Cuando tenía más de sesenta años (en pocos días cumplirá ochenta y cuatro), Petrushevskaya comenzó una carrera como cantante, creando nuevas letras para sus canciones favoritas. Desde 2008, se ha presentado regularmente como cantante de cabaret.Así era ella: una mujer soltera de treita y pico años que convenció a su madre, más bien le suplicó que se fuera una noche donde quisiera; la madre, por extraño que parezca, se resignó y desapareció en algún lugar, y ella, como suele decirse, llevó a un hombre a casa. Ya era viejo, calvo, gordo, tenía una relación confusa con su esposa y su madre, unas veces vivía con una y otras con la otra, aquí y allá, refunfuñaba y no estaba satisfecho con su situación laboral, aunque de vez en cuando afirmaba con aplomo que llegaría a ser jefe de laboratorio, qué te parece. ¿Tú que crees, llegaré a ser jefe de laboratorio? Así lo soltaba él, un niño ingenuo de cuarenta y dos años, un tipo acabado, apartado de la familia, de la hija en edad de crecimiento que se estaba convirtiendo, como quien no quiere la cosa, en una mujer de catorce años, satisfecha de sí misma, en el mismo momento en el que unas chicas se reunían en el patio dispuestas a pegarle por un chico, etc. El hombre acudió a la aventura con mucho ímpetu, por el camino pararon a comprar un pastel; en su trabajo era conocido por su afición a los pasteles, el vino, la comida, los buenos cigarrillos, en todos los banquetes zampaba y zampaba, la culpa de todo la tenía la diabetes y esa eterna ansia de comida y líquido, y todo ello era un abostáculo en su carrera. Tenía un aspecto desagradable y punto. Iba con la cazadora desabrochada, el cuello abierto, tenía el pecho pálido y si pelo. La caspa sobre los hombros, La calvicie.Las gafas de cristales gruesos. Esa es la joya que se llevó esta mujer a su piso de un solo espacio, decidida a acabar de una vez por todas con la soledad y todo eso, pero no con energía, sino con una oscura desesperación en el almaque por fuera se manifestaba igual que el gran amor humano, es decir, con exigencias, reproches y súplicas para que él le dijera que la amaba, a las que él contestaba: “Sí, sí, estoy de acuerdo”. En general, no habiá nada bueno en la forma en que caminaron y llegaron al piso, en cómo ella temblaba al dar vueltas a la lalve en la cerradura -temblaba por su madre-, pero todo pasó. Pusieron la tetera a hervir, descorcharon el vino, cortaron el pastel, se comieron una parte y bebieron vino. Él se desplomó en el sillón y se quedó mirando el pastel, pensando si debería terminárselo, pero el estómago no se lo permitió. No paraba de mirarlo, y al final cogió con los dedos una rosa verde del medio, se la llevó a la boca tan feliz, se la comió, y se relamió los restos con la lengua, como un perro.
Petrushevskaya también es conocida como artista visual; sus retratos, desnudos y naturalezas muertas se han exhibido en los principales museos rusos.
Sus cuentos, raros, tienen mucho de oralidad, en una entrevista de 1993 con Sally Laird, dijo: "Rusia es una tierra de mujeres Homero, mujeres que cuentan sus historias oralmente, así, sin inventar nada. Son narradoras extraordinariamente talentosos. Solo soy un oyente entre ellas ".
Este cuento pertenece al volumen "La historia de Piovi" (РАССКАЗЪ О ПIОЪВИ) de 2013, y, como currió con su otro volumen de cuentos traducido al español, tanto en la versión española como inglesa, lleva el muchísimo más sugerente título de “Érase una vez una mujer que sedujo al marido de su hermana y él se ahorcó. Historias de amor”
La versión es la de Ana Guelbenzu.
Luego miró el reloj, se lo quitó, lo dejó en la silla y se desnudó entero salvo por la ropa interior. De pronto aquellas prendas aprecían muy blancas, era como un niño gordo, limpio y bien cuidado, se sentó en camiseta y calzoncillos en el borde de la otomana, se quitó los calcetines y se secó la plata de los pies con ellos. Finalmente se quitó las gafas. Se tumbó al lado de ella en la cama limpia y blanca, hizo lo que tenía quehacer, luego hablaron, él empezó a despedirse y le preguntó de nuevo su opinión sobre si sería jefe de laboratorio. En el umbral, ya vestido, se puso a parlotear, se dio la vuelta, se sentó de cara al pastel y de nuevo se comió un trozo grande directamente del cuchillo.
