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Lydia Davis - "Dos hermanas"

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Este cuento pertenece al volumen "Desglose" (Break It Down) de 1986. La versión es la de Justo Navarro.

 

  Aunque todos desean que no suceda, y aunque sería mucho mejor que no sucediera, a veces sucede: nace una segunda hija y hay dos hermanas. 

Por supuesto, cualquier hija, que llora en el momento de nacer, sólo es un fracaso, y es acogida por el padre con un peso en el corazón, puesto que el hombre quería hijos. Vuelve a intentarlo: vuelve a ser una hija. Y esta vez es peor, pues es la segunda hija; luego viene la tercera, e incluso la cuarta. El padre es desgraciado entre hembras. Vive, desesperado, entre sus fracasos. 

Afortunado es el hombre que tiene un hijo y una hija, aunque corre un gran riesgo al intentar tener otro hijo. El más afortunado es el hombre que tiene sólo hijos, pues puede insistir, hijo tras hijo, hasta que llegue la hija, y tendrá todos los hijos que desee y, además, una hijita que adorne la mesa. Y, si la hija no llega nunca, ya tiene una mujer, en su esposa, la madre de sus hijos. Él no lleva un hombre dentro. Dentro sólo lleva a su mujer. Ella, que no tiene mujer, quizá desee una hija, pero sus deseos apenas son audibles. Porque ya ella es una hija, aunque probablemente no vivan sus padres.

La hija sola, la única hermana entre muchos hermanos, oye la voz de su familia y se siente satisfecha consigo misma y feliz. Admiran su delicadeza y sosiego frente a la brutalidad y la capacidad de destrucción de sus hermanos. Pero, cuando son dos hermanas, una es más fea y más desgarbada que la otra, una es menos inteligente, una es más promiscua. Incluso cuando todas las mejores cualidades coinciden en una sola hermana, como sucede con mucha frecuencia, esa hermana no será feliz, porque la otra, como una sombra, seguirá sus éxitos con envidia. 

Dos hermanas se hacen mujeres en momentos distintos y se desprecian por ser tan infantiles. Se pelean, se sofocan. Si hay una sola hija, siempre será Ángela, pero, cuando son dos, pierden el nombre y, como resultado, se vuelven más tercas. 

Las hermanas suelen casarse. A una el marido de la otra le parece vulgar. La otra usa a su marido como un escudo contra su hermana y contra el marido de la hermana, a quien teme por su ingenio agudísimo. Aunque las dos hermanas se esfuerzan en ser amigas para que sus hijos tengan primos, a menudo se sienten dos extrañas. 

Sus maridos las decepcionan. Sus hijos son un fracaso y malgastan el amor de las madres en ciudades de segunda fila. Fuerte como el hierro, lo único que perdura es el odio entre las dos hermanas. Resiste, mientras sus maridos se marchitan, mientras sus hijos desertan. 

Juntas en la misma jaula, las dos hermanas contienen su furia. Tienen la misma cara. 

Dos hermanas, vestidas de negro, van juntas a comprar, muertos los maridos, muertos los hijos en alguna guerra; están tan acostumbradas al odio que ya ni lo notan. Alguna vez son cariñosas la una con la otra, porque olvidan. 

Pero la costumbre de muchos años amarga, ya difuntas, las caras de las dos hermanas.

Lydia Davis - "Egoísta"

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Este cuento pertenece al volumen "Samuel Johnson está indignado" de 2002.
La versión es la de Víctor Úbeda.




Lo bueno que tiene ser egoísta es que cuando tus hijos se hacen daño tampoco te importa mucho porque a ti personalmente no te ha pasado nada. Pero si sólo eres un poco egoísta no sirve. Tienes que ser muy egoísta. La cosa funciona así: si sólo eres un poco egoísta, te preocupas un poco por ellos, les prestas un poco de atención, los llevas casi siempre bien vestidos, les cortas el pelo con relativa frecuencia, aunque no les compras todo lo que necesitan para el colegio, o por lo menos no cuando lo necesitan; te lo pasas bien con ellos, te ríes con sus chistes, aunque cuando se portan mal tienes poca paciencia con ellos, porque te molestan cuando tienes cosas que hacer, y cuando se portan muy mal te enfadas mucho; tienes una idea aproximada de cuáles son sus necesidades, sabes más o menos lo que hacen con sus amigos, les haces preguntas, aunque tampoco muchas, y siempre hasta cierto punto, porque no tienes tiempo; entonces surgen los problemas, pero tú ni te enteras porque estás muy ocupada: les da por robar, y te preguntas cómo habrá venido eso a parar a casa; te enseñan lo que roban y cuando les preguntas te mienten; cuando te mienten siempre los crees, porque parecen muy sinceros y porque además tardarías mucho en averiguar la verdad. En fin, que esto es lo que suele ocurrir si has sido egoísta; y si no has sido lo bastante egoísta, luego, cuando estén metidos en líos, sufrirás, aunque mientras sufras seguirás, por pura costumbre, siendo egoísta y dirás: Estoy destrozada. Mi vida ya no tiene sentido. ¿Cómo voy a seguir adelante? De manera que, puestos a ser egoístas, más te vale ser más egoísta que eso, tan egoísta que por mucho que lamentes que se hayan metido en líos, por mucho que lo lamentes sincera y profundamente, tal y como les dirás a tus amigos y conocidos y al resto de la familia, en tu fuero interno te sentirás aliviada, feliz, encantada incluso, de que no te esté pasando a ti.

Amanda Davis - "Faith o Consejos a una joven que quiere tener éxito"

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Novelista y cuentista estadounidense. Con solo una novela y un volumen de cuentos fue considerada una de las autoras más prometedoras de la nueva narrativa norteamericana, pero su fallecimiento a los treinta y dos años impidió ver hasta donde era capaz de llegar.
Aquí puede leerse en inglés otro de sus cuentos, "Fat Ladies Floated in the Sky Like Balloons".
Este cuento (cuya protagonista aparece también en su novela "Wonder when you'll miss me") pertenece a su volumen "Circling the Drain" publicado en 1999.
La versión es la de José Luis López Muñoz.

1. Se cazan más moscas con miel que con vinagre
La gorda tiene razón.
—Hay muchas formas de enfadarse —dice—. Unas son más útiles que otras.
Hablamos mucho, aunque no la ve nadie, tan sólo yo. Está de pie, chupando un polo de chocolate como si hiciese un estupendo día de sol, pero yo me hielo.
—No estoy enfadada —le digo, aunque no es del todo cierto.
Sonríe.
—Decir que no lo estás es una forma de enfado —responde—. No muy útil, sin embargo.
Estamos en la calle un día de comienzos de otoño. Las clases empezaron hace tres semanas y miro atentamente a la multitud que pasa por delante.
—Faith —dice la gorda—, no te hagas muchas ilusiones. Eso no va a funcionar nunca, corazón —se refiere a Tony Giobambera, que tiene el pelo oscuro rizado por todo el cuerpo y sonríe con la boca pero no con los ojos; que camina despacio, como si tuviera un secreto.
—Nunca se sabe —digo.
—La verdad es que sí lo sé —dice. Luego, chupando, arranca un trozo grande de chocolate.

