Este cuento pertenece al volumen "El cuerpo", que reúne una novela corta (la que da título al volumen) y varios cuentos.
La versión es la de Roberto Frías.
Ya casi es Navidad y Rick, que está en la fiesta de un amigo en una tienda de ropa, empieza a estar bastante borracho.
Es una tienda grande en un barrio elegante del oeste de Londres, y esta noche las chicas que trabajan allí se han vestido con brillantes vestidos negros, orejas de conejo de terciopelo blanco y zapatos altos. Cuando Rick y Daniel han llegado, las chicas sostenían bandejas con champán, vino caliente y pastelitos de Navidad. ¿Cuándo se ha visto algo más tentador?
Las chicas han ayudado al hijo de Rick, Daniel, a salir de su sillita, le han quitado su abriguito rojo y lo han llevado al cuarto de los niños, donde unos juguetes teledirigidos zumbaban cruzando el suelo. Había un pequeño balancín; varios niños del barrio ya estaban jugando. Rick se ha sentado en el suelo y Daniel, aunque era algo tarde para él, ha perseguido los juguetes eléctricos, ha arrojado una pelota de ping-pong por la ventana abierta y desmantelado una casa de muñecas, sin entender que todos esos objetos incitadores estaban en venta.
Rick había comenzado a beber una hora antes. De camino a la fiesta se habían detenido en un bar de la zona, adonde Rick solía ir cuando estaba soltero. Allí, Daniel, que tiene dos años y medio, se había encaramado en un taburete cubierto de peluche junto a su padre, en medio de una fila de bebedores que iniciaban la noche.
—Lo estoy entrenando —le dijo Rick a la encargada—. Por favor, Daniel, pídele una cerveza.
—Sopla-sopla —dijo Daniel.
—¿Cómo? —dijo Rick.
Daniel cogió una caja de cerillas.
—Sopla-sopla.
Rick la abrió y encendió una.
—Otra vez -dijo Daniel, al momento de apagarla. Extinguió dos cajas de cerillas así, llenando el cenicero. Cuando una cerilla iluminaba la cara del niño, se le inflaban las mejillas y juntaba los labios. Cuando la luz moría, la risa del niño resonaba en todo el bar, decorado a la moda, oscuro.
—¡Listo, quieto, sopla-sopla!
—Sopla-mierda-sopla —murmuró un borracho malhumorado.
—¿Te pasa algo? -dijo Rick, deslizándose del taburete.
El hombre gruñó.
Rick persuadió al niño para que se pusiera el impermeable y el sombrero con visera y orejeras, asegurándolo bajo la barbilla. Se echó la bolsa llena de pañuelos, zumo, numerosos aperitivos, toallitas y juguetes al hombro, y salieron a la noche, bajo la copiosa lluvia.
Llevaba dos días lloviendo. Las noticias decían que había inundaciones en todo el país.
La fiesta se llevaba a cabo a diez minutos de allí caminando. Cuando llegaron, Rick estaba mojado.
Martín, su próspero amigo poseedor de la enorme tienda con alegres empleados, iluminada y llena de ropa que Rick jamás podría permitirse, lo abrazó en la puerta. Martín no tenía hijos y era la primera vez que veía a Daniel. Ellos eran amigos desde que Martín diseñara y elaborara el vestuario para una obra en la que actuaba Rick, en el teatro alternativo de Edimburgo, hacía veinte años. Rick lo felicitó por su nombramiento de la Orden del Imperio Británico y le pidió ver la medalla. Pero la gente se arremolinaba alrededor de Martín y no tenía tiempo para hablar. El vino tibio, en pequeñas tazas blancas, animó pronto a Rick.
Rick no había tenido trabajo de actor en cuatro meses, pero le habían prometido algo razonable para el nuevo año. Había salido mucho con Daniel. Por lo menos una vez a la semana, si Rick se lo podía permitir, él y Daniel tomaban la Línea Central hacia el West End y caminaban entre las tiendas, deteniéndose en los cafés y las galerías. Rick le enseña los teatros en los que ha trabajado; si conoce a los actores lo lleva detrás del escenario.
Los otros tres hijos de Rick, que viven con su primera esposa, tienen casi veinte años. A Rick le gustaría tener siempre un niño en casa. Cuando puede, lleva a Daniel a fiestas. Daniel tiene los ojos grandes; nunca le han cortado el pelo y a menudo lo confunden con una niña. La gente le habla a Rick cuando Daniel está con él, pero no está obligado a prolongar la conversación.
