Julio Camba - "Un admirador", "Literatura patológica"
Posted by La mujer Quijote in camba, ensayo, humor, literatura
Escritor y periodista gallego. Junto a Wenceslao Fernández Flórez y a Ramón Gómez de la Serna, se le considera uno de los pioneros en la modernización del humor español, uno de esos autores de los que aprendieron los que luego harían esa revolución modernizadora, "la otra generación del 27". Irónico, satírico, cínico muchas veces, siempre mordaz y polémico.
Los dos artículos pertenecen a "La rana viajera" publicado en 1920 (casi un siglo después parece que nada hubiera cambiado).
UN ADMIRADOR
Parece que hay escritores a quienes el público anima dirigiéndoles, con más o menos frecuencia, cartas de aprobación. Conmigo, sin embargo, este caso se da muy raramente, y si yo me hago la ilusión de ser leído por alguien, es, tan sólo, gracias a ciertas almas piadosas que de vez en cuando me envían misivas insultantes a propósito de mis artículos. Yo enseño estas misivas y consolido con ellas, ante las Empresas, mi posición y mi prestigio.
— No dirán ustedes —exclamo— que mis trabajos pasan inadvertidos o que no hacen mella. Aquí hay un señor que me llama animal, y otro que me anuncia un garrotazo en la cabeza. Creo que el éxito no admite dudas…
Pero, recientemente, me ha salido un admirador, un verdadero admirador, en la provincia de Guadalajara. «Soy —me viene a decir este hombre magnífico — uno de sus lectores más asiduos y más inteligentes, y me he suscrito a El Sol con el único objeto de ver los artículos de usted…»
Y desde entonces, yo no puedo escribir, porque la imagen de mi admirador me obsesiona por completo. Se me ocurre un asunto bonito, cojo la pluma e inmediatamente me digo:
— ¿Le gustará este tema al señor de Guadalajara?
Yo tengo la sensación de que escribo únicamente para este señor, y no quisiera defraudarle. Este señor vive en un pequeño pueblo de la provincia, donde, por desgracia, yo no he estado nunca. Ignoro en absoluto la ideología local, y esto pone en mi trabajo dificultades enormes. De buena gana me pasaría varias noches en claro leyendo, con unas gafas muy gordas, unos volúmenes muy grandes, si a esta costa pudiera llegar a conocer las opiniones políticas, estéticas y religiosas que predominan en el distrito. Por desdicha, la cosa es imposible, y yo temo siempre desilusionar a mi admirador. Tal párrafo que acabo de escribir creo que le parecerá vulgar, y lo borro. Pongo en tensión todos mis nervios hasta que se me ocurre una cosa más fina, y entonces me asalta un pensamiento terrible.
— ¿Entenderá esto mi admirador? —me pregunto—. ¿No resultarán estas consideraciones demasiado sutiles para un pueblo de pocos vecinos?
Verdaderamente, el señor de la provincia de Guadalajara ha tenido una idea bien peregrina cuando se ha decidido a admirarme. Ahora comprendo por qué tantos escritores malos tienen tantos y tan buenos admiradores. Con dos admiradores más, yo me volveré completamente idiota.
LITERATURA PATOLÓGICA
Desgraciadamente, en la literatura española no hay más que genios. Ese tipo de escritor culto, ponderado, sano, inteligente y bien nutrido, que Lemaitre considera superior al genio y del que pone como ejemplo a Anatole France, no existe entre nosotros. Todos nuestros escritores pertenecen a la categoría genial. Yo mismo, en mi pequeñísima escala, ¿qué duda cabe de que también soy un genio? Y esta literatura de genios en chico viene a ser algo así como un grupo de tullidos que, a la puerta de una iglesia, le pidiesen dinero al público mostrándole sus diversas monstruosidades.
Cuando, en algún escaparate, yo veo un libro mío entre los libros de otros autores españoles, tengo la sensación de encontrarme en una sala de hospital esperando, con mis compañeros de dolor, la visita de alguna señora vieja que no sepa en qué matar el tiempo. La literatura española, en efecto, no es más que una serie de enfermedades, debidas, generalmente, a trastornos sexuales o a defectos de nutrición. El uno está enfermo del hígado. Al otro se le forman ácidos en el estómago. Este se encuentra amagado de parálisis general progresiva y tiene delirio de grandezas. Aquél padece del bazo… Hay escritor que perdería todo su interés en cuanto se le aplicasen unas cuantas inyecciones de algún producto más o menos alemán, o en cuanto se le sometiese a un buen régimen alimenticio. Y, en realidad, este último caso ya se ha dado varias veces. ¿Cuántos muchachos que comenzaron haciendo cosas interesantes no se volvieron idiotas tan pronto como se los llamó a un buen periódico y se les dio un buen sueldo? Los directores no se explicaban la causa, y, sin embargo, era una causa muy fácil de comprender: esos muchachos nunca habían tenido talento. Lo que habían tenido era hambre. Con el estómago normalizado, quedaban al nivel del más vulgar empleado de Hacienda…
¡Cosa terrible esta de ser un pequeño monstruo y de darse cuenta de ello! ¡Horrenda cosa la de saber que nuestra genialidad puede tratarse médicamente como un flemón o como una enfermedad de los riñones!… Pero hay algo peor aún en nuestra literatura: los aprensivos, esto es, los enfermos de enfermedades imaginarias, que, siendo perfectamente tontos, se creen atacados de genialidad…
Autora teatral, novelista, cuentista, ensayista. Fue una de las grandes (tal vez, junto a Elsa Morante, la más importante) escritoras italianas del siglo XX. Su vida estuvo marcada por su lucha antifascista. Sin embargo, en su obra no se encuentran las típicas, tópicas y aburridas referencias del intelectual europeo de izquierdas. Melancólica, triste, obsesiva, celosa de su intimidad, la literatura fue su vía de escape, su forma de relacionarse con un mundo que no entendía. Carmen Martín Gaite reconoció en ella una de sus referencias literarias (además fue traductora al castellano de varias de sus obras)
Este artículo fue publicado en la revista "Cultura e Realtà" en 1951. En España se ha editado con una selección de artículos que abarcan desde 1944 hasta 1962 en un volumen titulado "Las pequeñas virtudes".
He oído Pelléas et Mélisande. De música no entiendo nada. Sólo se me ha ocurrido confrontar la letra de los viejos libretos de ópera (Pago con mi sangre — el amor que puse en ti), letras fuertes, sangrientas, pesadas, con la letra de Pelléas et Mélisande (J'ai froid — ta chevelure), letras fugaces, como de agua. Del cansancio, del disgusto por las letras fuertes y sangrientas, ha nacido esta letra de agua, fría, huidiza.
Me he preguntado si no ha sido ése (Pelléas et Mélisande) el principio del silencio.
Porque, entre los vicios más extraños y graves de nuestra época, hay que mencionar el silencio. Los que hoy hemos probado a escribir novelas, conocemos el disgusto, la infelicidad que se apodera de uno cuando llega el momento de hacer hablar a personajes entre sí. Durante páginas y páginas, nuestros personajes se intercambian observaciones insignificantes, pero cargadas de una desolada tristeza: «¿Tienes frío?», «No, no tengo frío». «¿Quieres un poco de té?», «No, gracias». «¿Estás cansado?», «No lo sé. Sí, quizá estoy un poco cansado». Nuestros personajes hablan así. Hablan así para engañar al silencio. Hablan así porque no saben ya cómo hablar. Poco a poco van saliendo también las cosas más importantes, las confesiones terribles: «¿Le has matado?», «Sí, le he matado». Arrancadas dolorosamente al silencio, surgen las pocas y estériles palabras de nuestra época, como señales de náufragos, fuegos encendidos entre colinas lejanísimas, débiles y desesperadas llamadas que el espacio se traga.
Entonces, cuando queremos hacer hablar entre sí a nuestros personajes, medimos el profundo silencio que se ha ido adensando poco a poco en nuestro interior. Comenzamos a callar de niños, en la mesa, ante nuestros padres, que nos hablaban todavía con esas palabras sangrientas y pesadas. Nosotros permanecíamos callados. Estábamos callados por protesta o por desdén. Estábamos callados para hacer comprender a nuestros padres que aquellas grandes palabras suyas no nos servían ya. Nosotros teníamos en reserva otras. Emplearíamos nuestras nuevas palabras más tarde, con personas que las comprendieran. Éramos ricos de nuestro silencio. Ahora estamos avergonzados y desesperados de él, y conocemos toda su miseria. No nos hemos liberado jamás de él. Aquellas grandes palabras viejas que servían a nuestros padres son monedas fuera de curso y no las acepta ya nadie. Y las palabras nuevas, nos hemos dado cuenta que no tienen valor, de que con ellas no se compra nada. No sirven para establecer relaciones, son como agua, frías, infecundas. No nos sirven para escribir libros, ni para mantener ligada a nosotros a una persona querida, ni para salvar a un amigo.
Entre los vicios de nuestra época, sabido es que está el de la sensación de culpa: se habla y se escribe mucho de ella. Todos la padecemos. Nos sentimos implicados en una historia cada día más sucia. También se ha hablado de la sensación de pánico: todos la padecemos también. La sensación de pánico nace de la sensación de culpa. Y aquel que se siente espantado y culpable, calla.
De la sensación de culpa, de la sensación de pánico, del silencio, cada cual se busca un modo de curarse. Unos se van a hacer viajes. En el ansia de ver países nuevos, gente distinta, está la esperanza de dejar tras de uno los propios turbios fantasmas; está la secreta esperanza de descubrir en algún punto de la tierra la persona que pueda hablar con nosotros. Otros se emborrachan para olvidarse de sus turbios fantasmas y para hablar. Y están, también, todas las cosas que se hacen para no tener que hablar: unos se pasan las veladas dormidos en una sala de proyecciones, con una mujer al lado a la que, de esta forma, no están obligados a hablarle; otros aprenden a jugar al bridge; otros hacen el amor, que se puede hacer también sin palabras. Suele decirse que estas cosas se hacen para engañar el tiempo: en realidad se hacen para engañar al silencio.
Existen dos especies de silencio: el silencio consigo mismo y el silencio con los demás. Una y otra forma nos hacen sufrir igualmente. El silencio con nosotros mismos está dominado por una violenta antipatía que nos invade hacia nuestro propio ser, por el desprecio hacia nuestra misma alma, tan vil que no merece que le digan nada. Está claro que hay que romper el silencio con nosotros mismos si queremos intentar romper el silencio con los demás. Está claro que no tenemos ningún derecho a odiar a nuestra propia persona, ningún derecho a callar nuestros pensamientos a nuestra alma.
