Parece que en mayo de este año se publicará la tercera novela de Chimamanda, "Americanah" (el término se usa en Nigeria para etiquetar despectivamente a los nigerianos demasiado americanizados).
Este cuento pertenece al volumen "Algo alrededor de tu cuello" de 2009.
La versión del cuento es la de Aurora Echevarría.
Chika entra primero por la ventana de la tienda de comestibles y sostiene el postigo para que la mujer la siga. La tienda parece haber sido abandonada mucho antes de que empezaran los disturbios; las estanterías de madera están cubiertas de polvo amarillo, al igual que los contenedores metálicos amontonados en una esquina. Es una tienda pequeña, más pequeña que el vestidor que tiene Chika en su país. La mujer entra y el postigo chirría cuando Chika lo suelta. Le tiemblan las manos y le arden las pantorrillas después de correr desde el mercado tambaleándose sobre sus sandalias de tacón. Quiere dar las gracias a la mujer por haberse detenido al pasar por su lado para decirle «¡No corras hacia allí!», y haberla conducido hasta esta tienda vacía en la que esconderse. Pero antes de que pueda darle las gracias, la mujer se lleva una mano al cuello.
-He perdido collar mientras corro.
-Yo he soltado todo —dice Chika—. Acababa de comprar unas naranjas y las he soltado junto con el bolso.
No añade que el bolso era un Burberry original que le compró su madre en un viaje reciente a Londres.
La mujer suspira y Chika imagina que está pensando en su collar, probablemente unas cuentas de plástico ensartadas en una cuerda. Aunque no tuviera un fuerte acento hausa, sabría que es del norte por el rostro estrecho y la curiosa curva de sus pómulos, y que es musulmana por el pañuelo. Ahora le cuelga del cuello, pero poco antes debía de llevarlo alrededor de la cara, tapándole las orejas. Un pañuelo largo y fino de color rosa y negro, con el vistoso atractivo de lo barato. Se pregunta si la mujer también la está examinando a ella, si sabe por su tez clara y el anillo rosario de plata que su madre insiste en que lleve que es igbo y cristiana. Más tarde se enterará de que, mientras las dos hablan, hay musulmanes hausas matando a cristianos igbos a machetazos y pedradas. Pero en este momento dice:
-Gracias por llamarme. Todo ha ocurrido muy deprisa y la gente ha echado a correr, y de pronto me he visto sola, sin saber qué hacer. Gracias.
-Este lugar seguro —dice la mujer en voz tan baja que suena como un suspiro—. No van a todas las tiendas pequeñas-pequeñas, solo a las grandes-grandes y al mercado.
-Sí —dice Chika.
Pero no tiene motivos para estar de acuerdo o en desacuerdo, porque no sabe nada de disturbios; lo más cerca que ha estado de uno fue hace unas semanas en una manifestación de la universidad a favor de la democracia en la que había sostenido una rama verde y se había unido a los cantos de «¡Fuera el ejército! ¡Fuera Abacha! ¡Queremos democracia!». Además, nunca habría participado si su hermana Nnedi no hubiera estado entre los organizadores que habían ido de residencia en residencia repartiendo panfletos y hablando a los estudiantes de la importancia de «hacernos oír».
Le siguen temblando las manos. Hace justo una hora estaba con Nnedi en el mercado. Se ha parado a comprar naranjas y Nnedi ha seguido andando hasta el puesto de cacahuetes, y de pronto se han oído gritos en inglés, en el idioma criollo, en hausa y en igbo: «¡Disturbios! ¡Han matado a un hombre!». Y a su alrededor todos se han puesto a correr, empujándose unos a otros, volcando carretas llenas de ñames y dejando atrás las verduras golpeadas por las que acababan de regatear. Ha olido a sudor y a miedo, y también se ha echado a correr por las calles anchas y luego por ese estrecho callejón que ha temido, mejor dicho, ha intuido, que era peligroso, hasta que ha visto a la mujer.
La mujer y ella se quedan un rato en silencio, mirando hacia la ventana por la que acaban de entrar, con el postigo chirriante que se balancea en el aire. Al principio la calle está silenciosa, luego se oyen unos pies corriendo. Las dos se apartan instintivamente de la ventana, aunque Chika alcanza a ver pasar a un hombre y una mujer, ella con una túnica hasta las rodillas y un crío a la espalda. El hombre hablaba rápidamente en igbo y todo lo que ha entendido Chika ha sido: «Puede que haya corrido a la casa del tío».
-Cierra ventana -dice la mujer.
Chika así lo hace, y sin el aire de la calle, el polvo que flota en la habitación es tan espeso que puede verlo por encima de ella. El ambiente está cargado y no huele como las calles de fuera, que apestan como el humo color cielo que flota alrededor en Navidad cuando la gente arroja las cabras muertas al fuego para quitar el pelo de la piel. Las calles por donde ha corrido ciegamente, sin saber hacia dónde ha ido Nnedi, sin saber si el hombre que corría a su lado era amigo o enemigo, sin saber si debía parar y recoger a alguno de los niños aturdidos que con las prisas se ha separado de su madre, sin saber quién era quién ni quién mataba a quién.
Más tarde verá los armazones de los coches incendiados, con huecos irregulares en lugar de ventanillas o parabrisas, e imaginará los coches en llamas desperdigados por toda la ciudad como hogueras, testigos silenciosos de tanta atrocidad. Averiguará que todo empezó en el aparcamiento cuando un hombre pisó con las ruedas de su furgoneta un ejemplar del Santo Corán que había a un lado de la carretera, un hombre que resultó ser un igbo cristiano. Los hombres de alrededor, que se pasaban el día jugando a las damas y que resultaron ser musulmanes, lo hicieron bajar de la furgoneta, le cortaron la cabeza de un machetazo y la llevaron al mercado pidiendo a los demás que los siguieran: ese infiel había profanado el Santo Libro. Chika imaginará la cabeza del hombre, la piel ceniza de la muerte, y tendrá arcadas y vomitará hasta que le duela la barriga. Pero ahora pregunta a la mujer:
-¿Todavía huele a humo?
-Sí. —La mujer se desabrocha la tela que lleva anudada a la cintura y la extiende en el suelo polvoriento. Debajo solo lleva una blusa y una combinación negra rasgada por las costuras—. Siéntate.
Chika mira la tela deshilachada extendida en el suelo; probablemente es una de las dos túnicas que tiene la mujer. Baja la vista hacia su falda tejana y su camiseta roja estampada con una foto de una Estatua de la Libertad, las dos compradas el verano que Nnedi y ella pasaron dos semanas en Nueva York con unos parientes.
-Se la ensuciaré —dice.
-Siéntate —repite la mujer—. Tenemos que esperar mucho rato.
-¿Sabe cuánto...?
-Hasta esta noche o mañana por la mañana.
Chika se lleva una mano a la frente como para comprobar si tiene fiebre. El roce de su palma fría suele calmarla, pero esta vez la nota húmeda y sudada.
-He dejado a mi hermana comprando cacahuetes. No sé dónde está.
-Irá a un lugar seguro.
-Nnedi.
-¿Eh?
-Mi hermana. Se llama Nnedi.
-Nnedi -repite la mujer, y su acento hausa envuelve el nombre igbo de una suavidad plumosa.
Más tarde Chika recorrerá los depósitos de cadáveres de los hospitales buscando a Nnedi; irá a las oficinas de los periódicos con la foto que les hicieron a las dos en una boda hace una semana, en la que ella sale con una sonrisa boba porque Nnedi le dio un pellizco justo antes de que dispararan, las dos con trajes bañera de Ankara. Pegará fotos en las paredes del mercado y en las tiendas cercanas. No encontrará a Nnedi. Nunca la encontrará. Pero ahora dice a la mujer:
-Nnedi y yo llegamos la semana pasada para ver a nuestra tía. Estamos de vacaciones.
-¿Dónde estudiáis?
-Estamos en la Universidad de Lagos. Yo estudio medicina, y Nnedi ciencias políticas.
Chika se pregunta si la mujer sabe lo que significa ir a la universidad. Y se pregunta también si ha mencionado la universidad solo para alimentarse de la realidad que ahora necesita: que Nnedi no se ha perdido en un disturbio, que está a salvo en alguna parte, probablemente riéndose con la boca abierta a su manera relajada o haciendo una de sus declaraciones políticas. Sobre cómo el gobierno del general Abacha utiliza la política exterior para legitimarse a los ojos de los demás países africanos. O que la enorme popularidad de las extensiones de pelo rubio era consecuencia directa del colonialismo británico.
