Mostrando entradas con la etiqueta chacel. Mostrar todas las entradas

Rosa Chacel - "Vi lapidar a una mujer"

Posted by La mujer Quijote in ,

Este cuento fue publicado en marzo de 1965 en "Revista de Occidente", la revista fundada por Ortega y Gasset al que Chacel consideraba su maestro. Aparece también en la antología "Icada, Nevda, Diada" de 1971.
Sí, estoy cómoda, sólo tengo un poco de calor: sería mejor abrir la ventana. Eso es, así está perfectamente. Claro que estoy tranquila; ¿por qué no iba a estarlo? No he venido contra mi voluntad, no, nada de eso; aunque no me gusta hablar. Sabe usted, yo, de ordinario, hablo muy poco; es una de las cosas que me critican; me paso los días sin decir pío. Pero ahora voy a despacharme a mi gusto. Le aseguro que voy a decirle todo lo que me pase por la cabeza... Lo malo es que en este momento no me pasa nada; se me ha quedado completamente en blanco... Bueno, sí, un vestido blanco... pero de eso no quiero hablar por ahora; no entendería usted ni una palabra. Prefiero contarle cosas de otras veces, cosas que parecen muy diferentes, pero que son iguales; completamente iguales a la del otro día. No me diga usted que no porque sé que se lo han contado. ¡Buena es mi tía para callarse! "Tiene usted que arreglar a esta chica, doctor. Ha dado un escándalo, un escándalo...". No le niego que fue un escándalo, no, no se lo niego; pero si me pongo a explicarle que pasó esto y lo otro, no sacará usted nada en limpio. La cuestión es que lo que pasó el otro día es una cosa que me ha pasado siempre, siempre, desde que era así de pequeña. Claro que ese día fue más fuerte y no pude disimular; perdí los estribos... ¡Era demasiado infame lo que ocurría!... bueno, como ocurrir no ocurría nada. Es decir, lo que ocurría no lo veía nadie más que yo. Y cuidado que yo he visto cosas en mi vida, digo de esas cosas que no se ven... no acabaría nunca de contarle. ¡Lo que yo he visto!... Figúrese que desde que andaba a gatas puedo ver, tan claro como estoy viendo esa mesa, lo que piensa la gente. ¿Que me lo imagino?... No señor, no, que lo veo. ¿Le parece que exagero?... Pues a mí me parece que me quedo corta. Para decirle la verdad, lo que veo es lo que la gente es, y claro, en seguida saco en consecuencia lo que piensa. En cuanto asoma las narices alguno ya veo lo que está pensando. Por eso estoy siempre callada, porque si hablo me distraigo; para hablar tengo que pensar yo, y a mí lo que me gusta es ver cómo van siendo las cosas... No, no se lo explico bien. ¿Ha visto usted en el cine cómo se desarrolla una col, por ejemplo?... Si uno tuviera la paciencia de estarse durante días viéndola extenderse, desenvolverse; primero apretada como una pelota, y luego desplegando una hoja y otra hoja, como si se desperezase... Si uno pudiera verla hacer ese movimiento sería como oírla hablar. Una cosa así es lo que yo veo cuando me concentro, sólo que más deprisa. Tan deprisa como no puede usted imaginar. Veo un tipo que piensa una cosa y esa cosa le sale a la cara, así como si se abriese una flor... Dirá usted que todo tiene que resultarme muy bonito, con tantas flores, pero sí, sí... La mayor parte de las veces es un asco. Y puede llegar a ser atroz, atroz, insoportable, como el otro día cuando venían uno y otro: pasaban y explotaban ¡plaf!... ahí va eso. ¡Ah! no puedo recordarlo sin explotar yo... Bueno, es inútil, usted no puede comprender nada sin saber a dónde yo he llegado. ¡Años ejercitándome!... Empecé por los perros... Ahora recuerdo aquel que andaba entre la nieve... Aquél no tenía secreto para mí. Porque le sacaba a pasear todas las tardes. Al oscurecer siempre estaba delante de mi ventana y me pasaba las horas muertas viendo cómo estaba hecho. Cómo y no sólo cómo; para qué, eso es, para qué estaba hecho así. Era un perro que estaba hecho así para estar cómodo, elegante y sencillo. No, señor, no; no todos están tan cómodos; los hay que están atemorizados, irritados, desconfiados. Aquél, en cambio, hay que ver lo bien hecho que estaba: correcto, habría que decir. Bueno, era un cocker spaniel beige; esto le dará una idea exacta. En el invierno la nieve se amontonaba al borde de la acera, como una pequeña barricada, y él andaba por allí husmeando todo, moviéndose tan a gusto dentro de su piel tan flojita, tan blanda, que no importa que se moje, que siempre está bien, que hasta si levanta la pata queda discreto; nunca procaz, como otros... ¿Se ha fijado usted en esos que no tienen estilo?... Algunos me dan ganas de llorar. Están hechos de un pedazo de podenco, un pedazo de basset, un pedazo de bulldog y no están avergonzados, no, todo lo contrario; llevan una desfachatez como si supieran que para la gente bien pensante no tienen nada que perder. Bueno, pues ésos precisamente no olvidan nunca echar tierra hacia atrás con las patas traseras. Aunque no haya tierra, en medio de la acera, raspando la piedra con las uñas, hacen esa demostración de decencia; decencia desvergonzada, como si con ese movimiento dijesen: "Soy perro", y ya está. El cocker spaniel no lo hacía; ni siquiera a eso le daba importancia, ni siquiera en ese menester perdía sus modales simples y distinguidos, su elegante negligencia de clubman, dentro de su macfarlán amplio. ¿A que estaba usted pensando en eso?... Claro, es inevitable asociarlos: por eso se asocian ellos, por eso se buscan. Bueno, el clubman busca al cocker spaniel, pero el cocker spaniel acude antes de que lo busquen. ¿De dónde, desde dónde viene?... Ahí está el intríngulis. Es como uno que respondiese antes de que le preguntasen. Bueno, el perro no responde: demuestra, eso es: el perro es una demostración. ¿Esto le parece muy intelectual?... Pues al perro no se lo parece: le resulta la cosa más simple. Y a mí también, porque no crea usted que cuando yo veo esas cosas las veo como se las estoy contando. No, yo las veo como el perro. Bueno, el perro no las ve: las ejecuta. Y yo veo las cosas y los conceptos. No, los conceptos los estoy fabricando ahora. Cuando yo veía al perro veía sus pelos y, claro, un pelo es cosa, pero un movimiento ¿es cosa...? ¿Y ciertos pelos, naciendo en una determinada forma, ocultando y delineando al mismo tiempo la pata, revistiéndola de elegancia?... ¿La elegancia es cosa?... Yo creo que no. Es un modo de ir echando con soltura las patas sedosas, como protegidas por grandes guantes, con un descuido aparente, negligente, seguro de que el material de que está hecho es práctico, se puede ir con él a todas partes sin que se estropee, aunque es de una calidad finísima. Es un modo de llevar la cabeza levantada, sin altanería, dejando ver la forma amplia del cráneo, porque ahí no hay pelos que lo tapen; los pelos largos empiezan en las orejas. El cráneo tiene un pelito fino como raso, y así parece que lleva la cabeza descubierta, en actitud de saludo respetuoso. ¿Comprende usted?... Un hombre elegante, verdaderamente elegante, tiene esa misma confianza, esa negligencia delicada. No, no creo que esto sea darle demasiada importancia: al contrario, creo que no le he dado bastante. Yo debía haber profundizado más en este estudio de los perros porque para mí es como el abecé y porque, además, tengo facultades especiales; de una ojeada los penetro. Hay poca gente que perciba su sonrisa, que no es solamente la contracción del belfo, no; para verla hay que ver de una vez todo el perro y no, indudablemente, no lo he estudiado bastante. Aunque, por supuesto, no me limité a aquel sólo: hubo algún otro... o más bien otra; fue una perra la que marcó otro momento decisivo. Y también ésta tenía su colateral, que no era un clubman, sino una frutera. Era negra y blanca, la perra, naturalmente, muy mezclada. Tenía algo de loulou, con carita de zorra y pelaje largo. Estaba gorda y ya empezaba a ser vieja; a la frutera le pasaba lo mismo. Yo las miraba a las dos mientras me despachaba el chico. Bueno, miraba principalmente a la perra. La mujer estaba sentada en una butaca de mimbres y a su lado, en una sillita baja con almohadón, estaba la perra; sentada también, no echada... No sé cómo decirle, había allí una enormidad de cosas que yo notaba, y las notaba en ella. Bueno, quiero decir que yo veía cómo ella las notaba; cosas muy sutiles; algo así como una gran paz y una luz maravillosa. Había un silencio, además, que en la ciudad pocas veces es tan perfecto. Y