Tras ser mencionado en las dos entradas anteriores ya le tocaba el turno. Otro de los grandes silenciados, aquellos que, pese a ser comunistas, sufrieron purgas y olvido. Para algunos habría que encuadrarlo dentro del realismo soviético, para otros dentro del existencialismo e incluso del absurdo. Cuentos como éste (publicado dentro de la colección de relatos "La patria de la electricidad"), en el que el argumento no es importante sino la descripción del cuadro, son claramente naturalistas.
"Chevengur", su novela distópica, es una lectura imprescindible.
Ignoro quién es el autor de la traducción.
«Desde el abismo clamo.» Palabras de los muertos
Una madre regresó a su casa. Había estado fuera, refugiada de los alemanes, pero no pudo acostumbrarse a vivir en otro lugar que no fuera su pueblo natal, por lo que regresó a casa.
Dos veces debió atravesar por tierra de nadie, cerca de las fortificaciones alemanas, porque el frente por allí era desigual y ella había tomado el camino recto, el más rápido. No le temía a nadie, no se cuidaba de nadie, y los enemigos no le hicieron daño. Avanzaba triste por los campos, despeinada y con la cara desencajada, como de ciega. Le daba igual lo que había en ese momento en el mundo y lo que estaba sucediendo en él, y nada en el universo podía ni alegrarla ni entristecerla, porque su desgracia era eterna y su tristeza inabarcable: ella, una madre, había perdido a todos sus hijos. Ahora se sentía tan débil e indiferente, que avanzaba como una brizna de paja llevada por el viento y en todo encontraba la misma indiferencia hacia ella. Al sentir que nadie la necesitaba y que, por lo mismo, tampoco ella necesitaba a nadie, sintió aún mayor pesar. A veces esto basta para que una persona muera, pero ella no murió: necesitaba ver la casa en la que había vivido toda su vida y el lugar en el que habían muerto sus hijos en combate o ejecutados.
En el camino se cruzó varias veces con los alemanes, pero éstos no tocaron a la mujer; les extrañó ver a una vieja tan desgraciada, les horrorizó la mucha humanidad que descubrieron en su cara y la dejaron irse para que muriera por su cuenta. A veces, en las caras de las personas se refleja una opaca luz de extrañeza que es capaz de asustar a los animales y a las personas malintencionadas. Nadie tiene fuerza suficiente para acabar con estas personas y a nadie le resulta posible acercarse a ellas. El animal y la persona prefieren pelear con sus semejantes y dejar ir a quienes no se les parecen, porque temen ser vencidos por una tuerza desconocida.
Después de atravesar toda la guerra, la vieja madre alcanzó por fin su casa, pero encontró su pueblo natal vacío. Su casa pequeña y pobre, revocada con barro pintado de amarillo, con su chimenea de ladrillo que parecía la cabeza de una persona meditabunda, hacía mucho que había sido quemada por el fuego alemán, que sólo dejó cenizas tras de sí. Sólo la hierba, como la que crece sobre las tumbas, nacía entre aquellas cenizas. También había desaparecido todo el vecindario, toda la vieja ciudad. Una luz blanca y triste lo iluminaba todo, y era posible ver en la lejanía a través de la tierra silenciosa. Pasaría muy poco tiempo y la hierba cubriría del todo este lugar antes habitado, los vientos soplarían libres, los torrentes de lluvia lo igualarían y ya no quedaría huella humana ni nadie para asimilar y heredar como un conocimiento útil todo el sufrimiento de la vida terrestre. Este último pensamiento hizo suspirar a la mujer, y también el dolor que sentía su corazón por tanta vida perdida y sin memoria. Pero su corazón era bondadoso y quería vivir para amar a los muertos, para terminar los planes que la muerte había interrumpido.
Se sentó en medio de aquellas cenizas frías y apoyó sus manos en el polvo en que se había convertido su casa. Sabía cuál era su destino, sabía que le había llegado su hora, pero se resistía, porque si ella moría, ¿qué pasaría con el recuerdo de sus niños?, ¿quién los conservaría en su amor si también su corazón dejaba de respirar?
La madre no sabía la respuesta a esta pregunta y meditaba sola. Se le acercó su vecina, Yevdokía Petrovna, una mujer joven y de buen ver, antes gorda, pero ahora débil, silenciosa e indiferente. Una bomba había matado a sus dos hijos pequeños cuando regresaba con ellos de la ciudad. Su esposo había desaparecido en unos trabajos de excavación, y ella había vuelto para enterrar a sus hijos y terminar de vivir el tiempo que le quedaba en aquel lugar muerto.
- Buenas, Maria Vasílievna - dijo Yevdokía Petrovna.
- ¿Eres tú, Dunia? - le preguntó María Vasílievna -. Siéntate, hablemos. Inspeccióname la cabeza, porque hace mucho que no me baño.
Dunia accedió con docilidad y se sentó a su lado; Mana Vasílievna recostó la cabeza en sus rodillas y la vecina empezó a inspeccionársela. Las dos se sintieron mejor dedicándose a esta tarea. Mientras una trabajaba afanosamente, la otra se arrebujó contra su cuerpo y se quedó dormida con la tranquilidad que le infundía la cercanía de una persona conocida.
- ¿Los tuyos murieron todos? - preguntó Maria Vasílievna.
- ¡Sí, todos, claro! - le contestó Dunia -. ¿Y los tuyos?
- Todos, no queda nadie - dijo Maria Vasílievna.
- Entonces estamos a la par: ni tú ni yo tenemos a nadie - comentó Dunia satisfecha de que su desgracia no fuera única en el mundo, de que a los demás les hubiera tocado la misma desdicha.
- Mi desgracia es mayor que la tuya: antes también era viuda - dijo Maria Vasílievna -. Y mis dos hijos han caído cerca del pueblo. Se alistaron en el batallón de trabajadores cuando los alemanes salieron de Petropávlovsk a la carretera de Mitrofánievsk... Mi hija me llevó bien lejos de aquí porque me quería mucho, era mi hija. Después se alejó de mí, empezó a amar a todo el mundo, compadeció a un hombre - mi hija era una muchacha bondadosa -, se inclinó sobre él, que estaba débil y herido, y entonces la mataron, desde arriba, desde un avión... ¿Y yo qué? No tengo nada y regresé. ¿Qué tengo ahora? Me da igual. Tengo la sensación de estar muerta...
- Bueno, ya nada se puede hacer. Sigue viviendo como una muerta; yo también vivo así - dijo Dunia -. Todos los míos descansan y los tuyos también descansan... Sé dónde están los tuyos, sé adonde los arrastraron a todos para enterrarlos, yo estaba aquí v lo vi con mis propios ojos. Primero contaron a todos los muertos, levantaron un acra, pusieron a un lado a los suyos, y a nuestros muertos los llevaron más allá. Luego desnudaron a todos los nuestros y apuntaron en el acta cuánta ropa se podía aprovechar. Se alargaron en este tipo de asuntos y luego empezaron a empujarlos y a lanzarlos a la tumba.
- ¿Y quién la cavó? - se preocupó Maria Vasílievna -. ¿Cavaron profundo? Una tumba profunda sería más caliente porque estaban desnudos, sentirán frío.
- ¡No, nada de profunda! - le informó Dunia -. ¡Una fosa de proyectil fue su tumba! Los amontonaron hasta llenarla, pero no había sitio para todos los muertos, así que pasaron por encima con un tanque de guerra, los muertos se aplastaron, se hizo más espacio y echaron allí a los muertos restantes. No tenían ganas de cavar, ahorraban sus fuerzas; echaron un poco de tierra por encima. Allí descansan los muertos en el frío; sólo los muertos pueden aguantar el sufrimiento de estar eternamente desnudos en el frío...
- ¿Y a los míos también los destrozaron con el tanque o los colocaron arriba, sin aplastarlos? - preguntó Maria Vasílievna.
- ¿A los tuyos? - contestó Dunia -. La verdad es que no lo pude ver... Allí, detrás del pueblo, cerca de la carretera descansan todos; si vas, los verás. Yo hice una cruz con ramas y la puse allí, pero fue por gusto; una cruz se cae aunque sea de hierro, y la gente olvidará a los muertos...
Maria Vasílievna se incorporó, hizo que Dunia bajara la cabeza y empezó a inspeccionarle el pelo. Se sintió mejor trabajando; el trabajo manual cura los espíritus tristes y enfermos.
Después, cuando cayó la tarde, Maria Vasílievna se levantó. Era una mujer vieja y estaba cansada. Se despidió de Dunia y salió a la noche, donde descansaban sus niños. Dos de sus hijos en una tumba cercana, y un poco más allá su hija.
Maria Vasílievna fue hasta el poblado cercano. Antes vivían allí, en casitas de madera, horticultores y campesinos que se alimentaban de las parcelas que había junto a sus casas y que gracias a esto subsistían desde tiempos remotos. Ahora nada quedaba en este lugar; el fuego había fundido la capa superior de tierra y la gente había muerto o vagabundeaba por los alrededores, o los habían cogido como rehenes y enviado al trabajo y a la muerte.
La carretera de Mitrofánievsk salía del pueblo a la llanura. En tiempos pasados, al borde de la carretera crecían poderosos árboles; ahora la guerra los había roído, reduciéndolos a tocones, y la solitaria carretera tenía un aspecto triste, como si el fin del mundo no quedara lejos de allí...
Maria Vasílievna llegó a la tumba con la cruz hecha de dos ramas débiles y temblorosas y se sentó a sus pies. Ahí abajo descansaban sus niños desnudos asesinados, profanados y enterrados por manos ajenas.
Llegó el crepúsculo y se convirtió en noche. En el cielo se encendieron las estrellas otoñales. Parecía que después de desahogarse llorando en lo alto habían abierto sus ojos bondadosos y sorprendidos, y miraban inmóviles la tierra oscura en la que había tanto sufrimiento y cuyo poder hipnótico les impedía apartar la vista de ella.
«Si estuvierais vivos - susurró la madre dirigiéndose a sus hijos muertos -, si estuvierais vivos, ¿cuánto trabajo podríais haber hecho?, ¿cuántos destinos podríais haber conocido? Pero ahora que estáis muertos... ¿Y dónde se ha quedado la vida que no vivisteis? ¿Quién la vivirá por vosotros...? ¿Qué edad tenía Matvéi? Casi veintitrés... Vasili cumpliría veintiocho. La niña tenía dieciocho, cumpliría los diecinueve este año, ayer fue su cumpleaños... Tanto corazón gasté en vosotros, tanta sangre perdí, pero al parecer no fue bastante, porque moristeis, no pude conservaros la vida, no os rescaté de la muerte, mi solo corazón y mi sangre fueron poco. ¿Y quiénes eran ellos? Fran mis hijos, aunque no pidieron venir al mundo. Los parí sin pensar, los parí y pensé: "Que vivan solos". Pero al parecer aún no se puede vivir en la tierra, todavía nada está listo aquí para los niños. ¡Se han esforzado por arreglarlo todo, para dejarlo a punto, pero no han podido! Aquí no pueden vivir, pero tampoco tenían otro lugar donde vivir. ¿Y qué podíamos hacer nosotras, las madres? Paríamos hijos, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Sola no tiene sentido vivir...»
Tocó la tierra de la tumba y se acostó boca abajo sobre ella. Dentro de la tierra remaba el silencio, nada se oía.
«Duermen - susurro la madre -, nadie se mueve. Les fue difícil morir y la muerte los dejó sin fuerzas. ¡Que duerman! Los esperare... No puedo vivir sin mis hijos, no quiero vivir sin muertos...»
Maria Vasílievna alzó el rostro de la tierra porque le pareció oír que la llamaba su hija Natasha, que la llamaba sin pronunciar palabras, murmurando algo como en un suspiro. La madre miró a su alrededor tratando de ver de dónde provenía su dulce voz, si del campo silencioso, de las profundidades de la tierra o de lo alto del cielo, de aquella estrella clara. ¿Dónde estaba ahora su hija muerta? ¿O ya no estaba en ninguna parte y a la madre sólo le parecía oír su voz que sonaba como un recuerdo en su propio corazón?
Maria Vasílievna volvió a prestar oído, y otra vez, viniendo del silencio del universo, le pareció oír la voz sedante de su hija, una voz que, de tan lejana, sonaba a silencio, pero que le hablaba pura y claramente sobre la esperanza y la alegría, sobre que se cumpliría todo lo no cumplido, que los muertos regresarían a vivir en la tierra y que los que habían sido separados se abrazarían y no se separarían nunca más.
A la madre le pareció que la voz de su hija era alegre y comprendió que aquello significaba que confiaba en que volvería a vivir, que necesitaba la ayuda de los vivos y no quería seguir estando muerta.
«Hija, ¿cómo podría ayudarte? Yo también estoy casi muerta - dijo Maria Vasílievna. Hablaba tranquila y con claridad, como si estuviera en la calma de su hogar y conversara con sus hijos como antes, en su anterior vida feliz -. Yo sola no podré levantarte. Si el pueblo entero te hubiera amado y hubiera eliminado toda la injusticia sobre la faz de la tierra, entonces él podría regresarte a la vida, y también a todos los que murieron injustamente, porque la muerte es precisamente la mayor injusticia. Pero sin su ayuda, ¿cómo podría ayudarte? ¡Moriré de pena y sólo entonces podré estar contigo!»
La madre le habló largo tiempo con palabras de consuelo, razonando como si Natasha y los otros hijos la escucharan con atención. Después le entró sueño y se quedó dormida sobre la tumba.