-Solo llevamos una semana aquí con nuestra tía, ni siquiera hemos estado en Kano —dice Chika, y se da cuenta de lo que está pensando: su hermana y ella no deberían verse afectadas por los disturbios. Eso era algo sobre lo que leías en los periódicos. Algo que sucedía a otras personas.
-¿Tu tía está en mercado? —pregunta la mujer.
-No, está trabajando. Es la directora de la Secretaría.
Chika vuelve a llevarse una mano a la frente. Se agacha hasta sentarse en el suelo, mucho más cerca de la mujer de lo que se habría permitido en circunstancias normales, para apoyar todo el cuerpo en la tela. Le llega el olor de la mujer, algo intenso como la pastilla de jabón con que la criada lava las sábanas.
-Tu tía está en lugar seguro.
-Sí —dice Chika. La conversación parece surrealista; tiene la sensación de estar observándose a sí misma—. Sigo sin creer que estoy en medio de un disturbio.
La mujer mira al frente. Todo en ella es largo y esbelto, las piernas extendidas ante sí, los dedos de las manos con las uñas manchadas de henna, los pies.
-Es obra del diablo -dice por fin.
Chika se pregunta si eso es lo que piensan todas las mujeres de los disturbios, si eso es todo lo que ven: el diablo. Le gustaría que Nnedi estuviera allí con ella. Imagina el marrón chocolate de sus ojos al iluminarse, sus labios moviéndose deprisa al explicar que los disturbios no ocurren en un vacío, que lo religioso y lo étnico a menudo son politizados porque el gobernante está seguro si los gobernados hambrientos se matan entre sí. Luego siente una punzada de remordimientos y se pregunta si la mente de esa mujer es lo bastante grande para entenderlo.
-¿Ya estás viendo a enfermos en la universidad? -pregunta la mujer.
Chika desvía rápidamente la mirada para que no vea su sorpresa.
-¿En mis prácticas? Sí, empezamos el año pasado. Vemos a pacientes del hospital clínico.
No añade que a menudo le invaden las dudas, que se queda al final del grupo de seis o siete estudiantes, rehuyendo la mirada del profesor y rezando para que no le pida que examine un paciente y dé su diagnóstico diferencial.
-Yo soy comerciante -dice la mujer-. Vendo cebollas.
Chika busca en vano una nota de sarcasmo o reproche en su tono. La voz suena baja y firme, una mujer que dice a qué se dedica sin más.
-Espero que no destruyan los puestos del mercado -responde; no sabe qué más decir.
-Cada vez que hay disturbios destrozan el mercado.
Chika quiere preguntarle cuántos disturbios ha presenciado, pero se contiene. Ha leído sobre los demás en el pasado: fanáticos musulmanes hausas que atacan a cristianos igbos, y a veces cristianos igbos que emprenden misiones de venganza asesinas. No quiere que empiecen a dar nombres.
-Me arden los pezones como si fueran pimienta.
Antes de que Chika pueda tragar la burbuja de sorpresa que tiene en la garganta y responder algo, la mujer se levanta la blusa y se desabrocha el cierre delantero de un gastado sujetador negro. Saca los billetes de diez y veinte nairas que lleva doblados en el sujetador antes de liberar los pechos.
-Me arden como pimienta -repite, cogiéndoselos con las manos ahuecadas e inclinándose hacia Chika como si se los ofreciera.
Chika se aparta. Recuerda la ronda en la sala de pediatría de hace una semana: su profesor, el doctor Olunloyo, quería que todos los alumnos oyeran el soplo al corazón en cuarta fase de un niño que los observaba con curiosidad. El médico le pidió a Chika que empezara y ella se puso a sudar con la mente en blanco, sin saber muy bien dónde estaba el corazón. Al final puso una mano temblorosa en el lado izquierdo de la tetilla del niño, y al notar bajo los dedos el vibrante zumbido de la sangre yendo en la otra dirección, se disculpó tartamudeando ante el niño, aunque él le sonreía.
Los pezones de la mujer no son como los de ese niño. Son marrón oscuro, y están cuarteados y tirantes, con la areola de color más claro. Chika los examina con atención, los toca.
-¿Tiene un bebé? -pregunta.
-Sí. De un año.
-Tiene los pezones secos, pero no parecen infectados. Después de dar de mamar debe aplicarse una crema. Y cuando dé de mamar, asegúrese de que el pezón y también lo otro, la areola, encajan en la boca del niño.
La mujer mira a Chika largo rato.
-La primera vez de esto. Tengo cinco hijos.
-A mi madre le pasó lo mismo. Se le agrietaron los pezones con el sexto hijo y no sabía cuál era la causa, hasta que una amiga le dijo que tenía que hidratarlos -explica Chika.
Casi nunca miente, y las pocas veces que lo hace siempre es por alguna razón. Se pregunta qué sentido tiene mentir, la necesidad de recurrir a un pasado ficticio parecido al de la mujer; Nnedi y ella son las únicas hijas de su madre. Además, su madre siempre tuvo a su disposición al doctor Iggokwe, con su formación y su afectación británicas, con solo levantar el teléfono.
-¿Con qué se frota su madre el pezón? -pregunta la mujer.
-Manteca de coco. Las grietas se le cerraron enseguida.
-¿Eh? -La mujer observa a Chika más rato, como si esa revelación hubiera creado un vínculo-. Está bien, lo haré. -Juega un rato con su pañuelo antes de añadir-: Estoy buscando a mi hija. Vamos al mercado juntas esta mañana. Ella está vendiendo cacahuetes cerca de la parada de autobús, porque hay mucha gente. Luego empieza el disturbio y yo voy arriba y abajo buscándola.
-¿El bebé? -pregunta Chika, sabiendo lo estúpida que parece incluso mientras lo pregunta.
La mujer sacude la cabeza y en su mirada hay un destello de impaciencia, hasta de cólera.
-¿Tienes problema de oído? ¿No oyes lo que estoy diciendo?
-Lo siento.
-¡Bebé está en casa! Esta es mi hija mayor.
La mujer se echa a llorar. Llora en silencio, sacudiendo los hombros, no con la clase de sollozos fuertes de las mujeres que conoce, que parecen decir a gritos: «Sujétame y consuélame porque no puedo soportar esto yo sola». El llanto de esta mujer es privado, como si llevara a cabo un ritual necesario que no involucra a nadie más.
Más tarde Chika lamentará la decisión de haber dejado el barrio de su tía y haber ido al mercado con Nnedi en un taxi para ver un poco del casco antiguo de Kano; también lamentará que la hija de la mujer, Halima, no se haya quedado en casa esta mañana por pereza, cansancio o indisposición, en lugar de salir a vender cacahuetes.
La mujer se seca los ojos con un extremo de la blusa.
-Que Alá proteja a tu hermana y a Halima en un lugar seguro —dice.
Y como Chika no está segura de lo que contestan los musulmanes y no puede decir «Amén», se limita a asentir. La mujer ha descubierto un grifo oxidado en una esquina de la tienda, cerca de los contenedores metálicos. Tal vez donde el dueño se lavaba las manos, dice, y explica a Chika que las tiendas de esa calle fueron abandonadas hace meses, después de que el gobierno ordenara su demolición por tratarse de estructuras ilegales. Abre el grifo y las dos observan sorprendidas cómo sale un pequeño chorro de agua. Marronosa y tan metálica que a Chika le llega el olor. Aun así, corre.
-Lavo y rezo -dice la mujer en voz más alta, y sonríe por primera vez, dejando ver unos dientes uniformes con los incisivos manchados.
En las mejillas le salen unos hoyuelos lo bastante profundos para tragarse la mitad de un dedo, algo insólito en una cara tan delgada. Se lava torpemente las manos y la cara en el grifo, luego se quita el pañuelo del cuello y lo pone en el suelo. Chika aparta la mirada. Sabe que la mujer está de rodillas en dirección a La Meca, pero no mira. Como las lágrimas, es una experiencia privada y le gustaría salir de la tienda. O poder rezar también y creer en un dios, una presencia omnisciente en el aire viciado de la tienda. No recuerda cuándo su idea de Dios no ha sido borrosa como el reflejo de un espejo empañado por el vaho, y no se recuerda intentando limpiar el espejo.
Toca el anillo rosario que todavía lleva en el dedo, a veces en el meñique y otras en el índice, para complacer a su madre. Nnedi se lo quitó, diciendo con su risa gangosa: «Los rosarios son como pociones mágicas. No las necesito, gracias».
Más tarde la familia ofrecerá una misa tras otra para que Nnedia aparezca sana y salva, nunca por el reposo de su alma. Y Chika pensará en esa mujer, rezando con la cabeza vuelta hacia el suelo polvoriento, y cambiará de parecer antes de decir a su madre que está malgastando el dinero con esas misas que solo sirven para engrosar las arcas de la iglesia.
