En vacaciones me dejaban quedar en la cama hasta el momento en que mi padre se iba a trabajar. Los días laborables él salía de casa con el último tañido de las siete de la campana de la iglesia anglicana. Despierta en el lecho, yo oía todos los ruidos que mis padres hacían arreglándose para la jornada. Mientras mi madre le preparaba el desayuno, mi padre se afeitaba, utilizando la brocha de afeitar que tenía el mango de marfil y la navaja que hacía juego; después se encaminaba al pequeño cobertizo que había construido afuera como cuarto de baño, para bañarse rápidamente con el agua que mi madre, siguiendo sus instrucciones, había dejado toda la noche al sereno. De ese modo el agua estaba muy fría, y él creía que el agua fría le fortalecía la espalda. Si yo hubiera sido varón habría recibido el mismo tratamiento, pero como era niña, y encima iba al colegio sólo con otras niñas, mi madre siempre agregaba al agua de mi baño cierta cantidad de agua caliente, para quitarle el frío. Los domingos por la tarde, mientras yo estaba en la escuela dominical, mi padre tomaba un baño caliente; se llenaba la bañera hasta la mitad con agua normal, y luego mi madre le añadía un gran caldero de agua en la que acababa de hervir corteza y hojas de laurel. El único motivo para poner allí la corteza y las hojas era que a mi padre le gustaba el olor. Se pasaba horas sumergido en aquel baño, estudiando sus papeletas de quiniela o dibujando modelos de muebles que pensaba fabricar. Cuando yo regresaba de la escuela dominical, teníamos la cena de los domingos.
Este texto (The Circling Hand) corresponde al capítulo 2 de la novela "Annie John" de 1985, sin embargo, está incluido como cuento en la "Antología del cuento norteamericano" de Richard Ford, editada en español en 2002.
La versión es la de Héctor Silva
Mi madre y yo solíamos bañarnos juntas. A veces era un baño corriente, que no llevaba mucho tiempo. Otras veces era un baño especial, para el que en el mismo gran caldero hervía cortezas y hojas de distintos árboles, junto con toda clase de aceites. Nos metíamos en aquel baño en una habitación oscurecida, con una vela que ardía desprendiendo un extraño perfume. Sentadas en él, mi madre me lavaba diferentes partes del cuerpo; a continuación hacía lo mismo con el suyo. Aquellos baños los tomábamos después de que mi madre hubiera hecho consultas con su mama obeah,[9] así como con su madre y con una amiga de confianza, y las tres hubieran confirmado que, por el cariz de ciertas cosas relacionadas con nuestra casa —el modo en que un leve arañazo en mi empeine se había convertido primero en una pequeña lastimadura, después en una lastimadura grande, y lo que había tardado en sanar; la manera en que un perro conocido de mi madre, y un perro pacífico, además, se había vuelto contra ella y la había mordido; cómo un cuenco de porcelana que mi madre había tenido toda la vida y pensaba llevarse a la otra, había resbalado de pronto de sus diestras manos y se había hecho pedazos del tamaño de granos de sal; cómo unas palabras dichas en broma a una amiga habían sido completamente mal interpretadas—, una de las numerosas mujeres que mi padre había amado, con la que nunca se había casado pero con la que había tenido hijos, estaba tratando de hacernos daño a mi madre y a mí invocando en contra nuestra a los malos espíritus.
Cuando me levantaba, ponía al sol la ropa de mi cama y mi camisón para que se oreasen, me cepillaba los dientes, me lavaba y me vestía. Entonces mi madre me daba el desayuno, pero como durante mis vacaciones no tenía que ir al colegio, no estaba obligada a engullir un enorme desayuno de gachas, huevos, una naranja o medio pomelo, pan con mantequilla y queso. Podía librarme con sólo un poco de pan con mantequilla y queso, y gachas y cacao. Pasaba el día siguiendo a mi madre de aquí para allí y observando cómo hacía cada cosa. Cuando íbamos a la tienda de comestibles, me indicaba el motivo de cada compra. Me mostraba una barra de pan o una libra de mantequilla desde no menos de diez puntos de vista diferentes. Cuando íbamos al mercado, si ese día quería comprar cangrejos le preguntaba al vendedor si eran de la zona de Parham, y si él decía que sí mi madre no compraba. En Parham estaba la leprosería, y mi madre estaba convencida de que los cangrejos no se alimentaban de otra cosa que de la comida de los platos de los propios leprosos. Por lo tanto, si nos comíamos los cangrejos no tardaríamos en volvernos leprosos y vivir miserablemente en la colonia.
¡Qué importante me sentía allí, junto a mi madre! Pues muchas personas, con su mercancía y provisiones expuestas delante de ellas, parecían renacer cuando la veían acercarse y se esforzaban por llamar su atención. Se zambullían debajo del mostrador para sacar géneros todavía mejores que los que tenían a la vista. Se sentían defraudados cuando ella alzaba un artículo en el aire, lo examinaba volviéndolo hacia un lado y otro, y luego, frunciendo el gesto, decía: «No me convence», y dando media vuelta se alejaba en dirección a otro puesto, para ver si alguien que la semana pasada le había vendido unas deliciosas cristofinas tenía algo igualmente sabroso. Cuando les daba la espalda, quedaban asegurándole en alta voz que la siguiente semana esperaban tener colocasias, ocumos o lo que fuera, y mi madre decía «Ya veremos», en tono de incredulidad. Si después íbamos al puesto del señor Kenneth, no nos llevaba sino unos minutos, porque él sabía exactamente lo que mi madre quería y siempre lo tenía listo para ella. El señor Kenneth me conocía desde que yo era muy pequeña, y siempre me recordaba los mohines que había hecho la primera vez que me dio un trozo de hígado crudo que había reservado para mí. Era una de las pocas cosas que me gustaba comer, y por añadidura a mi madre le encantaba verme comer algo que era tan bueno, y me explicaba detalladamente los efectos que el hígado crudo tendría sobre los glóbulos rojos de mi sangre.
Regresábamos a casa andando bajo el caliente sol de media mañana, generalmente sin incidentes. Cuando yo era mucho más pequeña, en frecuentes ocasiones en que iba andando al lado de mi madre, ella me había cogido de repente y me había envuelto en su falda y me había arrastrado como si tuviera gran prisa. Yo oía una voz alterada diciendo cosas feas, y después, cuando la voz irritada quedaba atrás, mi madre me liberaba. Ni mi madre ni mi padre soltaron nunca prenda o me hablaron siquiera del asunto, pero no tuve más que sumar dos más dos para saber que se trataba de una de aquellas mujeres que mi padre había amado y con las que había tenido un hijo, o hijos, ninguna de las cuales le perdonaba haberse casado con mi madre y haberme tenido a mí. Una de aquellas mujeres que siempre estaban tratando de hacernos daño a mi madre o a mí, y que debían haber amado mucho a mi padre, pues ninguna de ellas intentó jamás hacerle daño a él, y cuando él pasaba al lado de una de ellas por la calle era como si nunca se hubiesen conocido.
Cuando llegábamos a casa, mi madre se ponía a preparar la comida (sopa de calabacines con costrones de pan, fritura de plátanos con pescado salado cocido en antroba y tomates, o un ajiaco, dependiendo de lo que hubiera encontrado ese día en el mercado). Mientras mi madre pasaba de una cacerola a otra, revolviendo aquí, añadiendo algo allí, yo le pisaba los talones. Cuando metía la cuchara en una cosa u otra para comprobar si estaba correctamente sazonada, me dejaba probar a mí también y me preguntaba qué me parecía. No porque necesitara en realidad mi opinión, pues me había dicho muchas veces que mis papilas gustativas no estaban aún completamente desarrolladas, sino simplemente para que yo tomara parte en todo. Mientras preparaba la comida, mi madre se ocupaba también de la colada. Si era un martes, y había puesto almidón al agua de la ropa de color, yo iba tras ella llevándole el canasto con las pinzas. Mientras ella iba colgando las prendas de color almidonadas en la cuerda, la ropa blanca se blanqueaba en el pilón de piedra. Era un hermoso pilón que le había construido mi padre: un enorme círculo de piedras, de unos quince centímetros de alto, en mitad del patio abierto. Allí se esparcía la ropa blanca enjabonada: a medida que el sol la secaba, eliminando las manchas, había que remojarla con cubos de agua. En época de vacaciones lo hacía yo en su lugar. Mientras yo la mojaba, mi madre venía detrás de mí instruyéndome sobre cómo empapar bien todas las prendas, mostrándome cómo dar vuelta una camisa para que también las mangas quedaran expuestas al sol.
Durante el almuerzo, mis padres hablaban de las casas que mi padre tenía que construir; del disgusto que se había llevado con un aprendiz o con el señor Oatie; de lo que les parecía mi escolaridad hasta el momento; de lo que pensaban del bullicio que armaban el señor Jarvis y sus amigos durante varios días, cuando se encerraban en casa del señor Jarvis a beber y a comer pescado que habían pescado ellos mismos, y a bailar con la música de un acordeón que tocaban por turnos. Hablaban y hablaban. Yo volvía la cabeza alternativamente de uno al otro, observándolos. Cuando mis ojos se posaban en mi padre, su aspecto no me decía gran cosa. Pero cuando se posaban en mi madre, ¡qué bella la encontraba! Su cabeza parecía hecha para lucir en una moneda de seis peniques. Tenía un hermoso y largo cuello, y el largo cabello en forma de trenzas que se enroscaba en la parte posterior de la cabeza, porque cuando se lo dejaba suelto le daba mucho calor. Su nariz tenía el aspecto de una flor a punto de abrir. Su boca, que se abría y cerraba mientras ella comía y hablaba al mismo tiempo, era tan bonita que de ser preciso no me habría importado quedarme mirándola para siempre. Era una boca ancha y de labios más bien finos, y cuando pronunciaba ciertas palabras mostraba fugazmente parte de los grandes dientes blancos, grandes y perlados como los preciosos botones de uno de mis vestidos. Yo no prestaba atención a lo que decía durante aquellas conversaciones entre ellos. Ella lo hacía reír mucho. No podía decir una palabra sin que él estallara en carcajadas. Comíamos, yo recogía la mesa, le decíamos adiós a mi padre al marcharse a trabajar, yo ayudaba a mi madre a lavar los platos y después nos disponíamos a pasar la tarde.
Cuando mi madre, a los dieciséis, y después de pelearse con su padre, abandonó su casa en la Dominica para venirse a Antigua, metió todas sus cosas en un inmenso baúl de madera que había comprado en Roseau por cerca de seis peniques. Pintó el baúl por fuera de amarillo y verde, y lo forró por dentro con un papel de empapelar paredes lleno de rosas estampadas sobre fondo crema. Dos días después de dejar la casa de su padre, se embarcó en una lancha para Antigua. Era una embarcación pequeña, y normalmente el viaje habría durado día y medio, pero se desató un huracán y la lancha estuvo perdida en el mar durante casi cinco. Para cuando arribó a Antigua, la embarcación estaba prácticamente deshecha, y aunque dos o tres de los pasajeros se ahogaron al caer por la borda y parte de la carga fue arrebatada por las aguas, mi madre y el baúl se salvaron. Y ahora, veintiséis años más tarde, aquel baúl se guardaba debajo de mi cama y en su interior había cosas que me habían pertenecido, empezando desde que nací.
