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Liliana Blum - "Una Lady Macbeth cualquiera"

Posted by La mujer Quijote in ,




Este cuento pertenece al volumen "Un descuido cósmico" de 2023.




Un cadáver. Las perras de Marcela encontraron un cadáver. Se entiende que humano, de lo contrario no sería novedad. Fue por el olor; no había duda. No era extraño que con frecuencia dieran con los restos escondidos de una ardilla o zarigüeya, incluso de un coyote, y se deleitaran en masticar los huesos secos o los pellejos todavía con pelo. Los impulsos católicos, oxidados pero vivos, hicieron que Marcela se persignara sin pensarlo. Miró alrededor, asustada. Luego se calmó: «qué tonta eres, como si el asesino pudiera estar cerca todavía». Como si el estado de descomposición no estuviera tan avanzado. ¿Qué iba a hacer quien lo mató? ¿Meterse en una tienda de campaña al calor de una fogata y esperar durante días para ver quién se topaba con el muerto primero? «Boba», pensó, «no eres más que una boba irredenta».
Caminó de regreso, preguntándose si alguna vez olvidaría aquel hallazgo. Parecía descabellado, ¿quién olvida un cadáver?, pero tampoco se sorprendería si así sucediera. De hecho, lo más alarmante y deprimente de estos últimos años de su vida había sido descubrir su capacidad para olvidar. No recordar cada instante de su matrimonio era algo que agradecía. Quizás el día de la boda era lo único que valía la pena guardar en la memoria: el vestido español y magnífico; las flores perfectas; el cuarteto de cuerdas en la iglesia; la ilusión de toda una vida; las miradas de envidia de las amigas, las reales y las encubiertas. Si supieran. Si pudieran verla ahora.
A Marcela lo que le angustiaba era perder esos pequeños eventos que le daban sentido a su vida: los buenos libros, los momentos de la niñez en los que la felicidad era tangible en algo tan simple como un perro de peluche o mirar el rostro de mamá diciéndole con los labios «te quiero» mientras guisaba en la estufa su comida favorita. Si perdía todo eso, ¿qué le quedaría? Ni siquiera un hogar donde pudiera almacenar recuerdos en forma de tiliches. La casa que construyeron juntos tras casarse por el civil le pertenecía al exmarido y terminó siéndolo en la práctica gracias al abogado de colmillos de jabalí que él había contratado. A ella no le quedó más que moverse de casa en casa, como un cangrejo ermitaño que habita las conchas vacías de otras criaturas del mar. Se sentía perpetuamente descolocada al no tener un lugar propio. A sus cuarenta y pico, con la menopausia y la soledad acechando en cada esquina, había encontrado refugio en esos largos paseos por la sierra con sus perros.
No es que haya sido una decisión hecha en completa libertad, pero al final las cosas se habían reacomodado para bien. Marcela tenía un vecino, perpetuamente iracundo, que odiaba a los perros, no sólo a los de ella, sino a cualquier can, fuese de casa o callejero, estuviera cerca o lejos, fuera ladrador o callado: el hombre detestaba la existencia misma de los Canis familiaris. El tipo, un cabeza de huevo, panzón y con piernas de palito, no tenía empacho en anunciar a los cuatro vientos que iba a liquidar a cualquier perro que se encontrara en su camino. Lo normal hubiera sido tirar de loco a alguien así, pero el día en que decenas de perros aparecieron envenenados en las calles aledañas a las suyas, tanto perros callejeros como los que vivían dentro de las cocheras, Marcela mantuvo a María de las Habichuelas y Fauda Bureka, sus dos sabuesos, bien guardados dentro de la casa, por temor a que el asesino les lanzara algún alimento envenenado. Aterrada ante la posibilidad de perderlos, había desistido de pasear a sus perras con correa por las calles de su colonia, y había comenzado a llevarlas en el carro más lejos, primero a una parte, luego a otra, hasta que descubrió la cercanía y las bondades de la sierra.
Ahora bastaba con subir a los animales al vehículo para, en diez minutos, encontrarse sobre la carretera. Luego de un rato, con la estación de radio sintonizada en Oldies but Goodies y vericueteando detrás de tráileres cargados de troncos gigantes, llegaba a este paraje entre pueblos, lejos de los puestos de gorditas, mezcal, sombreros y artesanías de alacrán. En un golpe de suerte, Marcela había encontrado una brecha que la conducía a un lugar sacado de los cuentos de hadas. El olor de los pinos, agujas, piñas secas en el suelo, la frescura del aire, la ilusión de estar lejos de todo, a pesar de que a unos doscientos metros corriera la carretera con su tráfico mortal, le parecía la perfección.
Pero, ahora, alguien le había arruinado su paraíso personal. Tuvo ganas de olvidar el cadáver: sin ser ninguna experta forense, le quedaba claro que aquel desdichado ser no había tenido una muerte natural ni pacífica. Una visión así tiende a quedarse en uno incluso más que los detalles de una buena novela, por excelente que sea. Marcela no logró impedir que María de las Habichuelas se embarrara el lomo con el cuerpo putrefacto, pero al menos Fauda Bureka sí se salvaría de un baño porque pudo jalarla a tiempo. Nerviosa, como si ella hubiera tenido algo que ver con aquel asesinato, se apresuró para subir a las perras al carro y manejó hasta la casa, intentando no pensar ni vomitar con aquel hedor que, estaba segura, quedaría adherido a los asientos.
¿Qué se hacía en esos casos?, se preguntó más tarde, ya bañada y con una taza de té de jengibre en la mano. ¿No era ella la que decía que el mundo está como está por la pasividad y la indiferencia de la sociedad? Marcela había visto a un hombre muerto a quien alguna familia echaría de menos y habría de vivir por siempre con la incertidumbre en cuanto a lo que le pasó. Peor aún, la muerte no parecía natural. Entonces se trataba de un caso de homicidio que podría quedar impune si Marcela decidía seguir con su vida como si no hubiera visto nada. En este país rara vez se impartía la justicia y eso no estaba en sus manos. En cambio, avisar sobre el cadáver… A medianoche, con el insomnio y la gastritis desatados, marcó el número de emergencias y contó lo que había visto aquella mañana.
Al día siguiente, Marcela intentó tomar una ruta distinta para el paseo perruno, pero al final no pudo resistirse y caminó hasta el lugar. No es que fuera tan buena para orientarse, pero las perras la guiaron sin problema. Para su sorpresa, sólo quedaba el hedor, una mancha oscura sobre la hojarasca y un líquido pútrido que se quedó a dar fe de algo que ya no existía. ¿Dónde estaba el cuerpo? Tomó un palito y removió la viscosidad en el suelo. Reflexionó con tristeza: un día hay algo, los residuos de un acto de violencia, que pudiera ser en defensa propia o por pura maldad y, en veinticuatro horas, desaparecer. Así como así, la historia más cruenta borrada en un instante. Marcela subió a los animales al carro y manejó con una desazón distinta a la del día anterior. De vuelta en la ciudad y antes de volver a casa, se detuvo en un quiosco cerca de la catedral para comprar los periódicos locales en busca de alguna mención. Luego, en la barra de la cocina y frente a una taza de café, la encontró en un diario de formato pequeño y amplio amarillismo: «Señora con sabuesos encuentra muerto mutilado en la sierra; probable ajuste de cuentas entre narcomenudistas». En muchas palabras, la nota explicaba que la policía no tenía idea de lo sucedido y mucho menos alguna pista para dar con el responsable. Trató de no ofenderse por el apelativo de señora, que, aunque debería considerarse de respeto, sonaba más bien a evidencia de su inminente vejez.