ella estaba allí saboreándolo todo. Tenía unos ojos negros muy brillantes y parecía que estaba completamente quieta, pero no; jadeaba un poco y miraba a un lado y otro, casi sin mover la cabeza. También acomodaba de cuando en cuando las patas delanteras, como si se cansara de apoyarse en ellas. Eran unas patitas cortas, y las desparrancaba un poco para tener más base. Entre ellas le colgaban las tetillas sonrosadas con manchas negras, que le cubrían toda la barriga, relajadas de haber tenido muchas crías. Bueno, lo mismo le pasaba a la frutera; también tenía unos ojos muy negros y también le colgaban los pechos sobre la panza... Bueno, ya me doy cuenta de que todo esto parece que no tiene nada de particular y de que usted debe estar esperando el desenlace; seguramente cree que de un momento a otro voy a contarle algo impresionante que pasó, pero no se lo puedo contar porque no pasó nada y, sin embargo, la impresión para mí fue enorme... En fin, sí que pasó algo; verá usted... ¡Ya!, ya lo sé, pero no retiro la palabra. No tienen historia, si con eso queremos decir sucesión de cosas encadenadas y consecuentes: conscientes. Pero yo quería decir más bien algo como un depósito de cosas sedimentadas, posadas; eso es: un poso muy espeso de experiencia. Una experiencia sin conciencia, de acuerdo, bueno; quedemos en el poso. Suponiendo que la perra tuviese cerca de diez años habría estado ya muchas veces así, como se dice, en chaleur, habría sido atrapada por quién sabe cuántos perros y luego habrían venido los perritos a colgarse de sus tetillas. Eso, una y otra vez, había sido una agitación que comenzaba, se colmaba y se aplacaba; luego, ya cansada, satisfecha de haberse agitado tanto, estaba allí, nada más, rebulléndose un poco en su almohadón... Todo esto se puede trasladar a la mujer igualmente: todo era completamente igual en ella, solo que, de pronto, la mujer se metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó, hechas un rebujón, unas cuantas facturas. Las miró, desarrugándolas con una sola mano, y gritó: "¡Todavía está aquí la del siete!... El chico contestó, sin volver la cabeza: "Todavía...". Entonces entablaron un diálogo: agria y violenta la mujer, el chico cachazudo. Ella le reprochaba que no se lo hubiera advertido, él contestaba que había dejado al volver las facturas en la caja y ella se las había guardado... Bueno, la cosa duró bastante y yo tuve que irme antes de que terminara, pero las miré a las dos en aquel momento en que parecía que todo se iba a romper... ¡Todo!... todo lo que le dije antes: aquella paz... Habían estado allí las dos sentadas, quietas, respirando lentamente con sus barrigas de viejas madres y, de pronto, en la mujer pasaba algo que la hacía vibrar. Cada vez que soltaba un improperio contra los aprovechados o contra el chico, que era un mandria y dejaba el pedido sin exigir el dinero, o contra todo el mundo, en general, contra los que abusan; cada vez que retemblaba soltando denuestos, chillona, con una voz de pepitaña que parecía restallarle en el fondo del buche, ¡la perra!... Bueno, es inútil. Me callo no porque no quiera seguir, sino porque me acuerdo de aquel silencio en que yo las miraba y ¿cómo voy a contarle yo aquel silencio?... Yo veía dentro de la perra cosas que, si se las cuento, parecerá que digo que las veía pensarlas, pero nada, nada de eso. Yo veía aquellas cosas en sus patas: los músculos de los brazuelos empezaron a temblarle porque había perdido el relax, porque sentía que iba a tener que saltar de la silla y, a cada grito de la mujer una mirada, una crispación de la oreja. La nariz también se le movía un poco, pero por el hábito, porque aquello no era cosa de oler, aunque quien sabe... Lo que la alteraba era el sentimiento, no, la evidencia de que en el otro cuerpo, su colateral, la paz se había roto y de que la quietud iba a terminar. Pero no acababa de terminar nunca porque no llegaba a ocurrir nada que le diese la orden de saltar y sin embargo, ella ya estaba dispuesta, atenta, en la duda... Pues sí, señor, en la duda. ¿No ha visto usted nunca, cuando se echa a rodar una bolita de esas con que juegan los chicos, cómo rueda un rato hasta que se para, pero al pararse duda un poco?... Ya, ya sé que es la fuerza que la lleva y que la cuestión de la inercia... por supuesto, pero la cosa es como si un granito de arena le hiciese dudar; "¿sigo o no sigo?...". Hasta que ve que no puede seguir y se para. Así es, exactamente; digo que la bola lo ve porque lo que quiero decir es que yo lo veo. Lo veo en la bola y lo veo en la perra. Y en la perra, claro lo veo por dentro, igual que lo he visto tantas veces dentro de mí misma. Porque yo sé muy bien cuándo dudo con mi razón y cuándo es un impulso lo que, al llegar a un cierto punto, de pronto titubea, cabecea... ¿Que la bola no tiene nada dentro de sí?... Ya lo sé, pero dentro de mí hay bolas que vienen rodando. Claro que lo que dudaba dentro de la perra no era una bola, no era una fuerza que estuviese fluctuando: era un presentimiento del empujón. Si le dije lo de la bola fue para que resultase cosa visible, sin necesidad de pensarlo, porque lo que no quiero es que crea que yo me imagino a la perra cavilando. No, ni la perra ni la frutera: la mujer tampoco cavilaba. Primero habían estado las dos en aquella quietud porque ya habían terminado las faenas del día y luego, de pronto, la mujer entraba en el furor al notar un desperfecto en sus cuentas. Lo que la perra no podía oler es que para la mujer aquel furor era también una cosa estable. No hay nada de contradictorio. He empezado por decirle que la perra estaba allí reposando, con el derecho que le daba toda su historia, y, por supuesto, la frutera estaba gozando del mismo derecho. Pero claro, el funcionamiento de la frutera es más complicado: se metió la mano en el bolsillo y sacó sus cuentas desequilibradas; inmediatamente se instaló en otro derecho: en el derecho a gritar, a insultar, a exigir. Eso era lo que a la perra le ponía en aquel estado de duda, de titubeo; lo que hacía que le temblasen las patitas y se le enderezasen las orejas; porque el hábito le decía que con los gritos viene siempre el movimiento. La mujer, en cambio, se arrellanaba en su indignación porque en situaciones así se reta, se insulta. Eso es lo que "se hace", lo que todo el mundo tiene derecho a hacer. ¿Comprende usted?... No, ya sé que no puede comprenderlo. Usted cree que lo comprende y claro, comprende lo que le cuento, pero no por qué se lo cuento... La verdad es que yo misma ya no sé por dónde ando. Si me pregunto por qué me he puesto a hablarle de todo esto me parece imposible encontrarle explicación y, sin embargo, el caso es que siento... ¿cómo le diría yo?... sé que es de esto de lo que he venido a hablarle... No, si ya lo sé; no es de esto, es del asunto del otro día. Entonces me digo, ahora voy a contárselo, y se me quitan las ganas porque para mí ya se lo he contado. ¿Comprende usted? Todo es como manejar algo que puede dar media vuelta a la derecha igual que media vuelta a la izquierda: es igual, pero todo lo contrario. Claro que, si se lo cuento ce por be, a lo mejor no se ve el parecido, pero usted prefiere que se lo cuente ce por be. Está bien, se lo cuento, no tengo el menor inconveniente; pero ya le digo, lo que yo siento aquí, en la boca del estómago, es igual que lo que le he contado, sólo que aquello... Bueno, verá usted, no es igual. No me contradigo porque lo sentía del mismo modo, pero aquello quería sentirlo, aunque era atroz, pero quería. Esto otro... imagínese ¡en un día radiante de primavera!... Este año se echó encima el calor de repente; ya lo vio usted, en los primeros días de mayo. Recuerdo que viniendo por Marqués de Cubas vi que en una pared quedaban todavía restos del cartel de "Divinas palabras". Yo iba pensando en esto cuando cruzamos la calle de Alcalá: iba agotada de andar de compras con mi tía. Ya habían puesto sillas fuera en algunos cafés y decidimos tomar algo fresco para poder seguir. Nos sentamos en la acera de El Fénix, pedimos naranjadas. No había casi nadie en la terraza; en un extremo una mujer sola, en el otro una pareja. Nos sentamos lejos de la pareja, por no estorbar. Así que nos quedamos junto a la mujer que estaba sola. Mi tía se sentó de espaldas a ella y yo frente a mi tía, que me tapaba la vista de la mujer, cosa