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Erskine Caldwell - "El frío invierno"

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Este cuento (The cold winter) pertenece al volumen Kneel to the Rising Sun and other stories publicado en 1935.
La versión es la de Rebeca Bouvier.



Después de una semana en la ciudad, había cogido la costumbre de regresar temprano a la habitación que había alquilado y yacía despierto bajo la cálida manta.
En la calle, cuando caía la noche, hacía mucho frío. Normalmente soplaba un viento fresco y húmedo procedente del río, y desde las tierras altas descendía, hora tras hora, el crudo y helado invierno de febrero. Incluso los hombres que llevaban abrigo corrían por las calles heladas con las cabezas agachadas combatiendo el frío y dándose prisa por llegar a sus caldeados hogares.
En la habitación sin calefacción que había alquilado hacía frío, pero bajo el calor de la manta era como estar entre los brazos de una muchacha.
Al tercer día de esa semana ya me había acostumbrado a vivir en una casa sin calefacción. Al principio no podía dormir. Pero esa tercera noche me saqué los zapatos en cuando llegué a la habitación y me metí en la cama de inmediato. Durante las cinco o seis horas siguientes yací despierto, caliente bajo las mantas, mientras en los cristales de la ventana se formaba lentamente la escarcha creando diseños precisos y frágiles de fría belleza.
En el vestíbulo podía oír a la gente ir de una habitación a otra, dándose prisa por el frío pasillo y haciendo crujir los tablones contraídos del suelo bajo sus pies.
Al cabo de un rato noté un aire caliente que circulaba a través de las grietas de la pared. En la habitación contigua, a mi derecha, vivían una mujer joven y su hija pequeña. El calor de la calefacción que ellas disfrutaban escapaba hacia mi habitación. Pude oler a chamuscado y al gas que quemaba en su estufa. Entonces permanecí echado, escuchando sus movimientos en la habitación, mientras en mi memoria se fundía lentamente la imagen que tenía formada de ellas. Hacia medianoche caí dormido, recordando solo que en la habitación de al lado la mujer se movía con ligereza y que la niña hablaba a su madre bajito y cariñosamente.
Después de esa noche empecé a regresar a casa más temprano para taparme con la cálida manta y permanecer despierto en la oscuridad escuchando todo lo que pasaba en la habitación contigua. La joven madre preparaba la cena para ella y su hija y luego las dos se sentaban en una pequeña mesa junto a la ventana y comían despacio, riendo y hablando. La pequeña debía de tener unos ocho años y su madre parecía apenas mayor cuando las dos reían y hablaban.
El frío de mi cuarto sin calefacción ya no era tan difícil de soportar como antes de que las conociera.
Al final de la segunda semana sabía qué aspecto tenían a pesar de no haber visto a ninguna de las dos. A través de la delgada pared de yeso podía oír todo lo que decían y hacían y seguí el movimiento de sus manos y las expresiones de sus caras segundo a segundo, hora a hora. La joven no trabajaba. Permanecía en la habitación la mayor parte del día. Solo salía por la mañana para el trayecto de media hora de camino a la escuela de la niña, y de nuevo por la tarde para traerla de vuelta. El resto del día se quedaba en la habitación, sentada junto a la ventana, mirando el tejado de zinc pintado de rojo al otro lado de la calle, esperando a que llegara la tarde para poder ir a buscar a su hija a la escuela.
En la casa había muchas otras personas. Las habitaciones de las tres plantas del edificio estaban alquiladas a hombres y mujeres que iban y venían a todas horas. Algunos trabajaban durante el día, algunos durante la noche, y muchos ni tan solo tenían trabajo. Pero a pesar de que había tanta gente en la casa, ninguno se acercó a mi puerta, y nadie fue nunca a la puerta de la mujer de al lado. A veces se oían los pasos pesados de un hombre que bajaba apresuradamente al vestíbulo. Entonces la joven mujer se levantaba de un salto de la silla junto a la ventana y corría desesperada hacia la puerta. Se apoyaba contra ella, con los dedos sosteniendo la llave en la cerradura y escuchando el ruido de pasos del hombre. Después de que hubiera pasado de largo, ella regresaba a la silla y se sentaba de nuevo para mirar el tejado de zinc pintado de rojo al otro lado de la calle.
A mitad de febrero el frío se hizo más intenso, pero yo permanecía caliente bajo la manta y seguía escuchando los sonidos que me llegaban a través de la delgada pared de yeso.
Hasta que no fui consciente de que la mujer corría a la puerta cada vez que oía los pasos del hombre, no me di cuenta de que algo iba a pasar. No sabía lo que pasaría, ni cuándo, pero todas las mañanas, antes de dejar mi habitación, esperaba atento durante unos minutos para oír si ella estaba junto a la puerta o sentada junto a la ventana. Cuando regresaba por la noche, apoyaba la oreja contra la fría pared para escuchar.
Esa noche, tras haber escuchado durante casi media hora, supe que algo estaba a punto de ocurrir, y por primera vez en mi vida, mientras estaba de pie temblando de frío, tuve deseos de ser el padre de una criatura. No me detuve a encender la luz, sino que me eché en la cama sin tan siquiera sacarme los zapatos. Estuve tensamente despierto en la cama escuchando los movimientos del otro lado de la pared. La mujer se movía con rapidez y nerviosismo, su cara estaba pálida y demacrada. Puso la niña a dormir tan pronto hubieron cenado y, sin decir palabra, la joven se dirigió a la silla junto a la ventana a esperar. Durante mucho rato permaneció en silencio, sin tan siquiera mecerse. Yo había levantado la cabeza de la almohada y el cuello se me había quedado rígido y frío del esfuerzo de mantenerlo en horizontal sin soporte alguno.
Eran las once cuando oí un ruido en la habitación de al lado. Durante las tres horas que había permanecido despierto en la cama, la mujer no se había movido de su silla. Pero a las once se levantó, se bebió un vaso de agua y le puso otra manta a la niña. Cuando terminó, se dirigió hacia la silla y entonces la llevó junto a la puerta y se sentó. Se sentó y esperó. Antes de que hubiera pasado una hora un hombre llegó por el vestíbulo caminando pesadamente sobre los tablones contraídos del suelo. Los dos lo oímos venir y los dos nos levantamos de un salto. Corrí a la pared y pegué la oreja contra el frío yeso y esperé. La joven se apoyó contra la puerta con los dedos agarrando la llave y escuchó conteniendo la respiración.
