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Miranda July - "Un hombre en la escalera"

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Este cuento (The man on the stairs), recogido en el volumen "Nadie es más de aquí que tú", fue publicado por primera vez en la revista Fence Magazine en 2004.
La versión es la de Silvia Barbero.


Era un sonido sordo, pero me despertó porque era un sonido humano. Contuve la respiración y volví a oírlo, después otra vez: eran unos pasos en la escalera. Intenté susurrar: Alguien está subiendo la escalera, pero tenía la respiración paralizada y me sentía incapaz de restablecerla. Apreté la muñeca de Kevin en diferentes intervalos: primero tres pulsaciones, después dos y por último tres más. Trataba de inventar un lenguaje que pudiera penetrar en su sueño. Pero, al cabo de un rato, me di cuenta de que ni siquiera tocaba su muñeca, sino que pulsaba el aire. Así de asustada estaba yo: apretando el aire. Y el sonido no se interrumpió. El hombre seguía subiendo la escalera. Lo hacía de la manera más lenta posible. Parecía disponer de todo el tiempo del mundo para hacerlo. Vaya que sí. Yo nunca he podido tomarme las cosas con esa tranquilidad. Ése es mi problema con la vida, que la vivo a la carrera, como si me persiguiesen. Incluso con las cosas cuyo objetivo es la lentitud, como por ejemplo tomar un té relajante. Cuando me tomo un té relajante, me lo trago como si estuviese en un concurso de quién es capaz de beberse un té relajante con más rapidez. O si estoy en un jacuzzi en compañía de gente y todos estamos mirando las estrellas, soy siempre la primera que dice: Se está tan bien aquí. Cuanto antes se dice: Se está tan bien aquí, antes se puede decir: Vaya, me estoy cociendo.
El hombre de la escalera era tan lento, que me olvidé del peligro, casi volví a quedarme dormida de nuevo, aunque me desperté cuando oí que daba otro paso. Iba a morir y el momento parecía no llegar nunca. Dejé de hacer intentos para alertar a Kevin porque me daba miedo de que dijese algo al despertarse, algo así como: ¿Qué pasa? O: ¿Sí, cariño? El hombre de la escalera lo oiría y se daría cuenta de lo vulnerables que éramos. Sabría que mi novio me llamaba cariño. Incluso era posible que apreciase el leve enfado de mi novio, su irritación después de la pelea de la noche anterior. Cuando practicamos sexo, ambos fantaseamos con otra gente, pero a él le gusta decirme con quién fantasea y a mí no. ¿Por qué tendría que hacerlo? Eso es cosa mía, es algo muy íntimo. No es culpa mía que le pirre que yo lo sepa. Le gusta decirlo en el momento en que se corre, igual que el gato que trae de regalo un pájaro muerto. Yo nunca le pido que me lo diga.
No quería que el hombre de la escalera se enterase de nuestras intimidades. Pero se enteraría. En el instante en que encendiese las luces y sacase una pistola, o un cuchillo, o una piedra contundente. Se enteraría en el instante en que me encañonara la cabeza, en que me pusiera el cuchillo en el corazón o en que alzara la piedra contundente sobre mi pecho. Lo vería en los ojos de mi novio: Puedes hacer lo que quieras con ella, pero déjame vivir. Y en mis ojos vería las palabras: Nunca he conocido el amor verdadero. ¿Se identificaría con nosotros? ¿Sabría lo que significa eso? La mayoría de la gente sí. Uno siempre se siente como si fuera único en el mundo, como si todos los demás estuviesen locos los unos por los otros, pero eso no es verdad. Por lo general, la gente no se gusta mucho entre sí. Y eso va por los amigos también. A veces, me tumbo en la cama e intento decidir cuál de mis amigos me importa de verdad, pero siempre llego a la misma conclusión: ninguno. Suponía que los de ahora serían mis primeros amigos y que los amigos de verdad se presentarían más tarde. Pero no. Ésos son mis amigos de verdad. Es gente que trabaja en el ámbito de lo que le gusta. A Marilyn, mi amiga más antigua, le entusiasma cantar y es la responsable de matriculación en una prestigiosa escuela de música. Es un buen trabajo, pero no tan bueno como limitarse a abrir la boca y cantar. Tra-la-lá. Siempre he estado convencida de que sería amiga de una cantante profesional. Una cantante de jazz. Mi mejor amiga sería una cantante de jazz y una conductora temeraria pero fiable. Más de lo que me figuraba para mí misma. También me imaginaba amigos que me adorarían. Pero esos amigos creen que soy un coñazo. Fantaseaba con volver a empezar y eliminar el sambenito de tía coñazo que cuelga sobre mí. Creo que ahora lo tengo controlado. Hay tres cosas que me hacen ser un coñazo:
Nunca devuelvo las llamadas.
