Iba a hacer una entrada comentando las diferencias entre pedofilia y efebofilia hechas por cierto embajador con alzacuellos ante la ONU. Pero al final no, no lo voy a hacer.
Sólo quiero decirles una cosa a los secuaces de esa secta (secta que en este país se mantiene con mis impuestos -porque sí, el marcar la casilla sólo afecta a un porcentaje del dinero asignado-) que dictan, comparten y/o justifican esas declaraciones:
HIJOS DE PUTA
El texto corresponde al primer capítulo de la obra "El cristianismo desvelado". Aunque la obra se centra en el cristianismo, lo dicho en este primer capítulo es válido para cualquier religión. Paul Henri fue un filósofo materialista francés de origen alemán. Fue un ilustrado que colaboró en diversos campos en la redacción de la "Enciclopedia" de Diderot y D'Alambert. Para él la religión era una consecuencia de la ignorancia explotada por el despotismo. "El cristianismo desvelado" fue publicado en 1767.
Los hombres, la gran mayoría, solo mantienen la religión por la costumbre, nunca han examinado seriamente las razones que le ligan, los motivos de su conducta, los fundamentos de sus opiniones: así, lo que todos consideran como lo más importante, ha sido siempre lo que mas han temido profundizar; siguen así los pasos que sus padres les han trazado, creen porque ellos les han dicho en su niñez que debían creer; esperan, porque les han dicho que debían esperar; tiemblan, porque sus antepasados han temblado; casi nunca se han molestado en pensar en los motivos de su creencia.
Poquísimos hombres tienen la oportunidad de examinar, o la capacidad de considerar, los objetos de su veneración habitual, de su afección poco razonada, de sus miedos tradicionales; las naciones siempre se ven por el torrente de la costumbre, del ejemplo, del prejuicio: la educación habitúa al espíritu a las opiniones mas monstruosas, como el cuerpo a las actitudes mas incómodas; todo lo que ha durado mucho tiempo parece sagrado a los hombres, se creerían culpables si levantasen sus miradas temerarias a cosas revestidas por el sello de la antigüedad; prevenidos a favor de la sabiduría de sus padres no tienen la presunción de examinar después de ellos; no ven que el hombre ha estado siempre engañado por sus prejuicios, por sus esperanzas y por sus temores, y que las mismas razones le han hecho siempre imposible su examen.
El hombre corriente, ocupado en trabajos necesarios para su subsistencia, otorga una confianza ciega a aquellos que pretenden guiarlo, deja descansar sobre estos la preocupación de pensar por él, suscribe sin dificultades todo aquello que le mandan; creería ofender a Dios si dudase un solo instante de la buena fe de los que le hablan en su nombre. Los grandes, los ricos, la gente de mundo, aunque mas ilustrados que la gente del pueblo, están interesados en conformarse a los prejuicios recibidos, y hasta en mantenerlos; o bien, librados a
la molicie, a la disipación y a los placeres, son totalmente incapaces de ocuparse de una religión a la que hacen ceder delante de sus pasiones, de sus inclinaciones y al deseo de divertirse. Durante la niñez recibimos todas las impresiones que quieren darnos, no tenemos ni capacidad, ni experiencia, ni el valor necesario para dudar de lo que nos enseñan aquellos bajo la dependencia de los cuales nos pone nuestra debilidad. Durante la adolescencia, las pasiones fogosas, la embriaguez continua de nuestros sentidos, nos impiden pensar en una religión demasiado espinosa o demasiado triste para ocuparnos agradablemente: si por casualidad un hombre joven la examina, es sin continuidad o con parcialidad; una ojeada superficial le quita el gusto por un objeto tan poco placentero. En la edad madura, preocupaciones diferentes, nuevas pasiones, ideas de ambición, de grandeza, de poder, deseo de riquezas, de ocupaciones continuadas, acaparan toda la atención del hombre hecho o no le dejan sino breves momentos para pensar en esa religión en la cual no tiene nunca el deseo de profundizar. En la vejez, las facultades entumecidas, las costumbres identificadas con el pensamiento, los órganos debilitados por la edad o por la enfermedad ya no nos permiten remontarnos a las fuentes de nuestras viejas opiniones; el miedo a la muerte que tenemos delante de los ojos tornaría por otra parte sospechoso el examen normalmente presidido por el terror.
Así es como las opiniones religiosas, una vez admitidas, se mantienen durante una larga serie de siglos; es así cómo, de una época a otra, las naciones se transmiten ideas que no han examinado; creen que su felicidad está ligada a instituciones en las cuales un examen mas maduro mostraría la fuente de la mayor parte de sus males. La autoridad todavía da soporte a los prejuicios de los hombres, les prohíbe el análisis, les fuerza a la ignorancia, está siempre dispuesta a castigar a todo aquel que intente sacarles de su error.
Que no nos sorprenda, pues, si veíamos siempre el error identificado con la raza humana; todo parece concurrir para eternizar su ceguera, todas las fuerzas se reunían para esconderle la verdad, los tiranos la detestan y le oprimen porque osa discutir sus derechos injustos y quiméricos, el sacerdote la prohíbe porque reduce a nada sus pretensiones fastuosas; la ignorancia, la inercia y las pasiones de los pueblos los tornan cómplices de quienes están interesados en tenerlos bajo el yugo y en sacar partido de sus desgracias: por eso las naciones gimen bajo males hereditarios a los cuales no piensan poner remedio, sea por que no conocen su origen, sea porque la costumbre les habitúa a la desgracia y les quita todo deseo de alejarla.
Si la religión es el objeto mas importante para nosotros, si influye necesariamente en toda la conducta de una vida, si sus influencias se extienden no solamente a nuestra existencia en este mundo, sino también a aquella que se promete el hombre a continuación, no hay sin duda nada que demande un examen mas serio de nuestra parte, asimismo, de todas las cosas, ésta es en la que los hombres muestran mas credulidad; el mismo hombre que podría aportar el examen mas serio en la cosa que menos toca a su bienestar, no se toma ninguna molestia para asegurarse de los motivos que le determinan a creer o a hacer una de las cosas de las cuales – según su propia confesión- depende su felicidad temporal y eterna; se remite ciegamente a aquellos que la casualidad le ha dado como guías, descarga sobre ellos la preocupación de pensar por si mismo, y llega a considerar un mérito su propia pereza y su propia credulidad: en materia de religión, los hombres presumen de mantenerse siempre en la infancia y en la barbarie.
Asimismo ha habido en todos los siglos hombres que, habiéndose librado de los prejuicios de sus conciudadanos, osaron mostrarles la verdad. Pero ¿qué podía hacer su débil voz contra los errores mamados con la leche, confirmados por la costumbre, autorizados por el ejemplo, reforzados por una política siempre cómplice de su ruina? Los gritos imponentes de la impostura redujeron pronto al silencio a aquellos que querían reclamar a favor de la razón. Hubo veces que mientras el filósofo intentaba inspirar valor, sus sacerdotes y sus reyes le obligaban a temblar.
El medio mas seguro de engañar a los hombres y de perpetuar sus prejuicios es engañarlos desde la infancia, entre casi todos los pueblos modernos la educación parece tener como único objetivo formar fanáticos, devotos, monjes, es decir hombres perjudiciales o inútiles para la sociedad; los príncipes mismos, comúnmente víctimas de la educación supersticiosa que se les da, se mantienen toda la vida en la ignorancia mas grande de sus deberes y de los verdaderos intereses de sus estados., imaginan que lo han hecho todo por sus súbditos si les han llenado su espíritu de ideas religiosas, que hacen el papel de buenas leyes y dispensan a sus señores de la molesta preocupación de gobernarlos bien. La religión parece imaginada solamente para hacer a los soberanos y al pueblo igualmente esclavos del sacerdocio; éste nada mas se ocupa en poner obstáculos continuados a la felicidad de las naciones allá donde reina, el soberano solo tiene un poder precario y los súbditos están desprovistos de actividad, de ciencia, de grandeza de alma, de laboriosidad, en una palabra de las cualidades indispensables para el sostenimiento de una sociedad.
Si en un estado cristiano se ve una poca actividad, si se encuentra alguna ciencia, si se pueden encontrar costumbres sociales, es porque, a despecho de sus opiniones religiosas, la naturaleza, siempre que puede, reconduce a los hombres a la razón y les obliga a trabajar para su propia felicidad.
Todas las naciones cristianas, si fueran consecuentes con sus principios, deberían estar sumergidas en la más profunda inercia, nuestros alrededores estarían habitados por un puñado de piadosos salvajes que solo se encontrarían para perjudicarse. En efecto, ¿Por qué hay que preocuparse de un mundo que la religión nos muestra como un simple lugar de paso? ¿Cuál puede ser la laboriosidad de un pueblo al que se repite cada día que su Dios quiere que ruegue, que se aflija, que viva en el temor, que gima sin parar? ¿Cómo podría subsistir una sociedad compuesta de hombres a los que se ha persuadido que hay que tener fervor por la religión y que hay que odiar y destruir a sus semejantes por sus opiniones? En definitiva ¿Cómo se puede esperar humanidad, justicia o virtud de una cuadrilla de fanáticos a los que el hombre propone como modelo a un Dios cruel, disimulado, malvado, que se complace en ver como brotan las lágrimas de sus desafortunadas criaturas, que les pone trampas y que les castiga por caer en ellas, que ordena el robo, el crimen y la carnicería? Estos son simplemente los trazos con los que el cristianismo nos pinta al Dios heredado de los judíos. Este Dios ha sido un Soldán, un déspota, un tirano al que todo le había estado permitido; con todo, el hombre ha hecho de este Dios un modelo de perfección, se han perpetrado en su nombre los crímenes mas horribles y los mas grandes desafueros han estado siempre justificados, desde el momento que se han cometido para sostener su causa o para merecer su favor.
