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Kjell Askildsen - "Después del entierro"

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Autor complejo dentro de la aparente simplicidad de sus historias. Hay quien lo ha adscrito al minimalismo o al “realismo sucio”m pero es un autor que supera esas etiquetas sin dificultad. En una entrevista dijo: "No soy minimalista, […] no soy para nada minimalista, si lo dicen protesto. Nunca escribo menos de lo que tengo que decir." En sus historias no importa tanto lo que se dice (aunque sí el cómo se dice), sino lo que no se puede ni siquiera pronunciar, aquello que está sumergido en el pozo oscuro de la existencia. Sus personajes no viven grandes peripecias ni aventuras sino que tienen vidas pequeñas atrapadas en la telaraña del hastío, en esa rutina doméstica. No se sabe cómo son físicamente los protagonistas de sus cuentos. No hay descripciones; pero podemos verlos a través de sus malestares, de lo que no se atreven a hacer o a decir.
El cuento pertenece al volumen "El precio de la amistad" de 2015, sú última obra publicadade.
La versión es la de Kirsti Baggetthum y Asunción Lorenzo.


Mi hermano fue enterrado el 6 de marzo. Era un martes. Llevaba nueve días muerto. Es realmente demasiado tiempo, opino yo.
Había llovido un poco todos los días, pero el martes por la mañana el cielo estaba azul. Llamé a María y le dije que no iría, que me había puesto enfermo.
María es mi hermana. No me creyó. Primero dijo que era un cobarde, luego empezó a suplicarme.
Hazlo por mí, dijo, por favor.
No contesté. Noté que estaba llorando.
¿Estás llorando?, le pregunté.
Por favor, dijo, no puedo más.
Entonces le dije que iría.

El entierro era a las once. Había estado en cuatro entierros o sepelios, pero nunca a una hora tan temprana. Estuve en el de mi padre, porque murió antes que mi madre, y fui por ella. No estuve en el de mi madre, porque ella ya estaba muerta. No fui capaz, la quería mucho.
Entonces por qué iba a ir al de Karl…, en todo caso sería por María. A ella también la quiero algo.
Así que fui.
Había cuatro hombres en la puerta de la pequeña capilla. Solo los vi de lejos. Cuando pasé por su lado miré al suelo, tanto entonces como cuando recorrí los bancos hasta la primera fila, porque sabía que es allí donde suelen sentarse los familiares.
María me había guardado un sitio. Me senté entre ella y Henriette, la hermana de nuestra madre. Henriette me cogió la mano y la mantuvo un rato cogida. Tiene más de setenta años.
Al otro lado de María estaban sentados sus dos hijos y el padre de estos, es decir, el marido de María. Es comerciante. Ninguno de los hijos se parece a sus padres, tal vez porque María y su marido, Kristian, son muy distintos. Los hijos tampoco se parecen entre ellos. A mí me habría gustado parecerme a mi madre, pero no es el caso.
Pasaron unos minutos, una débil y oscura nota salió del órgano, luego algunas claras que se superpusieron a la oscura. Era muy bonito, y me imaginé un gran lago silencioso, rodeado de árboles verdes. Subió el fragor del órgano, el agua empezó a encresparse y los árboles se inclinaron con el viento.

El pastor era bastante joven. Tenía el pelo oscuro, pero la voz clara. Hablaba como si hubiese conocido a Karl. Mencionó las aparentes casualidades que hacían que Karl se encontrara allí justo en ese momento, y que lo mismo regía para el hombre del coche que venía de frente. No explicó por qué había dicho aparentes, aunque tendría que ser esa palabra la que daba sentido a la frase.
No fue un sermón especialmente bueno, no hizo llorar a nadie, ni siquiera cuando dijo que nosotros, sus familiares, no debíamos encerrarnos en ese dolor necesario y revitalizador.
Fueron justo esas palabras las que empleó. Yo no las entendí, y esa es la razón por la que las recuerdo.

En cierto modo resultó más fácil salir de la capilla de lo que había resultado entrar, aunque los que estábamos en la primera fila salimos en primer lugar, para que los que estaban sentados detrás de nosotros pudieran vernos de frente. Quizá fuera por la música del órgano.
Yo caminaba al lado de Henriette. Era ella la que quería caminar a mi lado. Me dobla la edad. Vive a solo cincuenta metros de distancia de donde vivo yo. Yo vivo en la segunda planta de una finca urbana, ella en la planta baja del edificio vecino, y entre ambas casas solo hay un aparcamiento, una alambrada y algunos tilos bastante altos. En otoño e invierno y al principio de la primavera, antes de que hayan salido las hojas de los árboles, puedo verla junto al fogón o sentada en la mesa de la cocina. Ella lo sabe, se lo conté un día, y entonces dijo: Es bueno saberlo.
Cuando salimos a la penetrante luz, lo único que deseaba era marcharme de allí, así que le dije a Henriette que quería ir a la tumba de mi madre.
¿Puedo ir contigo?, preguntó.
Caminamos junto a la capilla y luego pasamos por delante de la iglesia. El cementerio se encuentra en una ladera hacia el sur, entre altos y erguidos pinos que dibujan grandes sombras.
¿Vienes aquí a menudo?, preguntó Henriette.
No, contesté, ¿y tú?
No, dijo ella.
Cuando nos encontrábamos junto a la tumba, Henriette dijo: Supongo que Karl también reposará aquí.
¿Lo ha dicho María?, pregunté.
No, pero es lo natural. Es la tumba familiar.
Yo no quiero estar aquí, dije.
¿No quieres?
¿Tú deseas reposar aquí?, le pregunté a ella.
No lo sé. ¿Piensas que debería?
No contesté. Luego dije:
Tú querías a mi madre, ¿verdad?
Ah, sí, la quería mucho.
¿Crees que ya se han ido?, le pregunté.
No los veo, dijo ella, pero si quieres, podemos salir por la puerta de más abajo.

Kjell Askildsen - " Un repentino pensamiento liberador"

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El cuento da título a un volumen (En plutselig frigjørende tanke)que fue publicado en 1987
La versión es la de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.