Soy una falsa modesta.
Tengo un sentimiento desproporcionado de culpa con respecto a los dos puntos anteriores, lo que hace antipática mi presencia.
No me resultaría difícil devolver las llamadas y ser más modesta de verdad, pero ya es demasiado tarde para eso en relación con mis amigos. No serían capaces de ver que ya no soy un coñazo de amiga. Necesito hacer nuevos amigos que no estén contaminados y que me asocien con la alegría. Ése es mi problema número dos: nunca me satisface lo que tengo, asunto que va cogido de la mano con mi problema número uno: la prisa que le meto a todo. Quizá no sea tanto que vayan cogidos de la mano como que se trata de las dos manos de la misma bestia. Puede que se trate de mis manos. La bestia soy yo.
Estuve enamorada locamente de Kevin durante trece años, antes de que a él, por fin, empezase a gustarle yo. Al principio no mostraba interés alguno por mí porque era una niña. Yo tenía doce años y él veinticinco. Después de cumplir los dieciocho, le costó siete años más verme como una verdadera adulta, no como su alumna. En nuestra primera cita, me puse un vestido que había comprado cuando tenía diecisiete años. Lo compré especialmente para esa ocasión. Estaba pasado de moda. De camino al restaurante, nos detuvimos en una gasolinera. Sentada en el coche, mientras Kevin pagaba la gasolina, observé a un adolescente que limpiaba el parabrisas. La precisión con la que el chico utilizaba el enjugador dejaba claro que aquel trabajo no estaba sólo dentro de su ámbito de interés: ése era exactamente su trabajo, eso era todo lo que él había querido en la vida. Tra-la-lá. Cuando salíamos de la gasolinera, me quedé mirando a través de la ventanilla perfectamente limpia al adolescente y pensé: Tendría que estar con él en vez de con Kevin.
El hombre de la escalera se detiene y se queda parado durante tanto tiempo que casi llego a preguntarme si no se le habrá presentado algún problema. A lo mejor está discapacitado o es una persona muy anciana. O quizás es que está muy cansado. Quizá ya ha asesinado a todo el mundo en la manzana y está agotadísimo. Por momentos, casi alcanzo a verlo apoyado en la barandilla, mientras sus ojos escrutan la oscuridad. Yo también tengo los ojos abiertos. Kevin duerme. Está lejísimo y siempre lo estará. El silencio se prolonga cada vez más y empiezo a preguntarme si el hombre sigue allí. Lo único que se oye es la respiración de Kevin. Me pregunto qué ocurriría si me pasase el resto de mi vida en esta cama, escuchando a Kevin respirar. Pero, mira tú por dónde... Un crujido fuerte y definitivo llega del hueco de la escalera, y lo que siento es un alivio emocionante. En realidad está ahí, en la escalera, y está acercándose cada vez más con esa manera impresionantemente lenta de caminar que tiene. Si lograba sobrevivir y ver la luz del día, nunca olvidaría aquella clase práctica.
Destapé la cama y me levanté. Sólo llevaba puesta una camiseta, y no me puse unas bragas porque qué más daba eso. Quizás él también estuviese medio desnudo. Quizás estuviese decapitado y cubierto de sangre. Me quedé de pie en la entrada del hueco de la escalera, en el escalón de arriba. Allí había más oscuridad que en el dormitorio, y estaba cegada por completo. Me quedé inmóvil y esperé a morir o a que mis ojos se adaptaran a la oscuridad, fuese lo que fuese lo que sucediera primero. Antes de alcanzar a ver nada, sólo oía su respiración. Estaba frente a mí. Me incliné hacia delante. Sentía su respiración. Olía su aliento agrio. Nada bueno. Él no era bueno. No era un hombre que tuviese buenas intenciones. No me moví. Él tampoco. Aquel hombre exhalaba ese aire gélido que hace que las mujeres duden de todo, y yo lo aspiraba, como siempre lo había hecho. Yo expelía mi mugre, el polvo de todo lo que había destruido con mis dudas, y sus pulmones absorbían todo aquello. Mi vista fue adaptándose y vi a un hombre, un hombre corriente, un desconocido. Nos miramos a los ojos, y de repente me sentí furiosa. Vete, susurré. Fuera. Fuera de mi casa.

Después de salir de la gasolinera, fuimos a un restaurante que Kevin creyó que me gustaría. Pero yo seguía pensando en el chico que limpiaba los parabrisas, y de manera sistemática hice todo lo contrario que Kevin quería que hiciese. No pedí postre ni vino, sólo una pequeña ensalada, de la que me quejé mucho. Pero él no se rindió. En el coche, de vuelta a mi apartamento, contaba chistes, chistes ridículos. Me armé de valor para no reírme. Prefería morir antes que reírme. No me reí, no me reí en absoluto. Pero morí, morí del todo.