Así, la religión cristiana, que presume de prestar un soporte infrangible a la moral y de presentar a los hombres los mas poderosos motivos para excitarlos a la virtud, ha sido para ellos una fuente de divisiones, de peleas y de crímenes; bajo el pretexto de buscar la paz solo les ha traído furor, odio, discordia y guerra; les ha proporcionado mil medios engañosos para atormentarse, he derramado sobre ellos plagas desconocidas para sus padres, y el cristiano –si hubiese tenido un poco de entendimiento- habría añorado mil veces la pacífica ignorancia de sus antecesores idólatras. Si las costumbres de los pueblos no han tenido ninguna ganancia con la religión cristiana, el poder de los reyes, de los cuales ésta se pretende el soporte, no ha tenido mayores ventajas; se establecieron en cada Estado dos poderes distintos, el de la religión, fundamentado sobre el mismo Dios, superó casi siempre al del soberano; este se veía forzado a convertirse en servidor de los sacerdotes, y cada vez que rehusaba doblegar la rodilla delante de ellos era proscrito, despojado de sus derechos, exterminado por unos súbditos excitados a la revuelta por la religión o por fanáticos en las manos de los cuales ésta ponía la daga.
Antes del cristianismo, el estado era generalmente soberano del sacerdote, desde que el mundo es cristiano, el soberano no es mas que el primer esclavo del sacerdocio, el ejecutor de sus venganzas y de sus decretos.
Concluimos, pues, que la religión cristiana no tiene ningún título para presumir de las ventajas que procura a la moral o a la política. Arranquémosle el velo que la cubre, remontémonos a sus fuentes, analicemos sus principios, sigámosla en su camino y encontraremos que, fundamentada en la impostura, la ignorancia y la credulidad, no ha sido ni será jamás útil sino a los hombres que se creen interesados en engañar al género humano, que no parará jamás de causar los mayores males a las naciones, y que, en cuenta de facilitar la felicidad que les había prometido, solo sirve para embriagarles de furor, para sumirlos en el delirio y el crimen, para hacerles ignorar sus verdaderos intereses y sus deseos mas santos.
Ya lo dijo Mel hace unos días:
Que se lo digan al Papa, ¿acaso no sabe que las escoltas no solucionan el problema sino que lo agravan?
Este texto fue publicado en 1927. Cámbiese la sífilis por el SIDA y el artículo seguirá de plena vigencia.La actitud de la religión cristiana ante el sexo es tan morbosa y antinatural que sólo puede comprenderse si la relacionamos con la enfermedad que atacó el mundo civilizado cuando decayó el Imperio Romano.
A veces se oye comentar que el cristianismo ha mejorado la condición de las mujeres; está es una de las tergiversaciones de la historia más groseras que puedan hacerse. En una sociedad que considera de la máxima importancia que las mujeres sigan a rajatabla un código moral muy estricto, es muy difícil que puedan disfrutar de una posición tolerable.
Los sacerdotes han considerado siempre a la mujer como la tentadora, la inspiradora de deseos impuros. La enseñanza tradicional de la Iglesia ha sido y sigue siendo que la castidad es lo mejor, aunque para quienes esto les resulte imposible dejan la posibilidad del matrimonio, porque “más vale casarse que abrasarse”, como brutalmente afirma San Pablo. Haciendo indisoluble el matrimonio e imposibilitando todo conocimiento del Ars Amandi, la Iglesia logró que la única forma de sexualidad permitida fuera dolorosa, en vez de placentera.
La oposición al control de la natalidad parece obedecer al mismo motivo: si una mujer tiene un hijo por año hasta que muere agotada, no es esperable que vaya a encontrar mucho placer en el matrimonio.El concepto de pecado, tal como lo presenta la ética cristiana, provoca un enorme daño: ofrece a la gente una vía de escape para su sadismo considerada legítima e incluso noble. Pongamos como ejemplo el asunto de la prevención de la sífilis. Se sabe que si se toman algunas precauciones el peligro de contraer la enfermedad es mínimo; sin embargo, los cristianos se oponen a la difusión de estos conocimientos médicos porque sostienen que los pecadores deben ser castigados. Mantienen su actitud hasta tal punto que están dispuestos a que el castigo se extienda a las esposas y a los hijos de los pecadores.
Actualmente hay en el mundo muchos miles de niños con sífilis congénita que nunca deberían haber nacido, de no haber sido por ese deseo de los cristianos de ver castigados a los pecadores. No comprendo como este tipo de doctrinas promotoras de la más diabólica crueldad pueden ser consideradas moralmente beneficiosas. La actitud de los cristianos respecto al conocimiento de los temas sexuales es sumamente peligrosa para el bienestar humano. Toda persona que considere esta cuestión sin prejuicios sabe que la ignorancia artificial impuesta por los cristianos ortodoxos a los jóvenes es extremadamente dañina para su salud física y mental; además, la mayoría de los niños, cuya única posibilidad es informarse mediante conversaciones indecentes, acaba considerando la sexualidad como algo malo y ridículo. No se puede defender que ningún tipo de conocimiento sea indeseable; por eso, yo no pondría ninguna barrera a la libre adquisición de información sexual. Es probable que una persona actúe con menos prudencia cuando se mantiene en la ignorancia que cuando está instruida, por lo cual es absurdo despertar en los jóvenes una sensación de pecado cuando muestran su curiosidad natural acerca de un asunto tan importante.A todos los jóvenes, por ejemplo, les interesan los trenes. Vamos a suponer que se les dice que ese interés por los trenes es malo; imaginemos que se les venda los ojos cada vez que se encuentran en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que se impide que se mencione la palabra “tren” en su presencia, y se crea un misterio impenetrable en torno a los medios de transporte. El resultado no sería hacer que disminuyera su interés por ellos, sino muy por el contrario, los trenes les atraerían más aún, pero con la morbosa sensación del pecado y de lo indecente. Todo muchacho de inteligencia despierta podría llegar a convertirse de ese modo en un neurasténico. Esto es lo que ocurre con la sexualidad, pero como el sexo es mucho más interesante que los trenes el resultado es aún peor. Casi todos los adultos que pertenecen a una comunidad cristiana tienen alguna enfermedad nerviosa que es el resultado del tabú que imperaba en torno al sexo cuando eran niños o adolescentes. Este sentimiento de pecado que les fue implantado artificialmente es una de las causas de la crueldad, la timidez y la estupidez que muestran en etapas posteriores de la vida. No existe ningún motivo racional para impedir a ningún niño que se informe de los asuntos que le interesan, sean sexuales o de cualquier otro tipo. No tendremos jamás una población sana hasta que esto no se lleve a la práctica, lo cual es imposible mientras las Iglesias dominen la política educativa.Es evidente que las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen un elevado grado de perversión ética antes de poder ser aceptadas. El mundo, según nos dicen, fue creado por un Dios que es a la vez bueno y omnipotente. Un Dios que antes de crear el mundo previó todo el dolor y la miseria que iba a contener y que, por tanto, es responsable de ello. Es inútil pensar que el dolor del mundo se debe al pecado; esto simplemente no es cierto, ya que el pecado no produce ni las inundaciones ni las erupciones volcánicas, y aún cuando fuera verdad no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar a un hijo sabiendo que iba a ser un maniaco violento, yo sería el responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que iban a cometer los seres humanos, y a pesar de todo decidió crearlos, Él es el responsable de las consecuencias negativas que han traído los pecados humanos. Lo que dicen habitualmente los cristianos es que el sufrimiento es un medio para purificarse del pecado, y que por tanto el sufrimiento es bueno. Esto es, evidentemente, una racionalización del sadismo, y en todo caso es un argumento muy pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a la sala para niños de algún hospital para que presenciara los sufrimientos que padecen allí, y luego le pediría que insistiera en su idea de que esos niños merecen sufrir. Para poder afirmar algo así, un hombre tiene que destruir todo sentimiento de piedad y de compasión, haciéndose, en suma, tan cruel como el Dios en el que cree. Nadie que piense que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien puede tener intactos sus valores éticos, porque siempre está tratando de hallar escusas para el dolor y la miseria.
Alfonso Fernández Tresguerres - "Ad clerum - De la Iglesia y el sexo"
Posted by Arabella in ensayo, religión, tresguerres
Artículo aparecido en el número de junio de 2002 en la revista "El catoblepas"
Cuando hablamos de la posición que la Iglesia mantiene ante el sexo, conviene (creo yo) diferenciar dos planos distintos: el que tiene que ver con la sexualidad de los fieles, y el referido a la sexualidad de los propios religiosos.
I
En el primer caso, diríase (en una primera aproximación) que la Iglesia se ha convertido en el más fiel aliado de la selección natural, dado que todas sus directrices parecen encaminadas a incrementar la eficacia reproductiva de sus fieles. En caso contrario, la orden es la abstinencia completa: «reproducirse o abstenerse». Tal es su principio. «Ningún espermatozoide en vano» también sería adecuado.
La actividad sexual queda reducida, en efecto, al ámbito del matrimonio, y dentro de él no se contempla otra finalidad que la reproducción misma. Ningún componente afectivo o meramente lúdico es tomado en consideración. Leyendo el Catecismo de la Iglesia Católica, a uno le parece que las altas jerarquías eclesiásticas desearían incluso que, en lugar de placenteras, las actividades reproductivas resultasen extremada e insoportablemente dolorosas, para que tuvieran más mérito. Por eso no se entiende muy bien su oposición a las posibilidades abiertas por las modernas biotecnologías, que permiten distintas formas de inseminación artificial (donación de esperma y óvulos, prestación de útero), consideradas todas ellas perjudiciales y perniciosas, si bien es cierto que cuando la fecundación artificial tiene lugar dentro del matrimonio, es vista como menos perjudicial, aunque sin dejar por eso de ser moralmente reprobable. Al fin y al cabo, con ello se impide el contacto pecaminoso e impuro de los cuerpos, que es de lo que se trata, por lo que no parecen existir motivos mayores para que recibieran el beneplácito de la Iglesia.
Pero al decir que la vida sexual, siempre con expresa voluntad de reproducción, ha de quedar limitada al matrimonio, entiéndase bien que por tal se entiende el matrimonio debidamente santificado por la Santa Madre Iglesia, o lo que es lo mismo, los separados que vuelvan a casarse han de vivir «como hermanas y hermanos y en total abstinencia», según ha hecho saber un reciente manual de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto es el cardenal Joseph Ratzinger.