Cuando la mujer se levanta, Chika se siente extrañamente vigorizada. Han pasado más de tres horas e imagina que el disturbio se ha calmado, que los responsables ya están lejos. Tiene que irse, tiene que volver a casa y asegurarse de que Nnedi y su tía están bien.
-Debo irme.
De nuevo la cara de impaciencia de la mujer.
-Todavía es peligroso salir.
-Creo que se han marchado. Ya no huelo el humo.
La mujer se sienta de nuevo sobre la tela sin decir nada. Chika la observa un rato, sintiéndose decepcionada sin saber por qué. Tal vez esperaba de ella una bendición.
-¿Está muy lejos tu casa? —pregunta.
-Lejos. Cojo dos autobuses.
-Entonces volveré con el chófer de mi tía para acompañarte —dice Chika.
La mujer desvía la mirada.
Chika se acerca despacio a la ventana y la abre. Espera oír gritar a la mujer que se detenga, que vuelva, que no hay prisa. Pero la mujer no dice nada y Chika nota su mirada clavada en la espalda mientras sale. Las calles están silenciosas. Se ha puesto el sol y en la media luz crepuscular Chika mira alrededor, sin saber qué dirección tomar. Reza para que aparezca un taxi, ya sea por arte de magia, suerte o la mano de Dios. Luego reza para que Nnedi esté en ese taxi, preguntándole dónde demonios se ha metido y lo preocupados que han estado por ella. No ha llegado al final de la segunda calle en dirección al mercado cuando ve el cadáver. Apenas lo ve pero pasa tan cerca que le llega el calor. Acaban de quemarlo. El olor que desprende es repulsivo, a carne asada, no se parece a nada que haya olido antes.
Más tarde, cuando Chika y su tía recorran todo Kano con un policía en el asiento delantero del coche con aire acondicionado de su tía, verá otros cadáveres, muchos carbonizados, tendidos a lo largo de las calles como si alguien los hubiera arrastrado y colocado cuidadosamente allí. Mirará solo uno de los cadáveres, desnudo, rígido, boca abajo, y se dará cuenta de que solo viendo esa carne chamuscada no puede saber si el hombre parcialmente quemado es igbo o hausa, cristiano o musulmán. Escuchará por la radio la BBC y oirá las descripciones de las muertes y del disturbio («religioso con un trasfondo de tensiones étnicas», dirá la voz). Y la arrojará contra la pared y una feroz cólera la inundará ante cómo han empaquetado, saneado y comprimido todos esos cadáveres en unas pocas palabras. Pero ahora, el calor que desprende el cadáver carbonizado está tan cerca, tan presente, que se vuelve y regresa corriendo a la tienda. Siente un dolor agudo en la parte inferior de la pierna mientras corre. Llega a la tienda y golpea la ventana, y no para de golpearla hasta que la mujer abre.
Se sienta en el suelo y, a la luz cada vez más tenue, observa el hilo de sangre que le baja por la pierna. Los ojos le bailan inquietos en la cabeza. Esa sangre parece ajena a ella, como si alguien le hubiera embadurnado la pierna con puré de tomate.
-Tu pierna. Tienes sangre -dice la mujer con cierta cautela.
Moja un extremo de su pañuelo en el grifo y le lava el corte de la pierna, luego se lo enrolla alrededor y hace un nudo.
-Gracias -dice Chika.
-¿Necesitas ir al baño?
-¿Al baño? No.
-Los contenedores de allí los estamos utilizando como baños -explica la mujer.
La lleva al fondo de la tienda y en cuanto llega a la nariz de Chika el olor, mezclado con el del polvo y el agua metálica, siente náuseas. Cierra los ojos.
-Lo siento. Tengo el estómago revuelto. Por todo lo que está pasando hoy -se disculpa la mujer a sus espaldas.
Luego abre la ventana, deja el contenedor fuera y se lava las manos en el grifo. Cuando vuelve, Chika y ella se quedan sentadas una al lado de la otra en silencio; al cabo de un rato oyen el canto ronco a lo lejos, palabras que Chika no entiende. La tienda está casi totalmente oscura cuando la mujer se tiende en el suelo, con solo la parte superior del cuerpo sobre la tela.
Más tarde Chika leerá en The Guardián que «hay antecedentes de violencia por parte de los musulmanes reaccionarios hausaparlantes del norte contra los no musulmanes», y en medio de su dolor recordará que examinó los pezones y conoció la amabilidad de una musulmana hausa. Chika apenas duerme en toda la noche. La ventana está cerrada, el ambiente cargado, y el polvo, grueso y granulado, se le mete por las fosas nasales. No logra dejar de ver el cadáver ennegrecido flotando en un halo junto a la ventana, señalándola acusador. Al final oye a la mujer levantarse y abrir la ventana, dejando entrar el azul apagado del amanecer. Se queda un rato allí de pie antes de salir. Chika oye las pisadas de la gente que pasa por la acera. Oye a la mujer llamar a alguien, y una voz que se alza al reconocerla seguida de una parrafada en hausa rápido que no entiende.
La mujer entra de nuevo en la tienda.
-Ha terminado el peligro. Es Abu. Está vendiendo provisiones. Va a ver su tienda. Por todas partes hay policía con gas lacrimógeno. El soldado viene para aquí. Me voy antes de que el soldado empiece a acosar a todo el mundo.
Chika se levanta despacio y se estira; le duelen las articulaciones. Caminará hasta la casa con verja de su tía porque no hay taxis por las calles, solo jeeps militares y coches patrulla destartalados. Encontrará a su tía yendo de una habitación a otra con un vaso de agua en la mano, murmurando en igbo una y otra vez: ¿Por qué os pedí a Nnedi y a ti que vinierais a verme? ¿Por qué me engañó de este modo mi chi? Y Chika agarrará a su tía con fuerza por los hombros y la llevará a un sofá.
De momento se desata el pañuelo de la pierna, lo sacude como para quitar las manchas de sangre y se lo devuelve a la mujer.
-Gracias.
-Lávate bien-bien la pierna. Saluda a tu hermana, saluda a los tuyos -dice la mujer, enrollándose la tela a la cintura.
-Saluda tú también a los tuyos. Saluda a tu bebé y a Halima.
Más tarde, cuando vuelva andando a la casa de su tía, cogerá una piedra manchada de sangre seca y la sostendrá contra el pecho como un macabro souvenir. Y ya entonces, con una extraña intuición, sabrá que nunca encontrará a Nnedi, que su hermana ha desaparecido. Pero en ese momento se vuelve hacia la mujer y añade:
-¿Puedo quedarme con su pañuelo? Está sangrando otra vez.
La mujer la mira un momento sin comprender; luego asiente. Tal vez se percibe en su rostro el principio del futuro dolor, pero esboza una sonrisa distraída antes de devolverle el pañuelo y darse la vuelta para salir por la ventana.
A veces algunos se extrañan cuando digo que escuchar a un escritor es motivo suficiente para probar o desechar la lectura de su obra.
Cuando oyes hablar a las lindos, grandes o similares tienes claro que su obra no merece la pena. ¿Por qué? Porque no tienen absolutamente nada que contar.
Hay otros que al escucharlos descubres que sí tienen muchas cosas que decirnos y eso es suficiente para querer experimentar. Luego puede ocurrir aquello que dijera Sherwood Anderson, "Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla", pero no hay trucos infalibles.
Chimamanda es de esas autoras que al escucharla, no sólo consigue que te apetece leer su obra sino que además hace que Achebe, Thiong'o (mis dos candidatos al Nobel de este año), Tutuola, Laye, Chiziane, Okri o Gappah pasen rápidamente del fondo de la estantería, donde esperaban pacientes, a la primera línea.
La versión del cuento es la de Aurora Echevarría
Creías que en Estados Unidos todo el mundo tenía un coche y una pistola; tus tíos y tus primos también lo creían. Justo después de que te tocara el visado a Estados Unidos en la lotería, te dijeron: «Dentro de un mes tendrás un gran coche. Luego una gran casa. Pero no te compres una pistola como esos americanos».
Entraron en tropel en la habitación de Lagos donde vivías con tus padres y tus tres hermanas, y se apoyaron contra las paredes despintadas, porque no había suficientes sillas para todos, para decirte adiós en voz alta y añadir muy bajito lo que querían que les mandaras. Al lado del coche y la gran casa (y posiblemente la pistola), lo que ellos querían eran tonterías: bolsos, zapatos, perfumes y ropa. Tú dijiste que no había problema.
