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Pablo Palacio - "Guillotina"

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Siguiendo lo comentado en la entrada anterior, este cuento es una segunda versión del que en aquella se ponía. Esta versión, encontrada por el editor Fernando Albán dentro de un volumen de la novela Débora de Pablo Palacio, se cree que es posterior a "Novela Guillotinada". Fue publicado en el número 4 de la revista cultural ecuatoriana Anaconda junto a un análisis de la obra de Palacio realizado por Ramiro Noriega.


Tengo un lápiz morado para ponerle barbas al Rey de Oros.
Caí en las galeras del amor, y Guillotina pudo ser así:
"Vida subyacente para los recuerdos y para los besos que están suspendidos dentro de nosotros. Los adoraremos y les haremos una hornacina de humo perfumado. Vida subyacente para denunciarnos de improviso y desenmascararnos de la risa y de las alegrías: lágrimas que están a la vuelta del hombre que ha reído. Para revelarnos en nuestra intimidad acogedora: siempre habrá alguien que quiera estar de pie ante la válvula de escape de nuestras ternezas. Vida subyacente para esos labios apretados que sabían abrirse antes de ahora: ya no me dan su jugo dulce de fruta madura, pero siempre saben ser buenos para mis deseos y algo que se reservan y se han reservado está fresco para mí, anunciándome que siempre será tiempo para embriagarme o para hacerme temblar las manos que no saben qué hacer en la estrechez de la hora solitaria que tiene a la orilla una amenaza indiscreta. Quisiera que me ponga los brazos al cuello y, si está de pie, que se levante la pequeña falda por las corvas; pero no quiere denunciarse y en este forzamiento de actitudes, la cara echada atrás y mi cuerpo buscándola, veo cómo le nacen manos por todas partes para ponerlas ante la boca: mas, apenas visillos para escuchar tras ellos y esperar, semidefinida. Me echa el aliento a la cara y si rechazo aquella mano, palma a mis labios, surge otra tras ella, y otra, y otra. Después he creído que se trataba de un maquinismo incidental, seguido por empezado. ¡Hora solitaria que tiene una amenaza indiscreta a la orilla!"
Pero prefiero ir tras el hombre que proyectará su espectro en mi espíritu, conmutador de las palabras, para arrancarle sus reacciones interiores.
Ya está el hombre, ya está acechado.
Simple, que toma café con tostadas.
Sigue la fuga del tranvía.
«¡Pare! ¡Pare!»
Escribe números, tiene mujer e hijos.
Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos.
Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia fuera.
Haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando, estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a siete pesetas.
Tocado con elegante sombrero de felpa.
Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos.
La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios.
Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV.
El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura.
Tenía un perro y una perra.
Se sirvieron apetitosas truchas.
No faltó el caviar ruso.
Vino el espumoso champagne.
Cerró los ojos.
Se venderá a siete pesetas.
Hombre devorado por todos los días, te sacaré de los pelos una novela larga.
Calvo y viejo, sabe el precio de la percalina, y evita a todo trance que se zurren los chicos EN LA SALA DE VISITAS.
Ay, Dios mío, ya no hay vida con las cocineras.
Con este tiempo que llevamos, lo que tendremos que comer el otro año.
La semana del lunes, si Dios nos da vida, me voy donde el ministro.
Ya está encontrado el hombre y lo acecho como un fantasma para robarle sus reacciones interiores.
Tengo un lápiz...
¡Ay!, para, que un tendero compone su escopeta tras la puerta de la esquina.
Mi hombre pasa y
¡tan!
un tiro le raja la cabeza.
Oiga, joven, no se haga soldado: hay una guillotina en cada esquina.

Pablo Palacio - "Novela guillotinada"

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Surrealismo, antinovela, nouveau roman, son muchas las etiquetas que se le han puesto a la obra de Pablo Palacio.
Este cuento tiene una historia extraña. Está incluido en la edición de Obras Completas de Palacio de 2006, pero no lo está en ninguna de las ediciones que se hicieron con anterioridad. Además el relato cuenta con varias versiones. Ésta, que figura en las Obras Completas de 2006, fue publicada inicialmente en Revista de Avance (La Habana, 1927); en la revista Savia (Guayaquil, 1927) y como texto "inédito" en el periódico El Espectador (Guayaquil, 1930). Sin embargo existe otra versión que fue encontrada en forma de recorte de prensa (se cree que de un periódico ecuatoriano no identificado) dentro de un volumen de una novela de Palacio que el editor Fernando Albán estaba consultando, y fue publicada en el número 4 de la revista Anaconda con el título de "Guillotina".



Ir tras el
tará tu es-
tu, con-
labras, pa-
reacciones
hombre que proyec-
pectro en mi espíri-
mutador de las pa-
ra arrancarle sus
interiores