Cuando la fiesta se llena y aumenta el bullicio, y mientras bebe tranquilamente, Rick habla con la gente que le presentan. A Daniel le dan zumo, que las chicas de la tienda le sostienen, agachadas con las rodillas juntas.
Muy pronto, Daniel dice:
—A casa, papá.
Rick lo abriga y maniobra con la sillita hasta la calle. Comienzan a caminar a través de la lluvia. Hay poca gente y no hay autobuses; el metro está lejos. Pasa un taxi con la luz encendida. Cuando casi se ha ido, Rick salta a la calzada y le grita, agitando los brazos, hasta que se detiene.
Mientras cruzan Londres, Rick señala las luces navideñas que se ven detrás de las ventanas ribeteadas con lluvia. Rick recuerda paseos en taxi similares, con su padre, y recuerda una fotografía suya en la que tiene unos seis o siete años, lleva una pajarita plateada y un sombrero navideño tipo fez, y está sentado en las piernas de su padre en una fiesta.
En casa, Rick se fuma un porro y bebe dos vasos de vino más. Se está haciendo tarde, son casi las diez y media, y aunque Daniel normalmente se va a la cama a las ocho, a Rick no le importa si se queda despierto, le gusta la compañía. Comen sardinas con tostadas y ketchup; luego ponen música a un volumen alto y Rick le enseña el hokey-pokey a su hijo.
Anna ha ido a su clase de dibujo al natural, pero habitualmente ya está en casa a esa hora. ¿Por qué no ha regresado? Nunca llega tarde. Rick habría salido a buscarla, pero no puede dejar a Daniel y llueve demasiado para sacarlo otra vez.
Cuando Rick se recuesta en el suelo, con las rodillas flexionadas, el niño se pone de pie encima de él, usando las rodillas de su padre como apoyo. Daniel comienza a saltar en el estómago de Rick como si fuese un trampolín. Rick suele disfrutar de esto tanto como Daniel. Pero hoy lo marea.
Ayer fue el cumpleaños de Rick, cuarenta y cinco, una mala edad para vivir, considera él, que lo pone en el lado malo de la vida. No es sólo que se siente más cansado y melancólico que de costumbre, sino que también se pregunta si podrá recuperarse de esos episodios tan fácilmente como antes. En los dos últimos años dos de sus amigos han sufrido ataques cardíacos; otros dos, derrames cerebrales.
Supone que se ha dormido en el suelo. Es consciente, por supuesto, de que Anna lo sacude. ¿O también lo patea en las costillas? Puede ser que esté borracho, pero piensa informarle inmediatamente de que no es un alcohólico.
Sin embargo, Rick se siente extraño, como si hubiera dormido mucho rato. Quiere contarle a Anna lo que le ha pasado mientras dormía. Encuentra algún mueble del que agarrarse y se levanta.
Ve a Daniel corriendo por la habitación con una copa de vino en la mano.
—¿Qué ha pasado? -dice Anna.
—Hemos salido -dice Rick, persiguiendo al niño y recuperando la copa-. ¿No es así, Dan?
—Fuera con papá -dice Daniel-. Buen rato y bizcochos. Papá bebido bebida.
—Gracias, Dan -dice Rick.
Rick se percata de que le ha quitado a Daniel los pantalones y el pañal pero ha omitido sustituirlos. Hay un charco en el suelo y Daniel ha mojado los calcetines; la camiseta, que le cuelga, también está empapada.
Él le dice a ella:
—Crees que estaba dormido, pero no. Estaba pensando o, más bien, soñando. Sí, soñando de forma constructiva...
—Y esperas que te pregunte qué.
—He tenido una idea -dice él-. Cumplí cuarenta y cinco años ayer y pasamos un buen rato. Estaba pensando que le escribíamos una carta a Dan para su cuarenta y cinco cumpleaños. Una carta que no estaría autorizado a leer hasta entonces.
—Ya veo -dice ella, sentándose. Dan juega a sus pies.
