Mostrando entradas con la etiqueta williams. Mostrar todas las entradas

Joy Williams - "Podredumbre"

Posted by La mujer Quijote in ,

Cuentista, novelista y ensayista estadounidense. Sus ideas han sido etiquetadas como lúgubres e impías a la vez que divertidamente nihilistas. Autora misántropa (y comparada en este sentido con Salinger y Pynchon), en 2017 manifestaba que "gran parte de la ficción contemporánea es osadamente frívola y está obsesionada con el yo" y que “vivimos, engendramos y queremos cosas -siempre este espantoso querer-, y hemos causado un daño irreversible a muchísimas. Es posible que la novela, y hasta los relatos, mueran, porque vamos a acabar asqueados a más no poder de hablar de nosotros mismos". Autora que es cualquier cosa menos cómoda.
Este cuento fue publicado inicialmente en el "Prize stories 1988: the O. Henry awards" junto con otros cuentos de autores como Raymond Carver, Joyce Carol Oates o Ann Beattie y posteriormente fue publicado por la autora en el volumen "Escapes" en 1990.
La versión es la de Albert Fuentes Sánchez.


Lucy estaba mirando la calle cuando un viejo Ford Thunderbird subió por el camino de su casa. Nunca había visto el coche y era su marido, Dwight, quien lo conducía. Una exnovia de Dwight saltó del asiento del acompañante y corrió hacia la casa. Se llamaba Caroline, tenía el pelo rizado y grandes dientes blancos, más blancos de lo que parecía normal, y de todas las novias que Dwight había tenido ésa era la que menos le gustaba a Lucy.
- Yo hacía de bocina —dijo Caroline—. El coche no tiene, así que la hacía yo. Gritaba por la ventanilla: «¡Cuidado!».
- ¿También hacías los frenos o sólo la bocina? —preguntó Lucy.
- Tiene frenos —dijo Caroline, mostrando su dentadura deslumbrante.
Entró en el salón y dijo:
- ¡Hola, alfombra!
Siempre le hablaba a la alfombra que había en el suelo. Era una alfombra mexicana con pájaros de distintos colores volando. Todos tenían los ojos alargados y blancos. Dwight y Caroline habían comprado la alfombra en Yucatán cuando fueron a hacer esnórquel tres años antes. Algunas de las calas estaban tan concurridas que apenas se podían ver los peces por culpa de toda la loción solar que flotaba en el agua. Dwight le había contado a Lucy que en El Garrafón, en Isla Mujeres, había sacado la cabeza del agua un momento y había visto a un centenar de personas meciéndose boca abajo junto a las rocas del arrecife y un tampón blanco y limpio flotando entre ellas. Caroline había dicho entonces:
- Qué asco, pero seguro que es una broma.
Caroline le susurraba cosas bonitas a la alfombra, dándose aires, pensó Lucy, aunque no le hablaba en español porque no sabía hablarlo. Lucy miró por la ventana y vio a Dwight sentado en el Thunderbird. Era un coche viejo, repintado de negro, con una capota rígida de color blanco, ojos de buey y guardabarros rebajados. Le pareció que era un poco demasiado grande para aquel coche. Dwight se bajó de golpe y corrió a la casa como si estuviera lloviendo, aunque no llovía. Era un día apacible de primavera, justo antes de Pascua, con una insoportable sensación de pesadez en el aire. Últimamente, cuando volvían a casa, siempre traían porquería sintética de las cestas de Pascua pegada a la ropa: esa paja falsa donde poner los huevos, ese material crujiente de colores pastel que se suele meter en las cestas de Pascua. Lucy no sabía de dónde lo sacaban, pero aquel día no habían traído detritos festivos.
Dwight le estampó un beso fuerte, errante, en la boca. Últimamente, tenía la impresión de que probaba nuevos tipos de beso con ella, como si quisiera afinarlos.
- Supongo que me vas a dar una explicación —dijo Lucy.
- Lucy —dijo él con solemnidad.
Caroline se les unió y dijo:
- Tengo que irme. No sé qué hora es, pero me apuesto a que lo adivino con una precisión de un minuto. Puedo hacerlo —aseguró a Lucy. Caroline cerró los ojos. No obstante, sus dientes parecían seguir mirándolos—. Las cinco y diez —dijo al cabo de un rato. Lucy miró el reloj de pared que indicaba las cinco y diez. Se encogió de hombros.
- Es una monada de coche —dijo Caroline, dándole a Dwight un pequeño achuchón—. ¿No te parece una monada? —le dijo a Lucy—. Tu Dwight lleva persiguiéndolo desde hace días.
- Se lo compré a un pariente —dijo Dwight.
Lucy lo miró con gesto impasible. No era una chica que se alarmara fácilmente.
- La semana pasada bajé al acuario a mirar los peces —empezó Dwight.
- Ah, ese acuario —dijo Lucy.
En el acuario habían sacrificado una cría de foca porque era demasiado fea para que la vieran los niños. Habían considerado que no era un ejemplar presentable y se habían deshecho de él. Aquel acuario tenía indignada a Lucy. «Me gustan los peces —le había dicho Dwight cuando Lucy le había preguntado por qué pasaba tantas horas de su tiempo libre en el acuario—. A los hombres nos gustan los peces.»
- Y cuando fui al aparcamiento, justo al lado de nuestro coche, vi este pequeño Thunderbird con un muerto sentado al volante.
- ¡Qué te parece! —exclamó Caroline.
- Fui el primero en verlo —dijo Dwight—. No soy un experto, pero ese hombre había estirado la pata.
- ¿Qué aspecto tenía el muerto? —preguntó Lucy a Dwight.
Se quedó pensando un momento y luego dijo:
- Como en las películas. Tenía la cabeza muy grande.
- En cualquier caso... —dijo Lucy, impacientándose un poco.
- En cualquier caso —dijo Dwight—, fue el coche el que me buscó a mí. A veces ocurren estas cosas. Supe que tenía que quedarme con él. Era demasiado bonito para dejarlo pasar. Está casi nuevo —dijo Dwight, haciendo un gesto hacia el coche—. Y ahora es nuestro.
- Este coche no está casi nuevo —dijo Lucy—. Un hombre murió dentro. Diría que no puede estar menos nuevo.
Siguió hablando con vehemencia en esos mismos términos durante un buen rato.
Caroline la observaba, con los labios entreabiertos, sin que sus dientes parecieran pronunciarse al respecto. Entonces dijo:
- Tengo que volver a mi casa solitaria. —No vivía muy lejos. Casi todos sus conocidos, y mucha gente a la que no conocían de nada, vivían cerca de allí—. Vosotros dos disfrutad del coche. Es una monada de cochecito.
Le dio un beso a Dwight y éste le respondió dándole una palmadita paternal en la espalda mientras la acompañaba a la puerta. Afuera, el aire tenía un ligero olorcillo a fruta y goma. El aullido de una sirena cortó el aire.
Cuando Dwight regresó a la casa, Lucy le dijo:
- No quiero un coche en el que ha muerto un hombre por mi cumpleaños.
- Aún falta para tu cumpleaños, ¿no?
Lucy reconoció que así era, aunque Dwight a menudo planeaba sus cumpleaños con meses de antelación. Se puso colorada.
- Es curioso que unas personas tengan vidas más largas que otras, ¿no? —dijo ella finalmente.


Cuando Dwight vio por vez primera a Lucy, él tenía veinticinco años y ella era un bebé de cuatro meses.
- Me voy a casar contigo —dijo Dwight al bebé.
La gente le oyó. Era alto y tenía el pelo negro, y llevaba una chaqueta negra de cuero con un forro de seda que le había cosido una novia. Estaban celebrando el fin de año en casa de esa novia suya y la chica estaba a su lado. «Ah, estupendo», dijo ella. Su novia no había visto nada especialmente fascinante en aquel bebé. Se podían hacer bebés mejores, pensó. Lucy estaba acostada en un cesto blanco de mimbre sobre un sofá. Tenía poco pelo y una expresión solemne. «Serás mi esposa», dijo Dwight. Tenía mucha mano con los bebés y también con los niños pequeños. Cuando Lucy cumplió cinco años, la cosa que más le gustaba eran esos libros en los que encontrabas algo que faltaba empujando o tirando de una lengüeta, y por su cumpleaños Dwight le había comprado quince, sin duda todos los que se habían publicado de ese tipo. Cuando cumplió diez años, le regaló una casa de juguete y la llenó de globos. A Dwight también se le daban bien los adolescentes. Cuando cumplió catorce años, le alquiló un caballo por todo un año. Y en cuanto a las mujeres, Dwight tenía un toque especial con ellas, como todas sus novias podían certificar. No le fue fiel a Lucy mientras crecía, pero se mostró en todo momento atento y leal con ella. Dwight fue doblando la apuesta. Y mientras Lucy fue creciendo estoicamente, aprendiendo a vestirse y a leer, dejándose crecer el pelo para luego cortárselo todo, apuntándose a clubes y comprando discos, aprobando sus asignaturas de álgebra y saliendo con chicos, Dwight estuvo viendo mundo. Siempre le enviaba pequeñas piedras de los lugares que había visitado y ella las ordenaba por tamaños y colores y las metía y sacaba de cajas y tarros de cristal hasta que tuvo tantas piedras que se hizo un lío y no sabía de dónde venía cada una. Más o menos por la misma época en que a Lucy ya le hubiera dado igual si volvía a ver una piedra más en su vida, se casaron. Compraron una casa y se instalaron en ella. La casa era grande y cómoda, lo bastante grande, según podía deducirse, para alojar distintos tipos de crecimiento. Todo iba bien. Dwight era como un libro grande y extraño en el que Lucy sólo necesitaba pasar las páginas para encontrarlo todo.


