Y Abel mató a Caín
Y así, en su Laundry Quisqueya ordeñaba la vaquita regordeta de la suerte que le había guiñado el ojo desde el día que llegó, tieso del susto, a las playas del Borinqueño Edén, un poquitico más arriba de Bahía Bramadero.
Aquel desgraciao de Grullón lo había soltado bastante lejos de la costa por no arriesgar el pellejo. Y con los otros cinco ilegales, Filemón había tenido que nadarse el resto a pulmón, espantándose los tiburones con promesas a la Altagracia.
En la costa fueron otros los pejes que se le tiraron al cuerpo. Tuvo que repartir dólares mojados como bendiciones para no ir a tener a la jaula con los demás.
Propina aparte, el viajecito se le había trepado en más de quinientos dólares. Menos mal que en Puerto Rico no es pobre sino quien quiere. Porque trabajo no es lo que hace falta, no. Ni hay que dejarle el lomo y el vivir al maldito corte de caña. Acá un ilegal se cuela donde pueda, vendiendo barquillas en una heladería china, atendiéndole las frituras a cualquier cubano desmadrao, cambiando gomas en algún garaje paisano. Como quiera se pasa un temporal. Hasta que pueda enyuntarse uno con hembra boricua y arreglar con Inmigración. O prosperar en el traqueteo de la vida y negociarse la papelería por un par de cientos.
Pues, sí, señores, yo estaba allí, de cuerpo presente y vi cuando el negro grandote y tofe se le cuadró enfrente a Filemón Sagredo hijo, con su escopeta recortada al hombro y dijo:
— Felicién Apolón te manda recuerdos.
El dominicano no pudo piar ni esta boca es mía. Apenas marcó un paso de salve hacia las perchas. La descarga aplastó el grito de la mujer que en eso volvía de la trastienda. Pero me consta: antes de verle la careta a la muerte, Filemón tuvo un recuerdo largo y parido que enhebró en la misma aguja a su pai Filemón Sagredo el Viejo y al mentado Felicién Apolón.
Y no vayan a creer que aquello fue cuestión de cuartos. El difunto saldaba puntual como timbre de colegio católico. Ni cuartos ni hembras, no. Filemón era manisuelto como cualquier hijo de vecino pero no se llevaba nada más que a la que estuviera mal cuidá. El asunto era más viejo y más hondo que el hambre. Esta servidora podría contarles con lujo de detalles todo lo que sucedió hace tanticuantos años en Juana Méndez. Allí fui yo a tener —la curiosidad no se cura— el dichoso día de los hechos.
Fue durante la semana roja de no acordarse. El Benefactor había proclamado la muerte haitiana a todo lo largo del Masacre. La dominicanización de la frontera estaba en marcha. Todo dominicano que se dijera patriota y macho tenía que tumbarle la chola a alguno de esos mañeses culisucios y muertosdihambre que venían a disputarle el mangú a los auténticos hijos de Duarte.
El viernes por la noche ya no había en qué cargar los muertos. Dondequiera había carretas jartas de cadáveres y bandas de perseguidores borrachos azuzados por el olor a sangre de madamo.
Desde la oscuridad del cuarto, Felicién Apolón escuchaba los aullidos de sus compatriotas moribundos. Algunos habían nacido de este lado de la frontera, críos de haitiano emigrado con dominicana. Pero a la hora del golpe no se le preguntaba a nadie por su mai.
En la habitación vecina, Filemón Sagredo el Viejo no acababa de decidirse a denunciar al haitiano. Había ayudado al hijo a cruzar el río porque Paula se lo había pedido. Por ella solamente, por ser dominicana además de buena hembra, aunque se hubiera acuartelado con un maldito cocolo. Pero cuando Felicién pidió refugio, lo pensó dos veces para al fin murmurar un sí cagado de indecisión. El recuerdo de su padre muerto en Haití durante la ocupación yanqui era una espina en pleno galillo.
Lo habían ahorcado los cacos de Péralte, colgándolo del asta de una bandera gringa por espía y delator. Injustamente, por cierto. Lo confundieron con otro dominicano que se largo a Nueva York forrado de billetes y privando de listo. Esto para mí es bolero viejo. Yo alcancé a ver los pies de Filemón abuelo bailando su dernier carabiné en el aire haitiano. Y puedo jurar sobre la Constitución de la República que su postrer maldición fue para el madamo que asesinó a su padre durante la última invasión haitiana. En venganza del propio, claro está, atravesado por bayoneta dominicana en tiempos de Serapio Reinoso.
Filemón lo pensó tres veces antes de llamar a los verdugos que rondaban como hombres lobos. Porque sangre pesa más que agua. Y era de madrugada cuando chillaron los goznes de la puerta. Un brillo de armas filosas prendió el batey. A las seis de la mañana, Paula frotaba el piso con un cepillo para hacerle vomitar sangre de haitiano a las tablas sedientas.
Por eso, aquel día, Filemón Sagredo hijo, descendiente de tantos filemones matados y matones, estaba de cara al suelo en el Laundry Quisqueya de Río Piedras. El mayor de sus dos hijos, parado en el umbral de la puerta, miraba fijamente sobre las cabezas de los curiosos el cauce de la calle Arzuaga por donde se había escurrido, en un Chevrolet negro, el pasado de su padre. Al volante del mentado, Felicién Apolón hijo, seguía la pista de sangre pacientemente dibujada por tantos felicienes matones y matados.
Se anda pendiente por si volviera a llover. Para cualquier novedad pueden contar conmigo. Yo lo sé casimente todo. Siempre ando por ahí el día de los hechos.
