Este cuento pertenece al volumen “Anclado en tierra de nadie” integrante de la “Trilogía sucia de La Habana” de 1998.
El teléfono sonó, me dijeron que Aurelio intentó suicidarse y estaba inconsciente en la sala de terapia intensiva del hospital de emergencia. Es cerca de mi casa. Fui a pie. Por el camino estuve dándome cuerda: «Después de todo es mejor que esté inconsciente -pensé- porque si puede hablar le voy a decir de maricón en adelante todo lo que se me ocurra. ¿Por qué coño se mata sin buscarlo a uno? ¿Sin descargar adrenalina? ¡Me cago en su madre! Lo que sea se resuelve con una botella de ron y descargando con alguien: con una mujer, con Dios, con un amigo.»
En el vestíbulo del hospital encontré a su sobrino. Me pareció ansioso porque Aurelio acabara de morir. No sabía nada. Y no le interesaba saber. Busqué a los médicos. No querían atenderme. Ya me estaba encabronando cuando una enfermera -mulata, joven, sandunguera, pero de mal humor- me leyó unas líneas de la historia clínica y me preguntó:
-¿Él es algo de usted?
-Amigo.
-Ahhh.
Noté cierta burla en el «ahhh», además de que ya estaba medio cabreado con el maltrato, y salté:
-Oye, yo no soy maricón, ni cojones. ¿Qué «ahhh» de qué?
-¡Hey, suave, que no estoy pa’ ti!
-Dale, dime lo que sea, anda.
-Fue un intento de suicidio con un «batido» de drogas, sedantes y pildoras calmantes. Y además se inyectó aire en las venas. Se le practicó un lavado de estómago e intestinos y ahora está reportado grave con infección generalizada. ¿Y tú sabes por qué te dije «ahhh»? Porque así se matan los maricones. Que quieren matarse, pero no tienen... Los hombres se pegan un tiro, se ahorcan o se lanzan de un edificio... Así que reza por tu a-mi-gui-to.
Me dio la espalda y se fue, burlona, meneando el culo exageradamente en mis narices. Pero yo no podía quedarme callado ante aquella provocación:
-¡Qué culo más rico pa’ llenártelo de leche, mama!
Se viró, más burlona aún:
-Sí. Se ve que te gustan los culos nada más..., pa-pi-to.
-Pero si te cojo a ti, te pongo a gozar por alante y por atrás.
Parece que esto último no lo escuchó porque no me respondió y siguió con su movimiento provocativo por todo el pasillo, de regreso a la sala de terapia intensiva. Cuando llegó al final, se detuvo y me gritó:
-Ah, compañerito, la información a familiares es a las seis de la tarde, así que no venga más fuera de hora.
Fui todos los días a las seis de la tarde. Recuperó el estado consciente. Un par de días después lo trasladaron a una sala normal. Seguía con la infección generalizada, muy intensa, pero se le podía visitar. A lo largo del día se turnaban entre su media hermana, el sobrino abúlico y el marido de la medio hermana. No lo podían dejar solo. Apenas dos enfermeras atendían una sala de veinticinco pacientes. Al segundo día me ofrecí para acompañarlo también, pero ellos se adelantaron y ya habían decidido que me quedara toda la noche.
Estaba demasiado débil. No podía mover ni una mano, y le metían oxígeno por la nariz.
Ya el marido de la media hermana me había dicho que últimamente vivía encerrado, rechazando a todo el mundo. No le abría la puerta a nadie. Cada día huía más y más de la gente. «Era difícil hacer algo por él. A veces iba a verlo, pero ni me abría la puerta. Yo creo que estaba paranoico», me dijo.
Aurelio era un solitario. Su padre fue tornero de metales. Un tipo aburrido, rutinario, monótono. Un tacaño que todo lo medía con precisión. Su madre era una pianista atormentada y botarate, que vivía flotando a un metro del piso. El padre le daba golpes y la madre dulces. Y Aurelio tenía un poco de cada uno. Era medio tacaño y medio botarate, medio loco y medio rutinario, medio hombre y medio mujer. Nos conocimos en la secundaria y siempre sospeché que era maricón, aunque más bien parecía apático al sexo.
Una vez bebíamos cerveza en una playa cerca de su casa. Ya teníamos buena carga y dos muchachas solas nos habían mirado un par de veces, y yo me impulsé:
-Vamos a caerle a esas dos chiquitas, acere, ¡ven pa’cá!
Pero me agarró por el brazo:
-No. No. Vamos a quedarnos aquí.
-Ah, ¿qué te pasa, viejo? ¿Tú eres maricón, te haces pajas, o cuál es el lío tuyo?
-Soy maricón, me hago pajas y no tengo lío. ¿Y tú qué? ¿Tú eres hombre de verdad o te haces pasar por hombre?
-Oye, oye, ¿qué vola contigo, qué coño te pasa?
-Sí, a lo mejor también te gustan las pingas de los negros, y ya me tienes muy cansado haciéndote el tosco siempre.
-Ah, vete pa’l carajo, Aurelio.
Perdí el sentido del humor. Él -como buen maricón- se sintió ofendido y se fue de la playa. Yo me fui con las muchachitas. Total, ni recuerdo qué sucedió después. Y el resultado fue que Aurelio y yo dejamos de vernos unos años. Una tarde pensé que a mí no me importa si el tipo es maricón o no. Allá él con su culo. En definitiva, éramos amigos desde niños y el insolente había sido yo. Así que agarré una botella de ron y salí para su casa a tratar de hacer las paces. No sé entre los esquimales cómo se verá esto. Pero un macho caribeño, joven y garañón, pone en riesgo su prestigio de semental si tiene un amigo maricón. Bueno, nunca me han importado las opiniones de los demás. Y las pocas veces que las he tenido en cuenta ha sido para joderme, equivocarme y al final tener que dejarlo todo y cambiar de rumbo.
