Luigi Pirandello - "El hombre de la flor en la boca"
Posted by La mujer Quijote in pirandello, teatro
Hacia el final, cuando se indique, asomará dos veces la cabeza, desde la esquina, una sombra de mujer vestida de negro, con un viejo sombrero de plumas lloronas.
Se ven al fondo los árboles de una avenida. Lámparas eléctricas se divisan entre las hojas. A los lados, las últimas casas de una calle que empalma con la avenida. A la izquierda, un mísero café nocturno con veladores en la acera. Delante de la casa de la derecha, una bombilla encendida. En el ángulo de la última casa de la izquierda, que hace esquina con la avenida una farola también encendida. Es un poco después de medianoche. A intervalos, se oirá lejano el sonido tintineante de una mandolina.
Al levantarse el telón, EL HOMBRE DE LA FLOR EN LA BOCA sentado a uno de los veladores, observa largo rato en silencio al PARROQUIANO PACÍFICO, que, en el velador de al lado, está chupando con la paja un jarabe de menta.
EL HOMBRE DE LA FLOR EN LA BOCA: ¡Ah! Estaba por decirlo; usted es un hombre pacífico... ¿Ha perdido usted el tren?
EL PARROQUIANO PACÍFICO: Por un minuto, ¿sabe? Llego a la estación y me lo veo escapar delante.
HOMBRE: Podía usted haber corrido detrás.
PARROQUIANO: Claro. Es para reírse. Ya lo sé. Si no hubiera sido por el engorro de tantos paquetes, paquetitos y envoltorios... ¡Más cargado que un asno! Pero las mujeres... Empiezan a darle encargos y no acaban nunca. Créame usted: al apearme del coche, tardé tres minutos en colgarme de los dedos los lacitos de todos aquellos paquetes. Dos para cada dedo.
HOMBRE: ¡Debió de ser bonito! ¿Sabe lo que hubiera hecho yo? Dejármelos en el coche.
PARROQUIANO: ¡Ya, ya! ¿Y mi mujer? ¿Y mis hijas? ¿Y todas sus amigas?
HOMBRE: ¡Habrían puesto el grito en el cielo! Y yo me hubiera divertido la mar.
PARROQUIANO: ¡Usted no sabe lo que son las mujeres cuando están de veraneo!
HOMBRE: ¡Claro que lo sé! ¡Precisamente porque lo sé! (Pausa) Todas dicen que no van a necesitar nada.
PARROQUIANO: ¿Sólo eso? Son capaces de decir que van para hacer ahorros. Pero luego, apenas llegan al pueblecito de los alrededores, cuanto más feo, más sucio y más pobre sea, más prisa se dan a embellecerlo poniéndose sus más vistosos adornos. ¡Ah, las mujeres, caballero! Pero, después de todo, esa es su profesión... «¿Por qué no haces una escapadita a ciudad, querido? Es que yo necesitaría esto... o lo otro... Y, ya que vas, si no te molesta -vale un mundo ese «si no te molesta... » -Y ya, de paso, nada te cuesta...» - «Pero, hija mía, ¿cómo quieres que en tres horas haga todos esos encargos?» - «¡Vamos, calla! Cogiendo un coche...» Y lo peor es que, como vine sólo para tres horas, no me traje la llave de casa.
HOMBRE: ¡Esa es buena! ¿Y por eso...?
PARROQUIANO: Dejé aquella montaña de paquetes en la consigna de la estación; me fui a cenar a una fonda, y luego, para quitarme el mal humor, al teatro. Se asaba uno de calor. A la salida, me digo: «¿Qué hago?: es la una; a las cuatro cojo el primer tren. No vale la pena acostarse.» Y me vine aquí. Este café no cierra, ¿verdad?
HOMBRE: No cierra, no, señor. (Pausa) ¿Así que dejó usted todos aquellos paquetes en la estación?
PARROQUIANO: ¿No estarán seguros allí? Estaban todos bien atados...