2. Las zanahorias son un tentempié estupendo
La gorda se sienta detrás de mí en el instituto. Todo el día, en todas las clases. Come gominolas y fritos.
—Shhh —le digo—, haces demasiado ruido.
Se limita a sonreír y las migas que se sacude de la boca van a parar a la pechera de su blusa azul.
—Sólo te molesto a ti, Faith —susurra—. Nadie más se queja.
Miro a mi alrededor. Estamos en un examen de historia universal y los demás se concentran en su trabajo. Toda la clase inclina la cabeza como si rezara. Tengo las preguntas del examen en mi pupitre pero no he contestado ninguna.
La gorda empieza a comer Pringles. Mete la mano en el envase y saca dos patatas fritas, las pone en equilibrio una encima de otra y las rodea con los labios.
—Mira, boca de pato —me murmura por encima del hombro.
—No te oigo —susurro, y me tapo los oídos con las manos.
La gorda se sienta en el sitio que ocupaba Andrea Dutton. Andrea Dutton, animadora y miembro de la Sociedad Honorífica, una chica muy guapa que puede ser simpática o desagradable según le dé. La gorda se sienta ahí porque Andrea Dutton se estrelló con su coche hace tres semanas y terminó en el hospital en coma y todo el mundo dijo que era una tragedia terrible. No sé dónde se sentaba antes.

3. Una dama presta atención. A todos los chicos les gusta que los escuchen
Cuando suena el timbre, la gorda y yo salimos. Tony Giobambera siempre se fuma un pitillo antes de la cuarta clase en un banco que está entre el edificio viejo y el nuevo; un sitio donde, si fuese cualquier otro, seguro que lo pillarían, pero a él no.
—No le importa que lo mires —me cuenta la gorda, de manera que busco un lugar en el patio desde donde pueda verlo, pero finjo que miro al infinito y que pienso en cosas más importantes que en lo que daría porque Tony Giobambera me rozara con el dedo la mejilla y la garganta tan sólo una vez más.
—Lo que no sucederá —dice la gorda. Se ha sentado a mi lado y come pastel de ruibarbo.
—¿De dónde demonios has sacado eso? —rujo.
—¿Verdad que te gustaría saberlo? —dice, devolviéndome el rugido antes de marcharse.
Pero sucedió una vez.

4. Una dama se preocupa de su aspecto: los pepinos reducen la hinchazón de los ojos. La vaselina pone brillo en la sonrisa
Fue después de lo que hice, el largo verano después de que cambiara por completo y estuviese preparada para volver al instituto como una persona completamente distinta, aunque en mi interior siguiera siendo yo. Y fue en una fiesta de final de verano, donde casi todos eran de cuarto curso, una semana antes de que comenzaran las clases. Todo el mundo se había emborrachado con cerveza o se estaba colocando en el sótano, y yo iba de habitación en habitación esperando que alguien se fijara en mi nuevo yo, pero nadie lo hacía.
Salí por la parte de atrás, bajé los escalones de madera, y me alejé de las luces brillantes de la casa hacia el pequeño cenador con celosía. Dentro había un banco y me senté, espantándome los mosquitos a golpes y sintiendo una tensión en el pecho que me daba ganas de gritar.
Hasta entonces nadie había dicho una palabra, aunque había perdido veintinueve kilos y la piel se me había limpiado casi por completo. Después de faltar a clase casi todo un semestre y de desaparecer durante más de seis meses. Nada, ni una palabra.
Mientras estaba en Berrybrook los padres de Miranda Turner encontraron un porro en su habitación, se asustaron y la mandaron a otro instituto de Idaho donde no se permitía a nadie maquillarse y donde los castigaban a recoger patatas en el campo. Yo sabía que no era sólo la hierba lo que les preocupaba, era sobre todo yo. Habíamos sido amigas desde primaria, pero aunque era de verdad una buena amiga suya, los padres de Miranda se comportaron como si mi tristeza fuera contagiosa. Como si su hija no tuviera sus propias amarguras.
Miranda consiguió mandarme a escondidas una carta desde el reformatorio de Idaho. No la recibí hasta después de terminar en Berrybrook.
...Dicen cosas increíbles, escribía. Tienen miedo de que me convenzas para que trate también de suicidarme. Probablemente tendré que chupársela a uno de los jardineros para poder mandarte esta carta. ¿Te cabe en la cabeza que mis padres piensen que esto es mejor que dejarme tranquila para que podamos ser amigas como siembre?

5. Una dama se lo piensa dos veces antes de hablar: cuando se sueltan los malos pensamientos no se recuperan nunca
Estaba sentada en un banco de aquel cenador, las rodillas contra el pecho, jugueteando con las enredaderas que trepaban hasta el emparrado, arrancándoles las hojas y dejando sólo los nervios, cuando Andrea Dutton salió dando traspiés de entre los árboles. Tenía la ropa hecha una pena, toda retorcida y cubierta de agujas de pino. Un minuto después apareció Tony Giobambera, subiéndose la cremallera del pantalón. La alcanzó, le puso el brazo por encima del hombro y vi cómo los dos, dando tumbos, venían hacia mí.
No tenía escapatoria, de manera que me quedé. Si Miranda hubiera estado allí, me habría hecho creer que todo iba a salir bien, pero estaba sola y ellos empezaron a subir los escalones del cenador.
Andrea Dutton se detuvo al verme y se balanceó hacia delante y hacia atrás.
—¿No eras tú aquella chica tan gorda? —preguntó con voz pastosa.
Me quedé paralizada pero no dije nada.
—Me he enterado de lo que hiciste —me señaló con un dedo muy cerca de la cara. Tenía ojos de sueño y le brillaba la piel. Me apreté contra la celosía del cenador.
Tony le apartó la mano con un golpe.
—Por Dios, Andrea, eres una dama, ¿o no?
—Cállate, cerdo. Ni siquiera la reconoces.
Tony se dio la vuelta.
—Claro que sí —dijo con amabilidad—. Eres Faith no recuerdo qué más, ¿verdad que sí? —extendió una mano fuerte y me recorrió el contorno de la mejilla—. Estás estupenda —añadió—. De verdad.
Andrea le dio un puñetazo en el hombro.
—Vámonos, ¿eh?
Él me miró, sonrió, y toda mi tensión se convirtió en calor. Luego Tony cogió otra vez la mano de Andrea y siguieron subiendo colina arriba.

