Este cuento pertenece al volumen Autoayuda de 2002, un libro sobre cómo afrontar los conflictos cotidianos, pero lejos de la versión edulcorada de los manuales de autoayuda al uso, la sátira nos muestra que la realidad posee un gusto agridulce. Es un libro sobre mujeres, nosotras somos las protagonistas de los cuentos. Moore escribió este libro cuando tenía veintitrés años y desde entonces se convirtió en uno de los nombres fundamentales de la nueva narrativa estadounidense.
La versión es la de Alejandro Pareja.
Así pues, todas las cosas se juntan a trompicones para formar lo único posible.
BECKETT, Murphy
BECKETT, Murphy
Empieza conociéndolo en una clase, en un bar, en un mercadillo benéfico. Puede que sea profesor de instituto. Encargado de una ferretería. Capataz de una fábrica de cartonajes. Será buen bailarín. Llevará el pelo perfectamente cortado. Se reirá de tus chistes.
Una semana, un mes, un año. Siéntete descubierta, consolada, necesitada, amada, y empieza, a veces, en cierto modo, a sentirte aburrida. Cuando estés triste o confusa, date un paseo por el centro, ve al cine. Compra palomitas. Esas cosas vienen y se van. Una semana, un mes, un año.
Intenta organizarte de una manera menos restrictiva. Observa cómo farfullan tus intentos y se deshinchan como globos. Te pedirá que te vayas a vivir con él. Hazlo con titubeos, con ambivalencia. Aclara: Los alquileres están altos, nada a largo plazo, amor y todo eso, cielo, pero somos libres. Expón las reglas con mucha elocuencia. Insiste en la apertura, no en la exclusividad. Haz sitio en su armario ropero, pero no cambies los muebles de sitio.
Y, sin embargo, de cuando en cuando lo mirarás a la cara o a las manos y no querrás nada más que a él. Sentirás oleadas pasajeras de dependencia, de devoción y de sentimentalismo. Una semana, un mes, un año, y se ha convertido en parte de la familia. Digamos que tu verdadera madre es bruja. Tu padre, hechicero. Tus hermanos, jorobados gemelos de NotreDame. Todos viven juntos en una cueva, en alguna parte.
Su nombre significa «salvador». Se acurruca en tus brazos como Ozzie y Harriet, como toda la genealogía de los Nelson. Él es cuartos de estar y pavo y repisas de chimenea y Vicks; un mordisquito en la clavícula y te hundes lenta y melosa en esos brazos como un hogar, en esos cuartos de estar, hola, Mary Lou.
Digamos que trabajas en una oficina pero que tienes planes más ambiciosos. Quiere ir contigo. Quiere ser lo mismo que tú. Pongamos que aspiras a ser arquitecta. Dramaturga. Pintora. Te enseña sus bocetos. Son espantosos. ¿Qué te parecen?
Pon algo de jazz. Quítate la ropa. Con cuidado. Es un arte. Se quedará tumbado desnudo en el suelo, mirando, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Camisa: los golpes de la escobilla sobre el tambor, regulares. Falda: el habla inconexa de las teclas del piano, que oscilan despacio, divagan. Bailad juntos a oscuras, aunque aún sea de día.
Ve a una boda. Parientes suyos. Todos compararán pérdidas y ganancias de peso. Se dirá que las primas solteras han engordado vergonzosamente. Su madre será contable o técnica dental. Él te presentará como su chica. Procura no protestar. Habrán oído hablar mucho de ti. Sus tíos se lo llevarán aparte y le preguntarán: «¿A qué esperas, muchacho?». Incómoda, en todas partes mujeres de rígido tafetán azul te echarán miradas de lástima, después apartarán la vista rápidamente. Todos bailarán la polca. Alguien enseñará un billete de cincuenta para bailar con la novia, y ella se remangará el vestido y enseñará a su vez: unas piernas recién afeitadas y una sonrisa ancha como un barril que han sacado rodando. Observa todo aquello de lo que te estás librando. Creía que vosotros dos estaríais haciendo lo mismo a estas alturas, vuelves a oír. Sonríe. Encógete de hombros. Escurre el bulto y ve por más ensalada de patata.
Te ataca con más insistencia. Una inquietud. Un virus de insatisfacción. Cuando te cruces con otros hombres por la calle, sonríe y míralos fijamente a los ojos, fijamente a la hebilla del cinturón.
De alguna forma (en un restaurante o en una tienda), conocerás a un actor. De Vassar o de Yale. Sabe citar a la madre de Coriolano. Un punto a su favor. Acuéstate con él una vez y vuelve a casa a las cinco de la madrugada, en un taxi, llorando. O bien no te acuestes con él. Despídelo con un beso en Union Square y huye a todo correr.
De nuevo en casa, días más tarde, siéntete quisquillosa y cansada. Siéntate en el sofá y dile que es imbécil. Que apuestas a que no sabe quién es Coriolano. Que desde que te has ido a vivir con él, has notado que no suele leer. Te echará una mirada dolida, de sed de cultura, con sus ojos de James Cagney. Intentará besarte. Aparta la cabeza. Siéntete ahogada.
Cuando se suba a la colcha, desnudo y caliente para ti, descarga tu irritación en ráfagas breves y entrecortadas. Enséñale tu libro. Tus aspirinas. Tu reloj en la mesilla, que marca las 12.45. Se dejará caer otra vez en su lado de la cama, exasperado. Puede que diga algo así como: «Dios, ¿qué pasa?». O quizá no lo haga. Si está demasiado tiempo metido en el baño, no le preguntes nada.
La cuestión más delicada será siempre ésta: ansía tener una familia, un nido ordenado de cuencos humanos; quiere ser padre de tus hijos. En la calle, les da palmaditas en la cabeza. En el supermercado, se reúnen a su alrededor junto a los productos. Forman un racimo apiñado de mejillas, sonrisas y esperanzas. Parecen uvas. Será todo para ti, nena; tambaléate, inclínate sobre los congelados. Se te escapará de los labios un suspiro inconsciente, como si fuera gas. Te empezará a hablar de una cámara de vídeo y de enciclopedias infantiles, en las tiendas cogerá un zapato de la talla uno e indicará con un agudo silbido de asombro lo maravillado que está. Evita ir de compras con él.
Tendrá un sobrino llamado Bradley Bob. O quizá una sobrina llamada Emily que siempre va vestida de rosa y huele a leche, a polvos de talco y a pañales sucios, aunque ya tiene tres años. En las visitas, correteará y berreará. Se le agarrará a la pierna izquierda como si fuera un tronco y no la soltará. Lo llamará tiito. Él sabrá hacer trucos de magia: le sacará monedas de diez centavos de la nariz, monedas de veinticinco centavos de las orejas. La niña soltará chillidos de gozo, agitará las manos ante sí. Cuando le haya soltado la pierna, la levantará, la llevará en brazos como si fuera un trofeo. Es el mejor tiito de la ciudad.
Piensa en marcharte. En llenar una bolsa de viaje y deslizarte, salir por la puerta.
Pero ahí fuera hace calor. Y sequedad. Y en cierto modo él te parece bien, como Robert Goulet en traje de baño.
No, no sería en verano.
Refúgiate en los libros. Cuando te pregunte qué lees, enséñale el libro sin hacer comentarios. Al día siguiente, echa una mirada hacia la silla marrón y lo verás a él leyéndolo también. Un ejemplar que ha sacado de la biblioteca esa misma mañana. Tiene siete días. Se asomará por encima del libro y te guiñará un ojo, diciéndote: Te he ganado.
