Este relato se encuentra recogido en el volumen "Tertulia de boticas prodigiosas y Escuela de curanderos" de 1976, aunque "Escuela de curanderos" (Escola de Menciñeiros) ya había sido publicado en gallego en 1960.
Aunque la pócima más notoria de la botica de la Tabla Redonda sea el famoso «bálsamo de Fierabrás» —probablemente preparado por última vez por don Quijote en La Mancha natal y de sus primeras aventuras—, en los anaqueles de Camelot estaban a disposición de los paladines diversas panaceas, las más con su punta de magia, y traídas a la corte del rey Arturo cuando Alejandro, hijo mayor del emperador de Constantinopla, viajó a Gran Bretaña a aprender allí caballerías. Todas estas medicinas tenían por objeto la rápida curación y cicatrización, sin dejar apenas huella, de las grandes heridas de los nobles guerreros, lo que era también la misión del «bálsamo de Fierabrás». De Armórica procedían las «hierbas del tiempo», aquellas que concedían a los paladines, tomadas en infusión sus virtudes, prolongar el día o la noche. Así Bohort podía cabalgar por una selva durante veinticuatro horas sin que el sol se pusiese, o Galván hacer durar la noche sin luna durante
otras veinticuatro. Un mundo de luz o de sombra se hacía alrededor del caballero, pero Lanzarote, Percival, Galahad, rechazaron ese truco, así como la llamada «agua de disminución», la cual agua, un compuesto de perla índica molida y de diente de lobo en polvo, hacía que el que la tomase, saliendo contra el dragón, viese a este del tamaño de un perrillo de lanas y se fuese a alancearlo en el entrecejo o bajo la lengua sin temor alguno. Sir Galahad y sir Percival irían contra el dragón como Jorge de Capadocia, viéndolo en su tamaño natural de colmillo y de garras. Si se lograba que el dragón bebiese de esta agua, dejándosela teñida de sangre a la puerta de su cueva —teñido que se lograba haciendo que sangrasen en ella, de sus narices, unas docenas de siervos—, surtía en la bestia el efecto contrario, viendo al que venía a darle muerte como un terrible gigante, una montaña vestida de armadura. Pero todo esto eran mañas de profesionales de la matanza del dragón, que no obra de los ilustres señores de la Tabla.Se ha discutido mucho el porqué de la existencia en la botica de Camelot de muchos medicamentos procedentes de Bizancio, y creo haber sido el primero en haber encontrado la razón en la narración de Chrétien de Troyes titulada Cligés. Les contaré, abreviando. Un Alejandro bizantino, príncipe imperial, se enamoró de Soredamors, hermana del caballero Galván, cuyo nombre se traduce por Rubia de los Amores. Tras la conquista de Vindilisora, que es Windsor, Alejandro va a la tienda de la reina Ginebra, donde está Soredamors, y la reina adivina que los dos se aman y no se atreven a decírselo. La reina, que ya por entonces coronaba a su marido con el buen caballero Lanzarote del Lago, sirve de celestina, echa a la una en brazos del otro, y los casa. Catorce meses más tarde —los primogénitos de los días artúricos nacen todos a los catorce meses, exceptuado Amadís de Gaula, porque en los cinco primeros meses de matrimonio hay platónica continencia—, nace Cligés.
Un mayo, Alejandro y Soredamors salen de Bretaña para Constantinopla, y se encuentran al llegar allá que el viejo emperador ha muerto, y reina Alexis, hermano de Alejandro. Alejandro le deja el trono a Alexis a condición de que no se case y herede el trono su hijo Cligés. A los pocos días muere, una semana después, la dulce Soredamors. Cligés queda en orfandad, y su tío Alexis olvida la palabra dada y quiere casarse con Fenicia, hija del emperador de Alemania, de trece años de edad. Llega Fenicia a Bizancio, ve a Cligés, tiene quince años y tiene una pluma en la gorra, y se enamora de él, y Cligés le corresponde. Fenicia se confía a su ama, Thessala, experta en magia, a la que dice que no quiere conducirse como Isolda. El solo pensamiento de pertenecer a dos hombres la subleva:
—Je n’i avra deus parcenters. Qui a le cuer, si ait le corps!... (Ya no tendré dos poseedores. ¡Quién tenga el alma que tenga también el cuerpo!).
La niña estaba muy bien educada. Thessala acepta servir a su ama. En primer lugar le da al emperador, en el banquete nupcial, un filtro, en virtud del cual Alexis cree gozar de Fenicia, cuando la verdad es que está sumido en profundo sueño, y lo que abraza es una sombra. Segunda parte: como Fenicia no quiere huir con Cligés, y quiere que, mientras el emperador sueña que la goza, ella goce a su enamorado, Thessala prepara un brevaje, que será famoso como «agua de la falsa muerte». Fenicia lo bebe, y pese a que la pinchan, sangran, emplastan todos los médicos de Bizancio y unos de Salerno que estaban de paso, la emperatriz aparece muerta, y hay que enterrarla. Todos lloran a la adorada niña. Pero, a la noche, va Cligés a buscarla a su tumba, y la lleva a un palacio secreto donde Fenicia resucita. ¡Ay, qué dulces amores! Cantan los ruiseñores en el jardín y abriga sus caricias un árbol florido. Pero un día, un cazador al que se le ha perdido un azor entra en el jardín y descubre a la pareja boca con boca. Lo cuenta al emperador, este monta a caballo, pero cuando llega al palacio secreto, Cligés y Fenicia, en virtud de una pócima de Thessala, vuelan hasta Bretaña en el medio de una tribu de golondrinas. Pues bien, será Thessala quien durante la estancia de Cligés y Fenicia en Camelot llenará con sus filtros, aguas y pastas los anaqueles de la botica de la Tabla.