Miranda July - "El equipo de natación"

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Aunque no sé de quién es esta versión en castellano, al menos sí es una traducción profesional, con lo que la autora gana enteros respecto a mi entrada anterior sobre ella, en la que la traducción flojeaba.

Ésta es la historia que jamás te hubiese contado cuando era tu novia. No hacías más que preguntarme, machaconamente, y tus conjeturas resultaban muy morbosas y concretas. ¿Era yo una mantenida? ¿Era Belvedere igual que Nevada, donde la prostitución es legal? ¿Me pasé desnuda todo un año? Daba la impresión de que la realidad empezaba a ser un territorio estéril. Y me di cuenta a tiempo de que si la verdad no tenía sentido, con toda probabilidad no sería tu novia durante mucho más tiempo.

Nunca había tenido intención de vivir en Belvedere, pero no podía soportar la idea de tener que pedir dinero a mis padres para irme a otro sitio. Todas las mañanas me asustaba recordar que vivía sola en aquella ciudad que ni siquiera era una ciudad, de lo pequeña que era. Sólo había unas casas en torno a una gasolinera y, a unos dos kilómetros, carretera abajo, una tienda. Eso era todo. No disponía de coche. Tampoco de teléfono. Tenía veintidós años y les escribía a mis padres todas las semanas para contarles patrañas sobre mi trabajo en un programa llamado LEER, consistente en leerles a jóvenes problemáticos. Les decía que era un programa piloto pagado con fondos públicos. Nunca decidí qué había detrás de las siglas LEER, pero, cada vez que escribía «programa piloto», me asombraba de mi habilidad para encontrar ese tipo de expresiones. Otra muy buena fue «intervención primaria».
Esta historia no será muy larga, ya que lo asombroso de aquel año fue que casi no pasó nada. Los vecinos de Belvedere creían que me llamaba María. Nunca les dije que aquél era mi nombre, pero, por alguna razón que desconozco, empezaron a llamarme así, y la tarea de decirles a los tres únicos vecinos mi nombre verdadero era algo que me agobiaba. Aquellas tres personas se llamaban Elizabeth, Kelda y Jack Jack. No sé por qué duplicaban el nombre de Jack, y tampoco estoy del todo segura con respecto al nombre de Kelda, pero era así como me sonaba, y ése era el sonido que yo reproducía cuando me dirigía a ella. Los conocí porque les di clases de natación. Éste es el verdadero meollo de mi historia, porque cerca de Belvedere no había ningún sitio donde poder nadar; por no haber, no había ni piscina. Un día comentaban ese asunto en la tienda y Jack Jack, que ahora debe de estar muerto porque ya era un hombre muy viejo en aquel entonces, dijo que de todas formas aquello no le importaba en absoluto, ya que él y Kelda no sabían nadar, de modo que lo más probable era que se ahogasen. Elizabeth era prima de Kelda, me parece. Y Kelda era la mujer de Jack Jack. Los tres tenían más de ochenta años, por lo menos. Elizabeth dijo que ella había nadado mucho durante un verano en que fue a visitar a una prima suya (es evidente que no se trataba de su prima Kelda). La única razón por la que me sumé a la conversación fue que Elizabeth afirmaba con mucha seriedad que había que respirar debajo del agua para nadar.
Eso no es verdad, grité. Aquéllas fueron las primeras palabras que pronuncié en voz alta desde hacía varias semanas. El corazón me palpitaba igual que cuando le pides a alguien que salga contigo. Lo que hay que hacer es contener la respiración.
Elizabeth pareció enfadarse, aunque luego me aseguró que sólo estaba bromeando.
Kelda dijo que a ella le daría mucho miedo contener la respiración porque tuvo un tío que murió por contener demasiado la respiración en un concurso que se llamaba «Aguanta la Respiración».
Jack Jack le preguntó si se creía de verdad lo que acababa de decir y Kelda respondió: Sí. Claro que sí. Y Jack Jack le dijo: Tu tío murió de un derrame cerebral. Kelda, no sé de dónde sacas esas historias.
Después de aquello, los cuatro nos quedamos callados. En realidad, estaba disfrutando de aquella compañía y deseé que la conversación continuase. Cosa que ocurrió porque Jack Jack me dijo: De modo que sabes nadar.
Les conté que había formado parte de un equipo de natación en el instituto, y que incluso llegué a competir a nivel estatal, hasta que una escuela católica, la Bishop O'Dowd, nos derrotó. Parecía que estaban muy pero que muy interesados en mi historia. Yo ni siquiera la había considerado nunca una historia, aunque, en aquel momento, me di cuenta de que era en realidad una historia muy apasionante, llena de dramatismo y de cloro, además de otras cosas que Elizabeth, Kelda y Jack Jack desconocían de primera mano. Fue Kelda la que dijo que le gustaría que hubiese una piscina en Belvedere, ya que no cabía duda de que eran muy afortunados al tener una entrenadora de natación viviendo allí. Yo no había dicho que fuese entrenadora, pero supe a lo que se refería. Era una pena.