Aparentará estar escuchando la emisora de música clásica, te echará una rápida mirada para recibir tu aprobación.
En el cine masticará ruidosamente galletas Necco y se quejará de la cabeza que tiene delante.
Te preguntará qué significa petulante.
Te preguntará quién es Coriolano.
Tal vez quiera enterarse de dónde se encuentra Cerdeña.
¿Qué es un croissant?
Empieza a planear tu huida. Imagina posibilidades educadas. No son más que posibilidades.
Una semana, un mes, un año: dile que has cambiado. Ya no te gusta la misma música, no comes la misma comida. Vistes de manera diferente. Los dos sois incompatibles. Cuando te dice que él también está cambiando, que le encantan tus discos, tus infusiones, tu falafel, tus zapatos, dile: Lo ves, ése es el problema. Procura desconcertar.
Da vueltas por la cocina y di que no eres feliz.
Pero yo te quiero, dirá con voz suave, perpleja, removiendo la salsa de los espaguetis pero sin lograr removerte a ti, mirando fijamente la cazuela como si esperara que fuera a salir algo de ella, un pez mágico que dijera: Eso siempre es suficiente, ¿por qué no ha de ser siempre suficiente?
No recordarás quién fue el que dijo que no te fíes nunca de un pensamiento que no se te haya ocurrido mientras caminas. Pero aférrate a ello. Los apartamentos pueden encogerse como charcas que se secan. Jadearás. Di: Voy a dar un paseo. Cuando te siga hasta la puerta, zumbando a tu lado como una mosca junto a una mujer ensangrentada, añade: Sola. Parecerá sorprendido y dolido, y lo odiarás. Pega un portazo, sal, baja, corre, hará más frío del que pensabas, pero cerca habrá un bar lleno de humo, oscuro, pringoso de cócteles de limón derramados. El camarero se llamará Rusty o Max y te conocerá. En una llamativa máquina tocadiscos sonará Jimmy Webb a todo trapo. A tu izquierda, un hombre calvo, de camisa morada, intentará que te fijes en él; moverá los labios, cantará borracho. A tu derecha alguien sorberá al ritmo de la música. Presta atención a tu vaso. Espera tras tu cabellera. El hielo verde, dulce, fluirá hacia abajo. Fluirá, nena, como el Misisipi.
Después vendrán los disgustos de salud. Los riñones. Meará sangre. Di que no te lo crees. Cuando te lo enseñe, más tarde, será oscura, del color de lo que gotea de la carne. Un puño enorme, invisible, te pasará como un torpedo por las tripas, por la cara, por el corazón, que te palpita con fuerza.
No es el momento de marcharse.
Habrá visitas al médico, opiniones diversas. No hay nada concluyente, sólo una serie interminable de análisis. En la nevera, entre los huevos y la mantequilla de cacahuete, guardará muestras de orina en tarros. Algunas estarán en frascos de aliño para ensalada. Serán de distintos colores: unos verdes, otros morados, otros marrones. Pregunta cuál es el verdadero aliño para ensalada. Él te lo señalará y sonreirá impotente. Devuélvele la sonrisa. Se echará a reír y tú también. Dóblate de risa. Carcajéate. Desternillaos en el suelo hasta que ya no podáis más. Hunde la cara en el hueco de su cuello. No podrás hacer nada más. Esa noche, quedaos tendidos el uno junto al otro en silencio, rígidos, de color blanco plateado en la cama. Quedaos estirados, como agujas de coser.
Seguid de médico en médico. Esperad los informes. Mira tu reloj. Si pudieras dejarlo... Mira tu calendario. No sería en otoño.
Nunca hay nada definitivo, sólo una serie interminable de análisis.
Una vez por semana te sentirás de nuevo enamorada de él. Dale un masaje en la parte baja de la espalda cuando le duela. Apoya en él la mejilla, sintiéndolo, escuchándole los riñones. Quédate así toda la noche, sin llegar a quedarte dormida del todo, sin llegar a desear quedarte dormida.
Se te ocurrirá la idea de que estás esperando a que se muera.
Conocerás a otro actor. O puede que sea el mismo. Empieza a tener una aventura. Empieza a mentir. Cena con él y con su madre con cuello de Modigliani. Ella fumará puros, jugará con la fondue, debatirá la falacia del instinto maternal femenino. Después los tres os emborracharéis.
Nunca hay nada definitivo, sólo una serie interminable de análisis.
¿Y acaso podrías dejarlo saltando alegremente por la nieve?
Fantasearás sobre un funeral. Entonces podrías llorar. Sería un estudio de excesos posrománticos, vagamente wagneriano. Te consolarían sus lúgubres hermanas y su madre técnica dental. En el cementerio, las cuatro os arrojaríais al borde de su tumba, gemiríais y sollozaríais como viejas israelíes. Tú, en concreto, gritarías, te remangarías, desnudando las muñecas, amenazarías al cielo con los puños, echarías espuma por la boca. No habría vergüenza ni dignidad. Cogerías inmediatamente un avión a Acapulco y rondarías por los casinos, borracha y maloliente, hasta las tres de la madrugada.
Después de las cenas con el actor, vuelve silenciosa a tu casa. Al acercarte a la puerta se te revolverá el estómago, darás pasos más cortos. Los vecinos pondrán música que te recuerda a tu infancia, una ópera que trata de una señora guapa que era mala y le cortó el pelo a un hombre mientras dormía. Recuerdas, recuerdas que tu abuelo la tocaba con una especie de furia, la cara chapada con la rectitud del Antiguo Testamento, los violines que se calientan, el escenario que se descubre cuando ya estás delante de la puerta. Ah, responsa ma tendrés; la canción suena como una cascada. Dali-la, Dali-la: es el lamento, el buen y penúltimo solo de un condenado.
Entra de puntillas. Dará igual. Estará sentado en la cama con expresión vacía. Bésalo, engatúsalo. Hazle el amor como nunca. A las cuatro de la mañana seguirás despierta, mirando al techo. Te horrorizarás a ti misma.
Se instalarán en casa las ideas de marcharte, acamparán en el cuarto de estar; tendrán ojos como roedores y te mirarán desde debajo del sofá, a oscuras, desde debajo de la pila, cuentas de vidrio luminosas dispuestas en parejas. Las plantas darán muestras de haber tomado partido. Algunas te arrojarán tallos como brazos airados. Parecerá que graznan como cuervos. Otras simplemente se quedarán mustias.
Cuando salgas, déjale el fregadero lleno de platos sucios. Los secará despacio con papel de cocina, con la piel roja, escaldada, bajo el vello mojado, pegado a sus antebrazos. Estarás tentada de decirle que los deje o que use el paño que hay en el cajón. Pero no lo harás. Te pondrás el abrigo y te marcharás apresuradamente.
Cuando vuelvas, te encontrarás la luz del baño encendida. Verás blusas tuyas que te ha lavado a mano. Estarán colgadas perfectamente, separadas por un centímetro, goteando, regañándote desde la barra de la cortina de la ducha. Estarán abotonadas con sus ojos de Cagney, levemente velados, ese brillo triste y apagado.
Deslízate en silencio bajo las sábanas; cógele la mano dormida.
Nunca hay nada concluyente.
En el trabajo estarás llorosa y distraída. Irás por el pasillo arrastrando los pies como una legumbre con patas. La gente lo notará.