Ya está el hombre, ya está acechado.
Simple, que toma café con tostadas.
Sigue la fuga del tranvía:
“¡Pare! ¡Pare!”
Escribe números, tiene mujer e hijos, se entera de que en invierno sube el precio del carbón y en las sequías el de las patatas.
Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos. ¿Qué tiene en la médula al engañarla con la de todos? Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia afuera.
Con éste haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando, estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a 7 pesetas. Se pasmarán ante el psicólogo erudito, conocedor profundo del corazón humano.
Pondré:
“Tocado con elegante sombrero de felpa”.
y
“Hundido en la lectura matinal de su periódico, nuestro héroe dobló hacia la larga Avenida que, bordada de copudos árboles, desemboca en la parte alta de la plaza Mayor”.
Burilaré un manual de literatura cuerda, haciendo buen uso de mis aptitudes de narrativas;
“Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos”.
“La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios”.
“Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV”.
“El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura”.
“Tenía un perro y una perra”.
“Se sirvieron apetitosas truchas”.
“No faltó el caviar ruso”.
“Vino el espumoso champagne”.
“Cerró los ojos...”
Se venderá a 7 pesetas.
Hombre devorado por el día sincrónico, amamantado por el gregarismo, te sacaré de los pelos una novela larga, sobre la que cenarán los editores.
Calvo y viejo, sabe el precio de la percalina, y evita a todo trance que se zurren los niños en la sala de “las visitas”.
“Ay, Dios mío, ya no hay vida con las cocineras. Se han puesto en un estado que no se sabe quiénes son los amos”.
“¡Con este tiempo que llevamos, lo que tendremos que comer el otro año!”
“La semana del lunes, si Dios nos da vida me voy donde el Ministro para ver qué ha sido de lo del empleo”.
Ya está encontrado el hombre y lo acecho como un fantasma, para robarle sus reacciones interiores.
Pero, para, que un tendero limpia su escopeta tras la puerta de la esquina.
Mi hombre pasa y
¡tan!,
un tiro le raja la cabeza.
He aquí la novela guillotinada. Un curioso profundizará su ojo con el microscopio para buscar en los muñones que deja el cortafrío –las cristalizaciones romboidales.
Oiga, joven, no se haga soldado.........................................................


Este cuento pertenece al volumen "Un hombre muerto a puntapiés" publicado en 1927.

El joven Z se matriculó en el año de Patología el quince de octubre de mil novecientos veinticinco.
Puede afirmarse que, primordialmente, el desgraciado joven Z tuvo 3 amigos: A, B y C. C es el cuentista.
Mi nunca bien admirado amigo Z fue un mártir del análisis introspectivo y de su buena voluntad de paciente. Mi amigo Z pudo estudiar la materia íntegra sobre sí mismo, progresivamente, a medida que su ojo hecho de tragedia se comía las páginas del inocente Collet.
Aunque no era tuerto, digo “su ojo”, porque es mejor decir “su ojo” que “sus ojos” Siguiendo el sistema del segundo capítulo de mi RELATO, afirmo que para mi recordado amigo, muy justicieramente desde luego, la letra Z fue la más importante del alfabeto.
Y de conformidad con lo dicho en el tercer capítulo, para perpetua lamentación nuestra, acaecióle lo que en éstos se refiere:

REUMATISMO ARTICULAR AGUDO
En los primeros meses de estudio fue asaltado por el peligrosísimo reumatismo articular agudo; un insistente dolor en la muñeca derecha, que mantuvo en constante tensión de ánimo a sus amigos A, B y C.
Consecuencias autopronosticadas por el espíritu analítico de Z: peligrosísimas afecciones cardíacas. Etiología: la maldición de las habitaciones húmedas. Todas las habitaciones son húmedas. ¿Qué haría Z? Z era el joven más desgraciado del mundo. Las letras del alfabeto estaban óseamente atacadas de indiferentismo. Z podía morirse como un perro.

CAPÍTULO DE LECTURA PROHIBIDA
Atropellada, irrazonada, inexplicablemente, Z, mi inolvidable amigo, tomó vergonzosa infección uretral. ¡La compasión universal sobre Z! Pero todos tienen la compasión acorazada por durilones...
Etiología: conocida pero inefable. Consecuencias: la inminente estrechez uretral.
¿Qué hacer? ¡Oh! ¿Qué hacer?... En fin, tras los tres meses ir por las boticas en busca de ciertos tubillos para precaver... alguna amargura a los cuarenta años.

HEMORROIDES
Una pequeña dificultad y consulta empecinada de los textos. Z tuvo una enfermedad gravísima, tenaz, mortificante.
Esta enfermedad mortificante preséntase, según los textos, a partir de los 30 a 40 años, en la mayor parte de los casos. Dejando a un lado lo de “la mayor parte”, para seguridad, Z llegó a dudar si estaría entre los 30 y los 40. “Artríticos, gross mangeurs (grandes comedores), sedentarios, constipados”. Constipados, constipados... Me consta que mi inolvidable amigo se desconstipó con exquisito aceite; pero no me consta que se haya hecho “petit mangeur”.

VARICES
Minúscula dilatación venosa en la cara ánteroexterna de la pierna derecha. Decididamente era Z el joven más desgraciado del mundo. ¡Las várices, las várices! Ulceras varicosas, elefantiasis varicosa.
“En habiendo dos causas promotoras de este terrible mal, las causas profesionales y las mecánicas, una de las dos, irremediablemente, debe haber operado sobre mi organismo. La prolongada posición vertical... mozos de hotel... ¿He dicho yo mozo de hotel? Pero debo sentarme: ¿por qué estoy parado? Las ligas... ¿por qué me pongo ligas?”

MOLLUSCUM PENDULUM
El Profesor ha enseñado a sus alumnos al pobre hombre que tiene mulluscum pendulum. Una gran bomba al final del raquis. Bomba colgante, badajeante.
En secreto me refirió mi amigo Z que todas las noches se llevaba la mano “al sitio”, tembloroso, presintiendo encontrarse de improviso con la gran bomba que le vapulearía los muslos.

TAQUICARDIA PAROXÍSTICA ESENCIAL
Pero todo eso es nada. Z compró definitivamente la muerte, en la “Universal” y por el cómodo precio de veinticinco sucres, en forma de un aparatillo con tripas. Un aparatillo que lleva el corazón del paciente a las orejas del experimentador.

