Novelista y cuentista irlandés. Como abogado también fue ensayista, en 1879 publicó un tratado de jurisprudencia, "The Duties of Clerks of Petty Sessions in Ireland". Aunque es mundialmente famoso por una de sus novelas ("Drácula"), el resto de su obra es prácticamente desconocida. Sus cuentos fueron siempre publicados en revistas. Falleció cuando preparaba una antología de los primeros relatos y ésta ("Dracula’s Guest and Other Weird Stories") fue publicada en 1914 por su viuda.
Este cuento (“A Dream of Red Hands”) fue publicado en la revista Sketch en su sección “Novel in a Nutshell” en julio de 1894.
La versión es la de María José Antón
Lo primero que oí acerca de Jacob Settle fue una sencilla afirmación que describía su carácter: “Es un tipo triste.” Sin embargo, más tarde me di cuenta de que esa opinión sólo expresaba lo que sus compañeros de trabajo pensaban de él. En aquellas palabras había cierto grado de intolerancia; les faltaba el lado positivo que toda opinión que se precie debe tener y que sitúa a la persona en la justa medida de la estima social. Pero había algo que no encajaba con el aspecto del personaje. Esto me dio que pensar y, poco a poco, y a medida que fui conociendo cada vez más el lugar y a sus compañeros de trabajo, fue creciendo mi interés por él. Supe que siempre estaba haciendo favores que podía cumplir y que en todo momento se dejaba guiar por la previsión, la paciencia y el autocontrol, verdaderos valores de la vida. Las mujeres y los niños confiaban ciegamente en él pero, por extraño que parezca, él los evitaba, salvo cuando alguien estaba enfermo; entonces, aparecía tímido y desgarbado para ofrecer su ayuda.
Llevaba una vida muy solitaria. Él mismo se hacía las cosas de casa. Vivía en una pequeña casa de campo, lo más parecida a una cabaña, de una sola habitación y alejada del mundo, en los límites del páramo. Su existencia parecía tan triste y solitaria que me entraron ganas de animarla. Me decidí a ello un día que nos encontramos ayudando a incorporarse a un chico herido, con el que choqué accidentalmente. Fue entonces cuando me ofrecí a prestarle unos libros. Él aceptó de buen grado y, al separarnos, ya al amanecer, sentí que entre nosotros había surgido cierto grado de confianza.
Los libros me los devolvía siempre en perfecto estado y en la fecha convenida y, con el tiempo, Jacob Settle y yo llegamos a ser buenos amigos. Una o dos veces que me decidí a cruzar el páramo en domingo, me reuní con él, pero noté que no se encontraba a gusto ni relajado, por lo que no supe si debía volver a verle o no. Lo que sí sabía es que él nunca vendría a visitarme a mí bajo ninguna circunstancia. Una tarde de domingo, regresaba yo de dar un largo paseo por el páramo y, al pasar por la cabaña de Settle, me detuve en la puerta y pregunté: “¿Qué tal está?” Como la puerta estaba cerrada, pensé que había salido. Aun así, y para guardar las formas o por simple costumbre, llamé sin esperar respuesta. Para mi sorpresa, oí una débil voz que provenía de dentro, aunque no pude descifrar lo que decía. Entré y me encontré a Jacob medio desnudo y tendido en la cama. Estaba pálido como la muerte. Las gotas de sudor le caían por el rostro. Sus manos se aferraban inconscientemente a las sábanas, del mismo modo que un hombre que se está ahogando se agarra a lo primero que encuentra. Al verme entrar, trató de incorporarse con una expresión salvaje en los ojos; los tenía muy abiertos y miraban como si algo horrible hubiese sucedido. Cuando me reconoció, volvió a tumbarse con un contenido sollozo de alivio y cerró los ojos. Permanecí de pie junto a él apenas un instante mientras jadeaba.
Entonces, abrió los ojos y me miró con una expresión de desesperación tal que, tan cierto como que estoy vivo, mejor habría sido no ver aquella mirada de terror. Me senté a su lado y le pregunté cómo se encontraba. Al principio, sólo decía que no estaba enfermo pero, entonces, después de examinarme, se incorporó apoyándose en el codo y dijo:
—Se lo agradezco, señor, le estoy diciendo la verdad. No estoy enfermo, lo que entendemos comúnmente por enfermedad, aunque sólo Dios sabe si hay peor enfermedad que la que conocen los médicos. Le contaré lo que me ocurre porque usted ha sido muy amable conmigo. Confío en que nunca se lo mencionará a nadie pues, de hacerlo, sería terrible para mí. Estoy viviendo una auténtica pesadilla.
—¿Una pesadilla? —dije con intención de animarle—. Los sueños desaparecen con la luz, incluso cuando uno despierta.
Entonces, dejé de hablar porque, antes de que pudiera decir nada más, vi la respuesta en su mirada.
—¡No, no! Eso es lo que le sucede a la gente que vive en paz y rodeada de sus seres queridos, pero es mil veces peor para los que tenemos que vivir solos. ¿Qué alegría puedo encontrar aquí cuando me despierto en medio del silencio de la noche, rodeado por este vasto páramo, lleno de voces y rostros que hacen de mi despertar una pesadilla peor que la de mis propios sueños? Usted, no tiene un pasado que le envía sus legiones en la oscuridad y en el vacío. Le ruego a Dios que nunca le ocurra.
A medida que hablaba, me di cuenta de que estaba tan seguro de sus palabras que decidí olvidarme de mi crítica. Sentí que me encontraba en presencia de una influencia que yo mismo era incapaz de comprender. No sabía qué más decirle pero, para alivio mío, continuó hablando:
—He soñado con ello las dos últimas noches. La primera noche fue bastante intenso, pero logré superarlo. Sin embargo, en la última, el temor fue casi peor que el propio sueño porque, cuando éste llegó, acabó con el recuerdo de otros momentos de dolor. Permanecí despierto justo hasta antes de que empezara a amanecer. Después, la pesadilla volvió y, desde entonces, he sentido tal angustia que he creído morir y con ella he sido presa de todos los temores que me acechan esta noche. Antes de que hubiese terminado la frase, mi mente se había repuesto lo suficiente como para darle algunas palabras de aliento:
—Intente irse a dormir esta noche un poco más temprano, antes de que anochezca. Le aseguro que descansar le vendrá bien. A partir de hoy ya no volverá a tener más pesadillas.
Movió la cabeza resignado. Estuve un poco más a su lado y, después, le dejé solo.
