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Cristina de Pizán - Pioneras (VII)

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También escrito como Christine de Pizan, Christine de Pisan, Cristina de Pisa o Cristina Pizzano (1364 en Venecia - hacia 1430 en el monasterio de Poissy) fue una poetisa y feminista medieval francesa. Fue pionera, además de por su feminismo (hablamos de los siglos XIV y XV) por ser la primera intelectual profesional.
Nacida en Venecia, con cuatro años abandona su ciudad natal ya que su padre, Tommaso da Pizzano, se traslada a la corte parisina de Carlos V de Valois en calidad de médico y astrólogo del rey. A partir de este momento Cristina disfrutará de una vida cortesana colmada de lujos. Recibe una completa educación debido al empeño de su padre, en contraste con la actitud de su madre que se opone duramente a la instrucción de su hija en materias que no sean otras que las relacionadas con las tareas domésticas. Con quince años contrae matrimonio con Estienne du Castel, notario del rey. Diez años después enviuda debido a la peste. Con veinticinco años y tres hijos tendrá que enfrentarse a una difícil situación económica. Para solventar su precaria situación y mientras pleitea para recuperar parte del patrimonio perdido, se dedicará profesionalmente a la escritura. Comienza escribiendo baladas de lamentación por la muerte del amado, pero posteriormente se dedicará a temas relacionados con la historia, la política, la condición de la mujer, etc. Este cambio en la temática de sus obras se debe principalmente a una renovación en el ámbito cultural, a un incipiente Humanismo, que despertará el interés de los intelectuales del momento por las disciplinas relacionadas con todo aquello que rodea al ser humano. La mujer y su condición será un argumento tratado ampliamente por la autora italiana en varias de sus obras. Cristina será la iniciadora de lo que se conocerá durante el Renacimiento como la Querelle des Femmes (Querella de las mujeres), movimiento de defensa de la mujer llevado a cabo por diversas intelectuales del momento y que surge a raíz de su obra Cartas de la Querella del Roman de la Rose (1398-1402) contra la segunda parte de esta obra escrita por Jean de Meun, donde el autor ataca duramente a las mujeres. En 1407 estalla la guerra civil en París y en 1411 Cristina huye de la capital para refugiarse en el convento de Poissy con su hija. Muere en 1430 en su retiro de Poissy, a los sesenta y seis años.

No sólo fue la primera escritora feminista sino que, para muchos estudiosos, también fue "la primera escritora profesional.
Para la medievalista Blanca Garí, Pizán es la primera escritora feminista porque, frente al discurso de los doctos de la época, la autora escribió a partir de su experiencia, de la experiencia que tenía de su cuerpo de mujer.
"Es la primera que afirma que todo lo que se dice sobre la maldad de las mujeres no se debe a ninguna característica intrínseca, sino a las circunstancias, que no es natural, sino social. Y que repasa lo que los hombres han dicho de las mujeres y lo rebate desde su propia experiencia"
Su obra abarca una treintena de trabajos. Además de cultivar diversos géneros literarios, Cristina abordó temas muy diversos, como la biografía política, el amor cortés, los manuales de conducta o la mitología. Todos ellos, temas bien asentados en el humanismo, el movimiento que irradiado desde Italia, impregnaba ya la vida de muchas cortes europeas. Ese movimiento cultural de carácter laico, desarrolló un proyecto educativo específico para las mujeres. El proyecto educativo humanista preveyó que algunas mujeres laicas de las clases dominantes se instruyeran en los saberes que desde la época clásica, se dividían en las siete disciplinas de las artes liberales: el trivium (que comprendía la gramática, la dialéctica y la retórica, las así nombradas artes del lenguaje) y el quadrivium (que comprendía la geometría, la astronomía, la aritmética y la música). Para el humanismo, la retórica era una materia central en su teoría de la educación, ya que se estudiaba para alcanzar competencia en la elocuencia pública, lo que para este movimiento cultural era objetivo básico de una trayectoria educativa ideal. Los ideólogos humanistas, sin embargo, insistieron en que el currículum formativo de las niñas debía diferir del de los niños en un punto fundamental: no debían estudiar retórica, ya que para ellas era una enseñanza innecesaria. La educación de las niñas debía ser funcional a un modelo de género femenino que condenaba a las mujeres al silencio público. Un silencio que Cristina rompió, ya que tempranamente en su carrera literaria, intervino en ese duro ámbito público, para que la experiencia femenina tuviera allí su voz. Fue hacia 1399 cuando Cristina empezó a escribir abiertamente en defensa de las mujeres. Su primera obra en defensa de las mujeres fue la "Epístola del dios del Amor", un largo poema de más de ochocientos versos con el que se lanzó exponiéndose a la vida literaria. Cristina contesta los desprecios, ofensas y engaños que damas y doncellas reciben de quienes dicen amarlas.
En los círculos políticos e intelectuales más elevados de Francia que Cristina frecuentaba, se estaba produciendo un importante debate social que acabó por afectar también a la mayor parte de países del occidente europeo, y que tomó por nombre Querella de las mujeres. Querella es una palabra que indica tensión, combate, lucha; de las mujeres, porque lo que se discutía eran las capacidades de las mujeres y su valía. El debate, de hecho, duró siglos (la querella tendría entre sus participantes a Margarita de Navarra, con su "Heptameron", o a sor Isabel de Villena, con su libro contra "L'espill" de Jaume Roig, quien acusaba a las mujeres hasta de haber provocado el diluvio), pero el episodio más conocido fue el que tuvo lugar a finales del siglo XIV y principios del siglo XV. Se discutía entonces sobre la naturaleza femenina, rebatiendo o apoyando una antigua tradición misógina que repoblaba entonces la Europa culta y letrada. Una tradición misógina que despreciaba la fisiología femenina y negaba las capacidades morales e intelectuales de las mujeres. El cuerpo femenino era descrito como fuente de malignidad y de impureza; las mujeres, como seres engañosos e incapaces de acciones benefactoras para la sociedad.
Cristina intervino en el debate de diversas maneras; escribiendo obras en defensa de las mujeres y también promoviendo la recopilación de los textos que defendían y atacaban a las mujeres, llevándolos de ese modo a la arena pública, especialmente los generados por el debate entorno al "Libro de la rosa", un largo poema que influyó notablemente la lírica misógina europea.
Se trataba pues de un debate en gran medida erudito, que se dirimía en textos filosóficos, religiosos y científicos. Y fue, además, de gran alcance puesto que en él participaron personajes de alto nivel e influencia. La intervención de Cristina, primera mujer cuya voz sonó con fuerza en ese debate, aportó elementos nuevos e inéditos en la historia del pensamiento político:
"Si las mujeres hubiesen escrito esos libros los habrían hecho distintos, porque ellas saben que se las acusa en falso."
En "La ciudad de las damas" (su obra más conocida y que aún se edita hoy en día) y, en general, en toda su obra, Cristina pone en juego en primer lugar, su ser mujer. Se trata de un cambio fundamental en el punto de vista, en el lugar de enunciación de quien elabora y emite un discurso, un cambio de perspectiva que convierte el cuerpo sexuado en fuente legítima de conocimiento. “La ciudad de las damas” es un retablo de reconocidas mujeres ejemplares, reales o míticas, cuyas virtudes no habían sido superadas por ningún varón. Un texto que, rompiendo con los tabúes de la época, toma por primera vez la palabra en nombre de todas las mujeres para defenderlas de las continuas invectivas que los hombres les dedicaban. Las acusaban de escasa capacidad intelectual, debilidad, avaricia o infidelidad; de causarles placer la violación y de hacer insoportable el matrimonio con su amargura y rencor, les impedían estudiar alegando que el conocimiento corrompería sus costumbres, y los predicadores llegaban a decir que si Dios se había aparecido a una mujer era porque sabía que no podría callarse y antes se conocería la noticia de su resurrección. Del mismo modo, prohibían el púlpito a las abadesas porque sus labios "llevan el estigma de Eva, cuyas palabras han sellado el destino del hombre".
En "La ciudad de las damas", la autora recurre a tres figuras alegóricas que se le aparecen en su estudio, Razón, Derechura y Justicia -tres virtudes laicas frente a las teologales Fe, Esperanza y Caridad-, para rehabilitar a las mujeres construyendo una ciudad cuyos cimientos, piedras y acabados son los ejemplos de mujeres virtuosas y cuya argamasa es la tinta.
"La ciudad de las damas", con las heroicas y benefactoras acciones de sus protagonistas, realiza una gran hazaña: la de construir a las mujeres como sujeto político. No se trata de un lugar para esconderse del mundo ni desde el que luchar en su contra. Se trata de un espacio simbólico que resguarde la presencia viva y significante de la autoridad femenina en el mundo. Sus murallas quieren proteger y asegurar el reconocimiento de lo que las mujeres han hecho y hacen en él. La ciudad que Cristina construyó simboliza el espacio público, recuperando para la política su sentido originario. Pero en ese espacio las mujeres estamos con, y por, nuestra historia propia, con señorío, no como invitadas ajenas a su definición y a su diseño.



La ciudad de las damas
Sentada un día en mi cuarto de estudio (1), rodeada toda mi persona de los libros más dispares, según tengo costumbre, ya que el estudio de las artes liberales es un hábito que rige mi vida, me encontraba con la mente algo cansada, después de haber reflexionado sobre las ideas de varios autores. Levanté la mirada del texto y decidí abandonar los libros difíciles para entretenerme con la lectura de algún poeta. Estando en esa disposición de ánimo, cayó en mis manos cierto extraño opúsculo, que no era mío sino que alguien me lo había prestado. Lo abrí entonces y vi que tenía como título "Las lamentaciones de Mateolo" (2). Me hizo sonreír, porque, pese a no haberlo leído, sabía que ese libro tenía fama de discutir sobre el respeto hacia las mujeres. Pensé que ojear sus páginas podría divertirme un poco, ...
(...)
Si fuera costumbre mandar a las niñas a la escuelas e hiciéranles luego aprender las ciencias, cual se hace con los niños, ellas aprenderían a la perfección y entenderían las sutilezas de todas las artes y ciencias por igual que ellos pues aunque en tanto que mujeres tienen un cuerpo más delicado que los hombres, más débil y menos hábil para hacer algunas cosas, tanto más agudo y libre tienen el entendimiento cuando lo aplican.
Ha llegado el momento de que las severas leyes de los hombres dejen de impedirles a las mujeres el estudio de las ciencias y otras disciplinas. Me parece que aquellas de nosotras que puedan valerse de esta libertad, codiciada durante tanto tiempo, deben estudiar para demostrarles a los hombres lo equivocados que estaban al privarnos de este honor y beneficio. Y si alguna mujer aprende tanto como para escribir sus pensamientos, que lo haga y que no desprecie el honor sino más bien que lo exhiba, en vez de exhibir ropas finas, collares o anillos. Estas joyas son nuestras porque las usamos, pero el honor de la educación es completamente nuestro.
(...)