HOMBRE: No, no. No lo digo por eso. (Pausa) Ya me imagino que estarán bien atados: con ese arte especial que ponen los jóvenes dependientes para envolver la mercancía vendida... (Pausa) ¡Qué manos! Un buen pliego, grande, de papel doblado, liso... que da gusto verlo; tan fino, que dan ganas de poner en él la cara para sentir su caricia... Lo extienden sobre el mostrador; luego, con garbo y desenvoltura, colocan encima, en medio, la tela, bien dobladita. Levantan primero, con el dorso de la mano, un borde; luego, encima, doblan el otro, y hacen todavía otra pequeña doblez, con gracia; una doblez más, por amor al arte; luego doblan a los lados, en forma de triángulo, y vuelven para abajo las dos puntas; alargan la mano a la cajita del bramante; de un tirón, desenrollan el trozo necesario, para atar el paquete; y lo atan tan de prisa, que ni siquiera ha tenido uno tiempo de admirar aquella habilidad, cuando le presentan el paquetito con la lazada dispuesta para colgarla de un dedo.
PARROQUIANO: Se ve que ha prestado usted mucha atención a los jóvenes dependientes.
HOMBRE: ¿Yo? Caballero: me he pasado jornadas enteras observándolos. Soy capaz de estarme una hora mirando una tienda a través del escaparate. Allí se me vida todo. Me parece ser... quisiera realmente ser aquella tela de seda... aquel bordado, aquella cinta roja azul celeste que los jóvenes de la mercería han medido con el metro, y luego... ¿ha visto cómo hacen?: la recogen formando un ocho alrededor del pulgar y el meñique de la mano izquierda, antes de envolverla. (Pausa) Miro al cliente o a la cliente que salen de la tienda con el paquete colgado de un dedo, o en la mano, bajo el brazo ... Los sigo con la mirada hasta que se pierden de vista... imaginándome... ¡ah! ¡cuántas cosas imagino! No puede usted hacerse una idea. (Pausa. Luego, taciturno, como hablando consigo mismo) Pero me sirve. Me sirve esto.
PARROQUIANO: ¿Le sirve? ¿El qué... ? Y perdone...
HOMBRE: Agarrarme así, con la imaginación... A la vida. Como una enredadera a los barrotes de una reja (Pausa) ¡Ah! No dar un momento de reposo a la imaginación: adherirse... adherirse con ella a la vida de los demás... pero no de la gente que conozco. No, no. ¡A esa no podría! Siento un fastidio, ¡si usted supiera! Verdadera náusea. ¡A la vida de los extraños, en torno a los cuales mi imaginación puede trabajar libremente; pero no a capricho, sino más bien teniendo en cuenta las menores apariencias descubiertas; en éste o en aquél! ¡Y si supiera usted cómo trabajo, y hasta dónde consigo penetrar! Veo la casa de éste o del otro; vivo en ella; me siento allí como en la mía, hasta percibir... ese aliento particular que tiene cada casa: la de usted, la mía. Pero en la nuestra... nosotros ya no lo notamos, porque es el mismo aliento de nuestra vida. ¿Me explico? ¡Ah! Veo que usted dice que sí...
PARROQUIANO: Sí, porque... Digo que debe ser un gran placer el que usted siente imaginando tantas cosas...
HOMBRE: (Con fastidio, después de haber pensado un poco) ¿Placer? ¿Yo?
PARROQUIANO: Claro... Me figuro...
HOMBRE: Dígame: ¿ha estado alguna vez en la consulta de algún buen médico?
PARROQUIANO: No. ¿Por qué? ¡Gozo de perfecta salud!
HOMBRE: ¡No se alarme! Se lo pregunto, por saber si ha visto usted alguna vez en casa de esos médicos famosos, la sala donde los clientes esperan su turno para ser examinados.
PARROQUIANO: ¡Ah, sí! Una vez tuve que acompañar a una hija mía que padecía de los nervios.
HOMBRE: Bien. No quiero enterarme. Digo, aquellas salas... (Pausa) ¿Se ha fijado en ellas? Divanes oscuros, anticuados... Aquellas sillas con tela acolchada, que a veces no hacen juego... aquellos silloncitos... Es mercancía comprada de ocasión, de segunda mano puesta allí para los clientes; no pertenecen a la casa. El señor doctor tiene para él, para las amigas de su mujer, un salón muy diferente: rico, hermoso. ¡Quién sabe cómo gritaría cualquier silla, cualquier butaquilla de aquel salón, si la trajeran a la sala de espera de clientes, donde bastan esos otros muebles... decentes, sobrios! Me gustaría saber si usted, cuando fue con su hija, observó atentamente los sillones y sillas donde estuvieron sentados, esperando.
