Mostrando entradas con la etiqueta mccullers. Mostrar todas las entradas

Carson McCullers - "El aliento del cielo"

Posted by La mujer Quijote in ,

Su rostro joven y afilado examinó durante algún tiempo, con gesto insatisfecho, el suave azul del cielo que orlaba el horizonte. Luego, con un estremecimiento de la boca, abierta, descansó de nuevo la cabeza sobre la almohada, se inclinó el jipijapa sobre los ojos y se quedó inmóvil sobre la tumbona de lona a rayas. Sombras ajedrezadas se agitaban sobre la manta que cubría su delgado cuerpo. En los arbustos de reina de los prados, que a poca distancia multiplicaban sus flores blancas, se oía el zumbido de las abejas.
Constance se adormiló por un momento. La despertó el olor asfixiante de la paja caliente del sombrero y la voz de la señorita Whelan.
—Vamos. Aquí tienes tu leche.
Del aturdimiento provocado por el sueño surgió una pregunta que Constance no se proponía hacer, sobre la que ni siquiera había estado pensando de manera consciente.
—¿Dónde está mi madre?
La señorita Whelan sostenía la botella refulgente en sus manos regordetas. Al verterla, la leche hizo una espuma blanca bajo la luz del sol y adornó el vaso de escarcha cristalina.
—¿Dónde...? —repitió Constance, dejando que la palabra se deslizase con su escasa emisión de aliento.
—En algún sitio con tus hermanos. Mick ha armado un alboroto esta mañana sobre trajes de baño. Imagino que han ido al centro a comprarlos.
¡Qué alto hablaba! Lo bastante alto para destrozar las frágiles floraciones de reina de los prados, de manera que miles de diminutos pétalos caerían flotando, en un mágico caleidoscopio de blancura. Blancura silenciosa. Para que ella sólo viera las ramas desnudas, espinosas.
—Apuesto a que tu madre se sorprende cuando te vea aquí fuera.
—No —susurró Constance, sin saber la razón de su negativa.
—Yo pensaría que sí. Tu primer día al aire libre y todo eso. Por mi parte, no pensaba que fueras a convencer al médico para que te dejara salir. Sobre todo después de lo mal que lo pasaste anoche.
Constance miró fijamente la cara de la enfermera, la amplitud de su cuerpo vestido de blanco, sus manos plácidamente cruzadas sobre el estómago. Y luego de nuevo su cara, tan rosada y rolliza..., ¿por qué no le resultaban incómodos el peso y el color brillante? ¿Por qué no se le caía a veces cansadamente sobre el pecho...?
El odio hizo que le temblaran los labios y que su respiración se hiciera más superficial, más agitada.
Al cabo de un momento dijo:
—Si puedo hacer casi quinientos kilómetros la semana que viene, todo el camino hasta Mountain Heights, supongo que no me hará daño pasar un ratito en mi propio jardín.
La señorita Whelan movió una mano regordeta para apartarle a Constance el pelo de la cara.
—Vamos, vamos —dijo plácidamente—. El aire de allá arriba será la solución. No seas impaciente. Después de una pleuresía has de tomártelo con calma y tener cuidado.
Constance apretó los dientes con fuerza. «No permitas que llore», pensó. «Por favor, no permitas que esta mujer me vuelva a ver nunca cuando estoy llorando. No dejes que me mire ni que me vuelva a tocar. Por favor, no. Nunca jamás.»
Cuando la enfermera se alejó con toda su gordura a través del césped y volvió a entrar en la casa, Constance se olvidó de llorar. Vio cómo una brisa alta hacía que las hojas de los robles al otro lado de la calle se agitaran al sol con un brillo plateado. Dejó que el vaso de leche le descansara sobre el pecho, doblando la cabeza ligeramente para tomar un sorbo de cuando en cuando.
Al aire libre otra vez. Bajo el cielo azul. Después de inhalar durante tantas semanas, en febriles respiraciones mezquinas, las paredes amarillas de su cuarto. Después de tener que contemplar el pesado pie de cama de su lecho, sintiendo que se caía y le aplastaba el tórax. Cielo azul. Frescor azul que se podía absorber hasta que toda ella estuviera empapada en su color. Miró hacia lo alto hasta que una humedad caliente se le acumuló en los ojos.
Tan pronto como se oyó el ruido del coche en el extremo de la calle, Constance reconoció el resoplido del motor y volvió la cabeza hacia la franja de calzada visible desde donde estaba. El automóvil pareció inclinarse peligrosamente en el giro para entrar por la avenida de la casa y luego se detuvo ruidosamente con una sacudida. El cristal de una de las ventanillas posteriores tenía una grieta y lo habían remendado con una fea cinta adhesiva. Por encima asomaba la cabeza de un perro policía, lengua palpitante, cabeza ladeada.
Mick fue la primera en salir, acompañada del perro.
—¡Mira, mamá! —exclamó con una sana voz infantil que ascendió hasta convertirse casi en grito—. ¡Está fuera!
La señora Lane pisó el césped y miró a su hija sin expresión, pero tensa. Aspiró a fondo el cigarrillo que sostenía entre dedos nerviosos y lanzó al aire grises jirones de humo que se retorcieron al sol.
—Vaya... —empezó Constance con voz sin entonación.
—Hola, forastera —dijo la señora Lane con crispada alegría—. ¿Quién te ha dejado salir?
Mick sujetaba al perro que tiraba de la correa.
—¡Mira, mamá! King está tratando de irse con ella. No se ha olvidado de Constance. ¿Ves? La conoce tan bien como a cualquiera... ¿Verdad que sí? Quieto, King, quieto.
—No grites tanto, Mick. Encierra a ese perro en el garaje. Detrás de su madre y de Mick apareció Howard, su rostro de catorce años, lleno de granos, dominado por la timidez.
—Hola, Cons —murmuró después de una pausa de movimientos inconexos—. ¿Qué tal te encuentras?
Verlos a los tres, a la sombra de los robles, hizo, por alguna razón, que a Constance se le acumulara el cansancio que no había sentido apenas desde que saliera al jardín. Sobre todo Mick, que trataba de sujetar a King con sus robustas piernecitas, aferrándose al cuerpo curvado del perro, que parecía dispuesto a saltarle encima a ella en cualquier momento.
—¿Ves, mamá? King...
La señora Lane movió un hombro, nerviosa.
—Mick... Howard, llévate a ese animal ahora mismo, y hazme caso, enciérralo en algún sitio. — Sus manos esbeltas hicieron un gesto impreciso—. En este mismo instante.
Los niños miraron a Constance de reojo y atravesaron el césped en dirección al porche delantero.
—Bien... —dijo la señora Lane cuando se hubieron marchado—. ¿Te has liado la manta a la cabeza y has salido?
—El médico ha dicho que podía, por fin, y él y la señorita Whelan sacaron esa vieja silla de ruedas del sótano y... me han ayudado.
Las palabras, tantas de una sola vez, la fatigaron. Y cuando jadeó levemente para recobrar el aliento, la tos empezó de nuevo. Se volvió hacia un lado, un pañuelo de papel en la mano, y tosió hasta que el raquítico tallo de hierba en el que había fijado los ojos se grabó indeleblemente, como las grietas en el suelo junto a la cama, en su memoria. Cuando hubo terminado, metió el pañuelo de papel en una caja de cartón junto a la tumbona y miró a su madre, de pie junto al arbusto de reina de los prados, vuelta de espaldas, chamuscando las flores distraídamente con la punta del cigarrillo.
Constance dejó de mirar a su madre para contemplar el cielo azul. Le pareció que tenía que decir algo.
—Me gustaría fumarme un cigarrillo. —Pronunció las palabras despacio, acoplando las sílabas a las dificultades de la respiración.
La señora Lane se volvió. Su boca, cuyas comisuras temblaban ligeramente, se dilató en una sonrisa demasiado alegre.
—¡Eso sí que sería bonito! —Dejó caer el pitillo en la hierba y lo aplastó con el tacón del zapato—. Creo que quizá los suprima yo también durante una temporada. Tengo toda la boca llagada y como peluda, como un gatito sarnoso.
Constance rió débilmente. Cada risa era una pesada carga que la ayudaba a serenarse.
—Madre...
—Sí.
—El médico quería verte esta mañana. Ha dicho que lo llames.
La señora Lane rompió una ramita de reina de los prados y aplastó las flores con los dedos.
—Entraré en casa y hablaré con él. ¿Dónde está la señorita Whelan? ¿Todo lo que hace es sacarte al césped y dejarte sola cuando yo me voy..., a merced de los perros y...?
—No digas eso, madre. Está en casa. Hoy es su tarde libre, acuérdate.
—¿Hoy? Bueno, todavía es por la mañana.
El susurro salió fuera fácilmente acompañado por la respiración.
—Madre...
—Sí, Constance.
—¿Volverás luego? —Miró en otra dirección mientras lo decía; miró el cielo, de un azul febril, ardiente.
—Si tú quieres, saldré.
Constance vio cómo su madre cruzaba el césped y tomaba el sendero de grava que llevaba a la puerta principal. Caminaba tan a saltos como una marioneta. Cada tobillo huesudo se lanzaba rígidamente delante del otro, los delgados brazos huesudos se balanceaban rígidos, el delicado cuello inclinado hacia un lado.
Constance miró de la leche al cielo y de nuevo a la leche.
—Madre —dijeron sus labios, pero todo lo que se oyó fue un cansado suspiro.
Apenas había empezado a beberse la leche. Dos manchas cremosas bajaban desde el borde del vaso, una junto a otra. Había bebido, por tanto, cuatro veces. Dos en la limpieza reluciente, dos más con un escalofrío y los ojos cerrados. Constance giró el vaso un centímetro y dejó que sus labios se hundieran en una parte que no estaba manchada. La leche se le deslizó fresca y soñolienta garganta abajo.
Cuando la señora Lane regresó, se había puesto los guantes blancos para trabajar en el jardín y llevaba unas ruidosas podaderas oxidadas.
—¿Has telefoneado al doctor Reece?
Las comisuras de la boca de la interpelada se movieron infinitesimalmente como si acabara de tragar.
—Sí.
—¿Y...?
—Piensa que lo mejor es... no retrasar la marcha demasiado. Tanto esperar... Cuanto antes te instales, mejor será.
—¿Cuándo, entonces? —Sintió que le temblaba el pulso en las puntas de los dedos como una abeja en una flor; que vibraba sobre el cristal frío.
—¿Qué te parece pasado mañana?
Notó que su respiración se acortaba hasta convertirse en jadeos calientes, ahogados. Asintió con la cabeza.
Desde la casa llegó el sonido de las voces de Mick y de Howard. Parecían discutir sobre los cinturones de sus trajes de baño. Las palabras de Mick se transformaron en un grito. Y luego los ruidos se calmaron.
Por eso lloraba casi. Pensaba en el agua, en mirar sus grandes remolinos color de jade, en sentir su frescor en sus extremidades sudorosas, en atravesarla con largas brazadas sin esfuerzo. Agua fresca, del color del cielo.
—¡Me siento tan sucia...!