*

No es que Marcela hubiera olvidado lo que vio; jamás lo haría. Sólo no esperaba encontrar otro. ¿Cuáles eran las probabilidades de algo así? Con seguridad algún experto de un instituto especializado en Estados Unidos tenía las estadísticas indicadas para responder a su pregunta, pero no cabía duda de que serían muy bajas. Contra todo pronóstico, exactamente un mes después del primer hallazgo, Marcela se topó con un segundo cadáver. Estaba en el mismo sitio, con heridas similares al otro, incluso en una posición parecida, como si alguien los hubiera puesto a dormir bocarriba con delicadeza. La gran diferencia era que el primero había sido un tipo con amplio sobrepeso, y éste, el cuerpo de una mujer joven que lucía un poco más fresco que el otro.
Esta vez ya no se persignó, pero sí inspeccionó los alrededores. «Tonta», pensó más tarde en casa: «¿qué hubieras hecho si te lo encontrabas?». Porque no le quedaba duda de que se trataba de un hombre, y que era el mismo en ambos asesinatos. Son los hombres los que matan, los que violan, los que torturan. Casi siempre. La gran mayoría de las veces. Son los hombres a quienes hay que tenerles miedo. En ese instante, sin embargo, Marcela no tuvo miedo de encontrarse con el asesino, sino de que alguien la confundiera con éste. En ese punto de su vida, lo último que necesitaba era una acusación falsa sobre algo tan serio como dos homicidios.
Decidió entonces regresar, aunque faltaban aún veinte minutos para completar la hora del paseo habitual. Iban rumbo al carro cuando María de las Habichuelas y Fauda Bureka se detuvieron a oler con compulsión un árbol. Ella reparó en aquel tronco pelado; no era un árbol viejo que se estaba descascarando por efecto del clima y del tiempo, sino un árbol pelado por la voluntad y precisión de una navaja. «Voluntad de estilo», solía decir su maestra de literatura sobre los autores. Y allí, grabado en la carne tierna del pobre pino, había dos rayas verticales y paralelas. Sólo dos rayas. Claro, cualquiera las podría haber hecho, aunque había dos personas muertas… Sí, aquello debía ser una mera coincidencia. ¿Por qué si sólo era eso, Marcela sintió un escalofrío que le recorrió la espalda? Por un segundo se sintió observada y, aunque estaba lejos de considerarse en forma, podría jurar que regresó corriendo hasta su carro en un tiempo digno de las olimpiadas.
Por supuesto que no llamó a la policía para avisar del segundo cadáver. Tonta no era. O no tanto. Una cosa era reportar un cuerpo que apareció mientras caminaba inocentemente con sus perras y algo muy distinto era encontrarse uno más, así como así. Ni el más estúpido de los asesinos seriales cometería ese error. No era normal que justo aquello le hubiera sucedido a Marcela, claro que no. Pero los demás no lo verían de otra manera. Por eso en los días que siguieron tomó rutas distintas al inicio de la caminata, pero al regreso no podía resistirse a la idea de pasar por lo que terminó llamando «el lugar», así en comillas en su propia mente… Lo hizo tantas veces que estaba segura de que podría llegar allí con los ojos cerrados o durante la noche. Los senderos en la tierra estaban bien trazados por otros pies que durante años habían pasado por ese tramo. De ahí que no le extrañó que alguien más terminara reportando a la mujer muerta y que la noticia del hallazgo saliera en el periódico local al día siguiente.
Quizá porque era una mujer fue la gran noticia en la ciudad: «Encuentran el cuerpo torturado de una damisela en el mismo lugar de otro asesinato. Se desconoce si hay relación». Un par de días después, una pequeña nota informaba que los estudios forenses apuntaban a que ambos cadáveres tenían una diferencia exacta de un mes, a juzgar por el grado de descomposición. Marcela tenía el periódico abierto sobre la mesa de la cocina y tras leer lo último, levantó la mirada hacia el calendario de la pared, que mostraba la foto de unas ovejas tupidas de lana en una campiña de Nueva Zelanda. Se mordió los labios: si ella había encontrado el cadáver fresco de la mujer el 30 de mayo y junio estaba a punto de terminar. ¿Sería posible…?

*

El número tres estaba a cuatro kilómetros de los otros dos, por una de las rutas que Marcela usaba justo para evitar pasar por allí. En esta ocasión se trataba de un hombre joven sin camisa; su piel era un catálogo viviente, bueno, más bien un catálogo muerto, de todos los errores que se pueden cometer con tinta, dinero y poco juicio. No parecía podrido por completo, pero ya empezaba a oler. Miró a su alrededor, como ya se le había hecho costumbre. Por suerte, esta vez también estaba sola. Se acuclilló ante el hombre muerto, sus dos rodillas tronando penosamente. Las perras ya lo estaban olisqueando: ella extendió la mano para tocarlo. Se sentía apenas frío, como lo estaría una lata de aluminio bajo la sombra. La disonancia cognitiva que resultó al posar sus dedos sobre algo que lucía como un brazo humano, con piel, pero sin el río tibio de vida que fluye por debajo, le resultó perturbadora.
Marcela se puso de pie: ahora tendría que revisar el tronco del árbol. Tardó poco más de una hora, pero lo encontró al fin. Le llamó la atención un círculo de piedras en el suelo con los residuos de una fogata, un par de botellas de vidrio ambarino y unos huesos que María de las Habichuelas y Fauda Bureka se apresuraron a roer. Pensó en el asesino. Sí, tenía que ser un hombre. Lo imaginó con el cuerpo cansado, los músculos satisfechos de trabajar, porque matar a alguien sin duda era algo que suponía un duro esfuerzo. Lo pudo visualizar asando carne sobre el fuego, bebiéndose dos cervezas y, finalmente, levantándose para marcar el tronco con una línea más. Porque sí, ahora había tres líneas. Y Marcela no necesitaba ser detective forense de una teleserie norteamericana para adivinar que en un mes habría otro cadáver y su respectiva muesca en el árbol.
Se sentó arriba de una de las piedras y se mordió las uñas, como cuando pensaba con intensidad o estaba ansiosa. Las tres personas asesinadas no se apegaban a un perfil definido de víctima: distintos sexos, edades diferentes. Sólo coincidían en el sitio donde sus cuerpos fueron desechados. Marcela regresó al carro con sus sabuesos. Sacó una libreta y un bolígrafo de la guantera, y escribió:
No sé cómo los elijas; quizá se lo buscaron. Yo creo que hay gente que no merece vivir. Sé que esto debe sonar a que soy un monstruo, pero así es. Tengo un vecino, por ejemplo, que ha envenenado a muchos perros callejeros y también a los perros de otros vecinos sólo porque sí, porque odia los ladridos y las cacas en la calle. Como si la calle no estuviera llena de basura que tiran los humanos también; o como si no fuera la culpa de los dueños; o como si los pobres callejeros pudieran recoger su propia mierda. Estoy segura de que fue él.
Varias veces nos había amenazado con matar a nuestras mascotas, y un día lo cumplió. No te lo podrías imaginar: decenas de perros agonizando en el suelo, el hocico espumeante de dolor y gemidos. Lo denuncié, pero en el Ministerio Público se rieron de mí y no hicieron nada, como pasa siempre en este país, ya lo sé. El mataperros se llama Marco del Huerto y ésta es su dirección…