Tras estar de pie durante varios minutos, noté que el frío de la habitación me había atrofiado las manos y los pies. Al calor de la manta había olvidado el frío que hacía y la sangre había circulado por todo mi cuerpo mientras esperaba tenso y escuchaba los sonidos en el edificio. Pero al estar de pie en la habitación sin calefacción, con la cara y la oreja pegadas a la fría pared de yeso, temblaba como si estuviera enfermo.
El hombre llegó a la habitación contigua a la mía y se detuvo. Podía oír a la mujer temblar y cómo su respiración hacía que su cuerpo se agitara. Cada segundo que pasaba esperaba oír sus gritos.
Él dio un golpe en la puerta y esperó. Ella no abrió. Él giró el pomo de la puerta y lo sacudió. Ella se apoyó con todas sus fuerzas contra la puerta y mantenía la llave en su sitio con dedos de acero.
—Sé que estás ahí, Eloise —dijo lentamente—, abre la puerta y déjame entrar.
Ella no respondió. A través de la delgada pared podía oír la presión que su cuerpo ejercía sobre la frágil puerta.
—Voy a entrar —dijo él.
Apenas había terminado de hablar cuando se oyó un repentino empujón que reventó la cerradura de la puerta y lo lanzo hacia dentro. Incluso entonces los labios de ella no pronunciaron una palabra. Ella corrió hacia la cama y se tiró encima, abrazando desesperadamente a la niña que había estado durmiendo profundamente.
—No he venido a discutir contigo —dijo el hombre—. He venido a acabar con este lío. Levántate de la cama.
Entonces, por primera vez esa noche, oí la voz de la joven mujer. Se había levantado de un salto y estaba frente a él. Apreté la cara y la oreja contra la fría pared de yeso blanco y esperé.
—Es tan tuya como mía. No me la puedes quitar.
—Tú me la quitaste ¿no es así? Bien. Ahora me toca a mí. Soy su padre.
—¡Henry! —rogó ella—. Henry, por favor, no lo hagas.
—Cállate —dijo él.
El hombre se dirigió a la cama y cogió a la niña en brazos.
—Henry, te mataré si la sacas de esta habitación —dijo ella lentamente—. Lo digo en serio, Henry.
Él caminó con la niña hacia la puerta y se detuvo. No estaba excitado y su respiración no era audible a través de la delgada pared. Pero la mujer estaba frenética. Mis manos y mis pies estaban entumecidos por el frío y no podía mover los músculos de mis labios. La mujer no lloraba, pero a través de la pared de yeso podía oír su respiración y podía notar los movimientos rápidos de su cuerpo.
Él se dio la vuelta.
—¿Qué vas a hacer? —dijo.
—Te mataré, Henry.
Hubo un momento de total silencio. Él estaba junto a la puerta, con la niña en sus brazos despertando lentamente. Esperó. Cada segundo parecía durar una hora.
—No, no lo harás —dijo al cabo de un rato—. Yo me anticiparé a ti, Eloise.
A través de la delgada pared de yeso pude oír cómo deslizaba suavemente la mano en el bolsillo de su abrigo y la sacaba después. Podía oír todo lo que iba a suceder.
Cuando él apuntó la pistola hacia ella, la mujer chilló. El hombre esperó a que dejara de gritar y entonces apretó el gatillo sin apuntar con precisión, pero no obstante cerrando un ojo como si estuviera mirándola a través de la mira.
El eco de la explosión ahogó el sonido de los pasos acelerados del hombre por el pasillo y el crujido de la madera bajo sus pies.
Pasaron varios minutos antes de que cesara el zumbido en mis oídos y para entonces ya se oía a la gente corriendo por toda la casa, de arriba abajo, abriendo las puertas de las habitaciones con calefacción y de las que no tenían, y corriendo hacia nosotros, hacia la segunda planta.
Durante mucho tiempo permanecí apoyado contra la pared de yeso blanco, temblando porque yo, el padre, había permitido sin protestar que se llevaran a la niña, temblando porque tenía frío en la habitación sin calefacción.

Erskine Caldwell - "Una mujer en casa"

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Este cuento apareció publicado por primera vez en "We are the living", una colección de cuentos de 1933. Posteriormente ha sido incluido en multitud de antologías del autor.
La versión en inglés puede leerse aquí.
La versión es la de Rebeca Bouvier.


A Max Clough todo le había estado yendo bien hasta que Elam se fue a pasar el fin de semana fuera. Max ya había entrado la leña para todo el invierno, había protegido la casa contra el hielo con serrín y tenía buenas provisiones de vino de calabaza en el sótano. Se había preparado para un descanso de tres meses y pensaba que Elam había hecho lo mismo. Ambos sabían que el invierno estaba llegando, ya que el suelo estaba helado todas las mañanas y el sol empezaba a ponerse por el valle a las dos.
Pero Elam tuvo que irse a pasar el fin de semana fuera. Se fue sin decirle nada a Max y salió el domingo temprano, antes de que hubiera suficiente luz para que Max lo pudiera ver marcharse.
Tan sólo unos días antes Max había cruzado la carretera y había estado hablando con él durante una hora o más, pero Elam no le había comentado nada. Ni tan siquiera había dicho que estuviera pensando en hacer un viaje corto. Habían estado hablando de lo caro que estaba todo, y de lo que había mejorado el servicio de correo desde que Cliff Stone se había hecho cargo de la ruta del valle y de la posibilidad de que se fuera a construir una nueva carretera estatal que cruzara el pueblo. Pero Elam no había dicho nada de irse a pasar el fin de semana fuera. Esa fue la razón por la que Max se enfadó el sábado por la mañana cuando cruzó la carretera para ir a ver a Elam un momento y se encontró que la casa estaba cerrada y los estores bajados.
—Cuando un hombre llega a los treinta y seis años —dijo Max mirando con severidad la casa cerrada—, debería tener suficiente sentido común como para quedarse en casa en lugar de irse a pasar el fin de semana a Lewiston y gastar el dinero en alojamiento y qué se yo. Elam quizás tenga algo de sentido común para cosas menos importantes, pero no lo tiene cuando se trata de tirar el dinero en Lewiston. Nadie excepto un idiota iría a Lewiston y le daría cinco dólares a una mujer por su cama.
Volvió a cruzar la carretera y subió la pendiente que llevaba a su casa mientras miraba valle abajo, como si esperase ver a Elam llegar a casa. Pero sabía que Elam no llegaría hasta el domingo por la tarde. Ya se había ido otras veces y siempre había estado fuera dos días enteros. Sabía que Elam no regresaría hasta la tarde siguiente.
