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Jean Rhys - "Noche de 1925"

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Este cuento pertenece al volumen "Que usted la duerma bien, señora" (Sleep it off Lady) publicado en 1976 (aunque algunos de los cuentos ya habían aparecido antes en algunas revistas).
La versión es la de Salustiano Maso Simón.


Había llovido, y los reflejos verdes y rojos de las luces en las calles mojadas le hacían pensar a Suzy en los libros de Francis Carco. Paseaba con un amigo llamado Gilbert, a quien sus íntimos conocían, en Montparnasse, por el apelativo de El Roña.
Gilbert, tras hacerle ver que ya no llovía y que el aire fresco les sentaría bien, la llevaba a un sitio donde, según él, se divertía uno de lo lindo y hasta había su pizca de sorpresa.
Cruzaron el Sena y continuaron a pie. Ya iba a decirle Suzy que se estaba cansando y que debían tomar un taxi cuando él se detuvo hacia la mitad de una callejuela silenciosa. Bajaron unos escalones y penetraron en un recinto largo y estrecho flanqueado de altos espejos; una mujer vestida de negro salió a recibirlos.
Bonsoir madame —dijo familiarmente Gilbert—. ¿Comment allez vous? Le traigo a una amiga.
Bonsoir madame, bonsoir monsieur —dijo la mujer, enseñando los dientes.
«Esta no le conoce ni le ha visto en su vida», pensaba Suzy, cuando la mujer se eclipsó y en su lugar se vieron rodeados por un montón de jovencitas en diversas fases de desnudez. Se colocaron en un orden estudiado, unas delante arrodilladas, otras atrás de pie. Sus erizadas pestañas destacaban ostensibles y flamantes. Abrieron la boca y sacaron la lengua, agitándola ante los visitantes, no en son de burla como era de suponer, sino en un gesto de invitación.
«Apuesto a que nos abuchean también», se dijo Suzy.
—Escoge una —dijo Gilbert.
Suzy escogió a una morenita que le pareció menos alarmante que las demás. Gilbert escogió a una chica mucho más alta, pelirroja y con mucha barbilla. Parecida a una yegua.
Las otras se disgregaron y se perdieron de vista, presumiblemente para esperar a los próximos clientes.
Suzy, Gilbert y sus acompañantes fueron a sentarse a una de las mesitas libres dispuestas al otro lado de la estancia. Un camarero muy viejo se acercó arrastrando los pies y preguntó qué iban a beber.
—¿Qué clase de hombre puede emplearse de camarero en sitios como éste? —dijo Gilbert en inglés pero sin bajar la voz. Las chicas pidieron Deux Censes, Suzy y Gilbert prefirieron Pernod.
—No tardará en morirse —dijo Suzy cuando el camarero se fue—. No hace falta tener tantos miramientos con él. No puede ya ni andar como quien dice.
—De eso se valen —dijo Gilbert.
Oyeron la música de una java que procedía de otro recinto. Llegaron las bebidas y las dos jovencitas se pusieron a parlotear muy animadamente, pero Gilbert respondía con mucho laconismo o no contestaba siquiera, y Suzy guardaba silencio porque se sentía cohibida y no se le ocurría nada apropiado que decir. Cuando esto había durado ya algún tiempo, la yegua empezó a dar muestras de enfurruñamiento, pero la otra chica parecía preocupada, como podría estarlo una anfitriona que, temerosa de que la fiesta resulte sosa y aburrida, se esfuerza por imaginar algún modo de reanimarla.
Finalmente se volvió hacia Suzy, le levantó la falda y la besó en la rodilla.
Tu es folle —dijo la yegua.
Mon amie n'aime pas ça —dijo Gilbert.
—¡Ah! —exclamó la joven. Llevaba una blusa blanca muy corta, calcetines blancos y sandalias negras. Colgada al cuello, una medalla de latón. Tenía la cara perfectamente redonda. Daba la impresión de ser persona algo obtusa, pero afable y bondadosa, pensó Suzy, sonriendo y poniendo la mano sobre la de la muchacha: una mano pequeña y rolliza.
—Vaya, vaya —dijo Gilbert—. Y esto ¿cómo tengo yo que interpretarlo?
—Supongo —repuso Suzy mirándole— que si la chica termina por hartarse podrá irse, ¿no crees?
—Desde luego que sí —dijo Gilbert—. Voy a preguntárselo.
Mais certainement —dijo la joven—. Naturelle-ment. ¿Pourquoi pas? —Y como nadie despegara los labios, añadió en voz baja—: Seulement, seulement...
¿Seulement qué? —inquirió Suzy—. ¿Seulement qué?
—Vamos, cierra el pico, Suzy —dijo Gilbert—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué esas preguntas idiotas?
—Vengan para arriba —dijo la yegua—. Suban a vernos hacer nuestro «cinéma». No se arrepentirán.
También llevaba blusa blanca, calcetines blancos y zapatillas negras, pero la blusa se abría por delante hasta la cintura.
—No —dijo Gilbert—, no vamos a subir. —Y prosiguió, dirigiéndose a Suzy—: Este sitio ha perdido una barbaridad. Antes sí qué era divertido, tenía ambiente. Ahora no es ni sombra de lo que era. Claro que hemos venido demasiado temprano. Pero de todos modos...
—Podríamos sugerirles algunas ideas —dijo la yegua—. A lo que se ve, las necesitan.
—Vámonos, Suzy —parecía exasperado—. Termínate el Pernod y vamos a probar suerte a otra parte.
—Sí, yo también creo que será lo mejor —dijo Suzy—, porque, la verdad, no me da la impresión de estar cayendo muy bien aquí. Una de las chicas, allá al otro lado, parece como si fuese a venir a cruzarme la cara de un momento a otro.
—¿Cuál? —preguntó Gilbert, volviéndose—. ¿Dónde?
—Aquélla, la de los pechos opulentos —dijo Suzy.
Una chica de pechos hermosos y talle muy delgado no dejaba de mirarla con expresión de cólera incontenible.
—Vaya mal genio —dijo Gilbert.
—Está echando bombas —certificó Suzy.
—Ya lo veo —dijo Gilbert.
—Se figura que he venido a mirarlas y reírme de ellas. No hay que tomárselo a mal.
La mujer que los había recibido se acercó entonces a su mesa.
—¿Les molesta alguna de estas chicas?
—Qué va —respondió Suzy—. En absoluto. Las encontramos encantadoras, ¿verdad, Gilbert?
Gilbert no contestó.
La mujer echó una mirada significativa a las dos jóvenes y se retiró.
—Venez donc —dijo la yegua—. Vamos al piso de arriba. Para ustedes serán sólo trescientos francos. Y el champán.
—No —dijo, Gilbert—. Lo siento mucho, pero no. Esta noche no. —Y añadió en inglés—: Todo esto ya pasa de la raya. Vámonos de aquí.
Las jóvenes se dieron cuenta de que los clientes estaban descontentos y pretendían irse.
La morena guardó silencio, pero la yegua inició un largo y atropellado discurso que Gilbert estuvo escuchando con una pérfida sonrisa, hasta que al fin dijo, dirigiéndose a Suzy:
—Todo su empeño es llevarnos para arriba, naturalmente. Supongo que le parecerá una buena idea insistir machaconamente sobre las dificultades de su oficio. Las miserias de siempre. Pasaron las glorias de antaño. Punto final. Es triste, ¿no crees? —se echó a reír.
La morena se levantó de un brinco y dio en la mesa un puñetazo tan fuerte que volcó su copa.
—¿Et qu'est-ce que tu veux que ça leur fasse? —vociferó—. ¿Qu'est-ce que tu veux que ça leur fasse?
—¡Teatro! —exclamó Gilbert—. ¿Qué te crees que les importa a ellos?, ha dicho.
—Mira, Gilbert, no podemos marcharnos sin dar a estas chicas una perra.
Ya han tenido sus bebidas —dijo Gilbert.
—Dos guindas en aguardiente. Poca cosa. Deja que les dé algo, ¿quieres?
—Está bien —dijo Gilbert—, si lo hago, ¿me prometes venir conmigo a otra parte? A algún sitio donde le echen un poco más de salero.
—Bueno —dijo Suzy—, si tú quieres que vaya...
—Perfectamente. Aquí tienes, pues —le tendió su cartera—. Dales a cada una... —Marcó 10 sobre la mesa con su cigarrillo—. Con eso basta y sobra. —Y se volvió a mirar a la encolerizada.
Suzy abrió la cartera y sacó dos billetes. Los dobló cuidadosamente y dio uno a cada chica. Sonrieron, las dos, y se guardaron el billete dentro del calcetín.
—¿Me permite? —dijo la morena. Se quitó la medalla, se la dio a Suzy y besó a ésta efusivamente—. Mándeme a sus amistades que visiten París, me encantará ver a cualquier amigo o amiga que me mande.
En una cara de la medalla aparecía grabado un nombre: Dedé. En el otro estaban las señas.
—Alors —dijo la yegua con viveza—. Merci bien m'sieur et dame. Au 'voir. A la prochaine.
—Me gustaría que se largaran —dijo Suzy.
Allez-vous-en —dijo Gilbert.
Nadie reparó en ellos mientras salían por el largo vestíbulo.
Bonsoir madame. Bonsoir monsieur —dijo la mujer, a la puerta.
Ya estaban en la calle.
—Sí que nos hemos lucido —dijo Gilbert—. Lo lamento. No será difícil encontrar un sitio más divertido. Llamaré un taxi.
—Sí —afirmó Suzy—. Pero quizá deba decirte que he dado a esas chicas cinco libras a cada una.
—¿Qué dices que has hecho? —preguntó Gilbert. Abrió la cartera y se quedó callado.
Su silencio duraba tanto que Suzy no pudo soportarlo ni un instante más y dijo con excitación:
—¿Por qué no iban a sacar algo de dinero? ¿Por qué no iban a sacar algo de dinero?
—Si tú lo ves así —dijo Gilbert—, ¿por qué no pruebas a dar del tuyo, en vez de disponer, por las buenas, del bolsillo ajeno?
—Porque no lo tengo —respondió Suzy—. Así de sencillo
—Claro —dijo Gilbert—. Siempre habrá otro que financie tus brillantísimas ideas. Y tanta cochina hipocresía. En realidad te importa todo un rábano. Cuando has dado a esas chicas mi dinero lo que tenías eran unas ganas locas de perderlas de vista, ¿vas a negármelo?
—De ninguna manera, no era eso —dijo Suzy—. Pensé que era mejor que nos fuésemos antes de dar ocasión a que lo descubrieses.
—¿Y qué te imaginas que iba a haber hecho? ¿Armar una bronca? ¿Intentar que devolviesen el dinero?
—Yo no sabía lo que harías —dijo Suzy—. Por eso me pareció lo mejor largarnos en seguida.
—Pues muchísimas gracias —y siguió caminando, para alivio de Suzy, sin dejar de perorar, ya con un tono de voz normal—: Y esto demuestra lo poco que sabes de estas cosas. Si esas chicas hubieran hecho todos sus numeritos, todos sus numeritos, cien francos habría sido una propina regia. Una propina regia. Les has dado diez libras por nada en absoluto. Bien se van a reír de mí. Y eso del final ha sido todo una ficción. Ha sido el «cinéma» que reservan a los clientes a quienes no pueden persuadir a que suban. Y tú has mordido el anzuelo. Bien se van a reír de mí —repitió.
—Nada de eso, yo no creo que fuese una ficción —dijo Suzy.
Pero recordaba su ademán confiado al pasarle la cartera y empezó a sentir remordimientos.
—Diez esterlinas no es tanto. Y tenías un buen fajo de billetes de cinco en esa cartera. ¿Es tan terrible lo que he hecho? Piensa en cómo te van a recibir cuando vuelvas. El inglés alto y guapo que da diez libras por nada en absoluto. Vas a ser una leyenda, no una irrisión.
Llegaron al extremo de la calle.
—Aquí al lado tiene la parada un autobús que te llevará de vuelta a Montparnasse —dijo Gilbert, envarado y seco.
Esperaron. Tirado en el arroyo, había un sombrero de mujer color escarlata.
—Lástima de sombrero viejo —dijo Suzy—. Lástima, lástima. Alguien debería escribir un poema acerca de ese sombrero —todavía llevaba en la mano la medalla de Dedé.
—Un consejo antes de separarnos —dijo Gilbert—. No te aferres a esa medalla. Te conozco, la dejarás en tu mesilla de noche y la persona que te lleve el desayuno la verá. Mejor que no la vean.
—No repararán en ella, ¿a quién puede importarle? —dijo Suzy.
—Eso es lo que tú crees. Mejor que no la vean. Hazme caso.
A Suzy empezó a retozarle la risa, una risa tonta, sin motivo. Dispuso cuidadosamente la medalla debajo del sombrero colorado y levantando en alto la mano dijo solemnemente:
—Descansa en Paz en el nombre de Alá el Compasivo, el Misericordioso.
—Ahí viene tu autobús —dijo Gilbert—. Para muy cerca del Dôme y supongo que acertarás con el camino, desde allí.
—Sí, perfectamente. Au 'voir Gilbert. A la prochaine.
—No habrá próxima vez —dijo Gilbert mientras se alejaba.
Suzy subió al autobús, aliviada de que fuese medio vacío. Tomó asiento y se puso a escuchar las voces que resonaban en su cabeza, según iba repasando los acontecimientos de aquella noche.
«Las miserias de siempre. Pasaron las glorias de antaño. Punto final. ¿Et qu'est-ce que tu veux que ça leur fasse?»