Tu tío de América, que había inscrito a toda la familia en la lotería de visados, te ofreció que vivieras con él hasta que consiguieras arreglártelas por ti sola. Fue a recogerte al aeropuerto y te compró un enorme perrito caliente con mostaza que te causó náuseas. Tu iniciación a Estados Unidos, dijo riéndose. Vivía en una pequeña ciudad de blancos en Maine, en una casa de treinta años junto a un lago. Te explicó que la compañía para la que trabajaba le había ofrecido unos cuantos miles de dólares más que el sueldo medio además de la opción de compra de acciones, solo porque estaban desesperados por dar una imagen de diversidad. En todos los folletos aparecía una foto suya, hasta en los que no tenían nada que ver con su departamento. Se rió y dijo que era un buen trabajo, que valía la pena vivir en una ciudad de blancos aunque su mujer tenía que conducir una hora para encontrar una peluquería que le arreglara el pelo. El secreto estaba en comprender lo que era Estados Unidos, un toma y daca. Renunciabas a muchas cosas pero ganabas otras tantas.
Te enseñó a rellenar una solicitud de empleo para cajera en una estación de servicio de Main Street y te apuntó a un centro de educación terciaria, donde las chicas tenían los muslos gruesos y llevaban las uñas pintadas de rojo brillante, y autobronceador que las hacía parecer naranjas. Te preguntaban dónde habías aprendido inglés, si en África había casas de verdad y si antes de ir a Estados Unidos habías visto un coche. Se quedaban perplejas con tu pelo. ¿Se levanta o cae cuando te quitas las trenzas?, querían saber. ¿Se queda todo él levantado? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Utilizas un peine? Tú sonreías agarrotada cuando te hacían esas preguntas. Tu tío te dijo que contaras con ello, una mezcla de ignorancia y arrogancia, lo llamó. Luego dijo que a los pocos meses de que ellos se mudaran a su barrio, los vecinos comentaban que las ardillas habían empezado a desaparecer. Habían oído decir que los africanos comían toda clase de animales salvajes.
Te reías con tu tío y te sentías a gusto en su casa; su mujer te llamaba nwanne, hermana, y sus dos hijos en edad escolar, tía. Hablaban igbo y comían garri al mediodía, y era como estar en casa. Hasta que tu tío entró en el abarrotado sótano donde dormías entre cajas y cartones, y te atrajo hacia sí a la fuerza, apretándote las nalgas y gimiendo. No era tu tío en realidad; era un hermano del marido de la hermana de tu padre, no tenía ningún lazo consanguíneo. Cuando lo rechazaste, él se sentó en tu cama —era su casa, después de todo—, sonrió y dijo que a los veintidós años ya no eras una niña. Que si le dejabas continuar haría muchas cosas por ti. Las mujeres listas lo hacían continuamente. ¿Cómo creía que lo habían conseguido todas esas mujeres de Lagos con empleos bien remunerados? Hasta las mujeres de la ciudad de Nueva York.
Te encerraste en el cuarto de baño hasta que subió de nuevo y a la mañana siguiente te marchaste. Echaste a andar por la larga carretera serpenteante oliendo las crías de pescado del lago. Lo viste pasar en coche. Siempre te había dejado en Main Street, pero ese día no tocó la bocina. Te preguntaste cómo explicaría a su mujer que te habías ido. Luego recordaste lo que te había dicho, que Estados Unidos era un toma y daca.
Terminaste en Connecticut, otra ciudad pequeña, porque era la última parada del autobús Greyhound al que te subiste. Entraste en un restaurante con un toldo limpio y reluciente, y te ofreciste a trabajar por dos dólares menos que las demás camareras. El gerente, Juan, tenía el pelo negro azabache y sonrió dejando ver un diente de oro. Dijo que nunca había tenido una empleada nigeriana, pero que todos los inmigrantes trabajaban duro. Lo sabía, lo había visto. Te pagaría un dólar menos pero en negro; no le gustaban todos los impuestos que le hacían pagar.
No podías permitirte seguir estudiando porque tenías que pagar el alquiler de una diminuta habitación con la moqueta manchada. Además, en la pequeña ciudad de Connecticut no había ningún centro de educación terciaria y los créditos de la universidad estatal costaban demasiado. De modo que ibas a la biblioteca municipal, consultabas los programas de estudios en las websites y leías algunos de los libros que recomendaban. A veces te sentabas en el colchón con bultos de tu cama individual y pensabas en tu casa, en tus tías que vendían pescado seco con plátano, engatusando a los transeúntes para que les compraran y acto seguido insultándolos por no hacerlo; tus tíos que bebían la ginebra local y hacinaban a su familia y sus vidas en habitaciones individuales; tus amigos que habían ido a despedirse antes de que te fueras, para alegrarse de que hubieras ganado el visado y para confesarte su envidia; tus padres que a menudo se cogían de la mano al ir a la iglesia los domingos por la mañana mientras los vecinos de las habitaciones contiguas se reían y burlaban de ellos; tu padre que volvía del trabajo con los viejos periódicos del jefe y obligaba a tus hermanos a leerlos; tu madre cuyo sueldo apenas daba para pagar las matrículas de tus hermanos en la escuela secundaria donde los profesores daban un sobresaliente cuando alguien les entregaba un sobre marrón.
Tú nunca habías tenido que pagar por un sobresaliente, nunca habías dado un sobre marrón a un profesor de la escuela secundaria. Aun así, comprabas sobres alargados y marrones para enviar la mitad de tu sueldo a la dirección de la paraestatal donde limpiaba tu madre; siempre utilizabas los billetes de dólar que te daba Juan porque, a diferencia de los de las propinas, eran nuevos. Todos los meses. Envolvías el dinero en una hoja blanca pero no escribías nada. No había nada de que escribir.
Las semanas que siguieron, sin embargo, te entraron ganas de escribir porque tenías cosas que contar. Querías escribir sobre la asombrosa franqueza de los norteamericanos, lo deseosos que estaban de hablarte de la lucha de su madre contra el cáncer o del bebé prematuro de su cuñada, la clase de cosas que uno debía ocultar o revelar solo a los familiares bien intencionados. Querías escribir sobre la cantidad de comida que dejaban en el plato junto a unos billetes arrugados, como si fuera una ofrenda, una expiación por la comida desperdiciada. Querías escribir sobre la niña que empezó a berrear, a mesarse su pelo rubio y a tirar las cartas de los menús al suelo, y sobre sus padres que, en lugar de hacerla callar, le suplicaron, a una niña que no tenía ni cinco años, y luego todos se levantaron y se marcharon. Querías escribir sobre los ricos que vestían con ropa vieja y zapatillas de deporte tronadas, que tenían el aspecto de los vigilantes nocturnos que había frente a los grandes recintos de Lagos. Querías escribir que los norteamericanos ricos eran delgados mientras que los norteamericanos pobres eran gordos, y que muchos no tenían una gran casa y un coche; sin embargo, seguías sin estar muy segura de las pistolas, porque podían llevarlas en el bolsillo.
No era solo a tus padres a los que querías escribir, también a tus amigos, a tus primos y tíos. Pero no podías permitirte comprar suficientes perfumes, bolsos y zapatos para todos, y pagar el alquiler con lo que ganabas de camarera, de modo que no escribías a nadie.
Nadie sabía dónde estabas, porque no se lo habías dicho a nadie. A veces te sentías invisible e intentabas cruzar la pared de tu habitación y salir al pasillo, y cuando chocabas con ella, te salian moretones en los brazos. Una vez Juan te preguntó si te pegaba algún hombre, porque se ocuparía de él, y tú te reíste de forma misteriosa.
Por la noche algo se enroscaba alrededor de tu cuello. Algo que casi te asfixiaba antes de que te quedaras dormida.
Muchos clientes del restaurante te preguntaban cuándo habías llegado de Jamaica, porque se creían que todos los negros con acento extranjero eran jamaicanos. O los que adivinaban que eras africana, te decían que les encantaba los elefantes y que querían ir de safari.
De modo que cuando él te preguntó en la penumbra del restaurante, después de que le recitaras las especialidades del día, de qué país africano eras, respondiste Nigeria y esperaste que dijera que había hecho un donativo para luchar contra el sida en Botswana. Pero él te preguntó si eras yoruba o igbo, porque no tenias cara de fulani. Te sorprendiste; pensaste que debía de ser profesor de antropología en la universidad estatal, un poco joven a sus veinte años largos, pero nunca se sabía. Igbo, respondiste. El te preguntó cómo te llamabas y dijo que Akunna era un nombre bonito. Afortunadamente, no te preguntó qué significaba, porque estabas harta de que la gente dijera: ¿La riqueza de tu padre? ¿Quieres decir que tu padre te venderá a un marido?