El medio más difundido para liberarse del silencio es ir a que le psicoanalicen a uno. Hablar incesantemente de sí mismo a una persona que escucha, que es pagada para que escuche: poner al descubierto las raíces del propio silencio; sí, esto quizá puede dar un momentáneo alivio. Pero el silencio es universal y profundo. El silencio volvemos a encontrarlo en cuanto salimos por la puerta de la habitación donde aquella persona, pagada para que escuchara, escuchaba. Volvemos a caer inmediatamente en él. Entonces, aquel alivio de una hora nos parece superficial y trivial. El silencio está sobre la tierra: que se cure de él uno de nosotros por una hora, no sirve para la causa común.
Cuando vamos a que nos psicoanalicen, nos dicen que tenemos que dejar de odiar con tanta fuerza a nuestra propia persona. Pero para liberarnos de este odio, para liberarnos de la sensación de culpa, de la sensación de pánico, del silencio, se nos sugiere vivir de acuerdo con la naturaleza, abandonarnos a nuestro instinto, seguir nuestro puro placer, hacer de nuestra vida una pura elección. Pero hacer de la vida una pura elección no es vivir de acuerdo con la naturaleza, sino vivir contra natura, porque al hombre no le es dado elegir siempre: el hombre no ha elegido la hora de su nacimiento, ni su propio rostro, ni a sus padres, ni su infancia; el hombre, en general, no elige la hora de su muerte. El hombre no puede sino aceptar su propio rostro, del mismo modo que no puede sino aceptar su propio destino; y la única elección que le está permitida es la elección entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre la verdad y la mentira. Las cosas que nos dicen aquellos a los que acudimos para que nos psicoanalicen no sirven porque no tienen en cuenta nuestra responsabilidad moral, la única elección que no está permitida en nuestra vida; los que hemos ido a que nos psicoanalicen sabemos muy bien que aquella atmósfera de efímera libertad en la que gozábamos viviendo según nuestro puro placer, era una atmósfera enrarecida, innatural, en definitiva, una atmósfera irrespirable.
En general, este vicio del silencio que envenena nuestra época suele ser expresado con un lugar común: «Se ha perdido el gusto de la conversación». Es la expresión fútil, mundana, de algo verdadero y trágico. Diciendo «el gusto de la conversación», no nombramos nada que nos ayude a vivir; pero lo que nos falta es la posibilidad de una libre y normal relación entre los hombres, y nos falta hasta el punto de que algunos de nosotros se han matado por la conciencia de esta privación. El silencio cosecha sus víctimas día a día. El silencio es una enfermedad mortal.
Nunca como hoy las suertes de los hombres han estado tan estrechamente ligadas entre sí, de tal modo que el desastre de uno es el desastre de todos. Se verifica, pues, este extraño hecho: que los hombres se encuentren estrechamente ligados cada uno al destino del otro, de modo que la caída de uno solo arrastra a otros miles de seres, y al mismo tiempo están todos sofocados por el silencio, incapaces de intercambiarse unas cuantas palabras libres. Por eso —porque el desastre de uno es el desastre de todos— los medios que se nos ofrecen para curarnos del silencio se revelan sin base. Se nos sugiere que nos defendamos con el egoísmo de la desesperación. Pero el egoísmo no ha resuelto jamás ninguna desesperación. Estamos demasiado habituados incluso a llamar enfermedades a los vicios de nuestra alma, y a sufrirlos, a dejarnos dirigir por ellos, o a ablandarlos con jarabes dulces, a curarlos como si fueran enfermedades. El silencio debe ser considerado y juzgado desde un punto de vista moral. No nos es dado elegir ser felices o infelices.
Pero es preciso elegir no ser diabólicamente infelices. El silencio puede llegar a una forma de infelicidad cerrada, monstruosa, diabólica: puede enviciar los días de la juventud, hacer amargo el pan. Puede llevar, como se ha dicho, a la muerte.
El silencio debe ser considerado, y juzgado, desde un punto de vista moral. Porque el silencio, como la pereza y como la lujuria, es un pecado. El hecho de que sea un pecado común de todos nuestros semejantes en nuestra época, de que sea el fruto amargo de nuestra época malsana, no nos exime del deber de reconocer su naturaleza, de llamarlo por su verdadero nombre.
María José Hernández Lloreda - "Pues a mi me gusta"
Posted by Arabella in ensayo, hernández-lloreda, lectura
"La prima de Audrey" me pasó un enlace a este artículo. En el artículo se resume la discusión eterna que surge cuando se habla de literatura (tal vez sería más exacto decir que se discute de libros, no de literatura). Digamos que es el artículo que siempre quise escribir y (esto no es ninguna novedad) nunca supe.
María José Hernández Lloreda es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM.
Se reproduce aquí con permiso.
Voy a explicarme un poco más.
Si uno dice que Almudena Grandes, Ken Follett, Ruiz Zafón, Paul Auster, Juan José Millás, Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte, Vicente Gallego, Benjamín Prado, Carlos Marzal… y así hasta el infinito, no son literatura o, por no entrar en discusiones conceptuales, son literatura mala, siempre me espetan con lo mismo: “es tu opinión” y “a mí me gustan”. Por una parte, es obvio que uno siempre habla desde su opinión y no veo necesidad en hacerlo expreso cada vez que uno expone su pensamiento. Por otra parte, no tengo nada que decir a eso de “a mí me gustan”, ahí nunca hay nada que decir, cada uno disfruta con lo que quiere o puede y no seré yo quien haga ningún juicio de valor al respecto. Pero siempre insisto, no es que me gusten o no me gusten, es que no son buenos y de ello no tengo la menor duda. Y no sólo no tengo yo la menor duda, sino que todos los que siempre han sido para mí referentes en literatura tampoco la tienen. Curiosa coincidencia. Pero sólo hay que esperar el momento adecuado para poner a cualquiera frente a su propia argumentación.
Voy a poner un ejemplo que puede servir para ilustrar mi indignación. De fútbol no tengo ni idea y salvo si alguien mete un gol o el portero hace una parada espectacular, no soy capaz de ver nada. Me resulta totalmente imposible saber quién es el organizador del juego y cómo lo hace, el centro del campo es un concepto tan abstruso como el éter… Si estoy con alguien que entiende de fútbol mis comentarios bien podrían ser de este tipo: “qué bien están jugando”, a lo que te contestan, “qué dices, si no están haciendo nada”, “ya pero han marcado 3 goles”, “sí pero no lo están haciendo bien”, “pues a mí me está gustando”. Por supuesto, se dirigirían a mí con el mismo aire de superioridad que me achacan y no habría forma humana de que, desde mi ignorancia del fútbol, les logre convencer de que yo tengo el mismo derecho a opinar de fútbol que ellos. Es más, nadie pondría muchas objeciones en la expresión: “que entiende de fútbol”.
Pero es cierto que no puedo negar que hay una diferencia importante, que la gente cuando se siente ofendida por este tipo de comentarios no lo hace por capricho. La literatura está marcada socialmente como un signo de nivel cultural y el fútbol no (de momento). Por eso yo puedo pasar sin ningún problema por una inculta en materia de deporte sin que ello suponga el menor problema, pero a la gente no le gusta pasar por inculto en materia literaria en nuestra sociedad.
Sin embargo, la realidad es terca y la realidad es que en todos los ámbitos hay expertos y el ojo del experto no tiene nada que ver con el de los demás. Sólo hay que hacer un ejercicio, pensar en aquello de lo que uno de verdad sabe, sea del tipo que sea y se verá como no hay argumento racional que pueda bajarnos del burro.
Podemos poner otro ejemplo: el cine. ¿Qué diferencia hay entre las votaciones en filmaffinity y la taquilla? Que la primera se nutre de cinéfilos y la segunda no.
Ya he dicho en alguna otra ocasión que habría que diferenciar entre objetivo (entiéndase como intersubjetivo) y objetivable. Los expertos en vino llegan a un grado de acuerdo considerable en cuáles son los mejores vinos. Claro que utilizan una serie de claves, de aspectos objetivos, pero no es eso lo que les lleva a la decisión, lo prueban y automáticamente saben de qué se trata. ¿Qué te permite llegar a eso? Haber probado muchos vinos y muchos buenos, porque es ahí donde se aprenden las claves, donde están los matices. Claro que hay quien come con un “Don Simón” y tan contento. Pues en literatura pasa igual.
Pero algo falla, porque mientras que los buenos vinos se buscan cada vez más, los buenos libros no. El problema del vino es un problema económico, el de la literatura de tiempo.
Uno no puede leer el poema “Beata vida” de Gil de Biedma, si no ha leído la “Oda a la vida retirada” de Fray Luis.
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
[…]
A mí una pobrecilla
mesa, de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.
A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.
En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar deudas
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia
Y no se trata sólo de un referente, sin más, de una especie de homenaje o juego con el referente. Es algo mucho más profundo que todo eso, porque para poder disfrutar en profundidad de estas obras hay que asistir y asimilar las transformaciones artísticas que van de una a otra y las transformaciones que se han producido en la concepción de la sociedad y del hombre. Podemos aplicar al arte lo que dice Poincaré (1905) en su interesantísimo ensayo sobre el valor de la ciencia: “Los progresos de la ciencia han parecido poner en peligro los principios mejor establecidos, los mismos que eran estimados como fundamentales. Nada prueba, sin embargo, que no se llegará a salvarlos, y si eso no se logra más que imperfectamente, transformándolos, subsistirán todavía. No se debe comparar la marcha de la ciencia con las transformaciones de una ciudad donde los edificios antiguos son despiadadamente derruidos para dejar lugar a las nuevas construcciones, sino con la evolución continua de los tipos zoológicos que se desarrollan sin cesar y acaban por volverse desconocidos para las miradas vulgares, pero donde un ojo ejercitado reconoce siempre las huellas del trabajo anterior de los siglos pretéritos. No debemos creer, pues, que las teorías pasadas de moda han sido estériles y vanas”.
Es evidente que las nuevas generaciones van a perder esa capacidad de ver, porque de alguna manera les estamos privando de ello; no voy a pensar que una generación ha decidido renunciar voluntariamente a esa capacidad, no tiene sentido. De alguna manera hemos dejado de ponerles a la vista los grandes referentes y por eso están perdidos. Yo estaré eternamente agradecida a Lázaro Carreter porque seleccionó para mí (y para toda mi generación) las lecturas que me han permitido tener un ojo “no vulgar”.
