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Ramón Gómez de la Serna - "Retratos de bodas"

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El texto pertenece al volumen "Gollerías" editado en 1926.





Los fotógrafos esperan las bodas con encanto. Son retratos por los que casi no se regatea.
Ellos ya tienen una gran experiencia de las parejas de recién casados, que llenan su alto estudio de una luz optimista, en que renace un día con el tipo de los días más crédulos de la vida. Quedan convertidos en incienso vaporoso, flotantes en el estudio, los velos blancos de las novias.
Por la misteriosa mirilla de la máquina observan a su gusto la clase de la pareja, y dictaminan para sus adentros, como si concibiesen el horóscopo definitivo: “Matrimonio mal avenido”. “Gran incompatibilidad de gustos...” “Ella, despegada; él, pegajoso...”. “Tendrán tantos niños como esas muñecas rusas que se disgregan, y de cuyo fondo sale, de mayor a menor, numerosa descendencia...” “El es el infiel personificado...”. “Ella se morirá del primer parto...”
El fotógrafo especialista en bodas tiene algo de comadrón y de echador de cartas. Su trato tiene la untuosidad de manos muy enjabonadas e impregnadas con vaselina de peluquero que tienen los doctores.
Es el fotógrafo el primer hombre que se encara con la novia después del fausto suceso, y, por tanto, es piedra de toque de lo que ha de pasar. El marido hace un gesto extraño y receloso al verlo. Es el primer tropiezo que tiene con el enemigo.
El fotógrafo manipula mucho con la máquina y con ese paño negro de encapuchamiento, que es una especie de muleta de luto con la que reciben el primer pase los predestinados. Observa bien. Recoge la primera sonrisa del otro, el primer éxtasis desviado, y lo saborea delicadamente.
—Más hacia aquí... —dice el fotógrafo.
—Usted, caballero, mire hacia aquel lado... Usted, señora, a la máquina —rectifica desde dentro de su escafandra.
Cuando lanza a la novia el “sonríame usted un poquito”, tiene la frase un atrevimiento que se resiste como sólo se resisten las cosas convencionales.
Para las mañanas tienen los fotógrafos precisamente el chaquet entallado de testigos de boda, y se peinan con mucha agua, con peinado muy cristiano.
Sus telones de palacio, sus decoraciones de salón del trono, es por la mañana cuando los preparan, y también por la mañana es cuando limpian los magníficos sillones matrimoniales, esos sillones de una bien alta crestería, que son lo que encuentran más atractivo las parejas, y por lo que se recomiendan la fotografía unas a otras:
—¡Qué sillón, chica! Cuando te cases no dejes de ir a ese fotógrafo.
El fotógrafo especialista en bodas descorre y corre cortinillas con su larga pértiga, buscando la luz que dé a la novia las ojeras y la lánguida mirada que después gusta tanto contemplar a través de toda la vida. También procura ponerle esa aureola de luz que necesitan las novias.
Es complicada una fotografía nupcial, y los que lo saben, sobre todo, son los que van ese día a hacerse unas americanas y están esperando una hora.
—Hay una boda —suele decir con cierta sorna el encargado, como dando a entender: “Hay que tener paciencia... Es el eterno engaño de la vida... Se representa la comedia privada e ingenua”.
El fotógrafo ya ha colocado bien su pareja, y recoge la sonrisa sospechosa de la adúltera —ya se podía divorciar el marido después de ver la prueba fotográfica del retrato esponsalicio—, y a veces el guiño contumaz en que queda cogida in fraganti la recién casada. Entonces saca la placa virgen, la prologal virginidad que se va a transgredir, y lanza el último exorcismo. Los recién casados se van en el coche de la fusta engalanada y del lacayo cándido que las cocheras tienen para las bodas.
A veces vuelven al cabo de quince días, otra vez vestidos de boda. El fotógrafo se queda suspenso. ¿No ha visto él ya a esa pareja? ¡Ah, sí! Es que quieren que les repita la placa, porque la otra salió mal.
Ya son otros. La verdadera fotografía de la boda no se puede contrafacer. El traje de la novia, cuyo primer día pasó, tiene algo de traje de novia de teatro, novia prestada, novia desajustada, novia de Carnaval.
No hay hipocresía parecida a la de ese retrato de novios imitados. Tiene algo de gran estafa, y ya toda la vida los dos tendrán que guardar el secreto de la falsedad del retrato colocado en el marco rimbombante, un poco desmayado hacia atrás sobre el soporte que lo apuntala.
—Hija, qué cara de valiente tuviste aquel día —le dirá esa amiga que no puede sospechar la verdad.
—Chico—le dirá a él un amigo—, qué gesto más impasible el tuyo en el día que hace temblar más.
Nadie sospechará que aquel retrato es el falso retrato de boda; pero hasta los nietos, caerá la ignominia de esa falsedad, y todos serán unos hipócritas empedernidos.

Ramón Gómez de la Serna - "La fúnebre (falsa novela tártara)"

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I
La Tartaria es un lío terrible. Ni los geógrafos ni los historiadores saben a qué atenerse. Pero un novelista tiene la obligación de saber lo que es tártaro y lo que no es tártaro, y poder hacer una novela tártara.
La Tartaria es país para novelistas, y yo bien sé que en una posada de Tartaria, viendo poner manteles sobre las mesas a mujeres típicas, se podría escribir la novela más novelesca de las novelas.
—¡Tartaria!, ¡Tartaria!
Yo la conocí un día azul, después de pasar el río Amarillo.
Mi Tartaria es la Tartaria de los grandes bosques, donde se vive de nueces, nueces como pan migoso, nueces en calderada y nueces en guiso de urraca que allí se come quitándola el luto por el que se hizo temible de otros estómagos.
Los tártaros confunden sus almas porque creen no poderse conocer. Ni su lengua ni su alma son claras, y por eso tienen prontos en que el ser más bueno mata a su madre, y el ser más malo se sacrifica como un verdadero santo.
Los tártaros quieren desconocerse, y en sus leyes hay una exculpación que no existe en ninguna otra ley, y que se basa en el instinto, o sea que si la fechoría la hicieron bajo el imperio del instinto tartárico, quedan absueltos. Lo que hay que apreciar en el crimen es si está claro el instinto, si el hecho ni tuvo ni antecedentes ni divagaciones o complicidades alrededor.
Lo que se llama el “instinto” es reconocido con valor omnímodo en Tartaria, pues los tártaros serán siempre en el fondo aquellos salvajes y terribles nómadas que, según la primera tradición, habían salido del profundo imperio llamado Tártaro.
La aldea de Tartaria en que pasa esta novela es la aldea de Kikir, donde los hombres y las mujeres visten trajes verdes acuchillados de amarillo y sombreros en punta, que les dan tipo de endemoniados.
Todos en Kikir tocan la flauta, y en los pueblos de alrededor dicen por eso que envenenan el viento y lo envenenan todo de veloces balines.
En el teatro, cuando hay función, los músicos tocan la flauta y todos los espectadores sacan de sus bolsillos sus flautas queridas y corean los flautinazos de la orquesta.

SE PROHÍBE TOCAR LA FLAUTA

Era el cartel que quiso imponer un empresario como el “se prohíbe fumar” o el “se prohíbe escupir en el suelo”; pero le costó la vida al inventor, pues el “instinto” de un tártaro violento le hizo clavar una flauta recién afilada en el vientre del renovador.
Esa cosa simple que es el día para los pueblos europeos no lo es en Tartaria. El día para los tártaros tiene trastrueques impensados y el instinto enrevesado que allí lo preside todo y hace que se acepte, mete en casa del vecino la vecina que se ampara en la ley de azar y crueldad que preside en cada hogar, y por la que hay que aceptar las soluciones violentas en monotonía de cada día.
El padre que dejó salir a su hija para la bodega, viene por ella, porque quiere que vuelva a ser soltera y, contra toda opinión, la ha de vestir con el traje azul de las solteras.
No se sabe cómo se va a desenlazar el día cada día que pasa en Kikir. Tartaria es revuelta como la cola de un dragón.
La mujer que salió del pueblo, en la mañana, no se sabe si volverá ni a qué pueblo lejano se habrá dirigido. Igual sucede con el hombre que ha emprendido un camino.
Y sin embargo de esos arranques súbitos y de esas cosas trágicas que tienen a Kikir en pie de guerra, el adorno de las casas tiene bellezas inusitadas de color, florones de papel, conchas y caramelos para el tiempo, caramelos preciosos que servirán de adorno, pero a los que nadie podrá meter mano. Todo en las habitaciones está lleno de colgajos, cintas de raso, medallas, flecos, espejitos incrustados, escarcelas, pañuelos de colores, juguetes de feria, carracas con piedras preciosas en la panza, etc., etc.
Con su alma revuelta y desconocida en que aún prevalece el no conocerse a sí mismo de los pueblos primitivos —No queremos conocernos a nosotros mismos. Conociéndonos, la vida perdería su arbitrariedad y su encanto—, el pueblo tártaro de Kikir vive una vida venturosa en que la mañana es montañosa y se despliega en arboledas inmensas, a cuyo pie, como las azucenas silvestres de los pinares, se producen novelas inacabadas y en número excesivo.