Él te explicó que había estado en Ghana, Uganda y Tanzania, que le gustaba la poesía de Okot p’Bitek y las novelas de Amos Tutuola, que había leído mucho sobre los países africanos subsaharianos, su historia, sus complejidades. Querías sentir desdén y demostrarlo al llevarle lo que había pedido, porque son igual de condescendientes los blancos que sienten demasiado entusiasmo por África que los que no sienten ninguno. Pero él no sacudió la cabeza con superioridad como ese profesor Cobbledick del centro de educación terciaria de Maine durante una discusión en clase sobre la descolonización de África. No puso la expresión del profesor Cobbledick, esa expresión de quien se cree mejor que la gente que conoce. Volvió al día siguiente y se sentó a la misma mesa, y cuando le preguntaste si estaba bueno el pollo, te preguntó a su vez si habías crecido en Lagos. Volvió un tercer día y antes de pedir empezó a hablarte de su viaje a Bombay, y que quería ir a Lagos para ver cómo vivía realmente la gente en los barrios de chabolas, porque él nunca hacía las estúpidas rutas turísticas cuando viajaba al extranjero. Habló sin parar y tuviste que decirle que iba en contra de las normas del restaurante. El te rozó la mano cuando dejaste el vaso de agua en la mesa. El cuarto día, cuando lo viste llegar, dijiste a Juan que no querías atender más esa mesa. Esa noche después de tu turno él te esperaba fuera con unos auriculares puestos, y te propuso salir con él porque tu nombre rimaba con hakuna matata y El rey león era la única película sensiblera que le había gustado. Tú no sabías qué era El rey león. Lo miraste a la brillante luz y te fijaste en que tenía los ojos del color del aceite de oliva extra virgen, un dorado verdoso. Ese aceite era lo único que te gustaba, te gustaba de verdad, de Estados Unidos.
El era estudiante de último curso en la universidad estatal. Te dijo cuántos años tenía y le preguntaste por qué no se había licenciado aún. Después de todo estaban en Estados Unidos, no era como en su país donde las universidades cerraban tan a menudo que las carreras se alargaban tres años más y los profesores se sumaban a huelga tras huelga y aun así no cobraban. Él respondió que se había tomado un par de años sabáticos para encontrarse a sí mismo y viajar por África y Asia sobre todo. Le preguntaste dónde acabó encontrándose y él se rió. Tú no te reíste. No sabías que la gente podía escoger sencillamente no estudiar, que la gente podía dictar el curso de su vida. Estabas acostumbrada a aceptar lo que la vida te daba, a escribir lo que la vida te dictaba.
Rehusaste salir con él los siguientes cuatro días, porque no te sentías cómoda con la intensidad de su expresión, esa forma de consumirte con la mirada que te impulsaba a despedirte y al mismo tiempo te hacía reacia a irte. Pero cuando la quinta noche no lo viste al salir de tu turno, te entró el pánico. Rezaste por primera vez en mucho tiempo, y cuando apareció detrás de ti y dijo «eh», dijiste que sí, que saldrías con él, aun antes de que él te lo pidiera. Temiste que no volviera a preguntártelo.
Al día siguiente te invitó a cenar al Chang’s y en tu galleta de la suerte encontraste dos papelitos. Los dos estaban en blanco.
Supiste que te sentías cómoda con él cuando le contaste que veías Jeopardy en el televisor del restaurante y que apoyabas a los participantes por el siguiente orden: mujeres negras, hombres negros, mujeres blancas y, por último, hombres blancos, lo que significaba que nunca apoyabas a los hombres blancos. Él se rió y dijo que estaba acostumbrado a que nadie lo apoyara, que su madre era profesora de estudios de la mujer.
Y supiste que habías entrado en confianza cuando le dijiste que en realidad tu padre no era maestro de escuela en Lagos, sino chófer en una compañía de la construcción. Y le explicaste aquel día que os visteis atrapados en un atasco en Lagos en el destartalado Peugeot 504 que conducía tu padre; llovía y tu asiento estaba mojado porque había un agujero en el techo oxidado. Había mucho tráfico, siempre había mucho tráfico en Lagos, y cuando llovía era el caos. Las carreteras se convertían en charcos lodosos, los coches se quedaban atascados y algunos de tus primos se ganaban algo de dinero ofreciéndose a empujarlos. La lluvia, el barro resbaladizo, pensaste, hicieron que tu padre pisara demasiado tarde los frenos aquel día. Oíste la abolladura antes de notarla. El coche contra el que tu padre había chocado era grande, extranjero, de color verde oscuro con los faros dorados como los ojos de un leopardo. Tu padre se puso a llorar y a suplicar aun antes de bajar del coche, y se tumbó en la carretera provocando bocinazos. Lo siento, señor, lo siento, señor, repetía. Si nos vende a mí y a toda mi familia no le dará ni para comprar un neumático. Lo siento, señor.
El pez gordo sentado en el asiento trasero no se apeó pero lo hizo su chófer, que examinó los daños y miró con el rabillo del ojo la forma espatarrada de tu padre suplicando como si fuera pornografía, un espectáculo con el que le avergonzaba admitir que disfrutaba. Al final dejó marchar a tu padre. Lo despidió con un ademán. Se oyeron más bocinazos y los conductores blasfemaron. Cuando tu padre se sentó de nuevo al volante, te negaste a mirarlo, porque era como los cerdos que se revolcaban en los pantanos de detrás del mercado. Tu padre era nsj. Mierda.
Después de oírte, él apretó los labios y te cogió la mano, y dijo que entendía cómo te sentías. Tú le apartaste, repentinamente enfadada, porque se creía que el mundo estaba o tenía que estar lleno de gente como él. Le dijiste que no había nada que entender, que así eran las cosas.
Encontró la tienda africana en las páginas amarillas de Hartford y te llevó a ella. Al ver la familiaridad con que se movía por ella, inclinando la botella de vino de palma para ver cuánto sedimento había en el fondo, el dueño ghanés le preguntó si era africano como algunos keniatas o sudafricanos blancos, y él respondió que sí pero que llevaba mucho tiempo en Estados Unidos. Pareció satisfecho de que el dueño le creyera. Esa noche tú cocinaste con lo que habías comprado, y después de comer garry y sopa de onugbu, él vomitó en tu fregadero. Pero no te importó, porque ahora podrías cocinar sopa de onugbu con carne.
Él no comía carne porque no aprobaba cómo mataban los animales; dijo que el miedo de los animales liberaba toxinas y que las toxinas del miedo volvían paranoica a la gente. Los trozos de carne que comías en tu país, cuando había carne, eran del tamaño de tu dedo índice. Pero no se lo dijiste. Tampoco le dijiste que los cubos de dawadawa con los que tu madre cocinaba todo, porque el curry y el tomillo eran demasiado caros, tenían glutamato monosódico, eran glutamato monosódico. Él decía que el glutamato monosódico provocaba cáncer, que era la razón por la que le gustaba el restaurante Chang’s; Chang no cocinaba con glutamato monosódico.
Una vez dijo al camarero del Chang’s que había estado recientemente en Shanghai y que hablaba algo de mandarín. El camarero, entusiasmado, le dijo cuál era la mejor sopa, luego preguntó: «¿Tiene novia en Shanghai?». Y él sonrió y no dijo nada.
Tú perdiste el apetito, en lo más profundo del pecho sentiste un nudo. Esa noche no gemiste cuando estuvo dentro de ti, te mordiste los labios y fingiste que no te habías corrido porque sabías que él se preocuparía. Más tarde le explicaste la razón de tu enfado, que a pesar de que habíais ido juntos al Chang’s tan a menudo y os habíais besado antes de que llegaran los platos, el chino había asumido que tú no podías ser su novia, y él había sonreído y no había dicho nada. Antes de disculparse, te miró sin comprender y supiste que no lo entendía.