Vivo en un sótano; lo cual es, se vea como se vea, resultado de que todo me ha ido cuesta abajo.
El cuarto no tiene más que una ventana, y sólo la parte superior de esta se encuentra por encima de la acera; eso hace que vea el mundo exterior desde abajo. No es un mundo grande, pero a menudo tengo la sensación de que es lo suficientemente grande.
Sólo veo las piernas y la parte inferior del cuerpo de los que pasan por delante de mi ventana, pero después de llevar cuatro años viviendo aquí, sé en la mayoría de los casos a quién pertenecen esos cuerpos y esas piernas. Eso se debe a que por este lugar hay poco tránsito; vivo casi al final de un callejón sin salida.
Soy un hombre parco en palabras, pero, no obstante, de vez en cuando hablo conmigo mismo. Lo que digo en esas ocasiones son cosas que me parece necesario decir.
Un día que estaba junto a la ventana y acababa de ver pasar la parte inferior del cuerpo del propietario del inmueble, me sentí de repente tan solo que decidí salir a la calle.
Me puse los zapatos y el abrigo, y me metí las gafas para leer en el bolsillo, por si acaso. Luego salí. La ventaja de vivir en un sótano es que subes cuando estás descansado y bajas cuando llegas cansado a casa. Creo que es la única ventaja.
Era un caluroso día de verano. Fui hasta el jardín próximo al ya desaparecido parque de bomberos, donde suelo poder sentarme en paz. Pero apenas me hube sentado, apareció un vejestorio de mi edad. Se sentó a mi lado, aunque había muchos bancos libres. Bien es cierto que había salido a la calle porque me sentía solo, pero no con la intención de hablar, sino sólo para cambiar de ambiente. Estaba cada vez más nervioso por si me decía algo, incluso pensé en levantarme y marcharme, pero adónde iba a ir, si era ese el lugar al que me había dirigido. Sin embargo el hombre no dijo nada, lo cual me pareció tan amable por su parte que sentí una predisposición positiva hacia él. Intenté incluso mirarlo, sin que se diera cuenta, claro. Pero se dio cuenta, porque dijo:
—Tiene que perdonarme por decírselo, pero me senté aquí porque creí que me iba a dejar en paz. Si usted lo desea, puedo cambiarme de sitio.
—Quédese —contesté, bastante perplejo.
Obviamente no hice más intentos de mirarlo, me asaltó un profundísimo respeto por él. Y aún más respeto por mí mismo. No le hablé. Sentía algo raro por dentro, como una no—soledad, una especie de bienestar.
Se quedó en el banco una media hora, luego se levantó con algo de esfuerzo, se volvió hacia mí y dijo:
—Adiós y gracias.
—Adiós.
Y se marchó, con pasos extraordinariamente largos y los brazos ligeramente separados del cuerpo, como un sonámbulo.
Al día siguiente a la misma hora..., no, un poco antes, volví al parque. Después de todas las reflexiones y especulaciones que me había hecho sobre él, me resultaba en cierto modo natural; apenas fue una elección libre, signifique lo que signifique ese concepto.
Lo vi llegar, y lo reconocí a mucha distancia por su manera de andar. También ese día había más bancos libres, y me pregunté con cierto interés si se sentaría en el mío. Huelga decir que me puse a mirar hacia otro lado, fingiendo no haberlo visto, y cuando se sentó, aparentemente ni me fijé en él. Al parecer, él tampoco se fijó en mí; era una situación poco usual, una especie de no—encuentro no planificado. He de admitir que no sabía muy bien si quería que él dijera algo o no, y al cabo de media hora seguía sin saber si debía marcharme en primer lugar o esperar a que lo hiciera él. No es que fuera una duda incómoda, pues yo podía, en cualquier caso, quedarme sentado. Pero por alguna razón se me ocurrió que él me tenía agarrado, y por eso la decisión me resultó fácil. Me levanté, lo miré por primera vez y dije:
—Adiós.
—Adiós —contestó mirándome a los ojos. No había nada criticable en su mirada.
Me marché, y mientras me alejaba, no podía dejar de preguntarme cómo calificaría él mi manera de andar, y en ese mismo momento tuve la sensación de que mi cuerpo se entumecía y mis pasos se volvían rígidos y entrecortados. Eso me irritó, he de admitirlo.
Aquella noche, mirando por la ventana —no había gran cosa que mirar— pensé que si él llegaba al día siguiente, yo diría algo. Incluso pensé en lo que diría, cómo iniciaría aquello que posiblemente se convertiría en un diálogo. Esperaría como un cuarto de hora, y luego diría, sin mirarlo: «Ya es hora de que hablemos». Nada más que eso. Así él podría responder o no, y si no respondía, me levantaría y diría: «En el futuro, preferiría que se sentara usted en otro banco».
Pensé muchas otras cosas también aquella noche, cosas que diría si llegábamos a entablar conversación, pero deseché casi todo por poco interesante o demasiado anodino.
A la mañana siguiente, me sentía alterado e inseguro, incluso se me pasó por la cabeza la idea de quedarme en casa. Rechacé tajantemente la decisión de la noche anterior, si iba al parque no diría nada.
Fui, y él acudió. No lo miré. De repente se me ocurrió que era extraño que siempre llegara menos de cinco minutos después que yo. Era como si me estuviera vigilando. Sí, sí, pensé, claro que sí. Vive al lado del parque de bomberos, me ve desde una ventana.
No me dio tiempo a especular más al respecto, porque de repente el otro empezó a hablar. Lo que dijo, me hizo sentirme bastante mal, lo confieso.
—Perdone —dijo—, pero si no tiene nada en contra, tal vez sea ya hora de que hablemos.
No contesté inmediatamente, luego dije:
—Tal vez. Si es que hay algo que decir.
—¿No sabe si hay algo que decir?
—Probablemente soy mayor que usted.
—No lo descarto.
No dije nada más. Sentí por dentro una desagradable inquietud relacionada con ese extraño cambio de papeles que había tenido lugar. Era él quien había iniciado la conversación y prácticamente con mis propias palabras, y fui yo quien contestó del modo en que me había imaginado que lo haría él. Fue como si yo pudiera haber sido él y él igualmente pudiera haber sido yo. Resultaba incómodo. Tenía ganas de marcharme. Pero como casi me había visto forzado, por así decirlo, a identificarme con él, me resultó difícil herirlo, o incluso ofenderlo.
Transcurrió tal vez un minuto, entonces dijo:
—Tengo ochenta y tres.
—Entonces tenía yo razón.
Transcurrió otro minuto.
—¿Juega usted al ajedrez? —preguntó.
—Hace mucho que no.
—Ya casi nadie juega al ajedrez. Todos aquellos con los que jugaba al ajedrez han muerto.
—Hace al menos quince años —dije.
—El último murió este invierno. Aunque en realidad, él en concreto no supuso una gran pérdida, se había vuelto bastante memo. Le ganaba siempre tras menos de veinte movimientos. Pero le proporcionaba cierto placer, creo que fue el último placer que tuvo. Tal vez usted lo conociera.
—No —me apresuré a contestar—, no lo conocía.
—¿Cómo puede saberlo, si... ? Bueno, el cómo puede saberlo es asunto suyo.
En eso estaba totalmente de acuerdo, y me entraron ganas de decírselo, pero ganó puntos por no haber terminado la pregunta.
Noté que se volvía y me miraba. Siguió así un buen rato, me resultaba incómodo, de modo que saqué las gafas del bolsillo del abrigo y me las puse. Todo desapareció ante mis ojos: los árboles, las casas, los bancos, todo se esfumó en una neblina.
—¿Es usted miope? —preguntó al cabo de un rato.
—No —contesté—, al contrario.
—Quiero decir..., ¿necesita usted gafas para ver de lejos?
—No, al contrario. El problema lo tengo con lo que está cerca.
—Ajá.
No dije nada más. Entonces me di cuenta de que había apartado la mirada, así que me quité las gafas y volví a metérmelas en el bolsillo del abrigo. Él tampoco dijo nada más, de modo que cuando me pareció que había transcurrido un tiempo prudente, me levanté y dije cortésmente:
—Gracias por la conversación. Hasta la vista.
—Hasta la vista.
Ese día me alejé con pasos más firmes, pero cuando llegué a casa y me hube tranquilizado, me precipité de nuevo a planificar mi siguiente encuentro con él. Daba vueltas por la habitación ideando una serie de absurdos, y también alguna que otra sutileza; es cierto que me sentía un poco superior a él, aunque, al fin y al cabo, lo consideraba mi igual.
Aquella noche no dormí bien. Cuando todavía era lo suficientemente joven como para creer que el futuro podía depararme sorpresas, de vez en cuando dormía mal, pero de eso hace mucho tiempo, fue antes de tener claro, completamente claro, que el día de la muerte nada importa haber tenido una vida buena o mala. De modo que el hecho de no haber dormido bien aquella noche me inquietaba y me sorprendía. No había comido nada que hubiera podido causarme insomnio, sólo un par de patatas cocidas y una lata de sardinas; con eso había dormido perfectamente muchas veces antes.
Al día siguiente, él no llegó hasta que hubo transcurrido casi un cuarto de hora. Yo había empezado a perder la esperanza, era un sentimiento poco usual el de tener esperanza que perder. Pero entonces llegó.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Y no dijimos nada más en un buen rato. Yo sabía muy bien qué decir si la pausa se hacía demasiado larga, pero preferí que él hablara primero, y así fue:
—¿Su mujer... vive todavía?
—No, hace mucho que ya no vive, más bien la he olvidado. ¿Y la suya?
—Hace dos años. Hoy.
—Ah. Entonces hoy es una especie de día de luto.
—Bueno. Con la pena ya no se puede hacer nada. Pero no lo conmemoro yendo a visitar su tumba, si es a lo que se refiere. Las tumbas son una mierda. Perdone. No han sido palabras muy decorosas.
No contesté.
—Perdone —repiti6—, tal vez le haya ofendido, no ha sido mi intención.
—No me ha ofendido.
—Bien. Podría usted haber sido religioso. Yo tenía una hermana que creía en la vida eterna. ¿No le parece el colmo de la vanidad?
De nuevo se me ocurrió pensar que aquel hombre estaba recitando mis propias frases, y por un instante fui lo suficientemente necio como para pensar que todo era una invención mía, que él no existía, que en realidad estaba hablando conmigo mismo. Y supongo que fue esa necedad la que me llevó a hacerle una pregunta completamente irreflexiva:
—¿Quién es usted realmente?
Por fortuna, no respondió enseguida, de modo que tuve tiempo para repararlo un poco:
—No, lo ha entendido mal. En realidad no le estaba hablando a usted. Sólo fue algo que se me ocurrió.
Noté que me miraba, pero esta vez no saqué las gafas. Dije:
—Por otra parte, no quiero que crea usted que tengo por costumbre hacer preguntas que no tienen respuesta.
Continuamos callados. No era un silencio sereno; tenía ganas de marcharme. Dentro de dos minutos, pensé; si no ha dicho nada en dos minutos, me iré. Y me puse a contar los segundos para mis adentros. Él no dijo nada, y yo me levanté justo a los dos minutos. También él se levantó en ese momento.
—Gracias por la conversación —dije.
—Lo mismo digo. Sólo falta que quiera usted jugar al ajedrez.
—No creo que le proporcionara mucho placer. Además, sus adversarios tienen por costumbre morir.
—Ya, ya —contestó, de pronto parecía ausente.
—Hasta la vista —dije.
—Hasta la vista.
Aquel día me encontraba más cansado que de costumbre al llegar a casa. Tuve que tumbarme en la cama. Al cabo de un rato dije en voz alta: «Yo soy viejo. Y la vida es larga».