Salieron de la casa y miraron el Thunderbird bajo la luz declinante del día.
- Es bonito, ¿no? —dijo Dwight—. Neumáticos de franja blanca, el motor cromado.
Abrió el capó dejando al descubierto el motor reluciente. Dwight estaba feliz, sus ojos azabache brillaban. Cuando bajó el capó se oyeron unos ligeros golpecitos como si alguien hubiera tirado unos guijarros al suelo.
- ¿Qué ha sido eso? —dijo Lucy.
- ¿Qué ha sido qué, cariño?
- Eso —dijo Lucy—, en el suelo.
Recogió un trozo de óxido tan grande como su pequeña mano y muy ligero. Dwight lo miró. Cuando Lucy se disponía a dárselo, se le cayó al suelo y se hizo añicos.
- Me pareció que estaba tan entero que no comprobé los bajos —dijo Dwight—. Llamaré a alguien para que lo vea mañana. Seguro que no será nada grave, sólo una cosilla superficial.
Lucy pasó entonces la mano por el faldón de la puerta y recogió un puñado de escamas de óxido.
- No entiendo por qué quieres empeorar las cosas —dijo Dwight.
Por la mañana, dos hombres se movían bajo el T-Bird tumbados en camillas de mecánico, dando golpecitos por todas partes con destornilladores y examinando con ojos bizcos el chasis. Lucy, a quien le gustaba disfrutar de un desayuno relajado, todavía estaba en la cocina, terminándoselo. Mientras se comía los cereales, estudiaba el brik de leche, en uno de cuyos lados se hacía una petición de órganos. Lucy era consciente de que el mundo había caído presa de una nueva obsesión: conseguir que todo durase más. Enjuagó el bol y salió justo en el momento en que los dos hombres se escurrían de debajo del coche y se ponían de pie mirando a Dwight. La rampa de acceso a la casa estaba llena de restos y cuajos de herrumbre.
- ¿Y le ha comprado esto a su hija? —dijo uno de ellos.
- No —dijo Dwight irritado.
- Yo no se lo regalaría a mi hija.
- ¡No es para ninguna hija! —dijo Dwight.
- Los bajos están a punto de hundirse —dijo el otro—. Circulando, estas placas ceden, el suelo se desprende y terminas arrastrando el culo por la carretera. Como mínimo hay que cambiarle los suelos. No es ningún problema. —Se mordió la uña del pulgar—. Los anclajes de las ballestas al bastidor también están oxidados. Habrá que echarle unas cuantas horas, eso seguro. Alguien ha trabajado de lo lindo en este coche, pero aún queda mucho por hacer, sin duda. Donny, ve a buscarme el Hemmings a la camioneta.
El otro hombre se marchó con paso cansino y regresó al cabo con un grueso catálogo marrón.
- Más le valdría darlo como entrada para uno mejor —dijo el primer hombre—. Uno que tenga bien el bastidor.
Dwight meneó la cabeza.
- ¿No lo pueden reparar?
- ¡Por supuesto que podemos repararlo! —dijo Donny—. Se puede conseguir todo para estos coches, todas las piezas. ¡Su coche es un clásico!
Hojeó el catálogo con el pulgar hasta llegar a una página que anunciaba los servicios de un sitio llamado El Santuario del T-Bird. Por lo visto, El Santuario era un cementerio de automóviles. Una fotografía granulosa mostraba un revoltijo de coches desguazados esparcidos entre árboles. Era el tipo de foto que parece tomada furtivamente con una cámara oculta.
- Yo lo daría como entrada para uno mejor —dijo el otro hombre—. Mire aquí, en esta página, un T-Bird del 57 con motor sobrealimentado, rojo escarlata, completamente desmontado y restaurado, sin ningún detalle pendiente, listo para circular...
- Para el carro —dijo Donny.
- ¿Sabe?, si se queda con este coche que tiene —dijo el otro hombre—, y no se lo aconsejo, tendrá que pintarlo del color original. Este negro no es original. —Abrió la puerta y señaló una manchita cerca de los goznes—. ¿Lo ve? Es azul celeste.
Lucy volvió a entrar en la casa. Se quedó de pie, pensando, mirando a la calle. De niña, un día que iba a pie a la escuela, encontró un sobre en la calle con su nombre escrito, pero no había nada en su interior.
- Vamos a pedir una segunda opinión —dijo Dwight cuando entró—. Se lo llevaremos a Boris. Es el mejor en este negocio.
Se dirigieron a las afueras del pueblo, hasta llegar a otro municipio, donde se levantaba un gran edificio marrón. A Lucy le gustó el coche. Respondía muy bien, pensó. Fueron a toda velocidad, aunque los adelantaron algunos coches más grandes.
Boris era un hombre menudo, calvo y de gesto adusto. El pastor alemán que le acompañaba destacaba por su tamaño. Tenía las patas delicadamente redondeadas pero del tamaño de un balón de fútbol americano. Había espacio de sobra dentro de aquel perro para otro pastor alemán, pensó Lucy. Boris colocó el Thunderbird en un elevador y lo subió. Se paseó tranquilamente por debajo, con las manos en las caderas. No le crecía ni un pelo en la cabeza. Bajó el coche y dijo:
- Un caso perdido. —Ni Lucy ni Dwight dijeron palabra, de modo que exclamó—: No vale nada. Es chatarra.
El pastor alemán suspiró como si hubiera oído aquel diagnóstico muchas veces.
- ¿Y qué me dice de los puntos de anclaje de las ballestas? —preguntó Lucy. Aquella expresión la cautivaba.
Boris movió las manos y luego se las agarró y retorció en gesto de súplica.
- ¿Cómo puedo hacerles entender, buena gente, que se trata de un caso perdido? ¿Qué puedo decirles para que me escuchen, para que me crean? ¿Les apetece tirar billetes de cien dólares? ¿Es eso lo que quieren hacer el resto de sus vidas? ¿Qué clase de masoquistas son ustedes? Sería una maldad por mi parte alimentar sus esperanzas. Este coche no se puede restaurar. Está lleno de óxido y podredumbre. El óxido está vivo, respira y come, y está zampándose su coche. Los estribos y los paneles traseros ya se han cambiado, una vez, dos veces, quién sabe cuántas veces los han cambiado ya. Tendrán que volverlos a cambiar. ¡No es poca cosa cambiar los estribos y los paneles! ¿Cómo voy a salvarles de su inocencia, su estupidez y sus delirios? Quitas una parte mala, pongamos, luego sueldas metal nuevo, lo estañas bien, cambias toda la parte trasera, pongamos, ¿y qué has conseguido? Sólo has conseguido una pequeña parte de lo que necesitas, ¡no has conseguido casi nada! Puedo ver que mis palabras les provocan asco y náuseas, pero eso no es nada comparado con el asco y las náuseas que sentirán si perseveran en este proyecto desgraciado. ¡No lo piensen ni un momento más! Este tipo de podredumbre no tiene arreglo. Lo cual nos lleva a la cuestión: ¿qué es el hombre?, con sus tres subdivisiones: ¿qué podemos conocer?, ¿qué debemos hacer? y ¿qué podemos esperar? Preguntas que nos afectan a todos, incluso a usted, señorita.
- ¿Qué? —dijo Dwight.
- Mi consejo es que viajen en el coche —dijo Boris en un tono más calmado—, disfrútenlo, pero sólo esta primavera y verano, y luego desháganse de él, véndanlo al desguace. De lo contrario tendrán que añadir nuevas soldaduras, más y más soldaduras, pero el hundimiento siempre les estará esperando a la vuelta de la esquina. Pasarán los años y llegará el día en que descubrirán que no queda nada a lo que soldar la soldadura, que ya no queda bastidor, que ya no queda nada de nada. Lo que se pudre se pierde.
Hizo una reverencia y se metió en su despacho.
De vuelta a casa, Dwight dijo:
- Antes no se hablaba tanto de chapas oxidadas y podridas. Todo ese rollo del óxido y la podredumbre es una novedad. Ya no sé en qué mundo vivo.
Lucy sabía que Dwight estaba deprimido y procuró parecer afectada, aunque lo cierto es que el T-Bird le traía sin cuidado. Estaba entretenida con una melodía que tenía en la cabeza. Era una canción que recordaba haber escuchado muy de niña, sobre una hormiguita que estaba a punto de entrar en su casa. Finalmente le habló a Dwight de la canción y le tarareó la melodía.
- ¿Te acuerdas de esta cancioncilla? —preguntó.
- Casi —dijo Dwight.
- ¿Sabes de qué trataba? —preguntó Lucy—. La hormiguita no hacía nada, sólo esperaba en la puerta de su casa.
- Sólo era la típica tontería que le cantas a un bebé —dijo Dwight. Entonces la miró con aire ausente y dijo—: Cariño mío...
Lucy llamó a su amiga Daisy y le habló del Thunderbird negro. No le comentó que tenía la carrocería podrida. Daisy le llevaba diez años y era una de las últimas novias de Dwight. Le habían amputado una pierna recientemente. Había tenido un accidente escalando y luego había dejado pasar más tiempo del debido. Era una mujer alta, de aspecto masculino, y antes de la amputación siempre había llevado pantalones vaqueros. Ahora se arrastraba como bien podía en faldas, pues había comprobado que la gente se sentía menos incómoda cuando llevaba falda, pero cuando iba a la playa se ponía un traje de baño y le daba igual si incomodaba a la gente o no, porque amaba la playa, el agua, tan quieta y tan pesada, con tantos secretos en su seno.
- No vi nada en el periódico sobre un muerto sentado al volante de su coche —dijo Daisy—. ¿No suelen publicar este tipo de noticias? Qué raro, ¿no?
Lucy había alimentado la amistad con Daisy porque sabía que ella aún estaba enamorada de Dwight. Si alguien, Dios, por ejemplo, le hubiera preguntado si prefería recuperar su pierna o a Dwight, ella habría respondido «Dwight». A Lucy, todo esto la excitaba, pero al mismo tiempo le provocaba una mezcla de confusión y lástima. Recordarlo siempre la animaba cuando tenía un mal día.
- ¿Te conté lo que me pasó en el supermercado con un hombre que sólo tenía una pierna? —preguntó Daisy—. Nunca lo había visto. Estaba con su mujer y un bebé, y el bebé, en vez de estar en los brazos de su madre, iba en un cochecito, de modo que los tres ocupaban prácticamente el ancho del pasillo, y cuando me metí en ese pasillo me di de bruces con esa pequeña familia. Naturalmente, tuve la sensación de que conocía a ese hombre de toda la vida. La gente nos sonreía. Incluso su mujer sonreía. Fue espantoso.
- Tendrías que buscarte a alguien —dijo Lucy sin demasiado interés.
Las cenizas de la pierna de Daisy estaban guardadas en el jardín de una iglesia, dentro de un cajón, esperando al resto de su cuerpo.
- No, qué va —dijo Daisy con modestia—. ¡En fin! —dijo—. ¡Vais a tener otro coche!
Casi era ya la hora de cenar y el olor de la carne impregnaba el aire. Dos pajaritos pardos daban saltos por el césped con calvas del jardín y Lucy los observaba con interés, pues los pájaros no solían pasarse por su barrio. Cuandoquiera que se detectaban tres o más pájaros en un mismo lugar, se consideraban una plaga y se tomaban varias medidas para reducir su número a niveles aceptables. Lucy recordó que siendo niña los pájaros que volaban sobre su cabeza a veces proyectaban sombras en el suelo. Algunos días pasaban bandadas de pájaros y recordó haber oído el crujir de sus alas, pero supuso que aquel detalle era el tipo de cosa que recordaría un niño aun habiéndolo visto u oído una sola vez.
Puso una mesa para tres en el comedor, pues ésa era la noche de cada primavera en la que Rosette iba a cenar a su casa y traería como siempre sábalo y huevas de sábalo, la comida favorita de Dwight. Rosette había sido la más elegante de las novias de Dwight y la que tenía la cintura más estrecha. Ahora estaba casada con un tal Bob. Cuando eran novios, Dwight solía llamarla «Bomboncito». En las últimas cinco primaveras, desde que Lucy y Dwight se habían casado, Rosette encargaba que le trajeran el sábalo en avión desde el norte y luego lo llevaba a su casa para cocinarlo. Aun a pesar de que aquel pescado era su comida favorita y sólo lo comía una vez al año, Dwight llegaría un poco tarde esa noche porque había ido a recabar una nueva opinión sobre el T-Bird. Lucy había dejado de acompañarle en esas expediciones descorazonadoras.
Rosette apareció con un escueto vestido blanco de cóctel y unos zapatos rojos de tacón alto. Había traído su propia vajilla, cubertería, velas y vino. Reorganizó la mesa, bajó las luces y preparó generosos dry martinis para las dos. Se sentaron, esperando a Dwight, charlando sobre todo tipo de cosas. Rosette y Bob habían acogido en su casa a dos delincuentes recién salidos de la cárcel que se llamaban Jerry y Jackie.
- Son unos chicos feísimos —dijo Rosette—. Pero son muy hogareños. Cuando eran chavales, eran más monos, pero ahora tienen las narices muy largas y sus mandíbulas también tienen un aspecto raro. Este año les regalé unas cestitas de Pascua con conejitos y Jackie me escribió una nota diciéndome que lo que necesitaba en realidad era una receta para comprar pastillas anticonceptivas.
Cuando llegó Dwight, Rosette estaba diciendo:
- No es malo sentirse culpable. Hay cosas peores que sentirse culpable. —Dirigió entonces una mirada embelesada a Dwight y dijo—: Estás hecho un regalo para los ojos.
Le preparó un dry martini, que se bebió rápidamente, y luego sirvió una ronda más para los tres. Lucy miró el T-Bird en la entrada dando unos sorbos a su copa. Era una monada de coche y la pintura era tan negra que parecía mojado. Rosette preparó el pescado con gran solemnidad, inclinándose sobre la parrilla un tanto sucia de Lucy. Comieron los tres con circunspección. Lucy intentó comerse las huevas de una en una, pero descubrió que era tarea imposible.
- Esta tarde he visto a Jerry caminando por la calle con una desbrozadora —dijo Dwight—. ¿Se dedica ahora a la jardinería? La jardinería es un buen trabajo para un chico.
- Los delincuentes no siempre son culpables —dijo Rosette—. Eso es lo que mucha gente no entiende, pero no, Jerry no trabaja de jardinero, seguramente robó el chisme del jardín de alguien. Bob intenta hablar con él, pero el chico no hace ni caso de lo que le dice. Bobby no resulta muy convincente.
- ¿Cómo está Bob? —preguntó Lucy.
- Mi marido Bob es una llamada a la que nunca debí responder —dijo Rosette.
Lucy cruzó los brazos sobre la barriga y se retorció de puro gusto porque Rosette decía lo mismo todos los años cuando le preguntaban por Bob.
- La vida con mi marido Bob es un largo crepúsculo de cócteles y anécdotas tediosas —dijo Rosette.
Lucy se sonrió porque ese comentario también lo hacía siempre Rosette.