Jean Rhys - "El loto"

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El cuento pertence al volumen "Los tigres son más hermosos".
La versión es la de Enrique Hegewicz.

Dice Garland que es una furcia.
—¡Una furcia! Mi querida Christine, ¿la has visto alguna vez? Al fin y al cabo, hay límites.
—¿Límites? ¿Aquí en Portobello Road? Lo dudo mucho.
—Bobadas —dijo Ronnie—. Está escribiendo una novela. Sí, cariño —abrió los ojos y apuntó hacia abajo las comisuras de sus labios—, sobre una chica a la que seducen...
—Caramba, caramba.
—En un almiar —dijo Ronnie reventando de risa.
—A lo mejor tenemos suerte; es posible que se emborrache más temprano que de ordinario y no suba.
—¿Que no subirá? Puedes apostar lo que quieras a que lo hará.
—No puedo imaginar por qué razón le pediste que viniera —dijo Christine.
—Bueno, el otro día me pidió un libro prestado, y dijo que subiría a devolverlo. ¿Qué querías que hiciese?
Mientras continuaban la discusión se oyó un golpe en la puerta y él gritó:
—Pase... Christine, te presento a Mrs. Heath, Lotus Heath.
—Buenas noches —dijo Lotus con voz ronca—. ¿Qué tal están? Supongo que muy bien... Buenas noches, Mr. Miles. Le he traído su libro. Lo he disfrutado muchísimo.
Era una mujer de mediana edad, baja y robusta. Sus rollizos brazos estaban desnudos, las uñas con esmalte de un rojo muy brillante. Se había pintado los labios con gran torpeza del mismo color que las uñas, pero tenía la cara muy pálida. La parte delantera de su vestido negro estaba gris de polvo.
—¡Cómo golpetean estas ventanas! —dijo Christine—. Histéricamente, diría yo.
Embutió un pedazo de periódico entre los dos marcos de la ventana de guillotina y luego se sentó en el diván. Inmediatamente Lotus se acercó a su lado y se inclinó hacia delante.
—¿Verdad que te gusto, guapa? Anda, di que sí.
—Claro que sí.
—Ha sido tan encantador de vuestra parte invitarme a subir —dijo Lotus.
Sus tristes ojos, muy separados, pasearon sin fijeza por toda la habitación que estaba pintada de amarillo al temple y decorada con carteles de vapores: «Marruecos, país del sol», «Venga al bello Balí».
—Os aseguro que al final me harto de estar sentada sola en el sótano noche tras noche. Y día tras día, si vamos a eso.
Christine, haciéndose la estirada, observó:
—Siempre he pensado que esta parte de Londres es terriblemente deprimente.
Se le dilataron los orificios nasales. Luego apretó los brazos con fuerza contra sus costados, se deslizó hacia un lado, encendió un cigarrillo y aspiró profundamente.
—Pero aquí lo tenéis todo muy bien arreglado. ¿Es tu padre el señor de la fotografía de la repisa? Te pareces mucho.
Ronnie dirigió una mirada a su esposa y tosió.
—Bien, ¿y qué tal va la poesía? —preguntó, sonriendo maliciosamente al decir la palabra «poesía» como si fuese un chiste poco adecuado—. ¿Y la novela, va bien?
—Avanza despacio —dijo Lotus, mirando la jarra de whisky.
Ronnie se levantó hospitalariamente. Lotus cogió el vaso que le daba él, entornó los ojos, lo vació de un trago y vio cómo volvía Ronnie a llenarlo con expresión ausente.
—Pero es maravillosa la forma en que se me va ocurriendo todo —dijo Lotus—. Será una novela muy larga. Pienso escribirlo todo, meter ahí todo lo que tengo. Voy a escribir un libro como jamás ha escrito nadie.
—Hace usted bien, Mrs. Heath, escriba una novela muy larga —le aconsejó Ronnie.
Su expresión educadamente interesada fastidió a Christine. «¿Es que intenta ser gracioso?», pensó, y sintió una comezón de furia por todo el cuerpo. Se levantó, murmurando:
—Voy a ver si hay más whisky. Seguro que va a hacer falta.
—Lo horrible —dijo Lotus, mientras ella salía de la habitación— es no encontrar las palabras. Eso es lo que me tortura: conocer la historia y no encontrar las palabras.
En el dormitorio de al lado Christine seguía oyendo su voz monótona y cantarina, la voz de una mujer que acostumbraba a hablar consigo misma. «¡Cómo se le ocurre echarme encima a esa horrible criatura!», pensó. «Seguro que Ronnie se ha vuelto loco.»
«Esta casa me deprime», pensó. La puerta de la calle estaba pintada de azul pálido. A la derecha había cuatro chapitas de latón y los cuatro botones de los timbres. Mr. y Mrs. Garland, Mr. y Mrs. Miles, Mrs. Spencer, Miss Reíd, y, debajo, una sucia tarjeta de visita sujeta con chínchelas, Mrs. Lotus Heath. Un dedo pintado señalaba hacia abajo.
Christine se empolvó la cara y se pintó cuidadosamente los labios. ¿De qué debía estar hablando aquella loca?
—¿Tan trágica es la situación? —preguntó al abrir la puerta de la salita. Lotus estaba llorando.
—Magnífica —Ronnie se sentía tímido y movía nervioso los pies—. Una historia verdaderamente magnífica. En realidad, la encuentro un poco triste, ¿no le parece?
Christine rió bajito.
—Eso fue lo que me dijo mi amigo —dijo Lotus ignorando a su anfitriona—. «Escribe lo que quieras, pero que no sea lúgubre», me dijo. «Porque si lo es, a la gente se le ponen los nervios de punta. Y no escribas sobre las cosas que conoces, porque entonces te excitas y dices demasiadas cosas, y eso también les pone los nervios de punta. Inventa; utiliza tu imaginación.» ¿Y qué le parece mi historia? ¿Verdad que no es muy triste? Estoy utilizando la imaginación. De todas formas, me gustaría poder escribir algunas de las cosas que me han ocurrido a mí, escribirlas tal como fueron, sean tristes o no. También me he divertido lo mío, desde luego que sí.
Ronnie miró a Christine, pero ella no respondió a su mirada sino que apartó los ojos y corrió la jarra por la mesa.
—Tome otro trago antes de seguir contándonos cosas. Para eso está el whisky. Aprovéchelo cuanto pueda porque siento decir que no queda ni una gota más en la cocina, y los bares ya están cerrados.
—Ella cree que estoy bebiendo demasiado y les voy a dejar sin —le dijo Lotus a Ronnie.
—Qué va. Seguro que no.
—Bueno, pues no lo creas, querida —¿cómo te llamas?—, ah, sí, Christine. Tengo abajo una botella de oporto y ahora mismo iré a buscarla.
—Hágalo —dijo Christine—. Eso sería un gesto amistoso.
—Eso es. Bien, como estaba diciéndole a Mr. Miles, lo mejor que había escrito hasta ahora era poesía. La novela no me importa un rábano, entre nosotros. La escribo para ganar algún dinero. Lo que de verdad me gusta es la poesía. De todos modos, con esta memoria que tengo, es increíble. ¿Sabe que todavía me acuerdo de las cosas que me dijo la gente hace muchos años? Si lo intento, puedo acordarme de las palabras y oír la voz que las pronunció. Tengo una memoria maravillosa. Claro que ahora no tengo tanta como antes, pero, qué quiere, nadie es joven eternamente.
—No. ¿No es horrible? —comentó Christine sin dirigirse a nadie en particular—. La mayoría de la gente sigue viviendo cuando ya tendría que estar muerta, ¿verdad? Sobre todo las mujeres.
—Mira qué sarcástica es, ¿eh? Delicada, pero sarcástica. —Lotus se puso en pie, osciló y se agarró a la repisa—. ¿Has tenido hijos?
—¿Se refiere a mí?
—No, ya veo que no. Y nunca tendrás si puedes evitarlo. Eres demasiado espabilada para eso, ¿verdad? Bueno, da igual. Acabo de terminar un poema. Mientras lo escribía me corrían las lágrimas por las mejillas y es lo mejor que he escrito en mi vida. Era como si alguien estuviese diciéndome todo el rato al oído, «Escríbelo, escríbelo». Exactamente así. Trata de una mujer que está en el juzgado y oye al juez condenar a muerte a su hijo. «Morirás», le dice el juez. «No, no, no —dice la mujer—, todavía es demasiado joven.» Pero el viejo juez insiste. «Morirás», dice. Pero —aquí elevó la voz—, lo que ocurre es que el hijo no es real. Es un muñeco, como uno de esos muñecos que tienen los ventrílocuos, no es real. Y nadie lo sabe. Pero ella sí. Y por eso la madre dice..., esperad, voy a recitarlo.
Avanzó hasta el centro de la habitación y se puso muy tiesa, con la cabeza echada hacia atrás y los pies juntos. Entonces entrelazó las manos a su espalda y anunció con voz muy alta y artificial:
—«La madre del reo».
Christine se puso a reír.
—Ay, qué risa. Debe usted pensar que soy muy descortés, pero no puedo impedirlo. Siempre que alguien recita algo me porto muy mal. —Se fue al gramófono y repasó los discos—. Podría bailar en lugar de recitar. Estoy segura de que baila usted maravillosamente. Aquí está justo lo que necesitábamos, Dame otra oportunidad. ¿Verdad que irá bien?
—No le haga caso —dijo Ronnie—. Recite el poema.
—No pienso hacerlo. Para qué, si a su esposa no le gusta la poesía.
—Bah, no es más que una niña tonta.
—Dime de qué te ríes y te diré quién eres —dijo Lotus—. La mayor parte de la gente se ríe cuando no es feliz. Entonces es cuando ríen. He vivido lo suficiente para saberlo, y quizás todavía pueda llegar a vivir el tiempo suficiente para verles llorar.
—No le haga caso —repitió Ronnie—. Es así. —Asintió con la cabeza a la espalda de Christine, y habló en tono orgulloso y lleno de ternura—. Esta misma mañana estaba diciéndome que en su opinión no hay que ponerse sentimental al pensar en la gente. ¿Verdad, Christine?
—No te he dicho nada de eso —dijo Christine dando media vuelta y con la cara enrojecida—. Te he dicho que estaba harta de tanta basura. Eso es lo que he dicho. Y he dicho que estaba harta de que me pidieran que compadeciera a la gente que tienen exactamente lo que se merecen. Si la gente se lo pasa fatal, puedes apostar a que es por culpa suya.
—Sigue, sigue —dijo Lotus—. Hablas como una condenada estúpida, querida. Si hubieses tenido alguna vez en tu vida el más mínimo sentimiento no podrías hablar de esta manera. Lo que te pasa es que tienes un corazón rudimentario. Puedes haber sido hija de un clérigo, pero tu corazón es rudimentario. —Estaba de pie en medio de la habitación, con las manos a la espalda—. Dígaselo usted, Mr. Como-se-llame. Dígale la verdad y avergüence a ese diablo. Ande, dígale a su amiguita que habla como una condenada estúpida.
—A ver, a ver, ¿qué pasa aquí? —se agitó incómodamente Ronnie. Alargó el brazo para coger la jarra y la puso boca abajo sobre su vaso—. Siempre se acaba justo cuando más necesidad tienes de pegar un trago. ¿Se había fijado usted? ¿Qué me dice de ese oporto?
Las dos mujeres estaban lanzándose miradas asesinas. Ninguna de las dos le contestó.
