El cuento pertenece al volumen "Cada hombre es una raza" de 2002.
la versión es la de Mario Morales y Mario Merlino.
Imperio;de pie, río a banderas desplegadas.
La barbería de Firipe Beruberu estaba situada bajo el gran árbol, en el bazar de Maquinino. El techo era la sombra del azufaifo indio. Paredes no había; venteaba y el aire era más fresco en la silla donde Firipe sentaba a los clientes. Un letrero en el tronco mostraba el precio de los servicios. Estaba escrito: «Cada cabeza 7$50». Con el crecer de la vida, Firipe corrigió la inscripción: «Cada cabezada 20$00».En la vieja madera se balanceaba un espejo y, al lado, amarillecía un cartel de Elvis Presley. Sobre un cajón, junto al asiento de la espera, se sacudía una radio al ritmo del chimandjemandje.
Firipe segaba las cabezas en voz alta. Parloteo de barbero, que si patatín que si patatán. Con todo, a él no le gustaba que la cháchara adormilase a los clientes. Cuando alguien se dormía en la silla, Beruberu aplicaba una tasa extra al precio final. Hasta en el letrero, debajo de lo escrito, añadió: «Cabezada con dormida: 5 escudos más».
Pero bajo la sombra generosa del azufaifo no había malestar. El barbero distribuía buen humor, apretones de manos. Quien fuese todo oídos al pasar por ahí sólo oiría conversaciones sonrientes. Como propaganda del servicio, Firipe no perdía ocasión:
—Hablo en serio: soy maestro de barberos. Pueden andar por ahí, por los alrededores, buscando en los barrios, todos dirán que Firipe Beruberu es el mejor.
Algunos clientes toleraban, pacientes. Pero otros lo provocaban, fingiendo contrariarlo:
—Buena propaganda, mesire Firipe.
—¿Ah sí, propaganda? ¡La realidad! Si hasta he cortado cabellos finos de blancos.
—¿Qué? No me diga que un blanco ha venido a esta barbería...
—No he dicho que aquí haya llegado un blanco. He dicho que le corté su pelo. Y se lo corté, palabra de honor.
—Explíquese, Firipe. Si el blanco no llegó hasta aquí, ¿cómo es que se lo cortó?
—Es que me llamaron desde su casa. Corté el suyo y corté también el de sus hijos. La razón es que a ellos les daba vergüenza sentarse aquí, en esta silla. Nada más que eso.
—Disculpe, mesire. Pero ése no era un blanco de alto rango. Era un xikaka. Firipe hacía cantar las tijeras mientras la mano izquierda sacaba la billetera.
—¡Humm! Ustedes siempre dudan, desconfían. Ahora les mostraré la prueba de la verdad. A ver, ¿dónde está?... Ah, aquí está.
Con miles de cuidados desenvuelve una postal a colores de Sidney Poitier.
—Miren esta foto. ¿Ven a este tipo? Observen su cabello: fue cortado aquí, con mis manos.
Le metí tijera sin saber cuál era su importancia. Sólo noté que hablaba inglés.
Los clientes seguían en la duda. Firipe respondía:
—Les estoy diciendo que este tipo trajo su cabeza desde América, A-mé-ri-ca, hasta aquí, a mi barbería...
Mientras hablaba miraba la copa del árbol. Tomaba sus precauciones para esquivar los frutos que caían.
—¡Mierda de azufaifas! No hacen más que ensuciarme la barbería. Después vienen los chicos a llevarse la fruta. Si veo aquí a uno, lo echo a puntapiés.
—Así que, mesire Firipe, ¿no le gustan los niños?
—¿Que qué? Si incluso el otro día un chico trajo un tirachinas y apuntó al árbol del demonio para hacer caer la fruta. La piedra dio en las hojas, baaa, y cayó en la cabeza del cliente. ¿Resultado?, en vez de cortarse el pelo aquí, al cliente lo raparon en la enfermería.
Cambiaba el cliente y repetía el comentario. Del bolsillo del maestro Firipe salía la vieja postal del actor estadounidense, dando testimonio de sus glorias. No obstante, el más difícil era Baba Afonso, un gordo de corazón muy adulado que se demoraba arrastrando el trasero. Afonso dudaba:
—¿Ese hombre estuvo aquí? Disculpe, mesire, no le creo una palabra.
El barbero, indignado, ponía las manos en jarras:
—¿No me cree? Estuvo sentado en la silla donde ahora está usted.
—Pero un hombre rico como ése, para colmo extranjero, iría a un salón de blancos. No se sentaría aquí, mesire. ¡Nunca!
El barbero se fingía ofendido. Su palabra no podía ponerse en duda. Utilizaba entonces un último recurso:
—¿Lo duda? Entonces voy a presentarles a un testigo. Ustedes lo van a ver, espérenme aquí.
Y salía, dejando a los clientes a la expectativa. Afonso era calmado por los demás.
—Baba Afonso, no lo tome en serio. Esta discusión no es más que una broma.
—No me gusta que digan mentiras.
—Pero eso ni siquiera es mentira. Es propaganda. Haga como que se lo cree y listo.
—Para mí es mentira —repetía el gordo Afonso.
—Tiene razón, Baba. Pero es una mentira que no perjudica a nadie.
El barbero no había ido muy lejos. Se había alejado sólo unos cuantos pasos para conversar con un viejo vendedor de hojas de tabaco. Regresaron los dos, Firipe y el viejo:
—Aquí está el viejo Jaimão.
Y volviéndose hacia el vendedor, Firipe le ordenaba:
—Hable usted, Jaimão.
El viejo carraspeaba a fondo antes de confirmar.
—Sí. Realmente yo vi al hombre de la foto. Le cortaron el pelo aquí. Soy testigo.
Y llovían las preguntas de los clientes:
—Pero ¿usted llegó a oír a ese extranjero? ¿Qué idioma hablaba?
—Ingrés.
—¿Y con qué dinero pagó?
—Con monedas.
—Pero ¿qué monedas?, ¿escudos?
—No. Era dinero de otra parte.
El barbero se sentía satisfecho, pecho en proa. De vez en cuando, Jaimão rebasaba lo acordado y se atrevía a contar otros detalles:
—Después, ese hombre fue al bazar a comprar cosas.
—¿Qué cosas?
—Cebollas, naranjas, jabón. Compró también hojas de tabaco.
Baba Afonso saltaba de la silla, apuntando con su mano gorda:
—Ahora lo he pillado: un hombre de ésos no compra hojas de tabaco. Es puro cuento. Un tipo de esa categoría fuma tabaco con filtro.
Jaimão, usted sólo está contando mentiras, patrañas, nada más. Jaimão se sorprendía con la repentina terquedad. Miraba, receloso, al barbero y volvía a intentar un nuevo argumento:
—Huyyy, no es mentira. Hasta me acuerdo de que fue un sábado.
Después, había risas. Porque ésa no era una batalla seria, la razón de esa duda no pasaba de ser una broma.
Firipe se fingía enfadado y aconsejaba a los que dudaban que se fuesen a otra barbería.
—Listo, no tiene por qué fastidiarse, nosotros lo creemos, aceptamos su testimonio.
Y hasta Baba Afonso se rendía, prolongando el juego:
—Seguro que hasta ese cantante, Elvis Presley, también estuvo aquí en Maquinino para que le cortaran el pelo...
Pero Firipe Beruberu no trabajaba solo. Gaspar Vivito, un chico lisiado, ayudaba en la limpieza. Barría la arena con cuidado para no levantar polvo. Sacudía, lejos, los trapos. Firipe Beruberu siempre le ordenaba que tuviera precaución con los cabellos cortados.
—Entiérralos bien hondo, Vivito. No quiero bromas con el n'uantché-cuta.
Se refería a un pajarito que roba los pelos de la gente para fabricar su nido. Dice la leyenda que, en la cabeza del propietario ultrajado, ya no vuelve a crecer ni un pelo más. Firipe veía en el descuido de Gaspar Vivito la causa de todas las bajas en la clientela.