Estaba el camisón blanco de algodón, con ribete festoneando las mangas, el cuello y el dobladillo y florecillas blancas bordadas en la pechera: la primera prenda que llevé de recién nacida. Me lo había hecho mi madre, y una vez, al pasar por allí, me mostró incluso el árbol debajo del cual lo había cosido. Había pañales, con vainica también hecha por mi madre; unas calzas blancas de lana, con chaqueta y gorro a juego; había una manta blanca de lana y una igualmente blanca de franela de algodón; había una capota lisa de hilo con adornos de encaje; estaba mi vestido de bautismo; también dos de mis biberones: un biberón corriente, y el otro semejando una barca, con una tetilla en cada extremo; estaba el termo en el que mi madre ponía el té que supuestamente ejercía en mí un efecto sedante; estaba el vestido que lucí en mi primer cumpleaños: de algodón amarillo, con la pechera verde fruncida; y el de mi segundo cumpleaños: de algodón rosa con la pechera verde fruncida; había también una fotografía mía en mi segundo cumpleaños, con el vestido rosa y mi primer par de pendientes, una cadena alrededor del cuello y un par de brazaletes, todo hecho especialmente de oro de la Guayana Británica; estaba el primer par de zapatos que me quedaron pequeños desde que aprendí a andar; el vestido con que fui por primera vez al colegio y el primer cuaderno en el que escribí; las sábanas de mi cuna y las de mi primera cama; mi primer sombrero de paja, mi primera cesta de paja —decorada con flores— que mi abuela me había enviado desde Dominica; y estaban mis certificados escolares, mis diplomas al mérito del colegio y los de la escuela dominical.
De cuando en cuando, mi madre escogía algún lugar de la casa para hacer una buena limpieza. Si yo me encontraba en casa en una de esas ocasiones, estaba —como siempre— con ella. Cuando le tocaba al baúl yo lo pasaba en grande, pues después de haber sacado todas las cosas del interior para ventilarlas, y de haber cambiado las bolas de naftalina, las reintegraba al baúl, y con cada cosa que sostenía en la mano antes de guardarla me refería alguna historia relacionada conmigo. A veces yo la conocía de primera mano, pues recordaba perfectamente la ocasión; a veces, lo que me contaba había ocurrido cuando yo era demasiado pequeña para recordar algo; y a veces era algo de cuando yo todavía no había nacido. En cualquier caso, yo sabía exactamente lo que iba a contarme, porque lo había escuchado ya muchas veces, pero nunca me cansaba de oírlo. Por ejemplo, las flores del camisón, la primera prenda que vestí en mi vida, no habían sido colocadas correctamente, porque cuando mi madre las estaba bordando yo había pateado tanto que su pulso no había estado firme. Decía mi madre que generalmente yo le hacía caso cuando me ponía a patalear en su panza y ella me decía que me quedase quieta, pero que aquella vez no. Cuando me contaba aquel episodio, sonreía y me decía: «¿Te das cuenta?: ya entonces eras díscola». A mí me encantaba pensar que, aun antes de haberme visto el rostro, mi madre me hablaba del mismo modo en que lo hacía ahora. Mi madre hablaba y hablaba. No había episodio de mi vida que fuera tan falto de importancia como para que ella no hubiera tomado nota de él, y dejara de contármelo ahora una y otra vez. Yo me sentaba a su lado y ella me mostraba el mismísimo vestido que llevaba el día en que mordí a otra niña de mi edad, con la que estaba jugando. «Tu etapa mordedora», la llamaba. O el día en que me advirtió que no jugase alrededor del brasero (pues a mí me gustaba canturrear en voz baja y bailar en torno del fuego). Dos segundos después caía yo sobre los carbones encendidos y me quemaba los codos. Mi madre lloró cuando comprobó que no había sido nada grave, y ahora, al contármelo, besaba las pequeñas cicatrices oscuras que me habían quedado.
Mientras ella me contaba aquellas historias, yo a veces estaba sentada a su lado, apoyada contra ella, o bien arrodillada a su espalda y reclinada sobre su hombro. Cuando hacía esto último, le olisqueaba ocasionalmente el cuello, o detrás de la oreja, o el cabello. Ella olía unas veces a limón, otras a salvia, a veces a rosas, otras veces a laurel. En algunas ocasiones dejaba de oír lo que ella estaba diciendo; me dedicaba sólo a mirar aquella boca que se abría y cerraba sobre las palabras, o a mirarla reír. Qué horrible, pensaba yo, debía de ser para cualquier persona no tener quien los quisiera tanto, ni a quien querer tanto. Mi padre, por ejemplo. Sus padres, cuando él era pequeño y después de darle un beso de despedida, lo habían dejado con su abuela, habían embarcado en un navio y habían partido para Sudamérica. No había vuelto a verlos, si bien ellos le escribían y le enviaban regalos: paquetes de ropa para su cumpleaños y en Navidad. Desarrolló, pues, un gran afecto hacia su abuela, y ella lo quería, lo cuidaba y trabajaba duro para mantenerlo bien alimentado y vestido. Desde el principio durmieron en la misma cama, y continuaron haciéndolo siendo él ya un muchacho crecido. Cuando ya había dejado el colegio y empezado a trabajar, todas las noches, después que él y su abuela habían acabado la cena, mi padre salía a visitar a sus amigos. Regresaba a casa a eso de medianoche y caía dormido al lado de su abuela. Por la mañana, la abuela se despertaba alrededor de las cinco y media, un cuarto de hora antes que mi padre, le preparaba el baño y el desayuno y disponía todo lo necesario para que a las siete en punto pudiera cruzar la puerta y encaminarse al trabajo. Una mañana, sin embargo, se quedó dormido porque su abuela no lo llamó. Al despertar, la encontró tendida a su lado. Cuando intentó despertarla, no pudo. Había muerto a su lado en algún momento de la noche. Aunque abrumado por la pena, le construyó el ataúd y se ocupó de que tuviera un hermoso entierro. No volvió a acostarse en aquel lecho, y al poco tiempo se mudó de casa. Tenía entonces dieciocho años.
La primera vez que mi padre me contó aquella historia, me arrojé en sus brazos cuando terminó y nos pusimos a llorar los dos, él sólo un poco y yo a mares. Era un domingo por la tarde; él, mi madre y yo habíamos ido de paseo al jardín botánico. Mi madre se había apartado para observar una especie rara de cardo, y ambos la vimos inclinarse sobre los arbustos para ver mejor y extender la mano para tocar las hojas de la planta. Cuando retornó a donde estábamos y vio que los dos habíamos estado llorando, empezó a mostrarse muy preocupada, pero mi padre se apresuró a contarle lo que había pasado y ella se rió de nosotros y nos llamó tontitos. Pero a continuación me cogió en brazos y dijo que yo no tenía que preocuparme de que ella fuera a irse en un barco, o a morirse, y dejarme sola en el mundo. Pero desde entonces, siempre que veía a mi padre sentado a solas con una expresión abstraída en el rostro, me sentía llena de compasión hacia él. Había estado solo en el mundo todo aquel tiempo, puesto que su madre se había ido en un barco con su padre, sin haber vuelto a verla nunca, y encima su abuela muriéndose a su lado en el lecho en mitad de la noche. Era más de lo que cualquiera merece soportar. Yo le quería mucho y deseaba tener una madre que darle, pues, por más que mi propia madre lo amase, jamás podría ser lo mismo.
Cuando mi madre terminaba con el baúl y yo había vuelto a oír una vez más cómo había sido y quién me había dicho tal cosa y en qué punto de mi existencia, me daba la merienda: una taza de cacao y un panecillo con mantequilla. Para entonces mi padre había regresado del trabajo y tomaba la suya. Mientras mi madre iba de aquí para allí preparando la cena, recogiendo ropa del pilón de piedra o descolgando prendas de la cuerda, yo me sentaba en un rincón del patio abierto a observarla. Jamás estaba quieta. Sus poderosas piernas la llevaban de un lado del patio a otro, y adentro y afuera de la casa. A veces me llamaba para que fuera a traerle un poco de tomillo o de albahaca, pues cultivaba todas las hierbas que consumía en unas pequeñas macetas que conservaba en un rincón de nuestro pequeño huerto. A menudo, cuando yo le daba las hierbas, se inclinaba para besarme en los labios y después en el cuello. Tal era el paraíso en el que yo vivía.
El verano del año en que cumplí los doce, me di cuenta de que había crecido: la mayor parte de la ropa ya no me servía. Cuando conseguía que un vestido me bajara por la cabeza, la cintura apenas me quedaba más abajo del pecho. Me había vuelto zanquilarga, el cabello se me había puesto más rebelde que nunca, me habían aparecido unos mechones de pelo debajo de los brazos y cuando transpiraba el olor era extraño, como si me hubiese convertido en un extraño animal. No hice ningún comentario, y mi madre y mi padre no parecieron advertirlo, porque tampoco ellos dijeron nada. Hasta entonces, mi madre y yo nos habíamos hecho muchos vestidos de la misma tela, si bien los suyos eran diferentes, de un estilo más de adulto, con cuello barco o escote de novia y falda plisada o al bies, en tanto que los míos eran de cuello alto y cerrado, ruedo ancho y, desde luego, una cinta ciñendo el talle y atada en un lazo a la espalda. Un día, mi madre y yo habíamos salido a comprar el material con que hacernos vestidos nuevos para su cumpleaños (el regalo habitual de mi padre), cuando de pronto vi una tela: una de fondo amarillo, con unas figuras de hombre en traje anticuado sentados al piano y notas musicales esparcidas alrededor de cada uno. Inmediatamente dije lo mucho que me gustaba aquella tela y lo bonita que en mi opinión luciría sobre nosotras, pero mi madre replicó:
—Nada de eso. Ya estás demasiado grandecita. Es tiempo de que lleves tu propia ropa. No puedes pasar el resto de tu vida pareciendo una copia mía en pequeño.
No sería exagerado decir que me sentí como si me faltara el suelo bajo los pies. No era sólo lo que había dicho, era cómo lo había dicho. Sin el acompañamiento de una risita. Sin inclinarse a darme un beso en mi pequeña frente húmeda (porque súbitamente me sentí sofocada de calor, después fría, y todos mis poros debían haberse abierto, pues los fluidos simplemente manaban de mi cuerpo). Al final, yo tuve mi vestido con los hombres tocando el piano y mi madre uno con enormes flores de hibisco, rojas y amarillas; pero nunca pude ponerme el mío ni ver a mi madre en el suyo sin sentir amargura y odio, dirigidos no tanto a mi madre, supongo, como a la vida en general.
Como si aquello no hubiese sido bastante, mi madre me informó de que estaba a punto de convertirme en una jovencita, de modo que había unas cuantas cosas que tendría que empezar a hacer de otra manera. No me dijo qué era exactamente lo que me hacía estar a punto de convertirme en una jovencita, de lo que me alegré mucho, pues no quería saberlo. Con la puerta cerrada, me coloqué desnuda delante del espejo y me examiné de pies a cabeza. Era tan larguirucha y esmirriada que el espejo se me acababa y mis pequeñas costillas presionaban contra la piel. Yo intentaba aplastar mi rebelde cabello contra la cabeza para que me quedara alisado, pero no bien me lo soltaba volvía a quedarme levantado. Me vi aquellos manojos de pelo debajo de los brazos. Y a continuación me examiné atentamente la nariz. De pronto se me había desparramado por la cara, borrándome casi las mejillas, apoderándose de todo mi rostro de tal modo que, si no hubiera sabido que era yo la que estaba allí, me habría preguntado quién era aquella chica desconocida. Y pensar que hacía muy poco mi nariz había sido una cosa pequeña, del tamaño de un capullo de rosa… Pero ¿qué podía hacer? Pensé en rogarle a mi madre que le pidiera a mi padre que construyera un torno especial para colocarme de noche antes de dormir y que seguramente me impediría crecer. Estaba a punto de hacerlo, cuando recordé que unos días antes le había pedido, en mi tono más dulce y zalamero, que revisásemos el baúl. Una persona a quien no reconocí me contestó en un tono que no reconocí: «¡Nada de eso! Tú y yo ya no tenemos tiempo para esa clase de cosas». ¿Que si me volvió a faltar el suelo bajo los pies? Tendría que responder que sí y de nuevo no estaría exagerando nada.