PARROQUIANO: Pues... yo... la verdad, no...
HOMBRE: Claro. Porque no estaba enfermo. (Pausa) Pero, muchas veces, ni siquiera los enfermos se fijan, preocupados como están con su enfermedad. (Pausa) Y sin embargo... ¡cuántas veces están allí algunos mirándose el dedo que hace signos sin sentido sobre el brazo lustroso del sillón en donde están sentados! Están pensando y no ven. (Pausa.) Pero, al atravesar la sala, cuando se sale de la consulta, ¡qué efecto hace volver a ver la silla, en la cual estuvimos sentados poco antes, en espera de la sentencia sobre nuestra enfermedad, que todavía desconocíamos! ¡Encontrarla ocupada por otro cliente, que también está enfermo y no sabe de qué; o allí, vacía, impasible, esperando a que otro cliente venga a ocuparla...! (Pausa) Pero ¿qué decíamos? ¡Ah, ya! El placer de la imaginación... ¡Quién sabe por qué me habré acordado de pronto de una de esas sillas de la sala de casa del médico, donde los enfermos esperan la hora de la consulta!
PARROQUIANO: Ya... Verdaderamente...
HOMBRE: ¿No ve usted la relación? Ni yo tampoco. (Pausa) Pero es que ciertas asociaciones de imágenes lejanas entre sí, son tan particulares en cada uno de nosotros, y determinadas por razones y experiencias tan singulares... que no podríamos entendernos unos a otros, si, al hablar, no las suprimiéramos. Nada más ilógico, a veces, que esa analogía. (Pausa) Pero, mire usted: la relación, quizá pueda ser ésta: Sienten placer aquellas sillas, imaginándose quién será el cliente que viene a sentarse en ellas, en espera de consulta, qué enfermedad llevará dentro, adónde irá, qué hará después de la consulta? Ningún placer. Pues eso me pasa a mí: ¡ninguno! Las sillas están allí sólo para servir de asiento a tantos clientes como lleguen. Pues algo así es mi ocupación. Tan pronto me ocupo de una cosa como de otra. En este momento me ocupo de usted, y, créame, no experimento ningún placer por el tren que ha perdido, por la familia que le espera donde veranea, por todo el fastidio que puedo suponer en usted.
PARROQUIANO: ¡Y tanto! ¿Sabe?
HOMBRE: Dé usted gracias a Dios, si sólo es fastidio. (Pausa) Hay cosas peores, caballero. (Pausa) Yo le digo que necesito agarrarme con la imaginación a la vida de los demás; pero así, sin placer, sin interesarme siquiera... Más bien... para sentir un fastidio para juzgarla tonta y vana, la vida, de manera que a ninguno pueda importarle acabar. (Taciturno, con rabia) Y esto es fácil de demostrar, ¿sabe?, con pruebas y ejemplos continuos, en nosotros mismos, implacablemente. Porque, caballero, el deseo de vivir no sabemos de qué está hecho; pero..., ahí está, ahí está; lo sentimos todos aquí, como una angustia en la garganta; y no se satisface nunca; no puede satisfacer nunca, porque la vida, en el mismo acto en que la vivimos, es siempre tan voraz de sí misma, que no se deja saborear. El sabor está en el pasado que nos queda vivo dentro. El deseo de vivir nos viene de eso: de los recuerdos, que nos tienen atados. Pero, ¿atados a qué?: a esta tontería..., a este disgusto..., a tantas ilusiones estúpidas..., ocupaciones insulsas... Sí, sí. Esto que ahora, aquí, es una tontería; esto que ahora, aquí, es un aburrimiento; y llego hasta a decir: esto que ahora parece una desventura, una verdadera desventura... sí, señor..., a la distancia de cuatro, cinco, diez años, ¡quién sabe qué sabor adquirirá..., qué gusto tendrán las lágrimas de ahora! Y la vida, ¡Dios mío!, al solo pensamiento de perderla..., especialmente cuando se sabe que es cuestión de días... (En este momento por la esquina de la izquierda, asoma la cabeza, para espiar, la mujer vestida de negro) ¡Mire...! ¿Ve usted allí? Allí, en aquella esquina.... ¿ve usted aquella sombra de mujer? ¡Mire! ¡Ya se escondió!
