento y la portera prosiguió:
—Tengo una sobrina que va a cumplir diecisiete años, es muy guapa y pensaba dárselo a ella. Necesita un bolso. Debí de volverme loca, pensé que quizá a usted no le importara, siempre va dejando cosas por ahí y parece no darse ni cuenta.
—Lo eché en falta porque es un regalo que me hizo alguien...
—Él le traería otro si usted perdiera este. Mi sobrina es joven y necesita cosas bonitas, tenemos que dar a los jóvenes una oportunidad. Hay muchachos que van detrás de ella, tal vez quieran casarse con ella. Debería tener cosas bonitas. Ahora mismo las necesita mucho. Usted es una mujer mayor, ha tenido su oportunidad, debe de saber cómo funciona.
Ella le tendió el bolso a la portera, diciéndole:
—No tiene ni idea de lo que está diciendo. Tenga, cójalo, he cambiado de idea. De verdad, no lo quiero.
La portera la miró con odio y dijo:
—Yo tampoco lo quiero ya. Mi sobrina es joven y guapa, no necesita arreglarse para ser atractiva, ¡es joven y guapa vaya como vaya! Supongo que usted lo necesita mucho más que ella.
—En primer lugar, no era suyo —dijo ella, volviéndose—. No debe hablar como si yo se lo hubiese robado.
—No es a mí, sino a ella a quien se lo está robando —dijo la portera, y bajó las escaleras.
Dejó el bolso sobre la mesa, se sentó con la taza de café frío y pensó: no me faltaba razón cuando decía que no tenía miedo a ningún ladrón... salvo a mí misma, que terminaré por dejarme sin nada.
Y, madame Blanchard, sepa que me siento muy feliz de estar aquí con usted y su familia, pues todo me resulta tan tranquilo, ya que antes trabajé mucho tiempo en un burdel... quizá usted no sepa qué es un burdel... Desde luego, todo el mundo debe de haberlo oído mas de una vez. Bien, madame, yo trabajo siempre donde hay faena, y así, en ese lugar, trabajé duro a cualquier hora, y vi demasiadas cosas, cosas que usted no creería y que a mi no se me ocurriría contarle, si bien tal vez la entretengan mientras le cepillo el cabello. Me disculpará también, pero no pude evitar oírle decir a la lavandera que quizá alguien hubiese hechizado sus sabanas porque quedan destrozadas a los pocos lavados. Bien, había una muchacha allá, en aquella casa, una desgraciadita, delgada, pero que gustaba a todos los hombres que iban allí, así que, como usted comprenderá, no podía llevarse bien con la mujer que administraba la casa. Se peleaban, la alcahueta la timaba con las chapas. Sepa usted que la muchacha recibía cada vez una chapa de latón y al final de la semana se las devolvía a la alcahueta. Sí, así funcionaba y sacaba su porcentaje, una parte muy pequeña de sus ingresos. Es un negocio, ¿ve?, como cualquier otro... Y la alcahueta acostumbraba fingir que la muchacha había devuelto sólo algunas chapas, ¿comprende?, y en realidad ella había entregado muchas más, pero una vez fuera de sus manos, ¿qué podía hacer? Así que decía: "Me iré de aquí". Y maldecía y lloraba. Entonces la alcahueta le pegaba en la cabeza. Siempre golpeaba a la gente en la cabeza con botellas, era su forma de pelear. Cielos, madame Blanchard, ¡qué escándalo se montaba a veces, con una muchacha corriendo como una loca escaleras abajo y la alcahueta tirando de ella hacia arriba por el pelo y estrellándole una botella en la frente!Periodista, novelista, cuentista y ensayista estadounidense. Es consideraba por todas las nuevas generaciones de cuentistas, de Alice Munro a Lorrie Moore, como la gran maestra del cuento. Truman Capote dijo de ella: "hay escritores y artistas, Katherine Anne Porter pertenece sin duda a la segunda categoría".
Aunque sureña como Faulkner, Flannery O'Connor y Eudora Welty, su literatura se diferencia bastante de ellos. Sus personajes, meros supervivientes, luchan entre la sensualidad y la locura, explorando la violencia que los rodea. Aunque ella reconocía su herencia y sentimientos porfundamente sureños, consideraba que las influencias europeas, y el que tal vez no fuera suficientemente judía o puritana, hacían que su visión del sur fuera algo diferente.