Pero lo que dice la novela de Chrétien de Troyes de las magias médicas de Thessala se irá transformando en realidad conforme pase el tiempo. El agua que hace soñar que se goza en cama blanda aparecerá en algunos fabliaux franceses, y en la historia de una doncella de Colonia a la que casan a la fuerza, pero ella quiere ir virgen a un convento, como sierva de María. El agua de la falsa muerte parecerá en los días de los últimos Capetos de Francia, los rois maudits, por el último gran maestre del Temple. Su tía Mahaut d’Artois lo usará para sus envenenamientos, porque parece la muerte natural, no deja manchas en la piel, y el envenenado, enterrado solemnemente, muere de asfixia, hambre y sed y frío en su sepultura. Crimen perfecto. El agua de la fausse mort volverá a verse en el Cuatrocientos de Italia, y será la pócima que use Julieta para librarse de la boda con Paris y esperar segura el regreso de Romeo. (Shakespeare, acto IV, escena III: Come, vial! What is this mixture do not work at all? «¡Ven, frasco! ¿Y si esta mixtura no hiciese su obra?»).
Pero la hizo, y para mal de Romeo y para mal de Julieta.
Píldoras para poder escuchar pájaros cantar cuando se es sordo, pomada que permite tocar con la mano diestra el hierro al rojo vivo, la piedra negra que corta la hemorragia, la piedra azul que permite respirar bajo el agua, el elixir una de cuyas gotas en sus ojos permitirá al caballero ver todo lo que sucede en la selva de Brocelandia siete leguas alrededor de él. Todo esto lo dejó Thessala en Camelot, en la botica de la Tabla Redonda, y el gran antídoto arábigo contra el veneno de las horribles serpientes y contra las fiebres de los pantanos donde se baña el dragón. En un cuento de Dino Buzzati, un cazador de dragones, que respira el vaho que sale de la boca de la bestia, muere a poco, los pulmones quemados; pero para los de la Tabla, que mastican un compuesto de mandrágora y sangre de cordero nonnato, respirar el aliento del dragón es como respirar aire puro y fresco, en las mañanas de mayo, en los claros de la selva de Brocelandia y en las verdes colinas de Bretaña.
Aparte Thessala, hubo en la botica de Camelot todo lo que Merlín, el gran mago, inventó a lo largo de su vida. Medía agua que no se veía y pesaba polvos invisibles.
I
- ¡Ah de la barca!Caía agua a Dios dar. En la orilla opuesta se veía un viajero, jinete en un jaco que me pareció en demasía nervioso. Venía el río crecido y costaba lo suyo mantener la barca fuera de los remolinos de la Salgueira. Cuando atraqué, sudaba. El jinete no dio señales de apearse cuando salté a tierra. Parecía como si quisiera entrar cabalgando en la chalana. Gastaba capa de cuatremuz, y la ancha ala del sombrero, amolecida por la lluvia, le caía sobre la frente. Miraba con extraña atención el río y la orilla izquierda.
- Habrá de apearse y ayudarme a entrar la bestia -le dije.
- ¿Este es el paso de la Salgueira? -preguntó.
Tenía la voz ronca, y recuerdo que me miró con unos ojos que parecían llevar claridad de fiebre, aunque después vi que no, que eran ellos por sí como luces.
- El mismo. Ese es el puente viejo -díjele.
Se apeó. Me sorprendió su alta estatura. Sin trabajo metió el caballo en la barca.
- ¡Vamos! ¡De prisa!
Me puse a la pértiga. El caballo, cuando empecé a navegar, se inquietó. El hombre, de pie a su lado, lo refrenaba con mano dura.
- ¡Se oyen otra vez los canes! -murmuró.
Y miraba hacia el río, hacia el puente viejo, como buscando algo que sin duda lo aterraba.
Sin novedad llegamos a la orilla de Pacios, y atraqué más abajo del padrón, porque el río llevaba mucha agua y el caballo no podía brincar. Me pagó el viajero con tres monedas, que le agradecí, que pocos pasan tan generosos.
Amarré fuerte, y porque me lo pidió lo guié a la posada de Cruz. Arrendó el caballo en el cobertizo y entró en la taberna. Parecía como hombre que husmea peligro. Sin decir palabra ni quitarse la capa de cuatremuz, que regaba el suelo de tan calada que estaba, se acercó a la ventana y miró si venía gente por el camino de Candás, y aun torció la cabeza poniendo el oído, digo yo que para ver si se oían los perros que le espantaban el jaco.
Le ayudé a quitarse capa y sombrero, que colgué al amor del fuego para que se enjugaran, y se sentó entre la puerta y la escalera, al pie del reloj.
Ya dije que era muy alto. Ahora he de decir que era muy hermoso mancebo. Tenía el cabello dorado y tan largo como no se ha visto pelo de hombre en el país. Los ojos eran claros y ardía en ellos una luz extraña, húmeda y amorosa. Lo que más me cautivó, con toda su galanura, fueron sus manos, blancas, largas y cuidadas. Con ellas cubrió por unos instantes el rostro cuando Juan de Cruz se le acercó, preguntándole si le servía algo caliente, que la tarde lo pedía; las separó lentamente de la cara y pudimos ver lágrimas de sus ojos rodar por sus mejillas. Bebió un vasito de aguardiente a pequeños sorbos. Las campanadas de las cinco en el reloj lo sobresaltaron. Yo no hacía otra cosa que mirarlo y me sentía encantar por él como la sierpe por la flauta. De buena gana escucharía su secreto, porque sin duda grande y temeroso lo llevaba en el corazón. La hija de Juan, Madanela, la que ahogó en Fondan, se sentó en la escalera a desgranar una cesta de mazorcas. También ella, como yo, se dejaba encantar. Por veces, él levantaba la cabeza para mirarla y hasta paréceme que le sonrió con divina dulzura. Con sus manos pálidas desenredó la cabellera dorada, que le llegaba, ondulada hasta los hombros. Sospechaba yo que sus finos labios temblaban. Anochecía y la lluvia seguía cayendo fría y gruesa.