Así que fui. Lo saludé. No me disculpé. Abrimos la botella. Su padre y su madre habían muerto. Se había casado tres años atrás. Me presentó a Lina, su mujer. Ésa era otra historia: habían sido novios en la escuela secundaria, apasionados y adolescentes, pero la familia de ella la presionó diciéndole que Aurelio era maricón, pianista, flaco, feo, encorvado, entre otros defectos. Ella lo dejó y se casó con un tipo que era todo lo contrario. Tuvieron dos hijos y él la engañó con todas las mujeres que pudo hasta que ella no resistió más y se divorció. Entonces comenzó de nuevo el romance entre Aurelio, pianista, erudito musical, y Lina, soprano. Ya cada uno tenía más de treinta años. Aurelio había dejado a un lado aquel aspecto de perrito apaleado que siempre tenía. Ahora se dedicaba con pasión a su mujer. Nos veíamos con frecuencia y por primera vez hablamos alegremente de sexo, en veinte años de amistad. Me contaba que se la templaba en la esquina de la cama, en la ducha, en la cocina, en todas las posiciones posibles. Una vez me mostró el Ananga Ranga, que tiene unas posiciones demasiado extrañas para quien no sea hindú.
No sólo se la templaba desaforadamente. También -y ante todo- le montaba un repertorio completo. Le enseñaba a cantar en italiano, alemán, francés. Vivía para ella. No tuvieron hijos. Él acabó de romper lo que quedaba de amor filial con su medio hermana -hija de un matrimonio anterior de su padre-. Se quedó más solitario aún. Se concentró en Lina y se lo jugó todo a esa carta. El matrimonio duró nueve años. Ella le dio sexo y sonrisitas. A cambio él la convirtió en una artista.
En los últimos tiempos ella andaba por ahí, de gira casi siempre. En otras ciudades o en otros países. Y Aurelio cada día más solitario. Ella rutilante, alegre y despreocupada. Él opacado y deprimido. Masticando el fracaso. Creo que le gustaba rumiar el fracaso y la soledad y no movía un dedo para mandarlo todo al carajo y salir de la oscuridad.
Ahora estaba en aquella cama, con un soplador de oxígeno en la nariz, y agujas de sueros pinchándole las venas. Muy nervioso, demasiado débil por la infección que le avanzaba por todo el organismo, resistente a cualquier combinación de antibióticos. Yo estuve unos años caminando por ahí y hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Tal vez dos o tres años.
Abrió un poco los ojos. Vio que era yo y trató de sonreírme. Empezó a hablarme muy bajo. Me acerqué para escucharlo. La sala estaba casi a oscuras y había silencio. De vez en cuando alguna enfermera entraba, encendía unas pocas luces, y repartía pildoras y medicinas a algunos pacientes. Después todo quedaba tranquilo de nuevo.
-Creo que me estoy muriendo, Pedro.
-No, no. No digas eso porque no es así, y reposa. ¿No tienes sueño?
-No. Lo que quisiera es empezar de nuevo. A veces creo que me voy a morir, pero en el fondo me parece que no. Que puedo empezar de nuevo. Si Lina regresara de España a lo mejor empezamos otra vez.
-¿Lina está en España?
-Sí. Me lo dijo ayer mi hermana. Tiene una gira por Italia y España. Y se fue. Me dejó inconsciente y se fue. Tenía que hacerlo, Pedro. Yo la comprendo. Si deja el espacio vacío enseguida la ponen a un lado. Ahhh, cómo la amo. Es lo único que tengo en la vida.
-¿Cómo vas a decir eso? ¿Y por qué se fue a Europa y te dejó muriéndote, chico? ¡No seas cabrón!
-Es que... para ella fue muy duro.
-¿Qué fue duro?
Aurelio respiró profundo unas cuantas veces y empezó a llorar. Se le salían las lágrimas. Lo dejé que llorara un rato, sollozaba y los mocos le tupían las mangueras de oxígeno en la nariz.
-Oye, contrólate. No llores más y aguanta. Estas mangueras se están tupiendo y te vas a morir pal carajo. Aguanta, aguanta.
-Yo lo que soy un maricón de mierda, Pedro Juan.
-¿A qué viene eso ahora? Deja eso.
-El problema fue que me enamoré de un muchacho, un tenor, que hace dúo con Lina. No pude contenerme, es un Adonis. Me gustó demasiado, y estuvo conmigo tres veces. Hicimos de todo. ¡Es más maricón que yo veinte veces! Pero se lo dijo a ella.
-¿Cómo? ¿Que se lo dijo a ella?
-Sí. No sé por qué. Se lo dijo. Estábamos ensayando los tres en la casa, alrededor del piano, y de pronto el muy maricón empezó a gritar, histérico. Le dijo que yo me le tiré a besarlo y a cogerle la pinga. Se hizo el violado y me puso a mí de violador. Eso es imposible porque él hace pesas y es como Charles Atlas, un masacote de músculos.
-Así y todo. ¿Tú no cogiste un palo y le partiste la cabeza?
-No, yo me puse tan nervioso que me dio por llorar. Además, Lina no me dio tiempo a nada. Me formó un escándalo que hasta los vecinos lo oyeron. Me gritó que ella siempre se lo había imaginado, y que yo le daba asco. Me lo repitió muchas veces. Que yo le doy asco. Y salió gritando de la casa que iba a buscar un abogado para divorciarse. Que se iba libre para Europa. Cuando me quedé solo en ese caserón tan grande, me puse demasiado triste y me dio tanta pena que todo el mundo supiera...
-¿A ti qué te importa la gente, Aurelio? Tu vida es tu vida.
-¡No, no!
-¿Y entonces te envenenaste?
-No. Todo eso sucedió al mediodía. Por la noche aún no había regresado. Y yo no podía salir de la casa. No tenía fuerzas para moverme de la butaca. Entonces recogí todas las píldoras que encontré en la casa y me las tomé y me inyecté aire en las venas con una jeringuilla, y me entré a cintarazos por la espalda. Hubiera querido tener un látigo para destrozarme. Quería hacerme pedazos. Descuartizarme. No quiero ni acordarme. Me volví loco.
-Bueno, cálmate ya.
-Me hace falta que Lina regrese. A lo mejor empezamos de nuevo. A mí ella me gusta mucho, Pedro Juan, me gusta mucho. ¡No sé por qué cono me tuve que enamorar de ese tipo! ¡Traidor de mierda, cínico!
Todo esto me lo dijo llorando a sollozos. Casi sin poder hablar. Rabiando. Después se quedó demasiado tranquilo, con los ojos cerrados. Llamé a la enfermera. Estaba inconsciente de nuevo. Ella le tomó el pulso y salió corriendo a buscar una camilla. Lo llevaron de regreso a la sala de terapia intensiva. Cuando entraron con él me detuvieron en la puerta:
-¡Espere ahí! Aquí no puede entrar.
Allá dentro oí gente corriendo y alguien, asustado, gritó:
-¡Está en paro, está en paro! ¡Un vibrador! ¿Dónde está el vibrador?
