Estos días, en éste y en otro blog que suelo visitar, se comentaba sobre la posibilidad de que ahora fueran editados en algún libro los relatos que Salinger publicó en diversas revistas y diarios (The New Yorker, Saturday Evening Post, Cosmopolitan, ...). En las librerías y en castellano sólo se pueden encontrar las tres novelas que todo el mundo conoce y la recopilación de nueve cuentos. Si dominas el inglés es relativamente fácil acceder a la mayoría del resto de relatos. Por suerte, mis pesquisas en internet me han permitido acceder a cuatro cuentos (en castellano) que no se pueden encontrar en las librerías.
El cuento que ahora pongo (Both Parties Concerned, aunque inicialmente se tituló Wake Me When It Thunders -Despiértame cuando haya truenos-) fue publicado en febrero de 1944 en el Saturday Evening Post). La traducción es de Javier Marías y fue publicada en la revista "Sur Exprés" en 1987.
En realidad no hay mucho que contar. Quiero decir que no fue grave ni nada, pero fue así como raro en todo caso. Quiero decir porque por un momento pareció que todo el mundo de la fábrica y la madre de Ruthie y todos se iban a carcajear de nosotros. Habían estado diciendo que yo y Ruthie éramos demasiado jóvenes para casarnos. Ruthie tenía diecisiete años y yo tenía veinte, casi. Eso es ser bastante joven, de acuerdo, pero no si sabes lo que estás haciendo. Quiero decir que no lo es si todo va de primera entre ella y tú. Quiero decir entre las dos partes implicadas.
Bueno, como iba diciendo, Ruthie y yo en realidad nunca nos separamos. No nos separamos realmente. Y no es que la madre de Ruthie no estuviera deseándolo. Mrs. Cropper quería que Ruthie fuera a la universidad en vez de casarse. Ruthie se salió del colegio cuando tenía sólo quince años, y donde ella quería ir no la aceptaban hasta que tuviera dieciocho. Quería ser médico. Yo le tomaba el pelo, “¡Llamando al doctor Kildare!”, le decía. Yo tengo un buen sentido del humor. Ruthie no. Es más inclinada a ser así como seria.
Bueno, en realidad no sé cómo empezó todo, pero la cosa se calentó realmente una noche del mes pasado en el local de Jake. Ruthie, ella y yo habíamos ido allí. Ese antro realmente tiene clase este año. No tanto neón. Más bombillas. Más espacio para aparcar. Clase. ¿Saben lo que quiero decir? A Ruthie no le gusta mucho Jake's.
Bueno, esta noche que les decía, Jake's estaba de bote en bote cuando llegamos, y tuvimos que esperar alrededor de una hora hasta conseguir mesa. Ruthie no estaba por esperar. No tiene paciencia. Entonces, cuando por fin conseguimos una mesa, ella va y dice que no quiere una cerveza. Así que se queda allí sentada, encendiendo cerillas, soplándolas. Volviéndome loco.
-¿Qué pasa? -le pregunté por fin. Al cabo de un rato me crispó los nervios.
-No pasa nada -dice Ruthie. Deja de encender cerillas, se pone a echar miradas por el tugurio, como si estuviera ojo avizor a ver si veía a alguien en particular.
-Algo pasa -dije yo. Me la sé de memoria. Quiero decir que me la sé de memoria.
-No pasa nada -dice-. Deja ya de preocuparte por mi. Es todo fabuloso. Soy la chica más feliz del mundo.
-Corta el rollo -dije. Se estaba poniendo en plan sarcástico-. Sólo te he hecho una pregunta, eso es todo.
-Oh, usted perdone -dijo Ruthie-. Y quieres una respuesta. Desde luego. Usted perdone.
Estaba poniéndose en plan muy sarcástico. No me gusta eso. No me molesta, pero no me gusta.
Yo sabía qué mosca le había picado. Me la conozco a fondo, cada uno de sus cambios de humor.
-Vale -dije-. Estás molesta porque hemos salido esta noche. Ruthie, para decirlo bien claro, un tío tiene derecho a salir de vez en cuando, ¿no?
-¡De vez en cuando! -dice Ruthie-. Me encanta eso. De vez en cuando. Así como siete noches a la semana, ¿eh, Billy?
-No han sido siete noches a la semana -dije yo. ¡Y no lo habían sido! La noche anterior no habíamos salido. Quiero decir que nos tomamos una cerveza en Gordon's, pero volvimos directamente a casa y demás.
-¿No? -dijo Ruthie-. Vale. Dejémoslo. No se hable más.
Yo le pregunté, en plan tranquilo, qué se suponía que tenía que hacer. ¿Quedarme todas las noches sentado en casa como un memo? ¿Mirar las paredes? ¿Oír cómo el niño se hartaba de berrear? Le pregunté, en plan tranquilo, qué quería que hiciera.
-Por favor, no grites -dice-. Yo no quiero que hagas nada.
-Escucha -dije yo-. Estoy pagándole dieciocho pavos semanales a esa chiflada de la Widger para que se haga cargo del crío un par de horas por las noches. Lo hice solamente para que tú pudieras descansar. Pensé que estarías encantadísima. Solía gustarte salir de vez en cuando -le dije.
Entonces Ruthie va y dice que, en primer lugar, ella no quería que yo contratara a Mrs. Widger. Dijo que no le caía bien. Dijo que, de hecho, la odiaba. Dijo que a la Widger no le gustaba verla ni sostener al niño. Yo le dije a Ruthie que Mrs. Widger había tenido un montón de niños y que me imaginaba que sabia bastante bien cómo sostener a un crío. Ruthie dijo que cuando nosotros salimos por la noche la Widger lo único que hace es estarse sentada en el cuarto de estar, leyendo revistas; que nunca se acerca al niño. Yo dije que qué quería que hiciera, ¿meterse en la cuna con el crío? Ruthie dijo que no quería seguir hablando de ello.
-Ruthie -dije yo-, ¿qué pretendes? Hacerme pasar por una rata?
Ruthie dice:
-Yo no pretendo hacerte pasar por una rata. Tú no eres una rata.
-Gracias. Muchas gracias -dije yo. También yo puedo ponerme en plan sarcástico.
Dice ella.
-Eres mi marido, Billy.
Estaba apoyada en la mesa, llorando como... pero, ¡cielo santo, yo no tenía la culpa!
-Te casaste conmigo -dice- porque decías que me querías. Se supone que también deberías querer a nuestro niño, y cuidarlo. Se supone que a veces deberíamos pensar en las cosas, no sólo ir correteando por ahí.
Yo le pregunté, en plan tranquilo, quién decía que yo no quería al niño.
-Por favor, no grites -dice-. Si gritas me pondré yo a chillar -dice-. Nadie ha dicho que no lo quieras, Billy. Pero lo quieres cuando a ti te conviene o no te viene mal. Cuando se está bañando o cuando juega con tu corbata.
Yo le dije que lo quiero en todo momento. ¡Y lo quiero en todo momento! Es un encanto de crío, un verdadero encanto de crío.
Dice ella:
-Entonces, ¿por qué no estamos en casa?
Entonces se lo dije. Quiero decir que no me daba miedo decírselo. Se lo dije.
-Porque -dije- quiero tomarme un par de cervezas. Quiero un poco de vida. Tú no te pasas el día entero trabajando encima de un fuselaje. Tú no sabes lo que es eso.
Quiero decir que se lo dije
Entonces ella intentó ponerse en plan gracioso.
-¿Quieres decir -dice- que yo no me paso el día entero trabajando como una esclava pegada a otro fuselaje bien caliente?
Le dije que sí era bastante caliente. Entonces empezó a encender cerillas otra vez, como una cría. Le pregunté si no entendía para nada lo que yo quería decir. Dijo que desde luego entendía lo que quería decir, y dijo que también entendía lo que quería decir su madre, cuando su madre dijo que éramos demasiado jóvenes para casarnos. Dijo que ahora entendía lo que querían decir muchas cosas.
Aquello realmente me sacó de quicio. Lo admito. Estoy dispuesto a admitirlo. Nada me saca realmente de quicio, excepto cuando Ruthie saca a su madre a colación. No soporto que saque a su madre a colación. Le pregunté a Ruthie, en plan tranquilo, de qué estaba hablando. Dije:
-Sólo porque un tío quiere salir de vez en cuando.
Ruthie dijo que si volvía a decir “de vez en cuando”, no la volvería a ver. Siempre se toma las cosas en un sentido distinto del que yo las digo. Se lo dije. Ella dijo:
-Venga. Estamos aquí. Vamos a bailar.
