Este cuento pertenece a "Pesadillas de personas eminentes y otras historias" publicado en 1954.
La traducción es de Juan Gómez Casas
Mi pobre amigo Andrei Bumblowski, antiguo profesor de filosofía en una universidad de la Europa central, ahora desaparecida, me parecía estar aquejado de un cierto tipo de inocua locura. Yo mismo soy una persona de robusto sentido común. Mantengo que el intelecto no debe considerarse como guía de la vida, sino sólo como medio de aportar agradables juegos dialécticos y modos de mortificar a antagonistas menos ágiles. Bumblowski, sin embargo, no participaba de este punto de vista. Dejaba que su intelecto le condujera donde fuere, y los resultados eran singulares. Rara vez argüía, e incluso para sus amigos el fondo de sus opiniones permanecía oscuro. Lo que se sabía es que él evitaba consecuentemente la palabra «no», y todos sus sinónimos. No solía decir: «Este huevo no está fresco», sino:
«Cambios químicos han acaecido en este huevo desde que fue puesto.» Él no diría: «No puedo encontrar ese libro», sino: «Los libros que he encontrado son diferentes de aquel libro.» Tampoco diría: «No matarás», sino: «Amarás la vida.» Su vida no era práctica, pero era inocente, y yo sentía considerable afecto por el. Indudablemente fue este afecto el que, al fin, pudo más que su retraimiento y le indujo a hacerme el relato de esta notabilísima experiencia, que transcribo con sus propias palabras:
En una ocasión tuve una fiebre maligna de la que estuve a punto de morir. En medio de mi fiebre sufrí un largo y persistente delirio. Soñé que estaba en el infierno, y que el infierno es un lugar repleto de esos acontecimientos que son improbables, pero no imposibles. Los efectos de esto son curiosos. Algunos de los condenados, cuando llegan abajo por primera vez, imaginan poder engañar al tedio de la eternidad por medio de juegos de cartas, mas luego descubren la imposibilidad porque, siempre que las cartas son barajadas, salen en perfecto orden, empezando con el as de espadas y terminando con el rey de corazones. Hay un departamento especial del infierno para los estudiantes de probabilidades. En este departamento hay muchas máquinas de escribir y muchos monos. Cada vez que un mono se encarama sobre una máquina de escribir graba, como por azar, uno de los sonetos de Shakespeare. Hay otro lugar de tormento para los estudiantes de física. Aquí hay calderas y fuego, pero, cuando las calderas son puestas en el fuego, el agua que contienen se hiela. También existen habitaciones herméticas, pero la experiencia ha enseñado a los estudiantes de física a no abrir nunca una ventana, porque si lo hacen el aire se precipita al exterior y deja el vacío en la habitación. Hay otro sector para golosos. A estos individuos se les provee de las más exquisitas viandas y de los más expertos cocineros, pero cuando les es servido un solomillo y toman confiadamente un bocado le encuentran el sabor de un huevo podrido, mientras que cuando intentan comer un huevo, éste les sabe a patata echada a perder.
Hay una cámara, especialmente penosa, destinada a los filósofos que han refutado a Hume. Estos filósofos, si bien son huéspedes del infierno, no han aprendido la sabiduría. Continúan gobernados por su propensión animal hacia la inducción, mas cada vez que han hecho una inducción, la próxima se encarga de falsificarla. Sin embargo, esto no ocurre sino durante los cien primeros años de su condenación, porque después aprenden a esperar que una inducción será falseada, y por esta razón no resulta falsa hasta que otro siglo de tormento lógico ha alterado su espera. Lo imprevisto continúa a través de toda la eternidad, pero cada vez a un más alto nivel lógico.
Después existe el infierno de los oradores, acostumbrados mientras vivieron a conmover grandes multitudes por su elocuencia. La elocuencia de estos oradores conserva todo su poder, y las multitudes no les faltan, pero extraños vientos dispersan los sonidos, de manera que los percibidos por las multitudes, en vez de ser los emitidos por los oradores, se truecan en tristes y pesadas vulgaridades.
En el centro mismo del reino infernal está Satán, a cuya presencia solamente los más distinguidos de entre los condenados son admitidos. Las improbabilidades crecen a medida que Satán es abordado. Pues Él Mismo es la más completa improbabilidad imaginable. Es pura Nada, total no-existencia, y, sin embargo, cambio permanente.