Sin embargo, no se le podía pedir mucho al ayudante. Porque él era un minusválido completo: las piernas se bamboleaban como si bailasen la marrabenta a toda hora. La cabeza pequeñita se sacudía sobre los hombros. Las palabras salían mezcladas con babas, salivando las vocales, escupiendo las consonantes. Y tropezaba cuando intentaba espantar a los niños que recogían azufaifas.
Al final de la tarde, cuando únicamente quedaba un cliente, Firipe le pedía a Vivito que pusiese todo en orden. A esa hora llegaban las reclamaciones. Si Vivito no tenía don de gentes, Firipe se esmeraba más en los chistes que en el arte de afeitar.
—Disculpe, mesire. Mi primo Salomão me pidió que presentase esta queja: no le gusta cómo le ha cortado el pelo.
—¿Y cómo se lo corté?
—Es que no le ha quedado ni un pelo, está totalmente pelado. Anda con la cabeza calva y hasta le brilla como si fuera un espejo.
—¿Y no fue así como me lo pidió?
—No. E incluso ahora le da vergüenza salir. Por eso me ha pedido que viniese a reclamarle.
El barbero recibía la queja de buen humor. Hacía sonar las tijeras mientras hablaba:
—Mira, muchacho: dile que se lo deje así. Calvo, se ahorra el peine. Y que si le he cortado de más, lo tome como una propina.
Daba vueltas alrededor de la silla, se alejaba para apreciar su talento.
—Vamos, levántese, ya he terminado. Pero es mejor que se mire bien al espejo, no sea que después venga también su primo y reclame.
El barbero sacudía la toalla, esparciendo los cabellos. Invariablemente, el cliente unía sus protestas a las del quejica.
—Pero, mesire, usted me cortó casi todo por delante. ¿Se ha fijado hasta dónde me llega ahora la frente?
—¿Qué dice, si en la frente apenas le he tocado? Hable con su padre o su madre y pregúnteles por qué le han dado esa forma a su cabeza. Yo no tengo la culpa.
Los quejicas se juntaban, lamentando la doble calvicie. En ese momento el barbero filosofaba sobre las desgracias capilares:
—¿Saben por qué una persona se queda calva? Por usar el sombrero de otro. Por eso una persona se queda calva. Yo, por ejemplo, no uso una camisa que no sé de dónde viene. Ni, mucho menos, unos pantalones. Fíjense: mi cuñado compró calzoncillos de segunda mano y miren cómo está ahora...
—Pero, mesire, yo no puedo pagarle este corte.
—No necesita pagar. Y tú, dile a tu primo Salomão que pase aquí mañana: voy a devolverle sus cuartos. Ah, el dinero, el dinero...
Y era así: un cliente descontento tenía derecho a no pagar. Beruberu sólo cobraba las satisfacciones. Desde la mañana hasta el anochecer, el cansancio le pesaba en las piernas.
—Rayos, desde la mañana, dale que te pego. ¡Ya es demasiado! La vida es dura, Gaspar Vivito.
Y se sentaban los dos. El maestro en la silla, el ayudante en el suelo. Era el ocaso de mesire, hora de meditar sus tristezas.
—Vivito, me temo que no estás enterrando bien los pelos. Parece que el pajarito n'uantché-cuta me está robando los clientes.
El muchachito respondía solamente con unos sonidos sofocados, se defendía en una lengua que sólo era de él.
—Cállate, Vivito. Fíjate a ver si hemos hecho mucho dinero.
Vivito agitaba la caja de madera y dentro tintineaban las moneditas. La risa se extendía por el rostro de ambos.
—¡Qué bien suenan! Mi negocio va a crecer, palabra de honor. Hasta estoy pensando en poner teléfono. Puede ser que en el futuro lo cierre al público. ¿Eh, Vivito? Trabajar sólo por encargo. ¿Me oyes, Vivito?
El ayudante observaba al patrón, que se había levantado. Firipe discurría alrededor de la silla, disfrutando el futuro. Después el barbero encaraba al lisiado y era como si su sueño rompiera las alas y cayese en aquella arena oscura.
—Vivito, tú deberías preguntar ahora: pero ¿cerrar cómo, si este lugar no tiene paredes? Eso es lo que deberías decir, Gaspar Vivito.
Pero no era acusación, su voz estaba ya por los suelos. Y él se acercaba a Vivito y dejaba que su mano suspirara sobre la cabeza bamboleante del muchacho.
—Veo que ya te hace falta un corte de pelo. Pero no te estás con la cabeza quieta, siempre pendulando.
Con dificultad, Gaspar se subió a la silla y se ató el babero al cuello. El mozo, angustiado, señaló hacia la oscuridad que había alrededor.
—Todavía da tiempo de echarte unos tijeretazos. Ahora quédate quietecito para terminar cuanto antes.
Y los dos se perfilaban bajo el gran árbol. Todas las sombras ya habían muerto a esa hora. Los murciélagos rayaban el cielo con sus gritos.
Ése era el momento en que la vendedora Rosita pasaba por ahí, de regreso a casa. Ella aparecía y el barbero se quedaba en suspenso, todo él absorto en su mirada ansiosa.
—¿Has visto a esa mujer, Vivito? Guapa, demasiado guapa. Suele pasar por aquí a esta hora. A veces pienso si no me entretengo a propósito: arrastrar el tiempo hasta el momento en que ella pasa.
Sólo entonces el mesire confesaba estar triste, otro Firipe sobrevenía. Pero se confesaba a nadie: así callado, ¿entendería Vivito la tristeza del barbero?
—Sí, Vivito, estoy cansado de vivir solo. Hace tiempo mi mujer me abandonó. La muy zorra me dejó por otro. Pero también tuvo que ver este oficio de barbero. Uno está aquí atado, no se puede salir a echar un vistazo a ver qué pasa en casa, para controlar la situación. El resultado es éste.
Entonces él disimulaba su inquina. Se quitaba aquel peso metiéndose con los animales. Apedreaba las ramas, intentando darle a los murciélagos.
—¡Malditos animales! ¿No se dan cuenta de que ésta es mi barbería? Este local tiene dueño, es propiedad del maestro Firipe Beruberu.
Y ambos corrían tras los imaginarios enemigos. Acababan tropezando, sin ánimo ya para enfadarse. Y, cansados, esbozaban jadeantes una ligera sonrisa, como si perdonaran al mundo aquella ofensa.
Ocurrió un día. La barbería continuaba su somnolienta tarea y esa mañana, como todas las otras, se sucedían las dulces charlas. Firipe explicaba el letrero que indicaba la tasa extra por dormida.
—Sólo pagan los que se duerman en la silla. Sucede demasiado con ese gordo, Baba Afonso. En cuanto le pongo la toalla empieza a cabecear. A mí no me gusta eso. No soy mujer de nadie para adormecer cabezas. Esto es una barbería seria...
Fue entonces cuando aparecieron dos extraños. Sólo uno entró en la sombra. Era un mulato, casi blanco. Las conversaciones se desvanecieron bajo el peso del miedo. El mulato se dirigió al barbero y ordenó que le mostrase los documentos.
—¿Por qué los documentos? ¿Yo, Firipe Beruberu, soy sospechoso?
Uno de los clientes se acercó a Firipe y le dijo en secreto:
—Firipe, es mejor que obedezca. Este hombre es de la policía secreta, de la Pide.
El barbero se inclinó sobre el cajón y sacó la funda con los documentos.
—Aquí están.
El hombre pasó revista a la funda. Después, la estrujó y la arrojó al suelo.
—Falta una cosa en esta funda, barbero.
—¿Cómo que falta algo? Si ya le entregué todos los documentos.
—¿Dónde está la fotografía del extranjero?
—¿Extranjero?
—Sí, ese que usted recibió aquí en la barbería.
Firipe duda primero, después sonríe. Había entendido la confusión y se disponía a explicar:
—Pero, señor agente, eso del extranjero es una historia que inventé, una broma...
El mulato lo empuja y lo hace callar.
—Broma, vamos a ver. Sabemos muy bien que vienen subversivos de Tanzania, de Zambia, de... ¡Terroristas! Debe de ser uno de los que recibiste aquí.