Entonces sucedió algo extraño. Bajé la mirada a mis zapatos y vi el suelo marrón de linóleo. Mientras pensaba que estaría dispuesta a apostarme lo que fuese a que aquel suelo no había sido limpiado desde hacía un millón de años, sentí, de repente, que estaba muriéndome. Pero en vez de morir, dije: Puedo enseñarles a nadar. Y no necesitamos una piscina.
Nos reuníamos dos veces por semana en mi apartamento. Cuando llegaban, yo ya tenía preparadas tres palanganas de agua caliente alineadas en el suelo, y una cuarta enfrente, la de la entrenadora. Añadía sal al agua, ya que, según parece, es saludable inhalar agua caliente con sal, y supuse que de manera accidental algo inhalarían. Les indiqué cómo tenían que colocar la nariz y la boca en el agua y cómo respirar de lado. Después les enseñé a mover las piernas y, por último, los brazos. Reconozco que aquéllas no eran las circunstancias idóneas para aprender a nadar, pero les expliqué que ése era el método de entrenamiento que empleaban los nadadores olímpicos cuando no tenían una piscina a mano. Sí, sí, ya lo sé, era una mentira, pero necesitábamos esa mentira porque éramos cuatro personas tendidas en el suelo de una cocina, pateando con estrépito como si estuviésemos enfadados, furiosos, como si estuviésemos decepcionados y frustrados y no nos diera miedo exteriorizarlo. La disciplina de la natación había que imponerla con firmeza para crearles la sugestión de que estaban dentro del agua. A Kelda le llevó varias semanas aprender a colocar la cara. Le decía: ¡Muy bien, muy bien! Contigo vamos a probar con una tabla flotadora. Y le di un libro. Kelda, es muy normal tenerle respeto a la palangana. Es la manera que tiene el cuerpo de decirte que no quiere morir. Y ella contestaba: No me lo dice.
Les enseñé todos los estilos de natación que sabía. El estilo mariposa era sencillamente increíble, lo nunca visto. Creí que el suelo de la cocina cedería, que se convertiría en una superficie líquida y que se llevaría a los tres, con Jack Jack a la cabeza. Era un alumno precoz, por no decir otra cosa. Cruzaba todo el suelo, con la palangana de agua salada y todo. Después de emprender una carrera hasta el dormitorio, volvía a la cocina agotado, sudoroso y lleno de polvo. Kelda, mientras sostenía el libro con ambas manos, levantaba la vista, le miraba y le sonreía satisfecha. Nada hacia mí, le decía él. Pero ella estaba demasiado asustada. En verdad, se requiere una fuerza extraordinaria para nadar fuera del agua.
Yo era de esa clase de entrenadores que, en lugar de sumergirse, permanecen junto a la piscina, pero estaba ocupada en todo momento. Puedo decirlo sin temor a resultar presuntuosa: era yo la que estaba allí en vez del agua. Estaba pendiente de todo. Les hablaba constantemente, igual que un entrenador de aeróbic, y tocaba el silbato a intervalos exactos para indicarles el límite de la piscina. Se daban la vuelta al unísono y nadaban en dirección contraria. Una vez que a Elizabeth se le olvidó usar los brazos, le grité: ¡Elizabeth! ¡Tienes los pies levantados, pero se te está hundiendo la cabeza! Y, como loca, empezó a dar brazadas, nivelándose enseguida. Con mi meticuloso y comunicativo método de entrenamiento, todas las zambullidas empezaban de manera perfecta, manteniendo el equilibrio sobre mi escritorio, y terminaban con un barrigazo sobre la cama. Pero eso sólo lo hacíamos por seguridad. Aun así, se trataba de una inmersión, de despojarse del orgullo mamífero y aprovechar la gravedad. Elizabeth agregó una regla que consistía en que todos teníamos que emitir un ruido cuando nos tirábamos. Era una regla demasiado creativa para mi gusto, pero yo estaba abierta a las innovaciones. Quería ser ese tipo de monitor que aprende de sus alumnos. Kelda hacía el ruido de un árbol al caer, en el caso de que aquel árbol perteneciese al género femenino. Elizabeth hacía «ruidos espontáneos» que siempre sonaban idénticos, y Jack Jack decía: ¡Soltad las bombas! Al final de la clase, nos secábamos. Jack Jack me estrechaba la mano y Kelda o Elizabeth me dejaban algo de comida casera: un guiso o unos espaguetis. Ése era el trueque, y resultaba tan ventajoso que no tuve necesidad de buscarme otro trabajo.