Al día siguiente, Dwight le dijo a Lucy que tenía la intención de meter el T-Bird en casa.
- No durará mucho en la calle —dijo—. Es una preciosidad, pero está cansada. Las inclemencias del tiempo le pasan factura a un coche y son las inclemencias las que se han cargado a esta ricura. La meteremos en el salón, que de todos modos está poco amueblado, y será como vivir con una obra de arte en casa. La tendremos encerada y nos sentaremos dentro a hablar. ¿Sabes?, se está muy tranquilo dentro de este cochecito.
El T-Bird parecía atento y coqueto mientras hablaban a su alrededor.
- Este coche fue diseñado para circular al aire libre —dijo Lucy—. Creo que deberíamos viajar con él hasta que se caiga a pedazos. —Dwight la miró con pesar y ella abrió mucho los ojos, pues no sabía cómo había sido capaz de decirle algo así—. En fin —dijo ella—, no creo que una casa sea el mejor lugar para guardar un coche, pero podemos tenerlo dentro un tiempo y luego, si no nos gusta, podemos volver a sacarlo a la calle.
Dwight la estrechó entre sus brazos y ella pudo notar que su corazón latía en su pecho con gratitud y emoción.
Lucy llamó a Daisy por teléfono. Ya había empezado el fragor de martillazos y sierras.
- Las ventoleras que les dan a los hombres son distintas de las nuestras —dijo Daisy—. Siempre ha sido así. Por ejemplo, he leído que unos hombres están investigando la manera de convertir en cristal la tierra que envuelve los residuos tóxicos mediante la inserción de sondas eléctricas de alta temperatura. A una mujer nunca se le habría ocurrido semejante idea.
Dwight trabajó frenéticamente durante días. Quitó el ventanal, derribó la pared, apuntaló el suelo del salón, construyó una rampa, vació el coche de todos sus fluidos para que no goteara en la alfombra, lo empujó hasta el interior de la casa, volvió a colocar los montantes de las paredes, puso de nuevo la ventana, levantó una pared nueva de cartón yeso y repintó toda la estancia. Era como tener un coche gigante de muñecas en el salón. Pero no quedaba nada mal dentro de la casa y a Lucy no le importaba que estuviera ahí, aunque, eso sí, no se sentía a gusto cuando Dwight levantaba la capota. No le gustaba nada verla desplegada y siempre que la veía subido la cerraba. Cuando más pensaba en el Thunderbird era por la noche, acostada en la cama junto a Dwight, y se maravillaba entonces ante su presencia silenciosa e invisible al otro lado de la puerta, ocupando el espacio, tan extraño y reluciente, pasto de la podredumbre.
Se sentaban a menudo en el coche, en su casa, sin ir a ninguna parte, mirando por el parabrisas hacia la ventana, y por la ventana hacia la calle. No invitaron a nadie a verlo. Pronto, Dwight se aficionó a sentarse solo en el coche. Estaba cansado. Le estaba tomando más tiempo del previsto recuperarse de todo el trabajo. Lucy lo vio un día al volante, con un brazo doblado y colgando sobre la brillante puerta, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pelo negro como nunca antes se lo había visto. No recordaba la primera vez que se había fijado en él, la primera vez que lo había visto de verdad, tal como él se había fijado en ella cuando era una recién nacida.
- Quiero que pares, Dwight —le dijo.
Él abrió los ojos.
- Deberías probarlo —dijo—. Pruébalo y dime qué te parece.
Lucy se sentó un rato sola en el coche y al cabo fue a la cocina, donde Dwight estaba de pie tomándose un vaso de agua. Era un día gris, con una luz gris y negligente que lo bañaba todo.
- Ahí dentro, he tenido por un instante la sensación de que sólo hay una conclusión posible: a nuestro mundo le han arrebatado toda perspectiva de futuro —dijo Lucy. No era una mujer sentimental.
Dwight sujetaba el vaso de agua y lo miraba con el ceño algo fruncido. El agua caía en el fregadero y se colaba por el desagüe, la misma agua que él estaba bebiendo. En la encimera había un televisor y en la pantalla se veía a unos hombres transportando dos camillas por el césped de una casa, y sobre cada camilla había un bulto alargado y quieto cubierto con una tela verde. La casa era un fortín de cemento con dos sillas metálicas en el porche cubiertas con cojines y bajo el alero del tejado colgaba un cesto de flores.
- ¿De verdad que es el único canal que se sintoniza? —dijo Lucy. Cerró el grifo.
- Son las noticias, Lucy.
- He visto estas noticias cientos de veces. Siempre dan lo mismo.
- Estamos en el Sun Belt, Lucy.
Empezó a molestarle que no parase de repetir su nombre.
- En fin, Dwight —dijo—. Dwight, Dwight, Dwight.
Dwight la miró con dulzura y regresó al salón. Lucy lo siguió. Ambos miraron el coche y Lucy le dijo:
- Me gustaría tener una sortija de esmeraldas. Me gustaría tener un niño.
- No puedes pedirle deseos, Lucy —dijo Dwight.
- Me gustaría tener un Porsche Carrera —le dijo Lucy al coche.
- ¿Estás loca o qué? —preguntó Dwight.
- Me gustaría tener un bebé —caviló ella.
- Hace tiempo fuiste un bebé —dijo Dwight.
- Bueno, eso ya lo sé.
- ¿Y no te basta?
Ella lo miró con gesto incómodo y luego dijo:
- ¿Sabes qué cosa hacías antes que me gustaba? Decías: «Éste es el color favorito de mi mujer...» o «Eso es justo lo que dice mi mujer...». —Dwight la miró con sus grandes ojos azabache—. ¡Y naturalmente tu mujer era yo! —exclamó Lucy—. Siempre pensé que esa costumbre tuya era muy sexy.
- Decidimos no volver a hablar de sexo, Lucy —dijo él. Ella se sonrojó.
Dwight se metió en el Thunderbird y puso las manos sobre el volante. Lucy vio que sus dedos apretaban la bocina, pero no se oyó nada.
- No creo que el coche deba seguir en casa —dijo Lucy, aún con los colores subidos.
- Aquí puedo pensar, Lucy.
- ¡Pero está en medio del salón! ¡Se come casi todo el espacio!
- Un hombre tiene que pensar, Lucy. Un hombre debe prepararse para lo que venga.
- ¿Dónde pensabas antes de casarnos? —dijo enojada.
- En cualquier sitio, Lucy. Pensaba en ti en todas partes. Formabas parte de todo.
Lucy no quería formar parte de todo. No quería formar parte de los besos de otra mujer, por ejemplo. Tampoco quería formar parte de la pierna de Daisy. Esa pierna, de eso estaba segura, había cumplido su parte y había sido algo a lo que Dwight había prestado atención. No quería formar parte de un sinfín de cosas que podía recordar.
- No quiero formar parte de todo —dijo.
- Cuando yo era joven y tú eras un bebé, la vida era distinta —dijo Dwight.
- Nunca quise formar parte de todo —dijo ella alterada.
Dwight volvió a apoyar la espalda en el asiento y miró por la ventanilla.
- Quizá el dueño de este coche se murió porque alguien le partió el corazón, ¿lo has pensado? —dijo Lucy. Al ver que no decía nada, añadió—: No quiero tener que esperarte otra vez, Dwight. —Su cara se había tranquilizado.
- Sólo existe una forma de esperar —dijo Dwight—. Has de saber lo que quieres mientras esperas.
Dio una palmadita al asiento de al lado y le sonrió. No se trataba solamente de sacar ese trasto viejo de la casa, lo sabía. El tiempo no se movía lateralmente como siempre había pensado, sino que trepaba hacia arriba y luego caía y empezaba a dar tumbos como un animal envenenado y herido. Al final se sentó a su lado. Miró a través del cristal hacia el otro cristal y luego más allá.
- Llueve —dijo Lucy.
Caía una lluvia fina, una lluvia cálida de primavera. Mientras la miraba, empezó a caer con más fuerza. Tenía tonos plateados, pero a medida que caía más y más deprisa, la lluvia cada vez lo parecía menos y casi podía oírla tintinear mientras azotaba la calle.

Tennessee Williams - "El poeta"

Posted by La mujer Quijote in ,


Este cuento está incluido en el volumen "Un brazo y otros cuentos", un volumen que fue publicado en edición limitada en 1948 (Christie's subasta un ejemplar de esta edición al asequible precio de salida de 750 dólares) y que luego fue apareciendo periódicamente (hay ediciones de 1950, de 1954). Sin embargo en las wikis aparece como publicado en 1967, ignoro de dónde viene ese dato.
La versión es la de Mariano Antolín Rato.

El poeta destilaba sus propias bebidas alcohólicas y se había hecho tan competente en ese arte que podía producir licores fermentados a partir de casi cualquier tipo de materia orgánica. El licor lo llevaba en un caneco sujeto en el cinturón, y cada vez que el cansancio se apoderaba de él, hacía alto en algún lugar solitario y se llevaba el caneco a los labios. Entonces, lo mismo que una burbuja de jabón atravesada por un rayo de luz, el mundo cambiaba de color y quedaba atravesado por una gran vitalidad que se abría paso en él como un océano ilimitado. Quedaba desplazada la superficialidad habitual de las impresiones, y sus sentidos se combinaban en un único rayo perceptivo que le dejaba ciego para los fenómenos y experiencias de menos categoría, lo mismo que las velas quedarían eclipsadas en una cámara de cristal expuesta a un sol en su cénit un día sin nubes.
Llevaba una existencia de benévola anarquía, pues nadie de su época era más ajeno que él a la influencia de los estados y las organizaciones. En las zonas pobladas podía subsistir como un carroñero dedicado a alimentarse de los desperdicios de los demás, pero en terreno abierto vivía como un rumiante a base de todo tipo de cosas verdes que le admitiera el estómago.
Hombre alto y anguloso, con ojos turquesa y una piel ámbar clara, poseía la tersura y belleza de una escultura. Esa belleza no le permitía pasar desapercibido. Nunca había buscado el menor contacto con las personas a no ser la ideal de un público ideal y poeta, pero a veces ocurría que el deseo sexual de desconocidos le visitaba. Esto sucedía cuando el agotamiento corporal se apoderaba de él después de una gran expansión de la visión y se arrastraba en busca de refugio en un patio. Mientras descansaba allí, algún ser anónimo que pasase, y que merodeaba por los callejones de noche, podía llegar a fijarse en el poeta y buscar su compañía con dedos cálidos exploradores y labios voraces. Con la luz del día el poeta despertaba y encontraba su ropa desgarrada y a veces no sólo una humedad de bocas en la piel, sino dolorosas magulladuras, y a veces también una moneda o un anillo o alguna otra muestra de agradecimiento metida en el bolsillo o en la palma de su mano, pero se arreglaba la ropa y continuaba su camino sin la menor vergüenza ni resentimiento, y la breve permanencia húmeda de esos abrazos duraba más que su recuerdo de ellos.

Por suerte sucedía que el buscarse la existencia en él se había vuelto algo automático. No ocupaba ninguno de sus pensamientos y no interfería con la vida interior del hombre. No escribía los poemas, pues su genio residía en la palabra hablada. Un periodo anterior de su vida lo había pasado dedicado a una especie curiosa de evangelización. Entonces iba a sitios frecuentados por la gente y soltaba discursos exaltados. Raramente pasaba día sin que ejercieran alguna violencia sobre él. A menudo le encarcelaban y, todavía con mayor frecuencia, le pegaban. Pero poco a poco la rabia fue purificándose de su naturaleza. Veía lo de infantil que tenía. Luego se mantuvo en silencio durante un tiempo. Entraba en los lugares públicos, paseaba la vista alrededor y se marchaba, sin dirigirse a nadie. Durante varios años continuó con esta retirada al silencio. Cuando estaba sin nada de dinero, el carácter de sus discursos cambiaba por completo. La ira moral daba paso a la narración de historias maravillosas que contaba al aire libre. Entonces encontraba su público entre los adolescentes, chicos y chicas que se hallaban en ese breve y vacilante estado breve y dubitativo situado entre la llegada de la sabiduría y su voluntario rechazo, algo que constituye la condición para que los jóvenes sean admitidos por los estados sociales sin que cuente nada de lo que en su modo de ser era puro. El poeta había aprendido que sólo podía encontrar su público en ese grupo de edad concreto. Ahora, fuera donde fuese, reunía a su alrededor a jóvenes y hermosos oyentes de historias. Los captaba a la entrada de los colegios, y en parques y terrenos de juego. Su mera presencia hipnotizaba a los jóvenes. Instintivamente le reconocían como el hombre que se atrevía a oponerse a la voluntad de las organizaciones a las que ellos se verían obligados a rendirse. Los adultos consideraban que era un chiflado inútil, pero a los jóvenes los atraía con su misterioso anhelo y se colgaban de sus palabras como las abejas se arremolinan sobre el cáliz inagotable de una flor.