Cuando llegué a casa, preparé mis cosas. Había decidido pasar con Jacob Settle su vigilia en la cabaña del páramo. Pensé que si conseguía dormirse antes de la puesta de sol, se despertaría antes de medianoche y, entonces, justo cuando las campanas de la ciudad diesen las once, yo estaría apostado justo a su puerta con una bolsa con la cena, un termo grande, un par de velas y un libro. La luna brillaba e inundaba todo el páramo con una luz tan intensa que parecía de día. De repente, cruzaron el cielo unas nubes negras, que crearon una oscuridad casi tangible. Abrí la puerta con cuidado y entré sin despertar a Jacob. Dormía boca arriba y pude ver su rostro lívido. Estaba bañado en sudor. Intenté imaginar qué visiones estarían pasando por aquellos ojos cerrados, visiones capaces de llevar consigo el sufrimiento y el dolor que se plasmaban en aquel rostro. No pude hacerme a la idea, y esperé a que se despertara. Fue algo tan repentino y extraño que me estremecí. Mientras se incorporaba y volvía a echarse hacia atrás, de sus labios blanquecinos salió un gemido cavernoso que no debía de ser sino el final de una serie de pensamientos que le habían invadido con anterioridad.
—Si está soñando, debe de ser con algo terrible. ¿Cuál puede ser ese suceso desgraciado del que me habló? —pensé para mis adentros.
Mientras me detenía en este pensamiento, Jacob se dio cuenta de mi presencia. Me sorprendió que no dudase si se encontraba dormido o despierto, tal y como suele sucedemos recién despertados.
Con un grito de alegría, me agarró la mano entre las suyas, húmedas y temblorosas, como un chiquillo atemorizado agarra a alguien a quien ama. Intenté tranquilizarle:
—Ya está, ya está, no pasa nada. He venido para estar con usted, juntos intentaremos luchar contra ese maldito sueño.
De repente, me soltó la mano. Se dejó caer en la cama y se cubrió los ojos con las manos.
—¿Enfrentarnos a ese maldito sueño? ¡No, señor, no! Ninguna fuerza mortal puede enfrentarse a este sueño que proviene de Dios y arde aquí —dijo mientras se golpeaba la frente. A continuación, siguió hablando:
—Es el mismo sueño, siempre el mismo, cada vez más fuerte. Me tortura una y otra vez.
—¿Con qué sueña? —le pregunté creyendo que hablar de ello podría aliviarle.
Se apartó de mí y, tras una larga pausa, dijo:
—No, creo que es mejor no contárselo. Puede que no vuelva a soñar.
Estaba claro que ocultaba algo, algo que se escondía en el sueño.
—Está bien. Espero que no sueñe más pero, si vuelve de nuevo, prometa contármelo, ¿de acuerdo? No se lo pregunto por curiosidad, sino porque creo que hablar de ello puede servirle de ayuda. Me contestó con solemnidad:
—No se preocupe. Si vuelvo a soñar, le prometo que se lo contaré todo.
Intenté distraerle con cosas más mundanas. Preparé la cena y la compartí con él, incluido el contenido del termo. Después de un rato, se tranquilizó. Me encendí un puro, le di otro a él, y fumamos durante una hora y hablamos de muchos temas. Poco a poco la placidez que sentía su cuerpo se adueñó de su mente, y pude ver cómo las dulces manos del sueño le acariciaban los párpados. También él las sintió. Me dijo que se sentía mejor y que podía dejarle e irme tranquilo, pero le dije que iba a esperar a que amaneciera. Encendí la otra vela y empecé a leer, mientras él se quedaba dormido. Poco a poco me fui ensimismando de tal forma en la lectura que casi se me caía el libro de las manos. Miré y comprobé que Jacob seguía dormido. Me agradó ver en su rostro una expresión de felicidad poco habitual, mientras parecía que sus labios pronunciaban palabras mudas. Regresé de nuevo a la lectura, y me volví a despertar aterrado por una voz que procedía de la cama que estaba junto a mí.
—¡Con esas manos ensangrentadas no, nunca, nunca!
Le miré y me di cuenta de que seguía dormido. Sin embargo, se despertó al instante y no pareció sorprenderse de verme. De nuevo había en él esa extraña indiferencia. Entonces, le dije:
—Settle, cuénteme su sueño. Puede hablar sin miedo. No contaré nada. Mientras vivamos los dos, jamás contaré lo que va a decirme.
—Prometí que se lo contaría, pero es mejor que conozca antes la historia. Así podrá comprenderlo mejor. En mi juventud, fui profesor. Trabajaba en una escuela en una pequeña ciudad del Suroeste de Inglaterra. No hace falta mencionar su nombre. Es mejor que no. Me prometí en matrimonio con una joven a la que amaba y casi adoraba.
Pero ocurrió lo de siempre. Mientras esperábamos el momento en que pudiésemos tener una casa donde vivir juntos, apareció otro hombre. Tenía casi los mismos años que yo. Era elegante y amable. Tenía todos los atractivos que adoran las mujeres de nuestra clase. Mientras yo estaba trabajando en la escuela, él iba a pescar y ella se encontraba con él. Intenté convencerla, incluso llegué a implorarle que le dejase. Le prometí casarme con ella enseguida y marcharnos de allí, comenzar una nueva vida en un lugar diferente. Pero jamás habría escuchado nada de lo que yo le hubiera dicho. Estaba perdidamente enamorada de él.
A continuación, decidí hablar con aquel hombre para que la tratara bien. Pensé que la quería y que no habría posibilidad alguna de convencerle. Me dirigí a donde sabía que podría encontrarme con él a solas, y mis temores se confirmaron.
Jacob Settle tuvo que hacer una pausa; parecía como si tuviera algo que le molestara en la garganta. Casi jadeaba al respirar. Después continuó:
—Señor, pongo a Dios por testigo, juro por Dios que no me movía ningún pensamiento egoísta. Amaba tanto a mi querida Mabel que me conformaba con sólo una parte de su amor. Había pensado demasiado en mi desgracia como para no darme cuenta de que no tenía nada que hacer. Aquel hombre se comportó de forma insolente conmigo. Usted, señor, que es un caballero, tal vez no sepa lo humillante que puede llegar a ser la insolencia de alguien que se cree superior a ti. Pero conseguí soportarlo. Le supliqué que tratase bien a la joven. Le advertí que si lo que buscaba era simplemente diversión, no iba a conseguir sino romperle el corazón.
No me preocupaba que ella no le quisiera ni que sufriera. No quería que fuese desgraciada. Pero cuando le pregunté cuándo pensaba casarse con ella, su risa me hizo perder los nervios. Le dije que no me iba a cruzar de brazos para ver cómo mi amada era infeliz. Él también se enfureció y, en su furia, dijo tales crueldades de ella que juré que no iba permitir que siguiera vivo para hacerle daño a mi amada. Sólo Dios sabe cómo ocurrió. En esos momentos de ofuscación es difícil recordar cómo se pasa de las palabras a las manos. De repente, me encontré de pie junto a su cadáver. Tenía las manos manchadas del color carmesí de la sangre que le brotaba del cuello roto. Estábamos solos. Él era forastero, ningún familiar le buscaría. Sus huesos deben de estar aún en la represa del río donde lo arrojé. Su ausencia no levantó sospechas. Nadie preguntó por él, excepto mi pobre Mabel, pero no se atrevió a hablar. Mis esfuerzos no valieron de nada. Tras ausentarme durante unos meses, no podía seguir viviendo en aquel lugar, comprendí que la vergüenza había sido la causa de su muerte. Hasta la fecha pensaba que con aquel acto terrible había conseguido salvar su futuro pero, cuando supe que había llegado demasiado tarde y que mi pobre amada estaba manchada con el pecado de aquel hombre, me invadió un sentimiento de culpabilidad tal que no pude sobrellevarlo.