Cuando me desperté a la mañana siguiente estaba lloviendo. Sería demasiado suave decir que me sentí decepcionado. Pero como el día avanzaba y la lluvia no cesaba, vi claro que tendría que ir al parque, pasara lo que pasara. No podía hacer otra cosa. No es que me importara que él acudiera o no; no era eso. Sólo que si él llegaba, yo quería estar, tenía que estar. Y cuando me senté en el banco mojado bajo la lluvia, incluso tenía la esperanza de que no acudiría; había algo revelador, algo descarado en estar sentado en un parque completamente solo bajo la lluvia.
Pero él acudió. ¡Ya lo sabía yo! A diferencia de mí, llevaba un impermeable negro que le llegaba casi hasta los pies. Se sentó.
—Desafía usted al mal tiempo —dijo.
Obviamente lo dijo como un simple comentario, pero debido a lo que yo estaba pensando justo antes de llegar él, me pareció un comentario un poco impertinente, de modo que no contesté. Noté que me había puesto de mal humor y que me arrepentía de haber ido. Además, empecé a mojarme, el abrigo me pesaba, había algo ridículo en estar allí sentado, por eso dije:
—Sólo salí a tomar un poco el aire, pero me he cansado. Soy un hombre viejo —y añadí, para que no se imaginara nada—: uno tiene sus costumbres fijas.
Él no dijo nada, y eso, por irracional que pueda parecer, me resultó provocador. Y lo que dijo por fin, tras una larga pausa, no contribuyó precisamente a suavizarme.
—A usted no le gustan mucho las personas, ¿o me equivoco?
—¿Gustarme las personas? —contesté—. ¿Qué quiere decir con eso?
—Bueno, son cosas que se dicen. No ha sido mi intención importunarle.
—Claro que no me gustan las personas. Y claro que me gustan las personas. Todavía si me hubiera preguntado si me gustan los gatos o las cabras, o las mariposas, si quiere..., pero las personas. Da lo mismo, porque conozco a muy pocas.
Me arrepentí inmediatamente de la última frase, pero por suerte él no reparó en ella.
—Vaya, vaya —dijo—. ¡Cabras y mariposas!
Lo oí sonreír. Tuve que admitir que me había mostrado innecesariamente negativo, de modo que dije:
—Si quiere usted una respuesta general a una pregunta general, entonces le diré que me gustan las cabras y las mariposas mucho más de lo que me gustan las personas.
—Gracias, he captado hace mucho lo que quería decir. Procuraré ser más preciso la próxima vez que me atreva a preguntarle algo.
Lo dijo amablemente, y no exagero si digo que me arrepentí, aunque era el mal humor lo que me había vuelto tan contumaz. Y porque me arrepentí, dije algo de lo que también me arrepentí enseguida.
—Perdone, pero ya casi sólo me quedan las palabras. Perdone.
—En absoluto. La culpa es mía. Debería haber pensado en quién es usted.
Me sobresalté. ¿Sabía él quién era yo? ¿Iba todos los días allí porque sabía quién era yo? No lo pude remediar, me puse tan nervioso e inseguro que automáticamente metí la mano en el bolsillo del abrigo en busca de las gafas.
—¿Qué quiere decir? —pregunté—. ¿Me conoce?
—Sí. Aunque conocer... lo que se dice conocer, no. Nos hemos visto antes. No me di cuenta la primera vez que me senté en este banco. Pero poco a poco he ido descubriendo que lo había visto antes, aunque no logré situarlo hasta ayer. Dijo usted algo y, de repente, lo reconocí. Pero ¿no se acuerda de mí?
Me levanté.
—No.
Lo miré fijamente. No sabía si lo había visto alguna vez.
—Soy... fui su juez.
—Usted, usted...
No pude decir nada más.
—Siéntese, por favor.
—Estoy mojado. Ah sí. Fue usted... Fue usted el... Bueno, adiós, tengo que irme.
Me marché. No fue una salida muy digna, pero me sentía estremecido, anduve más deprisa de lo que lo había hecho en muchos años, y cuando llegué a casa, apenas tuve fuerzas para quitarme el abrigo empapado antes de tirarme en la cama. Tenía fuertes palpitaciones y decidí no volver al parque nunca más.
Pero cuando mi pulso volvió a palpitar de un modo normal, también empezaron a hacerla mis pensamientos. Acepté mi reacción, algo oculto había vuelto a emerger a la luz, me habían pillado por sorpresa, eso era todo. Era comprensible.
Me levanté de la cama, y puedo, con cierta satisfacción, afirmar que había recobrado del todo mi propio yo. Me puse bajo la ventana y dije en voz alta: «Él volverá a verme».
Al día siguiente hacía buen tiempo, lo cual fue un alivio, y el abrigo estaba prácticamente seco. Fui al parque a la misma hora que de costumbre, él no debía notar ninguna irregularidad en mí que le hiciera pensar que me llevaba ventaja.
Pero cuando me acerqué al banco, ya estaba allí. Así que era él quien mostraba una conducta irregular.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —contesté mientras me sentaba, y como para coger el toro por los cuernos, añadí enseguida:
—Pensé que tal vez no vendría usted hoy.
—Bravo —dijo—. Uno cero para usted.
Esa respuesta me satisfizo; él era mi igual.
—¿Se sentía usted a menudo culpable? —pregunté.
—No entiendo.
—¿Se sentía a menudo culpable como juez? Pues era su profesión el adjudicar a otros la suma necesaria de culpa, ¿no?
—Mi profesión era dictaminar la culpabilidad basándome en la evaluación de otras personas.
—¿Intenta usted disculparse? No es necesario.
—No me sentía culpable. Pero, en cambio, me sentía a menudo a merced de la inflexibilidad de la ley, como en su caso.
—Sí, porque usted no es supersticioso.
Me miró.
—¿Qué quiere decir ahora? —preguntó.
—Sólo los supersticiosos opinan que la misión de un médico es prolongar el sufrimiento de seres marcados por la muerte.
—Ya, ahora entiendo. ¿Pero no le da miedo que se pueda abusar de la legalización de la eutanasia?
—Por supuesto que no se puede abusar de una legalización. Porque entonces la eutanasia ya no sería eutanasia, sino asesinato.
No contestó. Lo miré de reojo. Tenía una expresión hosca, impenetrable. No me importaba. Bien es verdad que no sabía si su hosquedad se debía a algo que yo había dicho, o si simplemente era así; no podía saberlo, pues no lo había mirado prácticamente nunca. En ese momento me entraron ganas de recuperar lo perdido y escudriñarlo, y lo hice sin disimulo, volví la cabeza y miré fijamente su perfil; eso era lo menos que me podía permitir ante aquel hombre que me había condenado a varios años de cárcel. Incluso saqué las gafas del bolsillo del abrigo y me las puse; no hacía falta, lo veía bien sin ellas, pero sentí un repentino deseo de provocarlo. Era algo tan impropio de mí mirar con tanto descaro a una persona que por un instante me sentí ajeno a mí mismo; era una sensación rara, pero en absoluto desagradable. Y el romper con mi habitual conducta tuvo un sorprendente efecto de contagio. Me reí por primera vez en muchos años; seguramente suena horrible. Y él dijo, sin mirarme, pero en un tono brusco:
—No me importa de qué se está riendo, pero no parece que se esté divirtiendo, y es una pena, pues, por lo demás, es usted una persona sensata.
Me sentí inmediatamente más indulgente y, además, un poco avergonzado. Aparté mi mirada de su perfil enfadado y dije.
—Tiene usted razón. No ha sido una risa buena.
No quise darle más.
Permanecimos callados; pensé en mi vida miserable y me puse melancólico. Me imaginé el hogar del juez, con cómodos sillones y grandes bibliotecas.
—Tendrá usted ama de llaves, ¿no?
—Sí. ¿Por qué me lo pregunta?
—Simplemente intento imaginarme la vida de un juez retirado.
—Ah bueno, no es gran cosa. Inactividad, ¿sabe usted?, días largos y pasivos.
—Sí, el tiempo no quiere moverse.
—Y es lo único que queda.
—Ese tiempo que se hace demasiado largo, tal vez lleno de enfermedad,
que lo hace aún más largo, y luego se acaba. Y cuando por fin llegamos a ese punto pensamos: qué vida más absurda.
—Bueno, absurda...
—Absurda.
No contestó. Ninguno de los dos dijimos nada más. Al cabo de un rato me levanté. A pesar de la soledad que sentía, no quería compartir con él mi tristeza.
—Adiós —dije.
—Adiós, doctor.
La tristeza produce sentimentalismo, y la palabra doctor, sin atisbo de ironía, me alcanzó como una ola de calor. Me di rápidamente vuelta y me alejé muy deprisa. Allí y en ese momento supe que iba a morir. No estaba sorprendido. Como máximo, estaba sorprendido de no estar sorprendido. Y de repente me habían abandonado la tristeza y el sentimentalismo. Aminoré el paso. Necesitaba por dentro una serenidad que exigía lentitud.
Al llegar a casa, aún con una lúcida serenidad por dentro, saqué papel de escribir y un sobre. En el sobre escribí: «Al juez que me condenó». Luego me senté junto a la pequeña mesa en la que suelo comer, y empecé a escribir esta historia.
Hoy he ido al parque por última vez. Estaba de un humor extraño, casi arrogante. Tal vez se debía a ese inusual placer que había sentido al poner palabras a mis anteriores encuentros con el juez, o tal vez a que no había dudado ni un instante de mi decisión.
También hoy él estaba allí sentado cuando llegué. Parecía atormentado. Lo saludé con más amabilidad que de costumbre, me resultó completamente natural. Me miró, como para averiguar si lo decía en serio.
—Bueno —dijo—, ¿tiene usted mejor día hoy?
—Pues sí, hoy tengo un buen día. ¿Y usted?
—Gracias, razonablemente bueno. Entonces, ¿ya no opina que la vida es absurda?
—Ah sí, completamente absurda.
—Hum. Yo no habría podido vivir con un conocimiento de ese tipo.
—Bueno, se olvida usted del instinto de conservación, es un instinto duro de roer que ha destrozado muchas decisiones sensatas.
No contestó. Yo no pensaba quedarme mucho tiempo, de modo que tras una breve pausa dije:
—Ya no volveremos a vernos. He venido a despedirme.
—¿Ah sí? Qué pena. ¿Se va de viaje?
—Sí.
—¿Y no va a volver?
—No.
—Hum. Bueno. Espero que no le parezca inoportuno que le diga que echaré de menos nuestros encuentros aquí.
—Es muy amable por su parte.
—El tiempo será más largo.
—Hay hombres solitarios sentados en muchos otros bancos.
—Bueno, usted entiende muy bien a lo que me refiero. ¿Puedo preguntarle adónde va?
Alguien dijo que la persona que sabe que va a morir en un plazo de veinticuatro horas se siente libre para hacer lo que sea, pero eso no es verdad, incluso en esa situación, uno es incapaz de actuar en contra de su naturaleza, de su ego. No es que el haberle dado una respuesta abierta y sincera hubiera ido en contra de mi naturaleza, pero de antemano había decidido mantenerle oculto el destino de mi viaje, así que para qué alterarlo, al fin y al cabo era mi único allegado, por así decirlo. Pero ¿qué podía contestarle?
—Ya lo sabrá —contesté por fin.
Lo noté algo desconcertado, pero no dijo nada. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera. Rebuscó un instante y luego me dio una tarjeta de visita.
—Gracias —dije, y me la metí en el bolsillo del abrigo.
Sentí que debía marcharme. Me puse de pie. Él hizo lo mismo. Me tendió la mano.
—Qué le vaya bien —dijo.
—Gracias, lo mismo le digo. Adiós.
—Adiós.
Me marché. Me pareció que él no volvía a sentarse, pero no me di vuelta para comprobarlo. Me fui tranquilamente a casa, no pensaba en nada en especial. Algo me sonreía por dentro. Cuando bajé al sótano, me quedé un rato debajo de la ventana mirando la calle vacía, luego me senté a concluir esta historia. Pondré la tarjeta de visita del juez encima del sobre.
Ya he acabado, dentro de un momento doblaré las hojas y las meteré en el sobre. Y ahora, justo antes de que suceda, ahora que voy a realizar el único acto definitivo que el ser humano es capaz de efectuar, hay un pensamiento que hace sombra a todos los demás: por qué no he hecho esto hace mucho tiempo.

