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Ali Smith - "Erosión"

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Cuentista, novelista, dramaturga y ensayista escocesa. Junto a Alasdair Gray y Carol Ann Duffy forma, para mí, la terna más importante de la literatura escocesa de la segunda mitad del siglo XX (e inicio del XXI). Su obra siempre tiene un algo de experimental, siempre necesita que el lector ponga de su parte para descifrar las historias y por ello no resulta una autora fácil.
Este cuento pertenece al volumen "La Historia Universal" (The Whole Story and Other Stories) de 2003.
La versión del cuento es la de Magdalena Palmer.


¿Qué necesitáis saber de mí para esta historia? ¿Qué edad tengo? ¿Cuánto gano al año? ¿Qué coche conduzco? Miradme, aquí estoy en el inicio, el nudo y el desenlace a un tiempo, un ser enamorado de alguien que no me corresponde. Despierto con la idea luminosa y nueva de ella; luego sigue la esperanzada embriaguez del día y al fondo, sombría como una bombilla fundida, la palabra nunca.
Vislumbro a alguien en el espejo del vestíbulo. Vuelvo a mirar. Soy yo. Es la primera vez que me veo desde hace días, parece que haya dormido con la ropa puesta. Voy a la cocina y reparo en que los platos amontonados tienen una costra de podredumbre. No recuerdo haberme comido ninguno. Entro en la sala; los libros están desperdigados por el suelo.
Salgo al jardín y contemplo el manzano. Es un manzano joven, lo planté hace tres años. Es tan alto como yo. El primer año dio una manzana comestible, de sabor intenso y agradable. El segundo dio tres. Este año asoman numerosas manzanitas; hay más de diez. Pero las hojas nuevas parecen mustias. Cuando me acerco, veo que los brotes de las ramas están plagados de unos pulgones de color gris y morado. Las hojas nuevas más grandes, que por delante parecen limpias y sanas, tienen insectos apiñados como ladrillos en el dorso, y los extremos de varias hojas aparecen firmemente enrollados, lo que las está matando. Cuando las desenvuelvo descubro escenarios de mugre diminuta, como si cada hoja enrollada albergara en su interior su propio vertedero.
Alrededor de toda la base, subiendo y bajando por el tronco del joven árbol, guardando el equilibrio en los extremos de las ramas, examinando la acumulación de pulgones y las nuevas y dulces posibilidades de la hoja: hormigas.
NUDO
Pero no podré hablar mucho rato, me estoy acercando a Londres y pronto empezarán los túneles, dice mi amiga.
No, oye, estoy bien. De veras. Estoy bien. Solo quería preguntarte: tengo el manzano lleno de hormigas y las hojas infestadas de pulgones.
No lo fumigues con insecticida, dice mi amiga. Te cargarás las manzanas, la tierra y el árbol. Olvídate de matar las hormigas. Es una granja de hormigas que cultivan pulgones. Tendrás que pedirles que se vayan. Con educación. Oye, voy a entrar en ...
¿Un monasterio? ¿Coma? ¿El infierno? En cualquier caso, ya no la oigo. Cuelgo el teléfono, esquivo los libros del suelo de la sala y salgo de nuevo al jardín. Voy directamente al árbol y me fijo en una hormiga que tantea el extremo de una rama. Levanto la rama a la altura de mi cara hasta que la hormiga está tan cerca que la veo desenfocada. No ha reparado en mi presencia, no repara en nada salvo en el extremo de la rama que ahora me acerco a la boca como si fuera una suerte de micrófono. Vete, por favor; le digo. Este es mi manzano y estás matando las hojas. Por favor, diles a las otras hormigas que se marchen contigo.
¿Un poco de jardinería?, pregunta mi vecino desde el otro lado de la cerca.
Lo que está diciendo en realidad es: ¿Por qué vuelves a estar en casa a media tarde y no en el trabajo?
Hoy has llegado a casa temprano, le digo.
Día libre, me dice. ¿Y tú? ¿No te encuentras bien?
Lo que está diciendo en realidad es: ¿Te han echado? ¿Te han despedido? ¿Ahora gano más dinero que tú? ¿Podrás pagar la hipoteca o tendrás que vender la casa? ¿En cuánto te la valoran? Porque probablemente la mía valga más, ya que he hecho más mejoras que tú.