Eran dos horas a la semana, pero el resto de mi tiempo estaba supeditado a esas dos horas. La mañana de los martes y de los jueves me levantaba y pensaba: Práctica de natación. Las demás mañanas, me levantaba y pensaba: Hoy no hay práctica de natación. Cuando me encontraba a alguno de mis alumnos por el pueblo —es decir, en la gasolinera o en la tienda—, les preguntaba algo así como: ¿Has practicado para tirarte en picado? Y me contestaba: ¡Estoy en ello, entrenadora!
Sé que te resultará difícil imaginarme como alguien a quien llaman «entrenadora». En Belvedere tenía una identidad muy diferente, por eso me resultaba tan difícil hablarte de aquello. Allí nunca tuve novio. No me dediqué al arte, no me sentía en absoluto artística. Era una especie de deportista. Era toda una deportista: era la entrenadora de un equipo de natación. De haber creído que eso te hubiese interesado de verdad, te lo habría contado mucho antes, y quizás aún estaríamos saliendo juntos. Han pasado tres horas desde que me tropecé contigo en la librería en la que estabas con la mujer del abrigo blanco. ¡Qué abrigo tan fabuloso! Se ve a las claras que eres muy feliz y que por fin te sientes del todo realizado, aunque hayan pasado tan sólo dos semanas desde que rompimos. No estaba del todo segura de que hubiésemos terminado nuestra relación hasta que te vi con ella. Me pareciste increíblemente lejano, como alguien que se halla al otro lado de un lago. Un punto tan pequeño que no podría acertar a decir si era femenino o masculino, joven o viejo. Tiene gracia. Esta noche, a quien echo de menos es a Elizabeth, a Kelda y a Jack Jack. De una cosa estoy segura: están muertos. Qué sentimiento tan triste. Debo de ser la entrenadora de natación más triste de toda la historia.

Miranda July - "Roy Spivey"

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Aunque ya había visto sus libros en las librerías, no les había prestado ninguna atención. Fue a raiz de la entrada que "la prima de Audrey" dedicó a su película "Tú, yo y todos los demás" que se despertó mi interés por esta autora estadounidense. Además de escritora es músico, actriz, directora y guionista de cine y artista multimedia. Su estilo está en la línea de esas que han llamado "las mujeres de la nueva narrativa norteamericana", gente como Amy Homes o Lorrie Moore.

Dos veces me he sentado al lado de un hombre famoso en un avión. El primero fue Jason Kidd de los New Jersey Nets. Le pregunté por qué no volaba en primera clase, y dijo que era porque su primo trabajaba para United.
“¿Y no es esa una mejor razón para ir en primera clase?”
“No. Me gusta así”, dijo, extendiendo sus piernas hacia el pasillo.
No le pregunté más ya que ¿qué sé de los altos y bajos de ser una estrella deportiva? No hablamos en el resto del vuelo.
No puedo mencionar el nombre del segundo famoso, pero les diré que es un rompecorazones casado con una joven actriz. Asimismo, tiene la letra V en su primer nombre. Eso es todo (no puedo decirles nada más que eso). Pero piensen en la palabra espionaje. Ok, eso es todo. Le digo Roy Spivey, que es casi un anagrama de su nombre.
Si fuera una persona más segura de sí misma no habría cedido mi asiento en un vuelo sobrevendido, no habría sido llevada a primera clase, no me habría sentado cerca de él. Esta era mi recompensa por ser apurona. Él durmió la primera hora, y fue asombroso ver una cara famosa tan vulnerable y tan vacía. Roy tenía el asiento de la ventana y yo tenía el del pasillo, y sentí como si lo cuidara, protegiéndolo de las luces brillantes y de los paparazis. Duerme, pequeño espía, duerme. Es por esta razón, en una relación, que siempre dejo a los hombres que me vean quedarme dormida antes que ellos. Me hace sentir que, aunque sea más alta, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede ver la debilidad de un gigante, sabe que es un hombre de verdad. Además, a ese tipo de hombres seguramente las mujeres pequeñas lo vuelven ligeramente loco. Por lo que, de hecho, es posible que les atraigan las mujeres altas.
Roy Spivey se movió en su asiento, despertándose. Rápidamente cerré mis ojos y luego lentamente los abrí, como si yo, también, hubiese estado durmiendo. Ah, pero él todavía no había abierto sus ojos. Cerré los míos de nuevo y los volví abrir al instante, lentamente, y él abrió los suyos, lentamente, y nuestros ojos se encontraron, y pareció como si hubiésemos despierto de un sueño único, del sueño de nuestras vidas. Yo, una alta pero descuidada mujer; él un distinguido espía, pero no en verdad, sólo un actor, pero no en verdad, sólo un hombre, incluso sólo un chico. Esa es la otra forma en que mi altura puede funcionar sobre los hombres, la forma más común: me transformo en sus madres.