(1) Cristina posee, en el siglo XIV, un cuarto de estudio propio, algo que en el siglo XX, Virginia Woolf, en "Una habitación propia" sigue exigiendo como uno de los elementos indispensables para el desarrollo intelectual de la mujer.

(2) "Las lamentaciones de Mateolo" es la traducción al francés de "Liber Lamentationum Matheoluli", un libro compuesto hacia 1300 y que es un compendio de tópicos misóginos de casi seis mil versos.


Para realizar esta entrada fueron consultadas las siguientes fuentes y autores:
Wikipedia
Justo Barranco
Montserrat Cabré Pairet
Carolina González Perancho

Olympe de Gouges - Pioneras (VI)

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Olympe de Gouges (Montauban, 7 de mayo de 1748 – París, 3 de noviembre de 1793) es el pseudónimo de Marie Gouze, escritora francesa, autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791).
Nació en Montauban, en una familia humilde. Aunque algunas fuentes la sitúan como hija de lavandera y carnicero la realidad parece ser otra. Era hija ilegítima de un aristócrata muy influyente, Jean-Jacques Lefranc de Caix de Lisle. Fue reconocida por el esposo de su madre, un carnicero cuyo apellido era Gouze y que ella adopta. Recibe una instrucción modesta, considerada suficiente para una mujer de su rango social; sus deficiencias culturales se verán reflejadas en sus futuros escritos. Se casó muy joven con un hombre mayor quedando al cabo de un tiempo viuda y con un hijo. A partir de este momento, renuncia al apellido de su marido, haciéndose llamar desde entonces Olympe de Gouges. Toma el nombre de Olympe por sus resonancias y modifica ligeramente su apellido y le añade la preposición "de" para elevar su rango, práctica común en aquella época. Olympe conocía perfectamente su bastardía, y es un tema que tratará ampliamente en sus escritos.
Hacia 1768 Olympe abandona su ciudad natal para dirigirse a París. En la capital francesa frecuentará ambientes refinados y tendrá contacto con las más altas esferas de la sociedad.
A partir de 1780 la vida de Olympe da un giro radical; deja su vida de esparcimiento para dedicar todos sus esfuerzos y su patrimonio a la escritura. Su reputación se vio seriamente dañada al ser víctima de la maledicencia de sus colegas de profesión. No obstante, esto no desalentará a la autora, que continuará su labor con aún mayor fervor e insistencia. Redacta obras de teatro cuyos ingresos apenas le permitían mantenerse. Dada su escasa educación, su gramática, ortografía y escritura no brillaron por su calidad. No fue una autora de éxito. Sin embargo desatará la polémica y el escándalo, hasta el punto de granjearse el odio de los miembros de la Comedia Francesa, organismo que elegía las obras que se debían representar en la ciudad y que contaba con el apoyo y la protección del monarca Luís XVI. A partir de 1788, Olympe realiza su incursión definitiva en el ámbito de la escritura abiertamente política.
Olympe es perfectamente consciente de las injusticias sociales, que afectan principalmente a las mujeres, a las minorías y a los desvalidos. La escritora, aunque vehemente en sus formas, había adoptado una posición política moderada, que contemplaba incluso la pervivencia de la monarquía si esta última renunciaba a sus privilegios absolutistas y aprobaba una constitución.
Los acontecimientos de la Revolución Francesa se suceden rápidamente. Olympe exige a Luís XVI en su escrito Séance Royale que abdique y nombre a un regente. Esto la pone en el punto de mira de los republicanos. Finalmente, el monarca aprueba la constitución en 1791. Olympe, pocos días después de la ratificación de Luís XVI, publica la Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne. Para su elaboración utiliza el esquema de la Déclaration des droits de l´homme et du citoyen, redactada en 1789 por Sièyes y Mirabeau y de la que se excluía por completo a la mujer; en ella exige un sistema jurídico basado en la igualdad fundamental entre hombres y mujeres.
En 1792 cae la monarquía y se proclama la República, alzándose en el poder la facción revolucionaria más radical, formada por Robespierre y Marat, entre otros. La autora no dudará en arremeter duramente contra los líderes de la República a través de sus numerosos manifiestos, lo cual no hará más que aumentar la antipatía que éstos ya sentían hacia Olympe por su trayectoria política y reivindicativa. En enero de 1793 Luís XVI es ejecutado. La escritora decide abandonar París debido al giro que están tomando los acontecimientos y refugiarse en la Touraine, en el valle del Loira. Sin embargo, regresa nuevamente a París para publicar su manifiesto Le trois urnes, ou le salut de la Patrie, par un voyageur aérien. En julio de 1793, Olympe es detenida tras ser denunciada por el impresor de su escrito. El 2 de noviembre de ese mismo año es juzgada; tendrá que defenderse a sí misma en el juicio, ya que se le niega el abogado que ella había elegido. Se la acusa de ser girondina y de haber traicionado a la República. Finalmente, es declarada culpable y ejecutada en la guillotina el 3 de noviembre de 1793 como, paradójicamente, había exigido en su declaración de derechos para aquellas mujeres culpables de algún delito grave.
Sus trabajos fueron profundamente feministas y revolucionarios. Defendió la igualdad entre el hombre y la mujer en todos los aspectos de la vida pública y privada, incluyendo la igualdad con el hombre en el derecho a voto, en el acceso al trabajo público, a hablar en público de temas políticos, a acceder a la vida política, a poseer y controlar propiedades, a formar parte del ejército; incluso a la igualdad fiscal así como el derecho a la educación y a la igualdad de poder en el ámbito familiar y eclesiástico. Asimismo realizó planteamientos sobre la supresión del matrimonio y la instauración del divorcio, la idea de un contrato anual renovable firmado entre amantes y milita por el reconocimiento paterno de los niños nacidos fuera de matrimonio.
Fue también una precursora de la protección de la infancia y a los desfavorecidos al teorizar, en grandes líneas, un sistema de protección materno-infantil (creación de maternidades) y recomendar la creación de talleres nacionales para los parados y de hogares para mendigos.
La tragedia de esta intelectual, ilustrada, feminista, revolucionaria (quizá la única y verdadera figura revolucionaria dentro de lo que se denomina Revolución francesa), es a la vez el reverso y el anverso de uno de los fenómenos más influyentes en la historia de las ideas (en sentido general: ideas políticas, sociales, culturales, científicas, etc). Si bien es cierto que a la Revolución se le considera el vademécum de los Derechos Humanos, éstos eran sesgados, inclinados, hacia los Derechos masculinos, olvidándose de los Derechos de la mujer en todas sus condiciones y estamentos sociales. La autora Alicia Puleo llama a este fenómeno: la ilustración olvidada: la mujer fuera de la participación verdadera. Esto se debe a que las mujeres francesas, en 1789, marcaron un hito histórico del feminismo al marchar hacia Versalles con el grito: «libertad, igualdad y fraternidad», con el cual exigían diversos derechos. Estos les fueron negados. Es decir, de Gouges comprueba que los cambios traídos por los hechos revolucionarios, en cuanto a la situación de la mujer, eran apenas de condecoración y agradecimientos a los servicios prestados por éstas a la causa revolucionaria. De hecho, la Revolución francesa se enfrentó al movimiento de las mujeres con dos hechos sintomáticos: la decapitación de Olympe de Gouges y la clausura de los clubes de mujeres.
Los llamados revolucionarios pregonaban: «las mujeres a la cocina o al burdel». Esta era una frase corriente entre los revolucionarios franceses, esos mismos que alzaban la bandera de lucha contra la represión y la desigualdad. Por ello es que Olympe de Gouges fue un ejemplo de esa realidad . Reúne un conjunto de características que la hacen única en la historia.


Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana

"Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta."

I.
La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden estar fundadas en la utilidad común.

II. El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión.

III. El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ellos.

IV. La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer sólo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y de la razón.

V. Las leyes de la naturaleza y de la razón prohíben todas las acciones perjudiciales para la Sociedad: todo lo que no esté prohibido por estas leyes, prudentes y divinas, no puede ser impedido y nadie puede ser obligado a hacer lo que ellas no ordenan.

VI. La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más distinción que la de sus virtudes y sus talentos.

VII. Ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta Ley rigurosa.

VIII. La Ley sólo debe establecer penas estrictas y evidentemente necesarias y nadie puede ser castigado más que en virtud de una Ley establecida y promulgada anteriormente al delito y legalmente aplicada a las mujeres.

IX. Sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.

X. Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la Ley.

XI. La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la legitimidad de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues, decir libremente, soy madre de un hijo que os pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la fuerce a disimular la verdad; con la salvedad de responder por el abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley.

XII. La garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana implica una utilidad mayor; esta garantía debe ser instituida para ventaja de todos y no para utilidad particular de aquellas a quienes es confiada.

XIII. Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, las contribuciones de la mujer y del hombre son las mismas; ella participa en todas las prestaciones personales, en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en la distribución de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.

XIV. Las Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por medio de sus representantes, la necesidad de la contribución pública. Las Ciudadanas únicamente pueden aprobarla si se admite un reparto igual, no sólo en la fortuna sino también en la administración pública, y si determinan la cuota, la base tributaria, la recaudación y la duración del impuesto.

XV. La masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución, tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.

XVI. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su redacción.

XVII. Las propiedades pertenecen a todos los sexos reunidos o separados; son, para cada uno, un derecho inviolable y sagrado; nadie puede ser privado de ella como verdadero patrimonio de la naturaleza a no ser que la necesidad pública, legalmente constatada, lo exija de manera evidente y bajo la condición de una justa y previa indemnización.