—Pero recibir, ¿cómo? Yo no recibo a nadie, yo no me meto en política.
El agente se pone a inspeccionar el lugar, sin dar oídos. Se para enfrente del letrero y deletrea a la sordina:
—¿No recibes? Entonces, explícame qué es esto: «Cabezada con dormida: 5 escudos más». Explícame qué es eso de la dormida...
—Eso sólo se refiere a algunos clientes que se duermen en la silla.
El policía está cada vez más furioso.
—Dame la foto.
El barbero saca la postal del bolsillo. El policía interrumpe el gesto, arrebatándole la fotografía con tal fuerza que la rompe.
—Así que éste también se durmió en la silla, ¿no?
—Pero él nunca ha estado aquí, se lo juro por Dios, señor agente. Esta foto es del artista de cine. ¿Nunca lo ha visto en las películas esas de los americanos?
—¿Así que americanos? Ya se ve. Debe de ser compañero del otro, del tal Mondlane que vino de América. ¿Así que éste también vino de allá?
—Pero éste no ha venido de ningún lado. Todo esto es mentira, es propaganda.
—¿Propaganda? Entonces tú debes de ser el responsable de la propaganda de la organización...
El agente sacude al barbero por la bata y los botones se caen. Vivito intenta recogerlos pero el mulato le da un puntapié.
—Atrás, cabrón. A ver si tú también vas preso.
El mulato llama al otro agente y le habla al oído. El otro parte por el atajo y regresa, minutos después, trayendo al viejo Jaimão.
—Hemos interrogado a este viejo. El confirma que recibiste aquí a ese americano de la fotografía.
Firipe, con la sonrisa forzada, casi no tiene fuerzas para explicar.
—¿Ve, señor agente? Otra confusión. Yo le pagué a Jaimáo para que actuase como testigo de mi mentira. Jaimão se puso de acuerdo conmigo.
—De acuerdo, vaya.
—Eh, Jaimáo, díselo: ¿no fue eso lo que acordamos?
El pobre viejo, sin entender, se movía dentro de su chaqueta andrajosa.
—Sí, realmente yo vi a ese hombre. Estuvo aquí, en esta silla.
El agente empujó al viejo, atando sus brazos a los del barbero. Miró alrededor, con unos ojos de buitre flaco. Enfrentaba a la pequeña multitud que asistía a todo silenciosamente. Le dio una patada a la silla, rompió el espejo, rasgó el cartel. Fue entonces cuando Vivito intervino, gritando. El lisiado agarró el brazo del mulato pero pronto perdió el equilibrio y cayó de rodillas.
—¿Y éste quién es? ¿Qué idioma habla? ¿También es extranjero?
—Este muchacho es mi ayudante.
—¿Ayudante? Entonces también queda detenido. Listo, ¡vámonos! Tú, el viejo y este pelele bailarín, todos andando delante de mí.
—Pero Vivito...
—Cállate, barbero, no hay más que hablar. Te vas a encontrar en la cárcel, con un barbero especial para que os corte el pelo, a ti y a tus amiguitos.
Y ante el asombro del bazar entero, Firipe Beruberu, vestido con su bata inmaculada, tijeras y peine en el bolsillo izquierdo, siguió el último camino por la arena de Maquinino. Atrás, con su antigua dignidad, el viejo Jaimão. Lo seguía Vivito con su paso tambaleante. Cerrando el cortejo venían los dos agentes, envanecidos por su cacería. Se acallaron entonces las pequeñas discusiones del cuánto cuesta y el mercado se sumió en la más profunda melancolía.
A la semana siguiente, vinieron dos cipayos. Arrancaron el letrero de la barbería. Pero al observar el local, se sorprendieron: nadie había tocado nada. Enseres, toallas, la radio y hasta la caja con el dinero menudo seguían como los habían dejado, a la espera del regreso de Firipe Beruberu, maestro de los barberos de Maquinino.
Pese a estar en una línea más lírica, alejado del humor crítico de otros cuentos, siempre aparece alguna pulla sobre la situación política mozambiqueña. Parece marca de la casa.
Este cuento pertenece al volumen "Cada hombre es una raza".
La versión es la de Mario Morales y Mario Merlino.
Encendemos pasiones en la mecha del propio corazón.
Lo que amamos es siempre lluvia,
entre el vuelo de la nube y la prisión del charco.
Al final somos cazadores
que a sí mismos se hieren con su azagaya.
En el lanzamiento certero
va siempre algo de quien dispara.
Lo que amamos es siempre lluvia,
entre el vuelo de la nube y la prisión del charco.
Al final somos cazadores
que a sí mismos se hieren con su azagaya.
En el lanzamiento certero
va siempre algo de quien dispara.
De ella se sabía muy poco. Se conocía así, jorobada-gibosa desde niña. La llamábamos Rosa Caramela. Era de esas a quienes se les pone otro nombre. El que tenía, por naturaleza, no servía. Rebautizada, parecía más a tono como ser de este mundo. De ella no queríamos aceptar parecidos. Era Rosa. Subtítulo: la Caramela. Y nos reíamos.
La jorobada era un mezcla de todas las razas. Su cuerpo cruzaba muchos continentes. La familia se había alejado apenas la hubo entregado a esta vida. Desde entonces, el escondrijo de ella no era un lugar para ser visto. Era una casucha hecha de piedra espontánea, sin cálculo ni plomada. En ella, la madera no había ascendido a ser tabla: seguía siendo tronco, pura materia. Sin cama ni mesa, la jorobada no se atendía a sí misma. ¿Comía? Nunca nadie le vio sustento alguno. Incluso sus ojos le eran insuficientes por esa falta de querer, un día, ser mirados, con ese redondo cansancio de haber soñado.
A pesar de todo, su cara era bonita. Excluyendo su cuerpo, era capaz de despertar deseos. Pero si por detrás la observaran entera, enseguida se anularía tal lindura. Nosotros la veíamos que vagaba por las aceras, con sus pasitos cortos, casi juntos. En los jardines, ella se entretenía: hablaba con las estatuas. De las enfermedades que padecía, ésa era la peor. Todo lo demás que hacía eran cosas con un silencio escondido, nadie veía ni nadie oía. Pero eso no, nadie podía admitir que parlotease con estatuas. Porque el alma que ella ponía en esas charlas llegaba incluso a asustar. ¿Quería curar la cicatriz de las piedras? Con maternal inclinación, consolaba a cada estatua.
—Espera yo te limpio. Voy a quitarte la suciedad, es suciedad de ellos.
Y pasaba una toalla, inmundísima, a esos cuerpos petrimuebles. Después volvía a tomar los atajos, iluminándose a intervalos en el círculo de cada poste.
De día nos olvidábamos de su existencia. Pero, en las noches, el claro de luna nos confirmaba su silueta tortuosa. La luna parecía pegársele a la jorobada, como moneda en mano avara. Y ella, frente a las estatuas, cantaba con ronca e inhumana voz: les pedía que salieran de la piedra. Soñaba demasiado.
Los domingos ella se recogía, nadie podía verla. La vieja desaparecía, celosa de los que llenaban los jardines, alterando el sosiego de su territorio.
De Rosa Caramela, finalmente, no se buscaba explicación alguna. Sólo un motivo se contaba: cierta vez, Rosa se había quedado con las flores en la mano, inmóvil a la entrada de la iglesia. El novio, ese que tenía, tardó en llegar. Tardó tanto que nunca llegó. Él le había advertido: no quiero ceremonias. Vamos tú y yo, solamente los dos. ¿Testigos? Sólo Dios, si estuviera desocupado. Y Rosa suplicaba.
—Pero ¿mi sueño?
Toda la vida ella había soñado con la fiesta. Sueño de brillos, cortejo e invitados. Sólo ese momento era suyo, ella una reina, preciosa como para despertar envidia. Con el largo vestido blanco y el velo disimulando su espalda deforme... Afuera, mil bocinas. Y ahora, el novio le negaba la fantasía. Se deshizo de sus lágrimas, ¿para qué otra cosa sirve el dorso de las manos? Aceptó. Que fuera como él quisiera.