Las pesadillas tienen sus temporadas, igual que los huracanes. Estate preparada. Soñarás que alguien te sigue por la ciudad con un estuche de violín. Se te acercan niños pequeños con sonrisas forzadas y granadas de mano. Puedes despertarte bruscamente con un espasmo, buscarlo a tientas y descubrir que no está allí sino perdido en su propio sueño, sonámbulo, que vaga por el apartamento como un viejo, balbuciendo una jerigonza, chocándose con las mesas y las lámparas, envuelto torpemente a modo de toga en una manta que ha arrancado de la cama. Levántate. Ve hasta él. Tócalo. Al principio te mirará con los ojos muy abiertos, sin verte. Rodéale la cintura con los brazos. Se despertará, se quedará boquiabierto y llorará en tu pelo. Sabrá dónde está al cabo de un minuto.
Soñarás con arcoíris, con fugas, con brujos. Tu pasado volará por delante de ti, suceso a suceso, como el pueblo de Dorothy arrastrado por el tornado por delante de la ventana arrancada. Aerotransportados. Uno a uno. Salúdalos, despídelos con la mano. Practica.
Empieza a llamar a tu trabajo diciendo que estás enferma. Asegúrate de hacerlo cuando él ya haya salido. Siéntate en una mecedora. Recorre el apartamento con la vista. Será media mañana y estará inundado de una quietud de luz de sol. Rara vez lo ves así. Parecerá extrañamente desierto, premonitorio. En el alféizar de la ventana habrá melocotones encogidos, pequeños como botones. Una mosca chocará estúpidamente con los cristales. La cama estará abierta, desvelada, como algo que supura; las arrugas de las sábanas marcarán el tiempo, marcarán el territorio igual que los capilares de un mapa. Mécete. Calla. Respira.
La noche que por fin se lo dices, llévalo a cenar. Tradúcele el menú, que está en francés. Cuando estéis en casa, acostados juntos, dile que te vas a marchar. Parecerá aterrorizado pero no sorprendido. Quizá te diga: Mira, no me importa con quién te estés viendo ni nada de eso, pero ¿cuál es el motivo?
No intentes cruzar palabras. Dile que ya no lo quieres. Lo hará llorar, arroyos tortuosos que le llegarán hasta los oídos. Empezarás a sentirte asqueada. Te dirá algo así como: Bueno, unas veces se pierde y otras veces también. Se supone que tienes que reírte. Espira. Suénate la nariz. Apaga la luz. Ten sentido del humor, te susurrará en la oscuridad. Ten corazón.
Prepárale el desayuno. Te preguntará adónde vas a ir. Responde: Con el actor. O: Con los jorobados. No se comerá lo que le has preparado. Lo mirará con rabia, dará vueltas a la comida en el plato con un tenedor y después lo arrojará contra la pared.
Cuando subas por la Tercera Avenida hacia el IRT, ve deprisa. Llevarás una bolsa llena. Dará la impresión de que la gente sabe lo que has hecho, adónde vas. Tendrán sus ojos, el mismo par que él, y pasarán por la calle de cara en cara, como secretos, como los gemelos en la ópera.
Así es como estás.
Corriendo escaleras abajo para sumergirte en el río humeante del metro.
Incapaz de echar una mirada a un pordiosero.
No volverás a verlo nunca. O quizá estés sentada un día de abril en Central Park, comiéndote el almuerzo, y él pase rodando sobre unos patines en línea. Lo saludarás con un gesto de la mano y la boca llena de sándwich. Asentirá con la cabeza pero no se detendrá.
Habrá una serie interminable de análisis.
Una semana, un mes, un año. La tristeza morirá como un perro viejo. No sentirás nada más que indiferencia. El lamento perezoso de una armónica de vaquero, quejumbroso, cansado, se perderá lento entre las colinas, como una canción de Hank Williams. Un final de ésos.
Este cuento pertenece al volumen "Pájaros de América" de 1998. Los cuentos de este volumen aparecieron previamente en diferentes revistas y suplementos de prensa como The New Yorker, Elle, The New York Times o The Paris Review. Este cuento en concreto apareció en The New Yorker en el número del 28 de junio de 1993
La versión es la de María José Galilea Richard.
Les cuento que la danza comienza cuando un momento de dolor se mezcla con un momento de aburrimiento. Les cuento que es la extensión del cuerpo en la cual él mismo se da aire. Les cuento que es el triunfo del corazón, la victoria del discurso de los pies, el refinamiento de la embestida y el vuelo animal, la más pura metáfora de la tribu y del yo. Es la vida haciéndole una higa a la muerte.
Me invento todo este rollo. Pero entonces siento el voltaje perdido de mi carisma alquilado, oigo la autoridad mal modulada de mi voz, y yo también me lo creo. Estoy convencida. La compañía desmantelada, la disminución de los encargos de coreografía, mi cuerpo menos flexible, menos receptivo a mis órdenes, he venido aquí (a esta zona de Pensilvania de casas coloniales de estilo holandés) para dos semanas, como «Bailarina de Escuelas». Visito clases, en las universidades y en los colegios, propagando las sagradas escrituras de la Danza. La cabeza se me llena de mi propia cháchara. Todo lo que mi vida interior ha ido acumulando está agotándose rápidamente, me vacía la boca, mientras estoy delante del público, y respondo a las temibles y prohibidas preguntas alemanas sobre el arte y mis «bailes de puta» (el movimiento brusco de las caderas, las repentinas sacudidas hacia delante y la rotación sugerente de caderas delante de la chulería). Preguntan por qué todo lo que hago parece tan «femínico».
—Me parece que la palabra es «feminístico» —corrijo. Me he hartado. He dado toda mi vida por unas cuantas piezas buenas, y ahora esto.
Cuando sólo me quedaba una noche, me fui volando al Quality Inn («POLLO CON SALSA Y GOFRE 3.95$», decía el letrero de la entrada. ¿Cómo no voy a entrar?). El karaoke de la sala de cócteles me da nuevas fuerzas, todas esas voces achispadas y desgañifadas que acaban de salir del cuarto de baño de caballeros y se apresuran a llegar a la parte delantera de la sala para cantar Sexual healing o Alfie. He aceptado la invitación de mi viejo amigo Cal de alojarme en su casa. Enseña antropología en Burkwell, una de las muchas universidades que hay por aquí. Él y su esposa tienen una casa que antes había sido de una hermandad y que nunca se han molestado en arreglar. «Era la única forma de poder vivir en una casa así de grande —contó—. Además, sentimos una fascinación perversa por las ruinas.» Es Fastnacht, el Carnaval que precede a la Cuaresma, la noche en que la gente hace buñuelos y se los come en honor de Cristo. Estamos fuera, antes de la cena, paseando al perro de Cal, Chappers, en medio del frío.
—Es una casa increíble cuando la miras —digo—. Está destartalada de la manera más complicada posible. Como un Rauschenberg. Como esos magníficos tablones de anuncios destrozados por el viento que se ven en el desierto de California. —He tomado la determinación de ser agradable. La casa, a decir verdad, es impresionante: han comenzado a crecer ramas de arce entre los tablones del suelo del comedor, porque hay un árbol fuera que está abriéndose paso entre los cimientos de la casa. Ardillas grandes como pastores escoceses roen las paredes. La pintura se cae por todas partes, en escamas, ampollas y láminas; en el yeso agrietado que hay detrás están escritos los nombres de las mujeres que entre 1972 y 1974 pasaron aquí el fin de semana de la fiesta universitaria de la Fiebre de Primavera. En el techo de la cocina se puede leer «¡Sigma al poder!» y «Hazme una paja con cuchara».