6. Todo el mundo aprecia una sonrisa bonita
La gorda se entretiene con galletas rellenas de chocolate.
—¿No dejas nunca de comer? —le pregunto—. Eres una calamidad.
No dice nada; se limita a seguir lamiendo el baño de chocolate y me mira fijamente hasta que me quema la cara. Me miro las uñas, sucias y mordidas. Estamos sentadas en un muro bajo, al sol, detrás del instituto. Veo un balón de fútbol que vuela a lo lejos. El cielo está azul y despejado.
—Escucha —me dice en voz baja—, sólo me tienes a mí.

7. Una dama confía en sí misma. No le asusta guiarse por su intuición
Lo hice en un día precioso, claro y frío, muy poco antes de Navidad. Siempre pienso en eso: qué prometedor parecía aquel día y cómo aquello, de algún modo, lo estropeó todo. Lo había planeado un poco pero, llegado el momento, no me desperté con una idea clara de lo que iba a suceder o de cuándo lo sabría. Sencillamente lo supe. Doblé una esquina y lo supe.
Lloraba cuando pensaba en ello, que era todo el tiempo. Sentí como si la luz dentro de mí hubiese parpadeado y se hubiera apagado. Matarme lo borraría todo. Lo que quería hacer era levantar la aguja del disco y parar la canción de golpe.
Tomé pastillas.
Tomé montones de pastillas, pastillas muy bonitas de todos los colores. Las fui reuniendo durante meses, desvalijaba botiquines dondequiera que iba. Al cabo de algún tiempo ni siquiera me molestaba en leer las etiquetas. Lo que me importaba era si hacían juego con las otras, como guijarros de colores, la sensación que me producían cuando metía la mano en el frasco y las dejaba correr entre los dedos: escurridizas y preciosas. Fui ahorrándolas. Esperé a que llegara el momento adecuado para echarme a la garganta todas aquellas posibilidades.

8. A nadie le gustan los entrometidos
Conocí a la gorda el mismo día en que me enteré del accidente de Andrea Dutton: en los aseos de un cine. Faltaban veinticuatro horas para el comienzo de las clases, y habían pasado cuatro días desde la fiesta en la que Tony Giobambera me tocó. Dos chicas que no conocía de nada se arreglaban el pelo y charlaban cuando entré. Una le dijo a la otra:
—¿Te has enterado de lo de Andrea Dutton?
—No —respondió la segunda—. ¿Qué ha pasado?
—Está en coma —dijo la primera—. Dio una voltereta con el coche y todo lo demás. ¿No es increíble?
—¡Caray! —dijo la segunda, antes de hacer una pausa para encender un cigarrillo—. Y era de lo más popular.
Para entonces ya me había puesto a salvo en un retrete alejado, aunque olía el humo.
—Eh, ¿quién era ésa? —le oí decir a una. Quizá señaló con el dedo.
—No sé —suspiró la otra—. ¿Por qué? ¿La conoces?
—Juraría que es la gorda de la fiesta con los antiguos alumnos —dijo la primera con una risita—. Faith no sé cuántos.
—Estás de verdad colocada —rió la otra—. Como si...
Al cabo de unos minutos se marcharon.
El peso antiguo volvió a oprimirme el pecho. Mi mundo se llenó de grietas y amenazaba con explotar. Preferí quedarme en el refugio del retrete y llorar. Cuando por fin abrí la puerta para salir, tenía los ojos rojos e hinchados. Me rocié la cara con agua pero era evidente que había llorado.
—No te preocupes por ellas —dijo alguien desde otro retrete—. Una morirá en un accidente espantoso mientras le hacen la permanente y a la otra la matará su novio cuando tenga poco más de veinte años.
Sonreí, no lo pude evitar, y dije entre sollozos:
—Seguramente mi amiga Miranda habría dicho lo mismo.
—¿Miranda Turner? —preguntó la voz—. ¿No la mandaron a un instituto en Idaho?
—Sí —contesté en voz baja. Me mordí el labio. Tenía otra vez ganas de llorar.
Se abrió la puerta del segundo retrete y salió una chica. Se estaba comiendo un helado al corte.
—¿Qué tal? —dijo—. Debes de ser la gorda de la fiesta con los antiguos alumnos.
Me la quedé mirando. Era descomunal, no se le veía la cara entre tanta grasa: los ojos, simples ranuras; las mejillas, dos gigantescas mitades de un melón. Los dedos de las manos, enormes y gruesos.
—Sí —dije—, pero ya no.
—Y un cuerno, corazón —dijo—. Gorda una vez, gorda siempre.
Luego me cogió del brazo y me sacó del baño.

9. A todo el mundo le gusta una dama
Hago terapia como paciente externa. Dos veces por semana voy a ver a la doctora Fern Hester, a quien se supone que tengo que llamar Fern y contarle lo bien que me va en la vida ahora que he perdido tanto peso y he decidido vivir. Fern se sienta con las manos apenas entrelazadas y los tobillos cruzados. Las faldas le llegan siempre a la rodilla y son del mismo color que su pelo castaño, liso, al estilo paje, aunque mal cortado y torcido. Lleva unas enormes gafas cuadradas que se sube hasta lo alto de la nariz arrugando mucho la cara, algo a lo que me ha costado cierto tiempo acostumbrarme.
Cuando empezamos la sesión, Fern guarda silencio. Si no consigo hablar de algo enseguida, me mira fijamente y me da ánimos de forma muy profesional. Esos momentos de silencio son horribles y desmesurados, me enfadan y me dan náuseas, de manera que, para tener cubiertas las espaldas, trato de preparar unos cuantos temas antes de llegar.
Nunca le hablo de la gorda.
Nunca le hablo de la fiesta con los antiguos alumnos.
Hace tres semanas le dije:
—Una chica del instituto está en coma.
Fern asintió, el rostro lleno de preocupación.
—Y todo el mundo dice que estaba muy borracha y cosas parecidas. Yo casi no la conocía.
Vigilaba a Fern. Al darles la luz, se veían manchas de grasa en sus gafas, que me reflejaban: lacio pelo castaño, grano cerca de la nariz. Me toqué la cara. Había conocido a Andrea Dutton. Cuando éramos pequeñas jugábamos juntas, a los cinco y seis años, pero aquello no me daba derecho a llamarla amiga ahora. Sentía sin embargo la necesidad de que me relacionaran con ella, de participar al menos en parte de su tragedia.
Su ausencia era un agujero enorme abierto en el entramado de nuestro instituto, de la ciudad incluso. Me la imaginaba en una cama de hospital, los cabellos rubios cayendo en cascada sobre la almohada, la piel, suave y nacarada, los labios abiertos sólo lo justo para permitir el paso de una sonda. La habitación estaría repleta de flores, pensé, con sus padres en vela junto a la cama. No cabía la menor duda; todo mundo deseaba que volviera.
—Sale con Tony Giobambera —dije en voz baja, y enseguida me arrepentí, porque a Fern se le encendieron los ojos como si fuese una máquina de bolas y se inclinó hacia delante muy interesada.
Silencio. ¿Qué se podía decir sobre Tony Giobambera? ¿Que por alguna razón creo que es a mí a quien ve, y no sólo a la gorda fracasada que era antes, que me ve a mi, Faith, una persona? ¿Que me falta la respiración cuando estoy cerca? ¿Que quiero que me salve?
—Le cae bien a todo el mundo —dije.
Fern se recostó y garrapateó algo.