Antes era pecado desear a la mujer del prójimo («Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio en su corazón», dice Mateo dando cuenta del Sermón de la Montaña), pero ahora ya lo es también desear a la propia, siempre que ese deseo no vaya acompañado del propósito inmediato de hacerla madre; propósito, claro está, que ha de ser idéntico en la esposa, quien, al ver acercarse al marido con intenciones copulatorias, deberá decir lo mismo que Raquel a Jacob: «Hazme madre o me muero». En consecuencia, todo placer sexual desligado de la reproducción es calificado de «lujuria», y aun si el fin fuese la concepción, siempre que hombre y mujer no estuviesen unidos por los sagrados vínculos del matrimonio (como es el caso no sólo de las parejas de hecho, sino también de los separados vueltos a casar), no sería más que pura «fornicación» o «simple fornicación», como la denomina el Compendio moral salmanticense, que la considera más grave pecado que el hurto. Y lujuria y fornicación, junto con la masturbación, la homosexualidad, la pornografía y la prostitución, constituyen el elenco de pecados contra la castidad. A los esposos únicamente les está permitido satisfacer sus lógicos impulsos naturales sin riesgo de embarazo mediante la observación de los periodos infecundos, esto es, por la práctica del método de Ogino, quien, como es sabido, es padre de innumerables hijos.
Y es justo ahora cuando caemos en la cuenta de que la Iglesia sólo en apariencia es fiel colaboradora de la selección natural, porque la eficacia reproductiva no se mide por el número de hijos en términos absolutos, sino por el número de hijos que razonablemente cabe esperar que puedan ser criados hasta alcanzar la edad adulta y convertirse ellos mismos en reproductores. De hecho, todos los pueblos, incluso los situados en los niveles más bajos de civilización, han practicado algún tipo de control de la natalidad, desde los indios de las praderas a los bosquimanos del Kalahari, con el objeto de que, por exceso de población, la producción de recursos no entre en la curva de rendimientos decrecientes. Sólo la Iglesia Católica sigue considerando que las familias numerosas son signo de bendición divina y de generosidad paterna. Pero parece que muy pocos le hacen caso, porque aunque el caballo negro de las pasiones del que hablaba Platón tira, y tira mucho, y, en consecuencia, la gente no está por la labor de la abstinencia (algo que según los jerarcas eclesiásticos constituye también un remedio infalible contra el SIDA), lo cierto es que en muchos lugares la población no sólo no aumenta, sino que disminuye dramáticamente (los asturianos, sin ir más lejos, llevamos camino de convertirnos en una rara curiosidad antropológica). Lo que no es óbice, desde luego, para que a escala mundial el problema sea, y vaya a ser, la superpoblación. Pero a la Iglesia no hay quién la apee del principio de que todo acto sexual deliberada y voluntariamente infecundo es intrínsecamente malo. Con todo, hace unos años, el Consejo Vaticano para las familias, dirigido por el cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, dio a conocer un vademécum para uso de los confesores en el que, sin cambiar los principios generales, se contemplan algunas circunstancias en las que el uso de anticonceptivos podría hacerse acreedor del perdón, siempre que los hechos tuvieran lugar entre hombre y mujer unidos en legitimo matrimonio, y siempre que se entienda que hablamos de excepciones contempladas en el ejercicio y el secreto de la confesión, mas en modo alguno de un cambio en los principios doctrinales. Tales circunstancias son tres:
a) Que haya habido imposición por parte de la pareja (por ejemplo, que tu señora te ponga el condón a punta de pistola, aunque es cierto que el vademécum señala que no es necesario demostrar violencia irresistible);
b) Que el penitente confiese haber usado anticonceptivos sin conciencia de pecado. Incluso se añade que el confesor puede permitir que el individuo permanezca en su error, si el sacerdote advierte que no modificará su conducta, algo que, según se dice, es frecuente en el Tercer Mundo (o sea, que tú puedes arrodillarte delante del confesor y decirle algo así: «padre, ayer he utilizado un preservativo, pero ni tenía ni tengo la menor conciencia de haber pecado, y le advierto a usted que continuaré sin tenerla en el futuro», y entonces el cura te perdona a perpetuidad);
c) el sacerdote debe absolver a cualquier individuo, aunque cada día confiese haber usado anticonceptivos. Es suficiente que siga mostrando arrepentimiento (aquí la confesión tiene lugar según el modelo de método abreviado: sólo tienes que ir a ver todos los días al cura y decirle: «otra vez», y él te dirá: «puedes ir en paz»). Pero claro está que el asunto no es tan simple ni puede ser despachado con un par de bromas. Resultaría erróneo, por ejemplo, ver en todo esto una autorización encubierta de los métodos anticonceptivos, que continuarían prohibidos teórica o doctrinalmente, pero permitidos en la práctica, previo trámite de una confesión hipócrita. Ahora bien, que la Iglesia perdone un pecado no significa que no lo considere pecado, y, del mismo modo, que perdone una determinada práctica no quiere decir que deje de considerarla pecaminosa o perversa. De otro modo, podríamos concluir que la Iglesia no considera pecado nada, puesto que lo perdona todo (lo que, sin duda, es excesivo, porque hay cosas que no debería perdonar ni Dios). Y esto significa que el católico que de verdad lo sea, y que, «en conciencia», no pueda alegar falta de conciencia del pecado ni mostrar tampoco un arrepentimiento hipócrita, sin propósito de la enmienda, confesando por la tarde lo que piensa realizar por la noche, para volver a confesarlo al día siguiente; el católico que desee ser fiel a las directrices de la Iglesia, sigue teniendo vedado el camino de la anticoncepción. Otra cosa es que la Iglesia parezca creer que sus fieles pueden ser tan estúpidos como para no cobrar conciencia de la siguiente proposición: «x es pecado». Pero ésa es otra cuestión. Desde el año pasado, la Iglesia contempla, además, otro supuesto para autorizar el uso de anticonceptivos: se trata de las monjas, a quienes se permite tomar la píldora si tienen que desarrollar su labor en países en guerra, pero bien entendido que se trata de un método de autodefensa ante una posible violación, mas nunca un acto deliberado de anticoncepción (las que no siendo monjas resulten violadas y preñadas, de momento deben aguantarse con resignación cristiana, ya que ni siquiera se contempla le legitimidad moral de la píldora del día después, aunque sea el día después de una violación).
Ciertamente, la reproducción indiscriminada a la que se obliga (la única alternativa es la abstinencia) no constituye una buena estrategia evolutiva en la mayor parte de las especies animales, y tampoco en la especie humana; pero es que, además, en el caso del ser humano, una reproducción que tenga como consecuencia una cantidad de hijos superior al número de los que adecuada y convenientemente puedan ser atendidos, no es sólo un error biológico, sino también una irresponsabilidad desde el punto de vista moral. En consecuencia, mucho me temo que la posición de la Iglesia, a este respecto, es errónea en términos biológicos e irresponsable en términos éticos y morales. Pero con ser éste un primer error biológico y moral de la doctrina de la Iglesia sobre el sexo, no es el único. Se me ocurre al menos otro, y no de menor calibre que el anterior: si Dios nos quiere castos, ¿por qué diablos nos ha creado sexualmente activos todo el año? Son ganas de enredar las cosas. Sujetos a una época de celo, como otras especies animales, seríamos, de motu propio, tan puros como Dios y su Iglesia desean, y no tendríamos ninguna dificultad para identificar sexualidad y reproducción y cumplir la consigna a rajatabla, sin que nuestro confesor tuviese que recordárnoslo a cada instante: actividad sexual unos pocos días al año y castidad absoluta el resto; castidad, por lo demás, muy llevadera. Pero sabido es que los designios del Señor son inescrutables: acaso tras un largo camino de esfuerzo y dolor gozaremos más intensamente de la vida beata y la gloria eterna. En cambio, la mente poco lúcida del ateo se empeña en sospechar que si nuestra sexualidad se halla despierta todo el año es debido, seguramente, a que en nuestra especie el sexo cumple otras funciones que las meramente reproductivas, como, por ejemplo, el establecimiento de un vínculo entre el varón y la mujer, cuya colaboración es imprescindible para culminar la crianza de ese primate prematuro que es el ser humano, necesitado de cuidados y atención exclusiva durante mucho tiempo, lo que limita indudablemente las actividades de la persona a su cargo, necesitándose otra a su lado que procure los medios de subsistencia. A la madre, sujeta al niño antes del nacimiento, porque lo lleva en su vientre, y después, por tener que amamantarlo, le hubiera resultado imposible obtener el alimento para los dos; y ésa, la obtención de alimento, fue, junto con la protección, la tarea encomendada por la selección natural al varón. Ahora bien, ¿qué interés podría tener éste, pasada la época de celo, en permanecer junto a la mujer preñada o parida, dado que esto suponía cargarse con un trabajo extra y muy superior al exigido para su propia supervivencia? La solución encontrada por la selección natural fue el sexo: gratificación sexual todo el año; y la envolvió en el papel de regalo de unas emociones y sentimientos muy característicos a los que hemos dado en llamar «amor». Se trata de la famosa teoría del «contrato sexual», de Helen Fisher. Pero si esto es así, la irresponsabilidad se extiende ahora no sólo a los hijos, sino también a los esposos mismos, a los que, si su propia responsabilidad les dicta no sobrepasar un determinado número de hijos, se les exige que renuncien a uno de los vínculos esenciales en los que se fundamenta su unión. Mas, sin duda, esto no son más que tonterías y la Iglesia tiene razón.
Pero hay aún otra contradicción en la doctrina de la Iglesia, y por suerte casi nadie le hace caso tampoco, ya que de lo contrario hace tiempo que nos habríamos extinguido, a saber: el sexo, limitado al ámbito del matrimonio, tiene como finalidad la reproducción, pero el estado virginal es considerado más perfecto que el matrimonio, o al menos eso dice también el Compendio moral salmanticense, de donde se deduce que como todos nos empeñásemos en alcanzar esa perfección más alta que el matrimonio reproductivo, hace tiempo que la Iglesia se hubiese encontrado sin fieles a los que aconsejar sobre su vida sexual.
La verdad es que resulta curiosa la permanente obsesión de la Iglesia con el sexo (también con otras cosas placenteras, pero sobre todo con ésta). Es como si estuviese empeñada en eliminar todo lo bueno y agradable de este valle de lágrimas para que nos quedemos sólo con las lágrimas. Porque, ¡mira que el sexo es bueno! No quiero decir sólo agradable: quiero decir bueno, tanto en términos médicos como psicológicos. Pero, en fin, será para que no atrofiemos nuestro sentido del placer y podamos gozar más ampliamente del Cielo; un Cielo que, comparado con el vikingo, o incluso el musulmán, yo siempre he juzgado bastante aburrido, tal vez porque, basta y grosera como es mi inteligencia, no concibe placer alguno que pueda ser gozado sin el cuerpo, y la eterna contemplación de Dios (es de suponer que con los ojos del alma) no promete grandes emociones.