Debido a aquel asunto de ser una jovencita, y en lugar de pasar los días en perfecta armonía con mi madre, yo siguiendo sus pasos y ella derramando sus besos, su afecto y su atención sobre mí, empezaron a mandarme a aprender esto y aquello fuera de casa. Me enviaron a una señora que lo sabía todo en materia de modales y sobre cómo saludar y tratar a las personas importantes de este mundo. Aquella mujer pronto me pidió que no volviese, porque mi irresistible tendencia a hacer un ruido como el de un pedo cada vez que debía efectuar una reverencia hacía reír mucho a las otras chicas. Me mandaron a tomar lecciones de piano. La maestra de piano era una arrugada solterona de Lancashire, Inglaterra, y no tardó en pedirme que no volviese, porque al parecer yo no podía resistirme a comer algunas de las ciruelas que ella colocaba en un cuenco encima del piano por meras razones decorativas.
En el primer caso le conté a mi madre una mentira: le dije que la maestra de buenos modales había encontrado que los míos no necesitaban ser mejorados, de modo que no había necesidad de que fuera más. Aquello la puso muy contenta. En el segundo caso, no había nada que hacerle, tenía que enterarse. Cuando la maestra de piano le contó mi comportamiento, mi madre se dio vuelta y se apartó de mí, y tuve la impresión de que si alguien le hubiese preguntado en aquel preciso momento quién era yo, probablemente habría respondido «no lo sé».
Fue algo realmente nuevo para mí: mi madre disgustada, dándome la espalda. Es verdad que antes de eso ya no me pasaba el día entero al lado de mi madre, que la mayor parte del día estaba en el colegio, pero también es cierto que antes de aquello de ser una jovencita podía sentarme a pensar en mi madre, verla hacer una cosa u otra, y que siempre mostraba una sonrisa cuando me miraba. Ahora siempre la veía con la comisura de los labios caída, mostrándome su desaprobación. ¿Y por qué se tomaba tan a pecho lo de mi nueva condición? Le dio por enfatizar que algún día yo tendría mi propio hogar y que podría querer que fuera diferente al suyo. Una vez, mientras me mostraba una manera de acomodar la ropa blanca en el armario, dio unas palmaditas a las sábanas dobladas en su sitio y dijo:
—Desde luego que en tu propia casa podrás guardarla de otra manera.
Que pudiera realmente llegar el día en que viviésemos separadas era algo que yo jamás había creído. Me dolió la garganta de contener las lágrimas amontonadas. En ocasiones, las dos olvidábamos el nuevo estado de cosas y actuábamos como en los viejos tiempos. Pero eso no duraba mucho.
En medio de tantos cambios, había olvidado que en septiembre iba a entrar en un colegio diferente. Tenía, pues, un montón de cosas que hacer, con vistas al colegio. Tenía que ir a la costurera a que me tomara las medidas para los nuevos uniformes, dado que mi cuerpo había dejado en ridículo las anteriores. Tenía que adquirir zapatos, el sombrero del colegio y una cantidad de libros nuevos. En el nuevo colegio necesitaba un cuaderno diferente para cada asignatura, y además de lo de costumbre —inglés, aritmética, etcétera— ahora tenía que aprender latín y francés, y asistir a clases en el recién construido pabellón de ciencias. Aquel colegio nuevo empezaba a atraerme. Tenía la esperanza de que allí todo el mundo fuera también nuevo, de que no hubiera nadie conocido. En ese caso, podría darme aires: podría decir que era algo que no fuera, y nadie se daría cuenta.
El domingo previo al lunes en que empezaba en mi nuevo colegio, mi madre se enfadó por cómo yo había hecho mi cama. En el centro de mi colcha, mi madre había bordado una fuente repleta de flores, con un papagayo en cada extremo. Yo había colocado la colcha torcida, de modo que el bordado no había quedado en el centro de la cama, como correspondía. Mi madre armó un alboroto al respecto, y yo comprendí que tenía razón y lamenté mucho no haber hecho el pequeño esfuerzo necesario para complacerla. Ella dijo que últimamente me había vuelto descuidada, y yo no pude sino asentir en silencio.
Regresé a casa de la iglesia, y mi madre parecía continuar enfadada por lo de la colcha, así que procuré evitarla. Por la tarde, a las dos y media, me fui a la escuela dominical. Me dieron el certificado como la mejor discípula del grupo de estudio de la Biblia. Fue una sorpresa que me lo dieran aquel día, aunque conocíamos el resultado de un examen realizado semanas antes. Regresé a casa corriendo, con el certificado en la mano, sintiendo que con aquel premio reconquistaría a mi madre, que era una oportunidad para que volviera a sonreírme.
Cuando llegué, entré corriendo al patio llamándola, pero no obtuve respuesta. Entonces entré en la casa. Al principio no oí nada. Después escuché unos sonidos que venían del cuarto de mis padres. Pensé que mi madre debía de estar allí. Al llegar a la puerta, vi que mi madre y mi padre se encontraban acostados en el lecho. No me interesó lo que hacían, excepto que la mano de mi madre estaba sobre la parte estrecha de la espalda de mi padre, y describía un movimiento circular. ¡Pero qué mano! Una mano blanca y descarnada, como si llevara mucho tiempo muerta y hubiera sido dejada a merced de los elementos. No parecía su mano, y sin embargo sólo podía ser la suya, conociéndola yo tan bien. Describía sin parar el mismo movimiento circular, y yo la observaba como si jamás en la vida fuese a ver otra cosa. Aunque olvidase todas las demás cosas del mundo, no podría olvidar aquella mano y su aspecto en aquel momento. Me di cuenta, asimismo, de que los sonidos que había oído eran los besos que ella le estaba dando a mi padre en las orejas, en la boca y en el rostro. Los estuve mirando no sé cuánto tiempo.
La siguiente vez que vi a mi madre, yo estaba de pie junto a la mesa, que acababa de poner para la cena haciendo un ruido tremendo al sacar cuchillos y tenedores del cajón, para que mis padres supieran que estaba en casa. Había puesto la mesa y me hallaba próxima a mi silla, un poco inclinada sobre la mesa, con la mirada fija en nada en particular y tratando de no hacer caso de la presencia de mi madre. Aunque no recordaba que nuestras miradas se hubieran encontrado, estaba bastante segura de que ella me había visto desde el dormitorio, y no sabía qué iba a decir en el caso de que ella lo mencionara. En vez de esto, mi madre dijo, en un tono que era en parte de enfado y en parte de otra cosa:
—¿Vas a pasarte el día ahí parada, sin hacer nada?
La otra cosa era una novedad: jamás lo había escuchado en su tono hasta entonces. No podría decir qué era exactamente, pero sé que me impulsó a replicar al tiempo que la miraba directamente a los ojos:
—¿Y por qué no?
El modo en que le hablé debió de causarle una considerable sorpresa. Nunca hasta entonces le había dado una mala contestación. Me miró, y a continuación, en lugar de soltarme una respuesta violenta que me pusiera en mi sitio, bajó los ojos y se alejó. Vista de espaldas, me resultaba pequeña y cómica. Iba con los brazos colgando a los costados. Tuve la convicción de que no volvería a permitir que aquellas manos me tocasen; estaba segura de que no podría dejar que volviera a besarme. Todo aquello había terminado.
Me sorprendió poder tragar la comida, pues todo en ella me recordaba cosas que habían ocurrido entre mi madre y yo. En tiempos ya muy lejanos, cuando yo no me comía la carne aduciendo que no podía masticar tanto, ella masticaba primero los trozos en su boca y luego me los pasaba. En la época en que me repugnaban las zanahorias al punto de que me ponía a llorar con sólo verlas, mi madre buscaba toda clase de modos de hacerlas apetitosas para mí. Ahora todo aquello se había acabado. No creía que fuera a recordar ninguna de aquellas cosas con afecto. Observé a mis padres. Mi padre tenía el aspecto de siempre, comiendo como de costumbre, con sus dos hileras de dientes postizos resonando como los cascos de un caballo que se lleva al mercado. Nos estaba obsequiando con una de sus historias acerca de cuando era joven y jugaba al criquet en una u otra de las islas. Lo que decía en aquel momento debía de ser gracioso, porque mi madre no paraba de reír. Él no parecía notar que a mí no me causaba efecto alguno.
Después, mi padre y yo salimos a dar nuestro acostumbrado paseo vespertino de los domingos. Mi madre no vino con nosotros. No sé qué se quedó haciendo en casa. Durante el paseo, mi padre intentó cogerme de la mano, pero yo me aparté, haciéndolo de modo que se diera cuenta de que ahora me consideraba demasiado crecida para eso.
El lunes fui a mi nuevo colegio. Me pusieron en una clase con chicas a las que no había visto nunca. No obstante, algunas habían oído hablar de mí, pues yo era la menor de todas y se me consideraba muy inteligente. Me gustó una chica llamada Albertina y otra llamada Gweneth. Para cuando acabó la jornada, Gwen y yo estábamos mutuamente cautivadas, de modo que abandonamos el colegio del brazo.
Cuando llegué a casa, mi madre me saludó con el beso y el interrogatorio de costumbre. Le narré toda la jornada, esforzándome para proporcionarle detalles agradables y omitiendo, desde luego, toda alusión a Gwen y a los poderosos sentimientos que me inspiraba.
Este cuento, tal vez el más complejo y difícil de interpretar de la colección, está recogido en el volumen "En el fondo del río" de 1983.
La versión es la de Alejandro Pérez Viza.
Qué suave es la oscuridad cuando desciende. Cae en silencio y, sin embargo, es ensordecedora, pues no se oye otro sonido que no sea el de la oscuridad cayendo. La oscuridad desciende como el hollín de una lámpara con la mecha deshilachada. La oscuridad es visible y a la vez invisible, pues veo que no puedo verla. La oscuridad invade una habitación pequeña, un inmenso campo, una isla, todo mi ser. La oscuridad no puede traerme alegría, pero a menudo me alegra estar sumida en ella. La oscuridad no puede separarse de mí, pero a menudo soy capaz de salir de ella. La oscuridad no es lo mismo que el aire, pero puedo respirarla. La oscuridad no es la tierra y, sin embargo, camino en ella. La oscuridad no es agua ni comida, aunque la bebo y la como. La oscuridad no es mi sangre, pero fluye por mis venas. La oscuridad se introduce en los más recónditos espacios de mi ser y pronto las palabras e incluso los hechos más trascendentes retroceden, y algunas veces llegan a desvanecerse: así, estoy aniquilada, y mi conformación se hace deforme, y soy absorbida por una inmensidad de materia indefinida. En la oscuridad, pues, yo he sido borrada. Ya no puedo siquiera pronunciar mi nombre. Ya no puedo señalarme y decir: «Yo». En la oscuridad mi voz es silenciosa. Antes, sin embargo, he poseído mi propia individualidad, desterrando meticulosamente cualquier aleatoriedad de mi existencia; así pues, he sido engullida por la oscuridad y ambas somos una sola cosa...
Están los destellos de alegría presentes en mi vida cotidiana: la cara levantada hacia el cielo infinito, la pelota roja volando de una menuda manita a otra, mientras se oyen risitas apagadas; la grieta anaranjada en el horizonte, los últimos retazos de la puesta de sol. Está la absoluta quietud, temblorosa, esperando verse violentamente agitada por vehementes demandas.
(«¿Podría ahora comer pan sin corteza? ¡Pero si ya hace mucho tiempo que dejó de gustarme el pan sin su corteza!»).