La seguí a la pista, pero justo al llegar nosotros la orquesta nos la jugó. Empezaron a tocar Moonlight Becomes You. Es ya vieja, pero es una canción fabulosa. Quiero decir que no está mal. La oíamos de vez en cuando en la radio del coche o en la de casa. De vez en cuando Ruthie cantaba la letra. Pero no era tan emocionante oírla aquella noche en Jake’s. Era embarazoso. Y el estribillo debieron tocarlo ochenta y cinco veces. Quiero decir que no dejaban de tocar la canción. Ruthie bailaba a unas diez millas de mí, y no nos miramos mucho. Por fin pararon. Entonces Ruthie se apartó de mí. Vuelve a la mesa, pero no se sienta. Simplemente coge la chaqueta y se larga. Estaba llorando.
Pagué la cuenta y salí detrás de ella tan rápido como pude. Caray, fuera de pronto hacía frío. Yo llevaba puesto mi traje azul, pero Ruthie, ella sólo llevaba su vestido amarillo. Aquello no abrigaba a una pulga. Así que lo único que quería era llegar al coche de prisa y quitarme la chaqueta, y quizás echársela por encima. Quiero decir que hacía bastante frío.
Estaba en su lado del coche, toda como doblada, y estaba llorando, ruidosamente, como lloran los críos. Le eché mi chaqueta por encima e intenté que se diera la vuelta y me mirara, pero no quería volverse. Caray, me siento fatal cuando Ruthie hace eso. Quiero decir que me siento fatal. Preferiría estar muerto.
Le pedí así como un millón de veces que simplemente me mirara una vez. Pero ella no quería. Estaba medio tirada en el suelo del coche. Me dijo que me volviera y me tomara un par de cervezas, que ella me esperaría en el coche. Le dije que no quería ninguna cerveza. Lo único que quería era que me mirase. Le dije que no creyera a su madre, siempre diciendo que éramos demasiado jóvenes y demás. Le dije que su madre estaba chiflada.
Bueno, como he dicho, le seguí pidiendo que se diera la vuelta, que se incorporara, y que me mirara, pero no quería. Así que por fin arranqué el coche y conduje hasta casa. Lloró durante todo el camino, medio tirada en el asiento, medio echada en el suelo, como un crío. Pero para cuando metí el coche de culo en el garaje, había parado ya un poco, estaba más erguida en su asiento. Lo admito, normalmente nos achuchamos un poco al entrar de noche en el garaje. Ya saben lo que quiero decir. Está oscuro y demás, y le entra a uno la sensación de que está en su propio garaje y demás, y en el de ella también. Quiero decir que a veces es fabuloso. Pero esta vez salimos del coche inmediatamente. Ruthie subió las escaleras casi corriendo. Cuando yo ya me disponía a subir oí el portazo de la puerta delantera. Era Mrs. Widger que se marchaba. Cuando llegamos de noche, bate unos treinta récords de velocidad al salir de casa.
Cuando subí a nuestra habitación, y ya me había quitado la corbata, Ruthie va y me dice -me molestó-:
-Supongo que no querrás echarle un vistazo al niño. ¿Cómo sabes que no le ha salido bigote o algo desde la última vez que lo viste? ¿O es que no quieres verlo para nada en todo el mes?
No me gusta ese rollo en plan sarcástico. Le dije a Ruthie:
-¿Qué quieres decir con que si no quiero verlo? Claro que quiero verlo- y salí de la habitación.
-Ruthie deja encendida la luz del pasillo que da al cuarto del crío, así que allí nunca está como boca de lobo. Me incliné sobre la cuna y miré al crío. Tenía el pulgar en la boca. Se lo saqué, pero el crío volvió a metérselo en seguida, a pesar de que estaba dormido. Quiero decir que el crío no deja de pensar por estar dormido. Es listo. Quiero decir que no es bobo ni nada por el estilo. Le cogí un pie y lo tuve un rato en la mano. Me gustan los pies del crío. Quiero decir que simplemente me gustan. Entonces sentí a Ruthie entrar en el cuarto y quedarse detrás de mí. Tapé bien al crío y salí. Cuando volvimos a nuestra habitación, no sé por qué dije lo que dije, porque el niño realmente tenía buen aspecto. Sano. Como Ruthie.
-No me parece que esté tan bárbaro- le dije.
Ruthie dijo:
-¿Qué quieres decir con que no te parece que esté tan bárbaro? ¿Qué le pasa?
-Parece que ande así como falto de peso -dije yo.
-Tú andas falto de peso en la cabeza -dijo Ruthie.
Yo dije, muy en plan sarcástico:
-Gracias. Muchísimas gracias.
Ruthie y yo no volvimos a cruzar palabra hasta la mañana.
Ruthie siempre se levanta a hacer el desayuno y acercarme en el coche a la parada del autobús. Yo siempre espero a tener ya puestas la camisa y la corbata antes de zarandearla porque suele estar ya despierta. Pero aquella mañana tuve que darle poco menos que una paliza de tanto zarandearla. Me molestó algo que durmiera tan bien; bueno, quiero decir: porque yo no había dormido bien; bueno, en absoluto. Nunca duermo bien cuando estoy así como preocupado. Pero finalmente abrió los ojos.
Le digo:
-¿Te quieres levantar? ¿Te quieres levantar? Ya sabes que no tienes que hacerlo.
-Ya sé que no -dice ella, en plan sarcástico. Pero de todas formas se levantó, preparó el desayuno y me acercó a la parada del autobús.
En el coche no hablamos para nada. Quiero decir que no dijimos una palabra. Yo sólo le dije “Hasta luego” en la parada del autobús, luego me llegué rápidamente hasta donde estaba Moriarty. Entonces hice una cosa de locos. Le di a Moriarty una palmada en la espalda como si fuera mi compañero del alma: ¡y el tipo es que no lo aguanto! Está conmigo en fuselajes, y siempre me hace disminuir mi rendimiento. ¿Qué les parece?
Caray, me salió un día fatal en la cadena. Yo le hacía disminuir a Moriarty en vez de al revés. Empezó a tomarme el pelo con eso, y no llegué a soltarle un codazo porque Sidney Hoover estaba mirando. Sidney Hoover es el capataz de fuselajes.
Durante el almuerzo me metí dos veces en la cabina telefónica, pero las dos colgué antes de haber acabado de marcar nuestro número. No sé por qué. Quiero decir, en primer lugar, ¿para qué me metí allí dentro?
Aquella noche, después del trabajo, iba a jugar al baloncesto en Jóvenes Cristianos pero sólo jugué la primera parte, luego cogí el autobús. Me figuré que Ruthie no estaba allí para recogerme porque pensaba que iba a jugar el partido entero. Quiero decir que no me molesté ni nada porque no estuviera allí. Y de todas formas, Joe y Rita Santine me acercaron en su coche, así que no tuve problema.
Al llegar a casa, ¿qué se imaginan? Adivínenlo. Bueno, se lo diré. Ruthie no estaba allí. Lo único que había era una nota sobre la mesa de la entrada. Me la llevé al cuarto de estar. Ni siquiera me quité el sombrero. Y tenía gracia. Me temblaban las manos. Quiero decir que me temblaban.
La nota decía:
Billy: No veo que sirva de nada que sigamos juntos. Tú no pareces darte cuenta de que ya nos va tocando perder ciertas cosas. De que ya nos va tocando pasarlo de otra manera. No sé cómo decirte lo que quiero decir. De todas formas, no sirve de nada volver a machacar sobre ello, porque tú ya sabes lo que yo siento, y sólo hace que te enfades de todas formas. Por favor no aparezcas por casa de mi madre. Si quieres ver al niño, por favor, espera un poco.Bueno, encendí un cigarrillo y me quedé mucho rato allí sentado en el sillón que compramos juntos en Louis B. Silverman. Es la mejor tienda del pueblo. Clase. Luego me puse a leer la carta de Ruthie una y otra vez. Luego me la aprendí de memoria, realmente me la aprendí de memoria. Luego empecé a aprendérmela del revés, así: “poco un espera favor por niño al ver quieres Si”. Así. De locos. Estaba loco. Ni siquiera me había quitado aún el sombrero. Luego de repente entró Mrs. Widger.
Ruth
Dice:
-Ruthie me dijo que le preparara la cena. Está lista.
Caray, era del tipo frío. Cómo la odié. Me figuré que había pinchado a Ruthie para que me dejara.