Señor, usted, que nunca ha cometido un pecado como aquél, no sabe lo que es cargar con ello. Quizá piense que la rutina puede hacerlo más llevadero, pero no es así. Crece y crece con cada hora que pasa, hasta que se hace insoportable.
Y con él crece también la seguridad de que ya no hay sitio para mí en el Cielo. Usted no sabe lo que es sentir esto, y le pido a Dios que nunca llegue a sentirlo. Los hombres normales, para los que todo es posible, no suelen pensar en el Cielo. Para ellos el Cielo no es más que una palabra, nada más. Se sienten satisfechos con esperar y dejar que las cosas sigan su curso. Pero para los que estamos condenados a quedarnos fuera para siempre, no puede imaginarse lo que significa, no puede adivinar el eterno deseo de ver las puertas abiertas y de acompañar a las figuras blancas que hay dentro. Ése es mi sueño. Veo la entrada delante de mí. Tiene unas enormes puertas de acero, con unos barrotes del grosor de un mástil, que se alzan hasta las mismísimas nubes. Los barrotes están tan juntos unos de otros que entre ellos sólo se alcanza a ver una gruta de cristal, en cuyos brillantes muros están talladas muchas figuras con vestiduras blancas cuyos rostros irradian alegría. Cuando estoy frente a la puerta, mi corazón y mi alma se encuentran tan extasiados y tan llenos de deseo que me olvido de todo. Y allí, junto a la puerta, hay dos poderosos ángeles que agitan sus alas con una mirada terriblemente grave. Cada uno de ellos sostiene en una mano una espada llameante y en la otra lleva un manojo de llaves que mueve suavemente de un lado a otro. Más cerca hay unas figuras cubiertas de negro, con la cabeza tapada por completo, sólo se les ven los ojos. A todo aquel que llega le dan unas vestiduras blancas como las que llevan los ángeles. Un suave murmullo anuncia que todos deben ponerse la túnica, que no deben mancharla o, de lo contrario, los ángeles no les dejarán pasar y les golpearán con las espadas. Yo estoy ansioso por ponerme mi túnica; rápidamente me la echo por encima y voy corriendo hacia la puerta. No se mueve. Los ángeles abren la cerradura y señalan mi túnica. Yo miro hacia abajo y me horrorizo al verla toda ella manchada de sangre.
Mis manos están rojas, brillan con la sangre que gotea de ellas, igual que ocurrió aquel día en la ribera del río. Y, entonces, los ángeles alzan sus ardientes espadas para acabar conmigo. Me invade un terror enorme y me despierto. Una y otra vez, este sueño regresa una y otra vez. Nunca aprendo del sueño anterior, nunca lo recuerdo. Al empezar a soñar, la esperanza siempre está ahí presente para hacer que el final sea cada vez más cruel. Sé que este sueño no viene de la oscuridad de la que provienen el resto de los sueños, Dios me lo envía como castigo. Nunca, nunca seré capaz de atravesar la puerta. La mancha de mi túnica siempre vendrá de estas manos asesinas.
Escuché medio hechizado las palabras de Jacob Settle. Había algo extraño en el tono de su voz, algo tan místico y ensoñador en sus ojos que me atravesaban como un espíritu del más allá, algo tan solemne en su acento y en tan marcado contraste con su ropa raída y la pobreza que le rodeaba que llegué a pensar que todo aquello no era más que un sueño.
Permanecimos en silencio durante mucho tiempo. Con creciente asombro, continué observando a aquel hombre que tenía frente a mí. Ahora que me había confesado su secreto, su alma, que había vuelto a la realidad, parecía erigirse de nuevo con renovada fuerza. Cualquiera se hubiera horrorizado con su historia pero, aunque resulte extraño decirlo, yo no lo estaba. No es agradable en absoluto escuchar la confesión de un asesino, pero este pobre hombre parecía no sólo haberse visto llevado a ello, sino tan arrepentido que yo no me sentía capaz de juzgarle. Quería tranquilizarle, así que le hablé con toda la calma de que fui capaz, aunque mi corazón latía con fuerza.
—No desespere, Jacob Settle. Dios es bueno y misericordioso. Viva con la esperanza de que algún día se sentirá liberado del pasado.
A continuación, me callé porque me di cuenta de que el sueño, un sueño natural esta vez, se aproximaba sigilosamente hacia él.
—Váyase a dormir —le dije—. Me quedaré aquí con usted y no tendrá más pesadillas esta noche.
Hizo un esfuerzo por calmarse y me contestó:
—No sé cómo agradecerle lo bueno que es conmigo, pero creo que es mejor que me deje a solas. Intentaré dormir. Es como si el habérselo contado todo me hubiera quitado un peso de encima. Debo luchar yo solo por mi vida.
—Me iré, si es lo que desea —le contesté—, pero deje que le dé un consejo: no viva tan solo. Vaya a donde haya otros hombres y mujeres. Viva entre ellos. Comparta sus alegrías y tristezas, eso le ayudará a olvidar. Esta soledad le hará enloquecer.
—Le haré caso ——contestó ya medio inconsciente mientras el sueño se adueñaba de él.
Me volví para marcharme y él me siguió con la mirada. Toqué el cerrojo de la puerta, lo solté y me dirigí de nuevo a la cama. Le tendí la mano; él la estrechó entre las suyas mientras se incorporaba. Entonces, le di las buenas noches e, intentando animarle, le dije:
—Valor, hombre, valor. Quedan muchas cosas por hacer en este mundo, Jacob Settle. Algún día podrá vestir esa túnica blanca y atravesará la puerta de acero.
A continuación, le dejé solo. Una semana después me encontré su cabaña vacía. Pregunté en la fábrica y me dijeron que se había marchado al Norte, aunque nadie supo decirme exactamente adonde.
Dos años más tarde, disfrutaba yo de unos días en Glasgow en compañía de mi amigo el doctor Munro. El doctor era un hombre muy ocupado y no disponía de mucho tiempo libre para estar conmigo, así que yo me pasaba el día haciendo excursiones a los Trossachs, a Loch Katrine y a El Clyde.