que no me había inspirado la menor curiosidad. Yo tomaba mi naranjada y miraba a la gente. Me dejaba caer en la silla, una silla de hierro, dura, claro está, pero bien proporcionada. Estaba descansando en ella tan a gusto como una masa en el molde: estaba abandonada dentro de mí misma, tan abandonada, tan tranquila... Empecé a mirar a un hombre que venía hacia nosotras: era un hombre del pueblo bien vestido, joven, tenía una cabeza muy correcta y una expresión serena, como si viniese sin pensar en nada. Cuando noté todo esto estaría el hombre a unos diez metros de nuestra mesa y como venía a buen paso llegó en seguida. Al pasar por delante de la terraza volvió la cabeza y su cara se transfiguró. Yo pensé: "Ha puesto cara de jabalí; no es tan guapo como me había parecido". Inmediatamente detrás de él venían dos hombres, de esos relucientes, bien afeitados y con cartapacios lujosos y al llegar al mismo punto los dos volvieron la cabeza. La transformación de sus caras fue mucho más ostensible. Uno de ellos puso una cara de ratero, de carterista. Corrí mi silla un poco hacia la derecha y vi lo que miraban: la mujer que estaba allí sentada. En seguida me di cuenta de qué clase de mujer era, aunque tenía un vestido decentísimo: blanco, de chaqueta, con la falda por la rodilla como cualquier otra. Sin embargo, yo pensé: "La miran porque está demasiado pintada o porque es muy llamativa". No, pensé en redondo: "es una prostituta". Entonces me puse al acecho. Perdí el abandono, la laxitud en que estaba hasta aquel momento y me dije: "Vamos a ver en qué para esto: es una cosa que no he visto nunca". Ya, ya sabía yo que no iba a ver nada definitivo: no me creí que fuese a pasar algo como esas cosas de la Biblia: uno que se echa con la ramera está al borde del camino. No, allí ya sabía yo que no se iba a echar ninguno, pero pensé que alguno así, de pronto, la cogería de un brazo y se la llevaría. Eso valía la pena de verlo, pero sí, sí... Unos no tenían maldita la gana de echarse, otros no tenían tiempo, otros no tenían dinero. Pero ella estaba allí, al borde de la acera y algo había que hacerle, porque para eso estaba allí: todos tenían derecho y como iban de pasada, por no desperdiciar... Pasaban viejos asquerosísimos y le levantaban las faldas con un ladear de cabeza, con un relamerse el hocico. Apareció un tipo cogotudo, de esos que parece que les está estallando el cuello de la camisa, y le dijo: "Si te cojo te reviento...". Todos con saña, estoy por decir que con asco, pero no de la mujer, que era muy guapa, sino de lo que pensaban hacerle, porque lo pensaban sin deseo: lo pensaban sólo porque tenían derecho... ¡oh, sí!, es muy fácil distinguir el deseo del derecho. El deseo cada uno lo siente para sí mismo: el derecho hay que demostrárselo al otro. Bueno, pues, ¿y las mujeres?... Ésas sí que es difícil saber lo que querían hacer con ella. La miraban con más saña aún que los hombres; trataban de demostrarle aún más su derecho al asco, pero en ésas era mentira... ¡Mentira, mentira! Si viera usted lo que pensó una chica pequeña... En ésa no había saña, ésa sí que la miró para sí misma; la de ésa fue la única mirada de deseo que le echaron. De deseo, claro está, del deseo más puro: el de ser ella... Era una niña muy bonita que iba con dos señoras burguesotas. Las señoras no miraron a la mujer porque iban absorbidas en su comadreo y la chica se había quedado un poco rezagada. Al pasar frente a la terraza, la pequeña se quedó mirando a la poule, pero ¡cómo!... la devoró con la mirada. Y no descaradamente, al contrario, con cierto disimulo porque ella no quería decirle nada con su mirada; la miraba y se decía a sí misma: "¡Qué señora tan guapa, qué bien estará ahí sola, ahí sentada para que la mire todo el mundo! ¡Cuando yo pueda hacerlo!...". Y en seguida copió su movimiento de cabeza y su caída de ojos... ¡Ah! Eso no lo dude usted, ese deseo puro de la niña era el que todas tenían atragantado... ¡Pero ya lo sé! No se me ocurre pensar que todas las mujeres quieran ser prostitutas. ¡Qué disparate!... Ahora, eso sí todas todas sin excepción, quieren ser bonitas y estar solas, puestas en un sitio donde se las vea bien y donde pase todo el mundo a mirarlas. Claro que para atreverse a desearlo hay que tener ocho años. Luego ya, con todo lo que sabe, entra el miedo, pero el deseo sigue y se convierte en rabia. Todas la miraban como perros rabiosos. Por supuesto, también la miraban con asco, pero como le digo, porque se lo han enseñado; lo del asco es como una segunda parte: Las mujeres, ante una poule de ésas siempre sienten que está haciendo algo sagrado, y les entra una especie de terror y de locura porque se sienten excluidas de ese misterio. ¿Ve usted? Por eso le dije, como perros rabiosos, porque su rabia es, como la hidrofobia, el horror de una cosa que es necesaria a la vida. Sí claro, muchas de las mujeres que pasaban eran casadas, otras tendrían o habrían tenido amantes, novios... Lo que les hacía odiarla es que ella era la tentación y que se peinara para ello. ¿Que todo eso se convierte luego en menesteres nauseabundos?... De acuerdo, pero en eso no se piensa al verla. Las mujeres sólo piensan que es la tentación que está allí, al borde del camino. Y eso es una cosa... ¡eso, ser la tentación!... que las mujeres anhelan... No, no voy a decirle la frase tópica: "con las entrañas"; lo anhelan con su ser. Eso es su ser, eso es su esencia. Bueno, entiéndalo usted como si hablásemos de un encendedor. La esencia es lo que se inflama cuando se hace clic... Y eso es lo que quieren las mujeres, para eso es para lo que viven; para oír ese clic y ver encenderse la llama: Son muy pocas las que lo ven; por eso están rabiosas... Estoy tratando de recordar, pero no es posible porque fueron muchísimos los que pasaron y los primeros se borraron con lo que pasó después. En fin, el caso es que siguió pasando gente y yo seguí registrando las caras de todos. Pero nuestro estado de ánimo había cambiado un poco; habíamos empezado a descansar. Cuando llegamos allí estábamos agotadas y por eso nos quedamos en silencio, pero mi tía, a medida que fue tomándose la naranjada, fue reaccionando y de pronto me dijo: "Yo creo que con las doce madejas tendré bastante, ¿no te parece?...". Yo dije: "Sí seguro". No dije más, pero en ese momento me trasladé a Pontejos. No sé si usted habrá visto alguna vez esas mercerías enormes donde se apiñan las mujeres: Mi tía y yo habíamos pasado allí tres cuartos de hora sin conseguir que nos despachasen. Había, como siempre, monjitas. Creo que son las Hermanitas de los Pobres o no sé si las del Servicio Doméstico las que van siempre acompañadas por alguna enanita, alguna de esas chatas o bizcas atroces, que bordan como los ángeles y se extasían allí comprando hilos, agujas de ojo dorado que miran y remiran... Cuando nosotras llegamos había una de éstas y yo me puse a observarla. La muchacha era achaparradita y con aire muy rural; la monja era alta y seria. Tenían ya en el mostrador amontonados madejas, ovillos, carretes; un dependiente las atendía, incansable... De pronto la chica dijo algo que yo no pude oír, tan bajito lo dijo, y la hermana dijo al muchacho: "Ah sí, un dedal. A ver, traiga unos dedales..". El chico trajo un cajón todo dividido por dentro con tablitas, formando celdillas en las que estaban los dedales de todos géneros, clasificados por tamaños. Las dos empezaron a elegir y la chica no quedaba nunca contenta; no decía nada, pero se los probaba y se los quitaba en seguida, como si no le satisficiese ninguno, hasta que al fin la monja le dijo: "Bueno, coge el que tú quieras...". Entonces ella alargó la mano hasta el departamento del rincón, donde estaban los dedales de plástico de muchos colores, y eligió uno de color de rosa. Bueno de ese rosa que no está nunca en las rosas, intenso y al mismo tiempo ligero; un color que parecía que echaba luz. Metió el dedo en él y se quedó mirando su mano. La monja no se opuso en redondo, pero empezó a tratar de convencerla de que los de acero son mucho más prácticos. La chica no decía nada, pero movía la cabeza negando temerosamente, y no se quitaba el dedal. Entonces la monja, inclinándose un poco hacia ella, cogió con su mano izquierda la mano de la chica y con la derecha probó el dedal, dándole media vuelta en el dedo para ver si ajustaba. La monja