- ¿Tendréis cama por esta noche? -preguntó a Juan de Cruz.
- Mala noche para caminantes -respondió Juan- El río no cesa de medrar. Dicen que hay lobos en el Pontigo. Pláceme que os quedéis, tanto por vos como por el gasto.
Mientras Juan fue a guardar el jaco y echarle pienso, pensé que para seguir una conversación con el desconocido sería bueno invitarle a otro chope de aguardiente. Además, que viendo a Madanela moverse con aquel genio que tenía y con aquel donaire, aquella sonrisa y los brazos blancos y torneados, no dudé que se contentaría. Agradeció mi invitación y Madanela dejó el maíz para bajar a escanciar a él aguardiente y a mí ribeiro, que yo por complexión caliente soy dado al vino tinto. Madanela se quedó a mi lado, apoyando en mis hombros, como muchas veces solía, sus manos regordetas.
- Gustar, gustaríame el oficio de barquero -dijo-. En mi país es oficio de rey.
- ¿De dónde sois? -preguntó Madanela ruborizándose.
- De lejos, más allá de cien días de caballo -respondió-. Si queréis oír mí historia habéis de atrancar la puerta, y vos -dijo dirigiéndose a mí- habéis de amarrar la barca por esta noche.
- Dadla por amarrada. ¡Nadie del país pasará por aquí con semejante temporal!
- No temo la gente del país -dijo con tristeza en la voz.
- ¿Teméis los canes que espantaban vuestro caballo? -Ese es el final de la historia.
Sin duda aquel mozo llevaba un gran secreto con él. Entró Juan y atrancó. Madanela avivó el fuego y volvió a su tarea a la escalera. Sólo se oía la lluvia, el chispar de la hoguera y el graznido del maíz. Entonces el desconocido, mirando delante de él sin ver, mirando quizás a sus sueños quizás a sus recuerdos, comenzó la historia.
II
- Soy mensajero de un señor, casi un rey que vive más allá en los mares, en un huerto que corren tres ríos de agua mansa y donde florecen seis clases de palmeras y limoneros y naranjos. Se llama mi país Narahio. M amo es un gran caballero, viudo de una dama llamada doña Beatríz, que era una señora de mucho ver, con el pelo tejido de oro y perlas y una carne de cristalería; toda ella era como una estatua de vidrio, frágil y transparente. Os miraba y os encendía el alma con la luz de sus ojos. Mí señor la conoció en Italia, en la tienda de un orfebre, que la guardaba dormida en una caja de plata y espejos, embalsamada con esencia de membrillo. Mi caballero se enamoró y no paró hasta conseguirla, teniendo que empeñar parte de su hacienda para el pago. En un velero la trajo a Narahio, y hasta que se vieron las torres doradas del castillo no la despertó. Ella le amó mucho, y, cuando murió, se murmuró en nuestra tierra que la muerte fue porque tropezó y cayó y se quebró como lo que era: cristal fino. Mi caballero recogió hasta el último pedazo de aquel destrozo y todo lo encerró en una urna de oro. Mi señor quedó triste, el cabello se le tomó blanco en un día y dicen que cegó, pero esto no se sabe fijo. No se pudo comprobar. Nadie volvió a verlo en el huerto ni se hacen ahora músicas en el palmeral.Pregunté yo si no les había quedado hijo, siendo así menos la desgracia.
- Dicen unos que sí y otros que no. Los que dicen que sí aseguran que le quedó una hija a mi señor. Igual que la madre, de cristal, pero en moreno y camelia. Nadie la vio, aunque hay quien asegura haberla oído cantar talmente como la sirena, con voz que siempre parece triste y lejana. no la oí, y doy gracias a Dios por ello, que los que dicen haberla oído andan llorosos y alocados, enfermos de melancolía, sin sueño ni apetito. Un mi hermano la oyó viniendo una noche de cazar la nutria en una fuente, y desde aquélla anda trastornado y como mudo, doliente de amor.
- ¿Enamoróse sólo de la voz? -preguntó Madanela, que tenía la suya tan alegre como un verano.
- Hay que tener oído alguna vez la voz de la sirena para entenderlo. En los mares que rondan mi país hay desde muy antiguo sirenas engañadoras que sólo con la voz, sin contar los encantos del cuerpo, tienen destruido muchos mozos.
»Volviendo a mi señor, y hablando de mí, os diré que soy su correo, no tengo mujer ni hijos y vivo en un palomar, enseñando palomas mensajeras y canes guardadores. Ya mi padre tuvo el oficio y del suyo lo heredé, siendo pues verdadero que viene de casta el tener encanto para los animales, saber sus voces secretas, hablar al arrullo con las palomas y al ronquido con los canes y entenderlos cuando entre ellos se conciertan. A una legua oigo un ladrido siendo mediodía, que oírlo al alba o la noche, con el silencio del mundo, no fuera mérito. Mi oficio de correo es hermoso porque me lleva a todos los países, al trato con diversas gentes, a aventuras y conocimientos. Cuando llega el invierno, en la cocina de mi caballero, en un escaño cabe el fuego, cuento historias tales que ningún otro de mi país puede contar. Esto me hace gracioso a los ojos de las mujeres.
Lo dijo mirando a los de Madanela que se ruborizaba por nada y los entrecerraba melindrosa.