La Iglesia, ciertamente, defiende una metafísica de la castidad (y del sexo y del amor) tan sorprendente que en ella llegan a decirse cosas como que la castidad es promesa de inmortalidad; algo que no es fácil saber lo que pueda significar, al menos a mí no se me alcanza la relación entre una cosa y la otra, a no ser que, dado que la vida inmortal consistirá en una eterna y permanente castidad, la vida mortal casta constituirá un excelente ejercicio de preparación o entrenamiento para ella. A simple vista, sin embargo, podría objetarse que la castidad (llevada hasta sus últimas consecuencias) más que promesa de inmortalidad es garantía de extinción de la especie. Pero ya San Ambrosio había dado con la solución al distinguir tres tipos de castidad: la de las vírgenes, la de las viudas y la de los esposos. En consecuencia, los esposos entregados a actividades amatorias con fines reproductivos son castos. Los demás practicamos la simple fornicación.
Y se dice también algo igualmente sorprendente: que en el momento del bautismo el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad. Y digo que sorprendente porque dudo mucho que el cristiano en el momento del bautismo pueda comprometerse a nada, excepto que admitamos que un niño de pecho es capaz de entender y adoptar tan sesudos compromisos. Yo, desde luego, no recuerdo haberlo hecho, y, en todo caso, manifiesto públicamente haberlos incumplido y me comprometo a incumplirlos en el futuro (si ellas me dejan). De todos modos, nada extraño hay en mi incumplimiento, porque la castidad, que es virtud moral, es un don de Dios, una gracia divina, y a mí, entre las muchas gracias que me han sido negadas, se encuentra también ésta. Algunos poseen la gracia de la castidad y otros la desgracia del efecto Coolidge, de quien se cuenta que, siendo presidente de los Estados Unidos, visitaba, junto con su esposa, aunque por separado, unas granjas gubernamentales. Al pasar por un gallinero y ver a un gallo copulando intensa y frenéticamente, la esposa del presidente, sorprendida, se interesó por la frecuencia amatoria del animal. «Docenas de veces al día», le respondió el guía. «Por favor, dígaselo a mi marido», pidió la primera dama. Cuando más tarde el presidente pasó por el mismo gallinero, le comentaron la anécdota, a lo que pregunto: «¿Y es siempre con la misma gallina?». «No, no, cada vez con una distinta», respondió el guía. «Por favor, dígaselo a mi mujer», dijo el presidente.
II
En el segundo caso, es decir, en lo que atañe a la posición de la Iglesia respecto al propio clero, convendría distinguir un doble plano: el referido al religioso en tanto que hombre (o mujer) y el referido al religioso en tanto que miembro de una determinada institución.
En tanto que hombre, nadie duda que el religioso posee las mismas necesidades sexuales y erótico-afectivas que cualquier ser humano. Se trata de motivaciones muy fuertes, de auténticas necesidades primarias cuya satisfacción resulta necesaria para alcanzar un adecuado equilibrio homeostático, tanto biológico como psíquico. Pero al religioso se le exige renunciar a ellas. Se trata de un ejemplo muy interesante (otro podría ser el suicidio o la huelga de hambre) de cómo a veces motivaciones biológicas primarias son relegadas a un segundo plano, en beneficio de otras motivaciones de carácter puramente cultural. Sin duda, una de las diferencias esenciales entre la motivación humana y la animal.
Sin embargo, tales necesidades son extraordinariamente imperiosas y nada fáciles de dominar, y las consecuencias de la lujuria de los sacerdotes son bien conocidas: no sólo confesiones escabrosas en las que los más mínimos detalles, para sorpresa de la penitente, cobran una inusual e insospechada importancia, sino también la directa sollicitatio ad turpia, la solicitación en confesión: el tirar los tejos a las feligresas, para entendernos. Y no sólo eso: la libido de los sacerdotes ha jugado un papel decisivo en la historia de las posesiones diabólicas. Recordemos, por ejemplo, el caso de las energúmenas de San Placido, que no es que estuvieran endemoniadas: lo que estaban era preñadas por el confesor, desde la más tierna novicia hasta la madre superiora. Las historias de íncubos se reducían con frecuencia a eso: el obispo o el cura confesor se introducían en la cama de la novicia haciéndola creer que se trataba de un demonio que había tomado su forma. Al final, nada tenía de sorprendente que las pobrecitas hicieran cosas raras que pudieran confundirse con la posesión demoníaca, porque, como es natural, acaban volviéndolas locas. (Los súcubos, en cambio, eran seguramente realidades menos tangibles y materiales: probablemente las diablesas copuladoras sólo existieron en la mente de los castos varones a los que atormentaban por la noche en sus lechos, como les sucedía a San Hilario y a San Atanasio.) La historia está plagada de casos famosos. El año 1565, en Colonia, fue celebre el convento de Nazaret, cuyas monjas tenían amantes, pero afirmaban que se trataba de unos demonios que bajo forma de perros abusaban de ellas. En Amiens, el año 1816, una muchacha intentó desviar la atención sobre su embarazo (cuya causa eficiente era probablemente el párroco) diciendo que se encontraba endemoniada, y hasta se atrevió a dar el nombre de los tres demonios que la poseían. Y en el año 1668 fue muy nombrado el caso de las monjas de Auxonne, pero tampoco había posesión diabólica: lo que en realidad sucedía era que, el padre Nouvelet, de quien dicen que era muy feo, pero se ve que también muy estimulante, se beneficiaba sexualmente a ocho monjas hambrientas de sexo. Incluso se llegó a acusar de lesbianismo a la madre superiora. Las anécdotas podrían acumularse sin dificultad. Fueron siglos en los que monjas, novicias y feligresas en general, «derretíanse de amor de Dios en brazos de los predicadores», como, según creo recordar, observaba acertadamente Voltaire.
Y conviene subrayar aquí la enorme importancia que tuvo la literatura erótica y libertina, sobre todo la del siglo XVIII, en el desenmascaramiento de tales imposturas, ese «donjuanismo de sacristía», como lo denomina Gregorio Marañón. Algunas de ellas son verdaderas joyas, como El portero de los cartujos, publicada el año 1741 por Gervaise de Latouche, inspirado, según parece, por Voltaire; o Teresa, filósofa (1785), de autor anónimo, aunque algunos la han atribuido a Diderot, obra en la que se nos narra cómo Teresa era sistemática e infatigablemente purificada por su confesor introduciéndole el cordón de San Francisco, que el buen padre siempre tenía dispuesto y a mano.
En la actualidad, esto de las posesiones diabólicas ha caído en desuso (se ve que después de tantos siglos de vivir torturados por la libido los demonios han alcanzado finalmente la paz), pero no han pasado de moda las intrigas sexuales, incluido el abuso de menores, asunto éste de extrema actualidad, ya que apenas transcurre una semana sin que salga a la luz un nuevo escándalo. Pero el Diablo y sus demonios han perdido mucho protagonismo. Además, el impresionante desarrollo de los medios de comunicación que han revolucionado nuestra vida toda, ha revolucionado también la vida sexual del clero: hoy los sacerdotes y las monjas se enamoran por Internet y dejan a su parroquia compuesta y sin cura para largarse a la otra punta del mundo al encuentro con su amor.
Lo cierto es que tal vez sea un nuevo error de la Iglesia la aptitud que mantiene ante la sexualidad de sus miembros; un error no sólo de carácter biológico, sino también de marketing, porque con el tiempo los seminarios se están quedando vacíos. La historia del celibato de los religiosos es muy compleja y está llena de avatares. Para empezar, no existe ningún texto en las Sagradas Escrituras que imponga el celibato eclesiástico. Se trata de una cuestión de Derecho eclesiástico, aunque se discute si de Derecho eclesiástico sin más o de Derecho eclesiástico apostólico. La cuestión no es fácil de resolver porque los documentos de los tres primeros siglos no son muy claros, y los autores del siglo IV no son muy explícitos al respecto. En la Iglesia oriental, el celibato obligaba a los obispos y a los ordenados de mayores que no estuviesen casados en el momento de la ordenación (por eso se casaban un poco antes de ordenarse), mas si quedaban viudos no podían volver a casarse. Tales eran las directrices de Justiniano y la práctica de la Iglesia ortodoxa. En Occidente, a partir del siglo IV, obispos, sacerdotes y diáconos debían dejar de cohabitar con su mujer (a partir del siglo V la obligación se extendió también a los subdiáconos). En este sentido, fue decisivo el Concilio de Elvira, Granada, 300-306, porque en él se impone por primera vez, y de una forma clara, la obligación del celibato. Pero la norma se relaja bastante en los siglos siguientes, siendo restaurada más tarde por León IX, Gregorio VII (quien todavía el año 1074 tiene que excomulgar a clérigos casados o que viven en concubinato), Urbano II y Calixto II. En España queda más o menos establecida en el IV Concilio de Toledo, el año 633. A mediados del siglo XII, de nuevo vuelve a decaer la norma. Pese a ello, la legislación quedó fijada con Calixto II y el Concilio de Letrán (1123), donde se señala entre los impedimentos para contraer matrimonio el haber recibido las órdenes mayores (del subdiaconado en adelante), considerándose plenamente nulos los matrimonios contraídos por clérigos. En el siglo XVI, el Concilio de Trento confirmará plenamente estas normas.
Todo esto viene a demostrar, que no es fácil obligar a los religiosos a guardar sus naturales impulsos bajo llave, pero viene a demostrar también que, después de todo, el celibato no es una imposición de origen divino, sino humano, y si ello es así, y aun siendo cierto que importantes razones lo avalan: no sólo el «servir a Dios con corazón indiviso», o el preservar la independencia y libertad del clero (disminuidas tal vez por la existencia de una familia) o incluso el impedir que el clero constituya una casta, sino también el posibilitar que el excedente económico de las parroquias pase a la Iglesia, con todo, acaso no resultaría desproporcionado que, vistas sus consecuencias, la Iglesia revisase el asunto.