He reflexionado muchas veces sobre qué puede haber pasado, cómo en la época donde mayor acceso hay a los recursos culturales, mayor nivel de alfabetización, en la época en la que lo que estaba destinado a unos pocos se ha puesto al alcance de todos, el resultado ha sido el contrario. Se lee menos y libros de menos nivel. Yo creo que les hemos privado de lo necesario para poder mirar. No sé muy bien cómo ha ocurrido, pero de alguna manera han llegado a los puestos que antes ocupaban personas como Lázaro Carreter ojos vulgares.
Ya lo he contado en otra ocasión: con motivo de la muerte de Bergman en Onda Cero, a modo de homenaje, los locutores pedían que llamara alguien que de verdad hubiera soportado una película de él. Los espectadores y los propios locutores, con gran regocijo, confesaban que veían esas películas porque no estaba bien visto decir que no te gustaban, nada más. Podrían hacerle este tipo de homenajes a Kafka, Cortázar, Faulkner… porque a estas alturas resulta difícil pensar que de verdad hayan sido autores de éxito en el sentido profundo. Hoy no publicarían ninguno de ellos. Así que ahora les toca tomar el rumbo a los otros, a los que tuvieron que soportar en silencio las grandes obras de la literatura sin llegar a atisbarlas, y han decido que las nuevas generaciones van a leer sólo los cuentos aburridísimos de puro evidentes, las versiones infantiles de las grandes obras y… luego les leerán a ellos. Pero son muy aburridos, así que las nuevas generaciones no leerán, porque el lector auténtico, el que tiene un ojo no vulgar no será capaz de leerlos a ellos, y al resto, como ha ocurrido siempre, no le interesa la literatura. Como a mí tampoco el fútbol.
Pero no es un problema sólo nuestro. Los libros de la mayoría de los autores que he citado al principio son traducidos a millones de lenguas (argumento que se emplea actualmente hasta la saciedad para presentar a cualquier autor) y se hacen tesis sobre ellos (bien es cierto que se hacen tesis sobre casi cualquier cosa). Lo que me hace pensar que no estamos perdidos sólo nosotros: es general.
Y es que les hemos dado las margaritas a los cerdos y se las han comido, ¿qué otra cosa podrían hacer con ellas?
Este capítulo forma parte de la obra "100 ideas". En él, Bunge muestra su disconformidad con Karl Popper sobre la necesidad de la falsibilidad como requisito imprescindible en la teoría científica.Todos, con excepción de los posmodernos, apreciamos la verdad, al punto de despreciar o aun castigar a los mentirosos. Pero al mismo tiempo todos sabemos que, fuera de la matemática, la exactitud es tan escurridiza como la justicia, la honestidad y el desinterés. Todos éstos son ideales a los que podemos y a los que debemos aproximarnos, aunque sin hacernos la ilusión de alcanzarlos siempre.
En efecto, acaso podamos acumular elementos de prueba en favor de una teoría física, biológica o sociológica, pero jamás podremos probarla concluyente y definitivamente, al modo en que se demuestran los teoremas matemáticos. Lo más a que podemos aspirar en las ciencias fácticas son verdades parciales o aproximadas, tales como «la Tierra es esférica» y «el precio de una mercancía es inversamente proporcional a su demanda».
El motivo de la diferencia es éste: las verdades matemáticas dependen solamente de las hipótesis y definiciones que se nos antoje establecer, mientras que la verdad de los enunciados de hechos depende del mundo, que no es factura nuestra.
Por este motivo, el hallazgo de un gran número de ejemplos favorables a una hipótesis no excluye la posibilidad de que investigaciones ulteriores arrojen contraejemplos (excepciones). En otras palabras, un elevado grado de confirmación no garantiza la verdad de una proposición: sólo muestra que ella es plausible.
Esta dificultad para alcanzar verdades exactas y definitivas acerca del mundo real sugirió al célebre filósofo Karl Popper (1902-1994) que lo más que podemos pedir de una proposición referente a hechos es que resista las tentativas de falsarla.
Más precisamente, Popper propuso la falsabilidad como criterio de cientificidad: una proposición sería científica si y solamente si se pueden imaginar circunstancias en las que sería falsa. Por ejemplo, la hipótesis de que nuestro universo es uno de los tantos universos paralelos no es científica, porque no hay manera de entrar en contacto con los presuntos universos alternativos.
Según Popper, no habría un paraíso de enunciados fácticos: sólo existirían el infierno de falsedades y el purgatorio de las conjeturas por falsar. Esta doctrina suele llamarse «falsacionismo». También podría llamársela «masoquismo gnoseológico», porque lo cierto es que los científicos procuran verdades, aunque sean aproximadas, y triunfan en la medida en que las encuentran.
Por ejemplo, siguiendo a Popper, la hipótesis de que la Tierra es plana habría sido científica antes del viaje de Magallanes, porque era falsable, ya que se podía imaginar un viaje alrededor del mundo. En mi opinión, no lo era, y esto por un motivo diferente: porque era incompatible con el grueso del saber científico de la época. En efecto, contradecía la suposición de la antigua astronomía griega, de que la Tierra es un cuerpo tan redondo como el resto de los cuerpos llamados celestes. La hipótesis de la Tierra plana era popular y estaba inscripta en la Biblia, pero los astrónomos sabían que era falsa mucho antes de Magallanes.
Diecisiete siglos antes de que la expedición de Magallanes diera la vuelta al mundo, el astrónomo griego Eratóstenes había calculado el diámetro de la Tierra. O sea, la tesis de la Tierra plana no era científica porque era incompatible con el cuerpo del conocimiento científico de la época.
Creo que la falsabilidad no es necesaria ni suficiente para la cientificidad. En cambio, lo es lo que llamo coherencia externa, o compatibilidad con el grueso del conocimiento científico del día. La falsabilidad no es necesaria para la cientificidad, porque hay hipótesis científicas, tales como las de la existencia de ciertas cosas o procesos (p. ej., planetas extrasolares, ondas gravitatorias, células que emergen por autoensamble de compuestos químicos, etc.), que sólo son confirmables, pero en cambio son compatibles con el grueso de la ciencia.
Además, las hipótesis de alto nivel, tales como las de la mecánica cuántica y la biología molecular, no son comprobables por sí mismas. Para someterlas a prueba hay que enriquecerlas con premisas que representan rasgos particulares del objeto estudiado. Además, es preciso hacerlas operativas, o sea, traducir términos teóricos a términos empíricos (p. ej. transformar temperaturas en alturas de columnas termométricas).
La falsabilidad no es suficiente: hay hipótesis no científicas, tales como la determinación de la personalidad por los astros o por el entrenamiento de los esfínteres, que han sido refutadas hace tiempo. Pero ninguna de ellas es compatible con el grueso del conocimiento científico.
Además, la falsación no es más concluyente que la confirmación. En efecto, todos sabemos que hay errores de observación o de cálculo. Desgraciadamente, ni Popper ni los positivistas a quienes criticó tuvieron en cuenta los errores de distintos tipos que afectan a los datos empíricos. Por esto, Popper creyó que los hallazgos negativos son definitivos, y los positivistas afirmaron que los positivos sí lo son.
En rigor, el criterio popperiano de falsabilidad se aplica exclusivamente a las llamadas hipótesis nulas, de la forma «las variables A y B no están asociadas entre sí». En efecto, lo primero que hace el científico que se enfrenta a una de ellas es intentar falsarla. Si lo logra, o sea, si encuentra que A y B están relacionadas entre sí, procede a formular una hipótesis afirmativa y precisa, tal como «B es una función exponencial de A». Pero ni Popper ni sus discípulos se han ocupado de las hipótesis nulas, ni en general de la estadística.
Con todo, que una hipótesis sea infalsable en principio es una llamado de atención siempre y cuando no se presente junto con otras hipótesis o cuando sus laderos sirvan solamente para protegerla. Esto último pasa con la hipótesis freudiana de la represión, cuya única función es proteger a la fantasía edípica. («El que digas amar a tu padre refuerza mi sospecha de que lo odias: tu superyó ha reprimido tan fuertemente tu odio, que no te das cuenta»).
Un caso similar es la hipótesis de que todos procuramos maximizar nuestras utilidades esperadas. Si se aduce un contraejemplo, tal como el del fumador que al inhalar con placer se expone al cáncer o el de quien hace favores sin esperar recompensa, se le contesta: «¡Ah, pero es que el fumador y el altruista sienten placer, aunque el primero arriesgue su salud, y el segundo, su patrimonio!».
No hay, pues, manera de poner a prueba el postulado central de las teorías de la acción racional. Además, dicho postulado es incompatible con la economía experimental, que muestra que solemos evitar riesgos y contentarnos con ganancias razonables.
En conclusión, la falsabilidad es importante, porque controla la imaginación. Pero no lo es más que la congruencia con el grueso del conocimiento. En todo caso, los investigadores aspiran a confirmar sus teorías favoritas, no a falsarlas. El Premio Nobel nunca se concedió por falsar hipótesis. Análogamente, el labrador no se limita a desmalezar, sino que pone su mayor esfuerzo en cosechar algo comestible y vendible.
En resumen, la falsabilidad es deseable pero no es necesaria ni suficiente. Mucho más importantes son la confirmabilidad y la congruencia con el grueso del saber.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista Cosmos. La traducción fue publicada por kanijo en su fantástica web "Ciencia kanija". Una excelente reflexión sobre el lenguaje científico y su significado fuera de la ciencia. Se reproduce aquí bajo licencia "Creative Commons".Desde la evolución al cambio climático, las verdaderas guerras culturales tratan sobre el lenguaje, no sobre la ciencia. Para ganar estas guerras, la ciencia necesita cambiar la forma en que habla sobre el conocimiento.
Los creacionistas y aficionados al “diseño inteligente” tienen una táctica de guerrilla para minar los libros de texto que no se ajustan a sus creencias. Colocan una pegatina en la portada que dice: “La evolución es una teoría, no un hecho, respecto al origen de los seres vivos”.
Éste es el argumento central de los que niegan la evolución: la evolución es una “teoría” no demostrada. Para la gente que trabaja con la ciencia, ésta es una treta increíblemente molesta. Aunque es cierto que los científicos se refieren a la evolución como una teoría, en ciencia la palabra “teoría” significa: una explicación de cómo funciona el mundo y que ha soportado repetidas y rigurosas pruebas. Difícilmente es un término despectivo.
Pero para la mayor parte de la gente, una teoría significa una opinión caprichosa que te sacas, digamos, de la manga. Es un insulto, en realidad, una forma simplista de descartar un punto de vista: “ah, bueno, eso es sólo tu teoría”. Los científicos usan “teoría” en una forma específica, el público en otra, y los oponentes de la evolución han explotado de forma experta esta desconexión.