Marcela pensó en firmar con sus iniciales, pero decidió que era una mala idea. Sólo puso una M cursiva en la parte inferior. Volvió al tronco y atoró la nota en la corteza. Se aseguró de que no fuera a caerse, y luego se alejó con la misma emoción con la que de niña tocaba los timbres de las casas y se echaba a correr con su mejor amiga, muriéndose de la risa.
Fue difícil pasar el resto del mes: todos los días en el paseo perruno peinaba la zona de los tres cadáveres, sin encontrar nada fuera de lugar. «Era normal», pensó, «el asesino llevaba un calendario riguroso y, por alguna razón, una corazonada, tal vez». Marcela estaba segura de que no mataría antes de tiempo. Y así, los días se arrastraban con lentitud. Durante esas semanas, vio muchas películas, leyó varios libros, practicó yoga y se vio con varias amigas para tomar café. Hiciera lo que hiciera los días transcurrían con la parsimonia de una oruga, pero como decía su abuelo José, a cada toro le llega su san Fermín y el día llegó por fin vestido de un sábado lleno de sol.
Contra todas sus expectativas, esa mañana no encontró ningún cadáver durante el paseo. El alma se le fue a los pies. Marcela se preguntó en qué se había convertido. ¿Qué persona normal espera con ansias un asesinato? Era un juego, se consoló. No había prueba real de que las marcas en el árbol hubieran sido hechas por el mismo asesino. Bien podría tratarse de un puberto idiota que estuviera contando el número de chicas que se había llevado a la cama. Es más, ni siquiera podía saberse si los tres homicidios eran obra del mismo hombre, o de varios. Sucedía además que la sierra era un lugar conveniente para disponer de un cuerpo, en particular para los miembros del crimen organizado. Y en el hipotético caso de que efectivamente existiera un asesino serial que llevara sus cuentas en un tronco, no había garantía de que leyera la nota, o de que fuera a hacerle caso a la sugerencia de Marcela. Volvió a casa, se bañó y, aunque era temprano, se bebió una botella entera de vino tinto frente a la televisión hasta que se quedó dormida.