Ella ni siquiera lo acompañó, y por lo visto él ni se dio cuenta, le dio un beso ruidos en la frente, de una manera afable y bondadosa, agarró su cartera, contó el dinero en la puerta, soltó un suspiro, le pidió que le cambiara un billete de tres rublos, no obtuvo respuesta y se fue con su gruesa barriga, su intelecto infantil y el olor a limpio, alejándose del cuerpo ajenos sin ni siquiera sospechar que le estaban dando calabazas por los siglos de los siglos, que había perdido, le había salido el tiro por la culata, que allí nadie le volvería a dar calor. No lo entendió, se metió en el ascensor junto con su calderilla, los billetes de tres rublos y el pañuelo apra la nariz.
Por suerte no trabajaban juntos, estaban en edificios diferentes, y al día siguiente ella se quedó plantada en su mesa durante toda la pausa del almuerzo en vez de ir a la cantina. Por la tarde le esperaba el encuentro con su madre, de nuevo empezaba la vida real. De pronto, para su propia sorpresa, le dijo a su compañera de trabajo:
- ¿Qué, ya has encontrado un hombre?
- No –contestó con naturalidad la compañera, ya que hacía poco que la había abandonado su marido y estaba pasando la deshonra es oledad: no dejaba pasar a ninguna de sus amigas a su piso ahora vacío, y no informaba a nadie de nada-. No, ¿y tú? -preguntó la compañera.
- Yo sí –respondió ella, con lágrimas de felicidad en los ojos, y de repente entendió que había caído en la trampa irremediablemente, para toda la eternidad, que ahora la haría temblar, la destrozaría, se pasaría el día junto a una cabina, sin saber adónde llamar, a la esposa, a la madre o al trabajo: su pretendiente tenía una jornada laboral flexible, así que podía ausentarse con libertad de cualquier sitio. Eso era lo que le esperaba, además de la deshonra de ser esa persona que le llama inútilmente por teléfono, la misma voz, sumada a esas voces que ya llamaron inútilmente a esa persona huidiza, probablemente objeto de amor de muchas mujeres, que huye asustado de todas y, probablemente, les pregunta a todas lo mismo en las mismas situaciones: si llegará a ser jefe de laboratorio.
Todo estaba claro apra él, el pretendiente era transparente, tonto, nada delgado, y a ella la esperaba un destino aciago, pero tenía lágrimas de felicidad en los ojos.
Este cuento pertenece al volumen Dva tsartva ("Dos reinos") que en la versión española se tituló "Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina"
La versión es la de Fernando Otero.
Una vez, en casa de los R. llamaron a la puerta y una niña pequeña fue corriendo a abrir. Se encontró con un hombre joven que, con aquella luz, parecía enfermo. Tenía un cutis muy delicado, brillante y sonrosado. Dijo que tenía que avisarlos de un peligro inminente. En la ciudad se había declarado una especie de epidemia de origen vírico; los afectados por la enfermedad se hinchaban y morían en apenas tres días. El síntoma más característico consistía en la aparición de una serie de ampollas o bultos. Había alguna esperanza de seguir con vida si se observaban escrupulosamente las reglas de higiene personal y no se salía de casa, siempre y cuando no hubiera ratones, porque los ratones eran, como siempre, la principal fuente de infección.
Las palabras del joven las escucharon los abuelos, el padre y la propia niña. La madre estaba en el baño.
—Yo ya he pasado la enfermedad —dijo aquel hombre, y se quitó el sombrero, dejando al descubierto un cráneo rasurado y pálido, con una piel finísima, como la nata de la leche hervida—. Como he sobrevivido no tengo miedo de contraerla de nuevo y me dedico a ir por las casas llevando pan y toda clase de alimentos a quienes lo necesiten. ¿Tienen ustedes provisiones? Si me dan dinero, puedo ir yo a comprar. Necesitaría una bolsa grande o un carrito de la compra, si tienen uno. Se han formado largas colas en las tiendas, pero no tengo miedo de contagiarme.
—Gracias —dijo el abuelo—, pero no nos hace falta.
—En caso de que contraigan la enfermedad todos los miembros de la familia, dejen las puertas abiertas. Yo me encargo de cuatro edificios de dieciséis pisos, más no puedo abarcar. Si alguno de ustedes se salva, puede hacer como yo: ayudar a la gente, bajar cadáveres y cosas así.
—¿Bajar cadáveres? ¿A qué se refiere? —preguntó el abuelo.
—He desarrollado un sistema para evacuarlos que consiste en arrojarlos a la calle. Necesitaríamos bolsas de polietileno de gran tamaño; la verdad es que no sé dónde conseguirlas. Se fabrican unas láminas de plástico de doble capa que nos podrían venir muy bien, pero no tengo dinero, para todo hace falta dinero. Esas láminas se pueden cortar con un cuchillo caliente, y automáticamente se obtienen bolsas de la longitud que uno quiera. Basta con un cuchillo caliente y una lámina de doble capa.
—No, gracias, no necesitaríamos nada de eso —dijo el abuelo.