- Un día del verano pasado recibí una orden de mi señor. Quería que me pusiera en viaje a la busca de la verdad de una historia antigua, que a él le tocaba por un tío suyo del que ahora tiene en un castillo un nieto de seis años cumplidos por san Lucas, muy medrado y gentil, vestido como anda a la napolitana, con una gorrilla verde que le mercaron en París, una gorrilla verde con dos plumas coloradas. Es un lindo rapaz, muy reidor, que por el genio y terquedad que presenta ha de ser un buen caballero. Yo le regalé una paloma blanca colipava, de las que usan los donceles en las ciudades para enviar mensajes a sus damas, que para otra cosa no sirven, teniendo como tienen el vuelo corto, y por el regalo me tomó amor, que con amor le pago. Por eso, aunque sabía yo que averiguar esa historia pasada podía traerme, como me trajo, males, duelos y peligros, no dudé salir de viaje un día de agosto, diciéndome que quizá nunca más volvería a ver en el horizonte las torres de Narahio, que son del color naranja de su nombre. De esto va para dos años y aún estoy lejos del final de esta mensajería.
Al llegar a este punto pidió otro vaso de aguardiente que Madanela le sirvió. Seguía la lluvia y parecía haberse desatado el viento nordés que aquí en Pacios es tan recio. Aproveché la pausa para arrimarme más al hogar, donde ardía, con ese canto tan amoroso que tiene, un chopo de castaño, bien entrecuñado por Juan de Cruz, que sabía armarlo como nadie. Blancas, rojas, azules, las llamas bailaban royendo el leño, y daba gozo verlas. Pocas cosas son más hermosas de ver que un buen fuego. El viajero bebió su aguardiente y pasó otra vez, con un ademán que era muy suyo, la mano derecha por el pelo, repeinándose con los cinco dedos.
- Me llamo Leonís de Soage y estoy titulado caballero, que allá en mi país se conocen porque pueden vestir de terciopelo y llevar en la oreja izquierda un pendiente de oro con las armas. Las mías son una paloma que lleva en el pico una flecha.
Y descubrió de pelo la oreja izquierda, en la que, como dijo, llevaba un pendiente de oro con sus armas.
- Todos los primogénitos de mi casa se llaman Leonís en memoria de mi abuelo que fue de la caballería de los Doce Pares y viene en las historias de mi país como Leonís de Arantes. Sobre éste de mi abuelo hay romances que cantan cómo se enamoró de una princesa bizantina que era muy delicada de salud y le recetaron los médicos hierbas de javaleño, que no las hay sino en las Indias. A ellas fue mí abuelo y peleó con un gigante y una serpiente y halló la hierba y la trajo a Constantinopla, pero cuando entraba por la puerta de las Abejas, uno que lo conoció por las armas, le dijo que la princesa había muerto hacía dos años de una alferecía trasudada. Tal que si no fuera por la honra de buen enamorado que cobró hiciera don Leonís en balde su gran viaje. Mi madre me acunó de niño con los romances de mi abuelo.
Calló como ensoñando algo. Pienso yo que hallándose uno lejos de su tierra, la mayor nostalgia que haya será la de los días de infancia y mocedad, por ser, generalmente, eras alegres, en las que el alma vive sin cuidado. Yo me recuerdo niño en Belesar, en el molino de mi abuelo, con un codo de pan en la mano, viendo girar las ruedas, y viénenseme las lágrimas a los ojos.
- Pero esas son otras historias. Vayamos con mi mensajería -dijo don Leonís rematando su aguardiente.
Parecióme que ya no estaba temeroso. Quizás el encontrarme al abrigo, al calor de un hermoso fuego, contando su vida y aventuras a gente sencilla como nosotros que lo mirábamos bien, debió tranquilizarle. Golpeaba la lluvia en lo ventanas y eran como silbos soplados por el viento los álamos y abedules de la ribera. Se oía por veces el mugir del río en los caneiros. El temporal hacía más amigo el fuego y el techado.
III
- Mi mensajería es cosa de secreto mayor, pero hallándome tan lejos de mi país, siendo de vosotros tan desconocidos sus sujetos y tan extraordinaria la historia, no peco al contarla, al tiempo que descanso mi corazón de los peligros pasados. Hace una hora que crucé el río en vuestra barca y me senté a este fuego, y ya paréceme que entre el mundo y yo he puesto una cortina de años, alejado el sobresalto de mi viaje y olvidado la prisa que me arrastra, como viento vendaval las hojas secas. Paréceme como si mi viaje, mi encargo y mis aventuras fuesen hijos de mi magín y no hechos verdaderos, y hasta me burlo de mi amedrentamiento.Madanela habíase sentado en la piedra del lar, a los pies de Juan de Cruz y abría los ojos al encanto del extranjero, que de vez en vez la miraba como si sólo contase para ella sus historias. El soleo del fuego la arrebolaba y era talmente una manzana caramona.
- Un tío de mi caballero, conocido por don Lanzarote, tuvo dos hijos en una princesa levantina cuyo padre tenía isla y navíos y gastaba mitra de oro. Fue un buen rey, y en la vidriera de la iglesia de su reino está, arrodillado, entre San Juan y San Basilio con su mitra y su barba y en las manos un bergantín-goleta de tres palos que ofrece a Nuestra Señora. Eran los hijos de don Lanzarote, niño y niña, los dos de un vientre, y cuando nacieron echáronle a don Lanzarote la profecía de que serían Tamar y Amón, porque al nacer era Géminis el signo, había cruzado un cometa a trasmano, y la madre soñó que un gavilán devoraba a una paloma. Contristóse la princesa porque don Lanzarote no creía en agüeros y reía del profeta, que era un médico lombardo titulado en Montpellier, que es la Roma de la medicina y el jardín de las hierbas salutíferas. Don Lanzarote, para aliviar la melancolía de su esposa, doña Teodora, llevó el niño a Soage, mi lugar, para que lo educaran en las armas y en la cortesía, separándolo de su hermana , que fue llevada a Constantinopla a casa de una tía abuela a aprender el bordado de perlas y el hojaldre, cosas ambas que nadie sabe en el mundo mejor que las princesas bizantinas, que en aprender esto y la lista de los oficios palatinos con sus nombres completos, pasan de ocho a diez años sujetas. Pensaron don Lanzarote y doña Teodora que no se viesen los hijos hasta mayores y casados ambos, y en esto estuvo la causa de la tragedia y el que la profecía fuese cumplida, que paréceme a mí que si de niños hubiesen jugado juntos en su palacio de Anca y se hubieran tratado de hermanos cada día, no hubiese llegado el mal a sus corazones... Pasaron dieciséis años, en los que no hubo, en lo que toca a esta historia, novedad mayor, salvo la muerte de don Lanzarote en las guerras que hubimos en Oriente. Doña Teodora, pasado el cabo de año de su esposo, que fue muy sentido, acercóse a Constantinopla a ver a la hija y la encontró tan medrada y compuesta que se asombró de que aún estuviese soltera, y como tenía posibles hizo un torneo, que se predicó en los Siete Reinos, ofreciendo al vencedor la mano de Sibila, que así la nombraban. Acudieron príncipes y muchos caballeros, y a todos excedió en juegos y maneras un caballero vestido de galas negras, al que llamaron el Doncel Desconocido. Este caballero, que no se descubrió ante las damas, cosa que permiten las leyes de la caballería andante, ganó el torneo, que fue muy lucido, montado en un caballo de bonanza y acompañado de dos pajes, uno con quitasol y otro con flauta. Ya habréis dado en que el Desconocido era don Silván, el hermano de la novia.