El cielo iluminado de la guerra apareció a lo lejos y la alcanzó el sordo retumbar de los cañones. Había comenzado una batalla. Maria Vasílievna despertó y vio el fuego en el cielo, escuchó la respiración agitada de los cañones. «Son los nuestros que vienen - pensó -, ¡Que lleguen pronto, que haya un poder soviético, el poder que ama al pueblo, que ama el trabajo, que enseña a la gente; es un poder inquieto; quizá, dentro de un siglo, aprenda a revivir a los muertos. Entonces suspirará y se alegrará mi huérfano corazón de madre.»
Maria Vasílievna confiaba y entendía que todo sucedería tal y como ella imaginaba. Había visto aeroplanos volando, algo que también era difícil de inventar y de hacer. Del mismo modo, todos los muertos podrían ser devueltos desde la profundidad de la tierra a vivir otra vez bajo la luz solar. Sucedería si la inteligencia humana tenía en cuenta las necesidades de la madre que da a luz y entierra a sus hijos y le duele su pérdida.
Se volvió a acostar sobre la tierra blanda de la tumba para estar más cerca de sus hijos. Su silencio significaba un repudio al mundo - malhechor que les había dado muerte y la pena de la madre que recordaba el olor de sus cuerpos infantiles y el color de sus ojos vivos.
Hacia el mediodía, los tanques rusos salieron a la carretera de Mitrofánievsk y se detuvieron junto al pueblo para pasar revista y repostar combustible; habían dejado de hacer fuego porque la guarnición alemana de la ciudad se había retirado a tiempo para reagruparse con su ejército y así librarse del combate.
Un soldado rojo bajó de su tanque para caminar por la tierra, sobre la cual brillaba ahora un sol pacífico. El soldado ya no era joven y le gustaba ver cómo vive la hierba y comprobar si todavía existían las mariposas y los insectos que conocía de antes.
A los pies de una cruz hecha de ramas, el soldado vio a una vieja acurrucada sobre la tierra. Se agachó y trató de escuchar su respiración. Después giró el cuerpo de la mujer y Pegó el oído a su pecho para cerciorarse de que no latía. «Su corazón se ha ido - entendió el soldado, y cubrió en silencio el rostro de la muerta con un lienzo limpio que llevaba consigo como peal de repuesto -. Ya no tenía con qué vivir; su cuerpo estaba tan comido por el hambre y por la desdicha que hasta los huesos se le ven bajo la piel.»
«Duerme por ahora - habló en voz alta el soldado despidiéndose -. No importa de quién fueras madre, pero sin ti también me he quedado huérfano.»
Permaneció parado un poco más junto a ella, despidiéndose angustiosamente de la madre ajena.
«Todo está oscuro para ti ahora y te has ido. ¿Qué remedio? No hay tiempo de afligirnos por ti. Primero debemos batir al enemigo. Luego el mundo entero deberá entrar en razón. No puede ser de otro modo, porque entonces todo sería en vano.»
El soldado regresó al tanque y se sintió triste sin los muertos. Pero sintió que ahora le era más necesario vivir. No sólo había que borrar al enemigo de la vida de la gente, sino que después de la victoria habría que aprender a vivir aquella vida superior que los muertos le habían legado silenciosamente. Entonces, en señal de respeto a su eterna memoria, debían cumplirse sus esperanzas, para que se hiciera su voluntad y no engañar sus corazones yertos. Sólo en los vivos pueden confiar los muertos, y éstos tienen que vivir de modo que el destino libre y feliz del pueblo justifique sus muertes y, de esta manera, den a su caída su justo peso.
El cuento pertenece al volumen "La patria de la electricidad" de 1926.
La versión es la de José Manuel Prieto
Hace mucho ya, en tiempos pasados, vivía en nuestra calle un hombre que aparentaba tener muchos años y que trabajaba en una herrería junto a la carretera grande que iba a Moscú. Era ayudante auxiliar del herrero principal, que tenía mal la vista y poca fuerza en las manos. Cargaba agua, arena y carbón para la herrería, avivaba la forja con el fuelle, aguantaba el hierro caliente en el yunque mientras el herrero principal lo martilleaba, entraba el caballo al establo y hacía cualquier otro trabajo. Su nombre era Yefim, pero todos lo llamaban Yushka. Era pequeño de estatura y flaco. En su cara arrugada, en lugar de barba y bigote, crecían aislados algunos pelos canosos. Tenía los ojos blancos como los de un ciego y siempre húmedos, con lágrimas tibias.
Yushka alquilaba parte de la cocina al dueño de la herrería. Por la mañana salía a su trabajo y no regresaba hasta la noche, a dormir. El dueño le pagaba su trabajo con pan, sopa y papilla, pero el té, el azúcar y la ropa debía comprarlos con su sueldo, que era de siete rublos y sesenta kopeks al mes. Yushka, sin embargo, no tomaba té y no compraba azúcar. Bebía agua y usaba siempre la misma ropa, que no había cambiado en años. En verano solía andar descalzo. Vestía pantalón y camisa negros manchados de hollín por el mucho trabajo y en los que las chispas habían hecho agujeros, de modo que en muchos lugares se veía su cuerpo blanco. En invierno se cubría con una zamarra que había heredado de su padre, ya muerto, y calzaba el mismo par de botas de fieltro a las que cada otoño cosía nuevas suelas y con las que había andado todos los inviernos de su larga vida.
Por la mañana temprano, cuando Yushka iba por la calle hacia la herrería, los viejos y las viejas se levantaban y decían que por ahí iba Yushka a trabajar, así que debían levantarse y despertar a los jóvenes. Y por la tarde, cuando Yushka volvía a dormir, la gente decía que ya era hora de comer y de irse a la cama, porque Yushka ya se iba a dormir.
Y los niños pequeños, e incluso aquellos que ya eran adolescentes, cuando veían al viejo Yushka caminando silenciosamente, dejaban de jugar y corrían tras él gritándole: «¡Ahí va Yushka! ¡Ahí va Yushka!».
Los niños recogían ramas secas, piedras y puñados de basura y se los lanzaban a Yushka.
«¡Yushka! —gritaban los niños—. ¿Verdad que eres Yushka?».
El viejo no les contestaba ni se enfadaba; seguía en silencio su camino y no se cubría la cara para protegerse de las piedras y la basura.
Los niños se sorprendían de que estuviera vivo y de que no se enfadara con ellos. Y de nuevo le gritaban: «Yushka, ¿existes de verdad o no?».
Luego volvían a lanzarle cosas que recogían del suelo, corrían hacia él, lo tocaban, lo empujaban, sin entender por qué no les gritaba, por qué no cogía una rama seca y corría tras ellos como hacen los adultos. Los niños no conocían a nadie igual, por eso dudaban de que Yushka estuviera vivo. Al tocarlo o al golpearlo comprobaban que era de carne y hueso, y que estaba vivo.
Entonces volvían a empujar a Yushka y le tiraban piedras: preferían que se enfadara si de verdad estaba vivo. Yushka seguía su camino en silencio y entonces eran los niños los que empezaban a enfadarse con Yushka. Les aburría que se quedara siempre callado, que no los asustara ni corriera tras ellos. Empujaban todavía más fuerte al viejo, gritaban corriendo alrededor de él para que contestara enfadado y los divirtiera. Ellos correrían asustados alejándose de él, alegres se burlarían desde lejos y lo volverían a llamar para después correr y esconderse en la oscuridad del anochecer, en la sombra de las casas, en los arbustos de los jardines y de los huertos. Pero Yushka no los tocaba ni les contestaba.
Cuando lo obligaban a detenerse o le hacían demasiado daño, les decía: «¿Por qué, queridos míos, por qué, pequeñitos míos…? ¡Seguro que es porque me amáis…! ¿Por qué os hago tanta falta…? Esperad, no quiero que me toquéis, me habéis echado tierra en los ojos, no veo nada».
Los niños no lo oían ni lo entendían. Seguían empujándolo y riéndose de él. Les divertía poder hacer con él lo que quisieran y que él no hiciera nada.
Yushka también se divertía con ellos. Sabía por qué los niños se reían de él y lo molestaban. Confiaba en que los niños lo amaban, que lo necesitaban, sólo que no sabían amar a las personas, no sabían qué hacer con el amor, y por esto lo molestaban.
En sus casas, los padres decían a los niños que no estudiaban o a los desobedientes: «¡Serás como Yushka! Crecerás y andarás descalzo en verano y con botas rotas en invierno. Todos te molestarán. No tomarás té con azúcar, sino agua sola».
Los adultos, al toparse con Yushka en la calle, a veces también lo ofendían. En ocasiones los adultos sufrían alguna desdicha inmensa o una ofensa, o simplemente estaban borrachos, y entonces una furia rabiosa embargaba sus corazones. Al ver a Yushka camino de la herrería, o que regresaba a dormir a su casa, el adulto le decía: «¿Por qué andas por aquí si eres tan extravagante, tan diferente de los demás? ¿Sobre qué algo tan especial estás pensando?».
Yushka se detenía, lo escuchaba y no le respondía.
«Pero ¿es que no tienes palabras? ¡Ni que fueras un animal! Tienes que vivir simple y honestamente, como vivo yo, y no andar pensando en cosas secretas. ¡Habla! ¿Vivirás como es debido? ¿No? ¡Ajá…! ¡De acuerdo!».
Y tras aquella conversación en la que Yushka no había dicho nada, el adulto se convencía de que el culpable de todo era Yushka y, acto seguido, comenzaba a golpearlo. La docilidad de Yushka enfurecía aún más al adulto, que lo golpeaba más de lo que había querido al principio, y en este enfurecimiento olvidaba momentáneamente su desgracia.
Yushka permanecía largo rato sobre el polvo de la carretera. Al volver en sí se ponía de pie sin ayuda. A veces iba a buscarlo la hija del dueño de la herrería, lo levantaba y se lo llevaba a casa.
—Sería mejor que te murieras, Yushka —le decía la hija del dueño—. ¿Para qué vives?
Yushka la miraba con asombro. No entendía por qué debía morirse si había nacido para vivir.
—Mis padres me hicieron. Ésta fue su voluntad —respondía Yushka—. No puedo morir. Además, ayudo a tu padre en la herrería.
—¡Valiente ayudante! ¡Cualquier otro ocuparía tu puesto!
—Dasha, ¡la gente me quiere!
Dasha se reía.
—Hoy te han hecho un corte en la mejilla, te sangra; la semana pasada te partieron la oreja, y dices que la gente te quiere.
—La gente me quiere sin saberlo —le decía Yushka—. A veces el corazón de la gente es ciego.
—¡Sí, tienen el corazón ciego, pero ojos que ven! —decía Dasha—. ¡Anda, camina más deprisa! Te quieren de corazón, pero te golpean por interés.
—Sí, es verdad. Se enfadan conmigo por interés —admitió Yushka—. Me ordenan que no ande por la calle y me destrozan el cuerpo.
—¡Ay, Yushka, Yushka! —suspiraba Dasha—. Y mi padre dice que todavía no eres viejo.
—¡Claro que no soy viejo…! Sufro del pecho desde niño, por eso tengo tan mal aspecto y parezco un viejo…
A causa de su enfermedad, Yushka dejaba al dueño durante un mes todos los veranos. Iba a pie hasta una aldea muy lejana donde al parecer vivían sus parientes. Sin embargo, nadie sabía qué parentesco tenían con él.
Hasta el mismo Yushka no se acordaba, y un verano decía que en aquella aldea vivía una hermana viuda, y al verano siguiente que tenía una sobrina allí. A veces decía que se iba a la aldea y otras a Moscú. La gente pensaba que en aquella aldea vivía una hija a la que Yushka quería mucho, y que era tan bondadosa como su padre.
Al llegar junio, o en agosto, Yushka se echaba al hombro su alforja, en la que ponía pan, y se marchaba. Por el camino respiraba el aroma de la hierba y los bosques, miraba las nubes blancas que nacían en el cielo, escuchaba la voz de los ríos murmurando en los bancos de piedras, y su pecho enfermo descansaba, dejaba de sentir su enfermedad, la tisis. Al internarse en aquellos parajes totalmente despoblados, Yushka ya no escondía su amor a los seres vivos. Se inclinaba hacia la tierra y besaba las flores, tratando de no respirar sobre ellas para no marchitarlas con su respiración, acariciaba la corteza de los árboles, levantaba las mariposas y los insectos que caían muertos y estudiaba sus caras sintiéndose huérfano sin ellos. Los pájaros cantaban en el cielo. Libélulas, otros insectos y grillos laboriosos emitían alegres sonidos en la hierba, y el alma de Yushka se sentía ligera y en su pecho entraba el dulce aroma de las flores, que olían a humedad y a luz solar.
Por el camino, Yushka descansaba. Se sentaba a la sombra de los árboles en la linde de la carretera y dormitaba en el calor y la tranquilidad. Tras descansar y recuperar el aliento, ya no volvía a recordar su enfermedad y seguía su camino alegre, como si fuera una persona saludable. Yushka tenía cuarenta años, pero desde hacía mucho su enfermedad lo torturaba envejeciéndolo prematuramente, por lo que a todos parecía decrépito.
Y así, cada año, salía Yushka a los campos, bosques y ríos rumbo a una lejana aldea o hacia Moscú, donde quizá lo esperaba alguien o quizá no: nadie en la ciudad lo sabía a ciencia cierta.
Pasaba un mes, y Yushka regresaba y volvía a trabajar en la herrería desde la mañana hasta que caía la noche. Vivía igual que antes, y niños y adultos, los vecinos del pueblo, seguían riéndose de él, echándole en cara su resignada estupidez, molestándolo.