-No quiero cenar nada -le dije-. Váyase a casa.
-Es un placer -dice. Una tía de primeras.
Al cabo de unos minutos la Widger da su portazo y yo me quedo solo. ¡Caray, me quedo solo! Sigo aprendiéndome del revés la carta de Ruthie, luego voy a la cocina. Me hice un pequeño sandwich, luego abrí nuestra botella de whisky y me la llevé al cuarto de estar. Con un vaso. No dejaba de pensar en cómo se emborrachaba Humphrey Bogart en Casablanca mientras esperaba a que apareciera Ingrid Bergman. Con Humphrey Bogart estaba aquel pianista de color, Sam, y después de tomarme unas cuantas copas empecé a hacer como si Sam estuviera conmigo en el cuarto. ¡Caray, estaba tocado!
Sam -dije, haciendo como si Sam estuviera por allí-, toca Moonlight Becomes You para mi.
Entonces también yo hice de Sam.
-Ay, no, esa pieza no la voy yo a tocar, patrón -dije, haciendo de Sam-. Esa es la pieza de usted y de Ruthie.
¡Caray, estaba tocado!
-¡Tócala, Sam! -grité, haciendo de Humphrey Bogart- Tócala, Sam. Poco un espera favor por niño al ver quieres Si. ¿Me entiendes, Sam? ¿Entendido?
Me cansé de aquel rollo de locos y fui al teléfono. Intenté localizar a Bud Treebles por teléfono. Es mi mejor amigo y uno de los mejores jugadores del baloncesto del estado. Los tres últimos años de colegio los dos formamos parte de la selección estatal juvenil.
Se puso al teléfono la madre de Bud y me dejó el oído hecho un bombo.
-¡Pero bueno, Billy Vullmer! ¡Hace siglos que no sabemos de ti! ¿Y cómo está esa encantadora mujercita tuya, y ese niño adorable?
Caray, realmente te puede doblar la oreja, esa mujer. Dijo que Bud no estaba en casa. Dijo:
-Tú ya conoces a esos solteros- Luego se rió como una mema. Colgué. La mujer me estaba volviendo loco.
Caray, me pasé las cuatro horas siguientes sentado en el sillón de Louis B. Silverman, emborrachándome, haciendo como que hablaba con Sam. Seguía esperando que Ruthie entrara. Una vez me levanté y fui a la puerta delantera y la abrí de un tirón. Ruthie no estaba allí, pero yo fingí que sí estaba. Quiero decir que hice como que estaba allí fuera.
Grité:
-¡Está bien! ¡Puedes entrar, Ruthie!
Finalmente volví a meterme en la casa. Tenía ganas de llorar, sólo que no lo hice, por supuesto. Entonces fui al teléfono y llamé a casa de Ruthie. El teléfono sonó y sonó, hasta casi volverme loco, luego contestó Mrs. Cropper. Caray, odio hablar por teléfono con ella. Dijo que Ruthie estaba dormida. Pero no lo estaba, porque Ruthie se puso al teléfono. Ruthie y yo hablamos así como un rato, yo más o menos le pedí que volviera a casa. Le dije que yo estaba en casa. Ella dijo que volvería a casa. Colgó y yo colgué.
Al cabo de media hora oí el coche de su viejo girar en nuestra entrada, y yo fui a la ventana. Ruthie se bajó del coche, pero se quedó hablando de pie con su viejo la tira de tiempo. Luego se volvió de pronto y echó a andar hacia la casa. Su viejo se alejó en el coche.
Poco después estaba dentro, y me rodeaba con sus brazos. Estaba llorando a más no poder. A mí no se me ocurría nada que decir excepto: “Ruthie, Ruthie”. Seguí diciendo eso una y otra vez, como un memo. Luego me senté en el sillón de Louis B. Silverman -es realmente un buen sillón- y ella se sentó sobre mi regazo.
Le dije que tenía como miedo de que no volviera a casa. Ella no dijo nada. Tenía la cara contra mi cuello. Cuando tiene la cara contra mi cuello, nunca habla.
Le digo:
-¿Dónde está el niño?
No estaba con ella ni tampoco arriba. Ruthie dice:
-Estaba dormido. No quise despertarlo. Mi madre lo traerá mañana.
-Tenía miedo de que no volvieras a casa- dije yo.
-Ruthie dijo que su madre casi la mataba por volver a casa conmigo. Yo no dije nada. Entonces Ruthie dijo algo curioso:
-Mi madre contestó al teléfono con la redecilla del pelo puesta: -dijo Ruthie-. Eso me hundió. Quiero decir que al volver a verla tan cómica con su redecilla supe que ya no estaría nada bien en casa. Quiero decir nada bien en casa de ellos.
Le pregunté qué quería decir, pero ella dijo que no sabía lo que quería decir. Qué cría más curiosa.
Hubo rayos y truenos aquella noche ya muy tarde. Me desperté hacia las tres y Ruthie no estaba allí a mi lado. Salté de la cama a toda prisa y bajé abajo. Abajo estaban encendidas todas las luces, todas. Ruthie no estaba en el armario de la entrada, sino que estaba en la cocina. Llevaba puesto su pijama azul y esas zapatillas lanudas -típicas de Ruthie- y estaba sentada a la mesa de la cocina; leyendo una revista; sólo que no estaba leyéndola realmente, porque se asusta demasiado para leer. Ustedes no han visto nunca a mi mujer cuando lleva puesto un pijama azul o un vestido azul o un traje de baño azul. Yo nunca supe de qué color iba vestida una chica hasta que conocí a Ruthie. Pero con Ruthie se sabe que lleva puesto algo azul.
Ruthie dijo que sólo había bajado porque quería un vaso de leche.
Caray, qué tipo más miserable soy. Ustedes no entienden.
De repente le dije, sólo por decírselo, cómo me había aprendido su nota del revés. Le dije: “poco un espera favor por niño al ver quieres Si”. Le digo:
-Eso eso. Así es del revés.
Entonces… agárrense. Quiero decir que se agarren. ¡Ruthie se echó a llorar! Luego dijo:
-Ahora ya todo me da lo mismo.
Fue curioso que dijera eso. Ruthie dice muchas cosas curiosas. Qué cría más curiosa. Es buena cosa que me la conozca a fondo. Más o menos.
Entonces dije algo así como:
-Despiértame cuando haya truenos, Ruthie. Por favor, está bien. Quiero decir que me despiertes cuando haya truenos.
Eso la hizo llorar aún más. Qué cría más curiosa. Pero ahora me despierta, eso es lo que quiero decir. Por mi está bien. Quiero decir que por mi está bien. Quiero decir que no me importa si hay truenos todas las noches.
Era un poco más de las cuatro de la tarde de un veranito de San Juan. Unas quince o veinte veces, desde el mediodía, Sandra, la criada, se había apartado de la ventana de la cocina que daba al lago, con la boca apretada en un gesto de disgusto. Esta última vez, al apartarse, ataba y desataba distraídamente las cintas de su delantal, aprovechando el escaso juego que le permitía su enorme cintura. Después regresó a la mesa esmaltada y depositó su cuerpo gallardamente uniformado en la silla que estaba frente a Mrs. Snell. Mrs. Snell había terminado la limpieza y el planchado y tomaba su habitual taza de té antes de dirigirse a pie por la acera hasta la parada del ómnibus. Mrs. Snell tenía el sombrero puesto. Era el mismo e interesante sombrero de fieltro negro que había usado, no solo durante todo el verano pasado, sino en los últimos tres veranos, pasando por olas monstruosas de calor, transformaciones del sistema de vida, docenas de tablas de planchar y timones de innumerables aspiradoras. Aún tenía adentro la etiqueta de Hattie Carnegie, gastada pero (podríamos decir) invicta.
-No voy a preocuparme -anunció Sandra, por quinta o sexta vez, dirigiéndose tanto a sí misma como a Mrs. Snell-. Me he propuesto no preocuparme. Total, ¿para qué?
-Claro -dijo Mrs. Snell-. Yo no me preocuparía. La verdad que no. Alcánceme mi bolso, querida.
En la alacena había un bolso de mano, sumamente gastado, pero que conservaba adentro una etiqueta tan imponente como la del sombrero de Mrs. Snell. Sandra pudo alcanzarlo sin incorporarse. Lo tendió por encima de la mesa a Mrs. Snell, quien lo abrió y sacó un paquete de cigarrillos mentolados y una cajita de fósforos del Stork Club.