Son curiosas estas curvas prolongadoras, establecidas entre la víctima y un hombre cejijunto. Z fue víctima y hombre cejijunto, de manera empecinada.
Tenía un sillón cómodo. Y he aquí el proceso criminal del sillón, los libros y el fonendoscopio, operantes sobre la desgracia de mi amigo: al entrar, la peor de todas las apariencias, era el sillón quien se posesionaba de su cuerpo. La mano derecha a la muñeca izquierda para contar las pulsaciones de la arteria radial. Luego la misma mano al corazón: temblores, ansias; atropellado crujir de botones y el fonendoscopio sobre el sístole y el diástole, mientras la víscera llama al tabique pectoral con la misma llamada de una mano insistente sobre una puerta cerrada. Hay que comprender la rotación progresivamente acelerante del ritmo en la corriente establecida entre la caja Bianchi y el cerebro, por intermedio de las tripas y los conductos auditivos. Como un aro impulsado sistemáticamente hasta la pesadilla.
Hay que comprender las funciones del gran simpático y el neumogástrico, el paro forzoso. La vida en un punto.
Hay que comprender nuestra estupidez ante la visión de la nada.
Y como esto estaba muy bien meditado por Z, su corazón llamaba tan imperiosamente como el amo que se quedó en la calle, en noche lluviosa, a su puerta.
Siempre el fonendoscopio avisorando la muerte del neumogástrico.
tac,
tac,
tac
mientras Z enrojece, se le saltan los ojos, se le paran los pelos.
Hasta que el gran golpe definitivo rompió la pared toráxica y la punta cardíaca salió a mirar la caja Bianchi, atrayente por el hilo que tiraba desde el cerebro de la víctima cejijunta.

Una lágrima... (¿Una lágrima?... ¡Oh! así lo ponen en las coronas fúnebres) Una lágrima sobre los huesos de mi amigo.

Pablo Palacio - "Brujerías"

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LA PRIMERA:
Andaba a caza de un filtro; de un filtro de amor; de uno de esos filtros que ponen en los libros ocultistas
“Para obtener los favores de una dama
Tómese una onza y media de azúcar cande, pulverícese groseramente en un mortero nuevo haciendo esta operación en viernes por la mañana, diciendo a medida que machacaréis: abraxas abracadabra. Mezclad este azúcar con medio cuartillo de vino blanco bueno; guardar esta mezcla en una cueva oscura por espacio de 27 días; cada día tomad la botella que no ha de estar enteramente llena, y la menearéis fuerte por espacio de 52 segundos diciendo abraxas. Por la noche haréis lo mismo pero durante 53 segundos y tres veces diréis abracadabra. Al cabo del 27 día...”
Pero este muchacho no estaba al tanto de los grandes secretos ocultistas y buscaba una bruja que le confeccionara la bebida maravillosa.
Si yo lo sé, lo evito a todo trance.
Bastaba con facilitarle los “ADMIRABLES SECRETOS” DE, ALBERTO EL GRANDE y el HEPTAMERÓN compuesto por el famoso mágico Cipriano e impreso en Venecia el año de 1792 por Francisco Succoni. Lo de los filtros es elementario en ciencias mágicas.
Pero el atolondrado no pregunta; no consulta con los entendidos; no avisa siquiera a nadie: va en busca de una bruja; da con una, flaca y barriguda como una tripa inflada a la mitad; se lo cuenta todo, y la bruja se enamora de él.
¡Ah, bruja pícara! Dizque le decía, babosa y arrugada:
-Mi bonito, le vamos a dar una bebida que le caiga al pelo.
Y le mandaba ir todos los días. Y le metía las manos entre los sobacos. Y le acercaba mucho a la cara su espléndida nariz; su espléndida nariz borbona, ancha, colorada, ganchuda, acatarrada.
Yo no sé como la bruja no hizo una barbaridad, como a darle a beber del filtro.
“Para obtener los favores de un hombre”
y hubiéramos tenido la aventura más divertida. La aventura que ofrecería el contraste estético por excelencia.
Pero lo que más me habría gustado sería sin duda esa magnífica elegía de las bocas, para usar los términos de los literatos finados. Figúrenselo ustedes al muchacho enamorado de la vieja, besándola vorazmente la boca hedionda acorazada por dos caninos amarillos y extasiándose ante sus ojos pitarrosos y encharcados. Oigan ustedes los quejidos amorosos de la estantigua, y las palabras dulces, y los reproches, y el crujido de los huesos; y vean las babas que le chorrean por las comisuras, y el desmayo de las pupilas bajo los párpados avejigados. ¡Y véanlo a él! ¡Sobre todo a él! Él, que es el divino. Sonriendo, acariciándola el pecho, donde dos manchas como pasas figuran los senos. ¡Oh, la magnífica historia que hemos perdido!
La bruja se portó avara y no quiso brindarnos, según yo creo, con el magnífico espectáculo de su dicha.
Habrá tenido algún motivo cabalístico que le impidiera hacer lo que queda dicho.
No lo sé bien. Pero el hecho es que ya sea por alguna rebeldía del joven ya por la imposibilidad de la realización de sus deseos, resolvió vengarse de una manera original.
Le dio dos filtros; uno para ella, para la rival de la bruja, y otro para él, el infortunado.
Ambos debían ser bebidos al mismo tiempo.
Y acaeció que habiendo sido cumplidas justamente las indicaciones, ella en el balcón de su casa y él en la esquina de la calle, empezaron a ser sentidos los efectos.
La muchacha dio un salto del balcón abajo y se dirigió donde su dueño, quien sintió que unas extrañas prolongaciones le brotaban por los poros del cuerpo.
Completamente loco, echó a correr; la otra también corrió. Era divertido: él adelante, ella atrás.
Como esto sucedía en un pueblo -sólo en los pueblos suceden estas cosas-, pronto llegaron al campo, frente a la casa de la bruja.
El desdichado no pudo dar un paso más: vio que se le despedazaban los vestidos y una multitud de hojas frescas le salían del cuerpo. Se le erizaron las arterias inferiores y, taladrándole con furia los pies, desaparecieron en la tierra. Un brazo se le hundió en el tórax y le salió por la cuenca de un ojo, cargado de ramas. Se estiró sobre una sola pierna; se abombó; crujió bajo el viento; echó raíces fuertes; dio un gran grito.
Y la muchacha, como estúpida, agrandó los ojos y se quedó mirando el árbol.
El naranjo, este naranjo sentimental, bajo la luna quería llorar las noches como los remos al ser levantados sobre el agua: exquisita y romántica sentimentalidad.
El naranjo, como todos los naranjos, quería ir a darse un paseo por el pueblo y estirar las piernas en alguna velada de señoras y limpiarse cómodamente la nariz con un amplio moquero de lino.
La bruja abría todas las mañanas una ventana y estornudaba sobre el naranjo; entonces sus hojas se estremecían, se achicaban como sensitivas. Para justificar el estremecimiento del naranjo, figúrese usted que una vieja como esa le refresca la cara con su catarro.
Una tarde hubo tempestad y cayó un rayo sobre el naranjo. Al otro día, la bruja, gozosa, fue a escarbar los escombros y sacó unas entrañas podridas.
Estas entrañas, bien pulverizadas, disueltas en sangre de abubilla, sirven para repetir la operación infinidad de veces.
Aunque no es preciso que sean las mismas; pueden servir cualesquiera, siempre que sean arrancadas con las uñas, en domingo y a la hora de Marte.
Pero, para todo, es preciso que usted lea velozmente y en todos los sentidos posibles este arreglo cabalístico que consta en todos los libros mágicos:
A
AB
ABR
ABRA
ABRAC
ABRACA
ABRACAD
ABRACADA
ABRACADAB
ABRACADABR
ABRACADABRA