El que ama a los jóvenes ama también el mar. Por lo tanto era natural que la última fase de la vida del poeta transcurriera en la costa. Ya llevaba diez meses viviendo en una costa tropical cuyo asombroso panorama de mar abierto y cielo proporcionaba a sus historias una mise en scène ideal. Habitaba en una choza hecha con madera rescatada del mar. No recordaba si la había construido él mismo o si ya se la encontró levantada. Estaba situada en un punto donde la playa se curvaba suave y amablemente hacia tierra, y se alzaba en un promontorio semejante a un abanico de dunas doradas. En un gran tambor metálico, devuelto por el mar después de un naufragio, había destilado su licor de abrasadora potencia y mantenía este depósito enterrado en la arena detrás de su refugio de madera.
Todas las veces que les hacía una señal, los miembros de su joven público se reunían a su alrededor, y cada vez venían más, y cada vez desde aldeas que se encontraban más y más apartadas. El poeta ya llevaba largo tiempo considerando que sus historias hasta entonces habían sido poco más que ejercicios previos a una gran efusión auténtica que sería más una creación plástica que verbal. Notaba que tenía esa culminación cada vez más a mano. Su inminencia se anunció en su interior en forma de fiebre. El cuerpo le ardía, se le consumía; y se le encaneció el dorado pelo. Se le había dilatado el corazón. Se le hincharon las arterias. A veces le parecía que un íncubo hacía presa en su pecho, y que aquel pequeño nudo púrpura que era su cabeza golpeaba contra sus costillas, mientras los miembros pataleaban y se retorcían en convulsiones. De cuando en cuando le brotaba sangre arterial por boca y nariz. Notaba que estos anuncios del inexpresable ataque de la muerte le asediaban, pero conservó la fuerza suficiente para mantenerlos a raya hasta que terminó por producirse el acontecimiento para el que vivía. Se produjo aquel verano, a finales del agitado mes de agosto. La noche que precedió a su llegada, el poeta había vagado por la playa en un estado de delirio en el que le parecía subir una empinada cuesta sin el menor esfuerzo ni quedarse sin respiración durante el ascenso, y al alcanzar la cima pudo ver debajo, como la imagen de un rompecabezas con todas sus piezas ajustadas, la totalidad de su vida en la tierra. Consideró triunfante que las dispersas posibilidades habían formado un dibujo y que el dibujo podía encerrarse en una visión. Cuando llegó la mañana, ésta le empujó a desandar todo el camino recorrido, pero él sabía con qué finalidad. Era para llamar a los chicos. Debía encender una hoguera, una señal que convocaría a los chicos. Se puso a prepararla de inmediato. Sin embargo, y por primera vez, resultó difícil reunir materiales inflamables. Los trozos de madera seca parecían separados por kilómetros. Rebuscó en las dunas y entre la maleza enmarañada, hasta que los nudillos le sangraron y el íncubo del pecho se abrió paso entre la jaula de sus frágiles costillas. Cuando finalmente contó con la suficiente para encender la señal, se alzó el viento y tuvo que protegerse contra él. Tuvo que agacharse sobre las llamas hasta que éstas le ennegrecieron el pecho, y tuvo que abrazar los llameantes palos para que no se dispersaran. Entonces, súbitamente, la resistencia cesó. El océano recuperó el viento. El aire estaba detenido y el océano parecía sorprendido como una estatua en un fulgor tranquilo, y ahora la columna de humo se alzaba poco densa y derecha como un árbol sin ramas. El poeta se alejó del punto donde sufría tan terriblemente, arrastrándose sobre pies y manos hasta el misericordioso y reconstituyente contenido del tambor. Con sólo probarlo, volvió a ponerse de pie. Una vez más, y por último, el océano ilimitado se encrespó y rompió en sus venas; aquel océano escarlata donde se balanceaba un endeble barco, lo que es estar vivo.
La columna de humo pronto atrajo la atención de los chicos. Con caras levemente iluminadas por las primeras luces, se alzaron como pájaros de las aldeas para emprender el ascenso de las laderas y dejarse caer dementemente por ellas, pasando junto a los campos cercados donde sus padres trabajaban la tierra, pasando delante de puertas donde había ancianas encogidas en un embotado asombro ante su paso agitado, pasando ante todo lo estático, empujados como estaban por un demonio que los hacía avanzar deprisa, respondiendo como sólo los de su edad podrían responder a algo tan poco sólido como el humo, pero que constituía una visión prometedora.

El poeta distinguió sus gritos desde muy lejos, y supo que se acercaban. Se levantó de junto al tambor y caminó erguido y poderoso hasta el extremo de la playa donde aparecerían los chicos. Habiéndose librado de la ropa durante el trayecto, con el cuerpo desnudo y brillando de sudor, los chicos superaron la última duna que los separaba y rodearon la figura del poeta que esperaba.
El poeta hizo que descansaran delante de su refugio de maderas rescatadas del mar. Se colocó en el centro e inició su historia. El andamiaje de los cielos se mantenía muy alto y el poeta procedió a fabricar unas escaleras de mano para los chicos. Éstos olvidaron sus juguetes. Las muñecas hechas con madera de naufragios que él había tallado para los chicos les cayeron de las manos cuando empezaron a tomar parte en la acción relatada. Se perseguían unos a otros entre las bufandas de espuma. Sus saltos eran prodigiosos, sus gritos eran interminables, y siempre le llamaban para que les diera otra clase, estirando los cansados brazos como el armazón de un barco en un océano borracho. El poeta los empujaba a comprender el éxtasis de su visión y cómo con ésta un hombre podría abandonar su cuerpo. Ante la ladeada pared de la casa de madera rescatada del mar, sus ojos les lanzaban flechas de luz azul pálido, y se echaba hacia adelante, gesticulaba e imitaba al océano. Un enorme caballo de juguete azul parecía haberse soltado entre ellos y sus penachos eran de un azul de humo que el cielo no podía retener y por eso los dejaban irse.
La historia continuó hasta el crepúsculo, y en ese momento los padres de los chicos vinieron a por ellos. Los hombres de las aldeas habían terminado por desconfiar del poeta. Ahora rodeaban su refugio y le llamaban. El poeta salió y se mantuvo exhausto entre ellos, mirándolos casi sin verles las caras, ahora que la poesía había abandonado su cuerpo dejándole viejo, encogido y gris. Sin más explicación, le dijeron que se fuera. El poeta asintió, mostrándose de acuerdo con su orden, y frunció el entrecejo de dolor al ver a los niños que se alejaban por la playa entre sus solícitas madres.
Cuando todos los grupos dispersos se habían perdido de vista, el poeta regresó a su casa. Envolvió en un trozo de trapo salado su pequeña colección de objetos, recuerdos de distancias recorridas junto al océano. Dijo adiós al océano. Se despidió de él gravemente con una de las manos, que eran como aflechados esqueletos de pájaro. Se dirigió tierra adentro después de sus diez meses de estancia a orillas del océano. Cuando hubo coronado con un esfuerzo que le dejó sin respiración la duna más alta y se había vuelto y mirado a sus espaldas hacia donde su refugio de maderas rescatadas del mar parecía más pequeño de lo que de hecho era mientras quedaba al cuidado de la noche creciente y del vacío que ya se imponía al borde de la rompiente, consideró que al fin había gastado todo su oro y que sólo le quedaba el sonido metálico del cobre. De pronto se resistió ante la idea del exilio. Estaba ligado a aquel lugar por más de diez meses de costumbres. Era el sitio donde finalmente había contado su mejor historia, y si le recordaban, sólo le recordarían aquí, y sólo los niños de aquella región costera.
Vacilando de agotamiento, el poeta volvió sobre sus pasos. Todavía durante un momento, mientras se acercaba al océano, el cerebro lo contenía. Su visión todavía lo incluía. Luego el océano se balanceó y se partió, y de él brotó una oscuridad tremenda que se precipitaba hacia él. El poeta cayó en la playa. Su cuerpo permaneció en aquel sitio durante mucho, muchísimo tiempo. El sol, la arena y el agua lo bañaban constantemente y se lo llevaron todo excepto los huesos y las rígidas vestiduras blancas.
Los niños, alejándose más de lo habitual de sus casas sin que ninguna señal los convocase, llegaron al anochecer hasta el esqueleto del poeta. Se habían hecho mayores, pero aún no habían renunciado a sus sentimientos de ternura. Formaron un círculo alrededor del esqueleto del poeta, desconcertados y afligidos, conscientes de una pérdida que no se podían comunicar entre sí. Finalmente, uno de ellos se dirigió al gran tambor metálico que contenía el licor del poeta. Habiendo visto beber una vez al poeta de él, ahuecó la mano y bebió un poco. Los otros le siguieron. El licor les recorrió el cuerpo y los hizo tambalearse. De pronto se pusieron muy borrachos y, de común acuerdo, se tumbaron en la arena junto al enorme tambor metálico detrás de la choza hecha de madera rescatada del mar, estrechando sus cuerpos unos contra otros.
No lejos de la orilla dos navíos entablaban batalla. Uno de ellos se hundió, y cuando cayó la noche, los cuerpos de los marineros ahogados fueron arrojados a la playa. Los niños, por entonces ya agotados, andaban por la playa y miraban los cuerpos, que ya estaban empezando a adquirir un aspecto corrupto. Entre ellos, sólo el esqueleto del poeta parecía inmune a la desintegración. Y por última vez, pues ahora ya todos eran lo bastante mayores como para que estados y organizaciones los alistaran, los niños notaron remotamente la presencia de algo más allá de la región de la materia. Entonces volvieron rumbo a casa. El viento levantaba olores de humo y muerte mientras regresaban a sus aldeas, de las que nunca volverían a alzar el vuelo como golondrinas cuando el humo lejano los convocara. ¡Aquí está la visión!
Publicado en 1948

"Sitting on top of the world"

Posted by La mujer Quijote in , , , , , , , , , ,

Hoy toca de nuevo una sesión de versiones. La canción elegida esta vez es un clásico del blues, pero ha tenido tantas adaptaciones que ya es un clásico de la música, sin más. La canción fue compuesta según la wiki por Walter Vinson y Lonnie Chatmon, pero según los créditos de la "Banjo Paris Session" (fabuloso disco en el que yo escuche la canción por primera vez) fue compuesta por Lonnie Carter y Watter Jacobs, y según la carátula del disco original que aparece en youtube también son Carter y Jacobs. Los nombres de pila concuerdan pero los apellidos no. ¿Son las mismas personas? Me imagino que sí, tal vez apodos, segundos apellidos, no sé, pero da lo mismo. En lo que sí están de acuerdo es en que los compositores eran componentes de "The Mississippi Sheiks".

The Mississippi Sheiks
En primer lugar, y como siempre que es posible, la versión original. Blues primitivo.


Doc Watson
Ésta es la versión folk (tengo que rescatar mis discos de Doc Watson el fondo del armario).


Vern Williams Band
Como no he encontrado una versión interpretada por Bill Keith y Jim Rooney, que fue la primera que yo escuché, esta versión bluegrass es la más parecida.


Cream
Una versión blues-rock hecha por unos de los más grandes (qué viejo aparece Jack Bruce).


Grateful Dead
La versión pop-rock que faltaba.

Tennessee Williams - "La habitación a oscuras"