PARROQUIANO: ¿Cómo? ¿Quién..., quién era?
HOMBRE: ¿No la ha visto? Se ha escondido.
PARROQUIANO: ¿Una mujer?
HOMBRE: Mi mujer, sí.
PARROQUIANO: ¡Ah! ¿Su señora?
HOMBRE: (Después de una pausa) Me vigila desde lejos. Iría a echarla de allí a patadas; pero sería inútil. Es como uno de esos perros perdidos, obstinados, que, cuanto más patadas se les da, más se nos pegan a los talones. (Pausa) Lo que esa mujer está sufriendo por mí..., usted no puede imaginárselo. Ya ni come, ni duerme. Viene siempre detrás de mí, día y noche, así, a distancia. Y..., si al menos se preocupara de cepillarse ese andrajo que lleva en la cabeza, ese vestido... Ya no parece una mujer; parece el trapo de limpiar. Se le han empolvado para siempre los cabellos, aquí, en las sienes; y apenas si tiene treinta y cuatro años. (Pausa) Me da una rabia, que no puede usted figurárselo. A veces la cojo por los hombros y le grito en la cara: «¡Estúpida!», zarandeándola. Se aguanta con todo. Se queda allí, mirándome, con unos ojos... Con unos ojos que, se lo juro, me hacen venir a los dedos un deseo salvaje de ahogarla. Nada. Espera a que me aleje para ponerse otra vez a seguirme a distancia. (La mujer se asoma de nuevo) ¡Mire! ¡Otra vez asoma la cabeza en la esquina!
PARROQUIANO: ¡Pobre señora!
HOMBRE: ¡Qué pobre señora! Ella querría, ¿comprende?, que yo me estuviera quieto en casa, tranquilo, acurrucado en medio de todos sus amorosos y apasionados cuidados; gozando del orden perfecto que reina en todas las habitaciones, de la lindeza de todos los muebles; de aquel silencio de espejo que había antes en mi casa, medido por el tictac del reloj de péndulo del comedor. ¡Eso querría ella! Ahora, yo le pregunto a usted, para hacerle comprender lo absurdo..., ¡qué digo, absurdo...! la macabra ferocidad de esa pretensión; le pregunto si cree posible que las casas de Avezzano, las casas de Messina, sabiendo que un terremoto iba a destrozarlas dentro de poco, habrían podido estarse allí tranquilamente, a la luz de la luna, ordenadas fila a lo largo de calles y plazas, obedientes al plano regulador de la comisión edilicia municipal. ¡Hasta las casas de piedras y vigas se habrían escapado! ¿Se imagina usted a los ciudadanos de Avezzano, a los de Messina, desnudándose tranquilamente para acostarse, doblando sus ropas, colocando los zapatos a la puerta de la habitación, tapándose bajo las mantas y gozando la suavidad de las sábanas bordadas, sabiendo que dentro de unas horas estarían todos muertos? ¿Le parece posible?
PARROQUIANO: Pero..., ¿acaso su señora...?