Hablamos incesantemente en las siguientes dos horas. Tuvimos ese tipo de conversación que trata específicamente sobre todo. Él me contó íntimos detalles sobre su esposa, la bella Señora M. ¿Quién hubiera adivinado que aquella mujer fuera tan problemática?
“Oh, sí, todo lo que sale en los tabloides es verdad”
“¿En serio?”
“Sí, especialmente lo de los desordenes alimenticios”
“¿Pero los romances?”
“No, no los romances, claro que no. Uno no puede confiar en los bloides”
“¿Bloides?”
“Les llamamos ‘bloides’. O ‘tab’”
Cuando las cenas estuvieron servidas fue como si estuviéramos desayunando juntos, y cuando me levanté para ir al baño él bromeó, “¡Me estás abandonado!”.
Y le dije, “Volveré”.
Mientras caminaba por el pasillo, varios de los pasajeros me miraron fijamente, especialmente las mujeres. El rumor había viajado rápido en este pequeño vuelo-pueblo. Tal vez, incluso, había algunos escritores de “bloides” (sí, definitivamente había algunos escritores de “bloides”). ¿Habíamos conversado demasiado fuerte? A mí me pareció que susurrábamos. Miré en el espejo mientras orinaba y me pregunté si yo era la persona menos agraciada con que él había charlado alguna vez. Me saqué la blusa e intenté lavarme debajo de mis brazos, lo que era imposible en un baño tan pequeño. Lancé manotazos llenos de agua hacia mis sobacos pero aterrizaron en mi falda; estaba hecha en el tipo de tela que se vuelve más oscura cuando está mojada. Me había metido en una situación realmente grave. Actué rápidamente, me saqué la falda y remojé todo en el lavabo, luego la retorcí y me la puse de nuevo. La suavicé con mis manos. Ahí estaba. Era todo una gran mancha oscura ahora. Caminé de vuelta por el pasillo, siendo cuidadosa de no tocar a nadie con mi falda oscura.
Cuando Roy Spivey me vio, gritó, “¡Volviste!”
Y reí y me dijo, “¿Qué le pasó a tu falda?”
Me senté y le expliqué todo el asunto, empezando por los sobacos. Él escuchó atentamente hasta que finalicé.
“¿Pudiste, entonces, lavarte los sobacos al final?”
“No”
“¿Están olorosos?”
“Parece”
“Puedo olerlos y decirte”
“No”
“Está bien. Es parte del espectáculo”
“¿En serio?”
“Sí. Mira”
Se aproximó y puso su nariz contra mi blusa.
“Están olorosos”
“Oh. Bueno, intenté lavarlos”
Roy se estaba levantando, subiéndose sobre mí para pasar al pasillo y hurgando en el compartimiento de arriba. Se sentó de vuelta en su asiento de manera dramática, sosteniendo una botella con un dispensador.
“Es Febreze”
“Oh, he escuchado sobre esto”
“Se seca en segundos, llevándose el olor consigo. Sube tus brazos”
Subí mis brazos y con una gran astucia me puso tres dosis de espray debajo de cada manga.
“Es mejor si mantienes tus brazos así hasta que se seque”
Los mantuve. Un brazo extendido hacia el pasillo y el otro brazo cruzando su pecho, mi mano tocando la ventana. Repentinamente se hizo obvio lo alta que era. Sólo una mujer así de alta podía tener esta envergadura. Él miró fijamente mi brazo que cruzaba su pecho por un momento, luego gruñó un poco y lo mordió. Luego rió. Yo reí también, pero no sabía que era esto, esto de morder mi brazo.
“¿Qué fue eso?”
“¡Eso significa que me gustas!”
“Ok”
“¿Quieres morderme?”
“No”
“¿No te agrado?”
“No, sí me agradas”
“¿Es porque soy famoso?”
“No”
“Sólo porque soy famoso no significa que no necesite lo que todos necesitan. Mira, muérdeme en cualquier parte. Muerde mi hombro”
Se sacó la chaqueta, desabotonó los cuatro primeros botones de su camisa y mostró un largo y bronceado hombro. Me acerqué y, algo rápido, lo mordí ligeramente, y luego agarré mi SkyMall de nuevo y comencé a leer. Después de un minuto se abotonó y lentamente agarró su copia de SkyMall. Leímos por media hora.
