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Lord Dunsany - "La probable aventura de tres hombres de letras"

Posted by La mujer Quijote in ,

Cuando los nómadas llegaron a El Lola lo hicieron sin sus canciones y la cuestión de robar la caja dorada se planteó en toda su magnitud. Por una parte, muchos de ellos habían buscado la caja dorada, que (como los etíopes saben) es un receptáculo de poemas de fabuloso valor; y su funesto destino es todavía plática usual en Arabia. Por otra parte, era triste sentarse de noche alrededor del fuego de campamento sin nuevas canciones.
Fue la tribu de Hetch la que discutió estas cuestiones un atardecer en los llanos bajo la cumbre de Mluna. Su tierra natal había sido la vía a través del mundo de inmemoriales nómadas; y a los más viejos de ellos les inquietaba que no hubiera nuevas canciones. Mientras tanto, insensible a las inquietudes humanas y, hasta ahora, a la noche que estaba ocultando los llanos, la cumbre de Mluna, en calma al resplandor del crepúsculo, miraba hacia la Tierra Incierta. Y fue en el llano que hay en la ladera conocida de Mluna donde, en el preciso momento en que la estrella vespertina aparecía como un ratón y las llamas del fuego de campamento elevaban sus aislados penachos humeantes desanimadas por alguna canción, los nómadas planearon precipitadamente aquel imprudente proyecto que el mundo conoció como La Búsqueda De La Caja Dorada.
Ninguna otra precaución más acertada podían haber tomado los más ancianos de los nómadas que la de decidir que su ladrón fuera el propio Slith, aquel mismo ladrón que (como he escrito) ganó por la mano al rey de Westfalia en tantas aulas regentadas por institutrices. No obstante, era tal el peso de la caja que deberían acompañarle otros, y Sippy y Slorg eran ladrones no menos ágiles que los que hoy en día pueden encontrarse entre los vendedores de antigüedades.
Así es que al día siguiente los tres ascendieron las estribaciones del Mluna y durmieron en sus nieves tan bien como pudieron, antes que arriesgarse a pasar la noche en los bosques de la Tierra Incierta. Y amaneció un día radiante y los pájaros se hartaron de cantar, mas la selva de abajo y el yermo de más allá y los pelados y ominosos riscos presentaban un indecible aspecto amenazador.
Aunque tenía veinte años de experiencia como ladrón, Slith hablaba poco; únicamente cuando alguno de los otros dos hacía rodar una piedra con su pie, o, más tarde en la selva, cuando alguno de ellos pisaba una rama, les decía bruscamente en voz baja siempre las mismas palabras: "eso no está bien". Sabía que en dos días de viaje no podía convertirlos en mejores ladrones, y, cualesquiera que fueran las dudas que tuviera, no interfería más.
Desde las estribaciones del Mluna descendieron a los bancos de nubes, y de éstos a la selva, cuyas bestias autóctonas, como tan bien sabían los tres ladrones, comían todo tipo de carne ya fuera de pez o de humano. Allí cada uno de los ladrones sacó un dios de su bolsillo y suplicó protección en el infortunado bosque, esperando tener así una triple posibilidad de escapar de semejante lugar, ya que si uno de ellos era devorado seguramente lo serían los otros dos, mas confiaban en que también fuera cierto el corolario, y todos podrían escapar si uno de ellos lo conseguía. Ninguno de los tres supo si alguno de esos dioses fue propicio y actuó, o si lo fueron los tres, o si fue la casualidad la que les salvó de ser devorados en la selva por bestias odiosas; mas desde luego, ni los emisarios del dios que más temían, ni la ira del dios local de aquel ominoso lugar, ocasionaron la inmediata perdición de los tres aventureros. Así que llegaron al Brezal Retumbante, en el corazón de la Tierra Incierta, cuyos borrascosos altozanos se debían a la ondulación del terreno y a la erosión del terremoto, en calma durante algún tiempo.