Y ya no pude más y me derrumbé a llorar como un niño. Una mujer se me acercó, me tocó por un hombro y me dijo: «Hay que ser fuerte, hijo, ¿tú tienes fe?» Yo me viré y la miré con furia. Creo que tenía un rosario y una Biblia en la mano:
-¡Qué fuerte ni qué cojones, señora! ¡Vayase pal carajo y déjeme en paz!
Este cuento pertenece al volumen "Sabor a mí" que forma parte de la "Trilogía sucia de la Habana"
El viejo Cholo terminó de recoger sus libros del piso del portal. Eran miles de libros de uso. Los guardó en cajas y los metió en su habitación desvencijada. Agarró una lata sucia y oxidada. Cerró la puerta, puso el candado, y se fue a buscar la comida. Desde Carlos III y Belascoaín hasta Cuba y O’Reilly son veintiséis cuadras. Las caminó aprisa, en menos de treinta minutos. Bajó por Reina hasta Monserrate, dobló en O’Reilly a la derecha, hasta Cuba. Eran casi las siete de la noche cuando llegó. La dependienta, de mal humor como siempre, le gritó lo mismo de todos los días:
-¡Siempre llegas tarde, Cholo! ¡Siempre eres el último, cojones! Toma, eso es lo que queda.
Echó un poco de arroz y chícharos en la lata, y marcó una cruz al lado de su nombre, en una lista de trescientos cuarenta y dos comensales de aquella cocina gratuita de la seguridad social.
-¿No queda más na? Dale, dale, busca algo más ahí.
-No queda más na. Hoy te jodiste. Ven más temprano.
Salió. Se sentó en el quicio de una puerta. Sacó una cuchara del bolsillo del pantalón y se comió aquella porquería insípida. Se quedó con hambre. Pensó en unas fondas baratas que abrieron hace poco en Belascoaín. Pero ya es de noche. A esta hora, si queda algo, es ron y cigarros. Metió la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón. Palpó un rollo de billetes. Un gran rollo. Hoy hizo por lo menos quinientos pesos con los libros viejos. Tenía muchos miles escondidos en una caja de cartón, en su cuarto. Muchos miles. No sabía cuánto.
Se le acercó una mujer con cucuruchos de maní. Le ofreció. No. Jamás desperdicia el dinero en chucherías. No fuma, no bebe ron ni café y sólo hace dos comidas al día. Frugales. Su único vicio son las mujeres. Tiene setenta y seis años, aunque parece que sólo tiene sesenta: está fuerte, musculoso. Es bajo, blanco, medio rubio, con los ojos claros. Su madre le dijo que él era igual que su padre: un vasco fuerte y rudo como un toro, que vivió unos meses con ella y cuando la vio embarazada se perdió del mapa, y jamás se le vio el pelo. Cholo no lo conoció. Su madre lo parió y murió cuando él tenía cuatro años. Ya ni la recuerda.
Cholo se crió en la calle. Sin padre, sin madre, sin hermanos. Solo. Durmiendo en los portales o en cualquier rincón. Trabajando en lo que apareciera. Ha hecho de todo: estibador, limpiador de fosas, basurero, boxeador, vendedor de periódicos, limpiabotas, peón de albañil. Todo. No hay un oficio manual y sucio que no sepa. Ha trabajado en los basureros, en los mataderos, en la plaza del mercado, en fábricas. Desde que murió su madre. Sin cesar. Nunca ha tenido casa ni mujer fija. Le gusta estar algún tiempo con una sola mujer, pero enseguida empieza a pedir más y más dinero. A celar. A organizar demasiado. Quiere tener hijos. Quiere que Cholo gaste dinero en jabón para lavarle la ropa y que se bañe todos los días. No. No. ¡Imposible vivir con una mujer más de un mes!
Y Cholo está entero. Dos o tres veces a la semana se le para la tranca como a un semental de pura sangre. Para eso sí hace falta el dinero. La mujer de los cucuruchos de maní se paró a unos pasos de él, esperando algún cliente, pero no pasa nadie. Él la observó con más cuidado. Una flaca, de unos treinta años, con el pelo desteñido entre rubio y negro, un poco sucia, los calcañales mugrientos y callosos. Lo miró de nuevo. Se sonrió. Tenía los dientes igual que él: destrozados y negros.
-Compra maní, viejo. Un pesito nada más.
-No, maní no. Pero ven acá. Siéntate aquí.
-¿Pa’ qué voy a sentarme al lado tuyo? ¿Tú estás loco?
Entonces Cholo se paró y fue hasta ella:
-¿Quieres ganarte veinte pesitos?
La mujer se puso a la defensiva:
-¿Haciendo qué?
-Deja mamarte el bollo. Nada más que eso.
-No, hombre, no. Estás muy churrioso tú. A ver una enfermedad si me pegas.
-Te doy treinta. Y si me embuyo pa metértela, te doy diez más.
-No, no. Tú estás muy cochino. Deja eso.
-Te vas a ganar cuarenta pesos fácil. En un ratico.
-Ni por cien me dejo tocar por ti y menos metérmela. ¡Tú estás locoooooooo!
-Dale, muchacha. Es un momento nada más.
-No, no. Déjame tranquila.
Y siguió caminando con sus cucuruchos de maní. Cholo la miró bien, se sonrió y le gritó:
-Te doy cien.
Ella se detuvo. Regresó sobre sus pasos y lo miró con una sonrisa amplia y amable:
-¿De verdad? Bueno, ya eso es otra cosa.
-No, no llego allá. Pero mira, cuarenta hoy y cuarenta mañana y cuarenta pasado...
-Ah, no comas mierda, viejo. Tú lo que eres un descarao. Déjame tranquila porque voy a llamar a un policía.