La señora Lane inmovilizó las podaderas. Sus cejas se alzaron temblorosas sobre las blancas floraciones que sostenía.
—¿Sucia?
—Sí, sí. No me he metido en una bañera desde... hace tres meses. Estoy harta de que sólo se me pase una esponja..., y con tacañería...
Su madre se agachó para recoger del césped el envoltorio de un dulce, lo miró desconcertada durante un momento y después lo dejó caer de nuevo en el césped.
—Quiero ir a nadar..., sentir la frialdad del agua. No es justo..., no es justo que no pueda.
—Calla —dijo la señora Lane con un susurro malhumorado—. Calla, Constance. Es absurdo que te preocupes por tonterías.
—Y mi pelo... —Se llevó la mano al nudo grasiento que le sobresalía en la nuca—. No lo he lavado con agua desde... hace meses..., pelo asqueroso que va a acabar por volverme loca. No me importa soportar la pleuresía y los drenajes y la tuberculosis, pero...
La señora Lane apretaba tanto las flores que tenía en la mano que se doblaron sin fuerza unas sobre otras como avergonzadas.
—Calla —repitió con voz apagada—. No hace ninguna falta que te pongas así.
El cielo ardía brillante: llamas azul azabache. Asfixiante y asesino para el aire.
—Quizá si me lo cortara...
Las podaderas se cerraron despacio.
—Escucha, si quieres que lo haga..., supongo que te lo podría cortar. ¿De verdad lo quieres corto?
Constance torció la cabeza y alzó con dificultad una mano para tirar de las horquillas de bronce.
—Sí, muy corto. Quítamelo todo.
Frío y húmedo, el pesado pelo castaño, una vez suelto, colgaba muchos centímetros por debajo de la almohada. Vacilante, la señora Lane se inclinó y se apoderó de un mechón. Las hojas de la podadera, con un brillo cegador bajo el sol, empezaron a cortarlo despacio.
Mick apareció de repente por detrás de los arbustos de reina de los prados. Sin otra ropa que el pantalón de baño, brillaba al sol su rollizo tórax de un blanco sedoso. Inmediatamente por encima del redondo estómago de niña se dibujaban dos pequeños michelines.
—¡Mamá! ¿Se lo estás cortando tú?
La señora Lane, con gesto crispado, se quedó mirando el pelo que tenía en la mano.
—Buen trabajo —dijo alegremente—. Sin trasquilones en torno al cuello, espero.
—No —dijo Constance, mirando a su hermana pequeña. La niña extendió una mano abierta.
—Dámelo, mamá. Me servirá para rellenar un precioso almohadoncito para King. Puedo...
—No se te ocurra dejarle que toque esa porquería —dijo Constance sin abrir apenas la boca. Con una mano se revisó los tiesos mechones sueltos en torno al cuello y luego se recostó cansadamente y se puso a arrancar césped.
La señora Lane se agachó, retiró las flores blancas del periódico donde las había colocado, envolvió el pelo y dejó el bulto en el suelo, detrás de la tumbona de la enferma.
—Me lo llevaré cuando entre...
Las abejas zumbaban sobre la cálida quietud. La sombra se había espesado y las manchas oscuras que antes se agitaban junto a los robles estaban inmóviles ya. Constance se bajó la manta de viaje hasta las rodillas.
—¿Le has dicho a papá que me voy a ir tan pronto?
—Sí, le he telefoneado.
—¿A Mountain Heights? —preguntó Mick, mientras se sostenía en equilibrio, primero con una pierna desnuda y luego con la otra.
—Sí, Mick.
—Mamá, ¿no es ahí donde fuisteis a ver al tío Charlie?
—Sí.
—¿No nos mandó desde ahí unos dulces de cacto, hace ya mucho tiempo?
Arrugas, delgadas y grises como una tela de araña, se extendieron por la piel pálida en torno a la boca y los ojos de la señora Lane.
—No, Mick. Mountain Heights está sólo al otro lado de Atlanta. Aquello era en Arizona.
—Tenían un gusto muy raro —comentó Mick.
La señora Lane empezó de nuevo a cortar las flores con apresurados tijeretazos.
—Me... me parece que oigo aullar a ese perro vuestro en algún sitio. Ve a ocuparte de él, anda, Mick.
—No oyes a King, mamá. Howard le está enseñando a dar la mano en el porche de atrás. No me obligues a irme, por favor. —Se cubrió con las manos la suave redondez del estómago—. ¡Mira! No has dicho nada sobre mi traje de baño. ¿Verdad que me sienta bien, Constance?
La enferma miró los ansiosos músculos flexionados de la niña que tenía delante y luego volvió a mirar al cielo. Dos palabras se le formaron, inaudibles, en los labios.
—¡Vaya! Tengo que darme prisa y entrar. ¿Sabéis que nos están haciendo caminar por una especie de zanja para que este año no nos duelan los dedos de los pies? ¿Y que han instalado un tobogán nuevo?
—Obedéceme ahora mismo, Mick, y entra en casa.
La niña miró a su madre y echó a andar atravesando el césped. Al alcanzar el sendero que llevaba hasta la puerta hizo una pausa y, protegiéndose de la luz del sol con la mano, se volvió para mirarlas.
—¿Nos iremos pronto? —preguntó, más contenida.
—Sí; coge tus toallas y estáte preparada.
Durante varios minutos ni la madre ni la hija dijeron nada. La señora Lane se movía espasmódicamente de los arbustos de reina de los prados a las flores de brillantes colores que bordeaban la entrada para vehículos, asestando precipitados tijeretazos a los capullos, mientras las sombras oscuras de sus pies la perseguían con la rechonchez característica del mediodía. Constance la vigilaba con ojos medio cerrados por el resol, con las huesudas manos sobre la dinamo retumbante y llena de burbujas que era su pecho. Finalmente, dio forma a las palabras con sus labios y las dejó salir:
—¿Voy a ir allí arriba yo sola?
—Por supuesto, cariño. Te subiremos a una bicicleta y te daremos un empujón...
Constance aplastó con la lengua una cadena de flemas para no tener que escupirla y pensó en repetir la pregunta.
No había más flores que se pudieran cortar. La madre miró de reojo a su hija por encima del ramo que abrazaba, mientras su mano de venas azules cambiaba de posición sobre los tallos.
—Escucha, Constance... El club de jardinería tiene hoy una celebración de algún tipo. Todo el mundo se reúne a almorzar en el club y luego van a ir al jardín de alguien, uno que tiene rocas y plantas alpinas. He pensado que si me llevo a tus hermanos pequeños..., ¿no te importa que vaya, verdad que no?
—No —dijo Constance al cabo de un momento.
—La señorita Whelan ha prometido quedarse. Mañana quizá...
Constance pensaba todavía en la pregunta que tenía que repetir, pero las palabras se le pegaban a la garganta como pegajosas bolitas de mucosidad y le pareció que si trataba de expulsarlas, lloraría.
Lo que dijo en cambio, sin motivo especial, fue:
—Preciosas.
—¿Verdad que sí? En especial la reina de los prados, tan grácil y blanca.
—Ni siquiera sabía que hubieran empezado a florecer hasta que he salido.
—¿No lo sabías? Te puse algunas en un jarrón la semana pasada.
—En un jarrón... —murmuró Constance.
—De noche, sobre todo. Es el momento de verlas. Anoche me quedé junto a la ventana..., y estaban iluminadas por la luna. Ya sabes lo blancas que están las flores a la luz de la luna...
De repente Constance alzó sus ojos brillantes hasta los de su madre.
—Te oí —dijo, medio acusadoramente—. En el vestíbulo, arriba y abajo. Tarde. En el cuarto de estar. Y me pareció que oía abrirse y cerrarse la puerta de la calle. Y una vez cuando estaba tosiendo miré por la ventana y me pareció ver un vestido blanco de aquí para allá por el césped como un fantasma..., como un...
—¡Calla! —dijo su madre con una voz tan llena de aristas como un cristal astillado—. Calla.
Hablar es tan... agotador.
Era el momento de la pregunta, como si su garganta se hubiera hinchado con sus sílabas ya maduras.
—¿Voy a ir sola a Mountain Heights, o con la señorita Whelan, o...?
—Voy a ir yo contigo. Te llevaré en el tren. Y me quedaré unos días hasta que te encuentres a gusto.
Su madre estaba de espaldas al sol, y detenía en parte el resplandor, de manera que pudo mirarla a los ojos. Eran del color del cielo con el frescor de la mañana. Ahora la miraban con una extraña quietud, una placidez vacía. Azules como el cielo antes de que el sol lo haya quemado hasta un fulgor gaseoso. Constance la miró con los labios separados, temblorosos, escuchando el ruido que le hacía la respiración.
—Madre...
El final de la palabra quedó ahogado por el primer estallido de tos. Se inclinó hacia un lado de la tumbona, sintiendo los golpes en el pecho como mazazos surgidos de algún lugar desconocido en su interior. Llegaron, uno tras otro, con idéntica fuerza. Y cuando se liberó del último, siempre en sordina, estaba tan cansada que se recostó con entregada flacidez sobre el brazo de la tumbona, preguntándose si tendría alguna vez la fuerza suficiente para alzar la cabeza y superar el mareo que sentía.
Durante el minuto de jadeos que siguió, los ojos que aún tenía delante se dilataron hasta cubrir la inmensidad del cielo. Constance miró, respiró, y se esforzó por mirar de nuevo.
La señora Lane se había dado la vuelta. Pero al cabo de un momento su voz resonó, amargamente llena de vida.
—Hasta luego, corazón... Me marcho ya. La señorita Whelan saldrá dentro de un minuto y será mejor que entres en seguida en casa. Adiós...
Mientras cruzaba el césped, Constance creyó advertir que un leve estremecimiento sacudía los hombros de su madre: un movimiento tan perceptible como el de una copa de cristal a la que se golpea con demasiada fuerza.
La señorita Whelan se mantuvo plácidamente en su línea de visión cuando se marchaban su madre y sus hermanos. Sólo llegó a vislumbrar los cuerpos medio desnudos de Howard y de Mick y las toallas con que mutuamente se azotaban alegremente el trasero. Y a King, la boca jadeante asomada por encima del cristal astillado de la ventanilla del coche con su deprimente cinta adhesiva. Pero oyó perfectamente la excesiva aceleración del motor, la violenta protesta de la caja de cambios al salir el coche marcha atrás desde el garaje. E incluso después de que el último sonido del motor se difuminara en el silencio, era como si todavía pudiera ver el blanco rostro de su madre, siempre tenso, inclinado sobre el volante...
—¿Qué sucede? —preguntó, apacible, la enfermera—. Confío en que no te duela otra vez el costado.
Constance agitó dos veces la cabeza sobre la almohada.
—Ya verás. Una vez que ya estés dentro de casa te encontrarás perfectamente.
Sus manos, tan flácidas y descoloridas como sebo, descendieron sobre la caliente humedad que le corría por las mejillas. Y Constance nadó sin respirar en un azul tan amplio e indiferente como el del cielo.