—¿Qué me dice de ese oporto, Mrs. Heath? A ver si vemos ese oporto que nos ha prometido.
—Ah, sí, el oporto —dijo Lotus—. De acuerdo, iré a por él.
En cuanto salió, Christine empezó a caminar arriba y abajo por la habitación, muy enfurecida.
—¿Qué pretendes? ¿Por qué animas a esa mujer tan horrible? «Su amiguita», ¿te has fijado? ¿Qué pasa, es que cree que soy tu concubina o algo así? ¿Te gusta que me insulte?
—No seas boba, mujer, no pretendía insultarte —argumentó Ronnie—. Está trompa. Eso es lo único que le pasa. La encuentro increíblemente cómica. Hace muchísimo tiempo que no me tropezaba con una reliquia de los viejos tiempos que fuera tan graciosa como ella.
Christine continuó como si no le hubiese oído.
—¡Este barrio infernal y asqueroso! ¡Esta vida infernal! ¡Estoy harta! Y encima tienes que traer a esa criatura, que apesta a whisky y mejor no mencionar todo lo demás, a hablar conmigo. ¡A hablar conmigo! Hay límites, como tú mismo has dicho, hay límites... ¡Seducida en un almiar...! ¡Dios mío! No la tocaría ni con pinzas.
—Eh, cuidado —dijo Ronnie—. Ya vuelve. Te va a oír.
—Pues que me oiga —dijo Christine.
Salió al rellano y la esperó allí. Cuando vio la parte superior de la cabeza de Lotus dijo en voz alta y clara:
—La verdad, no puedo seguir soportando estar en la misma habitación que esa mujer. La combinación de whisky y moho es horrorosa.
Se fue al dormitorio, se sentó en la cama y empezó a reír. Poco después reía tan fuerte que tuvo que taparse la boca con el dorso de la mano para sofocar el ruido.
—Hola —dijo Ronnie—, ya está usted aquí.
—No he conseguido encontrar el oporto.
—Da igual. No se preocupe.
—Me quedaba un poco.
—Da igual... Mi esposa no se encuentra demasiado bien. Ha tenido que irse a la cama.
—Sé muy bien cuándo me dan la patada de un sitio, Mr. Miles —dijo Lotus—. Pero antes, tomemos otra copa. Apuesto a que tiene algo arrinconado en algún lado.
Había un poco de jerez en el armario.
—Muchísimas gracias.
—¿No quiere sentarse?
—No, me voy. Pero acompáñeme abajo. Está muy oscuro y no sé dónde están las luces.
—Desde luego, desde luego.
Pasó él delante, encendió las luces en cada piso, y ella le siguió agarrándose a la barandilla.
Fuera había cesado la lluvia, pero soplaba todavía un viento fuerte y muy frío.
—¿Quiere ayudarme a bajar estos malditos escalones? No me encuentro muy bien.
La cogió por debajo del brazo y bajaron la escalera del sótano. Ella sacó la llave del bolso y abrió la puerta de su piso.
—Entre un momentito. Tengo encendido un fuego precioso.
La habitación era pequeña y estaba atestada de muebles. Cuatro sillas de respaldo recto y patas rococó, sillones de los que se salía el relleno, montones de revistas viejas, fotografías de Lotus, en las que siempre aparecía con complicados vestidos de noche, sonriente y sin vida.
Ronnie permaneció en pie, acunándose sobre la punta y el tacón de sus zapatos. Le gustaron las fotografías. «Hace veinte años debía ser una chica bastante agradable», pensó, y, como respondiéndole, Lotus dijo en tono lacrimógeno:
—Lo tenía todo; Dios mío, lo tenía. Ojos, cabello, dientes, tipo, absolutamente todo, maldita sea. ¿Y de qué me sirvió?
La ventana estaba cerrada y oculta por unas cortinas de color castaño. La habitación estaba empapada del olor a podrido de los tres cubos de basura que había en el diminuto patio junto a la escalera exterior.
—¿Cuánto paga por este piso? —dijo Ronnie, dándose golpecitos en el mentón.
—Treinta chelines a la semana, sin muebles.
—¿Sabía usted que esa mujer es dueña de cuatro casas de esta misma calle? Y tiene alquilados todos los pisos, sótanos incluidos. Pero, así son las cosas, el dinero llama al dinero, y si no tienes, seguirás sin tener aunque lo llames silbando. Sí, el dinero llama al dinero.
—Da igual —dijo Lotus—. Me importa un rábano.
—No hable así, mujer.
—Me importa un rábano. Ya puede decírselo al mundo entero. Un rábano. Jamás he querido dinero. A mí no me interesan las cosas que le interesan a usted.
«Pobre chiflada», pensó él, y dijo:
—Bien, si no necesita nada más, me iré.
—Oiga, lo de ese oporto que decía..., en realidad me quedaba un poco. No lo hubiera dicho si no hubiese sido verdad. No soy en absoluto de esa clase de personas. Me cree, ¿verdad?
—Claro que sí —le dio unos golpecitos en la espalda—. No tiene que preocuparse por una cosa así.
—Cuando he bajado ya no estaba. Y tampoco necesito que nadie me diga dónde fue a parar.
—¿No?
—Hay gente que es como la peste. Hay gente que es la mismísima peste. Ese amigo se me lleva todo lo que puede. No viene a verme si no es para robarme algo —apoyó los codos sobre las rodillas y la cabeza en las manos y empezó a llorar—. Ya estoy harta. Ya estoy harta, se lo juro. ¡Qué cosas dice la gente! Dios, qué cosas dicen...
—Bueno, no permita que eso la deprima —dijo Ronnie—. No lo permita nunca. En fin, otra vez habrá más suerte.
No le contestó ni tampoco le miró. Él se puso nervioso.
—Bueno, tengo que irme corriendo. Lo siento. Adiós. Recuerde, otra vez habrá más suerte.
En cuanto llegó a su piso, Christine le llamó desde el dormitorio, y cuando entró, ella le dijo que tenían que irse de allí, que ya no servía que insistiese en decir que no podían permitirse un piso mejor, que debía poder permitirse un piso mejor.
Ronnie pensó que globalmente ella tenía razón, pero Christine siguió hablando y hablando y al cabo de un rato acabó por ponerle los nervios de punta. Así que se fue otra vez a la salita y estuvo leyendo una lista de discos de gramófono de segunda mano de una tienda cercana, y subrayó los títulos que le llamaban la atención. Soy un soñador, ¿no lo somos todos?; Tu recuerdo no se me olvida —ésta seguro, la subrayó dos veces—. Luego recogió los vasos y los llevó a la cocina para que la asistenta los lavara a la mañana siguiente.
Abrió la ventana y contempló la calle húmeda. «Tu recuerdo no se me olvida», tarareó bajito.
La calle estaba tan oscura como un camino en pleno campo y estaba cercada de árboles desmochados. Brillaba, con un brillo malévolo, pensó.
«En el fondo de mi corazón», tarareó. Después se estremeció—era un viento muy frío para aquella época del año—, se alejó de la ventana y escribió una nota para la asistenta: «Mrs. Bryan: Despiérteme enseguida que llegue.» Subrayó «enseguida» y apoyó el sobre contra uno de los platos sucios. Mientras lo hacía oyó un ruido extraño, como un grito muy agudo. Volvió a asomarse a la ventana. Una figura blanca subía calle arriba, muy pequeña y extraña en aquella oscuridad.
—No lleva nada puesto —dijo en voz alta, y se asomó muy interesado.
Sonó el silbato de un policía. Aún se oía el grito, muy agudo, y la ventana de los Garland, encima de la suya, también se abrió.
Dos policías sostenían y arrastraban a Lotus. Uno de ellos la había envuelto en su propia capa, que le llegaba a Lotus hasta las rodillas. El trío bajó la escalera del sótano.
Christine había entrado en la cocina y miraba por encima de su hombro.
—Santo Dios —dijo ella—. Sin duda es una forma de llamar la atención, cuando todo lo demás te ha fallado.
Sonó el timbre.
—Es uno de los policías —dijo Ronnie.
—¿Y por qué tiene que llamar a nuestro timbre? No sabemos nada de ella. ¿Por qué no llama a otro?
El timbre volvió a sonar.
—Será mejor que baje.
—¿Sabe algo acerca de Mrs. Heath, Mrs. Lotus Heath, la vecina del sótano? —preguntó el policía.
—La conozco de vista —respondió cautelosamente Ronnie.
—Se ha metido en un pequeño lío.
—Oh, vaya.
—Se ha caído en la calle y está completamente helada —prosiguió el policía en tono confidencial—. Y, si quiere saber mi opinión, me parece que no es sólo cosa de la bebida.
Ronnie dijo con voz escandalizada —no supo por qué—:
—¿Se está muriendo?
—¿Muriendo? ¡No! —dijo el policía, y cuando dijo «¡No!» la muerte se convirtió en algo impensable, un invento de la historia, una cosa que, simplemente, no ocurría nunca. Al menos, no le ocurría a la gente normal—. Se repondrá. Dentro de poco vendrá una ambulancia. ¿Sabe algo de ella?
—Nada —dijo Ronnie—. Nada.
—Ya —el policía tomó unas notas en su cuaderno—. ¿Cree usted que algún otro vecino de la casa podría darnos alguna información? —Encendió una linterna y repasó las chapas de latón que había junto a la puerta—. ¿Mr. Garland?
—Mr. Garland no —respondió Ronnie apresuradamente—. Estoy seguro que no. No me cabe la menor duda que la señora no tiene la menor relación con los Garland. No se relacionaba prácticamente con nadie.
—Muchas gracias —dijo el policía. ¿Era irónica su voz?
Tocó el timbre de Mrs. Reíd y cuando no contestó nadie dirigió una oscura mirada hacia arriba. Pero no obtuvo ninguna respuesta de los vecinos del número seis de Albion Crescent. Todos habían apagado las luces y cerrado las ventanas.
—Entienda que... —empezó Ronnie.
—Sí, lo entiendo —dijo el policía.
Cuando Ronnie llegó arriba Christine se había acostado.
—Bien, ¿qué querían?
—Parece que Lotus ha tenido una avería. Vendrá a recogerla una ambulancia.
—¿Sí? Pobre diablo. (Dijo «pobre diablo», pero no quería decir nada.) Me pareció que tenía un aspecto horrible, ¿no crees? Esa cara pálida como la de una muerta, y los labios eran de un color muy raro cuando se le corrió el carmín. ¿Te has fijado?
Un coche se detuvo fuera y Ronnie vio la procesión que subía las escaleras del sótano: todos muy solemnes e importantes. Y cuando metieron la camilla en la ambulancia lo hicieron con gran destreza. Sabía que los Garland estaban mirando desde el piso de más arriba y Mrs. Spencer desde el de debajo de ellos. El piso de Miss Reíd estaba a oscuras porque había salido a pasar unos días en algún sitio.
«Es gracioso que esta noche la calle me ponga la piel de gallina», pensó. «Alguien camina sobre mi tumba, como suele decirse.»
No pudo evitar la admiración que sintió por el modo en que Christine ignoró aquel asunto tan sórdido, y se quedó tendida en la cama con los ojos cerrados y el edredón subido hasta la barbilla, sonriendo. Estaba muy bonita, arropada y contenta como un niño cuando le regalas un caramelo. Y pacífica.
Una niña encantadora. Tan encantadora que tuvo que decirle lo encantadora que era, y empezó a besarla.