La granja de Max estaba en la ladera este del valle y la de Elam Stairs en la ladera oeste. Entre ambas propiedades pasaba la carretera de Yorkfield. La única ventaja que Elam poseía, y eso lo admitía Max, era que durante el invierno le daba más el sol. En la casa de Max el sol se ponía a las dos en pleno invierno, mientras que Elam tenía una hora más. Pero a Max le gustaba su granja porque sabía que en su ladera este los guisantes se cultivaban mejor. Sus tierras se regaban mejor durante todo el año. En pleno verano los campos de Elam se secaban.
El resto de la tarde y hasta bien entrada la noche Max no pudo sacarse de la cabeza el viaje de Elam. No le envidiaba que pasara el fin de semana en Lewiston porque sabía exactamente cuánto le costaría, pero no le gustaba que Elam se escabullera así tres o cuatro veces al año. Trastornaba su tan bien planificada vida. No podía hacer nada cuando Elam se ausentaba. Se había acostumbrado a ver a Elam en su granja a casi cualquier hora del día, cada vez que miraba hacia la ladera oeste. Y cuando Elam no estaba, Max no sabía cómo seguir con su trabajo. Además, cuando Elam estaba fuera, siempre había la posibilidad de que no volviera a casa solo. Sabía que nunca superaría que Elam volviera a casa con alguien.
Habían hablado sobre este asunto muchas veces. Cada vez que Elam iba a Lewiston, volvía a casa hablando de las mujeres que había visto por las calles y en las casas de huéspedes. Esa era una de las razones por las que a Max no gustaba que Elam se fuera. Tarde o temprano sabía que Elam se traería una mujer a casa.
—Las mujeres no son apropiadas para nuestro tipo de vida, Elam —le dijo Max una vez—. Tú en tu ladera oeste, yo en mi ladera este, vivimos como se ha de vivir. En cuanto un hombre se trae una mujer a su casa, esta se convierte en un espacio demasiado pequeño para vivir, aunque tenga ocho o doce habitaciones. Ya sea una esposa o una asistenta, no hay diferencia. Se trata de una mujer y cuando conviven ambos sexos bajo un mismo techo siempre surgen problemas. Yo quiero quedarme tal como estoy. Quiero vivir en paz y quiero morir de la misma manera.
—De alguna manera no puedo estar de acuerdo contigo, Max —le dijo Elam moviendo negativamente la cabeza—. Tienes mucho sentido común, un gran sentido común, Max. Pero Dios se vio obligado a crear a la mujer. ¿Sabías que antes de que existieran ellas los hombres se aplicaron en destruir el mundo a menos que les proporcionaran mujeres?
—¿Por qué? —preguntó Max.
—¿Por qué? —respondió Elam—. Porque los hombres ya no aguantaban más, he aquí por qué. Necesitaban criadas. Y si no podían tener criadas, entonces simplemente esposas. La diferencia entre ambas es enorme, pero en el fondo las dos son mujeres y eso era lo que el hombre necesitaba. De otro modo nos toca hacer todo a nosotros los hombres, coser, cocinar...
—Pues siempre me ha ido bastante bien haciéndome yo mis cosas... —dijo Max—. Ninguna mujer me ha hecho ninguna labor. No quiero a ninguna en mi casa que me cause problemas.
—Bien —dijo Elam—, quizás causen problemas. Estoy dispuesto a admitirlo. Pero, en general, sus puntos fuertes compensan los débiles. Dios se vio obligado a crearlas y no voy a dejar de utilizar nada que me haya sido dado. No tiene sentido desaprovecharlas o que otro hombre me quite mi parte. Yo quiero disfrutar de todo lo que me toca.
Max no se dejó convencer entonces y seguía convencido ahora de que un hombre podía vivir solo en su casa felizmente y en paz. Elam nunca consiguió que Max admitiera que las mujeres son una parte necesaria de la vida. Max estaba firmemente determinado a vivir su vida alejado de ellas.
Ahora que Elam se había ido a hacer otro de sus viajes trimestrales a Lewiston, Max temió de nuevo que trajera a casa a una criada. Todas las veces anteriores, durante todo el tiempo que Elam había pasado fuera, Max había estado nervioso y no había podido calmarse hasta que había ido a cerciorarse de que Elam no había traído a una criada. Ni siquiera se fiaba de la palabra de Elam. Primero le preguntaba si había vuelto a casa solo y luego iba de habitación en habitación, mirando tras las puertas y dentro de los armarios, hasta que quedaba satisfecho tras haberse asegurado que no había una mujer en la casa. Entonces se sentía mejor y podía regresar a su casa tranquilo.
Pero Elam había vuelto a irse fuera durante el fin de semana y Max no podía estarse quieto. No podía comer y no podía dormir. Se sentó junto a la ventana y miró la ladera oeste. Abrió la ventana varias pulgadas para poder oír el sonido de un automóvil en el valle. Se quedó junto a la ventana todo el sábado, toda la noche de sábado y el domingo.
A última hora de la tarde de domingo Max sabía que había llegado la hora en que Elam regresara y entonces oyó su automóvil subiendo por el valle. Sabía que era el coche de Elam y sabía que no podía quedarse sentado un minuto más. Saltó, cogió su sombrero y su abrigo y se fue a la puerta.
La carretera no se veía desde la casa de Max y había un bosquecillo de abedules que no le dejaba ver el automóvil. Sin embargo oyó como Elam subía por su camino y esperó y escuchó hasta que el sonido del motor cesó abruptamente en el granero.
Hubo algo en lo abrupto del sonido que hizo que Max se detuviera en el umbral. El motor se apagó en cuanto el automóvil entró en el granero, y entonces se hizo un silencio total en el valle. Ni siquiera se oyó el sonido sordo de Elam cerrando las puertas del granero. Max pensó que quizás Elam había tenido tanta prisa por entrar en su casa que no se había detenido a cerrar las puertas del granero. No se le ocurrió ninguna razón que explicase ese detalle. A un hombre que tuviera tanta prisa por entrar en su casa seguro que le había surgido algo importante. Max pensó sobre esto, pero no se le ocurrió ninguna razón por la cual un hombre pudiera dejara de cerrar las puertas de su granero.
Se sentó en el umbral de la puerta y esperó. Giró la cabeza de lado a lado, intentando que cada oído pudiera detectar algún sonido en el valle. No creía que Elam hubiera perdido el juicio, pero no se le ocurría ninguna buena razón que explicara por qué Elam no había cerrado las puertas del granero. Un hombre que aparcaba su automóvil en el granero y luego dejaba las puertas abiertas era verdaderamente estúpido, y a Elam no se le conocía que hiciera nada estúpido. Elam era incapaz de dejar las puertas del granero abiertas ahora que iba a anochecer.