La razón era casi siempre el dinero, las chicas se endeudaban y, si deseaban marcharse, no podían hacerlo sin pagar hasta el ultimo cuarto. La alcahueta estaba compinchada con la policía; las muchachas bebían regresar con ella o ir a la cárcel. El caso es que siempre volvían acompañadas por la policía o por otros tipos de hombres, amigos de la alcahueta, pues también conseguía que los hombres trabajaran para ella, pero, déjeme decírselo, a ellos les pagaba muy bien por todo. Y así las muchachas se quedaban, a menos que estuviesen enfermas; en ese caso, si se ponían demasiado malas, las volvía a despachar.
"Me tira un poco aquí —dijo madame Blanchard, y se acomodó un mechón—-. Y entonces, ¿qué sucedía?»
Disculpe. .. pero esa muchacha, había verdadero odio entre ella y la alcahueta. No dejaba de repetir: "Yo hago mas dinero que nadie en la casa". Y todas las semanas se montaban escenas. Así que al final dijo una mañana: "Ahora me iré de aquí", y tomó cuarenta dólares de debajo de su almohada y dijo: "Aquí tienes tu dinero!". La alcahueta empezó a gritar: "¿De donde has sacado tú todo esto?", y la acusó de robar a los hombres que la visitaban. La muchacha dijo: "Mantén las manos quietas o te romperé la crisma, y la alcahueta la cogió por los hombros y empezó a levantar la rodilla y a patear a aquella muchacha de mala manera en el estomago, y hasta en su lugar mas secreto, madame Blanchard, y después la golpeó en la cara con una botella y la muchacha volvió a caer de espaldas en su habitación, donde yo estaba limpiando. La ayudé a llegar hasta la cama y se sentó allí sujetándose los costados y con la cabeza colgando, y cuando volvió a levantarse había sangre allí donde había estado sentada. Entonces la alcahueta entró una vez más y chilló: “Ahora puedes marcharte, ya no me sirves”. No lo repito todo, pues como usted comprenderá sería demasiado. Pero ella cogió todo el dinero que pudo encontrar y, en la puerta, le dio a la muchacha tal empujón en la espalda con la rodilla que cayó de bruces en la calle, y a continuación la muchacha se levantó y se fue con el vestido que a duras penas la cubría.
Después de eso, los hombres que conocían a la muchacha no dejaban de decir: “¿Dónde está Ninette?”. Y siguieron preguntándolo durante varios días, así que la alcahueta no podía decir: “La eché por ladrona”. No, comenzó a ver que había sido un error echar a Ninette, y entonces dijo: “Volverá muy pronto, no se preocupen”.
Y ahora, madame Blanchard, si quiere oírlo, voy a la parte extraña de la historia, la que recordé cuando usted dijo que sus sábanas estaban hechizadas. Porque en aquel lugar la cocinera era una mujer del mismo color que yo y, como yo, con mucha sangre francesa, exactamente igual, e igual que yo, había vivido siempre entre personas que hacían encantamientos. Pero ella tenía un corazón muy duro, ayudaba a la alcahueta en todo, le gustaba observar todo lo que ocurría para irle luego con cuentos sobre las muchachas. La alcahueta confiaba en ella por encima de todo, y le dijo: “Y bien, ¿dónde puedo encontrar a esa fulana?”, porque ella había desaparecido completamente de la calle Basin antes de que la alcahueta empezara a pedir a la policía que se la llevara de regreso. “Bien –dijo la cocinera-, conozco un encantamiento que funciona aquí en Nueva Orleáns, las mujeres de color lo practican para hacer regresar a sus hombres; en siete días vuelven, muy felices de quedarse sin saber por qué, hasta su enemigo volverá a usted convencido de ser su amigo. Por cierto, es un encantamiento de Nueva Orleáns, dicen que no tiene efecto ni siquiera al otro lado del río...” Y entonces lo hicieron exactamente como decía la cocinera. Cogieron el orinal de aquella muchacha de debajo de su cama y en él mezclaron con agua y leche todo lo que de ella quedaba por allí: el pelo de su cepillo, el polvo facial de la borla e incluso trocitos de sus uñas que encontraron cerca de los bordes de la alfombra en que solía sentarse para cortarse las uñas de las manos y de los pies, metieron las sábanas con sangre de ella en el agua, y la cocinera repetía sin parar algo encima de aquello en voz baja; yo no alcanzaba a oírlo todo, pero, al final, le dijo a la alcahueta: “Ahora escupa dentro”, y la alcahueta escupió; después la cocinera dijo: “Cuando ella regrese, será polvo bajo sus pies”.