LA SEGUNDA :
Es indiscutible la superioridad numérica, entre gente entendida en achaques ocultistas, de las hembras sobre los varones. La minuciosa estadística de Marbarieli arroja el siguiente porcentaje:
Brujas 87
Brujos 13
incluyéndose en este último tanto un 5% de niños que han resultado verdaderos prodigios. Algunos, especialmente en el género adivinatorio, han sobresalido con mucho de sus mayores.
Lo dicho con respecto a la cantidad es casi más evidente cuando se trata de la calidad. Las acciones de las primeras son notablemente superiores por la intención, delicadeza y seguridad en los resultados.
Aunque no quiere decirse con esto que los hombres carezcan de cualidades misteriosas; en veces, cuando ponen interés, son verdaderos artistas.
Para comprobarlo le recordaré a usted el caso ocurrido hace cinco años, a propósito de una vulgar infidelidad conyugal. Actuó el famoso Bernabé, victimado últimamente por sus enemigos, para lo que fue necesario incendiar un bosque de una legua por lado, donde, por desgracia, tuvo que ocultarse sin haber tomado previas precauciones.
¡El pobre Bernabé! Un brujo largo de nariz chata, ojos viscosos y boca prominente; de cabello enmarañado y nuca forunculosa.
A Bernabé debiera erigírsele una estatua.
Yo lo tengo por el maestro insuperable de los maridos burlados. Es acaso el único que hasta ahora haya pretendido una verdadera revolución en el sentido de transformar, por sus bases, la rutina establecida en los casos de venganza por traiciones de índole amorosa.
Cuando usted obtenga pruebas irrefutables o cometa el desacierto de sorprender in fraganti a su señora en una de sus aventuras, y creyendo obrar como un caballero saque su ridículo revólver y dispare 3 o 4 veces sobre la infiel, estése convencido de que su situación será completamente risible, desde todo punto de vista.
Hoy ya no se mata al cónyuge adúltero: la práctica de Bernabé está enormemente generalizada.
Parece que el inocentón entró de improviso en su alcoba, a altas horas de la noche, de regreso de una misa negra. Su esposa no tuvo tiempo de ocultar al otro y fueron sorprendidos en circunstancias visiblemente comprometedoras.
Y como si tal, Bernabé dio media vuelta.
Algún marido burlado va a reírse de Bernabé. Pero no tiene derecho. ¡Juro que no tiene derecho!
Bernabé buscó en su gabinete 3 onzas justas de cera negra; añadióla parte igual de cabellos arrancados con sigilo a los traidores y empapados previamente en lágrimas de niño recién nacido; moldeó en la mezcla dos figuras de perro y soplando en el aire polvo de higo seco, plumas verdes de papagayo y sal marina, empezó a dar solemnes vueltas en torno a la mesa, al mismo tiempo que evocaba los nombres augustos de Yayn, Sadedali, Sachiel y Thanir.
A la doceava vuelta empezó la cera a animarse y girar en el mismo sentido que Bernabé. El de la traición, que había saltado por una ventana baja y corría con dirección a lugar seguro, bajo el poder del encantamiento se detuvo sin saber por qué, y pensando que era más agradable estar un momento con la del cornudo que desbocarse atolondradamente por esas calles, volvió sobre sus pasos, escaló de nuevo la ventana y empezó a hacer morisquetas a la mujer, riendo y babeando. Ambos se hacían morisquetas. A gatas, como si fueran niños.
A todo esto, Bernabé daba vueltas en torno a la mesa. Cuando llegó a la vigésima cuarta dijo, crispando las manos:
“¡Dahi! ¡Dahi!”
y los de la alcoba saltaron dos veces sobre sus manos y sus pies, así en las posturas inocentes en que estaban.
Bernabé seguía, con creciente velocidad. Las figuras de cera apresuraban también.
En los de la alcoba: a cada uno una punzada en el coxis y vehemente deseo de mirarse el coxis, de lamerse el coxis. Una contorsión del cuello y el seguir vertiginoso de la cabeza a la curva del cuerpo, sobre manos y pies, en movimiento centrípeto, mientras los vestidos se esfumaban y una curiosa prolongación, arqueada y móvil, les nacía del coxis. Plegaban los labios, al crecimiento de los caninos, y olfateaban, remangando la nariz aplastada y negra. El cuero se les cubría de una tupida pelambre gris. Se les saltaban los ojos de las órbitas y daban resoplidos feroces.
Al fin se empequeñecieron, tomando figura de perros, y pararon jadeantes, con la lengua afuera, estremecida la piel.
Bernabé entró, les miró regocijado, les propinó dos rencorosos puntapiés: bajaron las ancas y guardando la cola entre las piernas saltaron atropelladamente por la ventana. Y se fueron a ladrar a la luna; a dar alaridos en las noches, mordiéndose las piernas; a atormentarse con la prostitución obligada de los perros.
Todos los perros vagabundos han sido gente adúltera: todos los perros que lloran, mordidos por los perros domésticos, y que se pasan los días, tendidos, arrinconados, con las mandíbulas entre las patas delanteras, comidos por el sol.
Cuidado, que de repente le cogerán a usted por una pierna y le sacudirán con furor hasta arrancarle pedazos.
Yo tiemblo siempre que me roza uno de esos perros esmirriados, huesudos, que tienen prendido en una pupila un destello humano y trágico...
¿Eh?
¡Pasen una luz!
Tengo para mí que se han introducido en casa los ladrones.