Pero no he visto a Cal en doce años, no lo he visto desde que se fue a Bélgica con una beca Fulbright, así que tengo que ser agradable. Me parece que está diferente: más bajo, mayor, más limpio, a pesar de la casa. En un arranque de franqueza acaba de confesarme que en aquellos años, debido a la amistad que nos unía, había exagerado su interés por la danza.
—No entendía nada —admitió—. Trataba de entender la historia. Miraba al tío de violeta que no se había movido durante un rato largo y pensaba: «¿Qué es lo que pretende?»
Chappers da tirones a la correa.
—Sí, la casa —suspira Cal—. Una vez vino un pintor a hacernos un presupuesto, pero aplazamos el asunto por los nombres de las pinturas: Mito, Véspero, Kakatucán. No quería en mi casa nada que se llamara Kakatucán.
—¿Qué es un Kakatucán?
—Creo que los cazan en Madagascar.
Doy un salto para seguirle la corriente, bromeando:
—O se los comen en Viena —digo.
—O los adoran en Los Angeles —dice él.
Me río de lo que ha dicho, y a continuación vemos que Chappers olisquea las raíces de un roble.
—Aunque el mito y el véspero siempre son buenos —añado.
—Cruciales —dice—, pero no necesitamos pintar para eso.
El hijo de Cal, Eugene, tiene fibrosis quística. Toda la vida de Eugene es una competición con la investigación médica.
—No tengo nada contra las artes —dice Cal—. Tú estás aquí. El dinero para el arte te ha traído hasta aquí. Es maravilloso. Es maravilloso verte después de tantos años. Es maravilloso que financien las artes. Es maravilloso. Tú eres maravillosa. Las artes son fantásticas y maravillosas. Pero en serio: propongo que demos todo el dinero, hasta el último jodido céntimo, a la ciencia.
Algo lo ahoga. Puede ser el optimismo de los incrementos, las pequeñas cantidades, los capítulos; pero no lo he visto en doce años y ha tenido que contarme toda la historia, desde el principio, y toda la historia es muy triste.
—Los dos teníamos el gen, pero no lo sabíamos —explica—. Así es como funciona. Las probabilidades son de uno de cada veinte multiplicado por uno de cada veinte, y luego después de eso, incluso sólo uno de cada cuatro. En total uno de cada mil seiscientos. ¡Bingo! Tendríamos que mudarnos a Las Vegas.
Cuando conocí a Cal, estábamos en Nueva York y acabábamos de salir de la facultad; estaba soltero y nervioso, y me dio la impresión de que era un hombre que no se casaría nunca ni tendría familia o que, si se casaba, sería con una mujer decorativa, poquita cosa. Hoy, doce años más tarde, su mujer de pelo plateado, Simone, no es nada de eso: es corpulenta, emprendedora y original, está muy unida a él en su dolor y en su valentía. Siempre se va enfadada de las reuniones de padres del colegio. Se pega lentejuelas en los zapatos. El inglés es su tercera lengua; una vez trabajó en la embajada francesa en Bélgica y en Japón. «Echo de menos el caviar —es lo único que dice al respecto—. Echo muchísimo de menos el caviar.» Ahora, en la flamenca Pensilvania, pinta óleos satíricos con gente bracilarga y sin manos. «Gente de aquí —explica con acento francés y riéndose tontamente—. Pero no puedo pintar manos.» Ella y Eugene han convertido en estudio uno de los cuartos en ruinas del piso de arriba.
—¿Cómo se toma Simone todo esto? —pregunto.
—Mejor que yo —dice—. Tenía una hermana que murió joven. Se espera la infelicidad.
—Pero ¿no hay ninguna esperanza? —pregunto, aunque las palabras se me atascan.
Cal me cuenta que Eugene ha ido deteriorándose, ha ido a peor, demasiado líquido en los pulmones. «Pegajosos», los llama. «Si tuviera tres años en vez de siete, habría más esperanza; los investigadores están haciendo algunos progresos, eso es verdad.»
—Es un chico muy majo —digo. Al otro lado de la calle hay viejas casas coloniales con velas encendidas en cada una de las ventanas; es una costumbre de la Pensilvania holandesa, o un vestigio de la Tormenta del Desierto, depende de a quién preguntes.
Cal se detiene, se vuelve hacia mí; el perro se acerca y lo acaricia con el hocico.
—No es sólo que Eugene sea estupendo —dice—. No es sólo la precocidad o que Eugene es el único hijo que tendré en mi vida. Es también que es muy buena persona. Acepta las cosas. Tiene mucha capacidad para entenderlo todo.
No puedo imaginarme nada en mi vida que conlleve un sufrimiento así, la previsión de la pérdida de alguien. Cal se queda callado, el perro trota delante de nosotros, y yo apoyo la mano con suavidad en la espalda de Cal, y vamos así por las calles desiertas y frías. Arriba, en el cielo, Venus y la afilada hoz del cuarto creciente, como una taza y un plato, como la nariz y la boca, han hecho la bandera turca en el cielo.
—Mira eso —digo a Cal mientras vamos tras el perro, la correa tensa como un palo.
—Vaya —dice Cal—. La bandera turca.
—¡Habéis vuelto, habéis vuelto! —grita Eugene desde el interior, y se apresura hacia la puerta principal mientras nosotros subimos al porche con Chappers. Eugene ya en pijama, flaco y encorvado. Lleva gafas gruesas, de aumento, y sus ojos hinchados y acuosos parecen no perderse ningún detalle. Se desliza hacia la entrada, en calcetines, y se cae al suelo. Me sonríe, todo encanto, como un niño enamorado. Se ha pintado la cara con mercromina y espera que nos parezca divertido.
—¡Eugene, estás guapísimo! —digo.
—¡No! —dice—. Estoy gracioso.
—¿Dónde está tu madre? —pregunta Cal, soltando al perro.
—En la cocina. Papá, mamá dice que tienes que subir al desván y bajar una sartén para la cena. —Se levanta y comienza a perseguir a Chappers para cogerlo y atraerlo hacia él.
—Tenemos un par de cacharros arriba para las goteras —explica Cal quitándose el abrigo—. Pero al final acabamos necesitándolos para cocinar y los vamos a buscar.
—¿Quieres que te ayude? —No sé si debería estar con Simone en la cocina, con Cal en el desván o con Eugene en el suelo.
—Oh, no. Quédate aquí con Eugene —dice.
—Sí. Quédate aquí conmigo. —Eugene se aparta rápidamente del perro y se sujeta a mi pierna.
El perro ladra alborotado.
—Puedes enseñarle tu vídeo a Eugene —sugiere Cal mientras sale de la habitación.
—Enséñame la cinta de danza —dice con voz cantarína—. Enséñamela, enséñamela.
—¿Tenemos tiempo?
—Tenemos quince minutos —dice con gran autoridad.