Madame Blanchard cerró su botella de perfume haciendo un suave ruido. “Sí, ¿y qué más?”
Luego, al cabo de siete noches, la muchacha regresó y se la veía muy enferma, con las mismas ropas y todo, pero feliz de estar allí. Uno de los hombres dijo: “¡Bienvenida a casa, Ninette!”, y cuando ella intentó decirle algo a la alcahueta, esta dijo: “¡Calla y sube a vestirte!” Entonces, Ninette, esa muchacha, dijo: “Bajaré en un minuto”. Y después de aquello vivió allí tan tranquila.
Contenidos
Petición
Literatura
Escepticismo
Otros blog
Si crees que este símbolo te ataca es que no has entendido nada
Igualdad, no tolerancia
Se dice, se comenta
La cita
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Datos personales
Archivo del blog
Temas que he tratado
- abad (1)
- abani (1)
- abbott (1)
- abós (1)
- abu bakr (1)
- achebe (2)
- acker (1)
- acuña (1)
- adaui (2)
- addis (1)
- adichie (3)
- adolph (1)
- adonis (6)
- agnant (1)
- agustín (1)
- aichinger (1)
- aidoo (1)
- airplane (2)
- ajmátova (2)
- al malaika (3)
- al-faradi (1)
- al-mutamid (1)
- al-saadawi (1)
- al-Sayyab (2)
- al-turtusi (1)
- alarcón (1)
- alatriste (1)
- aldecoa (1)
- aldunate (1)
- alexander (1)
- alfaro (1)
- ali (2)
- Allingham (2)
- allman (1)
- alma-tadema (1)
- almaguer (2)
- alós (1)
- álvarez (1)
- amijai (1)
- amis (1)
- ampuero (1)
- andreu (1)
- andric (1)
- angelino (1)
- anglade (1)
- animals (1)
- anne porter
- anónimo (2)
- antón (1)
- aparicio (1)
- apollinaire (1)
- aragon (1)
- arcimboldo (1)
- arenal (1)
- arenas (1)
- argensola (1)
- armstrong (2)
- arredondo (3)
- arreola (3)
- arroyabe (1)
- arthur (1)
- arturo (1)
- asensi (1)
- asfalto (1)
- askildsen (7)
- assens (1)
- assis (1)
- asturias (34)
- attenborough (1)
- atwood (4)
- aub (3)
- auden (1)
- avellaneda (1)
- babayada (18)
- báez (1)
- bahr (1)
- bail (1)
- bailey (1)
- bajos (2)
- bakr (1)
- bakunin (1)
- bali (1)
- ballard (1)
- ballesteros (1)
- balzac (1)
- banda del tren (1)
- banda local (1)
- banti (1)
- barea (1)
- barnes (8)
- barrett (1)
- barrie (1)
- barros (1)
- bartoli (1)
- bashevis singer (1)
- bastarós (1)
- bastasic (1)
- bataille (1)
- batiburrillo (34)
- baudelaire (2)
- bazán (1)
- bean (1)
- beatnix (1)
- beattie (1)
- beautiful day (1)
- bechet (1)
- beck (2)
- beckett (2)
- becquer (1)
- behn (2)
- bell (1)
- belle (3)
- bello (1)
- benaud (1)
- bendixen (1)
- benedetti (4)
- benjamin (1)
- berganza (1)
- bergerac (1)
- bergua (2)
- berrón (1)
- bertino (1)
- bierce (7)
- bird (1)
- bishop (2)
- bjork (1)
- blackwood (1)
- blake (1)
- blakey (1)
- blanco (7)
- blasco ibañez (1)
- blok (1)
- bloy (1)
- bluegrass (1)
- blues (8)
- blum (3)
- bocconi (1)
- bolan (1)
- böll (2)
- bombal (3)
- boolos (1)
- bortagaray (1)
- bousoño (1)
- bowen (1)
- bowie (2)
- bowles (1)
- bowman (1)
- bracey (1)
- bradbury (2)
- bread (1)
- brecht (2)
- brel (1)
- breton (2)
- brooke (1)
- brunet (1)