hablaba alto, así que a ella yo le entendía todo. Le dijo: "Bueno, ¿éste te va bien?...". Y esta vez oí también a la chica. No habló mucho más alto que las otras veces, pero de un modo tan neto que pude entenderla. Levantó la cabeza y le dijo: "Sí, hermana...". Nada más. La monja dijo: "Bueno, pues éste...". El chico recogió todas sus compras, ellas fueron a la caja y yo seguí mirándolas, sin poder pensar en otra cosa... ¿Cómo que si tiene algo que ver con lo anterior?... ¡Esto es todo!... Tenga usted un poco de paciencia. Le digo que esto es todo porque lo que le acabo de contar no pasó en Pontejos. Bueno, sí, pasó en Pontejos, pero cuando pasaba allí no tenía importancia o apenas la tenía. Cuando tuvo una importancia enorme fue cuando empezó a pasar en la calle de Alcalá, allí, en la terraza del café, ante el vaso de naranjada. Eso es, lo de la naranjada también cuenta porque recuerdo que al hablar mi tía de lo de las madejas y sentirme yo trasladada de pronto a Pontejos, estaba en ese mismo momento alargando la mano al vaso y la detuve a mitad de camino. Dejé caer la mano en la falda por no tocar el vaso helado... Toda la escena se me hizo presente, pero antes que la imagen de ellas dos, antes que las palabras que pronunciaron me invadió su olor. Me sentí de pronto en la mercería, apoyada en el mostrador junto a la monja, oliendo sus velos negros, la estameña de su hábito, la atmósfera cálida que se desprendía de tantos pliegues. Eso fue lo primero que sentí y no quise romper el clima en que había entrado con el sabor a naranja... Empecé a verlas... bueno, a contemplarlas con una proximidad mucho mayor que la de antes. Fui reviviendo todo: la voz fuerte de la monja, el susurro de la muchacha y su actitud temerosa, pero firme; el movimiento con que alargó la mano al dedal color rosa y la actitud en que se quedó mirándola: una mano zopuda, regordeta, que ella encontraba embellecida por el dedal... Vi en ese momento el gesto condescendiente y solemne con que la monja cogió entre sus manos la de la chica y ajustó el dedal... Vi cómo se lo otorgaba, al preguntarle si era aquél el que le iba, y cómo la pequeña levantaba la cabeza para decirle que sí, rebosando de una felicidad, de una plenitud como en el momento de la Comunión... ¿Cómo le diría yo?... Fue algo así como un matrimonio místico... Bueno, ahora viene lo otro... Lo que pasó en aquel momento. Tenga usted en cuenta que yo estaba metida en esto hasta el fondo y sin embargo le vi, pero no cambié de actitud... Le vi al hombre asqueroso... Le vi venir y comprendí en seguida que era de los que le dirían algo a la poule. No es que lo comprendí, es que lo di por seguro y no lo miré con indiferencia, no; esperé que llegase más cerca. Yo no quería salir de mi contemplación. Yo creía que sin dejar el clima de mis ideas podría ver lo que pasaba, así lateralmente... Yo creía que aquello iba a pasar sin tocarme... Pues sí, ésa es la cosa: el hombre me tocó. Sí, me tocó; usted tiene que admitirlo; si no es que no entiende nada de lo que le estoy diciendo... Bueno, se lo explicaré con todo detalle y ordenadamente. El hombre venía hacia nosotras... Pero ante todo no olvide usted dónde estaba yo. Yo estaba contemplando aquellas manos, aquel momento de piedad, de magnanimidad. Esto téngalo presente porque mientras tanto el hombre se iba acercando y yo, lateralmente, le examinaba. Era un tipejo inclasificable: un empleadillo o un comerciante mal vestido, pero no miserable; enclenque, desteñido... Observé hasta su modo de andar, que era un poco en zig–zag, aunque no estaba borracho en absoluto. Llegó frente a la terraza, miró a la mujer y le hizo un gesto... Un movimiento con las manos, rapidísimo, muy poco pronunciado; un movimiento que casi nadie podía percibir. ¿Cómo le diría yo?... Algo así como el movimiento de apretar una jeringa... Y al mismo tiempo con la boca hizo una pedorreta... Bueno, aunque le parezca raro, yo seguía en lo mismo. Yo no me alteré porque no me sorprendí; el acto era adecuado al tipo. Pero resultó que el tipo podía sorprenderme; podía hacer algo que yo nunca hubiese sospechado... ¡Ah!, fíjese usted bien en la rapidez con que cambió la cosa: el tiempo de dar, lo más, tres pasos; en el primero chocó conmigo. Chocó con mi mirada; vio que yo le había visto, pero no vio sólo eso; lo vio todo... ¿Comprende usted? me vio a mí entera, lo mismo que primero había visto a la poule. Pasó, le echó una ojeada y la vio en su faena, en su oficio. En seguida me vio a mí, a nosotras... Mi tía en ese momento estaba rompiendo un poco el papel de su paquete para mirar la lana, de modo que la vio también a ella con sus madejas... Aunque no sé, creo que a ella la vio sólo como una cosa mía porque fue a mí a quien vio desnuda. Sí, desnuda, tan desnuda, como a la otra; quiero decir que a mí también me vio en mi faena: vio quién era... Vio quiénes éramos: mi tía con su aire de señorona y yo con mi pinta de señoritina. Vio de dónde salíamos, vio en lo que estábamos pensado; me vio a mí con mi monjita dentro de la cabeza y como se dio cuenta de que yo también le había visto a él, tuvo la seguridad de que le aprobaba. Es más, se descargó de su gesto obsceno, como si lo hubiera hecho por mí... Hizo un movimiento de cabeza y de hombros muy ligero; un movimiento como de disculpa, pero al mismo tiempo quería decir: "Esto es lo que hay que hacer con ésas...". Y esto como ofreciéndomelo, como brindándomelo a mí porque creyó que yo era de las que se creen libres de culpas... En ese momento es cuando sentí que me tocaba. Lo sentí porque su actitud no respondía a la mirada que le dediqué a él. Yo le miré, ya le he dicho que le miré en cuanto le vi venir, pero sin mirarle a "él", ¿comprende usted?... Quiero decir que dirigí mis ojos hacia el camino que él traía, para que cuando llegase a un cierto punto entrase en el foco de mi mirada, pero entre tanto yo miraba lo que estaba viendo dentro de mí. Y eso el tipo horrible lo pescó al primer golpe de vista; lo palpó, desechó mi mirada superficial y trató de posesionarse de la otra; trató de demostrarme que la entendía, que podía responder a ella... Todo esto en el primero y en el segundo paso; cuando iba a dar el tercero ya no pude aguantarlo y grité con una voz destemplada: "¡Alcahuete!"... Se paró en seco; yo me levanté y di dos pasos hacia él. Retrocedió, aterrado, y volví a gritar: "¡Alcahuete!"... ¿Le parece raro? Bueno, pues no fue sólo eso; le dije otra cosa: Porque, después de todo, alcahuete es una palabra que, aunque fea, se dice, pero le dije más; le dije una palabra que le aseguro que jamás había pronunciado, ¡jamás!... Porque eso es lo que era. Le dije esa palabra que quiere decir cornudo, pero más fuerte ¿comprende usted?... Claro que el tipo llevaba ese camino y que cada paso que diera tenía que acercarle a mí, pero yo le sentí venir derecho, trayéndomela en las manos, diciéndome: "Ya está, ahí la tienes pisoteada, escupida"... Tan seguro como el que trae algo que se le ha mandado hacer de encargo... No puedo contarle con precisión lo que pasó después. La verdad es que no sé lo que pasó: quiero recordarlo y no veo más que como una luz blanca... Mi tía se abalanzó a mí y me agarró por un brazo; tiraba de mí y gritaba con todas sus fuerzas: "¡Camarero, camarero!"... Creo que yo eché a reír... Bueno, no estoy segura; me parece que cuando sentí lo ridículo de la cosa es cuando me llevaron casi en vilo entre el camarero y mi tía y me metieron en un taxi... Eso es, en ese momento me di cuenta que mi tía había gritado: "¡Un taxi, por amor de Dios!"... Y yo tenía ganas de reírme de su amor de Dios... ¡Qué sabían ellos!, todos ellos, todos los que presenciaron la escena. ¡Como iban a comprender que yo lo había hecho por amor de Dios!... ¡Aquella luz! Al salir de debajo del toldo la luz me dejó sin sentido, me cegó y ese deslumbramiento me pareció como una culminación, como una apoteosis. Yo no veía; es decir, veía todo, pero como desde muy lejos. Todos eran como muy pequeños, muy distantes y se agitaban a mi alrededor... Ella no; la mujer apenas prestó atención: estaba muerta. Yo la veía también muy lejos, pero muerta... Ya a mí me llevaban en vilo... La tarde era maravillosa; parecía imposible que llegara a ponerse el sol... Yo estaba completamente ciega por aquel deslumbramiento... Bueno, el día próximo le cuento mucho más.