Cholo se quedó excitado. Tenía la pinga medio zaraza, abultándole en el pantalón. Y se puso orgulloso. Sabía que era el único viejo en el mundo al que se le paraba dura como un palo. Sabía que era un toro padre. Y en medio de la acera oscura dio unos brincos. Se puso en guardia, bajó la cabeza, y lanzó unos buenos piñazos cortos a la cara del contrincante. «Duro y corto. La derecha tuya es un cañón. Usa la derecha», le decía su entrenador en el gimnasio América. En tres años tuvo noventa y siete triunfos y veintitrés derrotas. «Cholo Banderas.» Ése era su nombre en el ring. El entrenador le agregó «Banderas» para que sonara mejor: «Es más pegajoso, tiene más swing.» Hasta que aquel negro cabrón lo noqueó. Lo tiró a la lona sin conocimiento, y encima le produjo una fisura en el cráneo. No pudo pelear más. Después estuvo preso dos años. Por casi nada: un policía bocón y fresco que lo provocó. Él lo cosió a piñazos. Le echaron dos años nada más. Se sintió bien en la cárcel. Sin trabajar. Callado, echado en un rincón. Todos hablaban mierda y hacían cuentos de lo duros que eran. Menos él. Jamás abrió la boca, ni tuvo amigos. Nada. Él solo. Como siempre. Hasta que le tocó la hora de salir a la calle otra vez.
Hacía muchos años de eso. Ni lo recordaba. En realidad nunca recordaba nada. «Se vive al día. Ayer ya pasó y mañana no ha llegado», se decía con frecuencia. Además, en el fondo le daba lo mismo ser boxeador que limpiador de fosas. Estar en la cárcel o en la calle. Ahora estaba allí, con el rabo medio parado, en aquella esquina oscura. Tiró la lata a la calle. Con fuerza, para que hiciera ruido. Se sentía descansado y duro. Amasó sus dorsales, los bíceps, los tríceps:
-¡Estás entero, Cholo, te hace falta una jeba esta noche!
Y se fue dando brincos, lanzando golpes al aire. Salió hacia la Avenida del Puerto. Esa zona le ha gustado siempre. Antes era más fácil. Por Muralla, llegando a la Avenida del Puerto, vivían tres putas. Cada una en un cuartico pequeño con puertas rojas. Y con letras doradas: Berta, Olga, Lola. Es el mejor recuerdo que tiene en su vida. Eran tres putas. A cinco pesos el palo. Le hablaban, le sonreían. Con el tiempo se hicieron amigos y cuando él llegaba hasta le hacían una limonada o lo bañaban y lo afeitaban. En esas ocasiones, siempre daba un par de pesos más. Nada es gratis en esta vida. Pero las tres murieron hace tiempo. Tendrían sesenta y pico de años. Murieron jóvenes.
Él es todo lo contrario: se siente como un niño. El carapacho que se construyó alrededor cuando era casi un bebé, ahora lo tiene más duro que nunca. Jamás fue protegido por nada ni por nadie. Se sabe invulnerable. Como una fiera en la selva. Solitario. Lejos de la manada. Ha tenido muchas mujeres y muchos hijos. Pero ya ni se acercan a decirle: «Tú eres mi padre. Mi madre es fulana, ¿te acuerdas?»
Él los azoraba de su lado. Nunca se acordaba de ninguna fulana, y menos de un hijo. Jamás una mujer parió a su lado. Cuando le decían que estaban preñadas, él se perdía. ¿Quién podía asegurarle que ese muchacho era de él? Todas las mujeres son iguales: por cuatro pesos se acuestan con cualquiera y después quieren encontrar un bobo para que les críe el niño.
Con él no va eso. Ya no. Hace años que nadie le reclama paternidades. Aunque ahora es cuando mejor vive. Se ríe del mundo. Dicen que ésta es la peor crisis en toda la historia de Cuba. «Pues para mí, ésta es la mejor», piensa con frecuencia. Cuando empezó el hambre fuerte, en 1990, tenía un puesto de limpiabotas frente a su cuarto, en aquel portal. Se le ocurrió comprar cosas usadas y venderlas allí. De todo. Desde tuberías y pedazos de cables eléctricos, hasta percheros, zapatos viejos revistas, libros, espejuelos, juguetes viejos. No había nada. Absolutamente nada. La gente con dinero en el bolsillo y no había ni cigarros.
Llegó el momento en que ganaba más con aquello que limpiando zapatos. Y además, el betún desapareció también, así que tuvo que dejar de pulir calzado. Compraba muy barato y vendía igual de barato. En un lugar céntrico, con muchos transeúntes. Todos se detenían a mirar. Preguntaban precios. Algunos compraban. Hasta que percibió que los libros y las revistas viejas se vendían mucho más. Entonces abandonó lo otro. Puso un cartel que alguien le escribió en un pedazo de cartón: «compro livro y rebista viejos. Boi a su casa.» Recorría a pie toda La Habana con cuatro enormes bolsas de tela. Y regresaba cargado. No podía leer. Así que compraba al bulto. Todo. Miles y miles de libros colocados en el portal, sobre el piso. Y cientos de clientes cada día. Nunca había ganado tanto. Escondía los billetes en una caja de cartón. Tiraba libros viejos arriba y nadie podía pensar que allí había una fortuna.
Nunca hablaba ni se sonreía con nadie. A la gente no se les puede dar confianza. Les das un dedo y se cogen la mano. Pasaba días y días y sólo abría su boca para decir «sí» o «no» a algún cliente que preguntaba. Él entendía muy bien lo que pasaba. Más sabe el diablo por viejo que por diablo: «El problema es que la gente se asusta fácil. Los americanos aprietan, un poco de hambre, y ya todos se cagan. Y tú los ves flacos, azorados, hablando solos por la calle, medio locos. Yo no sé por qué la gente es tan pendeja. Total, Cuba siempre ha sido igual: tres o cuatro años de abundancia y veinte de miseria. Desde que tengo uso de razón es así. Por eso no se puede vivir con miedo. Hay que vivir sin miedo y pa’lante.» Pensaba así, pero no abría su boca para decirlo. Ante todo porque no tenía a quien. Además, no sabía hablar. Ni le gustaba. En boca cerrada no entran moscas.
Llegó hasta Muralla y se sentó bajo el arco de esa calle hacia la Avenida del Puerto. En la oscuridad. Tranquilo. Un poco más allá un negro y una negra templaban desaforadamente, de pie, recostados contra una columna, a seis metros de él. Los oía pujando y resoplando. Y los veía frenéticos. Y se calentó mucho más. Por la acera pasaba poca gente. Casi nadie. Se sacó el rabo y se masturbó un poco a cuenta de aquellos negros. Sólo un poco. Hacía muchos años que no botaba en balde su semen. En definitiva, ya no fabricaba aquellos grandes chorros que podían llenar un vaso y asombraba a las mujeres. Ahora era mucho menos. No se podía desperdiciar.