Los sentimientos, sean de la naturaleza que sean, están confinados en lo más hondo de mi pecho, y acontecimientos de cualquier clase requieren que aquellos salgan de su encierro. Cómo me asusté una vez al bajar la vista y ver un objeto de forma extraña y color ceniciento que a primera vista no había reconocido como una pequeña parte de mi pie. Y qué poderoso e intenso me pareció entonces aquel momento, pues al parecer no guardaba concordancia conmigo misma, me sentía separada de mí, como si fuera una substancia quebradiza y hecha pedazos, y cada una de las partes separadas entre sí ignorara la existencia de las otras. Me aferré rápidamente a un objeto corriente y familiar (la lámpara, que reposaba apagada sobre la limpia superficie de la repisa de la chimenea), hasta que me rehice y dejé de sentirme sola en un mar revuelto y de olas implacables, embarcada en un bote de remos. ¿Cuál es entonces mi naturaleza? Porque, cuando me aíslo, soy todo buenos propósitos, diligencia, determinación y prudencia, como si fuera la única superviviente de una especie a cuya historia evolutiva se le pueda seguir el rastro hasta los más antiguos de sus más antiguos vestigios; cuando me aíslo, excavo despiadadamente los profundos silencios, buscando mis oportunidades como un minero buscaría vetas del tesoro. ¿En qué espacio poco profundo e iluminado con luz tenue encontraré qué trémulo y tenue esplendor? La adusta superficie de montañas pedregosas se ha convertido en una verde y ondulante pradera, y un manantial de agua cristalina, cuyo origen es un misterio, su finalidad y belleza constantes, atrae todo tipo de existencia atormentada en busca de consuelo. Y una y mil veces, el corazón, enterrado como siempre en lo más profundo del pecho de los seres humanos, no es más que cuatro cavidades expuestas al amor, a la alegría, al dolor y a las pequeñas saetas que caen con desesperación entretanto.
Mi hija es despiadada con el chico jorobado; abre la boca en una mueca que esboza una sonrisa cruel, sus dientes se ven afilados y centelleantes, el paladar descarnado y rugoso, sus jóvenes manos se vuelven de repente nudosas y retorcidas, como si quisiera llegar a acariciarle la joroba. Para escapar a su impetuosa y vehemente mirada, el chico busca refugio en una arboleda, pero ella, que es capaz de hacer que sus brazos se extiendan hasta longitudes inauditas, le buscan y le dan un tirón de los largos y sedosos cabellos que le caen lacios por la espalda. Pronuncia su nombre en un susurro y el sonido de su voz le destroza el tímpano. Ensordecido, ya no puede oír las señales de peligro y pierde el sentido de la orientación. Más aún, mi hija ha construido para él un cobertizo a modo de refugio justo al borde de un acantilado cortado a pico, para poder verle día tras día desconcertado ante un destino que conoce pero que no llegará a conocer del todo hasta el momento en que éste le aniquile.
Mi hija merodea por los lugares donde habitan los cormoranes de alas apenas útiles para volar, hasta tal punto le entusiasma la belleza y la historia ancestral. Ella sigue el rastro de todo lo que encuentra, desde sus exiguos y azarosos principios en frías y legamosas ciénagas, hasta su esplendor y absoluto dominio del aire, la tierra o el mar, hasta sus singulares restos sepultados en misteriosos aluviones. Adora lo que no ha sido tocado por la ciencia, adora lo que no ha sido cultivado y, sin embargo, adora también lo que ha sido construido poco a poco, pieza a pieza, cuidadosamente, es de una gran belleza eclipsar los logros destinados sólo a su conmemoración. Ella se sienta ociosa en la orilla de la playa, mirando fijamente bajo la superficie del mar, y aún más abajo todavía. Escucha los sonidos contenidos en los propios sonidos, con tanta normalidad como si los escuchara en espacios abiertos. Siente el espectro, primero frío, luego, brevemente cálido, y otra vez frío cuando éste pasa de una atmósfera a otra. Al haber observado cómo distintas y muy bien diferenciadas existencias físicas se alimentan unas de otras, ella está más allá de la desesperación o del vacío espiritual.
Como ya comenté en alguna ocasión, sus cuentos son mucho más herméticos y simbolistas que sus novelas, pero las relaciones madre-hija y la relación de éstas con la sociedad postcolonial (caribeña anglófona) es un tema recurrente tanto en las novelas como en los cuentos como éste.Los críos están leyendo un libro escrito con palabras y frases sencillas.
El cuento, publicado inicialmente en The New Yorker en enero de 1979, está recogido en el volumen "En el fondo del río" de 1983.
La versión es la de Alejandro Pérez Viza.
«Érase una vez un pequeño deshollinador que se llamaba Tom. Pasaba la mitad del tiempo llorando, y la otra mitad riendo. Vosotros quizás hubierais tenido vértigo al mirar hacia abajo: pero Tom no. Vosotros, seguro, os hubierais helado de frío, allí sentados una noche de septiembre, sin el menor atisbo de ropa que os cubriera la espalda mojada; pero Tom era un niño acuático, y por lo tanto no tenía más frío del que hubiera tenido un pez».
Los niños ya han aprendido a escribir sus nombres con una bonita caligrafía. Ya han aprendido cuántos cuartos de penique son un penique, cuántos peniques son un chelín, cuántos chelines son una libra, cuántos días tiene abril, cuántas stone entran en una tonelada. Ahora canturrean y retozan por ahí, rasgándose las faldas con movimientos rápidos y bruscos. ¿De verdad debe llorar Dulcie porque trece de sus compañeros de juegos se hayan sentado sobre ella? Vamos, Dulcie, vamos. Yo misma he tenido que soportar que me besaran muchos chicos groseros con sus labios pequeños y húmedos cuando iban camino de su clase de gimnasia. Yo misma me he tirado a chicas bajo la casa de mi madre. Pero yo nado en un rayo de luz, miro hacia abajo, y me veo a mí misma con total claridad, por los cuatro costados, desde todos los ángulos. Puede que esté a punto de hacer un gran descubrimiento, y puede que después de mi gran descubrimiento me envíen a casa encadenada. Además, quizá mi vida sea tan previsible como la de un insecto y yo esté todavía en la fase de crisálida. ¿Cuán abajo puedo hundirme entonces? Aquella mujer de allí, la del culo tan voluminoso, es importante para mí. Por ella ahorré mis seis peniques en lugar de gastarlos en dulces. ¿Será esto un amor como no hay otro? ¿Y cuánto dolor le habré causado a ella? Y, ¿me ama ella? Me doy cuenta de que mis necesidades son enormes. Pero ahí están de nuevo los niños (yo soy uno de ellos), chillando, no sabría decir si de dolor o de deleite. Los niños, que son preciosos en grupos de tres, y que anoche mismo rogaban a sus madres que les cantaran en voz baja, están hoy vapuleándose unos a otros. Al final del día, los niños tienen los cuellos irritados, el pelo revuelto, suciedad bajo las uñas, los zapatos rozados, las ropas desgarradas. ¿Y por qué? Antes que nada tienen que ser niños.
Yo creceré para convertirme en una mujer alta, agraciada y escultural, e impondré mi voluntad a un gran número de personas, y también provocaré, sólo por divertirme, un gran dolor. Ahora bien. Intentaré ver con claridad. Intentaré hacer distinciones. Intentaré discernir las sutiles gradaciones de color en la ropa de calidad, en la longitud de la uñas, en los modales. Aquella mujer de allí. ¿Es cruel? ¿Me ama? Y si no es así, ¿puedo hacerle cambiar de opinión? Todavía no soy alta, bella, agraciada y capaz de imponer mi voluntad. Ahora nado en un rayo de luz y me veo con total claridad. La escuela es amarilla y está rodeada de grandes árboles de hojas verdes. Dentro están nuestros pupitres y una mujer con gafas que toca el piano. ¿Hay alguna chica capaz de cantar Gaily ther troubadour plucked his guitar de forma tan cautivadora como para que valga la pena convertirla en mi mejor amiga? Y ahí está la misma chica, mugrienta y esplendorosa, colocando trampas para pájaros parleros. ¿Será ella una de mis tentaciones? Ah, éste tiene que ser un amor como ninguno. ¿Pero cómo pueden ser las extremidades que odian los mismos miembros a los que aman? ¿Cómo pueden ser los mismos miembros que me ofuscan hasta la ceguera los que me hagan ver? Estoy indefensa y soy pequeña. Tendré que intentar ver con claridad. Intentaré separar y dividir las cosas como si fueran sumas, como si fueran mercaderías en las estanterías de una tienda. ¿Ésta es mi madre? ¿Está aquí para violentarme? ¿Qué diré de ella a sus espaldas, cuando no esté, mucho después de que ya se haya ido? En su sonrisa se expresa toda su bondad. ¿Recordaré siempre eso? ¿Es que soy horrible? Y en ese caso, ¿seré siempre así? No alcanzar mis objetivos me irrita hasta tal punto que tengo que apretar los puños. Mi atractivo es limitado, y todavía no he aprendido a sonreír. He cogido muchas flores y las he hecho trizas deliberadamente, pétalo a pétalo. Soy tan desdichada, mi rostro es tan anodino, y aun así soy capaz de sobreponerme, levantarme y andar, y mentir enfrentándome a terribles castigos. Me doy cuenta del extraordinario peligro en que me encuentro... una indefensa y miserable niña. Aquí tengo una lista de lo que debo hacer. ¿Está mi vida destinada a
convertirme en una aprendiz de costurera, a seguir un espinoso camino que hay que seguir meticulosamente o abandonar? Dentro, rodeando a la mujer con gafas que toca el piano, los niños cantan armoniosamente una canción. Las voces de los niños: rosas, azules, amarillas, violetas, todas suspendidas en el aire. Todo es suave, todo acogedor, todo es reconfortante. Y, sin embargo, yo, a mi edad, he sufrido ya tanto. Mis lágrimas, mayúsculas, han inundado mis mejillas en ondulados torrentes... mis lágrimas, mayúsculas, y mis manos demasiado pequeñas para contenerlas. Mis lágrimas han sido el resultado de mis desilusiones. Mis desilusiones siguen en pie y siguen creciendo, cada vez más elevadas. Para mí nunca se olvidarán. Ahí están. Permitid que les clave una etiqueta. Permitid que las tenga registradas, como a animales recién domesticados. Permitid que mime a mis desilusiones, que las abrace, que las oculte junto al pecho, porque son muy importantes para mí.
Pero una vez más nado en un rayo de luz, boca abajo, y me veo a mí misma con toda claridad, por los cuatro costados, desde todos los ángulos. Ahí estoy, a punto de hacer un gran descubrimiento, y es posible que, como una antigua parte de la historia, mi presencia dé cabida a algunas teorías. ¿Pero quién las dará a conocer? Mi cuerpo ha estado acumulando agua durante días, pero aun así no voy a llorar. ¿Qué es eso para mí? Todavía no soy una mujer con una terrible carga no deseada. Todavía no soy un perro con un dueño cruel e incapaz de darle cariño. Todavía no soy un árbol creciendo en una tierra árida y acre. Todavía no soy la oscuridad de una mazmorra.
¿Dónde? ¿Qué? ¿Por qué? ¿Cómo, entonces? ¡Ah, eso!
Soy miserable y carezco de alas.
*****
-No te comas los hilos de los plátanos... se te enredarán en el corazón y te matarán.
-Oh. ¿De verdad?
-No.
-¿Es una de esas cosas que se les dicen a los niños?
-No, pero es divertido. Tendrías que verte intentando quitar todos los hilos de los plátanos con tus uñas de mono. ¿Asustada?
-Asustada. Muy asustada.
*****
Hoy, guardando una distancia prudencial, he seguido a la mujer que amo mientras paseaba sobre una alfombra de nenúfares. Mientras paseaba, ha comido algunas bayas negruzcas, negros frutos de los nenúfares. Ha estado mucho tiempo paseando, mientras nombraba lo que debían de ser cosas maravillosas para ella. Entonces, en medio del estanque, se ha detenido, porque un hombre se había plantado de repente frente a ella. Vi que él llevaba ropa hecha de cortezas de árboles y palos en las orejas. Le dijo algo a ella que no pude entender, pero se lo dijo tan enérgicamente que de su boca salieron despedidas gotas de agua negra. La mujer que amo se llevó las manos a los oídos, para protegerse de lo que él le decía. Entonces él hinchó las mejillas y empezó a soplar con tal fuerza que, bajo el brillante sol, parecía a punto de estallar, y la mujer que amo se cubrió los ojos con las manos para protegerse de su visión. Luego, en lugar de sacar su sable de entre los pliegues de su vasta y hermosa falda y partir en dos al hombre por la cintura, se limitó a sonreír -una sonrisa roja, muy roja- y él se desplomó como una mosca, muerto.