Imperturbable, Yushka vivía hasta el verano siguiente, y en cuanto éste llegaba se echaba su alforja al hombro, ponía en una bolsita aparte toda la paga del año, unos cien rublos, se colgaba la bolsita al cuello y salía sin que nadie supiera adonde ni a quién iba a ver.
Con los años, Yushka estaba cada vez más débil, porque el tiempo de su vida se acortaba y su enfermedad del pecho martirizaba su cuerpo y lo agotaba. Un verano, cuando ya había llegado el momento de que Yushka partiera hacia la lejana aldea, se quedó en la herrería. Un atardecer, ya casi de noche, Yushka salió arrastrando los pies de la herrería y se dirigió a la casa del dueño. Un alegre transeúnte, que conocía a Yushka, se rió al verlo:
—¿Para qué sigues pisando la tierra, pelele de dios? ¡Ojalá te mueras, porque sin ti quizá esto será más alegre…!
Y en aquel instante, quizá por primera vez en su vida, Yushka se enfadó.
—¿Qué te pasa? ¿Te molesto o qué…? Mis padres me trajeron al mundo para que viviera. Nací según la ley. El mundo también me necesita, como a ti, ¡así que sin mí tampoco estaría bien…!
El transeúnte interrumpió a Yushka irritado.
—Pero ¿cuándo has empezado a hablar? ¿Quién eres tú, chiflado inútil, para compararte nada menos que conmigo?
—No me comparo —dijo Yushka—, pero la necesidad nos hace a todos iguales…
—¡No te hagas el sabihondo! —gritó el transeúnte—. ¡Yo sé más que tú! ¡Mira por dónde se pone ahora a hablar! ¡Te voy a enseñar lo que es ser inteligente!
Alzando la mano, el transeúnte, con la fuerza de su enfado, empujó a Yushka por el pecho. Yushka cayó boca arriba.
Yushka quedó un rato tendido en esa posición. Luego se dio la vuelta, se quedó boca abajo, no se movió más y no se levantó.
Al poco rato pasó por allí una persona, un carpintero del taller de muebles. Llamó a Yushka. Después lo giró y vio la oscuridad en sus ojos blancos e inmóviles. Tenía la boca negra. El carpintero la limpió con la mano y se dio cuenta de que era sangre coagulada. Tocó la tierra bajo la cabeza de Yushka y la sintió húmeda por la sangre que había salido de la garganta de Yushka.
«Está muerto —dijo en un suspiro el carpintero—. Adiós, Yushka, perdónanos a todos. La gente te despreció, pero ¿cómo se atrevían a juzgarte…?».
El dueño de la herrería preparó a Yushka para el entierro. Dasha, la hija del dueño, lavó su cuerpo que pusieron sobre la mesa del herrero. Todo el pueblo, los jóvenes y los viejos, todos los que habían conocido a Yushka y se habían reído de él en vida, y lo habían molestado, se dieron cita junto a su cuerpo para despedirse de él.
Después enterraron a Yushka y todos lo olvidaron. Pero sin Yushka la gente empezó a vivir peor. Todo su enfado y sus burlas se quedaban entre ellos, porque ya no vivía Yushka, que aguantaba sin chistar cualquier furia, el ensañamiento, la burla y la hostilidad ajena.
Se acordaron de Yushka cuando el otoño ya estaba bien avanzado. Un oscuro día de mal tiempo, llegó a la herrería una joven y preguntó al dueño dónde podía encontrar a Yefim Dmítrievich.
—¿Qué Yefim Dmítrievich? —se sorprendió el herrero—. Nunca hemos tenido a nadie con ese nombre.
La muchacha, sin embargo, no se fue. Permaneció en silencio como esperando algo. El herrero la miró para calcular qué clase de visita le había traído la tempestad. La joven era pequeña y menuda, pero su limpia y suave cara era tan delicada y dulce, sus ojos grises miraban con tanta tristeza como si estuvieran a punto de llenarse de lágrimas, que el corazón del herrero se ablandó y de pronto cayó en la cuenta:
—¿No será Yushka? Sí, es él, en su pasaporte ponía Dmítrievich…
—Yushka —susurró la muchacha—. Es verdad. Él se llamaba a sí mismo Yushka.
El herrero se quedó callado y después preguntó:
—¿Y usted quién es? ¿Una pariente?
—No, no soy familia suya. Me quedé huérfana y Yefim Dmítrievich me buscó una familia en Moscú. Después me envió a la escuela… Todos los años iba a verme y me llevaba el dinero del año para que pudiera vivir y estudiar. Ahora ya he crecido, he terminado la universidad, pero este año Yefim Dmítrievich no ha ido a verme. Dígame dónde está. Me contó que ha trabajado con usted durante veinticinco años…
—Pasó un cuarto de siglo, envejecimos juntos —dijo el herrero.
Cerró la herrería y llevó a la visitante al cementerio. La muchacha permaneció en silencio y se apretó contra la tierra en la que yacía Yushka, la persona que la había alimentado desde su niñez, que nunca había comido azúcar para que ella pudiera comerla.
Ella sabía que Yushka estaba aquejado por una enfermedad y había estudiado medicina para curar a la persona que más la había amado en este mundo y a la que ella había amado con todo el calor y la luz de su corazón.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. La joven doctora se quedó en nuestra ciudad. Empezó a trabajar en el hospital atendiendo a las personas con tuberculosis, visitando las casas en las que había enfermos, sin cobrar nada por su trabajo. Ahora también ella ha envejecido, pero como cura y consuela durante todo el día a los enfermos, alivia sin cesar sus sufrimientos y aleja la muerte de los más débiles. Todos la conocen en la ciudad. La llaman la hija del buen Yushka, aunque hace ya mucho olvidaron quién era Yushka y que ella no era su hija.
Este cuento da título a una recopilación de relatos (a la que pertenecen también los otros cuentos publicados en el blog) de Platonov que se publicó en 1926, momento a partir del cual empiezan sus problemas con el aparato estalinista.
La versión es la de José Manuel Prieto.
Transcurría el verano caliente y seco de 1921, en los días de mi juventud. Durante el invierno estudiaba electrotécnica en la escuela de artes y oficios, y en verano trabajaba en la central eléctrica de mi ciudad. El trabajo llegaba a extenuarme porque no había ningún motor de reserva en la central, y el único turbogenerador funcionaba sin descanso día y noche por segundo año consecutivo. La máquina debía ser atendida con tanta precisión, delicadeza y atención, que en ello se iban todas las energías de mi vida. Al anochecer no me unía a los jóvenes que paseaban por las calles de la ciudad, sino que regresaba a casa cayéndome de sueño. Mi madre me había preparado patatas hervidas, y comía al tiempo que me quitaba la chaqueta de trabajo y las alpargatas, para cuando acabara de comer estar lo más ligero de ropa posible e irme de inmediato a la cama.
A mediados del verano, una noche de julio, había regresado a casa como de costumbre y estaba durmiendo profunda y pesadamente, como si se hubiera apagado para siempre toda mi luz interior, cuando mi madre me despertó.
El presidente del comité ejecutivo de la región, Iván Mirónovich Chuniáyev, me había enviado a un guardia con una nota en la que me pedía que fuera a verlo inmediatamente a su apartamento. Chuniáyev, que había sido antes fogonero en una locomotora, también había trabajado con mi padre, y por él me conocía.
A medianoche ya estaba con Chuniáyev. Lo atormentaba el problema de cómo luchar contra las secuelas de la guerra civil y mejorar la suerte de todo el pueblo. Soportaba el turbio calor de aquel seco verano en el cual no había caído del cielo ni una gota de agua viva; toda la naturaleza olía a putrefacción y a despojos, como si ya se hubiera abierto una voraz tumba para el pueblo. Aquel año, hasta las flores no olían más que las virutas metálicas, el campo se cubrió de profundas grietas que recordaban las hendiduras entre las costillas de un flaco esqueleto.
-Dime una cosa, ¿sabes tú qué es la electricidad? - me preguntó Chuniáyev -. ¿Es un arco iris o qué?
-Es un rayo - dije yo.
-¡Ah, un rayo! - repitió Chuniáyev -. ¡Muy bien! Tormenta y aguacero. De acuerdo. Correcto, necesitamos un rayo, correcto... Porque, hermano, la situación es tan crítica que sólo un rayo podría terminar de una vez con este calor. Mira, lee lo que escribe la gente.
Chuniáyev cogió de la mesa una carta escrita en un papel impreso del Soviet Rural y me la alargó. Alguien en el Soviet Rural de la aldea Verchovka había escrito lo siguiente:
Al presidente del comité ejecutivo de la región, camarada Chuniáyev y a todo el presidium:Por lo visto, el escribano Zhariónov era poeta. Chuniáyev y yo, sin embargo, éramos prácticos, gente de trabajo. Así y todo, a través de la poesía, del entusiasmo de aquel escribano, logramos ver la realidad que atravesaba aquella lejana y desconocida aldea. Percibimos la luz en la triste penumbra de un reducido espacio, la luz humana en una tierra muerta, asfixiada; vimos los cables que colgaban de los viejos setos, y también la esperanza en la construcción del mundo del comunismo, la esperanza necesaria para emprender las tareas cotidianas, la esperanza que nos hace sentir personas; y esta esperanza nuestra se convirtió en luz eléctrica, aunque por el momento sólo había llevado la luz a lejanas y diminutas isbas de paja.
¡Camaradas y ciudadanos, en medio de tanta pobreza no gastéis en vano vuestra elocuencia! Se alza como una torre nuestro poder científico, y la torre de los lagartos y la sequía será destruida por la mano sabia. No hemos sido nosotros los que hemos creado este valle de lágrimas, pero todo lo reformaremos íntegramente. Y habrá huevos y gallinas para todos y cada uno, y la vida será más plena y sorprendente. Hoy la inteligencia comunista vigila insomne y no habrá quien impida el influjo de la ciencia sobre la tierra... Es grande nuestro corazón guerrero, dejad de llorar, porque ya pasará el vacío sepulcral en los estómagos, y llegado será el día en que comamos pedazos de pastel. Ya se oye el retumbar de las máquinas y el susurro de la energía eléctrica. Pero nuestra aldea, Verchovka, necesita ayuda para obtener más mejoras, porque esa máquina que fue de los blancos y actuó como intervencionista, que nació ajena, no llega a concebir en su mente cómo sernos útil. ¡Y se aflige mi fatal corazón y en mi cerebro arde una lágrima cuando pienso en la causa universal!
Escribano Stepán Zharionov, suplente temporal del presidente del Soviet (que ha salido por breve tiempo a contraatacar a todos los bandidos parásitos y que no regresará a casa hasta la victoria general).
«Ve con ellos, ayúdales - me pidió Chuniáyev -. Has comido nuestro pan mucho tiempo, mientras estudiabas. Llegaremos a un acuerdo con la central eléctrica, te dejarán ir.»
Al día siguiente por la mañana partí para Verchovka; mi madre me coció unas patatas, puso algo de sal y pan y tomé hacia el sur por estrechos senderos. Caminé durante tres días, porque no tenía mapa y resultó que había tres Verchovka: la Alta, la Vieja y la Pequeña y pobre Verchovka. Pero el escribano, el camarada Zhariónov, sin duda pensaba que su Verchovka era famosa, única en el mundo y célebre en todo el planeta, como Moscú, de ahí que no añadiera a su aldea su nombre adicional. La Verchovka de Zhariónov resultó ser precisamente la Pequeña y pobre, lo que la distinguía de las otras Verchovkas.
Dejé atrás las dos Verchovkas, en las que no había plantas de electricidad, y llegué a la Verchovka Pequeña al mediodía de la tercera jornada de camino. Me detuve antes de entrar a la aldea porque vi una gran nube de polvo junto al camino y a una muchedumbre que marchaba por la tierra desnuda y seca. Esperé a que se acercaran y entonces vi a un pope con sus ayudantes, a tres mujeres que portaban unos iconos y a unos veinte fieles. En este lugar comenzaba la pendiente de un viejo barranco en donde el viento y las lluvias de la primavera habían depositado un fino polvo proveniente de los extensos campos.
La procesión bajó al fondo del barranco y ahora avanzaba sobre el polvo, hacia el castigado camino.
Al frente iba el pope, extenuado, mustio, con el pelo gris. Cantaba algo en el caluroso silencio de la naturaleza y sacudía su incensario sobre las plantas silvestres y taciturnas que encontraba en el camino. A veces se detenía y levantaba la cabeza al cielo, hacia el seco resplandor del sol, y entonces la desesperación y la furia aparecían en un rostro por el que corrían gotas de sudor y lágrimas. Sus acompañantes se persignaban ante el espacio, se arrodillaban en el polvo y se inclinaban hacia la desdichada tierra, asustados por la vastedad del mundo y la debilidad de los dioses humanos cuyos iconos portaban llorosas ancianas, sobre sus vientres flácidos, que hacía mucho habían dejado de parir hijos. Dos pequeños - un niño y una niña - vestían sólo camisas y seguían descalzos a la multitud religiosa y, deseosos de aprender, miraban lo que hacían los adultos. Aquellos niños no lloraban ni se persignaban, sólo sentían miedo y guardaban silencio.
Junto al camino había un gran foso de donde, en otro tiempo, habrían sacado arcilla. La procesión se detuvo al borde del foso, orientaron los iconos hacia el sol, la gente bajó al foso y se acostaron a descansar en la sombra, a los pies de la pared de arcilla. El pope se quitó los hábitos y se quedó en calzones, por lo que los niños enseguida empezaron a reír.
Un gran icono, apoyado en un montón de arcilla, representaba a la Virgen María, una mujer joven y sola, sin Dios en los brazos. Examiné atentamente el cuadro y medité sobre él, mientras las devotas seguían a la sombra ocupadas en sus propios asuntos: despiojarse entre sí.