Algo tan enorme que parecía increíble que se pudiera mover tan despacio avanzaba majestuosamente a su lado, y lograron pasar tan desapercibidos que una palabra resonó en la imaginación de los tres: "Si... si... si...". Y cuando este peligro al fin pasó, siguieron de nuevo su camino cautelosamente y pronto vieron al pequeño e inofensivo mipt, medio elfo mitad gnomo, profiriendo estridentes y alegres chillidos en los confines del mundo. Y se alejaron poco a poco para no ser vistos, pues decían que la curiosidad del mipt había llegado a ser fabulosa y que, aunque inofensivo, le disgustaban los secretos. No obstante, probablemente les repugnaba la forma en que el mipt hozaba los huesos de los muertos, aunque no reconocieran su aversión, ya que no es propio de aventureros preocuparse por quién roerá sus huesos. Sea como fuere, se alejaron del mipt y casi al mismo tiempo llegaron al árbol marchito, meta de su aventura, sabiendo que junto a ellos se encontraba la grieta en el Mundo y el puente entre lo Malo y lo Peor, y que debajo de ellos se levantaba la casa del Dueño de la Caja.
Éste era su sencillo plan: introducirse en el pasadizo del precipicio superior; bajar corriendo por él en silencio (por supuesto descalzos), teniendo en cuenta la advertencia a los viajeros grabada en la piedra, que los intérpretes toman por "Es Mejor No..."; no tocar las bayas que por algún motivo están allí, en el flanco derecho según se desciende; llegar de esa manera hasta el guardián que ha estado dormido en su pedestal durante mil años y todavía duerme; y, por fin, entrar por la ventana abierta. Uno debía esperar fuera junto a la grieta en el Mundo hasta que los otros dos salieran con la caja dorada y, si estos pedían ayuda, aquél debía amenazar inmediatamente con soltar la grapa de acero que sujeta la grieta. Cuando obtuvieran la caja deberían correr toda la noche y el día siguiente hasta que los bancos de nubes que cubren las laderas del Mluna se interpusieran completamente entre ellos y el Dueño de la Caja.
La puerta del precipicio estaba abierta. Dirigidos hasta el final por Slith, descendieron los fríos peldaños. Cada uno de ellos lanzó una impaciente mirada a las hermosas bayas. El guardián seguía durmiendo en su pedestal. Slorg subió por una escala, que Slith sabía dónde encontrar, hasta la grapa de acero del otro lado de la grieta en el Mundo, y aguardó junto a ella con un escoplo en la mano, permaneciendo atento a cualquier adversidad. Mientras tanto, sus amigos se introdujeron en la casa, sin que se oyera ningún ruido. Slith y Sippy pronto encontraron la caja dorada: todo parecía suceder como ellos lo habían planeado; solamente quedaba por comprobar si era la que buscaban y ver la forma de escapar con ella de aquel espantoso lugar. Al abrigo del pedestal, tan próximos al guardián que podían sentir su calor, que paradójicamente helaba la sangre de los más intrépidos, rompieron el cierre de esmeraldas y abrieron la caja dorada; y allí, a la luz de ingeniosos destellos que Slith sabía cómo conseguir, inspeccionaron el contenido, procurando tapar con sus cuerpos tan escasa luz. Cuál no sería su alegría, incluso en aquellos peligrosos momentos, cuando descubrieron, mientras acechaban entre el guardián y el abismo, que la caja contenía quince odas sin par en verso alcaico, cinco sonetos, con mucho los más hermosos del mundo, nueve baladas al estilo provenzal que no tenían parangón en todo el florilegio de la humanidad, un poema dedicado a una polilla en veintiocho estrofas perfectas, una muestra en verso libre de unas cien líneas de un nivel que no consta que el hombre haya alcanzado todavía, así como quince poemas líricos a los que ningún mercader se atrevería a poner precio. De buena gana habrían vuelto a leer estos tesoros, ya que hacían saltar las lágrimas y traían recuerdos de cosas agradables de nuestra infancia y melodiosas voces de lejanos sepulcros; mas Slith señaló imperiosamente el camino por el que habían venido. La luz se extinguió y Slorg y Sippy suspiraron y luego cogieron la caja.