II
Pero la principal novela de Kikir no es la de ningún capitán ni la de ningún matón, sino, por el contrario, la de una capitana y matona.
A esta mujer que domina Kikir, la llaman La Astrakipak, que, traducido al castellano, quiere decir algo así como “La Fúnebre”.
¿Por qué ese nombre escabroso y tétrico?
¿Es que tenía un comercio de pompas fúnebres?... ¿Es que vendía féretros? Nada de eso. En Tartaria se queman los cadáveres después de dar un baile en su honor, un baile que preside el muerto en un trono dorado y tocado con corona visigoda, una verdadera orgía en la que las parejas se trituran de ardor y en que se mezclan las dos electricidades, la positiva y la negativa, la vida y la muerte.
La llamaban “La Fúnebre” a aquella mujer porque había matado ya a siete maridos.
Apetitosa, con una sonrisa que quería decir “¡a que no eres hombre!” y con la que excitaba a nuevos novios, encontraba en seguida nuevo pretendiente con el que se casaba según el rito tártaro, según el cual los contrayentes contraen en la sacristía las íntimas nupcias sin testigos y después se celebra la ceremonia si el novio y la novia alegan que sí en vez de alegar que no, como ha sucedido muchas veces después de la probanza, saliendo entonces los convidados de la iglesia entregados a una desafinación de sus flautas que destempla los dientes de toda la ciudad.
“La Fúnebre” acababa de maridar con el valiente de Kikir, Baraba, tipo de bigotes cruentos, que no sabía cómo era de garrapeante mi mirada.
Todos se habían sentido satisfechos con aquella boda. El valentón de Kikir estaba sentenciado a morir en mano airada y amorosa.
Los que sentían odio por él se creían vengados por aquella mujer gigantesca que se rascaba un diente con una horquilla.
Todos aquellos hombres cobardes de la baja Mongolia, que tenían la cabeza en forma de pera y que los tártaros no querían que se confundiesen con ellos, reían con risa chinchosa al ver pasar a “La Fúnebre” del brazo de Baraba.
—La Barba Azul se encargará de él... —se decían los que le abominaban—. El osado bigotudo de ojos turbios pagará sus ensañamientos; entre los que figuraba el que cuando fue gobernador dejó impotentes a sus enemigos, para que no continuase la epidemia de aquellas almas en sus hijos.
Pero Baraba revisaba sus fuerzas de policía voluntaria —una institución como la de los bomberos—, pero feroz a cada llamada que se les hacía.
Contra los hombres de cabeza en forma de pera dirigía su proterva policía secreta. Se ensañaba con ellos porque los creía burlones, confundiendo la sonrisa de idiotez a que les obligaba su cabeza de pera con una sonrisa maliciosa.
“Tarda en llevárselo”, se decían las gentes, indignadas, y miraban con represión a “La Fúnebre”, que a la puerta de su casa se rascaba una pierna con otra.

III
“La Fúnebre” adornaba con colgaduras los balcones de su casa. Eran unas banderas que los antepasados de Baraba habían conquistado a los chinos.
Aquella ostentación tenía irritado al pueblo, que no creía que hubiese derecho a hacer aquello, pues las banderas sólo podían ser ostentadas por los coroneles o por los generales.
“La Fúnebre” lucía así su dominio y con aquella exhibición era como si pusiese las banderas a los pies de su cama, como esterillas en que poner los pies cuando le suena al riñón su despertador:
—Celebraremos nuestras bodas de diamante —había dicho ella, y él propalaba por todos sitios:
—Sólo Dios mata a los hombres, y a mí me tiene excluido de sus sentencias.
Agarrado fuertemente del brazo de ella, como si la condujese temeroso por uno de esos estrechos pasos que hay junto a los abismos, Baraba quería demostrar que no sólo no la temía, sino que la adoraba.
—La abraza —decían los más incesantes en la calumnia, al verles pasar—, como el capitán abraza a su sable, el sable que ha de volverse contra él.
El pueblo tártaro abundaba en cosas sorprendentes. Las últimas crónicas del escándalo le tenían sobresaltado.
La hija del comandante Tobol tenía doce niños abortados y muertos en el fondo del palacio de su padre. Ratuniz, la hija del gobernador, había huido con un mago que la mostraba como la dormida de su barraca probando en ella los puñales hipnóticos que atraviesan los sueños sin verter una gota de sangre. Lituan había prendido fuego a su casa y se había ido del pueblo con la confesión expresa de que hacía aquello por no dejar herederos.
En el último baile necrológico habíase robado el cadáver, que no se encontraba por ningún sitio, y que todos temían encontrar resucitado.
El burgomaestre de Kikir había fijado en todas las esquinas un cartel en que ordenaba que todos los que tuviesen más de tres armas tenían que confesar la cuarta.
En noches anteriores, los del vecino pueblo de Nabar habían penetrado en Kikir arrastrando por los cabellos a sus mujeres, que canjearon por otras, aunque, algunos tuvieron que llevarse las mismas, pues los de Kikir se dieron cuenta de que su carácter endemoniado amargaría toda dulzura.
La caracola de la tarde con que el jefe tártaro llama a todos los moradores del consejo para que se guarezcan en el pueblo, había sonado a media tarde para reunir a los jóvenes de Kikir en la plaza pública, pues el equilibrio de la población entre fallecimientos y natalicios se había roto muy mucho, ya que había habido aquel año dos mil defunciones más que nacimientos. Al jefe del pueblo con honores de virrey, aunque era poco más que alcalde, se le ocurrió repartir terrones de azúcar de esos que cambian los novios oficiales diciéndose mientras parten el terrón las dos bocas unidas como sobre una misma presa: “Que nuestras vidas sean tan dulces como este terrón”.
El bandido del caballo acuático —dicho “acuático” porque los que lo habían visto dicen que trotaba en los lagos con esbeltez de caballo que galopa en los caminos— había cometido algunas hazañas terribles, cortando la cabeza de la mujer del collar garantizado contra el robo, pues sólo encontró esa manera de desabrocharlo del cuello.
El corazón tártaro, ignominioso, voraginoso, intrépido, palpitaba más que nunca en un deseo de aventuras inusitadas, y los jóvenes se confabulaban contra la humanidad, pues pensaban volver a llevar a Europa el azote de su barbarie. Los “Nuevos Tartarios” era una institución de bandidaje universal con que elevar en el mundo hasta los mayores espantos la idea del crimen.
“Ya que se comete un crimen —era la teoría de los “Nuevos Tartarios” —, hay que cometerlo no sólo bien, que esa es teoría de gavilancejos decadentes, sino ensañado, bárbaro, formidable. El mismo asesinado, ya que muere, quiere una última gloria de espanto con que en un instante envejezca su vida todo lo que hubiera podido vivir de no ser asesinado; gastándose su sensibilidad por entero en ese derroche de última hora”.
Kikir, con todo aquel recrudecimiento de su alma antigua, tenía temor del pueblo más tártaro, más puramente tártaro de la Tartaria.
Pero el personaje más tétrico de Kikir, el que doblegaba a todo el que se interponía en su camino, era Baraba, el del duro bigote negro y el rabillo del ojo alacranizado.
“La Fúnebre”, como artista de circo que equilibraba el “número” del esposo, no acababa de matar a aquel esposo, al que todos miraban a la cara para ver si se le acentuaba la amarillez en el sentido verde que presagiaba la muerte en los esposos fallecidos de “La Fúnebre”.

IV
Pero un día se esparció la noticia por todo el bosque como si hubiese tortoleado en lo alto de los árboles: Baraba, el séptimo marido de la “La Fúnebre”, había muerto.
Otra vez se celebraría el baile de la muerte en la panera de la viuda.
Todos querían ser invitados a aquel baile y se proponían bailar en el patio si no cabían en el desván. Había gran curiosidad por ver al muerto, al enemigo de todos, al antipático forajido de Baraba.
La viuda, que cada vez se sentía más notoria, llenó de luces el salón, alquiló el mejor sillón de oro de los muertos y la corona visigoda de la mejor clase, de primera de primera.
Después rizó el pelo de Baraba con más ondas que el de ninguno de sus esposos, y atiesó con jugo de membrillo los bigotes como bayonetas; ya que eran la nota típica de aquella fisonomía.
Colgó del salón las banderas que ya no podría sacar del balcón y sentó en el trono al difunto Baraba; tenía facha de rey de los bandidos y desafiaba aún a todos los que iban llegando.
“La Fúnebre”, con un traje descotadísimo, y su peinado de rumbo en castillo almenado, buscaba entre los presentes al osado que aspirase de nuevo a ella.
Todos los colores se confundían en aquella fiesta llena de ráfagas y bordados con piedras de colores. Tenía el salón un efecto de mascarada, y todo palpitaba alrededor de la mujer, aciaga, insaciable, pulposa, decoradora.
—Merecía ser reina de Tartaria —decían algunos—. Sólo por esa supervivencia con que se lleva marido tras marido, merece el reinado.
—Los médicos han reconocido muy bien al muerto y reconocen que ha muerto de muerte natural, del golpe epiléptico en la sesera... Muerte de latiguillo en el goce.
—¿Y quién aspirará después de eso a su mano?
—No faltará... Mírenla rodeada de adoradores... Todos quieren cobijarse a la sombra de sus senos.
“La Fúnebre” sonreía con inocencia ante la muerte y repartía las banderitas del baile, las banderitas diferentes que eran pabellón de cada caballero en el moño de toda mujer.
La música tartaria comenzó sus vientos, verdaderos vientos rimados, vientos que recorrían a lo largo todas las notas, despertándolos como chimeneas en cuyo canuto se sopla.
Las parejas eran parejas de cuatro, porque bailaban en medio, y como formando ramo con ellos, las dos muertes de los bailarines.
El baile engañaba a todos y nadie pensaba en el sentido del mundo fuera de allí. Las mujeres, sobre todo, crédulas y tontas, entrarían en el día siguiente como en un lunes inaguantable.
Pero, de pronto, el baile se paró en seco, como cuando el viento se para sin tocar la trompeta que lo avise.
Quedaron solos en medio del salón “La Fúnebre”, con su bandera roja en lo alto del moño, y Tubal, esgrimiendo un ancho puñal que era como un espadón roto del que se había afilado en punta el cacho restante.
—¡Fuera de aquí todos, hombres y mujeres! ¡Fuera! Que voy a bailar yo solo con ella... Se acabó el baile...
Todos se replegaban hacia la puerta mirando a “La Fúnebre”, que le dejaba hacer acobardada ante aquel valiente que se atrevía a ser el nuevo enamorado de ella y que provocaba así a todos los valientes.
—¿Y tú, cómo no te vas también? —dijo, dirigiéndose al rey de la noche en su trono de oro.
Todos ya en el pasillo de salida, volvieron la cabeza para ver qué hacía con el muerto, y vieron cómo le clavaba el espadón en el pecho, sin que saliese ya ni una gota de sangre.
“La Fúnebre” se revolvió entonces contra él:
—¡Le has arrancado su última gloria!
Él, sin contestar, tiró de espada y entonces, el cadáver, desequilibrado, cayó de bruces.
La espada en manos de Tubal estaba como galvanizada por la muerte, pálido y blanquinoso el acero.
El muerto, tirado en el suelo, era como la víctima que queda después de una reunión de máscaras cuando el salón se despeja. Todos acabaron de irse y se quedaron solos Tubal y “La Fúnebre”.
—Mañana ha de ser la boda.
—¿Te atreves?
—Me atrevo.
La viuda sentía la alegría de aquella pasión súbita, tan inmediata a la del otro.
Le apretó contra su pecho, en que sonaban como dos rodelas, y le dio un beso de clavel.
—Hasta mañana —le dijo después, y le puso en la puerta.