Durante este rato precavidamente no reflexioné acerca de mi vida. Mi vida estaba lejos de nosotros, en un departamento naranja-rosado. Ahora parecía que nunca tendría que volver. La sal de su hombro zumbaba en la punta de mi lengua. Tal vez nunca me pueda parar en medio de mi piso y preguntar qué hacer a continuación. A veces me paraba durante dos horas, sin poder generar suficiente velocidad para comer, para salir, para limpiar, para dormir. Parecía improbable que alguien recién mordido y que había mordido a una celebridad tuviese este tipo de problema.
Leí acerca de vacunas diseñadas para succionar insectos del aire. Aprendí sobre toallas con auto calefacción y piedras falsas para esconder las llaves de la casa. Estábamos comenzando a aterrizar. Ajustamos los asientos y las mesitas. Repentinamente Roy Spivey se dio vuelta y dijo, “Oye”.
“Oye”, dije.
“Oye, lo pasé bien contigo”
“Yo también”.
“Voy a escribir un número y quiero que lo protejas con tu vida”
“Ok”
“Si este número telefónico cae en malas manos tendré que conseguir alguien que cambie la línea. Y eso es un gran dolor de cabeza”
“Ok”
Escribió el número en una página del catalogo de SkyMall y sacó la hoja y la puso en mi palma.
“Es la línea personal de la nana de mi hijo. Las únicas personas que pueden ocupar esta línea son su novio y su hijo. Ella siempre responde. Así, siempre te podrás contactar. Y ella sabrá dónde estoy”.
Miré el número.
“Le falta un dígito”
“Lo sé, quiero que te memorices el último número, ¿ok?”
“Ok”
“Es cuatro”

Apuntamos nuestras caras a la parte delantera del avión y Roy Spivey gentilmente tomó mi mano. Yo todavía sostenía el papel con el número, así que él lo sostenía también. La situación era agradable y simple. Nada malo me podría pasar mientras estuviera sosteniendo manos con él, y cuando me hubiese dejado yo tendría el número que termina en cuatro. He querido un número así toda mi vida. El avión aterrizó lentamente, como una línea trazada fácilmente. Roy me ayudó a llevar mi bolso de mano desde el compartimiento; la escena se vio obscenamente familiar.
“Mi gente me va a estar esperando afuera, entonces no podré decir adiós debidamente”
“Lo sé. Está bien”
“No, no lo es. Es una burla”
“Pero lo entiendo”
“Ok, esto es lo que haré. Justo antes de que me vaya del aeropuerto voy a acercarme a ti y diré, ‘¿Trabaja aquí?’”
“Está bien. Realmente lo entiendo”
“No, esto es importante para mí. Diré, ‘¿Trabaja aquí?’ Y entonces tú dices tu parte”
“¿Cuál es mi parte?”
“Dices, ‘No’”
“Ok”
“Y yo sabré a que te refieres. Nosotros dos vamos a saber el significado secreto”
“Ok”
Nos miramos los ojos de una manera que decía que nada importaba tanto como nosotros. Me pregunté si mataría a mis padres para salvar su vida, una pregunta que me he hecho desde los quince. La respuesta siempre solía ser sí. Pero a través del tiempo todos esos chicos se habían desvanecido y mis padres aún estaban acá. Estaba menos y menos dispuesta a matarlos por cualquiera; de hecho, me preocupé por su salud. En este caso, de todas maneras, tenía que decir sí. Sí, lo haría.
Caminamos por el túnel entre el avión y la vida real, y entonces, sin mucha vista por donde iba dirigiéndome, desapareció.
Intenté no buscarlo en la parte donde se recoge el equipaje. Él me encontraría si así lo quisiera. Fui al baño. Saqué mi bolso. Bebí de la fuente de agua. Vi niños pegarse entre ellos. Finalmente, dejé mis ojos arrastrarse sobre todos. Estaban todos los que no eran él, cada uno de ellos. Pero todos ellos sabían su nombre. Aquellos que eran talentosos en el dibujo podrían haberlo bocetado de memoria, y todos ciertamente podrían haberlo descrito, si ellos hubiesen tenido que decir a una persona ciega, el ciego sería el único que no sabría cómo era. E incluso el ciego sabría el nombre de su señora, y unos pocos hubiesen sabido el nombre de la tienda donde su señora compró camisetas de lavanda y unos shorts que hicieran juego con esas camisetas. Roy Spivey estaba tanto en ninguna parte como en todas partes. Alguien me golpeó en mi hombro.
“Perdone, ¿trabaja aquí?”
Era él. Excepto que no era él, porque no había voz en sus ojos; sus ojos estaban mudos. Rov actuaba. Dije mis líneas.
“No”
Una joven muchacha del aeropuerto apareció a mi lado.
“Yo trabajo aquí. Yo puedo ayudarle”, dijo con entusiasmo.