—Después de todo -continúa él-, como tú, yo pienso en el pasado cada vez más. Pienso en mis padres, cuando era niño, en mis hermanos, en la casa, en todo eso. Lo que haremos es escribirle una tarjeta y tú puedes ilustrarla. La hacemos ahora, la guardamos y la olvidamos. Pasarán los años y un día, cuando Dan tenga cuarenta y cinco, el cabello gris y una rodilla mala, recordará y la abrirá. Le habremos enviado nuestro amor desde la otra vida. Por supuesto que tú estarás viva entonces, pero es muy poco probable que yo lo esté. Aunque en esos momentos, cuando la esté leyendo, yo seré vital en su mente. ¿Qué dices, Anna? Me hubiera encantado recibir una carta de mis padres en mi cuarenta y cinco cumpleaños. Todo el día estuve pensando que aparecería una por debajo de la puerta, ¿sabes?
Él sabe que ella también ha bebido después de su clase. Ahora, como siempre, ella comienza a extender por el suelo sus dibujos de cabezas, torsos y manos. Daniel anda sin prisa a través de los grandes pliegos mientras Rick los examina, tratando de encontrar palabras de alabanza que no haya utilizado nunca. Ella espera vender algo de su trabajo algún día, como un suplemento a sus ingresos.
Ella dice:
—Una tarjeta es excelente. Es una buena idea y un gesto dulce, generoso. Pero no es suficiente.
—¿Qué quieres decir? -dice él-. Quizá tengas razón. Cuando estaba soñando no dejaba de pensar en la última escena de Fresas salvajes.
—¿Qué sucede en ella?
—¿Acaso el hombre viejo, en un último viaje para encontrarse con las figuras significativas de su vida, no termina despidiéndose de sus padres?
—Eso es lo que deberíamos hacer -dice ella-. Hacer un vídeo para Daniel y ponerlo en un sobre cerrado.
—Sí, -dice él, bebiendo de una copa que encuentra junto a su silla-. Es una idea brillante.
—Pero estamos demasiado borrachos -dice ella-. Él será quien se siente a verlo a los cuarenta y cinco años. Por fin verá el vídeo y...
—Ni siquiera habrá vídeos entonces -dice Rick-. Estarán en un museo. Pero podrán convertirlo a cualquier sistema que tengan.
Ella dice:
—Lo que quiero decir es que después de todo ese tiempo, verá a dos personas borrachas. ¿Qué va a decir su psicoterapeuta?
—¿No queremos que sepa que tú y yo a veces nos divertíamos?
—De acuerdo -dice ella-. Pero si vamos a hacer esto, debemos prepararnos.
—Bien -dice él-. Podríamos...
—¿Qué?
—Ponernos unas camisas blancas. ¿Tengo el pelo muy aplastado?
—Estamos bien -dice ella-. Bueno, yo me veo bien, y a ti no te importa. Pero deberíamos pensar en lo que vamos a decir. Esta cinta podría ser algo grande para el pequeño Dan. Imagínate que tu padre estuviera a punto de hablarte ahora mismo.
—Tienes razón -dice él. Su propio padre se había suicidado casi diez años atrás-. Anna, ¿qué le querrías decir a Dan?
—Hay tantas cosas..., de verdad, aún no lo sé.
—También debemos tener cuidado de cómo le hablamos -dice él-. Ahora no tiene dos años. Tiene mi edad. No podemos usar voz de bebé o llamarle Danielito-el-hombre-tontito.
Discutieron sobre cuál debía ser, exactamente, el mensaje, lo que un padre debería decirle a su hijo de cuarenta y cinco años que ahora sólo tenía dos y medio, sentado allí en el suelo cantando Itzi Bitzi Araña para sí mismo. Por supuesto que esta deliberación podía no tener fin: si debían darle a Daniel una buena dosis de consejos y ánimos, o unos cuantos recuerdos, o una mezcla de los tres. Por lo menos sí decidieron, ya que se estaban cansando y fastidiando, que tenían que preparar la cámara.
Mientras ella va al sótano por la cámara, él prepara la leche de Daniel, le pone el pijama azul con el ribete blanco y lo persigue alrededor de la cocina con un trapo mojado. Ella arrastra la cámara y el trípode hacia el salón.
Aunque no han decidido qué decir, seguirán adelante con la filmación, seguros de que algo se les ocurrirá. Esta espontaneidad puede hacer que su pequeño mensaje al futuro parezca menos grave.