*

El cuarto cadáver apareció en la zona desértica del estado, muy lejos de la sierra y de los territorios muy familiares ahora para Marcela. Vio la noticia en la portada del periódico amarillista: «Encuentran al excéntrico poeta Marco Antonio del Huerto a la entrada del albergue para perros Huellitas de Amor. Su cuerpo mostraba signos de tortura». La distancia geográfica del nuevo hallazgo con respecto a los demás hizo que la policía estuviera segura de que no había relación alguna entre los cuatro asesinatos. Pero cuando Marcela acudió al día siguiente al árbol de las marcas, no sólo se encontró con cuatro líneas verticales, sino con una nota escrita en perfecta caligrafía:
Hecho está. ¿Alguna otra complacencia?
Escondió la nota en el espacio entre sus pechos, como las señoras que se guardan el monedero en el sostén, y se alejó del árbol lo más que pudo. Terminó el paseo sin saber de dónde sacó las fuerzas, y cuando tomó el volante y encendió el carro, notó que sus manos le temblaban. No sabía si era por el miedo o por la emoción. Ya de vuelta en su casa, volvió a leer la notita y la puso entre las páginas de The Tommyknockers, un libro de bolsillo en pésimas condiciones que compró de segunda o quinta mano en un bazar. Pasó el resto de la tarde considerando poner otro papelito en el árbol. Se acordó del Camarón, el maestro de deportes en la secundaria. Le decían así por el color de su piel: un hombre blanco que pasaba gran parte de su vida bajo el sol y tan macho que pensaba que el protector solar o las gorras eran para los débiles.
Marcela se recostó sobre el sofá frente a la televisión y cerró los ojos. Hacía tanto de aquellos años de la secundaria: con la falda del uniforme arremangada en la cintura y las calcetas enrolladas en los tobillos, como si los muslos y las pantorrillas le fueran a cambiar la vida. Y muchas veces así era, un cambio, sí, muy radical, pero no el que una se imagina a los catorce o a los quince. «Qué cruel que la gente se refiera a esta etapa como la edad de las ilusiones», pensó reacomodándose porque le dolía la espalda. Qué ciego y qué poderoso era el impulso de las hormonas. Cada año había al menos un embarazo entre sus compañeras, y la chica en cuestión dejaba de asistir a clases una vez que se hacía evidente su estado.
Aunque ellas en sus fantasías quisieran atraer a un chico guapo como los de las boy bands, las piernas de las niñas entrando a la pubertad funcionan como la sangre en el agua con los tiburones alrededor y, en aquel colegio de monjas para niñas de clase media baja, el Camarón era el escualo alfa sólo por ser el único hombre en el colegio, a menos que uno contara al intendente, un viejo taciturno que era casi como un fantasma. Durante los recreos, el Camarón cuidaba a las niñas y a las adolescentes mientras jugaban; su cara adoptaba un gesto que Marcela no entendía entonces, pero que más tarde asociaría con la lascivia de los pedófilos, el raboverdismo de los machos de la especie humana. En clase de deportes parecía obligatorio que él les rozara las nalgas o los pechos incipientes por error o, bien, que las tocara de manera abierta tratando de demostrar una posición de vóleibol o atletismo. ¿Y cómo sabía una niña que aquello no era normal, que no lo hacían todos los maestros de deporte tratando de mostrarles a sus alumnos cómo se hacían las cosas? «Los finales de los ochenta, qué tiempos», pensó y recordó cómo las alumnas más grandes sabían que por temporadas el Camarón tenía la costumbre de adoptar a una estudiante favorita a la que invitaba a su cubículo para que le ayudara a ordenar sus cosas. El cubículo: el nombre dignificado de un almacén diminuto en donde se guardaba la red para el vóleibol, conos anaranjados para la clase de atletismo, los balones para todas las disciplinas y donde el maestro de deportes tenía un escritorio, una silla vieja y los desechos de las oficinas administrativas.
Marcela había sido una de esas favoritas. Evocó al Camarón acercándose a ella, el miembro turgente y más que visible debajo de los pants, como un parásito de película de terror. Se estremeció al recordar y se levantó para caminar por la casa, como si cada paso pudiese exorcizar el asco y el terror de esas imágenes. Jamás se le ocurrió contarles lo que pasaba a su madre o a las monjas. Sentía culpa, vergüenza y le aterraba la posibilidad de que nadie le creyera. A pesar de que se trataba de un secreto a voces entre las estudiantes, todas lo tomaban con la resignación de las vacas que cruzan un río infestado de pirañas a sabiendas de que alguna será sacrificada para que el resto del rebaño pueda pasar.
Después de un rato, se decidió a escribir la nota con el nombre completo de aquel maestro de deportes, aclarando que no sabía si aún seguía vivo. Decía que la historia era muy larga para resumirla en una pequeña hoja de papel, que más bien era tema para una larga conversación de café, pero bastaba con saber que al tipo le gustaba tocar a las niñas. Al día siguiente llevó una engrapadora al paseo perruno y pegó la nota en el árbol. Besó las yemas de sus dos dedos y luego los posó sobre el papel, como un judío con la mezuzá. Terminó la caminata con ligereza en los pies y anticipación en el alma.
El resto del mes se le antojó eterno. ¿Cómo harían para no desesperar aquellas mujeres en tiempos de guerra, que mandaban cartas de un continente a otro y debían esperar pacientes por una respuesta que podía tomar semanas? Marcela se dedicó a hacer ejercicio, a pasear a las perras y a revisar todos los diarios de punta a punta, aunque estaba segura de que los muertos del Hombre del Árbol eran tan especiales que ella podría distinguirlos del resto de los decesos reportados en las noticias. Tenía la certeza de que no aparecería un nuevo cadáver hasta que transcurriera el mes; mientras tanto, tuvo que ver apuñalados en crímenes de pasión, muertos en accidentes automovilísticos, ataques cardíacos fulminantes a mitad de la calle, suicidios diversos y niños ahogados por meterse a nadar a la presa.
El mismo día en que se cumpliría el mes, un par de monjas jóvenes que salieron a barrer las banquetas del colegio a las seis de la mañana se encontraron con el cuerpo bastante maltratado de un hombre que había trabajado como maestro de deportes allí mismo unos treinta años atrás. Desde luego no podían saber aquello cuando lo vieron y se alejaron gritando con las escobas en alto. Lo que vieron fue el cuerpo sin vida de un viejo de piel rojiza y arrugada, con la cartera intacta, con dinero y credencial para votar, de modo que la policía no tuvo problemas para identificarlo. La nota en el periódico provocó que Marcela soltara la taza del café e hiciera un desastre en la cocina. Las perras se escondieron debajo de la cama. Una parte de ella esperaba que esto fuera a pasar, pero otra lo dudaba, e incluso tenía miedo de que en verdad sucediera. Aquello se sentía como hacerte amiga de un genio que cumplía deseos. Bueno, no todos, sólo los de venganza y muerte.
Ese hombre que la hacía de genio era un asesino y de manera indirecta ella se había convertido en una asesina también. No, en algo peor; ahora era como esos políticos que mandan a los soldados —no olvidemos que los soldados siempre son los hijos de alguien— a morir en el frente o, bien, a llevar la muerte de otros sobre sus conciencias. Sísifos para la eternidad, quedar mutilados o traumatizados hasta el último de sus días, si es que llegaban a salir vivos del combate, mientras ellos, los políticos y sus familias, permanecían seguros y ajenos a la masacre que sus ideologías y ambiciones provocaban. Así Marcela, deseándole la muerte a alguien, pero sin ensuciarse las manos. Una Lady Macbeth cualquiera.
Tuvo entonces el impulso infantil —y severamente católico— de correr a confesarlo todo a un sacerdote y no volver a pasear a sus perras nunca más por la sierra. Pero, al final, le ganó la curiosidad gatuna de consultar el tronco y la madera no la desilusionó: ahora mostraba una quinta raya atravesando las otras cuatro de forma diagonal. Había una nota pegada con una tachuela: «Servida, señorita. El Camarón tenía muchas fotos en su casa. Fue en verdad satisfactorio arrancar esa maleza. Nunca es demasiado tarde. ¿Algún otro pedido?».
Una idea fulgurosa atravesó el cerebro de Marcela: no había nadie que se mereciera más la muerte que el sátrapa que gobernaba el país desde un palacio virreinal. Tantas muertes, tantos asesinatos, tanto sufrimiento humano evitable, tanta pobreza por su causa. El cinismo de su sonrisa burlona, esa voz que le causaba náuseas y un malestar físico general. Todas las mentiras, acusaciones infundadas contra sus enemigos políticos; la forma en la que usaba el poder completo del Estado en contra de sus críticos; la militarización; su franca colusión con el crimen organizado y la devastación de la economía e instituciones democráticas. ¿Sería mucho pedir para ese buen samaritano que arrancaba las malezas humanas? Esta petición ya era palabras mayores. El objetivo no era una simple plaga de jardín: era un trífido rabioso de poder y maldad.
Marcela sacó su bloc de notas, mordió la punta del bolígrafo, y ensayó en su mente la mejor redacción para su propuesta. Sería la última. Si la cumplía, el mundo sería un mejor lugar para varios millones de personas. Con letra perfecta escribió el nombre del dictador y agregó al final: «Después de esto, te invito a un café, te invito al cine, te invito a mi casa, te invito a donde tú quieras».
Al colocar el papel sobre la corteza y sujetarlo con una tachuela, notó que estaba naciendo una ramita tierna y verde, en el mismo sitio en donde acostumbraban a dejarse los mensajes. Marcela respiró el aire de los pinos y se sintió rejuvenecida, audaz. Quizá no estaría tan mal si olvidaba una parte de su pasado: aún había tiempo de forjar nuevos recuerdos.

Liliana Blum - "Desnuda como un sándwich de carne"

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Este cuento pertenece al volumen "Tristeza de los cítricos" de 2019. Como en toda la obra de Liliana Blum, que nadie espere una situación cómoda y una historia de final feliz.