Yo, a causa de mi relieve filosófico, obtuve pronto audiencia del Príncipe de las Tinieblas. Yo había leído de Satán cosas en que se le presentaba como der Geist der stets verneint, el Espíritu de la Negación. Pero al ser introducido ante la Presencia comprobé con sorpresa que Satán tenía a la vez un cuerpo y una mente negativos. De hecho, el cuerpo de Satán es un puro y completo vacío, desprovisto no sólo de partículas de materia, sino también de partículas de luz. Su prolongada vacuidad está asegurada por una gradación de improbabilidades: siempre que una partícula se aproxima a su más extensa superficie, acaece como por azar una colisión con otra partícula que la frena, evitando su penetración en la región vacía. Esta región, debido a que ninguna luz la penetra jamás, es totalmente negra, no más o menos negra como las cosas a que adjudicamos este color, sino entera, completa e infinitamente negra. Tiene una forma, la que acostumbramos conferir a Satán: cuernos, pezuñas, y rabo y todo. El resto del infierno se halla lleno de llamas sombrías, y apoyado en este fondo destaca Satán con aterradora majestad. No está inmóvil. Por el contrario, la vacuidad de que está constituido se halla en perpetuo movimiento. En ocasión en que algo le importa, agita el horror de su rugosa cola, como un gato enfurecido. A veces inicia salidas para conquistar nuevos reinos. Antes de marchar se viste a sí mismo de blanca y brillante armadura, que oculta totalmente la vacuidad interior. Solamente sus ojos permanecen abiertos, y de éstos salen proyectados al espacio penetrantes rayos de nada, buscando lo que deben conquistar. Dondequiera encuentran negación o prohibición, doquiera hallan culto a la pasividad, los rayos penetran hasta la más íntima sustancia de quienes están preparados para recibir al Conquistador. Toda negación emana de Él y vuelve con cosecha de capturadas frustraciones. Estas se convierten en parte de Él y acrecen su volumen hasta que amenaza ocupar todo el espacio. Todos los moralistas cuya moral está compuesta de «no hagáis», todos los timoratos de «si yo me atreviese a no esperar sobre lo que es mi deseo», todos los tiranos que obligan a sus súbditos a vivir en el temor, se convierten con el tiempo en una parte de Satán.
Satán está rodeado de un coro de filósofos sicofantes que han sustituido el panteísmo por el pandiabolismo. Esos hombres mantienen que la existencia es sólo aparente; la no-existencia es la única realidad verdadera. Esperan con el tiempo hacer aparecer la no-existencia de la apariencia, y en ese momento, lo que ahora consideramos como existencia será considerado, en realidad, meramente como una porción exterior de la esencia diabólica. Aunque estos metafísicos demostraban gran sutileza, discrepé de ellos. Mientras estuve en la Tierra se había afianzado en mí el hábito de resistir a toda autoridad tiránica, y este hábito lo conservé en el infierno. Empecé a argüir contra los filósofos sicofantes:
—Lo que ustedes dicen es absurdo —exclamé—. Ustedes proclaman que la no-existencia es la única realidad. Ustedes pretenden que exista este negro hoyo que adoran. Tratan de persuadirme de que la no-existencia existe, pero aquí hay una contradicción, y por muy ardientes que se hagan las llamas del infierno, jamás degradaré mi existencia lógica hasta el extremo de aceptar una contradicción.
Al llegar aquí, el presidente de los sicofantes se hizo fuerte en el siguiente argumento:
—Usted se precipita, amigo mío. ¿Niega usted que la no-existencia existe? Si el no-existente es nada, cualquier afirmación acerca del mismo ha de carecer de sentido. Y eso ocurre a su afirmación de que no existe. Temo que haya usted prestado demasiada poca atención al análisis lógico de las oraciones, que debió serle enseñado en la niñez. ¿No sabe usted que cada oración tiene un sujeto, y que si el sujeto fuera nada, la frase carecería de sentido? De manera que cuando usted proclama con virtuoso ardor que Satán, que es el no-existente, no existe, se está usted contradiciendo abiertamente.
Yo repliqué:
—Usted, sin duda, lleva aquí cierto tiempo y continúa abrazando doctrinas anticuadas. Usted charla acerca de frases con sujeto, pero toda esta suerte de cháchara está pasada de moda. Cuando digo que Satán, que es el no-existente, no existe, no menciono a Satán ni al no-existente, sino solamente las palabras «Satán» y «no-existente». Sus falacias me han revelado una gran verdad. La verdad es que la palabra «no» es superflua. De aquí en adelante no volveré a usar la palabra «no».
Ante esta afirmación, todos los metafísicos reunidos rompieron a reír ruidosamente.
—Escuchad cómo el hombre se contradice a sí mismo —dijeron cuando el paroxismo del júbilo se calmó—. Reparad en su gran precepto, que consiste en evitar la negación. ¡Verdaderamente, él no usará la palabra «no»!