Traducción de José Luis López Muñoz

Carson McCullers - "Sucker"

Posted by La mujer Quijote in ,

Fue siempre como si tuviera un cuarto para mí solo. Sucker dormía en mi cama, pero no se entrometía en nada. La habitación era mía y yo la usaba como quería. Recuerdo que, en una ocasión, serré una trampilla en el suelo. El año pasado, cuando estaba en segundo de bachillerato, clavé con chinchetas en la pared algunas fotos de chicas, sacadas de revistas, y una de ellas estaba en paños menores. Mi madre nunca me llamaba la atención porque tenía que ocuparse de mis hermanos pequeños. Y Sucker pensaba siempre que todo lo que yo hacía estaba bien.
Cuando traía a cualquiera de mis amigos a mi cuarto, todo lo que tenía que hacer era mirar una vez a Sucker para que dejara lo que estuviera haciendo, tal vez me obsequiara con una media sonrisa, y se marchara sin rechistar. Por su parte, nunca trajo a ningún chico a nuestro cuarto. Tenía doce años, cuatro menos que yo, y sabía, sin que yo se lo dijera, que no quería gente de su edad hurgando en mis cosas.
La mitad del tiempo me olvidaba de que no es mi hermano, sólo primo carnal, aunque prácticamente haya formado parte de nuestra familia desde siempre. Y es que sus padres murieron en un accidente cuando él era todavía muy pequeño. Para mí y para mis hermanas menores siempre ha sido como un hermano.
Sucker se acordaba siempre, palabra por palabra, de todo lo que yo decía y además se lo creía.
De ahí le vino el apodo. Hace un par de años le dije una vez que si saltaba con un paraguas abierto desde el techo del garaje, funcionaría como paracaídas y no le pasaría nada. Lo hizo y se rompió una rodilla. Eso no es más que un ejemplo. Y lo más curioso es que por muchas veces que lo engañara seguía creyéndome. Y no porque fuera tonto: sólo se comportaba así en su relación conmigo. Se fijaba en todo lo que yo hacía y lo asimilaba.
Hay una cosa que he aprendido, algo que me hace sentirme culpable y es difícil de entender. Si una persona te admira mucho, la desprecias y te tiene sin cuidado; en cambio, casi con toda seguridad admiras a la persona que no te hace caso. No es fácil darse cuenta. Maybelle Watts, dos cursos por encima del mío, se comportaba como si fuese la Reina de Saba e incluso me humillaba.
Pero yo hubiera hecho cualquier cosa por ganarme su afecto. Pensaba tanto en Maybelle de día y de noche que casi me volví loco. Desde que Sucker era un niño pequeño hasta que cumplió los doce años, supongo que lo traté tan mal como Maybelle a mí.
Ahora que Sucker ha cambiado tanto es un poco difícil recordarlo tal como era. Nunca imaginé que de repente pudiera suceder algo que nos hiciera tan distintos a los dos. Nunca se me ocurrió que para entender correctamente lo que ha sucedido querría recordarlo como era antes, hacer comparaciones y tratar de poner las cosas en orden. Si hubiera podido preverlo, quizá habría actuado de otra manera.
Nunca me fijé mucho en lo que hacía ni pensé en él; y si se considera el mucho tiempo que hemos compartido el mismo cuarto, es curioso las pocas cosas que recuerdo. Hablaba mucho consigo mismo cuando se creía solo: siempre sobre peleas con gángsters, sobre la vida en un rancho y otras niñerías por el estilo. Se metía en el cuarto de baño y se podía pasar allí una hora y a veces alzaba la voz muy emocionado y se le oía por toda la casa. De ordinario, sin embargo, hablaba más bien poco. No había muchos chicos en el barrio de los que pudiera ser amigo y su cara tenía la expresión de alguien que está viendo un partido con la esperanza de que lo inviten a jugar. No le importaba heredar las chaquetas y los jerséis que a mí se me quedaban pequeños, aunque las mangas le estuviesen demasiado grandes y sus muñecas parecieran tan finas y blancas como las de una niña. Así es como lo recuerdo: creciendo un poco todos los años pero sin dejar de ser el mismo.
Tal era Sucker hasta hace pocos meses, cuando empezaron los problemas.
Maybelle tuvo que ver en cierto modo con lo que sucedió, así que supongo que debo empezar por ella. Hasta que la conocí yo no había dedicado mucho tiempo a las chicas. El otoño último se sentaba a mi lado en la clase de Ciencias y fue cuando empecé a fijarme en ella. Tiene el pelo rubio más luminoso que he visto nunca y de vez en cuando se lo riza con alguna sustancia pegajosa.
Llevaba las uñas largas, arregladas y pintadas de rojo brillante. Durante la clase me dedicaba casi todo el tiempo a mirarla, excepto cuando me parecía que iba a volverse hacia mí o cuando el profesor me preguntaba. En primer lugar no era capaz de apartarlos ojos de sus manos, muy pequeñas y blancas, excepto por la laca roja, y porque al pasar las páginas de su libro —siempre muy despacio— se lamía el pulgar y alzaba el meñique. Es imposible describir a Maybelle. Todos los chicos están locos por ella, pero, por lo que a mí se refiere, ni siquiera se daba cuenta de mi existencia. También es cierto que me llevaba dos años. Entre clases me esforzaba por acercarme mucho a ella en los pasillos, pero apenas si me sonreía. Lo único que hacía yo era mirarla durante la clase de Ciencias, y a veces me parecía que el aula entera tenía que oír los latidos de mi corazón y me daban ganas de gritar o de salir corriendo e irme al infierno.
Por la noche, en la cama, pensaba en Maybelle. Con frecuencia eso hacía que no me durmiera hasta la una o las dos de la madrugada. Á veces Sucker se despertaba y me preguntaba por qué no conseguía dormirme y yo le decía que se callara. Supongo que me porté mal muchas veces.
Tal vez quería hacer con él lo que Maybelle hacía conmigo. Siempre se sabía por su expresión cuando se herían sus sentimientos. No recuerdo todas las cosas desagradables que debí decirle porque incluso mientras las decía pensaba en Maybelle.
Aquello duró casi tres meses y luego, por alguna razón, Maybelle empezó a cambiar. Me hablaba en los pasillos y todas las mañanas eran mis deberes los que copiaba. A la hora del almuerzo bailé una vez con ella en el gimnasio. Una tarde hice de tripas corazón y me presenté en su casa con un cartón de cigarrillos. Sabía que fumaba en el sótano de las chicas y a veces fuera del instituto, y no quería ofrecerle dulces porque me parecía que eso ya no se llevaba. Estuvo muy amable y me pareció que todo iba a cambiar.
Fue precisamente aquella noche cuando empezaron los problemas.
Llegué tarde a casa y Sucker ya se había dormido. Me sentía demasiado feliz y entusiasmado para encontrar una postura cómoda y seguí despierto mucho tiempo pensando en Maybelle. Luego soñé con ella y me pareció que la besaba. Fue una sorpresa despertarme y encontrarme a oscuras.
Me quedé quieto y pasó algún tiempo antes de que me diera cuenta de dónde estaba. El silencio era total y la noche muy oscura.
La voz de Sucker me sobresaltó.
—¿Pete?
No le contesté y ni siquiera me moví.
—¿Me quieres tanto como si fuera tu hermano, verdad que sí, Pete?
Yo no era capaz de superar tantas sorpresas y además aquello era la realidad y no el otro sueño.
—Siempre me has querido como si fuera tu hermano, ¿verdad que sí?
—Claro —le respondí.
Luego me levanté unos minutos. Hacía frío y me alegré de volver a la cama. Sucker se me pegó a la espalda. Yo lo sentía pequeño y cálido y notaba la tibieza de su respiración en el hombro.
—Hicieras lo que hicieses siempre he sabido que me querías.
Yo estaba despierto del todo, pero tenía una extraña confusión mental. Me sentía feliz por lo que había pasado con Maybelle, claro está, pero, al mismo tiempo, algo en Sucker y en su voz cuando dijo aquellas cosas hizo que me fijara. Supongo, de todos modos, que uno entiende mejor a la gente cuando es feliz que cuando está preocupado. Fue como si nunca hubiera pensado de verdad en Sucker hasta entonces. Sentí que siempre me había comportado mezquinamente con él. Una noche, pocas semanas antes, lo había oído llorar en la oscuridad. Dijo que había perdido la escopeta de aire comprimido de otro chico y que no se atrevía a contárselo a nadie. Quería que le dijera lo que debía hacer. Yo tenía sueño, le pedí que me dejara en paz y en vista de que insistía, le di una patada. Era sólo una de las cosas que recordaba. Me pareció que Sucker había estado siempre muy solo. Tuve remordimientos.
No sé qué tiene una noche oscura y fría que hace que te sientas muy cerca de alguien con quien duermes. Cuando hablas con él es como si fuerais las únicas personas despiertas en toda la ciudad.
—Eres un chico estupendo, Sucker —le dije.
De pronto me pareció que lo quería más que a nadie entre mis conocidos: más que a ningún otro chico, más que a mis hermanas, más, en cierta manera, que a Maybelle. Tuve una sensación maravillosa y fue como cuando ponen música triste en las películas. Quise demostrarle la buena opinión que tenía de él y resarcirlo por la manera en que lo había tratado hasta entonces.
Conversamos un buen rato aquella noche. Sucker hablaba muy deprisa y era como si hubiera estado durante mucho tiempo acumulando cosas para contármelas. Mencionó que iba a intentar construir una canoa y que los chicos de nuestra calle no lo querían en su equipo de fútbol y no sé cuántas cosas más. Yo también le conté algo y era agradable pensar que se tomaba muy en serio todo lo que le decía. Hablé incluso un poco de Maybelle, aunque procuré que pereciera como si fuese ella la que me perseguía. Me hizo preguntas sobre el instituto y cosas por el estilo. Su voz revelaba entusiasmo y siguió hablando muy deprisa como si le faltara tiempo para decir todo lo que se le ocurría. Cuando me quedé dormido aún seguía hablando, y sentía su respiración en el hombro, cálida y próxima.
Durante las dos semanas siguientes vi mucho a Maybelle, que se comportaba como si de verdad yo le interesara un poco. La mitad del tiempo me sentía tan bien que no sabía qué hacer conmigo mismo.
Pero no me olvidé de Sucker. En los cajones de la cómoda guardaba un montón de cosas viejas: guantes de boxeo, libros de Tom Swift y aparejos de pesca de mala calidad. Se lo regalé todo.
Tuvimos unas cuantas conversaciones más y fue de verdad como si lo conociera por primera vez.
Cuando vi que tenía un corte muy largo en la mejilla supe que había estado haciendo el tonto con mi maquinilla nueva de afeitar, pero no dije nada. Ahora su cara parecía diferente. Su aspecto antes era tímido y como si tuviera miedo de recibir un golpe en la cabeza. Aquella expresión había desaparecido. Su cara, con los ojos muy abiertos, las orejas muy separadas y la boca nunca cerrada del todo, tenía el aire de una persona sorprendida pero a la espera de algo magnífico.
En una ocasión me dispuse incluso a señalárselo a Maybelle y a explicarle que era mi hermano pequeño. Estábamos en el cine por la tarde y ponían una película policíaca. Me había ganado un dólar trabajando para mi padre, y a Sucker le di veinticinco centavos para que se comprara unos dulces o lo que quisiera. Con el resto llevé a Maybelle al cine. Estábamos sentados al fondo y vi entrar a Sucker. Empezó a mirar a la pantalla tan pronto como el encargado le cortó la entrada y bajó por el pasillo tropezando y sin darse cuenta de adónde iba. Empecé a llamar la atención de Maybelle pero no acabé de decidirme. Sucker resultaba un poco absurdo al caminar como un borracho con los ojos clavados en la pantalla. Se limpiaba las gafas con el faldón de la camisa y llevaba los pantalones medio caídos. Siguió adelante hasta llegar a las primeras filas donde de ordinario se sientan los críos. No llegué a señalárselo a Maybelle. Pero me gustó que los dos hubieran visto una película con el dinero que había ganado yo.