No, no, estoy bien, le digo. Añado que estoy en excedencia. ¿Sabes algo de hormigas?
¿Hormigas? Dicen que hay que matarlas. Es lo único que funciona. Si no, lo invaden todo.
Lo que está diciendo en realidad es: Cuidadito con que invadan mi jardín.
Saca el cortacésped del cobertizo, corta el césped de su jardín aunque ya lo cortó hace solo tres días y luego vuelve a guardar el cortacésped.
Lo que está diciendo en realidad es: No cortas el césped como es debido. Mira tu jardín. Mira en qué estado lo tienes, joder.
Entra en su casa; oigo que cierra de un portazo. Ya llevo media hora esperando junto al árbol y no parece que las hormigas hayan cambiado de actitud. Es evidente que no se marchan. Saco la vieja bicicleta del cobertizo y durante todo el trayecto al centro comercial pienso en ella en la piel de su axila y en cuál será su tacto e imagino la curva y el peso de su pecho cuando se alza hacia mi boca y mis ojos; por eso, cuando llego al centro comercial entro en el supermercado, donde suelo comprar, y no en la tienda de bricolaje, que es donde quería ir. Me detengo en el pasillo de la fruta y la verdura, sin tener ni idea de qué hago allí.
Una aprendiza está amontonando nectarinas, aparenta unos quince años. En su placa pone ANGELA PARA SERVIRLE.
Le explico a Angela lo de las hormigas. Me mira como si no hubiese oído nada semejante en la vida. Me mira la ropa y el pelo. Se aleja. Poco después se me acerca una mujer de unos treinta años. En su placa pone HELEN SELLAR SUPERVISORA.
¿En qué puedo servirle?, dice.
Le explico lo de las hormigas.
Guindilla en polvo, dice. Una hormiga no pisará la guindilla en polvo. No les gusta que se les pegue a las patas.
Gracias, le digo.
Me dirijo al pasillo de las especias y compro cuatro paquetes de guindilla en polvo suave. La compro poco picante en lugar de muy picante porque no quiero lastimar demasiado a las hormigas. Angela y Helen Sellar me observan mientras pago y mientras me marcho: me siguen observando desde el escaparate del supermercado mientras abro el candado de la bici.
Cuando vuelvo al jardín, rodeo el árbol con una barrera formada por el contenido de dos paquetes. Las hormigas siguen subiendo y bajando y andando bajo el árbol y cruzando por encima de la barrera naranja como si la guindilla en polvo no estuviera allí, como si no fuese más que tierra.
Entro en casa y llamo a mi padre.
Estoy viendo el fútbol, me dice.
No cuelgues, grito.
Vuelvo a llamarle enseguida. El teléfono suena largo rato.
¿Qué?, dice cuando por fin contesta. Tienes que pintar el tronco de blanco. No les gusta el blanco. Nunca pisan nada que sea blanco. No todo el tronco, y no lo pintes con esmalte, por Dios, o dañarás el árbol. Emulsión. Un anillo alrededor, eso las detendrá.
Vuelvo a entrar en el cobertizo y encuentro un viejo bote de pintura. Abro la tapa con un destornillador. Como no encuentro ningún pincel, uso el destornillador para aplicar ocho centímetros de blanco alrededor de la base del tronco.
Me siento en la hierba y espero a que la pintura se seque. Vigilo para que ninguna hormiga se quede pegada a la pintura antes de que se haya secado.
DESENLACE
Derribo una hormiga del extremo de una rama. Cojo otra y la aplasto. Veo otra que baja corriendo por el tronco y la mato con el pulgar. Varias hormigas más corren asustadas por el tronco. Mato todas las que puedo. Luego dejo de matarlas. Pueden cargarse el árbol si quieren. ¿Qué puedo hacer yo? Nada.
Entro en casa y empiezo a colocar de nuevo los libros en los estantes por orden alfabético.
Después vuelvo a salir al jardín y empiezo a cavar alrededor del árbol. Cavo hasta llegar a las raíces. Aunque hace solo tres años que está aquí, las raíces del manzano son muy firmes. Uso la pala para cortarlas y luego tiro con todas mis fuerzas hasta que arranco el árbol de la tierra.
INICIO
Me enamoro.