 

The world is full of women
who’d tell me I should be ashamed of myself
if they had the chance. Quit dancing. 
Get some self-respect and a day job.
Right. And minimum wage,
and varicose veins, just standing 
in one place for eight hours 
behind a glass counter
bundled up to the neck, instead of
naked as a meat sandwich. 
Margaret Atwood, «Helen of Troy Does Countertop Dancing»

No andes sola en la calle de noche —dijo mi madre al verme prepararme para salir de casa. Eran casi las diez. Yo le di un beso volado sobre la mejilla y esperé a que dibujara una bendición sobre mi frente. Siempre lo hace como si espantara algún bicho imaginario. Yo no creo en Dios, pero al igual que ella, no me puedo resistir a las rutinas. Ella sabía que iba a ver a «mi amante», como lo llama, y que además iría a pie porque me gusta caminar de noche—. Ay mija, no deberías… —comenzó sin terminar la frase. A veces creo que se ha rendido en cuanto a mí, pero se aferra a las formas, solo para poder evadir la culpa cuando las consecuencias de mis actos lleguen al fin. Entonces tendrá la satisfacción de decirme: Yo te lo dije, Paola.

En realidad, mi madre dice más cuando parece que va a decir algo, pero calla. Se restregó las manos justo como hacen las mujeres sufridas de las telenovelas que tanto la entretienen.

Es que es peligroso —siguió.

Todo es peligroso, mamá —dije acomodándome el cabello frente al espejo de la entrada. Mi madre me dedicó una mirada que reconocía su derrota en aquella batalla. Ella y yo nos comunicamos siguiendo un guion hecho de lugares comunes y de silencios pactados.

No la culpo: es solo una madre. Desde el principio de los tiempos, las madres siempre han dicho a sus hijas que la noche es peligrosa: lobos feroces que se disfrazan, ladrones de bolsas, asesinos misóginos. Los cuentos de hadas, la nota roja y las leyendas urbanas son nuestro imaginario colectivo. Pero de un tiempo acá lo que le preocupa a mi madre es diferente. Los levantones de personas que aparecen más tarde decapitadas o desmenuzadas en alguna carretera. Los tiroteos con metralletas de balas tan grandes que destapan cráneos, los colgados, las balas perdidas que encuentran sin querer algún transeúnte.

No quise prolongar su angustia. Cerré la puerta y supe sin ver que estaba en la ventana, su rostro angustiado que poco a poco iba curtiéndose con las huellas de los gestos que más le gustaba practicar. Estaba detrás de la cortina, despidiéndome hasta donde sus ojos pudieran alcanzarme, como si su verme por unos segundos más fuera un amuleto de protección. O quizás creía que me vería por última vez. Hay días que amanece más pesimista que otros. Deseé de todo corazón que volviera a la cocina, se preparara algo de beber, un té, una copa de vino, lo que fuera, y se perdiera en el mundo de la telenovela nocturna, para que dejara de pensar en mí.

Comencé a caminar sobre la banqueta, esquivando los autos que los vecinos estacionan arriba. Era una noche como cualquier otra en la ciudad. Por la avenida circulaban solo algunos vehículos y uno que otro camión del transporte público. Escuché en la lejanía las sirenas de las ambulancias y patrullas, aullando. Lejos, el ruido de disparos, solo por unos segundos, que me recordaron a una bolsa de palomitas explotando en el horno de microondas. No me inmuté: todo aquello se escuchaba a lo lejos. No tardaría en llegar el ejército y todo quedaría en calma por un tiempo. Yo, al igual que muchos otros en la ciudad, me manejaba por aquella lógica del rayo que no vuelve a caer dos veces en el mismo sitio. De acuerdo con eso, no había momento más seguro en la ciudad que al terminar una balacera. Pensé que tal vez Pablo me llevaría al cine si yo insistía lo suficiente. No era tan tarde: todavía era posible que alcanzáramos la última función.

Al avanzar, los olores de la calle iban mutando: orines al pasar junto a ciertas paredes, comida frita que salía de alguna casa. Lo único constante era el hedor de mangos pudriéndose que se levantaba de las banquetas. Una nube de mosquitas fruteras se dispersó para evitar mis pasos. Era una noche bochornosa como casi todas las noches en este puerto. Levanté los hombros y aspiré. Le llamé a Pablo para decirle que iba camino al departamento, que si podía escaparse un rato. Él vive con su esposa en una casa muy grande y bonita en una colonia «bien». Así lo diría mi madre si lo supiera. Tampoco es que el departamento sea una «casa chica» a donde lleva «cierto tipo de mujeres». Esa es también una frase materna, una que siempre dirige hacia otras mujeres con desdén: por eso se le atora tanto que su propia hija se haya vuelto una de esas. Ese departamento existía desde antes que yo y seguro estará después de mí. No soy de las que se hacen ilusiones de que el amante deje a la mujer e hijos. Es más: no me apetece ocupar el lugar de la esposa. Pensé en mi madre: las esposas tienen que encargarse no solo de las comidas, la ropa limpia y planchada, y mantenerse atractivas: también tienen que preocuparse por los devenires venéreos de sus cónyuges y los de sus hijas también. Demasiada presión.

Pablo contestó que él pasaba por mí, que no saliera sola. A mi madre le daría gusto oír aquello. Dijo que iría por mí en cuanto pudiera. No es que mi seguridad le quite el sueño, lo sé. Él es así, siempre llevando la contraria. Si alguien dice que el calor está insoportable, Pablo alegará que en realidad el clima está bastante agradable. Opera en el principio de la contrariedad a cualquier costo. Creo que más que un hábito, es un instinto. Pero conmigo cede. Es como esas bugambilias frondosas y desparpajadas que se rinden ante los alambres, los clavos de la pared y la poda constante, para dejar de ser arbustos y asumirse como enredadera.

Sabes que a mi mamá no le gusta verte por su casa —le dije antes de colgar. No le quedaría más que esperarme.

Me detuve en la esquina para cruzar. Lo sentí antes de verlo: a través de una cerca de malla metálica, los dedos entreverados en los alambres y los ojos fijos en mis pechos. Cada vez que un hombre acecha me pregunto si ellos pueden percibir algo más, algo que yo misma paso por alto, como los perros que pueden escuchar frecuencias inaudibles para los humanos. Giré la cabeza en su dirección para que supiera que yo sabía que me observaba. Era un chico moreno, delgado, con tatuajes en los brazos desnudos. No quise encasillarlo en ningún estereotipo, pero no dejaba de seguirme con malicia, con una sonrisa privada, con un aire de superioridad que me punzaba la piel. Tuve miedo, pero no me permití demostrarlo. No era posible que sus ojos tuvieran ese efecto en mí, una mujer adulta y, en teoría, capaz de cuidarse a sí misma.