Septiembre, agitador profesional de huracanes, avisa guerra llenando los mares de erizos y aguavivas. Un vientecito sospechoso hincha la guayabera que funge de vela en la improvisada embarcación. El cielo es una conga encojonada para bembé de potencias.
Cosa mala, ese mollerudo brazo de mar que lo separa del pursuit of happiness. Los tiburones son pellizco de ñoco al lado de otros señores peligros que por allí jumean. Pero se brega. Antenor lleva dos días en la monotonía de un oleaje prolongación de nubes. Desde que salió de Haití no ha avistado siquiera un botecito de pescadores. Es como jugar al descubridor teniendo sus dudas de que la tierra es legalmente redonda. En cualquier momento se le aparece a uno el consabido precipicio de los monstruos.
Atrás quedan los mangós podridos de la diarrea y el hambre, la gritería de los macoutes, el miedo y la sequía. Acá el mareo y la amenaza de la sed cuando se agote la minúscula provisión de agua. Con todo y eso, la triste aventura marina es crucero de placer a la luz del recuerdo de la isla.
Antenor se acomoda bajo el caldero hirviente del cielo. Entre el merengue del bote y el cansancio del cuerpo se hubiera podido quedar dormido como un pueblo si no llega a ser por los gritos del dominicano. No había que saber español para entender que aquel náufrago quería pon. Antenor lo ayudó a subir como mejor pudo. Al botecito le entró con tal violencia un espíritu burlón de esos que sobrevuelan el Caribe que por poco se quedan los dos a pie. Pero por fin lograron amansarlo.
— Gracias, hermanito, dijo el quisqueyano con el suspiro de alivio que conmovió a la vela.
El haitiano le pasó la cantimplora y tuvo que arrancársela casi para que no se fuera a beber toda el agua que quedaba, así, de sopetón. Tras largos intercambios de miradas, palabras mutuamente impermeables y gestos agotadores llegaron al alegre convencimiento de que Miami no podía estar muy lejos. Y cada cual contó, sin que el otro entendiera, lo que dejaba —que era poco— y lo que salía a buscar. Allí se dijo la jodienda de ser antillano, negro y pobre. Se contaron los muertos por docenas. Se repartieron maldiciones a militares, curas y civiles. Se estableció el internacionalismo del hambre y la solidaridad del sueño. Y cuando más embollados estaban Antenor y Diógenes —gracia neoclásica del dominicano— en su bilingüe ceremonia, repercutieron nuevos gritos bajo la bóveda entorunada del cielo.
El dúo alzó la vista hacia las olas y divisó la cabeza encrespada del cubano detrás del tradicional tronco de náufrago.
— Como si fuéramos pocos parió la abuela, dijo Diógenes, frunciendo el ceño. El haitiano entendió como si hubiera nacido más allá del Masacre. Otro pasajero, otra alma, otro estómago, para ser exactos.
Pero el cubano aulló con tanto gusto y con tan convincente timbre santiaguero que acabaron por facilitarle el abordaje de un caribeñísimo ¡Que se joda! ante la rumba que emprendió en el acto el bote.
No obstante la urgencia de la situación, el cubano tuvo la prudencia de preguntar:
— ¿Van pa Miami, tú?
antes de agarrar la mano indecisa del dominicano.
Volvió a encampanarse la discusión. Diógenes y Carmelo —tal era el nombre de pila del inquieto santiaguero— montaron tremendo perico. Antenor intervenía con un ocasional Mais oui o un C‘est ça asaz timiducho cada vez que el furor del tono lo requería. Pero no le estaba gustando ni un poquito el monopolio cervantino en una embarcación que, destinada o no al exilio, navegaba después de todo bajo bandera haitiana.
Contrapunteado por Diógenes y respaldado por un discreto maraqueo haitiano, Carmelo contó las desventuras que lo habían alejado de las orientales playas de la Antilla Mayor.
— Óyeme, viejo, aquello era trabajo va y trabajo viene día y noche...
— Oh, pero en Santo Domingo ni trabajo había...
— Pica caña y caña pica de sol a sol, tú…
— Qué vaina, hombre. En mi país traen a los dichosos madamos pa que la piquen y a nosotros que nos coma un caballo...
El haitiano se estremeció ligeramente al roce de la palabra madamo, reservada a los suyos y pronunciada con velocidad supersónica por el quisqueyano. No dijo nada para no hacerle más cosquillas al bote, ya bastante engreído por la picadura del agua.
— Chico, ya tú ves que donde quiera se cuecen frijoles, dijo el cubano, iniciando la búsqueda de comestibles con su imprudente alusión.
Antenor tenía, en una caja de zapatos heredada de un zafacón de ricos, un poco de casabe, dos o tres mazorcas de maíz reseco, un saquito de tabaco y una canequita de ron, víveres que había reunido para el viaje con suma dificultad. Había tomado la precaución de sentarse sobre ella por aquello de que caridad contra caridad no es caridad. Pero el cubano tenía un olfato altamente desarrollado por el tráfico del mercado negro, que era su especialidad allá en Santiago, y:
— Levanta el corcho, prieto, dijo sin preámbulos, clavándole el ojo a la caja de zapatos como si fuera la mismísima Arca de la Alianza.
Antenor fingió no enterarse, aunque las intenciones del Carmelo eran claramente políglotas.
— Alza el cagadero, madamo, que te jiede a ron y a tabaco, tradujo Diógenes, olvidando súbitamente los votos de ayuda mutua contraídos, antes de la llegada del cubano, con su otra mitad insular.
Antenorrecord de analfabetismo mundial que nadie le disputaba a su país, pensó, asumiendo la actitud más despistada posible ante los reclamos de sus hermanos antillanos.