Rosa Chacel - "En la ciudad de las grandes pruebas"

Posted by La mujer Quijote in ,

Novelista vallisoletana, fue también cuentista, poeta y ensayista. Bebe de las vanguardias de los años 30 del siglo XX, del modernismo a la nouveau roman. Su estilo se fundamenta por un lado en una sólida prosa descriptiva, y por el otro en una cuidada composición psicológica de los personajes, siguiendo así la máxima de quien ella consideraba su maestro, Ortega y Gasset, de inventar "almas interesantes" antes que acciones. Así, la introspección y el intimismo son una constante en su obra.
Este cuento pertenece a "Sobre el piélago", publicado en 1952.

No diré el nombre ni la situación geográfica de la ciudad donde viví esta aventura: diré solamente que había ido a ella por amor. Pero no se entienda que fue alguna vicisitud amorosa lo que me llevó hasta allí. No: yo había ido a aquella ciudad por amor a ella.
Si enumerase aquí los datos que le habían hecho alcanzar tanto prestigio en mi imaginación, podría parecer mi inclinación hacia aquella ciudad cosa perversa o insana, pues, en realidad, lo que me atraía era su renombre de lugar de perdición. Y es el caso que entre los secretos designios que durante tanto tiempo estuve abrigando, no figuraba el de arrojarme en su torbellino para dejarme perder, ni tampoco el de pasar inconmovible por entre sus tentaciones. Era otra cosa lo que deseaba: quería ver, únicamente, contemplar algo que sabía que había de darse allí. Yo había intuido, no sé por qué, que entre sus arenas y escorias encontraría de pronto un residuo brillante, estaba seguro de que la floresta de pecado que la cubría podría ser de algún modo decantada; yo sabía que los vapores, los líquenes y salitres del mal, por su misma acumulación, llegarían a adquirir en ella una dureza pétrea, llegarían a cristalizar, dejando paso a la luz a través del propio ser de su impureza. Quería, en fin, descubrir su virtud, quería, no redimirla del pecado, sino encontrar en ella la redención del pecado mismo.
Muchas veces, en otros países, había cantado sus canciones, creyendo que al oír en mi propia voz su acento, brotaría ante mí la revelación, único espejismo que no es falaz. Pero el eco de mi voz era demasiado el eco de mi voz. Quiero decir que como respuesta sólo obtenía la onda apasionada que mi voz había emitido, y, sin embargo, mi voz había seguido fielmente una melodía y un ritmo dados. Había copiado, leído un misterio que provenía de allí. En fin: era preciso ir a ver, y fui.
Nada más llegar, comprobé que el trazado de sus avenidas, su clima, su luz, eran tal como yo los había imaginado. Es posible que haya quien sostenga que posee como otras ciudades monumentos y edificios públicos, que en su recinto hay casas con habitaciones donde se extiende un mantel blanco al mediodía, y que sobre todas estas cosas se arroja el sol, iracundo: yo todo eso lo ignoro. Yo la encontré como la esperaba, yo no vi más que la noche de sus recovas, y pude leer en ella palabras terribles e incomprensibles, escritas con letras luminosas, por las que circulaba el gas ígneo, vibrando de impaciencia. Yo me abandoné a sus puertas giratorias, cuyas hojas pasan inapelablemente y empujan y dejan del otro lado. Pasé por todas, y una vez dentro mi mente se dilató pasiva, superficial y tersa como un espejo, donde las maravillas elementales iban reflejándose, mirándose más bien, porque yo no necesitaba mirarlas: todas me eran conocidas, y cuanto más conocidas, más maravillosas las encontraba, pues sólo el que ha visto más de cien veces el doble fondo de las maravillas, el que ha osado entrar en sus cavernas, el que se ha aventurado por sus gargantas, el que se ha dejado arrastrar, precipitar o sacudir por sus máquinas, siempre con éxito, esto es, con emoción, sólo ése posee el verdadero conocimiento: el que hace que el saber cómo son y en qué consisten no merme en nada la dimensión de su misterio. Poseyendo este conocimiento, la inteligencia y la razón, enteramente sumisas a la fe, quedan deslumbradas por el iris de la magia, que es la más ardiente reverberación de la esperanza.
Pero en fin, no hay por qué hablar de mis conocimientos. ¿Podría la idiosincrasia de un hombre servir de pretexto a un prodigio? Describiré someramente, algo de lo que vi al principio, antes de llegar a la ofuscación.
No estaba excluido de allí el lado más pueril del goce, como es la calesita con música de esquilas, con flecos de cristal sobre las grupas de los caballos blancos; se podía girar en ella indefinidamente y nada más. Luego había también casetas de tiro al blanco con escopetas que disparaban proyectiles de luz. El blanco donde se apuntaba era un espejo que tenía el poder de absorber a través de la oscuridad de la noche la imagen de las aves que pasaban por el cielo. Había que apuntar bien y esperar que pasase un pájaro, y sólo pasaban pájaros nocturnos que caían irremediablemente si recibían el impacto de aquella luz mortífera. Pero caían lejos y caían en el agua porque la ciudad estaba situada en la costa de un río. Entonces, del puerto mismo, descendiendo por unos rieles, partía una barquilla en la que podía uno meterse con tres o cuatro perros mecánicos insumergibles que había que poner a flotar y que derivaban por la corriente difundiendo en el aire ladridos monótonos de duración limitada.
Casi nunca se llevaba a efecto la búsqueda del pájaro caído, porque otras mil peripecias desviaban el curso de la barquilla, que se perdía a veces en el laberinto de un delta, cuyas emanaciones hacían olvidar todo propósito anterior. El olor de los limos se levantaba en olas densas, desprendiéndose de las ondas oleosas del agua, que curvaban insistentemente los juncales y arrastraban pesadas plantas flotantes. Como un beleño irresistible, el cieno, quintaesenciado, hacía brotar visiones semejantes a las de la embriaguez, y entre las matas, húmedas por haber estado sepultadas bajo las ondas, se veían cabañas iluminadas y habitadas por seres que contrastaban con los rústicos techos de paja y con lo ilógico de su situación, porque eran hombres y mujeres del siglo, correctamente, refinadamente, exquisitamente vestidos. Salían y entraban, paseaban enlazados, bailaban al ritmo de una música que sonaba dentro de las cabañas y a veces desaparecían entre las matas iluminadas a trechos por luces verdes o de color grosella que dejaban, entre unas y otras, zonas de profunda sombra donde las parejas blancas —hombres admirables, mujeres fulgurantes de joyas— se abandonaban sobre lechos de césped o de oscuridad.
Al avanzar la barquilla, el agua que desplazaba invadía aquel mundo y lo cubría totalmente, pero cuando retrocedía la onda, aparecía de nuevo sin que se hubiese apagado ni la música, ni las luces, ni el clima de los abrazos.
Pero el que iba en la barquilla no podía nunca entrar allí, no podía saltar ni echarse al agua: si lo hacía, dejaba de verlo todo, revolvía el cieno y la visión se enturbiaba. Aquello sólo se podía ver desde arriba, en una palabra, desde un mundo distinto.
Con lo dicho basta para dar a entender que todo era como yo lo había soñado. No descubriré los vanos o puntos muertos que tuve que atravesar a veces para ir de un lado a otro. En algún momento desfallecí y creí que no tenía sentido continuar, pero no pude detenerme, seguí llevado por la inercia. En algún otro instante creí que iba a alcanzar la cúspide desde donde se abarca la visión cegadora, pero el instante pasó sin llegar a culminar en nada. De pronto me sentí confundido entre los demás, atropellado, llevado por una multitud que se precipitaba con torpeza por un callejón de tablas, apelotonándose en la estrechez de aquel reducto con movimientos propios de otras especies zoológicas. Acaso montándose los unos sobre los lomos de los otros... quién sabe si yo mismo, sólo recuerdo los choques de aquel tropel, como un lenguaje desusado, pero no incomprensible, puesto que me persuadía, me transformaba, me adaptaba a una ansiedad irracional apenas iluminada por la preconcebida ilusión.