Kjell Askildsen - "Los invisibles"

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El cuento pertenece al volumen "Los perros de Tesalónica" publicado en 1996.
La versión es la de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.




Cuando Bernhard L. volvió al hogar de su infancia con el fin de asistir al sepelio de su padre, Marion le dio un abrazo bastante torpe. Era una tarde calurosa, y ella tenía grandes manchas húmedas en las axilas. Así que has venido, dijo. Él comentó que venía cansado del viaje y que le gustaría cambiarse. Ella le había preparado el cuarto de la buhardilla. La ventana estaba abierta y el sol entraba a raudales. Se desnudó del todo y se tumbó en la cama. Empezó a tocarse, intentando reproducir aquella fantasía que tanto le había excitado en el estrecho compartimiento del tren, pero no lo logró. Entonces oyó a Marion subir la escalera y se vistió. Por la ventana entraban los ruidos de la calle. Marion volvió a bajar la escalera. Él abrió el armario y colgó el traje negro.
Cuando algo más tarde bajó, se encontró a Marion llorando en el salón. Suponía que no le había oído entrar, pero no estaba seguro, porque la mujer se comportó como si la hubiera sorprendido haciendo algo malo. No sabía qué decir. Se acercó a la ventana y se puso a contemplar el pequeño jardín trasero. Tú lo querías, dijo él por fin. Un gato negro se subió de un salto a la valla de madera. Debería haberme portado mejor con él, señaló ella. Pero tú eras la que lo cuidabas, dijo él. El gato saltó de la valla hasta el tejado del viejo cobertizo para bicicletas. Ella dijo: A veces era tan..., pero, claro, tenía dolores... Había momentos en que casi deseaba que... Me arrepiento tanto... Él encendió un cigarrillo. No pensaba que fuera a morir, añadió ella. Él preguntó cómo había sido. Ella tardó en contestar. Él tiró la ceniza del cigarro en una maceta. Estaba sentado en ese sillón, dijo ella. Yo estaba en la cocina. Me dijo que viniera a leerle el periódico. Le contesté que estaba haciendo la comida. Dijo que no tenía hambre. Pues yo sí que tengo, dije. Luego nos quedamos callados y al final volvió a decir: ¿Vienes ya? No contesté. Estaba enfadada con él. Un poco más tarde gritó mi nombre aunque no demasiado alto, pero no entré hasta pasados dos o tres minutos y, para entonces, ya estaba muerto.
Bernhard se imaginó a su padre, pero no sentía nada. Marion se echó a llorar de nuevo. Él buscó un cenicero para apagar el cigarrillo. Fue a la cocina y lo tiró en el fregadero. Luego bebió un vaso con agua. Sonó el timbre. Marion le pidió que fuera a abrir. Era una mujer. Lo miró y dijo: Tú tienes que ser el hermano de Marion. Así es, asintió él. Él la siguió hasta el salón. Marion no estaba allí, él pensó que habría ido a la cocina a secarse las lágrimas. La mujer le tendió la mano, estaba húmeda, pero a él no le importó. Soy Camilla, se presentó. Y yo Bernhard, dijo él, voy a buscar a Marion. Llegó justo en ese momento. Las contempló unos instantes: eran en todos los aspectos tan distintas que no entendía qué podían tener que ver la una con la otra. Camilla estaba de pie, de espaldas, con la ropa muy pegada al cuerpo. Él pensó: ¿No se dará cuenta Marion de que se está aprovechando de ella? Al instante, desechó esa idea. Camilla se volvió hacia él, y preguntó algo. Él contestó. Ella sonrió y bajó la mirada. Es dependienta, pensó él. Marion dijo media frase y se fue a la cocina. Él abrió una ventana. Siéntate, dijo. Ella se sentó. Marion se habrá alegrado de que hayas venido, dijo ella. Él se rió y se sentó frente a ella. Le preguntó si ella había conocido a su padre. Camilla le dio una larga respuesta mientras miraba alternativamente a sus manos y a él: lo había conocido y no lo había conocido. Estaba sentada en el filo de la silla con las rodillas juntas y las manos cruzadas sobre los muslos. Él le ofreció un cigarrillo y le dio fuego. Se preguntó quién de los dos sería el primero en descubrir que no había un cenicero cerca. Al final dijo: Voy a buscar un cenicero. Fue a la cocina. Marion estaba preparando una fuente de sándwiches. Le dio un cenicero minúsculo. ¿No tienes uno un poco más grande?, preguntó él. Qué barbaridad, dijo ella, y le dio uno grande. Él volvió al salón. Preguntó a Camilla cómo se habían conocido Marion y ella. Ella se lo dijo. Marion entró y puso un mantel blanco en la mesa. Deja que te ayude, dijo Camilla, sin levantarse. No, no, contestó Marion. Acabó de poner la mesa y empezaron a comer. Camilla y Marion hablaron de una amiga común que había tenido un hijo que nació con la espina bífida. Eran las siete. Bernhard se dio cuenta de que Camilla no paraba de mirarlo. Él estaba fantaseando con ella. De repente, entró una avispa y se posó sobre uno de los sándwiches. Camilla se levantó y se plantó en medio de la habitación. Dijo que era alérgica a las avispas. Marion cogió un sándwich de queso y lo estampó encima del que tenía la avispa. Bernhard se rió. Marion se acercó a la ventana y tiró los dos sándwiches al jardín trasero. Ya está, dijo. Bernhard se rió de nuevo. Marion y Camilla volvieron a sentarse. Comed, dijo Marion, a Bernhard le dio la impresión de que estaba contenta. Camilla contó que la última vez que la picó una avispa había tenido que ir a urgencias. Come, Bernhard, insistió Marion. Contestó que estaba lleno y se levantó. Fue hasta la entrada y subió la escalera. La puerta de la habitación de Marion estaba cerrada, la abrió y se quedó en el umbral mirando hacia el interior. La cama estaba sin hacer, y de los respaldos de las sillas colgaban prendas. Encima de la cómoda había una foto grande enmarcada: sus padres de pie, sonrientes, sobre la alta escalera de la calle. Cerró la puerta y volvió a bajar.
Al cabo de un rato Camilla dijo que se marchaba. Bernhard volvió a subir al cuarto de la buhardilla. Si se asomaba por la ventana podía ver la escalera de la calle justo debajo de él. Camilla estaba mirando hacia la puerta; apenas podía ver su pelo y un poco de su cuerpo. Marion era la que hablaba, pero era incapaz de captar lo que estaba diciendo. No, no, en absoluto, dijo Camilla. Empezó a bajar los escalones. Él retiró la cabeza. La vio cruzar la calle y desaparecer por el callejón entre la óptica y la panadería. Perra, dijo para sus adentros. Se encontró con su propia mirada en el espejo de la cómoda, la mantuvo unos instantes, bastante rato, los ojos empezaron a sonreír y dijo: Así es. Perra.
Se quitó de mala manera los zapatos y se tumbó en la cama, pero volvió a levantarse enseguida, se acercó a la puerta, se agachó e intentó mirar por el ojo de la cerradura. Lo que podía ver era la parte superior de la escalera y la puerta del que había sido el dormitorio de sus padres. Volvió a tumbarse. Apenas entraba ruido por la ventana, sólo se oía de vez en cuando algún que otro coche pasar. Eran las ocho menos diez. Pensó: Voy a tener que pedir otra almohada. Encendió un cigarrillo. No había cenicero en la habitación. Puso uno de sus zapatos sobre la mesita, con la suela hacia arriba. Supongo que debería bajar y estar con Marion, pensó. He venido por ella. Y de todos modos tengo que pedirle una almohada y un cenicero. Tal vez esté sentada abajo esperándome. Tal vez piense que no puede salir porque estoy aquí. Echó la ceniza del cigarrillo en la suela del zapato. Intentó pensar en algo de lo que poder hablar. Entonces oyó un ruido y a continuación pasos en la escalera. Se apresuró hasta la puerta y miró por el agujero de la cerradura. La vio con toda claridad cuando pasó por delante de su campo de visión, la vio volver la cabeza y mirarlo directamente.
Bajó al poco rato. Andaba silenciosamente, pero sin deslizarse.
Salió al jardín trasero y se sentó en una vieja silla plegable pintada de verde, junto a una mesa redonda de hierro forjado. Al cabo de un rato se fijó en el silencio: nada se movía ni se oía nada. De repente se sintió abandonado, casi encerrado, y se levantó. Se metió entre el estrecho macizo de flores y la fila aún más estrecha de verduras y se acercó a la valla de madera. Se quedó de espaldas contra ella mirando la casa y pensando: No tengo nada que hacer aquí. Justo en ese instante descubrió a Marion; estaba de pie en el salón mirándolo, algo retirada de la ventana. No puede estar segura de que la haya visto, pensó, dejando vagar la mirada. Se puso en cuclillas y se dedicó a arrancar la mala hierba que crecía entre los rábanos, mientras miraba la puerta a hurtadillas. Ella no salía. Entonces cree que no la he visto, pensó. Siguió arrancando mala hierba, y poco a poco fue sintiendo una especie de satisfacción, casi alegría al contemplar ese paisaje limpio y ordenado en miniatura. Dejó de mirar de reojo la puerta, ella podía salir si quería, él estaba ocupado, tenía delante una pequeña huerta.