Hizo una pausa. Iban calmando fuera el viento y escampando la lluvia. Oíase ahora el río, que iba lleno y poderoso.
- Cuando doña Sibila le dio al desconocido el premio del pañuelo colorado, que tal es la costumbre, como mi princesa era tierna y tenía diecisiete cumplidos, edad a la que todas las bizantinas ya son madres, susurró al oído del caballero que tenía un cenador en su huerto, rodeado de granados y adornado con cojines y alfombras. El Doncel Desconocido no vio inconveniente en tocar a vísperas, máxime que al día siguiente ante doña Teodora y el Patriarca, había de ser casado, después de declarar su nación y nombre, que nadie dudaba fuera antiguo y honrado, tan cortés y buen caballero aparentaba. En viniendo la noche salió de su posada embozado y pasó al huerto de doña Sibila, que le esperaba en el cenador quemando hierbabuena y zalomela en un pebetero de oro. El diálogo paréceme excusado decirlo. En Bizancio se enseña a los mozos el lenguaje de las flores, y la azulzalomela es emblema de pasión desbordada Así, pues, sin decir oste ni moste se ofrecía doña Sibila a don Silván. Era morena como su madre y menudica, el pecho algo menos que de su edad, aunque alto y encelador, y la boca grande, los labios delgados y rojos, pasaba por hermosa; pero lo que más gustaba en ella eran los ojos negros y las piernas largas, talmente de danzadora. Ya vestiría ella una túnica que le permitiera enseñarlas. Allí en el cenador pasaron las vísperas, y si la alondra no canta, paréceme que aún seguirían con sus juegos, porque mucho se gustaron, según lo que después se vio. Fuese a su posada feliz y amoroso don Sílván, vistió traje de seda, perfumóse la negra cabellera con agua franchipana y caminó con su flautista y su quitasolero a las Blanquernas, donde ya estaban, de blanco vestida la novia, con corona de condesa doña Teodora y con tiara coronada el Patriarca. La velación entre los griegos se hace a puertas cerradas, con sólo el sacerdote y los padres, y con velas encendidas, que andan de mano en mano como en un juego. Lo que allí pasó sólo se sabe por inquisición, que nadie dijo palabra. Doña Teodora salió muerta; doña Sibila, desmayada; don Silván, demudado, y el Patriarca, con la tiara en la mano. El escándalo fue tan grande que toda la caballería bizantina estaba en la iglesia. Silván huyó y el Patriarca anunció a la Corte que la boda no podía celebrarse porque el caballero vencedor era leproso. Con esto se quiso echar tierra al asunto. Lo que allí pasó fue que al declarar el Doncel Desconocido su nación y nombre, la pobre madre vio la profecía cumplida y dio el alma a Dios, gritando la desventura. La justicia de Constantinopla ahorcó flautista y quitasolero para que no pudieran declarar el nombre de su amo.
- Paréceme una historia -dijo Juan de Cruz poniendo en la mesa de don Leonís una jarra de espadeiro- ¡Mojad, mojad la lengua, mi amigo!
La jarra hizo una ronda de ida y vuelta. Madanela arrimó el caldo al fuego y pasó en las brasas unos chorizos.
- Doña Sibila parió a los nueve meses un niño, ese que os dije de la gorrilla verde, las plumas coloradas y la paloma colipava. Doña Sibila entró en un convento, donde está ahora a la muerte y que aquí viene el porqué de mi mensajería.
- Dejemos ese porqué para tras la cena -dije yo.
Madanela puso la mesa y sirvió el caldo y los chorizos. Partimos la dorada borona. Mientras cenamos sólo se oyó el canto de la leña en el lar. De afuera venía el roncón del río. Dos jarras de espadeiro y medio queso viejo de Andey pusieron remate a la colación y don Leonis siguió su historia.
- Don Silvan huyó como un ciervo, pero ciervo enamorado. Doña Síbilia dejó Constantinopla por Narahio, y en el castillo de Ansemar le nació el hijo, ese mocito que os dije de la boina verde con plumas coloradas. Mi caballero, ahora que doña Sibila está muriéndose, de consunción melancólica, según unos, y de fiebres «origines dubiae», según otros, envióme a la busca del padre, del que en estos ocho años no hubo noticia. Averigüé yo que de Levante pasó a Venecia, y de allí, a Roma; decían que a redimirse de sus pecados. En Roma, cerca de Abbadie tre Fontane, mercó una finca que tiene un jardín cercado, y en él una fuente cantadora que semeja un lebrel vertiendo agua por la boca; en el jardín hay camellos y rosales, y macizos de rosacresta que hacen caminos cubiertos y bien recortados pasadizos, puentes y torres almenadas. Allí vive don Silván, y allí fue mi mayor aventura, esa que ahora pone en peligro la vida mía.