El joven prosiguió su ronda por los apartamentos, pidiendo dinero como un mendigo. En cuanto le cerraron la puerta llamó a la de unos vecinos. Éstos le entreabieron la puerta, sin quitar la cadenilla, así que el joven no tuvo más remedio que contar su historia y quitarse el sombrero en el descansillo, mientras le observaban a través de la rendija. Se oyó como le respondían secamente y cerraban de un portazo, pero el hombre no se retiró de inmediato: no se oyeron sus pasos. A continuación, otra puerta se entreabrió, con la cadenilla puesta; alguien más deseaba oír su historia. Y repitió la misma historia. La voz de un vecino le respondió: Si tienes dinero, vete a por diez botellas de medio litro. Ya te las pago yo luego.
Se oyeron unos pasos y se hizo el silencio.
—Cuando vuelva —dijo la abuela—, que nos traiga algo de pan y leche condensada... y unos huevos. También vamos a necesitar col y patatas.
—Es un charlatán —dijo el abuelo—, pero no parece que se haya quemado; lo suyo es otra cosa.
Por fin el padre reaccionó, cogió a la niña de la mano y se la llevó al recibidor. Aquéllos no eran sus padres, sino los de su mujer, y él no solía estar de acuerdo en casi nada de lo que decían. Y ellos tampoco le pedían su opinión. Tenía la impresión de que, efectivamente, algo había empezado, no podía ser de otra manera. Hacía ya tiempo que lo notaba y que lo esperaba. Vivía en un estado de estupefacción. Cogió a la niña de la mano y se la llevó del recibidor para que no se quedara allí, esperando a que el misterioso visitante llamara a la siguiente puerta. Lo que hacía falta era hablar en serio con ese individuo, de hombre a hombre, y preguntarle cómo se había curado, y en qué circunstancias.
Los abuelos, sin embargo, se quedaron al lado de la puerta, porque no habían oído que nadie hubiera llamado al ascensor, de modo que aquel hombre debía de seguir andando por su piso. Se veía que procuraba coger de una sentada todo el dinero y todas las bolsas que pudiera, para no tener que estar continuamente yendo y viniendo de la tienda a las casas. O a lo mejor es que nadie le había dado todavía ni dinero ni bolsas; de otro modo, ya habría bajado en ascensor haría un buen rato, porque a la altura del sexto piso ya tendría que haber recibido suficientes encargos. O puede que, en efecto, no fuera más que un charlatán que iba pidiendo dinero como si tal cosa, para quedárselo él. Algo así ya le había pasado una vez a la abuela, cuando se encontró con una mujer que le dijo —de ese mismo modo, a través de la puerta entreabierta— que vivía en el segundo portal del bloque, y que allí había fallecido una vecina de sesenta y nueve años, la señora Niura. El caso es que aquella mujer andaba recaudando dinero para el entierro, cada uno lo que pudiera dar, y le enseñó a la abuela la lista, con las firmas y las cantidades aportadas: treinta kopeks, un rublo, dos rublos. La abuela le dio un rublo, aunque no le sonaba que en el bloque hubiera ninguna Niura. Algo muy comprensible, porque cinco minutos más tarde una buena vecina llamó a su puerta y le dijo que andaba por allí una desconocida que se dedicaba a estafar a la gente. Había venido con dos tipos que la estaban esperando en el segundo piso y, en cuanto se hicieron con el dinero, se largaron del bloque y tiraron la lista. Así que los abuelos se quedaron esperando al lado de la puerta, y después se unió a ellos el padre de la niña, Nikolái, que también se puso a escuchar. Por fin salió del baño su mujer, Yélena, y empezó a preguntar en voz alta qué estaba pasando, pero le dijeron que se callara. Sin embargo, los timbres no volvieron a sonar en la escalera. El ascensor subió y bajó varias veces, alguien incluso se bajó en su piso, pero luego se oyó el ruido de unas llaves y el golpe de la puerta al cerrarse. No podía haber sido el hombre del sombrero. Habría llamado, en vez de abrir la puerta con llave.
Nikolái encendió el televisor y cenaron. Nikolái cenó más de la cuenta y comió mucho pan, y el abuelo no fue capaz de ahorrarse un comentario, recordándole que lo mejor es cenar como un mendigo. Yélena salió en defensa de su marido y la niña dijo: «¿Por qué gritáis de esa manera?», y la vida siguió su curso.
Aquella noche, en la calle, a juzgar por el estrépito, alguien rompió un cristal de gran tamaño.