Había llegado a las lechugas cuando Marion salió en compañía de un hombre que llevaba una botella en la mano. Marion llevaba tres copas. Bernhard enderezó la espalda. Marion le dijo que saludara a Oskar y dejó las copas sobre la mesa redonda. Bernhard saludó con la cabeza a Oskar y fue a lavarse las manos bajo el grifo del jardín. Se sentía atrapado. Marion echó vino en las copas. Bernhard se sacudió el agua de los dedos y se acercó a la mesa. Oskar le tendió la mano. Estoy mojado, dijo Bernhard. No importa, contestó Oskar. Este es conductor, pensó Bernhard. Salud, dijo Marion. Bebieron. Oskar se quitó la chaqueta, un vello negro y rizado le cubría los antebrazos. Oskar y yo nos vamos a casar, dijo Marion. Enhorabuena, dijo Bernhard. Intentó imaginárselos, pero no lo consiguió. Oskar es policía, señaló Marion. Ay, contestó Bernhard. Oskar sonrió. Qué oportuna la muerte de nuestro padre, pensó Bernhard, y dijo mirando a Oskar: Es la primera vez que brindo con un policía. ¿A que es una noche muy hermosa?, preguntó Marion. Tus verduras necesitan agua, dijo Bernhard. Ay, sí, asintió Marion. Dicen que seguirá el buen tiempo, comentó Oskar. Yo las riego, dijo Bernhard. Bebieron. Bernhard fumaba. Oskar habló de un colega al que le habían robado una canoa. Bernhard apuró la copa, y Marion volvió a llenársela. Él se levantó, entró en la casa, subió al piso de arriba y entró en el cuarto de la buhardilla. Permaneció allí de pie dejando transcurrir el tiempo, luego volvió a bajar. Se sentó y tomó un gran trago de vino. Encendió un cigarrillo. Marion y Oskar charlaban. Tengo que acordarme de pedir otra almohada, pensó Bernhard. Luego pensó: No iré al entierro. Lo pensó una y otra vez, varias veces. Marion se levantó. Sólo voy a..., dijo. ¿Crees que puedes darme otra almohada?, preguntó Bernhard. Claro que sí. Ella entró en la casa. Oskar se rascó el brazo. ¿Lleváis mucho tiempo juntos?, preguntó Bernhard. Ocho meses, contestó Oskar. Entonces conociste a mi padre. Sí. ¿Bien? No, bien no. Como sabes, estaba enfermo. Sólo quería ver a Marion. Y a ti, claro. Bernhard se rió. ¿A mí?, se extrañó. Marion volvió a salir, se había puesto una chaqueta sobre los hombros. Bernhard se levantó y se acercó al viejo cobertizo para bicicletas, donde antaño había una regadera. Todavía seguía allí. La llenó bajo el grifo y se fue hasta la hilera de verduras. No podía oír de qué hablaban Marion y Oskar. La tierra que rodeaba los rábanos se puso negra. Pensó: Seguro que es un bruto. Y de repente le volvió con toda nitidez la fantasía del tren, y dentro de esa imagen se metió Camilla para ocupar el lugar de la mujer anónima. Quiso llevarse esa imagen hasta el cuarto de la buhardilla, y fue a dejar la regadera en el cobertizo. Marion dijo: Supongo que deberíamos hablar de lo de mañana, Bernhard. ¿De lo de mañana? Sí, he invitado a algunas personas a casa para después del entierro. Espero que te parezca bien. Sí, contestó Bernhard, supongo que es lo que suele hacerse. Siguió hasta el cobertizo, dejó la regadera, encendió un cigarrillo, volvió a la mesa y se sentó. Manon y Oskar estaban charlando. La copa de vino de Bernhard estaba llena; bebió. Había oscurecido, los rostros ya no eran del todo nítidos, él se sentía casi invisible. Casi libre.
Al poco rato Marion y Oskar entraron en la casa. Bernhard se quedó sentado fumando y bebiendo el vino a pequeños sorbos. Pensó: Qué oscuridad más agradable. De repente sintió una leve presión contra la pierna derecha, se estremeció y emitió un pequeño grito. La copa que tenía en la mano cayó al suelo, y aunque se dio cuenta casi inmediatamente de que era un gato lo que le había rozado la pierna, se sintió humillado por ese repentino susto. Dio una patada y notó y oyó que había acertado. Empujó el sillón hacia atrás y se levantó, permaneció un instante sin moverse, luego arrancó y se puso a dar vueltas por el camino enlosado que había delante de la casa. Se repitió por dentro una y otra vez su nombre como un conjuro, y poco a poco fue tranquilizándose. Se detuvo delante de la ventana abierta del salón y escuchó por si oía voces, pero la habitación estaba en silencio. Se fue hacia la puerta de la valla que daba a la calle, corrió el pasador y salió. Cruzó la calle y se metió en el callejón entre la óptica y la panadería, allí se detuvo y dejó su mirada deslizarse por las viejas casas que se apoyaban unas contra otras. Luego se dio vuelta y regresó por el mismo camino. Perra, dijo para sus adentros. Perra, perra, perra. Atravesó la puerta. Se encendió un cigarrillo. Por una ventana abierta de la casa vecina salía música. Tiró el cigarrillo a medio fumar, lo pisó y pensó: Tengo que acordarme del cenicero. Atravesó el salón y fue a la cocina. Marion estaba planchando una blusa blanca. Temió que ella quisiera que hablaran, de modo que dijo que tenía sueño y que quería irse a dormir. Ella lo miró y sonrió. No te encuentras muy bien, ¿verdad que no?, preguntó. Sí, contestó él, lo que pasa es que estoy cansado. Pidió un cenicero. Ella fue a buscar uno y dijo que había dejado una almohada de más en su cama. Él puso su dedo pulgar en el antebrazo de ella, y ella lo miró casi suplicante, le pareció a él. Luego le dio las buenas noches y se fue.
Al día siguiente, durante el sepelio, se sentó entre Marion y el sobrino de su padre, Gustav. Marion llevaba un pañuelo en la mano, pero no lo utilizó. El pastor hablaba de un padre responsable y de la pena y la pérdida de los familiares, que se atenuarían con el tiempo, pero no desaparecerían del todo, pues así eran los vínculos de la sangre y la ley del amor. Al sonar las últimas notas del último himno, Bernhard abandonó a toda prisa la capilla y salió a la calle. Se encendió un cigarrillo, sólo le quedaban tres en el paquete y pensó: Tengo que acordarme de comprar más. Al cabo de un rato salió Marion acompañada de Oskar y Camilla. Bernhard miró hacia otra parte. Pensó en cómo había tomado a Camilla en el cuarto de la buhardilla la noche anterior; ella se había resistido, pero al final se rindió. Echó a andar por la acera. Marion lo llamó. Él se detuvo y se volvió. Puedes ir en el coche de Camilla, dijo ella. Tengo que comprar tabaco, contestó él.
Tomaré un taxi. Ella lo miró. Como quieras, dijo. Él se rió. ¿Qué pasa?, preguntó ella. Nada, contestó él, y siguió andando. Como quieras, como quieras, se dijo por dentro. Como quieras, como quieras. Se detuvo en un quiosco y compró dos paquetes de cigarrillos, luego paró un taxi. El taxista lo miró por el espejo, y al cabo de unos instantes dijo: ¿De fiesta en mitad de la semana? Sí, contestó Bernhard. ¿Boda? Sí, se casa mi hermana. Entonces habrá una buena juerga, ¿no? Pues sí, una buena juerga. Bernhard se acercó todo lo que pudo a la puerta de su lado del asiento trasero para que los ojos del taxista desaparecieran del espejo. Se quitó la pajarita negra y se la metió en el bolsillo, luego se desabrochó los dos últimos botones de la camisa. Disculpe, si puede pare aquí, señaló. Tengo que comprar tabaco. Iré andando el último trecho. Pagó. El taxista le dijo que se divirtiera. Bernhard se rió. Gracias, contestó.
Los invitados habían llegado. Algunos de ellos se acercaron a Bernhard, se presentaron y le dieron el pésame. Hablaban en voz baja y parecían preocupados. Bernhard se encendió un cigarrillo. Marion le sonrió y luego invitó a todos a que se sentaran. Bernhard se sentó junto a la mesa más pequeña. Charlotte, la hermana de su madre, se sentó junto a él. Quiero estar a tu lado, dijo ella. ¿Ah sí?, preguntó él. Marion y Camilla sirvieron el café. Había un cenicero en la mesa. Él apagó el cigarrillo. Bueno, bueno, dijo Charlotte. Él sostenía la fuente de canapés delante de ella. Ah, salmón ahumado, es mi comida favorita. Entonces toma dos, dijo Bernhard. Camilla se acercó y se sentó justo enfrente de él. ¿Puedo?, preguntó Charlotte. Claro, contestó Bernhard. Entonces lo haré, dijo ella, riéndose disimuladamente. Uno debe tomar lo que le apetece, afirmó Bernhard, colocando la fuente delante de Camilla. La miró y sus miradas se cruzaron. Ella sonrió. Él pensó: Si supieras... Comieron. ¿Sabías, Bernhard, preguntó Charlotte, que ahora soy yo la más vieja de la familia? ¿De veras?, dijo Bernhard. De modo que la próxima vez me tocará a mí. Eso no se sabe, replicó él. Claro que sí, repuso ella. Él no contestó. Charlotte puso una mano en su brazo. No creas que me importa, dijo. Bueno, si tú lo dices, señaló él. Miró a su alrededor. Nadie parecía ya preocupado. Volvió a sostener la fuente delante de Charlotte. Es el cuarto entierro al que acudo en lo que va de año, dijo ella. Incluido el de mis periquitos. Bernhard se rió. ¿Los periquitos? Sí, murieron hace dos meses. Eran un macho y una hembra: ella puso huevos, se comieron a sus hijos y se murieron. ¿Por comerse los huevos?, preguntó él. Supongo que sí, contestó ella. Va contra natura comerse a los propios hijos. Bernhard se rió. Tal vez estuvieran emparentados, señaló. ¿Quiénes?, preguntó Charlotte. Los dos periquitos, contestó él. ¿Por qué?, preguntó ella. No, por nada, respondió él. Le pareció que Camilla estaba mirándolo de modo que desvió la mirada tan rápidamente hacia ella que la mujer no tuvo tiempo de retirar la suya. Él sonrió, y ella le devolvió la sonrisa. La próxima vez le miraré los pechos, pensó. Marion se levantó y dio un golpe con la cucharita en la taza. Dijo que no pretendía pronunciar un discurso, pero que quería agradecerles a todos que hubieran acudido para honrar el recuerdo de su padre. No quería decir nada sobre sus sentimientos en un día como ese porque se echaría a llorar. Pero quería darles las gracias a todos una vez más, y esperaba que disfrutaran de ese sencillo convite. Se sentó, y por unos instantes los invitados permanecieron callados, la mayoría con la cabeza gacha. Y siguieron comiendo. Qué discursito más bonito, dijo Charlotte. ¿No vas a decir algo tú también? ¡No!, contestó él, en una voz tan alta y cortante que tanto Charlotte como Camilla lo miraron. Notó cómo la cara se le estaba poniendo rígida. Aplastó el cigarrillo a medio fumar en el cenicero. Charlotte le puso una mano en el brazo y él se apresuró a retirarlo. Encendió otro cigarrillo. Dijo su propio nombre para sus adentros varias veces. Camilla estaba sentada muy erguida, mirando fijamente el plato. Bueno, bueno, dijo Charlotte. Bernhard buscó en vano algo que decir. Cogió la fuente y se la acercó a Charlotte. No, gracias, Bernhard, dijo, es suficiente. Lo dijo de un modo tan dulce y tan amable que Bernhard notó que una ola le recorría el cuerpo. Y de repente recordó una frase que le había oído decir cuando