Un pálido y tenue cielo rodeaba la cabeza del icono de María. Su mano visible era nudosa y grande, y no encajaba con la belleza morena de su rostro; su fina nariz y sus grandes ojos no eran los de una persona trabajadora, porque unos ojos así se cansarían demasiado rápido. Me interesó la expresión de esos ojos, que miraban sin sentido, sin fe, impregnados de tanto dolor, que toda su mirada se había oscurecido hasta hacerse impenetrable, sin vida, despiadada.
Ninguna ternura, profunda esperanza o sentimiento de pérdida podía discernirse en los ojos de la Virgen, aunque no tenía a su hijo en brazos como de costumbre; su boca tenía pliegues y arrugas, lo que mostraba que había conocido las pasiones, las preocupaciones y la cólera de la vida común: era una mujer trabajadora, atea, que vivía por sí misma y no por la gracia de Dios. Y el pueblo, al mirar ese cuadro, quizá también comprendiera secretamente la verdad de su intuición sobre lo absurdo del mundo y la necesidad de actuar.
Junto al icono descansaba una consumida anciana, de la estatura de un niño, que me miraba distraídamente con ojos sombríos. Tenía la cara y los brazos cubiertos de arrugas, como formados por las convulsiones del sufrimiento, y en su mirada se reflejaba la perspicaz inteligencia de quienes han pasado grandes pruebas en su vida. Quizá sabía más que toda la ciencia económica y podría ser un miembro honorario de la Academia de Ciencias.
Le pregunté:
-Abuela, ¿por qué habéis salido en procesión y rezáis? Dios no existe en absoluto. No lloverá.
La vieja estuvo de acuerdo conmigo:
-¡Seguro que no existe, tienes razón!
-¿Y para qué entonces os persignáis? - le volví a preguntar.
-¡Nos persignamos en vano! Yo ya he rezado por todos: por mi marido, por mis hijos, pero no ha quedado nadie, todos han muerto. ¡Es que, hijito, sigo viva por costumbre, no porque quiero! Mi corazón late por su cuenta, sin pedirme permiso, y mi mano se persigna por sí sola: Dios es nuestra desgracia... Mira cuántas pérdidas... Hemos arado, hemos sembrado, pero lo que ha crecido no sirve para nada...
Apenado, guardé silencio. Luego dije:
-Mejor no le reces a nadie, abuela. La naturaleza no entiende de palabras ni de oraciones; sólo le teme a la inteligencia y al trabajo.
-¡A la inteligencia! - pronunció la abuela con absoluta claridad de conciencia -. Yo he vivido tantos años que sólo me queda inteligencia en los huesos. La carne hace ya tiempo que se me desgastó en el trabajo y en las preocupaciones. Ya casi nada me queda que pueda morir, todo ha ido muriendo poco a poco. ¡Mira cómo estoy!
La viejecita se quitó el pañuelo con mansedumbre y vi su cráneo calvo, sus huesos desgastados, ya listos para descomponerse y devolver al codicioso polvo terrestre su paciente inteligencia, que había acumulado pobremente y que sólo había conocido trabajos y penas.
-Cuando llegue el invierno me inclinaré ante el vecino - dijo la vieja - y lloraré a la puerta del rico. Quizá me den algún puñado de trigo que me alcance hasta el verano; y en el verano lo pagaré con mi duro trabajo: por un saco devolveré saco y medio, más cuatro días de trabajo, más unos cinco sacos de honores... ¿Es que acaso sólo debemos inclinarnos ante Dios? ¡Le tememos al viento, a la helada, al aguacero y a la sequía, al vecino y al desconocido! ¡Nos persignamos ante todos! ¿Acaso rezamos porque amamos? ¡Y es que ni tan siguiera tenemos con qué amar!
Dejé a la viejecita lleno de pesar y reflexiones. Tras descansar, la multitud comenzó a reunirse de nuevo y la procesión que había implorado para que lloviese se encaminó de regreso a la aldea. Sólo quedó la viejecita con la que había conversado.
La vieja quería descansar un poco más, y de todos modos ya no podría dar alcance a los demás con sus piernas de niña, porque todos se habían ido deprisa, como a sus asuntos, y hasta el pope mismo se había puesto sus pantalones.
Al ver su estado, cargué a la vieja en brazos, como si fuera una niña de ocho años, y salí rumbo a la aldea, consciente de todo el valor eterno de esta eterna trabajadora.
En la aldea, en una isba junto al camino, la vieja bajó de mis brazos. Me despedí de ella, le di un beso en la mejilla y decidí dedicarle mi vida, porque cuando somos jóvenes nos parece que la vida es larga y que tendremos amor suficiente para todas las viejas.
Verchovka resultó ser una aldea pequeña, de no más de treinta casas, la mayoría en mal estado; los troncos inferiores de sus vetustas viviendas habían comenzado a pudrirse junto a la tierra. El flagelo del imperialismo guerrero había convertido todo lo visible, los logros y la riqueza acumulada por generaciones, en una especie de cementerio.
Un niño, que después no volví a ver, me condujo gustoso a la planta eléctrica, a media legua de la aldea, junto al abrevadero público de la carretera.
Una motocicleta inglesa de dos cilindros, de la firma Indian, había quedado enterrada hasta sus ejes, y con rugiente fuerza hacía girar la correa de una dínamo. Ésta estaba formada por dos cortos troncos y temblaba al dar vueltas tan deprisa. En el sidecar un hombre ya mayor fumaba un cigarro; junto a él se levantaba un poste alto con un foco que iluminaba el día. Lo rodeaban carretas con caballos sin enganchar que comían su pienso. Sobre las carretas algunos campesinos observaban con placer el rápido trabajo de la máquina. Algunos de ellos, de flaco aspecto, expresaban abiertamente su alegría, se acercaban al mecanismo y lo acariciaban como a un ser querido, sonriendo con tanto orgullo como si participaran en aquella empresa, aunque en realidad eran vecinos de otra aldea.
El mecánico de la planta eléctrica, el hombre sentado en el sidecar, no prestaba atención a la realidad que lo rodeaba. Con aire pensativo y penetrante imaginaba el fuego, el elemento desencadenado en los cilindros de la máquina, y con mirada apasionada escuchaba, como lo haría un músico, la melodía del torbellino de gas disparándose a la atmósfera.
Le pregunté en alta voz al mecánico para qué tenía la máquina trabajando al vacío, si era sólo para alimentar aquel foco en el poste, por qué hacía trabajar por gusto la máquina y quemaba combustible.
-No es por gusto - dijo con indiferencia el mecánico. Salió del sidecar y pasó la palma de su mano por el rodamiento de la dínamo, junto a una enorme polea de fabricación casera, de madera, que la hacía girar -. No es por gusto - volvió a decirme el mecánico -. Trabajamos por la noche. Ahora sólo alimentamos la máquina y la hacemos girar para su provecho, para que todas sus partes se acostumbren unas a otras en el roce. Además, también nos vanagloriamos ante los extraños, a manera de agitación. ¡Que nos miren y nos admiren!
Las palabras del mecánico sobre el trabajo experimental de la planta eran atinadas, porque el motor de la motocicleta era viejo, proveniente de los caminos de la guerra, seguramente habían cambiado algunas piezas de fábrica por otras hechas en la herrería local, a mano, y era necesario probar aquellas piezas y dejar que trabajaran un tiempo.
Estudié en silencio la construcción de la planta eléctrica, y no volví a dirigir la palabra al pensativo mecánico. Bajo el sillín de la motocicleta leí su número de fabricación: E-O-401, y más abajo encontré una inscripción diminuta, en inglés, que traducida al ruso decía «división colonial real británica número 77».
De la planta a la aldea, los cables iban bajo tierra, y por las noches, las ventanas de las isbas brillarían solemnemente protegiendo la revolución de las sombras.
El mecánico se me acercó y me alargó una petaca con tabaco.
-Fuma, te sentirás mejor - me dijo -. ¿Qué miras? Seguro que has trabajado con una trilladora y ya piensas que sabes de motores.
-Nunca he trabajado en una trilladora - le respondí, y acto seguido le pregunté -: ¿Con qué alimentáis la máquina?
-Con alcohol de trigo, ¿con qué otra cosa? - suspiró el mecánico -. Destilamos un aguardiente fuerte, que es lo que utilizamos para alumbrar.
-¿Y con qué la lubricáis? - me interesé.
-Con lo que tenemos a mano - respondió -. Filtramos lo que conseguimos pasándolo por un trapo, y lo usamos para lubricar.
-¿No te da lástima gastar trigo para esto? - le dije -. ¿Acaso vale la pena?
-Sí que me da lástima - admitió el mecánico -, pero ¿qué podemos hacer? No tenemos otro combustible.
-¿Y de quién es el trigo que usáis?
-Del pueblo, de quién iba a ser, de la sociedad - me explicó el maquinista -. Reunimos para un fondo de ahorro, y ahora sacamos trigo de ahí y de otros lados...
Me asombró que los aldeanos dieran gustosos el trigo de la cosecha del año anterior para la máquina, cuando este verano la cosecha había sido mala por la sequía.
-Es porque no conoces a nuestro pueblo - dijo lentamente el mecánico, que no dejaba de escuchar el trabajo de la máquina. Ahora estábamos lejos de ella, junto a los establos -. Si no hay qué comer, entonces el pueblo necesita leer. Aquí, en Verchovka, la biblioteca es buena, la heredamos del hacendado. Ahora los campesinos leen libros por las noches, algunos en voz alta, otros aprenden a leer... Y nosotros damos luz a sus isbas, de modo que tenemos luz y lectura. Hoy el pueblo no tiene otra diversión, así que por lo menos tenga luz y lectura.
-Si no usaras trigo para alimentar la máquina, sería aún mejor - le aconsejé -. Entonces tendrían pan, luz y lectura.
El mecánico me miró de reojo, pero sonrió cortésmente.
-No te dé lástima el trigo: de todos modos es trigo muerto, no sirve para comer... Teníamos un kulak aquí, Chúyev Vanka; él y toda su familia se fueron con los blancos, pero antes enterró su trigo en el campo. El camarada Zhariónov y yo buscamos ese trigo todo un año, y cuando lo encontramos ya se había asfixiado, estaba muerto, demasiado podrido para comerse, pero para destilar alcohol, para esta química maligna, sí sirve. ¡Y había mucho trigo enterrado! Unos cuatrocientos puds. Y no hemos tocado el fondo de ahorro y de ayuda mutua, que sigue teniendo la misma cantidad de trigo, veinte puds. Nuestro presidente no te regalará ni un granito hasta que empieces a hincharte del hambre. Y es que no se puede de otro modo, sino...
Y aquí el mecánico interrumpió su discurso y se lanzó hacia la planta, porque la correa había saltado de la polea de la dínamo.
Yo regresé a Verchovka. En las afueras de la aldea una chimenea lanzaba humo sin cesar. Fui hasta aquella isba que se calentaba extrañamente a pesar del calor del verano. La isba, a juzgar por el patio y el portón, era de las abandonadas, parecía sin dueño. La hierba cubría el portón y el patio, donde crecía una hierba dura y espesa, de esa que lo mismo soporta el bochorno estival que los vientos y los aguaceros, y que jamás muere.
Dentro de la isba descubrí un horno al que habían instalado un alambique. En el horno quemaban raíces, y junto al tubo de salida del alambique, en un banquillo, vi a un viejecito alegre, de aspecto dichoso, iluminado por la llama del horno, y que sostenía un jarrito en su mano derecha y una patata salada en la izquierda. El viejo, seguramente, esperaba la próxima salida del insano líquido para probarlo y comprobar si servía para alimentar la dínamo o si todavía estaba flojo. Su propio estómago y los intestinos del viejo catador le servían como instrumento para probar el combustible.
Salí al patio a examinar el tendido eléctrico, que no había descubierto en la calle. Habían fijado el cable a las paredes de los cobertizos, atravesaba los patios colgado de algunos sauces o simplemente lo habían fijado en varas de seto amarradas entre sí. De éstas salían ramificaciones a las viviendas y a los patios. En aquella zona desprovista de bosques no era posible encontrar postes para un tendido eléctrico normal. Y desde el punto de vista económico, así como desde el punto de vista técnico, la solución que habían encontrado para transmitir la electricidad era la única posible y correcta.
Sin embargo, como temía que el tendido aéreo provocara un incendio, fui por los patios atravesando los setos con largas pértigas que rodeaban las propiedades vecinas, y por todos lados examiné las colgaduras y cómo habían fijado los cables maestros. El tendido era bueno, los cables no pasaban cerca de la paja ni de sustancias inflamables capaces de arder por sobrecalentamiento del cobre conductor.
Ya tranquilo en cuanto al peligro de incendio, encontré un sitio fresco y retirado a la sombra de un gavillero y me acosté allí a descansar.
Al poco rato, sin haber descansado como quería, me vi obligado a interrumpir mi sueño porque alguien me tocó con el pie para despertarme.
-¡No es hora de dormir, no es hora de dormir! ¡Es hora de entender el mundo y levantar a los muertos de sus tumbas! - pronunció un desconocido sobre mí.
Horrorizado, desperté de mi sueño. El tardío calor del sol, como un delirio, dominaba la naturaleza. Sobre mí se inclinó alguien de cara bondadosa, arrugada por el entusiasmo, y me saludó hablando en rima, como a un hermano en la vida luminosa. Esto me hizo caer en la cuenta de que tenía ante mí al escribano del Soviet Rural, la persona que había escrito la carta al Soviet Ejecutivo Provincial.