Más metafóricamente hablando, voy un día andando por la calle cuando de pronto me alcanza un rayo. Es un rayo que sale de la nada; no llueve, ni siquiera está muy nublado. Hace buen día, aunque es probable que el rayo esté relacionado con el excesivo calor del sur y el frío más intenso del norte, el encuentro entre los dos frentes. Cuando chocan es como si alguien me golpeara en la nuca con un bate de béisbol o me enchufara a una toma de corriente cuya potencia me ilumina todo el cuerpo. Pese al aturdimiento, resplandezco. Brillo tanto bajo la ropa que tengo que taparme los ojos. La luz me sale por los puños de las mangas, por encima de las manos. Me siento sobre las manos y me quedo pestañeando en el bordillo.
Ella detiene su coche en medio de la calle. Deja la puerta abierta y se me acerca. También está iluminada, también brilla como si ella fuese el verano. Te he visto, lo he visto todo, me dice. Describe la súbita luz que ha bajado del cielo y asegura que me ha dado directamente en la nuca. En efecto, cuando me toco el cráneo noto un punto quemado en el pelo, que todavía huele un poco a chamuscado.
Puedo deciros que tiene el pelo amarillo.
Puedo deciros que tiene unos veinticinco años.
No tengo ni idea de qué coche conduce.
Días después, semanas después, posiblemente meses, me he enamorado del cielo, de la tierra, de las abejas que retozan en el polen de las flores. Cuando despierto soy una persona enamorada. Cuando me duermo soy una persona enamorada. Hay hormigas en mi manzano, que matan sus hojas. Las dejo hacer. Amo a cada una de ellas, cada invisible huella de ADN que dejan en la corteza. Les deseo suerte. Espero que sus pulgones engorden. Amo a sus pulgones. Amo no solo a mi amiga a la que amo porque es mi amiga, sino también a mi vecino y a Angela y a Helen Sellar del supermercado. Amo a mi malhumorado padre. Entro del jardín y me siento en la sala entre los libros que he sacado de los estantes, porque de lo contrario, ¿volveré a cogerlos y abrirlos de nuevo? Abro al azar mi antiguo diccionario Chambers del siglo XX. Todo tiene sentido. Gordiano: como en nudo gordiano. Hílico significa corpóreo. Necesidad significa carencia de lo imprescindible; un estado que requiere aliviarse. Peltre es una aleación del cinc. Destello es un resplandor momentáneo u oscilante, una centella, el brillo de un rayo, que en ocasiones puede utilizarse figuradamente, por ejemplo, «destellos de inteligencia», un rayo de esperanza.
Me tumbo en el suelo con la cabeza sobre los libros y los pies en alto sobre más libros, y me quedo mirando el techo y su vieja lámpara llena de bichos y en este punto de la historia hasta el techo es magnífico.

Pauline Smith - "El maestro"

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Novelista, dramaturga y cuentista surafricana (aunque sus padres eran ingleses y no holandeses, suele etiquetarse también como escritora afrikáner). Fue, junto a Olive Schreiner (imprescindible su "Historia de una granja africana") una de las pioneras de la literatura postcolonial surafricana (término que suele incluir a Zimbabwe) escrita por blancos (luego vendría gente como Doris Lessing, Nadine Gordimer o J. M. Coetzee).
Sus primeros escritos fueron unos diarios que abandonó a la muerte de su padre. En 1908 conoció al escritor inglés Arnold Bennet que fue quien la animó a continuar escribiendo y a mostrar la vida cotidiana de los bóer en su literatura (su obra A.B. A Minor Marginal Note, obra en la que describe su experiencia como escritora, es un homenaje a Bennet).
En su obra el mito calvinista de los bóer como pueblo elegido en busca de su tierra prometida se muestra desde un punto de vista idealizado.
Este cuento pertenece a la colección "El Karoo Menor" ("Karoo Menor", "Pequeño Karoo" o "Karoo meridional" es la región de suráfrica donde Pauline nació y creció) publicado en 1925.
La versión es la de Miguel Sevilla Gil.