Mrs. Snell encendió un cigarrillo, se llevó luego la taza de té a la boca, pero inmediatamente la depositó otra vez en el platillo.
-Si esto no se enfría de una buena vez, voy a perder el ómnibus. -Miró a Sandra, que clavaba la vista, desalentadamente, en la dirección general de los recipientes de cobre alineados contra la pared.- Deje de preocuparse -ordenó Mrs. Snell-. ¿Qué va a sacar con preocuparse? 0 él se lo dice o no se lo dice. Nada más. ¿Qué gana con hacerse problemas?
-No estoy preocupada --contestó Sandra-. Lo último que pienso hacer es preocuparme. Pero es que una se vuelve loca con ese chico rondando por la casa como un gato. No se le oye, ¿me entiende? Quiero decir, nadie puede oírlo ¿se da cuenta?. El otro día estaba desgranando arvejas, justo aquí, en esta mesa, y casi le piso la mano. Estaba sentado justo debajo de la mesa.
-Bueno, yo que usted no me preocuparía.
-Una tiene que pensar cada palabra que dice cuando él anda por ahí -dijo Sandra-. Es para volverse loca.
-Esto todavía no se puede beber -dijo Mrs. Snell-. Es terrible. Tener que cuidarse para decir cada palabra y todo lo demás.
-Como para volverse loca. ¡En serio! La mitad del tiempo estoy medio loca. -Sandra sacudió de su falda unas migas de pan inexistentes y resolló:- ¡Un chiquilín de cuatro años de edad!
-Es un chico bastante lindo -dijo Mrs. Snell-. Con esos ojos marrones tan grandes, y todo ...
Sandra volvió a resoplar: -Va a tener una nariz igual que la de su padre. -Alzó la taza y bebió su té sin dificultad. -No sé para qué van a quedarse aquí todo el mes de octubre -dijo descontenta, bajando la taza-. Quiero decir, ninguno de ellos se acerca ya al agua. Ella no va, él tampoco, el chico menos. Nadie se baña ya. Ni siquiera sacan ahora ese bote de porquería. No sé por qué tiraron la plata de esa manera.
-No sé cómo hace para tomarlo. Yo ni siquiera puedo probar el mío.
Sandra fijó su mirada rencorosa en la pared opuesta: -Voy a estar tan contenta cuando vuelva a la ciudad. Lo digo en serio. Odio este lugar de locos. -Miró con hostilidad a Mrs. Snell. -Usted no tiene problemas, usted vive aquí todo el año. Tiene aquí su vida social y todo eso. A usted no le importa.
-Voy a tomar este té aunque me muera -dijo Mrs. Snell, mirando el reloj que estaba sobre la cocina eléctrica.
-¿Qué haría usted si estuviera en mi lugar? -preguntó Sandra bruscamente-. ¿Qué haría? Diga la verdad.
Mrs. Snell se calzaba una pregunta de esas como si fuera un tapado de armiño. De inmediato dejó su taza sobre la mesa.
-Bueno, en primer lugar -dijo-, no me afligiría. Lo que haría es buscar otro...
-No estoy afligiéndome -interrumpió Sandra.
-Ya sé, pero lo que yo haría, sería conseguirme...
Se abrió la puerta de vaivén que comunicaba con el comedor y entró en la cocina Boo Boo Tannenbaum, la señora de la casa. Era una chica menuda, prácticamente sin caderas, de veinticinco años, con un pelo sin personalidad, incoloro, quebradizo, recogido detrás de las orejas, que eran muy grandes. Llevaba pantalones vaqueros hasta la rodilla, un pulóver negro de cuello alto, calcetines y zapatillas. Aparte de la gracia de su nombre, aparte de su falta general de belleza, era -pensando en esas caras pequeñas, siempre memorables, extremadamente sensibles- una chica apabullante, definitiva. Fue directamente a la heladera y la abrió. Mientras escudriñaba el interior, con las piernas separadas y las manos sobre las rodillas, silbaba desafinadamente entre dientes, llevando el compás con pequeños movimientos pendulares y despreocupados del rabo. Sandra y Mrs. Snell se quedaron calladas. Despaciosamente, Mrs. Snell apagó el cigarrillo.
-Sandra...
-¿Sí, señora? -Sandra miró atentamente más allá del sombrero de Mrs. Snell.
-¿No quedan más pickles? Quiero llevarle algunos.
-Se los comió -informó Sandra-. Se los comió anoche, antes de irse a la cama, quedaban dos, nada más.
-Oh. Bueno, entonces compraré cuando vaya a la estación. Pensé que a lo mejor podía convencerlo de que saliera de ese bote. -Boo Boo cerró la puerta de la heladera y fue a mirar por la ventana que daba al lago. Desde allí preguntó:- ¿Necesitamos alguna otra cosa?
-Solo pan.
-Le dejé el cheque sobre la mesa del living, Mrs. Snell. Gracias.
-Está bien -dijo Mrs. Snell-. Parece que Lionel se va a escapar. -Rió brevemente.
-Así parece -dijo Boo Boo, y metió las manos en los bolsillos de atrás.
-Al menos no se escapa muy lejos -dijo Mrs. Snell, dejando oír otra breve risa.
Junto a la ventana, Boo Boo cambió un poco de posición para no dar directamente la espalda a las dos mujeres sentadas a la mesa.
-No -dijo, y se acomodó un mechón de pelo detrás de una oreja. Y agregó, nada más que como información adicional-: Desde los dos años se escapa en forma sistemática. Pero nunca muy lejos. Creo que lo más lejos que llegó, en la ciudad, por lo menos, fue al Mall en el Central Park. Solo a dos cuadras de casa. Se quedaba allí para decirle adiós al papá.
Las dos mujeres sentadas a la mesa rieron.
-El Mall es donde todos van a patinar en Nueva York -dijo Sandra, muy socialmente, a Mrs. Snell-. Los chicos, y todos los otros.
-Ah -dijo Mrs. Snell.
-No tenía más de tres años. Fue el año pasado -dijo Boo Boo, sacando un atado de cigarrillos y una cajita de fósforos de un bolsillo lateral de sus vaqueros. Prendió un cigarrillo, mientras las dos mujeres la contemplaban con interés-. Gran conmoción. Toda la policía buscándolo.
-¿Lo encontraron? -dijo Mrs. Snell.
-¡Claro que lo encontraron! -dijo Sandra con desdén-. ¿Qué se cree?
-Lo encontraron a las once y cuarto de la noche, en pleno mes de... Dios mío, febrero, creo. Ni un chico en todo el parque. Nada más que asaltantes, supongo, y un surtido de degenerados ambulantes. Estaba sentado en la plataforma donde toca la banda, haciendo rodar una bolita por una grieta del suelo. Casi muerto de frío y con un aspecto de...
-¡Alabado sea Dios! --dijo Mrs. Snell-. ¿Cómo pudo hacerlo? Quiero decir, ¿de qué se escapaba?
Boo Boo lanzó una única voluta de humo, defectuosa, hacia uno de los vidrios de la ventana: -Parece que esa tarde uno de los chicos en el parque le había dicho en forma vaga y malintencionado: "Apestas, nene". Al menos creemos que lo hizo por eso. Yo no sé, Mrs. Snell. Es un poco demasiado complicado para mí.
-¿Desde cuándo lo hace? -preguntó Mrs. Snell-. Digo, ¿desde cuándo se escapa?
-Bueno, a la edad de dos años y medio --dijo Boo Boo biográficamente- se refugió debajo de la pileta, en el sótano de nuestra casa de departamentos. En el lavadero. Noemí no-sé-cuánto, una amiga íntima suya, le dijo que tenía una lombriz en un termo. Por lo menos, eso fue todo lo que le pudimos sacar. -Boo Boo suspiró y se apartó de la ventana con una larga columna de ceniza en el cigarrillo. Se encaminó hacia la puerta mosquitero.- Voy a probar otra vez -dijo a manera de despedida.
Las otras dos mujeres rieron.
-Mildred -dijo Sandra, riéndose aún, y dirigiéndose a Mrs. Snell-. Va a perder el ómnibus si no se da prisa.