El tipo era la imagen misma de un violador, la encarnación del lugar común de los abusadores de mujeres. Atendí a mis instintos: enderecé la espalda, apreté todos mis músculos y, apurada, crucé la calle para alejarme de él. Él saltó la malla y cayó en la banqueta con un ruido seco. Algo dentro de mí se constriñó. Seguí caminando, pero podía sentirlo a unos cuantos metros tras de mí, haciendo una especie de eco con sus pasos. Su sombra se solapaba con la mía y quise aumentar la distancia entre nosotros. Mis piernas comenzaron a tensarse a medida que yo intentaba andar más rápido, pero él era más alto que yo y cada zancada suya lo acercaba más a mí. Me quité el sudor de la cara y apreté mi celular dentro del bolsillo del pantalón: seguí caminando, pero aquello ya podría haberse llamado trote. Mi corazón latía deprisa y me estaba costando mucho respirar.

¿A dónde tan solita, güerita?

Allí estaban las palabras que nunca quise escuchar de un extraño por la noche. Su tono era coqueto y arcaico, casi cómico, como de Cantinflas en una de sus películas. No me sentí Caperucita Roja, sino Caperuza Estúpida por no hacer caso a los consejos maternos ni aceptar la protección del amante; en un segundo me vinieron a la cabeza las notas recientes en los periódicos. Mi garganta ardió al tragar mis lágrimas. Siempre pensé que en una situación de peligro sabría qué hacer y haría lo correcto, lo que procede, lo necesario para salir ilesa. Pero ante sus palabras, todo mi ser pareció congelarse. Tal vez siempre le adjudiqué demasiada importancia a las palabras, tanto que mi realidad dependía de ellas. Si uno enunciaba las palabras, aquello que uno decía se volvería verdad. Por eso yo pensaba que el amor nacía de las palabras: uno las enunciaba las veces que fueran necesarias, las nombraba todos los días, y las aventaba al otro, a su tierra húmeda, como semillas, y el amor brotaba irremediable del corazón, y permanecía intacto al tiempo que las palabras siguieran fluyendo, como agua. Ese hombre había sugerido acompañarme y ahora estaba a mi lado. ¿Cómo hacer para que se desdijera?

Se emparejó conmigo y se ajustó a mi paso que se hizo más lento: ya no tenía sentido tratar de huir, y yo necesitaba recuperar el aliento. Parecía joven, de unos veintitantos quizás. Era muy alto y de su camiseta sin mangas asomaban unos brazos largos y musculosos. Desde lejos había notado que tenía tatuajes, pero ahora veía que eran dragones, calaveras, cuchillos y cicatrices falsas que salían por debajo de la ropa y trepaban por su cuello hasta llegar a un cráneo rapado. Me volví a él intentando leer sus intenciones, pero lo que vi fueron unos ojos que me helaron una sonrisa asimétrica y socarrona. No era feo en realidad: me recordó a uno de esos raperos norteamericanos que siempre están en problemas con la ley y salen con las mujeres más guapas. Había algo en su manera de caminar, como si tuviera ya medida la violencia del mundo y la suya propia: estaba en control.

Voy a mi casa con mi esposo —contesté esperando que el invocar un estado civil pudiera protegerme de algún modo.

No tienes cara de casada —su tono era burlón.

Vi que en su cuello y en la cara tenía varios lunares oscuros, abultados, como garrapatas bien alimentadas. Pensé en Pablo allá en su casa, con su esposa y sus hijos, tratando de sacarse una excusa de la manga para salir a esa hora y verse conmigo. Su mujer estaría cocinando, con ese cuerpo arruinado por la maternidad y su rostro lleno de ojeras. Supongo que no siempre fue fea; no la culpo por eso. Él me ha contado que su vida sexual está muerta: ella no le perdona a su cuerpo los defectos de la edad y para fines prácticos, ya se jubiló de todo eso. Igual, ella no debería culparme por ser el amor de su marido: él me necesita. A veces me sorprende saber cuánto me ama. No es solo que yo sea quince años más joven, siempre dispuesta a todo, o que sea bonita. Hay miles de chicas así y él es un hombre bien parecido que podría tener a quien sea; sin embargo, me pertenece a mí. Quizá tengo algo especial a sus ojos, o bien algo que me hace falta, y por eso les gusto a él y otros hombres. Junto a Pablo me siento fuerte, capaz de todo, como un dios todopoderoso que sostiene un puñado de gente en la mano y que podría aplastarlos si quisiera. Pero ahora él no está aquí.

Llegamos hasta un hospital. Un doctor joven se quitó la bata antes de cruzar la calle. De un tiempo acá los narcos levantan doctores afuera de los centros de salud para obligarlos a curar a sus heridos. Mala suerte para los que usan batas blancas y no pueden coser heridas o sacar balas. El médico pasó junto a mí y al hombre que me seguía sin dar señal de habernos visto. Al poco se perdió en la oscuridad y el mal alumbrado de la calle.

Yo podría haber pedido ayuda, pero no lo hice. Supongo que el doctor habría corrido por su vida. Que cada quien se rasque con sus propias uñas. La humillación de ser rechazada en mi necesidad era algo con lo que no podría lidiar entonces. Saqué mi celular y apreté el botón para llamar al último número marcado. Pero mi seguidor fue más rápido y lo arrebató de mis manos. Alcancé a escuchar la voz de Pablo diciendo mi nombre un par de veces, en tono inquisitivo, antes de que el aparato se estrellara contra el pavimento. No iba a robarme entonces: mi celular era nuevo, un regalo de Pablo, y podría haberse vendido muy bien. Había tenido todo el tiempo del mundo para quitarme la bolsa e huir, y no lo había hecho. Una culebra de sudor frío bajó por mi columna vertebral. Estaba viviendo una pesadilla, pero no podía despertarme y correr al cuarto de mis padres en busca de refugio y consuelo.

La calle estaba sola por demás y calculé las cuadras que faltaban para llegar al departamento. ¿Cinco, seis? El tipo se detuvo también y escuché su respiración: podía sentirlo la presencia de su cuerpo muy cerca. Creo que disfrutaba con mi angustia y mi terror. Pensé en los sueños en los que necesito correr y mis piernas se quedan paralizadas. Me acordé que mi abuela decía que las mujeres que usan ropa sexy están buscando sonsacar a los hombres y deben atenerse a las consecuencias. Es que ellos no pueden evitarlo. Yo me arreglé para Pablo, que adora mi cuerpo y que dice que su mujer se ha descuidado mucho. Juro que no era mi intención provocar a este hombre, ni a nadie. Lo juro, de verdad.