Llegó la hora, pasó la hora. Él no vino ni llegó. Los curiosos se fueron, llevándose sus risas, sus mofas. Ella esperó y esperó. Nunca nadie esperó tanto tiempo. Sólo ella, Rosa Caramela. Se acurrucó en el consuelo del peldaño, la piedra sosteniendo su universal desencanto.
Historia que cuentan. ¿Tiene algo de verdad? Lo que parece es que no había ningún novio. Ella había sacado todo aquello de su ilusión. Se había inventado como novia, Rosita-enamorada, Rosa-casadera. Pero como nada de eso sucedió, mucho le dolió el desenlace. Su razón quedó herida. Para sanar sus ideas, la internaron. La llevaron al hospital, no quisieron saber más. Rosa no tenía visitas, nunca tuvo el alivio de una compañía. Ella hablaba a solas, abandonada. Se hizo hermana de las piedras, de tanto apoyarse en ellas. Paredes, suelo, techo: sólo las piedras le daban cabida. Rosa descansaba, con la levedad de los apasionados, sobre los fríos pavimentos. La piedra era su gemela.
Cuando le dieron el alta, la jorobada salió en busca de su alma mineral. Fue entonces cuando se enamoró de las estatuas, solitarias y compenetradas. Las vestía con ternura y respeto. Les daba de beber, las socorría en los días de lluvia, en la estación fría. Su estatua preferida era la del pequeño jardín, frente a nuestra casa. Era el monumento de un colonizador de nombre ilegible. Rosa desperdiciaba las horas en la contemplación del busto. Amor sin correspondencia: el hombre de la estatua permanecía siempre distante, sin dignarse a prestar atención a la jorobada.
La veíamos desde el balcón de nuestra casa de madera, bajo el techo de zinc. Mi padre, sobre todo, la veía. Se callaba, de hecho, todo. ¿Era la locura de la jorobada la que nos hacía perder el juicio? Mi tío bromeaba, para salvar nuestra posición:
—Ella es como el escorpión, lleva el veneno en las espaldas.
Compartíamos las risas. Todos, excepto mi padre, quien sobresalía intacto, grave.
—Ninguno de ustedes ve su cansancio. Cargando siempre las espaldas en sus espaldas.
A mi padre le afligía mucho el cansancio ajeno. Él, de hecho, no daba golpe. Se sentaba. Se aprovechaba de los muchos sosiegos que da la vida. Mi tío, hombre enérgico, lo aconsejaba:
—Juca, hermano, búscale un sentido a la vida.
Él asentía, lentísimo.
—Ya conocen el contrato: se los llevan y después, cuando regresen, me cuentan cómo fue el partido.
Y se inclinaba a sacar los zapatos de debajo de su silla. Se agachaba con tanto esfuerzo que parecía estar agarrando el mismo suelo. Subía el par de zapatos y los miraba con fingida despedida:
—Me cuesta.
Sólo debido al médico se quedaba. Le prohibieron los excesos del corazón, las prisas de la sangre.
—Maldito corazón.
Se golpeaba el pecho para castigar el órgano. Y volvía a conversar con el calzado:
—Atención, zapatitos: tenéis que volver a la hora señalada.
Y recibía el dinero por adelantado. Se quedaba contando los billetes con muchos gestos. Era como si leyera un libro grueso, de esos que gustan más de los dedos que de los ojos.
Mi madre era la que ponía los pies sobre la tierra. Salía a su oficio muy temprano. Llegaba al bazar, la mañana era aún pequeña. El mundo se transparentaba, como estrella solar. Mi madre arreglaba su puesto antes que las otras vendedoras. Entre las coles apiladas se veía su cara gorda de tristes silencios. Allí se sentaba, ella y el cuerpo de ella. En la lucha por la vida, mi madre nos rehuía. Llegaba y partía estando oscuro. De noche, la escuchábamos, reprendiendo la pereza de mi padre.
—Juca, ¿tú piensas en la vida?
—Pienso, y mucho.
—¿Sentado?
Mi padre se ahorraba las respuestas. Ella, sólo ella lamentaba:
—Yo solita, trabajando dentro y fuera.
Al poco rato, las voces se apagaban en el corredor. De mi madre aún restaban suspiros, desmayos de su esperanza. Pero nosotros no le echábamos la culpa a mi padre. Él era un hombre bueno. Tan bueno que nunca tenía razón.
Y a eso se reducía la vida en nuestro pequeño barrio. Hasta que, un día, nos llegó la noticia: Rosa Caramela estaba presa. Su único delito: venerar a un colonialista. El jefe de las milicias dictó sentencia: añoranza del pasado. La locura de la jorobada escondía otras razones políticas. Así habló el comandante. De no haber sido eso, ¿qué otro motivo tendría ella para oponerse, con violencia y cuerpo, al derrumbe de la estatua? Sí, porque el monumento era un pie del pasado a rastras por el presente. Urgía circuncidar a la estatua por respeto a la nación.
De manera que se llevaron a la vieja Rosa para curarla de los desavíos que alegaban. Sólo entonces, en su ausencia, vimos hasta qué punto ella formaba parte de nuestro paisaje.
Pasó el tiempo sin tener noticias suyas. Hasta que, cierta tarde, nuestro tío rompió el silencio. Él venía del cementerio, llegaba del entierro de Jawane, el enfermero. Subió los pequeños escalones de la terraza e interrumpió el descanso de mi padre. Rascándose las piernas, mi viejo guiñó los ojos, calculando la luz.
—¿Y? ¿Me has traído los zapatos?
Mi tío no respondió inmediatamente. Estaba ocupado aprovechando la sombra, secándose la transpiración. Se sopló los labios, cansado. En su rostro vi el alivio de quien regresa de un entierro.
—Aquí están, nuevecitos. ¡Eh, Juca, hermano, me vinieron bien estos zapatos negros!
Buscó en los bolsillos, pero el dinero, siempre tan rápido para entrar, tardó en salir. Mi padre le corrigió su gesto:
—A ti no te los alquilé. Somos de la familia, calzamos juntos.
El tío se sentó. Tomó la botella de cerveza y llenó su vaso grande. Después, con habilidad, agarró una cuchara de palo y echó la espuma en otro vaso. Mi padre se aprovechó de ese otro vaso que sólo tenía espuma. Al prohibírsele los líquidos, el viejo se dedicaba únicamente a los espumantes.
—Es ligera la espumita. El corazón no nota su paso.
Se consolaba, apuntaba como si prolongara su pensamiento. No había más que fingimiento en ese ahondar en sí mismo.
—¿Había mucha gente en el entierro?
Mientras se desabrochaba los zapatos, mi tío le explicó la gran concurrencia, multitudes pisando los arriates, todos despidiendo al enfermero, pobre, también él se murió.
—Pero ¿realmente se mató?
—Sí, el tipo se colgó. Cuando lo encontraron ya estaba tieso, parecía planchadito en la cuerda.
—Pero ¿por qué razón se mató?
—No lo sé. Dicen que fue por causa de mujeres.
Se callaron los dos, sorbiendo los vasos. Lo que más les dolía no era el hecho sino la causa.
—¿Morir así? Más vale fallecer
Mi viejo recibió los zapatos y los inspeccionó con desconfianza:
—¿Esta tierra viene de allá?
—¿A qué allá te refieres?
—Pregunto si viene del cementerio.
—Tal vez sí.
—Entonces vete a limpiarlos, no quiero polvo de los muertos aquí.
Mi tío bajo las escaleras y se sentó en el último escalón, a cepillar las suelas. Mientras tanto, contaba. La ceremonia transcurría, el cura recitaba las oraciones, confortando las almas. De repente, ¿qué sucede? Aparece Rosa Caramela, vestida de riguroso luto.
—¿Rosa ya salió de la prisión? —preguntó, atónito, mi padre.
Sí, ya había salido. En una inspección que hicieron en la cárcel, le dieron amnistía. Ella estaba loca, ése era su único crimen. Mi padre insistía sorprendido:
—Pero ¿ella, en el cementerio?