El segundo día de estar allí, regresé un poco más tarde de lo habitual, pero mi anfitrión tampoco estaba en casa. La criada me dijo que le habían llamado del hospital por un accidente ocurrido en las obras de la conducción del gas y que la cena se posponía una hora. Le dije que daría un paseo y que iba a buscar a su señor. Ambos regresaríamos juntos. Me encontré con él en el hospital lavándose las manos para regresar a casa.
Le pregunté cuál había sido el motivo del accidente.
—¡Lo de siempre! Una cuerda podrida y, sin más explicación, unos hombres pierden la vida. Dos hombres estaban trabajando en el gasómetro, cuando la cuerda que sostenía el andamiaje se partió. Debió de ocurrir justo antes de la hora de la cena, porque nadie se dio cuenta de que faltaban hasta que volvieron al trabajo. En el gasómetro había más de siete pies de agua. Tuvo que ser muy duro, pobre gente. Uno de ellos estaba vivo, pero nos costó mucho sacarlo. Parecía como si le debiera la vida a su compañero, nunca he visto nada tan heroico. Nadaron juntos mientras les quedaban fuerzas pero, al final, estaban tan agotados que, a pesar de las luces que tenían por encima y de los hombres que bajaron con cuerdas, no pudieron salvarse. Uno de ellos se puso de pie sobre el fondo y alzó a su compañero por encima de su cabeza. Ese esfuerzo le llevó a la muerte. Fue horrible cuando los sacaron. El agua, mezclada con el gas y el alquitrán, tenía el aspecto de un tinte de color morado. Parecía como si el hombre que estaba más arriba estuviera bañado en sangre. ¡Puuag!
—¿Y el otro?
—Ése estaba aún peor, pero debió de ser un gran compañero. La lucha bajo el agua tuvo que ser espantosa. No había más que ver cómo le chorreaba la sangre por las extremidades. Al mirarle, parecía como si tuviera estigmas. Estoy seguro de que el valor de ese hombre podría haber cambiado el mundo por completo. Con él se abrirían las puertas del Cielo. Mira esto. No es que sea muy agradable, sobre todo antes de cenar, pero eres escritor y se trata de un caso extraño. Hay algo que no puedes perderte, casi seguro que nunca vas a ver algo parecido.
Mientras hablaba, me llevó hacia el depósito de cadáveres del hospital. En el ataúd había un cuerpo cubierto con una sábana blanca, que lo envolvía.
—Parece una crisálida, ¿verdad? Jack, si alguna vez el alma del ser humano se ha representado como una mariposa, la que ha salido de esta crisálida debe de ser muy hermosa y sus alas deben de tener todos los colores del arco iris. ¡Mira!
Y descubrió el rostro del cadáver. Era horrible, parecía como si estuviera teñido de sangre. Pero le reconocí enseguida. ¡Era Jacob Settle!
Mi amigo tiró de la sábana hacia atrás. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho púrpura, como si alguien de buen corazón se hubiera preocupado en colocárselas así. Cuando las vi, mi corazón empezó a latir con fuerza y se me vino a la mente aquel sueño suyo tan terrible. Aquellas valientes manos estaban inmaculadas, no tenían ni el más mínimo rastro de tinte.
De alguna manera, mientras le miraba, supe que el maldito sueño había terminado para siempre. Aquella alma noble había encontrado la forma de cruzar la puerta. Las manos, apoyadas en la túnica blanca que le cubría, estaban limpias de culpa.
En aquella época, Nuremberg estaba muy lejos de ser la ciudad conocida y frecuentada en que se ha convertido en nuestros días.
Esta antigua ciudad no evocaba demasiadas cosas para los viajeros de aquel entonces. Mi esposa y yo estábamos en la segunda semana de nuestro viaje de bodas; y, sin mencionarlo, comenzamos a desear la presencia de un tercero. Por ello acogimos con satisfacción la compañía de un tal Elias P. Hutcheson, de Isthmain City, Bleeding Gulch, condado de Maple Tree (Nebraska), cuando ese alegre sujeto, apenas salir de la estación de Frankfurt del Main, declaró, con marcado acento yanqui, que se proponía visitar una maldita vieja ciudad de Europa que, por lo menos, tenía los años de Matusalén, pero que un viaje así requería, necesariamente, alguna compañía. Todo hombre, explicó, aunque tenga un carácter activo y sensato, se arriesga, a fuerza de viajar siempre solo, a acabar sus días encerrado entre las cuatro paredes de un manicomio. Tanto Amelia como yo constatamos algunos días más tarde, al comparar nuestros respectivos diarios, que habíamos decidido no relacionarnos con él sino de forma circunspecta y controlada con el fin de no parecer demasiado contentos de haberlo conocido, lo cual no hubiera parecido demasiado compatible con un inicio de vida conyugal. Pero, por muy laudable que fuese, esta resolución quedó en agua de borrajas por el hecho de empezar a hablar los dos, interrumpirnos y luego volver a empezar a hablar los dos al mismo tiempo. De todas maneras, no importaba cómo, ya estaba hecho, y Elias P. ya no se apartó de nuestro lado. Y Amelia y yo sacamos de ello un buen beneficio; en vez de pelearnos, como habíamos estado haciendo, descubrimos que la influencia restrictiva de una tercera persona era tal que ahora aprovechábamos todas las oportunidades para besarnos por los rincones. Amelia afirma que desde entonces, y como resultado de esa experiencia, aconseja a todas sus amigas que lleven a un amigo en su luna de miel. Bien, «hicimos» Nuremberg juntos; y nos lo pasamos muy bien con la sabrosa forma de hablar de nuestro nuevo amigo del otro lado del Atlántico, el cual, tanto por sus pruebas de ingenio como por los alucinantes relatos de sus aventuras pasadas, parecía salido directamente de alguna novela picaresca. Habíamos decidido, reservar como plato fuerte la visita al castillo imperial de Nuremberg, el Kaiserburg, y el día fijado para la visita rodeamos la muralla exterior de la ciudad por su lado este.
El Kaiserburg se alza sobre una escarpada roca que domina la ciudad; inmensos fosos, muy profundos, defienden el acceso por la parte norte. Nuremberg tuvo la fortuna de no haber sido saqueada jamás; de otra manera no habría podido mostrar aquel aspecto nuevo y flamante que contemplamos entonces. Los fosos ya no servían desde hacía siglos, el fondo estaba ocupado por casas de té al aire libre y plantaciones de árboles frutales, algunos de los cuales alcanzaban un tamaño respetable. Avanzamos junto al largo muro fortificado bajo el ardiente sol de julio, deteniéndonos a menudo para admirar la vista que se abría ante nosotros, en especial la gran llanura cubierta de ciudades y pueblos y enmarcada en una línea azul de colinas, como un paisaje de Claude Lerraine. Las torres del Kaiserburg, ahora cercanas, se alzaban a nuestra derecha; y más cerca aún, la altiva, la orgullosa Torre de las Torturas que era, y quizá lo sea todavía, el lugar más interesante de la ciudad. Durante siglos se ha citado a la Virgen de Hierro de Nuremberg como el ejemplo más claro de los horrores y la crueldad en los que puede caer el hombre. Por nuestra parte, siempre habíamos deseado poder verla algún día; y hete aquí que finalmente nos hallábamos a la entrada de lo que era su hogar.