V
La boda se celebró con gran boato. En la sacristía en que se holocaustó a los dioses el preámbulo del misterio, fue montada una cama litúrgica y todos esperaron la hora de ritual con los “kichka” y los “kokosmiks” puestos.
Ella estaba más imperiosa que de costumbre, y guardaba todas sus maternidades en el gran corsé.
Tubal, imberbe, jovencísimo, más niño bajo el miedo, apretaba la mano sobre su espada chata y fiera que cruzaba oblicua sobre su ombligo.
Todos habían sentido la impresión de haber asistido a un funeral más que a una boda, y que había estado el catafalco puesto en mitad de la iglesia en vez del lecho conyugal.
El joven heroico había sido ofrecido a la deidad de la muerte que sonaba a collares de hueso con macabra alegría de las cuentas coloreadas.
Estaba orgulloso de que aquélla no era la mujer monótona, y se adornaba con las vueltas del chal espléndido que, según costumbre, envolvía al matrimonio al salir de la iglesia.
Salía del brazo de la muerte, y nadie osaba reír ni bromear. Sería veloz la espada-puñal contra cualquiera que dijese algo. Le reforzaba el lado derecho aquella mujer que de todos modos le había de absorber.
Reina de la fiesta, una vez más hacía enmudecer a las muchedumbres, y los niños, que daban vivas en todas las bodas, en aquélla estaban silenciosos.
Un olor a jabón fuerte, mezclado al perfume opulento de la magnolia, iba dejando detrás de sí la viuda, como pregón de que estaba densifectada, y su belleza volvía a ser nueva y rumbosa, con cobijamiento de árbol manzanero.
La gente se agrupaba para ver aquella pareja tan desigual en que él parecía colgarse del brazo opulento que tenía trazas de levantar grandes pesos. Era como un náufrago agarrado a una mano amiga que no quería soltar de ningún modo, aunque saliese del peligro del mar para caer en el peligro de la Sirena Salvadora.
Miraba desafiador a todos los que le dejaban pasar como a Rey del valor y que le desdeñaban con sus sables corvos.
Kikir saludaba en él a algo así como al muerto que vivía en resurrección, mientras moría definitivamente.
Ella parecía decir: “No creáis que llevo la esencia de todos los que se fueron... Estoy llena nada más que de mí misma y ofreceré al jovencito valeroso los músculos muy hechos al nado”.
—¡Viva...! —gritó alguien, pero se quedó en el principio, como si hubiera dicho algo indiscreto y torpe.
Tubal volvió la cabeza con la quijada montada y engatillada como una pistola.
—Este es un acto —dijo un tártaro al oído de otro— para gritar con entusiasmo un “¡muera!” entusiasta, que equivalga a los vivas de otras bodas.
Los recién casados se dirigían a la nueva casa del novio, un palacete de muy buen ver, del que iban a ahuyentar una orfandad antigua.

VI
El pueblo contaba los días de un nuevo sentenciado glugluteante y sediento sobre la fuente mortal de la viuda.
El joven Tubal lucía su presencia de ánimo, mostrándose alegre, aunque reservado.
En su casa, ancha y voluntariosa, caminaba solo en paseos de hombre que se repone y se dedica a la gimnástica del campo.
Se había vuelto un cazador sin tregua, y salía todos los días de caza como para entrenarse, en la lucha con las fieras, en el luchar con la muerte que sospechaba emboscada tras los palustres de la selva.
Ella no le había descubierto ningún secreto, aunque él había sospechado desde el primer momento que alguna vez se transparentaría en sus ademanes y palabras.
Desconfiaba siempre de ella, aunque creía tanto en sus caricias.
En las comidas iba buscando el rastro venenoso, y sobre todo, no tomaba aquellos pastelillos que ella hacía en el horno, secreta matriz de las mujeres que tanto se relaciona con su propia matriz carnal y en cuyos milagros tanto confían.
Llena de collares siempre, cuando le daba besos maternales colgaban las largas vueltas sobre el joven asustadizo, como si en secreto simulasen el nudo corredizo de la horca.
Su corazón de tártaro indomable sentía ansias de saltar sobre ella y gritarla mientras le apretaba las muñecas: “¡Dime cómo les mataste!”
¡Que fuera una mujer la que matase a tantos hombres, contradiciendo la figura clásica!
Quedaría convertido en un afeminado para toda la eternidad, sólo con morir bajo la señal del dedo de la enviudadora.
Según una práctica antigua, se encerró en su cuarto y mascó madera durante algunas largas tardes, porque, según tradición, aquella masticación ablandaba el corazón de los implacables.
Se sentía debilitado en aquella temible espera de aquello de cuya llegada no iba a darse cuenta, porque, como todos ellos, moriría de repente.
Ella presentía los temores y todo lo hacía con cuidado de darle confianza y de quitarle el miedo mostrándole con inocencia sus manos almohadilladas como las de una hermosa abadesa. Hasta el vino lo probaba apenas lo escanciaba en su vaso, sólo para quitarle aprensión.
Muchas veces se negaba a sus caricias y le decía:
—No... no... Que después te quedas lívido y tiemblas en sueños y saltas como los delfines en el mar.
Él rogaba más, y ella le miraba con ojos piadosos, como quien desde la otra orilla ve caer a alguien en el abismo. Estaba entre su cabeza álgida de miradas y almenada de placidez y el arrebato de él, aquel vórtice cuya fuerza de absorción ignoraba, pero de la que ya sospechaba, y de ahí el espanto de sus ojos al ver perder el color y los ojos al ferviente.
—No... no... —decía defendiéndose de lo que no iba en su mal, con exagerado celo por el entusiasta que quería que se envenenasen juntos, envenenándose él solo. ¿Pero, quién evita lo inevitable? El que ama y desea tiene algo de suicida que se tira desde los altos viaductos.
—No... no... —decía cada vez con más miedo de aquella vida en lo alto de cuyo cráneo se sentía la masa cerebral liquificada después de ser removida su medula por el serpentinazo con que es arrancada la muela tierna del placer.
—¡¡¡No!!!.—gritaba ya ella con espanto, adornando de admiraciones su grito.
Pero Tubal, loco por tener el telón del mundo descorrido, se dejaba morir en aquellos brazos, y él mismo pedía la muerte, ¡más muerte! de la que había matado a los otros.