El jaco relinchó en la cuadra y despertó el can del mesón que medio roncó. Madanela lo acarició, y «Nero» volvió a su sueño murmurando esos decires que tienen los perros viejos cuando los amansan.
- Con una carta que llevaba del obispo de Adana, fui a llamar a su puerta, fingiéndome Miguel de nombre y siríaco de origen, de oficio jardinero. Y aconteció que precisamente necesitaban uno en la casa, porque había de mudar la disposición de algunas partes del jardín para colocar una estatua que esperaban de un día para otro. Ya tenía don Silván, que así se hacía llamar el caballero de Oriente, el dibujo hecho. En cinco días le arreglé el jardín. Don Silván, que andaba vestido a la moda romana y se embozaba en una capa de vueltas carmesíes, se sentaba junto a la fuente a verme trabajar. Es en verdad un gran caballero. Yo le saqué en seguida el parecido con su hijo. Ambos tienen los mismos ojos azules, y se les clarea el señorío a través del andar; no me extraña que doña Sibila se turbase, cuanto más que yendo ya madura para lo que por allá se estila no había encetado la manzana de los amores. La casa de don Silván era grande y bella; en los dos salones de la terraza, y aun en la terraza misma, estaba prohibida la entrada a los sirvientes. Ahí dormía el caballero, y de allí, por la noche, cuando ya la estrella iba tan alta, que Aldebarán era el ojo del oro, salía una música como otra no oísteis, y que bien quisiera poder explicaros. Os adormeceríais en su arrullo. Lentamente, comenzaba a brotar de aquel ligero vuelo, de aquella blanca y reposada caricia, un silbo, un violín, una llama, un viento, un aliento ardoroso que subía y subía rozándose contra las paredes del mundo. En las tinieblas se oían sollozos y pasos. Algo frío, alas o nubes, se ataba y desataba a una mujer que gemía y danzaba. Se oían las puntas de los pies, la despeinada cabellera cayéndole por la espalda blanca como un agua negra. Un extraño oficio de difuntos, una letanía perezosa, una mano de hombre amiga y apaciguadora, que se posaba en nuestra espalda, surgían de aquel horrible combate y se anegaba en aquella música primera, en aquellas rosas que se deshojaban junto a vuestro oído, en aquellas manos de niña que pasaban a la luz de la luna tejiendo tejeres con hilos de seda transparentes... Más que esto que os digo era aquella música que venía de los salones de la terraza todas las noches la misma pieza y a la misma hora. Yo cobré temor, pareciéndome que algo, conjuro o encanto, se escondía tras ella.
- ¿Y era así? -pregunté.
- Así era. Pasaron casi dos semanas sin mayor novedad y sin que yo averiguara nada de la vida del caballero de Oriente ni de lo que escondían los salones y la música nocturna. Una tarde llegó al jardín don Silván y vino a mí, estando yo aterrando un cuadro de lilas francesas que tan olorosas son.
»- Miguel -,díjome-, anochecido han de llegar con la estatua que aguardamos. Harán falta los hombres que vienen y la ayuda nuestra para ponerla en su pedestal.
»Díjele que con mis fuerzas contara. En carro de bueyes vinieron tres hombres con la estatua, que traían muy enmantada y con mucho cuidado y esfuerzo, que nunca vi mármol más pesado, la sentamos en su pedestal. Éramos cinco y los cinco sudamos, el peso de la figura y la inquietud de la yunta extrañáronme. Como caballos estaban bravos los bueyes. Ahora os diré cómo era la estatua, lo que es descubriros una punta del misterio. Pero antes, que ánimo es preciso, bebamos a mi salud, y luego ya beberemos a la vuestra otra jarra de este espadeíro.
Madanela trajo. Se veía que la enamoraba el pasajero y él no veía inconveniente en mirarla a los ojos, encelándola. La verdad es que ella estaba como esas que los médicos mandan tomar por medicina.
IV
- La estatua figuraba una mujer desnuda a su natural tamaño, peinada a la bizantina y sin más pudor que el que una banda de seda que llevaba a la cintura. El rostro se lo encontré tan conocido, que pasmé, y era el de doña Sibila. Yo sólo había visto a la dama una vez, enferma y dolorida; pero, sin más, la reconocí y os digo que si tiene el cuerpo que allí figura, se explica que hayan pasado tantos disturbios. Era ya noche cerrada y don Sílván mandó que me retirase. Pasé hasta el nuevo día en desvelos y cavilaciones , y colegí en mi ánimo que don Silván estaba enamorado de su hermana y ensoñaba su pecadora pasión. Díjeme que no sería bueno, hasta que estuviese más al tanto de su alma y pensamientos, descubrirle mi condición y entregarle la carta de mi caballero que llevaba cosida a la camisa. No oí ninguna música esa noche; pero luego recordé que la primera vez que oí esos canes que aún no hace tres horas me ladraban en el viento, fue mediando aquélla. Me levanté a la amanecida y fui a regar y trasquilar el césped del jardín y a mi sabor contemplé la estatua de doña Sibila, que estaba labrada en un mármol blanquirrosado que semejaba carne, y en el pecho y garganta y en las hermosas piernas se le transparentaban a modo de venillas azules. Tan aparente estaba doña Sibila, que me sonrojé de encontrarla desnuda. Madrugó don Silván y me envió a Roma a buscar un lectuario de triasandaliz, a una tienda que hay cerca de San Lorenzo, junto a las tapias de Campo Verano. Sonrióme la vieja que tenía la tienda al hacerle el pedido. Preguntéle por qué se sonreía.»- No te sonrío porque seas hermoso -respondió-, que yo soy vieja, y en demasía fui graciosa y reidora en mis tiempos. Ríome de verte necesitado de este lectuario siendo tan mozo.