Al fin, impacientes e indignados por la resistencia pasiva de Antenor, le administraron tremendo empujón que por poco lo manda de excursión submarina fuera de su propio bote. Y se precipitaron sobre la cajita como si talmente fuera el mentado Cuerno de la Abundancia.
Almorzados el casabe y las mazorcas, los compinches reanudaron su análisis socioeconómico comparado de las naciones caribeñas. Carmelo mascaba tabaco y Diógenes empinaba el codo con la contentura del que liga los encantos de la Estatua de la Libertad bajo la desgastada túnica.
- Yo pienso meterme en negocios allá en Miami, dijo Carmelo. Tengo un primo que, de chulo humilde que era al principio, ya tiene su propio... club de citas, vaya...
Ese es país de progreso, mi hermano, asintió el dominicano con un latigazo de tufo a la cara del haitiano.
Antenor no había dicho ni esta boca es mía desde que lo habían condenado a solitaria. Pero sus ojos eran dos muñecas negras atravesadas por inmensos alfileres.
— Allá en Cuba, prosiguió Carmelo, los clubes de citas están prohibidos, chico. No hay quien viva con tantas limitaciones.
— Pues allá en la República hay tantas putas que hasta las exportarnos, ripostó Diógenes con una carcajada tan explosiva que espantó a un tiburón lucido de espoleta a la sombra del bote.
— Tout Dominikenn se pit, masculló Antenor desde su pequeño Fuerte Allen. Con la suerte de que Diógenes no le prestó oreja, habitado como estaba por preocupaciones mayores.
— El problema, profundizó Carmelo, es que en Cuba las mujeres se creen iguales a los hombres y, vaya, no quieren dedicarse...
— Oh, pero eso será ahora porque antes las cubanas se las traían de a verdá, dijo su compañero, evocando los cotizados traseros cubanos de fama internacional.
A Carmelo no le había gustado nada la nostálgica alusión a la era batistiana y ya le estaba cargando el lomo la conversación del quisqueyano. Así es que le soltó de buenas a primeras:
— ¿Y qué? ¿Cómo está Santo Domingo después del temporal? Dicen los que saben que no se nota la diferencia...
Y acompañó el dudoso chiste con la carcajada que se oyó en Guantánamo.
El dominicano se puso jincho, lo cual era difícil, pero prefirió contener su cólera al fijarse en los impresionantes bíceps del pasajero cubano, que atribuyó al fatídico corte de caña.
Para disimular, buscó la cantimplora. El mar estaba jumo perdido y el bote se remeneaba más que caderas de mambó en servicio a Dambalá. La cantimplora rodó, cayendo a los inoportunos pies de Antenor. El dominicano se la disputó. Antenor forcejeó. El cubano seguía la pelea sonreído, con cierta condescendencia de adulto ante bronca de niños.
En eso, empezó a lloviznar. Entre el viento, el oleaje y el salpafuera antillano que se formó en aquel maldito bote, el tiburón recobró las esperanzas: Miami estaba más lejos que China.
El haitiano lanzó la cantimplora al agua. Mejor morir que saciarle la sed a un sarnoso dominicano. Diógenes se paró de casco, boquiabierto. Pa que se acuerde que los invadimos tres veces, pensó Antenor, enseñándole los dientes a su paisano.
— Trujillo tenía razón, mugía el quisqueyano, fajando como un toro bravo en dirección a la barriga haitiana.
El bote parecía un carrito loco de fiesta patronal. Carmelo salió por fin de su indiferencia para advertir:
— Dejen eso, caballero, ta bueno ya, que nos vamos a pique, coño...
Y a pique se fueron, tal y como lo hubiera profetizado el futuro hombre de negocios miamense. A pique y lloviendo, con truenos y viento de música de fondo y el sano entusiasmo de los tiburones.
Pero en el preciso instante en que los heroicos emigrantes estaban a punto de sucumbir a los peligros del Triángulo de Bermudas oyóse un silbato sordo, ronco y profundo cual cántico de cura en réquiem de político y:
— ¡Un barco!, gritó Carmelo, agitando la mano como macana de sádico fuera del agua.
Las tres voces náufragas se unieron en un largo, agudo y optimista alarido de auxilio.
Al cabo de un rato —y no me pregunten cómo carajo se zapatearon a los tiburones porque fue sin duda un milagro conjunto de la Altagracia, la Caridad del Cobre y las Siete Potencias Africanas— los habían rescatado y yacían, cansados pero satisfechos, en la cubierta del barco. Americano, por cierto.
El capitán, ario y apolíneo lobo de mar de sonrojadas mejillas, áureos cabellos y azulísimos ojos, se asomó para una rápida verificación de catástrofe y dijo:
— Get those niggers down there and let the spiks take care of ‘em. Palabras que los incultos héroes no entendieron tan bien como nuestros bilingües lectores. Y tras de las cuales, los antillanos fueron cargados sin ternura hasta la cala del barco donde, entre cajas de madera y baúles mohosos, compartieron su primera mirada post naufragio: mixta de alivio y de susto sofrita en esperanzas ligeramente sancochadas.
Minutos después, el dominicano y el cubano tuvieron la grata experiencia de escuchar su lengua materna, algo maltratada pero siempre reconocible, cosa que hasta el haitiano celebró pues le parecía haberla estado oyendo desde su más tierna infancia y empezaba a sospechar que la oiría durante el resto de su vida. Ya iban repechando jalda arriba las comisuras de los salados labios del trío, cuando el puertorriqueño gruñó en la penumbra:
— Aquí si quieren comer tienen que meter mano y duro. Estos gringos no le dan na gratis ni a su mai.