Pablo Palacio - "Los aldeanos"

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Era bajita, gordita y tenía los ojos zarcos; el cabello era rubio; el talle, robusto; la cara, algo morena; y los pechos eran tan duros como dos buenos repollos de col.
Hija de doña María y de don Manuel, mayordomos de la hacienda de don Antonio, que tenían el ganado más gordo y las vacas más lecheras de la comarca; tuvo sus amores con Miguel. Miguel era alto, esbelto; tenía los ojos pardos, el cabello bermejo, el cutis claro, y cualquiera de las mozas del pueblo se hubiera alocado por tener un galán tan apuesto. Pero Miguel era pobre; sus padres se le habían muerto cuando era muy niño y, decepcionado de la vida, tomaba de ella muy poco en serio para dedicarla toda en francachelas; por eso en el pueblo todos le decían el Balcache, y más de una vez se le había visto llorar, con los ojos cargados de tristeza, bajo los copudos mangos del huerto, si el cielo estaba lleno de nubes plomizas y el ambiente era pesado y caluroso.
El villorrio era tan pequeño, que parecía un nidal de palomas en medio del campo extenso, besado por el río. Lo formaban tres ringlas de casas simétricamente colocadas en torno de la iglesia antañosa, más ancha que larga; alrededor estaba el campo, lleno de cañares, maizales, platanares y grandes terrenos baldíos. A cada casucha correspondía un huerto; en los huertos había naranjas, limas... La de don Manuel estaba en la ringla izquierda, casi besándose con la iglesia, y el huerto era el mejor cultivado y el más apetitoso, por sus naranjas dulces y coloradotas y sus duraznos entreabiertos, goteando miel.
Allí, en el huerto, Miguel había encontrado a Margarita, y con el corazón palpitante y las mejillas un poco pálidas, le había dicho:
-¡Mi vida!
Y la moza, que ya otras veces había sonreído al mozo, se dejó besar largamente en la boca roja, en los ojos dulces.
Y desde entonces se encontraron siempre lejos del poblado, en la solanera, en los caminos, en el huerto, en el río. Y siempre se miraban largamente, con los ojos amorosos, con los ojos dulces, tan dulces como los duraznos y las naranjas del huerto de don Manuel.
Tras el huerto estaba la solanera; fue en otro tiempo un gran aprisco para recoger el ganado trashumante; después el aprisco se trasladó a otra parte, y en ese entonces el pasto crecía alto, verde y abundante. Miguel apareció sonriente en un extremo de la solanera y se tumbó de bruces a esperar. A poco apareció también Margarita, saliendo del huerto; iba con las mejillas más coloradas que nunca; en los ojos tenía una extraña dulcedumbre, y en las comisuras de la boca, una risilla picarona. Miguel se levantó y la esperó con los brazos abiertos.
Cuando llegó, Margarita se puso un poco triste. ¡Que susto había sufrido la pobrecita! Temprano estaba en el huerto, acariciando a su ternera negra, que la había pedido para verla, cuando doña Tránsito, la vecina, entró preguntando por doña María. Después -se lo había contado la Carmen, su prima-, doña Tránsito se acercó a doña María, y llena de misterios, después de muchos rodeos y muchos preparamientos de ánimo, le dijo:
-“Mire, doña María, la moza está creciendo y corre peligro... Ese Miguel es un balcache... Ya todos lo saben en el pueblo... A mí me lo ha contado la Encarna, a la Encarna se lo ha contado la Manuela... ya ve usted... eso que se dice no ha de ser bola solamente, sino que algo de cierto ha de haber. Mire, que no está bueno... la moza es donosa y se puede perder un buen bocado...”
Y doña María, a quien no le gusta que nadie se entremeta en las cosas de su casa, le dijo, muerta de cólera: -“Mentiras, mentiras, doña Tránsito. Las muchachas envidiosas. Además, a usted no le importa; cada una sabe lo que se hace”.
Y dándose media vuelta, la dejó plantada en la puerta y sin saber qué hacer.
Pero, doña María que es mujer de orden y no le gusta hacer aspavientos en ningún caso, la llamó ahora a solas y le dijo: -“Oye lo que dicen... eso está muy malo, muy malo... Debes decirle a Miguel que vaya a arreglarse con tu papá...”
Y Margarita, convulsivamente, se secó una lágrima.
Ambos se tumbaron de bruces en el suelo y se tornaron callados y tristes. Con las manos en las mejillas y con los codos en la tierra, se miraban melancólicamente.
