Otra vez un cuento un tanto largo para un blog, pero una de las más grandes cuentistas merece el esfuerzo.Hace treinta años, una familia pasaba las vacaciones en la costa este de la isla de Vancouver. Un padre y una madre jóvenes, sus dos hijas pequeñas y un matrimonio mayor, los padres del marido.
Qué tiempo tan maravilloso. Cada mañana, todas las mañanas son como ésta, el primer rayo de luz solar atraviesa las ramas altas y quema la bruma que reposa sobre el agua en calma del estrecho de Georgia. La marea baja, una gran extensión vacía de arena todavía húmeda pero por la que se puede caminar fácilmente, como el cemento en su última fase de secado. La verdad es que la marea está menos baja; cada mañana se reduce más la vereda de arena, pero aún parece lo bastante amplia. Los cambios de la marea son de gran interés para el abuelo, pero no tanto para los demás.
A Pauline, la joven madre, en realidad no le gusta tanto la playa como el camino que recorre la parte trasera de las casitas, aproximadamente a lo largo de una milla, en dirección al norte, hasta interrumpirse en la orilla de un riachuelo que corre hacia el mar.
Si no fuera por la marea, sería difícil recordar que esto es el mar. En el horizonte, más allá del agua, se ven las montañas de la península, la cordillera que forma el muro oriental del continente norteamericano. Esos montículos y picos montañosos que se perfilan a través de la bruma y que asoman aquí y allá por entre los árboles, que Pauline contempla mientras empuja la sillita de paseo de su hija por el camino, también son de interés para el abuelo. Y para su hijo Brian, el marido de Pauline. Los dos hombres tratan constantemente de dilucidar qué es cada cosa. ¿Cuáles de esas formas son en realidad montañas continentales y cuáles son improbables cerros de las islas que asoman frente a la orilla? Es difícil llegar a una conclusión cuando la formación es muy compleja y hay partes que alteran el sentido de la distancia dependiendo de la distinta luz que a lo largo del día las ilumine.
Pero hay un mapa, alojado bajo un cristal, entre las casitas y la playa. Uno se puede quedar mirando el mapa y después observar lo que tiene delante y consultar de nuevo el mapa hasta aclararse. El abuelo y Brian lo hacen todos los días y normalmente no se ponen de acuerdo, aunque con el mapa delante uno pensaría que no hay mucho lugar para el desacuerdo. A Brian el mapa le parece impreciso. Pero su padre no quiere oír ni una sola crítica sobre aspecto alguno del lugar, que él mismo eligió para las vacaciones. El mapa, como el alojamiento y el tiempo, es perfecto.
La madre de Brian ni siquiera quiere mirar el mapa. Dice que le desconcierta. Los hombres se ríen, están de acuerdo en que está sumida en la confusión mental. Su marido opina que le ocurre porque es mujer. Brian opina que le ocurre porque es su madre. Su preocupación es que alguien tenga hambre o tenga sed, que las niñas lleven sus gorras para protegerse del sol y que las hayan bañado en crema de protección solar. ¿Y qué es esa extraña picadura que Caitlin tiene en su brazo y que no parece la picadura de un mosquito? Obliga a su marido a llevar una gorra de algodón y dice que también Brian debería llevarla, le recuerda lo malo que se puso por culpa del sol aquel verano que fueron a Okanagan, cuando era niño. Brian a veces le dice: «Anda, mamá, cierra la boca». Su tono es de lo más afectuoso, pero su padre es capaz de llamarle la atención, a estas alturas, diciéndole que ésa no es forma de hablarle a su madre.
-A ella le da igual -afirma Brian.
-¿Cómo lo sabes? -pregunta su padre.
-Por el amor de Dios -dice su madre.
Cada mañana, Pauline se desliza de la cama en cuanto se despierta; se desliza fuera del alcance de los largos brazos y piernas de Brian, que adormilados la buscan. Se despierta con los primeros chillidos y balbuceos del bebe. Mara, en la habitación de las niñas, y luego con el chirriar de su cuna, donde la pequeña -tiene dieciséis meses y está llegando al final de la primera infancia- se levanta para agarrarse a los barrotes. Continúa con su suave y afable parloteo mientras Pauline la coge -Caitlin, de casi cinco años, se mueve de un lado a otro en la cama sin despertarse- y carga con ella hasta la cocina, donde la pone en el suelo para cambiarla. Después la coloca en su sillita y le da una galleta y un biberón de manzana, mientras Pauline se pone el vestido de tirantes y las sandalias, se dirige al baño y se peina, lo más rápida y silenciosamente que puede. Salen de la casa y dejan atrás otras casas al recorrer el camino lleno de baches, sin pavimentar, casi cubierto por la profunda sombra de la mañana, el suelo de un túnel que discurre entre los abetos y los cedros.
El abuelo, que también se levanta temprano, las ve desde el porche de su casa y Pauline lo ve a él. Se limitan a saludarse con la mano. Él y Pauline no tienen mucho que decirse (aunque las continuas bufonadas de Brian o algún que otro insistente alboroto de la abuela, acompañado de disculpas, les hacen sentir cierta afinidad; no quieren mirarse el uno al otro por miedo a que su mirada revele un matiz de desprecio hacia los demás).
Durante estas vacaciones, Pauline roba tiempo de donde puede para poder estar sola; estar con Mara es casi lo mismo que estar sola. Los paseos a primera hora de la mañana o a última hora de la mañana, cuando lava y cuelga los pañales. Podría sacar otra hora por la tarde, mientras Mara duerme la siesta, pero Brian ha montado un refugio en la playa y siempre baja el moisés para que Mara pueda dormir allí y Pauline no tenga que ausentarse. Le dice que sus padres se ofenderían si ella siempre se escabullera. Se muestra de acuerdo, no obstante, en que ella necesita tiempo para estudiar cuidadosamente su diálogo en una obra teatro en la que va a participar este septiembre, de vuelta a Victoria.
Pauline no es actriz. Se trata de una producción de aficionados, pero ella ni siquiera es una actriz aficionada. No es que ella se presentar a para el papel, lo que ocurrió es que ya había leído la obra: Eurídice, de Jean Anouilh. Pero claro, es que Pauline lee de todo.
En junio, un hombre al que conoció en una barbacoa le preguntó si le gustaría tener un papel en la obra. La gente que había asistido a la barbacoa eran, en su mayoría, profesoras y profesores con sus maridos o esposas; la cena se celebraba en casa del director del instituto donde enseña Brian. La profesora de francés, una viuda, trajo a su hijo, ya mayorcito, que estaba viviendo con ella durante el verano y trabajaba como recepcionista nocturno en un hotel del centro. Ella le contó a todo el mundo que el chico había conseguido un trabajo de profesor en una escuela universitaria al oeste del estado de Washington y que comenzaba en otoño.
Se llamaba Jeffrey Toom. «Toom, no Tumba» (1), decía, como si le hiriese lo trivial de la broma. Tenía un apellido diferente al de su madre porque ésta había enviudado dos veces y era el hijo de su primer marido. «No tengo garantías de que dure. Es un contrato de un año», decía sobre el trabajo. ¿Qué iba a enseñar? -Arte dra-má-ti-co -decía, arrastrando las sílabas en tono burlón. Hablaba con menosprecio de su trabajo de entonces.
-Es un lugar bastante sórdido -dijo-. Tal vez hayan oído hablar del hotel, es donde mataron a una puta el invierno pasado. Y luego también tenemos a los perdedores que se meten una sobredosis y a otros que deciden quitarse de en medio.
La gente no sabía muy bien cómo reaccionar ante esta forma de hablar y todos le rehuían. Excepto Pauline.
-Estoy pensando en montar una obra -dijo él-. ¿Te gustaría participar?
Le preguntó si había oído hablar de una obra llamada Eurídice.
-¿Te refieres a la de Anouilh? -preguntó Pauline ante la poco halagadora sorpresa de él. Añadió de inmediato que no sabía si el proyecto llegaría a salir adelante.
-Pensé que sería interesante comprobar si aquí se puede hacer algo interesante, en la tierra de Noel Coward -dijo.
Pauline no recordaba cuándo se había estrenado una obra de Noel Coward en Victoria, aunque supuso que se habrían representado varias.
-El invierno pasado vimos La duquesa de Malfi en la universidad. Y en el teatro pequeño dieron Un sonoro retintín, pero no la vimos -dijo Pauline.
-Sí. Bueno -dijo él ruborizándose. Le había parecido que era mayor que ella, por lo menos de la edad de Brian (que tenía treinta años, aunque la gente decía que por su manera de comportarse no lo parecía), pero tan pronto como empezó a hablar de esa forma improvisada y ligeramente desdeñosa, sin acabar de mirarla a los ojos, sospechó que era más joven de lo que quería aparentar. Ahora sí que tenía la certeza: ese rubor le había delatado.
Al final resultó que era un año más joven que ella. Veinticinco años.
Pauline dijo que no podía ser Eurídice; no sabía actuar. Pero Brian se acercó para enterarse de qué hablaban y de inmediato le dijo que debía intentarlo.
-Lo que necesita es una patada en el culo -le dijo Brian a Jeffrey-. Es como una pequeña mula, le cuesta arrancar. No, en serio, le gusta pasar demasiado inadvertida. Siempre se lo digo. Es muy lista. La verdad es que es mucho más lista que yo.
Jeffrey fijó su mirada en los ojos de Pauline -con un aire inquisitivo y descarado- y ahora fue ella quien se ruborizó.
Inmediatamente la eligió como Eurídice por su aspecto. Pero no porque fuese hermosa.
-Nunca le daría ese papel a una mujer guapa -dijo-. Me parece que nunca pondría una belleza en el escenario. Es excesivo. Distrae.
¿Qué quería decir con respecto a su aspecto físico? Dijo que era por su pelo, largo, oscuro, bastante abundante (lo cual no estaba de moda en aquellos tiempos) y por su tez pálida («este verano que no te dé el sol») y, por encima de todo, por sus cejas.
-Nunca me han gustado -dijo Pauline, no muy sinceramente. Sus cejas eran uniformes, oscuras, exuberantes. Dominaban su cara. Igual que su pelo, que no estaba de moda. Pero si realmente le hubieran disgustado, ¿no se las habría depilado?
Jeffrey pareció no oírla.
-Te dan un aire malhumorado y eso es inquietante -dijo-. Tu mandíbula también es un tanto pesada y eso tiene algo de griego. Daría mejor en una película, en un primer plano. Lo típico con la figura de Eurídice sería una chica de aspecto etéreo. Yo no la quiero etérea.
Mientras paseaba a Mara por el camino, Pauline estudiaba el diálogo. Hacia el final había un parlamento que le resultaba difícil. Los baches sacudían la sillita mientras se repetía para sí: «Eres terrible, ¿sabes?, terrible como los ángeles. Crees que todo el mundo avanza fuerte y claro como tú... Oh, por favor, no me mires, querido, no me mires todavía... Tal vez no soy la que tú quisieras que fuese, pero estoy aquí, soy cálida, soy suave y te quiero. Te daré todas las felicidades que pueda. No me mires. Déjame vivir».
Se había comido algo. «Tal vez no soy la que tú quisieras que fuese... pero me sientes junto a tí, ¿verdad? Estoy aquí, soy cálida, soy suave...»
Le había comentado a Jeffrey que le parecía una obra hermosa.
-¿Tú crees? -contestó él. Cuanto ella decía ni le satisfacía ni le sorprendía, parecía considerarlo predecible, superfluo. Él nunca diría eso de una obra de teatro. La consideraba un obstáculo que había que superar. También un reto lanzado a sus enemigos. A los pedantuelos académicos -como solía llamarlos- que habían representado La Duquesa de Malfi. Y a los bobos sociales -como los llamaba- del teatro pequeño. Él, al dar su obra -la llamaba su obra-, se veía a sí mismo como un intruso que les ponía los puntos sobre las íes a aquella gente, enfrentándose a su desprecio y a su oposición. En un principio Pauline pensó que aquello era fruto de la imaginación de él y que lo más probable era que la gente a la que se refería ni siquiera le conociera. Después comenzaron a ocurrir cosas que podían ser, o no ser, meras coincidencias. Había que hacer reparaciones en el salón de actos de la iglesia donde pretendían representar la obra, con lo cual no estaba disponible. Se produjo un inesperado aumento en el coste de la impresión de los carteles promocionales. Pauline se sorprendió viendo las cosas como las veía él. Si uno iba a pasar mucho tiempo a su lado, más valía ver las cosas como él las veía; discutir resultaba peligroso y agotador.
-Hijos de puta -decía Jeffrey entre dientes, pero con cierta satisfacción-. No me sorprende.
Los ensayos se celebraban en uno de los pisos superiores de un viejo edificio de la calle Fisgard. Los únicos días en que todos podían ensayar eran los domingos por la tarde, aunque había ensayos parciales durante la semana. El práctico de puerto jubilado que hacía el papel de monsieur Henri asistía a todos los ensayos y había acabado haciéndose con una irritante familiaridad con los diálogos del resto de los personajes. Pero la peluquera -que aunque únicamente tenía experiencia con Gilbert y SuIlivan, ahora interpretaba el papel de la madre de Eurídice- no podía abandonar su negocio demasiado tiempo. El conductor de autobús que encarnaba a su amante, también tenía su trabajo diario, al igual que el camarero que hacía de Orfeo (era el único que aspiraba a convertirse en actor profesional). A veces Pauline tenía que depender de canguros poco fiables que estudiaban en el instituto, ya que durante las primeras seis semanas de verano Brian tenía que dar clases. El propio Jeffrey entraba a trabajar en el hotel a las ocho en punto. Pero los domingos por la tarde se reunían todos allí. Mientras otras personas nadaban en el lago Thetis, o se encontraban en el parque de Beacon Hill para pasear bajo los árboles y darles de comer a los patos, o se marchaban con el coche, lejos del pueblo y hacia las playas del Pacífico, Jeffrey y su grupo trabajaban en un local de techo alto y lleno de polvo de la calle Fisgard. Las ventanas, rematadas en arco como las de ciertas iglesias de estilo sencillo y decoroso, se mantenían abiertas, para mitigar el calor, con cualquier objeto que estuviera a mano: libros de contabilidad de los años veinte, pertenecientes a la sombrerería que antaño hubiera en el edificio, o tacos de madera sobrantes de los marcos de los cuadros de un artista cuyos lienzos se amontonaban contra la pared y que al parecer habían sido abandonados. Había mugre en los cristales, pero fuera la luz solar rebotaba contra la acera, contra las plazas de aparcamiento vacías y cubiertas de grava, contra los edificios bajos y de estuco, con ese brillo especial de los domingos. Apenas se movía un alma en aquellas calles del centro. No había nada abierto excepto una cafetería que era un cuchitril y una diminuta tienda de comestibles que vendía de todo.
Durante el descanso era Pauline quien salía en busca de refrescos y café. Era la que menos tenía que decir sobre la obra y cómo iba -a pesar de ser la única que la había leído antes- porque era la única que no había actuado nunca. De modo que parecía razonable que se ofreciese voluntaria. Disfrutaba de su corto paseo por las calles vacías, sentía como si se hubiera convertido en una mujer de ciudad, independiente y solitaria, que viviera el resplandor de un sueño importante. A veces pensaba en Brian en casa, trabajando en el jardín y vigilando a las niñas. O quizá se las hubiera llevado a Dallas Road -recordaba su promesa- para que echaran sus barquitos en el estanque. Una vida que le parecía trivial y tediosa en comparación a la de la sala de ensayos: las horas dedicadas al esfuerzo, la concentración, los mordaces intercambios de diálogos, el sudor y la tensión. Incluso el sabor amargo del café hirviente y que casi todo el mundo lo prefiriera a una bebida fresca y quizá más sana, recién sacada del refrigerador, parecía complacerla. Y le gustaba el aspecto de los escaparates. Aquélla no era una de esas calles emperifolladas cercanas al puerto, era una calle de tiendas de reparación de calzado y bicicletas, de saldos de telas y ropa blanca, de vestidos y muebles que llevaban tanto tiempo expuestos que parecían de segunda mano aunque no lo fuesen. Sobre algunos escaparates había trozos de un plástico amarillento tan quebradizo y arrugado como el celofán viejo, extendidos tras el cristal para proteger la mercancía del sol. Eran negocios abandonados por un solo día, pero tenían el aspecto de estar fijados en el tiempo como las pinturas de las cavernas o las reliquias que se encuentran bajo la arena.
Cuando Pauline dijo que tenía que marcharse de vacaciones durante dos semanas, Jeffrey se quedó estupefacto, como si nunca hubiera imaginado que las vacaciones pudieran formar parte de su vida. Luego se mostró adusto y ligeramente satírico, como si éste fuera un golpe más que ya hubiera previsto. Pauline explicó que únicamente perdería un domingo —el que se encontraba a la mitad de las dos semanas— porque ella y Brian irían en su coche hasta la isla un lunes y estarían de vuelta un domingo por la mañana. Prometió volver a tiempo para el ensayo del segundo domingo. Para sí misma se preguntaba cómo se las arreglaría, siempre lleva mucho más tiempo del que se piensa hacer el equipaje y marcharse. Se preguntaba si sería capaz de volver por su cuenta en el autocar de la mañana. Probablemente eso era pedir demasiado. No lo mencionó.
No se atrevió a preguntarle si pensaba sólo en la obra, si era únicamente su ausencia de un ensayo lo que había provocado la tormenta. En aquel momento, parecía lo más probable. Cuando él hablaba con ella en los ensayos, nada indicaba que podía hablar con ella de otra forma. La única diferencia en su trato era que quizás esperaba menos de ella, de su interpretación, que de los otros. Cualquiera lo hubiera entendido. Era la única que había sido elegida, sin más, por su aspecto físico; el resto se había presentado a la audición anunciada en letreros que colgaban de cafeterías y librerías del centro. De ella parecía esperar una inmovilidad o una torpeza que no pretendía de los demás. Quizá fuese porque, en la parte final de la obra, se suponía que era una persona ya muerta.