Voy al piso de arriba y la saco de la bolsa, luego regreso donde está él. La meto en el vídeo y nos encogemos los dos en el sofá. Se arrima a mí, con frío, con la casa llena de corrientes de aire, y le pongo el jersey largo alrededor como si fuera un chal. Trato de explicarle unas cuantas cosas, con un lenguaje de adultos, cómo se gestó aquella danza, cómo el movimiento, repetido, vence todas las resistencias y lleva a una especie de estratosfera: de un estado de obstinación al éxtasis; de los zapatos a los pájaros. La cinta se grabó a principios de semana. Es un trabajo con los chicos de cuarto curso. Cada uno de ellos tiene que inventarse un personaje y luego diseñar una máscara. Se inventan criaturas varias: la señorita Pava Ninja, el señor Cabeza de Radio de Bicicleta. El Muñeco de Nieve Diabólico. Mamá Dientes de Sable: «Medio-niña-medio-hombre-medio-gato.» A continuación organicé a los niños en líneas compactas y dejé que, con la máscara puesta, improvisaran una danza con la canción This is it de Kenny Loggins.
Contempla la cinta, absorto. El pelo castaño le cae a mechones sobre la cara y se lo chupa. «Ahí está Tommy Croweil», dice. Conoce a los de cuarto curso como si fueran la realeza. Cuando se termina, me mira sonriente pero serio. Detrás de las gafas, su mirada es brillante y directa.
—El baile ha sido realmente precioso. —Parece un agente.
—¿De verdad te lo ha parecido?
—En serio —dice—. Es muy colorista y tiene muchos pasos divertidos e interesantes.
—¿Quieres ser mi agente? —pregunto.
—No sé —dice arrugando la cara, con alguna duda—: ¿el agente es el que conduce el coche?
—¡A comer! —llama Simone dos habitaciones más allá, desde la habitación de «Hazme una paja con cuchara».
—¡Ya vamos! —grita Eugene, se baja del sofá de un salto, se arrastra hasta el comedor y cae de lado en su silla.
—¡Uf! —dice sin aliento—. Casi no llego.
—Siéntate aquí —dice Cal. Y pone una copa con pastillas en el sitio de Eugene.
Eugene hace una mueca pero, ya en la silla, se pone de rodillas, se inclina con un vaso de agua en la mano y comienza la ardua tarea de tomarse todas las pastillas.
Me siento en la silla enfrente de él y me pongo la servilleta en el regazo.
Simone ha preparado una sopa con huevos duros («es una receta de la región», comenta) y pato pekinés, fibroso y dulce. Cal no para de pasar la cesta del pan, nervioso, hablando de que el hombre moderno sólo existe desde hace cuarenta y cinco mil años y que seguramente el pan no ha cambiado mucho desde entonces.
—¿Cuarenta y cinco mil años? —dice Simone—, ¿tan poco? No puede ser. Es como si lleváramos todo ese tiempo casados.
Hay gente que habla con las manos; y gente que habla con los brazos; y gente que habla con los brazos por encima de la cabeza: es la gente que más me gusta; Simone es una de ellas.
—No, ésa es la cuestión —dice Cal masticando—. Cuarenta y cinco mil años. Pero antes, durante unos doscientos mil, se produjeron en el hombre primitivo multitud de cambios anatómicos, hasta llegar al hombre de hoy. Fue una época muy interesante. —Hace una pausa, le falta un poco el aire—. Ojalá hubiera podido estar allí.
—¡Ja! —exclama Simone.
—Piensa en las fiestas —digo.
—Claro —repone Simone—. Joe, ¿qué tal? Con esa cabeza que tienes eres todo un cabezota, y oye, ¿qué chifladura estás haciendo con el dedo gordo? Muy parecido a las fiestas de Soda Springs, en Idaho.
—Simone estuvo casada con uno de Soda Springs, Idaho —cuenta Cal.
—¡Bromeas! —digo.
—Bueno, fue muy breve —explica—. Era un hombre ridículo. Me deshice de él después de unos seis meses. Al parecer se largó y se mató. —Me sonríe maliciosamente.
—¿Quién se mató? —pregunta Eugene. Se había tomado todas las pastillas menos una.
—El primer marido de mamá —explica Cal.
—¿Por qué se mató? —Eugene tiene la mirada fija en el centro de la mesa, tratando de pensar en el asunto.
—Eugene, llevas viviendo con tu madre siete años, ¿y no sabes por qué alguien cercano a ella querría matarse? —Simone y Cal se miran a los ojos y ríen alegremente.
Eugene sonríe vagamente, con brevedad. Comprende que es una broma entre sus padres, pero no le gusta o no la entiende. Le molesta que hayan convertido su indagación en una carcajada superficial. ¡Él quiere información! Pero ahora, en cambio, se hunde en el pato, lo mira y lo pincha.
Simone pregunta sobre las visitas a las escuelas. ¿Qué me encuentro? ¿La gente es amable conmigo? ¿Cómo es mi vida en casa? ¿Estoy casada?
—No estoy casada —digo.
—Pero tú y Patrick todavía estáis juntos, ¿no? —pregunta Cal preocupado.
—Pues no. Rompimos.
—¿Habéis roto? —Cal deja el tenedor en el plato.
—Sí —digo con un suspiro.
—Vaya. Pensé que nunca romperíais —dijo con estupefacción.
—¿De verdad? —Esto me da seguridad, en cierto modo. Por lo menos mi relación se veía bien desde fuera, por lo menos para alguien.
—Bueno, realmente no —admite Cal—. Lo cierto es que creía que ibais a romper mucho antes.
—Ah —digo.
—Entonces, ¿te podrías casar con ella? —dice el increíble Eugene a su padre, y todos nos echamos a reír con fuerza, vertemos más vino en las copas y escondemos la cara en ellas.
—Lo que hay que recordar de las historias de amor —dice Simone— es que son como tener mapaches en la chimenea.
—Oh, ahora el cuento del mapache no —se queja Cal.
—¡Sí! ¡Los mapaches! —grita Eugene.
Corto el pato.
—A veces tenemos mapaches en la chimenea —explica Simone.
—Ah —digo sin la menor sorpresa.
—Y un día tratamos de ahuyentarlos con humo. Encendimos un fuego, aunque sabíamos que estaban ahí, porque esperábamos que el humo los hiciera salir disparados hacia arriba y que no volvieran nunca más. En cambio, se incendiaron y cayeron estrellándose en la sala, todos chamuscados y en llamas, corriendo desesperados por aquí, hasta que murieron. —Simone sorbió un poco de vino—. Las historias de amor son así —añade—. Todas son así.
Estoy confusa. Miro hacia arriba, a la luz: una lámpara vieja y dorada, como un pulpo. Lo único en que puedo pensar es en que Patrick dijo, cuando se fue, harto de mi egoísmo, que si me preocupaba por quedarme sola en la casa del lago, con las ardillas y las lámparas estilo burdel, que alquilara la casa, por ejemplo a una pareja de lesbianas, simpáticas como yo.
Pero Eugene, delante de mí, asiente con entusiasmo, parece encantado. Ya había oído la historia de los mapaches y le encanta. Una vez más, la han contado bien, con llamas y sangre.
Ahora hay ensalada, que picamos y por la cual nos peleamos como cuervos. Después nos quedamos mirando el cuenco con la fruta en el centro de la mesa y cogemos con desgana unos granos de uva del racimo. Damos pequeños sorbos al té caliente que Cal trae de la cocina. Damos sorbos hasta que está frío, y luego hasta que se acaba. Ya son las diez.
—¡La hora del baile! ¡La hora del baile! —dice Eugene cuando ya nos hemos terminado el té. Cada noche, antes de irse a la cama, van todos a la sala y bailan hasta que Eugene se cansa y se queda dormido en el sofá. Entonces lo llevan al piso de arriba y lo acuestan. Viene hasta mi silla y me coge de la mano para conducirme a la sala.
—¿Qué música vamos a bailar? —pregunto.