El tío prosiguió su relato. Rosa, por debajo de sus espaldas, iba toda de negro. Como un cuervo, Juca. Fue entrando, con andares de enterradora, espiando las fosas. Parecía que quería escoger un hoyo para ella. En el cementerio, tú sabes, Juca, allí nadie se demora visitando tumbas. Pasamos deprisa. Solamente esa jorobada, la tipa...
—Cuéntame lo demás —cortó mi padre.
Prosiguió la narración: Rosa allí, en medio de todos, empezó a cantar. Con educado asombro, los presentes se fijaron en ella. El cura continuaba con la oración pero ya nadie lo oía. Fue entonces cuando la jorobada comenzó a desvestirse.
—Mentira, hermano.
Te lo juró por Cristo, Juca, que me caigan dos mil cuchillos encima. Se desvistió. Se fue quitando las prendas, más despacio que este calor que hace hoy. Nadie se reía, nadie tosía, nadie hacía nada. Ya desnuda, sin nada encima, se acercó a la tumba de Jawane. Alzó sus brazos, arrojó sus ropas a la sepultura. La multitud temió la visión, retrocedió unos pasos. Entonces Rosa rezó:
—Llévate estas ropas, Jawane, te van a haver falta. Porque tú vas a ser piedra, como los otros.
Mirando a los presentes, ella levantó la voz, parecía más grande que una criatura:
—Y ahora: ¿lo puedo querer?
Los presentes retrocedieron, solo se oía la voz del polvo.
—¿Eh? ¡Puedo querer a este muerto! Ya no pertenece al tiempo. ¿O a éste también me lo prohiben?
Mi padre dejó la silla, parecía casi ofendido.
—¿Rosa habló así?
—Palabra.
Y el tío, inmediatamente, imitaba a la jorobada con su cuerpo oblicuo: ¿y a éste, lo puedo amar? Pero mi viejo se negó a oir.
—Cállate, no quiero oir más.
Brusco, lanzó el vaso por los aires. Quería vaciar la espuma pero, por un error improcedente, se le escapó todo el vaso de la mano. Como si pidiera una disculpa, mi tío se puso a recoger los añicos caídos de espaldas por el patio.
Esa noche, no pude dormir. Salí, senté mi insomnio en el jardín de enfrente. Miré la estatua, estaba fuera de su pedestal. El colono tenía las barbas en el suelo, parecía que era él mismo quien se había bajado, al cabo de grandes cansancios. Habían arrancado el monumento pero olvidaron retirarlo, la obra requería retoques. Sentí casi pena por el barbudo, sucio por las palomas y cubierto totalmente de polvo. Me encendí, entrando en razón: ¿estoy como Rosa, poniéndoles sentimientos a los pedruscos? Entonces vi a la misma Caramela, como atraída por mis conjuros. Me quedé casi helado, inmóvil. Quería huir, pero mis piernas se negaban. Me estremecí: ¿yo me convertiría en estatua volviéndome ahora blanco de las pasiones de la jorobada? Qué horror, que la boca huya de mí para siempre. Pero no. Rosa no se paró en el jardín. Atravesó la carretera y se aproximó a las pequeñas escaleras de nuestra casa. Se agachó en los escalones, limpió en ellos el claro de luna. Sus cosas se posaron en un suspiro. Después, ella se entortugó, disponiéndose, quién sabe, a dormir. O tal vez su impulso sólo obedecía a la tristeza. Porque la oí llorar, en un murmullo de aguas oscuras. La jorobada se deshacía en lágrimas, parecía que era su turno de convertirse en estatua. Me obcequé en ese espejismo.
Fue entonces cuando mi padre, con esmerado silencio, abrió la puerta de la terraza. Lento, se aproximó a la jorobada. Por unos instantes, se quedó inclinado sobre la mujer. Después, moviendo la mano como si fuera sólo un gesto soñado, le tocó los cabellos. Al principio, Rosa ni se delineaba. Pero, después, fue saliendo de sí, con su rostro a la mitad de la luz. Se miraron los dos, adquiriendo belleza. Entonces, él le dijo susurrante:
—No llores, Rosa.
Yo casi no oía, el corazón me llegaba a los oídos. Me aproximé, siempre detrás de la oscuridad. Mi padre hablaba todavía, nunca le había oído aquella voz.
—Soy yo, Rosa. ¿No te acuerdas?
Yo estaba en medio de las buganvillas, sus nudos me arañaban. Pero no los sentía. Me punzaba más el asombro que las ramas. Las manos de mi padre se hundían en el pelo de la jorobada, esas manos parecían personas, personas que se ahogaban.
—Soy yo, Juca. Tu novio ¿no te acuerdas?
Al rato, Rosa Caramela perdió realidad. Nunca había existido tanto, ninguna estatua le había merecido tantos ojos. Con la voz aún más dulce, mi padre le dijo:
—Vamos, Rosa.
Sin querer, yo me había apartado de las buganvillas. Ellos me podían ver, pero ya no me importaba. La luna pareció atizar su brillo cuando la jorobada se levantó:
—Vamos, Rosa. Recoge tus cosas, vámonos.
Y se fueron los dos, adentrándose en la noche.
Este cuento pertenece al volumen "Cada hombre es una raza" publicado en 1990. La versión es la de Mario Morales y Mario Merlino.
La vida es una tela que teje la araña.
Que el bicho se crea cazador
en casa legítima poco importa.
En el contrario instante,
él se torna cautivo en trampa ajena.
Se confirma en esta historia,
que sucedió en virtuales y menudos parajes.
Era Benjamim Katikeze. Desde pequeño se había dedicado a las ausencias, paralelo al cielo. Los otros jugaban, festejando las ínfimas minucias de la infancia. Sólo Benjamim se consumía en la catequesis, entre santos e incienso. Incluso sus padres, que lo querían serio y ordenado, pensaban que se excedía.
—Ve a jugar, Ben. Aprovecha que eres niño.
Pero Benjamim, sin dar oídos, se desaniñaba. El cuerpo maduraba, más que la edad. Las noches desfilaban y se hacían cóncavas para provecho de chicos y chicas. Sólo las manos del susodicho se mantenían juntas, pegadas, inmaculadas. Ben iba más alto que las almas.
Hasta que un día apareció Anabela, anabellísima. Era un caramelo, capaz de provocar deseos en los más pacíficos ojos. Anabela se enamoró de Benjamim. El pobre ni con eso: al contrario, se internaba todavía más en habilidades de kongolote (1). La muchacha le envió misivas, mensajes más suspirados que garabateados. En presencia de él, Anabela se desenvolvía. Pero siempre es así: cuando hay pan falta el afán. Y para mujer arrojadiza, hombre escurridizo. Pónganse las íes bajo los puntos. Ajústese.

El barrio, mientras tanto, entretenía sus mil bocas con el romance desavenido. En el bar vecino se comentaba:
—¿Mujeres? Mientras más menean el cuerpo, más cierran el corazón.
—Yo sé lo que ella quiere: parné y billetera abultada. Al fin, sólo la lluvia es buena y gratis.
—No, no se trata de dinero. Si al mismo Henrique, mulato como ella, le fue negada la mano.
Hubieran dicho. Dijeran lo que dijesen, la verdad era sólo una: Anabela, deseada por todos, sólo quería a Benjamim. Con todo, él seguía sus votos, recluido. Quería entrar al seminario, estudiar patrología. A la espera, su único empeño era la oración. Ben era bastante oractivo.
Los acosos de Anabela se hicieron más cerrados. Parecía que cuanto más inviable, más en él se empecinaba. ¿O quizá la voluntad se nutre de imposibles? Anabela llegó a visitarlo en horas provocadoras. Muchos la vieron salir de casa de Benjamim sin hurtadillas, atrevivida.
La muchacha parecía buscar el escándalo. Incluso al pronunciar el nombre de él, cometía desliz: «¿Benjamim me besa a mí?». Las gentes susurraban. ¿Hasta cuándo el chico resistiría, beato repeliendo el acto?