10. Hay que mantener siempre una actitud positiva. ¡La primera admiradora de una dama es ella misma!
Por la tarde me llaman a la oficina de orientación para hablar sobre mi expediente. «Para ver de qué forma podría tener más posibilidades de ir a la universidad, cómo podría ser una candidata más atractiva.» La gorda se queda en el pasillo. «Antes de tus problemas formabas parte del coro...» Parece que no tengo actividades extracurriculares y ahora que «he superado los escollos y me encuentro mucho mejor, psicológicamente hablando», ¡es hora de dejar atrás el pasado y pensar en el futuro! «Un buen expediente académico puede mejorar mucho si se le añaden unas cuantas actividades de voluntariado...»
—En ese caso, ¿qué tendría que hacer? —le pregunto a la señora Twine, la asesora, que es demasiado optimista para serle de ayuda a nadie—. ¿Presentarme a las elecciones para presidenta del Consejo de Estudiantes o algo parecido?
—¡Qué buena idea! —responde, entusiasmada, la señora Twine.
—¡No! —me enfado, no lo puedo evitar—. No; no me parece en absoluto una buena idea. No sabe usted ni remotamente lo que es una buena idea. ¡Todo el mundo se ríe de mí! Presentarme para el Consejo de Estudiantes sería tan estúpido...
No concluyo la frase y las dos nos sentimos incómodas.
—Escucha —dice la señora Twine—, entiendo tu nerviosismo. No tienes que presentarte a las elecciones. Podrías apuntarte a uno de los clubes del instituto. ¿Qué te parece eso?
Tengo una sensación de frío y de premonición.
—Muchas gracias por el tiempo que me ha dedicado —digo, y me levanto para marcharme. Extiendo la mano y la señora Twine, desconcertada pero tan feliz como siempre, la toma entre las suyas.
—Faith —dice—, todo saldrá estupendamente.
Y quiero creerla. Pese a todo, no hay nada en el mundo que desee tanto como creer a esta criatura estúpida, tan llena de optimismo.

11. Una dama tiene un corazón generoso. Sabe que el perdón es la llave de la amistad
Berrybrook era lo que cabía esperar: un largo pasillo blanco, responder a preguntas muy concretas hechas en tono preocupado, sentarnos en círculo con otros adolescentes y tratar de averiguar por qué estábamos tan furiosos.
Fue un largo borrón pálido.
Me sometieron a una terapia larga, me alimentaron con una dieta especial y me obligaron a hacer ejercicio. Imagino que mamá tuvo que aflojar muchísima pasta por aquello, pero cuando murió papá nos dejó un seguro de vida de primera, así que teníamos muchísima suerte.
Les conté lo que no me quedaba más remedio que contarles, pero nunca dejé escapar que la cabeza me flotaba como un globo, muy por encima del cuerpo, ni tampoco que era desde allí arriba desde donde me contemplaba inquieta, a mí y al grupo de chiflados que hablábamos de nuestros sufrimientos, ni que incluso mi habitación blanca y limpia la veía desde algún sitio próximo al techo.
Aunque lo duro fue seguir después. Nos habían dicho que iba a ser difícil. Pero, de todos modos, no estaba preparada para la intensidad del mundo exterior, los olores fuertes, el ruido, el color. Todo aquello me dejó hecha polvo. Y bastó para que me sintiera satisfecha de mí misma. Como si mi actitud de superioridad necesitara refuerzos.

12. Una dama come como un pajarito. En los labios un momento, en las caderas toda la vida
—Hay ciertas cosas de las que no se puede hablar.
—Sé lo que quieres decir —contesta la gorda, mientras sorbe un batido—. Es una suerte que me tengas a mí.
Estamos otra vez sentadas en el muro bajo. El campo de fútbol se divisa a lo lejos. Desde aquí parece una postal, un cuadro. Da la sensación de que podrías enrollarlo, llevártelo y dejar sitio para que pusieran otra cosa. Pero no es así.
Algunas cosas están destinadas a que se las entierre. A recogerlas y echarlas en un pozo muy hondo, con alquitrán líquido que se derrame sobre ellas y cambie su forma y su sustancia para siempre. Me he esforzado muchísimo por olvidar, pero no puedo. Sucede que recuerdo.
La fiesta de los antiguos alumnos. Llevaba mi suéter azul favorito y canté el himno nacional con el coro, mi aliento visible en el aire frío de noviembre. Después del partido estuve paseando con Miranda, hasta que me quedé sin resuello y la perdí entre la multitud. Mientras descansaba, un grupo de chicos de tercero me ofreció un refresco de color rojo que sabía a polo de frutas. Muy despacio, nos dirigimos hacia la tribuna descubierta. Fueron muy amables, tanto que me sentí normal. Ésa es la parte que recuerdo con claridad.
—Sí, eso es un problema —la gorda está de acuerdo, y agita el vaso en el aire, en un intento de encontrar algún resto de batido—. Pero hay maneras de cambiar las cosas.
Se vuelve hacia mí con una intensidad que da miedo, como si todo en ella se hubiera transformado en pura rabia.
Toso.
—Eres una quejica —me riñe la gorda con aire despectivo. Su desencanto ante mi actitud es palpable—. De acuerdo, volvemos al mundo real —dice, y yo me seco las lágrimas y la sigo a la clase de química.