El sol brillaba débil y gris sobre el valle. Por el noroeste se habían formado varias nubes grises y al poco rato el sol dejó de brillar. Ya habían pasado las tres y en la ladera oeste el sol ya se había puesto. Max se había acostumbrado a las puestas de las dos de la tarde de la ladera este, pero no estaba preparado para la ausencia de sol en la ladera oeste antes de las tres.
Durante todo el tiempo que pasó sentado en el umbral Max esperó a que Elam viniera a verlo y le explicara el viaje a Lewiston. Él siempre lo había hecho. Cada vez que Elam se iba a pasar el fin de semana a Lewiston, había vuelto a casa el domingo por la tarde, había cerrado de un golpe las puertas del granero, y luego había bajado por el camino y subido la cuesta y había explicado a Max lo que había visto y lo que había hecho en Lewiston. Hacía rato que debería haber venido y ni siquiera había cerrado las puertas del granero. Max no se podía estar quieto ni podía esperar más tiempo a Elam. Se levantó y descendió la ladera en dirección a la carretera.
Cuando llegó a la carretera se detuvo un momento y miró hacia la granja de Elam. Las puertas del granero estaban abiertas de par en par y el automóvil estaba expuesto a las inclemencias del tiempo. No se veía a nadie por la casa, pero los estores estaban levantados y la puerta de la entrada abierta. Algo no va bien, pensó Max. Algo le ha pasado a Elam en este viaje a Lewiston.
Max se quedó junto al buzón mirando hacia la casa. Estaba a tan sólo unos pocos cientos de yardas y podía verlo todo tan nítidamente como si hubiera estado en el umbral de la puerta. La pintura blanca era más blanca que nunca en la penumbra gris del valle, y el verde de las molduras era más brillante que la hierba en pleno verano. Max se quedó allá, de pie, mirando la casa, esperando.
Había estado mirando la casa durante unos diez minutos sin notar una sola señal de Elam, cuando de repente este apareció en una de las ventanas. Con un simple movimiento abrió la ventana y sacó la cabeza. De inmediato se abrió otra ventana en la esquina opuesta y una mujer sacó la cabeza. Se miraron durante un instante y luego ambos metieron la cabeza y cerraron las ventanas tan rápidamente que Max pensó que seguro que habían roto el cristal. Durante unos segundos no pudo creer lo que acababa de ver con sus propios ojos. No podía creer que había visto a una mujer en la casa de Elam. Pero poco a poco comprendió que había visto a una joven con un cuerpo grande y cabello rubio. Entonces dio un paso atrás, salió de las tierras de Elam y entró en la carretera.
Después de lo que había visto, Max no sabía si quedarse mirando la casa o si dar la vuelta y regresar a la suya. Sabía que nunca más iba a poner un pie en las tierras de Elam. Ya se había decidido a no tener nunca nada más que ver con Elam Stairs. Ni siquiera quería volver a dirigirle la palabra. No podía perdonarle a Elam que hubiera traído una mujer de Lewiston a casa.
Mientras estaba en la carretera tratando de pensar en lo que iba a hacer, la mujer que había visto en la ventana dobló la esquina de la casa. Max se quedó mirándola incrédulo. Al cabo de un instante llegó Elam corriendo. Corría más rápido de lo que Max jamás había pensado que nadie pudiera correr. Iba a alcanzar a la joven rubia en dos zancadas y si no hubieran doblado la otra esquina de la casa Max habría visto cómo la agarraba. Elam no llevaba su abrigo y el vestido de la mujer estaba abierto por detrás hasta la cintura. La mujer estaba riendo, pero Elam no.
Max esperó otros cinco minutos. Quería estar allí por si volvían a correr alrededor de la casa. Entonces se volvió y subió lentamente la ladera este del valle. La visión de la mujer en la casa de Elam le provocó deseos de ir allá y sacarla fuera del valle. Pero sabía que nunca podría hacerlo. Elam no le dejaría que la sacara de allí. Elam la protegería y lo enviaría de vuelta a su casa.
Cuando Max llegó a su casa ya había decidido lo que iba a hacer. El fin de semana siguiente haría un viaje. Iría a Lewiston el sábado por la mañana y se quedaría allá hasta el domingo por la tarde. Y cuando estuviera allá haría las mismas cosas que Elam había hecho.
—Elam Stairs no es el único hombre del valle que puede traerse una mujer a casa —dijo al sentarse junto a la ventana y mirar hacia la ladera oeste donde el sol ya se había puesto. Abrió la ventana unas pulgadas para poder oír cualquier sonido audible en el valle—. Y también contrataré a una asistenta en Lewiston y la traeré aquí. Elam Stairs tiene una hora más de sol porque su granja está en la 1adera oeste y piensa que puede tener más ventajas con una criada. Pero no. Le demostraré que yo puedo ir a Lewiston y quizás conseguir una criada más bonita que la que tiene él.
Max empujó la silla más cerca de la ventana.
—Yo también iré detrás de la mía cuando la traiga aquí —dijo—. Y quizás sea un buen plan esperar a que esté ya medio desnuda para empezar a correr tras ella, en lugar de hacer como Elam que ha empezado a perseguirla cuando ella apenas se había bajado la cremallera. Cuando Elam Stairs mire por la ventana un buen día, verá que soy más listo que él y me verá correr detrás de mi criada desnuda. Él la ha perseguido una vez alrededor de la casa. Yo iré detrás de ella tres veces, quizás dejando un poco de tiempo para demostrarle a Elam de lo que soy capaz.
Max hizo una pausa para mirar al valle. Mientras miraba la casa de Elam empezó a lavarse las manos.
—Supongo que la idea de Elam no estaba tan mal. Supongo que no hay mucho de qué pelearse con una mujer joven de Lewiston en casa si no hay que pagarle cinco dólares y diez céntimos por su cama durante el fin de semana.

Erskine Caldwell - "Una tarde de sábado"

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Tom Denny apartó el pedazo de carne y se estiró encima de la tabla. Quería echarse un rato y descansar. Ese era el único lugar en toda la carnicería donde uno podía echarse y Tom necesitaba descansar de vez en cuando. Podía apoyar el pie al final de la superficie, pasar la otra pierna por encima de la rodilla y descansar relativamente cómodo con un filete como almohada. La carne estaba fresquita justo recién salida del frigorífico. Tom solía hacer eso. Quería descansar y necesitaba estar cómodo encima de la tabla de cortar carne. Se sacó los zapatos de una patada para poder mover los dedos.