Al fin, aquella multitud se desparramó buscando asiento en unos bancos inseguros, y yo entre ella logré alcanzar uno de las primeras filas, cerca del tablado. Estábamos dentro de un barracón oscuro; la lona del techo quedaba sostenida por dos mástiles plantados en medio, y las vertientes que formaba, desde el centro hasta las paredes, eran curvas, abombadas, como si soportaran un peso: la noche reposaba blandamente extensa sobre ellas.
En el tablado había unas formas cúbicas que en la penumbra del recinto era difícil precisar. Por entre las cortinas del fondo salió una muchacha abrochándose una bata de enfermera y empezó a hablar al público. Preguntó primero si había alguien que quisiera consultar algo. Tuvo que repetir la pregunta varias veces. Al fin, dos o tres personas se removieron en los bancos y la muchacha les dijo que se acercaran. Les hicieron hueco en la primera fila. Tenían que meditar bien lo que fuesen a preguntar, porque la respuesta sería únicamente sí o no. Además, ese sí y ese no serían imperceptibles para el oído, pues la sibila no podía emitir sonido alguno: la respuesta tenía que ser formulada únicamente con el movimiento de los labios.
Al llegar a ese punto de su explicación, la joven oprimió un conmutador eléctrico, y un foco pálido, como de luz lunar, cayó sobre el tablado; entonces se pudo ver que la forma cuadrangular que había en medio era una especie de armario esmaltado de blanco, con las esquinas redondeadas, asegurada la puerta con profusión de llaves metálicas y que de los costados partía una red de cables que llegaban a otros armarios. En ellos, a su vez, llaves, esferas con agujas movedizas, conmutadores.
La joven reanudó su explicación: dijo que la sibila se había prestado voluntariamente a aquella prueba. El sabio que había llevado a cabo el experimento había sucumbido, víctima de las fuerzas mortíferas con que había vivificado la cabeza de la sibila, habiendo logrado hacer de ella el cerebro perenne. ¿Cómo había concebido este sabio tan grandioso propósito? Muy sencillamente... Esta frase también la repitió la muchacha dos o tres veces, paseándose de un lado a otro del tablado. Se dirigía al público de la derecha y al de la izquierda, y decía: "Muy sencillamente... Muy sencillamente..." Su voz era maquinal, mercenaria, y esto mismo demostraba que el prodigio que íbamos a ver allí era igual que los que se ven en cualquier otra ciudad, en cualquier otra barraca; todo era completamente igual, sin más que una única diferencia: la de que aquí el prodigio era verdadero.
El sabio había concebido el propósito... Mientras hablaba, la muchacha oprimió el segundo conmutador y la puerta del armario empezó a abrirse lentamente; luego, siempre explicando, fue hacia los armarios laterales y maniobró en ellos. En contraste con la lentitud de la puerta que se abría, mil ruidos presurosos llenaron el ambiente. Sin que se viese lo que había entrado en movimiento, se oyó correr algo que sonaba, como un trencito de juguete, y al mismo tiempo por toda la escena vibraron chispas que se encendían en las conjunciones de ciertos polos, zumbando, como las alas vítreas de las moscas presas en la telaraña. Mi atención fue fascinada un momento por aquellas chispas, pero enseguida volví a mirar el armario. La puerta estaba enteramente abierta, y dentro, entre paredes de una blancura desolada como de hielo, la cabeza de una mujer aparecía con los ojos cerrados, no dormida ni muerta, sino simplemente detenida en su energía mínima. Energía que no podía percibirse más que en la tensión de las facciones que no denotaban relajamiento, peso ni flaccidez. Su quietud, como la quietud de una estatua, representaba la vida y la vida de alguien, pues, aunque sus rasgos eran muy correctos, no tenían una corrección abstracta: eran personales como los de una cabeza romana. El pelo estaba amontonado encima del cráneo, parecía que lo hubiesen recogido allí con una mano mientras con la otra la decapitaban.
Todo esto puedo describirlo porque lo observé antes de que abriera los ojos: después abrió los ojos.
Naturalmente, no volví a prestar atención a lo que decía la explicadora, pero la oía, sabía que sus palabras iban cayendo en mi oído y que alguna vez llegarían a serme comprensibles. En aquel momento sólo encontraba sentido en una, aunque me pareciese convencional y tópica. No comprendía por qué al hablar de ella decía la sibila y al mismo tiempo comprendía que no podía llamarla de otro modo. Al levantar los párpados había descubierto una extensión de sabiduría por la que podían aventurarse todas las preguntas; todas—las simples cuestiones de los humanos, que esperaban allí, en primera fila, el momento de acercarse a hablarla.
Fueron subiendo al tablado uno tras otro. Hablaban tan bajo que sus voces no llegaban hasta los bancos, pero se veía la respuesta. La cabeza decía sí o no con los labios. Ni el menor aliento pasaba a través de ellos. Y todos, los que estábamos cerca como los que estaban lejos, por un aguzamiento extremo de la atención, percibíamos distintamente las dos palabras, como perciben el lenguaje los sordomudos: la boca se distendía ligeramente en la afirmación y se retraía en la negación, con movimientos leves pero irrevocables. Y los que preguntaban, bajaban del tablado después de haber obtenido la respuesta, unos abrumados, otros llenos de esperanza.
Al fin, la muchacha de la bata blanca oprimió el conmutador y dijo: "Ha terminado". La cabeza cerró los ojos y la luz lunar se extinguió, la masa humana volvió a estrujarse en otro callejón y salió al aire libre.
Me encontré de nuevo en un vacío áspero, casi insoportable. Los ruidos del exterior me resultaban tan colosales que mis sentidos no podían registrarlos; sólo percibía mis pasos en la grava del suelo, el chisporroteo de las estrellas y el manto de claridad que algunos focos extendían a distancia. Llegar hasta ellos era empresa sobrehumana, era atravesar un océano de arena. Acaso la distancia aquella podía medirse con unos treinta pasos, pero no sé cuánto tardé en franquearla. Bebí ávidamente un vaso del alcohol más bronco, y lo sentí llegar hasta la punta de los dedos, como si se esparciese por mis venas, de donde la sangre se hubiese retirado. Esperé que la ola de calor iluminase mi inteligencia: quería comprender lo que había visto, concentrarme en la contemplación del fenómeno. Pero me ocurría que al mismo tiempo que me reconocía enteramente poseído por la impresión de lo que acababa de ver, otra imagen me acosaba, enteramente extraña a todo ello, trivial aparentemente, de procedencia insospechable. Sólo discernía que era una imagen antigua, un recuerdo de una época anterior, pertenecía al mundo de donde yo había venido, acaso al tiempo en que mi deseo de venir era más loco. Y no podía comprender por qué aparecía ahora, por qué reclamaba mi atención, que estaba enteramente embargada por el presente, como si tuviera un antiguo derecho, como si quisiera interponerse entre mi pensamiento y la otra imagen.
Bebí con tesón, como quien añade combustible a una lámpara. La imagen intrusa era tan trivial que decidí aniquilarla mediante el análisis. Era probablemente un cromo, un calendario antiguo, la estampa de uno de esos rompecabezas de dados. Era una mujer envuelta en pieles resbalando en un trineo por las estepas de Rusia... Era esto y nada más. Creí poder desecharla. Volví a concentrarme en la imagen de la mujer decapitada, recorriendo sus rasgos, sumergiéndome en su silencio: inútil, la imagen trivial reaparecía, y, lo que es más, le robaba a la otra su clima. Aquella imagen de una mujer lujosa, entre la neblina de un manto de chinchilla, con un ramo de violetas en el pecho —cada vez distinguía más detalles—, se rodeaba de un aura idéntica a la de la cabeza sin voz ni aliento.
Salí a la puerta del bar con el vaso en la mano. Los focos proyectaban en el suelo la sombra de las hojas de los plátanos. Aquella sombra, ¡también!, también aquella sombra en el suelo tenía el mismo clima. Di algunos pasos y me paré bajo el árbol, me detuve allí como se detiene uno a hablar cuando va con alguien, y creí oír una voz grave y noble diciéndome en una lengua que no era la mía: "Este año vimos en Rusia..."
El enigma quedó descifrado, el cromo desapareció de mi fantasía y sus valores ficticios fueron sustituidos por los del recuerdo real. El paisaje de Rusia se redujo a una palabra, el ramo de violetas a un perfume, la sombra de las hojas de los plátanos a una avenida de castaños.