era pequeño; se volvió hacia ella y dijo: ¿Te acuerdas...? Había una frase, una especie de retahíla que solías recitar cuando yo era pequeño y tú querías consolarme, empezaba con respira, corazón... ¿Te acuerdas? Charlotte sonrió. Sí, sí, me acuerdo. Respira, corazón, pero no estalles, tienes un amigo, pero no lo sientes. ¿Sabes una cosa? Bastaba..., yo era tan joven en aquella época... Era tanto para consolarme a mí misma como a ti. Era cuando yo vivía con vosotros, tú tenías... vamos a ver, estabas en tercero. ¿Viviste aquí con nosotros?, preguntó Bernhard. Sí, aproximadamente medio año. Pues no me acuerdo de eso, dijo Bernhard. Qué extraño, señaló Charlotte, tendrías unos nueve años. No recuerdo apenas nada, objetó Bernhard. Encendió un cigarrillo. ¿Sabes?, dijo Charlotte, me apetece muchísimo un cigarrillo. No fumo, sólo en raras ocasiones. Le ofreció el paquete y luego le dio fuego. ¿Quieres tú uno?, le preguntó a Camilla. Gracias, contestó ella. Lo miraba mientras él le daba fuego. Él dejó de mirarla. Perra, pensó, espera y verás. Camilla dijo: ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? Hasta mañana, contestó él, luego añadió: No lo sé. Y pensó: ¡Ahora!, y le miró los pechos. Acto seguido echó la silla hacia atrás y se levantó. Sin mirar a nadie colocó la silla en su sitio y se marchó. Lo he hecho, pensó, lo he hecho. Subió al cuarto de la buhardilla, se quitó el traje negro y se tumbó en la cama. Allí la tomó por la fuerza.
Bernhard se despertó en mitad de un sueño. El sol entraba oblicuamente por la ventana. Se vistió y abrió la puerta. Todo estaba en silencio. Bajó la escalera. La puerta que daba al jardín trasero estaba cerrada; la abrió con la llave y salió. El aire no se movía, pero sobre la montaña al este había una gran nube. Se sentó junto a la mesa de hierro forjado para vigilarla. La nube no se acercaba. Pensó: Es como si todo estuviera como antes, como si nada hubiera pasado.
Un poco más tarde —seguía sentado contemplando la nube que no se acercaba— oyó pasos detrás de él. Era Marion. Ah, estás aquí, dijo. Esa nube lleva casi media hora en el mismo sitio, dijo él. Estaría bien si lloviera un poco más, dijo ella. No se mueve, dijo él. Marion se metió un dedo en la boca y luego lo levantó al aire. No hay nada de viento, indicó. Permanecieron un rato callados. ¿Te apetece tomar algo?, preguntó Marion. ¿Como qué?, preguntó él. ¿Una copa de vino?, propuso ella. Con mucho gusto, gracias, dijo él. Ella se levantó y entró en la casa. Él se metió un dedo en la boca, y luego lo levantó al aire. Seguro que quiere hablar, pensó. Ella salió con una botella de vino y dos copas altas. Qué copas tan bonitas, comentó él. Me las ha regalado Oskar, señaló ella. No quiero hablar de Oskar, pensó él. Bebieron. Bernhard encendió un cigarrillo. Desapareciste de repente de la mesa, dijo Marion. ¿Pasó algo? No, contestó, nada, sólo que empezó a dolerme muchísimo la cabeza. Muchos recuerdos para ti de la tía Charlotte, dijo Marion. Él se rió y dijo: Ella es ahora la mayor de la familia, y la siguiente que va a morir, va a un entierro tras otro, y sus periquitos se murieron por comerse a sus hijos. Marion sonrió. Es encantadora, dijo, se parece a mamá. Bernhard: Me dijo que estuvo viviendo aquí en casa durante medio año cuando mamá estaba enferma. Sí, claro, contestó Marion, fue el año en que empecé a ir al colegio. Mamá estuvo hospitalizada. ¿Qué le pasaba? No lo sé exactamente, algo de los nervios. Qué raro que no me acuerde, dijo Bernhard. Tal vez no la echabas de menos, dijo Marion. Él no contestó. Bebió. Marion le sirvió más vino. ¿Te duele la cabeza a menudo?, preguntó. No, contestó él. Aunque sí, de vez en cuando. Tiró el cigarrillo y encendió otro. Mira, dijo, la nube sigue sin moverse. Camilla me ha dicho que te vas mañana, señaló Marion. Sí, contestó. Qué pena, dijo ella. Tengo que volver a mi trabajo. Bebió. Es un buen vino, dijo él. Al cabo de un rato la miró de reojo: estaba sentada mirándose las manos en el regazo, moviendo imperceptiblemente la cabeza. Por fin dijo ella, sin levantar la vista: No quieres hablar, ¿verdad que no? Pero si estoy hablando, contestó él. Sabes muy bien a lo que me refiero, dijo ella. Él no contestó. Me sentí tan feliz al verte, dijo ella, pero a lo mejor tú ni te diste cuenta. Él no contestó. No sabía qué decir. Luego dijo: Vine sólo por ti. Pensé... Se levantó. No te vayas, dijo Marion. No me voy, contestó él. ¿Qué pensaste?, preguntó ella. Él no contestó. Al cabo de un rato dijo: No puedo remediar ser como soy. Si por ejemplo mato a alguien, no es por mi culpa, pero no mato a nadie porque no soy así. Todo lo que hago lo hago porque soy como soy, y no es mi culpa ser así. Los demás pueden decir lo que les dé la gana. ¿Lo entiendes? Tomó la copa y bebió. Luego encendió un cigarrillo. Se acercó al macizo de flores y se quedó mirando la tierra seca. Luego miró la nube sobre la montaña, le pareció que había menguado. Se volvió hacia Marion: estaba sentada, inclinada hacia delante, haciendo girar la copa sobre la mesa. Él se sentó. Yo también puedo sentirme desesperada, dijo Marion. Sí, contestó él. Pero ahora estarás más a gusto, ¿no? Ella lo miró. Ahora que ha muerto nuestro padre, quiero decir. ¡Pero Bernhard! Él se rió. De acuerdo, dijo, entonces no hablemos más de ello. Vaya regar las flores.
Más tarde, mientras comían, se levantó un viento que hizo que se movieran las cortinas, y cuando se levantaron de la mesa se oían truenos. Bernhard salió al jardín. Brillaba el sol, pero al norte el cielo al norte estaba oscuro, y percibió truenos en la lejanía. Se sentó junto a la mesa de hierro forjado; tenía la cara vuelta hacia el norte y esperaba a la lluvia. Llegó un nuevo rayo y él pensó en la vieja expresión: como un rayo en cielo raso. Luego pensó: Pero eso es imposible, un rayo en cielo raso es imposible. En ese instante Marion lo llamó por su nombre. Estaba en la puerta abierta. Voy un momento a casa de Camilla, dijo ¿te quedas aquí? Él asintió con la cabeza. Ella le dijo adiós con la mano y se fue. Un par de minutos después él se levantó y entró. La llamó por su nombre. Luego subió la escalera y entró en la habitación de Marion. La cama estaba hecha, y de los respaldos de las sillas no colgaba ninguna prenda. Se acercó a la cómoda y se quedó contemplando la foto de sus padres. Pensó: Me parezco más a él que a mi madre. Permaneció unos instantes más delante de la foto, sintiendo algo por dentro que pensaba que iría creciendo, pero no fue así. Luego abrió el primer cajón de la cómoda, echó un vistazo y volvió a cerrarlo. Lo hizo sin más. Y luego hizo lo mismo con el segundo cajón empezando por arriba y con el segundo desde abajo. El cajón de abajo del todo estaba cerrado. No tenía llave. Sacó el segundo cajón empezando por abajo y lo dejó en el suelo. Miró por el hueco y vio una cartera, un montón de cartas atadas con una goma, dos cajitas, una agenda y una funda de gafas. Y un poco apartado de todo lo demás, un diario. Metió la mano y sacó el montón de cartas; todas iban dirigidas a su padre, volvió a colocarlas donde estaban. Miró hacia la puerta abierta y se quedó escuchando, luego cogió la cartera y la abrió. Había siete billetes de mil coronas. Volvió a dejar la cartera exactamente en el lugar de donde la había tomado. Levantó el diario; debajo había una revista porno. Abrió el diario. Era de Marion. Volvió a dejarlo donde estaba y cogió el cajón del suelo. Permaneció un rato con él en las manos, estaba lleno de ropa interior, luego volvió a dejarlo en el suelo. Cogió el diario, lo hojeó hacia atrás, hasta lo último que ella había escrito. Miércoles, 17 de agosto. Ha llegado Bernhard, no lo esperaba. Me da mucha pena, aunque no sé muy bien si hay motivos para ello. Preguntó tanto a Oskar como a Camilla si conocían bien a papá. Camilla dice que hay algo siniestro en él, por ejemplo, en la manera de reírse, pero Oskar dice que le parece una persona completamente normal. Supongo que quiere consolarme.
Bernhard cerró el diario y lo colocó de manera que tapara la revista porno. Luego empujó el cajón hasta encajarlo bien y salió rápidamente de la habitación. Se detuvo en la entrada y encendió un cigarrillo. Abrió la puerta de la calle y salió a la escalera exterior. Como una persona completamente normal, pensó. Luego pensó: No me ven, nadie me ve. Al cabo de un rato unos jóvenes llegaron andando por la calle; él tiró el cigarrillo, atravesó la casa y salió al jardín, donde se sentó junto a la mesa de hierro forjado. Seguro que se trae a Camilla, pensó, así no tendrá que estar conmigo a solas.
Ella no llegó hasta que el sol se hubo puesto y él ya había arrancado casi toda la mala hierba de la huerta. El trabajo de jardinería lo había calmado, los pensamientos lo habían desviado hacia caminos pacíficos más allá del aquí y el ahora, y cuando la oyó llegar, levantó la cabeza y sonrió. Qué bonito lo estás dejando, dijo ella en una voz baja y cálida. Él sintió una ola por dentro. Sí, contestó. Ella permaneció en el mismo lugar, sin decir nada más. La ola rodaba en su interior. Era incapaz de levantar la vista. Acabo enseguida, dijo. Vale, contestó ella, y se fue.
Ella volvió a salir mientras él estaba lavándose las manos bajo el grifo. Llevaba una botella de vino y dos copas altas. Estuvieron sentados durante el crepúsculo bebiendo vino a pequeños sorbos y diciendo pequeñas palabras sobre pequeñas cosas. La oscuridad llegaba. Por fin no ha llovido, dijo Bernhard. No importa, repuso Marion. Tú has regado. Sí, dijo él. La miró, las facciones de su cara estaban casi borradas. Ella dijo: Empieza a refrescar. Creo que me voy a meter. ¿Tú te quedas? Él asintió con la cabeza. Un rato más, contestó.