VII
Pasaba Tubal por aquel momento crítico en que la sospecha de su muerte iba a realizarse o podía hacer crisis.
Un confidente, un hombre de cabeza de pera, le participó lo que se decía y a quién auguraban como su sucesor y como término de aquel martirio de hombres que suponía “La Fúnebre”.
Un tártaro tripudo y bárbaro, de los que aún se dejan sobre los ojos las antiguas greñas, era señalado por todos como sucesor de Tubal cuando ella enviudase. Como ya era cosa, si eso sucedía, de tomar una medida de precaución, los ancianos habían decidido casarla con aquel bárbaro, que era el viudo superviviente de siete mujeres.
Los ancianos habían decidido que lo único que paralizaría la ferocidad secreta de aquella gran mujer seria su matrimonio con un hombre en condiciones análogas. Eso sería el antídoto y paralizaría el estrago.
Mascafou era un mongol de baja estofa, aunque rico, que era el único que estaba en condiciones de viudez parecidas a la de la viuda y que aunque su vida era muy tranquila y había decidido no volverse a casar desde que se le fue la última esposa, por tratarse de aquella mujer excepcional aceptaba el sacrificio.
Tubal rió la ocurrencia con risa de cazador y pensó en aquella espera como profética, por la que hasta el consejo de ancianos contaba con su defunción.
No era cosa de volverse contra él airadamente, porque era lo único que tenía temible autoridad en Tartaria, pero sí iría a retar a aquel mongol viudo de siete mujeres, que esperaba su muerte.
Se enteró del barrio en que vivía y se enteró de que estaba en el rincón sucio de los parricidas, en aquel andurrial adonde eran confinados todos los que habían cometido parricidios.
Dio con la casa y lo encontró en su jardín sentado en el suelo y comiendo hormigas como los cacahuetes vivos de la tarde. Como mongol, tenía esa costumbre, y, según su uso, tostaba las mayores y las demás las dejaba subir directamente a la boca por aquella varita que tenía introducida entre los labios por un extremo, mientras el otro era introducido en el hormiguero, hasta agotarlo.
Le removió por la espalda, y le gritó en pleno rostro:
—¡Asqueroso!
El sucio mongol se volvió hacia él y le miró sin comprender, como un mono acurrucado entre sus patas.
—¿Por qué? —preguntó solamente.
—Porque deseas mi muerte para casarte con mi viuda —dijo Tubal, pisándole contra el suelo.
El hombre con tipo de carnicero de cerdos, en cuya cuchillada de gracia era sabio, se revolvió contra el pie y sólo dijo:
—¡Ah! —como dándose cuenta de la razón que tenía aquel hombre de pisarle y en señal exclamativa también de cómo le sorprendía no haber pensado que aquel hombre cuya muerte esperaba podía vengarse de aquel deseo.
Después se hizo un silencio durante el cual Tubal miró con desprecio al rival abyecto en que morían los hormigueros traicionados.
—Te mataré para que las hormigas salten de tu boca y se lleven a su guarida tu corazón y tu alma como detritus del mundo para sustento de su invierno.
El hombro humillado gritó:
—¡Yo no tengo la culpa!... Yo no propuse la cosa, me la propusieron...
—Pues no vuelvas a pensar en el asunto.
—¡Ah, eso si tú no te mueres!
Aquellas últimas palabras crueles, que le sumían en la impotencia, que no tenían réplica, le dejaron anonadado y triste, saliendo de la casa del barrio de los parricidas silencioso, obsesionado, irredento.

VIII
Cada vez era más inminente un desenlace. Se observaba mucho y sentía en los rincones de sus músculos y entre el cañizo de sus costillas temblores, dolores súbitos con hinchazón de vena, chispazos nerviosos que le tenían preocupado.
Como si en aquella entereza que aprendía en la caza encontrara lenitivo a la muerte posible que le quería estrangular, cada vez cazaba más en los campos amarillos, en los que el tigre era como un monumento al que era triste destruir, desarticulando lo que se elevaba rígido en medio de la lontananza.
La caza del tigre le obsesionaba como si tuviese la cacería una relación con la fiereza de la muerte que le esperaba en aquella añagaza de grandes abrazos que se emboscaba en su casa.
Cada vez que mataba a un tigre y le daba la mano en su muerte encontrándole inerte, creía haber matado un augurio.
¡Pero eran tantos los augurios y brotaban de tal modo todos los días y a todas horas, que no encontraba eficacia en su mucha diligencia para precaver la curación de aquella muerte que le rondaba!
Una idea de defensa en último extremo le venía turbando el espíritu hacía tiempo; pero tanto le atraía aquella mujer, con su tipo de ama de cría del amor y de trágica y bondadosa enfermera del insomnio, que no sabía cómo podría acudir a su salvación con aquel sacrificio terrible que era el misterio de sus pensamientos.
Él era rudo, encendido, disparable, lanceolado, violento, mandoblado, pero no tenía fiereza suficiente para ir contra quien amaba.
En el valle secreto de sus cacerías, como el que sorbe de su propia y repugnante substancia con el deseo de ser más y redoblarse, comenzó a asar en brasas que encendía entre piedras, pedazos de la carne apretada del tigre, que Tubal se comía con voracidad de ser más voraz que el terrible felino.
En su psicología infernal y tartárica estaba arraigada la convicción salvaje de sus antepasados, según la cual, el que come carne de tigre adquiere el valor y la ferocidad de esa fiera.

IX
Tubal ha comido carne de tigre muchos días y se siente con un hígado nuevo con carne que le connaturaliza con la fiera que salta y no perdona.
Ha llegado a ser insostenible la mirada inquisitiva de todo el pueblo, que se asoma a ver a un hombre como los que se acercan al lecho de un moribundo, como los que están velando y quieren que cuanto antes les deje dormir el sueño reparador el agonizante que tarda demasiado en morir.
¿Cómo arrancar a todos aquella angustiosa pregunta que colgaba interrogaciones de todos los ojos? No había más que un medio.
Pero ella era tan sonriente, tan bondadosa, lloraba de antemano lo que pudiera ser de él, temía tanto las separaciones, imploraba tanto por un porvenir que les cogiese reunidos, se cuidaba tanto los senos para que no perdiesen su contextura, que le daba pena salvarse —del modo que tenía pensado— de la aciaga influencia que quizá ni ella misma podía atemperar.
Él no quería ser el octavo muerto y presenciar con la corona ladeada sobre la cabeza en el sillón de oro la danza de las burlas.
Si él no podía separarse de aquella belleza agotadora y de aquel mujerío almacenado con creces en un solo cuerpo, tenía que no saber a qué hora podía desaparecer y ser un personaje más en aquel cuento picaresco del que ella, quisiese, o no quisiese, saldría más embellecida.
No había más remedio. Ella misma le miraba como si no acabase de saber si ya estaba muerto, y le despertaba de los sueños en que apenas se respira, con una emoción brusca que siempre le arrojaba en el pánico de haber muerto ya.
Tubal, en la noche en que ya no podía más y en cuya madrugada había puesto su superstición el desenlace, tomó la espada de ancha hoja, y mientras “La Fúnebre” dormía, la cortó el cuello con golpe certero, sin hacerla sufrir nada, atajando la idea de que moría antes de que llegase a la cabeza, contando con que la mujer no tiene en su garganta la dura nuez, que es como un hueso de melocotón que se interpone al degollar a los hombres.
¡Ahora iría a vivir al barrio de los parricidas, a reírse del mongol Mascafou, que creía podría ser su sucesor! ¡Su sucesor!
¡Qué sorpresa a la mañana siguiente la de todo el pueblo al ver que no se podría cumplir ya lo qué esperaban y que era él como el Victorioso inesperado!
El “instinto” tártaro serviría para justificar el crimen, y además valdría alegar ante el tribunal de los ancianos que se trataba de un caso de legítima defensa, pues iba a ser el octavo marido que se estrellaba contra la fatalidad...
Tubal respiró, creyendo a la muerte muy lejos, cuando jamás deja de estar cerca y siempre se es el número tal o cual de entre los muertos.

Ramón Gómez de la Serna - "María Yarsilovna (falsa novela rusa)"

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PRÓLOGO
Han muerto todas las novelas rusas, aunque algunas hayan entrado en la inmortalidad. Ya no podrá hacerse una novela inédita con príncipes, condes, avaros y toda aquella anquilosada y extraña vida de antaño. Nostálgico de aquellas novelas, voy a escribir la última novela rusa inédita del pasado, como homenaje a las novelas fallecidas. No es ésta una parodia, sino una novela vivida, no sé dónde ni cómo, en el ambiente desconcertante e insólito de las novelas rusas, en aquella confusión llena de atisbos, de alusiones y preguntas en que se buscaba con afán la novela, de la que se presenciaba el anhelo mortal en los ojos, sin que, sin embargo, lográramos encontrarla.