Jean Rhys - "El día en que quemaron todos los libros"

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Relato antillano de autora antillana de acuerdo a los cánones de los estudios de literatura postcolonial (relato en el que se ve el mundo social y el paisaje antillano fácilmente reconocibles y autora que nació y vivió allí el tiempo suficiente para conocer en profundidad la vida local).
Este cuento pertenece a la recopilación "Los tigres son más hermosos" publicada en 1968 pero que recoge cuentos que fueron escritos en las décadas de los 40-50, su época oscura, es decir, los años en los que se mantuvo alejada de la literatura.
La versión es la de Enrique Hegewicz.

Mi amigo Eddie era un chico bajito y flaco. Se le veían venas azules en las muñecas y las sienes. La gente decía que estaba tísico, y que no duraría mucho en este mundo. Yo le quería, pero a veces le despreciaba.
Su padre, Mr. Sawyer, era un hombre extraño. No había nadie capaz de adivinar qué podía estar haciendo en nuestra parte del mundo. No era hacendado ni doctor ni abogado ni banquero. Tampoco tenía una tienda. No era maestro ni funcionario del gobierno. No era —ésa era la cuestión— un caballero. Teníamos varios románticos residentes que se habían enamorado de la luna o del Caribe: todos ellos eran unos caballeros y absolutamente distintos de Mr. Sawyer, que carecía por completo de señorío. Además, detestaba la luna y todo lo que tuviera que ver con el Caribe, y no le importaba decirlo.
Era delegado de una pequeña compañía de vapores que en aquellos tiempos enlazaba Venezuela y Trinidad con las islas más pequeñas, pero apenas podía ganarse la vida con ese trabajo. La gente imaginó que debía tener algunos ingresos privados, pero nunca hubo nadie que llegase a imaginar por qué motivo había querido establecerse en un sitio que no le gustaba y casarse con una negra. Aunque, no crean, una negra decente, respetable, y bien educada.
Mrs. Sawyer debió ser muy bonita en tiempos pero, entre unas cosas y otras, eso ya era pasado.
Cuando Mr. Sawyer estaba borracho —lo cual ocurría a menudo— solía tratarla con mucha grosería. Ella no le contestaba nunca.
«Ya está la negra presumiendo», solía decir él; y ella sonreía como si supiera que hubiese debido pillar el chiste y no lo hubiese conseguido. «Maldita fisgona, triste mestiza, no hueles bien», solía decir él; y ella no contestaba, ni siquiera para susurrar, «A mí tampoco me gusta tu olor».
Se decía que una vez se atrevieron a celebrar una fiesta con algunos amigos, y que en el momento en que la criada, Mildred, servía el café, él le tiró del pelo a Mrs. Sawyer.
—No es una peluca, lo ven —gritó él.
Incluso entonces, por imposible que parezca, Mrs. Sawver se rió y trató de fingir que todo era parte del chiste, del misterioso, oscuro y sagrado chiste inglés.
Pero Mildred les dijo a las otras criadas de la ciudad que los ojos de la señora habían adquirido una expresión malévola, como los de una soucriant (1), y que después ella misma había recogido algunos de los cabellos que él le había arrancado y los había metido en un sobre, y que Mr. Sawyer debería ir con cuidado (el cabello, al igual que las manos, es obeah).
Naturalmente, Mrs. Sawyer tenía sus compensaciones. Vivían en una casa muy agradable de Hill Street. El jardín era grande y tenían un magnífico mango muy prolífico. Sus frutos eran pequeños, redondos, muy dulces y jugosos, y de un adorable color rojo y amarillo cuando estaban maduros. Quizás era una de las compensaciones, solía pensar yo.
Mr. Sawyer construyó una habitación adosada a la parte trasera de la casa. Por dentro estaba sin pintar y la madera desprendía un olor muy dulce. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles de libros. Cada vez que llegaba el vapor del Real Correo traía un paquete para él, y los vacíos anaqueles fueron llenándose gradualmente.
Una vez entré allí con Eddie para tomar prestado Las mil y una noches. Eso fue un sábado por la tarde, una de esas tardes calurosas y calladas en las que te daba la sensación que todo estaba durmiendo, hasta el agua del arroyo. Pero Mrs. Sawyer no dormía. Metió la cabeza por la puerta y nos miró, y supe que odiaba la habitación y odiaba los libros.
Fue Eddie, con sus ojos azul pálido y su pelo color paja —la viva imagen de su padre, aunque a menudo tan silencioso como su madre— el primero que me contagió las dudas sobre «la patria», es decir, Inglaterra. Se quedaba siempre muy callado cuando otros que nunca la habían visto —ninguno de nosotros la había visto nunca— elogiaban sus encantos y hablaban con grandes ademanes de Londres, de las bellas damas de mejillas rosadas, de los teatros, de las tiendas, de la niebla, de los llameantes fuegos de carbón en su invierno, de las comidas exóticas (salmonetes comidos a los sones de los violines), de las fresas con nata. Siempre decíamos la palabra «fresas» con un sonido gutural que, según creíamos, era la pronunciación inglesa correcta.
—No me gustan las fresas —dijo Eddie en una ocasión.
—¿No te gustan las fresas?
—No, y tampoco me gustan los narcisos. Papá se pasa todo el día hablando de ellos. Dice que las flores de allí dejan en ridículo a las de aquí y apuesto a que es mentira.
Nosotros estábamos demasiado escandalizados para decirle, «No tienes ni idea de lo que dices». Estábamos tan escandalizados que nadie le dirigió la palabra en todo el resto del día. Pero al menos yo le admiré. También yo estaba cansada de aprenderme y recitar poemas que elogiaban los narcisos, y mis relaciones con los pocos chicos y chicas ingleses «de verdad» que había conocido no habían sido fáciles. Había descubierto que cada vez que yo decía que era inglesa ellos me desdeñaban altivamente diciendo:
—Tú no eres inglesa; eres una horrible criatura de las colonias.
—Pues no tengo ganas de ser inglesa —decía yo—. Es mucho más divertido ser francés o español o algo así, y de hecho lo soy un poco.
Entonces les parecía rematadamente graciosa, absolutamente ridícula. No solamente era una horrible criatura de las colonias sino además un ser ridículo. Los ingleses eran así: nunca perdían. Yo había pensado en todo esto, profundamente, pero nunca me había atrevido a decirle a nadie lo que pensaba y comprendí que Eddie había sido muy osado.
Y era osado, y más fuerte de lo que nadie hubiera sospechado. Por ejemplo, nunca sentía el calor; cierta frialdad de su blanca piel lo resistía. No se le ponía roja ni se le quemaba ni se ponía moreno, y casi ni siquiera le salían pecas.
Los días de calor parecían llenarle especialmente de energía.
—Ahora daremos dos vueltas corriendo al prado y después tú finges que estás muriendo de sed en el desierto y que yo soy un jeque árabe que te trae agua.
Y añadía:
—Tienes que bebértela despacio, porque si tienes mucha sed y bebes deprisa te morirás.
Y así aprendí la voluptuosidad de beber lentamente cuando tienes mucha sed, de traguito en traguito hasta vaciar el vaso de rosada y fría Coca-Cola.
Justo después de que yo cumpliera doce años, Mr. Sawyer murió repentinamente, y como amiga íntima de Eddie fui al funeral con un nuevo vestido blanco. Me empaparon mi lacio pelo con agua azucarada la noche anterior y me lo peinaron en pequeñas trencitas muy apretadas a fin de que tuviera un aspecto más esponjoso para aquella ocasión.
Después que terminara todo, la gente comentó lo magnífica que había estado Mrs. Sawyer, caminando como una reina detrás del ataúd y llorando a lágrima viva en el momento preciso, y lo extraño que era el chico, porque Eddie no había llorado.
Después de esto, Eddie y yo tomamos posesión de la habitación de los libros. Eramos los únicos que entrábamos, con la excepción de Mildred que barría y sacaba el polvo por la mañana, y gradualmente fue desvaneciéndose el fantasma del tirón de pelo de Mr. Sawyer a su mujer, aunque eso costó algún tiempo. Las cortinas siempre estaban medio bajadas y al entrar desde el soleado exterior tenías la sensación de meterte en una piscina de agua verde oliva. No había más que los anaqueles, una mesa de despacho con la superficie cubierta por un tapete y un balancín de mimbre.
Eddie la llamaba «mi habitación». «Mis libros —decía—, mis libros.»
No sé cuánto tiempo duró esto. No sé si habían pasado semanas o meses después de la muerte de Mr. Sawyer, cuando nos veo a Eddie y a mí en la habitación. Pero estamos allí y están también, inesperadamente, Mrs. Sawyer y Mildred. Los labios de Mrs. Sawyer apretados, sus ojos complacidos. Está sacando todos los libros de los anaqueles y apilándolos en dos montones. Los grandes, gruesos y lustrosos —los bonitos, explica Mildred en un susurro—, la Enciclopedia Británica, Flores, pájaros y animales británicos, varios libros de historia, los libros con mapas, Presencia inglesa en las Indias occidentales, de Froude, y otros semejantes en un montón que será vendido. Los libros poco importantes, los de bolsillo y los que tienen la encuademación estropeada o páginas arrancadas, en otro montón. Van a quemarlos: sí, quemarlos.
La expresión de Mildred cuando lo dijo era extraordinaria: en parte de sumo deleite, pero también escandalizada, hasta asustada. Y por lo que se refiere a Mrs. Sawyer, bueno, yo sabía lo que era el malhumor (lo había visto a menudo), sabía lo que era la ira, pero esto era odio. Reconocí la diferencia inmediatamente y me quedé mirándola con curiosidad. Me acerqué cautelosamente a ella para poder leer los títulos de los libros que distribuía.
Era el anaquel de poesía. Poemas de Lord Byron, Obras poéticas de Milton, y así sucesivamente. Plong, plong, plong: todos iban al montón de los libros para vender. Pero un libro de Christina Rossetti, aunque también estaba encuadernado en piel, cayó en el montón de los que iban a ser quemados, y un parpadeo de Mrs. Sawyer me bastó para saber que había algo peor, infinitamente peor, que los hombres que escribían libros: las mujeres que escribían libros. Los hombres podían ser misericordiosamente fusilados; a las mujeres había que torturarlas.
Mrs. Sawyer no parecía notar nuestra presencia, pero respiraba reposadamente y sus manos arrancaban y lanzaban libros rítmicamente. Estaba, además, muy bonita, tan bonita como el cielo, que era de un color azul muy oscuro, o como el mango con sus largas ramas pardas y doradas.
Ni siquiera miró a Eddie cuando éste dijo «No».
—No —volvió a decir en voz aguda—. Ese no. Lo estaba leyendo.
Ella se rió y él se precipitó contra ella, con los ojos salidos de sus órbitas, chillando:
—Ahora tendré que odiarte a ti también. Ahora te odio a ti también.
Le arrancó el libro de la mano y le dio un violento empujón. Ella cayó sentada en el balancín.
Bueno, yo no quería que me dejaran al margen de todo esto, de modo que cogí un libro del montón de los condenados y buceé bajo el brazo extendido de Mildred.
Luego, estábamos él y yo en el jardín. Corrimos por el sendero cercado de ricinos. Tiramos piedras hacia atrás, aunque ellas no nos perseguían, y pudimos oír la risa de Mildred: jiá, jiá, jiá, jiá. Mientras corría me puse el libro que había cogido en la pechera de mi vestido castaño de holanda. Parecía cálido y vivo.
Cuando llegamos a la calle caminamos tranquilamente, porque temíamos que los niños negros se burlasen de nosotros. Yo me sentí muy feliz, porque había salvado este libro y era mi libro y lo leería desde el principio hasta la triunfal palabra «Fin». Pero cuando me acordé de Mrs. Sawyer me sentí intranquila.
—¿Qué nos hará tu madre? —dije.
—Nada —dijo Eddie—. A mí no me hará nada.
Estaba tan blanco como un fantasma con su traje de marinero, de un blanco azulado incluso en la puesta de sol, y se le había fijado en el rostro la sonrisa burlona de su padre.
—Pero le contará a tu madre toda clase de mentiras acerca de ti —dijo—. Es terriblemente mentirosa. Es incapaz de inventarse ningún cuento para salvarse a sí misma, pero no le cuesta nada inventar mentiras sobre los demás.
—Mi madre no le hará ningún caso —dije. Pero no estaba nada segura.
—¿Por qué no? ¿Porque es...? ¿Porque no es blanca?
Bueno, sabía la respuesta a esa pregunta. Cada vez que se planteaba la cuestión —los antepasados de la gente y si tenían o no alguna gota de sangre de color— mi padre se impacientaba e interrumpía la conversación diciendo:
—¿Cuántos blancos hay? Condenadamente pocos.
De modo que dije:
—¿Cuántos blancos hay? Condenadamente pocos.
—Puedes irte al diablo —dijo Eddie—. Ella es más bonita que tu madre. Cuando duerme sus labios sonríen y tiene las pestañas rizadas y montones y montones y montones de cabello.
—Sí —dije sinceramente—. Es más bonita que mi madre.
Esa tarde había un crepúsculo rojo, un enorme, triste y aterrador crepúsculo.
—Mira, regresemos —dije—. Si estás seguro de que no va a estar enfadada contigo, regresemos. Pronto oscurecerá.
Cuando llegamos a su puerta me pidió que no me fuera:
—No te vayas aún, no te vayas aún.
Nos sentamos debajo del mango y yo le había cogido de la mano. Cuando él empezó a llorar me cayeron en la mano algunas gotas, como el agua que goteaba del filtro del alero en nuestro patio. Entonces empecé a llorar yo también y cuando noté mis propias lágrimas en mi mano, pensé, «Ahora quizás estamos casados».
«Sí, sin duda, ahora estamos casados», pensé. Pero no dije nada. No dije nada hasta que estuve segura de que él había dejado de llorar. Entonces le pregunté:
—¿Cuál es tu libro?
—Es Kim —dijo—. Pero está roto. Ahora empieza en la página veinte. ¿Cuál te has llevado tú?
—No lo sé; está demasiado oscuro para verlo —dije.
Cuando llegué a mi casa me fui corriendo a mi dormitorio y cerré la puerta porque sabía que este libro era lo más importante que me había ocurrido en mi vida y no quería que hubiese nadie delante cuando lo mirase.
Pero me quedé muy decepcionada, porque era un libro en francés y parecía aburrido. Se titulaba Fort Comme La Mort (2)...