-¡Levántate, desencadénate en los elementos, que ya se agita, ya el cielo se ha abierto, los bolcheviques gritan y echan abajo el infierno!
Yo no tenía la mente para poesía, sino para el cálculo. Me levanté y hablé al escribano de la planta eléctrica movida por la motocicleta y de que debíamos conseguir una bomba.
-El viento ha dispersado todos mis pensamientos - me respondió el escribano -, no puedo ahora pensar en tu... Pero ¿luego qué? - me preguntó de pronto.
-¡En tu bomba! - terminé yo por él para ayudarlo.
-¡En tu bomba...! Vamos a mi hacienda - continuó el escribano inspirado -. Me contarás todo sin prisa, si esperas una tumba o una boda, y qué dolor aflige tu alma.
En el Soviet Rural expuse detalladamente mi plan al escribano de la aldea, todo lo relativo a la irrigación de la tierra seca para acabar con las procesiones religiosas que pedían agua al cielo.
-¡Veo tu frente joven! - exclamó el escribano -. ¡En repuesta retumba aquí - y se señaló el pecho - mi corazón combativo!
Le pregunté:
-¿Tienen ustedes alguna tierra comunal cercada, que no tenga muchos dueños?
Sin detenerse a pensarlo, el escribano me proporcionó la información necesaria:
-Tenemos una tierra como esa de la que hablas. Era de las vacas. Ahora pertenece a las viudas y se la han asignado a las familias, ¿cómo se las llama...? - perdió de pronto el hilo -, ¡a las familias de los guardias rojos heridos de gravedad! - añadió el escribano -. Tiene cuarenta desiatinas, que labra, siembra y cosecha el órgano del poder: ¡el Soviet Rural! Antes había allí un pueblo viejo, ahora es un erial, sin embargo quedó el abono y el grano crece como el humo que en invierno sale de las chimeneas. Pero ¡ahora, claro está, todo se ha secado, sin agua y sol no la necesitamos!
Me di cuenta de que quizá la fuerza de la motocicleta no bastaría para aportar la humedad necesaria para cuarenta desiatinas. De todos modos resolví regar al menos parte de la tierra más necesitada, la de las viudas y la de los guardias rojos.
Al oír mi proposición, el escribano no pudo seguir expresándose y rompió a llorar.
-Lloro porque veo cómo coinciden las circunstancias - dijo poco después, sin recurrir a la rima.
En el transcurso de los dos días siguientes, el escribano, el mecánico de la planta eléctrica y yo trabajamos para instalar la motocicleta en su nuevo lugar, en la orilla del río Proshbi, que fluía débilmente en el desmayo del bochorno. Aquí, en la orilla, comenzaba la tierra de las viudas y los guardias rojos que el Soviet Rural araba con caballos comunales. A pesar de lo fértiles que suelen ser los terrenos bajos junto al río, allí sólo crecían pequeños brotes de patata, y un poco más allá pequeños tallos de mijo; pero todas las plantas estaban debilitadas, las cubría el polvo mortal de calientes torbellinos y se doblaban para volver a la oscuridad de la ceniza y la semilla primigenia, otra vez muertas.
En estos sembrados crecían pacientes nabos, las pálidas flores del crisóstomo, que recordaban la cara de un loco, y también la cizaña, que siempre cubre la tierra en la sequía.
Toqué la tierra; parecía ceniza, quemada por el sol. El primer huracán levantaría todo el polvo fértil y lo dispersaría en el espacio sin dejar huella.
Tras instalar la motocicleta, el escribano y yo pensamos en la bomba. La buscamos por los cobertizos de los mujiks ricos, los que habían robado a los hacendados con mayor sangre fría y codicia, y encontramos muchos bienes, incluso cuadros de Picasso y bidés de mármol, pero ninguna bomba.
-La diversión de vivir y disfrutar - me dijo el escribano -.
No hay bomba. En cambio, hay amor y una taza para lavarse.
Tras pensarlo un poco, le quité la gruesa hebilla a aquella motocicleta que había pertenecido a la unidad interventora inglesa, y con ella confeccioné en la herrería dos hélices. Luego, por orden del escribano, arrancaron el tejado de hierro de la casa del Soviet Rural, y utilicé este metal para confeccionar las restantes cinco hélices, así como un cárter para la bomba, los tubos para absorber el agua y los canales para bombear el agua al campo.
Otros tres días el mecánico de la planta eléctrica y yo trabajamos en la motocicleta, hasta que ajustamos cinco hélices a los radios de su rueda trasera y metimos la rueda en el cárter. De este modo construimos una bomba centrífuga con la rueda de la motocicleta. Organizamos una bomba de agua en lugar de la planta eléctrica. Sin embargo, la bomba no afectaría nada: cuando el agua no hiciera falta, se podía volver a hacer girar la dínamo y alimentar con corriente las isbas.
Después de cinco días de trabajo agotador, sin los instrumentos y los materiales necesarios, entre la incomodidad del campo, el mecánico y yo pusimos en marcha el motor de la motocicleta, y el agua regó la tierra de las viudas y de los guardias rojos, pero su chorro era débil, unos cien cubos la hora, y todavía había que repartir agua por todos los sembradíos, lo que exigiría el esfuerzo de la población. Además, cierta cantidad de agua se perdía en las junturas poco firmes de nuestros tubos, lo que nos afligió aún más. Sin embargo, el escribano no se amilanó y dijo:
-¡Que la ciencia nos dé una sola gota, y nosotros exprimiremos un mar con el torso de las masas!
Al día siguiente, el escribano y veinte mujeres acompañadas de cuatro aldeanos pobres y ya viejos bombearon agua al fondo del campo, pero la corriente de agua se agotó cerca de la bomba. De las grietas del suelo, asustados por el agua, salieron lagartijas, arañas, gusanos secos de raza desconocida y diminutos insectos duros, como hechos de cobre; todos los que, por consiguiente, heredarían la tierra si las nubes no llegaban a juntarse en la atmósfera y las gentes morían.
Las viudas y las aldeanas pobres nos rodearon y comenzaron a quejarse de la poca agua y de la débil fuerza de la máquina. Las escuchamos avergonzados pero sin temor, mientras el escribano pronunciaba, para consolarlas, las palabras finales. Miró al cielo neblinoso, cansado de aquel verano salvaje, y habló de lo ocurrido con el rostro iluminado, entre el silencio de la cegadora y horrible naturaleza.
-¡Todo se seca, se quiebra, tanto el suelo como la hierba...! Pero queremos vivir a toda máquina, por cuanto los hombres tenemos cabeza. Se nos ha dado, además, no por gusto... ¡Porque no somos hierro, ni ganado, ni arena gorda, debemos aguantar toda la vida, y no podemos morirnos sin alcanzar la victoria!
El bochorno y el sufrimiento agotaron al escribano, pero su rostro ahora era otro, más claro y pensativo, aunque no había perdido la bondad de sus pliegues. Y, en prosa, dijo a las viudas que lo miraban asombradas y con una sonrisa de compasión:
-Id, mujeres, a seguir cavando la zanja. Esta máquina es una intervencionista. Antes estaba a favor de los blancos y ahora no quiere bombear nuestro huerto proletario...
Con la avidez de la reflexión apasionada, el mecánico observaba el intenso trabajo del motor; la máquina trabajaba a bajas revoluciones y ahogadamente, por la sobrecarga. Yo palpé el cuerpo de la maquina, noté que se calentaba mucho y sufría. El aguardiente explotaba en sus cilindros con dura fiereza, pero el lubricante, de mala calidad, no se sostenía en las partes en fricción y no los envolvía con su tierna película. El motor trepidaba en su marco, y una fina voz proveniente del interior de su mecanismo advertía sobre un mortal peligro.
Yo comprendí a la máquina e interrumpí aquella dañina marcha en seco. Luego quitamos el cárter de la rueda que servía de bomba centrífuga, bajé a cuatro el número de hélices en la rueda y volvimos el cárter a su lugar. Yo quería disminuir la carga del motor, para que alcanzara mayor velocidad, lo que haría que cuatro hélices trabajaran mejor que siete.
Entretanto cayó la noche. Todos se fueron a descansar. Solo el camarada Zhariónov y yo quedamos a la orilla del debilitado y menguado río. No tenía prisa en volver a poner en marcha el motor. Quería cerciorarme de algo más para lograr un funcionamiento más libre de la máquina.
El sol se ocultó en aquel cielo cruel, recalentado. Debajo, en la tierra, se hizo oscuro y quedaron gentes preocupadas, con un pesado sentimiento en su corazón, abatidos en sus isbas, sin ninguna protección contra la desgracia y la muerte. Al poco rato, los hijos del escribano llegaron a verlo. Eran un niño y su hermana, los mismos que había visto en la procesión que rogaba para que lloviera. Se veían muy flacos por el hambre y la falta de hogar, y se lanzaron en brazos de su padre, alegres por haberlo encontrado y porque pasarían la noche juntos en la horrible y sofocante oscuridad; ya no pedían pan, alegres por tener un padre que los quería y que tampoco comía. El escribano abrazó sus delgados cuerpos y comenzó a buscar en sus bolsillos algo de comer, pero sólo encontraba basura y papeles del Soviet Ejecutivo. Entonces resolvió calmar a sus hijos con su calor, los abrazó con sus enormes brazos ahora inactivos, los acercó a su estómago caliente, y los tres quedaron dormidos sobre la tierra. Seguramente la madre de estos niños había muerto, y vivían solos con su padre.
Yo caí en la cuenta de lo que debía hacer. Torcería una mecha de estopa, metería un extremo en el barril con agua y envolvería el cilindro del motor con la mecha restante. El agua, entonces, subiría por ella y la máquina percibiría el frescor y daría más potencia. Encontré estopa en el sidecar, en el cajón del mecánico, y hacia la medianoche terminé el trabajo. Luego me acerqué a la familia de Stepán Zhariónov, que dormía, y sin saber qué hacer, si bombear agua para garantizarle comida para el otoño a estas gentes o esperar, porque despertaría a los niños con el ruido del motor y el hambre comenzaría a torturarlos de inmediato.
Al poco tiempo tuve que regresar a la aldea, donde se oyó la explosión de un barril y luego el borbotear del vapor, y quedó en silencio. El escribano despertó, levantó su soñolienta cabeza y dijo en verso: «En mi cerebro mis niños gritan, se agitan», y volvió a quedarse dormido.
Teniendo en cuenta el profundo sueño de la familia, que no había oído la explosión del barril, puse en marcha el motor. Hacia los negros campos fluyó un grueso torrente de agua que salía por el tubo de la bomba; ahora el motor giraba a buena revolución, se calentaba poco y su sufrida voz de cansancio había dejado de cantar desde las profundidades de su rígido ser. Caminé alrededor de la máquina, que latía de la tensión, y contemplé satisfecho el tranquilo paso de la noche por el mundo; que el tiempo esperara, porque no pasaba en vano: la máquina trabajaba bien y bombeaba agua a los secos campos de los pobres.
Medí con un cubo la salida de agua por minuto. Resultó que la bomba daba unos doscientos cubos a la hora, dos veces más que antes. En mi bolsillo encontré un pedazo de pan ya seco, y comencé a comer, procurando acabar con él lo antes posible. En lo más profundo de mí mismo temía que los niños se despertaran de pronto y me pidieran de comer... Cuando ya terminaba de masticar, me incliné sobre los niños, que respiraban turbia y desacompasadamente en el aburrido sueño que había aplacado en ellos el sufrimiento del hambre. Sólo su padre dormía con una expresión feliz, rutinaria, en su rostro. Él dominaba su cuerpo y todas las torturantes fuerzas de la naturaleza. La mágica tensión del genio alegraba sin cesar su corazón, que creía en el poderoso destino de la humanidad proletaria.
Por lo visto, algo agitó la conciencia del escribano. Este abrió los ojos, y al ver que masticaba algo, me dijo como si no hubiera estado durmiendo:
-Ya es hora de no sólo sufrir en esta vida, sino también de masticar pan...
Del susto, me tragué el resto del pan y me quedé pensativo.
Por la oscuridad del valle fluvial se acercaron a la máquina dos personas, el mecánico y una vieja desconocida de alta estatura.
-Ve ahora - dijo la vieja -, ve ahora y levanta a mi esposo: se desplomó, perdió el sentido y su corazón dejó de latir. Para vosotros, diablo, estaba haciendo ese café...
Indiferente, aprendiendo a mantener la sangre fría ante los acontecimientos, me dirigí al mecánico. Éste me presentó a la mujer como la esposa del viejo que destilaba día y noche el aguardiente para alimentar el motor. En vistas de la falta de un instrumento para medir los grados, el viejecito solía sostener en una mano un jarrito y en la otra un pedazo de algo salado, una patata u otra cosa, y aguardaba en la punta del serpentín hasta que comenzaba a gotear de él. Pero hoy el viejecito no sintió a la primera degustación la calidad del combustible; cerró la llave del serpentín, echó más leña al fuego y se quedó dormido con su jarrito vacío en una mano y la patata en la otra; la caldera acumuló presión, explotó, y un poderoso gas lanzó al viejo de la isba arrancando la puerta y dos bastidores de ventana. Ahora el viejecito volvía en sí poco a poco, y mañana comenzaría a reparar la instalación.
-¿Qué quieres? - le pregunté a la vieja -. Se trata de un accidente. No tenemos la culpa.
-Algún tipo de privilegio - respondió la vieja entre juramentos.
-De acuerdo, lo escribiré.
Saqué una libreta y escribí en ella: «Mandarle a la vieja trigo de la ciudad».
La vieja, al ver que yo apuntaba algo, al momento me creyó y se consoló.