¡Cuándo se la había de dar don Manuel! Cuando no tenía ni un centavo y todos le decían balcache y botarate. ¡Cuándo! ¡Cuándo!
De pronto, una luz surgió en el cerebro de Miguel.
-Ya sé lo que vamos a hacer, ya sé -decía llorando de gozo.
Y Margarita interrogaba con los ojos, llenos de lágrimas también.
-¡Vámonos! ¡Vámonos a la Costa! Allá seremos felices. Me lo dice el corazón. Enrique, el que se fue a la ciudad, me dijo que en la costa se vive bien, allá son caros los jornales, y yo he de trabajar, he de trabajar. ¡Te juro que he de trabajar mucho! Vámonos lejos de aquí; aquí me matan, nos matan.
Y así, frente el uno al otro, tumbados en el suelo, sonreían con el divino gozo de los alucinados.
Y él, hundiendo sus manos fuertes, de hombre trabajador, en los cabellos finos y rubios de ella, la mirada en los ojos, la besaba en la boca.
-¡Dime que sí, mi vida, dime que sí!
Miguel creía todo lleno de los ojos grandes de Margarita, y en los ojos de ella lo veía todo: el campo grande y florido, como su ilusión; los cañares esmeraldinos; los charcos de sombra de los copudos mangos, los extensos terrenos baldíos; el verde subido de los huertos; el bamboleo marcial de los platanares...
-¡Dime que sí, mi vida, dime que sí!
Pero la visión del campo se tornó de pronto triste; los ojos de Margarita estaban tristes también.
-No puedo, eso no puedo. ¿Qué dirá mi mamá cuando lo sepa? ¿Qué dirán las vecinas, el señor Cura?
Y Miguel también se puso triste; ni se había acordado. ¿Y el señor Cura? Una rapaza tarosa y mugrienta se había acercado y los estaba mirando, con los dedos en la boca. Miguel al verla, malhumorado gritó:
-Quítate de ahí, zángana, ¿eh?
La rapaza se dio media vuelta y se alejó lentamente. De más allá se quedó de nuevo mirándolos, con su cara tarosa y los dedos en la boca.
El sol declinaba tristemente. Pasaron unos boyeros cerca de la valla. Uno de ellos iba diciendo:
-Véanlo a Miguel, véanlo a Miguel.
Unas mozas también pasaron. Una de ellas iba diciendo:
-Véanla a Margarita, véanla a Margarita.
Un rebaño de ovejas se paró a triscar en torno de los amantes. La rapaza mugrienta seguía mirándolos.
De improviso, de más allá de la solanera, de más allá del huerto, desde la casucha de doña María, partió una voz lenta y fuerte:
-¡Margarita... Margariiiita!
La moza se paró rápido, con los ojos tristes; seguía en el cerebro la obsesionante pregunta:
-¿Y el señor Cura?...
Miguel se paró también y, despacito, le dijo:
-Sal más luego.
Con el alba tuvieron que alejarse del pueblo. Todo dormía. Enlazados, a pie, cruzaron la cordillera y se perdieron rápidamente por entre los peñascales. Iban camino de la ciudad y de allí partirían a la Costa; allá estaba la ilusión de ellos, allá trabajaría Miguel mucho, mucho. Eran como golondrinas que emigraran al llegar el invierno. Sus corazones estaban llenos de amor y por ende de esperanza. Sentían no tener alas para volar. El arroyo lo pasaron muchas veces y después de cada una de ellas se daban un beso, sin sentir en nada los pesares del camino, porque la ilusión los alentaba.
Y llegaron con el crepúsculo: la ciudad se iluminaba lentamente y de todas partes se abrían ojos de luz para contemplar la inmigración divina de las sombras.
Por uno y otro lado sonaban las campanas de las iglesias; por uno y otro lado cruzaban viejas enlutadas haciendo resonar por los portales la madera de los zuecos; pasaban y se introducían en la Catedral.
Ellos atravesaron muchas calles y llegaron a una plaza muy grande: estaba toda llena de gente y se oía el ruido de los automóviles y de los coches. Estaban perdidos entre aquella multitud; sentían la nostalgia de su pueblo.
Una charanga militar tocaba melancólicamente; era una musiquilla triste, mohosa, llena de herrumbre, de tiempo...
Y ambos estaban atónitos, perplejos, llenos de la infinita tristeza de las grandes ciudades; y comprendiendo que había que trabajar mucho para vivir en lo imposible de su miseria, se quedaron silenciosos, meditabundos, desilusionados, con el signo de lo trágico en las comisuras de las bocas, mirando con ojos tristones, nostálgicos, hacia el lado de la mar...

Pablo Palacio - "Las mujeres miran las estrellas"