La carnicería de Tom no olía muy bien. La gente que iba a comprar por primera vez la carne de Tom siempre preguntaba qué era lo que había muerto entre aquellas paredes. Año tras año el hedor iba empeorando.
Tom masticó un poco de tabaco y se puso cómodo sobre la tabla de cortar carne.
Una nube de moscas zumbaba en el local. Se trataba de unas moscas pesadas, molestas, gordas y grasientas que vivían en la carnicería de Tom. La puerta mosquitera de la entrada evitaba que entraran todas, pero si se acostumbraban a entrar y atiborrarse de la sangre fresca de la tabla de cortar carne hallaban la manera de volar hasta la puerta trasera donde nunca había habido mosquitera.
Todo el mundo comía la carne de Tom y a todo el mundo le gustaba. No había otro carnicero en el lugar. Uno entraba y decía: —Hola Tom. ¿Qué tal va? —Todo me va de perlas, pero mi parienta vuelve a tener fiebre y escalofríos. — Entonces, después de que Tom acabase de relatar lo que era tener fiebre y escalofríos, uno decía: —Necesito una libra de costillas de cerdo, Tom. — Y Tom respondía: —Caramba, ahora te la traigo. — Mientras uno esperaba las costillas, Tom le daba muy serio dos o tres vueltas al pedazo de carne y cortaba una libra. Si uno quería ternera, a Tom le daba igual. Golpeaba el pedazo de carne varias veces armando un gran follón y te la servía. Podías pedirle a Tom cualquier tipo de carne que quisieras, Tom la tenía allí mismo, esperando a ser cortada y pesada.
Tom se apartó las moscas de la cara y echó una cabezadita. Era mediodía. Los campesinos todavía no habían llegado al pueblo. Era temporada de aclareo y todo el mundo trabajaba hasta las doce, hora solar, o doce y media según el horario ferroviario. Apenas había nadie en el pueblo a esta hora del día a pesar de ser sábado. Todos los que necesitaban carne para la cena del sábado ya la habían comprado y era demasiado temprano para comprar la carne del domingo. La mejor hora para comprarle la carne a Tom si tenía que durar hasta el domingo por la noche era a las diez de la noche del sábado. Entonces te la podías llevar a casa con la confianza casi absoluta de que no se pondría mala antes del mediodía del día siguiente... si no hacía demasiado calor.
Las moscas zumbaban y se posaban en la boca y la nariz de Tom, quien las apartaba a golpes con su mano y trataba de dormir sobre la tabla de cortar carne y con el pedazo de filete de lomo como almohada. El jugo del tabaco le bajaba por la garganta y Tom lo tenía que escupir. En una esquina detrás de un mostrador donde se exponía hígado y sesos había una caja de cigarros medio llena de serrín. Pero no fue capaz escupir tan lejos desde donde estaba. El jugo de tabaco se estrelló contra el suelo, a medio camino entre la tabla de cortar carne y la caja de cigarros. Lo poco que se escurrió encima del pedazo de carne no importaba. La mayoría de la gente limpiaba la carne antes de cocinarla y comerla, así que el jugo desaparecería.
¡Malditas moscas! Seguían zumbando y molestando, las asquerosas y no hay nada más asqueroso que una mosca de carnicería pesada y bien alimentada durante el verano. Tom las apartó de su cara y las escupió de su boca lo mejor que pudo sin tener que moverse demasiado. Al cabo de un rato desistió. Tom estaba disfrutando de su cabezadita cuando de repente entró Jim Baxter por la puerta trasera, procedente de la barbería de la esquina. Jim era el socio de Tom y en días de mucho trabajo venía a ayudarle. Era un hombre grande, casi dos veces más grande que Tom. Siempre llevaba un sombrero negro de ala ancha y una camisa azul con las mangas arremangadas por encima de los codos. Tenía una gran barriga en forma de huevo y siempre se le escurrían los pantalones. Cuando caminaba se cogía los pantalones todo el rato, tirando de ellos por encima de su barriga. Pero siempre acababan escurriéndose hacia ahajo hasta que parecía que fueran a caer en cualquier momento y hacerle tropezar. Jim no quería llevar tirantes. Para él un cinturón tenía un aspecto más informal.
Tom estaba dormitando cuando Jim entró por la puerta trasera y lo agarró por los hombros. Un puñado de moscas se había puesto a dormir en la boca de Tom. Jim las ahuyentó.
—¡Eh, Tom! —gritó Jim sin apenas aliento—. ¡Despierta! ¡Despierta, rápido!
Tom saltó al suelo y se puso los zapatos. Se había acostumbrado a que la gente entrara y lo despertara para comprar veinticinco céntimos de bistec o de jamón, así que había confundido a Jim con un cliente. Se pasó el dorso de la mano por la boca para calmar las picadas de las moscas.
—Qué demonios...? —farfulló indignado, levantando la mirada y viendo que se trataba de Jim—. ¿Qué quieres?
—Venga, Tom. Coge tu escopeta. Estamos persiguiendo a un negro por el arroyo.
—Por Dios, Jim! —gritó Tom, ahora totalmente despierto. Agarró el brazo de Jim y le preguntó—: ¿De verdad que vais detrás de un negro?
—Exacto, Tom. ¿Te acuerdas de ese mulato que hace tiempo trabajaba en el ferrocarril? Ese es el negro que vamos a atrapar. Y le vamos a dar una buena lección, maldito mulato. Se ve que le ha dicho algo a la hija mayor de Fred Jackson cuando iba por la carretera, hace una hora o así. Fred nos lo ha explicado en la barbería. Vamos, Tom. Hemos de darnos prisa. Dentro de poco le daremos una paliza.
Tom se ató los zapatos y cruzó la calle detrás de Jim. Tom llevaba la escopeta debajo del brazo y Jim había arrancado la cuchilla de carnicero de la tabla de cortar carne. Le iban a dar su merecido al maldito negro, maldita su piel mulata.
Tom se montó en un automóvil con otros hombres. Jim saltó al estribo de otro coche justo cuando arrancaba. Ya había treinta o cuarenta coches circulando en dirección al arroyo y muchos más poniéndose en marcha.