HOMBRE: ¡Déjeme hablar! Si la muerte, señor fuera como uno de esos insectos extraños, repugnantes, que a veces descubre uno encima de sí... Va usted por la calle; un transeúnte lo para de improviso, y, con cautela, con los dedos extendidos, le dice: «¿Me permite, caballero? Lleva usted la muerte encima.» Y, con aquellos dos dedos extendidos, la pilla y la arroja... ¡Sería magnífico! Pero la muerte no es como esos insectos repugnantes. ¡Cuántos que están paseándose, tan alegres y confiados, quizá la llevan encima! Nadie la ve; y ellos están tranquilamente haciendo proyectos para mañana o pasado mañana. Ahora, yo ... (Se levanta) ¡Mire, caballero!, venga usted aquí ... (Lo hace levantarse y lo lleva junto a la farola encendida), aquí, junto a esta luz..., venga... Voy a enseñarle una cosa... Mire aquí, debajo de mi bigote... ¿Ve usted esta acerola violácea? ¿Sabe cómo se llama esto? ¡Ah! Tiene un nombre dulcísimo..., más dulce que un caramelo: epitelioma, se llama. Pronuncie la palabra, y sentirá su dulzura: epitelioma...; la muerte, ¿comprende?, ha pasado. Me ha puesto esta flor en la boca, y me ha dicho: «Tenla, querido: volveré a pasar dentro de ocho o diez meses.» (Pausa) Ahora, dígame usted si con esta flor en la boca, puedo estarme en casa tranquilo y quieto, como quisiera aquella desgraciada. (Pausa) Le grito: «¿Ah, sí? ¿Quieres que te dé un beso?» «¡Sí, bésame!» Pero, ¿no sabe usted lo que hizo la semana pasada? Con un alfiler se arañó aquí, en el labio; luego me agarró la cabeza y quería besarme... besarme en la boca.... porque dice que quiere morirse conmigo. (Pausa) Está loca. (Luego, con ira) ¡Yo no me estoy en casa! ¡Quiero estar detrás de los escaparates de las tiendas, yo, para admirar la habilidad de los dependientes! Porque..., usted comprenderá..., si en un momento siento el vacío dentro de mí... Puedo también matar, como el que no hace nada, toda la vida de uno que no conozco... ; sacar el revólver y matar a uno que, como usted, haya tenido la desgracia perder el tren... (Se ríe) No, no; no tenga miedo caballero: ¡es una broma! (Pausa) Me voy. (Pausa) Me mataré yo, si acaso... (Pausa) Pero..., ¡en esta época hay unos albaricoques tan ricos...! ¿Cómo los come usted? Con toda la boca, ¿verdad? Se abren por la mitad; se oprimen con los dedos..., como labios jugosos..., ¡ah, qué delicia! (Se ríe. Pausa) Mis respetos a su distinguida esposa y a sus hijas, que están de veraneo. (Pausa) Me las imagino vestidas de blanco o de azul celeste, en un hermoso prado, a la sombra... (Pausa) Y mañana, al llegar, me hará usted un pequeño favor: me figuro que el pueblo estará cerquita de la estación; al amanecer, puede usted hacer el caminito a pie. La primera mata de hierba que vea usted en el borde... Cuente usted por mí los tallos que tiene. Tantos tallos tenga.... tantos días me quedan de vida. (Pausa) Pero elija usted una mata muy espesa, por favor. (Se ríe; luego:) Buenas noches caballero. (Y se va canturreando, con la boca cerrada, el motivo de la «Mandolina lejana», hacia la esquina de la derecha; pero luego se acuerda de que la mujer está allí esperándolo; se vuelve y va hacia la otra esquina, mientras el PARROQUIANO PACÍFICO, casi desmayado, lo sigue con la mirada).
TELÓN
Hoy 27 de marzo se celebra el “Día Mundial del Teatro” creado en 1961 por el Instituto Internacional del Teatro (IIT). Qué mejor día para dedicar una entrada a otra pionera que además fue autora teatral.Aphra Behn está considerada por muchos como la primera escritora profesional de lengua inglesa (en esto España se había adelantado unos 50 años con la obra de María de Zayas que será objeto de otra entrada). Esta consideración corresponde a Virginia Woolf y ha sido aceptada por muchos estudiosos. Realmente no fue la primera escritora "profesional". Antes que ella Sarah Jinner se había ganado la vida escribiendo almanaques y Hannah Wolley escribiendo libros de cocina, pero esto no era literatura propiamente dicha. Antes que Aphra hubo escritoras que sí hacían literatura, principalmente de poesía aunque también de teatro, como Katherine Sutton o Mary Herbert, pero estas no escribían sus obras con el fin de verlas representadas y mucho menos como medio de subsistencia. Así que Aphra fue la primera "profesional" inglesa de la literatura.
Nació cerca de Canterbury, Inglaterra, en julio de 1640, con el apellido Johnson. Cuando todavía era una niña fue llevada a Surinam donde conoció a un esclavo de nombre Oroonoko, que inspiraría una de sus futuras novelas. Regresó a Inglaterra, entre 1658 y 1663, donde contrajo matrimonio con un comerciante holandés apellidado Behn. Enviudó tres años después.

Tras diversos avatares, se dice que trabajó como espía y pasó una temporada en la cárcel por deudas, aprovechó sus conocimientos de idiomas y literatura, para dedicarse a la escritura de poemas, novelas y obras de teatro para ganarse la vida.