Pero en tanto eso no suceda, el religioso forma parte de una determinada institución en la que gobiernan una serie de normas que él ha acatado libremente. Y o las acepta o se va. No sirve el argumento de que son hombres como los demás. Sí, pero que se vayan. Con la actual normativa eclesiástica sólo se puede ser cura de una forma. No cabe elegir a la carta unos rasgos sí y otros no. Hacerlo supone una impostura no sólo para con la Iglesia a la que se ha jurado obediencia, sino también, y principalmente, para con los propios feligreses. Recientes escándalos en los que algunos sacerdotes han hecho pública su homosexualidad y el ejercicio de la misma, enarbolando la bandera del progresismo (no están incumpliendo un compromiso ni engañando a la gente: sucede que son progres, liberales y de mente abierta), resultan de un cinismo pavoroso. Pero, curiosamente, el alboroto que tales escándalos han suscitado ha tenido más que ver con la homosexualidad misma que con el fondo del asunto. Cada cual es muy libre de vivir su sexualidad como lo considere oportuno: un homosexual es siempre respetable, aunque sea cura. La condena no ha de dirigirse, pues, a su carácter de homosexual, sino a su condición de caradura. Que el párroco del barrio se permita perdonarte porque has incurrido en una mísera, triste y solitaria masturbación, o porque has deseado fervientemente saber lo que oculta la falda de la vecina, mientras él espía por el rabillo del ojo para ver si su querido (o querida) ya ha llegado a la sacristía, es una completa infamia.
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A menudo se imagina a los ateos como intolerantes, inmorales, deprimidos, ciegos a la belleza de la naturaleza y dogmáticamente cerrados a la evidencia de lo sobrenatural.
Aún John Locke, uno de los grandes patriarcas de la iluminación, creía que al ateísmo no se debería “tolerar del todo”, porque, decía él, “promesas, acuerdos y juramentos, que mantienen juntas las sociedades, podrían no ser mantenidas por los ateos”.
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1. Los ateos creen que la vida no tiene sentido.
Al contrario, la gente religiosa suele quejarse de que la vida no tiene sentido e imaginan que sólo pueden ser redimidos por la promesa de felicidad eterna más allá de la tumba. Los ateos tienden a estar bastante seguros de que la vida es preciosa. La vida se llena de significado viviéndola plenamente. Las relaciones con aquellos que amamos son significativas ahora, no necesitan ser eternas para eso. Los ateos tienden a encontrar este miedo como una insignificancia… bueno… sin significado.
2. El ateísmo es responsable por los más grandes crímenes de la historia.
La gente de fe suele afirmar que los crímenes de Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot fueron el producto inevitable de la no creencia. El problema con el fascismo y el comunismo, sin embargo, no es que sean muy críticos de la religión; el problema es que son demasiado parecidos a la religión. Tales regimenes son intrínsecamente dogmáticos y generalmente hacen surgir cultos a la personalidad indistinguibles de los cultos a los héroes religiosos.
Auschwitz, el GULAG y los campos de la muerte no son ejemplos de lo que pasa cuando los humanos rechazan el dogma religioso; son ejemplos de los estragos que causan los dogmas políticos, raciales y nacionalistas.
No hay sociedades en la historia humana que hayan sufrido porque su pueblo se volvió demasiado razonable.
3. El ateísmo es dogmático.
Judíos, Cristianos y Musulmanes afirman que sus escrituras son tan proféticas de las necesidades humanas que sólo pudieron haber sido escritas bajo la dirección de una deidad omnisciente.
Un ateo es simplemente una persona que ha considerado esta afirmación, leído las escrituras y encontrado las afirmaciones ridículas. No es necesario tener fe en algo, o ser de alguna manera dogmático para rechazar creencias religiosas injustificadas. Como el historiador Stephen Henry Roberts (1901- 1971) dijo en una ocasión: “ Ambos somos ateos. Solamente que yo creo en un dios menos que tú. Cuando entiendas porqué desestimaste los otros posibles dioses, entenderás porqué desestimo yo al tuyo”.
4. Los ateos creen que todo en el universo surgió por azar.
Nadie sabe porqué el universo existe. En efecto, no está enteramente claro que podamos hablar coherentemente acerca del “comienzo” o de la “creación” del universo, estas ideas invocan el concepto de tiempo y aquí hablamos del origen del espacio-tiempo en sí mismo.
La idea que los ateos creen que todo fue creado al azar es también utilizada regularmente como crítica a la evolución darwinista. Como explica Richard Dawkins en su maravilloso libro “El espejismo de Dios”, “esto representa una absoluta mala interpretación de la teoría evolucionista.” Aunque no sabemos precisamente como la química temprana de la tierra engendró la biología, sabemos que la diversidad y la complejidad que vemos en el mundo viviente no es un producto del mero azar. La evolución es una combinación de mutación aleatoria y selección natural. Darwin utilizó la frase “selección natural” por analogía con “selección artificial”, utilizada por los criadores de animales. En ambos casos, la selección ejerce un efecto altamente no aleatorio en el desarrollo de cualquier especie.
5. El ateísmo no tiene conexión con la ciencia.
Aunque es posible ser un científico y creer en Dios -como algunos científicos parecen decir- no hay dudas de que un involucramiento con el pensamiento científico tiende a erosionar antes que a apuntalar la fe religiosa. Si tomamos a los EE.UU como ejemplo: la mayoría de las encuestas hechas al público en general muestra un 90% de creencia en algún Dios personal; sin embargo el 93% de los miembros de la Academia Nacional de Ciencias no es creyente. Esto sugiere hay pocos modos de pensar menos adecuados a la fe religiosa que el pensamiento científico.
6. Los ateos son arrogantes.
Cuando los científicos no saben algo -como porqué el universo empezó o como se formó la primera molécula autoreplicante– lo admiten. Pretender que se sabe cosas que en realidad no se saben resulta algo enormemente negativo para la ciencia. Y sin embargo esa pretensión es la sangre que da vida a las religiones basadas en la fe. Una de las monumentales ironías del discurso religioso se ve en la frecuencia con que la gente de fe se autoalaba por su humildad, mientras afirman conocer hechos acerca de la cosmología, la química y la biología que ningún científico conoce. Cuando consideran cuestiones acerca de la naturaleza del cosmos y nuestro lugar en él, los ateos tienden a basar sus opiniones en la ciencia. Esto no es arrogancia; es honestidad intelectual.
7. Los ateos son cerrados a la experiencia espiritual.
No hay nada que impida a un ateo experimentar el amor, el éxtasis, arrobamiento y sobrecogimiento; los ateos pueden dar valor a estas experiencias y buscarlas regularmente. Lo que los ateos no suelen hacer es hacer injustificadas (e injustificables) afirmaciones acerca de la realidad basados en esas experiencias. No hay dudas de que algunos Cristianos han transformado para mejor su vida leyendo la Biblia y rezando a Jesús.
¿Qué prueba esto?
Prueba que ciertas disciplinas y códigos de conducta pueden tener un profundo efecto en la mente humana. ¿Sugieren estas experiencias que Jesús es el único salvador de la humanidad? Ni remotamente porqué Hindúes, Budistas, Musulmanes e incluso ateos tienen experiencias similares.
No hay, en efecto, ningún Cristiano en la tierra que sepa si Jesús usaba barba más que si nació de una virgen o que si se levantó de entre los muertos. Éstas simplemente no son la clase de cosas que una experiencia espiritual pueda autenticar.
8. Los ateos creen que no hay nada más allá de la vida y el entendimiento humanos.
Los ateos son libres de admitir los límites del entendimiento humano de una manera en que los religiosos no pueden. Es obvio que no entendemos del todo el universo; pero es aún más obvio que ni la Biblia, ni el Corán reflejan un mejor entendimiento de él.
No sabemos si habrá vida compleja en algún otro lugar del cosmos, pero podría. Si la hubiera, tales seres podrían haber desarrollado un entendimiento de las leyes naturales que excedan vastamente a las nuestras. Los ateos pueden hacer esas suposiciones, incluso pueden admitir que si existieran brillantes extraterrestres, los contenidos de la Biblia y el Corán serían aun menos impresionantes que lo que son para los humanos ateos.
Desde el punto de vista ateo, las religiones del mundo trivializan completamente la belleza real de la inmensidad del universo. Nadie debe aceptar algo que no tenga suficiente evidencia para aceptar tal observación.
9. Los ateos ignoran el hecho de que la religión es extremadamente beneficiosa para la sociedad.
Aquellos que enfatizan los buenos efectos de la religión parecen nunca percibir que tales efectos fallan en demostrar la verdad de cualquier doctrina religiosa. Es por eso que tenemos términos como “pensamiento deseoso” y “autodecepción”. Hay una profunda diferencia entre un espejismo consolador y la verdad.
En cualquier caso, los buenos efectos de la religión pueden ser discutidos. En la mayoría de los casos, parece que la religión da a la gente malas razones para comportarse bien, cuando hay buenas razones disponibles. Pregúntese a sí mismo qué cosa es más moral, ayudar a los pobres preocupados por su sufrimiento, o hacerlo así porque el creador del universo desea que lo haga, que lo recompensará por hacerlo o lo castigará si así no lo hiciere.
10. El ateísmo no provee bases para la moralidad.
Si una persona aún no comprendió que la crueldad está mal, ciertamente no descubrirá eso leyendo la Biblia o el Corán, esos libros desbordan de crueldad humana y divina.
No obtenemos moralidad de la religión. Nosotros decidimos qué es bueno en nuestros buenos libros recurriendo a las intuiciones morales que (en cierto nivel) están impresos en nosotros y que han sido refinados por miles de años de pensar acerca de las causas y posibilidades de la felicidad humana.
Hemos hecho un considerable progreso moral a través de los años y no lo hicimos leyendo la Biblia o el Corán. Ambos libros condonan la práctica de la esclavitud, mientras todo humano civilizado reconoce que la esclavitud es una abominación. Cualquier cosa que sea buena en un escrito —como la regla dorada— puede ser valorada por su sabiduría ética sin que debamos creer que nos fue traída por el creador del universo.
Hay una organización que considera sabio y padre a un energúmeno que dijo cosas como:
"Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda mujer... No alcanzo a ver qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños."
"Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones."
que considera santo a quien dijo:
"El cristiano se gloría en la muerte de un pagano, porque por ella Cristo mismo es glorificado."
que considera su guía espiritual a un libro en el que se recogen (dictadas por su dios) cosas como:
"Mas quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo hombre, como el hombre es cabeza de la mujer, y Dios lo es de Cristo. Por donde si una mujer no se cubre con un velo la cabeza, que se la rape. Y si es cosa fea a una mujer el cortarse el pelo o raparse, cubra su cabeza. Lo cierto es que no debe el varón cubrir su cabeza, pues el es la imagen y gloria de Dios; mas la mujer es la gloria del varón. Que no fue el hombre formado de la mujer; si no la mujer del hombre; como ni tampoco fue el hombre criado para hembra, sino la hembra para el hombre."
"Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas como lo dice la Ley, y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea."
"... El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador. Que la esposa, pues, se someta en todo a su marido, como la Iglesia se somete a Cristo."
que considera santa a una pobre ignorante fanática que dijo:
"Creo que es muy hermoso que los pobres acepten su carga, que la compartan con la pasión de Cristo. Creo que el mundo está siendo ayudado mucho por el sufrimiento de la gente pobre."
que considera sabio entre sabios al que dijo la majadería:
"En lo que se refiere a la naturaleza del individuo, la mujer es defectuosa y mal nacida, porque el poder activo de la semilla masculina tiende a la producción de un perfecto parecido en el sexo masculino, mientras que la producción de una mujer proviene de una falta del poder activo."
una organización que protege a las niñas manteniendo como profesor de religión a un tipejo que había sido condenado por abusar sexualmente de una joven deficiente, una organización que en EE.UU. sólo en 2008, pagó 300 millones de euros en indeminzaciones a víctimas de curas pederastas, curas que gracias a ese dinero, no han ido a pudrirse a la cárcel.
Bueno, pues esa organización quiere dar clases de ética y moral e imponer sus ideas por encima de nuestros derechos. ¡Ya está bien!

Por qué soy yo un destino
(...)
7
Lo que me separa, lo que me pone aparte de todo el resto de la humanidad es el haber descubierto la moral cristiana. Por eso necesitaba yo una palabra que tuviese el sentido de un reto lanzado a todos. No haber abierto antes los ojos en este asunto representa para mí la más grande suciedad que la humanidad tiene sobre la conciencia, un autoengaño convertido en instinto, una voluntad de no ver, por principio, ningún acontecimiento, ninguna causalidad, ninguna realidad, un fraude in psychologicis [en cuestiones psicológicas] que llega a ser un crimen. La ceguera respecto al cristianismo es el crimen par excellence, el crimen contra la vida. Los milenios, los pueblos, los primeros y los últimos, los filósofos y las mujeres viejas –exceptuados cinco, seis instantes de la historia, yo como séptimo–, todos ellos son, en este punto, dignos unos de otros. El cristiano ha sido hasta ahora el «ser moral», una curiosidad sin igual y en cuanto «ser moral» ha sido más absurdo, más mendaz, más vano, más frívolo, más perjudicial a sí mismo que cuanto podría haber soñado el más grande despreciador de la humanidad. La moral cristiana, la forma más maligna de la voluntad de mentira, la auténtica Circe de la humanidad: lo que la ha corrompido. Lo que a mí me espanta en este espectáculo no es el error en cuanto error, ni la milenaria falta de «buena voluntad», de disciplina, de decencia, de valentía en las cosas del espíritu, manifestada en la historia de aquél: ¡es la falta de naturaleza, es el hecho absolutamente horripilante de que la antinaturaleza misma, considerada como moral, haya recibido los máximos honores y haya estado suspendida sobre la humanidad como ley, como imperativo categórico! ¡Equivocarse hasta ese punto, no como individuo, no como pueblo, sino como humanidad! Que se aprendiese a despreciar los instintos primerísimos de la vida; que se fingiese mentirosamente un «alma», un «espíritu», para arruinar el cuerpo; que se aprendiese a ver una cosa impura en el presupuesto de la vida, en la sexualidad; que se buscase el principio del mal en la más honda necesidad de desarrollarse, en el egoísmo riguroso (¡ya la palabra misma es una calumnia!); que, por el contrario, se viese el valor superior, ¡qué digo!, el valor en sí, en los signos típicos de la decadencia y de la contradicción a los instintos, en lo «desinteresado», en la pérdida del centro de gravedad, en la «despersonalización» y «amor al prójimo» (¡vicio del prójimo!). ¡Cómo! ¿La humanidad misma estaría en décadence? ¿Lo ha estado siempre? Lo que es cierto es que se le han enseñado como valores supremos únicamente valores de décadence. La moral de la renuncia a sí mismo es la moral de decadencia par excellence, el hecho «yo perezco» traducido en el imperativo: «todos vosotros debéis perecer» ¡y no sólo en el imperativo! Esta única moral enseñada hasta ahora, la moral de la renuncia a sí mismo, delata una voluntad de final, niega en su último fundamento la vida. Aquí quedaría abierta la posibilidad de que estuviese degenerada no la humanidad, sino sólo aquella especie parasitaria de hombre, la del sacerdote, que con la moral se ha elevado a sí mismo fraudulentamente a la categoría de determinante del valor de la humanidad, especie de hombre que vio en la moral cristiana su medio para llegar al poder. Y de hecho, ésta es mi visión: los maestros, los guías de la humanidad, todos ellos teólogos, fueron todos ellos también décadents: de ahí la transvaloración de todos los valores en algo hostil a la vida, de ahí la moral. Definición de la moral: moral - la idiosincrasia de décadents, con la intención oculta de vengarse de la vida, y con éxito. Doy mucho valor a esta definición.
8
¿Se me ha entendido? No he dicho aquí ni una palabra que no hubiese dicho hace ya cinco años por boca de Zaratustra. El descubrimiento de la moral cristiana es un acontecimiento que no tiene igual, una verdadera catástrofe. Quien hace luz sobre ella es una force majeure [fuerza mayor], un destino, divide en dos partes la historia de la humanidad. Se vive antes de él, se vive después de él. El rayo de la verdad cayó precisamente sobre lo que más alto se encontraba hasta ahora: quien entiende qué es lo que aquí ha sido aniquilado examine si todavía le queda algo en las manos. Todo lo que hasta ahora se llamó «verdad» ha sido reconocido como la forma más nociva, más pérfida, más subterránea de la mentira; el sagrado pretexto de «mejorar» a la humanidad, reconocido como el ardid para chupar la sangre a la vida misma, para volverla anémica. Moral como vampirismo. Quien descubre la moral ha descubierto también el no-valor de todos los valores en que se cree o se ha creído; no ve ya algo venerable en los tipos de hombre más venerados e incluso proclamados santos, ve en ellos la más fatal especie de engendros, fatales porque han fascinado. ¡El concepto «Dios», inventado como concepto antitético de la vida en ese concepto, concentrado en horrorosa unidad todo lo nocivo, envenenador, difamador, la entera hostilidad a muerte contra la vida! ¡El concepto «más allá», «mundo verdadero», inventado para desvalorizar el único mundo que existe para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ninguna tarea! ¡El concepto «alma», «espíritu», y por fin incluso «alma inmortal», inventado para despreciar el cuerpo, para hacerlo enfermar –hacerlo «santo»–, para contraponer una ligereza horripilante a todas las cosas que merecen seriedad en la vida, a las cuestiones de alimentación, vivienda, dieta espiritual, tratamiento de los enfermos, limpieza, clima! ¡En lugar de la salud, la «salvación del alma» es decir, una folie circulaire [locura circular] entre convulsiones de penitencia e histerias de redención! ¡El concepto «pecado», inventado, juntamente con el correspondiente instrumento de tortura, el concepto «voluntad libre», para extraviar los instintos, para convertir en una segunda naturaleza la desconfianza frente a ellos! ¡En el concepto de «desinteresado», de «negador de sí mismo», el auténtico indicio de décadence, el quedar seducido por lo nocivo, el ser incapaz ya de encontrar el propio provecho, la destrucción de sí mismo, convertidos en el signo del valor en cuanto tal, en el «deber», en la «santidad», en lo «divino» del hombre! Finalmente –es lo más horrible– en el concepto de hombre bueno, la defensa de todo lo débil, enfermo, mal constituido, sufriente a causa de sí mismo, de todo aquello que debe perecer, invertida la ley de la selección, convertida en un ideal la contradicción del hombre orgulloso y bien constituido, del que dice sí, del que está seguro del futuro, del que garantiza el futuro hombre que ahora es llamado el malvado. ¡Y todo esto fue creído como moral !Écrasez Pinfáme! [Aplastad al infame].
Diálogos entre un cura y un moribundo
El cura: Llegado a este instante fatal, en que el velo de la ilusión no se desgarra mas que para dejar ver al hombre seducido el cuadro cruel de sus errores y vicios ¿no te arrepientes enteramente, hijo mío, de los múltiples trastornos que te han provocado la debilidad y la fragilidad humanas?
El moribundo: Si, amigo mío, me arrepiento.
El cura: Pues bien, aprovecha estos felices remordimientos para obtener del cielo, en el pequeño intervalo que te queda, la absolución total de tus faltas y piensa que sólo mediante el santísimo sacramento de la penitencia te será posible obtenerla del Padre Eterno.
El moribundo: No te entiendo más de lo que tú no me has comprendido.
El cura: ¡Qué!
El moribundo: Te he dicho que me arrepentía.
El cura: Lo he oído.
El moribundo: Si, pero sin comprenderlo.
El cura: ¿Qué interpretación?...
El moribundo: Hela aquí... Creado por la naturaleza con gustos muy vivos, con pasiones muy fuertes; emplazado en este mundo únicamente para entregarme a ellos y satisfacerlos, y estos efectos de mi creación no siendo mas que necesidades relativas a las primeras intenciones de la naturaleza, o si lo prefieres, derivaciones esenciales a sus proyectos para mí, todos en razón de sus leyes, solo me arrepiento de no haberme apercibido de todo su poder y mis únicos remordimientos recaen solo sobre el mediocre uso que hice de las facultades (criminales según tú, muy sencillas según yo) que ella me había regalado para servirla; algunas veces me resistí a hacerlo, me arrepiento. Cegado por el absurdo de tus sistemas, he combatido por ellos toda la violencia de los deseos que había recibido por una inspiración bastante más divina, y me arrepiento, solo he cosechado flores cuando podía haber recolectado grandes frutos... He aquí los motivos reales de mis remordimientos, apréciame lo suficiente como para no suponerme otros.