»- ¿Y pues? Me manda mi amo.
»- Este lectuario es medicina de los muy amorosos -dijo llenándome el frasco.
»Volví a la villa pensando que el don Silván estaba entregado a grandes excesos que yo no sabía por verle siempre en la casa solo, y no haber en la casa más mujer que una cocinera anciana, mandadera que fue, según me contó, de un nepote del Papa. Volví a oír aquella noche la música de que os hablé, y tenía una parte nueva, como una risa argentina, como un aroma de alcanfor que os endulzara los sentidos. Yo no pude más conmigo mismo y me propuse averiguar sin más pausa el secreto de la casa, decidiéndome a vigilar en la noche el jardín y la terraza. Hice amistad con el perro que guardaba la villa, un can de Nora, negro y listón y calzado de la mano real que era muy fuerte. Me lamía la mano y el rostro de amigo mío que era, y dormía la siesta a mi lado, apoyando su gran cabeza en mis rodillas . Una noche, como don Silván acostumbraba a cerrar la casa con llave y candado, hice por quedarme oculto tras un macizo de rosacrestas, que semejaba, recortado, una torre almenada. Dieron las doce y dio la una. Tocaron en Abbadia tre Fontane a los oficios de medianoche, y en el aire pontino fue y vino la letanía coral, que por ser monjes de mucha penitencia, siempre es de difuntos. Sobre las dos serían cuando apareció en la terraza don Silván; los salones estaban iluminados como para una fiesta, y a la luz que vertían los ventanales bien lo contemplé mozo y garrido. Vestía en bizantino, bordado en perlas y piedras preciosas que rebrillaban a la luz, y ceñía espada. Se acercó a la baranda de la terraza, apoyó en ella las manos, y por un momento contempló la estrella del cielo, que se dilataba sobre la tierra y la noche. A su lado, sin que yo advirtiera de donde había salido, salió un enano que comenzó a afinar su violín, violín que reconocí como el de la música que os conté. Bonete y ropón vestía el enano como músico de iglesia. Mi amo bajó al jardín acercándose a la estatua de doña Sibila, y el enano comenzó su tocata, una tocata nueva que aún llevo en los oídos, pero que no puedo explicaros, que me faltan palabras. Llegó el músico a un pasaje en el que parecía desatarse un viento de fuego y alegría en las cuerdas y el pecho del violín, y a aquel conjuro sucedió el encanto. Comenzó la estatua a moverse, el mármol a despertar. Vi con los ojos míos levantarse la doña Sibila de mármol y, apoyada en el hombro de don Silván, brincar del pedestal al césped. La movía la música, aquella pieza era como su alma. En sus brazos la tomó don Silván, y seguidos por el músico pasaron al salón de la terraza. Os ahorraré la visión de sus excesos y delirios. Todo lo vi, y a ella oí cantar con su boca fría, que, eso sí, ni en el mayor arrebato de amor, ni sombra de color le vino al cuerpo, por lo que supongo que el mármol no perdió con el encanto su sustancia, que es húmeda y gélida. Cantó con voz que nadie tendría por humana; cantó, y su canto me heló la sangre en las venas. Era de tal naturaleza aquel canto cálido, aquella lengua imán, que si las mujeres la tuviesen os aseguro que no habría castidad sobre la Tierra. ¡Cómo se amaron! El claror del día puso fin a la orgía. Él se adormeció sobre los cojines, medio desnudo, en la mano una copa vacía. Ella abandonó el salón y pasó a la terraza. La llevaba de la mano el enano. Paréceme a mí que era ciega; el encanto le dio todo al mármol, menos luz a los ojos. Pasó a mi lado, desnuda y perfumada camino del pedestal. Y no me pude resistir. Mi mano derecha fue hacia ella y la tocó en un hombro. Diréisme que fui loco; pero ¿qué sabe nadie del alma de nadie? Mi mano tropezó con una carne humana, con una carne fría y viscosa como panza de culebra. Ni la cabeza volvió. Siguió su camino guiada del enano, y por la escalerilla de recortar la rosacresta pasó a su lugar donde tomó la figura de estatua y se quedó. El enano se fue como vino: volando. Yo me escondí tras la caseta del can a esperar el día. El terror y el temor no me dejaron dormir. Cavilaba yo que aquel encanto era lo que tenía en su lecho, consumida y sin ánimo, a la doña Sibila verdadera, y que la pasión de don Silván por su hermana era loca y desmedida. ¡En verdad es triste que tan buen caballero sea tan gran pecador! Esto lloraba yo entre mí cuando alumbró tras los cipreses el alba rosada. Determiné comprar un caballo y pasar a Ostia en busca de barco para Narahio, que siempre suele haber alguno de los que traen especias y naranjas griegas para los romanos. Salió don Silván al jardín como solía y poco después salía yo de mi escondite a darle los buenos días.
»- Mala noche pasaste, Miguel, que tienes mala cara -dijome.
»- Son las fiebres que me cogieron en Adana, mi señor. Quisiera ir a Roma a buscar una medicina muy acreditada que se llama herbanea de Indias.
»- Tienes mi permiso -dijo, y retiróse a sus habitaciones.