Durante uno de nuestros altos en el camino nos asomamos por encima del muro que circundaba los fosos. Allá abajo, muy al fondo, estaban los jardines somnolientos bajo el sol, quizás a quince o veinte metros de profundidad, aplastados bajo el sofocante y opresivo calor. Más allá, unas enormes murallas grises y hoscas, de una altura impresionante, se perdían a izquierda y derecha en los ángulos del bastión y la contraescarpa. Árboles y arbustos coronaban la cumbre. Detrás se alzaban altivas mansiones a las que el tiempo había dado una belleza aún mayor.
El calor nos agobiaba; caminábamos lentamente. Sin prisa alguna, nos detuvimos allí mismo y nos volvimos a asomar por encima del muro. Entonces se nos ofreció un cuadro encantador: una gran gata negra estaba tendida cuan larga era al sol, mientras un gatito del mismo color correteaba alegremente a su alrededor. La madre agitaba lentamente la cola para divertir a su pequeño y lo empujaba con la pata para animarlo a jugar. Los dos animales estaban al pie del muro, a nuestro nivel, y Elias P. Hutcheson se inclinó y tomó una piedra de tamaño bastante considerable con el fin de participar en sus juegos.
—¡Miren! —nos dijo con su divertido acento yanqui—. La voy a lanzar cerca del gatito, y se van a quedar preguntando de donde habrá salido.
—¡Oh!, vaya con cuidado —le recomendó mi esposa—, podría herir al pobre gatito.
—¿Yo? Jamás lo intentaría, mi querida amiga —replicó Elias P.—. Tengo un corazón tan tierno como un cerezo de New Hampshire. ¡Por Dios!, tengo tan pocas intenciones de dañar a ese hermoso animalillo como de arrancarle la cabellera a un niño de teta. Por lo demás, no hay ningún peligro. ¡Mire, podría apostar lo que quisiera, hasta sus medias de fantasía, a que no voy a fallar! Fíjese, la voy a lanzar un poco hacia un lado, así...
Dicho esto, se inclinó hacia adelante, extendió el brazo y lanzó la piedra. Tal vez exista una fuerza de atracción que haga que un cuerpo, sea cual sea su volumen, acabe siempre por alcanzar a otro más grande que él, o quizá simplemente el muro no fuera totalmente vertical, cosa que no podíamos comprobar desde el punto en que nos hallábamos. Fuera lo que fuese, nos llegó un ruido blando, desgarrador, a través del cálido aire: la piedra acababa de dar de lleno en la cabeza del gatito y le había reventado el cráneo. La gata negra lanzó una rápida mirada en nuestra dirección; y vimos sus pupilas verdes y llameantes fijarse intensamente en Elias P. Hutcheson. Luego se volvió hacia el cuerpecillo tendido junto a ella, cuyas patitas todavía se agitaban imperceptible, presas de convulsiones, mientras un hilillo de sangre brotaba de la herida abierta. Entonces, con un sollozo ahogado, casi humano, se inclinó sobre el gatito, ahora inerte, y se puso a lamerle gimoteando la herida.
De pronto pareció darse cuenta de su muerte y, una vez más, alzó su mirada hacia nosotros. Una mirada que nunca voy a olvidar, tal era el odio que de ella se desbordaba. Un fuego enconado ardía en el fondo de sus ojos verdes, sus dientes blancos y agudos parecían brillar bajo la sangre que manchaba sus labios y bigotes. Y esos dientes rechinaban, mientras el animal descubría y alargaba unas enormes uñas afiladas. De pronto saltó desesperadamente hacia el muro para intentar alcanzamos; pero no lo logró y volvió a caer sobre el pequeño cadáver. Cuando se volvió a alzar, todavía nos pareció más horrible, tan pegajoso estaba su pelo oscuro por la sangre y los sesos. Amelia se desvaneció. Fue preciso que la transportase hasta un banco próximo, bajo la sombra de un plátano, donde recobró lentamente el conocimiento. En ese momento regresé junto a Hutcheson que, inmóvil de pie, observaba la enfurecida gata.
—¡Vaya por Dios! —exclamó al ver que me acercaba—. No creo haber visto un aspecto más feroz que el de esa bestia..., excepto en cierta ocasión, en una india de la tribu de los apaches, una squaw, como las llaman allí. Recuerdo cuando la squaw apache tuvo entre sus manos a un mestizo al que llamaban Astillas, para vengarse de lo que éste le había hecho al papoose, o sea el niño de esa squaw, al que había raptado en una correría para vengarse a su vez de la forma en que los apaches habían aplicado la tortura del fuego a su madre. La india estuvo mirando lo que le hacía el mestizo a su papoose, como si no quisiera olvidar un solo detalle. Persiguió a Astillas durante más de tres años, hasta que al final los bravos de su tribu lo atraparon y se lo entregaron. Dicen que ningún hombre, blanco o indio, ha tardado tanto en morir bajo las torturas apaches... La única vez que la vi sonreír fue cuando la eliminé. Llegué a su campamento justo cuando Astillas exhalaba su último suspiro, y les aseguro que a él tampoco le supo mal morir. Era un tipo demasiado duro, y yo nunca le había mostrado ninguna amistad después de lo del crío indio, pues había sido una gran canallada, y eso que tenía todo el aspecto de un hombre blanco. Pero pagó su deuda hasta el último centavo, y más aún, con creces. Lo único que pude hacer con él fue conservar un trozo de su piel, ya que lo habían despellejado totalmente, y mandar que me forraran una agenda con ella. Aquí está —dijo, palmeándose el bolsillo del chaleco.
Mientras hablaba, la gata trataba de alcanzar frenéticamente la parte alta del muro. Primero tomaba impulso y luego saltaba, llegando a veces a una altura sorprendente. Aunque siempre volvía a caer al fondo, no parecía importarle, volvía a intentarlo con creciente ardor. Hutcheson era un buen muchacho, tanto mi mujer como yo nos habíamos fijado en la amabilidad con que trataba tanto a personas como a animales, y parecía sinceramente entristecido por el estado de furor en que veía a la gata.
—Lamento mucho no poder hacer nada —dijo—. Pobre animal, parece tan desesperado... Mira, no es culpa mía, ha sido un accidente. Y todo esto no te devolverá a tu pequeño. Lo lamento, nunca hubiera deseado que sucediese tal cosa, ni siquiera por un fajo de billetes... Espero, coronel —una de sus diversiones habituales era la de atribuirnos títulos imaginarios—, que su esposa no esté demasiado irritada conmigo por este desgraciado incidente. La culpa no es mía, y no se pue de llegar a imaginar hasta qué punto lo lamento.