I
Aquel caballero había llegado en el tren del atardecer a Prisviana, pueblecito modesto de la región del Grospa, y después de estar instalado unos días en el Hotel de los Zares, había tomado una casa para él solo en las afueras del pueblo.
Desde el primer día que llegó se enamoró de una joven cuyo rostro vio a través de la doble vidriera de la ventana de un piso bajo. Todo su afán desde entonces fue que le presentasen a aquella mujer, y se paseaba constantemente por su calle, aunque un viento frío parecía defenderla a la bayoneta. Siempre tenía deseos de volver a ver aquella mirada imploradora y dolorosa, que era como la de esas estatuas de los cementerios que nunca dejan de estar embelesadas en la luz desierta del cielo.
El “extranjero”, como le llamaban en todo el pueblo, consiguió penetrar en casa del Gran Fédor, como familiarmente apelaban al padre de aquella muchacha, hombre congestionado que no miraba nunca a la cara de aquel con quien hablaba. 
—Mi hija María Yarsilovna —dijo, como ruborizado de presentar una hija tan bella.
Después fue presentado a todo aquel mundo apretado que se reunía en el largo salón bajo de techo, como se amontona el grano en los amplios silos.
—El señor Varilich, maestro de escuela del pueblo —y el extranjero se dio cuenta del orgullo zancadillesco y la ambición de rey que había en aquel bodoque, que era el que estaba más próximo a María Yarsilovna.
—El señor Dorisly —y el extranjero, odiándole, porque era el que hablaba en voz baja con ella, le apretó los huesos de la mano, como si quisiera encontrarle la muerte, el odioso esqueleto.
—Nuestro pope Meriwelich —y el extranjero hizo una reverencia como la que se hace al pasar frente al altar mayor.
—Yadsi Yeskinef — y el extranjero vio al hombre que no ve ya a través de las piedras de molino de sus lentes, que ponían unas pintas de luz en sus mejillas por lo potentes y gruesos que eran.
—¿Es un nuevo médico? —preguntó a Fédor el vecino recién presentado, y aquél le contestó que no.
Hay que hacer notar que el extranjero no tenía nada de tipo medical.
—Yusut Pedronilevit —y el extranjero dio la mano a un anciano que sostenía siempre su barba como si se le fuese a caer.
—Madonna Kesavell y Lisabet Kochanchovna —y el extranjero se quedó asombrado de la belleza tan pareja y tan rubia de aquellas dos jóvenes que no eran hermanas y que, sin embargo, lo fingían.
—El síndico Leónidas Sanevich—y el extranjero sintió las sortijas de ladrón en la mano que apretaba.
—Vanda Ludvica —y el extranjero se encontró con una mujer vestida de rojo, que alargó una mano caliente, allí donde todas las manos eran frías como pescadillas.
Nuevos presentados salían de los rincones como arañas que estaban ocultas hasta que él avanzaba, precedido por el Gran Fédor.
—Ivantine Nachapriska —y el extranjero se encaró con un señor que parecía atestado de carteras, numerosas carteras llenas de billetes y cédulas hipotecarias.
—El caballero Tolkuchi —dijo Fédor, que parecía un capitán de barco presentando a su marinería.
El caballero Tolkuchi tenía una seriedad de borracho, reconcentrado, digno y lleno de granos.
—Hasta que no se logren implantar las cajas comunales... —dijo sin venir a qué, denotando su incongruencia y su facultad pavorosa de llegar a creer en todo firmemente.
Era un viejo crapuloso, al que se veía pasar por el pueblo con viudas chiquititas que le hacían creer que le comprendían y a las que trataba con ceguera de ciego por el lodo de sus humores, según un ritual que le imponía cuello de pajarita, lentes a lo Emilio Zola y un bastón que siempre enarbolaba como un cirio. Cada una le añadía nuevos humores de indeseables.
—Maradiski y el noble Yusuf Pedronilevit —y los dos amigos aceptaron su saludo como si presidiesen un duelo y les hubiese estrechado la mano un asistente al entierro.
—Miloskin —y presentó a un adolescente que ni al estrechar la mano del extranjero dejó de mirar a María Yarsilovna, por lo que el extranjero le sacudió el brazo como quien tira de la campanilla en la casa que no abren.
—Malvanof, el filósofo —dijo el Gran Fédor, y presentó a aquel hombre misantrópico, con lentes de misántropo, que cuando fue sorprendido por la presentación encendía su último fósforo en la bota.
—Gregorio Faltach —y el tal Gregorio Faltach le dedicó una sonrisa como de hombre que ha podido fabricarse una sonrisa caprichosa, sangrienta, desconsiderada, aguda como un mordisco de rata pestífera.
Como casi todos, escondió su conversación como una trompa de mosca al ver llegar al extranjero.
—Marcian Archivzlesco —y el extranjero tropezó con un hombre que se veía que era cruel y capaz de hacer morir a una mujer retorciéndole los miembros.
Ya parecía ir a llegar al final de las presentaciones, cuando en un rincón, junto a un armario de madera de luto en que se destacaban los relieves de dos guerreros de casco enconado, se encontró el obsequioso dueño de la casa a la señora Ana Miguskilma en conversación con el conde Varesko, dos tipos a los que Fédor presentó con mayores zalemas, como si los últimos fuesen los más importantes.
El extranjero, ya tranquilo, buscó sitio, sorprendido de que se le hubiese pasado a su presentador aquella mujer esquelética que paseaba por entremedio de todos sin hablar con nadie. Después se dio cuenta de que era la institutriz de María Yarsilovna, a la que ésta daba los recados llamándola Petronileva.
El extranjero sintió que aquello tenía un espesor de psicologías diferentes y enrevesadas. Sentía que respiraba almas irrespirables. Él, aun con el frío que hacía fuera, hubiera abierto los balcones. Notaba el extranjero que todos trataban de reconocerle con el poco disimulo de los perros que husmean al nuevo compañero.
Dirigió una mirada a la calle. Fuera, todo tenía la sordera de la nieve.
Un carro de carbón, muy negro, pasaba sembrando carbones negros sobre la sábana blanca; carbones que semejaban agujeros que diesen a lo profundo.
Se sentían deseos de salir y recogerlos, de fuerte que era el contraste. El extranjero estuvo mirando largo rato, a través de los dobles cristales, la calle torva como en un día de huelga o revolución. La tarde tenía sobre sí, no el cielo, sino las claraboyas de cristal del hielo.
Sentado enfrente de María Yarsilovna, se atrevió a mirarla. No podía comprender aquella palidez y aquella estupefacción que había en su rostro. Parecía la flor del opio o que se desangraba en una hemofilia terrible. Adormía a los que la miraban, y todos estaban enervados por ella, la evanescente, siempre con la pasmada expresión de quien está ante algo lueñe y remoto.
Era la imagen que todos contemplaban, la imagen bellísima que se busca en los pueblos para adormecerse en su tertulia. Parecía que todos estaban al lado de aquella mujer como los que velan una enfermedad o un sueño. Daba la sensación, aun en pie, de estar acostada y con los brazos fuera del embozo, vivas las incrustaciones de la viruela.
—¿Se habrá creído personaje de una novela? Muchas veces por eso se quedan tan escuálidas y con esa mirada de torre de castillo —oyó el extranjero que decía a su lado Maradiski a Yusuf Pedronilevit.
El extranjero, que tenía también a su vera al supuesto filósofo Malvanof, se fijó en el enorme bulto que el reloj le hacía en el chaleco y le preguntó por curiosidad la hora que era. Malvanof, dándose mucha importancia, sacó su reloj y abrió tres puertecitas —una de cristal y dos de oro— para saber la hora.
—Da las horas y los cuartos, tiene almanaque, tiene música... Vea —y dio a la música, lo que hizo que se mirasen todos con desconfianza, buscando el bolsillo en que sonaba la música como los que buscan al que se quema.
El extranjero miró a María Yarsilovna y contempló su indiferencia. Se veía que era una mujer terrible, pues ni siquiera volvía la cabeza al oír aquel reloj, con el que se hubiese podido hacer la conquista de una virgencita, dándoselo a cambio de su inocencia.
Miloskin, el adolescente, se veía que quería convencer a María Yarsilovna mirándola desde lejos, casi por la espalda, gracias a una especie de telequinesis del corazón dirigida hacia ella desde el rincón en que entrababa sus piernas con las manos enlazadas. Ella debía sentir la pulmonía de las miradas de aquel joven retrepado y cauto.
—¡Pobre Elena Avamovna!—dijo la voz compasiva de Lisabet, recordando a la que todos sabían que se había ahogado ayer en el Verneva.
—Se peinaba como una ahogada —dijo el maestro Varelich, con el deseo de matizar las cosas más que nadie.
—¿Había estado en la iglesia? —preguntó María Yarsilovna, desnudando su voz con violenta impertinencia, con ansiedad perseguidora, poniéndose de pie como una sonámbula.
Entonces fue el pope Merinelich el que contestó:
—Los suicidas no se preparan en las iglesias.
María Yarsilovna bajó la cabeza con dolor al oír al pope y, quedándose de pie junto al quicio de la ventana, siguió mirando al vacío luminoso con que se encaraba y contrajo su belleza más de lo que estaba contraída. La institutriz miró al sacerdote con mirada torva.
El síndico Leónidas Sanevich contó que en Grussal habían entrado los osos blancos en el pueblo, y según palabras textuales del cosaco Wladimiro Dimitrichi, “eran como estatuas de nieve animadas por el hambre”.
Las miradas del adolescente Miloskin envolvían la cintura de María Yarsilovna, que retrocedió dos pasos hacia atrás como mujer a quien su hijo da un tirón súbito de la falda mientras habla con los mayores o mira suspensa al que se va.
Una voz anunció desde fuera, interrumpiendo la reunión en ese punto:
—El comandante Tijlnov.
El extranjero movió la cabeza, como echando de menos el ruido del sable del comandante; pero se encontró con un hombre vestido de paisano, ya sin sable y sin esas charreteras, que, unidas al plumaje del casco, hacen de los militares fuentes chorreantes. Era el comandante retirado que debió ser terrible y heroico, a juzgar por la expectación que había producido su entrada.
—Tiene en el cuerpo tres balas que no le han podido extirpar nunca—le dijo al oído al extranjero Yusuf Pedronilevit.
Todos le estrechaban la mano, como si fuese la de un manco de la guerra, mano medio de verdad, medio de palo, y parecían preguntarle por el estado de sus balas. Era el hombre eternamente herido en cuyo portal hay hace diez años una mesita con tapete negro en la que se escribe el parte del día y se recogen firmas.
El extranjero le saludó a su vez y dijo lo que no había dicho en los otros casos, un “¡qué honor!” excesivo, previniéndose así contra la posibilidad de que el comandante Tijlnov le creyese un espía.
Todos hablaban, menos María Yarsilovna y el extranjero; pero el silencio de María iba solo por su camino y no contestaba a nada, como no contesta una mujer que se ha desmayado o se ha convertido en estatua de mármol.
El extranjero estaba sorprendido de aquella impasibilidad desesperada de María Yarsilovna, que retorcía sus manos en medio de su silencio.
Todos notaban la gran belleza de María Yarsilovna, pero se daban cuenta de aquel algo extraño que había en ella, una especie de apariencia de mujer que ha cometido un crimen y aún no ha podido enterrar el último pedazo de su víctima.
El extranjero adquirió una rara sensibilidad para contemplar aquel secreto y pensaba que ese pedazo insepulto de la víctima lo debía tener escondido en su armario de luna, y al mirarse en el largo espejo debía de contemplar recompuesto todo el cadáver, todo el horror, todo el crimen.
La institutriz, siempre asustada y cavilosa, lo vigilaba todo, y miraba los bolsillos de todas las señoras para ver que no se los habían olvidado aún, porque acostumbraba a llamar la atención inmediatamente a la que lo perdía, porque las señoras que se han distraído un momento de sus bolsillos calculan en seguida los rublos que la servidumbre puede robar en los pocos minutos de una distracción.
Se escuchó un gemido en el fondo de la casa.
—El niño se ha despertado —dijo el extranjero oficiosamente, acercándose a la institutriz.
—Aquí no hay ningún niño —contestó ella con una altivez airada, y continuó: —Ha sido el gato, Gogol Ivanorich...
El extranjero se quedó cohibido. Realmente había sido una grosería pensar en que pudiera haber un niño en las habitaciones privadas de una casa en que sólo había una señorita soltera. Hubiese ido diciendo “usted perdone” a toda la habitación y hasta hubiera recordado los nombres de todos los presentes en un arranque de memoria desesperada.
La palidez de María Yarsilovna no era de mujer que ha tenido el hijo clandestino que deja a la mujer pálida y relajada, con morbosas dulzuras para la vida. Su palidez era la de un martirio menos vulgar que el de haber tenido un hijo.
—Ayer se cayó desde un andamio el hijo de Maraja, la del guardabosque, y no se mató por milagro. Sólo se hundió en la nieve y hubo que hacerle la respiración artificial. ¡Qué mal rato pasé! Parecía un muerto al que se intentaba resucitar y que sólo después de mucho rato abrió los ojos.
El conde Varesko habló desde un rincón como sacando las palabras de su chaleco de terciopelo verde con trasquileos simétricos:
—Dentro de cinco días llegará el príncipe Hich, y yo propongo que lo esperemos aquí... Que en esta acogedora casa del Gran Fédor se celebre una velada en su honor...
—Yo estoy dispuesto, y ya saben sus excelencias que quedan todos invitados.
—¿Vendrá ya ordenado? —volvió a preguntar María Yarsilovna, desnudando de nuevo su voz fría y ansiosa.
—Sí..., viene ya hecho un sacerdote —contestó el conde.
—Pero no será ésta su jurisdicción —intervino el pope con la voz enronquecida que tomaba siempre que hablaba con María Yarsilovna, sobre cuyo moño parecía saltar.
—Tenemos que convenir en que ya no se le puede llamar el príncipe... Ahora es sólo el pope Ilich... —dijo Yadsi Yeskinef.
Todos se fueron poniendo en pie.
—Ya lo verán ustedes; toda la humanidad acabará por profesar. Al final del mundo recorrerán las calles unos sacerdotes cantando los cánticos sagrados —dijo Timotei Matveich con un tono profético y pesimista.
—No sucederá eso —dijo la pequeña Lisa Bark—. Faltarían a su deber. No podrían alcanzar la gloria... El deber de casarse lo impuso Dios mismo.
—El matrimonio es unir un cáncer con un riñón estropeado y flotante —dijo Iván Lukianov, que tenía rabia a Lisa desde que había sido rechazado por ella.
Después se fueron yendo, y el extranjero estrechó la mano rígida de María Yarsilovna suavemente, porque sabía que era la mano sorda, la mano de marfil que la impasible usa en vez de su propia mano.