El cura: ¡A dónde te llevan tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Otorgas a la creación todo el poder del creador y esa desgraciada predisposición te ha perdido, no ves más que lo que en realidad son los efectos de esa naturaleza corrupta a la que atribuyes el ser omnipotente.
El moribundo: Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Querría que razonases mejor o que me dejases morir en paz. ¿Qué entiendes por creador y qué entiendes por naturaleza corrupta?
El cura: El Creador es el Señor del universo, es quien lo ha hecho todo, creado todo, y quien lo conserva por el simple hecho de su omnipotencia.
El moribundo: He ahí un gran hombre, seguramente. Y bien, dime por qué este hombre, que es tan poderoso, ha por tanto hecho según tu una naturaleza tan corrupta.
El cura: ¿Qué mérito tendría el hombre, si Dios no le hubiera dejado el libre albedrío, y qué gozo habría merecido si sobre la tierra no hubiera tenido la posibilidad de hacer el bien y evitar el mal?
El moribundo: ¿Así que tu dios ha querido hacerlo todo defectuoso para tentar o poner a prueba a su criatura? ¿Acaso no la conocía? ¿Acaso albergaba dudas sobre el resultado?
El cura: Sin duda la conocía, pero aun así quería dejarle el mérito de la elección.
El moribundo: ¿Por qué buen propósito? Puesto que él ya sabía el partido que ella tomaría y que sólo le tenía a él, ya que le dices omnipotente, que sólo debía rendir cuentas ante sí mismo, digo yo, que le haría tomar el buen camino.
El cura: ¿Quién puede comprender las perspectivas inmensas e infinitas que tiene Dios puestas sobre el hombre y quién puede comprender todo lo que nosotros vemos?
El moribundo: Aquél que simplifica las cosas, amigo mío, aquél que sobre todo no multiplica las causas, para mejor embrollar los efectos. ¿Acaso necesitas una segunda dificultad cuando ni eres capaz de explicar la primera, y desde que es posible que la naturaleza haya podido hacer ella sola todo eso que atribuyes a tu dios, para que quieres buscar un señor? La causa de lo que no comprendes es quizás la cosa más simple del mundo. Perfecciona tu psique y comprenderás mejor la naturaleza, depura tu razón, expulsa tus prejuicios y no necesitarás mas a tu dios.
El cura: ¡Desgraciado! Yo que te creía solo sociniano - tenía armas para combatirte, pero ya veo que eres ateo y que tu corazón rehusa las pruebas que recibimos cada día de la existencia del Creador- no tengo nada más que decirte. No se da luz a un ciego.
El moribundo: Amigo mío, convendrás en algo, de dos, lo es más aquél que se pone una venda sobre los ojos que el que se la arranca. Tu construyes, inventas, multiplicas, yo suprimo, simplifico. Tu acumulas error sobre error, yo los combato todos. ¿Cuál de nosotros es el ciego?
El cura: ¿No crees entonces en Dios?
El moribundo: No. Y por una razón bien simple, y es que resulta completamente imposible creer lo que no se comprende. Entre la comprensión y la fe, debe existir una correspondencia; si la comprensión no actúa, la fe está muerta, y aquellos que pretenden tenerla, la imponen. Te desafío a creer en el dios que me predicas - por que tu no sabrías demostrármelo, por que no está e ti el poder de definírmelo y en consecuencia no lo comprendes- y desde que tú no lo comprendes, no puedes proporcionarme ningún argumento razonable, por tanto todo lo que está por encima de los limites del espíritu humano es o una quimera o una inutilidad; tu dios no puede ser si no una de las dos cosas, en el primer caso yo sería un loco si creyera, en el segundo un imbécil.
Amigo mío demuéstrame la inercia de la materia y yo te concederé al creador, pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma y te permitiré suponerle un señor; hasta entonces no esperes nada de mí, solo me rindo ante la evidencia, y solo la recibo de mis sentidos; allí donde no llegan mi fe queda sin fuerza. Creo en el sol por que lo veo, lo conozco como el centro de reunión de toda la materia inflamable de la naturaleza, su movimiento periódico me complace sin asombrarme. Es una cuestión de física quizás tan simple como la electricidad, pero que no podemos aun comprender. ¿Qué necesidad tengo de ir mas lejos, cuando tu me hayas bosquejado a tu dios por encima de esto, habré avanzado y no necesitare más esfuerzo para comprender al obrero que para definir la obra?
Por lo tanto, no me has rendido ningún servicio edificando tu quimera, has turbado mi espíritu, pero no lo has esclarecido y no te debo mas que odio en lugar de reconocimiento. Tu dios es una maquina que has fabricado para servir a tus pasiones, la has hecho moverse a tu antojo, pero desde que perjudica los míos acepta que la haya derribado, y en el momento en que mi débil alma necesita calma y filosofía, no vengas a horrorizarla con tus sofismas, que la asustarían sin convencerla, que la irritarían sin mejorarla; ella es, amigo mío, esta alma, lo que ha querido la naturaleza que fuera, es decir el resultado de los órganos con que ella quiso formarme, en vista de sus perspectivas y necesidades; y como ella tiene la misma necesidad de vicios y de virtudes, cuando ha preferido llevarme hacia los primeros, me ha inspirado los deseos y yo he cedido a ellos. No busques más que sus leyes como única causa a nuestra inconsecuencia humana, y no busques en sus leyes otros principios que su voluntad y su necesidad.
El cura: Así pues todo es necesario en el mundo.
El moribundo: Desde luego.
El cura: Pero si todo es necesario, todo esta pues regulado.
El moribundo: ¿Quién ha dicho lo contrario?
El cura: ¿Y quién puede regularlo todo tal y como está si no una mano omnipotente y omnisciente?
El moribundo: ¿Acaso no es necesario que la pólvora se inflame cuando le prendemos fuego?
El cura: Sí.
El moribundo: ¿Y que sabiduría encuentras en ello?
El cura: Ninguna.
El moribundo: Es posible entonces que hayan cosas necesarias sin sabiduría y por consecuencia que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni sabiduría en esta primera causa.
El cura: ¿adónde quieres llegar?
El moribundo: A que todo puede ser lo que ves, sin ninguna causa sabia y razonable que lo conduzca, y que los efectos naturales han de tener una causa natural, sin que haya necesidad de suponerles causas antinaturales, tal como seria tu dios en sí mismo, así que como ya he dicho, tu dios necesitaría una explicación y no suministra ninguna; en consecuencia y dado que tu dios no sirve para nada, es perfectamente inútil; pese a su gran apariencia, lo que es inútil es nulo y todo lo que es nulo es nada; por tanto para convencerme de que tu dios es una quimera, no necesito ningún otro razonamiento que el que me proporciona la certeza de su inutilidad.
El cura: Sobre esa base me parece innecesario hablarte sobre religión.
El moribundo: ¿Por que no? Nada me divierte tanto como comprobar los excesos y hasta qué punto los hombres han podido llevar el fanatismo y la imbecilidad. Son un tipo de desviaciones tan prodigiosas, que el cuadro me parece, pese a lo horrible, aún interesante. Contéstame con franqueza y sobre todo sin egoísmo. Si yo estuviera tan débil como para dejarme sorprender por tus ridículos planes sobre la existencia fabulosa de un ser que me haga la religión necesaria ¿de qué manera me aconsejarías que le rindiese culto? ¿Preferirías que adoptara los sueños de Confucio, mas que los absurdos de Brahma? ¿Adoraría la gran serpiente de los negros, la estrella de los Peruanos o el dios de las armadas de Moisés? ¿A cual de las sectas de Mahoma querrías que me rindiese, o que herejía de los cristianos seria según tu preferible? Ten cuidado con tu respuesta.
El cura: ¿Podría ser dudosa?
El moribundo: Entonces es egoísta.
El cura: No, es por amarte tanto que te aconsejo lo que creo.
El moribundo: Y es amarnos bien poco los dos estar escuchando semejantes errores.
El cura: ¿Y quién puede permanecer ciego ante los milagros de nuestro divino redentor?
El moribundo: Aquél que no ve en él más que al más vulgar de los tramposos, al más necio de los impostores.
El cura: ¡Oh Dios, lo escuchas y no truenas!
El moribundo: No, amigo mío, todo esta en calma, por que tu dios, sea omnipotente, sea razón, sea todo lo que quieras, en un ser que solo admito un momento por condescendencia hacia ti, o si lo prefieres, para prestarme a tus pequeñas visiones, por que este dios, digo, si existe como tu tienes la locura de creer, no pudo haber, para convencernos, tomado medidas mas ridículas que las que tu Jesús implica.
El cura: ¿Cómo, las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas?
El moribundo: ¿Cómo quieres en buena lógica que yo pueda recibir como pruebas lo que se necesita a sí mismo? Para que la profecía se convierta en prueba, haría falta que yo tuviese la completa certeza de que ha sido formulada; si está consignada en la historia, no puede haber para mi otra fuerza que todos los demás hechos históricos, de los que tres cuartas partes son dudosos. Si a eso sumamos la conjetura más que verosímil de que no me han llegado transmitidos mas que por historiadores interesados, estaría como ves en todo mi derecho de dudarlo. ¿Quién me asegurará además que esta profecía no ha sido el resultado de la combinación de la más simple política, como aquella que ve en un reino feliz un rey justo, o las heladas en invierno? ¿Y si es así, como quieres que la profecía, teniendo tal necesidad de ser probada en si misma, pueda convertirse en prueba?
A la vista de tus milagros, no me siento en desventaja. Todos los tramposos han hecho milagros, y todos los tontos han creído en ellos; para persuadirme de la veracidad de un milagro, haría falta que yo estuviera seguro de que el acontecimiento que llamas así fuese completamente contrario a las leyes de la naturaleza, ya que solo lo que esta fuera de ella podría pasar por un milagro, ¿Y quién la conoce lo suficiente como para poder afirmar que ese es precisamente el caso? Solo hacen falta dos cosas para acreditar un pretendido milagro, un prestidigitador y unas mujercitas. Va, no busques otros orígenes a los tuyos, todos los nuevos sectarios han hecho milagros, y lo que es aun más curioso, todos han encontrado imbéciles que les han creído. Tu Jesús no hizo nada más especial que Apolonio de Tiana, y nadie ha pretendido tomar a este último por un dios; en cuanto a tus mártires, éste es sin duda el más débil de tus argumentos. Solo son necesarios entusiasmo y resistencia para hacer un mártir, en tanto que la causa opuesta me ofrecerá igual cantidad de mártires que la tuya, jamas estaré suficientemente autorizado para creer a una mejor que la otra, pero bien preparado por el contrario para suponerlas ambas lastimosas.