—Tú eliges —me dice, y me lleva hasta la repisa donde tienen los discos compactos. Quizás haya algo de Stravinsky. Quizá Petruchka, con su entusiasmada salutación del Carnaval.
—¿Vendrás a verme cuando visites a los de cuarto? —pregunta mientras repaso los discos. Demasiada Joan Baez. Demasiado Mahler -Estoy en el aula ciento cuatro -dice-. Cuando vas a ver a los de cuarto puedes parar un momento en la puerta de la clase y saludarme. Estoy sentado entre la puerta y el tablón de anuncios
-De acuerdo -digo, pensando que, con las prisas, me olvidaré y me encontraré en el avión de casa hojeando una revista insulsa de alguna compañía aérea antes de recordar que olvidé hacerlo-. Mira -digo al encontrar un disco de Kenny Loggins. Tiene la canción que él ha oído hace un rato, en la cinta de vídeo—. Pongamos éste.
-Vale. ¡Mamá, papá, venid!
-De acuerdo, Eugene -dice Cal acercándose desde el comedor. Simone va detrás.
-Soy Mercurio, soy Neptuno y Plutón, muy lejos -dice Eugene corriendo por la sala, inventándose un baile.
-En el colegio están estudiando los planetas -dice Simone.
-Sí -comenta Eugene-, estamos haciendo los planetas.
-¿Y cuál es el planeta que te parece más interesante? -pregunto-. ¿Marte con los canales? ¿Saturno con los anillos?
Eugene se queda quieto y me mira pensativo, con solemnidad.
—Está claro, la Tierra —contesta.
—Pues sí, ésa es la respuesta correcta -comenta Cal riendo.
«Es esto -canta Kenny Loggins- es esto.» Formamos una línea compacta y desfilamos pavoneándonos, deslizándonos con la música. Nos agachamos, vamos hacia atrás y luego, de repente de nuevo hacia delante. Tratamos de crear el olor a sudor de la danza, mohoso, resinoso; el movimiento repetido y analítico. Cal y Simone están en ello. Se mueven y se cogen de los brazos . «Luego de repente, a media canción, Eugene se sienta en el sofá para descansar, mirando a los mayores. Como los mejores bailarines y como el mejor público, toma la determinación de no toser hasta el final.
—Ven aquí, cariño —digo yendo hacia él. No sólo pienso en mi propio cuerpo, ese cesto roto y sin encanto, ese merengue duro. No estoy pensando sólo en mí misma, Patrick, en la compañía de danza perdida, en mi cama vacía. Estoy pensando en lo espléndido que es el cuerpo cuando baila y en su desdén ostentoso. Así es como nos ofrecemos, entramos en el cielo, entramos en el lenguaje: hablamos con el movimiento, en el espacio. Así es como la vida ha transcurrido por aquí hasta ahora; es todo lo que se ha podido hacer: este cuerpo, ese cuerpo, aquel cuerpo. Entonces, Cielo, ¿qué opinas? ¿Qué coño opinas?
—Ponte a mi lado —digo, y Eugene lo hace, mirándome con su cara roja de guerrero. Bailamos sin movernos del sitio, subiendo y bajando las rodillas. Rodillas arriba y abajo. Nos hundimos, planeamos, nos deslizamos. Nos hundimos, planeamos, nos deslizamos. «Es esto, es esto.» Y entonces nos desmandamos y lanzamos nuestras extremidades al cielo.
Poeta y ensayista estadounidense. Junto a T.S. Eliot, Ezra Pound y William Carlos Williams forma parte de la primera generación de poetas modernistas estadounidenses.
A principios del siglo XX la poesía estadounidense carecía de tradición literaria propia, más aún la poesía escrita por mujeres, salvo el caso excepcional de Emily Dickinson, la única poeta comparable con Moore en opinión del también poeta Robert Lowell. Moore buscó una voz propia por caminos diferentes al resto de poetas modernistas. Consideraba que el camino hacia el verdadero arte era un camino complejo, por eso su poesía es sinuosa, indirecta, de negación (más efectista que la afirmación), planteando problemas sin resolverlos y forzando así al lector a sacar sus propias conclusiones.
Los poemas pertenecen a Poemas escogidos de 1935.
La versión es la de Lidia Tailleffer de Haya.
La poesía
A mí tampoco me gusta.
Pero, al leerla con absoluto desprecio, descubrimos en
ella, al fin y al cabo, sitio para lo auténtico.
Una tumba
Hombre que contemplas el mar,
que no dejas verlo a aquellos que tienen tanto derecho como tú,
es de naturaleza humana ponerse en medio de algo,
pero no puedes interponerte en el centro de esto;
el mar no tiene nada que ofrecer, salvo una tumba bien excavada.
Los abetos van en procesión, todos con una pata de pavo verde esmeralda en la copa,
reservados como sus contornos y en silencio;
no obstante, la represión no es la característica más sobresaliente del mar;
el mar es un coleccionista, rápido en devolver una mirada rapaz.
Hay otros —aparte de ti— que han experimentado esa mirada,
cuya expresión ya no es de protesta; los peces han dejado de buscarlos,
pues sus huesos han desaparecido.
Los hombres echan sus redes, ignorando que profanan una tumba,
y se alejan remando deprisa; las palas de los remos
se mueven al unísono, igual que las patas de la araña de agua, como si no existiera la muerte.
Las ondas avanzan en forma de falange, hermosas bajo la espuma,
y desaparecen sin aliento mientras el mar se agita dentro y fuera de las algas;
los pájaros dan vueltas a toda velocidad en el aire, emitiendo sus habituales silbidos;
el caparazón de la tortuga avanza al pie de los acantilados azotándolos;
y el océano, al ritmo de los faros y el tintineo de las boyas,
se mueve como siempre, como si no fuera ese océano en el que las cosas que caen se hunden,
en el que si giran y dan vueltas no es por voluntad ni por conciencia.
Al progreso militar
Utilizáis la inteligencia
como una piedra de moler
grano.
La pulís
y con retorcido ingenio os
reís
de vuestro torso,
postrado donde el cuervo
cae
sobre tantos corazones débiles
como su dios dispone;
llama
y bate las alas,
hasta que el tumulto trae
más
hombrecillos negros
para volver a recuperarse:
la guerra
a bajo coste.
Ellos claman por la cabeza
perdida
y buscan su recompensa
hasta que el cielo vespertino
enrojece.
Maria Lorena (Lorrie) Moore es, a decir de los críticos, "uno de los nombres fundamentales de la nueva narrativa norteamericana".
Este cuento pertenece al libro de relatos “Autoayuda”. Encontrar este libro en una librería es, a veces (demasiadas), difícil ya que, cuando lees el índice, te encuentras que otros cuentos tienen títulos como: "Cómo encontrar a tu media naranja", "Cómo conseguir un orgasmo", "Cómo salir sano y salvo del divorcio" o "Cómo vivir solo y ser feliz". ¿Por qué es difícil, a veces (demasiadas), encontrar el libro? Pues porque los libreros (generalización injusta, pero injusta con muy pocos) no suelen tener ni idea de literatura. Con esto se consigue que este libro se encuentre en la sección de, claro, "autoayuda" (cualquier día colocarán "Guerra y paz" en la sección de política o "A sangre fría" en la sección de zoología, apartado reptiles y peces).
El libro es una parodia de ese tipo de manuales formado por una serie de cuentos, protagonizados por mujeres, irónicos, burlones, siempre agridulces. Su forma de escribir no tiene nada que ver con la canadiense, pero su sentido del humor me recuerda a Margaret Atwood.
Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa: estrella de cine, astronauta, estrella de cine, misionera, estrella de cine, jardinera, Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre los deseos frustrados.
Es un estanque,
un cerezo en flor
un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña.
Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un marido que podría tener una amante. Ella cree que hay que usar ropa marrón porque disimula las manchas. Ella mirará brevemente tu texto y luego otra vez a tí con la cara vacía como una galletita. Ella dirá: “¿Por qué no vacías el lavavajillas?”. Desvía la vista. Mete los tenedores en el cajón de los tenedores. Accidentalmente rompe uno de los vasos que te dieron gratis con el periódico del domingo. Éste es el dolor y el sufrimiento necesario. Esto es sólo el comienzo.un cerezo en flor
un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña.
En la escuela, en clase de literatura, mira sólo la cara de Mister Killian. Decide que las caras son importantes. Escribe una villanelle sobre los poros. Esfuérzate. Escribe un soneto. Cuenta las sílabas: nueve, diez, once, trece. Decide experimentar con la ficción. Ahí no tienes que contar sílabas. Escribe un cuento corto sobre un anciano y una anciana que se disparan un tiro accidentalmente en la cabeza, uno al otro, resultado de un inexplicable fallo en un rifle que aparece misteriosamente en el salón una noche. Dáselo a Mister Killian como trabajo final de la clase. Cuando te lo devuelva habrá escrito en el papel: “Algunas imágenes son bastante buenas, pero no tienes sentido de la trama.” Cuando estés en tu casa, en la privacidad de tu habitación, garabatea a lápiz, debajo de su comentario en tinta negra: “Las tramas son para los idiotas, cara-porosa”.
Coge todos los trabajos de niñera que consigas. Eres fantástica con los niños. Ellos te adoran. Les cuentas historias de ancianos que mueren de forma idiota. Les cantas canciones como “Las campanas azules de Escocia”, tu favorita. Y cuando están en pijama y finalmente dejaron de pellizcarse entre ellos; cuando se duermen, lees todos los manuales de sexo que hay en la casa y te preguntas cómo alguien podría hacer esas cosas con alguien a quien ama. Quédate dormida en la silla mientras lees el Playboy de Mister McMurphy. Cuando los McMurphys vuelvan a casa, te tocarán en el hombro, mirarán la revista en tu falda y sonreirán ampliamente. Querrás morirte. Te preguntarán si Tracy se tomó la medicina. Explica que sí, que lo hizo, que le prometiste contarle una historia si se portaba como una señorita y que eso funcionó bastante bien. “Ah, maravilloso”, exclamarán.
Trata de sonreír orgullosa.
Matricúlate en Psicología Infantil en la universidad.
En Psicología tienes algunas materias optativas. Siempre te gustaron los pájaros. Te anotas en algo llamado: “Investigación Ornitológica Práctica”. Las clases son los martes y los jueves a las 2. Cuando llegas al aula 314 el primer día de clases, todos están sentados alrededor de una mesa discutiendo sobre metáforas. Alguna vez escuchaste algo al respecto. Después de un corto e incómodo rato, levanta tu mano y di tímidamente: “Perdón, ¿esto no es Observación de Pájaros I?” Todos se quedan en silencio y giran para mirarte. Parecen tener todos una única cara: gigante y blanca, como un reloj destruido. Un barbudo ruge: “No, esto es Escritura Creativa”. Di: “Ah, okay”, haciendo como que ya sabías. Mira tu planilla de horarios. Pregúntate cómo cuernos caíste ahí. El ordenador se equivocó, parece. Empiezas a levantarte para salir pero no lo haces. Las colas en la oficina de inscripción esta semana son larguísimas. Quizás deberías aferrarte a este error. Quizás la escritura creativa no sea tan mala. Quizás sea el destino. Quizás esto es lo que quiso decir tu padre cuando dijo: “Esta es la era de las computadoras, Francie, esta es la era de las computadoras.”
Decide que te gusta la universidad. En tu residencia conoces gente agradable. Algunos son más inteligentes que tú. Y algunos, te das cuenta, son más estúpidos. Continuarás viendo el mundo en estos términos, lamentablemente, el resto de tu vida.
La tarea de Escritura Creativa de esta semana es narrar un hecho violento. Entrega una historia sobre cómo conduce tu tío Gordon y otra sobre dos ancianos que se electrocutan accidentalmente cuando tocan una lámpara de escritorio que tiene un cable pelado. El profesor te devolverá los textos con comentarios: “Tu escritura es fluida y enérgica. Pero lamentablemente tus tramas son absurdas.” Escribe otra historia sobre un hombre y una mujer que, en el primer párrafo, son acribillados de la cintura para abajo debido a una explosión con dinamita. En el segundo párrafo, con el dinero del seguro, compran un puesto para vender helados. Hay seis párrafos más. Lees el texto completo en voz alta para la clase. A nadie le gusta. Dicen que tus tramas son exageradas y gratuitas. Después de clase alguien te pregunta si estás loca.
Decide que quizás deberías probar con la comedia. Empieza a salir con alguien divertido, alguien que tiene lo que en el instituto describías como “un sentido del humor buenísimo” y que ahora la gente de la clase de escritura creativa describe como “auto-indulgencia que toma forma cómica”. Anota todas sus bromas, pero no le digas que lo haces. Construye anagramas con el nombre de su exnovia, ponle esos nombres a todos los personajes con problemas de sociabilidad y observa lo divertido que es él, observa qué sentido del humor buenísimo tiene.
Tu orientador académico te señala que estás descuidando las clases de psicología. Lo que te consume la mayor parte del tiempo no es de tu especialidad. Di que sí, que lo entiendes.
En las clases de escritura creativa de los próximos dos años todos siguen fumando y preguntando las mismas preguntas: “Pero, ¿funciona?”, “¿Por qué debería importarnos lo que le pasa a ese personaje?”, “¿Te ganaste el derecho a usar ese lugar común?” Parecen ser preguntas importantes.
Los días en los que te toca a ti, miras a la clase con esperanza mientras buscan la trama en las hojas fotocopiadas, frunciendo el ceño. Te miran, aspiran el humo con intensidad, y luego te sonríen dulcemente.
Pasas demasiado tiempo abatida y desmoralizada. Tu novio sugiere que salgas a andar en bicicleta. Tu compañera de cuarto sugiere que cambies de novio. Te dicen que te estás autocastigando y perdiendo peso, pero continúas escribiendo. La única felicidad que tienes es escribir algo nuevo, en medio de la noche, con las axilas sudadas, el corazón golpeando fuerte, algo que todavía nadie leyó. Lo único que tienes son esos breves, frágiles, incontrastables momentos de éxtasis en los que sabes: eres un genio. Date cuenta de lo que tienes que hacer. Cambia de carrera. Los chicos de la guardería se entristecerán, pero tienes una vocación, una urgencia, una falsa ilusión, un hábito desafortunado. Estás, como diría tu madre, juntándote con gente que no te conviene.
¿Por qué escribir? ¿De dónde viene la escritura? Estas son preguntas que te haces a ti misma. Se parecen a: ¿De dónde viene el polvo? O: ¿Por qué hay guerras? O: Si hay un Dios, ¿por qué mi hermano es ahora un paralítico?
Estas son preguntas que guardas en tu billetera, como números telefónicos. Estas son preguntas que, como dice tu profesor de escritura creativa, es bueno explorar en tu diario personal, pero raramente en la ficción.