Notas de La mujer Quijote:
(1) Criatura mítica de la religión obeah, equivalente a una bruja vampírica.
(2) Fort comme la mort (Fuerte como la muerte) es la quinta de las seis novelas que escribió Guy de Maupassant (aquí en francés y aquí en español).

Jean Rhys - "Los tigres son más hermosos"

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«Mein Lieb, Mon Cher, My Dear, Amigo», empezaba la carta:
Me largo. Quería irme desde hace algún tiempo, como indudablemente sabes, pero estaba esperando el momento de tener valor para dar el paso que me expusiera otra vez al frío mundo. No me apetecía una escena de despedida.
Dejando a un lado muchas otras cosas que es mejor olvidar, no tienes ni idea de lo harto que estoy de todas esas falsas declaraciones de comunismo, y de todas las falsas declaraciones sobre todo lo demás, si vamos a eso. Todos vosotros sois exactamente iguales, comoquiera que os llaméis a vosotros mismos: Intocables. Os creéis indispensables, y os moriríais de languidez si no tuvierais alguien a quien mirar desde arriba e insultar. Me dio la sensación de que estaba rodeado de un montón de tigres tímidos que esperaban a saltar a que apareciese alguien con algún problema o sin dinero. Pero los tigres son más hermosos, ¿no crees?
Tomaré el autobús de Plymouth. Tengo mis planes.
Vine a Londres cargado de esperanzas, pero todo lo que he sacado ha sido una pierna rota y suficientes abucheos para mis próximos treinta años de vida si llego a vivir tanto, Dios no lo quiera.
No creas que olvidaré tu amabilidad después de mi accidente, cuando tuve que vivir en tu casa y todo eso. Pero assez quiere decir basta.
Me he bebido la leche que había en la nevera. Estaba sediento después de la fiesta de ayer noche, pero si vosotros le llamáis a eso una fiesta yo le llamaría un funeral. Además, ya sabes lo poco que me gusta esa charlatanería (¡Freud! ¡ ¡San Freud!!). De modo que, amigo mío, compóntelas como puedas sin mí.
Adiós. Volveré a escribirte cuando vengan mejores tiempos.
HANS

Había también una posdata:
A ver si hoy escribes un artículo fantástico, pedazo de yegua mansa.


Mr. Severn suspiró. Siempre había sabido que Hans se iría tarde o temprano, pero entonces, ¿por qué aquel sabor en la boca, como si hubiese comido polvo?
Un artículo fantástico.
La banda tocaba en los Embankment Gardens. La misma canción de siempre. El mismo estribillo tierno de siempre. Cuando empezaron a asomar los carruajes, parte de la muchedumbre prorrumpió en vítores y un hombre gordo dijo que no veía nada y que iba a encaramarse a lo alto de una farola. Las figuras de los carruajes saludaban con inclinaciones a derecha e izquierda: las víctimas se inclinaban ante sus propias víctimas. Era la gran exhibición del sacrificio incruento, el recordatorio de que el sol brilla en algún lado, aunque no brille para todos.
-Parecía una figura de cera, ¿verdad? -dijo satisfecha una mujer...
Nada. No funcionaba.
Se asomó a la ventana y miró los carteles de la edición de mediodía de los vespertinos en el quiosco de enfrente. «FOTOS DEL JUBILEO-FOTOS-FOTOS» y «SE ACERCA UNA OLA DE CALOR».