Recé para que él no se lo esperara y de pronto comencé a correr en dirección al lugar donde Pablo me estaría esperando preocupado porque no podía localizarme por teléfono. Corrí tan rápido como mis pulmones y músculos me lo permitieron. No sé cuántas cuadras fueron en total: no tenía pensamientos, solo sensaciones. Pero él arrancó a perseguirme: yo era la cebra más lenta de la manada y él un león que se tomaba su tiempo para alcanzarme; no tuvo problemas para lograrlo. Me tumbó y mi cara golpeó contra el pavimento al mismo tiempo que mi torso.

Cuando desperté, él estaba moviéndose arriba de mí, empujando mi cuerpo contra el suelo. El dolor se extendía por todos mis nervios. Sentí piedras inscrustradas en mi espalda: abrí los brazos en cruz buscando algo, cualquier objeto para defenderme, pero solo toqué tierra y malezas. A pesar de la oscuridad pude darme cuenta de que me había llevado a un terreno baldío. Cargué los puños de tierra e intenté lanzársela a la cara, como vi alguna vez en una serie de televisión, pero él fue más rápido y me golpeó la cara. Mis manos se abrieron y se posaron en mi rostro: sentí la sangre resbalar caliente por las mejillas y mis palmas pegajosas de sangre y polvo.

Estaba desnuda y él tenía los pantalones abajo. Me sentí diminuta, me sentí nada: él puso una de sus manos enormes alrededor de mi cuello y con la otra sujetó las mías contra el suelo. Grité y en seguida sus dedos apretaron con fuerza mi garganta. No tuvo que decirme nada: me callé, cerré los ojos y me quedé percibiendo sus movimientos frenéticos, cómo entraba y salía de mi cuerpo lastimándome cada vez. Me sentía reducida, apenas presente en la escena. Aquella mala suerte, aquella maldad, aquella indefensión mía, me volvieron nada, nada más grueso que mi blusa rota y sucia.

Yo no había conocido hasta esa vez el poder que se ejerce a través de la fuerza, que no necesita de las palabras. Como aquella primera vez que mi mamá me llevó al mar. Nacida entre la sierra y el desierto, no tenía idea del terror y de la fascinación que el océano provoca, hasta ese día en que lo sentí lamiéndome los pies. Dicen que ahogarse es doloroso: aquel hombre me estaba ahogando y yo quise morir pronto, que eso acabara, como fuera, pero que no siguiera.

Él dio un pujido quedo, como si aquello no hubiera sido importante, y se detuvo. Se despegó de mí y subió sus pantalones. Al abrocharse, me di cuenta de parecía reír con una broma privada.

Me quedé hipnotizada por esa sonrisa idiota: comprobé que todos los hombres la tienen al terminar de eyacular, no importa si es por amor o por rutina o por la fuerza. Si tuviera un cuchillo cortaría su cuerpo como si fuera un melón y le sacaría rebanadas. Partirlo y probarlo y tenerlo para mí y hacerle mucho daño. Pero se fue y se perdió en la oscuridad.

Yo me quedé tendida allí, desnuda como un sándwich de carne que alguien ya no quiso.

Liliana Blum - "Réquiem por un querubin o lo nociva que puede ser la publicidad"