Escribió para el teatro "El Matrimonio Forzoso", una comedia audaz y dinámica, "Las Cortesanas Fingidas" y "El Vagabundo". En su farsa "El Emperador de la Luna" utiliza como fuente el estilo de improvisación italiano conocido como la Commedia dell'Arte; la adaptación realizada por Aphra Behn fue un avance de la pantomima moderna. Aphra Behn se convertiría en la dramaturga inglesa con el mayor número de obras escenificadas en la época (con la única excepción de John Dryden ).
En 1688 escribió la novela "Oroonoko o el Esclavo Real", en la que subvierte las ideas de su tiempo sobre los pueblos "no civilizados" y en la que muchos ven la primera novela filosófica (antecesora del "Emilio" de Jean Jacques Rousseau) en lengua inglesa, además de ser claramente antiesclavista. En ella se anticipa el realismo de Daniel Defoe, por ello se considera a Aphra, además, la madre de la novela inglesa. Se dedicó profesionalmente a hacer traducciones literarias del francés y el latín al inglés.
También es interesante la primera parte de Love Letters Between a Nobleman and His Sister (1683), una novela epistolar en clave que es la primera en la literatura inglesa.
Aphra estuvo siempre fascinada por la relación entre el sexo y el poder. Llegó a ser muy conocida en su sociedad, tanto por sus obras como por ser independiente, sin estar sujeta a la autoridad de un marido. Estas ideas se consideraban inapropiadas para una mujer y por esta razón se encontró con frecuencia con el rechazo de las autoridades literarias y políticas. Mientras era aclamada unánimemente por su público, era denostada, salvo excepciones relevantes, por intelectuales de la época que consideraron su vocación literaria una injerencia en un mundo básicamente masculino. Su cinismo y actitud desinhibida en cuestiones sexuales y su exaltación de la pasión y el placer la hicieron por extremo popular. En sus obras trata preferentemente la relación entre el sexo y el poder, tanto en lo personal como en lo político. El marqués de Halifax llegó incluso a afirmar que "la injustificable libertad de algunas mujeres condena al resto a ser reducidas". Intensamente involucrada en la política de su tiempo, sería pionera también en plasmar su particular visión de un mundo colonial, que experimentó de primera mano, con un punto de vista femenino.
Aphra Behn falleció el 16 de abril de 1689, y fue sepultada en la Abadía de Westminster.
Es recordada tanto por sus obras literarias como por sus esfuerzos para lograr que la voz femenina fuera escuchada en la sociedad. Hoy se la reconoce como una pionera de la independencia femenina y una figura literaria fundamental.
Virginia Woolf reivindicó su memoria en "Una habitación propia": "Todas las mujeres deberían depositar flores en la tumba de Aphra Behn, pues fue ella quien ganó para ellas el derecho de expresar sus ideas".
Amyntas led me to a Grove,
Where all the Trees did shade us ;
The Sun itself, though it had Strove,
It could not have betray'd us:
The place secur'd from humane Eyes,
No other fear allows,
But when the Winds that gently rise,
Doe Kiss the yielding Boughs.
Down there we satt upon the Moss,
And did begin to play
A Thousand Amorous Tricks, to pass
The heat of all the day.
A many Kisses he did give:
And I return'd the same
Which made me willing to receive
That which I dare not name.
His Charming Eyes no Aid requir'd
To tell their softning Tale;
On her that was already fir'd,
'Twas Easy to prevaile.
He did but Kiss and Clasp me round,
Whilst those his thoughts Exprest :
And lay'd me gently on the Ground;
Ah who can guess the rest ?
...
El profesor. — Le ruego que escuche con la mayor atención mi curso, enteramente preparado...
La alumna. — Sí, señor.
El profesor. — ... gracias al cual, en quince minutos, podrá usted adquirir los principios fundamentales de la filología lingüística y comparada de las lenguas neo-españolas.
La alumna. — ¡Sí, señor, oh! Aplaude.
El profesor (con autoridad). — ¡Silencio! ¿Qué significa eso?
La alumna. — Perdón, señor.
Lentamente, la alumna vuelve a poner las manos en la mesa.