Ya tenían un sitio elegido junto al arroyo. Había un claro en el bosque, junto a la carretera, y había suficiente espacio para hacer el trabajo bien hecho. Había cantidad de maleza seca y un árbol de ámbar de buen tamaño en medio del claro. Los automóviles se detuvieron y los hombres saltaron al suelo con prisa. Otros habían ido a por Will Maxie. Will Maxie era el mulato. Seguramente lo encontrarían en casa, en pleno aclareo. Will cultivaba buen algodón. Primero cortaba toda la hierba y luego echaba tierra a las hileras. Todos los demás cultivaban el algodón sin preocuparse de la hierba. Pero Will era un negro muy listo. Y también era capaz de cultivar mucho maíz, acres de maíz. Siempre cortaba la hierba que crecía junto al maíz. Pero a nadie le gustaba WiIl. Ganaba demasiado dinero cortando la hierba que crecía junto a su algodón y su maíz. Ganaba más dinero que Tom y Jim vendiendo carne en la carnicería.
Doc Cromer había enviado a su hijo a la farmacia a por media docena de cajas de Coca Cola y una tina de lavar con un pedazo de hielo, llenaron la tina con algo de agua fangosa del arroyo, sumergieron el pedazo de hielo y luego tres cajas de Coca Cola. Cuando se les acabaron el muchacho puso las otras tres cajas en la tina y dejó que los refrescos se enfriaran. A todos les gusta beber la Coca Cola fresquita.
Tom se dirigió al bosque a echar un trago de whisky con Jim y Hubert Wells. Dondequiera que fuera, Hubert siempre llevaba una botella de whisky encima. Lo preparaba él mismo en su propio alambique y se ganaba bastante bien la vida vendiéndolo por los alrededores de los juzgados y en la barbería. Hubert preparaba el mejor whisky de la zona.
Will Maxie se estaba acercando a toda prisa por la carretera. Un par de docenas de hombres iban detrás de él atizándolo con palos. Will se estaba haciendo mayor. Tenía una esposa y tres hijas adultas, todas casadas y asentadas. Will era un buen negro, que se ocupaba de sus cosas, que se apartaba de la carretera cuando veía un hombre blanco acercarse, y que se portaba siempre bien. Pero a nadie le gustaba Will. Ganaba demasiado dinero cortando la hierba que crecía junto a su algodón.
Will llegó corriendo por la carretera y los hombres lo hicieron dirigirse hacia el claro. Todo estaba preparado. Había un gran montón de maleza y una cadena para el cuello y otra para los pies. Eso lo mantendría quieto. También había dos o tres latas de gasolina.
EL hijo de Doc Cromer estaba haciendo un buen negocio con las Coca Colas. En la tina sólo quedaban cinco o seis botellas de las primeras cajas. Estaba a punto de meter las otras cajas y dejar que se enfriaran las botellas. A todo el mundo le gusta beber de vez en cuando una Coca Cola.
El muchacho de Cromer vendería probablemente todas las botellas y tendría que volver al pueblo a por más cajas. Y sin embargo, hoy no había demasiada gente. Era el calor lo que hacía que la gente bebiera varias Coca Colas para refrescarse. Hoy sólo había ciento cincuenta o ciento setenta y cinco personas. No había habido tiempo de avisar a todo el mundo. Tom se lo habría perdido si Jim no hubiera entrado en la carnicería mientras echaba una cabezadita y le hubiera avisado.
Will Maxie no bebía Coca Cola. Will nunca se gastaba el dinero en cosas así. Ese era el problema. Era demasiado bueno para un negro. No bebía whisky de maíz, ni tampoco lo preparaba. No llevaba un cuchillo, ni una cuchilla. Se descubría cuando se cruzaba con un hombre blanco y vivía con su propia esposa. ¡Pero ahora lo tenían atrapado! ¡Maldita su piel mulata! Ahora ya no podría cortar la hierba que crecía junto a su algodón. Lo tenían atado al árbol de ámbar junto al arroyo, con una cadena alrededor del cuello y otra cogiéndole las rodillas. Sí, señor. Tenían atrapado a Will Maxie, ese maldito mulato. Ya no podría cortar la hierba que crecía junto a su algodón.
Tom se sentía bien. En el bosque, Hubert le dio otro trago. Hubert era un buen tipo. Preparaba buen whisky de maíz. Por esta razón a Tom le gustaba Hubert. Y todos los sábados por la noche Hubert le llevaba a su esposa un buen trozo de carne para el domingo. Y buena carne. Tom le cortaba la carne y Hubert se la llevaba a casa y se la regalaba a su esposa.
Estaban quemando vivo a Will Maxie. Cuando apenas le quedaba vida lo llenaron de plomo. Tom se echó hacia atrás, apuntó y disparó a Will con su escopeta. La cargó de nuevo y volvió a disparar una y otra vez, tan rápido como podía. Unos cuarenta hombres también tenían escopetas. Lo llenaron de plomo de tal manera que su cuerpo cedió por el cuello, por donde lo habían sujetado con la cadena.
El muchacho de Cromer había vendido todo. El hielo y todas las Coca Colas habían desaparecido. Doc Cromer estaría muy contento cuando su hijo volviera con todo ese dinero. Seis cajas enteras vendidas, a diez céntimos la botella. Si hubiera traído una caja o dos más las habría vendido con facilidad. A todo el mundo le gusta la Coca Cola. No hay nada mejor en un día de mucho calor. Eso si las Coca Colas están frescas.
Al cabo de un rato los hombres arrastraron el cuerpo hacia un árbol y lo ataron a una rama para que colgara de ella, pero Tom y Jim no podían esperar más y regresaron al pueblo en cuanto tuvieron una oportunidad de subirse a un coche. Tenían prisa. Se habían ausentado durante varias horas y ya casi eran las cuatro. Mucha gente se acercaba al centro la tarde del sábado para comprar la carne del domingo antes de que llegaran los campesinos. Tom y Jim tenían que darse prisa para abrir la carnicería y ponerse a cortar bistecs y cortar huesos para sopa con la cuchilla de carnicero sobre la tabla de cortar carne. Tom era el carnicero. Él se encargaba de todo lo relacionado con la carne. El iba y mataba la vaca y la descuartizaba. Luego transportaba los pedazos a la carnicería y los colgaba de los ganchos del frigorífico. Cuando alguien quería carne él cogía uno de los pedazos del gancho y lo tiraba sobre la tabla de cortar carne y cortaba la cantidad que uno quería. Uno le decía a Tom lo que necesitaba y él te lo daba, no importaba lo que uno pidiera.