Te hacía regalos y cuando tú protestabas por el precio, él decía que su abuelo de Boston había sido rico, pero se apresuraba a añadir que había repartido su fortuna entre muchos y que el fondo fideicomiso que le había dejado a él no eran tan grande. Sus regalos te dejaban confundida. Una bola de cristal del tamaño de un puño dentro de la cual había una pequeña muñeca bien proporcionada y vestida de rosa que daba vueltas si la sacudías. Una piedra brillante cuya superficie adquiría el color de lo que tocabas. Un pañuelo caro pintado a mano en México. Por fin le dijiste, con la voz cargada de ironí que en el mundo del que venías los regalos siempre eran útiles. La piedra, por ejemplo, tendría utilidad si se pudiera moler algo con ella. Él se rió mucho y muy fuerte, pero tú no te reíste con él. Te diste cuenta de que en su mundo él podía comprar regalos que eran solo eso y nada más, no tenían ninguna utilidad. Cuando él empezó a comprarte zapatos, ropa y libros, le pediste que no lo hiciera, que no querías regalos. Él te los compraba de todos modos y tú los guardabas para tus primos y tus tíos, para cuando fueras a verlos algún día, aunque no sabías cómo ibas a permitirte comprar un billete y pagar al mismo tiempo el alquiler. Él dijo que quería conocer Nigeria y que pagaría los billetes de los dos. Tú no querías que él pagara tu billete. No querías que fuera a Nigeria y que añadiera tu país a la lista de países donde iba a mirar embobado cómo vivían los pobres que nunca podrían mirar embobados su vida. Se lo dijiste un día soleado que te llevó a ver el estrecho de Long Island y discutisteis, alzasteis la voz mientras caminabais a lo largo de las aguas tranquilas. Él dijo que te equivocabas al decir que tenía una actitud de superioridad moral. Tú le dijiste que se equivocaba al creer que solo los pobres de Bombay eran indios de verdad. ¿Acaso él no era un norteamericano de verdad porque no vivía como los pobres obesos que habíais visto en Hartford? Él se adelantó, con el torso desnudo y pálido, levantando arena con las chanclas, pero luego retrocedió y te tendió una mano. Os reconciliasteis e hicisteis el amor, y os acariciasteis el pelo, el suyo suave y rubio como las oscilantes espigas del maíz al crecer, el tuyo oscuro y saltarín como el relleno de una almohada. A él le había dado demasiado el sol y tenía la piel del color de una sandía madura y tú le besaste la espalda antes de extenderle una loción.
Ese algo que se te enroscaba en el cuello, lo que casi te asfixiaba antes de quedarte dormida, empezó a aflojarse hasta desprenderse.
Sabías que no erais normales por la reacción de la gente, el modo en que las personas desagradables se mostraban demasiado desagradables y las agradables demasiado agradables. Los hombres y mujeres blancos de edad avanzada que murmuraban y lo fulminaban a él con la mirada, los hombres negros que sacudían la cabeza al verte, las mujeres negras cuyos ojos compasivos lamentaban tu falta de autoestima, tu odio hacia ti misma, o te dedicaban breves sonrisas de solidaridad; los hombres negros que se esforzaban por perdonarte, saludándolo a él con un hola demasiado estridente; los hombres y mujeres blancos que decían «Qué buena pareja hacen» demasiado alegremente, demasiado fuerte, como para demostrarse a sí mismos lo abiertos de miras que eran.
Pero los padres de él eran diferentes; casi te hicieron creer que todo era normal. Su madre te dijo que él nunca había traído a casa a una amiga, excepto para el baile de fin de curso del instituto, y él sonrió brevemente y te cogió la mano. El mantel ocultaba vuestras manos entrelazadas. Él te apretó la tuya y tú le apretaste la suya, y te preguntaste por qué estaba tan rígido, por qué sus ojos color aceite de oliva extra virgen se ensombrecían cuando hablaba con sus padres. Su madre se quedó encantada cuando te preguntó si habías leído a Nawal el Saadawi y tú respondiste que sí. Su padre te preguntó si la comida india se parecía a la nigeriana, y te tomaron el pelo con pagar cuando llegó la cuenta. Los miraste y agradeciste que no te contemplaran como un trofeo exótico, un colmillo de marfil.
Luego él te habló de sus problemas con sus padres, cómo racionaban su amor como si fuera un pastel de cumpleaños, cómo le daban solo un trozo grande si accedía a estudiar Derecho. Tú trataste de solidarizarte con él. Pero solo conseguiste enfadarte.
Te enfadaste aún más cuando él te dijo que se había negado a ir con ellos un par de semanas a Canadá, a su casa de veraneo de Quebec. Hasta le habían pedido que te llevara. Él te había enseñado fotos de la casa y te preguntaste por qué lo llamaba casa cuando los edificios de ese tamaño en tu país eran bancos o iglesias. Se te cayó un vaso y se hizo añicos contra el suelo de madera de su apartamento, y él te preguntó qué pasaba y tú le dijiste nada, aunque pensaste que pasaban muchas cosas. Más tarde, en la ducha, te echaste a llorar. Observaste cómo el agua diluía las lágrimas sin saber por qué llorabas.
Por fin escribiste a casa. Una carta breve a tus padres entre los crujientes billetes de dólar junto con tu dirección. Recibiste una respuesta por courier unos días después. Era tu madre quien escribía; lo supiste por la letra de patas de araña, por las faltas de ortografía.
Tu padre había muerto; se había desplomado sobre el volante del coche de la compañía. Hacía cinco meses, escribía. Habían utilizado el dinero que habías enviado para darle un buen funeral. Habían matado una cabra para los invitados y lo habían enterrado en un buen ataúd. Te acurrucaste en la cama, con las rodillas contra el pecho y trataste de recordar qué habías estado haciendo mientras tu padre moría, qué habías estado haciendo en los meses que llevaba muerto. Tal vez había muerto el día que habías amanecido con el cuerpo lleno de granos duros como el arroz crudo que no habías sabido explicar, de los que Juan se había burlado diciendo que te iba a llevar al chef para que el calor de la cocina te calentara. Tal vez había muerto uno de esos días que ibas en coche a Mystic o veías un partido del Manchester o cenabas en el Chang’s.
Él te abrazó mientras llorabas, te acarició el pelo, se ofreció a pagarte un billete, a acompañarte a ver a tu familia. Le dijiste que no, que necesitabas ir tú sola. Él te preguntó si volverías, te recordó que tenías una tarjeta de residencia y que la perderías si no regresabas en un año. Te dijo que ya sabías qué quería decir, que si volverías, ¿volverías?
Tú te diste la vuelta sin decir nada, y cuando te llevó en coche al aeropuerto, lo abrazaste muy fuerte durante largo rato y luego lo soltaste.
Novelista y cuentista nigeriana. Dos novelas y una colección de cuentos (milagrosamente todo está disponible en castellano) le han bastado para ser considerada una de las autoras más importantes de la nueva literatura africana (entendiendo como nueva la literatura que se ha hecho a partir de Chinua Achebe, Ngugi wa Thiong'o y Camara Laye, y entendiendo como africana la literatura subsahariana, los autores del norte, autoras en este caso, como Fatema Mernisi, Malika Mokeddem o Salwa Bakr, no son considerados dentro de la literatura africana sino dentro de la literatura árabe, cosas de las etiquetas).
Aunque diferente en forma y fondo a su paisano Achebe, tiene en común con él el no tomar partido en sus historias, limitándose a exponer unos hechos y dejando al lector que saque las conclusiones que crea oportunas (nada que ver con Thiong'o, él sí se moja y toma partido). Pueden encontrarse algunos de sus cuentos (en inglés) en The New Yorker, aquí y aquí.
La versión del cuento es la de Aurora Echevarría.
Fue el último verano que pasaste en Nigeria, el verano anterior al divorcio de tus padres, antes de que tu madre jurara no volver a poner un pie en Nigeria para ver a la familia de tu padre, en particular a tu abuela. Todavía ahora, dieciocho años después, recuerdas claramente el calor que hizo ese verano, el ambiente bochornoso que se respiraba en el patio de tu abuela, un patio con tantos árboles que el cable del teléfono se enredaba con las hojas y las distintas ramas se tocaban, y a veces aparecían mangos en los castaños y guayabas en los mangos. La gruesa capa de hojas en descomposición era blanda bajo tus pies desnudos. Por las tardes las abejas de vientre amarillo zumbaban alrededor de tu cabeza, la de tu hermano Nonso y la de tu primo Dozie, y por las noches la abuela solo dejaba a tu hermano Nonso trepar a los árboles para sacudir una rama cargada de fruto, a pesar de que tú trepabas mejor. Llovían los aguacates, los anacardos, las guayabas, y el primo Dozie y tú llenabais viejos cubos.
Fue el verano que la abuela enseñó a Nonso a arrancar los cocos. Los cocoteros, tan altos y sin ramas, eran difíciles de trepar, y la abuela le dio un palo largo y le enseñó a agitar las vainas acolchadas. A ti no te enseñó porque decía que no era cosa de niñas. La abuela partía los cocos golpeándolos con cuidado contra una piedra y la leche acuosa se quedaba en la mitad inferior, una taza irregular. Todos bebían un sorbo de la leche enfriada por el viento, incluidos los niños de la calle que salían a jugar, y la abuela presidía el ritual para asegurarse de que Nonso era el primero.