- buena vida (1)
- bukowski (1)
- bunge (3)
- bunin (1)
- buñuel (1)
- burrito (1)
- burton (1)
- bužarovska (1)
- buzzati (2)
- byatt (2)
- byron (2)
- cabré (1)
- cabrera (1)
- cadalso (1)
- caicedo (1)
- cakanthorpe (1)
- calderón (1)
- caldwell (5)
- callas (2)
- Calvin (1)
- calvino (2)
- camba (1)
- camel (1)
- campbell barr (1)
- campoamor (1)
- campobello (1)
- canetti (2)
- cansei (1)
- capote (3)
- carbajal y mendoza (1)
- cardenal (1)
- carlos williams (1)
- carreter (1)
- carrillo (1)
- carrington (3)
- carta (1)
- cartagena (1)
- carter (3)
- carver (4)
- casal (1)
- casals (1)
- casona (1)
- castellanos (4)
- castro y andrade (1)
- cattana (1)
- cavafis (1)
- cave (1)
- ceccoli (1)
- cellero (1)
- cerda (2)
- cernuda (1)
- chacel (3)
- chamoiseau (1)
- chance (1)
- chaplin (1)
- charms (6)
- Chatrian (1)
- chaves nogales (1)
- chávez vaca (1)
- cheever (2)
- chejov (3)
- chilton (1)
- chiripitifláuticos (1)
- chizianes (1)
- chopin (4)
- ciencia (27)
- cine (2)
- cioran (1)
- cisneros (5)
- clarke (2)
- clash (1)
- clásica (19)
- clásicos populares (1)
- clifford (1)
- clinton (1)
- clooney (1)
- closs (1)
- cockney (2)
- colanzi (1)
- colette (1)
- collier (1)
- colmore (1)
- colombine (1)
- conde (2)
- condé (1)
- coppini (1)
- cordero (1)
- correa (1)
- cortázar (2)
- cortés (1)
- corto (2)
- couto (4)
- crack (1)
- cream (2)
- creedence (1)
- crémer (1)
- crosby (1)
- cruxshadows (1)
- cruz (1)
- csath (1)
- csáth (2)
- cubas (1)
- cuento (788)
- cunqueiro (3)
- d'arcy (1)
- d'holbach (1)
- dahl (1)
- dangarembga (1)
- daniel (1)
- dante (1)
- danticat (6)
- darwin (1)
- darwish (3)
- dávila (3)
- davis (6)
- Dawkins (2)
- dazai (1)
- de barros (1)
- de burgos (1)
- de castro (1)
- de cuenca (1)
- de la cerda (1)
- de la cruz (1)
- de la riva (1)
- de la serna (8)
- de la torre (1)
- de maistre (1)
- de miguel (1)
- dead (1)
- debenedictis (1)
- del monaco (1)
- del valle (1)
- delibes (1)
- denver (1)
- dettmer (1)
- díaz-mas (1)
- dicenta (1)
- dickens (2)
- dickinson (2)
- dinesen (1)
- dio (1)
- dioses (1)
- divas (6)
- divos (9)
- dixebra (2)
- djebar (2)
- dolls (1)
- donne (1)
- doolittle (1)
- dorsey (1)
- doyle (1)
- dracius (1)
- dragones (1)
- drake (1)
- ducasse (1)
- duffy (3)
- dunbar-nelson (1)
- dunsany (3)
- duras (1)
- durrell (3)
- dylan (2)
- earhart (1)
- echeverría (1)
- eco (1)
- egerton (2)
- eisenberg (1)
- ellington (2)
- ellis (1)
- ensayo (44)
- entre ríos (1)
- Enzensberger (1)
- Erckman (1)
- errasti (1)
- escher (1)
- espejo (1)
- espina (1)
- eugenides (1)
- euroyeyé (4)
- evangelista (1)
- extracto (70)
- fabricio (1)
- faciolince (1)
- Faik Abasiyanik (1)
- falco (1)
- farah (1)
- faulkner (3)
- fauré (1)
- fe de ratas (1)
- feminismo (5)
- ferlosio (1)
- fernández flórez (6)
- ferré (1)
- fieger (1)
- filippi (1)
- fink (1)
- fire (1)
- fischerova (1)
- fitzgerald (6)
- flack (1)
- floyd (1)