¡Ah! Amigo mío, si fuese cierto que el dios que predicas existiera, ¿Necesitaría milagros, mártires y profetas para establecer su imperio, y si, como tu dices, el corazón del hombre fuera obra suya, no sería el santuario que habría elegido para su ley? Esta ley igualitaria ya que habría emanado de un dios justo, se encontraría de esa manera irresistiblemente grabada en todos, de un extremo al otro del universo, todos los hombres se parecerían por este órgano delicado y sensible, se parecerían también por el homenaje que rendirían a dios desde que lo tuvieran, tendrían todos una misma manera de amarlo, tendrían todos la misma manera de adorarlo o de servirlo y les resultaría imposible no reconocerlo y resistirse a su pensamiento y su culto. ¿Qué veo en cambio en el universo, tantos dioses como países, tantas maneras de servir a esos dioses como diferentes cabezas o diferentes maneras de imaginar, y esta variedad de opiniones en la que me es físicamente imposible de elegir sería, según tú, la obra de un dios justo?
Vamos, con tus prédicas ultrajas a tu dios presentándomelo así, déjame negarlo sin embargo, ya que si existe, lo ultrajo bastante menos con mi incredulidad que tu con tus blasfemias. Recupera la razón, predicador, tu Jesús no vale más que Mahoma, Mahoma más que Moises, y ninguno de los trés más que Confucio quien, a pesar de ello, dicta algunos buenos principios mientras que los otros tres disparatan. En general todas estas gentes no son mas que impostores, de los que el filosofo se burla, que la chusma ha creído y que la justicia hubiera debido arrestar.
El cura: Ay, desgraciadamente lo hizo en demasía con uno de los cuatro.
El moribundo: Era él quien más lo merecía. Era sedicioso, turbulento, calumniador, iracundo, libertino, un mal farsante y un malvado peligroso, poseía la cualidad de convencer al pueblo y eso le convertía por consecuencia en castigable en un reino en el estado en que se encontraba entonces el de Jerusalén. Fue muy sabio al deshacerse de él y es quizás el solo caso en que mis máximas, extremadamente suaves y tolerantes por cierto, pueden admitir la severidad de Temis. Justifico todos los errores, excepto aquellos que pueden resultar peligrosos bajo el gobierno en que se vive. Los reyes y sus majestades son las únicas cosas que me imponen, las únicas que respeto, y quién no ama a su país y a su rey no es digno de vivir.
El cura: En fin, ¿admitís que existe algo después de esta vida? Es imposible que vuestro espíritu no se haya complacido alguna vez en atravesar las tinieblas del destino que nos espera, y ¿qué sistema podría haber mejor que una multitud de penas para aquel que vivió mal y una eternidad de recompensas para aquel que vivió bien?
El moribundo: ¿Qué? Amigo mío, sólo la nada; Nunca me ha espantado y solo veo consuelo y felicidad. Todas las demás posibilidades son obra del orgullo, solo ésta es obra de la razón. Por otra parte no es horroroso ni absoluto, es nada. ¿No tengo bajo mis ojos el ejemplo de generaciones y regeneraciones perpetuas de la naturaleza? Nada perece, amigo mío, nada se destruye en el mundo, hoy hombre, mañana gusano, pasado mañana mosca, ¿no es siempre existir? Y ¿por qué quieres que sea recompensado por virtudes sobre las que no tengo ningún mérito, o castigado por crímenes de los que no he sido el maestro? ¿Puedes encontrar la bondad en tu presunto dios con este sistema? ¿Y puede él haber querido crearme para darse el placer de castigarme? ¿Y esto solo en consecuencia de una elección de la que no he sido dueño?
El cura: Lo sois.
El moribundo: Sí, según tus prejuicios; pero la razón los destruye y el sistema de libertades del hombre solo fue inventado para fabricar el de la gracia que es tan favorable a tus sueños. ¿Qué hombre en este mundo, viendo el patíbulo al lado del crimen, lo cometería si fuera libre de no hacerlo? Nos vemos arrastrados por una fuerza irresistible, y ni por un instante dueños de mas poder que el de determinar hacia que lado se inclina. No hay ni una sola virtud que no le sea necesaria a la naturaleza y de la misma manera, tampoco un crimen que no necesite, y es en un perfecto equilibrio en que mantiene los unos y las otras, en eso consiste toda su ciencia, ¿Pero podemos nosotros considerarnos culpables del lado hacia el que nos arroja? No más de lo que lo es la avispa cuando clava su aguijón en tu piel.
El cura: ¿Así pues, el mayor de los crímenes no debe inspirarnos ningún temor?
El moribundo: No es eso lo que digo, basta que la ley condene, y que la espada de la justicia castigue, para que deba inspirarnos terror y desistir, pero, una vez desgraciadamente cometidos, hay que saber tomar partido, y no librarse a estériles remordimientos; su efecto es vano, ya que no pueden preservarnos, nulo, ya que no lo reparan. Es absurdo pues abandonarse a ellos y más absurdo aun temer ser castigados en el otro mundo si somos ya bastante felices de haber escapado en éste. A dios no le complace que yo vaya por ahí alentando el crimen, hay seguramente que evitarlo en lo posible, pero es usando la razón que hay que saber rehuirlo, y no por falsas creencias que no conducen a nada y con las que el efecto es tan pronto destruido en un alma poco firme. La razón- amigo mío, sí, sólo la razón debe advertirnos de que perjudicar a nuestros semejantes no puede hacernos felices, y que nuestro corazón, si contribuimos a su felicidad, es lo más grande que la naturaleza nos ha podido conceder sobre la tierra; toda la moral humana esta encerrada en estas palabras: hacer a los demás tan felices como deseamos serlo nosotros y no hacerles jamas más mal del que querríamos recibir.
Estos son los únicos principios que deberíamos seguir y ya no tendríamos necesidad ni de religión, ni de dios para convencernos y admitirlo, solo es necesario un buen corazón. Pero, siento que me debilito predicando, vence tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin remordimientos ni esperanzas, deja aquí tus dioses y tus religiones; todo eso solo sirve para poner espadas en manos de los hombres, y el solo nombre de esos horrores ha hecho derramar mas sangre sobre la tierra, que todas las otras guerras y atentados a la fe. Renuncia a la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y realizarte en este. He aquí la única manera en que la naturaleza te ofrece doblar tu existencia o esperarla. Amigo mío, la voluptuosidad fue siempre el mas querido de mis bienes, la he lisonjeado toda mi vida, y he querido terminar en sus brazos: mi final se acerca, seis mujeres, más bellas que el día, aguardan en aquel gabinete, las reservaba para este momento, toma tu parte, intenta olvidar sobre sus senos, siguiendo mi ejemplo, todos los vanos sofismas de la superstición, y todos los estúpidos errores de la hipocresía.
El moribundo llama, las mujeres entran y el cura se convierte entre sus brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrupta.
Hay quien ha visto el vídeo y dice que el señor que habla ha bebido. Yo dudo entre la bebida, pegamento esnifado de mala calidad, lametones a la piel de algunos sapos o algún tipo de seta tóxica.
La verdad, prefiero ser una atea necia que una creyente tan razonable como este buen señor.
Soy atea. Sí, eso es cierto, pero no soy atea el cien por cien del tiempo. En ocasiones me convierto en creyente y, cuando se me pregunta, reconozco que practico una religión, el pastafarismo.
Los creyentes en las religiones clásicas me comentan de lo absurdo de mi creencia ¿cómo alguien inteligente -gracias, gracias- y con estudios puede creer en semejante memez? Es cierto, tienen razón. Eso me hace pensar. Gracias a cadenapeco he encontrado algo que me ha hecho reflexionar y convencerme de lo estúpido de creer en un dios con forma de espagueti.
Como digo en el título de la entrada, tras ver el vídeo, casi mejor que soy atea.
Este documental fue nominado a los Oscar en 2006.
El documental se centra en las vivencias de unos niños evangelistas (pentecostales). Empieza en los meses previos al campamento, con los primeros contactos, luego con la educación que les dan los padres, el campamento, los misas evangelistas, los viajes a los centros de poder del país.
Está basado en las experiencias de tres niños, Levi de 12 años, Tory de 10 y Rachael de 9, que asisten a un campamento de verano llamado "Kids on Fire" en el estado de Dakota, las directoras del documental, Heidi Ewing y Rachel Grady, muestran la misión de la pastora Becky Fischer: enseñar a los niños a temprana edad a abrazar el cristianismo a través de programas intensos de instrucción evangélica, en los que se les enseña cosas como "Los hechiceros son enemigos de Dios. Si Harry Potter hubiera aparecido en la Biblia, habría sido condenado a muerte".
¿Montaje? No lo parece. Los evangelistas españoles en su web (www.protestante digital.com), web patrocinada por la Alianza Evangélica Española, reconocen la autenticidad de lo que se ve en el documental y se desmarcan claramente. Menos mal.
La verdad es que el documental es una auténtica película de terror, con sus monstruos y todo.
Podríamos pensar que esto nos coge lejos y que es cosa de fundamentalistas norteamericanos. Cualquiera que vea las manifestaciones que los siervos del Vaticano han organizado contra "Educación para la ciudadanía" apreciará con horror que no, que los hechos de la película no nos cogen tan lejos. Cómo no, también aparece la hipocresía moral reinante. Ted Haggard, uno de los predicadores que aparecen en el documental, conocido en EE.UU. por su discurso homófobo, se vio envuelto, poco después de la aparición del documental, en un escándalo de prostitución homosexual.
Lo dicho, una película de terror psicológico que supera cualquier ficción.
El documental está dividido en 12 partes y es la versión original con subtítulos en castellano. Quien quiera verlo de un tirón puede hacer una búsqueda en google, es fácil obtener la película completa de servidores tipo rapidshare o megaupload.
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Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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