Kjell Askildsen - "La capelina"

Posted by La mujer Quijote in ,

Este cuento se encuentra recogido en los "Cuentos reunidos".
La versión es la de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Estaban los dos leyendo, llevaban mucho tiempo sin decirse nada y ella de repente dijo:
—Cuando lleguemos a Yugoslavia me compraré una de esas capelinas que no me compré el año pasado.
—¿Por qué página vas? —preguntó él.
—Por la treinta y tres. ¿Por qué?
—No, por nada.
Ella no dijo nada más y siguió leyendo. Por razones que desconocía, él se acordó de repente de un diálogo que había escuchado la noche anterior a través de la ventana abierta. Primero una voz de hombre desde la calle: «No me da la gana seguir intentando ligar contigo». Luego una voz de mujer desde una ventana (pensó él): «¿Por qué no?». «Porque nunca consigo nada». Solo eso, ni una palabra más.
Ella leía. Él tenía el libro abierto, pero no leía; la estaba mirando. ¿Qué es lo que le ha hecho acordarse de una capelina?, pensó.
Al cabo de un rato, ella dejó el libro.
—Voy a hacerme un huevo frito —dijo—. ¿Quieres uno?
—No, gracias. —A él no le gustaban los huevos fritos.
Ella fue a la cocina, y él aprovechó para coger el libro y abrirlo en la página treinta y tres. No encontró nada que razonablemente pudiera dar lugar a asociaciones con una capelina. Ni con Yugoslavia. No soy capaz de entenderla, pensó, creía que la conocía, pero cada vez me cuesta más entenderla. Decidió leer las páginas anteriores a la treinta y tres, tal vez la clave estuviera ahí, pero en ese momento ella volvió por un cigarrillo, y él dejó rápidamente el libro. Se sentía como un mirón y pensó que ella lo había visto hojear el libro, por eso dijo:
—¿Es emocionante?
—¿Emocionante? Interesante.
—¿De qué trata?
—De alguien que quiere algo diferente... no sé cómo explicarlo... de una mujer que cree que está bien y a gusto, pero que, sin embargo, añora otra cosa. Y no sabe muy bien por qué, pero lo cierto es que lo sabe. Bueno, los problemas que suele tener la gente.
—¿La gente?
—¿Sí?
—Yo no.
—Tú no.
—¿Yo no soy la gente?
—¿Qué quieres decir con eso? ¡Ay, el huevo frito!
Iba camino de la cocina, de repente se volvió y cogió el libro. Él no siguió leyendo. ¿Qué ha querido decir con tú no?, pensó. Intentó interpretar la manera en la que lo dijo, pero no lo consiguió. Voy a leer ese libro, pensó. Ella volvió, se había comido el huevo frito en la cocina; a él se le antojó como algo raro, solía llevarse la cena al salón.
Se lo preguntó:
—¿Por qué has cenado en la cocina?
—¿Cómo?
—Has cenado en la cocina —dijo él.
—Sí, ¿y qué?
—Sueles cenar aquí.
—¿Ah, sí? Pues no, ceno a menudo en la cocina. ¿Qué te pasa? Sabes que ceno muchas veces en la cocina.
Él no contestó. Se quedó pensando, pero no entendía que ella pudiera tener razón. Sabes que ceno muchas veces en la cocina. Eso no era verdad.
—Creo que voy a acostarme —dijo ella.
Él la miró, sin responder. Ella lo miró, y dijo, muy tranquila, casi sin mostrar ninguna emoción:
—Creo que voy a volverme loca.
—¿Qué?
—Digo que creo que voy a volverme loca.
—Tal vez.
Ella lo miró, su mirada se endureció, pero solo por un instante.
—Tal vez —dijo ella.
Él la miró, su mirada era fría y lo sabía, aunque notaba por dentro una especie de acaloramiento e intranquilidad.
—Tal vez —repitió él—. ¿Y en qué consiste esa locura? Vio cómo se levantaban sus hombros. Luego volvieron a bajar.
—Buenas noches —dijo ella. Se quedó inmóvil un instante, y se marchó.
Él tenía la sensación de que ella le estaba haciendo trampas, de que se retiraba con una especie de victoria. Se sentía un perdedor y se enfureció.
¡Maldita mujer!, pensó ¡Qué se habrá creído! ¡Querer hacerse la interesante inventándose de repente una locura!
Se fue tranquilizando poco a poco, pero no del todo. Fue a la cocina y cogió una cerveza de la nevera. Eran las diez menos cuarto. Volvió al salón, se sentó, se levantó, se puso a pasear por la alfombra verde, parándose de vez en cuando a beber un trago de cerveza, mientras se le ocurrían pensamientos contradictorios. ¡Como si tuviera algo de qué quejarse!, pensó.
Ella quiere algo diferente. De una mujer que cree que está bien y a gusto, pero que, sin embargo, añora otra cosa. Bueno, los problemas que suele tener la gente.
El mundo de sus asociaciones se había convertido de repente en algo distinto. Algo inocente y sin importancia en algo complicado, algo serio. Creo que vaya volverme loca. De una manera u otra lo habrá dicho en serio, pero ¿de qué manera? Fue por otra botella de cerveza, descartó la posibilidad de que tal vez ella se hubiera enterado de algo sobre Anne, por ejemplo, o sobre Lucy. Sería demasiado improbable, ella no conocía a nadie de esos círculos, y él había tomado toda clase de precauciones.
No lo entendía, se acabó la botella y apagó las luces.
Ella estaba en la cama, leyendo. Apenas levantó la mirada antes de volver a concentrarse en el libro. Él hizo como si nada. Pensó: Hace como si nada, bueno, me da igual, por mí puede hacer lo que quiera.
Se acostó, apagó la lámpara de la mesa de noche, le dio la espalda y le deseó buenas noches.
—Buenas noches— contestó ella.
Él no conseguía conciliar el sueño. Al cabo de un rato se dio cuenta de que ella no pasaba las páginas del libro. Se quedó escuchando para estar completamente seguro. En efecto, no pasaba las páginas. Pensó que se había dormido y se estiró para apagar la lámpara del otro lado, pero ella tenía los ojos abiertos y se encontró con su mirada por encima del libro. Lo miró muy tranquila, sin embargo había algo en su mirada que lo hizo sentirse inquieto, algo a la vez distante y escrutador.
—¿Te molesta que lea? —preguntó ella—. ¿Quieres que apague la luz?
—No, no —contestó él—. Solo pensaba que... No estás leyendo.
—Claro que estoy leyendo. ¿No lo ves?
Él le arrancó el libro de la mano y miró el número de la página. Treinta y ocho. Le devolvió el libro, sin decir nada.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó ella.
—Has leído cinco páginas desde que te levantaste a freír un huevo — dijo él.
—Entremedias pienso.
—¡Ya lo veo, ya!
—Me recuerdas a mi padre —dijo ella.
Él tardó bastante en responder, luego dijo:
—Creía que él te gustaba.
—¿Eso creías? Pues lo quería.
¡Qué cosa tan rara! ¡Qué coño quería decir con eso!
—¡Ja, ja! —se rió él y le dio la espalda.
—Mi padre jugaba siempre a ser Dios —dijo ella—. No sé si entiendes lo que quiero decir.
—¡No! —dijo él—o ¡Ni tampoco me interesa! ¡Y ahora me gustaría dormir!
—Sí, claro. Que duermas bien.
Una terrible ira se apoderó de él, de repente se levantó, arrancó el edredón, la almohada y la sábana, cerró la puerta tras sí con un gran estallido y se fue al salón. Tiró las cosas en el sofá, encendió la luz del techo y fue a pasos de gigante a la cocina por otra botella de cerveza. Me recuerdas a mi padre.
Siempre jugaba a ser Dios.
Un rato después fue por otra botella y pensó: Mañana no iré a la oficina, para que vea la que ha liado.
Por fin se durmió.
Se despertó con sol en la cara. Durante uno o dos segundos estuvo desorientado, luego se acordó de todo.
Se levantó y entró sin hacer ruido en el dormitorio por su ropa; ella no se despertó. Se preparó un sencillo desayuno, luego se metió en el coche y condujo hacia el centro. La empresa de electricidad en la que trabajaba disponía de plazas de aparcamiento para los niveles superiores del personal administrativo en un solar de derribo a solo un par de minutos de la oficina, lo que había contribuido a convertirla en un atractivo lugar de trabajo.
Tuvo una mañana muy ajetreada y no pensó mucho en lo que había pasado, pero ya de camino a casa le volvió todo con tanta fuerza que por un instante barajó la posibilidad de castigarla con cenar fuera. Pero, aunque opinaba que ella se lo merecía, pensó que eso no sería más que un aplazamiento que a ella le daba ventaja. Y no quería concederle ese placer.
Abrió la puerta de casa, y lo que se encontró se parecía sorprendentemente a lo que solía encontrarse. Ella se mostró amable, y la comida estaba preparada, chuletas de cerdo con col estofada. Primero se sintió aliviado, luego indignado. Primero participó en la pequeña conversación sobre temas cotidianos, luego se calló.
—¿Pasa algo? —preguntó ella, pero no preocupada, simplemente como si hubiera dicho: «¿Quieres más patatas?».
Él decidió no contestar. Luego dijo:
—¿Qué iba a pasar?
—Solo lo pregunto.
Y no dijeron nada más. Después de comer fue a echarse la siesta, como hacía siempre. ¿Qué pasa?, pensó. La sigo queriendo, ¿no?
No se durmió, pero permaneció acostado más tiempo de lo normal. No sabía para qué se iba a levantar.
Ella solía entrar a despertarlo a la media hora, para que la siesta no le estropeara el sueño nocturno. Ese día no entró.
Cuando hubo transcurrido una hora se levantó. Ella no estaba en el salón. Había una nota sobre la mesa baja: «Voy a dar un paseo, Eva».
Conque esas tenemos, pensó, se ha ido a dar un paseo así, sin más.
Estaba acostumbrado a que le sirvieran café después de la siesta. Fue a la cocina y puso la cafetera.
De repente se acordó del libro. Quería leer lo que ella había leído. Se puso a buscarlo. Primero en el salón, luego en el dormitorio, y al final en la cocina. No lo encontró. Miró en los cajones, detrás de los libros de la estantería, en los armarios de la cocina, pero sin resultado.
Se tomó dos tazas de café. Ella no llegaba.
Dio vuelta la nota de la mesa del salón y escribió: «Voy a dar un paseo, Harry».
Fue a dar un paseo. Se encaminó hacia el parque, pero cambió de idea, porque no era improbable que Eva estuviera allí: podría pensar que la estaba buscando.
Se metió por un callejón y fue en dirección norte. Luego anduvo al tuntún pensando en él mismo, hasta que cayó en la cuenta de que debería haberse quedado en casa; habría estado mucho mejor sentado impertérrito en el sofá cuando ella volviera.
Se apresuró a llegar a su casa.
Ella estaba sentada en el sofá, impertérrita. Levantó la vista del libro y sonrió. Luego siguió leyendo. Pero era otro libro, él vio enseguida que era mucho más gordo que el que estaba leyendo la noche anterior.
Sopesó la victoria contra la derrota y pensó que lograría dominar la situación. Abrió el grifo del agua fría y la dejó correr mientras se estudiaba la cara y pensaba: No tiene motivos para quejarse, ¡de qué coño puede quejarse!
Cerró el grifo y fue a toda prisa al salón. Dijo:
—¡Si tienes tantos motivos de queja, puedes marcharte!
Ella lo miró, primero interrogante, luego con esa mirada dura que había visto en ella la noche anterior.
—¿Marcharme? —preguntó—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Si no estás bien aquí, puedes marcharte, ¿no te parece?
—¿Ah, sí? ¿Puedo? ¿Adónde?
—Adonde sea.
Ella dejó el libro abierto boca abajo, como él había aprendido que no se deben dejar los libros. Luego dijo:
—¿Por qué no te sientas?
—Gracias. Estoy bien de pie.
—Por favor, siéntate Harry.
Él se sentó, se miró las manos y empezó a rascarse la uña del pulgar izquierdo.
—Tenemos que hablar —dijo ella. Él no contestó.
—¿No podemos hablar? —dijo ella.
—Habla.
—Hablar los dos, Harry.
Él seguía rascándose la uña del pulgar.
—Me siento muy aislada, Harry. Sé lo que acordamos, pero entonces... entonces no sabía lo que era estar en casa todo el día. No me malinterpretes, no tengo nada en contra de lo que hago, pero no es suficiente... estoy en casa todo el día, y me siento..., así que esta mañana he solicitado un trabajo y me han aceptado, he dicho que sí, aunque puedo no tomarlo, pero he dicho que puedo empezar el día uno.
Se hizo una larga pausa, luego él dijo:
—¿Ah, sí?
—Creo que tengo que aceptar ese trabajo, Harry.
—¿Ah, sí? En ese caso no tengo nada que decir al respecto, ¿no?
—No entiendes nada. Tú también te alegrarás.
—Ahora resulta que no sé lo que me conviene, ¿es eso lo que quieres decir?
—No sabes cómo me siento.
—Crees que vas a volverte loca.
Ella dijo, con una voz que ya no era insistente, sino con un timbre duro y frío que le hizo sentirse perplejo:
—¡Ni se te ocurra no tomarme en serio! ¡Ni se te ocurra! Él comprendió que se había pasado de la raya, aunque era incapaz de reconocerlo abiertamente. De modo que no dijo nada. Pero de repente se sintió muy inseguro e intranquilo.
Se hizo un largo silencio. Él la miró de pasada; lo último que ella había dicho aún estaba grabado en su rostro: era una expresión agresiva y cerrada a la vez.
—¿Qué tipo de trabajo es? —preguntó por fin.
—En los Grandes Almacenes. —Su voz era fría e irreconciliable—. En la sección de utensilios de cocina.
Al fin y al cabo los clientes son sobre todo mujeres, pensó él.
—Esto me toma de sorpresa —dijo él—. Habíamos llegado a un acuerdo.
—Ya lo sé. Pero eso fue entonces. Además, dijiste que mis ingresos se los comerían los impuestos.
—Y a ti te parecía maravilloso ser ama de casa.
—Sí, lo creía. Los dos nos equivocamos.
—Eso no nos hará más ricos, si es lo que crees.
—Al menos no seremos más pobres.
Ella hablaba como si ya se hubiera informado, y él no insistió. Ella hablaba de otro modo; ese tono medio interrogante detrás de sus palabras, al que él estaba acostumbrado y que tanto le gustaba, había desaparecido.
De pronto supo que había perdido. No podría impedirle que hiciera lo que quisiera. Él podía elegir entre ser contravenido o ser complaciente de tal modo que no tuviera sensación de derrota.
Reflexionó, luego se levantó y dijo:
—¿Quieres una cerveza?
—¿Ahora? No, gracias.
Él volvió de la cocina, dejó la botella y el vaso sobre la mesa del salón, y se quedó de pie.
—Sé que esto es importante para ti, y sabes que siempre he querido tu bien, aunque a lo mejor no siempre he sabido lo que realmente te convenía.
Ella lo interrumpió:
—¿Y yo qué?
Él no sabía a qué se refería, pero esa manera tan impaciente en la que lo dijo lo ofendió. ¡Estaba a punto de cumplir lo que ella tanto deseaba, y lo interrumpía de esa manera!
Alzó los hombros, luego echó cerveza en el vaso; todavía seguía de pie.
—Perdona —dijo ella—. Te he interrumpido.
Él bebió.
—Da lo mismo —dijo por fin—. Lo que quería decir era que creo que
debes tomar ese trabajo, aunque vas a hacerlo diga yo lo que diga.
Su mirada se encontró con la de ella, era una mirada extraña, se sentía incapaz de interpretarla. Miró hacia otro lado y bebió. Luego esperó, pero ella no dijo nada. Siguió esperando, bebió otro trago, vació el vaso y volvió a llenarlo.
Por fin ella dijo, mirándose el regazo, con una voz que tampoco supo interpretar; sonaba extrañamente hueca, como si las palabras llegaran desde muy lejos, o casi desde ninguna parte:
—Sabes que no lo habría hecho si no te hubiera parecido bien.