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Juan Gual, dado a la historia como a una querida, ha sufrido que ella le arranque los pelos y le arañe la cara.
Los historiadores, los literatos, los futbolistas, ¡psh!, todos son maniáticos, y el maniático es hombre muerto. Van por una línea, haciendo equilibrios como el que va sobre la cuerda, y se aprisionan al aire con el quitasol de la razón.
Sólo los locos exprimen hasta las glándulas de lo absurdo y están en el plano más alto de las categorías intelectuales.
Los historiadores son ciegos que tactean; los literatos dicen que sienten; los fubtolistas son policéfalos, guiados por los cuádriceps, gemelos y soleus.
El historiador Juan Gual. Del gran trapecio de la frente le cuelgan la pirámide de la nariz y el gesto triangular de la boca, comprendido en el cuadrilátero de la barbilla.
Mide 1 m. 63 ctms. y pesa 120 lbs. Este es un dato más interesante que el que podría dar un novelista. María Augusta, abandonando el tibio baño, secóse cuidadosamente con una amplia y suave toalla y colocóse luego la fina camisa de batista, no sin antes haberse recreado, con delectación morbosa, en la contemplación de sus redondas y voluptuosas formas.
Juan Gual, sorbiendo el rapé de los papeles viejos, descifra lentamente la pálida escritura antigua.
“Sor. Capitán Gral.: Enterado de que los Abitantes del pequeño Pueblo de Callayruc...”
El Copista, después de un momento contesta: “...de Callayruc”
“estavan mal impresionados con especies que su rusticidad...”
“...que su rusticidad”
Bueno, ¿y qué le importan al señor Gual los habitantes del pequeño pueblo de Callayruc? Lo que a mí el mismo señor Gual.
El cuentista es otro maniático. Todos somos maniáticos; los que no, son animales raros.
Hay que salir y gozar del buen tiempo: gargarismos musicales de los canarios; sombras de las figuras geométricas de Picasso que ensamblan en los cuerpos como una vida en otra vida; muchacha estilo Chagall, que se escarba las narices con el índice.
Pero el hombre de estudio no ve estas cosas: o permanece escarbando en las narices del tiempo la porquería de una fecha o hilvanando la inutilidad de una imagen, o abusando inconsideradamente de los sistemas inductivo y deductivo.
¿Y el copista? ¡Ah! El copista, un mozalbete barbilindo: 20 años, 1 m. 80 ctms. y 140 lbs. Le echaron a perder con el nombre de Temístocles. Ciertas mujeres del señor Wilde no le habrían amado nunca.
A más de historiador el señor Gual prepara delicioso pescado frito. Este pecadillo epicureísta no es extraño. Conozco un ingeniero que guisa admirablemente arroz a la valenciana y un santo sacerdote especialista en el aderezo de legumbres.
“no podía desechar, y siendo casi todos soldados...”
“todos soldados”
De improviso la puerta deja entrar una ancha lanzada de luz.
Las caras se alzan de los papeles.
-¿Quién es? ¿Qué es?
Temístocles se pone colorado.
-Entre, señora.
El señor Gual endereza su pequeño cuerpo y va a besar en la frente a su mujer. Esta mujer, clavando una mirada oblicua en Temístocles, hace de su boca un paréntesis.
Tres datos: el historiador tiene 45 años; la señora del historiador, 23; el historiador se porta un poquito flojo.
“de los que desertaron, cuando me destiné yo...” “...destiné yo”
El señor Gual se recela de besar en la boca a su señora delante del Secretario.

Los reconstituyentes no producen efecto. Tiene que estarse, el pobre, mansamente esperando horas de horas que la potencia sea mayor que la resistencia.
Parece que la historia tiene ese defectillo como efecto.
¡Vaya con el hombre! Si al menos fuera más inocente para enviarle en busca de Los mariscos del señor Chabre...
Todo lo que es más doloroso que mil poemas a la amada muerta y más artístico que las primaveras que ha visto un hombre.
¡Que ni se pueda contar con los mariscos!
¡Señor! ¡Señor!

Las caras caen de vergüenza.
Un hijo del señor Gual es un absurdo.
¿Entonces? Los dedos estirados sobre las mejillas o las manos bajo las barbillas, en una actitud algo así como Rodineana, para evitar que las caras se caigan de vergüenza.
Hay que esperar. La vida es una paralización de espera. Siempre estamos mirando, a la ventana, que pase el buen tiempo. Aguardamos que caigan las soluciones del tiempo mismo. Sentados en nuestras butacas, contemplamos el cinematógrafo de nuestros hechos. Miramos hacia arriba para encontrar la claraboya por donde hemos de salirnos, pálidos y azorados, y ser espectadores del propio drama estupefaciente, si es posible, si la vida lo permite.
Rosalía y Temístocles esperan, atados al cordel del destino, con la cabeza gacha como bestias cansadas.

El señor Gual salta escandalizado.
Estaba el señor Gual esperando lo que siempre esperaba: que la potencia sea mayor que la resistencia, y pretendiendo ayudar a la primera, buscaba la fuerza pasando su mano por la seda del vientre de ella.
Y cuando sintió el resorte de la vida, el señor Gual levantó la mano y el tronco; volvió a sentar la mano para constatar y volvió a levantarla.
-Rosalía... Rosalía...
Ella también ha levantado el tronco y se ha defendido con las manos.
La rabia del señor Gual es la del que ve fructificar lo que es suyo y no poseyó. Tal vez sea igual a la de la madre cuyo hijo se hace soldado e, inversamente, a la de la mujer que parió un muerto.
La rabia le conifica la cara y le hincha los ojos.
-¿Qué has hecho, perra?
Ella siente el escupitajo y le clava la mirada como para partirlo.
-¿Y tú qué has hecho?
-¿Que qué he hecho?
-Sí, ¿qué has hecho?
El señor Gual se traga la conificación de la rabia: él no ha hecho nada y el pecado está en no hacer nada.
El reproche le latiguea el rostro. No ha hecho nada y no debe decir nada.
Siente la soledad sobre él. La soledad que nos da de puñetazos hasta hacernos caer la cara sobre el pecho.
Solo consigo mismo.
Y la soledad trae la amargura, de cara estirada, rectangular, con un raro mechón de cabellos sobre la frente.
Ella tiene razón; pero él también la tiene y la reprocha, con el eterno reproche, delgado como vírgula:
-¡Ah!, Rosalía...
La amargura cae también sobre ella, sacudiéndola de los hombros hasta hacerla llorar.