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Cuentista mexicana. Considera a Margaret Atwood y a Rosario Castellanos como dos de sus principales influencias. El pesimismo, la misoginia, la violencia (en particular, la doméstica), el hastío, la soledad y la muerte, presentados siempre con ironía y un lenguaje conciso, son los temas que protagonizan su obra. En una entrevista fue preguntada sobre el porqué de la poca lectura del cuento. Su respuesta, aunque ella la enmarca en la cultura mexicana, yo me atrevo a generalizarla a la cultura española: "... mi teoría es que se lee menos cuento porque la mayoría de la gente tiene una idea equivocada respecto al género. Si cualquier persona me pregunta qué escribo y yo digo ‘cuento’ generalmente la reacción es decir ‘qué lindo’ y pedirme uno para sus hijos. Es decir, que para el ciudadano común y corriente que no es un lector regular, cuento es sinónimo de cuento infantil o de hadas. ... Tal vez haya un cierto prejuicio en contra del cuento, como si sus autores fueran novelistas frustrados que no han podido escribir la gran novela de sus vidas y se contentan con abortos de cuento. No lo sé. En todo caso, la falta de lectura de este género y sus pocas ventas, se pueden achacar a la falta de cultura del mexicano para leer literatura en general y a las editoriales, que no siempre quieren arriesgarse a publicar a los cuentistas."
Su madre solía llamarlo “querubín”, darle besos en las rosadas y regordetas mejillas, y obsequiarlo con todo tipo de dulces. Su padre le decía “pinche chamaco” y le brindaba fuertes insultos y bien colocados zapes. Cuando esto sucedía, Juanito, aunque ya con once primaveras en su haber, podía provocar en sí mismo una regresión y convertirse -por lo menos ante los ojos de su progenitora- en un bebé de escasos meses, que lloraba desamparado. La madre se convertía entonces en una loba herida y atacaba fieramente a su cónyuge. El angelito sonreía para sus adentros, pero el llanto iba en aumento y su piel morena se tornaba al color de las granadas. Aquella mañana, ése había sido precisamente el caso. La señora dijo: “Ahora lo llevas al zoológico, Juan, por hacerlo llorar. Míralo, pobre muñeco, ¿no te parte el alma verlo así? Ándale, además hace mucho que no sales con él.” Cáscara de macho, corazón de palmito y mandilón, el hombre tuvo que aceptar. En realidad, imaginar a su pareja empuñando una sartén, el cuerpo enfundado en una bata con florecitas y la cabeza teñida y coronada de tubos azul pastel, le resultaba tan aterradora, que sólo le quedó musitar un resignado sí-mi-vida-como-no-ahorita-mismo-lo-llevo. * El dulce pequeñuelo corría entre la gente -sus cabellos negros y tiesos, diríase de su cabeza un cactus oscuro y sin flor-, ignorando al padre que le gritaba “¡Espérate Juanito, más despacio, no te me vayas a perder!”. El aludido no se detuvo hasta que tropezó con una mazorca roída y fue a caer de bruces sobre un charco de color rosáceo. ¿Vómito o helado? El infante permaneció boca abajo, incierto si debía llorar, reír, o levantarse como si nada hubiera pasado. No sentía ningún dolor, pero practicaba con tal entusiasmo la costumbre de entregarse a las lágrimas por cualquier cosa, que se le antojaba extraño no hacerlo. Además, su algodón de azúcar se había estropeado. Con trabajo, giró la cabeza para buscar a su papá entre aquella multitud de pantorrillas desconocidas. Unos cincuenta metros más allá lo vio venir, sus piernas largas y delgadas sosteniendo su cuerpo voluminoso, como un mosquito que se hubiese atragantado con un garbanzo. La misma silueta se adivinaba ya en el cuerpo del niño, como prueba irrefutable de la paternidad e hijalidad respectiva. Ándale, chamaco cabrón, por no hacerme caso: te lo tienes bien merecido. Al niño, eso le ayudó a decidir que, en efecto, sí iba a llorar, pero recordó que su padre no se ablandaba con aquellas lágrimas reptilianas, a diferencia de su mamacita santa. ¿Acaso no tenía corazón aquel hombre vil? Aun así, valía la pena intentar el siempre mal ponderado recurso lacrimero. Don Juan permaneció de pie junto al caído, incólume. Los dos vestían ropa deportiva y zapatos casuales y era domingo. El padre de familia siguió con los ojos a una fémina de minúscula falda, pero los sollozos del fruto de su amor aumentaban en forma exponencial, quebrantando su estoico intento por ignorarlos. No le rompían el alma; los tímpanos, sí. En ese momento, la imagen de su esposa con tubos y sartén regresó a su mente. Decidió, pues, dar su brazo y su dignidad a torcer una vez más. Juanelo, párate ya, al cabo que no te pasó nada. Vamos, mijo, upa upa. Por toda respuesta, su hijo emitió un agudo llanto similar al de un mono capuchino azuzado con un racimo de plátanos. El padre se sintió próximo a perder la paciencia; entonces, optó por intentar el soborno, el plan B de todo buen padre. Si te levantas, te compro un helado doble. Es más, ¿no quieres que te lleve a ver al oso polar, Juanito? Ya casi llegamos a donde están los animales salvajes, falta poco, pero el oso no te puede ver así de chilletas, así que cállate, ¿no? El churumbel dejó de llorar al instante y se incorporó sin dificultad. Sus ojos estaban más secos que las pezuñas de un camello. Puso los adiposos bracitos en la cintura -la viva imagen de la jarrita animada de Kool Aid- y dijo: Pero mejor me compras una banana-split. ¿Por dónde dices que está el osito? * “Los hombres son una broma de los dioses para mortificar a los animales”, meditaba el oso polar, extendiendo su cuerpo sobre la plancha de cemento pintada de un blanco azuláceo -una burda imitación de iceberg-, los ojos a medio cerrar por la suave resolana. Boca abajo, con el trasero blanco respingado como un pequeño volcán níveo, el animal intentaba descansar. Pretendía relegar de sus finos oídos el barullo de los visitantes del zoológico, que se apiñonaban frente a su jaula indolentes a su discomfort, pero todo era en vano. El comportamiento de la gente le parecía más molesto que un enjambre de abejas enfurecidas, más difícil que soportar que las tenazas de un ejército de cangrejos hambrientos, más intolerable que una invasión de garrapatas en los lugares más inaccesibles y tiernos de su pálido cuerpo, más… El tren de pensamiento del gran polar se detuvo de improviso, cuando una piedrecilla golpeó su frente. Con la modorra del medio día, pero francamente molesto, intentó fijar la vista en el monstruo de las mil cabezas para localizar a su agresor. ¿No era suficiente soportar el calor, la mala alimentación y el cautiverio, como para ahora sumarle la monserga de ser apedreado? Entre una gran variedad de cuerpos, escuálidos unos, más rellenos otros, camisetas en todos los colores posibles, rostros de bronce -algunos denotando más estupidez que otros-, y en sí entre un gran bullicio y un terrible hedor a humanidad poco aséptica (el plantígrado en cuestión era especialmente sensible en el olfato), pudo localizar al enemigo. Era un cachorro humano, uno bastante feo por cierto, con un olor muy desagradable, como una especie de mezcla de compota de frutas en descomposición, pescado rancio y manteca quemada. El pequeño pendenciero festejaba con risas la hazaña de haberle atinado con la piedra. El progenitor de su atacante -según juzgó el animal por la fealdad obligadamente genética que compartían los dos- se acercó al crío y le susurró algo al oído, cosa que provocó la sonrisa del mismo. El oso polar, fingiendo indiferencia, se levantó con pesadumbre de su sitio para beber agua fresca; después se dejó caer cerca de los barrotes de la celda y permaneció sentado; la blancura de su pelaje en todo su esplendor simulaba una nube hecha de cubitos de azúcar. Las grandes garras de sus patas se escondían bajo el sedoso y albino pelaje. El cuadro era verdaderamente encantador. Incluso, el animal podría haber sido el modelo para la campaña navideña de cierta multinacional refresquera. Con inusual agilidad, Juanito trepó por la pequeña verja sobre el seto que separaba a la multitud de la inmediatez de los barrotes y aterrizó en el pequeño espacio junto al letrero que rezaba “Por su seguridad, prohibido cruzar”. Ciudadano ejemplar, Don Juan se había alejado para buscar un bote de basura para depositar los restos del helado, mientras que los vigilantes del zoológico bebían refrescos en bolsa bajo la sombra de un tupido árbol, así que nadie reparó en el chiquitín que con una ramita de eucalipto intentaba aguijonear al residente de aquel cubículo enrejado. Las cosas sucedieron con aquella insólita rapidez en la que nadie puede hacer nada, pero que se recuerda nítidamente en cámara lenta: con una sola garra el oso polar arrebató de su lugar al robusto prepúber que lo picoteaba en las costillas y, ahora sí, con la ayuda de su otra pata y del hocico, lo hizo pasar por entre los barrotes, hasta tenerlo junto a él. Desde luego, en el proceso el infeliz querube perdió la vida, pues se entiende que por sus dimensiones no pudo haber atravesado aquel augusto umbral en una sola pieza. Pero el álbeo animal no se lo comió -lo suyo eran los pescados, aquella criatura de torvo olor le provocaba náuseas-; sólo jugó a convertirlo en pequeños trozos de humano. El oso polar, ahora semejante a un caramelo de menta por las manchas de sangre, tuvo tiempo de zambullirse y tomar un revigorizante baño en el agua fría antes de que llegaran los guardias y de que alguien llamara a la ambulancia. Pero era demasiado tarde: ni siquiera la ropa quedó en condiciones de ser reciclada. Los fotógrafos de los diarios amarillistas, sin embargo, se deleitaron con éxtasis ante lo sórdido de las imágenes. * Después de realizar los trámites de rigor, exhausto, don Juan pudo marcharse por fin a su casa. En la puerta del zoológico se topó con su mujer que, enterada por los noticieros de la televisión, llegaba frenética, aunque no tenía muy claro qué hacer. Con el maquillaje corrido por las lágrimas y con la ambivalencia de no saber si golpear o abrazar a su marido, le preguntó cómo había sucedido. Yo sólo le dije que ése era el osito de Coca-cola, el que regala refrescos en el desfile de navidad. Creo que el niño tenía sed…