Una mujer disoluta de mediana edad ocupaba el piso que había encima del quiosco. Pero aquel día sus ventanas con visillos de encaje, que normalmente no eran enemistosas, contribuían a aumentar la desolación que sentía. Y lo mismo las palabras «FOTOS-FOTOS-FOTOS».
A las seis el suelo estaba cubierto de periódicos y comienzos arrugados y abandonados del artículo que escribía cada semana para un periódico australiano.
No encontraba la música. La música es lo importante, como todo el mundo sabe. La música es lo que otros llamarían el ritmo de la frase. En cuanto lo encontrara podría seguir escribiendo con la facilidad de un caballo al trote, diciendo todo lo que le pidieran.
«Pedazo de yegua mansa», pensó. Luego cogió uno de los periódicos y, como tenía manía estadística, empezó a contar los anuncios. Dos medicinas para el estreñimiento, tres para dolores y gases estomacales, tres cremas faciales, una sustancia nutritiva para la piel, un crucero a Marruecos. Al final de los anuncios por palabras, en letra pequeña: «A todos aniquilaré el día de mi Ira, dijo el Señor Dios, y nadie se librará de ella.» ¿Quién paga la publicación de estos anuncios?, ¿quién los paga?
«Siempre esta perpetua amenaza encubierta», pensó. «Todo se basa en ella. Repugnante. ¿Qué dirán? Y al final de la página ves lo que te va a ocurrir como no te sometas. Te matarán y no podrás escapar. Amenazas y burlas, amenazas y burlas...» Y desolación, abandono y periódicos arrugados por toda la habitación.
El único consuelo tolerado era el dinero con el que compraría el cálido resplandor de un trago antes de la comida, y luego la carcajada del Jubileo. Jubiloso-Jubileo-Júbilo... Las palabras daban vueltas en su cabeza, pero no conseguía que adquiriesen una forma.
«Si no quiere salir, no saldrá», le dijo a su máquina de escribir antes de lanzarse escaleras abajo, contando los escalones a medida que descendía.
Después de dos whiskies dobles en su bar de siempre, el tiempo, que había estado arrastrándose tan pesadamente durante todo el día, empezó a ir más aprisa, empezó a galopar.
A las siete y media Mr. Severn paseaba Wardour Street arriba y abajo entre dos mujeres jóvenes. La de cosas que hace uno de rebote.
A una de ellas la conocía bastante bien, a la más gorda. Iba a menudo a ese bar y a él le gustaba charlar con ella, y a veces le aguantaba las borracheras porque era una chica de buen carácter y nunca le hacía sentirse nervioso. Ese era su secreto. Si el mundo fuera justo, su epitafio debería decir: «Nunca puse nervioso a nadie..., al menos adrede.» Una chica predestinada al fracaso, desde luego, y precisamente por ese mismo motivo. Pero era agradable charlar con ella y, generalmente, también mirarla. Se llamaba Maidie, Maidie Richards.
A la otra no la había visto hasta entonces. Era muy joven, tenía una sonrisa verdaderamente resplandeciente y un acento que Mr. Severn no acababa de reconocer. Se llamaba Heather No-sé-cuántos. En medio del ruido del bar le pareció que decía Hedda.
-¡Qué nombre tan raro! -había observado él.
-No he dicho Hedda, sino Heather. ¡Hedda! Antes muerta que tener un nombre así.
Era una chica aguda, brillante, serena: no había nada de fofo en ella. Fue ella la que había sugerido ir a tomar esta última copa.
Las chicas se pusieron a discutir. Cada una de ellas había enlazado un brazo en uno de los de Mr. Severn, y discutían por encima de él. Llegaron a Shaftesbury Avenue, dieron media vuelta y volvieron a recorrer Wardour Street.
-Te juro que está en esta calle -dijo Heather-. El «JimJam». ¿No has oído hablar nunca de él?
-¿Estás segura? -dijo Mr. Severn.
-Claro que lo estoy. Está en la acera de la izquierda. No sé cómo, pero debemos haberlo dejado atrás.
-Bueno, pues yo estoy harta de caminar arriba y abajo buscándolo -dijo Maidie-. Además, es un agujero cochambroso. No tengo ningún interés especial en ir, ¿y tú?
-Tampoco -dijo Mr. Severn.
-Ahí está -dijo Heather-. Hemos pasado dos veces por delante. Le han cambiado el nombre, eso es lo que ocurría.
Subieron por una estrecha escalera de piedra y en el primer rellano un hombre de cara cetrina salió de detrás de unas cortinas corridas y les lanzó una mirada asesina. Heather sonrió.
-Buenas tardes, Mr. Johnson. He traído a un par de amigos conmigo.
-¿Son tres? Eso serán catorce chelines.
-¿No costaba media corona la entrada? -dijo Maidie tan agresivamente que Mr. Johnson la miró con sorpresa y explicó: -Esta noche es especial.
-En cualquier caso, esa orquesta es una mierda -observó Maidie cuando entraron en la sala.
Una mujer anciana con gafas de aro de acero atendía el mostrador. El mulato que tocaba el saxofón se inclinó hacia delante y gritó alegremente.
-Tocan tan mal -dijo Maidie cuando el grupo se sentó a una mesa que estaba junto a la pared- que cualquiera diría que lo hacen a propósito.
-Deja ya de gruñir -dijo Heather-. El resto de la gente no está de acuerdo contigo. Este sitio se llena todas las noches. Además, ¿por qué tendrían que tocar bien? ¿Importa mucho?
-Ajá -dijo Mr. Severn.
-Si quieres saber mi opinión, me importa un comino. La gente habla sin saber lo que dice.
-Exacto -dijo Mr. Severn-. Todo es una ilusión. Una botella de cerveza de jengibre -pidió al camarero.
-Tenemos que tomarnos una botella de whisky -dijo Heather-, si a ti no te importa. ¿Verdad que no?
-Claro, claro, nena -dijo Mr. Severn-. Sólo estaba bromeando... Una botella de whisky -le dijo al camarero.
-¿Les importa pagar ahora? -preguntó el camarero cuando les llevó la botella.
-¡Qué caro! -dijo Maidie frunciéndole el ceño osadamente al camarero-. Qué más da, me parece que en cuanto le haya pegado unos tragos me habré olvidado de todos mis problemas.
Heather hizo un puchero con los labios:
-A mí muy poquito.
-Bien, vamos a emborracharnos -dijo Mr. Severn-. Toquen "Dinah" -le gritó a la orquesta.
El saxofonista le miró y le dirigió una sonrisa disimulada. No lo vio nadie más.
-Siéntese y tome un trago, ¿no? -le dijo Heather a Mr. Johnson cogiéndole de la manga cuando pasaba junto a la mesa.
Pero él le respondió altivamente:
-Lo siento, pero creo que en este momento no puedo -y siguió su camino.
-Es curiosa la actitud de esta gente con la bebida -observó Maidie-. Primero te hacen beber todo lo que pueden y luego se ríen a tus espaldas por haber bebido tanto. Pero por otro lado, si tratas de dejar de beber y no pides nada, se comportan con la mayor grosería. Sí, pueden llegar a ser muy groseros. La otra noche fui a un sitio donde hay música, el International Café. Pedí un whisky y me lo bebí bastante aprisa porque tenía sed y estaba triste y todo eso. Entonces pensé que tenía ganas de escuchar música -allí no tocan tan mal, dicen que son húngaros- y de repente un camarero empieza a gritar: «Vamos a cerrar. Ultima copa.» «¿Puede darme un poco de agua?», le dije. «No estoy aquí para servirle agua», dijo él. «Aquí no se viene a beber agua», me dijo, así, sencillamente. Y a gritos. Todo el mundo se quedó mirándome.
-¿Y qué esperabas? -dijo Heather-. ¡Pedir agua! No tienes ni el más mínimo sentido común. No, no quiero más, gracias -dijo poniendo la mano sobre el vaso.
-¿No confías en mí? -preguntó Mr. Severn, con una sonrisa concupiscente.
-No confío en nadie. ¿Por qué? Pues, porque no quiero que me den ningún chasco.
-Esta chica es el colmo de la sofisticación -dijo Maidie.
-Prefiero ser sofisticada que tan condenadamente fácil de convencer como tú -replicó Heather-. ¿Verdad que no te importa que me levante un momento para hablar con unos amigos que he visto allí?
-Admirable -dijo Mr. Severn mientras la miraba cruzar la sala-. Admirable. Desdeñosa, elegante y además con una gota de sangre negra, si no me equivoco. Precisamente mi tipo. Uno de mis tipos. ¿Cómo es que no...? Ah, ya lo tengo.
Sacó un lápiz amarillo del bolsillo y empezó a escribir en el mantel:
Fotos, fotos, fotos... Caras, caras, caras... De hiena, de cerdo, de cabra, de mono, de loro. Pero no de tigre, porque los tigres son más hermosos, ¿no crees?, como dice Hans.

-Tienen un lavabo de señoras precioso -estaba diciendo Maidie-. He estado charlando con la mujer; es amiga mía. La ventana estaba abierta y daba la sensación de que la calle estuviera fría y pacífica. Por eso he tardado tanto.
-¿No te parece que Londres cada día es un sitio más raro? -dijo Mr. Severn con voz velada-. ¿Ves esa mujer alta que está allí, la del traje de noche con el escote en la espalda? Desde luego, tengo mi propia teoría sobre los trajes de noche con escote en la espalda, pero no es el momento de exponerla. Bien, pues, ese pastelito tiene que estar en Brixton mañana por la mañana a las nueve y cuarto para dar una clase de música. Y su mayor ambición es conseguir un puesto de camarera en un transatlántico que haga la ruta de Suráfrica.
-Bueno, ¿y qué tiene eso de malo? -dijo Maidie.
-Nada, pensaba solamente que es un poco contradictorio. No importa. ¿Y ves a esa pareja que está en el mostrador, esa encantadora pareja de negros? Pues cuando estaba a su lado, esperando que me dieran otra copa, trabé conversación con ellos.
El hombre me cayó simpático, así que les pedí que vinieran a mi casa algún día. Cuando les di mis señas la chica preguntó inmediatamente, «¿Eso cae en Mayfair, no?». «Por Dios Santo, no. Está en el más oscuro y cochambroso rincón de Bloomsbury.» «No he venido a Londres para visitar barrios bajos», dijo ella con el más perfecto, cuidado, punzante, claro y destructor acento inglés. Luego me dio la espalda y se llevó al hombre al otro extremo del mostrador.
-Las chicas siempre lo captan todo en seguida -afirmó Maidie.
-¿Te refieres al clima social de una ciudad? -dijo Mr. Severn-. Sí, imagino que sí. Pero hay hombres que tampoco son precisamente lentos. Bien, bien, los tigres son más hermosos, ¿no crees?
-Parece que no te ha estado yendo del todo mal con el whisky, ¿eh? -dijo Maidie algo incómoda-. ¿De qué tigres estás hablando?
Mr. Severn volvió a dirigirse a la orquesta a voz en grito:
-Toquen "Dinah". Estoy harto de esa condenada canción que insisten en tocar. Todo el rato la misma. No me van a engañar. Toquen "Dinah", como ella no hay ninguna. Esa sí que es una buena canción de las de antes.
-No grites tanto -dijo Maidie-. Aquí no les gusta que te pongas a gritar. ¿No ves cómo te está mirando Johnson?
-Que mire.
-Cállate. Ahora nos manda un camarero a advertirnos.
-En este local se prohibe pintar dibujos obscenos en los manteles -dijo el camarero al acercarse.
-Váyase al infierno -dijo Mr. Severn-. ¿De qué dibujos obscenos está hablando?
Maidie le dio un codazo y sacudió violentamente la cabeza en sentido negativo.
El camarero quitó el mantel y les llevó otro limpio. Mientras lo alisaba hizo un gesto serio y lanzó una mirada severa a Mr. Severn:
-En este local se prohibe pintar toda clase de dibujos en los manteles -dijo.
-Pintaré todo lo que me dé la gana -dijo Mr. Severn en tono desafiante.
E inmediatamente dos hombres le agarraron del cuello y le empujaron hacia la puerta.
-Déjenle en paz -dijo Maidie-. No ha hecho nada. Son ustedes unos gallinas.
-Calma, calma -dijo Mr. Johnson, sudoroso-. No hace falta hacerlo así. Os he dicho siempre que no os propaséis.
Cuando le arrastraban frente al mostrador Mr. Severn vio a Heather que miraba la escena con ojos lagrimosos y desaprobadores y su rostro alargado por la sorpresa. Mr. Severn le dirigió una horrible mueca.
-¡Dios mío! -dijo Heather, y apartó la mirada-. ¡Dios mío!
Fueron solamente cuatro los hombres que les empujaron escaleras abajo, pero cuando llegaron a la calle parecía que fueran catorce, y todos aullaban y les abucheaban.
«Vamos a ver, ¿quiénes son todos estos?», pensó Mr. Severn. Entonces alguien le golpeó. El hombre que le había golpeado era exactamente igual al camarero que había cambiado el mantel de su mesa. Mr. Severn le devolvió el golpe con toda su fuerza y el camarero, si es que era el camarero, cayó tropezando contra la pared y se desplomó lentamente hasta el suelo. «Le he derribado», pensó Mr. Severn. «¡Le he derribado!»
-¡Jiú-jú! -chilló imitando al cazador de zorros-. ¿Cuánto ofrecen por la yegua mansa?
El camarero se levantó, dudó un momento, se lo pensó dos veces, dio media vuelta y en lugar de darle a él le pegó a Maidie.
-Cierra el pico, maldita ramera -dijo alguien cuando ella se puso a blasfemar, y le dio una patada. Tres hombres cogieron a Mr. Severn, le arrastraron hasta la calzada y le dejaron tendido en medio de Wardour Street. Y allí se quedó, muy mareado, escuchando los gritos de Maidie. Para él la pelea había terminado.
-¡Calla ya! -gritaba la gente alrededor de ella.
Pero luego se abrió el corro para dar paso, servil y respetuosamente, a dos policías.
-¡Eh, carabobos! -chilló Maidie desafiante-. ¡Desgraciados! Yo no estaba haciendo nada. El tipo ese me ha tirado de un tortazo. ¿Cuánto os paga Johnson cada semana por hacer esto?
Mr. Severn se levantó, pero seguía sintiéndose muy mareado. Oyó una voz:
-Ha sido ése. Ése de ahí. Fue él quien empezó todo el jaleo.
Dos policías le cogieron por los brazos y le hicieron caminar. Maidie, también entre dos policías, marchaba delante, llorando.
Cuando pasaron por Picadilly Circus, vacía y desolada, Maidie gimió:
-He perdido un zapato. Tengo que volver a recogerlo. No puedo andar sin él.
El más viejo de los policías parecía querer forzarla a seguir, pero el más joven se detuvo, recogió el zapato y se lo dio con una mueca sonriente.
«¿Por qué tiene que llorar?», pensó Mr. Severn.
-Hola, Maidie. Anímate. Anímate, Maidie -le gritó.
-A callar -dijo uno de sus policías.
Pero cuando llegaron a la comisaría Maidie ya había dejado de llorar, según comprobó con satisfacción Mr. Severn. Maidie se empolvó la cara y empezó a discutir con el sargento que estaba sentado a la mesa.
-¿Quiere que la vea un médico? -le dijo el sargento.
-Desde luego que sí. Es escandaloso, verdaderamente escandaloso.
-¿Quiere también usted que le vea un médico? -preguntó el sargento, fríamente educado, mirando a Mr. Severn.
-¿Por qué no? -contestó Mr. Severn.
Maidie volvió a empolvarse la cara y gritó:
-Dios salve a Irlanda. Al diablo todos los soplones y todos los payasos y compañía.
«Solía decirlo mi padre», dijo por encima del hombro cuando la soltaron.