—No resiste. ¿Algún hombre que sea inoxidable?
Pero las apariencias son más grandes que las ocurrencias. Y el real asombro: la barriga de Anabela empezó a crecer. Anabela, Anabela.
Su padre, el respetuoso Juvenal, tomó entonces honrosas profilaxis. Al final, todos lo sabían: Juvenal era un hombre muy intrépido. Se esperaban las consecuencias. El dedo en el timbre de la casa de Benjamim anunció la tempestad:
—¿Señor Benjamim?
—Sí, soy yo.
—Vengo a saber la fecha.
—¿Qué fecha?
—La fecha de la boda.
—¿Boda? ¿De quién?
—De la suya, señor Benjamim. Su boda con mi hija Anabela.
La mandioca ya se agriaba. Ben se volvía extranjero en su propia casa. Ciudadano con apuros de supervivencia, sólo pudo balbucir. Pero el otro:
—¿Es seminarista? ¿Y? Los conozco: ¡son los peores!
Juvenal, suegro en víspera de investidura, no aceptaba argumentiras: el nasciturus era indudable, legítimo e incondicional. Y así, el hombre se fue, dejando a Benjamim a las puertas de la noche. Estaba con el pensamiento desmemoriado, sin palabra. Al fin y al cabo, no hay tristeza que pueda explicarse. Porque es una herida más allá del cuerpo, un dolor más allá del sentimiento. Y la angustia de Benjamim era una inundación que lo cubría todo. Él se adivinaba bajo el manto de la oscuridad, como si la vida y la muerte le fueran simétricas. Sólo por causa de un engaño, todo su sueño se había anulado. Ya no sería cura, su única aspiración. Y tendría que casarse con alguien que únicamente le inspiraba inquietud. Sin auxilio terreno, Benjamim rezaba con tanto fervor que todos sus pantalones se rompieron a la altura de las rodillas. Incluso tuvieron que remendar las del traje de boda.
Se casaron irremediablemente. Anabela y Benjamim, y viceversa. Con ellos se emparentaron las familias, cruzándose nombres y destinos. Y los dos comenzaron a entrevivirse, mutuos testigos de sus intimidades. De día y de noche era imposible el entendimiento. Él, virginal, sólo le daba ocupación a las rótulas, en las sucesivas genuflexiones. Ella siempre anhelaba acrobacias, distractividades.
Y, finalmente, su embarazo no se consumó. No por aborto o raspado. Nada de eso. Anabela se desbarrigó por misterio. Benjamim no le hizo preguntas: mejor sería ignorarlo. Y así siguió.
Anabela, entretanto, se cansó de usar su belleza sin que Ben ejerciera sus masculinas funciones. Decidió entonces consultar al vecino, un viejo enfermero jubilado, de nombre Bila.
—¿Qué pasa, vecinita?
Ella le contestó que era un asunto muy íntimo, el vecino la invitó a que entrase. Anabela, cohibida, ocupó poco asiento. Recorrió la sala con sus ojos desconfiados:
—Disculpe, señor enfermero. Pero no he conocido jamás paredes sordas.
El enfermero sonrió con benevolencia, calmando a la moza. Ella que hablara a gusto: eran paredes de máxima confianza. Anabela le confesó el motivo de su infelicidad: el seudo Benjamim. El viejo oyó palabras, lágrimas, suspiros. Por fin, hizo la síntesis:
—Es decir, él la desposó pero no ejerce la soberanía.
A ella le gustó el resumen, pero no coincidió con el siguiente comentario.
—Es una cosa que se ve, Anabela. Se ve que no es una esposa completa. Usted anda siempre muy cabizbaja.
Ella hizo una seña intentando interrumpir, pero Bila prosiguió: Me sorprende, con lo fornido que es Ben. Y luego se rió: Es como un costal de carbón, parece corpulento pero no se sostiene en pie.
—No es lo que usted piensa. Únicamente me gustaría que ayudase al pobre Ben.
—Disculpe, Anabela, pero no servirá de nada.
El divulgó sus limitaciones: como enfermero nada sabía, como vecino menos aún podía.
—Esas cosas no le incumben a un hospital.
Bila se levantó. Sacó un pañuelo y se limpió el rostro. Después, se acercó a la ventana y atisbó hacia ningún lado. Se acomodó la chaqueta antes de hablar.
—La cura de esos males sólo se encuentra en la tradición. Pero ustedes, los de la ciudad, ya la empiezan a negar...
—Yo no niego nada. Ben es el que nunca aceptaría debido a la religión.
—Pero ¿qué? ¿Amar a la mujer legítima va contra alguna religión?
—No, pero eso de usar hechizos...
—Déjeme a mí, Anabela. Convenceré a Ben, que lo conozco desde hace mucho tiempo.
El enfermero le explicó el procedimiento: el marido en apuros empezaría a bañarse en agua de raíces.
—¿Es para lavar su chissila (2)?.
Anabela dudó, quería los detalles. ¿Chissila? Sí, era el origen de la mala suerte del marido. Las raíces lavarían al pobre Ben del mal de ojo. Después, prosiguió Bila, vendría la vacuna.
—En ese momento entra usted como enfermero.
El vecino lo negó. Era una vacuna tradicional, hecha con polvos del fuego, cenizas de hueso de león.
—¿León? ¿Dónde se encuentran leones en estos tiempos?
—Son leones antiguos, coloniales. Calidad garantizada.
Quien aplicaría la vacuna sería una vieja hechicera que él conocía, con artes capaces de inflamar de pasión un hormiguero de termitas. Iban a consultarla incluso cooperantes. La hechicera, decía el vecino, era varias veces internacional. Pero Benjamim se tendría que trasladar, con alma y equipaje, a la residencia de la vieja.
—Un curso de capacitación, como dicen por ahí.
Tendría que pasar por la prueba final con la propia hechicera. Si Bejamim aprobaba, nunca más desperdiciaría la oportunidad con la hermosa Anabela.
—¿Mi Benjamim durmiendo con la vieja?
No había alternativa, dijo el enfermero. Las heridas de la boca se curan con la propia saliva. Ella argumentó sus temores:
—He oído decir que hay hombres que sólo pueden hacerlo con viejas, sobre todo las de edad muy avanzada. Con las jóvenes no lo consiguen.
Anabela volvió a casa llena de dudas. Una pesadilla la persiguió durante muchas noches. Soñaba que, al dormir, se convertía en vieja, cubierta de arrugas y de escamas. Envejecía en el preciso momento en que conciliaba el sueño. Su marido desconocía esos cambios, ora bella, ora monstruo. Cierta vez, sin embargo, el sueño se desarrolló así: después de consumar los amores, ella se durmió mientras él la contemplaba con pasión. Entonces, ante los ojos del hombre se dio la espantosa transfiguración. La piel lisa se agrietó, el cuerpo fresco se resecó. Él se quedó atónito, casi a punto de desexistir. Fue a ver al vecino, consultó a Bila.
—Necesito que un hechicero anule el hechizo que pesa sobre Anabela.
Bila le contestó con una pregunta: ¿cómo sabía él si Anabela no era, de hecho, una vieja que se hacía joven durante el día?
—¿Y qué diferencia hay?
—Una gran diferencia, Ben. Si su mujer fuera esa que usted vio dormida, entonces se quedará con una vieja arrugada para toda la vida.
—Pero yo quiero deshacer el hechizo.
—Está bien. Pero después no diga que no le advertí.
Aún en el sueño, Anabela se veía despertando en una mañana brumosa. Al mirarse en el espejo se descubría arrugada, parecía una difunta arrepentida. Rompía el espejo hasta ver su rostro astillado. Pero en cada pedazo de vidrio se volvía a ver encarrujada. Se lavaba con agua tibia, se alisaba con cremas de hierbas. Nada, las arrugas porfiaban, invencibles. Y cuando intentaba salir del cuarto, las piernas, entumecidas, no le respondían.
Anabela despertaba de la pesadilla, bañada en sudor. Corría al espejo para comprobar su aspecto. El espejo la devolvía suave y tersa. Ella suspiraba con el consuelo de la realidad.