El guardián dormía todavía su sueño milenario.
Cuando salieron vieron aquella indulgente silla junto a los confines del Mundo en la que el Dueño de la Caja se había sentado últimamente para leer interesadamente y en solitario los más hermosos versos y canciones que jamás soñara poeta alguno.
Llegaron en silencio al pie de las escaleras; entonces aconteció que, al acercarse a un sitio seguro, en la hora más secreta de la noche, una mano encendió una escandalosa luz en una cámara alta sin hacer ningún ruido.
Al principio parecía tratarse de una luz corriente, aunque fatal en un momento como éste; mas cuando empezó a seguirles como un detective y a enrojecer cada vez más mientras les vigilaba, entonces desapareció su optimismo.
Muy imprudentemente, Sippy intentó huir, y Slorg, con similar imprudencia, trató de esconderse. Mas Slith, sabiendo muy bien por qué habían encendido una luz en aquella cámara secreta y quién la había encendido, saltó por encima de los confines del Mundo y todavía está cayendo a través de la negrura sin reverberación del abismo.

Lord Dunsany - "En tierra baldía"

Posted by Arabella in ,

Sobre los marjales descendía la noche espléndida, con todas sus bandadas errantes de estrellas nómadas y todo su ejército de estrellas fijas que titilaban y vigilaban.
A la firme tierra seca del Oriente, gris y fría, la primera palidez del alba llegaba sobre las cabezas de los dioses inmortales.
Entonces, al acercarse por fin a la seguridad que ofrecía la tierra seca, el Amor miró al hombre al que por tanto tiempo había conducido por los marjales y vio que tenía el pelo cano, porque brillaba en la palidez del alba.
Entonces pisaron juntos tierra firme y el viejo se sentó fatigado en la hierba, porque había errado durante muchos años; y la luz del alba gris se extendió sobre las cabezas de los dioses.
Y el Amor le dijo al viejo:
— Ahora te dejaré.
Y el hombre no le dio respuesta, pero se echó a llorar.
Entonces el Amor sintió pena en su corazón despreocupado y dijo:
— No debes estar triste porque te deje, ni echarme de menos, ni cuidarte de mí para nada.
"Soy un niño muy necio y nunca fui bueno contigo, ni amistoso. Nunca me cuidé de tus profundos pensamientos ni de lo que había de bueno en ti; por el contrario, fui causa de tu perplejidad al llevarte de aquí para allá por los peligrosos marjales. Y fui tan desalmado que si hubieras perecido en el lugar a donde te había conducido, no habría significado nada para mí, y sólo me quedé contigo porque eras un buen compañero de juegos."
"Soy cruel y carezco del todo de valor; no soy nadie cuya ausencia pueda ser motivo de pena ni de cuidado."
Y aún el viejo siguió sin hablar y continuó llorando quedamente; y el Amor se lamentó en su bondadoso corazón.
Y el Amor dijo:
— Como soy tan pequeño mi fuerza te pasó inadvertida, y también el mal que te hice. Pero mi fuerza es grande y la utilicé sin justicia. A menudo te empujé fuera de los altos caminos a los marjales, sin importarme que pudieras ahogarte. A menudo me burlé de ti e hice que otros se burlaran también. Y a menudo te conduje por entre los que me odiaban y me reí cuando ellos se vengaron en ti.
"Así pues, no llores, porque no hay bondad en mi corazón, sino sólo crimen y necedad; no soy compañía para alguien tan sabio como tú; por el contrario, soy tan frívolo y tonto que me reí de tus nobles sueños y entorpecí todas sus acciones. Considera, pues, que me has desenmascarado y pasarás sin mí; aquí vivirás en paz e, imperturbado, tendrás nobles sueños de los dioses inmortales."
"Considera que aquí está el alba y la seguridad, allí, la oscuridad y el peligro."