*****
El mar, la reluciente y rosácea arena, los bañistas con sus sombreros, dos personas paseando cogidas del brazo, charlando con los rostros muy juntos, gotas de agua salpicándoles hasta la nariz, la espuma del mar en sus tobillos, en las exuberantes pantorrillas, el azul, el verde, el negro, tan insondable, tan plano, una gran y veloz corriente submarina, refulgente, las blancas y pequeñas olas, una tempestad tan intensa que la sal se te mete en los ojos, el mar revuelto furiosamente, zarandeándolo todo como una botella con sedimentos, una embarcación con dos personas que tiran por la borda un fardo marrón, el misterio, los afilados dientes de aquella anguila moteada de amarillo, el ondulante culebreo, los tersos contornos, bocas abiertas, bandadas de grandes y ensordecedores pájaros, grandes familias de gentes vociferantes, enjambres de moscas que te acribillan con sus punzantes aguijones, el mar, persiguiéndome cuando corro a casa, pisándome los talones, hasta la misma puerta, el mar, la mujer.
-¿Te he asustado? Una vez más, ¿te has asustado de mí?
-Me has asustado. Me has dado mucho miedo.
-Oh, tendrías que verte la cara. Me gustaría que pudieras verte la cara. Qué risa me das.
*****
¿Y cuáles son mis miedos? ¡Qué vacas tan grandes! Cuando las veo venir, ¿debería correr y esconderme boca abajo en la cuneta? ¿Son realmente vacas? ¿Puedo estar en un campo de hierba alta y no ver nada en kilómetros y kilómetros a la redonda? Por otro lado, el cielo, inmenso y azul como siempre, tiene sus límites. Esta tarde el viento suena con tanto fragor como en un huracán. No hay suficiente luz. Se oye un ruido... no sabría decir de dónde procede. Una gran caja lleva estampado el sello «Manejar con Cuidado». He estado en un edificio blanco con sinuosos pasillos. He pasado junto a una persona muerta. Allí está la mujer que amo, que es mucho más corpulenta que yo.
*****
Aquel mosquito... ahora una mancha en la pared. Aquel lagarto, corriendo arriba y abajo, arriba y abajo... ahora tan quieto. Aquella hormiga, abotargada y lenta, cargada de huevos en sus mandíbulas... ahora tan quieta. Aquel pájaro verde y azul, con la cabeza erguida, cantando... ahora tan quieto. Aquel cangrejo de tierra, moviéndose lenta, suavemente, incluso con delicadeza, de lado... pero ahora tan quieto. Aquel grillo, posado sobre un brote de un árbol, tan feo, tan repugnante, que me ha hecho sentir tan afligida... ahora tan quieto. Aquella mangosta, ora dormida en su madriguera, ora robando las gallinas dormidas, moviéndose con rapidez, sus ojos como dos puntos de luz... ahora tan quieta. Aquella mosca, pasando tan alegremente de pasta de té en pasta de té... ahora tan quieta. Aquella mariposa, volando satisfecha de una bella planta a otra igualmente hermosa bajo el primer sol de la mañana... ahora tan quieta. Aquel renacuajo, nadando placenteramente en aguas poco profundas... ahora tan quieto.
Debo proyectar una sombra y permanecer imperceptible.
Mis manos, marrones por este lado, rosadas por este otro, ora indiscriminadamente peligrosas, ora erráticas y pródigas, ora crueles e insensibles, ora implacables y despiadadas, pero ahora inocentemente dormidas en un vestido de mangas trenzadas, ahora sosteniendo un cucurucho de helado, ahora tendidas con anhelo, ahora unidas durante la oración, ahora sintiendo seguridad y alivio, ahora suplicando por mis deseos, ahora gratas y agradables, y ahora, incluso ahora, tan quietas en la cama, en el sueño.
Resulta curioso que mientras las novelas (al menos las publicadas en castellano) de Kincaid son novelas estándar, con ese toque caribeño que puede encontrarse en autores como Caryl Phillips o Jean Rhys, pero estándar a fin de cuentas, sus cuentos son muy diferentes, mucho más herméticos, más crípticos, con personajes mucho más simbólicos, como el Ovando del cuento que encarna la semilla genocida del colonialismo (el cuento fue publicado tras el ensayo anticolonialista disfrazado de relato de viajes "Un pequeño lugar").
Este relato apareció por primera vez en el número 14 de la revista de ficción experimental Conjunctions en 1989.
La versión es la de A. Erenhaus y Susana Rodríguez Vida.
Un golpe en la puerta.
Era fray Nicolás de Ovando. Qué sorpresa. No lo esperaba. Sin embargo, al reflexionar advertí que, aunque yo no lo esperara, tenía que venir. Alguien tenía que venir. Recordé que ya en mi asiento yo me había dicho: Alguien vendrá a mí; si no, seré yo quien vaya. Luego, ese golpe en la puerta. Era Ovando. En seguida percibí su sufrimiento. No le quedaba ni traza de carne en los huesos: un esqueleto pelado a excepción del cerebro, que seguía allí, empequeñeciéndose con el correr del milenio. Hedía. Enseguida también percibí su ingenuidad: creyendo poder engañarme, se había fabricado con planchas de acero un cuerpo, pero estaba manchado de varios tonos de rojo, sangre en diferentes fases de putrefacción; al parecer, suponía que yo no advertiría la diferencia. Llevaba consigo lo siguiente: biblias, catedrales, museos (porque ya entonces era un coleccionista consumado), bibliotecas (depósitos, de hecho, en los que almacenaba el contenido de su menguante cerebro), el contenido de un salón escritorio.
-Ovando -dije-. Ovando. -Y, con una sonrisa, abrí los brazos para abrazar a esa hedionda reliquia de
persona.
Mucha gente afirma que aquél fue mi primer error pero yo siempre digo: ¿Es erróneo acaso mostrar simpatía, mostrar afecto hacia otro ser humano en el primer encuentro? ¿Acaso puede juzgarse mi acto, cimentado en el amor, como un error? Porque yo entonces lo amaba, no como amaría a mi madre, o a mi hijo, sino con la clase de amor general y espontáneo que siento ante cualquier ser humano. Como veréis, mis primeros actos no fueron recompensados como es debido. Pero esperad un minuto y veréis lo que ocurrió luego.
La puerta cedió ante un movimiento de mi mano y dije:
-Entra. -Un gesto tan exagerado como innecesario pues, veréis, él ya estaba dentro. Del mismo modo, cuando añadí:- Siéntate, ponte cómodo; estás en tu casa. -No sólo ya se había sentado sino que me decía:
-Sí, ésta es la nueva casa que buscaba y, por cierto, me agrada tanto que he mandado llamar a mis parientes de España, Portugal, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Bélgica y Holanda. Sé que les agradará tanto como a mí porque son iguales que yo: nuestro destino en el mundo ha sido el mismo.
Mis desacuerdos eran tantos que no sabía por dónde empezar. No podía verle los ojos; estaban cerrados. Lo cual, pensé, tenía innumerables explicaciones: tal vez fuera ciego, tal vez la suma de todos sus actos lo había sumido en un estado permanente de dicha interna. Y en cuanto a sus parientes... ¡Imaginad países enteros habitados por personas sin traza de carne en los huesos, esqueletos pelados dentro de cuerpos hechos de planchas de acero, personas que han perdido la facultad de hablar y sólo pueden hacer declaraciones mientras sus cerebros se reducen con el correr del milenio y sus cuerpos se cubren de diferentes tonos de sangre en putrefacción; países enteros de personas que vendrían a visitarme sin que las hubiera invitado, países enteros de personas sentadas en mi casa sin mi consentimiento!
Lo más desconcertante era que hubiese empleado la palabra «destino». Comprendí entonces que de nada serviría tratar de razonar con él. («Mira, Ovando, seamos razonables. Hasta el momento, todos los gestos y palabras que me has dirigido han sido increíblemente injustos. Han transcurridos apenas unos instantes desde tu llegada, y ya me has provocado un daño irreparable. Detente, deja que te enseñe los graves errores que has cometido.» «Oh, pero es que no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Un poder externo y superior a mí ha predeterminado estos inalterables acontecimientos. Todos mis actos han sido concebidos para mí desde la eternidad. Todos mis actos son divinos.»)
Pude haber puesto fin a lo que constituía una invasión para mí, un descubrimiento para él; después de todo, también yo sabía de divinidades, eternidades y sucesos inalterables. Pero lo observé con detenimiento. Era horripilante hasta un punto inimaginable antes para mí. Me senté a sus pies y lo ayudé a descalzarse.
Durante mucho tiempo Ovando creyó que el mundo era redondo. Le resultaba conveniente creerlo, ya que desde su perspectiva sólo veía horror, miseria, enfermedad, hambruna, pobreza y vacuidad. Si la tierra fuera redonda, pensaba Ovando, él podría marcharse lejos, bien lejos de su entorno inmediato, allende incluso el horizonte, y no caer entonces al otro lado, en un mar de negrura. De modo que, durante un tiempo, en la mente de Ovando una tierra redonda giró sobre su eje. Al principio, este mundo era pequeño, yermo y de una blancura caliza, como una luna llena en un cielo vespertino; giraba y giraba, cobrando al girar mayor perfección y permanencia hasta que, dormido o despierto, a solas o en procesión, en silencio o en combate. Ovando empezó a cargar con ese mundo redondo, yermo, de caliza blancura. Luego, transcurridos unos cien años. Ovando llenó ese mundo de mares; al otro lado de los mares dispuso porciones de tierra, cubrió la tierra con montañas y ríos, y en las montañas y ríos ocultó inmensos tesoros. Cuando la imaginación de Ovando pergeñó el mundo redondo, luego los mares y la tierra y, luego, las montañas y ríos, lo hizo con calma. Pero al imaginar los tesoros se sintió agitado, y acabó por desvanecerse. Tomó esto como una señal de sus muchas divinidades, porque todos los visionarios ven una confirmación en la momentánea pérdida de contacto con la cotidianeidad de la vida.
«Pues bien», dijo Ovando al entrar en una pequeña estancia. Se sentó ante un escritorio y procedió a llenar incontables volúmenes con sus meditaciones sobre las esferas, aseveraciones divinas, liberación de lazos físicos y espirituales y la flebotomía. Decir que sus meditaciones eran meras explicaciones y justificaciones de sus actos futuros puede parecer injusto porque ¿qué ser humano no sucumbe, tarde o temprano, bajo el peso de su apabullante autoestima? Cuando Ovando salió de la pequeña estancia tenía los ojos entrecerrados. Aunque la lumbre se había consumido muchos años antes, él había proseguido su labor, llenando volúmenes en la penumbra sin echarse a dormir una sola vez. Llevaba ahora en las manos un enorme papel, un papel tan grande como un jardín, y en este papel había plasmado Ovando el contenido imaginario de su mundo. ¡Qué desagradable de ver era aquello: mares y tierras pintados con los infames colores de piedras preciosas recién arrancadas de sus cunas de barro! Parecía una tarea hecha por escolares; un objeto frágil cuyos fragmentos, tras romperse contra una superficie dura, alguien hubiera recogido y luego depositado, esmerada pero azarosamente, sobre una mesa. Parecía, puesto que era un mapa, la imagen de la tristeza. Ovando desplegó el mapa ante sí. Con el índice de la mano izquierda trazó en el mapa una línea. Meses más tarde, el dedo se detuvo en un punto no demasiado alejado de donde había partido. Entonces retiró el dedo del mapa, emitió un largo, satisfecho suspiro, y levantó la vista. En ese momento, el mundo se rompió.