Cholo estaba alegre. Uhmmm, se guardó el material y empezó a buscar una víctima. «Esta noche meto la pinga en un hueco por veinte pesos nada más o dejo de llamarme Cholo», se dijo. Y dio unos brincos y tiró unos golpes al aire. Salió caminando por la Avenida del Puerto hacia el Malecón. Jineteras, taxistas, bares, tres edificios antiguos y derruidos que se derrumbaron hace poco. Los escombros impiden el paso. Las salidas de las cloacas a la bahía se tupieron y la mierda inunda la calle, frente al bar Los Marinos. Cholo no se fija en nada. Siempre ha vivido dentro de la podredumbre. Lo único que quiere es un hueco por veinte pesos. Frente a Los Marinos hay un grupo de puticas esperando clientes. Muy jóvenes, bonitas, provocativas, perfumadas. Hace tiempo que Cholo no caminaba por estos rumbos, pero supone que -como ha sido toda la vida- puta por puta todas son iguales. Llama a una mulatica. La muchacha se extraña de que aquel viejo tan puerco la llame. No va. De lejos le grita:
-¿Qué tú quieres, abuelo?
-Abuelo el coño de tu madre. ¡Ven acá!
-¿Eh? ¿Qué le pasa al viejo éste? ¡El coño de la tuya, singao! No me jodas que te entro a navajazos.
Cholo, imperturbable, llama a otra. Ésta es más pacífica y se le acerca a dos metros:
-Dime, abuelo, ¿qué tú quieres? ¿Monedas? Estamos arrancadas. No tenemos monedas, pídele a un yuma.
-No, yo tengo pa’ darte a ti. Ven acá. Acércate.
-Noooo. Dime.
-Te doy veinte pesos por mamarte el bollo... Ven acá...
-¿Veinte qué? ¿Cubanos?
-Claro. Veinte pesos cubanos.
-Ah, tú estás loco. ¿Te escapaste de Mazorra?
La chica se vira hacia el grupo de ocho o nueve jineteras y se mofa del Cholo. Les grita:
-Dice que me da veinte pesos cubanos por mamarme el bollo. Jajajá, lo cogió la arteriosclerosis, jajajajá. Oye, abre los ojos. Cincuenta fulas, verdes, para estar un rato con nosotras. Y con la peste a mierda que tú tienes ni por cien. Aparte que tú nunca has visto un dólar. Así que muévete y piérdete de aquí.
Las otras se ríen a carcajadas y se burlan:
-Dale, viejo loco, apestoso, piérdete de aquí.
Cholo se levanta y sigue caminando. Las que están locas son ellas. Saca una cuenta rápida. El dólar está a veintitrés, por cincuenta son mil ciento cincuenta. ¡Cojones! Eso no puede ser. ¿Cómo una putica de éstas va a ganar con un solo palo el doble que yo en un día? Se hacen millonarias en..., no, porque no ahorran. Lo gastan todo en perfumes y porquerías de pinturas y carteras. Ése es el problema de la gente. No ahorran.
Sigue caminando. Rebasa unos barcitos. La gente bebe cerveza de lata, escuchan música, se ríen. Él ni los mira. En realidad le da rabia ver a tanta gente botando el dinero de ese modo. Se sienta sobre el muro un poco más allá. Solo. A mirar los pocos que caminan por allí. Un mulato viene pedaleando en un triciclo. Frena frente a él. Atrás viene sentada una blanca pelandruja, con el pelo pintado de rubio. El tipo sube el triciclo a la acera, lo pega bien al muro y se sientan muy juntos. Él de frente al mar. Ella hacia la ciudad. El tipo viene volao. Se abre la bragueta, desenfunda el animal, ella lo agarra con la mano izquierda y le bota una paja sin mirarlo y sin decirle ni pio. Algunos pasan, pero no perciben el movimiento de su brazo. Todo eso a unos pocos pasos de Cholo, que coge presión como una cafetera. En menos de cinco minutos el tipo se viene. Respira fuerte. Ella retira la mano enseguida para no embarrarse. El tipo saca unos billetes, se los da. Le dice algo muy bajo. Se monta en el triciclo y se va cantando, muy alegre. Ella se queda sentada en el muro. Cholo la mira bien. Tiene buen cuerpo aunque maltratada, sucia. Cholo se le acerca y le dispara al directo:
-Oye, te doy veinte pesos por mamarte el bollo.
-No, viejo, no. Quédate tranquilo.
-Bueno, dime tú.
-¿Que te diga qué?
-¿Cuánto quieres?
-¿Por mamarme el bollo?
-Sí.
-Ah..., bueno...
-Treinta pesos. Dale, vamos.
-Bueno, está bien.
Al frente hay unos matorrales, junto a un pequeño parque de diversiones cerrado y oscuro. No hay nadie por allí. Se meten en los matorrales. Cholo está excitado como un niño. Ella se quita el short y los blumers, los coloca en el suelo y se sienta sobre ellos con las piernas abiertas:
-Arriba, métele mano. Un ratico nada más. No te creas que vas a estar una hora mamando.
El viejo olfatea, palpa, pasa su lengua áspera, sucia y experta. Ella no se imaginaba que el viejo fuera tan hábil. Es un ternero. Con una fuerza de succión demoledora. Sabe muchos trucos y aplica todo el repertorio hasta desquiciarla. Le da pequeñas mordidas en el clítoris y ya ella no aguanta más; tiene un orgasmo prolongado. Ahhh, se va del mundo. Se recupera y se aconseja a sí misma: «No pierdas la cabeza, Marisela, con este viejo de mierda. Control, Marisela, control.»
-Ya, viejo, ya. Aguanta. Aguanta.
El viejo sigue mamando y al mismo tiempo se está botando una paja. Marisela ve que tiene una pinga grande, gruesa, dura como un palo.
-¿Qué es esto? ¡Ya, ya!
Pero la visión de aquella hermosa pinga la reblandece. Inconscientemente abre más las piernas. El viejo la monta y la penetra:
-Ay, suave, coño, suave, que está muy gorda. Ten cuidado.
Ella tiene otro orgasmo y otro y otro. Entonces Cholo no puede aguantarse más y suelta lo suyo. En cuanto terminan se levanta, dando sálticos, como un boxeador y lanzando golpes cortos y duros. Está alegre, retozón, nada de cansancio, ahora es cuando está caliente para pelear nueve rounds más. Ella no sale de su asombro:
-Ven acá, chico, ¿qué edad tú tienes?
-Setenta y seis.
-No, no es posible.
-¿Qué?