Fue el verano que le preguntaste a tu abuela por qué el primer sorbo era para Nonso en lugar de para Dozie, que tenía trece años, uno más, y la abuela respondió que Nonso era el único hijo de su hijo, el que llevaría el apellido Nnabuisi, mientras que Dozie solo era un nwadiana, el hijo de una hija. Fue el verano que encontraste en el césped la piel de una serpiente, entera e intacta como una media transparente, y la abuela os dijo que se llamaba echí eteka, «Mañana está demasiado lejos». Un mordisco, dijo, y en diez minutos se ha acabado todo.
No fue el verano que te enamoraste de tu primo Dozie porque lo hiciste unos veranos antes, cuando él tenía diez años y tú siete, y os metías los dos en el diminuto espacio que había detrás del garaje de la abuela, y él trataba de embutir lo que llamabais su «plátano» en lo que llamabais tu «tomate», pero ninguno de los dos estaba seguro de cuál era el agujero. Pero sí fue el verano que cogiste piojos, y el primo Dozie y tú explorasteis tu larga melena buscando los diminutos insectos negros para aplastarlos entre las uñas y reíros del ruido que hacían sus estómagos llenos de sangre al reventar; el verano que tu odio hacia tu hermano Nonso aumentó tanto que notaste que te obstruía las fosas nasales, y tu amor por tu primo Dozie se infló y te rodeó la piel.
Fue el verano que viste cómo el mango se partía limpiamente en dos mitades en una tormenta en la que los rayos recorrieron con feroces líneas el cielo.
Fue el verano que Nonso murió.
La abuela no lo llamaba verano. Nadie lo hacía en Nigeria. Era agosto, entre la estación lluviosa y el harmattan. Llovía torrencialmente todo el día, y la lluvia plateada azotaba el porche donde Nonso, Dozie y tú apartabais los mosquitos a manotazos mientras comíais mazorcas asadas; o hacía un sol cegador y os bañabais en la balsa que la abuela había dividido por la mitad para que disfrutarais de una piscina improvisada. El día que Nonso murió hizo temperaturas bastante suaves; lloviznó por la mañana, el sol brilló suavemente por la tarde y por la noche murió él. La abuela le gritó, gritó a su cuerpo sin vida i laputago m, que la había traicionado, porque ¿quién iba a llevar ahora el apellido de Nnabuisi que protegía el linaje de la familia?
Al oírla los vecinos acudieron. Fue la mujer de la casa de enfrente, la del perro que hurgaba en el cubo de la basura de la abuela por las mañanas, quien sacó de tus labios entumecidos el número de Estados Unidos y llamó a tu madre. Fue la misma vecina quien te soltó de la mano de Dozie, os hizo sentar a los dos y os ofreció agua. También trató de abrazarte para que no oyeras hablar a la abuela con tu madre, pero te escabullíste y te acercaste al teléfono. La abuela y tu madre se concentraron en el cuerpo de Nonso antes que en su muerte. Tu madre insistía en trasladar inmediatamente el cadáver en avión a Estados Unidos y la abuela repetía las palabras de tu madre y sacudía la cabeza. La locura acechaba en sus ojos.
Sabías que a tu abuela nunca le había gustado tu madre. (Se lo habías oído decir un verano delante de una amiga: «Esa americana negra ha embaucado a mi hijo y se lo ha metido en el bolsillo».) Pero oyéndola hablar entonces por teléfono, entendiste que ella y tu madre estaban unidas. Estabas segura de que en los ojos de tu madre había la misma locura furiosa.
Cuando hablaste con tu madre, su voz resonó por la línea como nunca lo había hecho cuando Nonso y tú pasabais los veranos con la abuela. ¿Estás bien?, no paraba de preguntarte ella. ¿Estás bien? Sonaba asustada, como si sospechara que estabas bien a pesar de la muerte de Nonso. Jugueteaste con el cable del teléfono sin decir gran cosa. Ella dijo que avisaría a tu padre, aunque estaba en algún lugar perdido asistiendo a un festival de Black Arts donde no había teléfonos ni radio. Al final soltó un sollozo agudo que sonó como un ladrido, antes de decirte que todo se arreglaría y que se encargaría de que trasladaran en avión el cuerpo de Nonso. Te hizo pensar en su risa, que le nacía en el fondo del estómago y no se suavizaba al salir, contrastando con su cuerpo esbelto. Cuando entraba en la habitación de Nonso para darle las buenas noches, siempre salía riéndose con esa risa. La mayoría de las veces te tapabas los oídos para no oírla, y seguías tapándotelos aunque luego entrara en tu habitación para decirte: «Buenas noches, cariño, que duermas bien». Nunca salía de tu habitación riéndose con esa risa.
Después de la llamada telefónica la abuela se tumbó de espaldas en el suelo y, con la mirada fija, se balanceó de un lado al otro, como si se tratara de alguna clase de juego tonto. Decía que no le parecía bien trasladar el cadáver de Nonso a Estados Unidos, que su espíritu siempre flotaría allí. Pertenecía a esa tierra dura que no había sabido absorber el impacto de su caída. Su lugar estaba entre esos árboles, uno de los cuales lo había soltado. Tú te sentaste y la observaste, y al principio deseaste que se levantara y te abrazara, luego deseaste que no lo hiciera.
Han pasado dieciocho años y los árboles del patio de la abuela no han cambiado; siguen extendiendo las ramas y abrazándose, arrojando sombras por el patio. Pero todo lo demás parece más pequeño: la casa, el jardín del fondo, la balsa de color cobre a causa del óxido. Hasta la tumba de la abuela que está en el patio trasero parece diminuta, e imaginas el cuerpo encogido para caber en un ataúd tan pequeño. La tumba está cubierta de una fina capa de cemento; la tierra de alrededor ha sido removida hace poco, y te detienes a su lado y te la imaginas dentro de diez años, abandonada, con una maraña de malas hierbas que cubren el cemento, asfixiándola.
Dozie te está observando. En el aeropuerto te ha abrazado con cautela, te ha dicho bienvenida, qué sorpresa que hayas vuelto, y tú lo has mirado largo rato en la concurrida y caótica sala hasta que él ha desviado los ojos, castaños y tristes como los del caniche de tu amigo. Pero no te hace falta mirarlo para saber que el secreto sobre la muerte de Nonso está a salvo con él, siempre lo ha estado. Mientras te llevaba a casa de la abuela, te ha preguntado por tu madre y tú le has explicado que ahora vive en California; no has mencionado que está en una comuna entre gente que va con la cabeza afeitada y los pechos con piercings, ni que cuando te llama siempre cuelgas dejándola con la palabra en la boca.
Te diriges al aguacate. Dozie sigue observándote, y tú lo miras y tratas de recordar el amor que te inundó por completo ese verano en que tenías diez años, que te hizo cogerle la mano con fuerza la tarde en que murió Nonso, cuando la madre de Dozie, tu tía Mgbechibelije, fue a buscarlo. Hay un ligero pesar en las arrugas que le surcan la frente, cierta melancolía en su forma de estar de pie con los brazos a los costados. De pronto te preguntas si él también siente nostalgia. Nunca supiste lo que había detrás de su sonrisa serena, detrás de las veces en que se sentaba tan inmóvil que las moscas de la fruta se le posaban en los brazos, detrás de las fotos que te daba y de los pájaros que encerraba en una jaula de cartón, donde los cuidaba hasta que se morían. Te preguntas qué sentía, si sentía algo, por no ser el nieto que llevaría el apellido Nnabuisi.
Tocas el tronco del aguacate en el preciso momento en que Dozie empieza a decir algo. Crees que va a hablar de la muerte de Nonso y te sobresaltas, pero dice que nunca imaginó que volverías para despedirte de la abuela porque sabía cuánto la odiabas. Ese verbo, «odiar», flota en el aire entre vosotros como una acusación. Quieres decirle que cuando llamó a Nueva York y oíste su voz por primera vez en dieciocho años para decirte que había muerto la abuela («Pensé que querrías saberlo», fueron sus palabras), te inclinaste sobre tu escritorio porque te fallaban las piernas, sintiendo cómo toda una vida de silencio se derrumbaba, y no fue en la abuela en quien pensaste, sino en Nonso, y en él, en el aguacate y en ese verano húmedo en el reino amoral de la niñez, y en todas las cosas que nunca te habías permitido pensar, que habías reducido al mínimo y escondido sin más.