Debido a una enfermedad de pecho que mi abuela creía que tan sólo ella sabía curar, muchas veces, de pequeña, iba a la granja de mis abuelos de Nooitgedacht, en el valle del Ghamka. En Nooitgedacht, donde vivían juntos mis abuelos desde hacía más de cuarenta años, mi abuela se había rodeado siempre de gente joven, muchachos y muchachas, y también de niños pequeños que se le aferraban a las faldas o que ella lanzaba al aire para que los recogiera mi abuelo. No había ni uno solo de sus hijos y nietos que no sintiera cariño por el abuelo y la abuela Delport, y cuando murió la tía Betje, a todos nos pareció bien que los huerfanitos Neeltje, Frikkie, Hans, Koos, Martinus y Piet se fueran a vivir a Nooitgedacht. Entonces tenía mi abuela más o menos sesenta años. Era una mujer enorme y vigorosa; y sin embargo, como suele ocurrir con las mujeres fuertes, movía los pies con agilidad y presteza. Una vez vi que llegaba un barco navegando hacia el puerto de Zandtbaai, y muchas veces mi abuela, cada vez que se movía con sus anchas faldas y con los niños de la tía Betje caminando igual que barcazas a su alrededor, me lo traía a la memoria.
Aquella enorme mujer amable y sabia, que en su corazón sentía amor por todo el mundo, veía en todo lo que nos acontecía la voluntad de Dios; y cuando, tres semanas después de que nos vinieran los niños de la tía Betje, llegó una noche, Dios sabe de dónde, un forastero que pedía refugiarse de la tormenta, mi abuela supo que lo había enviado el Señor.
El desconocido, que, cuando lo trajo mi abuela a la sala principal, dijo que se llamaba Jan Boetje, era un hombre menudo y moreno con una barba pequeña y puntiaguda que parecía que no era suya. Tenía las mejillas delgadas y blanquecinas, al igual que las manos. Casi nunca levantaba la mirada si no era para hablar, y, cuando lo hacía, era como si delante de mí estuviese viendo al hijo de la viuda de Naím resucitando de entre los muertos, sacado de la Biblia de mi abuelo. Pues sí, corno si viniera de entre los muertos, así llegó a nosotros Jan Boetje aquella noche, y sin embargo en lo primero que pensé fue en la comida. Rápidamente me apresuré a hacer café y se lo serví.
Cuando Jan Boetje terminó de comer y beber, ya sabían mis abuelos todo lo que había que saber acerca de él. Era holandés y hacía muy poco que había llegado a África del Sur. No tenía ni amigos ni parientes en la colonia, y se dirigía andando de camino hacia las minas de oro del norte del país.
Durante un rato después de que hablara Jan Boetje de las minas de oro mi abuela permaneció sentada y en silencio, pero luego dijo:
—Señor, yo, que soy vieja, todavía no he visto a ningún hombre feliz que haya estado cavando la tierra en busca de oro, corno tampoco a nadie que haya sido feliz cuando lo ha encontrado.... Seguro que es el pecado y el sufrimiento lo que los atrae hacia el oro, y pecado y sufrimiento es lo que les llega de él. Mire usted, quédese con nosotros aquí en la granja para darles clases a mis nietos, los huérfanos de mi hija Lijsbeth, y tal vez encuentre la paz.
Jan Boetje le respondió:
—Señora, si usted lleva razón, y el pecado y el sufrimiento me han traído hasta su país en busca de oro, ¿puedo ser acaso un hombre de confianza para sus nietos?
Mi abuela replicó, con su clara voz suave y tan llena de amor y piedad:
—¿Acaso existe algún pecado que no se pueda perdonar? ¿Y alguna pena que no se pueda compartir?
Jan Boetje respondió:
—Mi pena no la puedo compartir, y mi pecado ni yo mismo lo podré nunca perdonar. Y de nuevo dijo mi abuela:
—Señor, lo que yace en el corazón de un hombre lo conocen solamente Dios y él. Haga usted lo que le parezca mejor, pero seguro que, si desea quedarse con nosotros, le confiaré a mis nietos porque sé que el Señor lo ha enviado.
Durante un largo rato (eso me pareció a mí) Jan Boetje permaneció sentado frente a nosotros sin decir palabra. Yo no podía respirar, y sin embargo era como si todo el mundo pudiera oír mi respiración. Hacía tiempo que se habían acostado los niños de la tía Betje, y tan sólo mis abuelos y yo estábamos con él. Mucho, mucho tiempo esperó, y cuando por fin Jan Boetje dijo "Me quedo," era como si me hubiera oído pedirle a Dios ayuda gritando en su favor.