Me parece que las cosas siguieron así alrededor de un mes o seis semanas. Estaba tan contento que no conseguía ponerme a estudiar ni concentrarme en nada. Quería ser amigo de todo el mundo.
Había veces en que necesitaba hablar con alguien. Y de ordinario esa persona era Sucker, tan encantado de la vida como yo. Una vez dijo: «Pete, que seas como mi hermano me importa más que
ninguna otra cosa en el mundo.»
Luego sucedió algo entre Maybelle y yo. No he logrado descubrir qué fue exactamente. Las chicas como ella son difíciles de entender. Empezó a tratarme de otra manera. Al principio no quería creerlo y trataba de pensar que era sólo mi imaginación. No parecía alegrarse de verme. A menudo se iba a pasear con un tipo del equipo de fútbol que tiene un descapotable deportivo. El coche era del color del pelo de Maybelle, y después de las clases se marchaba con él, riendo y mirándolo a los ojos. No se me ocurría ninguna manera de evitarlo y me pasaba día y noche pensando en ella. Cuando por fin llegábamos a salir juntos adoptaba una actitud insolente y no me hacía el menor caso. Aquello me llevó a pensar que pasaba algo: me preocupaba que mis zapatos hicieran demasiado ruido al andar o que llevara abierta la bragueta o que le molestaran los granos que tenía en la barbilla. A veces, cuando Maybelle estaba delante, un demonio se apoderaba de mí y ponía gesto duro y llamaba a personas mayores por su apellido sin el «señor» delante y decía groserías. Por la noche me preguntaba qué era lo que me llevaba a hacer todo aquello hasta que el cansancio podía más y me dormía.
Al principio estaba tan preocupado que, sencillamente, me olvidé de Sucker. Luego, más adelante, empezó a sacarme de quicio. Siempre me esperaba hasta que yo volvía del instituto, siempre con aspecto de que tenía algo que decirme o de que quería que yo le contase algo. Me hizo una estantería para revistas en su clase de manualidades y una semana ahorró el dinero del almuerzo y me compró tres paquetes de cigarrillos. No parecía enterarse de que tenía otras cosas en la cabeza y de que no quería perder el tiempo con él. Todas las tardes era lo mismo: Sucker en mi cuarto con la expresión de estar esperando algo. Entonces le decía cualquier cosa o tal vez le contestaba con brusquedad y él acababa por marcharse.
No soy capaz de precisar los momentos y decir que eso sucedió un día y aquello otro al día siguiente. En parte porque estaba tan desorientado que las semanas se confundían unas con otras, me sentía fatal y todo me daba lo mismo. No hacíamos ni decíamos nada definitivo. Maybelle seguía paseándose con el tipo del descapotable amarillo y unas veces me sonreía y otras no. Por las tardes iba a los sitios donde pensaba que la encontraría. Y o bien me trataba casi amablemente y yo empezaba a pensar que las cosas se aclararían a la larga y que acabaría por quererme, o se comportaba de tal modo que si no hubiese sido chica habría querido agarrarla por aquel cuellecito suyo tan blanco y estrangularla. Cuanto más avergonzado me sentía por hacer el imbécil más iba tras ella.
Sucker me sacaba de quicio y mi irritación iba en aumento. Me miraba como si de algún modo me culpara de algo, aunque al mismo tiempo supiera que aquello no iba a durar mucho. Crecía muy deprisa y por alguna razón empezó a tartamudear. A veces tenía pesadillas o devolvía el desayuno.
Mamá le compró un frasco de aceite de hígado de bacalao.
Luego todo terminó entre Maybelle y yo. La encontré al entrar en el drugstore y le pedí una cita.
Cuando dijo que no, hice un comentario sarcástico. Me respondió que estaba harta de verme mariposear a su alrededor y que nunca le había importado un pimiento. Así de claro. Me quedé clavado en el sitio y no abrí la boca. Volví muy despacio a casa.
Durante varias tardes no salí de mi cuarto. No quería ir a ningún sitio ni hablar con nadie.
Cuando Sucker entraba y me miraba de una manera curiosa le gritaba que se marchara. No quería pensar en Maybelle y me ponía a leer Mecánica popular o tallaba un portacepillos de dientes que estaba haciendo. Me parecía que estaba sacándome a aquella chica de la cabeza francamente bien.
Pero no hay manera de controlar lo que te pasa por la noche. Eso es lo que hizo que las cosas estén como están hoy.
El caso es que pocas noches después de que Maybelle me dijera lo que me dijo volví a soñar con ella. Fue como la primera vez, y le apreté tanto el brazo a Sucker que lo desperté. Él me buscó la mano.
—Pete, ¿qué te pasa?
De repente me atraganté de rabia; rabia contra mí mismo, contra el sueño y Maybelle y contra Sucker y las demás personas que conocía. Me acordé de las muchas veces que Maybelle me había humillado y de todo lo malo que me había sucedido. Por un segundo me pareció que nadie me iba a querer nunca excepto un pobre diablo como Sucker.
—¿Por qué hemos dejado de ser amigos como antes? ¿Por qué...?
—¡Cierra la boca, maldita sea! —Aparté las sábanas, me levanté y encendí la luz. Sucker se incorporó en medio de la cama, parpadeando muy asustado.
Tenía algo dentro que me quemaba y no pude evitarlo. Creo que nadie se enfada hasta ese punto más de una vez. Me salieron las palabras antes de que supiera lo que iba a decir. Sólo más tarde logré recordar todo lo que dije y entenderlo con claridad.
—¿Por qué no somos amigos? ¡Porque eres el tonto más crédulo que he visto nunca! ¡No le importas a nadie! ¡Y aunque a veces me hayas dado pena y haya tratado de portarme bien contigo no tienes que creer que me importe un rábano un pobre estúpido como tú!
Si le hubiera gritado o le hubiese pegado, habría sido mejor. Pero hablé despacio y como si estuviera muy tranquilo. Sucker tenía la boca medio abierta y dio la sensación de que le había alcanzado un rayo. Se quedó blanco como el papel y empezó a sudarle la frente. Se la secó con el revés de la mano y durante un minuto tuvo el brazo levantado como si estuviera apartando algo.
—No sabes absolutamente nada. ¿Has salido de verdad alguna vez a la calle? ¿Por qué no te buscas una novia y me dejas en paz? ¿En qué clase de mariquita te quieres convertir, si puede saberse?
Yo no sabía lo que iba a decir a continuación. No lo podía evitar ni tampoco era capaz de pensar. Sucker no se movió. Llevaba una de mis chaquetas de pijama y su cuello resultaba flaco y pequeño. Se le había humedecido el pelo que le caía sobre la frente.
—¿Por qué tienes que estar siempre rondándome? ¿Es que no sabes cuándo estás de más? Después recordé el cambio en la cara de Sucker. Poco a poco desapareció el aire de desconcierto y cerró la boca. Entornó los ojos y apretó los puños. Nunca había tenido una expresión semejante.
Era como si se fuese haciendo mayor segundo a segundo. Le apareció una dureza en la mirada que de ordinario no se ve en un niño. Se le formó una gota de sudor barbilla abajo y no se dio cuenta.
Siguió donde estaba, los ojos fijos en mí; no habló, su expresión era dura y no cambió.
—No; no sabes cuándo estás de más. Eres demasiado bobo. Como tu nombre. Un cándido total.
Era como si se me hubiera reventado algo dentro. Apagué la luz y me senté en la silla junto a la ventana. Me temblaban las piernas y tenía encima tal cansancio que podría haberme puesto a dar gritos. El cuarto estaba frío y oscuro. Me quedé allí mucho tiempo y fumé un pitillo aplastado que había estado guardando. Fuera, el jardín estaba a oscuras y en silencio. Al cabo de un rato oí que Sucker se tumbaba.
Yo ya no estaba furioso, sólo cansado. Me pareció horrible haber hablado de aquella manera a un chico que sólo tenía doce años. No conseguía asimilarlo. Me dije que tenía que acercarme a él y tratar de arreglarlo. Pero me quedé donde estaba, sintiendo el frío cada vez más, y dejé pasar mucho tiempo. Planeé la manera de solucionar el problema a la mañana siguiente. Luego, tratando de que no sonaran los muelles del colchón, volví a la cama.
Sucker ya se había ido cuando me desperté al otro día. Y más tarde, cuando quise disculparme como me había propuesto, me miró de aquella nueva manera suya tan dura y fui incapaz de abrir la boca.
Todo eso pasó hace dos o tres meses. Desde entonces Sucker ha crecido más deprisa que ninguno de los chavales que conozco. Es casi tan alto como yo y sus huesos se han hecho más pesados y más grandes. Ha dejado de llevar mi ropa vieja y se ha comprado sus primeros pantalones largos, con tirantes de cuero para sostenerlos. Ésos no son más que los cambios que se ven a primera vista y que se pueden expresar con palabras.
Nuestro cuarto ha dejado por completo de ser mío. Sucker reúne en casa a todo un grupo de críos y han fundado un club. Cuando no están cavando trincheras en algún solar y peleándose, están en mi habitación. En la puerta hay una chiquillada escrita con mercurocromo que dice: «Pobre del intruso que cruce este umbral», y la firma son unos huesos cruzados y sus iniciales secretas. Han conseguido una radio y todas las tardes ponen su música a todo volumen. En una ocasión, al volver a casa, oí que uno de los chicos decía algo a voz en grito sobre lo que había visto que pasaba en el asiento de atrás del coche de su hermano mayor. Adiviné lo que no llegué a oír. Eso es lo que hacen mi hermano y ella. Es la verdad... metidos en el coche. Por un momento Sucker pareció sorprendido y su cara recuperó su antigua expresión. Luego, sus rasgos volvieron a endurecerse. «Claro, estúpido. Menudo descubrimiento.» No se fijaron en mí. Sucker empezó a contarles cómo tenía planeado hacerse trampero en Alaska en un par de años.
Pero la mayor parte del tiempo está solo y entonces nuestras relaciones son aún peores. Se tumba en la cama con los pantalones largos de pana y los tirantes y se limita a mirarme con esa expresión dura, medio desdeñosa. Jugueteo con las cosas que tengo sobre mi mesa, pero no consigo centrarme a causa de esos ojos suyos. Y el caso es que debo estudiar porque me han suspendido en tres asignaturas este trimestre. Si no apruebo el inglés, no me graduaré el año que viene. No quiero ser un inútil y todo lo que necesito es ponerme a trabajar. Ni Maybelle ni ninguna otra chica me importan un rábano y ahora el único problema son mis relaciones con Sucker. No hablamos nunca, excepto cuando estamos delante de la familia. Ni siquiera me apetece llamarle ya Sucker y, a no ser que me olvide, utilizo Richard, su verdadero nombre. Por la noche no puedo estudiar con él en el cuarto y acabo en el drugstore, donde me dedico a fumar y a no hacer nada con los tipos que van allí a perder el tiempo.
Más que nada, lo que quiero es tener de nuevo la conciencia tranquila. Echo de menos la relación divertida y triste que durante un tiempo tuvimos él y yo, y que antes de que sucediera nunca hubiera creído posible. Pero ahora todo es tan distinto que no parece que esté en mi mano arreglarlo. A veces he pensado que si nos desahogásemos con una buena pelea, eso ayudaría. Pero no me puedo pegar con él porque tiene cuatro años menos. Y otra cosa más: a veces esa mirada suya me hace casi creer que, si pudiera, me mataría.