Se aproximó a Amelia y se deshizo en excusas. Ella lo confortó asegurándole que nunca había dudado de que se tratase de un accidente. Luego regresamos al muro para ver lo que hacía la gata. Ésta, al no ver a Hutcheson, se había quedado al acecho al borde del foso dispuesta a abalanzarse de nuevo. En cuanto lo vio, saltó con un furor ciego que hubiera parecido risible en otras circunstancias. Ya no trataba de alcanzar la parte alta del muro, simplemente se limitaba a lanzarse hacia Hutcheson como si la violencia de su odio, prestándole alas, pudiera permitirle franquear aquella gran distancia que los separaba. Amelia, con el infalible instinto de su sexo, se dio cuenta de inmediato del peligro.
—Tenga cuidado —le dijo a Elias P. con voz inquieta—, porque es seguro que, si estuviera aquí, ese animal trataría de matarlo. La muerte brilla en sus ojos.
—Perdóneme, mi pequeña amiga —replicó Hutcheson con una carcajada—, pero no puedo impedir reírme. ¡Es demasiado divertido! ¡Yo! ¡Yo, que he cazado al oso pardo y al indio, quiere que tenga cuidado de una gata!
Cuando el animal oyó las risas interrumpió sus intentos, fue lentamente a sentarse junto al cadáver de su pequeño y comenzó a lamerlo como si aún estuviera vivo.
—Ahí tienen —dije— los resultados de la acción de la voluntad de un hombre fuerte. La misma gata, a pesar de su furor, ha reconocido a su dueño y se inclina ante él.
—¡Exactamente igual que una squaw! —fue el único comentario de Elias P. Hutcheson, mientras reemprendíamos nuestro camino a lo largo de los fosos.
De vez en cuando nos volvíamos para mirar por encima del muro y, cada vez, veíamos a la gata que nos seguía. A veces regresaba al lado del pequeño cadáver. Pero, como la distancia no dejaba de aumentar, lo tomó en su boca, y así nos siguió. Sin embargo, al cabo de un tiempo lo abandonó, pues la vimos seguirnos sola; evidentemente había escondido el cadáver en alguna parte. La alarma de Amelia empezó a crecer ante la persistencia de la gata, y más de una vez repitió su advertencia; pero el americano se reía siempre, divertido, hasta que finalmente, viendo que comenzaba a estar preocupada, le dijo:
—Le aseguro, señora, que no debe asustarla esa gata. ¡Soy un hombre prevenido, puede estar segura! —Y se palmeó el bolsillo de la parte trasera de su pantalón, donde siempre llevaba una pistola—. Vaya, antes que seguir viéndola preocupada estoy dispuesto a matar de un tiro a ese animalillo, aquí mismo, y arriesgarme a que la policía se mezcle en los asuntos de un ciudadano de los Estados Unidos por llevar un arma sin permiso.
Mientras hablaba miró por encima del muro. Pero la gata, al verle, se retiró con un gruñido y se ocultó en un macizo de flores.
—Vaya por Dios —dijo Hutcheson—. Ese animal tiene más sentido común que el que poseen la mayoría de cristianos. ¡Supongo que ya no la veremos nunca más! Les apostaría cualquier cosa a que ahora va a buscar a su cría para hacerle un hermoso entierro.
Amelia no dijo nada más, por miedo a que en un erróneo acto de amistad hacia ella cumpliese su amenaza de matar a la gata; así que proseguimos nuestro camino y cruzamos el pequeño puente de madera que llevaba a la puerta en la que se iniciaba la empinada senda enlosada entre el Kaiserburg y la pentagonal Torre de las Torturas. Mientras cruzábamos el puente vimos de nuevo a la gata debajo de nosotros. Cuando nos vio, su furia pareció ganarla de nuevo, e hizo frenéticos esfuerzos por escalar la pared vertical. Hutcheson se rió al verla y le dijo:
—Adiós, vieja amiga. Lamento haber herido tus sentimientos, pero ya se te pasará el enfado. ¡Hasta otra!
Y atravesamos la alta y oscura arcada y llegamos a la puerta del Kaiserburg.
Cuando salimos de nuevo, tras nuestra exploración de aquel hermoso lugar antiguo, que ni siquiera los bienintencionados esfuerzos de los restauradores góticos de hace cuarenta años habían logrado estropear (pese a que esta restauración era de un blanco brillante), parecíamos haber olvidado por completo el poco placentero episodio de la mañana. El viejo tilo con su gran tronco retorcido por el paso de casi nueve siglos, el profundo pozo excavado en el corazón de la roca por aquellos cautivos de la antigüedad y la hermosa vista desde las murallas de la ciudad en las que oímos, durante casi un cuarto de hora, el sonido de los múltiples carillones.... todo había contribuido a borrar de nuestras mentes el incidente del gatito muerto.
Éramos los únicos visitantes que habían entrado aquella mañana en la Torre de las Torturas, al menos eso es lo que nos dijo el viejo guardián, así que teníamos el lugar para nosotros solos, y pudimos llevar a cabo una visita mucho más detallada y satisfactoria de lo que habría sido posible en otras circunstancias. El guardián, viendo en nosotros la única fuente de ingresos de aquel día, se mostró dispuesto a cumplir todos nuestros deseos. La Torre de las Torturas es ciertamente un lugar opresivo, incluso ahora, cuando muchos millares de visitantes le han dado una cierta chispa de vida y la alegría que ello comporta. Pero en aquel tiempo al que yo me refiero aún mantenía su aspecto más primitivo y terrible. El polvo de los siglos parecía estar en todas partes, y la oscuridad y el horror de sus recuerdos parecían haberse hecho sensibles de una forma que hubiera satisfecho a las almas panteístas de Filo o Espinoza. La cámara inferior, por la que entramos, estaba al parecer normalmente en tinieblas, y hasta la cálida luz diurna que entraba a chorros por la puerta parecía perderse en el grosor de las paredes, y solo mostraba los burdos ladrillos tal y como los había dejado el constructor, pero cubiertos de polvo y teñidos aquí y allá por manchas oscuras que, si las paredes pudieran hablar, habrían contado terribles recuerdos de miedo y sufrimiento.
Por todo ello, nos sentimos satisfechos al subir por la polvorienta escalera de madera, dejando el guardián abierta la puerta exterior para que nos iluminase algo el camino, pues, para nuestros ojos, la única y maloliente vela colocada en un candelabro clavado a la pared no daba bastante luz. Cuando salimos por la trampilla de un rincón de la cámara superior, Amelia se apretó tan fuertemente contra mí que pude notar cómo palpitaba su corazón.
