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Herta Müller - "Los barrenderos"

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Novelista, poeta, cuentista y ensayista rumana que escribe en alemán. Su obra se centra habitualmente en la vida de la minoría alemana de Rumanía durante la dictadura comunista.
Este cuento, como todos los anteriores publicados de Müller en el blog, pertenecen al volumen "En tierras bajas" publicado censurado en 1982 y publicado ya íntegro en 1984.
La versión de este cuento es la de Juan José Solar (es posible que las versiones de los otros cuentos también sean suyas, pero no estoy segura).

La ciudad está impregnada de vacío.
Un coche me atropella los ojos con sus faros.
El conductor maldice porque no se me ve en la oscuridad.
Los barrenderos están de servicio.
Barren las bombillas, barren las calles fuera de las ciudades, barren el vivir de las viviendas, me barren las ideas de la cabeza, me barren de una pierna a otra, me barren los pasos al andar.
Los barrenderos me envían luego sus escobas, sus magras escobas saltarinas. Los zapatos se me alejan taconeando.
Y camino detrás de mí, caigo fuera de mí, por sobre el borde de mis pensamientos.
A mi lado ladra el parque. Las lechuzas se comen los besos que han quedado en los bancos. Las lechuzas ni me miran. En la maleza se acurrucan los sueños cansados, hartos de trajinar.
Las escobas me barren la espalda porque me apoyo demasiado contra la noche.
Los barrenderos hacen un montón con las estrellas, las barren en sus palas y las vacían en el canal.
Un barrendero le dice algo a otro barrendero, que se lo dice a otro y éste también a otro.
De pronto los barrenderos de todas las calles hablan a la vez. Yo paso por entre sus gritos, por entre la espuma de sus voces, me quiebro, me precipito al abismo de los significados.
Camino a grandes pasos. Me quedo sin piernas al caminar.
El camino ha sido barrido.
Las escobas me caen encima.
Todo da un vuelco.
La ciudad va por el campo a la deriva, hacia algún punto.

Herta Müller - "Mi familia"

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Mi madre es una mujer que va siempre embozada.
Mi abuela ha perdido la visión. En un ojo tiene cataratas, y en el otro, glaucoma.
Mi abuelo tiene una hernia escrotal.
Mi padre tiene otro hijo de otra mujer. No conozco a la otra mujer ni al otro hijo. El otro hijo es mayor que yo, y la gente dice que por eso yo soy de otro hombre.
Mi padre le hace regalos de Navidad al otro hijo y le dice a mi madre que el otro hijo es de otro hombre.
El cartero siempre me trae cien leis en un sobre por Año Nuevo y dice que me los manda Papá Noel. Pero mi madre dice que yo no soy de otro hombre.
La gente dice que mi abuela se casó con mi abuelo por sus tierras y que estaba enamorada de otro hombre con el que hubiera sido mejor que se casara porque su parentesco con mi abuelo es tan cercano que aquello fue un cruzamiento consanguíneo.
La otra gente dice que mi madre es hija de otro hombre y mi tío es hijo de otro hombre, pero no del mismo otro hombre, sino de otro.
Por eso el abuelo de otro niño es abuelo mío, y la gente dice que mi abuelo es el abuelo de otro niño, pero no del mismo otro niño, sino de otro, y que mi bisabuela murió muy joven, aparentemente a consecuencia de un catarro, pero que aquello fue algo muy distinto de una muerte natural, que realmente fue un suicidio.
Y la otra gente dice que fue algo muy distinto de una enfermedad y de un suicidio, que fue un asesinato.
Al morir ella, mi bisabuelo se casó en seguida con otra mujer que ya tenía un hijo de otro hombre con el que no estaba casada, pero que a la vez también era casada y que después de ese otro matrimonio con mi bisabuelo tuvo otro hijo del que también dice la gente que es de otro hombre, no de mi bisabuelo.
Mi bisabuelo viajaba cada sábado, año tras año, a una pequeña ciudad que era un balneario.
La gente dice que en esa ciudad se juntaba con otra mujer.
Hasta se le veía en público llevando de la mano a otro niño con el que incluso hablaba otro idioma.
Nunca se le veía con la otra mujer, pero, según la gente, ésta sólo podía ser una prostituta del balneario, ya que mi bisabuelo nunca se dejaba ver con ella en público.
La gente dice que hay que despreciar a un hombre que tenga otra mujer y otro hijo fuera del pueblo, que aquello no es mejor que el incesto puro y simple, que aquello es aún peor que el cruzamiento consanguíneo, que aquello es pura y simple ignominia.