»Así, pues, se preparaba mi huida. Regué el césped y la rosaleda, y al pasar junto a la estatua espanté; allí, en su hombro izquierdo, donde mi mano la había tocado, estaba la señal de los dedos y de la palma en el mármol, como si hubiera sido labrada. Entró el terror en mí, y sin esperar un minuto más huí a Roma, pensando que cuando don Silván se percatase de la huella, había de averiguar quién fue el osado espía. Huí a Roma y ya no me atreví a pasar a Ostia. Ofrecí peregrinación a Compostela, en cuyo camino estamos. Desde Roma, amigos, me sigue el enano con canes rabiosos, tocándome músicas con las que pretende atraerme a la muerte, porque mi huida me delató y quieren enterrarme con mi secreto. Sáleme a todos los caminos y creo que puede volverme loco. Este mediodía, cruzando las gándaras de Páramo, me detuve para que el caballo bebiera en un regato, y de entre unas hayas que coronaban una colina salió la voz del violín del enano, una voz sutil y acariciadora que como una mano de seda se tendía hacia mí. Pero sobre el violín brincó el ronquido impaciente de un perro de presa, y fue como si una garra negra rasgase la seda que enguantaba la mano de la música que os digo.
* * *
- Don Leonís no quiso ir a la cama. Se envolvió en una manta zamorana y se sentó en un escaño en el lar. Bien vi cómo ponía al amor de la mano sus pistolas, y cómo se aseguraba que con sólo el meñique había de salir de la vaina el cuchillo montés que llevaba en el cinto. Pagó el gasto, advirtiendo que a lo mejor tenía que salir de improviso. Yo me ofrecí para hacerle compañía, pero la rechazó diciendo que a mis años mejor me venía una buena cama. Dormí, y a la mañana, cuando desperté, ya no estaba don Leonís en la posada. Siempre pensé que Madanela le hizo compañía. Era una moza alegre y donairosa, que se arrebolaba por nada y sin duda muy soñadora. Ya lo fue su madre también. Paréceme que Madanela no le dejó ir sin ofrecerse, cuantimás que caballeros como aquél, ten hermoso y de tan lejos, pocos pasaban por la posada. Él le dejó de regalo un pañuelo de Cambray, muy bordado, que en una punta tenía una avecita colorada con una cinta de letras en el pico. Las letras decían -díjome Madanela sonriendo y bajando la vista-: «Con amor vivírás». Poco vivió la moza. Se ahogó viniendo de la romería del Pomar. El río la llevó hasta San Acisclo. Una mañana encontraron el cuerpo estribado en la represa del molino, medio comido de los ratas y las lampreas. ¡Siempre me recuerdo del gracioso andar y de los ojos azules de aquella rapaza!
Este extracto pertenece al libro "Viajes imaginarios y reales" de Álvaro Cunqueiro. Dicho libro es en realidad una recopilación de artículos y extractos de otras obras del autor.Lady Augusta Gregory se ha referido una vez a ciertas prácticas mágicas de los gaélicos antiguos contra la lluvia, algunas de las cuales exigen que, previamente, se identifique un culpable, que lo había, del temporal pluvioso. En tiempos de las persecuciones de los paganos contra los primeros cristianos, estos eran acusados de los chaparrones y las inundaciones. Se refiere a ello Tertuliano citando aquello de pluvia cadet, causa christiani sunt (llueve, la culpa es de los cristianos). Y en seguida venía la degollina. Esto de los mártires y la meteorología está sin estudiar. Yo tengo tomadas algunas notas.
Ahora recuerdo aquel Teótimo de Adana —la ciudad episcopal del famoso clérigo Teófilos, cuya historia cuenta, entre otros, Gonzalo de Berceo—, que fue acusado de haber puesto en el cielo, desde el alba a la anochecida, un espléndido arco iris el día en que fueron quemadas allí unas vírgenes. Salieron guardas contra Teótimo, lo hubieron, y en su zurrón encontraron el arco iris doblado. Teótimo hubiera podido atar con él a los persecutores, y quemarlos, que el arco iris tenía partes de ardiente y terrible fuego, pero era un alma compasiva. El arco iris se perdió en lo alto, donde parpadean las estrellas, y Teótimo se dejó cortar a trocitos en la plaza de Adana, junto a la fuente, que eran cuatro leones que echaban agua por la boca, como en la antigua de la Plaza Mayor de Lugo.
Volviendo a la magia gaélica, identificado el culpable de las grandes lluvias en la isla de San Patricio, se averiguaba por qué era pluvioso. Fagha Fiona, por ejemplo, producía nieblas y grandes lluvias cuando se ponía melancólico y añoraba los años pasados en Ceash como paje de la hermosa Guendola. Comenzaba la cenicienta neblina por envolverlo a él, espumilla de la memoria de los alegres días, y después envolvía su reino y finalmente toda la isla y el gran mar. Fagha pasa por ser el inventor, en Irlanda, de las tenacillas para rizar el pelo. El deán Swift se rió una vez de estas fábulas de las invenciones a las que los gaélicos fueron tan aficionados como los griegos del tiempo pasado. Por ejemplo, de Lenke O'Donnell, inventor del colador. Y volviendo a Fagha Fiona, hubo que convencerlo de que hiciese un viaje a Ceash, donde todavía vivía Guendola, sentada en la solana, enrollando hojas de menta seca y diciendo adiós con un pañuelo rojo a los viajeros. Guendola era ya una anciana, el pelo blanco, pero conservaba toda la dentadura y aún tenía los labios frescos y colorados. Fagha no se atrevió a acercarse a ella porque vestía un traje viejo y mendado, pero le habló desde detrás de la cerca que hacían al jardín de la dama los varales en los que se enredaba el lúpulo. Recordaron ambos veranos pasados y Guendola sonrió. Desde entonces Fagha dejó de ser pluvioso y cada vez que recordaba los días de Ceash recordaba la sonrisa de Guendola, y entonces, aunque fuese en el medio del cruel invierno, se abría sobre el mundo una hermosa hora de dulce sol.
Actualizando el pensamiento de aquellos magos célticos, siempre además poetas en voz alta y arpistas estrepitosos, se podría afirmar que una concentración en un punto determinado de media docena de tristes y angustiados puede producir un día de intensa lluvia. Probablemente, si encima son literatos, las lluvias serán más fuertes. Habría que buscarles a los tristes memorias alegres para que cesasen las lluvias.
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
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Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
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No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
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