II
La casa del Gran Fédor estaba atestada y parecía haberse dilatado como gran acordeón que se preparase a dar la nota más alta.
Todos estaban más afables aquella noche y se oían muchos “¡hola, padrecito!”.
El extranjero iba conociendo a más gentes:
—Teodor Escorchesmo —dijo Fédor, y le presentó un hombre que parecía haber salido de un baúl, tipo desgraciado, desembaulado, cuya corbata subida sobre el cuello de tirilla semejaba como si le hubiese quedado a perpetuidad el metro de hule del chico que toma las medidas en la camisería. Era atosigante ver aquello, pero no se sentía con confianza para advertírselo.
¡Que acabase por ahorcarle la dichosa corbata desviada!
—Polonia Preskubriz —dijo Fédor, presentándole una mujer cuyos senos muy en punta parecían esperar al príncipe con más afán que los de las demás.
El extranjero sintió cierta voluptuosidad en ponerse a hablar muy frente a ella, gozando de aquella dulce bienvenida.
Un señor chiquitín entró muy de prisa y dejó como un mono su sombrero de copa en una percha del salón, aquella percha para ropa íntima de la señorita de la casa, en la que nadie se había atrevido a dejar una prenda. El extranjero se quedó preocupado como si acabase de ver al que ha salido de una lata de conservas y por eso ha, tardado tanto. “Se había perdido la llave de la lata, y por eso no he podido venir antes”, parecía que iba a decir para disculparse.
Las luces de las innumerables velas encajadas en los candelabros no oscilaban de heladas que estaban, pues era aquella noche una de las más fuertes de aquel invierno en que los padres habían tenido que disculpar a los Reyes Magos por no haber asistido en su día al reparto tradicional de juguetes.
—¿Y el pope? ¿Cómo no ha venido el pope? —dijo Varilich, el maestro que perseguía a María Yarsilovna, desagradándola siempre, por lo visto, pues no hizo más que hablar y ella le dirigió una intensa mirada de odio...
—Un pope no puede asistir a todas las reuniones... Hay siempre gentes que se están muriendo...
—La mujer del ultramarinero Vasi Cetona tenía un cólico miserere esta mañana...
—Pues entonces le estará cantando el Miserere —dijo en tono de broma el estudiante Andrés Voldaki, que siempre se las echaba de gracioso.
Un silencio feroz y creciente intentó ahogar al estudiante, que al ver que se prolongaba tanto que ya le llegaba el agua al cuello, comenzó a hacer movimientos nerviosos como queriendo poner más en alto su alta cabeza, quizá encima del vasar ele la gran chimenea.
La institutriz renovaba las tazas de té y movilizaba los azucareros. El ruido de las cucharillas en los servicios que retiraba fue durante un momento la única palpitación del ámbito.
—Su excelencia el juez Yarsoff —anuncio el criado.
El juez traía una corbata de plastrón blanco, con la que parecía querer aludir a su pureza, y en ella llevaba un alfiler de corbata que representaba en oro las tablas de la ley.
—¡No cierre!... ¡No cierre! —gritó al criado—, que vienen detrás mi esposa y mis hijas...
El extranjero fue presentado al juez, que le miró como a un estafador con el que tendría que ver algún día.
¿Cómo cabía tanta gente en aquella casa? Había desaparecido el armario de los guerreros cubiertos por la dura ducha de sus cascos, y allí había surgido otra puerta que comunicaba con otra habitación, de la que, indudablemente, habían quitado el lecho por como quedaban en ella muebles de alcoba.
El extranjero observaba que toda la casa parecía una tienda de antigüedades llena de anticuarios, con la particularidad de que la carcoma vivía en aquellos tipos y había muerto de frío en los muebles, que se desfibraban de viejos, y cuyas puertas y cajones no se podían abrir a veces de enclavijados por el frío que estaban.
En un aparador rechinaban las copas de cristal como si pasase un metropolitano por debajo del pueblo, cuando en verdad solo tiritaban de frío.
Se veían, los retratos de familia, tanto ellos como ellas muy abrigados y con manguito, porque ni aun en los retratos hubiesen podido resistir la temperatura desprovistos de estas precauciones. Entre aquellos retratos de familia se destacaba el de la esposa del Gran Fédor, a la que todos recordaban porque preparaba un té con hierbas cuyo secreto se llevó al otro mundo. Tenía una gran expresión aquel cuadrito de cristal convexo, porque antes de morirse Virginia Alirineva dijo a su esposo: “Estaré dentro del cristal de ese cuadro”; y, en efecto, había miradas, resplandores súbitos y luces de histeria en aquella gran córnea de cristal.
El extranjero miraba a María Yarsilovna, siguiendo siempre el secreto de aquel ultimátum de su blancura, de aquella luz de la nada que había en su rostro y que era como una vívida nieve de tocador que le daba un aire delirante.
De pronto se oyeron las campanillas de plata de los caballos del príncipe, y todos los perros de alrededor comenzaron a ladrar con ladridos desesperados, en que aprovechaban la ocasión de calentarse y de dar rabioso fuego a su sangre.
Las tres hermanas Vera, Nitcha y Nora Galow, que charlaban con el descuellado Maxim Zelaboff, que parecía acabar de meter y sacar la cabeza en un balde de agua, gritaron, como si se tratase de un novio:
—¡Ahí está el príncipe!
María Yarsilovna echó una mirada a la puerta, como si fuese la última de quien se está ahogando y, espera que una mano le saque del empalidecente mareo final.
El príncipe sacerdotizado apareció. Con los hábitos, el príncipe Hich no había dejado de ser príncipe, pero lo era de otra manera, con coqueterías de mujer de luto riguroso. Todos le rodeaban en una confusión de saludos como los que acuden al paso del obispo que sale de la catedral. El Gran Fédor dijo:
—No se apresuren. Que su excelencia el pope Hich va a quedarse toda la velada y va a bendecir el té para que nos cure de las pestes futuras.
El extranjero, cuando por fin todo el mundo se volvió a sentar, notó que María Yarsilovna estaba más pálida que nunca, con una belleza tan imponente como la que tendrán las mujeres que aparezcan sobre sus tumbas cuando suenen las trompetas del juicio final. ¡Lo que hubiera él dado por poder despojar un momento a aquella mujer de su sequedad mortal! ¡Cómo se filtrarían las caricias en su ser poroso y sequerizo! Era máscara y a la vez estaba desenmascarada. Las conversaciones rodeaban al nuevo sacerdote. Era como el generoso donante de su autoridad de príncipe a todos los pobres burgueses. Todos, comprendiendo esa gran fineza del príncipe, querían demostrarle que no eran ellos los principescos, sino que él continuaba siendo el príncipe. El extranjero estaba asombrado de la humillación de todos. Viéndolos alrededor de las faldas absorbentes del pope, se olvidó de la gran pálida, cuya voz se oyó de pronto en el fondo de la casa.
—¡Me muero! ¡Me muero! ¡La absolución! ¡La absolución! ¡Me muero!
El Gran Fédor se levantó y echó a correr hacia aquella habitación interior sobre cuyo lecho se sospechaba a María Yarsilovna. El nuevo pope Hich corrió detrás. Algunas mujeres le siguieron y los hombres más osados se dirigieron también a la alcoba, sin calcular que podía tener la ropa entreabierta y la falda levantada sobre las piernas yertas de la que se desmaya.
Se la oía gritar:
—¡La absolución! ¡Ningún otro éter! —y se percibía el buche de algo que espurreaba, que no quería admitir, que se volvía espuma de su frenesí.
—Quizá no pueda absolverla aún el nuevo pope. Quizá no sea aún de su competencia —dijo el juez Yarsoff, que siempre estaba metido en cuestiones de competencia.
—¡La absolución! ¡La absolución! —seguía gritando María Yarsilovna, desnuda como una posesa.
Parecía que la casualidad había preparado un milagro al nuevo pope. Se vio retroceder a los invitados. Todos salían de la alcoba, hasta el pobre padre, que lloraba. Se cerró la puerta y sólo se quedó con ella el nuevo sacerdote. Nadie hablaba. Se esperaba en silencio el resultado de la operación, y en medio de ella el grito agudo de ese momento en que la aguja da el punto en el corazón.
El silencio duraba ya demasiado, cuando sonó la puerta y todos dirigieron sus miradas ávidas hacia ella, como para ver aparecer al sacerdote con el bisturí en la mano, haciendo el gesto del criminal involuntario. Por el contrario, les sorprendió el verle salir satisfecho, llevando de la mano a la víctima redimida.
Era otra; tenía el sonrosamiento de cuando la crema envuelve la fresa en los postres de la burguesía golosa. No era ya aquella mujer la que deseaba el extranjero.
Ahora se daba cuenta de todo el caso. María Yarsilovna era la mujer no absuelta por el pope maligno, el pope que no había asistido aquella noche a la reunión y que había supliciado a aquella mujer muy a fuego lento, con los suplicios sádicos que le daba el miedo al infierno y con las trufas magníficas de aquella valentía en desafiarlo en que ella se había mostrado inverosímil.
Se había gozado el pope en sonsacar toda la belleza eslava de María gracias a una palidez más enorme que la que se inflige a la mujer con el placer más intenso de los que se conocen.
Era la inabsuelta en el periodo álgido —frío, sí, muy frío y muy intenso —de su altivez, pues quería resistir la penitencia del pope depravado que abusaba de su jurisdicción, que había exagerado su rigor para verla en la postura atónita e imponente que sólo toma la mujer inabsuelta cuando queda caída y postrada al margen de los confesionarios.
Absuelta, tenía la materia engañosa y blanda de las demás. Aquella rebeldía y aquella impavidez tan suyas y tan álgidas habían desaparecido. Tenía la bobaliconería de la heroína que, después de su heroicidad, se empeña en tener un niño.
—Debemos dejarla descansar —dijo el príncipe sacerdote; y dando su bendición a todos se retiró.
Después, toda la concurrencia se fue despidiendo de Fédor y de María Yarsilovna, como felicitándolos con reconcomio que no podían ocultar, pues lamentarían siempre que aquel accidente desgraciado hubiese cortado su noche de recepción.
El extranjero se fue también desilusionado. Hasta había percibido en María Yarsilovna, a la que daba aires de puérpera el haber sido absuelta, una repugnante sonrisa deshelada, casamentera y deliciosa.