Resulta que, la verdadera guerra cultural en la ciencia no es en absoluto sobre ciencia, es sobre el lenguaje. Y para luchar en esta guerra, tenemos que cambiar la forma en la que hablamos sobre el conocimiento científico.
Los científicos ya están sopesando esto. El pasado verano, la físico australiana Helen Quinn inició un animado debate con un ensayo argumentando que los científicos son demasiado cautelosos cuando debaten sobre el conocimiento científico. Son inherentemente demasiado cautelosos, señala. Incluso cuando están seguros al 99 por ciento de una teoría, saben que siempre existe la posibilidad de un nuevo descubrimiento que podría darle la vuelta o modificarla.
Por eso, cuando los científicos hablan sobre cuerpos de conocimiento bien establecidos –particularmente en áreas como evolución o relatividad– cubren sus apuestas. Dicen que “creen” que algo se cierto como en, “creemos que el periodo Jurásico estuvo caracterizado por un clima húmedo tropical”.
Este lenguaje deliberadamente matizado queda horriblemente malinterpretado y a menudo retorcido en discursos públicos. Cuando una persona media escucha frases como los “científicos creen”, lo leen como si fuese: “los científicos en realidad no pueden demostrar esto, sino que lo toman como un acto de fe”. Después de todo, “eso es sólo lo que tú crees” es una forma común de dejar a alguien fuera de juego.
Por supuesto, los cruzados antievolución se han dado cuenta de que el lenguaje es la munición de la guerra cultural. Por esto es por lo que les encanta incluir palabras tales como “teoría” en la ciencia. Se aprovechan de la fuerza intelectual del lenguaje científico –su precisión y cuidado- y las usan como armas en contra de la propia ciencia.
Existe una defensa contra esto: modernizar el léxico de la ciencia. Si los antievolucionistas insisten en explotar la falta de comprensión pública de palabras como “teoría” y “creencia”, entonces no deberíamos luchar contra eso. “Tenemos que ser menos cautelosos en público cuando hablamos sobre conclusiones científicas sobre las que existe un consenso general”, argumenta Quinn.
¿Qué sugiere? Para la ciencia bien establecida y auténticamente sólida, dejar de usar por completo la palabra “teoría”. En lugar de eso, vamos a revivir un lenguaje mucho más venerable y referirnos a tal conocimiento como “ley”.
Como con la Ley de la Gravedad de Newton, la gente intuitivamente entiende que una ley es una regla que se mantiene como cierta y que debe obedecerse. La palabra ley expresa precisamente el mismo sentido de autoridad con el público que “teoría” tiene en los científicos, pero sin el bagaje lingüístico.
La evolución es sólida. Incluso basamos la industria de las vacunas en ella: cuando vamos en tropa a la consulta del doctor cada invierno para conseguir una vacuna contra la gripe –una inoculación contra la última evolución de la enfermedad– estamos tratando a la evolución como una ley. ¿Por qué no simplemente decir la “ley de la evolución”?
Lo mejor de todo, resulta ser una especie de jiujitsu lingüístico. Si alguien dice, “no creo en la teoría de la evolución”, puede sonar como algo razonable. No obstante, si alguien proclama, “no creo en la ley de la evolución”, suena a locura. Es equivalente a decir, “no creo en la ley de la gravedad”.
Es hora de darnos cuenta de que simplemente el público nunca dará a las palabras concretas el mismo significado científico concreto. Nunca vamos a comunicar por completo lo maravilloso y noble que hay en el rigor y precaución científico. El discurso público es inevitablemente político, por lo que tenemos que hablar sobre la ciencia de una forma que podamos ganar la batalla política, no en términos inciertos.
Al menos, esa es mi teoría.
Antes que nada tengo que agradecer a Ade la bibliografía aportada para que esta historia pudiera ser escrita. Si resulta aburrida, embarullada, incompleta o inconexa es sólo culpa mía.
Hay un sitio en el que la lectura en voz alta se conserva (conventos aparte, claro), empezó antes de la existencia de la radio y se ha mantenido después. Además, es una lectura que no sólo ha buscado el entretenimiento del oyente sino también su formación. Ese sitio es la tabaquería cubana.
“... en ese cafetal tuve ocasión, más que en ninguna otra parte de la isla , de lamentar el estado de completa ignorancia en que se tiene al esclavo. (…)…entonces se me ocurrió que nada más fácil habría que emplear aquellas horas en ventaja de la educación moral de aquellos infelices seres. El mismo que sin cesar los vigila podría leer en voz alta algún libro compuesto al efecto y al mismo tiempo que templase el fastidio de aquellos desgraciados, les instruiría de alguna cosa que aliviase su miseria (…)".Por otro lado, el intelectual y político cubano Nicolás Azcárate se inspiró en
las lecturas que se les realizaban a los presos en dos galeras del Arsenal de La Habana, donde un lector leía media hora, todas las tardes, algún libro cívico. La mayoría de los reclusos eran cigarreros que seguían en ese oficio y recibían a cambio una determinada suma de dinero. Parte de esae dinero era retenido por el jefe de departamento y era devuelto al preso cuando obtenía la libertad; les entregaba semanalmente el resto, y de éste se separaban algunas monedas para remunerar la labor del lector y adquirir las obras que habían de leerse. Nicolás Azcárate propuso insertar esta actividad en la producción tabaquera. La idea fue materializada por un joven asturiano, Saturnino Martínez, trabajador de la Fábrica "Partagás". Saturnino colaboró en la fundación de “La Aurora” una publicación semanal que alternaba temas literarios con otros en que se difundía la lucha a favor de la clase trabajadora.A los fundadores de La Aurora se debe el mérito de la implantación de la
lectura, estrenada en la tabaquería "El Fígaro", en La Habana, el 21 de diciembre de 1865. Para incorporar la lectura al proceso productivo convinieron en que un trabajador desempeñaría las funciones de lector. Cada operario contribuiría con su correspondiente cuota, con el fin de resarcir el jornal que el lector dejaba de recibir durante el tiempo que leía en voz alta.En sus inicios, la lectura se realizaba por trabajadores que se turnaban cada cierto tiempo. Pero pronto la lectura por turnos se terminó y el cargo de lector pasó a ocuparlo una persona que debía de ganarse la plaza. Se hacía una votación puesto por puesto y se adjudicaba por mayoría. Generalmente era una persona instruida y educada y se le dispensaban grandes atenciones.
El lector debía poseer las aptitudes necesarias: tener voz clara y pronunciación correcta, ser lo suficientemente culto para poder interpretar cuando leía o, en muchas ocasiones, aclarar las dudas o servir de árbitro en discusiones sobre materias históricas, literarias y hasta científicas. Para probar sus aptitudes, el nuevo lector, por lo regular, antes de las votaciones, debía de pronunciar un discurso que ocupara la atención y la voluntad de los obreros.
Según las opiniones de varios autores, el torcedor de entonces era alguien que discutía de manera perpetua, tenía un amplio espectro de materias de las que deseaba saber y, según progresaba en su aprendizaje, se creía autorizado a disputar sobre todo; frecuentemente hacía uso de esto. Si el lector no podía enfrentarse dignamente con esa disposición y ese afán, estaba perdido. Si por el contrario probaba su capacidad y determinación, se ganaba el cariño y el respeto de todos.
Los jefes de taller observaron que, durante las lecturas, los jornaleros
no abandonaban la tarea sino que se concentraban aún más mientras escuchaban. Así que, a pesar de la resistencia de algunos dueños, el ejemplo fue seguido por otras fábricas y al finalizar el mes de mayo de 1866 las principales tabaquerías de La Habana, y de los pueblos cercanos a la Capital, contaban con su correspondiente lector.A los pocos meses de su entrada en las tabaquerías, la lectura, como medio poderoso de influencia, se convirtió en blanco de los ataques de la prensa conservadora.
Las alusiones que la prensa constantemente hacía a la lectura, tanto para elogiarla, como para censurarla, lograron atraer sobre ella la atención pública. Las tabaquerías donde había lectura eran visitadas por curiosos para admirar semejante novedad. No era raro ver en la parte exterior de las fábricas de tabacos, grupos de personas que junto a las ventanas escuchaban con atención la potente voz del lector en medio de la galera.
¿Qué tipo de lecturas se realizaban? Pues la verdad que resulta curioso. Autores que hoy son considerados por muchos (lectores de pijamas, códigos y demás) como aburridos o demasiado profundos, eran los requeridos por los torcedores, personas con escasa o nula formación cultural: Victor Hugo, Dumas, Chateaubriand, Lamartine, Shakespeare, Pérez Galdós, Cervantes, Newton, D’Annunzio, Kipling (y aquí), Pascal. Se dice que “Los miserables” y “El conde de Montecristo” fueron los mayores éxitos. El mismo Víctor Hugo, al enterarse que sus novelas eran solicitadas con avidez por los tabaqueros, escribió una carta a los obreros de Partagás agradeciéndoles el interés: ¡Qué gran honor le hacia el Olimpo de los novelistas! El escritor español Ramiro de Maeztu fue lector de tabaquería y escribió varias crónicas sobre ello. Escribía Maeztu que sus oyentes eran negros, mulatos, criollos o españoles; que no sabían ni leer siquiera, pero que le asombraron al pedir que les leyera obras del dramaturgo noruego Henrik Ibsen (lo que cambian los tiempos). También se incluían obras de autores cubanos como José María Heredia, José Jacinto Milanés, Gabriel de la Concepción Valdés “Plácido”, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Juan Clemente Zenea, Anselmo Suárez y Romero o Cirilo Villaverde.
Pero con la literatura científica y de entretenimiento también se incluía la literatura política: Kropotkin, Marx, Bakunin, Maquiavelo y otros filósofos políticos, principalmente de Francia o EE.UU., con especial predilección por los escritores anarquistas.
Aunque al principio sólo se leían obras de la índole mencionada, pronto se introdujo la costumbre de leer las noticias que aparecían en la prensa local, diaria o semanal. La lectura en los talleres comenzaba por las noticias internacionales, después las nacionales y a continuación los artículos de fondo o editoriales. Le seguían algunas secciones fijas y, por último, noticias del deporte. Después de quince minutos de descanso, el lector regresaba a la tribuna para el turno de novela.