Pero ella pensaba que todos lo sabían, que el reparto estaba al tanto, a pesar de las formas bruscas, cortantes y no demasiado educadas de Jeffrey. Sabían que después de que cada cual se marchara, exhausto, a su casa, él cruzaba la sala y echaba el cerrojo a la puerta de la escalera. (En un principio Pauline fingía marcharse junto a los demás, e incluso subía al coche para dar la vuelta a la manzana, pero más adelante este ardid se convirtió en insultante, no sólo para ella y para Jeffrey, sino también para los demás, que —estaba segura— no la traicionarían, ligados como estaban al fugaz pero poderoso hechizo de la obra.)
Jeffrey recorría la sala y echaba el pestillo de la puerta. Cada vez que lo hacía era como una nueva decisión que él hubiera de tomar. Hasta que no lo hacía, ella no le miraba. El ruido del pestillo deslizándose, el ominoso o fatídico ruido de metal contra metal, le producía una sacudida de capitulación. Pero no se movía, esperaba a que él regresara junto a ella con la historia entera de una tarde de duro trabajo reflejada en su fatigado rostro, liberado de su expresión realista y desilusionada, que se mudaba en una energía vital que ella siempre encontraba sorprendente.
—Bueno. Cuéntanos de qué trata la obra que estás haciendo — dijo el padre de Brian—. ¿Es una de ésas en que la gente se quita la ropa en escena?
—Venga, anda, no te burles de ella —dijo la madre de Brian.
Brian y Pauline habían acostado a las niñas y caminado hasta la casa de los padres de él para tomar una copa. Tras ellos quedaba la puesta del sol, tras los bosques de la isla de Vancouver, pero las montañas de enfrente, despejadas y perfiladas contra el cielo, brillaban con su luz rosácea. Algunas de las montañas altas de la península estaban cubiertas por la nieve rosada del verano.
—Papá, nadie se quita la ropa —dijo Brian con la voz resonante que utilizaba en las clases del colegio—. ¿Sabes por qué? Porque para empezar no llevan ropa. Es el último grito. Lo que harán después será un Hamlet en pelota picada. Y luego montarán un Romeo y Julieta también en pelotas. Bueno, esa escena en el balcón en la que Romeo escala el enrejado y se queda atrapado en los rosales...
—Por favor, Brian —dijo su madre.
—La historia de Orfeo y Eurídice es que Eurídice muere —dijo Pauline—. Orfeo baja al infierno para tratar de que vuelva. Y se le concede ese deseo con la única condición de que prometa no mirarla. No mirar atrás. Ella camina tras él...
—Doce pasos por detrás —dijo Brian—. Como Dios manda.
—Es una tragedia griega pero está escenificada en tiempos modernos —dijo Pauline—. Al menos esta versión, que es más o menos moderna. Orfeo es un músico que viaja por el mundo con su padre, ambos son músicos, y Eurídice es una actriz. Se desarrolla en Francia.
—¿Está traducida? —dijo el padre de Brian.
—No —dijo Brian—. Pero no te preocupes, no está en francés. Se escribió en transilvano...
—Qué difícil es entender las cosas —dijo la madre de Brian con una risa inquieta— con Brian que no dice más que tonterías.
—Está en inglés —dijo Pauline.
—Y tú eres... ¿cómo se llama?
—Yo soy Eurídice —dijo Pauline.
—¿Y consigue llevarte de vuelta?
—No —dijo ella—. Me mira, y entonces tengo que quedarme muerta.
—Ay, un final triste —dijo la madre de Brian.
—¿Es que tú eres tan guapa o qué? —dijo el padre de Brian con escepticismo—. ¿Es que él no puede dejar de mirarte?
—No es eso —dijo Pauline. Pero en aquel instante ella se dio cuenta de que su suegro había conseguido lo que pretendía, algo que casi siempre pretendía en cualquier conversación que mantuviera con ella. Y ese algo era irrumpir en la estructura de cierta explicación que él mismo había solicitado y que ella daba con desgana pero con paciencia y, de un manotazo aparentemente descuidado, conseguir hacerla pedazos. Eso le hacía peligroso para ella desde hacía tiempo, aunque no precisamente esa noche.
Pero Brian no lo sabía. Brian todavía pensaba en cómo ayudarla a salir del apuro.
—Pauline es hermosa —dijo Brian.
—Ya lo creo —dijo su madre.
—A lo mejor, si fuese a la peluquería... —dijo el padre de Brian. Pero como llevaba mucho tiempo criticando los largos cabellos de Pauline, se había convertido en una broma familiar. Incluso Pauline se reía.
—No puedo permitírmelo hasta que arreglemos el tejado de la terraza —dijo, y Brian se rió muy alto y aliviado de que ella fuera capaz de tomárselo en broma. Era lo que siempre le decía que hiciera. «Devuélvesela», le decía. «Es la única forma de tratarle.»
—Sí, bueno, si al menos tuvierais una casa en condiciones —dijo el padre de Brian. Pero esto, al igual que lo del pelo de Pauline, resultaba tan familiar que no levantó ampollas. Brian y Pauline habían comprado una bonita casa en mal estado en una calle de Victoria en la que convertían viejas mansiones en mediocres edificios de apartamentos. La casa, la calle, los viejos robles que precisaban cuidados, el que no se hubiese construido un sótano en la casa, todo eso suponía una pesadilla para el padre de Brian. Brian solía mostrarse de acuerdo con él y exageraba cuanto podía. Si su padre señalaba la casa de al lado, entrecruzada por escaleras de incendios de color negro, y preguntaba qué clase de gente la habitaba, Brian decía: «Gente muy pobre, papá. Drogadictos». Y cuando su padre quería saber cómo se calentaba la casa, decía: «Con un horno de carbón. Hoy en día ya casi no quedan. Se encuentra carbón muy barato. Claro que el sistema es sucio y apesta».
Así que lo que dijo su padre de tener una casa en condiciones parecía una especie de señal de paz. O así se podía interpretar.
Brian era hijo único. Era profesor de matemáticas. Su padre era ingeniero de caminos y dueño, junto a otro socio, de una compañía de contratas. Si había deseado que su hijo fuese ingeniero y hubiera entrado en la compañía, nunca lo había mencionado. Pauline le había preguntado a Brian si pensaba que las críticas a la casa, a su pelo y a los libros que leía, podían esconder una decepción mucho mayor, a lo que Brian respondió: «No. En nuestra casa nos quejamos de todo lo que queremos quejarnos. No somos nada sutiles, querida».
Pauline aún se preguntaba lo mismo cuando escuchaba a su suegra decir que los profesores deberían ser las personas más veneradas del mundo, que no recibían el reconocimiento que se merecían y que no sabía cómo Brian podía aguantarlo todos los días, a lo que su suegro solía añadir: «Es cierto» o «te aseguro que no me gustaría hacerlo, ni en sueños. Ni por todo el oro del mundo».
«Ni lo pienses, papá», solía decir Brian. «Tampoco te iban a pagar mucho.»
En su vida cotidiana, Brian era una persona mucho más teatral que Jeffrey. Se hacía con sus clases a base de mantener en marcha el carrusel de chistes y tonterías, desarrollando el mismo papel, pensaba Pauline, que interpretaba ante sus padres. Se hacía el tonto, salía airoso de las supuestas humillaciones de las que era objeto e intercambiaba insultos. Era un fanfarrón en pro de una causa justa; un fanfarrón indestructible, alegre y arlequinesco.
«Desde luego su chico nos ha impresionado» le había dicho el director del instituto a Pauline. «No sólo ha sobrevivido, lo cual ya es todo un triunfo, sino que también ha dejado huella.»
Su chico.
Brian llamaba cabezas huecas a sus alumnos. El tono que utilizaba era afectuoso y fatalista. Solía decir que su padre era el rey de los filisteos, lisa y llanamente un bárbaro. Y que su madre era un trapo de cocina, cordial y desgastado. Pero por mucho que los desdeñara, no podía pasar mucho tiempo sin ellos. Se llevaba a sus alumnos de excursión. Y no podía imaginarse un verano sin esas vacaciones compartidas. Todos los años tenía un miedo terrible a que Pauline se negara a ir. O a que, después de haber aceptado, lo pasara mal, se ofendiera por alguna cosa que dijera su padre, se quejara de que tenía que pasar mucho tiempo con su madre o se disgustara porque no había forma de que ellos dos estuviesen solos. También podía ocurrir que decidiera pasar todo el día en casa leyendo, con la excusa de que se había quemado al tomar el sol.
Así había ocurrido en vacaciones anteriores. Pero este año ella empezaba a amoldarse. Él le dijo que se daba cuenta y que se lo agradecía.
«Sé que supone un esfuerzo para ti», le dijo. «Para mí es diferente. Son mis padres y estoy acostumbrado a no tomármelos en serio.»
Pauline provenía de una familia en la que todo se tomaba tan en serio que sus padres se habían divorciado. Su madre ya había muerto. Tenía una relación distante aunque cordial con su padre y sus dos hermanas, mucho mayores que ella. Decía que no tenían nada en común. Sabía que Brian no podía entender que eso fuera razón suficiente. Pauline se daba cuenta de cómo se alegraba él de ver lo bien que iban las cosas este año. Siempre había pensado que era la vagancia y la cobardía lo que a Brian le impedía romper con aquella situación, pero ahora veía que se trataba de algo mucho más positivo. Brian necesitaba tener a su mujer, a sus padres y a sus hijas ligados de esa manera, necesitaba involucrar a Pauline en su vida con sus padres y hacer que sus padres la tomasen en consideración, aunque la consideración de su padre fuera disimulada y a la contra, y la de su madre demasiado profusa, demasiado fácil de conseguir, para que realmente significara algo. También quería que Pauline se ligara, y que sus hijas se ligaran, a su propia infancia; quería que existiera un vínculo entre estas vacaciones y las vacaciones de su niñez, con su mal y su buen tiempo, problemas con el coche y logros al volante, sustos en la barca, picaduras de avispa, maratones de Monopoly y todas aquellas cosas que, le decía a su madre, tanto le aburría escuchar. Quería que se hicieran fotos de estas vacaciones para poder ponerlas en el álbum de su madre. Una prolongación de todas las otras fotos cuya mera mención provocaba sus protestas.
El único tiempo libre de que disponían para hablar era de noche, tarde y en la cama. Y entonces sí hablaban, más de lo que solían hacer en casa, donde Brian llegaba tan cansado que a menudo se quedaba inmediatamente dormido. Y a la luz del día era difícil hablar con él por su afición a las bromas. Ella veía cómo las bromas le hacían brillar los ojos (de un color muy parecido al suyo; pelo oscuro, piel blanquecina y ojos grises, aunque los de ella-eran turbios y los de él claros como el agua cristalina sobre las piedras). Veía cómo las bromas tiraban de las comisuras de sus labios mientras buscaba las palabras para cazar un juego de palabras o un pareado, cualquier cosa que pudiera desviar la conversación hacia el absurdo. Todo su cuerpo —alto, vagamente engarzado y, aun así, casi tan escuálido como el de un adolescente— temblaba por su propensión a lo cómico. Antes de casarse con él, Pauline tenía una amiga, Gracie, de aspecto malhumorado y subversiva con los hombres. Brian la consideraba una chica cuyo sentido del humor necesitaba un empujón por lo que con ella se esforzaba más de lo normal. Y Gracie le dijo a Pauline: «¿Cómo eres capaz de aguantar ese interminable espectáculo?».
«Ese no es el verdadero Brian. Es diferente cuando estamos a solas», le contestó Pauline. Pero, pensando en aquello, se preguntaba si su respuesta había sido sincera. ¿Lo había dicho sólo para defender su elección, como suele ocurrir cuando una ha decidido casarse?
De modo que hablar en la oscuridad tenía algo que ver con el hecho de que no podía ver su cara. Y con que él sabía que ella no podía ver su cara.
Pero incluso en medio de la oscuridad, tan poco familiar, y de la quietud de la noche, él mantenía un ligero tono burlón. Tenía que hablar de Jeffrey como monsieur le directeur, lo que hacía que la obra en sí, o el hecho de que fuera francesa, se convirtiera en algo un tanto ridículo. O quizá era el mismo Jeffrey, la seriedad con que Jeffrey se tomaba la obra, lo que se ponía en cuestión.
A Pauline le daba igual. A ella le producía una gran satisfacción y desahogo mencionar el nombre de Jeffrey.
Casi nunca lo mencionaba, sino que daba vueltas a su alrededor. En lugar de hacerlo, describía a los otros. Al peluquero, al práctico, al camarero y al viejo que aseguraba haber actuado en la radio en cierta ocasión, que encarnaba al padre de Orfeo y que a Jeffrey le traía loco porque era muy terco en lo concerniente a sus ideas sobre la interpretación.
Al maduro empresario Monsieur Dulac lo encarnaba un agente de viajes de veinticuatro años de edad. Y a Matías, el primer novio de Eurídice, que presumiblemente tenía más o menos la misma edad que ella, lo encarnaba el gerente de una zapatería, casado y con hijos.
Brian quería saber por qué monsieur le directeur no les había dado los papeles al revés.
—Es su forma de hacer las cosas —dijo Pauline—. Lo que ve en nosotros sólo lo puede ver él.
Por ejemplo, le dijo, el camarero era un Orfeo torpe.
—No tiene más que diecinueve años y es tan tímido que Jeffrey tiene que estar constantemente sobre él. Le dice que no actúe como si estuviese haciéndole el amor a su abuela. Siempre le está diciendo lo que tiene que hacer. Rodéala con los brazos más tiempo, acaricíala un poquito por aquí. No sé cómo va a salir, lo único que puedo hacer es confiar en Jeffrey, confiar en que sabe lo que hace.
—«¿Acaríciala un poquito por aquí?» —dijo Brian—. A lo mejor debería darme una vuelta por ahí y vigilar esos ensayos.
Al citar a Jeffrey, Pauline había sentido que algo cedía en su útero o en la parte baja de su estómago, una sacudida que se había desplazado de una manera singular hacia arriba, golpeando sus cuerdas vocales. Había tenido que camuflar este temblor gruñendo, en lo que se suponía era una imitación (aunque Jeffrey nunca gruñía ni vociferaba ni se mostraba teatral).
—Pero tiene un algo de inocente —dijo ella apresuradamente—. No es algo físico. Es la torpeza —y comenzó a hablar de Orfeo en la obra, no del camarero. Orfeo tiene un problema con el amor o con la realidad. Orfeo no tolera nada que no sea la perfección. Quiere un amor que se salga de la vida corriente. Quiere a una Eurídice perfecta.
—Eurídice es más realista —prosiguió—. Ha tenido líos con Matías y con Monsieur Dulac. Ha pasado tiempo junto a su madre y el amante de su madre. Sabe cómo es la gente. Pero ama a Orfeo. En cierto modo lo ama más de lo que él la ama a ella. Ella le ama con más fuerza porque no es tan ingenua como él. Le ama como se puede amar a un ser humano.
—Pero ella se ha acostado con esos otros tipos —dijo Brian.
—Bueno, tuvo que hacerlo con el señor Dulac porque no se pudo escabullir. No quería, pero probablemente, pasado un rato, disfrutó, porque a partir de cierto momento era incapaz de no pasarlo bien.
Así es qucLOrfeo tiene la culpa, dijo Pauline con decisión. Mira a Eurídice a propósito, para matarla y deshacerse de ella porque no es perfecta. Por su culpa, ella muere por segunda vez.
Brian, tumbado de espaldas y con los ojos bien abiertos (ella lo sabía por su tono de voz), dijo:
—¿Pero no muere él también?
—Sí, él lo decide.
—¿Así que vuelven a estar juntos?
—Sí. Como Romeo y Julieta. Orfeo al fin se reúne con Eurídice. Es es lo que dice Monsieur Henri. Ésa es la última frase de la obra. Es el final —Pauline se colocó sobre su costado y apoyó su mejilla en el hombro de Brian; no se trataba de empezar nada, sino de recalcar lo que iba a decir—. Por un lado es una obra preciosa, pero por otro es muy tonta. Y realmente no es como Romeo y Julieta, porque no es una cuestión de mala suerte o de las circunstancias. Es adrede. Para no tener que llevar una vida normal, casarse, tener hijos, comprar una vieja casa y arreglarla...
—Y tener algún lío —dijo Brian—. Después de todo son franceses —y añadió—: como mis padres.
Pauline se rió.
—¿Tienen líos? Me lo imagino.
—Ah, claro que sí —dijo Brian—. Me refería a su vida.
—Lógicamente, puedo imaginar a alguien suicidándose para no ser como sus padres —dijo Brian—. Pero no creo que nadie lo haga.
—Todo el mundo tiene sus opciones —dijo Pauline, distraída— En cierto modo, la madre de ella y el padre de él son despreciables, pero Orfeo y Eurídice no tienen que ser como ellos. No están corrompidos. El mero hecho de haberse acostado con otros hombres no significa que sea una degenerada. No estaba enamorada. No conocía a Orfeo. Hay un discurso en el que él le dice que todo lo que ha hechoforma parte de ella, y eso le repugna. Las mentiras que le ha contado. Los otros hombres. Con todo eso tendrá que cargar. Y luego, claro, Monsieur Henri le sigue el juego. Le dice a Orfeo que él será igual de malvado y que algún día caminará con Eurídice por la calle y será como un hombre con un perro del que quiere deshacerse.
Para sorpresa de Pauline, Brian se rió.
—No —dijo ella—. Eso es lo que es una tontería. No es inevitable. No es inevitable, para nada lo es.
Continuaron haciendo conjeturas y charlando, muy tranquilos, de un modo poco habitual pero no totalmente desconocido para ellos. Lo habían hecho antes, en largos periodos de su vida marital; hablaban hasta altas horas de la madrugada de Dios, del miedo a la muerte, de cómo había que educar a los hijos o de hasta qué punto era importante te el dinero. Al fin reconocieron que se encontraban demasiado cansados como para que lo que decían tuviera sentido, se acomodaron en una posición de camaradería y se durmieron.