—Es el escaparate de la panadería —dijo el abuelo, asomándose al balcón—. Vamos, Kolia, corre a hacerte con provisiones. Empezaron a equipar a Nikolái para su salida. Entretanto, se presentó la policía y practicó algunas detenciones. Un agente se quedó de guardia y los demás se marcharon. Nikolái bajó a la calle con una mochila y un cuchillo, pero allí ya se había reunido una verdadera multitud. Entre todos rodearon al policía, lo arrollaron y la gente empezó a entrar y salir de la panadería, saltando a través del escaparate. Alguien se enzarzó con una mujer y le arrebató una maleta llena de pan. Le taparon la boca y la arrastraron al interior del establecimiento. Cada vez había más gente. Por fin volvió Nikolái con un valioso botín en la mochila: treinta kilos de rosquillas y diez hogazas de pan. Nikolái se quitó toda la ropa que llevaba puesta y la tiró por el conducto de la basura; después, en el mismo recibidor, se frotó de pies a cabeza con colonia, metió todo el algodón que había utilizado en un paquete y lo arrojó por la ventana. El abuelo, muy satisfecho con los acontecimientos, no dejó de hacer notar que en lo sucesivo habría que restringir el consumo de colonia y de todo tipo de medicamentos. Se fueron a la cama. A la mañana siguiente, Nikolái se desayunó él solito medio kilo de rosquillas con el té e ironizó al respecto:
—Hay que desayunar como un rey.
El abuelo tenía la dentadura postiza y no tuvo más remedio que mojar tristemente sus rosquillas en el té. La abuela estaba muy callada y Yélena trataba de convencer a su hija de que comiera más rosquillas. Al final la abuela no se pudo contener y dijo que había que racionar la comida, que no podían darse al pillaje todas las noches; de hecho, la panadería ya la habían cerrado: no quedaba nada que llevarse. Así que hicieron recuento de sus provisiones y lo dividieron todo en raciones. En la comida Yélena le dio su parte a la niña. Nikolái estaba sombrío como un cielo nublado y después de comer se zampó una hogaza entera de pan negro. Tenían víveres para una semana; para después, nada de nada. Nikolái y Yélena telefonearon a sus respectivos trabajos, pero ni en el de Nikolái ni en el de Yélena les cogió nadie el teléfono. Llamaron a sus conocidos, todos estaban en casa. Todos estaban esperando. La televisión dejó de emitir, sólo se oía el pitido de la frecuencia. Al día siguiente los teléfonos dejaron de funcionar. Fuera, en la calle, la gente deambulaba con mochilas y bolsas; alguien había serrado un árbol pequeño y se lo llevaba a rastras. Surgió la duda de qué hacer con el gato: el animal llevaba dos días sin comer y maullaba en el balcón de un modo atroz.
—Habría que dejarle entrar y alimentario —dijo el abuelo—. Un gato es una valiosa fuente de carne fresca, rico en vitaminas.
Nikolái dejó entrar al gato; le dieron sopa, tampoco demasiada, no convenía sobrealimentarlo después del ayuno. La niña no se apartaba de su lado; durante los dos días que había estado maullando en el balcón, la cría había sufrido mucho por el animal, y ahora disfrutaba dándole de comer. Tanto que su madre montó en cólera:
—Una comida que yo me quito de la boca por ti, y luego tú se la das al gato. De modo que dieron de comer al animal, pero ahora sólo les quedaban provisiones para cinco días. Todos esperaban que pasara algo, que se decretara una movilización, pero al cabo de tres noches los motores rugieron en las calles: el ejército abandonaba la ciudad.
—Van a formar un cordón sanitario —dijo el abuelo—. Ya nadie podrá entrar ni salir. Lo más terrible es que todo ha resultado ser cierto. Habrá que recorrer la ciudad en busca de alimentos.
—Si me dais colonia, voy yo —dijo Nikolái—. A mí casi ya no me queda.
—Todo va a ser para ti —dijo el abuelo, con toda la intención. Estaba muy flaco—. Menos mal que aún funcionan la traída de aguas y el alcantarillado.
—¡Tú calla, que eres un cenizo! —dijo la abuela.
Aquella noche Nikolái se dirigió a la galería de alimentación. Llevaba una mochila y unas cuantas bolsas, así como un cuchillo y una linterna. Regresó antes del amanecer, se desvistió en las escaleras, arrojó la ropa por el conducto de la basura y, una vez desnudo, se frotó todo el cuerpo con colonia. Sólo después de limpiarse bien un pie, se decidió a entrar en el apartamento; después se limpió el otro pie, envolvió los algodones con papel y los tiró por la ventana. La mochila se puso a hervir en un barreño, y lo mismo se hizo con las bolsas. No había conseguido demasiadas cosas: jabón, cerillas, sal, unas gachas precocinadas, jalea de frutas y café de cebada. El abuelo se puso muy contento, estaba extasiado. Nikolái desinfectó el cuchillo con la llama de la cocina de gas.