Posted by La mujer Quijote in ,

Este mes se cumple el centenario del nacimiento de quien mejor supo utilizar el teatro para describir el profundo sur de los EE.UU. La traducción es de Mariano Antolín Rato.
Y su marido, Mrs. Lucca, ¿cuánto lleva sin trabajo?
—Dios sabe cuánto.
—Necesito una respuesta precisa, por favor.
—Debe de haber estado desde 1930. Puede que más. Mi marido dejó de trabajar porque no estaba bien de la cabeza. Ya no podía recordar las cosas.
—¿No ha trabajado desde entonces?
—No. Desde entonces ha estado enfermo. No está bien de la cabeza.
—¿Y sus hijos?
—¿Hijos? Frank y Tony se marcharon. Frank se fue a Chicago, creo. No lo sé. Tony nunca fue bueno. Los otros dos, Silva y Lucio, todavía van al colegio.
—¿Van al instituto?
—Todavía van al colegio.
La escoba de Mrs. Lucca rebuscó con repentino vigor debajo de la mesa de la cocina. Sacó una cuchara de plomo, unos recortes de papel y un trozo de bramante. Recogió la cuchara y la colocó encima de la mesa.
—Me hago cargo —dijo Miss Morgan—. Y tiene usted una hija, ¿no?
—Sí. Una chica.
—¿Trabaja en algo?
—No. No trabaja.
—Su nombre y edad, por favor.
—Se llama Tina. ¿Cuántos años tiene? Viene justo antes que Silva. Silva tiene quince.
—Lo que hace que tenga unos dieciséis años, supongo.
—Dieciséis.
—Ya veo. Me gustaría hablar con su hija, Mrs. Lucca.
—¿Hablar con ella?
—Sí. ¿Dónde está?
—Ahí dentro —dijo Mrs. Lucca, señalando una puerta cerrada.
La asistente social se levantó.
—¿Puedo verla?
—No, no se puede entrar ahí. A ella no le gusta.
Miss Morgan se puso tensa.
—¿No le gusta? ¿Por qué no? ¿Está enferma?
—No sé lo que le pasa —dijo Mrs. Lucca—. No quiere que entre nadie en su habitación y no quiere que se encienda la luz.
La escoba rebuscó debajo del fogón y sacó el asa de una taza rota. Mrs. Lucca gruñó cuando se agachó para recogerla. La tiró por la trampilla del carbón.
—¿Qué es lo que le pasa, Mrs. Lucca?
—¿A quién? ¿A Tina? No lo sé.
—¡De verdad! ¿Desde cuándo pasa eso?
—Desde sabe Dios cuánto.
—Por favor, Mrs. Lucca, trate de dar respuestas precisas a mis preguntas. Las evasivas no mejorarán nada las cosas.
Mrs. Lucca pareció un tanto desconcertada.
—¿Cuánto lleva en esa habitación? —repitió Miss Morgan.
—¿Cuánto? Puede que unos seis meses.
—¿Seis meses? ¿Está usted segura?
—Empezó a hacer cosas raras más o menos hacia Año Nuevo. Esa noche él no vino. Fue la primera noche que él no venía después de mucho tiempo, y era Año Nuevo. Le llamó a casa y su madre le dijo que él se había ido y que no llamara más. Dijo que se iba a casar con una chica judía.
—¿Él? ¿Quién es él?
—El chico con el que salía regularmente desde hacía mucho tiempo. Un chico judío que se llama Sol.
—¿Fue eso lo que hizo que empezara a comportarse así?
—Puede que lo fuera. No lo sé. Tina colgó el auricular, se metió en la cocina y calentó agua. Dijo que tenía dolor de estómago.
—¿Lo tenía?
—No lo sé. A lo mejor sí. En cualquier caso se acostó y desde entonces no se ha levantado.
La escoba de Mrs. Lucca hizo tímidas excursiones en torno a la silla donde estaba sentada la asistente social. Miss Morgan recogió las piernas rápidamente con el gesto de fastidio de un gato que evita agua derramada. Las sucias pajas de la escoba se movieron sin propósito fijo hacia el otro extremo de la habitación.
—¿Quiere decir que lleva encerrada en su habitación desde entonces?
—Sí.
—¿Y desde cuándo lleva?
—Desde el último Año Nuevo.
—¿Seis meses?
—Sí.
—¿Nunca sale?
—Sale cuando tiene que ir al cuarto de baño. Sale entonces, pero son las únicas veces en que sale.
—¿Qué hace ahí dentro?
—No lo sé. Se limita a estar tumbada a oscuras y no quiere salir. A veces hace ruidos, llora y todo eso. Los de la familia del piso de arriba a veces se quejan. Pero por lo general no dice nada. Se limita a estar tumbada ahí, en la cama.
—¿Come?
—Sí, come. A veces.
—¿A veces? ¿Se refiere a que no hace unas comidas regulares?
—No, regulares no. Sólo lo que le trae él.
—¿Él? ¿A quién se refiere, Mrs. Lucca?
—A Sol.
—¿Sol?
—Sí, Sol, el chico con el que estuvo saliendo regularmente tanto tiempo.
—¿Se refiere a que él viene?
—Sí, a veces viene.
—Creí que había dicho que se casó con una chica judía.
—Se casó. Se casó con esa chica judía con la que su familia quería que se casase.
—¿Y todavía viene a ver a su hija?
—Sí, la viene a ver. Es al único que deja entrar en la habitación.
—¿Así que entra? ¿A la habitación? ¿Con la chica?
—Sí.
—¿Sabe ella que está casado con otra chica?
—No sé lo que sabe. No lo puedo decir. Ella nunca dice nada.
—Y sin embargo ¿le deja entrar y hablar con ella?
—Le deja entrar, pero él nunca habla con ella.
—¿No habla con ella? ¿Qué es lo que hace, Mrs. Lucca?
—No lo sé. Ahí dentro está a oscuras. No lo puedo decir. Nadie dice nada. Él sólo entra, se queda un rato y sale.
—¿Se refiere, Mrs. Lucca, a que deja usted que un hombre entre a la habitación con ella, su hija, encontrándose ésta como se encuentra?
—Sí. Le gusta que entre ahí con ella. La tranquiliza durante un tiempo. Cuando no viene, ella se lo toma muy a mal. Los de la familia del piso de arriba a veces se quejan por eso. Pero cuando viene, ella mejora. Deja de hacer ruidos. Y él todas las veces le trae algo de comer y ella come lo que le trae.
La escoba hizo un amplio círculo, amontonando la basura en un rincón.
—Nos viene bien —continuó Mrs. Lucca—. Pasamos dificultades. Sólo contamos con lo de la beneficencia y eso no es tanto. A veces ni siquiera tenemos...
—Mamá, ¿puedes darme quince centavos?
Era uno de los chicos, Silva o Lucio, que asomaba la cabeza por la ventana abierta que daba a la escalera de incendios. Tenía sangre en la nariz.
—Dame quince centavos, mamá. Aposté con Jeep a que no me podía, pero me pudo y dice que me pegará más todavía si no aparezco con la pasta.
—Calla la boca —dijo Mrs. Lucca.
El chico miró sorprendido a Miss Morgan y bajó estrepitosamente por la escalera de incendios. En el callejón se oyeron gritos agudos y sonido de pasos que corrían.
La mirada de Miss Morgan continuaba fija. No era consciente de la interrupción.
—Supongo que sabe, Mrs. Lucca, ¡que pueden considerarla a usted responsable!
—¿De qué?
Hubo un momento tenso y perplejo entre ellas.
—No importa. ¿Cuánto lleva eso?
—¿El qué?
—Lo de ese hombre y su hija.
—¿Tina? ¿Sol? ¡No lo sé! ¡Sabe Dios cuánto!
—Eso no es una respuesta, Mrs. Lucca.
—¿Quiere saber cuánto lleva teniendo relaciones con Sol? Casi desde que Tina empezó a ir al colegio cuando tenía once años.
—Me refiero a cuánto lleva ese hombre entrando en la habitación de ella.
La escoba se sacudió con petulancia y luego continuó sus movimientos errantes por el suelo de la cocina.
—Puede que unos cinco o seis meses. No lo sé.
—Y usted y su marido, Mrs. Lucca, ¿nunca hicieron ningún esfuerzo por mantenerla alejado a él?
Mrs. Lucca bajó la vista con muda concentración hacia las pajas que se arrastraban.
—Su marido, Mrs. Lucca, ¿no hizo nada para evitar que ese hombre viniera aquí?
—Mi marido lleva enfermo mucho tiempo.
Mrs. Lucca se llevó un cansado dedo índice a la frente.
—Él no está bien de la cabeza. Y yo, yo no puedo hacer nada. Todo el tiempo tengo cosas que hacer. Vamos tirando lo mejor que podemos. Lo que pasa no es culpa nuestra. Es la voluntad de Dios. Es todo lo que puedo decir, Miss Morgan.
—Ya veo, Mrs. Lucca.
La voz pareció trazar una raya blanca de tiza en el aire. Mrs. Lucca dejó de barrer y esperó. Sabía que estaba a punto de pronunciarse sentencia. Se preparó para escuchar las palabras sin una tensión apreciable.
—Mrs. Lucca, habrá que llevarse a la chica.
—¿A Tina? No le gustará eso.
—Me temo que no podremos consultarle lo que opina al respecto. Ni a usted, Mrs. Lucca.
—No creo que ella quiera irse a otro sitio. Usted no conoce a Tina. Es testaruda. Suelta cosas espantosas cada vez que uno trata de que haga algo que no quiere. Grita, da patadas y muerde, conque no hay modo de acercarse a ella.
—Se tendrá que ir.
—Espero que quiera. Claro que espero que quiera. No es decente que esté ahí tumbada a oscuras todo el tiempo. Es malo para los chicos.
—¿Los chicos?
—Sí, Silva y Lucio. No es decente que ella esté ahí tumbada desnuda en ese plan.
—¡Desnuda!
—Sí. No quiere estar tapada con nada.
El cuaderno de notas se cerró con un sonido de asombro. Miss Morgan apretó la caperuza de su pluma estilográfica.
—Tendrán que llevársela por la mañana y tenerla bastante tiempo en observación.
—Espero que vaya, pero no creo que quiera a no ser que la lleve él.
—¿Él? ¿Se refiere usted a...?
—A Sol.
—¡Sol!
—Sí, el chico con el que salió regularmente durante tanto tiempo.
—¡Ya veo! ¡Ya veo!
La escoba de Mrs. Lucca reanudó su lento movimiento, hacia adelante y atrás, sin un objetivo evidente. Una piel seca de cebolla sonó bajo las sucias pajas. Hacia adelante y atrás. Las tablas mojadas crujieron.

Tennessee Williams - "La noche de la iguana"

Posted by La mujer Quijote in ,

Tennessee Williams, alias de Thomas Lanier Williams, es uno de los autores teatrales más importantes de la literatura estadounidense del siglo XX. Sin embargo, aunque su fama viene de su faceta de dramaturgo, también escribió novela y relatos.
Este cuento fue publicado en 1948 en "Un brazo y otros relatos". En 1961 Williams transformó el cuento en obra de teatro, y en 1964 John Huston convirtió la obra de teatro en película, con Ava Gardner y Richard Burton.