Por fin un día lluvioso. Brian y sus padres fueron con el coche a Campbell River para comprar comida y ginebra, y para llevar el coche del padre de Brian al taller y reparar cierta avería producida durante el viaje desde Nanaimo. Era un problema menor, pero como la nueva garantía del coche estaba vigente, el padre de Brian quería que le echasen un vistazo lo antes posible. Brian no podía decir que no, así que se llevó su coche por si acaso el de su padre debía quedarse en el taller. Pauline dijo que se quedaría en casa por la siesta de Mara.
Convenció a Caitlin para que también se echase, permitiéndole llevarse su caja de música a la cama, siempre y cuando pusiera el volumen muy bajo. Luego Pauline extendió el guión sobre la mesa de la cocina, se bebió un café y repasó la escena en la que Orfeo, al fin, dice que es intolerable que permanezcan en la piel de dos personas distintas, en dos envolturas diferentes, cada una con su propio oxígeno y su propia sangre selladas en soledad, y en la que Eurídice le pide que se calle.
«No hables. No pienses. Deja que vague tu mano, deja que ella por sí sola sea feliz.»
Tu mano es mi felicidad, dice Eurídice. Acéptalo. Acepta tu felicidad.
Por supuesto, él responde que no puede.
Caitlin gritaba con frecuencia para preguntar la hora. Subía el volumen de la caja de música. Pauline se apresuró a ir hasta la puerta del dormitorio y le siseó para que bajase el volumen y no despertase a Mara.
—Si lo vuelves a poner tan alto, te la quito. ¿Entendido?
Pero Mara empezaba a moverse dentro de su cuna y durante unos minutos escuchó la suave y estimulante conversación que le daba Caitlin, sin más fin que despertar a su hermana. También escuchó cómo bajaba y subía rápidamente la música, y luego a Mara sacudir la barandilla de la cuna, tirar de ella para levantarse, arrojar el biberón al suelo y lloriquear como un pajarito, de una forma cada vez más desoladora hasta atraer a su madre.
—No la he despertado yo —dijo Caitlin—. Se despertó ella solita, por su cuenta. Ya no llueve. ¿Podemos bajar a la playa?
Tenía razón. No llovía. Pauline cambió a Mara, le dijo a Caitlin que cogiese su bañador y que buscara su cubo. Ella se puso el bañador y se puso por encima sus pantalones cortos, por si acaso llegaba el resto de la familia mientras se encontraba en la playa. («A papá no le gusta la forma en que algunas mujeres salen de casa llevando puesto solo el traje de baño», le había dicho la madre de Brian. «Supongo que tanto él como yo somos de otra época.») Tomó el guión para llevárselo y luego lo devolvió a su sitio. Temía quedarse distraída demasiado tiempo sin prestar suficiente atención a las niñas.
Los pensamientos que la asaltaban sobre Jeffrey no eran verdaderas reflexiones, sino más bien alteraciones que se producían en su cuerpo. Solía ocurrirle cuando se encontraba sentada en la playa (tratando de quedar en parte a la sombra de un arbusto y conservar así su palidez, tal y como había ordenado Jeffrey), cuando escurría los pañales o cuando Brian y ella iban de visita a casa de los padres de él. En mitad de una partida de Monopoly, de Scrabble o de cartas. Ella seguía hablando, escuchando, trabajando, vigilando a las niñas mientras la memoría de su vida secreta aparecía y la asaltaba en una explosión radiante. Luego un cálido peso la inundaba, la seguridad rellenaba todos los huecos. Pero no perduraba, en la seguridad había filtraciones y el se sentía como un avaro cuya buena suerte se ha esfumado y está convencido de que no volverá a disfrutar de nada semejante. La nostalgia la envolvía y la impulsaba a la disciplina de contar los días. En ocasiones llegaba a dividir los días en partes para poder saber con mayor exactitud cuánto tiempo había pasado.
Pensó en dirigirse a Campbell River, con algún pretexto, para así buscar una cabina telefónica y poder llamarle. Las casas no tenían teléfono y el único teléfono público se encontraba en el edificio comunal. Pero ella no tenía el número del hotel donde trabajaba Jeffrey. Y además, no había manera de ir a Campbell River por la tarde. Le daba miedo llamarle a casa de día y que contestara su madre, la profesora de francés. Jeffrey le había contado que en verano su madre rara vez se ausentaba de la casa. Sólo en una ocasión se había ido en ferry a Vancouver a pasar el día. Jeffrey telefoneó a Pauline para pedirle que fuera a verle. Brian estaba dando clases y Caitlin jugaba con su grupo de niños.
«No puedo, tengo a Mará», dijo Pauline.
Jeffrey preguntó: «¿Quién? Ah, perdona». Y luego: «¿No la puedes traer aquí?».
Ella dijo que no.
«¿Por qué no? ¿Es que no puedes traerte algunas cosas con las que pueda jugar?»
No, dijo Pauline. «No podría», dijo. «No sería capaz.» Le parecía demasiado peligroso arrastrar consigo a su bebé a una expedición tan vergonzosa. A una casa en la que los productos de limpieza no estarían en los estantes altos y en la que las pastillas y los jarabes contra la tos, los cigarrillos y los botones no estarían fuera del alcance del bebé. Y aunque Mará se salvara del atragantamiento o el envenenamiento, podría almacenar bombas de relojería, recuerdos de una casa extraña en la que ella habría sido extrañamente ignorada, de una puerta cerrada y de ruidos procedentes del otro lado.
«Es que te deseo», dijo Jeffrey. «Deseo tenerte en mi cama.»
Ella repitió, débilmente: «No».
Aquellas palabras de él volvían una y otra vez a su mente. Deseo tenerte en mucama. Un tono de voz urgente, medio en broma pero también con determinación, lo factible, como si «en mi cama» significara algo más, como si la cama de la que hablaba adquiriera una dimensión mayor, menos material.
¿Había cometido un gran error con aquella negativa? ¿Con aquel recordatorio de cuan prisionera era de aquello que cualquiera llamaría su vida real?
La playa estaba casi vacía; la gente se había acostumbrado a que fuese un día de lluvia. La arena estaba demasiado apelmazada para que Caitlin pudiese hacer un castillo o cavar un sistema de irrigación, proyectos que, de todas formas, sólo emprendería junto a su padre puesto que intuía que él se volcaba de todo corazón, y Pauline no. Paseaba por la orilla sin rumbo fijo y con cierto aire de tristeza. Probablemente echaba de menos la presencia de otros niños, esos instantáneos amigos anónimos y ocasionales enemigos que tiraban piedras y te mojaban, chillando, chapoteando y haciendo el tonto. Un niño un poco mayor que ella y, por lo que parecía, solo, se encontraba algo más lejos, metido en el agua hasta las rodillas. Si hubiera posibilidad de juntarles, quizá saldría bien: Caitlin podría recuperar toda la experiencia de la playa. Ahora Pauline no estaba segura de si Caitlin estaba haciendo pequeñas incursiones en el agua para atraer la atención de él o si éste la observaba con interés o con desdén.
Mará no necesitaba compañía, al menos de momento. Fue dando traspiés hacia el agua, sintió cómo tocaba sus pies, cambió de parecer, se detuvo, miró a su alrededor y divisó a Pauline. «Pau, Pau», dijo, feliz al reconocerla. «Pau» era como llamaba a Pauline, en lugar de «madre» o «mamá». El mirar a su alrededor la hizo perder el equilibrio; se sentó entre la arena y el agua, lanzó un graznido de sorpresa que se convirtió en una declaración y luego, con unas maniobras poco elegantes pero llenas de determinación, que implicaban depositar todo su peso sobre las manos, se levantó vacilante y triunfante. Llevaba medio año caminando, pero avanzar sobre la arena era aún todo un reto. Esta vez volvió hacia Pauline profiriendo unos comentarios razónables y despreocupados en su propio idioma.
—Arena —dijo Pauline, mientras le mostraba su mano llena—. Mira, Mara. Arena.
Mara la corrigió, dándole otro nombre; algo parecido a «adea». Sus gruesos pañales bajo los pantalones de plástico y el traje dde felpa que llevaba al jugar, le hacían el trasero muy gordo, y eso, junto con sus mofletes y hombros regordetes y una expresión de darse importancia, la asemejaba a una matrona con un cierto toque de pillería.
Pauline se dio cuenta de que la llamaban. La habían llamado tres veces pero, al no resultarle familiar la voz, no se había dado cuentata. Se levantó e hizo un gesto con la mano. Era la mujer que trabajaba en la tienda del edificio comunal. Estaba apoyada sobre el balcón y gritaba: «Señora Keating. ¿Señora Keating? Teléfono».
Pauline alzó a Mara hasta su cadera e hizo venir a Caitlin. Ahora ésta y el niño pequeño ya se habían visto; ambos cogían piedras de la arena y las lanzaban al agua. En un primer momento no oyó a Pauline o simuló no hacerlo.
—Tienda —gritó Pauline—. Caitlin. Tienda.
Cuando se aseguró de que Caitlin la seguiría —era la palabra «tienda» la que lo había conseguido, el recordatorio del pequeño comercio del edificio comunal, donde se podía comprar helado, caramelos, cigarrillos y refrescos— comenzó a recorrer la playa hasta llegar a los escalones de madera que se alzaban sobre la arena y los arbustos. A mitad de los escalones se detuvo y dijo: «Mara, pesas una tonelada», y pasó al bebé a su otra cadera. Caitlin golpeaba el pasamanos con un palo.
—¿Me compras un polo de chocolate, mamá? ¿Puedo?
—Ya veremos.
—¿Me compras por favor un polo de chocolate?
—Espera.
El teléfono público estaba junto a un tablón de anuncios al otro lado del vestíbulo principal y frente a la puerta del comedor, donde habían organizado un bingo a causa de la lluvia.
—Espero que no haya colgado —gritó la mujer que trabajaba en la tienda. Había desaparecido tras el mostrador.
Pauline, todavía con Mará en brazos, levantó el auricular que oscilaba de un lado a otro y, sin aliento, dijo: «¿Diga?». Esperaba oír a Brian, que le diría que por una razón u otra se retrasaba en Campbell River, o que le preguntaría qué es lo que le había pedido de la farmacia. Como era sólo una cosa —loción de calamina—, él ni lo había apuntado.
—Pauline —dijo Jeffrey—. Soy yo.
Mará se agitaba y se estiraba contra el costado de Pauline, ansiosa por bajar al suelo. Caitlin entró al vestíbulo y se metió en la tienda, dejando tras de sí huellas de arena húmeda. «Un momento, un momento», dijo Pauline. Tras dejar que Mara se deslizase hasta el suelo, se fue corriendo a cerrar la puerta que llevaba a los escalones. No recordaba haberle mencionado a Jeffrey el nombre de este lugar, aunque de forma vaga le había dicho dónde estaba. Oyó a la mujer de la tienda hablar con Caitlin en un tono de voz más severo que el que utilizaría con un niño acompañado por sus padres.
—¿Es que se te ha olvidado limpiarte los pies?
—Estoy aquí —dijo Jeffrey—. No me sentía bien sin ti. Me sentía fatal.
Mara se dirigió hacia el comedor, como si la voz masculina que anunciaba «bajo la N...» fuera una invitación dirigida a ella.
—Aquí, ¿dónde? —preguntó Pauline.
Leyó los carteles que estaban clavados junto al teléfono, en el tablón de anuncios.
NO ESTÁ PERMITIDO EL ACCESO A LAS BARCAS A PERSONAS MENORES DE CATORCE AÑOS SI NO VAN ACOMPAÑADAS DE UN ADULTO.
CONCURSO DE PESCA.
VENTA DE DULCES Y ARTESANÍA, IGLESIA DE SAN BARTOLOMÉ.
TU VIDA ESTÁ EN TUS MANOS. SE LEEN LAS PALMAS DE LAS MANOS Y SE ECHAN LAS CARTAS. BARATO Y ACERTADO. LLAMA A CLAIRE.
—En un motel. En Campbell River.
Pauline supo dónde estaba antes de abrir los ojos. Nada le sorprendió. Había dormido, pero no tan profundamente como para haber dejado escapar algo.
Había esperado a Brian en el aparcamiento del edificio comunal, con las niñas, y le había pedido las llaves. Delante de los padres de él, ella le había dicho que necesitaba algo más de Campbell River. Él le había preguntado qué necesitaba y si llevaba dinero.
—Una cosa —le dijo, para que él pensara que se trataba de tampones o preservativos, algo que ella prefiriera no mencionar—. Algo suelto.
—Bien, pero tendrás que echarle gasolina —dijo él.
Más tarde Pauline tuvo que hablar con él por teléfono. Jeffrey insistió en que lo hiciese.
—Porque a mí no me hará caso. Pensará que te he secuestrado o algo por el estilo. No lo creerá.
Pero lo más extraño de todo lo ocurrido aquel día fue que Brian pareció creerlo enseguida. De pie en el lugar donde ella había estado hacía no mucho tiempo, en el vestíbulo del edificio comunal —ya finalizado el juego de bingo, pero con gente que pasaba por allí, Pauline les oía salir del comedor tras la cena—, él dijo: «Ah. Ah. De acuerdo», con una voz que hubiera tenido que controlar apresuradamente, pero que parecía apelar a una dosis de fatalismo o de conocimiento previo que iba bastante más lejos de lo necesario.
Como si él hubiera sabido desde el principio, desde siempre, lo que podía ocurrir con ella.
—Bien —dijo él—. ¿Y qué pasa con el coche?
Luego añadió algo, algo imposible, y colgó, y ella salió de la cabina situada junto a unos surtidores de gasolina en Campbell River.
—Qué rápido —dijo Jeffrey—. Más fácil de lo que esperabas.
—No lo sé —respondió Pauline.
—Puede que lo supiese subconscientemente. La gente sabe estas cosas.
Ella sacudió la cabeza para pedirle que no dijera una palabra más, tras lo que él dijo: «Lo siento». Caminaron a lo largo de la calle sin tocarse ni hablarse.
Habían tenido que salir para buscar una cabina puesto que no había teléfono en la habitación del motel. Ahora, temprano por la mañana, al observar con calma a su alrededor —la primera sensación de calma y libertad que había tenido desde que entrara en esa habitación—, Pauline se fijó en que no había prácticamente nada en ella. Únicamente una birria de tocador, una cama sin cabecera, una silla tapizada y sin brazos, una persiana con la tablilla rota en la ventana y una cortina de plástico naranja que supuestamente debía parecerse a una red y que no necesitaba dobladillo porque estaba toscamente cortada por la parte inferior. Había un ruidoso aparato de aire acondicionado; Jeffrey lo había apagado por la noche y había dejado la puerta abierta con la cadena puesta, ya que la ventana estaba sellada. Ahora la puerta estaba cerrada. Debía de haberse levantado por la noche para cerrarla.
Esto era todo lo que ella tenía. Sus lazos con la casa donde Brian dormía o no dormía se habían roto, al igual que sus lazos con la casa que había sido la expresión de su vida con Brian, de la forma de vida que ellos habían elegido. Ya no tenía muebles. Ya no contaba con sus grandes y sólidas adquisiciones, como la lavadora y la secadora, mesa de roble, el armario ropero barnizado de nuevo y la lámpara de araña, imitación de una de un cuadro de Vermeer. Ni siquiera con 1as cosas que eran específicamente suyas: los vasos de cristal prensado que había coleccionado y la alfombra de oración, que por supuesto no era auténtica, pero sí preciosa. Especialmente ésos eran los objetos que había perdido. Incluso sus libros los habría perdido. Incluso su ropa. La falda, la blusa y las sandalias que había llevado en su viaje a Campbell River, muy bien podrían ser todo lo que quedaba a su nombre. Nunca volvería para reclamar. Si Brian se comunicaba con ella para preguntar lo que debía hacer con las cosas, ella le respondería que hiciera lo que quisiese; meterlas en bolsas de basura y llevarlas al vertedero, si era eso lo que quería. (En realidad, ella sabía que probablemente 1as metería en un baúl, cosa que hizo, y le enviaría escrupulosamente no sólo su abrigo de invierno y sus botas, sino también objetos como la faja que había llevado en su boda y que no había vuelto a ponerse, y la alfombra de oración cubriéndolo todo, como una declaración final de su generosidad, espontánea o calculada.)
Ella creía que nunca volvería a dar importancia al tipo de hábitaciones en las que tendría que vivir o al tipo de ropa que se pondría, No recurriría a esa clase de ayuda para dar pistas sobre quién era, o sobre cómo era. Ni siquiera para darse una idea a sí misma. Lo que había hecho sería suficiente, lo sería todo.
Lo que estaba haciendo era de lo que había oído hablar y de lo que había leído. Se trataba de lo que había hecho Ana Karenina y de lo que había deseado hacer Madame Bovary. Era lo que había hecho un profesor del instituto de Brian, escaparse con la secretaria. Se había fugado con ella. Era el nombre que esto recibía. Fugarse juntos. Escaparse juntos. Se hablaba de ello en tono despectivo, jocoso y con envidia. Era llevar un poco más allá el adulterio. La gente que lo hacía con certeza llevaba tiempo metida en el asunto, había cometido adulterio durante una larga temporada antes de desesperar o echarle el valor suficiente para dar ese paso. De vez en cuando una pareja podía afirmar que el amor que se habían profesado no se había consumado y era técnicamente puro, pero no sólo se les tomaría —si es que alguien los creyera— por muy serios y nobles, sino también por completamente insensatos; los meterían en el mismo saco que a aquellos que se arriesgan a dejarlo todo para marcharse a trabajar a un país pequeño y peligroso.
A los otros, a los adúlteros, se les consideraba irresponsables, inmaduros, egoístas o incluso crueles. También afortunados. Afortunados porque las relaciones sexuales que habían mantenido en coches aparcados, entre las altas hierbas, en sus respectivas y mancilladas camas matrimoniales o, más probablemente, en moteles como aquél, debían de haber sido espléndidas. De lo contrario, nunca habrían anhelado tanto el estar el uno con el otro a toda costa, ni habrían tenido tanta confianza en que su futuro compartido sería, en su conjunto, diferente y mejor que aquel otro que habían experimentado en el pasado.