- folclore (6)
- folk (1)
- fondane (1)
- fonseca (2)
- fontanella (1)
- fools (1)
- ford (1)
- forges (2)
- fortune (1)
- fraile (1)
- françois (1)
- franklin (2)
- free (1)
- fuertes (8)
- gábor (1)
- gabriel (1)
- gaiman (1)
- gaite (2)
- galdós (1)
- galeano (1)
- gallagher (3)
- gallant (4)
- gallardo (1)
- gallegos (1)
- galsworthy (1)
- gambaro (1)
- gamov (1)
- gardner (1)
- garner (2)
- garro (1)
- garza (1)
- gaskell (1)
- gass (1)
- geoghegan (1)
- getty (1)
- getz (1)
- gilgamesh (1)
- gillespie (1)
- gimferrer (1)
- ginzburg (2)
- glantz (1)
- glück (1)
- Goethe (1)
- goldberg (1)
- goldin (1)
- goldson (1)
- góngora (1)
- gonsalves (1)
- gonzález (1)
- gonzález rubín (2)
- gordimer (2)
- gorriti (1)
- gospodinov (1)
- gouges (1)
- goyen (1)
- goytisolo (2)
- grace (1)
- grand (1)
- grappelli (3)
- gray (2)
- gromit (1)
- gudiño (1)
- gumiliov (1)
- gurt (1)
- gutierrez (1)
- gutiérrez (3)
- häendel (1)
- hammett (1)
- hampate ba (1)
- handsome (1)
- hanneman (1)
- hardy (1)
- harris (4)
- harruna attah (1)
- harte (1)
- hawking (2)
- hawthorne (1)
- heat (1)
- heker (1)
- hemingway (1)
- hempel (3)
- hendrix (4)
- henry (2)
- hernández (2)
- hernández-lloreda (1)
- hesse (1)
- highsmith (1)
- hip-hop (1)
- Hobbes (1)
- hobbs (1)
- hoffmann (1)
- hölderlin (1)
- homes (4)
- hong (1)
- hooker (1)
- horacio (1)
- hrabal (1)
- hugo (2)
- huguet (1)
- huidobro (1)
- humor (39)
- ibañez (1)
- ibargüengoitia (1)
- ibn hazm (1)
- ibn hisn (1)
- ibn utman (1)
- ibn waddah (1)
- ibn zaydun (1)
- iceberg (1)
- ilustradores (19)
- ionesco (1)
- iparraguirre (1)
- iron (1)
- irving (1)
- iyengar (1)
- jackson (1)
- jacobs (1)
- jam (2)
- jardiel poncela (3)
- jarry (2)
- jazz (22)
- jeftanovic (1)
- jerome (1)
- jethro (1)
- johnson (1)
- jones (1)
- joyce (2)
- julavits (1)
- july (3)
- junoon (1)
- justina (1)
- kadaré (1)
- kafka (3)
- kavafis (1)
- keats (1)
- keret (4)
- kerouac (1)
- kessel (1)
- kierkegaard (1)
- kincaid (8)
- king (1)
- kinks (1)
- kinski (1)
- kipling (3)
- kirlian (1)
- kis (1)
- klaus (1)
- kleist (1)
- knack (1)
- korolenko (1)
- kortatu (1)
- kosztolányi (1)
- krasinski (1)
- krauze (1)
- kristof (5)
- kureishi (2)
- kuttner (1)
- kuzwayo (1)
- l'isle adam (2)
- la eMe (1)
- ladies (2)
- laforet (1)
- lagerkvist (1)
- lahiri (1)
- lahsen salam (1)
- lamarche (1)
- lamwaka (1)
- lardner (2)
- larra (1)
- larrocha (1)
- lawrence (1)
- lawson (1)
- le guin (2)
- leadbelly (2)
- lectura (1)
- lee (4)
- leer (2)
- lem (1)
- lemans (1)
- lemuripop (1)
- lennox (2)
- leñero (1)
- león (1)
- leopardi (1)
- lesmian (1)
- lett (1)
- lezama lima (1)
- liceaga (1)
- lichberg (1)
- lijó (1)
- likong (1)
- lillo (1)
- linossier (1)
- lispector (2)
- literatura (11)
- lobsters (1)
- lógica (1)
- london (1)
- longet (1)
- lópez rubio (2)
- lord (1)
- lorengar (1)
- lorrain (2)
- losada (2)
- lovecraft (3)
- lowe (1)
- loy (1)