En cuanto le encerraron en una celda, Mr. Severn se tumbó en el catre y se quedó dormido. Cuando le despertaron para que le viera el médico ya estaba completamente sobrio.
-¿Qué hora es? -preguntó el médico. ¡Con un reloj encima de su cabeza, el muy tonto! Mr. Severn contestó fríamente: -Las cuatro y cuarto.
-Camine en linea recta. Cierre los ojos y apóyese en un solo pie -le pidió el médico, y el policía que contemplaba su exhibición soltó una vaga sonrisilla burlona, como los colegiales cuando el maestro castiga a un chico de los que no despiertan simpatías.
Cuando regresó a su celda Mr. Severn no consiguió dormir. Se tumbó, estuvo mirando el asiento del inodoro y pensó que al día siguiente tendría un ojo morado. En su cabeza seguían girando atormentadoramente palabras y frases sin sentido.
Leyó las inscripciones de las mugrientas paredes: «Asegúrate de que tus pecados sabrán dónde encontrarte. B. Lewis.» «Annie es una buena chica, una de las mejores, y no me importa que lo sepa todo el mundo. (firmado) Charlie S.» Otro había escrito: «Dios mío, sálvame, que perezco.» Y debajo, «sos, sos, sos (firmado) G.R.»
«Muy apropiado», pensó Mr. Severn. Sacó su lápiz del bolsillo y escribió, «sos, sos, sos (firmado) N.S.», y puso la fecha.
Luego se tendió de cara a la pared y, a la altura de sus ojos, leyó, «Morí esperando».

Mientras permanecía sentado en la furgoneta de la prisión, antes de que partiera el vehículo, oyó que alguien silbaba The Londonderry Air, y una chica que hablaba y bromeaba con los policías. Tenía una voz grave y suave. Inmediatamente se le ocurrió la palabra que mejor la describía: una voz sexy.
«Sexo, sexy», pensó. «¡Qué palabra tan ridícula! ¡Qué saldo!»
«Lo que hace falta -decidió- es un montón de palabras nuevas, de palabras que signifiquen algo. Ahora sólo hay una palabra que significa algo, muerte; y además, para ello tiene que ser mi propia muerte. Tu muerte no significa gran cosa.»
-Ah, si fuera un pájaro y tuviese alas -dijo la chica-, podría escapar volando...
-Y quizás te derribarían de un tiro -contestó uno de los policías.
«Debo estar soñando», pensó Mr. Severn. Trató de localizar la voz de Maidie, pero no volvió a oírla.
Entonces la furgoneta se puso en marcha.
El viaje hasta Bow Street le pareció muy largo. En cuanto salió de la furgoneta vio a Maidie, que tenía aspecto de haberse pasado la noche llorando. Ella se llevó la mano al cabello como para disculparse.
-Me dejaron sin el bolso. Es horrible.
«Ojalá hubiese sido Heather», pensó Mr. Severn. Trató de sonreír de manera agradable.
«Pronto habrá terminado todo esto, basta con que nos declaremos culpables.»
Y todo terminó rápidamente. El magistrado apenas les miró, pero por motivos que él debía saber, les multó a cada uno con treinta chelines, lo cual suponía que tenían que telefonear a algún amigo, conseguir que un mensajero especial se presentara con el dinero, y soportar una espera interminable.
Eran ya las doce y media cuando por fin salieron a la. calle. Maidie permaneció quieta un momento, vacilante, y con peor aspecto que nunca bajo aquella luz lívida y amarillenta. Mr. Severn llamó a un taxi y se ofreció a llevarla a su casa. Era lo mínimo que podía hacer, pensó. Y también lo máximo.

-¡Qué ojo te han dejado! -dijo Maidie-. ¿Duele mucho? -Ahora no me duele nada. Me siento asombrosamente bien.
El whisky debía ser bueno.
Maidie se miró en el espejo partido de su bolso.
-¿Verdad que tengo un aspecto terrible yo también? De todos modos, no tiene remedio. No consigo nunca arreglarme la cara cuando llego a estos extremos.
-Lo siento.
-Me sentía muy mal por culpa del tortazo y la patada que me dio aquel tipo, y luego por la forma que tuvo el doctor de preguntarme cuántos años tenía. «Esta mujer está muy borracha», dijo. Pero no lo estaba, ¿verdad que no?... Bueno, y cuando volví a mi celda, lo primero que vi fue mi nombre escrito allí. ¡Dios, qué susto me llevé! Gladys Reilly, así es como me llamo en realidad. Maidie Richards me lo he inventado yo. Y mi nombre me miraba cara a cara desde la pared: «Gladys Reilly, 15 de octubre de 1934... ». Además, detesto que me encierren. Cada vez que pienso en la gente a la que encierran para muchos años me estremezco de pies a cabeza.
-Ya -dijo Mr. Severn-. A mí me pasa lo mismo. Morí esperando.
-Yo preferiría morir deprisa, ¿y tú? -También.
-No conseguía dormir y todo el rato estaba acordándome del doctor cuando me dijo de aquella manera, «¿Cuántos años tiene usted?», y todos los policías se partían de risa como si fuera un chiste. Supongo que no se divierten mucho por lo general. Por eso cuando volví no podía parar de llorar. Y cuando me he despertado me había desaparecido el bolso. La vigilante me prestó un peine. No era tan antipática. Pero estoy harta... ¿Recuerdas la habitación en la que estaba esperándote mientras telefoneabas pidiendo dinero? -dijo Maidie-. Había una chica preciosa.
-¿Ah sí?
-Sí, una chica muy morena, bastante parecida a Dolores del Río, pero más joven. Pero no son las bonitas las que triunfan..., oh no, todo lo contrario. Esa chica, por ejemplo. No hubiera podido ser más bonita; era encantadora. E iba vestida maravillosamente bien, con una chaqueta y una falda negras, y una blusa blanca encantadoramente limpia y un sombrerito blanco y unas medias y unos zapatos encantadores. Pero estaba asustada. Estaba tan asustada que temblaba de pies a cabeza. No sé muy bien cómo, pero se adivinaba que no va a ser capaz de soportar las cosas. No, no basta con ser bonita... Y había otra, una con las piernas grandes y peludas y sin medias, sólo sandalias. Creo que las mujeres que tienen pelos en las piernas tendrían que ponerse medias, ¿no crees? O hacer algo para arreglarlo. Pero no, ella no hacía más que reír y bromear, y se notaba que sería capaz de superar todo lo que le cayese encima. Tenía una cara grande, roja y cuadrada, y las piernas esas tan peludas. Pero le importaba todo un rábano.
-Quizás la clave consista en ser sofisticada -sugirió Mr. Severn-, como tu amiga Heather.
-Oh, ella... Tampoco conseguirá arreglárselas. Es demasiado ambiciosa, quiere demasiadas cosas. Es tan punzante que acaba pinchándose a sí misma, podríamos decir... No, la clave no está en ser bonita ni en ser sofisticada. Más bien en... adaptarse. Precisamente eso. Y no sirve de nada querer adaptarse, hay que haber nacido con esa mentalidad.
-Está clarísimo -dijo Mr. Severn. Adaptarse al cielo lívido, a las casas feas, a los policías burlones, a los letreros de los escaparates de las tiendas.
-También hay que ser joven. Hay que ser joven y capaz de disfrutar una experiencia como ésta..., más joven que nosotros -dijo Maidie cuando el taxi aparcaba.
Mr. Severn se quedó mirándola, demasiado escandalizado para poder enfadarse.
-Bien, adiós.
-Adiós -dijo Mr. Severn dirigiéndole una mirada negra e ignorando la mano que ella le tendía. «Más joven que nosotros», ¡sin duda!

Doscientos noventa y seis pasos por Coptic Street. Ciento veinte tras doblar la esquina. Cuarenta escalones hasta su piso. Doce pasos una vez dentro. Dejó de contar.
Su sala de estar tenía buen aspecto, pensó, a pesar de los periódicos arrugados. Era uno de sus mejores momentos: la luz era perfecta, aquella suma de colores y formas incoherentes se convertía en un todo que incluía la pared de ladrillos blanco-amarillentos en la que estaban sentadas algunas palomas del Museo Británico, el tubo de desagüe plateado, las chimeneas de las más fantásticas formas imaginables, redondas, cuadradas, en punta, ésa tan especial con un misterioso agujero en medio a través del que te miraba el cielo gris acerado, los árboles solitarios, y todo ello enmarcado por las cortinas de hule plateado (fue idea de Hans), y después, girando la cabeza, vio las xilografías de Amsterdam, los sillones tapizados de zaraza y el jarrón con las flores marchitas reflejados en el largo espejo.
Un caballero anciano con sombrero de fieltro y bastón cruzó frente a la ventana. Se detuvo, se quitó el sombrero y el abrigo y, poniendo en equilibrio su bastón sobre la punta de la nariz, dio unos pasos adelante y atrás, expectante. No ocurrió nada. Nadie pensó que el espectáculo valiera un solo penique. Volvió a ponerse el abrigo y el sombrero y, llevando el bastón de forma respetable, desapareció doblando la esquina. Y mientras lo hacía también desaparecieron las frases atormentadoras: «¿Quién va a pagar? ¿Les importa pagar ahora? Morí esperando. Morí esperando. (¿O decía morí odiando?) Solía decirlo mi padre. Fotos, fotos, fotos. También hay que ser joven. Pero los tigres son más hermosos, ¿no crees? SOS, SOS, SOS. Si fuera un pájaro y tuviese alas podría escapar volando, ¿no es cierto? Y quizás te derribarían de un tiro. Pero los tigres son más hermosos, ¿no crees? Hay que ser más joven, más joven que nosotros...» Otras frases, suaves y rápidas, las desplazaron.
Lo importante es el ritmo, la cadencia de la frase. Ya estaba.
Se miró a los ojos en el espejo, luego se sentó a la máquina y con gran aplomo tecleó, «JUBILEO...».

Jean Rhys - "El ruido del río"

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Ella Gwendolen Rees Williams (Jean Rhys) es tal vez la escritora caribeña no hispanohablante (nació en Dominica cuando aún era colonia británica) más conocida ("Ancho mar de los Sargazos" es su obra más popular). Tiene una visión pesimista del mundo. La mayoría de sus obras tratan sobre mujeres que se ven desplazadas de sus ambientes naturales y dejadas al capricho de sociedades con pobres valores familiares. Su estilo se caracteriza por ser una mezcla de técnicas modernistas y de sensibilidades caribeñas. Su manera de escribir tiene una enorme sobriedad, pero una sobriedad pasada por ese tamiz del Caribe, esa visión que puede verse también en autores como Naipaul, Derek Walcott o Jamaica Kinkaid.