Teresa de Cartagena - Pioneras (V)

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Teresa de Cartagena (1425-1478) fue una religiosa y escritora española. Está considerada como la primera escritora mística en español y el último de sus libros está considerado por algunos autores como el primer texto feminista escrito por una mujer española.
Teresa de Cartagena y Saravia nació en Burgos hacia el año 1425 en el seno de una culta familia de judíos conversos. Su abuelo paterno fue Selomó Ha-Leví, prestigioso rabino burgalés convertido al cristianismo por el año 1390 y desde entonces apellidado Pablo de Santa María. Don Pablo ocupó el obispado de Cartagena, antes de ser nombrado obispo de Burgos y de ahí tomó esta familia el apellido “Cartagena” con el que aparece en los documentos.
Teresa fue hija de Pedro de Cartagena, tercero de los hijos varones de don Pablo. Los otros fueron don Gonzalo, obispo de Sigüenza, y don Alonso, esclarecido obispo de Burgos. Tío abuelo de la escritora fue don Alvar García de Santa María, cronista de Juan II. Con esos antecedentes y criándose en ese ambiente parecen normales las inquietudes intelectuales y literarias de Teresa.
Habiendo quedado huérfana cuando frisaba los 15 años de edad, fue pronto enviada a estudiar a Salamanca, donde nos dice que estudió “pocos años” en ámbitos universitarios no oficiales, donde vivió como una joven ambiciosa y relajada (“pecadora”, dice ella). Parece ser que muy pronto le acometió una grave enfermedad de la que quedó sorda, ingresando después en una orden religiosa, que no especifica, pero que según sus comentarios pudo haber sido la Orden de San Francisco.
"La Arboleda de los enfermos", su primer libro, es un análisis en primera persona del dolor y del rechazo de sí misma provocados por la enfermedad, hasta dar a esa experiencia terrible un sentido que le permite seguir amando su persona y seguir viviendo su vida en plenitud.
La difusión pública de "La Arboleda...", que Teresa de Cartagena dedicó a una “virtuosa señora” que era doña Juana de Mendoza, esposa de Gómez Manrique, corregidor de Toledo, provocó reacciones hostiles entre los intelectuales castellanos de la época, incapaces de admitir la competencia de las mujeres para escribir y hacer ciencia. Para rebatirles, Teresa de Cartagena escribió otro tratado, "Admiraçión Operum Dey" (Admiración de las Obras de Dios), a petición de la misma doña Juana.
En él la autora identifica la causa de esas críticas con su condición de mujer, y dice:

“... como vemos por experiençia quando alguna otra persona de synple e rudo entendimiento dize alguna palabra que nos paresca algund tanto sentida, maravillámonos dello, no porque su dicho sea digno de admiraçión, más porque el mismo ser de aquella persona es asy reprobado e baxo e tenido en tal estima que no esperamos della cosa que sea buena”.
Al mostrarse públicamente como autora original, Teresa de Cartagena tocó la fibra sensible de la cultura de su tiempo de tal forma que algunos de sus contemporáneos la acusaron de plagio(“anse maravillado que mujer haga tractados” –reconocía Teresa-). Ella sostuvo que la gracia divina la podían recibir indistintamente hombres y mujeres, ricas y pobres, y que su concesión era individual, es decir, indiferente al sexo, clase social, etc.
Los tratados de Teresa de Cartagena no pertenecen a la más alta categoría de la creación literaria. En cambio son un importante reflejo del pensamiento y una buena muestra de la prosa del siglo XV en Castilla. También adquieren cierto valor los tratados por pertenecer a una de las pocas escritoras de entonces. Al escribir su "Admiraçión Operum Dey", fue Teresa la primera mujer en la historia de la Península Ibérica que escribiera en defensa del derecho de la mujer a ser literata. Con un lenguaje teológico, en definitiva, plantea temas de actualidad como la capacidad “natural” que se supone a los hombres para escribir y realizar trabajos científicos e intelectuales y, en referencia a ella, de cómo se asombran, no de lo escrito y del contenido de sus obras, sino del hecho que sea una mujer la autora de esas composiciones. Teresa mantiene que los hombres y las mujeres no son iguales en todas las capacidades, sino que los papeles masculinos y femeninos se complementan por sus diferencias y rechaza la común idea medieval que la mujer era el sexo débil, previsto por Dios exclusivamente para los propósitos de ser pasiva y reproducir. Éste es el modo que utiliza Teresa para expresar su proceso de autoconciencia como escritora y de autoafirmación como mujer.

Admiraçión Operum Dey
Muchas veces me es hecho entender, virtuosa señora, que algunos de los prudentes varones y así mismo hembras discretas se maravillan o han maravillado de un tratado que, la gracia divina administrando mi flaco mujeril entendimiento, mi mano escribió. Y como sea una obra pequeña, de poca sustancia, estoy maravillada. Y no se crea que los prudentes varones se inclinan a quererse maravillar de tan poca cosa, pero si su maravillar es cierto, bien parece que mi denuesto no es dudoso, porque manifiesto no se hace esta admiración por meritoria de la escritura, mas por defecto de la autora o componedora de ella, como vemos por experiencia cuando alguna persona de simple y rudo entendimiento dice alguna palabra que nos parezca algún tanto sentida: maravillámonos de ellos, no porque su dicho sea digno de admiración más porque el mismo ser de aquella persona es así reprobado y bajo y tenido en tal estima que no esperamos de ella cosa que buena sea. Y por esto cuando acaece por la misericordia de Dios que tales personas simples y rudas dicen o hacen algunas cosas, aunque no sea del todo buena, y si no comunal, maravillámonos mucho por el respeto ya dicho. Y por el mismo respeto creo ciertamente que se hayan maravillado los prudentes varones del tratado que yo hice, y no porque en el se contenga cosa muy buena ni digna de admiración, más porque mi propio ser y justo merecimiento con la adversa fortuna y acrecentadas pasiones dan voces contra mi y llaman a todos que se maravillen dicieno: “¿Cómo en persona en que tantos males asientan puede haber algún bien?” Y de aquí se ha seguido que la obra mujeril y de poca sustancia que digna es de reprehensión entre los hombres comunes, y con mucha razón seria digna de admiración en el acatamiento de los singulares y grandes hombres, porque no sin causa se maravilla el prudente cuando ve que el necio sabe hablar.

Flora Tristán - "Paseos por Londres"

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Este texto forma parte del capítulo "Mujeres públicas" del libro "Paseos por Londres" que Flora Tristán publicó en 1840. Un análisis de la sociedad inglesa de la primera mitad del siglo XIX. En esta obra la autora llega a afirmar: "la esclavitud no es a mis ojos el más grande de los infortunios humanos desde que conozco el proletariado inglés".
Jamás he podido ver una mujer pública sin ser conmovida por un sentimiento de compasión por nuestras sociedades, sin sentir el desprecio por su organización y odio por sus dominadores que, extraños a todo pudor, a todo respeto por la humanidad, a todo amor por sus semejantes, reducen la criatura de Dios al último grado de abyección. ¡La rebajan por debajo de lo brutal!
Comprendo al salteador que saquea a los que pasan por los grandes caminos y entrega su cabeza a la guillotina. Comprendo al soldado que se juega constantemente su vida y no recibe nada a cambio sino unos centavos por día. Comprendo al marinero que expone la suya al furor de los mares. Los tres encuentran en su oficio, una poesía sombría y terrible.
Pero no podría comprender a la mujer pública abdicando de ella misma, aniquilando su voluntad, sus sensaciones, entregando su cuerpo a la brutalidad y al sufrimiento y su alma al desprecio. La mujer pública es para mí un misterio impenetrable... Veo en la prostitución una locura horrenda, o bien es en tal forma sublime que mi ser humano no puede tener conciencia de ello.Arrostrar la muerte no es nada; pero ¡qué muerte afronta la mujer pública! Está comprometida con el dolor y consagrada a la abyección. Sufre torturas físicas incesantemente repetidas, muerte moral en todos los instantes, y desprecio de sí misma.
Lo repito, hay en ella algo de sublime o de locura.
La prostitución es la más horrorosa de las plagas que produce la desigual repartición de los bienes de este mundo. Esta infamia marchita a la especie humana y atenta contra la organización social más que el crimen.
Los prejuicios, la miseria y la esclavitud combinan sus funestos efectos para producir esta sublevante degradación. Sí, si no se hubiese impuesto a la mujer la castidad por virtud sin que el hombre a ello fuese obligado, ella no sería rechazada de la sociedad por haber accedido a los sentimientos de su corazón, y la mujer seducida, engañada y abandonada no estaría reducida a prostituirse. Sí, si vos la admitieseis a recibir la misma educación, a ejercer los mismos empleos y profesiones que el hombre, ella no sería más frecuentemente que él propensa a la miseria. Si vos no la expusieseis a todos los abusos de la fuerza, por el despotismo del poder paterno y la indisolubilidad del matrimonio, ella no estaría jamás colocada en la alternativa de sufrir la opresión y la infamia.
La virtud o el vicio supone la libertad de hacer bien o mal; pero cuál puede ser la moral de la mujer que no se pertenece a sí misma, que no tiene nada propio, y que toda su vida ha sido preparada a sustraerse a lo arbitrario por la astucia y a la coacción por la seducción. Y cuando es torturada por la miseria, cuando ve el goce de todos los bienes alrededor de los hombres, ¿el arte de gustar, en el cual ha sido educada no la conduce inevitablemente a la prostitución?
¡Por ello, que esta monstruosidad sea imputada a vuestro estado social y que la mujer sea absuelta! Mientras que ella esté sometida al yugo del hombre o del prejuicio, a que no reciba la más mínima educación profesional, que esté privada de sus derechos civiles, no podrá existir ley moral para ella. En tanto que no pueda obtener el goce de los bienes sino por la influencia que ella ejerce sobre las pasiones, que no haya título para ella y que sea despojada por su marido de las propiedades que ella ha adquirido por su trabajo o que su padre le ha dado, que no sepa asegurarse el uso de los bienes y de la libertad sino viviendo en el celibato, no podrá existir ley moral para ella, y puede afirmarse que hasta que la emancipación de la mujer tenga lugar, la prostitución irá creciendo todos los días.
Las riquezas están repartidas más desigualmente en Inglaterra que en ningún otra parte, la prostitución debe ser por lo tanto más considerable. El derecho de testar no está restringido por la ley inglesa, y los prejuicios aristocráticos que reinan en el pueblo, desde el feudo del lord hasta la cabaña humilde del «labrador», hacen instituir «un heredero» en todas las familias; en consecuencia las hijas no tienen sino débiles dotes, a menos que no tengan hermanos.
No obstante, existen solo unos pocos empleos para las mujeres que han recibido alguna educación; además los prejuicios fanáticos de las sectas religiosas hacen rechazar de todo hogar, y a menudo incluso del techo paterno, a las muchachas que han sido seducidas o engañadas, y la mayor parte de los ricos propietarios del campo, los fabricantes y los jefes de fábricas hacen el juego de seducirlas y engañarlas.Ah , que estos capitalistas, que estos propietarios del suelo, a quienes los proletarios hacen tan ricos por el intercambio de catorce horas de trabajo por un pedazo de pan..., están lejos de compensar, por el uso que hacen de su fortuna, los males y desórdenes de todo género que resultan de la acumulación de las riquezas en sus manos. Aquellas riquezas casi siempre alimentan el orgullo y ocasionan excesos de intemperancia y de libertinaje, de suerte que el pueblo pervertido por su horrible miseria es todavía corrompido por los vicios de los ricos.
Las muchachas nacidas en la clase pobre son empujadas a la prostitución por el hambre. Las mujeres son excluidas de los trabajos del campo y cuando no son ocupadas en las manufacturas, no tienen otro recurso de vida sino la servidumbre y la prostitución.
...