Herta Müller - "El hombre de la caja de fósforos"

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El fuego consume la aldea cada noche. Primero arden las nubes.
Cada verano se lleva un granero. Los graneros se incendian siempre en domingo, cuando la gente baila y juega a las cartas. El crepúsculo rueda por las calles como un intestino grueso. Luego arde lentamente allá en el fondo, entre la paja y el entramado de tallos. Y sólo uno lo sabe, el hombre de la caja de fósforos, que ventila su odio por las plantaciones de patatas, detrás de los maizales. En ese huerto arrastraba sacos y escardaba remolachas cuando era un niño enclenque. Dormía en el establo de esa casa, y en ella fue llamado peón por una niña de su misma edad que tenía trenzas rubias y lisas y en invierno comía naranjas y le salpicaba la cara con el fragante zumo de las mondas vacías. Ahora se interna por el maizal, y el susurro que oye a sus espaldas le hace creer que él mismo es el viento.
En la calle, el hombre gordo aún lo sigue con sus ojillos duros, y en la taberna se sienta a otra mesa y sólo de vez en cuando le mira la cara a través del ángulo que forma su brazo.
Y ya empieza a propagarse el fuego, ya se revuelca con sus ardientes faldas rojas y sube hasta los tejados. Y en el cielo de la aldea tiembla ya el incendio.
Fuego, grita alguien, luego chillan dos y al final braman todos la misma palabra, y la aldea entera se agita sobre la colina. Los hombres acuden con cubos.
Llegan los bomberos de su fiesta gremial con una bomba de incendios pintada de rojo que tiende hacia los árboles un brazo chillón y oscilante. Todo crepita y relumbra en torno al gran henil en llamas. Luego se oye un crujido, y las vigas se quiebran y caen a tierra. Y la caldera hierve, y las caras se ponen rojas y negras y se hinchan de miedo.
Me quedo de pie en el patio, y las piernas me brotan del cuello. No tengo sino este nudo en la garganta. Mi gaznate brinca por encima de las vallas.
El fuego me tortura con sus tenazas. El fuego se va acercando, y mis piernas son ya madera negra carbonizada.
Yo he prendido el fuego. Sólo los perros lo saben. Cada noche trasguean por mi sueño. No contarán nada, dicen, pero me ladrarán hasta que muera.
A nuestro patio fueron llegando hombres que vaciaban la leche en el huerto y se llevaban los cubos, y tiraban de la manga de mi padre diciéndole ven, tú también eres bombero y tienes un gorro precioso y un uniforme rojo oscuro. Papá se hizo eco de su clamor y salió detrás de ellos. Papá advirtió su terror en los ojos. Y su uniforme rojo oscuro echó a andar delante de él por el empedrado. Y a cada paso su gorro precioso le comía un trozo de su espesa cabellera. Un sudor cálido me bañaba la frente, las ondas rojas me quemaban el nervio óptico bajo los párpados.
Corro por la pradera. Allí está la multitud boquiabierta.
Y yo.
Siento sus penetrantes ojos en mi nuca.
Y a mi lado está siempre el hombre de la caja de fósforos.
Su codo, al lado mismo de mi brazo está su codo. Es duro y puntiagudo.
De sus zapatos caen trocitos de tierra del huerto. Nadie me mira. Todos no son más que espaldas y talones y lazos de delantal y puntas de pañuelos. Todos callan. Y aún hoy siguen callando, pero me excluyen.
Y él gana el juego de cartas el domingo. Y baila fabulosamente, el hombre de la caja de fósforos.