¡Qué penoso, qué arduo me fue recordar desde el delirio la vigilia y la lucidez! Recordar lo que había sido yo, yendo por aquella avenida junto a una mujer real, que hablaba y me contaba un mero hecho de su observación, me producía terror y vértigo. Desde mi situación actual, empapado en el alcohol de un prodigio verdadero, el recuerdo de aquel paseo por una realidad llena de ignorancia, era una imagen pavorosa, y lo contemplé con terror de mi nueva comprensión que ahora podía penetrarla.
Apoyé la espalda en el tronco del árbol y mentalmente nos seguí. Vi cómo íbamos con paso largo y lento bajo el ramaje admirable de aquel parque prestigioso, uno de los más prestigiosos del mundo, llegamos hasta un estanque que era como un lecho de agua con una cabecera arquitectónica de piedras ahumadas, entre las que se veían estatuas representando la cruenta historia de Polifemo.
Nos apoyamos en la barandilla. Bajo el agua, entre los troncos de las ninfeas, pasaban lentas carpas, grises. Allí acabó mi amiga de contarme aquella historia que había empezado con las palabras: "Este año vimos en Rusia..." Lo que había visto, en un laboratorio, no era más que la cabeza cortada de un perro que unos investigadores mantenían viva indefinidamente.
Al recordar todo esto desde allí, apoyado en el árbol, no me detuve en los detalles del relato: me hundí en la contemplación del silencio que lo siguió. Recordé cómo había sostenido un momento la mirada de mi amiga, que me dejó ver el fondo de sus ojos bajo sus cejas como dos arcos solemnes, como el dintel de una cripta, y no respondí nada, no pregunté nada: cargué con la confidencia de la soledad que descubrí en su espacio.
Después, todo aquello había resbalado en el olvido: una estepa de olvido me había separado de aquel mundo. Su realidad, llena de ignorancia, había dormido bajo la impiedad helada de mi memoria, y de pronto germinaba, se desarrollaba como la hoja del helecho, que de una apretada voluta desenvuelve un minucioso encaje.
Quedé al fin liberado de la obsesión intrusa y la dejé nuevamente hundirse en el olvido, pero nada más que en sus detalles reales: todo aquello del paseo y de las palabras que ella me dijo. El silencio ya entonces pertenecía al universo de ahora. A la ciudad de los misterios y las maravillas, de los grandes experimentos, de las grandes pruebas.
"Ella se había prestado voluntariamente..." A pesar de ser por completo profano, todo me resultaba perfectamente claro, era muy sencillo, como repetía la explicadora, era una simple acumulación de energía. Había bastado amputar el cuerpo para regular infinitesimalmente la economía del cerebro. En éste se guardaban todos los datos obtenidos por aquél en el transcurso de una vida adulta, pues, claro está, el experimento no se podría efectuar con individuos que no hubieran alcanzado un grado de plena madurez si no quería correr el riesgo de hacer evolucionar el cerebro sobre ciclos limitados, de hacerle desplegar una energía de pensamiento meramente funcional y pobre o defectuosa en el encadenamiento de consecuencias. Tampoco se podría experimentar con individuos que hubiesen empezado ya a descender en la curva de la tensión vital, pues en ese caso el cerebro podía haber acumulado datos impuros, efectos de una materia decadente o relajada. La prueba tenía que efectuarse con un organismo en su punto más alto de potencialidad, pues sólo en ese momento es cuando el acto voluntario, acto íntegramente espiritual, involucra las fuerzas vitales y, por decirlo así, las arrastra y las lleva consigo.
No había formulado la explicadora absolutamente nada de todo esto, pero se sobrentendía. Ella no hablaba más que de la forma en que la cabeza era activada por la energía de tres mil millones de voltios que equivalían exactamente a la fuerza sumada de trescientos mil organismos, esto es, el cerebro perenne podía ser considerado como el cerebro de trescientos mil cuerpos o más bien, como un cerebro de una potencia de trescientos mil. Potencia que permanecía en su circuito sin sufrir descarga alguna, evolucionando dentro de su unidad y manteniendo una actividad ilimitadamente generadora. Así esta fuerza encerrada en sí misma multiplicaba sin parar unidades de experiencia como se multiplican las células, creando una reserva de respuestas para todas las cuestiones posibles.
Trato de hacer comprensible, mediante una explicación ordenada y en lo posible lógica, la enajenación a que me llevaba el comprender. Comprendía hasta la locura, veía hasta la ofuscación lo que había dentro de aquel mecanismo vivo —muy lejos de ser una máquina—, que era algo como una imprevisible floración fuera de las leyes de la naturaleza, o más bien fuera de las leyes usuales, pues sin una ley sobrenatural la armonía infinita de su secreto no seguiría desenvolviéndose. Habían sido necesarias unas circunstancias materiales, unos cuantos detalles contingentes como era el clima helado del interior del armario que impedía que la materia perdiese su integridad, como era aquella energía, implacable como el insomnio, que en todo momento podía hacerle abrir los ojos y atender, pero la ley, estaba en aquel acto que ella se había prestado a efectuar voluntariamente.
Se había prestado: no había otro modo de decirlo, porque a pesar de su abnegación total seguía perteneciéndose. No se pertenecía para sí misma, pero se pertenecía, puesto que permanecía en su voluntad. Era su voluntad la que había llevado a aquella prisión a su memoria: su entendimiento no era más que como el azogue del espejo, copiaba con pureza lo que se le ponía delante.
La extensión arenosa que poco antes había franqueado con esfuerzo, ahora se deslizó bajo mis pies insensiblemente: llegué con facilidad, ingrave, hasta la barraca, pasé por el callejón, que estaba solitario, aunque algo quedaba en él de la opresión anterior, pero atravesé su oposición como cuando se va contra el viento: llegué hasta el tablado. No creo haber tenido que subir las gradas; más bien me parece recordar que venía ya en un plano que correspondía exactamente a la altura de los armarios. Sin titubear toqué la manivela que provocaba la luz lunar—, las chispas presurosas y el lento abrirse de la puerta: ya ante ella, esperé que levantase los párpados.
Abrió los ojos y enseguida vio que mi pregunta no exigiría que moviese los labios; entonces alzó los párpados con aquella amplitud desoladora que yo ya conocía de otro tiempo y me dejó contemplar la cripta de su memoria, en la que un incesante laborar renovaba formas infinitas.
Formas... Vi dentro de sus ojos como quien ve el pasado en una esfera de cristal, nacer, morir, arder, padecer, florecer formas que eran su forma, pero no una forma que simplemente había tenido, sino una que había concebido o logrado. Una forma sublime que estaba dentro de ella y que era como si estuviese ante ella, porque ella, aun teniéndola en sí la contemplaba y aun conteniéndola no la poseía. Ella no podía poseer nada, porque se había prestado a sí misma voluntariamente, pues sólo a ese precio se logra concebir la forma en que el pecado se redime, sólo al precio de la abnegación, al precio del martirio se logra hacer florecer las formas salvadas.
El espectro de su cuerpo actualizaba sin reposo todos sus instantes anteriores, los que habían sido, como los que no habían llegado a ser, pues ahora, en su mundo potencial, todos eran lo mismo. Su cuerpo estaba allí, envuelto en el satén de tonos cambiantes que la ciudad exigía; allí estaban sus manos, que se había alargado a las copas cuando sus labios, ahora cerrados, habían accedido a la sed y también se veía su voz, que había corrido por el cauce de las canciones hasta desbordar. Todo estaba allí y se repetía sin repetirse, todo giraba o rebrotaba, pero no con la paz con que en el seno de Flora se repite el proyecto del lirio. No; todo reflorecía con la singularidad de la pasión eterna.
La ingravidez que había notado en el camino llegó a hacerme inestable como un globo sujeto por un hilo. Sentí que cabeceaba; atraído por ella; temí caer en su abismo o disiparme en su hueco. No intenté profanarla con mi contacto, eso no; pero irresistiblemente me acerqué al espacio cúbico que la contenía. Mi frente tocó apenas la zona helada, que era, no como su aliento, sino como la atmósfera de un mundo donde no es posible el aliento, y en ese momento ya no vi más: perdí el sentido.

Rosa Chacel - "La última batalla"

Posted by Arabella in ,

Los creyentes estaban agolpados en la falda de la colina alrededor del Profeta.
–Combatid a los infieles hasta que ni uno solo pueda dar lugar con su existencia a la tentación. Luchad olvidando los bienes de la tierra, porque mayores serán los que alcanzaréis muriendo por la fe. Él es misericordioso.