Sobre las dificultades que existen a la hora de poder ser simultáneamente multiculturalista y feminista.
Uno de los errores que envuelven a la corriente del multiculturalismo reside en el uso de la falacias ad misercordiam y ex populo. Y aunque la primera apela a los sentimientos con el fin de crear un clima emocional a favor de una causa, y aunque la falacia ex populo maneja el criterio cuantitativo de la mayoría como núcleo argumental, no obstante y pese a sus diferencias estas falacias tienen algo en común: las personas que incurren en ellas, convencidas de que tienen la razón de su parte, no entran a valorar otros aspectos y, por tanto, en su intención no está profundizar. Y puesto que, además, se empeñan en utilizar un criterio dogmático de verdad basado, bien, en el afecto (falacia ad misercordiam), bien, en la fuerza del número (falacia ex populo) se conducen por estereotipos más o menos manidos y apenas dejan sitio para la argumentación y el razonamiento. Así, entre las muchas limitaciones ideológicas que enturbian la corriente del multiculturalismo, aquí observaremos las dificultades que existen a la hora de poder ser simultáneamente multiculturalista y feminista.

Orígenes del multiculturalismo
En el año 1789 nacía, en Francia, la Asamblea revolucionaria. Cien años más tarde, en 1889, era creada la Segunda Internacional, y con el paso del tiempo, en 1989, Europa era espectadora del hundimiento del Telón de Acero y del desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.), y demás países satélites. En esta situación y a falta de un proletariado al que redimir, buena parte de la izquierda europea se afanaba en encontrar grupos y colectivos humanos a los que poder prestar su atención. En medio de una gran crisis ideológica arraigaría con fuerza el multiculturalismo.
Dos son en esencia las características de este movimiento que pretende erigirse en voz de las nuevas víctimas, en mensajero de ese nuevo proletariado que son los pueblos oprimidos del mundo. Por una parte, el multiculturalismo constituye un fuerte revulsivo frente al fenómeno de la globalización y homogeneización que por doquier y a su paso genera Occidente. De hecho, el multiculturalismo critica el modelo monocultural, por exclusivista, de Occidente, al tiempo que proclama el valor y coexistencia de todas las culturas. Pero por otra parte, el multiculturalismo reivindica la necesidad de mantener, incluso ante el riesgo de extinción, algunas de las muchas y variopintas identidades culturales que hay en el planeta. Es más, en ocasiones, autores como Philip Alston, Cees Flinterman, la filósofa holandesa Marlies Galenkamp… propician la aparición y vigencia de nuevos derechos, los derechos culturales. Por supuesto, en esto colabora la seducción por la virginidad, por el folclore, por el primitivismo, por la riqueza cultural…, por el sueño de la armonía colectivista, asunto que supo traducir muy bien Ana Tortajada al escribir, refiriéndose a la sociedad afgana, cómo:

«lo común está por encima de lo individual, las necesidades del grupo se priorizan y es el grupo quien vela por las de cada individuo. El individualismo feroz de nuestra sociedad no existe entre ellos. Las decisiones se toman de forma consensuada.»
Pues bien, si tan estupenda es la estructura de la sociedad afgana, ¿para qué viajó Ana Tortajada a Afganistán, por qué pretendía descolectivizar a las mujeres que bajo la presión del grupo viven en los muros carcelarios del burkha? Y sobre todo, si Tortajada habla del individualismo como algo «feroz», ¿por qué se empeña curiosamente en convertir a las mujeres en personas, esto es, en individuos con margen de decisión y voluntad propias?
Al margen de los sueños y mitos que siempre generan las vanguardias, lo cierto es que el multiculturalismo choca con los esfuerzos que despliegan las Agnes Siyiankoi (Kenia) que, con riesgo a sus personas, han criticado no solo la forma en que las tradiciones culturales fosilizan a las personas, sino el modo en que consiguen marginar, desde poéticas retrógradas, a las mujeres massai. Y mientras a muchas mujeres no occidentales que defienden los valores democráticos de Occidente se las acusa de traicionar a sus culturas y de caer en las trampas del occidentalismo, paralelamente sucede que a quienes defienden desde Occidente la extensión de libertad y los derechos individuales se les denigra bajo el argumento de generar a su paso intolerancia y xenofobia cultural.
Que el multiculturalismo choque con los esfuerzos de emancipación de las Agnes Siyiankoi no es casual, tanto o más cuanto que esta ideología procede a definir a las personas en términos culturales negando, frente a la tradición de Occidente, la vigencia de la idea de ciudadanía política y social. Ahora bien, bajo estrategia, ha declarado recientemente Oriana Fallaci,
«Occidente revela… un odio por sí mismo que es extraño y solo puede ser considerado patológico; Occidente… ya no siente amor por sí mismo, en su propia historia solo ve lo que es deplorable y destructivo, mientras que no percibe lo que es grande y puro».{1}
Yendo un poco más allá de la observación de Fallaci, planteamos esta pregunta: ¿todas las identidades culturales han de ser amparadas, mimadas, protegidas, incluso fomentadas por igual, incluso a riesgo de pervertir y vaciar el concepto de igualdad? ¿Todas las manifestaciones culturales son en sí elementos dignos de aplauso y de reconocimiento al margen, inclusive, de que existan burkhas, esclavitud femenina, ablación de clítoris, uso de discos alargadores del cuello femenino, lapidación hasta la muerte de mujeres, etc.? ¿Es lícito enfatizar desde el multiculturalismo en la necesidad de poner en práctica políticas asimilacionistas, amén de proteccionistas, cuando el nexo embrionario de muchas culturas es ferozmente machista, además de netamente represivo y antihumano? ¿No se corre el riesgo de mantener a grandes colectivos, entre ellos el de las mujeres, dentro del terreno de lo presimbólico y de la muerte civil? O como ha denunciado la musulmana canadiense-ugandesa Irshad Manji, ¿es que «la cultura es razón suficiente para consentir el sufrimiento humano»?

Latifundios culturales
«Imágenes en movimiento y espectadores desterritorializados que funcionan como fuerzas estimulantes al trabajo de la imaginación [...]. La imaginación presenta, incluso, una fuerza peculiarmente nueva en la vida social de la actualidad: como nunca antes, muchas más personas en muchas más partes del planeta consideran un conjunto mucho más amplio de vidas posibles para sí y para otros.» Arjun Appadurai, La modernidad desbordada (2001)
Aun a riesgo de recibir el baldón del «etnocentrismo», no cabe duda de que cuesta trabajo ser simultáneamente multiculturalista y feminista, pese a toda la imaginación que queramos echar según Appadurai. Y decimos que «cuesta mucho trabajo» sobre todo cuando vemos cómo en el multiculturalismo funciona a la perfección la paradoja nominalista que Claude Lévi-Strauss supo a la perfección formular. Decía categóricamente este antropólogo, y a modo de mandamiento del credo multiculturalista, que «salvaje es quien llama a otro salvaje».
Aunque contiene bastantes dosis de verdad la formulación de Lévi-Strauss, no obstante debemos tener cuidado y no caer en cualquier tentación de dogmatismo, sea del signo que sea y provenga de donde provenga. Es más, si la capacidad de pensar, de reflexionar es lo que nos hace humanos, que no fanáticos, nunca se puede admitir como silogismo verdadero que la crítica hacia los países no occidentales esconde siempre y por definición una forma de neocolonialismo. Y es que nunca es buen negocio, ni a corto ni a largo plazo, sostener la existencia de latifundios culturales inmunes y externos a la crítica y más cuando, en caso de negarse desde la Weltanschauung multiculturalista el derecho a censurar costumbres, ritos… no occidentales, podríamos encontrarnos en el absurdo de no poder desplegar, por la misma regla de tres, el espíritu crítico contra muchos de los comportamientos deplorables que ensombrecen a Occidente. Y entonces nadie, pongamos un ejemplo, podría criticar a un hombre que pega a su mujer y/o a sus hijos porque, al criticar a un maltratador, pasaría ontológicamente a convertirse en «maltratador». Y nadie, ni siquiera la escritora senegalesa Biléoma Mbaye, alias Ken Bugul, que se ha casado con un hombre que tiene 20 esposas, debería censurar lo que le sucede en una capital europea a una joven emigrante, sumida en las drogas y la prostitución. Y de idéntica forma nadie podría, en fin, denunciar el holocausto hitleriano y estalinista porque, en el momento de hacerlo, se volvería, gracias a los poderes mágicos del lenguaje, en un salvaje. Y tan solo por tildar de inhumanos a quienes permitieron el auge y propagación de esos enormes incendios genocidas.