Carson McCullers - "Dilema doméstico"

Posted by La mujer Quijote in ,

El jueves, Martin Meadows salió de la oficina a tiempo de tomar el primer autobús directo para su casa. Era la hora en que el resplandor violeta del atardecer se extinguía en las calles fangosas, pero al dejar el autobús la parada del centro de la ciudad ya brillaba la gran noche ciudadana. Los jueves la criada tenía la tarde libre y a Martin le gustaba llegar a casa lo más pronto posible ahora que desde el año pasado su mujer no estaba... bien. Ese jueves estaba muy cansado y, con la esperanza de que ningún viajero habitual le escogiera para conversar, se enfrascó con atención en el periódico hasta que el autobús hubo cruzado el puente George Washington. Una vez en la carretera 9-W, Martin sentía siempre que el viaje estaba a la mitad; respiraba hondo incluso en invierno, cuando solamente estrías de corrientes cortaban el aire humoso del autobús, porque le parecía estar ya respirando el aire del campo. Solía ser en este punto cuando empezaba a descansar y pensaba con alegría en su casa. Pero en este último año la cercanía le traía sólo una sensación de tensión y no sentía prisa de terminar el viaje. Esa tarde, Martin pegaba la cara a la ventanilla y miraba los campos vacíos y las solitarias luces de los barcos del río. Había una luna pálida sobre la tierra oscura y manchas de nieve gastada y porosa; a Martin el campo le parecía esa noche vasto y desolado. Tomó el sombrero de la rejilla y se metió el periódico doblado en el bolsillo del abrigo unos minutos antes de pulsar el timbre.
La casa estaba a una manzana de la parada del autobús junto al río, pero no directamente sobre la orilla; desde la ventana del cuarto de estar se podía ver el Hudson, mirando a través de la calle y del jardín de enfrente. La casa era moderna, casi demasiado blanca y nueva en el estrecho trocito de terreno. Durante el verano la hierba era suave y fresca, y Martin había puesto con cariño un borde de flores y un enrejado de rosas. Pero durante los meses fríos y áridos, el terreno estaba vacío y la casa parecía desnuda. Esta noche había luces encendidas en todas las habitaciones de la casa y Martin se apresuró por el camino de entrada. Delante de la escalera se paró para quitar de en medio una carretilla.
Los niños estaban en el cuarto de estar tan metidos en sus juegos que al principio no oyeron abrirse la puerta. Martin se quedó mirando a sus pequeños, tan a salvo y tan graciosos. Habían abierto el último cajón del escritorio y habían sacado los adornos de Navidad. Andy se las había arreglado para sacar las luces del árbol, y las bombillitas verdes y rojas brillaban en la alfombra del cuarto de estar con una alegría a destiempo. En ese momento estaba tratando de poner la ristra luminosa sobre el caballito de Marianne. Marianne estaba sentada en el suelo arrancando las alas a un ángel. Los niños le sobresaltaron con sus aullidos de acogida. Martin se subió a los hombros a la niña pequeñita y gordinflona y Andy se echó contra las piernas de su padre.
—¡Papaíto! ¡Papaíto! ¡Papaíto!
Martin dejó con cuidado a la pequeña y balanceó unas cuantas veces como un péndulo a Andy.
Luego recogió el cordón del árbol de Navidad.
—¿Qué hace fuera todo esto? Ayudadme a ponerlo otra vez en el cajón. No tenéis que hacer bromas con el enchufe de la luz. Recuerda que te lo he dicho ya. En serio, Andy.
El pequeño de seis años asintió con la cabeza y cerró el cajón del escritorio. Martin le acarició el pelo rubio y suave, y su mano se demoró con ternura en la nuca del frágil cuello del niño.
—¿No habéis cenado, macaco?
—Hacía daño, el pan quemaba.
La niña se tambaleó en la alfombra y después del primer susto de la caída empezó a llorar.
Martin la cogió y la llevó sobre los hombros a la cocina.
—Mira, papá —dijo Andy—. La tostada...
Emily había dejado la cena de los niños sobre la mesa esmaltada. Había dos platos con los restos de sopa de cereales y huevos, y unos vasos de plata que habían contenido leche. También había un plato de tostadas con canela, sin tocar, excepto la marca de los dientes de un mordisco. Martin olfateó el pedazo mordido y mordisqueó con cuidado. Luego tiró el pan al cubo de la basura.
—¡Uf! ¿Qué diablos...?
Emily había confundido la lata de canela con la de pimienta.
—Casi me quemo —dijo Andy—. Bebí agua y me fui corriendo afuera y abrí la boca. Marianne no se comió ni nada.
—No comió nada —corrigió Martin. Estaba de pie, desolado, mirando en torno de las paredes de la cocina—. ¡Vaya! Es eso, me figuro —dijo al fin—. ¿Dónde está ahora vuestra madre?
—Está arriba, en el cuarto vuestro.
Martin dejó a los niños en la cocina y subió a ver a su mujer. Delante de la puerta esperó un momento para calmar su furia. No llamó y una vez dentro cerró la puerta detrás de él.
Emily estaba sentada en la mecedora, junto a la ventana del cuarto acogedor. Estaba bebiendo algo de un vaso y al entrar él lo puso precipitadamente en el suelo detrás de la silla. En su actitud había confusión y culpabilidad, que trató de esconder con una demostración de aparente vivacidad.
—¡Oh, Marty! ¡Ya estás en casa! ¡Cómo se me ha ido el tiempo! Iba a bajar ahora... —Corrió hacia él y le dio un beso con fuerte olor a jerez. Ante la impasibilidad de él retrocedió un poco y se rió nerviosa.
—¿Qué tienes, que estás ahí tieso como un palo? ¿Te pasa algo?
—¿Algo a mí? —Martin se agachó sobre la mecedora y cogió del suelo el vaso—. Si te pudieras dar cuenta de lo harto que estoy..., de lo malo que es esto para todos nosotros.
Emily habló con una voz falsa y trivial que Martin conocía de sobra. A veces, en ocasiones semejantes, afectaba un ligero acento británico, copiando quizás a alguna actriz que admiraba:
—No tengo ni la más remota idea de lo que quieres decir. A no ser que te refieras al vaso que he usado para beber una gota de jerez. He bebido un dedo de jerez, quizá dos. Pero, ¿qué hay de malo en ello? A ver, dime. Estoy muy bien. Muy bien.
—Sí, se ve a simple vista.
Mientras iba al cuarto de baño, Emily andaba con gravedad estudiada. Abrió el agua fría y se echó un poco a la cara haciendo hueco con las manos. Luego se secó a golpecitos con la punta de la toalla. Su rostro era de rasgos delicados y joven, perfecto.
—Bajaba justamente ahora a preparar la cena. —Se tambaleó y guardó el equilibrio agarrándose al marco de la puerta.
—Yo me ocuparé de la cena. Tú quédate aquí. Ya la subiré.
—No haré nada de eso. ¿Por qué? ¿A quién se le ocurre semejante idea?
—Por favor —dijo Martin.
—Déjame. Estoy perfectamente. Iba a bajar ya...
—Escúchame.
—¡Que te escuche tu abuela!
Fue hacia la puerta, pero Martin la agarró de un brazo.
—No quiero que los niños te vean en este estado. Sé razonable.
—¿Qué estado? —De un tirón, Emily zafó su brazo. Su voz se alzó enfadada—: Qué, porque bebo un par de sorbos por la tarde estás tratando de hacerme creer que soy una borracha. ¡Qué estado! Ni siquiera toco el whisky. Lo sabes bien. No ando emborrachándome por los bares. Algo que tú mismo no podrías decir. Ni siquiera tomo un cóctel con la cena. Lo único que hago es beber de vez en cuando una copa de jerez. ¿Qué hay de malo en esto, pregunto yo? ¡Estado!
Martin buscó palabras con que calmar a su mujer.
—Cenaremos tranquilamente los dos solos, aquí arriba. ¡Así me gustan las buenas chicas!
Emily se sentó en el borde de la cama y él abrió la puerta para salir rápidamente.
—Vuelvo volando.
Mientras estaba ocupado con la cena, abajo, se preguntó una vez más lo de siempre: ¿cómo le había caído este problema en su casa? También a él le había gustado siempre una copa. Cuando todavía vivían en Alabama se servían cócteles y bebidas como si nada. Durante años habían bebido una o dos, quizá tres copas antes de cenar y a la hora de acostarse un vaso grande. Las vísperas de fiesta se alegraban quizás hasta llegar a atontarse un poco. Pero el alcohol nunca le había parecido un problema, solamente un gasto grande, que con el aumento de la familia difícilmente se podían permitir. Hasta que su compañía no le trasladó a Nueva York, Martin no se dio cuenta de que realmente su mujer bebía demasiado. Poco o mucho, observó que estaba bebiendo durante todo el día.
Una vez visto el problema, trató de analizar la causa. El cambio de Alabama a Nueva York la había alterado, desde luego; acostumbrada al calor perezoso de una pequeña ciudad del Sur, a la vida familiar, los parientes y amigos de la infancia, no había logrado encajar en las costumbres más estrictas y aisladas del Norte. Los deberes de la maternidad y de la casa le eran insoportables. Llena de nostalgia por Paris City, no había hecho amistades en el ambiente suburbano. No leía más que revistas y novelas policíacas. Su vida interior era insuficiente sin el artificio del alcohol.
El descubrimiento de aquel vicio fue insidiosamente destruyendo en él la idea que se había formado de su mujer. A ratos, Emily era de una inexplicable maldad; había veces en que la bebida era causa de una explosión de tremenda ira. Martin se dio cuenta de que en Emily había una rudeza latente, que desmentía su sencillez natural. Mentía sobre la bebida y le engañaba con estratagemas insospechadas.
Y luego pasó el accidente. Cuando volvía una noche del trabajo a casa, hacía un año aproximadamente, le sorprendieron los gritos desde el cuarto de los niños. Se encontró a Emily sosteniendo a la pequeñita, desnuda y mojada del baño. Se le había caído la niña, su frágil cabecita se había dado contra el borde de la mesa y un hilo de sangre empapaba sus cabellos finísimos.
Emily sollozaba borracha. Mientras Martin acunaba a la niña herida, infinitamente preciosa en aquel momento, tuvo una espeluznante visión del futuro.
Al día siguiente Marianne estaba bien. Emily prometió que nunca más tocaría el alcohol y, durante unas semanas, fría y abatida, mantuvo la promesa. Después empezó poco a poco —ni whisky ni ginebra, pero sí cerveza, jerez o licores extraños: una vez dio con una sombrerera llena de botellas vacías de crema de menta. Martin encontró una buena criada que llevaba la casa de una manera competente. Virgie era también de Alabama y Martin nunca se había atrevido a decir a Emily los sueldos acostumbrados en Nueva York. La bebida de Emily era ahora completamente secreta; lo hacía antes de que él llegara a casa. Generalmente los efectos eran casi imperceptibles: una dejadez en los movimientos o los ojos cargados. Los rastros de irresponsabilidad, como lo de las tostadas con pimienta en lugar de canela, eran raros, y Martin podía estar tranquilo cuando Virgie estaba en casa. Sin embargo, la preocupación estaba siempre latente, como una amenaza de desastre inconcreto que socavaba sus días.