Los malos sueños continuaron incluso después de que Benjamim hubo partido hacia la casa de la hechicera. Anabela no lograba imaginar qué argumentos habría usado el enfermero para convencer a su marido. Pero la verdad es que Benjamim preparó una pequeña maleta y, sin decir palabra, se ausentó. Permaneció tres semanas en la curación. Anabela contó desesperada los días con los dedos. ¿Volvería normal? ¿O traería nuevos hábitos por la convivencia con la vieja? Finalmente, él llegó. Anabela permaneció con los ojos muy abiertos, sin preguntarle nada. Benjamim estaba pálido, más trastornado que retornado. Se sentó en la cama y miró prolongadamente a su esposa. Ella se interrogaba sobre esa actitud. ¿Qué alma estaría por detrás de aquel hombre?
Se quedaron callados por un rato. Ben le hizo una seña para que se aproximase. Anabela se incorporó, sintiendo que ya la inundaba el volcán del deseo. Se arrodilló frente a su marido:
—¿Qué, Ben?
El brazo de él se deslizó, embriagado, cerca de sus senos. Ella se sonrió, se acercó más. Benjamim murmuró algo, más suspiro que palabra. El temblor de una mano invisible estremeció a la joven esposa.
—Yo quiero —dijo él.
Ella empezó a desabrocharse, parecía que el vestido temblaba bajo sus dedos. Se sentó más cerca de él, a la espera. Un nuevo murmullo se escapó de los labios de Benjamim:
—Yo quiero...
—Yo también.
—Yo quiero agua. Dame agua, Anabela.
Un hondo desánimo le recorrió la carne. Se quedó inmóvil, entre el descrédito y la frustración. Durante la pausa, Benjamim se levantó bruscamente. Sin embargo, antes de dar un paso, titubeó en el aire y cayó pesadamente en el suelo con menos consistencia que una alfombra.
Se lo llevaron, lo acostaron, intentaron en vano despertarlo. Pero Benjamim se mantenía más allá de los párpados: respiraba con dificultad. Anabela lloraba por su marido en estado vegetal, le hablaba con dulzura como si él aún la oyera. Pasaba las noches en blanco, atenta al ser extendido a su lado.
El tiempo pasó. Una noche, ya la luna alta, Anabela se durmió, vencida por el cansancio. En medio del sueño, sin embargo, ella sintió un escalofrío como si alguien la tocara. Se quedó inmóvil, esperando. No había duda: eran manos con artificios de ternura. Ahora le envolvían la cintura y la llenaban de un ardor que desde hacía mucho desperdiciaba en suspiros. Su sangre se aceleró: ¿quién sería el autor de esas apetencias? ¿Benjamim? No, no podía ser él. Si él nunca se había atrevido, incluso antes del accidente. Entonces se hizo la dormida y el anónimo amante se reflejó en su cuerpo, mar y playa se entreveraron. Con los ojos siempre cerrados, ella acogió al intruso, ese ladrón de su triste soledad. Varias noches se repitió el encuentro ciego. Con los párpados siempre cerrados, ella recibía al extraño. Se amaban con furor pero en silencio. Ella temía que Benjamim despertara y sorprendiese al desconocido. Y rieron madrugadas largas con gemidos, suspiros hondos de quien pierde el ser.
Hasta que un día, el enfermero Bila, durante su visita diaria al enfermo, anunció:
—Benjamim ya mueve los dedos. Mañana estará del todo despierto.
Hubo aplausos, risas. Todos lo festejaron. Todos, menos Anabela. Los suegros notaron su indiferencia. La madre, guardando las apariencias:
—Pobre. Está tan abatida que ya no reacciona.
La joven esposa, realmente, había adquirido el rostro ceniciento de las viudas. Y, al acompañar a las visitas hasta la puerta, se la veía contener una lágrima. El enfermero, preocupado, la llamó aparte:
—¿Qué tiene, Anabela? ¿No se siente bien?
No hubo respuesta. Bajó el rostro y rompió el dique de su íntima amargura. Aceptó el pañuelo y compuso su aspecto. Se repuso, con voz trémula:
—¿No podría dejar que él durmiera unos días más? ¿Sólo unos días más?
El enfermero se sorprendió, levantando la cabeza. Ella se explicó:
—Es que me gustaría pasar un tiempo más con él. Me gustaría tanto, señor enfermero.
—¿Quién es él?
Y de nuevo, lágrimas. El vecino, con perpleja anuencia, más cura que enfermero. Creyendo haber recibido la confesión de una falta de juicio, tranquilizó a la joven esposa:
—Tiene razón, hija, lo entiendo muy bien: usted es tan bonita, tan pretendida. ¿Cómo es que se pudo guardar tantísimo tiempo?
Y se dirigieron los dos hacia la habitación del vivibundo. Mientras el enfermero preparaba las jeringuillas, ella se inclinó junto a su marido. Tal vez únicamente él, el retirado Benjamim, haya escuchado el secreto que ella le entregó. Por lo menos, el enfermero notó algo así como una sonrisa en la comisura de los labios de Benjamim. Y, sonriendo él también, le inyectó nuevas somnolencias.
(1) Milpiés
(2) Mal de ojo
Novelista, poeta y cuentista mozambiqueño que escribe en portugués. En toda su obra de ficción (también es periodista y ha pubicado recopilaciones de sus crónicas) juega con el lenguaje y crea neologismos, altera la sintaxis, se sirve de la tradición oral y de los proverbios. Su escritura es a veces surrealista y otras cercana al realismo mágico. El humor tampoco falta.
Este relato pertenece a su primera colección de cuentos, "Voces anochecidas", publicada en 1983. La versión es la de Andrés Salter Iglesias.
Siempre que leo este cuento me viene a la memoria la película "La muerte de un burócrata" de Tomás Gutiérrez Alea. Quienes la sufrieron siempre han sabido reírse de la implacable burocracia socialista.
Es una verdad: los muertos no deben aparecerse, saltarse la frontera de su mundo. Sólo vienen a desorganizar nuestra tristeza. Sabemos ya con seguridad: aquel tal ha desaparecido. Consolamos a las viudas, hemos llorado ya las lágrimas, completas.
Por el contrario, hay de esos muertos que han muerto e insisten en aparecer. Fue lo que sucedió en aquella aldea que las aguas arrancaron de la tierra. Las crecidas se llevaron a la aldea, arrancada de raíz. Ni siquiera quedó la cicatriz del lugar. Se salvaron muchos. Desaparecieron Luis Fernando y Aníbal Mucavel. Murieron por dentro del agua, pescados por el río furioso. Su muerte era una certeza cuando una tarde volvieron a aparecerse.
Los vivos les preguntaron muchas cosas. Asustados, llamaron a los militares. Compareció Raimundo que usaba el arma como si fuese un azadón. Estaba temblando y no encontró otras palabras:
-Guía de marcha.
-Pero tú estas loco, Raimundo. Baja esa arma.
El soldado ganó coraje cuando oyó la voz de los difuntos. Les mandó que retrocediesen.
-Volved allí de donde vinisteis. De nada os valdrá que intentéis algo: seréis rechazados.
La conversación no se resolvía. Surgió Esteban, responsable de la vigilancia. Luis y Aníbal fueron
autorizados a entrar para que se explicasen frente a las autoridades.
-A vosotros ya no se os cuenta. ¿Dónde pensáis vivir?
Los aparecidos estaban ofendidos por la manera en que eran recibidos.
-Fuimos arrastrados por el río, aguamos sin saber dónde y ¿ahora vosotros nos tratáis como infiltrados?
-Espera, vamos a hablar con el jefe de asuntos sociales. Él es el que tiene competencia sobre vuestro asunto.
Aníbal aún se entristeció más. ¿Es que ahora somos un asunto? Una persona no es un divorcio, una demanda. No es que tuviesen un problema: era la vida entera la que quedaba por resolver.
El responsable vino. Estaba cebado, la barriga curiosa, espiando desde el blusón. Se les saludó con el respeto debido a los difuntos. El responsable explicó las dificultades y el peso que suponían, muertos de regreso imprevisto.