En los cinco primeros meses del año 1866, la lectura llegó hasta los “chinchalitos”, nombre que desde fines del siglo XVIII se le dio a las pequeñas fábricas de tabacos, en la mayoría de la cuales
se vendía al menudeo el producto que elaboraban, e incluso se llegó a intentar el establecimiento de sesiones públicas de lecturas nocturnas. La influencia de la lectura fue tan arrolladora que algunas de las marcas más famosas de Habanos cubanos creados a partir de esa época fueron nombradas según los títulos o personajes de la literatura que se leía en las fábricas (quién no conoce los famosísimos “Montecristo” o “Romeo y Julieta”).A los empresarios empezó a no gustarles mucho que sus empleados comenzaran a tener conciencia de su situación, así que empezaron a prohibir la lectura “para no distraer a los operarios de las tabaquerías, talleres y establecimientos de todas clases con la lectura de libros y periódicos, ni con discusiones extrañas al trabajo que los mismos operarios desempeñan”. Para justificar semejante prohibición, se tomaron como excusa los altercados entre tabaqueros a la hora de seleccionar una obra, lo cual, a juicio de las autoridades, podría engendrar “odios y enemistades de graves consecuencias”.
Al prohibir la lectura, el Gobierno privaba a los tabaqueros de un poderoso y eficaz medio de cultura, pero al mismo tiempo dejaba entrever el miedo que le inspiraban la divulgación de las ideas independentistas que se podía hacer desde los “púlpitos”.
Los enemigos de la lectura lograron su propósito y en las galeras dejó de oírse la voz de los lectores. Pero no lograron acabar con el interés de la gente por aprender. En un periódico de la época se daba cuenta de que la Biblioteca Pública de la Sociedad Económica de Amigos del País se veía tan concurrida que hacían falta sillas para acomodar a los obreros que allí asistían a escuchar las lecturas públicas, prueba evidente de que la afición a leer había echado raíces entre los trabajadores.
Durante años hubo numerosos tira y afloja entre trabajadores, empresarios y gobernantes y la lectura en las tabaquerías desapareció y se reanudó en varias ocasiones. En el período de 1889 a 1895 se dedicó a la propaganda que, desde las tribunas de los talleres, realizaron los simpatizadores de la causa independentista. En los meses que precedieron al estallido de la guerra, la lectura sirvió para divulgar la labor de los clubes revolucionarios que conspiraban en el extranjero. En las galeras se oían artículos y folletos de tendencias separatistas en los que, según varios periódicos de la época, “se empleaba un lenguaje insultante contra la nación española”. La continuada repetición de estos hechos hizo que se extremara la vigilancia por parte de las autoridades y, aunque en las tabaquerías se había suprimido la lectura de
publicaciones contrarias al régimen, en algunas fábricas, éstas se daban a conocer cuando los capataces y encargados no se hallaban presentes. Todo ello contribuyó a preparar el movimiento que se inició en 1895 y terminó con la consecución de la independencia de Cuba de la corona española.Después de la guerra, solo en una fábrica de tabacos fue prohibida la lectura, por la crítica que en ciertos trabajos periodísticos se hacia de su propietario. Esa prohibición provocó un movimiento de huelga que pronto se solucionó a favor de los tabaqueros.
Al implantarse la República en 1902, no se consideraron los enormes aportes del tabaquero al movimiento de independencia. Subsistían aún los basamentos coloniales hispánicos discriminantes para el nativo en los sectores más retribuidos. Solo era accesible al cubano el aprendizaje del oficio de tabaquero y a la mujer el de despalilladora. Los demás departamentos se nutrían con españoles emigrados que enseñaban a rezagadores, escogedores, fileteadores, etc., y que después de algunos años llegaban a capataces y encargados. Nada había cambiado el nuevo régimen para los criollos operarios del tabaco. Bueno, sí, ahora los propietarios de las fábricas ya no eran españoles, eran multinacionales estadounidenses.
Hasta el decenio de los años 40 del siglo XX los lectores de tabaquería fueron fuertes pilares en las organizaciones, propagandas y acciones de los tabaqueros en contra de los gobiernos títeres de turno. Tuvieron que librar su propia lucha contra la radio, lucha que se inició cuando los primeros aparatos llegaron a La Habana (el primero de ellos fue instalado en la fábrica de Cabañas y Carvajal para trasmitir la Liga Nacional de Béisbol de 1923). Pero lector y radio lograron convivir, la lectura prosiguió con la novedad que, con el transcurrir de los años, se le adicionó el micrófono y el amplificador. Los t
abaqueros escuchaban noticias y música que llegaban a ellos por la radio, pero cuando surgían acontecimientos de importancia y era imprescindible reclamar de ellos su calor y su esfuerzo, ocupaba la tribuna un trabajador.Llegada la década de los años 50 los lectores mantenían su condición de trabajadores de los tabaqueros. Según el prestigio de la fábrica, representado por su marca, lo que a su vez incidía en los salarios de los trabajadores, estos donaban desde 5 hasta 25 centavos de su salario semanal para pagarle al lector. Para entonces se utilizaba el micrófono para ayudar al lector, aunque la lectura sólo llegaba a la galera y el despalillo y no incluía el resto de los departamentos que conforman una tabaquería.
La lectura era sugerida por los propios tabaqueros quienes, al entrar el lector para comenzar la lectura, ponían encima de la tribuna lo que deseaban que se leyera ese día. Siguiendo la tradición de sus inicios, el Presidente de Lectura hacía sonar una campanita llamando a la disciplina y el silencio. La actividad, con una duración de 180 minutos diarios, se dividía en cuatro turnos de 45 minutos cada uno, dos en la mañana y dos en la tarde. En los turnos matutinos se leía la prensa, revistas y los materiales de propaganda política. En los turnos vespertinos se leían novelas, clásicos de la literatura y, sobre todo, libros con fuerte contenido referente a las luchas sociales y los movimientos obreros.
El triunfo de la Revolución fue abrazado por los tabaqueros que salieron de sus fábricas a celebrar su conquista. Los lectores de tabaquería, como parte de la revolución que triunfó, pudieron extender su radio de acción a las escogidas y despalillos. Dejaron de ser pagados por los tabaqueros para cobrar como un operario más de la fábrica.
Un cambio significativo que se produjo fue la irrupción de la mujer como lectora.
Tradicionalmente, la lectura en las tabaquerías fue una labor reservada a los hombres; en la historia, la presencia de la mujer se registraba en aislados casos. Pero con la creciente incorporación de ésta al trabajo y su integración a todas las tareas, se inició la lectura con voces femeninas, cambio que fue bien recibido por los tabaqueros. Por otro lado, el bajo salario inicial de la profesión hizo que los lectores ocuparan plazas de más remuneración; así se adentraron las mujeres en la lectura de las tabaquerías (lo de siempre, con revoluciones o sin ellas, la mujer entra ocupando los puestos peor remunerados) y hoy representan la mayoría en el oficio.Si en períodos anteriores eran los propios tabaqueros los que elegían sus lecturas y a su lector, tras el triunfo de la Revolución, en cada tabaquería, despalillo o escogida existe o debe existir una comisión de lectura integrada por un presidente, un vicepresidente, un representante sindical, un administrativo, el lector y dos vocales. De acuerdo con su reglamento, esta estructura es la encargada de seleccionar y aprobar al lector del centro, facilitarle la documentación y valorar los géneros que se abordan en las lecturas. El objetivo principal de la lectura será “enseñar y cultivar intelectualmente a los trabajadores, dignificar su condición de clase obrera, continuar y fomentar los valores revolucionarios, motivar al trabajo y a las tareas de la Revolución”.
La lectura consiguió que los trabajadores pensaran por sí mismos y se convirtieran en revolucionarios. Pero a la Revolución (a las revoluciones en general) no le gusta que el individuo piense por sí mismo, el trabajador ya no sabe lo que quiere y necesita que una comisión valore lo que puede escuchar y lo que no. Una actividad que surgió con el fin de hacer llegar la cultura a quien no tenía acceso a ella y con ello desarrollar un pensamiento más libre, ha dado paso al adoctrinamiento.
Enorme poder el de la lectura.
Bibliografía
“La lectura en las tabaquerías en Cuba” , Rivera Z.; Roig Albet, Kim Men Fong Delgado.
“Lectores y lectoras de tabaquería, una tradición centenaria”, Sergio R. San Pedro.
“El bello Habano (Biografía íntima del tabaco)”, Reynaldo González.
“El lector de tabaquería: historia de una tradición cubana “, Araceli Tinajero.
El texto corresponde al primer capítulo de la obra "El cristianismo desvelado". Aunque la obra se centra en el cristianismo, lo dicho en este primer capítulo es válido para cualquier religión. Paul Henri fue un filósofo materialista francés de origen alemán. Fue un ilustrado que colaboró en diversos campos en la redacción de la "Enciclopedia" de Diderot y D'Alambert. Para él la religión era una consecuencia de la ignorancia explotada por el despotismo. "El cristianismo desvelado" fue publicado en 1767.
Los hombres, la gran mayoría, solo mantienen la religión por la costumbre, nunca han examinado seriamente las razones que le ligan, los motivos de su conducta, los fundamentos de sus opiniones: así, lo que todos consideran como lo más importante, ha sido siempre lo que mas han temido profundizar; siguen así los pasos que sus padres les han trazado, creen porque ellos les han dicho en su niñez que debían creer; esperan, porque les han dicho que debían esperar; tiemblan, porque sus antepasados han temblado; casi nunca se han molestado en pensar en los motivos de su creencia.
Poquísimos hombres tienen la oportunidad de examinar, o la capacidad de considerar, los objetos de su veneración habitual, de su afección poco razonada, de sus miedos tradicionales; las naciones siempre se ven por el torrente de la costumbre, del ejemplo, del prejuicio: la educación habitúa al espíritu a las opiniones mas monstruosas, como el cuerpo a las actitudes mas incómodas; todo lo que ha durado mucho tiempo parece sagrado a los hombres, se creerían culpables si levantasen sus miradas temerarias a cosas revestidas por el sello de la antigüedad; prevenidos a favor de la sabiduría de sus padres no tienen la presunción de examinar después de ellos; no ven que el hombre ha estado siempre engañado por sus prejuicios, por sus esperanzas y por sus temores, y que las mismas razones le han hecho siempre imposible su examen.