Roy pausó por una fracción de segundo y luego dijo, “Excelente”. Esperaba ver qué iba a inventar para la situación, pero la muchacha del aeropuerto me fulminó con la mirada, como si yo estuviese fisgoneando, y luego dejó sus ojos sobre él, como si ella lo estuviese protegiendo de gente como yo. Quería gritar, “¡Era un código! ¡Tenía un significado secreto!” Pero sabía cómo se vería algo así, por lo que caminé.
Esa tarde me hallé sentada en medio del suelo de mi piso. Me había cocinado y comido la cena, y luego tenía la idea de limpiar la casa. Pero cuando iba camino a coger la escoba, tuve un antojo que se unió con el vacío de la sala. Quería ver si podía empezar de nuevo. Pero, por supuesto, sabía cual sería la respuesta. Cuanto más estaba parada, más me tenía que parar. Era intrincado y exponencial. Se veía como si no estuviese haciendo nada, pero realmente estaba ocupada como un científico o un político. Calculaba la estrategia de mi próximo paso. Y que mi próximo paso fuese siempre no moverse, no hacía las cosas más fáciles.
Dejé ir la idea de limpiar y sólo esperé irme a dormir a una hora razonable. Pensé en Roy Spivey en la cama con la Señora M. Y luego recordé el número. Lo saqué de mi bolsillo. Roy lo había anotado cruzando la foto de unas cortinas rosadas. Éstas estaban diseñadas de una fábrica que originalmente diseñaba artefactos para lanzamientos espaciales; cambiaban el peso de las cortinas en reacción a la fluctuación de la luz y el calor. Murmuré todos los números y luego grité el faltante fuerte. “Cuatro”. Parecía arriesgado e ilícito. Chillé, “CUATRO”. Y me moví fácilmente por la sala. Me puse mi camisón, me lavé los dientes, y me fui a la cama.
A través de toda mi vida he usado el número varias veces. No el número telefónico, sino el cuatro. La primera vez que conocí a mi esposo, solía susurrar “cuatro” mientras teníamos relaciones sexuales porque era bastante doloroso. Luego supe de una pequeña operación que podía tener para agrandarme. Susurré “cuatro” cuando mi padre murió de cáncer al pulmón. Cuando mi hija se metió en problemas en México, dios sabe haciendo qué cosa, me dije “cuatro” a la vez que le daba el número de mi tarjeta de crédito a través del teléfono. Lo cual fue confuso (pensando un número y diciendo otro). Mi esposo bromea acerca de esto, de mi número de la suerte, pero nunca le he dicho nada acerca de Roy. Nunca se debe sobreestimar la capacidad de un hombre de sentirse amenazado. Una no tiene que ser demasiado hermosa para magnetizar hombres. En una reunión con mi curso de secundaria apunté a un profesor por el cual alguna vez me sentí atraída, y hacia el fin de la velada este profesor y mi marido se peleaban en el estacionamiento del hotel. Mi esposo dijo que era por problemas sobre discriminación racial, pero yo sabía que no. Algunas cosas son mejores dejarlas de lado.
Esta mañana, limpiaba mi caja de joyas cuando encontré un trozo de papel con cortinas rosadas. Pensé que lo había perdido hacía tiempo, pero no, ahí estaba, doblado y debajo de un clavel seco y al lado de algunas poco prácticas y pesadas pulseras. No había susurrado “cuatro” en años. La idea de suerte me hizo sentir un poco agotada, como una Navidad cuando una realmente no está de buen humor.
Me paré cerca de la ventana y estudié a la luz la escritura de Roy Spivey. Roy estaba viejo ahora –todos los estamos– pero seguía trabajando. Tenía su propio programa en la televisión. Ya no era un espía; interpretaba el papel de padre de doce chicos bribones. Reflexioné que había perdido el hilo de todo este asunto. Él quería que lo llamara. Miré fuera de la venta; mi esposo estaba en la entrada de la casa aspirando el coche. Me senté en la cama con el número en mis piernas y el teléfono en mis manos. Marqué los números, incluyendo el invisible que me había guiado durante toda mi vida. Estaba fuera de servicio. Por supuesto: ya no funcionaba. De hecho fue absurdo haber pensado que todavía era la línea privada de su niñera. Los hijos de Roy Spivey habían crecido hace tiempo. La niñera estaba trabajando para otros, o tal vez le había ido bien (se inscribió en una escuela de enfermeras o negocios). Bien por ella. Bajé la vista para ver el número y sentí tristeza por esta pérdida. Muy tarde. Había esperado mucho tiempo.
Escuché el sonido de mi esposo golpeando las alfombrillas del coche. Nuestro viejo gato se enredó en mis piernas en señal de querer comida. Pero no podía pararme. Pasaron minutos, casi una hora. Comenzó a oscurecer. Mi esposo, abajo, se preparaba un trago y yo estaba apunto de pararme. En el patio los grillos rechinaban y yo estaba apunto de pararme.