Le di al mecánico instrucciones sobre cómo mantener el motor y la bomba, permanecí un rato junto al escribano Zhariónov y sus hijos, que dormían sobre la tierra, y luego, pisando la tibia tierra, volví a casa, a reunirme con mi madre. Caminaba solo por el campo a oscuras, joven, pobre y tranquilo. Había cumplido con una tarea de mi vida.
Este cuento, publicado a finales de los años 20 del siglo pasado, aparte de ser un claro precursor de la visión existencialista del mundo que más tarde Platonov plasmará en "Chevengur", una de las grandes novelas del siglo XX, significó también el inicio de los problemas de Platonov con Stalin.Entre la masa trabajadora vivían dos miembros del Estado: un hombre común y corriente de nombre Makar Ganushkin y otro más notable, el camarada Lev Chumovói, que era el más inteligente de la aldea, por lo que dirigía su movimiento progresivo por la línea recta que conducía al bienestar general. Cuando lo veían pasar, los aldeanos comentaban:
«Por ahí va nuestro jefe. Para mañana habrá que esperar que se tome alguna medida... Tiene una cabeza inteligente, pero las manos vacías. Vive del razonamiento desnudo...».
Como cualquier persona normal, Makar prefería la artesanía a la labranza, le preocupaban más los espectáculos que el pan. Tenía, según había concluido el camarada Chumovói, la cabeza hueca.
Cierta vez, sin pedirle permiso al camarada Chumovói, Makar organizó el siguiente espectáculo: un tiovivo popular que debía girar movido por la potencia del viento. La gente rodeó el tiovivo de Makar como una nube compacta, a la espera de la tempestad que la haría girar. Pero por alguna razón la tempestad se hacía esperar, y mientras todos permanecían allí ociosos, el potro de Chumovói escapó a las praderas y se perdió por húmedos parajes. Si la gente hubiera estado descansando tranquilamente, habrían atrapado al potro de Chumovói, impidiendo que se le infligieran pérdidas, pero Makar los había distraído de su reposo, contribuyendo de este modo a las pérdidas de Chumovói.
Chumovói no corrió tras el potro, sino que se acerco a Makar, que en silencio echaba de menos la tempestad, y le dijo:
- Estás distrayendo aquí a la gente y ya no hay quien pueda correr tras del potro...
Makar despertó de su ensueño, porque en ese momento había adivinado algo. Su hueca cabeza, que gobernaba sus manos inteligentes, no le permitía pensar, pero sí podía adivinar al instante.
- No te aflijas - le dijo Makar al camarada Chumovói -, te construiré un vehículo autopropulsado.
- ¿Cómo? - preguntó Chumovói, porque no imaginaba cómo Makar podría construir un vehículo autopropulsado con aquellas manos inútiles.
- Lo haré de cuerdas y aros - respondió Makar sin pensar, sólo sintiendo la fuerza de tracción y rotación en las cuerdas y los aros que imaginaba.
- Entonces date prisa - dijo Chumovói -, de lo contrario te demandaré por organizar espectáculos ilegales.
Pero Makar no pensaba en la multa; él no sabía pensar. Trataba de recordar dónde había visto el hierro, y no lo logró porque toda la aldea estaba hecha de materiales superfluos tales como barro, paja, madera y tocones.
La tempestad nunca llegó, el tiovivo seguía sin girar y Makar regresó a su casa.
Por aburrimiento, Makar bebió un poco de agua y sintió su sabor astringente.
«Ha de ser por eso por lo que no hay hierro - adivinó Makar -, porque lo tomamos con el agua.»
Por la noche Makar bajó a un pozo abandonado. Pasó en él veinticuatro horas buscando hierro bajo la arena húmeda. Al segundo día, unos hombres dirigidos por Chumovói, que temía la muerte de un ciudadano en cualquier lugar que no fuera el frente de la construcción del socialismo, sacaron a Makar. Casi no pudieron izarlo ya que en sus manos sostenía dos bloques color café de mineral de hierro. Los hombres lo sacaron y lo maldijeron por lo pesado que resultaba; el camarada Chumovói, por su parte, prometió multarlo por agitar la vida del pueblo.
Pero Makar no le hizo caso y a la semana coló hierro de aquel mineral en el horno de su casa, después de que su mujer horneara pan en él. Nadie logró saber cómo pudo destemplar el mineral en aquel horno, porque Makar puso en juego sus inteligentes manos y su callada cabeza. Un día después, Makar hizo una rueda de hierro y después otra más, pero ninguna de ellas quiso moverse por sí sola; había que rodarlas con las manos.
Chumovói fue a visitar a Makar y le preguntó:
- ¿Has hecho el vehículo autopropulsado para sustituir al potro?
- No - dijo Makar -, pensaba que rodarían por sí solas, pero no ha sido así.
- ¡Entonces me has engañado, cabeza de tempestad! - exclamó con voz oficial Chumovói
- ¡Hazme un potro!
- No tengo carne; de lo contrario lo haría - se negó Makar.
- ¿Y cómo has podido hacer hierro del barro? - le recordó Chumovói.
- No sé - contestó Makar -, no me acuerdo.
Aquí Chumovói se enfadó:
- ¡Así que tú, diablo-individuo, quieres esconder una invención de importancia económico-popular! ¡No eres persona, eres un vil propietario individual! ¡Te multaré para que sepas cómo debes pensar!
Makar se resignó:
- Pero, camarada Chumovói, es que yo no pienso, soy una persona hueca.
- Entonces acorta tus manos y no hagas nada de lo que no seas consciente - lo acusó Chumovói.
- Camarada Chumovói, si yo tuviera una cabeza como la tuya, también pensaría – le confesó Makar.
- ¡Correcto! - confirmó Chumovói -. Pero sólo hay una cabeza así para toda la aldea, así que debes obedecerme.
Y Chumovói multó a Makar por lo ocurrido, de modo que este último tuvo que irse a Moscú y dejo el tiovivo y la granja al diligente cuidado del camarada Chumovói. Fue a Moscú para conseguir medios con que pagar aquella multa.
Makar había viajado en tren hacía nueve años, o sea, en 1919. En aquella época lo habían llevado gratis porque parecía un obrero agrícola, de modo que ni tan siquiera le pidieron que se identificara. «Continúa tu viaje - le solía decir la guardia proletaria -, nos gustas, ya que eres pobre.»
Ahora, como nueve años atrás, Makar subió al tren sin hacer preguntas, aunque le sorprendió que hubiera poca gente y que la puerta estuviera abierta. Así y todo se sentó no en un vagón, sino en los acoplamientos que hay entre ellos para poder ver funcionar las ruedas en movimiento. Las ruedas comenzaron a moverse y el tren partió rumbo al centro del estado, hacia Moscú.
El tren se movía más rápido que cualquier caballo de media sangre. La estepa corría junto al tren y parecía no tener fin.
«Matarán el vehículo - compadecía a las ruedas Makar -. Aunque es cierto que hay muchas cosas en el mundo, porque es amplio y está vacío.»
Las manos de Makar descansaban, su fuerza libre e inteligente penetró su hueca y voluminosa cabeza, y él también comenzó a pensar. Makar viajaba en el acoplamiento y pensaba lo que podía. Pero no permaneció allí largo rato. Se le acercó un custodio que no llevaba armas y le pidió su billete. Makar no llevaba billete ya que, según sus suposiciones, existía ahora un poder fuerte, el poder soviético, que transportaba gratis a los necesitados. El custodio-revisor le dijo a Makar que para evitar una desgracia se bajara en el primer apeadero en el que hubiera una cantina, de modo que no se muriera de hambre en un paraje despoblado. Makar entendió que las autoridades se preocupan por él, ya que no se limitaban a echarlo, sino que le proponían ir a aquella cantina, y agradeció la atención al jefe de los trenes.
No obstante, Makar no se bajó en el apeadero, aunque el tren se detuvo a descargar las cartas y postales del vagón del correo. Recordó cierto razonamiento técnico y se quedó en el tren para ayudarle a seguir avanzando.
«Cuanto mayor es el peso de algo - para comparar Makar imaginaba una piedra y una pluma -, más lejos puede volar cuando lo lanzan; del mismo modo viajaré en este tren como un ladrillo sobrante, y así llegaré más rápido a Moscú.»
Para no ofender al custodio, Makar se deslizó bajo el vagón, a la profundidad del mecanismo, y se acostó allí a descansar y escucho la excitante velocidad de las ruedas.
La tranquilidad y la visión de la arena del camino lo adormecieron profundamente, y en el sueño se vio despegar de la tierra y volar atravesando el viento frío. Esta sensación maravillosa le hizo compadecer a toda la gente que se había quedado en la tierra.
- Oye, Seriozha, ¿por qué dejas los cuellos del eje si todavía están calientes?
Makar se despertó al oír estas palabras y se tocó el cuello para comprobar si su cuerpo y su vida interna seguían íntegros.
- ¡No importa! - gritó desde lejos Seriozha -. ¡Falta poco para llegar a Moscú, no se quemaran!
El tren se había detenido en una estación. Los mecánicos revisaban los ejes de los vagones y maldecían en voz baja.
17
Makar abandonó su escondite y vio a lo lejos el centro del estado, Moscú, la ciudad principal.
«¡Ahora incluso puedo llegar a pie! - comprendió Makar -. Quizá el tren llegue sin la ayuda de mi peso adicional.»
Makar marchó en dirección a las torres, a las iglesias y las amenazantes construcciones, o sea, rumbo a aquella ciudad con tantas maravillas de la ciencia y la técnica. Iba dispuesto a labrarse una vida bajo las cabezas doradas de los jefes y de los templos. Al bajarse del tren, Makar se encaminó hacia el Moscú que ya era visible, con un gran interés en aquella ciudad central. Para no extraviarse, Makar caminaba sin apartarse de los rieles, maravillándose al pasar junto a los andenes en cuyos alrededores crecían bosques de pinos y abetos. En la espesura de aquellos bosques descubría casitas de madera y árboles débiles bajo los cuales hallaba tirados envoltorios de caramelos, botellas vacías de vino, tripas de embutidos y otras buenas cosas ya echadas a perder.
Aquí, bajo el yugo humano, la hierba no crecía y los árboles también sufrían y se desarrollaban poco. Makar no entendía aquello con mucha claridad:
«Parece que aquí vive la canalla rematada, puesto que hasta las plantas mueren por su culpa. Esto es muy triste: ¡el ser humano vive, se reproduce, todo junto a un desierto! ¿Dónde, entonces, están presentes la ciencia y la técnica?».
Lleno de compasión, Makar se llevó la mano al pecho. En un andén descargaban bidones vacíos de leche de un vagón y cargaban los llenos. Makar se detuvo porque se le había ocurrido una idea.
«¡Tampoco aquí hay técnica! - definió en voz alta la situación -. Es correcto que transporten las vasijas con la leche porque en la ciudad también viven niños que la están esperando. Pero ¿qué sentido tiene transportar los bidones vacíos en el vagón? ¡Porque con esto sólo gastan técnica por gusto, y son bidones muy voluminosos!»
Makar se acercó al jefe lechero, al administrador de los bidones, y le aconsejó construir una tubería lechera desde esta estación hasta el mismo Moscú para evitar el tener que transportar los vagones con los bidones vacíos.
El jefe lechero escuchó a Makar. Él respetaba a las personas de las masas populares, pero le aconsejó dirigirse a Moscú: allí estaban los más inteligentes, que son quienes administran cualquier cambio.
Makar se enfadó:
- Pero ¡eres tú quien transporta la leche, no ellos! Ellos sólo la toman, no ven los gastos sobrantes de la técnica.
El jefe le explicó:
- Lo mío es formar los trenes. Soy un simple ejecutor, no un inventor de tuberías.
Entonces Makar lo dejo en paz y se marchó lleno de dudas a Moscú.
En Moscú era mañana tardía. Miles de personas corrían por las calles como campesinos durante la recogida de cosecha.
«Pero ¿qué se disponen a hacer? - pensaba Makar parado entre la multitud -. Seguro que aquí se encuentran las potentes fábricas que visten y calzan a toda la lejana gente campesina.»
Makar miro sus botas y dijo «gracias» a toda la gente que veía corriendo, porque sin ella él viviría desnudo y descalzo. Casi todos llevaban colgados del hombro unas bolsas de piel en las que seguramente guardaban puntillas de zapatero y retazos de piel.
«Pero ¿por qué corren y gastan sus fuerzas? - pensó desconcertado Makar -. ¡Mejor sería que trabajaran en sus casas y que se les repartiera la comida a domicilio, en caballos!»
Pero la gente corría, subía a los tranvías hasta comprimir totalmente los resortes y no compadecían sus cuerpos en aras del beneficio laboral. Esto dejó satisfecho a Makar.
«Son buena gente - pensó -. Les cuesta llegar a sus talleres, pero lo desean.»
A Makar le gustaron los tranvías porque se movían por sí mismos y el maquinista iba sentado en el primer vagón sin dificultad alguna; hasta parecía que no conducía nada. Makar también subió al vagón sin esfuerzo, ya que lo empujó la gente con prisa que venía detrás. El vagón se movió suavemente. Bajo el suelo rugía la fuerza invisible de la máquina. Makar la escuchaba y la compadecía.
«¡Pobre trabajadora! - pensaba Makar de la máquina -. ¡Cómo se esfuerza! Pero transporta a esta gente útil, o sea, que les está ahorrando sus piernas vivas.»
Una mujer, la jefa del tranvía, entregaba a la gente unos recibos, pero Makar se negó a recibir el suyo para no hacerla trabajar más.