El mundo, desde mi asiento, parece plano. Contemplo el horizonte. El mundo acaba en una nítida línea recta donde se juntan los mares y el cielo. Contemplo mi mundo. Lo acepto en su llanura. No siento la tentación de trascender sus límites. Mi mundo no me depara mal alguno; antes al contrario, sólo me depara bondad. Acepto la bondad que mi mundo me depara. Mi mundo y su bondad no son una carga, sino que en él hallo luz, gracia y consuelo. Hallo en él las cosas que necesito. Y sin embargo... Todos los corazones albergan un eterno anhelo, el anhelo de una paz que no sea la muerte, el anhelo de la respuesta a una pregunta que no se puede formular. Mi corazón no es una excepción y, por tanto, mi mundo no es infinito. A los ojos de un extraño (Ovando), mi mundo es un paraíso. A los ojos de un extraño (Ovando), todo cuanto hay en mi mundo parece nuevo, como si por las noches, mientras duermo, lo recreasen unos dioses en sus moradas celestes. El clima en el que vivo es estable y benigno; no me atormentan el frío ni el calor extremos. Ya no me interesa saber el número exacto de árboles que me proporcionan alimento; tampoco el de los que sólo me ofrecen flores, ni el de los que sólo florecen de noche, y sólo con luna llena.
Me siento bajo el sol matinal. Escarbo ociosamente la tierra con los dedos de los pies y dejo al descubierto una gran veta de oro. Camino en el cálido aire de la tarde. Tropiezo con las relucientes piedras diseminadas por el camino. ¿Qué puedo hacer con todo lo que me rodea? Me puedo fabricar brazaletes, collares, coronas. Puedo crear reinos, dar forma a civilizaciones, sembrar la destrucción. Pero también puedo ver la destrucción de mi cuerpo, y la de mi alma. Entonces, en mi mundo llano se me concede una visión, y veo el fin en todo cuanto me rodea. Veo sus inicios, veo su final. Veo cómo serán siempre las cosas. Para mí, pues, todo descubrimiento pasa por la contemplación. Veo algo que nunca antes había visto, lo sostengo en la palma de mi mano; llego entonces a ver los muchos propósitos a que podría servir, veo esos muchos propósitos llevados a cabo, veo cómo acabará. Dejo aquello que nunca antes había visto en el sitio exacto donde lo encontré. Permitid que lo repita: veo un objeto, veo la multitud de sus usos, buenos y malos, veo cómo gana altura. Lo veo cobrar ímpetu, erigirse en soporte de vastas empresas y regresar luego a sus humildes orígenes, volver a ser simplemente aquello que sostengo en la mano. A veces, en las muchas cosas que he sostenido en la mano veo mi propia humanidad: puedo tener creencias religiosas, puedo alabar un valor moral, puedo evitar meterme en el fétido pozo de la historia. Mi mundo es plano. Lo acepto así. Sus límites son finitos. Lo acepto así. La llanura de mi mundo me es grata.
-¡Mi tremendo poder! -dijo Ovando en voz alta y luego calló.
Las tres palabras brotaron de su boca y se desvanecieron tan plenamente en el silencio de las cosas que Ovando dudó de haberlas pronunciado. Llevaba muchos años preparándose para ese momento, el momento de poder pronunciarlas. El momento de pronunciarlas era aquel en que cobrarían realidad. De modo que Ovando permaneció largo tiempo delante de un espejo, más como un niño en actitud juguetona que como un actor que prepara un gran papel, e intentó decir: «¡Mi tremendo poder!» Al principio sólo vio brillar las palabras en la oscuridad de su cabeza. Luego ardieron tibia y suavemente, señal de que estaban en sus albores. Mientras tanto, es decir, mientras Ovando permanecía delante del espejo -un espejo que, por cierto, no reflejaba otra cosa que su imagen-, mi propio mundo plano se sacudió de arriba abajo, como algo que se congela y derrite una y otra vez.
Contemplé mi mundo: sus contornos, normalmente agradables y plácidos, se estaban transformando ante mis ojos. Los árboles eran arrancados de cuajo. Un fuego que yo ignoraba cómo extinguir arrasaba los prados. Los torrentes estaban secos, los lechos de los ríos eran surcos yermos. Todas las aves se habían puesto a revolotear, oscureciendo el sol. Las criaturas que no tenían alas, alzadas en sus cuartos traseros, llenaban de alaridos el aire espeso; luego, molestas por sus propios gritos, se echaban al suelo y hundían la cabeza en el vientre. Yo dije:
-¿Qué es? ¿Quién es?
Y me puse a observar, sin habla, aquel portento aterrador, esperando el instante en que mi mundo volvería a ser como siempre y yo podría dudar de que realmente hubiera ocurrido lo que estaba presenciando. Ovando volvió a decir:
-¡Mi tremendo poder!
Y esta vez las palabras no se desvanecieron en el silencio de las cosas. Esta vez se convirtieron en una ponzoñosa nube de vapor y se extendieron, engulléndolo todo a su paso. En ese instante, el espejo en que se miraba Ovando, el espejo que sólo lo reflejaba a él, se rompió en trece pedazos en algunas partes, en seiscientos sesenta y seis en otras, y en otras lo hizo en distinto número de pedazos, y en todas estas partes la rotura del espejo era señal de infortunio. En ese instante, yo, mi mundo y todo cuanto había en él nos convertimos en esclavos de Ovando.
Una mañana, Ovando se levantó de la cama. Asistido por personas a las que había sumido en diferentes estados de degradación social y espiritual, elaboró un documento cuya lectura me revelaría la verdadera naturaleza de mis apuros. Para entonces le había crecido un enorme rabo, que agitaba en el aire cuando se sentía animado. Su animación era previsible: la generaba el interminable sufrimiento que podía causar a voluntad. También le habían salido cuernos a los lados de la cabeza, y de ellos colgaban varios instrumentos de tortura; su lengua estaba hendida. El documento que había elaborado para mí era de sólo quince centímetros de alto por quince de ancho, pero estaba hecho con la pulpa de ciento diez árboles que habían tardado miles de años en alcanzar el exquisito grado de belleza en que Ovando los había encontrado: sus troncos eran tersos y tan gruesos que había que esforzarse para rodearlos con ambos brazos, y el sol los teñía de rojizos reflejos de rubí. En lo más alto de sus copas, las hojas y ramas formaban esferas amarillas y verdes que también resplandecían al sol y perfumaban levemente el aire, de tal manera que uno nunca llegaba a habituarse a su olor. Ovando había ordenado derribar esos árboles, dejando tan sólo los tocones, y los había hecho cocer, moler y secar, una y otra y otra vez, hasta reducirlos a algo que medía quince por quince centímetros. Sosteniéndolo bajo la luz, dijo:
-¿Lo ves?
Y yo comprendí que no se refería solamente a su capacidad de reducir todos esos hermosos árboles a algo que podía sostener entre dos de sus dedos sino también a que tenía en las manos los milenios de maduración de aquellos árboles, sus orígenes, su linaje y todo cuanto habían sido, y que, por tanto, también me tenía a mí. Ovando había escrito en aquel papel que me deshonraba, que tenía derecho a ello puesto que yo venía de la nada, que si yo venía de la nada no podía existir ahora en algo, que mi existencia se hallaba, por consiguiente, sujeta a la nada y que, si bien parecía vivir y necesitar lo esencial para vivir, como alimentos, agua y aire, de hecho no existía; en consecuencia, a pesar de que pareciera estar presente, en realidad no lo estaba. El documento contenía cientos de artículos y cada uno de ellos confirmaba mi deshonra, confirmaba mi muerte, mi pertenencia a la nada. Lo escuché con atención; su voz sonaba como un metal que se corroe velozmente. Cuando hubo acabado, tal era mi asombro ante el tono y el lenguaje brutales del documento de Ovando, tan inesperadas eran su crueldad, barbarie y aspereza, que me puse en pie y pronuncié un discurso extremadamente largo e incoherente. En ese discurso largo e incoherente pero pronunciado con franqueza, sinceridad y pesar (¿acaso podía no compadecerme de mi propio dolor, no emocionarme ante la imagen de mi propia humillación por parte de un poder al que no deseaba vencer sino, en cualquier caso, ver lejos de mí?) intenté demostrarle a Ovando que, en tanto las ideas de honor, muerte y nada me eran absolutamente ajenas y, por ende, carentes de significado, él no podía, de hecho, despojarme de ninguna cosa; y, puesto que en esas ideas se cimentaban algunas de sus más profundas convicciones, se estaba deshonrando, matando y relegando a sí mismo a la nada. Pero Ovando no podía oírme, ya que para entonces su cabeza había cobrado la forma de una lombriz, que carece de oídos.
Ovando ha conquistado los tiempos y los ha acuñado en medallones que le cuelgan del cuello, de la cintura, de las muñecas y tobillos. Tras consultar largamente el que cuelga de su muñeca izquierda, Ovando dijo:
-Ahora levantaré el telón, y mis parientes harán su aparición.
Desde luego, el telón de que hablaba Ovando era para mí invisible. Ovando hizo un amplio gesto con las manos y de pronto, como si en verdad se hubiera alzado un telón, allí donde antes sólo había vacío apareció una nave cubierta y flotante. Ovando me dedicó una sonrisa y su rostro, complacido y presuntuoso, se escindió. Los parientes de Ovando se ordenaron por parejas de macho y hembra y empezaron a abandonar su nave cubierta y flotante. A medida que lo hacían, anunciaban a viva voz, como si fueran insultos, sus nombres y el sitio de donde venían: España, Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania, Portugal, Italia. Al pisar tierra besaban el suelo, no ya en señal de afecto sino más bien de posesión. Miraron a su alrededor hasta que por fin me vieron. Entonces dijeron, todos a una, como un trueno:
-¡Para mí!
Ovando, consciente del peligro que ello entrañaba, sugirió:
-¡Echadlo a suertes!
Pero a quienes les tocaba mi cabeza les apetecían mis piernas y quienes tenían mis brazos querían mis entrañas, y así continuaron hasta lanzarse unos sobre otros con una ferocidad jamás imaginada. Esta batalla duró cientos y cientos de años, y todo daba a entender que se exterminarían entre sí; sin embargo, nuevos vástagos surgían de allí donde habían derramado su sangre. Así se multiplicaban: derramando sangre sobre la tierra.
Ovando pronuncia su propio nombre. Dice: «¡Ovando!» Y el nombre abandona sus labios con un largo suspiro, deliciosamente. Ovando pronuncia su nombre y se mesa los cabellos; pronuncia su nombre y se acaricia la cara; pronuncia su nombre y desliza con suavidad las manos espalda abajo, recorre los pliegues de sus partes íntimas, desenreda con suavidad los apretados rizos que se arremolinan y cubren densamente su pene de tamaño infantil; Ovando pronuncia su nombre y desliza con suavidad las manos por una pierna, por la otra, se acaricia el pecho, deteniéndose para pellizcar bruscamente un pezón hundido, luego el otro; entonces se lleva las manos a la nariz e inhala profundamente, se las lleva a la boca y las besa y lame hasta contentarse. Saciado su apetito de su propio ser mortal, cae en un delicioso sopor, en un sueño muy, muy profundo.
Ovando se sumió en una noche constante; pero no era una noche tranquila, una noche propicia para abandonarse al sueño y soñar con la prodigiosa infancia vivida antaño; no era la clase de noche que el día suele interrumpir con rabia, celoso de la unión entre el que sueña y el difuso y arrullador tapiz de la negrura; ni era una noche natural, es decir, la progresión del día hacia lo opuesto del día; tampoco era la noche que sigue al ocaso o la noche que precede al alba. Ovando vivía en la parte más espesa de la noche, la más profunda, la parte de la noche que alberga todo sufrimiento, incluida la muerte; la parte de la noche en la que se hace visible el peso del mundo y el terror se confirma eterno. En esa noche, el cuerpo de Ovando yacía cubierto de llagas (llagas, no heridas, ya que la mano que hiere puede ser injusta y la injusticia induce a la piedad); yacía sobre un lecho de botellas rotas (y no sobre uno de clavos).