Y así ocurrió que Jan Boetje se quedó con nosotros en la granja y se dedicó a dar clases a los niños de la tía Betje. El aula era una vieja cochera (el abuelo ya había construido una nueva) y allí pusimos mi abuela y yo una mesa y varios taburetes para Jan Boetje y sus alumnos. La cochera no tenía ninguna ventana, y para que hubiera luz Jan Boetje y los niños se sentaban cerca del postigo abierto. Desde aquella puerta se veía el naranjal, donde se habían bautizado todos los hijos y también muchos de los nietos de mi abuela. Más allá, y por encima de los naranjos, se erguían las cumbres de las enormes montañas de Zwartkops, tan oscuras en el verano, y tan blancas cuando se llenaban de nieve en el invierno. Entre las montañas, hacia el valle a lo lejos, se veía el puerto de Ghamka, por el que pasaban los hombres en dirección al norte del país en busca de oro. El río Ghamka bajaba por aquel paso de montaña y regaba todas las granjas del valle. Si uno bajaba desde los montes hacia Nooitgedacht, lo podía cruzar a través del vado de Rooikranz.
Dentro de la cochera guardaba mi abuelo los enormes toneles de aguardiente y el tabaco, las calabazas y el grano, los arados y azadones, las fustas y los arreos, y todas esas cosas que a menudo se necesitan para una granja. De las vigas de la parte alta también colgaban las enormes pieles que utilizaba para fabricar los arneses y los zapatos camperos. El aula de Jan Boetje siempre olía a tabaco, a aguardiente y a pieles de animales, y cuando el suelo de barro, que estaba cerca de la puerta, se cubría con la mezcla fresca de abono y cenizas, daba olor a sangre de buey y también a estiércol de vaca.
Nosotros, cuando llegó Jan Boetje, no teníamos libros en la granja, excepto la Biblia y todos aquellos viejos manuales de escuela que mis tías y tíos, al casarse, habían juzgado que no eran lo suficientemente útiles como para llevárselos. Los hijos de la tía Betje tenían la Biblia como libro de lectura, y una de las pieles de mi abuelo a modo de pizarra. Sobre aquel pellejo, con una arcilla azul que se sacaba del fondo del río, enseñaba Jan Boetje a los pequeños el alfabeto, y a los mayores las tablas aritméticas. Geografía también les enseñaba, pero era un tipo de geografía como nunca se había enseñado en toda la región de Platkops. Sí, seguro que el mundo nunca podía ser tan maravilloso y extraño como nos lo pintaba Jan Boetje (pues yo también iba a su clase de geografía) dentro de aquella cochera de mi abuelo, y siempre que hablaba de las ciudades y de las maravillas que había visto, yo pensaba en lo amarga que debía de ser aquella tristeza, y lo grave del pecado que lo había alejado de todo aquello para estar con nosotros. Y cuando, como a veces sucedía, después, me preguntaba: "¿Qué vamos a elegir como lectura, Engela?," yo siempre escogía el capítulo catorce de los Paralipómenos o el capítulo octavo del Libro III de los Reyes.
Jan Boetje me preguntó un día:
—¿Qué es lo que te hace elegir siempre la Oración de Salomón en el Templo, Engelac?
Y yo, que no sabía lo cerca del amor que se encontraba mi misericordia, le respondí:
—Porque, señor, el rey Salomón, que es quien exclama: "Óyelo Tú en el cielo, lugar de tu morada, y perdona", también pide en favor del extranjero que viene de tierras lejanas.
A partir de aquel día Jan Boetje, que era amable y cariñoso con sus alumnos, también fue amable y cariñoso conmigo. Muchas veces a partir de entonces noté que sus ojos se fijaban en mí, y cuando a veces venía y se sentaba en silencio a mi lado mientras cosía, algo me latía tan fuerte en el corazón que era como un dolor y una alegría al mismo tiempo. Excepto con sus alumnos, no hablaba con nadie de la granja si no se dirigían a él en primer lugar, pero ahora conmigo sí hablaba, y cuando yo salía al campo para acompañar a la pequeña Neeltje y a sus hermanos, que iban en busca de todo aquello que siempre es maravilloso para un niño, Jan Boetje nos acompañaba. Y entonces era cuando yo le enseñaba a Jan Boetje de qué tipo de zarzas podía comer el fruto y cuáles seguramente podían matarlo, qué clase de hojas y arbustos podían curar a cualquiera de muchas dolencias, y qué raíces y flores servían para aplacar la sed. Numerosas cosas sencillas de este tipo le enseñé en el campo, y en muchas, muchas ocasiones después le di gracias a Dios por haberlo hecho. Sí, todo lo que mi amor podía hacer por Jan Boetje no era más que guiarlo en mitad del desierto.