Aunque estaba irritado, conseguí dominarme. Tenía yo un diccionario en el bolsillo. Lo expurgué de toda palabra de expresión negadora y dije:
—Mi discurso estará totalmente compuesto por las palabras que quedan en este diccionario. Con ayuda de estas palabras que subsisten conseguiré describir cualquier cosa del universo. Mis descripciones serán de cosas diferentes a Satán. Satán ha reinado demasiado tiempo en este reino infernal. Su refulgente armadura era real e inspiraba terror, pero bajo la armadura no había sino un hábito lingüístico viciado. Eliminad la palabra «no», y su imperio ha terminado.
Satán, mientras la argumentación se desarrollaba, hizo restallar su cola con furia cada vez creciente, y salvajes rayos de oscuridad brotaron de sus ojos cavernosos, pero al fin, cuando le denuncié como una mala costumbre lingüística, hubo una enorme explosión, el aire se agitó en todas direcciones y la horrible forma se desvaneció. El aire sombrío del Infierno, que lo era debido a la concentración de los rayos de la nada, se aclaró como por ensalmo. Lo que daba la impresión de ser monos ante máquinas de escribir apareció súbitamente como críticos literarios. Las calderas empezaron a hervir, las cartas se mezclaron, una fresca brisa penetró por las ventanas y los solomillos volvieron a tener el sabor de solomillos. Me desperté con una sensación exquisita de liberación. Constaté que en mi sueño había habido sabiduría, aunque estuviese envuelto en la apariencia del delirio. A partir de este momento la fiebre decreció, pero el delirio —como puede usted pensar— ha continuado.
Uno de los grandes del rock pero que siempre ha estado en un segundo plano. "Carney", su disco más famoso (que yo tenía en cinta), ha sido una de mis más tristes pérdidas.
Uno de sus mayores éxitos.
Este texto fue publicado en 1927. Cámbiese la sífilis por el SIDA y el artículo seguirá de plena vigencia.La actitud de la religión cristiana ante el sexo es tan morbosa y antinatural que sólo puede comprenderse si la relacionamos con la enfermedad que atacó el mundo civilizado cuando decayó el Imperio Romano.
A veces se oye comentar que el cristianismo ha mejorado la condición de las mujeres; está es una de las tergiversaciones de la historia más groseras que puedan hacerse. En una sociedad que considera de la máxima importancia que las mujeres sigan a rajatabla un código moral muy estricto, es muy difícil que puedan disfrutar de una posición tolerable.
Los sacerdotes han considerado siempre a la mujer como la tentadora, la inspiradora de deseos impuros. La enseñanza tradicional de la Iglesia ha sido y sigue siendo que la castidad es lo mejor, aunque para quienes esto les resulte imposible dejan la posibilidad del matrimonio, porque “más vale casarse que abrasarse”, como brutalmente afirma San Pablo. Haciendo indisoluble el matrimonio e imposibilitando todo conocimiento del Ars Amandi, la Iglesia logró que la única forma de sexualidad permitida fuera dolorosa, en vez de placentera.
La oposición al control de la natalidad parece obedecer al mismo motivo: si una mujer tiene un hijo por año hasta que muere agotada, no es esperable que vaya a encontrar mucho placer en el matrimonio.El concepto de pecado, tal como lo presenta la ética cristiana, provoca un enorme daño: ofrece a la gente una vía de escape para su sadismo considerada legítima e incluso noble. Pongamos como ejemplo el asunto de la prevención de la sífilis. Se sabe que si se toman algunas precauciones el peligro de contraer la enfermedad es mínimo; sin embargo, los cristianos se oponen a la difusión de estos conocimientos médicos porque sostienen que los pecadores deben ser castigados. Mantienen su actitud hasta tal punto que están dispuestos a que el castigo se extienda a las esposas y a los hijos de los pecadores.