¿Quién va a juzgar a Ovando? ¿Quién puede juzgar a Ovando? Cualquier sentencia justa y verdadera estaría imbuida de amor a Ovando. La sentencia ha de llevar implícitas cierta compasión e identificación, ya que el fallo sólo será sempiterno en tanto el juez resida en Ovando y Ovando resida en el juez. Ovando no puede juzgarse a sí mismo dado que, como es de esperar, el amor que se profesa trasciende cualquier límite. Un amor así es como un gusano dormido en cada corazón, y nunca se lo debe despertar; un amor así forma en cada corazón un montón de astillas que nunca ha de encenderse. Uno de los cargos contra Ovando consiste, pues, en que se amaba tanto que todos los demás seres y objetos no eran nada para él. Yo no era nada para Ovando. Mis parientes no eran nada para Ovando. Todo aquello que podía rastrear su linaje a través de mí no era nada para Ovando. De modo tal que Ovando jamás amó nada; vivió en la nada y murió del mismo modo. No puedo juzgar a Ovando. He llegado a la extenuación en mi empeño de exponerle sus transgresiones. Me he extenuado de tanto resguardarme para impedir que con sus pecados me obsesione y, finalmente, me posea.
Qué he estado haciendo últimamente: estaba tumbada en la cama y sonó el timbre de la puerta. Corrí escaleras abajo. Deprisa. Abrí la puerta. Allí no había nadie. Salí. O bien lloviznaba o bien había mucho polvo flotando en el aire y el polvo estaba húmedo. Saqué la lengua y comprobé que la llovizna o el polvo húmedo sabía como la tinta de una escuela estatal. Miré hacia el norte. Miré hacia el sur. Decidí echar a andar hacia el norte. Mientras caminaba hacia el norte, me di cuenta de que iba descalza. Mientras caminaba hacia el norte, alcé la vista y vi el planeta Venus.
-Debe de ser casi de día -dije.
Vi a un mono en un árbol. El árbol no tenía hojas.
-Ah, un mono. Fíjate. Un mono -me dije.
Caminé durante no sé cuánto tiempo hasta que me topé con una gran extensión de agua. Quería cruzar al otro lado, pero no sabía nadar. Quería cruzar al otro lado, pero me llevaría años construir un bote. Quería cruzar al otro lado, pero ni sé cuánto tiempo tardaría en construir un puente. Pasaron los años hasta que un día, decidida, subí a mi bote y empecé a remar hacia la otra orilla. Al llegar al otro lado, era mediodía, y mi sombra era pequeña y caía debajo de mí. Salí a un sendero que se extendía en línea recta ante mí. Pasé por delante de una casa, y había un perro sentado en la terraza, pero miró hacia otro lado al ver que me acercaba. Me crucé con un chico que jugaba con una pelota manteniéndola en el aire, pero el chico miró hacia otro lado al ver que me acercaba. Caminé y caminé, pero no sabría decir si caminé durante mucho tiempo porque no sentía los pies, como si se hubieran desgajado de mí. Giré sobre mis talones para ver lo que había dejado atrás, pero nada me resultaba familiar. En lugar del sendero llano, vi colinas. En lugar del chico con su pelota, vi altos árboles en flor. Miré hacia arriba; en el cielo no había nubes y parecía estar muy cerca, como si fuera el techo de mi casa y, si me subiera a una silla, pudiera tocarlo con la punta de los dedos. Volví a girarme y miré lo que tenía delante de nuevo. Un profundo agujero se había abierto ante mí. Miré dentro. El agujero era hondo y oscuro, y no alcanzaba a ver el fondo. Pensé, «¿Qué habrá ahí abajo?», así que me tiré exprofeso al interior del abismo. Caí y caí, más y más abajo, como si fuera una maleta vieja. En las paredes de la fosa vi inscripciones, pero quizás estuvieran escritas en un idioma extranjero porque no fui capaz de leerlas. Seguí cayendo, no sé durante cuánto tiempo. Mientras caía, empecé a darme cuenta de que no me gustaba cómo me hacía sentir el hecho de caer. Caer me mareaba, me deprimía y hacía que echara a faltar a todas las personas a las que había amado. Me dije, no quiero seguir cayendo, y me giré hacia arriba. Volvía a estar en pie al borde del precipicio. Miré el profundo pozo y dije: Ahora ya puedes cerrarte, y éste así lo hizo. Seguí caminando sin ser consciente de la distancia que recorría. Sólo sabía que iban pasando las noches y los días, sólo sabía que caminaba bajo la lluvia o bajo el resplandeciente sol, luz y oscuridad. En ningún momento tuve sed ni sentí ningún dolor. Mirando el horizonte, hice un chiste para mis adentros: pensé, «La tierra tiene los labios muy delgados», y me reí yo sola.
Al volver a mirar al horizonte, vi una figura solitaria que caminaba hacia mí, pero no me asusté porque estaba segura de que era mi madre. A medida que me fui acercando a aquella figura, me di cuenta de que no se trataba de mi madre, pero tampoco entonces me asusté, porque vi que era una mujer.
Cuando aquella mujer estuvo cerca de mí, me miró severamente y levantó las manos. Tenía que haberme visto en algún sitio antes, porque dijo:
-Eres tú. Qué cosas. Eres tú. Y, por cierto, ¿qué has estado haciendo últimamente?
Yo podría haber dicho:
-He estado rogando por no seguir creciendo, por no ser cada vez más alta.
Podría haber dicho:
-He estado rememorando meticulosamente las palabras de mi madre, para así encarnar una buena imitación de hija obediente.
Y hasta podría haber dicho:
-Una jauría de perros, cansados de perseguirse unos a otros por toda la ciudad, dormían a la luz de la luna.
En lugar de eso dije:
-Esto es lo que he estado haciendo últimamente: estaba tumbada en la cama boca arriba, con las manos alzadas, los dedos entrelazados ligeramente en la nuca. Alguien llamó al timbre. Bajé las escaleras y abrí la puerta, pero allí no había nadie. Salí. O lloviznaba o había mucho polvo flotando en el aire y el polvo estaba húmedo. Saqué la lengua y comprobé que la llovizna o el polvo húmedo sabía como la tinta de una escuela estatal. Miré hacia el norte y miré hacia el sur. Eché a andar hacia el norte. Mientras caminaba hacia el norte, sentí la necesidad de apretar el paso y me quité los zapatos. Mientras caminaba hacia el norte, alcé la vista y vi el planeta Venus y dije, «Si ha salido el sol, no pasarán más de ocho minutos sin que yo lo sepa». Vi a un mono sentado en un árbol que no tenía hojas. Dije, «Ah, un mono. Fíjate. Un mono». Cogí una piedra y se la lancé al mono. El mono, al ver la piedra, se movió rápidamente fuera de su trayectoria. Hasta tres veces le tiré una piedra al mono, y las tres veces la esquivó. La cuarta vez que le tiré una piedra, el mono la cazó al vuelo y me la devolvió. La piedra me dio en la frente y me hizo una profunda brecha encima del ojo derecho. La herida se curó al instante, pero entonces tuve la sensación de que la piel de la frente no era real. No sé cuánto tiempo estuve caminando hasta que me topé con una gran extensión de agua. Quería cruzar al otro lado, así que cuando llegó la barcaza pagué el precio del pasaje. Cuando llegué al otro lado vi a un montón de gente sentada en la playa que celebraba un picnic. Eran las personas más bellas que había visto nunca. Todo en ellas era negro y lustroso. Su piel era negra y lustrosa. Sus zapatos eran negros y lustrosos. Sus cabellos eran negros y lustrosos. La ropa que llevaban era negra y lustrosa. Les oía reír y charlar, y me dije, me gustaría estar con ellos, así que empecé a caminar hacia donde ellos estaban, pero cuando estuve cerca, vi que no estaban celebrando ningún picnic, y que no eran bellos y que no estaban charlando y riendo. Todo a mi alrededor era fango negro, y todos parecían haber sido creados con fango negro. Alcé la vista y vi que el cielo parecía muy lejano, y que nada a lo que pudiera encaramarme me permitiría tocarlo con la punta de los dedos. Pensé, ojalá pudiera escapar de todo esto, así que eché a andar. Tuve que estar caminando mucho tiempo, porque me dolían los pies hasta el punto de que tenía la sensación de que se habían desprendido de mi cuerpo. Pensé, ojalá en el primer recodo del camino viera mi casa, y en su interior estaría mi cama, recién hecha, y en la cocina encontraría a mi madre, o a cualquier otra persona a la que amara, preparándome unas natillas. Pensé, ojalá fuera domingo y yo estuviera sentada en un banco de la iglesia y acabara de oír a alguien cantar un salmo. Me sentía muy triste, así que me senté. Me sentía tan triste que hundí la cabeza en las rodillas y me empecé a alisar los cabellos hacia atrás para calmarme. Me sentía tan triste que ni siquiera podía imaginar que nunca podría sentirme de otra forma. Me dije, esto no me gusta. No quiero volver a hacerlo más. Y volví a estirarme en la cama, justo antes de que el timbre de la puerta sonara.
En la noche, al adentrarse en mitad de la noche, cuando la noche no está dividida en pequeños sorbos como una bebida dulce, cuando no es justamente antes de medianoche, ni medianoche, ni justo después de medianoche, cuando la noche es redonda en algunos lugares, plana en algunos lugares, y en algunos otros lugares es como un profundo boquete, azul en el borde, negro en su interior, llegan los hombres del estiércol.
Van y vienen, caminando sobre el barro con sus zapatos de paja. Sus pies, metidos en aquellos zapatos de paja, producen un sonido rasposo. Nunca dicen nada.
Los hombres del estiércol son capaces de ver a un pájaro moviéndose entre los árboles. No es un pájaro. Es una mujer que se ha despojado de su propia piel y se dispone a beber la sangre de sus enemigos secretos. Es una mujer que ha dejado su piel en un rincón de una casa de madera. Es una mujer juiciosa que siente admiración por las abejas de los hibiscos. Es una mujer que, cuando bromea, rebuzna como un burro sediento.
Está el sonido de un grillo, está el sonido de la campana de una iglesia, está el sonido de esa casa que cruje, el de aquella otra casa que cruje a su vez, y el de una tercera casa que cruje también a medida que todas ellas se van asentando en el terreno. Está el sonido de una radio en la distancia: un pescador que escucha esa música, merengue.
Está el sonido de un hombre que gimotea mientras duerme; está el sonido de una mujer irritada por los lamentos y gemidos del hombre. Está el sonido del hombre apuñalando a la mujer, el sonido de su sangre percutiendo contra el suelo, el sonido del señor Straffee, el director de la funeraria, llevándose el cuerpo de la mujer. Está el sonido de su espíritu volviendo desde la muerte, observando al hombre que gemía; a él le acometerá incesantemente la fiebre. Está el sonido de una mujer que escribe una carta; está el sonido de la plumilla rasgando el papel en blanco; está el sonido de una lámpara de queroseno extinguiéndose; está el sonido de su jaqueca.
La lluvia cae sobre los tejados de hojalata, sobre las hojas de los árboles, sobre las piedras del patio, sobre la arena, sobre la tierra. La noche es húmeda en algunos lugares, cálida en algunos lugares.
Está el señor Gishard, en pie bajo un cedro en plena floración; viste aquel bonito traje blanco que está como nuevo, como el día en que le enterraron con él puesto. El traje blanco llegó desde Inglaterra en un paquete marrón: «Para: Mr. John Gishard», etcétera, etcétera. El señor Gishard está apostado bajo el árbol, con su bonito traje y con un vaso lleno de ron en la mano –el mismo vaso lleno de ron que tenía en la mano poco antes de morir–, observando la casa donde vivía. Las personas que viven ahora en esa casa salen de espaldas por la puerta cuando ven al señor Gishard en pie bajo el árbol, vistiendo su bonito traje blanco. El señor Gishard echa a faltar su acordeón; se le nota por la forma en que repiquetea con el pie.