Por mi parte debo decir que no me sorprendió su temor pues esa sala aún era más terrible que la que acabábamos de abandonar. Ciertamente aquí había más luz, pero esto sólo contribuía a que pudiésemos contemplar mejor los horribles detalles del lugar. Evidentemente, los constructores de la torre habían pensado que sólo los que llegasen a la cima debían beneficiarse de la luz y de la visión, pues en todo el resto de la torre solo había algunas estrechas troneras como las de las construcciones militares medievales.
Unas pocas de éstas iluminaban la cámara, y estaban colocadas a tanta altura que desde ningún lugar podía verse el cielo a causa del grosor de las paredes. Desordenadamente, en unos armeros a lo largo de los muros, se veían espadas de decapitar, grandes armas de larga empuñadura, ancha hoja y afilados bordes. Junto a ellas, varios tajos en los que habían descansado las cabezas de las víctimas, en los que se veían los profundos cortes hechos por el acero que había cercenado las carnes, clavándose en la madera. Por toda la cámara, dispuestos al azar, se veían muchos aparatos de tortura que hacían estremecer el corazón: sillas llenas de clavos que daban idea de un terrible dolor; sillas y camastros tachonados de puntas romas cuya tortura parecía menor, pero que, aunque más lenta, era igualmente eficaz; potros, cinturones, guantes, collares, todos ellos dispuestos para comprimir a voluntad; caperuzas de acero en las que las cabezas podían ser machacadas lentamente; garfios de largos mangos y afiladas puntas muy utilizados por la antigua policía de Nuremberg; y muchos, muchos otros artefactos creados por el hombre para hacer daño a sus semejantes.
Amelia se puso muy pálida ante lo horrible de todas aquellas cosas, pero afortunadamente no se desmayó, aunque se sintió algo mareada y se sentó en una de las sillas de tortura, poniéndose inmediatamente en pie de un salto, con un grito, desaparecido su comienzo de mareo. Ambos hicimos ver como si hubieran sido las herrumbrosas púas lo que la habían asustado, y el señor Hutcheson aceptó nuestra explicación con una risita amable.
Pero el objeto principal de aquella cámara de los horrores era el artilugio conocido como la Virgen de Hierro, colocado en el centro de la habitación. Tenía la forma aproximada de una mujer de amplias formas. Uno apenas hubiera reconocido en ella la figura humana si no se hubiera preocupado el herrero de dar a su rostro una forma más cuidada. El artefacto estaba cubierto por una capa de óxido y polvo; había una cuerda atada a una anilla en la parte delantera, más o menos donde debiera de haber tenido la cintura, cuerda que pasaba por una polea clavada a la viga de madera que sostenía el techo. Tirando de la cuerda, el guardián nos mostró que la parte frontal se movía sobre unas bisagras como si fuera una puerta; entonces vimos que el artilugio tenía unas paredes de considerable grosor, que apenas dejaban lugar en su interior para que en él fuera introducido un cuerpo humano. La puerta era de grosor similar y gran peso, pues fue necesario todo el esfuerzo del guardián, ayudado por la polea, para abrirla.
Este peso era debido en parte al hecho de que evidentemente se había diseñado la puerta de forma que colgase de tal modo que su propio peso la hiciera cerrarse en cuanto se soltase la cuerda. El interior estaba manchado por el óxido, pero no solo por eso, pues el óxido producido por el tiempo no hubiera podido morder tan profundamente las paredes de hierro, y las señales interiores eran verdaderamente profundas. Tan sólo cuando nos acercamos a mirar detenidamente el interior de la puerta fue cuando nos dimos cuenta de su diabólica misión. Había allí varias largas púas, cuadradas y gruesas, de amplia base y afilado extremo, colocadas de tal forma que, cuando se cerrase la puerta, las superiores atravesasen los ojos de la víctima y las inferiores su corazón y otras partes vitales. La visión fue demasiado para la pobre Amelia y esta vez cayó desmayada, y tuve que bajarla por la escalera de madera y llevarla hasta un banco del exterior, donde se recuperó. La impresión que sintió fue tan grande que mi primogénito tiene un antojo en el pecho que, según toda mi familia, representa a la Virgen de Nuremberg.
Cuando regresamos a la cámara nos encontramos a Hutcheson frente a la Virgen de Hierro. Evidentemente, había estado reflexionando y ahora nos transmitió el fruto de sus meditaciones en forma de exordio:
—Bueno, creo que he estado aprendiendo algo mientras la señora se recuperaba de su desmayo. Me parece que estamos muy atrasados en nuestro lado del gran charco. Allá en las llanuras solíamos pensar que los indios nos daban lecciones en lo referente a cómo hacer que un hombre se sintiera mal, pero me parece que sus defensores de la ley y el orden medievales los superaban absolutamente. Los apaches saben hacer muy bien las cosas, pero esta jovencita de aquí les tenía ganada la mano. Las puntas de estas púas aún siguen estando bien afiladas, aunque los bordes estén embotados por lo mucho en lo que se clavaron. Sería una buena cosa que la Oficina de Asuntos Indios se hiciese con unos cuantos ejemplares de este juguetito para llevarlos a las reservas, esto iba a meter en cintura a los bravos, y también a sus squaws, mostrándoles cómo la vieja civilización todavía tiene mucho que enseñarles. ¡Francamente, me gustaría entrar un momento en esa caja para ver lo que se siente!
—¡Oh, no, no! —dijo Amelia—. ¡Es demasiado terrible!
—Mi pequeña amiga, no hay nada demasiado terrible para una mente inquisitiva. Me he metido muchas veces en buenos líos. Pasé toda una noche en el interior del cadáver de un caballo mientras ardía toda la pradera del territorio de Montana.... y en otra ocasión dormí en el interior de un búfalo muerto cuando los comanches estaban en el sendero de la guerra y no me quedaba otro remedio si es que no quería hacer compañía al animal. He pasado dos días en un túnel derrumbado en la mina de oro de Billy Broncho en Nuevo Méjico, y fui uno de los cuatro que permaneció encerrado durante las tres cuartas partes de un día en la campana estanca que rompió las amarras cuando estábamos excavando los cimientos del puente de Buffalo. No me he dejado perder ni una sola sensación extraña hasta ahora, y no pienso perderme ésta.
Vimos que nada podría disuadirle, así que le dije:
—Bueno, entonces apresúrese, amigo, y acabemos de una vez.
—De acuerdo, mi general —me contestó—. Pero aún falta una cosa. Mis predecesores, los caballeros que se encontraron anteriormente en esta lata de sardinas, no lo hicieron voluntariamente.... ¡seguro que no! Imagino que los debían de traer bien atados antes de dejar caer el telón. Deseo hacer bien las cosas, así que primero necesito que me aten a conciencia. Me imagino que este buen hombre podrá encontrar un poco de cuerda para ello, ¿no, jefe?