De diferente clase. Eso era lo que Pauline debía de creer ahora; que existía esa gran diferencia en las vidas, en los matrimonios o en las uniones entre las personas. Que algunos de ellos tenían una necesidad, una predestinación que otros no tenían. Claro que un año antes hubiera dicho lo mismo. La gente decía esas cosas, parecía creerlas y creer que su caso era único, de una clase especial, aunque todos los demás opinaran lo contrario y les dijeran que no sabían de qué hablaban. Pauline no hubiera sabido de qué hablaba.
Hacía demasiado calor en la habitación. El cuerpo de Jeffrey era dema siado cálido. Parecía irradiar convicción y agresividad incluso durmiendo. Su torso era más grueso que el de Brian; estaba más rechoncho alrededor de la cintura. Los huesos estaban cubiertos por más carne, pero al tacto no era tan flácido. A rasgos generales no era tan guapo como Brian; estaba segura de que la mayoría de gente lo pensaría así. Y no era tan escrupuloso. Brian en la cama no olía a nada. Siempre que ella estaba con Jeffrey percibía que su piel tenía un olor a tostado, suavemente aceitoso, como a nuez. La noche anterior no se había lavado; pero, a decir verdad, tampoco ella. No hubo tiempo. ¿Por lo menos tendría un cepillo de dientes? Ella no. Pero no sabía que se iba a quedar allí.
Cuando se reunió con Jeffrey en este lugar, aún tenía metido en la cabeza que tendría que urdir una mentira como un templo de la que poder servirse cuando regresara a casa. Y que ella, ellos, debían darse prisa. Cuando Jeffrey le dijo que había decidido que debían quedarse juntos, que ella iría con él al estado de Washington, que tendrían que dejar la obra porque las cosas les resultarían demasiado difíciles en Victoria, lo observó con esa mirada vacía con la que uno se queda en el instante en que empieza un terremoto. Estaba preparada para darle las razones por las que no era posible, aún pensaba que iba a decírselo, pero en ese momento su vida iba a la deriva. Volver hacia atrás se ría como anudarse una soga al cuello.
Todo lo que dijo fue: «¿Estás seguro?».
Y él respondió: «Seguro». Lo dijo con sinceridad. «Nunca te abandonaré.»
Eso no era propio de él. Luego ella se dio cuenta de que había citado —quizá irónicamente— una frase de la obra. Era lo que Orfeo 1e dice a Eurídice al cabo de unos minutos de su primer encuentro en 1a estación.
Así es que su vida se estaba convirtiendo en una huida hacia adelante; ella se estaba convirtiendo en una de esas personas que huyen. Una mujer que escandalosa e incomprensiblemente lo abandonaba todo. Por amor, dirían con sarcasmo los observadores. Queriendo decir: por sexo. Nada de eso habría ocurrido si no fuera por el sexo.
Y, sin embargo, ¿qué diferencia puede haber? A pesar de lo que se diga, no es una práctica tan variable. Pieles, movimientos, contacto, resultados. Pauline no es una mujer de la cual sea difícil obtener resultados. Brian los obtenía. Probablemente cualquiera los obtendría, cualquiera que no fuera un completo inútil o un ser moralmente repugnante.
Pero, en verdad, nada es igual. Con Brian —en particular con Brian, a quien ella ha dedicado una especie de benevolencia egoísta, con quien ha vivido una complicidad marital— nunca puede existir ese despojarse, la inevitable huida, los sentimientos por los que ella no tiene que esforzarse sino sólo ceder, como respirar o morir. Eso, piensa Pauline, sólo puede ocurrir cuando la piel es la de Jeffrey, cuando los movimientos los realiza Jeffrey y el peso que ella siente sobre su cuerpo contiene el corazón de Jeffrey, al igual que sus costumbres, pensamiento, peculiaridades, su ambición y su soledad (todo lo cual, por lo que ella sabe, debe de estar en gran medida relacionado con su juventud).
Por lo que sabe. Hay mucho que ella desconoce. Apenas sabe nada sobre lo que le gusta comer, la música que le gusta escuchar o el papel que juega su madre en su vida (sin duda misterioso pero importante, al igual que el de los padres de Brian). Hay una cosa de la que está bastante segura: sean cuales sean sus preferencias/o prohibiciones, serán definitivas.
Se desliza de debajo de la mano de Jeffrey y de debajo de la sábana superior, que despide un fuerte olor a lejía, baja al suelo, donde está tirada la colcha, y rápidamente se envuelve en ese viejo trapo de felpilla amarillo verdoso. No quiere que él abra los ojos, la vea por detrás y se fije en lo caídas que tiene las nalgas. La ha visto desnuda en anteriores ocasiones, pero generalmente en momentos más indulgentes.
Se enjuaga la boca y se lava con la pastilla de jabón, que tiene el tamaño de dos onzas pequeñas de chocolate y está más duro que una piedra. Tiene la entrepierna irritada; está inflamada y apesta. Le cuesta orinar y parece que está estreñida. La noche anterior, cuando salieron a comprar hamburguesas, descubrió que no podía comer. Presumiblemente volverá a aprender a hacer esas cosas, que volverán a ocupar su justa importancia en su vida. Por ahora es como si fuera incapaz de prestarles atención.
Tiene algún dinero en su bolso. Debe salir y comprar un cepillo de dientes, pasta dentífrica, desodorante y champú. También una pomada vaginal. La noche anterior utilizaron condones las primeras dos veces, pero nada la tercera.
No trajo su reloj y Jeffrey no tiene. En la habitación no hay reloj, por supuesto. Le parece que es temprano; por la luz, aún tiene pinta de ser temprano, a pesar del calor. Probablemente las tiendas no estén abiertas, pero habrá algún sitio donde pueda tomarse un café.
Jeffrey se ha cambiado de lado. Ha debido de despertarlo por un instante.
Tendrán un dormitorio. Una cocina, una dirección. Él irá a trabajar. Ella irá a la lavandería automática. Quizá también vaya a trabajar. Venderá cosas, trabajará de camarera, dará clases particulares a estudiantes. Sabe francés y latín. ¿Enseñan latín y francés en los institutos estadounidenses? ¿Puedes conseguir un trabajo si no eres estadounidense? Jeffrey no lo es.
Le deja la llave. Tendrá que despertarlo para volver a entrar. No hay nada con lo que pueda o en lo que pueda escribir una nota.
Es temprano. El motel está en la autopista, en el extremo norte del pueblo, junto al puente. Todavía no hay tráfico. Arrastra los pies bajo los álamos durante bastante tiempo antes de que cualquier vehículo cruce el puente, a pesar de que los coches han hecho temblar la cama hasta altas horas de la madrugada.
Algo se acerca. Es un camión. Pero no sólo es un camión, sino una enorme y sombría realidad que viene hacia ella. Y no ha salido de la nada; ha estado a la espera, rondando cruelmente desde que se despertó o incluso durante toda la noche.
Caitlin y Mara.
Anoche, cuando estaba al teléfono, tras hablar de una manera tan calmada, controlada y con una voz casi agradable —como si se sintiese orgulloso de no escandalizarse, ni poner pegas ni rogar—, Brian estalló. Con desprecio y con rabia y sin preocuparse de quién le oyera, dijo:
—Bueno, ¿y qué pasa con las crías?
El auricular empezó a vibrar contra el oído de Pauline.
—Ya hablaremos... —dijo ella. Pero él no pareció oírla.
—Las niñas —dijo Brian, con la misma voz estremecida y rencorosa. Pasar de la palabra «crías» a «niñas» era como golpearla con una piedra; una amenaza grave, formal y severa—. Las niñas se quedan—dijo—. ¿Me has oído, Pauline?
—No —respondió ella—. Sí, te he oído pero...
—Muy bien. Me has oído. Recuérdalo. Las niñas se quedan.
Era su único recurso. Que viera lo que estaba haciendo, a lo que estaba poniendo fin, y castigarla si seguía adelante. Nadie lo culparía. Ella podría arreglárselas para conseguir algo, podría haber regateos por supuesto tendría que humillarse, pero ahí estaban los hechos como una piedra redonda y helada en su garganta, como una bala de cañón. Y permanecería ahí a no ser que ella cambiase de actitud de forma radical. Las niñas se quedan.
Su coche —suyo y de Brian— todavía estaba en el aparcamiento de motel. Brian tendría que pedirle hoy a su padre o a su madre que le llevaran hasta ahí para recogerlo. Pauline tenía las llaves en el bolso. Había un juego de sobra, seguro que él lo traería. Abrió la puerta y lanzó sus llaves sobre el asiento delantero, echó el pestillo por dentro y cerró.
Ahora no podía volver. No podía coger el coche y volver y decir que había cometido una locura. Si hacía eso, él la perdonaría pero nunca lo superaría, y ella tampoco. Aunque saldrían adelante, como hace la gente.
Salió del aparcamiento y caminó a lo largo de la calzada hacia el pueblo.
Ayer, el peso de Mara sobre su cadera. El atisbo de las pisadas de Caitlin en el suelo.
Pau. Pau.
No necesita las llaves para volver a ellas, no necesita el coche. Podría pedir que la llevaran por la autopista. Ceder, ceder, volver a ellas como sea, ¿cómo no va a hacerlo?
Una soga anudada al cuello.
Una elección que fluye, la elección de la fantasía se vierte sobre el suelo y se endurece al instante; ha tomado su forma innegable.
Este dolor agudo. Se hará crónico. Crónico significa que perdurará aunque tal vez no sea constante. También puede significar que no morirás de ello. No te librarás pero no te matará. No lo sentirás a cada minuto pero no permanecerás mucho tiempo sin que te haga una visita. Y aprenderás algunos trucos para mitigarlo o ahuyentarlo, tratando de no destruir aquello que tanto dolor te ha costado. No es culpa de él. Él es aún un ingenuo o un salvaje que no sabe que en el mundo existe un dolor tan perdurable. Debes decirte: de todas formas las perderás. Crecen. A una madre siempre le espera esa desolación privada y ligeramente ridícula. Olvidarán estos tiempos y de una forma o de otra renegarán de ti. O seguirán pegadas a tus faldas hasta que no sepas qué hacer con ellas, como le pasó a Brian.
Y, aun así, qué dolor. Seguir viviendo y acostumbrarse hasta que sólo sea el pasado lo que duela, y no cualquier presente posible. Sus hijas han crecido. No la odian. Por haberse marchado o no haber vuelto. Tampoco la perdonan. De cualquier manera, probablemente nunca la habrían perdonado, pero sería por alguna otra cosa.
Caitlin tiene pocos recuerdos del verano en la playa. Mara no recuerda nada. Un día, Caitlin se lo menciona a Pauline, refiriéndose a ello como «ese sitio al que iban la abuela y el abuelo».
—El lugar en el que estábamos cuando te marchaste —dice—. Lo único es que no supimos hasta más tarde que habías huido con Orfeo.
—No era Orfeo —dice Pauline.
—¿No era Orfeo? Papá solía decir que era Orfeo. Decía: «Y entonces tu madre se fugó con Orfeo».
—Bromearía —dijo Pauline.
—Siempre creí que se trataba de Orfeo. Entonces era otra persona.
—Se trataba de otra persona relacionada con la obra. Alguien con quien viví durante una temporada.
—Pero no Orfeo.
—No. Nada que ver con él.
(1) “Toom, not Tomb” (nota de LMQ)
Nota previa. Este blog apenas tiene visitantes, pero hay que reconocer que los poquísimos que tiene son de calidad. Me quejaba yo aquí de mi incapacidad para encontrar en la red cuentos en español de Alice Munro y de Eudora Welty. Pues en sólo dos días un visitante anónimo ha puesto a mi alcance dos cuentos en castellano de la Munro. Sólo puedo decir: MUCHAS GRACIAS.
Alice Ann Munro, cuentista canadiense (aunque tiene también publicada una novela corta) es uno (uso genérico masculino ya que esto engloba a los hombres también) de los grandes de la literatura contemporánea. Con Cinthya Ozick y Mavis Gallant (a la que Munro considera su maestra) forman la cumbre indiscutible del cuento actual en cuanto a autoras (y las tres se encuentran muy cómodas en esa cumbre cuando se incluye también a los autores).
El mundo de la mujer y la sociedad canadiense contemporánea forman parte del escenario habitual en su obra.
Una autora que no necesita premios otorgados por jurados mediocres para pasar a la historia de la Literatura.
La pequeña novia. Yo tenía veinte años, medía metro setenta y pesaba algo más de sesenta kilos, pero algunas personas —la esposa del jefe de Chess, la secretaria de mayor edad de su oficina y la señora Gorrie, la de arriba— me llamaban la pequeña novia. Algunas veces, nuestra pequeña novia. Chess y yo bromeábamos con ello, pero en público él respondía con una mirada de cariño y afecto. Yo, por mi parte, con un mohín sonriente: tímida y conformista.
Vivíamos en un sótano en Vancouver. La casa no pertenecía a los Gorrie, como yo había pensado en un principio, sino a Ray, el hijo de la señora Gorrie. De vez en cuando venía a arreglar cosas. Entraba por la puerta del sótano, igual que Chess y yo. Era un hombre delgado, estrecho de hombros, quizá de treinta y tantos años, y que siempre llevaba consigo una caja de herramientas y la gorra de trabajo. Andaba encorvado, lo que tal vez estaba relacionado con la necesidad de agacharse cuando se dedicaba a sus chapuzas de fontanería, electricidad y carpintería. Su rostro era amarillento y tosía muchísimo. Cada tosido suponía una afirmación independiente y discreta que definía su presencia en el sótano como una intrusión necesaria. No se disculpaba por estar allí, pero tampoco se movía por aquel lugar como si le perteneciese. Sólo hablaba con él cuando llamaba a la puerta para decirme que iba a cortar el agua o la luz durante un rato. El alquiler se lo pagábamos en efectivo a la señora Gorrie todos los meses. No sé si ella le pasaba todo el dinero o se quedaba un poco para cubrir sus gastos. Porque de no ser así, todo lo que tenían ella y el señor Gorrie —fue ella quien me lo dijo— era la pensión del señor Gorrie. No la de ella. Todavía no soy lo bastante mayor, dijo.
La señora Gorrie, siempre gritaba por las escaleras para ver cómo estaba Ray y preguntar si le apetecía una taza de té. Él siempre respondía que estaba bien y que no tenía tiempo. Decía que su hijo trabajaba demasiado, como ella. Siempre intentaba colarle algún postre casero, como galletas, pan de jengibre o confituras, al igual que hacía conmigo. Ray respondía que acababa de comer o que en casa tenía de todo. Yo también me resistía, pero al séptimo u octavo intento, cedía. Me avergonzaba mucho seguir diciendo que no después de tanta insistencia y de sus caras largas. Admiraba la forma en que Ray se empeñaba en decir que no. Ni siquiera decía «no, madre». Sencillamente, no.
Luego la señora Gorrie solía buscar algún tema de conversación.
—¿Qué me cuentas? ¿Tienes alguna novedad emocionante?
Nada especial. No lo sé. Ray nunca se mostraba brusco o irritable pero tampoco le permitía ninguna confianza. Su salud era buena. Su resfriado iba mejorando. A la señora Cornish y a Irene también les iba bien siempre.
La señora Cornish era una mujer en cuya casa vivía él, en algún sitio de la parte este de Vancouver. Ray siempre tenía alguna chapuza que hacer en casa de la señora Cornish, al igual que en la nuestra, por esa razón tenía que marcharse tan pronto como acababa el trabajo. También ayudaba a cuidar a la hija de la señora Cornish, Irene, que estaba en una silla de ruedas. Tenía parálisis cerebral. «La pobrecilla», decía la señora Gorrie después de que Ray le dijese que Irene estaba bien. Ella nunca le reprochaba en su cara el tiempo que pasaba con la niña enferma, sus salidas al parque Stanley o las excursiones vespertinas para ir a comprar helado. (Lo sabía de sobra porque a veces hablaba por teléfono con la señora Cornish.) Pero a mí me decía: «No puedo evitar pensar en la pinta que debe de tener la chica con el helado corriéndole por la cara. No lo puedo evitar. La gente debe quedarse boquiabierta mirándoles».
Ella comentaba que cuando sacaba al señor Gorrie en su silla de ruedas la gente les observaba (el señor Gorrie había sufrido un ataque de apoplejía), pero era diferente porque fuera de casa no se movía ni emitía sonido alguno y ella procuraba que tuviera un aspecto presentable, mientras que Irene no hacía más que dar bandazos y balbucir gaguelag-gaguelag-gaguelag. La pobre no podía remediarlo.
La señora Cornish debería tener algún tipo de plan, decía la señora Gorrie. ¿Quién iba a cuidar de esa niña lisiada cuando ella ya no estuviera?
—Debería existir una ley que impidiese casarse a una persona sana con otra en ese estado, pero por ahora no la hay.
Cuando la señora Gorrie me invitaba a tomar un café, yo nunca quería subir. Estaba ocupada con mi propia vida en el sótano. A veces, cuando llamaba a mi puerta, hacía como que no estaba. Pero para eso tenía que apagar las luces y cerrar la puerta en cuanto la oía abrir la suya en lo alto de las escaleras y luego permanecer inmóvil mientras ella daba golpecitos a la puerta con sus uñas y gorjeaba mi nombre. También tenía que mantener un silencio absoluto y no tirar de la cadena del retrete en una hora. Si le decía que tenía muchas cosas que hacer, que no tenía tiempo, ella se reía y preguntaba:
—¿Qué cosas?
—Escribir cartas.
—Siempre escribiendo cartas —decía ella—. Pues sí que echas de menos tu casa.
Sus cejas eran de color rosa, una variante del rojo rosáceo de su pelo. No me parecía que el pelo pudiera ser natural, pero ¿cómo podía teñirse las cejas? Su rostro era delgado, con coloretes, vivaz, y sus dientes, largos y brillantes. Su avidez de simpatía, de tener compañía, no tenía límite. La primera mañana en que Chess me llevó a ese apartamento, tras esperarme en la estación de tren, llamó a nuestra puerta con un plato de galletas y su voraz sonrisa. Yo todavía llevaba puesto mi gorro de viaje y a Chess le interrumpió justo cuando comenzaba a sacarme la combinación. Las galletas estaban secas y duras, glaseadas de rosa brillante en honor de mi matrimonio. Chess le habló con brusquedad. Sólo tenía media hora antes de volver al trabajo y para cuando pudo deshacerse de ella ya no quedaba tiempo para que continuase con lo que había empezado. Así es que se comió las galletas, una tras otra, quejándose de que sabían a serrín.