I
Abiertas a la alargada galería del hotel Costa Verde, cerca de Acapulco, había diez habitaciones para dormir, cada una con una hamaca colgada en la parte exterior de su puerta de tela metálica. En aquel momento sólo estaban ocupadas tres de esas habitaciones, pues en Acapulco era temporada baja. La temporada de invierno, cuando el establecimiento era más frecuentado por turistas extranjeros cosmopolitas, había terminado hacía un par de meses, y la temporada de verano, cuando lo atestaban los mexicanos y norteamericanos habituales de vacaciones, aún no había empezado. Los tres huéspedes que quedaban en el Costa Verde eran estadounidenses, e incluían a dos hombres que eran escritores y a Miss. Edith Jelkes, que había sido profesora de arte en un colegio espiscopaliano de chicas de Mississippi hasta que sufrió una especie de ataque de nervios y renunció a su trabajo de profesora en favor de una vida de vagabundeo que hacían posible sus ingresos de unos doscientos dólares al mes producto de una herencia.
Miss. Jelkes era una solterona de treinta años con una triste belleza rubia y un refinamiento en cierto modo arcaico. Pertenecía a una ilustre familia sureña de intensa aunque ahora moribunda vitalidad cuyas últimas generaciones habían tendido a dividirse en dos tipos antitéticos: uno en el que la libido estaba desarrollada patológicamente; y otro en que parecía estar completamente agotada. Los miembros de la familia estaban turbulentamente divididos, y también lo estaban, con mucha frecuencia, las personalidades de esos miembros. Habían surgido entre ellos talentos nerviosos y enfermos, borrachos y poetas, artistas dotados y degenerados sexuales, junto a ancianas damas fanáticamente pulcras y remilgadas que estaban condenadas a vivir bajo el mismo techo que unos parientes a los que sólo podían considerar unos monstruos. Edith Jelkes no era estrictamente ni de uno ni del otro de los dos tipos básicos, lo que le hacía más difícil mantener cualquier equilibrio interior. Había tenido la suerte de canalizar su energía un tanto malsana en la pintura, para la que estaba dotada. Pintaba lienzos de una originalidad que algún día sería apreciada, y entretanto, desde que dejara la enseñanza, combinaba la pintura con viajes e intentaba evadirse de su neurastenia gracias a la distracción que le suponía hacer nuevos amigos en lugares nuevos. Tal vez algún día aparecería sobre una especie de triunfante meseta como artista o como persona, o incluso como las dos cosas. Habría un periodo de cinco o diez años de su vida en el que ella se alzaría serenamente sobre las nubes tormentosas de su inmadurez y estaría a la espera de la oscuridad del declive. Pero quizá ésta sea la palabra adecuada. Dependería de los próximos dos años o así. Por ese motivo necesitaba de modo especial una compañía comprensiva, y la creciente falta de esa compañía en el Costa Verde le resultaba peligrosa de verdad.
Aparentemente, Miss. Jelkes era una delicada tetera pero nadie podría adivinar lo que herviría dentro. Era tan delicada que los anillos y los brazaletes nunca eran originalmente lo bastante pequeños como para que se le ajustasen y tenía que quitarles una parte y hacer más pequeñas las sujeciones. Con sus grandes ojos grises translúcidos, el pelo rubio apagado y su perpetua expresión de confusión levemente ofendida, sin embargo, nunca pasaba inadvertida en un grupo de desconocidos, pues además sabía vestir de acuerdo con su tipo extraterreno. El apagado pelo rubio nunca estaba sin una flor y el cuello de sus fríos vestidos blancos siempre se adornaba con un llamativo broche de diseño esotérico. Le encantaba el dramático contraste de colores cálidos y fríos, la mancha púrpura en la nieve, que constituía algo así como la bandera de sus propios e inestables elementos constitutivos. Cada vez que entraba en un restaurante, en un teatro o en una sala de exposiciones oía, o imaginaba que oía, un murmullo de apreciación positiva. Eso le importaba, había llegado a ser uno de sus consuelos necesarios. Pero ahora que los huéspedes del Costa Verde se habían reducido a ella misma y a dos jóvenes escritores, dejaba de importar su frío aunque llamativo aspecto, por lo que encontraba escaso consuelo en el modo en que se murmuraba la valoración. Los dos escritores jóvenes se mostraban desconcertantemente indiferentes hacia Miss. Jelkes. Raramente volvían la cabeza cuando ella paseaba por la galería donde ellos estaban tumbados en hamacas o sentados ante una mesa, siempre entregados a una conversación curiosamente íntima y muy interesante en tonos nunca lo suficientemente elevados para que Miss. Jelkes se pudiera enterar de lo que hablaban; y las respuestas de ellos a sus amistosas inclinaciones de cabeza y las frases de saludo en español raramente resultaban lo bastante claras para pasar por algo más que educadas.
Miss. Jelkes no estaba acostumbrada a que la trataran así. Lo que hacía tan agradables los viajes era la notable facilidad con la que ella entablaba relaciones fuera donde fuese. Era buena conversadora, poseía un modo fresco e ingenioso de hacer observaciones sobre las cosas. Los muchos sitios en los que había estado durante los últimos seis años le habían proporcionado una gran reserva de comentarios y de anécdotas y, claro, para entretener a los demás siempre estaba la interminable y épica crónica de los Jelkes. Desde que contaba con los ingresos suficientes para acudir a la clase de hoteles y pensiones que frecuentaban las personas de profesiones tales como pintores y escritores, o profesores en un año sabático, anteriormente nunca había echado en falta la ausencia de un auditorio sensible. Estando las cosas como estaban, se daba cuenta de que la cosa más sensata era volver a la capital de México, donde había establecido muchos contactos casuales pero agradables entre la colonia de norteamericanos. Por qué no lo hacía y, en lugar de eso, permanecía en el Costa Verde no le resultaba completamente claro. Aparte de la falta de relaciones sociales, había otros inconvenientes para una estancia continuada. La comida había empezado a desagradarle, la Patrona del hotel se estaba volviendo insolente y el servicio descuidado, y su pintura estaba dando muestras de una distracción nerviosa. Existían todas las razones para marcharse, y sin embargo se quedaba.
Miss. Jelkes no dejaba de darse cuenta de que de hecho estaba asediando a los dos jóvenes escritores, aunque el motivo por el que hacía eso todavía le resultaba completamente oscuro.
Había instalado su estudio de pintura en la parte sur de la galería del hotel donde los escritores trabajaban por la mañana con sus máquinas de escribir portátiles y ponían una radio portátil durante las pausas de su trabajo, pero la camaradería creativa que ella había esperado que se produjera no llegaba. Sus ojos adquirieron la costumbre de salir disparados hacia los dos hombres con tanta frecuencia como los de ellos hacia lo que ella estaba pintando, pero no le devolvían la mirada y la pintura proseguía en un irritante declive. Empezó a utilizar los dedos más que los pinceles, extendiendo el pigmento con una energía impaciente que resultaba un fracaso. De vez en cuando se levantaba y se dirigía, como pensando en otra cosa, hacia el extremo de la alargada galería donde estaban los escritores, pero cuando hacía eso, ellos dejaban de escribir y miraban inexpresivamente sus papeles o al vacío hasta que ella se alejaba de sus proximidades, y en una ocasión el escritor más joven había arrancado bruscamente el papel de la máquina de escribir, poniéndolo boca abajo sobre la mesa, como si sospechara que ella trataba de leer por encima de su hombro.
Miss. Jelkes se vengó aquella tarde quejándose a la Patrona de que ponían la radio portátil demasiado alta y sin parar, lo que no la dejaba dormir de noche, algo que creía cierto. Pero su queja no tuvo ningún resultado en lo que se refería a una reducción del volumen o de la duración, sino en la elección que los escritores hicieron de mesa a la hora del desayuno, la mañana siguiente, situándose en la más alejada de la de ella.
Ese día Miss. Jelkes hizo el equipaje, pensando que sin duda se marcharía a la mañana siguiente, pero su curiosidad con respecto a los dos escritores, en especial con respecto al mayor de los dos, se había hecho tan obsesiva que quedaba descartado no sólo su sentido común, sino también su agudizada dignidad personal.
Justo debajo del acantilado encima del que se encontraba el Costa Verde había una pequeña playa privada para los huéspedes del hotel. Debido a lo extremadamente sensible de su piel, Miss. Jelkes tenía la costumbre de bañarse únicamente a primera hora de la mañana o al caer la tarde, cuando el brillo del sol disminuía. Esas horas no coincidían con las de los escritores, que normalmente se bañaban y tomaban el sol entre las dos y las seis de la tarde. Ahora Miss. Jelkes empezó a bajar a la playa mucho antes sin admitir que su objetivo era espiar. Ahora bajaba a la playa hacia las cuatro de la tarde y se situaba lo más cerca que podía de los dos hombres sin resultar manifiestamente descarada. Fragmentos de su pasado y de su historia habían empezado a filtrarse por medio de aquel contacto tan poco satisfactorio. Parecía ser que el hombre más joven, que tenía unos veinticinco años, había estado casado y se había separado recientemente de una mujer que se llamaba Kitty. Más por la modulación de las voces que por las frases fragmentarias que captaba, Miss. Jelkes tuvo la impresión de que estaba tremendamente preocupado por algún problema que el hombre mayor intentaba allanar. La voz del joven a veces se alzaba tanto que llegaba a oírse perfectamente. Soltaba frases como Por el amor de Dios o ¿De qué demonios estás hablando? A veces utilizaba unas palabras tan fuertes que Miss. Jelkes ponía cara de disgusto y llegaba a golpear la arena húmeda con la palma de la mano y a pisotearla con los talones como un niño enrabietado. La voz del mayor a veces también subía brevemente. «No seas tonto», gritaba. Luego su voz recuperaba un tono bajo y tranquilizador. La conversación entonces tenía lugar fuera del alcance de su oído una vez más. Parecía que siempre había una discusión casi interminable entre ellos. Una vez a Miss. Jelkes la asombró ver que el joven se ponía de pie de un salto dando gritos incoherentes y empezaba a arrojar arena con los pies directamente a la cara de su compañero mayor. No lo hacía de modo violento ni con odio, pues el de más años se limitó a reír y a agarrar uno de los pies del joven, sujetándolo hasta que el joven se dejó caer a su lado, y luego sorprendieron todavía más a Miss. Jelkes al cogerse de la mano y quedar tumbados en silencio hasta que la marea que subía alcanzó sus cuerpos. Entonces los dos se levantaron de un salto, aparentemente de buen humor, y corrieron a sumergirse en el agua.
Debido a la inquietud del joven y al aire de consejos sensatos que se desprendía de las conversaciones entre ellos, que fue lo que en principio atrajo a Miss. Jelkes cuando empezó a ocuparse de ellos, decidió que el joven debía de ser un veterano de guerra que había sufrido una fuerte impresión, y que el mayor debía de ser un médico al que había traído con él a aquel refugio del Pacífico mientras se sometía a un tratamiento psiquiátrico. Esto fue antes de que se enterase del nombre del mayor por una carta dirigida a él. Reconoció instantáneamente el nombre como el de una persona que aparecía de vez en cuando en las portadas de las revistas literarias y como el del autor de una novela que había provocado muchas controversias unos años antes. Era una novela que trataba de un asunto escandaloso. Ella no la había leído y no podía recordar de qué trataba, pero en su mente el nombre se asociaba con un tipo de escritura con fuerte carga social que había estado de moda unos cinco años atrás, esto es, a comienzos de la guerra. Con todo, el escritor todavía no tenía más de treinta años. No era guapo, pero su rostro resultaba distinguido. Había algo como de mono en su cara, como pasa con frecuencia en las caras de los escritores jóvenes serios; una expresión que a Miss. Jelkes le recordaba la de un pequeño chimpancé que había visto una vez en un rincón de una jaula del zoológico, simplemente allí sentado mirando entre las rejas, mientras todos sus compañeros saltaban y daban vueltas en el ruidoso trapecio metálico. Recordó lo mucho que le había afectado la actitud solitaria del animal y sus ojos apagados. Ella hubiera querido darle algunos cacahuetes, pero los elefantes habían terminado con todos los que traía. Había vuelto al vendedor ambulante para comprar algunos más, pero cuando los llevó a la jaula del chimpancé, éste había sucumbido sin duda a la corriente general, pues todos ellos saltaban y se colgaban del rechinante trapecio, y ninguno de ellos parecía diferenciarse en nada de los demás. Al mirar a este escritor, Miss. Jelkes casi sintió un impulso idéntico a compartir algo con él, pero sus deseos volvieron a frustrarse, en este caso por una aplicada voluntad de prescindir de ella. No era casual el modo en que él mantenía los ojos apartados de ella. Y tanto en la playa como en las galerías del hotel.
En la playa el hombre no llevaba casi nada puesto, sólo una especie de taparrabos brillante de algodón estampado sujeto a la cintura de un modo que a veces estaba a punto de no resultar decente, pero tenía un físico esbelto y gracioso, y una soltura de movimientos de la que no era consciente que a Miss. Jelkes le hacía menos ofensivo su impudor que si se hubiera tratado de su amigo. El más joven había sido atleta en la universidad y tenía un cuerpo poderoso. Su torso bronceado tenía el color de las antiguas monedas de cobre y su sexo quedaba acentuado todavía más debido a la espesa mata de pelo, teñida por el sol hasta el punto de brillar como una masa de rizados cables dorados. Y además, su sentido de la propiedad era tan insultante que podía ponerse y quitarse su taparrabos de colores como si estuviera en una caseta de baño privada. Miss. Jelkes tenía que reconocer que poseía cierta grandeza escultórica, pero la faceta de solterona de su modo de ser todavía era demasiado intensa como para permitirle sentir nada que no fuera un desagrado remilgado. Esta reacción de Miss. Jelkes fue tan intensa en cierta ocasión que, cuando volvió al hotel, se dirigió directamente a la Patrona para preguntarle si no se podía convencer al más joven para que se cambiara en su habitación o, si eso era demasiado pedir, que al menos mantuviera la parte dorsal de su desnudez de cara a la playa. La Patrona mostró mucho interés por la queja, pero no del modo en que Miss. Jelkes hubiera esperado que hiciera. Se rió desmedidamente, traduciendo frases de la queja de Miss. Jelkes a un español coloquial, y gritándoselas a los camareros y al cocinero. Todos ellos se unieron a sus risas y el ruido todavía continuaba cuando Miss. Jelkes, que se mantenía confusa e indignada, vio que los dos jóvenes subían por la ladera. Se retiró rápidamente a su habitación de la galería con hamacas, pero se dio cuenta por el alegre alboroto del otro lado de que se lo habían contado a los escritores, y que el Costa Verde entero la estaba poniendo en ridículo. Empezó a hacer el equipaje de inmediato, esta vez sin molestarse en doblar las cosas cuidadosamente en su baúl y sintiéndose tan intensamente asustada, tan trastornada, que eso le afectó el estómago, y al día siguiente todavía no se encontraba lo bastante bien para emprender viaje.
Fue ese día siguiente cuando atraparon a la iguana.
La iguana es un lagarto, mide de unos cincuenta centímetros a un metro de largo, y los mexicanos la consideran comestible. No siempre se comen justo después de cazadas, pues como son unas criaturas capaces de sobrevivir durante cierto tiempo sin comer ni beber, muchas veces se las mantiene en cautividad durante algún tiempo antes de matarlas. A Miss. Jelkes le habían contado que sabían mejor que el pollo, una opinión que atribuía al modo característico de los mexicanos de disimular un alimento poco apetitoso. Lo que a ella la molestaba de la iguana era el modo inhumano en que la trataban durante el periodo de cautividad. Las había visto junto a las chozas de los campesinos, normalmente amarradas a un palo cerca de la entrada, y clavaban las garras continuamente, aunque sin ninguna esperanza, dentro del perímetro de alcance de la cuerda, mientras niños desnudos se ponían de cuclillas a su alrededor, clavándoles palos en los ojos y la boca.