El hombre corriente, ocupado en trabajos necesarios para su subsistencia, otorga una confianza ciega a aquellos que pretenden guiarlo, deja descansar sobre estos la preocupación de pensar por él, suscribe sin dificultades todo aquello que le mandan; creería ofender a Dios si dudase un solo instante de la buena fe de los que le hablan en su nombre. Los grandes, los ricos, la gente de mundo, aunque mas ilustrados que la gente del pueblo, están interesados en conformarse a los prejuicios recibidos, y hasta en mantenerlos; o bien, librados a
la molicie, a la disipación y a los placeres, son totalmente incapaces de ocuparse de una religión a la que hacen ceder delante de sus pasiones, de sus inclinaciones y al deseo de divertirse. Durante la niñez recibimos todas las impresiones que quieren darnos, no tenemos ni capacidad, ni experiencia, ni el valor necesario para dudar de lo que nos enseñan aquellos bajo la dependencia de los cuales nos pone nuestra debilidad. Durante la adolescencia, las pasiones fogosas, la embriaguez continua de nuestros sentidos, nos impiden pensar en una religión demasiado espinosa o demasiado triste para ocuparnos agradablemente: si por casualidad un hombre joven la examina, es sin continuidad o con parcialidad; una ojeada superficial le quita el gusto por un objeto tan poco placentero. En la edad madura, preocupaciones diferentes, nuevas pasiones, ideas de ambición, de grandeza, de poder, deseo de riquezas, de ocupaciones continuadas, acaparan toda la atención del hombre hecho o no le dejan sino breves momentos para pensar en esa religión en la cual no tiene nunca el deseo de profundizar. En la vejez, las facultades entumecidas, las costumbres identificadas con el pensamiento, los órganos debilitados por la edad o por la enfermedad ya no nos permiten remontarnos a las fuentes de nuestras viejas opiniones; el miedo a la muerte que tenemos delante de los ojos tornaría por otra parte sospechoso el examen normalmente presidido por el terror.
Así es como las opiniones religiosas, una vez admitidas, se mantienen durante una larga serie de siglos; es así cómo, de una época a otra, las naciones se transmiten ideas que no han examinado; creen que su felicidad está ligada a instituciones en las cuales un examen mas maduro mostraría la fuente de la mayor parte de sus males. La autoridad todavía da soporte a los prejuicios de los hombres, les prohíbe el análisis, les fuerza a la ignorancia, está siempre dispuesta a castigar a todo aquel que intente sacarles de su error.
Que no nos sorprenda, pues, si veíamos siempre el error identificado con la raza humana; todo parece concurrir para eternizar su ceguera, todas las fuerzas se reunían para esconderle la verdad, los tiranos la detestan y le oprimen porque osa discutir sus derechos injustos y quiméricos, el sacerdote la prohíbe porque reduce a nada sus pretensiones fastuosas; la ignorancia, la inercia y las pasiones de los pueblos los tornan cómplices de quienes están interesados en tenerlos bajo el yugo y en sacar partido de sus desgracias: por eso las naciones gimen bajo males hereditarios a los cuales no piensan poner remedio, sea por que no conocen su origen, sea porque la costumbre les habitúa a la desgracia y les quita todo deseo de alejarla.
Si la religión es el objeto mas importante para nosotros, si influye necesariamente en toda la conducta de una vida, si sus influencias se extienden no solamente a nuestra existencia en este mundo, sino también a aquella que se promete el hombre a continuación, no hay sin duda nada que demande un examen mas serio de nuestra parte, asimismo, de todas las cosas, ésta es en la que los hombres muestran mas credulidad; el mismo hombre que podría aportar el examen mas serio en la cosa que menos toca a su bienestar, no se toma ninguna molestia para asegurarse de los motivos que le determinan a creer o a hacer una de las cosas de las cuales – según su propia confesión- depende su felicidad temporal y eterna; se remite ciegamente a aquellos que la casualidad le ha dado como guías, descarga sobre ellos la preocupación de pensar por si mismo, y llega a considerar un mérito su propia pereza y su propia credulidad: en materia de religión, los hombres presumen de mantenerse siempre en la infancia y en la barbarie.
Asimismo ha habido en todos los siglos hombres que, habiéndose librado de los prejuicios de sus conciudadanos, osaron mostrarles la verdad. Pero ¿qué podía hacer su débil voz contra los errores mamados con la leche, confirmados por la costumbre, autorizados por el ejemplo, reforzados por una política siempre cómplice de su ruina? Los gritos imponentes de la impostura redujeron pronto al silencio a aquellos que querían reclamar a favor de la razón. Hubo veces que mientras el filósofo intentaba inspirar valor, sus sacerdotes y sus reyes le obligaban a temblar.
El medio mas seguro de engañar a los hombres y de perpetuar sus prejuicios es engañarlos desde la infancia, entre casi todos los pueblos modernos la educación parece tener como único objetivo formar fanáticos, devotos, monjes, es decir hombres perjudiciales o inútiles para la sociedad; los príncipes mismos, comúnmente víctimas de la educación supersticiosa que se les da, se mantienen toda la vida en la ignorancia mas grande de sus deberes y de los verdaderos intereses de sus estados., imaginan que lo han hecho todo por sus súbditos si les han llenado su espíritu de ideas religiosas, que hacen el papel de buenas leyes y dispensan a sus señores de la molesta preocupación de gobernarlos bien. La religión parece imaginada solamente para hacer a los soberanos y al pueblo igualmente esclavos del sacerdocio; éste nada mas se ocupa en poner obstáculos continuados a la felicidad de las naciones allá donde reina, el soberano solo tiene un poder precario y los súbditos están desprovistos de actividad, de ciencia, de grandeza de alma, de laboriosidad, en una palabra de las cualidades indispensables para el sostenimiento de una sociedad.
Si en un estado cristiano se ve una poca actividad, si se encuentra alguna ciencia, si se pueden encontrar costumbres sociales, es porque, a despecho de sus opiniones religiosas, la naturaleza, siempre que puede, reconduce a los hombres a la razón y les obliga a trabajar para su propia felicidad.
Todas las naciones cristianas, si fueran consecuentes con sus principios, deberían estar sumergidas en la más profunda inercia, nuestros alrededores estarían habitados por un puñado de piadosos salvajes que solo se encontrarían para perjudicarse. En efecto, ¿Por qué hay que preocuparse de un mundo que la religión nos muestra como un simple lugar de paso? ¿Cuál puede ser la laboriosidad de un pueblo al que se repite cada día que su Dios quiere que ruegue, que se aflija, que viva en el temor, que gima sin parar? ¿Cómo podría subsistir una sociedad compuesta de hombres a los que se ha persuadido que hay que tener fervor por la religión y que hay que odiar y destruir a sus semejantes por sus opiniones? En definitiva ¿Cómo se puede esperar humanidad, justicia o virtud de una cuadrilla de fanáticos a los que el hombre propone como modelo a un Dios cruel, disimulado, malvado, que se complace en ver como brotan las lágrimas de sus desafortunadas criaturas, que les pone trampas y que les castiga por caer en ellas, que ordena el robo, el crimen y la carnicería? Estos son simplemente los trazos con los que el cristianismo nos pinta al Dios heredado de los judíos. Este Dios ha sido un Soldán, un déspota, un tirano al que todo le había estado permitido; con todo, el hombre ha hecho de este Dios un modelo de perfección, se han perpetrado en su nombre los crímenes mas horribles y los mas grandes desafueros han estado siempre justificados, desde el momento que se han cometido para sostener su causa o para merecer su favor.
Así, la religión cristiana, que presume de prestar un soporte infrangible a la moral y de presentar a los hombres los mas poderosos motivos para excitarlos a la virtud, ha sido para ellos una fuente de divisiones, de peleas y de crímenes; bajo el pretexto de buscar la paz solo les ha traído furor, odio, discordia y guerra; les ha proporcionado mil medios engañosos para atormentarse, he derramado sobre ellos plagas desconocidas para sus padres, y el cristiano –si hubiese tenido un poco de entendimiento- habría añorado mil veces la pacífica ignorancia de sus antecesores idólatras. Si las costumbres de los pueblos no han tenido ninguna ganancia con la religión cristiana, el poder de los reyes, de los cuales ésta se pretende el soporte, no ha tenido mayores ventajas; se establecieron en cada Estado dos poderes distintos, el de la religión, fundamentado sobre el mismo Dios, superó casi siempre al del soberano; este se veía forzado a convertirse en servidor de los sacerdotes, y cada vez que rehusaba doblegar la rodilla delante de ellos era proscrito, despojado de sus derechos, exterminado por unos súbditos excitados a la revuelta por la religión o por fanáticos en las manos de los cuales ésta ponía la daga.
Antes del cristianismo, el estado era generalmente soberano del sacerdote, desde que el mundo es cristiano, el soberano no es mas que el primer esclavo del sacerdocio, el ejecutor de sus venganzas y de sus decretos.
Concluimos, pues, que la religión cristiana no tiene ningún título para presumir de las ventajas que procura a la moral o a la política. Arranquémosle el velo que la cubre, remontémonos a sus fuentes, analicemos sus principios, sigámosla en su camino y encontraremos que, fundamentada en la impostura, la ignorancia y la credulidad, no ha sido ni será jamás útil sino a los hombres que se creen interesados en engañar al género humano, que no parará jamás de causar los mayores males a las naciones, y que, en cuenta de facilitar la felicidad que les había prometido, solo sirve para embriagarles de furor, para sumirlos en el delirio y el crimen, para hacerles ignorar sus verdaderos intereses y sus deseos mas santos.
La pauta de la investigación científica
1. Planteamiento del problema
1.1. Reconocimiento de los hechos: examen del grupo de hechos clasificación preliminar y selección de los que probablemente sean relevantes en algún respecto.
1.2. Descubrimiento del problema: hallazgo de la laguna o de la incoherencia en el cuerpo del saber.
1.3. Formulación del problema: planteo de una pregunta que tiene probabilidad de ser la correcta; esto es, reducción del problema a su núcleo significativo, probablemente soluble y probablemente fructífero, con ayuda de conocimiento disponible.
2. Construcción de un modelo teórico
2.1. Selección de los factores pertinentes: invención de suposiciones plausibles relativas a las variables que probablemente son pertinentes.
2.2. Invención de las hipótesis centrales y de las suposiciones auxiliares: propuesta de un conjunto de suposiciones concernientes a los nexos entre las variables pertinentes; por ej. formulación de enunciados de ley que se espera puedan amoldarse a los hechos observados.
2.3. Traducción matemática: cuando sea posible, traducción de las hipótesis, o de parte de ellas, a alguno de los lenguajes matemáticos.
3. Deducciones de consecuencias particulares
3.1. Búsqueda de soportes racionales: deducción de consecuencias particulares que pueden haber sido verificadas en el mismo campo o en campos contiguos.
3.2. Búsqueda de soportes empíricos: elaboración de predicciones (o retrodicciones) sobre la base de modelo teórico y de datos empíricos, teniendo en vista técnicas de verificación disponibles o concebibles.
4. Prueba de la hipótesis
4.1. Diseño de la prueba: planeamiento de los medios para poner a prueba las predicciones; diseño de observaciones, mediciones, experimentos y demás operaciones instrumentales.