Luego uno iba al mostrador y le pagaba a Jim. Él era el cajero. También el que hablaba. Tom era el que cortaba y pesaba. La barriga en forma de huevo de Jim le impedía trabajar bien en la tabla de cortar carne. Cuando intentaba cortar un filete de lomo la barriga le molestaba, así que Tom se dedicaba a eso y Jim cogía el dinero y lo metía en la caja de debajo del mostrador.
Tom y Jim llegaron al pueblo justo a tiempo. Había un montón de gente en la calle preparándose para sus actividades comerciales semanales y necesitaban carne. Uno iba a la carnicería y decía: —Hola. Tom. Necesito dos libras y media de chuletas de cerdo. — Tom decía: —Hola, enseguida te las traigo. — Mientras uno esperaba a que Tom cortara el pedazo de carne, uno le preguntaba qué tal le iban las cosas.
—Todo me va de perlas —decía—, excepto que a mi mujer le ha vuelto la fiebre y los escalofríos.
Tom pesaba las chuletas y las envolvía y luego uno se iba a ver a Jim y le pagaba. Jim era el cajero. Su barriga en forma de huevo era demasiado grande para que pudiera trabajar en la tabla de cortar carne. Ese era el trabajo de Tom, y Jim cogía el dinero y lo metía en la caja de debajo del mostrador.

Erskine Caldwell - "Marjorie se empareja"

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Iba a venir... Iba a venir... ¡Dios bendito! Iba a venir para casarse con ella... ¡desde Minnesota!
Marjorie leyó la carta una y otra vez, temblando, sin aliento, sosteniendo desesperadamente la misiva con los diez dedos de las manos. Finalmente, cuando sus ojos empezaron a ver borroso y ya no pudo leer su caligrafía, apretó la carta contra sus pechos desnudos. Así depositaría en ella toda la felicidad de su corazón. Iba a venir desde Minnesota. ¡Iba a viajar toda esa distancia para casarse con ella!
Cada palabra, cada falta de puntuación, se habían grabado en su memoria. La mera idea de la carta era como un poema fluyendo por su interior -como el escalofrío producido por un calor repentino- y los fragmentos de cada renglón se repetían como los rugidos de la tubería de una caldera.
Su carta no era una petición de matrimonio, pero le decía que le gustaba su aspecto en la foto que le había enviado. ¿Y por qué iba a venir desde Minnesota si no tenía intención de pedirle que fuera su esposa? Sin duda la quería.
Marjorie también tenía su foto. Podía notar la fuerza incansable de los delgados músculos que surcaban su cara hasta el mentón. Recorrió con los dedos sus facciones. La excitación la llenó de pasión por el hombre con quien se emparejaría. Era un hombre fuerte. Haría con ella lo que quisiera.
Seguro que ella le gustaría. Era un hombre maduro y cuando se casan los hombres maduros buscan la belleza del alma y el cuerpo. Marjorie era bella. Su belleza era su juventud y su encanto. Él le había escrito que sus ojos y su cara y su cabello eran los más lindos que había visto jamás. Y su cuerpo también era bello. Él lo podría ver cuando viniera. Sus piernas esbeltas eran frescas y firmes como los pinos jóvenes en pleno invierno. Su corazón era calido y ávido. Ella le gustaría... seguro.
Si ella le gustase, y si él la quisiese, y seguro que lo haría en cuanto la viera, Marjorie le entregaría su alma. Su alma seria su gran regalo. Primero le entregaría su amor, luego su cuerpo y, finalmente, su alma. Nadie había poseído jamás su alma. Pero tampoco su cuerpo ni su corazón habían sido poseídos.
Él le había escrito unas cartas sinceras. Le había dicho que quería una esposa. Estaba solo, decía. Vivía solo en Minnesota. Marjorie también se sentía sola. Había vivido sola los cinco largos años desde la muerte de su madre. Ella comprendía. Siempre había sido una persona solitaria.
Marjorie preparó una habitación para él y esperó a que llegara. Lavó tres veces las sabanas de lino y las fundas de almohada. Secó las sábanas en las ramas de los abetos y las planchó al amanecer, cuando aun estaban húmedas y olían a pino.
El día de su llegada Marjorie se despertó mucho antes del amanecer. El sol ascendió fresco y con rapidez.
Antes de preparar la ropa que se iba a poner para él, corrió a la habitación y ahuecó las almohadas y alisó la colcha por última vez. Luego se vistió rápidamente y condujo su automóvil a la estación que estaba a diecinueve millas de distancia.
Llegó en el tren de las doce procedente de Boston. Era mucho más grande de lo que se había imaginado y mucho mas guapo de lo que había esperado.
-¿Eres Marjorie? -le preguntó con voz ronca.
-Sí -respondió con avidez-. Soy Marjorie. ¿Tú eres Nels?
-Sí -sonrió y sus miradas se encontraron-. Soy Nels.
Marjorie llevó a Nels al automóvil. Subieron y se pusieron en marcha. Nels era un hombre silencioso. Hablaba poco y con voz decidida. Miraba a Marjorie todo el rato. Fijó la mirada en sus manos y su cara. Ante este evasivo escrutinio ella se puso nerviosa. Cuando hubieron avanzado varias millas él colocó su brazo a lo largo del respaldo del asiento. Marjorie solo notó su brazo una o dos veces. El avance del automóvil por la carretera llena de baches los lanzaba a ambos de un lado a otro. Los brazos de Nels eran fuertes y musculosos como los de un leñador.
A última hora de la tarde, Marjorie y Nels caminaron por el bosque hacia el lago. Soplaba un viento frió del noreste y el lago estaba movido como si fuera a caer una tormenta. Mientras miraban las olas subidos a una roca en la orilla del lago, una repentina ráfaga de aire lanzó a Marjorie contra el hombro de Nels. Éste la sujeto con sus brazos de acero y saltó al suelo. Más tarde Marjorie le mostró a Nels la heladera y le indicó el cobertizo donde guardaban las barcas durante el invierno. Luego regresaron a la casa cruzando el bosque de pinos y abetos.
Mientras Marjorie preparaba la cena, Nels se quedó sentado en la sala fumando su pipa. Varias veces Marjorie se acercó corriendo a la puerta para echar una breve ojeada al hombre con quien se iba a casar. En él, el único movimiento visible era el humo procedente de la cazoleta de su pipa. Cuando la cena estuvo lista Marjorie se cambió rápidamente de vestido y llamó a Nels. Éste disfrutó de la cena. Le gustó su manera de preparar el pescado. La piel de Marjorie estaba tan caliente que no podía soportar el contacto de sus propias rodillas. Nels comió con gran apetito.