- Luiselli (1)
- lukather (1)
- lurie (1)
- magnatune (1)
- maiakovski (2)
- majoral (1)
- malamud (2)
- malayo (1)
- mandelstam (1)
- mandfield (1)
- manguel (1)
- manhattan (1)
- mann (2)
- manrique (1)
- mansfield (3)
- mantel (1)
- manzano (1)
- marcos (1)
- marechera (1)
- margarita (1)
- márquez (1)
- marsé (1)
- marstein (1)
- marx (1)
- mary (1)
- masters (1)
- mateo díez (2)
- matheson (2)
- maturin (1)
- matute (3)
- maupassant (2)
- mayoral (1)
- mcclanahan (1)
- mccoy (1)
- mccullers (5)
- medio (1)
- meléndez (1)
- méliès (1)
- melville (3)
- mendelssohn (1)
- mendoza (1)
- merlín (1)
- metallica (1)
- mew (1)
- michaux (1)
- midler (1)
- mihura (3)
- miklosa (1)
- mingote (1)
- mirafiori (1)
- mirbeau (3)
- mississippi sheiks (1)
- mistral (1)
- mitchell (1)
- mjq (1)
- moerbeek (1)
- moffo (1)
- molano (1)
- molefhe (1)
- molina (1)
- monsó (1)
- montero (1)
- monteser (1)
- montgomery (1)
- montoya (1)
- moore (5)
- mopa (1)
- morales (1)
- morante (2)
- moravia (1)
- mori (1)
- moris (1)
- morrison (1)
- moscoso (1)
- moshfegh (1)
- mrozek (2)
- mulholland (1)
- müller (6)
- munro (2)
- muñoz seca (1)
- música (168)
- musil (1)
- mutis (1)
- nabokov (2)
- nash (1)
- negrín (1)
- nerval (1)
- neville (2)
- nietzsche (1)
- nin (1)
- nosotrash (3)
- nourbeSe (1)
- novás (1)
- nubo (1)
- nwapa (1)
- o'brien (1)
- o'connor (3)
- o’faolain (1)
- o'flaherty (1)
- o'hagan (1)
- o'hara (1)
- obituario (19)
- obligado (1)
- ocampo (3)
- ojeda (1)
- okigbo (1)
- okri (2)
- olmo (2)
- ópera (8)
- orengo (1)
- ortese (1)
- orwell (3)
- oviedo (1)
- owen (1)
- oz (1)
- ozick (3)
- pacheco (1)
- pacheco medrano (1)
- palacio (7)
- paley (5)
- palma (1)
- panero (5)
- pantera (1)
- papini (1)
- parker (2)
- parra (1)
- parton (3)
- pasternak (1)
- Paterson (1)
- pauline (3)
- paulos (1)
- pavarotti (2)
- pavese (3)
- pavón (1)
- paz soldán (1)
- pennac (1)
- péret (1)
- pérez-moreno (1)
- peri rossi (4)
- perkins (1)
- perkins gilman (1)
- perlman (1)
- perutz (1)
- pessoa (2)
- peterson (2)
- petrarca (1)
- petrushevskaya (3)
- pettersson (1)
- peyrou (1)
- pickett (1)
- pilniak (2)
- pinar (1)
- pintado (1)
- pinto (7)
- pintura (4)
- piñán (4)
- piñera (2)
- pioneras (7)
- pirandello (2)
- pistones (1)
- pizán (1)
- plath (2)
- platonov (5)
- poco (1)
- poe (4)
- poesía (186)
- poncela (2)
- poniatowska (4)
- pop (45)
- popper (3)
- poulenc (1)
- pound (2)
- pratchett (2)
- pravianu (1)
- presentación (2)
- presley (2)
- prichard (1)
- prieto (1)
- primal (1)
- proust (1)
- puccini (1)
- purdy (1)
- purple (2)
- putuma (1)
- pynchon (2)
- queen (1)
- queiroz (1)
- quevedo (2)
- quiroga (1)
- rainbow (1)
- rainey (1)
- ramírez (1)
- rebel (1)
- reina (1)
- religión (13)
- residents (1)
- rey rosa (1)
- rhys (5)
- ribeyro (1)
- riera (1)
- rilke (2)
- ripoll (1)
- risco (1)
- rivas (1)
- river-dave (1)
- robayo (1)
- robison (3)
- rock (77)