- ¡No necesito nada! - dijo Makar, y entró.
A la jefa le gritaban para que les diera algo, a cada cual lo suyo, y ésta accedía siempre.
Para ver qué le daban, Makar también dijo:
- ¡Oye, dame algo también a mí según mi solicitud!
La dueña tiró de la cuerda y el tranvía se detuvo.
- Sal según tu solicitud - le dijeron los ciudadanos a Makar y lo sacaron a la fuerza.
Makar salió al aire libre.
Era un aire capitalino: olía al gas excitante de las máquinas y al polvo del hierro fundido de los frenos de los tranvías.
«¿Y dónde está por aquí el centro del estado?», preguntó Makar a una persona cualquiera.
La persona señaló y tiró un cigarrillo al cubo de la basura callejera. Makar se acercó y también escupió en aquel cubo para tener derecho a utilizarlo todo en la ciudad.
Los edificios le parecían tan pesados y altos que Makar compadeció al poder soviético, a quien sin duda le era muy difícil mantener toda aquella provisión de casas. En un cruce de calles, un miliciano levantó un palo rojo con la punta hacia arriba y con su izquierda le mostró el puño a un carretero que llevaba harina de centeno.
«Aquí no respetan la harina de centeno - concluyó Makar -, aquí se alimentan con harina blanca.»
- ¿Hacia dónde queda el centro? - preguntó Makar al miliciano.
El miliciano le indicó a Makar cuesta abajo y le informó:
- Junto al teatro Bolshói, en la rampa.
Makar caminó cuesta abajo y se encontró de pronto entre dos pequeños prados en flor.
En un lado de la plaza había una pared; en el otro, una casa con columnas. Las columnas sostenían cuatro caballos de hierro fundido y, por cierto, las columnas habrían podido ser más delgadas, ya que la cuadriga no parecía pesada.
Makar comenzó a buscar en la plaza la vara con bandera roja que marcara el centro de la ciudad principal y de todo el estado, pero no halló tal vara por ninguna parte; sólo vio una piedra con algo escrito en ella. Makar se apoyó en la piedra para sentirse en el centro mismo del estado y llenarse de respeto hacia sí mismo y hacia su estado. Suspiró feliz y sintió hambre. Bajó en dirección al río y descubrió las obras de una casa increíble.
- ¿Qué construyen aquí? - preguntó a un transeúnte.
- ¡Un edificio eterno de hierro, hormigón, acero y cristal claro! - le contestó aquel.
Makar decidió llegar hasta él para trabajar un poco en su construcción y comer algo.
En el portón había guardias. Uno de ellos le preguntó:
- ¿Qué quieres, tonto?
- Trabajar en algo, porque he perdido mucho peso - les comunicó Makar.
- ¿Cómo piensas trabajar aquí, si vienes sin billete? - le preguntó el guardia.
Aquí se acercó el albañil y escuchó con gusto a Makar.
- Ve a nuestra barraca, a la olla común, los muchachos te darán de comer - lo ayudó el albañil -. Aunque no podrás entrar con nosotros enseguida, porque vives en libertad y, por lo tanto, no eres nadie. Primero deberás entrar en la unión de trabajadores, pasar por la inspección de clases.
Makar fue a la barraca para comer de la olla común y fortalecer su vida interna con vistas a mejorar su ulterior destino.
Makar se quedó a vivir en las obras de aquel edificio que el transeúnte había llamado eterno. Primero se hartó en la barraca de los trabajadores con una papilla negra y nutritiva, y luego fue a inspeccionar el trabajo de construcción. Por doquier la tierra había sido afectada con orificios, la gente se movía ajetreada; máquinas de nombres desconocidos clavaban pilotes en la tierra. La mezcla de hormigón bajaba por sí sola por canalones, y todos los sucesos del trabajo se desenvolvían ante sus ojos. Se veía el edificio crecer, aunque nadie sabía para quién era. A Makar no le interesaba a quién y qué le tocaría; sólo le interesaba la técnica como base del futuro bienestar general.
Lógicamente, al jefe de Makar en su aldea natal, el camarada Chumovói, le hubiera interesado más cómo serían distribuidas las viviendas en el futuro edificio que el martinete de hierro fundido, pero Makar sólo tenía las manos diestras y por eso sólo pensaba en qué se podía hacer.
Makar recorrió toda la construcción y constató que el trabajo avanzaba rápida y felizmente. Pero algo triste lo atormentaba en su interior, aunque no sabía qué. Se paró en el centro de los trabajos en marcha y dio un vistazo al cuadro general: era evidente que algo fallaba en la construcción, algo andaba extraviado, pero no sabía qué. De la tristeza y el cansancio, Makar se quedó dormido al encontrar un lugar tranquilo. En su sueño vio un lago, pájaros, el pequeño bosque olvidado de su aldea, pero lo que necesitaba ver, lo que faltaba en la construcción, no lo vio De pronto, al despertarse, descubrió el error de aquella obra: para levantar una pared los obreros llenaban de hormigón los armazones de hierro. Pero ¡esto no era técnica, sino un trabajo burdo!
Para que fuera técnica, el hormigón debía subir por tuberías. El obrero no se cansaría, porque sólo debería sostener la manga y con esto se impediría el despilfarro de la fuerza roja de la inteligencia en manos del trabajador no especializado.
Makar salió en búsqueda de la oficina principal científico-técnica de Moscú. Ésta se encontraba en un barranco, en un local fuerte e ignífugo. Junto a la puerta, Makar encontró a un hombrecito a quien informó que había inventado una manga para usar en las construcciones. El hombrecito lo escuchó e incluso preguntó sobre temas de los que ni el mismo Makar sabía, y luego lo envió escalera arriba a que viera al escribano principal. El escribano había sido un ingeniero científico que decidió escribir papeles para que sus manos no volvieran a tocar las obras de construcción. A él también Makar le contó sobre la manga.
- Las casas deben ser fundidas, no construidas - le dijo Makar al escribano científico.
El escribano lo escuchó y concluyó:
- ¿Y cómo podrá demostrar, camarada inventor, que su manga es más barata que el hormigón tradicional?
- Porque lo presiento, lo siento claramente - le demostró Makar.
El escribano pensó algo en secreto y envió a Makar al final del pasillo.
- Te darán un rublo para comida y el pasaje de vuelta por ferrocarril que damos a los inventores pobres.
Makar aceptó el rublo, pero no el pasaje porque había decidido que viviría avanzando, sin dar marcha atrás.
En otro cuarto le entregaron un papel para el sindicato, para que recibiera un mayor apoyo en su calidad de persona de masas e inventor de la manga. Makar pensó que ese mismo día el sindicato le entregaría el dinero para su manga, así que fue alegre para allá.
El sindicato se encontraba en una casa aun mayor que la de la oficina técnica. Unas dos horas vagabundeó Makar por los pasillos de aquella casa sindicalista, buscando al jefe de las masas, cuyo nombre le habían escrito en un papel, pero el jefe no se encontraba en su puesto de trabajo; quizá andaba preocupándose por otros trabajadores. Al anochecer, el jefe por fin llegó, comió huevos fritos y llevó la notita de Makar que le entregó su ayudante, una muchacha bastante simpática y progresista, con una larga trenza. La joven fue a la caja y le llevó un rublo recién impreso a Makar, que firmó el recibo como si fuera un peón desempleado, y su notita. En la misma, entre otras palabras, habían añadido la frase:
«Camarada Lopatin, ayuda a nuestro miembro del sindicato a colocar su invento de la manga en la línea industrial».
Makar quedó satisfecho y al día siguiente fue a buscar la línea industrial, para ver al camarada Lopatin. Ni el miliciano, ni los transeúntes sabían nada sobre tal línea, por eso Makar decidió buscarla por su cuenta. En la calle colgaban pancartas y letreros escritos en satén rojo con el nombre de la empresa que precisamente buscaba Makar. Las pancartas indicaban con claridad que todo el proletariado debía apoyarse sólidamente en la línea del desarrollo industrial. Makar comprendió que primero debía encontrar al proletariado, por debajo del cual pasaría aquella línea, y junto a la misma
encontraría al camarada Lopatin.
«Camarada miliciano - se dirigió Makar a un policía -, ¿me puedes mostrar el camino que lleva al proletariado?»
El miliciano sacó un libro, encontró allí la dirección del proletariado y se la dio al agradecido Makar. Makar caminaba por Moscú al encuentro del proletariado sin salir de su asombro por toda la fuerza de aquella ciudad, la fuerza que viajaba en los autobuses, en los tranvías y sobre las piernas vivas de la multitud.
«Hace falta mucha comida para alimentar a todo este movimiento», razonaba Makar con su cabeza, que sabia pensar cuando tenía las manos libres.
Acongojado en su preocupación, Makar alcanzó por fin la casa cuya dirección le había dado el miliciano. La casa resultó ser un albergue nocturno en el que la clase pobre reclinaba la cabeza al caer la noche. En los tiempos anteriores a la revolución, la clase pobre reclinaba su cabeza simplemente sobre la tierra, y entonces la mojaba la lluvia, la alumbraba la luna avanzando lentamente entre las estrellas, soplaban los vientos, y ellos permanecían acostados, enfriándose y durmiendo, porque su agotamiento era grande.
Ahora la cabeza de la clase pobre descansaba en almohada, bajo techo, al amparo de un tejado de hierro, y el viento nocturno de la naturaleza ya no agitaba los pelos de su cabeza, que antes debía apoyar sobre la superficie misma de la esfera terrestre.
Makar quedó satisfecho con el poder soviético al ver que había muchas casas nuevas y limpias.
«¡Qué poderío! - valoró Makar -. Ahora sólo hace falta que no se malcríe, porque es nuestro.»
En el albergue nocturno había una oficina, al igual que en todas las viviendas moscovitas, porque sin oficina al momento comenzaría el fin del mundo, mientras que los escribanos le imprimían un movimiento que, aunque lento, era correcto e interminable. Makar sintió también respeto por los escribanos.
«¡Que sigan viviendo! - decidió Makar -. ¡Porque si reciben un sueldo, es que piensan en algo; seguro que se convertirán en gente inteligente, y ésta es precisamente la gente que necesitamos!»
- ¿Qué buscas? - le preguntó el administrador del albergue nocturno.
- Me gustaría ver al proletariado - le informó Makar.
- ¿Qué nivel? - inquirió el administrador.
Makar ni tan siquiera dudó. Sabía de antemano el que necesitaba.
- El de abajo - dijo Makar -. Es más espeso, hay en él más gente, es la masa misma.
- ¡Aja! - entendió el administrador -. Entonces tienes que esperar al anochecer: pernoctarás con quienes más haya esta noche, ya sean los mendigos o los jornaleros.
- Quisiera pasar la noche con los que construyen el socialismo - pidió Makar.
- ¡Aja! - entendió otra vez el administrador -. ¿Quieres ir con los que construyen las nuevas casas?
Makar dudó antes de contestar:
- Pero también se construían casas antes, cuando no existía Lenin. ¿Qué clase de socialismo puede haber en una casa vacía?
Tal respuesta dejó pensativo al administrador. Ni él mismo sabía con exactitud bajo qué aspecto debía aparecer el socialismo y si sería el de una sorprendente alegría o algún otro.
- Tienes razón, también antes se construían casas - admitió el administrador -. Pero en aquella época las habitaban canallas y ahora te estoy entregando un billete para que duermas en una casa nueva.
- Es verdad - se alegró Makar -. Eres el ayudante perfecto para el poder soviético.
Makar tomó el billete y se sentó sobre una loma de ladrillos abandonados.
«Tengo debajo de mí los ladrillos que el proletariado ha hecho sufriendo – razonó Makar -. ¡El poder soviético se empequeñece si no ve sus bienes!»
Makar permaneció sentado sobre los ladrillos hasta el anochecer y vio cómo se apagó el sol, se encendieron las luces en las calles, los gorriones levantaron el vuelo del estiércol y se fueron a dormir.
Finalmente, comenzaron a aparecer los proletarios: algunos con un pan en la mano, otros sin pan, unos enfermos, otros cansados, pero todos agraciados por el trabajo prolongado y con caras bondadosas, iluminadas por esa bondad que surge de la lasitud.
Makar esperó a que el proletariado se acostara en las camas estatales y descansara un poco de la obra del día. Entonces entró valientemente a la sala de dormir, y de pie en el centro de la misma anunció:
- ¡Camaradas trabajadores! Vosotros vivís en la ciudad natal de Moscú, en la fuerza central del estado, pero aquí sólo hay desorden y pérdidas de bienes...
El proletariado se removió en sus camas,
- ¡Mitri! - profirió una voz ahogadamente -. ¡Dale un empujoncito para que sea normal!
Makar no se enfadó, porque allí estaba acostado el proletariado, no una fuerza enemiga.
- Todavía no lo habéis inventado todo - continuó Makar -. Se siguen transportando bidones vacíos en carros valiosos. En este caso sería suficiente una tubería y una bomba de pistón. Lo mismo debe hacerse en la construcción de casas y cobertizos: deben fundirse con una manga, pero vosotros la construís minuciosamente. He inventado esa manga y se la quiero ofrecer gratis con tal de que lleguéis lo antes posible al socialismo y a otras comodidades.
- ¿Qué manga? - preguntó la misma voz ahogada, que pertenecía a un invisible proletario.
- Mi manga - confirmó Makar.
El proletariado guardó silencio al principio y después una voz clara gritó desde un lejano rincón unas palabras que Makar oyó como si fuera el viento:
- La fuerza no tiene valor para nosotros. Podemos levantar casas minuciosamente, pero lo que sí valoramos es el alma. Aquí todos trabajamos en función de cálculos, vivimos con la seguridad del trabajo, construimos con el sindicato, nos entusiasmamos con los clubes, pero no nos prestamos atención. Esto se lo encomendamos a la ley... Pero ¡tú sí que puedes entregar el alma, ya que eres el inventor!