Todavía siguió el viejo llorando quedamente.
Entonces el Amor dijo:
— ¿Esta es tu situación?—Y su voz era ahora grave y serena.—¿Te sientes tan perturbado? Viejo amigo de tantos años, hay pena en mi corazón por ti. Viejo amigo de peligrosas venturas, debo dejarte ahora. Pero pronto te enviaré a mi hermano... mi hermano la Muerte. Y saldrá de los marjales a tu encuentro y no te abandonará y te será fiel como yo no lo he sido.
Y el alba clareó más sobre los dioses inmortales y el viejo sonrió a través de las lágrimas que resplandecieron maravillosas a la luz creciente. Pero el Amor bajó a la noche y a los marjales, mirando atrás sobre el hombro al partir, y sonriendo bellamente con los ojos. Y en los marjales donde se internó, en medio de la noche esplendorosa, y bajo las bandadas errantes de estrellas nómadas, hubo sonidos de risas y el sonido de la danza.
Y al cabo de un tiempo, con la cara vuelta hacia la mañana, salió la Muerte de los marjales, alta y hermosa, con una ligera sonrisa sombría en los labios; y levantó gentilmente en brazos al hombre solitario, y le cantó con voz profunda y muy bajo una vieja canción. Y lo cargó en la mañana al encuentro de los dioses.

Lord Dunsany - "En donde suben y bajan las mareas"

Posted by Arabella in ,

Soñé que había hecho una cosa horrible, tan horrible, que se me negó sepultura en tierra y en mar, y ni siquiera había infierno para mí.
Esperé algunas horas con esta certidumbre. Entonces vinieron por mí mis amigos, y secretamente me asesinaron, y con antiguo rito y entre grandes hachones encendidos, me sacaron.
Esto acontecía en Londres, y furtivamente, en el silencio de la noche, me llevaron a lo largo de calles grises y por entre míseras casas hasta el río. Y el río y el flujo del mar pugnaban entre bancos de cieno, y ambos estaban negros y llenos de los reflejos de las luces. Una súbita sorpresa asomó a sus ojos cuando se les acercaron mis amigos con sus hachas fulgurantes. Y yo lo veía, muerto y rígido, porque mi alma aún estaba entre mis huesos, porque no había infierno para ella, porque se me había negado sepultura cristiana.
Me bajaron por una escalera cubierta de musgo resbaladizo y viscosidades, y así descendí poco a poco al terrible fango. Allí, en el territorio de las cosas abandonadas, excavaron una somera fosa. Después me depositaron en la tumba, y de repente arrojaron las antorchas al río. Y cuando el agua extinguió el fulgor de las teas, se vieron, pálidas y pequeñas, sobrenadar en la marea; y al punto se desvaneció el resplandor de la calamidad, y advertí que se aproximaba la enorme aurora; mis amigos se cubrieron los rostros con sus capas, y la solemne procesión se dispersó, y mis amigos fugitivos desaparecieron calladamente.
Entonces volvió el fango cansadamente y lo cubrió todo, menos mi cara. Allí yacía solo, con las cosas olvidadas, con las cosas amontonadas que las mareas no llevarán más adelante, con las cosas inútiles y perdidas, con los ladrillos horribles que no son tierra ni piedra. Nada sentía, porque me habían asesinado; mas la percepción y el pensamiento estaban en mi alma desdichada. La aurora se abría, y vi las desoladas viviendas amontonadas en la margen del río, y en mis ojos muertos penetraban sus ventanas muertas, tras de las cuales había fardos en vez de ojos humanos. Y tanto hastío sentí al mirar aquellas cosas abandonadas, que quise llorar, mas no pude porque estaba muerto. Supe entonces lo que jamás había sabido: que durante muchos años aquel rebaño de casas desoladas había querido llorar también, mas, por estar muertas, estaban mudas. Y supe que también las cosas olvidadas hubiesen llorado, pero no tenían ojos ni vida. Y yo también intenté llorar, pero no había lágrimas en mis ojos muertos. Y supe que el río podía habernos cuidado, podía habernos acariciado, podía habernos cantado, mas él seguía corriendo sin pensar más que en los barcos maravillosos.