Ramón Gómez de la Serna - "El hombre perdido"

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Un miserable con el pelo largo se me acercó para pedirme lumbre.
—A esta hora —me dijo— no hay más candela que la suya… Es usted el dios del fuego.
Yo le di mi cigarrillo y esperé sonriendo. El miserable hizo un camino de consunción a mi cigarro como si se lo hubiere fumado y pareció calentarse también aprovechando mi lumbre.
—Gracias —dijo después con un tono tal de gratitud que se llenaron de flor las acacias como con ubres para un excepcional ordeñado.
Durante unos momentos fuimos juntos y silenciosos puesto que seguíamos el mismo camino.
— ¿A que no sabe usted quién soy yo? —me dijo de pronto.
— Cómo voy a saberlo… Desde luego, como yo, es usted un cazador de ojos blancos.
—No… Yo soy la radiografía que salió mal.
Le miré extrañado, como si aquel hombre hubiese dicho lo más inesperado entre lo inesperado.
—Mas le voy a decir… Soy el sillón que ya no sirve para el imposibilitado y la peluca del cómico viejo…
Y al decir lo de la peluca del cómico se quitó el pelo viéndose que era completamente calvo.
Me iba interesando aquel hombre y me dispuse a seguir con él el camino que daba a las afueras, donde se guardan los cajones de pino adolescente en los que hay mercancías tiernas, o paquetes de té con letras chinas unidas de tal modo que no quieren decir nada, ni siquiera «buenos días».
—¿Y a qué se dedica? —le pregunté.
—A esto, a abrir la lata de sardinas del alba y después, durante todo el día, tengo que estar perdido e inadvertido en los lugares que yo me sé… Echarían mano de mí para cubrir la vacante de los locos verdaderos o de los criminales a los que nunca encontrará la policía pero para los que necesita sustitutivos.
— ¿Me permite usted pasar el día a su lado? —dije yo queriendo aprender vericuetos y el sabor de la botella traspapelada.
—Todo el día no puede ser. Hasta las dos de la tarde sí.
Fuimos caminando silenciosos otro rato y pasamos el primer puente como en victoria mágica sobre los abismos, vencido el suicidio, ganadas las lavanderas.
Los dos sentimos el orgullo del puente, pues sólo los perdidos se dan cuenta de lo que es un puente.
Un puente es la mayor victoria que el hombre ha tenido sobre el mundo inhospitalario de las grandes mariposas. Después ya no pudo hacer nada por el estilo, porque hubiese tenido que hacer un puente al cielo y lo demás no vale, no vale que una casa sea muy alta, ni vale que para ir al mismo sitio —siempre al mismo sitio— haya vehículos veloces, ni importan aviones para subir al cielo cuando se llega tan de precario y es tan constante el matarse.
Sólo el puente.
¡Y lo que debieron esperar de ellos mismos al crear el puente!
Pero después del puente sólo hicieron bien el palacio de piedra del rey y el panteón del rey.
Los dos hombres perdidos íbamos pensando lo mismo y volvíamos la cabeza para ver al puente despedirse, porque los puentes que se quedan atrás se despiden desgarradoramente porque por ellos se pasa una verdadera medida de espacio y tiempo.
Ya comenzaba la vida comercial y los dos teníamos prisa por ocultarnos.
—¿Dónde vamos? —le pregunté al hombre con peluca de teatro.
—Pronto lo sabrás.
Por entre la espesura del vivero, al margen del río, en el delta de los juncos, había una casilla de piso segundo desbaratado.
—Allí —me dijo el otro perdido.
Entreabrimos los juncos como si previésemos el cocodrilo y tropezando con botas viejas de náufragos que habían ido a reunirse allí como a un cementerio de botas, entramos en el nido del huevo dinosáurico y llegamos a la puerta con candado de la casilla a medio derruir.
El de la peluca sacó una llave y abrió el candado. Después, ya dentro, echó el cerrojo como si armase el máuser contra los que pudiesen venir detrás.
—Aquí paso la mañana hasta las dos —dijo, y añadió—. Aquí se escondía Goya de todas las asechanzas y le voy a enseñar el retrato de la maja desnuda pintada de cara a la pared… Va a ver que hermoso escorzo.
Pasamos por varias habitaciones llenas de cosas pescadas en los cubos da la mañana, sabiendo todo a despedida de año en la calle de los mejores árboles de Noel.
De pronto, al desembaular en la habitación de la gran ventana, vi a la maja desnuda vuelta de espaldas a la pared con una naturalidad suprema.
Un diván y dos butacas eran los asientos que había en el recinto. El hombre de la peluca se la quitó como quien se quita el sombrero y se quedó muy viejo.
—¿Así es que Goya tenía aquí su refugio…?
—Asómese a esa mesa y vea las aguafuertes que nadie conoce.
Me abalancé sobre la mesa y comencé a ver aguafuertes en que estaba, más que en ninguna de las suyas, la verdad fulminante e inmunda de la vida.
Aquello era prodigioso y todos los monstruos eran dobles.
—Ésta, «¡Y era su hija!», hace juego con la que tanto se ha visto: «¡Y era su madre!»… Pero realmente no se podía mostrar a nadie ni en su siglo ni en este siglo tampoco.
—Siga… siga viendo.
La curiosidad más fiera me hacia levantar láminas y yo ponía caras de espejo atormentado, gestos espantados, con aspavientos de molino.
—¡Qué barbaridad! —exclamaba continuamente.
El hombre de la calva quemada por el tiempo sonreía.
—¡Qué hallazgo! —dije al llegar a la última prueba.
—Yo seré una radiografía mal hecha pero he sabido encontrar el refugio secreto de Goya, esta casa del buen pescador…
— Aquí está uno perdido como en galería de fotógrafo muerto. ¡Pero qué bien se ve lo que de barquichuelo tiene la tierra!
—La noche es muy fuerte aquí… Por eso al atardecer me oculto en otro sitio… De noche hay aquí cine de aguafuertes y arañas peludas que salen de los rincones mientras el sadismo oscuro azota a la maja vuelta de espaldas… Es demasiado para mí aunque comprendo que las sombras se ponen nerviosas de miedo.
Allí estaba la prueba perdida del aguafuerte de gran tamaño —que una vez me enseñó metida en un estuche con llave un prendero— un corro de hombres desnudos y con sombrero de copa, montados al aire y envainados por detrás los unos en los otros, cerrando el círculo volador de ese modo avieso y obsceno, leyéndose debajo como la rotundidad de Goya: «La humanidad.»
Me quedé asombrado ante la clandestinidad de aquel museo escondido de Goya en las barbas de la ciudad y en los bardales del río, todo clarividente como en ningún sitio, porque aquella era la casilla perdida y miserable que adora el artista.
—Pero esto vale un dineral… ¿Por qué no lo vende?
—Porque no sabría explicar cómo me hice con ello y me meterían en la cárcel… Esto quedará así siempre y será el refugio ideal de los miserables futuros…
Ante aquel desesperante escondite con obras desconocidas del artista universal, temí incurrir en una inexplicable complicidad y rogué a aquel hombre que me condujese a la orilla del río pues tenía que hacer en la ciudad.