Cuando Jan Boetje llevaba con nosotros algo más de seis meses, fue el cumpleaños de Neeltje la pequeña. Mi abuela lo convirtió en un auténtico día de fiesta para los niños, y Jan Boetje y yo tuvimos que ir con ellos, en una carreta tirada por dos mulas, a un barranco pequeño que había más allá del vado de Rooikranz. Hacía un día tan claro y apacible, como suele ocurrir en nuestro valle del Ghamka durante el mes de junio, y mientras avanzábamos, Neeltje y sus hermanos cantaban todos juntos con unas voces tan agudas y melodiosas que me hacían recordar a los ángeles de Dios. Debido a mi dolencia de pecho nunca podía cantar, y sin embargo aquel día, teniendo sentado junto a mí a Jan Boetje, era como si mi corazón estuviera tan lleno de cánticos que él pudiera incluso oírlos. Sí, yo, que ahora estoy tan vieja, tan anciana, nunca llegué a sentir más aquel gozo que entonces me arrastraba en cuerpo y alma.
Cuando ya habíamos avanzado unos quince minutos desde la granja, llegamos al vado de Rooikranz. Había habido poca lluvia y nieve en las montañas aquel invierno, y en el amplio lecho del río no había más que un arroyuelo. Por allí las orillas son muy empinadas, y en el lado contrario, a lo lejos, están las enormes piedras rojas que le dan nombre al vado (1). Allí fabrican la miel las abejas silvestres y tienen su morada los gansos salvajes, y aquel día, ¡qué bonitas se veían en medio del aire apacible y claro las piedras rojas en contraste con el cielo azul, y qué bellas se veían frente a las rocas las blancas alas de los gansos salvajes!
Cuando ya cruzamos el arroyuelo, Jan Boetje paró la carreta y se bajaron Neeltje y sus hermanos para corretear por el lecho del río, a gritos y manoteando para echar a los gansos de las rocas que tenían por encima. Tan sólo yo me quedé con Jan Boetje, y entonces, cuando comenzó a fustigar a las mulas, éstas no quisieron moverse. Jan Boetje se puso de pie dentro del carro y las estuvo golpeando hasta que se echaron para atrás hacia el arroyo. Jan Boetje saltó de la carreta y con el otro extremo del látigo, que era como un palo, comenzó a dar golpes en los ojos a las mulas, y aquel rostro suyo, que tan grato era para mí, se volvió de pronto extraño y terrible. Le grité: "¡Jan Boetje! ¡Jan Boetje!," pero la dolencia que tenía en el pecho se apoderó de mí y fui incapaz de decir palabra. Dentro del carro me levanté para bajarme, al tiempo que Jan Boetje sostenía un cuchillo en la mano y se lo clavaba a las mulas en los ojos para cegarlas. Afilado y penetrante, por encima de las risas de los niños y del ruido que hacían los gansos salvajes, se oyó un gemido terrible, y me caí de la carreta para darme contra la suave arena grisácea del fondo del río. Cuando volví a levantarme las mulas se habían alejado bajando por el arroyo, con el carro detrás dándoles golpes, rajándose a pedazos, mientras Jan Boetje corría tras ellas; y tan rápidamente se había apoderado su locura de él, que aún los niños seguían con sus risas y manoteos, y todavía seguían volando por encima de nosotros los gansos salvajes entre las piedras rojas.
Dios sabe cómo me las arreglé para reunir a todos los niños y, tras mandar a los chicos mayores que volvieran apresuradamente a la granja, allí llegué finalmente junto con Neeltje y los más pequeños. Mi abuelo salió a nuestro encuentro. Le conté todo lo que pude, pero era muy poco lo que conseguía hablar, y él se marchó cabalgando río abajo. Cuando llegamos a la granja, los niños corrieron hacia donde estaba mi abuela en la casa, sin embargo yo me fui sola a la cochera. Abrí y volví a cerrar la puerta tras de mí, y a oscuras tantee hasta dar con la silla de Jan Boetje. Durante mucho, mucho tiempo me quede allí sentada, con la cabeza apoyada en los brazos encima de su mesa, y era como si en todo el mundo no existiera mas que una sola pena que me partía el corazón, y una sola oscuridad que olía a tabaco, aguardiente y pellejos. Si, mucho tiempo me quede allí sentada, y cuando por fin mi abuela dio conmigo:
— Mi pequeña Engela -dijo-. Luz de mi corazón!, tesoro mio!