Ahora el hijo adolescente de la Patrona había capturado una de esas iguanas y la había atado a la base de una columna de debajo de la galería de las hamacas. Miss. Jelkes no fue consciente de su presencia hasta última hora de la noche de su captura. Entonces la inquietó el sonido que hacía, y se había puesto su bata y salido a la brillante luz de luna para enterarse de qué era lo que producía aquel sonido. Miró debajo de la barandilla de la galería y vio a la iguana atada a la base de la columna más próxima a su puerta haciendo los esfuerzos más penosos por alcanzar la maleza de más allá del extremo de la cuerda tensa que la sujetaba. Soltaba grititos de terror cuando Miss. Jelkes hizo el descubrimiento.
Los dos jóvenes escritores estaban tumbados en hamacas al otro extremo de la galería y, como de costumbre, continuaban una discusión inconexa en tono no lo bastante fuerte como para que llegase a su dormitorio.
Sin pararse a pensar, y con un curioso estremecimiento de júbilo, Miss. Jelkes se dirigió a toda prisa hasta el extremo de la galería. Cuando estuvo cerca de ellos se dio cuenta de que los dos escritores se dedicaban a tomar ron-coco, que es una bebida preparada en la cáscara de un coco al que han cortado un casquete en la parte de arriba con un machete y echado dentro una mezcla de ron, limón, azúcar y hielo picado. Llevaban bebiendo desde la cena y el suelo de debajo de sus hamacas estaba cubierto de trozos de coco y de peludas cáscaras marrones, por lo que resultaba tan resbaladizo que Miss. Jelkes apenas conseguía mantenerse de pie. El líquido se les había derramado por la cara, el cuello y el pecho, proporcionándoles un brillo aceitoso, y en torno a sus hamacas flotaba una nube dulzona pesada y húmeda. Cada uno de ellos tenía una pierna asomando por el borde de la hamaca con la que se empujaba perezosamente a uno y otro lado. Si Miss. Jelkes los hubiera visto por primera vez, los detalles a grandes rasgos del espectáculo le hubieran supuesto algo más que una asociación con unos cuantos miembros disolutos de la familia Jelkes, algo que le habría revuelto el estómago, por lo que habría evitado escrupulosamente lanzarles una segunda mirada. Pero Miss. Jelkes había cambiado más de lo que era consciente durante aquel periodo de preocupación por los dos escritores, sus escrúpulos estaban más minados de lo que sospechaba, de modo que si durante un momento se le pasó por la cabeza la palabra cerdos, no consiguió distraerla ni siquiera momentáneamente de lo que se sentía inclinada a hacer. Era una forma de histeria que había hecho presa en ella; sus actos y sus palabras se producían sin haberlo querido.
—¿Saben lo que ha pasado? —dijo, jadeando, cuando llegó cerca de ellos. Se había acercado más de lo que se hubiera atrevido a hacer conscientemente, de modo que estaba directamente encima de la figura boca abajo del escritor más joven—. Qué chico más espantoso, el hijo de la Patrona, ha atado una iguana debajo de mi dormitorio. Le oí atarla pero no sabía lo que era. Llevo horas oyéndola, desde la hora de cenar, y no sabía lo que era. Acabo de levantarme para investigar. Miré por el borde de la galería y allí estaba, dando tirones al extremo de esa cuerda tan corta.
Ninguno de los escritores dijo nada durante un momento, pero el mayor se había erguido un poco para mirar a Miss. Jelkes.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Habla de la iguana —dijo el más joven.
—¡Ah! Bien, ¿y qué pasa con ella?
—¿Cómo voy a dormir? —exclamó Miss. Jelkes—. ¿Cómo puede dormir nadie con ese ejemplo de la brutalidad de los indios justo debajo de mi ventana?
—¿Siente aversión hacia las iguanas? —sugirió el escritor de más años.
—Siento aversión a la brutalidad —le corrigió Miss. Jelkes.
—Los lagartos suponen un grado muy bajo dentro de la vida animal. ¿No son un grado muy bajo dentro de la vida animal? —preguntó a su compañero.
—No tan bajo como la de otros —dijo el escritor más joven. Sonreía maliciosamente a Miss. Jelkes, pero ésta no se fijaba en él, pues su atención estaba concentrada en el escritor de más años.
—En cualquier caso —dijo el escritor—, no creo que sea capaz de sentirse ni la mitad de mal con respecto a su desgracia de lo que usted parece sentirse por ella.
—No estoy de acuerdo con usted —dijo Miss. Jelkes—. ¡No estoy en absoluto de acuerdo con usted! Nos gusta pensar que somos los únicos capaces de sufrir, que se trata de una noción exclusivamente humana. Pero nosotros no somos los únicos capaces de sufrir. Incluso las plantas tienen impresiones sensoriales. ¡He visto algunas que cerraban las hojas cuando las tocabas!
Levantó la mano y formó con sus delgados dedos un cáliz que se cerraba. Mientras hacía eso, Miss. Jelkes respiró profunda, torturadamente por sus labios fruncidos, la nariz le aleteó y volvió los ojos al cielo de modo que parecía una santa a la que martirizaran.
El más joven soltó una risita, pero el mayor continuaba mirándola fijamente con seriedad.
—Estoy segura —siguió ella— de que la iguana siente cosas muy concretas, y también las sentiría usted de haber estado oyéndola, allí tirando de la cuerda en ese espantoso polvo seco, tratando de llegar a la maleza con esa cuerda sujeta alrededor del cuello que casi ni la deja respirar.
Se agarró el cuello mientras hablaba y con la otra mano hizo gesto de arañar el aire. El escritor más joven soltó una carcajada, el mayor sonrió a Miss. Jelkes.
—Tiene usted el don maravilloso de sufrir por los demás —dijo.
—Bueno, no puedo soportar ver a los que sufren —dijo Miss. Jelkes—. Puedo soportar el mío, pero no resisto contemplarlo en los demás, sin importar que sea sufrimiento humano o sufrimiento animal. Y ya hay demasiado sufrimiento en el mundo, sufrimiento necesario, con tanta enfermedad y tantos accidentes que no se pueden evitar. Pero hay demasiado sufrimiento innecesario, demasiado que se provoca simplemente porque algunas personas tienen endurecida la sensibilidad hacia los sentimientos de los demás. ¡A veces incluso parece que el universo lo inventó el marqués de Sade!
Echó atrás la cabeza y soltó una risa histérica.
—Y no creo en que haya que expiar los pecados —siguió—. ¿No es espantoso, no es completamente absurdo que prácticamente todas las religiones se basen en el principio de la expiación de los pecados cuando de hecho no existe nada como la culpabilidad?
—Lo siento —dijo el escritor de más años. Se frotó la frente—. Yo no estoy en condiciones de hablar de Dios.
—Oiga, yo no estoy hablando de Dios —dijo Miss. Jelkes—. ¡Estoy hablando de la iguana!
—Trata de decir que la iguana es una criatura de Dios —dijo el escritor de menos años.
—Pues esa criatura de Dios concreta —dijo el mayor— ahora está en manos del hijo de la Patrona.
—Esa criatura de Dios concreta —exclamó Miss. Jelkes— ahora está atada un pelo justo debajo de mi puerta, y por tarde que sea se me ocurre que voy a ir a despertar a la Patrona para decirle que la tienen que soltar o por lo menos llevársela a un sitio donde yo no la pueda oír.
El escritor más joven ahora se reía con una vehemencia de borracho.
—¿De qué te estás riendo? —le preguntó el mayor.
—¡Si va a despertar a la Patrona puede pasar cualquier cosa!
—¿Qué? —preguntó Miss. Jelkes. Lanzó una ojeada inquieta a los dos hombres.
—Eso es completamente cierto —dijo el de más años—. ¡Una cosa que no toleran los mexicanos es que les interrumpan el sueño!
—Pero ¿qué puede hacer esa mujer más que disculparse y llevársela? —preguntó Miss. Jelkes—. Después de todo, resulta una cosa bastante espantosa poner a un lagarto atado bajo la puerta de una mujer y esperar que ésta duerma con todo ese ruido que no se interrumpe en toda la noche.
—Podría no durar toda la noche —dijo el escritor mayor.
—¿Y qué lo va a impedir? —preguntó Miss. Jelkes.
—La iguana podría dormirse.
—¡Nada de eso! —dijo Miss. Jelkes—. ¡Esa criatura está frenética y lo que está pasando debe de ser una pesadilla!
—A usted la molestan mucho los ruidos, ¿no? —preguntó el escritor de más años. Aquello era, claro, una pulla a Miss. Jelkes por sus quejas sobre la radio. Ésta se dio cuenta y celebró la oportunidad que le brindaba para defenderse y explicarse. Consideró que aquél era el momento perfecto para echar abajo todas las barreras.
—¡Cierto! ¡Claro que me molestan! —admitió sin aliento—. Verá, tuve problemas con los nervios hace unos cuantos años y, aunque esté mucho mejor de lo que estaba, el sueño me resulta más necesario que a las personas que no han pasado por una prueba tan terrible. Durante meses y meses no he sido capaz de dormir sin un calmante, a veces dos. Ahora me fastidia mucho ser una molestia para la gente, plantear exigencias irracionales, porque siempre estoy ansiosa por llevarme bien con la gente, y no sólo de modo pacífico, sino cordial... incluidos los desconocidos con los que casi no hablo. Con todo, a veces pasa que...
Hizo una pausa. Se le había ocurrido una idea maravillosa.
—¡Ya sé lo que voy a hacer! —exclamó. Sonrió radiante en dirección al escritor de más años.
—¿Qué es? —preguntó el más joven. Su tono estaba lleno de desconfianza, pero Miss. Jelkes también le sonrió.
—¡Me cambiaré de sitio!
—¿Va a dejar el Costa Verde? —sugirió el más joven.
—¡No, no, no! ¡Nada de eso! ¡Es el hotel más agradable en el que he estado alojada nunca! Me refiero a que me cambiaré de habitación.
—¿Y a cuál se cambiará?
—A una de éstas —dijo Miss. Jelkes—, a este extremo de la galería. Ni siquiera quiero esperar hasta mañana. Me cambiaré ahora mismo. Todas estas habitaciones están vacías, no existirá ninguna objeción, y si la hubiera, me limitaré a explicar que me era totalmente imposible dormir con ese lagarto haciendo ruido la noche entera.
Giró rápidamente sobre sus talones, tan rápido que casi cae al resbaladizo suelo, contuvo la risa y se apresuró hacia su dormitorio. Sin pensarlo, agarró algunas de sus pertenencias, se las puso en los brazos y volvió a apresurarse de vuelta hacia el extremo de la galería donde los escritores celebraban una consulta en voz baja.
—¿Cuál es su habitación? —preguntó Miss. Jelkes.
—Tenemos dos habitaciones —dijo el escritor de menos años fríamente.
—Sí, una cada uno —dijo el mayor.
—¡Ya, claro! —dijo Miss. Jelkes—. Pero no quiero cometer el embarazoso error de ocupar una de sus camas, caballeros.
Se rió alegremente ante esto. Era el tipo de observación que les demostraría a sus nuevos conocidos lo lejos que estaba de ser tradicional y mojigata. Pero los escritores no se mostraron dispuestos a reír con ella, de modo que Miss. Jelkes se aclaró la voz y se dirigió sin pensarlo hacia la puerta más cercana, dejando caer un peine y un espejito al hacerlo.
—¡Siete años de mala suerte! —dijo el más joven.
—¡No se ha roto! —dijo ella jadeando—. ¿Puede echarme una mano? —preguntó al escritor de más años.
Éste se levantó inseguro y colocó los objetos caídos en el desordenado montón que ella tenía en los brazos.
—Lamento causarles tantas molestias —dijo ella jadeando patéticamente. Luego se volvió otra vez hacia la puerta más cercana.
—¿Está desocupada?
—No, es la mía —dijo el más joven.
—Entonces ¿qué tal ésta?
—Ésa es la mía —dijo el de más años.
—Suena como si jugáramos a las cuatro esquinas —dijo Miss. Jelkes riendo—. Muy bien, querido mío... supongo que podré quedarme en ésta.
Se dirigió a toda prisa a la puerta con tela metálica del otro lado de la habitación del escritor de menos años, consciente de que al hacer eso quedaría dentro del alcance de las conversaciones nocturnas de los hombres, un misterio que la llevaba semanas torturando. Ahora podría escuchar todas las palabras que cruzaban entre ellos, a no ser que se susurrasen al oído uno al otro.
Entró en el dormitorio y cerró ruidosamente la puerta de tela metálica.
Encendió la luz que colgaba del techo, dejó rápidamente los objetos que traía con ella en una habitación que era idéntica a la que había dejado, y luego se desplomó en una cama metálica blanca idéntica.
Había silencio en la galería.
Sin levantarse se estiró hacia arriba para tirar del cordón de la bombilla. Su pálida luz amarilla quedó remplazada por el fresco torrente de la blanca luz de la luna que entraba por el mosquitero de la ventana y la tela metálica de la puerta.
Se quedó tumbada con los brazos descansando a los costados y todos los nervios hormigueándole de emoción ante el éxito espontáneo de una estrategia llevada a cabo con más dominio que si le hubiera llevado días prepararla.
Durante un momento continuó el silencio en el exterior de su nueva habitación.
Luego la voz del escritor de menos años pronunció:
—¡Las cuatro esquinas!
En la galería se oyeron dos carcajadas. Las risas continuaron sin freno hasta que Miss. Jelkes notó que le ardían los oídos en la oscuridad como si tuviera unos rayos de intensa luz concentrados en ellos.
Aquella noche no hubo más conversaciones, pero Miss. Jelkes oyó el arrastrarse de los pies de los hombres cuando se levantaron de las hamacas y avanzaron por la galería hasta los escalones de más allá y los bajaron.
Miss. Jelkes se sentía muy herida, peor de lo que se había sentido herida la tarde anterior, cuando se había quejado de la falta de pudor del joven en la playa. Mientras estaba allí tumbada, encima de la dura cama blanca que olía a amoníaco, notó que se acercaba uno de aquellos aniquiladores accesos de neurastenia que la habían llevado al ataque de hacía seis años. Estaba demasiado débil para resistirse a él, se apoderaría de ella y sabe Dios lo cerca que la llevaría del límite de la locura e incluso más allá. ¡Qué carga tan insufrible, por qué la tenía que soportar ella, ella que por naturaleza era tan humana y amable que hasta el sufrimiento de un lagarto le hacía daño! Volvió la cabeza hacia la fresca y blanca almohada y lloró. Le gustaría ser escritora. Si fuera escritora le sería posible decir cosas que sólo Picasso había llevado a la pintura. Pero si las decía, ¿las creería alguien? ¿Era comunicable a otra persona su sensación de lo grotesco que era el mundo? ¿Y por qué debería expresarse si lo era? ¿Y por qué, sobre todo, hacía el tonto de aquel modo debido a su desesperada necesidad de encontrar consuelo en la gente?
Notaba que la mañana iba ser implacablemente cálida y brillante, y daba vueltas en la cabeza a la lista de neurosis que podrían apoderarse de ella. Todo lo que es irreflexivo y automático en los organismos sanos, para ella podía adquirir un aire de extravagante novedad. El acto de respirar, el latir de su corazón y el mismo proceso de pensar serían algo consciente si se apoderaba de ella la peor de todas las neurosis; ¡y haría presa en ella porque le tenía mucho miedo! El precario equilibrio de sus nervios quedaría completamente desbaratado. Todo su ser quedaría convertido en un aparatito febril que producía miedos, miedos que no se podían expresar con palabras debido a su intensidad que lo abarcaba todo, y aun suponiendo que pudieran llevarse al lenguaje y de ese modo ser susceptibles de ofrecer un consuelo al expresarlos... ¿quién había en el Costa Verde, aquella roca sin sombra de junto al océano, al que pudiera dirigirse salvo a aquellos dos escritores jóvenes que parecían despreciarla? ¡Qué espantoso era estar a merced de personas sin piedad!
Ya me estoy dejando vencer por la autocompasión, pensó.
Se puso de lado y buscó entre los objetos de la mesita de noche la pequeña caja de cartón con los sedantes. La ayudarían a pasar la noche, pero mañana... ¡ay, mañana! Se quedó allí llorando insensatamente, oyendo incluso desde aquella distancia los esfuerzos de la iguana cautiva por librarse de la cuerda y huir entre la maleza...