Rick lleva el árbol de Navidad hacia el sofá, donde se sentarán para emitir el mensaje, y enciende las luces. Mira a su esposa a través de la cámara. Ella se ha soltado el pelo.
—¡Estás espléndida!
Ella pregunta:
—¿Me quito las zapatillas?
—Anna tus zapatillas no serán inmortalizadas. Lo encuadraré hasta nuestra cintura.
Ella se levanta y lo mira a través del objetivo diciéndole que está tan bien como siempre lo estará. Él enciende la cámara y se da cuenta de que sólo quedan quince minutos de cinta.
Con la cámara corriendo, él se apresura hacia el sofá, cuidando de no tropezar. No podrán hacerlo dos veces. Ve una sardina a medio comer en el brazo del sofá y se la mete en el bolsillo.
Rick se sienta sabiendo que será una empresa sombría, porque, en cierta forma, él ha muerto hace tiempo. La idea que Daniel tiene de él se ha desarrollado hace mucho. Ambos habrán reñido en numerosas ocasiones. Es posible que Daniel lo quiera, pero también lo habrá despreciado en la medida de lo normal. Será difícil que Daniel no tenga una idea complicada de su pasado, pero estas palabras venidas de la eternidad le recordarán cosas. Después de todo, las personas más peligrosas en este planeta son las que no tienen amor.
La luz en la parte superior de la cámara destella. Cuando Anna y Rick giran la cabeza y miran la oscura luna de la lente ninguno de los dos habla durante lo que parece un largo rato. Por fin, Rick dice:
—Hola. -Lo dice sin soltura, como si le presentaran a un desconocido. En el escenario nunca está así de ansioso. Anna, también sin norte, le copia.
—Hola, Daniel, hijo mío —dice—. Es tu mami.
—Y tu papi —dice Rick.
—Sí —dice ella-. ¡Aquí estamos!
—Tus padres -dice él-. ¿Nos recuerdas? ¿Recuerdas este día?
Hay un silencio; ellos se preguntan qué hacer.
Anna se vuelve entonces hacia Rick, poniéndole las manos en la cara. Ella acaricia su rostro como si lo pintara para la cámara. Toma la mano de él y pone sus dedos en los labios y en las mejillas de ella. Rick se inclina hacia ella, toma su cabeza entre las manos y la besa en la mejilla y en la frente y en los labios, y ella acaricia su cabello y lo acerca a ella.
Con las cabezas juntas, comienzan a decir:
—Hola, Dan, esperamos que estés bien, sólo queríamos decir ¡hola!
—Sí, así es —interviene el otro—. ¡Hola!
—Esperamos que tengas un buen cuarenta y cinco cumpleaños, Dan, con muchos regalos.
—Sí, y esperamos que estés bien, y tu esposa también, o la persona con quien estés.
—Sí, hola..., esposa de Dan.
—Hijos de Dan —agrega ella.
—Sí —dice él-. ¡Hijos de Dan, seáis cuantos seáis, niños o niñas o lo que seáis, os deseamos lo mejor! ¡Que seáis todos muy felices!
—¡Sí, sí! -dice ella-. ¡Todo eso y más!
—¡Más, más, más! -dice Rick.
Después de los besos y las caricias y el arrimarse y el decir hola, y con un poco de tiempo de sobra, no sabían qué hacer, pero, justo a tiempo, Daniel tiene una idea, se encarama con dificultad, desde el suelo, y se acomoda sobre ambos, mientras que ellos lo besan, se lo pasan y logran que se salude a sí mismo. Cuando ha hecho esto, cierra los ojos, su cabeza cae en el pliegue del codo de su madre y le planta un beso; y mientras la cinta gira hacia su final, y la lluvia cae fuera y el tiempo pasa, ellos quieren que esté seguro de por lo menos eso, dentro de más de cuarenta años, cuando vea a esas anticuadas personas del pasado sentadas en el sofá junto al árbol de Navidad, que esa noche lo quisieron y se quisieron.
—Adiós, Daniel -dice Anna.
—Adiós -dice Rick.
—Adiós, adiós -dicen juntos.
Novelista, dramaturgo, cuentista y guionista inglés. Es uno de los autores ingleses imprescindibles del final del siglo XX. Como muchos de los autores ingleses no anglosajones (Zadie Smith, Monica Ali, ...) explora en sus obras la interculturalidad de la sociedad inglesa, el racismo, la religión. Tanto su novela "El buda de los suburbios" como algunas de las películas de Stephen Frears para las que escribió el guión ("Mi hermosa lavandería" o Sammy y Rosie se lo montan") son clásicos contemporáneos.