Ramón Gómez de la Serna - "Metamorfosis"

Posted by La mujer Quijote in ,

No era brusco Gazel, pero decía cosas violentas e inesperadas en el idilio silencioso con Esperanza. Aquella tarde había trabajado mucho y estaba nervioso, deseoso de decir alguna gran frase que cubriese a su mujer asustándola un poco. Gazel, sin levantar la vista de su trabajo, le dijo de pronto:
—!Te voy a clavar con un alfiler como a una mariposa!
Esperanza no contesto nada, pero cuando Gazel volvió la cabeza vió como por la ventana abierta desaparecía una mariposa que se achicaba a lo lejos, mientras se agrandaba la sombra en el fondo de la habitación.

Ramón Gómez de la Serna - "Greguerías"

Posted by Arabella in ,

Hoy, google se está encargando de recordarnos que es el 121 aniversario del nacimiento de Ramón Gómez de la Serna (Ramón como a él le gustaba que lo llamasen). La verdad es que con lo aficionado que es el ser humano a buscar números redondos para celebrar cualquier cosa, esto de conmemorar un 121 aniversario suena raro (parece lo del “no cumpleaños” de Carrol). De todas formas, como admiro a Ramón, la disculpa de la entrada, aunque peregrina, es suficiente.
Ramón publicó muchos libros de todos los géneros, desde la novela, el ensayo, el cuento, el teatro o el artículo periodístico, hasta la greguería (género de aforismos que él inventó y que definió como "metáfora más humor")
El escritor y periodista madrileño ha sido adscrito a la Generación del 14 (Novecentismo o Vanguardias) aunque fue un vanguardista dentro de las Vanguardias. Su estilo fue tan personal que muchos lo encuadran en otra corriente literaria, el “Ramonismo”, del que él fue creador y único autor. Absolutamente independiente, centra gran parte de su interés en el esteticismo y la provocación. Coincide también con el novecentismo en la ruptura con el pasado, la huída del sentimentalismo, la renovación del lenguaje, la búsqueda del arte por el arte. Cosmopolita, practicó el madrileñismo ("Madrid es no tener nada y tenerlo todo”). Utilizó el absurdo como herramienta y fue un precursor del surrealismo. En sus novelas y cuentos disecciona todo lo habido y por haber, aborda el crimen, la crítica grotesca del mundo taurino, la sátira del mundo frívolo, la novela erótica (incluída la homosexualidad). Fue un nihilista que utilizó la extravagancia y el esperpento.
Creo que es un autor que merece mucho más reconocimiento del que se le ha dado hasta ahora.
En este blog ya se han puesto algunas entradas sobre él (aquí cuentos y aquí un vídeo). Hoy le toca el turno a algunas de sus greguerías.


Greguerías

Donde el tiempo está más unido al polvo es en las bibliotecas.

Si vais a la felicidad, llevad sombrilla.

Amor es despertar a una mujer y que no se indigne.

Escribir es que le dejen a uno llorar y reír a solas.

Los haiku son telegramas poéticos.

Cuando una mujer que plancha la solapa con la mano ya estás perdido.

El capitalista es un señor que al hablar con vosotros se queda con vuestras cerillas.

La felicidad consiste en ser un desgraciado que se siente feliz.

Cuando el escritor llega a la vejez es cuando sospecha que al artículo que está escribiendo lo escribió ya otra vez.

Un centenario consiste en limpiar con un plumero el busto del centenariado.

Lo más terrible de nuestro libro de direcciones es que sacarán de él las señas de nuestros amigos para enviarles nuestra propia esquela de defunción.

Son molestas las medicinas en cuyos prospectos nos llaman “adultos”.

El mejor destino que hay es el de “supervisor de nubes”, acostado en una hamaca mirando el cielo.

El niño grita: “no vale, … dos contra uno”, y no sabe que toda la vida es eso, dos contra uno.

Lo peor de la ambición es que no sabe lo que quiere.

Cuando anuncian por un altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo.

La muerte es hereditaria.

Ramón Gómez de la Serna

Posted by Arabella in , ,

En los comentarios de la entrada anterior se apuntaba que, tal vez, el humor de Poncela (lo que han llamado algunos, el jardielismo) fuera muy avanzado y que el humor de la época pudiera parecerse a lo que hoy hace un exventrílocuo famoso. Ya comenté que no compartía esa comparación. En la época de Jardiel y en la anterior hubo autores de humor de la talla de Miguel Mihura, Arniches, Muñoz Seca o Wenceslao Fernández Florez (ya quisiera el exventrílocuo parecerse en el color del pelo a cualquiera de estos). Tal vez, de esa época que va de finales del XIX a la primera mitad del XX, el escritor de humor más rompedor de todos fue Ramón Gómez de la Serna (Ramón, como le gustaba que lo llamasen), a caballo entre el absurdo, el surrealismo y creo que, en realidad, fuera de toda etiqueta. Sus "Greguerías" son imprescindibles.
A él debemos citas que son clásicos:
"Amor es despertar a una mujer y que no se indigne"
"Si te conoces demasiado a ti mismo, dejarás de saludarte"
En la entrada correspondiente de la wikipedia encontré un enlace a youtube en el que aparece un monólogo del propio Ramón. Así que hoy no pongo un texto, que sea el propio Ramón quien nos lo cuente.

"El orador"

Ramón Gómez de la Serna - Cuentos

Posted by Arabella in ,

Peor que el infierno
¡Oh, la crueldad incomprensible, inadmisible! Le sentenció Dios a muchos miles de siglos de purgatorio porque si los hombres al que no matan, al que absuelven de la última pena lo sentencian casi a lo mismo con sus treinta años, Dios, al que perdona del Infierno, le condena, a veces, a toda la eternidad menos un día, y aunque ese día mata por completo toda la eternidad, ¡cuán vieja y cuan postrada no estará el alma el día en que cumpla la condena! Estará idiota como el alma de la ramera Elisa, de Goncourt, cuando sale del presidio silencioso.

"¡Cuántas hojas de almanaque, cuántos lunes, cuántos domingos, cuántos primeros de año esperando un primero de año separado por tantísimos años!", pensaba el sentenciado, y no pudiendo resistir aquello, le pidió al Dios tan abusivamente cruel, que le desterrase al infierno definitivamente, porque allí no hay ninguna impaciencia.

"¡Matadme la esperanza! ¡Matad a esa esperanza que piensa en la fecha final, en la fecha inmensamente lejana!", gritaba aquel hombre que por fin fue enviado al Infierno, donde se le alivió la desesperación.


¡Ése soy yo!
Cuando vi sacar aquel cadáver del agua, grité:

-Ése soy yo... Yo.

Todos me miraron asombrados, pero yo continué: "Ése soy yo... Ése es mi reloj de pulsera con un brazalete extensible... Soy yo".

-¡Soy yo!... ¡Soy yo! -les gritaba y no me hacían caso, porque no comprendían cómo yo podía ser el que había traído el río ahogado aquella mañana.


Aquella muerta
Aquella muerta me dijo:

-¿No me conoces?... Pues me debías conocer... Has besado mi pelo en la trenza postiza de la otra.