El regreso de Gorgias
El sofista Gorgias decía, en un arranque de nihilismo, que «la verdad no existe y que si existiera sería inexpresable». Con el multiculturalismo, el espíritu de Gorgias ha vuelto de lleno a la escena ideológica, pues desde él, las multiculturas son artefactos, por invaluables, incomprensibles, amén de inexpresables para quien está situado al otro lado de la frontera y las mira con ojos occidentales.
En medio de esta opacidad epistemológica, la anatomía de las multiculturas es recorrida por esencias inaprehensibles. Ahí radica, pues, la grandeza de las multiculturas. Y quizá también ahí radica su misterio, su excepcionalidad. Sin embargo, si las multiculturas son, al modo dionisíaco, engendros que escapan a la razón, pues no permiten ser enjauladas dentro del yugo de las palabras lógicas, resulta que las multiculturas acaban siendo consideradas como expresiones llenas de vida, capaces de trascender el espacio de cualquier debate e incluso de superar las lindes de cualquier crítica.
Con un planteamiento nihilista de este tenor, ocurre que al final el irracionalismo acaba caracterizando a las culturas no occidentales. E igual que los seguidores de la ufología sostienen que las pirámides egipcias y aztecas fueron construidas con la ayuda de seres extraterrestres, pues afirman que la arquitectura tan compleja de esos edificios no pudo ser fruto de la pequeña inteligencia de egipcios y aztecas, del mismo modo hoy en día se acepta que el no Occidente permanezca lejos de los beneficios de la racionalidad, a descubierto del techo de la sensatez y del Estado de Derecho, toda vez que es negada la existencia de principios éticos universales.
Sin duda, la bandera de la diversidad (y de la falsa igualdad) moral es uno de los peores frutos del «multiculturalismo». Movimiento este que en lugar de lanzarnos a la transformación, en el sentido izquierdista, de la realidad nos sume en el apeadero de la parálisis y de la inacción: ¡Salvaje es quien llama a otro salvaje! Ergo, no puedo hacer nada ante la injusticia que para mí y desde mi cultura es injusticia, y más cuando lo que yo tipifico como injusticia constituye un valor de norma de la cultura a la que no pertenezco y me es ajena. Dicho con otras palabras. A falta de normas objetivas, externas al grupo, no existe el derecho a evaluar y, menos aún, a inmiscuirse en los usos y costumbres de las otras culturas. Y pese a que, en el período que abarca de 1996 a 2001, el número de mujeres clitoridectomizadas ha ascendido a 130 millones según datos de la OMS, no obstante siempre sería erróneo proceder a criticar una cultura foránea, así como sus respectivos referentes (como extirpación del clítoris, como negación de derechos para las mujeres…). Y sería erróneo por la falta de identidad, de lealtad y de pertenencia cultural de quien lanza denuncias y nunca ha vivido y/o aceptado los valores culturales que osadamente pone en solfa.
¡No existe la verdad, decía Gorgias, y si existiera sería inexpresable! Sin embargo y como denuncia la feminista de origen somalí Ayaan Iris Alí, «lo que estos relativistas culturales no ven es que al mantener temerosamente al margen de toda crítica a las culturas no occidentales, encierran al mismo tiempo a los representantes de aquellas culturas en su atraso. Detrás de todo ello están las intenciones más dispares, pero ya sabemos que el camino al infierno está pavimentado de los mejores propósitos. Se trata del racismo en su acepción más pura».
Con esta forma, pues, de enfocar las relaciones humanas el veneno de la exclusión siempre está ahí, oculto, agazapado. De hecho, por cuestiones tan coloristas como conservacionistas, en nombre del multiculturalismo se están creando nuevos guetos e impidiendo que los seres humanos, al ser asimilados como «lo otro», puedan romper con sus tradiciones y costumbres musivarias. Pero es que también, en nombre del multiculturalismo, paradójicamente se está cercenando la posibilidad de que las mujeres abandonen su status de alienación e invisibilidad milenarias y, por tanto, dejen de ser prisioneras de esas culturas tan antiilustradas y antimodernas como igualmente represoras y machistas.
Pues bien, ante estos y otros desatinos solo cabe decir, como ha apuntado Rosa Cobo, que «la exaltación de la diversidad moral no significa necesariamente mayor desarrollo moral. Ni toda diversidad ni toda diferencia son éticamente aceptables, ni todo punto de vista cultural en sí mismo tiene valor ético. La cultura y la moral son ámbitos distintos: «no es lícito moralmente aceptar incondicionalmente toda variedad de vida por el sólo hecho de ser diferente. La diversidad, tomada en sí misma, no tiene ninguna connotación moral positiva. Ni toda experiencia nueva es saludable ni todas las formas de vida son moralmente legítimas». Las prácticas culturales y las formas de vida diferentes son dignas de protección y defensa sólo si no vulneran los derechos de los individuos. La mutilación genital femenina es una práctica cultural que no amplía precisamente el contexto moral».{2}

Cuestión de «anécdota»
El problema gravísimo que tiene a sus espaldas planteado el multiculturalismo es que, bajo la añagaza de tolerancia y respeto a las culturas, no solo estamos olvidando a las personas de carne y hueso, sino que convertimos a las mujeres y hombres en súbditos de sus respectivas Culturas. Y si nosotros podemos criticar los defectos, que los hay, de nuestra cultura occidental, no obstante, y esto es fruto de la falacia ad hominem, no permitimos sin embargo lanzar críticas hacia culturas no occidentales. Dicho de otra forma. El problema gravísimo que tiene a sus espaldas planteado el multiculturalismo es que, bajo la fascinación romántica y hegeliana de respetar el Volkgeist de las Culturas del Mundo, omitimos el dato, en absoluto banal, de que enormes sectores de la población carecen de los más mínimos derechos civiles y políticos. ¿Es por esto por lo que algunos heraldos de la multiculturalidad admiten la ablación del clítoris, o clitoridectomía? Sin duda, pues en estos términos se ha posicionado la Premio Nobel africana Wangari Maathai y, cómo no, también la política, también africana, Aminata Traoré. Recordemos que Aminata Traoré, ex ministra de Cultura de Mali, afirmó sin tapujos que «nos duele más el expolio económico que la ablación».{3}
Con esta filosofía a todas luces reaccionaria, no extraña entonces que, tras dirimir en cónclave la excelencia de unos ensayos feministas entregados a la ocasión para un certamen de investigación, uno de los miembros del jurado, para más señas mujer, tuviera la audacia de soltar en voz alta que «la ablación del clítoris era una anécdota». Tamaña afirmación, que me dejó espantada, y perpleja durante muchos días, no solo procedía del acaloramiento pasional que siempre genera el fanatismo ideológico; asimismo provenía de la propia contradicción que asfixia a los partidarios de cierta progresía, sean hombres o mujeres. Contradicción por la que, pese a defenderse en nombre de la multiculturalidad, y en bonita oratoria, la riqueza de pareceres y la pluralidad de conductas, casi nunca llega a aceptarse –de nuevo, la falacia ad hominem– a quien diverge del sentido absoluto (y oficialista) de los heraldos de la contracultura. Y es que, llevada por la pasión, buena parte de la vanguardia artística e intelectual desarrolla, gracias al bautismo de ideas, un peligroso status «vocacional», asunto que criticaría y seriamente el escritor polaco Witold Gombrowicz cuando pudo no solo percibir en primera persona los efectos que generan esas jaulas invisibles que son las ideologías, sino advertir en clave testimonial cómo se te permite poner en duda todas las verdades si estás al lado de lo que es objeto de crítica, y cómo al mismo tiempo:
«tengo que silenciar estos mismos autoanálisis al encontrarme dentro de las filas de la revolución. Ahí, de golpe, la dialéctica cede su sitio al dogma y, a consecuencia de un viraje asombroso, este mundo mío relativo, movedizo, confuso, se vuelve un mundo definido, con precisión, sobre el cual en realidad ya todo se sabe. Hace un momento planteaba yo problemas –ellos me incitaron a hacerlo solo para que pudiera salir de mi piel con facilidad– ahora, cuando estoy a su lado, tengo que volverme categórico. Me asombra esta increíble duplicidad [...] incluso de los más intelectualmente refinados: cuando se trata de destruir la verdad del pasado ese hombre despierta nuestra admiración por la libertad de su espíritu desmitificador, por el anhelo de sinceridad interior, pero cuando seducidos por ese canto dejamos que nos lleve hasta su doctrina, ¡paf!, la puerta se cierra… y ¿dónde nos encontramos? ¿En un monasterio? ¿En el ejército? [...] No se halla uno frente a un ilustrado sino frente a un ciego, semejante a la noche más oscura. ¿Librepensador? Sí en tu terreno. En el suyo, fanático»{4}
A la sombra del Padre «Las Casas»
El odio hacia Occidente forma parte de la peor cosecha del nacionalismo ideológico que denominamos «multiculturalismo». Es por ello por lo que pueden aparecer en su seno, y no pocas veces, elementos doctrinalmente reaccionarios, amén de peligrosos. («La ablación del clítoris es una anécdota», declaraba una feminista de pro.) Pero ante estas declaraciones de las Aminata Traoré de turno, quiero recordar este dato: ¿no había dicho Marx que las normas sociales, que las leyes, que las costumbres… eran fruto directo de las condiciones históricas y que para avanzar había que cambiar, transformar, modificar esas condiciones históricas y ello con el fin de sacar a las personas del estado de postración, de alineación, de indefensión… en el que viven y permanecen? Entonces, ¿por qué separar la clitoridectomía de la pobreza, del analfabetismo y del horror que generan muchas culturas patriarcales sexualmente represoras? ¿Es que solo hay que criticar a Occidente, es que no hay nada deplorable fuera de él?
Si en su momento a Marx y a Engels les preocupó y mucho la elevada tasa de alcoholismo entre la clase obrera, ¿por qué hoy un sector del feminismo que siente en sus manos la llama rebelde del neomarxismo y se declara a la vez pro multiculturalista no habla, en sus cursos, libros y seminarios, de las prácticas de mutilación genital (clitoridectomía, extirpación de labios menores, infibulación, segregación, maltrato, falta de derechos civiles…)? ¿Por qué, en nombre de un falso sentido de la tolerancia, cierto feminismo multiculturalista calla que las prácticas de ablación del clítoris afectan a más de dos millones de mujeres al año, como se denunció durante la Conferencia sobre Población y Desarrollo, celebrada en La Haya a instancias de la ONU? No lo sabemos, pero en todo caso si el significado multiculturalista de la tolerancia parece tolerarlo todo, las luchas de Katharine Stewart-Murray, de Germaine Tillion, de Constance Yai, de Waris Dirie, de Hayaan Hirsi Ali… y de otras muchas amazonas contra estas torturas bárbaras naufragarán en la nada.
El sevillano Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566) se hizo eco, por su elevada sensibilidad, de las desdichas que padecían los indios a manos de los conquistadores españoles. Fue, pues, un acérrimo defensor de los derechos humanos de los indios. Y así, por ese afán justiciero suyo, ha pasado a la Historia. Sin embargo y para su desgracia, Las Casas justificó la esclavitud de los negros con el fin de lograr la liberación de la población amerindia. De este modo, emprendió la lucha por liberar a una parte de la humanidad suscitando, al mismo tiempo, no menos efectos calamitosos sobre otra porción de la humanidad, de modo y manera que al defender a unas víctimas provocó otro tipo de víctimas.
Este suceso bastante desconocido, incluso entre la élite intelectual, posee un enorme valor, pues cabe preguntarse si no llevamos a nuestras espaldas la sombra de «Las Casas», o si al abanderar sin matices ni debates ese nacionalismo ideológico que es el multiculturalismo no repetimos la obra de fray Bartolomé.