* * * * *
En mi sueño, oigo cómo está naciendo un bebé. Veo su rostro, una carita ovalada y vivaz... preciosa. Veo sus manos... tan bonitas también.
Tiene los ojos cerrados. El bebé respira. Respira. El bebé gimotea. Gimotea. Ahora el bebé y yo caminamos por un prado. El bebé prueba la verde hierba con sus suaves y sonrosados labios. Mi madre me zarandea sujetándome por los hombros.
–Nena, nenita –dice mi madre.
–Pero si todavía es de noche– contesto.
–Sí, pero has vuelto a mojar la cama –responde mi madre.
Y mi madre, que aún es joven, todavía es guapa y conserva aún el color rosado de sus labios, me quita el camisón mojado, retira las sábanas mojadas de la cama. Mi madre puede cambiar cualquier cosa. En mi sueño estoy sumida en la oscuridad de la noche.
–¿Qué son esas luces en las montañas?
–¿Las luces de las montañas? Ah, es una jablesse (1).
–¡Una jablesse! ¿Pero qué...? ¿Qué es una jablesse?
–Es una persona capaz de transformarse en cualquier cosa. Pero enseguida se sabe que no son reales por sus ojos. Sus ojos brillan como antorchas, con una luminosidad tal que te deslumbra. Así se sabe que se trata de una jablesse. Les gusta vagar por las montañas y cambiar continuamente de lugar. Ten cuidado cuando veas a una mujer muy guapa. Una jablesse siempre intenta adoptar la apariencia de una mujer hermosa.
* * * * *
Nadie me ha dicho nunca: «Mi padre, un hombre del estiércol, es muy apuesto y muy cariñoso. Cuando se cruza con un perro, le acaricia en lugar de darle una patada. Le gustan todas las partes del pescado, pero en especial la cabeza. Va a la iglesia con bastante regularidad y siempre le llena de alegría que el pastor cante Una poderosa fortaleza es nuestro Dios, su cántico favorito. Le gustaría llevar camisas y pantalones de tonos rosados, pero sabe que ése no es el color más adecuado para un hombre, así que viste de azul marino y marrón, colores que no le gustan en absoluto. Conoció a mi madre en uno de esos bailes de disfraces itinerantes de por aquí, hace mucho tiempo, y todavía le gusta silbar. Una vez, corría para alcanzar a coger el autobús, se cayó y se rompió un tobillo; tuvo que pasar una semana en el hospital. Eso le hizo sentir muy desgraciado, pero se animó enseguida cuando nos vio a mi madre y a mí en pie junto a su blanca cama, con nuestros ramos de rosas amarillas y sonriéndole.
Entonces dijo:
–Oh, vaya, vaya.
Lo que más le gusta a mi padre, el hombre del estiércol, es sentarse sobre una gran piedra a la sombra de una caoba y observar cómo los niños pequeños juegan un partido de críquet mientras él come morcillas de arroz y bebe gaseosa de jengibre.
Me lo ha dicho muchas veces:
–Querida, lo que más me gusta hacer es... –etcétera.
Siempre está leyendo libros de botánica, y sabe mucho de plantaciones de caucho y de los árboles del caucho; pero yo no me explico que eso le interese tanto, pues el único árbol del caucho que ha visto en su vida es el que está plantado como ejemplar especial en el jardín botánico.
Siempre está pendiente de que mis zapatos del colegio no me hagan daño y vaya cómoda con ellos. Quiero a mi padre, el hombre del estiércol.
Mi madre quiere a mi padre, el hombre del estiércol.
Todo el mundo le quiere y le saluda con la mano al verle. Es muy atractivo, ya sabes, y yo he visto a más de una mujer girarse dos veces a mirarle.
Los días especiales lleva un sombrero de fieltro marrón, que encargó que le trajeran de Inglaterra, y zapatos de piel marrones, que también encargó de Inglaterra. Los días de diario lleva la cabeza descubierta.
Cuando me llama, yo digo:
–Sí, señor.
Para el cumpleaños de mi madre, siempre le regala alguna tela bonita para que se haga un vestido nuevo. Mi padre, el hombre del estiércol, nos hace felices, y ha prometido que un día nos llevará a ver una cosa sobre la que ha leído algo que se llama circo».
* * * * *
En la noche, las flores se cierran y se apelmazan. Las flores del hibisco, las flores más vistosas y llamativas, las flores de aciano, los lirios, las caléndulas, las flores de boronia, las azucenas, los arbustos de la daga, las flores del arbusto del turtleberry, las flores del árbol de la guanabana, las flores del árbol de la manzana de azúcar, las flores del árbol del mango, las flores del árbol de la guayaba, las flores del cedro, las flores del copinol, las flores del árbol de las decargas, las flores de la papaya, en todas partes las flores se cierran y se apelmazan más tupidas. Las flores están enojadas.
Hay alguien haciendo un cesto, hay alguien haciendo un vestido para una chica o una camisa para un chico, alguien le está haciendo a su marido una sopa de tapioca para que se la lleve mañana al cañizal, hay alguien haciéndole a su esposa un bonito arcón de caoba, hay alguien espolvoreando un polvo incoloro en el exterior de una puerta cerrada para que el niño de alguna otra persona nazca muerto, alguien ruega para que un mal hijo que vive prósperamente en el extranjero se porte bien y envía un paquete lleno de ropas nuevas, hay alguien que duerme.
* * * * *
Ahora sólo soy una jovencita, pero un día me casaré con una mujer... una mujer de piel cobriza con el pelo negro y enmarañado como un zarzal y los ojos marrones, que lleve faldas tan amplias que yo pueda enterrar fácilmente mi cabeza en ellas. Me gustaría casarme con esa mujer y vivir con ella en una choza de barro, cerca del mar. En la choza habrá dos sillas y una mesa, una lámpara de queroseno, un botiquín, una olla, una cama, dos almohadas, dos sábanas, un espejo, dos tazas, dos platitos de café, dos platos para comer, dos tenedores, dos vasos para el agua, una vasija de porcelana, dos cañas de pescar, dos sombreros de paja para protegernos las cabezas del calor del sol, dos arcones para los trastos que casi no utilicemos, un cesto, un libro con las hojas en blanco, una caja con doce lápices de distintos colores, una hogaza de pan envuelta en un pedazo de papel marrón, un recipiente para el carbón, una fotografía de dos mujeres en un embarcadero, una fotografía de esas mismas mujeres abrazándose, una fotografía de las mismas mujeres diciéndose adiós con un gesto de la mano, una caja de cerillas. Esa mujer de piel cobriza y yo desayunaremos todos los días pan con leche, nos esconderemos entre los arbustos y les lanzaremos excrementos secos de vaca a la gente que no nos guste, treparemos a los cocoteros, cogeremos cocos, comeremos y beberemos la pulpa y el agua de los cocos que hayamos recogido, tiraremos piedras al mar, nos pondremos máscaras de John Bull y asustaremos a los indefensos niñitos cuando vuelvan de la escuela camino de sus casas, iremos a pescar y cogeremos sólo nuestros peces favoritos y los asaremos para la cena, robaremos higos verdes y nos los comeremos en la cena con el pescado asado. Eso es lo que haremos cada día. Todas las noches le cantaré una canción a esa mujer; todavía no sé la letra, pero ya tengo la melodía en la cabeza. Esa mujer con la que me gustaría casarme sabe muchas cosas, pero a mí sólo me dirá cosas en las que ni en sueños pensara que me pudieran hacer llorar; y todas las noches, una y otra vez, me dirá algo que empieza con las palabras «Antes de que tú nacieras ». Me casaré con una mujer así, y todas, todas las noches, seré absolutamente feliz.
(1) Jablesse: diablesa aficionada a «robar» los maridos de otras mujeres.
En un blog amigo (parece que ya no existe, una pena, era un blog fantástico) leí una entrada sobre Antigua y Barbuda, un lugar paradisiaco de esos en los que nos gustaría perdernos. Justo antes de irme de vacaciones, en mi última visita a la biblioteca, me encontré con "Un pequeño lugar", el libro que Jamaica Kincaid dedica a Antigua, su tierra de nacimiento. El libro (unas ochenta páginas) es un corto ensayo en el que la autora repasa la historia pasada y reciente, la colonización, la independencia, la política, el racismo, la corrupción de ese "pequeño lugar". Se me han quitado las ganas de ir (buena disculpa cuando no se tiene dinero para ello), me ha hecho pensar en lo poco que nos preocupamos de la realidad de los sitios que pisamos cuando nos convertimos en turistas. En periodo de vacaciones tal vez sea el momento de plantearnos algunas cosas.
Libros para estas vacaciones
Posted by Arabella in agnant, ali, batiburrillo, chizianes, cisneros, grace, kincaid, poniatowska, smiths
Por fin, horas y horas sin otra obligación que vigilar que el sol no me queme y leer, leer y leer.
Siempre he odiado términos como "lectura de verano" con la que se pretende que cualquier basura escrita por un juntaletras de tres al cuarto y que "se lee bien" (otra expresión que me produce un desagradable pitido en los oídos) es la más adecuada para estas fechas (cosa que es cierta si has sido lobotomizada y al cirujano se le ha ido la mano). Mis hábitos lectores no cambian entre verano e invierno, simplemente tengo más tiempo. Aún no he elegido qué libros me acompañarán, es una tarea complicada, pero puesto que una amiga me ha pedido una recomendación, voy a dejar ésta aquí, por si a alguien más pudiera interesarle. Yo creo que recomendar a Cervantes, Tolstoi o Faulkner es una tontería, no lo necesitan. Tampoco voy a recomendar a poetas chinos por muy de moda que estén (además, no tengo ni idea de eso). Mis recomendaciones se centran en autoras que escriben esa vulgaridad llamada novela y que, además, ni tienen pretensiones místicometafísicas ni en sus páginas aparecen conspiraciones cátaroiluminati. Tampoco son autoras de culto, sólo aptas para iniciados: algunas han sido superventas, alguna es lectura obligatoria en los institutos estadounidenses. Eso sí, en su mayoría, son autoras que pertenecen a un mundo mestizo en el que varias culturas luchan para salir a la luz:
Elena Poniatowska: escritora mexicana nacida en Francia de padre polaco y madre mexicanofrancesa. Me encantó su "Querido Diego, te abraza Quiela y otros relatos".
Sandra Cisneros: escritora norteamericana de origen mexicano. "Caramelo" y "La casa en Mango Street". Esta última da nombre a este blog así que no diré más.
Monica Alí: escritora inglesa de origen bangladeshí (o como se diga). "Siete mares, trece ríos" es una visión del choque entre la cultura británica y la musulmana en los suburbios de Londres.
Zadie Smith: escritora inglesa de ascendencia jamaicana. "Dientes Blancos" o la forma de ver la vida de ingleses, jamaicanos, bengalíes, ...
Jamaica Kincaid: escritora norteamericana de origen caribeño (Antigua y Barbuda) pero educación británica. "Autobiografía de mi madre", "Mi hermano" o la que para mi es la mejor de sus obras, "Annie John".
Marie-Célie Agnant: autora francocanadiense de origen haitiano. Creo que "El libro de Emma" es lo único que hay en castellano.
Paulina Chiziane: autora mozambiqueña que escribe en portugués. "Balada de amor al viento", primera novela mozambiqueña escrita por una mujer y que ataca al machismo imperante en su sociedad.
Patricia Grace: escritora neozelandesa. "Potiki" o la lucha entre occidente y la cultura maorí.
Espero que alguien encuentre en esa lista algo que le interese, le llame la atención y, sobre todo, le guste.
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
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Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
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"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
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"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
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"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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