—¡Marianne! —llamó Martin, porque hasta el recuerdo de aquello le traía la necesidad de asegurarse. La pequeña, curada ya, pero no por ello menos preciosa para su padre, entró en la cocina con su hermano. Martin siguió preparando la cena. Abrió una lata de sopa y puso dos chuletas en la sartén. Luego se sentó junto a la mesa y se subió a Marianne sobre las rodillas para hacer el caballito. Andy les miraba moviéndose con los dedos el diente que estaba para caerse desde hacía una semana.
—Andy el goloso —dijo Martin—. ¿Tienes todavía ese viejo chisme en la boca? Acércate; deja que papá lo mire.
—Tengo un cordel para arrancarlo. —El niño sacó del bolsillo un pedazo de hilo—. Virgie dijo que lo atara al diente y atara la otra punta al picaporte y que cerrara la puerta fuerte, pero fuerte, y de un solo golpe.
Martin sacó un pañuelo limpio y tocó el diente con cuidado:
—Este diente va a salir de la boca de mi Andy esta noche: si no, temo que vamos a tener un árbol de dientes en la familia.
—¿Un qué?
—Un árbol de dientes —dijo Martin—. En cuanto muerdas algo, te lo tragarás, y ese diente echará raíces en la tripita de Andy y crecerá un árbol de dientes con dientecitos afilados en vez de hojas.
—Eh, papaíto —dijo Andy. Pero se agarraba el diente con fuerza entre el índice y el pulgar pringoso—: No hay ningún árbol así; yo no vi uno nunca.
—No hay ningún árbol así y nunca he visto ninguno —corrigió el padre.
Martin se puso de pronto en tensión. Emily bajaba por la escalera. Escuchó sus pasos vacilantes, mientras con el brazo sujetaba angustiado al niño. Cuando Emily entró en la habitación, sus movimientos y su cara enrojecida delataban que había bebido otra vez. Empezó a abrir cajones y a poner la mesa.
—¡Estado! —dijo con voz turbia—. Me hablas así. No creas que me olvido. Me acuerdo de todas esas cochinas mentiras que me dices. No creas ni por un momento que me olvido.
—¡Emily! —rogó—. Los niños...
—Los niños, sí. No creas que no veo a través de tus sucios planes y manejos. Aquí abajo tratando de volver a mis propios hijos en contra mía. No creas que no veo ni comprendo.
—Emily, por favor, vete arriba.
—Sí, para que puedas poner a mis hijos..., a mis propios hijos... —Dos grandes lágrimas le rodaron por las mejillas—. Tratando de poner a mi hijo, a mi Andy, contra su propia madre.
Con el impulso de la borrachera, Emily se arrodilló en el suelo delante del perplejo niño; guardó el equilibrio con las manos sobre los hombros del pequeño:
—Oye, Andy..., no hagas caso de ninguna de las mentiras que te cuenta tu padre. No creas nada de lo que te diga. Escucha, Andy, ¿qué te estaba diciendo papá antes de que bajara? —Dudando, el niño buscó el rostro de su padre—. Dímelo. Mamá quiere saberlo.
—Lo del árbol de dientes.
—¿Qué?
El niño se lo volvió a decir y ella repitió las palabras como un eco, con terror, incrédula:
—¡El árbol de dientes! —Osciló y volvió a agarrarse en los hombros del niño—. No sé de qué hablas, pero escucha, Andy, mamá está muy bien, ¿verdad? —Le rodaban las lágrimas por las mejillas; Andy retrocedió; estaba asustado. Agarrándose al borde de la mesa, Emily se puso en pie—. ¡Mira! Has puesto al niño en contra mía.
Marianne empezó a llorar y Martin la tomó en brazos.
—¡Muy bien! Puedes quedarte con tu niña. Desde el principio se te ha visto que la prefieres. No me importa, pero al menos puedes dejarme a mi hijo.
Andy se acercó a su padre y le agarró la pierna:
—Papaíto —sollozó.
Martin llevó a los niños al pie de la escalera:
—Andy, llévate a Marianne. Papá irá dentro de un momento.
—¿Y mamá? —preguntó el niño como en un susurro.
—Mamá se pondrá bien, no te apures.
Emily lloraba sobre la mesa de la cocina, con la cara tapada por el brazo. Martin sirvió una taza de caldo y se la puso delante. Sus sollozos roncos le pusieron nervioso; la vehemencia de su emoción, independientemente de la causa, despertó en él un sentimiento de ternura. Sin querer, le puso la mano sobre el cabello oscuro:
—Siéntate y tómate la sopa.
Su cara, al levantar los ojos, estaba purificada e implorante. La huida del niño o el contacto de la mano de Martin habían cambiado su actitud.
—Mar... Martin —sollozó—. Estoy tan avergonzada...
—Bébete el caldo.
Obedeciéndole, bebió entre suspiros entrecortados. Después de otra taza se dejó llevar por él hasta arriba, hasta su cuarto. Ahora era dócil y estaba más serena. Martin puso el camisón sobre la cama e iba a dejar el cuarto, cuando otra vez volvió la agitación del alcohol, una nueva oleada de la pena.
—Me volvió la espalda, Andy me miró y se volvió.
Martin, a pesar de que la impaciencia y el cansancio le endurecían la voz, contestó amablemente:
—Olvidas que Andy es todavía un niño, no puede entender qué significan esas escenas.
—¿Hice una escena? Martin, ¿hice una escena delante de los niños?
Su cara horrorizada le conmovió y le divirtió contra su voluntad.
—Déjalo ya. Ponte el camisón y vete a dormir.
—Mi pequeño huyó de mí. Andy miró a su madre y retrocedió. Los niños...
Estaba presa en la tristeza rítmica del alcohol. Martin se fue del cuarto diciendo:
—¡Por amor de Dios, vete a dormir! Los niños lo habrán olvidado mañana.
Mientras lo decía, pensó si sería verdad. ¿Desaparecería tan fácilmente la escena de la memoria o echaría raíces en la inconsciencia para enconarse con los años? Martin no lo sabía y la última alternativa le horrorizaba. Pensó en Emily, previó la humillación de la mañana siguiente; los trozos rotos de recuerdo, la lucidez que nace de la oscura ley de la vergüenza. Llamaría a la oficina de Nueva York dos veces, posiblemente tres o cuatro. Martin previó su azoramiento pensando si los demás de la oficina sospecharían. Creía que su secretaria había adivinado su preocupación hacía tiempo y que le tenía lástima. Por un momento se rebeló contra su destino; odiaba a su mujer.
Una vez en el cuarto de los niños cerró la puerta y por primera vez aquella tarde se sintió seguro.
Marianne se tiró al suelo y se levantó otra vez llamando:
—Papá, mírame. —Se tiró y se levantó, y continuó así el juego de tirarse y llamar para que la viera. Andy estaba sentado en la sillita baja moviéndose el diente. Martin abrió el grifo, se lavó las manos en el lavabo y llamó al niño al cuarto de baño.
—Vamos a ver otra vez ese diente.
Martin se sentó en el retrete sujetando a Andy entre las rodillas. La boca del niño estaba abierta y Martin agarró el diente. Un meneo, un tirón rápido y el blanco dientecito de leche estaba fuera. El rostro de Andy en el primer momento estaba entre aterrorizado, atónito y encantado. Tomó un sorbo de agua y escupió en el lavabo.
—¡Mira, papá, es sangre! ¡Marianne!
A Martin le encantaba bañar a sus hijos. Le gustaban mucho sus cuerpos tiernos, desnudos, mientras estaban así, en el agua, inermes. No tenía razón Emily cuando decía que tenía preferencias.
Mientras Martin jabonaba el cuerpo delicado de su hijo, sentía que más cariño era imposible. Sin embargo reconocía que su modo de querer a uno y a otra no era exactamente el mismo. El cariño por su hija era más grave, tocado de un poco de melancolía, de una dulzura que casi llegaba a pena.
Sus motes para el niño eran las bobadas de la inspiración de cada día; a la niña la llamaba siempre Marianne y su voz al nombrarla era una caricia. Martin secó a golpecitos la tripita gorda de la pequeña y el dulce, pequeño pliegue de la ingle. Los rostros limpios de los niños estaban radiantes como pétalos de flor, amados por igual.
—Voy a poner el diente debajo de la almohada. Me tienen que poner un cuarto de dólar.
—¿Y por qué?
—Tú lo sabes, papá. A Johnny le trajeron eso por su diente.
—¿Quién trae ese dinero? —preguntó Martin—. Yo creía que eran las hadas que lo dejaban por la noche. Aunque en mi tiempo eran diez centavos.
—Eso es lo que dicen en el parvulario.
—Y ¿quién lo pone?
—Los padres —dijo Andy—. Tú.
Martin estaba remetiendo la manta de la cama de Marianne. Su hija estaba ya dormida. Casi sin respirar, Martin se agachó y la besó en la frente, besó luego la manita que estaba con la palma hacia arriba, como sorprendida por el sueño junto a la cabeza.
—Buenas noches, Andy-grande.
La respuesta fue sólo un murmullo soñoliento. Al cabo de un momento, Martin sacó su portamonedas y deslizó un cuarto de dólar debajo de la almohada. Dejó la lamparita de noche encendida en la habitación. Mientras Martin andaba por la cocina preparándose algo de comer, se dio cuenta de que los niños no habían hablado ni una sola vez de su madre, ni de la escena que les tenía que haber parecido incomprensible. Absorbidos por el momento —el diente, el baño, la moneda—, el paso fluido de su tiempo de niños había arrastrado esos episodios ligeros como hojas en la corriente rápida de un arroyo poco profundo, mientras que el enigma adulto había quedado varado en la orilla. Martin dio gracias a Dios por ello.
Pero su propia ira, escondida y reprimida, se despertó otra vez. Su juventud estaba desperdiciada por una borracha; su hombría, minada sutilmente. Y los niños, una vez pasada la inmunidad de la incomprensión... ¿Qué pasaría dentro de un año? Con los codos sobre la mesa, comía los alimentos como un animal, sin saborearlos. No se podría encubrir la verdad. Pronto habría chismorreo en la oficina y en la ciudad; su mujer era una mujer perdida. Perdida. Y él y sus hijos estaban envueltos en un futuro de degradación y ruina lenta.
Martin empujó la mesa y se fue al cuarto de estar. Siguió las líneas de un libro con los ojos, pero su mente conjuraba tristes imágenes: vio a sus hijos ahogados en un río, su mujer hecha una desgracia por la calle. A la hora de acostarse, la rabia, sorda y dura, era como un peso en su pecho, y arrastró los pies al subir la escalera.
El cuarto estaba oscuro, menos la rendija de luz de la puerta entreabierta del cuarto de baño.
Martin se desnudó en silencio. Poco a poco, misteriosamente, ocurrió en él un cambio. Su mujer estaba dormida, su respiración tranquila se oía suavemente en la habitación. Los zapatos de tacón alto con las medias tiradas con descuido le llamaban en silencio. Su ropa interior estaba echada en desorden sobre la silla. Martin recogió la faja y el sostén de seda y los tuvo un momento en la mano.
Por primera vez en la noche miró a su mujer. Sus ojos se posaron en la dulce frente, en el bello arco de las cejas. El arco que había heredado Marianne, con la curva al final de la nariz delicada. En su hijo podía rastrear los pómulos altos y la barbilla afilada. Emily tenía un cuerpo suave y ondulante, de pechos firmes. Mientras Martin contemplaba el sueño tranquilo de su mujer, el fantasma de la vieja ira se desvaneció. Todos los pensamientos de reproche o enfado estaban ahora lejos de él.
Martin apagó la luz del cuarto de baño y levantó la ventana. Con cuidado, para que Emily no se despertara, se deslizó en la cama. A la luz de la luna contempló por última vez a su mujer. Sus manos buscaron la carne inmediata y la pena igualó al deseo en la inmensa complejidad del amor.