Feministas invisibles
«No, no se trata de una cuestión de identidad. Se trata de derechos humanos. No puedo callar ante la humillación de la que son objeto las mujeres en nombre del Islam.» Entrevista a Irshad Manji, Algemeen Daghlad, 19-VI-2004.
Desde hace muy poco tiempo empiezan a editarse tímidamente textos de mujeres y hombres que, desde otros países, ejercen el oficio de la escritura. Es el caso de Ama Ata Aïdoo, Amma Darko, Amos Tutuola, Bandele-Thomas alias Biyi, Ben Okri, Buchi Emecheta, Calixthe Beyala, Chinua Achebe, Ken Saro-Wiwa, John Maxwell Coetzee, Nuruddin Farah, Ken Bugul, Mariama Bâ, Nuruddin Farra, Sami Tchak, Sédar Senghor, &c. Con sus aportaciones no solo conocemos sus pensamientos, sus temores, e inclusive sus obsesiones más íntimas. Sino que además siempre son motivo de enriquecimiento. Y es aquí donde reside lo mejor del multiculturalismo que, como reacción a la cultura de la identidad, defiende el valor de las opiniones, la riqueza de las divergencias, de los matices…, al tiempo que subraya la necesidad de la pluralidad, lo cual es encomiable. Sin embargo, debajo de esta búsqueda de lo multifactorial, o debajo del empeño en no encerrarse en estereotipos facilones y manidos comprobamos la existencia de una vis perversa. ¿Por qué? Porque para quien defiende el multiculturalismo la libertad individual y, con ella, la democracia no son entidades culturales que valgan la pena aplicar en la mayoría de los países no occidentales. Así que es esencialmente por este hecho por lo que criticamos ese multiculturalismo que propaga el culto pagano al etnicismo y, lo que es peor, propende a provocar dosis de racismo, tanto o más cuanto que la discriminación cultural (o hecho diferencial) es un motivo para que el buen salvaje continúe sin cambios, en su nivel de atraso, viviendo como un fósil dentro de ese útero cultural «exótico y pintoresco» que es el Tercer Mundo. Y es que como denuncia el antropólogo indio y profesor de la Universidad de Chicago Arjun Appadurai:
«en la medida en que muchos de nosotros nos encontramos racializados, biologizados, minorizados y reducidos –en vez de potenciados– por nuestros cuerpos y nuestras historias [resulta que] nuestros acentos, diferencias y peculiaridades se vuelven nuestras prisiones, y la figura de la tribu nos diferencia y nos aparta.»{5}
Mientras las élites de Occidente se embarcan en la new wave multiculturalista que, por cierto, también es defendida, y no es casual, por la extrema derecha francesa, en concreto por la Nouvelle Droite; y mientras la práctica mayoría de la clase intelectual occidental busca salvar su crisis de identidad arrojándose a los fueros de la transexualidad cultural, asunto que ya el propio Chauteaubriand supo describir al encontrarse a un europeo que quería ser indio; ocurre que es prácticamente inaudible escuchar aquellas voces críticas de quienes no han nacido en Occidente y, sin embargo, observan en carne propia los desvaríos que genera esa caquexia denominada «ensimismamiento multicultural». El escritor nigeriano Wole Soyinka, el escritor británico de origen indio Salman Rushdie, el pensador árabe nacido en Damasco y afincado en Alemania Bassam Tibi, el escritor de Costa de Marfil Ahmadou Kourouma, el profesor tunecino Mohamed Charfi, el disidente egipcio Ahmed Subhy Mansour, cofundador del Centro por el Pluralismo Islámico, &c., son algunas de las figuras representativas que trabajan desvelando de forma crítica el legado histórico de sus culturas de origen. Pero por otra parte, no lo olvidemos, dentro de ese feminismo que es invisible para Europa destacan las aportaciones de la psicóloga siria Wafa Sultán, de la diputada holandesa de origen africano Ayaan Hirsi, de la norteamericana de origen egipcio Nonie Darwish, de la escritora iraní exiliada en Francia Chahla Chafiq, de la periodista canadiense-ugandesa Irshad Manji, de la socióloga marroquí Fatima Mernissi, de la doctora india Taslima Nasreen, de la pensadora egipcia Seif Al-Dawla, de la embajadora somalí de las Naciones Unidas Waris Dirie, de la presidenta del Tribunal Internacional para los crímenes de Ruanda, la sudafricana Navanethen Pillay, de la nigeriana Funmilayo Ransome Kuti… Y todas estas mujeres, conocedoras de los yerros que regalan sus respectivos úteros culturales, no solo proceden a denunciar las injusticias de sus hábitats culturales, hecho que choca con el mito esteticista del multiculturalismo. Sino asimismo reclaman la extensión de las reglas del estado de derecho. Hecho que vuelve a chocar con el ideal antioccidentalista del multiculturalismo.

La pregunta
«¿Por qué todos sueñan con esa criatura silenciosa y sumisa, totalmente escondida tras un velo? ¿Qué misterio se esconde tras ese sueño político que contagia todos los escenarios políticos, tanto de izquierdas como de derechas, tanto los regímenes oficialmente establecidos como las oposiciones clandestinas? [...] ¿Hasta cuándo los políticos árabes mantendrán vivo el sueño de la mujer obediente, modesta y resignada con la cabeza caída como víctima, cuando ellas no solo han dejado de vivir sus papeles tradicionales, sino incluso han abandonado las fantasías tradicionales de los hombres?» Fatima Mernissi, El poder olvidado (1993)
Llegados a este punto de la exposición, la pregunta es: ¿por qué nos estamos lanzando, desde el nacionalismo multiculturalista, al espacio del aldeanismo y de la fragmentación? ¿Por qué la idea generalista de democracia parece absolutamente incompatible con el sentido de la verdad que defienden los/las patriotas de la multicultura? Es más, ¿por qué abundan en el ámbito mediático las Wangari Maathai y no las Hayaan Hirsi? ¿Y por qué no se denuncia que en muchos países de la Tierra el honor masculino se alimenta de la represión que se ejerce contra el sexo femenino, asunto que recientemente ha puesto de relieve el escritor Salman Rushdie?{6}
Quizá la respuesta a estas paradojas esté, como ha afirmado el filósofo Gustavo Bueno, en el hecho de que «si la izquierda en nuestros días se nos muestra como una idea cada vez más oscura y confusa, esto se debe en gran medida a que la idea de Razón que ella utiliza se da por supuesta con toda ingenuidad. Pero Razón y, sobre todo, racionalismo son términos ideológicos, conceptos envueltos en «nebulosas ideológicas», que es necesario tratar de aclarar y distinguir».{7} Y algo de razón tiene Gustavo Bueno cuando un marxista como Juan José Sebreli denuncia cómo una buena parte de la izquierda ha caído en manos del irracionalismo y, tras abandonar en la cuneta las idea de progreso e ilustración, glorifica por propia voluntad la idea de incomprensión de las culturas, cuando no, se adhiere a principios del «relativismo y el particularismo culturales».
Con estas artimañas conceptuales, ricas en paradojas y antinomias, desde luego se está consiguiendo confundir progreso con regreso, el sentido de la tolerancia con el hecho de tolerarlo todo y, lo que es peor, se está consiguiendo perpetuar una imagen acivilizada de la anatomía humana a partir de las entrañas, en apariencia, vanguardistas del multiculturalismo. Pero, claro, si con tal de defender nuestro ideario ideológico de moda caemos en la necedad y en la falta de autocrítica, al final no cabe duda de que vamos a hacer verdadero el apotegma que acuñó Jean François Revel en su obra titulada El conocimiento inútil (1988) cuando dijo que «la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira».
En cualquier caso, nos mintamos o no, no deja de ser llamativo que ahora, que estamos empezando a salir del largo túnel de los despotismos de izquierda, la bandera del babelismo se haya convertido con la moda de la multiculturalidad en símbolo de la fraternidad universal. Pero, ¿puede haber fraternidad universal a lo multicultural si millones de personas, por cuestiones de cultura, son bastante menos iguales que otras y, además, se les obliga a vivir bajo el techo de la pobreza a la vez que amarradas a los garrotes de la dictadura doméstica y/o política? Es decir, ¿puede haber fraternidad universal a lo multicultural cuando con voluntad de tolerancia se perdonan los efectos que producen los regímenes totalitarios sobre la libertad de las personas?
En el sudeste asiático, muchas niñas son vendidas por electrodomésticos y accesorios domésticos, al tiempo que en condiciones tan subhumanas florece todo tipo de prostitución, incluida la infantil. Así lo cuentan las doctoras en ciencias políticas Siriporn Skrobanek, Natayya Boonpakdi y Chutima Janthakeero. Por otra parte, en pleno corazón de Europa, en Turquía exactamente, se suceden todo tipo de violaciones legales contra las mujeres. Ahí está el informe de la OMCT Violencia contra la Mujer en Turquía que fue presentado al Comité contra la Tortura de la ONU en el año 2003. Por otra parte, los informes de la organización de Naciones Unidas sobre El desarrollo árabe publicados un año antes y que pueden leerse en internet ponen de relieve cómo la falta de libertad de los países árabes se alía siempre a incultura, a analfabetismo y, por supuesto, a violación de los derechos de las mujeres.
Al lado de estas investigaciones promovidas por la organización de Naciones Unidas, sabemos que en Afganistán, durante el gobierno de los talibanes, miles de mujeres murieron sin recibir asistencia médica porque, por cuestiones de pudor y de honor, el marido no consentía en dejar que el cuerpo de su esposa, aunque enferma, fuera examinado por un hombre-médico. En Nigeria la adopción del tribunal del honor está permitiendo decretar penas de muerte por lapidación contra las adúlteras, mientras que en Arabia Saudita, tal es nivel de indefensión en que vive la mujer, se producen a diario hechos que vulneran el abecé de la Carta de los Derechos del Hombre de Naciones Unidas, como el suceso que se produjo en la ciudad de la Meca cuando, al declararse un incendio en el interior de una escuela, quince alumnas perecieron. ¿El motivo del siniestro? La policía «moral» les impidió salir del edificio en llamas. No llevaban puesto el velo.{8}
Con estos datos que en absoluto son anecdóticos, resulta que el mito babélico del multiculturalismo que se está fraguando deja oculta en los sótanos del silencio la enorme y larguísima lista de cadáveres civiles que provocan determinadas formas de cultura. Es más, en nombre de esa gran torre de Babel llamada «multiculturalismo» se está manteniendo en las simas de la oscuridad la evidencia de que la miseria, las hambrunas, los genocidios… son un factor unido a formas no democráticas de gobierno, aunque en el fondo puede ocurrir que el multiculturalismo, en tanto residuo del utopismo revolucionario, sea un eco no muy lejano de las ideas de Jean-Jacques Rousseau, visto el empeño que exhiben los multiculturalistas al defender que el no occidental cual buen salvaje es capaz de estar alejado de los artificios de la civilización y resistir la apisonadora del progreso y vivir enteramente libre y puro de las amarras tecnocratizadoras de Occidente.
No hay duda, la búsqueda arcana (y mítica) de la autenticidad fascina, al tiempo que se cree que el no occidental no necesita tanto derechos políticos cuanto, por respeto al Volksgeist que se percibe en situación de riesgo, medidas de protección para su cultura. Ahora bien resulta difícil la emancipación de las personas desde la práctica tan neo-colonial como multiculturalista de la compasión y del dejar estar. Así que no nos llevemos a engaño, no hay pluralidad cultural que valga si las personas habitan homogéneamente en medio de la pobreza y uniformemente bajo la bota de las dictaduras y, además, les toca vivir idénticamente alienados y sin derechos de ninguna clase. Así que, en caso de empeñarse en ideas románticas sobre Pueblos y Culturas cerrando, al mismo tiempo, los ojos a lo que ocurre en el seno de esas sociedades colectivistas, habrá de decirse que mantener una utopía porque es utopía no solo constituye un error, sino que además genera efectos absolutamente contraproducentes, amén de reaccionarios.
Y es que no valen todas las utopías. Tan solo aquéllas que van dirigidas a respetar a las personas y, además, no dejan por el camino lo mejor de la universalidad de conceptos como ciudadanía, libertad, derechos políticos… En definitiva, la idea de identidad cultural no puede estar por encima de nociones políticas democráticas y transculturales como libertad, igualdad, y fraternidad. Por otra parte, el sueño ecuménico de construir una comunidad intercultural no puede erigirse al margen del status de ciudadanía. Y más cuando la igualdad del hombre y la mujer es un valor innegociable.
Consiguientemente, es de justicia reconocer que Occidente tiene, pese a su extensa y cainita historia colonial, valores positivos. Uno de ellos ha permitido la creación del Estado democrático y, con el desarrollo de la democracia, el que las mujeres hayamos podido romper el rol de víctimas y, por ende, logrado alcanzar el status emancipador de ciudadanas y gozar de los mismos derechos y deberes que los varones. Así que el sistema democrático de Occidente nunca es culturalmente el problema, tanto o más cuanto que, así lo consideramos, en él solo hay lugar para un humanismo verdadero: el que desde el Estado democrático acoge y respeta a las personas en su integridad física y psíquica y al margen de su lugar de nacimiento, del sitio en donde vivan, de la lengua que usen, del sexo y color de piel que tengan, de la edad que posean, de las ideas que profesen…
Dicho de otra manera: el sistema democrático de Occidente no es el obstáculo, ni para la musulmana Irshad Manji y ni tampoco para Shirin Ebadi, abogada tradicionalista islámica, musulmana conservadora y defensora de la Shar’îa y, al mismo tiempo, de los valores democráticos de Occidente.