—Tu maridito es muy serio —me decía la señora Gorrie—. Me hace gracia cuando me lanza esa mirada tan seria al entrar y al salir.
Me gustaría decirle que se lo tome con calma, no tiene por qué cargar con el mundo a sus espaldas.
A veces tenía que seguirla hasta arriba, dejando a un lado mi libro o el párrafo que estaba escribiendo. Nos sentábamos en su mesa de comedor, que tenía un mantel de encaje y un espejo octogonal en el que se reflejaba un cisne de cerámica. Bebíamos el café en tazas de porcelana y comíamos en platitos a juego (más y más de aquellas galletas, de los pegajosos pasteles de pasas o de los bollitos tan pesados) y utilizábamos unas pequeñas servilletas bordadas para quitarnos las migas de los labios. Yo me sentaba frente a un aparador en el que la señora Gorrie exponía una gama entera de vasos de calidad, de juegos para la leche y el azúcar y para la sal y la pimienta, demasiado pequeños o ingeniosos para el uso diario, así como unos diminutos jarrones, una tetera que imitaba una casita con tejado de paja y unos candelabros en forma de lirios. Una vez al mes la señora Gorrie le daba un repaso al aparador y lo lavaba todo. Eso me dijo. Hablaba y hablaba sobre mi futuro, sobre la casa y el futuro que pensaba que yo tendría, y cuanto más hablaba ella, más sentía yo un peso de plomo sobre mis miembros y más ganas me entraban de bostezar allí, a media mañana, y de poder arrastrarme y esconderme y dormir. Pero de puertas afuera mostraba mi admiración por todo aquello. Por lo que contenía el aparador, por la vida rutinaria de la señora Gorrie como ama de casa, por los conjuntos que se ponía cada mañana, siempre a juego. Faldas y jerseys en tonos malva o coral, pañuelos de seda artificial que armonizaban con la ropa.
—Siempre vístete antes que nada, como si fueses a irte a trabajar, y arréglate el pelo y maquíllate —me decía; más de una vez me había pillado en camisón—, y después siempre puedes ponerte un delantal por encima si tienes que hacer la colada o cocinar. Te sube la moral.
Y siempre ten algo cocinado por si te viene una visita. (Por lo que yo sé, jamás tuvo más invitados que yo; y a duras penas podría decirse que la visitara por iniciativa propia.) Y nunca sirvas el café en tazas de desayuno.
Aunque nunca se mostraba demasiado explícita. Era «yo siempre...» o «a mí me gusta...» o «creo que resulta más agradable...».
—Incluso cuando vivía en tierras salvajes me gustaba... —y entonces mi urgencia de bostezar o gritar disminuyó por un instante. ¿En qué tierras salvajes había vivido? ¿Y cuándo?
—Lejos, arriba en la costa —dijo—. En mi tiempo yo también fui novia. Viví allá muchos años. En Union Bay. Pero aquel lugar no erademasiado salvaje. La isla de Cortés.
Pregunté dónde estaba eso y ella respondió: «Ah, por ahí arriba».
—Eso sí que debió de ser interesante —dije yo.
—Bueno, interesante —dijo ella—... si se puede decir que los osos son interesantes. O que los pumas son interesantes. La verdad es que yo personalmente prefiero un poquito de civilización.
El comedor estaba separado del cuarto de estar por unas puertas corredizas de roble. Siempre quedaban a medio abrir, de modo que la señora Gorrie, sentada al extremo de la mesa, pudiera tener a la vista al señor Gorrie, sentado en su sillón frente a la ventana del cuarto de estar. Se refería a él como «mi marido en la silla de ruedas», pero lo cierto es que únicamente estaba en la silla de ruedas cuando ella lo llevaba a dar un paseo. No tenían aparato de televisión, la televisión era aún casi una novedad en aquellos tiempos. El señor Gorrie estaba allí sentado y observaba la calle y el parque de Kitsilano, al otro lado de la calle, y la ensenada de Burrard, aún más allá. Podía ir al baño él solo con un bastón en una mano y agarrándose al respaldo de las sillas o apoyándose en la pared con la otra. Una vez dentro se las arreglaba solo, aunque le llevaba mucho tiempo. Y la señora Gorrie decía que a veces tenía que fregar un poco.
Lo único que yo podía ver de vez en cuando del señor Gorrie era la pernera de un pantalón estirada sobre el sillón de color verde brillante. Una o dos veces, estando yo allí, tuvo que hacer el camino, medio arrastrándose y a trompicones, hasta llegar al baño. Era un hombre grande: cabeza grande, hombros anchos, huesos robustos.
Yo no le miraba a la cara. La gente que había quedado paralítica por un derrame cerebral o una enfermedad me parecía de mal agüero, me recordaba algo feo. Lo que yo evitaba no era el panorama que ofrecía la inutilidad de sus miembros u otras señales físicas de su horrible suerte, sino el de sus ojos humanos.
Creo que él tampoco me miraba aunque la señora Gorrie le gritaba que había venido una visita del piso de abajo. Emitía un gruñido, que quizá fuera lo más que podía hacer a modo de saludo, o de rechazo.
En nuestro apartamento había dos habitaciones y media. Lo alquilamos amueblado y, como era de suponer en estos casos, eso significaba que estaba medio amueblado con enseres que en otras circunstancias se habrían tirado. Recuerdo el suelo del cuarto de estar, cubierto con cuadrados y rectángulos sobrantes de linóleo: todos los diferentes colores y formas unidos unos con otros y bordados como un absurdo edredón de franjas metálicas. Y había un horno de gas de la cocina que se alimentaba de monedas de veinticinco centavos. Nuestra cama estaba metida en un recodo de la cocina y cabía allí tan justa que había que encaramarse a ella desde el pie. Chess había leído que ésta era la forma en que las chicas de un harén tenían que entrar en la cama del sultán, venerando primero sus pies y luego arrastrándose hacia arriba, rindiendo homenaje a las otras partes de su cuerpo. A veces jugábamos a ese juego.
Siempre dejábamos una cortina cerrada al pie de la cama para separar el recodo de la cocina. En realidad se trataba de una vieja colcha, una tela escurridiza con flecos que por uno de los lados era de color beige amarillento, con un estampado de rosas rojas y hojas verdes, y por el otro tenía franjas diagonales rojas y verdes estampadas, como en una aparición fantasmal, con flores y follaje sobre el beige. Aquella cortina la recuerdo con mayor intensidad que cualquier otra cosa del apartamento. Y no es de extrañar. En pleno frenesí sexual y durante el posterior respiro tenía aquella tela frente a mis ojos, y así llegó a convertirse en un recordatorio de lo que me gustaba del matrimonio: la recompensa por el imprevisto insulto de ser una pequeña novia y por la peculiar amenaza de un aparador lleno de vajilla de porcelana.
Ambos, Chess y yo, proveníamos de hogares en los que el sexo prematrimonial se consideraba algo vergonzoso e imperdonable y en los que el sexo matrimonial no se mencionaba nunca y se olvidaba pronto. Estábamos justo al final de la época en que así se veían las cosas, aunque no éramos conscientes de ello. Una vez, la madre de Chess encontró condones en la maleta de su hijo y se fue llorando al padre. (Chess dijo que los repartían en el campamento donde había recibido su instrucción militar universitaria, lo cual era cierto, y que se había olvidado totalmente de ellos, lo cual era mentira.) De modo que tener un lugar propio y una cama propia donde hacer lo que quisiéramos nos parecía maravilloso. Si estábamos juntos era —y nunca se nos ocurrió que la gente mayor, nuestros padres, nuestras tías y tíos, estuvieran juntos por la misma razón— por pura lujuria. Nos parecía que el único afán de los mayores era de casas, de propiedad, de máquinas cortadoras de césped y congeladores y muros de contención; y, por supuesto, en lo referente a las mujeres, de bebés. Todas esas cosas, pensábamos, las elegiríamos o no elegiríamos en el futuro. Nunca creímos que nada de eso nos llegaría inexorablemente, como la edad o el tiempo.
Y ahora que me paro a pensarlo con sinceridad, no nos llegó. Nada llegó sin nuestra elección. Ni siquiera el embarazo. Corrimos el riesgo, aunque únicamente para ver si de verdad éramos adultos, para ver si realmente podía ocurrir.
Otra cosa que hacía tras la cortina era leer. Leía libros que cogía de la biblioteca de Kitsilano, que se encontraba a unas manzanas de casa. Y cuando estaba allí tendida boca arriba en aquel estado de asombro que me podía producir un libro, un vértigo generado por las riquezas de lo que digería, lo que veía era aquellas franjas. Y no sólo los personajes y la trama, sino también el clima creado por el libro impregnaba las flores artificiales y fluía a lo largo del arroyo del vino tinto o del verde lóbrego. Leía libros pesados cuyos títulos ya me eran familiares y que tenían un cierto halo místico —incluso llegué a tratar de leer Los novios—, y entre aquellos platos fuertes leía también las novelas de Aldous Huxley y de Henry Green, y Al faro, El fin de Chéri o Ha muerto un corazón. Devoraba uno tras otro sin establecer un criterio de preferencias, rindiéndome ante ellos de la misma forma que lo había hecho con los libros leídos en la infancia. Todavía me encontraba en una etapa de convulso apetito, mi voracidad era casi angustiosa.
Pero se había añadido una nueva complicación respecto a las lecturas de infancia, y es que yo tenía que ser escritora además de lectora. Compré un cuadernillo escolar e intenté escribir; y sí que escribí: páginas que comenzaban con autoridad y que luego se marchitaban, de modo que acababa arrancándolas y las retorcía en severo castigo y las tiraba al cubo de la basura. Lo hice una y otra vez hasta que sólo me quedó la cubierta del cuadernillo. Luego compré otro y comencé el proceso una vez más. Siempre el mismo ciclo: emoción y desesperanza, emoción y desesperanza. Era como tener un embarazo secreto y un aborto no provocado cada semana.
Aunque tampoco secreto del todo. Chess sabía que yo leía mucho y que intentaba escribir. Él no se oponía. Pensaba que era razonable, que yo posiblemente podría aprender. Se requería mucha práctica pero podía adquirirse un cierto dominio, como en el bridge o en el tenis. No le agradecí esa generosa confianza. Simplemente se añadió a la farsa de mis desastres.
Chess trabajaba para una cadena de alimentación al por mayor. Había pensado en ser profesor de historia, pero su padre le había persuadido de que con la enseñanza no habría forma de mantener a una esposa y abrirse camino en la vida. Su padre le había ayudado a conseguir el trabajo, pero también le había dicho que una vez hubiese entrado, no debía esperar ningún trato de favor. No lo hizo. Durante aquel primer invierno de nuestro matrimonio, se marchaba de casa antes de amanecer y no volvía hasta después de anochecer. Trabajaba duro sin preguntarse si el trabajo que realizaba encajaba con sus intereses de antes o si perseguía algún objetivo en el que hubiera creído alguna vez. El único objetivo era conducirnos a los dos a esa vida de máquinas cortadoras de césped y congeladores que pensábamos que no nos interesaba. Si me hubiera parado a pensarlo, su sumisión me habría maravillado. Su desenfadada, se podría decir galante, sumisión.
Pero al fin y al cabo, pensaba yo, esto es lo propio de los hombres.
Salía a buscar trabajo. Si no llovía demasiado, caminaba hasta la tienda, compraba un periódico y leía los anuncios mientras bebía una taza de café. Luego me ponía en marcha, aunque lloviznara, para dirigirme a los lugares en los que solicitaban una camarera, una dependienta o una trabajadora para una fábrica; cualquier trabajo que no requiriese específicamente mecanografía o experiencia. Cuando llovía mucho, cogía un autobús. Chess decía que no debía ir a pie para ahorrar dinero, que debía coger siempre el autobús. Mientras yo ahorraba dinero, decía él, otra chica podía conseguir el trabajo.
En realidad, eso es lo que yo esperaba. Nunca lamentaba oírlo. A veces llegaba al destino y permanecía de pie en la acera, fijándome en las tiendas de ropa femenina, con sus espejos y su enmoquetado de color claro, u observaba a las muchachas que bajaban las escaleras a la hora del almuerzo desde una oficina que necesitaba una oficinista que hiciera labores de archivo. Yo ni siquiera entraba; sabía que mi pelo, mis uñas y mis zapatos planos y viejos jugarían en mi contra. Y me sentía igualmente intimidada por las fábricas: escuchaba el ruido de las máquinas que funcionaban en los edificios donde se embotellaban refrescos o donde se fabricaban los adornos de navidad y veía las bombillas desnudas que colgaban de los altísimos techos. Mis uñas y los tacones bajos allí no tendrían importancia alguna, pero mi torpeza y mi estupidez mecánica provocarían tacos y la gente me gritaría (escuchaba también los gritos dando órdenes por encima del ruido de las máquinas). Me humillarían y me echarían. Ni siquiera me creía capaz de aprender a hacer funcionar una caja registradora. Una vez, el encargado de un restaurante parecía interesado de verdad en contratarme y me preguntó: «¿Cree que podría aprender a usarla?». Respondí que no. Me miró como si nunca antes hubiera oído a nadie reconocer una cosa así. Pero dije la verdad. No pensaba que pudiera aprender las cosas con prisas o en público. Me quedaría paralizada. Las únicas cosas que podría aprender con facilidad eran cosas como lo enrevesado de la Guerra de los Treinta Años.
La verdad es, claro está, que no tenía por qué hacerlo. Al nivel básico en el que vivíamos, Chess podía mantenerme. Yo no tenía que exponerme al mundo exterior porque él ya lo había hecho. Los hombres tenían que hacerlo.
Pensaba que tal vez pudiera arreglármelas en la biblioteca, de modo que fui a preguntar aunque no habían puesto un anuncio. Una mujer escribió mi nombre en una lista. Se mostró amable pero no alentadora. Después fui a las librerías, eligiendo bien aquellas que me parecía que no tenían caja registradora. Cuanto más vacía y desordenada, mejor. Los dueños fumaban o dormitaban en sus mesas, las librerías de segunda mano olían a gato.
—En invierno no tenemos suficiente trabajo —decían.
Una mujer me dijo que podía intentarlo en primavera.
—Aunque por esa época tampoco solemos estar muy ocupados.
El invierno en Vancouver era distinto de cualquier otro invierno que yo hubiera conocido. No había nieve, ni siquiera nada parecido a un viento frío. Al mediodía, en el centro, olía a algo así como a azúcar quemado, creo que tenía que ver con los cables eléctricos de los tranvías. Caminaba por la calle Hastings, en la que nunca había mujeres, únicamente borrachos, vagabundos, mendigos ancianos y chinos que arrastraban los pies. Nadie me decía cosas desagradables. Caminaba ante almacenes, descampados invadidos por la maleza en los que no había ni un alma a la vista. O cruzaba Kitsilano, con sus altas casas de madera donde la gente vivía apretujada y con estrecheces, como nosotros, hasta llegar al ordenado distrito de Dunbar, con sus bungalós de estuco y sus árboles desmochados. Caminaba por Kerrisdale, donde aparecían los árboles de más clase, abedules que se elevaban sobre el césped. Vigas de estilo Tudor, simetría georgiana, fantasías a lo Blancanieves con imitaciones de techos de paja. O quizás auténticos techos de paja, ¿quién podía saberlo?
En todos esos lugares donde vivía la gente se encendían las luces hacia las cuatro de la tarde y luego se encendían las farolas, se encendían las luces de los trolebuses y a menudo también las nubes se desbarataban al oeste, sobre el mar, y daban paso a los rayos rojos de la puesta de sol, y en el parque, que yo rodeaba para ir a casa, las hojas de los arbustos de invierno brillaban en el aire húmedo del atardecer rosado. La gente que había ido de compras volvía a casa, la gente que trabajaba pensaba en marcharse a casa, la gente que había estado todo el día en casa salía a dar un pequeño paseo para que el hogar pareciera más atractivo a su vuelta. Me topaba con mujeres con carritos para el bebé y con críos llorosos y no se me ocurría que muy pronto me encontraría en su lugar. Tropezaba con ancianos con sus perros y con otros viejos que se movían lentamente o en sillas de ruedas que empujaban sus parejas o sus acompañantes. Un día me encontré a la señora Gorrie que empujaba al señor Gorrie. Llevaba puesta una capa y una boina de suave lana púrpura (a estas alturas ya sabía que ella se hacía la mayor parte de su ropa) y mucho colorete. El señor Gorrie llevaba una gorra de visera y una gruesa bufanda que le envolvía el cuello. La voz con la que ella me saludó era chillona y decidida, la de él, ni siquiera existía. El hombre no parecía disfrutar del paseo. Pero a la gente que va en silla de ruedas raramente se le nota más que resignación. Algunos parecen ofendidos y descaradamente desagradables.
—Vamos a ver, cuando te vimos en el parque el otro día —me preguntó la señora Gorrie—, ¿no vendrías de buscar trabajo, verdad?
—No —dije, mintiendo. Mi instinto me decía que le mintiera siempre.
—Ah, menos mal. Porque quería decirte, ya sabes, que si vas a buscar un trabajo deberías arreglarte un poquito. Bueno, eso ya lo sabes.
Lo sé, dije.
—No puedo entender la manera como algunas mujeres salen de casa hoy en día. Yo nunca saldría con mis zapatos sin tacón y sin estar maquillada, aunque sólo fuera a la tienda de ultramarinos. Y más aún si fuese a buscar un trabajo.
Sabía que yo mentía. Sabía que me quedaba inmóvil al otro lado de la puerta del sótano sin responder a su llamada. No me habría extrañado que husmeara en nuestra basura, que descubriese y leyese las hojas estrujadas y desordenadas donde se encontraban repartidos mis prolijos desastres. ¿Por qué no tiraba la toalla? No podía. Yo era toda una pieza de caza para ella; quizá mis peculiaridades, mi ineptitud, estaban a la altura de la actitud dañina de la señora Gorrie, y lo que no se podía corregir había que tolerarlo.