Makar se desanimó al instante. Había inventado diferentes cosas, pero nunca había tratado el alma, y ahora resultaba que esto era lo principal para los de aquí. Makar se acostó en la cama estatal y guardo silencio embargado por las dudas de haber dedicado toda su vida a asuntos no proletarios.
Makar durmió poco porque comenzó a sufrir en el sueño. Y su sufrimiento se transformó en un sueño: vio una montaña elevada y a un científico en su cima. Makar seguía acostado bajo su manta, como un imbécil durmiente, y miraba al científico y esperaba de él alguna palabra o acción. Pero la persona también permanecía callada, sin ver al acongojado Makar. Sólo pensaba en la escala integral, pero no en Makar en particular. El rostro de aquel ser científico estaba iluminado por el resplandor de la lejana vida masiva que se extendía ante él, y sus ojos parecían borrosos y muertos a causa de la altura y porque tenía la mirada puesta en algo tan lejano. El científico guardaba silencio Makar, en su sueño, seguía triste.
«¿Qué debo hacer para ser útil para mí y para los demás?», preguntó Makar y se estremeció del horror.
El ser científico permaneció callado, sin dar respuesta alguna, mientras millones de vidas se reflejaban en sus ojos muertos.
Makar se arrastró hacia la cima por un suelo yermo y pedregoso. Tres veces le asaltó el miedo hacia el ser científico inmóvil y las tres veces la curiosidad espantó al miedo. De haber sido una persona inteligente, Makar no habría escalado aquella altura, pero era alguien retrasado, que sólo poseía unas manos curiosas bajo el mando de una cabeza intangible. Gracias a la fuerza de su estúpida curiosidad, Makar alcanzó al de mayor instrucción y tocó ligeramente su cuerpo inmenso y gordo. Al tocarlo, aquel cuerpo desconocido se movió como si estuviera vivo, pero al momento se derrumbó sobre Makar, porque en realidad estaba muerto.
Makar despertó por aquel golpe y vio encima de sí al guardián del albergue, que tocaba su cabeza con la tetera para despertarlo.
Makar se sentó en la cama y vio a un proletario picado de viruelas que se lavaba la cara en un platillo sin derramar una gota. A Makar le sorprendió aquella manera de lavarse tan limpiamente, con tan sólo un puñado de agua, y preguntó al picado de viruelas:
- Ya se han ido todos al trabajo, ¿por qué sólo quedas tú lavándote la cara?
El picado de viruelas se secó con la almohada y respondió:
- Los proletarios que trabajan son muchos, mientras que los pensadores son pocos. Me he propuesto pensar por todos. ¿No me entiendes o acaso la imbecilidad y la opresión te hacen callar?
- Callo por mis penas y mis dudas - contestó Makar.
- Entonces ven conmigo; pensaremos por todos - consideró el picado de viruelas.
Makar se levantó para seguir al picado de viruelas, que respondía al nombre de Piotr, y salió en busca de su destino.
En su andar, Makar y Piotr encontraban gran variedad de mujeres vestidas con ropas apretadas, lo que indicaba que en realidad desearían estar desnudas. Vieron también a muchos hombres, pero estos cubrían más desahogadamente sus cuerpos. Otros miles de hombres y mujeres que compadecían sus cuerpos viajaban en carros y faetones, en tranvías que se movían lentamente, rechinando bajo el peso vivo de la gente, pero aguantándolo. Los que viajaban en carros y faetones y los transeúntes avanzaban deprisa con una impresión científica en sus rostros, y eran por eso idénticos a aquel ser grande y potente que Makar había visto en sueños. Al ver a aquellos seres científico-alfabetizados, Makar experimentó un horror interno. Miró a Piotr buscando ayuda, para ver si aquél también era sólo un ser científico con la vista puesta en la lejanía.
- ¿Seguro que conoces todas las ciencias y ves hasta bien lejos? - preguntó tímidamente Makar.
Piotr concentró su conciencia:
- ¿Yo? Sólo me estoy hinchando para ser parecido a Ilich-Lenin: miro a lo lejos, a lo cerca, a lo ancho, a lo profundo y a lo alto.
- ¡Ah, es eso! - se tranquilizó Makar -. Porque hace poco vi a un enorme hombre científico que sólo miraba a lo lejos y no veía que a su lado; a dos pasos de él, sufría una persona en particular.
- ¡Claro! - pronunció inteligentemente Piotr -. Porque al estar tan alto le parece que todo queda en la lejanía y que cerca no tiene ni al diablo. Mientras que otro sólo mira a sus pies para no tropezar con los terrones y no matarse, por eso siempre tiene razón. Sin embargo, a las masas les aburre vivir lentamente. ¡Nosotros, hermano, no tememos los terrones!
- ¡Sí, nuestro pueblo ya no anda descalzo! - confirmó Makar.
Pero Piotr, sin desviarse un ápice, siguió adelante con su pensamiento.
- ¿Has visto alguna vez el partido comunista?
- ¡No, camarada Piotr, nadie me lo ha mostrado! En la aldea solo vi al camarada Chumovói.
- Aquí también tenemos muchos camaradas Chumovói. Te hablo del partido puro, que tiene la vista clara y puesta en un punto exacto. Cuando me encuentro en una reunión del partido, siempre me siento como un imbécil.
- ¿Y esto por qué, camarada Piotr? Tu aspecto es casi el de un científico.
- Porque mi inteligencia se está comiendo mi cuerpo. Me gustaría comer manjares, pero el partido me dice: primero construiremos fábricas, porque sin hierro el trigo crece muy mal. ¿Entiendes cuál es el paso más exacto aquí?
- Entiendo - respondió Makar.
Siempre entendía, como si fuera un científico, a quienes construían las máquinas y las fábricas. Desde su nacimiento Makar había visto aldeas de barro y paja, y no confiaba en el destino sin máquinas de fuego.
- ¡Ya ves! - le dijo Piotr -. Y dices que aquel hombre no te gustó. Pero ¡tampoco le gusta al partido, ni a mí; es un producto del imbécil capitalismo y a tales individuos poco a poco los tiraremos cuesta abajo!
- Yo también siento algo, sólo que no sé el qué - expresó Makar.
- Si no sabes, sigue entonces por la vida bajo mi dirección. De lo contrario, seguro que te caerás de esta línea finita.
Makar distrajo su vista mirando al pueblo moscovita y pensó:
«La gente aquí está bien alimentada, tienen la cara limpia, viven en abundancia y seguro que procrean, aunque no se nota la presencia de niños».
Makar informó sobre esto a Piotr.
- Esto no es naturaleza, es cultura - le explicó Piotr -. La gente vive en familias sin procrear, comen sin producir trabajo...
- ¿Y cómo? - se sorprendió Makar.
- Muy fácil - le informó el sabelotodo de Piotr -. Uno escribe una sola idea en un papelito, y a él y a su familia los alimentan durante año y medio... Mientras que quien no escribe nada vive simplemente en calidad de escarmiento general.
Hasta el anochecer pasearon Makar y Piotr: vieron el río Moscú, las calles, las tiendas de artículos de punto, y al fin les entró hambre.
- Vamos a almorzar a la milicia - dijo Piotr.
Makar estuvo de acuerdo; pensó que en la milicia alimentarían a la gente.
- Yo hablaré. Tú quédate callado, sufriendo parcialmente - le dijo Piotr.
En la estación de la milicia mantenían presos a saqueadores, a personas sin hogar, a personas-animales y a desdichados sin nombre. Frente a todos ellos velaba el celador de guardia, que iba recibiendo a la gente según la cola. A unos los enviaba a la cárcel, a otros al hospital, mientras que a los restantes los expulsaba.
Cuando llegó el turno de Makar y Piotr, este último dijo:
- Camarada jefe, lo he encontrado en la calle y lo he traído aquí porque está loco.
- ¿Qué clase de loco es? - preguntó el guardia de la estación miliciana -. ¿Alteraba el orden público?
- En absoluto - le contestó Piotr -. Sólo anda por ahí preocupado. Pero si de pronto se le ocurre matar a alguien, entonces habrá que mandarlo a juicio. Y para luchar contra la delincuencia lo mejor es la prevención. De modo que estoy previniendo el delito.
- ¡Correcto! - asintió el celador -. Lo enviaré al instituto de los psicópatas para que le hagan una revisión general...
El miliciano escribió algo en un papel y se entristeció:
- No tengo a nadie que pueda acompañaros, todos han salido...
- Si quieres, yo lo llevo - dijo Piotr -. Él está loco, pero yo soy una persona normal.
- ¡Perfecto! - se alegró el miliciano, y entregó la notita a Piotr.
Una hora después Piotr y Makar llegaron al instituto de los enfermos mentales. Piotr dijo que la milicia le había encargado cuidar de este loco peligroso y que no podía dejarlo ni por un minuto, pero que el loco no había comido nada y no tardaría en escandalizar.
- Id a la cocina. Allí os darán de comer - les indicó una enfermera bondadosa.
- Él come mucho - se negó Piotr -. Le hace falta una olla de sopa y dos ollas de papilla. Y es mejor que se la traigan, no vaya ser que le dé por escupir en la cazuela común.
La enfermera dio la orden oficial. A Makar le trajeron una ración triple de una rica comida y Piotr se hartó al igual que Makar.
Pronto el doctor recibió a Makar y empezó a preguntarle sobre ideas de tanto contenido que Makar, por la ignorancia de su vida, respondía como si fuera un loco. El doctor reconoció a Makar y llegó a la conclusión de que en su corazón bullía mucha sangre sobrante.
«Hay que dejarlo en observación», concluyó el doctor.
Makar y Piotr se quedaron a dormir en el hospital psiquiátrico. Por la noche fueron a la sala de lectura y Piotr comenzó a leer a Makar en voz alta los libros de Lenin.
«Nuestras organizaciones son detestables - Piotr leía a Lenin y Makar escuchaba sorprendiéndose de cuan exacta era la inteligencia de Lenin -. Nuestras leyes son detestables. Sabemos mandar y no sabemos ejecutar. En nuestras organizaciones trabaja gente ajena y algunos de nuestros camaradas, al convertirse en altos funcionarios, trabajan como imbéciles...»
Los demás enfermos psíquicos también se pusieron a escuchar con atención a Lenin, porque ignoraban que estuviera enterado de todo.
«¡Correcto!», hacían coro los enfermos mentales, trabajadores y campesinos.
«En nuestras organizaciones tienen que haber mas trabajadores y más campesinos - seguía leyendo Piotr con su rostro picado de viruelas -. El socialismo debe construirse con las manos de personas salidas de las masas, y no con papelitos burocráticos de nuestras organizaciones. No pierdo la esperanza de que algún día nos ahorquen merecidamente por esto...»
«¿Has visto? - le dijo Piotr a Makar -. Hasta a Lenin lo torturan las organizaciones, y mientras nosotros estamos aquí acostados. Aquí está toda la revolución descrita a lo vivo... Me llevaré este libro de aquí, porque esto no es más que una organización. Mañana iremos a cualquier oficina y diremos que somos trabajadores y campesinos. Nos sentaremos en esa organización y pensaremos para el Estado.»
Terminada la lectura, Piotr y Makar se acostaron a descansar de las preocupaciones diarias en la casa de los dementes. No sólo al día siguiente ambos tenían que luchar por la causa común de Lenin y de los pobres. Piotr sabía adonde ir, al Comité Regional, donde veían con buenos ojos a los que iban con quejas, abrumados.
Al abrir la primera puerta en el pasillo del Comité Regional, notaron la ausencia de gente. En la segunda puerta encontraron una pancarta con estas breves palabras: «¿Quién le gana a quién?», y Piotr y Makar entraron. En la sala no había nadie, a excepción del camarada Lev Chumovói, que estaba allí sentado administrando algo, habiendo abandonado su aldea a la suerte de los pobres.
Makar no se asustó al ver a Chumovói. Le dijo a Piotr:
- Si en la puerta dice «¿Quién le gana a quién?», acabemos de una vez con él...
- No - se negó Piotr, por ser más experimentado -, tenemos un Estado, no cualquier cosa. Pasemos al segundo piso.
Arriba los recibieron bien, porque allí echaban de menos a la gente y la inteligencia real de la clase baja.
- Nosotros somos miembros de clase - dijo Piotr al jefe superior -. Hemos recopilado la inteligencia, así que entréganos el poder sobre los escribanos viles y deprimentes...
- Tomadlo. Es vuestro - les dijo el jefe mayor, y les entregó el poder en sus manos.
A partir de entonces Makar y Piotr se sentaron frente a Lev Chumovói. Empezaron a hablar con la gente pobre que los visitaba y a resolver todos sus asuntos mentalmente basándose en la compasión a los necesitados. Pronto la gente dejó de visitar la oficina de Makar y Piotr, porque éstos pensaban de manera tan simple que los mismos pobres podían pensar y resolver al igual que ellos, y los trabajadores prefirieron pensar por sí solos en sus casas.
Lev Chumovói se quedó solo en la oficina, porque nadie le ordenó por escrito que se retirara de allí. Por lo tanto, permaneció en ella hasta que se creó una comisión para la liquidación del Estado. En ella el camarada Chumovói trabajó cuarenta y cuatro años y murió entre el olvido y otros asuntos de la oficina adonde lo había llevado su inteligencia organizativa y estatal.
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“El patriotismo es el último refugio de los canallas.”
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
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No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
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