Actualmente hay en el mundo muchos miles de niños con sífilis congénita que nunca deberían haber nacido, de no haber sido por ese deseo de los cristianos de ver castigados a los pecadores. No comprendo como este tipo de doctrinas promotoras de la más diabólica crueldad pueden ser consideradas moralmente beneficiosas. La actitud de los cristianos respecto al conocimiento de los temas sexuales es sumamente peligrosa para el bienestar humano. Toda persona que considere esta cuestión sin prejuicios sabe que la ignorancia artificial impuesta por los cristianos ortodoxos a los jóvenes es extremadamente dañina para su salud física y mental; además, la mayoría de los niños, cuya única posibilidad es informarse mediante conversaciones indecentes, acaba considerando la sexualidad como algo malo y ridículo. No se puede defender que ningún tipo de conocimiento sea indeseable; por eso, yo no pondría ninguna barrera a la libre adquisición de información sexual. Es probable que una persona actúe con menos prudencia cuando se mantiene en la ignorancia que cuando está instruida, por lo cual es absurdo despertar en los jóvenes una sensación de pecado cuando muestran su curiosidad natural acerca de un asunto tan importante.A todos los jóvenes, por ejemplo, les interesan los trenes. Vamos a suponer que se les dice que ese interés por los trenes es malo; imaginemos que se les venda los ojos cada vez que se encuentran en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que se impide que se mencione la palabra “tren” en su presencia, y se crea un misterio impenetrable en torno a los medios de transporte. El resultado no sería hacer que disminuyera su interés por ellos, sino muy por el contrario, los trenes les atraerían más aún, pero con la morbosa sensación del pecado y de lo indecente. Todo muchacho de inteligencia despierta podría llegar a convertirse de ese modo en un neurasténico. Esto es lo que ocurre con la sexualidad, pero como el sexo es mucho más interesante que los trenes el resultado es aún peor. Casi todos los adultos que pertenecen a una comunidad cristiana tienen alguna enfermedad nerviosa que es el resultado del tabú que imperaba en torno al sexo cuando eran niños o adolescentes. Este sentimiento de pecado que les fue implantado artificialmente es una de las causas de la crueldad, la timidez y la estupidez que muestran en etapas posteriores de la vida. No existe ningún motivo racional para impedir a ningún niño que se informe de los asuntos que le interesan, sean sexuales o de cualquier otro tipo. No tendremos jamás una población sana hasta que esto no se lleve a la práctica, lo cual es imposible mientras las Iglesias dominen la política educativa.Es evidente que las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen un elevado grado de perversión ética antes de poder ser aceptadas. El mundo, según nos dicen, fue creado por un Dios que es a la vez bueno y omnipotente. Un Dios que antes de crear el mundo previó todo el dolor y la miseria que iba a contener y que, por tanto, es responsable de ello. Es inútil pensar que el dolor del mundo se debe al pecado; esto simplemente no es cierto, ya que el pecado no produce ni las inundaciones ni las erupciones volcánicas, y aún cuando fuera verdad no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar a un hijo sabiendo que iba a ser un maniaco violento, yo sería el responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que iban a cometer los seres humanos, y a pesar de todo decidió crearlos, Él es el responsable de las consecuencias negativas que han traído los pecados humanos. Lo que dicen habitualmente los cristianos es que el sufrimiento es un medio para purificarse del pecado, y que por tanto el sufrimiento es bueno. Esto es, evidentemente, una racionalización del sadismo, y en todo caso es un argumento muy pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a la sala para niños de algún hospital para que presenciara los sufrimientos que padecen allí, y luego le pediría que insistiera en su idea de que esos niños merecen sufrir. Para poder afirmar algo así, un hombre tiene que destruir todo sentimiento de piedad y de compasión, haciéndose, en suma, tan cruel como el Dios en el que cree. Nadie que piense que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien puede tener intactos sus valores éticos, porque siempre está tratando de hallar escusas para el dolor y la miseria.
Extracto de "Principes of Social Reconstruction" (London, 1916).
"Los hombres temen al pensamiento más de lo que temen a cualquier otra cosa del mundo; más que la ruina, incluso más que la muerte.
El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado.
Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no el privilegio de unos cuantos, tenemos que habérnoslas con el miedo. Es el miedo el que detiene al hombre, miedo de que sus creencias entrañables no vayan a resultar ilusiones, miedo de que las instituciones con las que vive no vayan a resultar dañinas, miedo de que ellos mismos no vayan a resultar menos dignos de respeto de lo que habían supuesto.
¿Va a pensar libremente el trabajador sobre la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros, los ricos?
¿Van a pensar libremente los muchachos y las muchachas jóvenes sobre el sexo? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Van a pensar libremente los soldados sobre la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar?
¡Fuera el pensamiento!
¡Volvamos a los fantasmas del prejuicio, no vayan a estar la propiedad, la moral y la guerra en peligro!
Es mejor que los hombres sean estúpidos, amorfos y tiránicos, antes de que sus pensamientos sean libres. Puesto que si sus pensamientos fueran libres, seguramente no pensarían como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa.
Así arguyen los enemigos del pensamiento en las profundidades inconscientes de sus almas. Y así actúan en las iglesias, escuelas y universidades."
En las comunidades primitivas, los campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entregado el escaso excedente con que subsistían a los guerreros y los sacerdotes, sino que hubiesen producido menos o consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obligaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente, sin embargo, resultó posible inducir a muchos de ellos a aceptar una ética según la cual era su deber trabajar intensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostener a otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la compulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de gobierno disminuyeron. En nuestros días, el noventa y nueve por ciento de los asalariados británicos se sentirían realmente impresionados si se les dijera que el rey no debe tener ingresos mayores que los de un trabajador. El concepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio interés. Por supuesto, los poseedores del poder ocultan este hecho aún ante sí mismos, y se las arreglan para creer que sus intereses son idénticos a los más grandes intereses de la humanidad.
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Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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