—La sangre es el peor agente infeccioso —comentó el abuelo, antes de acostarse, ya de madrugada. Calcularon que tenían provisiones para diez días más, si se alimentaban a base de jalea y de gachas, y comían pequeñas cantidades.
Nikolái empezó a salir de caza cada noche, y se le planteó el problema de la ropa. Lo que hacía ahora era guardarla en una bolsa de polietileno cuando todavía estaba en las escaleras, mientras que el cuchillo lo desinfectaba al fuego muy frecuentemente. Pero seguía comiendo mucho, como siempre lo había hecho aunque, eso sí, el abuelo ya no hacía comentarios.
El gato cada día estaba más flaco, el pellejo le colgaba por todas partes; comidas, desayunos y cenas eran un tormento, porque la niña insistía en arrojarle al suelo algo para comer, mientras su madre, Yélena, le daba golpes en las manos. Todo el mundo chillaba. Cada vez que sacaban el gato al balcón, el animal no hacía más que lanzarse una y otra vez contra la puerta.
Todo eso desembocó en una escena aterradora. En cierta ocasión, la niña entró en la cocina llevando el gato en brazos. El abuelo y la abuela, que estaban allí, se fijaron en que tanto la niña como el animal tenían la boca manchada.
—Eso es —dijo la niña dirigiéndose al gato, y le plantó un beso en sus asquerosos morros. Segura-mente no era la primera vez que lo hacía.
—¿Qué ha pasado? —gritó la abuela.
—Ha cazado un ratón —respondió la cría—. Se lo ha comido.
Y volvió a besar al gato en los morros.
—¿Qué clase de ratón? —preguntó el abuelo. Se había quedado helado, lo mismo que la abuela.
—Uno de esos grises.
—¿Cómo, hinchado? ¿De los gordos?
—Sí, gordo y grande.
El gato trataba de escaparse de los brazos de la niña.
—¡Sujétalo bien! —dijo el abuelo—. Vete a tu cuarto, niña, anda, vete. Y llévate el gato. Ay qué desastre de niña, no hay quien pueda contigo. Te lo has pasado bien con ese bicho, ¿a que sí? ¿A que te lo has pasado bien?
—No grites —dijo la niña, y se fue corriendo a su cuarto.
El abuelo fue tras ella, provisto de un pulverizador, rociándolo todo con colonia. Después cerró la puerta del cuarto de su nieta y la aseguró con una silla. Entonces fue a llamar a Nikolái, que estaba durmiendo con su mujer, Yélena. después de haberse pasado la noche en blanco. Los despertó y examinaron juntos la situación. Yélena empezó a llorar y a mesarse los cabellos. Se oyeron unos golpes en la habitación de la niña.
—¡Abridme la puerta, dejadme salir, tengo que hacer pipí! —gritaba la pequeña entre lágrimas.
—¡Escúchame bien! —le gritó Nikolái—. ¡Deja de chillar!
—¡Dejadme salir! ¡Dejadme salir! ¡Tú si que estás chillando! ¡Dejadme salir!
Nikolái se fue con los demás a la cocina. No tuvieron más remedio que encerrar a Yélena en el cuarto de baño. También ella se puso a dar golpes en la puerta.
Al atardecer, la niña ya se había sosegado. Nikolái le preguntó si había podido hacer sus necesidades. La niña le respondió, a duras penas, que sí, que se lo había hecho encima, y le pidió algo de beber.
En la habitación de la niña había una cama infantil, otra plegable, un sinfonier cerrado con llave, donde guardaban ropa de toda la familia, una alfombra y algunos estantes con libros. Lo que era un confortable dormitorio infantil se había convertido, por un capricho del destino, en una zona de cuarentena. Nikolái abrió una especie de ventanuco en lo alto de la puerta y, valiéndose de una cuerda, le hizo llegar a la niña una botella llena de sopa con migas de pan. Le dijeron a la niña que aprovechara la botella para hacer pis en ella y que arrojara después el contenido por la ventana. Pero la ventana estaba cerrada por su parte superior y la cría no alcanzaba la manija. Además, tampoco se las apañaba muy bien con la botella. En cuanto a los excrementos, para esa cuestión había una solución bien sencilla: bastaba con arrancar un par de hojas de un libro, defecar en ellas y tirarlas a la calle. Así que Nikolái fabricó un tirachinas de alambre y, al tercer intento, consiguió hacer un buen agujero en la ventana.