Y sacó un brazo negro por entre las cajas para pasarles la ropa seca.
I. Celebraciones
Recuerdo exactamente el día, el mes, el año. Fue la tercera noche de agosto y nuestro décimo aniversario de bodas. Habíamos cenado fuera, alzado copas, renovado votos eternos. Por fin, tirados en la cama, con la luna mirona asomada a la ventana, tocó la hora de la intimidad.
Mi marido, que no es hombre de prólogos, se volteó hacia mí. Su pierna derecha cruzó por encima de mis muslos, su brazo izquierdo preparó el impulso y su cuerpo, todavía esbelto y musculoso a los cuarenta, quedó eficazmente tendido sobre el mío. Con la destreza que da la costumbre, buscó y encontró. Yo, como siempre, resistí justo lo suficiente antes de abrirle paso.
De repente, sin previo aviso ni razón evidente, una presión insoportable me aplanó sobre la sábana. Se hundió el colchón. Chillaron los resortes. Flaquearon las patas de la cama. Para contrarrestar aquella fuerza incontenible venida de arriba, contraje el vientre y traté en vano de arquear la cintura. Mis costillas crujieron. Una punzada aguda me atravesó la espalda.
Quise hablar, gritar, aullar, pero la voz no respondía. Atento sólo al gusto, él seguía empujando. Apenas alcancé a arañarle el cuello con la poca energía que me quedaba. El contacto de mis uñas aumentó su excitación, y su peso se volvió aún más aplastante.
Mis huesos estaban a punto de ceder, mis pulmones a punto de estallar. Con la vista nublada, alcé la cabeza buscando el aire ralo que entraba por la ventana.
Entonces fue que lo vi. Su melena flameaba como una antorcha negra. La luna le plateaba los dientes y le encandilaba la mirada. Oí el resoplar de narices, el chasquido de cascos sobre las piedras. Desear montarlo y encontrarme en su lomo fueron un solo movimiento.
Levantó las patas delanteras. Soltó un relincho resonante. Y nos largamos juntos por un sendero ancho, oloroso a tierra mojada.
Desde aquella noche sofocante de agosto han pasado ya diez años.
Hoy, otra vez, cenaremos fuera, alzaremos copas, renovaremos votos eternos.
Me visto, me peino, me perfumo. Me estudio en el espejo y apruebo el resultado. La voz de mi marido sube impaciente. Camino hacia la puerta. Echo un último vistazo.
Hay un detalle que no puedo olvidar. Tengo que abrir de par en par esa ventana.
II. El experimento
Estabas imposible. No tenías otro tema. Sería —repetías muy serio— el “test definitivo” de nuestra relación, el riesgo calculado que definiría, de una vez por todas, nuestro “espacio erótico”.
Yo te escuchaba en silencio con mi mejor cara de circunstancia. Siempre has tenido —para qué negarlo— una labia de barricada. Invocaste la gesta subversiva de nuestra generación. Denunciaste mi patética conversión en ama de casa. Llamaste al trastoque radical de las mentalidades. ¡Hay que desestabilizar la ecuación matrimonial! ¡La Revolución comienza en la cama!
Cuando me aburrí de los eslogans, me puse en piloto automático. Produje mi sonrisa de emergencia, entre divertida y resignada. Lo que me decidió, pensándolo bien, no fue la sobredosis de argumentos. Fue más bien —perdonando la franqueza brutal— el cansancio.
Y así fue como nos dio por apostarlo todo al trío aquella tarde. No fue muy fácil que digamos pasar de la teoría a la praxis.
¿Te acuerdas que estuvimos mirándonos por horas como tres idiotas sin que ninguno se atreviera a dar el primer paso? El vino no ayudó. Tampoco los chistes sucios. Para romper el hielo, hasta desempolvaste aquellos viejos vídeos triple equis que acabaron de quitarnos las ganas.
Jamás me cansaré de repetir que lo que pasó después no fue culpa de nadie. Aunque fuera tuya la idea de tirar los dados para resolver el tranque, si la memoria no me falla. ¿Quién hubiera podido predecir que sacaríamos, ella y yo, el mismo número? ¿Cómo íbamos a saber que nos tocaría sacrificarnos juntas en nombre de la Ciencia y de la Patria?
Pobrecito, te veías tan triste esperando solito al pie de la cama…
III. Día de cobro
Los fines de semana siempre salen. Por eso anuncio que voy viernes y me presento jueves. Se pasman.
Ésta no. Abrió la puerta y la sonrisa. Dientes blancos. Ojos verdes. Piel tostada. Descalza. El kimono negro le iba dibujando y borrando las caderas. Difícil ser profesional, bajo las circunstancias.
Sala ancha. Plafón alto. Ventanales nublados de salitre. Piso de cedro encerado y brisa marisquera soplando. Me mostró un sofá de felpa blanca. Las dos hojas del kimono se apartaron. Imposible controlar el subibaja de la vista. Piernas infinitas, pies de miniatura, uñas pintadas.
—¿Puedo ofrecerle algo?
Ya lo creo, pensé.
—No se moleste —dije.
Se fue a buscarme el trago con el kimono abanicándole los muslos.
—¿Le gusta el kir? —dijo y me tendió la copa.
Alcé las cejas y chocamos cristal. Empiné tan de golpe que me mojé la barbilla. Ella tomaba sorbitos elegantes y me calaba a través de las pestañas.
Solté la copa sin poder disimular el temblor de la mano.
—¿Le sirvo otro?
El segundo kir me desenredó la lengua:
—Y qué, ¿consiguió la plata?