- rodríguez (2)
- rodríguez albán (1)
- rojas (1)
- rojo (1)
- romero (1)
- rosalía (1)
- rosendo (1)
- rossetti (1)
- roto (1)
- rousseau (1)
- rubín (1)
- rubinstein (2)
- rulfo (1)
- russell (5)
- sabbath (2)
- sade (1)
- sagan (3)
- saki (1)
- salinas (1)
- salinger (2)
- salisachs (1)
- samanci (3)
- san juan (1)
- santa teresa (1)
- santana (1)
- santiago (1)
- santos-febres (4)
- sara (1)
- sassoon (1)
- satie (3)
- saunders (1)
- savall (1)
- sawa (2)
- schiele (1)
- schiller (2)
- schopenhauer (1)
- schreiner (1)
- schulz (3)
- schweblin (1)
- schwob (1)
- sciascia (1)
- scott-fitzgerald (1)
- scotto (1)
- scruggs (1)
- searchers (1)
- sebastian (3)
- secretos (1)
- sedoff (1)
- seger (2)
- selmana (4)
- senghor (1)
- serna (3)
- serra (1)
- seth (1)
- sexton (2)
- seymour (1)
- shakespeare (1)
- shelley (2)
- shepard (2)
- shitdisco (1)
- shore (1)
- shorter (1)
- shostakovich (1)
- shriver (1)
- shua (1)
- sigea (1)
- simon (1)
- sinatra (2)
- siniestro (2)
- sinvergonzonería (1)
- skynyrd (1)
- slavin (1)
- slayer (2)
- smith (3)
- smiths (3)
- sologub (1)
- somers (1)
- soriano (1)
- sosa (1)
- sosa villada (1)
- soul (1)
- soyinka (2)
- spann (1)
- spencer (1)
- spenser (1)
- springfield (1)
- stag (1)
- staton (2)
- stein (2)
- stephens (1)
- steppenwolf (1)
- sterne (1)
- stevenson (1)
- stien (1)
- stills (1)
- Stillwater (1)
- stockton (1)
- stoker (2)
- stones (1)
- storni (2)
- styron (1)
- suaves (1)
- sutherland (1)
- swift (1)
- szymborska (2)
- tarafa (1)
- tárrega (1)
- tatum (2)
- taylor (2)
- tchaikovsky (1)
- teatro (3)
- tebaldi (1)
- tejedor (2)
- tenniel (1)
- tereshkova (1)
- terror (1)
- thomas (3)
- thompson (1)
- tillman (1)
- tizón (1)
- tolstoi (1)
- tono (1)
- toomer (1)
- topo (1)
- topor (1)
- torres (1)
- torri (1)
- toufali (1)
- tradicional (1)
- traffic (1)
- tranströmer (1)
- tresguerres (2)
- trex (1)
- tristán (1)
- trollope (1)
- tsvietáyeva (4)
- tuqan (1)
- turgueniev (1)
- tusquets (1)
- twain (3)
- tzara (2)
- úbeda (1)
- ulica (1)
- umbral (1)
- unamuno (1)
- updike (1)
- uslar pietri (1)
- vainica (1)
- valdelomar (1)
- valenzuela (4)
- valera (1)
- vallvey (1)
- vanoli (1)
- varela (1)
- vargas álvarez (1)
- vaughan (3)
- vega (5)
- vendela (1)
- venexiana (1)
- venturini (1)
- venuti (2)
- vergara (1)
- versiones (17)
- vicens (1)
- villafuerte (1)
- vivaldi (1)
- voronca (1)
- walcott (1)
- walker (1)
- wallace (3)
- walláda (1)
- walsh (1)
- warner-vieyra (1)
- waters (2)
- watson (1)
- Watterson (1)
- waugh (2)
- weill (1)
- weller (1)
- wells (1)
- welty (1)
- White (1)
- wiedemann (1)
- wilde (2)
- williams (6)
- wine (1)
- winocur (1)
- winterson (1)
- woolf (4)
- wright (1)
- xam (1)
- xurde (1)
- yan (1)
- yañez (1)
- yardbirds (1)
- yeats (2)
- young (1)
- yusti (1)
- zamiatin (2)
- zamudio (1)
- zappa (1)
- zayas (2)
- zeppelin (2)
- zilahy (1)
- zola (2)
- zóschenko (1)
- zweig (2)