-¡Vamos ya!
El padre, que ya había tenido suficiente, decidió que era el momento de que todos se marcharan de la zona de juegos.
Una semana antes, en ese parque, se habían encontrado con un amigo indio, un médico, a quien le había chocado la insolencia y la indisciplina de los hijos del padre. El segundo gemelo de siete años, el que llevaba el sombrero de Indiana Jones, le había dicho al amigo médico:
-¿Qué eres tú? ¿Un idiota?
El padre había tenido que disculparse.
-¿Hablan así a todo el mundo? -le había dicho el amigo al padre-. Ya sé que ahora vivimos aquí, pero ¡has permitido que se vuelvan occidentales de la peor manera! Ningún amigo inglés se habría atrevido a decir algo así, comentó el padre más tarde, en casa.
-El problema es -respondió el niño- que él es moreno.
El padre, furioso y agitado desde ese momento, pensó que debía comenzar a ser más autoritario.
-¡Nos vamos! -dijo ahora, con la que consideraba, casi, su voz más «severa».
Recogió la pelota de plástico azul y caminó a grandes pasos, fuera de la zona de juegos y dentro del parque. Los gemelos de siete años se habían golpeado mutuamente con palos y el niño de dos años había sido arrojado del tiovivo, raspándose la pierna.
Aun así, cruzarían a pie Primrose Hill hasta un café en el otro lado. Los niños le habían pedido bebidas; él quería un café. ¿Qué mejor forma había de pasar una mañana de domingo en el mundo adulto?
Para su sorpresa, sus tres hijos lo siguieron sin quejarse. Su amigo debería haber estado allí para presenciar tal impresionante obediencia. Su prometida se había encontrado con un conocido y la veía aún conversando, junto a los columpios. Ya la había interrumpido una vez. ¿Por qué sería que en los momentos en que más quería hablarle ella estaba ocupada con otra persona?
Fuera de la zona de juegos, en el parque abierto, con la colina elevándose frente a él y el cielo detrás de ella, sintió como si caminara hacia delante con los ojos cerrados, mucho tiempo, dejando a todos atrás para no tener pensamientos en un rato. Durante años, antes de que nacieran sus hijos, era como si hubiera tachado con una cruz los domingos. Ahora, las poses, la actitud, las adicciones y, lo peor de todo, la sensación de tiempo ilimitado habían sido reemplazadas por un cierto caos extenuante y por una lucha, en su mente, para calcular lo que debería estar haciendo y quién tenía que ser para satisfacer a otros.
Sin embargo, no caminó hacia la colina, se quedó allí de pie y sostuvo la pelota delante.
-¡Observad, chicos! ¡Prestad atención! -dijo.
Para qué sirven los padres si no es para patear balones muy alto en el cielo, mientras sus hijos se inclinan hacia atrás y exclaman:
-¡Guau, casi has atravesado las nubes! ¿Cómo lo haces, papá?
Le gustaba que, después de su demostración, ellos cogiesen la pelota e intentaran chutarla como lo había hecho él. Los niños de siete años, que vivían a unas calles de ahí con su madre pero que pasaban con él el fin de semana, habían comenzado a imitar muchas de las cosas que hacía, algunas de las cuales le enorgullecían, y otras que eran ridículas o irrelevantes, como llevar gafas de sol por la tarde. Cuando iban juntos parecían los Blues Brothers. Incluso el niño de dos años comenzó a copiar su forma lánguida de hablar y la manera como leía el periódico, tendido en el sofá. Era como estar rodeado por una multitud de repugnantes caricaturistas.
Ahora el padre acercó la pelota hacia su pie, pero rodó de través.
-¡Más alto, papá! -dijo el niño de dos años-. ¡Arriba, arriba, cielo!
El niño de dos años tenía el cabello largo y rubio, cortado asimétricamente por su madre, que se había inclinado sobre su cuna con una linterna y un par de tijeras mientras él dormía. El niño vestía un pañal, medias, camiseta y zapatos, pero se negó a ponerse los pantalones. Al padre le había faltado valor para forzarlo.