Por fin, la marea hizo lo que no hizo el río, y vino y me cubrió, y mi alma halló reposo en el agua verde, y se regocijó, e imaginó que tenía la sepultura del mar. Mas con el reflujo descendió el agua otra vez, y otra vez me dejó solo con el fango insensible, con las cosas olvidadas, ahora dispersas, y con el paisaje de las desoladas casas, y con la certidumbre de que todos estábamos muertos.
En el renegrido muro que tenía detrás, tapizado de verdes algas, despojo del mar, aparecieron oscuros túneles y secretas galerías tortuosas que estaban dormidas y obstruidas. De ellas bajaron al cabo furtivas ratas a roerme, y mi alma se regocijó creyendo que al fin se vería libre de los malditos huesos a los que se había negado entierro. Pero al punto se apartaron las ratas breve trecho y cuchichearon entre sí. No volvieron más. Cuando descubrí que hasta las ratas me execraban, intenté llorar de nuevo.
Entonces, la marea vino retirándose, y cubrió el espantoso fango, y ocultó las desoladas casas, y acarició las cosas olvidadas, y mi alma reposó por un momento en la sepultura del mar. Luego me abandonó otra vez la marca.
Y sobre mí pasó durante muchos años arriba y abajo. Un día me encontró el Consejo del Condado y me dio sepultura decorosa. Era la primera tumba en que dormía. Pero aquella misma noche mis amigos vinieron por mí, y me exhumaron, y me llevaron de nuevo al hoyo somero del fango.
Una y otra vez hallaron mis huesos sepultura a través de los años, pero siempre al fin del funeral acechaba uno de aquellos hombres terribles, quienes, no bien caía la noche, venían, me sacaban y me volvían nuevamente al hoyo del fango.
Por fin, un día murió el último de aquellos hombres que hicieron un tiempo la terrible ceremonia conmigo. Oí pasar su alma por el río al ponerse el sol.
Y esperé de nuevo.
Pocas semanas después me encontraron otra vez, y otra vez me sacaron de aquel lugar en que no hallaba reposo, y me dieron profunda sepultura en sagrado, donde mi alma esperaba descanso.
Y al punto vinieron hombres embozados en capas y con hachones encendidos para volverme al fango, porque la ceremonia había llegado a ser tradicional y de rito. Y todas las cosas abandonadas se mofaron de mí en sus mudos corazones cuando me vieron volver, porque estaban celosas de que hubiese dejado el fango. Debe recordarse que yo no podía llorar.
Y corrían los años hacia el mar adonde van las negras barcas, y las grandes centurias abandonadas se perdían en el mar, y allí permanecía yo sin motivo de esperanza y sin atreverme a esperar sin motivo por miedo a la terrible envidia y a la cólera de las cosas que ya no podían navegar.
Una vez se desató una gran borrasca que llegó hasta Londres y que venía del mar del Sur; y vino retorciéndose río arriba empujada por el viento furioso del Este. Y era más poderosa que las espantosas mareas, y pasó a grandes saltos sobre el fango movedizo. Y todas las tristes cosas olvidadas se regocijaron y se mezclaron con cosas que estaban más altas que ellas, y pulularon otra vez entre los señoriles barcos que se balanceaban arriba y abajo. Y sacó mis huesos de su horrible morada para no volver nunca más, esperaba yo, a sufrir la injuria de las mareas. Y con la bajamar cabalgó río abajo, y dobló hacia el Sur, y tornó a su morada. Y repartió mis huesos por las islas y por las costas de felices y extraños continentes. Y por un momento, mientras estuvieron separados, mi alma se creyó casi libre.