—¿La quiere ahora?
No era eso lo que preguntaba su sonrisa complaciente. Ni su voz, tan baja.
Habitación minúscula. Apenas cabían la mesita de noche y la cama de una plaza. Imposible imaginar que hubiera podido compartirla con el gordo. La llama de la vela temblaba en el cristal del
retrato. Ella, una virgencita de traje blanco y corona. Él, una salchicha enorme en etiqueta alquilada.
El kimono se tendió en el piso como un gato persa. Me arranqué el pantalón y la camisa. Se acostó boca abajo en la cama. Mi lengua fue abriéndose camino desde los piececitos de geisha hasta el nacimiento abrupto de las nalgas. Respiraba corto y se movía, pero no se quejaba. Seguí escalándole la espalda. Grupa de yegua. Cuello de bailarina. Se lo mordí con gusto y escondió la boca en la sábana.
Estaba estrecha como una primeriza. Duré lo que pude, que no fue tanto. Al final, me miró de reojo y me enseñó esos dientes deslumbrantes.
Después, me dio café y un sobre bastante abultado. Me pareció de mal gusto abrirlo frente a ella. Nos acercamos a la puerta. En los labios llevaba pintada la pregunta de todas. Y, como siempre, tuve que mentir:
—Una sola bala, créame. Su esposo no sufrió.
—Qué lástima.
Acarició la perilla con las uñas. Salí como un sonámbulo.
Cuando caí en cuenta, por poco me estrello contra un poste eléctrico. Di un reversazo loco en una curva y me tragué la carretera de regreso.
El ascensor estaba detenido en el sótano. Subí, casi sin aire, por la escalera de servicio. Tiré toda mi fuerza contra la puerta y me fui de boca hasta el sofá de felpa blanca.
Llegué al cuarto con el corazón en la garganta. En la mesita de noche, la vela gastada. Ni huella del retrato de boda. Sobre la cama, el kimono abrazado a la almohada.
En la sala, vacié el sobre y lo arrugué en el puño. La brisa del Atlántico regó por todas partes las hojas de periódico recortadas al tamaño de billetes.
Me preparé un kir y me lo di de pie. A la salud del difunto.
Las luces de la ciudad me hicieron guiños por la ventana.
Cada tanto, regreso. La puerta sigue abierta y el piso cubierto de hojitas voladoras. Del bar me voy al cuarto, que todavía huele a cera quemada. Recuesto la cara en la almohada. El kir me pesa en los ojos. La seda negra del kimono me refresca la frente.
Carmen Lugo es una narradora puertorriqueña. Coincide con Ana Lydia Vega en generación, profesión (profesoras universitarias) y visión del mundo, y más concretamente, en la visión irónica de la sociedad de su Puerto Rico natal. Su obra es un testimonio crítico de diversos aspectos de la vida social puertorriqueña, enfocados desde un punto de vista femenino, en la que se nos presenta los diversos problemas de la situación puertorriqueña: relaciones entre los sexos, dominadas por actitudes machistas y donde la mujer es vista como dócil objeto de placer por el hombre, la asimilación de una cultura diferente a la suya al amparo del sistema colonial, ...
Este cuento pertenece a la colección "Vírgenes y mártires", una colección escrita en colaboración con Ana Lydia. En dicha colección se recogen seis cuentos de Ana Lydia, seis cuentos de Carmen y éste, que fue escrito entre las dos.
sorpresas te da la vida...
RUBÉN BLADES
En la de Diego fiebra la fiesta patronal de nalgas. Rotundas en sus pantis súper-look, imponentes en perfil de falda tubo, insurgentes bajo el fascismo de la faja, abismales, olímpicas, nucleares, surcan las aceras riopedrenses como invencibles aeronaves nacionales.
Entre el culipandeo, más intenso que un arrebato colombiano, más perseverante que Somoza, el Tipo rastrea a la Tipa. Fiel como una procesión de Semana Santa con su rosario de qué buena estás, mamichulin, qué bien te ves, qué ricos te quedan esos pantaloncitos, qué chula está esa hembrota, men, qué canto e silán, tanta carne y yo comiendo hueso...
La verdad es que la Tipa está buena. Se le transparenta el brassiere. Se le marca el Triángulo de las Bermudas a cada temblequeo de taco fino. Pero la verdad es también que el Tipo transaría hasta por un palo de mapo disfrazado de pelotero.
Adióssss preciossssa, se desinfla el Tipo en sensuales sibilancias, arrimando peligrosamente el hocico a los technicolores rizos de la perseguida. La cual acelera automática y, con un remeneo de nalgas en high, pone momentáneamente a salvo su virtud.
Pero el salsero solitario vuelve al pernil, soneando sin tregua: qué chasis, negra, qué masetera estás, qué materia prima, qué tronco e jeva, qué zocos, mama, quién fuera lluvia pa caelte encima.
Dos días bíblicos dura el asedio. Dos días de cabecidura persecución y encocorante cantaleta. Dos luengos días de qué chulería, trigueña, si te mango te hago leña, qué bestia esa hembra, sea mi vida, por ti soy capaz hasta de trabajal, pa quién te estarás guardando en nevera, abusadora.
Al tercer día, frente por frente a Almacenes Pitusa y al toque de sofrito de mediodía, la víctima coge impulso, gira espectacular sobre sus precarios tacones y: encestaaaaaaaaaa:
—¿Vamos?
El jinete, desmontado por su montura da una vuelta de carnero emocional. Pero, dispuesto a todo por salvar la virilidad patria, cae de pie al instante y dispara, traicionado por la gramática:
—Mande.