El profesor. — ¡Silencio! (Se levanta, se pasea por la habitación, con las manos a la espalda; de vez en cuando se detiene en el centro de la habitación o junto a la alumna y apoya sus palabras con un gesto de la mano; perora, sin exagerar; la alumna le sigue con la mirada y a veces encuentra cierta dificultad para hacerlo, pues debe volver mucho la cabeza; una o dos veces, no más, se vuelve por completo.) Así pues, señorita, el español es la lengua madre de la que han nacido todas las lenguas neo-españolas; el español, el latín, el italiano, nuestro francés, el portugués, el rumano, el sardo o sardanápalo, el español y el neo-español, y también, en algunos de sus aspectos, el turco mismo, que sin embargo se acerca más al griego, lo que es enteramente lógico, pues Turquía es vecina de Grecia y Grecia está más cerca de Turquía que usted y yo. Esto no es sino una ilustración más de una ley lingüistica muy importante, según la cual la geografía y la filología son hermanas gemelas... Puede tomar nota, señorita.
La alumna (con voz apagada). — Sí, señor.
El profesor. — Lo que distingue a las lenguas neo-españolas entre sí y a sus idiomas de los otros grupos lingüísticos, tales como el grupo de las lenguas austríacas y neo-austríacas o habsbúrgicas, así como de los grupos esperantista, helvético, monegasco, suizo, andorrano, vasco, y pelota, como asimismo de los grupos de las lenguas diplomática y técnica, lo que las distingue, digo, es su llamativa semejanza que hace difícil distinguirlas a las unas de las otras. Me refiero a las lenguas neo-españolas entre sí, a las que se llega a distinguir, no obstante, gracias a sus caracteres distintivos, pruebas absolutamente indiscutibles del extraordinario parecido que hace indiscutible su comunidad de origen, y que, al mismo tiempo, las diferencia profundamente, mediante el mantenimiento de los rasgos distintivos de que acabo de hablar.
La alumna. — ¡Oooh! ¡Sííí, señor!
El profesor. — Pero no nos demoremos en las generalidades...
La alumna (lamentándolo, desilusionada). — ¡Oh, señor!
El profesor. — Eso parece interesarle. Tanto mejor, tanto mejor.
La alumna. — ¡Oh, sí, señor!
El profesor. — No se preocupe, señorita. Volveremos a ello luego... a menos que no lo hagamos. ¿Quién podría decirlo?
La alumna (encantada, a pesar de todo).— ¡Oh, sí, señor!
El profesor. — Todo idioma, señorita, sépalo y recuérdelo hasta la hora de su muerte...
La alumna. — ¡Oh, sí, señor, hasta la hora de mi muerte!... Sí, señor.
El profesor. — Y éste es también un principio fundamental, todo idioma no es, en resumidas cuentas, sino un lenguaje, lo que implica necesariamente que se compone de sonidos o...
La alumna. — Fonemas.
El profesor. — Iba a decírselo. Por lo tanto, no ostente sus conocimientos. Escuche, más bien.
La alumna. — Bien, señor. Sí, señor.
El profesor. — Los sonidos, señorita, deben ser cogidos al vuelo por las alas para que no caigan en oídos sordos. En consecuencia, cuando usted se decide a articular, se recomienda que, en la medida de lo posible, levante muy alto el cuello y el mentón y se ponga de puntillas. Así, vea...
La alumna. — Sí, señor.
El profesor. — Cállese. Quédese sentada y no interrumpa... Y que emita los sonidos muy agudamente y con toda la fuerza de sus pulmones asociada a la de sus cuerdas vocales. Así, observe: "Mariposa", "Eureka", "Trafalgar", "papi, papá". De esta manera, los sonidos, llenos con un aire cálido más ligero que el aire circundante, revolotearán, revolotearán sin correr el peligro de caer en los oídos sordos, que son los verdaderos abismos, las tumbas de las sonoridades. Si usted emite muchos sonidos a una velocidad acelerada, esos sonidos se agarrarán los unos a los otros automáticamente, formando así sílabas, palabras, en rigor frases, es decir, agrupaciones más o menos importantes, reuniones puramente irracionales de sonidos, desprovistos de todo sentido, pero precisamente por eso capaces de mantenerse sin peligro en una altura elevada en el aire. Solas, caen las palabras cargadas de significado, pesadas a causa de sus sentidos, y terminan siempre sucumbiendo, desmoronándose...
La alumna. — ... en los oídos sordos.
...
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Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
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"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
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"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
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Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
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Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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