Pero, claro, la niña dio muestras de su educación y empezó a hacer sus necesidades donde le parecía, en vez de hacerlo en las hojas. No sabía controlarse. Yélena le preguntaba veinte veces al día si tenía ganas de hacer caquita y ella respondía que no, que no tenía ganas, pero al rato se ponía toda perdida. Por otra parte, era muy complicado darle de comer. El número de botellas era limitado; también el de las cuerdas, y cada vez se rompía una. Así que, en el momento en que la niña dejó de acercarse a la puerta a responder a las preguntas que le hacían, ya había nueve botellas tiradas por el suelo. Seguramente el gato estaría tumbado sobre el cuerpo de la pequeña. En todo caso, llevaba un tiempo sin dejarse ver; concretamente desde que a Nikolái le dio por atacarlo con el tirachinas, por la sencilla razón de que la niña le daba al animal, echándosela directamente en el suelo, casi la mitad de la comida que recibía ella en la botella. En fin, la niña había dejado de contestar a las preguntas, y su camita, que estaba pegada a la pared, quedaba fuera del campo de visión de sus padres.
Durante los tres días anteriores, habían hecho todo lo posible para facilitarle la vida a la cría, introduciendo novedades, tratando de enseñarle a limpiarse sola (hasta entonces , siempre la había limpiado Yélena), suministrándole agua para que se lavara un poco, insistiéndole en que se acercara a la puerta para coger la botella (en cierto momento, Nikolái, en su afán de lavar a la niña, le había vertido encima un cubo de agua caliente, en lugar de pasarle la comida, y desde entonces a ella le daba miedo aproximarse a la puerta). Todos estos intentos habían dejado literalmente exhaustos a los habitantes del apartamento, de modo que, en cuanto la niña dejó de dar señales de vida, todos se fueron a acostar y estuvieron durmiendo mucho tiempo.
A partir de entonces los acontecimientos se precipitaron. Al despertarse, los abuelos descubrieron el gato en su cama, con el morro manchado de sangre; seguramente, el gato habría estado comiéndose a la niña, y después debía de haber escapado por el ventanuco, en busca de bebida o algo por el estilo. «¡Ay, ay, ay!», empezaron a gritar y a lamentarse los abuelos. En ese instante, alertado por sus gritos, se presentó Nikolái, el cual, tras escuchar sus quejas, se limitó a cerrar de un portazo y se puso a trajinar al otro lado, dejando una silla apoyada contra la puerta para que no pudieran salir. No sólo se quedaron encerrados, sino que, por el momento, Nikolái ni siquiera les había abierto un orificio de ventilación. A todo esto, Yélena no paraba de chillar y trató de retirar la silla, pero Nikolái, una vez más, la encerró en el cuarto de baño.
Entonces Nikolái se echó en la cama y empezó a hincharse y a hincharse sin parar. La noche anterior había matado a una para quitarle la mochila. La mujer debía de estar enferma y, por lo visto, no había servido de nada desinfectar el cuchillo con la llama. Nikolái se había comido en la misma calle un concentrado de gachas de cebada que había en la mochila. Sólo quería probarlas, pero al final, mira por donde, se las había zampado enteritas.
Nikolái cayó en la cuenta de todo aquello demasiado tarde cuando ya se estaba hinchando. Los golpes retumbaban por toda la casa, el gato no paraba de maullar y en el piso de arriba también se dedicaban dar golpes. Nikolái se debatió en su agonía, hasta que finalmente le empezaron a sangrar los ojos, y murió sin pensar en nada, deseando únicamente liberarse de aquel tormento.
Y nadie abrió la puerta de la escalera, lo cual fue una pena, porque el mismo hombre joven de la otra vez andaba recorriendo las casas, repartiendo pan. En el apartamento de los R. todos los golpes habían cesado: tan sólo Yélena seguía arañando débilmente la puerta del cuarto de baño, con los ojos bañados en sangre, sin ver nada. De todas maneras, ¿qué iba a ver, en aquel cuarto de baño a oscuras, tirada en el suelo? ¿Por qué había llegado tan tarde el joven? Pues porque tenía muchos apartamentos a su cargo: nada menos que cuatro edificios enormes. Había vuelto a presentarse en su bloque al cabo de seis días, a la caída de la tarde; tres días después de que la niña hubiera dejado de responder, a las veinticuatro horas del fallecimiento de Nikolái, a las doce horas del fin de los padres de Yélena y cinco minutos después del de la propia Yélena. Pero el gato no dejaba de maullar, como en ese célebre cuento de un hombre que mata a su mujer y la esconde detrás de un tabique de ladrillo, pero luego llega la policía y todo se descubre por unos maullidos que se oyen detrás de una pared; y es que, junto con el cadáver de su mujer, el hombre había emparedado también a su gato favorito, que había logrado sobrevivir alimentándose de su carne. El animal seguía maullando, y el joven, al oír aquel sonido solitario en una escalera donde reinaba un silencio absoluto, decidió luchar, al menos, por salvar esa vida. Cogió una barra de hierro que estaba tirada en el patio, cubierta de sangre, y forzó la puerta. ¿Con qué se encontró? Con un bulto negro que le resultó familiar, en el cuarto de baño, otro bulto negro en la habitación contigua y dos más detrás de una puerta, cerrada con una silla. De allí salió el gato. Ágilmente, se coló por un rudimentario orificio que alguien había abierto en otra puerta, y detrás de esa puerta se oyó una voz humana. El joven retiró otra silla que bloqueaba el paso y entró en un cuarto lleno de trozos de cristal, basura, excrementos, hojas arrancadas de libros, ratones sin cabeza, botellas y cuerdas. En la cama vio a una niña con el cráneo de un color rojo brillante, sin un solo pelo: igual que el suyo, sólo que aún más rojo. La niña miró al joven. A su lado, encima de la almohada, estaba el gato, que también lo miraba fijamente.