¿Síndrome de Estocolmo?
Dice la multiculturalista de origen árabe Djaouida Moualhi en su artículo "Mujeres musulmanas: estereotipos occidentales versus realidad social" (2000) que
«para las magrebíes el velo nunca ha representado un obstáculo en su camino de emancipación». Y para justificar lo que dice no solo se apoya en los comentarios de Fátima Mernissi, de Hinde Taarji y Sophie Bessis. También señala Moualhi que el velo, «como el pañuelo o la mantilla en otras latitudes (tan frecuente en el Mediterráneo), existe desde hace muchos siglos en el Magreb, con los nombres de hayek, yelaba o melaya y hijab». Y subraya categóricamente la autora: «no hace mucho, las mujeres se cubrían con él como signo de elegancia, como hacían las antiguas griegas y romanas, y todavía puede verse en la alta costura parisina».{9}
Curiosamente Moualhi (a la que se le puede aplicar la expresión de Rawls sobre el «velo de la ignorancia») omite el dato importante de que las primeras musulmanas (Sakina Bint Hussein, Aicha Bint Tasha…) se opusieron a llevar el velo porque este adminículo poseía para ellas una simbología fuertemente sexual de forma y manera que, lejos de ser solo un elemento estético ubicado en la testa femenina, era un recurso dirigido a mermar su individualidad. Es más, mientras Moualhi, habla de la estrechez de miras de Occidente y de cuán hondos son sus prejuicios y estereotipos, olvida mencionar sin embargo que el cuerpo femenino es considerado impuro no solo en muchas zonas de la Tierra, sino también en el Magreb, suceso que criticó ya hace muchos años la feminista egipcia Nawal Al-Sa’dawi en su libro La cara desnuda de la mujer árabe (1977), cuando esta escritora y psiquiatra, fundadora de la Asociación de Solidaridad de las Mujeres Árabes y cofundadora de la Asociación árabe de Derechos Humanos, advirtió que la mujer según los preceptos del islam debe ser pura y, por tanto, ha de cumplir la norma de taparse. Y de ser socialmente invisible y políticamente inaudible. Y es acertada, sin duda, la crítica de Al-Sa’dawi, pues si nos atenemos a uno de los mandamientos del Ayatollah Jomeini resulta que «para la ley coránica cualquier juez estará habilitado para impartir la justicia en todos los casos si reúne estas siete condiciones: ser núbil, creyente, conocer perfectamente las leyes coránicas, ser justo, no estar afectado por la amnesia y no ser bastardo o de sexo femenino».{10}
Pero además, puesto que la palabra «islam» quiere decir entrega, cesión o abandono de uno mismo a Allah, ocurre que si omitiésemos el dato teológico de la pureza femenina no se explicaría el contenido de las máximas del Corán, Qur’an, escritas tras la muerte de Mahoma por los seguidores del profeta en el 640-655 d. C., y que dicen:
«Los hombres están por encima de las mujeres porque Dios ha favorecido a unos más que a otros [...] Aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestadlas, confinadlas en sus habitaciones, golpeadlas. Si os obedecen no busquéis pretexto para maltratarlas» (azora 4, aleya 38).
«Di a tus esposas, a tus hijas, a las mujeres creyentes, que se ciñan los velos. Este es el modo más sencillo de que sean reconocidas y no molestadas» (azora 33, aleya 59).
«No hay falta para ellas si las ven sus padres, sus hijos, sus hermanos, los hijos de sus hermanos, los hijos de sus hermanas, sus mujeres y lo que poseen sus diestras» (azora 33, aleya 55).«Permaneced en vuestras casas y no mostréis vuestra belleza. [...] Dios quiere alejar de vosotros –gentes de la casa del Profeta– la abominación y quiere purificaros por completo» (azora 33, aleya 34).
Desde luego, con estas referencias coránicas al pudor, al pecado, al tabú, a la necesidad de ocultar el cuerpo bajo la cortina del velo…, dudo mucho que las mujeres puedan, bajo el peso de férreos regímenes religiosos, usar el velo en la misma línea en que lo hacían las antiguas romanas. Es más, si en opinión de Djaouida Moualhi el acto de portar velo es un hecho meramente estético, ¿por qué entonces fueron en la ciudad de la Meca asesinadas quince alumnas cuando la policía «moral» impidió a las adolescentes, por no llevar velo, escapar de las llamas del fuego? Y si el velo constituye un simple aditamento ornamental, y no un referente ontológico de inferioridad femenina, ¿por qué la practicante musulmana Shirin Ebadi no lo portaba en 2003 en el momento de recibir el premio Nobel de la Paz? ¿Por qué esta reformadora y abogada presentándose sin velo denunció así ante la academia sueca la discriminación sexual que sufren las mujeres en los países islámicos? Es más, ¿por qué, si el velo es solo un trocito de tela, suscitó la ausencia del mismo en Shirin Ebadi tanto revuelo, tanta furia entre las autoridades iraníes?
Contra esa tendencia a minimizar la asfixia que paraliza a grandes sectores de la población femenina, siempre ha contra argumentado Nawal Al-Sa’dawi. E incluso habiendo sido amenazada de muerte por el fanatismo islámico, ha apuntado sin ambigüedades que, aunque el velo de las mujeres no es una práctica penalizadora exclusiva del islam, sí es cierto no obstante que a la mujer en los países islámicos se la enseña desde su más tierna infancia a ser invisible, a estar invisible, a vivir su cuerpo como un lastre, a aceptar llevar el hiyab desde el honor, la pureza y la virginidad y, al mismo tiempo, desde la necesidad de protegerse del exterior, en concreto de esas concupiscentes miradas de los hombres. En esta misma línea se ha posicionado recientemente Fatima Mernissi preguntándose: «¿por qué los políticos no soportan ver nuestro cabello y nuestras caras sin velo o que les miremos sin miedo de frente [...], por qué todos sueñan con esa criatura silenciosa y sumisa, totalmente escondida tras un velo?»{11}
Así que, puesto que ella, en tanto ser inferior, es mujer, que no varón, lleva puesto ese símbolo externo, de sujeción al hombre, que es el velo. Y puesto que es motivo de lujuria, a la par que fuente de placer, ella se esconde y ha de pasar desapercibida. Y cubrirse con el velo. Preguntada Jadicha Candela sobre el uso femenino del pañuelo, esta musulmana y feminista, letrada del Congreso de los Diputadas de España declaró:
«Las que se lo ponen no se dan cuenta de que están actuando de Bernardas Albas, guardianas de la falta de libertad. [...] Una mujer musulmana que se pone pañuelo en Occidente está diciendo que acepta esa discriminación. [...] Es un síndrome de Estocolmo que hay que erradicar.»
El multiculturalismo no puede tolerarlo todo y, por tanto, no puede tener, como ya lo apuntó Nancy Frazer, un carácter abiertamente indiscriminado, sin cortapisas ni filtros porque, en caso de que el multiculturalismo continúe abanderando los valores de la colectividad y anteponiendo la defensa de las culturas frente a la libertad individual e integridad física de las personas, estará permitiendo que aparezca en el horizonte el monstruo de Leviatán, del totalitarismo. Y desde la idea de respeto a la idiosincrasia de las Culturas estará dando fuerza, aire y legitimidad a una serie de costumbres moral y políticamente perversas. Lo dice perfectamente Irshad Manji:
«así como el Corán no se puede seguir en sentido literal, la sociedad multicultural tampoco es un dogma. Todavía ocurre que la gente, sea o no musulmana, tiene derecho a ser respetada si, a la vez, respeta a los otros. Así que no se deben utilizar dos criterios distintos cuando se trata de derechos humanos».{12}
El arquetipo de la «mujer eunuco»
A pesar de la relación entre poder y sumisión, entre hombre y mujer, entre cabezas descubiertas y cabezas veladas, insiste Djaouida Moualhi en que
«una gran parte de los periodistas continúa viendo a estas mujeres como víctimas dependientes en un estado de semiesclavitud, culpando de ello a la religión musulmana. Los medios de comunicación propagan imágenes deformadas y estereotipadas sobre el velo, la clitoridectomía y la violencia política en países musulmanes; en una economía del discurso que ha medrado aún más con la violencia que desarrollan algunos miembros de los movimientos integristas islámicos».{13}
Lejos de cualquier metafísica autocomplaciente, los hechos hablan por sí mismos. La organización Médicos Mundi lleva denunciando desde 1996 cómo en cada minuto que pasa se cometen en el mundo cinco ablaciones de clítoris. Lo que supone que cada día mil quinientas niñas son mutiladas. (Otras organizaciones triplican el número de clitoridectomías cometidas cada día.) Y, por otro lado, aun cuando la clitoridectomía es una costumbre tribal netamente preislámica, no obstante según UNICEF la ablación femenina es una práctica propia de los países islámicos de Oriente Medio (Yemen, Omán, Bahrein y Emiratos Árabes….). También, aunque, en menor medida, de la India, y muy frecuente en 25 países africanos islamizados como, por ejemplo, Yibuti y Somalia, en donde la cirugía de ablación afecta casi a la totalidad de las niñas, exactamente al 98%. Y si en Sierra Leona, según UNICEF, las dimensiones de la clitoridectomía son de igual manera preocupantes, pues el 90% de las niñas entre 4 y 13 años acaba sufriendo la mutilación, lo mismo acaba sucediendo en Etiopía y en Eritrea. Y mientras que en Sudán se practica esta bárbara cirugía entre el 80% y el 95% de la población femenina, en Malí y Burkina Faso la ablación del clítoris afecta al 70% de las mujeres. ¿Y en Egipto? Las cifras oficiales fluctúan y alcanzan hasta el 50%, aunque en las zonas rurales puede ascender al 90% de la población femenina.
Frente a Sigmund Freud que, haciendo uso del método socrático, trataba de curar por la vía de la palabra a las mujeres que presentaban en su consulta problemas psicológicos, Isaak Baker Brown siempre sobresalió por su sed cirujana. Recordemos que este ginecólogo londinense llegó, en plena época victoriana, a ser nada menos que presidente de la Sociedad Médica de Londres y defensor de, entre otras prácticas, de la clitoridectomía. Autor de un libro de éxito La curación de formas indiscutibles de locura, epilepsia, catalepsia e histeria en las mujeres (On the Curability of certain Forms of Insanity, Epilepsy, Catalepsy, and Hysteria in Females: 1866), Brown proponía la técnica de cortar con tijeras el órgano eréctil de la vulva femenina, más conocido como clítoris. ¿Con qué propósito? Con el fin de curar la rebeldía de las adolescentes, también de paso el onanismo, e incluso la indisciplina de esas casadas que no querían tener hijos o, en su osadía, osaban rechazar el débito conyugal. Pero además, a juicio de este ginecólogo, la mayoría de las enfermedades podían ser atribuidas a la sobreexcitación del sistema nervioso, en concreto a la sobreexcitación del nervio púdico situado en el clítoris.
Aunque alcanzó cotas de fama y hasta de reconocimiento social, Baker Brown acabó siendo expulsado de la Sociedad Londinense de Obstetricia. Sin embargo, y a pesar de que han transcurrido más de ciento cincuenta años desde los experimentos extirpatorios de este médico, tal tipo de conductas mutiladoras pervive hoy por hoy no solo en amplias áreas del mundo sino también, como ha denunciado recientemente a la revista Io Dona la somalí Waris Dirie, en el mismo corazón de Europa.{14}
Los Dogones, pueblo africano, habitante de la meseta de Bandiagara, en Mali, explican de forma diáfana el origen de la clitoridectomía. Según su mitología, los seres humanos conservan en su anatomía restos de su originaria androginia. El prepucio es un residuo femenino y, con tal obstáculo a su desarrollo, debe ser amputado para que así, sin impurezas, el niño alcance con plenitud su masculinidad, su deseada hombría. La niña, por el contrario, deberá desprenderse de su cuota de masculinidad. Y solo tras serle amputado el órgano del clítoris, ella será un ser puro, y con una naturaleza cien por cien femenina llegará, convertida en mujer, a ser apta para la cópula.
Además del relato dogón, sabemos que hay muchos factores que influyen en la práctica de la mutilación genital femenina. Por un lado, sabemos que se consuma como rito de iniciación, imprescindible para entrar en la pubertad; que en otros lugares constituye un requisito para contraer matrimonio y, de paso, no dificultar el acceso del pene a la vagina en el momento del coito. Sin embargo, en otras culturas obedece a la creencia de que la clitoridectomía augura la fertilidad en la mujer, de que es un recurso de gran potencia mágica que sirve para impedir la muerte del primer bebé e, incluso, un medio de prevenir que cualquier recién nacido pierda la vista en caso de que el odioso clítoris rozara los ojos del neonato.
Pero, sea cual sea el motivo (religioso o no, higiénico o no, simbólico o no) por el que se justifique la práctica de la ablación, siempre resulta que el clítoris precisa ser extirpado porque, o bien, se le considera en sí mismo un obstáculo copulatorio, incluso un impedimento a la procreación, o bien se le describe como una fuente real de males para la descendencia (anomalías, lacras, enfermedades, muertes, &c.). Y en todos los casos siempre representa, sin ninguna duda, una señal de inferioridad anatómica, de deficiencia congénita.
Con este racismo sexual, mal destino es ser mujer. Pero por otra parte, con este racismo sexual las mujeres solo valen en la medida en que carecen, cual eunucos, de puntos anatómicamente impuros y/o ambivalentes, aunque lo peor de todo este asunto radica en el hecho de que son las abuelas, las madres, las tías… las que, desde el seno de la familia, despliegan todo su poder castrante y ejercen el papel de extirpadoras de clítoris, igual que la daya es la mujer-notario que verifica la virginidad de la esposa y, en caso de no sangrar durante su noche de bodas, procede a desgarrar el himen de la recién casada clavando con fuerza su uña en el interior de la vagina.
¿Entonces? Entonces y como afirmaba Thomas Sankara, uno de los líderes de Burkina Faso, que fue Ministro de Información y también Presidente de Burkina y que acabó en 1987 derrocado y asesinado por su amigo y compañero Blaise Campaoré, «la excisión [del clítoris] constituye un intento de conferir un rango inferior a las mujeres al señalarlas con esta marca que las disminuye y que es un recordatorio constante de que sólo son mujeres, inferiores a los hombres, de que ni siquiera tienen ningún derecho sobre su propio cuerpo ni a realizarse física o espiritualmente».