Luego se levantó, al mandato de la Luna, el asiduo flujo de la marea, y deshizo en un punto el trabajo del reflujo, y recogió mis huesos de las riberas de las islas de sol, y los rebuscó por las costas de los continentes, y fluyó hacia el Norte hasta que llegó a la boca del Támesis, y subió por el río y encontró el hoyo en el fango, y en él dejó caer mis huesos; y el fango cubrió algunos y dejó otros al descubierto, porque el fango no cuida de las cosas abandonadas.
Llegó el reflujo, y vi los ojos muertos de las cosas y la envidia de las otras cosas olvidadas que no había removido la tempestad.
Y transcurrieron algunas centurias más sobre el flujo y el reflujo y sobre la soledad de las cosas olvidadas. Y allí permanecía, en la indiferente prisión del fango, jamás cubierto por completo ni jamás libre, y ansiaba la gran caricia cálida de la tierra o el dulce regazo del mar.
A veces encontraban los hombres mis huesos y los enterraban, pero nunca moría la tradición, y siempre me volvían al fango los sucesores de mis amigos. Al fin dejaron de pasar los barcos y fueron apagándose las luces; ya no flotaron más río abajo las tablas de madera, y en cambio llegaron viejos árboles descuajados por el viento, en su natural simplicidad.
Al cabo percibí que dondequiera a mi lado se movía una brizna de hierba y el musgo crecía en los muros de las casas muertas. Un día, una rama de cardo silvestre pasó río abajo.
Por algunos años espié atentamente aquéllas señales, hasta que me cercioré de que Londres desaparecía. Entonces perdí una vez más la esperanza, y en toda la orilla del río reinaba la ira entre las cosas perdidas, pues nada se atrevía a esperar en el fango abandonado. Poco a poco se desmoronaron las horribles casas, hasta que las pobres cosas muertas que jamás tuvieron vida encontraron sepultura decorosa entre las plantas y el musgo. Al fin apareció la flor del espino y la clemátide. Y sobre los diques que habían sido muelles y almacenes se irguió al fin la rosa silvestre. Entonces supe que la causa de la Naturaleza había triunfado y que Londres había desaparecido.
El último hombre de Londres vino al muro del río, embozado en una antigua capa, que era una de aquellas que un tiempo usaron mis amigos, y se asomó al pretil para asegurarse de que yo estaba quieto allí; se marchó y no le volví a ver: había desaparecido a la par que Londres.
Pocos días después de haberse ido el último hombre entraron las aves en Londres, todas las aves que cantan. Cuando me vieron, me miraron con recelo, se apartaron un poco y hablaron entre sí.
«Sólo pecó contra el Hombre -dijeron-. No es cuestión nuestra.»
«Seamos buenas con él» -dijeron.
Entonces se me acercaron y empezaron a cantar. Era la hora del amanecer, y en las dos orillas del río, y en el cielo, y en las espesuras que un tiempo fueron calles, cantaban centenares de pájaros. A medida que el día adelantaba, arreciaban en su canto los pájaros; sus bandadas se espesaban en el aire, sobre mi cabeza, hasta que se reunieron miles de ellos cantando, y después millones, y por último no pude ver sino un ejército de alas batientes, con la luz del sol sobre ellas, y breves claros de cielo. Entonces, cuando nada se oía en Londres más que las miríadas de notas del canto alborozado, mi alma se desprendió de mis huesos en el hoyo del fango y comenzó a trepar sobre el canto hacia el cielo. Y pareció que se abría entre las alas de los pájaros un sendero que subía y subía, y a su término se entreabría una estrecha puerta del Paraíso. Y entonces conocí por una señal que el fango no había de recibirme más, porque de repente me encontré que podía llorar.
En este instante abrí los ojos en la cama de una casa de Londres, y fuera, a la luz radiante de la mañana, trinaban unos gorriones sobre un árbol; y aún había lágrimas en mi rostro, pues la represión propia se debilita en el sueño. Me levanté y abrí de par en par la ventana, y extendiendo mis manos sobre el jardincillo, bendije a los pájaros cuyos cantos me habían arrancado a los turbulentos y espantosos siglos de mi sueño.