Carson McCullers - "El orfanato"

Posted by Arabella in ,

Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con la excepción de dos magnolios. En el patio, rodeado por una verja de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la verja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.
Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero hay algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que George Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Si una chica, me dijo, besaba a un chico, se convertía en una persona de color y, cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Sólo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentuda, de cabellos rubios grasientos que se sujetaba en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero sólo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color.
Era verano y día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera de algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedas de cinco y diez centavos.
Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad volandera, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.
—Crecen dentro de las señoras —dijo Tit.
—Si juráis que nunca se lo diréis a ningún ser vivo, os enseñaré una cosa.
Debimos de jurar como nos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.
—¿Sabéis qué es esto? —preguntó.
Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:
—¿Qué es?
Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspense, dijo:
—Es un bebé muerto y escabechado.
El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit contemplaba el frasco con aterrada fascinación.
—¿De quién? —preguntó por fin en voz baja.
—Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser boticario.
Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:
—¿De quién? ¿El bebé de quién?
—Era huérfano —dijo Hattie.
Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ése, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrada dentro y me estaba buscando... ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estanterías llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí..., y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle Tercera.
Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba ya una chica mayor, y había pasado por delante miles de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces veía a los huérfanos, que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios religiosos después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron al instituto de la calle Diecisiete, al que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.
Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañé en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de lo que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vacío y en las habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El calor procedía sólo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donada por las diferentes iglesias de la ciudad y las dos se encerraron para cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.
Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de tejo dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme qué era mi padre.
Y, como tardaba en contestarle, dijo:
—El mío era vigilante de la vía del ferrocarril.
Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba unos pololos marrones de algodón.

Carson McCullers - "El jockey"

Posted by Arabella in ,

Carson McCullers es, junto a William Faulkner, Flannery O'Connor y el dramaturgo Tennessee Williams, el máximo exponente de lo que se ha dado en llamar "gótico sureño". Sus historias exploran el aislamiento espiritual de los inadaptados y marginados del Sur de los Estados Unidos.

El jockey llegó a la puerta del comedor; después de un momento entró y se puso a un lado, quieto, con la espalda apoyada contra la pared. El local estaba lleno; era ya el tercer día de la temporada y todos los hoteles de la ciudad estaban repletos. En el
Carson McCullers