Herta Müller - "Papá, mamá y el pequeño"

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Muchos saludos desde la soleada costa del mar Negro. Hemos llegado bien. Hace buen tiempo. La comida es buena. El restaurante está en los bajos del hotel, y la playa queda al lado mismo.
Y mamá tiene que cargar siempre con sus bigudís, y su bata de casa, y sus chinelas con borlas de seda, y el pijama de papá.
Papá es el único comensal con traje y corbata en el restaurante. Y es que mamá lo quiere así.
La comida ya está sobre la mesa y humea y humea, y la camarera es otra vez demasiado amable con papá; por algo será. Y a mamá se le ensombrece la cara y la nariz empieza a destilarle, y a mamá se le hincha una vena en el cuello y un mechón de pelo le cae sobre los ojos y le empieza a temblar la boca, y mamá hunde su cuchara en la sopa hasta el fondo.
Papá se encoge de hombros, sigue mirando a la camarera y derrama la cucharada de sopa en el camino a su boca, pese a lo cual frunce los labios ante la cuchara vacía y sorbe y se mete la cuchara en la boca hasta el mango. La frente le suda a papá.
Pero el pequeño ya ha volcado el vaso y el agua gotea al suelo por el vestido de mamá, y él se ha metido la cuchara en el zapato y ya ha sacado las flores del florero y las ha desparramado sobre la ensalada de lechuga.
A papá se le agota la paciencia y los ojos se le ponen fríos y lechosos, y a mamá los ojos se le hinchan y enrojecen. Oye, que al fin y al cabo es tan hijo tuyo como mío. Y mamá, papá y el pequeño pasan, al salir, junto al puesto de cerveza.
Papá aminora el paso, pero mamá le dice que tomarse una cerveza ahora ni hablar, no, eso sí que ni hablar.
Y papá aborrece a ese niño que ya el primer día se pone rojo como un cangrejo por efecto del sol, y oye a sus espaldas el paso cansino de mamá, y sabe, sin volverse, que esos zapatos también le aprietan, que la carne también se le desborda de ese par como de todos los demás pares, que no hay en el mundo zapatos lo suficientemente anchos para sus pies, para su dedo pequeño, siempre encorvado, escoriado y vendado.
Mamá tira con fuerza del pequeño hacia ella y murmura una frase tan larga como el camino, que las camareras son todas unas putas, gente de lo peor, pobres diablas que nunca llegan a nada en este mundo. El pequeño rompe a llorar y se cuelga de ella y se deja caer al suelo, y las huellas de los dedos de mamá en sus mejillas tienen un brillo aún más rojo que el de la erisipela.
Mama no encuentra las llaves de la habitación y vacía su bolso, y papá hace una mueca de asco al ver el monedero pringoso, los billetes siempre arrugados, el peine viscoso, los pañuelos eternamente humedecidos.
Por fin aparecen las llaves en el bolsillo de la americana de papá, y a mamá se le humedecen los ojos, y se agacha y rompe a llorar.
Y la luz tiembla, y la puerta no cierra bien, y el ascensor se para. Papá olvida al niño en el ascensor. Mamá martillea la puerta de la habitación con ambas manos.
Luego viene la siestecita.
Papá suda y ronca, papá se echa boca abajo, papá entierra la cara en la almohada y la mancha con saliva mientras sueña. El pequeño tira de su manta, agita los pies, frunce el entrecejo y recita en sueños el poema de la ceremonia de clausura en el parvulario. Mamá yace despierta e inmóvil entre las sábanas mal lavadas, bajo el cielo raso mal blanqueado, tras los cristales mal lavados de las ventanas. Sobre la silla reposan sus labores de punto.
Mamá teje un brazo. Mamá teje la espalda. Mamá teje el cuello, mamá teje un ojal en el cuello.
Mamá escribe una postal: aquí se ve el hotel donde estamos alojados. He marcado nuestra ventana con una crucecita. La otra cruz, más abajo, sobre la arena, señala el sitio donde siempre tomamos el sol.
Bajamos cada mañana muy temprano para ser los primeros y que nadie nos quite el sitio.