4.2. Ejecución de la prueba: realización de las operaciones y recolección de datos.
4.3. Elaboración de los datos: clasificación, análisis, evaluación, reducción, etc., de los datos empíricos.
4.4. Inferencia de la conclusión: interpretación de los datos elaborados a la luz del modelo teórico.
5. Introducción de las conclusiones en la teoría
5.1. Comparación de las conclusiones con las predicciones: contraste de los resultados de la prueba con las consecuencias del modelo teórico, precisando en qué medida éste puede considerarse confirmado o no confirmado (inferencia probable).
5.2. Reajuste del modelo: eventual corrección o cambio completo del model del modelo si es necesario.
5.3. Sugerencias acerca de trabajo ulterior: búsqueda de lagunas o errores en la teoría y/o los procedimientos empíricos, si el modelo ha sido disconfirmado; si ha sido confirmado, examen de posibles extensiones y de posibles consecuencias en otros departamentos del saber.
Extensibilidad del método científico
Para elaborar conocimiento fáctico no se conoce mejor camino que el de la ciencia. El método de la ciencia no es, por cierto, seguro; pero es intrínsecamente progresivo, porque es auto-correctivo: exige la continua comprobación de los puntos de partida, y requiere que todo resultado sea considerado como fuente de nuevas preguntas. Llamemos filosofía científica a la clase de concepciones filosóficas que aceptan el método de la ciencia como la manera que nos permite: a) plantear cuestiones fácticas “razonables” (esto es, preguntas que son significativas, no triviales, y que probablemente pueden se respondidas dentro de una teoría existente o concebible); y b) probar respuestas probables en todos los campos especiales del conocimiento.
No debe confundirse la filosofía científica con el cientificismo en cualquiera de sus dos versiones: el enciclopedismo científico y el reduccionismo naturalista. El enciclopedismo científico pretende que la única tarea de los filósofos es recoger los resultados más generales de la ciencia, elaborando una imagen unificada de los mismos, y preferiblemente formulándolos todos en un único lenguaje (por ej., el de la física). En cambio, la filosofía, científica o no, analiza lo que se le presente y, a partir de este material,construye teorías de segundo nivel, es decir teorías de teorías; la filosofía será científica en la medida en que elabore de manera racional los materiales previamente elaborados por la ciencia. Así es como puede entenderse la extensión del método científico al trabajo filosófico.
En cuanto al cientificismo concebido como reduccionismo naturalista —y que a veces se superpone con el enciclopedismo científico como ocurre con el fisicalismo—, puede describírselo como una tentativa de resolver toda suerte de problemas con ayuda de las técnicas creadas por las ciencias naturales, desdeñando las cualidades específicas, irreductibles, de cada nivel de la realidad. El cientificismo radical de esta especie sostendría, por ejemplo, que la sociedad no es más que un sistema físico-químico (o, a lo sumo, biológico), de donde los fenómenos sociales debieran estudiarse exclusivamente mediante la ayuda de metros, relojes, balanzas y otros instrumentos de la misma clase. En cambio, la filosofía científica favorece la elaboración de técnicas específicas en cada campo, con la única condición de que estas técnicas cumplan las exigencias esenciales del método científico en lo que respecta a las preguntas y a las pruebas. De esta manera es como puede entenderse la extensión del método científico a todos los campos especiales del conocimiento.
Pero también debería emplearse el método de la ciencia en las ciencias aplicadas y, en general, en toda empresa humana en que la razón haya de casarse con la experiencia; vale decir, en todos los campos excepto en arte, religión y amor. Una adquisición reciente del método científico es la investigación operativa (operations research ), esto es, el conjunto de procedimientos mediante los cuales los dirigentes de empresas pueden obtener un fundamento cuantitativo para tomar decisiones, y los administradores pueden adquirir ideas para mejorar la eficiencia de la organización.(10) Pero, desde luego la extensión del método científico a las cosas humanas está aún en su infancia. Pídasele a un político que pruebe sus afirmaciones, no recurriendo a citas y discursos, sino confrontándolos con hechos certificables (tal como se recogen y elaboran, por ejemplo, con ayuda de las técnicas estadísticas). Si es honesto, cosa que puede suceder, o bien: a) admitirá que no entiende la pregunta, o b) concederá que todas sus creencias son, en el mejor de los casos, enunciados probables, ya que sólo pueden ser probados imperfectamente, o c) llegará a la conclusión de que muchas de sus hipótesis favoritas (principios, máximas, consignas) tienen necesidad urgente de reparación. En este último caso puede terminar por admitir que una de las virtudes del método de la ciencia es que facilita la regulación o readaptación de las ideas generales que guían (o justifican) nuestra conducta consciente, de manera tal que ésa pueda corregirse con el fin de mejorar los resultados.
Desgraciadamente, la cientifización de la política la haría más eficaz, pero no necesariamente mejor, porque el método puede dar la forma y no el contenido; y el contenido de la política está determinado por intereses que no son primordialmente culturales o éticos, sino materiales. Por esto, una política científica puede dirigirse a favor o en contra de cualquier grupo social: los objetivos de la estrategia política, así como los de la investigación científica aplicada, no son fijados por patrones científicos, sino por intereses sociales. Esto muestra a la vez el alcance y los límites del método científico: por una parte, puede producir saber eficiencia y poder; por la otra, este saber esta eficiencia y este poder pueden usarse para bien o para mal, para libertar o para esclavizar.
El método científico: ¿un dogma más?
¿Es dogmático favorecer la extensión del método científico a todos los campos del pensamiento y de la acción consciente? Planteamos la cuestión en términos de conducta. El dogmático vuelve sempiternamente a sus escrituras, sagradas o profanas, en búsqueda de la verdad; la realidad le quemaría los papeles en los que imagina que está enterrada la verdad: por esto elude el contacto con los hechos. En cambio, para el partidario de la filosofía científica todo es problemático: todo conocimiento fáctico es falible (pero perfectible), y aun las estructuras formales pueden reagruparse de maneas más económicas y racionales; más aún, el propio método de la ciencia será considerado por él como perfectible, como lo muestra la reciente incorporación de conceptos y técnicas estadísticas. Por consiguiente, el partidario del método científico no se apegará obstinadamente al saber, ni siquiera a los medios consagrados para adquirir conocimiento, sino que adoptará una actitud investigadora; se esforzará por aumentar y renovar sus contactos con los hechos y el almacén de las ideas mediante las cuales los hechos pueden entenderse, controlarse y a veces reproducirse.
No se conoce otro remedio eficaz contra la fosilización del dogma —religioso, político, filosófico o científico— que el método científico, porque es el único procedimiento que no pretende dar resultados definitivos. El creyente busca la paz en la aquiescencia; el investigador, en cambio, no encuentra paz fuera de la investigación y la disensión: está en continuo conflicto consigo mismo, puesto que la exigencia de buscar conocimiento verificable implica un continuo inventar, probar y criticar hipótesis. Afirmar y asentir es más fácil que probar y disentir; por esto hay más creyentes que sabios, y por esto, aunque el método científico es opuesto al dogma, ningún científico y ningún filósofo científico debieran tener la plena seguridad de que han evitado todo dogma.
De acuerdo con la filosofía científica, el peso de los enunciados —y por consiguiente su credibilidad y su eventual eficacia práctica— depende de su grado de sustentación y de confirmación. Si, como estimaba Demócrito, una sola demostración vale más que el reino de los persas, puede calcularse el valor del método científico en los tiempos modernos. Quienes lo ignoran íntegramente no pueden llamarse modernos; y quienes lo desdeñan se exponen a no ser veraces ni eficaces.
Creemos que vivimos en la que Isaiah Berlin, identificándola en sus albores, llamó la Edad de la Razón. Una vez acabadas las tinieblas medievales y comenzado el pensamiento crítico del Renacimiento y el propio pensamiento científico, consideramos que vivimos en una edad dominada por la ciencia. A decir verdad, esta visión de un predominio ya absoluto de la mentalidad científica, que se anunciaba tan ingenuamente en el Himno a Satanás, de Carducci, y más críticamente en el Manifiesto comunista de 1848, la apoyan más los reaccionarios, los espiritualistas, los laudatores temporis acti, que los científicos. Son aquéllos y no éstos los que pintan frescos de gusto casi fantástico sobre un mundo que, olvidando otros valores, se basa sólo en la confianza en las verdades de la ciencia y en el poder de la tecnología.
Los hombres de hoy no sólo esperan, sino que pretenden obtenerlo todo de la tecnología y no distinguen entre tecnología destructiva y tecnología productiva. El niño que juega a la guerra de las galaxias en el ordenador usa el móvil como un apéndice natural de las trompas de Eustaquio, lanza sus chats a través de Internet, vive en la tecnología y no concibe que pueda haber existido un mundo diferente, un mundo sin ordenadores e incluso sin teléfonos.
Pero no ocurre lo mismo con la ciencia. Los medios de comunicación confunden la imagen de la ciencia con la de la tecnología y transmiten esta confusión a sus usuarios, que consideran científico todo lo que es tecnológico, ignorando en efecto cuál es la dimensión propia de la ciencia, de ésa de la que la tecnología es por supuesto una aplicación y una consecuencia, pero desde luego no la sustancia primaria.
La tecnología es la que te da todo enseguida, mientras que la ciencia avanza despacio. Virilio habla de nuestra época como de la época dominada, yo diría hipnotizada, por la velocidad: desde luego, estamos en la época de la velocidad. Ya lo habían entendido anticipadamente los futuristas y hoy estamos acostumbrados a ir en tres horas y media de Europa a Nueva York con el Concorde: aunque no lo usemos, sabemos que existe.
Pero no sólo eso: estamos tan acostumbrados a la velocidad que nos enfadamos si el mensaje de correo electrónico no se descarga enseguida o si el avión se retrasa. Pero este estar acostumbrados a la tecnología no tiene nada que ver con el estar acostumbrados a la ciencia; más bien tiene que ver con el eterno recurso a la magia.
¿Qué era la magia, qué ha sido durante los siglos y qué es, como veremos, todavía hoy, aunque bajo una falsa apariencia? La presunción de que se podía pasar de golpe de una causa a un efecto por cortocircuito, sin completar los pasos intermedios. Clavo un alfiler en la estatuilla que representa al enemigo y éste muere, pronuncio una fórmula y transformo el hierro en oro, convoco a los ángeles y envío a través de ellos un mensaje.