La Tipa encabeza ahora solemnemente la parada. En el parking de la Plaza del Mercado janguea un Ford Torino rojo metálico del ’69. Se montan. Arrancan. La radío aulla un bolero senil. La Tipa guía con una mano en el volante y otra en la ventana, con un airecito de no querer la cosa. El Tipo se pone a desear violentamente un apartamento de soltero con vista al mar, especie de discoteca-matadero donde procesar ese material prime que le llueve a uno como cupón gratuito de la vida. Pero el desempleo no ceba sueños y el Tipo se flagela por dentro con que si lo llego a saber a tiempo le allano elcuarto a Papo Quisqueya, pana de Ultramona, bródel de billar, cuate de jumas y jevas, perico de altas notas. Dita sea, concluye fatal. Y esgrimiendo su rictus más telenovel, trata de soltar con naturalidad:
—Coge pa Piñones.
Pero agarrando la carretera de Caguas como si fuera un dorado muslo de Kentucky-fried chicken, la Tipa se apunta otro canasto tácito.
La entrada al motel yace oculta en la maleza. Ambiente de guerrilla. El Torino se desliza vaselinoso por el caminito estrecho. El empleado saluda de lejitos, mira coolmente hacia adelante cual engringolado equino. El carro se amocola en el garage. Baja la Tipa. El Tipo trata de abrir la puerta del carro sin levantar el seguro, hercúlea empresa. Por fin aterriza en nombre del Homo sapiens.
La llave está clavada en la cerradura. Entran. Ella enciende la luz. Neón inmisericorde, delator de barros y espinillas. El Tipo se trinca de golpe ante la mano negra y abierta del empleado protuberando ventanilla adentro. Se acuerda del vacío interplanetario de su billetera. Minuto secular y agónico al cabo del cual la Tipa deposita cinco pesos en la mano negra que se cierra como ostra ofendida y desaparece, volviendo a reaparecer de inmediato. Voz roncona tipo Godfather:
—Son siete. Faltan dos.
La Tipa suspira, rebusca en la cartera, saca lipstick, compacto, cepillo, máscara, kleenex, base, sombra, bolígrafo, perfume, panti bikini de encaje negro, Tampax, desodorante, cepillo de dientes, fotonovela y dos pesos que echa como par de huesos a la mano insaciable. El Tipo siente la obligación histórico-social de comentar:
—La calle ta dura, ¿ah?
Desde el baño llega la catarata de la pluma abierta. El cuarto tiene cara de clóset. Pero espejos por todas partes. Cama de media plaza. Sábanas limpias aunque sufridas. Cero almohada. Bombilla roja sobre cabecera. El Tipo como que se friquea pensando en la cantidad de gente que habrá sonrojado esa bombilla chillona, toda la bellaquería nacional que habrá desembocado allí, los cuadrazos que se habrá gufeado ese espejo, todos los brincoteos que habrá aguantado esa cama. El Tipo parquea el cráneo en la Plaza de la Convalecencia, bien nombrada por las huestes de enfermitos que allí hallan su cura cotidiana, oh, Plaza de la Convalecencia donde el espaceo de los panas se hace rito tribal. Ahora le toca a él y lo que va a espepitar no es campaña electoral. Se cuadra frente al grupo, pasea, va y viene, sube y baja en su montura épica: La Tipa estaba más dura que el corazón de un mafioso, mano. Yo no hice más que mirarla y se me volvió merengue allí mismo. Me la llevé pa un motel, men, ahora le tumban a uno siete cocos por un polvillo.
La Tipa sale del baño. Con un guille de diosa bastante merecido. Esnuíta. Tremenda india. La Chacón era chumba, bródel.
—¿Y tú no te piensas quitar la ropa? —truena Guabancex desde las alturas precolombinas del Yunque.
El Tipo pone manos a la obra. Cae la camiseta. Cae la correa. Cae el pantalón. La Tipa se recuesta para ligarte mejor. Cae por fin el calzoncillo con el peso metálico de un cinturón de castidad. Teledirigido desde la cama, un proyectil clausura el strip-tease. El Tipo lo cachea en el aire. Es —oh, pudor— un condescendiente condón. Y de los indesechables.
En el baño saturado de King Pine, el macho cabrío se faja con la naturaleza. Quiere entrar en todo su esplendor bélico. Cerebros retroactivos no ayudan. Peles a través de puerta entreabierta: nada. Pantis negros de maestra de estudios sociales: nada. Gringa soleándose tetas Family Size en azotea: nada. Pareja sobándose de A a Z en la última fila del cine Paradise: nada. Estampida de mujeres rozadas en calles, deseadas, desfloradas a cráneo limpio; repaso de revistas Luz, Pimienta embotelladas; incomparables páginas del medio de Playboy, rewind, replay; viejas frases de guerra caliente: crucifícame, negrito, destruyeme, papi, hazme papilla, papóte. Pero: nada. No hay brujo que levante ese muerto.
La Tipa llama. Clark Kent busca en vano la salida de emergencia. Su traje de Supermán está en el laundry.