La bombilla eléctrica colgaba de un corto cable desde el centro del techo de la habitación y, como no había luz suficiente para leer, se tumbaron en la cama y charlaron. El viento nocturno empujaba las cortinas y entraba, suave y húmedo, por la abierta ventana.
—Pero, ¿de qué tienes miedo? ¿A qué te refieres cuando dices miedo?
—Me refiero —dijo ella— a ese mismo miedo que tienes cuando quieres tragar una cosa y no puedes.
—¿Constantemente?
—Casi constantemente.
—Dios mío, qué cosa. Eres idiota.
—Ya lo sé.
Pero no por esto, pensó ella, no por esto.
—No es más que un estado de ánimo —dijo ella—. Pasará.
—Eres muy contradictoria. Tú elegiste este sitio y fuiste tú la que quiso venir aquí. Yo creía que te parecía bien.
—Y me parece bien. Me parece bien el páramo y la soledad y todo el paisaje, pero sobre todo la soledad. Sólo me gustaría que, además, dejase de llover de vez en cuando.
—La soledad está muy bien, pero hace falta que la acompañe el buen tiempo.
Si pudiese decirlo con palabras quizás desaparecería, pensaba ella. A veces puedes decirlo con palabras —casi— y así librarte de ello —casi—. A veces puedes decirte "admitiré que hoy tenía miedo". Tenía miedo de las caras pulcras y uniformes, de las caras de rata, de la forma que reían en el cine. Tengo miedo de las escaleras y de los ojos de las muñecas. Pero no hay palabras para decir este miedo. Aún no se han inventado las palabras para decirlo.
—Volverá a gustarme en cuanto deje de llover —dijo ella.
—¿Verdad que no te gustaba hace un momento? Cuando estábamos en el río.
—Bueno. No mucho.
—Esta noche había un ambiente un poco fantasmal ahí abajo. ¿Qué podías esperar? Nunca consigues elegir un sitio donde haga buen tiempo. (Ni tampoco ninguna otra cosa, pensó él). Hay demasiados abetos por todos lados. Te sientes encerrado.
–Sí.
Pero, pensó, no son los abetos, ni el cielo sin estrellas, ni la flaca luna perseguida, ni las bajas colinas sin cresta, ni las colinas abruptas, ni las grandes rocas. Es el río.
—El río es muy silencioso. ¿Se debe a que va muy lleno?
—Supongo que acabas acostumbrándote al ruido. Entremos. Podemos encender la chimenea del dormitorio. Ojalá tuviésemos una copa. Daría muchísimo por una copa, ¿tú no?
—Podemos tomarnos un café.
Mientras volvían a entrar él había mantenido la cabeza vuelta hacia el agua.
—Con esta luz tiene un aspecto curiosamente metálico. No parece agua.
—Tan uniforme como si el río estuviese helado. Y mucho más ancho.
—Yo no diría helado. Muy vivo, aunque de forma misteriosa. Como una cabellera ondulada—dijo como si hablara consigo mismo.
O sea que él también lo había notado. Ella se tendió y recordaba la forma cómo, a la luz de la luna, había cambiado, la superficie rota, la rápida corriente del río. Las cosas tienen más fuerza que las personas. Siempre lo he creído. (Si le tienes miedo a ese caballo es que no eres hija mía. Si tienes miedo de marearte en el barco es que no eres hija mía. Si tienes miedo de la forma de una montaña, o de la luna cuando se hace vieja, es que no eres hija mía. De hecho, no eres hija mía.)
—Ahora no está tan silencioso, ¿verdad?. Me refiero al río.
—No, desde aquí arriba hace mucho ruido —bostezó—. Pondré otro tronco en el fuego. Ransom ha sido muy amable prestándonos el carbón y la leña. No nos prometió esta clase de lujos cuando vinimos a esta casa. ¿Verdad que no es mal tipo?
—Tiene buen corazón. Y, además, después de tanto tiempo debe haberse acostumbrado al clima.
—A mí me gusta —dijo él cuando volvía a meterse en la cama—, a pesar de la lluvia. Seamos felices aquí.
—Sí, seámoslo.
Ésta es la segunda vez. Ya lo había dicho antes. Lo dijo el día en que llegaron. Tampoco entonces había ella contestado, «Sí, seámoslo» inmediatamente, porque el miedo que había estado esperándola se le había acercado, la había tocado, y habían pasado algunos segundos antes de que pudiese hablar.
—Lo que vimos esta tarde debía ser una nutria, porque era muy grande para ser simplemente una rata de agua. Se lo diré a Ransom. Le encantará saberlo.
—¿Por qué?
—No hay muchas nutrias por esta zona.
Pobrecillas, si no hay muchas seguro que no les va muy bien por aquí. ¿Qué hará Ransom? ¿Organizará una cacería? Quizás no. Los dos pensamos que es un hombre de buen corazón. Esta región es un refugio de pájaros, ¿lo sabías? Es muchas cosas. Le diré a Ransom que vi ese pájaro del pecho amarillo. Quizás él sepa qué era.
Aquella misma mañana lo había visto aletear al otro lado del cristal de la ventana: un destello amarillo en medio de la lluvia.
«Qué pájaro tan bonito.» El miedo es amarillo Tú eres amarillo. Este pájaro tiene una mancha amarilla. Tienen razón, el miedo es amarillo. «¿Verdad que es bonito? ¡Y qué persistente! Está decidido a entrar...»
—Voy a apagar esta luz. No sirve de nada. Es mejor el fuego.
Encendió una cerilla para fumar otro pitillo y, cuando la cerilla prendió, ella vio profundas bolsas bajo sus ojos, la piel tensa sobre sus pómulos, y el delgado puente de su nariz. Él sonreía como si supiera lo que ella había estado pensando.
—¿Hay alguna cosa de la que no tengas miedo cuando te sientes así?
—Tú —dijo ella. La cerilla se apagó. Pase lo que pase, pensó. Hagas lo que hagas. Haga lo que haga. Tú nunca. ¿Me oyes?
—Bueno —dijo él—. Eso es un alivio.
—Mañana hará buen día. Ya lo verás. Tendremos suerte.
—No te fíes de nuestra suerte. A estas alturas, ya deberías haberlo aprendido. Pero tú eres de las que nunca aprenden. Por desgracia, los dos somos de los que nunca aprenden.
—¿Estás cansado? Parece que lo estés.
—Sí—suspiró, y se dio la vuelta—. Bastante.
Cuando ella dijo «Tengo que encender la luz, quiero una aspirina», no contestó, y ella extendió el brazo por encima de él y tocó el interruptor de la débil bombilla eléctrica. Estaba durmiendo. El cigarrillo encendido se había caído en la sábana.
—Menos mal que lo he visto —dijo en voz alta. Apagó el cigarrillo y lo tiró por la ventana, buscó la aspirina, vació el cenicero, posponiendo el momento en que tendría que tenderse, estirada, escuchando, en que cerraría los ojos aunque sólo para que se volviesen a abrir de golpe.
«No te duermas —pensó mientras permanecía tumbada—. Quédate despierto y confórtame. Estoy asustada. Te aseguro que aquí hay algo que da miedo. ¿Por qué no puedes notarlo tú? Cuando dijiste, «Seamos felices» el primer día, había en alguna parte un grifo que goteaba en un fregadero lleno, y hacía una música alegre y horrible. ¿No lo oíste? Yo lo oí. No te des la vuelta ni suspires ni te duermas. Quédate despierto y confórtame
Nadie va a confortarte, se dijo, ya deberías haberlo aprendido. Reúne todas tus fuerzas, desperdiga todas tus fuerzas. Hubo una vez. Hubo una vez. Además me dormiré en seguida. Siempre queda el recurso de dormir, y mañana hará buen tiempo.
«Sabía que hoy haría buen tiempo—pensó cuando vio la luz del sol a través de las delgadas cortinas—. El primer día que lo hace.»
—¿Estás despierto?. Hace buen tiempo. He tenido un sueño muy gracioso— dijo sin dejar de mirar la luz—. He soñado que caminaba por un bosque y los árboles gruñían y después soñaba que el viento soplaba contra los cables del telégrafo, bueno, algo parecido, pero fortísimo. Todavía lo oigo: te juro de verdad que no me lo invento. Todavía lo tengo en la cabeza y no se parece a nada, sólo un poco al viento soplando contra los cables del telégrafo.
«Hace un día precioso —dijo tocándole la mano.» Cariño, estás helado. Iré a buscar una botella de agua caliente y haré el té. Ya lo hago yo: esta mañana me siento llena de energías, y tú te quedas descansando, aunque sólo sea una vez.
«¿Por qué no contestas? —dijo sentándose y asomándose sobre él para mirarle—. Me estás asustando—su voz era cada vez más fuerte—. Me estás asustando. Despierta —dijo, sacudiéndole.»
En cuanto le tocó, su corazón empezó a hincharse, hasta que le tocó la garganta. Se le hinchó y de él salían afiladas garras y las garras se le clavaban cada vez más profundamente.
«Dios mío», se levantó y descorrió las cortinas y vio la cara de él al sol. «Dios mío», dijo mirando su cara al sol y se arrodilló junto a la cama tomándole su mano entre las suyas sin hablar ni pensar ya.
—¿No oyó nada durante la noche? Dijo el médico.
—Creí que era un sueño.
—¡Oh! ¡Creyó que era un sueño! Ya entiendo. ¿A qué hora se despertó?
—No lo sé. Teníamos el reloj en la otra habitación porque es muy ruidoso. Supongo que serían las ocho y media o las nueve.
—Usted sabía naturalmente lo que había ocurrido.
—No estaba segura. Al principio no estaba segura.
—Pero, ¿qué estuvo haciendo? Eran más de las diez cuando me telefoneó. ¿Qué estuvo haciendo?
Ni una sola palabra de consuelo. Receloso. Tiene los ojos pequeños y las cejas pobladas y parece receloso.
—Me he puesto un abrigo y me he ido a casa de Mr. Ransom, que tiene teléfono. He ido corriendo, pero parecía estar muy lejos.
—De todos modos, como máximo eso puede haberle llevado diez minutos.
—No, parecía muy lejos. Yo corría pero parecía que no avanzase. Cuando he llegado no había nadie en la casa y la habitación del teléfono estaba cerrada. La puerta principal está siempre abierta pero cuando sale suele cerrar esa habitación. Entonces he vuelto al camino pero no he visto a nadie. No había nadie en la casa ni en el camino y tampoco había nadie en la ladera de la montaña. De un alambre colgaban al viento unas sábanas y algunas camisas de hombre. Y estaba el sol, claro. Era el primer día de sol que teníamos. El primer día bueno.
Miró la cara del doctor, se interrumpió, y luego prosiguió con una voz distinta.
—Estuve primero andando arriba y abajo un rato. No sabía qué hacer. Luego se me ha ocurrido que quizás podría forzar la puerta. Lo he intentado y cedió. Se partió una tabla y entré. Pero parecía que pasaba muchísimo tiempo antes de que alguien contestara.
Sí, claro que lo sabía, pensó. Tardé mucho porque tenía que quedarme allí, escuchando. Entonces lo oí. Se fue haciendo más fuerte y sonaba más cerca, y estaba dentro de la habitación, conmigo. Oí el ruido del río.
Oí el ruido del río.