Novelista, dramaturga, poeta y cuentista rusa. Ella se declara "escuchadora" de la tradición oral rusa de mujeres contadoras de historias, y en algunos de sus cuentos esa oralidad es clara.
Se la ha comparado algunas veces con los clásicos rusos, sin embargo para mí está mucho más cerca de los autores húngaros Agota Kristof y Géza Csáth (con todas las diferencias que se quieran poner) que de los clásicos rusos.
Este cuento pertenece al volumen Dva tsartva ("Dos reinos") que en la versión española (también en la inglesa) se tituló "Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina"
Se puede leer una completa reseña del libro en Strange Library.
La versión del cuento es la de Fernando Otero.
Había una mujer que odiaba a su vecina, una madre que vivía sola con un bebé. A medida que la criatura iba creciendo y aprendía a gatear, a la mujer le daba por dejar en el suelo, como por descuido, tanto un cazo de agua hirviendo como una lata con una disolución de sosa cáustica; cuando no tiraba una caja de agujas en medio del pasillo. La pobre madre no sospechaba nada, porque su pequeña apenas caminaba aún y, como era invierno, no la sacaba a gatear por el pasillo. Pero no tardaría en llegar el momento en que el bebé pudiera salir de su cuarto y moverse a sus anchas por allí. La madre avisaba a su vecina de que había un recipiente en medio del pasillo, o le comentaba: «Ráiechka, se le han vuelto a caer las agujas», ante lo cual ella fingía reparar en ello y se lamentaba de su descuido. En otros tiempos habían sido amigas. Normal: aquellas dos mujeres solas en un apartamento con dos habitaciones tenían mucho en común, e incluso compartían amistades que venían a verlas a ambas y se hacían regalos en sus respectivos cumpleaños. Además, no tenían secretos la una para la otra. Hasta que Zina se quedó embarazada y Raía descubrió que la odiaba a muerte. Era el suyo un odio enfermizo; empezó a llegar tarde a casa y no lograba conciliar el sueño por las noches. Continuamente creía oír una voz de hombre que le llegaba de la habitación de su vecina; le parecía que estaban hablando y haciendo ruido, cuando lo cierto es que Zina siempre estaba sola. A ésta le ocurría todo lo contrario: se sentía más unida a Raía que nunca, y llegó a decirle en una ocasión que era una inmensa suerte tener una vecina como ella, prácticamente una hermana mayor que nunca la dejaría en la estacada. Y, efectivamente, Raía ayudó a Zina a coser el ajuar del bebé y, llegado el momento, la acompañó a la maternidad, si bien es verdad que luego no pudo ir a recogerla tras el parto, de modo que Zina se vio obligada a quedarse un día de más en la clínica, sin la ropita para la recién nacida, y al final tuvo que llevársela a casa envuelta en una manta toda rota del hospital, con la promesa de devolverla. Raía alegó que había estado enferma, y esa misma excusa le dio en los días siguientes, en los que no bajó ni una sola vez a la tienda a hacerle la compra a Zina ni la ayudó a bañar a la niña, sino que se quedó todo el tiempo en casa, con unas compresas en los hombros. Al bebé no quería ni mirarlo, y eso que Zina no paraba de llevarlo al baño o a la cocina, o lo sacaba a dar un paseo; y además tenía la puerta de su cuarto siempre abierta, como invitándola a pasar.