comedor, unos ramitos de rosas de agosto habían dejado caer pétalos sobre los manteles blancos y desde el bar cercano llegaba un sonido de voces cálido y ronco. El jockey esperaba con la espalda pegada a la pared y observaba el comedor con ojos apretados, rugosos. Examinó la habitación y su mirada llegó hasta una mesa de la esquina de enfrente en la que estaban sentados tres hombres. Observando, el jockey levantó la barbilla y echó la cabeza hacia un lado; su cuerpo de enano se irguió rígido y apretó las manos con los dedos curvos hacia dentro como garfios de hierro. Así, en tensión, contra la pared del comedor, miraba y esperaba.
Aquella tarde llevaba un traje de seda china verde bien cortado a medida y del tamaño de un disfraz de niño. La camisa era amarilla; la corbata a rayas, de colores pastel. Iba sin sombrero y llevaba el pelo cepillado hacia la frente en una especie de flequillo mojado y tieso. Su rostro era chupado, gris y sin edad. Había hoyos de sombra en sus sienes y sus labios se crispaban en una sonrisa forzada. Después de un rato se dio cuenta de que le había visto uno de los tres hombres que él había mirado. Pero el jockey no saludó con la cabeza, levantó más la barbilla y metió el pulgar de su mano rígida en el bolsillo del chaleco.
Los tres hombres de la mesa de la esquina eran un entrenador, un corredor de apuestas y un hombre rico. El entrenador era Sylvester, un sujeto grandote, desgarbado, de nariz brillante y lentos ojos azules. El de las apuestas era Simmons. El hombre rico era el dueño de un caballo que se llamaba Seltzer, con el que el jockey había corrido aquella tarde. Los tres bebían whisky con soda, y un camarero uniformado con chaqueta blanca acababa de traer el plato principal de la cena.
Fue Sylvester el primero que vio al jockey. Desvió la vista en seguida, dejó su vaso de whisky y se frotó nervioso la punta de la nariz enrojecida.
—Es Bitsy Barlow —dijo—. Está ahí, al otro lado del comedor, mirándonos.
—¡Ah, el jockey! —dijo el hombre rico. Estaba de cara a la pared y casi dio media vuelta para mirar hacia atrás—. Dile que venga.
—¡No, por Dios! —dijo Sylvester.
—Está loco —dijo Simmons. La voz del corredor de apuestas era opaca y sin inflexiones. Tenía la cara de un jugador nato, ajustada cuidadosamente su expresión en equilibrio permanente de miedo y codicia.
—Bueno, yo no le llamaría eso precisamente —dijo Sylvester—. Le conozco desde hace tiempo.
Estaba estupendamente hasta hace unos seis meses. Pero si sigue así, me parece que no dura otros seis meses, no puede.
—Fue aquello que le pasó en Miami —dijo Simmons.
—¿Qué? —preguntó el hombre rico.
Sylvester echó una mirada al jockey a través del comedor y se humedeció los labios con la lengua roja y carnosa.
—Un accidente. Un chico que se hirió en la pista. Se rompió una pierna y la cadera. Era muy amigo de Bitsy. Un irlandés. No era mal jinete tampoco.
—Es una pena —dijo el hombre rico.
—Sí. Eran muy amigos —dijo Sylvester—. Estaba siempre en el hotel en el cuarto de Bitsy.
Solían jugar al póquer o se tumbaban en el suelo a leer juntos la página de deportes.
—Bueno, son cosas que pasan —dijo el hombre rico.
Simmons cortaba su filete. Tenía el tenedor sobre el plato y amontonaba cuidadosamente sobre él las setas con la hoja del cuchillo.
—Está loco —repetía—. A mí me pone nervioso.
Estaban ocupadas todas las mesas del comedor. En la mesa del centro había un grupo de fiesta y las mariposas blancas y verdes habían entrado desde la noche y revoloteaban alrededor de las llamas claras de las velas. Dos chicas con pantalones de franela y chaquetas sueltas entraron del brazo y fueron al bar. De la calle principal llegaban los ecos de la histérica barahúnda de la gente en vacación.
—Aseguran que Saratoga es en agosto la ciudad más rica del mundo por cabeza —dijo Sylvester dirigiéndose al hombre rico—. ¿A usted qué le parece?
—No sé —dijo el hombre rico—. Podría serlo muy bien.
Simmons se limpió cuidadosamente la boca grasienta con la punta del índice:
—¿Y qué pasa con Hollywood? ¿Y Wall Street?
—Calla —dijo Sylvester—. Viene hacia acá.
El jockey había dejado la pared y se acercaba a la mesa de la esquina. Andaba pavoneándose, presumido, lanzando las piernas en un semicírculo a cada paso, taconeando viva y petulantemente sobre la alfombra de terciopelo rojo. Al andar se dio contra el codo de una mujer gorda vestida de satén blanco, que estaba en la mesa del banquete; el jockey retrocedió y se inclinó con cortesía estudiada, los ojos bien cerrados. Cuando hubo cruzado el comedor, acercó una silla y se sentó en una esquina de la mesa, entre Sylvester y el hombre rico, sin hacer el menor saludo ni cambiar en lo más mínimo su rostro gris e inmóvil.
—¿Has cenado? —preguntó Sylvester.
—Algunos lo llamarían cenar —la voz del jockey era alta, clara y amarga.
Sylvester puso el cuchillo y el tenedor cuidadosamente sobre el plato. El hombre rico cambió de postura, poniéndose de lado en la silla y cruzando las piernas. Llevaba pantalones grises de montar, las botas sucias y una chaqueta marrón muy estropeada. Ése era su atuendo día y noche durante las carreras, aunque nadie le había visto nunca a caballo. Simmons siguió con su cena.
—¿Quieres un poco de seltz? —preguntó Sylvester—. ¿O algo por el estilo?
El jockey no contestó. Sacó una petaca de oro del bolsillo y la abrió de golpe. Dentro había algunos pitillos y una navajita de oro minúscula. Usaba la navaja para cortar en dos los cigarrillos.
Cuando hubo encendido el pitillo, levantó la mano llamando al camarero que pasaba junto a la mesa.
—Un whisky, por favor.
—Mira, chico —dijo Sylvester.
—No me llame chico.
—Sé razonable. Sabes que tienes que ser razonable.
El jockey hizo una mueca rígida con el extremo izquierdo de la boca. Bajó los ojos mirando la comida que había encima de la mesa, pero los levantó en seguida. Delante del hombre rico había una cazuelita de pescado asado con salsa de crema y adornado con perejil. Sylvester había pedido unos huevos «Benedict». Había espárragos, maíz tostado con mantequilla y un platito con aceitunas negras. Había una fuente de patatas fritas en la esquina de la mesa, delante del jockey. No miró más la comida. Fijaba sus ojos apretados en el centro de mesa con rosas abiertas.
—Me figuro que no se acordarán de cierta persona que se llamaba McGuire —dijo.
—Oye, mira, —dijo Sylvester.
El camarero trajo el whisky y el jockey se sentó acariciando el vaso con sus manos pequeñas, fuertes y callosas. En la muñeca llevaba una cadena de oro que golpeaba contra el borde de la mesa.
Después de dar vueltas al vaso entre las palmas de las manos, se bebió de pronto el whisky en dos tragos. Dejó el vaso con aire decidido.
—No, no creo que su memoria sea tan larga y amplia —dijo.
—Claro que sí, Bitsy —dijo Sylvester—. Pero, ¿por qué haces estas cosas? ¿Has tenido hoy noticias del chico?
—He tenido una carta —dijo el jockey—. A esa persona de la que hablábamos la han quitado del personal el miércoles. Tiene una pierna dos centímetros más corta que la otra. Eso es todo.
Sylvester chasqueó la lengua y movió la cabeza.
—Me hago cargo de lo que sientes.
—¿Sí? —El jockey miraba los platos de la mesa. Su mirada iba de la cazuelita de pescado al maíz y, finalmente, se fijó en la fuente de patatas fritas. Apretó la cara, y levantó la mirada rápidamente. Deshojó una rosa y cogió uno de los pétalos, lo estrujó entre los dedos y se lo metió en la boca.
—Bueno, son cosas que pasan —dijo el hombre rico.
El entrenador y el de las apuestas habían terminado de comer, pero quedaba comida en las fuentes. El hombre rico se lavó los dedos grasientos en el vaso de agua y se secó con la servilleta.
—¡Vaya! —dijo el jockey—. ¿No quieren que les traiga algo? ¿O quizá desean repetir? ¿Otro filete, señores, o...?
—Por favor —dijo Sylvester—. Sé razonable. ¿Por qué no te vas arriba?
—Sí, ¿por qué no me voy? —dijo el jockey.
Su voz aflautada era todavía más alta y tenía algo del plañido agudo de la histeria.
—¿Por qué no me voy a mi maldito cuarto y le doy vueltas y escribo unas cartas y me voy a la cama como un buen chico? ¿Por qué no...? —Empujó su silla hacia atrás y se levantó—. ¡Oh, al cuerno! —dijo—. Váyanse al cuerno. Quiero algo de beber.
—Lo que te digo es que esto es tu funeral —dijo Sylvester—. Tú ya sabes el mal que esto te hace. Lo sabes de sobra.
El jockey cruzó el comedor y se acercó a la barra. Pidió un Manhattan y Sylvester le miró, de pie con los talones juntos, apretados, el cuerpo tieso como un soldado de plomo, con el meñique separado del vaso, y bebiendo despacio.
—Está loco —dijo Simmons—. Ya lo dije.
Sylvester se volvió al hombre rico:
—Si se toma una chuleta de cordero, se le ve la forma en el estómago una hora después. No digiere ya las cosas. Pesa cincuenta y un kilos. Ha engordado un kilo y medio desde que dejamos Miami.
—Un jockey no debe beber —dijo el hombre rico.
—La comida no le satisface como antes y no la digiere. Si se toma una chuleta de cordero, se la puede ver saliendo de punta en el estómago y no le baja.
El jockey terminó su Manhattan. Tragó y aplastó la cereza del fondo del vaso con el dedo pulgar, y la apartó luego lejos de él. Las dos chicas en pantalones estaban de pie a su izquierda, mirándose, y al otro lado del bar dos chicos habían empezado una discusión sobre cuál era la montaña más alta del mundo. Todos estaban acompañados; no había nadie solo aquella noche. El jockey pagó con un billete nuevo de cincuenta dólares y no contó el cambio.
Volvió al comedor, a la mesa en la que estaban sentados los tres hombres, pero no se sentó.
—No, no me atrevería a pensar que la memoria de ustedes es tan buena —dijo. Era tan bajo que el borde de la mesa le llegaba casi al cinturón y cuando agarró la esquina con sus manos nervudas no tuvo que doblarse—. No, ustedes están demasiado ocupados en tragar cenas en restaurantes. Están demasiado...
—De veras —rogó Sylvester—. Tienes que ser razonable.
—¡Razonable! ¡Razonable! —El rostro gris del jockey tembló, luego se detuvo en una sonrisa helada y desagradable. Sacudió la mesa hasta que los platos se tambalearon, y por un momento pareció que la iba a volcar. Pero de pronto lo dejó. Alargó la mano a la fuente que estaba a su lado y se metió deliberadamente en la boca un puñado de patatas fritas. Masticaba despacio, con el labio superior levantado, se volvió y escupió la masa pastosa sobre la suave alfombra roja que cubría el suelo—. ¡Depravados! —dijo. Y su voz sonaba delgada y rota. Saboreó la palabra como si tuviera un sabor que le gustara—. ¡Depravados! —repitió, y volviéndose se marchó del comedor con su rígido pavoneo.
Sylvester encogió uno de sus hombros pesados y caídos. El hombre rico secó un poco de agua que se había vertido sobre el mantel, y no hablaron hasta que vino el camarero a recoger los platos.