Después de llevar rápidamente los platos a la cocina, Marjorie se volvió a cambiar de vestido y se dirigió a la sala. Nels estaba sentado junto a la chimenea. Se quedaron en silencio hasta que ella le mostró un álbum de fotos. Él las miró en silencio.
Durante toda la velada ella esperó que la tomara en sus brazos y la besara. Lo haría mas tarde, sin duda, pero ella quería estar en sus brazos ahora. Él no la miró.
A las diez y media Nels dijo que se quería ir a la cama. Marjorie se levantó de un salto y fue corriendo a la habitación. Abrió la cama con aroma a pino y ahuecó las almohadas. Se inclinó y colocó su mejilla encendida sobre las sábanas perfumadas y frescas. Le costó despegarse de la cama, pero regresó a la sala donde Nels seguía en silencio.
Después de que Nels se retirara a su habitación y cerrara la puerta detrás de él, Marjorie se fue a su propio dormitorio. Se sentó en la mecedora y miró hacia el lago. Se levantó de la silla pasada la medianoche y se desnudó. Justo antes de retirarse fue de puntillas hasta la puerta de Nels. Se quedo escuchando atentamente durante varios minutos. Sus dedos tocaron suavemente la puerta. Él no la oyó. Estaba dormido.
Marjorie se despertó a las cinco. Nels entro en la cocina a las siete, mientras ella preparaba el desayuno. Se acababa de lavar. Por debajo del traje de tweed ella notó la solidez de su cuerpo. ·
-Buenos días -dijo.
-Buenos días, Nels -le saludó ella ansiosa.
Después de desayunar se quedaron en la sala un rato mientras Nels fumaba su pipa. Cuando terminó se levantó y se colocó delante de la chimenea. Sacó su reloj y miró la hora. Marjorie permaneció detrás, sentada en silencio.
-¿A qué hora sale el tren a Boston? -le preguntó.
Ella le respondió sin apenas aliento.
-¿Me puedes llevar a la estación? -le preguntó.
Ella dijo que lo haría.
Marjorie fue de inmediato a la cocina se inclino sobre la mesa. Nels se quedó en la sala llenando la pipa. Marjorie corrió varias veces a la sala, pero cada vez que alcanzaba la puerta regresaba a la cocina. Quería preguntarle a Nels si iba a volver. Cogió un plato y se le cayó al suelo. Era la primera pieza de porcelana que había roto desde la muerte de su madre. Se puso el abrigo y el sombrero tiritando. ¡Claro que iba a volver! ¡Qué tontería pensar que no lo fuera a hacer! Probablemente se iría a Boston a comprarle regalos. Volvería... por supuesto que volvería.
Cuando llegaron a la estación Nels alargó la mano. Ella le dio la suya. Era la primera vez que sus pieles se tocaban.
-Adiós -dijo.
-Adiós, Nels -dijo ella sonriéndole-. Espero que hayas disfrutado de la visita.
Nels cogió su bolsa de viaje y se dirigió a la sala de espera.
Marjorie notó que sus brazos y piernas se le entumecían. Puso el coche en marcha con incertidumbre. No le había dicho que fuera a regresar.
-¡Nels! -gritó ella desesperadamente. Agarró con sus dedos sin vida la puerta del automóvil.
Nels se detuvo y se dio la vuelta.
-Nels, puedes volver siempre que quieras -imploró ella sin vergüenza.
-Gracias -respondió él brevemente-, pero regreso a Minnesota y nunca más volveré.
-¿Qué? -gritó ella. Sus labios temblaban con tanta violencia que apenas podía hablar-. ¿Adónde vas...?
-A Minnesota -respondió.
Marjorie condujo tan rápido como se lo permitía el automóvil. En cuanto llegó a casa se metió en la habitación de Nels.
Allí Marjorie se quedo de pie junto a la cama y miró con los ojos llenos de lagrimas las sabanas arrugadas y las almohadas. Sollozó y se tiró en la cama en la que Nels había dormido. Abrazo las almohadas y las llenó de lágrimas. Sintió el cuerpo de él contra el de ella. Besó su cara y le presentó los labios para que él la besara.
Cuando se levantó ya había anochecido. El sol se había puesto; el día había pasado. La luz del crepúsculo era lo único que mostraba sombras en la habitación.
Marjorie se puso una manta por los hombros. Arrancó las sábanas y las fundas de almohada de la cama y corrió a ciegas hacia su propio dormitorio. Abrió su arcón de cedro y dobló con ternura las sabanas y las fundas de almohada. Colocó las sabanas dobladas en el arcón y lo arrastro al lado de su cama.
Marjorie encendió la luz y se metió entre las sabanas de su propia cama.
-Buenas noches, Nels -susurro en voz baja. Sus dedos tocaron la tapa lisa del arcón de cedro que tenia al lado.

Erskine Caldwell - "El hijo de perra"

Posted by Arabella in ,

Hay autores de los que me gustaría poner algo en el blog y me resulta casi imposible encontrar algo en la red. Me pasó con Jamaica Kinkaid y me ha pasado con Caldwell.
Erskine ha sido uno de los novelistas y cuentistas que mejor retrataron el sur durante la gran depresión. Sin embargo, es bastante diferente de O'Connor, Faulkner o McCullers, es más irreverente, usa más el erotismo, puede que la miseria moral de sus personajes esté un paso más allá que en los otros autores.
En castellano hay muy poco publicado y todo muy reciente (hasta donde yo sé, claro).


Trabajé durante toda la semana en la construcción de una presa en el río y la noche del sábado fui a la ciudad con uno de los obreros. Con el dinero que había ganado durante la semana, jugamos a los dados en un garito y bebimos whiskey.
El domingo por la noche compramos varias botellas de whiskey y contratamos a dos mujeres para que pasaran la noche con nosotros. Cuando me levanté a las cinco de la mañana del día siguiente para ir a trabajar, desperté a mi compañero y le dije que se vistiera. Se levantó, se miró durante un rato en el espejo y se bebió otro trago de la botella. Le dije que se diera prisa. Y me contestó que Dios le había estado pellizcando en los talones desde que tenía diez años, y luego cogió su pistola y gritó:
-¡Mira hacia otra parte! ¡Voy a matar a un hijo de perra!
La bala le penetró en su cabeza, en pocos segundos rodó por la cama y cayó al suelo, donde, en medio de un gran charco de sangre, quedó como un guiñapo. La mujer que había dormido en, su cama, se incorporó y dijo.
-Otro pobre loco víctima de la melancolía de las mañanas del lunes.