–¿Cómo sabremos que llegaremos hasta Él después de morir?
–Bien claro estáis viendo la raya del horizonte, donde el cielo y la tierra parecen telas de distintos colores, tan fuertemente cosidas que no se ven las puntadas. No obstante, ha bastado que un esclavo llegase de lejos, arrebatado por el terror, a deciros que los infieles vienen armados contra vosotros. ¡Esto ha bastado para que creáis! ¡Y no os basta que el Profeta os diga que el que está más allá de la raya de vuestro principio os espera más allá de la raya de vuestro fin!
–Danos una señal y creeremos.
Entonces el Profeta tomó cuatro aves. Eran un águila, un pavo, un cuervo y un gallo. Las cortó en pedazos, conservó consigo las cabezas y mandó que repartiesen los trozos por las colinas.
Las vísceras descuajadas, los miembros rotos, mal recubiertos por la miseria ensangrentada de las plumas, fueron arrojados lejos, en las cumbres. El Profeta los llamó por sus nombres, y tan pronto como sus nombres fueron pronunciados, se los vio venir con vuelo sereno y cierto a recobrar sus cabezas de la mano del Profeta.
La batalla fue breve. Cada creyente degolló cien infieles, sin que al volver a colgarse el sable a la cintura le quedase en el brazo el recuerdo de cien golpes.
El viento del desierto se llevó los siglos de sobre la tierra, innumerables e irreconocibles como la arena de las dunas.
Alrededor del Profeta volvieron a agolparse los creyentes en la falda de la colina.
–¿No lucharéis por la fe? ¿No seréis capaces de afrontar la muerte por alcanzar la infinita ventura que se os ha prometido?
–¿Cómo sabremos que esa ventura nos aguarda?
–¿Preguntasteis al salir del seno de vuestras madres qué bienes iba a ofreceros la vida? No, y sin embargo los obtuvisteis. Si en ese instante alguien os hubiera dicho los males que os aguardaban, no hubierais podido retroceder. Así será en el día de los días. Él premia y castiga.
–Danos una señal y creeremos.
Entonces el Profeta tomó cuatro aves: un águila, un pavo, un cuervo y un gallo. Las cortó en pedazos, guardó consigo las cabezas y mandó que los restos confundidos fuesen arrojados por los valles.
Así que la orden estuvo cumplida, llamó a las aves por sus nombres, y cuando los cuatro nombres fueron pronunciados se vio venir volando tres aves: el gallo, el cuervo y el pavo; el águila no volvió.
El Profeta les devolvió sus cabezas y quedó con la del águila en la mano.
Los que estaban próximos se inclinaron par ver morir la cabeza del águila, y el Profeta, que siempre había inclinado la palma de la esperanza sobre la cabecera de los moribundos, se inclinó sobre su propia mano, considerando lo que sostenía en ella. ¡Por primera vez la muerte!
Su irrevocable realidad, su amargura, fue transformando los rasgos de aquella cabeza invicta. Los párpados blanquearon envejecidos, secos, y el pico inerte como máquina desarticulada, como hueso sin vida, se aguzó descarnado en las comisuras acerbamente.
Las otras aves, desde una rama, esplendían su milagrosa integridad, y el Profeta, señalándolas, recobró el aliento para exhortar a los creyentes a la lucha.
La lucha no fue muy larga; cada creyente segó la vida de cincuenta infieles, y sus fuerzas fueron apenas mermadas.
El sol desde su altura vio pasar los siglos como reiteradas, estultas ovejas, hasta que nuevamente volvieron a agolparse los creyentes alrededor del Profeta en la colina. Y nuevamente volvieron a dudar. Y nuevamente fueron corroborados.
Esta vez el Profeta tomó sólo a tres aves y no volvieron más que dos: el pavo no volvió.
La cabeza del pavo murió en la mano del Profeta como una flor o como una joya que pudiera marchitarse: las esmeraldas de su copete se apagaron.
Pero el Profeta mostró a las dos aves que en la rama mantenían su inocencia intacta, y arengó a los creyentes.
Antes que sus últimas palabras hubieran hecho alzarse los brazos armados, se alzó en el horizonte el polvo que levantaban avanzando los caballos de los infieles.
Y la lucha fue larga, porque los infieles eran numerosos y los creyentes sólo lograron cada uno atravesar el corazón de veinticinco infieles, volviendo quebrantados, pero victoriosos, a reposar en la fe.
Los siglos llegaron y partieron como las ondas. Los creyentes volvieron a agolparse alrededor del Profeta. La duda volvió a alzar su anhelante murmullo y el testimonio volvió a ser otorgado. El Profeta sacrificó dos aves, desparramó sus cuerpos y pronunció sus nombres. Pronunció dos nombres, pero volvió un ave sola. La cabeza del cuervo murió, transformando su desolado color, que había sido brillante como la noche, en parda derrota mancillada. El azabache de los ojos se retrajo como la piel de las uvas secas. El pico bruñido se hizo opaco y entre los pelos que le asomaban de las narices le quedó el hediondo rastro de su aliento.
El Profeta señaló al gallo que, posado en la rama, mantenía la radiante fidelidad de su pecho inmaculado, y quiso hablar, pero el galope de los caballos apagó su voz.
La lucha fue larga y horrorosa.
Los creyentes sólo podían exterminar cinco infieles cada uno, y la ira prolongada rugió durante días y noches como una catarata de sangre.
Los creyentes vencedores pudieron llegar restañando sus heridas hasta las gradas del Templo del Dios único.
El tiempo pasó arrastrando su manto. Los creyentes volvieron a agolparse en la colina junto al Profeta.
La duda volvió a pedir, y el Santo quiso otorgar: nadie vio que temblase su mano al dividir el ave.
Los trozos del gallo fueron repartidos por los montes, y el Profeta pronunció su nombre con la voz de la oración. Lo llamó una y cien veces, y el gallo no vino.
La corola de su cabeza se mustió en la mano del Profeta, los ojos dorados, amantes del desvelo, se enturbiaron bajo una fría membrana y el pico entreabierto dejó ver la lengua inerte y la garganta hueca por donde ya no pasaría más que el silencio.
¿Qué exhortación, qué arenga podía pronunciar ahora? La voz no acudía a los labios del Profeta, pero las lágrimas pugnaban por acudir a sus ojos y las sentía brotar de diversas fuentes, no sabiendo a cuál de ellas dejar paso. Así, pues, no alcanzaron a brotar, porque antes de que brotasen llegó silbando una lanza y le atravesó el pecho.
Entonces empezó la lucha. La lucha sin igual, por ser la lucha entre iguales: cada uno de ellos no podía exterminar más que a uno de los otros.
Ahora luchaban los que ya no creían con los que nunca habían creído. Réprobos contra réprobos, luchando eternamente, traspasándose, mezclándose como corrientes encontradas de dos sustancias que no pudieran fundirse.
De Oriente a Occidente y de Occidente a Oriente, las dos olas de rencor se penetraban y envolvían el mundo.
Los que siempre habían sido infieles luchaban por el placer de hundir sus espadas en los pechos cuya llama no habían conocido. Los que ya no eran creyentes, por la ira de sentirse descubiertos en una desnuda ansiedad, en un indigente vacío, dentro del cual ya, sólo por el dolor, podían recordar la vida.
Réprobos contra réprobos se encontraban en el otro lado del globo y seguían luchando. A su paso engendrando réprobos, sin soltar la espada sangrienta, envolviendo al planeta en el vaho letal de la condenación, en el anillo gaseiforme del mal íntegro, del mal sensible que prolifera en su pertinaz conjunción con los sentidos. Porque la voz del mal penetra en los oídos y engendra el mal, la imagen del mal penetra en los ojos y engendra el mal, el contacto del mal posee a las manos y engendra el mal, y hasta el olor y el sabor de sus emanaciones como las de la carroña en el páramo engendran el mal.
Las almas, entretanto, vagando desnudas por el campo de batalla, no las de los muertos, las de los vivos.
Inermes, estériles, pronunciando sólo la blasfemia sin fórmula, sin freno, sin límites de su silencio.
Y lentamente, uno por uno, equitativamente, aniquilándose en milenios de giros, en superpuestas capas anulares de tiempo y de perdición. Hasta que, al fin, un día –en medio de la irrevocable noche–, dos solos, únicos, frente a frente, hundan sus aceros con simultánea y certera calma en sus corazones, sabiendo, al fin, concluyente su dolor, que durará sin agonía hasta que llegue para todos los que fueron el día inevitable. Y entonces, ¡ah, si supieran!