Esto último se lo preguntó al viejo guardián, pero éste, que comprendía grosso modo nuestra conversación, aunque quizá no entendiese todas las palabras, negó con la cabeza. Sin embargo, su negativa era un puro formulismo que únicamente buscaba una mayor propina. El americano le colocó una moneda de oro en la mano y le dijo:
—Tenga, compañero, para que beba un trago. Y no tenga miedo, desde luego no tengo ninguna intención de acabar aquí mis días.
Entonces el guardián buscó un trozo de cuerda, delgada y desgastada, y procedió a atar a nuestro amigo, dispuesto a cumplir con sus deseos. Cuando la parte superior de su cuerpo estuvo atada, Hutcheson le dijo:
—¡Un momento, señor juez! Evidentemente peso demasiado para que pueda meterme en vilo en la lata de sardinas. Déjeme entrar, y entonces podrá acabar de atarme las piernas.
Mientras así hablaba se había introducido por la abertura, que apenas si era lo bastante grande como para dejarle paso, el lugar era mínimo para un hombre de su corpulencia. Amelia lo contemplaba con temor en sus ojos, pero evidentemente sin deseos de intervenir. Entonces el guardián completó su tarea atando los pies del americano de forma que quedase por completo inerme y obligado a permanecer en su voluntaria prisión. Parecía estar disfrutando del momento, y la sonrisa habitual en su rostro se hizo más grande cuando dijo:
—¡Vaya, esta Eva debió ser hecha de la costilla de un enano! No hay en ella sitio para un ciudadano adulto de los Estados Unidos. En el territorio de Idaho acostumbramos a hacer los ataúdes más grandes. Ahora, señor juez, puede comenzar a dejar caer, muy lentamente, la, puerta sobre mí. Quiero sentir el mismo placer que los otros muchachos cuando las púas empezaban a moverse hacia sus ojos.
—¡Oh, no, no, no! —estalló histéricamente Amelia—. ¡Es demasiado terrible! ¡No deseo verlo! ¡No puedo! ¡No puedo!
Pero el americano era testarudo:
—Oiga, coronel —me dijo—. ¿Por qué no se lleva a la señora a dar un paseo? Por nada del mundo querría herir sus sentimientos, pero ahora que estoy aquí, tras atravesar doce mil kilómetros, me costaría mucho dejar de sentir la sensación que ando buscando. ¡No todos los días tiene un hombre la oportunidad de ser enlatado! El juez y yo arreglaremos este asunto en un momento, y cuando vuelvan todos nos reiremos de ello.
Una vez más triunfó la resolución nacida de la curiosidad y Amelia se quedó allí, aferrada a mi brazo y estremeciéndose mientras el guardián comenzaba a soltar, centímetro a centímetro, la cuerda que sujetaba la puerta de hierro. El rostro de Hutcheson estaba radiante mientras sus ojos seguían el movimiento de las púas.
—¡Bueno! —dijo—. Creo no haberme sentido tan dichoso desde que salí de Nueva York. Excepto una pelea que tuve en Wapping con un marino francés, y eso que tampoco fue gran cosa, no ha habido nada que me complaciera realmente en este podrido continente, en el que no hay ni osos ni indios y en el que los hombres van desarmados. ¡Atento ahora, señor juez! ¡No se dé prisa! ¡Deseo un buen trabajo por mi dinero!
El guardián debía de tener en sus venas algo de la sangre de sus predecesores en aquella siniestra torre, pues maniobró la puerta con tal deliberada lentitud que al cabo de cinco minutos, en los que la puerta apenas si se había movido, Amelia comenzó a perder el control de sus nervios. Vi cómo sus labios perdían el color, y noté que su presión sobre mi brazo disminuía. Miré a mi alrededor para buscar un lugar donde depositarla, y cuando la contemplé de nuevo vi que su mirada estaba clavada en un lugar al lado de la virgen. La seguí, y vi a la gata negra acurrucada en un rincón. Sus ojos verdes brillaban como luces de peligro en la penumbra del lugar, y su color se veía resaltado por la sangre que aún manchaba su piel y enrojecía su boca. No pude evitar el gritar:
—¡La gata! ¡Cuidado con la gata!
Pero ya había saltado frente al artefacto. En aquel momento parecía un demonio triunfante. Sus ojos brillaban feroces, su pelo se erizó hasta que pareció doblar su tamaño, y su cola azotaba el aire como la de un tigre cuando tiene su presa ante él. En cuanto la vio, Elias P. Hutcheson sonrió divertido, y sus ojos chisporrotearon al decir:
—¡Vaya, la squaw se ha puesto sus pinturas de guerra! Denle una patada si intenta buscarme las cosquillas, pues el jefe me ha atado tan bien que no podría evitar que me sacase los ojos si lo intentase. ¡Cuidado, señor juez! ¡No suelte esa cuerda o estoy frito!
En aquel momento Amelia se desmayó al fin, y tuve que aferrarla por la cintura para que no se desplomase, al suelo. Mientras me ocupaba de ella, vi cómo la gata negra se acurrucaba para saltar, y me volví para apartarla.
Pero en aquel instante, con un maullido infernal, se lanzó, no contra Hutcheson como esperábamos, sino directamente a la cara del guardián. Sus garras parecieron rasgar salvajemente su rostro, como se ve en los dibujos chinos de los dragones rampantes. Y, mientras miraba, vi cómo una de sus patas caía sobre el ojo del pobre hombre y le rasgaba toda la mejilla, dejándole una profunda herida sangrante.
Con un aullido de puro terror, sentido antes que el dolor, el hombre saltó hacia atrás, soltando al mismo tiempo la cuerda que sostenía la puerta de hierro. Yo salté a por ella, pero ya era tarde, pues la cuerda voló como un rayo por la polea y la pesada masa cayó por su propio peso.
Mientras se cerraba la puerta entreví el rostro de nuestro pobre compañero. Parecía paralizado por el terror. Sus ojos se abrieron con terrible angustia, anonadados, y ningún sonido salió de sus labios.
Y las púas hicieron su trabajo. Por fortuna, el final fue rápido, pues cuando abrí la puerta de un tirón ya se habían clavado tan profundamente que su cráneo machacado quedó clavado en ellas, y con mi tirón lo arranqué de su prisión, por lo que, atado como estaba, cayó al suelo hacia adelante con un repugnante sonido blando, volviendo lo que antes había sido su cara hacia mí al derrumbarse. Corrí hacia mi esposa, la alcé y me la llevé fuera, pues temía por su razón si, al recobrarse del desmayo, veía aquella escena. La dejé sobre el banco del exterior y corrí de nuevo dentro. Apoyado contra una columna de madera estaba el guardián, sollozando de dolor mientras se cubría los ojos con un pañuelo ensangrentado. Y sentada sobre la cabeza del pobre americano estaba la gata, ronroneando fuertemente mientras lamía la sangre que brotaba de las reventadas pupilas.
Creo que nadie me podrá acusar de crueldad si confieso que tomé una de las antiguas espadas de ejecución y partí en dos a la gata, que ni se movió.
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Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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