13. ¡A nadie le gusta una aguafiestas! La gente simpática siembre es popular
El día se alarga y se alarga hasta que por fin termina. La luna, suspendida a poca altura, resplandece en el cielo oscuro: es hora de dormir hasta que me toque empezar de nuevo una vez más.
Pero la gorda se deja caer en una esquina de mi cuarto; come palomitas de maíz con mantequilla que saca de un gran cuenco de porcelana. Como se mete puñados enteros en la boca, tiene la cara llena de grasa. La carne le tiembla y le cuelga. Es absolutamente repugnante.
—No estamos haciendo el menor progreso —dice, mientras le da una patada a la silla.
No es la primera vez que la he visto aquí, pero normalmente sólo aparece cuando ya he salido de casa o, al menos, de mi habitación. Meto la cabeza debajo de la almohada.
—Sabes que tengo razón —me dice con desdén y voz pastosa—. No pongas cara de que aquí no pasa nada.
Me incorporo en la cama, llena de indignación. Le grito:
—¿Cómo quieres que lo sepa? ¡Cómo demonios podrían ir bien las cosas si no me dejas en paz!
Se lame los dedos.
—¡Foca! —le grito y me echo a llorar. Estoy tan enfadada que no controlo las lágrimas—. ¡Eres una mierda pinchada en un palo!
Aparece mamá, que cruza la puerta como un bólido.
—¡Faith! —exclama, la voz llena de inquietud; pero leo la verdad en la expresión estúpida que no se le borra de la cara desde que volví.
Mi madre me tiene miedo. Le da miedo el monstruo que tiene por hija, y no es capaz de ocultarlo.
—Sal —le digo.
Vamos a ver, ¿cómo voy a explicar la presencia de la gorda, que ya ha dejado un charco de mantequilla en la alfombra, cuando mi madre ni siquiera se atreve a mirarme?
—Deberías llamar —le digo mientras me sorbo la nariz y me trago la indignación. Cuando la miro lo hago con rostro inexpresivo—. Escucha: tengo dieciséis años y derecho a mi intimidad —anuncio. Se agarra a la manija de la puerta y lo mismo podría ser para salir que para entrar. «Elige, mamá», susurro en el interior de mi cabeza, aunque sé que no hará lo que en el fondo deseo.
Estoy en lo cierto: sale de la habitación, cierra la puerta sin hacer ruido, y me deja a solas con la gorda y con el dolor en el pecho.
—Las cosas no volverán nunca a ser como antes —susurra la gorda. Siento que lo dice casi con lástima, pero acto seguido saca una bolsita de bombones—. Oye, Faith —me dice entre risitas—, ¿a qué te recuerdan estas bolas de chocolate?
—Anda y que te den por saco —replico, pero tiene razón, por supuesto. La gorda dice siempre la verdad. Las cosas no van a ser nunca como antes. Las cosas nunca transcurrirán sin tropiezos, ni llegarán a buen puerto ni fluirán día a día sin parecer un dibujo animado.
No hay alivio. Todos los días son calurosos y asfixiantes, una orgía de vergüenza y humillación, exactamente igual que hace tiempo, con la diferencia de que ahora soy invisible.
—El tiempo obra milagros —dice la gorda con la boca llena de puré de patatas, y me dan ganas de atizarla—. Lo siento —insiste—, pero es así, qué quieres que te diga.
Sigo allí, llorando sin hacer ruido, hasta que me duermo.

14. Es importante que conozcas tus mejores rasgos. ¡Recuerda que todo el mundo posee belleza interior!
En Berrybrook no había espejos. Para librarnos de los ojos del mundo exterior y para fomentar aún más la ilusión de que estábamos a salvo, se suponía que tampoco nosotros nos veíamos. No presencié la eliminación de mis capas externas, aunque sentí que aumentaba la firmeza de mi cuerpo y noté su evaporación, sentí caer partes enteras de mí misma.
Cuando mi madre me trajo a casa en coche al salir de allí, el mundo parecía hecho de algodón de azúcar: todo era esponjoso y brillante. Atravesamos una ciudad que era exactamente igual a como la había dejado, muchos meses atrás, en una ambulancia. Y mi madre me transmitió fragmentos de información: «Este jueves hay unas rebajas de vaqueros. Necesitas ropa nueva. Tu tío Harry se ha roto una pierna». No hice ningún comentario.
Al detener el coche delante de la entrada, me dio la sensación de que nuestra casa vibraba. Era una gigantesca reproducción en piedra de la casa que había imaginado durante muchísimos meses. No me pareció real.
Esperé a que mi madre abriera la puerta y subí corriendo a mi cuarto. Lo encontré extraordinariamente limpio y supe que lo habían registrado en busca de pistas que explicaran mi desplome.
Al asomarme, un movimiento me hizo volver la vista. En una esquina vi a una chica delgada, de pelo desgreñado y enormes ojos aterrorizados. Al mover yo la mano, movió la suya. Miré hacia un lado e hizo lo mismo. Di un paso hacia ella y aumentó de tamaño. Cuando llegó mi madre unos minutos después, me encontró llorando, con la cabeza pegada al espejo. No pude contarle nada de lo que sentía: que caminaba a través de la ausencia; que me sentía rodeada de pérdidas y ausente, aunque estuviese allí.
Mi madre sonrió y se puso en jarras.
—¿Cenamos? —me propuso. Teníamos tanto cuidado que no hablábamos de nada.

15. No se consigue nada sin determinación y sacrificio. Recuerda: sin dolor no hay victoria
La gorda es una mina de información. Pienso en lo que dice, en lo que significaría devolver los golpes, pero no creo que me sintiera mejor.
—Ya lo creo que sí —dice la gorda—. Infinitamente mejor —me habla como si fuera una niñita estúpida. Tiene en el regazo una bandeja de horno con un crujiente pollo asado. Corta un ala con una navajita dorada—. Cuando alguien te dé una patada —dice despacio—, te levantas y se la devuelves.
—No sé —repito, y la gorda mueve la cabeza.
—¿Qué es lo que quieres recordar? —me pregunta, trinchando el pollo delicadamente—. ¿Que has hecho lo que te han dicho o prefieres cambiarlo todo?
—Cambiarlo todo —susurro.
—De acuerdo —dice, mientras muerde un muslo.
—De acuerdo —respondo mientras acepto la navaja que me ofrece.