Pero te callas y aprietas las palmas contra el áspero tronco del árbol. El dolor te calma. Te recuerdas comiendo aguacates: a ti te gustaban con sal y a Nonso no, y la abuela siempre se reía diciendo que no sabías lo que era bueno al decir que el aguacate sin sal te provocaba náuseas.
En el funeral de Nonso que tuvo lugar en un frío cementerio de Virginia, entre lápidas que sobresalían de un modo obsceno, tu madre iba vestida de la cabeza a los pies de un negro desteñido, incluido el velo, que hacía brillar su piel color canela. Tu padre no se acercó a ninguna de las dos, con su habitual dashiki y sus cauríes color leche alrededor del cuello. No parecía un pariente, sino uno de los invitados que lloraba ruidosamente. Más tarde preguntó a tu madre cómo había muerto exactamente Nonso, cómo había caído de uno de los árboles que había trepado desde que era niño.
Tu madre no dijo nada a toda esa gente que hacía preguntas. Tampoco te dijo nada a ti, ni siquiera cuando limpió la habitación de Nonso y recogió sus cosas. No te preguntó si querías quedarte con algo suyo y te sentiste aliviada. No querías guardar ninguno de sus libros con esas anotaciones de su puño y letra que tu madre decía que se entendían mejor que las frases impresas. No querías ninguna de las fotos de palomas que había hecho en el parque y que tu madre aseguraba que eran tan prometedoras para un niño. No querías sus cuadros, que eran simples copias de los de tu padre pero con otros colores. Ni su ropa. Ni su colección de sellos.
Tu madre sacó por fin el tema de Nonso tres meses después de su funeral, cuando te habló del divorcio. Dijo que el divorcio no era por él, que tu padre y ella hacía mucho que se habían distanciado. (Tu padre estaba entonces en Zanzíbar; se había ido inmediatamente después del funeral.) Luego te preguntó: «¿Cómo murió Nonso?».
Sigues asombrándote de cómo salieron esas palabras de tu boca. Sigues sin reconocer a la niña de ojos claros que eras. Tal vez fuera por el modo en que ella dijo que el divorcio no era por Nonso, como si solo él pudiera ser el motivo y tú no pintaras nada. O tal vez fue simplemente por el ardiente deseo que todavía sientes a veces, la necesidad de alisar aristas, de allanar lo que te parece demasiado abrupto. Dijiste a tu madre, con el tono de quien es reacio a hablar, que la abuela había pedido a Nonso que subiera a la rama más alta del aguacate para demostrar lo hombre que era. Luego lo asustó, en broma, aseguraste a tu madre, diciéndole que había una serpiente, la echi eteka, en la rama de al lado. Le dijo que no se moviera. Él, como es natural, se movió y resbaló de la rama, y cuando aterrizó, el ruido fue el de muchos frutos cayendo a la vez. Un último plaf. La abuela se quedó allí mirándolo y empezó a gritarle que era el único hijo, que había traicionado el linaje al morir y lo enfadados que estarían sus antepasados. El todavía respiraba, dijiste a tu madre. Respiraba cuando cayó, pero la abuela se quedó allí parada gritando a su cuerpo destrozado hasta que expiró.
Tu madre empezó a chillar. Y te preguntaste si la gente gritaba enloquecida cuando decidía rechazar la verdad. Sabía perfectamente que Nonso se había golpeado la cabeza contra una piedra y había muerto en el acto, había visto el cuerpo, la cabeza abierta. Pero prefería creer que había estado vivo después de caer. Lloró, aulló y maldijo el día que había puesto los ojos en tu padre en la primera exposición de su obra. Luego lo llamó por teléfono y la oíste gritar: «¡Tu madre es la responsable! ¡Lo asustó y le hizo caer! ¡Podría haber hecho algo, pero se quedó allí plantada, esa estúpida africana fetichista, y lo dejó morir!».
Tu padre habló contigo luego, dijo que entendía lo duro que era para ti, pero que debías tener cuidado con lo que decías para no causar más daño. Y tú reflexionaste sobre sus palabras —cuidado con lo que dices— y te preguntaste si él sabía que mentías.
Ese verano de hacía dieciocho años fue el verano del primer descubrimiento de ti misma. El verano que supiste que tenía que ocurrirle algo a Nonso para que tú pudieras sobrevivir. Aun a los diez años, sabías que hay personas que ocupan demasiado espacio por el mero hecho de existir, que ahogan a las demás. Luego se lo explicaste a Dozie, le dijiste que los dos necesitabais que Nonso se hiciera daño, tal vez que se lisiara o se torciera las piernas. Querías que mermase la perfección de su cuerpo ágil, volverlo menos encantador, menos capaz de hacer todo lo que hacía. Menos capaz de ocupar tu espacio. Dozie no dijo nada, se limitó a dibujarte con los ojos en forma de estrellas.
La abuela estaba dentro de la casa cocinando y Dozie se quedó callado a tu lado, rozándote los hombros, cuando sugeriste a Nonso que subiera a lo alto del aguacate. Fue fácil convencerlo; solo tuviste que recordarle que tú trepabas mejor que él. Y era cierto, eras capaz de trepar cualquier árbol en unos segundos; eras mejor en todo lo que podías aprender a hacer tú sola, en todo lo que la abuela no podía enseñarle a hacer a él. Le pediste que fuera él primero, para ver si podía llegar a la rama más alta antes de seguirlo. Las ramas eran frágiles y Nonso pesaba más que tú, por toda la comida que la abuela le hacía comer. Come un poco más, le decía a menudo. ¿Para quién crees que lo he hecho? Como si tú no estuvieras allí. A veces te daba unas palmaditas en la espalda y te decía en igbo: Está muy bien que aprendas, nne, así podrás cuidar algún día de tu marido.
Nonso trepó por el árbol. Cada vez más alto. Esperaste a que llegara casi arriba, hasta que sus piernas titubearon antes de continuar. Esperaste ese breve momento entre dos movimientos. Un momento abierto en el que viste lo azul de todo, de la vida misma, el azul puro de uno de los cuadros de tu padre, de la oportunidad, de un cielo lavado por una lluvia matinal. Entonces gritaste: «¡Una serpiente! ¡Es la echi eteka!». No estabas segura de si añadir que estaba en la rama de al lado o deslizándose por el tronco. Pero no importó, porque en esos pocos segundos Nonso bajó la vista y se soltó, se le resbalaron los pies, se le desprendieron los brazos. O tal vez el árbol simplemente se desentendió de él.
No recuerdas cuánto tiempo te quedaste allí parada mirando a Nonso, con Dozie callado a tu lado, antes de entrar a llamar a la abuela.
La palabra que utiliza Dozie, «odiar», flota en tu cabeza. Odiar. Odiar. Odiar. Hace que te cueste respirar, como en los meses que siguieron a la muerte de Nonso, cuando esperaste que tu madre se fijara en que tenías la voz pura como el agua y las piernas elásticas como gomas, o que saliera de tu habitación por la noche con esa risa profunda. En lugar de ello te abrazaba con aprensión al darte las buenas noches, siempre en un susurro, y tú empezaste a evitar sus besos fingiendo toses y estornudos. En todos esos años que te llevó de un estado a otro, encendiendo velas rojas en su habitación, prohibiendo hablar de Nigeria o de la abuela, sin dejarte ver a tu padre, nunca volvió a reírse con esa risa.
Dozie habla, dice que hace unos años empezó a soñar con Nonso, que en los sueños Nonso es mayor y está más alto que él, y tú oyes caer un fruto de un árbol y le preguntas, sin volverte: «¿Qué querías? Ese verano, ¿qué querías?».
No sabes cuándo se ha movido Dozie, cuándo se ha colocado detrás de ti, tan cerca que te llega el olor a cítrico que desprende, tal vez ha pelado una naranja y no se la lavado las manos después. Te da la vuelta y te mira, y tú le sostienes la mirada, y hay finas arrugas en su frente y una nueva dureza en su mirada. Te dice que nunca se le ocurrió querer nada porque todo lo que importaba era lo que tú querías. Hay un largo silencio mientras observas la columna de hormigas negras que trepan por el tronco, cada una acarreando un poco de pelusa blanca, creando un diseño blanco y negro. Te pregunta si soñaste, como soñó él, y tú respondes que no rehuyendo su mirada. El te da la espalda. Quieres hablarle del dolor en el pecho, el vacío en los oídos y la agitación en el aire que notaste después de su llamada telefónica, las puertas que se abrieron de golpe, los sentimientos aplastados que afloraron, pero él ya se está alejando. Y te quedas sola debajo del aguacate, llorando.
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“El patriotismo es el último refugio de los canallas.”
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
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"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
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