Las mulas, a las que les había sacado Jan Boetje los ojos, las mató mi abuelo de un disparo, y durante mucho tiempo las astillas y trozos que quedaban del carro estuvieron dispersos por el lecho del río. A Jan Boetje mi abuelo no lo pudo encontrar, aunque mandó a varios hombres que lo buscaran por todo el valle, y tras muchos días pensamos que Jan Boetje se había ido al norte del país por la noche, a través del puerto de montaña. Estuve entonces tanto tiempo enferma que mi padre vino desde su granja de la región de Beaufort para verme. Me hubiera llevado con él de vuelta, si yo no le hubiera pedido, sollozando en mitad de mi enfermedad, a mi abuela que me cuidara; y mi padre, para quien estaba bien todo lo que hacía mi abuela, una vez más me dejó con ella.
No hacía muchos días que se había marchado mi padre cuando el viejo Franz Langermann vino a casa de mis abuelos trayendo noticias de Jan Boetje. Franz Langermann ocupaba la vivienda del puente de peaje que había en la entrada del paso de montaña, y hasta allí había llegado Jan Boetje preguntando si podía venderle una carretilla vieja que había en la verja de pontazgo. La carretilla era muy pesada y enorme, y la habían desechado los obreros que se dedican a arreglar el camino del puerto. Franz Langermann le había preguntado a Jan Boetje que iba a hacer con aquella carretilla, y Jan Boetje le había contestado: "Yo, que he matado a unas mulas, voy a trabajar como una mula si es que deseo vivir"; y le había dicho a Franz Langermann: "Vete a la granja de Nooitgedacht y dile a la señora Delport que todo lo que hay dentro de una lata que esta en mi cuarto es para ella en pago por las mulas, pero también hay suficiente como para pagar esta carretilla si esa señora desea darte la cantidad justa."
Preguntó mi abuela a Franz Langermann:
—¿Pero qué es lo que puede hacer Jan Boetje con una carretilla?
Y Franz Langermann respondió:
—¡Mire usted, señora! Por todo el país quiere ir arrastrando la carretilla como una mula para recoger todo lo que pueda encontrar y luego venderlo otra vez para poder vivir. Y le digo más: de unas tiras que le di ya se ha hecho Jan Boetje sus propios arreos.
Mi abuela fue a la habitación de Jan Boetje y encontró la lata tal como había dicho Franz Langermann. Allí había todo el dinero necesario para pagar las mulas y la carretilla, pero no había nada mas. Mi abuela saco la lata, se la dio a Langermann, y dijo:
— Haga el favor de llevarse esta lata tal como está, y que ese señor le dé a usted lo que he debe, pero en ningún momento voy a aceptar ninguna cantidad por las mulas. ¿Acaso no hace ya siete meses que lleva Jan Boetje dando clases a mis nietos? Que Dios guarde a Jan Boetje y quede en paz.
Sin embargo, Franz Langermann no quería llevarse la caja de metal.
— Mire usted, señora -decía-. Le juré a Jan Boetje que tan solo aceptaría el dinero de la carretilla, y que el resto lo dejaría.
Mi abuela volvió a colocar la caja en el cuarto de Jan Boetje, y a cambio le dio a Franz Langermann todo lo que se necesita para un viaje (comida: carne seca de buey, galletas y un saquito de cabritilla lleno de fruta escarchada). Todo cuanto pudo cargar Franz Langermann se lo dio mi abuela. Sin embargo yo, que le hubiera dado a Jan Boetje el mundo entero, en todo el mundo no había nada que pudiera darle. Tan solo cuando Franz Langermann abandonó la casa y cruzó el patio corrí tras él con mi pequeña Biblia en la mano y le dije gritando:
— ¡Franz Langermann! Franz Langermann! Dígale a Jan Boetje que vuelva a Nooitgedacht! ¡Dígale que mientras yo viva lo esperare!