En una humareda de Marlboro, la Tipa reza sus últimas oraciones. La suerte está como quien dice echada y ella embullada en el despojo sin igual de la vida. Desde la boda de Héctor con aquella blanquita comemierda del Condado, el himen pesa como un crimen. Siete años a la merced de un dentista mamito. Siete años de rellenar caries y raspar sarro. Siete años de contemplar gargantas espatarradas, de respirar alientos de pozo séptico a cambio de una guiñada, un piropo mongo, un roce de mariposa, una esperanza yerta. Pero hoy estalla el convento. Hoy cogen el vuelo de tomateros los votos de castidad. La Tipa cambia el canal y sintoniza al Tipo que el destino le ha vendido en baratillo: tapón, regordete, afro de peineta erecta, T-shirt rojo pava y mahones ultimátum. La verdad es que años luz de sus más platinados sueños de asistente dental. Pero la verdad es también que el momento histórico está ahí, tumbándole la puerta como un marido borracho, que se le está haciendo tarde y ya la guagua pasó, que entre Vietnam y la emigración queda el racionamiento, que la estadidad es para los pobres, que si no yoguea engorda y que después de todo el arma importa menos que la detonación. Así es que: todo está científicamente programado. Hasta el transistor que ahogará sus gritos vestales. Y tras un debut en sociedad sin lentejuelas ni canutillos, el velo impenetrable del anonimato habrá de tragarse por siempre el portátil parejo de emergencia.
De pronto, óyese un grito desgarrador. La Tipa embala hacia el baño. El tipo cabalga de medio ganchete sobre el bidet, más jincho que un gringo en febrero. Al verla cae al suelo, epilépticamente contorsionado y gimiendo como ánima en pena. Pataleos, contracciones, etcétera. Pugilato progresivo de la Tipa ante la posibilidad cada vez más posible de haberse enredado con un tecato, con un drogo irredento. Cuando los gemidos se vuelven casi estertores, la Tipa pregunta prudentemente si debe llamar al empleado. Como por arte de magia cesan las lamentaciones. El tipo se endereza, arrullándose materno los chichos adoloridos.
—Estoy malo del estómago —dice con mirada de perrito sarnoso a encargado de la perrera.
Al hacer la introducción de la entrada de ayer me di cuenta de que aún no había puesto nada de Ana Lydia Vega.
Ana Lydia es cuentista y ensayista puertorriqueña. En su obra da voz a aspectos de la sociedad puertorriqueña que habían sido ignorados por la literatura anterior a la "generación del setenta": la homosexualidad, el significado de ser negro, la mujer, las drogas, ... Pero el rasgo principal de sus textos (como el del resto de autores de su generación) es la actitud irreverente hacia la realidad y la tradición literaria puertorriqueña. El resultado final es una obra resueltamente irónica.
El cuento pertenece al libro "Vírgenes y martires" que escribió con la también cuentista Carmen Lugo Filippi. Está en versión original, es decir, en espanglish.
est rarement bien assis
-Albert Memmi
San Juan is wonderful, corroboró el jefe con benévola inflexión, reprimiendo ferozmente el deseo de añadir: I wonder why you Spiks (1) don't stay home and enjoy it.
Todo lo cual nos pone en el aprieto de contarles el surprise return de Suzie Bermiúdez a su native land tras diez años de luchas incesantes.
Lo que la decidió fue el breathtaking poster de Fomento que vio en la travel agency del lobby de su building. El breathtaking poster mentado representaba una pareja de beautiful people holding hands en el funicular del Hotel Conquistador. Los beautiful people se veían tan deliriously happy y el mar tan strikingly blue y la puesta de sol -no olvidemos la puesta de sol a la Winston-tastes-good-, la puesta de sol tan shocking pink en la distancia que Susie Bermiúdez, a pesar de que no pasaba por el Barrio a pie ni bajo amenaza de ejecución por la Mafia, a pesar de que prefería mil veces perder un fabulous job antes que poner Puerto Rican en las applications de trabajo y morir de hambre por no coger el Welfare o los food stamps como todos esos lazy, dirty, no-good bums que eran sus compatriotas, Suzie Bermiúdez, repito, sacó todos sus ahorros de secretaria de housing project de negros -que no eran mejores que los New York Puerto Ricans pero por lo menos no eran New York Puerto Ricans- y abordó un 747 en raudo y uninterrupted flight hasta San Juan.
Al llegar, se sintió all of a sudden como un frankfurter girando dócilmente en un horno de cristal. Le faltó aire y tuvo que desperately hold on a la imagen del breathtaking poster para no echar a correr hacia el avión. La visión de aquella vociferante crowd disfrazada de colores aullantes y coronada por kilómetros de hair rollers la obligó a preguntarse si no era preferible coger un bus o algo por el estilo y refugiarse en los loving arms de su Grandma en el countryside de Lares. Pero on second thought se dijo que ya había hecho reservations en el Conquistador y que Grandma bastante bitchy que había sido after all con ella y Mother diez años ago.
Por eso Dad nunca había querido -además de que Grandma no podía verlo ni en pintura porque tenía el pelo kinky- casarse con Mother, por no cargar con la cruz de Grandma, siempre enferma con headaches y espasmos y athlete's foot y rheumatic fever y golondrinos all over y mil other dolamas. Por eso fue también que Mother se había llevado a Suzie para New York y thank God, porque de haberse quedado en Lares11, la pobre Mother se hubiera muerto antes de lo que se murió allá en el Bronx y de algo seguramente worse.
Suzie Bermiúdez se montó en el station-wagon del Hotel Conquistador que estaba cundido de full-blood, flower-shirted, Bermuda-Shorted Continentals con Polaroid cameras colgando del cueIlo. Y -sería porque el station-wagon era air-conditioned- se sintió como si estuviera bailando un foxtrot en la azotea del Empire State Building.
Pensó con cierto amusement en lo que hubiese sido de ella si a Mother no se le ocurre la brilliant idea de emigrar. Se hubiera casado con algún drunken bastard de billar, de esos que nacen con la caneca incrustada en la mano y encierran a la fat ugly housewife en la casa con diez screaming kids entre los cellulitic muslos mientras ellos hacen pretty-body y le aplanan la calle a cualquier shameless bitch. No, thanks. Cuando Suzie Bermiúdez se casara porque maybe se casaría para pagar menos income tax -sería con un straight All American, Republican, church-going, Wall-Street businessman, como su jefe Mister Bumper porque ésos sí que son good husbands y tratan a sus mujeres como real ladies criadas con el manual de Amy Vanderbilt y todo.