Un día en que me encontraba en la parte central del sótano haciendo nuestra colada, ella bajó las escaleras. Todos los martes me permitía usar su lavadora de rodillos y su fregadero para hacer la colada.
—¿Se ha presentado ya alguna oportunidad de trabajo? —preguntó, y sin pensarlo respondí que en la biblioteca me habían dicho que podría haber algo para mí en el futuro. Pensé que podría simular que iba allí a trabajar; podría ir y sentarme todos los días en una de las mesas largas, leer o incluso intentar escribir, como ya había hecho antes en ciertas ocasiones. Por supuesto se descubriría el pastel si a la señora Gorrie alguna vez se le ocurría entrar en la biblioteca, pero no sería capaz de empujar al señor Gorrie tan lejos, cuesta arriba. O si en alguna ocasión le mencionaba a Chess lo de mi trabajo, pero no creía que fuera a hacerlo. Decía que a veces tenía miedo de saludarle, siempre parecía tan malhumorado.
—Bueno, tal vez mientras tanto —dijo ella—... se me ha ocurrido que quizá mientras tanto te gustaría tener un trabajito sentándote por las tardes con el señor Gorrie.
Añadió que le habían ofrecido un trabajo para echar una mano tres o cuatro tardes a la semana en la tienda de regalos del hospital Saint Paul.
—No es un trabajo pagado, te habría mandado a ti a preguntar por él —dijo—. Es un trabajo voluntario. Pero el médico dice que me vendría bien salir de casa. «Vas a acabar físicamente agotada», me dijo. No es que necesite el dinero, Ray se porta muy bien con nosotros, he pensado que sólo es un poco de trabajo voluntario...
Miró dentro del fregadero y vio las camisas de Chess en la misma agua clara que mi camisón de flores y nuestras sábanas de un azul pálido.
—Vaya por Dios —dijo—. ¿No habrás puesto lo blanco y lo de color junto, verdad?
—Sólo la ropa de color de tonos suaves —dije—. No destiñe.
—La ropa de color de tonos suaves no deja de ser ropa de color —dijo ella—. Crees que así las camisas salen blancas, pero no quedan tan blancas como debieran.
Dije que lo recordaría la próxima vez.
—Es una cuestión de cómo trata una a su hombre —dijo, con su risita escandalizada.
—A Chess no le importa —dije yo, sin saber que eso sería cada vez menos cierto a medida que pasaran los años, inconsciente de que esos trabajos que entonces parecían incidentales, tan poquita cosa, se desplazarían desde la periferia de mi vida hacia un lugar central y de primera fila.
Cogí el trabajo de cuidar al señor Gorrie por las tardes. Sobre una mesita junto a su sillón de color verde se extendía una toalla de manos —por si caían unas gotas— sobre la que descansaban sus frascos de pastillas, sus jarabes y un pequeño reloj para que supiera la hora. En la mesa del otro lado se amontonaba material de lectura: el periódico de la mañana, el periódico de la noche anterior, ejemplares de Life, de Look y de Maclean’s, que por entonces eran revistas grandes y blandas. En el estante inferior de aquella mesa había un montón de álbumes de recortes del tipo que usan los niños en el colegio, de un grueso papel oscuro y el filo áspero. Había trozos de papel de prensa y fotografías que sobresalían. Eran álbumes de recortes que el señor Gorrie había ido guardando con el paso de los años, hasta que tuvo el ataque y ya no pudo seguir recortando. En el cuarto había una estantería, pero todo lo que contenía era más revistas y más álbumes de recortes y medio estante con libros de texto de secundaria que probablemente pertenecieran a Ray.
—Siempre le leo el periódico —me dijo la señora Gorrie—. Aún puede leer, pero no es capaz de sostenerlo con las manos y sus ojos se cansan.
De modo que le leía al señor Gorrie mientras la señora Gorrie, bajo un paraguas de flores, se marchaba alegremente hacia la parada del autobús. Le leía la página de deportes, las noticias locales, las internacionales y todo sobre asesinatos, robos y el mal tiempo. Le leía las cartas al director, las cartas a un doctor que daba consejos médicos, las cartas a Ann Landers y sus respuestas. Parecía que las noticias deportivas y Ann Landers eran lo que más interés despertaba en él. En ocasiones pronunciaba mal el nombre de un jugador o confundía la terminología a propósito, de tal forma que lo que yo leía carecía de sentido y entonces él me indicaba con insatisfechos gruñidos que lo intentase otra vez. Cuando le leía la página de deportes siempre se mostraba nervioso, concentrado y con el ceño fruncido. Pero cuando le leía a Ann Landers, su cara se relajaba y hacía ruidos que me parecían de agradecimiento, como un murmullo y un profundo resoplido. Hacía estos ruidos especialmente cuando las cartas tocaban un asunto trivial o específicamente femenino (una mujer escribió que su cuñada pretendía hacerle creer que había cocinado una tarta a pesar de que al servirla todavía conservaba la blonda de la pastelería) o cuando mencionaban —con la gran cautela de aquellos tiempos— un asunto sexual.
Durante la lectura del editorial o la pesadez sobre lo que habían dicho los rusos y los estadounidenses en las Naciones Unidas, se le caían los párpados —o, mejor dicho, se le caía el párpado de su ojo bueno casi del todo, y el que estaba sobre el ojo malo se le caía ligeramente— y los movimientos del pecho se volvían más ostensibles, de manera que yo me detenía durante un instante para ver si se había quedado dormido. Y entonces hacía otro tipo de ruido, brusco y de reprobación. A medida que me fui acostumbrando a él, y él a mí, este ruido comenzó a parecer menos una reprobación y más una confirmación. Y esa confirmación no sólo lo era de que no estaba dormido, sino también de que en ese momento no se estaba muriendo.
La posibilidad de que pudiera morirse frente a mí era, en un principio, una idea terrible que no se me iba de la cabeza. ¿Por qué no podía morirse, cuando al fin y al cabo ya parecía medio fiambre? Con su ojo malo como una piedra bajo el agua turbia y un lado de la boca medio abierta, mostrando sus horribles dientes (la mayoría de ancianos usaban dentadura postiza entonces), con los empastes de color negro que amenazaban a través del húmedo esmalte. Su mera existencia en el mundo me parecía un error que podía ser borrado del mapa en cualquier momento. Pero, todo hay que decirlo, me acostumbré a él. Era un hombre enorme —de cabeza majestuosa y ancho pecho de trabajador, con una mano derecha en la que no tenía ninguna fuerza y que postraba sobre su muslo cubierto por un pantalón largo— que ocupaba toda mi visión mientras yo leía. Era como una reliquia, un viejo guerrero de los tiempos de los bárbaros. Erik Hacha Sangrienta. El rey Canuto.
Mi fuerza se consume rápidamente, dijo el rey del mar a sus hombres.
Nunca volveré a surcar los mares de nuevo como un conquistador.
Así es como era. Como una mole medio hundida que hacía peligrar los muebles y que golpeaba las paredes al abrirse paso para ir al baño. Su olor no era rancio pero tampoco era el de un jabón infantil o el de unos perfumados polvos de talco; era un olor a ropa gruesa con restos de tabaco (aunque ya no fumaba) y de piel sin respirar que me hacía pensar en algo denso y curtido, con sus excreciones señoriales y su calor animal. Tenía un olor a orina suave pero persistente que, de hecho, me habría repugnado en una mujer pero que en su caso no sólo parecía excusable sino, en cierto modo, la expresión de un antiguo privilegio. Cuando entraba en el baño después de que él hubiera estado allí, era como entrar en la guarida de una bestia infecta pero todavía poderosa.
Chess me decía que perdía el tiempo haciendo de canguro para el señor Gorrie. Ahora el tiempo se despejaba y los días se hacían más largos. Las tiendas cambiaban sus escaparates, despertaban de su letargo invernal. La gente se encontraba más dispuesta a ofrecer un trabajo. De modo que debía salir a buscar un trabajo en serio. La señora Gorrie sólo me pagaba cuarenta centavos la hora.
—Pero se lo prometí —dije.
Un día él me contó que la había visto bajar de un autobús. La vio desde la ventana de su oficina. Y para nada se trataba de un lugar cercano al hospital Saint Paul.
—A lo mejor estaba en medio de un descanso —dije.
—Nunca la había visto antes fuera de la casa a plena luz del día. Por Dios —dijo Chess.
Le sugerí al señor Gorrie sacarle a dar un paseo en su silla de ruedas ahora que mejoraba el tiempo. Pero rechazó la idea emitiendo unos ruidos que me convencieron de que le resultaba desagradable que le empujasen la silla en público, o quizá que lo hiciera una persona como yo, que obviamente había sido contratada para realizar el trabajo.
Yo había interrumpido la lectura del periódico para sugerírselo y al intentar continuar hizo un gesto y otro ruido, diciéndome que estaba harto de oírme. Dejé el periódico. Hizo señas con su mano sana señalando el montón de álbumes de recortes que estaban en el estante inferior de la mesa junto a él. Hizo más ruidos. Sólo puedo describir estos ruidos como gruñidos, bufidos, carraspeos, ladridos, refunfuños. Pero a estas alturas casi me sonaban a palabras. Y es que sonaban como las palabras. No sólo las escuchaba como afirmaciones y demandas perentorias («no quiero», «ayúdame», «déjame ver qué hora es», «necesito beber algo»), sino también como proclamas más complejas: «Por todos los santos, ¿por qué no cerrará la boca ese perro?» o «mucho ruido y pocas nueces» (esto último, después de haber leído yo algún discurso o un editorial del periódico).
Lo que oí ahora fue: «A ver si hay algo mejor aquí que lo que viene en el periódico».
Saqué el montón de álbumes de recortes del estante y lo coloqué en el suelo junto a sus pies. Sobre las cubiertas, en grandes letras de cera negra, había escritas fechas de años recientes. Le di un repaso al año 1952 y vi un recorte de un reportaje del funeral de Jorge VI. Arriba, en letras de cera: «Alberto Federico Jorge. Nacido en 1885. Fallecido en 1952». La foto de las tres reinas con el velo de luto.
En la página siguiente había una historia sobre la autopista de Alaska.
—Es un archivo interesante —dije—. ¿Quiere que empecemos otro álbum? Podría usted elegir las cosas que desea recortar y pegar, y yo lo haría.
El ruido que emitió significaba «demasiadas complicaciones» o «¿para qué vamos a molestarnos ahora?», o incluso «qué idea más absurda». Dejó a un lado al rey Jorge VI, deseaba ver las fechas del resto de los álbumes. No eran los que él quería. Hizo un gesto señalando la librería. Saqué otro montón de álbumes de recortes. Comprendí que él buscaba el libro de un año concreto y sujeté en alto cada libro para que viera la cubierta. De vez en cuando, yo abría las páginas a pesar de su rechazo. Vi un artículo sobre los pumas de la isla de Vancouver, otro sobre la muerte de un trapecista y otro sobre un chaval que había sobrevivido a pesar de quedar atrapado bajo una avalancha. Volvimos a darle un repaso a los años de la guerra, de vuelta a los años treinta, al año en que yo nací y a casi una década todavía anterior, hasta que por fin quedó satisfecho. Y dio la orden. Mira éste. 1923.
Comencé a repasarlo desde el principio.
—En enero una nevada entierra aldeas en...
No es eso. Date prisa. Sigue pasando.
Comencé a pasar las hojas.
Ve más lento. Tranquila. Ve más lento.
Pasé las páginas una por una sin pararme para leer nada hasta que llegamos a la que él quería.
Ahí. Lee eso.
No había foto ni titular. Las letras de cera decían: «Vancouver Sun, 17 de abril, 1923».
—La isla de Cortés —leí—. ¿Es esto?
Léelo. Vamos.
La isla de Cortés. En la mañana del domingo o en algún momento de la madrugada del sábado, la casa de Anson James Wild, en el extremo sur de la isla, quedó totalmente destruida por un incendio. La vivienda se encontraba lejos de cualquier otra morada o lugar habitado y, como resultado de ello, nadie que viviese en la isla pudo apreciar las llamas. Existen informaciones de que un barco de pesca que se dirigía al estrecho de Desolation observó el incendio el domingo por la mañana temprano, pero los tripulantes de la embarcación creyeron que se trataba de una persona que quemaba maleza. Al pensar que la quema de maleza no suponía ningún peligro, debido a la humedad que presenta el bosque en esta época del año, continuaron su trayecto.
El señor Wild era el propietario de Wildfruit Orchards y había vivido en la isla durante cerca de quince años. Era un hombre solitario, cuyo historial se remonta a su época de militar, aunque cordial con los conocidos. El señor Wild contrajo matrimonio hace unos años y tenía un hijo. Se piensa que nació en las provincias del Atlántico.
La casa quedó reducida a escombros a causa del fuego y del posterior derrumbamiento de las vigas. El cuerpo del señor Wild se encontró entre los restos calcinados del incendio, carbonizado hasta el punto de quedar prácticamente irreconocible.
Entre las ruinas se encontró una lata ennegrecida que se supone contenía queroseno.
La esposa del señor Wild se encontraba fuera de casa en esos momentos, dado que el miércoles anterior había aceptado una invitación para viajar en un barco que iba a recoger una carga de manzanas que serían transportadas desde el huerto de su marido hasta Comox. Su intención era volver a casa en el mismo día, pero tuvo que permanecer fuera durante tres días y cuatro noches debido a problemas con el motor del barco. El domingo por la mañana regresó junto al amigo que la había invitado a realizar la travesía y fueron ambos quienes descubrieron la tragedia.
El hecho de que el joven hijo de los Wild no estuviese en la casa cuando ésta ardió, provocó en principió un enorme temor. Su búsqueda comenzó tan pronto como fue posible y el domingo al atardecer el niño fue localizado en el bosque a menos de una milla de su casa. Estaba empapado y tenía frío, ya que había permanecido en la maleza durante varias horas, pero no había sufrido daños. Al parecer, el niño se llevó un poco de comida al marcharse de casa, dado que tenía consigo varios trozos de pan cuando le encontraron.
Se llevará a cabo una investigación en Courtenay respecto a la causa del incendio que destruyó la casa de la familia Wild y que provocó el fallecimiento del señor Wild.
—¿Conocía usted a esta gente? —pregunté.
Pasa la página.
4 de agosto de 1923. Las pesquisas efectuadas en Courtenay, en la isla de Vancouver, en torno al incendio que causó la muerte de Anson James Wild en la isla de Cortés en abril de este año, han dado como resultado que la sospecha de incendio provocado, que recaía sobre el hombre fallecido o sobre persona o personas desconocidas, no ha podido ser verificada. La presencia de una lata vacía de queroseno en el lugar del incendio no se ha considerado como prueba suficiente. El señor Wild adquiría y hacía uso del queroseno con frecuencia, según el señor Percy Kemper, tendero de Manson’s Landing, isla de Cortés.
El hijo de siete años del hombre fallecido no pudo proporcionar dato alguno acerca del incendio. Fue localizado por una expedición de búsqueda no muy lejos de su casa, vagando por el bosque, varias horas más tarde. En respuesta al interrogatorio, afirmó que su padre le había dado un poco de pan y unas manzanas y le había pedido que caminase hacia Manson’s Landing, pero se había perdido. Sin embargo, en las semanas subsiguientes confesó no recordar que esto ocurriera y afirmó que no sabía cómo había podido perderse, dado que había recorrido muchas veces con anterioridad aquel sendero. El doctor Anthony Helwell, de Victoria, quien examinó al niño, opina que pudo haber escapado en el momento de detectar el incendio, con tiempo quizá de coger un poco de comida y llevársela consigo, algo que ahora no recuerda. A su vez, afirma que la primera versión del niño podría ser cierta y que el recuerdo pudo ser suprimido más tarde. Explicó que sería inútil interrogar nuevamente al niño, ya que es probable que éste sea incapaz de distinguir entre la realidad y lo imaginario en este asunto.
La señora Wild no estaba en casa en el momento de producirse el incendio, ya que se había marchado a la isla de Vancouver en un barco que pertenecía a James Thompson Gorrie, de Union Bay.
Se considera que la muerte del señor Wild fue un desgraciado accidente, siendo la causa del incendio de origen desconocido.
Ahora cierra el álbum.
Guárdalo. Guárdalos todos.
No. No. Así no. Guárdalos en orden. Año por año. Eso está mejor.
Justo como estaban.
¿Ya viene? Mira por la ventana.
Bien. Pero vendrá pronto.
Y bien, ¿qué piensas de todo esto?
No me importa. No me importa lo que pienses.
¿Habías pensado alguna vez que la vida de la gente podía ser así y terminar de esa forma? Bueno, pues puede ocurrir.
No le hablé a Chess de esto, aunque solía comentarle cualquier cosa que pensaba que pudiera interesarle o que atrajera su atención respecto a mi actividad diaria. Chess había dado con una forma de evitar cualquier mención a los Gorrie. Había una palabra con la que los definía: «Grotesco».
Todos los pequeños árboles deslucidos del parque comenzaron a florecer. Sus flores eran de un color rosa brillante, como las palomitas de maíz coloreadas artificialmente.
Y comencé a trabajar en un empleo de verdad.
Llamaron de la biblioteca de Kitsilano y me pidieron que fuera durante unas cuantas horas el sábado por la tarde. Me encontré al otro lado del mostrador, sellando la fecha de devolución de los libros. Algunas personas me resultaban familiares, compañeros que pedían prestados los libros. Y ahora les sonreía, en nombre de la biblioteca. «Nos vemos en dos semanas», les decía. Algunos se reían y contestaban: «No, creo que mucho antes». Eran adictos, como yo.
Era un trabajo que me resultaba fácil. Nada de caja registradora: cuando me pagaban las multas por retrasos, sacaba el cambio de un cajón. Y ya sabía de antes en qué estantería estaban la mayoría de los libros. En lo que se refiere a las fichas que tenía que rellenar, me sabía el alfabeto.