Herta Müller - "La oración fúnebre"

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En la estación, los parientes avanzaban junto al tren humeante. A cada paso agitaban el brazo levantado y hacían señas.
Un joven estaba de pie tras la ventanilla del tren. El cristal le llegaba hasta debajo de los brazos. Sostenía un ramillete ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.
Una mujer joven salía de la estación con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.
El tren iba a la guerra.
Apagué el televisor.
Papá yacía en su ataúd en medio de la habitación. De las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.
En una de ellas papá era la mitad de grande que la silla a la cual se aferraba.
Llevaba un vestido y sus piernas torcidas estaban llenas de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.
En otra foto aparecía en traje de novio. Sólo se le veía la mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía en la mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.
En otra foto se veía a papá ante una valla, recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el vacío. Estaba saludando con la mano levantada sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.
En la foto de al lado papá llevaba una azada al hombro. Detrás de él, una planta de maíz se erguía hacia el cielo. Papá tenía un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y ocultaba la cara de papá.
En la siguiente foto, papá iba sentado al volante de un camión. El camión estaba cargado de reses. Cada semana papá transportaba reses al matadero de la ciudad. Papá tenía una cara afilada, de rasgos duros.
En todas las fotos quedaba congelado en medio de un gesto. En todas las fotos parecía no saber nada más. Pero papá siempre sabía más. Por eso todas las fotos eran falsas. Y todas esas fotos falsas, con todas esas caras falsas, habían enfriado la habitación. Quise levantarme de la silla, pero el vestido se me había pegado a la madera. Mi vestido era transparente y negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera era verano. Las moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El pueblo se extendía bordeando el ancho camino de arena, un camino caliente, ocre, que le calcinaba a uno los ojos con su brillo.
El cementerio era de rocalla. Sobre las tumbas había enormes piedras.
Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.
Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.
Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.
Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.
Violó a una mujer en un campo de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más. Tu padre le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos, la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.
Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada.
El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd.
El otro hombrecillo borracho siguió hablando:
Ese Año Nuevo fuimos a la ópera en una pequeña ciudad alemana. Los agudos de la cantante eran tan estridentes como los gritos de la rusa. Abandonamos la sala uno tras otro. Tu padre se quedó hasta el final. Después, y durante semanas, llamó nabos a todas las canciones y a todas las mujeres.
El hombrecillo bebía aguardiente. Las tripas le sonaban. Tengo tanto aguardiente en la barriga como agua hay en las fosas, dijo.
Luego colocó una piedra gruesa sobre el ataúd.
El predicador estaba junto a una cruz de mármol blanco. Se dirigió hacia mí. Tenía ambas manos sepultadas en los bolsillos de su hábito.
El predicador se había puesto en el ojal una rosa del tamaño de una mano. Era aterciopelada. Cuando llegó a mi lado, sacó una mano del bolsillo. Era un puño. Quiso estirar los dedos y no pudo. Los ojos se le hincharon del dolor. Rompió a llorar en silencio.
En tiempos de guerra uno no se entiende con sus paisanos, dijo. No aceptan órdenes.
Y el predicador colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd.
De pronto se instaló a mi lado un hombre gordo. Su cabeza parecía un tubo y no tenía cara.
Tu padre se acostó durante años con mi mujer, dijo. Me chantajeaba estando yo borracho y me robaba el dinero.
Se sentó sobre una piedra.
Luego se me acercó una mujer flaca y arrugada, escupió a la tierra y me dijo ¡qué asco!
La comitiva fúnebre estaba en el extremo opuesto de la fosa. Bajé la mirada y me asusté, porque se me veían los senos. Sentí mucho frío.
Todos tenían los ojos puestos en mí. Unos ojos vacíos. Sus pupilas punzaban bajo los párpados. Los hombres llevaban fusiles en bandolera, y las mujeres desgranaban sus rosarios.
El predicador se puso a juguetear con su rosa. Le arrancó un pétalo color sangre y se lo comió.
Me hizo una señal con la mano. Me di cuenta de que tenía que decir unas palabras. Todos me miraban.
No se me ocurría nada. Los ojos se me subieron por la garganta a la cabeza. Me llevé la mano a la boca y me mordí los dedos. En el dorso de mi mano si veían las huellas de mis dientes. Unos dientes cálidos. Por las comisuras de los labios empezó a gotear sangre sobre mis hombros.
El viento me había arrancado una de las mangas del vestido, que ondeaba ligera y negra en el aire.
Un hombre apoyó su bastón de caminante contra una gruesa piedra. Apuntó con un fusil y disparó a la manga. Cuando cayó al suelo ante mi cara, estaba llena de sangre. La comitiva fúnebre aplaudió.
Mi brazo estaba desnudo. Sentí cómo se petrificaba al contacto con el aire.
El predicador hizo una señal. Los aplausos enmudecieron.
Estamos orgullosos de nuestra comunidad. Nuestra habilidad nos preserva del naufragio. No nos dejamos insultar, dijo. No nos dejamos calumniar. En nombre de nuestra comunidad alemana serás condenada a muerte.
Todos me apuntaron con sus fusiles. En mi cabeza retumbó una detonación ensordecedora.
Me desplomé y no llegué al suelo. Permanecí en el aire, flotando en diagonal sobre sus cabezas. Fui abriendo suavemente las puertas, una a una.
Mi madre había vaciado todas las habitaciones.
En el cuarto donde habían velado el cadáver se veía ahora una gran mesa. Era una mesa de matarife. Encima había un plato blanco vacío y un florero con un ramillete ajado de flores blancas.
Mamá llevaba puesto un vestido negro y transparente. En la mano tenía un cuchillo enorme. Se acercó al espejo y se cortó la gruesa trenza gris con el cuchillo enorme. Luego la llevó a la mesa con ambas manos y puso uno de sus extremos en el plato.
Vestiré de negro toda mi vida, dijo.
Encendió uno de los extremos de la trenza, que iba de un lado a otro de la mesa. La trenza ardió como una mecha. El fuego lamía y devoraba.
En Rusia me cortaron el pelo al rape. Era el castigo más leve, dijo. Apenas podía caminar de hambre. De noche me metía a rastras en un campo de nabos. El guardián tenía un fusil. Si me hubiera visto, me habría matado. Era un campo silencioso. El otoño tocaba a su fin, y las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada.
No volví a ver a mi madre. La trenza seguía ardiendo. La habitación estaba llena de humo.
Te han matado, dijo mi madre.
No volvimos a vernos por la cantidad de humo que había en la habitación. Oí sus pasos muy cerca de mí. Estiré los brazos tratando de aferrarla.
De pronto enganchó su mano huesuda en mi pelo. Me sacudió la cabeza. Yo grité.
Abrí bruscamente los ojos. La habitación daba vueltas. Yo yacía en una esfera de flores blancas ajadas y estaba encerrada.
Luego tuve la sensación de que todo el bloque de viviendas se volcaba y se vaciaba en el suelo.
Sonó el despertador. Era un sábado por la mañana, a las seis y media.