Kjell Askildsen - "La señora M."

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La versión es la de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.
Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del piso y deja la compra en la entrada, es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.
Pero una vez que la oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y me había dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el diván. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que sólo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena, sólo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina. «Por si la necesita», dijo.
Y se marchó. Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije: «Qué buena persona es usted». «Bueno, bueno», dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda. «Esto le irá bien», dijo, y añadió: «Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad». Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.
La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije: «Ahora estoy bien, gracias a usted». «Bueno, no se ponga solemne —me interrumpió—, todo ha ido perfectamente». En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado un desgraciado rumbo. «Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera —contestó—, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo». Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir: «Me temo que piensa demasiado bien de mí». «Oh, no —contestó—, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo». Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije: «Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?». «Ah sí, muy mayor. Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla». A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también. «Supongo que usted también es así», dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano. Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró muy atenta durante unos instantes, luego sonrió y dijo: «Justo lo que me figuraba, debería usted haber muerto hace mucho tiempo».

Kjell Askildsen - "Los perros de Tesalónica"

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Este cuento pertenece al volumen "Los perros de Tesalónica" de 1996.
La versión es la de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Tomamos el café de la mañana en el jardín. Apenas hablamos. Beate se levantó y colocó las tazas en la bandeja. Será mejor subir los sillones a la terraza, dijo. ¿Por qué?, pregunté yo. Seguro que va a llover, contestó. ¿Llover?, dije, no hay ni una nube en el cielo. Hace bochorno, ¿no te parece? No, contesté. Tal vez me equivoque, repuso ella. Subió a la terraza y entró en el salón. Yo seguí sentado un cuarto de hora más, luego me subí un sillón a la terraza. Permanecí unos instantes contemplando el bosque al otro lado de la valla, pero no había nada que ver. A través de la puerta abierta de la terraza oí canturrear a Beate. Seguro que ha oído el parte meteorológico, pensé. Volví a bajar al jardín y me acerqué a la parte delantera de la casa, al buzón junto a la puerta negra de hierro forjado. Estaba vacío. Cerré la puerta, que por alguna razón se había quedado abierta; entonces vi que alguien había vomitado justo al lado. Me sentí indignado. Coloqué la manguera en el grifo de la pared, lo abrí a tope y luego arrastré la manguera hasta la puerta. El chorro no dio del todo en el blanco, y una parte del vómito salió disparada hacia el jardín, el resto se dispersó por el asfalto. No había cerca ningún sumidero, de modo que sólo conseguí alejar la sustancia amarillenta unos cuatro o cinco metros de la puerta. Pero fue un alivio conseguir apartar un poco aquella porquería.
Después de cerrar el grifo y enrollar la manguera, ya no supe qué hacer. Subí a la terraza a sentarme. Al cabo de unos minutos oí a Beate canturrear de nuevo; sonaba como si estuviera pensando en algo en lo que le gustaba pensar, supongo que creía que no la oía. Tosí, y se hizo el silencio. Ella salió y dijo: ¿Estás aquí? Se había maquillado. ¿Vas a salir?, pregunté. No, contestó. Me volví hacia el jardín y dije: Algún idiota ha vomitado justo delante de la puerta. ¿Ah sí?, dijo ella. Qué asco, exclamé yo. Ella no contestó. Me levanté. ¿Tienes un cigarrillo?, preguntó. Le di uno, y también fuego. Gracias, dijo. Bajé de la terraza y me senté junto a la mesa del jardín. Beate se quedó en la terraza fumando. Tiró el cigarrillo a medio fumar a la gravilla delante de la escalera. ¿Por qué haces eso?, pregunté. Se acabará consumiendo, contestó. Se metió en el salón. Me quedé mirando fijamente el fino hilo de humo que subía del cigarrillo, quería verlo consumirse del todo. Un momento después me levanté, presa de una sensación de desamparo. Bajé hasta la valla, crucé la estrecha franja de césped y me adentré en el bosque. Enseguida me senté en un tocón, casi oculto tras unos matorrales. Beate salió a la terraza. Miró hacia donde estaba sentado y me llamó. No puede verme, pensé. Ella volvió a bajar al jardín y dio la vuelta a la casa. Subió de nuevo a la terraza. Volvió a mirar hacia donde yo estaba. Es imposible que me vea, pensé. Ella se dio vuelta y se metió en el salón. Yo me levanté y continué adentrándome en el bosque.
Cuando estábamos sentados a la mesa, Beate dijo: Ahí está de nuevo. ¿Quién?, pregunté. El hombre, contestó, ahí, en la orilla del bosque, junto al gran... No, ha vuelto a desaparecer. Me levanté y me acerqué a la ventana. ¿Dónde?, pregunté. Junto al pino grande, contestó. ¿Estás segura de que era el mismo hombre?, pregunté. Creo que sí, respondió. Ahí ya no hay nadie, dije. Desapareció, repuso ella. Volví a la mesa y dije: A esa distancia no puedes haber visto si se trataba del mismo hombre. Beate no contestó enseguida, luego señaló: A ti sí te habría reconocido. Eso es diferente, dije. A mí me conoces. Comimos en silencio. Luego ella preguntó: Por cierto, ¿por qué no contestaste cuando te llamé? ¿Me llamaste?, pregunté yo. Te vi, contestó ella. ¿Por qué diste la vuelta a la casa?, pregunté. Para que no pensaras que te había visto, respondió. Pensé que no me habías visto, repuse. ¿Por qué no me contestaste?, volvió a preguntar. ¿Para qué iba a contestarte si pensaba que no me habías visto?, pregunté yo. Podría haber estado en otro lugar. Si no me hubieras visto, o si no hubieras hecho como si no me vieses, no habría habido ningún problema. Cariño, dijo ella, no hay ningún problema.
No dijimos nada más en un rato. Beate no paraba de volver la cabeza hacia la ventana. Dije: Al final no ha llovido. No, repuso ella, la lluvia se hace rogar. Dejé los cubiertos en la mesa, me recliné en la silla y dije: ¿Sabes? A veces me irritas. ¿Ah sí?, contestó ella. Nunca admites que te has equivocado, señalé. Sí que lo hago, respondió ella. Me equivoco a menudo. Todo el mundo se equivoca. Absolutamente todos. Me limité a mirarla, y noté que ella se daba cuenta de que se había pasado. Se levantó, cogió la salsera y la fuente vacía de verduras y se metió en la cocina. No volvió a salir. Yo también me levanté, me puse la chaqueta y me quedé un momento escuchando, pero reinaba un silencio total. Bajé al jardín, di la vuelta a la casa y salí a la calle. Me dirigí hacia el este, alejándome de la ciudad. Notaba que estaba alterado. Los jardines de los chalés de ambos lados de la calle estaban vacíos, y no se oían más ruidos que el regular murmullo de la autovía. Dejé atrás las casas y me adentré en la gran explanada que va hasta el fiordo.
Llegué al fiordo, a un pequeño café al aire libre, y me senté junto a una mesa a la orilla del agua. Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. Tenía calor, pero no me quité la chaqueta, pues suponía que la camisa tendría manchas de sudor en las axilas. Todos los demás clientes estaban a mis espaldas; delante de mí se extendía el fiordo y las lejanas colinas cubiertas de árboles. El murmullo de las voces y el suave gorgoteo del agua entre las piedras de la playa me sumió en un estado de ausencia adormecida. Mis pensamientos seguían caminos aparentemente carentes de lógica, y no eran desagradables, al contrario, sentía un inusual bienestar, y por eso resultó aún más incomprensible que de repente y sin ninguna transición perceptible me invadiera una sensación de angustioso abandono. Había algo absoluto, tanto en la angustia como en el abandono, algo que de alguna manera ponía el tiempo en suspenso. En realidad, no creo que pasaran más de unos cuantos segundos hasta que los sentidos se me corrigieron y me devolvieron al allí y al entonces.
Volví a casa por el mismo camino por el que había llegado, atravesando la gran explanada. El sol se estaba acercando a las montañas del oeste; sobre la ciudad se había posado una capa de neblina, y el aire ni se movía. Noté dentro de mí una especie de desgana por volver a casa, y de repente pensé, y fue un pensamiento nítido y claro: Ojalá estuviera muerta.
Pero seguí. Atravesé la puerta y me dirigí a la parte posterior de la casa. Beate se había sentado junto a la mesa del jardín; justo enfrente de ella estaba su hermano mayor. Me acerqué a ellos, me sentía muy tranquilo. Intercambiamos algunas palabras rutinarias. Beate no me preguntó dónde había estado, y ninguno de los dos me invitó a acompañarlos en la charla, algo que, de todos modos, habría rechazado con cualquier pretexto.
Subí al dormitorio, colgué la chaqueta y me quité la camisa. El lado de la cama de Beate estaba sin hacer. En la mesa de noche había un cenicero con dos colillas, y junto al cenicero, un libro abierto. Cerré el libro; me llevé el cenicero al baño, eché las colillas al váter y tiré de la cadena. Luego me desnudé y abrí el grifo de la ducha, pero el agua no terminaba de salir caliente y la ducha fue diferente y mucho más corta que lo que me había imaginado.
Mientras me vestía delante de la ventana abierta del dormitorio, oí cómo Beate se reía. Acabé rápidamente y bajé al sótano; por el ventanuco podía observarla sin ser visto. Estaba reclinada en el sillón, con el vestido muy levantado sobre los muslos separados, y las manos detrás de la nuca, lo que hacía que se tensara la fina tela sobre sus pechos. Había en su postura una indecencia que me excitaba, y esa excitación se veía reforzada por el hecho de que se mostrara así ante los ojos de un hombre, aunque fuera su hermano.
Permanecí un rato contemplándola; no nos separaban más que siete u ocho metros, pero con las plantas de los macizos delante del ventanuco del sótano estaba seguro de que ella no podía verme. Intenté adivinar lo que estaban diciendo, pero hablaban demasiado bajo, sorprendentemente bajo en mi opinión. Entonces ella se levantó, y yo subí rápidamente la escalera del sótano y me metí en la cocina. Abrí el grifo del agua fría y cogí un vaso, pero ella no llegaba, así que volví a cerrar el grifo y dejé el vaso en su sitio.
Cuando me hube calmado, fui al salón y me senté a hojear una revista de tecnología. El sol se había puesto, pero aún no hacía falta encender la luz. Pasaba las páginas hacia delante y hacia atrás. La puerta de la terraza estaba abierta. Encendí un cigarrillo y oí un avión en la lejanía, por lo demás, todo estaba en silencio. Volví a ponerme nervioso y salí al jardín. No había nadie. La puerta de la valla estaba abierta. Me acerqué a cerrarla. Pensé: Seguro que está entre los arbustos observándome. Volví a la mesa del jardín, coloqué el sillón de espaldas al bosque, y me senté. Me convencí a mí mismo de que si alguien hubiera estado mirándome desde el sótano, yo no lo habría descubierto. Me fumé dos cigarrillos. Empezaba a anochecer, pero el aire inmóvil era templado, casi cálido. Sobre la colina al este se posó un pálido gajo de luna, eran algo más de las diez. Me fumé otro cigarrillo. De repente, oí un débil crujido procedente de la puerta de la valla, pero no me volví. Ella se sentó y dejó un ramillete de flores silvestres en la mesa del jardín. Qué noche tan deliciosa, dijo. Asentí. ¿Tienes un cigarrillo?, preguntó. Le di uno y también fuego. Luego dijo con esa voz de impaciencia infantil a la que tanto me ha costado siempre resistirme: Voy por una botella de vino, ¿te parece? Y antes de que me diera tiempo a decidir lo que iba a responder, ella se levantó, cogió las flores y se apresuró por el césped hacia la escalera. Pensé: Ahora hará como si nada hubiera pasado. Luego pensé: En realidad, no ha pasado nada. Nada que ella sepa. Y cuando volvió con el vino, dos copas y además un mantel de cuadros azules y blancos, me había serenado casi del todo. Ella había encendido la luz de la terraza y yo me coloqué el sillón de espaldas al bosque. Beate llenó las copas y bebimos. Mmm, dijo ella, delicioso. El bosque se levantaba como una silueta negra contrastando con el cielo azul pálido. Qué silencioso está esto, señaló ella. Sí, contesté. Le ofrecí el paquete de tabaco, pero ella lo rechazó. Yo cogí un cigarrillo. Mira la luna creciente, dijo. Sí, asentí. Qué fina está, añadió. Sí, volví a asentir. Di unos pequeños sorbos de vino. En el sur, la luna está tumbada, dijo. No contesté. ¿Te acuerdas de aquellos perros de Tesalónica que no podían separarse tras haber copulado?, preguntó. En Kávala, respondí. Los viejos sentados en la terraza del café gritaban, prosiguió, y los perros aullaban intentando librarse el uno del otro. Y cuando salimos de la ciudad vimos una luna creciente y fina tumbada de espaldas, y tú y yo nos deseamos, ¿lo recuerdas? Sí, contesté. Beate volvió a llenar las copas. Permanecimos callados un rato, un buen rato. Sus palabras me habían inquietado, y el silencio que las siguió no hizo sino incrementar mi inquietud. Intenté pensar en algo que decir, algo rutinario que pudiera desviar la conversación. Beate se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se detuvo detrás de mí. Me asusté y pensé: Ahora va a hacerme algo. Y al sentir sus manos en el cuello me estremecí, y eché la cabeza y el torso hacia delante. Al instante entendí lo que había hecho y dije, sin volverme: Me has asustado. Ella no contestó. Me recliné en el sillón. La oí respirar. Se marchó.
Al final me levanté y entré en la casa. Ya era completamente de noche. Me había acabado el vino y pensado en lo que iba a decir; me había tomado mi tiempo. Me llevé las copas y la botella vacía, pero, tras pensarlo, dejé el mantel de cuadros en la mesa. El salón estaba vacío. Fui a la cocina y dejé la botella y las copas en el fregadero. Eran algo más de las once. Cerré con llave la puerta de la terraza y apagué las luces. Luego subí al dormitorio. La lámpara de mi mesita estaba encendida. Beate estaba acostada con la cara vuelta hacia el otro lado; dormía, o fingía que dormía. Mi edredón estaba echado hacia atrás y sobre la sábana estaba el bastón que usé después del accidente el año que nos casamos. Lo cogí con la intención de meterlo debajo de la cama, pero cambié de idea. Permanecí con él en la mano mientras miraba fijamente el arco de la cadera debajo del fino edredón de verano; me sobrecogió un repentino deseo. Salí rápidamente de la habitación y bajé al salón. Me había llevado el bastón, y, sin saber muy bien por qué, lo partí en dos contra mi muslo. El golpe me dolió y me serené. Entré en el despacho y encendí la lámpara que había sobre el tablero de dibujo. Volví a apagarla y me tumbé en el diván, me tapé con la manta y cerré los ojos. Veía claramente a Beate. Volví a abrir los ojos, y sin embargo seguía viéndola.
Me desperté varias veces en el transcurso de la noche, y me levanté temprano. Entré en el salón con el fin de quitar de allí el bastón; no quería que Beate viera que lo había roto. Ella estaba sentada en el sofá. Me miró. Buenos días, saludó. Le devolví el saludo con un movimiento de cabeza. Ella seguía mirándome. ¿Estamos enfadados?, preguntó. No, contesté. Su mirada seguía clavada en mí, era incapaz de interpretarla. Me senté con el fin de alejarme de esa mirada. Me entendiste mal, dije. No te había visto levantarte, estaba ensimismado en mis pensamientos, y de repente sentí unas manos en el cuello, entiendo que te..., pero no sabía que estuvieras ahí. Ella no dijo nada. La miré, encontrándome con la misma mirada inescrutable. Tienes que creerme, dije. Ella apartó la mirada. Sí, supongo que debo creerte.

Kjell Askildsen - "Ajedrez"

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Novelista y cuentista noruego. Con economía en el estilo (han dicho de él que es una especie de Carver europeo) su obra se centra en diseccionar el alma humana a través de personajes ordinarios y solitarios, sus miedos, sus amores, sus temores, en un retrato amargo y cínico del hombre: “Si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de decepciones”.
La versión es la de Kirsti Baggetthum y Asunción Lorenzo.

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo.
Un día, hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo al última vez. “Sigues vivo”, dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. “La vida es dura –dijo-, no hay quien la aguante”. Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua, Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo sólo unas cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco grosero. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, me pregunto dónde lo habrá aprendido.
Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por la veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida al ajedrez. “Eso lleva mucho tiempo –dijo-, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes”. Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo hubiera merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. “No lleva más de una hora”, dije. “La partida sí –contestó-, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo”. No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: “De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya.”. “Tonterías. Lo que pasa es que mi obra no está aún concluida”. Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. “Cuando morimos, al menos, dejamos de contradecirnos”, dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. “No ha sido mi intención herirte”, dijo. “¿Herirme?”, contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. “Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito”. Me puse de pie y le solté un discurso: “Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo”. Y Añadí, un poco vagamente, lo confieso: “Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez”. Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: “Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante”.
Exactamente así era mi hermano. Por cierto, se murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que hubiera querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.
Al fin y al cabo éramos hermanos.