Me ofrecieron más horas. Pronto se convirtió en un trabajo temporal de jornada completa. Una de las chicas que trabajaba allí como fija había sufrido un aborto accidental. Estuvo de baja durante dos meses y al final de ese periodo quedó embarazada de nuevo y su médico le aconsejó no volver al trabajo. De modo que entré en la plantilla de empleados fijos y conservé el trabajo hasta que me encontré a mitad de mi primer embarazo. Trabajaba con mujeres que conocía de vista desde hacía mucho tiempo: Mavis, Shirley, la señora Carlson y la señora Yost. Todas recordaban cómo solía entrar y dar vueltas —como decían ellas— por la biblioteca durante horas. Ojalá no se hubieran fijado tanto en mí. Ojalá no hubiera ido allí con tanta frecuencia.
Era una sensación muy agradable hacerme con mi trabajo y estar frente a la gente detrás del mostrador, ser capaz, mostrarme activa y amable con los que se acercaban; que me vieran como una persona que sabía cómo funcionaba todo, una persona con una función definida en el mundo. La renuncia a esconderme, a vagar, a soñar y a ser la chica de la biblioteca.
Claro que ahora tenía menos tiempo para leer y, en ocasiones, en el trabajo, tras el mostrador, sostenía un libro en la mano —lo sostenía como un objeto, no como una vasija que había de vaciar de inmediato— y sentía un amago de miedo semejante al que se siente cuando, en un sueño, te encuentras en el edificio que no es, o te has olvidado de la hora del examen, y entiendes que ése es el aviso de algún sombrío cataclismo o de algún error que sufrirás de por vida.
Pero este miedo desaparecía en un minuto.
Las mujeres con las que trabajaba rememoraban los tiempos en que me veían escribir en la biblioteca.
Les decía que lo que escribía eran cartas.
—¿Escribes tus cartas en un cuaderno de apuntes?
—Claro —decía yo—. Es más barato.
Perdí interés en el último cuaderno, que descansaba escondido en un cajón entre mis calcetines y mi ropa interior en desorden. Allí abandonado, verlo me llenaba de dudas y de humillación. Quería deshacerme de él pero no lo hacía.
La señora Gorrie no me felicitó por haber conseguido aquel trabajo.
—No me contaste que todavía buscabas —dijo.
Le dije que hacía ya una larga temporada que mi nombre estaba apuntado en una lista en la biblioteca y que así se lo había hecho saber.
—Eso fue antes de empezar a trabajar para mí —dijo—. Y ahora, ¿qué va a pasar ahora con el señor Gorrie?
—Lo siento —dije.
—Sentirlo no le ayudará demasiado, ¿no te parece?
Levantó las cejas y me habló con ese tono de voz rimbombante que le había oído utilizar por teléfono con el carnicero o con el tendero cuando se equivocaban con su pedido.
—¿Y ahora qué hago? —dijo—. Me has dado plantón, ¿sabes? Espero que cumplas las promesas con el resto de la gente un poco mejor que conmigo.
Esto, por supuesto, era ridículo. Yo no le había prometido nada acerca del tiempo que me quedaría. A pesar de ello, sentía una inquietud culpable, si no propiamente culpabilidad. No le había prometido nada, pero qué podía decir de aquellas veces en que no respondía cuando ella llamaba a la puerta, cuando intentaba entrar y salir sigilosamente de la casa sin ser advertida, agachando la cabeza al pasar frente a la ventana de su cocina. ¿Y qué hay de la forma en que había mantenido una tenue, pero a la vez dulce, pretensión de amistad en respuesta a su ofrecimiento, seguramente sincero?
—Casi es mejor, la verdad —dijo—. No querría que nadie que no fuera de confianza cuidase al señor Gorrie. No estaba del todo satisfecha con tu manera de cuidarlo, la verdad, así te lo digo.
Pronto encontró otra canguro, una pequeña mujer araña que se recogía el pelo negro con una redecilla. Nunca la oía hablar. Pero sí oía a la señora Gorrie hablar con ella. Dejaba abierta la puerta en lo alto de las escaleras para que yo pudiese oírla.
—Nunca lavaba la taza de té del señor Gorrie. La mitad de las veces ni siquiera se lo hacía. No sé para que valía. Únicamente para sentarse y leer el periódico.
A partir de entonces, cuando yo me marchaba de casa, la ventana de la cocina quedaba abierta de par en par y su voz resonaba por encima de mi cabeza, aunque en apariencia hablara con el señor Gorrie.
—Por ahí va. Sigue su camino. Ni siquiera se molestará en hacernos algún gesto con la mano. Le dimos un trabajo cuando no la quería nadie, pero ni se molestará. No, por supuesto que no.
No les saludaba. Tenía que pasar por la ventana frente a la que se sentaba el señor Gorrie, pero sabía que si ahora le hacía algún gesto con la mano, incluso si le miraba, se sentiría humillado. O enfurecido. Cualquier cosa que yo hiciese podría parecer una provocación.
Antes de encontrarme a media manzana de la casa ya me había olvidado de ellos. Las mañanas eran luminosas y yo caminaba aliviada y decidida. En aquellos momentos, mi pasado más inmediato podía parecer vagamente deshonroso. Horas detrás de la cortina del recodo, horas en la mesa de la cocina rellenando página tras página con el sabor del fracaso, horas en un cuarto demasiado caldeado junto a un anciano. La peluda alfombra, la tapicería de felpa, el olor de su ropa, de su cuerpo y de la pasta de engrudo seca de los álbumes de recortes, los montones de periódicos entre los que tenía que abrirme camino. La macabra historia que él había guardado y me había hecho leer. (Nunca llegué a comprender que entraba dentro de la categoría de tragedias humanas que yo admiraba, cuando las leía en los libros.) Evocarlo era como recordar un periodo de enfermedad durante la infancia, cuando me sentía cómodamente atrapada en unas acogedoras sábanas de franela con su olor a aceite de alcanfor, atrapada por mi propia lasitud y por los mensajes febriles e indescifrables de las ramas de los árboles que contemplaba por la ventana de mi dormitorio en el piso de arriba. Aquellos momentos no es que los lamentara, sino que me desembarazaba de ellos con naturalidad. Y parecían pertenecer a una parte de mí misma —¿una parte enfermiza?— de la que ahora me estaba desembarazando. Se podía pensar que era el matrimonio lo que había provocado aquella transformación pero, durante un tiempo, no había sido así. Como mi viejo ser —testaruda, poco femenina e irracionalmente reservada— había hibernado y cavilado; ahora había sentado la cabeza y me sabía afortunada por haberme transformado en una verdadera esposa y empleada. Atractiva y competente cuando me esforzaba en ello. Yo no era extraña. Podía pasar.
La señora Gorrie me trajo a la puerta una funda de almohada. Mostrando sus dientes tras una sonrisa mustia y hostil, me preguntó si era mía. Sin dudarlo respondí que no. Las dos únicas fundas que tenía cubrían las dos almohadas de nuestra cama.
—Bueno, pues desde luego mía no es —dijo en tono de martirio.
—¿Cómo lo sabe? —dije.
Lenta, venenosamente, su sonrisa fue tomando confianza.
—No es el tipo de tejido que pondría en la cama del señor Gorrie. O en la mía.
—¿Por qué no?
—Porque-no-es-lo-suficientemente-bueno.
De modo que tuve que ir y quitar las fundas de las almohadas y llevárselas a ella y resultó que no hacían pareja aunque a mí me lo había parecido. Una era de tela «buena» —la suya— y la que ella tenía en la mano, era mía.
—No me hubiera creído que no habías notado la diferencia —dijo— si no fuera porque eres como eres.
Chess había oído hablar de otro apartamento —uno de verdad, no una «suite»— con un baño completo y dos dormitorios. Un amigo suyo del trabajo lo dejaba porque él y su mujer habían comprado una casa. Estaba en un edificio en la esquina de la Primera Avenida con la calle Macdonald. Yo podría seguir yendo a pie al trabajo y él podría coger el autobús de siempre. Teniendo dos sueldos, nos lo podíamos permitir. El amigo y su esposa dejaban atrás unos cuantos muebles, que venderían a bajo precio. No irían bien en su casa, pero a nosotros nos parecían espléndidos por su aire de respetabilidad. Nos paseamos por las luminosas habitaciones de la tercera planta, admirando las paredes pintadas de color crema, el parqué de roble, los espaciosos armarios de la cocina y el suelo de baldosas del baño. Incluso tenía un pequeño balcón con vistas a las hojas del parque Macdonald. Nos enamoramos el uno del otro de un nuevo modo, nos enamoramos de nuestra nueva posición social, de nuestro emerger en la vida adulta desde el sótano, que sólo había sido una estación de paso temporal. En nuestras conversaciones, en los años venideros, hablaríamos de él como si fuera una broma, un test de resistencia. Cada mudanza que efectuábamos —la casa alquilada, nuestra primera casa en propiedad, la segunda, la primera casa en otra ciudad— generaba en nosotros una sensación eufórica de progreso y anudaba nuestros lazos. Hasta la última casa, con mucho, la más imponente, en la que entré con presentimientos de desastre y vagas premoniciones de fuga.
Le dimos el aviso a Ray sin decirle nada a la señora Gorrie. Eso aumentó su hostilidad. En realidad, se volvió un poco chiflada.
—Ah, se piensa que es muy lista. Ni siquiera es capaz de mantener dos habitaciones limpias. Cuando barre el suelo, lo único que hace es barrer la suciedad hacia un rincón.
Cuando compré mi primera escoba, olvidé comprar un recogedor y, en efecto, lo hice así durante un tiempo. Pero ella únicamente podía saberlo si había entrado en nuestras habitaciones con su propia llave mientras yo estaba fuera. Algo que, por lo que parecía, sí había hecho.
—Es una farsante, ¿sabes? Desde el primer momento en que la vi supe lo farsante que era. Y una embustera. No está bien de la cabeza. Se sentaba y decía que escribía cartas cuando lo que hace es escribir lo mismo una y otra vez; pero nada de cartas, lo mismo una y otra vez. No está bien de la cabeza.
Así me enteré de que también había leído las hojas estrujadas de mi papelera. A menudo trataba de comenzar la misma historia con las mismas palabras. Como decía ella, una y otra vez.
Comenzaba a hacer calor e iba al trabajo sin chaqueta; me ponía un jersey ajustado, por dentro de la falda, y un cinturón apretado hasta la última muesca. Se asomaba a la puerta principal y me gritaba: «¡Ramera! Mira a la ramera, cómo saca pecho y menea el trasero. ¿Te crees que eres Marilyn Monroe?» o «no te necesitamos en nuestra casa. Cuanto antes te marches, mejor».
Telefoneó a Ray y le dijo que yo intentaba robar su ropa de cama. Se quejó de que yo iba por todas partes contando historias sobre ella. Había abierto la puerta para asegurarse de que pudiera oírla y estuvo gritando por teléfono, algo que no tenía demasiado sentido puesto que compartíamos la línea telefónica y podíamos escuchar cuanto nos viniera en gana. Nunca lo hice —mi instinto me llevaba a hacer oídos sordos—, pero una noche que Chess estaba en casa, cogió el teléfono y habló.
—No le hagas caso, Ray, no es más que una vieja loca. Sé que es tu madre, pero he de decirte que está loca.
Le pregunté cuál había sido la reacción de Ray, si estaba enfadado.
—Sólo dijo: «Claro, no pasa nada».
La señora Gorrie colgó y se puso a gritar directamente por las escaleras: «Te diré quién está loca. Te diré quién es la loca embustera que se dedica a decir mentiras sobre mí y mi marido».
—No la estamos escuchando. Deje en paz a mi mujer —le dijo Chess. Más tarde me preguntó—: ¿Qué quiere decir con eso de ella y su marido?
—No lo sé —respondí.
—La ha tomado contigo. Porque eres joven y guapa y ella no es más que una vieja bruja. Olvídalo —dijo, y añadió, medio en broma, para animarme—: De todas formas, ¿qué sentido pueden tener las viejas? Nos mudamos al nuevo apartamento en un taxi y únicamente con nuestras maletas. Esperamos fuera, en la acera, dando la espalda a la casa. Creí que oiría un último chillido, pero no hubo un solo ruido.
—¿Y si tiene una pistola y me dispara por la espalda? —dije.
—No te pongas a su altura—dijo Chess.
—Me gustaría decirle adiós con la mano al señor Gorrie, si es que está allí.
—Mejor no lo hagas.
No eché un último vistazo a la casa y en mi vida volví a caminar por aquella calle, esa manzana de la calle Arbutus con vistas al parque y al mar. No tengo una idea muy clara del aspecto que tenía, aunque recuerdo algunas cosas muy bien: la cortina de la cama, el aparador, el sillón verde reclinable del señor Gorrie.
Conocimos a otras parejas jóvenes que, al igual que nosotros, habían empezado viviendo en lugares baratos dentro de las casas de otras personas. Nos hablaron de ratas, cucarachas, retretes que apestaban, caseras chifladas. Y nosotros hablábamos de nuestra casera chiflada. Paranoia.
Excepto en aquellas ocasiones, nunca pensaba en la señora Gorrie.
Pero el señor Gorrie aparecía en mis sueños. En mis sueños me parecía que le conocía antes que ella. Era ágil y fuerte, pero no joven, y su aspecto no era mejor que cuando le leía en voz alta en el salón. Tal vez podía hablar, pero su voz tenía el mismo tono de aquellos ruidos que yo había aprendido a interpretar: brusco y autoritario, una nota a pie de página —esencial, aunque tal vez prescindible— de la acción. Y la acción era explosiva, porque aquellos sueños eran eróticos. Durante todo el tiempo en que fui una joven esposa, y más tarde, aunque no mucho más tarde, mientras fui una joven madre —ocupada, fiel, satisfecha con regularidad—, siempre tuve sueños, de cuando en cuando, en los que el asalto, la reacción, las posibilidades, iban más allá que cualquier cosa que ofreciera la vida. Y en los que el romanticismo quedaba borrado del mapa. También la decencia. Nuestra cama —la del señor Gorrie y mía— era la playa de grava o la tosca cubierta de barco o los ásperos rollos de cabos grasientos. Tenían un cierto regusto a algo que podría definir como rastrero. Su olor agrio, su ojo gelatinoso, sus dientes de perro. Me despertaba de estos sueños profanos consumida por el asombro o la vergüenza, y me dormía de nuevo y despertaba con un recuerdo que me acostumbré a rechazar cada mañana. Durante años y años, y con seguridad mucho tiempo después de haber muerto, el señor Gorrie aparecía de esa manera en mi vida nocturna. Hasta que lo agoté, supongo, del modo como siempre agotamos a los muertos. Pero nunca me pareció que fuese así, que yo dominara la situación, que hubiera sido yo quien le había llevado a aquel lugar. Parecía funcionar en ambos sentidos, como si él también me hubiese llevado allí y lo experimentara en la misma medida que lo experimentaba yo.
Y el barco y el muelle y la grava en la orilla, los árboles que apuntaban hacia el cielo o se agazapaban inclinándose sobre el agua, el enrevesado perfil de las islas circundantes y las montañas, sombrías e inconfundibles, todo ello parecía existir dentro de una confusión natural, más extravagante y, aun así, más ordinaria que cualquier otra cosa que pudiera soñar o inventar. Como un lugar que seguirá existiendo, estés o no allí, y que, de hecho, aún está allí.
Pero nunca llegué a ver las vigas calcinadas de la casa que se derrumbaron sobre el cuerpo del marido. Aquello había ocurrido mucho antes, y el bosque había crecido a su alrededor.
Contenidos
Petición
Si algún cuento o poema que leas aquí te gusta, no lo dudes, vete a tu librería preferida (no a Amazon) y compra el libro del autor que te ha gustado o interesado. Si andas mal de dinero, pues para eso están las bibliotecas.
Literatura
Escepticismo
Otros blog
Si crees que este símbolo te ataca es que no has entendido nada
Igualdad, no tolerancia
Se dice, se comenta
La cita
“El patriotismo es el último refugio de los canallas.”