-Tú estás entero. Igual que un niño de veinte años.
-Ah, sí. Yo soy así. Toma, agarra tu dinero que yo sigo mi camino.
-Oye, espérate, no seas hijo de puta. ¿Cómo que treinta pesos? Treinta pesos era por la mamada nada más.
-¿Yo te dije que abrieras las patas pa’ metértela? ¿No, verdad? Problema tuyo. Yo voy echando.
-Espérate, espérate, no te hagas el largo porque te meto un palo por la cabeza y te dejo tieso aquí mismo.
-¿Sí? ¿No me digas? ¿Tú eres guapa?
-No, yo lo que soy durísima. ¡No quieras saber tú! Dame treinta pesos más por el palo.
-No, no.
-Dame treinta pesos o te voy a rajar la cara.
Y diciendo y haciendo. Marisela tenía un punzón en el bolsillo del pantalón. Lo sacó rápido y le tiró al rostro, a cruzar una mejilla de Cholo. Él esquivó a tiempo y saltó atrás.
-Eh, pero mira qué gallinita. Ya, ya. Cálmate. Coge treinta pesos más.
Cholo saca el bulto de billetes delante de ella y cuenta. Marisela se asombra:
-¡Coño, papi, estás amasao!
-Ah, ahora soy papi. Coge, agarra antes de que me arrepienta. Ése es el palo más caro de mi vida.
-¿Cómo te llamas?
-Cholo.
-Cholo, ¿qué?
-Cholo. Dale, vamos conmigo.
-¿Adonde?
-Ah, tú preguntas mucho. Vamos, que te conviene.
Salen atravesando hacia Reina, Carlos III, llegan al cuartucho atestado de libros, polvo, humedad. Cholo enciende un bombillo mortecino. Duerme en el piso, sobre una colchoneta y unos cartones mugrientos. Cuando Marisela ve aquello, se queda con la boca abierta. Saca una caja de cigarrillos del seno, enciende uno, fuma, y se queda distante, observando a Cholo, que se quita la ropa. Queda completamente desnudo y ya está de nuevo con una erección.
-Dale, Marisela, quítate la ropa.
-Yo no puedo creer que tú vivas aquí.
-¿Por qué no?
-Con esa bola de billetes y vives peor que un perro. ¿Tú crees que yo me voy a acostar aquí entre las ratas, las cucarachas y toda esa mierda?
-No te acuestes. Te tiemplo de pie. Me da igual.
-No, no. Ya. Deja..., me voy.
-Ven acá, chica, ¿Tú vives en un palacio o eres una princesa? ¿De dónde tú vienes?
-¿Tú quieres saber de dónde yo vengo? Mira, te voy a decir. Me pasé doce años en la cárcel. Me echaron veinte años porque le metí una cazuela de hierro por la cabeza a mi marido y después lo descuarticé en pedacitos y lo boté por ahí.
-¡Cojones!
-¿Ahh, cojones? Eso es para que tú veas que si tú eres duro, yo soy más dura que tú. Conmigo no puedes inventar porque te tasajeo. Pero fíjate: en la cárcel yo vivía mucho mejor que tú. Tú vives como un puerco, y yo no soy una puerca. ¿Para qué pusiste el candado por dentro de la puerta? Abre ese candado y no te hagas el bárbaro que yo me voy. Ya. Se te acabó la fiesta.
-El candado no es por ti. Yo siempre lo pongo para que no me sorprendan durmiendo.
-No me interesa. Abre.
-Oye, mira cómo estoy. Vamos a echar otro palo. Te pago. Y después te vas.
-No, me voy. Y no me provoques. Yo salí de la cárcel hace tres días. ¿Tú sabes cómo estoy? Que no creo ni en mi madre.
-Eso es lo mejor que puedes hacer en la vida. Siempre hay un hijoputa cerca.
-Yo lo sé demasiado bien. No me des consejitos.
-Te voy a hacer una propuesta. A lo mejor te conviene. ¿Tú sabes leer?
-Claro.
-Ayúdame aquí con los libros. Yo vendo ahí, en el portal. Pero a veces alguien me pregunta por algún libro y yo le digo que no tengo y ya.
-¿Tú no sabes leer?
-Ni falta que me hace.
-Si te caes comes hierba y sigues en cuatro patas por el resto de tu vida.
-Mira quién habla. Tú eres más animal que yo. Por lo menos yo nunca he descuartizado a nadie.
-Porque no has tenido que hacerlo.
-Puede ser.
-Vamos a dejarlo ahí, Cholo. ¿Cuánto me pagas?
-Esto no deja mucho. Te puedo dar diez pesos al día.
-Ah, no jodas, viejo. Con dos pajas que haga al día me busco cuarenta o cincuenta pesos. ¿Tú no ves que yo soy blanca? La locura de los prietos es tener una blanca como yo al lado.
-¿Y dónde estás viviendo?
-¿A ti qué coño te importa? Abre el candado que me voy pa’ la pinga. Ya hablé demasiado.
-Yo también hablé demasiado.
Cholo abre el candado. Marisela sale al aire fresco de la noche y se va. Él sale al portal y se sienta en el piso. Hay fresco. Una buena brisa. No tiene sueño. Serán las doce de la noche. Se levanta como un resorte, empieza a dar saltos y a tirar unos upper cuts cortos y directos, unos jabs al hígado.
-¡En la esquina roja, del gimnasio América, Cholo Banderas! ¡Ganggggg! ¡Un cañón con la derecha! ¡Noventa y siete peleas ganadas!
La ciudad a oscuras duerme en silencio. Nadie ve al Cholo Banderas. Se cansa de boxear con su contrincante invisible, y se ríe con deseos:
-¡Qué buena noche, cojones, qué buena noche! ¿Qué hora será? En cualquier momento amanece, así que voy a sacar los libros, y a la lucha. A la lucha. No se puede bajar la guardia. Por eso me noquearon aquella vez. Por bajar la guardia.
Poeta, narrador, pintor y periodista cubano. Lo descubrí en el blog de Ade, en sus entradas sobre el realismo sucio y el cuento corto. Algunos lo califican de digno sucesor de Sade o Lautreamont por su capacidad de arrojar las narices de las buenas conciencias sus propia basura. En cierto modo tienen razón, el tamiz caribeño por el que pasa su estilo lo acerca mucho más al francés de Lautreamont (sin la oscura poesía de Ducasse, por supuesto), que al anglosajón de Carver.