Sí, lo dije. Dios sabrá cual era para mi el sentido de mi mensaje, o que significado podía tener para Jan Boetje, pero era como si me fuera a morir si no se lo hacía llegar. Aquel día vino mi abuela, ya bien entrada la noche, al cuarto donde yo permanecía despierta. Me atrajo hacia sus brazos y me rodeo, y en medio de la oscuridad, grite:
—¡Abuela! ¡Abuela! ¿Entonces el amor no es más que esta tristeza?
Y aún consigo escuchar la voz tenue y clara que me respondió en forma extraña:
—Una alegría, una tristeza; un apoyo, un impedimento.... El amor al final viene a ser únicamente lo que uno quiere que sea.
Fue al día siguiente cuando mi abuela me pidió que le hiciera el favor de dar las clases en lugar de Jan Boetje. Al principio, por considerar que mi dolencia de pecho siempre me hacía sentirme asustada, no creí que lo dijera en serio; pero si que lo decía de veras, y de pronto vi que, en honor de Jan Boetje, tenia fuerzas como para hacerlo, y reuní a los niños, fuimos a la cochera y les di la clase.
A lo largo de los meses de la primavera y verano de aquel año, tras conseguir del reverendo del pueblo de Platkops algunos libros que pudieran ayudarme, le hice a mi abuela el favor de dar las clases; y, porque para mí era fácil sentir afecto por los niños pequeños y tener paciencia con ellos, y porque era en honor de Jan Boetje por lo que lo hacía, al final llegue a olvidar mi enfermedad de pecho y me convertí en una buena maestra; y día tras día, sentada en la silla de la cochera, pensaba en Jan Boetje tirando de su carreta por los campos; y día tras día le daba gracias a Dios por haberle enseñado de que zarzas podía comer el fruto y que flores le podían aplacar la sed. Si, en aquellas pobres y sencillas cosas mi amor tenia que encontrar consuelo. Aquel año llegó pronto el invierno al valle de Ghamka, y hubo un día del mes de mayo en que las primeras nieves provocaron la crecida del río desde las montañas. Mi abuelo llevó a los niños al vado para ver aquello. Yo no fui, y en cambio me quedé sentada trabajando con mis libros en la cochera; constantemente, aquel día, siempre que levantaba la mirada hacia el postigo abierto y veía, a lo lejos, por encima de los naranjos, las cumbres de las montañas de Zwartkops, tan puras y blancas en contraste con el cielo azul, me llegaba un triste y extraño gozo al corazón, y era como si supiera que al fin había encontrado la paz Jan Boetje, y que venía de camino para contármelo. ¡Cuanto, cuanto tiempo estuve pensando en el aquel día en la cochera!; y cuando se oyeron unas fuertes pisadas en el suelo y un murmullo de voces por el patio, no presté atención, pero luego se perdieron las voces y mi abuela, sola, apareció de pie ante mí, con los ojos llenos de lagrimas y con un libro pequeño en la mano, húmedo y aumentado por el agua, que reconocí como la Biblia que yo le había mandado a Jan Boetje. Por la parte de abajo del vado habían encontrado su cuerpo, con los arreos todavía sobre el pecho, y la vara de la carreta en una mano.
Aquella noche fui a solas al cuarto donde yacía Jan Boetje y aparté las sabanas que lo cubrían.
Por todo el pecho, allí donde hablan ido rozando las tiras de los arreos, tenia la piel dura y áspera como el cuero. Me arrodille a su lado, y apreté mi cabeza contra su pecho. Por todo mi corazón corrían, como despidiéndose, aquellas palabras tiernas y pueriles que mi abuela me solía decir: "Gozo mío y tristeza mía.... Luz de mi corazón, tesoro mío."



(1) El vado de Rooikranz, es decir, "de la fúnebre corona roja," en afrikaans.

Bessie Smith

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La "Emperatriz del blues", no hacen falta más presentaciones.

Yellowdog Blues


St. Louis Blues
Esta grabación de 1929 pertenece al cortometraje "St. Louis Blues". La orquesta es la de Fletcher Henderson, el coro es el "Hall Johnson Choir" y el pianista es James P. Johnson. El corto está basado en la canción que le da título compuesta por W. C. Handy. El corto completo puede verse en dos partes aquí y aquí.


Nobody knows you when you're down and out