II
ACuando Miss. Jelkes despertó todavía no había llegado la mañana. La luna, sin embargo, había desaparecido del cielo y ella estaba tumbada en una oscuridad que hubiera sido completa de no ser por las pequeñas rendijas de luz que llegaban por la pared de la habitación de al lado, la ocupada por el escritor de menos años.
No le llevó mucho comprender que el escritor más joven no estaba solo en su habitación. No hablaban, pero el tipo de sonidos que llegaban a intervalos a través del tabique le hicieron estar segura de que en ella había dos personas.
Si hubiera podido levantarse de la cama y atisbar por una de las rendijas sin traicionarse a sí misma, lo habría hecho, pero sabiendo que podrían oír cualquier movimiento, permaneció acostada y con la mente alerta debido a la desconfianza que antes sólo había sido una extrañeza inconcreta.
Por fin oyó que hablaba alguien.
—Será mejor que apagues la luz —dijo la voz del escritor más joven.
—¿Por qué?
—Hay rendijas en la pared.
—Pues mucho mejor. Estoy seguro de que por eso se trasladó aquí esa mujer.
El de menos edad alzó la voz.
—¿No crees que cambió de habitación por lo de la iguana?
—Coño, claro que no, eso sólo fue una excusa. ¿No te fijaste en lo encantada que estaba consigo misma, como si hubiera conseguido hacer algo brillante de verdad?
—Apuesto lo que sea a que nos escucha en este mismo momento —dijo el más joven.
—Seguro que sí, sin la menor duda. Pero ¿qué puede hacer?
—Ir a ver a la Patrona.
Los dos rieron.
—La Patrona quiere echarla —dijo el más joven.
—¿Quiere de verdad?
—Sí. Está loca porque se vaya. Incluso le ha dado instrucciones al cocinero para que le eche más sal en la comida.
Rieron los dos.
Miss. Jelkes se dio cuenta de que se había levantado de la cama. Estuvo parada sin decidirse en el suelo frío durante un momento y pronto se dirigía a toda prisa hacia la puerta de tela metálica y llegaba a la puerta de la habitación del escritor más joven.
Llamó con los nudillos a la puerta, manteniendo cuidadosamente los ojos apartados del iluminado interior.
—Adelante —dijo una voz.
—Prefiero que no —dijo Miss. Jelkes—. Esperaré aquí un momento a que salga usted.
—Claro —dijo el escritor de menos años. Dio unos pasos hasta la puerta, con sólo los pantalones del pijama puestos.
—Ah —dijo—. ¡Es usted!
Ella le miró sin la menor idea de lo que iba a decir o de lo que esperaba conseguir.
—Vamos a ver —dijo él bruscamente.
—Le he oído —tartamudeó ella.
—¿Y qué?
—¡No lo entiende!
—¿Qué?
—¡La crueldad! ¡Usted nunca la podrá entender!
—Pero usted sí entiende de espiar, ¿no?
—¡No estaba espiando! —exclamó ella.
Él soltó una fea palabra y, empujándola a un lado, salió al porche.
El escritor de más años dijo su nombre:
—¡Mike!
Pero éste sólo repitió la fea palabra y se alejó de ellos. Miss. Jelkes y el escritor de más años quedaron uno frente al otro. La violencia de Miss. Jelkes se había aplacado un poco. Se encontró menos tensa interiormente y unas lágrimas de consuelo empezaron a humedecerle los ojos. Fuera la noche cambiaba. Se había levantado viento y las olas que rompían al otro lado de la bahía rodeada de tierra que llamaban la Caleta ahora se oían.
—Va a haber tormenta —dijo el escritor.
—¿De verdad? ¡Me alegra! —dijo Miss. Jelkes.
—¿No quiere entrar?
—No estoy adecuadamente vestida.
—Yo tampoco.
—Bueno, entonces...
Entró. Bajo la bombilla desnuda y sin las gafas de sol, la cara de él le pareció más vieja, y los ojos, que anteriormente ella no había visto, tenían la mirada que muchas veces acompaña a una enfermedad incurable.
Miss. Jelkes se fijó en que él estaba buscando algo.
—Las tabletas —murmuró.
Ella las vio la primera entre un montón de papeles.
Se las tendió.
—Gracias. ¿Quiere una?
—Ya he tomado una.
—¿Cuáles son las suyas?
—Seconal. ¿Y las suyas?
—Barbital. ¿Son buenas las suyas?
—Maravillosas.
—¿Cómo hacen que se sienta? ¿Como un nenúfar?
—Sí, ¡como un nenúfar en un estanque chino!
Miss. Jelkes rió con auténtica alegría pero el escritor sólo respondió con una débil sonrisa. Su atención nuevamente se apartaba de ella. Estaba quieto delante de la puerta de tela metálica como un chico preocupado porque aparecieran sus padres.
—A lo mejor debería...
La voz le vaciló. Miss. Jelkes no se quería marchar. Quería quedarse allí. Se sentía a punto de decirle cosas inexpresables a aquel hombre cuyas características especiales eran como las suyas propias en muchos aspectos esenciales, pero el que el escritor le diera la espalda no la invitaba a quedarse. Él volvió a gritar el nombre de su amigo. No hubo respuesta. El escritor, que seguía junto a la puerta, se dio la vuelta con un murmullo de preocupación, pero su atención no se dirigía a Miss. Jelkes.
—Su amigo... —tartamudeó ella.
—¿Mike?
—¿Es, bueno... la persona adecuada para usted?
—Mike está indefenso y yo siempre me siento atraído por las personas indefensas.
—¿Y usted? —dijo ella torpemente—. ¿Qué pasa con usted? ¿Es que no necesita la ayuda de nadie?
—¡La ayuda de Dios! —dijo el escritor—. A falta de eso, tengo que depender de mí mismo.
—Pero ¿no es posible que con la ayuda de otra persona, de alguien más sensato, más como es usted mismo...?
—¿Se refiere a usted? —preguntó él sin rodeos.
Miss. Jelkes se libró de la necesidad de responder de uno u otro modo, pues en ese momento se había desencadenado una tremenda violencia al otro lado de la puerta de tela metálica. La tormenta que se había cernido sobre el horizonte ahora descargaba hacia ellos. No de modo continuo, sino con estallidos súbitos y alternando con retiradas, como una ave gigante que acometiera sobre su presa terrestre, una ave con unas inmensas alas blancas y un pico de furia divina que atacaba el saliente de la roca en el que se alzaba el Costa Verde. Una y otra vez la noche entera quedaba blanca y vibraba, pero había algo frustrante en el ataque de la tormenta. Parecía proceder de una voluntad contrariada. En caso contrario la estructura de la escena se hubiera hundido. Pero el ave blanca gigante no sabía dónde estaba golpeando. Su furioso pico estaba ciego, o a lo mejor el pico...
Puede que Miss. Jelkes estuviera justo al borde de adivinar más cosas de Dios de lo que un mortal debiera... cuando de pronto el escritor se había echado hacia adelante y metido sus rodillas entre las de ella. Miss. Jelkes se fijó en que él se había quitado la toalla que le envolvía y ahora estaba completamente desnudo. No tuvo tiempo de hacerse preguntas, ni siquiera de sentir demasiada sorpresa, pues en los momentos siguientes, y por primera vez en sus treinta años de soltera, interpretaba una comedia, hacía como si se defendiera. Él arremetía contra ella como el ave blanca ciega de furia. Con una mano él trataba de subirle la falda de la bata mientras que con la otra abría el frágil contenido de su pecho. La tela de arriba se abrió. Ella gritó de miedo cuando aquellos dedos de ave de presa se le hundieron en la carne. Pero no se rindió. No era que ella misma opusiera resistencia, sino que el demonio de la virginidad que ocupaba su carne luchaba contra el asaltante con más furia de la que él atacaba. Y su demonio venció, pues súbitamente el hombre dejó su falda y los dedos abandonaron su magullado pecho. Un sonido como de sollozo en la garganta de él, que cayó contra ella. Miss. Jelkes notó como un golpeteo de alas contra su tripa, y luego una humedad hirviente. Luego él se desentendió por completo de ella, que se dejó caer en la silla que se había mantenido recatadamente tiesa durante la lucha, de un modo tan ridículo como ella misma había mantenido la posición vertical. El hombre sollozaba. Y entonces se abrió la puerta de tela metálica y entró el escritor de menos años. Miss. Jelkes se libró automáticamente del húmedo abrazo de su fallido asaltante.
—¿Qué es esto? —preguntó el más joven.
Repitió la pregunta varias veces, inconsciente pero airadamente, mientras sacudía a su amigo mayor, que no podía dejar de sollozar.
Yo no soy de este sitio, pensó Miss. Jelkes y, acompañando la acción al pensamiento, salió tranquilamente por la puerta de tela metálica. No volvió de inmediato a su habitación de al lado, sino que corrió galería adelante hacia la habitación que ocupaba antes. Se arrojó en la cama, que estaba tan fría como si nunca se hubiera tumbado en ella. Agradeció eso y el final de la furia de fuera. El ave blanca se había ido y el Costa Verde había sobrevivido a su ataque. Ahora no había más que lluvia, que repiqueteaba sin mucha energía, y a lo lejos el sonido del océano sólo un poco más claro de lo que había sido antes del asalto del ave gigante. Miss. Jelkes se acordó de la iguana.
¡Ah, claro, la iguana! Quedó allí tumbada con el oído a la escucha del doloroso sonido de su forcejeo, pero no había más sonido que el del tranquilo fluir del agua. Miss. Jelkes no pudo contener su curiosidad, conque finalmente se levantó de la cama y miró por el borde de la galería. Vio la cuerda. Vio la extensión total de la cuerda allí caída sin la menor tensión, pero no a la iguana. La criatura atada a la cuerda se las había arreglado para escapar. ¿Era la voluntad de Dios lo que hizo que tuviera lugar aquella liberación? ¿O era más razonable suponer que había sido Mike, el hermoso, indefenso y cruel, quien había soltado a la iguana? No importaba. No importaba quién lo hubiera hecho. La iguana se había ido, se había perdido entre la maleza y, ¡con cuánto agradecimiento debía de estar respirando ahora! Y ella también sentía agradecimiento, pues de algún modo igualmente misterioso la cuerda asfixiante de su soledad había quedado cortada también por lo que había pasado aquella noche sobre aquella árida roca de encima de las quejumbrosas aguas.
Ahora tenía sueño. Pero justo antes de quedar dormida recordó, y volvió a notar la humedad, ahora volviéndose fría pero todavía pegada a la carne de su tripa como un beso leve pero persistente. Acercó tímidamente los dedos a ella. Esperaba que los iba a retirar con repugnancia, pero no sintió nada de eso. Se la tocó con curiosidad, incluso con compasión, y no retiró la mano durante un rato. Ah, la vida, pensó y estaba a punto de sonreír ante la originalidad de su pensamiento cuando la oscuridad se impuso a la mirada hacia el exterior de su mente.