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Datos personales
Archivo del blog
Temas que he tratado
- abad (1)
- abani (1)
- abbott (1)
- abós (1)
- abu bakr (1)
- achebe (2)
- acker (1)
- acuña (1)
- adaui (2)
- addis (1)
- adichie (3)
- adolph (1)
- adonis (6)
- agnant (1)
- agustín (1)
- aichinger (1)
- aidoo (1)
- airplane (2)
- ajmátova (2)
- al malaika (3)
- al-faradi (1)
- al-mutamid (1)
- al-saadawi (1)
- al-Sayyab (2)
- al-turtusi (1)
- alarcón (1)
- alatriste (1)
- aldecoa (1)
- aldunate (1)
- alexander (1)
- alfaro (1)
- ali (2)
- Allingham (2)
- allman (1)
- alma-tadema (1)
- almaguer (2)
- alós (1)
- álvarez (1)
- amijai (1)
- amis (1)
- ampuero (1)
- andreu (1)
- andric (1)
- angelino (1)
- anglade (1)
- animals (1)
- anne porter (3)
- anónimo (2)
- antón (1)
- aparicio (1)
- apollinaire (1)
- aragon (1)
- arcimboldo (1)
- arenal (1)
- arenas (1)
- argensola (1)
- armstrong (2)
- arredondo (3)
- arreola (3)
- arroyabe (1)
- arthur (1)
- arturo (1)
- asensi (1)
- asfalto (1)
- askildsen (7)
- assens (1)
- assis (1)
- asturias (34)
- attenborough (1)
- atwood (4)
- aub (3)
- auden (1)
- avellaneda (1)
- babayada (18)
- báez (1)
- bahr (1)
- bail (1)
- bailey (1)
- bajos (2)
- bakr (1)
- bakunin (1)
- bali (1)
- ballard (1)
- ballesteros (1)
- balzac (1)
- banda del tren (1)
- banda local (1)
- banti (1)
- barea (1)
- barnes (8)
- barrett (1)
- barrie (1)
- barros (1)
- bartoli (1)
- bashevis singer (1)
- bastarós (1)
- bastasic (1)
- bataille (1)
- batiburrillo (34)
- baudelaire (2)
- bazán (1)
- bean (1)
- beatnix (1)
- beattie (1)
- beautiful day (1)
- bechet (1)
- beck (2)
- beckett (2)
- becquer (1)
- behn (2)
- bell (1)
- belle (3)
- bello (1)
- benaud (1)
- bendixen (1)
- benedetti (4)
- benjamin (1)
- berganza (1)
- bergerac (1)
- bergua (2)
- berrón (1)
- bertino (1)
- bierce (7)
- bird (1)
- bishop (2)
- bjork (1)
- blackwood (1)
- blake (1)
- blakey (1)
- blanco (7)
- blasco ibañez (1)
- blok (1)
- bloy (1)
- bluegrass (1)
- blues (8)
- blum (3)
- bocconi (1)
- bolan (1)
- böll (2)
- bombal (3)
- boolos (1)
- bortagaray (1)
- bousoño (1)
- bowen (1)
- bowie (2)
- bowles (1)
- bowman (1)
- bracey (1)
- bradbury (2)
- bread (1)
- brecht (2)
- brel (1)
- breton (2)
- brooke (1)
- brunet (1)
- buena vida (1)
- bukowski (1)
- bunge (3)
- bunin (1)
- buñuel (1)
- burrito (1)
- burton (1)
- bužarovska (1)
- buzzati (2)
- byatt (2)
- byron (2)
- cabré (1)
- cabrera (1)
- cadalso (1)
- caicedo (1)
- cakanthorpe (1)
- calderón (1)
- caldwell (5)
- callas (2)
- Calvin (1)
- calvino (2)
- camba (1)
- camel (1)
- campbell barr (1)
- campoamor (1)
- campobello (1)
- canetti (2)
- cansei (1)
- capote (3)
- carbajal y mendoza (1)
- cardenal (1)
- carlos williams (1)
- carreter (1)
- carrillo (1)
- carrington (3)
- carta (1)
- cartagena (1)
- carter (3)
- carver (4)
- casal (1)
- casals (1)
- casona (1)
- castellanos (4)
- castro y andrade (1)
- cattana (1)
- cavafis (1)
- cave (1)
- ceccoli (1)
- cellero (1)
- cerda (2)
- cernuda (1)
- chacel (3)
- chamoiseau (1)
- chance (1)
- chaplin (1)
- charms (6)
- Chatrian (1)
- chaves nogales (1)
- chávez vaca (1)
- cheever (2)
- chejov (3)
- chilton (1)
- chiripitifláuticos (1)
- chizianes (1)
- chopin (4)
- ciencia (27)
- cine (2)
- cioran (1)
- cisneros (5)
- clarke (2)
- clash (1)
- clásica (19)
- clásicos populares (1)
- clifford (1)
- clinton (1)
- clooney (1)
- closs (1)
- cockney (2)
- colanzi (1)
- colette (1)
- collier (1)
- colmore (1)
- colombine (1)
- conde (2)
- condé (1)
- coppini (1)
- cordero (1)
- correa (1)
- cortázar (2)
- cortés (1)
- corto (2)
- couto (4)
- crack (1)
- cream (2)
- creedence (1)
- crémer (1)
- crosby (1)
- cruxshadows (1)
- cruz (1)
- csath (1)
- csáth (2)
- cubas (1)
- cuento (788)
- cunqueiro (3)
- d'arcy (1)
- d'holbach (1)
- dahl (1)
- dangarembga (1)
- daniel (1)
- dante (1)
- danticat (6)
- darwin (1)
- darwish (3)
- dávila (3)
- davis (6)
- Dawkins (2)
- dazai (1)
- de barros (1)
- de burgos (1)
- de castro (1)
- de cuenca (1)
- de la cerda (1)
- de la cruz (1)
- de la riva (1)
- de la serna (8)
- de la torre (1)
- de maistre (1)
- de miguel (1)
- dead (1)
- debenedictis (1)
- del monaco (1)
- del valle (1)
- delibes (1)
- denver (1)
- dettmer (1)
- díaz-mas (1)
- dicenta (1)
- dickens (2)
- dickinson (2)
- dinesen (1)
- dio (1)
- dioses (1)
- divas (6)
- divos (9)
- dixebra (2)
- djebar (2)
- dolls (1)
- donne (1)
- doolittle (1)
- dorsey (1)
- doyle (1)
- dracius (1)
- dragones (1)
- drake (1)
- ducasse (1)
- duffy (3)
- dunbar-nelson (1)
- dunsany (3)
- duras (1)
- durrell (3)
- dylan (2)
- earhart (1)
- echeverría (1)
- eco (1)
- egerton (2)
- eisenberg (1)
- ellington (2)
- ellis (1)
- ensayo (44)
- entre ríos (1)
- Enzensberger (1)
- Erckman (1)
- errasti (1)
- escher (1)
- espejo (1)
- espina (1)
- eugenides (1)
- euroyeyé (4)
- evangelista (1)
- extracto (70)
- fabricio (1)
- faciolince (1)
- Faik Abasiyanik (1)
- falco (1)
- farah (1)
- faulkner (3)
- fauré (1)
- fe de ratas (1)
- feminismo (5)
- ferlosio (1)
- fernández flórez (6)
- ferré (1)
- fieger (1)
- filippi (1)
- fink (1)
- fire (1)
- fischerova (1)
- fitzgerald (6)
- flack (1)
- floyd (1)
- folclore (6)
- folk (1)
- fondane (1)
- fonseca (2)
- fontanella (1)
- fools (1)
- ford (1)
- forges (2)
- fortune (1)
- fraile (1)
- françois (1)
- franklin (2)
- free (1)
- fuertes (8)
- gábor (1)
- gabriel (1)
- gaiman (1)
- gaite (2)
- galdós (1)
- galeano (1)
- gallagher (3)
- gallant (4)
- gallardo (1)
- gallegos (1)
- galsworthy (1)
- gambaro (1)
- gamov (1)
- gardner (1)
- garner (2)
- garro (1)
- garza (1)
- gaskell (1)
- gass (1)
- geoghegan (1)
- getty (1)
- getz (1)
- gilgamesh (1)
- gillespie (1)
- gimferrer (1)
- ginzburg (2)
- glantz (1)
- glück (1)
- Goethe (1)
- goldberg (1)
- goldin (1)
- goldson (1)
- góngora (1)
- gonsalves (1)
- gonzález (1)
- gonzález rubín (2)
- gordimer (2)
- gorriti (1)
- gospodinov (1)
- gouges (1)
- goyen (1)
- goytisolo (2)
- grace (1)
- grand (1)
- grappelli (3)
- gray (2)
- gromit (1)
- gudiño (1)
- gumiliov (1)
- gurt (1)
- gutierrez (1)
- gutiérrez (3)
- häendel (1)
- hammett (1)
- hampate ba (1)
- handsome (1)
- hanneman (1)
- hardy (1)
- harris (4)
- harruna attah (1)
- harte (1)
- hawking (2)
- hawthorne (1)
- heat (1)
- heker (1)
- hemingway (1)
- hempel (3)
- hendrix (4)
- henry (2)
- hernández (2)
- hernández-lloreda (1)
- hesse (1)
- highsmith (1)
- hip-hop (1)
- Hobbes (1)
- hobbs (1)
- hoffmann (1)
- hölderlin (1)
- homes (4)
- hong (1)
- hooker (1)
- horacio (1)
- hrabal (1)
- hugo (2)
- huguet (1)
- huidobro (1)
- humor (39)
- ibañez (1)
- ibargüengoitia (1)
- ibn hazm (1)
- ibn hisn (1)
- ibn utman (1)
- ibn waddah (1)
- ibn zaydun (1)
- iceberg (1)
- ilustradores (19)
- ionesco (1)
- iparraguirre (1)
- iron (1)
- irving (1)
- iyengar (1)
- jackson (1)
- jacobs (1)
- jam (2)
- jardiel poncela (3)
- jarry (2)
- jazz (22)
- jeftanovic (1)
- jerome (1)
- jethro (1)
- johnson (1)
- jones (1)
- joyce (2)
- julavits (1)
- july (3)
- junoon (1)
- justina (1)
- kadaré (1)
- kafka (3)
- kavafis (1)
- keats (1)
- keret (4)
- kerouac (1)
- kessel (1)
- kierkegaard (1)
- kincaid (8)
- king (1)
- kinks (1)
- kinski (1)
- kipling (3)
- kirlian (1)
- kis (1)
- klaus (1)
- kleist (1)
- knack (1)
- korolenko (1)
- kortatu (1)
- kosztolányi (1)
- krasinski (1)
- krauze (1)
- kristof (5)
- kureishi (2)
- kuttner (1)
- kuzwayo (1)
- l'isle adam (2)
- la eMe (1)
- ladies (2)
- laforet (1)
- lagerkvist (1)
- lahiri (1)
- lahsen salam (1)
- lamarche (1)
- lamwaka (1)
- lardner (2)
- larra (1)
- larrocha (1)
- lawrence (1)
- lawson (1)
- le guin (2)
- leadbelly (2)
- lectura (1)
- lee (4)
- leer (2)
- lem (1)
- lemans (1)
- lemuripop (1)
- lennox (2)
- leñero (1)
- león (1)
- leopardi (1)
- lesmian (1)
- lett (1)
- lezama lima (1)
- liceaga (1)
- lichberg (1)
- lijó (1)
- likong (1)
- lillo (1)
- linossier (1)
- lispector (2)
- literatura (11)
- lobsters (1)
- lógica (1)
- london (1)
- longet (1)
- lópez rubio (2)
- lord (1)
- lorengar (1)
- lorrain (2)
- losada (2)
- lovecraft (3)
- lowe (1)
- loy (1)
- Luiselli (1)
- lukather (1)
- lurie (1)
- magnatune (1)
- maiakovski (2)
- majoral (1)
- malamud (2)
- malayo (1)
- mandelstam (1)
- mandfield (1)
- manguel (1)
- manhattan (1)
- mann (2)
- manrique (1)
- mansfield (3)
- mantel (1)
- manzano (1)
- marcos (1)
- marechera (1)
- margarita (1)
- márquez (1)
- marsé (1)
- marstein (1)
- marx (1)
- mary (1)
- masters (1)
- mateo díez (2)
- matheson (2)
- maturin (1)
- matute (3)
- maupassant (2)
- mayoral (1)
- mcclanahan (1)
- mccoy (1)
- mccullers (5)
- medio (1)
- meléndez (1)
- méliès (1)
- melville (3)
- mendelssohn (1)
- mendoza (1)
- merlín (1)
- metallica (1)
- mew (1)
- michaux (1)
- midler (1)
- mihura (3)
- miklosa (1)
- mingote (1)
- mirafiori (1)
- mirbeau (3)
- mississippi sheiks (1)
- mistral (1)
- mitchell (1)
- mjq (1)
- moerbeek (1)
- moffo (1)
- molano (1)
- molefhe (1)
- molina (1)
- monsó (1)
- montero (1)
- monteser (1)
- montgomery (1)
- montoya (1)
- moore (5)
- mopa (1)
- morales (1)
- morante (2)
- moravia (1)
- mori (1)
- moris (1)
- morrison (1)
- moscoso (1)
- moshfegh (1)
- mrozek (2)
- mulholland (1)
- müller (6)
- munro
- muñoz seca (1)
- música (168)
- musil (1)
- mutis (1)
- nabokov (2)
- nash (1)
- negrín (1)
- nerval (1)
- neville (2)
- nietzsche (1)
- nin (1)
- nosotrash (3)
- nourbeSe (1)
- novás (1)
- nubo (1)
- nwapa (1)
- o'brien (1)
- o'connor (3)
- o’faolain (1)
- o'flaherty (1)
- o'hagan (1)
- o'hara (1)
- obituario (19)
- obligado (1)
- ocampo (3)
- ojeda (1)
- okigbo (1)
- okri (2)
- olmo (2)
- ópera (8)
- orengo (1)
- ortese (1)
- orwell (3)
- oviedo (1)
- owen (1)
- oz (1)
- ozick (3)
- pacheco (1)
- pacheco medrano (1)
- palacio (7)
- paley (5)
- palma (1)
- panero (5)
- pantera (1)
- papini (1)
- parker (2)
- parra (1)
- parton (3)
- pasternak (1)
- Paterson (1)
- pauline (3)
- paulos (1)
- pavarotti (2)
- pavese (3)
- pavón (1)
- paz soldán (1)
- pennac (1)
- péret (1)
- pérez-moreno (1)
- peri rossi (4)
- perkins (1)
- perkins gilman (1)
- perlman (1)
- perutz (1)
- pessoa (2)
- peterson (2)
- petrarca (1)
- petrushevskaya (3)
- pettersson (1)
- peyrou (1)
- pickett (1)
- pilniak (2)
- pinar (1)
- pintado (1)
- pinto (7)
- pintura (4)
- piñán (4)
- piñera (2)
- pioneras (7)
- pirandello (2)
- pistones (1)
- pizán (1)
- plath (2)
- platonov (5)
- poco (1)
- poe (4)
- poesía (186)
- poncela (2)
- poniatowska (4)
- pop (45)
- popper (3)
- poulenc (1)
- pound (2)
- pratchett (2)
- pravianu (1)
- presentación (2)
- presley (2)
- prichard (1)
- prieto (1)
- primal (1)
- proust (1)
- puccini (1)
- purdy (1)
- purple (2)
- putuma (1)
- pynchon (2)
- queen (1)
- queiroz (1)
- quevedo (2)
- quiroga (1)
- rainbow (1)
- rainey (1)
- ramírez (1)
- rebel (1)
- reina (1)
- religión (13)
- residents (1)
- rey rosa (1)
- rhys (5)
- ribeyro (1)
- riera (1)
- rilke (2)
- ripoll (1)
- risco (1)
- rivas (1)
- river-dave (1)
- robayo (1)
- robison (3)
- rock (77)
- rodríguez (2)
- rodríguez albán (1)
- rojas (1)
- rojo (1)
- romero (1)
- rosalía (1)
- rosendo (1)
- rossetti (1)
- roto (1)
- rousseau (1)
- rubín (1)
- rubinstein (2)
- rulfo (1)
- russell (5)
- sabbath (2)
- sade (1)
- sagan (3)
- saki (1)
- salinas (1)
- salinger (2)
- salisachs (1)
- samanci (3)
- san juan (1)
- santa teresa (1)
- santana (1)
- santiago (1)
- santos-febres (4)
- sara (1)
- sassoon (1)
- satie (3)
- saunders (1)
- savall (1)
- sawa (2)
- schiele (1)
- schiller (2)
- schopenhauer (1)
- schreiner (1)
- schulz (3)
- schweblin (1)
- schwob (1)
- sciascia (1)
- scott-fitzgerald (1)
- scotto (1)
- scruggs (1)
- searchers (1)
- sebastian (3)
- secretos (1)
- sedoff (1)
- seger (2)
- selmana (4)
- senghor (1)
- serna (3)
- serra (1)
- seth (1)
- sexton (2)
- seymour (1)
- shakespeare (1)
- shelley (2)
- shepard (2)
- shitdisco (1)
- shore (1)
- shorter (1)
- shostakovich (1)
- shriver (1)
- shua (1)
- sigea (1)
- simon (1)
- sinatra (2)
- siniestro (2)
- sinvergonzonería (1)
- skynyrd (1)
- slavin (1)
- slayer (2)
- smith (3)
- smiths (3)
- sologub (1)
- somers (1)
- soriano (1)
- sosa (1)
- sosa villada (1)
- soul (1)
- soyinka (2)
- spann (1)
- spencer (1)
- spenser (1)
- springfield (1)
- stag (1)
- staton (2)
- stein (2)
- stephens (1)
- steppenwolf (1)
- sterne (1)
- stevenson (1)
- stien (1)
- stills (1)
- Stillwater (1)
- stockton (1)
- stoker (2)
- stones (1)
- storni (2)
- styron (1)
- suaves (1)
- sutherland (1)
- swift (1)
- szymborska (2)
- tarafa (1)
- tárrega (1)
- tatum (2)
- taylor (2)
- tchaikovsky (1)
- teatro (3)
- tebaldi (1)
- tejedor (2)
- tenniel (1)
- tereshkova (1)
- terror (1)
- thomas (3)
- thompson (1)
- tillman (1)
- tizón (1)
- tolstoi (1)
- tono (1)
- toomer (1)
- topo (1)
- topor (1)
- torres (1)
- torri (1)
- toufali (1)
- tradicional (1)
- traffic (1)
- tranströmer (1)
- tresguerres (2)
- trex (1)
- tristán (1)
- trollope (1)
- tsvietáyeva (4)
- tuqan (1)
- turgueniev (1)
- tusquets (1)
- twain (3)
- tzara (2)
- úbeda (1)
- ulica (1)
- umbral (1)
- unamuno (1)
- updike (1)
- uslar pietri (1)
- vainica (1)
- valdelomar (1)
- valenzuela (4)
- valera (1)
- vallvey (1)
- vanoli (1)
- varela (1)
- vargas álvarez (1)
- vaughan (3)
- vega (5)
- vendela (1)
- venexiana (1)
- venturini (1)
- venuti (2)
- vergara (1)
- versiones (17)
- vicens (1)
- villafuerte (1)
- vivaldi (1)
- voronca (1)
- walcott (1)
- walker (1)
- wallace (3)
- walláda (1)
- walsh (1)
- warner-vieyra (1)
- waters (2)
- watson (1)
- Watterson (1)
- waugh (2)
- weill (1)
- weller (1)
- wells (1)
- welty (1)
- White (1)
- wiedemann (1)
- wilde (2)
- williams (6)
- wine (1)
- winocur (1)
- winterson (1)
- woolf (4)
- wright (1)
- xam (1)
- xurde (1)
- yan (1)
- yañez (1)
- yardbirds (1)
- yeats (2)
- young (1)
- yusti (1)
- zamiatin (2)
- zamudio (1)
- zappa (1)
- zayas (2)
- zeppelin (2)
- zilahy (1)
- zola (2)
- zóschenko (1)
- zweig (2)