Boo Boo cerró la puerta mosquitero al salir. Estaba de pie en la ligera pendiente del jardín de su casa, con el último y bajo sol de la tarde brillando a las espaldas. Doscientos metros más allá, su hijo Lionel se hallaba sentado en el asiento de popa del chinchorro de su padre. Amarrado, y con la vela mayor y el foque recogidos, el chinchorro flotaba en un ángulo perfectamente recto con la punta del muelle. Más o menos veinte metros más afuera flotaba, dado vuelta, un esquí acuático abandonado o perdido; pero no había en el lago embarcaciones de placer: apenas se veía la popa de la lancha de la municipalidad que se dirigía al embarcadero de Leech. A Boo Boo le resultaba bastante dificultoso mantener su vista fija en Lionel. El sol, aunque no era especialmente fuerte, resplandecía tanto que cualquier objeto más o menos distante -un chico, un bote -oscilaba y se retractaba como un palito en el agua. Al cabo de dos o tres minutos, Boo Boo desistió de esforzar su vista. Apagó el cigarrillo al estilo marinero y echó a andar hacia el muelle.
Estaban en octubre, y el calor reflejado en los tablones del muelle no le daba ya en la cara. Caminaba silbando entre dientes "Kentucky Babe". Cuando llegó a la punta del muelle, se agachó justo en el borde, haciendo sonar sus rodillas, y contempló a Lionel. Se hallaba a menos de un largo de remo de ella. Lionel no la miró.
-¡Eh! -dijo Boo Boo-. Amigo. Pirata. Canallita, Estoy de vuelta.
Sin dirigirle la mirada, Lionel pareció sentir bruscamente la necesidad de exhibir su maestría como navegante. Giró la barra del timón todo lo que pudo hacia la derecha, e inmediatamente después la acercó otra vez de un tirón a su cuerpo. Mantenía los ojos fijos en la cubierta del bote.
-Soy yo -dijo Boo Boo-. Vicealmirante Tannenbaum. Glass es mi nombre de soltera. Vine a inspeccionar los estermáforos.
Obtuvo respuesta.
-No eres un almirante. Eres una señora -dijo Lionel. Sus frases generalmente se cortaban por lo menos una vez a causa de un inadecuado dominio de la respiración, así que, a menudo, las palabras que quería destacar se apagaban en lugar de elevarse. Boo Boo no solamente escuchaba su voz; parecía que trataba de verla.
-¿Quién te lo dijo? ¿Quién te dijo que yo no era un almirante?
Lionel contestó, pero en forma ínaudible.
-¿Quién? -dijo Boo Boo.
-Papá.
Siempre en cuclillas, Boo Boo puso su mano izquierda entre las piernas, apoyándose en las tablas del muelle para mantener el equilibrio.
-Tu papá es un buen tipo -dijo-, pero es un vulgar marinero de agua dulce. Es perfectamente cierto que cuando estoy en puerto soy una señora. Eso es cierto. Pero también es cierto que mi vocación ha sido, es y será siempre navegar por...
-Tú no eres un almirante -dijo Lionel.
-¿Cómo dices?
-Que no eres un almirante. Eres siempre una señora. Hubo una corta pausa. Lionel la llenó cambiando otra vez el rumbo de su nave; se aferraba al timón con los dos brazos. Llevaba pantalones cortos de color caqui y una camisa blanca, limpia, con un dibujo estampado en el pecho que representaba a Jerónimo el Avestruz tocando el violín. Tenía la piel bronceada, y su cabello, casi idéntico al de la madre en color y tersura, estaba un poco descolorido por el sol.
-Mucha gente cree que yo no soy un almirante -dijo Boo Boo, observándolo-, porque no me la paso cacareándolo. -Sin perder el equilibrio, sacó un cigarrillo y los fósforos de un bolsillo lateral de los vaqueros.- Casi nunca siento la tentación de hablar de mi grado con la gente y menos con chicos que ni siquiera me miran cuando les hablo. Me darían de baja si lo hiciera. -Sin prender el cigarrillo, repentinamente se puso de pie, se irguió de una manera exagerada, hizo un óvalo con el pulgar y el índice de la mano derecha, acercó el óvalo a la boca y emitió un sonido parecido al toque de un clarín. Lionel alzó instantáneamente la mirada. Casi seguramente se había dado cuenta de que el son era falso, pero lo mismo parecía muy conmovido; se quedó boquiabierto. Boo Boo repitió el toque, una peculiar amalgama de diana y silencio, tres veces, sin interrupción. Luego, ceremoniosamente, hizo un saludo militar hacia la orilla opuesta. Cuando por fin se puso de nuevo en cuclillas sobre el muelle, lo hizo con el máximo pesar, como si se hubiera sentido profundamente conmovida por una de las virtudes de la tradición naval inaccesible para el público y los niños pequeños. Echó un vistazo al reducido horizonte del lago y luego pareció recordar que no estaba sola. Miró hacia abajo, con aire digno, hacia donde estaba Lionel, cuya boca seguía abierta.
-Ese toque de clarín era secreto. Solo los almirantes pueden oírlo. -Encendió el cigarrillo y apagó el fósforo con una teatral bocanada de humo, larga y fina.- Si alguien se entera de que te he permitido oír ese toque... -Meneó la cabeza. Nuevamente fijó en el horizonte el sextanteo del ojo.
-Hazlo de nuevo.
-Imposible.
-¿Por qué?
Boa Boo se encogió de hombros.
-Demasiada oficialidad subalterna, para empezar. -Cambió de posición, adoptando una postura india, con las piernas cruzadas. Se subió los calcetines:- Te diré lo que voy a hacer -dijo con tono práctico-. Si me dices por qué te escapas, te soplaré todos los sones secretos de clarín que conozco. ¿Está bien?
Lionel volvió a fijar su mirada en el fondo del bote:
-No.
-¿Por qué no?
-Porque no.
-¿Pero por qué?
-Porque no quiero -dijo Lionel, y para enfatizar dio un tirón al timón.
Boo Boo se protegió la parte derecha de la cara del resplandor del sol. -Me dijiste que no ibas a escaparte más -dijo-. Hablamos de esto, y me dijiste que ya todo se había terminado. Me lo, habías prometido.
Lionel contestó algo, pero no se oyó.
-¿Cómo? -dijo Boo Boo.
-Yo no prometí nada.
-Oh, sí, me lo prometiste. Claro que lo prometiste.
Lionel empezó de nuevo a maniobrar su embarcación.
-Si eres un almirante -dijo-, ¿dónde está tu flota?
-Mi flota. Celebro que me hayas hecho esa pregunta -dijo Boo Boo, y empezó a deslizarse hacia el chinchorro.
-¡Sal de aquí! -ordenó Lionel, conteniéndose para no chillar y manteniendo la vista baja-. No puede subir nadie.
-¿No? -el pie de Boo Boo ya tocaba la proa del bote. Obediente, lo retiró-: ¿Nadie, absolutamente nadie? -nuevamente se sentó a lo indio-. ¿Por qué no?
La respuesta de Lionel fue completa pero, otra vez, demasiado baja.
-¿Qué? -dijo Boo Boo.
-Porque no está permitido.
Boo Boo, sin desviar la vista del niño, se mantuvo en silencio durante un minuto entero; luego dijo:
-Lamento saberlo. Me encantaría subir a tu bote. Te echo tanto de menos. Te extraño mucho. Me pasé todo el día sola en la casa, sin nadie con quien hablar.
Lionel no movió el timón. Estudió la fibra de la madera de la barra.
-Puedes hablar con Sandra -dijo.
-Sandra está ocupada -dijo Boo Boo-. De todos modos, no quiero hablar con Sandra. Quiero hablar contigo. Quiero subir a tu bote y hablar contigo.
-Puedes hablar desde ahí.
-¿Cómo?
-Puedes hablar desde ahí.
-No, no puedo. Estás demasiado lejos. Tengo que acercarme.
Lionel movió el timón. -Nadie puede subir a bordo -dijo.
-¿Cómo?
-Nadie puede subir a bordo.
-Bueno, ¿entonces me dices desde ahí por qué te escapaste -preguntó Boo Boo-, después de haberme dicho que no volverías a hacerlo?
Cerca del asiento de popa, en el fondo del chinchorro, había una máscara de hueco. Como respuesta, Lionel tomó la correa de la máscara entre el dedo gordo y el segundo de su pie izquierdo y con un movimiento breve, hábil, de la pierna, arrojó la máscara al agua. La máscara se hundió de inmediato.
-¡Que bien! ¡Qué constructivo! --dijo Boo Boo--. Era de tu tío Webb. Se va a poner muy contento. -Fumó una bocanada.- Antes había sido de tu tío Seymour.
-No me importa. -Ya sé.