El padre corrió al trote y se hizo con la pelota. Llamando lo más posible su atención, mientras aún la tenía, gritó:
-Giggs, Scholes, Beckham, papá, papá, papá, ¡ha entrado!
Y llevó el balón lo más fuerte y lejos que pudo, antes de resbalar sobre el lodo.
Hay silencios compartidos, particularmente los de incredulidad y confusión, que uno querría que no acabaran nunca, tan raros y envolventes son.
El mayor de los gemelos se sentó y abrió el pequeño maletín en el que guardaba sus pistolas, los libros que había escrito y una fotografía del Empire State. Escudriñó el interior del árbol a través del extremo equivocado de sus prismáticos nuevos.
-Está lejos, muy lejos, casi en el cielo -dijo-. Aquí, ¿ves?
El padre se levantó. Quitándose las gafas de sol, miraba ya hacia donde el balón, como una corona errante, descansaba sobre un nido de ramitas, en lo alto de un árbol cercano a la entrada de la zona de juegos.
El niño de dos años dijo:
-Colgado.
-Maldita sea -dijo el padre.
-Maldita, maldita -repitió el niño de dos años.
El padre echó un vistazo hacia la zona de juegos. Su prometida aún no había salido.
-¡Lanzad cosas! -dijo.
Uno de los niños mayores cogió una hoja y la lanzó hacia atrás, sobre su cabeza. El padre dijo:
-¡Cosas duras, hombre! ¡Vamos! Juntos podemos lograrlo!
Los gemelos, que saludaron con placer la concentración en estado puro que aportan las crisis, comenzaron a correr alrededor, juntando piedras y castañas. El padre hizo lo mismo. El niño más joven saltó, arriba y abajo, lanzando trozos de corteza. Pronto una lluvia de objetos firmes llenó el aire, uno de los cuales chocó contra un perro y otro contra la pierna de un niño que pasaba en bicicleta. El padre cogió una de las pistolas metálicas de los gemelos y la agitó en círculos, salvajemente, dentro del árbol.
-¡La romperás! -le reprochó el hijo-. Me la dieron ayer.
El padre comenzó a marcharse.
-¿Adonde vas? -llamó el niño.
-¡No voy a quedarme aquí todo el día! -respondió el padre-. Necesito café, ¡ahora mismo!
Dejaría allí la pelota barata de plástico y, si era necesario, compraría otra en el camino a casa.
¿Quería, pensó, que sus hijos lo vieran como la clase de hombre que deja pelotas colgadas entre los árboles y huye? ¿Qué haría después? ¿Tirar billetes de veinte libras y dejarlos en la calle por no agacharse?
-¿Qué estás haciendo?
Su prometida había salido de la zona de juegos. Cogió al niño más joven y lo besó en los ojos.
-¿Qué ha hecho papá ahora?
Los gemelos estaban aún lanzando cosas, principalmente hacia sus cabezas.
-¡Parad! -ordenó el padre, regresando-. ¡Tengamos algo de disciplina!
-¡Nos has dicho que lo hiciéramos! -dijo el gemelo mayor.
El segundo gemelo dijo:
-No os preocupéis, voy a subir. Siendo, probablemente, el más intrépido de los dos, corrió hasta la base del árbol. Además de su sombrero de Indiana Jones, el segundo gemelo llevaba una cuerda en la cintura, «para lazar», aunque lo único que parecía asir era el cuello del niño de dos años, a quien, sin embargo, la mayor parte del tiempo quería. A las seis de la mañana en punto de ese mismo día, el padre lo había encontrado enseñando al pequeño su pene, mientras le explicaba que si tiraba de la punta y pensaba, según sus palabras, en algo «verdaderamente horrible, como Catwoman», aquello sería «dulce y amargo» y «bastante relajado».
El niño decía:
-Empújame hacia arriba, papá. ¡Empuja, empuja, empuja!
El padre lo desplazó rápidamente hasta la horqueta del árbol, dónde se afianzó entusiasta pero precariamente, como alguien que es depositado en el lomo de un caballo por primera vez.
-Súbeme a mí también -dijo una niña de alrededor de nueve años que había estado mirando y que ahora saltaba arriba y abajo junto a él-. ¡Yo sé escalar árboles!
El niño de dos años, a quien le estaba saliendo un diente y cuya cara era roja y estaba constantemente húmeda, dijo:
-Yo en árbol.