-Pues mira, mandaron los donativos. Llegó la ropa de las calamidades, placas de zinc, muchas cosas. Pero vosotros no entráis en los planes.
Aníbal se puso nervioso con las cuentas de las que se les excluía:
-¿Como que no estamos? ¿Es que vosotros tacháis a una persona así porque sí?
-Pero si vosotros habéis muerto, ni sé cómo estáis aquí.
-¿Cómo que hemos muerto? ¿No te crees que estemos vivos?
-Tal vez, estoy confundido. Pero este asunto de vivo no vivo es mejor que lo hablemos con los demás camaradas.
Y se dirigieron a la sede. Explicaron su historia, pero no consiguieron presentar pruebas de su verdad. Un hombre arrastrado cual pez sólo busca el aire, no le interesa nada más.
El responsable consultado concluyó, veloz:
-No interesa si han muerto completamente. Si están vivos, aún es peor. Era mejor que hubiesen aprovechado el agua para morirse.
El otro, el del blusón en plena batalla con los botones, añadió:
-No podemos consultar al gobierno del distrito, decir que ya han aparecido fantasmas. Van a responder que estamos envueltos por el oscurantismo, incluso podrían castigarnos.
-Es verdad -corroboraba el otro- ya hemos asistido a un curso de política. Vosotros sois almas, no sois la realidad materialista como yo y todos lo que están con nosotros en la nueva aldea.
El gordo subrayaba:
-Para abasteceros tendremos que pedir un refuerzo de las cotas. ¿Cómo vamos a justificarlo? ¿Que tenemos almas a las que dar comida?
Y así se quedaron sin cruzar ninguna palabra más.
Luis y Aníbal salieron de la sede, confundidos y abatidos. Fuera, una multitud curiosa los contemplaba. Los dos aparecidos decidieron buscar a Samuel, el profesor.
Samuel los recibió en casa. Les explicó la razón por la que estaban fuera de las cuentas de abaste-
cimiento.
-Los responsables de aquí no son como los de las demás aldeas. Comercian con los productos. Primero los distribuyen entre sus familias. A veces, dicen que no llegan hasta tener sus casas llenas.
-Y ¿por qué no lo denunciáis?
Samuel se encogió de hombros. Sopló sobre la leña para reavivar el fuego. Las flores rojas de las llamas esparcieron el aroma de la luz en la pequeña habitación.
-Mira, os voy a decir un secreto. Alguien se quejó a las estructuras superiores. Dicen que esta semana vendrá una comisión para conocer la verdad de las quejas. Debéis aprovechar esa comisión para exponer vuestro caso.
Samuel les ofreció su casa y comida, hasta que llegase la comisión de investigación.
Aníbal sentó su pensamiento en las traseras de la casa. Durante largo rato, contempló sus propios pies y murmuró bajito como si hablase con ellos:
-Dios mío, qué injustos somos con nuestro cuerpo. ¿De quién nos olvidamos más? De los pies, pobres, que se arrastran para soportarnos. Son ellos los que cargan la tristeza y la felicidad. Pero como están lejos de los ojos, dejamos a los pies solos, como si no fuesen nuestros.
-Sólo por estar encima, calcamos nuestros pies. Así comienza la injusticia en este mundo. Sin embargo, en este caso, los pies somos yo y Luis, desimportados, caídos en la suciedad arrastrada por el río.
Luis se acercó con menos luz que una sombra y le pidió explicaciones por aquel murmullo. Aníbal le contó el descubrimiento de los pies.
-Sería mejor que pensase una manera de demostrarle a esa gente que, al final de cuentas, somos alguienes.
-¿Sabes qué? Antiguamente el bosque, tan vacío de gente, me daba miedo. Pensaba que sólo podía vivir entre las personas, vecino de la gente. Ahora pienso lo contrario. Quiero volver al lugar de los bichos. Añoro ser alguien.
-Cállate, tú. Esta conversación ya parece de los espíritus.
Se callaron los dos, recelosos de su condición trémula. Muchas veces tocaban las cosas, raspaban el suelo como si quisiesen confirmar la materia de su cuerpo. Luis preguntó:
-¿Puede ser que sea verdad? ¿No será que somos realmente fallecidos? Puede que ellos tengan razón. O tal vez, estamos naciendo otra vez.
-Puede ser, hermano mío. Puede ser todo eso. Pero lo que no está bien es que se nos acuse, se nos olvide, que se nos tache, que seamos desatendidos.
Era la voz de Samuel, el profesor. Se acercó llevando en la mano algunos mangos que distribuyó equitativamente entre los dos candidatos. Pelaron los frutos mientras el profesor continuaba:
-No es justo que se olviden de que vosotros, vivos o muertos, formáis parte de nuestra aldea. De hecho, cuando fue preciso defender la aldea de los bandidos, ¿acaso no tomasteis las armas?
-Es cierto. Hasta yo sufro esta cicatriz de la bala del enemigo. Aquí.
Aníbal se levantaba para señalar la prueba del sufrimiento, un rascazo profundo que la muerte había escrito en su espalda.
-Todos saben que merecéis que se os cuente. Es miedo, sólo, lo que les hace callar, aceptar las mentiras.
De pie, como estaba, Aníbal exprimió la rabia en sus puños. El mango goteó y el zumo tristedulce cayó.
-Tú, Samuel, sabes las cosas de la vida. ¿No piensas que sería mejor que nos fuésemos, que escogiésemos otro lugar?
-No, Aníbal. Es mejor que os quedéis. Lo conseguiréis, estoy seguro. Además, el hombre que abandona un sitio porque fue derrotado, ese hombre ya no vive. No tiene otro lugar donde empezar.
-¿Entonces, Samuel? ¿Tú tampoco te crees que estamos vivos?
-Cállate, Luis. Deja que Samuel nos aconseje.
-Ésos que os causan complicaciones, caerán. Son ellos los que no nos pertenecen, no vosotros. Quedaos, amigos míos. Ayudadnos con nuestro problema. Nosotros tampoco somos considerados: estamos vivos, pero es como si tuviésemos menos vida, como si fuésemos mitades. Eso no lo queremos.
Luis se levantó y miró fijamente hacia lo oscuro. Anduvo en círculo y regresó al centro, acercándose al profesor:
-Samuel, ¿no tienes miedo?
-¿Miedo? Pero si esa gente tiene que caer. ¿No fue la razón de la lucha el acabar con esa porquería de gente?
-No estoy hablando de eso -respondió Luis-. ¿No tienes miedo de que nos cojan contigo?
-¿Con vosotros? ¿Pero es que entonces existís? No puedo estar con quien no existe.
Se rieron. Se levantaron y se separaron por las dos puertas de la casa. Aníbal, antes de entrar:
-¡Eh, Samuel! ¡La lucha continúa!
La comisión llegó tres días después. Venía acompañada por un periodista que se interesó por la historia de Luis y Aníbal. Les había prometido indagar en el problema. Si las cosas no se resolviesen, lo publicaría en el periódico y los responsables de la aldea serían desenmascarados.
La comisión trabajó durante dos días. Convocaron entonces una asamblea general de los aldeanos. El recinto se llenó, todos habían venido a enterarse de las novedades. El jefe de la comisión anunció las solemnes conclusiones:
-Hemos estudiado con mucha atención el problema de los dos individuos que han hecho aparición en la aldea. Hemos llegado a la siguiente conclusión oficial: los camaradas Luis Fernando y Aníbal Mucavel deben ser considerados parte de la población existente.
Aplausos. La asamblea parecía más aliviada que contenta. El orador prosiguió:
-Pero es conveniente avisar a los dos aparecidos que no deben repetir esa salida de la aldea o de la vida o de donde quiera que fuere. Aplicamos la política de clemencia, pero no lo volveremos a permitir la próxima vez.
La asamblea aplaudió ahora con convicción.
Al día siguiente, Luis Fernando y Aníbal Mucavel comenzaron a lidiar con los documentos de los vivos.
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“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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