¿El Sexto Estado?
La aparición del Tercer Estado (burguesía) conllevó la marginación de grandes sectores de la sociedad, aglutinados en el Cuarto Estado. El auge social, sindical y político de los obreros, o Cuarto Estado, no impidió provocar con el paso del tiempo la justificación de la marginación de la mujer, que pasó a ser integrada en el Quinto Estado. Curiosamente ahora, con la expansión del multiculturalismo, ¿vamos a adentrarnos en el espacio del Sexto Estado al mantener en pie culturas retrógradas ayudando a que continúen sus moradores enjaulados en culturas represivas?

Notas
{1} Ana Tortajada, El grito silenciado, diario de un viaje a Afganistán, Mondadori, Barcelona 2001, pág. 32. Tunku Varadarajan, Profeta de la decadencia. Una entrevista con Oriana Fallaci, en el diario The Wall Street Journal, 23-VI-2005. En dicha entrevista decía exactamente la escritora italiana: «Last year, he wrote an essay titled «If Europe Hates Itself», from which Ms. Fallaci reads this to me: «The West reveals… a hatred of itself, which is strange and can only be considered pathological; the West… no longer loves itself; in its own history, it now sees only what is deplorable and destructive, while it is no longer able to perceive what is great and pure.»

{2} Los datos sobre ablación femenina pueden leerse en el artículo de José Vidal Beneyto titulado Mujeres en la mundialización, en el periódico El País, 7-04-2001. Ayaan Iris Alí, Yo acuso, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2006, pág. 11. Videtur pp. 70 y 112. Rosa Cobo, Democracia Paritaria y Participación Política, en Política y Sociedad, nº 32, Madrid 1999, pág. 68.

{3} Entrevista a Aminata Traoré en el diario El Semanal, 9-III-2003, pág. 41. Comentemos que este periódico dominical es el que mayor tirada de ejemplares tiene en toda España. Para adentrarse en el perfil ideológico de la kikuyo Wangari Maathai, léase el artículo periodístico de Jean-Philippe Rémy titulado Wangari Maathai l’incontrôlable, en el periódico Le Monde, 9-X-2004, en donde se pone de relieve las ideas retrógradas de esta Premio Nobel.

{4} Witold Gombrowicz (1957), Diario argentino, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires 2001, pp. 98-9, 178. Comentemos que Gombrowicz invirtió catorce años en escribir este diario que llamó «argentino» porque al salir de su país, Polonia, poco antes de empezar la IIª Guerra Mundial, la nación que en su exilio le daría acogida durante casi veinticuatro años fue Argentina.

{5} Arjun Appadurai, La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2001, pág. 179.

{6} Salman Rushdie, El código del deshonor en India y Pakistán, en el periódico El Mundo, 15-VII-2005.

{7} Gustavo Bueno (2003), El mito de la izquierda, Ediciones B, Barcelona 2003, pág. 105.

{8} La noticia de la escuela de Meca puede leerse en el diario El Mundo en su versión digital: www.el-mundo.es/elmundo/2002/03/15/internacional/1016214919.html

{9} Djaouida Moualhi, Mujeres musulmanas: estereotipos occidentales versus realidad social, revista Papers, 2000, página 298. Puede leerse en: http://www.bib.uab.es/pub/papers/02102862n60p291.pdf Las autoras en las que, sin citar página, se apoya Djaouida Moualhi son: MERNISSI Fátima, Le harem politique. Le prophéte et ses femmes, Albin Michel, París, 1987. TAARJI, Hinde, Les voilées de l’Islam, EDDIF, Casablanca, 1991. Y finalmente BESSIS & BELHASSEN, Mujeres del Magreb. Lo que está en juego, Horas y Horas, Madrid, 1994.

{10} Ayatollah Jomeini, Principios políticos, filosóficos, sociales y religiosos, Icaria, Barcelona, 1981, pp. 18-19. Se puede completar la visión de Jomeini con la decisión de Marruecos de impedir a las mujeres que sean imanes y/o dirijan la oración en las mezquitas: diario El País, 29-V-2006, pág. 34.

{11} Fatima Mernissi, El poder olvidado, Icaria, Barcelona, 2003, pág. 21.

{12} María Antonia Sánchez Vallejo, Entrevista a Jadicha Candela, en el diario El Semanal, 8-XII-2002. Ayaan Hirsi Alí, Entrevista a Irshad Manji, en Algemeen Daghlad, 19-VI-2004, editada en Ayaan Hirsi Alí, Yo acuso, pág. 86-87.

{13} Djaouida Moualhi, ibidem, pág. 293. Anótese cuán breve es el espacio que dedica esta autora a hablar de los más de 130 millones de mujeres clitoridectomizadas en el mundo.

{14} La modelo somalí Waris Dirie lo denuncia en la revista IO DONA, artículo editado en el periódico El Mundo, 11-XI-2005.