Ya veo que no te importa --dijo Boo Boo. Su cigarrillo formaba un ángulo inusitado con sus dedos: la brasa ardía peligrosamente cerca de uno de sus nudillos. De pronto sintió el calor y dejó que el cigarrillo cayera al lago. En seguida sacó algo de uno de sus bolsillos laterales. Era un paquete, más o menos del tamaño de un mazo de naipes, envuelto en papel blanco y atado con una cinta verde. -Este es un llavero -dijo, sintiendo cómo la mirada del chico se alzaba hasta ella-. Igual que el de papá. Pero tiene más llaves que el llavero de papá. Este tiene diez llaves.
Lionel se inclinó hacia adelante en su asiento, soltando el timón. Extendió las manos en actitud de recoger.
-¿Me lo tiras? -dijo-. Sé buena.
-Vamos a pensarlo un poco, Rayito de Sol. Tengo que meditarlo. En realidad, debería tirar este llavero al lago.
Lionel la miró con la boca abierta. Cerró la boca. -Es mío -dijo, con una entonación cada vez menos imperiosa.
Boo Boo, mirándolo, se encogió de hombros. -No me importa.
Lionel se arrellanó lentamente en su asiento, observando a su madre, y estiró la mano hacia atrás para tomar el timón. Sus ojos reflejaban una pura percepción, como su madre sabía que reaccionaría.
-Toma -Boo Boo le tiró el paquetito. Aterrizó perfectamente entre sus piernas.
Lionel lo contempló un momento, lo alzó, lo examinó en su mano y lo tiró luego de costado, al agua. Miró en seguida a su madre, pero en sus ojos no había desafío sino lágrimas. Un segundo después su boca se distorsionaba hasta tomar la forma de un ocho horizontal y se ponía a llorar copiosamente.
Boo Boo se incorporó, con cuidado, como alguien a quien se le ha dormido un pie en el lecho, y se introdujo en el chinchorro. Un instante después estaba sentada en el asiento de popa, con el navegante en su falda, y lo mecía y le besaba la nuca y le daba algunos datos: -Los marineros no lloran, querido, los marineros nunca lloran. Solo cuando se les hunde el barco. 0 cuando naufragan, y están en la balsa, sin nada para beber salvo...
-Sandra... le dijo a Mrs. Snell... que papá es un "moishe" ... grandote... y estúpido.
Imperceptiblemente, Boo Boo hizo una mueca, pero sacó al chico de su regazo y lo puso de pie frente a ella y le retiró el pelo de la frente.
-¿Con que dijo eso? ¿Eh? -preguntó.
Lionel asintió con la cabeza enérgicamente. Se acercó, llorando aún, para ponerse entre las piernas de su madre.
-Bueno, no es algo tan terrible -dijo Boo Boo, sosteniéndolo entre las dos morsas de sus brazos y sus piernas-. No es lo peor que podía suceder. -Suavemente mordió la oreja del chico.- ¿Tú sabes lo que es un "moishe", querido?
Lionel o bien no quiso o no pudo contestar de inmediato. Por lo menos, esperó a que hubiera disminuido el hipo que siguió a sus lágrimas. A continuación contestó, en forma ahogada pero comprensible, hundido en la tibieza del cuello de Boo Boo. -Es una de esas cosas para llevar bebés -dijo-. De mimbre, con una manija. Para observarlo mejor, Boo Boo apartó un poco a su hijo. Luego le metió una mano traviesa en el interior del pantalón, lo cual lo sorprendió mucho, pero la retiró en seguida y decorosamente le metió la camisa debajo del pantalón. -Te diré lo que vamos a hacer -dijo-. Iremos en auto al pueblo y compraremos unos pickles, y algo de pan, y comeremos los pickles en el auto, y después iremos a la estación a esperar a papá, y luego lo traeremos a casa y haremos que nos lleve a pasear en el bote. Tú lo ayudarás a bajar las velas. ¿De acuerdo?
-De acuerdo -dijo Lionel.
No volvieron caminando a la casa; corrieron una carrera. Ganó Lionel.
-No voy a preocuparme -anunció Sandra, por quinta o sexta vez, dirigiéndose tanto a sí misma como a Mrs. Snell-. Me he propuesto no preocuparme. Total, ¿para qué?
-Claro -dijo Mrs. Snell-. Yo no me preocuparía. La verdad que no. Alcánceme mi bolso, querida.
En la alacena había un bolso de mano, sumamente gastado, pero que conservaba adentro una etiqueta tan imponente como la del sombrero de Mrs. Snell. Sandra pudo alcanzarlo sin incorporarse. Lo tendió por encima de la mesa a Mrs. Snell, quien lo abrió y sacó un paquete de cigarrillos mentolados y una cajita de fósforos del Stork Club.
Mrs. Snell encendió un cigarrillo, se llevó luego la taza de té a la boca, pero inmediatamente la depositó otra vez en el platillo.
-Si esto no se enfría de una buena vez, voy a perder el ómnibus. -Miró a Sandra, que clavaba la vista, desalentadamente, en la dirección general de los recipientes de cobre alineados contra la pared.- Deje de preocuparse -ordenó Mrs. Snell-. ¿Qué va a sacar con preocuparse? 0 él se lo dice o no se lo dice. Nada más. ¿Qué gana con hacerse problemas?
-No estoy preocupada --contestó Sandra-. Lo último que pienso hacer es preocuparme. Pero es que una se vuelve loca con ese chico rondando por la casa como un gato. No se le oye, ¿me entiende? Quiero decir, nadie puede oírlo ¿se da cuenta?. El otro día estaba desgranando arvejas, justo aquí, en esta mesa, y casi le piso la mano. Estaba sentado justo debajo de la mesa.
-Bueno, yo que usted no me preocuparía.
-Una tiene que pensar cada palabra que dice cuando él anda por ahí -dijo Sandra-. Es para volverse loca.
-Esto todavía no se puede beber -dijo Mrs. Snell-. Es terrible. Tener que cuidarse para decir cada palabra y todo lo demás.
-Como para volverse loca. ¡En serio! La mitad del tiempo estoy medio loca. -Sandra sacudió de su falda unas migas de pan inexistentes y resolló:- ¡Un chiquilín de cuatro años de edad!
-Es un chico bastante lindo -dijo Mrs. Snell-. Con esos ojos marrones tan grandes, y todo ...
Sandra volvió a resoplar: -Va a tener una nariz igual que la de su padre. -Alzó la taza y bebió su té sin dificultad. -No sé para qué van a quedarse aquí todo el mes de octubre -dijo descontenta, bajando la taza-. Quiero decir, ninguno de ellos se acerca ya al agua. Ella no va, él tampoco, el chico menos. Nadie se baña ya. Ni siquiera sacan ahora ese bote de porquería. No sé por qué tiraron la plata de esa manera.
-No sé cómo hace para tomarlo. Yo ni siquiera puedo probar el mío.
Sandra fijó su mirada rencorosa en la pared opuesta: -Voy a estar tan contenta cuando vuelva a la ciudad. Lo digo en serio. Odio este lugar de locos. -Miró con hostilidad a Mrs. Snell. -Usted no tiene problemas, usted vive aquí todo el año. Tiene aquí su vida social y todo eso. A usted no le importa.
-Voy a tomar este té aunque me muera -dijo Mrs. Snell, mirando el reloj que estaba sobre la cocina eléctrica.
-¿Qué haría usted si estuviera en mi lugar? -preguntó Sandra bruscamente-. ¿Qué haría? Diga la verdad.
Mrs. Snell se calzaba una pregunta de esas como si fuera un tapado de armiño. De inmediato dejó su taza sobre la mesa.
-Bueno, en primer lugar -dijo-, no me afligiría. Lo que haría es buscar otro...
-No estoy afligiéndome -interrumpió Sandra.
-Ya sé, pero lo que yo haría, sería conseguirme...
Se abrió la puerta de vaivén que comunicaba con el comedor y entró en la cocina Boo Boo Tannenbaum, la señora de la casa. Era una chica menuda, prácticamente sin caderas, de veinticinco años, con un pelo sin personalidad, incoloro, quebradizo, recogido detrás de las orejas, que eran muy grandes. Llevaba pantalones vaqueros hasta la rodilla, un pulóver negro de cuello alto, calcetines y zapatillas. Aparte de la gracia de su nombre, aparte de su falta general de belleza, era -pensando en esas caras pequeñas, siempre memorables, extremadamente sensibles- una chica apabullante, definitiva. Fue directamente a la heladera y la abrió. Mientras escudriñaba el interior, con las piernas separadas y las manos sobre las rodillas, silbaba desafinadamente entre dientes, llevando el compás con pequeños movimientos pendulares y despreocupados del rabo. Sandra y Mrs. Snell se quedaron calladas. Despaciosamente, Mrs. Snell apagó el cigarrillo.
