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Max Aub - "Las alpargatas"

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Los hombres, de tanto andar, y por carencia de alas, no pueden llevar los pies descalzos. Cúbrense con la carroña de reses muertas, llámanlos los zapatos: hay que reconocer que preservan algo del agua y del lodo. La Cruz Roja ha enviado al campo quinientos pares de alpargatas, para que sean repartidas entre los internados; es un zapato de lona y mejor que nada. Tiénenlos en los almacenes, guardados, quién sabe en espera de qué. El viejo Eloy Pinto, de sesenta y cinco años de edad, carnicero, cojo, pidió un par de buenas botas a un guardia joven. Le hicieron barrer y lavar el cuartel, le dijeron que volviera al día siguiente: le darían las alpargatas. Ocho días se repitió la escena. El viejo, ya cansado, se las pidió al ayudante:
—¡Ah!, ¿con que quieres alpargatas, eh? Y no quieres trabajar. Y comer, sí que comes, ¿no? Para comer no faltas a la lista, ¿no?
El viejo calló, miró sus pies envueltos en trapos, levantó, lentamente, la vista. El ayudante le escupió a la cara, y siguió:
—Supongo que tendrás la conciencia tranquila, ¿no? ¿No decís eso? Pues póntela en los pies.

Max Aub - "La invasión"

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Primero era el silencio. Nadie por la llanura. A la derecha, unos cerros bajos. No se veía nada que no fuese de todos los días. Todo normal, pero nadie respiraba como de costumbre. Nos ataban las exageraciones del temor. El ejército, presa fácil del miedo, no tenía más idea que huir. Los oficiales superiores no tenían fuerza para combatir los terrores y abandonaban todas sus funciones militares. Lo único que se les ocurría era enviar partes pidiendo refuerzos para salvar sus banderas y los tristes restos de un ejército destruido por el pavor. Prometían esperar, defenderse hasta morir. Mentían, sabiéndolo. La cobardía se enseñoreaba. Todo eran reuniones vanas.
El horizonte se movía. Surgían las terribles voces infernales:
—¡Estamos cercados!— Todos salían huyendo según sus medios.
Soy de los pocos que, desde cierta altura, ha visto adelantar el ejército enemigo. La impresión de advertir cómo se mueve y anda la tierra es irresistible. El pelo se eriza, las piernas de piedra. Todo se vuelve pasivo. La sensación del riesgo, de la inminencia del peligro incontenible, la amenaza de sentirse vencido sin remedio, de estar con el agua al cuello, paralizado, puede más que todo. Porque la muerte no basta para ellos. Son más. Todos nuestros artificios son inútiles: son más. La mortandad debió ser espantosa, pero pasan, adelantan: son más.
El pánico se retorcía en el aire, como una serpiente enorme, se lo llevaba todo por delante. Pavor, no ante lo desconocido, sino ante lo visible, lo palpable. Ojalá hubiera sido una fabulosa manada de bisontes. Pero esa humanidad fría avanzando, incontenible... Espeluzno invencible.
Yo las he visto, avanzan como un mar, recubriéndolo todo, a ras de tierra. Nada les detiene, menos el agua: pasan los ríos a nado, elegantemente, como si nada.
Todos acoquinados, inútiles, clavados por el horror, mutilados. La vergüenza, la timidez, la cobardía, los temores se anudan y machihembran. ¿Dónde meterse? ¿Quién no se amedrenta viéndolas progresar ininterrumpidamente? Y no tienen problemas de abastecimiento: teniendo hambre se entredevoran y siguen. Es el diablo. ¡Quiera Dios salvarnos!
Avanzan, se rebasan, progresan, renovando sin cesar la vanguardia. Nunca se rezagan, su movimiento progresa uniforme. Millones de cabezas, de ojos, de lenguas, ganando tierra, siempre idénticas, cubriendo cuanto se ve con sus ondulados cuerpos viscosos.
Contaminan la tierra, emponzoñan las mejores obras, revuelven el mundo, tronchan, arruinan estados, asuelan las más principales grandezas, destruyen, deshacen, anonadan, acaban. Progresan. Instrumentos de aniquilación, vuelven en nada, desbaratan, vencen cualquier hueste. Humillan.
Con las cabezas cortadas aún son capaces de matar.

Max Aub - "Hablaba y hablaba..."

Posted by Arabella in ,

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.