Herta Müller - "Día laborable"

Posted by La mujer Quijote in ,

Las cinco y media de la mañana. Suena el despertador.
Me levanto, me quito el vestido, lo pongo sobre la almohada, me pongo el pijama, voy a la cocina, me meto en la bañera, cojo la toalla, me lavo la cara con ella, cojo el peine, me seco con él, cojo el cepillo de dientes, me peino con él, cojo la esponja de baño, me cepillo los dientes con ella. Luego voy al cuarto de baño, me como una rebanada de té y me bebo una taza de pan.
Me quito el reloj de pulsera y los anillos.
Me quito los zapatos.
Me dirijo a la escalera y abro la puerta del apartamento.
Cojo el ascensor del quinto piso hasta el primero.
Luego subo nueve peldaños y estoy en la calle.
En la tienda de ultramarinos me compro un periódico, luego camino hasta la parada de tranvía y me compro unos bollos, y al llegar al quiosco de periódicos me subo al tranvía.
Me bajo tres paradas antes de subir.
Le devuelvo el saludo al portero, que me saluda luego y piensa que otra vez es lunes y otra vez se ha acabado la semana.
Entro en la oficina, digo adiós, cuelgo mi chaqueta en el escritorio, me siento en el perchero y empiezo a trabajar. Trabajo ocho horas.