-Sandra...
-¿Sí, señora? -Sandra miró atentamente más allá del sombrero de Mrs. Snell.
-¿No quedan más pickles? Quiero llevarle algunos.
-Se los comió -informó Sandra-. Se los comió anoche, antes de irse a la cama, quedaban dos, nada más.
-Oh. Bueno, entonces compraré cuando vaya a la estación. Pensé que a lo mejor podía convencerlo de que saliera de ese bote. -Boo Boo cerró la puerta de la heladera y fue a mirar por la ventana que daba al lago. Desde allí preguntó:- ¿Necesitamos alguna otra cosa?
-Solo pan.
-Le dejé el cheque sobre la mesa del living, Mrs. Snell. Gracias.
-Está bien -dijo Mrs. Snell-. Parece que Lionel se va a escapar. -Rió brevemente.
-Así parece -dijo Boo Boo, y metió las manos en los bolsillos de atrás.
-Al menos no se escapa muy lejos -dijo Mrs. Snell, dejando oír otra breve risa.
Junto a la ventana, Boo Boo cambió un poco de posición para no dar directamente la espalda a las dos mujeres sentadas a la mesa.
-No -dijo, y se acomodó un mechón de pelo detrás de una oreja. Y agregó, nada más que como información adicional-: Desde los dos años se escapa en forma sistemática. Pero nunca muy lejos. Creo que lo más lejos que llegó, en la ciudad, por lo menos, fue al Mall en el Central Park. Solo a dos cuadras de casa. Se quedaba allí para decirle adiós al papá.
Las dos mujeres sentadas a la mesa rieron.
-El Mall es donde todos van a patinar en Nueva York -dijo Sandra, muy socialmente, a Mrs. Snell-. Los chicos, y todos los otros.
-Ah -dijo Mrs. Snell.
-No tenía más de tres años. Fue el año pasado -dijo Boo Boo, sacando un atado de cigarrillos y una cajita de fósforos de un bolsillo lateral de sus vaqueros. Prendió un cigarrillo, mientras las dos mujeres la contemplaban con interés-. Gran conmoción. Toda la policía buscándolo.
-¿Lo encontraron? -dijo Mrs. Snell.
-¡Claro que lo encontraron! -dijo Sandra con desdén-. ¿Qué se cree?
-Lo encontraron a las once y cuarto de la noche, en pleno mes de... Dios mío, febrero, creo. Ni un chico en todo el parque. Nada más que asaltantes, supongo, y un surtido de degenerados ambulantes. Estaba sentado en la plataforma donde toca la banda, haciendo rodar una bolita por una grieta del suelo. Casi muerto de frío y con un aspecto de...
-¡Alabado sea Dios! --dijo Mrs. Snell-. ¿Cómo pudo hacerlo? Quiero decir, ¿de qué se escapaba?
Boo Boo lanzó una única voluta de humo, defectuosa, hacia uno de los vidrios de la ventana: -Parece que esa tarde uno de los chicos en el parque le había dicho en forma vaga y malintencionado: "Apestas, nene". Al menos creemos que lo hizo por eso. Yo no sé, Mrs. Snell. Es un poco demasiado complicado para mí.
-¿Desde cuándo lo hace? -preguntó Mrs. Snell-. Digo, ¿desde cuándo se escapa?
-Bueno, a la edad de dos años y medio --dijo Boo Boo biográficamente- se refugió debajo de la pileta, en el sótano de nuestra casa de departamentos. En el lavadero. Noemí no-sé-cuánto, una amiga íntima suya, le dijo que tenía una lombriz en un termo. Por lo menos, eso fue todo lo que le pudimos sacar. -Boo Boo suspiró y se apartó de la ventana con una larga columna de ceniza en el cigarrillo. Se encaminó hacia la puerta mosquitero.- Voy a probar otra vez -dijo a manera de despedida.
Las otras dos mujeres rieron.
-Mildred -dijo Sandra, riéndose aún, y dirigiéndose a Mrs. Snell-. Va a perder el ómnibus si no se da prisa.
Boo Boo cerró la puerta mosquitero al salir. Estaba de pie en la ligera pendiente del jardín de su casa, con el último y bajo sol de la tarde brillando a las espaldas. Doscientos metros más allá, su hijo Lionel se hallaba sentado en el asiento de popa del chinchorro de su padre. Amarrado, y con la vela mayor y el foque recogidos, el chinchorro flotaba en un ángulo perfectamente recto con la punta del muelle. Más o menos veinte metros más afuera flotaba, dado vuelta, un esquí acuático abandonado o perdido; pero no había en el lago embarcaciones de placer: apenas se veía la popa de la lancha de la municipalidad que se dirigía al embarcadero de Leech. A Boo Boo le resultaba bastante dificultoso mantener su vista fija en Lionel. El sol, aunque no era especialmente fuerte, resplandecía tanto que cualquier objeto más o menos distante -un chico, un bote -oscilaba y se retractaba como un palito en el agua. Al cabo de dos o tres minutos, Boo Boo desistió de esforzar su vista. Apagó el cigarrillo al estilo marinero y echó a andar hacia el muelle.
Estaban en octubre, y el calor reflejado en los tablones del muelle no le daba ya en la cara. Caminaba silbando entre dientes "Kentucky Babe". Cuando llegó a la punta del muelle, se agachó justo en el borde, haciendo sonar sus rodillas, y contempló a Lionel. Se hallaba a menos de un largo de remo de ella. Lionel no la miró.
-¡Eh! -dijo Boo Boo-. Amigo. Pirata. Canallita, Estoy de vuelta.
Sin dirigirle la mirada, Lionel pareció sentir bruscamente la necesidad de exhibir su maestría como navegante. Giró la barra del timón todo lo que pudo hacia la derecha, e inmediatamente después la acercó otra vez de un tirón a su cuerpo. Mantenía los ojos fijos en la cubierta del bote.
-Soy yo -dijo Boo Boo-. Vicealmirante Tannenbaum. Glass es mi nombre de soltera. Vine a inspeccionar los estermáforos.
Obtuvo respuesta.
-No eres un almirante. Eres una señora -dijo Lionel. Sus frases generalmente se cortaban por lo menos una vez a causa de un inadecuado dominio de la respiración, así que, a menudo, las palabras que quería destacar se apagaban en lugar de elevarse. Boo Boo no solamente escuchaba su voz; parecía que trataba de verla.
-¿Quién te lo dijo? ¿Quién te dijo que yo no era un almirante?
Lionel contestó, pero en forma ínaudible.
-¿Quién? -dijo Boo Boo.
-Papá.
Siempre en cuclillas, Boo Boo puso su mano izquierda entre las piernas, apoyándose en las tablas del muelle para mantener el equilibrio.
-Tu papá es un buen tipo -dijo-, pero es un vulgar marinero de agua dulce. Es perfectamente cierto que cuando estoy en puerto soy una señora. Eso es cierto. Pero también es cierto que mi vocación ha sido, es y será siempre navegar por...
-Tú no eres un almirante -dijo Lionel.
-¿Cómo dices?
-Que no eres un almirante. Eres siempre una señora. Hubo una corta pausa. Lionel la llenó cambiando otra vez el rumbo de su nave; se aferraba al timón con los dos brazos. Llevaba pantalones cortos de color caqui y una camisa blanca, limpia, con un dibujo estampado en el pecho que representaba a Jerónimo el Avestruz tocando el violín. Tenía la piel bronceada, y su cabello, casi idéntico al de la madre en color y tersura, estaba un poco descolorido por el sol.
-Mucha gente cree que yo no soy un almirante -dijo Boo Boo, observándolo-, porque no me la paso cacareándolo. -Sin perder el equilibrio, sacó un cigarrillo y los fósforos de un bolsillo lateral de los vaqueros.- Casi nunca siento la tentación de hablar de mi grado con la gente y menos con chicos que ni siquiera me miran cuando les hablo. Me darían de baja si lo hiciera. -Sin prender el cigarrillo, repentinamente se puso de pie, se irguió de una manera exagerada, hizo un óvalo con el pulgar y el índice de la mano derecha, acercó el óvalo a la boca y emitió un sonido parecido al toque de un clarín. Lionel alzó instantáneamente la mirada. Casi seguramente se había dado cuenta de que el son era falso, pero lo mismo parecía muy conmovido; se quedó boquiabierto. Boo Boo repitió el toque, una peculiar amalgama de diana y silencio, tres veces, sin interrupción. Luego, ceremoniosamente, hizo un saludo militar hacia la orilla opuesta. Cuando por fin se puso de nuevo en cuclillas sobre el muelle, lo hizo con el máximo pesar, como si se hubiera sentido profundamente conmovida por una de las virtudes de la tradición naval inaccesible para el público y los niños pequeños. Echó un vistazo al reducido horizonte del lago y luego pareció recordar que no estaba sola. Miró hacia abajo, con aire digno, hacia donde estaba Lionel, cuya boca seguía abierta.