-No os puedo subir a todos —dijo el padre.
El más joven dijo:
-Papá entra en árbol.
-Buena idea —dijo su prometida.
-Subiría como una bala -dijo el padre-. Pero con esta camisa nueva no.
Su prometida se reía.
-Y en ningún mes con erre.
A diferencia de la mayoría de sus antepasados masculinos, el padre nunca había luchado en una guerra ni se le había pedido ningún acto de valor físico. A menudo se había preguntado qué clase de hombre sería en esas circunstancias.
-Muy bien -dijo él-. ¡Ahora veréis!
Todos miraban cómo el padre ayudaba al niño a bajar y se subía al árbol. Su prometida, que era diez años más joven, lo empujó por detrás con rudeza innecesaria hasta que estuvo fuera de su alcance.
Consciente de que estaba a una altura inusual, el padre saludó majestuosamente, como un presidente en la puerta de un avión. Su familia le devolvió el saludo. Extendió un pie hacia otra rama y cargó su peso en ella. Ésta crujió inmediatamente y se venció; él retrocedió hacia la seguridad, esperando que nadie notase cómo la sangre abandonaba su rostro.
Tal vez esa mañana de domingo estuviera de pie de puntillas en la horqueta de un árbol, a un resbalón del hospital y de años de sufrimiento, pero sabía que disfrutaba de la silenciosa atención de su familia sin el torbellino de sus exigencias. Pensó que por mucho que extrañara la irresponsabilidad y la paz de su prolongada soltería, por lo menos había aprendido que la vida no era buena si se está solo. De cualquier forma, la semana siguiente se iba cinco meses a Estados Unidos, para hacer investigación. Llamaría a los niños, pero sabía que lo más probable era que dijeran, a la mitad de una conversación: «Adiós, tenemos que ver Los Picapiedra», y luego colgasen el auricular. Cuando volviera ¿serían muy diferentes?
Ahora oía que su prometida le gritaba.
-¡Agítala!
-¡Menéala! -gritó uno de los niños.
-¡Vamos, vamos, vamos! -aullaba la niña.
-Está bien, está bien -murmuró él.
Instigado por ellos, se inclinó contra una rama gruesa que tenía delante, la agarró, apretó los dientes y la agitó. Para su sorpresa, hubo cierta conmoción en las hojas que había sobre él. Pero también vio que no había ninguna relación entre esta actividad y la posición de la pelota, allá a lo lejos.
La niña de nueve años estaba subiendo ahora al árbol, detrás de él, alcanzando y aferrando el cinturón de sus pantalones mientras hacia palanca para elevarse. Empezaban a estar un poco apretujados, pero ella prosiguió inmediatamente hacia las ramas más altas, pisoteando sus dedos mientras desaparecía.
Pronto hubo una agitación tremenda, bastante mayor que la suya, que hizo llover hojas, palitos, ramitas y corteza sobre los corredores, numerosos niños y una mujer anciana con bastones, que observaban el escándalo del árbol.
Le pareció que aquél era un buen momento para abandonar su posición. Recogería el balón cuando la niña lo tirara. En quince minutos se estaría comiendo un croissant con mantequilla y sorbiendo un café con leche semidescremado y descafeinado. Quizá, incluso, fuera capaz de ojear su periódico.
-¿Qué sucede?
Se les unió un hombre que agarraba las manos de dos niñas pequeñas.
El gemelo más joven dijo:
-El estúpido de papá estaba presumiendo y...
-Ya está bien -dijo el padre.
El hombre se quitó la chaqueta y se la dio a una de las niñas, diciendo:
-No os preocupéis, aquí estoy yo.
El padre miró al hombre: se acercaba a la cuarentena, tenía la cara muy roja, aspecto inadecuado y usaba gafas gruesas. Llevaba una camiseta rosa planchada y esa clase de zapatos que usa la gente en las oficinas.
-Es sólo una pelota barata -dijo el padre.
-Estábamos a punto de irnos -dijo la prometida.
El hombre escupió en las palmas de las manos y se las frotó.
-¡Ha pasado mucho tiempo!
Se apresuró hacia el árbol y lo escaló. No se detuvo en la horqueta sino que siguió ascendiendo, saludando a la niña, que estaba un poco más arriba que él, y entonces, sobre manos y rodillas, siguió gateando hacia las ramas más finas.