Este cuento pertenece a “Anclado en tierra de nadie” de la “Trilogía sucia de La Habana”.
Estuve muchos años intentando desprenderme de tanta mierda que había acumulado sobre mí. Y no era fácil. Si te pasas los primeros cuarenta años de tu vida siendo un tipo dócil, bien domesticado, creyendo en todo lo que te dicen, después es casi imposible aprender a decir «no», «vayanse al carajo», «déjenme tranquilo».
Pero yo siempre logro..., bueno, casi siempre logro lo que quiero. Siempre que no sea un millón de dólares o un Mercedes. Aunque nadie sabe. Si los deseara podría lograrlos. En definitiva eso es lo único importante: desear algo. Cuando deseas algo, con fuerza, ya estás poniéndote en el camino. Es como aquello del arquero zen que lanza la flecha sin tener en cuenta el blanco. Y así insiste muchos años hasta que logra hacer diana, con ese método que invierte la lógica.
Bueno, cuando comencé a abandonar «cosas importantes», las «cosas importantes» de los demás, y a pensar y actuar un poco más para mí mismo, entré en una fase dura. Y estuve muchos años así: al borde de todo. Haciendo equilibrio. Siempre en el precipicio. Me metía en otra etapa de esta aventura que es la vida. A los cuarenta todavía uno está a tiempo de abandonar la rutina, el agobio estéril y aburrido y comenzar a vivir de cualquier otro modo. Sólo que casi nadie se atreve. Es más seguro continuar en lo mismo, hasta el final. Yo me estaba endureciendo. Tenía tres opciones: o me endurecía, o me volvía loco, o me suicidaba. Así que era fácil decidir: tenía que endurecerme. Pero en aquel momento todavía no sabía bien cómo me podía sacar de arriba toda la mierda. Sólo andaba por ahí, caminando por mi pequeña isla, conociendo gente, enamorándome y templando. Templaba mucho: el sexo desenfrenado me ayudaba a escapar de mí mismo. Fue la época de la claustrofobia. Cualquier lugar un poquito encerrado y ya me asfixiaba y me disparaba aullando como un loco. Todo comenzó una vez que me quedé atrapado en el ascensor del edificio. Es un viejo aparato de los años treinta, quiero decir que tiene rejas y es abierto. Es feo porque es americano, no como aquellos hermosos ascensores europeos de esa época que todavía trabajan suavemente en los hoteles del boulevard de la Villette y en otros barrios viejos de París. No. Éste es un cacharro más tosco y simple. Muy oscuro porque los vecinos se roban los bombillos y con una peste permanente a orina, porquería y a los vómitos diarios de un borracho del cuarto piso. Uno sube o baja lentamente mirando el paisaje alrededor: cemento, pedazos de escalera, oscuridad, otro pedazo de escalera, las puertas de cada piso, alguien que espera y al fin se decide a seguir por la escalera, porque el ascensor se detiene cuando quiere y donde más le gusta. Muchas veces decide detenerse sin coincidir con las puertas de salida. Frente a uno sólo está la pared de cemento áspero del pozo, y la gente grita: «¡Ahhh, sáquenme de aquí, coño, que esto se trabó!»
Es como un viejo con arterieesclerosis: todo se le olvida y anda arriba y abajo, muy despacio, estremeciéndose y resoplando, como si ya no tuviera fuerzas para tanto trajín. En fin, en una de esas paradas inesperadas entre dos pisos, yo meto mi mano entre la reja de la puerta y la pared del pozo, me agacho, y alcanzo el borde de la puerta del piso anterior, para ajustarla bien. Sólo así se accionaba todo el mecanismo para continuar hacia arriba. Y lo logré: cerré bien la puerta, el elevador de nuevo se puso en marcha, pero no me dio tiempo a sacar mi brazo. Me lo trabó entre la pared y la reja: un espacio de tres centímetros (para escribir esto lo acabo de medir). Fue terrible porque me fui raspando el brazo y la mano, al paso bien lento del ascensor, hasta el séptimo piso. Grité como un diablo. Me revolqué, y estaba convencido de que mi brazo y mi mano derecha eran un amasijo de huesos y sangre y pellejo destrozado. Pero no. Nada de huesos rotos. Fue una quemadura, con todo el brazo y la mano en carne viva, sangrando, y los nervios convertidos en un puré podrido de fango y mierda de perro. Ya: directo a la caldera del diablo. Claustrofobia galopante. Cuando salí del ascensor. O cuando me sacaron del ascensor, me quedé atrapado dentro de mí mismo. Y estuve atrapado muchos años. Estuve encerrado dentro de mí, derrumbándome dentro de mí.
La claustrofobia fue tan horrible que a veces me despertaba sobresaltado de noche y salía corriendo de la cama. Me sentía encerrado dentro de la noche, dentro del cuarto, dentro de mí, encima de la cama, me faltaba el aire. Tenía que mear y tomar agua y asomarme a la azotea y mirar la inmensidad oscura del mar, y respirar el salitre y el yodo. Entonces me tranquilizaba un poco.
Oh, en realidad no fue sólo el ascensor trabado. El ascensor colmó la copa. Pero antes sucedieron muchas cosas, que ya iré contando poco a poco. Las iré contando en otros momentos. Ahora no. Las iré contando del mismo modo con que uno habla con un muerto a través de una santera, y le dedica flores y vasos de agua y oraciones, para que descanse en paz y no joda más a los que estamos del lado de acá del muro.
Pues bien, yo estaba en ese punto, con la claustrofobia, agobiado. Aplastado como una cucaracha. Y caminaba mucho por todas partes. Por ahí. Siempre estaba huyendo. No podía estar en la casa. La casa era un infierno y un día me fui a un seminario de gente de cine. Si servía podría escribir después una nota para una revista semanal bastante tonta, pero pretenciosa, para la que yo trabajaba entonces.
El seminario duró cuatro días en una escuela de cine que está en las afueras de La Habana. Desde el primer instante me fijé en Rita Cassia: una brasileña de piel dorada que quería ganar mucha plata escribiendo guiones de telenovelas y tenía unas piernas hermosas y quería despegarse de su divorcio reciente. En fin, buscaba a un tipo tropicalmente alegre que la hiciera feliz.