16. Una dama no se mueve cuando está sentada. Tampoco arma jaleo
Después de mi última clase voy al baño. La gorda no aparece por ningún sitio.
—Eh —la llamo en voz alta, pero nadie responde. Los pasillos están desiertos, ha terminado la jornada escolar. Recorro el instituto buscándola, pero no la veo en ningún sitio. Salgo, voy al muro bajo: tampoco está allí.
Luego la veo al pie de la colina. Gira, describiendo círculos y arcos en el centro del campo de fútbol. Su falda se balancea sobre la hierba, su cuerpo es un gigantesco remolino azul. Desciendo hasta la mitad de la colina, luego me detengo.
Casi ha pasado un año desde la fiesta de los antiguos alumnos, y yo era todavía descomunal y torpe. La tribuna descubierta, aquella noche... Todo se me viene encima, repentino y nebuloso: el vaso de plástico rojo en la mano, la respiración que empaña el aire. Los chicos se muestran muy amables y me siento encantadora. Ríen con todo lo que digo, se dan golpes unos a otros en el brazo, se amontonan a mi alrededor. Hablamos de todo y de nada, las voces se tropiezan, el vapor de nuestro aliento forma nubecillas que se alzan en espiral y se pierden en la noche. Un muchacho de ojos azules susurra: «Dónde has estado hasta ahora?». Me da hipo, se me escapa una risita. No paro de sonreír, agito el pelo con coquetería. Zumban a mi alrededor, todos sonrientes.
«Es muy simpática», le dice un chico a otro. Todo resulta blando e irreal. El chico de los ojos azules me coge por la cintura y se acerca mucho. «Eres muy bonita, Faith, ¿no tienes novio?», susurra. Me sonrojo, mareada. «¿Te quiere alguien como te mereces?» No, pienso. «Más ponche», me ofrece alguien, y apuro el vaso. Los chicos hacen gestos de asentimiento y se me acercan más. Se oye con claridad la voz de uno más alto. «John, ¿sabes lo que dicen sobre las gordas, verdad?» Tengo la cabeza pesada y turbia, casi no puedo respirar. «¿Qué es lo que dicen?», pregunta un chico con una parka roja. No sé qué hacer. «Las gordas siempre tienen hambre», dice otro de bigote ralo. «Las gordas siempre tienen hambre», dicen a coro. Me doy la vuelta para marcharme pero me sujetan por los brazos. «Vamos, Faith», dice Ojos Azules, «creía que te gustábamos». «No me encuentro bien», musito. El corazón me estalla en el pecho.
«¡Demos de comer a la gorda!» Alguien hace que me arrodille. Alguien me sujeta por los brazos, uñas irregulares, una sortija de plata a rayas en el dedo anular. Justo en mi oído: «Si se lo cuentas a alguien, te matamos». Veo hebillas y bolsillos. Me aprieta la nariz hasta que abro la boca. Luego el ruido terrible de las cremalleras y uno tras otro se me acercan, canturreando. «Demos de comer a la gorda.» Una y otra vez tengo arcadas. No puedo respirar. «Contaremos lo puta que eres.» Luego me ponen a cuatro patas. Veo manos, zapatillas de tenis, botas, dobladillos de pantalones y vaqueros. «Cuanto más gorda la fruta, más dulce el zumo.» Y risas. «Cuanto más gorda la fruta, más dulce el zumo.»

17. El bien más precioso de una dama es su reputación inmaculada. Recuerda: hay chicas buenas y chicas malas
No desciendo hasta el pie de la colina. Me quedo a la mitad, tengo náuseas, pero me sobrepongo. Me siento en el suelo con violencia. Muy a lo lejos zumba un cortacésped. Huelo a hierba recién segada, a madreselvas. El campo está totalmente vacío: no se ve a la gorda por ningún sitio, se ha ido.
No respiro bien. Cierro los ojos, cruzo los dedos y pido desesperadamente una señal, cualquier señal, de que todo irá bien. Luego siento una mano en el hombro.
Lanzo un grito.
Tony Giobambera se aleja de un salto.
—Lo siento —murmura, incómodo—. He visto que te sentabas. ¿Estás bien?
—Sí —bramo. Trato de decir «estoy bien», pero en lugar de eso me echo a llorar.
—Vamos —dice, mientras me ayuda a levantarme—. Vamos —me pone un brazo sobre los hombros y me lleva a la tribuna descubierta. Percibo sus olores: cigarrillos, sudor, algo almizclado y masculino. Nos sentamos juntos. No sé qué hacer.
—Bueno —dice. Se mete las manos en los bolsillos—. ¿Qué te pasa?
Su voz me calma. Trato de hallar una respuesta.
—Nada —respondo, mi voz temblorosa y extraña. Nos quedamos un minuto sentados en silencio y lo miro despacio. Tiene los ojos de color azul claro y la piel con granos, pero sus labios son perfectos y gruesos. Un gran rizo negro le cae sobre la ceja izquierda.
Siento que debería decir algo, cualquier cosa.
—Siento muchísimo lo de tu novia —se me ocurre por fin.
—Ah —me mira—. Sí... —pero no añade nada.
No respondo. Mi silencio está compuesto de tres cosas: el deseo de mantener intacto este momento perfecto, el conocimiento de que todo lo que me hace daño dentro quiere salir ahora mismo y lo mucho que me asusta pensar en lo que sucedería si lo permitiera.
Miro a lo lejos, más allá del campo. En la distancia, junto a la hilera de árboles veo una gran forma azul que gira vertiginosamente y luego cae. Se queda en el suelo un minuto, luego se levanta, se tambalea terriblemente y vuelve a girar.
Tony Giobambera enciende un cigarrillo y me ofrece otro. Dudo, lo acepto y me inclino hacia la llama que protege con las manos.
Aspiro y echo el humo. La cabeza me flota un poco, como si se me hubiera separado del cuerpo.
Un insecto pasa zumbando. Lo espanto con la mano. La gorda gira y cae.
—¿Con qué sueñas? —le pregunto, y me mira entornando los ojos.
—Tonterías, sobre todo —dice, como si le hubiera hecho la pregunta más normal del mundo—. A veces dragones o cosas verdaderamente estúpidas, coches, el instituto...
Me aliso la falda y vuelvo la cabeza hacia él.
—¿Y tú?
Noto la presencia de la navaja de la gorda en el bolsillo, su peso sólido y cálido. Pienso en el sueño que más se repite, en el que las estrellas salpican el cielo, me encuentro sobre la hierba, hinchándome, y me alzo por encima de todo hasta que soy inmensa y poderosa y los que están abajo me tienen miedo. Me quedo allí, balanceándome hacia atrás y adelante, enorme luna hambrienta, capaz de tragarme el mundo, pero siempre me despierto cuando estoy cayendo.
Tony Giobambera me pone las manos en las rodillas. Sus dedos son largos y finos. En la mano derecha lleva un anillo de plata, me fijo en él, en su dibujo, pero no contesto. Me lo guardo todo, como si el poder de las palabras pudiera dar realidad a las cosas. A lo lejos, la gorda gira y cae, gira y cae. Es un violento arañazo azul en el día verde y claro. Sabe todo lo que importa, todo lo que existe. Aspiro el humo y lo lanzo al cielo, donde se disuelve y desaparece.
—Con nada peligroso —le digo—. Con nada de lo que haya que tener miedo.
Sopla una brisa suave y siento la calidez de la navaja contra la pierna. A lo lejos, la gorda cae. Me pregunto, con todo mi ser, si es éste el momento que he estado esperando.