El señor Gual ha tenido que ir a ver a su copista, traerlo por delante y hacerlo entrar en la casa tirándole de la oreja, como a los chicos.
Aunque Temístocles estaba encogido de vergüenza, ha reaccionado como todo un hombre, endureciendo los músculos. Pero bajo la mirada del historiador ha vuelto a sus posiciones, teniendo miedo a la acusación de los ojos.
El señor Gual le ha hecho sentar en su silla de siempre. Le ha presentado el papel de copia. Se ha separado, cruzando las manos a la espalda. Ha arrugado el ceño al momento difícil.
Gran silencio.
-Vaya, hombre, vaya. Esta mañana ha llovido un poco y anoche he tenido jaqueca.
Estaba algo apurado con eso de Jaén y don José Ignacio de Checa, pero no pude levantarme pronto. Ya me tienen un poco cansado estos papeles viejos.
Silencio.
-En fin, ¡caramba! ¡Hay que decirlo francamente y para eso has venido!
El señor Gual se traga algo tan voluminoso que parece una cuartilla de monólogo, y continúa, más difícilmente debido al atragantamiento.
-Eso de la muchacha... ya pasó. En fin, ¡caramba!, qué vamos a hacer... Sólo los perros son fieles... para con los hombres. Sólo los perros: los perros. Silencio.
-Bueno, bueno. Vamos con lo del señor Checa. Estábamos... aquí.
Le tiembla el hilillo de la voz:
“A fin de prevenir cualquiera sorpresa que pudiera perjudicar a mi reputación...”
“...reputación”

Hasta hoy tienen dos hijos

Pablo Palacio - "Un hombre muerto a puntapiés"

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Palacio, ecuatoriano, fue uno de los fundadores del movimiento de Vanguardia en américa latina a principios del siglo XX. Fue un autor denostado en su momento por la crítica de su país. Actualmente se le considera uno de los puntales de la literatura del siglo XX en Ecuador. Sus personajes marginales, su gusto por la extravagancia, su humor negro, su tono paródico exigen de quien lo lee una mente abierta y dispuesta a entrar en el juego que se propone. Algunos lo encuadran dentro de la "antinovela". Es un autor raro.
Yo encontré un volumen de sus obras completas en una librería de segunda mano. No lo conocía, pero bastó una ojeada para saber que quería aquel libro, un descubrimiento. Después vi que de descubrimiento nada, que era un autor de referencia, así que lo único que descubrí fue, una vez más, mi ignorancia. Muchas librerías tienen alguna de las ediciones de las "Obras completas" en sus catálogos, pero con la pequeña etiqueta de "no disponible". Soberbia memez para hacernos creer que tienen un fondo.

"¿Cómo echar al canasto los palpitantes
acontecimientos callejeros?”

“Esclarecer la verdad es acción moralizadora.”

EL COMERCIO de Quito

“Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía Nº 451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.
“Esta mañana, el señor Comisario de la 6a ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso. Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho.”
No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.
Yo no sé en que estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder.
Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García. Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.
Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera idea, que era esta, de reconstrucción y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa.
-Esto es esencial, muy esencial.
La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos: la deducción y la inducción (Véase Aristóteles y Bacon). El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja. La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido... (¿Cómo es? No lo recuerdo bien... En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?). Si he dicho bien, este es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.
Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.
-Bueno, ¿y cómo aplico este método maravilloso?- me pregunté.
¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.
Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero -no había apartado nunca de mi mesa el aciago Diario- y dando vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio -¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención! Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.
Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de “Esta mañana, el señor Comisario de la 6a...” fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos “Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.” Y yo, por una fuerza secreta de intuición que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.
Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era... No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras... Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.
Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a quien podía darme los datos reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:
-¡Ah!. sí... El asunto ese de un tal Ramírez... Mire que ya nos habíamos desalentado...
¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor... Como Ud. tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció... el pobre. Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso... algún deudo... ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame... mi más sincero...
-No, señor -dije yo indignado-, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más...
Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? “Soy un hombre que se interesa por la justicia” ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle más, apresuréme:
-Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas...
El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.
Y se portó muy culto:
-Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero... Eso sí, con cargo de devolución -me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos-. Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.
-Y dígame usted, señor Comisario, ¿no, podría recordar alguna seña particular del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?
-Una seña particular... un dato... No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar. Así más o menos de mi estatura -el Comisario era un poco alto-; grueso y de carnes flojas. Pero; una seña particular... no... al menos que yo recuerde... Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.
Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos. Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la fortuna había puesto a mi alcance.
Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra. Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus misterios. Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.
Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado. Cogí un papel, tracé las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable... ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.
Después... después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de los santos. ¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!
Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba... trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué lo mataron... Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:
El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera); Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años; Octavio Ramírez andaba escaso de dinero; Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero. Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad. Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenía que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.
¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no tener dudas, o, si no constó por descuido del reporter, el señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación alguna.
¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones:
“Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado” o “Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí” o “Tuve unos líos con una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos”. Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.
También era muy fácil declarar: “Tuvimos una reyerta”.
Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado hasta los nombres de los agresores.
Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:
Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.
Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos. Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días antes a la ciudad, teatro del suceso.
La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.
Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso.
Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa, deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.
Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas... Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquél estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.
Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.
-¡Pst! ¡Pst!
El muchacho se detuvo.
-Hola rico... ¿Qué haces por aquí a estas horas?
-Me voy a mi casa... ¿Qué quiere?
-Nada, nada... Pero no te vayas tan pronto, hermoso...
Y lo cogió del brazo.
El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.
-¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa. Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:
-¡Papá! ¡Papá!
Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una claridad sobre la una calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo. Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.
-¿Qué quiere usted, so sucio?
Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso.
Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.
¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!
Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contraotra nariz!
Así:
¡Chaj!

con un gran espacio sabroso.

¡Chaj!

Y después: ¡como se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!
¡Como batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!

¡Chaj!

¡Chaj! vertiginosamente,

¡Chaj!

en tanto que mil lucesitas, como agujas, cosían las tinieblas.