El profesor de este semestre enfatiza en el Poder de la Imaginación. Eso significa que no quiere largas historias descriptivas sobre tu viaje de campamento de julio pasado. Quiere que empieces en un contexto realista para luego alterarlo. Como si recombinaras ADN. Quiere que dejes vagar a tu imaginación, y que tus velas se hinchen como una barriga. Esto último es una cita de Shakespeare.
Cuéntale a tu compañera de cuarto tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melville a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y sobre el mundo pez-grande-come-pez-chico de las compañías de seguros de Rochester, New York. La primera línea será: “Llámame Pezchico”, y tratará sobre un hombre casado, andropáusico y suburbano, llamado Richard, a quién, como está todo el tiempo deprimido, su ingeniosa esposa llama “Mufi Dick”. Dile a tu compañera de cuarto: “Mufi Dick, ¿entiendes?”. Tu compañera de cuarto te mira, su cara es blanca como un Kleenex. Viene hasta ti, con aire amistoso y pone su brazo en tu espalda encorvada. “Escúchame, Francie”, dice lentamente, como si fuera tu foniatra. “Salgamos a tomar una cerveza”.
A la gente de la clase tampoco le gusta esta historia. Sospechas que están empezando a sentir lástima por ti. Ellos dicen: “Tienes que pensar en lo que pasa. ¿Cuál es la historia ahí?”.
El semestre siguiente el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir sobre lo que sabes, basándote en algo que te pasó. Quiere muertes, quiere viajes de campamento. Reflexiona sobre lo que te ha pasado. En los últimos tres años pasaron tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano volvió de un bosque a 15 kilómetros de la frontera con Camboya con sólo la mitad de su muslo y una mueca permanente anidada en un lado de la boca.
Sobre la primera cosa escribes: “Creó un nuevo espacio, que dolió y gritó con una voz que no era mía: ‘No soy más la que era, pero voy a estar bien’”.
Sobre lo segundo escribes una larga historia sobre una pareja de ancianos que tropiezan accidentalmente con una mina en su cocina y vuelan en pedazos. La llamas: “Hasta que la mortadela nos separe”.
Sobre lo último no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir zumba. No puedes encontrar palabras.
En las fiestas de la universidad, la gente dice: “Ah, ¿escribes? ¿sobre qué escribes?”. Tu compañera de cuarto, que ha tomado mucho vino, comido muy poco queso y casi ninguna galletita, dice: “Por dios, siempre escribe sobre el idiota del novio”.
Más tarde aprenderás que los escritores son simplemente textos abiertos e indefensos, sin ningún entendimiento de lo que han escrito y que, por lo tanto, deben confiar en cualquier cosa que se diga de ellos. Tú, en cambio, no has alcanzado ese nivel de refinamiento literario. Te pones rígida y dices: “No hago eso”, de la misma manera en la que se lo dijiste a alguien en cuarto grado cuando te acusó de disfrutar en las clases de oboe y dijo que no eran tus padres los que te forzaban a tomarlas.
Insiste con que no estás muy interesada en ningún tema en particular, que estás interesada en la música del lenguaje, que estás interesada en..., en..., sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, la respiración del alma. Empieza a sentirte mareada. Fija la vista en tu vaso de plástico lleno de vino.
“¿Sílabas?”, escucharás que alguien pregunta, a la distancia, alejándose lentamente hacia la seguridad de la fuente de salsa.
Comienza a preguntarte sobre qué escribes en realidad. O si tienes algo para contar. O si existe eso que llaman “algo que decir”. Limita tus pensamientos a no más de diez minutos al día; como las flexiones, pueden hacerte adelgazar.
Leerás en algún lugar que toda la escritura tiene que ver con los genitales propios. No pienses demasiado en eso. Te pondría nerviosa.
Tu madre vendrá a visitarte. Examinará los círculos debajo de tus ojos y te entregará un libro marrón con un portafolios marrón en la tapa. Se llama: Cómo convertirse en una Ejecutiva de Negocios. También trajo la enciclopedia “Nombres para su bebé”, que tú misma le pediste; uno de tus personajes, la maestra de primaria/payaso, necesita un nombre. Tu madre sacudirá la cabeza y dirá: “Francie, Francie, ¿te acuerdas cuando ibas a ser psicóloga infantil?”
Di: “Mamá, me gusta escribir”.
Ella dirá: “Claro que te gusta escribir. Por supuesto. Claro que te gusta escribir.”
Escribe una historia sobre una estudiante de música confundida y llámala: “Schubert Era el de gafas, ¿no?”. No es un gran éxito, aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en la que los dos violinistas vuelan en pedazos accidentalmente durante un concierto. “Salí con un violinista una vez”, dice ella, reventando su globo de chicle.
Gracias a dios estás cursandp también otras asignaturas. Puedes encontrar refugio en los enredos ontológicos del siglo XIX y en los rituales de apareo de los invertebrados. Algunos moluscos globulares practican lo que se denomina “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de su brazo cuando lo introduce en el cuerpo de la hembra durante el coito. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo cielo”. Alégrate de saber estas cosas. Alégrate de no ser solo una escritora. Inscríbete en la facultad de Derecho.
A partir de aquí pueden pasar muchas cosas. Pero la principal es ésta: decides no empezar abogacía después de todo, y, en cambio, pasas una gran parte de tu vida adulta diciéndole a la gente cómo decidiste al final no empezar abogacía. De alguna manera terminas escribiendo de nuevo. Quizás haces una licenciatura. Quizás tomas trabajos temporales y clases de escritura por la noche. Quizás trabajas y escribes todos los comentarios interesantes y las confesiones íntimas que escuchas durante el día. Quizás estás perdiendo a tus amigos, a tus conocidos, tu equilibrio.
Te peleaste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en vez de susurrarte “Te quiero”, gritan: “Hagámoslo, nena”. Esto es bueno para tu escritura.
Tarde o temprano terminas un manuscrito, más o menos. La gente lo mira vagamente confundida y dice: “Parece que ser escritora siempre fue un sueño para ti, ¿no?”. Tus labios se secan como la sal. Di que de todos los sueños de este mundo, no puedes imaginar que ser escritora siquiera esté entre los primeros veinte. Diles que ibas a ser psicóloga infantil. “Claro”, dirán suspirando, “eres fantástica con los niños”. Frunce el entrecejo. Diles que eres una navaja caminando.
Abandona las clases. Abandona los trabajos. Retira los ahorros del banco. Ahora tienes tanto tiempo como picazón en las manos. Lentamente copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva agenda.
Pasa la aspiradora. Mastica chicles para la tos. Guarda una carpeta llena de notas.
Un párpado oscureciéndose en el costado.
El mundo como conspiración.
¿Argumento posible? Una mujer sube al autobús.
Imagínate que organizas una historia de amor y nadie viene.
En casa toma mucho café. En el Howard Johnson pide ensalada de repollo. Piensa cómo la ensalada se parece a un mapa hecho papel picado: dónde estuviste, hacia dónde vas: “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.
Ocasionalmente una cita, con la cara blanca como un papel, te pregunta si los escritores se desaniman con frecuencia. Contesta que a veces se desaniman y a veces no. Di que se parece mucho a tener la polio.
“Interesante”, sonríe tu cita, y luego mira los pelos de su brazo y empieza a alisarlos, todos, siempre, en la misma dirección.
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
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Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
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Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
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"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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