La magia ignora la larga cadena de las causas y los efectos y, sobre todo, no se preocupa de establecer, probando y volviendo a probar, si hay una relación entre causa y efecto. De ahí su fascinación, desde las sociedades primitivas hasta nuestro renacimiento solar y más allá, hasta la pléyade de sectas ocultistas omnipresentes en Internet.
La confianza, la esperanza en la magia, no se ha desvanecido en absoluto con la llegada de la ciencia experimental. El deseo de la simultaneidad entre causa y efecto se ha transferido a la tecnología, que parece la hija natural de la ciencia. ¿Cuánto ha habido que padecer para pasar de los primeros ordenadores del Pentágono, del Elea de Olivetti tan grande como una habitación (los programadores necesitaron ocho meses para preparar al enorme ordenador y que éste emitiera las notas de la cancioncilla El puente sobre el río Kwai, y estaban orgullosísimos), a nuestro ordenador personal, en el que todo sucede en un momento?
La tecnología hace de todo para que se pierda de vista la cadena de las causas y los efectos. Los primeros usuarios del ordenador programaban en Basic, que no era el lenguaje máquina, pero que dejaba entrever el misterio (nosotros, los primeros usuarios del ordenador personal, no lo conocíamos, pero sabíamos que para obligar a los chips a hacer un determinado recorrido había que darles unas dificilísimas instrucciones en un lenguaje binario). Windows ha ocultado también la programación Basic, el usuario aprieta un botón y cambia la perspectiva, se pone en contacto con un corresponsal lejano, obtiene los resultados de un cálculo astronómico, pero ya no sabe lo que hay detrás (y, sin embargo, ahí está). El usuario vive la tecnología del ordenador como magia.
Podría parecer extraño que esta mentalidad mágica sobreviva en nuestra era, pero si miramos a nuestro alrededor, ésta reaparece triunfante en todas partes. Hoy asistimos al renacimiento de sectas satánicas, de ritos sincretistas que antes los antropólogos culturales íbamos a estudiar a las favelas brasileñas; incluso las religiones tradicionales tiemblan frente al triunfo de esos ritos y deben transigir no hablando al pueblo del misterio de la trinidad y encuentran más cómodo exhibir la acción fulminante del milagro. El pensamiento teológico nos hablaba y nos habla del misterio de la trinidad, pero argumentaba y argumenta para demostrar que es concebible, o que es insondable. El pensamiento del milagro nos muestra, en cambio, lo numinoso, lo sagrado, lo divino, que aparece o que es revelado por una voz carismática y se invita a las masas a someterse a esta revelación (no al laborioso argumentar de la teología).
Querría recordar una frase de Chesterton: “Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que ya no crean en nada: creen en todo”. Lo que se trasluce de la ciencia a través de los medios de comunicación es, por lo tanto -siento decirlo-, sólo su aspecto mágico. Cuando se filtra, y cuando filtra es porque promete una tecnología milagrosa, “la píldora que…”. Hay a veces un pactum sceleris entre el científico y los medios de comunicación por el que el científico no puede resistir la tentación, o considera su deber, comunicar una investigación en curso, a veces también por razones de recaudación de fondos; pero he aquí que la investigación se comunica enseguida como descubrimiento, con la consiguiente desilusión cuando se descubre que el resultado aún no está listo. Los episodios los conocemos todos, desde el anuncio indudablemente prematuro de la fusión fría a los continuos avisos del descubrimiento de la panacea contra el cáncer.
Es difícil comunicar al público que la investigación está hecha de hipótesis, de experimentos de control, de pruebas de falsificación. El debate que opone la medicina oficial a la medicina alternativa es de este tipo: ¿por qué el pueblo debe creer en la promesa remota de la ciencia cuando tiene la impresión de tener el resultado inmediato de la medicina alternativa? Recientemente, Garattini advertía que cuando se toma una medicina y se obtiene la curación en un breve periodo, esto no es aún la prueba de que el medicamento sea eficaz. Hay aún otras dos explicaciones: que la enfermedad ha remitido por causas naturales y el remedio ha funcionado sólo como placebo, o que incluso la remisión se ha producido por causas naturales y el remedio la ha retrasado. Pero intenten plantear al gran público estas dos posibilidades. La reacción será de incredulidad, porque la mentalidad mágica ve sólo un proceso, el cortocircuito siempre triunfante, entre la causa presunta y el efecto esperado. Llegados a este punto, nos damos cuenta también de cómo está ocurriendo y puede ocurrir, que se anuncien recortes consistentes en la investigación y la opinión pública se quede indiferente. Se quedaría turbada si se hubiese cerrado un hospital o si aumentara el precio de los medicamentos, pero no es sensible a las estaciones largas y costosas de la investigación. Como mucho, cree que los recortes a la investigación pueden inducir a algún científico nuclear a emigrar a Estados Unidos (total, la bomba atómica la tienen ellos) y no se da cuenta de que los recortes en la investigación pueden retrasar también el descubrimiento de un fármaco más eficaz para la gripe, o de un coche eléctrico, y no se relaciona el recorte en la investigación con la cianosis o con la poliomielitis, porque la cadena de las causas y los efectos es larga y mediata, no inmediata, como en la acción mágica.
Habrán visto el capítulo de Urgencias en que el doctor Green anuncia a una larga cola de pacientes que no darán antibióticos a los que están enfermos de gripe, porque no sirven. Surgió una insurrección con acusaciones incluso de discriminación racial. El paciente ve la relación mágica entre antibiótico y curación, y los medios de comunicación le han dicho que el antibiótico cura. Todo se limita a ese cortocircuito. El comprimido de antibiótico es un producto tecnológico y, como tal, reconocible. Las investigaciones sobre las causas y los remedios para la gripe son cosas de universidad. Yo he perfilado una hipótesis preocupante y decepcionante, también porque es fácil que el propio hombre de gobierno piense como el hombre de la calle y no como el hombre de laboratorio. He sido capaz de delinear este cuadro porque es un hecho, pero no estoy en condiciones de esbozar el remedio.
Es inútil pedir a los medios de comunicación que abandonen la mentalidad mágica: están condenados a ello no sólo por razones que hoy llamaríamos de audiencia, sino porque de tipo mágico es también la naturaleza de la relación que están obligados a poner diariamente entre causa y efecto. Existen y han existido, es cierto, seres divulgadores, pero también en esos casos el título (fatalmente sensacionalista) da mayor valor al contenido del artículo y la explicación incluso prudente de cómo está empezando una investigación para la vacuna final contra todas las gripes aparecerá fatalmente como el anuncio triunfal de que la gripe por fin ha sido erradicada (¿por la ciencia? No, por la tecnología triunfante, que habrá sacado al mercado una nueva píldora). ¿Cómo debe comportarse el científico frente a las preguntas imperiosas que los medios de comunicación le dirigen a diario sobre promesas milagrosas? Con prudencia, obviamente; pero no sirve, ya lo hemos visto. Y tampoco puede declarar el apagón informativo sobre cualquier noticia científica porque la investigación es pública por su misma naturaleza.
Creo que deberíamos volver a los pupitres de la escuela. Le corresponde a la escuela, y a todas las iniciativas que pueden sustituir a la escuela, incluidos los sitios de Internet de credibilidad segura, educar lentamente a los jóvenes para una recta comprensión de los procedimientos científicos. El deber es más duro, porque también el saber transmitido por las escuelas se deposita a menudo en la memoria como una secuencia de episodios milagrosos: madame Curie, que vuelve una tarde a casa y, a partir de una mancha en un papel, descubre la radiactividad; el doctor Fleming, que echa un vistazo distraído a un poco de musgo y descubre la penicilina; Galileo, que ve oscilar una lámpara y parece que de pronto descubre todo, incluso que la Tierra da vueltas, de tal forma que nos olvidemos, frente a su legendario calvario, de que ni siquiera él había descubierto según qué curva giraba, y tuvimos que esperar a Kepler.
¿Cómo podemos esperar de la escuela una correcta información científica cuando aún hoy, en muchos manuales y libros incluso respetables, se lee que antes de Cristóbal Colón la gente creía que la Tierra era plana, mientras que se trata de una falsedad histórica, puesto que ya los griegos antiguos lo sabían, e incluso los doctos de Salamanca que se oponían al viaje de Colón, sencillamente porque habían hecho cálculos más exactos que los suyos sobre la dimensión real del planeta? Y, sin embargo, una de las misiones del sabio, además de la investigación seria, es también la divulgación iluminada.
Y, sin embargo, si se tiene que imponer una imagen no mágica de la ciencia, no debieran esperarla de los medios de comunicación, deben ser ustedes quienes la construyan poco a poco en la conciencia colectiva, partiendo de los más jóvenes.
La conclusión polémica de mi intervención es que el presunto prestigio de que goza hoy el científico se basa en razones falsas, y está en todo caso contaminado por la influencia conjunta de las dos formas de magia, la tradicional y la tecnológica, que aún fascina la mente de la mayoría. Si no salimos de esta espiral de falsas promesas y esperanzas defraudadas, la propia ciencia tendrá un camino más arduo que realizar.
Y he aquí que mañana los periódicos hablarán de este congreso vuestro, pero, fatalmente, la imagen que salga será aún mágica. ¿Deberíamos asombrarnos? Nos seguimos masacrando como en los siglos oscuros arrastrados por fundamentalismos y fanatismos incontrolables, proclamamos cruzadas, continentes enteros mueren de hambre y de sida, mientras nuestras televisiones nos representan (mágicamente) como una tierra de jauja, atrayendo sobre nuestras playas a desesperados que corren hacia nuestras periferias dañadas como los navegantes de otras épocas hacia las promesas de Eldorado; ¿y deberíamos rechazar la idea de que los simples no saben aún qué es la ciencia y la confunden bien con la magia, bien con el hecho de que, por razones desconocidas, se puede enviar una declaración de amor a Australia al precio de una llamada urbana y a la velocidad del rayo?
Es útil, para seguir trabajando cada uno en su propio campo, saber en qué mundo vivimos, sacar las conclusiones, volvernos tan astutos como la serpiente y no tan ingenuos como la paloma, pero por lo menos tan generosos como el pelícano e inventar nuevas formas de dar algo de vosotros a quienes os ignoran.
En cualquier caso, desconfiad más que nada de quienes os honran como si fueseis la fuente de la verdad. En efecto, os consideran un mago que, sin embargo, si no produce enseguida efectos verificables, será considerado un charlatán; mientras que las magias que producen efectos imposibles de verificar, pero eficaces, serán honradas en los programas de entrevistas. Y, por lo tanto, no vayáis, o se os identificará con ellas. Permitidme retomar un lema a propósito de un debate judicial y político: resistid, resistid, resistid. Y buen trabajo.
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Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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