Y así fue. Me lanzó todo su erotismo al mirarme. Eran unos ojos de almendra y miel. Así, como en un bolero. Y nos miramos y fue como si nos diéramos la lengua. Todo lo demás fue rápido. Ignoramos a un famoso documentalista cubano que hacía unas películas espléndidas pero no sabía cómo lo lograba. El tipo era tan intuitivo que era incapaz de percibir su enorme intuición. Por suerte jamás intenta explicar algo seriamente. Hacía anécdotas y era simpático. De todos modos, lo ignoramos y nos fuimos a pasear por el bosquecito. Hablamos tonterías hasta que el campo electromagnético de los dos se sobresaturó y nos besamos sin pronunciar antes ni una sola palabra de amor o deseo. Después me dijo que en los carnavales de Río se pone muy ligera de ropa y se va a bailar samba todas las noches. Supongo que eso tiene algo que ver con sus ojos y su campo electromagnético.
Era ya el atardecer y el bosquecito no es muy tupido y había gente, porque allí los alumnos son muchachos muy promiscuos, como es lógico. Cerca de nosotros, dos muchachos se besaban desaforadamente y en un instante se bajaron la cremallera de los pantalones, sacaron sus pingas y se acostaron en la tierra, desesperados, a mamárselas mutuamente, en un 69. Eso me calentó más aún. Salimos de allí. Fuimos al pequeño apartamento que Rita Cassia alquilaba y la puse a mamar aún sin quitarme la ropa. Sobre una mesa tenía ron añejo de siete años. Ah, cuánto tiempo sin ver esas dulces botellas de buen ron. Pues me serví un largo trago con hielo, y después otro, y me pasmé: estuve dándole pinga por todas partes más de una hora, sin venirme. Ella movía su cintura y su pelvis y gozaba y me rociaba con ron. Tomaba un trago y desde la boca lo soplaba sobre mí y después pasaba su lengua por mi piel para recuperarlo. El ron a veces me paraliza el orgasmo: la pinga se mantiene tiesa, pero no tengo orgasmo.
Cuando al fin me concentré para venirme -porque ya estaba muy cansado- logré acumular suficiente fuerza de voluntad y sacar la pinga a tiempo para echarle toda la leche sobre el vientre. Oh, y era mucha. Hacía una o dos semanas que yo no templaba, y tenía mucha leche. Y Rita Cassia se arrebató con aquello y repetía: «Gustoso, gustoso, ahhh, gustoso.»
Lo demás fue una larga orgía, porque después del seminario siguió el Festival de Cine Latinoamericano, y La Habana -para nosotros- se transformó en un paraíso: mucho cine, mucha templeta, mucho ron y buena comida. Ya Cuba estaba empezando la hambruna más seria de su historia. Creo que fue en el 91. Nadie se imaginaba toda el hambre y la crisis que vendría después. Yo tampoco. Yo sólo estaba preocupado por mi claustrofobia galopante y por tratar de comer porque ese mismo año, en unos pocos meses, había adelgazado dieciocho kilos. Evidentemente por falta de comida.
Otra de nuestras diversiones era eludir a María Alexandra, una guionista de telenovelas de éxito en Brasil. Esa buena señora es todo un camionero, y asediaba a Rita Cassia con un espléndido despliegue de recursos seductores: se aparecía con flores en la habitación a cualquier hora, la invitaba a todos los cocktails y ágapes posibles, y le prometía hasta la saciedad que la ayudaría a escribir un buen guión para colocarlo en O’Mundo nada más y nada menos.
Otro de sus recursos de caballero enamorado era hacerme la guerra fría, adoptando alternativamente dos posturas: me ignoraba olímpicamente, o me trataba con una condescendencia paternalista y a la vez distante. María Alexandra amaba con tanta pasión a Rita Cassia que aplastaba cualquier obstáculo. Como fuera. Estaba segura de que yo no podría proporcionarle a Rita Cassia ni un ápice del enorme placer sexual y sensual que ella le daría en cuanto le pusiera las manos encima. Rita Cassia, femeninamente, se mantenía fiel a mí, pero transmutaba en una gatica voluble y graciosa en cuanto aparecía el camionero que le abriría las puertas doradas de O’Mundo.
Así pasaron los días. Nos divertimos. Yo me sentía feliz y no percibía que era un gran muerto de hambre. Un digno y romántico muerto de hambre. Bueno, ya dije que la crisis estaba comenzando y la hambruna se agudizaba, pero uno siempre ve la paja en el ojo ajeno y dice: «Todos están pasando mucha hambre y adelgazando por día.» Y es difícil decirlo como es: «Tenemos mucha hambre y adelgazamos por día.» Rita Cassia lo había pagado todo porque yo no tenía un dólar en el bolsillo Y tranquilamente acepté que ella pagara siempre. La otra opción era irme a mi casa, aburrido, a comer arroz con frijoles, y perderme la fiesta. Así fue. Hasta que llegó el final. Yo estaba sobre la cama, con el último trago de añejo siete años en la mano. Rita Cassia se vestía para caminar un poco por el Malecón y despedirnos junto al mar, tarde en la noche, como deben hacer dos buenos amantes en La Habana. Debió ser un final cinematográfico, bajo las estrellas, tal vez hasta con luna. Ya ella había recogido su maleta. A las tres de la madrugada saldría para el aeropuerto. Entonces me fijé que había dejado algunos objetos valiosos regados por la habitación: unas chancletas de goma usadas, pero todavía en buen estado, medio frasco de shampoo, confituras, blocks de notas, pedazos de jabón, una maquinilla de afeitar desechable.
-¿Vas a dejar todo eso?
-Sí. Nada sirve.
-Oh, sí sirve. Esas chancletas de goma, el shampoo, los jabones. Aquí todo sirve, aunque para ti sea lixo (1).
-Ah, bien, lo ponemos en una bolsa y te lo llevas.
Al rato paseábamos por el Malecón despidiéndonos. Nunca más nos veríamos. Ya me había dicho que le dolía mucho ver tanta miseria y tanto teatro político para disimularla. Así que no quería volver jamás. Nos sentamos un buen rato a escuchar el mar. Ella lo olía. Yo no. Tal vez mi olfato ya está acostumbrado. A mí me gusta escuchar el mar en el Malecón, tarde, en el silencio de la noche. Nos besamos y nos despedimos. Salí caminando, cargado con la bolsa, hacia mi casa. Despacio. Me sentía bien. Y seguí caminando lentamente, sin mirar atrás.
(1) Lixo (portugués): residuo de cualquier material, conjunto de sustancias o cosas considerado inútil o sin valor. En asturiano: refugaya.
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
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"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
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"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
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"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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