Por el camino observó nevertheless la transformación de Puerto Rico. Le pareció very encouraging aquella proliferación de urbanizaciones, fábricas, condominios, carreteras y shopping centers. Y todavía esos filthy, no-good Communist terrorists se atrevían a hablar de independencia. A ella sí que no le iban hacer swallow esa crap.
Con lo atrasada y underdeveloped que ella había dejado esa isla diez años ago.
Aprender a hablar good English, a recoger el trash que tiraban como savages en las calles y a comportarse como decent people era lo que tenían que hacer y dejarse de tanto fuss.
El Conquistador se le apareció como un castillo de los Middle Ages surgido de las olas. Era just what she had always dreamed about. Su intempestivo one-week leave comenzó a cobrar sentido ante esa ravishing view. Tan pronto hizo todos los arrangements de rigor, Suzie se precipitó hacia su de luxe suite para ponerse el sexy polkadot bikini que habla comprado en Gimbers especialmente para esta fantastic occasion. Se pasó un peine por los cabellos teñidos de Wild Auburn y desrizados con Curl-free, se pintó las labios de Bicentennial Red para acentuar la blancura de los dientes y se frotó una gota de Evening in the South Seas detrás de cada oreja.
Minutos después, sufrió su primer down cuando le informaron que el funicular estaba out of order. Tendría que substituir la white-sanded, palm-lined beach por el pentagonal swimming pool, abortando así su exciting sueño del breathtaking poster.
Mas
-Such is life
se dijo Suzie y alquiló una chaise-longue a orillas del pentagonal swimming pool just beside the bar. El mozo le sirvió al instante un typical drink llamado piña colada que la sorprendió very positively. Ella pertenecía a la generación del maví y el guarapo que no eran precisamente what she would call sus typical drinks favoritos.
Alrededor del pentagonal swimming pool abundaba, por sobre los full-blood Americans, la fauna local. Un altoparlante difundía meliflua Music from the Tropics, cantada por un crooner de quivering voice y disgusting goleta English, mientras los atléticos Latin specimens modelaban sus biceps en el trampolín. Suzie Bermiúdez buscó en vano un rostro pecoso, un rubicundo crew-cut hacia el cual dirigir sus batientes eyelashes. Unfortunately, el grupo era predominantly senil, compuesto de Middle-class, Suburban Americans estrenando su primer cheque del Social Security.
-Ujté ej pueltorriqueña, ¿noveldá?
preguntó un awful hombrecito de no más de three feet de alto, emborujado como un guineo niño en un imitation Pierre Cardin mini-suit.
-Sorry
murmuró Suzie con magna indiferencia. Y poniéndose los sunglasses, abrió el bestseller de turno en la página exacta en que el negro haitiano hipnotizaba a su víctima blanca para efectuar unos primitive Voodoo rites sobre su naked body.
Tres piñas coladas later y post violación de la protagonista del best-seller, Suzie no tuvo más remedio que comenzar a inspeccionar los native specimens con el rabo del ojo. Y -sería seguramente porque el poolside no era air-conditioned- fue así que nuestra heroína realized que los looks del bartender calentaban más que el sol de las three o'clock sobre un techo de zinc.
Cada vez que los turgent breasts de Suzie amenazaban con brotar como dos toronjas maduras del bikini-bra, al hombre se le querían salir los eyeballs de la cara. Hubo como un subtle espadeo de looks antes de que la tímida y ladylike New York housing project secretary se atreviese a posar la vista en los hairs del tarzánico pecho. In the meantime, los ojos del bartender descendían one-way elevators hacia parajes más fértiles y frondosos. Y Suzie Bermiúdez sintió que la empujaban fatalmente, a la hora del más febril rush, hacia un sudoroso, maloliente y alborotoso streetcar named desire.
Tan confused quedó la blushing young lady tras este discovery que, recogiendo su Coppertone suntan oil, su beach towel y su terry-cloth bata, huyó desperately hacia el de luxe suite y se cobijó bajo los refreshing mauve bedsheets de su cama queen size.
Oh my God, murmuró, sonrojándose como una frozen strawberry al sentir que sus platinum-frosted fingernails buscaban, independientemente de su voluntad, el teléfono. Y con su mejor falsetto de executive secretary y la cabeza girándole como desbocado merry-go-round, dijo:
-This is Miss Bermiúdez, room 306. Could you give me the bar, please?
-May I help you?
inquirió una virile baritone voz con acento digno de Comisionado Residente en Washington.
Esa misma noche, el bartender confesó a sus buddies hangueadores de lobby que: La tipa del 306 no se sabe si es gringa o pueltorra, bródel. Pide room service en inglés legal pero, cuando la pongo a gozal, abre la boca a grital en boricua.
-Y ¿qué dice?
respondió cual coro de salsa su fan club de ávidos aspirantes a tumbagringas. Entonces el admirado mamitólogo narró como, en el preciso instante en que las platinum-frosted fingernails se incrustaban passionately en su afro, desde los skyscrapers inalcanzables de un intra-uterine orgasm, los half-opened lips de Suzie Bermiúdez producían el sonoro mugido ancestral de:
-¡VIVA PUELTO RICO LIBREEEEEEEEEEEEEEEE!
(1) Apelativo racista que se da en EE.UU. a los hispanos.
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Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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