Lydia Davis - "Cuestiones gramaticales"

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Este cuento pertenece a la colección "Variedades de perturbación" de 2007.
La versión es la de Justo Navarro.


Ahora que se está muriendo, ¿puedo decir: «Aquí es donde vive»?
Si alguien me pregunta: «¿Dónde vive?», ¿puedo contestar: «Bueno, no es exactamente que esté viviendo, se está muriendo»?
Si alguien me pregunta: «¿Dónde vive?», ¿digo «Vive en Vernon Hall», o debería decir: «Se está muriendo en Vernon Hall»?
Cuando esté muerto, podré decir, en pasado, «Vivió en Vernon Hall». También podré decir: «Murió en Vernon Hall.»
Cuando esté muerto, todo lo que le afecte estará en pasado. Aunque la frase «Está muerto» estará en presente, así como preguntas del tipo: «¿Dónde lo han llevado?» o «¿Dónde está ahora?»
Pero entonces no sabré si palabras como él y otros pronombres personales de la tercera persona son correctos en presente. Si él, una vez que esté muerto, seguirá siendo «él», y por cuánto tiempo.
Quizá la gente diga «el cadáver» y le llame «eso». Yo seré incapaz de decir «el cadáver» para referirme a él, porque para mí sigue siendo algo a lo que no podemos llamar «el cadáver».
Quizá la gente diga «su cadáver», pero tampoco me parece bien. No es «su» cadáver porque ya no es suyo, una vez que ya no tiene fuerza ni capacidad para poseer nada. No sé si existe un «él», aunque la gente diga: «Está muerto.» Parece correcto, sin embargo, decirlo. Quizá sea la última vez que él aún sea «él» en presente. O quizá no sea la última vez, puesto que diré: «Yace en su ataúd.» No diré, ni lo dirá nadie: «Ahí yace eso en su ataúd.»
Seguiré diciendo «mi padre» para referirme a él, después de su muerte, pero ¿lo diré sólo en pasado? ¿Lo diré también en presente?
Lo pondrán en una caja, no en un ataúd. Cuando esté en la caja, ¿diré «Lo que está en la caja es mi padre» o «Lo que está en la caja era mi padre»? ¿O diré «Eso que hay en la caja era mi padre»?
Seguiré diciendo «mi padre», pero quizá siga diciéndolo sólo mientras se parezca a mi padre, por lo menos aproximadamente. Luego, cuando se convierta en cenizas, ¿señalaré a las cenizas y diré: «Eso es mi padre» o «Esas cenizas fueron mi padre?» O «Esas cenizas son lo que fue mi padre?».
Cuando más tarde visite el cementerio, ¿diré: «Ahí está enterrado mi padre» o «Las cenizas de mi padre están enterradas ahí»? Pero las cenizas no pertenecen a mi padre, no son propiedad de mi padre. Serán «las cenizas que fueron mi padre».
En la oración «él se está muriendo», las palabras él se está más el gerundio sugieren que él participa activamente en algo. Pero él no se está muriendo activamente. Lo único que sigue haciendo activamente es respirar. Parece como si se concentrara en respirar, porque en respirar pone todo su empeño, arrugando un poco la frente. Se empeña en respirar, aunque seguramente no le quepa otra elección. A veces, por un instante, el pliegue entre ceja y ceja se hace más hondo, como si le doliera algo, o como si se esforzara más en concentrarse. Aunque pienso que arruga la frente por algún dolor interno o por algún otro cambio, parece, sin embargo, que se sintiera perplejo, o a disgusto, como si hubiera descubierto algo reprobable. He visto muchas veces en mi vida esa expresión, aunque jamás combinada con esos ojos entrecerrados y esa boca abierta.
«Se está muriendo» sugiere más actividad que «No le falta mucho para ser un cadáver». Quizá se deba a la palabra ser: podemos «ser» algo lo elijamos o no. Le guste o no, pronto «tendrá que ser» un cadáver. Ya no come.
«Ya no come» también sugiere actividad. Pero no depende de su elección. No es consciente de que no come. No es consciente de nada. Pero «no come» parece más correcto para referirse a él que «se está muriendo», por la negación. «No come» parece más correcto en este momento porque es como si él todavía rechazara algo y por eso arrugara la frente.

Lydia Davis - "Historia"

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Cuentista, profesora y crítica literaria estadounidense. Es de esos autores que gozan de un enorme prestigio entre los críticos y entre sus compañeros de profesión, y que sin embargo son grandes desconocidos para el resto del público (en estos casos siempre me acuerdo de aquello que decía Djuna Barnes: "soy la escritora desconocida más famosa del mundo"). El crítico James Wood, en la reseña publicada en The New Yorker de los "Cuentos completos", destacó su "lucidez, brevedad aforística, originalidad formal, taimada comedia, desconsuelo metafísico, presión filosófica y sabiduría humana"
Este cuento pertenece a Story and Other Stories publicado en 1985. La versión es la de Justo Navarro.