-Ese toque de clarín era secreto. Solo los almirantes pueden oírlo. -Encendió el cigarrillo y apagó el fósforo con una teatral bocanada de humo, larga y fina.- Si alguien se entera de que te he permitido oír ese toque... -Meneó la cabeza. Nuevamente fijó en el horizonte el sextanteo del ojo.
-Hazlo de nuevo.
-Imposible.
-¿Por qué?
Boa Boo se encogió de hombros.
-Demasiada oficialidad subalterna, para empezar. -Cambió de posición, adoptando una postura india, con las piernas cruzadas. Se subió los calcetines:- Te diré lo que voy a hacer -dijo con tono práctico-. Si me dices por qué te escapas, te soplaré todos los sones secretos de clarín que conozco. ¿Está bien?
Lionel volvió a fijar su mirada en el fondo del bote:
-No.
-¿Por qué no?
-Porque no.
-¿Pero por qué?
-Porque no quiero -dijo Lionel, y para enfatizar dio un tirón al timón.
Boo Boo se protegió la parte derecha de la cara del resplandor del sol. -Me dijiste que no ibas a escaparte más -dijo-. Hablamos de esto, y me dijiste que ya todo se había terminado. Me lo, habías prometido.
Lionel contestó algo, pero no se oyó.
-¿Cómo? -dijo Boo Boo.
-Yo no prometí nada.
-Oh, sí, me lo prometiste. Claro que lo prometiste.
Lionel empezó de nuevo a maniobrar su embarcación.
-Si eres un almirante -dijo-, ¿dónde está tu flota?
-Mi flota. Celebro que me hayas hecho esa pregunta -dijo Boo Boo, y empezó a deslizarse hacia el chinchorro.
-¡Sal de aquí! -ordenó Lionel, conteniéndose para no chillar y manteniendo la vista baja-. No puede subir nadie.
-¿No? -el pie de Boo Boo ya tocaba la proa del bote. Obediente, lo retiró-: ¿Nadie, absolutamente nadie? -nuevamente se sentó a lo indio-. ¿Por qué no?
La respuesta de Lionel fue completa pero, otra vez, demasiado baja.
-¿Qué? -dijo Boo Boo.
-Porque no está permitido.
Boo Boo, sin desviar la vista del niño, se mantuvo en silencio durante un minuto entero; luego dijo:
-Lamento saberlo. Me encantaría subir a tu bote. Te echo tanto de menos. Te extraño mucho. Me pasé todo el día sola en la casa, sin nadie con quien hablar.
Lionel no movió el timón. Estudió la fibra de la madera de la barra.
-Puedes hablar con Sandra -dijo.
-Sandra está ocupada -dijo Boo Boo-. De todos modos, no quiero hablar con Sandra. Quiero hablar contigo. Quiero subir a tu bote y hablar contigo.
-Puedes hablar desde ahí.
-¿Cómo?
-Puedes hablar desde ahí.
-No, no puedo. Estás demasiado lejos. Tengo que acercarme.
Lionel movió el timón. -Nadie puede subir a bordo -dijo.
-¿Cómo?
-Nadie puede subir a bordo.
-Bueno, ¿entonces me dices desde ahí por qué te escapaste -preguntó Boo Boo-, después de haberme dicho que no volverías a hacerlo?
Cerca del asiento de popa, en el fondo del chinchorro, había una máscara de hueco. Como respuesta, Lionel tomó la correa de la máscara entre el dedo gordo y el segundo de su pie izquierdo y con un movimiento breve, hábil, de la pierna, arrojó la máscara al agua. La máscara se hundió de inmediato.
-¡Que bien! ¡Qué constructivo! --dijo Boo Boo--. Era de tu tío Webb. Se va a poner muy contento. -Fumó una bocanada.- Antes había sido de tu tío Seymour.
-No me importa. -Ya sé.
Ya veo que no te importa --dijo Boo Boo. Su cigarrillo formaba un ángulo inusitado con sus dedos: la brasa ardía peligrosamente cerca de uno de sus nudillos. De pronto sintió el calor y dejó que el cigarrillo cayera al lago. En seguida sacó algo de uno de sus bolsillos laterales. Era un paquete, más o menos del tamaño de un mazo de naipes, envuelto en papel blanco y atado con una cinta verde. -Este es un llavero -dijo, sintiendo cómo la mirada del chico se alzaba hasta ella-. Igual que el de papá. Pero tiene más llaves que el llavero de papá. Este tiene diez llaves.
Lionel se inclinó hacia adelante en su asiento, soltando el timón. Extendió las manos en actitud de recoger.
-¿Me lo tiras? -dijo-. Sé buena.
-Vamos a pensarlo un poco, Rayito de Sol. Tengo que meditarlo. En realidad, debería tirar este llavero al lago.
Lionel la miró con la boca abierta. Cerró la boca. -Es mío -dijo, con una entonación cada vez menos imperiosa.
Boo Boo, mirándolo, se encogió de hombros. -No me importa.
Lionel se arrellanó lentamente en su asiento, observando a su madre, y estiró la mano hacia atrás para tomar el timón. Sus ojos reflejaban una pura percepción, como su madre sabía que reaccionaría.
-Toma -Boo Boo le tiró el paquetito. Aterrizó perfectamente entre sus piernas.
Lionel lo contempló un momento, lo alzó, lo examinó en su mano y lo tiró luego de costado, al agua. Miró en seguida a su madre, pero en sus ojos no había desafío sino lágrimas. Un segundo después su boca se distorsionaba hasta tomar la forma de un ocho horizontal y se ponía a llorar copiosamente.
Boo Boo se incorporó, con cuidado, como alguien a quien se le ha dormido un pie en el lecho, y se introdujo en el chinchorro. Un instante después estaba sentada en el asiento de popa, con el navegante en su falda, y lo mecía y le besaba la nuca y le daba algunos datos: -Los marineros no lloran, querido, los marineros nunca lloran. Solo cuando se les hunde el barco. 0 cuando naufragan, y están en la balsa, sin nada para beber salvo...
-Sandra... le dijo a Mrs. Snell... que papá es un "moishe" ... grandote... y estúpido.
Imperceptiblemente, Boo Boo hizo una mueca, pero sacó al chico de su regazo y lo puso de pie frente a ella y le retiró el pelo de la frente.
-¿Con que dijo eso? ¿Eh? -preguntó.
Lionel asintió con la cabeza enérgicamente. Se acercó, llorando aún, para ponerse entre las piernas de su madre.
-Bueno, no es algo tan terrible -dijo Boo Boo, sosteniéndolo entre las dos morsas de sus brazos y sus piernas-. No es lo peor que podía suceder. -Suavemente mordió la oreja del chico.- ¿Tú sabes lo que es un "moishe", querido?
Lionel o bien no quiso o no pudo contestar de inmediato. Por lo menos, esperó a que hubiera disminuido el hipo que siguió a sus lágrimas. A continuación contestó, en forma ahogada pero comprensible, hundido en la tibieza del cuello de Boo Boo. -Es una de esas cosas para llevar bebés -dijo-. De mimbre, con una manija. Para observarlo mejor, Boo Boo apartó un poco a su hijo. Luego le metió una mano traviesa en el interior del pantalón, lo cual lo sorprendió mucho, pero la retiró en seguida y decorosamente le metió la camisa debajo del pantalón. -Te diré lo que vamos a hacer -dijo-. Iremos en auto al pueblo y compraremos unos pickles, y algo de pan, y comeremos los pickles en el auto, y después iremos a la estación a esperar a papá, y luego lo traeremos a casa y haremos que nos lleve a pasear en el bote. Tú lo ayudarás a bajar las velas. ¿De acuerdo?
-De acuerdo -dijo Lionel.
No volvieron caminando a la casa; corrieron una carrera. Ganó Lionel.
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"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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