Durante el embarazo Zina había empezado a trabajar en casa, con la máquina de coser. No tenía familia, y de su buena vecina ya está todo dicho, así que no podía contar con nadie: era ella la que había decidido tener el bebé, y a ella le tocaba cargar con las consecuencias. Mientras la niña fue muy pequeña, Zina pudo ir sola a llevar los trabajos y a cobrar, dejando a la cría dormida, pero cuando su hija creció un poco y empezó a dormir menos horas, se presentaron los problemas. Zina no tenía más remedio que llevársela consigo. Raía seguía quejándose de las articulaciones de los hombros y estuvo una temporada de baja, pero Zina no se atrevía a pedirle que se quedara con su pequeña. A todo esto, Raía estaba empezando a planear el asesinato de la niña. Cada vez más a menudo, mientras llevaba de la mano a la cría, que aprendía a dar sus primeros pasos por el pasillo, Zina veía en el suelo de la cocina un vaso, supuestamente lleno de agua, o se topaba con una tetera caliente encima de un taburete con el asa medio suelta, pero no sospechaba nada de nada. Al menos ella seguía tan contenta, cuchicheando con su hija y repitiéndole: «Di "mamá"». Pero entonces, cada vez que salía de compras o iba a entregar sus trabajos, empezó a dejar al bebé encerrado con llave, lo cual trajo sus consecuencias. Raía se ponía hecha una furia. En cierta ocasión, cuando Zina había salido, la niña se despertó sola en su cuarto y debió de caerse de su camita, porque se oía su llanto por debajo de la puerta. Raia era consciente de que la niña apenas sabía andar, de que se había caído de la cuna y de que tenía que haberse hecho mucho daño, a juzgar por los gritos tan desgarradores que se oían al otro lado de la puerta, donde seguramente estaría tirada en el suelo. Raía fue incapaz de seguir soportando aquellos gritos, de modo que se puso unos guantes de goma, cogió un paquete de sosa caustica que había en el baño, lo disolvió en un cubo de agua y se puso a fregar el pasillo, procurando que la solución penetrara por debajo de la puerta, muy cerca de la cual yacía la niña. Los gritos se tornaron en alaridos. Raía acabó de fregar el suelo del pasillo, lo dejó todo limpio -el cubo, el cepillo, los guantes-, se vistió y se marchó a la clínica.
Al salir del médico fue al cine, recorrió algunas tiendas y volvió a casa al anochecer. La habitación de Zina estaba a oscuras y en silencio. Raía estuvo un rato viendo la televisión y luego se acostó, pero no conseguía conciliar el sueño. Zina no apareció en toda la noche ni en todo el día siguiente. Raía cogió un hacha, abatió la puerta y vio que el cuarto estaba cubierto de polvo; y que había una mancha seca de sangre al lado de la cuna y un rastro muy ancho en dirección a la puerta. Nada quedaba de los chorretones de la soda cáustica. Raía fregó el suelo de su vecina, hizo limpieza y empezó a sentir una ansiedad febril. Por fin, al cabo de una semana, se presentó Zina, le dijo que había dado sepultura a la niña y que se había puesto a trabajar haciendo turnos de veinticuatro horas. No dijo nada más. Sus ojos hundidos y su piel amarillenta y sin firmeza hablaban por sí solos. Raía no trató de consolar a su vecina; la vida en el apartamento parecía haber cesado. Raía veía la televisión a solas, mientras Zina trabajaba día y noche o se reponía durmiendo. Parecía haber enloquecido: lo llenó todo de fotografías de su hija. Los dolores de Raía iban de mal en peor, ya no era capaz de levantar los brazos ni de caminar, las inyecciones en las articulaciones ya no le hacían efecto. Los médicos le habían diagnosticado una acumulación de sales. Al final. Raía no estuvo en condiciones de prepararse la comida ni de poner siquiera la tetera al fuego. Cuando Zina estaba en casa, ella se encargaba de dar de comer a Raía, pero cada vez iba menos por allí: decía que se le hacía muy duro. El dolor en los hombros le impedía dormir. Sabiendo que Zina trabajaba de auxiliar en una especie de hospital. Raía le pidió que le consiguiera algún calmante fuerte, del estilo de la morfina. Zina le dijo que no podía:
-Yo no me dedico a esas cosas.
-Entonces tendré que tomar más de éstas. Dame treinta pastillas.
-No, ni pensarlo -dijo Zina-. No seré yo quien te ayude a morir.
-Pero si soy incapaz de usar los brazos -replicó Raía.
-No vas a librarte tan fácilmente -dijo Zina.
Entonces la enferma, haciendo un esfuerzo sobrehumano, alcanzó el frasco con la boca, quitó el tapón con los dientes y se tragó todas las pastillas. Zina estaba sentada al lado de la cama. Raía tuvo una larga agonía. Cuando empezaba a amanecer, Zina dijo:
-Y ahora escúchame bien. Te he mentido. Mi pequeña Lénochka está viva y en perfecto estado. Vive en una residencia infantil en la que yo trabajo como limpiadora. Lo que echaste por debajo de la puerta no era sosa cáustica, sino soda corriente de pastelería. Las cambié. La sangre en el suelo era de Lena, que se hizo daño en la nariz al caerse de la cuna. Así que tú no eres culpable. Tú no eres culpable de nada. Nadie podría demostrarlo. Pero yo tampoco soy culpable de nada. Estamos en paz.
En ese momento, vio aparecer en el rostro de la agonizante una sonrisa de felicidad.
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“El patriotismo es el último refugio de los canallas.”
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
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Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
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No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
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