-Voy a atraparte, pelota..., sólo espera, pelota... —decía mientras subía.
Al igual que el padre y la niña, agitó el árbol sin parar. Era sorprendentemente fuerte, y esta vez el árbol parecía que explotaba.
Abajo, la concurrencia se cubría los rostros o retrocedía ante la tormenta de desperdicios, pero no dejaba de mirar y de expresar su aliento.
-¿Y si se rompe el cuello? -dijo la prometida.
-Trataré de atraparlo -dijo el padre, moviéndose a otra posición.
El padre recordó a su propio padre, papá, en la calle fuera de su casa, durante la tarde, después del té, cuando compraron su primer coche. Como muchos hombres de su tiempo, particularmente aquellos a quienes gustaba verse como intelectuales, papá estaba orgulloso de su inutilidad pragmática. Sin embargo, podía, por lo menos, abrir la capota de su coche, asegurarla y mirar dentro con perplejidad. Él sabía que este acto sería suficiente para sacar a numerosos hombres de las casas vecinas, algunos aún acabando su «té». Papá, un inmigrante, el sujeto de la curiosidad, de los comentarios y a veces de los insultos, pronto tendría a aquellos hombres -funcionarios, vendedores, dueños de tiendas, impresores o repartidores de leche- reunidos, arremangándose, refunfuñando, encendiendo cigarrillos y ofreciendo opiniones técnicas. Permanecerían en la calle después del atardecer, cogiendo sus herramientas y tumbándose de espaldas sobre manchas de grasa, la indefensión inmigrante de papá atraería su asistencia. Al padre le encantaba estar en la calle con papá, que provenía de una familia india numerosa. Papá nunca hubiera pensado en los niños como un obstáculo o una molestia. Estaban por todos lados, eran parte de la vida.
Los tres niños pálidos, los nietos de papá, que nacieron después de su muerte, miraban hacia arriba, al hombre servicial subido al árbol y al balón, que seguía colgado en su emplazamiento familiar. Si la pelota hubiera tenido rostro, estaría sonriendo, porque, conforme el hombre agitaba el árbol, se balanceaba como un bote sobre una ola rítmica.
El hombre, sentado ahora en una rama oscilante, dobló y rompió otra, larga y delgada. Estirado al máximo, la utilizó para pinchar la pelota, que empezó a menearse un poco. Finalmente, después de un empujón final, se desplazó y cayó.
Los niños corrieron hasta allí.
-Pelota, pelota —gritaba el más joven.
La prometida comenzó a reunir las cosas de los niños.
El hombre saltó del árbol con las manos alzadas triunfalmente. Su camisa, que se le había salido, estaba cubierta de gruesas marcas negras; él tenía las manos sucias y los zapatos destrozados, pero parecía extasiado.
Una de sus hijas le dio su chaqueta. La prometida del padre trató de sacudirle las motas.
-Me ha encantado —dijo—, gracias.
Los dos hombres se dieron la mano.
El padre recogió la pelota y la lanzó al niño más joven. Pronto la caravana familiar se encaminaba a través del parque, con sus bicicletas, pistolas, sombreros, el cochecito del pequeño, una bolsa de pañales, unos prismáticos (en la cartera) y la pelota de plástico intacta. Los niños, riendo y empujándose unos a otros, discutían su «aventura».
El padre miró a su alrededor, temeroso pero también esperando que su amigo indio hubiera acudido al parque aquel día. Ahora él tendría algo que decir. Si los niños, como el deseo, habían roto aquello que parecía estable, se trataba de una virtud. Por más que quisiera, no podría criar a sus hijos con reglas estrictas o un sistema. Sólo podría hacerlo, como la gente al final parecía hacer la mayoría de las cosas, según su forma de ser, según su manera de vivir en el mundo, como un ejemplo y un guía. Esto era más difícil que pretender ser una autoridad, pero más verdadero.
Ahora, en el lado más alejado del parque, mientras los niños salían por el pórtico, el padre se volvió a mirar a lo lejos el alborotado árbol. ¡Qué pequeño parecía ahora! Lo habían agitado, pero no roto. Pensaría en él cada vez que volviera al parque; pensaría en algo bueno que había pasado de camino hacia alguna parte.
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“El patriotismo es el último refugio de los canallas.”
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
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Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
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