Vuelvo a casa después del trabajo y encuentro su mensaje: que no viene, que tiene trabajo. Volverá a llamar. Espero, y a las nueve voy adonde vive, veo su coche, pero él no está en casa. Llamo a la puerta de su apartamento y a todas las puertas de garaje, porque no sé cuál es su puerta de garaje. Nadie responde. Escribo una nota, la releo, escribo otra nota y la pego en su puerta. En casa no me tranquilizo, y lo único que puedo hacer, aunque tengo mucho que hacer porque mañana salgo de viaje, es tocar el piano. Vuelvo a llamar por teléfono a las once menos cuarto y está en casa. Ha ido al cine con su antigua novia, que continúa allí. Dice que ahora me llama. Espero. Me siento por fin y escribo en mi cuaderno que cuando me llame o venga a casa, o no venga, me enfadaré, y tendré que vérmelas con él o con mi rabia, y eso podría ser estupendo, porque la rabia es siempre un gran consuelo, como descubrí con mi marido. Y entonces sigo escribiendo, en tercera persona y en pasado, que indudablemente ella siempre ha necesitado un amor, aunque mera un amor difícil. Antes de que me dé tiempo a terminar de escribir, llama. Cuando llama, son poco más de las once y media. Discutimos hasta las doce, casi. Todo lo que dice es contradictorio: por ejemplo, dice que no ha querido verme porque quería trabajar y, más aún, porque quería estar solo, pero ni ha trabajado ni ha estado solo. No encuentro forma de que resuelva ninguna de sus contradicciones y, cuando la conversación empieza a sonarme a una de las muchas que mantuve con mi marido, me despido y cuelgo. Acabo de escribir lo que había empezado a escribir, aunque ya no parezca verdad que la rabia sea un gran consuelo.
Lo llamo otra vez cinco minutos más tarde para decirle que lamento toda la discusión, y que lo quiero, pero no contesta. Repito la llamada cinco minutos más tarde, pensando que quizá hubiera ido al garaje y ya haya vuelto, pero sigue sin contestar. Pienso en la posibilidad de coger el coche e ir otra vez adonde vive y mirar en el garaje a ver si está trabajando allí, porque allí tiene su mesa y sus libros y allí es donde lee y escribe. Estoy en camisón, son más de las doce y al día siguiente tengo que salir a las cinco de la mañana. A pesar de eso, me visto y hago el kilómetro y medio largo que hay hasta su casa. Tengo miedo de llegar y encontrarme delante de su casa otros coches que no había visto antes y que uno de ellos sea el de su antigua novia. En el camino de entrada veo dos coches que antes no estaban, uno de ellos aparcado lo más cerca posible de su puerta, y pienso que ella está allí. A pie, doy la vuelta al pequeño edificio, hasta la parte de atrás, donde tiene su apartamento, y miro por la ventana: hay luz, pero no puedo ver nada con claridad porque están las persianas a medio echar y los cristales empañados. Pero en la habitación las cosas no están como estaban por la tarde, y antes no había vaho en los cristales. Abro la puerta mosquitera y llamo. Espero. Nadie contesta. Cierro la puerta y voy a inspeccionar los garajes. Ahora la puerta se abre a mis espaldas, mientras me alejo, y sale él. No puedo verlo bien porque el pasaje al que da su puerta está a oscuras, y lleva ropa oscura, y la poca luz que hay está a sus espaldas. Se me acerca y me abraza sin hablar, y pienso que no habla no porque la emoción se lo impida sino porque está preparando lo que va a decir. Me suelta, da una vuelta a mi alrededor y se adelanta hacia los coches que hay aparcados a la puerta de los garajes.
Mientras andamos dice «mira», y mi nombre, y espero que me diga que ella está allí y también que todo ha terminado entre nosotros. Pero no lo dice, y tengo la sensación de que iba a decir algo parecido, por lo menos a decir que ella estaba allí, y de que luego, por alguna razón, lo ha pensado mejor. En vez de eso, dice que todos los desencuentros de esta noche han sido por su culpa, y que lo siente. Apoya la espalda en la puerta del garaje, la luz le da en la cara, y yo estoy frente a él, de espaldas a la luz. En cierto momento me abraza, tan de repente que mi cigarrillo encendido se aplasta contra la puerta del garaje, detrás de él. Sé por qué estamos fuera y no en su casa, pero no se lo pregunto hasta que todo se arregla entre nosotros. Entonces dice: «Ella no estaba aquí cuando te llamé. Volvió después.» Dice que la única razón de que esté aquí es que tiene un problema y que él es el único con quien puede hablar del asunto. Luego dice: «No lo entiendes, ¿verdad?»

Intento aclararme la situación.
Fueron al cine y después volvieron a su casa y entonces llamé yo y luego ella se fue y él me devolvió la llamada y discutimos y luego lo llamé yo dos veces más pero él había salido a comprar cerveza (dice) y entonces he cogido el coche y entretanto él ha vuelto de comprar cerveza y ella también ha vuelto y estaba en su apartamento y por eso estábamos hablando en la puerta del garaje. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Es posible que los dos volvieran en el corto espacio de tiempo que media entre mi última llamada y mi llegada a la casa? ¿O la verdad es que, mientras él me llamaba, ella esperaba mera, o en el garaje, o en su propio coche, y que luego él la invitó otra vez a entrar, y que, cuando el teléfono sonó con mi segunda y mi tercera llamada, él lo dejó sonar, sin contestar, porque estaba harto de mí y harto de discusiones? Y ni siquiera creo que saliera a por cerveza.
El hecho de que no me diga siempre la verdad, me hace dudar de su sinceridad en determinados momentos, y entonces intento aclarar si lo que me dice es verdad o no, y a veces veo clarísimamente que no es verdad y a veces no lo sé ni lo sabré nunca, y a veces, sólo por el hecho de que me repite lo mismo una y otra vez, me convenzo de que es verdad porque no creo que repitiera tantas veces una mentira. Quizá la verdad no importe, pero quisiera conocerla, aunque sólo sea para llegar a alguna conclusión sobre cuestiones como: si está enfadado conmigo o no; si lo está, cuánto; si sigue queriéndola o no; si la quiere, cuánto; si me quiere o no; cuánto; hasta qué punto es capaz de engañarme con sus actos y, después de los actos, con sus palabras.

Miles Davis - "Kind of Blue"

Posted by Arabella in , ,

Este año se cumple el quincuagésimo aniversario de la grabación por parte de Miles Davis de "Kind of Blue". Muchos os preguntaréis que qué es eso. Pues es un disco que revolucionó el jazz. El jazz, después de 1959 y de la grabación de este disco no volvió a ser el mismo. Era un disco experimental, Davis venía del cool y del hard bop, pero lo dejó atrás e inició un nuevo camino.
Hasta ese momento, en el jazz se improvisba sobre acordes y cambios de acordes de la melodía. Eso limitaba las posibilidades ya que el intérprete no podía salirse de esos acordes. En 1953, el pianista George Russell había desarrollado una nueva forma de improvisar, ya no lo hacía sobre acordes sino sobre escalas y series de escalas, los modos. Esto permitía que las posibilidades de improvisación dejaran de estar constreñidas para convertirse en prácticamente infinitas. Esto, que no había pasado de ser un experimento de un estudioso, en las manos de Davis se convirtió en lo que daría lugar a un nuevo jazz. Bueno, vale, de todo este párrafo no se entiende nada, así que vuelvo al disco.
El disco fue grabado entre los meses de marzo y abril del 59 y puesto a la venta en agosto.
El disco (grabado en estudio) tiene cinco temas: "So What", "Freddie Freeloader", "Blue in Green", "All Blues" y "Flamenco Sketches".
Davis sabía lo que quería, así que llamó a los músicos que consideró mejores para cada tema. ¿Qué músicos fueron estos? Pues:
* Miles Davis – trompeta y jefe del cotarro
* Julian "Cannonball" Adderleysaxo alto, excepto en "Blue in Green"
* Paul Chambers – bajo
* Jimmy Cobb – batería
* John Coltranesaxo tenor
* Bill Evans – piano, excepto en "Freddie Freeloader"
* Wynton Kelly – piano en "Freddie Freeloader"
Os dejo con la música, que a fin de cuentas es lo que importa. Algunos de los vídeos corresponden al disco original y otros corresponden al tema interpretado en directo tiempo después.

"So What"


"Freddie Freeloader"


"Blue in Green"


"All Blues"


"Flamenco Sketches"